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IDILIO P OR

ALFONSO PEREZ G. DE NIEVA

MADRID
ADMINISTRACION DE «LA. L I R A -

1863
EL VALLE DE LÁGRIMAS

A LA SEM ITA MARIA T. MUÑOZ DE LUNA

IDILIO

¡Oh, qué hermoso el abril de nuestra vida!


¡Cómo en el pecho anida
tierna ilusión en los primeros años,
cuando en el alma, amor, dulce amanece,
y el alma permanece
cerrada á los amargos desengaños!

¡Oh, el juvenil afan cuán alto vuela!


¡Cómo la mente anhela
los ensueños lograr que la enamoran!
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¡Las ilusiones son flores de un día;
que ayer el alma ímsía
y fugaces mañana se evaporan!

Pero..... despierta la ambición humana,


y en su primer mañana
rasgar pretende de la vida el velo.
¡Del entusiasta niño esfuerzo vano,
que no logró el anciano
tras de setenta inviernos de desvelo!

¡Hombre ya se imagina el pobre mozo


porque le apunta el bozo....!
¡Oh, de la mente apreciaciones vanas!
Solo es el hombre tal, cuando ha luchado,
cuando el tiempo ha trocado
los negros rizos en nevadas canas....!

Ella era entonces juguetona y bella,


la mas linda doncella
que ojos humanos vieron, seductora
en los catorce abriles, parecía
que en su rostro tenia
los puros arreboles de la aurora.

¡Qué fino era su rostro! ¡Qué acabado


su perfil delicado!
¡Qué negros y sedosos sus cabellos!
¡r
¡Y sus labios, qué finos y qué rojos!
¡Y qué oscuros sus ojos!
¡Y qué.expresión de candidez en ellos!

Hoy media entre los dos un hondo abismo,


pero yo siempre el mismo
110 he faltado, perjuro, al juramento.
¡Ella, que al separarnos me ofrecía
que no me olvidaría....!
¡Por qué estas cosas se las lleva el viento!

Hoy la niña es mujer y á mas casada;


de su esposo adorada
se desliza dichosa su existencia. .
¡Ella pasa á mi lado y siempre muda
ni una vez me saluda,
que es el olvido hermano déla ausencia!

¿Mas quién habla, al presente, de promesas?


¿Qué antiguallas son esas
hoy que juraren vanó importa un bledo?
Hoy que al vil interés nada resiste......
pero..... ¡el hoy es tan triste,
que al ayer tan querido retrocedo!
*

Seca y ardiente, la estación cprria,


en que uno y otro dia,
el horizonte el campesino acecha,
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alzando una oracion que al cielo sube,
cada vez que una nube
amenaza implacable la cosecha.

Aun imagino ver, las alboradas


ruidosas y animadas
de la campestre vida, y oir creo
de la gente la alegre algarabía,
cuando saluda al dia
del orgulloso galio el cacareo.

¡E anarriba, que el alba ya despunta!


¡Dad el pienso á esa yunta....!
¡Colgad en la carreta las gavillas!
Vaya una ronda del añejo mosto,
que hoy va á tostar Agosto
y es ruda la faena de las trillas.

Del claro sol al resplandor primero


ya se apresta el apero;
ya están listos parejas y gañanes,
mientras que en la cocina la fregona
el gazpacho sazona,
y las magras esconde entre los panes.

Lluvia temprana regaló el verano,


robusto se hinchó el grano*
y cargadas de fruto las espigas
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en tanto el sol de Agosto las calienta,


las limpian por su cuenta,
rondando por las eras las hormigas.

Tostado, el rubio grano se descuaja,


cruje la seca paja,
la espiga gime por la trilla rota,
el ganado relincha, á voz en grito
canta el labriego frito,
y la garganta enjuaga con la bota.

La parva espera de limpiarse maña-,


llegó de la montaña
el vientecillo que el rufián desea,
y arrojando las palas su tesoro,
vuela en montones de oro
el trigo limpio que la brisa'orea.

Las doce son; por el calor ardiente


fatigada la gente,
suelta el ganado en el pradal vecino,
y en fresca sombra que á gozar convida,
devora la comida
sin olvidar por la cazuela el vino.
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Muere el cálido dia; la carreta ,


torna de mies repleta
¿ dejar su tesoro en los graneros.
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Por el camino los labriegos cantan,


y at carro se adelantan
llegando al caserío los primeros.

¡Oh, santa paz la del labriego honrado,


que á su terrón ligado
ageno vive al mundanal ruido.
Y cifrando su afan en su labranza,
no vuela su esperanza
mas allá del lugar donde ha nacido!

¡No del pasado la memoria pierdo!


Con júbilo, recuerdo
del rústico vivir el agasajo,
hoy que en la cumbre de la humana vida
termino la subida,
y pronto ya caminaré hácia ab ajo.,-,!

Pero, si no me falta la memoria,


me alejo de la historia
que prometí contar hace un momento.
Así, al olvido reflexiones dando,
el hilo recobrando
vuelvo á hablar de la niña y de mi cuento

Una tarde que al campo no acudimos,


la niña y yo, subimos
al cuarto de mi padre, y á hurtadillas
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del armario en los libros registramos,
en el que un tomo hallamos
de fábulas morales y sencillas.

