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FUNDAMENTOS IDEOLÓGICOS Y TRANSFORMACIONES


INSTITUCIONALES DEL RÉGIMEN DE FRANCO.

Los regímenes totalitarios, dictatoriales y fascistas suelen tener una base


ideológica débil, de escasa elaboración intelectual, y que busca de forma oportunista
ideas que le sirvan de antecedentes. Todo ello, al servicio de proyectos que se definen
más por lo que detestan que por lo que desean.
En el caso del régimen del General Franco, su fundamento ideológico más claro
es la negación tajante del liberalismo, de la democracia liberal y del comunismo. La
expresión política de esta base ideológica fue la creación de un partido único, bajo la
jefatura máxima del propio Franco, en el que reunía en una mezcla insólita a los
miembros de Falange Española, Comunión Tradicionalista y Juntas de Ofensiva
Nacional Sindicalista. Descabezados estas agrupaciones por la desaparición de sus
líderes (José Antonio Primo de Rivera, Fal Conde y Ramiro Ledesma Ramos,
respectivamente), Franco aglutinó a los componentes, con una preponderancia clara del
elemento falangista.
De Falange Franco extrajo elementos de gobierno muy próximos al fascismo:
- Encuadramiento de la juventud mediante el Sindicato de Estudiantes
Universitarios y Frente de Juventudes.
- Sindicatos verticales.
- Encuadramiento femenino a través de la Sección Femenina.
- Control de la información.
- Estrategia de concentraciones masivas de apoyo al régimen y de culto a la
personalidad (concentraciones en la Plaza de Oriente)

El conjunto de la articulación política franquista recibió el nombre de Movimiento


Nacional.
En cuanto a las bases institucionales, la primera es la Jefatura del Estado. Franco es
Jefe de Estado, de Gobierno y del partido, gozando además de poderes excepcionales.
Este rasgo ya nos sitúa ante un estado de corte totalitario, que, a imitación de los casos
de Italia y Alemania, tendrá en su líder la máxima expresión (el líder será denominado
Caudillo).
La estructura institucional será definida por leyes fundamentales: Fuero del trabajo
(1938) y Ley de Cortes (1942). Se establecen unas Cortes (cámara corporativa no
elegida directamente), que son definidas como “órgano superior de participación del
pueblo español en las tareas del Estado”. Los representantes en Cortes, llamados
procuradores, eran designados por el poder y entre ellos se encontraban los ministros y
los miembros del Consejo Nacional. Había también procuradores natos: alcaldes de
ciudades importantes, rectores de las universidades, miembros de la jerarquía
eclesiástica… En la línea de crear un vocabulario político propio, este sistema fue
denominado Democracia Orgánica.
La justicia desapareció como poder independiente, quedando sometida al ejecutivo.
El ejercicio del poder territorial se confió a los llamados Gobernadores Civiles, que
eran además los cabezas del movimiento nacional a escala provincial.
Paralelamente al poder civil, el poder militar se asentó sobre dos pilares: los
gobernadores militares de cada provincia, y los Capitanes Generales (al frente de
demarcaciones propias de la jurisdicción militar, las provincias militares).
Por último, en estos primeros momentos de construcción del Estado de Franco, los
sindicatos, regulados por la Ley de Unidad Sindical y por la Ley de Bases de la
Organización Sindical (ambas de 1940) aplican a España el modelo fascista de sindicato
vertical (incluye a empresarios y trabajadores), corporativo, controlado por el Estado y
con afiliación obligatoria.
El diseño de Estado varió ligeramente en los años cuarenta. Por un lado, el declive
de Falange y de su peso en la organización (a raíz de un enfrentamiento entre falangistas
y carlistas en 1942). Por otro, la derrota de los regímenes totalitarios en la Segunda
Guerra Mundial. Estas circunstancias hicieron que hubiera que remodelar ligeramente la
construcción. En el plano interior, Franco pasará a apoyarse de forma casi exclusiva en
el ejército, lo que termina de perfilar su estado como una dictadura militar,
simplemente, sin más aspiraciones ideológicas. Para la proyección social, la Iglesia fue
un pilar decisivo, hasta el punto de constituir un sustrato ideológico denominado
Nacional-Catolicismo (que en algunos aspectos llegó hasta la caricatura, como al
proponer a Franco como candidato a recibir la condición de cardenal). En el aspecto
exterior, la situación posterior a 1945 propició que la dictadura de Franco entrara en los
planes estratégicos de los Estados Unidos, especialmente visible a partir de los años
cincuenta. Se firmaron tratados militares para el establecimiento de bases
norteamericanas en suelo español que iniciaron la apertura del régimen de Franco. Para
sostener esta apertura, Franco decidió “lavar la cara” al régimen, aunque de forma muy
moderada. La intención era que la imagen exterior del régimen fuera más tolerable para
las potencias democráticas, de lo que se podría sacar un claro beneficio económico. En
ese sentido, en 1951 el gobierno de Franco mantiene a falangistas y militares como
pesos pesados, pero incluye ya a elementos de la “familia” católica, menos afines a la
línea dura del Movimiento, como puede ser Joaquín Ruiz Jiménez. Se pretendía una
cierta homologación internacional que le permitiese poner fin al aislamiento a que había
sido sometida España por sus afinidades con los derrotados en la Segunda Guerra
Mundial y conseguir algunos éxitos en política exterior.
El siguiente paso se daría en 1957, con la inclusión en el gobierno de miembros del
Opus Dei, los llamados tecnócratas (Navarro Rubio y Ullastres). La política del régimen
iba a experimentar un sensible cambio, que sin alterar para nada su naturaleza dictatorial
iniciaría una reorientación de la política económica basada en el abandono de la
autarquía, la liberalización interior y la apertura al exterior.
En definitiva, el régimen de Franco se manifestó como una construcción ideológica
endeble, de carácter puramente dictatorial, muy rígida en el aspecto institucional, y que
pretendió introducir cambios económicos apoyada en la mejora de su imagen exterior.
Por ello, en ocasiones, fue necesario cambiar algo, para que todo siguiera igual