Вы находитесь на странице: 1из 15

Universidad Nacional

Autónoma de Honduras

Catedratico:
Manuel de Jesus Bueso Ulloa

Alumno:
Roberto Josué Estrada Baquedano
Cuenta:
20202000568

Clase:
Etica Medica 1400
Resumen 2do Capitulo:
Origen y Definición de la Ética

´´Trípode Ético´´

San Pedro Sula, Cortés; Honduras


12/ Julio / 2020
Introducción
En el capitulo dos de las generalidades de la ética nos encontramos con
un enfoque mas orientado a las partes que constituyen la ética normativa,
explicándonos desde los inicios del término persona y como esta se
presenta a través de muchas formas de pensamiento sin embargo todos
orientados a un nivel superficial de representación, así mismo el gran
abismo diferencial que nos permite tener la dimensión espiritual, en cuanto
principio formal, la que da al ser del hombre su especificidad, lo que lo
diferencia del resto de seres corpóreos, caracterizándolo, a diferencia de
ellos, como persona recalcándonos que la relación entre el hombre y los
animales no es de una diferencia gradual, sino que el hombre se sitúa en
otro orden de ser, esencialmente superior diciendo que no hay continuidad
de grado de perfección entre el animal y el hombre, y sí un salto
cualitativo, un abismo delimitando que claramente el hombre en conjunto
de sus características y dotes racionales pueden desarrollarse e ir
utilizando código que le permitan la construcción personal que es otro
apartado en este capítulo los cuales son los diferentes puntos de vista de
la construcción de la dignidad como persona la cual nos permite
postularnos como seres dotados de dimensión espiritual y obviamente en a
otra parte se manifiesta el conocimiento intelectual o racional adjuntándole
a todo esto el amor y el bien absoluto creando una sola unidad junto con la
dimensión de debitud y exigibilidad; en cierto modo se nos presenta la
unidad fundamental de la ética: los ´´valores´´ junto con sus características
que nos permitirán seguir esa guía imperdible para nuestro aseguramiento
personal.

Roberto Estrada 20202000568


Generalidades de la Ética
Cap. 2.- Trípode Ético
2.1. La persona: Ser ético o moral
2.1.1. El significado de persona
Etimológicamente, el término persona tiene como procedencia más
cercana el latín. No obstante, en el origen se pueden encontrar tres
vertientes:
- Etrusca: adjetivo arcaico relativo a la palabra phersu (personaje
mascarado, que aparece en un antiguo mural del siglo V a. C., o máscara
usado por él). Nombre de la diosa Perséfona, en cuyas fiestas se
usaban máscaras
- Griega: prósopon, palabra que designaba el rostro o cara del
hombre y, por asociación, lamáscara.
- Latín: verbo personare (según la antigua interpretación de Aulio Gelio),
que significa resonar con fuerza y por eso se aplicaba a las máscaras de
los actores en las representaciones teatrales y que, por su concavidad
aumentaban la intensidad de la voz del actor. Las tres raíces coinciden en
afirmar que el significado primero de la palabra es el de máscara, es decir,
algo exterior al hombre.

2.1.1.1. Persona como ´´máscara´´


La idea de máscara presenta dos líneas de interpretación semántica:
a) Primera línea semántica: La principal en el latín clásico: el hombre no
como realidad natural y sí de acuerdo con una dimensión suya exterior,
papel, posición social. De máscara, pasó a designar el personaje del
drama que cada actor representaba. Más tarde la palabra fue relacionada
también con importancia, dignidad, o cargo público.
b) Segunda línea semántica: Persona equivalente a hombre en cuanto
tal, individuo humano. Se trata de un uso posterior a la época de
Augusto. Poco común, pero de ella deriva el uso actual de la
palabra.
No obstante, ninguna de esas dos líneas semánticas tuvo sentido
filosófico. No encontrándose ese vocablo entre los filósofos de la
Antigüedad pagana para designar al ser humano según una dimensión
ontológica suya.

