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En el dintel del acceso al palacio de la Secesión en Viena (1898) dice: “A cada tiempo su arte / A cada

arte su libertad”. A finales del siglo XIX, los +arquitectos buscaban el lenguaje para la era industrial,
el gran capital, el liberalismo racional y la metrópolis. Era un combate contra el neoclasicismo y
demás historicismos vigentes desde varios siglos atrás. Tres circunstancias –social, técnica y artística–
motivaron y soportaron la búsqueda. La industria potenció la producción y propició la migración a la
ciudad, surgieron suburbios insalubres y agudos problemas urbanos para crecientes cantidades de
población. El Palacio de Cristal (Londres, Exposición Industrial, 1851) empleó estructuras metálicas,
con molduras y capiteles ciertamente, pero muy esbeltos y con vidrieras de total transparencia que
integraban interior y exterior. Así mismo se experimentaba con el concreto reforzado –cemento con
gravilla y varillas de hierro– que se podía fundir sobre formaletas diversas. Los brasileros habrían de
llamarlo “la piedra líquida” por su maleabilidad y fortaleza. A su vez el arte moderno abandonaba la
representación –de mitologías, paisajes o retratos– para indagar en el color, las texturas o la forma
como hechos plásticos en sí mismos. En la intersección de esos tres elementos surgió la arquitectura
moderna, construida con nuevos materiales: acero, concreto y vidrio.

eatro Infantil del Parque Nacional de Bogotá (Carlos Martínez, 1935).Fotos


Marta Ayerbe
En Colombia tres instituciones forman su trípode de apoyo: la Sociedad Colombiana de
Arquitectos (1934), la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional (1936) y la
participación de jóvenes arquitectos modernos en el Ministerio de Obras Públicas. Tuvo
luego un vocero en la revista Proa (1946), para difundir la sorprendente producción a
mediados del siglo XX. Como obras pioneras resaltamos el Palacio Municipal de Medellín
(Nel Rodríguez, 1927-1935), con reminiscencias clásicas –pilastras y arquitrabes– pero en
juegos geométricos modernos. O la Biblioteca Nacional en Bogotá (Alberto Wills Ferro,
1933-1934), de simetría triádica –un cuerpo central y dos volúmenes a los lados– pero
superficies desnudas, mucha luz y carácter próximo al art decó. El director de Proa, Carlos
Martínez, hace el Teatro Infantil del Parque Nacional de Bogotá (1935) ya de formas
cúbicas y superficies lisas, de notables calidad y funcionalidad para la biblioteca y el teatro
que alberga. Descuella la Ciudad Universitaria (Leopoldo Rother, 1936) que sigue las
pautas pedagógicas de Fritz Karsen y traza dos elipses que comunican los volúmenes,
blancos y puristas, de las primeras facultades, sobre un eje desde la rectoría y la
administración hasta la zona deportiva. Igualmente el Edificio García en Barranquilla
(Manuel Carrerá, 1939) dispone apartamentos escalonados para permitir terrazas y
constituir un excelente ejemplo de arquitectura caribeña. Y en la casa Salvino (Vicente
Nasi, 1942), en la calle 53 con carrera séptima en Bogotá, contrasta un portal de piedra
correspondiente al vestíbulo interno con los volúmenes cúbicos de la fachada; o en
Medellín, el Edificio La Bastilla (Vieira, Vásquez y Dothée, 1945), despliega una fachada
en piedra e interesantes balcones curvos esquineros.
Edificio La Bastilla, Medellín (Vieira,Vásquez y Dothée,1945). Foto Carlos
Niño Murcia.
 
Son ya plenamente modernos la Imprenta de la Ciudad Universitaria en Bogotá (Leopoldo
Rother, 1949) que soluciona complejas funciones con la nueva arquitectura y que por
fortuna ha sido reeditado como el museo de arquitectura. Son tres módulos sucesivos para
los espacios de llegada, impresión y depósito, cubiertos por cáscaras curvas, en tanto que el
juego de las escaleras pauta las circulaciones que recorren espacios hermosos y de trabajo.
