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Carrera : Pedagogía en Historia, Geografía y Ciencias Sociales.

Cátedra : Construcción de la sociedad del mundo antiguo.


Tema : Discusión sobre la Grecia Clásica y la evolución de las estructuras económicas, sociales y políticas.
Material base : “Problemas de Grecia clásica (siglo V a.C.). 3.”El llamado <<Imperio Ateniense>>”. En: Bravo, G.
(2000). Historia del mundo antiguo. Una introducción crítica. Madrid. Alianza Editorial. Pág. 255-
267.

PROBLEMAS DE LA GRECIA CLÁSICA (siglo V a.C.)

3. El llamado <<Imperio Ateniense>>

3.1 El creciente poder de Atenas en el Egeo: de Temístocles a Pendes

Aunque Atenas tuvo que aceptar el liderazgo militar de Esparta de la «Liga Helénica» en lucha
contra los persas, Milcíades en Maratón (490) y Temístocles en Salamina (480) demostraron a los griegos
la pericia de los generales atenienses y, sobre todo, la hegemonía indiscutible de su flota. El rápido cre-
cimiento de ésta fue el resultado de la rivalidad marítima de Atenas con otras «poleis» de su entorno así
como de un giro en la orientación de su política de defensa.

Entre Atenas y la vecina isla de Egina hubo un estado de guerra latente durante varias
generaciones que afloró sólo en los momentos de extrema inestabilidad política. Todavía a finales del
siglo VI a. de C. Egina era la mayor potencia naval del Egeo; Corinto, su más importante rival, había
entrado en la Liga del Peloponeso antes que Egina y Epidauro, base continental de los eginetas en sus
relaciones con los peloponesios. Por su parte, Argos, tradicional rival de Esparta, se quedó al margen
manteniendo, en cambio, buenas relaciones con Atenas, que a su vez estableció una alianza con Esparta
desde el 510 a. de C. tras la caída de Hipías. Este juego de alianzas y rivalidades recíprocas se manifestó
abiertamente cuando ca. 494, poco después de que Argos fuera derrotada en Sepeia —-junto a Tirinto—
gracias a la astucia de Cleómenes, Atenas acusó de «medismo» a Egina y pidió a Esparta su intervención
como líder de la Liga. De nuevo aquí surgió la disensión entre los dos reyes espartanos, pero Cleómenes,
habiendo sobornado a la Pitia de Delfos para que un oráculo probara la ilegitimidad de su colega en el
trono, logró que Demarato fuera depuesto en favor de Leotíquidas, el sucesor euripóntida, quien había
sido convencido por Cleómenes de llevar adelante dicho plan. Después Cleómenes marchó a Egina, tomó
diez rehenes y los depositó en Atenas como garantía de la lealtad de los eginetas a la causa griega contra
los persas. A la muerte del rey espartano en 489 a. de C. los eginetas reclamaron los rehenes a Atenas a
través del propio Leotíquidas, pero los atenienses se negaron a devolverlos, por lo que el conflicto entre
ambos rompió los compromisos de no agresión entre los aliados y provocó la intervención de otros
estados: Corinto se alineó con Atenas mientras que Egina recibió ayuda militar de Argos. Como los
resultados de estos enfrentamientos no fueron decisivos para ninguna de las partes, Egina siguió
saqueando con sus naves las costas de Ática mientras que los atenienses decidieron reforzar su flota
para luchar «con las mismas armas» contra su vecino. Esta guerra con Egina en 487 a. de C. demostró a
los atenienses la conveniencia de afianzar el plan de Temístocles de convertir Atenas en una potencia
naval frente al tradicional apoyo del Estado al ejército y completar las obras de fortificación de El Pireo
con el fin de proteger la flota de un posible ataque enemigo, por parte de Egina o de los propios persas.
Estas circunstancias se vieron favorecidas por el hallazgo de un rico filón de plata en las minas de
Laurión, que proporcionó al Tesoro ateniense los medios financieros necesarios para incrementar
sustancialmente la flota: en sólo cinco años, de los 50 barcos disponibles contra Egina pasaron a casi 200
en 482 a. de C. y en 480 la contribución ateniense a la flota griega movilizada contra los persas a través
de la «Liga Helénica» representaba más de la mitad; en 478/77 Atenas encabezó la nueva «Liga de
Délos» que a partir del 476 dejó en sus manos la administración de los fondos de los estados aliados.
Como parte de estos fondos se invirtieron en la construcción de nuevas naves, el poder militar de la Liga

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acabaría dependiendo casi exclusivamente de la flota ateniense, encargándose de reprimir los intentos de
rebelión o secesión de los estados-miembros.

