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Circo, maroma, teatro y algo más… las diversiones públicas en la ciudad de

Zacatecas. Continuidades y cambios 1794-1853

Rosalina Ríos Zúñiga


IISUE/UNAM

“Encontrar la confluencia de estructura y cultura. [para]


Conocer la experiencia humana…”1
Peter Linebaugh

La población de la ciudad de Zacatecas entre fines del periodo colonial y la

primera mitad del siglo XIX experimentó, como muchas otros reales mineros y

ciudades de la época, una serie de trastornos de diverso tipo, puesto que se vivían

nuevos tiempos: cambios en la forma de gobierno, guerras, epidemias, variantes en

la forma de producción, crisis económica… que provocaron disminución o

aumento en su número, entre otros asuntos. ¿Cómo afectaron toda esta serie de

circunstancias en la forma en la que la gente de este real minero se divertía, en la

que ocupaba su tiempo de ocio, de recreación, de socialización?

La escasa historiografía sobre las diversiones públicas ha enfocado

principalmente lo que ocurría en la ciudad de México 2 y ha dejado de lado como se

divertían los diversos sectores sociales en algunas provincias o ciudades en el

tránsito de la colonia a la república. 3 Zacatecas no es la excepción, pues solamente

1
Pérez Morales, Edgardo, “Entrevista a Peter Linebaugh”, entrevista y traducción
de…, en Historia y Sociedad, núm. 17, 2009, pp. 283-308.
2
Pueden revisarse Juan Pedro Viqueira, , Diversiones públicas y vida social en la ciudad
de México durante el siglo de las luces, México, Fondo de Cultura Económica, 2001. Sonia Pérez
Toledo, Gran Baile de pulgas en traje de carácter. Las diversiones públicas en la ciudad de México del siglo
XIX, México, Archivo Histórico del Distrito Federal, UAMI, 1999. Sonia Pérez Toledo, El teatro…
Un pretexto, México, Archivo Histórico del Distrito Federal, UAMI, 2000.
3
Contamos con un trabajo sobre diversiones públicas en Guadalajara de Virginia
González Claverán, El ayuntamiento y las diversiones públicas en Guadalajara 1808-1832, México,
INAH/Centro Regional de Occidente, 1976. La Revista Bicentenario ha publicado varios artículos de
divulgación de otros estados, por ejemplo, sobre Durango y Campeche.
2

Elías Amador en su Bosquejo Histórico…4 refiere algunas de las novedades que en

esa materia llegaron a esa ciudad entre 1832 y 1857, pero más como datos curiosos

dignos de ser mencionados que temas objeto de estudio y análisis; a él se sumó

Frédèrique Langue quien en la parte final de su trabajo Los Señores de Zacatecas...,

abordó de manera breve aunque contundente, la variedad de formas en las que se

divertían élites y grupos populares a fines del siglo XVIII 5 (y ahora lo han hecho los

colegas participantes en este coloquio). Así, el campo de las preguntas por explorar

es inmenso: ¿cuáles eran las diversiones preferidas de los grupos sociales, quienes

las disfrutaban, donde se desarrollaban, cuanto se pagaba por acceder a esos

espectáculos, existía control para acceder a ellas? Mucho más importante, cuáles

fueron las continuidades y cambios que hubo en las diversiones públicas en

Zacatecas entre fines del periodo colonial y las primeras décadas de vida

independiente. Así, en esta ponencia nos proponemos explorar, con base en

algunos de los espectáculos más mencionados en las fuentes, las formas como esa

sociedad se divertía, con el fin de identificar el significado que esas prácticas y

experiencias tenían tanto para la población como para las autoridades en ese

periodo.

La ponencia está dividida en cuatro partes: la primera comentará las

diversiones más populares hacia fines del periodo colonial y qué continuidad

mantuvieron hacia las primeras décadas de la vida independiente; la segunda

abordará aquellas consideradas “nuevas”; la tercera analizará la dinámica general

seguida por empresarios y autoridades para permitir las diversiones y finalmente,

reflexionaremos el papel que jugaban las diversiones públicas en una sociedad

minera como la zacatecana.


4
Amador, Elías, Bosquejo Histórico de Zacatecas, vol. 1, Aguascalientes, Talleres
Tipográficos Pedroza, 1943.
5
Fredérique Langue, Los señores de Zacatecas. Una aristocracia minera del siglo XVIII
novohispano, prefacio de François Chevalier, trad. de Gleen Amado Gallardo Jordan, México, FCE,
1999, pp. 381-391.
3

Debo advertir que se trata de un primer acercamiento a un tema nuevo para

mí y quizá no medí mis fuerzas, prometiendo mucha cuando apenas lograré

esbozar los rasgos de lo que fueron las diversiones públicas del periodo en esa

ciudad minera. También vale decir que en las fuentes localizadas, procedentes del

AHEZ y del AGN, se conoce sobre todo como se involucraban en el asunto las

autoridades y empresarios, poco acerca de la forma como lo hacían quienes

disfrutaban de los espectáculos, sin embargo, como sucede muchas veces con la

historia desde abajo, en el discurso y en las actividades enunciadas, es posible

conocer aspectos del tercer actor, quizá el más importante, de una temática como

ésta.6 Bien, comencemos!

