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CARLOS CHRISTIAN BUSTOS MOLINA

ABOGADO PUC - CHILE


La relación entre Universidad Católica y Sociedad Política en relación a la
generación de virtudes.
Doctrina Integritate y Vita Integritate.

1. Introducción.

¿Quiénes son los verdaderos idealistas, no los idealistas de la abstracción, sino de la vida; no del
cielo, sino de la tierra, y quienes son los materialistas? 1 Cuando, Mijail Bakunin planteó esta
pregunta, fue para poner en perspectiva ciertas ideas respecto del devenir histórico de Occidente
señalando, como un desorden grave la preminencia de cualquier tipo de abstracción por fuera de la
realidad material, de lo tangible. Esto es, explica Bakunin, debido justamente a que ese idealismo
desmesurado degeneraba en un materialismo que se valía sin más de la idea para la persecución y
logro de fines egoístas – materiales – como la mera acumulación de poder temporal y riquezas; en
definitiva una vil excusa para oprimir. Pero antes, claro está, nos muestra una cura para este mal: la
erradicación de la autoridad paternal y la creación de la escuela popular.

Esta escuela sin autoridad está concebida como “[…] academias populares, en las cuales no podrá
hablarse ya de escolares y de maestros, a donde el pueblo irá libremente a recibir, si lo considera
necesario, una enseñanza libre, y en las cuales, enriquecido por su experiencia, podrá enseñar a su
vez muchas cosas a los profesores que le proporcionarán los conocimientos que él no tiene. Será,
pues, una enseñanza mutua, un acto de fraternidad intelectual entre la juventud instruida y el
pueblo2”.

El remedio de la academia popular pondría fin a la transmisión de un conocimiento tan inútil como
nocivo, centrándose en la mera confrontación de experiencias y de técnica. Un conocimiento útil,
en cambio, a la revolución y a formas horizontales de poder. Según este planteamiento, si
pudiésemos ser capaces de distinguir universales morales de obligado acatamiento, esto solo
serviría para quedarnos varados en la theoria o especulación. Y en cuanto tal, esta solo podría ser
servil a los intereses de quienes controlan las ideas3, dado que, no sería posible alcanzar un tipo de
praxis al modo en que la concebían los autores clásicos, y del modo en que nos ha sido legada esta
capacidad por medio de una cierta ortodoxia enclavada en el pensamiento occidental.

Este tipo de desencanto por la especulación – y de paso sobre la vida buena – ha sido fatal para
Occidente y ha sido la fuente de incomprensiones respecto de la necesidad del hombre de situarse
frente al ancho del mundo para comprenderlo y comprenderse en sí, atendiendo para ello, a sus

1
Para mayor abundamiento léase Dios y el Estado, sin esperar, claro está, pruebas irrefutables sobre la no
existencia de Dios, sino más bien, como una composición sociológica, como una descripción de la Europa
finisecular. Mijail Bakunin, Dios y el Estado. P.43.

2
Mijail Bakunin, Dios y el Estado.p.38

3
Hoy podemos observar este tipo de planteamientos en Axel Kaiser, La Fatal Ignorancia. Aquí el autor plantea
– con cierto desacierto – la preminencia de las ideas para la conquista del poder político.
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sentidos como fuente de conocimiento próximo. Basta citar a Wilfredo Pareto4, para ilustrar este
punto. Este señala que la doctrina del poder es solo para “dominar a las masas”, lo cual ha pasado
a constituir una “intuición común” de quienes hemos sido educados en la “presente ortodoxia
moderna” y ello da cuenta de cuanto ha permeado el desencanto por otra conciencia antes muy
difundida, hasta el punto en que nuestros tiempos – más necesitados que nunca de principios
sólidos – los intelectuales más progresistas parecen estar más cerca de la academia popular de
Bakunin que de transmitir el acervo completo de aquello que llamamos la civilización occidental.

Pero dejando de la lado las categorías que podría usar, un anarquista al menos, es claro, para
nosotros, la existencia de una autoridad que tiene por sí – ya sea por prestigio o fuerza o ambos –
el respeto de otros sujetos ordenados o insertos en ámbitos diversos de la sociedad como un hecho
necesario para la debida composición de la misma. Una comunidad política ordenada y orientada al
bien común, reconoce o es capaz de darle prestigio social, a la verdad y a sus transmisores.

Estamos hablando de una vida de virtudes, como aquella capaz de desafiar los temores más
arraigados respecto del poder y su abuso, lo cual, no nos cabe duda, que constituye una
preocupación latente en nuestra comunidad política peculiar, y de toda otra sociedad en todo
tiempo y lugar.

La virtud más valiosa para la sociedad, es la disposición moral de sus miembros intelectualmente
mejor capacitados, para comunicar su saber con humildad, para servir a otros por encima de su
interés propio y para ser fieles a los principios que le dan forma a la convivencia de la comunidad
política en la que están inmersos.

2. El propósito de enseñar como ortodoxia y como orden.

Toda sociedad es ordenada a la verdad. Esto obliga a aquellos que transmiten el conocimiento a
remitirse en primer lugar a la realidad en su reflexión. El conocimiento de la naturaleza de las cosas,
permite comprender el principio de la operación de las mismas, y por ende, los límites del
despliegue posible de las capacidades inherentes al hombre. Siempre en el terreno de lo que es y
nunca de lo que vendría siendo o de lo que sería posible que la realidad fuese. Esta es la ortodoxia
presente en el proyecto histórico denominado Occidente, cuyo motor principal – nuestro juicio – es
la Cristiandad Latina.

Para hablar respecto del orden que debe ser introducido en una sociedad virtuosa, debemos
remitirnos a ese motor fundamental que reside en los escritos de la alta escolástica, principalmente
desde Dionisio Aeropagita, del cual tomaremos algunas aproximaciones al concepto de orden.

