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Los vínculos amorosos: ser amador como co-identidad debida

1. ¿El amor incondicional admite ser debido en justicia?

Los lazos amorosos que se conviven en la familia, el conyugal y los consanguíneos, tienen
características sorprendentes y exclusivas. Algunas, en un primer momento, chocan a la razón y
hasta parecen contradecir aquella gratuidad y libertad que es el sello del íntimo vínculo que une
a los amadores y que no existe en el resto de nexos sociales. ¿Un vínculo de amor o, si se
prefiere, un amor que vincula, es decir, que se debe? Y un vínculo, si hablamos con propiedad
¿no es algo que ata, que obliga a cumplir? ¿Eso no es una contradicción con la libertad y
gratuidad del amor?

a. Corazón, experiencia y razón

Hay ahí un paisaje insospechado, donde el amor incondicional a la persona desnuda se vincula
con la entraña de la justicia. A la razón parece incomodarle, supuesta la libertad y la gratuidad,
que la “idea” del amor copule con la “idea” de una obligación de justicia. Ya sabemos –y conviene
ahora no olvidarlo- que no es la idea de la razón el sujeto del amor, la “amadora” en sentido
riguroso, sino el quien personal íntimo. Y, esto supuesto, nos encontramos con la sorpresa que,
aquello que el discurso racional puede ver muy problemático, en la vida ordinaria de un hogar
cálido y amoroso sus familiares lo viven con sencilla espontaneidad, sin tener que celebrar cada
amanecer sesudos simposios.

Pongo un ejemplo minúsculo y común: ¿acaso no esperan nuestros hijos que les demos de
comer, cobijo y vestido? ¿Lo esperan con aquella incertidumbre y distancia íntima con la que un
desconocido y casual mendigo nos solicita pan, algo de ropa y, si es posible, dinero en metálico?
¿No tenemos clara y habitual conciencia, los padres y las madres, que tenemos obligaciones con
nuestros hijos? ¿No consideramos una injustísima conducta, un grave y desagradecido desamor,
la de aquellos hijos que abandonan a sus padres, ancianos y enfermos, dando la espalda al amor
y cuidados que de ellos recibieron? Claro que sí. Y esas convicciones profundas y sus obras ¿son
producto de las conclusiones de un discurso cultural relativo y cambiante o, más bien, son
disposiciones del corazón humano que ama y lo actúa? Este orden jerárquico es importante:
¿primero de la razón y de ahí, después, al corazón? O ¿primero del corazón y desde allí al
discurso intelectual y cultural? No es la razón la fuente inventora, el origen sin origen, de nuestro
ser amadores. Es en la estructura y dinámica de nuestro ser coexistencia, en cuanto personas,
donde está la fuente, el sello y la energía radical del amar. Pero, no es menos cierto, que no
podemos vivir con acierto y verdad aquello que ignoramos por completo o aquello donde
erramos severamente. Además, lo que somos –que vamos descubriendo y realizando al vivirlo-
lo encarnamos en modelos culturales históricos, esto es, en nuestro aquí y ahora, no fuera de
un tiempo y espacio histórico. Así pues, recurrimos a la razón para mejor amar con el corazón.

Ahora bien, la razón acude a la cita con un cierto retraso respecto del amar. Viene estando
nosotros ya amando. La cosa parece clara: éramos unos bebés, sin saber hablar ni andar, pero
sí sonreír a las caricias de nuestros padres. Estas sonrisas no son una mueca sin significado. Y

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esas nuestras primeras sonrisas ¿no eran ya la amante correspondencia de un amado infantil?
Pero, a su vez, ¿no estaba presente en la respuesta sonriente del bebé también su mente con
su cerebro en pleno e inacabado proceso de conformación, que, sin todavía uso de la razón, ya
le hacía reconocer una caricia amorosa y le enseñaba a corresponder? Aprendemos a amar
amando. La razón, sin corazón, no ama por mucho pensar, pues la idea de amor no ama. Pero el
corazón, para aprender a amar y prosperar, le pide luz a la razón. Le basta una pequeña dosis.
Porque somos radicalmente amadores, podemos darnos y acoger sinceros y enteros sin
necesidad, previamente, de obtener un doctorado y escribir un libro sobre ello. Pero la pequeña
dosis de conocimiento racional, que necesita nuestro corazón para querer y poder darse entero,
ha de ser verdadera. Entendimiento y voluntad trabajan de la mano, sin embargo, la voluntad
de amar puede ser muy grande con un aporte racional pequeño…, con tal de que esa dosis
intelectual sea cierta. Cuando una madre, por ejemplo, pone por primera vez en su regazo a su
bebé recién nacido, siente adentro y dice: ¡“hijo mío”! ¿Sabe cómo será su personalidad y su
vida? Lo ignora. Pero si conoce ya una dosis esencial: ¡es mi hijo! ¡soy su madre! Y pese a ser
primeriza, cuando dice “hijo” y se reconoce “madre”, lo puede hacer –y de hecho lo hacen la
mayoría de las madres- implicándose entera y sincera, comprometiendo su amor de por vida,
pese a ignorar tantas y tantas cosas de su hijo. Y ¿cómo un bebé, sin uso de su razón y con las
estructuras cerebrales en plena formación, puede sonreír, a modo de correspondencia, al cariño
que le muestran sus padres? Porque el bebé, como todo ser humano, ya posee una naturaleza
personal recibida, no viene en blanco absoluto, y su mente y cerebro, aunque en formación, ya
son cuerpo personal humano masculino o femenino y, como tal, responden a su condición
innata de amador. El feto, como sabe hoy la perinatología, ya interacciona con su madre antes
de nacer, mientras se gesta en el claustro materno; y el bebé -como bien sabe la neonatología-
prosigue al nacer con esa capacidad de correspondencia al amor de sus padres. Desde nuestro
primer inicio, aprendemos a amar amando, porque desde el primer instante somos personas
humanas y, por tanto, amadores. En crecimiento, por supuesto, pero como amadores.

Teniendo claros estos prolegómenos, recurriremos al razonamiento intelectual y a la experiencia


de la vida, al juego entre razón y corazón, para explorar ese intrigante consorcio entre el amor
y la justicia. Empecemos sin circunloquios. Directos a la diana.

Los amores familiares –entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos, entre abuelos y
nietos– son amores justos o, lo que es lo mismo, son vínculos de amor a los que tenemos
derecho y que nos debemos los unos a los otros en justicia. En familia, en suma, nos amamos
incondicionalmente porque ese amor es lo suyo debido a la identidad íntima de cada amado,
por tanto, es lo justo entre sus amadores.

Hay intuición de la verdad y muy certera, cuando un cónyuge, un hijo, un hermano o un nieto,
por ejemplo, se queja amargamente de "no ser querido" en el sentido profundo de que no se la
da "algo" -el amor específico- que le corresponde, que el no dárselo es un fraude y una injusticia,
que se le priva de "algo suyo", de un amor que “pertenece” a su identidad íntima. El amor justo
– expresión que emplearemos para aludir al amor que es de justicia darlo y recibirlo– añade un
elemento esencial a la definición de los vínculos familiares. Nos ilumina una característica nueva
de la incondicionalidad. Ciertamente, hay que tener en cuenta los específicos y diferentes

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contenidos de intimidad que tiene cada lazo familiar, pero en todos ellos el contenido propio
del amor que se da y que acoge es debido en justicia.

b. Distinguiendo lo justo de lo legal

Quizás necesitamos digerir despacio la vinculación entre el amor y la justicia. Comencemos


librándonos de un malentendido frecuente cuando aparece la palabra justicia. Podríamos
suponer que la justicia es cosa de tribunales y abogados. Que poco o nada tiene que ver con la
familia. Tal vez la confundimos con la legalidad jurídica, que es un orden externo, social, hasta
público, de suyo incapaz de generar amor y, desde luego, de imponerlo a la intimidad por mucha
fuerza y coacciones que emplee. Lo íntimo, forzado por los poderes sociales, si no tiene arrestos
para rebelarse ante esa intromisión, simula y finge como mucho, pero no se da ni acoge de veras.
Podríamos creer que la justicia combina muy mal con el amor o, aún más, que se contraponen
como opuestos. Siendo la familia aquel lugar del amor incondicional, donde lo valemos todo
desnudos de todo, parece a primera vista que una familia lo que necesita es vivir con mucho
amor y que con eso les basta y sobra. Nos suena mal una familia en la que cada quien ande
pleiteando lo que se le debe y tenga que reclamarlo a la administración de justicia. Donde
empieza el Derecho –dicen- se acaba la familia, y donde empieza la familia no hace falta el
Derecho.

Esta primera impresión es explicable. Suponemos que la justicia aparece cuando algo va mal,
cuando no se cumplen obligaciones y hay que reivindicarlas, aunque sea a cara de perro, que lo
justo es cosa que hay que reclamar, pelear y pleitear para conseguirla. Que el lugar donde puede
obtenerse es en las instituciones públicas que administran justicia. Lugares poco familiares, por
cierto. Pensamos en la justicia como el resultado favorable de un conflicto que hemos vencido
ante los tribunales. Al oír justicia, lo que sin casi darnos cuenta tenemos en la cabeza es una
injusticia y, en consecuencia, la reacción contra ella. Pensamos, entonces, en la administración
de la justicia como un servicio organizado del Estado. Pensamos en pleitos, tribunales, dilatados
procedimientos, abogados, conflictos y expectativas insatisfechas. Damos por evidente que una
sentencia, por muy favorable que sea, no puede darnos el amor que nos falta. Todo eso es cierto.
Sin embargo, antes de avanzar, conviene no asimilar la justicia como algo que sólo surge de la
injusticia, como si ésta fueran su madre y el mundo jurídico, son sus letrados y jueces, fueran
sus médicos. No está de más caer en cuenta que, si hay injusticias –y tribunales para repararlas–
, es porque, previamente, algo que era justo fue atacado, quitado y menospreciado. La salud,
por ejemplo, no es de suyo la ausencia de enfermedad, sino al revés, es la enfermedad la que es
ausencia de la salud. El matiz no es un retruécano. Por eso los médicos estudian anatomía y
fisiología, por ejemplo, antes de adentrarse en las patologías y las clínicas. El prius es la justicia,
y su ausencia o sus conculcaciones son las injusticias. Si fuera al revés, sin salud o sin justicia,
¿en relación a qué podríamos hablar de enfermedad o de injusticia?

Visto así, podemos preguntarnos: ¿ser amado puede ser "algo mío", un amor al que tengo
"derecho"? ¿El amor puede ser algo que les debo en justicia a mis familiares, precisamente por
ser mis familiares? Tomemos un poco de aliento y, como en las buenas historias, empecemos
por el principio, que es entender la justicia. Olvidemos los tribunales y la legalidad.

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Desprendámonos de ideas adquiridas, pongamos la mente por un momento como página en
blanco. Vayamos al valor y a la virtud de ser justos.

2. ¿Qué justicia solicita el amarse?

a. El valor y la virtud de lo justo

Veamos algunas nociones generales. El valor de la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo.
Según la definición clásica, nunca superada, la virtud de la justicia es la resolución con la que
nuestra voluntad, de manera firme, constante y perseverante, da a cada uno lo suyo. En cuanto
valor, la justicia es una luz sabia sobre nuestro entendimiento y, en cuanto virtud, es una energía
de nuestra voluntad, cuya perseverancia genera, mediante actos singulares, un hábito de
conducta en nuestra razón, voluntad y emociones. Gracias a ese hábito, la inteligencia percibe
en las diversas situaciones qué les pertenece en justicia -como "lo suyo"- a los amados, dispone
a nuestra voluntad a dárselo con prontitud y sin recortes, y orienta la congruencia de nuestras
reacciones emocionales. Prevenimos, así, muchas fallas de nuestra correspondencia, muchas
desilusiones y decepciones en los otros. Evitamos los abusos, sobre todo de quienes son más
dóciles o débiles y no quieren o no pueden protestar. Hacemos un acto justo cuando nuestra
voluntad ha tenido la energía de dar a cada uno lo suyo en un momento determinado. Somos
justos cuando, además de la energía para un caso, nuestra voluntad posee el hábito constante
y permanente de dar a cada uno lo suyo bajo cualquier circunstancia y en todo caso. Generamos
confianza y seguridad cuando, ante nuestros fallos, corregimos pronto y de buena gana damos
lo que debemos. Maduramos si vamos aumentando el gobierno de nuestras reacciones
emocionales para que se orienten a lo que es justo al prójimo, aunque nos incomode.

b. El pequeño caso de la corbata explosiva: las saturaciones derivadas de hábitos injustos

¿La justicia se vive en la intimidad de un hogar? La respuesta es: constantemente cada día, aquí
y ahora. Sirvámonos, como siempre, de algún microscópico ejemplo, ahora el de la corbata. Es
un caso de potenciales explosiones en cadena, desde la leve hasta la termonuclear. "¿Dónde
está mi corbata nueva?" refunfuña desconcertado el padre. -"Disculpa, la tomé sin decírtelo para
acudir a mi primera entrevista profesional -confiesa un hijo recién graduado-, se me manchó y
tuve que llevarla a la tintorería…" -"No me digas que está destrozada…", -"No por fortuna, la
recogí ayer, quedó como nueva y buscaba el modo de regresártela sin que te dieras cuenta". El
padre duda, por un instante, entre pasar a degüello al convicto o callarse resignado. ¿Cómo
reaccionar de forma constructiva ante la “costumbre” de nuestros hijos a usar y abusar de lo
que no es suyo? El padre piensa: “si no cortas ese abuso en las cosas pequeñas, al poco te
faltarán al respeto en las mayores, y luego…” Aprovechando esa indecisión, el hijo ha traído la
corbata. Parece intacta. Fin del incidente, decide sabia y también justamente el padre.

¿Punto final? Con el mismo suceso de la corbata, cabrían escenarios distintos y desenlaces
conflictivos. No siempre desactivamos la mecha. A veces, dejamos que explosione la dinamita
o, incluso, aprovechamos para añadirle más cartuchos. Imaginemos. Claro está que un completo
silencio del hijo, con cara sorprendida y hasta ofendida, podría haber sido la respuesta a la
pregunta inicial del padre en busca de su corbata desaparecida. La callada por respuesta
transforma la búsqueda. Como no hay pronto reconocimiento y confesión, del dónde está la

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corbata se pasa a la búsqueda de un culpable, de la cosa a la persona, del desconcierto a la
irritación. La memoria del padre empieza a encadenar sucesos semejantes del pasado –cosas
sustraídas, desaparecidas, aquel dinero…-, y se le abre una ofendida sospecha: “este hijo es un
caradura y un mentiroso”. Cabe todavía más gasolina. Imaginemos. Podría el hijo culpable y
ladinamente callado, aprovechar cierta descompuesta y hasta desabrida búsqueda de la corbata
para, con formas poco respetuosas, acusar al padre de despistado habitual que desconfía de los
demás antes que de su crónico desorden. Es la técnica por la que un culpable traslada la culpa a
su víctima. Si el padre no encuentra su corbata es porque es un estúpido descuidado: es él quien
la ha perdido, acusa el taimado hijo. Agravemos la escena con la intervención de una esposa,
sobreprotectora de sus hijos, que toma pretexto de la implícita acusación del padre para
descargar contra él una serie de improperios por hechos pretéritos que, ni por asomo, tienen
algo que ver con la corbata, pero sí con algunos olvidos conyugales que la esposa le reprocha,
venga o no venga la ocasión a cuento: “¡tú, que perdiste el anillo de casado, eres el menos
indicado en acusar tan injustamente a mi niño inocente…! ” Podemos, si nos divierte, hacer
intervenir a la suegra murmurando con voz bien audible algún calificativo ofensivo contra su
yerno y en defensa de su tunante nieto y su resentida hija. Podemos añadir más y más. ¡Caramba
con la maldita corbata! ¡Qué inesperado potencial destructivo!

Conozco rupturas, unas íntimas, pero definitivas y otras públicas, pero no menos terminales,
cuyo detonante, quizás la gota que colmó el vaso, fue un microscópico incidente. No es la
corbata en sí, sino los fondos de saturación acumulados entre los protagonistas. Saturaciones
que nacieron de actos minúsculos que alimentaron hábitos injustos, costumbres de unos en usar
y abusar de sus entornos íntimos, un estado de los otros de irse resintiendo y carcomiendo.
Saturaciones a las que se añade la desesperanza, porque los usos y abusos se acumulan como
hechos “normales”, siendo injustos, y jamás se desactivan mediante la desnuda, sencilla y
humilde conversación y, sobre todo, las enmiendas debidas. Ello explica el sorprendente
potencial explosivo, de reacción en cadena, que convierte algo trivial en un drama familiar. En
alguno de estos casos, el más inocente pasa por falso culpable, y los más ladinos por injustos
inocentes.

¿Qué hay en el sótano de las saturaciones íntimas? Con frecuencia, el sufrimiento de muchas
injusticias habituales. La justicia, de suyo, no es el amor, pero sin la base de la justicia no se pude
construir un buen amor. Por tanto, quien en la vida familiar no me da lo que me corresponde en
justicia –lo mío legítimo como, por ejemplo, es el buen y respetuoso trato-, no me ama o me
ama muy mal. Son nido de termitas, en las convivencias íntimas, las faltas del respeto debido en
cada coidentidad familiar y los abusos, como actitudes habituales –“yo soy así, me tomas o me
dejas, te quejas por nada, si no tengo confianza para tomar tus cosas, como mías, apaga y
vámonos”- cuyas pequeñas y frecuentes escenas son el atropello de espacios, tiempos, objetos
propios o de uso personal, la invasión de los armarios y cajones, y al final: desconsideraciones,
maltratos, humillaciones graves, heridas íntimas a la persona misma. ¿Para qué seguir? Pedir
permiso, no descuidar lo que su dueño cuida y estima, no crear desórdenes, suciedades y caos
que otro deberá limpiar y ordenar, miramiento hacia lo que pertenece al otro.