1. La variedad de diversiones públicas practicadas en la ciudad de Zacatecas a

fines del periodo colonial procuraba atender a los diversos grupos sociales, bien

separando a las personas de élite (funcionarios, hacendados, otros), de los

trabajadores (operarios de minas, labradores, artesanos), o también permitiendo su

reunión; podían desarrollarse en lugares cerrados especialmente diseñados para

ello (la plaza de toros o de gallos, el coliseo, el hospital de juaninos) o en la calle.

También, hasta el periodo de la insurgencia, se permitían diversas actividades

alrededor de las fiestas religiosas o de la monarquía que hubiera, con toda la

actividad comercial o de juegos que el caso ameritara; después, en el periodo

independiente, además de continuar alrededor de las fiestas religiosas, las

diversiones también se permitían durante los festejos cívicos, particularmente los

días 15 a 17 de septiembre.7

6
Mauricio Sánchez Menchero, , “Hacia una historia cultural de las diversiones
públicas. Estudios culturales sobre el juego, la risa y el sobrecogimiento”, en Estudios sobre las
culturas contemporáneas, vol. XIII, núm. 26, diciembre 2007, pp. 25-45.
7
Archivo Histórico del estado de Zacatecas [en adelante AHEZ], Ayuntamiento,
Diversiones Públicas, caja 1, exp. 88, 8 fs.
4

Entre las diversiones celebradas en la calle, en las que generalmente se

reunían trabajadores de minas, artesanos, labradores, estaba la música callejera o

conocida como “gallos”, que recorría ciertas calles de la demarcación que tenía

entonces la ciudad, llegando hacia el rumbo de la Alameda considerada parte de la

periferia. La actividad se permitía hasta las 12, sin embargo, en 1803, se presentó

una queja de una autoridad porque estaba efectuándose hasta el amanecer,

especialmente en la Alameda donde, según las autoridades los desórdenes

alcanzaban “las mayores infamias”, incluso la de arrebatar la virginidad a alguna

doncella.8 El alcalde del cuartel 2, quien hizo la denuncia, solicitaba autorización

sobre su jurisdicción para evitar los desmanes de una diversión como esta, la que,

hasta donde hemos disfrutado, todavía se recrea en Zacatecas.

Además de la música, otras actividades frecuentes eran las maromas 9 y los

volantines, espectáculos de corte popular que ejecutaban personas itinerantes que

iban de ciudad en ciudad, lo que también evidencia que se trataba de una

diversión general en la Nueva España. Los maromeros o volantineros, dado su

carácter, eran temidos pues se les consideraba por las autoridades como

potencialmente subversivos, pues su afán de volar, contorsionarse en el aire,

exponerse, lo acompañaban también de la risa, el sarcasmo, la burla. 10 Por ejemplo,

en ese mismo 1803, el intendente de Zacatecas informaba al Comisario de la

Inquisición en la ciudad de México, que había recogido y enviaba a la autoridad,

unos papeles al maromero Joseph Macedonio Espinoza, porque consideró que

8
AHEZ, Ayuntamiento, caja 1, exp. 4, fs. 2.
9
“La maroma, expresión artística formada por artistas errantes que exhibían sus
habilidades en patios de vecindad, pero también en plazas públicas y de toros, incluía en una
función a un funámbulo (alambrista), un malabarista, contorsionista o saltador (acróbata), un
animal exótico, un gracioso (payaso) y suertes. Era, por así decirlo, el “circo del pobre”. Osiris
Arista, Revista Bicentenario, núm. 8, en http://revistabicentenario.com.mx/index.php/archivos/el-
circo-en-mexico/
10
Juan Pedro Viqueira, op. cit., pp. 220-223.
5

contenían notables inconvenientes. Se trataba de 10 hojas con un diálogo entre una

mujer y dos hombres: Lorenzo, Luisa y un Valiente. Algo de lo que decían era:

Lorenzo: “Eso no es atrevimiento


Pues cuando te veo señora
Me enconfitas, me enturronas,
Me enalmibaras, me encalabazas,
Me entachas, me empepitorias
Me enjamoncillas, me enlechugas…
Luisa: “pues ha de saber señor
Que ha venido una persona
Que me ha dado en perseguir
Tan necia y tan enfadosa
Que no hay forma de mudarse
Ni de que me deje, hay forma…11

Seguramente, fuera de este contratiempo, las funciones de maromas que ofrecía

esta compañía no se interrumpieron tras este incidente. En cuanto a la continuidad

de este espectáculo, si bien no existen en el archivo documentos por un largo

periodo, sin embargo, reaparecen hacia la década de los 1840s. una buena

cantidad de solicitudes de compañías de maromeros, volatineros y titereros para

presentar funciones.12

Además de los anteriores, entre los espectáculos más sobresalientes, todavía

de carácter muy popular, encontramos las comedias 13 y los coloquios.14 Las

comedias, durante el periodo colonial, se representaban en patios particulares y de

