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Alción Editora
dirección
Juan Carlos Maldonado

Cuidado de edición: Candelaria Luján


Diseño de cubierta: Ezequiel Ludueña
Foto de cubierta: Ezequiel Ludueña
Diseño interior del libro: Ezequiel Ludueña y Candelaria Luján
Contratapa: Juan Carlos Maldonado

Fotografías: Archivo de la familia Vélez.


Ezequiel Ludueña.
Candelaria Luján.

© Cergio Silvano Vélez, 2015

© Alción Editora, 2015


Av. Colón 359 - Galería Cinerama - Local 15
5000 - Córdoba - República Argentina
Tel./Fax: (0351) 4233991
E-mail: alcion@infovia.com.ar
www.alcioneditora.com.ar

Impreso en Argentina
Printed in Argentina

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

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Cergio Silvano Vélez

Querencia Florida

Alción Editora

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A mi padre, Benildo
A mi madre, Segunda Custodia

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Agradecimientos

Llevo en mi corazón un inmenso agradecimiento a mi


sobrino, Señor Intendente Oscar Musumeci, por la ayuda
recibida a través de la Municipalidad de Villa Yacanto.
A Candelaria Luján por su labor de edición y a Ezequiel
Ludueña por su trabajo fotográfico.
A Juan Carlos Maldonado por sus palabras y ayuda.
A mi hija Maria Luciana que me ayudó con las
comunicaciones.
A mi señora Maria Haideé por su incondicional apoyo.
Y a todos los que, de una u otra forma, aportaron a este
proyecto.
A todos, Gracias

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Prólogo

Una vida que se vive


con la certeza de estar viviéndola;
una vida buena, fuerte.

Carlos Castañeda

La Florida, Junio de 2015

Nos encontramos por la mañana, ni tan temprano ni tan tarde para que
pudiéramos descansar pero también para que nos diese tiempo a escribir, a leer,
a registrar. "Ustedes están de vacaciones", nos decía todos los días Vélez, "y yo
les doy trabajo".
En nuestro campamento, con Ezequiel, veíamos cómo se unían en el aire
las historias que él nos contaba con las imágenes de las cajas de fotos que sacaba
del galponcito. De telón el sol, las hojas verdes del acer y el río, a veces
transparente y calmo, otras, ruidosa estampida chocolate. Los dos, en la
hamaca, mirábamos el cielo. No era trabajo, era placer. Queríamos unir esos
fragmentos para poder volver a esas historias y a esas imágenes cada vez que
quisiéramos.
Para eso necesitábamos que Vélez fuese todo nuestro durante el verano y
tuvimos que ahuyentarle los amigos que venían a escucharlo. Sabrán entender
ahora; lo retuvimos y le insistimos que escriba para que podamos leerlo todos.
Nos conocimos cuando terminaba el 2010. Cada verano venía a vernos
sonriendo a ver si no nos quedaríamos a vivir de tanto tiempo que pasábamos
en carpa al lado del río. Nos acercamos más y más y terminamos
compartiendo no sólo caminatas y charlas, comidas y aventuras, sino también
—y por varios meses—, el espacio imaginario de las palabras no escritas.
Eso que primero fue ilusión y ahora libro fue un camino como los de las
sierras, con subidas y bajadas, piedras y agua, pero siempre rodeado de belleza.

La Florida existe hace mucho pero Vélez tuvo que abrir las puertas de
esta tierra a la gente no hace tanto. Si bien fue por necesidad, lo hizo con
inmensa generosidad. Sin saber nada, emprendió y aprendió gracias a un amigo
que lo ayudó mucho.
Ese círculo de enseñanza-aprendizaje vive en él que no deja de hacer de
todo para vivir y defender el lugar que quiere: pega los azulejos de los baños,
trae a los caballos de vuelta por el río crecido —a escondidas de su compañera,
Toti—, trepa la montaña, nos lleva en operaciones ultra secretas a cascadas que
nadie sabe que existen, sube a los techos para arreglar tanques, cuenta historias
a la gente que llega a su casa, sonríe.

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Nos enseña que este lugar de paz es respeto por el otro y por lo natural. El
premio es el silencio y la libertad. Él enseña, él aprende y así se forma una
rueda donde giran las lunas y las cosechas, el viento y las estaciones, el brillo
del sol y el agua. Es una escuela andante que evoca colores y magia. De
memoria dibuja todos los afluentes de todos los ríos de la zona. Nos hace
adivinanzas sobre las plantas silvestres. Juega.
Conoce bien las plagas del mundo: el acacio negro, la zarzamora y
nosotros mismos, los hombres. Es transparente y sus palabras son firmes como
las montañas que lo rodean.
Inquieto, ahora gaucho motorizado después de una cadera gastada y rota
de tanto caballo —su gran compañero de siempre— cuelga igual las alforjas de
cuero marrón de su vehículo rojo. Y sube y baja, y va y viene. No puede
quedarse mucho tiempo sentado. Este verano, cuando se cansaba de escribir
decía que se iba a buscar hongos a ver si movía un poco el cuello. Vélez siente el
cuerpo, sabe que es su aliado en la sierra.

Para él fue un gran desafío sentarse a escribir pero lo hizo movido por su
propio impulso. Supo intuitivamente cómo hacerlo porque escribe como narra.
O tal vez escribe porque narra. No le cuesta la escritura porque no le cuesta
contar. Tiene el ejercicio de la palabra, conoce la tensión de un relato, el inicio,
el remate. Cuando cuenta, Vélez nos hace ver con sus ojos.
Conserva la espontaneidad de lo oral. Hay tanta picardía y buen humor
en sus relatos como en el brillo de sus ojos serranos. Rara vez cuenta historias
tristes, aunque las tiene.
Con la paciencia del que sabe esperar, de quien ha observado y sentido el
paso del tiempo en los árboles fue construyendo estos relatos donde recupera
como protagonistas sus propias raíces. Desde la llegada del abuelo Silvano a la
zona, pasando por las aventuras de su padre Benildo, hasta llegar a las suyas
propias.
Su abuelo, su padre y él le dieron al espacio esa mano de hombre que
ayuda a volver algo más fértil. Lo transformaron, con frutales, huertas,
sombras, para vivir, para generar vida.
Las historias de este libro rescatan las buenas intenciones, la generosidad,
el espíritu de comunidad, el gran esfuerzo realizado por estos serranos para
mejorar la vida y alcanzar el bienestar general. Las palabras de Vélez tienen
sustento en sus acciones.

Del barro el hombre se hace, se forma y deshace. Vélez nació en La Florida


y tiene las manos de tierra de trabajo honesto, los ojos del color del río que lo
acompaña, un cuerpo de piedra fuerte. Es generoso y vive en paz con el mundo
en su querencia. Vivió siempre ahí aunque por épocas no estuviese.

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Vélez representa la fusión del hombre con la tierra porque no se entiende
este lugar sin su presencia y su cuidado, pero tampoco se podría entender a este
hombre sin la tierra, la raíz que sostiene al árbol.
Por eso la querencia ya no es sólo un lugar físico donde volver o una
inclinación afectiva hacia el lugar donde se nació o vivió. La querencia se
vuelve una zona espiritual, sin tiempo ni espacio, donde se despliega la
búsqueda del placer pleno y duradero. Es una fuerza que puja, que nace en el
interior y mueve a la satisfacción. Es el lugar del instinto, una potencia natural,
un impulso hacia la perfección. Es la búsqueda infinita de la felicidad como
finalidad primordial de la existencia, como la repetición de los ciclos, el círculo
que tiende a cerrarse. La Florida es esa querencia: el espacio de llegada y el
espacio de partida sin inicio ni fin.

Candelaria Luján

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Estancia La Florida

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Palabras Preliminares

Un amigo me dijo una vez que para que el hombre se sienta realizado en
su vida debería plantar un árbol, tener hijos y escribir un libro.
En La Florida, mi querencia, veo con mucho orgullo los frondosos y
opulentos árboles que supe plantar hace ya tiempo y que ahora me dan mucha
alegría y satisfacción. Así veo también a mis tres hijos, dos varones y una
mujercita, que han crecido al lado nuestro, criados con mucho sacrificio para
darles estudio, con mucha abnegación junto a mi señora para pulirlos y
orientarlos por el buen camino. Los veo igual que a aquellos árboles que dan
alegría y ganas de luchar por ellos hasta el cansancio.
Veo pasar los años y para sentirme realizado, según mi amigo Jorge Eguía,
me falta escribir. Con las alforjas cargadas de recuerdos y anécdotas que
sucedieron en mi querencia, temeroso pero decidido, empiezo a escribir esto
que no se si será un libro o simplemente algo escrito en este simple cuaderno.

Sergio Velez
Marzo de 2014

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PRIMERA PARTE

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Allá por el año 1917 mis abuelos, don José Silvano Vélez y Dominga Torres,
deciden comprar un campo en La loma del durazno e instalarse en la parte sur,
cuyo dueño entonces era Lupercio Rodríguez casado con una tal Gigena. Mi
abuelo don Silvano, que era nacido en Amboy, adquiere el campo de Lupercio
con todos los títulos de propiedad correspondientes y se traslada desde Athos
Pampa donde estaba viviendo en la época, a Alto del Pantano. Desde allí va a
cuidar el ganado a un campo que arrendaba en lo alto de las Sierras Grandes, en
el lugar que hoy se llama La oscura overa.
Entusiasmado por las pasturas que existían en la zona y viendo abundante
agua eligió el lugar que hoy conocemos como La Florida donde adquirió
cuatrocientas hectáreas.
Para el traslado desde Athos Pampa usó carretas tiradas por bueyes y mulas
cargueras con árganas —unos canastos de cuero, muy útiles para llevar cosas,
que se cerraban con un hueso o con un palo duro donde transportaba los
enseres—. Pero no pudieron llegar con las carretas al mismo puesto donde él
había llegado antes a caballo. Se aproximaron más o menos tres quilómetros y
desde allí trasladaron las cosas a mano. Con ellos venían sus hijos Pedro,
Audelina y Aurelia, y Benildo, mi padre.
En el lugar vivía don Carmen Álvarez que era puestero de Lupercio. Don
Carmen fue después el abuelo materno de mi esposa, cosa que en aquellos
años ni lo sospechábamos —no podíamos ya que ni siquiera habíamos
nacido—.

Una vez instalado, el abuelo Silvano acomodó las pertenencias. Construyó dos
piezas, una que era la de él y su esposa y otra que usaban para que durmiera el
chiquerío. Después hizo otro cuarto más para poner los chicos en esa otra pieza
y la que tenían la hizo sala de recibo. No entraba nadie en esa sala porque tenía
que estar impecable para cuando viniera la visita. La abuela la limpiaba siempre
y la mantenía bien oscurita y fresquita. Había todas sillas al lado de la pared, el
sillón de la abuela y el sillón para el huésped.
Se construyó también una cocina con paredes de adobe. Consistía en una pieza
donde estaba el fogón, de piedra o de barro y paja, al que a veces se le ponía
una treva que era un círculo de hierro para apoyar las ollas. Había además una
ramada que estaba compuesta por cuatro palos con horqueta, llamados
horcones, y techo de paja sin paredes. Ese cobertizo se usaba para guardar los
aperos.
El abuelo era un hombre de mucho trabajo y a los campos que tenía allá cerca
del filo de las Sierras Grandes les sumó los de La Florida. Siguió criando
ganado caprino, ovino, bovino y equino y para cada especie construyó su

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corral. Para el "nochero" que era el caballo que estaba siempre a mano por
cualquier emergencia o para cuando hubiese un viaje programado que había
que salir a la madrugada, construyó cerco también.
Además, hizo plantación de frutales como naranjos, durazneros e higueras, ya
que la fruta seca era parte de la alimentación de la sierra. Como los pueblos
estaban distantes —el pueblo más cercano era La Cruz y la única manera de
traslado era el caballo y sus mulas para cargueros— los serranos trataban de
producir todo lo que se consumía. Por ejemplo, en verano, con el calor, como
no tenían dónde conservar carne, carneaban animales chicos, ya sea de oveja o
de cabra. En invierno, en cambio, carneaban vacas y se hacía el charque —o
charqui como se le decía en la zona— para guardar. Este proceso consiste en
afinar la carne, estirarla con el cuchillo, y agregarle sal gruesa. Se la pone sobre
una mesa y después a esa carne le sale todo su jugo y entonces se la coloca en
una soga o en un alambre donde se la cuelga. Así queda varios días al sol hasta
que se seca totalmente. Se debían carnear estos animales grandes solamente en
invierno y secarlos al sol porque en el verano no se podía porque se pudren
por el calor. También se carneaba después de las primeras heladas para que no
hubiera bichos y cuando la carne está bien seca se la recoge y se la guarda en
presas en un canasto de caña tacuara en la despensa.
Con el charqui se podía hacer la chastaca —conocida también como chastaka,
chataca o incluso shataka— que es un tipo de carbonada. Al charqui se le da un
hervor para que la carne medio se ablande y después se la pasa por el mortero
—acá el mortero era de madera—. Aparte, en un sartén con grasa se ponía
cebolla picada, se la doraba y le agregaban la carne y condimentos de todo
tipo, pimienta, ajo y un poquito de harina, un caldo del agua del hervor del
charqui y quedaba como una carbonada medio durita. Con esta preparación
pueden hacerse empanadas o comerse sola. A veces no había cebolla de cabeza
pero seguro había cebolla de verdeo y se usaba eso. Papa había poca y cuando
no había se ponía un pedazo de zapallo.
Para los meses que van de septiembre a diciembre se hacía el mote con maíz
cosechado aquí y harina de maíz caspio. Siempre había una hortaliza con las
verduras principales como el típico cilantro para la sopa con mazamorra,
acelga, lechuga y otros.
Los serranos trataban de producir todo lo que se necesitaba para vivir. Por eso
hacían también el zapallo deshidratado, pasas de higos, pelones, los quesos,
los quesillos o la leche cuajada. Se hacía el vinagre de durazno en casa también
porque antes la cáscara de la fruta no tenía bicho ni nada. La cáscara era linda,
limpita. Con todo eso que se pelaba para hacer pelones se guardaba la piel y se
sacaban tres bolsas por lo menos y se hacía el vinagre. Eran seis zarzos de un
golpe para los pelones. Y cuando se empezaban a secar se seguían pelando
hasta que se acababan los duraznos que cosechábamos. Toda la piel iba a una
bolsa de arpillera y las cáscaras solas largaban el jugo. Al último iba la abuela
y apretaba y salía más jugo. A veces llegaba el vinagrillo, una mosquita

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chiquitita negra y yo le decía a la abuela que le pusiéramos una tela para que
no se metiera en el vinagre pero la abuela decía que no porque ese es el bicho
que hace el vinagre. Ella iba recogiendo el líquido en una olla de loza.
La legía se hacía con cenizas de molle seco, las velas con grasa de cabra o vaca.
Para hacer el jabón se mezclaba un preparado que se compraba que se llamaba
Allemandi con grasa, por lo general, de cabra.
También con la lana de oveja —esquilada acá—, se hacían frazadas, mantas,
alforjas, caronillas, fajas, cigarreras, alfombras. El tratamiento de la lana llevaba
un tiempo de hilado, teñido, lavado, hasta que pudiera estar lista para hacer las
prendas. A mano también se hacían los atarales, como le llamábamos por
costumbre en la sierra a los atelajes, es decir, al conjunto de guascas, lazos,
sogas, bozales, cinchas, correones que se precisaban para los animales.
Los hombres se dedicaban a cazar animales silvestres como el lobo de río, el
zorro, el puma, el zorrino, la iguana, la vizcacha para vender las pieles. Eso era
una entrada más que la gente sabía utilizar para sus necesidades que en la
sierra eran muchas. Benildo, mi padre, solía contar que cuando el abuelo
Silvano se instaló en La Florida trajo con él todos sus animales. Pero al llegar
vio que algunos serranos vecinos tenían muchas faltas económicas, que no
tenían animales o que algunos tenían muy pocos y que por lo general en
muchas épocas no tenían carne para comer. Entonces dispuso, junto a su
hermano Salomé —que vivía más arriba de las sierras, cerca del Carmen en el
lugar que se llamaba 9 de julio— ayudar a esa gente. Llegado el invierno
avisaba a los que más necesitaban que tal día iba a carnear una vaca y les decía
que vinieran a llevar carne. Ese día de la carneada repartía entre todos los
vecinos la vaca que había carneado y todos se iban muy contentos y
agradecidos. Lo mismo hacía Salomé allá más arriba en la sierra. Ambos eran
muy católicos y creían en el dicho que dice que a aquel que comparte con los
que no tienen, Dios le da más.
En la sierra los años eran difíciles y se pasaban trabajando mucho para poder
sobrevivir, luchando contra el clima, las enfermedades del hombre y las pestes
del ganado, con remedios caseros contra las garrapatas, el choncaco, la aftosa o
la brucelosis.

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Retrato Benildo Vélez

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Mi padre, Benildo Vélez, hijo de don Silvano, llegó junto a su familia a La


Florida a los nueve años, lo que le permitió disfrutar desde muy chico de todo
este entorno.
Llegó el tiempo en que Benildo tenía que ir a la escuela y la única más cercana
estaba en Carahuasi —lugar distante catorce quilómetros—. El recorrido lo
tenía que hacer a caballo y en total eran veintiocho kilómetros ida y vuelta, seis
días a la semana —en esa época también se dictaban clases los sábados—. Así
Benildo, con mucho esfuerzo, completó el primario.
Después el abuelo Silvano, para hacerle continuar los estudios, lo lleva a
Benildo a Río Cuarto ciudad donde cursa el primer año del secundario en un
colegio de artes y oficios donde sigue el curso de carpintería, por lo que Benildo
era carpintero. Por eso, cuando se casó, compró solamente la cama que ahora
está en la pieza número uno de la hostería. Además él solo se hizo el ropero,
dos mesas de luz, una silla, un pie de lavatorio, una mesa chica y un alhajero en
forma de corazón. También construyó la cuna para su primer hijo y tres camas
chiquitas según iban naciendo los demás.

Familia materna de Cergio Vélez. Sentados: Marcelino Martínez y Custodia


Rivarola (abuelos) - De pie (de izquierda a derecha): Pedro Martínez,
Segunda Martínez (madre) y Marcelino Martínez.

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Segunda Martínez, Benildo Vélez, abuela Dominga y tía Eulogia.
Héctor Aguirre en el triciclo, Libia Vélez, Cergio Vélez con caballito de
madera, Élida Vélez y César Torres.

