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La evolución que ha presentado el ejercicio docente, tomando como tiempo de tensión el

trascurrir del siglo XX, presenta un proceso que inicia desde su labor apostólica hasta su

formación como profesional de la educación. Esta forma en que se contempla la transición

no implica que aquellas actitudes que se presentaron en su momento hayan quedado

superadas pues, tanto los mecanismos de represión y adoctrinamiento por parte de las

instrucciones reguladoras de la educación como la actitud y postura de algunos integrantes

del cuerpo docente frente a las prácticas de enseñanza, hacen pensar que, por un lado, por

más que se haya intentado superar una postura de una época, fue más el evidenciar y

reconocer una problemática que afecta el objeto de la pedagogía, y por otro, que el ejercicio

docente presenta una dualidad educativa entre la doctrina y la formación. Entonces, ¿en qué

se diferencia el docente moderno de antaño con el docente contemporáneo?

Vezub (2005), nos presenta al docente moderno como un apóstol vocacional entregado a

“las virtudes morales y a las cualidades personales del maestro que al entrenamiento de sus

saberes científicos y pedagógicos” (p. 5). Esta postura, en tiempos actuales ¿es diferencible

esa postura al ejercicio actual docente cuando aún, un docente titulado como profesional en

la educación, se limita a seguir un currículo reproduciendo al pie de la letra la norma de su

libro guía –así como el sacerdote da su sermón dominical, creyéndose a sí mismo como

profeta, mientras sus fieles escuchan palabras que se quedan en el mimo puesto que fueron

escuchadas sin posibilidad de réplica– y esquivando la realidad social que afecta su

entorno, sin tomarse la consideración de, por lo menos, hacer un reconocimiento del

espacio que está interviniendo? ¿no es pues, un virtuoso de la moralidad, de la norma?, ¿no

es pues, un representante de las cualidades personales del maestro al enseñar sin ser
cuestionado ni cuestionarse? Es así, como la labor apostólica no fue sólo una situación de la

época, sino también, es una actitud que aún se mantiene.

Siguiendo la línea sincrónica, y pasando por una tecnificación el ejercicio docente, que le

brindaba al docente habilidades instrumentales para reproducir conocimiento –pero que no

se responsabilizaba ni contemplaba de sus capacidades intelectuales–, Tedesco y Tenti

(2002) señalan que aún sigue presente ese modelo en la conciencia práctica de los docentes

y que es complementaria con su labor vocacional. A su suma, también se adhirió la imagen

del trabajador militante reivindicándose al conjunto de trabajadores asalariados que, aunque

mejoró las condiciones laborales y motivó a muchos jóvenes a elegir la carrera docente, la

motivación del ser docente queda sumado a sus beneficios y a la estabilidad laboral, que

evidencia otro tinte frente a la actitud docente: el docente que se asume como empleado.

Díaz Barriga, distingue al empleado docente como aquél que cumple un contrato frente a

horario laboral, que cumple con un programa en un plan de estudio y que asume que el

aprendizaje es problema de los estudiantes.

Vezub (2005),