11
Archivo General de la Nación [en adelante AGN], Indiferente Virreinal,
Inquisición, exp. 94, 8 fs. 1803.
12
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exps. 16, 20, 24, 35, 49, 50, 51 y
en Jefatura Política, Diversiones, caja 1, exp. 19.
13

14
Los coloquios o pastorelas eran representaciones teatrales que se hacían en patios
de vecindad y en la calle, después también en el coliseo de la ciudad o teatro, cercanas las fiestas
relacionadas con el nacimiento de Cristo. En la ciudad de México se seguían después de la función
de una convivencia y baile, en la que incluso se consumían bebidas embriagantes. Se les temía como
a otras diversiones públicas, por los desórdenes que podían causarse una vez que las personas
habían ingerido esos licores. Véase Viqueira, op. cit., pp. 160-161.
6

vecindades y aún en la calle, o en lugares cerrados como el Hospital de San Juan de

Dios, a cargo de la orden Juanina. No eran una diversión exclusiva de grupos

populares, pues también las élites las disfrutaban, aunque no siempre en el mismo

espacio. Langue relata precisamente el caso extremo de José Monter, el tesorero de

la Casa Real de Zacatecas quien, entre 1795 y 1806, fue sujeto de constante

vigilancia por parte de la Inquisición por los excesos que cometía en la forma de

divertirse, para nuestros fines, vale destacar que montaba comedias y tragedias en

su casa, además de propiciar otro tipo de actividades, como música, baile, entre

otros.15

La mucha actividad de comedias llevó, como señala Langue, a que a fines

del siglo XVIII se iniciara la edificación de un espacio particular para esas

representaciones, una Casa de Comedias que terminó por construirse a principios

del XIX, que quizá sea la misma que denominan como el Coliseo en varios

documentos posteriores.

Todavía más, en 1814 las autoridades virreinales prohibieron de manera


16
definitiva que las funciones se dieran en calles, patios y casas particulares,

buscándose otros lugares cerrados, como la plaza de gallos o el coliseo [casa de

comedias]. Esto se debía, seguramente, a que, como en el caso de las maromas y

volantines, los cómicos o comediantes, y aún personas notables –como fue el caso

de Monter- tenían también muy mala fama. Por ejemplo, en 1794, Juan José

Bocardo, un cómico residente en Zacatecas, pidió permiso, al intendente de

México, de montar su espectáculo en otras partes, para lo que debía pagar la media

annata,17 sin embargo, se quedó en suspenso la licencia; se le dijo que él y los 18

15
Fredérique Langue, op. cit., pp. 381-391.
16
AGN, Indiferente General, Ayuntamientos, exp. 1, fojas 2, año 1814, caja 4862.
17
Impuesto que debían pagar todos aquellos que solicitaran permiso para presentar
un espectáculo y que correspondía a la mitad de los ingresos que tuvieran durante el año. Si esto
era así, podemos considerar que era muchísimo.
7

individuos de su compañía debían enviar sus [datos] generales para que la

autoridad los inspeccionara y comprobara que eran personas de bien, antes de

accederse a dársela, “pues con tal documento podría tener un salvoconducto para

vagear con su compañía por donde quisiera.”18

La mala opinión y el carácter bajo que se daba a estos individuos como

vagos, malentretenidos y potencialmente subversivos, no desapareció ni con la

Constitución de Cádiz, pues en 1813, un grupo de comediantes solicitó a las

autoridades de la ciudad de México que se les permitiera darse el tratamiento de

Don, pero la respuesta, apoyada en una revisión exhaustiva de la legislación

relacionada con este asunto fue no, pues tenía un carácter honorífico que sólo daba

la autoridad y no se adquiría simplemente por el hecho de ser ciudadanos iguales

ante la ley.19

En cuanto a las diversiones que permitían los Juaninos, parece ser que lo

hicieron hasta 1827, cuando, de acuerdo a Elías Amador, el Ayuntamiento tomó a

su cargo esa institución, que se encontraba en decadencia. 20 En este caso, también

desaparece la documentación por un largo periodo, y no sabemos cuando comenzó

a hablarse de representaciones teatrales de otro carácter, más a tono con los

propósitos de los ilustrados y luego los liberales, que veían en esta diversión algo

más que un espectáculo, pretendían que fuera moralizante y educativo; 21 no

obstante, las peticiones para representar comedias y coloquios, como veremos

adelante, continuarían ya entrado el siglo XIX.