Significativa es la plaza del mercado de Girardot (Leopoldo Rother, 1946) una estructura en
concreto con columnas en V que sostienen las bóvedas semicilíndricas de la cubierta. Tiene
dos pisos con amplios vacíos que permiten el paso del aire, es una simple sombrilla sin
paredes de gran frescura interior contrastante con la elevada temperatura exterior. O el
estadio de béisbol de Cartagena (Solano, Ortega, Gaitán y Burbano, 1947) con pórticos de
concreto en forma de C y bóvedas en sentido transversal que completan una imagen grácil,
con amplias visuales sobre el diamante del juego. Y similar, años después, es el Hipódromo
de Techo en Bogotá (Álvaro Hermida, 1957) cuyas cubiertas vuelan sin apoyo sobre los
espectadores para darles sombra y permitir completa visibilidad sobre las pistas de carreras.
Casa Salvino, Bogotá(Vicente Nasi, 1942).Foto Marta Ayerbe.
Un renglón en el que la arquitectura moderna colombiana fue muy productiva es la
vivienda económica y colectiva. El Instituto de Crédito Territorial, el Banco Central
Hipotecario, las cajas de vivienda popular y otras entidades públicas realizaron muchos
barrios de altísima calidad, que contrastan con la penuria arquitectónica y urbanística de los
actuales planes de vivienda. El Centro Urbano Antonio Nariño (1952) es un grupo de
medianos y grandes bloques, donde aparece en Bogotá la propiedad horizontal y se
reglamentan las limitaciones para transformar la propiedad. Por esta restricción estos
conjuntos preservan su calidad original, lo que no sucede en los barrios de casas. La Unidad
Hans Drews en Bogotá (Arbeláez, Pombo y Drews, 1962) crea un oasis magnífico, con
jardines tranquilos y sobrios edificios, más todos los servicios tanto privados como
comunales.
Unidad Hans Drews, Bogotá (Arbeláez, Pombo y Drews,1962). Foto Carlos
Niño Murcia.
 
Es excelente el barrio de El Polo en Bogotá (1958), con casas de dos pisos en manzanas
peculiares por su disposición esvástica que delimita espacios comunes –hoy
desafortunadamente convertidos en estacionamientos para oficinas–, y otras de tres pisos,
todas de severa factura y carácter. O el barrio Niza en Bogotá (1964) donde se alternan
vías vehiculares con paseos verdes comunales, consolidado como uno de los mejores
conjuntos de vivienda de la ciudad. O el Complejo Paulo VI en Bogotá (1968) y sus
diversos sectores, con edificios sencillos pero correctos, y todos los servicios urbanos
como una ciudad autosuficiente. Y el extraordinario Conjunto de la calle 26, Bogotá
(Arturo Robledo y Ricardo Velásquez, 1965) con módulos escalonados encerrando una
zona verde común maravillosa.
Edificio Rueda,Bogotá (Guillermo Bermúdez, 1955). FotoMarta Ayerbe.
Se hicieron buenos edificios multifamiliares en Bogotá, como el Edificio Buraglia (Bruno
Violi, 1946) donde prima el rigor constructivo y la elegancia clásica. En el primer piso
había un amplio local para venta de automóviles y en el tercero los estacionamientos de los
apartamentos que ocupan los tres pisos siguientes. Similar es el Edificio Rueda (Guillermo
Bermúdez, 1955) formado por apartamentos dúplex distribuidos con precisión, el último
piso remata con pérgolas y jardineras, y una fachada enchapada en piedra con exactitud y
contundencia. Asimismo el Edificio Gibson (Enrique Triana, 1959), tiene un patio central y
jardines laterales que permiten asoleación correcta en un predio abierto al sur, una forma
límpida y sencilla, purismo excelso.
Edificio Buraglia, Bogotá (Bruno Violi,1946). Foto Carlos Niño Murcia.
Hay agrupaciones sobresalientes de iniciativa privada como los apartamentos de Seguros
Bolívar en Cartagena (Obregón & Valenzuela, 1967) con su forma en Z frente a la playa,
corredores y viviendas abiertas al mar, frescura y detalles muy apropiados para su lugar.
Pero el más importante de todos es el Conjunto Multifamiliar de El Polo, Bogotá (1961) en
el que confluyen dos grandes: Guillermo Bermúdez y Rogelio Salmona. Son módulos
trapezoidales que unidos generan una ligera curvatura, un generoso andén sobre la entrada
y adentro un tranquilo jardín. Hay riqueza espacial en los apartamentos por la variación de
alturas, el comedor hundido y arriba el salón, la chimenea girada y la escalera que sube a
las habitaciones dominando todo.
