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PETER LANDELIUS

Europa y el águila
Hacia una nueva relación con
Estados Unidos
Primera edición, noviembre 2010

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© 2010 [Thomson Reuters (Legal) Limited / Peter Landelius]


Editorial Aranzadi, SA
Camino de Galar, 15
31190 Cizur Menor (Navarra)
ISBN: 978-84-470-3538-0
Depósito Legal: NA 3158/2010
Printed in Spain. Impreso en España
Fotocomposición: Editorial Aranzadi, SA
Impresión: Rodona Industria Gráfica, SL
Polígono Agustinos, Calle A, Nave D-11
31013 - Pamplona
Para Nancy, que nació transatlántica

«En el espacio medimos el tiempo.»


–Karl Schlögel
ÍNDICE

PRÓLOGO: ENTRE EL 9/11 Y EL 11/9................. 11

I
LA GUERRA FRÍA, PARADIGMA DE ALIAN-
ZAS ................................................................................ 21

II
EUROPA SE RECUPERA .......................................... 37

III
¿UNA UNIÓN UNÍSONA? ...................................... 51

IV
PROTECCIÓN ............................................................. 73

V
DE LA URSS A RUSIA .............................................. 97

VI
EL NUEVO MUNDO ................................................. 111
9
VII
CON EL ELEFANTE EN TIENDAS DE PORCE-
LANA............................................................................ 125

VIII
INTERESES COMUNES Y OPUESTOS .................. 141

IX
«LEX MERCATORIA»................................................ 159

X
MULTILATERALISMOS ............................................ 171

XI
¿QUIÉN ES OCCIDENTE?........................................ 191

XII
CONCLUSIONES........................................................ 217

10
PRÓLOGO: ENTRE EL 9/11 Y EL 11/9

Je me suis rencontré entre deux siècles,


comme au confluent entre deux fleuves; j'ai
plongé dans leurs eaux troublées, m’éloig-
nant à regret du vieux rivage où je suis né,
nageant avec espérance vers une rivière in-
connue.
–François-René de Chateaubriand: Mémoi-
res d’outretombe

Mi generación fue la primera en viajar masi-


vamente por autostop a través de Europa, desde
Kiruna al norte de África y desde Edimburgo a
Istambul. El tema de la integración europea me
fascina desde mis estudios de derecho al princi-
pio de los años 60. Mi tesis trató de un tema
candente de la época: la relación entre el nuevo
derecho comunitario europeo y el derecho de
sus Estados miembros1.
Más tarde tuve el privilegio de pasar un año
1
Peter LANDELIUS, Om förhållandet mellan Europarätten och
medlemsstaternas interna rätt, Acta Scandinavica Juris Gen-
tium, vol. 35, 1965.

11
académico en el augusto Centro de Asuntos In-
ternacionales de Harvard que más tarde llegó a
apellidarse Weatherhead. Su jefe en esos tiempos
era Joseph NYE, ya famoso por sus estudios del
soft power, un fenómeno tan importante como el
poder militar para todo príncipe que aspire a do-
minar el mundo o al menos influirlo a largo
plazo. Desde su cúspide, los distinguidos profe-
sores de Harvard nos miraban con tolerante sim-
patía a los jóvenes embajadores y generales que
éramos sus alumnos, poseedores ya de cierta ex-
periencia práctica pero no muy ductos en las teo-
rías académicas imperantes.
Ese año académico 1989/90 fue para mí una
experiencia espléndida. Dudo que haya en el
mundo una institución docente con mayor ri-
queza de recursos y con un ambiente más sim-
pático. Me gustan tantas cosas de la sociedad
norteamericana: abierta, sencilla, dinámica, opti-
mista. Antes y después de Tocqueville (menos
recordado en Europa que en los Estados Uni-
dos), los europeos hemos aprendido mucho de
ella, y todavía nos queda por aprender.
Que sais-je? MONTAIGNE, al hablar de Amé-
rica, usa como única referencia a «un hombre
mío que ha estado en Brasil». Yo sí he vivido en
las Américas, y también en algunas Europas. Sin
pretender a méritos académicos, confieso que
me gusta leer el mundo contemporáneo y vivir
libros de todos los tiempos. Las notas en pie de
12
página de este libro no están ahí para demostrar
una verdad científica sino simplemente para re-
cordar alguna lectura relevante e indicarla al lec-
tor como una pista. Mi punto de partida es el de
un diplomático que lleva casi cuatro décadas en
el servicio exterior sueco tras haber estudiado
derecho, idiomas y algo de economía en la uni-
versidad de Uppsala.
El enfoque de mi estudio resulta más ex-
tenso que profundo, no sólo debido a mis ante-
cedentes personales, sino también a la natura-
leza del tema. Las relaciones internacionales
constituyen una mezcla tan variada que ninguna
disciplina académica puede cubrirla de forma
adecuada. El que quiera entender las relaciones
entre Europa y los Estados Unidos tiene que con-
templarlas desde tantos y tan diferentes ángulos
(preferiblemente al mismo tiempo): la política, la
economía, la fuerza militar, la experiencia histó-
rica, la cultura... sin nunca olvidar la geografía2.
Hay mucho que aprender de todas las teo-
rías dominantes en el terreno de política interna-
cional. Sin embargo, los factores culturales e his-
tóricos, por muy importantes que sean, no me
parecen suficientes para sostener una interpreta-
ción constructivista de la relación atlántica: la
subjetividad importa, pero no lo es todo. Y por
mucho que comparto las ideas de política inter-
2
Stephen M. WALT, «Why Alliances Endure or Collapse», Re-
vista Survival 39, núm. 1, 1997.