2.1.1.2. Sentido Filosófico u ontológico del termino


Persona
El significado filosófico de persona abarca como dimensión propia de la
persona la sociabilidad o trazo relacional: la persona no es un ser aislado,
sino un ser-en-relación. En latín, la palabra que en su conjunto
significativo podía expresar una subsistencia-en-relación, o subsistencia
que se modeliza por su papel o función en un conjunto social o relacional,
era persona, fundiendo en un significado, por lo menos parcialmente, la
persona como individuo humano y su dimensión social o relacional. Hoy

Roberto Estrada 20202000568


en día el sentido primario de la palabra persona, tal como aparece en el
lenguaje actual, coincide con el sentido ontológico de la palabra. La
definición más antigua de persona, de acuerdo con ese sentido ontológico,
pertenece a Severino Boecio: substancia individual de naturaleza racional.
De acuerdo con ello, el constitutivo de la persona reside en la substancia
(sustrato primario y fundamental del ser, que es sujeto de los accidentes,
de las potencias, del histórico del ser, cambio o movimiento, una
substancia de algunas determinadas características).

2.1.1.3. Persona como ser Racional- espiritual


En la definición de Boecio racional equivale a espiritual. Cuando decimos,
por lo tanto, que el hombre es persona estamos afirmando que, además
de su dimensión material-corpórea, posee una dimensión espiritual, que
es lo que le proporciona el conocimiento racional o intelectual.
Esta unidad de naturaleza espiritual o racional diferencia a la persona del
resto de entes corpóreos: por su mayor intensidad ontológica la persona es
dueña de su propio acto de ser, dominio espiritual que se extiende al
conjunto de fuerzas, instintos, inclinaciones, capacidades y potencias que
se encuentran a su disposición.
Es la dimensión espiritual, en cuanto principio formal, la que da al ser del
hombre su especificidad, lo que lo diferencia del resto de seres corpóreos,
caracterizándolo, a diferencia de ellos, como persona. La relación entre el
hombre y los animales no es de una diferencia gradúa, sino que el hombre
se sitúa en otro orden de ser, esencialmente superior. No hay continuidad
de grado de perfección entre el animal y el hombre, y sí un salto
cualitativo, un abismo.
Como consecuencia de la unión substancial espiritual-corpórea del
hombre, en la cual cuerpo y espíritu se unen como materia y forma, es
conveniente explicitar que el espíritu (o alma espiritual), en cuanto forma,
es el principio de vida o existencia, unidad y orden. Sin el espíritu, el
cuerpo muere o no consigue tener vida propia. Una substancia
incompleta no puede tener subsistencia propia y separada. Por eso,
donde el cuerpo, en cualquiera de sus fases iniciales, consigue
constituirse en individuo con principio de vida independiente del ser
generador, existe necesariamente el espíritu y el nuevo ser humano, es,
por lo tanto, persona. Hablar de una nueva vida humana que no es
persona no es posible.
Esta unidad de naturaleza espiritual o racional diferencia a la persona del
resto de entes corpóreos: por su mayor intensidad ontológica la persona es
dueña de su propio acto de ser, dominio espiritual que se extiende al
conjunto de fuerzas, instintos, inclinaciones, capacidades y potencias que
se encuentran a su disposición.

La dimensión racional de la persona es también principio de orden para el


actuar humano. Para ser correcto, dicho actuar deberá tener como
parámetro la recta ratio (razón con rectitud). La vida virtuosa, que
Aristóteles identifica como la función propia del hombre, puede ser
definida precisamente como bonum rationis (bien según la razón),

Roberto Estrada 20202000568


indicando un conjunto de hábitos que se ajustan a aquello que caracteriza
al hombre en cuanto hombre, que es su naturaleza racional o espiritual,
que debe regir y gobernar el resto de potencias humanas (voluntad,
sensibilidad, sensualidad).

2.1.1.4. Persona como individuo


El término individuo se aplica con propiedad apenas a los entes materiales.
Esto se debe a que es la materia, en virtud del principio de individuación, la
que los constituye en entes distintos. Es así que la individuación distingue
un perro de otro perro, o un anillo de otro anillo. En el ámbito espiritual, el
principio por el cual un ente es diferente de otro es la incomunicabilidad,
distinto y mucho más fuerte que el de individuación. Por eso, los entes de
naturaleza espiritual no son individuos, sino personas.
El hombre, al ser compuesto de materia y espíritu, posee el principio de
individuación con relación al cuerpo y de incomunicabilidad con relación al
espíritu. Y por ser este último el principio formal (y que constituye a la
persona, en definitiva, como ser distinto), la incomunicabilidad prevalece
sobre la individuación. Por eso el término individuo aplicado al hombre
concreto es menos apropiado, y el término persona deber ser usado con
preferencia, por ser el verdaderamente adecuado. En ese sentido, el
hombre presenta diferencias significativas, que lo sitúan en otro orden de
ser. El hombre no es simplemente un animal más perfecto, sino que hay
entre él y los demás vivientes una diferencia ontológica radical, un abismo.
La causa de este abismo de separación es el espíritu, que no es una
materia especialmente perfeccionada, sino una substancia de orden
ontológico diferente y más eminente, que tiene
un quantum de ser más intenso.