Casamiento de Benildo y Segunda Martínez

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Benildo creció, pasó su juventud y se casó con Segunda Custodia Martínez en el
año 1933. Se quedaron a vivir en La Florida, con su familia, ya que debía ayudar
a su padre en el campo. Pero el abuelo Silvano fallece joven, allá por el año
1934, por lo que Benildo tuvo que hacerse cargo de toda La Florida que tenía
muchos animales y bastante campo para atender.
Él era una persona alegre, muy dado con la gente, muy amigable y no tenía
dificultad para hacer un favor a cualquier persona. Pensaba mucho en el
bienestar y progreso de su familia, pero también de la comunidad que lo
rodeaba, es decir, del caserío que estaba desperdigado e incomunicado en la
sierra.
Los hijos empezaron a nacer y con ganas de tener otros horizontes comenzó a
darle vueltas en la cabeza la idea de comprar un camión. Pero para traer un
camión había que construir un camino, cosa que, medio en voz baja, se lo
comentó a sus más íntimos amigos y la reacción de ellos fue mirarlo de reojo.
La expresión de sus rostros decía "Benildo ¿está loco?", "¿Cómo vamos a
construir un camino?".
Pero él viendo que la gente aquí tenía muchas necesidades como traer y llevar
mercadería, transportar los frutos, cueros, auxiliar a los enfermos, parturientas,
trasladar personas fallecidas —la gente antes acá se moría de diarrea,
peritonitis, en los partos o de pulmonía—, fue que se propuso y dispuso hacer
un camino y comprar un camión. El futuro camino, de entre diez y doce
kilómetros, uniría a los serranos de la zona de Benildo conYacanto, comunidad
que se formaba en la época y que estaba un poco más comunicada con Santa
Rosa de Calamuchita.
Cuando ya la gente se entera del proyecto los más amigos estaban al lado de él
como acompañándolo en su locura y a ver si podían hacerlo desistir de la idea.
Otros decían "¡Qué lástima don Benildo se ha vuelto loco!". Pero Benildo no
desistía y con artimaña reunía a la gente: un día realizaba una tabiada y juntaba
algunos, pero primero, antes de jugar, había que hacer unos metros de camino.
Otro día organizaba una fiesta. Y así, tabiadas, fiestas, asados, rifas pero
siempre antes había que hacer un poco de camino. Y el camino se iba haciendo.
Después pagó jornales, cosa que no se veía en la zona y que consistía en que se
trabajaba durante el día y el jornalero a la tarde cobraba su platita. Eso dio más
resultado porque antes la gente acá trabajaba y se le pagaba con trueque.
Así, con pico y pala, de a poco se fue haciendo el camino que demoró cerca de
un año y así también se veía realizar el sueño de Benildo.
Cuando el camino estaba próximo a concluirse mi padre le dijo a Custodia, su
esposa, que se iba para Almafuerte a comprar un camión. Pasaron una semana
conversando sobre esta idea, opinando y haciendo planes y tomando
precauciones ya que Benildo no sabía manejar. Lo único que sabía manejar
eran mulas y caballos ya que se juntaba siempre con un primo hermano, Juan
Carlos Torres, a domar, boliar o pialar que es un arte que consiste en que
cuando el animal va corriendo le tiran las boleadoras y le enlazan las patas

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traseras y el animal hace tumba carnera. Eso lo hacían para ver quién era el más
jinete de los dos.
Pero llegó el día en el que se decidió y dijo "mañana me voy a comprar el
camión" y Benildo partió, quedando Custodia rogando a Dios que no le pasara
nada y en la intimidad compartiendo la ilusión de Benildo por la compra del
camión.
Esto ocurría allá por el año 1938. Ya había nacido el primer hijo del matrimonio
y estaba en camino el segundo. Pasaron dos, tres, cuatro días y el camión no
venía. Había preocupación en la familia porque pasó una semana y de Benildo
ni noticias.
Entonces Custodia dispone mandar a Yacanto a un puestero, a don María
Ferreyra que vivía en la parte norte del campo, para avisarle a don Juan Carlos
Vélez para que buscaran a Benildo, dándole al puestero carácter de urgencia y
de gravedad al caso. Por pedido de Custodia el mensaje decía que se arbitraran
todas las medidas para ubicar a Benildo. El puestero partió raudamente hacia
Yacanto.
No viene que antes de llegar al pueblo, desde lo alto de una loma, ve en una
bajada pronunciada que está a tres kilómetros de Yacanto, un camión que
estaba semi tumbado. En la mente de este pobre hombre se le cruzó la idea de
que Benildo estaba muerto. En esa época no estaban acostumbrados a ver ni
autos ni camiones por lo que al ver la máquina tumbada pensó lo peor.
Sin llegar a donde estaba el camión pegó la vuelta a La Florida a traer la noticia
a Custodia. Llegó el puestero a la casa. Todos esperaban que hablara por lo que
este pobre hombre todo agitado da la noticia de que el camión estaba dado
vuelta en el camino y que Benildo estaba muerto.
En la familia entró la desesperación y fueron a buscar caballos para poder
llegar al lugar del accidente, cosa que se hizo lo más rápido posible. Pero
cuando llegaron todos al lugar . . . ¡Oh sorpresa! ¡Gran alegría! Benildo con
unos amigos de Yacanto estaban enderezando el camión para ponerlo en el
camino.
Al aprendiz de chofer no le había pasado absolutamente nada, un susto no más
y de ahí aprendió a rebajar antes de las cuestas grandes. Porque él había
aprendido a poner marchas pero no sabía que tenía que rebajar para bajar. Al
camión solo le quedó el vidrio roto de una de sus puertas por lo que Benildo,
después de ponerlo en la huella, que era el camino que todos juntos habían
construido, siguió viaje con la alegría de todos sus amigos y la tranquilidad y
alegría de Custodia y su familia.
Una vez en casa con su camión Benildo se dio cuenta que había realizado un
sueño y había concretado la ilusión de poder socorrer en cualquier momento a
los serranos de sus necesidades, llevar enfermos al médico, socorrer
parturientas, niños enfermos e intentar satisfacer las necesidades que pudiese
haber. También le sirvió para que aquellos vecinos que lo creyeron loco por la

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ilusión del camión lo siguieran apoyando en sus emprendimientos posteriores,
porque vieron que Benildo trajo el camión para ayudar y socorrer a la gente.

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Benildo con su camión

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Y así Benildo organizaba cosas para progresar con su familia pero también
buscando el bienestar de los demás. Con sus profundas creencias religiosas es
que convocó nuevamente a los serranos para proponerles una idea que va a
formalizar con su cuñado don Salomé Vélez, marido de su hermana Audelina,
quien tenía la estancia llamada El Carmen ubicada más arriba, a unos mil
seiscientos metros sobre el nivel del mar.
Benildo, conociendo la parte débil de los serranos es que invitó a todos los
vecinos cercanos que pudo a una reunión con asado para tal día en la estancia
El Carmen. A la vez, los vecinos cercanos invitaron a los más lejanos.
Llegado el día los serranos concurrieron masivamente. Pero antes de servir el
asado Benildo les explicó la idea que tenía y que con Salomé pensaban
construir una capilla en las Sierras Grandes para la cual don Salomé donaba, un
predio a la curia con el fin de construirla. Todos los serranos con alegría
apoyaron la idea y se comprometieron a ayudar y a colaborar para lo que fuese
necesario. Entonces comieron el asado y brindaron con dicha por el próximo
proyecto que tenían.
Inmediatamente se forma la comisión pro templo que los serranos aceptan con
.
gusto y con el compromiso de desempeñar el cargo que le fuese designado.
Constituida la comisión formalmente, queda como presidente Benildo Vélez.
Habiendo arreglado en la parte serrana todos los términos, el presidente
Benildo se presenta con acta de donación del terreno y una comisión
formalmente constituida ante el cura párroco de la localidad de San Agustín,
don Domingo Viera, quien la recibe con mucha satisfacción y entusiasmo. En
consecuencia, el cura Viera fue el asesor de este proyecto y los acompañó en
todos los problemas o dificultades que presentaban los trámites para la
realización del templo. La curia tenía que aceptar la donación y la autorización
de construir la capilla.
Corría el año 1943 y el presidente con algunos miembros se dispusieron a
presentarse juntamente con el cura párroco ante el Gobierno de la Provincia de
Córdoba. En aquel entonces estaba el interventor federal General Alfredo
Córdoba a quien le peticionaron ayuda económica para la construcción de la
capilla según consta en recorte de diario de la fecha.

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También Benildo empezó a reunir a los serranos para realizar fiestas de baile,
tabiadas, inventó una ruleta, hizo un bazar que consistía en comprar un
papelito que estaba adentro de un frasco —el costo del papelito era de veinte
centavos— y se podía ganar desde un caramelo a una botella de licor o
perfume. También había algún premio mayor —aunque eran escasos— como
un pellón, una caronilla o un pegual que es un cinto más o menos ancho que
sirve para apretar el pellón y es lo último que se pone del apero. El fin de estas
fiestas, ruletas y bazares era el de reunir fondos para la construcción de la
capilla.
Con esos fondos se pudieron comprar las chapas de zinc, portland, cal,
puertas, ventanas y mosaicos. Ya con los materiales en casa de Benildo, que los
había traído por la huella con su camioncito, había que ingeniar el traslado de
los mismos hacia el Carmen distante de La Florida unos doce quilómetros.
También había que llevar arena.
Pero de La Florida al Carmen no había camino, sólo se podía ir a caballo o
mula. Entonces, en sucesivas reuniones de la comisión, se pidió a todos los
vecinos el aporte solidario de viajes a lomo de mula. Los serranos empezaron
entonces el trabajo del traslado, algunos con una mula, otros con cuatro o dos.
La cuestión fue que todo se trasladó al Carmen, lo que ocurrió en varios meses,
con mucho esfuerzo de todos. Muchas anécdotas quedaron de esos traslados.
En algún viaje a uno se le disparó la mula, a otro se le cayeron las cargas y tuvo
que dejarlas para buscarlas otro día. También está la que dice de los que habían
estado en el boliche, como se le decía antes a los almacenes de ramos generales
donde se podía tomar alguna copa, y se mandaron unos vinos de más y no
pudieron hacer el trabajo, pero eran perdonados porque hacían su labor siendo
fervientes devotos de la Virgen. En otra oportunidad, a otros serranos que
llevaban chapas de zinc, los sorprendió un viento tan fuerte que las mulas

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fueron a parar a una quebrada. Primero tuvieron miedo por los animales que no
se podían tener en pie y podían lastimarse, pero cuando pasó el susto lo
tomaron para la risa y decían que las mulas habían volado por el aire.
Entre alegría y sacrificios los criollos serranos llevaron todos los materiales
como así también la arena desde el río de La Florida al Carmen, por lo que se
hicieron miles de viajes para construir la capilla.
Las piedras para las paredes y el altar y la madera de álamos se recogieron de
la estancia de Salomé Vélez. La madera fue cortada y labrada a mano por don
Desiderio Martínez. Los albañiles que licitaron para la construcción de la capilla
fueron Martín Ordóñez y Marcelino Martínez siendo el señor Ordóñez el que
ganó la licitación por lo que quedó al frente de la construcción y responsable de
la mano de obra de la iglesia, construida en piedra y madera. Ordóñez era de
Tala Cruz y aunque ganó la licitación, Marcelino, que era también un excelente
constructor, usó sus manos para construirla bajo las orientaciones que dejaba
Ordóñez.
Cuando estuvo lista la Capilla del Carmen se comenzaron a dar las funciones,
pero sólo en el mes de enero. Solamente una vez al año venía el sacerdote a dar
las misas en diez días consecutivos que culminaban con una procesión que
llevaba a la Virgen del Carmen hasta la punta de un cerro.
Los criollos, que pocas veces habían concurrido a una iglesia traían a sus
familias para que fueran a misa. Mientras tanto ellos, medios chúcaros para la
iglesia, se quedaban en un bar instalado para la ocasión. Pero el curita pícaro se
daba cuenta que algunos hombres remolones no asistían a misa y se les iba
acercando de a poco contando anécdotas y chistes hasta que los convencía que
tenían que ir a misa por lo que el gauchaje todo terminaba concurriendo a la
iglesia.
En el mismo terreno que había donado Salomé Vélez para la construcción de la
capilla la curia cedía en forma de préstamo un lote de terreno en los cuales los
serranos construían sus casas tipo rancho con material del lugar y así cada uno
tenía su casa donde se albergaba durante los días que duraran las fiestas
cuando venía el sacerdote para las funciones. Se llegaron a construir diez casas
más o menos.
Así Benildo con mucho sacrificio e inventando cosas, ayudado por los vecinos
construyó lo que es hoy el caserío y la Capilla del Carmen. Como ya había
iglesia, un cementerio, algunas casas y otras por hacerse para la gente que
quería quedarse a vivir allí, Benildo dispuso encaminarse para conseguir
escuela.

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Benildo en la Capilla de Carmen

Familia Vélez y Torres en función en la Capilla del Carmen.

Procesión religiosa Virgen del Carmen

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Vista actual de la Capilla del Carmen

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Corría el año 1947 y, al mismo tiempo, Benildo veía crecer en La Florida a sus
hijos que ya tenían edad escolar y aquí cerca tampoco había escuela. Se
preocupó mucho por esa situación. Veía también que los vecinos tampoco
tenían recursos para mandar a los chicos al colegio.
Entonces entró en tratativas para conseguir escuelas pero mientras tanto alquiló
una casa en Yacanto para que fuera su esposa Custodia con los chicos para no
perder el año escolar. Mientras gestionaba por otro lado dos escuelas: una para
La Florida y otra para Capilla del Carmen.
Así fue que iba y venía, se reunía con ciertos personajes que le prometían que
ya venían y anduvo mucho hasta que allá por el año 1949 el gobierno designó a
las maestras para las dos escuelas recién creadas. ¡Sorpresa! Benildo veía
realizado otro de sus sueños y que la suerte lo acompañaba.
Benildo entonces prepara su camioncito Ford 35 porque había recibido el aviso
de la designación y tenía que recibirlas en Santa Rosa de Calamuchita.
Llegaron las señoritas, subieron al camión, viajaron dos horas y media entre
curvas, subidas y bajadas muy sorprendidas porque nunca habían salidode la
ciudad.
Llegaron a estos pagos de costumbres diferentes y la dueña de casa las instaló
en su habitación —cosa que se había comprometido de ceder, una para la
maestra y otra para el aula—. Estas chicas cuando vieron que la comida
consistía en sopa con mazamorra, puchero, leche con mazamorra, o mate de
leche se asustaron. Pero más se asustaron cuando tenían que hacer sus
necesidades fisiológicas detrás de una simple pirca, porque aquí en la sierra no
había sanitarios. Más aun se asustó la otra maestra que iba al Carmen que tenía
que realizar el trayecto a caballo, que se tarda tres horas y no sabía montar. Por
todo esto fue que las maestras hablaron con Benildo diciéndole que se querían
volver a la ciudad, a su lugar de origen y que las tenía que llevar de vuelta.
Benildo con mucha pena y desilusionado las lleva. Pero en el camino pensó
para sus adentros: "estas chicas no me pueden ganar".
A propósito e inmediatamente después de dejarlas en Santa Rosa compró los
elementos necesarios para construir el baño que deseaban las maestras y buscó
el albañil y el plomero y manos a la obra. En poco tiempo tuvo el baño
instalado con ducha, bidet, inodoro, toilette y todos los chiches.
Benildo se fue nuevamente rumbo a Córdoba y se presentó en el Consejo de
Educación para informar que tenía todo lo que las maestras exigían. Pasaron
unos meses y de vuelta la comunicación que venían las maestras y había que
buscarlas. Benildo fue y las buscó pero eran otras, no las que habían venido
primero. Alcira Salmerón, la maestra designada a La Florida, se quedó y la que

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iba al Carmen se volvió porque no sabía andar a caballo tampoco y no quiso
intentarlo por lo que el Carmen se quedó otro año sin escuela.

La maestra de La Florida, al ver tan pocos chicos, habló con Benildo para fijar

La maestra Alcira Salmerón y alumnos de la escuela La Florida.

un día para que los vecinos se reunieran y hablar con ellos para que anotaran a
sus hijos. Nuevamente ven otro inconveniente. Los padres anotaban un niño no
más porque los otros les hacían falta para cuidar las majadas y no los podían
mandar. Entonces la maestra y Benildo hablaron con la gente de lo conveniente
que es que los chicos sepan leer y escribir. La gente hacía un poco oído sordo.
Pero las clases empezaron igual con pocos niños.
Entonces nuevamente Benildo recurre a su astucia para atraer a los chicos a la
escuela. Comenzó hablando con los vecinos más amigos y formó la comisión
cooperadora escolar. Se hicieron algunas fiestas y donaciones, por lo que se
juntó algo de dinero. Se fue a la ciudad y compró zapatillas Pampero,
pantalones, medias, polleras, blusas y guardapolvos. Todo esto se repartió
entre los chicos que concurrían a la escuela. ¡Qué sucedió! Que los otros
chicos que no concurrían a la escuela querían ir porque veían a sus hermanos
con ropa nueva, zapatillas que ellos nunca habían tenido y así entusiasmaron a
todos los chicos y la población escolar se incrementó notablemente. Después
les compró juguetes, cosa que los niños de esta zona nunca habían tenido.
Porque no era que no jugaban, pero acá en el campo los juguetes eran huesos
de animales, pequeñas pircas con piedritas chiquitas, alguna lata de conserva
con flores. Ya más grande un lazo o una muñeca de trapo.

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Así fue que la escuela funcionó a pleno varios años. A los niños se les daba el
pan y mate cocido, ropa y útiles. A la maestra no se le cobraba estadía como así
tampoco el traslado o viajes que tenía que hacer. Se les daba la comida gratis,
no se les cobraba nada, ni siquiera la correspondencia, porque la comisión les
pagaba las estampillas. Así se acostumbraron de a poco y se fueron adaptando
a la costumbre serrana. Tanto así fue que algunas maestras se casaron con
jóvenes lugareños.

De otra nueva responsabilidad se hizo cargo Benildo cuando apareció la peste


de viruela. Como en La Florida había escuela es que el gobierno mandó a
vacunar a los niños ahí y como no se contaba con enfermeras ni médicos es que
Benildo toma instrucciones en los centros asistenciales y lo preparan para
vacunar a todas las personas, grandes y chicos. Después a Benildo se le designa
una zona de la sierra y él se lanza a vacunar casa por casa. Todo esto se hacía a
caballo ya que las distancias eran lejos y tenía que ir hasta el filo de la sierra.
En otros años posteriores, como ya sabía del tema, también se llegaba a la casa
de las personas que le pedían que fuese a poner inyecciones antiinflamatorias o
de la que sea, a la gente con la receta del doctor, tres o cuatro veces al día.
Con todo amor y sacrificio cumplía Benildo con el cometido ya que lo hacía por
sus amigos semejantes, serranos.

En aquella época también, para recaudar fondos para diversos fines —la capilla,
las escuelas, los bañaderos de animales, por ejemplo— es que Benildo empezó a
organizar obras de teatro en La Florida con gente del lugar que a continuación
nombro algunas: César Ortiz (Chalo), Carlos Álvarez (Catico), Domingo
Escalante, Elvira Rosales, Ester Aguirre, Jesús Torres, Arturo Ortiz, Benildo
Vélez, primer actor, director y otros.
Fue muy duro el trabajo de Benildo para enseñarle el libreto a cada uno, pero
como las obras eran gauchescas, se adaptaron bien y tuvieron mucho éxito.
Se hacían a veces en el patio de La Florida donde se cercaba, se plantaban
postes, se tiraban alambres y enredaban ramas de árboles para hacer la
contención de la pista para que no entrara la gente sin pagar. Después de la
obra de teatro se venía el baile.
Como las obras eran gauchescas había peleas por una dama y tiros de balas de
fogueo y camisas manchadas de sangre —que era tinta roja—. La gente se
desmayaba, las mujeres generalmente, pensando que de verdad era sangre y
que había un herido.
Custodia hacía los vestuarios y entre todos hacían efectos de sonido, caballos al
galope, perros ladrando, terneros o el tiro del revólver.

