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Mariano Latorre: El vapor

caletero
Datos biográficos

Me embarqué por cuarta vez para el norte un


atardecer del mes de marzo. Volvía a reanudar mis
clases de inglés en el liceo de Tacna, adonde fui
nombrado apenas recibí mi título de profesor. Vine
con la esperanza de conseguir mi traslado a
Santiago; pero todas las gestiones fueron
infructuosas. Mis certificados, que me acreditaban
como un pedagogo abnegado (un visitador dijo de mí
en pintoresca frase que tenía amor a la fatiga), de
nada me sirvieron. La Universidad, como el día en que
me acerqué a ella a recibir mi título, me produjo una
impresión de hostilidad y de incomprensión que no he
modificado después. Una agria sensación de angustia
me punzaba el alma al subir la vieja escala de un
vapor caletero de la Compañía Sud-Americana, el
mismo en que me había embarcado tantas veces; sin
embargo, desde el fondo de mi cerebro, la juventud
(tenía entonces veinticinco años) lanzaba un llamado
apremiante a la vida y al amor.
En la mañana, tropecé en una librería inglesa del
Puerto con una señora extranjera muy elegante.
Hojeaba revistas en una mesa, más allá del
mostrador del almacén, y pude deleitarme, sin ser
visto, en la gracia rubia de su silueta. Mi sangre
moza, algo contagiada con el realismo romántico de
Tomás Hardy, corrió apresurada en las arterias
cuando, al oírme preguntar en inglés por un libro,
fijó en mí un instante la claridad de sus ojos grises.
He soñado muchas veces con un tipo de mujer
así: una heroína de Hardy, suave y resplandeciente,
hacendosa y culta a la vez, y rubia, porque el moreno
subido de mi cara y mi pelo obscuro exigen, como una
legítima compensación, la tez clara y los cabellos de
oro.
Traté de seguirla por esas calles, sin que ella me
advirtiese, pero tomó el camino de Playa Ancha y
desistí de mi persecución. Debía recoger mi pasaje
antes del almuerzo. Su recuerdo me acompañaría
durante el viaje y más allá. Estaba seguro. Me
embarqué, como digo, al atardecer.
La escena de a bordo, que me era habitual, se
repitió una vez más. Amontonaban los pacotilleros
sus canastos de verdura, sus aleteantes montones de
gallinas y pavos en la cubierta de tercera clase,
llenando el barco de acres olores. Despedíanse las
mujeres del pueblo de sus parientes. Se miraban
silenciosos sin decirse palabra y alguna pobre vieja
enjugaba una lágrima con un pañuelo sucio.
Chirriaban las grúas depositando en la bodega
fardos de pasto, sacos y cajones. En vuelos cortos
chillaban las viejas gaviotas porteñas junto al casco
o atravesaban aleteando los mástiles tiznados.
Bajé a mi camarote, y hundido en mi soledad, me
cogió la salida del barco.
Subí después a cubierta. El viejo vapor
cabeceaba ya en las largas ondulaciones de alta mar
que, en un abrazo silencioso, envolvían el casco y
desaparecían. Un sol de sangre, arrebujado en nubes
tostadas, ponía en las olas manchas palpitantes y
esta nota roja, quemada, parecía la única muestra
del otoño del mar.
Sonó la campanilla de la comida y bajé al
comedor. Una alegre concurrencia llenaba las mesas.
Flotaba ya esa intimidad alegre de las navegaciones:
señoras, caballeros, niños, el viejo capitán
MacDonald, grave como si presidiese el comedor de
un acorazado, reían, conversaban. La mesa era
principesca: nueces, pasas del Huasco, dorada
mantequilla, sabroso queso del sur. Al sentarme en
un ángulo del comedor, mi corazón saltó con brusco
vuelco. La dama que vi en la librería del Puerto, de
cuidados cabellos de oro, envuelta la espigada silueta
en elegante tocado, estaba en la mesa del capitán.
Sus ojos, me pareció advertirlo, tuvieron un rápido
roce con los míos. Puedo asegurar que desde este
instante todas mis cavilaciones desaparecieron y
bendije al viejo vapor caletero, que, con su cubierta
abarrotada de pollos, verduras y corderos
malolientes, navegaba sin apuros por un mar
encrespado ya con los vientos de otoño. El desfile de
señoras y caballeros empezó apenas los cristales,
metidos en los calados de la cornisa, sonajearon con
argentino clic-clic. Un gesto de dolor parecía
habérseles estereotipado en las comisuras a los que
subían apresurados a los camarotes. Mi inglesa no se
quedó sola en el comedor. También salió con su porte
distinguido, impasible, fría como una estatua. Era,
indudablemente, una mujer acostumbrada a navegar.
