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Carrera : Pedagogía en Historia, Geografía y Ciencias Sociales.

Cátedra : Construcción de la sociedad del mundo antiguo.


Tema : Discusión sobre la Grecia Clásica y la evolución de las estructuras económicas, sociales y políticas.
Material base : “Problemas de Grecia clásica (siglo V a.C.). 2. Ligas y hegemonías”. En: Bravo, G. (2000). Historia
del mundo antiguo. Una introducción crítica. Madrid. Alianza Editorial. Pág. 250-255.

PROBLEMAS DE LA GRECIA CLÁSICA (siglo V a.C.)

2. Ligas y hegemonías

2.1 La Liga del Peloponeso

Desde mediados del siglo VI a. de C. en el mundo de la «polis» se acusa una profunda


transformación. El panorama de estados aislados, políticamente autónomos y económicamente
autosuficientes deja paso al de las organizaciones supraestatales, en las que las «poleis» pierden en
autonomía lo que ganan en protección frente a la posible injerencia de otros estados vecinos, en sus
asuntos internos. Por otra parte, la experiencia política de las «tiranías» de época arcaica había revelado
la necesidad de intervención —directa o indirecta— de un Estado fuerte como Esparta para erradicar
estos regímenes autoritarios y reponer la constitución, si bien ésta en la mayoría de los casos se
adecuaría a un régimen de «aristocracia moderada» y, en menor medida, a «plutocracias» u
«oligarquías». No obstante, aunque Esparta no conoció regímenes tiránicos, la «polis» espartana estaba
amenazada interiormente por los grupos no privilegiados de su sistema socio-político, especialmente los
ilotas mesenios y laconios sometidos a un status de dependencia al margen, por tanto, de cualquier tipo
de consideración «política». Por esta razón Esparta era la primera interesada en contar con apoyo militar
exterior ante una potencial rebelión interna en el Peloponeso que minaría las bases económicas de su
peculiar sistema político. Hacia finales del siglo VI los espartanos estrecharon lazos con «poleis»
próximas a Laconia como Tegea (en Arcadia), las ciudades del Istmo (Corinto, Mégara), las de la Argólida
—excepto Argos— (Trecén, Epidauro) y estableció con ellos una alianza militar («symmachía»). Quizá por
estas fechas Esparta estableció también relaciones similares con otros estados del área como Elis,
Sición, Micenas, Tirinto e incluso la isla de Egina, pero fracasó en cambio con Hélice, en Acaya. Esta
situación se corresponde bien con la idea de una «hegemonía» espartana en el Peloponeso que Heródoto
erróneamente adscribe a mediados del siglo VI, pero que difícilmente pudo existir hasta finales del siglo,
cuando ya Esparta había renunciado a nuevas anexiones territoriales en favor de una política de alianzas
interestatales. A este momento corresponden también los primeros testimonios de la intervención militar
de Esparta en Ática. Es significativo que entre 510 y 502/01 se produjeran al menos tres —si no cuatro—
de estas intervenciones. Las dos primeras enfrentaron a los peloponesios con la caballería tesalia con
desigual fortuna: en la primera Anquimolio fue derrotado; en la segunda, en cambio, el rey espartano
Cleómenes logró su objetivo de imponerse a los aliados tesalios y derrocar al tirano Hipías en 510 a. de
C., obligado a buscar refugio en Sigeo. Desde este momento Atenas se vinculó a Esparta mediante una
alianza que no rompería hasta 462 a. de C. La tercera intervención espartana, probablemente en 506, fue
realizada a instancias de Iságoras —el oponente político de Clístenes—, a quien Cleómenes pretendió
convertir en cabeza de una «oligarquía» ateniense; pero la reacción del Consejo y la oposición del
«demos» abortaron la tentativa. En fin, la cuarta se produjo al cierre del siglo, quizá en 502/501, cuando la
reforma democrática clisteneana fue puesta en práctica. En esta ocasión tampoco los espartanos
consiguieron su objetivo; un contingente peloponésico atravesó el Istmo al mando de los reyes
Cleómenes y Demarato; pero tomada la ciudad de Eleusis el grupo corintio de la expedición se amotinó
argumentando que era injusto atacar a Atenas; la disensión entre los reyes llevó asimismo a la deserción
de Demarato, por lo que Cleómenes se vio obligado a retroceder aunque la «invasión» había sido
meticulosamente planificada: los peloponesios atacarían por el S., los beocios por el N. y un contingente
de Caléis por el E. hasta conseguir un completo bloqueo de la ciudad. En este momento la llamada «Liga