13
nacional que en la jerga americana del gremio se
llaman liberal, me temo que las normas de dere-
cho y las instituciones interestatales todavía ten-
gan una fuerte dosis de «wishful thinking». Tam-
poco una versión estrictamente neorealista –que
ve a los estados en constante lucha por sus inte-
reses en un mundo regido por la fuerza– me
basta para entender el comportamiento de los
diferentes estados. Además, en nuestra época, se
complica por la existencia de intereses entremez-
clados en una globalización cada vez más
intensa.
Lejos de excluirse una a otra, tales teorías
se complementan. Un factor que para mí resulta
importantísimo para entender la política interna-
cional y que sin embargo veo insuficientemente
discutido en la literatura académica, es la geogra-
fía como condicionante de la seguridad y de los
intereses de una nación. Lo que ocurre es insepa-
rable de su entorno: en el espacio leemos el
tiempo3. No estoy seguro de que el término geo-
política sea adecuado; ha vuelto de moda pero
no siempre con un contenido bien definido; y se
presta a usos muy diversos4.
3
Karl SCHLÖGEL, Im Raume lesen wir die Zeit. Über Zivilisa-
tionsgeschichte und Geopolitik, Berlín, 2003.
4
Su inventor inglés, Halford MACKINDER, dijo en 1918,
«Who rules Eastern Europe commands the Heartland; who ru-
les the Heartland commands the World Island; who rules the
World Island commands the world». El sueco Rudolf KJELL-
GREN hizo un boceto para el futuro «Lebensraum» de los
nacional-socialistas alemanes en «Grundriss zu einem
System der Politik» (1920). Antes de ambos, el capitán ame-

14
Cuando la Unión Soviética puso fin a la
guerra fría, se hizo patente lo que ya estaba ins-
crito en el muro: mane, tecel, fares. Al caer el muro
de Berlín, todo cambió. Los sabios de Harvard
entendieron las implicaciones de lo sucedido y
destilaron dos preguntas que ocuparían gran
parte de nuestros seminarios en los meses si-
guientes. Primero: «¿Cómo es posible que no nos
diéramos cuenta antes?». Segundo: «Ahora,
¿cómo vamos a motivar nuestra presencia en
Europa?».
A la primera pregunta, tal vez debí haberles
recordado a mis profesores que los Estados Uni-
dos estuvieron obcecados durante décadas por
su propia necesidad –psicológica, económica,
política– de tener un enemigo creíble. Durante la
difícil transición a la nueva paz tras la Segunda
Guerra Mundial, ellos habían llegado a pintar al
nuevo enemigo mucho más peligroso de lo que
era en realidad. Los dirigentes de la Unión So-
viética les agradecieron el regalo de un presti-
gio anhelado.
Muchos europeos habían seguido la pauta a
los americanos. Sin embargo, no pocos habíamos
visto que el oso ruso era un coloso en pies de
barro («Un volcán apagado», escribió un embaja-

ricano Alfred MAHAN había reflexionado sobre la necesi-


dad de una fuerza rápida naval, capaz de imponerse en
todas partes del mundo, sin duda inspirado por los éxitos
del imperio británico.