¿Quién podría ser? ¿Tal vez una turista excéntrica
que se embarcaba en el vapor caletero para estudiar
el ambiente chileno? ¿Quizá la mujer de un ingeniero
de Chuqui o de un alto empleado comercial de
Antofagasta o Iquique?
Terminé de comer, y subí a la cubierta. Nadie
paseaba por allí. Negra era la noche sobre el mar, y
en aquella negrura, que salpicaba apenas el temblor
de la saltas estrellas, se oían el sordo golpe de las
olas en los costados y el leve rumor del agua
deshecha. La enorme masa de la chimenea fingía
ocupar todo el rectángulo de la cubierta. Oíase el
jadeo de la máquina bajo mis pies. Brilló el punto
rojo de un cigarro en la obscuridad. Una sombra
maciza, rechoncha, se acercaba en mi dirección.
Buenas noches, señor saludó amablemente,
deteniéndose.
Reconocí al contador del barco. Lo había visto ya
en viajes anteriores. Era un hombrecillo moreno,
ventrudo, de tiesos pelos obscuros, un típico chileno
de la costa. Me invitó a bajar al comedor, que se
había convertido en sala de póquer. Me excusé, como
siempre. Tenía sobre la materia mi opinión formada.
A través de mis viajes por la costa, eran muchas las
experiencias recogidas, aunque sustentase sobre el
póquer familiar ideas muy diversas sobre todo por
tratarse de un juego inglés. Al calor de una estufa
confortable y frente a una bella mujer de cabellos
rubios, no es en manera alguna, una entretención
peligrosa.
Mi hombre se alejó sin insistir. A los pocos
minutos bajé por mera curiosidad. Se había
constituido ya la clásica mesa de póquer, pero esta
vez, a la escena que yo conocía, se le habían
agregado dos notas exóticas. Dirigía el juego un
hombronazo obeso, cuya grasa rojiza se desbordaba,
a pesar de la holgura de su chaqueta de corte
inconfundiblemente yanqui, y mi inglesa, que, con su
cara de esfinge, mantenía las flamantes cartulinas
entre sus dedos largos, afilados, de buena raza.
Algo muy agradable, hecho de las más puras
savias de mi alma, se extinguió dentro de mí al verla
entre aquellos hombres. que, para excitar sus
nervios ensordecidos por la monotonía de la vida,
exponían su tranquilidad en los azares de un juego
infantil. La pregunta que me hice a mí mismo, el día
anterior, volvió a clavarse en mi cerebro con un rojo
interrogativo. "¿Quién será esta mujer?"
Recordé súbitamente a una cortesana inglesa que
conocí en Iquique También Nelly Brown era fina y
esbelta, y su distinción impecable ocultaba viciosas
taras masculinas: una enorme afición al whisky y a
los juegos de azar. Esta oportuna asociación me
tranquilizó por completo.
Una cómica pregunta del hombre de la cabecera,
en quien reconocí inmediatamente a un yanqui de
baja clase, terminó de borrar mi amargura.
¿Toca a mí, cabalero?
Dirigíase a un viejo de barba gris, de frente
estrecha, limitada por un matorral de pelos mal
peinados, aún con la huella rojiza del tafilete.
Parecía un campesino de Huasco o de Elqui, que
volvía de consultar médico en Valparaíso. Era un
hombre silencioso, inmutable. Fumaba un pobre
cigarrillo de hoja, la contradicción de aquel
exuberante espécimen de Yanquilandia, que sonreía
comunicativo, dirigiendo preguntas amables a cada
uno de los jugadores, en los escasos minutos que
empleaba en barajar y repartir las cartas.
¿Usted toca, cabalero? ¿Coquimbo muy bonito?
El aludido esta vez, un jovenzuelo sonrosado, con
aspecto de empleado de Caja de Ahorros, respondía,
sonriendo complacido:
No, señor, voy a Antofagasta.
¡Oh! Antofagasta mucho salitre, ¿no? comentaba
el yanqui, impertérrito, entregando las cartas.