Edificio Gibson, Bogotá(Enrique Triana,1959). Foto MartaAyerbe.
Se hicieron casas valiosas pero casi todas han caído para dar paso en la actualidad a
edificios de apartamentos que no dejan un centímetro libre. La mejor es la casa de
Guillermo Bermúdez en Bogotá (1952), de sencillez apabullante lograda con talento y
rigor. Un único espacio, alto y cubierto por dos bóvedas, una escalera purista que sube a las
habitaciones y cuyos escalones flotan en el aire, un ventanal hacia el jardín interno y otro
alto hacia la calle inundan la casa de luz y facilitan su relación con la naturaleza. Buenas
casas se hicieron por estos años en todas las ciudades de Colombia, cito la casa Franco en
Cali (Lago & Sáenz, 1956), otras más en Cali de Borrero Zamorano Giovanelli, o en
Barranquilla, de Ricardo González Ripoll, que revelan cómo la arquitectura moderna, por
medio de sombra y brisa, aleros, quiebrasoles o calados se adecúa en climas cálidos sin
necesidad de aire acondicionado, con sostenibilidad y mucho confort. La casa de Rafael
Obregón en Bogotá (1957) representante de un paradigma en los años 50 que consiste en
grandes predios con garajes, cocinas y servicios amplios sobre la calle, enormes salones
con jardines interiores y separados de las habitaciones, estas en un solo piso en predios
grandes o en el segundo piso en predios menores, y siempre con arquitectura magnífica.
Casa Bermúdez,Bogotá (Guillermo Bermúdez, 1952). FotoCarlos Niño
Murcia.
Hubo modernidad también en universidades, varias en Medellín, Barranquilla o Cali, pero
destaco la Universidad Industrial de Santander en Bucaramanga (1953) por su espaciosa
distribución de bloques sueltos, integrados por los lugares de reunión, auditorios,
biblioteca y servicios. Son muchos los edificios de calidad, uno de ellos la Facultad de
Economía en la sede Bogotá de la Universidad Nacional (1959), expresión del
organicismo y producto de la colaboración de Fernando Martínez con Guillermo
Bermúdez, con un recorrido lleno de sorpresas y dinámicas espaciales, luces indirectas y
una hermosa biblioteca con calados en ladrillo que tamizan la luz y crean condiciones de
recogimiento y estudio. O la Facultad de Enfermería de la Javeriana en Bogotá (Aníbal
Moreno, 1965) con vigas pretensadas que alcanzan luces y voladizos atrevidos apoyados
en pilares de ladrillo o concreto, con texturas características de su autor que contrastan
con superficies blancas y lisas.
Edificio Giraldo,Bogotá (FernandoMartínez Sanabria). Foto Marta Ayerbe.
Hubo también muchas y bellas manifestaciones modernas en lo sagrado. Por ejemplo la
Iglesia de Fátima en Medellín (Antonio Mesa, 1954), de planta en cruz con bóvedas
parabólicas y una peculiar textura interna, enaltecida con vitrales, en una condición ya
diferente de una catedral gótica. O varias iglesias de Juvenal Moya en Bogotá, como la
capilla del Gimnasio Moderno (1954). Asimismo variados teatros y auditorios: un espacio
cultural sobrecogedor para escuchar la música es el auditorio de la Biblioteca Luis Ángel
Arango en Bogotá (Esguerra Sáenz & Samper, 1963). Semeja un caracol por la manera
como se ingresa en la sala, en tanto que sus paredes recubiertas con maderos suben hacia el
techo para una perfecta acústica y semejar un templo musical.
Universidad Industrial de Santander, Bucaramanga
(1953). Foto Carlos Niño Murcia.
En los clubes hubo también arquitectura selecta. Como el Club Campestre de Cali (Borrero
Zamorano Giovanelli, 1954) y sus volúmenes horizontales y ligeros en medio de un paisaje
exuberante. Otro tanto sucede en el Country Club o en Los Lagartos, en Bogotá, o en el
Club Campestre en Cúcuta. Y también la hubo en fábricas y laboratorios. Destaco la
Fábrica Squibb en Cali (Jorge Arango, 1953), una feliz síntesis de pureza volumétrica
racionalista, la sensibilidad de un gran arquitecto y ante todo la funcionalidad para la
producción industrial; los Laboratorios Abbot en Bogotá (Esguerra Sáenz Urdaneta &
Samper, 1961-1963), de un brutalismo contenido en pabellones insertos en jardines y
espacios apacibles; o la pureza extrema de los Laboratorios Vecol en Bogotá (Cuéllar
Serrano Gómez, 1970), ejemplo excelso de lugares para el trabajo.
