Вы находитесь на странице: 1из 450

PARÄHOS SACERDOTES

MI ©"RACION
Meditaciones para Religiosos

Traducción d ·
CARLOS VEGA

^ B X C B íS i
Pu®yrr«dón 1057 - Butnoi Air·*
lae debidas licencias.
INTRODUCCION

El Sacerdote vale lo que vale su Oración


Si no ora, su sacerdocio es bien poca cosa. Corre gran*
des riesgos, y dolorosas sorpresas le demostrarán la casi
imposibilidad práctica de ser hombre de Dios, si no es al
mismo tiempo hombre de contacto íntimo y personal con
Dios.
Si ora, su sacerdocio es fecundo. Investigad consciente­
mente los esfuerzos apostólicos infructuosos —aun los que
tienen brillante apariencia externa— les ha faltado lo esen­
cial, nada más que lo esencial: la oración ardiente a Dios.
Investigad conscientemente cualquier celo fructuoso —aun
cuando tenga apariencias humildes—- sus realizadores son
hombres con espíritu de oración; y el bien obtenido guar­
da exacta proporción con la intensidad y generosidad de
la oración que fué su causa animadora.
Decimos más: un sacerdote en mal estado, puede per­
manecer fiel a la oración vocal —al breviario, por ejem­
plo—, puede, cometiendo horribles sacrilegios, no privar­
se de celebrar la Santa Misa. Pero jamás se verán unidas
estas dos situaciones: un sacerdote en pecado mortal y que
continúa haciendo oración.
La oración garantiza la fidelidad del sacerdote, la testi­
fica. Y más que nada le asegura su conocimiento en los
demás.
El sacerdote debe orar. Para él, esto es casi una cuestión
de vida o muerte. Ciertamente lo coloca en la álterne&iva
de convertirse en una insignificancia u obtener verdadero
fruto. Y, ¿cuál sacerdote se ha hecho tal para llevar una
existencia de santidad mediocre y de frutos casi nulos?

De este modo, ¿por qué insistir? ¿Puede negar esta ne­
cesidad de la oración un sacerdote serio, que sabe cuál es
R A U L PLUS, S. J.

i dignidad y la sublimidad del sacerdocio, cuáles son sus


ucencias y responsabilidades?
Pero, ¿dónde hallar un texto sobrio, que cada mañana
t proporcione reflexiones santas?
Abundan los libros de meditación para sacerdotes. Pero
ts unos están en latín, lo cual disgusta a no pocos; otros
* demasiado largos, demasiados densos, demasiado per-
ctos —diríamos nosotros— en lugar de sugerir, lo dicen
los todo, transformando así lo que debe ser esfuerzo per-
nal de reflexión, en una simple lectura*
Dos razones nos han impulsado a escribir este volumen:
deseo de ser útil; la gratitud.
El deseo de ser útil; hemos recibido varias invitaciones
ira hacer este trabajo. Permítasenos citar una de ellas:
“Meditar sin libro. aun para nosotros los sacerdotes, es
ivilegio de unos pocos. Es necesario un manual.
”Permitid que os exponga mis ideas acerca de este manual:
—Trescientas sesenta y cinco meditaciones,
—Un punto en cada una de ellas, no ya dos o tres, pues
itonces se convierte en lectura y no hay esfuerzo personal*
—Una página para cada meditación. Esta no debe ser
ia seca enumeración de ideas, sino una lectura cursiva
m buenas ideas algo desarrolladas.
” ¿Sería posible agotar un tema con una serie continua
? “meditaciones” ? No lo creo; admito algunas medita·
ones consecutivas sobre un mismo tema, tomándolo de
empo en tiempo durante el curso del año. Lo esencial es
'ie tengamos un libro de meditaciones, breve, práctico,
zrdaderamente sacerdotal, cuyo fruto serían las palabras
e Santo Tomás, un poco modificadas por mí: “ Timeo sa·
crdoies illius líbri” .
**No insisto acerca de la necesidad de esa obra, ni acer-
a del bien inmenso que realizaría: son dos cosas dema·
iodo evidentes.
99¿Tiene usted tiempo? Si fuera atrevido, le diría: róbe-
o. No son únicamente los fieles los que necesitan alimen·
to, también los sacerdotes; ellos son los amigos del Di­
vino Maestro, los multiplicadores, y su apostolado será
tanto más fecundo, cuanto más intensa sea su vida sobre­
natural” .
¿Cómo resistir a estas insinuaciones, tan fraternalmente
imperiosas? Máxime que a ellas se añadía un segundo
motivo: el deseo de realizar este trabajo como un exvoto
de gratitud personal.
Si por medio de nuestra pluma hemos podido hacer al­
gún bien a las almas de hoy día, ¿no es ello consecuencia
de las gracias de nuestro gran sacerdocio? Después de ellas,
lo debemos a nuestros padres, a nuestros maestros espiri­
tuales. ¿No es justo que loemos, que magnifiquemos en
la medida de nuestros pobres medios, esta fuente viva, en
la cual la bondad infinita de Dios nos permite saciar
nuestra sed, desde hace ya tanto tiempo? Estas páginas se­
rán nuestro “ gracias” , al Corazón de Cristo, cuyos tesoros
nos han sido ofrendados regiamente, así como a todos los
que los buscan con sinceridad.
Las ofrecemos a todos nuestros hermanos en el sacerdo­
cio; que ellas contribuyan a “ formar a Cristo en los que
están destinados por su oficio, a formar a Cristo en los
otros” (Pío X ).
Que nuestro esfuerzo, unido al suyo, y con la gracia de
Dios, les ayude a llegar a ser sacerdotes según el Corazón
de Cristo, hombres de ardiente oración personal, para los
cuales la meditación cotidiana es cosa sagrada, apóstoles
de oración, y —por lo tanto— capaces de arrastrar con·
sigo a las almas, por los caminos benditos de la oración.
CONSEJOS PRACTICOS

1« Si se puede hacer oración sin libro, teniendo las con­


diciones de recogimiento y la facilidad necesaria: dejar a
un lado las letras de molde.
29 Si se usa el texto escrito, cuando un pensamiento lla­
ma a la reflexión o provoca una elevación del corazón:
dejar de leer, insistir en la reflexión, renovar la elevación
del corazón; y esto, todo el tiempo en que se haga con
fruto.
39 La meditación no es un ejercicio solitario de puro
intelectualismo, sino una conversación afectuosa con nues­
tro Padre de los Cielos o con Nuestro Salvador; por lo
tanto: dedicarse más a amar, que a cualquier otra cosa.
49 Menos (o nada) dedicarse a construir bellas espe­
culaciones — por ejemplo: pensando en futuros sermones—
que a penetrar, para sí, la doctrina y elevarse a Dios to­
talmente. Por el momento, no se trata de hallar lo que
pueda convertir mejor a los otros, sino lo que me con­
vertirá mejor a mí.
59 Elegir preferentemente un momento en que no seré
interrumpido. Más vale una media hora seguida, que
tres veces diez minutos, alternando —por ejemplo— con
confesiones. Tener método; cuando se quiere, se puede.
Quererlo verdaderamente, ser leal.
69 Es muy conveniente leer el tema la víspera (que sea
la postrera acción del día ); recordarlo al momento de le­
vantarse; al hacer la meditación, utilizar el libro tan sólo
para ayudar la memoria, no para dispensarse del esfuerzo.
Dios y yo, esto es lo que importa; las palabras de otro
tienen por único objeto establecer el contacto; una vez
logrado, este tercero nada tiene que ver en mi conver·
\ íntima con Dios.
Adoptar una posición respetuosa y firme; precaver-
1 distraimiento, del sueño. . .
Recordar que de ordinario mi oración valdrá lo que
¡o de presencia de Dios, el cual siempre debe hacerse
mienzo. Si estoy solo, permanecer un instante de pie
es de comenzar—, y luego besar la tierra. Soy cuer-
alma; es preciso preparar la “ máquina” , como dice
L
Si el tema lo insinúa, salir de la oración con una
ición determinada. Vivir en la luz, saber lo que quie·
i es posible, reflexionar en la resolución propuesta
de cada comida, o en los coloquios con Dios.
o olvides jamás, lo que te be hecho saber hace ya
o tiempo: que Yo, la Sabiduría Eterna, no ceso de
lar al corazón de todo hombre. Pero ellos no quieren
ichar, si no es en algunos momentos solemnes que
paro, a menudo con una vida entera, con una pacien-
infinita y un arte soberano. Este es para ti uno de
s instantes. Recógete, humíllate; deja a un lado toda
tracción, quita todo lo que sea obstáculo a mi pala-
i. Despójate de los viejos hábitos intelectuales, de las
labras sin luz, de los términos humanos desfigurados
r la pasión, de los juicios y razonamientos conven-
•nales...
¡Oh, Maestro mío!, sí, lo quiero; a fin de oíros, quiero
jar a un lado mis propios pensamientos, y retirarme
jos del bullicio. Perezca todo lo que no procede de Ti,
todo lo que no es bendecido por tu Divina m ano...
i, me acerco y quiero acercarme a mi muerte, a ese
sandono verdadero, a ese desinterés total, del que no
ene otro apoyo que Tú, Dios mío, substancia de la ver-
ad y substancia del amor.”
P. G r atry .
I

DESDE EL ADVIENTO A QUINCUAGESIMA


DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO.

“ALZAOS, ES LA HORA”
I. Mi vida de Sacerdote hasta hoy.
¿Ferviente?. . . ¡Si es así, cuántas acciones de gracias!
¿M a la ?... ¡Oh, no!, lo espero.
¿T ib ia ?... ¡Quizás, si así ha sido, qué desgracia!
Entonces, ¿no habré ingresado en el Orden Sacerdotal,
más que para ser un sacerdote de segunda categoría? No,
¡Dios mío! Vos sois testigo de mis buenos deseos de semi­
narista y ordenado.
¡Yo quería, yo ansiaba llegar a ser un santo, un verda­
dero hombre de Dios!
¡Tibio!, con un pasado a sí...
¡Tibio!, ante el presente con su realidad, con los sufri­
mientos de la Iglesia, la indiferencia de las masas, los pe­
cados se multiplican... ¡cuánta indignidad! “ ¡Hay en
Francia 40.000 sacerdotes... y la fe se va perdiendo!·’
gemía el Padre Chevrier: “ Si tuviéramos tan sólo 80 Cu­
ras de Ars, uno para cada Departamento, ¡ cuán flore­
ciente estaría!” Dice San Gregorio: “ Causa ruinae popu­
lí, sacerdotes mali” , yo no soy un sacerdote malo, pero,
¿soy un sacerdote santo? Si no lo soy, ¿qué estoy espe­
rando?
II. Mi vida de Sacerdote, en adelante.
¿Tibio, siempre tibio? No. Hora est surgere, aún me in­
cita mi ideal de antes y de ahora... Dios me llama...
Las almas me esperan. ¡No más demora! No he hecho
más que despilfarrar los dones de D ios... Ya tengo diez,
quince, veinte años de sacerdocio; ¿he hecho algo útil?
fttoe sacerdotes, y tan pocos Curas de Ars! ¡Seré uno da
i!
umdus sacerdotibus píenus est, dice San Gregorio: el
do está lleno de sacerdotes: Tomen, in messe Dei> ra-
invenúur ope rotor; y sin embargo, hay pocos obreros
a mies, y esto, ¿por qué?: quia officium sacerdótale
puma*» opus officü non implemos. Poseo la fun­
de! sacerdote: ¿1» asumido toda la responsabilidad
a función? Honor, onus, officium, tengo el cargo y la
idad, opus officü: mi santidad debe corresponder a mi
ion. Ya me he demorado demasiado en hacerlo,
aria, Reina de mi Sacerdocio: hazme un santo.
ectura: Imitación de Cristo, Lib. I, cap. XXIV, 1 a 6.

LUNES

ADVENTOS

a comenzado el Adviento, ¿cuál es su signiiicado?


.aceraos vivir la grande ansiedad de los pueblos antes
Cristo, anhelando su venida, la venida de Aquel, que,
ía traer a la tierra desolada, la vida Divina que se había
üdo. ^ ^
dlá, en el pasado, la debilidad original, la caída anees·
, el pecado de Adán y Eva, la humanidad privada de
dones Divinos. . .
Vquí, en el presente, una cuna, un pesebre en un rincón
una gruta, y en ese pesebre, la restauración de lo Divi-
en el mundo. Dios habitando nuevamente en el corazón
Lhombre, es decir: la Gracia en la tierra (Dios, oscura·
Hito poseído por el alma), y la Gloria en el Cielo (Dios
«eído por el alma, en entera claridad).
Maravilla: nuestra Divinización al comienzo del mundo.
Maravilla: nuestra Re-divinización por Jesucristo.
MI O R A C I O N 15

Ver bum caro: Dios hecho hombre, para que otra ve*
fuéramos Divinos.
¡Comprendo bien por qué la Iglesia conmemora la es­
pera de este advenimiento memorable!
“ Venid, Señor, a dar vuestra vida al mundo, venid so­
bre todo, a dar vuestra vida a vuestro sacerdote. Al co­
mienzo de este año litúrgico, siento bien que Vos me lla­
máis: “ Yo he venido — diríais en el Evangelio— para que
tengan vida sobreabundante” . ¡Señor!, yo tengo necesidad
de esa vida y de esa vida sobreabundante; la necesito para
mí, y para mis ovejas, para mis fieles, para los que me
rodean, para las almas del mundo entero cuya suerte de­
pende de mi santidad. ¡Venid, Señor Jesús, venid! Estoy
dispuesto; quiero hacer el bien, pero solo, nada puedo,
¡venid!”
L ectura : Isaías, I, 16 a 19.

i MARTES

ADVENIAT REGNUM TUUM


Cuadro sinóptico del comienzo del siglo xix; y de hoy:
En: Sedes Episcopales: Hoy día:
Canadá ............................... 1 ..................... 32
Estados Unidos ............... . 3 ..................... 95
Asia .................................... 4 5 .................... 165
Africa ................................ 9 ..................... 55
Australia ............................. 0 ..................... 38
¡Cuántos esfuerzos misioneros indican esos números,
cuántas fatigas, oraciones, generosidades!...
Y, en mi Parroquia (mi obra), ¿se ha extendido el Rei­
no de Dios desde que yo estoy allí? ¿Son más las almas
que pertenecen a Cristo, o que le pertenecen mejor? ¿Qué
obras han sido creadas? ¿Cómo marchan? ¿Estaciona­
das ? . . . ¿ Retroceden ? . . . ¿ Avanzan ? . . .
RAUL PLUS, S. J.

*ero, ¿la cuestión me interesa, o es que yo no he toma-


mi determinación? “ Suceda lo que suceda, yo no pue-
nada” . .. Los adversarios han multiplicado sus bate-
;; yo no he hecho nada.
-¿Es esto un Apóstol? — No, es un cadáver de Apóstol.
"n profesor de medicina, guiaba a sus alumnos por la
¿ de un hospital, los detuvo en el centro y les pregun-
“ Veamos, juzgando así a distancia: ¿cuál es el enfer-
más grave? — Aquel de allí, que tiene moscas en la
t; cuando un enfermo permite con total apatía que las
cas se posen en su cara, es señal de que la muerte se
ca” .
uando un sacerdote no se inmuta, a pesar de Iq mu­
que en su parroquia se hace contra Dios, es una señal
jue su celo está muerto.
fiCTVRA: Actas de los Apósoles: V, 12 a 17.

MIERCOLES

SI SCIRES...
11 gran misterio del Cristianismo, es que Dios quiere
glorificado por la divinizocion del hombre. La divini-
LÓn de los hijos de los hombres, por el Hijo de Dios
ho hombre; éste es el mensaje que los Apóstoles
►en anunciar al mundo.
;Es ello un modo de hablar? — No, es una realidad vi*
nte, por disposición divina, todo cristiano ha sido con­
prado: Portador de Dios, Tabernáculo de las Tres Di-
las Personas.
Pero si esto es una realidad viviente, está claro que en-
i todos los dogmas no hay nada más sublime, más conso·
ior, más fundamental. Poseer realmente en sí al Altísi-
o, ser —en toda la expresión de la palabra— un relicario
viente del Señor. ¿Qué más preciso para fundar doctri-
MI ORACION 17

nalmente, no sólo mi piedad, sino también mi apostolado?


Comprendo que el demonio procure vivamente hacer ol­
vidar esta dignidad altísima a los cristianos —Laicismo,
Naturalismo etc.. . —, pero, que los cristianos, mis feligre­
ses, tengan en nada una riqueza tal, y prácticamente vivan
como si lo sobrenatural no existiera, eso sí que es inconce­
bible.
¿No provendrá esto, de que yo —sacerdote— tengo una
piedad que no se basa convenientemente en este dogma ca­
pital ?
¡Crea yo en mi dignidad de Portador de Dios, a fin de
ayudar a los que me rodean, a mis bautizados, a vivir co­
mo Portadores de Dios.
L ectura : San Juan, IV, 1 a 31.

JUEVES

CUNA VIVIENTE
Pronto, el Verbo se habrá hecho carne; yo lo contem­
plaré; en aquel extraño ajuar recién nacido, un establo in­
significante, a doscientos metros de un caserío perdido:
Bethleém.
¿Qué razones han inducido al Verbo, a realizar este pa­
so de gigante —sicut gigas— ? ¿Le ha atraído esta sórdida
pobreza, este pesebre de animales? No: lo ha seducido la
cuna viviente de nuestra alma. Había soñado con venir a
habitar —juntamente con el Padre y el Espíritu Santo—
en el corazón de todos los seres humanos, y, ¡oh, dolor!, los
hombres nada han querido saber de este Huésped sublime
y misterioso: “ No hay lugar para Ti” , esto fué el pecado
original.
Y para restaurarlo todo, El vendrá a la tierra, aquel pe­
sebre muerto no es más que una etapa en su marcha; El
aspira a las cunas vivientes de nuestras almas. El día de
dad, la Iglesia me hace celebrar tres Misas, para sig-1
tr los tres nacimientos del Verbo:
—Su nacimiento eterno en el seno del Padre;
— Su nacimiento temporal en Belén;
— Su nacimiento espiritual — juntamente con el
Padre y el Espíritu Santo— en cada una de las al­
mas, por el estado de gracia.
Tenida a Belén, no es un fin en sí misma, ese fin
as oculto^ más misterioso y cierto.
11 porqué de la Encarnación? El estado de gracia,
a verdadera cuna? Mi alma.
solución: Habituarme a considerar que soy una cu-
viente. Tener por real: a la realidad, lo que soy; obrar
cuentemente.
c tu ra : San Juan: I, 1 a 19.

VIERNES.

“ ECCE VENIO”
mor de Jesús a nosotros, como Verbo,
>r consecuencia del pecado original, el hombre había
ido los dones divinos. ¿Quién se los reintegraría? Las
personas deliberaron: nada de lo existente en nues-
planeta de perdición, podía servir como reparación ade­
la; sin duda que la reparación había de ser humana,
sedente de los hombres; pero al mismo tiempo, de un
>r infinito, como lo había sido la ofensa.
Entonces el Verbo se ofreció a su Padre: “ los holocaus-
humanos no bastan... Yo, el Verbo, ir é ... o mejor:
ido la vida de Dios un continuo y eterno presente: Yo

IQuién es el Verbo? Una Persona Divina, de tal modo


urado de amor hacia nosotros, que, a fin de salvarnos
vendrá a encarnarse en la tierra; que para ese fin se ofre­
ce a Dios eternamente: “ Padre, aquí estoy, Ecce vertió” .
No iré en el futuro, sino en el presente: Yo voy. El
Verbo. . . el que en todo momento de la eternidad, se ofre­
ce a Dios por nosotros, por nuestro amor.
Llegar a comprender este amor eterno de Nuestro Se­
ñor. .. Profundizarlo... ¡Qué abismo!
Y pensarlo, sobre todo cuando la Iglesia nos hace po­
ner de rodillas —Credo, Misa, Evangelio de S. Juan—, al
decir las palabras: Et homo factus est; el Verbum caro
factum est.
Eternamente El ha pensado en mí. Eternamente se ha ofre­
cido por mí; Eternamente, ¿cuánto tiempo? Eternamente. . .
Caritate perpetua dilexi te; desde siempre, desde siempre te
he amado y amado infinitamente hasta la eternidad.
L ectura : Imitación: III, cap. V.

SABADO

SAN AMBROSIO BAUTIZA A AGUSTIN


El Bautismo: yo lo administro con frecuencia. ¿Lo com­
prendo? “ Sal de este niño, espíritu inmundo, deja el lugar
al Espíritu Santo” . ¿Creo lo que digo? Cuando insinúo y
aconsejo al pequeño ser, que viva verdaderamente como un
templo de Dios, como un relicario viviente de la Santísima
Trinidad, ¿es eso para mí, tan sólo palabras, o la expre­
sión de una realidad?
Yo soy un Bautizado, ¿realizo en mí, mi Bautismo?
Yo soy un Bautizante, las realidades de ese Sacramento
que administro, ¿son para mí una realidad?
Para insistir acerca de la realidad de la presencia divina
en nosotros, por la gracia, los autores no dudan en esta­
blecer un paralelo: entre esta presencia inefable, y la pre*
senda del Verbo en María; entre la Encarnación y la Nati-
L Sin dada alguna, hay diferencia en el modo de pre-
i: puramente espiritual cuando se trata de la gracia;
ral, cuando se trata de la Encarnación; pero es la mis·
WwiW de presencia: presencia real en un caso, y pre-
i real en el otro.
i ese el pensar común de todos los Teólogos que siguen
o a Santo Tomás,—escribe el P. d’Argentan— que la
da del Espíritu Santo (juntamente con el Padre y el
), se da verdaderamente a un alma, cuando ésta se ha-
a de Dios por medio de la gracia santificante; como
sona del Hijo fué dada a la Santísima Virgen, al ser
onrada con la dignidad de Madre de Dios, en el Miste­
la Encarnación.”
10 es una afirmación escrita al correr de la pluma;

gracia santificante que se da a un alma justa, no es


inte un favor del Espíritu Santo, es un don que trae
o al mismo Donador: es decir, la persona misma del
tu Santo, que habita verdaderamente en esa alma
as conserva la gracia, como la persona del Verbo
en la Santísima Virgen mientras ésta la llevaba en

no sólo afirman esta verdad como cierta e incontesta-


no que llegan a decir: si por un imposible, la persona
¡píritu Santo no fuera inmensa, y habitara solamente
cielo, estaría obligada a descender, para habitar en el
(justa)” ,
oncluye así:
>h, Dios de amor! ¡Cuánto respeto debe tenerse a un
saturada de este modo con el Espíritu de Dios! ¿No es
el mismo que el Tabernáculo donde reposa el Cuerpo
ble de Jesucristo o a la Santísima Virgen mientras lle-
en su casto seno al Hijo de Dios? Pues esta alma está
del Espíritu Santo, ¡que es un mismo Dios con el

ctura: El Ritual del Bautismo.


DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO

RADIX JESSE
Después de la caída de los Angeles rebeldes, Dios mismo
se encargó de castigar al demonio.
Después de la caída de Adán y Eva, Dios hubiera podido
intervenir directamente para castigar al orgullo tentador.
Mas, prefirió —sin duda para humillar más al miserable—
encargar a otro el castigo, y este otro sería una mujer: “ Una
mujer quebrantará tu cabeza
Una antigua imagen de 1610, representa a María en una
silla, a un costado está sonriendo su Hijo, Ella tiene su pie
sobre la cabeza de la serpiente, y el Niño Jesús sobre el de
su madre. El pintor Erasmo Quellin se lia inspirado en una
idea semejante para su cuadro de la Iglesia “ San Miguel”
en Lovaina: Cristo sólo, bastaba, no era necesaria la inter­
vención de su Madre para matar la serpiente, pero ha que­
rido — para gloria de Ella y consuelo nuestro— que Ella
interviniese.
Es dable imaginar a Satán —a medida que transcurrían
los siglos— buscando a Aquella que pudiera ser en la tie­
rra, la Mujer, que con anticipación, él maldecía entre todas
las mujeres; sabía que vendría una, encargada de quebran­
tar su cabeza. Pero, ¿cómo reconocer a esta elegida de Dios?
En todas las grandes épocas en que creyó oportuno enta­
blar lucha con Israel, una mujer se había levantado para
proteger al pueblo de Dios: cuando quiso impedir la con­
quista de Tierra Santa, surgió Débora; cuando la invasión
de los Asirios: Judit; cuando la de los persas; Esther. Dé­
bora había atravesado las sienes de Sisara con un clavo; Ju­
dit tronchó la cabeza de Holofernes con una espada;
Esther había logrado la muerte de Amán, suspendiéndolo
de un patíbulo. Todos estos tiranos habían sufrido en la ca­
beza. Esto era un símbolo para Satán.
Llegó Jesús, según su juicio, ninguna mujer existe con
idad. Sin duda alguna, hay diferencia en el modo de pre­
lacia: puramente espiritual cuando se trata de la gracia;
orporal, cuando se trata de la Encarnación; pero es la nuV
ia realidad de presencia: presencia real en un caso, y pre­
sada real en el otro.
“ Es ese el pensar común de todos los Teólogos que siguen
i esto a Santo Tomás — escribe el P. d’Argentan— que la
írsona del Espíritu Santo (juntamente con el Padre y el
&rbo), se da verdaderamente a un alma, cuando ésta se ha-
hija de Dios por medio de la gracia santificante; como
persona del Hijo fue dada'a la Santísima Virgen, al ser
Aa honrada con la dignidad de Madre de Dios, en el Miste-
) de la Encarnación.”
Y no es una afirmación escrita al correr de la pluma;
siste:
“ La gracia santificante que se da a un alma justa, no es
lamente un favor del Espíritu Santo, es un don que trae
asigo al mismo Donador: es decir, la persona misma del
píritu Santo, que habita verdaderamente en esa alma
entras conserva la gracia, como la persona del Verbo
bitó en la Santísima Virgen mientras ésta la llevaba en
10.
" Y no sólo afirman esta verdad como cierta e incontesta-
í, sino que llegan a decir: si por un imposible, la persona
l Espíritu Santo no fuera inmensa, y habitara solamente
el cielo, estaría obligada a descender, para habitar en el
na (justa)” .
Y concluye así:
“ ¡Oh, Dios de amor! ¡Cuánto respeto debe tenerse a un
ma saturada de este modo con el Espíritu de Dios! ¿No es
aso el mismo que el Tabernáculo donde reposa el Cuerpo
lorable de Jesucristo o a la Santísima Virgen mientras lle-
iba en su casto seno al Hijo de Dios? Pues esta alma está
eaa del Espíritu Santo, ¡que es un mismo Dios con el
ijo!
L ectura : El Ritual del Bautismo.
DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO

RADIX JESSE
Después de la caída de los Angeles rebeldes, Dios mismo
se encargó de castigar al demonio.
Después de la caída de Adán y Eva, Dios hubiera podido
intervenir directamente para castigar al orgullo tentador.
Mas, prefirió —sin duda para humillar más al miserable—
encargar a otro el castigo, y este otro sería una mujer: “ Una
mujer quebrantará tu cabeza” .
Una antigua imagen de 1610, representa a María en una
silla, a un costado está sonriendo su Hijo, Ella tiene su pie
sobre la cabeza de la serpiente, y el Niño Jesús sobre el de
su madre. El pintor Erasmo Quellin se ha inspirado en una
idea semejante para su cuadro de la Iglesia “ San Miguel”
en Lovaina: Cristo sólo, bastaba, no era necesaria la inter­
vención de su Madre para matar la serpiente, pero ha que­
rido — para gloria de Ella y consuelo nuestro— que Ella
interviniese.
Es dable imaginar a Satán —a medida que transcurrían
los siglos— buscando a Aquella que pudiera ser en la tie­
rra, la Mujer, que con anticipación, él maldecía entre todas
las mujeres; sabía que vendría una, encargada de quebran­
tar su cabeza. Pero, ¿cómo reconocer a esta elegida de Dios?
En todas las grandes épocas en que creyó oportuno enta­
blar lucha con Israel, una mujer se había levantado para
proteger al pueblo de Dios: cuando quiso impedir la con­
quista de Tierra Santa, surgió Débora; cuando la invasión
de los Asirios: Judit; cuando la de los persas: Esther. Dé­
bora había atravesado las sienes de Sisara con un clavo; Ju­
dit tronchó la cabeza de Holofernes con una esr>ada; i 7
Esther había logrado la muerte de Amán, suspendiéndolo
de un patíbulo. Todos estos tiranos habían sufrido en la ca­
beza. Esto era un símbolo para Satán.
Llegó Jesús, según su juicio, ninguna mujer existe coa
n R A U L PLUS, S. J.

capacidad suficiente para desempeñar la misión qué él te­


me: no es capaz esta Joven Virgen sentad« junto a la cuna
de Belén; ni esta humilde y escondida mujer de treinta y
tres años oscuros; aún menos esta madre desconsolada al
pie de la Cruz, ¿qué puede temerse de esa patente debili­
dad? — y para que la humillación sea completa, será escl
debilidad la que lo vencerá.
Lectura: El Cántico de los rescatados, en Isaías: XXVI*
1 a 20.

IUNES

SIGNIFICADO DEL ADVIENTO


Doble carácter del Adviento:
Tiempo de penitencia; tiempo de esperanza y alegría.
Tiempo de penitencia: es muy antigua la idea de santifi­
car la preparación de Navidad, por medio de la oración y
una mayor generosidad. De ello se hallan trazas ciertas, del
siglo v, en la Diócesis de Tours. A mediados del siglo vi, se
extendió la costumbre por toda la Galia y en algunas igle­
sias de Italia. En ei vil, por todo el Occidente, aunque hasta
el siglo xii, no se sabe con certeza el número de semanas
que se le dedicaban. Se practicaba el ayuno — reducido aho­
ra a las cuatro Témporas y a la Vigilia de Navidad-—, se
prohibía la celebración de matrimonios, práctica de la que
aún queda algún recuerdo, en el hecho de que no se dé en
ese tiempo —salvo dispensa— la Bendición Solemne a los
contrayentes.
Tiempo de esperanza y alegría. Si es verdad que la regla
para recibir a Jesús es la purificación de los pecados; la es­
pera de Jesús invita más a la dilatación de espíritu que a la
penitencia.
La Iglesia suprime el Gloria y prescribe el color morado,
pero conserva el Alleluia; y si bien las oraciones litúrgicas
MI O R A C I O N n

tienden a preparar las almas, tienden también y sobre todo


a exaltar la esperanza.
“ A Ti elevo mi alma, oh, Dios, en Ti confío. . . 99 (Intr.
la. Dom.).
“ Pueblo de Sión, he aquí que viene el Señor. . . 99 (lia.
Dom.). *
“ Alegraos, el Señor está cerca...” (Illa. Dom.).
Peticiones para apresurar la venida del Mesías (Cuatro
Témporas y Dom. IV).
Finalmente, el anuncio feliz de su llegada (Misa de la
Vigilia).
Y durante todo ese tiempo, el pensamiento de María —
quien ruega con nosotros y espera al Divino Infante— ilu­
mina a cada uno de los días.
L ectura : el “ Verbum Supemum” .

MARTES

CONVERSATIO IN COELIS
Un joven pintor anunció al artista Courbet que pronto
iría al Oriente. Hasta entonces, Courbet le había escuchado
con una condescendiente cordialidad, pero al oír ese anun­
cio, abrió los ojos sorprendido, y murmuró: “ jAh!, usted va
en busca de inspiraciones orientales, por lo tanto, ¿no tiene
Patria?”
¿No se pensaría lo mismo, al ver a sacerdotes distraer su
ánimo y sus preocupaciones en cosas exteriores? ¿No tiene
a su disposición, y bien cerca de sí, al más valioso de los
bienes: su Iglesia, el Tabernáculo de su Iglesia; en sí mis­
mo : a Dios que vive en su alma, mantenida fielmente en es*
tado de gracia?
— ¿A dónde os dirigís? ¿Qué tesoro vais a buscar? ¿Por
qué caminos andáis? ¿A dónde conduce tanta y tan hermo­
sa actividad?
£4 RAUL P L US , S. J.

— ¡Ah, es que aquí, allí, y más allá tengo mucho que


hacer!
—Permitidme una pregunta: esta mañana, ¿habéis hecho
vuestra meditación?
— ¡Ah, no!, es que no tengo tiempo. %%
—Sois como el joven pintor, y merecéis la respuesta de
Courbet: Vais en busca del Oriente, ¿no tenéis patria? No
se alcanza más yendo lejos, sino entrando en lo propio. An­
te todo lo que debe hacerse ante todo.
Tenéis espíritu de conquista y de exploración y de inves­
tigación; comenzad entonces por el mundo interior que lle­
váis en vos mismo. El oriente. . . vendrá después, y estaréis
mejor preparado para conquistarlo.
El tiempo de Adviento es por excelencia tiempo de reco­
gimiento. Que María sea nuestro modelo. Mi buena Madre,
enséñame a habitar en mí mismo, a vivir los bellos miste­
rios que me rodean. Prope est Dominus.
Es muy cierto que el Señor está cerca, y de muchas ma­
neras.
Lectura: Imitación, III, cap. III.

MIERCOLES

NUNCA SOLO
Habituarme siempre más a esta idea: mientras me conser­
ve en estado de gracia, no estoy solo, siempre somos dos:
vo
■> v·< Dios en mí.
A la luz del recuerdo anual de la Encarnación, rememo­
rar esta maravilla: la razón que trajo al Salvador al mundo,
fué restituir ese mundo a la vida divina.
Por lo tanto, ¡qué grandeza contiene la vida del bautizado!
“La vida que Cristo ha traído a la tierra, la simple vida
Cristiana, tan desconocida en su grandeza, es la vida de Dios
mismo, trasplantada, aclimatada, naturalizada en el suelo
MI O R A C I O N 25

árido del alma humana, es un aprendizaje que contiene ya


todo el valor de la eternidad” (P. Gardeil ).
“ ¡Feliz el alma en estado de gracia! Hospeda en sí a las
Tres Divinas Personas; el Padre, el Hijo y el Espíritu San­
to han venido a instalarse en ella, dándole el poder de unir­
se a Ellos, y este poder va creciendo a medida que ella
avanza en la vida sobrenatural. Cuanto más impregna la
gracia sus facultades, tanto más vive en la intimidad divina.
Todo esto es verdadero, es una de las grandes verdades de
nuestra fe Cristiana” (Joret: “Notre intimité avec Dieu” ).
Sor Isabel de la Santísima Trinidad, hacía esta petición:
“ Señor, que yo esté siempre vigilante en mi fe” . ¡Qué her­
mosa oración! Vivir atenta, vigilantemente. El Alma Repa­
radora de Sofía de Claye, decía así: “No puedo expresar có­
mo me siento un templo de Dios, El está en mí, más que yo
misma; esto es desfallecer” . La vida de la tierra nos ha sido
dada para desarrollar esta vida sobrenatural, cuya ampli­
tud fijará para siempre la muerte.
L ectura : ' Imitación, II, cap. VIII.

JUEVES

MEDIUS VESTRUM

Juan Bautista hablaba de Jesús, Hombre-Dios, presente


en medio de los Judíos e ignorado por ellos. ¿No puede
aplicarse esta expresión a Dios viviendo en nuestras almas,
y siendo ignorado por la mayor parte? “ Hay uno en medio
de vosotros —dentro de vosotros— a quien no conocéis” .
Recordar —y saborear— los textos más hermosos:
“ Si alguno me ama (a mí, Jesús, Hombre-Dios) , mi Padre
lo amará, nosotros vendremos a él y haremos en él nuestra
m o ra d a Juan, XIV, 23.
Ese es el versículo modelo. Y su significado es tan ver-
*6 RAUL P L U S , 5. J.

dadero, tan seguido de efecto real, como el: “ Esto es mi


cuerpo”, de la Misa.
— “ Vosotros sois templos de Dios. . . el Espíritu Santo ha­
bita en vosotros” (I. Cor. III, 16).
—Y muchos otros textos: Gal. IV, 6; Rom, 9 y V, 5; II
Tim. I, 14.
Santo Tomás de Aquino, en su opúsculo sobre la Beati­
tud (Cap. III), resume todas las afirmaciones de los Pa­
dres, y hace notar lo siguiente:
“ Existe una grande ceguera y una notable locura, que
puede notarse entre muchos que buscan a Dios en todas las
cosas, suspiran sin cesar por El, lo desean frecuentemente,
le rezan cada día en la Oración (como si estuviera ausente);
cuando ellos mismos — según el dicho del Apóstol— son
templos de Dios vivo, y Dios habita verdaderamente en ellos,
pues su alma es la habitación de Dios, donde El reposa de
continuo” . Cum ipsi, secundum verbum Apostoli, sicut tem-
plum Dei vivi, et Deus veraciter habitet in eis, cum anima
ipsorum sit sedes Dei in qua continué requiescit.
—Y algo más adelante, dice así:
“ En esta vida, deberíamos gozar continuamente de Dios
como de una realidad absolutamente nuestra” — in hac vita,
continué deberemus frui Deo tamquam re plenissime pro-
pria.
Considerar que mi adelanto será siempre mediocre, en
tanto que, esta realidad divina en mí, no haya adquirido
valor de realidad.
L ectura : “ Vivir con Dios” .

VIERNES

CHRISTUS FACTI SUMUS


Nos hemos transformado en el Cristot o más aún: hemos
sido hechos Cristo.
MI O R A C I O N 27

La expresión es de San Agustín.


Es lo que explicaba Nuestro Señor con aquella compara­
ción: “Yo soy la vid, vosotros los sarm ien tosEl cuerpo
total de Cristo —como también lo dice San Agustín— es,
Jesús con todas las almas en estado de gracia, las cuales
componen sus miembros; así como un árbol no está comple­
to si no tiene tronco y ramas, así el Cristo completo, el Hom­
bre total, es Jesús, el Jesús individual, hijo de María y del
Padre, más nosotros. (Véase I Cor. XII, 12-27; VI, 15-18
y toda la Epístola a los Efesios.)
La maravilla por excelencia del Cristianismo, no es pre­
cisamente que Cristo haya venido sobre la tierra para de­
volvernos la vida divina perdida por el pecado original, ni
siquiera que haya muerto en la Cruz para asegurar nuestra
redención. La maravilla más sublime de nuestro Salvador,
es que, para hacernos divinos, haya tenido la idea de injer­
tarnos en El, de hacer de nosotros un solo ser —nombrado
místico a falta de otra palabra— con El mismo.
Encarnación, Redención — pero algo aún más bello: In­
corporación.
El Verbo descenderá a la tierra; Hombre-Dios, será el
solo depositario de la vida divina; en adelante, para llegar
a ser divino, será necesario ser injertado en El.
En el plan primitivo anterior a la caída, nada de Cristo,
Verbo Encarnado, Dios, la humanidad divinizada: eso era
todo. Vendrá la caída —felix culpa— y el plan seré aún
más bello.
Dios, la humanidad: como antes; pero además, entre los
dos: el Dios hombre, por el cual, todo debe pasar obligada­
mente: Jesús, el Mediador divino, del cual nosotros seremos
parte integrante. Nada bajará del cielo a nosotros sin pa­
sar por El; nada subirá de nosotros a Dios, sin pasar por
El. Verdadero “ Pontífice” , como dice Santa Catalina de
Sena jugando con la palabra: “el que hace de puente
n RAUL P L U S , S. J,

¿Es Jesús para mí, lo que es esencialmente en sí mismo:


el divino Mediador?
L ectura : San Juan, XV, i a 12.

sábado

INCOR1*ORACION A JESUCRISTO

Uno de los mejores autores jesuítas del siglo xvu, encar­


gado durante mucho tiempo de atender a la formación espi­
ritual de los sacerdotes jóvenes de la Orden: el Padre Jud­
ie, en una meditación para el retiro de treinta días, sobre
Jesús en calidad de Jefe, después de haber recordado la doc­
trina, y sobre todo las enseñanzas del Apóstol sobre la ver-
dadera naturaleza de la vida cristiana, añade:
“ Todos los cristianos pueden decir en un sentido, lo que
decía San Pablo: Yo vivo, pero no soy yo el que vivo, es
Cristo quien vive en mí, la vida de que hablamos ahora, no
es esta vida mística de Jesucristo en el hombre, que se for­
ma por la transformación del espíritu, л corazón y de las
costumbres del hombre en Jesucristo, y que consiste en pen­
sar como El, obrar como El; es algo aún más esencial.
Porque es necesario ser cristiano antes de poder llegar a ser
un perfecto cristiano. Lo uno es fundamento de lo otro, y
ésta es la vida de que hablaremos, que nos hace cristianos.
” Consideremos por lo tanto, en qué consiste esta vida...
No pueden ignorarse estas verdades, sin ignorar el fondo
mism/j de la religión.
” El rnirtmo Jesucristo nos enseña en qué consiste la vida
de Jesucristo en nosotros, cuando dice que El es la vid y
noeotro» lo» sarmientos (J. XV, 5).
’’ También поя lo dice San Pablo, cuando afirma que la
Iglesia constituye un ноlo cuerpo, del cual Jesucristo es la
cabeza y nosotros los miembros (I Cor. XII, 27), Ahí co­
mo las ramas y el tronco, la vid y los sarmientos, no consti­
MI O R A C I O N n

tuyen máf que una planta, lo· miembro« y la cabeza no


constituyen en cierto modo más que un mismo compuesto
y una misma persona.
” Además, como las ramas no tienen otra vida que la reci­
bida del tronco, y los miembros la que les proviene de la
cabeza; así: la vida sobrenatural del Cristianismo procede
únicamente de su unión con Jesucristo. Separado de El, mue­
re ; unido a El y durante el tiempo que dure esa unión, vive.
’’ Finalmente: tanto más vive, cuanto más estrecha es esa
unión; y viceversa: languidece, se seca —por así decirlo—
en la proporción que se debilita o que se halla impedida o
interrumpida.
” Lo que constituye esta unión del hombre con Jesucristo,
es el bautismo; por el bautismo fuimos injertados por ves
primera en Jesucristo.
” .. .no lo pensaba: para Jesucristo, soy nada menos que
una parte de Jesucristo **
L ectura : Salmo 91.

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO

GAUDETE... IN CHRISTO JESU


La alegría; eso es todo el Evangelio. En la noche de Na­
vidad, los Angeles anunciaron a los pastores: “ gaudium
magnum” .
Evangelio, significa “ buena nueva”, y es portador de estas
maravillas: para que llegue a ser templum Dci, Nuestro
Señor quiso hacer de mí —de todo cristiano— una portio
Christi en el Bautismo. Al integrarnos a su persona —S.
Pablo usa la palabra: identificar— nuestro Salvador nos
rediviniza.
Un cristiano es esencialmente una prolongación viviente
de Cristo, un pedazo de Cristo, como se atreve a decir un
Santo Padre “ portio Christi” — “ una porción de Jesucristo,
50 RAUL P L U S , S. J.

es como sus santas reliquias” traduce S. Juan Eudes. A ve­


ces, se invita al lector —en las obras piadosas— a identifi­
carse con Jesucristo, a participar sus sentimientos, adoptar
sus modos de obrar: y para la mayor parte esto es gimnasia
de orden moral, tentativas santas, bellos esfuerzos de gene­
rosidad; no se les dice suficientemente que este esfuerzo
para reproducir perfectamente a Jesucristo, no es más que
la conclusión lógica de este hecho: cada bautizado es en
realidad de verdad: alter Christus.
No se exige obrar en Cristo, sino porque somos Cristo.
Decía el Archidiácono Boudon: “ ¡Oh, si los cristianos su­
pieran bien lo que es ser cristianos! ¡Si conocieran que su
dignidad y su estado es una misma cosa con un Hombre-
Dios! ¡Alma mía!, ¿hemos penetrado bien esta verdad?
Jesús es nuestra cabeza, nosotros somos sus miembros, pero
El no está por eso fuera de los miembros, está todo en la
cabeza, es necesario reconocerlo también en los miembros.
Pero, ¡oh Dios mío!, el cristiano debe llegar a un total ani­
quilamiento de sí mismo, a fin de que Jesús sea todo en él;
Jesús piense y ame en él; Jesús vea y oiga en él; Jesús ha­
ble, sufra y actúe en él. ¡Cuán santa lebe ser nuestra vida,
siendo la vida de Jesús!
L e c t u r a : S. Juan XVII, 13, 24 hasta el fin.

LUNES

EL MUNDO
“ El mundo no es más que un espectáculo ruidoso y colo­
rido, que nos impide prestar atención a nuestra realidad
íntima.”
Así hablaba un convertido (René SCHWOB: “ Ni Grec,
ni Juif” p. 106).
¡Cuánta verdad!
El mayor peligro del mundo, no es que conduzca al pe­
MI O R A C I O N ai

cado, sino que hace perder el sentido de los valores. Lo


esencial desaparece; la nada ocupa todo el lugar. Lo que
se opera en el silencio, no se tiene en cuenta —aunque sea
un acto capital— porque no hace ruido ninguno: y vice­
versa: lo que obra ruidosamente— aunque no sea más que
humo de pajas, fuego de artificio, un simple fulgor en la
noche— excita la admiración.
En la época en que está por llevarse a cabo la Encarna­
ción, ¿qué es lo que ocupa el escenario del mundo? ¿Quién
piensa en la venida del Salvador? ¿En el cumplimiento de
las profecías, en María, verdadero punto de mira de los si­
glos acumulados? ¿Quién? Nadie; toda la atención se diri­
ge hacia Augusto y la grandeza romana. Lo temporal lo
llena todo; lo sobrenatural desaparece.
Y en mí, ¿no hay acaso el mismo desconocimiento de los
valores verdaderos, no llena mi mente la terrible y ruidosa
invasión de “ mundo” ? ¿Presto atención a la realidad ín­
tima que constituye lo esencial, lo único necesario? ¡Cuán­
to me es necesario intensificar el espíritu de fe! Soy víctima
de las cosas exteriores: un poco de color, de ruido, eso bas­
ta; lo esencial ha desaparecido de mi vista...
Eclesiástico, ¡cuánto eres aún “ del mundo” !
Medítalo profundamente...
L ectura : Imitación, III, cap. X.

