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11. DOBLE DESAMORTIZACIÓN ECLESIÁSTICA Y CIVIL.

A la muerte de Fernando VII en 1833 se inicia la guerra entre los partidarios de


Carlos María Isidro, absolutistas, y los de la hija de Fernando, Isabel. Ésta última estaba
representada en el trono por su madre, la regente María Cristina de Borbón, quien, para
asegurar la corona de España para su hija se vio obligada a solicitar la ayuda de los
sectores liberales españoles. Un primer paso, todavía muy tímido, fue la redacción del
Estatuto Real de 1834, carta otorgada cuyo inspirador principal fue el liberal moderado
Francisco Martínez de la Rosa. A partir de ahí, los grupos liberales fueron
incrementando sus demandas y su presencia en el poder. Los motines del verano de
1835 y el pronunciamiento de los sargentos de la Granja en 1836 forzaron a la regente a
otorgar el poder a los progresistas.
En dos etapas, de septiembre de 1835 a mayor de 1836, y de agosto de 1836 a
finales de 1837, los progresistas, con Juan Álvarez de Mendizábal al frente (primero
como jefe de gobierno, luego como Ministro de Hacienda) asumieron la tarea de
desmantelar el Antiguo Régimen y sus instituciones. En el aspecto económico, las
medidas de mayor trascendencia fueron las desamortizaciones.
La existencia de la propiedad amortizada o vinculada se había transformado en
España en un lastre para la modernización de la agricultura. No se había podido formar
un mercado de tierras que diera respuesta al creciente número de trabajadores del campo
y que buscaban adquirir sus propiedades, con lo que se extendía la tierra baldía,
cultivada por debajo de sus posibilidades y desaprovechada. Ya en 1798 el ministro
Godoy había planteado una primera desamortización que afectaba a bienes de
instituciones religiosas de tipo hospitalario y asistencial. Pero el volumen de tierras
afectado era todavía muy escaso. Después de esto, también las Cortes de Cádiz
plantearon el asunto de las desamortizaciones. Pero hay que esperar a 1836 para
encontrar las primeras leyes que tendrán una repercusión notable: la llamada
desamortización de Mendizábal.
En 1836 el gobierno decretó la disolución de las órdenes religiosas masculinas
(salvo las dedicadas a la enseñanza y a la asistencia hospitalaria, es decir, las
denominadas de vida activa), quedando expropiado su patrimonio por el Estado. En
1836 se inició la desamortización de los bienes de las órdenes religiosas, y en 1841 se
amplió a los bienes del clero secular. Pero no fue la Iglesia la única afectada. El 18 de
mayo de 1837 el gobierno decretó la incautación de los bienes municipales: bienes de
propios, tierras comunales y tierras de realengo o baldíos pasaban a ser propiedad del
Estado. Es la desamortización civil.
Tras este primer embate, el segundo impulso a la desamortización vino durante
el bienio progresista, con la ley Madoz de 1 de mayo de 1855 que sacaba a la venta las
propiedades pertenecientes al Estado, Iglesia, órdenes militares, cofradías, obras pías,
propios y comunes de los ayuntamientos, beneficencia e instrucción pública, siempre
que se tratara de bienes que estuvieran en régimen de manos muertas. La variedad de
origen de las tierras sacadas a la venta hizo que se llamara a ésta “Desamortización
General”.
La finalidad era constituir lotes de tierras que se sacaban a pública subasta, con los
objetivos siguientes:
- Adaptar la propiedad agraria a los principios del liberalismo y asentar una
propiedad individual y libre, que pudiera ser comprada y vendida.
- Remediar el déficit crónico de la Hacienda pública. Los ingresos procedentes de
las ventas de propiedades se dirigieron a reducir la enorme deuda del Estado.
- Obtener fondos para la guerra contra los carlistas.
- Fortalecer las bases sociales del régimen liberal al ampliar el número de
propietarios como resultado de la venta de los bienes desamortizados.

Las consecuencias generales del proceso desamortizador fueron:


- Se produjo una amplia transferencia de propiedades que pasaron de una
titularidad colectiva (iglesia o ayuntamientos) a otra particular (los nuevos
compradores). Se calcula que el total de tierras vendidas por el Estado a los
nuevos propietarios se eleva a 10 millones de hectáreas (20% del territorio
español, 40% de las tierras cultivables).
- La masiva transferencia de propiedad dio lugar al aumento del número de
propietarios agrícolas. De esas ventas se beneficiaron todos aquellos que
disponían de dinero en efectivo: comerciantes, especuladores, campesinos
acomodados, pequeños y medianos labradores... Algunos accedían por vez
primera a la propiedad de la tierra, mientras que otros ampliaban su patrimonio.
En general la nobleza no destacó por la participación en el proceso de compra de
bienes desamortizados.
- Desde el punto de vista técnico, se produjeron algunos avances en determinadas
zonas. Se comenzó a extender el cultivo del maíz y de la patata, se generalizó el
uso de abonos como el guano y el nitrato de Chile.
- El déficit estatal no se solucionó, pero por lo menos se redujo. En el periodo
1836-44 se estima que la venta de bienes eclesiásticos (finalmente, la única que
se llevó a cabo a pesar del decreto de 1837) produjo un total cercano a los 3.500
millones de reales; el periodo 1855-56 arrojó un total de ingresos al Estado de
767 millones de reales, producto de la venta de bienes de la iglesia, beneficencia,
ayuntamientos y otros. Son cantidades muy alejadas de lo que se necesitaba para
enjugar la deuda del Estado.

La doble desamortización eclesiástica y civil no fue la única medida que se


determinó para liquidar el régimen económico del campo español. Para que surtiera
efecto, se acompañó de la desvinculación (supresión de la figura del mayorazgo), la
abolición del régimen señorial y la introducción de las libertades de mercado. Para que
la alteración de la distribución de la propiedad tuviera los resultados apetecidos, había
que modificar el régimen legal en su conjunto.
El proceso desamortizador no ha suscitado una opinión favorable en todos los
juicios históricos. Para empezar, faltan muchos estudios locales e incluso regionales que
detallen los mecanismos de venta y el monto total de lo vendido. Porque se sabe que en
muchas localidades se recurrió al fraude pactando de antemano la subasta. Otros
historiadores insisten en su vertiente de ataque frontal a la Iglesia; en el desastre social
que produjo al marginar definitivamente al pequeño campesino del derecho a la
propiedad de la tierra, al competir en desventaja con la burguesía o con el labrador
acomodado; otros califican la desamortización como un simple relevo de oligarquías, y
para otros, finalmente, fue la gran ocasión perdida de realizar una verdadera reforma
agraria, y no dejar la herida abierta (como en efecto sucedió, y se vio en la violencia con
que se planteó este punto en la II República).

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