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Artimañas del partido clerical.

La vieja
enemistad entre el ministro Caballero y el fiscal
Meléndez 1798-1808
El ministro Caballero
El gobierno ilustrado sufrió la oposición constante y creciente de las
fuerzas conservadoras que se oponían a los cambios, sobre todo a partir de la
dimisión de Godoy a finales de marzo de 1798. Todas las opiniones de los
contemporáneos acusan a Caballero de ser la causa del destierro de Batilo,
exclusivamente por razones políticas del momento y nunca se alude a viejos
enfrentamientos personales. El ministro de Gracia y Justicia maltrató con
especial dureza al fiscal Meléndez, desde el ministerio y a través de un
proceso inquisitorial, y si no llegó al mismo grado que a Jovellanos, parece que
se debió a la intercesión de Godoy.

Quintana apunta dos causas en el cese del fiscal Meléndez: la villanía de


los elementos antijansenistas y la envidia de otros magistrados que deseaban
su puesto. No da nombres, pero podemos concretarlos en el ministro
Caballero y en su sustituto en la Fiscalía, Francisco López de Lisperguer:
«Uno de aquellos hombres que, ejercitándose toda su vida en obras de villanía
y perversidad, no logran subir al poder sino por el escalón de la infamia; de
aquellos para quienes la libertad, el honor y aún la vida de los otros, lo justo y
lo injusto, lo profano y lo sagrado, todo es un juego, y todo les sirve como de
instrumento a su codicia, a su ambición, a su libertinaje o su malicia, proyectó
consumar la ruina de Meléndez para hacer este obsequio a la Corte, con quien
le suponía en guerra abierta, y ganarse las albricias de la destrucción de un
personaje desgraciado. Siguióle con esta dañada intención los pasos,
calificando y denunciando como intrigas peligrosas las visitas que él y sus
amigos se hacían [...]. Por otra parte, el destino de Meléndez era apetecible,
estaba suspenso, y la ocasión convidaba. Todo, pues, conspiro a inclinar la
balanza en daño suyo».

Dejemos a Lisperguer y fijémonos en el odio de Caballero hacia el poeta.


Quintana sólo da una causa muy vaga: «proyectó consumar la ruina de
Meléndez para hacer este obsequio a la Corte, con quien le suponía en guerra
abierta, y ganarse las albricias de la destrucción de un personaje
desgraciado».

La etopeya que nos da Quintana del ministro Caballero coincide con el


convencional y revelador retrato que le pintó Goya en 1807 (Szépmüvészeti
Múzeum de Budapest): una fisonomía siniestra, arrogante y mezquina. Pero
sospechábamos que podía haber algo más en el odio personal entre Caballero
y Meléndez. Efectivamente, la sombra maléfica de Caballero se proyectó más

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de cuarenta años sobre Meléndez, desde el ingreso en la Universidad de
Salamanca en 1772 hasta el destierro francés en 1813.

El ministro de Gracia y Justicia desde 1798 hasta 1808, José Antonio


Caballero, nació en Aldeadávila de la Ribera, diócesis de Salamanca, hacia
1750 y murió en 1821. De oscura ascendencia, de muy baja estatura, medio
ciego y de carácter intrigante, es el máximo representante de la reacción
durante la segunda parte del reinado de Carlos IV. Servil a Godoy y a la reina
María Luisa, no cejó hasta desterrar o encarcelar al grupo de ilustrados que
subió al poder en 1797, entre los que se encontraba Meléndez. El extremeño
ya no se librará de la sombra del funesto marqués de Caballero, pues,
habiéndose declarado éste claro partidario de Napoleón, Meléndez lo tuvo de
compañero en el Consejo de Estado josefino.

Nos fijaremos sólo en la etapa anterior a 1789, en los largos años de


convivencia de ambos como alumnos y catedráticos en la Universidad de
Salamanca.

