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El concepto moderno de libertad

Petrucciani, Stefano. (2008). Modelos de filosofía política, Buenos Aires-Madrid: Amorrortu


 
Como ya hemos dicho, partimos de la tesis de fondo de que liberalismo, democracia y
socialismo constituyen las tres maneras típicamente modernas de interpretar los  principios de libertad e
igualdad, los cuales, por decirlo así, representan el código genético de la modernidad política. Por consiguiente, se
podría hacer coincidir el análisis del concepto de libertad con la delineación de las vicisitudes de este concepto en el
conflicto de las grandes ideologías políticas modernas. Antes nos parece oportuno, sin embargo, exponer algunas
premisas esenciales, casi definitorias, para aclarar el mapa de las interpretaciones del concepto de  libertad que se
han sucedido en los dos últimos siglos. 
Desde un punto de vista analítico y determinante, es posible trazar ante todo algunas coordenadas básicas. En primer
lugar, el concepto de libertad política no coincide con el de libertad en sentido metafísico: se podría sostener tal
vez que el concepto de libertad política presupone el muy complejo concepto de libertad en sentido
metafísico (como posibilidad de tomar de manera autónoma la determinación de efectuar una acción libre); pero es
necesario distinguir ambos conceptos. El concepto de libertad política se refiere a cómo es libre el hombre en el
orden político y social. Así pues, el problema del concepto político de libertad es qué significa ser libres en el
momento en que se actúa en el contexto de las relaciones de interacción con otros hombres, las cuales
están sujetas a leyes jurídicas, morales y de costumbres que imponen diversas clases de vinculaciones a la acción de
cada cual. 
En la discusión del concepto de libertad ha tenido particular aceptación la tesis de que podrían formularse, por así
decir, dos definiciones fundamentales, a las que se puede concebir ya sea como definiciones alternativas del
concepto de libertad (es decir, tales que si una es verdadera la otra es falsa, y viceversa), ya sea como
aclaraciones de diversos aspectos del concepto de libertad, entendiendo que este contendría dos momentos distintos,
esenciales ambos para su precisa delineación. Aludimos, como el lector ya habrá comprendido, a la
ya clásica dicotomía entre libertad negativa y libertad positiva, lúcidamente ilustrada en los escritos de
Norberto Bobbio y de Isaiah Berlín. 
La definición de libertad que privilegia el sentido negativo del término fue formulada, en los albores del pensamiento
político moderno, por Hobbes: para Hobbes, la libertad consiste específicamente en la ausencia de impedimentos
externos para que un hombre haga lo que quiera. Así pues, para este teórico primero y
fundamental, libertad es libertad negativa: ausencia de impedimentos externos, no-impedimento. En este sentido
de libertad, el hombre que paga una deuda para no terminar preso, dice Hobbes, cumple una acción libre, porque
ningún impedimento físico le prohibía retener para sí lo que debía a otro. Ahora bien, este primer sentido de libertad
negativa nos remite nuevamente, en realidad, al concepto de libertad que hemos denominado «metafísico»;  de
hecho, desde el punto de vista de la interacción en una sociedad política, no tendría sentido decir que yo soy libre de
no pagar mis deudas, esto es, libre de hacer algo que la ley me prohíbe: lo que está prohibido por las leyes es
justamente aquello que (en el sentido político del término «libertad») no somos libres de hacer. ¿cuál es, pues, el
sentido del concepto de libertad en el ámbito de la sociedad política? También acerca de esto es muy clara la
respuesta de Hobbes: puesto que las leyes regulan necesariamente una parte de las acciones de los súbditos, y no la
totalidad (porque a tal fin se requeriría un número infinito de leyes), la libertad reside en actuar siguiendo la propia
voluntad en todas las cosas que la ley intencionadamente omitió regular , y se pone en práctica, por ejemplo,
dice Hobbes, en «la libertad de comprar, vender y celebrar otros contratos unos con otros, elegir la propia
vivienda, la propia comida, el propio modo de vida» o la manera de educar a los hijos. Cuanto más amplio es el
ámbito de las acciones que la ley ha omitido regular, tanto mayor es la libertad (política y social) de los
individuos. 
En sentido «negativo», entonces, libertad es la posibilidad del individuo de disponer de sí mismo con un
mínimo de interferencia de los poderes públicos y de los demás individuos . Los defensores de la libertad negativa,
como afirmó Berlin, uno de sus más convencidos sostenedores, no están interesados en el problema de «quién debe
mandar», sino en una cuestión completamente distinta: «¿en qué ámbitos soy yo dueño y puedo actuar sin
interferencias de los demás?». Hay tanta más libertad negativa, pues, cuanto más extendida es el área en la que los
individuos se gobiernan por sí mismos, sin tener que rendir cuentas a nadie de sus elecciones. 
Los teóricos de la libertad positiva, en cambio, concentran su reflexión precisamente en aquellos aspectos que
la conceptualización negativa de la libertad deja en la sombra. En primer lugar, ponen el acento en esa pregunta
que, desde la perspectiva de la libertad negativa, aparecía en sustancia, como secundaria: ¿quién debe
mandar? ¿quién debe ser autor de las normas indispensables para asegurar una ordenada interacción
social? La más clara y original concepción de la libertad positiva es la de Rousseau: ser libres no significa,
ciertamente, gozar de los espacios de acción que las normas nos dejan, sino ser los autores de esas normas
mismas: no obedecer a otras leyes sino a aquellas  que nosotros mismos hemos elaborado. Claramente, a partir de
este primer concepto de libertad positiva se desarrolla la teoría democrática. Hay, sin embargo, otros aspectos
que el concepto negativo de la libertad deja en la sombra. Uno de los más relevantes tiene que ver, para decirlo de
manera muy sencilla, con los recursos y las oportunidades efectivas. En esta perspectiva, la atención se centra en la
siguiente pregunta: ¿tiene sentido afirmar que soy libre de elegir mi comida, o de comprar y vender lo que
quiero, si, por ejemplo, no dispongo del  dinero necesario para adquirir comida ni cualquier otro  bien? ¿en qué
sentido es libre de comprar quien carece, de  hecho, de los recursos necesarios para ello? 
 