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Copias manuscritas realizadas por Segunda Martínez de diversas obras de
teatro.

También hizo obras de teatro para recaudar fondos para la construcción de


bañaderos de animales, o para la construcción del Club Municipal en Yacanto,
junto a Juan José Ferrari y su señora Nelly, quienes eran dueños de un almacén
y los primeros foráneos emprendedores de Yacanto.
En esta obra en particular, para la creación del Club Social de Yacanto, se avisó
que Chan chin fun, el mago chino protagonista, había tenido un problema para
llegar porque se le había descompuesto el vehículo y por eso se iba a demorar la
obra, pero que don Ferrari lo iba a ir a buscar. Pero en realidad Ferrari estaba
escondido en una pieza pintándole la cara de amarillo al mago chino, que en
realidad era Benildo maquillado, estirándole los ojos con cinta scotch para que
pareciera chino y pintándolo para que de lejos no se viera la cinta.
A la hora apareció Ferrari con Chan chin fon y la gente se creyó que era un
chino de verdad. "Mirá, trajeron un chino", decían. "Lo que les habrá costado",
comentaba el público. La obra consistía en que el chino hacía cosas raras.
Apareció con una varita. Hablaba mal, tenía dificultades para el castellano y se
hizo entender con gestos que necesitaba una cocina y un sartén porque iba a
hacer huevos fritos sin huevos en un acto de magia. Le trajeron la cocina y el
sartén que no tenía nada. Como un mago mostraba que no había nada. Él tenía
como una túnica, unos trapos largos que llegaban al suelo y colgaban de sus
brazos. Puso el sartén a calentar en el fuego y mostró la varita y la apoyó en el
sartén y hablaba y cuando dice "ya están los huevos fritos" ahí estaban los
huevos. La gente no lo podía creer. Dos hermosos huevos fritos cocinándose en
manteca aparecieron en el sartén. Resulta que la varita era hueca y adentro
estaban los huevos. Benildo había tapado la punta de la varita con manteca para
que no se salieran. Entonces el calor del sartén calentó la varita, derritió la
manteca y salieron los huevos. Después hizo la prueba del pañuelo naranja, lo

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mostró, lo tenía en la mano y dijo que lo iba a hacer desaparecer, dio una vuelta
y desapareció. Ahí lo tenía atado con elástico.

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Durante esa época sucedió también un descubrimiento que iba a sumar a las
diversas tareas que realizaba mi padre. Corría el año mil novecientos cuarenta
y ocho cuando Benildo nos manda a mí y a mi hermano a cuidar las cabras y en
eso que andábamos pastoreando los animales vimos a un hombre en el río que
estaba pescando. Entonces nos aproximamos a este señor y vimos que lo
conocíamos. Era Orfeo Verde. Nos mostró lo que había pescado, eran unos
pescados grandotes, lindos, que no habíamos visto nunca. Entonces le pedimos
prestado uno para mostrárselo a nuestro padre. Él accedió a nuestro pedido,
dejamos las cabras y corrimos a mostrar el pescado a Benildo.
Mi padre se sorprendió mucho al verlo, tampoco lo conocía, y, como teníamos
almacén, lo pesamos y resultó tener casi tres quilos. La noticia corrió rápido por
toda la familia que se alborotó mucho. Eran puros comentarios de sorpresa por
el descubrimiento.
Por supuesto Benildo devolvió el pescado a Orfeo y a la vez le pidió que le
regalara o vendiera un anzuelo y un esmerillón. Orfeo, como era amigo y
conocido le regaló un anzuelo y cuatro esmerillones.
Benildo abandonó toda tarea que tenía que realizar ese día y se dispuso a
fabricar línea y lo necesario para pescar. Tomó del almacén una madeja de hilo
choricero y lo enceró con cera de abeja. Buscó una raíz seca de sauce llorón y
fabricó la boya y con todos estos elementos improvisó la línea y se fue a pescar,
cosa que ocurrió al poco andar y ante la mirada de sus hijos.
Después nos enteramos que ese pescado se llamaba trucha y esto fue un
motivo de entretenimiento para los días domingos salir a pescar. Además, se
agregó un plato distinto de comida que no era tradicional. Como no se conocía
receta de preparación, la forma de preparar la trucha era cortarla en rodajas y
freírla ya que eran de dos quilos más o menos. Con una trucha comía toda la
familia.
Ya a partir de esa época, al descubrir el tesoro que había en los ríos, se empezó
a frecuentar de gente de la ciudad que venía y pescaba sin control, alguno
llegando a la depredación. Benildo vio que esto no podía seguir haciéndose ya
que había pescadores que pescaban y, como no había heladeras donde
conservarlas, se echaban a perder y las tiraban. Entonces Benildo fue a Córdoba
a un ministerio, creo que a Agricultura y Ganadería. Desde ahí lo instruyeron,
le dieron las directivas correspondientes y lo nombraron guardapesca ad
honorem. Y así empezó a exigir que cumplieran con la ley. Algunos acataron
las leyes, otras ocasiones tuvo que proceder con la policía a decomisar y
levantar actas de infracción, pero así la pesca estuvo un poco más controlada.

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También se crearon algunas anécdotas sobre las truchas. Se dice que un
paisano, don Julio Argüello, que andaba amansando un macho que como era
medio chúcaro, al pasar un río, en una parte baja de poca profundidad, una
trucha grande se le cruzó frente al mulo, éste se asustó, pegó media vuelta y
volteó al desprevenido jinete que cayó al agua. Aunque era medio mentiroso,
eso contó Argüello. Decía que las truchas eran tan grandes que cuando los
cabritos se subían a las piedras del río le comían los cabritos.

Además de las diversas actividades que realizaba Benildo, en un época se le


ocurrió ser también fotógrafo. Cuando se enteró de la ley de enrolamiento
femenino les empezó a avisar a los serranos que tenían que enrolarse. Pero
como la gente el único medio de traslado que tenía era el caballo y tenían que
hacer dos o tres viajes hasta el pueblo, algunos criollos decían que eran pavadas
del gobierno y que siempre habían vivido así y que no hacía falta el enrolo —así
le decían los criollos—.
Además, había varias familias que eran muy humildes, sin instrucción alguna
que desconocían el mecanismo de las fotos y las leyes a cumplir por lo que eran
muy reacios a hacer el enrolamiento. Por otro lado, la cultura de la época, muy
machista, hacía que los maridos se negaran rotundamente a incluir a las
mujeres en la vida civil ya que su pensamiento era que ellas sólo estaban para
las tareas de la casa. A esto se sumaban las personas que por sus ideas políticas
antiperonistas protestaban y renegaban de las ordenanzas impartidas por el
gobierno de la época.
Pero Benildo, con el afán de que esa gente cumpliera con la ley y se integrara
en la vida civil, es que se compró una máquina fotográfica, unos cuantos rollos
de foto, tomó una sábana de dos plazas blanca para usar como fondo y se fue a
entrevistar a la gente.
Cuando ya estaba en la casa de los serranos, entre mate y mate conversaba y
trataba de convencerlos de que iba a sacar la foto, que después se las traía para
que la vieran y entonces los llevaba en el camión al registro civil para enrolarse.
Después de conversar y charlar un rato algunos aceptaban, otros no entraban
en razón, pero tanto explicarles sobre los beneficios, aceptaban. Así pudo hacer
cumplir con la ley a todos los serranos.
También aprovechaban, ya que por supuesto se entusiasmaban después
algunos, y ya que estaba Benildo ahí con la cámara le pedían que les hiciera la
foto familiar. Se arreglaban, se peinaban, se ponían las mujeres una blusa llena
de flores estampadas y los hombres un pañuelo en el bolsillo del saco con su
nombre bordado, como por ejemplo Jesús Oviedo o José Pereyra.

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Así transcurría el tiempo en la sierra y Benildo no dejaba de pensar en el
bienestar de la gente y miraba con preocupación todas las necesidades.
Conversando con la gente en esas visitas que hacía para el enrolo y las fotos,
por ejemplo, se enteró que había chicos sin las aguas bautismales o que los
niños que nacían no se bautizaban hasta tanto se diera con un sacerdote.
Como él tenía muy marcadas sus creencias religiosas se fue a entrevistar con
curas y obispos para plantearles tal situación. Para la época ya estaba
construida la Capilla del Carmen, pero como la zona era tan extensa y había
gente hasta el filo de las sierras, es que tuvieron que tomar otra medida. La
curia dispuso nombrar a dos personas para poner las aguas de socorro que era
un bautismo realizado por personas comunes. Los nombrados fueron Salomé
Vélez y Benildo Vélez que tuvieron que recorrer largas distancias para cumplir
con la misión que le habían encomendado y que lo hacían con alegría porque
para ellos no era un sacrificio era un honor, un orgullo dar el bautismo al recién
nacido perdido en la serranía en un humilde ranchito donde los padres del niño
y la familia en general se sentían acompañados con su presencia y habían
cumplido con los deberes religiosos.

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Muchas actividades realizaba Benildo para su comunidad pero, además, no


dejaba de lado ni descuidaba el campo.
A estas actividades no las hacía solo porque todos en la familia colaborábamos
con él, con los animales y la tierra. Yo lo ayudaba, por ejemplo, a arar. Lo hacía
ya a los diez años y, como no tenía mucha fuerza ni experiencia, la línea que
debía ser recta no me salía perfecta en la tierra y eso era motivo de risa. A veces
en el almacén alguno de los serranos le preguntaba, señalando el campo a mi
papá, "che, ¿y esa víbora que hay allá?" refiriéndose a la línea de arado que
estaba toda torcida. Parecía una viborita.
Sembrábamos maíz y la tierra se araba dos veces para que el terreno estuviera
bien blandito. La primera arada era apenas con la primer lluvia, en septiembre
u octubre y la segunda, la cruzada, era en noviembre.
Pero lo que llevaba más tiempo y atención, sobre todo, era el cuidado de los
animales que en la sierra era el trabajo principal.
A las cabras, por ejemplo, llegando la época de parición que era dos veces por
año, una en abril y la otra en octubre, había que pulsearlas, o sea, revisarlas.
Esto consiste en ver si las caderas de la cabra están ya como separadas.
Entonces, según como estuvieran, podía parir o no ese día. Si así era, se la
dejaba atada y, si no, se la soltaba y se esperaban unos días más. Ese trabajo
había que hacerlo todos los días hasta que hubieran parido todas y después
cuidar los cabritos. El chivato de octubre era lindo, gordo de chiquito porque
ya la cabra había comido pasto tierno porque había llovido. Si había nevada, en
invierno, teníamos que llevarlos a un galpón o protegerlos bajo techo. El
cuidado era permanente con las cabras.
Con las ovejas era un poco menos. No había que hacer el trabajo de las cabras
al parir. Ellas mismas parían y la oveja sabía cuidar a sus crías ya que el
corderito apenas nace puede caminar. Pero en noviembre venía el trabajo de la
esquila que duraba días. Con tijeras teníamos que sacar la lana de la oveja. Las
metíamos adentro del corral hasta que esquilábamos ciento cincuenta o
doscientas por día.
Además de estas actividades, estaba la castrada que también tenía su época. Se
hacía en mayo, después de las primeras heladas para que no haya moscas.
Comíamos las criadillas asadas, en guiso, en escabeche.
También estaban los yeguarizos. Mí papá tenía muchas yeguas solamente para
sacar la cría que, a penas nacía, se la debía matar. La piel del potrilla valía
mucho antes de los seis días después del nacimiento. Si se crecía más de diez
días —como máximo— el pelo no servía más.

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Además elegíamos otros potrillos para criar futuros caballos. Y para que no te
robaran ese potrillo que había quedado para criarse para caballo, le cortabas el
pelo y entonces no servía más, porque así no se lo compraban. Ya crecido el
caballo, lo tusábamos en octubre porque la cerda o crin tenía su buen precio.
Con las vacas también teníamos trabajo todo el día. Después de haber
ordeñado las lecheras y de tomar un buen desayuno, había que salir al campo
para recorrer y ver todos los animales por lo que el regreso a la casa era recién
después del mediodía.

Corral en La Florida.

El trabajo más arduo era cuando tocaba bañar las vacas. Esto consistía en que
un día antes de partir para el bañadero había que juntar todas las vacas en el
corral que en total eran como cuatrocientos animales. Por supuesto que el papá
pedía la ayuda de los vecinos que colaboraban con gusto.
El día de la partida, Benildo distribuía a todos los ayudantes, que hacían las
veces de peones, para poder enfilar los animales rumbo al bañadero. Como yo
era chico me daban las alforjas con la mercadería. Yo era alforjero. Llevaba
asado, yerba, azúcar, sal, mate, pava, vino, pan y todo lo necesario para los dos
días de trabajo con los animales. Al mediodía se hacía un alto en el camino, se
almorzaba y se continuaba con el arreo hasta el atardecer que se llegaba a
destino, a Atum Pampa, después de todo un día de viaje.
Cuando se terminaban de acomodar los caballos, había que hacer los
preparativos para pasar la noche. Se instalaba el real, en un lugar que se elegía
porque había o unas piedras para sentarse, o una buena sombra, agua cerca, al
reparo, o a lo mejor una pirca que protegía del viento, o un lindo llano. Todos
nos sentábamos en rueda, en una piedra o en el apero. Los arrieros tomaban
mate. Habían cumplido un día de trabajo.
Mientras tanto, mí papá iba haciendo el asado de media cabrillona. Como no se
llevaba parrilla lo hacía con estaca o palo de tala, molle o sauce seco —porque

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si no otro palo amarga y siempre mejor con tala que tiene palos más derechos
que el molle—. El palo con el que se atraviesa la carne entra de abajo hacia
arriba, de los dos lados, entra y sale de la carne. Entonces Benildo hacía una
pirquita de un lado y del otro con la altura y el largo necesario para apoyar los
palos y le echaba las brasas abajo. Se buscaba brasa de espinillo, coco o molle
que es buena brasa y, cuando ya estaba listo, cosa que anunciaba mí padre,
cada uno de los peones sacaba de su cintura el cuchillo o faca, que es como un
puñalcito chico y empezaban a comer o, mejor dicho, a churrasquiar como le
decimos en la sierra. Había un hombre, don Reginaldo Rivero que tenía un
facón, un cuchillazo que no se le caía nunca de encima. Creo que dormía con el
cuchillo en la cintura.
Todo esto se hacía a la luz de las llamas del fuego que seguía ardiendo para
después tomar otros mates y preparar los aperos para hacer la cama ahí mismo
en el real. Estos arreos fueron mi primera experiencia de dormir en el campo y
en el apero. La mamá, antes de partir, me había puesto una frazada debajo del
pellón para la noche. Como yo iba en un recado de esos serranos, no usaba
basto porque era chiquito, el recado me hacía de almohada. Las caronillas en el
suelo hacían de colchón, arriba del colchón, en la parte que ocupaba el cuerpo
se ponía el pellón y para taparme usaba la frazada que me había puesto la
mamá.
Los gauchos andaban con poncho y con eso se tapaban, se lo sacaban y se
tapaban con eso. Ellos tenían además una lona que les servía también para
azuzar las vacas porque a veces se acercaban a mirar qué pasaba en nuestro
campamento ya que andaban por ahí cerca, en el mismo lugar que nosotros.
Yo dormía pegado a mi papá.
Al otro día, cuando venía el alba, lo primero era hacer el fuego para hacer el
mate. Después, agarrar los caballos, ensillarlos y esperar a que viniera el
encargado del bañadero para bañar a los animales, cosa que se hacía a las diez
de la mañana. Cumplida con esa obligación se regresaba a casa que se hacía
más fácil porque el ganado ya venía rápido para la querencia.
El bañado de las vacas se tenía que hacer porque había muchas garrapatas y las
vacas se morían en esa época. La vaca se afiebra de la garrapata y se muere.
Eran quince, veinte o más por año. Después mi padre, Benildo, dispuso
construir bañaderos más cercanos para proteger el ganado de los serranos.
Como tenía tanta preocupación por las enfermedades de los animales y Benildo
trataba de buscar soluciones a los problemas, fue que viajó a Córdoba a
entrevistarse con autoridades del Ministerio de Agricultura y Ganadería para
buscar la manera de arreglar el problema de aftosa y garrapata que eran las
enfermedades principales de los animales que morían o que perdían su valor
por el estado que tenían.
A su vuelta del viaje, Benildo, nuevamente reunido con sus vecinos, planteó el
problema y les contó lo realizado en Córdoba por lo que nuevamente se forma

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una comisión para recaudar fondos para la construcción de bañaderos de vacas
realizando bailes populares y otras fiestas criollas.
Con abnegación y sacrificio se fueron construyendo. Primero uno en Cerro los
Guanacos y luego otro en la estancia El Criollito en jurisdicción de Lutti. Pero
las fiestas no alcanzaban para juntar lo necesario para la construcción de
bañaderos en otros lugares donde también hacían falta. Reunidos nuevamente
con los vecinos se les pidió que los que querían y podían, colaboraran con un
aporte de dinero. El dinero con el que contribuyeran se descontaría de lo que
tenían que pagar por animal cuando se bañaran en el futuro. Algunos
aceptaron y otros no. Pero lo recaudado alcanzó para concluir los trabajos.
Así Benildo, junto a los serranos, concretó otra obra para beneficio de la
comunidad y de una gran zona que con la lucha permanente y control de los
animales de cada ganadero se pudo declarar libre de garrapata y aftosa, cosa
que ocurre después que Benildo había fallecido y que no pudo festejar con sus
amigos que le supieron comprender y ayudar.

Serrano en el corral de La Florida.

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Ingreso a viejo bañadero construido por Benildo Vélez.

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Cuando mi papá Benildo compró el camión Ford modelo '35 se dispuso


también a preparar un local en La Florida para que funcionara un almacén ya
que tampoco había un negocio de este tipo por aquí. Para tal fin usó el galpón
que tenía en la casa para los aperos. Lo desocupó y le hizo un estucado como
piso —el estucado todavía existe en la actual cocina de la hostería— y después
hizo otro galponcito para guardar las cosas del campo.
Puso dos mostradores de madera y los estantes, todo hecho por él mismo
porque era carpintero. En el almacén no había mesas, sólo se ponía una cuando
se jugaba un truco por la vuelta. Si se juntaban varios serranos, para que no
quedara nadie aburrido, se hacían unos tiros a la taba afuera en el patio.
Para abastecer el almacén, Benildo viajaba en su camioncito al pueblo de
Almafuerte o a Río Tercero de donde traía la mercadería. En el almacén se
vendía de todo, desde ropa o telas hasta licores y remedios de uso externo. Al
vino lo traían en bordalesas de doscientos litros cada una de la marca Facundo
y Toro. También se compraba tabaco que traía don José Olmedo desde
Traslasierra y que transportaba en siete u ocho mulas. El tabaco venía en mazo
de hojas, se dejaban cien kilos más o menos y después se vendía al menudeo.