Por estos años existía en el Claustro la división en dos bandos,


manifiestamente enemigos, entre los partidarios de las reformas,
capitaneados por Ramón de Salas y Meléndez, y los inmovilistas, dirigidos por
el catedrático de Derecho y censor regio, Vicente Fernández de Ocampo, al
que se adscribía claramente, aunque agazapado como todos los trepadores,
José Antonio Caballero, quien era bachiller en Leyes desde 1774 y licenciado
en 1776. Por ironía del destino, Salas, natural de Belchite (Zaragoza), y
Caballero, pertenecientes ambos a familias moderadamente acomodadas, se
doctoraron en Leyes en un mismo acto el 17 de diciembre de 177636.
Meléndez (bachiller en Leyes en 1775, licenciado en 1782 y doctor en 1783) y
Caballero eran profundos conocedores del mundo universitario y de sus
intrigas, pues el futuro ministro de Gracia y Justicia fue quien aprobó el
Nuevo Plan de Estudios para la Universidad de Salamanca y demás
Universidades del Reino en 1807.

El bando progresista está formado por hombres calificados de


tolerantistas, poco religiosos, regalistas, filósofos y jansenistas. En el bando
inmovilista están los principales oponentes a Meléndez en las disputas
científicas planteadas en el Claustro universitario, destacan los nombres
considerados por Batilo como despóticos, intransigentes, opresores, fautores
de la ignorancia, inmovilistas y reaccionarios.

Los Libros de Claustros están plagados de incidentes entre ambas


posturas. Fernández Ocampo, censor regio, boicotea en la Junta de Derechos
todos los debates que el grupo progresista plantea sobre Filosofía y Derecho
que se saliesen del rancio Derecho Romano. Por ejemplo, el que, en diciembre
de 1785, el Dr. Salas pretende presidir sobre unas conclusiones de Derecho
Natural en la Facultad de Leyes. Lo sorprendente es que el futuro

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ultrarreaccionario José Antonio Caballero parecía estar en la corriente de
Meléndez, de manera que ambos se atreven a defender materias de Derecho
Natural, el primero el 24 de noviembre de 1785 y Meléndez Valdés, el 16 de
febrero de 1786, «de legibus naturalibus». En contraposición está el Dr.
Fernández Ocampo, partidario del Derecho Romano, quien, por ejemplo, en 12
de mayo de 1786, defendió «de mendicatione».

Aludamos a las confrontaciones que más directamente afectaron a


Meléndez.

El enfrentamiento más conocido es el motivado por la defensa de las


ideas de Beccaria en mayo y junio de 1784, cuando Nicasio Álvarez
Cienfuegos, dirigido por el extremeño, pretendió, infructuosamente,
defender unas conclusiones «sacadas literalmente» del libro de Lardizábal. El
grupo de Meléndez Valdés defenderá estas y algunas otras proposiciones en
la Facultad de Derecho en apoyo del humanitarismo penal, siguiendo la
orientación del Fiscal del Consejo, Manuel de Lardizábal, quien, en 1782,
había publicado un Discurso sobre las penas contraídas a las leyes criminales
de España, para facilitar su reforma, siguiendo la orientación de la obra de
Beccaria, Tratado de los Delitos y de las Penas, que fue traducido al
castellano en 1774 en Madrid por D. Juan Antonio de las Casas, incluyéndose
en el índice expurgatorio por edicto de 20 de junio de 1777.

En el curso 1784-85 los dos grupos se enfrentan por el injusto,


arbitrario y clasista sistema de oposiciones a cátedras, dominado por los
inmovilistas que no permiten la más mínima novedad. El tortuoso Caballero,
que no era catedrático, sino sólo moderante de la Academia de Derecho
Romano, tuvo una etapa aparentemente progresista: llegó a votar, en el
apasionado debate del claustro del 25 de junio de 1785, en contra de
teólogos y canonistas que defendían «que no se innove nada», y a favor de una
propuesta contraria de Salas y Meléndez, que salió derrotada.