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del Peloponeso» debía ya estar formalmente construida, dado que Corinto y Mégara permitieron el paso
de la expedición por sus respectivos territorios. Sin embargo, del relato se deduce que los espartanos no
tenían todavía autoridad suficiente para obligar a sus presuntos aliados; en 491 —según Heródoto— los
eginetas rechazaron una petición de Cleómenes arguyendo que no obedecerían órdenes espartanas si no
se hacían en nombre de los dos reyes. Probablemente el caso de la deserción corintia se incluye en un
contexto similar, cuando el Consejo espartano decidió asignar la dirección de las expediciones militares a
uno solo de los reyes para evitar disensiones, por lo que el relato de Heródoto respecto a Egina no
correspondería a 491, sino que se refiere a una situación política anterior en diez años al menos. De
todos modos el liderazgo de Esparta en la naciente Liga, que los antiguos sólo denominaron «los
Lacedemonios y sus aliados», no era discutido, dada la extensión de su dominio territorial así como la
probada experiencia en «dirigir» las guerras y la nada despreciable capacidad diplomática de sus «reyes»
y «éforos». Hacia el 500 la Liga había adoptado ya su estructura federal característica en este tipo de
organizaciones supraestatales, pero a diferencia de otras «Ligas» o federaciones similares como la
beocia o la tesalia, la de los Lacedemonios no se basó ya en la afinidad étnica o la pertenencia a un
ámbito regional determinado, sino que su configuración obedeció a razones exclusivamente políticas. Los
tratados bilaterales defensivo-ofensivos que Esparta había concertado con cada uno de los estados-
miembros serían integrados en un tratado multilateral (Sealey, 1976, 85) que estipuló los derechos y
obligaciones de los coaligados. Estos enviarían representantes o «delegados» al Congreso federal
reunido en Esparta, donde se deliberaría acerca de las medidas a tomar, y cada uno de ellos pondría a
disposición de Esparta una parte de su contingente.

2.2 La Liga Helénica

La guerra contra los persas (490-479 a. de C.), desde Maratón a Micale, tuvo una enorme
trascendencia política. Sea o no cierto el sentimiento «nacionalista» griego frente al «extranjero», es
evidente que no todas las «poleis» se sumaron a la contienda e incluso algunas adoptaron una clara
actitud de colaboracionismo con los presuntos invasores, actitud que luego sería calificada de
«medismo». Pero al menos la fase final de la guerra (480-479) dejó claro el protagonismo de Esparta y
Atenas en el conflicto: en Salamina Temístocles demostró la superioridad de la flota ateniense, pero en
Platea, al año siguiente, la pericia del espartano Pausanias fue decisiva en el combate por tierra. Fueron
también estas dos «poleis» solamente las que no recibieron la misiva de Jerjes solicitando «tierra y agua»
para su ejército, es decir, colaborar con los persas o al menos no ofrecer resistencia. Algunas regiones,
como Beocia y Tesalia, acogieron la petición persa; otras, como Lócride y Acaya, se mantuvieron a la
expectativa antes de tomar una decisión; Creta se mantuvo al margen, pero Argos adoptó una posición
sospechosamente «medista» sin colaborar abiertamente con ninguna de las partes. La inminencia de una
nueva invasión persa llevó a muchos estados griegos a organizar una «Liga» —la llamada «Liga
Helénica»— en otoño del 481 con el fin de tomar medidas comunes para repeler la agresión. A tal fin se
celebraron dos Congresos sucesivos. El primero o «fundacional», al que asistieron los dirigentes de los
estados interesados; el segundo u «organizativo», celebrado al año siguiente en la región del Istmo,
aunque Heródoto no precisa el lugar de dicha reunión. Sólo 31 «poleis» enviaron delegados a este
Congreso, por lo que no podría calificarse de «panhelénico»; de ellas, significativamente 19 estaban
vinculadas a Esparta por su pertenencia a la «Liga del Peloponeso», y hubo además ausencias notables:
tesalios, beocios, locrios, aqueos, cretenses, corciranos y argivos, entre otros, no enviaron
representantes. No obstante, este segundo Congreso tomó dos decisiones importantes: se estableció una
tregua en las rivalidades entre estados griegos —como la que enfrentaba Atenas a Egina— en aras de
una mayor eficacia en la contienda contra los persas y se decidió qué Estado debía asumir la
responsabilidad de dirigir las operaciones militares. En este último punto sólo Atenas cuestionó —y
parcialmente— la propuesta de liderazgo militar conjunto (de ejército y flota) por Esparta, puesto que ella
sola aportaba más de la mitad de las naves de la «Liga», pero viendo que su posición no era respaldada
dio su voto a favor de Esparta: el rey Leónidas dirigiría el ejército confederado y el espartano Euribíadas
asumiría el mando de la flota.