3.2 Política interna: consolidación de la democracia

a) De Clístenes a Efialtes

El complicado sistema de «trytties» ideado por Clístenes tenía como objetivos no sólo «mezclar»
a la población —como dice Aristóteles—, sino también equiparar a los ciudadanos («isonomía») en
cuanto miembros de una misma comunidad política; también las nuevas 10 tribus habían contribuido a
disminuir la influencia tradicional de los «guene» y las «fratrías»; el Consejo de los 500 extraído de
aquéllas se constituyó como órgano ejecutivo, judicial y en cierto modo legislativo del nuevo sistema; el
colegio de nueve arcontes tradicional se adecuó a la organización de base decimal añadiendo un secreta-
rio a los seis «thesmothetai» y los tres arcontes (polemarco, basileus, epónimo); estos magistrados en su
condición de ex arcontes pasaban a integrarse en el Areópago de forma vitalicia, órgano al que los
teóricos griegos del siglo IV a. de C., filósofos y políticos, llegaron a considerar como «el auténtico
guardián de la constitución». Por eso es sorprendente que la reforma clisteneana no se ocupara en
absoluto del Areópago, el único órgano político permanente del Estado, que seguiría manteniendo sus
competencias tradicionales. Cuando los escritores del siglo IV asignan este importante papel al Areópago
se refieren a la defensa de la «constitución ancestral» —la «patrios politeia»— y no estrictamente a la
democrática, porque en general los griegos tenían una noción negativa de la «demokratía» hasta el punto
que son muchas y variadas las opiniones que se alzan contra esta forma de gobierno (Romilly, 1977); el
propio Aristóteles la incluía entre las formas «degeneradas» optando por la «politeia» como forma idónea
(Pol, 1289a). Por otra parte el término no es usado en el mundo griego hasta mediados del siglo V a. de
C., siendo atestiguado en Heródoto; se acuñó para denominar los cambios introducidos en la vida política
ateniense por Efialtes y Pericles, época que suele calificarse de «democracia radical». Esta denominación
moderna obedece al hecho de que se presume una evolución, un proceso histórico de consolidación del
nuevo sistema político. En este sentido, el origen del proceso se remontaría a las reformas introducidas
por Clístenes y concluiría en la «demokratía» de Pericles pasando por Temístocles y Efialtes. Sin
embargo, este término no es usado en la Constitución de Atenas de Aristóteles hasta comienzos del siglo
V a. de C. a propósito de los primeros «ostracismos» (Ath. Pol. 23); con anterioridad las expresiones
«democráticas» son sustituidas por «más populares» bajo Solón (Ath. Pol. 9: «demotikótatos») y
Clístenes (Ath. Pol. 22: «demotikóteros»).

Aunque Aristóteles no lo diga expresamente, sin duda el ostracismo fue instaurado por Clístenes
como medida para prevenir al Estado de nuevas «tiranías». Recibe su nombre de las placas («óstraka»)
exhibidas en la Asamblea con el nombre del acusado y llevaba consigo el exilio del mismo en los diez
días siguientes a la votación, en la que se exigía un mínimo de 6.000 votos contrarios. Si se tiene en
cuenta que la asistencia de ciudadanos a la «Ecclesia» era voluntaria, que fue muy irregular y que, en
ningún caso, se superó el número de 10.000 ó 12.000 (Finley, 1986,71), se comprende que muchas
propuestas de ostracismo fueron formalmente rechazadas. Generalmente la acusación se hacía pública
durante la sexta pritanía, pero no se procedía a la votación hasta la siguiente, de tal manera que la
responsabilidad del presunto exilio no recaía en una sola tribu sino en dos, a las que además se había
asignado sus correspondientes «pritanías» por sorteo. Aun así, el ostracismo se convirtió en un
instrumento dinamizador de la lucha política entre «aristócratas» y «populares», demócratas
«moderados» y «radicales», «pro-oligarcas» y «demagogos». Este juego de rivalidades políticas entre
facciones cubre en gran medida la evolución del siglo V ateniense.

De todos modos el ostracismo no se puso en práctica hasta al menos veinte años después de
ser establecido como salvaguardia constitucional. En efecto, Aristóteles informa que el primer ostracismo
conocido fue el de Hiparco, un descendiente de los Pisistrátidas, en 488/87, bajo el arcontado de Fenipos
y dos años después de la victoria de Maratón (490). Otros reos del ostracismo de estos primeros años
fueron Megacles, Jantipo y Arístides, este último en 484, pero el recrudecimiento de la guerra contra
Jerjes favoreció el regreso de los exiliados. En 479 Temístocles, el héroe de Salamina (480), consiguió
ocultar a los espartanos la reconstrucción de las murallas de Atenas, que él mismo había instigado, y
completó la fortificación de El Pireo, iniciada durante su arcontado en 492/91. Pero hacia el 474/73 fue
también víctima del ostracismo acusado probablemente de no aceptar el liderazgo de Esparta en la «Liga
Helénica», a la que era abiertamente hostil. Temístocles había volcado toda su actividad política en
reforzar la flota, contribuyendo con ello a que los «thethes» adquirieran conciencia de su peso político en
la sociedad ateniense. En su exilio el político ateniense recorrió parte del Peloponeso, de Argos a
Mantinea y Elis, pasando luego a la isla de Corcira, desde donde viajó hasta Epiro y luego marchó a
Pidna, en el reino macedonio. Hacia el 470 alcanzó Naxos, dirigiéndose después a Éfeso, ca. 465, entró

