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Contenido

1. MALA NOCHE
2. UN POCO DE HISTORIA… FAMILIAR
3. MI CASA, MI BARRIO
4. COMIENZAN LAS CLASES
5. TINO Y BRUNO, AGENCIA DE PERIODISMO
6. RECUPERAR LA CONCIENCIA CON… CIENCIA
7. LLEGAN LOS ROBINSON
8. ¿ASUSTAR O LIGAR?
9. SÍ, LA COSA PUEDE IR A PEOR
10. LA VEREDA TOCOMOCHA
11. MAMÁ, ¿QUIÉN ES EL MALO?
12. CENA DE AMIGOS
13. UNA FURGO EN TORREGORRINOS
14. UN, DOS,...¡GRABANDO!
15. TOC, TOC, TOC
16. UN PROGRAMA DE TV... DISTINTO
ACTIVIADES EDUDIVERTIDAS
1. MALA NOCHE
Nada. Ni un poquito. No he logrado pegar ojo en toda la noche. He
probado a contar ovejas, caballos, saltamontes, focas, escarabajos peloteros…
¡y no ha habido manera!

Me acabo de levantar y, a pesar de todo, no tengo nada de sueño.


Supongo que es por lo que supone para mí un día como este.

Voy al baño y, cuando voy a hacer pipí, me encuentro otra vez un montón
de vendas tiradas por el suelo. Debe de haber sido el abuelo, cómo no. Intento
recoger un poco, logro vaciar mi vejiga y me lavo un poco la cara. El lavabo
está lleno de pelo… ¡otra vez mamá!

Bajo a desayunar y supongo que es mi hermana la que está por alguna


parte de la cocina. Veo tostadas mordidas por encima de la mesa. Es ella, sin
duda.

Para terminar el cuadro falta mi padre. El pobre va andando de un lado


para otro sin articular palabra, arrastrando los pies por toda la casa y
topándose con los muebles, como siempre.

Tras el desayuno comienzo a vestirme. Me pongo unos gayumbos, un


calzado cómodo y una vieja sábana con dibujos de patitos a la que le he
hecho unos agujeros a la altura de los ojos para no darme zambombazos a
diestro y siniestro. Me miro al espejo y mis nervios aumentan… ¿valdré para
esto? ¿Por qué tengo que hacerlo?

Y es que hoy es un día de lo más rarito.

¡Superinsólito!
¡Hipermegaextravagante!
¡Hoy recibiré mis primeras clases para ser un fantasma!

«¿Cómo? ¿Clases para ser fantasma?... ¡Estás loco!», pensaréis al leer


esto, pero creo que lo entenderéis mejor si os explico cómo puede ser que un
niño de tu misma edad se esté preparando para ser un fantasma…
2. UN POCO DE HISTORIA…
FAMILIAR

Me llamo Muuumuuu. Sé que suena raro, pero es de las pocas palabras


que es capaz de articular mi padre. Soy el típico niño «nimuy», es decir, ni
muy alto ni muy bajo, ni muy gordo ni muy flaco, ni muy moreno ni muy
rubio… vamos, un niño normal. Y no, no soy un fantasma, simplemente me
preparo para serlo.

Voy a presentaros a mi familia (tranquilos, no es la típica familia rollo).


Ellos son el principal motivo por el que yo tengo que aprender a ser un
fantasma, ya que, según mi madre, tenemos que ser capaces de defendernos
del resto de los humanos.

Rob, que así se llama mi padre, es un tío genial. Te ríes un montón con él
y tiene muchos momentos graciosos a lo largo del día, pero tiene un pequeño
problema: es una especie de zombi mezclado con Frankenstein.

Sí, mi padre era un científico muy prestigioso hasta poco antes de nacer
yo. Gracias a sus experimentos se lograron grandes avances como la
mortadela con sardinillas o las toallitas para bebé con olor a cebolla. Además,
recibió el premio «Investigador promesa del año» por su estudio sobre la
capacidad de las marujas de oír a través de las puertas, todo un hallazgo que
revolucionó el mundo del cotilleo.

No contento con ello, una mañana intentó superarse a sí mismo e inventar


una pócima que hiciese invisible a las personas o a cualquier objeto.
Comenzó a mezclar sustancias, a calentarlas y enfriarlas… hasta que dio con
lo que él creía que sería una auténtica revolución.

Y funcionó. Vaya que si funcionó. En un momento de descuido mi


hermana mayor, que en aquel momento tenía tres años, le pegó un trago a la
pócima y no dejó ni una gota. Resultado: hermana invisible.

Mi padre, intentando lograr una cura para el desaguisado, creó una nueva
pócima para devolver la visibilidad a mi hermana. Probó él mismo una gota
del nuevo mejunje y el resultado no pudo ser peor: se quedó lelo, atontado,
zombi… vamos, ¡un desastre!

Es zombi por culpa de aquella pócima, pero nunca ha desarrollado la


necesidad de morder a nadie ni de ir comiendo cerebros humanos. Antes del
«accidente» era vegetariano, por lo que ahora tan solo come algunas
verduras, ¡nada de carne humana! Digamos que es… un zombi especial.

Le quiero mucho, a pesar de que tan solo vaya de aquí para allá andando
muy leeento, balbuceando algunos sonidos como «Guuu», «Mooo», o su
favorito, «Muuumuuu», cuando se dirige a mí.

Es difícil ver que tu padre mide dos metros y tiene el cerebro de un niño
de dos años, pero aun así es una pasada. A veces juego a lanzarle guisantes a
la boca desde el otro lado de la mesa, o le digo que me cuente algún cuento y
él empieza: «Égaaaageee uuunnnaaa vvveeezzz el bbbaaabbbiiitttooo
feeeooo…» y me parto de risa con él.

Si no fuese porque tengo que aprender el oficio de fantasma, estudiaría


mucho para buscar un antídoto para él. Ojalá pudiese ser un científico el día
de mañana y fuese capaz de ayudar a mucha gente con mis descubrimientos.

Ahora que ya conocéis a mi padre, os hablaré de la otra persona a la que


más quiero: mi madre, Virginia. Ella también es, digamos, distinta. ¿Os
acordáis de que antes os he hablado del lavabo lleno de pelos suyos? Pues eso
es fácil de entender, sobre todo si tu madre es una mujer lobo. Sí, habéis leído
bien, una mujer lobo.

De pequeña sufrió la mordedura de un lobo en una excursión a la


montaña Montelupus y, desde entonces, sufre transformaciones en mujer
lobo. Pero no cuando hay luna llena, como ocurre con el resto, no. En su caso
es únicamente cuando su ira aumenta, es decir, mosqueo = mujer lobo.

¿Quién no ha visto a su madre enfadada alguna vez? Pues en su caso, en


lugar de gritar o lanzar una zapatilla buscando al culpable de su disgusto, se
transforma en mujer lobo. Así de simple. Así de raro.

Pero no temáis. No es peligrosa. Cuando se transforma sale a la calle a


correr y aullar al estilo majareta y vuelve más mansa que un oso perezoso. Lo
malo es que no gana para cera depilatoria, ya que después le toca quitarse
todo el pelo a tirones (tres horitas de nada que se pasa en el baño con la
dichosa cera).

Después tenemos a mi hermana. Como os he comentado antes, desde que


tenía tres años nadie la ha visto. No, no se ha perdido. Es invisible y, además,
le encanta serlo: me baja los pantalones, me cambia las cosas de sitio, se tira
pedetes en mi cara, puede levantarse por las noches y pasear sin que nadie la
vea… ¡es un chollo!

Aunque se llama Yolanda, todos la llamamos Yoooyooo, ya que mi padre


no puede decir el nombre entero. Es tres años mayor que yo y le gusta mucho
bromear. Y claro, como es invisible, no para de idear maldades.
Anoche, sin ir más lejos, nos gastó una buena jugarreta: tapó con sus
manos el cubo de basura y, cada vez que intentábamos tirar algo, se caía fuera
(como es invisible, creíamos que era nuestra mala puntería). Así, una y otra
vez, hasta que a mi madre le dio el cabreo y... sí, se convirtió en mujer lobo.
Cuatro saltos por aquí, cuatro mordiscos al sofá por allá… y el aseo lleno de
pelos esta mañana.

Lo que suele hacer mi madre es pegarle gomets antes de que se levante


para intentar tenerla un poco localizada. Aun así, ¡es un bicho de hermana!

Por último, tenemos a mi abuelo. Es especial, pero no porque a veces se


quede dormido en mitad de una conversación o no se vista como los demás.
No, es mucho más que eso.
Él va a ser mi maestro, mi mentor. Hoy mismo voy a empezar las clases
con él para llegar a ser un gran fantasma. Espero que salga bien, porque yo
soy un niño de lo más corriente y moliente. Ni tengo poderes, ni soy
invisible, ni sé hacer magia, pero mi madre siempre me ha dicho que tengo
que prepararme para el futuro, por si alguna vez me cruzo con los humanos
«normales», ya que son malos y nos pueden hacer daño.

Karloff. Mi abuelo quiere que le llamemos Karloff. Sí, con dos efes,
como un famoso actor de su época. No es su verdadero nombre, pero él se ha
empeñado en que le llamemos así. Dice que ningún actor ha logrado encarnar
tan bien lo que él es: una momia.

Y es una momia por culpa de su oficio. O mejor dicho, de su ex oficio.

Mi abuelo fue uno de los primeros arqueólogos (sí, esas personas que
buscan cosas antiguas) en visitar Egipto en busca de momias. Era y es toda
una autoridad en la cultura egipcia, pero tuvo un pequeño accidente: la única
vez que logró encontrar una momia le cambió la vida.

Fue en la pirámide de Kebapdeatún, en una galería que él y su equipo


acababan de descubrir. Encontraron un sarcófago con una momia en su
interior en un impecable estado de conservación.

Aquello fue todo un éxito. La noticia apareció en todos los periódicos, fue
recibido como un héroe a su vuelta… El problema es que se trajo un pequeño
«regalo» de Egipto.

