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A LA IMAGEN DE CRISTO

(Romanos 8:29)

Hay una promesa hecha a todos los que han sido llamados al seguimiento de
Jesucristo, es que serán semejantes a Él. Todo discípulo debe ser "como
Cristo", el que se entrega plenamente a Cristo, llevará necesariamente su
imagen. Esta imagen de Cristo es para que él sea el primogénito entre muchos
hermanos.

Vayamos al principio de la Creación para comprender este asunto. Dios creó al


ser humano a su imagen y semejanza; Adán fue hecho a imagen suya y luego lo
fue Eva (Génesis 1:26-27). Adán fue hecho "como Dios"; pero la serpiente con
su mentira engañó a Eva para hacer caer a Adán. Le hizo creer que debería ser
Dios. Él quiso ser Dios y esta actitud lo llevó a la caída. Se hizo "como Dios",
pero a su manera. Ahora, él mismo es dios, ya no tiene a Dios, reina solo. Desde
ese momento el ser humano ha perdido su verdadera esencia, su semejanza a
Dios que antes tenía. Vive de tumbo en tumbo, sin saber a dónde ir.

Hasta hoy en día muchos, perversos, orgullosos y soberbios, intentan restaurar


con sus propias manos y esfuerzos, la imagen de Dios que perdieron. Lo único
que logran es convertirse en al imagen de Satanás. Pero Dios no ha
abandonado al hombre perdido; por segunda vez quiere crear en él su imagen.
Para que esta imagen sea plena, se debe producir en la persona una
transformación (Rom. 12:2; 2 Cor. 3:18), para que el hombre caído vuelva a ser
imagen de Dios. Para eso sólo hay un camino: Jesucristo. Es Dios mismo quien
toma la forma del hombre y viene a él. Jesucristo, el Hijo de Dios, toma nuestra
forma y se convierte en nuestro salvador. Él, en todo su ministerio terrenal va
revelando la imagen de Dios. Esta es una imagen diferente a la de Adán, él es la
verdadera imagen de Dios.

Quien quiera participar de la gloria de Jesús, debe semejarse primero a la


imagen del siervo de Dios, obediente y sufriente en la cruz. Pero, asemejarse a
la forma de Jesucristo no es un mero ideal o lograr un parecido a él; es imitarlo
hasta el sacrificio. Cristo marca la vida de los suyos con la muerte diaria en el
combate del espíritu contra la carne, contra el sufrimiento diario de la agonía,
todo ello infligido al cristiano por Satanás.

Este proceso es lento, pero seguro. Poco a poco vamos logrando esa
transformación, el conocimiento divino, la claridad de nuestra mente; vamos
camino hacia una identidad cada vez más perfecta, que es la imagen del Hijo de
Dios (2 Cor. 3:18). Con la presencia de Jesucristo en nuestros corazones, él
sigue vivo, no ha muerto; continúa en la vida de los que le siguen. Pablo pudo
decir: "vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mi" (Gál. 2:20).
Por eso, la Iglesia, nosotros, debemos ser como Él. Cristo es nuestro modelo a
seguir, es nuestro paradigma:

- Vivir como él vivió ( 1 Jn. 2:6);


- Hacer lo que él hizo (Jn. 13:15);
- Amar como él amó (Ef. 5:2; Jn. 13:34; 15:12);
- Perdonar como él perdonó (Col. 3:13);
- Tener sus mismos sentimientos (Fil 2:5);
- Seguir el ejemplo que nos dejó (1 Pe. 2:21);
- Dar nuestra vida por los hermanos, como él la dio por nosotros (1 Jn. 3:16).