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en contacto con Artajerjes, quien le nombró «gobernador» del distrito de Magnesia del Meandro, en donde
moriría ca. 459. En Atenas, otro insigne político de la época, Cimón, el hijo de Milcíades, fue condenado a
ostracismo en 461, aparentemente por motivos opuestos a los aducidos para el de Temístocles, es decir,
su probado pro espartanismo que, sin embargo, resultó un fracaso. Al año siguiente se iniciaba la guerra
entre Atenas y Esparta que, con períodos de tregua intermitente, llegaría hasta los últimos años del siglo
(404). El mayor oponente político de Cimón fue Enaltes, quien introdujo nuevas e importantes reformas en
la constitución ateniense.

b) De Efialtes a Pericles

Aristóteles afirma que, después del conflicto con los persas («tá Mediká»), el Areópago recuperó
el gobierno de la ciudad (Ath. Pol. 23) «sin que ningún decreto le hubiese atribuido este poder». Esto
implica que el viejo Consejo había usurpado algunas funciones, de las que había quedado virtualmente
relegado tras las reformas de Clístenes. Cuando Cimón regresó a Atenas «rechazado» por los
espartanos, Efialtes convencía a la Asamblea de la necesidad de tomar medidas contra el Areópago.
Éstas se materializaron en las leyes de 462/61 que llevan su nombre, consistentes en: 1) expulsar a
algunos de sus miembros; 2) recuperar las competencias administrativas «usurpadas»; y 3) privar al
Areópago de sus atribuciones políticas, repartidas ahora de la forma siguiente: las «probuléuticas», al
Consejo de los 500; las legislativas, a la Asamblea, y las judiciales, a los tribunales populares o Heliea,
que pasaron de órganos de apelación agrupados en «dikasteria» (entre 201 y 1501 ciudadanos) a
tribunales de primera instancia con capacidad para dar sentencias definitivas. De esta forma el Areópago,
que, según Aristóteles, se había convertido en «guardián de la constitución» (Ath. Pol. 25: «he tes
politeías phylaké»), perdió todas sus atribuciones hasta que fue rehabilitado por el grupo oligárquico del
404.

La reacción política suscitada por las reformas de Efialtes se saldó con la muerte de éste
instigada tanto por los aristócratas expulsados del Areópago como por el grupo prooligárquico que vio
frustradas sus aspiraciones ante el avance de la «democracia radical». Como Cimón fue exiliado en 461,
Tucídides, el hijo de Melesias, y Pericles, el hijo de Jantipo, tomaron las riendas de los grupos
democráticos «moderado» y «radical», respectivamente. El control que este último ejerció sobre el Estado
fue tal que Tucídides, el historiador —hijo de Oloro—, afirma que en su tiempo Atenas conoció una demo-
cracia nominal, pero en realidad gobernada por el primer ciudadano de la «polis» (Hist. 2,65). El problema
es saber a qué «tiempo» se refiere el historiador, porque siglos después Plutarco le atribuyó
erróneamente la dirección de la política ateniense durante cuarenta años, desde 469 hasta su muerte en
429 (Pericles 16). Sin embargo, en este largo período hubo otros políticos notables que, si no
ensombrecieron su imagen, al menos compartieron con él el protagonismo de la vida política, tales como
Cimón, entre ca. 475 y 461 y de nuevo en 451-450; Tucídides, el político, entre 451 y 443, en que fue
víctima de ostracismo; en fin, entre 465 y 461, los demócratas fueron liderados por Efialtes. En
consecuencia, el período propiamente «pericleo» se reduce a unos catorce años, desde el ostracismo de
su oponente político hasta su muerte al comienzo de la «guerra del Peloponeso». No obstante, en años
anteriores había promovido reformas de especial trascendencia para el desarrollo de la democracia
ateniense; en 454 decidió el traslado del Tesoro de la Liga de Délos a Atenas, que posteriormente sería
en parte utilizado para financiar la construcción del Partenón (entre 447,432), los Propíleos y varios
templos, por lo que Atenas se convirtió en «modelo» de ciudad griega por su defensa de la «libertad», la
«justicia» y la «democracia», valores enfatizados en su propio discurso del 431 en el cementerio del
Cerámico, recogido por Tucídides en la llamada «Oración Fúnebre». También en 451 promovió una ley de
ciudadanía en virtud de la cual «en adelante» se restringía este derecho exclusivamente a quienes
descendieran de «padre y madre» ateniense; esta ley ha sido muy discutida porque Aristóteles la
justificaba simplemente por el incremento notorio de ciudadanos. Pero no parece que este hecho debiera
ser preocupante en una ciudad que estaba construyendo un «imperio»; es preferible interpretar la medida
en favor de los ciudadanos humildes que se casaban con mujeres atenienses de similar condición y en
perjuicio, por tanto, de los aristócratas que entroncaban con familias relevantes de otras «poleis» griegas
y, particularmente, contra los metecos «extranjeros» residentes en Atenas. En ningún caso parece que la
ley pueda entenderse con efecto retroactivo, puesto que ello habría supuesto la expulsión de la «polis» de
gran número de familias formadas por «padre» ateniense y «madre» extranjera o viceversa.

