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SEMINARIO NACIONAL DE CRISTO SACERDOTE


T E O L O G Í A M O R A L
TRATADO DE JUSTICIA

1.- CONCEPTO DE JUSTICIA

1.1. NOCIONES

Considerada en el campo de la moral, la justicia puede expresar la totalidad de las exigencias


morales o un aspecto particular o específico de ellas.
Como actitud básica universal, la justicia ha sido conocida y valorada en las diversas épocas
de la historia y en los distintos pueblos.
El pueblo de Israel la instituyó y la experimentó en los acontecimientos históricos como una
presencia y actuación de Yahveh en esos acontecimientos; percibió la presencia de Dios en
ellos. Esta justicia es un don divino por el que la persona lleva una vida conforme a la
voluntad de Dios, en todas sus dimensiones.

El pueblo de Israel ve la justicia divina en las acciones de Yahveh en favor de su pueblo. No


es una justicia jurídica, sino una justicia que implica relación amorosa de Dios con su pueblo,
relación que tiene su fundamento en la Alianza, en la que la justicia de Dios es fidelidad a la
comunidad.

El culmen de la manifestación de la justicia de Dios para con la persona humana se da en el


Nuevo Testamento, en Jesucristo. Como actitud básica, la justicia abarca todo el campo de la
moral. Según Aristóteles, la justicia así entendida “no es parte de la virtud sino toda la virtud;
como la injusticia no es una parte del vicio, sino todo el vicio”.
Para los griegos la justicia, como actitud básica universal es “dar a cada uno lo que le
conviene o hacer cada uno lo suyo”.

Los romanos relacionan esta actitud básica universal con la ética, que regula las relaciones con
las cosas. Para ellos es “la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que le
corresponde”. Así entendida, la justicia queda en el plano solamente material.
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Confusio define la justicia como “ una benevolencia”, que significa buena disposición de
ánimo para con el prójimo y la sociedad. Se acerca más a la noción bíblica de justicia en
cuanto es personalista.
Como virtud específica, la justicia es definida por Santo Tomás de Aquino como “la voluntad
firme y constante de dar a cada cual lo suyo”. Dar a cada uno lo suyo es darle lo justo, es
decir, aquello a lo que tiene derecho. Esta justicia lleva a cada persona a reconocer la igualdad
de todos y en ese plano, la igualdad dará a cada uno lo que le corresponde. Es una igualdad
proporcional, que no significa dar a todos lo mismo, sino lo que corresponde al derecho de
cada uno, de acuerdo con su condición y responsabilidades concretas, es decir, con sus
derechos.

Como persona todos somos básicamente iguales, lo que significa que cada uno tiene
fundamentalmente iguales derechos. Pero las diferencias en las funciones, obligaciones,
actuaciones, capacidades y responsabilidades originan ciertas preferencias de derecho. En la
vida de cada persona, a un poder corresponde un deber; a un talento corresponde una
responsabilidad y a cada derecho corresponde una obligación.

La justicia considerada específicamente como virtud cristiana es iluminada por las virtudes
teologales, particularmente por la caridad. Está al servicio de la fe, la esperanza y el amor.
Como virtud específica tiene estas características:
Alteridad: las relaciones de justicia siempre son bilaterales.
Estricta exigibilidad: no es cuestión simplemente de consejo o de sugerencia.
Igualdad: entre la demanda y la satisfacción; entre lo que se da y lo que se recibe; entre la
deuda y el pago.

1.2. LA JUSTICIA EN LA BIBLIA

El concepto cristiano de justicia procede de la Revelación y, si este concepto es aceptado,


forma parte de la fe. Vivir la justicia de los discípulos de Cristo supone que se es discípulo de
Cristo, es decir, que se ha aceptado a Cristo en una relación personal por la fe, y que se ha
aceptado su Evangelio.
En la Palabra divina no aparece la justicia como un concepto meramente jurídico, sino que se
configura como una actitud virtuosa general. Aparece como relación de Dios con el hombre y
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de los hombres entre ellos. Es atributo divino y exigencia de la persona humana en su relación
con Dios.

Es la Palabra revelada la que señala al pueblo de Dios su vocación, y en esa vocación señala el
sentido y el significado de la justicia, como también los caminos para realizarla.
En el Antiguo Testamento es central el concepto de justicia cuando se trata de las relaciones
vitales de la persona. Este concepto penetra toda la vida de la persona donde quiera que se
encuentra en relación comunitaria. La justicia está relacionada con el amor y fidelidad de
Dios, con la salvación y con la paz. Justicia es fidelidad a la obra de Dios, a la alianza: justicia
es salvación.
Con frecuencia los salmos alaban la justicia divina junto con la bondad, la fidelidad y la
misericordia de Dios como fuente de salvación: “ Yahveh ha dado a conocer su salvación; a
los ojos de las naciones ha revelado su justicia” (Sal. 98,2; cf Sal. 19,10; 119). Los que sufren
injusticia, los afligidos, los pobres y oprimidos acuden a la justicia de Dios como su única
esperanza: “Oh Dios, da al rey tu juicio, al hijo del rey tu justicia: que con justicia gobierne a
tu pueblo, con equidad a tus humildes. Traigan los montes paz al pueblo, y justicia los
collados. El hará justicia a los humildes del pueblo, salvará a los hijos de los pobres, y
aplastará al opresor” (Sal. 72,1-4; cf. Sal. 143,1-11; 85,11.14; 119,40).
Para los desterrados la justicia de Dios sigue siendo la misericordiosa fidelidad de Yahveh por
la cual libera a su pueblo y le concede prosperidad: “Cerca está mi justicia, saldrá mi
salvación, y mis brazos juzgarán a los pueblos. Las islas esperan y cuentan con mi brazo” (Is.
51.5; cf. Is. 41, 1-20;45).

La justicia, como acción liberadora de parte de Dios en favor de la persona humana, requiere
que todo proceso liberador emprendido por el hombre imite el modelo divino, para que sea
realmente justo: Dios libera para que con libertad se le sirva solamente a El. Y este servicio
no puede consistir en un mero culto ritual, sino que debe ser un amor efectivo que ante todo se
manifiesta en el servicio a los hermanos para implantar la justicia.
Cuando no hay justicia, la sociedad está sin luz; los hombres son ciegos; está lejos la
salvación: “Camino de paz no conocen, y derecho no hay en sus pasos. Tuercen sus caminos
para provecho propio, ninguno de los que por ellos pasan conoce la paz. Por eso se alejó de
nosotros el derecho y no nos alcanzó la justicia. Esperamos la luz, y hubo tinieblas, la claridad,
y anduvimos en oscuridad” (Is. 59, 8-9).
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La justicia aparece en la Biblia con unas características particulares e inconfundibles: es


esencialmente salvadora y no aparece en relación con el castigo; es misericordia, fidelidad.
Dado que la justicia tiene relación con la fidelidad comunitaria, para el pueblo de la alianza,
todo lo que atenta contra la comunidad, atenta contra Dios, quien instituyó la comunidad del
pueblo de la alianza, y todo lo que atenta contra la justicia hacia Dios, atenta contra la misma
comunidad: la justicia defiende la cohesión del pueblo de Dios, es decir, su vida como pueblo.

El acontecimiento que marca los orígenes del pueblo de Israel es la liberación de la


servidumbre de Egipto, acto propio de Dios en favor de su pueblo, con el que se inaugura la
historia salvífica de Israel (cf. Ex. 3, 7-10). Esta celebración que narra el libro del Éxodo tiene
un sentido fundamentalmente religioso, pero no se puede desligar de la liberación temporal-
política. La liberación temporal hace parte de la salvación integral. No hay salvación
desencarnada.
La verdadera salvación, que es acción divina, exige la participación humana. En Israel, un
pueblo de hombres libres, no se concibe que haya esclavos (cf. Dt. 15,12; Is. 58,6).

JUSTICIA Y LEY.- Para el pueblo de Dios el conjunto de leyes y preceptos no constituye


una carga agobiante, sino que es parte integrante de la Alianza, forma concreta y privilegiada
de la salvación. Cumplir las leyes es mantenerce dentro del ámbito de la justicia salvífica de
Dios; es favorecer la subsistencia del pueblo. Injustos son no solamente los que quitan el pan a
los pobres, sino también quienes no aman, no perdonan, no respetan la vida y la integridad
humana, los que no administran justicia con rectitud, los que en sus legislaciones no protegen
a los más débiles, los que abusan del poder público en beneficio propio, los que de cualquier
modo estimulan al mal, o dan escándalo; los que fomentan discordias, hostilidades, violencia,
guerra.

LOS PROFETAS DEFENSORES DE LA JUSTICIA.- Los profetas no solamente


interpretan sucesos del pasado, sino que juzgan los acontecimientos del presente y anuncian la
salvación que Dios ofrece para el futuro.

AMOS.- Denuncia el escándalo que representa la tan grande diferencia entre ricos y pobres y
la opresión que ejercen los ricos sobre los pobres: “Escuchad esta palabra, vacas de Basán, que
estáis en la montaña de Samaria, que oprimís a los débiles, que maltratáis a los pobres, que
decís a vuestros maridos: ¡ Traed y bebamos!” (Am. 4,1).
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OSEAS.- Pide sembrar justicia para cosechar amor: “Sembraos simiente de justicia, recoged
cosecha de amor” (Os. 10,12).

ISAIAS.- Recrimina el lujo exagerado de las mujeres: “Por cuanto son altivas las hijas de
Sión, y andan con el cuello estirado y guiñando los ojos, y andan a pasitos menudos, y con sus
pies hacen tintinear las ajorcas, rapará el Señor el cráneo de las hijas de Sión. Y Yahveh
destapará su desnudez. Aquel día quitará el Señor el adorno de las ajorcas, los solecillos y las
lunetas; los aljófares, las lentejuelas y los cascabeles; los peinados, las cadenillas de los pies,
los ceñidores, los pomos de olor y los amuletos, los chales, los bolsos, los espejos, las ropas
finas, los turbantes y las mantillas” (Is. 3, 16-23).
Protesta contra la inversión y perversión de los valores: “¡Ay, los que llaman al mal bien, y al
bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce
por amargo!” (Is. 5,20).
Anuncia la salvación que Dios ofrece para el futuro. Vendrá un salvador que liberará a los
pobres y oprimidos: “El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto me ha ungido
Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos;
a pregonar a los cautivos la liberación, a los reclusos la libertad” (Is. 61,1; cf. Lc. 4,16-20).
Anuncia al Mesías como un rey justo, ungido y enviado por Dios para hacer justicia: “Grande
es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y
consolidarlo por la equidad y la justicia. Desde ahora y hasta siempre, el celo de Yahveh
Sebaot hará eso” ( Is. 9, 6; cf. Is. 16, 5; 32, 1-5; Mi. 4,3; Jr. 23,5-6; Za. 9, 9-10; Sal. 72). En el
concepto bíblico el rey es el servidor de los pobres y de los humildes para defenderlos.

MIQUEAS.- Propone practicar la equidad, amar la misericordia y caminar humildemente con


Dios, en lugar de un culto formalista: “Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo
queYahveh de tí reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar
humildemente con tu Dios” (Mi. 6,8).

JEREMÍAS.- Hace ver cómo es necesario vivir la justicia como signo y condición de
fidelidad a la alianza: “Porque si mejoráis realmente vuestra conducta y obras, si realmente
hacéis justicia mutua y no oprimís al forastero, al huérfano y a la viuda, ni andáis en pos de
otros dioses para vuestro daño, entonces yo me quedaré con vosotros en este lugar, en la tierra
que di a vuestros padres desde siempre hasta siempre” (Jr. 7, 5-7).
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JUSTICIA Y PAZ.- La paz aparece como valor central en el humanismo profético y es


obrada por la justicia: “El producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una
seguridad perpetua” (Is. 32,17).

JUSTICIA Y REINO DE DIOS.- Jesús, el Hijo de Dios, vino a realizar la justicia


salvadora de Dios por su encarnación, sus palabras y obras, por su cruz, por su muerte y
resurrección; por su ascensión al cielo y por el envió del Espíritu Santo. Su mensaje se centra
en el “REINO DE DIOS”: trabajar por el reino de Dios es trabajar por el reino de la justicia,
y es tarea que corresponde a todo discípulo de Cristo: “Buscad primero su reino y su justicia, y
todas estas cosas se os darán por añadidura” ( Mt. 6,33; Lc. 12,31).
En los evangelios se llama justo a la persona recta que viva de acuerdo con la voluntad de
Dios. Particularmente Jesús es llamado “el Justo”, pues El es el realizador de la voluntad
divina: “Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: ciertamente este hombre
era justo” ( Lc. 23, 47; cf. Lc. 2, 25; 23,50; Mt. 1, 19).
Justicia es la acción recta delante de Dios, por la cual la persona se conforma con la justicia
salvífica de Dios y se acoge a su plan de salvación. Esta justicia debe superar en mucho a la
justicia de los escribas y fariseos: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y
fariseos, no entrareis en el reino de los cielos” (Mt. 5,20).
Jesús declara que la justicia y la evangelización son señal de la venida del Reino de Dios:
“Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a
decirle: ¿eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?, Jesús les respondió: ‘Id y
contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y
los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la buena nueva” (Mt. 11,2-5).
El mismo Jesús se opone a los escribas y fariseos porque quebrantan la justicia con pretextos
culturales: “Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre... pero vosotros decís: el que diga
a su padre o a su madre: lo que de mí podrías recibir como ayuda es ofrenda, ése no tendrá que
honrar a su padre o a su madre. Así habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición”
(Mt. 15, 4-6).

Las enseñanzas de Jesús sobre la justicia se encuentran expuestas de modo especial en tres
pasajes evangélicos: el sermón de la montaña, las invectivas contra los jefes religiosos de
Israel y la sentencia del juicio final.
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El sermón de la montaña está precedido por las “bienaventuranzas”, que son la carta magna
del Reino (cf. Mt. 5, 1-12, Lc. 6, 20-49). Este sermón, que es dirigido a los discípulos de Jesús
de aquel entonces y a los del futuro, tiene por destinatarios a quienes son designados como
“pobres”, mansos”, “los que tienen hambre y sed de justicia”, “los perseguidos por razón de la
justicia”. Pero hay que tener presente que Jesús no alaba la pobreza como si fuera un bien en
sí misma, sino que su amor está dirigido a la persona de los pobres, quienes son proclamados
bienaventurados porque son los primeros beneficiarios de la acción liberadora de Dios,
defensor y protector de los oprimidos. La razón de su privilegio no se encuentra en ellos
mismos sino en Dios, quien con su amor quiere ejercer su justicia en favor de ellos.
Hay que tener en cuenta, además, que las bienaventuranzas no son un mensaje de orden
sociológico, sino una promesa religiosa escatológica que empieza a realizarse desde este
mundo. No son beatificación de situaciones injustas, ni tampoco un consuelo fácil de los
desheredados.
Las exigencias del sermón de la montaña quieren preparar al discípulo de Cristo para que por
el desprendimiento de las riquezas llegue a ser capaz de servir a todos, especialmente a los
necesitados.

Invectivas contra los jefes religiosos. Jesús, al estilo de los profetas, reprueba enérgicamente
la hipocresía y la rapacidad de los jefes religiosos de su pueblo. Su energía contra escribas y
fariseos se funda en su justicia salvadora, ordenada a unas justas relaciones con Dios y con el
prójimo, relaciones que han de manifestarse ante todo en justicia, misericordia y fe, antes que
en prácticas externas de orden cultural
(cf. Mt. 23, 13-32).

La sentencia del juicio final. En este anuncio el centro es el criterio según el cual el Mesías-
Rey juzgará a todos los hombres, de acuerdo con lo que hicieron o dejaron de hacer, en favor o
en detrimento de los más pequeños, con quienes Jesús se identifica (cf Mt. 25, 31-46).

CAMINO DE LA REALIZACIÓN DE LA JUSTICIA MESIÁNICA. El camino de


realización de la obra mesiánica de la justicia es el de la cruz; es el mismo camino que tendrán
que seguir los discípulos de Cristo en su acción por la justicia. La evangelización de los
pobres supone una obra de justicia en favor de ellos, y la primera obra de justicia es llevarles
el Evangelio en su totalidad: es llevarles a Jesucristo.
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LA JUSTICIA EN OTROS ESCRITOS DEL NUEVO TESTAMENTO. - Fuera de los


evangelios, encontramos particulares enseñanzas sobre la justicia especialmente en los
siguientes escritos del Nuevo Testamento:

Hechos de los Apóstoles. El kerigma apostólico parte de la afirmación de la muerte y


resurrección de Jesús, como señal de la obra de justicia. Sistemáticamente concluye con un
llamado a la conversión para que se realice en cada uno el plan de Dios (cf Hch. 2,22-36; 3,12-
16; 4,8-12; 2,37-40; 3,17-23; 5,31-32) .
Ese llamamiento a la fe y a la conversión suscita numerosas adhesiones al Evangelio, con las
que se forma una comunidad de creyentes en la que los apóstoles son los guías indiscutibles y
en la que la ley es el amor que los lleva a vivir en la unidad y a compartir generosamente unos
otros los bienes poseídos (cf Hch. 2,41; 4,4; 2,42-47; 4,32-35; 5,12-16; 11,27-30).
La justicia recibida por gracia de Dios en el bautismo lleva a la generosidad inspirada por el
amor, con renuncia a los bienes materiales en favor de la comunidad. Pero la justicia y el
amor no pueden ser actos meramente externos, sino que tienen que corresponder a un
verdadero sentimiento interior de justicia delante de Dios y de los hombres: “Ananías, ¿cómo
es que satanás llenó tu corazón para mentir al Espíritu Santo, y quedarte con parte del precio
del campo? ¿Es que mientras lo tenías no era tuyo, y una vez vendido no podías disponer del
precio? ¿Por qué determinaste en tu corazón hacer esto? No has mentido a los hombres sino a
Dios” (Hch. 5,3-4).

Carta del Apóstol Santiago. El apóstol Santiago se inspira en los profetas y sobre todo en el
espíritu de Jesús, particularmente en el sermón de la montaña. Muestra especial solicitud
hacia los pobres e intenta que los cristianos tomen en serio su fe. Denuncia la opresión de los
pobres por parte de los poderosos y la falsa seguridad de los ricos (St. 5, 1-6), así como la
pretensión de quienes piensan que con buenas palabras, pero sin obras, pueden salvarse: las
obras son la prueba de la auténtica fe: “Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras
mi fe” (St. 2,18; cf St.2).
Exalta la dignidad de los pobres, ya que para un cristiano ellos son elegidos por Dios y
herederos del Reino: “¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos
en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?” (St. 2,5) .
Llama “ley regia” la ayuda eficaz a los pobres, porque es la ley del Mesías-Rey: “Si cumplís
plenamente la ley regia según la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, obráis
bien” (St. 2,8).
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Según el apóstol Santiago la razón de la espiral de la violencia radica en el corazón humano;


nace de las pasiones, particularmente de la codicia o afán de enriquecerse:” ¿De dónde
proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan
en vuestros miembros? ¿Codiciáis y no poseéis? Matáis. ¿Envidiáis y no podéis conseguir?
Combatís y hacéis la guerra” (St. 4, 1-2).

Primera Carta de San Juan. Para San Juan, decir que se ama a Dios es palabra vacía si no
se ama al prójimo: “Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso;
pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn. 4,
20). “Todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano”
(1Jn. 3,10).