El seguidor de Jesús es el imitador de Dios (Ef. 5:1). Tenemos que dejarnos


moldear por nuestro alfarero si queremos llegar a ser la imagen de Cristo. Que el
Señor nos ayude a lograrlo. Amén

DE LA CURIOSIDAD A LA RESTAURACIÓN
(Lucas 19:1-10)

El relato que en esta oportunidad nos toca reflexionar, nos presenta a Jesús
entrando a Jericó, la ciudad más antigua del mundo y muy importante en ese
momento. En esa ciudad vivía un hombre judío muy rico y que era jefe de los
cobradores de impuestos, este personaje se llamaba Zaqueo, que en realidad es
una abreviatura de Zacarías. Él no era bien considerado en la ciudad por los
habitantes, debido a sus continuos abusos en la cobranza de los impuestos para
el Imperio Romano. En realidad Zaqueo era un hombre abusivo y sin
misericordia.

En esa condición, de pronto Zaqueo tiene curiosidad de conocer a Jesús, ese


varón que dice ser el Hijo de Dios, que salva y perdona pecados. Es tal su
curiosidad, que decide ir a verlo y conocerlo personalmente. Ha sentido en el
interior de su ser esa necesidad espiritual y ha sido movido, por el Espíritu
Santo, a tener ese encuentro personal con Jesús. Es la Gracia anticipante de
Dios. Dios tiene un plan redentor para él. Sin embargo, nuestro personaje se
encuentra con dos grandes dificultades que no le permiten cumplir con su deseo:
su estatura pequeña y la gran multitud que rodea a Jesús. Aparentemente no es
posible superar el problema. El asunto se complica aún más, ya que al no ser
bien considerado por la mayoría de la gente, no le darán un lugar. Ante esa
situación complicada, Zaqueo no es conformista ni derrotista. Su necesidad
espiritual y su deseo de conocer a Jesús, le permiten buscar una solución
inmediata. Es tan grande su necesidad que encuentra una salida: subirse a un
árbol de higos para que desde esa posición pueda ver a ese gran varón de
Galilea y apreciarlo aunque sea desde lejos. ¡Hasta ahí no más piensa llegar!. Él
no se imagina lo que Dios tiene preparado para su vida. Su curiosidad y su
necesidad pronto tendrán su recompensa.
Jesús al pasar entre la multitud se da cuenta que hay un hombre trepado en el
árbol, con sus problemas, sus angustias, sus errores y sus pecados, pero
también, su deseo de ser feliz. A él dirige su atención y le hace una invitación
personal: “Quiero entrar a tu vida”, “Quiero entrar a tu casa” ¡Es el Hijo de Dios
quien me invita! Pensó Zaqueo. Es la Gracia convincente de Dios. Sin
pensarlo dos veces dejó la actitud contemplativa y decidió recibirlo en su vida,
en su casa. Lo recibió en su corazón. Es la Gracia justificante de Dios. No le
importó las habladurías del pueblo y de las autoridades. Su curiosidad y
necesidad espiritual habían sido satisfechas.

La historia no termina ahí, ahora viene la evidencia del real cambio


experimentado en su vida. Ahora empieza el camino que ha de recorrer para
lograr la perfección, la restauración, la santidad, la vida plena. Es decir, es la
acción de la Gracia santificadora de Dios. Zaqueo toma la decisión de
restaurar a aquellos que ha agraviado. El hecho de recibir al Señor Jesús en su
vida lo ha movido a misericordia. Ahora dará la mitad de sus bienes a los pobres
y devolverá cuatro veces lo robado. ¡Evidencias reales de su conversión! Su
conversión no es algo emocional o pasajera, sino una transformación total. Un
cambio integral, que involucra lo espiritual y el entorno social.

Jesús, al ver esta sinceridad de Zaqueo le confirma que es salvo plenamente, y


no sólo él, sino toda su familia también. ¡Para eso vino al mundo, a buscar y
salvar lo que se había perdido! Esta historia nos enseña que Jesús siempre está
atento a nuestras necesidades y dispuesto a entrar a nuestras vidas, es cuestión
de tener la voluntad de hacerlo ingresar. No importa nuestra condición humana,
social, cultural o política, Él está ahí, recorriendo lugares en busca de personas
que se han perdido en el mundo y se han alejado de Dios. Él quiere rescatarnos,
liberarnos, salvarnos de la esclavitud del pecado, para que vivamos una vida en
plenitud y de alegría. Aceptarle en nuestro corazón implica también dar buen
testimonio de su amor, a otros que aún no le conocen.