Pero es cierto que hacia mediados de siglo fueron introducidos importantes cambios en el
funcionamiento de la democracia ateniense. El objetivo primordial de estos cambios era lograr una mayor
participación de «todos» los ciudadanos en las tareas de gobierno (Sinclair, 1988), aunque la 4.a clase
soloniana («thetes») quedó de hecho relegada del ejercicio de las magistraturas importantes (arcontado) y
de los cargos que requerían una alta cualificación profesional («strategías»); en cambio los «zeugitas»
(3.a clase) tuvieron acceso al arcontado desde 457/56. Por esta época —si no antes— debió modificarse

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el sistema de elección mediante el procedimiento previo de la «prokrisis» o propuesta de cada tribu de los
candidatos elegidos para optar al arcontado, que luego serían asignados por sorteo, por el procedimiento
del sorteo directo entre todos los candidatos presentados. Pero lo cierto es que, aunque fuera for-
malmente posible, no está atestiguado ningún arconte perteneciente a los «thetes». Sin embargo éstos
debieron ser numerosos entre los miembros de los «jurados populares», que en número de unos 6.000
actuaban distribuidos en «dikasteria», y que en 461 recibieron una paga diaria (primero de dos y luego de
tres óbolos, lo que venía a equivaler a medio salario/jornada). La introducción de la paga («misthós») por
los servicios prestados al Estado («misthophoria») permitió el acceso de facto a las responsabilidades
políticas de los grupos menos acomodados de la ciudadanía y, según la mayoría de los historiadores,
significó el paso a la «democracia radical». Como además todos los cargos políticos —excepto los
militares y los de representación— fueron desde ahora nombrados mediante sorteo, cualquier ciudadano
podía colaborar en las tareas de gobierno con la garantía de que su dedicación sería retribuida. La paga
se extendió más tarde a otros ámbitos, desde el servicio militar a los miembros del Consejo de los 500 y
el arcontado, aunque la remuneración de estos últimos no está atestiguada hasta 411, e incluso la
asistencia a la Asamblea no sería retribuida hasta comienzos del siglo siguiente. No obstante, la
hegemonía de Atenas en la Liga de Délos exigió que una pléyade de funcionarios menores —hasta 700,
según Aristóteles— con cometidos diversos supervisara los asuntos de los estados aliados en defensa de
los intereses atenienses; por la misma razón Pericles habría remunerado asimismo el adiestramiento de
la flota destinando cada año 60 trirremes cargadas de marinos que se hacían a la mar durante ocho
meses. Otras funciones ejercidas en nombre del Estado estaban quizá mejor remuneradas, como los
«jueces de los demos» («dikastai kata demous»), probablemente instituidos por Pericles, que recorrían el
Ática con autoridad para resolver casos judiciales. Este sistema de retribución de los servicios estatales
favoreció la participación en las responsabilidades políticas de los grupos no aristocráticos, procedentes
de los demos rurales o urbanos del Ática. En cambio, los demos correspondientes al distrito de «la
ciudad» (esto es, Atenas y la población de la costa en torno a El Pireo, donde se concentraban las
familias aristocráticas) monopolizaron los cargos militares anuales («strategoi», taxiarcas), cuyo ejercicio
requería una cierta cualificación profesional, que eran, si no los únicos, desde luego los cargos más
importantes de los que todavía se elegían en la Asamblea mediante la correspondiente votación:
«strategoi», comisarios especiales tales como «delegados», negociadores de paz, supervisores
financieros y sobre todo los «hellenotamiai» o tesoreros de la Liga de Délos. Aunque las «strategías» no
estaban remuneradas oficialmente, el cargo reportaba otros beneficios indudables: el «strategós» era
reelegible cada año, mientras que otras funciones «políticas» —excepto la pertenencia a los «jurados»—
sólo podían desempeñarse una o dos veces; además, gozaba de mayor popularidad y ventajas políticas
evidentes: ascendencia sobre los miembros del Consejo de los 500, protagonismo público en la
Asamblea, rápido ascenso en la carrera política. De este modo los cargos políticos más importantes
quedaron de hecho en manos de las familias aristocráticas (Karavites, 1977) y particularmente en los ciu-
dadanos residentes en Atenas. Por otra parte, el número de 10 «strategoi», aparentemente uno por cada
tribu, no se modificó, pero sí el procedimiento de extracción de candidatos, por lo que desde 441 —si no
antes— la elección de los 10 jefes militares (de los cuales sólo a cinco se les encomendaban misiones
específicas con mando entre los hoplitas, la flota o El Pireo) se efectuó mediante elección de «todos» los
candidatos de «todas» las tribus simultáneamente. En este sentido se entiende que Pericles fuera
reelegido «strategós» ininterrumpidamente entre 443 y 429 y que, al mismo tiempo, otros miembros de su
tribu —la «Akamantis»— desempeñaran junto con él la «strategía» a partir del 441. Esta interpretación es
preferible a la que sostiene que, en este período, habría habido dos votaciones distintas: una para reelegir
a Pericles y otra para elegir o reelegir a sus colegas «de entre todos los candidatos de todas las tribus».
En fin, es indudable que la «strategía» proporcionaba mayor prestigio-político que cualquier otra
magistratura incluido el arcontado, reducido ahora a un cargo inicial de la carrera política; pero también
mayor riesgo, debido a que la rivalidad entre los protagonistas («partidos» e individuos) fue la fuente
principal de las acusaciones de ostracismo ante la Asamblea. El propio Pericles tuvo dificultades en 443
para lograr el exilio de su oponente político, Tucídides, sucesor de Cimón en el grupo «moderado». Pero
el recurso al ostracismo quedó desvirtuado cuando en 417 Alcibíades —ganándose el apoyo de Nicias—
logró desviar contra Hipérbole la acusación hecha contra él. Desde entonces el ostracismo, que había
sido el elemento dinámico de la vida política ateniense del siglo v, fue sustituido por la «graphé
paranomon», simple acusación de obrar contra los intereses del Estado.