MARTES
SI RAUL P L U S , S. I

yo mismo íntegramente1*! )Cuán poco guato hallo en entrar


m me santuario vivo que es mi almaí
Pué·, si me recojo, no es por deseo de tener una «imple
conversación conmigo misino, aunque ella acreciente la ri·
queca de mi alma; es por deseo de hallar a Dios en mi alma,
en la cual «e digna habitar por la gracia«
¡Y qué! Lo esencial de mi estaría allí, en ese oeultamien*
lo* ¿Cómo mi grande riqueza estaría en el interior, y no
•eré más que un hombre superficial?
Es verdad que el estado de gracia me constituye en san*
tuario, pero el silencio me hará descubrir en ese santuario
la presencia real.
Puesto que lo esencial de mí se halla en lo invisible, no
puedo aspirar a encontrarlo más que en lo invisible; y si
falto a esa búsqueda, seré siempre un hombre superficial,
un ignorante de la vida profunda.
“ La mayor parte de las amistades tienen por objeto ex­
pulsar al silencio” escribió un maestro de la vida espiritual;
y el Autor de la Imitación de Cristo dir e así: “ Cada vez que
he estado entre los hombre·, he vuelto menos hombre” , y
hubiera podido añadir: “ menos divino” .
Hablar como conviene, es verdad, y cuanto es convenien­
te. Pero siempre callarme cuando es necesario, útil; cuan*
do mi silencio — lo que sucederá a menudo— será más fe­
cundo que mi palabra«
L e ctu ra : Imitación: I, cap. XX.

MIERCOLES

*£CCE ANCILLA”
Ecce, heme aquí. ¿Es preciso que alguno m entregue, que
sirva?, aquí estoy, podéis disponer de mí, costare lo que
«oslare. Hay grandes intereses. Yo nada soy; la gloria de
MI O fcA C IO H

Dio·« la salvación del mundo; esto es lo que realmente exfc*


te. Ecce, heme aquí.
¿Sabía la Virgen María, que esta sublime palabra era el
eco de la palabra pronunciada por el Verbo desde siempre?:
es necesario que vaya a redívinízar a la humanidad, la
cual ha perdido sus dones divinos; seré yo, Padre, Ecce, he­
me aquí. Durante todo el espado de eternidad que supone la
vida del Verbo en el cielo, antes de la Encamación, las
profundidades de abismo son colmadas con esta única as­
piración y ofrenda: Ecce.
Lo* tiempos se han sucedido. Ha llegado la hora de la
Encarnación.
Ecce infans, Ecce puer. En el ánimo de María, a quien el
Verbo acaba de unirse encarnándose, Verbum caro, brota
un silencioso y elocuente Ecce; heme aquí. El nacimiento...
Los treinta y tres años... todo un perpetuo: Ecce. La Pa­
sión . , . aumenta la intensidad de la ofrenda, se va llegando
al término y ese término está teñido de sangre. Y cuando
Pilatos —asomada al balcón de la fortaleza Antonia— pre­
senta su cliente a las turbas, un Ecce homo, como aquel
Ecce, traduce expresivamente la actitud interior del Divino
Crucificado: “Sí, ¡oh sí!, me ofrezco por todos ellos; dices
bien, Pilatos: ¡Ecce, ecce homo, he aquí al hombre de do*
lores!”
Y Jesús, aún irá más lejos en el aniquilamiento y entrega
de sí mismo.
Ecce Agnu» Dei: antes de morir, cambiará el pan en su
cuerpo —y, ¡qué llamamiento para mí, sacerdote; qué invi­
tación !— y bajo la inercia aparente de la hostia, ¡qué po­
der de ofrenda!... Soy yo, me ofrezco.
—Y tú, ¿cuál es tu donación?, ¿es tu vida un Ecce per­
petuo?, si no, ¡cuán lejos estás de mí con el alma, aunque
tus funciones nos acercan tanto y tan a menudo!
Aprende a decir, y a saber decir Ecce,
Lectura: Imitación: IV, cap. IX.
H

JUEVES

LA EXPECTACION DE LA VIRGEN SANTISIMA

Como la Anunciación caía a veces en Semana Santa»


el X Concilio de Toledo, reunido en 656, decidió transfe·
rirla al 18 de diciembre, a fin de que fuera el primer día de
ana Octava de preparación a la Navidad.
La Iglesia Romana mantuvo siempre la fiesta el día 25
de marzo y España decidió acomodarse nuevamente a esa
costumbre, pero conservó la Expectación a causa de que
las Antífonas Mayores Litúrgicas, comienzan por esa inter­
jección.
La fiesta de la expectación del Mesías, es la fiesta de
todos los siglos. Comenzó desde la primera caída: “ Una
mujer quebrantará tu cabeza” . La Sagrada Escritura está
saturada de este deseo del Redentor, como lo prueban las
Antífonas que se rezan hasta Navidad, tomadas del Antiguo
Testamento. Procuraré representarme esta larga espera. Cuan­
do se está en desgracia, ¡cómo se suspira por la liberación
del mal (los inválidos en su tierra, los pi.lioneros, los sol­
dados durante la guerra)!
Yo, no deseo bastante, porque no constato suficientemente
la pérdida inmensa sufrida por la humanidad, al despojarse
de los dones divinos.. .
Valgámonos de las hermosas Antífonas del Magníficat:
“ Venid, oh Cristo, sabiduría eterna; venid, Adonai, jefe del
pueblo de Israel, extended vuestro brazo para rescatarnos.
Venid, esplendor de la luz eterna, oh Cristo, verdadera luz.
Venid, oh rey de las naciones” .
La expectación, es sobre todo la fiesta de la Virgen Ssma.,
que dará al mundo a su Divino Hijo Jesús.
Si los Santos del Antiguo Testamento experimentaban san­
tos ardores al meditar el anuncio del Mesías, ¿cuáles expe­
rimentaría la Virgen Inmaculada esperando por poco tiempo
MI O R A C I O N S5

a Su Salvador, Su Hijo, el Redentor del mundo? Yo también


pasaré estos ocho días, en santa espera y en amor creciente.
L ectura : El “ Rorate” .

VIERNES

UNDE HOC MIHI?


Desde el seno de María —donde reside— Jesús santifica
a Juan Bautista encerrado en el seno de Isabel.
Beneficio singular causado por la proximidad del Divino
Infante.
¿Presto yo atención al beneficio de que gozo, yo mismo, en
mi interior, de la presencia del Verbo, que no por ser una
presencia de orden diverso deja de ser absolutamente real?
Sé ya de un autor que compara —desde el punto de vista
del valor de realidad— la presencia de Dios en nosotros, por
la gracia, a la presencia del Verbo Encarnado en el seno de
María. Existe diferencia en el modo de presencia, pero iden­
tidad en la presencia. He aquí lo que dice Faber:
“ Aunque la vida de María no ha sido muy consignada, su
expectación es un tipo magnífico de toda vida cristiana. (El
Verbo) está en cada uno de nosotros por su presencia y su
poder... Su habitación sobrenatural en nuestras almas por
medio de la gracia, es algo más prodigioso que todos los mi­
lagros, y se reviste de una energía más eficaz. Una meditación
piadosa y atenta de la doctrina de la gracia, produce una
sombra encima de nuestros espíritus, a causa de la gran­
deza de los dones que nos son otorgados y de nuestra des­
lumbrante proximidad respecto de D ios... Por la gracia
(el Verbo) nace continuamente en nosotros y de nosotros,
por las buenas obras que nos hace capaces de llevar a cabo,
y por nuestra correspondencia a la gracia... De tal modo,
que el alma de los que están en estado de gracia, es na
perpetuo seno de María, un íntimo Belén que no concluye**.
96 RAUL P L U S , S. J.

¿Será que el Verbo Divino que vive en mí por la gracia


—juntamente con el Padre y el Espíritu Santo— no tiene
un poder suficiente para santificarme? ¿O será que le obsta­
culiza mi opaca falta de fe ?
Estoy más cerca de Dios, que lo estaba Juan Bautista del
Niño Jesús en la Visitación. Me atrevo a creerlo.
L ectura : S. Lucas I, $0 a 56.

SABADO

PARATE VIAM DOMINI


El Verbo desde toda la eternidad, Jesús, en el seno de
María, preparando su venida temporal a Belén.
—María — Juan Bautista — he aquí los diversos perso­
najes que pasan y vuelven incesantemente a nuestra consi­
deración, durante la liturgia vivida, instructiva y devota del
Adviento.
“ Preparad la habitación para el Señor , decía Juan Bau­
tista a sus auditores, renunciad, despojaos de lo superfluo.
Practicando una útil y santa penitencia, deshaceos de todo
lo que ocupa en vosotros el sitio del Maestro Divino. El
Señor no desciende donde hay ya todo un pueblo de peque­
ños ídolos. Si todo está ocupado en vosotros, si todo es
tierra y sangre, ¿cómo habrá sitio para formar un trozo de
cielo? Y, ¡oh dolor!, desde que vino al mundo, el buen
Maestro ha experimentado esta falta de hospedaje; reclamó
un humilde lugar — por la voz de sus Padres— en los Ka-
ravanserrail de Belén, y no había sitio para El, todo estaba
ocupado. ¿Un lugar para el Hijo de Dios? Pensadlo...
¡Hay huéspedes más calificados!; El es muy poca cosa, otros
pagan m ejor... ¿Y mi a lm a ...? un Karavanserrail lleno,
o un lugar limpio donde todo está dispuesto para recibir al
Señor del Cielo? Non erat locus in diversorio. ¡Cuánto im­
pedimento. cuántas cosas inútiles! He recibido a todos los
MI O R A C I O N 37

transeúntes, una serie inmensa de huéspedes indeseables;


se hallan en mi alma como en su casa. ¿Un lugar para el
Señor? En verdad, no ha de ser un huésped pesado.
¿Es esto normal? Soy sacerdote, ¿sí o no? Siendo un
simple cristiano en el mundo, debería estar preparado, ¿y
siendo sacerdote?... ¡Adelante! Es preciso parare viam
Domini. Las Cuatro Témporas, recuerdan una atención ma­
yor, un cuidado más detallado de la mortificación Preparar
bien el lugar para la venida del Señor. Penitencia exterior,
y —sobre todo— renunciamiento interior.
L ectura : Imit. II, cap. I.

DOMINGO CUARTO DE ADVIENTO

VOCABITUR EMMANUEL
Todo el A. T. era ya una invocación a “Aquel que ha de
venir” , y el Nuevo es también un llamado al que ha venido.
Concluye con un grito de deseo ardiente, en el cual se
funde la aspiración de millones de corazones que durante
siglos han sentido el dolor del destierro y el hambre de
Dios: ¡Ven, Señor Jesús! Veni Domine Jesu. (Apoc. XXII,
20.) Un Dios a nosotros, datus est nobis; un Dios con nos­
otros: Emmanuel. Esta palabra me hace pensar, al mismo
tiempo que en la cuna cercana del Salvador, en las palabras
del Ordinario de la Misa, antes de la Comunión, cuando
dicen mis labios: “ Señor, que jamás sea separado de Vos” .
¡ Emmanuel, Dios conmigo!; esta palabra, es pronunciada
por mí entre el bendito momento en que Lo hago descender
al altar, y el momento en que El bajará aún más, a mi
pobre corazón, por medio de la Comunión. ¡Mi Dios con­
migo! ¡Toda mi felicidad! ¡Todo mi poder, mi santidad!
¡Toda mi felicidadl ¿No eres Tú, Jesús, la verdad, la be·
lleza, la bondad, la sabiduría, infinitas? Salvador mío,
Maestro, amigo Divino, Señor mío, todo. . . Habéis salvado
RAUL PLUS, S. J.

todas las distancias, para estar “ conmigo” ! Todo mi poder.


En Vos —que sois mi fuerza— yo todo lo puedo. ¿No has
dicho acaso: “ Todo poder me ha sido dado... ?” Adelante...
Vuestro poder y mi debilidad... ambos unidos somo fuertes.
Toda mi santidad. Nunca estar separado de Vos, esto es el
perpetuo estado de gracia, la santidad substancial. El hábito
ininterrumpido aumenta el recogimiento. Dios conmigo, yo
con Dios; ésta es la santidad que va creciendo progresiva·
mente.
L e ctu ra : Imit. IIÍ, cap. XXI, comienzo. i

LUNES

PORTA CCELI
Repasaremos las palabras del Alma Redemptoris, y las
meditaremos sin apuro.
Alma Redemptoris Mater, quae pervia coeli porta manes,
jSalve, real y bienhechora Madre del Redentoi; salve! Puer­
ta siempre abierta para el cielo. Por medio de Ti, oh María,
nos viene la salvación; sin Ti, no habría Salvador del mun­
do. pues Dios sometió a tu consentimiento la venida del
Redentor. Tú eres la puerta, el Arco de Triunfo, por el
cual pasó Jesús viniendo hacia nosotros. Bendita seas por
tu participación en nuestra liberación. El Príncipe del Cielo
estableció en Ti Su trono. Y no contenta con darnos al Em-
manuel en aquella Noche bienaventurada, nos lo donas nue­
vamente cada vez que El se entrega a nosotros, pues siem­
pre quiere pasar por Ti.
Et stella maris, sucurre cadenti, surgere qui curat populo.
Venid en socorro de vuestro pueblo caído, que se esfuerza
por alzarse nuevamente. Yo mismo, vuestro sacerdote, oh
María, yo mismo soy uno de estos pobres desfallecidos, que
tienen en su noche necesidad de una estrella, en su naufra­
gio necesidad de ayuda. Socorro de los cristianos pecadores«
MI O R A C I O N 39

Socorro de los sacerdotes pecadores, ¡ten piedad de mí!


Tu quae genuisti... Tú, que engendraste al asombro del
mundo, al Autor de vuestros días.
Dante os llama: “ Figlia del tuo Figlio”, bija de tu Hijo,
es una traducción exacta: “ Genuisti tuum Genitorem” .
Y para coronar vuestra gloria: Inviolata permansisti. ..
L ectura : Isaías, XXXV.

VIGILIA DE NAVIDAD

MARIA JUNTO A LA CUNA DE BELEN


“ Dios ha creado un mundo para el hombre viajero, es el
que habitamos; ha creado otro mundo para el hombre bien­
aventurado, es el Paraíso; pero también ha creado otro para
habitar El mismo, y le ha dado el nombre de María (El
Beato Grignion de Monfort).
En verdad, el mundo que habitamos ofrece maravillas
grandiosas a quien sabe descubrirlas.
Hubo un hombre que evocó la prodigalidad de las cosas
infinitamente grandes y la riqueza de las infinitamente pe­
queñas; este hombre tuvo una frase sublime en un tiempo
en que su creencia se hallaba muy nublada, casi apagada,
Víctor Hugo: “ Sacadme de acá abajo, si no queréis que
ore ·
Y, ¿qué decir de ese mundo incomparablemente más bello
que el mundo de las bellezas naturales, el mundo de la
gracia, sobre todo, visto a la luz de la gloria, el Paraíso?
Decía Nuestro Señor a Santa Teresa: “ Si te fuera dado
contemplar un alma en estado de gracia, ese espectáculo te
parecería de tal modo radiante, que no podrías soportarlo,
morirías” .
Hay un mundo cuyo esplendor sobrepasa aún al del Pa­
raíso —Paraíso de la gracia y paraíso de la gloria— y es
el alma de María,
40 RAUL PLUS, S. J.

Considerar la plenitud de gracias que había en Ella: Ave,


gratia plena... Profundizar la impresionante grandeza de
su misión: maternidad humana, maternidad Divina.
¡Oh Madre mía, oh Virgen María.. .! Abismarme en la
contemplación de Su Mediación soberana, en la bondad
inaudita de su compasión, en la inagotable caridad de sus
intervenciones: Acordaos, oh piadosísima Virgen María. . .
A la luz efe estos títulos de gloria, comprender, saborear,
gustar el sentido de estas conocidas palabras: “ Tota pulchra
es, o María*: ¡Cuán hermosa eres, oh María!
L e c tu r a : S. Lucas: cap. II, 1 a 21.

25 DE DICIEMBRE

NAVIDAD
“ Santa Catalina de Bologna se hallaba rezando en la Igle­
sia de su Monasterio, durante la noche de Navidad del
año 1435. Se le apareció Nuestra Señora, llevando al Niño
Jesús; se le adelantó y depositó al Divino Niño en sus manos;
Santa Catalina lo apretó contra su corazón, y acercó su
mejilla y sus labios al Sagrado Tesoro.
Pronto desapareció la visión. Pero, a partir de aquel mo­
mento, los labios y la mejilla de la Santa quedaron marca­
dos con un color encantador: “ insolitum ex eo contactu
traxere candorem” , dicen los Bollandistas (9 mar. T. VIII,
p. 57. N9 47-49). Aún la muerte respetaría esta marca del
beso divino. Actualmente, aún subsiste esa señal. El cuerpo
de la Santa, libre de la corrupción — aunque descolorido—
conserva en ese sitio las apariencias de vida” (Ribet: Mys-
tique divine, I, pág. 289, 296). No hay duda de que deben
respetarse —sin querer imitarlas servilmente— las intimi­
dades de los Santos. Sin embargo, ¿no recomienda San Ig­
nacio de Loyola, en los “ Ejercicios” , participar en las esce­
nas, convertirnos en alguno de los personajes, y en especial,
MI O R A C I O N 41

en el misterio de la Natividad, suponer que soy un humilde


sirviente a las órdenes de José y de María?
Y, ¿si la Virgen Santísima, hubiera colocado por un ins­
tante, en mis brazos, al niño-Dios, no habría imitado el
gesto de Santa Catalina de Bologna? Esto no es afectación
ridicula, es simplicidad de corazón.
¿No es culpa de El, si de Todopoderoso que es, se ha he­
cho pequeñito? Y luego, en cada Santa Misa, ¿no lo manejo
a mi gusto? Mansuetus, obediente; decía el Cura de Ars:
“ Lo coloco a la derecha y queda a la derecha, lo coloco a
la izquierda y queda a la izquierda’\
Me acercaré a la cuna. . . Infinito respeto. . . pero tam­
bién dulce simplicidad. Y si en un día así está permitido
excederse, que sea en ternura. ¿No sería ridículo, al lado
de un pequeñito, comportarse como un hombre seco?
L ectura : Las Orationes, de las tres Misas.

26 DE DICIEMBRL

“ TRASEAMUS ET VIDEAMUS”
Transeamus, esta es la parte costosa; es necesario mover­
se, sacudir mi pereza; alzarme del sueño, vencer mi rutina,
mi indiferencia... ¡Adelante, de pie! Se trata de un anun­
cio prodigioso. ¿Qué tengo que hacer, inactivo entre como­
didades . . . ?
Et videamus. Es ciencia del establo humilde, es muy fá­
cil de aprender.
El Maestro; es un Niño amable, nos Sonríe.
La lección; es breve, a fin de hacerse accesible a nues­
tras pobres y rebeldes inteligencias, la Palabra Eterna se
ha reducido a las dimensiones más ínfimas... Verbum ab-
breviatum. .. En estilo técnico, podría llamarse una edición-
alhaja.
La lección no entra por los oídos. Infans, el Pequeñito aún
*AUL P L U S , S, J

no sabe hablar; no dice una palabra; José y María tampo·


c o .. . Todo es silencio junto a la cuna: Dum médium siten·
¿ttm tenerent omnia. No hay más que mirar; es una lección
de cosas.
¿Mirar? y, ¿para ver qué cosa?: al Rey del mundo, pannis
involutum et positura in proesepio.
¿Es esto verdad? ¿No estaré soñando?
No, no: VideamuSy abramos bien los ojos: un establo,
dos pobres animales, paja manchada, algunos pastores en
adoración. Y allí, en el fondo del pesebre de los corderos,
el Cordero: Ecce A gnus Dei.
¡Ah!, soy un hombre de realidades patentes, ¡qué profu­
sión de realidades!
Dominus meus et Deus meusf
L ectura : Imit., III, cap. XLIV.

27 DE

“ ...QUEM DILIGEBAT”
Juan Evangelista era el discípulo que Jesús amaba. Tam­
bién yo lo soy... Recordar todas las preferencias del buen
Maestro__
¿Me contentaré con recibí/ siempre? ¿Quid retribuam?
¿Cómo retribuiré? ¿Cómo y hasta qué punto amaré?
San Ignacio indica tres grados de generosidad: Amar de
modo que nunca se consienta en falta grave; amar de modo
que nunca se consienta en cometer pecado venial; amar has­
ta esforzarse en elegir la Cruz con Jesús Crucificado.
¿Cómo amo yo?, ¿en qué grado he de clasificarme? Mi
modo de amar a Dios, ¿puede llamarse verdaderamente
amor?
Oigamos al P. de Foucauld:
“ Dio* mío, yo no sé si es posible para algunas alma#
veros pobre y quedar voluntariamente ricos... Veo bien
MI ORACION *5

que ellas os aman, Dios mío, y sin embargo noto que falté
algo a su amor, y de mi parte, no puedo concebir el amor
sin una necesidad imperiosa de conformidad, de semejanza,
y sobre todo, de participación en las penas y asperezas de
la vida. . . Ser rico, estar lleno de comodidades, vivir tran­
quilamente de mis bienes; cuando Vos fuisteis pobre, vivis­
teis penosamente a costa de un duro trabajo, lleno de in­
comodidades; de mi parte, no me es posible amar así'*
(Escritos espirituales, p. 106).
¡Qué diferencia entre un Faucauld y yo! Tengo ante mi
vista al pesebre; ¿sacaré la conclusión de que debo tener
igual desapego de los bienes? No; realizo esta ilógica con­
tradicción: saber que mi Dios se halla en pobreza total, y
vivir lo más alejado que me sea posible de la pobreza;
contemplar a mi Maestro clavado en la Cruz, y huir con
todo cuidado de la Cruz.
¡Oh amor m ío ... eres realmente un pobre amorl
¿No puedo hacer algo mejor, aspirar a algo más?
Procurarlo, ensayarlo. . .
L e c t u r a : Imit. II, cap. XI.

28 D E D IC IE M B R E : LO S S A N TO S IN O C E N T E S

“FORM AN SERVI”

Un Dios que se hace hombre, para que los hombres lle­


guen a ser divinos; el Hijo haciéndose esclavo, para que
los esclavos lleguen a ser hijos.
Para Jesús, una de las señales de esta “esclavitud”, ha
«ido nacer en la más extremada pobreza, y es esta pobreza,
lo que San Ignacio — Ejercicios espirituales— nos incita a
considerar en la contemplación de la cuna de Belén.
Lección de pobreza material, e indudablemente en prime­
ra línea. Contemplar, contemplar largamente la extraña ha-
44 RAUL PLUS, S. J.

bitación... está muy bien, eso es perfecto para un Dios;


be ahí lo que £1 ha elegido, pudiendo elegir otra cosa.
Sobre todo, lección de desprendimiento espiritual. Escri­
be el Abate Perreyve: “ ¡Cómo se palpa que todo el cúmulo
de ciencia, ingenio, vanidad, amor propio, brilla por su au­
sencia en ese pesebre donde se halla el Verbo de Dios!”
Y Santa Magdalena Sofía Barat: “ ¡Oh, aquí muere el or­
gullo! Para mí, el grande misterio que no puedo explicar­
me, es que, a la vista de esa cuna, una Religiosa (y lo
mismo digamos nosotros: un Sacerdote), pueda tener aún
amor propio — ! Si el pesebre no nos enseña el renuncia­
miento absoluto a lo perecedero, a lo creado, somos locos y
ciegos. Volvamos a las mansiones del mundo, donde hay de
todo” (Vie, por Baunard, II, p. 558).
Examinaré mi afición al bienestar, mi vanidad y vanidad
exterior.
L ectura.: La Oratio y el Hymnus de la fiesta.

DOMINGO DESPUES DE NAVIDAD

MIRANTES
Nos dice el Evangelio que José y María estaban llenos
de admiración ante el Niño: “ Mirantes super his quae dice-
bantur de illo” .
Examinar: ya sea lo que causa admiración en el Misterio
particular de Navidad, ya lo que causa admiración en mi
vida espiritual en general.
A veces, en la preocupación por acrecentar en las almas
el temor del mal, nos olvidamos de desarrollar el culto por
las maravillas que encierra nuestra divina Religión. Mara­
villa de Dios sacando al mundo y al hombre de la nada,
dándonos la vida sobrenatural al comienzo de la humani­
dad; maravilla de Dios, que, cuando Adán perdió esa vida,
El nos vuelve a divinizar al precio de la Encarnación y
MI ORACION 45

muerte en la Cruz de su Divino Hijo; maravilla de la Iglesia


establecida por Jesús y perseverando a través de los siglos,
no obstante los motivos de ruina tanto interiores como ex­
teriores que de continuo actúan contra ella; y no sólo per·
severando, sino también acrecentándose y sacrificando a
las almas; maravilla de los sacramentos, adaptados a todas
las circunstancias de nuestra v id a ...
Y, si prefiero dedicar mi atención al misterio presente:
maravilla de la Encarnación, al descendimiento de Dios in­
finito al seno de una mujer, y al pesebre de un establo;
maravilla de María, a la vez Virgen y Madre, maravilla de
esa humildad silenciosa, de esa eficacia redentora, que, co­
mo un río inmenso surge a la tierra del corazón ignorado
de una roca. . .
Debo aprender yo mismo, y debo enseñar a los otros a
admirar. Aún no estimo en su valor real a todos mis va­
lores cristianos.
L e c t u r a : Vivir con Dios.

30 DE D ICIE M BR E

FIN DE AÑO

I. He recibido multitud de gracias. Y bajo todas las


formas:
De luz para la inteligencia: oraciones, lecturas, inspira­
ciones;
De ayuda para la voluntad: sacramentos, gracias actuales,
retiros.
¿Cuál ha sido mi fidelidad?... in propria venit... non
receperunt.
Así, desde los tiempos del Infante Jesús. Así, quizás, du­
rante el año transcurrido.
¿Este año?... ¿cuál debe ser mi fidelidad en el futuro?
II. He recibido pruebas y sufrimientos:
RAUL PLUS, I l

Físicas: salud, fallecimientos de pariente· o amigo·, h *


ridas...
Morales: oposiciones de mis parroquiano·, lucha· aór*
didas etc...
Espirituales: tentaciones, sequedad; mi responsabilidad
en tela de juicio...
¿He sido en algo causa de pena para otros?
¿Cómo me comportaré ante una prueba, duranta al año
que comenzará?
III. ¿He cometido faltas?
¿Por exceso, defecto u omisión?
¿Contra cuál virtud?
¿Hice mal uso del tiempo, de la gracia?
Si observaris, quis sustiñebit?
Conclusión: Redimentes tempus, explevit témpora multa.
No sólo proyectos de santidad; santidad efectiva.
He aquí una bella resolución de San Francisco de Sales:
“ ¿No es verdad?, de ahora en adelante no seremos los
mismos que hasta ahora hemos sido; seremos otros seres,
que, sin excepción, sin reserva, sin condición se sacrificarán
siempre por Dios, por Su amor. Si hasta ahora no hemos
correspondido a la caridad del Benigno Salvador, por me­
dio de una santa e inseparable unión de nuestras afeccione·
a Su Santa Voluntad, hagamos ahora de modo que, al fin
de este año podamos amar mejor esa Bondad Soberana*’·
L ectura : Salmo LI, Miserere.

31 DE DICIEMBRS

PARA LA TARDE DE MI VIDA


El P. Aubry, profesor del Seminario Mayor de Beauvais,
y después Misionero en China, publicó un opúsculo; “ La
Radicalisrae du Sacrifice” , que concluye así:
“ Me siento envejecer; mis años poético· van concluyendo
MI O R A C I O N 47

uno a uno; ¡oh Dios mío!, ¡que yo envejezca en vuestro


amor! Y cuando estaré ya debilitado por la edad, cuando
la muerte haya comenzado a absorber de mí la savia natural
que me mueve, cuando ya no haya para mí proyectos son­
rientes, ni esperanzas radiosas, ni porvenir, ni capacidad de
afecto, y nada bueno pueda pretender de la vida; cuando
los demás vean en mí a un pobre viejo gastado siempre en
reposo; cuando a fuerza de ver morir a mi alrededor, me
hallaré como solo en la vida, y según el orden de los años
habrá llegado mi turno para morir: entonces, ¡oh, buen Je­
sús!, amigo de los sacerdotes, y recompensador de nuestro
sacrificio en la soledad virginal; entonces Vuestro amor,
sobreviviendo en mi corazón a la pérdida de la juventud y
a todas las cosas de que la vida me habrá despojado, tendrá
para mí valor para sustituirlas a todas, y rejuvenecerá eter­
namente mi alma; aún os amaré, y ese amor siempre será
joven, siempre profundo y lleno de encantos; la fuerza de
mi sangre se habrá debilitado, pero la del alma se habrá
exaltado a causa de los largos sacrificios de una vida con­
sagrada a la inmolación; dirigiré a Ti, lleno de arroba­
miento, la sonrisa interior de mi alma; mis brazos, plenos
de vejez, aún tendrán vigor para alzarse hasta Ti; mi voz,
opaca por las nieblas de los años, aún tendrá vigoroso cla­
mor para llamarte a & distancia: ¡Oh, Tú, Señor, que en
esta tierra fuiste testigo de mis sacrificios, y el consuelo
de mis dolores, veni, veni, Domine Jesu! (Apoc. XXII, 20).
Y oiré vuestra respuesta: Sí, sí, ya voy a ti, Ecce venio
(Ibid).
Y entonces cantaré — por milésima vez en la tierra y
primera en el cielo: “ Dominus pars hereditatis mete et call­
éis mei” (Salmo XV, 5).
L ectura : El Te Deum.
48 RAUL PLUS, S. J.

LA CIRCUNCISION

APPA RUIT
Deshacer la rutina. Estoy demasiado acostumbrado a la
Redención, no me admira lo extraordinario de lo divino en
que vivo.
Volver a verlo con ojos nuevos.
“ ¡Es tan extraordinario este mundo de la fe en el cual vi­
vimos! Es tan extraño ser amado por un D ios... (del modo
como nos lo enseña la fe). Desde la eternidad Dios piensa
en nosotros, tiene su preocupación determinada a sacarnos
de la nada. Después, Dios ama a estos seres con un amor
inconmensurable, los destina a ser Sus “ amigos” , a vivir
en Su intimidad, tan absoluta, que — para expresar su ri­
queza— no basta el nombre de amigo; será preciso aquel
otro que acerca más a los seres, aquel que — tratándose de
Dios— produce vértigo, el nombre que nos expresa ser de
la casa de Dios (Ef. II, 19), más aún, nos dice ser Sus
hijos por adopción. (Rom. VIII, 15-16-23).
” Y este amor, pensando en nosotro¿ aún antes de que
fuéramos, este amor infinito, de tal modo es eterno e in­
mutable en el Corazón de Dios, que, cuando la raza hu­
mana Habrá pecado — lo cual la colocará necesaria y fatal­
mente bajo la cólera Divina y la condenará a la muerte—
la voluntad de amor del Padre siempre perseverará, y trans­
formada en misericordia infinita — en una especie de lucha
contra Sí mismo, como lo dice Santa Catalina de Sena—
hará que tome carne humana Su propio Hijo, su Verbo San­
to; la misma carne que ha pecado contra El, y precisa­
mente porque ha pecado; como si no le fuera posible sopor­
tar la separación de nosotros. Para unirse nuevamente a
nosotros, llega hasta los extremos. Una vez encarnado su
Verbo, Lo hace solidario de ese pecado, cuyo peso nos hace
impotentes... Lo envía a la Cruz y nos rescata con la
Sangre toda de ese Hijo Encarnado; rehace así entre El y
MI O R A C I O N 4*

nosotros, a fin de que Su amor, vencidas las trabas, pueda


volver a entregarse” (P. Valles, O. P. Sainte Catherine de
Sienne).
Pero no sólo admirarme, también instruirme.
Considerar detalladamente cada palabra de la Epístola...
Erudiens nos. Desapego de la vida secular: abnegantes soe-
cularia desideria.
Austeridad, perfección del estado de gracia: sobrie et juste
et pie vivamos.
Expresado con toda exactitud: un hombre nuevo. Un ver­
dadero sacerdote, in Christo Jesu Domino nostro.
L ectura ; S. Lucas. II, 21.

EL SANTISIMO NOMBRE DE JESUS


Una religiosa ayudanta, estaba enseñando la religión a
un niño del pueblo, y éste le preguntaba: “Yo oigo decir
con frecuencia: antes de Jesucristo, después de Jesucristo. . .
¿quién es ese Jesucristo? El pobrecito nada sabía acerca
del Salvador del mundo.
En un Congreso Católico, celebrado en 1913, el que un
día sería el Cardenal Gasquet, narraba la siguiente anéc­
dota:
“ Estando yo en el país de las minas, en Inglaterra, un
día me lamentaba delante de Protestantes de la ignorancia
cristiana de muchos obreros. Se me dijo que exageraba, por
lo cual propuse hacer una experiencia: estaban pasando los
mineros, y llamé a uno de ellos designado al azar; le in­
terrogué: ¿Me permite una pregunta? ¿Qué sabe usted acer­
ca de Jesucristo ?, y me respondió: Jesucristo. . . no lo co-
nozco, sin duda no es de los que trabajan en mi galería.
¡Qué tristeza considerar un momento esta ignorancia de
los hombres acerca de su Dios y Redentor!
90 f t A U L PLUS, S. J.

¡Cuánta verdad encierran estas palabras:


“ En este siglo ruidoso, de progreso sin medida
¡Oh Jesús! un mal enorme, estremece el ama mía
Y es que el eco de tu Nombre, sin cesar se debilita**.
¿Qué hago yo, para que el Nombre — y la Persona— do
Jesús sean conocidos, amados, honrados? Sin duda que en­
seño a mis feligreses y a los niños el Catecismo, la Religión,
pero, ¿me esfuerzo a fin de darles un conocimiento directo,
íntimo, profundo e infundirles un amor personal, siempre
creciente hacia el Divino Salvador?
Y antes de cumplir con este oficio, ¿procuro adquirir yo
mismo ese conocimiento íntimo, y ese amor profundo hacia
Jesucristo?
L ectura: Imit. II, cap. VIII, parte 1*.

3 DE ENERO

DATOS EST NOBIS


Ya he meditado sobre el Emmanuel; la Liturgia insiste
diciendo: Fuer natus est no bis; Filius datus est nobis: nos
ha nacido un Niño. Nobis. Este Pequeño me ha sido dado
a mí. A todos, pero más que a ninguno, a mí que soy sa·
cerdote, Su sacerdote.
Oigo decir a Berulle:
“ Un Dios nuestro, Deus noster. Nuestro, por muchos títu­
los y de muchas maneras; es nuestro por estado, y no por
algunas acciones aisladas; además es nuestro por nacimien­
to y no solamente por estado; nuestro para siempre y no por
un tiempo; nuestro para todo lo que Lo precisemos; nuestro
por el mismo poder por el que el Padre Lo engendra en Sí
mismo; ¡y realidad tan inmensa y tan nuestra!
¡Oh poder, oh amor de Dios hacia nosotros, oh dignidad
de nuestra naturaleza.. . ! Es el Hijo, y el Padre nos lo da,
es el principio del Espíritu Santo, y se da El mismo a nos·
otros; es nuestro por estado eterno; es nuestro por el poder
Uí ORACl OBf 3!

del Padre, por el querer del Hijo, por obra del Espíritu
Santo; es el principio del Espíritu Santo, nos da este Es­
píritu al Cual produce en Sí mismo y en nosotros” .
Durante el presente año, y todas las veces que me sea
posible, estudiar a Jesús, contemplar a Jesús, adorar a
Jesús. Hacer mío a este Dios tan nuestro.
¿No es en mi Iglesia, donde es El especialmente mío, el
Divino Salvador de todos? Que mis feligreses, y sobre todo
Dios y los Angeles, me vean ir allí a menudo para pasar
provechosos ratos, hacer oración, rezar el Breviario y ha­
llar consuelo antes de visitar a mis ovejas o al regresar a la
Parroquia.
Datus estnobis. .. Mihi — Datus est nobis . . . Mihi.
L ectura: Imitación. II, cap. VIII, 2a. parte.

4 DE ENERO
DOMINUS VOBISCUM
Un buen modo para recordar que Jesús debe ser Mi Jesús,
es decir con el mayor espíritu de fe posible, aquella fórmu­
la tan expresiva —para mí quizás ya banal— Dominas vo~
biscum.
Sería una cruel ironía desear a mis fieles que Dios esté
con ellos y no procurar ante todo, y lo más íntimamente
posible, esté conmigo.
“ El Señor sea con vosotros” ; con estas palabras saludó
Booz a sus segadores cuando llegó al campo.
Había algo más que una fórmula de cortesía. Estando
Jacob en el lecho de muerte, dijo a sus hijos: “ He aquí que
yo voy a morir, pero Dios estará con vosotros y os condu­
cirá a la tierra de vuestros Padres” . Cuando Jahaziel anunció
a Josaphat la victoria sobre los de Moab y de Ammon, ter­
minó con esta exhortación: “ No temáis. . . mañana salid a
su encuentro y Jehovah estará con vosotros” .
52 RAUL P L U S , 8. J.

Dios mismo, y muchas veces» usa esa expresión para pro­


meter su asistencia. Moisés, interpelado por Dios, se halla
temeroso, consciente de su debilidad, delante de la zarza
ardiente, y el Señor le dice: “Yo estaré contigo.. Y a su
pueblo: “ Cuando saldrás para combatir a tus enemigos, no
temerás... porque Jehovah, tu Señor, está contigo” .
El Arcángel enviado por el Altísimo a la Virgen de Na-
zareth para solicitar su consentimiento a la Encarnación del
Emmanuel, comienza a hablarle con la fórmula tradicional:
“ El Señor es contigo” .
Consagradas de este modo por mensajes Divinos, estas pa­
labras pasarán al lenguaje Cristiano. San Pablo gusta con­
cluir sus Cartas de este modo: “ Que la gracia del Señor sea
con vosotros” (Romanos). “ El Dios de paz y de amor, estará
con vosotros” (Corintios); San Juan explana el mismo pen­
samiento al comienzo de la segunda Epístola: “ Sean con
vosotros la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre,
de Jesucristo el Hijo del Padre, en la verdad y en la ca­
ridad” .
Tan feliz era esa fórmula, en medio de su concisión, que
llegaría a ser conservada en la Sagrada Liturgia, tanto de
Oriente como de Occidente. Nos lo prueba el Concilio de
Braga (Portugal), reunido en el año 560, en el que se deci­
dió que, “ Los Obispos y Sacerdotes, sin distinción, saludarían
al pueblo con estas palabras: Dominus vobiscum, a las cuales
responderían los fieles: Et cum spiritu tuo” , y el Canon ha­
cía observar que: “ Todo el Occidente había recibido eso de
la Tradición Apostólica” .
Procurar, sobre todo en la Misa, cuando por ocho veces
dirijo ese magnífico voto a mi pueblo, saborear toda la pro­
fundidad de la fórmula. Por cuatro veces beso el Altar antes
del Dominus vobiscum.
El Altar es Cristo; en esos cuatro momentos, sellar más
íntimamente mi unión con El: Christus mecum, Dominus
meus et Deus meus.
L ectura : Libro de Ruth, II, 1 a 8.
MI ORACI ON 53

VIGILIA DE LA EPIFANIA

VIDIMUS, VENIMUS
Supongamos que los Reyes Magos no hubieran obedecido
a la estrella, tampoco habrían hallado a Jesús.
El Bienaventurado Padre de la Colombiére, hace notar en
su Retiro: “La gracia de Dios es una semilla a la que no ae
debe sofocar; es necesario ser fiel a los impulsos que nos
inducen a realizar alguna acción virtuosa en determinada·
ocasiones, pues esa fidelidad es algunas veces el nudo de
nuestra felicidad. Una mortificación que Dios nos inspira
en ciertas circunstancias, si se escucha su voz, producirá
tal vez grandes frutos de santidad en nuestras almas; al
mismo tiempo que el desprecio de esa pequeña gracia po­
dría tener muy funestas consecuencias” .
Del mismo modo se expresan Manning y Gratry:
Manning escribía en su Diario de la Vejez: “ Cuando lle­
ga la noche” , 9 de setiembre: “No correspondemos más que
a una veintena de las gracias que nos llegan por centena­
res; o bien: no nos damos cuenta más que de una veintena
(tan grande es nuestra falta de atención), y corresponde­
mos solamente a una” (tan débil es nuestra generosidad).
Y Gratry, comentando el temible reproche de Nuestro
Señor: “Jerusalem, quae occidis prophetas” , dice así:
“Jerusalén es el alma; los Profetas, los emisarios de
Dios, son los impulsos que Dios no cesa de enviar a esa al­
ma. Toda la cuestión consiste en esto: ¿qué haré con los
impulsos que Dios me envía? ¿Qué haré con los comienzos
y gérmenes que no cesa de obrar en mí, y que se suceden
como las ondas, o más bien como una voz sostenida? ¿Será
una voz clamando en el desierto? ¿Rechazaré esa voz, so­
focaré esa inspiración, pisotearé los gérmenes, pervertiré y
venceré los impulsos? Finalmente, ¿lapidaré y mataré a
los profetas, a los enviados de Dios?”
Seguir a la estrellei, tener cuidado con los gérmenes, pres­
tar oído a los Profetas. Jamás despreciar la luz, pisotear
34 RAUL P L U S , S. J.

una simiente, desdeñar un mensaje del Altísimo. “ He visto


— voy*\
Lectura: San Mateo, II, 1 a 13.

6 DE ENERO

EPIFANIA
Los Reyes Magos, modelos de fidelidad a la gracia.
¿Cuál es mi fidelidad a las invitaciones Divinas? La gracia
viene a mí, no una vez en la vida, sino veinte veces en un
mismo día. El Espíritu Santo que en mí habita, no es un
cadáver inmóvil, sino un viviente, que se mueve, invita, re­
clama, invoca...
Gratia Dei urget nos, presionante como el agua contra la
compuerta de una exclusa, suave como una brisa impercep­
tible, gemitibus inenarrabilibus. Fuerte: es la señal de Dios;
suave, es la señal de Dios adaptándose a nosotros. Si se nos
mostrara en su gloria Divina, sería irresistible; mi voluntad
quedaría violentada. No, Dios echa un velo sobre su Majes­
tad; será una estrella, una voz suave: “Y yo os oía, Señor,
como si me hablarais muy de lejos” , escribía San Agustín.
Y si no es escuchada su voz, el Espíritu Sant*> retornará.
Si no se le recibe por la escala de honor, no desdeñará
llegarse por la escala de servicio, esperará pacientemente
en los umbrales del alma para percibir un poco de buena
voluntad, solicitando ser recibido, siendo feliz si el alma
se digna notar su presencia, su deseo...
Aunar mis recuerdos. Ya desde las horas matutinas...
Vayamos, sacerdote, álzate; la oración y las almas te es­
peran. .. Es la oración; ¡ea!, mi sacerdote, despierta, soy
Yo, ponte en recogimiento, debo hablarte.
Persevera, aún no te he dicho todo. En el Altar... en el
Despacho. . . en la mesa. . . en las horas de visita. Doquie­
ra, en todas partes: Urget nos.
MI ORACI ON 55

Alcemos la mirada para descubrir la estrella. Estemos


atentos para recibir la invitación de la gracia. Vivamos re­
cogidos.
Lectura: Imitación, III, cap. LIII, al comienzo.

7
COMO SEGUIR LA ESTRELLA
¿De qué modo responder a la gracia?
Tres actitudes:
Decir no; cerradamente, rehusarse. El pecado contra la
luz. Me doy cuenta de lo que es necesario hacer; no lo quie­
ro. Si se trata de una orden de Dios, es una falta; de una
orden de Dios en materia grave, falta grave; en materia le­
ve, falta venial. Si no se trata de una orden, sino de un de­
seo de Dios (claro, evidente), la infidelidad a él se llama
imperfección. Y la imperfección plenamente consentida, es­
tá muy lejos de ser algo sin importancia; dice una Madre:
“ Hijo querido, me agradaría que hicieras esto” . “ No, me es
disgustoso” ; en nuestro caso existe la misma falta de co­
rrespondencia y amor, con el agravante de que la Madre es
Dios, y el hijo, un sacerdote.
Buscar rodeos y disculpas. Se evita el decir: no; pero
tampoco se dice sí. Se procura pasar de lado. Se querría
querer, no se tiene el valor suficiente y se buscan razones
para disculparse. Se tiene aversión a la desobediencia cru­
da, y para no obedecer se discute; ¡oh, dolor! Parlamentar
ya es transigir, y transigir es colocarse en condiciones de
desfallecer bien pronto. Los Magos no se reunieron para
discutir: “ ¿Estamos bien seguros, es ese el astro anunciado?
¿Y si nos engañamos? ¿Para qué ir allá... ? El camino es
largo; ¡cuántos sufrimientos hasta llegar a nuestra meta...!”
¡Obedecer al momento, de pie, en marcha! Es muy le­
jo s ... eso no importa. El camino será pesado... ¿y des­
pués de llegar a la meta?
RA UL PLUS, S. I

¡Oh!, ¡los divinos viajantes de fidelidades continuas!


L ectura : Imitación, llt, cap. Lili, 2a. parte.

8 DE ENERO

ORO, INCIENSO, MIRRA


Ninguno de los que acuden a la cuna de Belén, va con
las manos vacías; todos llevan alguna cosa.
Los pastores, vellones de lana; los Magos, las ofrendas
de la Arabia. Paralelo esencial en la vida espiritual: dos cla­
ses de Amor, Afectivo y Efectivo.
El Afectivo se manifiesta por medio de palabras, de li­
rismo, de dichos y frases inflamadas. Recordaré lo que dice
la Escritura: ‘‘Tenéis hermosas palabras: Templo del Señor,
Templo del Señor; pero si no vivís como Dios quiere, es el
vuestro un culto vano” (Jer. VIII, 4 ) ; y en el Evangelio:
“ Este pueblo me honra con los labios” , pero querría que
también lo hiciera con sus actos.
El amor Efecivo, da hechos reales. Quizás es menos in­
flamado, pero más verdadero. No que los impulsos y las
palabras sean inútiles; a falta de algo mejor constituyen ya
una señal. Pero, ¡cuánto más serio es el amor que se prueba
con actos! “ ¿Tú dices que me amas? Deinuéstramelo, Serva
numdatd
Ya conozco el significado clásico de los dones presenta­
dos por los Magos: el Oro, el don del corazón, de la volun­
tad; el Incienso, el homenaje de la Oración; la Mirra, la
ofrenda de los Sacrificios.
Examinaré mi disposición al sacrificio, y mi disposición
a buscar excusas y rodeos a los llamados divinos.
¡No presentar nada al Niño Dios! ¡Oh, no! Ni tampoco un
vellón de lana carcomido por la polilla, ni oro sin valor, u
oraciones sin oración sincera u ofrendas sin valor de sa­
crificio.
MI ORACI ON 37

Donum perjectum. Mensuram bonam, conferlam, coopto*


tam, supereffluentem.
Lectura: Isaías, VII, 1 a 6.

