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La Historia No Contada

Kingdom Hearts, como reino de los corazones, tiene su propia y única voluntad; incomprensible pero
estrechamente ligada con todos y cada uno de los mundos y sus habitantes.

Cuando Sora se encerró en Kingdom Hearts, este desapareció. Sin embargo, la estabilidad de todos los mundos no
se alteró. ¿Por qué?

Bueno, nunca se fue del todo.

La mismísima consciencia de Kingdom Hearts decidió formarse en carne, renacer como individuo, dejar una pequeña
parte de sí, que sería a la vez nexo del mundo con el Kingdom Hearts, y una forma de conocer cada vez más el
mundo en el que todos los seres vivos habitan y sin el cual no podría existir.

Por decirlo de algún modo, Kingdom Hearts tuvo un hijo. Se llamó Jariah.

Biografia
Jariah apareció de la nada, se formó en un callejón, aparentando tener 10 años. Cuando “nació”, Jariah era un niño
tímido, oscuro, reservado. Desconfió de todo y de todos. Anduvo por las calles robando alimento y cobijándose
como una rata, junto a los Niños del Hambre, en el peor barrio de Metrópolis.

Los días pasaron grises, pero también fugaces. Todo se reducía a la siguiente comida, al siguiente callejón sucio
donde cobijarse, a sobrevivir al hambre y a uno mismo. Muchos cayeron. Los Niños del Hambre no eran, como
podría pensarse, un grupo unido por la adversidad o siquiera tenían la más mínima camaradería o sentido de
jerarquía. No. Era una forma de llamar a aquellas apestosas ratas callejeras que causaban problemas de vez en
cuando a las personas corrientes, aquellos para los que no había plazas en los orfanatos, aquellos que la gente
ignoraba con todas sus fuerzas, los que no debían estar.

Pronto se hizo más que evidente esta última afirmación.

El gobierno de la ciudad decretó una “limpieza” extraordinaria de los miserables, un auténtico barrido social. ¿El
destino? Nadie lo sabe con exactitud, pero los Niños comenzaron a llamarle “ir a Dagobah”

El exterminio comenzó. Persecuciones por las calles, hombres de blanco atrapando a muchachos, que se retorcían y
se defendían. No había piedad. El que se rebelaba, era exterminado. Pobres muchachos, por muy bien que se
mezlaban entre la multitud, los encontraban. Eran encontrados, desde el primero al último, y arrancados de la vida
que conocían. “A Dagobah, a dagobah” repetían lamentables mientras eran
llevados como animales de tercera clase en unos grandes camiones blancos.

Aquella fue una época oscura. Jariah conoció el mal, conoció la miseria. Conoció la
agonía y el hambre. Jariah anduvo peligrosamente cerca de la Oscuridad.

Jariah tardó, por alguna razón, bastante más en ser descubierto. Pero pronto le
siguieron el rastro a él también.

Corrió, ya lo creo, corrió tanto como sus pequeños pies le dieron abasto. Corrió
hasta casi salir de la ciudad, pero no se podía salir de Metrópolis. Simplemente, se
entraba en otra área.

Su perseguidor no era sin embargo un hombre blanco, en su caso iba esquivando


un enorme coche, al estilo de las limusinas de la gente adinerada; completamente
nácar. La extraordinaria habilidad de su chófer era algo… inhumano, pues lo
persiguió a través de los callejones, lo siguió mientras trepaba tejados, se escondía entre las multitudes, ignorando
todo sentido de la lógica. Es como si lo olieran, como si no tuvieran prisa en llegar porque ya sabía dónde iba a ir.

Al final, muerto de cansancio, sin resuello; Jariah anduvo tambaleante ante uno de los puertos de la ciudad. Estaba
cerca de un yate de lujo, acorralado por los temibles faros de aquella limusina, dilucidando si debía tirarse al mar y
seguir nadando; pues tenía muy claro que no iba a darse por vencido. Lo más curioso es que nunca se planteó esa
opción siquiera.

Una sombra bajó del coche, y los faros se apagaron. Una mujer, enorme, algo vieja y desgastada, la típica caricatura
de cómo han de ser las “madammes” de los cabarets por los que a veces pasaba Jariah, completamente vestida de
blanco, anduvo hacia él con paso lento, no carente de cierto garbo, y en un lustroso gesto, su brazo fofo le señaló.

- Hmm… Ven, ven conmigo. Tú podrías valer para esto, pequeño.

- ¿Dagobah? ¡No! - Apenas podía hablar bien, pero una súplica ácompañada de un gemido lastimero resonaron
en la garganta del muchacho. No quería ir a Dagobah, fuera lo que fuese. No.

La mujer lo agarró del cuello de la camisa, con una inusitada fuerza, pero sin hacerle daño. Le revolvió el pelo y le
miró los ojos.