Finalmente, el sistema democrático ateniense, aun consolidado como «democracia radical» o


«directa», tenía también en la práctica importantes limitaciones (Wolff, 1979). Formalmente el sistema
permitía la participación de todos los ciudadanos sin distinción en las tareas de gobierno de la «polis»
basado en la elección mediante sorteo, la rotación de los cargos y funciones así como su remuneración.
Pero también había frenos institucionales que limitaban en la práctica la opción por las responsabilidades
políticas: antes de ejercer el cargo, todos los magistrados debían someterse a la «dokimasía» o examen
de aptitud que generalmente fue mero trámite, pero que permitió en ocasiones la depuración por razones

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ideológicas; a la salida del cargo el magistrado quedaba obligado a la «euthyna» o revisión de las quejas
hechas contra él por si debían ser trasladadas a la jurisdicción correspondiente. Si bien estos
procedimientos, entre otros, son atestiguados a comienzos del siglo IV, es muy probable que ya se
practicaran a mediados o finales del siglo anterior. De todos modos el control de la «democracia» quedó
en manos de un reducido grupo social que acabó convirtiendo el sistema en «demagogia» (Finley, 1980),
al servicio de la retórica y del encumbramiento político personal.

c) Política exterior: prácticas imperialistas y construcción del «Imperio»


c1) Primeras anexiones territoriales y fracaso del «imperialismo» continental

Ya ca. 570 a. de C. los atenienses habían luchado contra Mégara por el control de la vecina isla
de Salamina, aunque hasta finales del siglo su territorio no fue ocupado por un grupo de ciudadanos, que
recibieron un estatuto especial con la prohibición de vender o ceder los lotes de tierra salvo a sus
parientes. Por esta época el territorio de Ática fue invadido en varias ocasiones por los espartanos
dirigidos por el rey Cleómenes. Éste intentó suprimir la naciente «democracia clisteneana» ideando un
plan de ataque con tres frentes simultáneos: los espartanos por el S., los beocios por el N. y los de Calcis
por el E. Pero la tentativa resultó fallida y los atenienses decidieron afianzar su posición en Grecia central.
Desde el 509 la ciudad beocia de Platea había reclamado la ayuda de Atenas contra la presión de Tebas,
que pretendía integrarla en la Liga beocia. Marchando en apoyo de Platea los atenienses tomaron la
ciudad de Hisias, también al otro lado del Monte Citero, que más tarde debieron abandonar al regresar a
Ática, donde el contingente calcídico devastaba la región septentrional. La victoria ateniense obligó a los
eubeos a ceder a Atenas parte de la fértil llanura lelantina, que había sido causa de disputas y guerras
entre Calcis y Eretria. En esta región fueron instalados también unos 4.000 ciudadanos en condiciones
similares a las de los «clerucos» de Salamina, es decir, sin perder la ciudadanía ateniense. Poco después
Atenas controló también la región de Oropo en el límite oriental de Beocia y muy próxima a la ciudad
eubea de Eretria; Oropo permanecería bajo control ateniense durante casi un siglo.

El inicio de las guerras contra los persas (499-479) supuso una tregua obligada en las
hostilidades «entre griegos» en favor de la causa helénica. Los años siguientes Atenas se volcó en la
organización y control de la reciente Liga de Délos de tal modo que hasta 460 no se aprecia de nuevo una
clara tendencia expansionista en Grecia central. Tras el ostracismo de Cimón en 461 Atenas reemprendió
la hostilidad con Esparta embarcándose en la llamada «primera guerra del Peloponeso» (460-446).
Durante estos años el control ateniense sobre algunas regiones griegas hizo creer a Tucídides que se
trataba de un «imperio» («arché») continental paralelo al que se estaba configurando en el Egeo. Pero es
evidente que la supuesta expansión de Atenas apenas habría sido posible de no haber contado con la
alianza de Mégara, ya que exclusivamente ésta permitió a Atenas una salida al golfo de Corinto a través
del Istmo sin tener que bordear la costa del Peloponeso hasta el Adriático. Es significativo asimismo que
durante estos años se concertaran alianzas con algunas ciudades griegas del S. de Italia (Rhegio) y
Sicilia (Segesta y Leontinos). La relación con los griegos de Occidente fue más fácil después de la ocupa-
ción ateniense de Naupacto, en la parte occidental del Golfo, antes controlado por los corintios. Una
primera expedición ateniense dirigida por Tólmides alcanzó la colonia corintia de Calcis, frente a Patrás, y
una segunda al mando de Pericles —tras el fracaso de tomar Sición— llegó hasta Oeniadas, en la costa
de Acarnania y a la salida del Golfo. Además, Atenas consiguió el apoyo de algunas ciudades de Acaya.
Simultáneamente otra expedición ateniense hacia el N. dirigida por Mirónides llegó a conquistar toda
Beocia excepto Tebas y obligó a alianzas con Atenas a Fócide y Lócride, como después ocurrió a Egina y
Trecén —en la costa N. del Peloponeso—, estas últimas, obligadas a formar parte de la Liga Ática. Por el
E. la influencia ateniense se extendía por las Termópilas hasta Tesalia, por lo que este dominio territorial
representaba un reto para la Liga del Peloponeso liderada por Esparta. Pero el proyecto —si existió— de
un «imperio continental» ateniense fracasó por dos razones: una, que la guerra con Esparta fue
finalmente desfavorable a Atenas, obligada a renunciar a todas sus posesiones «continentales» anteriores
excepto Naupacto a cambio de preservar su entidad como «polis» independiente; otra, que por estas
fechas ya Atenas se había embarcado en la construcción de un «imperio marítimo».