4
Y no sólo en él, también podemos mencionar a George Sorel (Réflexons sur la violence, 1906), Oswald
Splenger (Decadencia de Occidente, 1922) y como corolario a Carl Schmitt quién señalo como categoría
fundamental de lo político, la oposición amigo-enemigo; este último debe estimarse como “algo
esencialmente extraño y distinto” y a quién en caso de conflicto, hay que exterminar (Begriff Des Politischen,
1931). (Herman Heller, Teoría del Estado). p. 24.
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El ordo concebido como jerarquía es una idea que vemos desarrollarse progresivamente, desde la
traslación arjé-principium que realiza Boecio, ya en las postrimerías del mundo Greco-Romano,
atravesando la alta escolástica, hasta hallarse en boca de Dionisio Areopagita, el cual dota a una
idea auténticamente occidental de su conclusión obligada por medio de una definición que nos
place citar a continuación: “ordenación de rangos dentro de una sociedad que abarca a todos los
seres y fundada en un dominio divino5”. Como pudiese aventurar Josef Pieper, esto es una clara
muestra de la idea platónica primitiva de los grados, de la elevación hacia la perfección, en términos
de purificación, iluminación y unión.

Desarrollemos esta idea: ¿Cómo es posible reconocer la existencia de un orden? La correcta


disposición de las partes dentro del todo, puede ser advertida distinguiendo a la parte, del todo que
la conforma. Esta idea podría resultar escandalosa dentro del pensamiento predominante en la
actualidad, por cuanto no se reconoce una noción respecto de “lo correcto”, ni tampoco una noción
de lo que sería “el todo”, compartida por – al menos – muchas corrientes de pensamiento. Por esta
misma causa no es extraño encontrar sociedades, civilizaciones, o incluso culturas actuales
construidas en base a otros principios que nada tienen que ver con la verdad o la realidad, lo cual
tiene influencia final respecto del hombre que emerge dentro de ellas. Por ello advertimos que
cualquier elemento puede ser capaz de ordenar a una sociedad concreta hacia fines que, no
necesariamente deben pasar por un test de verosimilitud o bondad, o inclusive hacia ningún fin,
estando la sociedad solo ordenada dentro de sí y para sí, como una suma de partes inconexas y sin
reciprocidad.

La noción de parte, la noción de todo responden ambas a una posibilidad que se hace presente al
poder comprender el ser de las cosas por medio de un alma racional 6. Asumimos que en los entes
existe un principio que las hace ser lo que son y que podemos captar debido a la composición
fundamental de cuerpo material y alma racional.

Como co-principios podemos decir que son tan distintos, pero tan unidos que “no hay entre ellos
más que un contacto exterior y una simple relación de contigüidad 7”, no al modo en que Platón nos
plantea en sus obras – dice Gilson – como simple motor del cuerpo, sino como unidad verdadera.
Es decir, el alma es su forma y por esta alma es que el ser humano se sitúa en la especie humana,
cuya naturaleza propia es ser intelectual. Estas dos sustancias incompletas, forman al hombre como
sustancia completa.

Y en esa inmaterialidad de la cual el alma es una sola con el cuerpo material, un solo hombre, que
la misma esta elevada en dignidad por la operación en que logra captar la universalidad los objetos,

5
Josef Pieper, Filosofía Medieval y Mundo Moderno. p.61.

6
Esta idea se hace más presente al recordar el paso que dio el mundo occidental al dejar de lado el mundo
Homérico por el mundo del pensamiento. Esta idea la destaca el profesor Raúl Madrid, al señalar que “el
punto preciso de inflexión en el cual la recreación mitológica se convierte en pensamiento propiamente tal es
aquel en que el hombre se da cuenta que la diversidad tiene que poseer un cierto grado de unidad que no
resulta aparente a los sentidos”. Esta unidad se hace comunicable entendiendo que existe un alma capaz de
realizar operaciones sobre la parte inmaterial de los entes, que denominamos esencia. “Raúl Madrid
Ramírez, Revista Chilena de Derecho., pág. 74.

7
Así lo describe Etienne Gilson en su obra El Tomismo. p. 352.
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y en ese sentido podríamos entenderla como todas las cosas de algún modo, según Aristóteles. Y
siendo de ese modo tan universal, es que es capaz de captar las imágenes que le presentan los
sentidos, apropiándose de los conceptos más inmateriales. Es una operación que en definitiva, le
permite al hombre conocer las cosas, captar las esencias, y darles un nombre – solo al final, el
nombre.

El alma humana, que no es propiamente tal un intelecto, se sirve, sin embargo, del cuerpo para
poder conocer la realidad. El alma, en efecto, conoce todo en las esencias eternas 8, hasta donde
está capacitado para ello.9 Y en resumidas cuentas, como el hombre es capaz de darse cuenta de
perfecciones mayores entre objetos conocidos de un mismo tipo, y de perfecciones mayores entre
objetos distintos, el hombre es capaz de asignarles subordinación u ordenación de unos a otros, en
relación a fines. Y el fin mayor de la comunidad humana, es el bien común.

La unidad del mundo se nos hace comunicable al dar el primer paso del pensamiento, el cual es
poder comprender las esencias de las cosas, el comprender su naturaleza en cuanto principio de
operación.

El propósito de mostrar estos bienes, y de ascender es justamente la tarea del maestro. Sin denostar
el vínculo jerárquico existente entre el que enseña algo, y el que es enseñado, en todas las relaciones
humanas hay intercambio y fortalecimiento, pues como seres sociales nos es connatural interactuar
con nuestros semejantes. Sin embargo, el hecho de que medie una jerarquía en los procesos de
aprendizaje formal, es por el objeto que tiene el vínculo mismo: la transmisión de una ortodoxia que
permite nuestra relación con otros por medio de la perfección de nuestras potencias.

Es por esta circunstancia, por la existencia de una jerarquía de bienes en la sociedad, que podemos
apreciar que la libertad del hombre se eleva a grados superiores – en el sentido que enunciaba antes
Dionisio Areopagita- , al actualizar sus potencias, y respecto de bienes más prefectos que los
anteriores que conocía o viceversa. Siendo un camino de verdad y purificación, también ocurren
consecuencias en el quehacer del ser humano. Ordenados al bien común se encuentran los saberes
liberales para beneficio no solo de quienes los poseen, sino de quienes se benefician del
conocimiento obtenido por un individuo que se deleita en la theoria, es decir, de la comunidad
política completa.

