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Autor: Otero Silva, Miguel

Título: De có mo el periodista digno se sobrepone a la tiranía. (La vida y la obra de


Antonio José Calcañ o Herrera)
Fecha: 13-01-1946
Publicació n: El Nacional
Género: Artículo

DE CÓ MO EL PERIODISTA DIGNO SE SOBREPONE A LA TIRANÍA


(La Vida y la 0bra de Antonio José Calcañ o Herrera).

Antonio José Calcañ o Herrera nació en Caracas, en 188 1. Transcurrió su infancia en la


casa solariega de los Calcado, entre patios umbrosos de vegetació n colonial; y largos
corredores con arcadas. Su padre, don julio Calcañ o, fue critico y ensayista notable. Su
tío, José Antonio Calcañ o, fue poeta romá ntico de elevado estilo y pulcra sensibilidad.
Otro tío, Eduardo Calcañ o, fue orador de expedita palabra y enjundiosos conceptos. En
la oscura sala conventual resonaban severamente las fugas de Bach y los estudios de
Mozart. Se alineaban imponentes los clá sicos en los anaqueles de la biblioteca. Allí
estaban presentes una estirpe y un ambiente de conservatorios y parnasos, de
universidades y archivos.
Antonio José heredó el alma artista de los Calcañ o pero no su espíritu sedentario y
pausado. Escribía hermosos versos desde muy joven, pero amaba el bullicio de los
barrios plebeyos, el vuelo artero de los papagayos con cuchilla y las escapadas por los
canjilones de Camboa. A los 16 añ os dejó la casa austera y erudita para alistarse en
una mentonera que aspiraba incorporarse a la llamada "Revolució n libertadora". Se
marchó una madrugada con un revó lver al cinto, una cobija al hombro y cinco pesos
en los bolsillos. Es, tal vez, el ú nico Calcañ o que se ha "alzado" en este país.

EL AVENTURERO

A Guayana fue a dar consigo Antonio José Calcañ o, ya fracasada la revuelta, sin
cumplir los veinte añ os, llamado por las selvas profundas, el clamor tormentoso de los
ríos y el cantar gangoso del aborigen. En las selvas crecía el á rbol cauchero, de sangre
blanca y generosa. En las arenas de los ríos perduraba la huella maravillosa de un dios
extrañ o que pasó por aquellas tierras trocando en oro todo cuanto pisaba.
A Guayana llegaban los hombres má s disímiles, caravanas de buscadores de fortunas,
impulsados por el coraje a la desesperació n. Allí Injusticia era una palabra vaga, cuyos
fueros residían en la presteza del revó lver y en la firmeza del pulso.
Antonio José Calcañ o, como Arturo Cova y como Marcos Vargas, se enfrentó a la
naturaleza implacable y a los hombres sin ley. Buscó la veta de oro en las minas de
nombres pueriles y esperanza- dos -"La Milagrosa", "Salva la Patria", "Lo Increíble"- y
derrochó luego los preciosos guijarros en tabernas y garitos. Se volcó su curiara en
mitad del Yuruá n o del Yuruary y ganó a nado la orilla de tensos bejucales y nervudas
raíces. Se extravió en el corazó n de la selva, donde acechan la cuaima y la mapanare, la
arañ amona y la veinticuatro, y se escucha la ronca voz de la noche que hace temblar al
arecuna.
Lo atrajo el espejismo blanco de los á rboles caucheros. Tomó el rumbo de la zona
purguera de Paragua y en ella vivió y trabajó largo tiempo. En muchos bosques
quedaron cicatrices tatuadas por los tocones de su peonada. Se defendió a tiros frente
a los bandidos de la selva. Curó a sus hombres las heridas de machete que hacen
blanquear el hueso y las picadas de serpiente que dejan una espesa sombra morada.
Finalmente, su amigo má s ínti- mo, su compañ ero de trabajo y de aventuras, Alejandro
Escobar Pá ez, fue asesinado en las espesuras del Cuyuní. Pero Calcañ o amaba tan
intensamente la selva y sus peligros que, al clamar desesperado por la muerte de
Alejandro, lo hacía de esta manera:

"mi afecto a esas mirificas montañ as piensa que a un alma diamantino y pura no hay
sepulcro mejor que sus entrañ as".