C2) El dominio marítimo: de Liga a Imperio

La construcción de un «imperio marítimo» apenas habría sido posible si Atenas, como cualquier
otra «polis», no hubiera podido ejercer relaciones hegemónicas con otros estados. Ya antes de la
constitución de la Liga de Délos en 478/77 era evidente la superioridad naval ateniense en el Egeo,
aunque la flota jonia en Micale (479) había sido capaz de derrotar a los persas sin esperar la llegada de
las naves atenienses a Samos. Además las grandes islas, como Lesbos, Quíos, Samos, Thasos y Naxos,
preferían contribuir con barcos anualmente a las necesidades de la Liga sin que su capacidad naval se
resintiera; otros estados, en cambio, optaron por satisfacer un tributo («phoros») al Tesoro de Délos que

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no perturbara sus habituales relaciones marítimas con otros estados. Por esta razón la política de Atenas
consistió en sustituir progresivamente la contribución en barcos por un tributo en moneda. Es evidente
que este último implicaba un mayor grado de dependencia «real» del estado-líder de la coalición que la
autonomía «formal» de la que disfrutaban los estados contribuyentes en naves. No obstante los objetivos
atenienses no se lograron de forma inmediata. Todavía en 454, cuando Pericles decidió trasladar el Teso-
ro de Délos a Atenas bajo el pretexto de una inminente invasión persa en el Egeo, 17 aliados contribuían
a la defensa común con barcos; en esta fecha tampoco había aumentado todavía de forma sustancial la
cuantía del «phoros», puesto que el monto de recaudación anual sólo pasó de 460 talentos en 476 a 490
en 454 a. de C. Pero si no hubo variaciones notables, es inexplicable que en 450/49 el Tesoro de la Liga
tuviera acumulados 5.000 talentos, que Pericles transfirió del Tesoro público al Tesoro de Atenea
mediante un decreto emanado de la Asamblea. Sin duda en esta misma década Atenas impuso la
condición de «tributarios» a todos los estados-miembros excepto las «poleis» de Quíos, Lesbos y Samos,
que siguieron contribuyendo con naves al teórico fondo común de la Liga, administrado ya en exclusivo
beneficio de Atenas. De hecho los aliados «pagaban» a Atenas por su protección, puesto que después de
la Paz de Calías del 451 el peligro persa había virtualmente desaparecido del Egeo. Pero Pericles,
habiendo fracasado en la tentativa diplomática de refundar la Liga, convirtió ésta en Imperio al imponer la
condición de «estados tributarios» a sus antiguos coaligados. Mientras Atenas resolvía por sí sola la
rivalidad con otros estados del área (Esparta, Tebas, Corinto), la financiación de guerras casi continuas
hizo imprescindible la aportación de los aliados, quienes a partir del decreto monetario de Clearcos del
449/47 quedaron obligados a adoptar el patrón ateniense de la moneda de plata en todas sus
transacciones así como el sistema de pesos y medidas y medidas ático. La puesta en práctica de estas
medidas proporcionó una mayor uniformidad a los estados-miembros en beneficio de la economía
ateniense. El aumento del volumen de circulación de moneda ática (dracmas) en el Egeo exigió a su vez
intensificar la explotación de las minas de Laurión —mediante fuerza de trabajo esclava— y garantizarse
el control de explotaciones similares en Tracia a fin de obtener el metal amonedable suficiente para hacer
frente a las crecientes necesidades de intercambio monetario. De este modo la economía de Atenas,
basada tradicionalmente en la explotación de la tierra, se abrió definitivamente al comercio ultramarino no
sólo con sus aliados de las «poleis» orientales, sino también con los griegos de Occidente, razón por la
cual disputaría a Corinto el control de las relaciones comerciales a través del Golfo. Sin embargo, en
plena guerra contra Esparta Cleón se vio obligado a triplicar la contribución aliada en «phoroi» el año 425.
Más tarde, en 413, ante la invasión de Ática por los espartanos en Decelia y la agudización de los
problemas de abastecimiento de la ciudad se efectuó un cambio en la naturaleza de la tributación
exigiéndose a los aliados 1/20 de todas las mercancías transportadas por mar. Pero en 410 se restauró el
viejo sistema de tributación mediante «phoroi» de las «poleis» que aún no habían logrado desvincularse
de la Liga Ática.

d) ¿Imperio o imperialismo?

