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Taller – Núcleo 3: Pobres Iglesia pobre, para los pobres y de los pobres

IGLESIA POBRE, PARA LOS POBRES Y DE LOS POBRES

Pablo Bonavía, Pbro1

Breve descripción de la temática

La construcción de una Iglesia que realmente configure su vida desde la opción por los pobres,
siempre será un tesoro a descubrir y un compromiso a profundizar, con el riesgo de quedar en un
nivel puramente retórico. Este taller indaga sobre la Iglesia y los pobres en la historia reciente, desde
una perspectiva latinoamericana, acentuando la Iglesia pobre, para los pobres y de los pobres.

Aclaraciones previas

(1) Este espacio es un taller: no hay meros oyentes. Todos los que participamos somos
responsables de lo que conversemos, lo que construyamos juntos y de las conclusiones a las que
lleguemos. (2) Comenzaremos presentándonos y exponiendo en una palabra o frase lo que nos ha
movido a inscribirnos en este taller. (3) Tendremos en cuenta que el Congreso intenta privilegiar las
experiencias más que los contenidos, la reflexión hermenéutica más que la teórica o retórica, las
miradas al futuro más que al pasado.

1. La parábola de Luis

Comencemos con una parábola, en este caso propuesta a partir de un cuento de Tony de Mello.
Luis era un hombre joven, de tradición cristiana, que, gracias al apoyo de su familia, su espíritu
emprendedor y un trabajo bien remunerado, se había ido rodeando de muchas cosas con las que
siempre había soñado. Había logrado mejorar poco a poco su nivel de vida y se sentía cada vez más
valorado entre sus amigos y conocidos. Esta situación le daba una gran independencia y le

1
Es sacerdote de la arquidiócesis de Montevideo, actualmente párroco en una zona suburbana del barrio La Cruz de
Carrasco. Profesor de teología fundamental en la Facultad de Teología del Uruguay. Miembro de la coordinación
continental de Amerindia.

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posibilitaba, además, ayudar con dinero a personas pobres o que estaban pasando por momentos
de apretura, que quedaban siempre muy agradecidos con él.

Sin embargo, con el tiempo, Luis empezó a sentir un creciente malestar. Fue cayendo en la cuenta
de que, a pesar de su independencia económica, estaba en realidad cada vez más preso de las
cosas con las que se había rodeado. Apenas lograba hacerse de algo que supuestamente le iba a
dar una satisfacción duradera surgían nuevas ‘necesidades’ que lo hacían sentirse mal, lo obligaban
a vivir más apurado y a trabajar más duro para satisfacerlas. Por otra parte, la imagen de suficiencia
y generosidad que tenía entre sus conocidos hizo que unas cuántas personas se le fueran arrimando
por interés más que por un verdadero aprecio. No pocas veces tuvo la desilusión de verse utilizado
por otros, lo cual lo hacía sentirse mal y muy solo.

En medio de un estado de desilusión y tristeza, motivado por su antigua formación cristiana y


carácter decidido, Luis resolvió cambiar radicalmente de vida. Se desprendió de sus pertenencias,
dejó su trabajo y pasó a vivir de la mendicidad. Se lo veía caminar por el pueblo conversando
animadamente con la gente, por las plazas o en sus casas y con una mochila al hombro en la que
iba poniendo lo que le daban: alimentos, ropa, algún objeto de valor… Se lo notaba alegre, cosa que
muchos no comprendían. Su relación con las personas había cambiado: había pasado de una
actitud de suficiencia a otra de humildad. Lo que más llamaba la atención era que, si bien
conversaba con cualquier persona que se le cruzara, se dedicaba sobre todo a compartir con la
gente más pobre. Parecía estar buscando algo especial en esas personas consideradas ignorantes y
fracasadas...