Los toros y los gallos eran también dos diversiones públicas de gran

tradición y larga historia en Zacatecas. Las funciones podían ejecutarlas

18
AGN, General de parte, vol. 75, exp. 57, fs. 50v-51.
19
AGN, Indiferente Virreinal, caja 2452, exp. 019.
20
Elías Amador, op. cit., p. 338. Resulta interesante señalar que, en la ciudad de
México se montaban en el Hospital de Naturales, como lo comenta Viqueira, op. cit., pp. 130.
21
Viqueira, op. cit., p. 72.
8

profesionales y también aficionados. Al igual que el teatro, podían acceder a ellas

cualquier persona y de acuerdo con su condición económica ocupar el sitio que

pudiera. Había palcos de sol y de sombra, y también galerías bajo las mismas

condiciones. En el caso de los primeros, a fines del siglo XVIII se daban ya

polémicas sobre lo bárbaro y salvaje del espectáculo y que debía prohibirse,

aunque también había la opinión contraria. Había empresarios que argumentaban

que sus funciones no eran bárbaras ni salvajes, puesto que sus toros eran

“mochos”, es decir, les cortaban los cuernos para que representaran menos peligro

y así, quizá, atraer más público dado que representaban menos peligro. También

en este caso, pese a la oposición que podía despertar a quienes llevados por los

vientos de la ilustración rechazaban este espectáculo, continuó sin interrupción

hasta mediados del siglo XIX y posteriormente.

Los gallos por su parte, se jugaban en su plaza, que tenía ya tiempo de

existir y que se arrendaba también para otros espectáculos.

No faltaban entre las diversiones populares los billares, la lotería y otro tipo

de juegos, algunos de ellos prohibidos de tiempo atrás; no obstante pese a las

prohibiciones había atrevidos que saltaban las reglas, por ejemplo, tenemos el caso

del R.P. Fr. Joaquín Otañez, quien hacia 1835 arrendaba un cuarto al propietario

Carlos Díaz Naredo. Éste tuvo que pedir al Ayuntamiento que lo exonerara de la

multa que le había sido aplicada debido a que el mencionado fraile había

practicado el monte en su domicilio, pese a la advertencia de la autoridad por un

caso anterior de otro inquilino. No se conoce cual haya sido la respuesta a esta

petición, pero si nos permite saber que cualquiera podía divertirse con estos juegos

y transgredir las reglas.22

En el caso de los billares y su operación, Andrés Saavedra, quien se dijo

procedente “de esta vecindad”, solicitó tan tarde como 1844 que, para adquirir la
22
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp.
9

subsistencia de su familia, se le permitiera “fijar” una mesa de billar y abrir el

juego “en una de las casas de la Acera de la Santa Escuela”, asegurando que no era

“tan del centro sino de los suburbios de la ciudad.” 23 Tal caso nos permite sugerir

que este tipo de diversión podía establecerse de manera informal hasta cierto

punto, y si se deseaba, pasar a ser algo fijo, permanente, y con ello, obviamente,

tener que ser objeto de impuesto.

Las anteriores diversiones fueron en general las que más se practicaron, a

las que más se asistió al final del periodo novohispano y algunas de ellas

comenzaron a sufrir transformaciones de diverso carácter desde entonces, ya fuera

en términos de los espacios donde se permitían, de la forma en que se les cobraba

impuestos y aún en el control que se llegaba a ejercer sobre algunos de ellos.

2. ¿Hubo realmente espectáculos nuevos en algún momento? ¿O cuánto de lo viejo

se revestía y reacomodaba a las nuevas situaciones estructurales que se

experimentaban?

El teatro, por ejemplo, no era nuevo, pues provenía, como ya dijimos, de la

tradición de las comedias y los coloquios, a los que quizá se les consideró durante

mucho tiempo géneros menores. El nuevo teatro adquirió, de hecho, un nuevo

carácter desde fines del XVIII, pero, en el caso de un real minero como Zacatecas,

encontramos ese desarrollo algo más tarde.24

En un documento de 1827 leemos una petición del ciudadano José

Palomino, director de una compañía dramática, pidiendo permiso para presentar

funciones de teatro en la plaza de gallos, haciendo mención, precisamente, que no

sabía a quien pedir permiso, pues “antes se adquiría con los R.P. de San Juan de

Dios, quienes la facilitaban”, para entonces ya no lo hacen, sin embargo,


23
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 30, 1 fs.
24
Viqueira, op. cit., pp. 53-151; V. González Claverán, op. cit., 78-129 y S. Pérez
Toledo, El teatro…, passim.
10

completaba el solicitante que “sólo se les gratificaba con seis pesos y los palcos”.

Estos debían cobrarse por cuenta de los juaninos, en lo que no estaba de acuerdo.

Por tanto, pedía trabajar solamente la semana de pasqua y que “las funciones de

volantines se concluyesen a hora regular.” La respuesta fue negativa. 25

De hecho, en los siguientes años se verán esfuerzos muy intensos por parte

de las autoridades zacatecanas para, finalmente, contar con un teatro más en

forma. Tomamos nuevamente unos comentarios de Elías Amador que nos

informan de que hacia 1832, la ciudad de Zacatecas carecía de “un edificio decente

y apropiado para representaciones teatrales y otros espectáculos [por tanto] se

promovió la construcción de un teatro, y al efecto se apeló a la ayuda de vecinos

acomodados, entre quienes se hizo una colecta.” El local, señala, es el mismo que

hoy ocupa el teatro Calderón y que antes sirvió de cárcel, 26 por lo que parece que

no es el mismo que anteriormente tenía la Casa de Comedias. Junto a ese lugar,

había unos cuartos que quisieron expropiarse para agregarlos al terreno destinado

al teatro pero, al parecer, costó mucho trabajo lograrlo. También se le nombraba

recurrentemente Coliseo, pues cuando se hacían las solicitudes para ocuparlo, lo

llamaban así.