Má s tarde enfermó Calcañ o. Ya no le fue posible proseguir la ruda existencia del


purguero y del buscador de oro. Abandonó a Guayana. Pero su nombre continuó
escuchá ndose - se escucha aú n- en lo profundo de las selvas. Calcañ o Herrera y
Escobar Pá ez habían adoptado un pequeñ o indio de la raza pametó n- cumanagoto, lo
llevaron en sus correrías, le dieron instrucció n rudimentaria a la sombra de los
á rboles gigantes. Cuando Calcañ o regresó a Caracas, el indio se reintegró a la tribu,
donde su instrucció n y su valentía convirtiéronlo en jefe.
Aú n existe, en los bosques que circundan la Gran Sabana, una tribu cuyo cacique, al
presentarse a los extrañ os, pronuncia como suyo el nombre que le diera un poeta
blanco:
- Antonio José Calcañ o.

EL POETA

La poesía de Calcañ o Herrera, como la del colombiano José Eustacio Rivera, está
saturada de la selva que vivió . Desde Guayana envió Calcañ o sus primeros poemas, los
cuales fueron publica- dos en El Cojo Ilustrado y recogidos luego en el libro Versos de
juventud.
Pero su verdadero nivel poético se aprecia en la obra pó stuma Horas de Vivac. Allí
Calcañ o Herrera se revela como extraordinario, sonetista, logrando en ocasiones tanta
fuerza y soltura como Alfredo Arvelo Larriva.
La poesía de Calcañ o es esencialmente descriptiva, realista, nativista, humana. No hay
que buscar la raíz de sus versos en Pérez Bonalde sino en Lazo Martí. Su canto a la
selva - tal vez lo má s logrado de su obra poética- es un caudaloso reportaje lírico del
alto Caroní.
Independientemente de las escuelas, modalidades y tendencias, los poetas se han
orientado siempre hacia dos sistemas dispares de expresió n. Unos cantan el reflejo de
su mundo interior, de sus propios estados de alma, de sus inquietudes íntimas. Otros
se vuelcan para cantar las emociones y el dolor de sus semejantes, los paisajes y las
cosas, proyectando su espíritu en funció n de humanidad.
Estos ú ltimos, cuya sensibilidad vibra ante el paisaje, ante el suceso, ante las figuras
humanas, suelen - en la hora de la responsabilidad ciudadana o de la lucha por la
existencia- enrumbar sus pasos hacia el periodismo, Tal fue el caso de Calcañ o Herrera
y de Leoncio Martínez. Tal es el caso presente de Pedro Sotillo y de Antonio Arrá iz.
Los otros, los subjetivos, los anímicos, alcanzan con frecuencia elevadas actitudes
poéticas, pero transitan vendados ante los linotipos, las rotativas y los pregoneros.
Dicho sea sin la menor voluntad de ofenderlos.