En el curso 1785-86, los dos grupos se confrontan por la elaboración del


plan y constituciones de la Academia de Derecho Real y Práctica Forense y
por la propuesta para director de la misma, llegando a examinarse dos
redacciones, muy diferentes en concepción filosófica y planteamientos
jurídicos, en el Claustro pleno del 25 de febrero de 1786, una de Salas y otra
de Ocampo. En este claustro, el dulce Meléndez, «enardecido y lleno de
celo», llegó a perder los nervios:

«El Doctor Meléndez en su lugar, y viendo que


un proyecto tan útil iba a sepultarse como otros por
intereses y fines que él cree particulares, exclamó
agriamente contra este abuso, [...], exclamó también
agriamente sobre estos errores, y dijo que de ellos
venía el que no estudiásemos ni adelantásemos, que

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era indispensable nos llegásemos a persuadir que
necesitábamos estudiar mucho y desengañarnos [...].
Reconvenido por algunos, que tal tez se tendrían por
agraviados, volvió a instar, y a declamar sobre ellos
de que en su opinión viene todo el atraso de
nuestras letras, íntimamente penetrado de que en el
lastimoso estado de languidez en que nos hallamos,
son indispensables expresiones fuertes y cauterios
en vez de remedios, suaves [...]. Dijo que se pase
nombrar director en este claustro por evitar
intrigas y partidos, y que cuanto ha dicho y
declamado lo ha hecho y hace siempre deseoso del
verdadero lustre de la Universidad».

No reproducimos la intervención totalmente opuesta del Dr. Ocampo.


Sólo el voto contemporizador de Caballero:

«E1 Señor Doctor Caballero dijo: Que se revea


este papel [las proposiciones de Salas] por los
mismos que lo han formado, con otros nuevos que la
Universidad nombre, y que se revean las órdenes
anteriores, y que se haga mención de la proposición
del Doctor Ocampo, pues lo merece».

Se aprobó el reglamento de Ramón de Salas, pero parece que no llegó a


ser implantada la Academia. Continuó funcionando, pues, únicamente, en la
Facultad de Leyes, la Academia de Derecho Romano, cuya Moderantía, a la
que había optado Salas, fue concedida, en el Claustro pleno de 14 de mayo de
1784, al Dr. José Antonio Caballero por mayoría de votos. En ella permaneció
hasta que fue nombrado alcalde del crimen de Sevilla, en 1787, cargo, ¡ironía
del destino!, ocupado veinte años antes por la principal de sus víctimas,
Jovellanos. Se da la circunstancia de que Salas es nombrado Moderante de la
Academia de Leyes en sustitución de Caballero.

Resumiendo, Meléndez y Caballero militaban en cada uno de los dos


bandos enfrentados existentes en el seno de la Universidad de Salamanca,
donde convivieron unos quince años (1772-1787 ) durante los cuales no
manifestó claramente su reaccionarismo el futuro ministro, sino que
procuraba alagar las decisiones del Consejo de Castilla, de manera que, a
veces, se alinea con los progresistas, lo que le valió ser nombrado alcalde del
crimen de Sevilla por el Consejo de Castilla, presidido por Campomanes.

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La animadversión de Caballero contra Meléndez y Jovellanos alcanza su
cenit a fines de 1800, víspera de los dos destierros más arduos de ambos. El
26 de noviembre de 1800, Godoy escribe en una carta confidencial a la Reina,
citada por Caso: «Caballero me instruye de varios manejos de Meléndez
Valdés. Yo no sé nada, pero lo creo todo, según las pruebas que me han dado
anteriormente, y debe averiguarse por si, como creo, tiene relación con
Jovellanos y Saavedra».

Jovellanos y Meléndez eran los polos opuestos a la Inquisición y al


partido clerical de Caballero. Pensaban que los hábitos y las creencias del
pueblo debían ser depurados y sometidos a la estimación racional mediante la
acción configuradora de la educación. Por eso desconfiaban de la manipulación
ideológica con que se exponía el cristianismo por auténticos charlatanes.

Como buenos ilustrados, su catolicismo era interior, intelectual, abierto,


tolerante, austero y sencillo. Jovellanos y Meléndez, como buenos
filojansenistas, fueron partidarios de interiorizar la religión, reduciendo al
máximo las ceremonias y las manifestaciones exteriores de la piedad propias
del Antiguo Régimen, que, en el fondo, impedían la evolución hacia una
sociedad más justa.

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