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Desde Oteiza:

El silencio, como la soledad, son elementos constitutivos de

todas/os los que hemos hecho de la VIDA

CONTEMPLATIVA nuestro proyecto de vida como

VOCACIÓN en respuesta a SU LLAMADA. A fín de que

vayamos conociendo y acercándonos más a esta llamada

en la Iglesia para y para el Mundo, vamos a ir compartiendo en este nuestro Blog alunas reflexiones que

son generales para quienes hemos optado por este estilo de vida.

Hoy lo hacemos a través de esta reflexión del Monasterio cisterciense Escolanias de Hornachuelos, Córdoba.

Con la imaginación… y el amor…, os podéis trasladar con este comentario a vuestras hermanas

contemplativas de Oteiza y del Vicariato.

La sabiduría del silencio http://www.monasterioescalonias.org

El silencio deseado
Si cada monje de Poblet escribiéramos un
capítulo de un libro sobre la Capilla de San
Esteban, el lector sentiría la necesidad de venir-
ver-contemplar-sentir-gozar la belleza del Silencio y
de la Palabra que se perciben dentro de esta joya
del románico ubicada en el recinto de nuestra
clausura. Sentiría la necesidad de escribir su propio capítulo, estoy seguro. Proporción,
sobriedad, meditación reposada, silencio sonoro y elocuente, sagrario de hierro forjado
y de madera, compañía fiel, búsqueda incesante, fidelidad celebrada en la intimidad,
Presencia transformadora, oración comunitaria de Sexta cada día, puerta semiabierta...

Dice un proverbio árabe: No digas nada si no estás seguro de que lo que vas a decir
es más hermoso que el silencio. Lo tendría difícil si tuviera pretensiones de aportar
ideas nuevas. El silencio expresa realidades que las palabras empobrecen. Los
enamorados gozan en el silencio que les permite escuchar la palabra de la persona
estimada, sus latidos, su presencia, su ser. No sabría decir más cosas sobre el silencio
de las que ya sabéis. Tampoco pretendo iluminar una realidad que cada uno vive a su
manera. Solo deseo compartir unos pensamientos con vosotros, que son fruto de
lecturas y reflexiones, paseos por el recinto monacal, meditaciones sobre el ciclo de las
estaciones y los cambios interiores de las personas, también fruto de estos momentos
mágicos de un silencio dulce y envolvente vividos en esta capilla.

Así como el artista necesita el silencio de su taller o estudio para llevar a término su
obra, los monjes reblandecemos nuestro corazón en el silencio de una capilla para que
el Artista dé retoques a su obra y la deje a su gusto. Comienzo invitándoos a entrar en
este magnífico lugar de recogimiento y oración, aunque sólo sea a través de la puerta
de la imaginación. La lectura de este artículo podría ser nuestro encuentro silencioso
con el Señor en un clima de fraternidad y unidos por la oración. Algunos hablan del
"Internet de la oración': Finalmente escucharemos juntos la última homilía de San Juan
María Vianney.

Cuando hablamos tanto del silencio es porque tenemos necesidad de él. Oteamos el
horizonte y anhelamos la palabra esperada. Cuando en el silencio contemplativo
esperamos la Palabra transformadora, nos puede pasar como a los artistas y a los
místicos que "ven" lo invisible, pudiendo captar aspectos de las profundidades de la
realidad que nos permiten gozar de los misterios de la vida.Según el abad de
Montserrat Cassiá M. Just, el monje que vive en este nivel puede ayudar mucho al que
se encuentra disperso, insatisfecho: La paz inalterable, el gozo, la delicadeza para
saber captar la belleza de las cosas, todo eso -aún en medio del esfuerzo, de la lucha y
de las decepciones que son el pan nuestro de cada día en toda vida humana-
solamente puede vivirlo un hombre que ha entrado en esta atmósfera de silencio.

Los silencios inevitables

Nuestro tiempo está perdiendo el sentido del silencio. Hablamos por hablar, con
palabras vacías e ideas superficiales que expresan nuestro desorden interior. Perdemos
capacidad de introspección, de reflexión profunda. La mente está dispersa ante tantos
acontecimientos inexplicables. Los medios de comunicación con su gran influencia
buscan aumentar el número de lectores u oyentes, posibles votantes o clientes que a
menudo no lo tienen claro ni a última hora. Vemos una huida casi instintiva hacia el
exterior, hacia el ruido que nos ensordece hasta dejar de pensar. Buscamos evasiones
que nos distraigan y eviten enfrentarnos con nosotros mismos y nuestra realidad. Se
dice que en nuestras conversaciones el porcentaje es el siguiente: el 5% de ideas
interesantes, el 20% de trivialidades, y el 75% de murmuraciones. Si con la lengua
bendecimos al Señor, ¿por qué hemos de hablar mal de los demás? (cf. St 3,9).