La radio de Benildo

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Salomé Vélez y amigo en el patio del almacén con naranjos.

Con el tiempo Benildo compró una radio a batería de doce volts que era todo un
atractivo para la gente del lugar. Cuando escuchaban algún chamamé o música
que les gustaba, alguno que no entendía cómo funcionaba la radio, pedía que
repitiera el chamamé o la música. "Benildo, ponelo otra vez" decían. Además, en
una época, a las ocho de la tarde se transmitía el radioteatro que se llamaba
Los Pérez García y se escuchaba todos los días con la familia y con la gente que
se acercaba al almacén.

Los serranos venían de varios lugares, llenaban sus alforjas, se tomaban


algunas copas y regresaban a sus hogares. Esas compras las pagaban con los
frutos —que eran los cueros, lana-cerda, pieles— que el papá les compraba y
que llevaba a las barracas después.
Entre los personajes de todo tipo que venían siempre al almacén a comprar,
vender, escuchar la radio o el radioteatro, estaban, por ejemplo, los Otaño. Ellos
eran una familia de la zona, de piel bien oscura, pelo negro y motoso y labios
gruesos. Parecían de otra raza, pero eran nacidos de acá. Los muchachos eran
muy buenos y trabajadores pero gran parte del dinero que ganaban se lo
gastaban en el bar. Eran conocidos por borrachines y camorreros que les
gustaba buscar pelea. Nunca hacían nada, pero mi papá los mantenía a raya
porque cuando tomaban demasiado les gustaba hablar de más.
Una tarde llegó al almacén el mayor de los hermanos Otaño, un hombre
grandote y robusto. Compró algunas cosas y comenzó a tomar vino.
El día anterior había estado allí su hermano menor y mi papá lo había tenido
que echar porque como muchas otras veces se emborrachó, se puso valiente y
comenzó a molestar a la gente hablando cosas feas. Benildo lo sacó afuera y
cerró el almacén.

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El papá le comenzó a despachar vino a Eudoro, el hermano mayor, y como no
tenía nada que conversar con el hombre, Benildo se puso a leer en silencio el
libro de Juan Moreira para matar el tiempo.
Don Eudoro lo miraba a mi papá leer y le dijo que leyera en voz alta para
todos. Benildo accedió y justo estaba leyendo un pasaje donde el gaucho Juan
Moreira estaba por pelear. Cuando estaba terminando de leer esa historia,
Eudoro —como si hubiese tomado coraje con la historia de Moreira— se levantó
de la silla y tuteando a mi papá, cosa que jamás hacía porque siempre lo trataba
de usted, lo increpó. Le empezó a preguntar, medio gritando, que a quién había
echado el día anterior. Mi papá se alteró mucho por la situación dado que vio
que Eudoro estaba medio borrachón y corajudo. Entonces Benildo le dijo que si
había sacado a alguien del almacén era porque había tenido motivos y en eso
Eudoro lo desafió a que lo echara a él ahora y sacó su cuchillo de la cintura. Mi
papá estaba desprevenido y no sabía qué hacer. Entonces agarró de abajo del
mostrador un espadín de esgrima que había fabricado él mismo, no sé si por
ocio o para alguna obra de teatro, y comenzaron a pelear Eudoro con el cuchillo
y mi papá con el espadín. Obviamente mi papá no podía lastimarlo porque el
espadín era de un alambre de acero flexible y solamente lograba pincharlo
apenas por la cara o el cuello. Mientras lo asustaba con el espadín Benildo
gritaba hacia la casa pidiendo que le alcanzaran el revólver. Por supuesto toda
la familia se alteró mucho también.
Así estuvieron peleando un rato. Cuando el papá lograba tocarlo en la cara con
el espadín el hombre se pasaba la mano queriendo ver la sangre que podría
salir del tajo, pero nada, ni una gota, sólo era el dolor del chicotazo.
En todo ese alboroto de la pelea viene un perro muy fiel que era de mi papá
—se llamaba Lobo— y encaró de frente al borracho. Éste intentó clavarle una
puñalada al animal. Ahí Benildo tuvo la oportunidad de hincar a Eudoro el
espadín en el cuello. Él retrocedió y así el perro se salvó. Eudoro se tocaba el
cuello por el dolor de la estocada y entonces el Lobo lo agarró de la parte de
atrás de los pantalones y logró sacarlo para afuera. Por suerte ahí se terminó la
pelea y mi papá pudo cerrar el almacén. Benildo salvó al perro y después el
perro lo salvó a él.
Esa anécdota fue el comentario de todos los vecinos de la zona ya que mi papá
nunca peleaba, porque él era una persona muy tranquila y buena.
A los días, luego de ese episodio, Benildo compró en Almafuerte una grasera
para el camión, que era una herramienta de bronce compuesta por un tubo
grueso y un cañito que tenía en la otra punta una suerte de gatillo para
impulsar la grasa. Cuando descargó todas las cosas que había comprado en esa
oportunidad, le quedó la grasera en el mostrador del almacén.
Días después llega allí otro hermano Otaño y muy serio mi papá le muestra la
grasera y le dice que si llegaba a venir Eudoro a pelear otra vez le iba a dar con
eso. Por supuesto que el hombre desconocía por completo que se trataba de una
simple grasera pero por apariencia parecía un arma importante, por lo cual, le

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contó a los hermanos y se corrió la voz que Benildo tenía un "pistolón" en el
almacén y que se debían portar bien.
Pasó el tiempo y como si nada hubiera ocurrido los hermanos Otaño siguieron
yendo al almacén de Benildo pero siempre muy tranquilos, respetuoso y en los
mejores términos de amistad. Era gente muy buena y con mi papá fueron
grandes amigos para siempre.

En el almacén, además, se hacían rifas a la taba. Se vendían fichas a los


jugadores que participaban en la tabiada y el que se quedaba con el total era el
ganador. Lo que se rifaba era, por ejemplo, una alforja o una caronilla.

Don Arce jugando a la taba.

También se hacían carreras cuadreras. Había carreras pactadas y carreras


topadas. Las carreras pactadas se corrían primero que todas y cumplían con el
contrato firmado por ambas partes de antemano. Los jinetes se juntaban antes
y hacían convenio de contrato de carrera certificado por el juez de paz del
pueblo. Ese era el evento principal donde corría el caballo de tal con el caballo
de tal. Cuando se firmaba el contrato, en las reuniones previas, también se
nombraba quién iba a ser el juez, la autoridad máxima, y quién iba a ser el
rayero, el que daba la sentencia. Por ejemplo, Pedro Palacio era buen juez de las
carreras con don Reginaldo, muy decente de rayero. También Gustavo Martínez
o el mismo Benildo se buscaban mucho como jueces.
El responsable de las carreras, en este caso el dueño del almacén, pedía en la
comisaría más cercana que le mandaran dos policías para control y desarrollo
en orden de las carreras porque siempre había alguien que no estaba de
acuerdo con la sentencia del rayero que estaba en el final de la cancha y miraba
quien era el ganador, dato que le pasaba al juez. Cuando se terminaban esas
carreras pactadas los jinetes se decían, por ejemplo, entre ellos "che, te corro tu
moro ... " o lo que sea y se desafiaban. Esas eran las carreras topadas, que eran
así, espontáneas y todo de palabra. Pero a estas carreras, a veces algunos venían
ya con el caballo para agarrar giles y traían el caballo todo sudado, le hacían

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espuma con jabón para que pareciera que estaba transpirado y cansado, mal,
con el cogote largo de tanto esperar, pero que, en realidad, estaba preparado,
lo habían galopado, le habían dado forraje, cuidado en pesebrera, porque
había muchas cosas que hacerle al caballo antes de correr, alivianarlo,
enseñarle a partir, y más. Y así ganaban, haciendo tongo.
Para este día de fiesta se instalaba un real donde se vendían empanadas y
tabletas —que era como un alfajor grande con un baño de azúcar por arriba—.
También se vendía mate en bombilla, lo que consistía en que un criollo se
acercaba al real con un amigo invitado y pedía que le vendieran, por ejemplo,
seis mates. La cebadora cebaba seis mates seguidos y se los entregaba a la
persona que lo había solicitado y éste a su vez invitaba al amigo. Después, con
el paso del tiempo, se vendían choripanes con un vaso de vino o también
cervezas y gaseosas.
Los días de carrera, que generalmente eran los domingos, eran días de fiesta y
concurría gente de todos lados.

En una época, hacia fines de la década del cuarenta, venía al almacén de mi


papá un señor alemán que llamaba mucho la atención de los serranos porque
medía dos metros y veinte centímetros de estatura. Se llamaba Ludolfo. Era
muy alto y su forma de hablar un castellano a medias, trabado, producía risas al
escucharlo. Venía y pedía "pofafof Binildo, ¿cagamelos?", cuando lo que quería,
en realidad, eran caramelos. En otra oportunidad mi mamá le preguntó a
Ludolfo si no había visto a Benildo. El alemán afirmativamente respondió
diciendo "sí, Binildo está cagando piedra en loma" cuando quería decir que
Benildo estaba cargando piedras en la loma. La risa de los que estaban en el
almacén le llamaba la atención y entonces el alemán preguntaba "¿Qué?, ¿qué?
¿qué dije?" Ahí, uno de los presentes, en voz baja, le aclaraba con paciencia lo
que había dicho, él pedía disculpas y seguía normalmente.
Este señor compró un campo de seiscientas hectáreas al que le puso de nombre
El águila negra. Además de las letras, en el cartel había un dibujo de un águila
negra. Ese campo es hoy Pinar de los ríos. También adquirió cinco mulas con
sus respectivos aperos que estaban siempre a la entrada del campo listas para
partir. Él vivía prácticamente solo, acompañado no más de un señor que lo
nombraba de Pablo y que decía que era geólogo y lo tenía allá atrás, en la parte
alta de la sierra, ya que el campo de él llegaba casi hasta el filo.
Según parecía, Pablo buscaba minerales y estaba siempre en lo que ellos decían
que eran "canteras". La familia de Ludolfo venía de vez en cuando, como así
también otro alemán que nosotros llamábamos de Von Martínez.
Cuando los conozco, yo tenía nueve o diez años. Tiempo después, cuando
estudiaba en la localidad de Escobar, provincia de Buenos Aires, más o menos
en el año mil novecientos cincuenta y cuatro, nos dieron libros nuevos de
historia para el estudio. Al tenerlo en mis manos, por curiosidad empecé a
ojearlo y a pasar páginas cuando en una de esas me encuentro con una foto

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muy parecida —o igual— a Pablo, el geólogo, y pienso para mis adentros "mirá
Pablo en el libro". Pero debajo de la foto decía Adolfo Hitler. Entonces en mi
mente se cruzaron todas las imágenes que tenía de ellos, de Ludolfo, las cinco
mulas listas siempre para partir, de Von Martínez y El águila Negra. Recordé a
Pablo que venía con barba, con ropa media rotosa al almacén, que se pasaba
estando un mes y medio o dos allá escondido en la cantera y de pronto —como
lo vi en otra oportunidad yo mismo—, bajaba a Santa Rosa impecable, bien
afeitado, con traje, en dos autos y acompañado de cinco o seis amigos, ¿o eran
guardaespaldas?

49
SEGUNDA PARTE

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8

Nuestra niñez en la sierra fue muy linda y, aunque no teníamos juguetes como
hay ahora, usábamos mucho la imaginación y andábamos siempre
inventándonos algo para jugar.
Por lo general, los juegos que hacíamos eran imitaciones de lo que hacían los
grandes. Los varones teníamos unos palos con una soga en la punta que según
nosotros eran caballos, los poníamos entre las piernas e imitábamos que
arriábamos vacas o animales como en los trabajos de campo.
Como mi papá tenía almacén también lo imitábamos. Uno de nosotros era el
que despachaba y los otros eran los clientes. Juntábamos latas y otras cosas y
hacíamos que vendíamos vino con jugo de granada. Cuando hacíamos esto lo
mandábamos al más chico, Berto, a sacar azúcar para ponerle al jugo. Era casi
siempre a la hora de la siesta y como no teníamos permiso de sacar nada, le
decíamos que no se vaya a dejar descubrir por los mayores. En una de esas
tantas veces, al buscar azúcar, lo sorprendieron con el tarrito en la mano y como
fue descubierto a pleno y no tenía forma de escapar, lo más rápido que se le
ocurrió fue cerrar los ojos y hacerse el dormido parado, por supuesto con el
tarrito de azúcar en la mano que lo delataba. Entonces el que lo encontró le
decía "¡Berto, Berto!", y repetidas veces "¡Berto, Berto!" y Berto no se despertaba,
seguía haciéndose el dormido parado. Así estuvo un buen rato hasta que le
pegaron una cachetada y ahí se tuvo que despertar.
Después de esa vez tomábamos jugo de granada sin azúcar. También
jugábamos a la tormenta. Hacíamos de cuenta que caía piedra y para eso
juntábamos uno o dos tachos de doscientos litros que les faltara una tapa. Nos
metíamos adentro y uno quedaba afuera con un palo y golpeaba el tarro,
primero despacio, después más fuerte y más seguido y cada vez más. Pero en
una de esas circunstancias el que estaba adentro pidió que no golpearan tan
fuerte porque lo aturdían, pero por el ruido de los golpes no se escuchaba
afuera. El que estaba adentro entonces sacó la cabeza afuera del tarro y el que
estaba haciendo de tormenta de piedra le pegó un palazo en la cabeza. Al de
adentro se le hizo un tremendo chichón.
También hacíamos corrales pero con piedras pequeñas. Cada uno tenía los
suyos propios y recurríamos al basural a buscar huesos pequeños para
representar las vacas, las cabras, las ovejas, uno o dos cerdos y veíamos quién
tenía más animales y los mejores corrales. Después se vendían los corrales
entre unos y otros usando como dinero hojas de naranjo porque eran más
duras.
En otra oportunidad, todavía éramos chicos, el papá lo manda a Armando,
mi hermano mayor, a buscar un caballo caminando por el cerro. Mi hermano
era un poco miedoso y cuando estuvo en cierto punto del campo escuchó unos

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tiros como de bomba que eran en realidad las detonaciones de una cantera en
Cerro de los Guanacos, distante unos cinco kilómetros de casa, donde se
explotaba cromo. Armando seguramente había escuchado por la radio del
almacén algún comentario sobre los bombardeos de la Segunda Guerra
Mundial, entonces se imaginó que venía la guerra. Además de las explosiones
escuchaba el grito de las ranas en una laguna que había atrás de la casa —el
grito de las ranas es como un lamento— y, encima de todo eso, vio pasar un
avión, por lo que se volvió a la casa corriendo, desesperado, sin el caballo,
llorando y gritando "¡Se viene la guerra! ¡Se viene la guerra!". Así repetía la
misma frase una y otra vez hasta que mi mamá y el papá le explicaron qué era
lo que había visto y escuchado y lo pudieron consolar.

También, aparte de jugar y estar en el campo, era importante para Benildo y


para mi mamá darnos estudio, por lo que en el año 1948, al no poder conseguir
todavía escuela en La Florida, mi papá alquiló una casa en Yacanto. Así fue que
por primera vez fuimos a la escuela.
Conocer un pueblo generó muchas expectativas en todos nosotros. Mi mamá se
trasladó con todos los hijos más una prima nuestra llamada Custodia que hoy
es famosa por su comedor. El papá llevó dos cabras para poder tener la leche de
todos los días, que las teníamos atadas y a la noche les dábamos una porción de
maíz. Todos los días había que ordeñarlas para la leche. También teníamos dos
gallinas pininas y un pinino que cantaba al amanecer.
En la escuela todos los grados estaban en el mismo aula por lo que la maestra
daba clase a todos juntos, excepto a mi hermano mayor y a otros dos vecinos
que cursaban grados más altos, posiblemente séptimo grado, y ellos iban por la
tarde y salían a eso de las cinco.
Un día mi hermano no volvía y no volvía y pasaron las horas y mi mamá
preocupada me mandó a averiguar que qué pasaba con Armando. La escuela
estaba a dos cuadras de mi casa, ya se hacía la noche y yo tampoco volví a traer
alguna noticia. Ya más preocupada, mamá la mandó a la Élida, mi hermana
más grande, para ver qué pasaba. Recién de noche regresamos los tres. Mi
mamá empezó a retarnos y pedirnos explicación de la tardanza. Lo único fue
decirle la verdad. Estuvimos jugando a las bolitas con la maestra, la Señorita
Blanca Pons, y con Margarita que era una chica que la acompañaba a ella. El
castigo de mamá fue que nos pongamos a estudiar y hasta que no termináramos
los deberes no había cena. Pero mi mamá era tan buena que nos ayudaba con
los deberes, incluso en esa ocasión.
Nuestra madre se preocupaba por todo. En la mañana, cuando teníamos que ir
a la escuela, la higiene y el peinado de las chicas, que eran cuatro —Élida,
Custodia, Livia y Aurora— era lo principal. Un día, por peinar a las chicas, que
se tardaba un buen rato, llegamos todos tarde a la escuela por lo que al otro día
tomó la determinación de cortarles el pelo cortito a las cuatro para poder
facilitarla tarea y no llegar tarde.

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En los días que no teníamos clase salíamos todos los chicos a jugar en los
juegos, en las hamacas y en los subibajas que había en un chalet. Después
íbamos a otro lugar que había otros juegos o alguna novedad para nosotros. En
esa andanza que hacíamos, de acá para allá, encontramos un nido de pavas que
eran de doña Dora, la dueña de la hostería "Champaquí". Volvimos a la casa
contentos con siete u ocho huevos de pava. Entonces la mamá, inmediatamente,
nos mandó a que se los lleváramos de vuelta a doña Dora. Se sabía que las
pavas eran de ella. La señora nos recibió muy contenta porque ella no los iba a
poder encontrar nunca a los nidos. De ahí en más nos regalaba uno o dos
huevos según la cantidad que le lleváramos. Entones nosotros, los chicos, nos
preocupábamos para buscar huevos para recibir la compensación.
Al principio los más chicos hacían la primaria en Yacanto y más tarde en la
escuela que Benildo consiguió para La Florida, que fue un gran avance para la
familia y para todos los serranos de la comunidad.
Mientras los más chicos hacían la primaria, Benildo, que trataba de solucionar
los problemas de las etapas de cada uno de sus hijos, mandó temporalmente a
Amboy a la abuela Dominga, su madre, a la casa donde ella había nacido, y con
ella mandó a las sobrinas Ester, Elsa, Elina y a dos de sus hijos mayores,
Armando y Élida para que hagan el secundario. Armando, después de Amboy,
fue a estudiar a Almafuerte y paraba en casa de la tía Eulogia.
No obstante, Benildo quería que sus hijos estudiaran una carrera después. El
mayor, Armando, quería ser policía, por lo que lo llevó a Córdoba donde
después, transcurridos algunos años, se recibió de oficial radio operador.
A mi me mandaron a un colegio de curas porque yo quería ser cura. Me
llevaron primero a Almafuerte al colegio El Salto que era como para prueba,
para ver si tenía vocaciones sacerdotales. Y como la vocación estaba y
permanecía en mí, me llevaron a Escobar, provincia de Buenos Aires. Después
de tres años, había nacido también la vocación para cura en otro de mis
hermanos, Audino, que también fue conmigo al colegio en Escobar a la
congregación San Vicente de Paul. Pero también había una hermana que quería
ser monja, Libia, que la llevaron a un colegio en Córdoba.
Benildo y Segunda y Dominga, estaban muy contentos por tener a uno de su
familia en la escuela de policía y a otros tres en colegios de religioso.