La tarea de cualquiera que esté en posesión de esta idea es la transmisión de esta ortodoxia, como
forma de pensamiento y de conducta. Este juicio respecto de la realidad se refiere principalmente
a un método o a un orden para pensar y no propiamente a conclusiones. ¿O es acaso posible, para
un discípulo que no dispone su alma a aprehender las esencias de las cosas el ser capaz de enseñar
a otros una manera recta de pensar? Lo que distingue a discípulos de maestros es, precisamente, el
dominio de las esencias. Si la humanidad transmitiera conclusiones, no habría transmisión de
conocimiento, sino indoctrinamiento. Por ello, es que a diferencia de la academia popular de

8
Ibidem, p. 390.

9
Aquí podemos abrir una pequeña controversia respecto del alcance del conocimiento humano, que Gilson
recoge desde (Cont. Gent., III, 47, ad Ex his ergo). Dios, siendo lo máximo de las esencias eternas, no es lo
primero que aprehende el alma humana. El alma debe partir por la consideración de los cuerpos y no avanzará
más allá, en el conocimiento de lo inteligible, de lo que le permite ir lo sensible que es aquello de donde parte.
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Bakunin, los hombres no se enseñan los unos a los otros, conclusiones respecto del mundo,
opiniones cerradas en sí mismas. Los hombres son capaces de enseñar a otros hombres a pensar
con cuidado respecto de las cosas que poseen frente a sí, y a seguir las conclusiones que obtienen
de sus razonamientos.

El espacio que la sociedad destina a esta tarea, a la meditación profunda de la captación de las
esencias de todas las cosas, a esta perfección que trae consigo esta capacidad superior del alma
humana, la denominamos universidad.

3. La Universidad Católica como Universidad Medieval.

Las Universidades Católicas son las que poseen el deber de comunicar una visión integradora del
mundo en el que ellas están insertas. Pese a ello, las universidades en general han pasado a ser
verdaderos centros de negocios o empresas 10, lo cual es sintomático respecto del mundo en el que
están insertas, y con esto nos referimos al actual estado de la conciencia Occidental, por el que el
espíritu de sano y escéptico optimismo general ha sido reemplazado por una visión deprimida y
verdaderamente escéptica respecto de la realidad y de la posibilidad de hallar la verdad 11. Esto ha
repercutido profundamente en la transmisión del concepto de ortodoxia Occidental al que hacemos
mención más arriba, y ha degenerado en un desprecio intelectual arraigado hacia la metafísica.

La Universidad Católica está volcada de lleno a este encuentro con el mundo moderno, dada la
característica de la sociedad en la que está envuelta que denominaremos ateísmo práctico. Esto
último “consistiría no solo en la sustracción de Dios del ámbito de los objetos de estudio, sino en la
falta de cualquier visión de las cosas que sea integrada y global 12”. De esa forma, el conocimiento
se ha especializado tanto, al punto en que su ejercicio no ofrece necesariamente una perspectiva
que permita a todos los hombres alcanzar un plano de virtud, pues prácticamente desconoce este
concepto, o el de verdad.

Frente al modelo de la multiversidad fundada en este escepticismo de la conciencia occidental


respecto de la metafísica, la Universidad Católica ofrece un refugio de pensamiento, de reflexión y

10
El profesor Raúl Madrid comenta la obra de Alasdair MacIntaire en la Revista Humanitas nº72, reseñándola
en estos términos que permiten intuir en sus páginas un programa que permite recomponer a la universidad
Católica desde sus principios para que pueda ser un eficiente motor de investigación al servicio de bienes
eternos, y ello, buenos y verdaderos. (Comentario a Alasdair MacIntyre, God, Philosophy, Universities: A
Selective History of the Catholic Philosophical Tradition. Rowman & Littlefield, 2009, desde su versión Española
a cuya traducción estuvo a cargo de E. Anrubia y S. Montiel, por Editorial Nuevoinicio, Granada, 2012). Revista
Humanitas nº72, pp. 891-901.

11
AL respecto el profesor MacIntaire diría, comentando a Nietzche que pese a que este mismo reconoce que
en inumerables casos puede averiguarse lo que es incorrecto, en muchos casos la falta de evidencia asegura
la multiplicación de las interpretaciones. De hecho el mismo Nietzche afirma “que las cosas poseen una
constitución en sí mismas, completamente aparte de las interpretaciones y de la subjetividad, es una hipótesis
completamente ociosa”. Macintaire, pág. 65.

12
MacIntaire, p.37, a través de Humanitas nº77, p. 897.
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sobre todo de iluminación. De hecho en ex corde exclessie se resaltan aspectos en la investigación
que abren un abismo de diferencia respecto del método que posee una Universidad Católica frente
a una multiversidad, en forma de hitos obligatorios, los cuales son “1) la integración del saber, 2) el
dialogo entre fe y razón y 3) una preocupación ética.”13 Respecto de estas materias son elocuentes
las palabras que Veritatis Splendor nos deja respecto del quehacer de la Iglesia, de la fe frente a la
cultura – y como decíamos al principio – y de la labor de las universidades que surgen precisamente
desde el corazón de la Iglesia, dado que “en el centro de la cuestión cultural está el sentido moral,
que a su vez se fundamenta y se realiza en el sentido religioso14”. Precisamente, frente a una cultura
que confía sus problemas en la resolución adoptada por las solas fuerzas del mercado, mediada por
operadores simbólicos acríticos – profesionales formados en universidades católicas – es en donde
se hace urgente reflexionar sobre la posesión de las ideas en sí mismas y no relación a fines
particulares intrascendentes y finitos, sino más bien en la sola delectación de los mismos como
principio de toda operación moral que pueda servir al perfeccionamiento, tanto de quienes
comunican sus saberes como de aquellos a los que les es dado ser servidos por su operación tangible
o intangible.

Quién escribe al respecto de estos tópicos es el Cardenal John Henry Newman 15, precisamente
respecto de la Universidad. Una Universidad Católica, por el principio de integración en el saber
muestra las ramas del conocimiento como conectadas, ya que están unidas en cuanto objeto de
estudio pues todas son obras del creador, y es por medio de su integración que la verdad
fragmentada en las diversas cosas puede ser contemplada por el hombre. Siguiendo estas palabras,
podemos comprender que dentro de una universidad católica, la realidad esta escrutada siempre
según el método de cada ciencia o arte, y cada una de estas ramas no interfiere en las otras, al punto
de desdibujar la realidad. Esto es así, dado que cada ciencia o arte posee un objeto que la define a
ella misma, de acuerdo con el principio de operación que las cosas poseen en sí mismas, al cual
hemos hecho alusión anteriormente, y que por cierto, el alma humana comprende al poder delectar
su forma inmaterial. Esto es condición de ser, es principio de la existencia de la universidad el poder
dedicar a cada ciencia su espacio respecto de las otras. Pero no podemos dejar de afirmar el grado
de dependencia que existe entre cada una al ser pedazos o fragmentos de la realidad, y por ello, el
hecho de confluir es tan natural a la independencia que posee, la Ciencia Política respecto de la
Historia, por ejemplo.