Cuando escuchamos, estamos más pendientes de preparar nuestra respuesta por


causar buena impresión... ¡vanas pretensiones aunque estemos movidos por buenos
sentimientos y propósitos loables! Pero nos hacemos prisioneros de la imagen que
queremos proyectar de nosotros mismos, y nos construimos un mundo de ilusiones, y
de tensiones si no podemos conquistarlas. Movidos por el espíritu competitivo nos
comprometemos en proyectos que embellecen nuestro currículo, pero que hacen caer
en el estrés. Necesitamos tiempos de silencio para considerar todos los estímulos del
exterior y las impresiones interiores con el objetivo de actuar con prudencia y
responsabilidad.

Tememos al silencio porque lo identificamos con la soledad. Pero la soledad buscada


es un bien para nuestra alma, un oasis de reflexión en el complejo mundo de las
relaciones humanas. Hemos de bucear dentro de nuestra mente y nuestro corazón para
no perder nuestra propia identidad: el silencio interior nos depara muchas sorpresas. El
aislamiento es muy diferente: quiere decir sentirse solo, no comprendido ni amado. La
persona aislada busca el mutismo por miedo, o las conversaciones aunque sean
superficiales.

Según R. Tagore, el hombre se refugia en la multitud ruidosa para ahogar la propia


necesidad de reflexionar. Palabras proféticas la de este poeta, aplicadas a nuestro
tiempo: la sociedad global abre ventanas para la comunicación, pero cierra las puertas
a las relaciones sinceras y profundas. El mismo correo electrónico, rápido y eficaz, la
mayoría de las veces carece de la belleza de una redacción elaborada y de la
consistencia del pensamiento meditado, y va a parar a las profundidades del olvido.

El silencio creador y fecundo es vital para mantener en equilibrio nuestras fuerzas


interiores. Respiramos el reconfortante oxígeno del silencio. Las personas que se
acercan a los monasterios, más que el diálogo, van buscando el reposo y el
recogimiento, un oasis de paz en sus luchas cotidianas para poder decir: mantengo mi
alma en paz y silencio como niño en el regazo de su madre (Salmo 130,2). Pero hay
silencios que ahogan nuestra alma que busca palabras de orientación y de consuelo, o
hieren nuestro corazón que necesita amor. Como mecanismo de defensa se busca la
palabra fácil, hablar por hablar, salir de sí mismo para evitar encontrarse consigo
mismo. Una persona pacificada por el silencio encuentra estímulos para solucionar los
problemas. Los silencios no deseados tienen el mismo efecto que el zumbido
ensordecedor junto a un avispero; muy diferente al susurro de una brisa suave que
preparó a Elías para encontrarse con Dios y escuchar su Palabra (cf. 1R 19,12).

Los huéspedes esperan una palabra sabia y luminosa. Apreciamos hoy un anhelo de
interioridad y retorno al pensamiento concreto y vivencial. Actualmente, las ideologías
se han difuminado y los muros se han derrumbado, las especulaciones abstractas han
perdido su atractivo y se busca el sentido de lo real. Quedan los escombros esparcidos
por los suelos, que hemos de analizar en el laboratorio de la reflexión si queremos
construir un mundo mejor; aunque ya sabemos que el hombre tropieza dos o más veces
con la misma piedra.

¿Qué podemos decir los monjes en medio de esta plaza global que es el mundo?
¿Seremos escuchados, nosotros que vestimos y vivimos sin aparentemente
diferenciarnos demasiado de nuestros antepasados de la Edad Media? ¿Romperemos
la fuIrza del ruido y diremos una palabra de esperanza? Podemos decir que el buen
vino se hace en el silencio, la oscuridad y el tiempo. Que una persona, y también una
idea, son gestadas en el silencio y en el misterio. Que el tiempo es
una apreciación subjetiva. Que, como Jesús, necesitamos del
silencio y de la oración antes de los momentos importantes y de las
grandes decisiones (cf. Mt 6,12; 22,39). Que el ser humano crece,
como un árbol, con la savia de la reflexión, y para un cristiano con
la savia de la oración. Que no debemos tener miedo a las
tormentas de la primavera y a los calores del verano, porque
nuestra vida está en manos de Dios y nuestras raíces beben de las
aguas de Vida para dar fruto a su debido tiempo (cf. Salmo 1).