15
dor sueco de la época, comentando Moscú desde
Beijing). Lo único que funcionaba en esa econo-
mía de comando era el sector defensa, y aun así
los Estados Unidos les superaban con creces du-
rante casi toda la guerra fría.
La diplomacia alemana del canciller social-
demócrata Willy Brandt y su ministro de relacio-
nes exteriores, el liberal Egon Bahr, se había ba-
sado en un entendimiento de la verdadera
condición económica y social de la Rusia comu-
nista. «La línea Brandt-Bahr» tuvo seguidores
dentro y fuera de Alemania aun después de la
desaparición de sus protagonistas. Desde Suecia,
Olof Palme hizo una contribución importante al
proceso de Helsinki y al control del armamento
nuclear.
Para mí, la segunda pregunta de mis gurús
de Harvard resultó más interesante. Desde sus
comienzos, la tarea de la OTAN había sido, se-
gún el dictum ya clásico, «mantener a los rusos
afuera, los americanos adentro y los alemanes
abajo». ¿Qué quedaba ahora de esa tarea? Ya lo
había dicho Gorbachov a sus interlocutores ame-
ricanos: «Les vamos a hacer algo terrible: les va-
mos a privar de su adversario».
Vista desde Europa, la nueva situación plan-
teaba la necesidad de repensar nuestras propias
opciones. El alivio era enorme, pero la incerti-
dumbre también. Se había retirado la amenaza
nuclear soviética sobre el «campo de batalla pre-
16
parado» que era Europa; se habían liberado pací-
ficamente los países del «cordón sanitario» de la
Unión Soviética; y la Alemania dividida se había
reunificado, confirmándose como el país más
potente de Europa.

Durante el resto de mi tiempo en Harvard


hice una revisión personal de la posguerra para
tratar de identificar los rasgos esenciales de la
relación transatlántica. Mis conclusiones se pue-
den sumar de la siguiente manera:

–La correlación de fuerzas económicas en el


mundo había cambiado considerablemente
desde 1945;

–El mundo seguía organizado según el re-


sultado de la Segunda Guerra Mundial y necesi-
taba urgentemente una nueva estructura;

–La caída del muro de Berlín significaba que


el enemigo común había desaparecido y que Eu-
ropa podía y debía responsabilizarse de su pro-
pio destino;

–El orden bipolar había desaparecido, y la


nueva tarea era crear las modalidades para hacer
funcionar un mundo multipolar.

Sin hacerle caso al temor de mis tutores de


que tales ambiciones me quitarían energía para
sus seminarios, opté por escribir un libro que
finalmente fue publicado en Suecia y en Es-
17
paña5. Para publicarlo en Estados Unidos –de
esto me enteré demasiado tarde– debí haber con-
seguido una editora antes de escribirlo, cosa
nada fácil y menos para un forastero. A Francia
también llegó tarde, aunque por otro motivo:
dos editoras me dijeron que les gustaba el libro,
pero que ya habían publicado otros de la
misma onda.
Lo titulé «Europa y el toro», aludiendo a
Zeus, el dios principal de los griegos antiguos,
que tenía un célebre apetito por los placeres car-
nales. Insatisfecho con la felicidad marital, mero-
deaba por el mundo en busca de aventuras, a
veces tomando la forma de un hombre o de otro
animal para no ser reconocido. Una vez se trans-
formó en un toro, raptó a una hermosa doncella
llamada Europa y la llevó allende los mares para
seducirla. Su encarnación moderna, los Estados
Unidos, lleva un siglo de intensa e íntima rela-
ción con Europa. Y si no es toro, al menos es
otro, ese otro inquietante y tal vez indispensable
para el ser humano.
Escribí «Europa y el toro» tras la caída del
muro pero antes de la desaparición de la Unión
Soviética, y mucho antes de la fecha trágica del
11 de septiembre 2001. La primera quitó la razón
de ser de la OTAN, la segunda creó un vacío de
5
Peter LANDELIUS, Europa och tjuren, T. Fischer, Estocolmo
1991; Europa y el toro (trad. Stuart Medina), Tecnos, Ma-
drid, 1991.