-¡Vaya! ¡Pero si eres muy guapito! ¡jajajaja! Laven, ¡creo q tengo un pequeño diamante en bruto aquí!

- Muy en bruto, si se me permite, madamme. –dijo otro tipo calvo, muy alto, salido de alguna parte. Miraba con
desprecio al muchacho.

Y así, Jariah entró a trabajar para Madamme Chaude.

Como cónsul de algún importante reino, cuyo símbolo era tal como , Madamme Chaude poseía grandes
comodidades y mucho, mucho dinero. Adoptó legalmente al chico y lo hizo su protegido, y la vida de Jariah dio un
giro radical de 180º.

***

Pasaron unos años.

Jariah no era ni una sombra de lo que fue. Las grandes capacidades del chico le permitieron pronto asimilar y
comprender una enorme variedad de instrucción y etiqueta. Pronto pasó a ser presentado en sociedad como el
ahijado de Madamme Chaude.

También fue al instituto. No a uno cualquiera, por supuesto; sino a un instituto para gente bien, con hermosos
uniformes y un enorme campus que abarcaba varios kilómetros. Jariah iba al colegio en limusina, como muchos de
sus compañeros, y pronto se hizo un muchacho popular y bien conocido entre todos.
Jariah se apuntó al club de lo paranormal, en principio para hacerle un favor a Miles, un buen amigo suyo; y pronto
el club se convirtió en la actividad extraescolar de moda. ¡Ah, las fan-girls! Las risas de Jariah sólo podían aumentar.
Cuando Madamme Chaude se enteró, con una amplia –y algo misteriosa- sonrisa decidió que ella misma financiaría
las actividades del club, y cada mes debían elaborar un informe acerca de la actividad “paranormal” que detectaran
en la ciudad. Ella misma lo revisaría.

Jariah se tomó la tarea muy en serio, y bajo la dirección del siempre capaz Miles, se
organizaron muy eficazmente, realizando barridos y acrecentando pronto su fama,
hasta convertirse en una especie de “agencia” privada de investigación paranormal.

Hoy por hoy, continúan realizando sus actividades y cada vez cuentan con más
miembros. En el instituto, el Club de Actividades e Investigación de lo Paranormal
es un rotundo éxito y sus miembros están muy cualificados, hasta el punto de que
uno pensaría si no son más que meros amateurs.

…Por supuesto, Madamme Chaude está muy satisfecha con todo ello.

Una cierta tarde, mientras realizaban una investigación conjunta Jariah, Miles, Kazu
y Enrietta (dos miembros femeninas del club), un misterioso vagabundo se acercó a
ellos. Les advirtió que no se entrometieran en el asunto que estaban investigando
(unas extrañas sombras que se movían entre edificios) pero los jóvenes no hicieron
caso.

Con el valor que da la confianza; unidos a la imprudencia de la juventud, los cuatro


muchachos se adentraron en el edificio decididos a investigar aquel asunto, que
comenzaron a catalogar de rutinario a interesante.

Estaba totalmente oscuro, eventualidad para la que todos estaban preparados. Con la luz de sus linternas,
atravesaron el ruinoso recibidor del edificio y comenzaron a explorar la primera planta.

No se les ocurrió revisar el estado de la escalera.

Con un sonoro estruendo, parte de los escalones se desprendieron y con ellos un trozo de pared, llenándolo todo
de escombros. En el caos subsiguiente, entre gritos, Jariah se encontró buscando como loco una salida para atender
los gritos de Enrietta, que chillaba aterrorizada.

Algo sucedió.

Una sombra enorme levantó los escombros con facilidad, arrastrando a Jariah con ellos. No perdió la consciencia de
milagro, pero se golpeó duramente la cabeza. Ya no había casa. Toda la pared y el resto del edificio habían sido..
¿arrancados? de cuajo, los hierros de las vigas y el armazón de la estructura cimbreaban al viento nocturno. El
responsable de todo ello no dejaba tiempo para admirarse más.

Una horrible sombra monstruosa, una especie de masa informe, de varios metros de alta, sostenía el trozo de casa
que faltaba. No tenía rasgos, no tenía más color que el mismo negro, tan oscuro como el miedo que inculcaba.

Jariah se quedó paralizado, sobrecogido.

¿Qué…qué podía hacer?

La oscuridad actuó por él. Una mano enorme lo aplastó.

***
Cuando abrió los ojos…

-¿estoy muerto?

Fue lo primero que dijo.Oh, pero no lo estaba. Estaba intacto, demasiado bien, de hecho. ¿Dónde estoy?

Una catedral. Vidrieras de color. Infinita, suspendida en el vacío. En ambas manos, dos curiosos artefactos con forma
de llave.

Bienvenido al Secreto del Corazón.


Ficha

**Técnicas de Ki: a especificar más adelante