El Señor está merodeando cerca de ti, no dejes pasar esta gran oportunidad y
déjalo entrar a tu vida, ahora, y verás que sus promesas son ciertas. Te lo digo
yo que soy testigo de su amor, de su misericordia y de su pronto auxilio en las
diversas tribulaciones y dificultades que me ha tocado vivir. ¡Soy obra de su
gracia!. Amén.

DE LA PARÁLISIS A LA ACCIÓN
(Marcos 2:1-12)

El relato que tenemos como reflexión nos presenta a Jesús y a un hombre


paralizado por el pecado. En el desarrollo de la historia bíblica veremos cómo el
pecado tiene poder para paralizar el cuerpo. El pecado es más triste que el
dolor. Despoja al hombre y a la mujer de su íntima integridad y de su respeto
propio. Destruye las relaciones humanas, dividiendo a amigos y familias.
Corrompe la sociedad, generando conflictos y guerras. El pecado separa al ser
humano de Dios, haciéndole sentirse como un huérfano abandonado en un
universo que lo condena.

Lo más importante de esta historia son las primeras palabras de Jesús: "Hijo
mío, tus pecados quedan perdonados", como respuesta a la fe del grupo de
amigos del joven paralítico. seguramente en todas las caras se vio una
expresión de sorpresa. Algunos se preguntarían qué tenía que ver la mención
del pecado con alguien que había sido traído buscando la sanidad física. Jesús
percibió lo que estaba pasando en ese momento y lo que estaban pensando y
preguntó: "¿Por qué piensan ustedes así?" Luego afirmó que era más fácil
perdonar los pecados que sanar al paralítico. Y para probar su autoridad para
perdonar, dijo al hombre impotente: "Levántate...y anda" Y éste lo hizo, y se fue
de prisa a su casa, llevando la camilla la cual lo habían traído, para contar a los
suyos las maravillosas nuevas de su sanidad.

Esta sencilla y conmovedora historia encierra una importante verdad. La verdad


es que el espíritu y la carne están estrechamente vinculados y que a veces las
enfermedades del cuerpo tienen sus raíces profundas en la mente y en las
emociones. De ahí que la curación del espíritu opera la restauración de las
fuerzas físicas. Jesús sanó al paralítico porque veía la personalidad humana en
su totalidad. Él puede afectar los últimos rincones de nuestra personalidad.

Hoy más que nunca aumentan las evidencias de la gran cantidad de


enfermedades que tienen sus raíces en la mente y el espíritu. Por ejemplo: el
director de un gran hospital sostuvo que recientemente que el 50% de los
pacientes revelan que el origen de sus enfermedades está en la mente. La
ansiedad, la preocupación, la culpa, el resentimiento, la ambición desenfrenada,
las relaciones infelices entre esposo y esposa, todo repercute sobre el cuerpo.
La etimología de la palabra "salud" tiene relación con la de la palabra
"salvación". En otros términos, la relación de un hombre o una mujer con Dios
tiene mucho que ver con su salud. De ahí que la santidad de vida puede
significar: salud.

Jesús, penetrando con su mirada en la vida del joven que le traen para que lo
sanara, vio que el pecado no perdonado estaba causando la parálisis de los
miembros. Detrás la impotencia de su cuerpo yacía un sentimiento de culpa.
Actualmente, el pecado está destruyendo muchas vidas. La culpa, es
consecuencia del pecado, está haciendo estragos en el bienestar personal. Un
siervo del señor ha dicho: "Gran cantidad de personas en el mundo tienen hoy
algo así como un complejo reprimido de fracaso moral. No confiesan sus
pecados ni a Dios ni a persona alguna, pero están tranquilos e insatisfechos
consigo mismos y con lo que han hecho con su vida moral". Es decir, hay
soberbia en sus corazones. La culpa tiene el poder de destruir la personalidad.
Hoy los hospitales se están llenando de personas con casos mentales. Y la
mitad de éstos están allí por un sobrecargado sentimiento de culpa. El director
de un manicomio dijo en una oportunidad que podría dar de alta a la mitad de
sus pacientes si alguien pudiera asegurarles de que sus culpas les serían
quitadas.