En estos años, el teatro era considerado como aquel que ayudaría a formar a

los ciudadanos en los nuevos valores morales y cívicos. A diferencia de las

comedias y coloquios, se esperaba ofreciera una educación para quienes acudieran

a sus funciones. Es decir, se le pensaba más en un medio de educar que de

entretener. Por eso mismo, se formó en 1836 una Junta Inspectora de Teatro y,

tiempo más tarde, una Junta Censora del contenido de las obras. No obstante, los

planes no resultaron como se esperaban y, hacia 1844, algún miembro del

ayuntamiento se quejaba de las pésimas y sucias condiciones que guardaba el

25
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 05, fs. 1-1v.
26
Elías Amador, op. cit., p. 389.
11

edificio que lo albergaba, por tanto, pedía recursos para que se instalara un

personaje que quedara a cargo de esos detalles. Además, se volvía a solicitar que se

cumpliera con recuperar para el proyecto de la ampliación del edificio, las piezas

que ya se habían ganado, pero no hecho efectivas, pues se decía que, quedando al

lado descubierto, las personas que iban a los gallos o los vecinos aledaños, se

saltaban sin pagar en detrimento de las ganancias de las compañías. ¿Quiénes

acudían al teatro?

Cualquier persona que pudiera pagar la entrada al espectáculo podía

acceder al recinto, pues había diferentes costos, dependiendo si fueran a palco,

luneta, o galería. Además, se admitía la “entrada a palco” por una cantidad

mínima (2 reales). Es decir, permaneciendo parados podían tener ese lugar. En este

caso, también llegó a haber quejas, hacia los 1840s, porque se dijo que la

autorización a los empresarios se daría, pero no permitiendo que dejaran entrar a

palco a nadie, pues las familias que se esforzaban en pagar la cantidad debida para

estar cómodamente disfrutando la función en uno de ellos, se sentían molestos al

tener que compartir el espacio con esa gente que pagaba tan poco. De esa forma se

mostraba también la condición de clase de quienes podían pagar por un mejor y

más cómodo lugar de aquellos que se quedaban parados, marginados.

No sólo se presentaban comedias, dramas y tragedias en el teatro, también

se permitían espectáculos de música, como conciertos de piano, 27 de música

“mecánica” y la ópera. De acuerdo a Amador, la primera función de este tipo

ocurrió en 1843, cuando se presentó la primera compañía de ópera.28

En algún momento, un director de una compañía, se quejó amargamente de

que se cobrara tanto por la licencia de las funciones, pues decía que, además de las

malas condiciones [económicas] en las que se encontraba la ciudad, el

27
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exps. 37, 38, 55 y 68.
28
Amador, op. cit., p. 468.
12

funcionamiento de otras diversiones públicas en ciudad tan pequeña no permitía

tener las entradas adecuadas para obtener ganancias y recuperar los gastos que se

erogaban en los montajes y la compañía. Indicaba que él, por tal motivo, procuraba

no presentar función en días en los que había también toros y gallos que, como

vimos arriba, tenían gran tradición y demanda.

Otros espectáculos aparecieron hacia fines de la década de los 1830s, entre

ellos unos que trataban de conjuntar el aspecto de la ciencia con el de la magia, la

gimnasia y la destreza, como fueron los juegos de fantasmagoría, equitación, 29 el

Hércules y el Hombre Elástico.30 Por ejemplo, Elías Amador refiere que en 1838

llegó a Zacatecas un norteamericano llamado Aquiles a presentar su espectáculo de

física y nigromancia y agrega que “probablemente fue el primer espectáculo de

este género en Zacatecas.”31

El programa publicado el 29 de diciembre decía así:

El Señor Aquiles y su señora esposa, americanos del Norte, y dueños del


más espléndido gabinete de recreaciones de física que se haya visto hasta
este día, tienen el honor de llegar a esta ciudad, donde tendrán el gusto de
dar varias funciones de experimentos físicos, ligereza de manos,
nigromancia, ilusiones, juegos de destreza, metamorfosis, maquinaria
mecánica y encanto mágico. Se concluirán las funciones por las recreaciones
nocturnas conocidas por la fantasmagoría y fuegos ilíricos.32

Entre 1843 y 1851 fueron presentadas otras funciones de este tipo, como la

de Santiago Marin y su compañía que decían que querían proyectar una diversión

óptica titulada fantasmagoría con ramo de música italiana, “no tanto por el cuero