Pero también existe una forma más intensa de vinculación que excede los objetos formales que se
escrutan bajo el lente del Neurólogo, del Botánico, del Astrónomo, el Médico y el Abogado. Es el
hecho de ser, que cada cosa posee en sí, por el que existe un pronunciamiento especialmente
dedicado de la fe y la revelación. Por ello la Teología tiene un lugar central en una universidad
católica, justamente porque cada cosa creada tiene al creador a modo de donación de su ser.

13
Ex Corde Eclessie, Edición de la pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile. p, 25.

14
Veritatis Splendor nº98, consultada a través de http://w2.vatican.va/content/john-paul-
ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4L.

15
“La idea de una Universidad”, edición de la pastoral de la Pontificia Universidad Católica. p, 49.
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Por el diálogo entre la fe y la razón, una Universidad entiende que la revelación está dada en
lenguaje humano y como tal, su contenido puede ser estudiado, y esta es una relación en la cual la
fe interpela a la inteligencia 16, ya que la fe es recibida por nuestra inteligencia, y ante esta recepción
la fe – la teología – responde a las exigencias propias del pensamiento mediante la razón
especulativa.17

Esta universidad, que está inserta en un mundo que rechaza la unidad de sentido que produce la
delectación de la realidad como fuente de la verdad, tiene el desafío de ser el espacio que permita
comprender la totalidad de sentido que existe en el hombre y al cual está llamado por su
constitución ontológica18. Este llamado está en el corazón mismo del cristianismo, y es un puente
que permite discutir las más acuciantes preguntas sobre la identidad misma del hombre. La
pregunta respecto de la felicidad es una pregunta que acucia no solo a los Cristianos, sino a todos
los hombres de buena voluntad, pues independientemente de la fe que profesen, todos los hombres
tienen capacidad de bien moral, y están constituidos ontológicamente en identidad unos con otros,
al menos en este sentido.

La Universidad Católica, dirime en su interior juicios que van más allá de la noción de lo que es
civilizado en el mundo que la rodea, porque su método propio no es afirmar teorías contingentes,
ni tampoco influir con especial esmero en el desarrollo político por medio de tal o cual idea peculiar.
La universidad católica, transmite a sus estudiantes su método mismo, su forma propia de ser es su
aporte a la sociedad en la que esta inmersa, como consecuencia del acto de pensar y extraer de
cada cosa los principios de su operación en el mundo. Y es que tiene por destino la perfección del
hombre para la sociedad, por ello, engrandece verdaderamente el alma de quienes ingresan a su
claustro, en un sentido propiamente metafísico.

4. La comunidad política como susceptible de ser ordenada al bien común.

¿En qué espacio está inmersa la universidad católica? ¿Cómo podríamos definir la existencia que
rodea a este claustro de alumnos y maestros? Lo que rodea a la universidad es la sociedad misma,
su comunidad política inmediata y próxima, respecto de la cual, no le cabe otro rol que el de señalar
la verdad, y el de comunicar su método para escrutar la realidad. En el contexto del proyecto
histórico que representa Occidente, la universidad medieval es un faro en la tempestad que
representan las borrascas desatadas por los poderes de este mundo.

16
Veritatis Splendor nº109.

17
Fides et Ratio nº65.

18
La pregunta por la identidad personal es una puerta de entrada hacia los sistemas filosóficos que pululan
en la modernidad, debido a que están obligados a responder a exigencias que sus sistemas filosóficos no se
atreven a contestar, o contestan de forma insuficiente debido a que existe una tenue moralidad que sustenta
este mismo concepto. Alasdair MacIntayre explora este forado, trayendo a colación un paisaje de la
enciclopedia de Diderot, en su Volumen IV en que se resume el propósito de los editores en “inspirar el gusto
por la ciencia, el horror por la falsedad y el vicio, y el amor a la virtud; porque todo lo que no tiende en último
término a la felicidad y a la virtud no es nada”. MacIntayre, pág. 220.
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Por ello, para observar con atención la realidad social, hemos escogido a Aristóteles a modo de guía
y también para, en este acto, recoger las premisas esparcidas en las líneas anteriores. El filósofo
tiene una característica definitoria que Antonio Millán Puelles observa con atención, en contraste
con Platón por ejemplo; dado que si a este último se le ve como un hombre ingenuamente optimista
en relación al comportamiento de los hombres en sociedad, al primero cabe mencionarlo como un
observador atento y riguroso, y pese a su rigurosidad, no cae en un pesimismo respecto del hombre
y su capacidad de buscar el Bien Común 19. En efecto, en Aristóteles, el sentido moral de la política
se condice con el uso de violencia que debe tener la ley de por sí, dado que no es factible que esta
sea una mera “notificación de la verdad moral”20, sino que debe tener un elemento coercitivo para
poder comunicar a la sociedad la vigencia de ciertos bienes morales. Estos serán luego, perseguidos
por que conducen a una vida virtuosa, de manera que vale también para todos los intelectuales en
cada sociedad política peculiar acercarse a la convergencia respecto de la verdad de estos bienes
morales.

Es decir, que toda comunidad política, una vez alcanzada la verdad moral, tiene el derecho de
hacerla valer por la fuerza si es necesario, pues es conveniente promover aquellos bienes que
promueven la perfección humana21. Esta conclusión, si bien puede pecar de simplista, es útil para
redondear el objetivo último de cualquier tipo de educación, instrucción e incluso de la
contemplación misma de la verdad. El que esta sea una transformación del ser humano que la
recibe, pasa por el hecho de que las leyes que la ciudad usa para proteger los bienes morales están,
o son, posteriores a la verdad y su delectación.

Las leyes de la ciudad, no solo deben tener un contenido de derecho, sino, que son una cierta razón
de derecho, en cuyo caso, reflejan una constitución racional del poder y de la autoridad. Y es que
quienes tienen la posición jurídica22 por la cual deben dictar las leyes, tienen que recibir una
instrucción básica respecto de lo que consideramos bueno, verdadero y perfecto.

