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El árbol milenario

Coincide la aparición de este estudio sobre una parte, aunque la fundamental, de la obra de
Octavio Paz con la aparición del primer volumen de las Obras Completas del poeta, con el
título de La casa de la presencia. Poesía e historia, publicado por la misma editorial y que
reproduce, ligeramente mejorada, las que preparó el propio autor para “Círculo de Lectores” y
Fondo de Cultura Económica, ordenadas, al margen de su aparición cronológica, según su
personal criterio. En el prólogo al presente estudio, Manuel Ulacia, nieto de Manuel
Altolaguirre y Concha Méndez, narra el origen de su trabajo. Inicialmente fue concebido como
parte de una tesis doctoral, en la Universidad de Yale, sobre el poema “Blanco” (1967),
aunque en realidad debía de versar sobre las relaciones entre las obras de Luis Cernuda y
Octavio Paz. Finalmente, el exceso de materiales le llevó a escribirla y convertirla
posteriormente en su libro sobre el poeta español: Luis Cernuda: escritura, cuerpo, deseo. El
presente estudio sobre Paz fue iniciado ya en 1986, cuando el autor regresó a México. Cabe
apuntar que para su trabajo contó con las sugerencias y conversaciones con el propio poeta,
ya que éste le consideró siempre como uno de sus jóvenes y fieles amigos y confidentes.
Coincide Ulacia con otros críticos al considerar que la obra de Paz puede dividirse en cinco
períodos diferenciados. Aquí se estudiarán los tres primeros, donde, en efecto, pueden
descubrirse sus contribuciones más sustanciales. Abarcará, por consiguiente, desde sus años
de formación (1931-1943) hasta el comienzo de los años 70 con la publicación de El mono
gramático (1974). Se inicia el estudio con los primeros textos recobrados y publicados en las
obras completas del poeta, idea que le fue sugerida al poeta, como apunta en el prólogo del
primer volumen, por el editor Hans Meinke, aunque Ulacia haga notar: “el seguimiento y la
identificación de sus textos se complica porque a todo lo dicho se añade que su obra fue
continuamente retomada, integrada y recuperada por el autor a lo largo de su vida”. Lo que
Ulacia entiende como “diálogo” es el descubrimiento de obras, movimientos y autores que han
de contribuir a forjar su propia voz o a modularla en adelante. Paz entrará en contacto muy
pronto no sólo con los autores modernistas, sino con los españoles de la que se calificaría
como “generación del 27”, a la vez que con las vanguardias y con Xavier Villaurrutia.
Discrepamos del uso del término “realismo socialista”, según lo utiliza. El estribillo “No
pasarán” hubiera debido señalarse que fue el eslogan puesto en circulación por “Pasionaria”,
convirtiéndose en santo y seña del antifascismo. 
Particularmente significativas serán, al margen de sus circunstancias familiares, las relaciones
que se establecen entre su obra y las de Pablo Neruda, la relación personal con Rafael Alberti
durante su estancia en México, José Gorostiza y Juan Ramón Jiménez. Sus actitudes políticas
radicales, la guerra de España, la relación entre Paz y los poetas e intelectuales exiliados
constituyen el punto de partida de sus primeros libros. El crítico pasa con rapidez por esta
primera etapa, así como por el descubrimiento de la poesía en lengua inglesa (fruto, en parte,
del contacto con Luis Cernuda) y la escuela surrealista francesa. Todo ello contribuirá a forjar
su propia poética, que tras el descubrimiento de José Juan Tablada, se decantará hacia el
orientalismo y el redescubrimiento del arte precolombino. Ulacia sabe bien que en el caso de
Paz, el ensayo, sus traducciones y la poesía deben analizarse conjuntamente. El
“descubrimiento” de la obra de Fernando Pessoa y el aprovechamiento del barroco hispano y
mexicano, así como el deslumbramiento por la pintura y en especial por Picasso contribuirán a
abrir la zona más valiosa, a mi entender, del libro: el análisis de “Blanco”; es decir la
profundización del pensamiento oriental en una doble vertiente: la poesía japonesa y el
tantrismo. En este ámbito es donde radican las mejores aportaciones del volumen. El crítico se
adentra en una zona escasamente fecuentada por el ensayismo hispano. La estancia de Paz
en la India favorecerá esta radicalización de una teoría poética que enlaza el misticismo
oriental y Mallarmé. Bien es verdad que las citas, esquemas, la lectura del “I Ching” y su
transmutación en las nuevas formas poéticas pueden resultar de lectura difícil, dado el
hermetismo intrínseco, la relativa oscuridad expositiva y un trascendentalismo, quizá excesivo,
que el crítico advierte en los versos del poeta mexicano. Pero sus análisis son sugestivos, la
concepción de “Salamandra” (1962) y “Ladera este” (1969) y finalmente “Blanco” resulta una
aventura espiritual de primer orden. Paz viene a demostrar que el poeta no puede estar
desconectado de la filosofía, de las tradiciones literarias elegidas, de la política, de la
sociología y de las reli-
giones. La destilación procede del diálogo con culturas y artes complementarios. De ahí, la
universalidad de su obra.