9
EL NIflO Y SU SANTISIMA MADRE
¿El premio de los Magos?: invenerum puerum el matrem.
La recompensa a la fidelidad: hallar a Dios; seguir la
estrella es marchar hacia la luz: qui fácil veritatem venit a i
lucem, dirá San Juan; cuando se es fiel a la luz que se tiene
se llegará a la plenitud de la claridad; seguid de uno en
uno todos los árboles de la ruta, llegaréis al término del ca­
mino: el Señor: Dominus est. Invenielis puerum cum Ma­
ría matre eius.
Jesús y su Madre; esto vale todos los esfuerzos: la fe
suficiente para no desanimarse cuando desaparece la estre*
lia; el valor para recomenzar cada día el camino en el ñus*
mo sitio donde se ha hecho alto; la confianza en la guía
del alma para orientarse acerca del auténtico lugar donde
se halla el divino pesebre...
El camino del sacerdocio. . . ¡ cuán luminoso se me apa­
reció, dominado por la significativa estrella, el ideal de mi
vocación. . . ! Y, con la ayuda de Dios comencé a recorrer­
lo. Quizás, hubo algunos días en que pareció desaparecer la
estrella, me solicitaban rutas extrañas, la noche me invadía,
o por lo menos azoraban mi alma los tormentos punzantes
de la duda... ¿Estaba bien encaminado?
Pensar en los Magos. Fe y confianza. Y si algún Herodes
quiere enredarme, permanecer fiel a la senda determinada:
Fidclis Deus per quem vocati estis. Dios es fiel.
Lo he visto, el camino es bueno. Seguirlo. Siempre dere­
cho.
L ectura: San Juan. III, 19 a 22.
*A Ü L P L U S* 8. J.

10 DE ENERO
CATOLICIDAD

La lección moral que se desprende de la Epifanía» es la


fidelidad a la Gracia; la lección dogmática es: la Catolici-
dad de la Iglesia . No vino Jesús solamente por los Judíos,
no; vino para el mundo entero. Por ello no quiso junto a
su pesebre tan sólo adoradores de su país, sino también do
otros pueblos. Era necesario demostrar, de frente al parti­
cularismo acendrado y puntilloso de los Judíos, que la Re­
dención no era únicamente para Israel, sino para todas las
gentes.
Más adelante diría Nuestro Señor: “ Id hasta las extremi­
dades del universo” . A Israel, sin duda, a los justos de Isl·
rael y también a las ovejas perdidas, y después a las na­
ciones todas del universo.
Catolicidad. Vniversalidad.
Existe en Roma una pintura que representa a San Igna­
cio encendiendo una antorcha en las llamas del Corazón de
Jesús, se lee: Ite incendite omnia.
Y cuando Mascareñas, en nombre de Felipe II, le
pidió 6 misioneros para las Indias, le respondió Ignacio: “ So­
mos diez, separo dos para ese objeto, si os diera seis, ¿qué
me quedaría para el resto del mundo?”
Universas orbis, el universo entero. Ya desde el comien­
zo del Cristianismo los Apóstoles se repartieron la tierra.
Credo ecclesiam catholicam.
L e c tu r a : Actos de los Apóstoles, IX, 20 ss.

11 DE ENERO

EL BUEN SAMARITANO
A propósito del texto: “ Y habiéndolo visto pasó adelan­
te” (Luc. X, 31), un autor se atreve a hacer no sin malicia
el siguiente comentario: “ Sin duda que este buen sacerdo·
MI ORACIO N 59

te hubiera hecho algo por el herido, si hubiera sido de sa


parroquia’*.
Tener cuidado; con el pretexto de dedicarnos enteramen­
te a la porción confiada en la viña de Cristo, olvidamos a los
otros trabajadores, y principalmente a los desmontadores
lejanos en las tierras de Misiones. En un estudio del Reve­
rendo Padre Drehmans, C. S. R., secretario del Cardenal
Van Rossum, notamos lo siguiente:
“ Ciertamente, la parroquia constituye una parte inte­
grante de la organización eclesiástica... pero es falso y está
mal para la parroquia misma dedicarle un celo tal, que ex­
cluya el de las grandes necesidades de la Iglesia Universal.
Esta práctica tan funesta — nadie la ignora— se ha difun­
dido ampliamente en la Acción Católica. Un Arzobispo de
los Estados Unidos, nota que a veces existe una prodigiosa
actividad parroquial junto a la mayor indiferencia por las
necesidades de la Iglesia” .
Interesarme por las misiones, preparar Apóstoles para la
evangelización de los países lejanos; hacer germinar Fran­
ciscos Javier y Padres Foucauld. Unirme a los grandes hom­
bres de aquellas gigantescas empresas. Si tengo biblioteca
parroquial, colocar en ella hermosas vidas de misioneros y
relatos misionales. Comprender y difundir el Apostolado de
la Oración.
L ectu ra: San Lucas, X, 30, ss.

DOMINGO PRIMERO DESPUES DE LA EPIFANIA

LA SAGRADA FAMILIA
Respecto del pasado, agradecer a Dios por la familia ea
que ha hecho nacer; familia quizás muy santa, o que — por
lo menos— ha tenido almas verdaderamente fieles y ama­
das por El. Recordar las gracias principales recibidas en el
60 RAUL P L U S , S. J.

h ogar; quizás un cuadro de existencia modesta, pero rico de


virtudes. Sin todos esos favores, ¿hubiera germinado mi vo·
cación?
Respecto del presente, intensificar mi devoción a Jesús
María y José.
Representarme la pequeña casita de Nazareth, gustar la
paz divina, la simplicidad, el silencio, la atmósfera de tra­
bajo, de caridad, de recogimiento. . .
Proceder de modo que al pronunciarlas venga a mis pen­
samientos una u otra de las virtudes allí existentes, apli­
cándolas a las necesidades actuales.
Contemplar, reproducir, invocar.
Respecto del futuro, insistir en mi apostolado sobre la
idea familiar. Iluminar a mis fieles acerca de sus deberes en
el hogar, las reglas santas del matrimonio, las obligaciones
cristianas de la educación. Favorecer de todos los modos
posibles el desarrollo del sentido familiar en la Parroquia:
acción entre los padres, entre los niños; centrar toda mi ac­
tividad apostólica acerca de la idea de la familia. Conocer
fundadamente el texto y las ideas de las dos Encíclicas
de S.S. Pío X I, Casti connubii, y Representanti in térra, so­
bre el matrimonio y la educación. Rogar mucho para que las
familias de mi parroquia imiten lo más posible a la Sagra­
da Familia de Nazareth.
L e c tu r a : Pasajes de ambas encíclicas citadas

OCTAVA DE LA EPIFANIA

ERAT IN DESERTIS
Dice San Lucas hablando de Juan el Bautista: **Erat in
desertis usque in diem ostensionis suoe ad Israel” . Hermosa
lección: el desierto, preludio obligado del ministerio ptl·
blico.
MI O R A C I O N 61

Antes de llevar a su sacerdote ante las almas, ¿no tiene la


Iglesia cuidado de rodearlo con la soledad laboriosa y pro­
longada del Seminario? Sin duda que tiene prisa de po­
nerlo al servicio de las mil necesidades que lo reclaman,
pero se diría que esa misma solicitud la inquieta; se pre­
gunta si el sacerdote que está por lanzar al mundo tiene lo
necesario para dar a ese mundo ejemplos y lecciones fecun­
das.
Querría proceder más rápidamente, disminuir las etapas,
hacer que llegue antes al Diem ostensionis ad Israel. . . Pero
no, aún no es la hora. La demora preparatoria en el de­
sierto no es demasiado larga. Más vale que esperen las al­
mas antes que darles un sacerdote insuficiente. Es in deser-
tis donde con más seguridad se prepara la conversión y la
santificación de Israel, para el día del apostolado externo.
Inspirarme en esta táctica de la Iglesia. Comprender bien
que mi acción sobre las almas está estrechamente unida al
recogimiento que la haya precedido. Jamás proceder a ésta
o aquella obra de apostolado, sin haber hecho acopio de lo
divino.
Lectura: Salmo 95.

MARTES

EL APOSTOLADO MISIONAL
Ya he meditado que el cuidado de mi parroquia no debe
hacerme olvidar el resto del mundo. Cristo ha venido p a n
todos. Debo interesarme e interesar a mis feligreses por la
evangelización de los paganos.
Por hoy, procuraré conocer bien las nuevas condiciones
del apostolado misionero en la época actual.
I. — Lo que actualmente facilita el apostolado misionero:
La relativa facilidad de comunicaciones.
62 R A U L P L U S , S. J.

El bienestar — relativo también de las tierras de misione·.


La curiosidad de los orientales por las cosas de Europa.
II. — Lo que obstaculiza más que nunca:
La adquisición por los orientales de las teorías autono-
mistas.
La predicación — por muchos europeos— del materialis­
mo doctrinal o práctico.
El espectáculo de poco sentido cristiano de las naciones
cristianas que se han deshecho y se deshacen mutuamente
en continuas guerras.
La intensa penetración protestante; los católicos tienen 8
universidades y 5.000 estudiantes; los protestantes 100
universidades y 25.000 estudiantes.
La escasez de Apóstoles. Para mil millones de paganos,
no hay más que 17.000 sacerdotes, ayudados por 40.000 re:
ligiosas y 65.000 catequistas.
Tener y dar a mis feligreses, la inquietud por la salvación
del mundo.
L e c tu r a : Epístola a los Romanos, X* 10 a 20.

MIERCOLES

EL SEÑOR DE LO IMPOSIBLE
“ Jesús es el señor de lo imposible. . es ésta una fras·
del P. Foucauld.
Ante la inmensidad de ciertas dificultades apostólicas,
casi se perdería a veces la confianza. Predicar la cruz a un
mundo que no la quiere; reclamar la unidad a un mundo
que busca afanosamente la división; exigir caridad a un si­
glo que no sabe amar; y sobre todo, pedir pureza a un
mundo atraído irresistiblemente por la lujuria, ¡qué difi­
cultosa empresa!
Y de ese modo, desde que los doce pescadores elegidos por
Nuestro Señor salieron a la conquista del mundo, cuántof
MI O R A C I O N •3

avatares, cuánta lentitud en la evangelización. . . un apos­


tolado a cuenta gotas. Sin duda, la catolicidad de la Iglesia
es una catolicidad de derecho, es decir, de potencia, y que
de ningún modo es juzgada por una catolicidad de hecho
aún muy reducida.
Pero, ¡cuánta elocuencia en las cifras; después de diez y
nueve siglos de evangelización, las dos terceras partes del
mundo son aún paganas! ¡En China, sobre 400 millones
de paganos, hay 2 de católicos! ¡En Africa, 200 millones de
habitantes, tres de los cuales son católicos!
Debo hacer muy mía la oración de la Iglesia: Surge, ilu­
minare, Jerusalem. Tengo que consagrarme enteramente al
“ Venga a nos el tu reino” , del Paternóster diario.
Ampliar los horizontes de mi cristianismo hacia todas las
partes de la tierra. No se me exige ir allá, pero si yo fuera
aquí más santo, mis hermanos harían prodigios. Ayudarles
por medio de mi virtud, a ser señores de lo imposible.
L e c t u r a : Saborear lentamente el Paternóster.

JUEVES

CIEN LEGUAS
“ Por salvar un alma, yo caminaré cien leguas” , decía el
santo Arzobispo de París, Mons. de Quélen.
No es en las Montañas Rocosas, en China, o en el macizo
de Hoggr donde debo yo fatigarme, quedan para otros los
distritos grandes como un departamento. No preciso reco­
rrer cien leguas para atender a mis feligreses, ni diez, ni cin­
co. Mi tierra de Misiones, la que tengo que evangelizar, es
mi parroquia, y su radio no se extiende demasiado; es mi
clase, mi estudio, mi colegio, mi obra; y la extensión de
ese campo no es muy dilatada.
Lo que me falta, es el alma de los grandes apóstoles. Sin
duda que si me hice sacerdote, fué por las almas, y su sal*
64 RAUL P L U S , S. ),

vación me está muy en el corazón. Pero, en verdad, ¿haría


yo cien leguas por salvar una? ¿N o me demoré el otro día
por ir a casa de aquel moribundo que se me había indicado?,
¿para ir en busca de aquel niño no inscrito en el catecismo
de la primera Comunión, o que abandonaba las lecciones?
Fui in dolen te... contem poricé... Falta de celo , falta dé
amor.
“ No basta amar a Dios, si el prójimo no lo ama” , decía
San Vicente de Paúl.
Tenga yo celo porque mis prójimos, tan cercanos como
mis feligreses, amen a Dios, ardientemente, con todo su co­
razón.
¿N o me contento con poca cosa? “ Así marchará siem­
pre. “ Después de todo, nadie está obligado a hacerse
mala sangre. . . ”
Sí, cuando se es sacerdote, se está ob lig a d o... Es preciso
caminar cien leguas para salvar un alma, si así es preciso.
L e c tu r a : Mateo, XVIII, 12 a 15.

VIERNES

SEGREGATUS IN EVANGELIUM
Escogido para el Evangelio (Rom. I, 1 ). El Evangelio,
su propagación, su radiación he ahí el objeto de mi vida,
mi vocación. Si ingresé en el sacerdocio con otra finalidad,
he cometido un sacrilegio o un error. Si para todo cristiano,
su conversatio, toda su manera de pensar y de vivir, debe ser
in coelis, {cuánto más respecto de mí! El Evangelio, la ex­
tensión del reino de Dios, los intereses de la Iglesia.
Sin duda alguna que tengo intereses naturales que salva­
guardar, necesidades de la vida material que asegurar. No
acrecerlos mucho, todo exceso de preocupación en esta ma­
teria, significa tiempo quitado al Evangelio.
Es de lamentar, que, debiendo tener continuamente en el
corazón los intereses de Dios y de las almas, hable de con­
MI O R A C I O N 65

tinuo con mis hermanos sobre los detalles mezquinos de si­


tuación, comparaciones de ésta con aquella o aquella otra
parroquia. ¿No hay una manera más evangélica de tratar
la cuestión del rendimiento sacerdotal? ¿Por qué rebajarme
y rebajar mi ministerio hasta cálculos sórdidos que pare­
cen más propios del mercenario, que del sacerdote ansioso
de conquistar almas para el Evangelio? / Opus fac evange­
listae! (II, Tim. IV, 3*5).
¡Ah, cuando se ha escogido ser sacerdote, no deberla tra­
tarse en las conversaciones de colocación lucrativa, de sitúa-
ción honorífica ni de gran rendimiento! ¡Las almas se pier­
den y Jesús no es amado! ¡Si no me siento devorado por
esta preocupación, tanto peor para mí!
L e c t u r a : II Tim. II, 1 a 8.

SÁBADO

TRISTEZAS DEL MUNDO


El P. Théophane Vénard, escribía el 22 de enero de 1854,
a uno de sus amigos, misionero también en el Tonkin (el
Padre Dallet):
“ Como usted me dice, hay cosas tristes en este mundo;
feliz el que se retira y vive en su propio corazón j muere
enteramente a sí mismo” .
Y añadía: “ Siento vivamente sus tribulaciones, las com­
prendo, y si no conociera sus disposiciones, le compadece­
ría” .
E invita a su compañero de apostolado a aprovechar el
obstáculo para ascender más alto.
“ Dios os quiere para s í . . . para ser hombre de Dios, es
necesario ser un hombre perfecto. No seamos apóstoles a
medias, no seamos medios hombres. Me parece que lo que
está mal, al disgustarme, me lleva a lo que está bien; siento
que al sufrir, mi alma toma nuevas fuerzas” .
66 RAUL P L U S , S. J.

Y él debía sufrir el martirio; nada es más bello que lo


escrito por él a su familia y a sus amigos desde su cárcel
de hierro; esta frase lo resume todo: "Tengo la espada sus­
pendida sobre mi cabeza, y no tiem blo. . . estoy alegre” . Y
la espada debió abatirse tres veces para matar al Santo, fué
el día de la Purificación, 2 de febrero de 1861.
Cuando llegó a su misión (febrero de 1854) escribía así:
“ Díle al amigo Paziot, que voy a Tonkin, y que me pre­
pare una caja para mis futuras reliqu ias... Qué felicidad
para Théophane si el buen Dios se d ig n a ra ...”
Y el buen Dios se dignó.
¿Soy yo del trigo con que se hace a los mártires? Sin lle­
gar a tanto, ¿soy un apóstol o una mitad de apóstol, un
hombre o una mitad de hombre? No se trata de exageración
o palabrerío, pero, ante las pequeñas miserias y las triste­
zas de la vida, ¿no tengo fe suficiente para decir: “ No tiem­
blo, estoy alegre” ?
L e c tu r a : Las Bienaventuranzas, Mat. V, 1 a 12.

DOMINGO SEGUNDO DESPUES DE LA EPIFANIA

DEFICIENTE VINO
Por petición de María, Jesús obra su primer milagro.
Ver la escen a ... los personajes. . . , los detalles... Ma­
ría, Jesús, los conocidos y parientes.. . los servidores.
Escuchar la conversación:
19 — María a Jesús: “ No tienen vino” .
¡Bondadosa Madre mía! ¿Y yo? ¡Mira todo lo que me
falta! Dile a Jesús: Hijo mío, bien amado. Tú ves a mi sa­
cerdote, en la parroquia d e . . . (en el colegio d e .. . ) es muy
pobre, en verdad. El día de su sacerdocio prometía mucho.
Se hubiera pensado que no disminuirían sus reservas, Pero
hace mucho que el ánfora está exhausta.
Detallar humildemente todo lo que me fa lta .. .
MI O R A C I O N 67

2’ — María a los servidores: “ Haced todo lo que El os


diga**.
La consigna es bien simple. Yo sé lo que Jesús me recia*
ma, pero no lo hago.
Ejecutar lo que me ha pedido.
39 — Jesús a los servidores: “ Llenad de agua las vasijasn.
Reserva para sí cambiar el agua en vino. Para mí, apor­
tar mi buena voluntad. Mi parte en la obra es nada, pero
una nada necesaria; Jesús la transformará en algo. Tener fe
en sus palabras. “ Poneos delante de El como una tela sobre
un caballete” , recomendaba a santa Margarita María su
Maestra de Novicias, la Madre Thouvant. Tenía razón.
Nuestro Señor reserva para sí imprimir en la tela su di­
vina semejanza.
Dar todo lo que me sea posible, y contar con la gracia.
L e c t u r a : San Juan II. 1 a 13.

LUNES

BANALIDAD EN LA CONFESION
Cuando con ocasión de un retiro, o de una lectura vivida
y conmovedora, o de una meditación más atenta que me
impresiona, constato tener la triste aptitud de bordear los
abismos sin temblar, palpar los esplendores con tranquili­
dad, estar en contacto incesante con profundos misterios sin
desconcertarme por lo maravilloso trágico o intenso que los
anima; entonces tengo compasión de mí mismo, y estoy dis­
puesto a dirigirme toda clase de reproches; me acuso de esa
apatía, de esa ausencia de vibración, por esa especie de muer­
te de las facultades emotivas.
Y me digo — procurando disculparme— : es la costuni-
hre; el hábito cubre como las cenizas el fuego; siempre se­
rá así, nada puedo.
¿No será la verdad precisamente lo contrario? Si lo»
68 RAUL P L U S , S J.

grandes temas religiosos, Dios infinito; yo, personaje divino;


Jesús Verbo encarnado; la Hostia; el Calvario; María; etc...
no representan para mí sino realidades muy pequeñas, ex­
angües, anémicas, ¿no será porque no he hecho esfuerzos
suficientes para permanecer en contacto incesante con las
realidades profundas que representan cada uno de esos mis­
terios? No es por haberlos visto demasiado, que no descu­
bro todo lo que encierran; es por no haberlos contemplado
bastante ampliamente. ¿Quién percibe mejor el relieve de
los misterios maravillosos que llenan nuestra divina religión,
el cristiano superficial que jamás medita, o el contem­
plativo que se alimenta cotidianamente con esas meditacio­
nes?
Conclusión: abismarme más y más en la oración.
L e c tu r a : Imit. de Cristo: II, cap. II.

MARTES

FINALIDAD DE MI VIDA
Savonarola, a los 22 años salió de su casa para ingresar
en la Orden Dominicana en Boloña. He aquí cómo explica
su resolución:
“ Comencé a reflexionar conmigo mismo, acerca del ardor
con que luchamos sin cesar por finalidades inútiles, y cuán
negligentes somos respecto de los fines necesarios y desea­
bles. Y pensando que marchamos sin interrupción hacia la
muerte, resolví abandonar todo lo demás y no perder nun­
ca de vista el fin del hombre, y prepararme de todos los mo­
dos que me fuera p o s ib le ... Por gracia de Dios, comencé
a despreciar las cosas del mundo. Ardía en mi corazón un
deseo irresistible por mi patria del cielo, y resolví servir
exclusivamente a Nuestro Señor” .
Y yo también, al querer ser sacerdote, no he buscado más
que una cosa: “ servir exclusivamente a Nuestro Señor Jesur
MI O R A C I O N «9

c r i s t o ¿Luchar en el mundo y por el mundo? No, me pon­


dré al servicio del Maestro Divino, me consagraré a las
almas.
Y así fué el Seminario, el sacerdocio, las primicias del
ministerio. Entonces, ¡qué ansias, qué deseos! Sin duda que
el “ mundo” procuraba aprovechar las ocasiones para vol­
ver a hacerme suyo, no seguramente en cosas importantes,
pero apegándome, como sabe hacerlo, a mil futilezas, y mu­
chas veces caí en la trampa, pero gracias a Dios logré le­
vantarme, y a pesar de algunas debilidades yo me he entre­
gado generosamente al Señor.
Y ahora, ¿cómo estoy? El horror del mundo, el cuidado
de lo esencial, la vista limpia de la nada que es la nada.
¿Qué es todo eso para mí?
“ Me resolví a servir exclusivamente a Nuestro Señor Je­
sucristo**.
Hallar nuevamente L· frescura emotiva de esas palabras...
Ahora más que nunca, eso debe ser toda mi vida.
L e c t u r a : Imitac. I, cap. XXV.

MIERCOLES

DIOS ME AMO
No sólo me llamó al bautismo, sino también al sacerdo­
cio.
¿Qué significa ello?
Que ha hecho de mí: l 9: lo que hay de más grande des­
pués de Jesucristo.
29: lo que hay de más útil sobre la tierra.
1’ De más grande. Sin duda que todo fiel, por la gracia
santificante recibida en el bautismo, es “ sagrado” ; una pro­
longación de Cristo.
Pero yo, sacerdote, ¿no soy como dos veces Cristo? Ade­
más de esa pertenencia que tienen todos los bautizados, y
70 RAUL P L U S , S. J.

que los constituye ya en una participación bellísima, pero


interior, espiritual, al sacerdocio de Cristo; yo poseo como
sacerdote una pertenencia a Cristo que me confiere el de­
recho de hacerlo descender al altar en cada consagración.. .
2? De más útil sobre la tierra.
a) Ante todo para Dios. Me ha sido confiado el ministe­
rio de la oración pública, el “ oficio” , el canto del “ sanc-
tus” perpetuo, que hace eco en la tierra, al de los ángeles
en el cielo.
b ) Para los seres humanos en la tierra, de los cuales me
ha constituido médico; ¿pongo todo el empeño posible en
curar, en conservar la competencia requerida para ejercer
la cura de almas? Consolador; ¿soy en verdad para mis fe­
ligreses, el sustituto invisible del Espíritu Santo, consolator
optim e? Santificador; sal de la tierra, fermento divino, ¿sir­
ve de algo mi presencia, para la ascensión de las almas ha­
cia D ios?
¡Qué misión tan sublime, ésta de distribuir la palabra de
Cristo, el perdón de Cristo, el cuerpo de Cristo!
Conclusión: ¿Quid retribuam Domino?
L e c tu r a : Salmo 73: “ Quam bonus Israel Deus” .

JUEVES

INVISIBILEM TAMQUAM VIDENS


Es ésta la expresión de la Escritura para calificar a Moi­
sés después de su visión de Dios en el Sinaí: “ Al Invisible,
él lo veía99.
¿ Y y o ? ¿V eo yo al invisible? Cuando hablo “ por nece­
sidad de oficio” , por obligación del apostolado, ¿es posible
darse cuenta que el “ invisible” es “ algo” para mí, o doy la
impresión de un señor que recita frases, que dice bellas co­
sas que no le interesan, y a las cuales apenas presta fe?
Cuando me entrego a la oración — en el oratorio de mi
MI O R A C I O N 71

cuarto, o en el altar de mi iglesia— ¿es mi fe una fe ver­


dadera, capaz de transformar montañas, iluminadora de ho­
rizontes? *’■1
Pero, ¿qué es lo que digo? El invisible, ¿es lo que procuro
ver, lo que me interesa, a lo que rindo culto, aquello de lo
que tengo sed?
A la mañana, cuando llega el diario, ¡oh !, ¡cuán ávido
estoy de saber las noticias del día! Y a menudo, ¡qué noti­
cias!, pues la mayor parte de los periódicos están hechos de
un modo tan extraño! Respecto de las cosas divinas — las
únicas reales que interesan— ¿cuál es mi avidez?
¿Es que tengo verdaderamente preocupación acerca de
Dios, de Cristo, de la Virgen María, los Angeles, las al­
m as... o, ¿el invisible es para mí el segundón en lo que
toca a mis preocupaciones?
¡ Pobre hombre. . . en este caso: pobre sacerdote. . . !
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XXVI.

VIERNES

LAS COSAS QUE NO SE VEN


“ Alzad vuestra alma por la contemplación de las cosas
que no se ven” .
Es ése el consejo de un laico a otros laicos.
Y para mí, sacerdote, cuánto más vale ese consejo, incom­
parablemente mucho más.
No dejarme hacer presa del decoro. Este mundo en el que
vivo, es un juego de apariencias. Soy de otro lado, y hecho
para otro lado. Y estoy además encargado de enseñar a las
almas a despojarse de lo que es solamente apariencia. ¿Có­
mo diré las palabras necesarias para demoler a los ídolos,
si los ídolos reinan en mí?
Hay un solo medio de dar a las realidades que no se ven,
su valor de realidad: la contemplación.
72 RAUL P L U S , S. J.

¿C uál es mi aptitud para la contemplación? ¿Cuáles mis


resultados en la oración? ¿Qué puedo decir de mí (hablan­
do en voz baja, hace ya quizás varios meses que no medito),
cuáles son mis deseos contemplativos?
N o procedo seriamente. Es mi deber dispensar a las al­
mas los tesoros de Dios. Esos tesoros que no conozco. Soy
una placa fonográfica, un disco frío. Como si tuviera la
aguja y la membrana vibratoria, digo las palabras grabadas
(¿aún esto puede ponerse en duda?). Pero, ¿estas palabras
llegan a conmover las almas, a convencer, a convertir? En­
tonces. . . médico, cúrate a ti mismo: ni siquiera sabes lo
que dices, ¡cállate! 0 mejor: rápido, ponte de rodillas.
¡O ra!, ¡ora! vuelve a tu oración cotidiana.
El Sinaí te busca, si tú no buscas el Sinaí. Dios te llama,
vete.
L e c tu r a : Vivir con Dios.

SABADO

SEDEBITIS JUDICANTES
(Mat. X IX , 28)

Sí, y o . . . yo seré ju e z .. . juez del universo.


“ Vosotros seréis los jueces” .
Todas las tribus de Israel desfilarán una a una delante de
mí, y yo las juzgaré, estimaré, mediré, condenaré.
Las doce trib u s.. .
Bien, respecto de las tribus in fieles... Allí, como juez,
no tendré mucho de que avergonzarme, y todavía... ¿quién
sabe?
Si entre ellas, todos hubieran recibido la décima parte
de las gracias por mí recibidas, ¿no se habrían trocado los
papeles? ¿N o serían ellas las “ judicantes” y yo el juzga­
d o . . . el condenado? Pero no estarán sólo las tribus infie­
les. . . estarán las otras. Y yo, fríamente, oficialmente...
MI O R A C I O N 7S

juzgaré... decretaré: “ Culpable, amnistiado, culpable” . Esa


será mi función: entre la masa de los que han conocido a
Cristo, separar a los que se volvieron contra El, a los que
no se dignaron servirle; por orden mía, los unos serán co~
locados a la derecha, los otros a la izquierda.
Por orden m ía ... digo bien: “ Sedebitis, ju dican tes” , se
cumplirá mi sentencia.
¿Tendré valor para subir al sitial de los jueces?
Consideremos, sólo conmigo mismo, delante de Dios, ¿qué
es lo que pienso acerca de este honor, de esta misión?
Juez del universo. .. ¿Quién? Yo.
El mundo entero alineado ante mi sitial... duodecim...
¿he sido bien escogido para esta temible magistratura?
Juez del rebaño, de la multitud.. . pero juez también de
los Pastores, duodecim. ..
No sólo los feligreses ante mi tribunal, también los sa­
cerdotes. ..
Crisóstomo y Vicente de Paúl, Francisco de Regis y el
Cura de Ars. . .
¿No hablo en serio, verdad?
Y yo, que sin reflexionar, quizás sin intervalo alguno en­
tre la acción más banal y la Santa Misa, repito cada maña­
na: “ Judica me” . . .
Señor... ¡ Júzgame. . . !
Todas las mañanas... ¡qué audacia la m ía .. . ! Judica
me Deus... Adelante Señor, juzgadme... como si Os dije­
ra: soy el incorruptible, el santo, el juez de todos... nada
tengo que reprocharme. . . o tan poco. . . podéis verlo.
Señor... ¡Júzgame!
L e c t u r a : El Salmo 42: Judica me.
74 RAUL P L U S , S. J.

DOMINGO TERCERO DESPUES DE LA EPIFANIA

NON SUM DIGNUS


...S e ñ o r , si me juzgáis, no miréis todas mis acciones;
porque en verdad: non sum di gnus. Dejad a un lado la mi­
tad, las tres cuartas partes de mi cuenta. Ved solamente mi
fo ja de servicios, mi mandato, no mi persona ni el modo
cóm o he servido. . .
¿Ve respici<is peccata.. . ; no, ¡oh, no!
. . .Sed fidem Ecclesiae, tan sólo esto.
Y o, que soy severo con el mundo. . . que tan a menudo
lo encuentro abismado en el egoísmo, la apatía, la indife­
r e n c ia ... ¿cuál es mi f e ? . . . Grande como un grano de
mostaza, bastaría para transportar montañas. Si el mundo
es lo que es, ¿no es por mi culpa, a lo menos en parte?
Parvuli petierunt panem. Los pequeños pidieron pan. ¿No
he distribuido a menudo, no sé qué masa sin virtud nutri­
tiva, una mezcla que tenía el color del pan, quizás también
el gusto, pero en la que había más yeso que harina, y que
no satisfacía el hambre?
¿Dónde está ese sabor cristiano de las grandes épocas de
fe ? Las verdades están disminuidas: diminutae sunt ventates,
la práctica languidece. Todo se disipa. ¿De quién es la cul­
pa? ¿N o es mía, que debería ser la sal de la tierra? Quod
si sal evanuerit, in quo salietur?
En muchos lugares la mies está blanca. ¿Dónde están los
obreros, los verdaderos obreros? ¿Soy yo el obrero que de­
bería ser, por mi vocación, por las gracias recibidas, por
mis promesas?
Si no llega el reino de Dios — y no llega, pues cada día
se ruega por que arribe— no tengo mi culpa en este terrible
avatar, en esta perpetua derrota ?
He recibido mucho. ¿Existe ecuación de igualdad entre
lo recibido y lo que doy?
MI O R A C I O N 75

Se acercó un día Jesús a una higuera, y buscó fruto, bus­


có en vano. Si viniera a mí. ¿qué hallaría?
Todo lo que he hecho, y no debería haber hecho.. .
Todo lo que no he hecho, y que lebería haber h ech o.. .
L e c t u r a : San Juan, IV, 46 ss.

LUNES

M AÑANA
Yo me estanco, vegeto, me adormezco.. . ese pequeño es­
fuerzo cotidiano, esa languidez dañosa que me envuelve, ¿es
un reflejo exacto de mi vida de Seminario ?¿Dónde está el
eco de mis resoluciones hechas el día de la ordenación? ¿La
verificación en actos de los propósitos del último re tiro ?.. .
Mil veces no.
¿Y entonces? ¿Perseveraré en un estado tal? ¿Me habi­
tuaré a esa pereza en los ejercicios de piedad (meditación,
misa, breviario) ? ¿Acreditaré esta ausencia de generosidad,
esa falta de esfuerzo en los trabajos pastorales (sermones
o catecismos sin preparación, negligencias en las visitas a
los feligreses, olvido práctico de los enfermos) ?
En esas condiciones, ¿a dónde voy?
¡ Si Dios detuviera mi vida, hoy, de inmediato, esta
noche. . . !
Se narra la anécdota siguiente del pintor francés Corot:
había indicado a un discípulo algunas correcciones que
debían hacerse en una pintura: “ muchas gracias — contestó
el alumno— mañana las corregiré” . “ ¿Cómo mañana, y si
muriera Ud. esta noche?”
Y yo, ¿si muriera esta noche ?
L e c tu ra : Imitac. I, cap. XXIII.
76 RAUL P L U S , S. J.

MARTES
SALIDA DEL CAMINO

“ En medio del camino de mi vida, roe hallé en una selva


oscura, había perdido la verdadera senda.”
Así habla Dante en el primer canto del “ Infierno” , uno
de los poetas cuya voz no se debilita a través de las edades.
Continúa:
“ ¡A h ! cuán difícil sería de decir, lo salvaje, áspera y
fuerte (te aquella selva ... no sabría decir cómo entré en
ella, tan cargado de sueño estaba cuando abandoné el recto
sendero.
’ ’Pero llegado a la extremidad del valle, miré hacia lo
alto y vi la cumbre revestida ya con los rayos del sol” .
Exacta pintura. Si alguna vez me ha sucedido alejarme
del verdadero sendero, ¿no es verdad que no sabría decir
dónde se hallaba el punto de partida? Se hizo de un modo
tan imperceptible, tan silencioso. . .
Un buen día me desperté por vez primera, me di cuenta
de la distancia recorrida; era ya mucha. Hacía varias sema*
«as que los ejercicios de piedad habían sido abandonados,
o oraba, disminuía la vigilancia sobre mí mismo; bastó
na ocasión. . . caí. He ahí la entrada en la selva oscura.
Se diría que fué otro a quien sucedió eso. En verdad que
estaba cargado de sueño, cuando abandoné el verdadero
cam ino. . .
Gracias a Dios, salí de la selva oscura, volví a la clari­
dad del camino, el camino claro que lleva directamente a
D io s .. .
Si, por azar, me viera obligado a reconocer que soy aún,
en este minuto, el hombre del bosque, el viajero extraviado
en la maleza, ¡oh !, entonces no quiero consentir un instante
más en estar errante. ¡Pronto!, ¡pronto!, ¡hacia las cum­
bres. . . ! ¡Arriba del valle dora el sol las cimas! ¡Dios me
espera, en marcha! Salgamos de la selva enmarañada.
L e c tu r a : Salmo VII.
RACION 77

MIERCOLES

ION DE TODOS

San FrancisSW^Sales, hacía notar un día a un inter­


locutor:
“ Ved: nosotros somos obispos, jamás debemos rehusarnos
a nadie, si queremos cumplir nuestro deber. Es necesario
que seamos como las grandes fuentes públicas, en las que
todo el mundo tiene derecho de proveerse, y a las que no
sólo los hombres, sino también las bestias vienen a quitarse
la sed” .
Regla excelente para un Obispo, al decir de M. de Ge-
neve; regla excelente — sin duda alguna— también para un
sacerdote.
En cuanto dependa de nosotros, organizar nuestras ocupa­
ciones diarias; no dejar nada al azar; prever los tiempos
de oración, salidas, trabajo. Bastantes cosas se presentan im­
previstas sin dejarlo todo al imprevisto; si no se tiene
orden en la distribución del tiempo, nada se hace; las fuer­
zas reguladas son las únicas fecundas.
Pero por regulada que sea la vida del sacerdote, siempre
suceden — y de muchos modos— cosas inesperadas: ya es
una visita que se debe hacer o recibir; un enfermo a quien
se debe visitar; una salida urgente: en todos estos casos,
saber vencer los propios gustos, en beneficio del mismo re­
glamento.
Es entonces el caso de recordar la comparación de la
fuente pública. El sacerdote de parroquia, si bien debe tener
la santidad del monje, no es un monje; es ante todo el pas­
tor de su pueblo, cada una de sus ovejas tiene derecho a
“ molestarlo” , y él debe dejar hacer.
“ Yo soy expropiada para utilidad pública” , decía María
Antonieta de Geuser, obligada a renunciar a sus gustos con­
templativos, para hacer que sus hermanos trabajaran en
las versiones latinas, o para arreglar sus calcetines. — “ Soy
7a RAUL P L U S , S. J,

un hombre comido” » decía el santo Abate Chevrier. Es ello


quizás la “ Grande Cruz*’ ; pero es seguramente el ‘‘Grande
deber” .
L e c tu r a : Epístola a los Rom. XIV, 1 a 7; I Cor. IX,
19 a 24.

JUEVES
AMAR A LOS PECADORES
“ Pronto no habrá más que Dios y yo para amar a los
pecadores” , decía San Francisco de Sales.
Debo prestar atención. Sin duda que los buenos feli­
greses, las ovejas fieles, son más simpáticos, su trata más
agradable que el de las ovejas perdidas; sin darme cuenta,
me dejaré llevar a consagrarles lo mejor de mi tiempo, y
quizás a abandonar a las otras.
Más bien deben invertirse los casos. Los buenos, precisa­
mente por ser buenos, tienen menos necesidad de mí. Deben
saber — sin duda alguna— que mi ministerio les pertenece
en cualquier momento; pero, ya que casi todo el horario pa­
rroquial es principalmente para ellos, son los privilegiados.
Debo especializarme de un modo singular en la búsqueda
y cuidado de las ovejas perdidas.
Guardarme mucho de aquel peligro “ clásico” ; “ dedicar
todo mi celo a conservar lo que tengo, sin cuidarme de ha­
cer nuevas conquistas” . La Parroquia no es un islote de de­
fensa, sino un bastión de conquista. Un día o una semana
en que no haya habido — en cantidad o calidad— un mejo­
ramiento en la parroquia, en tal individuo o cual familia, o
en aquella obra parroquial, es un día o una semana que
debo apreciar con severidad.
Quizás no haya habido culpa de parte mía, o — hablando
con más propiedad— negligencia voluntaria, pero sí falta
de tacto, de audacia sobrenatural, de fe.
L e c tu r a : San Lucas, XV, 8 ss.
MI O R A C I O N 79

VIERNES

PERFECCION RELATIVA
He caído a mitad del camino. . . había pensado una per·
fección absoluta. . . Hombre de tierra y de debilidad, por
un momento me había figurado que lograría realizar una
santidad de cielo, dar pruebas de una generosidad sin defi­
ciencia alguna.
Y por haber colocado imprudentemente mis esperanzas en
un mundo irreal, cuando me he sentido desfallecer en la
lucha, he perdido el valor.
Sepamos que no lo podemos todo, lo que nos es posible
en la tierra, es bien poca cosa. Y aún ese poco, si Dios no
nos ayudara con su poderosa gracia, sería nada.
No, ciertamente que sería un error decapitar el ideal, de­
clararse satisfecho demasiado pronto, creerse destinado a
una santidad rebajada. Así no debe ser. Tener sí, presente,
que siendo humaros no podremos realizar más que una san*
tidad humana, no Angélica. Dios exige de los Serafines una
santidad correspondiente. A un hombre, Dios no pide más
que una santidad humana — aquella santidad de hombre
que ha querido para su caso particular, y que no es poca
cosa.
Una comparación: cuando el arquitecto de la torre de
Pisa, notó con terror que el suelo cedía, pensó un momento
echar todo por tierra. Pero no, continuó edificando a pesar
de la inclinación.
Yo también soñaba con un edificio alto y recto... ¡Oh,
dolor!, cuántos zigzags. Me había olvidado de la verdadera
naturaleza del suelo, hubo depresiones y fallas. Paciencia,
llevar a término la obra maestra no obstante el desliz, com­
pletar mi vida inclinada.
L ectura: Imit. I, cap. XXV, al comienzo.
BO RAUL P L U S , S. J.

SABADO

EL JUEGO
Un sacerdote, que mas tarde se hizo religioso del Sagrado
Corazón de Issoudun, se hallaba un día en retiro bajo la
dirección del Santo Cura de Ars. Estaba haciendo su confe­
sión, y pensando en las horas perdidas mientras jugaba a
las cartas con sus compañeros, se interrogó: ¿Acusaré eso...?
y se decidió por la afirmativa.
El Cura de Ars le dijo: “ Es mejor abstenerse” .
— Pero, Padre mío, el juego puede ser un pequeñísimo
mal, en reunión__
— ¡O h!, entonces no es necesario reunimos.
— Pero Padre, a veces se nos llama para prestar algún
servicio, y después. . .
— Después de prestado el servicio, uno se retira.
El Santo conocía bien a su penitente, por eso señalaba
bien alto; su interlocutor podía comprender el consejo y
aprovecharse de él.
Bien entendido, nada de rigorismos excesivos. El sacer­
dote, como todo el mundo tiene derecho a un poco de solaz,
y siendo a menudo tan solitaria su vida, a alguna distrac­
ción jovial con sus compañeros. Además, no le convendrá
estar siempre con aire de dar una lección a sus colegas no
tan ansiosos de perfección.
Pero evitar también que se pase demasiado tiempo en in­
terminables partidas de cartas, audiciones de radio, entre­
tenimientos sin interés apostólico. Durante esos »ratos des­
perdiciados, las almas se pierden, los enfermos están espe­
rando, Nuestro Señor está solo en la Iglesia, los libros de
ciencias sagradas o de edificación espiritual, se cubren de
polvo en la biblioteca.
En todo, una prudente medida. Tener presente el valor de
*09 menores momentos y de los humildes sacrificios.
L e c t u r a : I Cor. I 2 6 a 31.
MI O R A C I O N •1

DOMINGO CUARTO DÉSPUES DE LA EPIFANIA

PLENITUDO LEGIS

Esta es la oración dirigida al cielo por el Bienaventurado


Grignon de Montfort, cuando pedía que fuera dado a la
tierra un sacerdote digno de su alta misión:
— “ ¿Qué es lo que yo Os pido?
’’Sacerdotes libres con vuestra libertad, despojados de
todo, sin padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin
parientes según la carne, sin amigos según el mundo, sin
bienes, sin impedimentos, sin cuidados y aún sin voluntad
propia.
’’Esclavos de vuestro amor y de vuestra voluntad hombres
según vuestro Corazón, quienes sin voluntad propia que los
manche y detenga, cumplan vuestros deseos todos y derri­
ben a vuestros enemigos llevando en sus manos la Cruz y
el Rosario. . .
’’Personas siempre al alcance de vuestra mano, dispues­
tas siempre a obedeceros — al oír la voz de sus superiores—
como Samuel: “ Proesto sum’\ siempre prontas a sobrellevar
y sufrir todo con Vos y por Vos, como lo hicieron los
Apóstoles: “ Eamus et nos et moriamur cum eo” .
“ Verdaderos esclavos de la Santísima Virgen...**
¡Qué retrato magnífico de lo que deberían ser los sacer·
dotes! ¿Soy un sacerdote de acuerdo a este modelo, de esa
envergadura?
Y sin embargo. . . eso reclama la gracia de mi sacerdocio.
Debo comprenderlo bien, ponderar las palabras, lo que sig­
nifican, ver toda la realidad que encierran. Procurar menos,
sería flojedad.
Pletiitudo legis. El amor es una plenitud: la de la fide­
lidad.
L e c t u r a .: I Cor. IV, 1 a 2.
82 RAUL P L U S , S. J.

LUNES

VERDADERAMENTE ENTREGADO
Nuestro Señor di io las frases siguientes, a un alma santa
del Canadá: Dina Belanger, Religiosa de Jesús María:
“ Mis sacerdotes... si fueran todos verdaderamente san­
tos, su solo aspecto, no importa dónde; en la Iglesia, en la
calle o en cualquier otra parte, evocaría mi pensamiento»
atraerían las almas hacia Mí; al hallarlos, se pensaría: ea
otro Cristo que está pasando. El demonio teme mucho más
a un alma en la que actúo libremente, que a un ejército de
almas tibias e indiferentes, en las que está paralizada mi
acción; pues en la primera obro con mi poder, y en las
últimas me veo forzado a dejarlas a su debilidad” .
Una mañana, penetró los sentimientos del Salvador ago­
nizante, mientras pensaba en las almas consagradas:
“ Me mostró miles de almas consagradas que estaban en
su presencia. Una gran cantidad, estaban distraídas del pen­
samiento de su divino Maestro; un número pequeñísimo, tan
sólo unas pocas, fáciles de contar, pensaban constantemente
en El.
“ Me d ijo: Mira a todas estas almas: ves cómo son pocas
las que están sin cesar enteramente entregadas a Mí. El día
de la ofrenda, la hacen sin reserva, pero después tornan a
las cosas propias. En las grandes acciones, cumplen siem­
pre mi voluntad — (¡Quiera Dios que sea así siempre!) —
pero en las cosas pequeñitas, no se preocupan de hacer mi
voluntad.”
Y otro día:
“ Un gran número de almas se pierden, porque mis sacer­
dotes no me aman bastante” .
L e c tu ra : Imitac. IV, cap. XXVII, comienzo.
MI O R A C I O N 83

MARTES

COMENZAR POR MI MISMO

“ Antes de trabajar en la reforma de otros, debo comen·


zar por la mía, porque ésta es condición de aquélla/* Así
se incitaba a ser santo, el Abate José M. Cirard, cuya vida
ha sido escrita bajo el título: “ Veintidós años de martirio**.
Con esto, el joven diácono no hacía más que expresar un
pensamiento familiar a todos los autores espirituales, un
pensamiento sugerido siempre por el buen sentido y confir­
mado por la experiencia diaria. Los mismos laicos predican
esto a otros laicos; he aquí cómo un joven normalista anima
a los jóvenes católicos a ser verdaderamente lo que dicen
ser, si quieren influir sobre sus contemporáneos: regla
primera: “ Existir espiritualmente; están anticipadamente de­
rrotados, si no comprenden que su acción exterior es una
función de su vida interior... La etiqueta católica no sirve
de nada, no es más que una mentira, si no cubre una vida
realmente católica” . Si no se comienza la reforma de los
demás por la propia personal, dando al mundo fórmulas
que uno se dispensa de vivir: “ .. .no os acercáis a ellos co­
mo católicos, para darles, apóstoles, una cosa que no se
tiene; sois un tránsfuga” y vuestra misma predicación os
condena.
¿Cómo soy yo? En alguna parte hace Fáber esta pre­
gunta: “ ¿Hay alguno entre vosotros, que gustaría morir sin
hacer más por Dios, de lo que hace ahora?”
¿Tengo en mí toda la santidad que sería necesaria?
Antes de decir, hacer.
L e c t u r a : Imit. I, cap. XVI.
84 RAUL P L U S , S. J.