Al parecer, al manipular las vendas que envolvían a la momia, un trocito


se le quedó pegado al antebrazo. Debió ser un trozo minúsculo, porque nadie
se dio cuenta, ni siquiera él. Poco a poco, esa venda se fue extendiendo por
todo su cuerpo. Cada vez que intentaba arrancar un trozo, esta se regeneraba
nuevamente. Al mes de estar aquí ya estaba completamente cubierto de
vendas y más vendas. Cansado de intentar quitárselas constantemente, optó
por dejar que le cubriesen por completo para siempre.

A pesar de no creer en ellas, la fama de las maldiciones egipcias cayó de


lleno sobre él. Desde entonces, no se ha atrevido a salir a la calle… hasta que
nos vinimos a vivir a este barrio tan… «especial».
3. MI CASA, MI BARRIO
Como habréis podido imaginar, no vivo en el centro de la ciudad. Con
semejante familia, no creo que pasásemos desapercibidos por las calles
principales del centro. Decid la verdad, vosotros también os extrañaríais si
vieseis paseando por la ciudad a una momia, un zombi, una mujer lobo…

Vivo en las afueras, en una pequeña villa de casas abandonadas llamada


Torregorrinos. Dice mi abuelo que aquí vivían los granjeros que cuidaban de
sus cerdos, hasta que se puso de moda marcharse a vivir a la ciudad. Poco a
poco fueron quedando casas y granjas vacías hasta convertirse en una especie
de aldea fantasma. Sin gente. Sin cerdos.

Aunque vivimos en la tercera casa de la izquierda, se podría decir que


conozco todas las viviendas como la palma de mi mano. Mi hermana y yo
entramos y salimos por todas las casas del barrio a nuestras anchas. Aquí
jugamos, fisgoneamos entre viejas pertenencias de antiguos habitantes y nos
imaginamos mil y una historias.

Es una zona muy tranquila. Aquí podemos hacer lo que queramos sin la
amenaza del resto de la humanidad. Te puedes tirar un pedo en mitad de la
calle tan fuerte como quieras porque nadie te va a escuchar, aunque retumbe
el suelo y huela a huevos podridos de comadreja.

Nos alimentamos con nuestros cultivos (a veces saco mi vena de


científico y mezclo semillas para ver nacer frutos nuevos), huevos de las
gallinas que cuidamos, leche de dos vacas que tenemos en el establo trasero.
El agua brota de un pequeño manantial que tenemos a escasos metros de
nuestra casa.

Algunas tardes, mi hermana y yo nos acercamos a jugar hasta la vereda


Tocomocha, otro barrio abandonado de antiguas mansiones de gente
adinerada. Bueno, últimamente no tan a menudo, ya que llevamos varios
cristales rotos de los balonazos que disparo y a este paso nos cargaremos el
barrio.

Aquí me lo paso bien, sobre todo con mi hermana, aunque nos gustaría
tener más amigos o ir a un cole en el que pudiésemos aprender y jugar con
otros niños. Mi madre dice que los niños de la ciudad no son tan malos, pero
que no podemos arriesgarnos a que nos vean los adultos.

De hecho, cuando por algún motivo hemos necesitado algo de la ciudad,


ha sido siempre mi madre la encargada de hacerlo.

Es lógico, ella tiene una apariencia totalmente normal, a no ser que


alguien la cabree mucho, como ocurrió el año pasado: se acercó hasta la
ciudad, entró en una farmacia a por un jarabe (vendas no necesitamos, ya que
mi abuelo nos da gratis), y una señora le robó el turno delante de sus narices.
Ella montó en cólera. Resultado: tres estanterías mordidas, el mostrador
partido en dos, un cristal roto, y los periodistas Tino y Bruno, del programa
de TV Fenómenos paranormales, pisándole los talones tras el
incidente.

Por suerte, mi madre logró escapar, pero parece ser que esos dos tipos se
pegaron una buena torta al intentar cazarla y, desde entonces, andan
fisgoneando de aquí para allá intentando encontrarnos.
Creo que yo también podría acompañar a mi madre a la ciudad, pero mi
familia siempre me dice que no me arriesgue, que la gente de allí es mala y
correría peligro. Yo les creo, sí. De hecho, en la tele no es raro ver cómo las
personas se pelean, hay guerras, la gente se critica sin piedad…. y para colmo
están Tino y Bruno tras la pista de lo que ellos creen una familia maldita, o
sea, mi familia.

Por culpa de gente como Tino y Bruno tengo que convertirme en un


fantasma. No puedo permitir que los humanos nos hagan daño, así que,
cuando sea mayor, seré un gran fantasma para proteger a toda mi familia.
4. COMIENZAN LAS CLASES

–¡Vaya, Muuumuuu! –grita mi abuelo al verme con la sábana de


patitos cubriéndome por completo–. ¡Pareces un fantasma de verdad!

¡Bien! A mi abuelo le ha encantado mi atuendo. Primer paso conseguido.


Ahora me toca aprender de sus consejos y convertirme en todo un aterrador
profesional.
–Bueno pequeñín, vamos a comenzar con una lección a la que he llamado
«Teoría de la fantasmagoría». En ella te voy a explicar la historia
de los principales fantasmas que han poblado nuestro planeta y las
características más relevantes de estos.

En un principio he pensado que esta clase iba a ser un poco aburrida,


sobre todo porque la palabra «teoría» huele un poco a rollo patatero, pero
conforme me va contando cosas, los ojos se me van abriendo más y más.

Me cuenta, por ejemplo, cómo en las antiguas civilizaciones como Grecia


o Roma ya creían en espíritus y fantasmas; de un libro llamado El fantasma
de Canterville; de historias de reencarnaciones y espíritus en los que creen en
Japón… Total, que tras una hora de charla con Karloff, me convierto en un
sabiondo de todo lo relativo a los fantasmas. Y, la verdad, son historias
apasionantes.

–¿Qué hacemos ahora, abuelo? –le pregunto intrigado.

ZzzZZZzzzZZZzzzZZZ… Vaya, mi abuelo se ha quedado otra vez


dormido. Está sentado en el sillón y parece que se le va a caer la cabeza al
suelo a causa de tanto ronquido. No tengo más remedio que dar una palmada
fuerte para ver si vuelve a despertar. ¡PLAF!

–¿Qué? ¿Cómo? ¿Por dónde iba, hijo mío? –dice mi abuelo mientras se
limpia la baba con la venda.

–Nada, te preguntaba cuál es la siguiente lección.

Mi abuelo me explica que la siguiente lección se llama «Cómo asustar sin


ser visto». Tras explicarme algunas técnicas de camuflaje y distintos tipos de
ruidos terroríficos, me pide que realice mi primera práctica: lograr asustar a
alguien sin ser descubierto.

Puesto que en este barrio no hay muchas opciones (mi padre no se entera;
a mi hermana ni la veo), tan solo me queda probar con mi madre. Así que,
¡allá voooy!

–No seas muy bestia, Muuumuuu. Recuerda que es solo una práctica y no
queremos que tu madre lo pase mal. Un sustito de nada.

Un sustito de nada, dice. No sé muy bien cómo saldrá esto…

Mi madre está en su habitación, ordenando el armario. La situación es


ideal: está de espaldas a la entrada y canturrea ajena a lo que le viene.

Respiro hondo y pienso en lo que me ha dicho mi abuelo anteriormente:


«Recuerda que el sonido debe ser lo más raro posible y que debes
acompañarlo de alguna frase con la voz grave, profunda». Allá voy.

Comienzo arañando la pared del pasillo con mis uñas, a ver si así logro
que comience a sentir miedo. Resultado: una uña rota, otra con sangre y lo
peor de todo, ¡mi madre ni se ha enterado!

Me limpio los dedos mientras pienso en algo más terrorífico. ¡Ya lo


tengo! Pongo la voz muy ronca y grito desde detrás de la puerta:

«Virgiiinnniiiaaa, Virgiiinnniiiaaa»
–Cariño, Rob, ¿eres tú? –mi madre pregunta despreocupada sin ni
siquiera girarse–. Anda, baja y tráeme el paño amarillo de la despensa.

Nada, mi madre me ha confundido con mi padre. Menudo desastre, con lo


tranquilito que estaría yo estudiando para ser un buen científico...

Vuelvo a salir al pasillo para pedir consejo a mi abuelo. Para variar, está
roncando, pero esta vez acostado en el suelo y con una pompa de moco en su
nariz.

Cuando pienso en quitarme la sábana y darlo todo por perdido me viene a


la cabeza una idea brillante. Bajo a toda leche a la cocina y cojo la olla y el
cucharón más grande que veo. Se van a enterar aquí de lo que es un fantasma.

Subo las escaleras y, sigiloso, me coloco detrás de mi madre. Cuando


menos se lo espera, comienzo a atizarle con el cucharón a la olla lo más
fuerte que puedo.
¡¡¡PATACLONCLONCHIMPUNRASCATAPLAM!!!

Y repito nuevamente:

¡¡¡PATACLONCLONCHIMPUNRASCATAPLAM!!!

Entonces saco mi voz grave:

–¡Virgiiinnniiiaaa, Virgiiinnniiiaaa! ¡Soy tu peor


pesadilla!
Si el éxito en esta prueba consistía en dar un susto brutal, lo he
conseguido. Mi madre ha tirado la cesta de la ropa por los aires y ha
comenzado a gritar como una loca.

Ahora bien, el éxito no es del todo completo: al mismo tiempo que grita
se gira bruscamente para ver qué ocurre. Digamos que un codazo
involuntario de mi madre convierte mi ceja derecha en la fuente de la plaza,
pero en lugar de brotar agua, brota sangre. Para colmo, la cesta de la ropa
acaba sobre mi cabeza, cubriendo mi pelo de calzoncillos y braguitas... Me
mareo, lo noto, creo que voy a caer al suelo en tres, dos, uno...
5. TINO Y BRUNO, AGENCIA DE
PERIODISMO
–Que no, Bruno, te digo yo que deben de estar en una zona del
extrarradio de la ciudad, ¡seguro! –grita Tino señalando un mapa que tienen
colgado en la pared.

Tino es el más carismático de los dos. Alto, guapo e inteligente, es la


cara visible de los reportajes que la agencia realiza para televisión. Según
muchos, un talento que no ha llegado a más por su interés en los fenómenos
extraños. Rechazó importantes ofertas para los canales de televisión más
prestigiosos, pero se siente orgulloso de haber sido fiel a lo que él mismo
denomina como PIPI (Periodismo de Investigación Paranormal e Insólito).