Cartas paulinas. Para San Pablo, la justicia viene por gracia de Dios; no por las obras de la
ley: “Y que la ley no justifica a nadie ante Dios es cosa evidente, pues el justo vivirá por la fe”
(Gn. 3, 11; cf Flp. 3,9). Nuestra justicia es Cristo:” De él viene que estéis en Cristo Jesús, al
cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención”
(1Co. 1,30).
Enseña el Apóstol que la injusticia surge de la aberración que lleva a no reconocer a Dios: “la
cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que
aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos
manifiesto: Dios lo manifestó” (Rm. 1,18-19).
De ahí nacen la codicia, la envidia, el homicidio, la lucha, el engaño, la deslealtad: “Y como
no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente
insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia, perversidad, codicia,
maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de engaño....” (Rm. 1,28-32).
En varias listas de vicios San Pablo anota la codicia, es decir, el deseo insaciable de tener
siempre más de lo necesario para la vida; este deseo es llamado idolatría porque la persona se
entrega al dinero de tal manera que le rinde culto: “mortificad vuestros miembros terrenos:
fornicación, impureza, malos deseos, y la codicia, que es una idolatría, todo lo cual atrae la
cólera de Dios sobre los rebeldes” (Col. 3,5-6). Este pecado de codicia es asociado a los
pecados sexuales : el primero es pasión por el dinero; los segundos son pasión por el placer
libidinoso; ambos excluyen del Reino de Dios: “Porque tened entendido que ningún
fornicario o impuro o codicioso - que es ser idólatra - participará en la herencia del Reino de
Cristo y de Dios” (Ef. 5,5. ) .
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Del mismo modo que para el Evangelio la exigencia de amor universal nace del hecho de que
somos hijos de Dios, para San Pablo el fundamento de la justicia social es la fraternidad
universal obrada por la redención liberadora de Cristo, que rompió todas las barreras, nos hizo
un sólo pueblo, un sólo cuerpo, una sola familia: “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni
libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gl. 3,28; cf, Ef.
2,14-18; Rm, 12,5, 1Co.12,12-20).

COMPROMISO Y EXIGENCIA. La predicación del Evangelio, misión de todo cristiano,


requiere un empeño por la liberación integral de la persona humana. La persona de fe está
llamada a dar en la vida diaria, y siempre, un auténtico y radical testimonio de verdadera
justicia.
La Iglesia al hablar de justicia debe ella misma ser un signo de justicia y dar testimonio de
ella. La Eucaristía supone y exige la justicia, y solamente desde una sincera actitud de justicia
se puede celebrar con dignidad y provecho la Cena del Señor. Este máximo signo de justicia
no puede convertirse en oportunidad para las desigualdades e injusticias (cf 1Co.11,17-34) .
La justicia no solamente es condición para el culto digno y aceptable a Dios, sino también
condición para el amor que se celebra en el culto, y fruto del amor; amor y justicia son al
mismo tiempo fruto de la Eucaristía.
El propósito de buscar la justicia debe ir acompañado de acciones concretas. Si la celebración
eucarística no conduce a esta actitud, en vano pretenderemos una armonía entre la justicia
proclamada y la justicia vivida. La justicia es una virtud y una cualidad; pero sobre todo es
una conducta y un compromiso: se es justo haciendo justicia.

1.3. - DIMENSIONES DE LA JUSTICIA

No obstante ser la justicia una sola como virtud, tiene distintas expresiones de acuerdo con las
relaciones en que debe manifestarse o los puntos de vista desde los cuales se la considere; por
eso se habla de “especies” de justicia, de acuerdo con el objeto, el sujeto agente y el sujeto que
la reclama. Tradicionalmente se han considerado estas especies de justicia : conmutativa,
distributiva, legal y punitiva. Actualmente se marca el acento en un tipo nuevo, más
importante que los anteriores, que es la justicia social.

1.3.1. Justicia conmutativa


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El sujeto de esta justicia, tanto el que la debe satisfacer como el que la exige, es la persona
privada, sea que se trate de la persona individual o natural, o que se trate de la persona moral ó
jurídica. Se rige por el derecho de contrato o convenio privado, conforme al principio de
igualdad o equivalencia entre lo que se da y lo que se recibe. Exige que se dé al otro un valor
igual o equivalente al que se recibe. Su finalidad es la utilidad privada, el bien particular del
individuo, de la persona física o moral. Prohibe usurpar los derechos del otro o quitarle algo.

1.3.2.- Justicia legal o general.

El sujeto activo de esta justicia es la comunidad organizada en Estado, que satisface esta
justicia por medio de sus organismos oficiales. Su finalidad es el bien común y se regula por
medio de leyes; de ahí el nombre de “legal”. Encierra derechos y deberes correlativos: para
los representantes del poder, el deber de promover el bien común y de responder debidamente
a las exigencias del mismo bien común; para los súbditos, el deber de observar fielmente las
prescripciones tendientes a procurar el bien común (cf S. Tomás, 2-2,58,5 y 12) .

1.3.3.- Justicia distributiva.

Sujeto activo de esta justicia es la comunidad estatal por medio de sus órganos oficiales. Su
finalidad es el bien de cada uno de los miembros de la comunidad. El individuo tiene
derechos fundamentales frente a la sociedad, que ésta debe garantizar y defender.
La autoridad falta contra esta justicia cuando no es ecuánime en la distribución de cargas y
beneficios, y cuando concede privilegios injustificados, ya que la finalidad de esta especie de
justicia es regular debidamente los privilegios, socorros, cargas y obligaciones que
corresponden a cada miembro de la comunidad.
La justicia legal y la distributiva se deben servir mutuamente: quien más sirve, tiene derecho a
mejores ventajas; quien goce de privilegios está obligado a mayores esfuerzos y desvelos por
el bien común.
Particularmente se sirve a la justicia distributiva con un sistema equilibrado de impuestos que
se preste para que todos, de acuerdo con sus posibilidades, lleven las cargas que corresponden
a tareas comunes, con especial consideración para con los más débiles por razones de
enfermedad, edad, carencia de recursos económicos o de otros órdenes.
Dice la Declaración de las Naciones Unidas sobre derechos humanos-1948-: “Toda persona
tiene derecho a un nivel de vida suficiente para asegurar su salud, su bienestar y los de su
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familia, especialmente por la alimentación, el vestido, el domicilio, los cuidados médicos y los
servicios sociales necesarios. Toda persona tiene derecho a la seguridad en caso de apuro,
invalidez, viudez, ancianidad, o en otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia a
consecuencia de circunstancias independientes a su voluntad”. Corresponde a la justicia
distributiva satisfacer estos derechos, a la luz de la justicia social" (cf Art. 25).

1.3.4.- Justicia Punitiva

Es la voluntad ordenada de restablecer el orden comunitario lesionado por alguno de los


miembros de la comunidad por razón de un delito. Esto corresponde a la justicia punitiva
mediante una pena aplicada al delincuente y proporcionada al daño causado por el mismo
delincuente.
Esta justicia es propia del representante de la comunidad, como sujeto activo, quien al
ejercerla no puede proponerse otra cosa que la defensa y el fomento del bien común.
Para que la justicia punitiva sea efectiva se requiere que el poder político esté en capacidad y
disposición de establecer leyes penales eficaces que se propongan no solamente liberar a la
comunidad de los delincuentes sino también, y especialmente, rehabilitarlos hasta convertirlos
de amenaza para el bien común, en participantes del mismo bien común.
En cuanto a las leyes penales es necesario distinguir estos aspectos o fases importantes de su
proceso :
a) La legislación penal como tal, que debe poner de manifiesto la virtud de la templanza,
particularmente en la búsqueda de medios que tiendan a hacer desaparecer las principales
causas de la delincuencia.
b). La aplicación de esas leyes, o administración de la justicia, que requiere ser razonable, por
tanto, estar guiada por un claro conocimiento de la persona humana y tener en cuenta las
proyecciones en la vida social. Su principal objetivo debe ser la reconciliación del agresor
con la comunidad.
c). Del sistema penal debe desaparecer toda apariencia de venganza. El castigo solamente
debe tener una función subsidiaria en la lucha contra la conducta equivocada y socialmente
dañina .

1.3.5.- Justicia social


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(Del Catecismo de la Iglesia Católica: 1928 a 1942). -1928- La sociedad asegura la justicia
social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir
lo que les es debido según su naturaleza y su vocación. La justicia social está ligada al bien
común y al ejercicio de la autoridad. 1929.- La justicia social sólo puede ser conseguida
sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa el fin
último de la sociedad, que está ordenada a él : La defensa y promoción de la dignidad
humana “nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y
responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia” (SRS
47).

1930.- El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su


dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan
la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su
legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral (cf PT 65). Sin este
respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la
obediencia de sus súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de
buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas.

1931.- El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: “Que cada uno, sin
ninguna excepción, debe considerar al prójimo como ‘otro yo’, cuidando, en primer lugar, de
su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente” (GS 1). Ninguna legislación
podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y
de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos
comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un “prójimo”, un hermano.

1932.- El deber de hacer prójimo a los demás y de servirlos activamente se hace más acuciante
todavía cuando éstos están más necesitados en cualquier sector de la vida humana. “Cuanto
hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25,40).

1933.- Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan diversamente de nosotros. La
enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de la ofensas. Extiende el mandato del amor que
es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf. Mt. 5,43-44). La liberación en el espíritu del
Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al
mal que hace en cuanto enemigo.
1

1934.- Creados a imagen de Dios único y dotados de una misma alma racional, todos los
hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de
Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por
tanto de una misma dignidad.

1935.- La dignidad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los
derechos que dimanan de ella: hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios,
toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o
cultural, por motivo de sexo, raza, color, condición social, lenguaje o religión (GS. 29,2).

1936.- Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo
de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los
hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o
morales, a las circunstancias de que cada uno se puede beneficiar, a la distribución de las
riquezas (Cf. GS 29,2). Los “talentos” no están distribuidos por igual (Cf. Mt. 25,14-30; Lc.
19, 11-27).

1937.- Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro
aquello que necesita, y que quienes disponen de “talentos” particulares comuniquen sus
beneficios a los que los necesitan. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las
personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a
enriqiecerse unas a otras.

1938.- Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y


mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio: La igual dignidad de las personas
exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas
desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia
humana resucitan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de
la persona humana y también a la paz social e internacional (GS 29,3).

1939.- El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de “amistad” o “caridad


social”, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana (Cf. SRS 38-40; CA 10):
Un error, “hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y
1

de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad humana de origen y la igualdad


de naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que
pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la
cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora” (Pío XII, enc. “Summi
pontificatus”).

1940.- La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la


remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en
el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más
fácilmente su salida negociada.

1941.- Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las
formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los
trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre
los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida,
la paz del mundo depende de ella.

1942.- La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes
espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al
cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las
palabras del Señor: “buscad primero el Reino y su justicia, y todas estas cosas se os darán por
añadidura” (Mt. 6, 33): Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese
sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de
los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los
mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos
con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del
hombre y del cristiano ( Pío XII, discurso de 1 de junio de 1941) - ( Hasta aquí el
Catecismo).

La finalidad de la justicia social no está en proteger derechos circunscritos por leyes, sino más
bien en proteger los derechos naturales de cada uno de los miembros de la comunidad.
Particularmente se propone regular las relaciones entre el capital y el trabajo, pero no
basándose estrictamente en las exigencias de la justicia conmutativa, ni en la distributiva, sino
más bien fijando la atención en los débiles económica y socialmente, quienes, aunque en
1

determinados casos nada puedan aportar, tienen, sin embargo, derecho naturales válidos ante
la sociedad y ante los poderosos. Entre estos derechos son fundamentales: el derecho a la vida
y la educación, a la integridad física y moral, a la honra y a la fama.

La justicia social aventaja a la conmutativa en cuanto exige a la persona que haga partícipe al
necesitado de la riqueza a que éste tiene derecho por serle necesario para vivir, sin esperar que
una ley venga a obligarlo. La justicia social es una prolongación de la justicia entendida en
sentido estricto, y no del solo deber de caridad. Hace mayor hincapié en las obligaciones que
se derivan inmediatamente de la naturaleza social de la persona y de la finalidad social de la
riqueza. Va más allá de la justicia legal en cuanto exige la armónica convivencia de los
pueblos, y lo exige en razón de justicia, aun prescindiendo de los contratos y alianzas entre
ellos.

La finalidad última de la justicia social es el bien común con base en los derechos naturales.
Solamente se puede comprender y vivir cabalmente a la luz de la fe en Dios, dispensador de
los bienes y facultades, Padre de todos los hombres, ya que se trata de la justicia que debe
presidir las relaciones de los hijos de Dios.

1.4 JUSTICIA Y DERECHOS.

(Del catecismo de la Iglesia Católica: 1701 a 1709).


1701.- “ Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación”
(GS. 22,1). En Cristo, “imagen del Dios invisible” (Col. 1,15; Cf. 2Cor. 4,4), el hombre ha
sido creado “a imagen y semejanza” del Creador. En Cristo, redentor y salvador, la imagen
divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y
ennoblecida con la gracia de Dios (cf. GS 22,2).

1702.- La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las
personas a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí ( cf. Cap. Segundo).

1703.- Dotada de un alma “espiritual e inmortal” (GS 14), la persona humana es la “única
criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24,3). Desde su concepción está
destinada a la bienaventuranza eterna.
1

1704.- La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es
capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es
capaz de guiarse por sí mismo a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y
el amor de la verdad y del bien (cf. Gs 15,2).

1705.- En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, el


hombre está dotado de libertad, “Signo eminente de la imagen divina” (GS. 17).

1706.- Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa “a hacer y amar el
bien y a evitar el mal” (GS. 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la
conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral
proclama la dignidad de la persona humana.

1707.- “El hombre, persuadido por el maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la
historia” (Gs. 13,1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el derecho del bien,
pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y sujeto al
error. De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular
o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la
luz y las tinieblas (GS 13,2).

1708.- Por su pasión, Cristo nos liberó de satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el
Espíritu Santo. Su gracia restaura en nosotros lo que el pecado había deteriorado.

1709.- El que cree en Cristo es hecho hijo de Dios. Esta adipción filiar lo trasforma dándole la
posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Lo hace capaz de obrar rectamente y de practicar el
bien. En la unión con su salvador, el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad.
La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo (Hasta aquí
el Catecismo).

La justicia se apoya en el derecho y el derecho tiene su fundamento en la dignidad de la


persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios: “Y dijo Dios: ‘hagamos al ser humano
a nuestra imagen, como semejanza nuestra’” ( Gn.1,26; cf. Ef.1,3-6). Esta dignidad la tiene
toda persona, hombre o mujer, cualesquiera sean sus condiciones de vida, y debe ser respetada
1

sin limitaciones; es un valor evangélico ( cf. GS 12; Puebla 317.1254). Requiere que la
persona obre según su libre elección, no bajo un impulso ciego o una coacción externa.

La libertad de que dispone la persona es lo que le hace posible entregarse al bien. Al tiempo
que un don, es una tarea para realizar y no se alcanza plenamente sin una liberación integral,
que es la meta de la persona según la fe cristiana. En defensa de su dignidad la persona se debe
liberar de toda cautividad depravada (GS. 17; Puebla 321).

Si la dignidad de la persona se considera a la luz de la Revelación, será mucho más estimada;


en cambio, si se quita el fundamente divino, la misma dignidad queda gravemente lesionada y
sin solución los misterios de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor. El misterio de la
persona humana solamente se puede aclarar a la luz del misterio de Cristo (GS. 21.22).

De la misma naturaleza humana, dotada de inteligencia y de libre voluntad, surgen


directamente derechos universales, inviolables y totalmente inalienables. Los tiene la persona
por su propia condición de persona humana, no por concesión de poder terreno alguno.

Varios son los intentos que se han hecho de una sistematización de los derechos humanos,
especialmente a partir de Juan Jacobo Ruoseau (1712 - 1778), con las teorías del estado de
naturaleza y del contrato social, que tuvieron grande influencia histórica en la elaboración de
las constituciones políticas.

La declaración universal de los derechos humanos se dio a conocer en la Organización de las


Naciones Unidas (UNO) en diciembre de 1948, declaración que fue posteriormente reforzada
por los Papas Pío XII y Juan XXIII, y por el Concilio Vaticano II.

Los derechos básicos de la persona humana se suelen clasificar en estos grupos:


Derechos esenciales: el derecho a la vida y a lo necesario para vivir dignamente.
Derecho individuales: derecho a la libertad de conciencia y de pensamiento, de expresión, de
cumplimiento autónomo de la propia misión, de elección de estado, de ocupación,
profesión, oficio o trabajo; de circulación o movimiento, de domicilio, de propiedad, de
inviolabilidad de la vida privada, de morada, de libre reunión, de correspondencia, de
asociación para fines lícitos.
1

Derechos democráticos: derecho de participar en la vida política, de acceso a los cargos


públicos, de elegir y ser elegido para una participación en el gobierno del propio país.
Derechos sociales: derecho de participar en la vida social y comunitaria.
Derechos económicos: derecho a un nivel de vida adecuada a las propias condiciones
personales y de familia; derecho al trabajo y a la propiedad privada.
Derechos culturales: derecho a la educación y a la participación en los bienes de la cultura.

El Papa Juan XXIII en su Encíclica “Pacem in terris” (11 a 27; cf. Puebla 1271) proclama los
derechos humanos así:
Derecho a la existencia y a un nivel de vida digno: toda persona tiene derecho a la existencia, a
la integridad física, a los medios indispensables y suficientes para un nivel de vida digno
especialmente en cuanto se refiere a la alimentación, al vestido, a la habitación, a la
atención médica, a los servicios sociales necesarios. De aquí el derecho a la seguridad en
caso de enfermedad, de invalidez, de vejez, de paro, y de cualquier otra eventualidad de
pérdida de medios de subsistencia por circunstancias ajenas a su voluntad.
Derechos referentes a los valores morales y culturales: toda persona tiene derecho natural al
debido respeto de su persona, a la buena reputación, a la libertad para buscar la verdad y,
dentro de los límites del orden moral y del bien común, para manifestar y defender sus
ideas, para cultivar cualquier arte y para tener una objetiva información de los sucesos
públicos. También nace de la naturaleza humana el derecho a una instrucción fundamental
y a una formación técnico-profesional de acuerdo con el grado de desarrollo de la propia
comunidad política.
Derechos religiosos: toda persona tiene el derecho a honrar a Dios según el dictamen de la
recta conciencia, y profesar su religión tanto privada como públicamente.
Derecho a la elección del propio estado: toda persona tiene derecho a elegir su propio estado;
por consiguiente, el derecho a crear una familia con igualdad de derechos entre el hombre
y la mujer; o también a seguir la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa.
Derecho al trabajo: toda persona tiene derecho a trabajar en tales condiciones que no sufran
daño la integridad física ni las buenas costumbres, y que no impidan el desarrollo
completo de las personas. En lo que toca a la mujer, tiene el derecho a condiciones de
trabajo conciliables con sus exigencias y con los deberes de esposa y madre.
Derecho a desarrollar actividades económicas en condiciones de responsabilidad.
Derecho a la propiedad privada sobre bienes inclusive productivos. Este derecho tiene valor
permanente porque es derecho natural fundado sobre la prioridad ontológica y de finalidad
1

de las personas particulares respecto a la sociedad. Por otra parte, en vano se insistiría en la
libre iniciativa personal en el campo económico, si a dicha iniciativa no le fuera permitido
disponer libremente de los medios indispensable para su afirmación. Esto no excluye que
también el Estado y otras entidades públicas puedan legítimamente poseer en propiedad
bienes instrumentales. Al derecho de propiedad privada sobre los bienes le es
intrínsecamente inherente una función social. En el plan de la creación, los bienes de la
tierra están destinados, ante todo, para el digno sustento de todas las personas.
Derecho de asociación, que se deriva de la intrínseca sociabilidad de las personas, lo mismo
que el derecho de dar a las asociaciones la estructura que se juzgue conveniente para
lograr sus objetivos, y el derecho de libre movimiento dentro de esas asociaciones bajo la
propia iniciativa y responsabilidad para el logro concreto de su finalidad.
Derecho de emigración e inmigración: toda persona tiene derecho a la libertad de movimiento
y de residencia dentro de la comunidad política de la que es ciudadano. También tiene
derecho de emigrar a otras comunidades políticas y establecerse en ellas cuando así lo
aconsejen legítimos intereses. El hecho de pertenecer a una determinada comunidad
política no impide el ser miembro de la familia humana y pertenecer en calidad de
ciudadano a la comunidad mundial.
Derechos políticos: de la misma dignidad de la persona humana proviene el derecho a tomar
parte activa en la vida pública y contribuir a la consecución del bien común.
Derecho a mejores condiciones de vida. El conjunto de los esfuerzos realizados para mejorar
las condiciones de la vida humana responde a la voluntad de Dios. Quienes organizan su
trabajo de modo que resulte provechoso para la sociedad, tienen derecho a pensar que con
ese mismo trabajo complementan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y
contribuyen a que se cumplan los designios de Dios en la historia. El mensaje cristiano no
aparta a la persona de la construcción del mundo, ni la mueve a descuidar el interés por sus
semejantes, sino que más bien la obliga a sentir esa colaboración como un verdadero
deber. La actividad humana, como procede de la persona, así también se ordena a la
persona, que al obrar no solamente cambia las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona
a sí misma. Esto es de más alto valor que las riquezas exteriores que de ahí pueden
resultar. Más vale la persona por lo que es que por lo que tiene. De igual manera, todo lo
que la persona hace para conseguir una mayor justicia, una más extensa fraternidad, un
orden más humano en sus relaciones sociales, vale más que el progreso técnico. La norma
de la actividad humana es: que según el designio divino, responda al auténtico bien del
1

género humano y constituya para la persona, como individuo o como miembro de la


sociedad, un enriquecimiento o cumplimiento de su entera vocación (cf.GS. 24.35).
Derecho a la defensa eficaz e imparcial de los propios derechos, regida por los principios
objetivos de la justicia.

