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Carrera : Pedagogía en Historia, Geografía y Ciencias Sociales.

Cátedra : Construcción de la sociedad del mundo antiguo.


Tema : Discusión sobre el estado actual de conocimientos con relación al origen del pueblo griego.
Material base : “Grecia. Edad del Bronce. Orígenes del pueblo griego”. En: López, R., Plácido, D., y Presedo, F. (1992).
Historia Universal. Edad Antigua, Grecia y Oriente Próximo. Barcelona. Vicens Vives. Pág. 383-386.

SOBRE LOS ORÍGENES DEL PUEBLO GRIEGO

Los historiadores griegos tenían conciencia clara del trasiego de poblaciones que había experimentado su
territorio durante mucho tiempo hasta configurarse los estados de la época histórica, con su estabilización de los
grupos humanos en condiciones de vida sujetas a la permanencia en un determinado lugar; pero no se
preguntaban por el origen de ese complejo conjunto étnico, al que no llamaban «Griegos» —que tal
denominación, Graeci, es de origen latino— sino Hellénes.

La tendencia de los estados clásicos a legitimar la ocupación de sus respectivos territorios desarrolló en muchos
de ellos el mito de la autoctonía, alejado siempre de la realidad histórica. La versión más panhelénica de tal mito
era la que configuraba a un héroe epónimo llamado Helén -que venía a dar nombre a las estirpes griegas en
general, al colectivo de los helenos—, hijo de Deucalión y Pirra, la pareja humana superviviente del Diluvio
helénico. Nacido en Tesalia, Helén habría engendrado a Eolo, a Doro y a Juto, epónimos respectivos de los
grupos helénicos eolio, dorio y, en el caso de Juto, aqueo y jonio, a través de sus hijos Aqueo e Ion. Pero, al
margen de esta leyenda, los atenienses tenían sus reyes primitivos «nacidos de la tierra», es decir «autóctonos»,
y la tradición griega conservaba etnónimos, como el de los pelasgos y los minias entre otros, que se atribuían a
poblaciones muy antiguas, a las que se consideraba como primeros habitantes de territorios helénicos más o
menos definidos.

Pero, desde que en las primeras décadas del siglo pasado los lingüistas probaron que la lengua griega
pertenecía al tronco indoeuropeo, los historiadores se vieron movidos a rastrear el origen de la población
helénica por los caminos que sugerían sus raíces lingüísticas, en la idea de que esa lengua debía haber sido
introducida por una población de origen indoeuropeo, que sería asimismo responsable de la implantación en
suelo helénico de otros muchos rasgos culturales característicos de lo que se conoce como el mundo griego. Sin
embargo, eran muchos los problemas implicados en esa investigación: el de establecer el lugar de procedencia
del primitivo núcleo indoeuropeo común y el de determinar el modo como los ancestros de los griegos históricos
penetraron en la Hélade eran los más importantes; y, por supuesto, se planteaba la cuestión de la diacronía de
los indoeuropeos en sus movimientos de dispersión geográfica y en su diversificación lingüística, así como el de
la adecuación de esos grupos poblacionales al registro arqueológico. Con respecto al territorio helénico, sólo
parecía claro que, con anterioridad a la presencia en él de los griegos, había estado habitado por poblaciones
cuantitativa y cualitativamente significativas, que constituían un sustrato a tener en cuenta; los nuevos
pobladores se adscribían tanto al Asia suroccidental como a la Europa nororiental, pero, en todo caso, a un área
alejada de la península Balcánica.

Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en ciudades de la Edad del Bronce como Micenas, Tirinto o
Troya, y los estudios filológicos de Kretschmer, llevaron a establecer la tesis de que los griegos habían penetrado
en las tierras helénicas a través de tres invasiones que articulaban las tres fases de la Edad del Bronce: la de los
jonios hacia el 1900 a.C., la de los aqueos o eolios hacia el 1600 a.C., y la de los dorios hacia el 1200 a.C.,
coincidente esta última con las destrucciones de los palacios micénicos. Esa teoría presuponía una fase anterior
a la de la primera invasión, en la que la lengua griega se habría desgajado del núcleo indoeuropeo primitivo
hasta el punto de consolidarse en una forma clara y distinta, para luego fragmentarse en los grupos dialectales
protagonistas de cada una de las invasiones. Una variante complementaria respecto de esa visión general es la
establecida por el historiador Beloch, en el sentido de que la diversificación del griego en sus dialectos
prehistóricos se había producido ya en el suelo helénico, lo que implicaba que los griegos habrían entrado en él
de una vez -con la primera invasión, la de finales del Bronce Antiguo—, estableciéndose en el área más sep-
tentrional del territorio y desplazándose después hacia el sur en los momentos a los que se atribuían las otras
dos invasiones.