18
poder y la tercera llevó a Estados Unidos a un
unilateralismo ilusorio y pernicioso –para ellos
mismos, para sus amigos, y para el mundo en-
tero–. La llegada de la administración de Barack
Obama abre nuevas perspectivas.
La tarea actual es establecer una agenda po-
sitiva entre Europa y Norteamérica. En el pasado
se han visto algunos intentos mal respondidos.
Como toda potencia dominante, Washington ha
preferido usar los canales bilaterales –«divide et
impera»–. Un nuevo partenariado transatlántico
tiene que fundarse en un respeto mutuo. Esto
presupone una mayor unidad europea acerca de
su propia política de seguridad. Quiero decir
que la mejor manera de fortalecer el vínculo at-
lántico es fortalecer la Unión Europea, incluso y
más allá de los asuntos comerciales, económicos
y jurídicos.
¿Terminará el idilio transatlántico en divor-
cio, o nos llevará a un duradero matrimonio de
conveniencia? Sigo preguntando, pero el mito no
sirve de guía. El toro Zeus se transformó en
águila, no sé si para dejar la bella raptada por
otra o para resultarle más manejable. Europa ha
amado y temido muchas águilas, y ninguna ha
durado para siempre. Esta vez tiene que hacer
un esfuerzo propio: los retos han crecido, los in-
tereses son complejos, y los problemas de gober-
nabilidad se agravan.

19
I
LA GUERRA FRÍA, PARADIGMA DE
ALIANZAS

«No hay, créanme, nada del mundo más ego-


céntrico que la democracia agredida. Pronto
se convierte en víctima de su propia propa-
ganda de guerra. Entonces tiende a asociar
a su propia causa un valor absoluto que dis-
torsiona su visión de todo lo demás.»
–George Kennan6

El Tercer Reich cayó principalmente por tres


razones: los sacrificios humanos de Leningrado
y Stalingrado, los recursos masivos de Estados
Unidos y la voluntad inquebrantable del Reino
Unido (la de Winston Churchill, se entiende). Sin
embargo fueron cuatro los países –Estados Uni-
dos, Francia, Reino Unido y la Unión Soviética–
que se presentaron para la foto como vencedores
de la Segunda Guerra Mundial. Para más de uno
se trataba de una victoria pírrica.
6
George KENNAN, Russia and the West under Lenin and Stalin,
1960.

21
La Unión Soviética pagó el precio más alto.
Murieron decenas de millones de sus ciudada-
nos, tanto civiles como soldados. El país quedó
aún más desgarrado por esta «Gran Guerra Pa-
tria» que por la Primera Guerra mundial, la Re-
volución de Octubre y su propia guerra civil.
Toda esa industria pesada que había sido cons-
truida bajo Stalin en los años treinta con la san-
gre, el sudor y las lágrimas de sus súbditos, tuvo
que ser reconvertida a la producción de tanques,
fusiles y aviones. Aquella nación de campesinos,
que sólo recientemente había empezado a indus-
trializarse, tuvo que sacrificar en la lucha contra
la invasión todo el fruto de su trabajo, de su
misma transformación económica conseguida
tras décadas de convulsión social y una tre-
menda represión política. Cuando todo hubo
acabado, el país estaba a salvo, mas también des-
trozado. Una vez más había que volver a empe-
zar desde cero. Irónicamente, al dirigir a la
Unión Soviética en esta lucha a vida o muerte,
el mismo régimen estalinista que se había gran-
jeado el temor y el odio de tantos ciudadanos,
obtuvo por un tiempo el apoyo político que
nunca antes había tenido.
En esta guerra, Francia fue una víctima más,
salvada en el último momento. El país había sido
ocupado por los alemanes; una parte había pre-
tendido seguir existiendo bajo la tutela del ocu-
pante, otra como resistencia desde el exterior. La
resistencia interna fue asunto de los comunistas,
22
y el esfuerzo bélico de las fuerzas francesas del
exilio no fue mayor que el de Canadá o Austra-
lia. A pesar de su mala relación con Charles de
Gaulle, Franklin Roosevelt y Winston Churchill
optaron por incluirlo en su grupo. La posguerra
ya estaba en marcha antes de la paz.
Gran Bretaña había ganado la guerra a un
altísimo precio. Había movilizado fuerzas no
sólo de las islas Británicas, sino también de un
imperio entonces todavía existente. Canadien-
ses, australianos, neozelandeses y sudafricanos
acudieron en defensa del reino al igual que lo
habían hecho en la Primera Guerra Mundial y
con un impacto muy superior al del apoyo de
las colonias francesas a sus amos franceses. Por
otro lado, la India había simpatizado con el Eje
fascista y pronto proclamaría su independencia.
Inglaterra estaba exhausta. Desde hacía al-
gún tiempo había extralimitado7 su poder al com-
petir con otros poderes más dinámicos de la eco-
nomía mundial. Una larga serie de guerras
imperialistas habían precedido a la Segunda
Guerra Mundial. Ya no les quedaban fuerzas
para mantener su imperio.
Los Estados Unidos habían prestado dinero
y armas a ingleses y rusos; habían intervenido
primero en el Mar Pacífico, luego en África, fi-
7
El término «overstretch» fue acuñado mucho más tarde
por Paul KENNEDY, The Rise and Fall of the Great Powers,
New York, 1987.