2.1.1.5. La comunicación Personal


Si bien es cierto que la persona es incomunicable ello no supone un
obstáculo para que sea un ser-en-relación con su entorno y con las
demás personas. La apertura dialogal al otro, que se revela en el amor es
expresión de la naturaleza espiritual de la persona humana. Contra una
visión solipsista de la persona, ella es interioridad abierta, para el mundo,
los demás, el conocimiento (contemplación, aprehensión intelectual de lo
conocido).
Entre las personas, esa relación intelectiva de conocimiento es principio
de relación personal de identificación de espíritus, que se abre para el
amor.
La persona no es, pues, un individuo absoluto, una totalidad
ensimismada, sino un ser-en-relación. Sin esa apertura ontológica, la
persona no sería capaz de conocer el mundo exterior a ella, ni capaz de
amor, lo que supondría una pobreza ontológica incompatible con la
excelencia del ser personal. La persona es más que un simple individuo:
es una individualidad fuerte, un individuo de naturaleza espiritual, un ser-
en-relación porque, en virtud de su riqueza ontológica es capaz de abrirse
a los demás, de expandirse en la alteridad permaneciendo en su
identidad.

Roberto Estrada 20202000568


2.1.1.6. Dignidad de la Persona
Pueden identificarse dos modos de entender la dignidad.
La primera de ellas, que puede llamarse uso corriente, entiende la
dignidad del hombre como algo absoluto e inmanente. La dignidad
sería determinada fundamentalmente por la autonomía moral de la
conciencia, de la cual emanaría el deber de modo inmanente, sin
vinculación con una instancia divina, lo que supondría el carácter
absoluto de la razón, y con ella del individuo humano. Resulta de este
entendimiento de la dignidad una libertad desarraigada con un
consecuente dominio de la persona sobre sí. De la libertad y dominio
absolutos de la persona sobre sí derivan derechos y libertades
absolutos inherentes a esa dignidad. La conclusión de esta visión de la
dignidad es la anomia, el hombre es su propia ley.

Una segunda visión identifica el fundamento de la dignidad no tanto en el


ser de la persona, sino en sus fines, o mejor, en el cumplimiento de dichos
fines. Así el hombre se hace digno por las virtudes, más allá de su dignidad
radical por su vocación o llamado a esos fines. En este caso, la dignidad
es fuente de deberes (obligación de tender a los fines), y los derechos son
poseídos en función de los deberes.
las dos visiones expuestas arriba poseen algo de verdad, pero necesitan
ser matizadas. Sobre la primera visión: es cierto que la dignidad humana
señala algo absoluto en la persona, una particular intensidad de ser que
es propia de su esencia, de la naturaleza humana. Pero eso no hace de
la persona un ser autárquico y absoluto en el sentido de bastarse a sí
misma desde el punto de vista ontológico y moral, ya que el ser que ella
posee es un ser participado, que le ha sido comunicado por el Ser
Subsistente, como ya vimos arriba. La eminencia y excelencia de la
dignidad humana señalan su naturaleza racional y espiritual, es decir,
algo objetivo y no apenas relativo, fruto de una comparación con otros
entes, de intensidad ontológica inferior. Por otro lado, la segunda visión,
que busca fundamentar la dignidad de la persona humana en el
cumplimiento de sus fines yerra al situar dichos fines fuera del hombre.
En realidad, los fines del hombre tienen su fundamento en el propio ser
del hombre, marcado por su carácter personal, racional, espiritual, en
última instancia, por la naturaleza humana, su esencia. Esta relación
entre los fines y entre la particular estructura ontológica de la persona
humana, nos permite entender que ellos son realmente fuente de
derechos y deberes inherentes a la dignidad del hombre. Dichos
derechos y deberes son reflejo de la dignidad humana.