Me intrigaba el extraño personaje.
Revolucionaba, desde luego, mis nociones sobre el
yanqui. A través de mis recuerdos y lecturas, podía
ser dividido en dos clases perfectamente
demarcadas: el yanqui tosco, calzado con
claveteadas botas de minero que viene a
Chuquicamata o a El Teniente, y el yanqui impecable,
de rasurada barba y correcto smoking, que figura en
las películas de Broadway y en las ilustraciones de
los magazines. Este -yanqui ventrudo, cuyo pescuezo
se apelmazaba en grasosos repliegues sobre el cuello
de goma, no podía ser clasificado en ninguna de
estas dos categorías. Existía, entonces, una clase
intermedia, de la cual yo no tenía noticias en aquel
momento. Lo veía fumar incansablemente cigarrillos
aromáticos, que, podría decirse, envolvían el salón en
su propia persona, mientras en sus manos expertas
se posaban los naipes, como si una misteriosa fuerza
los atrajera hacia él, domesticados La escena era
monótona, silenciosa, salvo las preguntas idénticas
del yanqui:
Usted toca, cabalero.
No, señor; a usted le toca.
¿Mí toca?
Y en los intervalos de las jugadas, sus ojos
cínicos, penetrantes, enigmáticos, se fijaban en otro
jugador para preguntarle con una cómica tenacidad:
Muy bonito Iquique, ¿no?
No, señor; voy a Caldera.
Y las cartas, como si fuesen aladas, describían
una rápida parábola para caer frente a cada jugador.
Muy tarde se levantó mi inglesa. No miró hacia el
lugar donde yo estaba. Saludó, sí, con una sonrisa
que iluminó su cara, al yanqui del póquer. Su alta
silueta de finas caderas, de pechos delicadamente
insinuados, que coronaba la perfección dorada de su
cabeza, atravesó el saloncito y desapareció en la
escalera de cubierta. La vi, poco antes, guardarse en
su bolso de plata los sucios billetes ganados, en
correctos paquetitos. Durante un largo rato, sumido
en la alucinación de mi deseo, la miré como si
realmente permaneciese sentada en el vacío sillón
giratorio.
El yanqui aprovechó el instante para ofrecerme
el asiento con un ademán que pretendió ser afable:
¿Usted juega, cabalero?
Vi, al mismo tiempo, la mirada angustiosa con que
el jovenzuelo aguardaba mi respuesta, quizá
esperando reponer sus pérdidas a costa mía.
Contesté lacónicamente y en inglés:
No juego, señor.
A lo que él respondió, en su castellano grotesco,
sin duda para que todos le oyesen:
Mí invita usted, cabalero, mí no obliga.
Aproveché el momento, para subir a mi
camarote. Mientras hojeaba mi Mark Twain, volvió a
invadirme súbitamente la amargura de mi vida
solitaria. Dejaba quizá para siempre la capital. Iba a
confinarme a un poblacho de provincia, a un liceo
donde mañana y tarde debía enseñar los verbos
ingleses a unos muchachos desconocidos, a quienes
no me ligaba afecto alguno. Veníame a la memoria la
pesada sucesión de las clases, a lo largo de los meses
y de los años. ¿Habría algún resquicio en esa
esclavitud de las horas para mirar con benevolencia
el problema de la vida? Sin embargo, la disciplina
pedagógica se había hecho en mí una segunda
naturaleza, y obraba en mis actos con tiránico
mandato, empequeñeciéndolos y quitándoles, a veces,
su impulso más noble.
El vapor ancló a mediodía en Coquimbo. Me
entretuve en observar el desembarco de pasajeros
en la tranquila bahía que cerraban colinas gredosas,
por cuyas laderas las casas, de un gris sucio,
parecían trepar dificultosamente.
A ratos, por encima de mi cabeza y en el
extremo de una enorme grúa, veía pasar las cuatro
patas esparrancadas de un buey, espantado de
sentirse en el espacio. Oía, después, sus bramidos en
el entrepuente. Seguían amontonándose sandías y
zanahorias en la cubierta.
Vi bajar al campesino y a su familia: una mujer
monstruosamente gorda, dos muchachas flacas, un
chiquillo sucio, acompañados de la bulliciosa
parentela que los había venido a buscar a bordo.