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Colegio San Vicente de Paul.

Alumnos del colegio.

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9

La vida en el colegio en Escobar era muy buena pero también se estudiaba


mucho. A la mañana, después de ir a misa —que se daba en latín— teníamos
el desayuno, un recreo de cinco minutos y de ahí al estudio donde estábamos
los sesenta y dos alumnos de distintos grados. Terminada la hora de estudio, y
según la materia que correspondía para ese día y a esa hora, nos dirigíamos
cada grupo por año —no era grado— a las aulas correspondientes. A cada año
se nos dictaba una hora de clase y así hasta el mediodía.
Llegada las doce, durante el almuerzo en el comedor de la escuela, todos
estábamos en silencio porque no se podía conversar. Uno de los alumnos del
quinto año subía al púlpito a leer una parte de un libro mientras se comía. Unos
quince minutos antes de terminar el almuerzo el superior tocaba un timbre, el
que leía dejaba de hacerlo y entonces podíamos conversar. Después de comer
teníamos un recreo de una hora y nuevamente al estudio y después a clases
hasta la noche. Sábados y domingos los recreos eran más largos, pero también
teníamos que hacer porque cada profesor de las distintas materias te daba
deberes. Las materias que se dictaban eran matemáticas, castellano, geografía,
francés, latín, botánica, historia sagrada, historia antigua, historia argentina y
más.
Los domingos se practicaba deporte, ya sea futbol, tenis, básquet, pelota paleta,
bocha, beisbol, y si ese fin de semana llovía, teníamos juegos de mesa como
ajedrez, dados, oca, dominó o ping-pong.
Una vez al mes hacíamos caminatas que se las llamaba paseos, unos cortos y
unos largos. En los paseos cortos salíamos después de almorzar y llegábamos
de regreso a la noche y en los paseos largos salíamos a la mañana y volvíamos
a la noche y había un punto de encuentro para el almuerzo. En esos paseos
podíamos usar las gomeras para cazar algún pajarito. Como por esa zona no
hay piedras teníamos que fabricar, en vacaciones, los bodoques que era una
arcilla mojada hecha bolita que servía de proyectil para la gomera.
También en la escuela se cosechaban las frutas. Luego se las llevaba a un lugar
de maduración y cuando terminaban de madurar se servían como postre.
Había mandarinas, naranjas, peras, manzanas. En el huerto se cultivaban
también tomates y otras verduras para las comidas.
Durante las vacaciones, de diciembre a marzo, todo el verano se leía. Había una
biblioteca en la escuela con muchos libros de Emilio Salgari, de Julio Verne, de
la vida de los santos. También se leía la Biblia en libros chicos y por capítulos y
los pasajes del evangelio.

Allá por el año cincuenta y cinco, un día llegó la hora de que nos despertaran a
la mañana. Estábamos esperando y esperando que nos levantaran con el típico
golpear de manos cosa que no ocurrió. Así que sorprendidos empezamos a

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levantar las cabezas y a mirarnos unos a otros desde las camas porque no
sabíamos qué sucedía. Ya había pasado mucho tiempo de espera y entonces el
bedel —que era más grande que nosotros y el responsable de nuestra
conducta— se incorpora y se empieza a vestir para saber qué pasaba porque la
preocupación ya era grande. Justo en ese momento aparece por la puerta el
padre Volka y, como nos vio a todos despiertos, nos dijo que fuéramos a
higienizarnos y que después nos pusiéramos al pie de la cama. Mayor sorpresa
teníamos. Nos seguíamos mirando los unos a los otros. Hicimos las cosas
rápido y nos paramos al lado de la cama. Entonces, cuando el padre vio que
todos estábamos listos dijo "ahora todos me dan el frente". Cuando se cumplió
esa orden el padre empezó diciendo "les quiero informar que todos los
sacerdotes de este colegio están presos. Hoy va a ser un día de oraciones para
que nuestros sacerdotes estén nuevamente con nosotros". Mayor aún fue la
sorpresa después de escuchar sus palabras. Al padre Volka no lo llevaron
porque era extranjero, era polaco.
Ese día se hizo muy largo, fue de oraciones y estudio sin profesores. A la noche
finalmente volvieron los curas. Con mucha alegría los recibimos y,
aparentemente, siguió todo normal. Pero días posteriores nos habló el padre
superior, padre Tiedin, máxima autoridad del colegio, diciéndonos que
estábamos en un momento difícil, que los sacerdotes tenían que usar trajes de
civil porque eran perseguidos e insultados si usaban sotanas. Algunos usaban
traje y otros no, seguían con la sotana porque se resistían, porque elegían morir
por la fe de Cristo.
A nosotros, los apostólicos, que usábamos guardapolvo beige, nos dieron un
papelito con una dirección del pueblo de algunas casas de familias que nos
protegerían en caso que nos dieran la orden de huir del colegio. Ahí teníamos
que sacarnos el guardapolvo, tirarlo y salir por el fondo del colegio, por unos
huecos que habíamos preparado de antemano en el cerco espinoso de las
amancluras. Pero gracias a Dios no tuvimos que utilizar los papelitos porque no
fue necesario.
Mientras tanto, el padre Ventura, uno de los profesores, preparaba bombas de
autodefensa que probaban de noche en la quinta. El padre Ventura era un cura
muy inteligente, que hacía cosas, artefactos, como por ejemplo, un elevador de
corriente eléctrica. Otra vez construyó un carro para mantener la comida
caliente en las fuentes en el comedor del colegio. Él te explicaba cómo el avión
se elevaba, por qué el helicóptero esto o lo otro, por qué un motor arranca.
Como sabía mucho y le apasionaba enseñar, nosotros le pedíamos explicaciones
de cualquier cosa con el fin de aprender pero también para acortar la clase de
francés que teníamos con él.

Fueron pasando los meses y creímos que todo se iría calmando. Pero un día el
superior nos reúne y nos habla diciendo, esta vez, que teníamos que regresar a

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nuestros hogares porque la situación no era muy favorable ni segura y podía
haber circunstancias muy difíciles.
Al otro día me avisaron que teníamos que viajar de vuelta a Córdoba. El padre
Guido nos acompañaría. El padre Guido no usaba traje, tenía la sotana. Nos
ubicamos en el tren varios chicos con él y partimos. El padre llevaba en su falda
una cajita, que parecía, para nosotros, de caramelos o bombones y arriba de la
cajita tenía el breviario. Transcurrieron las horas y el padre no convidaba los
caramelos. Uno de nosotros se atrevió con mucho respeto a decirle que si tenía
caramelos en la cajita que nos diera, que estábamos todos esperando los dulces.
Entonces el padre, medio sonriendo pero con mucha tristeza a la vez, nos
reunió alrededor de él, levantó la tapa de la caja disimuladamente y nos enseñó
que tenía un revolver adentro. Empezó a hablar y a contarnos por qué nos traía
a nuestras casas y las cosas que pasaban con el gobierno. Llegamos a Santa Rosa
y desde allí nos acompañó el padre Fernández hasta nuestra casa. A los pocos
días estalló la revolución del 55.

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Después de un tiempo las cosas se arreglaron y volvimos al colegio. Pero la


época en la que yo estaba estudiando en Escobar fue difícil por muchas cosas,
además de la situación del país. Tenía buenas notas y eso me ayudaba a seguir
adelante con la carrera que había elegido. Pero estar tan lejos de mis padres,
hermanos y demás seres queridos fue una vivencia que no olvidaré nunca, ya
que la comunicación era muy escasa y sólo se hacía por carta. Más o menos
eran dos o tres cartas por año.
Para esa época, Segunda, mi mamá, queda embarazada del décimo hijo. Ella
tuvo graves problemas de salud por lo que tuvieron que recurrir a los médicos
y después la llevaron a internar a Córdoba donde estuvo como dos meses.
Transcurrió el tiempo y mamá no podía venir a ver a los hijos que habían
quedado en La Florida. Llegó un momento que mis padres no aguantaron más
y hablaron con los médicos para ver las posibilidades de que pudiera volver
uno o dos días. Los médicos, con pocas ganas, la autorizaron a que viniera.
Los vecinos se enteraron que Segunda estaba ese domingo en La Florida. Se
llegaron muchos a visitarla y estuvieron todo el día con ella que estuvo muy
contenta al ver tanto cariño de la gente. Todo el día fue alegría. Pero,
desgraciadamente, con el último vecino que se despide, mamá se siente un poco
mal y, vuelvo a decir desgraciadamente, porque falleció de un derrame cerebral
ese mismo día.
Por supuesto, ante esa situación de urgencia, mi papá nos llama y nos avisa la
triste noticia y nos pide que vengamos de Buenos Aires, cosa que hacemos en
cuanto podemos. Pero como antes las distancias parecían más lejos y los medios
de comunicación no eran tan rápidos como hoy, llegamos más o menos cinco
días después que mi mamá había fallecido. Me vine a casa con mi hermano
Audino desde Escobar y con Libia que estaba en el colegio de monjas en
Córdoba. Cuando llegamos vi que mi papá se encontraba solo y angustiado por
la ausencia de mamá y porque tenía que criar y educar a sus nueve hijos que
quedaban, porque el décimo había fallecido por el problema de salud que tenía
mi mamá. Yo ya tenía dieciséis años. Mucho tiempo había pasado sin ver a mi
madre y llegar a casa y no encontrarla fue algo que no se puede describir
porque pensaba que mi mamá tan buena no se iba a morir nunca. Pero pedí
resignación a mi Dios y pasé esos días difíciles de mi vida.
Pasamos un tiempo en La Florida todos juntos pero había que regresar al
colegio en algún momento. Mi hermano y mi hermana desistieron y no querían
volver pero yo sí quería por lo que le dije a mi padre. Mi papá se puso a llorar,
me puso una mano sobre el hombro y entre sollozos me dijo "si querés volver al
colegio andá pero sabe que quedo solo para trabajar y criar a tus hermanos, me
dejas solo". Nos miramos sin decir nada más.

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Esas palabras que escuché de mi papá fueron algo que en mi interior pedían
que me quedara. Esa noche, a la hora de la cena, miraba a mis hermanos y lo
miraba a mi papá y mi conciencia o pensamiento decía "quedate o andate". Yo
sin decir ni una palabra me retiré y me puse a meditar, "qué hago, esto o lo
otro", pensaba. Esa noche pedí a mi Dios todo poderoso que me iluminara para
tomar una decisión correcta, me costó dormirme pensando qué decisión tenía
que tomar, pero al final me dormí.
Al otro día me levanto y ya mi papá estaba tomando mate. Llego a él, le doy los
buenos días y le pido la bendición, que aquí se acostumbraba pedir la bendición
a la noche para ir a dormir y al levantarse. Cuando mi papá dijo "que Dios te
bendiga" al instante le dije "papá no voy al colegio, me quedo a trabajar con
Usted". Mi papá me abrazó y me dijo "gracias por comprender mi situación, de
ahora en adelante trabajaremos para siempre juntos".

Y así fueron transcurriendo los años, andábamos juntos, salíamos juntos y nos
volvimos muy, muy compañeros. Benildo continuaba trabajando con los
animales y luchando para criar solo a sus hijos. Por suerte la escuela primaria
todavía estaba aquí en casa para los más chicos. También salíamos a las fiestas,
a carreras cuadreras, a las tabiadas o rifas de chancho que se hacían por aquí
entre los vecinos. Mi padre me invitaba a que lo acompañara porque antes lo
hacía con mi mamá, pero al faltarle la compañera es que me pedía que lo
acompañe y yo iba con gusto.

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Un día apareció un señor Lozada Echenique diciéndole a Benildo que si quería


ser Juez de Paz, que tenía el nombramiento en la mano, por lo que mi papá se
hizo cargo del juzgado de paz y fue jefe del registro civil de Yacanto. Asumió al
poco tiempo, porque tenía que tomar algunas lecciones e instrucciones para
desempeñar el cargo para el cual fue designado. Así fue que tres días por
semana iba a Yacanto a prestar servicios. Lo hacía a caballo, salía muy
temprano y volvía ya de noche.

Pasados algunos años, Benildo nos sorprendió con la noticia de que había
encontrado novia. Todos los hijos lo felicitamos, le apoyarnos en su proyecto y
mi padre se sintió muy contento al ver que habíamos recibido la noticia con
agrado.
Después de algunos meses, posiblemente un año, nos trae otra noticia,
diciéndonos que estaba dispuesto a casarse con la chica que ya en varias
ocasiones había traído aquí a La Florida para que conociera. También le
aplaudimos la idea, por lo que al poco tiempo se casó con Isela Ester Peñaloza,
matrimonio del cual nacieron dos varones, Alcides y Heraldo y dos mujeres,
Gladys y Zulma. Completamos así el total de catorce hermanos. Ya los hijos
mayores de Benildo con mi mamá se fueron casando: Élida, Libia, Aurora,
Audino, Berto y como es lógico de suponer, también me casé yo con Toti. Los
hermanos que se casaban se iban yendo de La Florida, no quedaban en casa.
Pero yo, como habíamos quedado con mi papá que yo dejaba la carrera del
sacerdocio para acompañarlo siempre, es que cuando me caso me quedo con
mi esposa a vivir en la casa paterna. Y así con mi padre, además de ser mi padre
éramos como amigos y muy compinches, salíamos a las fiestas juntos,
trabajábamos juntos, él me ayudaba y yo a él en todo los quehaceres.
Recuerdo una de esas tantas tareas que tuvimos que cumplir, primero Benildo y
luego yo debido a mi formación religiosa. Resulta que en la sierra, cuando se
moría una persona en una casa, había que ir a rezar la novena de los fieles
difuntos, que duraba lógicamente nueve días. Entonces mi padre se iba a donde
fuera la casa que estaba de duelo y después de sepultado se fijaba el día y la
hora para empezar. Generalmente era a la tarde, a las cuatro o las cinco y ahí
todos se reunían, la gente de la casa y todos los vecinos que podían ir y rezaban
juntos. Después, como yo venía de los curas y sabía rezar, estas cosas las hacía
yo. Me acuerdo que le recé la novena a don Desiderio, al finado Eleodoro
Ramírez y a varios otros.

Además el papá, para hacer el bien, como era su naturaleza, le daba o


aconsejaba remedios caseros a la gente. Recetaba ventosas, remedios para el

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catarro y muchos de ellos con diferentes yuyos que se encontraban en la zona,
que se mezclaban con alcohol o alcanfor. Hasta el día de hoy conservo los libros
de remedios caseros que mi papá tenía de los cuales sacaba aquellas
"milagrosas recetas".
El trabajo en las sierras era muy duro y como no había médico a mano se
usaban mucho los remedios caseros.
Además, en la zona todo se hacía a mano: había que traer la piedra a mano,
pircar para cercar los campos, se usaba mucho el hacha porque no había otro
implemento para cortar árboles y hacer leña. También es cierto que la ropa y el
calzado que tenía la gente en la época no eran los más adecuados para el frío o
para los trabajos que realizaban, generalmente, porque no tenían las
posibilidades económicas para adquirir otros.
Un día vino a casa un señor que se llamaba Don Nicandro Ramos, un hombre
muy guapo, como se le dice acá a la persona que es muy trabajadora, que
andaba, prácticamente, doblado por el dolor de cintura. Entonces mi papá le dio
una receta infalible.
Este remedio casero consistía en calentar aproximadamente un kilo de arena en
una olla y ponerla en una bolsita de tela. Todo el mundo tenía bolsitas de tela
en esa época ya que aún no existían las de nylon. El hombre tenía que ponerse
la bolsita caliente a la noche y también a la mañana durante unos siete o diez
días.
Don Nicandro puso en práctica el remedio. Se dio cuenta que sanó rápidamente
y quedó sin ningún dolor. Cuando volvió a La Florida preguntó qué dónde
estaba el doctor Arena. Nadie entendía de qué o de quién estaba hablando hasta
que dijo que así lo llamaban ahora a don Benildo, el doctor Arena. Don
Nicandro estaba muy contento porque se curó totalmente, quedando muy bien
de su dolencia. Él se acordaba siempre del valioso consejo de mi papá.
A mucha gente de la zona le había dado la receta de la bolsita con arena caliente
para la cintura porque muchos sufrían de lo mismo por los trabajos rústicos que
hacían agachados. Incluso Doña Lidia, esposa de Don Nicandro, se curó de la
misma manera. Así le quedó a Benildo el apodo de doctor Arena.

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Antes de casarme y establecerme en La Florida definitivamente tuve que partir


de nuevo, ya que a los veinte años me tocó el servicio militar, que por el
número de sorteo me tocó la Marina.
Ese fue también otro cambio muy brusco que me tocó vivir, pasar de las sierras
al mar. Pero aceptando el destino que me tocaba en la vida, allá fui, primero al
portaviones Independencia, después a la fragata Sarandí, luego al crucero
General Belgrano y, por último, al buque escuela La Argentina.
Llegar a vivir en un barco fue una experiencia muy buena, pero difícil al
principio. Yo de aquí del campo, llegar a un barco que sólo había visto en
figuritas... cuando quería bajarme no sabía qué hacer de la cantidad de pisos,
puertas, pasillos y recovecos que tienen. Entonces, cuando quería salir de franco
o ir al cine y no sabía cómo, me ponía atento para escuchar la conversación de
algún marinero más antiguo que iba a bajar y me disponía listo para seguirlo.
Así encontraba la manera de salir del barco. Pasados más o menos cinco o seis
días de andar ahí arriba ya me hacía baqueano.