23
nalmente en Europa; y emergieron de la guerra
más fuerte que nunca. El país entró en la guerra
tras el ataque preventivo japonés contra la base
de Pearl Harbour (esto fue antes de la anexión
de Hawaii por Estados Unidos). Su propio terri-
torio nunca sirvió de escenario de ninguna ac-
ción militar. Por tanto, aunque tuviera que so-
portar una pesada carga de gastos militares, sus
costes humanos de la guerra se «limitaron» a la
pérdida de cientos de miles de soldados. Al
mismo tiempo, hallaron que su propio esfuerzo
bélico resultó muy beneficioso para salir de la
Gran Depresión de los años treinta.
Japón y Alemania habían perdido la guerra
y estaban completamente destruidos. Pronto se
hizo evidente que Estados Unidos tendría que
reconstruirlos, entre otras cosas para evitar otro
resurgimiento del revanchismo. Resultó una tasa
extraordinaria de crecimiento acompañado de la
exención, por no decir la prohibición, de cargar
con importantes gastos de defensa propios. La
reconstrucción de sus devastados países fue faci-
litada por su estructura social desarrollada para
los fines industriales, sobre todo sus buenos ni-
veles educativos y laborales.
Tras haber recibido créditos norteamerica-
nos para la guerra durante varios años, la Unión
Soviética solicitó nuevos préstamos a Washing-
ton, pero ahora les fueron denegados. Mientras
que los Estados Unidos financiaban la recons-
24
trucción de Europa Occidental con el plan Mars-
hall, los soviéticos aún estaban llevándose las fá-
bricas de Alemania Oriental como compensación
por las pérdidas sufridas durante la guerra. La
Unión Soviética se había convertido en un gi-
gante militar, pero seguía siendo un enano
económico.
Al estallar la guerra, el New Deal apenas ha-
bía empezado a sacar a Estados Unidos de la
larga depresión. El esfuerzo bélico proporcionó
el tan necesitado tirón de la demanda. Cuando
hubo acabado la guerra, sin embargo, los Esta-
dos Unidos habrían afrontado una nueva crisis
económica a no ser que hubieran encontrado
maneras de compensar el debilitamiento de la
demanda y adaptarse a la producción de tiempo
de paz.
«El estallar de la paz» significó que la indus-
tria tenía que ser reorientada al menos en parte
a los mercados civiles. La industria militar siguió
siendo poderosa incluso tras la guerra, pero tam-
bién dentro de ésta era necesaria una nueva
orientación. En tiempos de paz, la producción
para la guerra tiene que ser más inventiva. En
cuanto a la producción civil, la demanda interior
era insuficiente para compensar la inactividad.
Al fin y al cabo, los consumidores no habían pa-
decido nada semejante a las privaciones de la
mayoría de los países en los escenarios de la
guerra o cerca de ellos. Lo lógico, pues, era bus-
25
car mercados de exportación en donde necesida-
des inmensas pudieran ser convertidas en de-
manda efectiva.
Así mismo, el Plan Marshall fue la respuesta
a muchas oraciones. Ayudó a financiar unas ex-
portaciones necesarias para sustituir la demanda
bélica. Sirvió a la finalidad política de ayudar a
los gobiernos amigos a prevenir los desórdenes
sociales que pudiera provocar la escasez de bie-
nes de consumo esenciales. La Unión Soviética y
sus Estados clientes hubieran necesitado tanto o
más desesperadamente las bendiciones del Plan
Marshall, pero en el momento rehusaron la
oferta, temiendo con razón que quien pagase los
platos rotos impondría sus condiciones.
La institución destinada a crear las condicio-
nes necesarias para el Plan Marshall fue la Orga-
nización Europea para la Cooperación Econó-
mica (OECE). A veces considerada como la
contrapartida civil de la OTAN –aunque desde
sus comienzos incluyó a los Estados neutrales de
Europa–, la OECE tuvo éxito no sólo en su mi-
sión primordial, sino también en unir a los alia-
dos europeos bajo el manto protector de los Esta-
dos Unidos. La meta política fue la de construir
una Europa Occidental fuerte y unida, capaz de
mantener a raya a Alemania y proporcionar una
avanzadilla norteamericana no sólo para caso de
guerra, sino también en tiempos de paz.
Con el fin de vigilar las reglas del capita-
26
lismo moderno y promover la libertad de movi-
miento de capitales y bienes, la OECE siguió
funcionando incluso después de haber alcan-
zado sus fines primarios. Su conversión en la Or-
ganización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE) resultó muy útil para la co-
hesión y el desarrollo no sólo de las economías
sino también de los aparatos estatales que las or-
denan. Hoy juega un papel importante en crear
los estamentos de la economía globalizada y está
abriéndose a nuevos miembros de otros con-
tinentes.
En 1960 empezaba a alumbrarse un nuevo
mundo. La administración de un largo período
de paz y prosperidad sin precedentes entre las
potencias industriales requería formas nuevas y
más sutiles de mantener y desarrollar el sistema
y de capitanearlo8. Mientras que la OECE había
sido un asunto reservado a Norteamérica y Eu-
ropa Occidental, el nuevo organismo incluía al
Japón, Australia y Nueva Zelanda. Con el
tiempo se incluirían otros: primero Turquía
(pieza clave de la OTAN), luego los países de
Europa Oriental (tras la caída del muro), mucho
más tarde México, ahora Chile y en un futuro
probablemente las nuevas potencias «BRIC»:
China, Rusia, India, Brasil.
La guerra fría entre el Este y el Oeste se ini-
8
Miriam CAMPS, The Management of Interdependence, New
York, 1974.