–No te obsesiones con esa familia, Tino, podemos realizar esta semana el
reportaje de la anciana que dice ver platillos volantes con forma de oveja
por las noches... –responde Bruno intentando calmar a su compañero.

Bruno es bajo, regordete y no muy agraciado físicamente. Calvo pero con


melena trasera, está medio sordo (a causa de uno de los accidentes que sus
arriesgados reportajes provocan), pero es todo un talento con la cámara. Los
vídeos más nítidos de fantasmas, zombis y demás los ha logrado él gracias a
su pericia con el objetivo.

–¡Ni hablar! ¡Los encontraremos! –vuelve a gritar Tino–. Sé que esa


familia de monstruitos existe y no pararé hasta encontrarlos. Además, te
apuesto lo que quieras a que el caso de la anciana no es más que una señora
que se queda durmiendo contando ovejas.

–¿Cortando orejas? ¿Acaso es torera? –responde Bruno haciendo gala


de su sordera.

La pregunta irrita enormemente a Tino. Cuando está a punto de explotar,


mira a su compañero y una voz en su interior le dice: «Recuerda Tino, él se
pegó esa leche por protegerte, tú podrías ser el sordo». Respira hondo y
explota en risas por el comentario de su querido compañero.

–Tú sí que estás hecho un torero –dice Tino en tono jocoso–. Anda, coge
la cámara y vamos a la furgo –la furgo es una vieja furgoneta destartalada
que pierde una pieza de motor cada vez que arranca–. Creo que ya sé dónde
vamos a buscar.

La sonrisa se borra del rostro de Tino. La obsesión por encontrar a esa


familia se vuelve a apoderar de él. Con una mano frotándose su pronunciado
mentón, extiende la otra y clava su dedo índice sobre una zona muy concreta
del mapa.

–¿En la antigua zona norte? –pregunta sorprendido Bruno–. ¡Pero si allí


no vive nadie!

–¡Pues por eso! ¿No te das cuenta? Esa familia seguro que vive en una
zona abandonada. Ya hemos estado en villa Alameda, Chorizal del
Salchichón y el barrio de la Santa Pulga. Tan solo nos queda buscar en la
zona norte: la vereda Tocomocha y Torregorrinos.

Tino da un chasquido con sus dedos. Está muy contento, cree que por fin
encontrará a esa familia.
–Empezaremos por la vereda Tocomocha –prosigue Tino–. Recuerda que
debemos abrir bien los ojos para detectar cualquier pista sospechosa. Si no
los encontramos allí, solo nos quedará buscar en Torregorrinos.

El cerebro de Bruno va lento, muy lento. Mirando al techo y con la baba


asomando por sus labios, intenta comprender lo que su compañero le acaba
de explicar.

Siete minutos después lo tiene todo claro, pero es demasiado tarde. Su


compañero ya está llegando a la furgo, haciéndole aspavientos para que se
dé prisa. Coge la cámara y comienza a correr en dirección a la furgoneta
(más que correr, se le podría llamar reptar debido a su baja forma física).
Algo le dice que puede que su amigo Tino tenga razón de una vez por todas.

–Vamos, Bruno –dice Tino cuando su compañero sube al vehículo–. No


hay tiempo que perder... ¡arranca!

–¿A Salamanca? ¿No íbamos a la vereda Tocomocha? –pregunta Bruno


extrañado.

La furgoneta se pone en marcha y desaparece por el horizonte al son de


los gritos de Tino: «¡Sordooo, más que sordooo!».
6. RECUPERAR LA CONCIENCIA
CON… CIENCIA
¿Habéis visto en los dibujos animados cuando electrocutan a alguien?
¿Cómo tiemblan y sufren espasmos mientras hay un brillo eléctrico y ruidos
de cortocircuito a su alrededor?

Bien, pues así me despierto yo tras el desmayo. La «brillante» idea para


recuperarme proviene de mi padre. Las pocas neuronas que le quedan le han
hecho aplicarme electricidad para sacarme de mi plácido sueño (en él, yo era
el campeón mundial de baile chachachá para fantasmas).

¡Cómo me molaría ser un gran científico como él! Aunque casi me


electrocuta, me alegro de ver que mi padre, a pesar de su estado, todavía
conserva algo de aquel gran científico que fue. Además, sé que esto lo ha
hecho porque me quiere un montón.

–Bueno, Muuumuuu, ¿vamos a por la segunda clase? –dice mi abuelo


animado.

Antes de que mi madre pueda prohibírnoslo, desaparecemos por la


escalera en dirección al jardín. Algo me dice que hoy le tocará depilación
nuevamente…

Diez minutos más tarde estamos situados en la parte trasera de la finca. Es


un pequeño jardín bastante descuidado. A un lado, la antigua carretera. Al
otro, la puerta trasera que da al sótano de la casa. Mientras pienso en qué
truco querrá enseñarme ahora mi abuelo, este me sorprende nuevamente.

–Venga, atraviesa la puerta –dice mi abuelo mientras chupetea un limón


que ha cogido del viejo limonero.

Antes de que mi abuelo pueda explicarme en qué consiste la actividad,


cojo carrerilla y hago un sprint al estilo Usain Bolt. Creo en mí, puedo
hacerlo, estoy seguro, voy a atravesar esa puerta, seguro que he heredado
algún poder... ¡sí!

O... quizás no. Un tremendo CATAPLUM confirma que no he


atravesado la puerta.
El golpe es monumental, retumba en todas partes. Tanto es así que los
pájaros que descansaban en los nidos echan a volar del susto. No pierdo el
conocimiento, pero veo cómo vienen dos abuelos, me veo cuatro piernas, dos
puertas... efectivamente, ¡veo doble!

–Pero Muuumuuu, ¡estás loco! No me has dejado explicarte mi segunda


lección.

Miro a mi abuelo (mejor dicho, mis dos abuelos) extrañado, y no entiendo


nada hasta que comienza a explicarme su valiosa lección.

–No, no puedes atravesar paredes, cacho bestia. Antes de darte esa


tremenda leche iba a explicarte que para atravesar paredes deberás usar tu
ingenio, tu arma más poderosa.

Mi cara de lelo aumenta. Eso, acompañado del moflete rojo del golpe,
hace que mi abuelo explote en risas. Al menos no se ha dormido...
–Sí, Muuumuuu, tu ingenio. Si vas a ser un fantasma sin tener sus
cualidades tendrás que suplirlas con tu amigo el cerebro –mi abuelo se señala
el conjunto de vendas que lleva en la cabeza y que, según él, son su cerebro–.
No puedes atravesar paredes, pero sí hacer creer a los demás que eres capaz
de hacerlo.

Mi cara de pardillo cambia a la de atención. Comienza a explicarme


trucos para esconderme, para pasar inadvertido, para simular que atravieso
paredes (por ejemplo, lanzar un objeto a otro lado de la habitación para
distraer la atención de mis futuras víctimas y cruzar la puerta cuando no me
vean), para no hacer ruido al andar (ponerme sobrasada en las suelas) y, en
definitiva, todo lo que necesito para empezar a ser un fantasma.

Poco a poco, todas mis dudas sobre cómo ser un buen fantasma se van
disipando. Conforme avanza la tarde voy teniendo más y más ganas de hacer
mi primera práctica con gente real. Ya me imagino asustando a los humanos,
haciéndoles creer que soy un fantasma auténtico... ¡nadie nos hará daño!

Cuando está dándome el último consejo, en el que me enseña a poner una


voz muy rara que se llama gutural, aparece mi padre arrastrando los pies.

–Muuumuuu, caaasaaa, cooocheee, lleeegaaa, peeeliiigrooo.

Mi abuelo Karloff y yo nos miramos, no entendemos muy bien lo que


quiere decir, pero algo nos dice que no es nada bueno. Abandonamos el
jardín y nos metemos en casa. Mi madre y unos cuantos gomets (Yoooyooo)
están mirando por la cortina de la ventana con sigilo. Sea lo que sea, ha hecho
que en casa todo esté cerrado y dé la impresión de que aquí no vive nadie. Mi
madre me hace una señal para que me acerque a ella con un sigiloso
«ssshhh».

Me asomo a la ventana y un escalofrío recorre mi espalda: un coche gris


ha llegado a nuestro solitario barrio y, al parecer, ha llegado para quedarse.
7. LLEGAN LOS ROBINSON
–Cariño, ¿dónde están las llaves de la casa? –logro escuchar la voz de
un hombre cuando el motor del coche se detiene.

–¡Oh, my God! Yo no sé dónde están las keys, seguro que las llevas en tus
jeans –responde una voz de mujer desde el interior del vehículo.

–Por favor, Loli, recuerda que eres de Chinchilla, Albacete. Hemos


venido aquí para intentar que te pongas bien, pero debes poner de tu parte.
Acuérdate de lo que te dijo el psicólogo: no dejes que tu estrés te controle.

–De acuerdo, Manolo de my life. Pero, por favor, si nos preguntan los
paparazis, contesta que somos los Robinson. Ya sé que mi apellido es
Benítez, pero me like más miss Robinson –la mujer baja con elegancia del
coche, como si de una actriz de Hollywood se tratase.

–¿Paparazzis? –contesta el hombre, que parece ser su marido–. Pero si


esto está desértico. Tú ahora descansa, relájate, tranquiiila. Sé que juntos
podremos superarlo, miss Robinson.
Justo en ese momento mi boca se abre de par en par. Una niña de mi edad
acaba de bajar del coche. Lo hace junto a unas gafas enormes. Perdón, junto a
una anciana diminuta con unas gafas enormes.

Al parecer son los únicos ocupantes de un coche que, a simple vista, tiene
la pinta de llevar todos los elementos de una mudanza. Cuando pienso que la
cosa no puede ir a peor, baja del coche un pequeño conejito blanco que
parece ser la mascota de la familia. «Fufú, no te vayas muy far away», oigo a
la mujer angloalbaceteña llamando al conejito.