En ese instante, el jovencito atildado que iba a
Antofagasta se me acercó con un amistoso "Buenos
días, señor".
Su cara bobalicona y su presuntuosa chaqueta
entallada rebosaban optimismo. Era gárrulo como una
muchacha.
¿Se fijó usted en el viejo y la familia? Qué
ordinario, ¿no? No debe ir muy contento, porque el
gringo se lo ganó todo, es decir, todo no, porque algo
nos toca a los demás, en especial a la gringa.
Lo miré atentamente, y sin poderlo remediar, se
me escapó la pregunta:
Es amiga del míster, ¿no?
El jovenzuelo repuso, complacido:
Parece que no, pero conoce al contador. Debe
viajar con frecuencia a Valparaíso. El gringo es un
tahúr, no me cabe duda, pero a mí me acompañaba la
suerte..., dos escaleras reales, ¿qué le parece?
Y pasando de un punto a otro con gran
volubilidad, agregó:
¿Ha visto usted esta indecencia de vapor
caletero? Anoche ya quitaron las nueces y el queso.
Mañana quitarán la mantequilla. Es una vergüenza,
¿no? Los que van a Iquique comerán las sobras. No
es tan grande la diferencia de precio, mire, con los
vapores ingleses. Yo viajo siempre en ésos..., pero
esta vez no pude...
Costóme trabajo librarme del jovenzuelo
charlatán. No es empleado de una Caja de Ahorros,
sino de un Banco. Tiene ese aspecto cuidadoso,
barnizado, si pudiéramos decir, de las oficinas que
manejan dinero.
Hoy, en alta mar, ha sido desolado el aspecto del
barco. Casi todos los pasajeros se han retirado a los
camarotes. Sopla un fuerte viento que arranca
penachos de espuma a las olas y el vapor cruje como
un viejo con las articulaciones gastadas. Nada de la
bella inglesa. He visto pasar dos veces al gringo del
póquer, acompañado del contador. Se paseaban
furiosamente, con cierto balanceo de las piernas,
como si cumpliesen una prescripción médica, de la
cual dependiese su salud.
Tampoco he bajado en la noche a la sala de
fumar. He leído hasta muy tarde a Mark Twain en
sus graciosas historietas del Oeste, y he encontrado
la siguiente frase: Hyphenated-American, o
americano con guión, podríamos decir en castellano,
para designar a los americanos de origen alemán o
italiano, que me trajo a la memoria el yanqui del
póquer. Esta frase del humorista me lo ha explicado
todo De ahí su cuadrada cabeza, su ruda cordialidad,
tan poco frecuente entre los americanos e ingleses
que yo conocía, y tan común entre los alemanes. De
ahí esas maneras desenfadadas que infundían
confianza a los jugadores y personas que lo
rodeaban, y la visión del gordo jugador me trajo a la
memoria el recuerdo de la inglesita que durante un
día entero llenó mi pensamiento, la graciosa
naturalidad de sus ademanes, el encanto pálido de su
rostro, el claro fulgor de sus cabellos. ¿Qué trágico
spleen la impulsaba a jugar en esa forma, a la vista
de todos y con gente que veía por primera vez? Me
imaginaba románticamente que yo podía apartarla de
ese resbaladizo camino, aconsejarla quizá con
apasionado empeño; pero no contaba con el
servilismo de mi temperamento pedagógico que
ahoga en mí todo impulso, destruye la nobleza de
cualquiera idea que pueda ser interpretada por el
rector del liceo o el Consejo de Instrucción en
forma desfavorable.
A la noche siguiente bajé al salón de fumar. La
escena no había cambiado gran cosa. Presidía
siempre el yanqui con guión. A la derecha, su amigo el
contador. Mi bella inglesa, impasible, manejaba sus
cartas, y el jovenzuelo, que no levantó los ojos
cuando entré, jugaba nervioso, demudado, con un
frío estupor en su semblante, ahora pálido. Había un
nuevo jugador en el lugar del viejo campesino de
Coquimbo, un hombrón pletórico, con aspecto de
abastero enriquecido, que en las malas jugadas daba
golpes violentos en la mesa.
El yanqui le decía entonces con su humorístico
desparpajo:
Usted tener buen punch, cabalero.
Al verme, me saludó cordialmente:
Good eveningy luego, bromeando, me invitó a
sentarme: ¿Usted juega, caballero? y soltando una
ruidosa risotada que infló aún más sus mofletes
encendidos, rectificó: Ahí, sí, usted no juega.