Un día se le acerca otro mendigo que había pasado varios días sin comer y le pregunta si no tiene
algo para compartir con él. Luis abre de inmediato su mochila, desparrama su contenido y le dice
que tome lo que quiera. El mendigo miró con atención lo que había dentro del morral y vio algo que
brillaba: una perla. Pensó que si en vez de pedirle algo de comida le pedía esa perla tendría
asegurado el alimento por varias semanas. Entonces le preguntó a Luis si estaba dispuesto a darle
lo más precioso que tuviera. La respuesta no se hizo esperar: “sin duda, toma lo que sea de más
valor para ti”. El hombre no titubeó: tomó la perla, hizo un gesto de agradecimiento y siguió
rápidamente su camino. Sin embargo al otro día el mendigo volvió al lugar y, para sorpresa de Luis,

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le devolvió su perla diciéndole: “ayer te pregunté si estabas dispuesto a compartir conmigo lo más
valioso que tuvieras y tú me dijiste que sí. Pero anoche no me podía dormir pensando que, en
realidad, lo más precioso que tienes no es la perla sino lo que te permite desprenderte de ella sin
dudarlo y con alegría. Eso es, evidentemente lo más valioso que tienes y ahora te ruego por lo que
más quieras: ¡compártelo conmigo!”

2. La Iglesia y los pobres en la historia reciente

En los últimos decenios la relación de la Iglesia con los pobres pasó por un complejo proceso que
permitió descubrir en nuestras prácticas la existencia de miradas, actitudes y niveles distintos que,
lejos de excluirse, se remiten unos a otros.

Un primer nivel está marcado por el descubrimiento del escándalo que significan la pobreza, la
desigualdad y la marginación en un mundo con bienes suficientes para todos. Se privilegian las
actividades que vuelcan recursos materiales y técnicos en los sectores marginados. Predomina la
imagen de una Iglesia “para” los pobres.

Un segundo momento surge al descubrir la insuficiencia de un vínculo que pone a los pobres sólo
como destinatarios de la acción social, sin acoger sus iniciativas, su experiencia y su cultura. El
centro estará en promover relaciones de creciente horizontalidad tanto a nivel personal como
institucional. Un cambio que incluye a los “otros” de nuestra sociedad: mujeres, indígenas, negros,
migrantes, discapacitados, adictos, homosexuales… La imagen predominante es la de la Iglesia
“con” los pobres y los excluidos.

El tercer momento irrumpe a partir de una perspectiva típicamente evangélica: la opción por los
pobres que hace el Dios de Jesús. Un Padre cuyo amor, precisamente por ser universal,
incondicional e inmerecido, pone de relieve que los pobres son el único lugar de universalidad real.
Los pobres y su causa han de estar cada vez más en el centro de la misión e identidad de la Iglesia
toda. Es la Iglesia “de” los pobres . Algo que, en nuestro mundo desigual, excluyente y “líquido”, sólo
puede asumir con verdad una “Iglesia pobre” centrada en el Dios que “siendo rico se hizo pobre para
enriquecernos con su pobreza”.

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3. Algunos aspectos relevantes

En esta trayectoria podemos subrayar algunos aspectos especialmente relevantes:

- Nuestra opción por los pobres y excluidos es de “raíz teologal” antes que ideológica, política o
de estrategia pastoral, aunque éstas deban mediar históricamente aquella. Antes que una
obligación ética es una confesión de fe, una verdad acerca de Dios y su forma de ser. Dios es el
primero que opta por los excluidos, y lo hace desde los comienzos mismos del relato bíblico cuando
escucha el clamor de Abel y sale en su defensa dirigiendo a Caín una pregunta que nos interpela a
todos: “¿Dónde está tu hermano?”. Se trata de una experiencia espiritual que es vivida con
intensidad en el seno de muchas comunidades laicales y religiosas en América Latina y el
Caribe, que fue recogida por la tradición Medellín-Aparecida y que ha sido asumida cada vez
más expresamente por el magisterio papal y episcopal de los últimos años 2.