2.1.1.7. La persona y la Libertad


Estar dotado de libertad significa que las propias acciones no son dadas,
producto de fuerzas o impulsos exteriores o inherentes al propio ser que lo

Roberto Estrada 20202000568


dominan, sino fruto de una decisión, originales de la persona, fruto del
dominio que la persona tiene sobre su propio ser. La libertad así
entendida tiene su fundamento en el hecho de la persona ser enteramente
otra (trascendencia ontológica). Así como la persona humana recibe el ser
por participación, recibe también la potencia para actuar y decidir (libertad
o voluntad libre) y desde ese punto de partida la acción o decisión libre no
le son dados ni producidos en ella, sino que ella los acciona originalmente,
en virtud de una capacidad que es inherente a su ser, completo en esa
esfera íntima y dotado de incomunicabilidad o trascendencia ontológica.
Resumiendo, los puntos anteriores, sobre la persona humana: para
entender al ser personal hay que conjugar dos dimensiones que le son
igualmente esenciales e inherentes. En primer lugar, la persona es un ser
incomunicable, no se vuelve común a los demás entes. En segundo lugar,
la persona es un ser-en-relación con los demás entes, especialmente con
otras personas, con las cuales se comunica por el conocimiento, por el
lenguaje y por el amor, conforme a su condición de ser libre y autónomo.

2.1.2. La persona como sujeto de la actividad moral


La unidad cuerpo-espíritu que es la persona es principio de
operaciones a través de una pluralidad de facultades o potencias
operativas. Esto significa que la persona es raíz o principio mediato
de sus acciones, mientras que el principio inmediato son sus
potencias o facultades.

De todas las potencias o facultades que posee la persona, son el


intelecto y la voluntad las que cualifican a la persona como sujeto moral.
Al hablar de moralidad se hace referencia al querer y a la tendencia
característica de la voluntad libre. Dicha voluntad libre es, en sentido
estricto, el sujeto de la moralidad.
Sin embargo, por ser la persona humana una unidad, para la disposición y
actividad moral también contribuyen las facultades vegetativa y sensitiva.
La emotividad y la sensualidad juegan un papel importante en la vida
moral, debido a estar íntimamente relacionadas con las potencias
racionales.

Los sentimientos también juegan un papel importante en la actividad moral,


aunque siempre subordinados a las potencias racionales. La sensibilidad
reacciona certeramente en su propio nivel, valorando la experiencia desde
un determinado punto de vista: si es agradable o no, si produce deleite o
no. Al ser la persona humana sujeto de naturaleza racional, el criterio
sensible será siempre insuficiente en cuanto criterio seguro de verdad y de
bien. La educación de los sentimientos es todo un horizonte en la
formación de la persona, de manera que ellos contribuyan a alcanzar el
bien y la verdad. Tal educación busca garantizar que el intelecto y la razón
permeen las demás potencias humanas, lo que incluye también la
sensibilidad. O en otros términos, que todo en el hombre, incluyendo la
sensibilidad, participe de lo que en él hay de más alto, que es su dimensión

Roberto Estrada 20202000568


intelectual y racional. Esta participación no es una imposición arbitraria,
sino que el hombre se encuentra naturalmente inclinado a ella.

2.1.3. Teoría de la acción Voluntaria


La acción voluntaria es aquella que brota de un principio intrínseco, con
conocimiento formal del fin. Por principio intrínseco se entiende la
voluntad o facultad apetitiva de la persona humana, que se contrapone a
un principio externo, por ejemplo, la violencia física que puede ejercerse
sobre ella para que realice determinada acción.
Entre las características de la intencionalidad de la voluntad podemos
enumerar:

- Es consciente: la persona, antes de obrar, proyecta y representa la


acción (actos de la razón, implicados por la actividad voluntaria).

- Es activa: la relación establecida por el sujeto voluntario y el objeto es


decidida y puesta por aquél.

- Es guiada y ordenada por la razón: el juicio racional pone en relación la


acción o su objeto con un motivo (Ejemplo: quiero realizar esta acción
porque es buena, o porque es agradable).

- Contrariamente a lo que sucede con la inteligencia, la voluntad es auto-


referencial: toda determinación de la voluntad acerca de un objeto es
siempre también autodeterminación.