Facultad de Economíade la Universidad Nacional, sede Bogotá (Fernando
Martínez y Guillermo Bermúdez,1959). Foto Carlos Niño Murcia.
Con respecto a edificios de oficinas hubo muchos de calidad en varias ciudades que
enriquecen nuestro patrimonio arquitectónico. Como el de Seguros Bolívar en la carrera
Décima en Bogotá (1956) con un zócalo comercial bajo y arriba plantas libres, más el uso
de todas las técnicas de luz, seguridad y confort. El Edificio del Sena en Bogotá (Esguerra
Sáenz Urdaneta & Samper, 1956) que se soporta en cuatro columnas-árbol que sostienen el
cuerpo, con una fachada equilibrada y solemne. De presencia refinada es el Edificio
Ecopetrol en Bogotá (Cuéllar Serrano Gómez, 1957), ganador en la Primera Bienal
Colombiana de Arquitectura. Se levanta sobre grandes columnas para liberar el paso al
vestíbulo de ingreso, cada piso tiene planta libre con columnas y en el último la gerencia se
distingue con un volumen abovedado que sobresale del cuerpo general. La Nacional de
Seguros, en la plaza de Santander en Bogotá (Obregón & Valenzuela, 1960) tiene una
fachada reticulada en concreto, un local bancario abajo y la escalera para subir al vestíbulo,
luego los pisos repetidos, todo nítido, esencial y muy bien construido. Y es particular la
Caja Agraria de Barranquilla (Fernando Martínez, 1961) por el uso del concreto e inmensos
quiebrasoles que permiten que el edificio tenga frente sobre el paseo Bolívar en un clima
tórrido.
 
Iglesia de Fátima, Medellín(Antonio Mesa,1954). Foto CarlosNiño Murcia.
 
Y entre la arquitectura orgánica, la expresión de mayor reconocimiento internacional para
nuestra arquitectura, están las casas Ungar, Ochoa, Calderón, Santos y Wilkie de
Fernando Martínez (años 60), planteadas como un recorrido en el que se tienen en cuenta
la topografía, el sitio y las visuales sobre la Sabana, con muros que se curvan para definir
ámbitos, conducir o enfatizar contrastes; una espacialidad que constituye un aporte a la
arquitectura universal de aquellos años. El empleo del ladrillo, como algo integrado con
los cerros bogotanos de donde se extrae este material, se condensa en el Refugio que hace
Dicken Castro en su casa (1963); de sobrecogedora sencillez, con detalles y mobiliario en
los que dialogan arcillas y maderas, interior cálido y reposado frente al hermoso paisaje
circundante; como un Cabanon corbusierano.
Club Campestre de Cali (Borrero Zamorano Giovanelli, 1954). Foto Otto
Moll González. Tomado de “La arquitectura moderna de Cali. La obra de
Borrero Zamorano Giovanelli” de RodrigoTascón.
Y con ladrillo se terminan torres, como el Banco de Crédito en Bogotá (Camacho &
Guerrero, 1985) un aporte urbano por la plazuela sobre la carrera Séptima y la escalera que
sube hacia la plaza de toros y un magistral manejo de los materiales. O las vecinas Torres
del Parque (Rogelio Salmona, 1968) donde en vez de tres bloques insípidos surge un
conjunto de gran riqueza formal. Mediante un módulo trapezoidal los cuerpos giran, en
diálogo con la plaza de toros y sin interrumpir la visual a los cerros para construir
apartamentos que observan los montes y la ciudad.
Caja Agraria, Barranquilla (Fernando Martínez Zanabria, 1961).
Hay gran sentido de modernidad en la renovación de la Plaza de Bolívar en Bogotá
(Fernando Martínez, 1960) al resolver con ingenio el desnivel entre las carreras Séptima y
Octava para formar una sola superficie. Impactó mucho la eliminación de las jardineras y
mobiliarios anteriores pero se trataba de crear el foro de las manifestaciones cívicas, un
espacio sublime enmarcado por la arquitectura histórica que lo rodea: la Catedral y el
palacio arzobispal, el Capitolio Nacional y el Palacio Liévano; además del menos acertado
Palacio de Justicia.