La adecuación del esquema de las tres invasiones al registro arqueológico movió a los historiadores a considerar
la cerámica minia, característica de la Grecia mesoheládica, como exponente de la llegada de los griegos y de la
dispersión de la primera oleada de sus integrantes, que, así, desde comienzos del Heládico Medio, habría ido
imprimiendo su huella sobre un sustrato poblacional al que las investigaciones arqueológicas y lingüísticas
configuraron en la década de los treinta una cierta personalidad, al encontrar una correspondencia entre deter-
minados topónimos griegos y del Asia Menor (con terminaciones en -ssos, -nthos y -ndos). El ámbito geográfico
correspondiente a la península balcánica, las islas del Egeo, Creta y el Asia Menor oriental habrían constituido
una base poblacional homogénea, sobre la que se habría impuesto la componente helénica insuflada desde el
norte. El verdadero problema lo planteaba, sin embargo, el hecho de que en el tránsito del Heládico Medio al
Heládico Reciente o Micénico, es decir en el 1600 a.C., al que debería corresponder la segunda de las
supuestas invasiones, no se apreciaban huellas de una destrucción generalizada, y, en el terreno de la cerámica,
la única novedad era la presencia de variedades minoicas o de sus imitaciones, coexistiendo con una pervivencia
de las variedades meso-heládicas. Se recurrió entonces a complicadas teorías para atribuir el origen de la
civilización micénica a una «invasión» griega que no había dejado huellas arqueológicas.

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En las últimas décadas la cuestión de la llegada de los griegos a Grecia ha experimentado sucesivos
replanteamientos, no sólo en función de la nueva evidencia arqueológica, sino muy especialmente debido a una
nueva consideración del desarrollo dialectal de la lengua griega, que ha venido a invalidar la vieja teoría de las
tres oleadas. Las conclusiones alcanzadas no pueden considerarse como definitivas, sobre todo porque su
mayor aportación es la constancia de que el problema tiene unas bases lo suficientemente complejas y ambiguas
como para que pueda y deba ser replanteado una y otra vez.

En primer lugar, hay una tendencia generalizada a rechazar toda relación de causa a efecto entre las
destrucciones del 1200 a.C., y los fenómenos migratorios de esas estirpes helénicas de las que descienden los
dorios históricos. En segundo lugar, se descarta cualquier aporte poblacional verdaderamente significativo en el
tránsito del Heládico Medio al Heládico Reciente. Y, en tercer lugar, la cerámica minia ha demostrado ser el
producto de una evolución in situ de las formas precedentes, de modo que las destrucciones apreciadas en los
niveles HA II, de la Argólida sobre todo, a partir de los estudios arqueológicos de Caskey se han convertido, por
exclusión, en el marco señalado para la primera y única dispersión de los griegos por la Hélade. Pero esa tesis
dista mucho de ser unánimemente aceptada, porque, después de todo, no tiene más base arqueológica que una
media docena de lugares con huellas de destrucción -Lerna en la Argólide es el más evidente-, y, por otra parte,
los lingüistas tienden ahora a rebajar la fecha de la introducción del protogriego en el territorio de la Hélade.