EL CONSPIRADOR

En 1918, de regreso en Caracas, Calcañ o Herrera inició la labor periodística que habría
de mantener durante once añ os. Fundé entonces, en compañ ía de Francisco Pimentel,
Leoncio Martínez y José Rafael Pocaterra, el diario Pitorreos. Pitoneos, al par que
perió dico de aguda intenció n y magnífica prosa, fue vigorosa fuente de rebeldía contra
la tiranía gomecista. En torno suyo emergía la simpatía de los estudiantes
revolucionarios, el pensamiento de los intelectuales dignos, el descontento sin
canalizar del pueblo, Job Pim y Leo, quienes figuraban en el membrete como
responsables de la publicació n, vivían al borde la Rotunda, cuando no se hallaban
dentro de ella.
El movimiento insurreccionar de 191 9 estuvo tan íntimamente ligado a aquel
perió dico que en los corrillos políticos caraqueñ os se designó como "la conspiració n
de Pitorreos". Los estudiantes y el pueblo de Caracas realizaron por aquel entonces
una manifestació n sentimental de simpatía hacia la nació n belga que fue salvajemente
disuelta a planazos por las huestes de Pedro García. Elementos civiles antigomecistas
lograron establecer contacto con la oficialidad joven del ejército, a través del capitá n
Luis Rafael Pimentel y de los hermanos Andrade Mora. Alga de libertad, nacida en el
remanso verdoso del gomecismo, una nueva generació n de venezolanos estaba
resuelta al sacrificio.
Antonio José Calcañ o era de los conspiradores. En el minú sculo taller de Pitorreos se
dieron cita, la noche fijada para el alzamiento, conjurados de desemejante
procedencia: militares, estudiantes, obreros, intelectuales. Allí se editó el manifiesto
que circularía por la ciudad, una vez conquistados los cuarteles y distribuidas las
armas. Tal proclama, que un destino adverso había de dejar inédita, fue compuesta en
un linotipo de Pitorreos bajo la mirada vigilante de Calcañ o Herrera.
Calcañ o no durmió aquella noche. Sin alterarse los latidos de su corazó n, como a la
hora de arriesgar la vida bajo las selvas de Guayana, se recortaba su silueta en la
penumbra del taller mal alumbrado, entre el ir y venir de los comisionados, las
conversaciones a media voz, la atmó sfera tensa de la espera. Pasada la medianoche,
Calcañ o se tendió al pie de un chivalete, sin librarse del cuello severo ni desanudarse
la corbata negra, aguardando la des- carga que estallaría al amanecer en los patios del
Cuartel San Carlos para anunciar el triunfo de la insurrecció n.
La descarga no se escuchó nunca. La historia refiere có mo uno de los oficiales
conjurados traicionó a sus compañ eros. Aquella misma madrugada fue el punto de
partida de una etapa sombría de persecuciones y de arrestos, de torturas y asesinatos,
que constituye una de las pá ginas má s torvas en la oscura cró nica de la tiranía
gomecista.
La represió n barrió a Pitorreos, Leoncio Martínez y Francisco Pimentel fueron
sepultados en la Rotunda, engrillados e incomunicados, José Rafael Pocaterra y
Calcañ o Herrera lograron escapar de la racha inicial. Pero Pocaterra fue detenido a los
pocos días y Calcañ o Herrera optó por buscar refugio en un rincó n de la provincia,
donde se olvidase su existencia.
Ningú n torturado mencionó su participació n en el complot. Ningú n colgado pronunció
su nombre.

EL PERIODISTA

En el añ o de 1922 surgió de nuevo el nombre de Calcañ o Herrera en letras de


imprenta. En esa fecha fundó el Heraldo, diario de la tarde, en compara de Francisco
de Paula Pá ez. Aportaron entre ambos socios la suma de dos mil bolívares, ú nico
capital de la empresa. El perió dico se editaba en un taller tipográ fico ajeno que estaba
situado entre San Francisco y Pajaritos.
Fueron penosos - á rida y empinada cuesta- los comienzos de El Heraldo. Se defendía
difícilmente un diario informativo, con tan exiguo respaldo econó mico, en un
ambiente donde campeaban por sus fueros los poderosos perió dicos oficiales. Al cabo
de algunos meses se había perdido dinero y se continuaba perdiendo. Calcañ o Herrera
examinó cuidadosamente las cuentas, ya cumplida esa primera etapa dura de los
diarios que es cual la gravidez de la madre, y dijo:
- Este perió dico ha triunfado.
Y, en consecuencia, hizo traer de los Estados Unidos un par de prensas planas y montó
taller propio de Pajaritos a Camejo, en la vieja casa donde el Heraldo habría de
consolidarse como uno de los perió dicos tradicionales de nuestro país.
Calcañ o, en el Limó n de su perió dico, era un trabajador infatigable y un há bil
aglutinador del trabajo vicios demá s. Nunca entró en prensa El Heraldo sin que cada
una de las galeradas que lo integraban hubiese sido leída minuciosamente por su
director. A la vera de El Heraldo adquirieron o reafirmaron popularidad nombres de
periodistas y escritores que hoy nos son familiares: Angel Corao, Marco Aurelio
Rodríguez, Enrique Bernardo Nú ñ ez, Joaquín Gonzá lez Elris, José Antonio Calcañ o
Calcañ o, Arturo Uslar Pietri, Gonzalo Carnevali, Mario García Arocha y muchos otros.
Todos ellos guardan un vivo recuerdo de aquel hombre severo y generoso cuya
dignidad periodística y humana jamá s se doblegó .
Era ruda su apariencia y violentas sus reacciones. Pero guardaba un noble corazó n de
pan blanco bajo la corteza á spera. Por un error cualquiera, por una ausencia
injustificada, Calcañ o se enfurecía. Mas sus redactores y empleados sabían cuá n
pasajero era aquel arrebato y cuá nta bondad pervivía debajo de aquella llama de
có lera fugaz.
Si alguien de la redacció n o de los talleres se acercaba para pedirle un adelanto en el
sueldo, gruñ ía indignado.
-¡Claro! No te alcanza el dinero... Si eres un desordenado. Y a los pocos minutos, con
una expresió n muy diferente en el rostro, lo llamaba para decirle: -¿Cuá nto me dijiste
que necesitabas?
Y a la cabecera de sus obreros enfermos estuvo siempre, como un amigo.
LA LECCIÓ N DE CALCAÑ O