Pienso entonces en la que se puede montar si mi madre se convierte en


mujer lobo, ¡pobre conejito! Virginia, mi madre, piensa en la que se liará si
descubren a mi padre, ¡menudo susto se llevarían! Y mi padre, Rob... el
bueno de Rob, no piensa, cree que estamos sentados en silencio porque se
trata de algún juego infantil.

–Mamá –susurra entonces Yoooyooo–, yo soy invisible. Si quieres puedo


ir a investigar quiénes son. Parece que se van a venir a la casa de enfrente.
Nadie me verá.

Mi abuelo asiente con la cabeza antes de que mamá se atreva a dar una
respuesta. A pesar de que estamos un poco confusos, la idea de mi hermana
ha sido brillante. Me sorprende ver cómo mi hermana, a pesar de su
«pequeño» problema con la invisibilidad, siempre está de buen humor y con
la mente tan despierta.

–Está bien, cariño –dice mi madre–. Ven que te quite los gomets. No
hagas ruido y lleva mucho cuidado. Escucha atenta sus conversaciones. En
cuanto hayas obtenido información suficiente te vuelves a casa. Recuerda que
la puerta trasera de esa casa siempre está abierta.

Antes de que mi hermana se ponga en pie, mi padre consigue tocarla y le


da un abrazo muy fuerte mientras le dice «cuuuiiidaaadooo». Después de
todo, quizás mi padre no esté tan mal de la chota como yo creía.

Intuimos (ya que no la vemos) que mi hermana se ha ido a la casa de


enfrente. Mientras tanto, yo me fijo en algunos detalles.

La madre tendrá unos cuarenta años y es muy alta. Lleva gafas de sol,
viste ropa muy elegante. Mira constantemente hacia los lados, como si
huyese de algo o de alguien.

El padre parece ser todo un buenazo. Pantalón vaquero y camisa blanca,


se le ve un tipo sencillo que quiere ayudar a su mujer a no sé muy bien qué.
Supongo que es porque la quiere, ya que mi madre se comporta igual con mi
padre.

La hija es... ¿puro nervio? No ha parado de saltar, correr y perseguir a


Fufú desde que ha bajado del coche. Es pelirroja, con pecas por toda su cara.
Debe de ser un torbellino porque lleva magulladuras en sus rodillas y tiritas
como para montar una farmacia.

Nos queda la anciana (supongo que es la abuela de la niña). Con el pelo


blanco típico de las abuelas, solo puedo decir que la vista no es de sus
mejores virtudes: sus gafas modelo «cristal de 24 quilates» y el hecho de que
se ha topado con todo lo que ha ido encontrando a su paso confirman mi
teoría.

Tras bajar todas sus pertenencias, nuestros nuevos vecinos entran en la


casa y dan un portazo. Espero que mi hermana se encuentre en el interior
junto a ellos. Ahora toca esperar a que Yoooyooo vuelva con toda la
información.

Pasan diez minutos. Veinte. Treinta. Cuarenta... Nervios en aumento...


Una hora, una hora y media...

–¡No puedo más! –rompe el silencio mi madre–. Voy a por ella, puede
que esté en peligro.

Antes de que se pueda poner de pie, se oye una carcajada que retumba en
todo el salón.

–¡Qué pardillos! –grita mi hermana entre risas–. Estoy aquí ya un cuarto


de hora, pero quería ver vuestra expresión de «detectives marujas». Desde
luego, teníais que haberos visto las caras.

Mi madre comienza a ponerse roja y, cuando parece que va a tocar una


sesión de depilación extra, mi hermana logra calmarla con un «escuchadme,
traigo noticias muy interesantes». Mi madre cambia la cera por gomets y
cubre a mi hermana hasta parecer un regalo de Navidad.

Nos colocamos alrededor de Yoooyooo y comienza a contar todo lo que


ha descubierto. Para variar, lo hace con su típico sentido del humor, esta vez
haciendo el indio.

En esa casa estar todos locos. Nosotros ser normales comparados con
ellos. Mujer estar pirada. Creer ser una mujer famosa de Estados Unidos.
Marido decir que eso ser por culpa de una cosa llamada estrés. Ellos estar
aquí porque psicólogo recomendar vivir en lugar tranquilo para recuperar
cordura de mujer. Anciana ser madre de mujer, y abuela de niña. Abuela no
ver un pimiento, estar ciega como patata frita y confundir fregona con
micrófono y ponerse a cantar. Niña correr por toda la casa y caerse hasta
tres veces.

Cuando mi hermana acaba su maravilloso relato, todos nos miramos a la


cara. Todos menos mi hermana. Los gomets se dirigen a la cocina a comer
algo.

–Debemos llevar cuidado –dice mi madre–. Si nos descubren, estamos


perdidos. Creo que tendremos que hacer algo para que se vayan. No podemos
permitir que nadie se acerque a nosotros y nos haga daño.

En ese momento, mi abuelo se gira hacia mí y me susurra al oído: «Creo


que ya sabemos quién se va a estrenar como fantasma, ¿verdad?».

Un gran nudo se me hace en la garganta. Mi hora ha llegado. Toca


demostrar que puedo ser un fantasma de verdad. Lo lograré. Lograré que esa
familia salga de esa casa antes de la medianoche.
8. ¿ASUSTAR O LIGAR?

–¡Ni hablar! –explota mi madre–. Muuumuuu no tiene por qué correr


riesgos.
La idea de mi abuelo de que sea yo el encargado de asustar a los
Robinson no parece hacer mucha gracia a mi madre. La enorme sonrisa de mi
cara comienza a borrarse. Quizás no esté preparado todavía.

–Virginia, por favor –responde mi abuelo–. Yo le acompañaré. Debes


darle una oportunidad, no puedes estar protegiéndolo eternamente. Sé que las
cosas han sido difíciles para esta familia, pero Muuumuuu no puede vivir en
una burbuja para siempre.

Mi madre respira hondo y cierra los ojos. Todos la miramos esperando a


que se pronuncie. «Está bien, supongo que Muuumuuu debe comenzar a
valerse por sí mismo», dice mi madre resignada.

Pego un brinco de la emoción. Hubiese sido un salto de película de no ser


porque justo encima de mí estaba la hoja de la ventana abierta.

CATAPLUM. BUM. CABEZÓN.


Un chichón gigante en mi cabeza y trescientos minúsculos trozos de
cristal esparcidos por el suelo son el resultado de tan impulsivo brinco.

Lo peor no es eso. Lo peor es que mi madre observa que la niña que


estaba jugando en la entrada oye el ruido del coscorrón.

–Ssshhh –susurra mi madre.

No me atrevo ni a quejarme del golpe, incluso la sangre que iba a salir de


mi chichón se vuelve a meter dentro de mi cabeza para no mosquear a mamá.
La niña comienza a andar hacia nuestra casa. Definitivamente nos ha oído.
Todos miramos por los agujeros de la persiana con el corazón en un puño.
Una mosca que se encontraba zumbando en el salón se detiene tras la mirada
asesina de mi madre. El silencio es absoluto, más nos vale.

–Noli, ¿dónde vas? –escuchamos a la madre desde la casa de enfrente–.


Please, ven a ayudarme. I need you para organizar tu habitación.

–Pero es que, mamá, he oído un ruido en la casa de enfrente –dice la niña


señalando nuestra casa–. Creo que hay alguien ahí.
–¡Oh, honey! Seguro que ha sido algún cat, aquí no vive nadie desde hace
años. Anda, ven, let it be.

La niña se da la vuelta, entra en casa y cuchichea con su abuela. Mira de


reojo, seguro que todavía sospecha que en esta casa vive alguien y se lo está
contando, ¡GRRR!

Pasan unos minutos y todos comenzamos a respirar tranquilos. La mosca


pide permiso para continuar zumbando por el salón. Nos hemos salvado por
los pelos.

–No hay tiempo que perder, Muuumuuu. Ya has visto que debemos
actuar rápido –dice mi abuelo poniendo su mano sobre mi hombro, o mejor
dicho, sobre mi sábana.

Dicho y hecho. Mi abuelo y yo salimos por el jardín de casa intentando


no hacer ningún ruido sospechoso. Parece que estamos jugando al escondite,
ya que vamos de escondrijo en escondrijo hasta llegar a la puerta trasera de
los Robinson, la que siempre está abierta.

–Recuerda todo lo que te he enseñado, Muuumuuu –susurra mi abuelo–.


Entra con sigilo, da un buen susto y sal antes de que nadie se dé cuenta.

Cuando me dispongo a entrar, TACHÁN, aparece la abuela de los


Robinson. Logro esconderme tras la puerta, pero mi abuelo se queda justo
frente a ella... ¡estamos perdidos!

–¡Hola! –dice la señora sin que parezca muy asustada–. Usted debe ser
uno de los vecinos de los que habla Noli, ¿no es así? Es usted muy blanquito,
¿acaso no toma el sol? –pregunta señalando las vendas de mi abuelo.

Mi abuelo y yo nos miramos. Inmediatamente nos fijamos en las gafas de


la anciana: está más ciega que un topo en una discoteca. No se ha dado
cuenta de las vendas y tan solo ve frente a sí a un hombre. Eso sí, un hombre
bastante pálido.

–Pues sí, señora, soy el nuevo vecino. Y venía a presentarme. Me llamo


Karloff, y ante tanta belleza me quedo sorprendido, pues soy agraciado de
tener nueva vecina y que sea tan hermosa. ¿Me dirá su nombre,
mademoiselle? –dice mi abuelo mientras coge su mano y la besa.

–¡Uy, qué galán! ¡Y qué manos tan trabajadas! –dice la señora al tocar
sus manos llenas de vendas–. Mi nombre es Aquilina, y por usted me iría
ahora mismo a la China.

Lo que me faltaba. Mi abuelo Karloff comienza a ligar con Aquilina


mientras yo estoy pegado a la pared como una lagartija para no ser visto. Tras
veinte minutos de charla amorosa, mi abuelo se despide de Aquilina como
empezó, besando su mano. «Hasta pronto, mademoiselle», dice con voz
melosa.

Cuando Aquilina desaparece por la puerta trasera, mi abuelo me abraza.