Leímosle afanosos; de entre aquellas


composiciones bellas,
una sobre las otras nos gastaba.
Fábula en que, pintándola existencia,
en gráfica sentencia
¡Qué es la vida....? el autor se preguntaba,

¿qué es la vida? Pues..... mudos nos quedaings


y absortos nos miramos
sin hallar nuestra mente la respuesta.
Para los dos, la vida consistía
en jugar toda el dia
y en correr y en saltar mientras la siesta.

Ninguna solucion darnos supimos;


mil cálculos hicimos
por encontrar siquiera algún destello,
y entanto'la estación iba volando,
seguíamos pensando
sin encontrar la solucion de aquello.

¿Cómo saber en nuestra edad hermosa,


en que un cielo de rosa
tiene por horizonte la existencia,
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lo que es el fruto de la edad madura?


¿Por qué el alma procura
lograr el triste don de la experiencia?

Las lluvias otoñales comenzaron,


las tardes se acortaron
y, las hojas cayéronse marchitas.
Pero antes vino, mensajero eterno
del implacable invierno,
el día de las ánimas benditas.

¡Cómo recuerdan, buenas y fervientes,


en mi lugar las gentes
délos que ya no existen la memoria!
¡Cómo la madre, el ánimo afligido,
reza al hijo querido
segura ya de que estará en la gloria)

Ricos y pobres, jóvenes y ancianos,


como buenos cristianos
al toque de oraciones descubiertos,
llenas de fé sus almas candorosas, .
creyentes y piadosas,
elevan sus plegarias por los muertos.

Iluminan la rústica cocina


los troncos de la encina
que arden, y que al arder chisporrotean.
II

A llí se agrupa la familia en masa;


todos los de la casa .
esa tarde el hogar tristes rodean.

S9I0 turba el silencio el seco ruido -


del hogar enceridido,
de los que rezan el confuso acento;
chocando en el alero del tejado,
se oye el turbión airado
que rudo azota el vendaval violento.

A una legua del pueblo, en las vecinas


sierras, de dos colinas
en la sombría y húmeda garganta,
oculto y solitario en su misterio,
del pueblo el cementerio
ornado de cipreses se levanta.

Tal vez borrado habrá, tiempo inclemente,


de la niña en la mente
lo que en la tarde de ánimas hicimos.
Abandonando el confortable fuego,
de la hermosa ame el ruego
al solitario campo-santo fuimos.

La bella niña se cogió á mi brazo,


doblamos un ribazo
que al pié del cementerio conducía,
y emprendimos la marcha: el sol poniente
se hundía en Occidente,
sin fuerzas ya porque espiraba el dia.

Volvía al pueblo el leñador cansado;


por la carga agobiado,
de nudoso bastón, débil se auxilia.
¡Qué triste vida, andar de breña en breña;
mas ¡ay! un haz de leña
es el pan que alimenta una familia!

Las cabras escalaban altos riscos,


tornando á los apriscos
sin que el pastor marcase el derrotero;
del inquieto rebañp, iba delante
el mastin vigilante,
que ha de guardarle por la noche ñero......

Era nuestra costumbre favorita


del campo en la visita,
treguas dar al paseo vespertino
sentándonos en árbol desgajado
que, de raiz tronchado,
secábase en las lindes del camino.

Cuando los mozos su labor dejaban,


siempre nos encontraban
descansando en el rústico paraje.
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Pero ni aquella tarde nos sentamcs,


ni absortos reparamos
en los mil accidentes del paisaje.

E l campo-santo al cabo descubrimos


y la planta pusimos
en la eterna mansión de la tristeza,
de la materia la postrer guarida,
cuando acaba la vida
y otra mas grande para el alma empieza,

¡Cómo ante humildes, tristes sepulturas,


sin lujosas molduras,
en cementerio rústico se advierte
que allí termina la soberbia vana!
¡Que la locura humana
concluye en el recinto de la muerte!

¡Oh, apacible mansión de santa calma,


cuánto dices al alma
en tan solemne y misteriosa tarde!
¡Cómo elocuente, con su voz tranquila,
llama la dulce esquila
al pensamiento para orar cobarde!

Mas no este modo de pensar mi mente


embargaba inclemente,
ajena todavía á la amargura:
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Y si los dos al cementerio fuimos,
solamente lo hicimos
por rezar ante cierta sepultura.

La buena madre de mi niña hermosa


dormia en pobre fosa
en oscuro rincón del campo-santo.
Inclinada la nina sobre el suelo,
sus preces alzó al cielo
y la tumba regó con triste llanto.

Aun se encontraba la capilla abierta;


en su nave desierta
ambos pusimos la insegura planta;
la-luz que ante el altar arde constante
con llama vacilante
bañaba el rostro de la Virgen Santa.

Una salve en voz baja murmuramos,


y cuando la empezamos......
jilusion de su loca fantasía!
¡Creyó la niña candorosa y pura,
que con dulce ternura
la Virgen la miraba y sonreía!

De pronto ambos sentimos cruel desmayo;


como la luz del rayo
que rasga las tinieblas un momento,
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de clara luz iluminados fuimos;


«¡desterrados....!n dijimos;
¡y cortó la plegaria un pensamiento!

Y mis manos las suyas estrechando,


anhelante, llorando,
la niña me miró; luego abatida,
doblando sobre el pecho la cabeza,
murmuró con tristeza:
¡Si es un valle de lágrimas la vida!

M a rz o , táÉ!2

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