A poco tiempo de llegar a bordo nos llevaron a la pileta para darnos las
instrucciones de natación en el mar. Por orden nos íbamos tirando al agua. Ahí
los instructores nos enseñaban cómo teníamos que nadar. Algunos no habían
visto el agua nunca y lloraban porque tenían miedo de ahogarse. Cuando me
toca el turno de tirarme hice un clavadito y desaparecí de la vista de los
instructores y aparecí en la otra punta de la pileta medio riéndome. Entonces
los instructores me quisieron agarrar y no pudieron. Nadaban hacia mí pero
yo me zafaba. Lo intentaron varias veces pero yo sabía nadar bien. De chico
aprendí solo en el río, nadaba y le enseñaba a nadar a los caballos. Con mi
hermano mayor, a la siesta o cuando no estaba mi papá, les poníamos una soga
y los largábamos al río. Nadábamos junto con ellos. Muchas horas de esos
veranos pasábamos en el agua. Hasta sabíamos jugar a ver quién aguantaba
más tiempo sumergido o competíamos para ver quién permanecía más tiempo
en la correntada y miles de juegos así.
Después de un rato, los instructores se hicieron unas señas entre ellos y
entraron a perseguirme entre los dos hasta que de tanto nadar me agarraron,
me metieron bajo el agua y yo aguantaba y aguantaba. Pero en un momento no
aguanté más y estos no me soltaban por lo que opté por morderle bajo el agua
el pie a uno de ellos y ahí me largaron. Nos divertimos bastante y rendí bien las
instrucciones de natación.

Otra vuelta, había que hacer un ejercicio de tiro aéreo en el que se mejoraba la
puntería a la manga. Esto consistía en que se tiraba un globo especial usado

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para la práctica de tiro, atado a una soga muy larga, de alrededor de quinientos
metros. Al globo lo iba tirando un avión y había que apuntarle. Con
ametralladoras antiaéreas disparábamos balas luminosas a las cuales les
podíamos ver la trayectoria.

Sergio Vélez en la pileta de práctica

Era la primera vez para mí que hacía tiro y aun así calculé muy bien la puntería
y las balas iban derechito, derechito pero al avión, no al globo. No le di porque
le faltó altura a la ametralladora —las balas pesaban como seis quilos y no se
elevó el cañón lo suficiente—. Pero si subía le daba.
El piloto del avión desesperado mandó por radio un mensaje urgente al jefe de
artillería para pedir que por favor sacaran a ese que le estaba apuntando, que le
iba a bajar el avión.

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Cuando me designaron al crucero General Belgrano, ejercía el cargo de
enfermero y tenía como superior a un cabo primero de apellido Britos con
quien hacíamos las guardias juntos. Éramos muy compañeros. Él me mandaba
a la mañana a la cámara de los oficiales para buscar facturas para el desayuno
que lo tomábamos en la enfermería, algo que no se podía hacer porque no era
correcto. A la noche, cuando hacíamos las guardias, buscábamos vino y
tomábamos decentemente un litrito entre tres o cuatro. Todo esto fue hasta que
una noche, en la ronda que pasan los oficiales a las dos de la mañana, nos
encontraron las botellas vacías. Por consiguiente se armó un lío que todo eso se
suspendió.
Pero transcurridos unos quince días el cabo me manda nuevamente a buscar las
facturas para el desayuno y cuando estábamos tomando el café con las facturas
con otro conscripto apareció un oficial encargado y nos vio. No nos dijo nada,
pero se fue y lo buscó al cabo Britos. El cabo, para salvarse, vino gritando y
preguntando que quién había traído las facturas. Le dije que yo las había traído
y a los gritos me castigó con diez días de arresto. No dije nada, recibí el castigo
sin pronunciar palabra.
Al otro día, cuando fui al consultorio de odontología donde yo también era
asistente, el doctor teniente mayor me pregunta que por qué habiendo
transcurrido tanto tiempo sin ser nunca castigado me habían sancionado por
una pavada. Se me iluminó la mente y pensé que esa era la oportunidad de
decir la verdad: dejé todo lo que estaba haciendo y me paré firme adelante del
teniente. Mirándolo fijo le dije "señor teniente se lo juro por mi madre que está
en el cielo y que Dios me quite los ojos, que yo no fui por mi voluntad a buscar
las facturas, el cabo Britos me mandó". Entonces el teniente me contestó
diciendo que no había que hacer caso a órdenes para cosas incorrectas. Yo le
dije que el cabo era mi superior y él me dijo que si bien eso era cierto, que era
mi superior, nosotros no debíamos obedecer a cosas que no estaban bien. Nos
quedamos en silencio y seguimos con las tareas normales en el consultorio.
A la tarde me llaman de las oficinas para comunicarme que el castigo que me
había impuesto el cabo había sido levantado y que a él le habían dado treinta
días de arresto. Claramente la relación de amistad que teníamos con Britos se
terminó. Después de este suceso, y cuando cumplió con su castigo y volvió a
sus tareas; seguía siendo mi superior y me hacía levantar a cualquier hora de la
noche para que fuera a cualquier oficina por las dudas hubiera una luz
prendida o a buscar cualquier cosa, todo con el fin de ver si yo le desobedecía
para castigarme. Pero no pudo ser porque yo le obedecía porque sabía que
quería perjudicarme.

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Pasado un tiempo yo ya me quería ir de ahí por toda esta situación tan
desagradable. Entonces me anoté para irme al bloqueo de Cuba. Pedían que el
alistamiento fuera voluntario porque nos dijeron que así como íbamos
podíamos no volver nunca. Pero al final no me llevaron porque ya me habían
designado, sin saberlo yo, al buque escuela porque había transcurrido un año y
meses de mi llegada a bordo del Belgrano y no había tenido ningún castigo. Ese
día me avisaron que había sido seleccionado y que me premiaban, por mi buena
conducta, mandándome al crucero buque escuela La Argentina para recorrer el
mundo. Tuve suerte porque resulta que había un farmacéutico mendocino,
Quiroga, que estaba a cargo de la farmacia, que iba a ir él —porque sacaban uno
de cada división— y a él le tocaba por su conducta impecable. Pero en una de
las recorridas que hace la plana mayor a la medianoche, le encuentran que la
puerta de la enfermería se la había olvidado abierta. Ahí estaba la farmacia,
donde están todos los remedios y, en términos militares, eso por nada del

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mundo podía quedar sin llave. Quiroga era muy bueno y no tenía castigo pero
no pudo ir por olvidarse la farmacia abierta.
Llegado el día de mi partida, listo para irme a recorrer el mundo, fui a la oficina
donde el cabo Britos trabajaba y, cuando llegué, él estaba escribiendo a
máquina. Entré, puse llave a la puerta, retuve la llave en mi mano y le dije al
cabo de todo lo desagradable que se le puede decir a un hombre casado. Él ni
levantó la cabeza, siguió mirando para abajo y cuando terminé de decirle todo
lo que quería abrí la puerta y partí feliz a mi nuevo destino.

Al llegar, el crucero La argentina se estaba preparando para salir de viaje en los


próximos días. Como los cargos se repartían por el abecedario, mi apellido
Vélez quedó para el último, y cuando llegó mi turno ya no tenían cargos para
dar. Me mandaron entonces a que me presente ante el Comandante Capitán
Aldo De Rosso como su asistente personal. Únicamente recibía órdenes del
señor comandante, no podía recibir órdenes de otros oficiales, por lo que pasé
una vida bastante buena.
Hicimos el cruce de los canales fueguinos, fuimos a varios países de América
hasta Canadá y cruzamos, para recorrer Puerto Rico, Venezuela, Brasil y el
canal de Panamá.
A la ida, subiendo por el Pacífico tuvimos una sorprendente experiencia. Al
cruzar la línea ecuatorial, la Marina tiene una tradición que consiste en preparar
una fiesta para aquellos que lo hacen por primera vez. Unos días antes se
instala una enorme pileta en cubierta y duchas al aire libre para mojarse por el
calor, dado que los novatos no están acostumbrados. También está permitido
dormir en cubierta, en el coy, por el calor que hace.
A la hora del cruce todos fuimos a la pileta. Era de noche. Después de un rato
apareció el Rey Neptuno en un trono con luces de colores entre nubes de humo.
Mandó a sus súbditos —que eran los oficiales de primer grado disfrazados de
pez— para que con tarros de pintura de diferentes colores nos empezaran a
pintar a todos. Así chacoteamos un rato y después nos trajeron sándwiches y
gaseosas. Cuando fue terminando todo, nos sacamos la pintura y nos fuimos a
dormir.
Al otro día nos hicieron formar y nos entregaron un pergamino con el nombre
con el que nos habían bautizado a cada uno. A mí me tocó el nombre de
Surubí. Así, con esta nueva experiencia, siguió el viaje rumbo a Méjico.

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Certificado de bautismo del cruce ecuatorial.

Muchos recuerdos e historias vienen a mi mente de esa época. En Acapulco


recuerdo que nos metimos por una puertita chica que había en la calle. Vimos
unos hoteles grandes que tenían piletas de agua caliente y nos mandamos.
Después nos corrieron porque eran hoteles privados. En Hawái eran las tres de
la mañana y bailábamos tango con las hawaianas en las playas de Honolulu.

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En eso pasó la plana mayor y nos vio dele bailar, pero al otro día nos felicitaron
a todo el grupo por mostrar la cultura argentina en otros países.

Certificado del recorrido realizado en el crucero escuela La Argentina.

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13

Antes del servicio militar, con Toti, hoy mi señora, ya éramos novios y nos
escribíamos cartas. Cuando venía de vacaciones la iba a visitar y cada vez se iba
formalizando más el noviazgo. Fiesta, baile o carrera cuadrera que había en esta
zona era el punto de encuentro que teníamos. Las distancias en la época se
cubrían a caballo ya que no existía otro medio de movilidad. Para ese día de
fiesta, de antemano, yo ya había preparado el mejor caballo que tenía y le ponía
una montura inglesa que solamente la usaba para esas ocasiones. Si había
carrera en el día y a la noche también baile tenía que llevar un pantalón de más
y bien planchado. Lo llevaba en las alforjas con la corbata metido medio
envuelto con un cartón duro para que no se arrugara y estar bien presentado a
la noche. Yo tenía un espejito de esos redondos chiquitos y también llevaba un
peine porque me peinaba el pelo lacio con raya correctamente. Como en el baile
no había baño ni nada, junábamos de día dónde estaba el arroyo para ir a mojar
el peine, peinarnos y lavarnos un poco la cara después.
Recuerdo que tenía un primo llamado Héctor Aguirre que era musiquero de
fiestas y yo a veces me iba y me acoplaba con él. Pero no es que él necesitaba ni
nada sino que yo me sumaba, me hacía pasar por su asistente para entrar gratis
a los bailes. Le ayudaba igual un poco, o me hacía. Le bajaba las cosas, le
ensillaba la mula o le guardaba los caballos mientras él acomodaba la música.
El musiquero tenía privilegios como meter nuestros caballos en un cerco. En las
árganas llevaba el equipo de música eléctrico a doce voltios y la batería, bien
nivelado de peso en ambos lados con piedras para que no se cayeran y en las
alforjas llevaba los discos de pasta. Tenía rancheras, vals, tango, pasodobles,
milongas, chamamé.
En Lutti, el lugar de nacimiento de Toti, las fiestas eran en un galpón con pisos
de cemento y en otros lugares era de pista de tierra. En este último caso, antes
de empezar la fiesta, regaban la tierra y quedaba como recién llovida. Para
controlar, cuando te cobraban la entrada, te ponían una escarapelita para saber
que ya habías pagado. Todo el baile estaba iluminado con soles de noche a
querosén y rodeada la pista con lona de arpillera para que nadie se colara. Para
poner la lona plantaban palos de dos metros o tres y la lona de arpillera se
ajustaba a esos palos. Había mesas donde se bebía algo y se comían pollos
hervidos, empanadas o choripán. Se comenzaba la fiesta cuando se empezaba a
hacer de noche y el musiquero empezaba a poner música. Todos llegaban bien
peinaditos y cambiados. La fiesta duraba hasta el amanecer. Había alguna poca
gente que se volvía de noche pero, por lo general, se quedaban hasta que salía el
sol.
La gente de Lutti en esos tiempos tenía costumbres diferentes a las de esta zona
de La Florida o Yacanto. Sobre todo me refiero a la vestimenta. Los del sur eran

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gente con más tradición arraigada, allá se usaba bombacha, pañuelo al cuello,
rastra, corralera, sombrero o boina. Acá se usaba corbata. Por eso cuando iba a
ver a Toti a Lutti es que me miraban todos como a sapo de otro pozo. Pero
todos eran gente muy buena y cordial. También el caballo que montaban en
Lutti estaba bien tusado y usaban un buen apero, todo muy prolijo.

Sergio Vélez y su cuñado en Tutti.

Yo iba a visitarla seguido allá. De Lutti a La Florida son doce kilómetros y a


caballo lo hacía en dos horas o dos horas y media. En la casa de ella me
atendían como a un rey. La mamá me hacía unos dulces de guinda y un queso
casero que los servía de postre juntos que eran deliciosos. Hacía también el
budín más suave que probé. Hervía el azúcar con la leche hasta que tomara
color caramelo y recién con eso hacía el budín.

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Así, entre encuentros en bailes y visitas en su casa, es que nuestro noviazgo se
fue formalizando hasta que un día le dije a mi papá que nuestra idea era
casarnos. Entonces mi papá fue a hablar con el padre de Toti. Después de varias
charlas entre su papá, don Roberto César y mi papá Benildo, se fijó la fecha del
casamiento para el sábado 20 de marzo de 1965. Se aprovechó la oportunidad
ya que una hermana mía también se estaba por casar por lo que nuestro padre
nos aconsejó que lo hiciéramos todos el mismo día.
Nos casamos en Santa Rosa de Calamuchita e hicimos Iglesia y Civil. Tuvimos
que hacer varios trámites para conseguir los papeles que ambas instituciones
exigían.
El día anterior al casamiento fui a Lutti a buscar a Toti —que vino con su mamá
Amelia y su hermana menor Elsita— a La Florida. Se quedaron en casa y al otro
día nos trasladamos juntos a Santa Rosa en taxi. Fueron dos taxis porque en el
otro iban mi hermana Nilda con su novio que también se casaban. A la mañana
fue el Civil, siendo testigos Fabio Martínez y un señor Sánchez. Ese mediodía
se hizo un asado de cabrito en la costa del río con los más allegados a la familia.
Al anochecer fue el casamiento por Iglesia en aquella que hoy conocemos como
la iglesia vieja de Santa Rosa que está en una calle lateral de la nueva, y más
grande, que se construyó posteriormente. De ahí fuimos a la fiesta que se hizo
en el hotel Champaquí. Dado que eran dos casamientos en uno, fue una gran
fiesta, sin demasiados lujos pero con alrededor de trescientos invitados.
El domingo a la noche viajamos las dos parejas de recién casados a Buenos
Aires de luna de miel. Recorrimos muchos lugares de los más emblemáticos
de la ciudad. Después fuimos a Luján a ver a la Virgen y de regreso pasamos
por Río Cuarto a visitar algunos parientes.

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14

De regreso a La Florida, y ya con Toti a mi lado, me di cuenta de la importancia


del rol que tiene la mujer como compañera en las sierras. Ellas desempeñan un
papel muy importante.
En nuestra época era fundamental en el hogar ya que era ella la que llevaba
adelante todas las tareas propias de una casa, la mantenía ordenada, lavaba,
cocinaba y hacía el pan. Pero su presencia no se limitaba a la casa porque
además, en su rol de maestra, enseñaba a sus hijos, a medida que iban
creciendo, a trabajar la lana, a hilar, a tejer, cocer, a preparar comidas y muchas
cosas más.
En lo que refería a tareas rurales también era una fiel compañera: en los
corrales, ordeñaba, esquilaba o pulseaba las cabras al comienzo de la parición.
A los animales más fuertes los agarraba y los ataba el hombre pero
generalmente eran las mujeres las que iban a los corrales. Mi abuela, por
ejemplo, esquilaba, le dábamos el animal ya maneado para que no hiciera tanta
fuerza y se pasaba el día en el corral.
Del mismo modo se encargaba de las plantas, tanto de las flores como de las
hortalizas. Mi papá me decía que un hogar sin mujer e hijos es un jardín sin
flores.

Benildo Vélez, Armando Vélez y Segunda Martínez.

En ciertos días ellas se visitaban unas a las otras. Cuando salían iba la mujer
sola con algún hijo, con los más chicos por lo general, o se iban dos mujeres
juntas. Se iban de la casa a ver a doña Francisca o a doña Cándida, por ejemplo.

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Acá, a La Florida, sabían venir las chicas Bustos que tenían que cruzar el río
para llegar. Ya de este lado, dejaban las zapatillas de caminar en la vera, medio
escondidas, y se ponían zapatillas nuevas para llegar a la casa. Con mi hermano
ya sabíamos de este truco y se las íbamos a buscar, las encontrábamos y se las
poníamos en fila en caminito y todas mezcladas. A veces las escondíamos
también en otros lados o se las dejábamos entre los yuyos.
Ellas decían que venían a visitar a la abuela Dominga pero a su vez venían para
ver si estaba el Héctor y verlo. Venían todas bien arregladitas. Con el tiempo
una de las Bustos se casó con él.
La abuela Dominga estaba casi siempre en la casa. Ella hilaba toda la lana para
hacer las alforjas y las frazadas. Hacía los hilos porque para los trabajos
permanentes manuales había que hacerlos, no se compraban en la época. La
abuela decía que no era tanto el hacer el hilo al final si no todo el proceso
anterior. Porque después de esquilar la oveja había que buscar la lana más
larga, más pareja, que estuviera bien, no amontonada. Ahí se la llevaba a un
lugar donde se la metía al agua caliente y de ahí al río para lavarla con agua
con jabón. Después de lavarla se la ponía a secar en una piedra o en un alambre
y después se rizaba, que se hace como esponja, para poder hacer después el
hilo. La iban agarrando y se hacía el cadejo, iban haciendo una hebra de lana,
se hacían las roscas, se preparaba el uso —que es un palo con una rueca con un
peso abajo— y ahí enhebraban ese cadejo. Los hacían bailar por la rueda esa e
iban torciendo el hilo. Así quedaba el uso panzón de hilo y de ahí recién hacían
la madeja en una silla.
Ya tenían el hilo. Pero después lo lavaban y teñían con yuyos, con palo
amarillo, hoja de nogal, cáscara de nuez verde, madera de molle seco, entre
otros. También venían las anilinas de una onza que vendían en el almacén para
los otros colores que no se encontraban acá. Después recién ahí se hacía el ovillo
y ya estaba lista y se iba al telar.
Había dos telares en casa, uno de la abuela y otro de la mamá.
Hacían también ponchos y fajas. Mi mamá al papá le hizo su primera faja y le
había puesto sus iniciales la B y la V de Benildo Vélez y fue furor. Cuando se la
vieron puesta todos la querían y se puso a hacer la de otros como la de
Bonifacio Oviedo, B y O, y muchas más. También hacía unas frazadas de
colores hermosos, con terminaciones bien tejidas. Era muy hábil haciendo
ropa. Ella le hacía la ropa para todas las obras de teatro de papá. A nosotros
nos hacía para todos los chicos. Con un trapo capaz de la ropa vieja de papá
nos inventaba algo.
Al pan lo hacían las mujeres también. No era un trabajo que hicieran los
hombres. Los hombres, mientras la mujer amasaba, salían a buscar, cortar y
traían la leña siempre. Ellas, una vez por semana, hacían una tanda de pan
hasta que se terminaba. Con masa madre hacían la levadura. Si no había más
pan se hacía torta frita o torta al rescoldo hasta que volvían a hacer pan.