La vida periodística de Calcañ o Herrera fue una permanente lecció n de dignidad. Allí
reside la causal determinante de este reportaje.
El periodismo venezolano de este siglo era una historia vil y dolorosa. El proceso de
formació n de una prensa independiente en Venezuela, que lograra expresiones de
cimera elevació n en diversas épocas del siglo pasado, quebraba su trayectoria en el
sucederse de los gobiernos absolutistas. Con el advenimiento al poder de Cipriano
Castro, y luego con la estabilizació n de Juan Vicente Gó mez, esa evolució n se había
estancado en un fangoso tremedal de servilismo e indignidad. Don Rafael Arévalo
Gonzá lez, que pretendió salvar el concepto y la tradició n de nuestra prensa, era ya un
preso Político profesional, sin derecho a ejercer el periodismo.
Las preguntas eran rituales:
-¿Por qué no elogia usted al general "Gó mez? ¿Por qué no ataca usted a los enemigos
del general Gó mez?
Calcañ o barajaba respuestas de diverso estilo:
- Mi perió dico es estrictamente informativo. Usted sabe muy bien que yo no me
ocupo de política.

De la biografía de Gallegos, de Consalvi

Mientras Juan Vicente Gó mez teje los nudos del poder, los intelectuales y los
artistas buscan refugios propicios. Leoncio Martínez, escribió Enrique Planchart en La
pintura en Venezuela, publicó una nota en El Universal el 1° de agosto de 1912 que
encendió la llama, y antes de terminar el mes ya estaba fundado el Círculo de Bellas
Artes. “La fundació n de este centro es uno de los hechos má s trascendentales en la
historia de nuestra pintura”, anotó Planchart. En su biografía de Leo, Juan Carlos
Palenzuela analiza aquel momento. Leo tiene apenas 24 añ os, pero percibe con
certidumbre que deben romperse las cá scaras.
El Circulo fue una especie de revuelta contra la Academia de Bellas Artes: la
conquista de pintar una modelo desnuda en lugar de imitaciones griegas de yeso.
Leoncio Martínez dijo: “Buscando libre vuelo constituimos el Círculo de Bellas Artes
sobre bases liberalísimas…” No só lo se trataba de liberarse de los yesos, también de la
herencia heroica de don Martín Tovar y Tovar y de sus batallas artificiosamente
geométricas, o, como dijo Picó n Salas, de “la historia vestida de casaca”. “El Círculo de
Bellas Artes, escribe Juan Carlos, es el primer gran movimiento de la plá stica y de la
cultura en Venezuela. Allí hay espacio para todos los artistas… concentrados en su
trabajo creador… (…) Aquí se forman personalidades para resistir los oscuros tiempos
por venir, cuando la mínima actividad cultural será anulada”. En el Circulo militan los
que será n grandes nombres de la pintura y de las letras en la primera mitad del siglo.
Entre ellos está Ró mulo Gallegos. No es pintor, y, sin embargo, pinta como pocos. En
sus cuentos y en sus novelas alienta el paisaje venezolano y de modo obsesivo el
paisaje del Á vila que él conocía como las líneas de su mano:
De un lado, el mar era un inmenso esmalte azul, en cuyo desvanecente confín de
suaves amaneceres reposaban vagas sombras violá ceas de remotos islotes, como
ballenas dormidas hasta el alba; del otro lado, las tierras: los ríscachales de la ríspida
cresta de Naiguatá , sembrada de rocas sueltas que hacían pensar en el fragor de
gigantescos desmoronamientos; el dromedario colosal de La Silla, parado en su
marcha hacia el valle de Caracas, con una resplandeciente gualdrapa sobre las gibas; la
montañ a toda desperezando en la luz su nervura formidable, cortada de abismos
vertiginosos, á spera en los fragosos peñ ascales de los voladeros, suave en las laderas
tendidas que bajan cubiertas del raso joyante de los pajonales, arregazando la felpa
azulosa de las hondonadas, dentro de las cuales la voz de los torrentes formaba ese
fondo rumoroso de los grandes silencios de las montañ as. Abajo, en las faldas, suaves
lomas y quietas llanadas, surcadas de senderos, moteadas de cultivos; el valle, en el
fondo, cubierto de grumos inmó viles que parecían rebañ os dormidos; má s allá las
cordilleras de colinas que se metían, tierra adentro, azules con toque de sol, como un
escarceo de otro fantá stico mar; los grupos de pueblos y caseríos, pequeñ os y
dispersos a grandes trechos, en los vallecitos por donde iba el alba saltando; la remota
franja de dorados celajes de llanuras que cerraban el horizonte... Todo el paisaje de la
tierra natal, que es una embriaguez de luz y de color.