Dejando sentado esto, es menester detenernos en una observación presente en el pensamiento


clásico relacionada con la constitución ideal tratada por el profesor Fiorovantti a propósito de

19
Antonio Millán Puelles, La Función Social de los Saberes Liberales. Respecto de Platón, el autor hace un
contraste con Aristóteles y Santo Tomás desde el problema del sentido moral de la política P. 82 y ss.

20
Antonio Millán Puelles, Ibidem.

21
Es Santo Tomás quién dice que “no basta que los hombres solo mientras son jóvenes sean instruidos por las
leyes y que se tenga un buen cuidado de ellos, sino que también cuando han llegado a la madurez es preciso
que encuentren los caminos honestos de la conducta y que se habitúen a los mismos. Y para esto necesitamos
de las leyes, no solo al comienzo, cuando empiezan a alcanzarse la mayoría de edad, sino también, en general,
durante toda la vida del hombre; pues son muchos los que obedecen mejor a la necesidad, es decir, a la
coacción, que a la exhortación. Y más los que tienen presente el daño a que se les castiga que el bien honesto”.
In Ethicor., lib. X, lect. 14, n. 2.150.

22
En esto reconocemos en Platón – Las Leyes – una visión particularmente prominente al reconocer que la
facultad de dictar las leyes y la de hacerlas cumplir, no siempre radican en una persona. Por ello es menester
encontrar un legislador eminente y una autoridad razonable, es decir la conjugación de prudencia y sabiduría.
Esto justamente dice relación con aquellas operaciones que cada uno de estos órganos o autoridades de la
ciudad debe realizar. Parafraseado de Millan Puelles, op cit. Pág. 77.
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Cicerón. Una res publica – dice Cicerón – es justamente “un gran proyecto de conciliación social y
política que llame a todas las fuerzas sociales a disciplinarse, con el fin de hacer prevalecer en sus
propias filas […]a los mejores hombres, los más íntegros moralmente, a aquellos que además estén
dotados de aquella posesión moderada y suficiente que les permita dedicarse de manera
desinteresada al cuidado de la cosa pública”23. Sobre esta base de convicciones es que nosotros
esperamos que pueda desarrollarse – y contribuir – la vida virtuosa que están llamados a construir
los intelectuales en contacto con la Universidad Medieval.

Sentados estos dos pilares, que hablan respecto de lo que debemos o lo que debe tener en
consideración una sociedad ordenada, sería muy vanidoso de nuestra parte pretender que esto se
constituya en un programa completo de acción, y tal, esta lejos de ser nuestra intención. Pues hasta
ahora solo nos hemos limitado a perfilar aquella ortodoxia que ha sido olvidada, y, que por cierto,
comprende muchos más autores y formas de pensamientos que las de Aristóteles, Platón o Santo
Tomás. Solo pretendemos exponer, de forma sumaria al menos, por qué esta vocación al bien y la
vida virtuosa no es un líquido que escurre en la porosa y áspera realidad, y porque la sociedad actual
requiere de ella.

Existen muchos y muy diversos miembros en la sociedad actual y cada uno tiene tareas cada vez
más específicas. Hoy esta sociedad tiene una particularidad en su extensión y conexión, que si bien
no hacen inaplicable una posición moral objetiva, si delinean ciertas relaciones existentes entre los
poseedores del conocimiento y la sociedad en un sentido que limita la posibilidad de comprensión
de la verdad a un punto de incomprensión, lo cual nos obliga a pronunciarnos, de forma breve y
directa, al fenómeno de los “analistas simbólicos”.

En primer lugar, este concepto surge del pensamiento de Robert Reich24, quién cerca de 1993 realizó
una observación sobre el trabajo intelectual que vemos cumplida en nuestros días, pues los
analistas simbólicos, son requeridos principalmente por las empresas como “intermediarios entre
los identificadores de necesidades y los creadores de productos que las satisfagan”. Y es justamente
por el mayor volumen de producción, la división del trabajo y el mejor aprovechamiento de las
ventajas comparativas de cada país, que el mundo hoy esta entrelazado en una gigantesca
maquinaría de producción y deslocalización del capital nacional a escala global.

Esto tiene efectos importantes en la compresión de la verdad y en la labor que pueden realizar los
intelectuales formados en una universidad medieval. Partiendo por el hecho mismo de su labor. Hoy
es simple y muy entendible considerarlos como operadores simbólicos, debido a que la tarea que
cumplen en este entramado de relaciones, casi siempre comerciales, es intermediar los
conocimientos ente el poder económico y los usuarios que dependen de los bienes ofrecidos para
consumirlos. ¿Pero este circuito satisface las exigencias de bien común a la que esta llamada una

23
FIORAVANTI, Maurizio, Constitución. De la Antigüedad a nuestros días. P. 29.

24
Hoy esta clasificación es usada para poner de relieve el emprendimiento en la sociedad y promocionar la
adquisición de más y mejor educación. En una columna de opinión, Carlos Valle Larrea, de la Facultad de
Ciencias Económicas y Contables PUCP nos presenta a este autor como referencia presente del estado de la
sociedad y la necesidad de adquisición del conocimiento. “Reich no limita los tipos de trabajadores a estas
tres categorías, menciona otras (aunque sin darles ningún criterio sistemático como la triada anterior): a los
trabajadores rurales, de industrias extractivas, maestros y empleados públicos. En ciertas sociedades, el peso
de este tipo de trabajadores puede ser muy significativo”. Reich, Robert B. (1993).
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sociedad occidental? ¿Cuál es la labor de un intelectual católico en este caso? La participación en el
bien común implica que “la sociedad es el ámbito de elevación de bienes superiores que por su
misma naturaleza se encuentran fuera del radio de los intereses meramente individuales” 25.
Teniendo esto presente, es menester desarrollar su significado concreto.

La intermediación de bienes y servicios entre las personas responde a una característica peculiar del
mercado, en la cual busca satisfacer necesidades que la gente espera recibir y por la cual ha pagado
un precio que contiene en sí, la información relevante que el producto ofrece, o sea que es inherente
no ya al acuerdo de las partes, sino a un estándar definido de antemano por el poder económico.

Si un intelectual católico busca participar del bien común, debe tener presente el lugar en el que
está inmerso. Debe entender que forma parte de una cadena que genera productos y que también
genera necesidades, independientemente del rol que la nación que recibe los bienes o que aloja el
capital, ya sea con sus leyes o sus principios – cuestión de la cual no puede deshacerse al menos el
pensamiento occidental reconocería, por ejemplo Heller26 – o con su idiosincrasia particular – que
es expresión de un fenómeno atómico y tribal diría Mansuy27.