(sic) que de ella pudiéramos sacar sino porque el vecindario vea lo sorprendente

que es.”33 Otra ofrecía funciones de química, física y destreza asociadas del niño
29
“… los ejercicios acrobáticos sobre caballos dentro de un redondel de madera se
pueden ver hasta hoy.” Osiris… op. cit.
30
Viqueira, op. cit., pp. 227-228.
31
Elías Amador, op. cit. 440.
32
Idem.
33
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones públicas, caja 1, exp. 24.
13

prodigio”, es decir, el tema de los individuos fenómeno también se presentó en

Zacatecas.34 Uno último, de Juan Rosfi, combinaba extrañamente juegos de

destreza, experimentos químicos, físicos y filosofía natural, escenas de

ventrilocuismo, bailes mímicos, pantomímicos y de carácter…” 35

De igual manera, las que correspondían a los Hércules y Equilibrios o la de

Hércules y el Hombre elástico no faltaron, algunos de éstos presentándose incluso

en el teatro de la capital.36

Las solicitudes para presentar funciones de equitación como la del

norteamericano Andrés Harris, residente en Zacatecas, o la de los mexicanos Luz

González y Julián Pinto son de 1842, 1843 y 1844, respectivamente.37

Estas diversiones, de acuerdo con Viqueira, ya se presentaban en la ciudad

de México desde principios de siglo, sin embargo, por las fuentes encontradas

hasta ahora, llegaron a Zacatecas hasta los 1830s y tuvieron un gran auge en la

década de los 1840s. ¿Por qué ocurrió así? Les era complicado a estos artistas viajar

a un lugar tan alejado como Zacatecas? ¿No se aceptaban ese tipo de espectáculos

antes? Las condiciones del propio país en esas décadas, no sólo por la falta de

caminos sino también por las constantes guerras debieron causar mucha

inseguridad a las compañías de los diversos espectáculos para aventurarse a viajar

tan lejos, sabiendo además que, en esos años Zacatecas vivía tiempos difíciles. No

obstante, todavía no tenemos respuestas certeras. Más importante, sin embargo,

resulta por ahora reflexionar sobre cómo algunos de estos espectáculos se

34
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones públicas, caja 1, exp. 93. Viqueira habla de los
individuos fenómeno, op. cit., p. 226.
35
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 73.
36
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exps. 18 y 36.
37
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exps. 17, 25, 34.
14

conjuntaron con otros, como las maromas y volantines para dar forma al circo

moderno.38

Se conoce que el circo llegó a México en 1808 procedente de Inglaterra y que

fue en 1841 cuando se formó el primer circo mexicano. En Zacatecas, precisamente

en este segundo año Nasario González, quien dijo ser “Autor de una compañía de

maroma y circo”, pidió cuota para presentar funciones. 39 Aquí se advierte con

claridad como se integra una diversión netamente popular como era la maroma, a

la nueva, que es el circo. Cuatro años más tarde, como relata Elías Amador, llegó el

primer circo extranjero a esa ciudad: se trataba de una compañía de acróbatas […]

traían un cuadro de inteligentes artistas árabes, un Hércules africano y otros

artistas de mérito…”.40 En los siguientes años se presentaron funciones de circos,

ya sin especificar contenidos. Llama la atención, sin embargo, que en 1850, Juan

Mateer “director de la compañía de circo norteamericano llegado a esta capital”,

pedía se le cobrara la licencia con moderación, pues estaba dando precios de

entrada acordes con las “sircunstancias actuales de esta ciudad”. La autoridad

accedió a esta petición, pues además de esas condiciones mencionadas, agregaba:

“y lo poco que llama la atención las diversiones de la clase que ofrece el Sr. Matteer.”41

Como se indicó, las maromas y volantines no dejaron de presentarse en esos años,

por el contrario, parece que aumentaron su presencia.

Diversiones nuevas fueron también los globos aerostáticos. 42 El primero en

ascender en 1845 fue un argentino llamado José María Flores, que, nos vuelve a

relatar Amador, “venía causando grandes sorpresas con sus atrevidas


38
Julián Revolledo Cárdenas, Historia mínima del circo en México (bicentenario del circo
en México), pdf. También Viqueira, op. cit., p. 228.
39
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 16.
40
Elías Amador, op. cit., p. 472.
41
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 72. Zacatecas, Octubre 24
de 1850.
42
Parece ser que los globos aerostáticos que se elevaron en México datan de fines del
siglo XVIII, en Veracruz.
15

ascensiones.” El gobierno decidió contratarlo porque deseaba que “esta ciudad y

otras poblaciones del Estado disfrutaran de este espectáculo, entonces raro y quizá

desconocido por aquí…”.43 Al año siguiente, parece que este mismo señor volvió

a presentar su función, pues así se dice en el documento. Lo especial de esta

ocasión fue que solicitó al Ayuntamiento se diera el mismo día una corrida de

toros de aficionados. “Con ella y mi ascensión quiero corresponder al público

zacatecano de la manera posible, la benevolencia con que otra vez se sirvió

acogerme.”44

En este recorrido de diversiones nuevas no podía faltar que se ofrecieran

funciones de algo que comenzaba a ser sensación en Europa: las exhibiciones de

imágenes de otros lugares del mundo o del propio espacio nacional, pero que no se