MIERCOLES

ESCANDALO PARA LOS PEQUEÑUELOS


“ A l que escandalizare a uno de estos pequeñuelos...
más le valdría perder la vida. . . ” (Mat. XVIII, 6 ).
Debo tener cuidado: el sacerdote es espectáculo al mun­
do, a los Angeles y a los hombres (I Cor. IV, 9 ). Se es
muy severo con él. Para los fieles, y aún para los descreídos,
encarna el Evangelio, la religión, en una palabra: encarna
a Cristo. Por eso se vigilan sus menores acciones y gestos;
se les compara con el divino modelo. Y comienza el escán­
dalo cuando juzgan demasiado con el ideal que se ha hecho
del Salvador y de su mensaje. Confesémoslo: no tenemos
bastante cuidado, no sólo de hacer resplandecer a Cristo,
sino también de no disminuirlo, de no traicionarlo, de no
desfigurarlo miserablemente. ¡Qué responsabilidad! Se me
observa vienen a mí. Esperan hallar a Jesús dulce y humilde.
¡Qué decepción al chocar con mi rudeza, mi cólera, con mis
aires autoritarios fuera de lugar! Buscaban a Jesús pobre,
mortificado, grave, recogido. . . ¡ Qué dirán si me esfuerzo
por los honores, las dignidades; si busco claramente mis co­
modidades; si soy disipado, entregado a la actividad exterior,
falto de modestia, si me expongo a graves temeridades. . . !>
“ Todo me está permitido, pero no todo edifica” (I Cor.
X , 2 3 ).
¿ Y si escandalizo a alguno de los “ pequeñuelos” ?
Estos “ pequeñuelos” son los fieles. Vienen a sus pastores
con el alma abierta, lo más a menudo confiados como en
Dios. ¡Oh, dolor!, si son defraudados, el mal es grave. Cuán­
tos son los que para excusar — sino para explicar— su ale­
jamiento ulterior de la Iglesia, invocan esta razón: “ ¡Tal
sacerdote no es lo que esperaba” !
A veces puro fariseísmo; pero también hecho auténtico
más a menudo de lo que se piensa.
“ Siendo las almas esencialmente celestiales, reclaman pa­
ra su cuidado, si no ángeles, a lo menos obreros divinizados
MI O R A C I O N 89

por sus virtudes supra-humanas. En eso consiste quizás el


escollo de nuestros éxitos apostólicos: nos contentamos fácil*
mente con ser hombres honestos, regulares, prudentes, re­
servados, fieles a la oración de oficio, incluso puntuales;
pero siempre hombres que se parecen a los demás en mul­
titud de cosas; en todo caso, no somos bastante sacerdotes
en el significado pleno de la grandiosa palabra: víctimas
inmoladas voluntariamente, hostias vivientes, crucificados
por la humildad y el renunciamiento, héroes de la fe para
quienes el Evangelio es todo.”
L e c t u r a : S. Mateo, V, 13 a 16.

JUEVES

“ REFLEXIONES ACERCA DE MIS VIAS"


(Salmo CXIII, 50)
El examen, es necesario en toda vida sacerdotal. Cuanto
más difícil y peligroso es el camino, mayor prudencia re­
quiere, mayor atención en la marcha. Decía Mons. Pie: “ Los
sacerdotes son hombres circundados de peligros y obs­
táculos; ésta es casi nuestra definición. Imposible obtener al­
go. si no se hace a punta de espada” (Vida, T. I, p. 76).
Nadie puede negar cuántos peligros y escollos lo acechan.
Interiores: la naturaleza, que siempre procura reconquis­
tar sus derechos, el desánimo, las sorpresas de los sentidos,
la rutina, el tedio.
Exteriores: los atractivos del mundo, los lazos de Satán,
los enemigos, las dificultades de todo género.
“ El examen es una de nuestras mejores armas. Es tradi­
cional en la Iglesia. Nuestro Señor insistió repetidas veces:
“ Velad, estad preparados” , es decir: “ Vigilad vuestra alma.
Tened en orden vuestros asuntos d e l, espíritu. Examinad
vuestra conciencia” . El examen era familiar a los Padres de
Oriente. Santa Dorotea trae en su favor esta excelente ra-
66 RAUL P L U S , S. J.

*ón : “ acostumbrándose a hacerlo bien todos los días, repro­


chándose diariamente sus faltas, se impide que el vicio eche
raíz en el corazón, y que los malos hábitos se robustezcan” .
Asegurar la pureza de corazón, ¡qué éxito magnífico! La
“ Imitación” hace el elogio del examen: “ Velad sobre vos-
V_.-

otros mismos, excitaos a la virtud; nada os perdonéis; y


sea lo que sea de los otros, jamás os descuidéis. Cuanto más
os hagáis violencia, más progresaréis en la virtud” (I, cap.
X X V , 2 5 ). Se creería estar oyendo a aquel a quien se llama
equivocadamente: el Padre del Examen, San Ignacio de
Loyola. Sin haberlo inventado, hizo de él un método exce­
lente de progreso espiritual, le dió un alma, un alma de
elevada oración. Es ése el rasgo de genio, demasiado poco
conocido: el Santo ha circundado al examen propiamente
dicho — ejercicio costoso a la naturaleza, poco agradable en
sí mismo— con actos elevadísimos de la vida espiritual,
acción de gracias, plegarias al Espíritu Santo, contrición,
propósito firme. Ellas solas, estas plegarias bien hechas,
pueden renovar el vigor del alma, devolverle su limpidez,
su claridad mancillada por las faltas inevitables a la fragi­
lidad humana. Cuando se encuadran en un examen humilde,
leal, es cierta la eficacia respecto de las faltas, o de una
falta fruto de un defecto particularmente detestado y com­
batido. De un buen examen, el alma debe salir rejuvene­
cida, armada para nuevas victorias.
¿Qué importancia tiene en mi vida el examen — ambos:
el general y el particular?
L e c tu r a : Imit. IV, cap. VIL

VIERNES
EL PESO DE LAS COSAS DE LA TIERRA
Una anciana murió en un asilo. Había una persona caritati­
va que se había interesado por ella, la había visitado con fre­
cuencia, dándole en cada visita una moneda de oro — esto su*
MI O R A C I O N 87

cedía antes de que comenzara a circular el papel moneda— .


La anciana había amasado de ese modo un buen peculio.
Por temor a los ladrones... llevaba su oro día y noche, en
una bolsa atada al cuello.
Su vida estaba pendiente de un hilo. Y sin embargo, el
oro era como un Dios. Fue preciso esperar a que llegara el
estado comatoso para quitarle la bolsa cuya cuerda dañaba
el cuello.
Ridículo este proceder de la anciana, ese amor idolátrico
del oro.
¿No tengo también yo, mi bolsa atada al cuello; llena
o pesada, no pesa también demasiado sobre mi pecho?
Opera illorum sequuntur illos. Digo estas palabras sobre
todos los ataúdes que acompaño a la sepultura. Sus obras
los siguen; su oro: no. ¿Para qué aficionarme tanto a lo
qüe sólo es un cabestro para mis movimientos? No, no, la
cabeza libre. Me interesaré tan sólo por lo que es un tesoro
para el cielo.
Examen. Resolución.
L e c t u r a : Mat. XIX, 13, 24; Marc. VI, 8, 9 y X, 23 a 26.

SABADO

VOS DIXI AMICOS


Yo tengo a Nuestro Señor por amigo.
E l... Y o ... El: Rey del mundo; Yo: despreciable, nulo,
menos que nada, que tal vez he traicionado, o he sido capaz
de hacerlo... Aún entonces, en el momento mismo del beso
traicionero, El ha reclamado mi fidelidad por el título de
la amistad, como a Judas: “ Amigo mío..
¿Qué se encierra en esa palabra: Jesús llamándome ami­
go suyo?
En su testamento, el Emperador Napoleón I llama con ese
nombre a Marchan, su primer servidor de cámara. Los
compañeros de exilio han dejado Santa Elena. El mismo
88 RAUL P L U S , S. J.

General Bertrand no oculta su cansancio. . . “ todos se mar­


charán — murmura el Ecperador— tú, a lo menos, tú me
serás fiel, me cerrarás los o jo s .. . ”
Se acerca la muerte. Napoleón dicta su testamento: home­
naje supremo al que siempre ha sido fiel. El Aguila de la
guerra designa al “ valet de chambre” Marchand, como al-
bacea testamentario, a la par del General Conde Bertrand,
exgobernador de la Ilyria, exgran mariscal de las Tulle-
rías. Más aún: en ese testamento inmortal, llama a Mar*
chand “ su amigo” .
Jesús y yo. Comparar. Medir el abismo de distancias. . .
Un Dios: “ amigo” . El Salvador del mundo cobijándome
con ese título en su Testamento Dixi amicos.
L e c tu r a : Salmo 84.

DOMINGO QUINTO DESPUES DE LA EPIFANIA

HYMNIS ET CANTICIS
La belleza de las ceremonias litúrgicas; el esplendor del
canto.
Cuando llegaron los misioneros al Canadá, hacían uso de
la música a fin de atraer a los Hurones, a los Iroqueses.
Eso no era la conquista, pero era sí el comienzo. Y Fran­
cisco Javier hacía cantar a sus Parias y Paraverses...
Hymnis et canticis spiritualibus, in gratia cantantes. La Igle­
sia ha comprendido bien la fuerza de la conquista del canto
y las ceremonias. ¡ Qué compasión inspira oír y ver — en al­
gunas parroquias— , a sacerdotes y cantores! Gritos cuando
se trata del culto; rapidez sin dignidad, cuando sería ne­
cesaria una santa lentitud.
Según el “ Motu propio” de Pío X (23 de Nov de 1908),
ratificado por Benedicto XV, y adoptado como ley sa­
grada por Pío XI, el fin de la música sagrada es: glori­
ficar a Dios, edificar y santificar a las almas.
MI O R A C I O N 89

Glorificar a Dios. Que sea entonces en verdad una ora­


ción, y no una contienda a ver quién grita más fuerte, o
una carrera de velocidad; siendo posible, explicar a los
fieles el sentido de las palabras.
Edificar y santificar; esto no es lo mismo que propor­
cionar una distracción, ocupar agradablemente el tiempo;
se trata de elevar el alma de los fieles a la piedad, a la
virtud. No pide la Iglesia que se toque y se cante durante
el oficio (trozos extraños al o fic io ); sino que se toque y
se cante el oficio. Asociar a los fieles a las ceremonias, lo
más que sea posible.
L e c t u r a : Salmo 47.

LUNES

PERFECCION EN EL DEBER DE ESTADO


Una asociación de turistas había subido a lo más alto de
una de las torres que hay en la Catedral de Colonia, con
objeto de visitar los trabajos que allí se hacían. Allá arriba,
un anciano obrero, labraba cuidadosamente la piedra, ta­
llando pequeñas flores y adornos, los bloques se cubrían así
de graciosos ornamentos.
— ¿Por qué se toma usted tanto trabajo? Desde allá aba­
jo, nadie podrá ver ni admirar esto que usted h ace...
— Yo hago esto por Dios, El lo verá.
La preocupación por el deber de estado perfectamente
cumplido—, “ la perfección de las acciones ordinarias’ *
como se le dice también. Los laicos nos dan el ejemplo, y
yo, sacerdote, ¿soy en cierto grado hombre de “ b lu ff’ , el
que trabaja cuando es observado, o cuando hay esperanza
de una recompensa humana, de un h on or.. . ?
“ Sucedió durante la guerra, en el puente de Mirabeau;
entre Aix y Manosque. La guardia estaba constituida por
90 RAUL P L U S , S. J.

una mujer viuda y su padre, quien contaba unos 80 años de


edad y tenia una salud endeble.
” Los materiales enviados para el refaccionamiento del
puente, no eran a veces de la mejor calidad; y con frecuen­
cia era necesario cambiar los postes; el anciano se encar­
gaba de este trabajo...
” Una tarde en que se ocupaba en este trabajo, colocado
debajo del puente sobre un pequeño andamiaje, su hija notó
que no regresaba a las 8 de la noche, y llena de inquietud
lo llamó. Ninguna respuesta.
” Se asomó, y lo vió plegado en dos, sostenido por una
cuerda; descendió para ir en su ayuda, pero no pudo lo­
grarlo; el anciano repetía:
“ Aún tengo que ajustar dos tuercas.”
” La mujer corrió en busca de auxilio a la estación pró­
xima, cuando regresó, su padre había logrado llegar a la
casa y a su habitación, estaba tendido en su lecho, inme­
diatamente lo rodearon, abrió los ojos y murmuró:
“ Las tuercas están ya ajustadas
jr v · ' >»
Y muño.
Yo también: morir en el cumpliimento de mi deber, si
es necesario, después de una vida en la que todo ha sido
dado a Dios, a Dios sólo; en la que me haya esforzado por
cumplir lo mejor posible, lo que se me ha pedido.
L ectu ra : Salmo 63.

MARTES

MATER ADMIRABILIS
San Ambrosio tributa a la Virgen Santísima un elogio que
— a primera vista— parecería curioso; dice así: “ Ella siem­
pre seguía la razón” . ¿Será que basta cumplir bien humana­
mente, para ser un buen sacerdote? No, eso ni siquiera
basta para ser buen cristiano. Se exige sí, como condición
MI O R A C I O N 91

indispensable para ser un cristiano sólido, un sacerdote se­


guro. Es posible tener grandes cualidades naturales y sobre·
naturales, y si no es equilibrado, perfectamente juicioso y
razonable, se corren muchos riesgos. Se presentó a Santa
Teresa una Postulanta. Parecía muy santa, pero falta de
ponderación y prudencia; y la Santa no la aceptó. Cuanto
más alto deba alzarse el edificio, tanto más sólidos deben
ser los fundamentos. Una santidad que no se funda sobre
Ja base firme de un buen sentido granítico, es una santidad
comprometida; tarde o temprano el edificio correrá peligro.
Obedecer, seguir siempre a la razón. Como lo hizo María.
Es éste sin duda, uno de los motivos por los cuales se la
nombre con el vocablo: “ Mater Admirabilis” . Seguir siem­
pre a la razón, de lo contrario se abren las puertas al ilu-
minismo, a los saltos sentimentalistas, a los ideologismos.
No he de llegar a ser un sacerdote estilo Doegelés (Saint
Magloire), o estilo Bernanos (Bajo el sol de Salón). Seamos
ante todo sensatos, antes de ser santos; lo segundo no re­
emplaza todo; lo primero no puede ser reemplazado por
nada.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. IV.

MIERCOLES

LAS COMODIDADES — EL “ CONFORT”


Una de las consecuencias del desarrollo científico, ha
sido el ejemplo práctico de los inventos, para asegurar más
y más las comodidades de la vida; el bienestar material, la
vida cómoda.
La Iglesia no mira con disgusto, en modo alguno, a las
realizaciones del progreso. Las anima, las provoca; trabaja
más eficazmente que nadie en que el mayor número posi­
ble de personas se beneficie con ellas, y se inclina maternal­
mente hacia sus hijos menos privilegiados para que logren,
92 RAUL P L U S , S. J.

para darles mayores facilidades humanas de existencia, un


régimen de vida conveniente, el mayor número posible de
legítimas alegrías y satisfacciones terrestres.
Pero no cesa de recordar que la finalidad de la vida no
es la vida presente, que la tierra no debe ocultar el cielo, ni
el tiempo debe echar un velo sobre la eternidad. Nuestro
Señor 110 ha venido a hacer la apología de la existencia fá­
cil, de la vida entre divanes, del “ sleeping-car” y de la
calefacción central. Vino a hablar de otras cosas muy di­
versas. ¡Cuántos cristianos, aún entre los relativamente fie­
les, corre« riesgo de perder — y pierden en realidad— el
sentido del renunciamiento cristiano, viviendo en contacto
con esa apología continua del conforty y esa búsqueda in­
cesante de satisfacciones y goces de comodidad!
Yo, sacerdote, debo predicarles en todo su sabor origi­
nal el verdadero Evangelio. ¿Cómo lo haré, si estoy poseído
por ese amor al bienestar y esa búsqueda afanosa de las
facilidades de la vida?
Examinarme.. . Hacer un paralelo entre mi vida y las
máximas del Evangelio. Ver en qué grado estoy. Si es ne­
cesario, poner orden.
L e c tu r a : Már. VI, 8-9; Mat. V Ilí, 20; Luc. IX, 3 y
XV, 33.

JUEVES

SOTANA VERDE
Vestiduras siempre aseadas, mantenidas con cuidado; va
en ello el respeto de sí mismo y también mucho de edificar
ción.
Si estoy en pueblos de campo, será mucha la tentación por
la sotana verde, frecuentemente menos por pobreza que por
negligencia; menos a causa de desprendimiento sobrenatu­
ral, que por influencia del ambiente.
MI O R A C I O N 93

Ser siempre digno. Simplicidad no quiere decir aban·


dono. En toda circunstancia debemos “ honrar nuestros ho­
nores” , como dice San Francisco de Sales, es decir: jamás
olvidar, siendo hombres, al sacerdote que Dios ha hecho.
Si estoy en la ciudad, la tentación será diversa; ¿ me sien­
ta bien un brin elegante, puños, reloj y cadena de oro, ca­
bello cuidadosamente dispuesto y en el que se advierte
prolija atención? — En cualquier hipótesis, es preciso el
cuidado digno de la persona apta para evangelizar, ser
siempre hombre digno de Nuestro Señor. Si se tienen al­
gunas disponibilidades, emplearlas más bien para ayudar al
prójimo; ¡existen tantas necesidades!
Cuando Don Bosco era aún joven, fué a ver al Bienaven
turado Cottolengo, buen maestro de caridades. El anciano
tomó entre sus dedos el paño de la sotana para probar su
tejido: “ Este género es demasiado ligero, débil, procure
conseguirse uno más sólido y que no se deshilache, pues,
serán muchos los que se prenderán de su sotana'* (Vida de
Don Bosco, Por Joergensen).
. . . he comprendido.
Lectura: Salmo 86.

VIERNES

INTROIBO
Dominaba el Terror; los sacerdotes — principalmente—
eran perseguidos.
NOEL PINOT, promovido al curato de Louroux-Bécon-
nais, en 1788, a pesar de las órdenes de la Revolución,
rehúsa aceptar la Constitución Civil del Clero, y, para poder
ejercer sus sagradas funciones, se ve obligado a andar erran­
te por los campos; cuando le es posible, celebra en unr
casa amiga.
94 RAUL P L U S , S. J.

Traicionado por un mal cristiano, es puesto en prisión;


se le lleva a juicio. Los Archivos de Angers dicen así:
4*— ¿Por qué no se ha sometido a la Ley relativa a lo·
sacerdotes Juramentados?
R — Porque él quería ocupar su parroquia, de la cual
Jesucristo, que es Dios, le había encargado.
— ¿Dónde están las pruebas de su misión, de la cual dice
imprudentemente haber sido encargado por Jesucristo?
R — Las pruebas de su misión, son la jurisdicción que
la Iglesia le había otorgado en la Parroquia de Louroux,
y que únicamente la Iglesia puede quitarle.. .
— ¿En casa de quién se ha ocultado?
R — No quiere comprometer a ninguno de sus parroquia*
nos.”
Noel Pinot es condenado a muerte; se le propone subir al
cadalso con los ornamentos sacerdotales, acepta, fué su úl­
timo : “ Introibo ad altare Dei” .
Noel Pinot, mártir del Sacerdocio, ha sido beatificado
en 1926.
Ha podido decirse acerca de los sacerdotes de nuestro
tiempo:
“ El clero parroquial, tan profundamente compenetrado, en
la hora actual, por un nuevo espíritu de santidad sacer­
dotal” .
¿Soy yo de la masa con que se hacen los santos? Y si es
necesario, ¿con la que se hacen los mártires?
L e c tu ra : Imitac. III, cap. XLVII.

SABADO

SI TODAS LAS PIED RAS.. .


Si todas las faltas que se cometen en el mundo, cayeran
en un mismo sitio, formarían una avalancha que no cesaría
de noche ni de día.
MI O R A C I O N 95

Si todos los seres humanos que desaparecen de esta vida,


murieran el mismo día y en el mismo lugar, ¡que hecatombe
formarían!
Si todos los pecados que se cometen en el mundo se acu­
mularan en una determinada localidad, ¡qué inmensa mon*
taña, y fué la que oprimió a Cristo agonizante í
Si todas las gracias despreciadas, se convocaran en un
ideal valle de Josafat, constituirían un inmenso amontona­
miento.
Si todas las aspiraciones comenzadas, las resoluciones no
seguidas, los buenos deseos no realizados, se alzaran de la
tierra para clamar su agonía o su masacre, ¡qué dolorosa
y triste procesión!
Y — para hablar solamente de mí— si todas mis flaquezas
y desfallecimientos, estuvieran presentes ante mis ojos, mis
momentos perdidos, mis despreocupaciones, mis oraciones
acortadas, saboteadas u omitidas, mis faltas de atención y
de caridad, mis inmodestias, distracciones consentidas en el
Breviario o en la Santa Misa, las aprobaciones otorgadas
a imaginaciones peligrosas o malsanas, las envidias o celos
respecto de los hermanos en el sacerdocio, las injusticias en
mis juicios respecto de la administración y las autoridades,
si esto todo — y el resto que ni siquiera me atrevo a nom·
brar— se colocara delante de mí, formando un solo blo-
que. . . ¡ Dios mío! ¡ Dios mío. . . !
L e c t u r a : Salmo 130: De profundis...

DOMINGO SEXTO DESPUES DE LA EPIFANIA

SCIENTES ELECTIONEM VESTRAM


En París, el 23 de mayo de 1903, con motivo de escán­
dalos provocados en muchas iglesias por un hombre renegadop
que había tenido un instante de celebridad, jóvenes católicos
convocaron a una grande reunión para desagraviar a la
96 RAUL PLUS, S. J.

Iglesia. Repentinamente apareció el apóstata. Resonaron vio*


lentas protestas. Un orador católico se levantó:
“ Camaradas: aquí está sucediendo algo grande y terrible.
Este hombre no es un adversario como los demás; ha sido y
permanece señalado en la frente con un signo sagrado, que
vence y sobrepasa — a pesar de todo— sus mismas traicio­
nes. Este Dios del que reniega, este Cristo a quien combate,
él lo ha llamado antes sobre el altar, cuando sus manos
consagradas sostenían la h ostia ... ¿Cómo no se detendrá
la violencia ante tan abominable miseria moral?”
¡Qué terrible lección! ¡Y cuánto hay paa meditar en
esas frases. . . ! “ Un adversario” , ha quedado señalado en la
frente, sus tradiciones, sus manos consagradas, abominable
miseria moral.
¡O h !, rezar, rezar, no tanto porque jamás me suceda se­
mejante desgracia, gracias a Dios, gracias a María, la Reina
de mi sacerdocio, me atrevo a esperar que jamás llegaré a
ser un motivo de escándalo en la Iglesia; pero sí porque,
progresando siempre en el camino de la prudencia y la fi­
delidad, haga honor a la incomparable dignidad de que
estoy revestido.
Y después, pedir, orar humildemente, ¡oh, sí!, muy humil­
demente, por los pobres sacerdotes caídos, y no sólo por
los que causan escándalo, sino también por los que, en su
interior no están en orden con Dios, se arrastran y trepan
en lugar de avanzar; viven, sino en los bajos fondos, a lo
menos en la tierra terrena.
Y hacer un valiente y concienzudo examen sobre mí mismo.
L e c tu r a : El Confíteor.

LUNES
HOMO DEI
Cuántas acciones en las que se mezcla la vanidad; o
mejor, cuán pocas en las que no se m ezcla.. .
Surgidos de la confusión, tenemos una dificultad enorme
MI O R A C I O N 97

para ofrenoar a Dios obras perfectamente puras. ¡Cuán <Ü<


fícil es hallar aquel “ oculus simplex” de que habla la “ Imi­
tación” ! Sin duda que busca a Dios y su gloria, pero, ¿busco
solamente eso? ¿No hay otras intenciones oblicuas, que se
mezclan a la intención principal, con peligro de desviarla?
Soy el hombre de Dios, y también el hombre de mis
pequeños intereses, de mi pequeña vanidad, hombre de ren­
tas para proveer a los míos. No, homo Dei, hombre de
Dios, nada más, he ahí lo que debo ser. Atrás los asuntos de
amor propio, de solicitudes financieras, de preocupaciones y
familiares y de otra especie. No me he hecho sacerdote para
complir con una función altamente lucrativa, dejar una bue­
na herencia a mis herederos y herederas, lograr la fama de
predicador de mérito o de administrador extraordinario.
Homo Dei, hombre de Dios.
Alguno se atrevió a preguntar al Cardenal Rampolla, cuál
sería la palabra que inspiraría todos sus actos, si fuera
elegido Papa; el gran Cardenal respondió simplemente: “ Sa­
cerdote” .
No ambicionar otra divisa: Sacerdote, hombre de Dios,
Homo Dei.
L e c t u r a : I Cor. IV, 4 y 5.

MARTES

ANGEL Y SACERDOTE
¡Qué frase tan hermosa, aquella de San Francisco de
Asís: “ Si me encontrara con un Angel y un Sacerdote, salu­
daría primero al Sacerdote!'’
Y como San Lorenzo y San Efrén, rehusó siempre reci­
birse de Sacerdote.
San Vicente de Paúl, decía así: “ Si hubiera sabido lo que
es ser sacerdote, jamás hubiera dejado que me fueran im­
puestas las manos” .
98 RAUL P L U S , S. J.

Y el Cura de Ars : “ Si hubiera sabido lo que es ser sacer­


dote, en lugar de ir al Seminario, me hubiera salvado con
tiempo en la T r a p a ... ¡Oh!, el sacerdote es algo inmensa·
mente grande; si él lo comprendiera, moriría” .
Bernadette, recibió una estampa de un sacerdote, quien
le dijo estas palabras: “ Yo os bendigo” . Ella besó la ima­
gen. Otros le advirtieron: “ Tienes razón, es un santo sa­
cerdote” , y respondió: “ ¡O h!, beso la bendición, es un sa­
cerdote” .
Un sacerdote. El Angel es más perfecto por su naturaleza;
pero yo soy más perfecto por mis funciones.
Sacerdote, es decir: consagrado; es decir: separado de
todo uso profano; reservado para uso exclusivo del Señor.
¿He medido la profundidad de esas palabras, de esaé
dos realidades: separado del uso profano, reservado para
uso exclusivo del S e ñ o r ? .. .
“ Un cristiano que tuviera la fe — decía el Cura de Ars—
moriría de amor.” Un cristiano. Y un sacerdote que tuviera
la fe, — que iluminado por lo alto— comprendiera la pleni­
tud toda de su sacerdocio, ¿le sería posible vivir?
L e c tu ra : I mi tac. IV, cap. V.

MIERCOLES

EDIFICACION
Aquel que fué junto con Berulle y San Vicente de Paúl
el reformador del espíritu sacerdotal, durante el siglo X V II:
M. Boudoise, no podía sufrir en el sacerdote ni siquiera las
apariencias de relajamiento. Decía así: “ Hay pintores tan
malos, que si pintaran un caballo sería preciso escribir aba­
jo : esto es un caballo; de un modo semejante, al ver tal o
cual sacerdote, se desearía escribir sobre su sombrero: es un
eclesiástico” .
Fué también Boudoise, el que viendo a un sacerdote dis-
MI O R A C I O N 99

poniéndose a salir luego de concluir su misa, encendió un


cirio y comenzó a acompañar al apurado celebrante: “ ¿Qué
está haciendo usted?” — “ Acompaño al Santísimo Sacra·
mentó al que usted lleva consigo” .
Era enemigo de ver telas de araña en las iglesias, a causa
de la presencia de Jesús en el Tabernáculo, y velaba todo
lo que era posible por el exterior del culto, no dudando
en llamarse a sí mismo: “ El Mayordomo General de las
Parroquias” .
Sabía cuánto contribuye el exterior para favorecer el res­
peto interior.
Procuraré animarme de un celo semejante. Sin duda que
“ El hábito no hace al monje” , pero sí ayuda al monje a
guardar dondequiera su dignidad y el espíritu de su fun­
ción; y cuando es llevado dignamente, causa en los fieles
edificación y respeto.
Lectura: Rom. VII, 14 a 20.

JUEVES

ADHOERERE DEO
“ Para mí, la felicidad es estar unido a Dios” (Salmo
LXXII, 8).
Hemos renunciado a toda clase de goces humanos: goce
de los honores, de la familia, de éxitos mundanos, de fortu­
n a ... para tener completa libertad en la prosecución del más
grande, seguro y saciador de todos: el de la unión con Dios.
Ha dicho San Pablo: “ El iusto vive de la fe” . También
es cierta esta afirmación: “ El justo vive del amor de Dios,
de su unión con El” .
Hay un lazo de unión entre ambas proposiciones.
Solamente la fe, un intenso espíritu de fe, puede darnos
el valor para dejar caer día a día, todo lo que dificulta o
too RAUL PL US * S. J.

disminuye nuestra marcha hacia la unión divina, la intimi­


dad divina» y puede distraernos de ella.
Es preciso obtener del cielo la gracia de no tener nunca
el corazón satisfecho con lo que no es esencial. Relaciones,
viajes, actividades externas, actitudes materiales del deber
de estado, la ropa, cosas exteriores, accesorios. Es necesario
darle a todo un alma, no detenerse en ello y hallar a Dios,
quien me desea y me espera.
Para quien hace consistir su felicidad en estar unido a
Dios, la vida se transforma. En todos los sucesos, todas sus
cruces, gracias, acciones, ve un medio para progresar en
la unión divina, para hacer más fuerte la cadena que lo une
a Jesús, a su Igltsia, a las almas, a la Trinidad Santísima;
las fluctuaciones y vicisitudes de la vida, de los negocios,
vienen a estrellarse contra los muros de su “ castillo interior”
— como lo llama Santa Teresa— en el que vive aislado
con Dios.
Pero, ¿cuál es el camino que conduce a esta maravillosa
morada? ¿Con qué materiales se edifican sus muros?
a) Pureza de corazón cada vez mayor, adquirida princi­
palmente por medio del examen diario, 1? mortificación, la
confesión, el hábito de los actos de caridad, la contrición
perfecta; mantener la superficie y profundidades del alma
completamente claras, límpidas, quitando aún las más in­
significantes impurezas.
b ) Fidelidad en los ejercicios de piedad, determinados
en un reglamento. Cuidarlos. Su continua repetición, en
lugar de conducir a la rutina, debería aumentar el fervor.
Toda nueva correspondencia a la gracia, la aumenta y re­
nueva.
c) Transformar este deseo de intimidad divina, de unión
a Dios, en la idea fija de mi alma. Pedirlo a Dios con fre­
cuencia: “ Dios mío, que nada me satisfaga fuera de v o s ...
Ven, Señor Jesús, estaré saciado cuando aparezca Vuestra
Gloria” .
L e c tu r a : Imitac. II, cap. IV.
MI O R A C I O N 101

VIERNES

UN POCO
Un poco, que parecería mucho según varios pasajes deí
Evangelio. Por ejemplo: la ofrenda de la viuda (Mat., 41,
44), el grano de mostaza, la levadura (Mat XIII» 31*33), los
obreros de la viña: “ Porque has sido fiel en lo poco , te
constituiré sobre mucho**.
Era esta matemática curiosa, lo que encantaba a Péguy o
Jacques Riviere (A la trace de Dieu, p. 1 1 4 (): “ Por una
parte, se os pide todo; pero por otra, por poco que deis,
es ya m ucho... Extrema exigencia, extrema indulgencia” .
¡Oh!, si me hallo con almas a quienes falta confianza,
les expondré esta doctrina.
En definitiva, ¡es la verdadera!
Sin duda que Dios pide mucho: lo pide todo. Y debemos
esforzarnos en modo de darle el máximo de fidelidad. Ante
todo: intención leal y amplia. Y después la acción; mientras
que el pasado es pasado, y ya no puedo nada sobre él, ¿para
qué las recriminaciones estériles, la amargura, una inmo­
vilidad muerta? — Como decía un buen director a un alma
generosa, pero atormentada perpetuamente: “ Queme sus li­
bros de cuentas” . Usted quiere dar mucho — se supone esta
buena voluntad inicial— pero ha dado poco, a causa de su
debilidad, ¿pierde el valor?
No sufra desolación por ello. Ha querido dar mucho, en
ese caso, lo poco iguala a lo mucho. Dios ama no en la me­
dida de lo realizado, sino de la intención.
"L e c tu ra : Luc. XVIII. 10 ss.
10* R A U L P L U S , S. J.

SABADO

LA PROVIDENCIA

Hay ciertos días en que me desanimo. Los tiempos son


malos, el horizonte se presenta sombrío. ¿Adonde vamos?
Tener muy presente, que:
1* La vida presente no es más que una prueba pasajera.
No es la última palabra de Dios. Se olvidaría el más allá
si todo anduviera bien. El sufrimiento hace levantar los
ojos.
29 Las obras de Dios deben ser juzgadas en su conjunto,
y no por tal o cual detalle; no# es dable al hombre abarcar
en su totalidad el plan de la Providencia. Lo que me pa­
recía a mí una mascarilla, un “ avatar” , es quizás en rea­
lidad, para Dios, un éxito, la marca — el bajorelieve— del
éxito.
Dios es el Dios oculto, pero no el ausente. Gusta quedar
detrás del velo. Si se mostrara mucho al descubierto,
¿quedaría campo para la fe, la confianza? Todo tiene el
aspecto de suceder como si El no estuviera presente. Sucede
así para no deslumbrarnos. Oculta su r rillo. Los pigmeos
humanos se mueven y se creen señores. Pero nada sucede
sin el permiso de Aquel que todo lo gobierna y reglamenta.
Se actúa mucho, se borronean signos incoherentes sobre el
papel, es lo exterior, la superficie; pero siempre en la trama
aparece la filigrana que lleva el sello de Dios.
LECTüra: Mat. VI, 25 hasta el fin.

SEPTUAGESIMA
MI HERMANO EL CUERPO
San Francisco de Asís está próximo a la muerte. Los
médicos no pueden lograr su curación, por lo menos de-
•carian dar un poco de alivio al cuerpo que desfallece.
MI O R A C I O N

— “ ¿Acaso tu cuerpo no ha sido para ti un servidor abne­


gado y bueno?”
Y Francisco hace justicia a “ su hermano él asno” .
— ‘ ¡Y bien, tú lo has recompensado de un modo singu­
lar!”
Francisco debió reconocer que no siempre había ¿ido
tierno con él, y que muy a menudo lo hab>a maltratad'; sin
darle ocasión de resarcirse; ya que había llegado la ho/.i, y
era consejo de los médicos, aceptaba dulcifUar . v austeridad.
— “ Alégrate, hermano cuerpo, y perdonan«; estoy dis­
puesto a ceder ahora a tus deseos.”
La Epístola de Septuagésima recuerda la fn.se de S. Fa-
blo: “ Trato duramente a mi cuerpo, y lo red’izco a servi­
dumbre” .
Así son los santos.
¿Y y o ? . .. ¿He esperado —como San Francesco— a que
viniera la enfermedad postrera para otorgar e mi cuerpo
alivio y bienestar ?
¿Cuál es mi espíritu de penitencia? ¿Mi ccstun*bre de
practicar mortificaciones exteriores? El cilicio, la discipli­
na.. .. ¿No tengo la persuasión de que ello e* bu*no tan sólo
para los claustros? ¿Pongo en práctica los ayunos de la
Iglesia? ¿Por la mañana me levanto a la hora debida?
Cuando llegue el término de mi vida, mi cuerpo no tendrá
que perdonarme severidades, pero me reprochará — y seve­
ramente— la importancia que supo tomarse y que nunca
procuré obstaculizar con seriedad.
L e c t u r a : Mat. V, 29-30.

LUNES
PERSPECTIVA LITURGICA
Se acerca la Cuaresma; antes tenía por objeto preparar
al Bautismo; se administraba éste la noche del Sábado Santo
hasta el Domingo de Pascua, a la vez se celebraba en la
unidad de un solo triunfo la Resurrección de Jesucristo, el
104 RAUL P L U S , 5. J.

Jefe, y el nacimiento a la vida de aquellos que, por medio


del Bautismo, se convertían en miembros de Cristo.
Los ya bautizados se mortificaban y santificaban a fin
de hacer descender las bendiciones de Dios sobre sus her­
manos catecúmenos; éstos completaban su instrucción res­
pecto de lo que les faltaba saber en la iniciación de su vida
cristiana, el rito bautismal.
Esta es la doble, perspectiva en que debo situarme, y que
conviene enseñar a mis fieles durante el desarrollo de la
Santa Cuaresma.
Muy oportuno será meditar en ese tiempo el Propio de
cada día, y también, durante los días que lo preceden y
sirven de peristilo, las maravillas de nuestra divinización y
transformación en Cristo por medio del Bautismo.
Durante el Adviento (repasarlo) he tratado este tema
esencial, la idea dominante del dogma. Profundizarlo más.
Procurar ser “ divinizados” ; por el pecado original hemos
perdido lo sobrenatural, además de los dones de naturaleza.
Cristo nos lo devuelve todo. ¿Cóm o? No por medio de una
redención externa, sino haciéndonos sus miembros, uniéndo­
nos a Sí. Conozco el rito que hace tal unión, el Bautismo;
pero, ¿tengo presente su significado pleno?
Con esto tocamos el corazón del Cristianismo. Insistir.
L e c tu r a : Salmo XLIV, 14; Luc. XVII, 21; J. XIV, 23;
Rom. XIV, 17.

MARTES

LO SOBRENATURAL IGNORADO (I)


Es doloroso constatar el descenso del espíritu cristiano
(aunque aquí o allá se ven progresos notables).
¿La causa principal? La ignorancia, para muchos, de las
riquezas sobrenaturales.
Mons. Isoard escribía así: “ Un punto del que no pode-
MI O R A C I O N 105

mos orgullecemos, es la ignorancia de los fieles respecto


de la vida sobrenatural. La palabra que Dios hace al alma
fiel, la comunicación santa y real de la naturaleza divina
en Jesucristo, la habitación de Dios en nosotros por medio
de la fe, la realidad substancial, actual, de bienes y riquezas
incomparablemente superiores a todos los bienes sensibles,
en una palabra: el mundo de lo sobrenatural, ni siquiera
es sospechado por ellos.
“ Aún puede esperarse ser comprendido, cuando se habla
del cielo y del término —más alejado— de esperanza cris­
tiana; pero no se da entendimiento alguno cuando hablamos
de este cielo sobre la tierra que es la vida de Dios en nos­
otros . . . No saben lo que poseen, cuando están en estado de
gracia” .
Cuando apareció “ Los Monjes de Occidente” de Monta-
lambert, el Abate Cambalot escribió al autor (22 de set.
de 1860):
“ El grande error de los tiempos modernos es el natura­
lismo cristianizado o el cristianismo naturalizado, que una
nube de escritores explotan y toman por teología.
’’Desde que el renacimiento pagano del siglo xvi ha
viciado todas las fuentes de enseñanza... el sentido de las
cosas divinas ha sido profundamente alterado.. .
’’ ...A h ora bien, mi querido amigo, ignorar estas cosas,
es ignorar las operaciones admirables que constituyen en las
almas el orden sobrenatural” .
Y concluía:
“ Vendrá un día — y no está lejano— en que un inmenso
asombro y una compasión inmensa de apoderará de los alum­
nos de teología y de los simples fieles, cuando vean a cuál
grado de idiotismo habían descendido en el siglo del natu­
ralismo y de las luces” .
Evidentemente, que el laicismo ha hecho mucho. Pero si
le ha sido posible desarrollarse en un principio, ¿no fue a
causa del debilitamiento anterior de lo sobrenatural en las
almas? Ahora reina, y ese debilitamiento se acrecienta.
106 R A U L P L U S , S. J.

Entre todos los medios para detener su progreso, ninguno


sería tan primordial como éste: explicar lo sobrenatural a
los cristianos. Antes de conquistar a los que no creen en lo
sobrenatural, hacer que los que creen sepan verdaderamente
la calidad del tesoro poseído.
L e c t u r a : Vivir con Dios.

MIERCOLES

LO SOBRENATURAL IGNORADO (II)


Era opinión del Cardenal Mercier, que no se predicaba
suficientemente acerca del dogma de la gracia. No que sea
preciso hablar únicamente de esto, pero sí, debe dirigirse
todo a él; es un asunto de perspectiva: ¿estamos o no divi­
nizados? ¿Cuáles deben ser nuestras relaciones con Dios?
La elevación sobrenatural no es una doctrina de paso, un
dogma junto a muchos otros: es el punto central a cuyo
alrededor todo se cristaliza.
El Abate de Tourville hacía notar con mucha exactitud:
“ Lo sobrenatural, es decir, las relaciones de unión de
Dios con el hombre, es el objeto propio de la revelación.
” La gracia es el hecho central del mundo religioso; el
resto se irradia a su alrededor. Los demás hechos religiosos,
son una razón de ser o una consecuencia de la gracia” (Lu-
miere et vie, pp. 92-93).
Y Mons. Mercier:
“ Predicáis la m oral.. . incluso demasiado, con detrimen­
to del dogma; la predicáis demasiado bajo una forma ne­
gativa, provocando a la lucha contra los vicios y las pasio­
nes, pero muy poco bajo una forma positiva... Es preciso
dar a Cristo, El, su Evangelio, las riquezas de su gracia,
su presencia y la del Espíritu Santo en el alma, la oración
interior, la paz y la omnipotencia en la unión divina; he ahí
lo que debe predicarse.
MI O R A C I O N 107

’’Pero no lo hacéis, o . .. muy poco, porque es el dogma,,


y parece que el dogma les infundiera temor.
’’Predicáis a D ios... un Dios filosófico, no aquel de
nuestra fe revelada” . Es preciso decir: “ La fecundidad in­
terna de la Divinidad, la misión de Cristo por su Padre, la
misión invisible del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo
en las almas... su respectiva contribución a la realización
del plan sobrenatural; la habitación de la Santísima Trinidad
en nosotros y nuestra unión a Ella por medio de la gracia
santificante.
” Y de Cristo. . . hacéis cconocer su historia terrena. . . ;
pero este reino de Dios que comienza en Pentecostés, se
establece en la Iglesia y en cada una de las almas bautiza·
das. . el llamado constante dirigido por El a todo cristiano
para que se considere como muerto a las cosas del mundo
presente, estando oculta en Dios su vida verdadera incorpo­
rado a Cristo... esto lo olvidáis, no habláis suficientemente
de ello.
” Y el Espíritu Santo, ¿quién, entre las multitudes cris­
tianas, lo conoce, lo invoca; quién vive en intimidad con
E l?”
L e c t u r a : Vivir con Dios.

JUEVES

REVELAR LO SOBRENATURAL
El medio mejor para hacer conocer lo sobrenatural, para
“ revelarlo” , es tomarlo en su fuente misma, en los pozos de
Jacob; y, para hablar sin figuras, en el momento preciso
en que el agua del Bautsimo nos ha hecho cristianos.
Lo sobrenatural, la gracia... son palabras abstractas; el
Bautismo es un episodio concreto en la vida de cada cristia­
no. Comenzar por allí, explicar a nuestros bautizados su
Bautismo; lo ignoran, ignoran su significado sublime, su
IOS R A U L P L U S , S. J.

papel profundo. Gracias a Dios, en muchas familias — aun


entre aquellas que han perdido casi completamente sus
prácticas cristianas— se lleva a la Iglesia a los niños. Pues
bien, a estos niños y a sus padres, hacerles conocer, reve·
lories — para ellos será verdadera revelación— las maravi­
llas obradas en ellos el día en que el agua santa se deslizó
sobre su frente, el día en que las Tres Personas Divinas
hicieron su ingreso triunfal — triunfal y oculto— en las pe­
queñas almas regeneradas, ''consagrándolas” tabernáculos
santos, maravillas sin parangón, fueron hechos prolonga­
ciones vivientes de Cristo.
¿Y qué mejor tiempo del año para explicar detenida­
mente a los fieles el Bautismo, que estos cuarenta días que
preceden a la Pascua, durante los cuales, en la Iglesia Pri­
mitiva— se preparaba para muchos la iniciación cristiana,
y llegado el día de la Resurrección les era administrado
el Bautismo, habiendo sido hasta entonces Catecúmenos?
Y para mí, ¿qué mejor tiempo para meditar profunda­
mente ese gran misterio oculto, a fin de poder enseñarlo
con amor y competencia a mis ovejas?
L e c tu ra : Vivir con Dios.