Por último, la sociedad actual tiene una composición cuya descripción acabada escapa del concepto
mismo del Estado Nación, que podría hacer peligrar nuestro escenario ciceroniano de despliegue de
capacidades civiles, lo cual obliga a poner en esta exposición una característica que es verdadera y
que debe ser explorada necesariamente, y es aquello que conocemos como “sociedad red 28”.

Siguiendo a Manuel Castells, la sociedad red es una nueva economía global e informacional, que
produce cambios – o saltos – tecnológicos en sucesión continúa dada su propia capacidad
productiva. Esta economía mundial estaría alterando las relaciones existentes entre los países que
interactúan en esta red, y también respecto de las interacciones que generan las universidades con
sus comunidades políticas peculiares, lo cual influye indirectamente en la cualidad moral de los
miembros de una comunidad política específica.

25
Millán Puelles, op. cit. Pág. 114.

26
“La Ciencia Política – dice Hermann Heller – sólo podrá aportar verdades generalmente obligatorias si le es
posible mostrar a través de todos los cambios histórico sociales, ciertas constantes idénticas”, y a partir de
eso reflexiona siguiendo a Marx: “la dificultad no consiste en comprender que el arte y épica griegas se hallan
vinculadas a ciertas formas de la evolución social. Lo difícil está en el hecho de que ellas guarden aún para
nosotros goce artístico y, en cierto sentido, valgan como norma y modelo inasequible”, comprendiendo por
ello una legalidad peculiar del espíritu. Heller, pág 25.

27
Daniel Mansuy, al analizar el pensamiento de Hayek tiene en cuenta una tensión que aparece en la
justificación que hace el mismo respecto de la necesidad misma de la Nación, pues entre lealtad – de origen
tribal – y justicia – característico de una sociedad abierta – descansa el entramado de relaciones que la
sociedad global o abierta requiere para funcionar.

28
Este concepto lo desarrollan en España Manuel Castells y en Francia Bruno Latour. Para más información
consultar: “La sociedad red: una visión global” Manuel Castells, (ed.) ISBN 84-206-4784-5 Idioma: castellano
Alianza Editorial, 2006. Madrid, España, y “Nunca fuimos modernos. Ensayos de antropología simétrica”.
Bruno Latour. 1º Edición Buenos Aires. Siglo XXI Editores. Argentina, 2007. (Traducción del original Noun’s
avons jamais été modernes. Essai d’ antropologie symetrique”).
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Volviendo a la pregunta por el bien común. En una sociedad red, con analistas simbólicos unidos al
proceso de repetición de las estructuras que promueven el consumo y el cosismo del ser humano,
¿Existe un espacio para el despliegue de la verdad por medio de quienes están obligados a
comunicarla? Desde luego, pues para que la sociedad para que sea tal, debe estar orientada al bien
común, o si no, es solo un espacio fragmentario y fragmentado cuyas partes no calzan en un todo.

Siguiendo en esto a Heller, es decir a un autor que no comparte a plenitud los argumentos vertidos
hasta ahora, diremos que la cultura, cuando quiere crear un orden, tiene presente por obligación a
las fuerzas socializadoras de la naturaleza. En este sentido la cultura es directa continuadora de la
naturaleza29. Al no existir realidad social desligada de la naturaleza, también debemos reconocer
que tampoco la naturaleza resiste una intervención modificadora de la cultura al punto en que sea
posible contradecir la naturaleza misma de las cosas, pues “la ciencia no conoce razas puras 30”.

Y pudiendo agregar todavía más, diremos que “solo tomando en consideración el conjunto de la
realidad social concreta, se pueden determinar lo que significan los diversos hechos de la naturaleza
para el valor de la efectividad social31”, concepto último que el autor relaciona con la perfección de
la asociatividad en cuanto posee dirección concreta o es capaz de tener una fuerza realizadora32.

De la naturaleza de las cosas, como normatividad y sentido del despliegue cultural de hombre, en
el contexto de la cadena de producción que, integra contra cualquier otro sentido que desee dar a
aquello que solicita sus capacidades, el universitario católico se encuentra en la obligación de darle
una orientación diversa a aquel proceso por el cual participa en el entramado de relaciones que
integra. Este sentido poseerá “efectividad social” solo cuando el grupo humano pueda desplegar
una acción de significado que trascienda los bienes en que, sin este sentido, acaba esta cadena.

Esto es así, dado que la acción práctico-crítica, sensorial, está subordinada a siempre al orden moral
en el sentido que enunciamos antes al hablar de ortodoxia, como vocación de enseñanza. Esta
praxis, en el sentido que Aristóteles y Santo Tomás conocieron, no está subordinada de ninguna
manera a un desdoblamiento entre el mundo religioso – o ideal – y el mundo real. De ser lo
contrario, ninguna acción que parte desde lo real podría tener otro efecto que en el mundo de las
ideas, cuando sabemos que padecemos las acciones de otros, en cuanto queridas o consentidas por
ellos y por nosotros. Es, por una mala abstracción de los conceptos, el que el hombre puede verse
atrapado dentro de una estructura finita e inmanente, de la cual debe librarse por medio del
intelecto, por medio de la comprensión respecto de los fines a los cuales esta destinado tanto el
como los bienes que se producen.

Por tanto, dotar de sentido a una acción en el mundo real, es desentrañar su contenido real, por
fuera de las particularidades en que este se agota, como en el caso de un producto específico inserto
en una cadena de producción. Naturalmente, esto no causará que la cadena de producción se

29
Hermann Heller. Teoría del Estado., pág. 91.

30
Ibídem., pág. 91.

31
Ibídem., cit., pág. 91.

32
Dice Heller que para su efectividad social, la organización requiere ese “momento”, una actualitas que
designa realidad en un sentido escolástico en oposición a potentialitas., pág., 103.
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detenga, y en ello radica la gracia de entender correctamente la naturaleza de las cosas: en poder
orientarlas a sus fines correctos.