conocían. Un Sr. llamado Santana de Casas solicitó al Ayuntamiento en julio de

1846 permiso para presentar “funciones de un cajoncito de cosmorama, pues

buscaba la subsistencia de su familia” y aseguró presentarlo con la mayor

exactitud.45 De manera increíble, se le cobraron solamente 4 reales por función, lo

que significaba que el costo de las funciones era muy bajo y podrían acceder a él

casi todos los que lo desearan. Para el mismo año, Amador narra que, según un

anuncio impreso, se exhibió por primera vez un Diorama Daguerre “causando

mucha sorpresa las vistas que fueron expuestas al público.” 46 En todo caso, no

sabemos exactamente, dadas las fuentes, si se trató de un cosmorama, que existían

desde principios del siglo XIX o realmente un Diorama Daguerre, creado en 1822,

ambos en París, pero si que cualquiera que haya sido, debió haber producido gran

sorpresa y maravillado a todo aquel que pudo verlo.

43
Elías Amador, op. cit., p. 473.
44
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 45, 1 fs.
45
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 46, 1 fs.
46
Elías Amador, op. cit., p. 478.
16

Con todo, la gente seguía bailando en la calle, pues en 1844, de acuerdo con

una propuesta de uno de los munícipes, Antonio Gaytán, había que corregir y

controlar los desórdenes que se provocaban en los bailes que solían celebrarse en

diferentes calles de la ciudad, algunos realizados con el afán de lucrar otros de

divertir a la gente, cualquiera que fuera su fin “conduce en todos necesariamente al

desorden y da lugar a la comisión (sic) de delitos.” 47 Las proposiciones sobre todo

estaban enfocadas a la concesión de licencias, lo que proporcionaría un ingreso

seguro al Ayuntamiento, aunque también se indicaba que en cuanto hubiera algún

conato de desorden se suspendería el baile e incluso se mencionaba que solamente

“el sábado anterior recogió 7 licencias suspendiendo otros tantos bailes antes de las

12.”48

3. Las diversiones públicas, nos dice Viqueira, si bien han existido siempre,

tomaron gran auge durante la segunda mitad del siglo XVIII y en adelante. Quizá

lo que debamos creer es que las diversiones públicas comenzaron a ser más

controladas, más “encerradas” y vistas por parte de las autoridades como fuentes

de ingresos seguros, pero tenían que ser administradas en todos sus aspectos.

A fines de la etapa colonial, en Zacatecas, se tenía que pedir autorización al

intendente y también a quien tuviera control sobre alguno de los espacios que

servían para las funciones, como era el caso de los Juaninos, quienes permitían que

se representaran comedias en el hospital y convento de San Juan, después en la

plaza de gallos. En todo caso, cualquiera fuera la diversión, maromas, comedias,

volantines, gallos, toros u otros, debían pagar la media annata a la Corona.

Cuando se transitó a la etapa independiente, quienes tuvieron a su cargo la

autoridad para permitir las diversiones fueron, en primer lugar el Jefe Político,
47
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 33, 4 fs.
48
Ibid, fs. 3. Viqueira también aborda el asunto de los bailes para fines del siglo XVIII
en la ciudad de México, op. cit., pp. 163-169.
17

quien daba la licencia respectiva; en segundo, el Ayuntamiento, quien definía la

cuota por función en proporción a los costos de las entradas, además de todo lo

concerniente a días, policía, entre otros. En etapas de centralismo, fue el Prefecto

del Distrito quien se encargó de otorgar las licencias, mientras que el cuerpo

municipal seguía con su misma función. En el caso de los prefectos, sin querer

emitir un juicio negativo sobre esa etapa, lo cierto es que fue uno de ellos quien

aparece abusando de su autoridad en una corrida de toros, pues era quien debía

presidir la corrida y llegó tarde, para colmo, comenzó a llover a cantaros apenas

iniciada la función, lo que provocó que se suspendiera. Una parte del público se

quejó ante el Ayuntamiento acusando al empresario de incumplido, pero éste

argumentó ante la corporación como había estado la situación y pedía se le

inculpará, sobre todo porque había caído en el descrédito y, por tanto, baja

afluencia de público a su espectáculo. Se llegó a un arreglo conveniente entre los

quejosos y el empresario.49

El segundo actor en las diversiones públicas eran los empresarios, directores

de las compañías cómicas, dramáticas o de otro tipo, así como los integrantes de la

compañía. Los primeros daban la cara ante las autoridades para solicitar la licencia.

Podían ser nativos de Zacatecas, de otros lugares de la Nueva España o de la

República según el momento, y también extranjeros, no sólo norteamericanos, sino

también sudamericanos. La mayoría indicaba que quería trabajar montando sus

funciones para poder conseguir la subsistencia de sus familias o integrantes de la

compañía. Aludían frecuentemente a las bajas entradas, a los costos elevados de

los montajes y su manutención, entre otros, para conseguir se les dieran cuotas

moderadas de pago por función.