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Mi abuela y todos en mi familia en general eran muy religiosos. Después de
comer, almuerzo y cena, se rezaba siempre un padrenuestro, un ave maría y el
bendito.
A la oración, la hora del crepúsculo, todos se juntaban a rezar el rosario. La
abuela siempre miraba alrededor controlando que no faltara nadie y decía
"¿dónde está el Armando?" —o el que fuera que faltara—. ''Andá a buscarlo y
que venga que vamos a rezar" y no se empezaba hasta que estaban todos. Un
día Ferrari, que no nos conocía tanto, llegó justo a la oración y nadie paró el
rezo porque era momento sagrado y no se interrumpía. Es más, lo mandaron y
lo pusieron a rezar sin saber ni de qué religión era. Nadie le dijo nada, ni
buenas noches ni qué tal ni nada. A rezar.
Una sola vez en toda la historia se tuvo que cortar el rosario. El que encoraba,
que era el que tenía el rosario, era mi papá, y era él el que iniciaba el rezo. El
papá ese día había trabajado mucho y esa tarde, además, había estado
pescando y estaba muy muy cansado. Yo ya lo veía que estaba rezando medio
dormido y con el murmurar que relaja peor y de repente gritó "¡hay carajo!".
Ahí se despertó de repente diciendo que se caía de una piedra. Estaba soñando.
La abuela, que nunca cortó en su vida el rosario, que nunca se rió efusivamente,
se tuvo que ir a la pieza para no largar la carcajada delante de nosotros. En otro
de los rezos —ese día el papá había estado blanqueando las paredes del salón—
se empezó a quedar dormido de nuevo y con el rosario hacía que blanqueaba,
para arriba y para abajo, como si fuese el pincel hasta que la mamá lo despertó
disimuladamente para no tener que cortar el rezo otra vez. Como mi abuela era
muy religiosa era muy estricta. Un día estaba en la mesa y habían llegado
turistas que se sentaron cerca y había uno de pantalón corto. La abuela de mesa
a mesa lo vio, se levantó, se acercó y le dijo "¡váyase de acá!, ¡no lo quiero ver
desnudo!, ¡o se pone un pantalón o se va que en mi casa no se anda así!". El
hombre fue y se cambió.
Cuando íbamos a las funciones en el Carmen ella usaba un manto de las
carmelitas, de unas monjas, como una túnica marrón clara. Era su traje para ir a
misa.
Cuando se bañaba en el río usaba otra túnica, pero blanca, como un vestido
largo hasta los pies, manga larga y con cuellito blanco, todo blanco. No nadaba
ni hacía clavaditos ni nada. Se metía despacio, se iba hundiendo, flotaba un rato
en el agua, toda vestida. Después se soltaba el pelo. Tenía el pelo largo hasta la
cintura.
Yo la sabía peinar los domingos. Después de lavarse la cabeza me llamaba y me
pedía que la peinara y le hacía el rosquete siempre clavado con horquillas.
La abuela no nos dejaba bañarnos juntos en el río en verano. Las chicas se
bañaban en un sector, cerca de la cascada y los chicos en otro, lejos, de este lado
de la curva, para que no se vieran unos a otros. Aun cuando éramos hermanos
o máximo primos. Pero nunca juntos. Y no se iba en malla hasta el río si no

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vestidos y recién allá abajo, allá en el río nos escondíamos en los yuyos y nos
poníamos la malla que en el caso de los chicos era un pantalón viejo no más.
Hasta los quince años tampoco estábamos autorizados a usar pantalón largo.
Nos cantábamos de frío los 25 de mayo, los 9 de julio en los actos patrios en la
escuela por estar parados tanto tiempo en el patio. Los chicos andábamos con
todas las patas moradas de frío y las chicas también con el vestido que les daba
a la rodilla.

Abuela Custodia (derecha) y sus hermanas.

La abuela me quería mucho. Me regaló un caballo y me hizo unas alforjas para


llevarle regalos a la Toti. Me hacía gancho con ella. Le gustaba la Toti para mí y
me preguntaba seguido "che ¿no vas a ir para allá a ver la novia?"
Para andar a caballo las mujeres tenían una montura especial que se llamaba
montura de gancho donde la mujer se sentaba para un costado y colocaba la
pierna en una de esas sobresalientes de la montura y con la otra sobresaliente
se agarraba. Posterior a eso se empezaron a usar polleras pantalón, y recién
entonces ahí se podían enhorquetar sobre el animal, antes no. Después se usó el
pantalón y eso les facilitó aún más la tarea.

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Dominga (centro) y sus hermanas Eulogia y Manuela.

Cuando había que criar un animal que había quedado guachito, que no tenían
madre o que no los querían, era la mujer quien lo hacía. La Toti criaba
guachos. Entonces la mamá era la Toti. Tenía un ternero que se llamaba
Toribio. Estaba también la Pinti y el Pachi. Si los llamaba ella venían seguro,
pero le remedabas la Toti y ni, nada, sólo venían con ella. La Toti les daba una
palangana con leche y, para que aprendan a tomar las primeras veces, les metía
su mano en la palangana y les dejaba el dedo para que se lo chupen como si
fuese la teta. Así les hacía varias veces y después aprendían y tomaban de la
palangana. La Pinti era la ternerita que, además, se comía toda la fruta. Si se
encontraba, por ejemplo, debajo de los durazneros, fruta caída, se la comía
toda y después regurgitaba los carozos. Se comía los duraznos enteros la
ternera y sabías a dónde había estado ella al otro día porque el lugar era un
carocerío. Para esa época yo había hecho la casita del motor y ahí sabía dormir
la Pinti y estaba todo lleno de carozos. Hacía como hace la Estrellita, el caballo
negro, que se rasca el lomo en el tronco del durazno y de paso los tira y se los
come.
La Toti también tenía la Pepona, la oveja guachita que le faltaba hablar. Como
se quedó de chica con los perros, se crió con ellos, ella se creía que era un perro.
Si los perros salían a ladrar ella salía a querer ladrar también, pero no podía. A
la Pepona le gustaban mucho los dulces. Una vez había un señor en la casa que

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se quiso prender un cigarrillo e hizo ruido con el paquete y la Pepona se lo robó
pensando que eran caramelos. También ponía las patas delanteras arriba de la
mesa y se asomaba y nos pedía comida. Una vez los hijos le dieron un pedazo
de milanesa. Otra vez, para ver si recuperaba su conducta de oveja, la dejamos
con el rebaño pero se nos volvió en seguida. A ella le gustaban los perros. En
invierno, se acostaba con ellos a dormir la siesta. Dormían panza arriba en la
resolana, calentitos al sol.

Toti también se encargaba de los animales cuando yo no estaba. Una vez yo me


había tenido que ir, era la época en la que era juez de paz. Ese día le pedí que
buscara las ovejas y también le pedí que trajera el mulo que estaba al otro lado
del río. Ella se fue con los chiquitos, pero como era invierno, pleno agosto, y el
agua estaba helada, les dijo que se quedaran ahí quietitos en la orilla, que la
mamá ya volvía a buscarlos, que cruzaba, traía el mulo y volvía. Cuando se
metió para cruzar el río el agua le congeló las piernas. Al llegar al otro lado,
como había sufrido mucho por el frío en el agua, se le ocurrió cruzarlo sobre
el animal para volver. Pensó en saltarlo en pelo al macho, sin montura, pero
ella no sabía que el mulo no se puede subir en pelo, no te admite. Por supuesto,
apenas subió el animal le corcoveó y la tiro entera al agua y se mojó toda, toda,
por no mojarse los pies no más. Encima se hizo un tajito en la cabeza pero
menos mal que no pasó más nada. Los hijos chiquitos la ayudaron a salir y la
consolaron.
A veces la Toti también traía las lecheras para después apartar los terneros de
las vacas. Las lecheras van en un corral y los terneros en otro. Ese día la Toti se
va a buscar las vacas y ve que estaban en una quebrada. Estaba con el perro
—un lobito gris— y nuestro hijo Walter. Las vacas estaban allá abajo, lejos y se
dio cuenta que no iba a poder buscarlas con el nene. Entonces lo deja al Walter,
nuestro primer hijo, en un lugar sentadito, le explica, le dice que la mamá ya
vuelve y se va a buscar las vacas. El perro vio que ella se iba y, como si supiera
que tenía que cuidarlo, se echó al lado de él, se acurrucó y no se le despegó
hasta que la Toti volvió. Es por eso que nuestro hijo es tan perrero quizá.
A veces, Walter ya era más grandecito, le decíamos "dejá tranquilo a ese perro"
pero él no hacía caso y los molestaba. Él estaba siempre echado con algún
animal, les agarraba las orejas y les mordía él las orejas a los perros. Una vez
estábamos desherbando, sacando yuyos de la huerta, y Walter mordía a otro
perro lobito que teníamos. Lo mordía, lo mordía hasta que el perro se cansó y le
ladró. Cuando vimos, Walter tenía sangre en la cara. Entonces Toti saltó y me
dice "¡el perro lo mordió!" Pero no lo había mordido sino que sin querer le había
pegado un cabezazo en la nariz y lo lastimó. Entonces yo fui y le di un azotito
suave al Walter, no al perro, para que viera que no tiene que andar molestando
al animal.

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Benildo, Segunda, Dominga, Élida, Armando y Ester.

79
80
TERCERA PARTE

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15

Memorables días transcurrimos en La Florida rodeados de las mujeres que nos


acompañaban con quienes íbamos formando nuestras familias.
En el año mil novecientos sesenta y seis, en el mes de mayo, nació Walter y para
ese fin nos fuimos a Río Cuarto a casa de unos familiares para estar cerca de la
maternidad. Como no se había hecho ecografía —que en ese tiempo era caro o
no había—, es que tuvimos todo el tiempo la intriga de si era varón o mujer
hasta que nació nuestro primer varón. A la semana regresamos hasta la
localidad de Berrotarán donde mi suegro don Roberto nos esperaba. La trajo a
Toti con el bebé para Lutti, a casa de los padres de ella, y yo me vine a La
Florida para seguir con las tareas. A los veinte días del nacimiento del hijo los
fui a buscar con caballo, con consejo de los mayores y en caballos mansos, y
vinimos desde Lutti a La Florida con el recién nacido.

Al año siguiente, Benildo, mi padre, enferma siendo todavía muy joven. Lo


trataron los médicos, pero a muy temprana edad, a los 58 años, fallece en el año
1967 y por supuesto queda un gran vacío en nosotros. Pero La Florida seguía
existiendo a pesar de todas las pérdidas que ocurrieron, el fallecimiento de mi
mamá y luego el de papá.
Quedamos como desamparados, sin saber qué hacer porque faltaba esa persona
que con todo cariño y amor daba las órdenes para realizar tal o cual cosa. Pero
como los hermanos éramos muy unidos, tomó decisión el hermano mayor, para
realizar el juicio sucesorio y así fue como la estancia La Florida se fue
dividiendo entre todos los catorce hermanos. Después que el abuelo Silvano
había logrado comprar mil y algunas hectáreas de campo, hoy quedan
solamente cien.
Como Toti y yo vivíamos con mi padre desde el año 1965, y con la muerte de mi
padre quedó viuda mi madrastra con cuatro hijos chiquitos que son mis medios
hermanos, a partir de ese entonces me hago cargo de La Florida y acompaño a
mi madrastra y le ayudo a criar a los niños. Con el tiempo pude conseguir que
viniera una maestra aquí a la casa quien estuvo algunos años pero se fue luego
porque levantaron el colegio por falta de niños en edad escolar, porque los
serranos ya empezaron con el éxodo por no tener posibilidades de criar
animales.
Entonces mis hermanos más chicos con su mamá se fueron a Yacanto para
poder seguir con el colegio y así con mucho sacrificio los chicos pudieron
estudiar, crecer, encontrar el amor de su vida y ver a sus retoños crecer a su
lado, dándoles el buen ejemplo que ellos tuvieron en su vida.

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En esa época, en el tiempo de la muerte de mi padre, yo trabajaba
esporádicamente para Agua y Energía.
La gente que venía a la región a trabajar hacía estudios sobre los ríos para la
construcción del lago Cerro Pelado y sobrevolaban la zona en un helicóptero.
Venían ingenieros a hacer esas mediciones y en los momentos libres, como nos
habíamos hecho amigos ya con el piloto de tanto andar juntos de acá para allá,
y a él le gustaba parar en nuestra casa —no quería alojarse en la hostería—,
cuando terminábamos de trabajar, a las dos o tres de la tarde, me llevaban a
pescar o a hacer cosas con ellos. Un día mis compañeros de trabajo querían
comer cabrito. Entonces fuimos para el lado de Lutti con el piloto a una casa
que yo sabía que tenía cabritos. Llegamos y el señor que nos atendió nos dijo
que ya a esa hora no, que ya eran las diez de la mañana, que a las cabras las
habían largado lejos y no las íbamos a poder traer para agarrar una. Nos dijo
que volviéramos al otro día. Pero el piloto le dijo que no, que si él quería que se
las traíamos nosotros. El hombre se rió y nos dijo "no, qué van a saber ustedes,
no las van a poder traer... " El piloto insistió y le dijo que sí, que nosotros se las
traíamos de donde estuvieran. El dueño dijo que no sabía por dónde andarían,
pero que podrían estar por allá, por la ladera al fondo. Después insistió en que
a esa hora no venían las cabras. Igualmente fuimos y por allá abajo las vimos y
el piloto, mi compañero, las topó con el helicóptero y las echó para el lado del
campo del señor y las cabras empezaron a disparar para las casas. El dueño ahí
no tuvo opción y al verlas llegar, medio riéndose, agarró una y le vendió una
chivata. La trajimos viva en el helicóptero a la chiva y la carneamos acá en La
Florida.
En otra oportunidad, como ellos querían parar en casa y querían que los
atendiera Toti —pero Toti estaba en Yacanto con Walter que iba a la primaria—
nos dijeron que ellos lo iban a llevar al chico al colegio desde La Florida hasta
Yacanto en helicóptero todos los días. Entonces la Toti se vino para casa y ellos
todas las mañanas salían, lo llevaban al colegio al Walter, iban a buscar a otro
ingeniero y de ahí se iban a estudiar los ríos. Así todos los días y ellos muy
contentos que pudieron quedarse en casa.
Otra vuelta me pidieron que les pescara unas truchas para llevarse a sus
lugares de origen porque se volvían porque ya habían terminado el trabajo. Les
dije que sí y les pedí que me acercaran a un lugar donde yo sabía que había
truchas grandes. Me llevaron en el helicóptero al filo de la sierra, cerca del
arroyo Las viejas. Era un lugar donde yo solía ir con mi papá cuando era chico
(ahí, —me acuerdo— una vuelta, estábamos pescando con el papá, era
nochecita, se estaba empardando, y mi papa me dice "ah... con razón el arroyo
se llama Las viejas" y me señala unas piedras de una ladera que hay y que caen
hasta ese arroyo y que parecen una mujer con un atuendo que es como un
manto tapándose la cabeza, pero no una, como cincuenta piedras en toda la
ladera).

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Me dejaron allá arriba, desde donde podía ver esas piedras. Bajé caminando al
arroyo.
Les pesqué en un rato una bolsa. Cuando me pareció suficiente emprendí el
regreso cuesta arriba. Ellos, desde el helicóptero allá arriba, me veían volver.
Yo les hacía señas mientras caminaba para que viniera uno a ayudarme a subir
y a agarrarme la bolsa que pesaba. Les mostraba que estaba llena pero no
querían creer que me tenían que ayudar. "¡Ahí traes yuyos!" me gritaban, "¡qué
venís a joder!" me decían. Entonces tuvieron que esperar a que subiera. Fui
riéndome todo el camino y cuando las vieron no lo podían creer.
A la tarde se fueron. Pero cuando iban por Embalse se dieron cuenta que se
habían olvidado las truchas y desde allá tuvieron que pegar la vuelta a
buscarlas.

Yo hacía muchas cosas para ganarme la vida en la sierra. Un día me llaman


por medio de radio gamma de la policía que tenía que presentarme en la casa

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de gobierno de Córdoba, que en ese entonces estaba como gobernador el doctor
Caballero, que era amigo de mi papá. Me acompañó mi hermano Armando y
nos presentamos a la hora y fecha indicada. El motivo fue que uno de nosotros
tenía que recibir el cargo de Juez de Paz de Yacanto. Nos explicó el gobernador
Caballero que ese cargo estaba ya designado de antes para mi papá pero se
había enterado del fallecimiento y quería que uno de nosotros tomáramos el
cargo. Entre charla, dicho y hecho, recayó en mí la responsabilidad, por lo que
tuve que desempeñar el cargo de Juez de Paz y Jefe del Registro Civil de
Yacanto.
En ese entonces yo no tenía vehículo por lo que tenía que ir a la oficina que
estaba en Yacanto a caballo, viaje que hacía lunes, miércoles y viernes. Estaba
todo el día para cumplir con las horas semanales que se requerían. Pasaron los
años y pude ahorrar algún dinero y compré en mil novecientos sesenta y nueve
un Jeep color celeste que a veces arrancaba y a veces no. Ese fue mi primer
vehículo, el que me facilitó un poco las cosas para desempeñar el cargo de Juez
de Paz en Yacanto y continuar con mi trabajo acá en La Florida. También me
ayudó para cuando nació nuestro segundo hijo, en septiembre del año mil
novecientos sesenta y nueve. Estábamos muy preocupados con Toti pensando
en si arrancaría cuando llegara la fecha del parto. Una noche Toti me dice que
se siente mal y que tenía síntomas de parto. Había llegado el momento y yo en
lo único que pensé fue en el Jeep. Corrí para hacerlo arrancar, me dio trabajo,
intenté varias veces. Al final, después de un rato, arrancó, nos fuimos a Santa
Rosa y a las cuatro de la mañana nació el segundo de nuestro retoño, Hernán.
De vuelta en La Florida, con la familia más grande, continué con mis tareas en
el campo y como juez. En esa labor me tocaron muchos divorcios, pero no
separé nunca a nadie, porque en las audiencias de conciliación, encima con la
formación de cura que me dieron en el colegio de Escobar, les daba charlas, que
eran casi sermones, a los que se querían divorciar y al final no se separaban.
Desempeñé ese trabajo desde mil novecientos sesenta y ocho hasta mil
novecientos ochenta y tres, cargo que tengo que dejar por razones políticas ya
que había entrado en la época del peronismo y me sacan en la época radical.