En el Círculo está Manuel Cabré, el pintor del Á vila, allí está n Bernardo Monsanto,
Pró spero Martínez, Pablo W. Herná ndez, Marcelo Videl, Armando Reveró n, Rafael
Monasterios, Federico Brandt y Luis Alfredo Ló pez Méndez, el má s joven. Está n
Gallegos y Leo, que es dibujante y escritor, y el poeta Job Pim. Son pobres y el lugar
donde se reú nen es costoso. Buscaron un local má s modesto en Pagü ita, pero en el
barrio los vecinos se escandalizaron con unos jó venes obscenos que entraban al saló n
con cartones y creyones a pintar a una mujer desnuda. Sospecharon que se trataba de
una extrañ a secta y los denunciaron a la policía.
Así fue el final el gran Círculo de Bellas Artes. Llegó la policía y se llevó a la modelo
y a algunos de los pintores. Entre ellos estaba Gallegos, pero quizá s por no tener en
sus manos los objetos del delito, cartones y pinturas, no fue hecho preso. El Círculo de
Bellas Artes, de todos modos y sin un lugar que los congregara, siguió existiendo en la
amistad y en el propó sito comú n de artistas e intelectuales que atravesaron así la
tempestad del gomecismo.

Américo Martín

Por eso, el 14 de febrero de 1936 una enorme manifestació n encabezada por el


rector Rísquez y el líder emergente Jó vito Villalba abre las puertas de Miraflores.
Rísquez y Villalba son recibidos por Ló pez. La voz cantante es la del jefe de los
estudiantes. Ló pez mira sorprendido al venerable rector, solo para oírle decir:
-Si yo tuviera su edad hablaría como él.
Pero Ló pez hace gala de una inesperada lucidez y un alto sentido comú n. Descubre
que la democracia es un destino inevitable y decide cabalgar esa montura indó mita.
“Hacia allá iremos pero sin precipitaciones”, piensa.
-Calma y cordura
Como no puede dejar en el aire promesas tan solemnemente contraídas, diseñ a un
puente hacia la democracia. Un puente en general positivo pese a no acomodarse a las
impaciencias juveniles.
Leo, el gran humorista, recoge la opinió n general. En uno de los famosos cartones
de Fantoches aparece “un puente”. “Un puente”, sí, pero colgante, estrecho y muy
largo. En todo caso la caricatura es muy expresiva. Es largo para los impacientes. Es
prudente para los pacientes. Pero es un puente al final del cual está la meta. Solo se
trataría de cruzarlo y no de romperlo.

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