2.1.3.1. Actos elícitos e imperados


La persona humana, unidad espiritual-corpórea, se vuelca a la acción
según quién es. La dimensión espiritual de la persona humana, principio
de unidad, no siempre se expresa materialmente en la actividad humana.
Por eso es necesario distinguir los actos elícitos de los imperados. Los
primeros tienen a la voluntad como principio inmediato (amor, odio), en
cuanto que en los últimos la voluntad es principio mediato, ejerciendo su
influencia a través de otra facultad (la inteligencia, los brazos, los ojos).

Pueden distinguirse dos tipos de actividades elícitas de la voluntad. El


primer tipo consiste en tomas de postura de la persona ante un objeto
(amarlo, aprobarlo, rechazarlo, reprobarlo, odiarlo o aceptarlo), el segundo
tipo es aquel en el que la persona pone en movimiento ciertas actividades
del espíritu y sobre todo del cuerpo con el objeto de conseguir el objeto
amado o destruir el objeto odiado. El primer tipo de actividad sirve de
fundamento al segundo.

Roberto Estrada 20202000568


2.1.3.2. Acción perfectamente voluntaria y acción imperfectamente
voluntaria
La acción es perfectamente voluntaria cuando la persona advierte lo que
hace y consciente plenamente en su acción. Al faltar alguno de estos
requisitos la acción es imperfectamente voluntaria.
Dicha imperfección puede originarse de dos modos:
- Causas o situaciones diversas (como la semi-somnolencia, la ebriedad
parcial, la perturbación parcial de la mente causada por alguna
enfermedad, por una pasión violenta, por un estado de gran agitación)
que obstaculizan o impiden la normal realización psicológica del juicio
intelectual implicado en toda actividad de voluntad.
- Imperfección del movimiento de la voluntad hacia su objeto, que puede
originarse en acciones que se presentan como ambivalentes, por poseer
caracteres de deseabilidad de diverso género, e incluso de signo contrario
(a la vez positivo y negativo).

2.1.3.3. Acción y Omisión


El concepto de omisión es éticamente relevante en situaciones que
exigen un comportamiento que no se realiza. La omisión se da tanto en el
caso en que la persona toma interiormente la decisión positiva de no
hacer (acto elícito), como en la omisión de toda acción (no se toma
ninguna decisión, lo que equivale a la tácita decisión de no hacer). En
ambos casos la persona es responsable porque las cosas tomen un
curso que ella podría haber impedido. Obviamente, la omisión no es un
problema ético apenas para quien ejerce la autoridad, sino para todos. En
los diversos ámbitos de la vida profesional se ofrecen situaciones en que
la conciencia alerta sobre lo incorrecto de determinadas decisiones y
modos de proceder. El miedo a ser rechazado o a perder renombre no
pueden ser los criterios últimos para decidir lo que se debe hacer en
determinada situación, sino la propia conciencia, en sintonía con el bien
moral.

2.1.3.4. Acción no voluntaria


Es la simple privación de la voluntariedad, sobre todo debido a la falta de
conocimiento del fin de la acción o de algunas de sus circunstancias
concretas.

2.1.3.5. Acción Involuntaria

La acción voluntaria añade a lo simplemente no voluntario un elemento de


contrariedad a la intención de la persona o a la disposición habitual de su
voluntad. Causas de involuntariedad son, generalmente, la violencia y la
ignorancia de las circunstancias concretas de la acción. Una característica
típica de la acción involuntaria es también el dolor sentido después de
realizada, por su radical oposición a las convicciones de la persona.

Roberto Estrada 20202000568


Es de gran interés el tema de las acciones mixtas (en parte voluntarias y
en parte involuntarias), por ser muy frecuentes. Estas acciones son
consecuencia de decisiones tomadas en situaciones difíciles y a las
cuales la persona llega no sin notable repugnancia, que se oponen a sus
deseos y no se realizarían, desde luego, fuera de esa situación.

A pesar del componente de involuntariedad, la responsabilidad de la


persona no es totalmente eclipsada, salvo los casos en que el terror u
otra pasión causado por un peligro cercano impide por completo el uso
de la razón.