VIERNES

LAS FUENTES DEL BAUTISMO


Fenelón aconseja lo siguiente: “ Mostradles a los niños
las fuentes bautismales; que vean bautizar, que el Jueves
Santo consideren el modo de consagrar los Santos Oleos, la
bendición del agua de las mismas fuentes” .
Indicación excelente; por ese medio, su bautismo, es más
fácil explicar a los niños, y a los fieles en general, las
riquezas de la vida divina cuando se hallan en estado de gra­
cia; todo lo que se encuentra en la liturgia del Bautismo
debe serles descrito.
MI O R A C I O N 109

De lo contrario» los fieles no conocerán más que dos Sa­


cramentos: el Matrimonio y la Eucaristía; los otros, sin du­
da por falta de tiempo, se dejan pasar en silencio, lo cual
es muy de lamentar principalmente respecto del Bautismo.
Se recibe en la edad de la inconsciencia, y queda para siem­
pre como algo ignorado, casi sin importancia y siempre
carente de significado real. Afortunadamente, ahora el “ Mi*
sal y Vesperal” traen la liturgia bautismal, además de
muchas otras cosas.
Pero muchos niños no lo tienen; razón demás para ex­
plicar oralmente los ritos que hacen del niño un cristiano.
Mas, para llegar a ser un apasionado de estas explica­
ciones bautismales, es preciso que yo mismo esté apasionado
de mi propio bautismo. Se ha escrito acerca de un rancio
cristiano del siglo XVII, Edme Calabre:
“ Cuando iba a Troyes, la primera cosa que hacía era
visitar la Iglesia donde había sido bautizado, permaneciendo
largo rato en oración junto a las fuentes bautismales**.
Este anciano laico nos da un provechoso ejemplo.
L e c t u r a : Vivir con Dios.

SABADO

MARAVILLAS DEL BAUTISMO (I)


El Bautismo convierte al cristiano:
l 9 — En un Tabernáculo viviente: “ Sal de este niño, es­
píritu inmundo, deja el lugar al Espíritu Santo” .
Aquí la “ imagen” es simple y al alcance de todos, un niño
puede comprenderla. Soy un relicario de la Trinidad Santa.
No hay, como se cree ordinariamente, tan sólo un Sacramen­
to de Presencia Real, existen dos: la Eucaristía y el Bau-
tismo. También es preciso observar, que el papel principal
de la Eucaristía no es precisamente añadir una presencia a
110 RAUL P L U S , S. J.

una presencia, la del Hombre-Dios, diez o quince minutos


después de ¡a Comunión, a la de la Santísima Trinidad, todo
el tiempo que persevere el estado de gracia recibido inicial-
BLen¿e en el Bautismo ; sino más bien hacernos participar con
Ciisto cuanlo renueva con nosotros y ante nosotros el grande
sacrificio quí salvó al mundo, perpetuando el Calvario con
esa renovaoiSn. Kn la Eucaristía, la idea principal es la de
Sacrificio; en el Bautismo es la de Presencia: Dios en nos-
otres. El verdade. o Sacramento de la Presencia, es el Bau­
tismo.
:r tanta fe en la Presencia Bautismal como
Debiéramos, ten L
en la P rie n d a i ucarística, en Dios que vive en nosotros
por el ey*ado de gracia como en Nuestro Señor presente
durante el breve rato subsiguiente a la recepción da la
Hcstia.
L e c iu r a : San Juan, III, 1 a 11.

DOMINGO DE SEXAGESIMA

EL SEMBRADOR
Como *'sembré cor’ tengo un triple deber:
El primero: pieservar al pueblo cristiano del arrastre
mundano actual. Par-i esto debo vigilar mucho sobre mí
misno. He sido secado del mundo y conservo más o menos
su relio. E^toy en contacto frecuente con él, y padezco su
tiránica influencia. S-ijeto, como todo hombre, a la triple
concupiscencia, ltavo en mí las posibilidades de seguir el
mal o el bien nenor. Médico, cúrate a ti mismo, si quieres
ejercer una acción sana y santa sobre los fieles, a los que
debes preservar.
El deber segundo: dirigir al pueblo cristiano hacia un
f*píritu evangélico más auténtico, verdadero y profundo.
¿Cóm o hí'-cer remontar una corriente, si también yo me dejo
arrastrar por ella? En algunas épocas, sin causar mucho
MI O R A C I O N 111

mal (¿es verdad esto?) el sacerdote ha podido ser mediocre;


actualmente es imposible. Si es mediocre todo está perdido.
El porvenir cristiano depende de la santidad del sacerdote
actual. ¿Soy yo el santo que exige mi ministerio?
Deber tercero: obtener de Dios un renacimiento del espU
ritu evangélico en las almas. De nada sirve lamentar, es
preciso obrar; y al mismo tiempo que me esfuerce *1 má­
ximum en mi actividad apostólica, por medio de la oración
y el sacrificio pediré al Maestro divino que haga fecunda
su viña.
Si toda época ha tenido necesidad de sacerdotes santos,
la nuestra la tiene más que ninguna otra.
L e c t u r a : Mat. XIII, 3 ; Me. IV, 3 ; Le. VIII, 4.

LUNES

MARAVILLAS DEL BAUTISMO (II)


El Bautismo transforma al cristiano:
29— En un miembro viviente de Cristo.
Aquí, la “ imagen” es menos simple, pero la realidad no es
menos verdadera, y es preciso recurrir al dogma esencial
que da, y sólo él, la clave verdadera del verdadero cristia­
nismo: mi incorporación a Jesucristo.
El Cristianismo tiene por objeto y por efecto injertar al
cristiano en Cristo.
Cristo es el tronco, y el cristiano una rama de ese tronco.
Christus, christiani, he ahí cómo está formado el Cristo
completo.
Y fué para hacer comprender bien a los bautizados, que
el Bautismo los hacía uno con Cristo, que la Iglesia Primitiva
escogió para las ceremonias de la Iniciación Cristiana las
solemnidades y circunstancias acostumbradas entonces.
El catecúmeno era instruido desde mucho tiempo antes.
Cuando llegaba la santa Cuaresma se completaba la instruc-
112 RAUL PLUS, S, J.

ción, y lo s qu e ya eran cristian os se santifcaban en la ora·


ción y la penitencia p o r los herm anos que ingresarían (de
ahí el uso de las abstinencias y ayu n os de la Cuaresma).
¿Qué fecha se determinaría p ara la definitiva iniciación?
La noche del Sábado Santo hasta el Domingo de Pascua.
¿ Qué otra fecha mejor para hacer comprender al bautizando
que en adelante será uno con Cristo? Pues, ¿dónde está
Cristo Jesús desde el Viernes Santo? En la muerte, y en la
muerte está también quien no está unido a Cristo. El pagano
que se bautiza, sale de la muerte. Dos resurrecciones, una
sola vida, un solo Cristo.
L e c t u r a : G al. IV, 1 a 8.

MARTES

EL BAUTISMO, SACRAMENTO DE MUERTE


Y no sólo la fecha de la administración primitiva del
Bautismo ilustra nuestra vocación de cristianos, sino también
el modo.
Las ceremonias, por lo menos en la Iglesia de Roma, ex­
presaban muy bien el simbolismo de la sepultura.
En el centro del Bautisterio, un hoyo rectangular, que
contiene en el fondo el agua lustral — una “ tumba” , en la que
el catecúmeno, dentro de un instante, dejará su mortaja, su
pasado de pecado.
¿Dónde está Cristo, el Jefe? Recordémoslo, es el Sábado
Santo por la noche: Jesús está en su sepulcro, en brazos de
la muerte.
El Oficio del Sábado Santo por la mañana, es el antiguo
Oficio del mismo Sábado por la noche; el Cirio Pascual
figura la luz en la noche; siguen después las Profecías, es­
perando las once de la noche; se hace luego la Bendición de
las fuentes y el Bautismo de los catecúmenos.
Al alba del Domingo de Pascua, Jesús-Jefe había salido
MI O R A C I O N 113

vivo de su tumba; y al alba de Pascua, también los nuevos


discípulos salen vivientes de su tumba. £1 Jefe no resucita
solo, se le han unido nuevos miembros, y para demostrar
que no forman con El más que uno, se ha escogido para
su despertar a la vida sobrenatural, el mismo momento y
casi la misma manera con que el Salvador triunfó de la
muerte.
De este modo: dos tumbas, la del Jefe y la del Catecú­
meno (se bautizaba por inmersión). En los primeros albo­
res de la Resurrección, y simultáneamente con el divino
resucitado, el pagano que se convertía a Cristo salía de su
tumba, abriendo sus ojos a la vida de los resucitados.
Trataré de enseñar a mis fieles este hermoso simbolismo.
Y en cuanto a mí, procuraré vivirlo.
L e c t u r a : Rom., VI, 1 a 15.

MIERCOLES

FALTA MORIR
Después de la meditación de ayer, comprendo que el Bau­
tismo — como lo dice San Pablo— es un sacramento de
muerte; escribiendo a los de Efeso, lo repite catorce veces.
Y no dice: morís, sino: “ estáis muertos” ; no en verdad de
hecho, pero sí de derecho, es decir: no debe ya haber en
mí nada del “ yo” , del yo espinoso, egoísta, impediente.. .
éste debe desaparecer para que exista en mí tan sólo Je­
sucristo.
San Pablo traza la ruta y exclama: “ Ya no vivo yo” en
mí existe Cristo y nada más: “ Jam non ego, Christus” ;
y a los Gálatas lo dice de un modo más conciso: “ Mihi
vivere, Christus” , tres palabras: yo, vivir, Cristo. De las
tres, la primera equivales a nada: yo, desaparezco, ¡no
existo! Mi voluntad propia, mi capricho se han desvanecí-
m R A U L P L U S , S. J.

do; en adelante, para mí el vivir será una sola y única


cosa: Cristo.
Ideal sublime. Yo estoy muerto, muerto en derecho, en
efigie. Pero, ¿de hecho?
¡Ah!, cuán lejos estoy de esta muerte soñada... Mi amor
propio, mi egoísmo, mis pasiones... pasa un minuto, y
todo de nuevo en lib e rta d ... Muerte, me es preciso morir.
Sería tan bueno morir una vez. . . luego todo concluido. Se
obraría una ve* por todas el renunciamiento y se habría
dicho todo.
Pero n o ... es preciso morir cada vez, siempre que la
ocasión lo exige. Y, ¿comprendo que es ello una obligación
d« mi Bautismo?
L e c t u r a : Eph. II, 1 a 11.

JUEVES
LA VIDA DE MUERTE

Morir, sí; no extenuar en mí las potencias buenas, pero


sí suprimir todo lo que puede ocasionar disgusto a Jesu­
cristo, y por consiguiente todo lo que debilita, disminuye
la vida. -i
¿M orir?, debería decir “nacer”. Más que una muerte
el Bautismo es un nacimiento; es una muerte para dar lu­
gar a un nacimiento. Nacer a lo divino, a la vida en Cristo;
nacer al Cristianismo, a la Cristificación.
Pero dún queda mucha distancia para llegar a la “edad
perfecta” : Ad mensuram aetatis plenitudinis Christi’\ Na*
cer Dios, nacer Cristo, es ya mucho, pero está aún la obli­
gación de crecer.
¿Qué he hecho yo, he creído en vida divina? ¿Ha po­
dido acrecentarse en mí, Cristo?
San Jerónimo, recordando sin duda el “Regale Sacer*
dotium” de que habla San Pedro, llama al Bautismo: “El
MI O R A C I O N 115

Sacerdocio de las personas laicas”. Por lo tanto, siendo


bautizado y siendo religioso o sacerdote, soy dos veces
Cristo. ¡Cuánto debería resplandecer el Maestro en mí!
¡Que El aumente y yo disminuya!
Examinaré en cuáles puntos -—desde mi última confe­
sión, retiro o cuaresma— debería crecer, progresar, au­
mentar; o mejor aún: hacer crecer, progresar y aumentar
en mí a Cristo.
L e c t u r a : Eph. II, 19 m .

VIERNES

MIHI VIVERE CHRISTUS


¿Cómo “vivir a Cristo” ? ¿Qué debo suprimir en mí, para
que El viva? ¿Cómo transformarme en “otro Cristo” ?
Veamos la realidad que existe bajo el esplendor de las
fórmulas.
El, Cristo, ¿cuál era su vida? Realizar plenamente en
todo instante la voluntad del Padre. Había descendido para
reparar con su obediencia la desobediencia original; ahí
estaba de continuo el porqué de su existencia, cumplir a
la perfección lo que el Padre deseaba, exigía. He ahí el
alma profunda de Cristo. Se había ofrecido desde siempre
para compensar con su sumisión la revuelta humana. El
hombre había soñado hacerse Dios, Dios se hará hombre.
La falta era humana, y —en cierto modo— hería a Dios
en pleno corazón, era así de alcance infinito; la reparación
sería de la misma naturaleza, humana, el Verbo se haría
carne; infinita, haciéndose hombre, el Verbo no perdería
nada de su ser divino. En el cielo, no podía ofrecer a su
Padre sino un homenaje de igual a igual; en adelante po­
dría ofrecer a Dios un homenaje de inferior a superior,
y ese homenaje de inferior, sería divino.
He ahí el fin único de Cristo: hacer en todo instante la
116 RAUL P L U S , S. J.

voluntad de este Más Grande que se había dado al en*


earn&rse.
L ectura: Hebreos, X II, 1 a 13.

SABADO

SENSUM CHRISTI
Decía San Pablo: Nos autem sensum Christi habemus
( I Cor. II, 16). ¿Puedo yo hablar como San Pablo?
Ha escrito un agregado de Universidad: “ Hemos podido
tratar muchos sacerdotes y religiosos; tanto su vida como
sus actitudes, no nos han parecido siempre informadas de
verdadero espíritu cristiano.”
¿Qué es el Sensus Christi, sino la inteligencia práctica
de que somos un segundo “ El mismo” , ante todo por tí­
tulo de nuestro Bautismo, como los fieles todos; y luego
a título del Sacramento del Orden, en cuanto Sacerdotes?
Por consiguiente: nuestra humanidad nos ha sido dada
únicamente para que le demos a Cristo, que vive en nos­
otros.
Un “ Jesucristo” viviente en la tierra. He ahí lo que de­
bería ser el sacerdote que poseyera con perfección el sen­
tido de Cristo. De tal modo tendría el hábito de prolon­
gar a Cristo, de formar uno con El, que sería para Nues­
tro Señor como: “ una humanidad aumentada” .
Meditar toda la amplitud y responsabilidad de esta ver­
dad. Ha podido decirse del sacerdote, que es: “ Una en­
carnación viviente y continua de Jesucristo” , y lo es por
la dignidad que ha recibido. Debe serlo por la vida que
lleva.
L ectura: Eph. I, 3 a 13.
II

CUARESMA Y TIEMPO PASCUAL


D O M IN G O D E Q U IN C U A G E S IM A

UT VIDEAM!
Newman tiene un sermón magnífico sobre este tema;
“ El mundo invisible” . El gran geólogo cristiano, Termier,
ha escrito así: “ Comprendamos que más allá del mundo
visible, cuyos fenómenos impresionan nuestros órganos,
existe otro mundo que es invisible, y que sin embargo no
es menos real que el otro... este mundo invisible es la
patria verdadera de nuestra alma” .
Y añade:
“ Muchos hombres pasan desde la cuna a la tumba sin
parecer darse cuenta de la existencia de esta patria; otros
sienten — por lo menos de un modo confuso— que existe
algo real y viviente detrás de los fenómenos del mundo ma­
terial y orgánico, pero prefieren no pensar en ello ya por
un temor obscuro que no confiesan, ya en nombre de su
razón que, deliberadamente, se niega a tratar un problema
que juzga insoluble; hay otros (yo, que estuve en el Se­
minario, ¿no soy de esta categoría?), que especulan con
gusto acerca del mundo invisible, pero su especulación
es puramente intelectual, y las partes afectivas de su alma
no tienen en absoluto parte alguna, pues — añade Ter­
mier— se puede ser un metafísico e incluso un Teólogo
sin tener el sentido delicado y fecundo del mundo invi­
sible” . 2U
Y, ¿no es verdad que puede especularse con el dogma,
conocerlo sin amarlo, aceptarlo intelectualmente sin en­
tregarse cordial, práctica, totalmente?
Que mi ciencia teológica — pequeña o grande— no sea
nunca un conocimiento de cortas miras, sino que “ nos
lleve a amar” , como decía Bossuet.
L ectura: Rom. IV.
120 R A U L P L U S , S, J.

LUNES

LOS SUFRIMIENTOS DE CADA DIA


El escritor Huysmans, atacado por un cáncer a la len­
gua, hizo llamar a su médico. Este, el Dr. P . . se declaró
impotente y no halló otra cosa que aconsejar más que
la morfina. Después, el Dr. P . .. se vió también atacado
por un cáncer al páncreas, y se aplicó morfina en fuertes
dosis. Huysmans lo supo, y de inmediato rehusó el cal­
mante: “Puesto que el Dr. P . . . no puede soportar sus
dolores, haré por él lo que me es posible. Por la salva­
ción de su alma quiero sufrir en lugar de él, no acepto
más la morfina”, y parece que se mantuvo hasta el fin.
Bello ejemplo: aceptación de sufrimientos por un fin
de reparación.
“Por la salvación de su alma, quiero sufrir en lugar de él.”
Sin duda que Dios no me exige padecimientos extraor­
dinarios... Solamente las pequeñas miserias de la existen­
cia cotidiana. No hace falta heroísmo, basta una mediana
paciencia. Emplearla al máximum durante esta Cuaresma.
¿P or qué no dar una función reparadora a esas miserias
modestas, aunque algunos días tan mortificantes? ¿En lu­
gar de soportar, aceptar, comprender? ¿Por qué no echar
un puente de unión entre lo que digo y lo que practico?
La frase de San Pablo: “Completo en mí lo que falta
de la Pasión de Jesucristo”, la conozco de corazón, pero,
¿la pongo en relación con los dolores, jaquecas, e tc ...
que me consumen, con la deserción de los niños ayudan­
tes, con la invencible dificultad de los chiquillos del Ca­
tecismo para aprender la Doctrina, con las maledicencias
de que me hacen blanco tales o cuales lenguas de la Pa­
rroquia?
Hacer descender a San Pablo desde mi Biblioteca hasta
la cocina, el despacho, la sacristía. “Completo en m í . . . ”
no es una frase destinada a figurar en tal página de jni
MI O R A C I O N 121

edición de Fillion, en tal estante de la biblioteca, de es­


paldas a mí mientras escribo, no es una frase destinada
a ser practicada cada vez que me siento molesto, cada
vez que un dolor, por mínimo que sea, me hace sufrir.
Pensar en todos los que se hallan en mi parroquia, en
los miserables que se hallen dondequiera, y decir como
el escritor del cáncer que sufría en lugar de su médico:
“Por la salvación de su alma, quiero sufrir en lugar de
él”, o con el Apóstol en medio de sus tribulaciones: “Com­
pleto lo que falta a la Pasión de Cristo”.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XII, 1» parte.

MARTES
LAS CUARENTA HORAS
El mundo se divierte. Se olvida a Dios. Se divierte mal.
Se ultraja al Señor de los Señores. — Es preciso orar, es
preciso reparar.
Quizás voy a tener a Jesús expuesto en el Santísimo Sa­
cramento durante todo el día; en ese caso vendré a visi­
tarlo con frecuencia; ello será para El una muestra de
amor, y para mis feligreses un motivo de edificación. Si
no lo tengo, haré una visita más prolongada, recitaré el
Oficio ante El, prolongaré mi oración.
Y consideraré lo que debe ser mi Cuaresma:
l 9 Orar mejor durante estos cuarenta días.
Asegurar más y más la meditación; hacerla durante todo
el tiempo destinado a ella, incluso alargarla un poco, y
siempre poner en ella mayor cuidado e interés.
Para la Misa: preparación, no apresurarse, dignidad,
piedad, acción de gracias. Breviario, Rosario, lectura es­
piritual . . .
29 Trabajar mejor. Con mayor dedicación. Los Sermo­
nes. Estudio de la Sagrada Escritura. No perder el tiempo
122 R A U L P L U S , S. J.

con la radio. No dedicarme a menudencias y pasatiempos.


Mi tiempo es el de un Sacerdote.
39 Mortificarme más.
Rehusar discretamente tal o cual invitación a un al­
muerzo. Durante la cuaresma es el tiempo indicado para
recordar aquella frase de San Jerónimo (A Nepocio, Cart.
X X X I) : “Se menosprecia fácilmente a un clérigo que, in­
vitado a comer afuera con frecuencia, no rehúsa nunca”.
Atención al tabaco. Si soy fumador, privarme de fumar
hasta Pascua. Mis feligreses valen con creces este sacri­
ficio que haré por ellos.
Nada de alcohol. Sobriedad.
Adoptar — o aceptar— alguna penitencia: disciplina, ci­
licio, cintura de crines. Mi Maestro es un Crucificado.
L e c t u r a : Imitac. II, cap. XII, 2* parte.

MIERCOLES DE CENIZA

MEMENTO HOMO
La memoria es la facultad de olvidar; nada retiene.
Nada del pasado. Piensa en la guerra anterior. Todo
se ha olvidado, concluido. Se colocaron en las Plazas mo­
numentos de recuerdo, a fin de poder olvidar más fácil­
mente. Y se desea no recordar aquellos sufrimientos. Ade­
más, sin poner en ello, celo alguno, se olvidaría por in­
clinación natural.
También la Iglesia me recuerda mi pasado: “Tú estás
hecho de polvo, M e m e n t o Nada del presente. No sólo
existe despreocupación respecto del pasado, sino que se
descuida también el presente. Nuestro pensamiento se des­
vía casi siempre del momento que pasa. Se ha dicho:
“Nosotros nunca vivimos, esperarnos vivir”. El hoy trans­
curre pensando en el mañana, y mañana se obrará como
MI O R A C I O N 123

hoy. La Iglesia me recuerda también el presente... Eres


polvo en este momento... Pulvis es.
Nada del futuro. Incapaz de preocuparse por el pasado,
0 de apoderarse del presente, ¿cómo se interesaría la me­
moria por el porvenir? Entiendo decir: lo que vale la
pena del porvenir. Y la Iglesia, llena de santa audacia,
me dice con plena seguridad: El porvenir__ helo ahí:
In pulverem reverteris. Otra vez: polvo. ¿Antes?, polvo;
¿ahora?, polvo; ¿mañana?, polvo. Si puedes, vive sin pen­
sar en ello.
¡Y lo desconcertante, es que vivo sin pensar en ello!
1Poder desconcertante, inaptitud insondable para no re­
cordar nada!
Corregir esto, recordarme. Memento.
L e c t u r a : Salmo 70.

JUEVES
MORIERIS TU
Dos miembros de la familia Barberini, tienen en la
Ciudad de Roma monumentos funerarios de extrema elo­
cuencia.
El primero es el Papa Urbano VIII. Su tumba se halla
situada en el ábside de San Pedro y es obra de Bernini:
una estatua del Pontífice hecha de bronce, la justicia y
la caridad (de mármol), la Muerte, con su mano esque­
lética borra del libro de los vivientes el nombre de “Ur-
banus VIII, Barberinus”.
El hermano de este Pontífice, Cardenal Antonio Bar­
berini, era un austero Capuchino. Había hecho construir
para su Orden, y no lejos del Palacio de su familia, un
Convento con una Iglesia dedicada a la Inmaculada Con­
cepción. En la cripta de esta Iglesia pueden verse varias
capillas adornadas de un modo impresionante: decorado-
124 RAUL P L U S , S. J.

nes, rosetones, lámparas, volutas, e tc ... hecho todo con


huesos, esqueletos y calaveras. Menos lúgubre pero quizás
má« elocuente, es la tumba del Cardenal fundador. Está
situada en la Iglesia, al costado del Coro, una modesta
piedra tiene grabada la siguiente inscripción: “Hic jacet
pulvis, cinis et nihil". (Aquí yace polvo, ceniza y nada.)
¿Nulidad de las “mises en scéne” . . . la verdad? Hela
ahí. Papa, cardenal, obispo, simple sacerdote, simple mor­
t a l . . . a todos nos toca el mismo epitafio verdadero: “ Hic
jacet pulvis, cinis et nihil”.
Meditar acerca de esa frase y de lo siguiente: cuando
voy a mi Iglesia atravieso el cementerio, y paso quizás
ante la tumba de los antiguos párrocos. Apenas si tal o
cual nombre es aún legible. Bastaron unos pocos años para
que el tiempo borrara la inscripción, y de la memoria se
borró su nombre aún más rápidamente que de la piedra.
¿P or qué entonces cuidar de mi fama?, ¿a qué tra­
bajar por el futuro de mi nombre?
Considerar lo que significa Pulvis, cinis nihil. Me creo
a lg o .. . pensar en mi cadáver.. .
Ver la verdad; Nihil, nada . . . no es gran cosa. . . ¡y
bien! Es todo el “Yo”, nada.
L e c t u r a : Imitac. I, cap. XXIII. 2* parte.

VIERNES

FILII PATRIS
Hijo del Padre. Por mi Bautismo —y también por mi
Sacerdocio— formo una unidad con Jesús, el Hijo bien
amado en quien el Padre tiene sus complacencias. El, Je­
sús, es el tronco, la cabeza; yo, una rama, un miembro.
Y porque formo uno con el Hijo, puedo llamar a Dios,
mi Padre. Y porque es Padre de los dos, común, puedo
llamarlo en singular: Mi Padre.
MI O R A C I O N 125

Y este pensamiento de Hijo del Padre, ¿es para mí una


fuente de alegría, de felicidad?
Una Religiosa Carmelita penetró un día en la celda de
Teresa del Niño Jesús. Parecía extasiada: “¿En qué pien­
sa Ud.?” — “Medito en el Pater N oster.. . {cuánta dul­
zura poder llamar a Dios “Nuestro Padre!” ; y la pequeña
santa lloraba.
Dejando a un lado el sentimiento, jcuán lejos estoy de
una comprensión semejante! {Me impresiona tan poco
que Dios sea “Mi Padre” ! Y sin embargo...
Pero si El es mi Padre, ¿por qué me trata tan dura­
mente? A veces, en lo que me sucede, tengo dificultad en
descubrir misericordia.
Es que lo miro mal, o que no reflexiono bastante. Aún
cuando no se vea la bondad, el Padre es siempre el Padre.
Y si encuentro que la mano es algo dura, miraré más alto,
miraré su Corazón. San Agustín nos advierte: “Noli atten*
dere quam poenam habeas in flagello, sed quem locum in
testamento”. No mires la prueba que te sobreviene, sino
el lugar que el Padre divino te reserva en su testamento.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. IX.

SABADO
PHANTASMA EST
Nuestro Señor, ¿qué es para mí?
¿Una palabra o una realidad? ¿Un vocablo o una per­
sona verdadera? ¿Un conjunto de letras, o un alma, un
cuerpo, un corazón, uno?
Para los Apóstoles que lo distinguían de lejos en la
semioscuridad de la noche que concluía, ¿qué era Nues­
tro Señor? Un fantasma, una silueta que perdida en la no­
che se confundía con ella. Nuestro Señor está tan lejos de mí...
o mejor, ¡yo permanezco tan lejos de El, me esfuerzo tan
12« R A U L P LUS , S. J.

poco por acercarme a su persona, por contemplar largo


rato su faz adorable, sus manos traspasadas, su costado
abierto!
Y además, he dejado que en el horizonte se juntaran
tantas preocupaciones más o menos vanas, que las reali­
dades divinas están como anegadas en un océano de te­
rribles insignificancias, y no se distinguen con el relieve
que sería preciso.
Peor aún: Nuestro Señor es para mí menos que un
fantasma: es un extraño, un personaje cuya existencia co­
nozco y de cuya autenticidad 110 dudo, pero que para mí
no es más que el funcionario de las taxas, a quien conozco
por su planilla mensual y nada más. Un extraño. Mis
relaciones con El son administrativas. . . Administro los
Sacramentos.
Llegar a ser el íntimo del Jefe, es muy diverso... ¿lo
soy?
Aprovecharé esta Cuaresma para lograrlo.
L e c t u r a : Salmo 62.

DOMINGO PRIMERO DE LA CUARESMA

TANQUAM NIHIL HABENTES


La madre de Don Bosco nos da una hermosa lección,
cuando hablando a su hijo de la vocación sacerdotal le
decía así:
“El Señor Cura desearía que yo te disuadiera, en con­
sideración a mis años de ancianidad. No te preocupes de
mi porvenir. Recuerda lo siguiente: yo he nacido pobre,
he vivido pobre y quiero morir pobre”. Y la humilde cam­
pesina añadía:
“Te aseguro que f;i por casualidad te decidieras por la
vida de parroquia (él le había hablado de entrar en los
MI O R A C I O N W

Franciscanos), y llegases a ser rico, jamás pondría lo·


pies en tu casa. Nunca lo olvides”.
He ahí una madre que comprendía todo lo que es po­
sible, acerca del (desasimiento del sacerdote por los bienes
terrenos.
Recordaré de este ejemplo, sino la letra, por lo menos
el espíritu.
En un siglo en que se piensa solamente en las riquezas,
proclamar con los hechos el menosprecio práctico de la
riqueza. A todos los que piensan en lo terreno, demostrar
que el sacerdote es un hombre para el cielo.
Merecer para mí lo que se decía del Sacerdote Pedro,
quien el año 425, edificó —sobre el lugar del m a rtirio -
la primera Iglesia en honor de Santa Sabina: “Pauperibus
locuples, sibi pauper, qui bona vitae praesentis fugiens»
meruit sperare futuram”. Rico para los pobres, pobre para
sí mismo, despreciando los bienes de la vida presente
mereció esperar la vida futura.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XXII.

LUNES
VISITAT PASTOR CRECEM
Deber urgente, sobre todo en nuestra época, en la que
muchas personas no acuden ya al sacerdote. Lo decía León
XIII: “Cuando los pueblos se retiran de sus pastores, es
preciso que los pastores vayan en busca de los pueblos’*.
Por lo tanto: celo. Visitar cada hogar una vez al año,
por lo menos. Hacerlo de modo que se hallen en ellos
los hombres. Llevar siempre al día el Líber status ani-
marum.
Espíritu sobrenatural. Que sea Dios quien me lleva afue­
ra. Tener en vista su gloria, y no mi distracción. No in­
vocar pretextos para salir de mí mismo, para huir del
128 R A U L PLUS , S. J.

recogimiento, del trabajo, de la preparación seria de un


sermón o una conferencia.
Prudencia. En todo he de tener atención. No que exista
peligro, pero me acecha la malignidad. Rectitud íntegra. Que
siempre pueda saberse abiertamente a dónde voy, dónde
estoy, cuánto tiempo he permanecido.
Caridad. Donde quiera que me halle, no escuchar crí­
ticas, hablar mal de tal o cual feligrés o cofrade en el
sacerdocio. Respeto por la reputación ajena. Suavizar siem­
pre, ignorar voluntariamente, excusar.
Ansia de dar a Dios. “Un buen sacerdote jamás va a
tal o cual lado inútilmente”, decía a su vicario el Abate
Pie (después Mons. Pie), el Párroco de Nuestra Señora
de Chartres M. Lecomte. El mismo —con diversa fórmula—
era el consejo del Bienaventurado Padre de la Colombiére:
“Dar a Dios donde quiera que se vaya”.
L e c t u r a : San Juan, X, 1 ss.

MARTES
DOMUS ORATIONIS
No debo contentarme con ser un hombre que hace ora­
ción; es preciso que llegue a ser un hombre de oración.
¿Qué significa esto? — Para ser un hombre de oración,
no basta la meditación diaria, aunque sea el instrumento
principal, se requiere que la consideración de dichas ver­
dades llegue a ser una ocupación habitual, y por lo tanto,
que una cierta práctica de recogimiento llegue a ser un
hábito. La misma diferencia existe entre tener fe y poseer
espíritu de fe. Una cosa es adherir a todo lo que cree la
Iglesia, y otra usarlo constantemente en los detalles habi­
tuales de la vida.
Así pues, debo preocuparme por hacer bien mi medita­
ción de cada di· y permanecer durante toda la jornada
MI O R A C I O N 129

bajo la influencia de las ideas divinas entrevistas o mejor


penetradas. En realidad de verdad, no debería haber una
gran diferencia — principalmente en un sacerdote entre
el tiempo de la oración y cualquier otro momento del día.
La ocupación exterior podrá —y sin duda deberá— ser
diversa. Pero el espíritu, el alma, el fondo íntimo debe
permanecer idéntico, de tal modo que, una vez concluida
la obra en que estoy aplicado, mi espíritu se dirija a Dios
de un modo natural, como por instinto a fin de hallarlo,
unirse a El y bendecirlo.
Durante todo este día y la semana presente, trabajaré
de un modo especial, para llegar a obtener el recogimiento.
L e c t u r a : Vivir con Dios.

MIERCOLES
EL SINAI
El Padre Poulain, en su libro tan precioso para recono­
cerse en medio de los favores que Dios puede otorgar a
ciertas almas en la oración, “Las Graces d’Oraison”, hace
notar lo siguiente:
“Casi todos los Santos han practicado la larga oración;
es el camino de la alta oración. No afirmo que de hecho
nuestros ejercicios deban ser largos, pues la obediencia
puede imponernos ocupaciones que reduzcan forzosamente
nuestra oración, sino a nada, por lo menos a lo estricta­
mente necesario. Entonces Dios se debe a si mismo no
castigamos por haber obedecido. Afirmo tan sólo que es
preciso desear estar largo tiempo con Dios. Si es sincero
este sentimiento, sabremos hallar horas libres, y sobre todo
evitaremos entregarnos a un torbellino de ocupaciones no
ordenadas por la obediencia, y que ésta a veces no hace
más que tolerar”.
¿Gusto yo de estar largo tiempo con Dios? o al contra-
ISO R A U L P L U S , S. J.

rio, ¿no sucede que teniendo decisión para todo lo demás,


•oy lento cuando se trata de la oración? Y cuando estoy
en ella, ¿no hallo el tiempo demasiado largo, y cediendo
a mi capricho aprovecho la primera ocasión o pretexto
(ocupación apostólica más o menos urgente) para evitarla,
hurtar el cuerpo, acortarla, e tc ... ?
Y ¿si es verdad que no soy ya hombre de larga oración,
pero ni aún de corta o ra c ió n ...? Si no existe de ella
traza o huella a lg u n a ...? ¿Se forjan así los Apóstoles?
Ciertamente que no.
L e c t u r a : Salmo 65.

JUEVES

MAGNA FIDES
El Evangelio de la Cananea.
Doble lección: ante todo insistencia en la oración: “ ¡Mi
hija p a d e c e ... Compasión!”, los Apóstoles quieren ale­
jarla, pero Nuestro Señor no la despide, justamente ha ve­
nido por las gentes necesitadas y por los que precisan
ayuda. Con el fin de probar la fe de la desolada madre,
Jesús no obra de inmediato la curación, pero ella se man­
tiene, la mujer valerosa, y no ceja en su empeño.
Si insiste, es porque tiene confianza. Nuestro Señor pue­
de hacer el milagro, y lo hará.
Decía aquel santo hombre de Tours, M. Dupont: “Cuan­
do nosotros rogamos, se diría que no tenemos confianza
de obtener lo que pedimos”. Y de hecho, está todo en los
labios pero falta la convicción.
Y no son esas las oraciones que logran lo pedido.
Sin duda alguna que deben elegirse con inteligencia, las
gracias que me sea conveniente pedir. Y en primer lugar:
las gracias sobrenaturales. Una vez resuelto a pedirlas»
MI O R A C I O N m

creer invenciblemente que las obtendré. Una fe constante,


es irresistible.
La Cananea, por haber creído como creyó, y haber es­
perado como esperó, tuvo la recompensa de que se obrara
el milagro: Magna fid.es... Fiat sicui vis . . . Tu confianza
es grande... Yo te oigo favorablemente...
L e c t u r a : Mat. VII, 7 a 12.

VIERNES

HOMINEM NON HABEO


Mis enfermos.
¿Los visito con c e lo ...? El Derecho Canónico manda
así: Sedula cura et effusa caritate... aegrotos adjuvare
(Can. 468). ¿Y los visito con espíritu de fe?, es decir:
reconociendo en ellos a miembros sufrientes de Cristo, ¿o
por cumplir con mi conciencia?, ¿o simplemente al modo
humano, por cumplir con una visita de vecino?
¿Y los visito con espíritu de desprendimiento? Es decir:
aunque tomando antes las medidas de una razonable hi­
giene, no espantándome por el carácter de la enfermedad,
ni por el aspecto más o menos repelente del ambiente en
que está el enfermo?
Si me doy cuenta de que en este punto escucho dema­
siado a la naturaleza, me animaré con el recuerdo de al­
gún grande apóstol: por ejemplo del Padre Damián, que
solicitó de sus Superiores permiso para ir a las islas Ha­
wai, para consagrarse al alivio de los leprosos, y durante
treinta años vivió consagrado a ese ministerio; diez años
antes de su muerte, atacado por el terrible mal, podía de­
cir: ‘Nosotros, los leprosos.. también a aquel antiguo
misionero diocesano, el Abate d’Orgcval, quien reclamó
la sucesión vacante y se dedicó a ella con un completo
desprecio del contagio, queriendo quitar a los desventu-
132 RAUL P L U S , S. J.

rados el pensamiento de que su mal era peligroso y re­


pugnante.
L e c t u r a : Mat. IX, 2; Me. II, 3, L e. V, 18.

SABADO
SINE INTERMISSIONE
Yo tengo que entregarme a diversos actos de culto, ya
privado y personal: mi oración, mi Oficio, e tc .. . ; ya culto
público: Santa Misa, administración de los Sacramentos.
Pero además de esto, conviene no olvidar que debo vivir
en estado de oración; es decir: que por medio de la direc­
ción de mi intención (intenciones puras y amplias) debo
referir a Dios todas mis acciones, sin prejuicio de los actos
de oración (Jaculatorias, actos de presencia de Dios, etc...),
con que me agrada jalonar cada una de mis jornadas.
El Padre Sertillanges, aludiendo a este último punto,
dice con todo acierto:
“En toda situación hay una circunstancia celeste, en todo
objeto un punto de vista eternal; en ualquier parte de la
tierra, a lo largo de los caminos y en nuestras casas, hay
un sitio para nuestras rodillas99.
Y ampliando después la cuestión, dice así:
“Todos nuestros actos tienen el medio para ser culto.
Nuestras mañanas y noches pueden hallar a aquél que se
oculta en el día y brilla aún en la noche; nuestras idas
y venidas le tributarán honra —si lo queremos— como si
fueran evoluciones rituales. Nuestro despertar nos levanta
hacia El y al acostarnos nos prosternamos, si a la mañana
decimos como Jesús: “Ecce venio” he aquí que vengo, Se­
ñor, y si a la noche —como Jesús en el momento del gran
sueño— : “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.
La presencia de Dios en todas las cosas, es una cita: acu­
diendo siempre a ella, podemos abismarnos de continuo
MI O R A C I O N m

en adoración filial. Debería estar con Dios más que con


las cosas, y en éstas alabar a Dios, aún más que utilizarlas,
pues tal es su utilidad primera para mí y para ellas. De­
bería frecuentar a Dios más que a mis amigos y que a ios
habitantes de mi casa; pues su amor no es más que un
reflejo e iniciación, y de mi parte un medio y símbolo de
mi amor adorador”. (Notre vie, II, 100.)
Si esta frecuencia del cielo —conversatio in coelis— es
a propósito para todo cristiano, ¿cuánto más para mí. sa­
cerdote del Señor? Oigamos la frase que el Espíritu Santo
decía muchas veces a M. Olier: “Quiero que vivas en una
contemplación perpetua”.
L e c t u r a : Vivir con Dios.

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA


TRANSPARENTAR A CRISTO
A veces, Nuestro Señor otorga a ciertas almas una gracia
que es indudablemente de orden preternatural y forma
parte de los factores místicos: experimentar —por decirlo
así— el cambio y como transubstanciación que se ha obra­
do en ellas.
Escribe Sor Amada de Jesús: “El me hizo comprender
que quería de mí una transformación tan completa en El,
que subsistieran en mí solamente las apariencias de mi
personalidad, y le fueran en cierto modo lo que las espe­
cies en el Santísimo Sacramento, los accidentes de pan y
vino; es decir, un simple velo, ocultándose bajo el cual,
revela de mil modos su divina presencia.”
Y Santa Margarita María podía confesar:
“Ese espíritu soberano que obraba y actuaba en mí in­
dependientemente de mí misma, había tomado un imperio
tan absoluto sobre mi ser espiritual, que no estaba ya en
poder mío excitar en mi corazón movimiento alguno de
134 R A U L P LUS , S. J.

alegría o tristeza, sino lo que a él le agradaba. Lo mismo


que dar ocupación a mi espíritu, no podía tomar otra sino
la que él le asignaba”.
Y en un sentido análogo, el Jesuíta Surin y M. Olier:
“Lo sentía en mí —dice Surin— como un soberano que
todo lo gobierna con poder absoluto, pero lleno de dul­
zura y encanto, a menudo me daba cuenta que hacía con­
sistir su placer en reinar sobre los movimientos todos de
mi alma y de mi cuerpo. Lo hacía con un imperio ordi­
nario, como si hubiera sido el alma de mi alma y de mi
cuerpo.”
Y M. Olier:
“A menudo me siento completamente cambiado en Nues­
tro Señor, hasta el punto que me parece no ser el que soy,
sino algo que no soy por mí mismo. Hace más de ocho
años que ha comenzado, y otros tantos que me fueron di­
chas esas palabras de mi Jesús”.
Para mí, sin duda que nunca se tratará de un favor se­
mejante. Por lo menos, que procure —con mi esfuerzo
constante, ayudado por la gracia divina ordinaria— de
tal modo suprimir en mí todo lo que no es de Jesucristo,
que llegue a ser una réplica viviente del Jefe divino.
A comienzo de la J. O. C., un joven Jocista cristiano
fué interpelado por un obrero por qué llevaba esa insig­
nia: ¡Aquí va, Jesucristo!” Después de esto, el joven es­
taba sobrenatural mente orgulloso: “ ¡Ser Jesucristo!” ¡Qué
hermosísimo elogio!
L e c t u r a : Vivir con Dios.

LUNES
VIDE DESOLATIONEM
“ ¡Que yo no pueda animar a todo el mundo a amar a
Jesucristo. . . ! ” Esta exclamación de M. Olier es la de to·
dos los Apóstoles. Un apóstol es un apasionado de amor
MI O R A C I O N 153

a Jesucristo. Y, ¿qué padecimiento mayor para un apasio­


nado, que ver al objeto de su amor menospreciado por to-
dos, olvidado, desconocido? Francisco de Asís era tortu­
rado por esta angustia de no ver a su Maestro adorado y
servido como debía: “Jesús no es amado, Jesús no es ama·
do”, murmura al recorrer con el corazón oprimido los claus­
tros de su convento. Catalina de Sena no decía otra cosa, v lo
mismo Margarita María. ¡Me causa verdadero sufrimiento,
ver a tantas almas que aman tan poco a Jesucristo! Por
doquiera, almas de pecadores, de paganos, de contrarios
a Dios, incluso entre las ovejas de mi rebaño.
¿Qué hago por animarlas a todas —las alejadas y laa
próximas— a amar a Jesucristo? ¿Oro, me sacrifico, em­
pleo todos los recursos de mi celo? ¿O habré tomado esta
cómoda decisión: es un hecho y nada puedo, para qué tor­
turarme?
¿Es verdad que nada puedo? Si fuera más santo, ¿no
habría más santidad al alcance de muchos? ¿No depende,
en parte, de mí, que este hecho se modifique? Si amara
debidamente a Nuestro Señor, la angustia que experimen­
taría al verlo tan poco amado, ¿no sería un medio exce­
lente de redención para el mundo?
L e c t u r a : Mat. XIV, 16 ss.

MARTES
DICUNT, NON FAC1UNT
Durante un retiro del año 1869, Mons. d’Hults escribía
en su diario espiritual:
“Tristeza... El pequeñísimo número de aquellos a quie­
nes conducimos a D ios... Y después, ha caído en mi co­
razón esta frase: Quos proescivit et praedestinavit con*
formes fieri imaginis Filii sui los que ha previsto y
predestinado llegar a ser conformes a la similitud de tu
136 R A U L P L U S, S. J.

Hijo» He ahí todo el secreto de ese éxito en el que sueño


y de esa confianza que me falta. ¿Soy conforme a la se­
mejanza de Jesucristo? ¿Es a El a quien muestro a las
almas, y a Quien los otros sacerdotes hacen ver en sus
personas? Si es así debemos tener éxito, y si fracasamos,
es porque estamos lejos de e llo ... Si miro a mi alrededor,
me pongo sev ero ... ¿Y yo? ¡ A h !... esa es la palabra
que me ha hecho venir a retiro. ¿Cuál es mi conformidad
con Jesucristo crucificado?”
En setiembre de 1872, después de un retiro predicado
por él al Clero de París, escribe lo siguiente:
“Nuestro Santo Arzobispo se pregunta si es posible o
no lo es convertir a París; se inclina a pensar que sí; yo
sería aún más afirmativo que él, pero con una condición
casi irrealizable: que todos los sacerdotes de París fueran
buenos, y muchos santos. . . Pedía a María que nos diera
algunos verdaderamente santos. Entonces he sentido rena­
cer en mí esta inquietud que siempre me conmueve y me
turba, ¿por qué no pedirás eso para ti mismo? Y he tenido
temor de hacer esa plegaria, pues tuve recelo de ser oído” .
Un laico, Santiago Riviere, suplicaba a Dios en términos
idénticos:
“Dios mío, alejad de mí la tentación de la santidad”
¡No, no! ¡Afuera toda humildad fuera de lugar! Sí yo
no soy santo, yo sacerdote, que he recibido tanto, ¿quién
lo será? Si yo no soy santo, yo, que debo santificar a los
demás, ¿quién santificará a las almas?
L e c t u r a : Mat. V, 6 y 48.

MIERCOLES
DIC UT SEDEANT
El Papa San Gregorio fué el primero en adoptar la
fórmula Servus servorum Dei, servidor de los siervos de
Dios. A los honores supremos unía el supremo desasimiento.
MI O R A C I O N 137

Un día, viendo las intrigas de un Patriarca de Constati·


nopla, no pudo contener su indignación:
“Europa está a discreción de los bárbaros... los idóla­
tras se encarnizan contra los fieles; y los sacerdotes que
deberían prosternarse en el atrio entre lágrimas y ceniza,
procuran crear para sí insignias de vanidad!’*
Para muchas personas, el sacerdote tiene la manía ino-
cente de los distintivos, de aspirar a cordoncillos y ribetes
de colores, a un título más o menos honorífico; eso sólo
sirve de motivo para chanzas y burlas, y el sacerdote no
sale de ellas con más dignidad.
¿Me dejaré yo atraer por esos piadosos ribetes de color?
De vez en cuando se comenta en el mundo laico un es­
cándalo de decoraciones. Que no adopte para mí lo que
censuro y estigmatizo en los demás; “más honor que ho­
nores”, dice el blasón de una familia, así está bien. ¿Qué
añaden a la verdadera abnegación dos o tres centímetros
de morado, o un título más o menos sonoro? ¿Qué pudo
añadir la Legión de Honor a un hombre como el Cura de
Ars? No es posible imaginarlo, haciendo el más mínimo
esfuerzo para que le fuera otorgada.
L e c t u r a : Salmo 52.