La broma tuvo éxito. Hasta la inglesa movió, a
manera de sonrisa, el impecable óvalo de su cara. Me
invadió una sorda cólera; pero el equilibrio
pedagógico me dominó una vez más. Dije con una
amabilidad que me extrañó a mí mismo:
Si molesto, señores, me retiro.
Y por hombría, por testarudez, permanecí en el
sillón. Mi tranquilidad era exterior, sin embargo.
Sentíame ridículamente cohibido, mirando, para
disimular, las barnizadas maderas de la cámara.
Hubiera dado cualquier cosa por un cigarro, pero no
fumaba por ahorro. Mi disciplinada vida de buen
empleado ahogaba los ímpetus de hombre fuerte que
había en mí. ¿Cómo podía parecerle bien a la inglesa?
¿Qué atractivo podía encontrar en mi obscura tez
de nativo, en la incoloridad de mi carácter? Sin
embargo, yo que soñé con encontrar ese ideal de
mujer en las aulas de una universidad americana,
hubiera sido capaz de muchas empresas, porque
llegase a amarme mi bella desconocida.
Al recogerme aquella noche a mi camarote,
deslizándome sin saludar a nadie, una mano nerviosa
apretó mi brazo. Era el joven empleado de Banco,
que me dijo con voz entrecortada y apremiante:
Señor, deseo hablar dos palabras con usted.
Lo invité al camarote. Estaba muy pálido, casi
desencajado. Olvidó hasta de afeitarse. Sin tomar
asiento, me dijo con voz obscura:
He perdido un dinero de mi padre en Valparaíso.
Se detuvo indeciso, y luego, violentamente, me
espetó la confidencia:
Él lo necesita para el pago de unas letras. No sé,
señor, qué hacer.
¿Qué suma es, señor? le pregunté, por
amabilidad.
No tenía dinero, ni aunque lo hubiera tenido me
habría desprendido de esa cantidad. El ejercicio de
la profesión y la forma laboriosa con que se gana la
vida corrigen los impulsos a dilapidar que uno haya
heredado de un antecesor manirroto.
Cinco mil pesos contestó como si esperase la
pregunta.
Brilló en sus ojos una duda alegre. Se imaginó,
tal vez, que su problema estaba resuelto y sus
palabras confirmaron mi hipótesis. aprovechó el
instante para presentarse pomposamente:
¡Oh, señor, yo no podría permitir! Usted apenas
me conoce. Soy José Muñoz, de la familia Muñoz
Ruiz, de La Serena; pero mi padre está establecido
en Antofagasta. Si usted necesita...
Y como notase en mi cara el ceño duro, cerrado,
con que el hombre defiende su dinero, agregó, para
tranquilizarme:
Es sólo una pequeña cantidad. . ., para pagar una
cuentecita de hombre en el vapor, unas copas,
¿comprende usted? Sólo diez pesos.
Me di cuenta de que mi actitud moral era
sencillamente inferior a la suya en aquel momento.
Le di los diez pesos, desprendiéndolos en el bolsillo
del pantalón de un paquete de a ciento, a trueque de
romperlo, para que mi interlocutor no se percatase
de que había allí más billetes.
Apuntó mi nombre en una libretita, y me dijo, ya
tranquilizado, en el momento de la despedida:
Hace muy bien en no jugar, porque, mire... Es una
coincidencia extraordinaria que ganemos hasta llegar
al puerto en que desembarcamos. Fíjese en el huaso
de Coquimbo, que se quedó pelado... El gordo y yo,
que llegamos mañana a Antofagasta. Luego le tocará
a la gringa. Para mí, es una majamama entre el gringo
y el contador. Bueno, señor, disculpe la molestia.
Supongo que mañana nos veremos.
Me dormí sobre una de las páginas de Mark
Twain. Veía al americano abriendo hábilmente un
naipe nuevo, haciendo sonar las cartas con insólita
vibración al barajarlas, al mismo tiempo que miraba a
la mesa con sus ojillos fríos y procaces, y,
dulcemente, acariciaba la remota esperanza de que
la inglesa, al perder su dinero, se confiase a mí como
el jovenzuelo. Yo la ayudaría, argumentándole para
alejarla del mal camino, como el empleado de Banco
me había argumentado a mí, y le agregaría, para
reforzar mis palabras, las observaciones sobre los
americanos con guión, que, bajo una capa de
gentleman, encierran almas que no tienen para las
mujeres la vieja caballerosidad anglosajona.