En suma, hay sujetos que no han reflexionado un instante sobre su capacidad de agobiar,
abrumar y agotar a los demás, quizás porque, en su aparente inconsciencia, suponen que cuanto

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hacen es casi divino por el hecho de hacerlo ellos. Digo “aparente inconsciencia” porque algunos
de estos sujetos saben que causan en su desorden, sin que les disguste ni el vivir ellos en dicho
caos, ni tampoco el que otros sufridos familiares sean, por principio, quienes limpian, asean y
ordenan las desidias del caradura. Otros, por el contrario, reaccionan con lúcida consciencia y
celeridad del rayo, elevando quejas y tonos, cuando lo mismo que hacen a los demás, se lo hacen
a ellos. Son como esos mentirosos o ladrones a los que les ofende mucho que les mientan o les
roben. Se dice que la convivencia diaria reduce el amor y sus pasiones a cenizas en poco tiempo.
Pero no es la convivencia en sí misma, que es el espacio y tiempo que todo amor necesita para
ser real y poder crecer generando su historia; la causa del arrasamiento son las injusticias, faltas
de respeto, los descuidos injustificables porque, como la misma palabra indica, son injusticias y
fraudes a lo que por amor debemos. Quien ama de veras es justo con sus amados.

Si nos preocupa prevenir conflictos, es consejo experimentado en terapia conyugal y familiar un


aprender a detectar a tiempo si hay en nuestros hogares algunos síntomas de saturación, por
ejemplo: si por cualquier quítame esa mota de polvo se desencadena un enfrentamiento agrio
y un rosario de graves improperios. Semejantes desproporciones, si no son un hecho aislado y
pasajero, nos están manifestando un estado habitual peligroso. Si eso sucede, algo injusto se ha
incorporado a nuestro trato ordinario y lo está corroyendo. Detectar a tiempo reacciones
desproporcionadas es estar dispuesto a identificarlas, no solamente en sus efectos, sino en su
origen causal y a extirparlas. Lo fácil es encontrar culpables, pero lo difícil y lo más eficaz es
reconocerse culpable y corregirse con prontitud. Por ejemplo, son injusticias en los amores
íntimos -el no dar a cada amado lo suyo- los diversos tipos de maltrato, los menosprecios, la
desconsideración, los abusos y lesiones al respeto debido. El fácil y habitual recurso al grito, a
la cerrazón terca y despectiva, al no dejar hablar porque uno lo sabe todo, el uso del insulto y la
ofensa, en suma, las formas del desprecio, de la violencia y la soberbia causan estragos en la
intimidad. El respeto a lo que es de cada uno -sus espacios, cosas y, a la postre, su identidad
íntima y el amoroso trato que le es debido- y su pronta, sincera y leal restitución, en caso de
lesionarlo, resulta esencial en toda convivencia íntima y, desde luego, en familia. El amor injusto,
no sólo en lo grande sino también en lo pequeño, hace daño porque es madre de resentimientos
y desconfianzas. El reconocimiento y la enmienda alivian la ofensa, pequeña o grande, y
renuevan la recíproca esperanza, sin la cual todo amor entristece y debilita. Pero el amor injusto
es padre de los resentimientos y las venganzas en el interior de quien lo sufre. Esos temibles y
dolorosos ingredientes son los que, por acumulación, fabrican la bomba, que explota con una
mínima mecha o pretexto. El lenguaje popular, a este efecto de la saturación latente, lo llama
“la gota que colma el vaso”.

Quizás el lector recordará en ajena o propia cabeza -espero que con una sonrisa- algún episodio
pequeño parecido a nuestra corbata. El que les he contado, en su segunda inquietante y
explosiva versión, fue un suceso real de un caso confiado a mi consejo. Conviene desactivar esas
bombas cuanto antes no sea que, además de la suegra, acaben interviniendo los cuñados y
alguna vecina ociosa.

3. Una ojeada a la estructura de la justicia amorosa

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Fijémonos bien en la estructura del dar y acoger lo suyo de cada amado. Su justicia requiere tres
cosas. Primera, que cada uno tenga algo «suyo», algo que le pertenece de verdad, a lo que tiene
derecho porque es su titular. Estamos ante la realidad de lo suyo de alguien. Segunda, que los
demás “deban dar, asegurar, guardar, cuidar, devolver, restituir” eso que no les pertenece
porque es un suyo de alguien que es un otro. Estamos ante la realidad del deber de justicia ante
lo suyo de alguien. Y tercera, que eso suyo de alguien, pese a pertenecerle, tenga su
reconocimiento y ejercicio en manos de otro sujeto en particular o de los demás en general, de
modo que para su disfrute por su dueño sea necesaria la acción y conducta ajena, en cuya virtud
es el “otro” quien nos da o devuelve lo que es “nuestro”. Lo nuestro en justicia, un “derecho”
que nos pertenece, puede estar en manos de “los otros” y esos otros nos “lo deben”.

a. El entrelazamiento entre derecho y deber: la aparición del vínculo

La estructura y dinámica de la justicia, por tanto, contiene una relación de correspondencia entre
el derecho de uno a lo suyo y el deber del otro a reconocérselo y a dárselo.

¿No nos suena esta correlación recíproca? Es una relación de complementariedad muy básica y
natural, porque manifiesta que estamos los unos en manos de los otros, que nadie puede
realizar cuanto es de forma solitaria y aislada, sino mediante el reconocimiento, la solidaridad y
la cooperación de los demás. Sin duda existe esa complementariedad estructural en la entraña
misma de los lazos familiares, en la estructura y dinámica de lo que es ser una familia, pero –si
bien se observa- es también un esencial sustrato de la correspondencia amorosa, en cuya virtud,
debajo de cuanto damos y acogemos en nombre del amor, no puede faltar el debido respeto a
lo que es “lo suyo” de cada identidad amadora: del ser esposo//a, padre o madre, hijo/a,
hermano/a… Si, por el contrario, las correspondencias amorosas ocurrieran con fraude a lo
justo, al suyo que pertenece a cada identidad amadora, entonces sería de necios sorprenderse
de que tales conductas injustas causasen decepciones y disgustos, resentimientos y
saturaciones, en vez de satisfacciones y feliz bienestar.

¿Si no hay una dimensión de justicia en el amarse, por qué deberían dolernos tanto esas
injusticias precisamente como “fraudes” y, además, a lo “nuestro” más íntimo? Porque hieren y
devastan la identidad que como amadores somos, cuya vida está implicada precisamente con
nuestro verdugo. Recuerdo el caso de un marido que adolecía de un carácter irascible, pronto
a los gritos, los insultos y las broncas, probablemente por su cuota de alcoholismo, que no
reconocía. Cuando “volvía en sí” y se serenaba, conseguía una cierta percepción de los destrozos
afectivos que causaba. Ella no le dirigía la palabra. Los hijos le rehuían. Entonces, se iba a una
floristería y encargaba un envío de flores para su esposa. Ésta, cuando llegaba el consabido ramo
lo tiraba a la basura, cada vez más ofendida. El marido, al enterarse, acusaba a su esposa de
desagradecida y rencorosa. Seguía bebiendo y maltratando. La esposa, a su vez, había perdido
la esperanza de que su marido entendiera siquiera un átomo de lo que les ocurría. De manera,
que siguió sin hablarle. El marido y padre en cuestión parecía no querer comprender que las
flores son un signo, y que si no hay lo que significan –la corrección en serio de la bebida y del
maltrato, el arrepentimiento y la solicitud de perdón, y los actos de buen trato-, entonces las
flores pasan a simbolizar un desprecio frívolo e hipócrita y un símbolo de la contumacia.

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b. Lo justo es el suelo del amor

Veamos otro matiz entre la justicia y el amor. La justicia expresa la medida debida, el no más
pero tampoco menos, en esta correspondencia del realizarse los unos con y por los otros
mediante el don y la acogida de lo suyo de cada uno. Entender que la justicia es la medida o
dosis de lo que se debe y a lo que se tiene derecho es imprescindible para percibir su aportación
al amor, el cual, de suyo, pide no tener medida y sobreabundar lo mínimo que exige la justicia.
¿Hay una contradicción entre el amor y la justicia? Hay una diferencia y una complementariedad,
pero no una contradicción entre opuestos. Sin justicia o contra lo justo, el amor o no nace o se
muere. Es decisivo que entendamos esa correlación. En efecto, el don y la acogida sin medida,
esa generosidad típica y propia del buen amar, sería imposible -mera palabrería irreal o engaño
puro- si no ocurriera sobre el cimiento de, al menos, haberse dado y acogido lo justo debido. En
este sentido, la “medida “de lo justo no es sólo una dosis, sino el suelo imprescindible de las
coidentidades amorosas: del ser padre, madre, hijo, hermano, esposo…. ¿Qué amor hay o qué
amor sobrevive, por ejemplo, si el marido, quebrando el debido respeto que, en justicia, debe a
la persona de su mujer -lo suyo por esposa y por ser persona- , la maltrata, la veja, la violenta?
La escalera del amor hacia lo alto se apoya en el primer escalón, que es ser justos entre los
amadores.

No es un mismo “justo” y su “medida” la que debe un padre al hijo, los esposos entre sí, o la que
se deben los hermanos. De nuevo, un pequeño y corriente ejemplo. Lo que deben los padres a
sus hijos es, en justicia, la alimentación, la crianza y educación y otras muchas cosas. El amor,
además, le sobreañade la desmedida sobreabundante del universo afectivo extraordinario a lo
que hay en los platos de la mesa y en la ropa de los armarios. Pero si los platos estuvieran vacíos
y no hubiera ni mesa ni lecho ni habitación –por negligencia o por abandono- sería muy difícil
poner amor paterno y filial encima de esos vacíos injustos. La fidelidad conyugal, por ejemplo,
tiene un suelo de justicia consistente en no tener relaciones extramatrimoniales. Desde luego,
el amor conyugal, por amor, es algo más que la ausencia de adulterio formal, pues se puede
mantener ese nivel mínimo siendo frío y distante, con un trato desconsiderado, cruel y violento,
o negándose, bajo mil subterfugios, a las relaciones sexuales con el propio cónyuge. Pero ese
nivel mínimo de justicia lo necesita el amor conyugal para conservarse, crecer y desplegar toda
su sobreabundancia. Dicho al revés: si uno o ambos cónyuges son infieles va a ser muy difícil, si
no imposible, que se amen sobre el suelo de sus adulterios. En suma, el amor no es la justicia, ni
la justicia es el amor, en cuanto conceptos distintos; pero el amor necesita aquel suelo de justicia
por el que los amadores se dan y se acogen en lo que es lo suyo de cada uno de ellos. En este
sentido, la justicia hace de cimiento para el amor. No acaba aquí la cosa, como veremos en el
próximo epígrafe al explorar el fenómeno del vínculo íntimo.

Qué es lo justo, en amores íntimos, podemos verlo claramente ejemplificando a la contra. En


efecto, quien, con el pretexto de amarme mucho y demasiado, me maltrata, menosprecia,
humilla o me agrede con violencia en realidad no me ama, ni desde esas bases puede amarme,
sencillamente porque no empieza con el cimiento mínimo que es darme lo mío, lo que en justicia
me pertenece, que es el trato justo y debido. El amor es más que la justicia, sin duda, porque en
uno no hay medida y en la otra sí. Ambos no se oponen, sino que se completan. En la injusticia
no puede aparecer y crecer el amor. Es una farsa hipócrita aquella prodigalidad material de

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quien no respeta o me quita lo mío. Por ejemplo, la joya que me regala, con radiante sonrisa,
quien me está engañando con su amante. Los amores injustos – en los que no damos, más bien
quitamos, lo suyo a nuestros íntimos y familiares- no son amor, sino abusos, violencias,
imposturas y falsedades que se escudan en su nombre. Es imposible que produzcan los frutos
del amor. Tarde o temprano traen a la intimidad la devastación del engaño.

En síntesis: en la escena de la justicia hay siempre, como mínimo, dos sujetos y una peculiar
relación de correspondencia entre ambos a propósito de lo mío y lo tuyo. Un sujeto es el que
tiene el «derecho a lo suyo», y el otro sujeto es el que tiene «el deber de darlo». En la justicia
hay una relación que entrelaza el derecho a lo mío y el deber hacia lo suyo: al derecho de uno le
corresponde el deber del otro. Este entrelazamiento del derecho con su deber correspondiente
es esencial o de principio, porque un derecho que a nosotros no nos faculta y a nadie obliga no
es un derecho, y lo mismo un deber que a nadie obliga y a cuyo cumplimiento nadie tiene
derecho tampoco es deber alguno. Este entrelazamiento y correspondencia entre derecho y
deber es un vínculo de justicia.

Convendrá tener presente este significado cuando hablemos de los vínculos familiares y, en
concreto, de la vinculación del amor incondicional con la justicia. Porque, en efecto, el término
vínculo, aplicado a los lazos familiares, no es una palabra retórica y sin sentido real. Quiere
significar la reunión del amor con la justicia en el núcleo de cada lazo familiar. O, dicho de otra
forma, el vínculo es por lo que hay deudas de amor y la identidad de amador puede ser debida
en justicia.

4. Por qué los amores familiares son vínculos: de la identidad individual al ser coidentidad

En una familia verdadera, digámoslo con clara rotundidad, los amores son coidentidades que se
deben en justicia y, por eso, son vínculos íntimos. ¿Por qué? Porque cada identidad familiar es
un co-ser. Se es este cónyuge, padre, madre, hijo, nieto, abuelo, hermano por el otro que me
hace ser lo que soy: los cónyuges lo son el uno por el otro, el padre por su hijo, el hijo por su
padre y madre, el nieto/a por su abuelo/a y los abuelos por sus nietos, así también soy hermano
y hermana porque tengo hermano/a. Este co-ser lo que soy en y por el otro, es un vínculo íntimo
de justicia, porque lo que lo que soy es lo mío que me deben y lo que son es lo suyo que les debo.

En suma, el vínculo es aquel nexo en cuya virtud la identidad individual del amador,
precisamente por la tridimensionalidad del amarse, se constituye en coidentidad biográfica. En
este sentido, el vínculo es lo que “une” el don y la acogida, que son duales, dentro de la unión
íntima que es una. Obviamente, el vínculo reúne en coidentidad donal el incesante darse y
acogerse, sus correspondencias con sus vicisitudes a lo largo del tiempo, y conforma una historia
o relato de semejante convivirse. En cada amor de intimidad, en relación a su contenido donal
específico, la vinculación íntima engendra un solo nosotros, no “dos nosotros”, lo que en amor
sería un auténtico oxímoron. Un esposo y su esposa no son dos nosotros, sino una única unión
conyugal. Ni un padre o una madre son con su hijo tres nosotros. Son tres personas, sin duda,
pero el vínculo del origen que les une –el que hay entre engendrar y ser engendrado- es uno y
les permite decir, con todo rigor, somos “nosotros” y ésta es la historia de “nuestra vida”, ésta

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 9

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
es “nuestra familia” o “nuestra casa”. Sin la realidad y eficacia de un vínculo de unión, los
intercambios podrían mantener a los sujetos en una dualidad insuperable, en un yo y un tú que
se orbitan, sin alcanzar aquella conjunta e íntima coexistencia del co-ser, es decir, de la
coidentidad biográfica.

Además, el vínculo que hay en cada contenido donal de nuestra intimidad conyugal o
consanguínea no es de suyo un nexo casual y pasajero. Responde al ser coexistencia íntima que,
como personas masculinas o femeninas, somos radicalmente. El vínculo, por tanto, es el núcleo
del ser amadores, del serlo como conformación estable, incesante, cobiográfica. Si
comprendemos esa fuerza de cohesión que el ser unión amorosa tiene adentro, se nos hace luz
de por qué el vínculo –es decir, el ser coidentidad biográfica- asienta entre los amadores la
confianza y la compañía íntimas. Estos frutos del amor auténtico, de gran importancia y
excelencia, son la vacuna radical contra las soledades y los vacíos existenciales. Veámoslo mejor
en sentido contrario. La confianza y la compañía íntimas –la fe y la esperanza en que quien debe
amarnos nos ama y nos tiene por predilectos como su manera de ser cobiográfica - se cuartean,
se evaporan y dan lugar a prevenciones, cautelas, desconfianzas y soledades en aquellas
relaciones donde y cuando un cónyuge, o un padre o madre, o un hijo, o un hermano percibe
que su “otro íntimo correlativo” se considera y se vive sin deber en justicia sobre lo que es y
debe ser para el otro; si, por decirlo en breve y llano, responde a aquel tipo que puede decirte:
“yo como marido o esposa, como padre o madre, como hijo o hermano… nada de mi vida te
debo, ni explicación de mi tiempo ni de mis conductas, ni tengo obligación alguna de tenerte en
cuenta, salvo que me plazca o convenga, y en tanto y cuando me satisfaga”. Es de experiencia
común que en aquellos amores íntimos en los que percibimos y sufrimos ese individualismo
egocéntrico, ese rechazo al don y la acogida como deuda de amor, ese reservarse para sí en
primer lugar, entonces estamos ante un tipo cuyo amarnos no es seguro, sino incierto, voluble
y quizás falso, un tipo –y esa es la clave esencial- cuyo ser una coidentidad y cobiografía con
nosotros no parece prevalecer, ni siquiera existir, ante la primacía de sí mismo y sus particulares
intereses. Esa duda, incerteza e inseguridad, que son sufrimientos profundos, la podemos
padecer como cónyuges, padres y madres, hijos, hermanos…, es decir, donde somos nuestros
amores íntimos y se nos deben por alguien que no quiere ni siente, en su corazón, una
vinculación debida en justicia de su identidad donal hacia nosotros. Él se prefiere a sí mismo
como identidad biográfica y, por tanto, no está “vinculado” con nadie, salvo consigo mismo. Sin
vínculo no hay la certeza ni la seguridad en el tiempo y en los espacios que necesitan la confianza
y la compañía íntimas. Cuando eso ocurre –cuando el sujeto es una veleta inconstante y egoísta
o un ombligo encerrado sobre sí mismo- no ha de extrañarnos que esperemos poco o nada de
semejante sujeto –sea nuestro cónyuge, padre o madre, hijo o hermano- y que, en nuestra
intimidad, se nos quiebre la confianza en él y, en su lugar, nos nazcan adentro la desconfianza,
la lejanía y la soledad.