2.1.3.6. El objeto de la Voluntad


El objeto de la voluntad humana es toda actividad o cosa concreta en la
que el hombre ve brillar de alguna manera a razón de bien, que son por
eso objeto de la voluntad, al ser vistas como convenientes o apetecibles.
Sin este requisito fundamental, este brillo que hace cosas y acciones
apetecibles, la voluntad humana no se movería en dirección a ellas.
Todas las cosas poseen en sí mismas, por el simple hecho de existir, una
bondad ontológica. Por eso los metafísicos afirman que el ser y el bien son
convertibles. La simple existencia de algo ya implica un bien intrínseco.
Esta bondad ontológica es fundamento de la llamada bondad psicológica
que, al ser poseída por algo, ejerce sobre la sensibilidad humana, y
consecuentemente sobre la voluntad, (que sufre su influjo), un poder de
atracción que puede llegar a ser de gran intensidad.
Este algo, dotado de bondad, abarca también el universo de la actividad
humana.
Además de la bondad ontológica y psicológica existe la bondad moral, que
es la que más interesa a la ética. No todo lo que es bueno desde el punto
de vista ontológico y psicológico será un bien moral. Esto sucede porque
el punto de vista moral introduce el criterio de adecuación a la naturaleza
humana o esencia de la persona humana. Se afirma en ética que toda
acción humana es estructuralmente finalizada, en el sentido de que
siempre implica un movimiento hacia un fin. Dicho fin puede ser próximo,
intermedio o último. Próximo es lo que se busca apenas como un medio
para alcanzar alguna otra cosa. No es buscado en absoluto por sí mismo.
El fin intermediario es el más común. Es aquél que es en parte medio y en
parte buscado por sí mismo. En tercer lugar, está el fin último. Este fin
último es aquel querido apenas por sí mismo y nunca como un medio para
alcanzar otra cosa. Es la felicidad. Es un tema que será tratado más
adelante con mayor profundidad. Este fin último o felicidad es también el
bien mayor para la persona humana. Para una corriente importante de la
Ética (el eudemonismo), la felicidad se identifica con la vida virtuosa.
Al afirmar que toda acción humana es finalizada, estructuralmente
orientada a un bien, es importante explicitar la dinámica interna del sujeto
de la acción. Con esto enlazamos el tema de la finalidad con la distinción
hecha entre actos elícitos e imperados. La dinámica o posicionamiento
interior abarca dos tipos de acción elícita. En el primer tipo de actividad

Roberto Estrada 20202000568


elícita, el sujeto apenas asume una actitud interior, como podría ser el
deseo que todo simpatizante de un determinado equipo de fútbol tiene de
que gane un partido o sea campeón o el rechazo ante la perspectiva de
perder un partido por goleada o ser rebajado a la segunda división. Que
una cosa u otra se realice no depende de la acción de la persona.

2.1.3.7. El objeto indirecto de la voluntad


El objeto indirecto de la voluntad es una consecuencia de la acción que
no interesa ni es querida de ningún modo, ni como fin ni como medio,
pero que es prevista y permitida en cuanto que está inevitablemente
ligada a lo que se quiere.
Disponemos en nuestro vocabulario de varias palabras para expresar la
determinación de nuestra voluntad. En ese campo semántico la palabra
que más expresa la voluntariedad de nuestras acciones es el
verbo querer. En contraste con el verbo desear, querer expresa tanto un
acto elícito de la voluntad (aprobar, consentir) como un acto imperado
(poner los medios adecuados para alcanzar el objeto del querer).
Deseamos, por ejemplo, que mañana haga buen tiempo, porque
queremos hacer una excursión. Lo primero, que es objeto del desear, no
depende de nuestro esfuerzo. Lo segundo sí.

2.2 El valor moral: Referente del juicio ético

2.2.1. El valor como dato originario de nuestra acción moral y


del juicio ético

En una primera aproximación, puede afirmarse que el valor es el bien


considerado de manera abstracta, en la forma de una esencia buena o
valiosa, sin referencia inmediata a ningún bien u objeto valioso individual.
Por ejemplo, la honestidad puede ser considerada como un valor. Puede
escribirse un libro o conducirse un debate sobre este tema,
manteniéndonos en un nivel abstracto, enumerando sus características,
buscando su definición adecuada. Esto permitirá, en un segundo
momento, identificar una acción como generosa, por descubrir en ella las
características esenciales de la honestidad, que entraron en su definición.

La metafísica permite reconocer que todas las cosas que existen, por el
simple hecho de existir, poseen una bondad ontológica. De igual modo,
se puede afirmar que todas las cosas y acciones poseen un valor
intrínseco.

2.2.2. Las tres categorías de la importancia


La importancia es la propiedad que tienen las cosas de motivar la
voluntad o de ser la fuente de una respuesta afectiva.