Al día siguiente, al fondear el vapor en
Antofagasta, me quedé deliberadamente en el
camarote, para no despedirme del joven. Abierta la
puertecilla, veía brillar la luz del sol de mediodía.
Pasaba un lento vuelo de patos en el horizonte. Toda
la refulgencia de aquella luz del norte, cruda e
implacable, parecía depositada sobre los cerros
amarillos, donde blanqueaban enormes letreros
comerciales. Ni una mancha de verdura en las
quebradas resecas. La ciudad se amontonaba en sus
faldas, fundida casi en el aire traslúcido, a la margen
de la sábana azulina del mar, ebrio de cielo y
bordado de fugaces vellones de nieve.
Terminaba las últimas páginas del libro de Mark
Twain. De pronto, la enorme figura del yanqui me
interceptó la luz y el panorama. Ocupaba casi toda la
puerta con su obesa humanidad, movía en sus encías
un puro desmesurado. En sus ojillos azules y
desleídos había una animación extraordinaria. Una
mano en su holgado pantalón, al aire el pechazo
redondo, inflado, que se movía como el flanco de un
toro.
Morning me saludó amablemente.
Me produjo la impresión de que venía en mi busca
ex profeso. Consideró oportuna, quizá, la entrevista
después de un almuerzo copioso en la cámara del
capitán MacDonald. Es probable que le tuviera
intrigado este pasajero que sabía inglés y no jugaba
póquer.
¿Lee usted? me preguntó en inglés.
Le mostré vanidoso la portada de Mark Twain,
pero mi hombre parecía no tener inquietudes
literarias.
Mark Twain, Mark Twain contó
inconscientemente, casi masticando las palabras
mezcladas con tabaco. Sí, sí. Yo no leo agregó
resueltamente; no tengo para qué leer, no necesito
leer.
Atravesó el umbral y se dejó caer
confianzudamente en el sofá del camarote. Allí me
miró un segundo con atención y, quitándose el puro
de la boca, me lanzó a quemarropa la pregunta que yo
esperaba:
Dígame, señor...
Barahona.
Barajona, ¿por qué no juega usted?
Lo miré en esa forma indecisa, solapada, en que
solemos mirar los chilenos, los chilenos de pura raza.
Respondí, por fin:
Nunca juego con desconocidos. Me atengo al
proverbio inglés: "Guarda los peniques, que las libras
se guardan solas".
Su cara, ensanchada por la grasa de los carrillos,
distendió sus comisuras en la sonora risotada
habitual.
Está bien, está bien.
Sus ojillos, encendidos tal vez por copiosos
toasts, se hacían confidenciales, perdían su frío
cinismo. Vibraba en todo él el deseo de hablar, de
confiarse a alguien. Desbordaba satisfacción,
vanidosa confianza en sí mismo. No era éste, no, un
ejemplar de los sajones herméticos y fríos que yo
conocí en Iquique. Destruía la famosa frase de
Novalis: "Todo inglés es isla".
Me alargó un puro que llevaba en el bolsillo
superior de su chaqueta. Ante mi gesto dubitativo,
me lo metió él mismo en la boca y me dijo, mientras
encendía el cigarro:
Hace muy bien, joven. La franqueza se paga con
la franqueza. Sé que usted no me denunciará al
capitán y aunque me denunciase . . .
Hice un gesto vago para indicar que la posibilidad
de la denuncia era una cosa muy lejana.
En Nueva York me llaman Jack Poker, porque
esta baraja inglesa no tiene secretos para mí.
Repentinamente un naipe apareció en sus manos,
y con la habilidad de un prestidigitador, entre sus
dedos gordiflones bailaban ya el reverso azul o las
pintas de las cartas, semejantes a pequeñas alitas
rojas o negras. Juntáronse, luego, como en un
resorte bien aceitado que recoge sus muelles. Se
abrieron, después, en abanico, en la actitud de
escaparse volando, y se replegaron
instantáneamente en la palma de Jack Poker.