27
ció inmediatamente tras el colapso del Reich
mientras los ejércitos aliados todavía se precipi-
taban hacia Berlín como más tarde hacia Pyong-
yang y Seúl. Los Estados Unidos, el Reino Unido
y Francia habían expresado su opinión sobre los
bolcheviques mucho antes: poco después de la
Revolución de Octubre intervinieron militar-
mente del lado de la reacción zarista en la guerra
civil que la siguió. Ante tantos adversarios, Sta-
lin se había visto obligado a imponer la línea del
«socialismo en un solo país» a los partidarios de
la revolución mundial, pero los comunistas se-
guían siendo una fuerza subversiva, y su fideli-
dad a Moscú todavía era incuestionable.

La guerra fría llevó a la sustitución de los


conflictos sociales dentro de los países aliados y
los roces entre ellos por la polarización entre los
bloques. Es posible que los tres participantes de
Yalta no vieran sus acuerdos de la misma ma-
nera, pero al menos Churchill y Stalin parecen
haber estado completamente de acuerdo al me-
dir la correlación de fuerzas. Por desgracia para
Europa, esa medición en plena guerra se hizo
necesariamente con criterios militares más que
políticos. Cuando por fin Stalin, a principios de
los años cincuenta, propuso una Alemania uni-
ficada, neutral y desarmada como pieza central
del nuevo orden europeo de seguridad, ya era
demasiado tarde. La OTAN se había instalado
con la finalidad oficiosa de «mantener a los so-
28
viéticos fuera, a los norteamericanos dentro y a
los alemanes debajo».
Sólo un soldado puede considerar admira-
ble la solución de Alejandro al nudo gordiano.
Los acuerdos de Yalta y Potsdam, junto con la
situación de facto en el momento de la rendición
alemana, suministraron una respuesta brutal-
mente simple a unos cuantos problemas comple-
jos. En fin, la Unión Soviética acabó dominando
algunos países de Europa Central y Oriental con
escasa inclinación a la ideología comunista,
mientras que «Europa Occidental» acabó inclu-
yendo a países como Grecia, Italia y Francia, en
donde los comunistas eran fuertes y se habían
ganado un prestigio considerable en la lucha
contra el nazismo.
La cuestión de quién comenzó la guerra
fría no es fácil de contestar y además carece
de importancia. Evidentemente, ambas partes
tuvieron nuevas razones para hostigarse, aun
sin contar las ambiciones revolucionarias de la
Komintern o la intervención de los occidentales
en la guerra civil de Rusia. Los británicos inter-
vinieron en la guerra civil griega y aplastaron un
poderoso movimiento popular dirigido por los
comunistas de ese país. Los comunistas checos
dieron un golpe de estado en Praga, echando
abajo a un gobierno socialdemócrata que tenía
un amplio apoyo popular.
El pacto de Varsovia quiso copiar el Pacto