La culpa paraliza el cuerpo. Hay muchas contrapartes del relato del paralítico
que fue traído a Jesús. Éste fue curado por la pronunciación de la palabra
"perdón", mediante la eliminación del paralizante sentido de culpa. Tal vez
algunas de las personas que yacen impotentes en el lecho, o están prisioneras
de una silla de ruedas, se levantarían y caminarían, si solamente pudieran creer
y aceptar el perdón de Dios.

La culpa paraliza el espíritu humano. El gozo y la culpa no pueden existir


juntos. La culpa destruye la creatividad, fosilizando nuestro espíritu que nada
nuevo puede crear. Así, la culpa nos aleja de Dios, y sin Dios la vida no vale la
pena ser vivida.

La culpa paraliza el matrimonio. En estos últimos años podemos ver con


asombro el tremendo poder de la culpa que surge de la irregularidad de la vida
sexual antes y después del matrimonio. Vemos hogares deshechos por causa
de la infidelidad de la pareja, por el sentido de culpa por la falta de castidad
anterior al matrimonio. Como pastores tenemos que enfrentar los problemas del
adulterio y el aborto y su efecto en las relaciones entre un esposo y su esposa.
Sin el perdón de Dios y luego el perdón mutuo, no hay esperanza alguna. Con la
aceptación del perdón se quita un gran peso y termina la parálisis de un
matrimonio. Qué alegría se siente cuando un matrimonio enfermo se sana, la
pareja renueva gozosamente sus votos mutuamente y delante de Dios. Se
cumple el antiguo milagro en su secuencia de, primero, perdón; luego sanidad. Y
Jesús dijo: "Tus pecados quedan perdonados. ¡Levántate... y anda!".

Ahora bien, ¿cómo se pasa de oír la voz de la conciencia a recibir la palabra de


perdón? ¿Cómo llegamos al punto en que, habiendo confesado nuestros
pecados, "aceptamos nuestra aceptación"? ¿Cómo alcanzamos la certeza del
perdón de Dios? Jesús pudo ayudar al paralítico, llevándolo de la culpa,
mediante el perdón, a la sanidad, porque él podía pronunciar con autoridad las
palabras: "Tus pecados quedan perdonados". Este es el secreto de la historia, el
poder de Jesús para producir el milagro del perdón.

El ser humano no puede perdonarse a sí mismo. Por más que repita que su
pecado no es grave, éste sigue acosándolo. Debe recibir una palabra fuera de él
mismo, para tener la paz del corazón, la única paz que existe. Esta palabra es
la de Dios. Existen aún personas que pretenden acallar su conciencia haciendo
algunas obras de caridad, asimismo, hay quienes acuden a los psiquiatras,
esperando que con sus técnicas los liberen de la tortura de escuchar la voz de
su conciencia. El asunto es más que una cuestión de hacer obras de caridad o
un asunto de técnicas. Es la palabra, la palabra viva, liberadora, redentora; que
las buenas obras y las técnicas humanas no pueden hacernos llegar. Sólo Dios
puede liberarnos de esa situación pecaminosa y nadie más.

Hay un solo lugar en todo el mundo en el que podemos quedar


absolutamente convencidos de que nuestros pecados pueden ser y son
perdonados. Es la presencia de Jesús. El mundo de la naturaleza no produce
convicción. Nuestra propia conciencia nos condena, pero nunca puede darnos
perdón, el cual necesitamos con urgencia. Esa palabra la dice Jesús. Él trae
convicción. En los días de su ministerio terrenal, hizo que la gente creyera que
tenía poder para perdonar pecados. Los adúlteros creyeron en él, los
extorsionadores creyeron en él, el ladrón creyó en él, la prostituta creyó en él, el
paralítico creyó en él, sus discípulos creyeron en él, sus enemigos creyeron en
él, y todos ellos lograron la salvación eterna.