Él sonreía ante mi asombro con la satisfacción
de un artista Me hizo, después, difíciles pruebas de
adivinación de cartas y agregó con una explicación
espontánea:
¡Ah! Yo no marco las cartas. No robo a nadie. El
dinero viene a mí honradamente, por la superioridad
de mis cualidades ¿Qué culpa tengo yo de estar tan
por encima del nivel común en mi profesión? Porque
resulta que el perfeccionamiento excesivo está, para
la gente vulgar, a la altura del delito. Sin embargo,
yo los entretengo como un actor y me valgo de
pequeños trucos inocentes... para que no sientan sus
pérdidas.
"En los garitos de Nueva York hay muchos como
yo. A veces uno de esos senadores puritanos que
aspiran a una canonjía oficial se hacen una aureola de
moralidad atacando el juego y la policía nos barre de
los casinos. Entonces cada uno parte en dirección
distinta, al Far West, a Alaska, a Sudamérica. Yo
vengo dando la vuelta por la costa. En los vapores
costeros hay menos peligro. La gente sube y baja de
los puertos como en un tranvía. En los otros, los
viajes son más largos y la gente se fija más.
Comprendía ahora perfectamente bien esas
preguntas cómicas a los jugadores: "¿Taltal, muy
bonito, cabalero?" "Antofagasta mucho salitre,
¿no?", con que posiblemente rectificaba los datos
suministrados por el contador.
Dejaba perplejo apagar mi cigarro. Una pregunta
temblaba en mis labios hacía algunos segundos. En el
precipitado latir de mi corazón nacía una esperanza
que rozaba mi alma con alada dulzura. Era como si
llegase, al fin, algo largamente esperado. Pregunté
con ansiedad:
¿La señora inglesa también ha perdido?
Jack Poker arrugó el entrecejo y tomó el puro
entre los dedos para contestar:
En los negocios no hay que meter a las mujeres.
Es peligroso. Son inesperadas...
¿Pero. . . ?
El contador, sin embargo...
Jack Poker interrumpió su frase, guardóse
atropelladamente el naipe como un niño cogido en una
falta. El contador apareció en el umbral. En sus ojos
fríos brillaba una amenazante severidad Sin
saludarme, se dirigió secamente al yanqui, sobre el
cual parecía ejercer cierta tutela. La del empresario
sobre el artista, quizá
¡Eh, Míster Paulsen, le busco hace media hora! El
capitán nos espera para bajar a tierra.
Jack Poker se despidió de mí cordialmente. Su
corpachón exuberante rebosaba satisfecha
bonhomía. A modo de cumplimiento me hizo la
pregunta que posiblemente me habría dirigido de
entrar yo a la partida de póquer nocturna; esta vez
en su castellano característico:
¿Usted no bajar a Antofagasta?
Y yo, contagiado por su alegría y para molestar al
contador, haciéndole entrever mi intimidad con el
yanqui, le contesté:
No, señor, yo voy a Iquique.
Alcanzó a decirme aún jocosamente:
Iquique muy bonito, ¿no?
Subí a cubierta a los pocos minutos. Vi con
asombro que la esbelta silueta de la inglesa, siempre
enigmática, descendía los sucios tramos de la
escalera hacia un bote que danzaba medio atracado a
la pisadera. Amontonábanse maletas, cajas y mantas
en la popa. Puso con ágil salto su elegante pie en el
bancal. Vislumbré el contorno de una pantorrilla
ideal. El bote, a un vigoroso esfuerzo del remero
criollo, se encaramó en las olas y se separó
rápidamente del vapor. En ese instante, Jack Poker y
el contador se acercaban apresurados a la borda.
Alcancé a oír las palabras escandidas del chileno
para que el yanqui lo entendiese.
To... mó... pa... sa... je... has... ta... I... qui... que...
y... de... sem... bar... có... en... An... to... fa... gas... ta...
Eso es.
El yanqui guardó silencio un segundo como si
tradujese las palabras; luego sonrió:
Ella lo puede hacer, ¿no? ¡Mí dijo usted dos
veces!
La cara redonda, olivácea, del contador no
expresó nada; pero torciendo un pómulo que dejó ver
los incisivos en un rictus de rabia, rugió:
Gringa de... Se ha llevado más de mil pesos.
Jack Poker, apoyado en la baranda, pareció no
oírle.
Miraba sin enojo alejarse la silueta de su
compatriota, ya perdida o en relieve sobre las olas,
en dirección al muelle, raya de tinta suspendida en el
añil inquieto del mar.

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