Vincularse la intimidad, mediante sus contenidos donales, es un poder soberano de la persona.


Nótese que esta vinculación en nuestro ser íntimo no la ata el Estado, ni ningún poder civil o
eclesiástico, ninguna potestad externa y ajena a la soberanía de cada persona masculina y
femenina en darse y acogerse en, con y desde la propia intimidad personal. Los vínculos íntimos
son una creación exclusiva de la soberanía personal de sus amadores.

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 10

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
Quizás sea luminoso hacer un pequeño alto: ¿comprendemos la magnitud de consecuencias de
nuestra soberanía sobre los territorios íntimos que somos? ¿Hemos caído en cuenta que, con
raíz innata y prioridad al Estado –o a cualquier institucionalización que tenga poder social
externo- nosotros los humanos, en cuanto cada uno es persona, somos los soberanos originarios
de sus territorios íntimos, y de los derechos y deberes innatos que, como autores, surgen de
nuestro adentro? Ningún poder político civil o religioso posee soberanía para darnos ni
quitarnos nuestras coidentidades familiares radicales. Tampoco los derechos y deberes que, en
justicia, son dimensiones constitutivas de dichos amores y de sus coidentidades biográficas.

Ahora las palabras valen su peso en oro. Sería una irresponsabilidad recurrir a eufemismos.
Tengamos el coraje de confesarnos la verdad, aunque nos interpele adentro y nos coloque frente
al espejo de nuestra vida. Nos narcotiza el discurso y la narrativa de la impostura cultural
postmoderna, con su cínica “postverdad”, que edulcora la mentira y nos condena al vacío
existencial. Si no queremos estar muertos en vida, es imprescindible recuperar nuestra
soberanía personal, ejercerla con valentía, y amar la verdad en vez de temerla. Volvamos a
meditar la proposición anticipada líneas arriba. Como personas somos dueños de nuestro ser y
del poder de darnos y de acogernos en nuestros territorios íntimos: esta es una soberanía
exclusiva de cada persona humana en cuanto es radicalmente amadora. Si no amamos, si no nos
damos y acogemos enteros y sinceros, tal como reclama nuestra propia contextura donal,
entonces nos perdemos en espejismos egocéntricos, en relaciones que se nos frustran, en
soledades donde nadie importa de verdad a nadie. Al final de semejante enajenación –como
predice la serie Blade Runner- los androides parecerán más humanos que nosotros mismos. No
hay una gota de amor en el mundo feliz de Aldous Huxley, solo alienación humana. Y estas y
otras premoniciones de ficción cinematográficas o literarias están demasiado cercanas a la
epidemia de soledades y vacíos insatisfechos que hoy día nos asola. Afrontémonos: es una
apasionante bendición la condición masculina y femenina de amadores, puesta en nuestras
manos. No temamos el esfuerzo de darla a luz. Es un arduo parto recíproco e incesante, sin duda,
pero así es para que esta persona amadora, la que nos concebimos y parimos mediante el don,
la acogida y la unión de unos en, por y con los otros, sea obra de nuestra soberanía y biografía
nuestra.

Cada vínculo de familia nos abre un co-ser íntimo y biográfico, que dura toda la vida; un co-ser
que contiene, como amor debido en justicia, el ser don y ser acogida de padre y madre para el
hijo, del hijo para el padre y madre, de los esposos entre sí, y lo mismo en el resto de
coidentidades familiares. No son sólo acciones externas, ni roles funcionales caducos, ni
apariencias de conveniencia social; son nuestras identidades radicales, cuyo crecimiento hacia
dentro y hacia fuera está confiado a nuestra inteligencia, a nuestro poder de disponer y libertad
creativa, a la calidad de nuestros sentimientos. A este deberse el ser, que los amadores
recíprocamente somos, se le puede llamar, con especial propiedad, un vínculo íntimo y
profundo, el que me une a los "míos" y a ellos conmigo, un vínculo por el que el respectivo y
específico amor –la coidentidad de ser don y acogida entre nosotros- nos lo debemos en justicia.

Esta es la realidad profunda: los vínculos familiares -nuestras co-identidades personales- son
amores debidos en justicia. Y por ese contenido de justicia, que definen los vínculos, nuestros
amores íntimos contienen derechos a los que corresponden deberes. A causa de esa densidad de

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 11

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
derechos y deberes, tal vez, es por lo que amar de veras asusta, agobia, espanta y rinde a algunos
que, gustándoles el ser amados, se acobardan y huyen a la hora de amar –dándose y acogiendo
con todas las consecuencias- a sus amados. Como denunció Fromm, poniendo al descubierto
una experiencia común y universal, hay muchos que esperan ser amados, pero pocos dispuestos
a dar amor, es decir, a vincular su persona en dar, acoger y unir su vida para sus amados.

¿Podemos amar hasta el punto de debernos ese amor como identidad íntima? La pregunta
puede asustar e inquietar mucho más que la sencilla realidad corriente y cotidiana. Por ejemplo,
la educación, cuidados y alimentación es, por debajo de su excelencia amorosa, un deber de los
padres hacia sus hijos y un derecho de éstos, es decir, son un vínculo de amor cuyo contenido
básico se debe en justicia. Así la viven miles de padres y madres. Lo mismo cabe decir de la
fidelidad o del mutuo socorro y ayuda entre esposos. Para ello, como es obvio, hay que entender
que las vicisitudes de mi cónyuge no son las de un extraño, ni siquiera las de un próximo, sino
las "mías" en tanto son las "suyas", pues nos hemos hecho el uno del otro. Hay también una
solidaridad e igualdad entre hermanos, como también entre abuelos y nietos, que surge de su
común origen genealógico y que es cobiográfica. Estos comportamientos, en tanto expresan lo
que entre nosotros somos, no son caprichos subjetivos, benevolencias posibles, buenos modales
y cortesías, limosnas generosas, o usos y costumbres meramente culturales, sino derechos y
deberes de justicia. Las culturas los determinan y concretan, a veces de modos diversos, según
cada tiempo y lugar. Pero las culturas no los inventan, como artificios que podrían no existir por
completo sin mayores consecuencias en la identidad y vida íntima de las personas, como podrían
esfumarse los corsés, los carruajes de tiro animal, las corbatas, los conciertos de rock o los
inspectores de Hacienda. Por ejemplo, cuando, pudiendo hacerlo, un padre o madre no
alimentan, ni cuidan, ni educan a sus hijos les defraudan lo suyo, lo que pertenece al ser hijo, y,
por la correlación de identidades, se es un injusto y mal padre o madre. Cuando un hermano se
desentiende de la vida de su hermano, igual que si fuera un anónimo desconocido o un extraño
al que nada debe, le defrauda en el amor justo fraterno. Esas injusticias no son cosa trivial,
menor, intrascendente. Nuestro obrar -las acciones que me hacen realizar lo que soy en mis
coidentidades íntimas- debe corresponder al ser. Ciertamente, el contenido de tales amores es
específico en cada vínculo -no es lo mismo ser padre, que hermano, o nieto, o hijo, o ser esposa
o madre-; pero en todos, por ser vínculos, su peculiar y diverso don, acogida unión –la
coidentidad- se debe en justicia.

5. La libertad y gratuidad del amor en los vínculos familiares

Tal vez, además de sorprender, nos parece contradictoria esta reunión del amor con la justicia y
más en familia. ¿No decíamos que el amor familiar es incondicional? ¿No hemos afirmado que
el amor es gratuito, que no se puede comprar o vender, que se da desde la libertad, porque a
uno le da la gana, y no puede nacer ni vivir por las violencias, las coacciones y los miedos?
¿Cómo, entonces, cabe una obligación de amar por razón de justicia?

Que el amor no es objeto de comercio es muy cierto y también que el amor es un acto de
libertad. Pero no son menos ciertas –sino grandes verdades- dos propiedades del amor personal.
Dos propiedades que constituyen una aportación originaria y exclusiva de la estructura y
dinámica de la familia a las personas y a la entera sociedad.

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 12

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
Primera: el darse y el acogerse –que son los movimientos entrelazados del amarse- no serían
verdaderos si se basasen en un privar, quitar, despreciar, maltratar o negar lo “suyo” de cada
amador. El amor supera la justicia, no porque la ignora o sustituye, sino porque, basándose en
el respeto activo a lo suyo de cada quien, pueden los amadores darse sin quitarse, sobreabundar
en vez de privar, garantizándose que el amar sea un don y acogida, en vez de una apropiación
injusta del uno sobre el otro. No hay amores verdaderos e injustos al mismo tiempo. Esta
articulación entre el amor y la justicia está en la esencia de los auténticos vínculos familiares y,
por esa presencia originaria y constitutiva, el amar justo –sin apropiación, utilización y abuso- se
aprende desde la primera infancia dentro de una familia bien constituida. Comprender esta
aportación tan exclusiva e importante -que se origina en la incondicionalidad y en la vinculación
debida de los amores familiares- ilumina aspectos muy prácticos de la educación de niños y
adolescentes o de sus deformaciones, vacíos y consecuentes búsquedas de cualesquiera
emociones fuertes, que están en la base de la propensión a experimentar adicciones. Cuanta
menos experiencia vivida haya en un hogar familiar de amores vinculados en justicia, y por tanto
de amores debidos, más riesgo de padecer ansiedades, rebeldías y vacíos, con necesidad de
evasiones emocionalmente intensas, por parte de los adolescentes.

Segunda: el vínculo de amor –el amor que se debe como coidentidad- nos manifiesta el poder
de la libertad de la persona al amar, en cuya virtud, si la persona quiere, puede darse y acoger
de forma definitiva, no pasajera y esporádica, sino adquiriendo una coidentidad biográfica
amorosa. Este poder no es un capricho arbitrario, sino una potencia real que tienen los
contenidos donales de nuestros territorios íntimos. Esta es nuestra manera de ser humanas
personas –la naturaleza recibida-, que se nos ofrece a nuestra libertad y, por tanto, a nuestra
biografía. La libertad y la gratuidad del amar no las tenemos para nunca ejercerlas, sino para
actualizarlas, ejercerlas y realizarlas en el vivir al darnos y al acogernos. Un amor cuya libertad y
gratuidad no se ejercitan encarnándose, primero en coidentidad íntima, y segundo en obras,
compromisos y vínculos, es lo que suele llamarse “parole, parole, parole” o, en español castizo,
“bla, bla, bla”. Obras son amores –dice el refrán- y no las buenas razones. Las mejores palabras
de amor son sus obras. Eso significa vivir, más profundo del simple decir: “soy tu hombre o tu
mujer”, “soy tu madre o soy tu padre”, “soy tu hijo”, “soy tu hermano”.

Una transformación extraordinaria ocurre como fruto del decidir, refiriéndonos a nuestro
mismo ser donal, que “lo mío sea tuyo”. Puedo, entonces, decir amor “mío” a quien me he dado
como “suyo” –mi marido, mi mujer, mi hijo…-, sin que ese mío venga de la apropiación posesiva,
pues viene de la previa entrega o don de sí. Los amores “míos”, como consecuencia de aquel
donarse previo que es tomar coidentidad amorosa entera y definitiva, son servicio a los “míos”,
en vez de posesión y propiedad sobre “los míos”.

Este “giro” por la que la entrega evita la posesión es fundamental. Los “míos”, por amor, son a
quienes les debo mi don y acogida. Y se lo debo porque esa es mi identidad de amador hacia
ellos, una identidad constituida por mi libre y gratuita resolución de donarme, como respuesta
al ¿quién soy” para mis amados íntimos. En consecuencia, dicho al revés, los “míos” en amor no
son mi propiedad, no soy su dueño, no son a quienes uso porque están a mi servicio. Si

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 13

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
comprendemos bien el sentido no posesivo acerca de “los míos”, porque de ellos “soy suyo”,
obtendremos claridad sobre frecuentes disfunciones en algunas familias. No son pocos los que
usan el amor -incluso lo entienden- como título y justificación para adueñarse, dominar y abusar,
obligando a su gente a ponerse al servicio de sus deseos y necesidades egocéntricas. “Si no me
obedeces, si no me satisfaces…, es que no me quieres”. ¿Cuántas veces no hemos oído esa u
otras formas del chantaje sentimental, de las coacciones, incluso violentas, justificadas en
nombre del amor? ¿En cuántos casos esa manipulación del amor y esas coacciones bajo pretexto
de amor ya aparecen al poco de aquel encontrarse que llamamos enamoramiento? No hay
verdadero amor en tales argucias e imposturas, sino el anuncio de las violencias, más o menos
severas, a las que recurrirá quien, en vez de darse y acogernos, lo que pretende es apropiar,
dominar, controlar posesivamente y someternos. Los jóvenes cuanto antes debieran saber
identificar esos inquietantes y peligrosos síntomas del falso amor y tener el coraje de no
claudicar por causa de sus necesidades de ser amados. Esa valentía les ahorraría un rosario de
decepciones, abusos y sufrimientos.

Somos soberanos para amar, sin duda; pero por eso mismo, en nombre de dicha soberanía,
podemos, libres y sin precios, decidir ser don y acogida, como identidad profunda, para mis
amados. No se trata de un volátil impulso sentimental, un volcán pasional momentáneo, un
arrebato emocional aquí y ahora; se trata de actualizar la potencia de coidentidad que poseemos
en la estructura de nuestros diversos territorios de la intimidad personal. Somos esponsales.
Somos amadores. No lo somos por efecto de los arrebatos emocionales y mientras nos duran.
Lo somos radicalmente y, por tanto, antes, durante y después de las cambiantes intensidades y
duraciones de nuestras explosiones emocionales. Si nuestro don y nuestra acogida son enteros
-sin reservas, ni partes excluidas-, entonces también son cobiográficas y definitivas: son para
toda la vida de sus amadores. Al darte lo mío, lo que soy como amador, lo hago tuyo. Por eso,
en amor, decimos con verdad soy tuyo o tuya. Por lo mismo decimos, con gran rigor y propiedad,
mi hombre o mi mujer, mi padre o mi madre, mis hijos o mis hermanos. Lo tuyo –lo mío que te
di como tuyo- te lo debo. Y lo que te debo -porque me di a ti gratuita y libremente- es la identidad
amorosa cobiográfica: soy tu hombre o tu mujer, tu madre o tu padre, soy tu hijo…

En el universo del amor, uno más uno no son dos. En el seno biográfico de los espacios y tiempos
que crea el amarse, uno y otro –los amadores entre sí- conforman una unidad con su relato de
vida convivida, unidad que trasciende, como tercera dimensión, la dualidad del yo y el tú. Por
eso, en todo amor, uno más uno no son dos, sino el tres de su unidad o nosotros. Esa unidad
no es la del uno aritmético. Contiene a los dos, entrelazados en hechos de la vida de
correspondencia, pero es el darse y acogerse, no sólo como hecho que les sucede, sino como
identidad debida conjunta, lo que les convierte en una unidad: la del nosotros. En este sentido,
el vínculo que les “une” es el núcleo de su conformación en “unidad”. No deseo ser reiterativo
al recordar que en cada contenido donal –esposos, padres, hijos, hermanos…- esa unidad, su
vinculación interna y su relato biográfico, tienen características muy específicas y distintas.

La grandeza del amor justo no es un coto elitista, reservado a gentes especiales: cualquier padre
o madre sabe que lo es porque, por serlo, debe en justicia amor paterno y materno a sus hijos,
por encima o debajo de la fortuna o desgracia de las circunstancias futuras e imprevistas. Por
eso, se sufre tanto cuando los infortunios de la vida –la pobreza, por ejemplo- hacen difícil o

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 14

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
impiden darles a nuestros hijos lo “suyo”, lo que con gusto y amor les debemos como padres. Y
en ciertos casos extremos de carestía y desgracia, padre y madre están dispuestos a robar,
dejarse la vida o matar para dar de comer a sus hijos. El cimiento de ese amor no es un acto de
caridad o limosna, un ahora sí y luego tal vez, tampoco es un préstamo a plazo, sino una
identidad biográfica debida. Que tenga una dimensión de justicia –la deuda de amor- es prueba
de la identidad amorosa. Los padres, por ejemplo, deben amor a sus hijos. Con la singular
intimidad que posee lo conyugal, lo mismo podemos decir del vínculo de amor entre esposos:
ellos se deben su unión íntima. Por eso es exacto decir, cuando se abandona o traiciona esa
identidad debida, que se ha cometido un fraude. Y un fraude es, ante todo, una injusticia: un no
darle o un arrebatarle el amor y la unión a quien se le debe como lo suyo.