- Aún en medio de crecientes desigualdades sociales y cierto repliegue de la Iglesia hacia la


autoreferencialidad, la experiencia espiritual, social y pastoral ha permitido un giro muy
significativo en la relación de la Iglesia con los pobres. ¿En qué consiste? En que se considera
este vínculo no sólo desde lo que la Iglesia puede hacer por los pobres sino desde lo que los
pobres hacen en y por la comunidad eclesial. Algo que implica no sólo un cambio en la
comprensión de la fidelidad de la Iglesia a su identidad más profunda sino también el más
original aporte de la comunidad cristiana a la humanización de este mundo, escandalosamente
desigual y discriminatorio.

- Es lo que proclama con fuerza el papa Francisco en un texto de “La Alegría del Evangelio” que
asume y sintetiza las enseñanzas dejadas por la experiencia histórica a la que hemos aludido.

2
Vale recordar en este sentido las palabras de Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte (2001): el texto sobre el juicio
final de Mateo 25 “no es una simple invitación a la caridad sino una página de cristología que ilumina el misterio de
Cristo” (n. 49). O las del discurso inaugural de Benedicto XVI en Aparecida diciendo que “la opción preferencial por los
pobres está implícita en la fe cristológica”. O el propio documento final de la V Conferencia que afirma taxativamente: “los
rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo: ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la
pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo tiene que ver con los pobres y todo lo
relacionado con los pobres reclama a Jesucristo” (DA, n. 393).

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Luego de reafirmar que es la inseparable relación de los pobres con Cristo la que determina la
relación de la Iglesia con ellos dice: “por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos
tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores
conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva
evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el
centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles
nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos , a escucharlos, a interpretarlos y a
recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (EG, n. 198).

- Por eso, revisar nuestras prácticas desde la perspectiva de una Iglesia que se siente llamada a
aprender de los pobres, a reconocer su fuerza salvífica y a dejarse evangelizar por ellos, no es
conversar sobre un tema más. Es asumir un aspecto originario y profundamente contracultural
de nuestro seguimiento de Jesús. Algo que involucra no sólo a los grupos que por carisma están
directamente comprometidos en actividades solidarias con los excluidos, sino a la Iglesia toda
que los quiere poner en el centro de su camino. Dice Víctor Codina: “ tanto la opción por los
pobres como el esfuerzo por evangelizarlos, por nobles y necesarios que sean, no dejan de
considerar a los pobres como objeto de la solidaridad y la evangelización de la Iglesia… Pero
podemos preguntarnos si no podemos dar un paso más. Cuando Juan XXIII un mes antes del
Vaticano II, el 11 de septiembre de 1962, habló de la Iglesia de los pobres, seguramente
entrevió una Iglesia en la cual los pobres no solo eran objeto de compromiso y evangelización
para la Iglesia, sino sujeto de configuración eclesial”.

- Esta opción, obviamente, no se puede dar por supuesta. La construcción de una Iglesia que
realmente configure su vida desde esta perspectiva siempre será un tesoro a descubrir y un
compromiso a profundizar. Y corre el riesgo de quedar en un nivel puramente retórico. Por eso el
propio Francisco nos hace un pedido expreso: “temo que también estas palabras sólo sean
objeto de algunos comentarios sin una verdadera incidencia práctica. No obstante, confío en la
apertura y las buenas disposiciones de los cristianos, y les pido que busquen comunitariamente
nuevos caminos para acoger esta renovada propuesta” (EG, n. 201).

* * *

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Clamores

Hemos de aprender siempre de nuevo a descubrir los verdaderos clamores de las/os pobres y
excluidas/os: mujeres, indígenas, negros, migrantes, discapacitados, adictos… A veces suponemos
cuáles son y qué significan sus demandas tomando a nuestra cultura como modelo y desde ahí
pensamos propuestas, servicios y aportes. Saber escuchar a los otros, especialmente a los
“ninguneados” por la sociedad, supone pasar de una relación “ilustrada”, donde unos dan y otros
reciben, a otra de carácter mutuo, recíproco. Se trata de “alterar” la mirada y crear un nuevo
“nosotros”.