«¡Oh, el amor!», dice mientras comienza a bailar conmigo. «Ni se ha dado
cuenta de que llevo vendas, ¡es perfecto!», sigue mientras bailamos un
imaginario vals.

Perfecto. Mi abuelo se ha enamorado de una de las personas a las que


tengo que asustar. Seguro que esto no puede ir a peor...
9. SÍ, LA COSA PUEDE IR A PEOR

–Sí, Muuumuuu, vas a entrar y dar un susto pero tan solo te pido que no
esté Aquilina delante –dice mi abuelo tras el baile de enamorado–. No quiero
que sufra, y antes de que esta familia se vaya, buscaré la forma de pedir su
mano.

Definitivamente, mi abuelo está loco.


Me doy media vuelta y entro con cautela en casa de los Robinson. La
cocina está desierta y tan solo oigo ruidos en la parte superior de la vivienda.
Cojo una sartén kilométrica y varios tenedores. Serán perfectos para dar un
buen susto. Subo las escaleras despacio. Muy despacio.

Al llegar arriba me asomo a la primera habitación. Está la mujer que


habla inglés cuando le viene en gana. Perfecto. Será mi primera víctima.

Cojo los tenedores y comienzo a rayar la sartén (¡puaj!, ¡qué ruido más
desagradable!) asomando mi cabeza cubierta por la sábana.

«ABANDONAAAD ESTA CASAAA», digo con voz grave y misteriosa.

La mujer me ha visto tal y como yo quería. Que sepa que tiene fantasmas
en casa. Sus gritos rompen el silencio que allí reinaba.

Suelto la sartén y los tenedores y bajo rápidamente las escaleras. Nadie


me ha visto, ¡es genial! Salgo donde está mi abuelo y nos colocamos tras un
matorral preparados para escuchar las reacciones.
«¡Help, help! ¡Es un fantasma! ¡Please, help!», oímos gritar a la señora
Robinson. Escuchamos atentamente cómo da toda la explicación de lo
sucedido a su familia. Cuando creo que el plan está marchando bien, veo a su
marido que se acerca, la tranquiliza abrazándola y le dice que eso es cosa del
estrés, que no haga caso y descanse. Me fastidia que el plan no haya salido
bien, pero me gusta ver cómo la quiere y cuida de ella. Quizás los humanos
«normales» no sean tan malos.

Tendré que entrar otra vez. Mi abuelo me dice que pruebe ahora con la
niña, que seguro que es más sensible y esta vez sí que dará resultado.

Nada de sartenes. Esta vez me situaré frente a la niña y se hará popó del
miedo. Estoy decidido. Lo lograré.

Esperamos un rato hasta que se calme el ambiente. Ya está casi


anocheciendo, lo cual favorece la atmósfera de terror que, según mi abuelo,
es la ideal para que los sustos sean más potentes.

Entro nuevamente en la casa. En el salón, al fondo, está la niña saltando


en el sofá. Es mi momento, no hay nadie más en la planta baja. Llego hasta el
salón y despliego mis brazos para que la sábana se vea inmensa.

–TÚÚÚ, INSENSATAAA, ESCÚCHAMEEE. ABANDONAD ESTA


CASAAA ANTES DE QUE EL RELOJ DÉ LA MEDIANOCHEE –digo
poniendo mi mejor voz de fantasma.

Mientras digo la frase me siento orgulloso de mí mismo, eso asustaría


hasta al mismísimo Drácula.

–¡Hola! ¿Cómo te llamas? ¿Por qué llevas una sábana de patitos? –dice la
niña como si hubiese visto a un niño normal y corriente.

¡Maldita sea! No la he asustado ni una pizca. Repito nuevamente la frase,


esta vez con voz todavía más grave:

–TÚÚÚ, INSENSATAAA, TE LO REPITOOO: ABANDONAD ESTA


CASAAA ANTES DE QUE EL RELOJ DÉ LA MEDIANOCHEE,
JOLÍÍÍN.
Risas. Lo que me faltaba, la niña se mea de risa pensando que estoy de
broma y me vuelve a preguntar quién soy. ¡Menudo desastre!

–¿Quieres jugar a saltar en el sofá? –dice la niña con descaro–. Anda ven,
no seas vergonzoso. Yo me llamo Noli, ¿y tú?

–Pero… ¿no te doy miedo? ¿No vas a salir huyendo? –digo extrañado.

–No digas tonterías y ven a jugar. Además, en este barrio no hay casi
nadie y necesitaré algún amigo para pasármelo bien, ¿no?

En ese momento siento rabia porque no he logrado asustarla pero, por


otra parte, me gusta que alguien «normal» quiera ser mi amiga. Confuso,
salgo de allí corriendo. No estoy preparado para algo así.

Mi abuelo y yo abandonamos la casa y nos dirigimos a la nuestra. No sé


si ha sido un fracaso o un éxito: no hemos dado miedo, pero mi abuelo se ha
enamorado y yo puedo tener una nueva amiga.

Tengo tantas preguntas que hacer a mi madre...


10. LA VEREDA TOCOMOCHA
–¡Para, Bruno! –exclama Tino a su compañero y chófer ocasional.
«¡Buaaaa, buaaaa!», el bueno de Bruno «llora» por culpa de su
maltrecho oído, así que comienza a gimotear por no disgustar a su amigo.
Sin saber muy bien el porqué, en cuestión de segundos está con lágrimas en
los ojos y mocos asomando por la nariz... menos mal que puede limpiarse las
velas con su peculiar melena. Sí, quizás la higiene no sea la mayor de las
virtudes de Bruno.

–Pero, ¿qué haces? ¡Te he dicho que pares! ¡Que pa-res! –grita Tino
indignado.

El frenazo de la furgo resuena en toda la vereda Tocomocha. El refresco


que estaba tomando Tino acaba esparcido por todo el salpicadero y las
patatas fritas van a parar a la cabeza de Bruno, todo esto crea una cabellera
de patata que le da una imagen... ¿asquerosa?

Tino respira hondo y vuelve a repetirse a sí mismo: «Recuerda Tino, él te


salvó la vida cuando perseguías a la mujer lobo». Baja entonces de la
furgoneta y vuelve sobre sus pasos hasta llegar a una vieja mansión. Se
queda mirando fijamente y hace un gesto con la mano para que su
compañero llegue hasta donde él se encuentra.

–Mira, Bruno, ¿ves eso? –dice Tino señalando la puerta de la mansión.


–Sí, una casa vieja, ¿te la quieres comprar? –pregunta Bruno tan
campante–. Yo creo que está algo estropeada, mejor cómprate un
apartamento en la costa y me invitas a la piscina.

–¡Nooo, cabeza de chorlito! Fíjate bien, hay cristales rotos y un balón.


En teoría, aquí no vive nadie desde hace mucho tiempo. ¿No te resulta
extraño?

Sin tiempo para contestar, Bruno sigue a su compañero hasta la vieja


mansión. Al llegar al porche de entrada, Tino se agacha y comienza a
observar detenidamente todos los elementos. A la sorpresa inicial se suma el
hecho de que, junto al balón y los cristales rotos, se encuentran algunos
gomets.

Coge uno de los gomets y comienza a frotarlo entre sus dedos.

–Todavía conserva el pegamento. Está húmedo.

–No seas rácano, Tino –dice Bruno quitándole el gomet de las manos–. Si
quieres una tirita, yo llevo en la furgo. Mi madre siempre me ha dicho que no
cojamos cosas del suelo.

–¿Qué tirita ni qué tirito? Lo que digo es que este gomet no llevará aquí
más de dos o tres días, si llevase más tiempo aquí el gomet se habría secado.
¿Lo pillas?

No, no lo pilla. Bruno todavía cree que debe ir a por una tirita a la furgo
y que, con un poco de suerte, convencerá a su compañero de que se compre
un pisito en la playa.

RRRUUUMMMPPPLLLUUUMMM

De repente, un ruido estridente suena en el interior de la antigua


mansión. Los dos se miran extrañados, sorprendidos, inmóviles.

«Ssshhh, enciende la cámara, vamos a entrar ahí», dice Tino cuando


logra reponerse del susto. Está seguro de que ese ruido es de la familia a la
que tanto tiempo lleva buscando.
Cámara en hombro, Bruno sigue a su compañero en la retaguardia
grabando todo lo que allí pueda ocurrir. Tiene miedo, tanto como para que
un tímido pedete asome por los pantalones, pero jamás se le pasaría por la
cabeza dejar solo a su amigo Tino.

Entran con sigilo a la mansión y comienzan a buscar por las


dependencias de la planta baja.
RRRUUUMMMPPPLLLUUUMMM

El sonido les deja helados. Viene de la habitación del fondo. El pedete de


Bruno se convierte en una auténtica traca, está literalmente cagado de
miedo. Ese maldito ruido le hace recordar la experiencia en la que tuvo que
salvar a su amigo a cambio de quedarse medio sordo. Un escalofrío recorre
su espalda. La situación le huele mal, muy mal, y no es únicamente debido al
olor que sale de su trasero.

Se acercan a la puerta y Tino comienza a girar lentamente el picaporte.


«Sois míos», piensa Tino. «Necesito un váter», piensa Bruno. Solo un poco
más, están muy cerca de conseguirlo. Al abrir la puerta...
Misterio...

Intriga...

Dolor de barriga...

¡¡¡MMMIIIAAAOOOUUU!!! ¡¡¡MMMIIIAAAOOOUUU!!!

Siete gatos que jugaban en la habitación saltan sobre Tino y Bruno como
si fueran objetos que romper. Los dos periodistas sufren arañazos, quejidos,
maullidos de todos los colores, y lo peor de todo, ¡ni rastro de la familia! El
maldito ruido no era más que el correteo de los traviesos gatos.

–¡Maldita sea! ¡Estoy harto de toparme con felinos! –grita Tino


decepcionado.

–¿Pepinos? ¿Te has topado con pepinos? Pues yo creo que nos han
atacado siete gatos juguetones –dice Bruno tras entender lo que su buen oído
le transmite.

Tino no se molesta ni en contestar. Ha sido una falsa alarma pero,


rápidamente, y haciendo gala de su carisma, vuelve a salir a la calle y mira
hacia los lados. Bruno le sigue sin saber muy bien dónde va.

