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Jorge Monteleone, “La lengua, al límite”.

Sobre El emperrado corazón amora, de Juan


Gelman, en La Nación, suplemento adn Cultura, 2 de diciembre de 2011.

EL EMPERRADO CORAZÓN AMORA


por Juan Gelman
(Seix Barral)
168 páginas

Cuando la poesía se sitúa en el límite del lenguaje inventa otra lengua hecha de los
ritmos en los que intima la voz propia, que es de uno, acérrima, y también de todos,
comunitaria: lo que aprendió el infante en la lengua materna, lo que le dictó el barrio
de su patria personal, lo que se oye en los ecos demorados de otros poetas, lo que la
ajenidad de los exilios extranjeriza allí donde se vivan, lo que las palabras alumbran
como avatares del deseo. No todos los poetas inventan una lengua en el interior de su
lenguaje; cuando eso ocurre, la poesía no sólo es reconocible, también es grandiosa.
Góngora inventó una lengua, Pound la inventó, y también Pessoa. Hay una lengua
Vallejo y hay una lengua Gelman. En esa lengua se escriben frases como El emperrado
corazón amora. ¿Cómo traducirlo a los códigos de la lengua común? Un corazón, que
suele ser símbolo de la pasión o de la intimidad del yo, se “emperra”, se animaliza en
el linde de lo humano con una tenacidad salvaje para actuar lo amoroso. Pero en el
amor mora: el amor es su lugar, su morada. No hay diccionario que explique ese
verbo: amorar significa enamorar y a la vez morar, habitar el amor. Pero la traducción
traiciona esa lengua, que es instantánea y luminosa, con ese dejo local que tiene la
palabra “emperrado”, pero también universal, plural. El título corresponde a un verso
escrito en Cólera buey, de 1965. La lengua Gelman hace mucho tiempo crece y se
multiplica y se complejiza. ¿Cómo explicar sus giros, sus neologismos, sus aforismos
atónitos, su inventiva gramática, su ronca oralidad canyengue, sus desenlaces, sus
ritmos verso a verso, golpe a golpe? El lector reencuentra el discurrir esplendoroso de
esa lengua, un despliegue que sólo puede amonestar el desfiladero arbitrario del gusto,
nunca el abismo de sentido de la gran poesía escrita en español. En esa lengua se
escriben poemas que cada relectura ilumina, como uno llamado “No pasa”, entre
tantos otros: “No pasa el tranvía, no pasa / la naranja, no pasa / el fulgor de los
tiempos prestados. / Votemos al insomne que canta / con un recelo distinguido. /
Nadie le dio la cédula / de estar aquí y se pena con / el recuerdo de lo que no fue. /
Muy más alto del pánico, / bajan los grillos que abrigaban a la noche que hicieron. /
Eso sí, eso sí. / Toda la vez que el cielo baja / al escritorio de su animal / le escribe
una esperanza. / Eso sí, eso sí”.
Más que un tema, hay un estado que persiste en la poesía de Gelman: aquello
que no está y sin embargo persiste, porque su presencia creó para el sujeto un lazo de
fuego, un espacio indeleble en el que se halla para siempre: “las huellas de pérdidas
cantadas”, lo que el amor o el deseo quema y deja en el desierto, sus “oasis de sangre”.
Por eso el sujeto poético reclama a Stéphane Mallarmé : “Nada, nadie, nunca, no,
ene / más molesta que un moscardón, un peso. / Ene que vive sin estómago.
Mallarmé, nunca de ella te ocupaste, perdido / en vocales vacías”. Para Mallarmé el
intolerable reconocimiento de la nada derivó en la postulación de la Idea en la palabra,
eso que llamó “la gloriosa mentira”. Fue el poeta de la impotencia creadora, el poeta
del cisne congelado cuyos vuelos no han huido. Gelman trabaja en dirección
contraria: su mundo es el de la pasión que todavía mora en el corazón emperrado.
Dice lo que se calla en la ventura “donde volverá a ser lo que fue”, o las “partes de sí
que no partieron”, pero también las mutilaciones, las desapariciones, las
mortificaciones, las muertes, los ahorcaditos que cuelgan en el centro de la llaga.
Reaparecen las elegías al hijo desaparecido y a la madre, canciones fúnebres sobre
Heine, Cavafis, Ali Chumacero, José Ángel Valente, la celebración de Juan L. Ortiz, y
también las ansiedades del amor. El poema eleva cúmulos de imágenes como
espejismos en el desamparo, el desierto de la inquietud de sí donde cava sus
preguntas: “¿Hay que aprender / del hubo que no hay alegría / que se va a dónde? /
Nadie presta su no cantar”. Y por ello dice las apoteosis del nunca y del no, en el
borde de una locura nominadora acerca de aquello que dejó sus restos, sus trazos
quemados, porque “La palabra no tiene hospitales / que le curen el mundo”. Pasión
como agonía del poema para decir eso que resta allí donde las pasiones desertaron.
Pero no se puede explicar este nuevo libro de Gelman, basta con señalarlo:
debería ser leído y ser hablado en el sí mismo de cada lector, debería ser vivido como
una experiencia de los límites de la lengua.

Jorge Monteleone