- ¿Cuáles son hoy los clamores de los pobres? ¿En qué sentido se han complejizado en una
sociedad crecientemente desigual, ecológicamente depredadora, y de relaciones “líquidas”?

- ¿Cómo afectan estos clamores a la comunidad eclesial? Por ejemplo: en la forma de seguir a
Jesús, en la interpretación de la Palabra, las celebraciones litúrgicas, las relaciones
comunitarias, el rol de la mujer, las iniciativas de solidaridad, la dimensión festiva, el lenguaje
simbólico, la economía comunitaria …

- ¿Cómo llegan y qué impacto tienen en las instancias de decisión de nuestra Iglesia?

- ¿Qué relación tienen esas demandas con nuestra participación ciudadana en las luchas y en las
organizaciones que los pobres llevan adelante?

- ¿Qué papel ha de jugar la VC en la “recepción” de esos clamores al interior de la Iglesia?

Convicciones

El objetivo en relación a los pobres no es “incluirlos” para que sientan, piensen y actúen como el
resto de la sociedad tomada como norma, porque ésta se estructura en buena parte sobre

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relaciones de exclusión. El objetivo es aportar lo mucho o poco que podamos para que construyan
su vida personal y colectiva a partir de su historia, valores, prioridades, dignidad, etc.

- ¿Qué convicciones nos permiten asumir esta manera de vivir la relación de la Iglesia con los
pobres?

- ¿Qué fundamentos bíblicos iluminan estas convicciones?

- ¿Qué experiencias vividas nos han ayudado a descubrir y hacer nuestro este horizonte
típicamente evangélico?

- ¿Cuál es el sentido y la misión de la VC en la sociedad y en la Iglesia en relación a los


excluidos?

- ¿Qué convicciones de tipo antropológico y socio-pedagógico apuntan a la necesidad de apoyar


las iniciativas, los valores y la originalidad cultural de los pobres y a articularlas cada vez más
entre sí? (Cf. Discurso de Francisco a los movimientos populares).

- ¿Cuál es la Importancia del lenguaje simbólico y la dimensión festiva al interior de un


compromiso enraizado en la buena noticia y la fe pascual?

Compromisos

Sugerimos algunos posibles puntos a tener en cuenta, a modo de compromisos:

- Ofrecer espacios de vida compartida que sean una alternativa real a los vínculos de indiferencia
y exclusión de nuestras sociedades. Tener la experiencia de que “mucha gente pequeña en
lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo” (Eduardo Galeano).

- A partir de una nueva forma de estar presente entre los pobres aprender con ellos a reconocer
nuestras propias vivencias de pobreza, de impotencia, del sentirnos necesitados, del tener

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errores y contradicciones. Decía Jung: “yo admiro a los cristianos que cuando ven a alguien que
tiene hambre, visitan a un preso o acogen a un extranjero, ven en él a Jesús. Lo que no entiendo
es por qué ustedes no ven a Jesús en su propia pobreza. ¿Por qué Jesús está siempre en el
pobre, fuera de ustedes, mientras lo niegan en la pobreza que llevan adentro?”

- Articular más claramente las dimensiones mística y festiva al interior de nuestros compromisos
con los pobres y sus causas. En la “sociedad del espectáculo”, que invita a quedarse en la
superficie y no involucrarse, promover el desarrollo de una interioridad vigorosa y comprometida
con los otros.

- Hoy el testimonio de amor hasta el martirio de muchos cristianos pone de manifiesto la


dimensión contracultural e inevitablemente conflictiva del seguimiento de Jesús. Esto nos invita
a integrar en nuestra solidaridad con los excluidos el rechazo de los mecanismos que los
oprimen.

- Aprender y promover un uso responsable y solidario de las nuevas tecnologías mediáticas que
no desplacen el encuentro real y la solidaridad con las personas en su situación histórica.

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