1.5 SITUACIONES REVELADORAS DE INJUSTICIA EN EL MUNDO ACTUAL.

Situaciones cambiantes en el mundo y en su historia han dado lugar en nuestro tiempo a que
surjan injusticias que es necesario tener presentes para un trabajo por la recuperación o
restablecimiento de la justicia. Esas situaciones son variadas y las injusticias surgidas también
son de índole diversa, unas más graves que otras. Entre ellas las que parece que más están
incidiendo en la vida humana, en la manera de pensar y de reaccionar de la persona, en sus
juicios y deseos, son éstas:
Al tiempo que se tiene gran abundancia de riquezas y posibilidades, una grandísima parte de la
población del mundo está azotada por el hambre y la miseria
Ante un sentido tan agudo de la libertad, como quizá nunca se había tenido, aparecen nuevas
formas de esclavitud social y psíquica.
Al tiempo que se busca ansiosamente un orden de lo temporal más perfecto, no aparece lo
mismo respecto al desarrollo espiritual ( cf. GS 4).
Se acentúan antiguas y nuevas formas de opresión derivadas de la restricción de los derechos
individuales, incluso hasta casos de tortura. Violaciones del derecho a la vida por el aborto,
por las prácticas anticonceptivas y por otros desórdenes que se van acentuando cada vez más
(JM).
Mientras inmensas muchedumbres están privada de lo estrictamente necesario, otras viven en
la opulencia y en el derroche sin limitación alguna.
Al tiempo que unos pocos tienen altísimo poder de decisión, son muchos los que se ven
privados de toda iniciativa, de toda oportunidad de ejercer una responsabilidad (GS 63).
Esto que sucede a nivel personal ocurre también a nivel internacional, pues al tiempo que en
algunas naciones hay abundancia y despilfarro, en otras se carece de lo necesario y la gente se
ve obligada a vivir en condiciones inhumanas (MM 20).
Debido a una deficiente organización social y económica se presentan en muchas partes
graves dificultades por carencia de medios de subsistencia proporcionados al índice de
1

crecimiento demográfico (MM 59), siendo los más débiles las víctimas de condiciones de vida
infrahumanas (OA 11).
En continentes enteros son innumerables los niños que mueren a tierna edad por razones de
mala alimentación; otros no logran el debido desarrollo físico y mental (PP 45).
Cada vez se va debilitando más la civilización agraria por el éxodo de los campesinos a las
ciudades en búsqueda de mejores posibilidades de vida, que ordinariamente no encuentran.
Así los campos van quedando abandonados o en manos de los ricos, que los aprovechan para
su vida confortable. Esto hace que las fuentes de alimentos básica vayan disminuyendo cada
vez más, al mismo tiempo que el atractivo de los centros urbanos hace que las concentraciones
de poblaciones en ellos sean desproporcionadas e incalculables, con todos los problemas que
esto representa (OA 8).
Las aglomeraciones en las grandes ciudades no favorecen el encuentro fraternal y la ayuda
mutua sino que, por el contrario, desarrolla discriminaciones e indiferencias, se presta para
nuevas formas de explotación y de dominio, de las que algunos se aprovechan para lucrarse,
por la especulación, de las necesidades de los demás (OA 10).
A medida que avanza la industrialización crecen también los problemas sociales. Mientras
unas empresas se desarrollan y se concentran en determinados lugares y en poder de
determinadas personas, otras desaparecen o se trasladan, con las consiguientes incidencias, a
veces funestas, en el campo del trabajo (OA 9). En este desordenado crecimiento surgen
nuevos proletarios que se instalan en los centros abandonados por los ricos, o se van a los
suburbios “cinturón de miseria que llega a asediar, mediante una protesta aun silenciosa, el
lujo demasiado estridente de las ciudades del consumo y del despilfarro” (OA 10).on la
utilización de los medios de publicidad, la sociedad de consumo por una propaganda desleal y
mentirosa crea necesidades de lo superfluo, mientras amplísimos sectores de la población no
pueden satisfacer necesidades primarias (OA 9).
Las naciones altamente industrializadas explotan a las más pobres con productos elaborados,
en tanto que éstas no tienen para vender a aquéllas más que productos agrícolas y mineros. Por
razón del progreso técnico de las naciones industrializadas, sus productos aumentan
rápidamente de valor y encuentran suficientes mercados para sus productos, mientras que los
productos primarios de los países subdesarrollados sufren bruscas variaciones de precios, lo
cual ocasiona grandes dificultades para estos países cuando tienen que contar con sus
exportaciones para equilibrar sus economía y realizar sus planes de desarrollo. Así los pueblos
pobres permaneces siempre pobres y los ricos se hacen cada vez más ricos (PP 57.58).
1

El ejercicio del desarrollo al trabajo frecuentemente no se hace posible por escasez de


posibilidades de empleo, y quienes logran conseguir un trabajo muchas veces no son
justamente remunerados, ni tienen la posibilidad de posiciones más ventajosas por carecer de
oportunidades o por falta de una adecuada capacitación (JEC 23). Además, las máquinas
modernas y todos los demás medios inventados por la técnica, van desplazando cada vez más
a las personas y se va acrecentando también cada vez más el número de los desempleados. En
ocasiones los mismos trabajadores manipulados por intereses extraños generan precesos que
se salen de los cauces justos, para la solución de conflictos laborales, reales o ficticios,
comprometiendo así derechos legítimos de otros; o son otras veces los patronos quienes
atropellan derechos de los trabajadores agrupados en organizaciones sindicales para
defenderse (JEC 24-26).
En el mismo campo del trabajo se presentan grandes injusticias con personas que por temor a
perder el trabajo se ven obligadas a tener que trabajar por salarios inferiores al mínimo legal,
particularmente mujeres, niños o personas de poca preparación, o que forzadas por el temor de
perder el empleo se dan a la prostitución (JES 28).
Hay también grandes injusticias cuando a emigrantes que se ven en la necesidad de abandonar
su patria para buscar posibilidades de trabajo, se les niega la entrada a otras naciones o se les
obliga a una vida insegura o son tratados de manera inhumana, o se les explota con salarios
irrisorios, a lo que tienen que someterse por razón de su situación (JM).
Existe un debilitamiento de la vida familiar no solamente por la relativización o pérdida de los
valores morales, sino también por presiones de la situación social o del trabajo, que
desarticulan la estructura y la vida de los hogares. Se ahoga el derecho a la vida en su origen
por el aborto provocado o por campañas anticonceptivas contrarias al orden moral, al tiempo
que se atenta contra la paternidad respondable estimulando las uniones “libres” y el
desenfreno de la sexualidad (JEC 19).
En el seno de la sociedad inductrial la urbanización transtorna las formas de vida. La persona
experimenta una nueva soledad en medio de una muchedumbre anónima en la que la persona
se siente extraña (OA 10). Por otra parte, la promiscuidad en los alojamientos populares hace
imposible un mínimo de intimidad; los jóvenes, particularmente, se sienten forzados por las
circunstancias a abandonar un hogar demasiado reducido, y a buscar en la calle compañías y
compensaciones incontrolables (OA 11); y aparecen otras miserias donde sucumbe la dignidad
de la persona: delincuencia, droga, erotismo (OA 10).
1

Se ve amenazado el derecho a la educación, sobre todo de los niños y de los jóvenes. Crece el
número de personas abandonadas por sus familiares y por la comunidad: ancianos, huérfanos,
enfermos y toda clase de marginados (JM).
Se pone tropiezo a la vida cristiana por la acción de un ateísmo opresivo, por la privación de la
libertad religiosa; incluso se da el caso de personas que padecen persecución por razón de su
fe, o se les impide honrar a Dios con culto público, o no se les pernite enseñar públicamente
las verdades de la fe, o se les hace dificil desarrollar actividades temporales que sean
conformes con sus principios religiosos y morales (JM).
El nacionalismo y el racismo son otros obstáculos que se oponen a la realización de un mundo
más justo. El nacionalismo, en cuanto aisla a los pueblos contra el bien de todos; el racismo,
en cuanto es fermento de división y de odio y contribuye a que tanto personas como familias
sean somentidas injustamente a un régimen de excepción (pp 62. 63).
Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza se corre el peligro de destruirla, de tal
manera que resulta siendo la misma persona humana la víctima de tal degradación. Y no es
solamente el ambiente físico el que constituye una amenaza por las contaminaciones y
enfermedades y por el poder destructor, sino que es el mismo cuadro humano el que la persona
no alcanza a dominar (OA 21).
Todos estos desequilibrios que aquejan al mundo de hoy, y otros más, están estrechamente
relacionados con el desequilibro que tiene sus raíces en el corazón humano, pues es en la
misma persona en la que muchos elementos están en contradicción. Sufre una división dentro
de sí misma, de la que dimanan muchas y graves discordias en la sociedad (GS 10).

2. JUSTICIA Y ECONOMÍA

(Del Catecismo de la Iglesia Católica: 2419 a 2442).


2419.- “La revelación cristiana... nos conduce a una comprensión más profunda de las leyes de
la vida social” (GS 32,1). La Iglesia recibe del Evangelio la plena revelación de la verdad del
hombre. Cuando cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de
Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las
exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina.

2420.- La Iglesia expresa su juicio moral, en materia económica y social, “cuando lo exigen
los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (GS 75,5). En el orden
de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas:
1

ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al supremo
Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes
terrenos y en las relaciones socioeconómicas.

2421.- La doctrina social de la Iglesia se desarrolló en el siglo XIX, cuando se produjo el


encuentro entre el Evangelio y la ciudad industrial moderna, sus nuevas estructuras para la
producción de bienes de consumo, su nueva concepción de la sociedad, del Estado y de la
autoridad, sus nuevas formas de trabajo y de propiedad. El desarrollo de la doctrina de la
Iglesia en materia económica y social da testimonio del valor permanente de la enseñanza de
la Iglesia, al mismo tiempo que del sentido verdadero de su Tradición siempre viva y activa
(cf CA 3).

2422.- La enseñanza social de la Iglesia contiene un cuerpo de doctrina que se articula a


medida que la Iglesia interpreta los acontecimientos a lo largo de la historia, a la luz del
conjunto de la palabra revelada por Cristo Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo (SRS
1;41). Esta enseñanza resultará tanto más aceptable para los hombres de buena voluntad
cuanto más inspire la conducta de los fieles.

2423.- La doctrina social de la Iglesia propone principios de reflexión, extrae criterios de


juicio, da orientación para la acción: Todo sistema según el cual las relaciones sociales deben
estar determinadas enteramente por los factores económicos, resulta contrario a la
naturaleza de la persona humana y de sus actos (cf. CA 24).

2424.- Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad
económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir
efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden
social (cf. GS 63,3; LE 7; CA 35). Un sistema que “sacrifica los derechos fundamentales de
la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción” es
contrario a la dignidad del hombre (GS 65). Toda práctica que reduce a las personas a no ser
más que medios con vistas al lucro esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y
contribuye a difundir el ateísmo. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt. 6,24; Lc. 16, 13).

2425.- La Iglesia a rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos
modernos al “comunismo” o “socialismo”. Por otra parte, ha rechazado en la práctica del
1

“capitalismo” el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo


humano (cf. CA 10,13.44). La regulación de la economía por la sola planificación
centralizada pervierte en su base los vínculos sociales; su regulación únicamente por la ley
de mercado quebranta la justicia social, porque “existen numerosas necesidades humanas
que no pueden ser satisfechas por el mercado” (CA 34). Es preciso promover una regulación
razonable del mercado y de las iniciativas económicas, según una justa jerarquía de valores
y con vistas al bien común.

2426.- El desarrollo de las actividades económicas y el crecimiento de la producción están


destinados a satisfacer las necesidades de los seres humanos. La vida económica no tiende
solamente a multiplicar los bienes producidos y a aumentar el lucro o el poder; está ordenado
ante todo al servicio de las personas, del hombre entero y de toda la comunidad humana. La
actividad económica dirigida según sus propios métodos, debe moverse no obstante dentro del
límite del orden moral, según la justicia social, a fin de responder al plan de Dios sobre el
hombre (cf. GS 64).

2427.- El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y


llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la
tierra (cf. Gen. 1,28; GS 34; CA 31). El trabajo es, por tanto, un deber: “si alguno no quiere
trabajar, que tampoco coma” (2Ts. 3,10: cf.1Ts. 4,11). El trabajo honra los dones del Creador
y los talentos recibidos. Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo (cf. Gen
3,14-19), en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del calvario, el hombre
colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su obra redentora. Se muestra como
discípulo de Cristo llevando la cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar (cf.
LE 27). El trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades
terrenas en el Espíritu de Cristo.

2428.- En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su
naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su
destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo (cf. LE 6).
Cada cual debe poder sacar del trabajo los medios para sostener su vida y la de los suyos, y
para prestar servicio a la comunidad humana.
1

2429.- Cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus
talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos
frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las autoridades
legítimas con miras al bien común (cf. CA 23; 34).

2430.- La vida económica se ve afectada por intereses diversos, con frecuencia opuestos entre
sí. Así se explica el surgimiento de conflictos que la caracterizan ( cf. LE 11). Será preciso
esforzarse para reducir estos últimos mediante la negociación, que respete los derechos y los
deberes de cada parte: los responsables de las empresas, los representantes de los trabajadores,
por ejemplo, de las organizaciones sindicales y, en caso necesario, los poderes públicos.

2431.- La responsabilidad del Estado: “la actividad económica, en particular la economía de


mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico o político. Por
el contrario supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además
de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes. La primera incumbencia del
Estado es, pues, la de garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda
gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a realizarlo eficiente y
honestamente... Otra incumbencia del Estado es vigilar y encauzar el ejercicio de los derecho
humanos en el sector económico; pero en este campo la primera responsabilidad no es del
Estado, sino de cada persona y de los diversos grupos y asociaciones en que se articula la
sociedad” (CA 8).

2432.- A los responsables de las empresas les corresponde ante la sociedad la responsabilidad
económica y ecológica de sus operaciones (CA 37). Están obligados a considerar el bien de las
personas y no solamente el aumento de las ganancias. Sin embargo, éstas son necesarias;
permiten realizar las inversiones que aseguran el porvenir de las empresas, y garantizan los
puestos de trabajo.

2433.-El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos sin discriminación injusta,
a hombres y mujeres, sanos y desminuidos, autóctonos e inmigrados (cf. LE 19; 22-23).
Habida consideración de las circunstancias, la sociedad debe por su parte ayudar a los
ciudadanos a procurarse un trabajo y un empleo (cf. CA 48).
1

2434.- El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una
grave injusticia (cf. Lv.19,13; Dt.24,14-15; St.5,4). Para determinar la justa remuneración se
han de tener en cuenta a la vez las necesidades y las contribuciones de cada uno. “El trabajo
debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos
vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuanta la tarea y la
productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común” (GS
67,2). El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente la cuantía del salario.

2435.- La huelga es moralmente legítima cuando constituye un recurso inevitable, si no


necesario para obtener un beneficio proporcionado. Resulta moralmente inaceptable cuando va
acompañada de violencias o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no
directamente vinculados con las condiciones del trabajo o contrarios al bien común.

2436.- Es injusto no pagar a los organismos de seguridad social las cotizaciones establecidas
por las autoridades legítimas.
La privación de empleo a causa de la huelga es casi siempre para su víctima un atentado
contra su dignidad y una amenaza para el equilibrio de la vida. Además del daño personal
padecido, de esa privación se derivan riesgos numerosos para su hogar (cf. LE 18).

2437.- En el plano internacional la desigualdad de los recursos y de los medios económicos es


tal que crea entre las naciones un verdadero “abismo” (SRS 14). Por un lado están los que
poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro, los que acumulan deudas.

2438.- Diversas causas, de naturaleza religiosa, política, económica y financiera,, confieren


hoy a la cuestión social “una dimensión mundial” (SRS 9). Es necesario la solidaridad entre
las naciones cuyas políticas son ya interdependientes. Es todavía más indispensable cuando se
trata de acabar con los “mecanismos perversos” que obstaculizan el desarrollo de los países
menos avanzados (cf. SRS 17; 45). Es preciso sustituir los sistemas financieros abusivos, si no
usurarios (cf. CA 35), las relaciones comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de
armamentos, por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia objetivos de desarrollo
moral, cultural y económico “redefiniendo las prioriedades y las escalas de valores” (CA 28).

2439.- La naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave respecto a las que no pueden
por sí mismas asegurar los medios de su desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por
1

trágicos acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de caridad; es también una


obligación de justicia si el bienestar de las naciones ricas procede de recursos que no han sido
pagados con justicia.

2440.- La ayuda directa constituye una respuesta apropiada a necesidades inmediatas,


extraordinarias, causadas por ejemplo por catástrofes naturales, epidemias, etc. Pero no basta
para reparar los graves daños que resultan de situaciones de indigencia ni para remediar de
forma duradera las necesidades. Es preciso también reformar las instituciones económicas y
financieras internacionales para que promuevan y potencien relaciones equitativas con los
países menos desarrollados (cf. SRS 16). Es preciso sostener el esfuerzo de los países pobres
que trabajan por su crecimiento y su liberación (cf. CA 26). Esta doctrina exige ser aplicada de
manera muy particular en el ámbito del trabajo agrícola. Los campesinos, sobre todo en el
Tercer Mundo, forman la masa mayoritaria de los pobres.

2441.- Acrecentar el sentido de Dios y el conocimiento de sí mismo constituye la base de todo


desarrollo completo de la sociedad humana. Este multiplica los bienes materiales y los pone al
servicio de la persona y de su libertad. Disminuye la miseria y la explotación económica. Hace
crecer el respeto de las identidades culturales y la apertura a la trascendencia (cf. SRS 32; CA
51).

2442.- No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad


política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los
fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos. La acción social
puede implicar una pluralidad de vías concretas. Deberá atender siempre al bien común y
ajustarse al mensaje evangélico y a la enseñanza de la Iglesia. Pertenece a los fieles laicos
“animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y
operadores de paz y justicia” (SRS 47; cf. 42). (Hasta aquí el Catecismo).

2.1.- LA JUSTICIA EN LA ECONOMÍA.