En efecto, en la infidelidad hay una injusticia, un hurtarle al amado lo suyo, un defraudarle y,


por eso, es una traición a lo debido del amor conyugal que, ante todo, es la coidentidad de
marido y de esposa. El traicionado siente que se esfuma su identidad íntima, aquella adquirida
por el don u acogida recíprocas hechos en la fundación de su unión matrimonial, ahora
defraudados, pérdida que causa un brutal sentimiento de falsedad sobre la “verdad” de la vida
y la identidad amorosa hasta entonces vivida, que de pronto parecen, más que un espejismo,
una cruel mentira. La víctima de la infidelidad descubre que su identidad íntima y la vida vivida
sobre su suposición, sin ella saberlo, eran una mentira. La traición es una caída al vacío; un
descenso al abismo de la inseguridad y desconfianza, precisamente causados por el más íntimo
en quien más se confiaba; un golpe interior que arrasa toda fe, luz y alegría; y un brote intenso
del peor que uno desconocía tener dentro, porque ser ofendido y recibir daño nos fabrica
adentro el espíritu de venganza. La infidelidad, en especial en sus formas más severas como el
adulterio, causa lo opuesto al amor y, entre ello, la crisis de identidad, el naufragio de la
confianza y compañía. No sólo afectan esos males a la relación conyugal, además su virus de
división y enfrentamiento se extiende sobre el resto de los vínculos familiares: por ejemplo,
sobre los hijos y sobre las familias consanguíneas de uno y otro cónyuge. En este sentido,
también el adúltero sufre una devastación de su escenario familiar.

La experiencia de lo injusto, si se abren los ojos, nos subraya los frutos de lo justo, es decir, de
la fidelidad amorosa, la cual a veces, cuando los esposos la tienen de manera pacífica, podría no
valorarse suficientemente en sus colosales frutos, de manera algo semejante a quienes, por no
sufrir enfermedades, no caen del todo en cuenta de lo que significa disfrutar de salud. En efecto,
la fidelidad siempre genera seguridad profunda y amplia en la identidad, confianza y compañía
íntimas entre esposos. Y, a su vez, en el amor fiel hay un impulso profundo a no perderlo, a que
dure siempre, a corresponderse y complacerse uno al otro: “tú eres mi vida, yo sin ti me muero”.
Quien tiene la experiencia de amar, entiende estas palabras y siente el anhelo de que así
también le amen sus amados.

6. Igualdad, diferencias y discriminaciones: la justicia conmutativa y la distributiva en los


amores familiares

Necesitamos examinar un aspecto más de la justicia para entender mejor a la familia. Se trata
de dos grandes formas de dar a cada quien lo suyo. Se llaman también las clases de justicia. Es

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Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
tradición denominarlas conmutativa y distributiva. Nos permiten esclarecer la justa aplicación
de la igualdad o de las diferencias, distinguiéndolas de las discriminaciones que son injustas.

Cuando las personas comparecen bajo el principio de igualdad en lo suyo, lo que debemos dar
a cada uno es lo mismo o lo equivalente. Llamamos conmutativa a esta clase de justicia. Por
ejemplo, no es más cónyuge el marido que la mujer, por lo tanto, es justo que se den entre sí el
mismo e igual trato de dignidad, tengan los mismos derechos y deberes. En una familia justa,
nadie es más hijo que otro hijo, ni más hermano, ni abuelo, ni nieto. Y así, cuando un marido
maltrata a su esposa decimos, con verdad, que dicha vejación es injusta. Desde luego es un
desamor, incluso podría ser una muestra de odio, pero en cualquier caso también es, en su base,
una radical injusticia a lo suyo del cónyuge al que, por serlo, se le debe el amor con su universo
de afecto, respeto y buen trato. De igual modo, cuando los padres, ambos o uno de ellos, hace
discriminaciones, desigualdades de afecto, tratos privilegiados hacia unos y menosprecio hacia
otros hijos, decimos que se están cometiendo injusticias, las cuales, como la experiencia común
enseña, son muy dolorosas para los afectados y, a veces, les marca toda la vida, y les enfrenta
con sus padres y les divide como hermanos.

Cuando, en cambio, lo suyo de varias personas es desigual, como ocurre entre los miembros
sanos y fuertes de una familia a diferencia de los ancianos y enfermos, entonces hay que
organizar los recursos según dos inspiraciones complementarias. Por un lado, distribuiremos en
proporción a las desiguales necesidades de cada uno, con especial preferencia de los más
débiles, y por otro lado, tendremos en cuenta el bien común de toda la comunidad familiar como
conjunto, para que el reparto desigual se comprenda y una, en vez de dividir y desunir.
Llamamos distributiva a esta clase de justicia. Así, por ejemplo, en una familia los padres
reparten por igual entre sus hijos, en cuanto son hermanos, pero distribuyen con preferencia
hacia quien está enfermo, pasa por una particular necesidad o, por su edad –los estudios
primarios o los universitarios, por ejemplo- requiere mayores recursos económicos, y, al hacer
esa distribución, tienen en cuenta también resguardar lo conveniente para toda la familia, como
comunidad. Cualquier familia prudente practica estas dos formas de la justicia en los actos más
cotidianos, por ejemplo, en la comida que pone en la mesa. En principio, el derecho al alimento
es igual para todos. Pero hay excepciones para quien está enfermo y, por eso, más necesitado
de una dieta particular. ¿Qué familia sensata no cocina una receta adecuada, que es diferente a
la general, para la escasa o nula dentadura de la abuela o para quien regresa del dentista
después de perder dos dientes en el último partido de rugby?

Las discriminaciones no son justas desigualdades, sino arbitrariedades, segregaciones,


marginaciones, postergaciones, distingos y preferencias que conculcan lo justo debido a la
identidad y posición de cada miembro de la familia. Provocan discordias innumerables e
incesantes. A veces son fruto de la inconsciencia, la superficialidad y la nula sustancia
psicológica. Otras de la variabilidad de las simpatías y antipatías, que podrían significar un
peligroso protagonismo de estados emocionales subjetivos, tan intensos como sin fundamento,
presidiendo el clima de las relaciones familiares. Pero pueden ser fruto de la intencionada
búsqueda de alianzas y, en esta dirección, del propósito de dominación de unos sobre otros, lo
que es, de suyo, rotundamente contrario a la esencia amorosa de los vínculos familiares y, por
dicha causa, son fuente de lejanías, desconfianzas, enemistades y desuniones profundas.

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Por desgracia, cuando en una familia parece que haya cierto ambiente habitual de
arbitrariedades subjetivas, de emotividades caprichosas, de manías antipáticas o predilectas, y
de alianzas posesivas, no es fácil su corrección. Ocurre que el recurrente a las discriminaciones,
en esa misma medida es reacio a reconocerlas. ¿Por qué? Porque interpreta que le aplican sobre
sus conductas, incluso sobre su intencionalidad, un negativo juicio “discriminador” demasiado
parecido al que usa con los demás, se siente “descubierto” y teme perder su posición. En suma,
“antes muerto que reconocerlo, pedir perdón y corregirse”. Por esa tendencia a enrocarse, a la
contumacia y la venganza –“quién ha sido el que me acusa”-, es de prudencia y sabiduría segar
los brotes cuanto antes, para que no se hagan arbustos y clima familiar habitual. Educar el
sentido de la justicia en familia, no sólo una emotividad anárquica y arbitraria, ayuda a prevenir
en vez de lamentar.

7. Los eclipses del amador

Si entendemos el orden de la justicia que se incorpora, como suelo firme, a la dinámica del amor,
se hace luz sobre los amores familiares: son vínculos de amor debidos en justicia. Por causa de
esa naturaleza, que conjunta el amarse y el deberse, son tan poderosos, nos dan tanta
seguridad, poseen una incomparable fuerza de compañía íntima y confianza profunda,
duraderas, biográficas. Como siempre, podemos verlo con más luz si imaginamos lo contrario.
¿Qué ocurre en las vidas personales, empezando por su intimidad, cuando los sujetos de los
vínculos conyugales o consanguíneos viven para sí mismos, evitan comprometerse con sus
amados, se comportan como veletas inconstantes, te defraudan en sus deberes de justicia,
aparentan lo que no son, mienten, te usan y abusan…? La respuesta es evidente, la
experimentamos cada día en las fracturas, infidelidades y desconfianzas de las desuniones
conyugales y familiares.

a. Porqués del eclipse

Si los amores íntimos son vínculos personales y lo son debidos en justicia, tal vez estemos
viviendo hoy una cultura donde se ha eclipsado el ser amador de verdad, oscurecido su darse y
deberse en justicia por la búsqueda prevalente de la propia satisfacción individual y por el temor
a desprenderse de ese egocentrismo mediante la predilección al ser, al bien y a la vida de los
amados. Paradójicamente, una cultura que prima la satisfacción egoísta de sí mismo, es una
cultura atiborrada de insatisfechos. En este sentido, entiendo que puede sugerirse, con alta
probabilidad de acierto, que la epidemia de vacíos y soledades interiores –con su escenario de
estrés, adicciones, perturbaciones psicológicas, fracturas y fracasos emocionales- es una crisis
de amadores: un eclipse masivo.

¿Deberse amor como identidad íntima? Tal vez esta “idea” nos deja perplejos, o incluso
contrarios, a causa del temor al peligro de apropiación, posesión y dominación –de aparente
pérdida de uno mismo- que desprende la idea de un vínculo debido. Desde luego es cierto que
se puede abusar de un vínculo debido pervirtiendo su esencial contenido amoroso, para
convertirlo en cadena de dominación. Quien ama de veras asume una vulnerabilidad íntima –
desnudo da y acoge-, que sus amados protegen, miman y agradecen, pero que los egoístas

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Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
codiciosos y los dominantes apropiadores aprovechan para abusar. Sabemos que lo pésimo
viene de la corrupción de lo óptimo. Sin embargo, sería absurdo que la posibilidad del abuso nos
prohibiese, por completo y de principio, comprender y practicar el buen amor justo. En realidad,
el suelo justo hace de cimiento para garantizar un despliegue seguro y crecedero de los diversos
amores para las intimidades personales. Sin darse y deberse lo suyo, como suelo radical y firme,
los amores flotan en el vacío, porque sus amadores carecen entre sí de identidad debida en
justicia.

Al comenzar el párrafo anterior, con expresa intención, he entrecomillado la “idea” del deberse
el amor en los vínculos familiares. Esas deudas de amor no son, en rigor, una “idea”, en el
sentido de un ente de razón, un contenido mental, cuyo fundamento sea la bondad o
conveniencia de esa proposición intelectual. La deuda de amor no es una creación del intelecto,
por tanto, tampoco de algunas culturas., por muy sublime que pudiera parecernos esa “idea”.
Los vínculos familiares, cada uno en su respectivo contenido donal, conllevan de suyo una
dimensión de justicia –de derecho y de deber- que pugna por ser vivida en la realidad cotidiana,
porque esa es la naturaleza real de los territorios de nuestra intimidad personal. Como
amadores, nuestra intimidad está hecha así en su mismo esse existencial: somos tan necesitados
como capaces de darnos y acogernos, en nuestra misma y entera persona masculina o femenina,
en las coidentidades de esposos, padres y madres, hijos, hermanos, abuelos y nietos. Cada
coidentidad amorosa, constituida desde la libertad y gratuidad del don y la acogida, es vínculo
de la identidad recíproca que realmente entre sí son sus amadores y, por tanto, es justa deuda
de amor entre ellos. Ese constituirse en co-ser, unos con otros, es potencia real de la condición
personal humana, no un invento artificial o cultural, y como tal potencia innata e íntima nos
reclama actuarla y realizarla cuando queremos amar de verdad.

b. Ser tuyo y que seas mío

Usamos el pronombre posesivo mío para referirnos a nuestros familiares: decimos mi marido o
mi mujer, mi padre o mi madre, mi hermano o mi abuela. Intuimos que ese mi expresa un nivel
de pertenencia muy intensa y muy íntima entre nuestros familiares y nosotros, una pertenencia
exclusiva en algo común que no se da en otras relaciones. Cuando digo mi esposa o mi hijo, por
ejemplo, ese mío es absolutamente diferente de cuando digo mi cerveza, mi club o mi patria,
porque no hay en ninguna de las citadas cosas aquella intimidad humana, desnuda e
incondicional, que es propiedad en exclusiva de las personas, en cuanto amadoras, por la que
ellas mismas se dan y acogen y por eso pueden decirse ser mío y ser tuyo.

Sin duda, hay muchos usos del pronombre “mío”. Nos fijaremos, primero, en un sentido muy
exclusivo, que combina dos fuentes de inspiración. La primera expresa aquella pertenencia que
cada uno tiene con lo que constituye su propia y única persona humana. Fijémonos bien: nada
nos es más propio, más interior o íntimo, y nada más duradero para toda nuestra vida que
nuestro propio ser y naturaleza humana. Nada más mío que mi ser. En este sentido, por ejemplo,
decimos mi cuerpo o mi alma o mi persona. Porque nuestro cuerpo, alma o quien personal, para
cada uno de nosotros, es una pertenencia constitutiva de nuestro ser, el cual nos es propio al
máximo pues es la propiedad más mía. Somos este cuerpo personal masculino o femenino, y
éste, mi cuerpo, es mío de mi persona. Observemos que el quien soy y lo que soy, como esta

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persona masculina o femenina, es un mío más radical y constitutivo que mi casa, mi dinero, mi
patrimonio entero, mi patria, puesto que, si fuese privado de todas esas segundas cosas, seguiría
siendo esta única persona humana, pero si me viese privado de mi cuerpo –como ocurre con la
muerte– perdería la vida y mi propia constitución humana.

La segunda fuente de inspiración viene dada por las tres maneras como algo mío puede
pertenecerme en el tiempo y el espacio. Me puedo relacionar, en primer lugar, con algo y
llamarlo “mío” de una forma pasajera, transeúnte, sólo limitada al fugaz presente: así digo “mi
vaso” en la mesa del restaurante donde casualmente ceno con unos amigos; digo “mi tren” para
referirme en la estación al ferrocarril al que me corresponde para hacer mi viaje. No cabe
emplear ese tan breve significado de pertenencia con “mi” propio cuerpo personal, pues me es
constitutivo y biográfico en vez de accidental y pasajero.

Puedo, en segundo lugar, decir de algo que es “mío” en un sentido habitual, estable, incluso con
una duración ilimitada, pero sin ser constitutivo de mi condición humana, puesto que yo seguiría
siendo la misma persona aun faltándome esa cosa: por ejemplo, mi patrimonio, mi profesión,
hasta mi patria y nacionalidad, pues, como es obvio, siendo la misma persona puedo arruinarme,
dejar de trabajar o ser apátrida.

Por fin, en tercer lugar, volvemos a encontrar un significado de lo “mío” tan radical, tan
vinculado a mi propia identidad y naturaleza, que por necesidad me dura toda mi vida, dado que
manifiesta mi propia constitución esencial. Este tercer significado es con el que me refiero al
“tiempo” durante el que me pertenece mi persona, mi cuerpo, mi naturaleza humana. Lo “mío”,
en la acepción de quien soy y lo que soy me pertenece por constitución, me es biográfico, dura
siempre, me revela y expresa a mí mismo en cuanto permanezco y durante toda mi realización,
siendo quien soy y nunca otro, en ese tiempo y espacio que llamo mi vida.

Estamos en condiciones de asentar el presupuesto del ser conyugal. Su cimiento está en lo mío
más mío. Veámoslo. Nada es más “mío· que nuestra propia persona humana en modo masculino
o femenino, nada más biográfico y permanente, y nadie humano, por principio, más íntimo con
nosotros mismos que uno mismo. La hemos explorado bajo la definición de territorio nupcial, el
más soberano de nuestra intimidad donal. Éstos son los tres conceptos relativos a mi cuerpo
personal de varón y de mujer, en cuanto soberanía nupcial. Por un lado, la pertenencia en cuanto
propietario de uno consigo mismo: lo “mío”, que nos pertenece porque somos dueños
constitutivamente de nuestro ser. Por otro lado, la intimidad o relación inmediata y directa de
mí conmigo mismo, con cuanto es mi ser humano de varón o de mujer: eso “mío” personal
masculino o femenino que soy es lo más próximo e íntimo conmigo mismo. Por fin, la biografía
o historia mía que escribo con mi vida, en cuanto mía, mediante mis elecciones y conductas.

Nuestra actual cultura, sin embargo, parece sufrir la paradoja de una intimidad tan
intensamente subjetivista y emotiva cuanto superficial e impersonal. Una masa humana surfea
sobre su condición personal masculina o femenina. Vivimos un eclipse del matrimonio y de la

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familia. Es un eclipse de los amores debidos en justicia. Y, en consecuencia, es una crisis de las
coidentidades íntimas. Hay un tipo de ser humano postmoderno, masificado e hiper erotizado,
que no ama a nadie, que ni se da ni acoge realmente a nadie, pero le gusta gustar, y busca a
quien seducir por el placer de seducir.