–Esa familia debe estar en el siguiente barrio, estoy seguro. Los gomets,
el balón... deben andar cerca. Vamos Bruno, a la furgo. Cogeré a esa familia
como que me llamo Vicentino Pino Filipino.

Está anocheciendo pero Bruno no rechista y obedece a pies juntillas.


Tras el susto de la vieja mansión, los dos ponen rumbo a su próximo destino.
Un destino que resulta familiar...

¡¡¡TORREGORRINOS!!!
11. MAMÁ, ¿QUIÉN ES EL MALO?

Cuando llego a casa, mi madre está deseosa de saber qué tal ha ido todo.
Lo primero que ve la pobre es a mi abuelo con un puñado de vendas en la
mano a modo de micrófono y cantando: «Solo sé que se llama Aquilinaaa,
Aquilinaaa de mi amor». Sí, se ha enamorado.

–Dime tú, Muuumuuu, ¿qué tal ha ido? ¿Habéis logrado expulsarlos? –


tan solo obtiene el silencio por respuesta–. Por favor, contesta, tu abuelo está
chocheando y estamos en peligro.
Mi abuelo sigue cantando, esta vez con una margarita en la boca y
tarareando: «Por ti, Aquilinaaa, contaría la arena del mar, Aquilinaaa». Mi
padre intenta hacerle los coros gritando «inaaa, inaaa» con voz ronca.

–¡No estamos en peligro, mamá! Nadie nos quiere hacer daño, la señora
mayor se llama Aquilina y ha hecho muy buenas migas con el abuelo. No es
peligrosa. Y la niña, Noli, quiere ser mi amiga. ¿Qué está pasando mamá? La
gente no nos odia y… y… y... ¡eso me gusta!

–No digas tonterías, Muuumuuu. Ya sabes que la gente es mala, seguro


que quieren darnos caza –mi madre comienza a mirar nuevamente por la
ventana–. No te preocupes, idearé algo para darles un buen susto.

–¡No! –se oye la voz de mi hermana–. Quizás Muuumuuu tenga razón.


Tal vez sea hora de dar una oportunidad a la gente, de que seamos normales
de una vez por todas. Aquí me lo paso bien con mi hermano, pero quiero ver
mundo. ¡Por favor, mamá!
–Pero… ¡es muy peligroso! –insiste mi madre–. ¿Qué vamos a hacer
cuando vean que tu padre anda medio lelo, que yo me transformo en mujer
lobo o comprueben que tú eres invisible?

–Pues… ¡decir la verdad! –contesto exaltado–. Que papá y Yoooyooo


tuvieron un accidente, que el abuelo es inofensivo a pesar de tanta venda y
que tú eres una madre que cuida mucho de su familia, a pesar de tu «peludo
problemilla». Mamá, somos buenas personas. Jamás hemos hecho daño a
nadie y tan solo necesitamos una oportunidad. Tenemos defectos, pero… ¿y
quién no?

–Sí, mamá –continúa mi hermana–. Solo son unos vecinos, no tenemos


nada que perder. Porfaaa…

En ese momento, mi padre se acerca a nosotros y logra articular a duras


penas «aaamiiigooosss» mientras pasa sus manos por mis hombros y los
gomets de mi hermana.
Mientras tanto, mi abuelo sigue cantando, esta vez con un sombrero en la
cabeza y unos enormes pendientes de mi madre: está chiflado por Aquilina.

Mi madre se queda pensativa. Todos (menos mi abuelo) miramos


esperando su respuesta. «Por favor, que diga que sí», me repito una y otra vez
hasta que mi madre se levanta mirándonos fijamente.

–Quizás tengáis razón. Quizás vaya siendo hora de que nos demos una
oportunidad. Os quiero –mi madre se abraza a mi padre y me parece verle
asomar una lágrima de alegría–. Si creéis que eso es lo mejor, tendremos que
intentarlo.

Hacía mucho tiempo que no sentía tanta alegría. Intento abrazar a mi


hermana, no sé muy bien por dónde, y ella ríe contenta.

Mi abuelo deja de cantar y se acerca a nosotros. «Tendré que sacar mi


antiguo traje, debo estar guapo para Aquilina», dice mientras se quita los
pendientes.

–Ojo, debemos planear muy bien cómo lo haremos para que no huyan
despavoridos al vernos –dice mi madre entre tanto abrazo y entusiasmo.

Después de un buen rato hablando de cómo debe ser el encuentro,


llegamos a la conclusión de que nada mejor que invitarles a una buena cena
para que nos conozcamos todos.

Dicho y hecho. Me acerco, esta vez sin sábana de fantasma, hasta la casa
de mis nuevos vecinos y toco el timbre. Tengo suerte, la que abre la puerta es
Noli.

–Hola, ¿quién eres?

–¿Cómo que quién soy? –digo extrañado–. Soy yo, el vecino. El de antes.

–¡Ah! ¡El de la sábana! Perdona que no te haya reconocido, es raro verte


sin tu disfraz de fantasma –los dos nos echamos a reír–. ¿Qué te trae por
aquí? ¿Ya no quieres asustarme?

–Esto… no. Mucho mejor. Mi familia quiere invitar a la tuya a cenar. Ya


sabes, para que nos conozcamos y nos presentemos de forma «oficial».

Noli me hace una señal para que aguarde en la puerta. Entra a la casa y en
cuestión de segundos vuelve a salir.

–¡Hecho! Ya les he convencido –dice Noli–. Tan solo te pido que le digas
a tu familia que somos un poco peculiares: mi madre habla inglés de vez en
cuando, mi abuela no ve nada…

–Tranquila –interrumpo en ese momento–, seguro que no nos asustamos.


Mi familia te sorprenderá, seguro. ¡Os esperamos a las nueve!

Vuelvo a casa dando saltos de alegría. Todo está saliendo a pedir de boca
y, lo mejor de todo, sin necesidad de ocultarme o fingir que soy un fantasma.
Tan solo necesito ser yo mismo.
12. CENA DE AMIGOS
DIIINNNGGG, DOOONNNGGG

–¡Ya están aquí! –dice mi madre batiendo el huevo para una de las
tortillas–. ¡Qué desastre, la cena no está preparada todavía!

Los nervios le juegan una mala pasada a mi madre y el bol termina en el


suelo. Adiós tortilla, adiós con el corazón. Bienvenido suelo pringoso
huevoso.

Rápidamente intento poner calma y le digo a mi madre que no se


preocupe, que con el pollo al horno, las tostadas con paté, la dorada a la sal,
los montaditos de embutido, los chorizos parrilleros, los macarrones a la
carbonara, la ensaladilla rusa, la bandeja de frutas, los dulces almibarados, las
ensaimadas, el helado casero... es más que suficiente.

Mi madre sale de la cocina y da un portazo intentando olvidar el suelo al


huevo que ha quedado. Respira hondo y pasa revista a toda la familia:

- Papá: todo perfecto, salvo por el pequeño detalle de que se le ha


olvidado subirse los pantalones. Rápidamente le ayudo a subsanar el
despiste.

- Abuelo: impresionante. Lleva un traje de rayas modelo gánster que


le queda divino y un sombrero cubano que le da un aspecto de lo
más interesante.

- Yoooyooo: sin nota. No la vemos, ni siquiera lleva los gomets para


que no se asusten los vecinos.

- Yo mismo: impecable. Me he peinado el pelo para atrás y me he


echado gomina como para llenar un estanque. Camiseta negra con el
logo «YO MOLO» y vaqueros nuevos para una ocasión tan especial.

Mi madre, ni que decir tiene, va guapísima. Por fin veo que se viste de
gala y se maquilla. Es preciosa.

–Recordad, familia. Mantened la calma y sed vosotros mismos, seguro


que nos hacemos buenos amigos –dice mi madre con el brazo tembloroso.
Al abrir la puerta, mi madre saluda amablemente a la pareja, yo comienzo
a hablar con Noli y mi abuelo, el muy pícaro, va a saludar a Aquilina antes de
que esta salude al perchero que hay en la entrada. Es de noche y la luz de la
entrada es muy tenue, nadie se da cuenta de nuestro «peculiar» aspecto.
Además, tenemos la suerte de que no han traído a Fufú, por lo que pudiera
pasar.

Todo ha empezado bien: mi madre se muestra de lo más cordial e invita a


la familia a pasar al salón; Noli me va contando cómo se ha hecho cada una
de las treinta y siete heridas que lleva en brazos y piernas; y mi abuelo
comienza a contar a Aquilina una historia rocambolesca sobre la procedencia
de su sombrero (para mí que exagera, ¡dice que fue a Cuba nadando!).

Cuando llegamos al salón, totalmente iluminado por la lámpara central,


comienzan las preguntas. ¡Oh, oh!

–¡Oh, pleaseee! ¿Qué te ha pasado in your head? –pregunta Loli


observando las vendas de la cabeza de mi abuelo–. Y en tus hands...
pobrecitooo.

Todas las miradas se dirigen entonces a Karloff, mi abuelo. Todas las


miradas... y un silencio sobrecogedor.

Mi abuelo, lejos de ponerse nervioso, comienza a contar su historia


salpicada de chistes y exagerando hasta el infinito sus vivencias en las
pirámides. En ningún caso nombra que sea una momia, simplemente dice que
a causa de aquella experiencia debe llevar vendas para siempre.

Nuevamente el silencio. Nuestras cabezas se giran esta vez hacia nuestros


invitados esperando su aprobación.

–Pues a mí me parece que vas monísimo –dice Aquilina subiéndose sus


gafas kilométricas–. Yo ni me había dado cuenta, Karloffito mío.

Todos comenzamos a reír al oír a Aquilina. La tensión que había en el


ambiente comienza a desaparecer. Primer obstáculo superado.

Nos levantamos de los sofás y nos dirigimos a la mesa para comenzar a


cenar. Es en ese momento cuando Manolo, el esposo de Loli, mira extrañado
la torpeza de movimientos de mi padre. No le ha oído hablar y comienza a
sospechar que algo raro le ocurre.

Mi madre se da cuenta e intenta poner remedio a la situación. Se acerca a


mi padre y le da un beso en la mejilla.