En un último intento de ampliar la fuerza de la Liga se acordó asimismo enviar embajadas a


Corcira, Creta y Siracusa solicitando su apoyo e integración en la nueva organización, pero ninguna de
ellas —como tampoco Argos— se sumó a los coaligados.

La dirección de las operaciones de la «Liga» por el rey Pausanias en Platea (479) justificó el
liderazgo espartano hasta el punto de que éste no fue discutido después de la decisiva victoria jonia en
Micale, en agosto del 479 y antes de que la flota aliada alcanzara Samos. Pero al año siguiente
Pausanias, tras una serie de incidentes con los aliados jonios, fue reclamado a Esparta y acusado de
«medismo» por haber entablado relación personal con Jerjes, según Tucídides (1,128). De hecho, la
expulsión de los persas de Sestos, en el Quersoneso, y Tracia fue mérito ante todo de atenienses y

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jonios, por lo que —si no antes— ahora el liderazgo espartano en la Liga pudo ser discutido y daría lugar
a represalias por parte de Pausanias. No obstante, salvo este primer año después de Platea y Micale, el
comando de la Liga Helénica se mantuvo en manos espartanas hasta 452/51, si bien la nueva «Liga de
Delos» configurada en torno a Atenas y la vieja «Liga del Peloponeso», en torno a Esparta, hicieron en la
práctica innecesario recurrir a la Liga Helénica para solucionar los conflictos de los griegos con los
estados no griegos vecinos.