Algo notable corresponde a las menciones constantes que hicieron estos

individuos, después de 1835, a la deplorable situación de Zacatecas, agudizada en


49
AHEZ, Ayuntamiento, Diversiones Públicas, caja 1, exp. 48, 7 fs.
18

algunos momentos por la guerra, como fue entre 1846 y 1848, y las epidemias,

como en 1850 y 1851. Esto, obviamente, menguaba sus entradas y, en algunos

casos, llevó a que los empresarios o directores prefirieran marcharse a otros

lugares, buscando mejores ingresos.

Un dato curioso resulta el que, al parecer, las mujeres no fungían ni como

empresarias ni como directoras, pues al menos en los documentos revisados,

nunca apareció ninguna en ese papel, aunque si se mencionan como actrices, como

parte de la familia que se llevaba en la caravana y que seguramente eran quienes

preparaban los alimentos.

El público, tercer actor en esta historia, poco aparece en esta información de

manera directa, su voz no la escuchamos, salvo en casos en los que la misma

autoridad, como llegaba a suceder, acudía a las diversiones públicas y quedaba

complacido o molesto por algo, o bien, porque como autoridad denunciaba los

desmanes o mal comportamiento de quien participaba en ellos, como fue posible

notarlo en las tardeadas y música que se tocaba por las calles de Zacatecas.

4. Cómo reflexión final, creo que este acercamiento a las diversiones públicas de

Zacatecas en un lapso tan largo, tan conflictivo y por lo mismo sumamente

complejo, si bien apenas permite vislumbrar la manera como la gente de todos los

estratos de esta ciudad minera se divertía, pasaba sus horas de ocio, se reunía para

socializar, si nos permite imaginar las diversiones que había en la etapa final del

periodo colonial y que continuaron hacia el nuevo siglo, así como aquellas nuevas

que comenzaron a tomar forma y sentido ya hacia mediados del siglo XIX.

También reconocemos que no fueron distintas a las diversiones que se

realizaban en otros lugares, ni las dinámicas que se seguían para llevarlas a cabo,

como puede comprobarse con los textos de Viqueira para la ciudad de México y de

Virginia González Claverán para el caso de Guadalajara, salvo que, por algún
19

motivo, algunas de ellas llegaron tarde, como fueron esas funciones que podrían

considerase como auténticas tomadas de pelo o charlatanería, como eran las

fantasmagorías y funciones de física, matemáticas y ciencias, los hombres elásticos

o hércules. Quizá esa diferencia que se advierte en los tiempos de vivir esa

experiencia entre la ciudad de México y otros lugares, como en este caso Zacatecas,

nos habla mucho de las distancias en kilómetros que separaban ciudades y lo que

éstas representaban para las compañías de espectáculos de cualquier tipo, pues

estas implicaban trasladar en viajes bastante largos a un número importante de

individuos con sus familias, enseres, equipajes, bestias, entre otros elementos.

La generalidad de las diversiones aun con las distancias en las que se

conocían, contrasta con algo que puede considerarse mucho más local, regional,

como las peleas de gallos –tema que necesita una investigación particular, lo

mismo que los toros-, o la música por las calles de Zacatecas.

Algo más que se presentó con mucha fuerza en la Nueva España y luego en

el México independiente fue la movilidad de la población por diversos motivos, la

necesidad de transportar mercancías, apropiación de tierras, después la guerra,

luego la falta de oportunidades de empleo. Arrieros, indios vagos, demandantes de

limosnas y también los individuos de las diversas compañías de actores, cómicos,

artistas, cirqueros, entre otros, conformaban esa suerte de personajes que,

desarraigados de sus lugares de origen llevaban experiencias, cultura y vida a

otros lugares.50 Ahondar en este asunto llevaría a comprender mejor la conjunción

de experiencias culturales de la época gracias a la movilidad de la población.

50
Un autor argumenta esa movilidad para arrieros, indios expulsados de sus
comunidades y demandantes de limosnas, sin embargo, creo que se puede extender y habría que
estudiarlo, con base también en la experiencia de toda la gama de personajes dedicados a
deambular por los territorios llevando diversiones públicas. Cfr. Raffaele Moro Romero, ¿Una
práctica poco visible? La demanda de limosnas “indígena” en la Nueva España del siglo XVIII
(Arzobispado de México), en Estudios de Historia Novohispana, 46, enero-junio 2012, pp. 115-172.
20

Muchas preguntas quedaron abiertas y habrá que buscarles una respuesta

en el futuro, acercándonos con una metodología de trabajo más definida, con una

lectura más fina de las escasas fuentes halladas confrontadas con otras con las que

necesariamente se cruzan (por ejemplo las actas de Cabildo, inquisición, criminal

civil), pero sobre todo, con una problema de investigación mejor planteado.

Por ahora, creo que sabemos incluso de dónde le quedaron sus mejores y

tradicionales formas de diversión a los zacatecanos y a todos los que hemos tenido

y tenemos oportunidad de visitarlos.