29
Atlántico. Ambos lados sospechaban que el otro
estaba tratando de deshacer la división de facto,
pero existen buenas razones para creer que úni-
camente consolidaron lo que ya había sido acep-
tado tácitamente entre ellos. Sin querer que-
riendo, los dirigentes de Oriente y Occidente
acabaron compartiendo un interés importante: la
tensión entre ellos les había hecho más fácil
mantener la disciplina de aliados y clientes y
contrarrestar las tensiones políticas internas. Un
enemigo externo es el mejor recurso del príncipe
para poner su casa en orden, sobre todo si el
enemigo está dispuesto, e incluso ansioso por
mostrarse aún más peligroso de lo que es en
realidad.
En los momentos de mayor tensión ya hubo
indicios muy tempranos de este acuerdo funda-
mental en los hechos, si no en las palabras. Los
partidos comunistas de Francia e Italia contribu-
yeron disciplinadamente a la reconstrucción del
poder político conservador en sus países. Stalin
se abstuvo de prestar ayuda de forma significa-
tiva a los comunistas griegos cuando estaban
siendo exterminados por sus oponentes con
ayuda exterior. Una vez terminada la guerra,
Churchill evitó cuidadosamente impulsar al go-
bierno del exilio polaco en Londres. Nadie acu-
dió en ayuda de los levantamientos populares
de Berlín y Budapest. «La paz es más importante
que Polonia», como se ha dicho en los debates
políticos alemanes con un realismo crudo, com-
30
partido por casi todo el mundo menos los
polacos.
El acertijo de la Europa posbélica fue creado
por su división fortuita; insistir en los temas di-
visores equivalía a apretar el nudo, y el tem-
prano análisis del embajador americano George
KENNAN ayudó a evitar los Alejandros en poten-
cia.9 La política de «contención» funcionó; la del
«roll-back» siempre hubiera sido desastrosa. Por
motivos obvios, el gobierno más interesado en
evitar desbordes y facilitar la «détente» siempre
fue el alemán, con dirigentes como el social-de-
mócrata Willy Brandt y el liberal Egon Bahr, in-
ventores de la Ostpolitik.
La cicatrización de las heridas de la nación
alemana implicaba también la cicatrización de
las de otras naciones. Alemania pudo encontrar
su mitad oriental solamente a través de la cauta
y paciente construcción de la confianza mutua
no sólo con la RDA, sino con todos los vecinos
y con el enemigo declarado, la Unión Soviética.
Tres décadas más tarde, Moscú tuvo la confianza
suficiente para abrir una nueva página de la his-
toria europea.
Construir esta confianza recíproca ha sido
cuestión de mostrar que la estabilidad compar-
tida se valora en más que la búsqueda de la su-
perioridad, que el intercambio a largo plazo mu-
9
George KENNAN, The Sources of Soviet Foreign Conduct, Fo-
reign Affairs, julio 1947.

31