2.3 La Liga de Délos o Ático-délica

Dada la mayor afinidad de origen e intereses entre atenienses y jonios y puesto que las ciudades
jonias se sentían más amenazadas ante una nueva expansión persa en el Egeo, éstas, otras «poleis» de
la costa asiática e islas del Egeo decidieron establecer una alianza defensiva-ofensiva con Atenas y
contra Persia, jurando sus miembros permanecer unidos mientras el peligro persa existiera. Esta primera
alianza del 478 fue el germen de la Liga de Delos, así llamada por ser en esta isla «sagrada» -—con el
templo de Apolo— de los jonios donde los coaligados fijaron la sede administrativa y financiera de la Liga.
El artífice de este proyecto fue el ateniense Arístides, quien había sustituido a Temístocles en el mando
de la flota. A una Conferencia convocada en Delos en 477 asistieron representantes de casi todas las
islas y ciudades del Egeo; allí se definieron los principios y objetivos de la Liga así como su organización
interna desde el punto de vista administrativo y financiero. Como la superioridad de Atenas era evidente
se aceptó la hegemonía de ésta en la que después se denominaría también Liga Ático-délica o
simplemente «Liga Ática». No obstante, los estados miembros fueron declarados «iguales» a efectos de
voto, aunque la supervisión financiera fue confiada a Atenas o, más exactamente, a un colegio ateniense
de «hellenotamiai» (tesoreros) presidido por Arístides. Este reputado político llamado «el justo» se
responsabilizaría de fijar la cuota de contribución anual de cada miembro, que revertía a los fondos
comunes del Tesoro de la Liga en Delos y que luego eran administrados por los «hellenotamiai» en la
forma más justa y provechosa para todos sus miembros. Cada uno de ellos podía pagar el tributo
(«priores») estipulado en barcos o en dinero según sus posibilidades o preferencias. Las islas grandes,
como Quíos, Lesbos, Samos prefirieron siempre contribuir al mantenimiento de la Liga con una parte de
su flota, mientras que otras, como Naxos o Thasos, primero contribuyeron con barcos y más tarde fueron
obligadas a satisfacer su tributo en dinero, como el resto de los estados. Durante los diez primeros años,
es decir, bajo el control de Arístides hasta su muerte en 467 a. de C., apenas hubo problemas, pero ese
mismo año Naxos intentó hacer defección de la Liga violando así el compromiso de alianza permanente.
Atenas, por su parte, como miembro hegemónico, puso en marcha por primera vez un sistema de
represión ejemplar que violaba también abiertamente el principio de autonomía política de los estados
miembros. La muerte de Arístides dejó el control de la Liga Ática en manos de Cimón, quien pronto en-
sombreció la brillante figura de Temístocles, condenado al exilio ca. 474 ó 473, y que convirtió la «polis»
ateniense en el mayor centro de poder político y económico del mundo griego. Por otra parte, si
Temístocles y sobre todo Arístides habían forjado la Liga, Cimón contribuyó de forma decisiva a su
ampliación y eficacia. En 466 logró una importante victoria sobre los persas al S. de Asia Menor, junto al
río Eurymedón, donde tuvo que enfrentarse a una flota fenicia. Como resultado de esta expedición Caria y
Licia fueron incorporadas a la Liga; en una intervención similar, pero en el N., en la desembocadura del
Strymón, consiguió el apoyo a la Liga de las ciudades del Quersoneso Tracio. Cimón intentaba así
garantizar el control del área septentrional del Egeo y proteger la ruta de comercio con las colonias del
Mar Negro, los puertos intermediarios y la explotación de las minas de Tracia. Por esta razón cuando la
isla de Thasos pretendió separarse de la Liga en 465 a. de C. Cimón mantuvo un asedio de la ciudad
durante tres años e incluso pidió ayuda militar a Esparta. La resistencia de los thasios fue sancionada con
la confiscación de todos sus barcos y un aumento considerable de su contribución anual. Aunque Cimón
no recibió la ayuda lacedemonia solicitada, encabezaba en la Asamblea una facción pro espartana
partidaria de estrechar lazos con los peloponesios frente al grupo democrático «radical», cada vez más
alejado del régimen oligárquico por excelencia en el mundo griego de la época. Quizá Cimón pretendía
solamente establecer algún tipo de alianza con Esparta ante el temor de que ésta pudiera concitarla
previamente con Persia, a pesar de que el propio Pausanias, acusado de «medismo», había sido
ejecutado en 467 a. de C. tras su regreso del Helesponto; según otras versiones, en cambio, Pausanias
no llegaría a Esparta hasta ca. 460 y sería recordado como un «héroe nacional» por los espartanos, que
durante generaciones rindieron culto ante su tumba. Pero un conflicto interno en Mesenia, donde los ilotas
se revelaron contra el gobierno espartano en 464 a. de C. refugiándose en Monte ítome dio la ocasión a
Cimón de intervenir en los asuntos peloponésicos al aceptar el envío de la ayuda militar solicitada por
Esparta tanto a sus aliados de la Liga como a Atenas. Sin embargo, el contingente ateniense dirigido por
Cimón, que llegó a Mesenia en 462, fue despedido por los peloponesios sin que le fuera permitido
intervenir en el conflicto. El regreso del grupo armado a Atenas fue considerado por todos una ofensa, y
por algunos de los adversarios políticos de Cimón como una auténtica derrota. En consecuencia, en 461el
pro espartano Cimón sería víctima del ostracismo dejando paso a los «radicales»: Efialtes, primero, y

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Feríeles, después, rivales y partidarios de una confrontación con Esparta. Durante la década siguiente
Atenas utilizó su posición hegemónica en la Liga Atico-délica para construir un «imperio», recibiendo los
tributos de más de 250 estados-miembros y controlando el comercio marítimo desde el Ponto Euxino
hasta el Adriático. En el momento de su máxima expansión hacia mediados del siglo V la Liga Ática
estaba formada por «poleis» de seis grandes áreas regionales:

1. Ática (Atenas y la isla de Salamina).


2. Ciudades griegas de Asia menor (desde Bizancio hasta Halicarnaso, con Mileto, Éfeso,
Colofón, Clazomene, Eritras, Focea, etc.).
3. Islas del Egeo (entre Eubea y Rodas, por el S., y entre Naxos y Thasos, por el N., y
Centro, incluyendo las grandes islas del Egeo oriental: Les-bos, Quíos, Samos, Lemnos,
Imbros, etc.).
4. Ciudades del Helesponto y Quersoneso Tracio (Perinto, Sigeo, Lámp-saco, Calcedonia,
etc.).
5. Colonias y ciudades de la Tracia (Abdera, Acanto, Estagira).
6. Colonias y ciudades de la Calcídica (Samotracia, Potidea).