La cultura, la legislación, la opinión y mentalidad social, que difunden los medios de


comunicación, y la vida de muchos personajes populares ponen de relieve una gran confusión.
Basta con preguntar qué entienden unos y otros – también nuestros alumnos, amigos, colegas,
hasta nuestros familiares- por la sexualidad, los amores, el casarse o la familia. Las respuestas
se parecen al caos de la torre de babel. Me temo que “la cosa” que se interpone a la luz y más
eclipsa no es tanto el confuso pluralismo que viene de “afuera”, del entorno cultural y social,
pese a ser muy fuerte su influencia. Creo que la “cosa más negra”, la que permite el eclipse
completo, son los vacíos en las intimidades de las personas. Si las personas tuvieran claros,
potentes y generosos sus diversos territorios donales, dispuestas a vivir su don y su acogida, la
confusión de lenguas que vendría del afuera, de la torre de Babel cultural y social, no tendría
tanta eficacia, por la sencilla razón de que un adentro personal lleno, en vez de vacío, no se
dejaría impresionar, confundir y sustituir por lo que viene de afuera, sino que lo confrontaría y
lo vencería. En este sentido, me temo que sufrimos un período de enormes vacíos interiores. Y
quien está vacío se arriesga a dejarse llenar la intimidad por “cualquier cosa”. Pero “cualquier
cosa” no satisface lo que pide nuestra intimidad, y la deja frustrada y en soledad. En este eclipse,
por causa de los vacíos, hay una enorme demanda de “amores”, pero son un tipo de “amores”
que carecen de verdad interna.

La experiencia clínica actual pone de relieve la amplia presencia en los relatos, de un lado, del
miedo, la sospecha y las desconfianzas y, de otro, el consumo utilitario, el uso y tiro, y la egoísta
intención depredadora, los contactos pasajeros en los que uno o ambos sólo buscan su propio
placer y a corto plazo. Si esas son las lentes con las que nos miramos, es imposible el amor. Hoy,
tal vez siempre, quien quiere amar de verdad ha de tener el coraje de nadar contracorriente.
Una de esas verdades internas del amor, sin las que un amanecer sentimental pronto oscurece,
es su conjunción con lo justo, es decir, su engendrarse el vínculo de amor debido, que es el
núcleo de la coidentidad de amador con sus amados. Deberse amor, como íntima identidad
cobiográfica, es la esencia de los lazos amorosos que vertebran una familia: el conyugal y los
consanguíneos.

¿Cómo recobrar el amarse real, el sentido del casarse o fundarse como unión conyugal, y el de
la comunidad de carne y sangre que es familia? Lo que en los capítulos siguientes nos interesa
explorar no son sus disfunciones y fracturas, que dejaremos para el tomo II, sino los
fundamentos y las estructuras de aquellos vínculos con quienes son los míos íntimos, a los que
debo mi identidad de amador como lo suyo justo que les pertenece.

8. La soberanía personal en la elección y aceptación de los "míos" íntimos

En la exploración del nexo entre el amor y la justicia aparece la cuestión de la libertad personal
con los vínculos debidos. También en familia todos sus amores –pues son amores entre

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personas- contienen la libertad y la gratuidad del amor. Cada uno en un modo particular del don,
de la acogida y de la unión. Y desde esa libertad y gratuidad se transforman en vínculos de amor
debido en justicia gracias a actos de voluntad, libre y gratuita, por parte de sus amadores.
Vincularse en el amor es un acto de soberanía de cada persona. Ningún poder humano, ni civil
ni religioso, puede vincular la identidad de amador de nuestros territorios íntimos sin o contra
la voluntad de la persona. Los amadores somos los soberanos de nuestros amores.

La soberanía personal es lo más alejado y contrario al capricho voluble y a la arbitrariedad sin


fundamento. Somos amadores para amar, no para esconderlo en cerrada caja de caudales.
Somos libres para actuar esa libertad, no para guardarla en el sótano sin ejercerla. Quien se
reserva amor y libertad, no ama ni es libre. Y quien la ejerce sin cimientos reales y según los
vientos volubles del capricho pasajero, no logra amar salvo girar como veleta sobre sí mismo y,
como hoja de otoño, ser barrido por el tiempo. Sin embargo, a pesar de nuestra notable
tendencia a la superficialidad y la inconstancia, tenemos la experiencia de decisiones voluntarias
y permanentes a un palmo de los ojos. Por ejemplo y fortuna, en muchas familias cercanas,
ojalá la nuestra. En el ámbito de la consanguinidad familiar, la libertad de la persona y de sus
actos se ejerce constantemente, porque son lazos de amor y no hay amor en cualquier
imposición coactiva que suprime la libertad. Pudiera parecernos lo contrario, dado que los
padres no eligen a sus hijos ni éstos a sus padres, ni los hermanos entre sí, ni los abuelos a sus
nietos y éstos a aquellos. Pero sí hay elección y continuas respuestas, desde la libertad y la
gratuidad, en la vida amorosa ordinaria y corriente de los lazos de consanguinidad. Observemos
esta “evidencia”.

El acto de engendrar, por el que la mujer concibe del varón, es un acto de suyo esencialmente
libre. La violación, el forzamiento, cualquier forma de violencia física o psíquica en las relaciones
íntimas sexuales –donde falta libertad y gratuidad-, en la conciencia colectiva generalizada lo
consideramos inhumano y tan grave que puede constituir delito penal. No es delito, en cambio,
la frivolidad al engendrar sin quererlo directa y expresamente, ni desearlo ni caer en cuenta,
pero cualquier persona sensata comprende que la trivial casualidad no es la manera más digna
de ejercer la libertad y responsabilidad que merece el origen de un hijo y, de hecho, a ningún
hijo le hace la menor gracia haber venido a la vida de semejante manera. No obstante, en la
mayoría de concepciones inesperadas se asume la venida del hijo y no se le aborta. Aunque es
un ejercicio de libertad a posteriori, sin duda es un acto de amor justo con el niño concebido
hecho en el momento de acogerlo y amarlo; como, en su contrario, es un acto de injusticia brutal
al amor debido el aniquilar al no nacido. Un acto de libertad y gratuidad amorosa, pues, es el
deber ser justo que merece cualquier concepción de un ser humano. Pero las secuencias
posteriores, como son la gestación, alumbramiento y recepción del recién nacido, son también
actos de compromiso personal de los padres, ejerciendo su libertad al aceptarlos. Lo prueban
sus contrarios, como son la decisión de abortar, el infanticidio o el abandono del recién nacido.
También en otras conductas, cuya anomalía parece menor, aunque no lo es, se juega la asunción
libre o los rechazos voluntarios más o menos expresos y graves, como, por ejemplo: la desidia y
descuidos en la crianza de los hijos, los malos ejemplos que los vicios de los padres, o su maltrato
y violencias, suponen para la educación de sus hijos, los abandonos de los ancianos familiares, y
tantas otras posibles injusticias a las deudas de los amores.

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Obviamente, la libertad no equivale hacer el capricho arbitrario que me venga en gana, sino el
hacer por mí mismo, sin violencia o imposición que suprima mi acto personal, lo que debo a mis
amados, justo porque quiero amarles y esa entrega de mí es lo que la verdad del amarles pide a
mi persona, es decir, a mi libertad y gratuidad soberanas. Pero esa libertad y la gratuidad reales
no son meras ideas o containers mentales, sino encarnaciones personales en las conductas; es
decir, piden ser realizadas en obras del convivir con los prójimos concretos, pero pueden
incumplirse constantemente, defraudando su entrega, o pueden mantenerse paralizadas sin
darse oportunidad de ejercerse. El cumplimiento mediante la vida vivida, ejerciendo su libertad
y sin que les paguen por ello –gratis et amore-, es lo que hacen la mayoría de padres y madres,
por fortuna, cuando conciben, aceptan y acogen a sus hijos, les crían y educan, les dan el hogar
que merecen, les acompañan amorosamente a lo largo de sus vidas. O lo asumen -lo que
también es una libre decisión personal- cuando sin esperarlo expresamente se produce el
embarazo; y vuelven a asumirlo, no menos libremente, cuando persisten amando al llegar
infortunios y desgracias que ni se previeron ni se quisieron. Cualquier buen padre o madre, por
amor, sabe que ha comprometido “libremente” su libertad –que es la forma de ejercerla- y
asumido su identidad de amador con sus hijos. Cada padre o madre vive su particular relato
acerca del momento, -si fue puntual o si se dilató y progresó mediante un tiempo-, de su
compromiso de identidad amorosa con sus hijos. No es necesario obtener un título universitario
o profesional para hacer esa implicación voluntaria. Quien ama, movido por su amor, se
compromete con sus hijos. Por lo demás, la vida se encarga, cuando vienen las pruebas y los
sinsabores con los hijos, de hacernos conscientes de cuanto les amamos, cuanto nos preocupan
y cuanto pueden llegar a disgustarnos las derivas de esos hijos… y de cómo perseveramos
fielmente en nuestra esperanza y paciencia hacia ellos.

También los hijos, que no eligen a sus padres en cuanto engendradores, pasan las pruebas de
su libre aceptación amorosa a lo largo de su vida. Es clásico, aquí, referirse a las crisis de la
adolescencia, a la rebeldía y alejamiento de los padres, a su crítica, a veces feroz e injusta, pero
también a los regresos en la madurez, cuando los hijos son a su vez padres, y desde su paternidad
y maternidad comprenden y aman más profundamente a su padre y madre, ahora abuelos, a
pesar de sus limitaciones o errores. No es menos clásico recordar la parábola del hijo pródigo y
su fiel padre, porque el reclamo de independencia y alejamiento, a veces muy injusto y
desagradecido, es una tensa experiencia extendida, en mayor o menor grado de gravedad, entre
los hijos y sus padres. Por fortuna, sigue siendo frecuente la fidelidad de padres y madres que,
a pesar de desagradecimientos y rechazos, permanecen con su amor abierto a los regresos de
los hijos, sin perder la esperanza y manteniendo encendida la llama de los lazos familiares,
poniendo amor allí donde falta, con una perseverancia de enorme valor porque ella sostiene,
por encima de las pleamares, la vida de una familia. En este sentido, la fidelidad perseverante
es dimensión nuclear de los verdaderos amores, porque manifiesta, por encima de tiempos y
espacios cambiantes y difíciles, la coidentidad íntima y biográfica de quien es amador. Sin la
calidad amorosa, la fidelidad biográfica y la abierta esperanza de ese padre de la magistral
parábola –que incluye a la madre-, el hijo pródigo y dilapidador no habría vuelto a una casa que
supusiera definitivamente cerrada para él, ni se habrían superado las fricciones y reproches
entre hermanos. Son el padre y la madre, el origen y punto de encuentro común entre
hermanos, los que pueden cicatrizar las heridas de unos y otros. Cuando faltan los padres,
porque ya murieron o porque dan su espalda, las diferencias entre hermanos, careciendo de
punto de encuentro en común que les reúna, les alejan mucho tiempo o petrifican
definitivamente.

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 22

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
Todos estos comportamientos, que son las historias íntimas de cada familia, constituyen actos
de soberanía personal, de enorme compromiso y entrega voluntaria, libre y gratuita, desde los
cuales se ama en la realidad vivida, se siembra allí amor en forma concreta, se persevera en ese
amar y, al fin, se recoge amor. Son libertades encarnadas en la voluntad personal, ejercidas con
alta abnegación amorosa y no pocas lágrimas. Una parte muy importante de ese milagroso
poder del amor en renovar y encender los lazos familiares, proviene de la autenticidad en la
gratuidad, libertad y fidelidad del don, la cual exige el firme compromiso de la voluntad, la cual
puede garantizar los vínculos por debajo de la inestabilidad y volubilidad de los estados
emocionales. Esa autenticidad del don no viene del azar, ni del sube y baja de las reacciones
emocionales, sino del empeño voluntario en que el comportamiento responda a lo que es, en
verdad, el amar aquí y ahora, en cada evento cotidiano. Dicho al revés, la violencia, las
coacciones, el maltrato, la crueldad, los chantajes, las mentiras y manipulaciones, las
infidelidades y abandonos, o el poner precio y cobrarlo, son incapaces de mantener vivos los
amores familiares ante las pruebas de la vida. También esos comportamientos destructivos son
actos de libertad, pero sin compromiso de amor ninguno o al menos suficiente. Si hubiera habido
el amor necesario, con sus correcciones, se habrían evitado aquellos fraudes, maltratos y
traiciones con sus devastadoras consecuencias.

Vayamos a la libertad en el ámbito conyugal. El varón y la mujer poseen su masculinidad y


feminidad como suya y solamente suya, en el sentido profundo y estricto de que, en el territorio
nupcial de la intimidad, nadie nace ya dado a otro u otra, es decir, casado o conyugado.
Masculinidad o feminidad son identidad íntima virgen de partner, por eso son la intimidad
humana más en propia "propiedad" o "mía", la identidad comunicable sobre la que se tiene
máximo señorío y soberanía, la intimidad que exige mayor libertad de ejercicio y respeto.
Ninguna autoridad humana, ni política ni eclesiástica, ni siquiera los padres, pueden conyugar a
un varón y a una mujer, por la sencilla razón de que sus cuerpos masculino y femenino, en cuanto
sexuados, sólo a sus personas pertenecen en exclusiva y a nadie más. Por esta razón, por
ejemplo, la entrega, venta o compra "en matrimonio" de menores –niñas, sobre todo-, al
margen de su libertad, madurez y consentimiento, por parte de padres, familiares o autoridades,
atribuyéndose un poder y un señorío que no tienen, son abusos injustos e intolerables, una
muestra de ruda dominación, una ignorancia o desprecio de la dignidad de las personas del
varón y de la mujer y de sus derechos innatos. Los derechos a elegir cónyuge y a casarse, o
permanecer célibe, de cada varón y mujer por su propia elección y decisión –el llamado ius
connubii- son libertades fundamentales, innatas e inviolables. Son demostración de civilización
y de respeto a la mujer.

Una vez proclamado alto y claro este derecho de libertad nupcial, podemos abordar la
transformación, mediante la voluntad de cada varón y mujer, de la gratuidad y libertad
originarias del amor en deber de justicia entre esposos. El reconocimiento del ius connubii deja
claro que varón y mujer pueden, en libre y propio ejercicio de su señorío soberano, entregarse
y aceptarse entre sí a título de marido y mujer. Pueden convertir lo mío en tuyo y lo tuyo en mío,
fundando aquella unión suya a la que ambos pertenecen. En esa fundación, la libertad de ambos
se ha ejercido por ellos mismos, de suerte que ser unión es justamente resultado de un acto de
señorío y soberanía de ambos y, en este sentido, un acto paradigmático de su libertad. De ahí
tres consecuencias.

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Primera, que es esencial que el consentimiento conyugal sea un acto de la mayor libertad de
quienes se esposan, porque no puede quedar entregado quien, siendo dueño de sí, no quiere
darse o quien es coaccionado física o psíquicamente para forzarle una voluntad que no tiene.
Segunda, que el poder de amarse entre varón y mujer tiene, mediante el ejercicio de la propia
libertad, necesita una suficiente capacidad de darse y acogerse entre sí para transformar lo suyo
de cada uno, su intimidad sexual masculina y femenina, en lo “nuestro” o co-pertenencia por la
que voluntariamente nos hemos hecho el uno del otro como uno. Tercera, que transformado
por nuestra libre voluntad lo que era sólo mío en lo nuestro, dados y acogidos el uno al otro, nos
debemos ambos la unión fundada. Es decir, nos hemos hecho “nuestra unión íntima” y, a partir
de ahí, la dinámica vital de conservarla, desarrollarla y mejorarla, así como reparar sus defectos,
rutinas, cansancios y heridas, constituye la identidad íntima conjunta y la forma de convivir que,
como esposos, nos debemos en justicia.

¿Por qué en justicia? Porque es una verdad y una realidad que nos hemos hecho el uno del otro,
es decir, que nos co-pertenecemos y, tal modo de ser unidos, es la “unión nuestra” que nos
debemos. Ser ambos una única y exclusiva unión es su nuevo modo de ser, no solo de actuar. Es
el ser íntimo masculino y femenino de ambos que se une y comunica, y les hace ser esposos, que
es el co-ser de la unión. Es una realidad porque la potencia de semejante unión íntima está en
la naturaleza recibida del varón y la mujer entre sí. Y es una verdad si, mediante nuestra libertad,
nos hemos dado y acogido enteros y sinceros el uno al otro, puesto que somos soberanos para
darnos y acogernos para ser unión. Esta es una diferencia profunda y rotunda entre un soltero
y un casado. El célibe no es de nadie, salvo de sí mismo, pues su territorio nupcial ni se ha dado
ni acogido. El casado ha dejado su soledad nupcial, ya es un “nosotros” cuyo territorio nupcial
se ha constituido en coidentidad e intimidad compartida. Subrayo este elemento tan decisivo, a
saber: quienes de veras se casan –es decir, se fundan como su unión íntima de vida y amor-
crean entre sí una realidad nueva, un modo de ser conjunto inédito, que antes no existía. Esta
es la clave de la intención nupcial y el fruto esencial del consentimiento matrimonial: la puesta
en la existencia del ser unión como la nueva e inédita realidad que les define la coidentidad
íntima como esposos.