El silencio transformador
El mensaje de san Benito es actual para el hombre y el cristiano de hoy, ya que
constituye una constante invitación a la plenitud del amor auténtico. Un amor purificado
por el fuego del Espíritu y por las pruebas de cada día. Nadie nace monje, pero con el
tiempo nos ganamos el título de aprendiz. Deberíamos releer constantemente la
doctrina del arte espiritual, los capítulos 4 a 7 de la Regla.' San Benito dedica al silencio
todo el capítulo 6, los grados 9 y 11 de la humildad, y los instrumentos 51,52 y 53 de las
buenas obras.
Por su parte, el documento más actual de la Orden Cisterciense2 coloca el
silencio como parte integrante de "la vida de oración": Respetando con fidelidad los
tiempos de silencio, nuestros corazones se disponen a escuchar mejor la Palabra de
Dios, estando más abiertos y atentos (núm. 63). El silencio no es una huida fácil frente a
los problemas que toda relación humana comporta. Tampoco es un narcisismo
enfermizo, ni supone incapacidad ni complejos. Las etapas de aislamiento se superan
con ayuda de Dios, por medio de la lectio divina, la meditación de las Sagradas
Escrituras y los escritos de la tradición monástica. Si amamos el silencio, podemos
entrar en el espacio interior escondido donde captamos la presencia de Dios y donde
experimentamos la necesidad de comunión con los demás.
Las Constituciones de la Congregación de la Corona de Aragón, a la que pertenece
nuestro monasterio de Poblet, también habla del silencio cuando comenta "la vida de
oración"; pero da un paso más allá al incluirlo en "la vida fraterna de comunidad"
(31,5).3 Hay buena relación si hay mucha oración. La clausura ha de ser un espacio de
silencio y de recogimiento, lugar de búsqueda de Dios y de relación misericordiosa con
los hermanos. El espacio más íntimo de la clausura es la propia celda, santuario íntimo.
Muchas veces me digo: "entra dentro de tu habitación, y en la paz del silencio
encontraras la respuesta':

El deseo de toda persona es "querer la vida y desear días felices" (cf. RB Prólogo 15;
Salmo 33,13). El mismo salmo nos da las pistas: Guarda del mal tu lengua, tus labios
de decir mentira; apártate del mal y obra el bien, busca la paz y anda tras ella (14-15).
Cuando la literatura espiritual habla de la paz del claustro, debemos ser conocedores de
la lucha interior dentro de cada monje: hablar lo necesario, evitar las conversaciones
superficiales e irrespetuosas, evitar palabras aduladoras y que falsifiquen la realidad La
clausura ha de ser un (cf. RB 4,51-53). La abundancia de palabras inútiles esconde,
muchas veces, la imposibilidad de una comunicación auténtica. No podemos ser
verdaderos monjes si no nos liberamos de la tendencia a la mediocridad, a los
entusiasmos fáciles, a las influencias de la vanidad y de la ambición. Progresamos en la
vida monástica y en la fe cuando vamos por el camino de los mandamientos de Dios,
ensanchado el corazón, con la inefable dulzura del amor (RB Prólogo 49), y cuando
estamos convencidos del valor del silencio y lo amamos.

San Benito, experto conocedor de la psicología humana y de las etapas del camino
espiritual, propone un camino lleno de discreción y equilibrio. Concede gran importancia
al silencio total en ciertas ocasiones y lugares, pero resalta mucho más el uso
moderado de la palabra. Creo que para él, el silencio tiene un doble valor: ascético y
místico.

Silencio ascético

a) Encuentro consigo mismo. El silencio nos enfrenta a nosotros mismos.


Dice André Maurois que el silencio, como un muro invisible, nos devuelve el
eco de nuestros secretos pensamientos. El silencio nos desarma de
nuestros mecanismos de defensa y nos hace vulnerables. Pero si hacemos
un proceso de simplificación, encontramos la paz que ilumina los problemas
y sugiere soluciones. El silencio interior ayuda a conocernos y aceptarnos tal como
somos. Sin estos requisitos sería imposible nuestra vida dentro del monasterio vivida
con alegría y serenidad. Si la soledad y el silencio son vividos en y con Dios, culminan
en el encuentro con el hermano, con los hermanos. Cuando en el silencio sentimos la
presencia de Dios en nosotros, encontramos el valor de enfrentarnos a los problemas, y
el principal puede que sea el propio yo exigente y narcisista.