Casa Calderón, Bogotá (Fernando Martínez Zanabria,1963). Foto Carlos
Niño Murcia.
Y el proyecto más importante de la arquitectura moderna en Colombia: el Centro
Internacional de Bogotá. Un conjunto concebido durante muchos años (1950-1970), con
diseños de Cuéllar Serrano Gómez y Obregón & Valenzuela. Cada parte es soberbia, y
todas comparten la plataforma peatonal y un estacionamiento inferior para más de mil
carros, y así logran este nodo urbano, un referente del acervo cultural que debemos
proteger.
Casa Wilkie, Bogotá(Fernando MartínezZanabria, 1962). Foto Carlos Niño
Murcia.
Si en el período anterior se dio la “época de oro” de la arquitectura colombiana (± 1950-
1965) este segundo momento (1970-2018) comienza con un tiempo (1970-1990) menos
brillante y escasas obras importantes, si bien las generaciones siguientes han resurgido con
imaginación y en todo el país.
Edificio Banco de Crédito, Bogotá (Camacho& Guerrero,1985). Foto Carlos
Niño Murcia.
En la vivienda encontramos la casa de Jorge Rueda en los cerros orientales de Bogotá
(1970) que prosigue con el ladrillo la vista, el manejo artesanal y sensible de los materiales,
arcilla y madera, integrado con jardines y un juego de luces y sombras en espacios plácidos
e íntimos. La Casa de la Queja, en el barrio San Antonio de Cali (Benjamín Barney, 1990-
2000) ejemplifica cómo trabajar en barrios históricos. Una fachada sencilla integrada al
entorno urbano y adentro los principios tradicionales de corredor y patio con materiales
sobrios, manejados en sentido moderno y en medio de profusa vegetación con la que se
logran aireación y frescura muy adecuadas para el lugar.
Centro Internacional,Bogotá (Cuéllar SerranoGómez y Obregón& Valenzuela
1950-1970). Foto Marta Ayerbe.
 
El Edificio Cusezar en Bogotá (Cuéllar Serrano Gómez, 1970) de excelente hechura: una
nítida fachada con una retícula en concreto y, adentro, unos apartamentos mirando a la
ciudad sobre el Gimnasio Moderno. El Edificio Colinsa en Bogotá (Fernando Martínez,
1969) tiene un muro cerrado por el sur y al oriente habitaciones escalonadas, hacia el
poniente se abre hacia la Sabana con terrazas y ventanas muy horizontales. Llamativo es el
quiebre geométrico entre los ventanales y el comedor del último piso, o esos muros que
rematan la fachada para proteger la terraza superior. Y el Sendero del Chicó (Guillermo
Bermúdez, 1979) cuya simétrica disposición alcanza trascendencia clásica, de pautas
diagonales para los salones que sobresalen y los comedores atrás, todo con rigor y recio
carácter.
Edificio Colinsa,Bogotá (Fernando Martínez Zanabria,1969). Foto Marta
Ayerbe.
El Edificio Avenida 82 en Bogotá (Ernesto Jiménez, 1995), distinguido en la XIV Bienal
Colombiana de Arquitectura, presenta balcones profundos en la fachada y remates
espigados en una composición armónica y de apartamentos luminosos. En la misma ciudad
y del mismo autor (Jiménez & Cortés Boshell, 1990) el Conjunto Campoalegre compuesto
por bloques que delimitan un jardín privado común donde hay silencio y recogimiento. O el
Conjunto Parque Central Bavaria, Bogotá (varios autores, 1989) enmarcando una plaza
pública mediante una rítmica secuencia de volúmenes en la parte alta y un aporticado
comercial en el piso bajo. Es asimismo muy apacible la agrupación en la Avenida La Playa
en Medellín (Ana Elvira Vélez, 2004), de apartamentos económicos de área libre y núcleos
de servicios, con posibilidades adaptables a las cambiantes necesidades de una familia. Y
de la misma arquitecta la Urbanización Atlántida (Medellín, 1996) con ingeniosas unidades
escalonadas horizontal y verticalmente para acoplarse a la topografía, en tanto que cada
entrada se marca gracias a su retroceso y un balcón en voladizo que la cubre. Y para
terminar, ejemplos de vivienda, en Medellín el Edificio Guayacán de Aviñón 2 (2007) entre
los muchos de Carlos Pardo y la firma Obranegra, de gran oficio, belleza y eficacia.