Esta colosal novedad nos explica la diferencia respecto del hecho de la mera convivencia afectiva
y sexual de una pareja, en la que expresa o implícitamente, se rechaza o se evita comprometerse
la identidad biográfica futura, limitándose al presente mientras a ambas partes, al menos,
interese la continuación del hecho, pues basta con que una no quiera, para que el “hecho” se
desvanezca. Sin duda, se es libre para no darse y acogerse como coidentidad, o para hacerlo de
forma muy limitada en contenido y duración. Pero, precisamente por el diferente uso de la
libertad, las situaciones son también muy distintas y no pueden pretender equipararse como
iguales. Varón y mujer solteros sólo se pertenecen a sí mismos, su potencia de conyugación sigue
sin haberse ejercido. La pareja de hecho, por su parte, se mantiene en un presente constante,
sin darse y acogerse su entero futuro. Por eso son un mero hecho, mientras dura, pero no se
deben en justicia su ser unión, porque no la han constituido. En cambio, los esposos son quienes
han ejercido con su libertad personal ese poder de íntima unión y, una vez unidos, se deben la
vida conyugal que es, al mismo tiempo, su nueva y conjunta manera de ser y la historia viviente
de esa unión de amor. Hay que señalar, por último, que algunos que celebran una ceremonia
nupcial no se unen en realidad. Celebran una boda y una fiesta, pero no se han dado y acogido
fundándose como una única unión, por tanto, no han puesto en su existencia de pareja la nueva

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e inédita unión. Las ceremonias, las formalidades y la fiesta no casan, no unen. Lo único que
une es el consentimiento expreso de ambos en fundar, aquí y ahora, nuestra entera y definitiva
unión, nuestro nuevo e inédito modo de co-ser. Tal vez hemos asistido a algunas ceremonias en
las que la única voluntad real de uno o ambos novios solo tenía por objetivo la “boda” –una
ceremonia y su festejo-, pero ni se les ocurrió el unirse, ni tenían esa intención, o expresamente
lo rechazaban en su interior.

La experiencia más elemental nos muestra que ocurren muchas relaciones entre varones y
mujeres, de naturaleza sexual íntima, cuyos niveles de unión presentan grandes diferencias. En
algunos casos, no hay atisbo alguno de unión, ni siquiera cuando se conocieron sexualmente,
pues se despiden por la mañana ignorando hasta sus nombres. En otras ocasiones no hay unión
porque uno o ambos carecen de capacidad psíquica para fundarla –lo que puede ocurrir durante
el padecimiento de ciertas patologías severas-; o tampoco la hay porque uno o ambos no la
quieren fundar. Ahora no es el momento de examinar los motivos de esas reservas de entrega
y acogida. Lo que aquí me interesa mostrar es que tal potencia de unión la tiene el poder de
amarse y unirse entre sí el varón y la mujer. Otra cosa es el océano de circunstancias y motivos
por las que una pareja en particular no la hace existir y, más o menos voluntaria y
conscientemente, se mantienen en reserva, tal vez porque otros vínculos anteriores se lo
impiden, quizás ni se lo plantean ni les interesa, o tienen miedo a los fracasos y sus dolores, o
no confían suficientemente el uno en el otro, o sin decírselo claramente no ven encarnado en el
otro a aquel o aquella cuyo futuro les convence y con quieren desean envejecer, o simplemente
tienen rechazo a casarse, o les basta y sobra con el carpe diem para ir aliviando el deseo sexual
y las soledades. Las situaciones particulares, como se sabe, son innumerables.

9. Amores con estructura y dinámica injustas. La fragmentación de la vida íntima

Ahora deseo plantear otro aspecto importante. Se trata de si hay una integridad del don y de la
acogida amorosa que es la “justa", en el sentido de poseer ciertas propiedades esenciales que,
a lo largo del convivir, tienen potencia de hacer crecer la unión de amor hacia su plenitud. Dicho
a la inversa: lo sepan, lo quieran o lo ignoren sus amadores ¿hay estructuras y dinámicas injustas
en un unirse que, desde su misma base, la hacen inviable y la condenan a morir?

a. ¿El amar es caos o tiene un orden?

¿En amor todo vale, todo es subjetivo, no hay objetividad ninguna, funcionará lo que cada pareja
se invente? Será difícil responder a esta pregunta si confundimos libertad con arbitrariedad, es
decir: si suponemos que ser libre equivale, de un lado, a hacer lo que me venga en gana, aunque
no tenga fundamento un objetivo, ni sentido de la realidad personal, ni proyección de futuro; y,
de otro, que cualquier estructura y dinámica en el campo amoroso, si es de mi preferencia
subjetiva, es de igual valía que otras diferentes y aun contrapuestas y que, por ser mi opinión,
tiene tantas posibilidades de funcionar, en sus consecuencias y efectos, como otra estructura y
dinámica. ¿Qué sea amor y se viva como tal pertenece a lo caótico, impredecible, pluralismo
indiferenciado, subjetivamente individual y arbitrario? O, por el contrario, ¿hay un ordo amoris
y un ars amandi?

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Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
Si el caos arbitrario y el relativismo más subjetivo fueran, en el amarse, la base de nuestras
convicciones, entonces no habría estructuras justas y otras injustas, unas con garantía de futuro
y otras destructivas, porque todas, incluso las opuestas, valdrían lo mismo. Cualquier manera de
amar sería defendible y tendría la misma valía y posibilidades reales, incluidos los que
consideramos comúnmente “malos amores”, pues esa negativa calificación sería imposible. Nos
puede ser cómodo o útil este relativismo para hacer lo que nos venga en gana y no responder
de sus consecuencias; pero la experiencia de la vida y los sinsabores y fracasos, que se traen a
las consultas, indican lo contrario. Somos muy ciegos y muy contradictorios según nos interese.
Por ejemplo, damos por hecho que hay líneas aéreas, restaurantes, compañías de seguros,
hospitales, médicos, abogados, modistas y pasteleros que son “mejores” que otros, porque
trabajan con mayores fundamentos, oficio y calidades; y nos gusta ser atendidos por los mejores,
no por los peores. Pero cuando se trata de valores que afectan a nuestras conductas, entonces
huimos de cualquier objetividad por la que se nos pueda enjuiciar, o que nos obligaría a un auto
examen crítico, y preferimos suponer que cualquier opinión vale lo mismo, que todo es
subjetivo, que cualquier fórmula afectiva y sexual tiene el mismo fundamento y calidad humana,
con las mismas posibilidades de funcionar como, a gusto del consumidor, unos toman ron, otros
limonada, y otros prefieren agua del grifo. Pero la realidad es terca. No todas las propuestas
sobre el amor contienen igual poder para prosperar y darnos las razones de vivir. La experiencia
común y la clínica – las quejas con las que, en los amores, nos lamentamos “con razón y verdad”
por causa de algún egoísta, granuja o malvado, que a veces somos nosotros y las heridas que
contamos en consulta- nos lo demuestran cada día. ¡Claro que, por fortuna, hay un ordo amoris
y un ars amandi!

La potencia de unión que hay entre varón y mujer, en cuanto tales, es real y muy íntima, pero
no tiene nada de arbitraria, caprichosa, frívola o contradictoria. El amar –lo hemos repetido
hasta la saciedad- requiere verdad y bondad; muere inevitablemente en una atmósfera de
mentira, falsedad e impostura. Ni siquiera al ladrón le gusta ser robado, ni al mentiroso ser
engañado, ni al infiel que le traicionen. Amar requiere tomarse en serio y con limpieza el ser y
el darse; no puede vivir, -a veces ni siquiera nacer- en el reino de la apariencia impostora o del
error de base. El amor verdadero no es representación teatral, ni capricho alocado. Ponemos en
acción o reservamos, por libertad, su entera potencia de unión, pues nadie puede ser obligado
a darse. Pero la potencia de unión es la que es, cuando es verdadera. De suyo, reclama el don y
la acogida enteros y sinceros a sus amadores. No es, aunque se empecinen uno o ambos, un
invento a la carta; no vale cualquier sucedáneo incompleto, parcial y fingido del don sincero y
entero con tal de estar ambos de acuerdo, porque, sin verdad completa del don, el sucedáneo,
incluso consensuado, se les muere sin remedio más pronto que tarde; tampoco soporta darse
fragmentos de sí y reservarse otros, ocultando y simulando, como si se pudiera estar y no estar
al mismo tiempo, es decir: "en parte te amo y en parte me oculto, en eso y lo otro no arriesgo,
ni entrego ni comprometo, y voy por libre a la mía, en vez de a la nuestra”. Por decirlo en breve
y con un ejemplo rotundo: la fidelidad forma parte esencial del ordo amoris y, además, es una
experiencia objetiva de crecimiento del amor y de las personas; pero la infidelidad rompe la
confianza, aniquila la coidentidad íntima entre los amadores -de la víctima y también del que
engaña- aleja a distancias muy lejanas, a veces insalvables, desune y mata el amor. Esos son los
hechos.

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 26

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
Recuerdo con estos ejemplos -sólo elementales en apariencia- que hay una estructura del darse
y acogerse íntimamente entre varón y mujer que es la que realmente responde a la verdad del
ser amante, amado y unión de amor. Estemos de acuerdo o no, nos guste o escueza, hay amores
verdaderos y los hay falsos; los hay buenos y los hay malignos y destructores. La experiencia nos
enseña, entre otras cosas, que hay una verdad y una bondad propias del amor. En consecuencia,
hay en el amor bueno y verdadero una estructura interna que contiene la potencia biográfica
para que la unión viva y crezca, en vez de agonizar y morirse. Son como los sólidos y sanos
cimientos de una casa: en ellos no está ya larvándose desde el principio el hundimiento a plazo.
Además, esa aceptación entera y sincera, que a sus amadores les pide la verdad y la bondad de
su unión, es justicia entre ellos, es el contenido auténtico de su recíproca deuda de amor.

b. Las vidas fragmentadas: la cuestión de la integridad o la doblez del amador

Hemos abierto una escena apasionante, pero también inquietante. La podemos denominar la
cuestión de la integridad; o, en su lado opuesto, la cuestión de la fragmentación de la intimidad.
¿Qué verdad y bondad queremos expresar al decir "amor mío, eres toda mi vida"? ¿Cuánta
intimidad se pone en juego cuando, por ejemplo, decimos “te quiero con toda el alma”, “para
mí sólo existes tú”, “te querré siempre”, “no puedo concebir mi vida sin ti”, “ si te pierdo, me
muero”, “nací el día que te conocí”, “soy todo tuyo o tuya”; o también: “tú sabes, hijo mío, que
daría mi vida por tu bien”, “aquí estoy y me tienes del todo para siempre”?

¿Nos engañamos o les mentimos cuando, amando, sentimos muy hondo esos sentimientos y los
manifestamos con las palabras de los ejemplos anteriores? Desde luego que no. Nos lo
demuestra la paradoja del falso seductor. Las palabras de amor -entendiendo por “palabra” toda
forma de comunicación con que el cuerpo manifiesta la variedad e intensidad de los
sentimientos- son medios de comunicación de tanta verdad y sinceridad que, precisamente por
ello, utilizamos su fuerza de persuasión cuando, disfrazados con su apariencia, queremos
engañar y fingir amor. El impostor, en amor, recurre a las mismas palabras que el amador
verdadero. La mentira rinde culto a la verdad, porque para ser verosímil y lograr engañar ha de
vestirse con las apariencias de la verdad. Y es por eso -evitemos hipócritas excusas y
justificaciones- que la infidelidad, ya inicial o sobrevenida, es un engaño intencionado y no un
error involuntario.

Pero, seamos o no expresamente conscientes, cultos o rústicos, ¿qué queremos expresar


cuando, sinceros y enteros, decimos de veras aquellas sentidas palabras de amor? Sin duda,
deseamos decir muchas cosas y algunas tan hondas que no hay palabras para ellas, porque es
inefable lo que adentro sentimos. Bajo los diversos verbos y gestos amorosos intentamos
manifestar la realidad del darnos y del acogerles justo en nuestro adentro más íntimo, las
emociones que nos embargan enteros, porque nada de nosotros ha quedado sin ser conmovido.
El quien personal, que somos, está ahí entero y sincero en su verbo y gestos. No está en parte sí
y en parte no. No está a trozos; un pedazo se manifiesta, pero otro se reserva y oculta, o engaña
y no existe. El lenguaje amoroso, en cualquier tiempo y lugar, nos descubre su verdad: el don y
la acogida del amarse piden ser enteros y sinceros, o no son. Esa es la verdad y bondad de su
contenido y, gracias a ellas, el amar es vida y nos la vivifica.

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 27

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
¿Qué es la plenitud de un amor, en su potencia inicial y en su cima?

Cuando se trata de amar, cada específico territorio de nuestra intimidad sólo puede darse y
acogerse, en su verdad y su bondad, si las personas se lo proponen de forma entera y sincera y,
en consecuencia, lo hacen realidad en los espacios y tiempos cotidianos. Cada territorio de
intimidad -ser pareja, padres, hijos, hermanos, santuario y aliado de Dios- contiene su propia
plenitud. Ninguno impide al otro, pues no tienen que partirse la misma provincia íntima. Cada
territorio posee su propio bien en su estructura inicial, en cuya virtud puede desarrollar los
dinamismos que, mediante la congruencia de conductas y su crecimiento a lo largo de la vida,
permiten a sus amadores alcanzar su plenitud en sentido de cima de vida lograda. Pero el modo
de ascender hacia esa cima es mediante la presencia fiel y perseverante de la intencionalidad
entera y sincera del darse y acogerse. Intencionalidad compartida y solidaria entre los amadores,
pues el amor no es cosa solo de uno. El don y la acogida, además, crecen dándose y acogiéndose.
Sin esa intencionalidad conjunta y persistente sobre el don entero y sincero, la unión entre los
amadores queda limitada de inicio por las reservas de sí, que son madres de desconfianzas y
miedos, o por las decepciones a causa de defectos y limitaciones recíprocas; y por eso el avance
no acaba de cuajar, más bien arrastra una deficiencia inicial o con el tiempo enferma de cierta
parálisis. ¿Quién no conoce la experiencia, que nos desanima, de un amor que empezó radiante,
con gran fuerza y, luego, perdió fuelle y entró en rutina? ¿Y qué es la rutina, en amores, sino una
parálisis del espíritu en darse y acogerse, una pérdida de pulso o “des-ánimo” con su
consiguiente amodorramiento? Aquí es muy cierto que, quienes no crecen, enferman su amor
y al cabo se les muere.

El ordo amoris y su ars amandi no comienzan después de haber adquirido sus amadores una
perfección a priori. Una concepción tan puritana e ideal peca de irrealismo, si no de ridícula
soberbia. Aprendemos a amar y crecemos como amadores… amando aquí y ahora, cada día.
Como los niños que no saben andar y lo aprenden atreviéndose, cayendo y levantándose. Es
oportuno recordar lo que expusimos a propósito de los apegos, limitaciones, defectos y malicias,
en el sentido de que no somos perfectos, pero podemos ser honestos y verdaderos en la
intencionalidad y su fidelidad. Cada amor pide, en efecto, nuestro don entero y sincero de su
correspondiente territorio o provincia de la intimidad. Lo que cuenta, dadas nuestras
imperfecciones, es la honestidad intencional del don y la acogida y la constancia de su fidelidad,
las cuales, por ser verdaderas, nos permite ser sinceros y enteros, aunque imperfectos. Es más,
la fidelidad intencional del don y la acogida es una manifestación de su verdad, pues demuestra
la firmeza y persistencia del amar, por encima y por debajo de nuestros fallos; fidelidad en cuya
virtud hay en nosotros la firme y constante resolución de no rendirnos jamás.

Siendo, como somos, diversos y sucesivos tiempos y espacios de nuestra vida -no pudiendo ser
cuanto podemos ser en un único acto cronológico-, la fidelidad es nuestra verdad de amadores
a través del tiempo y por encima de sus erosiones. El mantenimiento de la fidelidad intencional,
con su esfuerzo en la acción y conductas, hace crecer la resiliencia en los amadores, que es la
capacidad de afrontar la dificultad, su aguante ante los eventos traumáticos, su capacidad de
readaptación ante las circunstancias imprevistas, y su poder de contraataque ante las ofensivas
que a otros rinden o hacen huir. Gracias a esa resolución resiliente es verdad que amamos,
poniéndonos enteros y sinceros, pese a los defectos y limitaciones con que lo vivimos. Y tener

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 28

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
esa seguridad en que, unos con otros, somos verdad –que no perfectos ni concluidos- es una
clave psicológica para la paz y alegría interiores, para la confianza y compañía recíprocas, y para
la pronta restauración de las heridas, evitando que se consoliden o se ahonden.

Por lo demás, ésta es una experiencia común dentro de las familias. Los hijos, por ejemplo, no
sienten serlo en paz y sin traumas porque sus padres sean esféricamente perfectos, sino porque
experimentan que sus padres, pese a sus defectos, quieren quererles de verdad. Esa es la base
de su confianza y paz. Y lo mismo ocurre con los demás amores íntimos. Nos molestan los
defectos, sobre todo los ajenos, pero si no nos ciega la viga en nuestro ojo, cada miembro de
una familia sana y unida sabe que es verdad que quiere amar y que quieren amarle; que esa
verdad logra convivir con los defectos propios y ajenos; y que esa verdad, gracias a la constancia
de la fidelidad que somos los unos con los otros, sobrevive y sobrevuela nuestras miserias.
¿Cómo, si no, siendo todos miserables en algún grado por humanos, podríamos amarnos?
¿Cómo, si no fueran así los amores humanos reales, se nos podría solicitar no sólo amar a los
amigos, sino también a los enemigos?