–Perdonad que no os haya comentado nada. Mi marido, Rob, tuvo un


accidente laboral hace años y, desde entonces, tiene problemas para coordinar
sus movimientos y presenta dificultades para hablar correctamente. Es todo
corazón, no os asustéis.

Manolo se queda mirando fijamente a mi padre y todos volvemos a tener


el corazón encogido. Tras unos segundos en silencio, Manolo le da la mano y
le dice: «Encantado Rob, una lástima lo de tu accidente. Aquí me tienes para
lo que necesites». Confirmamos entonces lo que pensábamos de Manolo: que
es muy buena gente.
Todo marcha a la perfección. Empezamos a hablar amistosamente una
vez que comienza la cena y Manolo nos cuenta el problema de Loli con el
estrés. Intentamos mostrarles todo nuestro apoyo y Loli, emocionada, nos
dice a todos: «Muchas thankyous».

Cuando todo parece estar funcionando a las mil maravillas ocurre algo
para lo que nuestros nuevos amigos no estaban preparados.

–¡Un phantooommm! –grita Loli al ver un tenedor levantarse solo e ir


directamente a por la ensaladilla–. My darling, salgamos de aquí, ¡estamos en
danger!

La causa de ese fenómeno no es otro que mi hermana intentando probar


bocado. La pobre ha pasado desapercibida hasta ese momento, sin hacer
ruido, sin hablar, pero no ha podido aguantar más sin echarse algo a la boca.

–¡Tranquilos! –grita mi madre–. ¡Que nadie se asuste! Se trata de…


–¿Cómo que tranquilos? –pregunta Manolo entre asustado y enfadado–.
¿Pero es que no lo habéis visto? Eso, eso debe ser…

–Miii hiiijaaa –dice mi padre articulando tan rápido como puede.

Se masca la tragedia. La cara de sorpresa de nuestros vecinos es de


película.

–¿Vuestra hija? –pregunta Manolo incrédulo–. Creo que además de ser


peculiares estáis algo chiflados. Anda, cariño, vámonos de aquí –dice
cogiendo sus cosas y las de su esposa.

En ese momento pienso en lo feliz que he sido durante esa hora en la que
he tenido nuevos amigos. Tengo que intentar algo para que no se marchen...

–Por favor, Manolo –digo con lágrimas en los ojos–. Danos una
oportunidad. Mi padre dice la verdad. Él era un científico hasta que un
trágico accidente hizo que mi hermana se volviese invisible. Por favor, no os
vayáis.

–Es cierto –se oye la voz triste de mi hermana–. No soy un fantasma ni


nada que se le parezca. Ojalá hubiese sido tan solo un intento de fantasma,
como mi hermano. Por desgracia, mi invisibilidad es permanente y sí, se debe
a un accidente en el laboratorio de mi padre.

Loli se fija entonces en una foto que tenemos sobre la cómoda del salón.
Es una foto en la que aparecen mis padres, mi hermana y yo poco antes de
que ocurriese todo. Una familia normal y corriente que posa para la cámara y
guarda el recuerdo en la cómoda del salón.

–Manolo, my darling, ¿quiénes somos nosotros para juzgarlos? –dice Loli


mientras nos mira con ternura–. Mírame a mí, más crazy que una regadera y
no han dicho ni mu. Son buena gente, I'm sure.

Todos volvemos a la mesa. En una nueva demostración de que la vista no


es su mayor virtud, Aquilina confunde la ensaladilla con crema antiedad y se
embadurna toda la cara. Mi abuelo acude a limpiarla con sus vendas
mostrando ser todo un caballero. Las risas vuelven a reinar en el ambiente a
causa del percance. La cena, esta vez sí, es todo un éxito. Seguimos
charlando y riendo, se respira felicidad en el salón.

–¡Un brindis por la familia Robinson! –dice mi madre alzando la copa,


feliz como hacía tiempo que no la veía.
13. UNA FURGO EN
TORREGORRINOS

–¿Cuándo llegaremos a Torregorrinos, Tino? –pregunta Bruno


cansado de conducir.

–Pero... ¿serás memoria de pez? ¿No has visto que hemos pasado hace
un par de minutos por el cartel que lo anunciaba? –Tino no se explica lo
despistado que puede llegar a ser su compañero–. Anda, no vayas muy
deprisa que tenemos que fijarnos bien en todas las casas.

–¿Que te has comido bien todas las pasas? Y a mí qué... –dice Bruno
indiferente–. Yo me he comido un bote de alubias con chorizo riquísimas.

Tino ni se molesta en responder. Mira a su compañero y recuerda el


tortazo que se llevó por protegerle. Gracias a Bruno, no es él quien está
medio sordo.

Unos metros más adelante ven un coche aparcado en la puerta de una de


las casas. No cabe duda de que Torregorrinos no está tan abandonado como
la gente pensaba.

La furgo se detiene en la esquina para evitar ser vistos y los dos bajan a
ojear el automóvil. Se trata de un coche de color gris, amplio y no muy viejo.
Se asoman entonces por las ventanas para ver qué hay en su interior.

–Mira, los dueños de este vehículo se acaban de mudar aquí, ¿ves las
cajas vacías? –dice Tino haciendo gala de sus dotes como investigador.

–«I love Chinchilla» –dice Bruno.

–Pero, ¿qué dices? –pregunta Tino extrañado.

–Digo que en el salpicadero hay una pegatina que dice «I love


Chinchilla», esta gente será de ese pueblo de Albacete.

Tino no hace mucho caso de la observación de su compañero y se dirige


a la vivienda junto a la que está aparcado el coche. Todo está oscuro, ni
rastro de gente.

En ese momento, justo en la casa de enfrente, se oyen risas y una luz


encendida en el interior. Ahora sí. Seguro que están allí.

Con mucho cuidado, se acercan hasta el jardín de la casa. Con una


linterna, Tino observa todo a su alrededor. Le llama la atención un viejo
cubo de basura y se acerca a observar si tiene sobras recientes.

–¡Eureka! ¡Restos de cera depilatoria repletas de pelo! –grita Tino.


–¿Por qué te pones tan contento? ¿Vas a depilarte a estas horas de la
noche? –Bruno se lleva un dedo a la cabeza simulando que su amigo está
majara.

–No entiendes nada, Bruno. Estas cantidades de pelo solo pueden ser de
una persona –Tino comienza entonces a andar silenciosamente hacia la
ventana de entrada–. Ven, vamos a ver si estoy en lo cierto.

«SON ELL...», Tino tapa la boca de Bruno antes de que puedan ser
descubiertos. El problema es que el dedo pulgar entra en la boca de Bruno y,
lejos de quejarse, comienza a chupetearlo como si fuese un bebé y cierra los
ojos para quedarse dormido. «Gugu, tata, mamá...», dice mientras apoya su
cabeza en el hombro de su compañero.

Tino no da crédito a lo que está viendo y decide sacar del sueño a su


compañero con un codazo a la altura de su enorme barriga.

–Esto... no estaba durmiendo, solo me estaba mirando las zapatillas –


dice Bruno incorporándose–. ¿Qué hacemos ahora? ¿Le damos una patada a
la puerta y entramos como en las películas del oeste?

–No seas cenizo, recuerda que tenemos que grabar esas imágenes –dice
mientras se limpia el dedo lleno de babas–. Ven, sígueme.

Tino se dirige nuevamente a la furgo, abre las puertas traseras y extiende


dos mantas llenas de polvo en el interior.

–Caballegggooo, bienvenido a la suite «Furgonette» –dice Tino con


acento francés–. Dogggmigggemos aquí y mañana gggabagggemosss a esa
familia –con un gesto amable invita entonces a Bruno a pasar al interior.

–¡Pero si aquí hay más polvo que en un cementerio! –dice Bruno


intentando meter su barrigota en la furgoneta–. Seguro que mañana nos
levantamos llenos de chinches...

–Todo sea por el premio PIPI de oro, mi buen amigo –dice Tino mientras
se acomoda–. Mañana será un gran día, lo presiento.
–Sí, sí, a mí también se me clava el asiento en los riñones –vuelve a
confundirse Bruno–. Oye, ¿me dejas otra vez tu dedo pulgar para que coja el
sueño?

–¡Ni hablar! Buenas noches.


14. UN, DOS,...¡GRABANDO!

A la mañana siguiente, la furgo huele a leones ancianos mezclado con


olor a pies. Por si esto fuese poco, el bote de mostaza Pachuli se ha volcado
sobre los dos reporteros, dejando mechas doradas sobre la coleta de Bruno y
el cuerpo de Tino cubierto de salsa amarilla.
Pringoso y malhumorado, Tino se despierta con el dulce sonido de los
ronquidos de Bruno. Despierta a su compañero y, tras más de una hora
intentando limpiarse, preparan el equipo de grabación.

Justo cuando están colocando el trípode de la cámara tras la ventana


trasera de la furgo, sale una anciana de gafas enormes de la casa de enfrente
en dirección a la casa de Muuumuuu. Saluda a una farola y toca al timbre.

«Graba, Bruno, esto se pone interesante. Ahí tenemos a la momia», dice


Tino mientras ve cómo sale de allí Karloff. Lejos de ver una imagen violenta,
observan cómo los dos se sonríen y se hacen arrumacos. Sentados en un
banco, forman una pareja de ancianos adorables.

–Oye, Tino, será todo lo momia que tú quieras, pero parece un buen tipo
–dice Bruno observando a la pareja–. Yo creo que malo, lo que se dice malo,
no es.

–Calla y graba, recuerda que tenemos el premio PIPI de oro muy cerca.
Además, la peligrosa es la mujer lobo, recuerda la leche que te pegaste.

–Bueno, sí, pero igual ella solo huía, ¿no?


Tino no responde. Sigue pensando que debe grabar a esa familia. Karloff
vuelve a casa, es la hora de comer. En ese momento el barrio queda
desértico nuevamente.

–Vamos a ese árbol, Bruno, desde allí arriba tendremos mejores tomas
de vídeo –dice Tino señalando el árbol de la parcela trasera de la casa de
Muuumuuu.

Tras doce intentos y once caídas, Bruno logra subir al árbol. Allí, junto a
Tino, observa a la familia al completo. Comienza a grabar nuevamente, pero
pasan los minutos y la estampa es de lo más amable: la madre y el abuelo
sirven la mesa, Rob juega con migas de pan...