Si retornamos a la historia podemos comprobar ¡Un cuadro de verdadera


amistad! Cuatro amigos trajeron al paralítico a Jesús. Estaban decididos. Hasta
subieron a la azotea y, con mucho ingenio, lo bajaron hasta los pies de Jesús.
Grande debe haber sido la fe de ellos, porque Jesús la vio y la honró. Su fe
desempeñó un gran papel en el perdón y la sanidad que consiguieron. ¿Cuánto
de nosotros creemos lo suficiente para traer a nuestros amigos a Jesús para que
reciban el toque de su poder? ¿Lo hacemos? ¿Cuánto ha pasado desde que
oramos por nuestro familiar; por el amigo? ¿Cuánto pasado desde que tratamos
de llevar a algún conocido a la iglesia para que pueda escuchar alguna palabra
de salvación? ¿Cuán decididos estamos? ¿Hemos hecho alguna vez algo
parecido como los cuatro que subieron a una azotea por amor a su amigo?.

Que el Señor nos permita traer a muchos a los pies de Jesús para que sean
perdonados y sanados. Amén.

¿QUÉ ES EL REINO DE DIOS?


(Marcos 1:15)

Según el evangelista Marcos, Jesús dio inicio a su ministerio proclamando el


reino de Dios. Ahora bien, esta nueva realidad era esperada desde hace muchos
años por parte de los judíos y ésta era su gran esperanza. Para ellos, los judíos,
Dios era su único Rey y Señor, no había otro. El era el único y gobernaba con
justicia. (Cf. Ex. 15:18; 19:6; Dt. 30:5; Jue. 8:23). Dios había dado un orden, pero
las otras naciones paganas no respetaban la justicia ni el orden que Dios había
establecido aquí en la tierra. A pesar de ello los judíos creían que llegaría el día
cuando Dios se manifestaría con poder y establecería como realidad visible su
Reino sobre todos los pueblos. (Cf. 1 Sam. 8:7; 12:12; Is. 2:2; 11:1s; 24: 21s;
33:22; 41:14s; 61:1s; Jer. 31:31s; Sal. 96:8).

Esta esperanza en el establecimiento del reino de Dios, hizo que los judíos
pudieran soportar el destierro y la persecución durante muchos siglos sin que
declinara su fe. Claro está que no muchos mantenían esa esperanza, y esta
situación les llevaba a la desesperación y a darle las espaldas al Rey de reyes.
Sin embargo, había un remanente que se mantenía fiel a la promesa de su
Señor y Dios. No fue fácil para el pueblo judío mantener una resistencia
prolongada. Unos cayeron en la idolatría, otros se aliaron con los reyes
enemigos y otros prefirieron el martirio. El reino de Dios: ¿utopía o realidad?. La
Promesa y las profecías prometían el establecimiento de un nuevo orden en la
tierra, a través de un reino y un rey. A partir de ese nuevo orden ya no habría
injusticia, violencia, idolatría, miseria, guerras ni hambruna. Todo sería un nuevo
cielo y una nueva tierra. (Cf. Is. 25:8; 65:19).

Este anhelo del establecimiento del reino de Dios dejó de ser algo lejano y
quizás utópico desde el momento que nació el Salvador, Jesucristo. Al llegar el
Salvador ya no era solo un anhelo judío, sino que era la esperanza de toda la
humanidad. Esta nueva realidad dejó de ser algo exclusivo de ellos, ahora era
para todos los seres humanos y pueblos. Lamentablemente los judíos no
estaban dispuestos a aceptar a Jesús como su Salvador y Rey, menos que sea
el Hijo de Dios. De tal manera que con esa actitud estaban perdiendo la gran
oportunidad de gozar de las Buenas Nuevas de su Señor.

