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MARGARETA EKSTRÖM:

PARA USO DIARIO Y OTROS POEMAS

(Nota y versiones de Jesús Jiménez Domínguez)

Con gran ternura y, a veces, con un humor muy sutil, los poemas de
Margareta Ekström comunican un gran amor por las pequeñas cosas de la vida,
aquellas que, paradójicamente, mejor definen la grandeza del hombre. Con una
sencillez conmovedora y utilizando a menudo un discurso alegórico, la poesía de
Margareta Ekström nos hace partícipes de la fragilidad de la existencia humana,
polarizada entre la miseria y la alegría. La fugacidad de la vida, la muerte y un
cierto sentimiento elegíaco ante la pérdida de la inocencia planean siempre en
sus versos. En esta toma de conciencia, la naturaleza es una dimensión paralela
en la que la autora se refleja como en un espejo del que toma toda su fuerza.

Margareta Ekström, nacida en Suecia en 1930, es poeta, novelista y


cuentista para niños. También ha ejercido la crítica literaria y cinematográfica.
Entre otros organismos, ha sido directora de la Industria Sueca de Cine (1974-
1977), vicepresidenta de la versión sueca del Pen Club (1968-1981) y directora
del Svenska Institutet (1979-1983). En 1977 la Academia Sueca, la misma que
otorga los premios Nobel, le concedió el Premio Dobloug.

Los poemas que siguen son traducción indirecta de los incluidos en la


antología To catch life anew: 10 swedish women poets (Oyster River Press, New
Hampshire, 2006) y en la revista literaria Metamorphoses (otoño de 2009),
magníficamente volcados a la lengua inglesa por Eva Claeson.
PARA USO DIARIO

Si la vida no fuera tan insustituible


acaso nos atreveríamos a usarla.
Pero la arrinconamos en el estante
como un vistoso par de zapatos
que son bonitos para verlos,
pero no para el uso diario.
Y así seguimos, sentados aquí
y allá en una expectativa descalza.
LA CANCIÓN DE LA HORMIGA

En la mermelada de frambuesa
de una conocida marca
yacía una hormiga.
Me sentí muy alborotada:
una hormiga, una verdadera hormiga,
una hormiga no registrada en los "ingredientes"
venía a demostrar que existía el verano.

En el exterior caía la espesa nieve del ártico.


Pero aquí dentro, en mi plato, la hormiga
parecía atrapada en ámbar.

Las edades se encuentran.


Los espacios colisionan.
El tiempo de la frambuesa y el espacio de la frambuesa
con el tiempo del periódico y el espacio del desayuno.
Y el tiempo de la hormiga,
confundido por la mermelada,
viniendo a parar
a mi frasco.

Ni el Museo Nacional de Historia Natural


consigue sorprendernos tanto.
POR LA MAÑANA

Cuando despiertas no sabes con certeza


si ya has nacido.
La sábana en tus mejillas mantiene el calor de tu cuerpo.
Cuerpo oscuro en la oscuridad de mi vientre:
así venías escondida, como si trajese una gema secreta
apretada con fuerza en la mano día tras día,
sin enseñársela a nadie.

Al otro lado del frío ventanal


comienza un mundo extraño.
La máquina de escribir del pájaro carpintero
te envía mensajes tan llenos de equis
que ningún espía podría descifrarlos.

Apoyas tu cabeza en el cristal


para escuchar mejor.
Si permanecemos aquí saldrá la luna
aunque no sepa decirte por dónde.

Los petirrojos salpican de bermejo la alameda.


Serán abatidos más allá de los bosques.
Enfermedad y erizo
están entre las palabras que desconoces,
durmiendo bajo las gruesas mantas del futuro.
Tus pequeños pies caben en una sola de mis manos.
Si sobrevivimos serán las tuyas
las que un día me sostengan.

Con cautela asomas tu pequeña lengua


para probar a qué sabe la existencia:
¿a nieve o a fuego?
Ambos queman.

Giramos en el torbellino de tu sueño


hasta que el misterio nos absorbe.
FUNERAL

En la noche del funeral


me abrazaron,
me besaron, incluso aquellos
que no suelen besar.
Recibí su apoyo y preguntaron
si necesitaba calmantes,
estimulantes,
un jerez o compañía para pasar la noche.

Cada noche es un funeral


pero nadie acude ya a abrazarme.
Nadie pregunta cómo marchan las cosas,
si necesito compañía nocturna,
un jerez, un calmante.

Porque es un día como otro cualquiera


que murió, y debemos resignarnos
a llevarlo lo mejor que podamos.

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