Regresemos, tras ese tan realista consuelo, a la cuestión de las fragmentaciones. Ocurre, a poco
que pensemos, que el quien personal, que somos, ni tiene ni se compone de partes, y no se
puede fragmentar en pedazos sin padecer un cataclismo interno. Dicho al revés, la intimidad del
quien personal es una e íntegra y no puede ser partida a trozos, dando unos, reservándose otros,
acogiendo esto y dando la espalda a eso otro, realizándose mediante contradicciones internas,
sin pagar un amargo precio. La doblez de personalidad y de vida es madre de incesantes
sospechas para los demás y éstas matan la confianza y la compañía íntimas. Cada territorio
íntimo, al margen de las diferentes propiedades que le caracterizan, pide la presencia entera y
sincera de su quien personal para darse o acoger en lo que de propio contiene justamente
mediante la presencia -el compromiso, también podríamos decir- de su persona. Y nuestra
persona no son varias, ni trozos de una. Ni hay un quién personal distinto para cada territorio
íntimo, porque adentro no somos muchas personas, sino sólo una y única. En el lenguaje
corriente percibimos esa integridad del ser entero y sincero cuando, por ejemplo, elogiamos a
alguien diciendo: “es persona de una sola pieza”, o “no es un tipo que tiene varias caras”, o “es
persona de palabra y sin doblez: su sí es un sí, y su no un no” (Mt 5, 37).

Quizás una de las más logradas exposiciones de esta unidad de vida o “ser de una sola pieza”,
sin dobleces, porque muestra con una precisión e intensidad conmovedoras cuáles son sus
tentaciones y enemigos, está en el celebrado poema If de Rudyard Kipling: “Si puedes mantener
la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor la han perdido y te culpan a ti. Si puedes seguir
creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti… Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, engañado, no respondes con engaños, o si, siendo odiado, no incurres en el odio, Y aún así
no te las das de bueno ni de sabio…Si puedes encontrarte con el triunfo y la derrota, y tratar a
esos dos impostores de la misma manera…; Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados, y así resistir cuando ya no te
queda nada salvo la voluntad, que les dice ¡resistid!...”. ¿Qué es ese “resistir” de Kipling sino la
resiliencia de la fidelidad de nuestra identidad amorosa hacia los amados, que nunca se rinde?
¿No tendrá en algún momento nuestro don y acogida que caminar, como va desgranando el
poema If, entre defectos, dudas y culpas, entre esos dos impostores que son el éxito y el fracaso?

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 29

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
La vida de los vínculos amorosos de una familia, a lo largo de las pleamares de la existencia,
dependerá en muchos momentos de esa fidelidad, al menos de algunos miembros, si no la
tienen todos. Los mayores, abuelos y nietos, tienen una mayor responsabilidad en mantenerla
viva. Y, por fortuna, hoy es todavía frecuente en abuelos y padres con respecto de sus nietos e
hijos. La fiel resistencia, por desgracia, no es la misma entre esposos. Dedicaremos buena parte
del tomo II al examen de las infidelidades, al proceso de arrepentimiento y perdón, y a la
prevención o al rescate de los naufragios conyugales.

Si, en el amor verdadero, comprendemos esa necesidad de la presencia íntegra del quien
personal, sin reservas ni opacidades en cada peculiar contenido donal, y su fiel perseverancia,
podremos explicarnos que sea una dura división íntima -fuente de incesantes dolores,
desasosiegos y contradicciones- la fragmentación biográfica por causa de los desamores, de los
falsos o los malos amores, de los abandonos, las rupturas, las infidelidades y las traiciones.
También de las rendiciones, cuando son definitivas y se incorporan a nuestra identidad,
intentado que el don, que dimos y fuimos, se evapore en la nada como si nunca hubiera existido.
Si nos fragmentamos, deviene imposible el don entero y sincero de nuestra persona “en una
sola pieza” y, entonces, los sucesivos intentos amorosos han de resignarse a contener pedazos
de nosotros y de nuestra biografía. Esa fragmentación hace que los amores y vínculos
sobrevenidos a los ya existentes, nazcan contrapuestos a otras partes de nuestra vida, rozándose
con otros amores que, o siguen urgiéndonos y ocupándonos algunos rincones, o se fueron pero
dejando heridas, cicatrices mal cerradas –que con frecuencia son personas, como los hijos-, con
su caudal de conflictos. Tal vez, si no fuéramos tan aprendices en nuestra vida –que es la primera
vez que la vivimos-, evitaríamos a tiempo las sendas que conducen a las fragmentaciones y
desgarros de nuestros territorios íntimos. Sin embargo, a tenor de lo que les sucede a quienes
creen en las reencarnaciones, no parece que otras vidas nos libren de la malhadada costumbre
humana de tropezar una y otra vez con la misma piedra.

10. El don y la acogida: por qué entero y sincero

¿Por qué el don y la acogida, para ser de verdad amor, han de ser enteros y sinceros? ¿Acaso no
disponemos de muchas intimidades diferentes, la que compartimos con el cónyuge, con los
padres, los hijos, los hermanos, los abuelos, los nietos o con los amigos? Siendo tan diversas
¿cómo sostener que el don de cada provincia intima debe ser íntegro, entero y sincero? ¿No
debo repartirla con los otros lazos familiares y con los amigos o con tantas cosas que hay en la
vida, como la profesión, las aficiones y otras pertenencias? Y, si decido aliarme con Dios ¿no
debe este amor ocupar todos los territorios y desplazar de ellos a los restantes amados?

a. El poder presencial del espíritu

Unos sencillos ejemplos, que cualquiera puede experimentar, nos facilitarán comprender la
potencia de integridad de la intimidad personal en cada territorio donal y de liberación de las
limitaciones de espacio y tiempo que padece la materialidad de nuestro cuerpo. Imaginemos un
padre o una madre de siete hijos. Afinemos la visión sobre un decisivo matiz. Es obvio que ese
padre o madre, faltos del milagro de la ubicuidad corporal, cuando atienden a uno de sus siete
hijos –le lavan, le curan una herida, le escuchan un problema, le visten, le besan o le explican

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 30

Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
cualquier cosa- no pueden al mismo tiempo estar en otro lugar haciendo lo mismo u otras cosas
con cada uno de sus otros seis hijos. Deben repartir su tiempo y limitarse a un espacio: cuando
están en la cocina, no están en el salón, ni tampoco ganando su salario en el lugar de trabajo, ni
jugando tenis o asistiendo a una reunión del partido o de la parroquia. Sin embargo, el “interior”
de ese padre y esa madre, sin trocearse ni excluirse como los diversos espacios y tiempos hacen
entre sí, pueden ser, todo momento y lugar, entera y sinceramente padre y madre de sus siete
hijos, de manera que para serlo de los siete no deben serlo el lunes del primogénito, el martes
del segundo y así fragmentándose para los demás los restantes días de la semana. Entero y
sincero es una cualidad del espíritu, en cuya virtud está, sin partes, en cualquier territorio de su
intimidad de amador. Nuestro espíritu personal no pesa en kilos ni se mide en metros, no ocupa
una parte del cuerpo –las neuronas o el músculo cardíaco- y al hacerlo deja vacía otra, no tiene
horarios laborales ni cierra por vacaciones, siempre está a pie de cañón, pues solo lo desencarna
la muerte. Es el modo como nuestro quien personal, que es espíritu, ama a sus amados. Cuando
aquel padre y madre atienden en un lugar y espacio concretos a uno de sus hijos, siguen siendo
enteros y sinceros padre y madre de cada uno de sus restantes hijos, aunque en ese momento
del tiempo y el espacio de su cuerpo material estén atendiendo a uno de ellos en un lugar y hora
concretos.

Somos ese extraordinario y fascinante compuesto: nuestro espíritu es y está con una libertad
que no tiene el ser y estar de nuestro cuerpo material. Nuestro espíritu personal no tiene un
arriba y abajo, una derecha e izquierda, ni estómago para el pan, ni páncreas diabético, ni
piernas con varices; nuestro cuerpo sí. Esta composición se nos manifiesta sobremanera en el
amar. Podemos ser estar con el espíritu y sus facultades teniendo al amado –decimos- en “la
mente y el corazón”, aunque aquí y ahora no estemos de cuerpo presente con él. Nuestro
cuerpo no es ubicuo, si está aquí no está allá. Pero nuestro espíritu vuela donde quiere. Y el
amor es actividad radical del espíritu, aunque lo encarne en el cuerpo. Decimos: “te tengo
siempre presente”, “mi corazón está contigo a todas horas”, “todo el día lo paso pensando en
ti”, “nunca te olvido, siempre te llevo en mi corazón”, “allá donde estés, mi alma te acompaña y
jamás te olvida”. Se lo decimos a un amado que está a miles de kilómetros. Y lo decimos de
verdad, no sólo porque así lo sentimos, sino porque es real que lo llevamos dentro y estamos
con él allá donde esté, por muy lejos que sea. Por eso mismo, llevamos adentro a nuestros
amados fallecidos, y rezamos por ellos o les pedimos ayudas. En este sentido, cuando amamos
de veras nos vivimos dando por supuesto que el amor lo puede todo, viaja a tiempo cero y
velocidad infinita, y vence a la muerte. Aún muerto –dijo Quevedo-, el alma “su cuerpo dejará,
no su cuidado; serán ceniza, más tendrá sentido; polvo serán, más polvo enamorado”. ¿Qué
milagro hace que el polvo –que siempre somos- ame, si no es porque alberga un espíritu, el de
nuestra persona? Nuestro quien personal, por espiritual, tiene ese mágico poder presencial. Un
poder que nos revela el amar. Aunque es esplendoroso y consolador –posee tan enorme
capacidad de darnos compañía frente a las soledades-, tal vez no siempre somos conscientes de
tenerlo, ofrecérnoslo y compartirlo. Y, sin embargo, por fortuna, dentro de nosotros está y
dispuesto a ser convivido.

Un ejemplo similar, mutatis mutandi, podemos aplicar al ser hermanos, hijos, abuelos y nietos
o amigos de verdad. Los esposos, hermanos, abuelos y nietos, los amigos, los hijos se alejan a lo
largo de la vida por sus trabajos y otros domicilios. A veces, pueden verse poco o nada. Pero su
ser amadores puede mantenerse fielmente vivo, a pesar de la distancia de espacio y tiempo, si

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el fuego de la coidentidad interior se sostiene. No están cerca, pero son íntimos. No es la
distancia la que mata el amor, sino aquel olvido interno, el personal, que es manifestación del
ocaso, desinterés, abandono, rechazo o negación del don. La huida del espíritu –del quien
personal- es el meollo del desamor, la lanceta que lo apuntilla. Y ese “estar ausente” puede
ocurrir a distancia muy corta, viviendo en la misma casa, acostados en la misma cama.

Podemos examinar ejemplos a la contra: supongamos un padre o una madre que dijesen que
solamente son nuestro padre o madre este jueves, o este fin de semana, o estos años hasta la
mayoría de edad, y mientras esos períodos los viviéramos en la misma casa y sometidos a su
disciplina. De manera que, fuera de tales tiempos y espacios, se considerasen exentos de su
identidad de padres o madres nuestros. ¿Sería una verdadera y buena paternidad o maternidad
semejante fragmentación de la identidad y de su don amoroso, ese sólo serlo aquí y ahora pero
no siempre y en todo lugar?

b. Dividir y fragmentar los contenidos donales

Probablemente la luz sabia, la que aporta el amar, nos sugerirá que las fragmentaciones afectan
al corazón mismo de las coidentidades de los amores familiares porque, al hacer añicos la
integridad del amador, contradicen la verdad y empobrecen la bondad de su amar. También nos
avisará de una inquietante paradoja. A saber, que mientras el quien personal, al amar, no puede
fragmentar su identidad íntima y su don en pedazos de tiempo y espacio, no obstante, en la
praxis es frecuente ese intento, aunque deja sus huellas en ambas partes, esto es, al que rompe
y al que le rompen la coidentidad íntima. Las fragmentaciones amorosas son heridas muy
hondas pues tocan al quien personal en su orden y paz íntegras consigo mismo y con su biografía.
Cicatrizarlas cuesta mucho y, en todo caso, quedan los costurones.

Por causa de esas fracturas y de sus cicatrices, los padres o madres ausentes, evasivos, que se
desunen y divorcian, o que han abandonado a sus hijos, padecen particulares problemas en las
relaciones de intimidad con sus hijos y sufren reacciones hostiles de éstos. No las pueden
sustituir mediante regalos económicos y materiales, o mediante la desaparición y el intento de
olvido. Otros traumas son patentes en los hijos de padres anónimos, a los que buscan toda su
vida en demanda de conocerles y recibir una explicación. Los hijos sufren muy profundamente
la fragmentación conyugal de sus padres, el sentirse en medio de partes en conflicto, inducidos
a tomar un partido que les divide su identidad de hijos – pues lo son por igual de aquella unidad
de padre y madre que les concibió y dio la vida-; esos hijos se resignan sin entusiasmos a los
repartos consiguientes de tiempos de convivencia; y no siempre aceptan la aparición de nuevas
parejas y hermanastros, teniendo con ellos relaciones hostiles. Todo ello es fragmentación,
partición, división del amor que, de suyo, reclama ser entero y, por entero, puede ser sincero,
es decir, sin reservas ni ocultaciones en la integridad del amador y en la verdad de sus palabras.
Donde hay división y fractura de la intimidad es difícil el don sincero y fácil la manipulación, el
chantaje, las imposturas, las violencias y la mentira. Estas son algunas sintomatologías de las
familias desestructuradas y de muchos divorcios. Me limito a constatar este hecho, que
acreditan múltiples informes de expertos, además de la experiencia común.

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Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
La causa de fondo, la que subyace bajo los hechos concretos, es la ruptura de la integridad de la
intimidad y su don al que, hecho pedazos y dividido, le es muy difícil, a veces imposible, ser
entero y sincero. La fractura más grave es aquel proceso de deterioro que culmina con el
divorcio conyugal, porque afecta al resto de lazos familiares, y en un grado y nivel que, en incluso
en el bajo, resulta demoledor. Adjetivo, éste último, que es exagerado si comparamos las
pérdidas y desajustes, que trae un divorcio, con los numerosos bienes que produce la unidad
amorosa de la pareja en su hogar y familia, lo que es de evidencia empírica. En otra medida,
que puede ser menor, las rupturas de los demás vínculos familiares también afectan al resto. Un
enfrentamiento y un distanciamiento hostil entre hermanos, por ejemplo, puede caer sobre la
pareja de los padres, dividirles y distanciarles como cónyuges. Dijimos, más arriba, que hay una
unidad de la familia, que es su mejor patrimonio, pero que también es responsabilidad de todos
sus miembros: por eso, la fractura severa y crónica de un vínculo, en especial el conyugal, abre
la puerta de conflictos y fragmentaciones en el resto de lazos. En algún momento y por alguna
causa, que voluntariamente se introdujo y se la dejó crecer, esa fragmentación se produjo y sus
fracturas no se soldaron de verdad y a tiempo. Sin embargo, hubo un tiempo en que los
cónyuges estaban a tiempo.

Por su parte, la solicitud de integridad interior, en el don y la acogida, es particularmente intensa,


exclusiva y excluyente en el caso de la unión sexual amorosa entre varón y mujer. Por mucho
que lo intentemos, un varón no puede ser entero y sincero repartiendo su identidad y condición
masculina a trozos entre varias mujeres, ni tampoco la mujer fragmentando su íntima identidad
femenina dando partes a diferentes varones. Las confesiones íntimas, por ejemplo, de las
mujeres que viven una relación poligámica con un único marido lo demuestran. La poligamia,
por lo demás, tiene muchas formas además de la simultánea, y una de ellas es la sucesiva a lo
largo de la vida. Algunos, como se sabe, lo intentan, pero no pueden ser enteros ni sinceros,
aunque se engañen a sí mismos y engañen al otro. Ofrecen sentimientos aquí y allá, a unos y
otros, como si fueran efluvios, con tanta intensidad como intrascendencia, pero el quien
personal, -el sujeto y fuente de tales sentimientos-, no se puede partir y, por tanto, no está ni
entero ni sincero aquí y allá, ni con éste ni con el otro. Se gestan, en tales "repartos", relaciones
fragmentadas, parciales, repletas de ocultaciones, apariencias y farsas. Es el hombre roto –sea
varón o mujer-, una desgracia antropológica, psicológica y biográfica. ¿Por qué? Porque adentro
del don y acogida del ser este varón o ser esta mujer, ambos únicos y singularísimos, va implicada
la identidad íntima radical de su quien personal, esto es, su persona en cuanto amadora, la cual
está presente como único sujeto, que no es partible, exclusivo de sí y excluyente de ser otro, en
todo su cuerpo masculino o femenino. Es ese quien tan íntimo, encarnado en su cuerpo
masculino y femenino, es el que se da y acoge en el amor conyugal. Y, o se da y acoge entero y
sincero, porque ese quien no tiene partes, o no puede darse a trozos sí y en otras partes no,
porque entonces no se da ni acoge entero y sincero al amado. Lo que en esos casos prevalece
es, bajo la apariencia de repartirse entre varios o varias, la afirmación predilecta de sí mismo
que busca, en el uso de varios o varias, la satisfacción egocéntrica de los propios deseos y
necesidades. No hay la tridimensionalidad auténtica del amor en la promiscuidad y la infidelidad,
ni siquiera en la pactada. Y donde falta la entera y sincera entrega entre los amadores, no nos
engañemos, aunque escueza, hemos abierto espacio a la ocultación, las reservas, las falsedades
y mentiras, las contradicciones internas, las áreas de desconfianzas y, por eso, a las soledades y
vacíos. En tal caso, hemos asumido el alto riesgo de que los amores nazcan no sólo pobres sino
con zonas falsas, incapaces de llenarnos porque les falta verdad, y condenados a desvanecerse.
Ese es, sea varón o mujer, el ser humano roto que, a su vez, rompe.