Se hace posible así formular un segundo concepto de libertad positiva, distinto del que indicamos en primer término:
en este segundo sentido, ser positivamente libres significa disponer de los medios y de los recursos que nos
permitan gozar efectivamente de las libertades que la ley nos atribuye, de modo que no queden como letra muerta.
Es este el concepto que encontraremos en las teorías socialistas. Parece evidente que el segundo concepto de
libertad positiva es más problemático y complejo que el primero; pero puede distinguirse incluso de un tercer
concepto, tal vez el más problemático de todos, muy semejante al que Berlín pone como blanco de su impugnación
en su célebre ensayo sobre los dos conceptos de libertad. En este tercer sentido, ser libres significa no sólo obedecer a
normas de las que nosotros mismos somos autores, sino a normas que sean expresión de nuestra voluntad
racional, no de una mera voluntad arbitraria, que podría tal vez dejarse guiar por motivaciones equivocadas o
irracionales. Ser libres, en este sentido, significa obedecer a las normas de la razón y así, paradójicamente, podría
querer decir también obedecer a normas que contradicen nuestra empírica, arbitraria y  acaso irracional
voluntad. Desde el punto de vista de este tercer concepto de la libertad positiva (que, por otra parte, curiosamente
aprecia, dentro de ciertos límites, incluso un estudioso típicamente liberal como John Gray), no resulta contradictorio
afirmar, con Rousseau, que alguien puede ser «obligado» a ser libre. 
Una vez delineados así, aunque de manera sumaria, algunos posibles modos de entender la libertad, la reflexión se
enfrenta con una elección entre diversas opciones posibles: por un lado, se puede avanzar, más o menos
decididamente, hacia la afirmación de que el «verdadero» concepto de libertad es uno solo, mostrando la
inconsistencia o la incoherencia de quienes se oponen al concepto que se defiende (esta era, a mi juicio, la intención
originaria de Berlin, quien de alguna manera la corrigió posteriormente). Como alternativa, se puede aceptar
la polisemia del concepto de libertad, como punto de partida de una reflexión que entienda la libertad como una
realidad multidimensional, de varias facetas, todas ellas relevantes, aunque no igualmente importantes, pues algunas
constituyen, por así decir, territorios limítrofes donde la reflexión sobre la libertad se torna más problemática,
arriesgada e incierta. Sin pretender profundizar aquí semejantes análisis, que por otra parte volverán de manera más
concreta cuando examinemos el liberalismo, el socialismo y la democracia, hace falta formular al menos un
comentario. 