Con la venida del Mesías, Jesucristo, toda esperanza se hacía realidad y ésta no
solo era personal, o de un un pueblo, sino que era universal. Por eso cuando
Jesucristo dice: "El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado;
arrepentíos, y creed en el evangelio", (Mr. 1:15; Mt. 4:17) se estaba refiriendo a
aquello que su propio pueblo anhelaba, pero al mismo tiempo era la esperanza
universal de paz y justicia. Las relaciones entre las personas deberían ser en
base al amor y la solidaridad. He ahí el pedido en la oración del Padrenuestro:
"venga tu reino" (Mt. 6:10a). Ahora ese reino es como algo que pertenece al
futuro pero que también, en un cierto sentido, ya está presente.

¿Cómo entender que el reino es futuro pero a la vez ya está entre nosotros?
Una manera de explicar esta situación es que mientras exista la miseria, la
explotación, las guerras, los odios raciales y religiosos, el hambre, las
enfermedades, el pecado personal y social, la muerte y la desesperanza, ese
Reino está aún lejos de nuestro alcance y no es más que una esperanza. Pero
podemos decir en un sentido real que ya está presente, que se está gestando
entre nosotros, en la medida que Jesucristo gobierne nuestras vidas y seamos
agentes de Su amor, de Su paz y de Su justicia. Está presente en la incesante
actividad de Dios y en las actos maravillosos de Jesús, su Hijo.

Ahora bien, nosotros que somos sus discípulos y agentes de su Amor,


conformamos la Iglesia Universal que ya es una señal anticipada y evidente de
lo que será el reino de Dios. Todo lo que ella realice en la tierra como parte de
su Misión, serán las señales evidentes de esa nueva realidad.
Es bueno tener en cuenta que el reino de Dios tiene dos dimensiones: una
exterior y una interior.

a) Es una realidad exterior.- Cuando venga Jesucristo y por ende el reino de


Dios, implicará un reordenamiento total de la sociedad y serán eliminados todo
tipo de abusos e injusticias que atentan contra ella y ya no será una utopía la
consecución de dichas aspiraciones personales y sociales, que hasta ahora le
pertenecen a los idealistas.

b) Es una realidad interior.- También el reino de Dios es una realidad presente,


cuando en nuestro interior vive Jesucristo y nuestra vida se reordena de acuerdo
a la voluntad de Dios y nos convierte en sus agentes o colaboradores para que
este Reino se establezca en la tierra. Recordemos que Dios actúa por medio de
nosotros para lograr este fin.

Roguemos a Dios para que nosotros, su Iglesia, podamos hacer más real la
llegada del Reino. Amén.

UN PUEBLO CON IDENTIDAD PROPIA


(Hechos 2: 40-47; 4: 32-37)

Este relato histórico tiene su antecedente en el acontecimiento de Pentecostés y


en la predicación evangelizadora de Pedro. El efecto de esta evangelización es
asombroso, tanto por sus resultados como el estilo de vida que llevaron los
primeros cristianos. La evangelización realizada luego de Pentecostés logró que
más de tres mil personas creyeran en el mensaje de salvación de Pedro y se
convirtieran al Señor Jesucristo, para luego conformar la primera comunidad
cristiana. Esta comunidad cristiana primitiva viene a ser el paradigma para toda
comunidad de fe que quiera cumplir la misión que nuestro Señor Jesucristo
encomendó. Actualmente tenemos muchos modelos de ser iglesia o comunidad
de fe. En lugar de fortalecer la unidad de los creyentes lo que se ha logrado es
confundir más a los nuevos creyentes, generando una desorientación y
malestar. La identidad de la iglesia cristiana actualmente no refleja la unidad en
Cristo, ni menos estar involucrada en un proyecto social de redención plena,
tanto en lo espiritual como en lo social.