La vida económico-social debe respetar y promover la dignidad de la persona humana, su


entera vocación y el bien común de toda la sociedad. Afirma el Concilio Vaticano II que en la
vida económica y social se ha de honrar y promover la dignidad de la persona humana y su
1

vocación integral, lo mismo que el bien de la sociedad entera, ya que el hombre, autor de toda
la vida económica social, es su centro y su fin (GS 63).

La economía debe estar al servicio de la persona humana mirada integralmente, sin distinción
de personas o grupos, dentro del ámbito del orden moral. La relación de la moral con la
economía está en que la persona humana constituye el valor, el origen y el objeto de toda
actividad económica. El valor de la persona es factor esencial en la relación de la moral con la
economía.

La finalidad principal de la producción no es el mero incremento de los productos, ni el


beneficio de algunos, ni el poder, sino el servicio del hombre integral, teniendo en cuenta sus
necesidades materiales y sus exigencias de orden intelectual, espiritual y religioso;
necesidades que deben encontrar respuesta sin distinción de raza, color o condición social.
La igualdad de derechos de toda persona, de todos los grupos sociales, de todas las naciones,
de toda la familia humana, constituye un punto de referencia de profundas implicaciones.

2.2. DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES ECONÓMICOS

Dios ha destinado la tierra y cuando ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos
(GS 69). De esto se desprende que toda desequilibrada repartición contradice el orden
establecido por Dios respecto de los bienes. La economía tiene como punto de partida y como
meta a la persona humana, quien es el punto de referencia para la recta comprensión del
mundo económico. La actividad económica tiene como finalidad satisfacer las necesidades
prioritarias de la persona.
La necesidad es el motor tanto de toda la actividad económica, como de las diversas relaciones
que en ésta se insertan. En el servicio de los bienes frente a la necesidad se deben tener
encuenta estos aspectos:
-La satisfacción de las necesidades humanas es el fin supremo de la economía.
-Para que la necesidad sea el criterio de una economía justa es preciso humanizar e l mismo
concepto de necesidad, establecer una clara y ordenada jerarquía de necesidades.
-La moral cristiana debe estar atenta para descubrir y denunciar los falseamientos que en
este campo aparezcan. No puede aceptar una economía que se proponga como finalidad
solamente la productividad y el lucro. El mito de la productividad sin límites y el lucro sin
freno engendra la voracidad estructural de los sistemas económicos.
1

La creciente posesión de bienes, que para muchos se convierte en el fin de la economía,


termina por impedir dirigir la mirada a un más allá, con las consiguientes consecuencias que
trae el pensar que la vida termina con la muerte: los corazones se endurecen y el espíritu queda
aprisionado. La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en obstáculo para el crecimiento
del ser se opone a la verdadera grandeza. Para las personas, como para las naciones, la avaricia
es la forma más evidente del subdesarrollo moral.

El desarrollo económico debe estar bajo el control de la persona y no al solo arbitrio de unos
pocos dotados de excesivo poder económico. La finalidad fundamental de la producción
agrícola e industrial es el servicio de la persona integral (GS 64.65).

Corresponde al cristiano no solamente iluminar con su fe y su testimonio las conciencias para


que los bienes temporales sean bien empleados y justamente repartidos, sino también hacer
partícipes de los bienes que posee a quienes carecen de ellos. La comunicación cristiana de
bienes es una de las exigencias que la justicia hace al discípulo de Cristo. Las primitivas
comunidades cristianas dan un valioso testimonio en este sentido (cf. Hch. 2,44-45; 4,32).
Esta vivencia, animada por la fe en el Señor resucitado, aunque no hubiera sido total, sí
muestra un ideal de vida y un llamamiento a la comunión y a la participación manifestadas en
el campo de los bienes materiales, teniendo en cuenta que ese comportamiento no es
solamente un deber de caridad, sino también un deber de justicia

2.3. LA PROPIEDAD PRIVADA.

Se ha llamado propiedad el derecho que tiene una persona de disponer libre y exclusivamente
de una cosa material, o también la cosa misma sobre la que se tiene legítimo derecho de
disponer al arbitrio de la persona que la posee. Derecho de propiedad es el derecho de la
persona humana a disponer de una cosa.

Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para el uso de todos. Toda persona tiene
estricto derecho a poseer como algo propio una porción de bienes suficientes para su propia
subsistencia y la de los suyos. La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes
terrenos asegura a cada uno una zona indispensable de autonomía personal y familiar.
1

Corresponde a los poderes públicos impedir que se abuse de la propiedad privada en


detrimento del bien común.
La propiedad privada comporta una función social que corresponde a la ley del destino común
de los bienes materiales. Cuando se descuida esta índole social, la propiedad privada
fácilmente se convierte en múltiples tentaciones y graves desórdenes (GS 71).

La propiedad privada no es un derecho absoluto, sino que este derecho está subordinado al
derecho primario y fundamental que tiene toda persona de usar solidariamente de los bienes
terrenos, en la medida de lo necesario para una digna realización como persona humana (cf.
Puebla 542. 492). “Sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social” (Puebla 1224; cf.
Puebla 978. 1281).

2.3.1.- Valoración cristiana de los bienes materiales.

La fe en Dios, el único Dios, nos lleva a usar de todo lo que no es El en la medida en que nos
acerca a El, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparte de El (cf. Mt.5,29-30; 16,24;
19,23.24). Creer en Dios “es usar bien de las cosas creadas” (cf. Catecismo de la Iglesia
Católica 222 a 226).

Los bienes temporales en el plan de salvación.- Era familiar a los judíos de la época
neotestamentaria la idea de que Dios bueno creó y organizó la tierra y el cielo; de ahí la
convicción de los contemporáneos de Cristo de que los bienes temporales, queridos por Dios,
son buenos y que la persona solamente debe usar de ellos en conformidad con las intenciones
divinas. Los autores del Nuevo Testamento toman estas nociones, las profundizan y las
complementan: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas
las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por
el cual somos nosotros” (Rm. 8,19; cf. Hch.3,21; 2Pd.3,13; Ap. 21,1).

El derecho de propiedad.- El derecho de propiedad individual no es objeto de desarrollo


teórico alguno en el nuevo testamento. Sin embargo, está fuera de duda que los primeros
cristianos admitieron implícitamente la legitimidad de este derecho, como se puede deducir de
estos hechos:
a).-Las numerosas recomendaciones que se encuentran relativas a la limosna y a las obras de
misericordia, para lo cual es necesario admitir la posesión de bienes materiales tenidos en
1

propiedad: “dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para
vosotros” (Lc.11,41; cf. Mt.6,2.4; 25,31-46; Lc.3,11; 6,35.38; 16,9; Rm.12,13.20; 15,25-
27; 1Cor.16,1-4; Flp.1,5; 4,14-20; Flm.6; Hb.13,1-3.16; 1Tm.3,2;5,10; St.1,27; 1Pd. 4,9;
1Jn.3, 17; 2Jn. 8).
b).- Expresiones que condenan el hurto y la codicia; pues se entiende que para que exista el
robo, tienen que existir bienes en propiedad para ser robados: “Que ninguno de vosotros tenga
que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por intrometido” (1Pd. 4,15; cf Ef.
4,28; 1Co. 6, 9; Rm. 13,9; Mc. 7, 21; 10,19; 19,18).
c).- En los evangelios sinópticos ciertas parábolas presentan en escena poseedores de bienes
materiales para describir el obrar de Dios y sacar a la luz diversos aspectos del Reino de
los cielos. Ciertamente, lo esencial de estas parábolas es la enseñanza ético-religiosa que
ellas expresan, pero esta enseñanza tiene su relación con las realidades a que hacen
referencia las mismas parábolas (cf. Mt.13,24-30; 21,33-43; 22,1-4; 24,45-51; 25,14-30;
Lc. 12 ,42-46; 14, 16-24; 15, 4-30; 19, 12-27; 20, 19-19).
d).- El apóstol San Pablo habla del trabajo como medio para hacer a la persona independiente
en materia de bienes temporales. Tal situación privilegiada supone tener algo como
propio: “Ocupándoos en vuestros asuntos, y trabajando con vuestras manos; como os lo
tenemos ordenado, a fin de que viváis dignamente ante los de fuera, y no necesitáis de
nadie” ( 1Ts. 4, 11-12; cf. 2Ts3, 6-12).
e).- En ciertos textos paulinos el Apóstol hace referencia a condiciones que indican
reconocimiento de la propiedad privada. Afirma, por ejemplo, que no son los hijos los que
deben atesorar para los padres, sino los padres para los hijos ( 2Co.12,14; cf. 1Co. 9, 7;
2Tm. 2,6).

Las riquezas y sus peligeos.- Los autores del Nuevo Testamento al hablar de las riquezas
hacen especial referencia a los peligros a que están expuestos quienes las poseen.
Especialmente en el Evangelio de San Lucas se encuentra:
a).- Recomendaciones a los ricos que vendan sus bienes terrenos y los den a los pobres a
cambio de los bienes imperecederos del cielo: "Vended vuestros bienes y dad limosna.
Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el
ladrón, ni destruye la polilla, porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro
corazón” (Lc 12, 33-34).
b).- La afirmación de que nadie puede servir a Dios y al dinero, que es personificado y aparece
como rival de Dios: “Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y
1

amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al
dinero” (Lc. 16,13, cf. Mt. 6,24).
c).- La dificultad práctica que tiene el rico para entrar en el Reino de Dios: “Qué difícil es que
los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios” (Lc. 18, 24; cf. Mc. 10, 23-27, Mt. 19,
23-26).
d). A los fariseos, amigos del dinero, que se mofaban de Jesús por sus enseñanzas, les
reprocha sus falsas pretensiones de darse por justos: “Estaban oyendo estas cosas los
fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de EL y les dijo: ‘Vosotros sois los
que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones;
porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios” (Lc. 16, 14-15).
e).- En la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro manifiesta las diversas condiciones del
rico y del pobre ante Dios y la suerte de cada uno después de la muerte (cf. Lc 16, 19-31).
f). Aparecen maldiciones que, según parece, son dirigidas a la misma categoría de personas, es
decir, a los ricos de este mundo: “¡Ay de vosotros los ricos!, porque habéis recibido
vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre.
¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto” (Lc. 6, 24-25).
No obstante, se encuentran algunos pasajes que suponen que pueden existir ricos buenos (cf.
Lc 8,1-3; 19,1-10).

San Pablo expone su concepción sobre las riquezas especialmente en sus exhortaciones que
dirige a los cristianos con motivo de la colecta en favor de los pobres de Jerusalén. Para el
Apóstol las riquezas son un don divino y un medio de practicar toda suerte de generosidad (cf.
2Co.9,8-15). Supone que pueden existir buenos ricos: aquellos que se portan como
administradores de los dones de Dios: “A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean
altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee
espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan
de buenas obras, que den con generosidad y con liberabilidad; de esta forma irán atesorando
para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera” (1Tm. 6, 17-
19). Advierte sobre los peligros a que se exponen quienes poseen riquezas; inexorablemente
excluye del Reino de Dios a los avaros: “ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los
ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1Co. 6, 10; cf. 1Co. 5, 11).
En la primera carta a Timoteo habla de la pasión por las riquezas como causa de todos los
males, temporales y espirituales, que pueden sobrevenir a una persona: “Los que quieren
enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que
1

hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todo los males es el afán
de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con
muchos dolores” (1Tm. 6, 9-10; cf. Hb. 13,15).

El apóstol San Pedro recomienda a los presbíteros esforzarse por hacerse modelos de la grey,
no por un mezquino afán de ganancia (1Pd. 5, 2.3).

En la carta del apóstol Santiago se encuentran tres pasajes muy significativos en relación con
la riquezas:
a).- Sobre la situación frágil y precaria de los ricos: “El hermano de condición humilde
gloríese en su exaltación; y el rico, en su humillación, porque pasará como flor de hierba”
(St. 1, 9-19).
b).- Condena la parcialidad en favor de los ricos y desprecio por los pobres (cf. St. 2,2-4).
c).- Distingue, probablemente, dos categorías de ricos: los comerciantes presuntuosos,
preocupados únicamente por ganar dinero; y los grandes propietarios terratenientes, que
viven en la molicie y el lujo, sin compasión por sus obreros (cf. St. 4, 13-17; 5, 1-6).

Los bienes materiales y la unión de todos en Cristo.- Los bienes temporales, otorgados por
Dios, deben ser un medio para crear, afirmar y expresar la comunidad de vida y de destino,
que une a todos en Cristo.
Las obras de misericordias llamadas corporales aparecen como condición para seguir a Cristo
y tener parte en su reino (cf. Lc.3,10-11; 6,30-35; 10,29-37; 11,41; 16,9; 18,22; 19, 8-10; Mt.
25, 31-46).
San Juan afirma que un rico que rehusa socorrer a un hermano en la necesidad no puede
pretender ser amado por Dios (1Jn. 3,17).
El apóstol Santiago dice que la religión pura y sin tacha consiste en socorrer a los huérfanos y
a las viudas en su tribulación (cf. St. 1,27).
El apóstol San Pedro exhorta a practicar la hospitalidad los unos con los otros sin
murmuración (cf. 1Pd. 4,9).
En las cartas paulinas se encuentran expresiones y enseñanzas de gran valor sobre lo que
pueden servir los bienes temporales como medio de unión entre los hermanos:
a).- Interviene para que en las reuniones que preceden a la celebración de la Eucaristía, los
alimentos aportados por los participantes sean equitativamente repartidos: que los pobres
1

sean tratados igual que los ricos. El Augusto Misterio es por excelencia el Sacramento de
la unidad (cf. 1Co.11, 17-34).
b). En los textos sobre la colecta en favor de la iglesia de Jerusalén, la generosidad de los fieles
aparece sobre todo como una gracia y una manifestación del ágape fraterno (cf. 2Co. 8, 8-
28; 1Co.16, 1-4; Rm.15, 25-27).
c).- El apóstol hace una exhortación a los ricos de este mundo a que no pongan su esperanza
en las riquezas, sino en Dios, y se den a la beneficencia; que sean ricos en buena obras,
amigos de comunicar sus bienes (cf. 1Tm 6, 17-19).

Llamamiento a la pobreza voluntaria y efectiva.- Para entender el llamamiento a una


pobreza efectiva y afectiva, conviene considerar estos aspectos: la pobreza del Señor Jesús, la
pobreza de todo apóstol, y la pobreza de todo cristiano:
a).- En cuanto a la pobreza de Jesús, encontramos que El “siendo rico, se hizo pobre para que
nos enriqueciéramos con su pobreza” (cf. 2Co.8,9). Hijo de un artesano, Jesús pasó su vida
oculta en la oscuridad y la pobreza. El mismo sintetizó su género de vida en estas palabras:
“las zorras tienen su guaridas; y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene
dónde reclinar la cabeza” (Mt.8,20; cf. Lc.9, 58). La pobreza de Jesús especialmente se
manifestó en una actitud de total dependencia de su Padre. Jamás hizo un milagro para
procurarse a sí mismo una ventaja material. Vivió pobre y quiso morir pobre: es para los
creyentes de todos los tiempos el modelo de la perfecta pobreza.
b).- Respecto a la pobreza del apóstol, es sabido que durante la vida pública de Jesús sus
apóstoles lo acompañaron en sus peregrinaciones y llevaron la vida de pobreza que él llevaba
(cf.Mt.10,9-14; Lc.9,3-5; 10,4-11). El apóstol San Pablo habla de sus fatigas en el anuncio del
Evangelio, trabajando noche y día para no ser gravoso a nadie (cf. 1Ts.2,1-12; 2Co. 6, 10; 11,
23-27).
c).- En cuanto a todo cristiano, el llamamiento a una pobreza radical voluntaria está
especialmente insinuado en el pasaje evangélico del joven rico ( Lc.18,18-30; Mt.19,16-
22; Mc.10, 17.22).

A partir de estas consideraciones sobre la pobreza, se puede establecer lo siguiente:


-Hay la exigencia, para todos, de un desprendimiento total, un estado de completa
disponibilidad en relación con los bienes materiales.Los cristianos deben sacrificar los
bienes materiales antes que renegar de su fe en Cristo: “Pues compartisteis los
1

sufrimientos de los encarcelados; y os dejasteis despojar con alegría de vuestros bienes,


conscientes de que poseíais una riqueza mayor y más duradera” (Hb 10,34).
-Aunque el desprendimiento efectivo es igualmente exigido a todos, sin embargo la forma
puede variar según la diversidad de los dones recibidos y las obligaciones de cada uno
dentro de la comunidad. Condición especial es la del apóstol quien, para entregarse por
entero a la predicación del Evangelio, renuncia una vez por todas a los bienes de este
mundo, confiando sus necesidades temporales a la Divina Providencia y a la generosidad
de las comunidades evangelizadas.
-El desprendimiento efectivo encuentra su regla suprema en la caridad. Esta es la que da al
cristiano el verdadero conocimiento y el tacto que le permite discernir qué sea lo mejor en
cada circunstancia. Así quedan salvaguardados el radicalismo y el valor de obligación
universal de las sentencias sobre el desprendimiento respecto a los bienes materiales.

CONCLUSIONES
De estas consideraciones sobre la valoración cristiana de los bienes materiales se pueden sacar
las siguientes conclusiones:
a).- Creados por Dios y destinados a participar con la creación entera de la gloria de los hijos
de Dios, los bienes temporales son buenos, y la persona se puede servir de ellos en la
medida y según la manera como Dios quiere. La forma habitual y normal de la repartición
y de la gestión de los bienes materiales está fundada en el principio de propiedad privada,
la que se hace accesible especialmente por el trabajo de cada uno.
b).- Las críticas, a veces vehementes, contra los ricos, no se refieren a las riqueza como tales,
como si fuera malas en sí mismas, sino que se refieren a los desórdenes que se engendran
en la persona por la avaricia. El dinero se convierte en un antidiós por culpa de la persona
que por apego a ese dinero corre el riesgo de desconocer su propio destino eterno.
Ciertamente pueden existir buenos ricos, pero con la condición de que se comporten como
administradores de Dios y utilicen sus riquezas en bien de sus semejantes.
c).- Cuando Cristo y sus apóstoles estigmatizan el amor desordenado a los bienes materiales,
se refieren a una de las pasiones más peligrosas de nuestra naturaleza caída.
d).- Los bienes materiales son un medio visible para afirmar y experimentar la comunidad de
vida que une en Cristo a todo los creyentes.
e).- El uso de los bienes materiales debe estar todo bajo el control de la caridad. En esta
perspectiva el ideal será que cada uno haga siempre lo que convenga para su pleno
desarrollo humano y cristiano.
1

f).- El llamamiento a la pobreza tiene un alcance universal: el Señor exige a todos un


desprendimiento interior total, una actitud de disponibilidad completa en relación con los
bienes materiales. Esta exigencia interior se debe actualizar en un desprendimiento
efectivo, en el que las formas concretas pueden variar según la diversidad de los dones
recibidos y las obligaciones de cada uno dentro de la comunidad.

2.3.2,- Propiedad privada y dominio sobre bienes materiales.

(Del Catecismo de la Iglesia Católica: 2402 - 2407).


2402.- Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la
humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se
beneficiara de sus frutos (cf. Gn.1,26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el
género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su
vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. La apropiación de bienes es legítima
para garantizar la libertad y la dignidad de la persona, para ayudar a cada uno a atender sus
necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Deben hacer posible
que se viva una solidaridad natural entre los hombres.

2403.- El derecho a la propiedad privada adquirida por el trabajo, o recibida de otro por
herencia o regalo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El
destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien
común exija respeto de la propiedad privada, de sus derechos y de su ejercicio.

2404.- “El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee
legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de
aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” (GS, 69,1). La propiedad de un bien hace
de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus
beneficios a otros, ante todo a sus próximos.