Roberto Estrada 20202000568


Existen tres categorías de importancia, cada una de las cuales tiene
su Eidos o esencia inteligible característica:
- La satisfacción subjetiva: lo subjetivamente importante, que me mueve
por la satisfacción que me produce.
- El bien objetivo para la persona: síntesis entre placer y puro valor. Ha
prevalecido históricamente en la noción tradicional de bonum.

- El valor: lo importante en sí mismo, que me atrae por la belleza


intrínseca del objeto, algo que se mi impone por su dignidad autónoma y
objetiva.
Además de considerar estas tres categorías fundamentales de
importancia, pueden identificarse dos maneras en como esas
importancias pertenecen a los seres:

- Si les pertenece con propiedad (importancia directa o de fin).

- Si la tienen prestada por otro ser al que sirven (importancia indirecta o


de medio).
Sobre la categoría de satisfacción subjetiva: la cualidad de agradabilidad
que le es propia se basa en el placer que las cosas agradables producen
en nuestro cuerpo. Pero eso no impide descubrir algo objetivo como
fuente de ese agrado: la capacidad que poseen los objetos de otorgarnos
ese placer. Dando un paso más, además de esa agradabilidad, podemos
descubrir que la raíz ontológica de la satisfacción objetiva es la cualidad
de regalo que poseen las cosas, es decir, el carácter que tienen las cosas
agradables de ser bienes objetivos para la persona. Sólo al captar ese
carácter penetramos en la totalidad de la importancia de los seres
agradables.
- La satisfacción objetiva no puede ser una propiedad ontológica (ya que
es una afección subjetiva), pero está enraizada en las cosas y sólo
comprendemos la validez objetiva de su importancia cuando percibimos
su carácter de bien objetivo para la persona.
Entre los caracteres que acompañan a los valores, una primera nota es
que ellos se ordenan jerárquicamente, con solución de continuidad entre
las diversas familias de valores. Los valores morales, los intelectuales, por
ejemplo, son dominios de valor irreductibles. Dicha irreductibilidad no los
coloca en plano horizontal con igualdad de derechos, sino que su dignidad
intrínseca los coloca en un escalafón más o menos elevado, que es la
fuente de toda moralidad. Los valores morales son superiores a los
intelectuales, y éstos superiores a los estéticos.

Dentro del universo de los valores, agrupados en familias, grupos y


subgrupos, puede identificarse una distinción fundamental entre los
valores cualitativos y ontológicos.

- Valores cualitativos: admiten la polaridad de un desvalor positivo. Cada


uno tiene su eidos específico, como puede verse en el distinto nombre
con que solemos denominarlos.

Roberto Estrada 20202000568


- Valores ontológicos: no tienen la contrapartida de un desvalor, sino que
se contraponen únicamente a la no existencia de los mismos (el que los
animales, por ejemplo, no posean dignidad humana no implica un
desvalor). Se resiste a todo procedimiento de independizarlo de su
soporte óntico (al carecer de nombre propio hay que referirlo
constantemente al ser que lo encarna).
- Puede hacerse una comparación entre la distinción de valores cualitativos
y ontológicos y dos perspectivas filosóficas históricas contrapuestas. Para
Platón existe la idea de bondad y cada ser es bueno por participación de
esa idea. Aristóteles, en cambio, suprime la absoluta bondad trascendente
y la sustituye por la perfección inmanente de un ser. La primera
concepción estaría más conforme con los valores cualitativos; la segunda
se adaptaría más a los valores ontológicos.
- Donde aparece con mayor claridad la diferencia radical entre valores
cualitativos y ontológicos es en la actitud diferente que un hombre debe
adoptar ante ellos. El valor ontológico está implicado en la existencia
misma del ser, en cambio los valores cualitativos no están garantizados por
la existencia del ser cualificado, sino que dependen de la actitud de la
persona y de la orientación que adopte la voluntad.
El valor ontológico no admite grados, los valores cualitativos sí admiten
más y menos.