b) El silencio forja nuestra personalidad. Con golpes que resuenan en nuestro interior,
normalmente, pero que nos preparan para las decisiones importantes y las acciones
eficaces. El monje peregrina por el desierto, siempre árido porque muchas veces el
Señor guarda silencio como si estuviera ausente. Pero ese silencio se convierte en
fuente de gracia para quien le escucha, según san Basilio. Las manos amorosas de
Dios, el Alfarero de nuestro corazón de barro, modelan nuestra rebeldía que va
cediendo gracias a la oración, la lectio divina y la humildad. Sin ello caeríamos en la
insensibilidad espiritual, y en un activismo compulsivo para dejar de pensar.

c) Silencio y relaciones comunitarias. Las palabras inoportunas y los silencios cobardes


degradan la convivencia. Nuestros hermanos se merecen lo mejor que les podamos
dar. La palabra madura en el silencio. El estudio y la meditación suponen un
aislamiento, necesario para volver al encuentro de los otros con más preparación y
profundidad. Las alternancias de soledad y relación evitan la fatiga en personas que
están en constante relación en un lugar cerrado, además propician una reflexión sobre
los propios y ajenos errores, y nos capacitan para el perdón y la misericordia.
Pensemos que Jesús elevó el silencio a la categoría de virtud heroica (cf. Mt 27,14). Si
los monjes, con la intensa vida de oración que llevamos, no somos capaces de mejorar
nuestras relaciones, somos o unos irresponsables o nuestra espiritualidad es pura
fachada.

Silencio místico

a) Silencio y oración. La vida monástica supone una existencia psicológica, moral y


espiritual unificada. El monje, perseverando en el monasterio, ha de unificar todos sus
ideales, deseos, aspiraciones y proyectos en Dios. A la pregunta de quién era Dios para
ella, la monja carmelita Cristina Kauffman respondió en un programa de televisión: Dios
es mi amor, Dios lo es todo. ¡Bella y maravillosa es nuestra historia de amor con Dios!
Él nos conduce por sus inexplicables caminos, que no son los nuestros, donde vamos
perdiendo la vida para ganarla. San Benito no propone ningún método de oración,
simplemente aconseja postrarse con frecuencia para orar (RB 4,56). Se muestra
comprensivo al decir que la oración ha de ser breve y pura, a no ser que se prolongue
gracias a una inspiración de la gracia de Dios (RB 20,4). Con una actitud de
arrepentimiento y de conversión (cf. RB 4,57-58), que son las consecuencias naturales
de una vida de oración, escuchamos la Palabra, acogiendo la acción de Dios en nuestra
vida, y saboreamos los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad,
bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí (Ga 5,22-23). Si estamos bien unidos a
Dio, como el sarmiento a la vid (cf. Jn 15,4), daremos estos frutos, compartiremos estos
dones con nuestros hermanos de comunidad. Si no fuera así, ¿de qué nos serviría estar
en un monasterio?

b) Silencio y contemplación. La pureza del corazón es el requisito fundamental para


penetrar en los umbrales de la contemplación, en donde el Señor nos dice: Entra en el
gozo de tu Señor (Mt 25,21). Según el gran arquitecto Gaudí, si la "palabra" es
imprescindible en el mundo presente, el "silencio" habla del mundo futuro y nos pone
ya, desde ahora, en comunión profunda con Dios y con la Creación. El corazón y la
mente se abren a Dios con la música del silencio. Según san Serafín, cuando llega el
Espíritu, hay que concluir la oración. Ha llegado el tiempo del silencio, de la paz interior.
El que me ama guardará mis mandamientos, mi Padre lo amará y los dos vendremos a
él y viviremos con él (Jn 14,23). ¿Podemos desear alguna cosa más?

María, nuestra querida Madre, nos acompaña silenciosamente durante toda la


jornada monástica y está presente en nuestra Liturgia de las Horas. Ella conservaba
todas estas cosas, meditándolas en su corazón (Lc 2,19.51). Escribe san Bernardo,
hablando a María: Dichosa ciertamente, que percibes el eco dulce de su susurro en tu
reposado silencio, en el cual, sin duda, es bueno para el hombre aguardar al Señor.4.

La imagen románica de María en la Capilla de San Esteban tiene un rostro sonriente


y dulce. Seguramente nos podría estar diciendo que está agradecida por nuestra
compañía, pero que ahora prefiere que vayamos a Ars a escuchar la última homilía de
San Juan María Vianney: Subió al púlpito, pero su voz ya no se podía escuchar. Los
fieles comprendieron que quería hablar del amor de Dios por la forma de mirar fijamente
el sagrario con unos ojos brillantes de amor y bañados con lágrimas que ya no tenía
fuerzas de enjugar. Fue su última predicación: la del Amor que se comunica sin tener
necesidad de palabras...