El hecho es que Caskey extrajo de sus lecturas arqueológicas una teoría diferente de la que esas mismas
apreciaciones inspiraron a otros investigadores. Para él, las destrucciones fechables en Grecia hacia el 2100
a.C., que abren el HA III, serían atribuibles a una primera entrada de indoeuropeos, relacionados étnicamente
con los que en torno al 2300 llevaron a cabo importantes destrucciones en Anatolia, siendo responsables de los
topónimos considerados tradicionalmente como prehelénicos, a los que se aludió más arriba, y que hoy parecen
indoeuropeos. Poco después, hacia el 1900 a.C., es decir hacia finales del Bronce Antiguo, habrían llegado a
Grecia los verdaderos hablantes del protogriego, quienes, en razón de su afinidad con los anteriores invasores,
se habrían abstenido de atacar sus asentamientos, dirigiéndose, por el contrario, contra los de las poblaciones
más extrañas a su lengua y a sus costumbres; ello explicaría el hecho de que estas nuevas destrucciones —no
más de cinco en cualquier caso (Argos y Barbati en la Argólida, Eleusis y Haghios Sthephanos en el Ática, y
Eutresis en Beocia)— no resulten coincidentes con las anteriores.

El problema sigue siendo que ninguna de las inflexiones culturales de la Edad del Bronce presenta indicios
arqueológicos suficientes de una entrada masiva de gentes que se hubieran impuesto por la fuerza sobre la
población anterior, y que el criterio de las destrucciones, además de plantear problemas a veces sobre la
identificación de las causas de éstas, viene a ofrecer, en el caso que nos ocupa, un panorama similar en el 2100,
en el 1900 y en el 1600 a.C. con respecto a una posible invasión.

Por todo ello, Drews, recogiendo nuevas aportaciones de indoeuropeístas y dialectólogos, ha defendido la tesis
de que la lengua griega, y todo lo más característico de la cultura micénica que no es atribuible a la influencia
minoica, habrían sido introducidos en Grecia en el 1600 a.C. por un grupo selecto de guerreros «protogriegos»,
procedente en último término de un área situada al sur del Cáucaso, que habría llegado al territorio helénico por
mar, desembarcando en Tesalia, la proverbial tierra «criadora de caballos», para emprender desde allí la
creación de sus centros de poder en las tierras más meridionales. La lengua griega se habría formado así dentro
del área helénica más genuina, con esa diferenciación en un protogriego septentrional y un protogriego
meridional que suele atribuirse a la época micénica.

Hay que advertir que la llegada de los griegos a Grecia desde la zona armenio-anatolia, y no desde
Centroeuropa a través de los Balcanes, en la fecha y manera que plantea esta hipótesis, requiere una
consideración específica del lugar de origen y el ritmo de dispersión de los pueblos indoeuropeos, que no se
opone en sí misma a la evidencia disponible, y resulta, en principio, tan verosímil como las alternativas
planteadas. Habría que creer que en una fecha tan avanzada como los comienzos del segundo milenio los
indoeuropeos constituían una reducida comunidad carente de toda proyección histórica y afincada al sur del
Cáucaso; hasta que, por razones difíciles de precisar en sus detalles, pero relacionadas en todo caso con su
conocimiento del carro de guerra y su dominio de las habilidades y de los recursos técnicos necesarios en ese
arte militar, comienzan a desplazarse en pequeños grupos, por tierra unas veces y otras por mar, con el
propósito de ejercer su dominio sobre amplias poblaciones incapaces de resistir su ofensiva. Esos indoeuropeos
se habrían comportado del mismo modo que los hyksos, los casitas o los hurritas, protagonizando como ellos las
operaciones de conquista violenta del poder características, en el segundo milenio, de Egipto y el Próximo
Oriente, que serían asimilables al dominio de los arios sobre la India y al de los fundadores de la cultura micénica
en la Grecia mesoheládica.

La introducción de la lengua griega en la Hélade en la fecha y manera que presupone esta teoría implica que al
final de la época Micénica el protogriego meridional, diferenciado en el seno de esos grupos minoritarios bajados
de Tesalia y constituido en lengua de las élites dirigentes de los centros palaciales, apenas habría conseguido
extenderse al resto de la población del Peloponeso, la cual habría conservado en todo caso su lengua
prehelénica; ello explicaría mejor el hecho de que los grupos residuales de esa población hubieran asumido
después la lengua de sus dominadores dorios, ya que el contacto entre dos variantes dialectales de una misma
lengua, como lo son el micénico y el dorio, debería haber producido, en teoría, una contaminación recíproca, y
no la sustitución de una por la otra.