–No lo veo, Tino –susurra Bruno–. Cuanto más veo a esta familia, más
pienso que no tenemos que hacer esto.
–¡No digas tonterías! Solo debemos esperar a que hagan alguna maldad,
es cuestión de tiempo. Además, mira ahí, una niña viene de camino.
15. TOC, TOC, TOC

Tres golpes secos suenan en la puerta de entrada.


«¿Quién será? ¿Acaso Fufú, la mascota de los Robinson, se ha escapado?
O mejor todavía, ¿será Noli?», pienso entonces.

Mi madre se levanta rápidamente y se acerca a comprobar quién o qué ha


golpeado la entrada. Yo me adelanto y abro la puerta con cuidado,
manteniendo el pestillo de seguridad. Por la rendija puedo ver a Noli... ¡Bien!

–Hola Muuumuuu, ¿te vienes a jugar un rato? Mira lo que he traído –dice
enseñando un balón nuevo.

–Mamá, ya he acabado de comer, ¿puedo ir a jugar? ¿Puedo, puedo?


–pregunto impaciente.

«Claro, cariño», dice mi madre con una sonrisa en la boca. Mi hermana y


mi padre se suman a la expedición y salimos como cohetes de casa.

Los cuatro comenzamos a jugar. Mola mucho, menos cuando mi hermana


se pone de portera, ya que nadie la ve ni con rayos x.

Cuando ya estamos jugando un buen rato, oigo una vocecilla del viejo
árbol que dice: «Míralos, Tino. Son gente feliz, no hacen daño a nadie».

«Debo estar volviéndome loco», pienso. Cinco minutos más tarde oigo la
misma voz que dice: «Vámonos de aquí, Tino». En ese momento se me
ocurre la brillante idea de lanzar un balonazo al viejo árbol. Resultado: dos
cuerpos y una cámara caen como sapos de lo alto del árbol.

¡CATAPLUM!
Cuando esas personas logran ponerse en pie entre quejidos, me doy
cuenta de que se trata de Tino y Bruno. ¡Ohhh, tenemos un problema!

–¿Qué hacéis aquí? Por favor, no nos hagáis daño –digo sin pensar.

–Tranquilo, hijo –responde Bruno–. Es verdad que os estábamos


grabando, pero mi compañero y yo hemos decidido que quizás lo mejor es
dejaros en paz, ¿verdad, Tino?

–Eh, bueno, no lo sé, quizás solo pongamos algunos planos en los que no
se os vea la cara... pero tranquilos, la gente no sabrá quiénes sois.

En ese momento, cuando todos estamos paralizados, mi madre sale de


casa para ver qué ha pasado. ¡Ohhh, tenemos más de un problema!

–¡Vosotros otra vez! –dice mi madre comenzando a transformarse–.


¡Dejadnos en paz!

–No, mamá, ellos nos han dicho que... –intento frenarla sin éxito.

Mi madre empieza a correr tras ellos gritando: «¡Fuera de aquí!¡No nos


grabéis!».

–¡Graba, Bruno, graba! –dice Tino mientras los dos corren en dirección a
la furgoneta–. Vamos rápido a los estudios de televisión, en una hora
estaremos en antena. Esto sí que son imágenes para el premio PIPI, ¡te lo
dije!

Los dos reporteros arrancan la furgo y, justo cuando mi madre va a


alcanzar el parachoques, pisan el acelerador y se dan a la fuga.

–Mamá –digo con lágrimas en los ojos–, ahora todo el mundo verá las
imágenes y sabrá dónde estamos. Nos tocará volver a huir...

–De eso nada –dice mi madre–, todavía podemos alcanzarlos. Noli,


¿podemos coger el coche de tus padres?
No solo nos dejan el coche, sino que la familia Robinson quiere
ayudarnos. Cinco minutos más tarde, mi abuelo, su abuela, mis padres, sus
padres, Yoooyooo, Noli, Fufú y yo parecemos una lata de sardinas
apretujados en el interior del vehículo. El coche arranca como puede y todos
nos dirigimos al plató de televisión. ¿Cuál es el plan? No tengo ni idea...
16. UN PROGRAMA DE TV...
DISTINTO
Llegamos diez minutos antes de que comience el programa. Después de
aparcar el coche en la parte trasera de los estudios de televisión se nos
presenta el primer problema: un vigilante de dos metros de alto y más
espaldas que el continente africano está situado en la salida de emergencia.

–Y ahora, ¿qué hacemos? –pregunta mi abuelo desesperado.

–Tranquilo, mummy –responde Loli–. Esta es una misión para la mejor


actriz del world.

Antes de que podamos pestañear, Loli comienza a hablar con el vigilante.


Todos estamos escondidos tras un seto, tratando de escuchar qué habrá
inventado para que podamos entrar.

–Pues sí, macho man –oímos decir–, yo soy la famosa Loli Robinson. Te
vuelvo a repetir que yo no estoy acostumbrada a esperar. Exijo que me dejes
entrar a mí y a mi equipo de actores caracterizados. ¿Acaso no has visto
ninguna de mis películas? I can't believe it!

–¿Seguro que es usted una actriz famosa? –dice el vigilante, que parece
tener más cuerpo que cerebro–. Si me firma un autógrafo, ¿podré venderlo en
internet y forrarme?

–Pues claro, macho man. –Loli saca entonces un bolígrafo y le firma en la


camiseta–. Ya tienes tu autógrafo. ¡Hala, a venderlo en Ebay! Y ahora,
¿puedo pasar de una vez?

–Por supuesto, miss Robinson –responde el vigilante haciendo una


reverencia–. Es todo un honor para mí.

Loli nos hace una señal y todos pasamos al interior. Comenzamos a andar
por un pasillo estrecho que nos lleva hasta situarnos detrás de una de las
cámaras, precisamente la que enfoca a Tino y a Bruno.

Los tenemos frente a frente. Ellos nos han visto, y nosotros a ellos.

–Por favor, no nos hagáis esto –se adelanta mi madre–. Solo quería
proteger a mi familia. Jamás he hecho daño a nada ni a nadie, tenéis que
creerme.

El resto de la familia nos acercamos a pedirles que no emitan esas


imágenes. Bruno mira a Tino y le susurra algo al oído. Oímos entonces una
voz de fondo que dice: «Cinco, cuatro, tres, dos...».

A continuación, la música del programa empieza a sonar «chan-chan-


tan-cha-chachán...».

–Y hoy, en Fenómenos Paranormales, ¿qué nos traéis, Tino y Bruno? –


dice el presentador con los dientes más blancos que la cal y una sonrisa
kilomééétrica.

Las cámaras enfocan a Tino y a Bruno acompañados de mi familia al


completo. Estamos en estado de shock, no nos ha dado tiempo a escondernos.

Se hace el silencio en el plató. La gente mira extrañada, sobre todo a mi


abuelo y a mi padre. Su aspecto les llama la atención… ¡y eso que no son
capaces de ver a mi hermana!

–Hoy vengo a hablarles de esta familia –dice Tino rompiendo así el


silencio.

–Menuda pandilla de especímenes te has traído –dice el presentador con


tono chulesco–. ¿De dónde los habéis sacado?

Toda nuestra familia se encoge de puro temor, la gente del público


empieza a murmurar. Tememos que, además, muestren las imágenes de mi
madre convirtiéndose en mujer lobo. En ese momento, Bruno se arma de
valor y empieza a hablar.

–No es una pandilla, listillo –la sonrisa prepotente del presentador se


borra de un plumazo–. Son una familia. Una FA-MI-LIA. Como cualquiera
de las que pueda estar viendo ahora mismo el programa. Puede que uno tenga
vendas, o que otro parezca un zombi, o… qué más da. Son gente con
sentimientos, como cualquiera de nosotros.

La gente sigue cuchicheando, pero esta vez acerca de las palabras de


Bruno. Tino mira nuestras caras atemorizadas y rompe entonces su silencio.

–Son muchos años los que llevamos realizando periodismo de


investigación paranormal. Y os puedo asegurar que, después de un tiempo
observándolos, no hay nada de paranormal en esta familia. Quizás el aspecto
de alguno de ellos pueda llamar la atención a primera vista, o algún accidente
les ha hecho cambiar su apariencia, pero… ¿qué más da?

El presentador no da crédito a lo que está oyendo y comienza a rezar para


que el público no comience a abuchear.

–Mírenme a mí –dice Bruno entonces–. Medio sordo, calvo y con una


panza que daría de comer a los niños de todo un cole durante seis meses.
¿Acaso soy peor por ello? No se dejen llevar por la primera impresión,
conozcan a las personas antes de juzgarlas.

–Seguiremos investigando –continúa Tino– todo lo relacionado con el


más allá, los ovnis y otros muchos fenómenos... Pero nunca más volveremos
a molestar a gente que merece vivir en paz.

Otra vez el silencio. La noticia de Tino y Bruno ha enmudecido


nuevamente al público allí presente. Me llevo la mano a los oídos, no quiero
escuchar cómo nos abuchean.

Un aplauso. Dos aplausos. Diez, cincuenta, cien… ¡MILES DE


APLAUSOS!

La gente ha roto a aplaudir al escuchar a Tino. No me lo puedo creer, ¡nos


aceptan!

Mi madre, emocionada, se acerca a Tino y le dice: «Gracias, mil gracias».


Los Robinson se acercan hasta donde estamos y nos fundimos en un gran
abrazo.
Por fin. Por fin podemos ser nosotros mismos. No necesito ocultarme de
la gente, ni vestirme de fantasma, ni pensar que todo el mundo nos quiere
hacer daño.

A partir de ahora podré decidir mi futuro y me esforzaré en conseguirlo.


Seré el mejor científico del mundo, ayudaré a mi padre con mis
descubrimientos... Pero, por encima de todo, seré yo mismo.

Y vosotros, ¿no creéis que siendo vosotros mismos todo irá mejor?
Atreveos.

Suena de nuevo la música del programa «chan-chan-tan-cha-


chachán...».

FIN
ACTIVIADES EDUDIVERTIDAS
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'Aprendiz de fantasma':
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