2405.- Los bienes de producción, materiales o inmateriales, como tierras o fábricas,


profesiones o artes, requieren el cuidado de sus poseedores para que su fecundidad aproveche
al mayor número de las personas. Los poseedores de bienes de uso y consumo deben usarlos
con templanza reservando la mayor parte al huésped, al enfermo, al pobre.
1

2406.- La autoridad política tiene el derecho y el deber de regular en función del bien común
el ejercicio legítimo del derecho de propiedad (cf. GS 71,4 SRS 42; CA 40; 48).

2407.- En materia económica el respeto a la dignidad humana exige la práctica de la virtud de


la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la justicia, para preservar
los derechos del prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad, siguiendo la regla de
oro según la generosidad del Señor, que “siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de que
os enriquecierais con su pobreza” (2Co. 8,9) (Hasta aquí el Catecismo).

La posesión de algo como propio se llama también dominio, que propiamente consiste en la
legítima facultad que tiene una persona de disponer de lo que tiene como propio. Es el derecho
de propiedad sobre una cosa, derecho que proviene sea del derecho natural o de leyes positivas
justas.

2.3.3. Medios legítimos para adquirir dominio sobre bienes materiales.

Varios son los medios legítimos para adquirir dominio sobre los bienes materiales; entre ellos
los más comunes son:
EL TRABAJO: Es el principal y más importante y en él se fundan, en cierto modo, los
demás. Debe ser considerado como función preeminente en la vida económica y organizado
de tal manera que cumpla su objetivo en la realización de la persona del trabajador. Si se
considera solamente como algo cambiable por dinero, se torna alienante. Será
verdaderamente humano si se considera no solamente como medio de producción de bienes
materiales, sino como elemento de relaciones interpersonales.
LA OCUPACIÓN LEGÍTIMA: Se basa en el derecho que tiene toda persona de apropiarse
bienes que no tengan dueño, es decir, aquellos bienes que hasta el momento de tomarlos para
sí no pertenecen a nadie. Para ello es preciso tener en cuenta que la ocupación de un bien
solamente tiene sentido y justificación moral si se tiene voluntad y posibilidad de utilizarlo o
trabajarlo. El derecho de ocupación se apoya en el derecho natural en virtud del cual las cosas
que no tienen dueño son del primero que se las apropia.
EL HALLAZGO: Consiste propiamente en encontrar una cosa perdida o ignorada por su
dueño. Afecta especialmente los tesoros ocultos y los objetos extraviados.
Respecto a los objetos extraviados o involuntariamente abandonados por sus legítimos dueños,
se debe tener en cuenta que por derecho natural siguen perteneciendo a ellos, de acuerdo con
1

el principio: “las cosas claman por su dueño”. Quien las encuentra tiene el deber de hacer lo
posible por saber quién es su dueño y devolverlas a él, con el derecho de ser indemnizado por
los gastos que hayan demando la conservación y devolución de las mismas cosas. Mientras
están en su poder tiene el deber de custodiarlas cuidadosamente como fiel administrador. Al
cabo de un tiempo prudencial, después de haber hecho todas las diligencias del caso para
encontrar el dueño, sino lo encuentra, puede apropiarse lo encontrado, pues en tal caso las
cosas se consideran como si no tuvieran dueño.
En cuanto a los tesoros ocultos o ignorados, se debe atender a las leyes positivas que
determinan las condiciones de su apropiación. Si se trata de bienes inmuebles, tales como
minas, pertenecen al dueño del terreno. No obstante algunas leyes establecen que tiene
derecho a explotarlas el primero que las denuncie ante la autoridad civil competente, con el
deber de indemnizar al dueño del terreno.
Por derecho natural un tesoro o depósito de dinero, joyas o metales preciosos, ocultos o
ignorados pertenece a quien los descubra. Pero las leyes positivas limitan este derecho del
descubridor y hay que atenerse a lo que dispongan esas leyes.
LA FRUCTIFICACIÓN: Resulta por nacimiento de animales o por producción de frutos de
la tierra, y se rige por el principio: “las cosas fructifican para su dueño”, o también: “las cosas
producen para su dueño”.
LA PRESCRIPCIÓN: Es la adquisición de un derecho o la extinción de una obligación al
transcurrir un lapso de tiempo determinado por la ley y al darse otras condiciones establecidas
por la misma ley.
Para que la prescripción sea legítima se requiere: que el bien en sí sea prescriptible; que se
obre de buena fe; que haya un título de base para la prescripción; que se tenga actual posesión
del bien y que se haya cumplido el tiempo determinado para la prescripción.
Son imprescriptibles los derechos y obligaciones de la ley natural y los bienes destinados a
usos públicos. En el fuero de la conciencia es siempre necesaria la buena fe para que pueda
darse legítima prescripción. El título de base se refiere a la razón o causa por la cual el
poseedor de una cosa se cree con legítimo derecho a ella. La actual posesión del bien
prescriptible es la principal razón y fundamento de la prescripción.
Para que la posesión pueda dar ocasión a la prescripción se requiere: que el bien se tenga en
calidad de propietario y no de arrendatario, depositario o usufructuario; que la posesión sea
pública, es decir, conocida por varias personas que puedan testimoniar sobre el hecho de la
posesión; que sea pacífica, esto es, que nadie haya disputado el dominio sobre ella, ni que haya
1

sido arrebatada por violencia o por fraude; además, que la posesión sea continua durante todo
el tiempo determinado por la ley.
Contraria a la legítima posesión es la usurpación, que consiste en la posesión de una cosa
contra la voluntad de su dueño, sea utilizando la violencia, o por medio de fraude. No da lugar
a la prescripción legítima y, por tratarse de una posesión de mala fe, queda siempre la
obligación en conciencia de la restitución o indemnización a su legítimo dueño.
LA HERENCIA: El derecho de herencia se funda en la finalidad de la propiedad privada. No
solamente es un importante incentivo para el responsable cuidado de los bienes, sino que
también confiere un sentido de estabilidad, permanencia y fidelidad a la comunidad básica de
personas, es decir, a la familia. Los padres de familia tienen la aspiración y el derecho moral
de velar por el bienestar de sus hijos, deber que va más allá de la muerte. Esto solamente es
posible lograrlo si los padres dejan a sus hijo los bienes indispensables para atender a su
formación y para cierta seguridad en su vida.
La supresión del derecho a heredar acabaría con la institución de la propiedad privada, que
quedaría desprovista de su función social; además esto daría ocasión al despilfarro egoísta.
Corresponde al Estado, como promotor y defensor del bien común, el deber de reglamentar el
derecho de heredar. Debe atender, sobre todo, a que la legislación sobre herencias no surta
efectos perniciosos desde el punto de vista moral y económico, y velar por que la libertad de
hacer testamento de los bienes que se poseen no perjudique a los hijos.
En torno a la herencia hay que tener en cuenta que quien logra obtenerla fraudulentamente está
obligado en conciencia a restituir a quienes tengan sobre ella un derecho natural o positivo.
EL TESTAMENTO: es un acto de la voluntad de una persona por el cual dispone que sus
bienes o parte de ellos pasen después de su muerte a ser propiedad de otra persona
determinada. Requiere que se haga de acuerdo con las leyes positivas y que no se violen
derechos de herederos legítimos, particularmente los que corresponden a los hijos con relación
a sus padres y a éstos con relación a sus hijos.
LA DONACIÓN: Es la transferencia gratuita que hace una persona de un bien en favor de
otra, transferencia por la cual dicho bien deja de ser propiedad del donante y pasa a ser
propiedad del agraciado o beneficiario de la donación. Es lícita y aceptable si se hace de
acuerdo con las exigencias de la justicia y de la caridad.

2.3.4.- Violación del derecho de propiedad.

(Del Catecismo de la Iglesia Católica. 2401. 2408. 2409. 2434. 2536).


1

2401.- El séptimo mandamiento prohibe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y
perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes. Prescribe la justicia y la caridad de la
gestión de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres. Con miras al bien
común exige el respeto del destino universal de los bienes y del derecho de propiedad privada.
La vida cristiana se esfuerza por ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este
mundo.

2408.- El séptimo mandamiento prohibe el robo, es decir, la usurpación del bien ajeno contra
la voluntad razonable de su dueño. No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si
el rechazo es contrario a la razón o al destino universal de los bienes. Es el caso de la
necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar las necesidades inmediatas y
esenciales (alimento, vivienda, vestido, etc. ) es disponer y usar de los bienes ajenos (cf. GS.
69,1).

2409.- Toda forma de tomar o retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las
disposiciones de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento. Así, retener
deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos, defraudar en el ejercicio del comercio
(cf. Dt.25,13-16), pagar salarios injustos (cf. Dt.24,14-15, St.5,4), elevar los precios
especulando con la ignorancia o la necesidad ajena (Am 8, 4-6).
Son también moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar
artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento
ajeno, la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones
conforme al derecho; la apropiación y el uso privado de los bienes sociales de una empresa,
los trabajos mal hecho, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos
excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o
públicas es contrario a la ley moral y exige reparación.

2434.- El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una
grave injusticia (cf. Lv.19,13; Dt.24,14-15; St.5,4). Para determinar la justa remuneración se
han de tener en cuenta a la vez las necesidades y las contribuciones de cada uno. “El trabajo
debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos
vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea y la
productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común” (GS
67,2). El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente la cuantía del salario.
1

2536.- El décimo mandamiento prohibe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada


de los bienes terrenos. Prohibe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las
riquezas y su poder. Prohibe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se
dañaría al prójimo en sus bienes temporales.
Cuando la ley nos dice : “No codiciarás”, nos dice, en otros términos, que apartemos
nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es
inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: “El ojo del avaro no se satisface con su
suerte” (Si. 14,9; Catec.R.3,37). - (Hasta aquí el Catecismo).

Toda violación de un derecho, cualquiera que sea, conlleva una injusticia que requiere ser
reparada. Respecto a los bienes materiales aparecen varias especies de violación, entre las
cuales las más comunes son :
EL HURTO : -Consiste en la sustracción de una cosa ajena con el ánimo de apropiársela. Si
para ello se emplea la amenaza o la violencia, recibe el nombre de robo o rapiña. Su gravedad
se funda no solamente en la violación de la justicia conmutativa, sino también en el daño que
se causa al bien común por la pérdida de la confianza y de la seguridad pública.
Formas especiales de hurto son el peculado, que consiste en la apropiación que hace un
administrador de bienes que pertenecen a la comunidad, es decir, bienes públicos que tenía
bajo su responsabilidad para cuidar de ellos; y el desfalco, que es la mala administración de
bienes confiados a la propia responsabilidad para hacerlos producir.
Es a veces difícil, pero de gran importancia para la conciencia del sujeto y la misión del
confesor, determinar la cuantía que constituye pecado grave de hurto, pues ésto depende de
varios factores o circunstancias que cambian con frecuencia. Comúnmente se admite que hay
materia grave cuando razonablemente el perjudicado o la sociedad consideran la violación del
derecho como una injuria o perjuicio serio, condenable y reprobable. En general se deben
tener en cuenta las siguientes bases para la apreciación de una materia como grave:
a).- La cantidad o valor que infiera un daño notable al prójimo y sea suficiente para causarle
grave ofensa o indignación.
b).- Esta gravedad no se ha de juzgar por una cantidad o valor igual para todos los casos, sino
con relación al perjudicado y a las circunstancias en que se encuentra o al daño causado a la
sociedad.
1

c).- Hurtos leves por razón de su cuantía pueden ser graves por la intención de llegar poco a
poco a una cantidad considerablemente grave, o por complicidad con otros hasta hurtar entre
todos en proporción grave, aunque cada uno en particular lo haga en proporción leve.
EL FRAUDE: -Se entiende por fraude adueñarse injustamente del bien ajeno por medio de
engaños o mentiras, como es el empleo de falsas pesas y medidas: “Has de tener un peso
cabal y exacto, e igualmente una medida cabal y exacta, para que se prolonguen tus días en el
suelo que Yahveh tu Dios te da... todo el que comete fraude, es una abominación para Yahveh
tu Dios” (Dt. 25, 15-16).
Hay fraudes que revisten especial gravedad por el daño que ocasionan al bien común, tales
como la falsificación de documentos, la competencia desleal y mentirosa, la estafa, las
gratificaciones fraudulentas, el soborno, la extorsión, en los que a la grave injusticia se añade
el abuso de un cargo o de una relación contractual.
Son también culpables de fraude quienes emplean artificios para evadir impuestos legítimos, y
quienes a base de trampas consiguen rentas o subvenciones del Estado ilegítimas.
Quienes por una vida de derroche o por el propósito premeditado de escaparse de deudas se
declaran en quiebra, salvando bienes que se colocan en seguro, son culpables de grave
injusticia.
LA DAMNIFICACIÓN INJUSTA: -Se entiende por damnificación injusta la destrucción o
daño causado premeditadamente a un bien ajeno, sin intención de lucrarse de ello. Si el daño
o destrucción del bien se debe a sentimientos de odio, venganza, envidia u hostilidad, aún
daños de menor importancia material manifiestan una disposición gravemente pecaminosa.
Pero el deber de reparar se ha de considerar de acuerdo con la magnitud del daño ocasionado.
LA USURA: -Consiste en sacar ventaja de la necesidad o de la ignorancia del prójimo : es
una forma de avaricia. Es culpable de usura quien presta dinero exigiendo un interés
desproporcionado, y quien acapara o esconde artículos de primera necesidad para provocar un
aumento de su precio.
LA IRRESPONSABILIDAD: - Quien tenga la gestión o la protección de bienes ajenos por
razón de su oficio o de algún convenio o contrato, y descuida sus deberes, peca contra la
justicia. Si esos bienes se pierden o deterioran por causa de su negligencia o descuido, tiene el
deber de reparar por razón de la injusticia cometida.

2.3.5. - El deber de restituir.


1

(Del catecismo de la Iglesia católica: 2412). - En virtud de la justicia conmutativa, la


reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propio dueño:
Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: “Si en algo defraudé a alguien, le devolveré el
cuádruplo” (Lucas 19,8). Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un
bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie
si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera
obtenido legítimamente de su bien. Están igualmente obligados en proporción a su
responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en
el robo, o que se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado
o ayudado o encubierto.(Hasta aquí el Catecismo).

La injusta violación de un derecho por un acto pecaminoso clama por una reparación. A quien
ha cometido injusticia, lo primero que se le pide es una sincera conversión hacia Dios. Pero
la conversión y la penitencia interior no serían auténticas si no hay intención de reparar por el
daño que se ha causado. Se ha de tener en cuenta que además de la justicia, cuyos límites no
siempre es fácil precisar, están los requerimientos de la caridad, y que es preciso reparar por
la injusticia personal, inherente a todo acto injusto.

La violación de derechos de propiedad contrae la obligación de restituir a su legítimo dueño,


lo antes posible: “Las cosas claman por su dueño”. Por eso será un impedimento para la
reconciliación la negativa a restituir.

El deber de restituir se extiende ciertamente hasta donde alcance la violación de la justicia


conmutativa, sea por acción directa, o por violación conexa con alguna otra injusticia. Aún el
poseedor de buena fe tiene el deber de devolver lo ajeno, tan pronto como descubra que no lo
posee legítimamente. Debe devolver el bien con sus productos naturales, pero no aquellos que
se deban a sus propios cuidados o a su industria. Si las cosas perecieron en sus manos sin
culpa suya, no está obligado a restituir, pero sí debe devolver el fruto que hayan producido
naturalmente : “Las cosas fructifican para su dueño” .
El poseedor de mala fe tiene mayor obligación de restituir. Está obligado no solamente a
devolver el bien retenido injustamente, con sus frutos naturales, sino también a reparar por los
perjuicios originados en su injusticia, en la medida en que pudo preverlos de algún modo .
1

De la injusta damnificación, lo mismo que del fraude, la usura y la irresponsabilidad, nace la


obligación de reparar no solamente por el daño real inmediato, sino también por los perjuicios
que de él se desprendan, siempre que se den estas condiciones :
-Que la acción o la omisión dañosa sea objetivamente injusta.
-Que haya verdadera culpa por parte del sujeto, es decir, que haya sido el resultado de una
decisión libre.
-Que la acción o la omisión haya sido causa eficaz del daño y no simplemente ocasión del
mismo.
La obligación de restituir existe no solamente sobre bienes privados, sino también respecto de
los bienes públicos, de suerte que quienes se han apoderado de bienes comunitarios por
peculado, robo o desfalco culposo, tienen la obligación de restituir a la comunidad a la cual
han causado daño, cualquiera que ella sea.
Cuando varios han cooperado injusta y eficazmente en la violación de un derecho ajeno, sea
por acción o por omisión, están solidariamente obligados a reparar, cada cual
proporcionalmente a su cooperación, a su deber de impedir el daño, o a su influjo en él.
La cooperación formal hace a todos los cooperadores positivos solidariamente responsables en
la medida y en el orden de causalidad de su acción, según se dé la cooperación como
mandante , consejero, estimulador, ejecutor, encubridor o participante.
La cooperación negativa, consistente en la culpable omisión de cuanto se debía hacer para
impedir la injusta violación de un derecho, no obstante estar obligado a impedirla por razón
del cargo o de cualquier compromiso, origina también la obligación de restituir. Son también
culpables de cooperación negativa quienes no denuncian pudiéndolo y debiéndolo hacer.
La primera obligación moral de reparar recae sobre el autor o autores principales del daño,
ordinariamente los mandantes; luego sobre los autores secundarios; por fin, sobre los
cooperadores negativos. Si son varios los que han cooperado en el mismo grado de eficacia,
están obligados a reparar solidariamente en la misma medida.
Una cuestión que presenta especiales dificultades es la relacionada con la restitución por
defraudación de impuestos. Una cosa es cierta y es que los impuestos injustos no obligan en
conciencia y que, por razones del bien común, hay obligación moral de pagar los que son
justos. La dificultad está en discernir cuándo son realmente justos, sobre todo en caso de
gobiernos totalitarios de una moral baja. Un verdadero cristiano se esforzará por darse
cuenta, de acuerdo con circunstancias concretas, qué sea lo más justo y cuidará de cumplirlos
con rectitud.
1

La reparación se debe hacer a la persona o al grupo de personas a las que se causó el daño. Si
esto no es posible, entonces se debe reparar a sus herederos o a sus acreedores y, así, en su
orden, a las personas o entidades más directamente afectadas por la injusticia cometida.
Cuando se está ante la obligación de restituir a varios y no hay la posibilidad de satisfacerlos a
todos, se debe comenzar por los más necesitados.
Quien injustamente tiene en su poder un bien ajeno, debe devolverlo a su legítimo dueño. En
caso de que lo haya perdido o de que el bien se haya deteriorado, debe restituir con otro
equivalente o con su valor en dinero. Además está obligado a una compensación por lo que el
bien retenido injustamente dejó de producir a su dueño.
Respecto al tiempo de la restitución, se debe tener en cuenta que ésta se debe hacer lo antes
posible y que diferirla sin razón constituye una nueva injusticia.
Excusa de la restitución, temporal o definitivamente, la imposibilidad física o moral, es decir,
una gran dificultad o grave incomodidad para hacer la restitución.
Para un poseedor de buena fe cesa la obligación de restituir cuando, hechas diligentemente las
averiguaciones para dar con el legítimo dueño, no ha sido posible lograrlo.

2.3.6. El caso de extrema necesidad

“Quien se encuentra en extrema necesidad tiene derecho a procurarse lo necesario tomándolo


de las riquezas de otros” (GS. 69).
Debido a que este proceder puede dar lugar a arbitrariedades, se debe tener presente que
solamente será lícito apropiarse de lo ajeno cuando se trate de verdadera necesidad y después
de haber acudido a otros medios para salir del caso de extrema necesidad, sin haber podido
lograrlo.
La legitimidad de este recurso se fundamenta en que en caso de extrema necesidad el derecho
primario a la vida que tiene quien se encuentra en tales condiciones está por encima del
derecho que el otro tiene a sus bienes.
Se puede afirmar que hay extrema necesidad cuando el sujeto ha acudido a los medios
posibles para salir de su necesidad, incluso a la petición de ayuda, y no lo ha logrado. En tal
caso la apropiación de lo ajeno lo emplearía como último recurso, y no se podría llamar a esto
robo, porque la persona en ese caso no está violando injustamente un derecho de otro, sino
simplemente usando un derecho que le corresponde en defensa de la vida.