Edificio Avenida 82,Bogotá (Ernesto Jiménez,1995). Foto Marta Ayerbe.
Entre las edificaciones universitarias sobresale el Edificio Lleras en la Universidad los
Andes en Bogotá (Daniel Bermúdez, 1989, asesorado por su padre, el gran arquitecto
Guillermo Bermúdez). Un lugar particular, un edificio terraza que casi no se ve pero que
resuelve la entrada norte a la Universidad y conforma una plaza circular convertida en su
nodo cívico. O la Sede Amazonas de la Universidad Nacional en Leticia (Santiago Moreno,
2007) que asimila sin pintoresquismos la arquitectura indígena: grandes cubiertas,
atravesadas por las brisas pero hecha con materiales modernos, además, con una
composición de volúmenes que genera espacios variados y para las condiciones climáticas
del lugar.
Conjunto Parque Central Bavaria, Bogotá (varios, 1989). Foto Marta Ayerbe.
En este período se hacen muchísimos colegios en todas las ciudades del país, e indudables
aciertos de nuestros buenos arquitectos. Señalo el sentido experimental de las propuestas de
Giancarlo Mazzanti, con el Kindergarten de El Porvenir, Bogotá (2009) y sus prismas
dispuestos irregularmente pero integrados por una pérgola circular y otra quebrada para
generar caminos y ambientes didácticos variados y en positivo contraste con el entorno
popular donde sirve. O el Kindergarten Timayui en Santa Marta (2011) de bloques de tres
aulas acopladas en torno al espacio central, con cubiertas muy inclinadas para refrescar el
aire por efecto chimenea y dar confort a los niños.
Agrupación Avenida La Playa, Medellín (Ana Elvira Vélez,2004). Foto
Carlos Niño Murcia.
De arquitectura religiosa cito la capilla para los Campos de Paz en Medellín (Laureano
Forero y Rodrigo Arboleda, 1975), un despliegue sobre una grieta de luz central de
elementos de concreto desplazados y ascendentes, como unas manos en oración en un
ambiente de recogimiento y mística. La nueva Catedral de Sal de Zipaquirá (Roswell
Garavito, 1992) es más pequeña que la vieja catedral pero igualmente grandiosa. Se
ingresa por el camino del viacrucis con estaciones elaboradas sobre la roca salina; luces,
colores y formas bien diseñadas llevan hasta la iglesia misma. Montaña horadada, pilares
enormes, bóvedas y penumbra en un espacio espiritual. Y luminosa es la iglesia del
colegio Los Nogales en Bogotá (Daniel Bonilla, 2001), en concreto finamente fundido y
un muro lateral que se convierte en puerta de hojas enormes que se abren para integrarse
con los patios, más mobiliario y elementos complementarios de refinado diseño.
Urbanización Atlántida, Medellín (Ana Elvira Vélez, 1996). Foto Carlos
Niño Murcia.
Para instalaciones deportivas destaco la Unidad Deportiva de El Salitre en Bogotá
(Camacho & Guerrero, 1970). Un coliseo de planta cuadrada dispuesto en diagonal para
ubicar las graderías a los lados, en el medio la cancha con cubiertas inclinadas y una
claraboya triangular superior que la ilumina. Años después se hizo en la misma ciudad el
Centro Recreativo Compensar (Motta & Rodríguez, 1992), en el que llama la atención el
edificio recostado a un lado y su organización longitudinal que articula la secuencia de las
canchas. En tiempos recientes el grupo Paisajes Emergentes (Mazo Mejía & Callejas, 2010)
diseña el Complejo Acuático en Medellín, piscinas para competencias con camerinos y
servicios, en concretos a la vista y texturas especiales, más patios formando ambientes
menores de luces y aireación convenientes.
Edificio Guayacán, Medellín (CarlosPardo y Obranegra, 2007). Foto Carlos
Niño Murcia.