Sea considerado o no un auténtico «imperio», puesto que las «poleis» implicadas no perdieron
su autonomía política sino que, en teoría, sólo vieron hipotecada su política exterior, es indudable que
Atenas utilizó prácticas imperialistas «dentro» y «fuera» de la coalición. Fracasados los intentos de
Tólmides y Mirónides de construir un imperio «continental» que abarcara gran parte de Grecia central, con
el dominio al menos de Beocia, Lócride y Fócide, además de Ática entre 457 y 446, Atenas perdió todas
las posesiones continentales excepto Naupacto en la «Paz de los Treinta Años» de 445 que puso fin a la
llamada «primera guerra del Peloponeso», pero mantuvo su posición hegemónica en la Liga de Délos,
hegemonía sobre sus aliados que ahora fue también reconocida oficialmente por Esparta. Precisamente
durante estos años se recrudecieron los métodos de coerción de Atenas sobre los aliados ante el fracaso
de Pericles de refundar la Liga por vía diplomática tras la Paz de Calías de 449. Para muchos fue éste el
momento en que la «Liga» se convirtió en «Imperio»; para otros, este paso se vincula con el traslado del
Tesoro de la Liga de Délos a Atenas en 454, y su utilización en el programa de obras públicas
emprendido por Pericles en 449. Pero hay también quienes piensan que la construcción del «imperio» fue
forzada por las circunstancias ante las frecuentes tentativas de defección de la Liga de alguno de sus
miembros que habrían faltado al compromiso de 478/77 de mantenerse «unidos» mientras el hierro
arrojado al mar por cada uno de ellos no aflorara a la superficie. Este acto simbólico implica que la Liga se
creó como una institución permanente y no sólo para afrontar mejor la amenaza de una nueva invasión
persa. Si la hipótesis es correcta, es muy probable que Atenas, aun sin tener un plan preconcebido de
forjar un «imperio marítimo», haya visto la posibilidad de construirlo mediante la puesta en práctica de una
dinámica imperialista destinada, en principio, a garantizar la cohesión política de los estados-miembros;
Atenas actuaría así con la aprobación del resto de los aliados, aunque algunas de las sanciones
impuestas sólo beneficiaban a los atenienses.

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Posteriormente, en cambio, Atenas tomaría las decisiones de forma unilateral atendiendo a sus
propios intereses políticos o económicos. Pero resulta difícil establecer el momento en que este cambio
se produjo, porque Atenas, en posición hegemónica, pudo desarrollar su propia política exterior al margen
de la Liga. El control financiero que ejercieron sobre ella los «hellenotamiai» atenienses desde su
creación acabó asimilándose a los intereses económicos de la «polis» ática de forma tal que a partir del
454 —o del 449— las competencias de la Asamblea de aliados —en teoría, con votos iguales—pasaron
al Consejo de los 500 atenienses. Era natural que Atenas procurara unificar el régimen político de los
estados aliados instando u obligando, según los casos, a establecer en ellos gobiernos democráticos,
aunque chocó a veces con la resistencia de las oligarquías locales que, como en Samos y Mileto, habían
controlado la vida política desde el derrocamiento de sus respectivas tiranías. En todos ellos, sin
embargo, la presencia de funcionarios atenienses supervisores de las actividades locales convirtió en
puramente «formal» o «teórica» la autonomía política de los estados aliados. Al principio Atenas encargó
a un ciudadano local la defensa y representación de los intereses atenienses en dicha «polis»; más tarde
extendió esta responsabilidad a un grupo de ciudadanos privilegiados con derecho a apelación a los
tribunales atenienses en caso de juicio; finalmente, enviaría a sus propios ciudadanos como funcionarios
—hasta unos 700— para garantizar el cumplimiento de los decretos referidos específicamente a los
aliados: el «Decreto del Congreso» de 449 (en alusión al fallido intento de Pericles de celebrar un
congreso panhelénico en Atenas), el «Decreto monetario» de 449/47 (también llamado «Decreto de
Clearcos»), las asignaciones tributarias anuales revisadas generalmente cada cuatro años, de las que
tenía conocimiento la Asamblea; en fin, el decreto de 426, en plena «guerra del Peloponeso», que
permitía a los aliados el nombramiento de un funcionario local que se responsabilizara de la recaudación
y entrega del tributo a Atenas.

