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Los textos de esta semana me parecieron particularmente importantes para entender la

historia contemporánea de Colombia y los avances significativos y retos en materia de


los Acuerdos de Paz. Fue interesante poder comparar dos textos tan diferentes, como
el texto del Acuerdo Final, y luego una investigación cualitativa sobre los impactos y
alcances del Acuerdo en Miranda, Cauca.
Mi impresión al leer el texto del Acuerdo Final fue que su enfoque es amplio y parece
integral porque contiene propuestas diversas dirigidas a cuestiones específicas para
alcanzar la paz. Pero también me pareció que no siempre quedan claros los
mecanismos para implementar esas propuestas, ni los responsables de estas. Se
refiere muchas veces a creación de Planes Nacionales e instancias institucionales
diversas, pero se habla poco de los procesos de planificación, monitoreo y evaluación
de esos planes. Aunque no estoy segura si eso debiera incluirse en el texto de los
Acuerdos, creo que debería de ser parte de proyectos concretos, y según la
experiencia en Miranda, Cauca esos proyectos no se han llevado a cabo considerando
a la población local ni las características y necesidades de cada territorio aunque los
acuerdos enuncian que así debería ser (Vélez- Torres, 2019).
Además del preámbulo y el Capítulo étnico, me correspondió leer el Punto 1, sobre la
propuesta de Reforma Rural Integral. En general, la propuesta pretende la
redistribución de tierra en favor de poblaciones rurales -indígenas y campesinas- que
han sido afectadas por el conflicto armado y la concentración de tierras que fue su
causa y que se perpetuó durante el conflicto. La propuesta de Reforma enfatiza
cuestiones como la necesidad de integración urbano- rural y la urgencia de reducir la
pobreza y la desigualdad para generar un “Buen vivir”.

Para eso se propone un “enfoque territorial, diferencial y de género” (p. 11). Y


menciona diversos mecanismos institucionales que el gobierno creará para proveer
acceso a la tierra, a recursos técnicos y económicos que permitan su cultivo según las
necesidades locales. También la propuesta incluye propuestas para la construcción de
infraestructura vial y de riego, y proveer programas de educación y salud a los
beneficiarios.

Los beneficiarios serán hombres y mujeres rurales con vocación agraria y sin tierra o
tierra insuficiente, con especial énfasis en víctimas, mujeres, personas desplazadas y
en las regiones más afectadas por la violencia del Conflicto o con menor presencia del
Estado. Estos criterios de priorización también incluyen a comunidades indígenas y
afrocolombianas, a quienes además se da garantía del derecho al uso y tenencia de
sus territorios según sus tradiciones, y a incluso consumir ciertos cultivos ilícitos por
razones culturales. El objetivo final de la Reforma es la reducción a 50% de la tasa de
pobreza rural en un período de 15 años, y la reducción de la desigualdad campo-
ciudad (p. 23).  

La propuesta en sí parece integral. Sin embargo, la experiencia de Miranda, Cauca


sobre la implementación de los Acuerdos, en específico de los Puntos 1 y 4, evidencia
limitaciones en el cumplimiento de los términos del acuerdo. Una de las cuestiones más
interesantes en la lectura de ambos textos fue que mientras el primero me pareció el
texto de un programa de gobierno, escrito por hombres con poder de decisión y
mediado por la comunidad internacional -con otros hombres como representantes-; el
segundo refleja la experiencia de las comunidades de Miranda, y pone en circulación
una narrativa contrahegemónica sobre los alcances de la implementación del Acuerdo.
Aunque en los Acuerdos se enfatiza que diversos sectores han sido tomados en cuenta
para la redacción final, y se menciona también que la decisión final recae en el
gobierno ejecutivo (algo que parece contradictorio), el texto mismo no refleja la voz de
esa complejidad de actores, y al parecer, la práctica tampoco. Una cuestión interesante
al leer las firmas al final del documento es que todos los representantes son hombres,
representantes de gobierno y altos cargos de la FARC.

En el trabajo de Vélez- Torres me parece interesante la metodología de la narrativa oral


y visual como herramienta para circular memorias contrahegemónicas, desde las
periferias, en diálogo con los actores. Una de las cuestiones más interesantes del texto
gira en torno a la crítica a la burocratización excesiva: “la reunitis” de que se quejan los
habitantes de Miranda, y que ha ralentizado procesos de implementación efectivos. Por
eso, aunque la autora considera que esa burocratización contribuye al cumplimiento del
Punto 3 de los Acuerdos, ralentiza la implementación de otros puntos, más urgentes
para la población.
De todas las reflexiones que se ofrecen en ese texto, me interpeló la vulnerabilidad de
la población civil organizada y de los exguerrilleros por la negligencia del Estado que,
tras la firma, los ha dejado en abandono. Es cruel cómo ese abandono expone a la
población a cuestiones como la pérdida de sus medios de sustento, la sensación de
desesperanza y falta de opciones de integración y superación -tanto para guerrilleros
como para civiles-, y finalmente las amenazas de muerte por paramilitares. Es decir,
según el texto, la población de Miranda se está enfrentando sola a los retos de la
transición a la paz y será quien pague los costos de esta.
A pesar de eso, me pareció esperanzador el espacio de diálogo que los investigadores
lograron generar entre los exguerrilleros, los campesinos cocaleros y los estudiantes
universitarios, y cómo una pedagogía de escucha permitió a esos estudiantes tener “un
completo cambio de visión sobre el conflicto armado en Colombia”. Ese “cambio de
visión”, facilitado por la escucha, genera empatía y una historia más compleja. Me
pareció finalmente, que, de haberse llevado procesos de diálogo similares a otros
niveles, el plebiscito probablemente habría tenido resultados menos polarizados y la
implementación de los acuerdos sería más efectiva, no dictada desde arriba/centro por
un gobierno centrado en Bogotá, como dice la autora.