JUEVES
SCRUTANS COR
He leído en Isaías: “Et erit sicut populus, sic et sacerdos**
(XXIV, 2). El sacerdote es lo que el pueblo. Puede de­
cirse a la inversa: tal sacerdote, tal pueblo; lo cual es aún
más verdadero.
Es preciso que los sacerdotes nos persuadamos, de que
somos responsables —en grandísima parte— del debilita­
miento del espíritu cristiano en el pueblo. Para los santos
esto no tenía duda alguna, y vemos cómo ellos mismos se
i3a R A U L P L US , S. J.

acusaban: San Vicente de Paúl, San Francisco Ja v ie r...


de haber ocasionado —-por su insuficiencia apostólica— el
peso de calamidades públicas y desórdenes, y muy pocas
conversiones.
No es el siguiente un razonamiento que se haya hecho
muchas veces: por escasas que sean las vocaciones, for­
mamos sin embargo un ejército de sacerdotes. Si nos hu­
biéramos opuesto con todo nuestro poder a los progresos
del mal, la impiedad no hubiera triunfado como lo ha
hecho. Por supuesto que ha habido esfuerzos magníficos;
pero junto a éstos, ¡cuántas insuficiencias, desentendidos,
tiempo perdido, santificación omitida, olvido de la oración,
de la reparación, de los medios verdaderamente apostóli­
cos! No debo acusar a nadie, es demasiado fácil y será
probablemente injusto; pero sí acusarme a mí mismo. Si
todos barrieran ante su puerta, la calle estaría limpia. Se
trata de mí, ¿soy yo un santo?
L e c t u r a : Mat. V, 13 a 17.

VIERNES

JOSE ENVIDIADO
La envidia. Se creería que éste no es un defecto de sacer­
dotes, y sin embargo. . . ¡ Cómo es eso poco evangélico, po­
co cristiano, poco sacerdotal! Porque un colega ha tenido
mejor éxito, se ha beneficiado con una situación más venta­
josa (humanamente), ha logrado un puesto más distinguido,
un honor que me fué rehusado y al que imaginaba poder
pretender, ¡cuán severo soy con él! Y yo estigmatizo el es­
píritu de intriga, y reconstruyo a mi manera la historia de
su logro, del modo cómo el colega alcanzó dicha distinción...
Exteriormente afecto indiferencia, en el fondo estoy envidio­
so, varios centímetros de morado o violeta, me causan casi
ictericia, una borla de color rojo sobre un bonete, turba
MI O R A C I O N 139

mi descanso. ¡Tales pequeneces en un sacerdote! 0 bien es­


toy envidioso por la santidad, la virtud de tal o cual colega,
y aprovecho la ocasión para criticar su exceso de celo, o
sus imprudencias para con su salud, o su renunciamiento
exagerado. Pero si este colega es más santo, en lugar de
desolarme por ello, debería alegrarme. Su bien sobrenatu­
ral, ¿no es también mío, y yo, nulidad, no me beneficio con
su santidad? ¿Es que olvidé el dogma de la Comunión de
los Santos? Dice S. Agustín: “Alégrate si Dios ha otorgado
una gracia a tu hermano. Esa gracia es tuya*’ (Congaude
cui Deus aliquam gratiam donavit, toa est). A veces, ¡cuán
poco cristiana es mi vida sacerdotal!
L e c t u r a : Imitac. II, cap. X.

SÁBADO
DISSIPAVIT SUBSTANTIAM
El hijo pródigo... El bautizado pródigo... ¿Qoé dire­
mos del sacerdote pródigo?
Substantiam. ¡Yo había recibido herencia! Familia cris·
tiana, quizás santa__mi padre, mi madre. Cuando mi ma­
dre me indicaba las primeras orientaciones religiosas, ¿no
me dijo en términos equivalentes, lo que la madre del futu­
ro Cura de Ars decía a su pequeño Juan María: “ ¡Si tus
hermanos y hermanas ofendieran a Dios, me sentiría ape­
nada; pero mucho más lo estaría si fueras tú quien lo hi-
ciera!
Substantiam. Las gracias del Seminario. . . Después las
órdenes. . . la unción sacerdotal. . . la felicidad inmensa de
consagrar.. . ; el primer contacto con las almas, tan desinte­
resado, ardiente, puro. . .
Dissipavit. Todo esto, quizás derrochado, malgastado, di­
sipado. ¿Y en cambio? ¡Los puercos y las bellotas! El auge
progresivo del mal, la atracción del pecado, la falta, el há-
140 R A U L P LUS , S. J.

hito en la fa lta ... Quizás queda aún cierto aspecto exte·


rior valioso, pero el corazón está podrido. . . sepulcro blan­
queado. “El que mete su mano conmigo en el plato, es él,
el traidor” (Mat. XXVI, 23). Este hombre que todas las
mañana consagra, ha renegado de su Maestro con un beso.
Dissipavit substantiam.
Y si —gracias a Dios— no he caído en el pecado, no
por eso creeré que he logrado todo. Escribía Teresa de Avi­
la: “Cuando veo que Judas estaba en compañía de los Após­
toles, y que tenía relación continua con Dios mismo, escu­
chando su palabra, comprendo que ni siquiera esto es una
garantía de seguridad”.
Sin duda que a un lado el temor irrazonable. Una con·
fianza inmensa. Pero puesta a un lado la cuestión del peca­
do, ¿no debo vigilar esa tibieza que en ciertos días se apo­
dera de mí, esa falta de generosidad? “ ¡Oh, Dios es poco
amado sobre la tierra, incluso por los sacerdotes y religio­
sos!”, así exclamaba Santa Teresa de Lisieux, próxima a
morir; y parece que pensaba en el pobre P. Jacinto.
L e c t u r a : Salmo 14.

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA


EJICIENS DOEMONIUM
La Epístola de hoy, tiene muchos detalles acerca del de­
monio.
En el Primer Domingo de Cuaresma, Nuestro Señor nos
ha enseñado el modo cómo debemos comportarnos con
Satanás. El Domingo de Pasión veremos un largo pasaje
de San Juan acerca del oficio del demonio y de su acción
en el mundo. Aquí veremos lo que el Salvador piensa y
dice acerca de él, y cómo la economía de la salvación se
resume en esta posición: marchar bajo el estandarte de Je­
sús o bajo el de Satán, Qui non est mecum, contra me est.
MI O R A C I O N 141

La ocasión de las explicaciones de Jesús, es una curación:


la de un mudo cuya enfermedad era obra diabólica. Lo que
Nuestro Señor quiere hacer entender de un modo especial,
es que la humaQidad se ha transformado en presa de Sa­
tán; pero viene y ha venido Aquel que debe librarla.
No minimizar el poder de Satán.
Pero tampoco exagerarlo. A este respecto, dice muy bien
Mons. Gay:
“ .. .nuestro enemigo es temible en sí mismo; pero en los
hechos no tenemos por qué temerle.
’’Nada puede si no es con el permiso de Dios.
’’Puede castigar nuestro cuerpo, tiene una grande acción
sobre nuestro sistema nervioso, sentidos, imaginación; pero
no podría obrar directamente sobre nuestra inteligencia y
voluntad. Si en esto conquista algo, es debido a nuestra ab­
dicación más que a su esfuerzo.
”El no lee en nuestras almas. Un alma es un santuario,
al que solamente Dios puede abrir sin ella misma.
”Lo sobrenatural le está prohibido por la divinidad; y no
sólo no interviene nada, sino que además nada comprende.
”No sabe, no puede saber lo que Dios hace en nosotros,
y aún menos lo que quiere hacer.
” . . . puedo despreciarlo, más que temerlo”.
L ec tu r a : Mat. XII, 43. Le. XI, 24.

LUNES
CURA TEIPSUM
“No juzguéis y no seréis juzgados”. Jamás debe hacerse
apreciación severa de nadie, aun cuando se tenga la eviden­
cia de alguna falta. Dice San Francisco de Sales: “Quién
sabe si nuestro prójimo no ha sido vencedor en cien ocasio­
nes, por una en que ha sido vencido”.
Con mayor razón se debe evitar el mostrarse severo ante
las faltas que cometan nuestros cofrades en el ministerio.
№ R A U L P L US , S. J.

Eb primer lugar, porque, débil como soy, puede suceder·


me a mí —si Dios no lo evitara con su gracia todopodero·
Sft— lo mismo que a los demás.
Luego, porque si yo mismo hubiera estado más edifican·
le, hubiera quizás merecido —con mi santidad de vida—
gracias de elección para el colega infortunado.
E incluso hubiera podido retener —con mi ejemplo— a
aquel que se hallaba cayendo en la pendiente. San Vicente
de Paúl hace notar con mucha finura: “Quizás Dios espera
solamente vernos ser lo que deberíamos, para hacer que los
que nos rodean sean como los deseamos”.
No juzgar a los demás, juzgarme a mí mismo. Si hubiera
sido lo que Dios quiere de mí, este colega, este hermano,
¿hubiera caído en la tibieza, habrían llegado a ser lo que
son? Se puede pecar y hacer mucho mal por omisión. Su
pecado de acción, ¿no tendrá relación con mis pecados de
omisión?
L e c t u r a : Mat. V, 13-16; Le. VIII, 17-17.

MARTES
QUAECUMQUE ALLIGAVERITIS
El Abate Huvelin, quien tuvo un papel decisivo en la
conversión del P. de Foucauld, no podía mirar a nadie, sin
que de inmediato se hiciera la pregunta: “¿En estado de
gracia o de pecado mortal?” ; no lo hacía por juzgar, sino
para rezar, humillarse, y si era preciso para reparar.
“No puedo mirar a nadie sin desear la absolución, y lo
considero en la relación que puede tener con esta absolu­
ción (pienso que los demás sacerdotes son como yo). Diréis
que éste es un punto de vista bastante restringido. Lo que el
sacerdote busca en un alma, es la esperanza que queda en
ella, la necesidad particular que Dios ha permitido en ella,
aquello en que Dios le pide algo. El mundo ve de ella las
pasiones, el interés, la ambición; ve el agua amarga que sa·
MI O R A C I O N 14S

tura las cosas, pero nosotros buscamos bajo esa agua la pe*
quena fuente de agua dulce... ese hilillo de la gracia, máa
profundo y oculto pero que existe. El mundo dice: he ahí
una persona disipada; el sacerdote mirará más lejos, verá
ciertos hastíos que son otras tantas esperanzas, la tristeza
que prueba la grandeza dei alma, y su incapacidad para
contentarse con los éxitos del mundo.. Antes de marchar
a las Misiones de la China, el Abate Aubry recomendaba a
sus alumnos de Sagrada Escritura en el Seminario Mayor
de Beauvais que se habituaran a tener siempre similares
puntos de vista.
Santa Teresa de Avila, recomienda lo siguiente:
“Por amor de Dios, os conjuro a recordaros de aquello·
que están en pecado mortal.
“Es una inmensa limosna, rezar por aquellos que se tia-
llan en estado de pecado mortal; mucho más grande que la
que haríamos salvados a un cristiano a quien viéramos con
las manos atadas por una fuerte cadena a una columna,
muriendo de hambre mientras tiene a su lado nutritivos ali­
mentos. ¡Qué crueldad no sería dejar de acercarlos a su
boca!”
Todos los santos tienen un mismo punto de vista: el de
la fe.
Decía Foucauld: “Todo hombre debe aparecérsenos como
un hermano, cubierto como con un manto con la sangre de
Jesús”.
L e c t u r a : Mat. XVIII, 18.

MIERCOLES
LABIIS ME HONORAT
Estoy muy expuesto en el rezo del Oficio, a no hacerlo
con todo el espíritu de fe y la energía orante que serían ne­
cesarios.
Para facilitar mi atención, y provocar la piedad deseada.
144 RAUL P L U S , S. J.

me valdré de métodos, los variaré, utilizaré ciertas indus­


trias. Un método aconsejable, es el de relacionar cada Ho­
ra con un misterio determinado de la Pasión del Salvador,
aquel misterio que verosímilmente tuvo lugar en la hora en
que la Iglesia me llama a la oración. Se han compuesto los
hexámetros siguientes para ayuda de la memoria:
Haec sunt septenis propter quae psallimus horis:
Matutina ligat Christum qui crimina solvit;
Prima replet sputis, causam dat Tertia mortis;
Sexta cruci nectit, latus ejus Nona bipertit;
Vespera deponit, tumulo Completa reponit.
De acuerdo a esa norma: durante Maitines recordaré a
Cristo aprisionado, traicionado por Judas, abandonado por
sus discípulos y llevado a Jerusalén para ser juzgado; en
Prima pensaré en El cuando estaba en una de las salas ba­
jas de la Antonia, siendo insultado, escupido, coronado de
espinas; a la hora de Tertia, cuando fué preferido Barrabás
antes que El, se le condenó a muerte y transportó su Cruz;
durante la Sexta, a Jesús en Cruz, entre dos ladrones, sa­
ciando su sed con hiel y vinagre, siendo insultado por los
judíos. A la de Nonay recoger los últimos suspiros de Cristo
en la Cruz, la colocación de su cadáver en brazos de María.
Completa: el embalsamamiento y la sepultura.
A cada Gloria Patri, recordar el misterio. En general, tra­
tar de hacer lo más posible oración mental en una oración
vocal. Orar verdaderamente: “en espíritu y en verdad”.
L e c t u r a : Mat. XV, 8.

JUEVES
EVANGELIZARE
“ ¡Ay di mí si no predico el Evangelio!”, decía San Pablo
(I Cor. ÍX. 16!. No he abrazado ni sacerdocio para vivir
de mis rentas, llevar una pequeña vida fácil, e ir suavemen-
MI O R A C I O N 145

te al cielo con la ayuda de una carrera honorable. El pro-


grama es muy diverso: soy sacerdote y esto me ha sido
confiado para llevar el Evangelio al mundo, esto no es una
profesión de rentista. Lo sé bien. No es un oficio descansa·
do. Hay en él una responsabilidad formidable. Las almas
están unidas a mi persona y a mi palabra, a mi santidad
y ministerio, a la porción del Evangelio por la que tengo
la misión de distribuirles. Y si no se lo doy, y en la me­
dida que lo necesitan, si no se lo doy suficientemente, ¡ay
de mí!
Soy yo su medio de salvación. Si fallo en mi cometido
por tibieza, inercia, mala voluntad, pereza, seré responsa
ble de esas almas a la deriva. Se alzarán en el juicio. ¿Qué
has hecho por nosotras, tú, el pastor? Sin duda que estába­
mos descarriadas, pero una palabra tuya, un llamado en la
noche, una audaz excursión por las peñas en que nos des­
garrábamos, eso nos hubiera salvado. Tú, el vicario, ¿qué
has hecho por mí, el chiquillo de la escuela laica que se
burló de ti en la calle? Me amenazaste con una cachetada,
pero no viniste en auxilio de mi alma, y mi alma precisaba
un movimiento de tu celo. ¡Ay de mí, que no tuve ese mi­
nuto de celo, ay de ti!
L e c t u r a : I Cor. IX, 16 a 24

VIERNES

DATE NOBIS AQUAM


Mis feligreses son como los Hebreos marchando hacia la
Tierra Prometida. Se dirigen a mí, su Jefe y Padre Espiri­
tual, piden el agua divina. (Cuanto menos lo hagan explíci­
tamente, tanto más la precisan en realidad.)
Y yo, su Jefe y Padre, ¿qué tengo para darles? Soy res­
ponsable de sus almas, de su salvación. ¿Estoy suficiente­
mente provisto para saciar su sed?
146 R A U L P L US , S. J.

Moisés y Aarón: “he ahí jefes, hombres cerca de Dios.


Investidos con el poder del Señor, todo lo pueden, y du­
rante cuarenta años los siguen las multitudes.
Mi poder como sacerdote, ¿es pequeño? Dispenso los Sa­
cramentos, el conocimiento de la doctrina, ¿qué me falta?
¿Quizás que no soy un santo?
¡Dios desea tanto la perfecta pureza de los que tienen la
misión de conducir a sus hermanos! Moisés, en lugar de
hablar simplemente a la roca, la hiere con su bastón de
mando. Una pequeña desobediencia venial, ¿parecería?, y
a causa de ella, Moisés no entrará en la Tierra Prometida;
será su hermano Aarón el encargado de cumplir finalmente
la grandiosa marcha.
Tomar nota de esta exigencia divina.
Y lo más frecuentemente posible, saciarme de sobrenatu­
ral en los pozos de Jacob, como me invita a hacerlo el Evan­
gelio del día.
L e c t u r a : II Tim. II, 9-12.

SABADO
AMPLIUS NOLI PLCCARE
Un pasaje de San Alfonso de Ligorio:
“Fué revelado a Santa Brígida, que los sacerdotes peca­
dores son arrojados en el infierno más profundamente que
todos los demonios. ¡Oh!, qué fiesta para éstos cuando un
sacerdote réprobo desciende en medio de ellos! Los reciben
con estas palabras: “Sacerdote, hubo un tiempo en que tú
reinabas sobre nosotros, has hecho bajar muchas veces al
Verbo Encarnado sobre el altar, has arrancado a muchas
almas del infierno; y ahora, estás semejante a nosotros y
eres atormentado como nosotros. Puesto que eres rey, el
trono real y la púrpura convienen a dignidad, y bien, ¡he
aquí el fuego y los gusanos que devorarán eternámente tu
cuerpo y tu alma! ¡Oh!, ¡cómo se burlarán los demonios de
MI O R A C I O N 147

las misas, los sacramentos y las funciones todas sagradas,


de los sacerdotes condenados!”
Y dirigiéndose el Santo a los hermanos en el sacerdocio:
“Sacerdotes, mis hermanos, sed guardianes de vosotros
mismos: los demonios ponen mayor empeño en tentar a un
sacerdote que a cien seculares, porque un sacerdote que se
condena, arrastra'consigo una multitud al abismo. Dice San
Juan Crisóstomo: aquel que logra hacer perecer al pastor,
ha logrado dispersar a todo el rebaño. Y con no menos ra­
zón dice otro autor: En la guerra, los enemigos procuran
ante todo matar a los jefes”.
Actualmente faltan sacerdotes: en las Misiones, un sacer-
dote para 100.000 cristianos y un millón de infieles; en Pa­
rís, un sacerdote para 10.000. ó 15.000 y a veces 20.000 al­
mas, y si estos sacerdotes son malos, ¡qué trágica situación!
/ Ausencia de sacerdotes, sacerdotes tarados! En estas condi­
ciones, ¿cómo es posible imaginar el aumento del Reino de
Dios? Reflexionemos sobre el terrible mal de una caída sa­
cerdotal.
L ectura : II Cor. IV, 11.

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA


MULTIPLICAR LOS PANES
Para el Congreso Eucarístico Internacional de Dubliín,
en 1932, el Custodio de Tierra Santa envió dos sacos de trigo
recogido en el sitio donde —según la tradición y cerca de
Cafarnaúm— Nuestro Señor obró el prodigio de la multipli­
cación de los panes, símbolo y presagio del milagro de la
Eucaristía. Ese trigo sirvió para preparar las hostias nece­
sarias para la Comunión de los niños durante el Congreso.
¿Tengo yo anhelo por la multiplicación de los panes, de­
seo de distribuir siempre y siempre más la Divina Eucaris­
tía a los habitantes de mi Parroquia? ¿Hablo a menudo de
ello? ¿Invito como se debe a la Sagrada Comunión? ¿Poseo
148 R A U L P LUS , S. J.

las explicaciones doctrinales indispensables para entusias­


mar a mis fieles? Si supieran el don de Dios —en la ver­
dadera acepción de saber— ¿no estarían más ardorosos por
recibirlo? ¿Estoy suficientemente a disposición de todos
para las confesiones, voy a la hora debida de la mañana,
a la Iglesia. . . ? Y sobre todo, ¿ me preocupo de la multi­
plicación de los panes para los niños? ¿Animo la comu­
nión privada, la Cruzada Eucarística? ¿Pongo dedicación
en preparar a los más pequeños en el Tribunal de la Pe­
nitencia, en cuidar las confesiones regulares?
Sin duda alguna, que la comunión frecuente de los fieles
en una parroquia, es para el sacerdote sinónimo de asidui­
dad frente al confesionario, de una práctica mayor de
celo, de una sed eucarística más marcada.
Con motivo de las Comuniones Pascuales que se acercan,
exhortar más intensamente a la Comunión — y respecto de
mí, aumentar mi amor al Pan Viviente.
L e c t u r a : S. Juan, VI, 11; Mat. XIV, 15; Me. VI, 35;
Le. IX, 2.

LUNES
EJECIT DE TEMPLO i

Un día de invierno, el venerable apóstol bretón Miguel


Le Nobletz, lleno de aflicción al ver lleno de polvo el altar
donde iba a celebrar, recogió una azucena marchita aban­
donada en el suelo; y mientras sacudía el polvo con aquella
vara muerta, ésta floreció en su mano, vivificada por una
savia nueva infundida por la santidad del apóstol.
Debo tener honda preocupación por la santidad de mi
Iglesia, y de un modo muy especial por la limpieza de mi
altar.
En las narraciones Evangélicas, leemos que Nuestro Señor
se enojó en dos ocasiones: ante la hipocresía, y ante la fal *
ta de respeto en la casa de Dios.
MI O R A C I O N 149

Tendré por sagrado a todo lo que concierne a la Mansión


de Dios. Exigiré que se guarde el debido silencio — y en
primer lugar, yo mismo, no hablaré sino lo estrictamente
indispensable y en voz muy baja. Exigiré el debido com­
portamiento, adorando a Dios, yo seré el primero en dar el
ejemplo. Enseñaré a los feligreses, especialmente a los ni­
ños, a hacer bien la genuflexión.
Provisto de los debidos instrumentos de limpieza, haré
guerra a las telas de araña, ai desorden de los asientos y
reclinatorios. Tendré cuidadosamente atendidos los ornamen­
tos, el Alba siempre limpia y nueva.
Y por encima de todo, limpieza inmaculada en el altar.
María Santísima, ¿habría colocado al Niño entre lienzos
manchados? Vigilar los manteles, corporales, purificadores.
secamanos. Decoro y decencia en el conopeo, atención cons­
tante de la lámpara.
Para Dios, será una debida honra que su casa esté bien
atendida. Para mí, será un atractivo y una invitación a ha­
cer frecuentes visitas. Para mis feligreses, será un motivo de
edificación; dirán: “Realmente el Cura cree en su Eucaris­
tía, para tener por ella tanto cuidado” y esto Ies servirá
para aumentar su fe y adorar mejor.
L ectura : San Juan, II, 15.

MARTES
MULTIPICABO SEMEN
¿Qué es lo que se me pide? Sembrar la simiente, el gra­
no; Dios reserva para sí, el hacerlo crecer y multiplicarlo.
Comprender bien la distribución de los oficios: lo que me
toca a mí y lo que depende de Dios.
A mí: preparar el campo, manejar con empeño y perse­
verancia el arado, arrojar a manos llenas y nunca fatigadas
el grano escogido, proteger los débiles tallos contra las ma-
190 R A U L P L US , S. J.

las hierbas y la voracidad de las aves, regar las delicadas


semillas de un modo recto y perseverante...
A Dios: el cuidado de dar a los jugos alimenticios la
fuerza fecundante: al sol de la gracia el vigor productor y
multiplicador... lncrementum dat Deus. El crecimiento per­
tenece únicamente a Dios.
Por lo tanto:
Fe en el poder de Aquel cuyo instrumento soy.
Confianza cuando parezca que nada se logra, a pesar de
haber hecho todo lo posible.
Desinterés cuando el éxito corona los esfuerzos.
Perseverancia incansable a pesar de los avatares y lenti­
tudes.
Alegría sincera cuando se ve que otros han tenido mejor
éxito.
Sobrenaturalidad indeficiente, si Dios —viendo mi buena
voluntad, v juzgando útil para su gloria un poco de triun­
fo— multiplica el grano. No dejo de ser el hombre mise­
rable que soy. El es quien es grande.
L e c t u r a : Mc. IV, 26.

MIERCOLES
COR NOVUM
Un autor ha descrito de este modo, la frescura ardorosa
que se siente al entrar en la vida:
“ ¡Cuán hermosos eran los comienzos! Se tenían veinte
año*, todas las fanfarras resonaban en los umbrales, se apor­
taba al mundo algo nuevo, algo inaudito que sin duda el
mundo habría de adorar. . . ¿ Qué importaba que se fuera
pobre? Ello era una grandeza más. Además, se tenía una
alforja llena de frutos que se parecían a las estrellas, re­
cogidos a dos manos en la floresta luminosa, y no se duda­
ba de la especie humana”.
¿No es esto un eco de lo que cantaban mis veinte años?
MI O R A C I O N 191

¿Resuenan aún en mis oídos esta música de Paraíso?


¡Oh!, cuán ardiente era en el Seminario, nada me parecía
difícil. Me ofrecía a Dios para cualquier misión. Encontraba
completamente naturales los sentimientos de un Perreyve o
de un Paúl Seigneret; el primero escribía:
“Me entrego a Vos, ¡oh Jesús!, para que hagáis de mí lo
que queráis, para apartar a las almas de los falsos ideales,
para hacer bien a los hombres. ¡A h !... / quisiera cosas in­
mensas!”
Y el segundo:
“Se desearía tener brazos de gigante y tiempo a discre­
ción para abarcarlo todo, en nombre de esas almas que es­
tán lejos, y a las que se querría dar para extasiarías lo que
ha más hermoso, más tierno y fuerte”.
Actualmente, ¿cómo estoy yo en cuanto ardor de celo?
¿No llamo divagaciones lo que era sed divina de ideal?
¿Cuál de mis dos “yo” tiene razón, el de antes o el de
ahora?
La Iglesia me hace pedir todas las mañanas a Dios, que
renueve mi juventud. ¿No tengo alguna necesidad de reju­
venecer mi fe, de despertar mi entusiasmo? “ __Quisiera
cosas inmensas..., brazos de gigante...”
Me ejercitaré en volver a usar esas oraciones jaculato­
rias, esas frases llameantes.
L ectura : San Juan, X, 16; Me. XVI, 15.

JUEVES
N A IM
Resucitar a los jóvenes. Mejor aún: impedirles morir.
Ayudarles a vivir, a irradiarse naturalmente.
He aquí unos preciosos consejos del Abate Juan José
Allemand (muerto en 1836), apóstol incomparable de los
jóvenes en Marsella, una especie de Don Bosco, quien se
animaba así en su celo:
152 RAUL P L U S , S. J.

“Voe canibus mutis. ¡Ay!, de aquellos perros que tienen


miedo de ladrar. De mi parte, no debo cesar de gritar míen*
tras haya un solo joven que 110 esté aún convertido”.
Hace notar lo siguiente:
“Ocuparse siempre de los jóvenes, y estar siempre ocu­
pado de ellos”.
‘Testimoniar a todos un afecto igual, y procurar ganar
su confianza”.
“No pensar que para estar animado de verdadero celo,
es preciso hablarles siempre de las cosas de Dios. Con fre­
cuencia se debe tomar parte alegremente en conversaciones
indiferentes”.
“Tener mucho cuidado de no montar en cólera con los
niños”.
“Saludar por primero a todos los jóvenes, incluso a los
más pequeños”.
Y finalmente este último consejo, más verdadero en nues­
tra época que en la de dicho educador:
“Como el ejercicio del celo por la juventud se hace cada
vez más difícil, redoblar las plegarias por su santificación,
y añadir a la oración un grande espíritu de mortificación
y de sacrificio”.
Haré mío este programa, y lo viviré lo más qut&me sea
posible.
L e c t u r a : Luc. VII, 11 ss.

VIERNES

VIVIT FILIUS
La Epístola, tomada de los “Reyes” es bien instructiva.
Uno de estos “Jóvenes” de los que meditábamos ayer, ha
muerto. Su madre llama a Elias, el hombre de Dios, él sa­
brá volver la vida al cadáver.
¿Qué sucede, dónde está el cadáver?
MI O R A C I O N 155

¿Qué hará Elias? Orar, sin duda alguna. ¿Y después?


Solamente el calor de la vida puede animar a este muerto.
Las palabras, un poco de aire en vibración, no bastarán;
pero él pone en contacto su alma ardiente con el cadáver del
joven. El profeta se inclina hacia el muerto y se tiende a
su lado. Una vez, y nada; una segunda, nada; una tercera,
y . . . el niño resucita.
Y el hombre de Dios entrega al joven a su madre.
¡Qué símbolo expresivo!
Hay uno que me preocupa, deserta, no viene más a la
Comunión... uno a quien sus camaradas conducen por ca*
minos extraviados... ¿Qué hacer para despertarlos, para
resucitarlos?
Ante todo: orar. Decir con Elias: Señor, Vos que sois
mi Dios, os suplico por el alma de ese niño, os la pido.
¡Que vuelva a él la vid? divina!”
Y después, suave y discretamente sin duda alguna, pero
con todo ardor, pondré mi alma viviente en contacto con la
suya muerta o lánguida.
Ser bueno, abnegado, compasivo; demostrar todo el calor
sobrenatural, viril y desinteresado de un celo recto y se­
guro.
Ensayarlo una, dos, tre s... diez veces.
“Vir Dei es tu”, exclama la madre extasiada. Expresión
magnífica.
Vir Dei. Yo lo comprendo.
L ectura : S. Juan, XI, 1 a 45.

SABADO
SECUNDUM CARNEM JUDICATIS
“¿Creéis que signifique poco frecuentar el mundo, vivir
en el mundo, tratar asuntos del mundo, conversar con el
mundo, ser enemigo del mundo, y vivir como excluidos, en
154 R A U L P L US , S. J.

una palabra, no ser hombres sino ángeles?” (Santa Teresa


de Avila).
En general, los laicos, sinceramente piadosos, encuentran
a sus sacerdotes de parroquia demasiado “humanos”, dema­
siado terrestres, que se rinden demasiado al gusto del mun­
do. Tienen una idea altísima del sacerdocio, y se afligen al
constatar una desproporción tan grande entre lo que a sus
ojos requiere el sacerdocio, y lo que en realidad poseen
muchos de los que lo ejercen.
Debo apartar a los demás del mundo; antes es preciso
que yo mismo esté apartado de él: “ Habe primum zelum
super te ipsum, et tune juste zelare poteris etiam proximum
tuum”, son palabras de la “Imitación”.
Tan verdadero es esto, que si llegara el caso de que el
celo por el prójimo me impidiera cuidar de mis intereses
espirituales esenciales, debería sacrificar el cuidado del
prójimo. El P. Judde se atrevía a decir a jóvenes jesuítas
llegados al sacerdocio: “De tal modo es nuestro primer de­
ber la santificación personal, que si no nos fuera posible
hacerlo santificando al prójimo, sería absolutamente nece­
sario dejar a un lado el cuidado del prójimo, para pensar
únicamente en santificarnos a nosotros mismos
— ¡Por lo tanto, no puedo vivir como un Cura de Ars!
—Eso es, exactamente.
L e c t u r a : Imitac. II, cap. 1.

DOMINGO DE PASION

LA CRUZ VELADA
Brémond consigna este pensamiento de una santa joven
del siglo xvm, Margarita Romanet:
“Cuando miro la Cruz, experimento casi siempre que es
ella un misterio oculto, y tengo deseos de velar todos los
crucifijos, pues los ojos carnales no lo ven”.
MI O R A C I O N 199

Como lo exige la liturgia, yo he velado el crucifijo de mi


altar.
¿Valía la pena? ¿Acaso mi indiferencia no ha cubierto
las llagas de Cristo —desde hace mucho tiempo— con un
velo hermético? Jesús en la Cruz, sí, conocido. Hace mucho
que esto no me “dice” nada.
Lo que me convendría más bien, es arrancar el velo, mi·
rar de frente el rostro adorable de mi Salvador bañado en
sangre, oír de sus labios contraídos lo que dijo a Sor Ange­
la de Foligno: “No es para reír, que Yo te he amado”.
Su frente coronada de espinas. . . y ¿mi frente, mis pen*
samientos, ayer mismo, hace un rato?
Sus o jo s... tumefactos, ardientes... ¿Y los míos? No
hace muchos que aquellas miradas— me condujeron al
borde del pecado. . . o al pecado mismo. . .
Sus manos traspasadas, laceradas... Y mis manos, la« de
la ordenación, señaladas con la unción sagrada; mis mano·
que Lo manejan todas las m añanas...
Sus pies enclavados... habían corrido tras la oveja des·
carnada, se habían manchado con el polvo del camino; ha·
bían ascendido la ruta sangrienta —
¡Oh s í!. . . mirarlo sin velos... arrancar los de la ruti·
na, la indiferencia, la apatía.
Mysterium fidei __Mysterium amoris.
L ec tu r a : Imitac. II, cap. IX.

LUNES DE PASION
CRISTIANISMO “A LA ALTURA DEL APOYO”
Expresión pintoresca de un humorista severo. ¿No es ese
el Cristianismo de gran número de personas, un Cristianismo
“que no hace mal a nadie” —y tampoco bien— completa·
mente negativo, que desempeña el papel de reptil, a fin de
poder circular por todos los caminos sin nobleza« evitando
ocasionarse algún daño?
156 RAUL PLUS, S. J.

¿Y no es a veces el Cristianismo de algunos sacerdotes?


¿No será el mió también ?
Digamos — pava dar la buena medida— “ un Cristianis·
mo a la altura del hombre” , no la doctrina grande y eleva­
da del Maestro, en su integridad radical y sublime, Cristia­
nismo a la altura de la Cruz, sino un residuo mediocre,
consecuencia de acomodos sabios, en el que no se hallan ni
la Bienaventuranzas ni los “ ¡Ay de vosotros!” , ni la incor­
poración a Jesucristo, Ego vitis, vos palmites. Un estoi­
cismo honesto, frotado con el Evangelio, y que no sea de­
masiado moroso para los contemporáneos, ni demasiado in­
cómodo para el que lo predica.
¡Ah!, ¡pobre Jesús!, ¿dónde está el látigo con que echas­
te del Templo a los vendedores y a todos los que lo profana­
ban, mezclando el mercantilismo con la adoración, y substi­
tuyendo muy a menudo a ésta con aquél?
¿Dónde tus severidades para con I 09 tibios? “ Los vomi­
taré” .
Y, ¿dónde estará mi comprensión, mi aceptación práctica
de la Cruz? *
Ver con claridad y sin miedo la calidad de mi Cristianis­
mo. A menudo confrontar mi vida con el Evangelio, lo que
hago con lo que digo y con lo que soy juzgado que creo.
¡Un Cristianismo a la altura del hombre! Pero, ¡nuestra
religión es una doctrina a la altura de D ios! “ Filios Dei
fie r i... Non jam servos sed filios et cohoeredes. . . Pal-
mites Christi” .
¡Esto es demasiado inverosímil! ¿Estas palabras no son
más que palabras? Entonces estoy en lo exacto. Pero, ¡es­
tas palabras significan verdaderamente lo que expresan!
Y entonces, ¿cómo puedo consentir en vivir un segundo más
como vivo?. . .
L ectura: Imitac. II, cap. X II, 1* parte.
MI ORACION 157

M A R TE S D E P A S IO N

EXSPECTA DOMINUM
Con frecuencia estamos en espera del Señor.
No debemos pensar que nos baste comenzar a orar para
ser colmados por El, no: Sitit sitiri Deus, nota San Agus­
tín. Dios gusta ser deseado, tiene sed de que se tenga
sed de El.
En el mundo, muy pocos saben perseverar en la ora­
ción; si desde el comienzo no logran lo pedido, dejan de
hacerlo: “Dios no me escucha” . Yo, sacerdote, ¿no caigo
a menudo en la misma falta?
Una Superiora decía a Santa Margarita María: “ Colo­
caos ante Dios como una tela en espera”. Nuestro Señor su­
gería a otra Visitandina, la Madre Ponnet: “ Hazte capaci­
dad, y Yo me haré torrente” .
En primer lugar, nuestro esfuerzo personal, tan durade­
ro cuanto Dios quiera. No esta El a nuestras órdenes, y sí
nosotros a las suyas.
Y esta espera no debe ser puramente pasiva. “ No hay un
cristiano — escribía Santa Teresa— que con la ayuda de la
gracia no pueda llegar a la verdadera unión, con tal que
con todo su poder se esfuerce por renunciar a su voluntad,
y aferrarse únicamente a la de Dios” .
Queremos obtener mucho sin dar nada. Esto no es juego
noble. Santa Teresa hace notar también lo siguiente: “ Que­
remos obtener con placeres y pasatiempos, lo que Cristo
logró para nosotros al precio de tanta sangre” .
L ectura: Imitac. III, cap. XXXI.
158 R A U L P L US , S. J. \

MIERCOLES DE PASION

DOMINUS DEUS VESTER


%

“Yo soy un Dios que es vuestro”. Comprender bien esta


frase: un Dios, mío.
Puedo pensar en Dios como en un Ser lejano; pero mu­
cho más real es pensar en El como en un Dios enteramente
próximo.
Yo lo sé: por la gracia santificante, mi alma es un ta­
bernáculo vivo. Por lo tanto, para rezar no preciso estar
en mi Iglesia. Siendo yo mismo un santuario, depende de
mí vivir con Dios y conversar con El dondequiera. San
Juan Crisóstomo explica así:
*'Non requiritur locus; no hace falta sitio determinado:
Jeremías in coeno eral et Deum attraxit; Daniel in lacu
leonum et Deum sibi propitium reddidit; tres Pueri in
camino erant et Deum celebrantes flexerunt. . . ¿Te ha­
llas en un sitio público? Allí puedes rezar: Si in balneo
sis, precare; ¿te hallas en camino o reposas en tu lecho?
Lo mismo puedes orar: Si in via, si in ledo; similiter; en
todas partes, dondequiera es posible orar. ¿No eres un
templo de Dios? ¿Qué nece lad tienes de buscar un sitio
especial para tu oración? Templum es Dei; ne quoeras
locum”.
Con lo cual, no quiere decir ciertamente que la Iglesia
no es un sitio designado para la oración, pero insiste en
que no es el único. Para el que vive en Dios, cualquier
lugar es apto para la oración.
Otro consejo del Santo, prestar la debida atención a las
oraciones vocales: “Mullí intrant in ecclesiam et mille ver­
sus orando profundunt et egrediuntur; nec sciunt quid
dixerint; labia moventur, nec ipsi audiunt. Dicen pala­
bras que ni siquiera ellos escuchan. Tu ipse non audis ora-
tionem tuam, et Deum vis exaudire? Tú mismo no oyes
tu oración y, ¿querrías que Dios te escuchara?
MI O R A C I O N 159

Dios mío, otorgadme boy la gracia de vivir más en d


pensamiento de vuestra continua presencia en mí, y que
cuando ore vocalmente lo baga con el máximum de aten­
ción posible.
Ego Dominas; por lo tanto: respeto. Dominus Déos w#·
ter; por lo tanto: intimidad♦
L ec tu r a : Vivir con Dios.

JUEVES DE PASION

DILEXIT MULTUM
Texto de San Patricio, para uso de los Celtas Irlandeses:
“Cristo conmigo, Cristo ante mí.
Cristo en pos de mí, Cristo dentro de mí.
Cristo encima mío, Cristo debajo de mí.
Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda.
Cristo en la fortaleza.
Cristo en el asiento del carro.
Cristo en la popa del navio.
Cristo en todo ojo que me ve.
Cristo en todo oído que me oye.
Cristo en el corazón de todo hombre que piensa en mí.
Cristo en los labios de todo hombre que habla de mf*.
La pecadora de que habla el Evangelio, demoró mucho
tiempo en hallar a Jesús, pero desde el momento en que lo
encontró, ¡cuánta devoción, cuánto ardor y amor!
¿Cuál es la calidad de mi amor, desde el tiempo en que
debí amar?
Cristo, ¡cuántos años hace que lo he hallado, o mejor que
El me halló: Ego elegi vos. Desde aquel momento bendito,
¿puede llamarse el mío, amor?
Cada Misa debería estrechar la unión, intensificar el con·
tacto, pero. . . cuanto más avanzo, la rutina me invade, me
endurezco, mi savia se seca. . . Pondré toda mi alma eo
160 RAUL P L U S , S. J.

renovar diariamente mi juventud en el Altar del Señor. Lo


tengo allí entre mis dedos, lo presento al mundo para que
lo adore y lo am e... y, ¿haré todo esto sin amarlo yo mis­
mo?
Meditar y profundizar estas dos palabras:
Dilexit,
Multum.
L e c t u r a : Lc. VII, 3 6 a 5 0 .

VIERNES DE PASION
MARIA EN EL CALVARIO
Su impotencia. De ahí proviene una gran parte de su mar­
tirio. Cualquier madre que viera sufrir a su hijo, se precipi­
taría para arrancarlo de los verdugos.
Aquí, nada de eso: María se ve obligada a verlo todo,
oírlo todo y padecerlo todo. Divide su amor entre su Primo-
génitOy Jesús, y nosotros, sus demás hijos, y sabiendo que
el martirio del Primero es preciso para que los segundos
seamos salvos, acepta ver lo que es preciso ver, oír lo que
se debe oír y padecer lo que ¿e deba padecer. Todo esto
por nosotros, por mí.
Y, ¡qué amor inmenso nos ha demostrado! Las terribles
heridas de la flagelación, ¡cómo hubiera deseado cubrirlas
de bálsamo para mitigar su a rd o r!... pero Ella resiste a
la tentación, ¿por amor a quién? A mí.
Esos clavos horribles que taladran las m anos... ¡cuánto
desearía arrancarlos y sanar la llaga humeante que han de­
jado en las palmas dolientes! Y resiste... por mí. Esas es­
pinos, una y otra y o tra ... que punzan cruelmente la fren­
te adorable de su Primogénito... pensar que debe dejarlas
cumplir su cruel m isión... ¡por mi causa!
¿Cómo no tengo cuidado en considerar mejor los atroces
padecimientos de la Madre, voluntariamente impotente —
MI O R A C I O N 161

por mi causa y por mí— respecto de los sufrimientos de


su Hijo?
L e c t u r a : El Himno de las primeras Vísperas: Jam totus
subitus vesper.

SABADO DE PASION
SI EXALTATUS
“Cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré
hacia mí” (Juan, XII, 32). “Nosotros quebrantaremos el
mundo y le daremos la salvación, solamente con el alza*
miento de la Cruz, dando a ésta por punto de apoyo nues­
tra propia vida”, esto decía Mons. Pie a sus sacerdotes.
El hecho es innegable. El sacerdote que por medio de su
participación diaria e íntima en el sacrificio redentor, haya
grabado en sí la imagen doliente del Señor, ese sacerdote,
señalado con el signo vencedor, está seguro de ser Apóstol
de gran alcance. Quizás no aparecerá ello en lo exterior:
la Iglesia continuará desierta, el Sagrado Banquete sin con­
vidados, el confesonario sin penitentes... ¡no importa !En
un rincón o en otro del mundo su cruz atrae a las almas y
las salva. Además, muy a menudo verá los frutos consola­
dores de su sacrificio.
Hay aquí amplia materia de meditación... Es preciso lle­
nar la primera condición y decirme a menudo: ¿qué derecho
tengo a lamentarme del fracaso de mi ministerio, del escaso
resultado de mis esfuerzos?
¿Estoy como Jesús alzado sobre la tierra, soy mortifica­
do, desapegado y muerto al mundo? No; entonces cesa en
tus querellas inútiles, yo soy el culpable. Cuando sea levan­
tado sobre la tierra, atraeré a mí todos los corazones, espí­
ritus, voluntades, los niños, los hombres de todas edades y
condiciones. En la cruz de Jesús hay un ser que ama, por
consiguiente debe haberlo también en la mía. Si hubiese em­
«
1 RAUL P L U S , S. J,

pleado diez o veinte años en esta preparación al sacrificio, ·,


el cálculo es bueno.
Un santo hace eu un día, lo que una mediocridad espiri­
tual en un año.
Sí, “a imagen de Cristo, debemos enseñar desde lo alto
de una Cruz” (P. Didon).
L e c t u r a : Phil. 11, 5 a 11.

DOMINGO DE RAMOS

VENIT TIBI MANSUETOS


Para un Hijo de Dios, ¡qué entrada modesta! Como me­
dio de transporte, un asna y su pollino; a guisa de corte
triunfal, el pueblo sencillo clamando ¡hosanna!
Pero yo sé de entradas aún más modestas del Hijo de
Dios, en la Jerusalén de mi alma.
Su ingreso como Verbo, juntamente con el Padre y el Es­
píritu Santo, el día de mi Bautismo. S ilencio... ausencia
de todo lujo y ru id o ...
Un poco de agua derramada y algunas frases; para todo
sobró media hora.
Y su ingreso como Hombre-Dios en mi pecho, en cada Co­
munión, desde la Primera, cuando tenía 6 ó 7 años, hasta
la de cada Misa.
Mansuetas, un Jesús dócil, manejable, al alcance de mi
m ano...
Cada una de estas venidas, ¿hace clamar al H osanna?...
¿No? Pase respecto de la época en que poco sabía, pero ac­
tualmente conozco el don de Dios.
La liturgia de la Misa comienza con la Antífona **Hodi%
si vocem. . . ”
“Hoy, si oís la voz del Señor, no queráis endurecer vues­
tros corazones”.
¡Oh sí, oírla, oír la voz del Maestro: “Si supieras el don
MI O R A C I O N 163

de Dio·, el premio de las visitas del Señor P \ no solo no en­


durecer mi corazón, sino también abrirlo ampliamente.
Viene Jesús. Si también yo mismo viniera, todas las veces
y con toda mi alma, sería el ideal. Del encuentro de estos
dos venidas, salta la santidad
L e c t u r a : El “Gloria lau s..