En cuanto a la cultura, sobresalen el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional
sede Bogotá (Eugenia de Cardoso, 1972), exterior escueto de paredes blancas cerradas, solo
abiertas abajo en el vestíbulo y las oficinas, y adentro la espectacular sala como una espiral
abanicada de madera, perfectas visuales al escenario y acústica correcta. La Biblioteca
Virgilio Barco (Rogelio Salmona, 1999-2001) como un parque completo con senderos,
terrazas y espacios de juego en medio de generosa vegetación. Se llega a través de patios
amplios hasta una fuente escalonada monumental antes del ingreso. Adentro es un remolino
circular con los servicios y la hermosa sala con aperturas hacia estanques exteriores; al lado
los auditorios, áreas de exposiciones y cafeterías y en la cubierta un teatro al aire libre y,
sobre todo, un paseo en contacto con el cielo y el paisaje bogotano. Del mismo autor es el
Fondo de Cultura Económica en el centro histórico de Bogotá (2005): un pórtico sobre la
calle continúa los paramentos coloniales y luego irrumpen patios internos, públicos,
modernos y amplios. Luego el auditorio y la librería del fondo, y arriba un excitante
recorrido para percibir la ciudad y los cerros.
Kindergarten de El Porvenir, Bogotá (Giancarlo Mazzanti, 2009). Foto
Rodrigo Dávila, cortesía Giancarlo
Mazzanti.
Al Museo del Banco de la República (E. Triana y J. C. Rojas, 2001) se ingresa por la
colonial Casa de la Moneda y el edificio republicano del museo anterior, atravesando
épocas hasta llegar a patios modernos que se comunican con la plazuela sobre la esquina de
la iglesia de La Candelaria en Bogotá. Una arquitectura prismática, elegante y pura con una
escalera entre una ranura espacial que comunica las calles 10 y 11, o conduce a las salas de
exposición. Y de similar pureza, dentro de la diversidad del repertorio moderno, el Pabellón
del Café en uno de los patios del Museo Nacional en Bogotá (Leonardo Álvarez, 1999) se
inserta con respeto en el viejo panóptico. Estructura de acero y vidrio, transparencia y
contundencia en afortunado diálogo con las pesadas mamposterías de la cárcel, ahora
convertida en urna de la cultura colombiana.
Capilla del colegio Los Nogales, Bogotá(Daniel Bonilla, 2001).Foto Juan
Carlos Sancho/cortesía colegio
Los Nogales.
Se han hecho muchas bibliotecas en varias ciudades. Una es la Biblioteca de El Tintal
(Daniel Bermúdez, 2000) de fuerte impacto social, un imaginativo reciclaje de
compactadoras de basura transformadas en centro cultural para beneficio del occidente
popular de la ciudad de Bogotá. Sus formas en concreto exhiben unos bolsillos cenitales
que iluminan las salas de lectura con la sencillez y el rigor tectónico propio de su autor. Y
en Medellín, la Biblioteca de San Javier (Javier Vera, 2005) de cuerpos escalonados de
concreto, arquitectura sencilla y bien construida, amplias terrazas y una riqueza interior
de variados niveles; o la Biblioteca de Belén (Hiroshi Naito, 2007) en un barrio central de
la ciudad donde reconocemos la arquitectura tradicional colombiana y también la
japonesa de la mejor calidad, maderas, formas simples, patios y estanques en una
afortunada confluencia de dos herencias profundas fundidas en un proyecto moderno.
Capilla para los Camposde Paz, Medellín (Laureano Forero yRodrigo
Arboleda, 1975).
También reelaboran la tradición los proyectos en guadua de Simón Vélez, como el Pabellón
Zeri, realizado para Hannover, Alemania (2000) y reconstruido en Manizales como
propuesta de potenciar de modo moderno ese material ancestral de nuestras tierras
cafeteras. Mediante inyección de concreto en las juntas se logran nudos resistentes y de
gran belleza en composiciones geométricas clásicas de magnífica espacialidad. O el Parque
Educativo en Vigía del Fuerte, municipio de Antioquia (grupo Taller Síntesis, dirigido por
el arquitecto Farid Maya, 2013) que utiliza técnicas y materiales tradicionales elaborados
en clave contemporánea. Resuena la índole de las casas vecinas, su sentido espacial y
constructivo pero ahora con sofisticación profesional. Y el Edificio Ágora en Bogotá
(Daniel Bermúdez y otros socios, 2017) un hito cultural que conjuga la sencillez formal del
prisma con un rico interior que adopta la nueva tecnología, y potencia la comunicación y la
expresión de nuestras gentes.