2.3.7. La Compensación oculta


1

Consiste en satisfacer los propios derechos adueñándose ocultamente de algo que la persona
juzga razonablemente que le pertenece, cuando consta claramente que aquel a quien obliga
satisfacer esos derechos no quiere hacerlo.
La justicia legal no permite esa forma de compensación arbitraria, ya que su función es
precisamente impedir la arbitrariedad. Pero cuando el justo reclamo no es atendido o se prevé
que ha de causar grandes prejuicios, será lícito a la persona adueñarse ocultamente de lo que le
corresponde, pero con estas condiciones :
a) que el derecho sea cierto, no dudoso;
b) que se tenga necesidad de lo que se reclama;
c) que no se cause perjuicio injustificado a un tercero, como sería el caso de crear en torno a él
sospechas o calumnias;
d) que el provecho por la compensación justifique realmente los riesgos a que la persona se
expone.

2.4. LA JUSTICIA EN LOS CONTRATOS

(Del catecismo de la Iglesia católica: 2419). -Las promesas deben ser cumplidas, y los
contratos rigurosamente observados en la medida en que el compromiso adquirido es
moralmente justo. Una parte notable de la vida económica y social depende del valor de los
contratos entre personas físicas o morales Así, los contratos comerciales de venta o compra,
los contratos de arriendos o de trabajo. Todo contrato debe ser hecho y ejecutado de buena fe
(Hasta auí el Catecismo).

El contrato es un convenio bilateral que tiene por objeto establecer una situación de derecho o
cambiarla. Considerado en su contenido moral, el contrato debe ser estimado como un servicio
en pro del bien común o como un servicio mutuo.
En general es materia apta para un contrato todo lo que puede ser del dominio de la persona y
está bajo la libre administración de los contratantes. Por derecho natural pueden contratar
quienes tengan uso de razón y capacidad suficiente para discernir sobre las diversas
circunstancias y fines del contrato.
Todo contrato impone una obligación moral de cumplirlo por razones de justicia, y el deber de
reparar por los daños causados por no cumplirlo culpablemente.
1

Cuando el contrato ha sido acompañado de juramento, además de las obligaciones de justicia


exige la de fidelidad impuesta por la virtud de religión, obligación que persiste aún en el caso
de que el deber jurídico haya sido anulado por medio de un juicio, excepto cuando el deber de
fidelidad moralmente no se puede mantener.
El contrato se debe cumplir de acuerdo con la intención que se tuvo al hacerlo y conforme
debe interpretarse según la costumbre y las circunstancias. Si en él se pone alguna condición,
al darse esa condición se hace valido y obligatorio. Las condiciones imposibles o inmorales
hacen que el contrato sea inválido tanto moral como jurídicamente. Además, para que el
contrato sea válido, debe reunir éstos requisitos :
-Que ambas partes estén en capacidad de contratar.
-Que el objeto sobre el cual recae el contrato sea apto para el intercambio.
-Que tanto por parte de las personas como del objeto haya licitud moral.
-Que la voluntad de contratar sea bilateral, lo mismo que el libre consentimiento.

Los contratos pueden ser de diversa naturaleza. Los más comunes en la actualidad son los
siguientes :
2.4.1. - Contrato de Trabajo

Por el contrato de trabajo, una persona se obliga en conciencia a prestar a otra un servicio o a
realizar una obra, y la otra persona se obliga a darle una justa remuneración, de alguna manera
estipulada en el mismo contrato.
El contrato de trabajo establece relaciones personales mucho más profundas que cualquiera
otra forma de contrato; de ahí que las mutuas obligaciones sean más estrictas. El trabajo
humano, afirma el Concilio Vaticano II, tiene la primacía sobre los demás elementos de la
vida económica, procede inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta las
cosas y las somete (GS. 67).
El contratante o patrono está obligado a defender al trabajador en el sitio de trabajo contra
peligros que amenacen su vida o su salud, como también a defender las buenas costumbres.
El trabajador debe ser tratado como persona; el patrono no puede imponer un trabajo o
servicio que exceda a sus capacidades, que no esté de acuerdo con su dignidad o condiciones
concretas, o que se oponga al cumplimiento de sus deberes familiares o religiosos. El
principal deber del patrono es pagar al trabajador el justo salario. Por su parte, el trabajador
debe obrar de tal manera que no perjudique a su patrono; si por su culpa el trabajo o servicio
no corresponde a salariol recibido, está obligado a restituir.
1

Para una adecuada apreciación del valor del salario justo hay que tener en cuenta que “la
remuneración del trabajo debe ser suficiente para permitir a cada persona y a su familia una
vida digna en el orden material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta las capacidades
de cada uno y el bien común” (GS. 67).
El trabajo nunca se puede separar de la persona, ni se puede medir con el mismo rasero con
que se miden las cosas. El patrono no puede buscar ganancia del trabajo del otro como tal.
Muchas veces el salario convenido en el contrato puede ser una gran injusticia. Cuando el
capital y el trabajo entran en conflicto, hay que atender primero a los derechos del trabajador,
que tiene mayor derecho al salario que el capitalista a sus dividendos.
Peca contra la justicia el Estado o clase social que, habiendo participado en la producción de
bienes comerciales, se apropia una porción de su producto que venga a constituir un bien
superfluo para ese estado o condición social, si al mismo tiempo otra condición social, que
también ha colaborado, queda sin lo necesario para una vida digna.
En principio todo trabajador aplicado, particularmente el que es cabeza de familia, tiene
derecho al salario necesario para sostenerse y sostener a su familia dignamente: esa es la justa
compensación de su rendimiento. Aún más, tiene el derecho a percibir lo suficiente para
formar un patrimonio que le permita asegurar su porvenir y el de su familia.
El trabajo es una actividad eminentemente humana que dignifica a la persona y que es
expresión de personalidad y de grandeza. No se le puede mirar como una mercancía, y se le
debe dar una preeminencia sobre el capital y la empresa.
La persona tiene derecho al trabajo, a buscarlo y a encontrarlo conforme a su dignidad y a sus
capacidades, como también, a tener por él una justa remuneración. Debe mirarlo como una
vocación y una misión especiales recibidas de Dios; como una fuente natural de adquisición
de bienes, que es base de un cierto grado de independencia y libertad.
Se trabaja o se hace algo para otros: El trabajo humano crea unidad y solidaridad entre las
personas; tiene, además, una proyección religiosa. La persona llena su existencia modificando
el mundo, y el trabajo da sentido y alegría a la vida. Dominar el mundo es hacerlo humano y
habitable, tarea encomendada por Dios a la persona humana.

2.4.2. Contrato de Compraventa

El contrato de permuta o compraventa, que se presenta en la vida diaria, ha de ser tal que
constituya un verdadero servicio recíproco y una contribución al bien común. Se llama
1

permuta cuando se trata de dar una cosa por otra, y compraventa cuando las cosas se dan a
cambio de dinero.
Una de las cosas más importantes que hay que tener en cuenta en la compraventa es la relativa
al precio justo. La norma más general al respecto está expresada en el principio de
equivalencia : lo que se da debe equivaler a lo que se recibe.
Atenta contra la moralidad del precio justo el fraude o engaño, con toda una gama de artificios
para alterarlo o para crear necesidades ficticias: competencia desleal, propaganda mentirosa,
abuso de monopolios, acaparamiento, etc.
Para determinar el precio justo es necesario tener en cuenta los gastos de producción, de
elaboración o transformación del artículo que se vende y una utilidad moderada para quien lo
vende, por razón del trabajo que emplea en él, como también por los gastos que demande el
mismo artículo para exponerlo a la venta. En épocas normales el precio mínimo y el máximo
del mercado deben oscilar dentro de éste marco, que se considera como moralmente justo, sin
que sea lícito apartarlo de allí. En épocas de crisis o calamidad nacional no es fácil sostener
éste sistema y corresponde, entonces, a las autoridades competentes, responsables de velar por
el bien común, determinar e imponer los precios que considere que son los justos, y evitar así
abusos que de suyo se presentan aprovechando la necesidad o la ignorancia; ese precio
determinado por leyes justas obligará en conciencia mientras no conste que sea abiertamente
injusto.
Hay cosas cuyo precio no se puede establecer con base en gastos de producción, y cuya
adquisición no es para satisfacer necesidad alguna, sino más bien por el atractivo que por ellas
se tiene, tales como antigüedades u objetos de arte. Su precio se determinará por la apreciación
que tengan los aficionados o peritos en la materia. En este campo, como en otros, no será
lícito abusar de la ignorancia del comprador o del vendedor.
La venta en pública subasta, llamada también remate, es lícita, cualquiera sea el precio en que
se concierte la venta, con tal que no haya fraude ni violencia. En tal caso se considera como
justo el último valor que se ofrece y sobre el cual se concierta el remate.
En materia de compraventa hay que tener en cuenta que exigir un valor notablemente superior
al justo, obliga a la restitución, pues en tal caso claramente se trata de fraude, engaño o usura.

2.4.3. Contrato de Arrendamiento.

Se llama arrendamiento el contrato por el cual una persona, llamada arrendador, concede a
otra, llamada arrendatario, el uso de una cosa por determinado precio y por un tiempo
1

convenido entre las partes. Este contrato es justo si entre el uso del bien que se arrienda y el
precio exigido por éste hay igualdad o equivalencia.
El arrendador está obligado a mantener la cosa arrendada en condiciones que correspondan al
uso conveniente que debe hacer de ella el arrendatario, a hacer las reparaciones que sean del
caso, a mantener al arrendatario en el goce pacífico de lo arrendado por todo el tiempo
convenido, a no variar las condiciones de la cosa arrendada sin el consentimiento del
arrendatario, y a otras condiciones estipuladas al hacer el contrato. Por su parte el arrendatario
está en el deber de conservar diligente y cuidadosamente la cosa arrendada, a pagar a su
debido tiempo el precio convenido y a devolver el bien a su dueño una vez cumplido el plazo
del contrato. El culpable incumplimiento de uno de éstos deberes por parte de cualquiera de
los contratantes no solamente constituye una falta contra la justicia, sino que también autoriza
a la otra parte para rescindir el contrato.

2.4.4. Contrato de Préstamo.

Actualmente este contrato consiste propiamente en ceder un valor a otro, ordinariamente en


dinero, para que él haga uso de ese valor y después de un tiempo determinado lo devuelva a su
dueño con un interés estipulado, que debe ser justo. Las razones que justifican el interés
exigido por el préstamo son ésta :
a). Por lo que el valor que se presta deja de producir a su dueño, lo cual recibe el nombre de
“lucro cesante”, durante el tiempo que esté en poder del deudor.
b). Por lo que el valor que se presta de hecho queda expuesto a dificultades para recuperarlo, y
aún hay la posibilidad de que se pierda.
c). Por la constante devaluación del dinero, sobre todo en épocas de crisis.
En el Antiguo Testamento no se permitió al pueblo de Israel cobrar intereses por un préstamo
hecho a uno de los miembros del pueblo, pero sí se permitió recibir interés de los extraños :
“No prestarás a interés a tu hermano, ya se trate de crédito de dinero, o de víveres, o de
cualquier otra cosa que produzca interés. Al extranjero podrás prestarle a interés, pero a tu
hermano no le prestarás a interés, para que Yahveh tu Dios te bendiga en todas tus empresas,
en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión” (Dt. 23, 20-21).
Hasta la aparición de la encíclica Quadragesimo anno la Iglesia no permitió a los cristianos
cobrar interés, lo cual se apoyó en estas palabras del Evangelio : “Si prestáis a aquellos de
quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis?, también los pecadores prestan a los pecadores
para recibir lo correspondiente” (Lc. 6,34). De hecho estas enseñanzas siguen teniendo toda
1

su fuerza, pues habla de prestar bienes materiales o dinero a quienes se encuentran en


necesidad, pero actualmente los préstamos tienen un sentido diferente, ya que el dinero
prestado a negociantes reporta a éstos un producto considerable.
Los préstamos hechos a manera de capital rentable a empresarios, a un interés moderado,
constituye una cuestión moral diferente de lo que representa un préstamo para ayudar a quien
se encuentra en necesidad.
El interés como incentivo para el ahorro tiene su importancia para el debido desarrollo en la
industria y el comercio y para crear fuentes de trabajo: Es la justa recompensa a la renuncia a
un lucro inmediato.
Para determinar las tasas de interés es necesario tener en cuenta, entre otras cosas, el índice
de inflación y su repercusión en el desarrollo económico. A lo que hay que prestar mucha
atención es a los abusos que fácilmente se presentan.

2.4.5. Contrato de Sociedad

Es un contrato por el cual dos o más personas se obligan a poner en común dinero o una
industria con el compromiso de partir entre ellos las ganancias. Este contrato de suyo es lícito
y útil al bien común, con tal que sea honesto, que se ajuste a las normas de la equidad, es
decir, que en la distribución de las ganancias o las pérdidas corresponda a cada uno lo que es
de justicia.

2.4.6. - Contrato de Cambio

Propiamente se refiere al cambio de monedas de una nación a otra con algunas ganancias para
el cambista. Es un contrato consensual de suyo lícito y necesario en la vida social, siempre y
cuando la ganancia no exceda el lucro justo determinado por la ley.

2.4.6. Contrato aleatorios.

(Del Catecismo de la Iglesia Católica: 2413).- Los juegos de azar o las apuestas no son en sí
mismos contrarios a la justicia. No obstante, resultan moralmente inaceptables cuando privan a
las persona de lo que les es necesario para atender a sus necesidades o las de los demás. La
pasión del juego corre el peligro de convertirse en una grave servidumbre. Apostar
injustamente o hacer trampas en los juegos constituye una materia grave, a no ser que el daño
1

infligido sea tan leve que quien lo padece no pueda razonablemente considerarlo significativo
(Hasta aquí el Catecismo).

Se llaman aleatorios aquellos contratos cuyo éxito para cualquiera de las partes depende de un
acontecimiento incierto (del latín alea = suerte). Como principio general, puede afirmarse que
estos contratos son lícitos, siempre que reúnan estas condiciones:
a).- Que la incertidumbre del éxito sea igual para las partes.
b).- Que no haya fraude ni engaño alguno.
c).- Que no haya ocasión de escándalo.
d).- Que haya proporción entre el precio que se paga y las posibilidades de lucro.

Los contratos aleatorios más comunes son: el seguro, el juego, la apuesta, la lotería.
Por el contrato de seguro una de las partes se obliga por determinado precio a compensar los
daños inciertos que por causa fortuita o de fuerza mayor pueda sufrir la otra parte en su
persona o en sus bienes. Si reúne las debidas condiciones de honestidad y de honradez, es un
contrato lícito, útil y conveniente para el bien común.
El contrato de juego consiste en que los jugadores convienen en adjudicar al ganador un
premio o una cantidad de dinero que ha sido reunida con la contribución de todos. Si es
moderado, nada tiene por sí mismo de ilícito o inmoral, sobre todo si se toma como recreativo.
Pero cuando entra el afán de lucro fácilmente se vicia por avaricia, ociosidad, escándalo,
fraudes, origen de riñas, etc.
La apuesta, que consiste en un contrato por el cual dos o más contendientes sobre la verdad
de una cosa o sobre un suceso futuro, se comprometen mutuamente a otorgar un premio a
quien acierte. Se rige por las mismas normas del juego.
La lotería es un contrato por el cual se compra por un precio módico la posibilidad de obtener
el premio que se ha de sortear entre muchos. A esta especie de contrato se equipara la rifa. Es
un contrato lícito con tal que no haya fraude y que exista proporción entre lo que se ha de
recaudar y el premio que se ofrece. Muchas veces se toma como medio para contribuir al bien
común.

2.5 ACTITUD CRISTIANA FRENTE A LOS SISTEMAS ECONÓMICOS.

El cristiano debe tener siempre presente que los bienes materiales no son fines sino medios, y
que debe buscarlos en tanto cuanto le sirvan para cumplir la misión que le ha sido
1

encomendada por el Señor y, por tanto, en cuanto el empleo de esos bienes corresponda a la
intención de Dios al crearlos.

Los bienes y las riquezas del mundo, afirma Puebla, por su origen y naturaleza, según la
voluntad del Creador, son para servir efectivamente a la utilidad y provecho de todos, y a cada
uno le compete un derecho primario y fundamental, absolutamente inviolable, de usar
solidariamente de esos bienes, en la medida de lo necesario, para una realización digna de la
persona humana. Todo los demás derechos, también el de propiedad y libre comercio, le están
subordinados. Los bienes de la tierra se convierten en ídolo y en serio obstáculo para el Reino
de Dios cuando la persona concentra toda su atención en tenerlos o aun en codiciarlos: es
decir, cuando se vuelven absolutos. La riqueza absolutizada es obstáculo para la verdadera
libertad. Estas idolatrías se encuentran en dos formas opuestas que tienen una misma raíz: el
capitalismo liberal y el colectivismo marxista; ambos son formas de lo que puede llamarse
“injusticia institucionalizada” (Puebla 492-496).

Ni el capitalismo liberal, ni el colectivismo marxista pueden ser aceptables para el cristiano


como sistema económico, pues tanto el uno como el otro están marcados por el pecado, atenta
contra la dignidad de la persona humana, ya que el capitalismo liberal tiene como presupuesto
la primacía del capital, su poder y su discriminatoria utilización en función del lucro; y el
colectivismo marxista mira más bien al hombre colectivo y en la práctica se traduce en una
concentración totalitaria del poder del Estado. Ambos constituyen estructuras generadoras de
injusticia y viven un ateísmo práctico, pues se inspiran en humanismos cerrados a toda
perspectiva trascendente: el uno por su ateísmo práctico, y el otro por la profesión sistemática
de un ateísmo militante: el uno es una idolatría de la riqueza en su forma individual; el otro es
también idolatría de la riqueza en forma colectiva.

El liberalismo económico, de praxis materialista, presenta una visión del hombre al servicio de
la sociedad de consumo. Para él la dignidad de la persona humana consiste en la eficiencia
económica y en la libertad individual; se ciega a las exigencias de la justicia social y se coloca
al servicio del imperialismo internacional del dinero.

El colectivismo marxista sustituye la visión individual de la persona humana por una visión
colectivista; para él la meta de la existencia humana se fija en el desarrollo de las fuerzas
materiales de producción. La persona en cierta manera, despojada de su individualidad, de su
1

arbitrio, recibe las normas de comportamiento únicamente de quienes se constituyen en


responsables del cambio de las estructuras socio-político-económicas. Desconoce los derechos
de la persona humana, especialmente el derecho a la libertad religiosa (cf. Puebla 92. 550. 437.
546. 312. 313. 542. 543):

El nuevo humanismo cristiano proclamado por la Iglesia, afirma Puebla, que rechaza toda
idolatría, es el que permitirá a la persona hallarse a sí misma, asumiendo los valores del amor,
de la amistad, de la oración y de la contemplación. Así podrá realizar en toda su plenitud el
verdadero desarrollo como paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones más
humanas. De este modo se planificará la economía al servicio del hombre y no el hombre al
servicio de la economía. Será ésta la única manera de que el “tener” no ahogue al “ser”
(Puebla 457; cf. PP 20. 34; GS 35).

3. JUSTICIA Y POLÍTICA

La política, en su sentido más amplio, mira al bien común. Le corresponde, según Puebla,
precisar los valores fundamentales de toda comunidad, conciliando la igualdad con la libertad,
la autoridad pública con la legítima autonomía, la soberanía nacional con la convivencia y
solidaridad internacional (Puebla 521).