Comentarios y reflexiones en vista a los conceptos contemporáneos (Democracia, liberalismo…)

La más sólida distinción conceptual (la distinción entre libertad negativa como no-impedimento y libertad
positiva como obediencia a las leyes que nosotros mismos hemos elaborado) se puede aclarar más, superando la poco
perspicua idea del no impedimento, si se la formula así:  
 La libertad negativa requiere que las LEYES DEJEN AMPLIO ESPACIO para que los individuos tomen
decisiones por sí solos;  
 La libertad positiva requiere que los individuos mismos sean autores de las leyes, esto es, requiere que la
colectividad de los ciudadanos tome las decisiones al menos sobre una serie de cuestiones fundamentales.  
La libertad negativa  quiere maximizar el ámbito de las decisiones privadas; la   libertad positiva reivindica
decisiones colectivas. Ahora bien, si las cosas son efectivamente así, la confrontación entre los sostenedores de los
antagónicos conceptos de libertad se plantea de la siguiente manera . 
1. Parece innegable que la autolegislación democrática acrecienta la libertad de los individuos ; de hecho, no
les arrebata la libertad de que gozan en el ámbito en que las leyes callan, sino que les atribuye otra adicional: la
de concurrir a la determinación de las leyes. 
2. Sin embargo, los sostenedores de la libertad negativa podrían responder que nadie querría pertenecer a
una colectividad democrática de legisladores  que legislase incluso sobre los aspectos más insignificantes
o privados de la vida del individuo: sería difícil hablar de libertad si las decisiones colectivas se ejerciesen en
cualquier ámbito y sin limitaciones. 
Sin negar la validez de esta objeción, los sostenedores de la libertad positiva podrían, a su vez, argumentar lo
siguiente: suponiendo que se deba poner un límite a los ámbitos que las decisiones colectivas pueden
regular, ¿quién tendría competencia para fijarlo? ¿no deberían ser los propios ciudadanos quienes lo fijaran, de
modo que, una vez más, se trataría del fruto de decisiones colectivas? ¿no implica esto, entonces, reconocer
nuevamente la primacía de la libertad positiva, entendida como autolegislación, respecto de la libertad negativa? 
El debate podría continuar; por el momento, nos basta con resaltar el punto al que hemos llegado:  no nos
parece defendible la pretensión de identificar un aspecto del concepto de libertad con la «verdadera»
interpretación del concepto mismo. Más atendible parece la idea de que el cometido de la teoría política es construir
una visión que refleje lo mejor posible los diversos aspectos del concepto de libertad; no obstante, hay que tener
presente que no se trata en absoluto de una tarea que se pueda dar por descontada, pues las diversas dimensiones de
la libertad pueden estar en conflicto entre sí, por lo cual no está asegurado que se  las pueda aunar en un
horizonte coherente. La confrontación entre las ideologías políticas de los dos últimos siglos  puede
interpretarse, justamente, como una confrontación entre interpretaciones de la libertad en conflicto; con
esta clave de lectura pasaremos a describir ahora algunas líneas que nos parecen esenciales.