Para sobrevivir, trabajaba en cualquier cosa que se presentara. De Juez de Paz


pasé a hacer alambrados. Trabajé en Pinar de los ríos que el dueño de ese
momento puso un aserradero. Otra tarea que tuve que realizar fue en los
campos que mis hermanos fueron vendieron. La persona que compró me
contrató para forestarlo con pinos, por lo que tuve que aprender, hacer un
vivero y hacer los plantines de pino.
Para esta tarea ponía la semilla un poco al frío en el congelador para que
produzca más rápido. Después, preparaba la tierra zarandeada y curada con
sulfato de cobre y sembraba la semilla en la tierra directa. La germinación
estaba lista en ocho días y cuando el plantín tenía cierta altura se hacía el
repique, planta por planta. Entonces iba a un cartucho de veinte centímetros de

85
un cartón alquitranado y se colocaban todos los plantines juntos en un cantero,
se los regaba con sulfato de cobre y se los tapaba con media sombra. Después
de un año se los llevaba a tierra.
El traslado de los plantines lo realicé con caballos. Cada caballo llevaba
doscientos cincuenta plantines, a tres canastos por caballo. Mi hermano Alcides,
el más chico, y Walter, mi hijo, los llevaban, y la Toti les ayudaba a cargarlos en
los canastos de alambre.
En La Florida no planté porque para poner pinos había que sacar todas la vacas,
sacar todos los animales que tenía, y pensé, "¿qué hago?", mi manutención
eran las vacas y tenía ovejas también en ese entonces. Con los pinos me eximían
de impuestos pero "¿qué comía?". No tenía otro ingreso. Además empecé a ver
los cambios negativos que se produjeron con posterioridad. Antes teníamos eco
en las sierras, las montañas te contestaban. Esos ecos se perdieron, nunca más se
escucharon. Nos parábamos acá cerca a jugar, "hola, hola, hola", "chau, chau,
chau". Nunca más los ecos por culpa de los pinos, se fueron los serranos por
culpa de los pinos, ahora se producen incendios, se eliminó todo lo que es
ganado caprino y ovino —algunas pocas vacas quedan no más—. También, al
tener en los pinares tanta pinocha, más o menos de sesenta centímetros sobre la
tierra en su base, cuando llueve no crecen más los ríos, porque no deja que baje
el agua porque se acumula en la misma pinocha. Ahora la lluvia tiene que ser
muy abundante para que crezcan los ríos. Se secaron los arroyos que había en
los pinares por la cantidad de agua que chupan los pinos. Tampoco hay más
sapitos de colores ni ranas como había antes y a los árboles autóctonos les
cuesta mucho crecer.
Bajo estas circunstancias los serranos vendían campos, llegaban los foráneos y
forestaban. Y así yo me iba reduciendo en animales porque las leyes favorecían
al que forestaba y castigaba al serrano que tenía que irse ya porque no podía
tener animales. A esta gente que forestaba el gobierno le daba dinero y no lo
tenía que devolver. La única obligación era que tenía que forestar el campo y se
lo eximía de los impuestos. A veces no forestaban todo, forestaban una parte, la
mitad o menos. Venían los inspectores de IFONA, recorrían la parte forestada y
certificaban que el campo estaba todo forestado. Los engañaban fácilmente
porque les hacían caminar y caminar un par de hectáreas no más y los
inspectores se cansaban de subir y bajar la sierra y firmaban.
Por eso, por el tema de la forestación y por el dinero que facilitaba el gobierno,
apareció gente que compraba los campos. Le decían a los serranos que cuánto
valía la hectárea, el serrano le decía que podía valer cien pesos, entonces el
foráneo le decía yo le doy doscientos pesos y le hacían el cuentito de que con la
venta del campo más la venta de los animales podían vivir muy bien en algún
pueblo. La gente vendía sus propiedades, otros se tenían que ir porque no
podían tener animales porque se pasaban a los campos forestados y de ahí se
los sacaban. Y así se fueron yendo los serranos por culpa de los pinos.

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Yo tampoco fui la excepción con estas ofertas. Aquí vino una europea en cinco
oportunidades con el fin de que le vendiera el campo diciéndome "usted pida,
yo pago lo que usted quiera". Me hacía castillos en el aire, pero a mí no me
convenció. Llegó a ofrecerme varios millones. Me decía "con la plata de la venta
del campo puede hacer muchas cosas, puede viajar por el mundo, conocer
Europa, América, ir a China". Hasta que le dije, para que no insistiera más, que
fuera ella a China a viajar, que yo me quedaba tranquilo acá. Y aparecieron
algunos otros más. Y aquí estoy. Todos decían lo mismo, con la plata se puede
ir a Europa, salir a pasear por Australia, y yo les decía lo mismo, les preguntaba
que porqué no se iban a pasear ellos. Todo esto en un marco de suma dificultad
económica, con pocos serranos que quedamos, con los campos achicados por
los pinos y todos los cambios que trajeron esas políticas.

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16

Pasaron algunos años, mis hijos varones fueron creciendo y había que llevarlos
al colegio. Para eso hice trámites en el Consejo de Educación para ver si podía
traer la escuela aquí a la casa como hizo mi papá y el resultado fue positivo.
Conseguí que viniera la maestra pero duró pocos años por que había pocos
chicos por el éxodo de los serranos. Por ese motivo tuve que alquilar una casa
en Yacanto para que los chicos terminaran allá la primaria. Para la secundaria
alquilamos un departamento en Santa Rosa que compartíamos con algunos
familiares.
Tuvimos una grata sorpresa en esa época ya que Toti queda nuevamente
embarazada, luego de mucho tiempo, ya con los hijos grandes. En el mes de
mayo del año mil novecientos ochenta y dos vino a alegrar nuestro hogar la
nena, María Luciana, nacimiento que ya fue menos traumático porque Toti
estaba con Walter y Hernán en Santa Rosa y la clínica quedaba cerca. Yo estaba
acá trabajando en La Florida. Al no haber teléfono en esa época los avisos se
hacían por medio de la policía. Ellos le avisaron a Aldo Musumeci que era mi
amigo y pariente por la señora Carlina que es mi prima hermana y fueron ellos
los que me trajeron la gran noticia del nacimiento de mi hija Luciana.
Seguíamos luchando con mi señora para que los hijos siguieran estudiando
pero la economía familiar no era muy buena por lo que tuvimos una reunión
de familia. Para solucionar el tema económico propuse vender La Florida. Mis
hijos se opusieron diciéndome que ellos se iban a cocinar, a lavar la ropa, que
iban a viajar a dedo para ahorrar. Pero las circunstancias seguían igual a pesar
de la intensión y el ahorro de todos, por lo que hablamos nuevamente con Toti
que algo teníamos que hacer y dispusimos vender. Tenía muy tristes
pensamientos en esos días sabiendo que me había llegado la hora de
deshacerme del campo, después de resistir tanto. Después de que se fueron
todos yo también tenía que irme.
Igualmente, ya con la decisión tomada, lo pensamos bien, lo meditamos mucho
y concluimos en venderlo, pero no a cualquier persona. Pensé en un amigo muy
especial, que fue amigo de mi papá también. Fui al pueblo y lo llamé a Manolo
que vivía en Buenos Aires y le dije que quería hablar con él. Él me preguntó
que qué quería, que qué me pasaba. Yo le dije "quiero hablar con vos
personalmente". Él me contestó "bueno, dentro de quince días voy para allá".
Esperé ansioso esos quince días hasta que llegó Manolo y su señora Bilú.
Después del saludo y unos mates me preguntó que qué quería, entonces yo le
dije "Manolo te quiero vender el campo". Ya los dos de pié me mira fijamente y
señalándome con el dedo me dijo "vos tenés bosta en la cabeza, no podes
vender el campo de tus abuelos, inventá de hacer alguna cosa". Yo le dije que
no tenía más plata, que no tenía más. Él me dijo que aquí se podía hacer una

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hostería y agregó "yo voy a volver dentro de algunos días para reformar las
habitaciones, pero júrame que no vas a vender La Florida, esta tierra es el
sacrificio de tus abuelos y de tus padres". Y yo lo prometí.
Así quedamos y a las dos semanas Manolo vino con los albañiles para empezar
la reforma en la casa. Se construyeron los baños para que quedaran las
habitaciones con baño privado, trajo muebles para el comedor y cocina,
algunas camas y otras cosas para el funcionamiento de la hostería.
En un momento de susto le dije a mi amigo Manolo que yo sabía cosas del
campo, enlazar, paliar, y todas esas cosas pero que nunca había trabajado en un
comedor o servido un plato de comida. La contestación de mi amigo fue: "yo
con Bilú vamos a venir y vamos a trabajar juntos y te vamos a enseñar". Y así
fue que vinieron los primeros clientes desde Buenos Aires y trabajamos juntos
con Manolo y Bilú.
La gente que venía quedaba asombrada. Veían la naturaleza, los frutales, el
silencio, el río, las vacas en los corrales que al otro día se ordeñaban, todas cosas
que para ellos eran muy novedosas.
Nosotros elaborábamos la manteca casera, con la grasa que se le sacaba a la
leche fresca y que después se ponía en una botella de pico ancho o en un bol y
se la batía, hasta que aparecía la bola de manteca. Después se la cambiaba de
recipiente para desuerarla y ponerle la sal y se la apretaba con una cuchara para
sacarle el suero y cuando no salía más se la acomodaba para comerla. El pan,
todo se hacía casero. Nunca compramos pan, ni dulce. Hacíamos la mermelada
de durazno, de ciruela, zarzamora, membrillo, manzana y pera, todo de los
árboles frutales de acá, dulce y jalea.
Para el desayuno hacíamos también el dulce de leche con la leche recién
ordeñada. La poníamos al fuego en una olla y se le echaba adentro una bolita
de cristal para que no se pegara y se tenía que revolver para un solo lado, en
una sola dirección, en un solo sentido si no, no salía. Un día se perdió la bolita
del dulce de leche y nos preguntábamos cómo íbamos a hacerlo de ahí en más.
Después la encontramos.
Trabajamos así, juntos, durante dos años y Manolo un día me dijo "bueno, ya no
vamos a ser más socios, ya aprendiste, ahora arréglatelas solo". Y entonces
continuamos con Toti con el emprendimiento que Manolo nos había enseñado
y encaminado. Por eso mis más grandes agradecimientos a mis amigos Manolo
y Bilú que los llevaré en el corazón para siempre.
Ya sin la familia amiga, con Toti seguimos trabajando y después ahorrando
con mucho sacrificio pude construir mi primer cabaña de seis personas. Y así
seguimos hasta llegar a construir cuatro cabañas en total.
Pasó el tiempo y por temas de salud y peso de los años tuvimos que abandonar
de a poco la hostería, pero la promesa que le hice a mis amigos la cumplí. Sigo
estando en La Florida hasta que Dios disponga. Porque estar acá, rodeado de
naturaleza significa para mí la vida misma compuesta por todo lo que nos

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rodea, en circunstancias amenas y también difíciles. La naturaleza es la vida
misma, es el templo de la vida, es lo más puro que existe.
Este es mi entorno, el que estuvo presente en mi vida y que me hizo descubrir
tantas cosas y afectos. Me enseñó a vivir y a ver que hay cambios, ciclos, y que
uno debe adaptarse a que es la naturaleza la que manda en nuestras vidas.

Sergio Vélez y uno de sus nietos a caballo.

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En todas las tareas diarias que sigo realizando en La Florida pienso en la


cantidad de cosas que sucedieron a lo largo de mi vida. Pienso en todo lo que
me hubiera gustado preguntarle a mi padre antes de su temprana partida,
pedirle consejo, ayuda.
Pero también surgen las anécdotas que sí me pudo contar y los recuerdos de las
cosas que pasamos juntos como cuando mi papá quedó viudo y yo me convertí
en su compañero inseparable para muchas cosas, para salir de pesca o para
cuidar y arrear el ganado. Él siempre tenía historias que me contaba de cuando
era joven, travesuras que hacía con su primo Juan Carlos Torres, la doma y
pialadas de los yeguarizos matreros y chúcaros, que a fuerza de boleadoras y
bien montados traían y encerraban en el corral para hacer sus picardías.
Recuerdo también la vez que fuimos a una carrera cuadrera en la casa de don
Bonifacio Oviedo y que a la noche, después de las carreras, había varias chicas
que no se fueron para sus casas. Para prolongar la fiesta, don Bonifacio que
tenía una victrola chica, preparó, sacando unas mesas afuera, una habitación
para el baile y la fiesta se armó. Empezó el baile pero mi papá no se sacó los
espuelines que había llevado para las carreras. Después de un rato había un
cuchicheo entre las gentes que yo pude percibir y era porque lo habían visto
que bailaba con espuelines y se reían. Entonces mi papá se dio cuenta, se los
sacó y el baile siguió entre las risas de todos. También me acuerdo como si
fuera hoy de la noche en que nos quedamos un buen rato, también después de
unas carreras cuadreras, en Las Bagualas, en casa de don Pedro López que era
pariente de mi papá y que tenía un boliche. El negocio era muy chico y entre la
gente que tomaba las copas y otros que jugaban a la perinola, el local estaba
apretado de paisanos.
Entonces mi papá dispuso con otros contrincantes de juegos, que a su vez eran
conocidos y amigos, de jugar a la taba afuera. Pero por supuesto no había luz,
la única luz que había era de una lámpara a querosén que estaba en el negocio.
Buscaron entonces el lugar apropiado para hacer la cancha de taba, el queso.
Mi padre les dijo a los otros "busquesen un alumbrador que yo ya tengo". Y el
alumbrador era yo. Los que tiraban con mi papá que eran de esta zona, don
Pedro César, Reginaldo, Marcelino, mi tío, Leandro Hidalgo, Emiliano
Rodríguez y otros me compraron cajas de fósforos y cada vez que tiraba la taba
uno de los compañeros de mi padre yo le alumbraba con un fósforo cerca del
suelo para que pudiera ver la cancha. Y así jugaron toda la noche hasta que se
raleó la gente y pudieron ir adentro a jugar al truco.

Estos y tantos otros recuerdos con mi padre, con mi familia, en mi lugar, son los
que quise que quedaran escritos para que mis hijos, nietos y los descendientes

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sepan cómo lucharon mis abuelos, mis padres, y después yo para preservar
este lugar, junto a esa chica rubia que vino de Lutti a trabajar y luchar con
abnegación para criar los hijos, plantar plantas y poner flores, que ahora es la
abuela Toti que con amor luchó y el día veinte de marzo del año dos mil quince
cumplimos cincuenta años que estamos juntos y su querencia es ahora este
lugar.
La suma de todas esas experiencias que conforman la idea de concretar este
libro, después de esas palabras sobre la realización personal del hombre que
aquel amigo mío me dijo una vez, vagaron en mí por mucho tiempo. Pero no
sabía como hacerlo, o no me animaba a empezarlo.
Pensaba en lo que me decía toda la gente que venía a La Florida cuando les
contaba algunas anécdotas del lugar y de la familia. Todos coincidían, todos
me decían "¡tenés que escribir un libro!".
Esas palabras se grabaron en mi mente, no se iban de mi cabeza y se me formó
dentro como un vacío donde la idea daba vueltas y no desaparecía.
Me hizo acordar cuando me volví de Escobar donde estudiaba, cuando llegué a
mi casa y mi papá y mis hermanos me recibieron llorando con un abrazo
diciendo que mi mamá ya no estaba. Recorrer la casa y sentir que estaba vacía,
que algo faltaba, que no estaba completa por su ausencia. Eso, sumado a no
poder volver y tener que renunciar a mi vocación, hizo que ese vacío se
apoderara de mí por mucho tiempo. Luego, con el apoyo de la familia, con las
tareas diarias, con la naturaleza, se fue disipando esa pena que tenía en mi
interior.
Con esto del libro pasó algo parecido, no tan fuerte pero parecido, por lo que
tomé un día la decisión de concretar mis ilusiones. Compré un cuaderno azul
de tapas duras y llegó el día que me levanté como dos horas antes de lo normal.
En la tranquilidad de mi casa, me senté en el comedor y empezaron a estallar en
mi cabeza las ideas. Empecé a escribir, como el ancua que empieza de a poquito
a explotar y la olla se va llenando también de a poco. Ese día escribí como cinco
hojas en mi cuaderno. Ya la familia se empezó a levantar y entonces guardé el
cuaderno para otra mañana. Así todos los días que podía escribía un poco.
Cuando ya tenía bastante escrito faltaba quien me lo corrigiera y compagine. El
cuaderno fue a parar a mi mesa de luz y allí estuvo un tiempo hasta que un día
llegó el día de mi suerte. Llegó a mi camping una pareja de jóvenes que por su
amabilidad y siempre sonrientes te conquistaban como amigos. A ellos también
les conté anécdotas y me dijeron también que escribiera un libro. Les comenté
de lo que yo había hecho, les mostré el cuaderno y ellos me dijeron que me iban
a ayudar a cumplir mi sueño.
Y así fue que pude parir mi libro. Ellos no eran parteros, pero me ayudaron
profesionalmente desde sus conocimientos literarios y fotográficos. El vacío que
antes sentía ahora está lleno de alegría y agradecimiento a todos los que me
ayudaron.

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Es por eso que doy gracias a todos y en especial gracias a la vida que para mí es
Dios. Gracias por haber nacido en La Florida y por haberme educado en el
colegio para sacerdote. Gracias a la vida que me iluminó cuando mi papá me
dijo que me quedara para ayudarle a cuidar a mis hermanos y gracias por todos
los hermanos que tengo, que fuimos catorce, hoy somos once y todos unidos.
Gracias por haber nacido aquí en las sierras y además haber tenido la
posibilidad de recorrer el mundo, por haber encontrado a mi compañera que
hace cincuenta años que estamos juntos y en la misma lucha y por los hijos que
tenemos y que a su vez nos alegraron con los nietos. Gracias a mi sobrino Oscar
Musumeci por todo su apoyo. Doy gracias a la vida por esos amigos Bilú y
Manolo Martínez Prieto que me ayudaron con la hostería cuando tanto lo
necesitaba y me hicieron ver que las tierras de mis abuelos no se venden. A esos
amigos Beba y Néstor García Monzón por haberme ayudado cuando mi hijo
enfermó. A esos amigos Candelaria Luján y Ezequiel Ludueña por haberme
ayudado a cumplir el sueño de escribir este libro y guiarme hasta el final.
Gracias doy a la vida por todo lo que tengo y a los amigos que me rodean
cotidianamente.
Pido a Dios seguir viviendo en La Florida hasta que Él disponga, porque yo
digo que aquí en este lugar, como en todo lugar, está Dios.

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Índice

Prólogo, Candelaria Luján

Palabras Preliminares, Sergio Vélez

Primera Parte

Segunda Parte

Tercera Parte

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EL AUTOR

Cergio Silvano Vélez nació en La Florida, zona rural de Villa Yacanto,


Córdoba, en 1939.
Cursó sus primeros años de estudios en las escuelas de Villa Yacanto y La
Florida. Siguió la carrera sacerdotal en el colegio San Vicente de Paul en
Escobar provincia de Buenos Aires, carrera que no logra concluir por razones
familiares. Desempeñó el cargo de juez de paz en Villa Yacanto y fue
trabajador rural y hotelero. Aficionado a la pesca de truchas, amante de los
caballos, vive desde siempre en La Florida, lugar que inspiró la creación de
este libro.

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Querencia Florida
de
Cergio Silvano Vélez
se terminó de imprimir
durante el mes de julio de 2015,
en la ciudad de Córdoba, Argentina

Tirada de la edición: 500 ejemplares

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