LUNES SANTO
CORPUS DEDI PERCUTIENTIBUS
Jesús y los padecimientos de su cuerpo durante la Pasión.
Flagelación. Mons. Gay narra el hecho siguiente: Un Mi­
sionero, condenado i recibir veinte golpes dados con haces
de caña, al llegar al décimo sufrió un exceso tal de dolor,
que no le era humanamente soportable; y sintió la tenta­
ción de pedir gracia, aún a costa de la apostasía. Viendo
que su valor desfallecía oró a Dios y su oración fué oída:
se sintió inundado con tales delicias interiores, que por así
decirlo no sintió los golpes que siguieron.
De acuerdo a esta confidencia, medir los atroces dolores
de Cristo.
La Coronación. Un dolor de cabeza, es a veces una cosa
inaguantable.
A Santa Angela de Foligno le fué otorgado en la oración,
ver y cómo sondear el padecimiento de Cristo cuando una
espina se clavaba en su frente; abismada de dolor, desfa­
lleció.
La Crucifixión. Se dice que el suplicio de la cruz fué in­
ventado por una mujer, Semíramis, Reina de Asiría; Cice­
rón lo llama, Crudelissimum, teterrimumque supplicium,
el más cruel y espantoso de los suplicios.
En general, no morían los crucificados por el exceso de
sangre derramada, sino más bien por el tormento de la 6ed
(el “Sitio” ), y más a menudo por una congestión cerebral
164 RAUL P L U S , S. J.

motivada por la suspensión de los brazos extendidos amplia­


mente.
jPobre, pobre Salvador Divino!
Escuchemos la frase de Pascal: “He derramado las gotas
de mi sangre, por ti”. Por mí.
L e c t u r a : Las primeras estrofas del “Stabat” .

MARTES SANTO

IMMOLATUS EST CHRISTUS


Los estudios recientes sobre el Santo Sudario de Turín,
no hacen más que confirmar las impresionantes revelacio­
nes recibidas por los Santos. Jesús no es más que “Llagas
vivas, heridas que no han sido curadas ni vendadas”.
Recordar el “A gnus Dei”; allí está aquella carne divi­
na, reducida entonces a tal estado. Dentro de pocos instan­
tes la voy a comulgar; ¿no pide ello de mi parte, algunos
esfuerzos para asemejarme a El? ¿Cuáles son mis mortifi­
caciones voluntarias? Muy a menudo, el Espíritu Santo ha
impulsado a las almas, muy lejos en ese camino. En todos
los tiempos ha habido grandes p útentes, almas reparado­
ras; no deben faltar en las filas del Clero. Puede decirse
que por oficio, por estado, el sacerdote forma parte de Cris­
to-Víctima, de su sacrificio al que prolonga.
Pero, una vez más: esta alianza no es solamente interior,
ritual; es moral, íntima; llega hasta la imitación, la con­
formidad.
Utilizar con generosidad, por lo menos todas las mortifi­
caciones que provienen de los excesos de trabajo, de las de­
ficiencias de salud, de las pruebas interiores, de los roza­
mientos de caracteres, de la falta de recursos materiales...
recoger cuidadosamente estos tesoros.
En lugar de lamentarme, gloriarme de ello. Graban en mí
los estigmas de mi Maestro. Normalmente, la vida del sacer·
MI O R A C I O N 165

dote es de dolor: “Hijo mío, si tú te propones servir al Se­


ñor, prepara tu alma a la prueba” (Eccle. II, I ) .
Nada nos prepara tanto para la cruz providencial —aque­
lla que no depende de nosotros— como la penitencia volun­
taria.
Lo que el Abate Perreyve notaba finamente en tiempos
revueltos, se aplica a toda clase de pruebas:
“Un cuerpo habituado a ser tratado duramente, a sufrir
por amor de Cristo, que conoce el látigo de la penitencia»
se admira menos de ser aprehendido por los gendarmes, y
conducido por las calles entre silbidos. Está menos dispues­
to a desfallecer, y a dejar sumida su alma en grandes tri­
bulaciones”.
“Todo dolor, si es cristiano, es fecundo. El que sufre, en­
gendra” (M. Gay).
“Cristo forma el anillo nupcial con que desposa un alma,
con la cadena de los sufrimientos pacientemente soporta­
dos” (Mons. Ullathorne).
“El amor no descansa más que en el sacrificio de todo”.
“El que no sabe sufrir un poco vigorosamente en su alma,
no tiene la experiencia de una cierta presencia de Dios” (Ma­
dre María de Jesús, Fund. del Carmelo de Paray-le-Monial).
“Quien nada sacrifica, no ama. Quien sacrifica poco, ama
poco. Quien sacrifica todo, ama totalmente” (P. Monier-Vi-
nard).
L e c t u r a : Décimo terceto del Stabat etc. . .

MIERCOLES SANTO
MARIA DURANTE LA PASION
“En los padecimientos de María, hubo un espacio que
debió ser particularmente terrible, el de la espera, el tiem­
po transcurrido entre la acusación y la condenación de su
Hijo. Duró once horas. El viernes fué llevado de Anas a
Caif&s, de media noche a las dos de la mañana; conducido
R A U L P L US , S, J.

a Pilatos hacia las seis, a Herodes hacia las siete, escarneci­


do, flagelado, coronado de espinas y condenado a muerte
de ocho a diez.
“La Virgen sabía que Jesús debía morir. Ella misma ha­
bía consentido en su muerte, y lo habría sacrificado con sus
propias manos —dice San Antonino— si la salvación del
género humano lo hubiese exigido; pero no por eso era
menos mujer; tuvo todas las virtudes en un grado heroico;
poseía los dones más perfectos del Espíritu; fué la más san­
ta ds las vírgenes; fué única; pero no era Diosa, no era
Dios, no podía rehuir su condición de criatura humana^ y
por lo tanto no podía impedir el ser torturada por las an­
siedades de la espera.
“No es posible imaginar lo que fueron estas horas de
espera.
“Injertaba unos sobre otros todos sus dolores.. . ; pero so­
bre todo lloraba por la perversidad de esta raza abomina­
ble ue la que ella procedía, y que pedía —en bautismo de
maldición— que la sangre del Salvador recayera sobre ella.
“Queriendo sufrir todo lo que le era posible, debió espe­
rar contra toda esperanza; en el exceso de su angustia, pre­
guntarse si en último momento, aquellos malvados ahorra­
ran a su Hijo, si Dios —por un milagro inesperado— obra­
ra la Redención del mundo sin infligir a su Verbo las tor­
turas horribles de la Cruz. Recordó sin duda, que después
de haber consentido, Abrahán fué dispensado del espanto­
so oficio de sacrificar a su hijo, y quizás esperaba ella que,
—como Isaac, su prefigura—, Jesús sería liberado en últi­
mo momento, y salvado del Sacrificio.
“ ¿Qué sucedió durante aquellas horas, acerca de las
cuales nada dicen los Evangelios? Dice Ludolfo el Cartujo:
Cuando ella supo que el Salvador estaba arrestado, corrió
con Magdalena en su busca; y desde el momento en que lo
halló siguió sus pasos sin abandonarlo nunca” (Huysmans:
L’Oblat).
L e c t u r a : Stabat, el finaL
III O R A C I O N 167

JUEVES SANTO

LA FIESTA DE LOS SACERDOTES


¿Qué día como aquel de la Institución del sacerdocio?
Recordar todos los detalles: el envío de apóstoles para
prevenir al dueño de la sala y para prepararlo todo; Coeno*
culum grandef stratum — la disposición de la mesa y los
tres divanes, sobre los cuales se extendían los comensales,
sosteniendo la cabeza con el brazo izquierdo, y dejando el
derecho libre para tomar los alimentos; el estado de es­
píritu del Buen Maestro: in finem dilexit eos; el de sus dis­
cípulos, los comienzos del banquete: el agua y el reci­
piente colocados en una mesa que servirán al Salvador pa­
ra lavar los pies de sus discípulos — Jesús a los pies de Pe­
dro, de Juan, de Santiago... de Judas — cada una de las
palabras dichas, principalmente aquellas: “Uno de vosotros
me traicionará”. “Lo que haz de hacer, hazlo pronto”. Final­
mente, las palabras soberanas: “Esto es mi cuerpo... mi
sangre.. . Hoc facite”.
jOh, mi Salvador bien amado! ¡Yo, sacerdote! Tantos
Otros como hubieras podido escoger...! jNo, yo, yo!
Engelbert Dollfus, canciller de Austria, cuando estudiaba
en la escuela había pensado ir al Seminario. A comienzos
de 1912, le pareció que no era ése su camino, no por temor
ante el sacrificio, sino por respeto y espanto ante la majes­
tad del Sacerdocio. Fué a su Obispo:
“No tendría la fuerza necesaria para llegar al Sacerdo­
cio, es demasiado grande y santo. En la Santa Misa, moriría
al deber cambiar el pan y el vino en el cuerpo y sangre del
Señor... Con sólo ayudar la Misa, me sucede como si se
detuviera mi corazón al sonar la campanilla en el momento
de la Elevación”.
¿Y yo? ¡He avanzado en las Ordenes, y ciertamente be
hecho bien! Pero, ¿qué sacerdote soy?
L ectura : El relato de la Cena.
168 RAUL PI US, S. J.

VIERNES SANTO
LA CRUZ
En las Antífonas de hoy, se añaden algunas palabras a las
ya dichas ayer: . . . mortem autem crucis.
jLa Cruz! Jesús fué enclavado en tierra, o bien una vez
alzado el leño, no se sabe, ambos modos eran usados. El
suplicio era tan terrible, que el crucificado no moría por el
derramamiento de sangre, sino por fiebre cerebral. Procu­
raré recordar todos los detalles. Ver a mi buen Maestro ele­
vado de ese modo sobre la tierra; y así, frente al mundo, ex­
piar, ofreciéndose durante tres interminables horas. Decirle
que le amo, y cuánto desearía hacerlo a m a r...
Decirle tímidamente... pero generosamente, que si quie­
re enviarme la c ru z ... yo la acepto con su gracia, y bajo
la forma que desee. Decirle también, que en adelante deseo
vivir más crucificado, y menos como “burgués”.
¿No soy como aquel joven eclesiástico, que durante sus
estudios en Roma procuraba aliar ciertos gustos mundanos
con su preparación a la vida de sacerdote? Su antiguo pre­
ceptor, a fin de convertirlo, aprovechando una ausencia del
joven colocó en su celda un retrato de San Benito L abre.. . :
“Sí señor, será preciso llegar hasta eso, hasta eso”, la ense­
ñanza fué decisiva, el joven CosU de Beauregard, ya fervo­
roso, llegó a ser un sacerdote de los más generosos y morti­
ficados.
Y para mí, la imagen de Jesús Crucificado colocada siem­
pre ante mi vista, ¿no tendrá una eficacia semejante? “Es
preciso llegar hasta eso”.
Lectura: Vexilla Regis.

SABADO SANTO

CONSEPULTI CUM CHRISTO


A causa del oficio, no tendré tiempo para hacer una lar­
ga meditación; procuraré entrar bien en el espíritu del día,
MI O R A C I O N №

pensando en la frase de San Pablo: “Por el bautismo esta*


mos sepultados con Cristo, a fin de que, como El después
de su muerte resucitó y entró en una nueva vida, del mismo
modo nosotros, después del Bautismo, marchemos por una
vida nueva” (I Rom. VI, 4).
San Juan Eudes hace una hermosa elevación sobre ese
tema:
“ ¡Oh, Jesús, mi Señor y mi Dios! Os adoro como a mi je­
fe a quien debo seguir e imitar en todas las cosas, según
la profesión pública y solemne que hice en el Bautismo.
Pues entonces prometí unirme a Vos como a mi Jefe, y en­
tregarme y consagrarme totalmente, y permanecer en Vos
por siempre jamás. Promesa y profesión grandísima, y que
en calidad de cristiano, me obliga a una extrema perfección
de santidad. Pues haciendo profesión de permanecer en Vos
y unirme a Vos como a mi Jefe, hice profesión de no ser
más que uno con Vos, como los miembros no son más que
uno con su jefe; hice profesión de no tener más que una
vida, un espíritu, un corazón, un alma, una voluntad, un
pensamiento, una misma devoción y disposición para con
Vos.
“Por lo tanto, esto es hacer profesión de vuestra vida,
vuestro espíritu, vuestra humildad, caridad, pureza, pobre­
za, obediencia y todas las demás virtudes que hay en Vos.
En una palabra: es hacer la misma profesión que hicisteis an­
te vuestro Padre desde el momento de la Encarnación, y que
tan perfectamente cumplisteis durante vuestra vida toda, o
sea: no hacer nunca la propia voluntad, sino poner toda la
felicidad en hacer la voluntad de Dios y vivir en estado de
Hostia y de Víctima, sacrificada de continuo a la gloria pu­
rísima de Dios”.
Y, si todo eso es reclamado por título de Bautismo, ¿cuán­
to más e imperiosamente por el hecho de mi sacerdocio. . . ?
“Hostia y víctima sacrificada de continuo a la gloría pu­
rísima de Dios”.
L e c tu r a : El Exultet.
170 R A U L P L US , S. J.

PASCUA
JESUS, SEÑOR DE LA MUERTE
En Jope —la hoy llamada Jaffa— cuando San Pedro do-
volvió la vida a la piadosa viuda Tabitha, lo hizo después
de haber implorado de rodillas el auxilio de Dios (Act.
LX, 36).
En Troade, cuando San Pablo resucitó al joven caído des·
de la ventana durante el sermón (IX, 14), obró ese mila­
gro en nombre de Dios.
En el Antiguo Testamento, Elias sanó al hijo de la viuda
de Sarepta; antes rezó la siguiente oración: “Señor, os con­
juro para que la vida vuelva a este niño” (III Reg. XVII).
\ cuando Elíseo volvió la vida a un niño, en Sunam,
cerca de Naim, lo hizo después de haber invocado al Señor
de la vida.
Todos reconocen que no tienes poder directo sobre la
muerte.
Pero Jesús, ordena directamente a la muerte, al cadáver
del hijo de la viuda de Naim le dice: “Joven, levántate y
anda” ; al de Lázaro: “ ¡Lázaro, sal de la tumba!”
Pero Nuestro Señor hace más que ordenar a la muerte en
otros, la gobierna en Sí; lleva a cabo el hecho inverosímil
de resucitarse a Sí mismo.
¡Qué fuerza gigante en el vencido del Viernes Santo!
“Maestro, queremos una señal hecha por Ti en el cielo”.
He ahí la señal, y, ¡cuán elocuente! “Padre, ha llegado la
hora en que tu Hijo debe ser glorificado” .
“ ¿No convenía que el Cristo sufriera antes de entrar en la
gloria?”
Honrar al Señor de la muerte. Aceptar la vida con los
ojos fijos en el término glorioso de la misma. Donde está el
Jefe, pronto estarán los miembros, los subordinados... “Hoy
estarás conmigo en el Paraíso”.
L e c t u r a : Mat. XXVII, 57 h asta el f in ; XXVIII 1 a 11.
MI ORACI ON 171

LUNES DE PASCUA

AMOR A LA HOSTIA
¿Qué es el sacerdote?
¿Hombres de celo? Sin duda, está consagrado al bien de
los fieles.
Es preciso que se pueda decir de él, después de recibir
algún favor suyo:
“Nonne cor nostrum eral ardeos, in nobis, dum loqueba-
tur in via?” ¡Cuánto fervor sentíamos en nuestra alma míen·
tras nos hablaba, desde el púlpito, en el catecismo, en las
visitas, en el camino!
Pero sobre todo, es hombre de la Hostia; consagrar, ofre·
cer la hostia santa, ésta es una función que sobrepasa a to­
das. Sirven las demás para exhortar, animar, dar calor. So·
lamente el sacerdote puede hacer descender a Cristo sobre
el altar; el carácter con que estoy señalado, se relaciona
eminente y esencialmente a eso.
Y este ministerio me incorpora de tal modo a Jesucristo,
que en la Consagración es El quien habla por mis labios:
“Hoc est corpus meum”.
Ni siquiera la depravación puede privarme de esta reía·
ción con la Hostia.
¿Estoy bastante compenetrado de este sentimiento, de que
no sólo soy un consagrado, sino también un consagrador,
de que la maravilla obrada por Cristo en la tarde de Emaús,
es renovada por mí cada día en la Misa?
Propósito: orar, para que el mayor número posible de
fieles (de mis fieles), se acerque a la sagrada Mesa durante
este tiempo Pascual; y dedicarme cuanto me sea posible
a invitar para este banquete de Emaús al mayor número po­
sible de almas.
L e c t u r a : L c. XXIV, 13 a 36.
172 RAUL PLUS, S. J.

MARTES DE PASCUA

CONSERVAR LA PAZ

Nuestro Señor lo había prometido en el discurso después


de la Cena: “Pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis**.
Os dejo mi paz, os doy mi paz; la mía, no la que dispensa
el mundo, sino la paz del corazón, la paz de Dios.
Y cuando apareció después de resucitado, los saludó con
esta fórmula:
“Que la paz sea con vosotros”.
Este es por excelencia el espíritu del tiempo de Pascua'.
velar, suceda lo que suceda, para establecer y establecerme
en la paz.
¡Cuánta paz en los discípulos auténticos del Salvador: los
Santos!
“Si se os anunciara que vuestra Compañía será disuelta
por el Papa, ¿qué harías? Esta pregunta fué dirigida a San
Ignacio de Loyola. — “Pediría un cuarto de hora para po­
nerme en conformidad con la voluntad de Dios”.
Francisco de Sales va a subir al púlpito, se le anuncia que
el Senado de Chambery ha dado orden de apoderarse de to­
dos sus bienes; y responde: “He ahí una señal de que Dios
quiere que yo sea enteramente espiritual”, y no se conmueve
lo más mínimo.
Otra vez, durante una Cuaresma en Annecy, se prepara
para predicar sobre la resurrección de Lázaro, y le vienen a
anunciar la muerte de su padre; sin turbarse sube al pulpi­
to. y dice al concluir: “Señores, al subir a esta cátedra, he
sabido que mi padre no vive m ás... Os suplico que roguéis
por el reposo de su alma, y que me permitáis ausentarme dos
o tres días para ir a tributarle los últimos deberes”, y sola­
mente entonces rompió a llorar.
A veces son los laicos los que nos dan el ejemplo: duran­
te la pasada guerra, el general Castelneau trabajaba con sus
oficiales en el plan de un ataque, cuando se le anunció que
MI O R A C I O N 173

el tercero de sus hijos había sido muerto; después de un


instante de silencio: “Señores, trabajemos”, dijo a los ofi­
ciales presentes. Y cuando María Antonieta de Geuser supo
la muerte de uno de sus hermanos, aviador, escribió una
carta en el Carmelo comenzada con un lamento y concluida
con un Aleluya.
La paz de Dios.
L e c tu r a : Lc. XXIV, 36 a 50.

MIERCOLES DE PASCUA
COLABORACION
Nuestro Señor se ha dignado hacerse ayudar. Pedro va a
pescar e invita a sus hermanos: “Voy a pescar”. — “Vamos
nosotros contigo”.
“Es preciso dejar con toda amabilidad trabajo a los de­
más, y no querer llevarse todas las coronas; el querido pró­
jimo tiene satisfacción en recibir algunas” (San Francisco
de Sales).
Es un gran arte saber hacerse ayudar, no querer hacer­
lo todo, pedir iniciativas y colaboración a los demás. Mu­
chos de los que mandan, absorben demasiado a sus subal­
ternos; no hay lugar más que para ellos.
No hay duda de que, si estamos encargados de una obra,
de una parroquia, debemos saber llevar nuestras responsabi­
lidades, tomar nuestras decisiones, en caso de necesidad im­
poner nuestras maneras de ver y obrar; pero sepamos tam­
bién utilizar a nuestros colaboradores: dejarles suficiente
campo de acción, parroquial al vicario, al presidente de la
Juventud, etc...
¿Sucederá a veces que actúan de un modo algo diverso
del que yo deseo... ? ¡Qué importa!. . . El oficio de todo
jefe es en primer lugar hacer marchar a los soldados, des­
arrollar el celo de sus subordinados. ¡Cuántas obras hay —
muy prósperas— que se desmoronan cuando desaparece el
174 R A U L P L U S , S. J,

que las dirige! ¿Por qué desaparecen? Ese hombre extra*


ordinario ha olvidado una cosa importantísima: preparar»e
un sucesor formando j e f e s segundos.
Don Hébrad dice con mucho acierto:
“No seamos de esos hombres vanos e inconscientemente
orgullosos, que se imaginan poder organizar y llevar a ea*
bo todo por sí mismos» personalmente.
En un campo muy limitado, sí; pero cuando nuestras
obras se extienden, tengamos la prudencia de hacernos su­
plir, de dar a colaboradores escogidos la libertad necesa·
ria, y bajo el control de nuestra autoridad amable, nunca
husmeante, ni envidiosa, ni mezquina. Permanezcamos como
motores de nuestras obras; imprimámosles una dirección
única, a fin de que las anime un mismo espíritu. Y practi­
quemos también el arte tan menospreciado de poner en mo­
vimiento todas las personalidades, todas las buenas volun­
tades que nos rodean, y que no exigen más que trabajar pa­
ra el bien”.
L e c t u r a : San Juan, cap. XXL

JUEVES DE PASCUA
N0 ME TOQUES
A mí, el Señor me dice lo contrario: “Tócame, manéja­
me todo lo que quieras, todo lo que te sea posible.
’’Pero cuando lo hagas, hazlo respetuosamente, amorosa­
mente, con fe y piedad verdaderas.
“En el Altar, ¿crees verdaderamente que estoy Yo? — Yo.
¿Comprendes lo que significa esta palabra? ¿Quién es
Aquel a quien puedes manejar? ¡Cuántas irreverencias...
faltas de cuidado...! (manteles manchados, despreocupa­
ción por las rúbricas, ausencia de santa sobriedad en los
gestos, ausencia de fervor y amor ardientes...) Tócame»
pero hazlo bien.
”Y cuando das la Sagrada Comunión, ¿lo crees? ¿Tiene·
MI O R A C I O N 173

la visión clara de que manejas a Dios viviente? ¿Eres vícti­


ma de las apariencias o triunfas con la fe?
”Y cuando expones el Santísimo Sacramento, ¿lo haces
con gestos mecánicos o movido por sincero amor? ¿Es
aquello rutina sin vida, o conciencia de que en tus mano·
tienes a la Vida?”
El domingo, tocará el Evangelio en que se habla del
Apóstol Tomás, y oiré al Señor cuando le dice; “Mete aquí
tu dedo en mi llaga” —es curioso— a Santa María Magda­
lena: “No me toques”, a Santo Tomás: “Tócame” debo
conservar esta palabra.
Por mi vocación, no sólo debo dar a las almas la palabra
de Cristo, sino también al mismo Cristo. ¿Cómo lo haré, en
una predicación vivida, si no lo he visto, tocado, palpado;
en una oración multiplicada, plena de adoración, de fe, ri­
ca de amor?
“Dios mío y Señor mío”, dejad que os tome bien, a fin
de poder daros bien.
L ectura : San Juan, XX, 1 a 19.

VIERNES DE PASCUA
ID, ENSEÑAD
Al pensar con las solemnidades Pascuales —con las que
muchos no cumplirán— puede sucederme que juzgue infe­
cundo a mi celo, que nada logro con todos mis esfuerzos.
Puede venirse entonces una fuerte tentación: en lugar de
imputar lo sucedido al Ministro, imputarlo al Ministerio.
En lugar de decirme: no soy un hombre de oración, no uso
como Divina la Palabra de Dios, no me empeño en admi­
nistrar santamente los Sacramentos; en lugar de esto, creo
—más o menos abiertamente— que los medios confiados
por la Iglesia, son en mi caso impotentes.
Comienza ahí una pendiente, por la que puedo llegar a
176 R A U L P L U S , S. J.

deducir que el ministerio es impotente, no a causa de mi


miseria, sino a causa de Nuestro Señor mismo; y vienen en·
tonces el desánimo, la ausencia de fe en las empresas apostó·
licas, el celo mecanizado, la pérdida de aquel fuego sagrado
de mis primeros tiempos.
Quizás esté salvo el exterior, pero el alma no lo está. Se
cree todavía, pero no se cree más.
¡Pero no, adelante, de pie! Ante todo, ¿qué sabes si tu
celo es infecundo? Es posible que no tengas éxito allí, don·
de lo esperabas, pero tus sufrimientos, ¿no pueden dar fru­
tos de salvación en otra parte, cerca o lejos? No existen so­
lamente los éxitos visibles, también están aquellos —mucho
mayores— que no se ven. Y además, en lugar de dudar del
Maestro o del Ministerio, examina tu alma, tus procedi­
mientos en el Apostolado. ¿Ruegas bastante, te mortificas,
es tu celo inteligente, perseverante, humilde? En esto hay
que buscar el mal y no en otra cosa.
Me corregiré, y pondré remedio donde está verdadera·
mente la herida.
L e c t u r a : Me. XVI, 15 a 19.

SABADO DE PASCUA

MARIA MAGDALENA
La posibilidad de alcanzar una grande santidad, aún sien­
do o habiendo sido un gran pecador.
Este personaje del Evangelio, nos da una magnífica lec­
ción, la que mejor nos revela, en concreto, lo que es el Co­
razón del buen Maestro.
Recordaré a Magdalena: antes de su conversión, era la
hija de nadie... Eral in civitate peccatrix, la pecadora
pública.
La conversión. Mientras se celebraba el banquete en ca·
MI O R A C I O N 177

sa de Simón el Fariseo: “Le será perdonado mucho, por·


que amó mucho".
Desde entonces, j cuántas intimidades tendrá el Señor con
esta antigua pecadora convertida!
Querrá que al píe de la Cruz, se hallen tres personas;
tres, de un millardo y medio que presenta aquella genera­
ción. De estos tres, dos inmaculados: María y Juan, lo coro*
prendo, hubiera hecho una elección semejante. Y Magdale­
na; a ésta no la hubiera elegido yo: no me habría venido la
idea de que debiendo escoger tres personas en todo el géne­
ro humano, ai lado de dos inocentes desde su nacimiento,
colocara a la inocencia reconsquistada. Pero Nuestro Señor
sabía que habríamos de necesitar —pobre» pecadores— ex­
hortación y ánimo para la confianza. ¡Qué bello ejemplo!
Y después de su Resurección, ¿cuál es el personaje a
quien Jesús se digna aparecer primeramente? La antigua
pecadora pública: María Magdalena. Exquisita condescen­
dencia del Corazón de Jesús.
Nunca me desanimaré, por más bajo que llegue a caer.
L ectura : San Juan, XX, 11 a 19.

DOMINGO DE “QUASIMODO"
Quasimodo. Dominica “in albis” en la que se quitaba lo
blanco. Los catecúmenos, desde su Bautismo en la noche del
Sábado Santo al Domingo de Pascua, estaban revestido»
con la túnica blanca^ señal visible de la pureza obligatoria
en adelante, de sus vidas: “Recibe esta vestidura blanca, y
consérvala sin mancha hasta el Tribunal de Dios”.
Y durante los ocho días de la Octava de Pascua, hasta
hoy, asistían a las ceremonias cubiertos con el Alba bau­
tismal; de este modo se grabaría más en su espíritu la santa
obligación de llevar una existencia sin pecado.
Desde el “Quasimodo” usaban en los Oficios sus hábitos
ordinarios.
178 R A U L P L U S , S. J.

Yo, sacerdote, debo usar el Alba Blanca, no sólo durante


esos siete días, sino todos los días. ¿Me habla este sím­
bolo. .. ?
Decía San Pablo: “Vosotros, los que habéis sido bauti­
zados, revestios de Jesucristo”. Y yo, que no sólo estoy
bautizado, sino también “ordenado” ¿estoy revestido de Je­
sucristo como correspondería a mi doble título? ¿Revestido?
Debe ser mucho más. Llevo sí las vestiduras sacerdotales,
¿pero también el alma sacerdotal? ¿La tengo verdadera­
mente? Se ve claramente que soy un Ministro de Jesucristo,
p ero ... ¿lo soy en realidad?
Meditaré con atención la Oración del día: “Haced Señor,
que concluidas las festividades Pascuales, retengamos el es­
píritu de esas fiestas en los hábitos de nuestra vida”.
L e c t u r a : Rom. VI, 1 a 12.

LUNES DE QUASIMODO
COMO SI YO FUERA CRISTO
Ahora debo llevar un programa de vida de “resucitado”.
He aquí la mejor regla que puedo adoptar para ello, “Obrar
en todo, como obraría Crisis si estuviera en mí”.
Objetivamente, ontológicamente, soy un prolongamiento
de Cristo; Portio Christi —no del Cristo físico, pero sí de
Cristo Místico—. ¿Cómo debo obrar? Según las exigencias
de lo que soy.
Puesto que soy una prolongación viviente de Cristo, debo
obrar como tal. Y no debo solamente imitar el exterior, re­
producirlo como un pintor un paisaje o un cuadro. Cristo
exige ser continuado por mi medio. Yo debo dejar de exis­
tir en mí, no debe haber más que El, lo que es esencial­
mente El, es decir: esa voluntad ardiente, única, esencial,
de hacer en todo la voluntad del Padre.
Yo debo rezar. . .El, Cristo, ¿cómo lo h a ría ? ... Y bien,
¿qué espero para imitarlo, para orar del mismo modo? Si
MI O R A C I O N 179

no lo haces del mismo modo, no eres Cristo en el grado


que deberías serlo.
Tengo que trabajar, practicar el Apostolado... El, Cris­
to, ¿cómo lo haría? lo comprendo... entonces, no dudar,
no puedes aspirar a hacerlo menos.
L e c tu r a ; Ad Gal. II 20.

MARTES
OTRO CRISTO (I)
A) En mis relaciones con Dios
Ser “otro Cristo” en mis relaciones con Dios, significa
comportarme como lo haría Jesús cuando oraba al Padre.
Por consiguiente: l 9 Respeto. Respeto exterior; ig u a lar
mi actitud a la Suya, ver a Jesús cuando oraba en Nazareth:
su oración vespertina en la familia, Jesús algo adelante,
luego María y José, ambos contemplando al Niño, orando
y adorando con el mismo fervor. Pensar en Jesús cuando
oraba en el desierto... durante las noches que pasaba en
coloquio con su Padre... cuando oró en la Ultima Cena...
en Gethsemaní. ¿Cómo lo hayo yo. cuando rezo el Brevia­
rio, cuando oro en la Iglesia, en la Sacristía o en mi alcoba?
Pero sobre todo: respeto interior. San Ignacio aconseja
que al comenzar la oración, se bese la tierra o el suelo, si
se está solo; con este signo exterior se coloca el alma en
actitud de dependencia, de nada, de adoración sin límites.
Decía Nuestro Señor a Santa Catalina de Sena: “Yo soy
el que es; y tú, la que no es”.
29 Amor confiado. Siendo “Otro Cristo” tengo derecho de
dirigirme al Padre con el mismo abandono filial de Jesús.
Que en mis relaciones con Dios, no haya nada de ficticio,
artificial, protocolar y —me atrevo a decir— nada de
simplemente administrativo. Que cada uno de mis actos de
oración esté saturado de unción, suavidad, familiaridad. Si
esto es verdadero para cualquier Cristiano, que es otro
180 R A U L P L U S , S. J.

Cristo por su Bautismo, ¿cuánto más para raí, que soy otro
Cristo por el Bautismo y por mi Sacerdocio?”
L e c t u r a : I Cor., XII, 12 a 27.

MIERCOLES
OTRO CRISTO (II)
B) En mis relaciones con el prójimo
Debo comportarme con el prójimo, como lo haría Nuestro
Señor si se hallara en mi lugar.
¡Cuánta caridad, abnegación, indulgencia y delicadeza
supone esto!
¿Cuáles eran los prójimos de Jesús? Su Madre, José,
los “clientes” del carpintero, los vecinos, los adversarios
del oficio, los Apóstoles, Judas el traidor (“Amigo m ío.. . ” )
Céphas: “Pedro, ¿me amas tú __?”
Y compararé con la de Jesús, mi manera de tratar al pró­
jimo.
El, ¿hubiera hablado a los niños del catecismo, como yo
lo hice ayer__? ¿A Marta o Magdalena como yo le hablé
ayer a mi sirvienta?, ¿cómo hubiera atendido a tal o cual
visitante. . . hubiera hecho alusión, como lo hice yo, a tal
falta de conducta o malentendido?
¡Cuánto me falta para asemejarme a Cristo, para ser otro
El! Yo, ¿una repetición de Cristo... ? No, una caricatura.
L e c t u r a : Mat. XXV, 40.

JUEVES
OTRO CRISTO (III)
C) En lo que respecta a mí mismo
Tener conmigo mismo el respeto, y a la vez el desasimiento
en cuanto a mi cuerpo, que Nuestro Señor practicó respecto
de su humanidad.
MI O R A C I O N 181

Respeto: considerarme verdaderamente como un fragmen·*


to de Cristo. Suele decirse: una pureza angélica; debe decir­
se más, el Angel no es modelo suficiente, es necesario llegar
hasta el Rey y Jefe de los ángeles, el mismo Jesús.
Se ha dicho acerca del Sacerdote: “Auingit fines divini-
tatis”, es la suya una dignidad que alcanza los límites de lo
divino. Sí, pero a esa dignidad debe corresponder una equi­
valente virtud.
Honrar en mí a un miembro del cuerpo místico de Cristo,
así como venero, p ii mi Iglesia, a Cristo mismo. En este caso
el cuerpo físico; en aquél, un miembro del cuerpo místico;
pero en ambos, Cristo.
Desasimiento. Honrar a mi cuerpo; despreciar a mi cuerpo.
Por el Bautismo, es un relicario de la Divinidad, y sirve
para acrecentar a Cristo; por su origen natural no es más
que polvo y barro. No transformar el relicario en reliquia,
el sobre en contenido, ni el estuche en perla.
En todo y siempre, en la mesa, en el pecho, trabajando o
descansando, tener siempre la actitud y comportamiento que
corresponden a quien es “otro Cristo”.
L ectura : I Cor. VI, 15-18.

VIERNES
EL DIOS VIVIENTE
Un cronista narra que conoció a una pobre Bohema que
había oído mencionar al Dios viviente. Era muy ignorante,
no sabía otra lengua que el dialecto de su tribu, pero había
penetrado el sentido de esas dos palabras.
“De inmediato abandonó todo, tomó a su hijo entre sus
brazos, y se puso a recorrer el mundo como una insensata,
preguntando doquiera por el Dios viviente.”
Esta persona extraordinaria parece un símbolo o imagen
del alma que, después de haber estado largo tiempo sin com-
1M R A U L P L U S , S. J.

prender el valor de las realidades divinas, un día penetra y


comprende todo lo que contienen de verdad y realidad las
enseñanzas de nuestras fe. Hasta entonces no eran para él
más que palabras, aire que vibraba, nada. Ahora todo cam­
bia ; hasta entonces no veía, ahora ve, no comprendía y ahora
comprende. ¿Dios? Era nada más que cuatro letras cu­
briendo una vaporosa inconsistencia; en adelante, Dios es
un ser, —el Unico Ser, el único necesario, el que permanece
a través de lo que pasa; el que vive en medio de todo lo
que muere; el que es entre todo lo que no es.
Recordaré a la mujer de Samaría, quien después de haber
visto a Nuestro Señor, volvió a Siquem, encendida de celo
por hacer conocer al Salvador a todas las gentes de su región;
nada hubo imposible para su decisión, nada capaz de re­
sistir el ardor de su palabra.
En cuanto a mí, procuraré lo más posible, en la oración,
junto a Jesús Sacramentado, mantenerme en contacto con el
Dios viviente.
L e c t u r a : San Juan IV, 28-31.

SABADO
EL EDIFICIO DE LA PERFECCION
No se levanta en un día.
“Cuando se alzó el obelisco en París, si Luis Felipe hu­
biera tenido a sus órdenes alguno de esos gigantes de que
. hablan las leyendas, le hubiera ordenado tomar en sus manos
Ja pesada columna, y colocarla sobre el pedestal preparado,
pero faltando este gigante, fué preciso recurrir a un ingeniero
uien dividió el trabajo entre gran número de obreros, ayu-
3 ándose de caballos y máquinas. Trabajaron todos largo tiem-
p4, fatigosamente, y con grandes riesgos de fallar; pero
finalmente lograron el mismo resultado a que hubiera llegado
el gigante con un solo esfuerzo.”
MI O R A C I O N 185

Lo mismo sucede en nuestra santificación. AI comienzo, He­


nos de ilusión, nos figuramos que todo marchará de por tí.
jOh dolor! Es preciso trabajar la dura piedra, trabajo largo,
muy duradero... hay que proceder virtud por virtud; es pre­
ciso multiplicar tales o cuales actos a fin de crear un hábito,
y esto para perderlo tal vez con facilidad si no se le mantiene
de un modo asiduo. Y no sólo la división del trabajo, sino
también un perpetuo recomenzar del mismo. ¡Sería tan her­
moso poder decir he concluido! Pero ésta no es una excla­
mación propia de este mundo.
Por lo tanto: ni ilusión ni descorazonamiento. Saber que e·
un camino largo, y que no se puede llegar antes de haber
partido. Saber que se debe recomenzar ininterrumpidamente
y que nunca hay que cruzarse de brazos.
Sirvan de modelo los antiguos constructores de catedrales.
Empleaban años y más años para levantar su monumento;
cada uno atendía a su piedra, a su esfuerzo propio. Si el fue­
go o una tempestad lo destruían todo, volvían a comenzar...
siempre incansables.
Reims, Amiens, Burgos, Soissons, Rouen, Colonia. . . Mi
alma, mi catedral.
L e c tu r a : Salmo 17.

DOMINGO SEGUNDO DESPUES DE PASCUA


BONUS PASTOR
El pastor —dice Bossuet— hace tres cosas para la conver­
sión del pecador o de la oveja descarriada:
La busca, “vadit ad illam quoe perierat”.
La busca hasta encontrarla: “doñee inveniat eamn.
Y cuando la halla, la lleva sobre sus hombros: “ imponit in
humeris gaudens”.
Porque en efecto, el buen pastor ama sus ovejas hasta dar
su vida por ellas.
184 R A U L P L US , S. J.

Tres palabras: buscar, hallar, llevar, sintetizan brevemente


mi ministerio. Buscar, ponerme en actividad, evitar la inercia,
la rutina. Tener espíritu de innovación, presentar las cosa·
antiguas bajo nuevos aspectos.
Buscar: no contentarme con lo que venga. Muchos sacer·
dotes hay que han perdido el espíritu de conquista; están con·
tentos con tal que no se vayan las ovejas habituales. Pero,
¿y aquellos que nunca ponen sus pies en la Iglesia, o lo
hacen muy de tarde en tarde. . . , no son de mi rebaño lo
mismo que las otras... y más que las otras?
Hallar: buscar sin descanso. Cuando un alpinista se ha
perdido en la montaña, ¡con cuánto empeño lo buscan las
expediciones de salvataje! Cuando el Rey de Bélgica, Al­
berto I, tuvo aquella caída lamentable en que halló la muer­
te, se estuvo toda la noche buscando, hasta que finalmente
se dió con su cadáver.
Llevar. El buen pastor tiene de continuo una oveja sobre
sus hombros. Es la característica de su imagen auténtica ha­
llada en las catacumbas. Un hombre sin su oveja sobre los
hombros, podría ser uno cualquiera; cuando lleva la oveja
descarriada, no queda ya duda alguna; por el querido peso
se reconoce al buen pastor.
L e c tu r a : Salmo 23.

LUNES

OVES MEAS
Hay algunos días en que el mundo me parece tan banal,
y las almas tan vulgares, que pierdo todo entusiasmo. ¿Para
qué fatigarme por lo que vale tan poco?
Entonces recordaré lo siguiente:
l 9 Que a veces, yo mismo soy muy vulgar. ¿Con que jus­
ticia puedo reprochar en los demás, aquello que yo mismo
admito tan fácilmente en mí, teniendo tantas razones para
no admitirlo?
MI O R A C I O N 185

2° Que si las almas fueran perfectas, no tendrían nece­


sidad de mi intervención. Voy a ellas, no porque sean atra­
yentes, sino precisamente porque no lo son, y para que lle­
guen a serlo a los ojos de Dios. Cuanto más insignificantes,
sórdidas y bajas sean, más debo acercarme a ellas y ayu­
darles.
39 Recordaré principalmente que: el Verbo de Dios no
dudó en venir nunca hasta nosotros. Y, ¿qué éramos, qué
somos para El? ¡Cuánta náusea debería sentir ante nuestra
insignificancia, nuestra volubilidad, nuestras faltas de deli­
cadeza! ¡Y bien, no! No tuvo horror de esta nada insípida
carente de cordura. ¡Oh! ¡La gente me repugna! A El, al
Maestro no le causó repulsión. Yo he sentido desesperación
d« lograr convertir y santificar las ovejas confiadss a *nb
cuidados. Y Nuestro Señor, ¿ desesperó acaso. . . ? ¡ Qué
magnífico ejemplo para mí!
Iré a las almas, con el mismo amor, con el mismo ardor
optimista que el Salvador. ¿Pensaré que no valen mis es­
fuerzos, cuando el Hijo de Dios se sacrificó totalmente por
ellas?
Lec tur a : Rom. IX, 3.

MARTES
LA BONDAD
El Padre Faber ha escrito lo siguiente:
“La bondad ha convertido más pecadores que la ciencia,
la elocuencia y la instrucción; y estas tres no han conver­
tido a nadie, sin que la bondad interviniera de un modo u
otro”.
Ministro del Dios de bondad, es preciso que sea bonda­
doso, con los pecadores, con los fieles, con los niños; con
los que en la parroquia me dejan a un lado e incluso me
detestan; bueno a toda hora y en todo minuto: cuando esté
186 R A U L P L U S , S. J.

fatigado y encima me vengan a molestar; cuando esté ocu­


pado y vengan a quitarme mi tiempo, cuando tenga trabajo
de apuro y vengan a distraerme; sobre todo, cuando me
sea preciso ser severo, dulcificaré la austeridad de mi con­
sejo o de mi reproche con la amabilidad de mi modo y
trato, y con la sonrisa que ilumine mi rostro; bondadoso
siempre e incansablemente.
Francisco de Sales, decía que para ser bondadoso en la
justa medida, es preciso ser demasiado bondadoso. Se veri­
fica en este sentido, la frase que se dijo acerca de Nuestro
Señor: “Nimia caritate qua dilexit nos”.
Un feligrés del Cura Vianney, hacía refiriéndose a su
Párroco esta graciosa reflexión: “ ¡Es preciso que Dios sea
muy bondadoso, para que le gane al Señor Cura que lo es
tanto!”.
Obraré de modo que mi bondad dé una idea de la bondad
de Dios.
L e c t u r a : Luc. XVIII, 2L

MIERCOLES
LA BONDAD DE DIOS
La Madre Teresa Couderc, se hallaba un día haciendo su
acción de gracias, cuando vió escrita sobre todos los objetos
que la rodeaban, incluso su reclinatorio y silla, la palabra
bondad, y con caracteres de oro.
Si lo pensamos un poco, es muy cierto que todo, aún las
cosas más pequeñas destinadas a nuestro uso, llevan escrita
su marca de proveniencia: Bondad de Dios.
¿Tenemos conciencia plena de lo que hay de providencial
en cada criatura que se nos acerca, y en todo lo que sirve
para nuestro uso?
Si la tuviéramos, ¿no estaríamos más dispuestos al agra­
decimiento, a la acción de gracias?
Ul O R A C I O N 187

Reconocer la bondad de Dios.


San Ignacio, al final de los ejercicios, propone una me·
ditación para elevarse al amor, y aconseja servirse de las
criaturas como escala para llegar a Dios; considerar cómo
Dios está presente en todos los dones que me llegan, cómo
trabaja en todo lo que pone a mi alcance para mi uso, ya se
trate de dones de naturaleza, de gracia, o de gloría.
Me ejercitaré en este acto de fe permanente, y en este
espíritu de caridad. Evitaré imitar a aquel hombre vuelto
mentalmente a su infancia, quien cuando su mujer venía a
visitarlo tomaba su mano, no para estrecharla con afecto,
sino para jugar con el anillo dorado sin comprenderlo,
como lo hubiera hecho un niño.
Comprender, agradecer, saborear. Ascender desde el don
al Donador. Nada propio de un inconsciente o de un de·
mente. Dios, Dios, la bondad de Dios.
L ectura : S. Juan, III, 16 a 19.

JUEVES
JERARQUIA EN EL CELO
El ministerio sacerdotal tiene tres grandes funciones. La
oración, la predicación, la administración de los Sacramen­
tos. De ellas tres, los Apóstoles reivindicaroki formalmente
las dos primeras: “Nos vero, orationi et ministerio verbi
instantes erimus” (Act. VI, 4). Es verosímil que las con­
sideraran las más importantes: ante todo la oración, la sú­
plica a los pies de Dios que fecundiza el ministerio con las
almas; luego la predicación que engendra la fe —fides ex
auditu— y prepara así para la recepción de los Sacramentos.
En cuanto a la administración de los Sacramentos, los
Apóstoles la dejaban al celo de los Diáconos, no porque
pensaran que no era un ministerio santo y muy santo, pero
estimaban que la oración y la predicación tienen mucha ma­
yor importancia: la primera para vivificar las palabras del
188 RAUL PLUS, S J.

ministro, y la segunda para vivificar la fe y la práctica i


los fieles.
Me esforzaré por estar atento en observar esta jerarquía
en mi trabajo sacerdotal; por no creer que ser sacerdote es
única o principalmente celebrar los cultos, administrar el
Bautismo, la Absolución, la Extremaunción; esto también
lo es, pero antes que ello, es ser un hombre de oración y de
santa predicación.
Por lo tanta, en la práctica: salvaguardar mi oración de
la mañana, si es posible hacerla antes de entrar en el con­
fesonario. Si oigo confesiones durante la oración, podré de­
cir que he oído a los penitentes en el Santo Tribunal, pero
no que he orado. Por poco que esto suceda diariamente,
¿en qué consiste mi oración? Incluso por interés de los
mismos penitentes debo orar bien; si el gesto obra ex opere
opéralo, la oración es del operaos, ¿y no corro el riesgo de
procurarles al cabo de poco tiempo, en mi dirección espiri­
tual solamente palabras vacías?
Otro caso digno de mención: cuidar lo mejor que me sea
posible la preparación de mis sermones, no la presentación
académica, sino la preparación reflexiva, de estudio perso­
nal, de unción y oración fervorosa; infundir mi alma en las
palabras, junto con el máximum de “valor divino”. Esto
no se obtiene improvisando el sermón, o tomándolo ya
hecho de un manual sin vida.
L e c t u r a : Imitac. II, cap. LI.