2.2.3. Características del valor moral

En primer lugar, valores morales como la justicia, pureza, generosidad,


caridad, presuponen necesariamente a una persona. No puede
predicarse bondad o malicia moral de un ser impersonal. Solamente
personas reales, sus acciones y situaciones, pueden ser moralmente
buenas o malas.
Pero, por sus características particulares, que los diferencian radicalmente
de los valores intelectuales, puede afirmarse que los valores morales
forman un reino aparte. Ya que los valores intelectuales también
presuponen a una persona, pueden enumerarse otras características,
para entender este papel de preponderancia reconocida a los valores
morales:
Responsabilidad: somos responsables de nuestros valores morales, lo
cual presupone la libertad. Cuando alguien con la mejor intención fracasa
en un esfuerzo por falta de la inteligencia requerida, no se le hace
responsable de su fracaso. Pero cuando alguna obra con mala intención,
entonces se le hace responsable. Culpa y mérito se encuentran sólo en la
esfera de los valores morales.
Seriedad y gravedad: un hombre puede poseer los demás valores, pero si
están manchados por la culpa moral, ellos parecen totalmente
superficiales y sin importancia. El reconocimiento de una falta moral
afecta nuestra conciencia
Indispensabilidad: son exigidos a todos los hombres, a diferencia de los
demás valores, que pueden faltar. Aquí se descubre una relación con el
fin y el destino de la existencia humana. Es una lástima que uno tenga

Roberto Estrada 20202000568


escasa inteligencia o carezca de los encantos de la vida. Pero es mucho
más lastimoso que uno sea injusto, impuro, o infiel. Al ser moralmente
malo, falla en su principal tarea; no cumple lo que estrictamente se le
pide.

- Referencia a una sanción: las acciones moralmente buenas merecen


recompensa y las moralmente malas merecen castigo. Que una culpa
moral exija castigo es un dato elemental. La única desarmonía que se
crea con la culpa moral, exige imperativamente un correctivo.
Experimentamos esa exigencia al afrontar la culpa de otras personas, así
como al ser conscientes de nuestra propia culpa. Esta experiencia no
debe confundirse con instinto de venganza (que se aplica solamente a un
mal infligido a nosotros y se caracteriza esencialmente como reacción
subjetiva). Esto es diverso a la conciencia de que la culpa moral
necesariamente reclama un castigo y una expiación.

Los valores realmente manifiestan un carácter de trascendencia; estar


dotado de ellos es decisivo para el destino eterno del hombre, porque
sugieren la eternidad y el hecho de que la existencia del hombre no se
agota con la vida terrestre. Esta trascendencia del valor moral está
íntimamente relacionada con las características anteriores del valor:
indispensabilidad y relación a la recompensa y el castigo.

Puede ayudarnos a comprender las características de los valores


morales su contraste con otros valores cualitativos.
Los valores morales son los propios del hombre en cuanto hombre y por
tanto lo perfeccionan integralmente. Estrictamente hablando, apenas
podemos llamar bueno o malo al hombre y a los valores cuya realización
contribuye a su bondad o maldad. El hecho que un hombre sea artista o
técnico representa un valor objetivo, indiferente desde el punto de vista
moral. Se puede ser plenamente humano sin ser artista o técnico. Sin
embargo, que tanto el artista como el técnico (y los que se dedican al
resto de oficios), alcanzan su plena realización en el trabajo, eso sí
constituye un valor moral. Al considerar los valores morales nos
ubicamos en la perspectiva de la dimensión subjetiva de la acción
humana.

Roberto Estrada 20202000568


Conclusiones

 El ser humano siendo una unidad compuesta posee una dimensión


espiritual y de raciocinio que le permite marcar un gran abismo
diferencial entro los demás entes que habitan el planeta,
permitiéndole colocarse en nivel de superioridad, esto quiere decir
que el grado de diferencia entre los animales y el hombre no es
gradual o ni si quiera tiene semejanza simplemente es una
delimitación completamente hermética.

 La sintonía del bien moral y la conciencia deben ser siempre los


criterios propios para decidir qué se debe hacer en determinada
situación cosa que muchas veces ignoramos y preferimos actuar
bajo la situación es decir el miedo a ser rechazado o a perder
renombre y es aquí donde debemos de aprender que no pueden ser
los criterios últimos para decidir.

 Tener el dote de libertad significa que las propias acciones no son


dadas, producto de fuerzas o impulsos exteriores o inherentes al
propio ser que lo dominan, sino fruto de una decisión, originales de la
persona, fruto del dominio que la persona tiene sobre su propio ser
teniendo en cuenta que el ser humano tiene la capacidad de
raciocinio que le permite juzgar una acción antes de hacerla
dejándonos en la claro la autonomía y libertad del humano.

Roberto Estrada 20202000568