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Los amores y vínculos íntimos Tomo II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020
¿Qué ocurre cuando el don no es entero y sincero? Lo observamos en el estudio de los casos, lo
capta la experiencia si observa sin engañarse. Aquella zona íntima, que no se da o en la que no
se acoge, se segrega del don y de la acogida que somos, esto es, hace un “aparte”, un
compartimento autónomo, quizás hasta oculto, con una intención y finalidad independientes de
las que caracterizan la integridad del amador amando. Y ese “aparte” interior fragmenta al
sujeto, unas partes dadas al “amado” y otras reservadas “para sí”, en las que no quiere ser don
ni acoger, partes de la propia intimidad que se mantienen fuera de la relación. Por ejemplo, un
varón se reserva la fidelidad, o no quiere ser padre y lo oculta, o no quiere ningún compromiso
interno y así, jugando a la apariencia del don, comparece al amar. Esas partes aisladas, no sólo
fragmentan al sujeto amador, sino que además su “no don” es un “vacío”, una soledad porque
excluye la compañía, pero ese “vacío” tenderá a llenarse de otras cosas: por ejemplo, otras
personas, cuerpos e intenciones “reservadas”, esto es, ocultas al otro. Esas “cosas alternativas”,
al ocupar el vacío, pueden fracturar más ancho y hondo, si son relaciones con terceros
incompatibles con quienes “debemos” amor y se lo decimos con palabras, que son falsas,
aunque no con los hechos. Una vez fragmentado, porque se dio en parte, el sujeto tampoco
puede ser entero y sincero con las nuevas personas y sus cuerpos, por causa de que en ese
territorio íntimo ya está ocupado por las “partes” que vienen del pasado y ocupan, como las
ruinas –aunque son personas y vivencias-, un espacio y tiempo internos y externos, de modo
que también a la novedad o “terceros” sólo se le podrán dar partes. El sujeto, que está hecho
pedazos víctima de su propia fragmentación, corre peligro de inventar lo que no es, fabricar
novelas de sí falsificando su vida real, yendo al mercado del “amor” convertido en un farsante
de varios personajes.

La fragmentación de la intimidad tiene precios temibles, uno de los cuales es la sistemática


ocultación de las intenciones a unos y otros, la imposibilidad de la sinceridad verdadera, la
sumersión en la calculada y astuta utilización de unos y otros para que acepten las historias e
imposturas, o no descubran que reciben fragmentos mientras se les jura y perjura todo lo
contrario. Al fragmentado nadie le conoce enteramente, solamente él sabe lo que de su pasado
y presente reales se guarda oculto adentro, aunque no siempre conoce claro y sencillo lo que le
pasa, ni tiene capacidad de confesárselo a sí mismo; maneja las partes de sí que representa -
como un actor o actriz-, y que distribuye distintamente a unos y otros; decide qué parte
comunica a uno y cuales le oculta; diseña el rol que aparentar ser escondiendo el que de veras
es. Supongo que los terapeutas y consejeros conocen bien estos métodos y herramientas de las
imposturas al comparecer en la escena del amar, en las que el sujeto fragmentado espera o,
incluso, reclama ser amado -of course- de modo entero y sincero, pero sin atreverse o sin querer
ponerse él mismo, ni por asomo, ese entero y sincero que a los demás exige.

Son crecientes estos casos en las consultas. Entre muchos semejantes, recuerdo el de un
cuarentón de presencia juvenil y magnético atractivo. Tras su divorcio, iba de flor en flor, y
justificaba esa promiscuidad diciendo que, como un explorador, buscaba un amor verdadero y
definitivo, y con ese fin mantenía en activo varias relaciones simultáneas. Sin embargo, sin
reducir su número, se cansaba pronto de las personas que encontraba, no lograba confiar en
ellas y las veía adornadas con algún defecto insuperable. A pesar de la numerosa agenda,
confesaba sentirse cada vez más sólo y vacío. El fracaso de su matrimonio –su mujer le había

ICF Los amores y vínculos familiares: el conyugal y los consanguíneos| 34

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abandonado por otro- lo había herido de inseguridad y desconfianza, pero también lo había
fragmentado. Nunca contaba su entera verdad y seleccionaba de su vida aquellas partes que
suponía iban a encandilar o eran más atractivas para las características de las nuevas candidatas.
A ninguna se confiaba entero. De ninguna se fiaba. Ocultaba, mentía o inventaba medias
verdades. No siendo entero y sincero ¿cómo iba a conocer a la otra parte, si él mismo no se
dejaba conocer? ¿Cómo no iba a sentirse vacío, solo y pronto al cansancio si las nuevas
relaciones eran, ya de partida, un enorme simulacro? ¿Cómo podía tener esperanzas en ser
conocido, acogido y acompañado en su intimidad de manera verdadera y que le llenase, si él
mismo no se daba y, además, se disfrazaba, aparentaba lo que no era, se troceaba y mentía?
Hay quien pide amor, lo pide mintiendo, y se queja de no encontrarlo y estar vacío. ¿Cómo va a
hallar amado quien no está dispuesto a ser amante? Un amador auténtico y verdadero no es un
cazador de trofeos, ni un depredador de presas frágiles y necesitadas, ni tampoco un buitre
carroñero en busca de malheridos o muertos en vida.

Las fracturas conyugales, con sus divorcios, son fábricas de la fragmentación biográfica, la
desconfianza y la apariencia, los vacíos. Pero también lo son los miedos, las reservas al
compromiso definitivo, y la trivialización de la intimidad sexual por parte de las nuevas
generaciones. Hemos frivolizado o justificado esas causas en la cultura actual, no porque éstas
sean superficiales, sino porque nosotros, como amadores, nos hemos hecho banales,
inconsecuentes e inconstantes. ¿Cómo no íbamos a justificar, al menos intentándolo, lo que se
nos ha convertido en práctica corriente, casi masiva? Pero contradiciéndonos, lo que nos
esforzamos en convertir en trivial, en frecuente y casi “normal”, no nos libra, al romper amores,
de sus devastadores efectos. Nos interese o no, lo aceptemos o rechacemos, los amores de suyo
íntimos, por definición, nos tocan –construyendo o arrasando- los fondos de nuestra persona y
biografía. Muchos se divorcian diciéndose que “no pasa nada”, pero si pasa y son desgracias,
fracturas, sufrimientos y conflictos para los hijos, las familias consanguíneas y colaterales, y para
los mismos protagonistas.

Quizás las más profundas y transversales devastaciones -me atrevería a sugerir- vienen de las
innumerables cabezas de la hiedra, que son las mentiras y las apariencias falsas, con las que
tantos acuden a la escena del amor y del desamor. Se trata, en rigor, de una idolatría en estado
puro: es el culto a la imagen y el pánico a la verdad. Nos sentimos más cómodos con la mentira
y las imposturas. La verdad, que no se puede fabricar a capricho, ni tener una por la mañana y
otra por la tarde, es un saco de problemas. Lo es, en amor, para quien no está preparado o no
dispuesto a entregarse, porque prefiere usar, consumir y despedir a su capricho y conveniencia
egocéntrica. Pero esa intencionalidad, que por naturaleza se presenta adentro como vergonzosa
e inconfesable, se disfraza y oculta, comenzando esta engañosa impostura consigo mismo.
Nuestras sociedades, a caballo de los medios de comunicación masivos y de la cultura
economicista y del consumo, educan en el culto a la imagen, a sus apariencias, y al ideal de tener
y consumir bienes materiales. Lo trasladamos, casi sin darnos cuenta, al terreno de las relaciones
personales. Hasta las campañas electorales, más que un debate de contenidos, parecen un
concurso de televisión. No se educa en el ser, en su verdad y bondad. Idolatrando el tener y el
aparentar, es muy difícil entrar en el universo del amar, esto es: lograr ser de veras amante, que
se da, y amado, que acoge, y unión de amor. El amar real se muere en la cámara de gas de la
mentira y la apariencia. Nunca nos lo repetiremos en exceso: si alguien quiere amar, ser amado
y engendrar su unión, entonces debe asumir una alianza fiel con la verdad y la bondad del don

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y la acogida. Y no basta con que una parte se lo proponga. El amor no es cosa de uno, por muy
bien intencionado y dispuesto que sea. Necesita los dos amadores y cada uno de ellos ha de
vivirse en sus tres dimensiones simultáneas: como amante al darse, como amado, al acoger y
corresponder, y como unión, al engendrar conjuntamente el “nosotros”. Esa es la atmósfera del
amor.

Mientras el amor verdadero, por causa del don entero y sincero, nos facilita la unidad de la vida
interior y una seguridad objetiva de ser verdadero hacia dentro sí y hacia afuera con los demás;
en cambio, las reservas del don y la ocultación intencional de zonas, que no damos, nos
condenan a la falsedad de vida y a sus amargas soledades. Intentar amar, desde la fragmentación
de la intimidad y la ausencia del don entero y sincero de sí, es buscar lo imposible,
decepcionando y decepcionándose –sufriendo los dolores destructivos- una y otra vez.

c. Un primer paso para prevenir la impostura y las fragmentaciones

Al poner de relieve estas corrupciones en el amar ¿será necesario insistir en que, para
prevenirlas o evitarlas, ni por asomo estamos proponiendo, como requisitos inexcusables, unas
esféricas perfecciones en los amadores? Amamos como somos; por tanto, con obvias
limitaciones y defectos.

En el amar probablemente todos somos aprendices, porque es la primera vez que vivimos
nuestra vida y se aprende a amar amando. Reitero esta experiencia: no se aprende a amar
mintiendo, no dándose, utilizando a los otros como instrumentos para la satisfacción
egocéntrica. Se aprende a amar intentándolo de veras: enteros y sinceros. Obviamente, nadie
es perfecto, sin embargo, también hay que decirlo, la rectitud y la honestidad del don y la
acogida, nunca rendidas y siempre intentadas, son posibles. Su mismo esfuerzo ya es amor y
crecimiento. Los miedos, si ahora excluimos la malicia, y aquellas heridas del desamor con que
otros nos traumatizaron, pueden encoger nuestra capacidad de comparecer enteros y sinceros,
hasta paralizarla. Esta atenuante, tal vez eximente, podrá justificar nuestro frágil estado íntimo.
Supongamos, sin engañarnos, que somos más víctimas que verdugos, un poco más inocentes
que culpables. Estando y yendo heridos, por desamores, en busca de otro amado, nos
exponemos a volver a fracasar. En caso de que nos dominen carencias, traumas y miedos, mejor
tomarse unas vacaciones, un período de cura y de restablecimiento, adquiriendo de la célebre
luz sabia algunas dosis de humor -de tierna sonrisa- sobre los contradictorios, maltrechos o
atemorizados compartimentos íntimos, hasta que consigamos una dosis suficiente de libertad y
paz interiores. ¿Estoy sólo en condiciones -puedo preguntarme- de que me amen, del solo
recibir, tal vez al borde de la necesidad obsesiva de atención y cariño, pero no de amar, de darme
en la entrega y en la acogida? ¿Sigo calcinado, desconfiado, demasiado dolorido y… poco libre
interiormente? Conviene aprender a responderse, sin que las carencias nos obnubilen y las
necesidades, engañándonos, nos hagan ver en un “otro” no lo que de veras es, sino lo que
necesitamos que sea. Quien sufre hambruna aguda, al encontrase una suela de zapato viejo,
podría creer que es un suculento solomillo de buey. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

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Reconocerse un carente necesitado ante el espejo puede, en un primer momento, producirnos
tal susto -a nuestra autoestima o a nuestra inseguridad- que escapemos a toda prisa y neguemos
la evidencia. Pero el conocimiento real de sí y el reconocimiento de nuestros recovecos es una
verdad, la única verdad tal vez que poseemos en un momento confuso, en una situación de alta
fragilidad, o en una época a la deriva. Y por verdad, esa verdad nos libera (Jn 8, 32), es decir, se
convierte en el primer paso cierto hacia una reconstrucción de la unidad interna, cuyos síntomas
son el alivio de las necesidades compulsivas y el disfrute de aquella independencia personal, a
la hora de elegir conducta o reaccionar frente al agobio o lo opresivo, que viene del progreso en
la paz y libertad interiores. Nadie puede reparar la grieta que desconoce. Tampoco esa
recuperación nunca es, ni podría ser, a tiempo cero y velocidad infinita. La paciencia y la
perseverancia en reconstruirse es otro hallazgo del realismo de nuestro intento –con su alegría
de fondo-, que es insistir en vez de desistir, pese a la pequeñez de los avances y la recidiva del
paso atrás. Vence quien resiste y persevera.

Con gran frecuencia, en esos esfuerzos por recobrarse, la humildad se viste de sentido del humor
junto con la tierna sonrisa, al vernos andar ora como los cangrejos ora como las tortugas,
infundiéndonos serenidad y esperanza ante nuestros altibajos. Una parte esencial del arte de
amar, siendo como somos tan limitados, consiste precisamente en saber sobrevolar errores y
miserias sin dejarse atrapar por el desaliento y, por el contrario, en aprender de ello,
levantándose y fortaleciendo la resolución de nunca rendirse sea cual sea la suerte del combate.
Luchar, perder batallas, y proseguir la guerra sin claudicar, no son cosas contradictorias. Más
bien es la situación habitual de la vita militia est, que acuñaron los clásicos, y de los procesos de
mejora. No sólo somos así, sino que esa condición de soldado en combate es una de las mayores
glorias humanas. No amamos por ser perfectos y como consecuencia a posteriori de serlo. Se
dice que mal de muchos es consuelo de tontos. Esta máxima merece, más que una sonrisa, una
carcajada. No conozco a nadie, entre quienes han decidido amar, que no tenga que luchar por
lograrlo, por su unidad de vida y por restaurarse de contradicciones y fracturas. El agujero negro
del egocentrismo es gravitación pertinaz y poderosa que padece todo hijo de madre. Siendo mal
de todos, a todos alcanza ese consuelo del tonto. Los teólogos reconocen un estado “caído” de
la naturaleza humana, que es una manera de decir que padecemos cierta inclinación al mal, pues
nos parece un bien atractivo, propensos a las fragmentaciones y sus farsas, pese a sus dolorosas
consecuencias, y necesitados de poner, aunque sea grano a grano, mayor verdad en nuestras
vidas y amores, aunque tendemos a esperar que nos la pongan los demás más que nosotros
mismos. El humilde reconocimiento y el intento perseverante pueden conseguir que esos males
humanos, tan generales, se conviertan en consuelo de sabios. El imaginario según el cual la vida
del amar es un desfile triunfal, con impolutos uniformes de gala, envueltos en mágica
embriaguez, es una ingenua y errada inexperiencia: un sueño sentimental del carente y pasivo.
En el amar real hay mucho derrapar por los suelos, con sus nubes de polvo y algunas abolladuras;
por eso es tan importante la misericordia entre los amadores –un extraordinario fruto del
acogerse de veras- y de la mutua ayuda al aliviarse entre ambos las dificultades que trae el
camino o los errores y limitaciones que padece cada uno. Un terrible enemigo del amor es aquel
imaginario que le supone perfecto, of course en aquel “otro” del que esperamos y exigimos ese
amor sin tacha ni sombra alguna, so pena de juzgarlo decepcionante respecto a nuestro ideal e
indigno de nuestra plena correspondencia. Si cada amador exige del otro –nunca de sí mismo-
semejante perfección irreal, ambos se desilusionarán pronto, atribuyéndose recíprocamente la
culpa del desánimo, del mal funcionamiento de la relación y del desamor final. ¿No es ésta una
frecuente dinámica letal?

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El amor exige, especialmente en el movimiento de acogida, un humilde realismo recíproco.
Ambos amadores escalan mediante una cordada tridimensional una cima que les supera, que
nunca antes coronaron, entre otras razones, porque es la primera vez que viven sus vidas. No
pueden hacerlo cada uno por su cuenta, recriminándose las dificultades. Amarse es un proceso
de unión y esa dinámica –el adentrarse en “nuestra unión”- exige hacerla juntos, en vez de cada
uno por separado o a espaldas del otro. Es un arte, además, de recíproca y hasta conjunta
imaginación creativa. El adentrarse más y más en ser unión es un modo de definir el ordo amoris.
El ingenio de hacerlo creando belleza, ya cada uno ya juntos, ora sembrando ora cosechando en
el cada día, es el ars amandi. Ambos, ordo y ars, son el incomparable desafío y la fascinante
aventura del amarse. Quienes, tras encontrarse, comparten juntos el cuidado de ese orden y
arte, gozan en sus vidas del mayor tesoro humano. Tal vez, sin exageración, podría decirse que
en eso consiste la auténtica felicidad, la real y de fondo, la persistente y posible, no la ilusoria,
fugaz y vacía. Esa felicidad es experiencia conjunta muy profunda del unirse, que trasciende al
yo y al tú, cuyos frutos –la alegría y la paz internas, la confianza y la compañía fieles e íntimas, la
fecundidad en hijos y en obras, y la unidad de vida- resisten y subsisten a los asedios de los
infortunios, penas, desgracias y pérdidas que a nadie ahorra el vivir y el morir.

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Amores y vínculos íntimos II. Obra inédita de Pedro Juan Viladrich 2020