Según el Concilio Vaticano II, la mejor manera de llegar a una política en verdad humana es
desarrollando el sentido interior de la justicia, de la bondad y del servicio al bien común,
robusteciendo las convicciones fundamentales sobre la verdadera índole de la comunidad
política y su finalidad, lo mismo que el recto ejercicio y los límites de a autoridad política (GS
73).

La comunidad política nace de la búsqueda del bien común y en éste encuentra su plena
justificación y su sentido (GS 74). La política es una de las realidades que brotan de la misma
condición humana; es una dimensión de la condición social de la persona humana, que está a
la base de la comunidad social y de la organización política. La misma persona asume la
política y se sirve de ella, pero la trasciende. La vida política está al servicio de la persona en
su valor de destino personal y trascendente.
1

La exigencia de la comunidad política está indicada por su finalidad, que no puede ser otra que
el bien común; fuera de éste la comunidad política no tiene sentido ni justificación; se
convierte en un instrumento de dominación de unos hombres por otros.
La consecución del bien común exige necesariamente la existencia de una autoridad que
coordine los esfuerzos de las personas y de los diversos grupos y los haga converger hacia ese
bien común, y esto no de una manera mecánica, sino en un sentido de libertad y de
responsabilidad.

La política debe ser obra de todos cuantos integran la comunidad política. Las exigencias
morales de la participación se pueden concretar especialmente en el derecho y deber de
cooperar, como exigencia de la dignidad humana, en el establecimiento de los fundamentos
jurídicos de la comunidad, de tal manera que las estructuras político-jurídicas estén en
condiciones de ofrecer a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna, posibilidades
efectivas de tomar parte libre y activamente.

3.1 VISIÓN CRISTIANA DE LA POLÍTICA

(Del Catecismo de la Iglesia Católica: 1897 a 1904).


1897.- “Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima
autoridad, que defiendan las instituciones y congreguen, en la medida suficiente, su actividad
y sus desvelos al provecho común del país” (Ps 46).
Se llama autoridad la cualidad en virtud de la cual personas o instituciones, dan leyes y
órdenes a los hombres y esperan la correspondiente obediencia.

1898.- Toda comunidad humana necesita una autoridad que la rija (cf. León XIII, enc.
“Inmortale Dei”; enc. “ Diuturnum illud”). Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana.
Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea
posible el bien común de la sociedad.

1899.- La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios: “sométanse todos a las
autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen,
por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se revela contra el
orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación" (Rm. 13, 1-2; cf. 1P
2,13-17).
1

1900.- El deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores
que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a
las personas que la ejercen.

1901.- Si la autoridad responde a un orden fijado por Dios, “la determinación del régimen y la
designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos” (GS 74,
3). La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan
el bien legítimo de la comunidad que los adopta. Los regímenes cuya naturaleza es contraria a
la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden
realizar el bien común de las naciones en las que se han impuesto.

1902.- La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de


manera despótica, sino actuar para el bien común como una “fuerza moral, que se basa en la
libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido” (GS 74,2).
La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo
cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna. En la medida que ella se
apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley;
sería más bien una forma de violencia (S. Tomás de A. S. Th. 1-2. 93,3 ad 2).

1903.- La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión
y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos. Si los dirigentes proclaman leyes
injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en
conciencia. “En semejante situación la propia autoridad se desmorona por completo y se
origina una iniquidad espantosa” (PT 51).

1904.- “Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de
competencia que lo mantengan en su justo límite. Es este el principio del ‘estado de derecho’
en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres” (CA 44). (Hasta aquí
el Catecismo).

El poder político constituye el vínculo natural y necesario para asegurar la cohesión del cuerpo
social. Debe tener como finalidad la realización del bien común y obrar en el respeto de las
legítimas libertades con el fin de crear eficazmente y en provecho de todos las condiciones
1

requeridas para lograr el bien auténtico e integral de la persona, incluso su fin espiritual. De
acuerdo con su propia vocación, el poder político debe saber desligarse de intereses
particulares para enfocar su responsabilidad hacia el bien de todos, aun rebasando las fronteras
nacionales.

La política es un aspecto, aunque no el único, que exige vivir el compromiso cristiano al


servicio de los demás. Los cristianos, aún reconociendo su autonomía de la realidad política,
se deben esforzar por buscar una coherencia entre sus opiniones dentro de su acción política y
el Evangelio y, dentro de un legítimo pluralismo, poder dar testimonio, personal y
comunitario, de la seriedad de su fe, mediante un servicio eficaz y desinteresado en beneficio
de los demás (cf. OA 46).

Es una exigencia de la dignidad humana que las personas tomen parte activa en la vida
pública, aun cuando las formas de esa participación están necesariamente condicionadas al
grado de madurez humana alcanzado por la comunidad política de la que son miembros (cf.
PT 73-74).

3.2. EL ESTADO Y LA COMUNIDAD POLÍTICA.

La estructura y el funcionamiento de los poderes públicos deben estar de acuerdo con las
situaciones históricas de las respectivas comunidades políticas. Corresponde a las exigencias
de la naturaleza de la persona humana una organización juridico-política que se funde en una
conveniente división de los poderes, en correspondencia con las tres funciones específicas de
la autoridad pública.

Para que la organización jurídico- política de las comunidades humanas aporte sus ventajas
que le son propias, es indispensable que los poderes públicos ejerzan su competencia ordinaria
y resuelvan los problemas extraordinarios con aplicación de métodos y medios adecuados,
según el nivel de desarrollo alcanzado por la sociedad.
Esto requiere que la rama legislativa, en el incesante cambio de situaciones, se mueva siempre
en el ámbito del orden moral y de las normas constitucionales, e interprete objetivamente las
exigencias del bien común; que la rama ejecutiva aplique las leyes con prudencia y pleno
conocimiento de las mismas, y que la rama judicial administre la justicia con imparcialidad
inflexible frente al tráfico de presiones e intereses, cualesquiera que sean.
1

Las personas investidas de autoridad, para ser fieles a la ordenación jurídica y para poder estar
abiertas a las exigencias de la vida social, deben tener ideas claras sobre la naturaleza y
amplitud de sus deberes, ser personas de gran equilibrio práctico para interpretar con
objetividad los casos concretos y tener la voluntad decidida de obrar a tiempo y con eficacia
(PT. 68.69. 72).

Para el equilibrio de las interferencias de intereses entre los individuos y sus asociaciones
dentro de la población de un territorio es menester una autoridad que esté dotada de los
poderes necesarios. El Estado es la comunidad, de orden político, que posee esa autoridad con
poderes o facultades, teniendo en cuenta que solamente le corresponde la función política en la
sociedad por cuanto la población le ha confiado el aseguramiento jurídico de las mejores
condiciones para la convivencia de la misma población.

El Estado debe su origen al hecho de que dentro de la población que vive en su territorio
surgen por naturaleza diversas relaciones que necesitan de regulación jurídica, y a que para
lograr este fin debe surgir una autoridad dotada de los poderes necesarios; en este sentido el
Estado tiene su razón de ser en la naturaleza social de las personas humanas, y no en el
arbitrio de quienes lo fundan ( cf. PT 54; GS 74).

En particular, incumbe a la autoridad estatal representar los intereses de la comunidad política


y de sus ciudadanos en las transacciones internacionales. En el interior de la misma
comunidad política debe realizar de manera imparcial e insobornable la justicia y fomentar el
bienestar de los ciudadanos en el campo social, económico, cultural y sanitario.

La función del poder estatal tiene especialmente estos límites :

a) El Estado no es un fin en sí mismo, sino que está al servicio de la persona humana. Y


como la persona en todas sus actuaciones está ligada al orden que le es impuesto por su
destino fundamental, las líneas morales universales directrices rigen también para el orden
político (cf. PT 47, GS 74, LG 36, AA 14).
b) La ley moral exige al representante del poder civil que respete los derechos personales de
los ciudadanos, quienes también están ligados por deberes (cf. GS 75). Por eso el Estado no
1

puede restringir la libertad de los individuos, sino cuando éstos abusan de su libertad en daño
de los demás.
c) Nada puede el Estado exigir al ciudadano contra la conciencia de éste o contra el orden
moral.
d) Debe respetar de modo particular las comunidades de carácter religioso, por tratarse de un
valor superior a todos los demás (LG 36; DH 1-15).

Para lograr los objetivos de promover el bien común y velar por él, el Estado necesita de leyes
que regulen su actuación y la de los miembros de la comunidad política. Estas leyes, para que
tengan fuerza moral, se requiere que sean legítimas. Entre ellas tienen especial importancia
las relacionadas con la moralidad pública, con la seguridad nacional y con los impuestos.
La autoridad civil tiene el grave deber de salvaguardar la moralidad pública en todos los
campos de la vida social, lo cual no debe ser considerado como una injusta limitación de la
libertad, sino como uno de los aspectos particularmente importantes del bien común.
La seguridad nacional es necesaria a toda organización política. La convivencia fraterna
misma necesita de un sistema de seguridad que debe ser garantizado por la fuerza pública.
Pero esta seguridad, necesaria para la defensa de los derechos de los ciudadanos y para la
convivencia entre ellos, no debe ser confundida con las “teorías” de la seguridad nacional” que
pone al individuo al servicio ilimitado de una supuesta guerra total contra los conflictos
culturales, sociales, políticos y económicos, frente a lo cual se limitan las libertades
individuales. Bajo este aspecto la “seguridad nacional” se presenta como un absoluto sobre
las personas y en nombre de ella se institucionaliza la inseguridad de los individuos (cf.
Puebla 314) .
El sistema de seguridad, en su recto sentido, es necesario para imponer el respeto de un orden
social justo que permita a todos cumplir su misión respecto al bien común, lo cual exige que
las medidas de seguridad estén bajo el control de un poder independiente, capaz de juzgar
sobre las violaciones de la ley y de garantizar medidas que las corrijan (cf. Puebla 584).
Por ser la cultura un aspecto muy importante del bien común, el Estado tiene el deber de
promoverla, tutelarla y defenderla mediante leyes adecuadas (cf. Puebla 386. 387, GS 53).
Los impuestos deben ser entendidos como una contribución de los ciudadanos a la vida
nacional y, más concretamente, al bien común. El Estado, al exigir los impuestos, no
solamente se debe proponer el fin fiscal de procurarse los medios para sus gastos necesarios,
sino también, dentro de una ordenada política social, evitar las tensiones entre los exagerados
ingresos de los más fuertes y los pocos o nulos ingresos de los más débiles. Las leyes
1

tributarias que sean realmente justas obligan en conciencia (cf. Mt. 22, 21 Rm. 13,6-7, GS
30). De esto se sigue que de la culpable defraudación de impuestos nace el deber de restituir.
Al Estado solamente le será lícito emplear el producto de los impuestos para fines de bien
común. La misma razón de bien común exige que se eviten impuestos en tal cuantía que
debiliten la fuerza económica y paralicen el espíritu de empresa. El mismo bien común exige
también la recta distribución de los impuestos, graduada según la capacidad de prestación de
los ciudadanos

3.3. EL BIEN COMÚN : RAZÓN DE SER DE LA POLÍTICA

(Del Catecismo de la Iglesia Católica : 1905 a 1917). - 1905.- Conforme a la naturaleza


social del hombre, el bien de cada cual está necesariamente relacionado con el bien común.
Este sólo puede ser definido con referencia a la persona humana :
No viváis aislados, cerrados en vosotros mismos, como si estuvieseis ya justificados, sino
reuníos para buscar juntos lo que constituye el interés común (Bernabé, ep. 4, 10).

1906. - Por bien común, es preciso entender “el conjunto de aquellas condiciones de la vida
social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y
fácilmente su propia perfección” (GS 26, 1, cf. GS 74, 1). El bien común afecta a la vida
de todos. Exige la prudencia por parte de cada uno, y más aún por la de aquéllos que ejercen
la autoridad. Comporta tres elementos esenciales :

1907. - Supone, en primer lugar, el respeto a la persona en cuanto tal. En nombre del bien
común, las autoridades están obligadas a respetar los derechos fundamentales e inalienables de
la persona humana. La sociedad debe permitir a cada uno de sus miembros realizar su
vocación. En particular, el bien común reside en las condiciones de ejercicio de las libertades
naturales que son indispensables para el desarrollo de la vocación humana: “derecho a...actuar
de acuerdo con la recta norma de su conciencia, a la protección de la vida privada y la justa
libertad, también en materia religiosa” (GS 26, 2).

1908. - En segundo lugar, el bien común exige el bienestar social y el desarrollo del grupo
mismo. El desarrollo es el resumen de todos los deberes sociales. Ciertamente corresponde a la
autoridad decidir, en nombre del bien común, entre los diversos intereses particulares; pero
debe facilitar a cada uno lo que necesita para llevar una vida verdaderamente humana:
1

alimento, vestido, salud, trabajo, educación y cultura, información adecuada, derecho de


fundar una familia, etc. (Cf. GS 26, 2).

1909.- El bien común implica, finalmente, la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un


orden justo. Supone, por tanto, que la autoridad asegura, por medios honestos, la seguridad de
la sociedad y la de sus miembros. El bien común fundamenta el derecho a la legítima
defensa individual y colectiva.

1910.- Si toda comunidad humana posee un bien común que la configura en cuanto tal, la
realización más completa de este bien común se verifica en la comunidad política.
Corresponde al Estado defender y promover el bien común de la sociedad civil, de los
ciudadanos y de las instituciones intermedias.

1911.- Las interdependencias humanas se intensifican. Se extienden poco a poco a toda la


tierra. La unidad de la familia humana que agrupa a seres que poseen una misma dignidad
natural, implica un bien común universal. Este requiere una organización de la comunidad de
naciones capaz de “proveer a las diferentes necesidades de los hombres, tanto en los campos
de la vida social, a los que pertenecen la alimentación, la salud, la educación... como no pocas
situaciones particulares que pueden surgir en algunas partes, como son ... socorrer en sus
sufrimientos a los refugiados dispersos por todo el mundo o de ayudar a los emigrantes y a sus
familiares” “(GS 84, 2).

1912.- El bien común está siempre orientado hacia el progreso de las personas: “El orden
social y su progreso deben subordinarse al bien de las personas... y no al contrario” (GS 26,
3). Este orden tiene por base la verdad, se edifica en la justicia, es vivificado por el amor.

RESPONSABILIDAD Y PARTICIPACIÓN . 1913.- La participación es el compromiso


voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales. Es necesario que todos
participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien
común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana.

1914.- La participación se realiza ante todo con la dedicación a las tareas cuya responsabilidad
personal se asume: por la atención prestada a la educación de su familia, por la
1

responsabilidad en su trabajo, el hombre participa en el bien de los demás y de la sociedad (cf.


CA 43).

1915.- Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública. Las
modalidades de esta participación pueden variar de un país a otro o de una cultura a otra. “Es
de alabar la conducta de las naciones en las que la mayor parte posible de los ciudadanos
participa con verdadera libertad de la vida pública” (GS 31, 3).

1916.- La participación de todos en la promoción del bien común implica, como todo deber
ético, una conversión, renovada sin cesar, de los miembros de la sociedad. El fraude y otros
subterfugios mediante los cuales algunos escapan a la obligación de la ley y a las
prescripciones del deber social deben ser firmemente condenados por incompatibles con las
exigencias de la justicia. Es preciso ocuparse del desarrollo de instituciones que mejoran las
condiciones de la vida humana (cf. GS 30, 1).

1917.- Corresponde a los que ejercen la autoridad reafirmar los valores que engendran
confianza en los miembros del grupo y los estimulan a ponerse al servicio de sus semejantes.
La participación comienza por la educación y la cultura. “Podemos pensar, con razón, que la
suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las
generaciones venideras razones para vivir y para esperar” (GS 31,3). - (Hasta aquí el
Catecismo).

Justicia y bien común marchan unidos. La ordenación de la sociedad que permita el desarrollo
perfecto de la persona humana da origen a una situación de bien común y de justicia.
El bien común, mirado desde la perspectiva del principio de totalidad, comprende no
solamente los bienes de carácter económico, sino también los valores sociales, familiares,
culturales y políticos (cf. JEC 190 - 195). En él deben participar todos los miembros de una
comunidad, aunque en diversos grados según las condiciones y posibilidades de cada uno.
Alcanza a toda la persona tanto en su aspecto corpóreo, como en su realidad espiritual.

Toda convivencia humana tiene su fundamento en el bien común, en la realización cada vez
más plena de la común dignidad, lo cual exige no instrumentalizar a unos en favor de otros y
estar dispuestos aún a sacrificar bienes particulares en aras del mismo bien común (cf. PT 56-
59, PP 22-24; Puebla 317).
1

Lo que los individuos por sí solos no logran alcanzar plenamente, lo pueden conseguir varios
individuos unidos; de lo que se sigue que la convivencia y colaboración con los demás, por las
que la persona puede sobrepasar sus límites para realizar su plenitud, es algo que pertenece a
la naturaleza humana: el hombre es un ser social por naturaleza y solamente como tal puede
alcanzar su destino; no puede vivir y desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás
(cf. GS 26; DH 6).
El bien común no se alcanza por la suma de todos los bienes particulares, sino por la
armonización de los intereses particulares entre sí; esta tarea de buscar el equilibrio y la
armonía corresponde a la autoridades establecidas por la comunidad (cf. GS 4.26.30).

La autoridad, en cumplimiento de su función, debe estar atenta a que la comunidad esté al


servicio del mejor desenvolvimiento posible de sus miembros y solamente puede restringir la
libertad de éstos en la medida en que ello sea necesario para el equilibrio de intereses. Debe,
además, ofrecer la ayuda para que la persona sea dueña de sí misma, de acuerdo con el
principio de subsidiaridad, que exige que una entidad superior no haga por otra inferior lo que
ésta está en condiciones de realizar por sí misma, puesto que toda persona tiene derecho de ser
protagonista de su propio destino (cf. JEC 181-189). Toda actividad social en su esencia es
subsidiaria; debe apoyar a los miembros del cuerpo social, pero nunca absorberlos ni
destruirlos (cf. MM 53.152; GS 86; LE 2).

En torno al bien común, con toda la importancia que tiene, es necesario tener presente que
solamente en un mismo plano de valores se puede admitir el principio : “El bien común por
encima del bien particular”. Es cierto que la comunidad tiene derecho a exigir a uno de sus
miembros un sacrificio cuando sea necesario para el bien de la misma comunidad, siempre y
cuando el bien que se pida y el bien que favorezca a la comunidad estén en un mismo orden de
valores, pero no será lícito exigir el sacrificio de un bien superior por favorecer un bien
inferior. Por ejemplo, no se puede pedir el sacrificio de la vida de una persona por un valor
material de la comunidad. En ningún caso será lícito exigir a un miembro de la comunidad
que viole el orden moral por el bien de la misma comunidad, puesto que con ello la
comunidad obraría en contra de su propia misión, que es estar al servicio del desenvolvimiento
moral de la persona (cf. Pío XII, DRM. III, 404; IV, 324-325).

3.4. - DEBERES DE LOS PODERES PÚBLICOS


1

Los poderes públicos tienen, ante todo, el deber de reconocer los derechos de la persona
humana, respetarlos, tutelarlos, promoverlos y armonizarlos, como también contribuir a que
cada uno cumpla fácilmente sus propios deberes. Si los magistrados no reconocen los
derechos de los demás o los atropellan, no solamente faltan a su deber, sino que también
carecen de obligatoriedad lo que ellos prescriben.
Quienes llevan la dirección de un estado tiene el deber de regular y armonizar las relaciones
con que unas personas están vinculadas a otras en la sociedad, con el cuidado de que los
ciudadanos al defender sus propios derechos no obstaculice el ejercicio de los derechos de los
demás. Además, cuidar de que cuando haya una violación en el logro de un efectivo
equilibrio de los derechos de todos, se siga la inmediata y adecuada reparación.

