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HISTORIA DE LA METALURGIA

La primera invención en metalurgia se realizó en Mesopotamia (Sumerios). 4.000


años antes de nuestra era. Según los estudios arqueológicos, se trataba de golpear
con martillos primitivos hierro proveniente de meteoritos, sobre todo de hierro-
níquel; así como de cobre y de oro naturales.

Fue en la misma época y en la misma región donde, según parece, tuvo lugar otra
gran invención fundamental. Consistía en llevar un metal a su punto de fusión por
medio de calor. En este caso se trataba de cobre, y se recocía manteniéndolo
durante varios días a alta temperatura, con el fin de darle mayor dureza.

Otras dos invenciones de importancia similar, si no superior, también realizadas en


Mesopotamia en la misma época, van a completar el cuadro fundamental de
las tecnologías de base de la metalurgia; 1) La reducción por calor u oxidación de
los minerales de cobre y plomo. Es decir, el arte de extraer metales puros a partir
de minerales quemando o eliminando las impurezas. 2) La preparación de
aleaciones. Hacia mediados del IV milenio los mesopotámicos fabricaban
aleaciones de cobre y estaño. No eran accidentales, ya que, aparentemente, antes
hubo aleaciones accidentales. Son las primeras aleaciones de la historia de la
metalurgia e inauguran la Edad del Bronce.

La Edad de Bronce tuvo una duración relativamente breve, de 500 a 2000 años, en
comparación con la Edad de Piedra y la Edad de Hierro.

La metalurgia de la Edad del Bronce progresó debido al descubrimiento de que la


adicción al cobre de pequeñas cantidades de estaño rebajaba su punto de fusión,
disminuyendo al mínimo el peligro de agrietamiento a partir de las vejigas en las
piezas moldeadas y aumenta la dureza de la aleación fría. El bronce de estaño era
relativamente corriente en Babilonia antes del año 3000 a.c. La Edad de Bronce se
iniciara en tiempo distinto en diferentes regiones, pues sólo se establecía con la
llegada de metalurgos y forjadores.

La extracción de un metal a partir del mineral merece una mención particular, ya


que fue posible gracias a una invención específica, el horno de reducción. Este
elemento se puede datar en los alrededores del 3600 a. C., pero que no sabemos
si apareció en Mesopotamia o en Egipto.

El horno de reducción está compuesto por dos cámaras superpuestas, separadas


por una pared agujereada. El mineral se situaba en la cámara superior, en la que el
calor se expandía por los agujeros de la pared. El azufre presente en el mineral se
desalojaba en forma de gas, en el transcurso de una combustión lenta, quedando
únicamente el residuo metálico.
Este mineral era impuro y contenía, dependiendo de los yacimientos, hierro, oro,
plata, estaño o plomo. Tras el calcinado, el mineral se llevaba a su punto de fusión
y se transformaba en placas que se trabajaban a golpe de martillo.

En el II milenio a. C., también en Mesopotamia se inventa la copelación, tras


el descubrimiento del plomo argentífero.

El procedimiento consiste en calentar el mineral en un horno de solera hasta el


momento del centelleo en el que la plata se vuelve brillante. El plomo, cuyo punto
de fusión es mucho más bajo, forma entonces una capa, sobre la que se “recoge”
la plata.

Anteriormente, la familiarización con la producción de bronce llevó también a los


egipcios a inventar un procedimiento de fundición aún utilizado en nuestros días,
que es el de la cera perdida.

La sexta y última invención importante del IV milenio a. C., es la soldadura. El


hombre imaginó la unión de elementos diferentes llevando los bordes de éstos a su
punto de fusión. Las primeras realizadas fueron aleaciones de oro con cobre y de
plomo con estaño.

A lo largo de los milenios III y II, las técnicas ya conocidas se extienden a otros
metales. En el 1300 antes de nuestra era se produce un acontecimiento funda-
mental: se comienza a extraer hierro de su mineral.

Los primeros en hacerlo, aparentemente, fueron los hititas del sur del mar Negro.
Los filisteos tomaron de ellos esta técnica un siglo más tarde. Al mismo tiempo este
descubrimiento inspira también una invención fundamental: el hierro al carbono, es
decir, el acero. No sabemos si fue en Mesopotamia o en Egipto donde se llevó a
cabo esta invención.

Alrededor del año 1000 a. C., los chinos dominaron la fabricación de fundiciones
gracias a una invención del horno de reducción: el alto horno.

Independientemente de su genio tecnológico, los chinos estaban particularmente


bien situados para concebirlo: tenían excelentes arcillas refractarias para la
construcción de los muros de los altos hornos. Al mismo tiempo, disponían de un
tipo de tierra, que llamaban “tierra negra”, muy rica en fosfato de hierro, que resultó
preciosa para la fabricación de la fundición.
En el siglo I, los indios inventaron el procedimiento del acero fundido. Se trata
efectivamente de acero, ya que, según la definición admitida, no contiene más de
un 1,7 % de carbono.

Para lograrlo, en la India martilleaban el hierro con el fin de eliminar las escorias, lo
fracturaban y lo ponían a fundir con virutas de madera, de las que absorbían el
carbono. El acero así obtenido se martillea a continuación para fabricar
herramientas y armas. Este procedimiento lo retomarán los árabes en la Edad Media
para la fabricación de las célebres espadas de Damasco.

El primer avance importante en la metalurgia, después del acero fundido de los


indios, fue la invención del pudelaje del inglés Stephen Cort, en 1784. Este
procedimiento consistía en descarburar la fundición en el alto horno mediante
soldadura de la masa fundida. De este modo se obtenía una masa de hierro
pastosa, refinada, que se podía laminar para hacer barras o planchas, o bien colar
en moldes.

En 1854, esta invención fue perfeccionada, simultáneamente, por las del


inglés Henry Bessemer y el americano William Kelly. Éstas consistían en purificar
directamente el hierro fundido por inyección de aire en una cuba, o convertidor, cuyo
interior estaba recubierto de material refractario.

Eliminando el exceso de impurezas, se podía obtener un metal capaz de soportar


perfectamente el templado y las tensiones importantes.

Tres invenciones sucesivas permitieron utilizar todos los minerales de hierro para la
producción de fundición destinada a la fabricación; 1) El horno de los alemanes
Wilhelm y Friedrich Siemens (1856). 2) El horno del francés Pierre Martin (1864). 3)
El horno del inglés Sydney Thomas (1880).

El sistema consistía en precalentar el aire destinado a la combustión de las


impurezas de la fundición, lo cual permitía aumentar sensiblemente la temperatura
del tratamiento.