Así, son varios los autores que hacen hincapié en los excesos del capitalismo global 33, incluyendo
entre ellos varios pontífices34 de la Iglesia Católica, lo cual no es de extrañar dado el escenario de
desolación posmoderna que padece el ser humano y del cual esta institución recela por ser parte –
y promotora – de un proyecto humano y social trascendente. Evidentemente, la situación actual es
un claro desincentivo a la búsqueda de virtudes, sobre todo en la posición en la que se encuentran
los “analistas simbólicos” al ejercer los conocimientos que han adquirido. Y tampoco nos cabe duda
que las críticas hechas al modelo de sociedad recién descrito son consistentes y suponen además
un desafío moral al cual debemos acudir firmemente, blandiendo como arma la claridad intelectual
de quienes tienen a Santo Tomás de Aquino como autor esencial.

Es justamente este autor el que nos permite un retorno a una perspectiva metafísica. Llegado a este
punto, debemos hacer referencia a un concepto central: el trabajo.

Sobre el diremos que “de su definitiva ordenación a la teoría cobra su dignidad la vida del trabajo,
que, de lo contrario, nos degradaría a un nivel infrahumano. Todavía por encima de nuestra simple
condición de hombres nos eleva la gracia sobrenatural, que nos hace participes de la contemplación
divina”35. El profesor Millán Puelles, nos describe de esta forma que la actividad práctica en los
sujetos particulares se sujeta a principios inmutables, que reconocen asimismo verdades inmutables
como presupuesto de acción, como una característica metafísica del proceder de los mismos
sujetos.

Sobre este principio, es que nos dignamos en señalar, nuestra posición respecto de la vita integritate
y la vocación a la que están llamados los universitarios católicos. El Aquinate, señala que la

33
El más notorio sin duda es David Harvey, Neomarxista que se dedica a trazar una aguda perspectiva respecto
de la deslocalización, la diferencia entre el tráfico de bienes versus la migración de personas entre países, la
precarización laboral producto de la subcontratación y la precarización del trabajo, pero por sobre todas las
cosas, de la forma político-económica que él denomina “Estado Neoliberal”, como aquel que en teoría
“debería favorecer unos fuertes derechos de propiedad privada individual, el imperio de la ley y las
instituciones del libre mercado y del libre comercio”. Estos serían puntos “esenciales para garantizar las
libertades individuales” con preminencia o propensión a la “privatización de activos”. Como todo marxista,
su crítica a este modelo de Estado gira en torno a los monopolios o concentración de poder, y sobre todo
porque en caso de conflicto “el estado neoliberal favorece de manera invariable la integridad del sistema
financiero y la solvencia de las instituciones financieras sobre el bienestar de la población o la calidad
medioambiental”. A través de “A Brief History of Neoliberalism”, Oxford University Press, 2005 (Traducción a
Lengua Española de Akal, S.A., 2007. Humanes. Madrid).

34
Desde Rerum Novarum de S.S León XII, hasta Laudato SI’ del actual Pontífice, Francisco I, pasando por
Cuadragessimo Anno de S.S. Pio XI, Mater et Magistra de San Juan XXIII, Gaudium et Spes, Populorum
Progressio y Octogesima Adviens de S.S. Pablo VI, las magistrales Laborem Excercens, Solicitudo Rei Socialis, y
Centesimus Annus de San Juan Pablo II hasta la imprescindible Caritas in Veritate de S.S. Benedicto XVI , la
cuestión social ha sido estudiada con atento cuidado por la Madre Iglesia, cuyo entendimiento del problema
ha orientado políticas públicas de diversos países y ahora más que nunca, se ha denunciado con firmeza la
cultura del descarte, los atentados contra la vida del que está por nacer y la generación de periferias
existenciales y espirituales.

35
Antonio Millán Puelles, La Función Social de los Saberes Liberales. pág. 156.
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preeminencia de la razón superior sobre la inferior es la de la verdad inteligible e inmutable sobre
las cosas corpóreas y temporales, dado que las cosas temporales son medio para conocer las otras.
Cuando realizamos un juicio respecto de las cosas nos basamos en lo eterno para apreciar y disponer
de lo temporal. La subordinación de toda la ciudad al fin especulativo es lo que permite que los
demás ciudadanos se comuniquen los bienes menores unos a otros.

5. La vita integritate en la comunidad política.

En consideración a las cualidades que tiene la comunidad política actual, podríamos señalar, de
manera convincente, que la ortodoxia que impera actualmente en occidente no es ciertamente la
que conservan aquellos claustros Universitarios Medievales o Católicos en su interior, claustros
alejados de los incentivos que posee el mundo, pero al que finalmente, quedan expuestos en aquella
parte más sensible: el claustro mismo o las personas. Son estás personas las que la universidad dona
a la comunidad en la que está inserta, pues al comunicarles su método, ellas participan de una
perspectiva que encuentra bienes desde las cosas dado que sus intelectos están formados para
captar las esencias de las cosas y no para subsumir la realidad a relaciones accidentales sin
trascendencia. A ese riesgo, están expuestos los intelectos universitarios.

No nos cabe duda que pese a ello, existe un esfuerzo consistente de las universidades en ser fieles
a los principios que guían una reflexión ordenada, como en ex corde eclessie, para ello también es
menester mencionar que pese a que existe un acento marcadamente individual, los individuos no
están aislados, dado que son personas. El hecho de que el hombre pueda ser caracterizado como
tal abre un arco de diferencia entre una concepción de la comunidad política materialista – marxista
o liberal – y una concepción abierta a la totalidad de sentido, trascendente, y por ello,
verdaderamente racional y verdaderamente libre.

En contraste, de las palabras dedicadas por Bakunin a la academia popular como remedio contra las
falsas abstracciones que ilustra la Tesis VIII sobre Feuerbach 36, resulta para nosotros inevitable,
explorar el sentido que tiene la educación en virtudes desarrollada en los autores del pensamiento
Cristiano Occidental, como Santo Tomás de Aquino, en los cuales “es claro que estudiamos la ética
filosófica no solo por motivos teóricos, sino para llegar a ser buenos” 37. Y es, insisto, contrastante
ver como desde el enciclopedismo, por ejemplo, se trata de “salvar a las mentes sencillas” de “aquel
indoctrinamiento pueril”, dado que en cuanto su sencillez y perfil psíquico les permitiría alcanzar
con mayor prontitud hábitos que tienden hacia el bien. De hecho, el único papel de la teoría sería
proteger a las personas sencillas de aquellos otros juicios que vayan en perjuicio de las virtudes de
la sociedad. Este es el ideal ilustrado, en el que las personas que poseen las teorías – los intelectuales
de Kaiser o de Pareto – le comunican a la sociedad un enemigo contra el cual dirigirse, es una
condena que curiosamente es in personam.