Como una exigencia del bien común, los poderes públicos deben contribuir positivamente a la
creación de un ambiente humano en el que a todos los miembros del cuerpo social se les haga
posible y se les facilite el ejercicio de sus derechos, como también el cumplimiento de sus
respectivos deberes (cf. PT 60-63).
Hay que tener en cuenta que el Estado no es un fin en si mismo y que la persona no existe para
el Estado, sino el Estado para la persona, que tiene un destino personal que trasciende todo lo
terreno. Tanto la persona como la familia tiene derechos inalienables que el Estado no debe
usurpar. Este debe respetar y proteger no solamente a la persona y a la familia, sino también a
las organizaciones sociales que tiendan al bien común.

Finalidad del Estado es velar por la paz y el orden, proteger la justicia y la prosperidad . Nada
de cuanto se oponga al derecho natural o a la divina revelación, aunque sea establecido por
leyes del Estado, puede tener fuerza de ley.
El Estado tiene que admitir su incompetencia en cuestiones religiosas y morales. En aras del
bien común debe reconocer la libertad religiosa, no como expresión de indiferencia frente a la
verdad, sino por respeto a la conciencia de los ciudadanos.

Deber especial del Estado es proteger a los débiles contra la arbitrariedad de los poderosos.
Debe promover el bien general, y por él y subordinado a él, también debe promover el bien
particular de los individuos. Le corresponde también vigilar el derecho de propiedad y
promover la cultura, distribuir equitativamente las cargas, obligaciones y servicios, teniendo
especialmente en cuenta, en lo posible, a los menos favorecidos social y económicamente en la
distribución de las ventajas. Debe fijar particular atención en lo referente a salubridad pública.
1

3.5. - DEBERES DE LOS CIUDADANOS

Los deberes ciudadanos se pueden catalogar en éstos tres aspectos: deberes para con la patria,
para con la forma de gobierno y para con los gobernantes.
a).- El deber fundamental para con la patria se resume en el amor a ella: lo que se ha llamado
patriotismo, y que se manifiesta en el amor de predilección sobre todas las demás naciones,
conciliable con el respeto debido a todas ellas y con la caridad universal. Este amor de
predilección a la patria se manifiesta en el respeto y honor a sus tradiciones, a sus signos y a su
historia; en el servicio, especialmente consistente en el fiel cumplimiento de sus leyes
legítimas; en el fiel y desinteresado desempeño de los cargos públicos, y en la leal
preocupación por su bienestar y progreso; en la defensa contra los enemigos de la patria tanto
internos como externos.
b).- En cuanto a la forma de gobierno, es deber de todos los ciudadanos respetar el régimen
establecido de hecho, aunque puede preferir otro que les parezca más conveniente, y aún
procurar su implantación por medios y procedimientos honestos. Es lícita y aún
obligatoria la resistencia pasiva y la desobediencia positiva a las leyes anticristianas de
cualquier poder tiránico e injusto. En circunstancias extremas pueden ser lícita y aún
obligatoria la rebelión armada para desposeer del mando a un tirano.
c).- En cuanto a los deberes para con los gobernantes, los ciudadanos deben tenerles respeto y
prestarles obediencia en todo cuanto se refiere al bien común. Al lado de la obediencia,
hay un deber de responsabilidad de todos los ciudadanos de trabajar, en la medida de las
posibilides, para que los poderes del Estado se orienten conforme a la ley de Dios.
-Especialmente en las democracias, uno de los aspectos más importantes de la responsabilidad
de los ciudadanos es el cumplimiento del deber electoral: Hay obligación en conciencia de
votar cada vez que con el voto se pueda ejercer un influjo favorable en beneficio del bien
común, particularmente de la religión y de la moral.

3.6.. RELACIONES ENTRE LAS COMUNIDADES POLÍTICAS.

(Del Catecismo de la Iglesia Católica : 1904).- “Es preferible que un poder esté equilibrado
por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite. Este
es el principio del ‘Estado de Derecho’ en el cual es soberana la ley y no la voluntad
arbitraria de los hombres” (CA 44). (Hasta aquí el Catecismo).
1

Las comunidades políticas también son sujeto de derecho y deberes, unas respecto de otras.
Es necesario que la ley moral que regula las relaciones entre las personas, regule también las
relaciones entre las comunidades políticas. La autoridad, necesaria en la sociedad según
exigencias del orden moral, y necesaria también en las relaciones entre las comunidades
políticas, no puede ser utilizada en contra del mismo orden moral; si se le emplea en contra de
este orden, deja por lo mismo de ser autoridad.

La verdad, por la cual han de estar regidas las mutuas relaciones entre las comunidades
políticas, exige que de dichas relaciones se elimine toda huella de racismo y que se reconozca
que las comunidades políticas, por dignidad y naturaleza, son iguales entre sí, de lo cual se
sigue para todas un mismo derecho a la existencia, al propio desarrollo, a los medios
necesarios para lograrlo, a la buena fama y a los debidos honores.

Las mutuas relaciones entre las naciones se deben estrechar mediante la acción solidaria de
todos y acudiendo a las múltiples formas de asociación. Para esto se debe tener presente que
la razón de ser de la autoridad pública está en promover el bien común de la propia comunidad
política, el cual a su vez no se debe separar del bien de toda la familia humana.

Las diversas comunidades nacionales al promover sus propios intereses no solamente deben
evitar perjudicarse unas a otras, sino que deben unir sus esfuerzos para la unidad y el progreso,
con el cuidado de que lo que sea ventajoso para determinadas naciones no resulte perjudicial
para otras.

Las normas de la libertad, a las cuales deben ajustarse las mutuas relaciones entre las
naciones, exigen que las unas no opriman ni esclavicen a las otras, ni intervengan
indebidamente en sus intereses. Todas deben ayudarse unas a otras a adquirir más plena
conciencia de sus funciones, a actuar con emprendedora iniciativa y ser en todos los campos
artífices de su propio progreso. Se requiere que las naciones más florecentes, al socorrer a las
más necesitadas, sean muy cuidadosas en respetar las características en instituciones de éstas,
y que se abstengan de cualquier intención de predominio.

Debido a que el bien común de todas las naciones propone cuestiones que interesan a todos los
pueblos, y a que tales cuestiones solamente puede afrontarlas una autoridad pública cuyo
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poder, formas e instrumentos sean suficientemente amplios, y cuya acción se extienda a todo
el mundo, por exigencias del orden moral se hace necesaria una autoridad pública sobre un
plano mundial, que se ha de crear ciertamente con el consentimiento de todas las naciones, y
en ningún caso debe ser impuesta a la fuerza. Y de la misma manera que no se puede juzgar
del bien común de cada nación sin tener en cuenta la persona humana, lo mismo se debe decir
de las conveniencias de todas las naciones. Por consiguiente, la autoridad pública universal
debe atender principalmente a que los derechos de la persona humana se reconozcan, se
respeten, se conserven y se desarrollen.

De igual manera que en cada nación es menester que las relaciones entre la autoridad pública y
los ciudadanos, las familias y las asociaciones intermedias se rijan por el principio de
subsidiariedad, es razonable que por el mismo principio se moderen las mediaciones que
median entre la autoridad pública mundial y las autoridades públicas de cada nación. A esa
autoridad mundial corresponde examinar y dirimir aquellos problemas que plantea el bien
común universal en el orden económico, social, político y cultural, que por su suma gravedad,
gran extensión o urgencia inmediata, se consideren superiores a las posibilidades que tienen
de resolverlos eficazmente las autoridades de cada nación por su cuenta.

La solidaridad mundial debe permitir a todos y cada uno de los pueblos llegar a ser por sí
mismos los artífices de su propio destino. Es menester procurar que se cree un clima en el cual
no solamente el poder público, sino también los individuos y las sociedades intermedias
puedan con mayor seguridad lograr sus objetivos, cumplir sus deberes y reclamar sus
derechos. Los pueblos más jóvenes o más débiles también tienen derecho a participar
activamente en la construcción de un mundo mejor, más respetuoso de los derechos y de la
vocación de cada uno (cf. PT 80.83.86.98 99.112, 120. 137- 141; PP 65).

3.7. - CONFLICTO Y VIOLENCIA

Hay conflictos cuando dos o más personas o entidades tienen intereses contrarios frente a una
misma realidad, o cuando se proponen llevar a cabo acciones mutuamente incompatibles,
cuando hay oposición de voluntades; también hay conflicto cuando una misma persona o
grupos de personas están ante concurrencia de deberes que no pueden ser realizados al mismo
tiempo, es decir, que para poder atender a uno tenga que desatender al otro. Rasgo
característico del conflicto es la relación de oposición.
1

Los conflictos se pueden presentar de modo latente ó manifiesto, pacífico o violento, suave a
intenso. Pueden ser de carácter social, político, cultural, económico o religioso. Se pueden
presentar por un sincero anhelo de justicia, o simplemente por un juego de intereses
personales o de grupos, a veces originados o sostenidos por diversas ideologías.

Cuando los conflictos lesionan el bien común se convierten en situaciones de injusticia y, por
tanto, en estado de pecado, particularmente cuando se recurre a la violencia, que se presenta
especialmente bajo esas formas:
a).- Estructural, cuando está inserta en estructuras sociales violentas, y actúa por esas
estructuras.
b).- De resistencia o rebelión, cuando se organiza como oposición a sistemas que se
consideran injustos.
c).- Bélica, cuando la violencia se utiliza partiendo de una pretendida legitimidad socio-
jurídica: su forma típica es la guerra.
d).- Subversiva ó terrorista, cuando se propone como fin la desestabilización de estructuras, o
simplemente con el fin de crear el caos, el terror y el desconcierto, con acciones de tipo
antisocial.

Es cierto que dentro de éstas formas de violencia hay unas más grave que otras, y que no se
puede dar un juicio moral que las abarque por igual a todas, pero siempre hay que tener en
cuenta que toda insurrección revolucionaria y violenta engendra nuevas injusticias, introduce
nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. (cf. PP 30 - 31)

La violencia estructural, en sus múltiples formas, tiene un carácter gravemente pecaminoso;


constituye una situación de pecado estructural , institucionalizado.
La violencia frente a un orden injusto establecido solamente puede ser moralmente admitida
en el caso de una tiranía evidente y prolongada que atente gravemente contra los derechos
fundamentales de la persona y dañe peligrosamente el bien común (cf. PP 31), con tal que el
recurso a la violencia se emplee como solución extrema.

Las formas de violencia subversiva, tales como el terrorismo y los secuestros, son inhumanas,
absurdas y sin justificación posible; gravemente pecaminosas: “De ningún modo se justifica el
crimen como camino de liberación” (Puebla 532). “La tortura física y sicológica, los
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secuestros, la persecución de desidentes políticos o de sospechosos, y la exclusión de la vida


pública por causa de las ideas, son siempre condenables. Si dichos crímenes son realizados
por la autoridad encargada de tutelar el bien común, envilecen a quienes los practican,
independientemente de las razones aducidas” (Puebla 531)”.

Respecto a la violencia en general, afirma el Papa Pablo VI que no es ni cristiana ni


evangélica, y que los cambios bruscos y violentos de las estructuras serán engañosos,
ineficaces en sí mismos y ciertamente no conformes con la dignidad del pueblo (discurso en
Bogotá, agosto 23 de 1968).

3.8.- COMPROMISO POLÍTICO DEL CRISTIANO

El compromiso político del cristiano debe ser de tal manera que no comprometa su fe y que
con su fe ilumine la política.
Según Puebla se distinguen dos conceptos de política y de compromiso político :
a).- La política en su sentido más amplio, que mira al bien común, que le corresponde precisar
los valores fundamentales de toda comunidad, conciliando la igualdad con la libertad, la
autoridad pública con la legítima autonomía y participación de las personas y grupos, la
soberanía nacional con la convivencia y la solidaridad internacional. En este sentido la
política interesa a toda la Iglesia, tanto a pastores como a fieles del pueblo de Dios
(Puebla 521).
b).- La realización concreta de ésta tarea política, que se hace normalmente a través de grupos
de ciudadanos que se proponen conseguir y ejercer el poder político para resolver las
cuestiones económicas, políticas y sociales según sus propios criterios o ideologías; en
este sentido se habla de política partidista, y éste es el campo propio de los laicos, a
quienes corresponde constituir y organizar partidos políticos, con ideologías y estrategias
adecuadas para alcanzar sus legítimos fines, para lo cual encuentran en la enseñanza social
de la Iglesia los criterios de valor, a la luz de la visión cristiana de la persona humana (cf.
Puebla 523-525).

Afirma el Concilio Vaticano II que los seglares, que en toda la vida de la Iglesia han de tomar
su parte activa, están no solamente obligados a impregnar el mundo de espíritu cristiano,
sino también llamados a ser testigos de Cristo en todo, desde el centro mismo de la
1

comunidad humana; y que el cristiano que descuida sus obligaciones temporales, falta a
sus deberes con el prójimo y con Dios y pone en peligro su salvación eterna (GS 43).

4.- JUSTICIA Y PAZ

4.1. EL DON DE LA PAZ

La promesa de la paz es el compendio de las promesas hechas por Dios a su pueblo, el legado
de Cristo a sus discípulos, a cuantos creen en él. Es un don de Dios, y todo el que lo recibe
con agradecimiento está en paz con Dios, se constituye en portador de éste don de la paz y se
entrega a la tarea de realizarla.
Cuando los que pertenecían al pueblo fiel de Dios del Antiguo Testamento saludaban con la
palabra shalom: paz, con ello ensalzaban al Dios de la paz y en cierta manera se comprometían
a ser instrumentos de paz.
Isaías anunció al Mesías como el “Príncipe de la Paz” : “Porque una criatura nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre ‘Maravilla
de Consejero, Dios Fuerte, siempre Padre, Príncipe de la Paz’” (Is 9,5).
Zacarías anunció que el Mesías proclamaría la paz: “El suprimirá los cuernos de Efraín y los
caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y El proclamará la paz a las
naciones” (Za 9, 10).
Miqueas identificó al Mesías como la paz: “El será la paz” (Mi 5,4).
Isaías señaló la paz como fruto de la justicia; “El producto de la justicia será la paz, el fruto
de la equidad, una seguridad perpetua” (Is 32,17), y proclamó la fidelidad del Señor a su
alianza de paz: “Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, más mi amor de tu
lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá”. (Is 54,10). El Mesías, con su persona,
pagará el precio de la paz: “El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras
culpas. El soportará el castigo que nos trae la paz” (Is 53,5).

La llegada de Cristo al mundo es celebrada con un canto de paz : “Gloria a Dios en las alturas
y en la tierra paz a los hombres en quienes El se complace” (Lc 2,14; ) Lo mismo su entrada
triunfal en Jerusalén, ya próximo a su muerte: “¡Bendito el Rey que viene en el nombre del
Señor! Paz en el Cielo y Gloria en las alturas” (Lc 19, 38).
Después de sanar a los enfermos, Jesús los despide con la paz: “Hija, tu fe te ha salvado, vete
en paz” (Lc 8,48); lo mismo hace cuando ha concedido el perdón de los pecados: “Los
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comensales empezaron a decirse para sí: "¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?’
Pero El dijo a la mujer : ‘Tu fe te ha salvado. Vete en paz" (Lc 7, 49-50).

La paz es un don que Cristo deja a sus discípulos: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy
como la da el mundo” (Jn 14,27.) Y es éste el saludo que el Señor resucitado da a sus
discípulos: "Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros’. Dicho esto
les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo
otra vez: ‘La paz con vosotros’. Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 19
21).

Repetidamente el apóstol San Pablo hace referencia a la paz junto con la gracia del Espíritu
Santo: “En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad,
fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley”.(Gá 5,22-23). “El reino
de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14,17-
18). “Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y
vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4,7). “Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los
que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque
El es nuestra paz: El que de los dos pueblos hizo uno, derrumbando el muro que los separaba,
la enemistad” (Ef. 2, 13-14).

Al compartir su paz con sus discípulos, Cristo, el Señor, los constituye mensajeros y
constructores de la paz y de la reconciliación. La norma de su Reino es la búsqueda de la paz;
llama dichosos a quienes trabajan por la paz: “Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios”. (Mt. 5,9).
La paz que da Cristo solamente El puede darla; el mundo no la puede dar, pues la paz que
ofrece el mundo es una paz ilusoria, engañosa: “Os dejo la paz, mi paz os doy, no os la doy
como la da el mundo” (Jn. 14, 27).

El ministerio y el mensaje confiado por Cristo a sus discípulos se puede sintetizar como
“evangelio de paz”: “Calzaos los pies con el celo por el Evangelio de la paz” (Ef. 6,15).
“Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca” (Ef.
2,17). “El ha enviado su palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz
por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos” (Hch. 10, 36).
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La justicia no solamente es el cambio que conduce a la paz, sino que también es su fruto:
“Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz” (St. 3, 18).
El Señor encomienda a sus discípulos la tarea de ofrecer la paz por doquier, con su palabra y
con su comportamiento: “En la casa en que entréis, decid primero: Paz a esta casa. Y si
hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará en él, si no, se volverá a vosotros” (Lc 10 , 5-
6).
4.2. LA TAREA DE LA PAZ

Cada persona de bien está llamada a construir la paz; a ser un instrumento de paz.
Naturalmente, esto solamente será posible en la medida en que la misma persona viva
interiormente éste don del Señor. Con mayor razón el cristiano, como discípulo de Cristo,
debe ser consciente de que tiene como misión y tarea ser mensajero de paz, misión que ha de
realizar, como toda misión cristiana, con su testimonio, en primer lugar, y luego, con su
palabra, que no puede ser otra que la palabra de Dios.

En el campo político la acción por la paz representa crear y mantener las condiciones que
hagan posible la paz, buscar las maneras de convencer a los grupos decisorios de que
solamente una auténtica política de paz puede contribuir realmente al bien común, como
también saber acudir al diálogo, la reconciliación, el prudente arbitraje, la paciente búsqueda
de relaciones más saludables. La política pacifista y las estructuras promotoras de la paz están
llamadas a buscar y hacer posible una nueva conciencia del valor y de la necesidad de la paz.
Se requiere de un esfuerzo sistemático y solidariamente unido para formar personas y
comunidades pacíficas. Una verdadera educación en la paz y para la paz debe estar
fundamentada en la convicción de que la paz es posible, es un don que hay que pedirlo al
único dador de paz: Es un valor y una necesidad. Para los cristianos la tarea de la educación
en la paz nace de la fe en la redención.

La experiencia de la paz de Cristo no es ajena al misterio de la cruz, hace parte del ser
discípulo e incluye la fe en la victoria de quienes, animados por el Espíritu de Cristo, son
capaces de vencer el egoísmo. Siempre será necesario tener en cuenta que una auténtica
educación en la paz no es conciliable con la injusticia.
Particularmente la iglesia tiene como misión ser sacramento de paz en el mundo y para el
mundo; lo será en la medida en que cada discípulo de Cristo se proponga ser un reflejo del
Espíritu y de la oración de San Francisco de Asís : “Señor, hazme instrumento de tu paz. Que
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donde reine el oído, siembre yo el amor; donde haya injuria, el perdón; donde haya duda, la fe;
donde haya desesperación, la esperanza; donde haya tristeza, el gozo; donde haya oscuridad, la
luz"

BIBLIOGRAFÍA

CATESISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA.


DOCTRINA PONTIFICIA, Documentos Sociales. BAC.
KARL HORMANN, Diccionario de Moral Cristiana, Herder.
F. COMPAGNONI Y OTROS, Nuevo Diccionario de Teología Moral, Ed. Paulinas.
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Documentos.

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CONFERENCIA EPISCOPAL LATINOAMERICANA, “Medellín” 1968.
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CONFERENCIA EPISCOPAL LATINOAMERICANA, “Sto. Domingo”, 1992.


CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA, LA Iglesia ante el cambio.
CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA, Justica y Exigencias Cristianas (JEC).