La descripción que se hace en los últimos versículos del capítulo dos, del libro
de los Hechos de los Apóstoles, de la primera comunidad cristiana es digna de
tener muy en cuenta. En primer lugar porque nos describe una comunidad llena
del Espíritu Santo y que vive en unidad, amándose uno al otro, compartiendo el
pan, alabando con alegría a su Señor en el templo todos los días, donde no hay
ningún necesitado, todo se comparte. Además era una comunidad
evangelizadora que proclamaba el mensaje de salvación cada día y lograba que
muchas creyeran en Jesucristo y se salvaran. Luego de ello se unían a la
comunidad de base y ésta crecía cada día más. También podemos resaltar que
era una comunidad de fe autosostenida, no necesitaban de recursos externos,
les bastaba sus propios recursos para realizar la Misión. Y no solo eso, lograron
el favor del pueblo. Cosa sorprendente en un contexto social de persecución y
muerte para los seguidores de Cristo. Los últimos versículos del capítulo cuatro
del mismo libro, nos dan mayor referencia sobre la forma de convivencia de
estos primeros cristianos y primeras cristianas dentro la comunidad de fe. Aquí
una vez más se reafirma el espíritu de solidaridad entre ellos, y como muestra se
da un ejemplo: la disposición de la heredad de José para con ellos. Todo esto
nos lleva a pensar que era un pueblo con una identidad propia. No la tomaron
prestada de nadie ni imitaron a ninguna otra comunidad. Gestaron su propio
testimonio en base a la fe y al amor.

Ahora bien, ¿cuánto de eso tendríamos que retomar como iglesia cristiana?
Pienso que hoy en día existe un gran abismo entre nuestras iglesias y dicha
comunidad de fe. No hay una sola identidad que nos identifique ante el pueblo,
tenemos diversas prácticas litúrgicas, diferentes formas de evangelización y
poca o casi ninguna incidencia social. Muchas veces estamos muy ocupados en
nuestros propios problemas, en nuestras propias liturgias, en la forma de
evangelizar, en la teología y doctrina que queremos prevalezca ante cualquier
otra. Cada iglesia tiene diversas propuestas de ser la verdadera iglesia de
Cristo. Si echamos un vistazo en cada una de ellas comprobaremos que
estamos muy lejos de aquella comunidad primitiva. Unas solo se preocupan por
la salud espiritual, otras en la prosperidad personal, unas a contentarse en llenar
sus templos, algunas se preocupan por los pobres y marginados de la sociedad.
¿Cuál es nuestra verdadera identidad como pueblo de Dios? Pareciera que
nuestra identidad ya no es tan propia, porque hemos importado modelos
extranjeros al ser iglesia, hemos copiado doctrinas, liturgias, estilos de vida,
modos de hablar y formas de evangelización. Alguien nos podría preguntar:
¿Cuál es la razón de ser la iglesia, en este mundo?.

Esta situación nos debe llamar poderosamente la atención, ya que si logramos


ser esa comunidad que estamos analizando, en realidad el mundo sería otro. No
habría divisiones, guerras, pobreza, corrupción, contrabando, tráfico de
personas, desastres, etc. La suma de creyentes verdaderos lograría conformar
una gran red de fe y solidaridad. Todos seríamos hermanos y hermanas,
viviríamos como si fuera el paraíso, no sería necesario tener gobernantes ni
tribunales de justicia. No tendríamos que importar evangelistas de ninguna parte.
Cada quien evangelizaría con su propio testimonio personal y comunitario. La
alegría de nuestros pueblos sería una señal de la felicidad plena, donde el ser
humano vive confiado en un ser supremo, Dios, y es bendecido por su
misericordia.

Retomando nuestra reflexión sobre la primera comunidad primitiva cristiana,


verdaderamente es de admirar el estilo de vida de esos creyentes valerosos que
supieran dar su vida por su Señor y dar testimonio de la verdadera
evangelización, en la que la fe, el amor y la solidaridad eran el núcleo de su
razón de ser como pueblo de Dios, en un contexto donde no era nada favorable.
No debemos olvidar que nosotros y nosotras somos herederos de esa historia y
de esa misión, donde la verdadera razón de ser la iglesia de Cristo es
proclamarle a toda criatura, lograr su salvación plena y compartir las múltiples
bendiciones que recibimos con el que sufre, con el que no tiene nada y busca su
redención. Que el Señor nos ayude a ser esa verdadera Iglesia. Amén.