36
La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo,
encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica.

37
MacIntyre, Ibid., pág. 221.
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Al respecto, no lo hace mucho mejor la academia popular de Bakunin. En Dios y el Estado, Bakunin
se dirige contra la ortodoxia occidental, contra la religión definitiva – así la denomina él mismo –
que es la Iglesia Católica Apostólica Romana, como la responsable de ensalzar las ideas en sí mismas
consideradas, y sin consideración con el hombre mismo, con aquel ser vestido de harapos de carne.
En este empeño no ha estado solo, por cierto. Además de él, Kant condenó de forma explícita
doctrinas Aristotélicas centrales, De Jaucourt – al igual que Heidegger – despreció la escolástica por
su aparente desorden38, y así suma y sigue. En este caso, la idea de Bakunin reposa sobre “el espíritu
colectivo y público como el único dotado de racionalidad39” que deben acatar los individuos en su
seno, más que de cualquiera otra institución concebida en occidente, dado que todas las demás
conservan al hombre común en una suerte de esclavitud. El orden creado impediría el despliegue
pleno de las capacidades del hombre.

Desde luego esta aseveración merece ser examinada al tenor de las exigencias que pone el mismo
Bakunin y que desde luego, la Universidad Católica no podría cumplir. Y desde luego que esto último
no es cierto, como pasamos a examinar a continuación.

La autoridad que concibe Bakunin, es una caricaturización de una sana autoridad ejercida por
aquellos que han obtenido un conocimiento de forma disciplinada. Una rebelión que agota su
sentido en el límite mismo de la instrucción posible que pueden alcanzar las personas por sí, sin
espacios de reflexión adecuados fuera de la cotidianeidad y de las asperezas del trabajo, y en este
espectro de conocimientos se incluye por su puesto a la ética.

Si volvemos sobre el ideal ilustrado moderno que describe MacIntyre, nos encontramos con
intelectuales que ciertamente reclaman para sí la perfección de su tradición intelectual como
superior sin hacerse cargo de las objeciones que dejo la anterior 40. En este sentido, diremos sobre
la academia popular, al ser posterior, que su labor era superar a la institución universitaria, al
claustro ordenado de alumnos y maestros, para mostrar así un nuevo modelo de transmisión del
acervo que la tradición más racional y menos salvaje puede transmitir al mundo occidental.

Esa misión por cierto, no ha podido ser llevada a cabo por aquellos que decían ser emisarios de los
oprimidos y de los parias. Toda escuela requiere de una autoridad que ilumina a aquellos que buscan
la luz, y por este acto – realizado entre personas – ocurre un cambio en el individuo que recibe esta
“actualización de sus potencias”.

Los materialistas que solo tienen por objeto la sociedad civil 41 y sus relaciones de derecho y de
poder, los idealistas no del cielo sino de la tierra, aquellos teóricos insufribles que pretenden extraer
la esencia de las cosas, todos ellos basan precisamente sus observaciones bajo la primera y obligada
consideración de estar frente a una comunidad de personas.

38
“Sin orden ni principio”, dice respecto de la escolástica De Jaucourt. MacIntyre, op. cit. Pág. 222.

39
Bakunin, op cit. Pág. 39.

40
MacIntyre, op cit. 228.

41
XI Tesis sobre Feuerbach: “El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad civil; el del nuevo
materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.
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Las personas están vinculadas, en principio, por algo más que el interés de dominación de unos
contra otros. No son individuos aislados esperando por el momento de dejar atrás sus derechos
inherentes para conformar una sociedad mayor, porque de hecho, la pueden formar por casualidad
al nacer dentro de ella, y al heredar los usos de las sociedades que las precedieron, pues un “gran
número de regularidades de la efectividad social, sobre las cuales se estructuran el orden estatal y
el orden jurídico y, asimismo, muchos hechos del, tanto social como políticamente, importantísimo
proceso de conducción y el seguimiento, se basan, evidentemente, en forma consciente o
inconsciente, sobre la imitación42”. La realidad social es más que meras relaciones, es búsqueda
gregaria, de identidad y de auto comprensión. Es la búsqueda de un yo que trasciende, y a esa
trascendencia, las personas buscan darle un respeto al crear el Derecho.

Incluso, más interesante. Dentro de esta afirmación de la identidad personal, “el sostener que lo
único que contribuye a formar comunidad es la afirmación consciente de pertenecer a ella, y no la
protesta contra ella, constituye una inadmisible restricción del concepto de comunidad nacida de
su articulación racionalista43”.

Para un teóricos de la moral, es claro que si existe una rebelión o protesta contra las normas que
tratan, de alguna manera, de ser resignificadas o reasignadas por medio de algún proceso de
apropiación o deconstrucción, no queda duda alguna que en el proceso mismo no puede, este
individuo, despojarse de aquella identidad que la comunidad le brinda y de los símbolos de los que
se vale para comunicar su programa de rebelión; a fin de cuentas, esto puede validar el sistema en
cuanto esta rebelión requiere al sistema para subsistir, pero el sistema padecería esta rebelión sin
corregir necesariamente los vicios que la originan.

Una imagen de lo que es la vita integritate la ofrece la revelación Bíblica. Cuando nos referíamos a
la universidad católica como universidad medieval no eludimos nunca hablar respecto de la labor
que tiene la teología como ciencia principal dentro del crisol de disciplinas que engrandecen el alma.
Desde los evangelios, podemos entender cuál es la imagen que engrandece a la Civilización
Occidental, cuya imagen esta descrita en el capítulo 10, versículos 25 al 37 del evangelio de San
Lucas, que se refieren, precisamente, a una pregunta crucial dentro de un orden social que se dice
Católico. ¿Dónde está mi prójimo? Esta pregunta alcanza el corazón de todos los hombres al
reconocer que no todo aquel que dice señor, señor entrará en el reino de los cielos, pues como bien
reconoce Benedicto XVI “Con palabras de Heidegger podemos afirmar que la fe supone un viraje de
todo el hombre que estructura permanentemente la existencia posterior”.

Vita integritate es reconocer la capacidad performativa del hombre en busca de lo más elevado,
para cambiar lo más próximo que tiene a sí mismo, es decir, a los otros seres humanos por medio
de la trasmisión de la verdad.

42
Heller., pág. 93.

43
Heller., pág. 109.
CARLOS CHRISTIAN BUSTOS MOLINA
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