Complejo Acuático,Medellín (Paisajes Emergentes, 2010).
En la dimensión urbana, a finales del siglo XX y en este siglo XXI la arquitectura ha vuelto
su atención sobre la ciudad para enriquecerla, para valorar el espacio público y concebir la
arquitectura como irreemplazable aparato de construcción de ciudadanía. Representativo de
esta visión es el paseo urbano de la carrera 15 (F. Cortés, 1995) entre la avenida Chile y la
calle 100 en Bogotá, que reorganiza una calle comercial desordenada para construir
andenes bien pensados, con mobiliario especial y renovada arborización. De igual forma la
Carrera 14 en Armenia, dignifica los andenes y prioriza al peatón, sin carros estacionados
encima, con circulaciones definidas, pisos bien pensados, arborización renovada, bancas y
áreas de descanso, como lugares de acogida y comunicación.
Biblioteca de San Javier,Medellín, (JavierVera, 2005).Fotos Carlos Niño
Murcia.
La Plaza de los Pies Descalzos en Medellín (2000, de Pérez, Vélez, Spera y Uribe) es
admirable por su sencillez y la diversidad ofrecida a los visitantes: adultos y jóvenes que
reposan o se quitan los zapatos, y niños que juegan con chorros de agua o en la arena,
diversidad lúdica de ámbitos y no un mero espacio libre, descanso y observación, buen
diseño y urbanidad. Y son muchos los parques que surgen en Colombia, como el Parque del
Agua en Bucaramanga (Lorenzo Castro, 2004), con cauces y estanques distintos e
integrados a exuberante arborización, mobiliario y arquitecturas de preciosa factura. O el
Orquideorama en Medellín (Plan B Arquitectos, 2006) componente de varias buenas obras
en el Jardín Botánico, una sombrilla urbana con florecientes columnas de acero y madera,
como árboles cuyas copas se abren al cielo con sentido tectónico y ecológicas sugerencias.
Unidad de Vida Articulada (uva) delbarrio San Miguel,Medellín (Colectivo
720, de M. F. Camargoy L. Tombé, 2014).Foto Carlos NiñoMurcia.
 
De mucho valor, dentro de numerosos proyectos urbanos hechos en todo el país, es la
Ronda del Sinú en Montería (J. J. Parra y C. Villamil, 2005) que recupera una zona
abandonada para transformarla en paseo con arte, quioscos, monumentos y feraz
vegetación. Un sitio acogedor que convoca a todos en convivencia y solidaridad. O el
proyecto piloto para la quebrada Juan Bobo (liderado por la Empresa de Desarrollo
Urbano de Medellín, 2006) una renovación de gran escala que reconoce familias que
ocupaban la ronda y, sin expulsarlas de allí, las traslada a nuevos edificios en la misma
zona. Un proyecto integral de vivienda, espacio público, recuperación paisajística y
equipamientos que articula el sector al resto de la ciudad.
Orquideorama enMedellín (Plan b Arquitectos, 2006).
Una iniciativa no realizada todavía es el Proyecto de los Ministerios, en el centro histórico
de Bogotá (J. P. Ortiz, 2012), que identifica y respeta los edificios patrimoniales, integra el
trazado urbano del sector y crea una ciudadela nueva con pasajes, patios y plazas internas
que se tejen entre los edificios patrimoniales y acogen las actividades tradicionales que allí
suceden actualmente, y arriba los bloques de las oficinas. Y como parte de un gran plan
urbano para recuperar los tanques de agua en Medellín y convertirlos en parques y puntos
de encuentro, con dependencias culturales y servicios a la población, se concretan varios,
en diferentes topografías y sectores. Por ejemplo la Unidad de Vida Articulada (UVA) del
barrio San Miguel (Colectivo 720, de M. F. Camargo y L. Tombé, 2014) donde los tanques
cilíndricos determinan paseos y terrazas circulares, con espectaculares visuales sobre la
ciudad y una espacialidad barroca de aspecto moderno y límpido. Manifestación de nuevas
generaciones de arquitectos en espacios cívicos y lúdicos que enriquecen la ciudad.
 

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