Otras medidas, sin embargo, fueron menos diplomáticas. Atenas recurrió con frecuencia a
establecer guarniciones propias en las ciudades aliadas, bien al término de una rebelión, intento de
secesión u ocupación, bien como garantía de las medidas diplomáticas anteriormente expuestas. Desde
467 Cimón utilizó la flota ateniense y aliada para sofocar la rebelión de algunos estados-miembros como
Naxos (ca. 467) y Thasos (465 a. de C.). Al parecer en ambos casos el motivo originario fue el intento de
defección de la Liga, pero la represión de estas revueltas no concluyó en la recuperación de las «poleis»,
sino que modificó sustancialmente el status de las mismas dentro de la coalición: Naxos pasó a
«depender» directamente de Atenas y Thasos perdió toda su flota, confiscada por Atenas, pasando a la
condición de «estado tributario». Una solución similar aplicó Pericles en 440/39 al sofocar la revuelta de
Samos —un auténtico «aliado», gozando de autonomía como Estado «no tributario» y, sin duda, uno de
los miembros más poderosos de la Liga—, que se había enfrentado con Mileto —aliado tributario— a
propósito del control sobre Priene. Atenas, que ya había dejado una guarnición en esta ciudad im-
poniendo un gobierno democrático, instaló ahora otra en Samos. Pero poco después la reacción de los
samios exigió una nueva intervención de la flota ateniense, desplazada a Bizancio, donde había surgido
también la rebelión. Pericles consiguió la rendición de los samios tras nueve meses de asedio: fueron
destruidas las murallas de la ciudad, confiscadas sus naves y sancionados con una fuerte indemnización
de guerra de unos 1.500 talentos mediante entregas de 50 anuales; de este modo Samos no entró
formalmente —sino de hecho— en la categoría de «estado tributario», pero sí se estableció allí un nuevo
gobierno democrático que habría de ser leal a Atenas hasta finales del siglo. Estas medidas se hicieron
aún más drásticas cuando la propia existencia del «imperio» se vio amenazada también «desde fuera».
Entonces los conflictos internos de los aliados se resolvieron de forma cruel recurriendo a la esclavización
o a la masacre, como ocurrió tanto en la represión de la revuelta de Mitilene por Cleón en 427 como en la
solución dada por Nicias a la rebelión de Melos en 426 antes de convertir la isla en una colonia ateniense.
Aunque durante este período el proceso colonizador continuó, fueron mucho más frecuentes las
«cleruquías» atenienses que las «apoikiai» tradicionales. Entre estas últimas sobresale la fundación de
Anfípolis, en la Calcídica, en 437/36 sobre la colonia de «Ennea Hodoi», fundada por Cimón en 465/64,
poco antes del desastre de Drabesco ante los tracios. Otra colonia de este tipo fue Thurii en el S. de Italia,
fundada por los atenienses («oikistai») —aunque se trata de un ejemplo de colonia panhelénica— en
444/43 sobre el emplazamiento de la ciudad de Síbaris, destruida a fines del siglo VI por sus vecinos
italiotas de Cretona.

En cuanto a las «cleruquías», se trata de un fenómeno característico de este período hasta el


punto que esta modalidad de colonización es desconocida hasta mediados del siglo V a. de C.
Probablemente la primera «cleruquía» ateniense se implantó en Caristo, al SO. de la isla de Eubea, con
seguridad después del 475, pero la fecha exacta se discute siendo igualmente probable el 450. Si se
acepta la primera datación, el responsable de la misma sería Cimón, quien habría castigado así a la
ciudad euboica acusada de «medismo» con los persas, quizá en la misma expedición que en 476/75 llevó
a cabo la ocupación de la pequeña isla de Sciros, al S. de Eubea, controlada por piratas dolopios: según
la tradición, fue aquí donde Cimón creyó encontrar los huesos de Teseo, que posteriormente trasladaría a

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Atenas, decisión que le reportó una gran popularidad en la ciudadanía. Pero puesto que Cimón no se hizo
cargo de la dirección de la Liga de Délos hasta el 467, a la muerte de Arístides, esta expedición se
debería a iniciativa de la Asamblea aunque perseguía similares objetivos. Por otra parte, a diferencia de la
«apoikía», la «cleruquía» no llevaba consigo una nueva ciudadanía puesto que no se trataba de una
nueva «polis», sino simplemente de la extensión de la propia a la que los «colonos» y «soldados» allí
instalados seguían perteneciendo. Éstos se reclutaban del grupo de desempleados y no propietarios de
tierra «thethes» que aumentó de forma considerable en Atenas desde mediados de siglo constituyendo de
hecho la otra cara de la «edad de oro de Pericles». A esta época, entre 450 y 443, pertenecen también
los asentamientos de «clerucos» atenienses en las islas de Ambros, Naxos y algunos enclaves de Eubea,
particularmente en territorio de Calcis (446/45). Cuando estas fundaciones no suponían la evacuación de
ciudadanos de una «chora» determinada, si la «polis» no pertenecía a la Liga de Délos era integrada en
ella, pero si ya pertenecía recibía una compensación en la forma de reducción del tributo («phoros»)
anual, tal como se desprende de las «listas de tributos» de los años 451/50 y 450/49: Andros, que pagaba
12 talentos, pagó luego sólo seis; Caristo, que pagaba siete y medio talentos, pagó después sólo cinco.
Plutarco (Pendes, 11) proporciona una lista de las «cleruquías» atenienses. Se conoce también este tipo
de asentamientos en el Quersoneso Tracio y más tarde, incluso después del siglo V, fueron todavía
enviados «clerucos» a Saraos (365) y Potidea (361), cuando ya los atenienses habían forjado una nueva
Liga la llamada «Segunda Confederación Marítima» (desde 378 a. de C.).