VIERNES
AMAR SU EPOCA
“Nadie puede cambiar las almas según sus deseos, si no
comienza por amarlas tal cual son” (Sertillanges).
El mundo está lleno de personas fastidiosas, irritables,
ceñudas, pesimistas. Nadie dice que todo marche bien, pero,
¿por qué andar de continuo gritando que todo está mal?
MI O R A C I O N 189

En primer lugar, amemos lo que hay de amable en nues­


tros contemporáneos, antes de dedicamos a corregir en ellos
lo que hay de menos aceptable.
El Abate de Tourville decía con mucho tino:
“Adaptarse a las necesidades de su tiempo, no para asi­
milar sus defectos, pero sí para elevar las almas”.
Algunos no saben otra cosa más que criticar, siempre cri­
ticar, ante todo criticar: “Antes,,en mi tiempo, andaba bien,
actualmente nada marcha”.
Gemir no sirve para nada. El pasado está muerto. Ex­
plotemos el presente. Sólo él nos pertenece; aprovechémos­
lo, utilicémoslo y —haciendo esto— modifiquémoslo.
También dice Tourville, e igualmente con mucho acierto:
“¡Qué campo de actividad se abre para el celo religioso,
que —demasiado a menudo— se aferra a las obras de su
pasado! ¡A lo que es preciso. . . estamos atrasados. . . en
todas partes se tiene hambre y sed de una acción religiosa
verdaderamente adaptada!”
Somos muchos apóstoles; no hay, —o los hay pero po*
eos— organizadores del apostolado. Nada de desprecio para
los métodos antiguos. Su valor no proviene de su antigüe­
dad, sino de su fecundidad íntima. Estudiarlos y ver lo que
se debe conservar, transformar, abandonar, reemplazar. Se
hace la guerra con las armas de la época,
L ec tur a : Imitac. I, cap. XII.

SABADO
DIRIGIR SU EPOCA
“No miréis pasar las transformaciones de vuestro siglo
con la resignación de los vencidos. Montad atrevidamente al
convoy, y procurad dirigir la máquina” (Alberto de Mun).
De Mun hablaba a los laicos. Pero nosotros, sacerdotes»
podemos aprovechar también de ese consejo. Bien entendido
190 R A U L P L U S , S, J.

que estamos ante todo al servicio de la vida eterna, peto


estas enseñanzas de la eternidad, nos es preciso sembrarlas
en un momento dado del tiempo. Para nosotros, no se trata
de convertir o de conservar en la fe a hombres del siglo XVIII
o de la Edad Media, sino a personas del siglo xx, trabaja·
das por los problemas del siglo xx.
Qué desgracia ir a ellos sin saber comprenderlos, sin
conocer las cuestiones que, les preocupan y las soluciones
que la Iglesia da a esos problemas: familia, profesión,
ciudadanía, naciones, relaciones entre las naciones.
Algunos, por amor exagerado a la tradición (no se trata
de la Tradición con mayúscula), sienten disgusto de com­
prender la fisonomía del momento actual, y lo conciben a
imagen del pasado. Muchos más prevén mal lo que oculta
el futuro, y por esta causa siempre se hallan en retardo,
respecto del acontecimiento.
Nada de snobismo, de estúpida pretensión para adelan­
tarse al futuro; pero sí una prudente clarividendOy un sen·
tido advertido de la actualidad, no de modernismo pero si
de modernidad. Lo eterno no es lo antiguo, sino lo siempré
joven, y aquel será apóstol por excelencia que se destaque
en aplicar a cada momento que pasa, la enseñanza y el
sostén que pide su temporaria juventud.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XIV.

DOMINGO TERCERO DESPUES DE PASCUA


PURIFIQUEMONOS DE TODA MANCHA
Todo lo que se acerca a Dios, debe estar puro. En la ley
de Moisés, cuántas precauciones se daban para purificar los
objetos pertinentes al culto, y los sitios mismos del culto.
Cerca de los Santos no debe haber más que pureza: “Este
sitio ha sido hecho por Dios mismo, es un misterio in­
apreciable. Está exento de toda mancha” (Gradual, Misa ds
MI O R A C I O N 191

la Dedicación). Ahora bien: yo, sacerdote, cuando celebro,


no sólo me acerco exteriormente a Dios como nunca cria*
tura alguna lo ha soñado ni se ha atrevido a hacerlo; sino
que entro con Dios en un comercio misterioso e íntimo para
llevar a cabo el mayor de los misterios: la renovación del
sacrificio de la cruz, de la muerte, del nacimiento, de la
encarnación del Verbo de Dios.
Cuánta pureza exige este misterio. . . pureza de todo mi
ser.
Pureza de mis sentidos. Estos ojos van a contemplar a
Aquel cuya faz extasía a los Angeles. A Aquel que es la
Luz. Cuanto más puros sean, con mayor facilidad se su·
mergerán en las bellezas inefables y en las grandezas que
las sagradas especies ocultan escasamente a las miradas
clarividentes del corazón.
Estas manos tocarán aquel Jesús que María atendía con
un cuidado extremo. . . Esta boca proferirá las palabras
más temibles que puedan brotar de labios humanos... ¿Y
mi espíritu? Se dedicará a seguir a la sabiduría divina en
su obra más atrevida y más profunda. ¿Mi memoria? Se
llenará del recuerdo del inmenso amor y del inmenso su­
frimiento de mi Maestro. ¿Mi corazón? No hablemos, de­
bería —como el de María— atraer al Salvador por el
ansia, por la extrema caridad antes que por las palabras
de la consagración.
He ahí el ideal, ¿110 está muy lejos de él la realidad?
Mis ojos, ¿no han conservado imágenes más o menos castas,
frívolas, mundanas? ¿Mis manos? Laboriosas, habituadas a
los gestos fervorosos de la plegaria, que desconocen todo
contacto que suponga el menor peligro o ligereza. ¿Mis
labios? Que no dejen pasar más que palabras de caridad
bondad, prudencia, mesura. ¿Mi espíritu? Ocupado sola­
mente de Dios, de los intereses de su gloria, de los sufri­
mientos de su Corazón, de sus propósitos de amor sobre
mi alma. ¿Mi corazón? Lleno de El, del deseo de ofrendar
y de ofrendarme con él por la salvación del mundo. Tendido
192 RAUL PLUS, S. J.

hacia £1 como el sudario de la Verónica, y sobre el cual


imprimirá su imagen sangrienta.
L e c t u r a : II Cor. VII, 1. Imitac. I, cap. VI.

LUNES
APOSTOLADO ENTRE LOS NIÑOS
Don Bosco —siendo aún muy joven— tuvo con su madre
un diálogo que me ofrece reflexiones útiles para meditar.
Se explaya ante ella declarándole la frialdad que ve en
la mayor parte de los sacerdotes respecto de los niños halla*
dos en las calles.
“Si yo fuera sacerdote, no obraría así; me acercaría a
ellos, los reuniría, haría que me amasen y los amaría; por
medio de mi palabra y mis consejos me esforzaría por la
salvación de su alma. De este modo obraba Don Calosso
(un venerable anciano retirado del ministerio y que le había
enseñado el latín). . . ¿Qué les costaría una buena palabra,
un minuto empleado en conversar con un niño en un
camino?
—”¿Qué querrías que te dijeran ?
—>sAlgo que me hiciera bien al corazón.
—’’Pero ellos tienen tanto que hacer en el confesonario,
en el púlpito, junto a los enfermos...
—”Es verdad, pero, ¿no somos de su rebaño, y los más
pequeños ?
—’’¿Así que tú desearías que perdieran el tiempo contigo?
—’’¿Acaso lo perdía Jesús quien a pesar de la oposición
de los Apóstoles los reunía en torno a sí? Yo, si llego a
ser sacerdote, no seré, como son hoy día. Los niños nunca
me verán pasar grave y distante junto a ellos, siempre seré
el primero en hablarles.”
Y tendré un cuidado especial de mis Catecismos.
L e c t u r a : Mat. XIX 13 a 16. Luc. XVIII, 15 a 18.
MI O R A C I O N 193

MARTES

MIS CATECISMOS
Si lo mismo que Nuestro Señor, debo ser bueno con los
niños que hallo ocasionalmente, con mayor razón debo po­
ner cuidado en rodear con mis atenciones —va de por sí
que siempre sobrenaturales y nada más que sobrenaturales—
a los de mis catecismos o asociaciones.
Un Obispo de Amiens, Mons. de la Motte, decía que no
daría la absolución a un sacerdote que no tuviera el hábito
de dedicar por lo menos una hora a la preparación de su
catecismo.
Y Mons. Dupanloup gustaba de citar el rasgo siguiente:
“Halló un día el Conciliario —muy piadoso— de una
casa religiosa dedicada a la enseñanza de la juventud. Con
un pretexto cualquiera abrió el Breviario del excelente ca­
pellán y no quedó poco intrigado al ver una hojita que
contenía dos o tres columnas de nombres muy juntos; habría
en total unos 80 ó 100.
—Querido amigo, ¿de qué es esta lista?
—La de todos los niños a quienes hice hacer su Primera
Comunión. Siempre la llevo en mi Breviario, tengo la de­
voción de pronunciar diariamente ante Dios estos nombres»
cuando estoy por subir al Altar.
No se trata aquí de recomendar esta práctica, uno de
hacer notar su espíritu. ¿Rezo con frecuencia por eso*
pilluelos a quienes he tenido entre mis manos? El domingo,
durante las funciones, ¿procuro reconocer a los presentes
para animarlos y a los ausentes para ir a buscarlos? ¿No
dejo transcurrir meses enteros sin darme cuenta de que tal
o cual ha desertado? Y más tarde, en la vida, ¿me esfuerzo
por seguirlos y ayudarlos?
L ectura : Imitac. I, cap. III.
194 R A U L P L U S , S. J.

MIERCOLES

DIRECCION (I)

¡Cuántas veces se oye declarar a los fieles, como otrora


al paralítico de la piscina de Siloé: “Hominem non habeo”,
no tengo a nadie que me ayude!
Aquí no se trata tanto de los pecadores, como de las
almas generosas que para elevarse hacia Dios, tendrían ne­
cesidad de una dirección sabia, prudente, viva, progresista;
y que en el sacerdote que les escucha en el tribunal de la
penitencia hallan solamente a un dador de absoluciones.
Sería preciso que el sacerdote, su sacerdote, estuviera versado
en las cuestiones espirituales, y sin ser necesariamente un
maestro de ascética y mística, fuera suficientemente compe­
tente para conducir por los caminos de Dios a las ovejas a
las que el Señor reserva un modo de ascensión fuera de lo
ordinario.
Se dirá: no hay mucha necesidad de tener tales conoci­
mientos en este rincón de mi parroquia, o en este poblado
de campesinos en que me hallo.
—¿Qué sabes tú?, un alma es doquiera un alma, y el
Espíritu Santo no está obligado a otorgar sus gracias de
elección solamente en las grandes ciudades o cerca de don­
de viven los directores renombrados. Puede hacerlo en la
localidad más humilde y en el pueblito más perdido. Son
raras las almas —simples quizás según el mundo, pero al­
tísimas según Dios— en todos los rincones de parroquia
aparentemente desolados y apartados, de caseríos. Por falta
de ayuda apropiada, muchas se enredan en escrúpulos, ve­
getan en la mediocridad, languidecen por los métodos que
las constriñen, les falta la palabra salvadora, el consejo
apropiado. Comprendamos entonces con cuánta competencia
es preciso dirigirlas, y con cuánta discreción debe permi­
tirse la obra del Espíritu Santo; se procede por medios au­
toritarios, se corta todo imperturbablemente, se sujeta a
MI O R A C I O N .195

esas almas a la esclavitud... ¿Dónde está la verdad?, no


debe decirse: El Espíritu Santo las sacará adelante, yo no
debo mezclarme. No; es preciso ayudar al alma a ver el
juego del Espíritu Divino y a seguirlo. Tampoco sustituir
al Espíritu Santo y disponer de todo según el propio gusto.
Prudencia, humildad, y en este caso mucha competencia.
L e c tu r a : S. Juan, V, 7.

JUEVES
DIRECCION (II)
El Sacerdote-director. Es esta una de sus funciones y no
de las menos importantes. En la Iglesia, la calidad de loe
fieles vale mucho más que su cantidad.
Un cura de Ars, ¿no equivalía a doscientos sacerdotes
menos santos y celosos? Una Isabel Leseur, ¿no valía ante
Dios lo que mil cristianos de segundo orden, cristianos sola·
mente de nombre o muy poco más? Ahora bien: er los
designios de Dios —quien todo lo gobierna con ponderación
y medida, dignándose servir ordinariamente de intermedia­
rios— las almas no logran su pleno desarrollo, su grado
de santidad, sino mediante la Dirección. Y no hay Dirección
sin Director. ¿Cuál es el papel del Director? Ser instru­
mento del Espíritu Santo, trasmisor de sus voluntades, de­
seos, impulsos. Su misión es simultáneamente altísima, di­
vina y humilde.
Altísima. Está encargado de hacer conocer los designios
eternos, los planes profundos de la Sabiduría eterna, de
la Verdad y del Amor Divino; y ayudar con todas sus po­
sibilidades a su cumplimiento. Altísima: la agitación toda
de las naciones y los imperior, vale menos ante los ojos de
Dios que la santificación de un alma. Bossuet, en una de
sus Creaciones Fúnebres, dice que Dios permite el de­
rrumbe de un Reino para crear una santa. Por lo tanto»
196 R A U L P L U S , S. J.

nada hay tan grandioso como la obra divina en las con·


ciencias, y el Director es el encargado de atenderla y vi­
gilarla.
Y por ello mismo, es una función humilde. La habilidad
y la ciencia del Director, consisten en desaparecer delante
de Aquel a Quien representa, empequeñecerse a fin de que
El crezca, no imponer sus caminos en lugar de los caminos
de Dios. Todo esto exige tener un alma sumisa al Espíritu
Santo, habituada a estar dispuesta, a seguir dócilmente sus
inspiraciones. Ante todo, el Director debe ser respetuoso de
la acción Divina y de la libertad de las almas. Debe cau­
sarle horror abusar de su confianza, de sus timideces y de
sus dudas, para hacerlas marchar por el camino propio o
de su gusto; lo cual —por desgracia— sucede demasiado a
menudo« ·' ¡
L e c t u r a : Imitación III, cap. XVII.

VIERNES

DIRECCION (III)
Otras cualidades de la Dirección: debe ser al mismo tiem­
po clásica, clara, firme y suave.
Clásica. Hacer que las almas beban en fuentes purísimas,
seguras. Ante todo, infundir en ellas una grande pureza de
corazón, el horror al pecado, el conocimiento de sus pro­
pias debilidades, el deseo de corregirse. Luego, darles a Je­
sucristo, el verdadero Maestro del Evangelio, de las Bien­
aventuranzas, del Pater de los pozos de Jacob, del Sermón
después de la Cena, del Calvario. . . el Jesús que exige todo
el corazón y ofrece el Suyo en cambio; el Jesús a la vez
exigente y fácil de contentar, a la vez firme y tierno, divino
y humano. Darles el dogma. Hacer que ante todo prefieran
la vida simple de la fe, la esperanza y la caridad, el deber
de estado, los caminos humildes y comunes. Es decir, que
MI O R A C I O N 197

por sí mismo, el Director no la empujará a las vías mis*


ticas. Con todo, que se cuide muy bien de ahogar el germen
de esas gracias cuando cree descubrirlas; entonces es
cuando se debe duplicar la prudencia, la sobrenaturalidad,
a fin de ayudar al alma a corresponder a los designios que
Dios tenga acerca de ella. £1 Director, sin aire de dar
grande importancia a sus gracias de oración, procurará
con mayor vigilancia, ejercitarla en las virtudes sólidas,
sobre todo en la humildad y la obediencia.
Dirección clara» nada de vaguedades e imprecisiones. Se
viene para pedir soluciones. Primero orar; luego hablar con
franqueza. Esto supone el conocimiento, la ciencia del mun­
do sobrenatural, de la psicología, del juicio, sobre todo del
tacto; de la luz del cielo.
Dirección firme y suave. Cuando se ha determinado un
objetivo a los esfuerzos de un alma, tener firmeza. Velar cui­
dadosamente para que el alma llegue a ese punto preciso.
Una vez descubierto un punto débil, que podría llevar a
faltas graves o solamente turbar la paz, detener su impulso,
hacerle una guerra sin cuartel. Y en cada conversación vol­
ver sobre el tema: “ ¿Y tal aversión__ , tal falta de costum­
bre. .., tal ocasión... dónde estamos... qué hemos hedió
en este sentido... ? Si se trata de un alma que gusta de
rodeos, que nada quiere con seriedad, no dudar en hacerle
comprender que el tiempo de un sacerdote, es demasiado
precioso para emplearse en un pasatiempo sin resultado
alguno.
Sin embargo, ser bondadoso. No herir, golpear, no ser
brusco. ¡Cuántas almas se atemorizan, se cierran durante
largo tiempo a causa de una frase demasiado seca o breve,
de una banalidad dicha por un confesor!
¿Qué y cómo he sido hasta ahora como Director? El
escollo es, o no darle la importancia debida, o al contrario,
perder demasiado tiempo.
L ectura: Imitac. III, cap. XI.
198 R A U L P L U S , S. J.

SABADO

DIRECCION (IV)
Otras cualidades del Director: memoria. Importante; na­
da impresiona tanto a un alma, como darle una dirección
personal; hablarle de sus asuntos; demostrarle que se in­
teresa en ellos, hablar discretamente de sus familiares y
amigos, de sus obras.
El sentido progresivo:
“ ¡Cuán triste es oír exclamar a jóvenes que hacen sus
estudios universitarios, a señoritas que salen radiosas de es­
peranza de sus años de pensionado: ¿ no sabe indicarme
usted un buen Director de conciencia? Quisiera llevar una
vida que no fuera inútil; había puesto mi confianza en
fulano o zutano, pero en cada una de mis confesiones, su
Dirección es idéntica: una breve exhortación para celebrar
la fiesta del día siguiente, la penitencia, la absolución y
eso es todo”.
El Cardenal Mercier tiene razón.
También dice lo siguiente (Retraite á ses Pretres, p. 239-
240):
“Leed el Himno a la unión Divina, él Cantar de los
Cantares. En lenguaje inspirado veréis allí el comercio de
Nuestro Dios con la Humanidad Santísima de Nuestro Se­
ñor, con la Virgen María, con toda alma que consienta en
dejarse amar. Pues esta intimidad con Dios no es un privi­
legio reservado a una porción escogida. Si el número de
los que la gozan es corto, la responsabilidad de ellos no
toca a Dios, sino que pesa sobre nosotros. Somos demasiado
flojos para tener fe grande en el amor. Son muchas las al­
mas que aspiran hacia Dios, la gracia las impulsa. Pero
cuando en la lejanía de su pensamiento se dan cuenta de los
renunciamientos necesarios para una unión que excluye to*
de egoísmo, de la necesaria ruptura con todo lo que
favorece su comodidad, amor propio, vanidad, todo se les
MI O R A C I O N 199

aparece como condición esencial para esa unión, abandonan


entonces el terreno; y entonces transcurre su vida en per·
petuas fluctuaciones entre el Dios soberano que les atrae
y su voluntad que las retiene. ¿Por qué la Iglesia cuenta
con tan pocas almas resueltas a seguir hasta lo último el
camino derecho que conduce a la plenitud de la unión Di­
vina? ¿Por qué?
“ Principalmente, porque nosotros, los pastores de almas,
es decir: sus guías y alimentadores, no las conducimos a
los buenos prados y no marchamos con paso decidido al
frente de ellas.”
L ectura : Imitac. III, cap. X L V .

D O M IN GO CUARTO DESPUES DE PASCUA

TARDUS AD LOQUENDUM
Seré muy sobrio en las confidencias que deba hacer.
No tendré desconfianzas excesivas, ni juzgaré mal indi­
vidualmente a las personas.
Lo justo es poseer una sabia prudencia, e inspirarse en
algunos principios generales:
Primeramente, que todo secreto confiado a alguno es re­
petido inmediatamente.
Segundo, que tal o cual persona con la que hoy estoy
muy bien, mañana puede haber cambiado respecto de mí.
Teresa de Avila, cuya psicología era tan fina, decía lo si­
guiente: “ Observad bien cuánto cambian las gentes, y cuán­
to es preciso confiar; aferraos a Dios, el cual no cambia” .
“ Cuánto cambian las gentes” ; sobre todo las mujeres.
Francisco I lo hizo grabar en el engarce de su sortija,
sobre un cristal de Chambord. Y también los hombres; no
es una falta de caridad, estar en esto sobre aviso.
Y obrar de un modo consecuente.
Por lo tanto: saber a quien se habla.
200 R A U L P LUS , S. J.

Y no decir más que aquello que, repetido más tarde, pue·


de serlo sin inconveniente para mí ni para nadie.
Con esta regla, me callaré más de una ve«.
L ectura: Imitac. I, cap. X.

LUNES

LA DIRECCION DE LAS MUJERES


Una persona algo recelosa, reprochaba a San Francisco
de Sales porque tenía un gran número de penitentas:
“No sé por qué ellas se complacen en dirigirse con usted
—le dijo un día con cierta acritud— pues usted no les
dice gran cosa”.
Y el Santo le contestó con gracia: “¿Le parece poco
dejarles decir todo?
Habría mucho que hablar y determinar, acerca de la
dirección en general, y en particular de la dirección de las
mujeres.
Ellas tienen un alma con sus exigencias, por lo tanto
precisan apoyo y luz espiritual.
Además, ellas son apóstoles natos; precisamente porque
les gusta hablar, si el celo las anima poseen un poder in­
negable de proselitismo, como lo testifica la Samaritana
que hubo hablado con Cristo.
Pero también es evidente que su necesidad de franquear­
se, les hace olvidar muy a menudo el valor del tiempo;
y el sacerdote tiene muchas otras cosas que hacer que le
impiden escuchar indefinidamente confidencias seguidas muy
a menudo con los mismos estancamientos.
También, este compromiso femenino puede no ser siem­
pre sano, aún cuando al comienzo se presente perfectamente
sobrenatural. Francisco de Sales era un santo, su virtud
eminente lo preservaba en primer lugar de todo exceso, y
MI O R A C I O N 201

después de los inconvenientes de la familiaridad. Nosotros


no somos santos; discreción, prudencia, sobriedad.
L e c tu r a : Mat. XXV, 1 a 14.

MARTES
CASA DE VIDRIO
Yo vivo en plena luz. Todo se ve, es conocido, registrado,
apreciado, censurado.
Las paredes de la casa parroquial y de la sacristía son
de cristal. Cualquier movimiento mío, una visita que reciba,
una persona a la que salude, todo es notado. Y así está
bien, es una protección; vivo en una casa de cristal.
Pero también es una responsabilidad. Por lo tanto debo
evitar, no ya lo que es malo en sí, o menos bueno, sino
también lo que puede ser interpretado en mal sentido, o en
el sentido menos bueno, por aquellos que me ven o podrían
verme obrar. Especialmente en todo lo que se refiere a la
castidad sacerdotal. El mundo no cree que el sacerdote
pueda ser enteramente casto. Nunca, en lo que a esto res­
pecta, debo dar lugar a una crítica. Otro tanto en materia
de justicia, en cuestiones de dinero, interés. El mundo cree
que nosotros ejercemos un oficio comercial. Nunca hagamos
algo que acredite este juicio erróneo.
En el vivir, nada de afiebrado, de angustiado, hacerlo
siempre de un modo natural. Observar espontáneamente
esta sabia prudencia, y como una cosa que va de por sí.
Y quizás aún entonces seré sospechado, calumniado. A lo
menos que pueda hacérseme justicia. ¿Acaso no aprecio yo
con severidad a tal o cual colega cuya conducta imprudente
da lugar a cuchicheos? Ciertamente que lo hacen errónea
o injustamente, pero, ¿es posible impedir su oficio a las
lenguas de víbora?
No juzgar a los demás, pero respecto de mí mismo, ex*
202 RAUL PLUS, S. J.

trema prudencia. Ante todo por razón de preservación; y


luego para edificación.
L ectura: Imitac. I, cap. IV.

M IERCOLES

PRUDENTE RESERVA

Se narra del Santo Cura de Mattaincourt: Pierre Fourier,


que nada descuidaba para mantener intacta su reputación
sacerdotal. Un rasgo entre muchos:
Cierto día, una señorita de vida bastante ligera, enojada
a causa de la severidad con que la trataba desde hacía tiem­
po el santo sacerdote, resolvió hacerle una jugada. Viéndolo
regresar de una visita a un enfermo, y trayendo consigo el
Santísimo Sacramento, se apostó en una calle estrecha por
donde había de pasar; había allí un charco de agua que
impedía en gran parte el tránsito; pensaba ella: de este
modo no tendrá más remedio que prestarme atención. Pero
se equivocó; Fourier entró decididamente en el charco.
Conclusión: la pobre señorita se convirtió e hizo vida
seria. Durante el proceso de Beatificación, el “ Abogado del
Diablo” acusó al pastor de almas de haber faltado al res­
peto al Santísimo Sacramento. El Papa resolvió el asunto:
“ Entre los dos lodazales, él escogió el menos sucio” .
Me inspiraré en un ejemplo así, y en las palabras del
Papa. Ante todo: nunca comprometer aquello sin lo cual
me es imposible toda posibilidad de bien, el carácter in­
maculado de mi reputación sacerdotal.
L e c t u r a : Imitac. I, cap. VIII.
MI O R A C I O N 203

JUEVES

TODO POR DIOS


En una carta a un seminarista, se pregunta el Padre Au-
bry: “ ¿De qué sirve todo lo que no contribuye a establecer
el reino de Dios?”
Y hace el comentario siguiente:
“No conozco espectáculo más doloroso, que despilfarrar
en algo que no sea por la gloria de Dios, los recursos de la
inteligencia, del ardor, de la generosidad o de lo que sea. Si
Dios nos da cien en recursos, y empleamos 95 en su servi­
cio y 5 en nuestros menudos placeres, se trata del cinco por
ciento que apartamos de la verdad” .
Ciertamente no significa que el sacerdote no pueda dis­
traerse, recrearse; a menudo esto será una necesidad; el ar­
co no puede estar siempre tendido. En interés del mismo
ministerio y para evitar mayores males, será necesario que
descanse algunas veces.
Pero aún entonces, es preciso tener en vista la gloria de
Dios, no recrearse por recrearse, descansar por descansar y
porque la naturaleza lo pide; sino hacerlo porque lo recla­
ma la virtud de la prudencia, para poder dedicarse con nue­
vo ardor a la salvación de las almas.
Toda nuestra vida debe consagrarse a Dios y al ministerio
apostólico, incluso aquello que aparentemente se relaciona
menos a ese fin.
“ Sea que comáis, sea que bebáis” , sea que toméis vues­
tras vacaciones o recreaciones, hacedlo todo por la gloria
de Dios.
L ectura: Salmo 27.
204 R A U L P L U S , S. J.

VIERNES
SUFRIMIENTO OCULTO
“Sabed sufrir un poco por amor de Dios, sin que todos
lo sepan” recomendaba a sus monjas Teresa de Avila, y
añadía: “Me parece que es una imperfección grande quejar­
se de bagatelas, sufridlas si podéis sin quejaros. Cuando el
mal sea grave, se hará patente por sí mismo”.
Es evidente que la prudencia debe ser lo primero. Pero
como tenemos mayor tendencia a procurarnos facilidades
que a imponernos sacrificios, es bueno escuchar aquel con­
sejo. Guarda relación con el del Salvador: “Cuando ayu­
néis, no dejéis notar en vuestro rostro que lo estáis hacien­
do"', y pedía a Santa Margarita María, que supiera sufrir
sin dejarlo ver.
Decir el propio sufrimiento, es procurar disminuirlo, equi­
vale a dcr una parte del sufrimiento a los demás.
Si abrimos un pomo de perfumes, se evapora lo mejor
que hay en él.
¡Es tan bueno —y grandioso— tener a Dios por único
testigo!
L e c t u r a : Imitac. III, cap. III.

SABADO

EL APOSTOLADO DEL SACRIFICIO


“Con gusto permaneceré aún 22 años en este estado, con
tal que Dios nos dé sacerdotes santos”. Así decía un joven
diácono, al que una terrible tuberculosis ósea impedía subir
al altar, y que durante 22 años habría de estar así en con­
tinuas peregrinaciones a Lourdes sin lograr nunca su cura­
ción. Este valiente Abate José Girard había comprendido la
importancia de las inmovilidades forzadas, el poder apostó-
MI O R A C I O N 205

lico de las horas de hamaca y de doloroso curaciones; la


fuerza redentora de la gente inmóvil.
Si la vejez ha disminuido mis fuerzas de acción, o si la
enfermedad me ha visitado, me guardaré muy bien de pen­
sar que ha concluido mi oficio apostólico. Quizás ha con­
cluido, sí, mi oficio en mi parroquia, y si en realidad no
puedo consagrarme al bien de mis fieles, me apresuraré yo
mismo a ofrecerme para ser sustituido; no me aferraré a
desempeñar un papel que ya sobrepasa mis fuerzas, a dirigir
obras que no puedo vivificar; a veces falta el valor para
retirarse a tiempo, y sucede así a menudo que las parroquias
corren riesgos. Debo comprender que me corresponde ceder
el lugar; y si no tengo posibilidad de consagrarme a las
obras allí mismo, siempre me quedan los innúmeros recur­
sos del apostolado por medio del sacrificio; no puedo obrar,
u obrar con el vigor de antes, pero por el bien de las almas
puedo ofrecer mis sufrimientos, incluso el de privarme de
actuar como antes. Tendrá ello más valor que mis activida­
des habituales; el celo externo está limitado necesariamente
por el tiempo y el espacio, el apostolado del sacrificio, no.
L e c t u r a : Salmo 9.

D O M IN ICA QUINTA DESPUES DE PASCUA

FACTORES VERBI
No sólo decir, sino también hacer; y si es posible: perfec­
cionar, llegar a la perfección.
¿Qué es la perfección? Responde San Bernardo:
“Aquel es perfecto si tiende a la perfección, procurar
la perfección es ser perfecto, Conatus ad perfectionem per-
fectio, et studere perfectioni est esse perfectunC\
jCuán consolador es esto! No se me exige que llegue, sino
que parta; no se me pide que alcance el término (jamás se
llega a él en la tierra), sino que seriamente me ponga en
206 R A U L P L U S , S. J.

camino. Tender, esto es todo, seriamente, lealmente, eficaz·


mente; pueden darse golpes y momentos de poca generosi­
dad, pero con tal que conserve la tendencia, el ansia de
avanzar, el esfuerzo sincero para llegar, todo está salvado
y puedo permanecer tranquilo. Dios está satisfecho.
Mientras mi ideal sacerdotal se mantenga intacto, lo mis­
mo que mi celo por realizar diariamente —en el terreno
práctico— lo poco que pueda de ese ideal intacto y viviente,
estoy en marcha. Lo esencial está a salvo. El resto no es
más que una determinación, sin duda no despreciable, pero
siempre secundaria. Mas si por el contrario, estoy decidido
a santificarme únicamente con mesura, si he dejado que se
debilite mi ideal, que se nublen mis aspiraciones hacia el
bien, si en los detalles de cada día me ocupo y abandono —
abandono sobre todo— mis deberes, aceptando demasiado
fácilmente lo que hay menos perfecto, entonces debo inquie­
tarme. Hay deficiencia aceptada en mi voluntad. He cesado
de tender, de aspirar con toda mi alma, no estoy ya en el
recto camino de la perfección.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. IV.

LID IES (ROGACIONES)


“REFRENANS LINGUAM”
He meditado ya, aunque poco, sobre ese importante tema.
La Iglesia me lo recuerda en la Epístola de ayer; porque
su importancia es grande.
Si San Pedro dice acerca de todo cristiano: “Si quis lo-
quitur, quasi sermones D ei\ ¡cuánto más debe ser cierto
respecto de todo sacerdote!
Evitar las palabras ociosas, las conversaciones inútiles, las
prolongadas inútilmente, o las tonterías y chistes sin prove­
cho, entre cofrades o con los jóvenes o los fieles. A todo
bautizado, pero con mayor razón al sacerdote, se le pedirá
MI O R A C I O N 207

cuenta de toda palabra fútil. ¡Qué olvido de las realidades


es decir palabras inútiles, cuando las almas aguardan por
doquiera palabras salvadoras!
Evitar las gracias y chanzas fuera de lugar, las palabras
dudosas, el lenguaje demasiado libre. Observa San Bernar­
do : “En labios de un laico, esto puede ser una bagatela: In
ore soecul&rium nugae, nugae suni; in ore sacerdotum,
blasphemiae”.
Evitar también todo aquello que, aún siendo bueno en su
expresión, podría herir a la discreción o a la caridad. No
andar en busca de chismes y cuchicheos o Mse dice” ; jamás
pronunciar algo que pueda zaherir; principalmente no ha*
blar nunca mal de aquellos que —en el curato o en el co­
legio— colaboran conmigo.
L e c tu r a : Salmo 26.

MARTES (ROGACIONES)
“PETITE”
El Evangelio del domingo invitaba a la oración:
“Orad. Si pidiereis al Padre alguna cosa, os la concederá.
Hasta ahora nada habéis pedido. Pedid y recibiréis”.
Hoy, la Epístola insiste sobre el mismo tema:
“Orad los unos por los otros. La oración perseverante del
justo, tiene gran valor. Ved a Elias; era uno como nosotros,
y sin embargo, miradlo: pide que cese la lluvia, y el agua
del cielo no cae más; ruega al Señor que envíe agua fecun·
dante, y las nubes se abren”.
¿Tengo yo confianza suficiente en el poder —todopode­
roso— de la oración?
“Vosotros pedís como quien no desea obtener”, esto re­
prochaba a muchos cristianos aquel santo varón de Tours,
M. Dupont.
Diré con grande fe en el Gradual '“Confitemini Domino
208 R A U L P L U S , S J.

quoniam bonus, quoniam in soeculum misericordia ejus*\


Veamos el Evangelio:
“He aquí que uno pide pan a su padre, ¿le daré éste una
piedra? Otro le pide un pez, ¿le dará acaso una serpiente?;
un tercero le pide un huevo, ¿le dará tal vez un escor­
pión?”
¡Y el Padre del Cielo! ¿ Su bondad no le hace superar mil
veces la de todos los padres de la tierra?
¿Entonces?
Tengamos confianza en la oración. Me esforzaré por in­
fundir en mis fieles una fe invencible en el poder de Dios.
Si yo creyera, también ellos creerían. Medice, cura teipsum.
L e c t u r a : Mat. VII, 7 a 12; XXI, 22.

MIERCOLES
PA T I... GLORIAM
El día de mañana nos recordará al Salvador subiendo a
los cielos. Pero antes de esto, ¡cuántos sufrimientos! “¿No
convenía que el Cristo padeciera, antes de entrar en la
gloria?”
Cuando el Rey de España, Felipe II, vió que se acercaba
el momento de su muerte, hizo llamar al jefe de ingenieros
del Palacio del Escorial:
“Recordaréis dónde colocasteis hace catorce años, un gran­
de trozo de madera, que sobró del empleado para construir
el crucifijo del Altar Mayor, y que yo os recomendé que
guardarais aparte. . . ”
”Sí, Majestad”.
”Y bien, con esa madera, haréis, mi ataúd”
Hermosa idea, símbolo elocuente. Sin embargo, se me
ocurre una reflexión: está bien hacer con la madera de un
crucifijo la caja para después de la muerte; pero aún es
mejor utilizar el crucifijo durante la vida.
MI O R A C I O N 209

Como quiera que s¿a, en el caso del sacerdote, es nece­


saria la rectificación. Se trataba de un crucifijo del Altar
Mayor. Yo, sacerdote, si comprendo a mi Salvador Crudfi·
cado, el de todas las Misas, si comprendo que debo ser uno
con El no sólo a título del Sacerdocio Espiritual de mi Bau·
tismo, sino aún más por el Orden de mi Sacerdodo Sacra­
mental, ¿puedo aspirar legítimamente a hacer de mi vida
otra cosa que una vida crudficada? Scire Jesum et hurte
crucifixum,
Pero no admitiré bajo esta frase lo que ella no enderra;
y sí todo lo que significa, sin ensueños, sin romanticismo...
pero sin debilidad: sacerdotalmente.
L e c t u r a : Imitac. III, c a p . XVIII.

JUEVES
LA ASCENSION
Revivir la escena... V er... O ír...
Un momento antes, El estaba allí, les hablaba. Y ahora...
aún lo buscan sus ojos alzados, sus manos tienden hacia
lo alto, ávidamente ansiosas...
En La Salette, para expresar la dolorosa sorpresa de los
pastorcitos Melania y Maximino, el escultor —en una obra
famosa— los ha representado de rodillas, con los brazos al­
zados, suspirando por conservar a la Dama, que poco a po­
co se alejaba de ellos elevándose a lo alto.
Y en el caso que meditamos, ¿cómo retener los movi­
mientos, las actitudes, los sentimientos interiores dd alma?
Si yo hubiera estado en el grupo, ¿qué habría pensado?
¿Tengo hambre y sed de Jesús? ¿Me aflige la idea de que
pudiera estar lejos de mí? 0 al contrario: satisfecho de las
cosas terrenas, ¿no me sucede que pase fácilmente sin las
del cielo?
Jesús, lo tengo cerca mío, en mi Iglesia, en mi Capilla.
210 R A U L P L U S , S. J.

¿Gusto de ir a visitarlo, de estar cerca de El? Es el mismo


Jesús de la Ascensión. S e diría que no creo.
Intensificar mi le, de tal modo que se intensifique mi
ansia.
L e c t u r a : Actas de los Apóstoles, I, 1 a 15.

VIERNES DESPUES DE LA ASCENSION


EL CIELO
Sobrecogidos por la partida del Maestro, los Apóstoles
dirigen sus miradas a lo alto, en busca de regiones inacce­
sibles para las que se ha ido definitivamente Jesús.
Sigamos la dirección de esas miradas.
¿Qué es el cielo al que Jesús ha subido? Nos lo advier­
ten San Juan y San Pablo: ninguno de nuestros muertos de
la tierra puede describírnoslo: “Nec oculus vidit, nec. ..
Ñeque longitudo, ñeque. . . ”
¿Qué dice el Dogma? Que existe allí una doble felicidad:
felicidad esencial, felicidad accesoria.
Felicidad esencial: ver a Dios facie ad faciem... ¿no es
ésta la maravilla de las maravillas? ¡Y soy yo tan banal, tan
poco apto para comprender los esplendores invisibles, que
esa expresión me deja frío! ¡Miseria, pequenez, incapaci­
d a d !... ¿Cómo acercarnos, aun cuando fuera de lejos, a
la realidad ? . . . Pensaré en los Santos que aún hallándose
en la tierra eran devorados por el deseo de ver a Dios, y
expresaban su alegría en el momento de la muerte: “ ¡Fi­
nalmente podré ir a'veros, oh Señor!” (Teresita del Niño
Jesús); o en las almas del Purgatorio, llamadas finalmente
para abandonar aquel reino de tinieblas y entrar en la luz...
El Purgatorio consiste principalmente en eso: saber que se
es para Dios, para contemplarlo, y no poder arrojarse aún
en sus brazos. El fin de ese suplicio es el cielo.
MI O R A C I O N 211

Felicidad accesoria. En la luz de Dios, contemplaré a todo


lo demás.
Y antes que nada, la Humanidad Santísima de mi Sal­
vador.
M aría...
Los Angeles, los Santos, todos los que me han precedido
en la gloria.
¡Qué hermosísima fiesta... que nunca concluye!
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XLVIII.

SABADO DESPUES DE LA ASCENSION


“EN AQUEL TIEMPO, HABIA GIGANTES5’
En la tarde de la Ascensión, ¿a quiénes confió el Señor
su Evangelio?
A doce hombres.
¿Quiénes eran esos hombres? Gigantes, no por su altura,
pero sí por su alma. Y no que lo fueran así por naturalezti,
eran doce pobres pescadores del lago.
Recordaré su ignorancia, su nativa incapacidad: conocían
su profesión, la pesca, sus redes, la costa. Aparte de esto,
nada. Lo menos pertrechados que era posible para lograr
la conquista del mundo.
Y no parece que con el trato penetrante y vigoroso del
Maestro, se hubieran transformado mucho. Sin duda que lo
siguieron valerosamente, creyeron en El, lo amaron; pero
aún así, ¿no demostraron un terrible desconocimiento de los
caminos de Dios, de las intenciones del Salvador? ¿No tes­
timoniaron dolorosas incomprensiones, pequeñas ambiciones,
patente cobardía en el Huerto de los Olivos y durante la
Pasión —Pedro el primero de todos—?
¡No importa! Con esos doce hombres se emprenderá la
conquista evangélica del mundo; su educación sobrenatural,
que Jesús ha podido completar —¡casi ha fracasado!— la
212 R A U L P L U S , S. J.

terminará y perfeccionará el Espíritu Santo en pocos días.


¿Y entonces?
Entonces esos hombres harán arder al mundo; nada los
detendrá: ni las oposiciones, las persecuciones o las ame­
nazas de muerte. Non possumus non loqui; “Nos es impo­
sible callar. ; Es necesario que anunciemos el Evangelio has­
ta los extremos del mundo!” — Gigantes.
¿Y yo? ¿Gigante o enano? Por mi origen, cualidades
naturales y mi valor moral, quizás un enano, y de la especie
más pequeña. Pero tengo mi sacerdocio, me ha consagrado
“gigante”. La misión que recibieron los Apóstoles, también
la he recibido yo. Aún hoy día las gracias de Pentecostés
deben renovar en mí el fervor de mi esfuerzo. No tengo de­
recho a ser enano, ni siquiera un sacerdote mediano. . . no,
de la raza de los gigantes.
L ectura: II Timot., I, 6 a 18; Gén. VI, 4.

DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA


DE LA ASCENSION

COMPRENDER A LOS PERSEGUIDORES


Impresionante frase de Nuestro Señor: “Llegará la hora,
en que quien os persiga, creerá tributar gloria a Dios”.
¡Creo con tanta facilidad que quienes me combaten, o
quienes combaten a la Iglesia de Dios, son evidentemente
gentes de mala fe!
No. Puede suceder que crean hacer bien. Nosotros juz­
gamos los actos, y éstos ciertamente son malos; lo que sería
preciso conocer son las intenciones; y éstas pueden ser bue­
nas: “Os echarán de las sinagogas, procurarán haceros mal,
paralizar vuestra acción”. Pensaréis: ¿odio, fanatismo?
Puede ser; pero nos advierte Jesús: Pensad que, obrando
así, creerán a veces rendir homenaje a Dios: obsequium se
praestaro Deo.
MI O R A C I O N 213

¿Qué hacer en la persecución? Ya se trate de la oficial


o de la larvada, pública o privada, oculta o declarada.
Ante todo: no tergiversar, no oscurecer las intenciones.
Lamentar sí, los hechos y procurar paliarlos; pero no sos*
pechar necesariamente las ideas: esto no es evangélico en el
sentido verdadero de la palabra.
No responder a la violencia con la violencia; a las insi­
nuaciones con otras insinuaciones, a la guerra de cuchillo
con la guerra de cuchillo.
Perdonar.
Y después, orar al Padre, a fin de que los perdone, pues
muy a menudo “no saben lo que hacen”, e incluso, creen
hacer bien. “Os tratarán así, porque no conocen al Padre ni
a Mí”. Su mal es la ignorancia; carencia de información.
Hacer luz, sin cólera ni hiel. Tener paciencia. Amar, tanto
más porque piensan hacer obra santa combatiéndome y agra­
viándome.
L e c tu r a : Actas de los Apóstoles, XXVI. 9-20.

LUNES
EL CIELO EN LA TIERRA
Cuando leemos o escribimos la palabra “cielo”, pensamos
invenciblemente en el cielo de Lo Alto.
¿Por qué —mientras esperamos el Cielo de la Gloria—
no nos preocupamos de este otro cielo, idéntico en su fondo
pero mucho más próximo, el cielo de la Gracia?
Lo decía con mucha verdad aquella Carmelita: Isabel de
la SSma. Trinidad:
“Yo he hallado el Cielo sobre la tierra, puesto que el cielo
es Dios, y tengo a Dios en mi alma”.
En verdad, ¿habita Dios, o no habita en nosotros por me­
dio del estado de gracia?
Si, y no es una humilde Carmelita la que nos lo recuerda,
214 R A U L P L U S , S. J.

lo afirman los Teólogos más gravea, expresando con ello


la doctrina más formal de la Iglesia.
Pregunta el Padre Gardeil: “¿Qué es la vida cristiana?”
—Es la vida cristiana, entiendo la vida que vive Dios
mismo, en su intimidad, comunicada al hombre, adaptada
a sus facultades, vitalmente tenida por é l. . . Facie ad fa­
ciera. .. he ahí a los bienaventurados. In speculo, de lejos,
en un espejo, tal es el cristiano. Pero la vida fundamental
es la misma... La vida cristiana es la vida eterna ya comen*
zada. Es ya desde la tierra una vida divina.
Nada hay de lo cual no precisemos ser aún más persua­
didos. Concebimos demasiado a la vida cristiana como una
vida terrestre en su tenor presente, dejando para el otro
mundo los más allá divinos. Y de ahí que (en tantas almas
cristianas). . . haya dos partes en nuestra vida: la una —
la que sólo cuenta en la práctica— que es en realidad para
nosotros la vida... que se emplea en la búsqueda de los
objetos y goces de este mundo; la otra, a la que es preciso
afrontar en vista del porvenir, pero de un porvenir tan le­
jano, que parece haber siempre tiempo para pensar más
tarde.
. . . Es tiempo de volver a pensamientos más verdaderos...
La verdad se encierra en estas palabras: Cristiano, mira que
tú has de vivir desde la tierra una vida emparentada a la de
Dios mismo, que la vida actual es una vida divina. Carissi-
mi, nunc sumus filii Dei (I Joan. I, 1-2).
L e c t u r a : I Joan. II, 1 a 7.

MARTES
INCHOATIO GLORIAE, GRATIA
Nunca reflexionaré bastante acerca de este pensamiento:
la gracia santificante es el comienzo de la gloria. El texto
completo de Santo Tomás, es como sigue: “Gratia nihil aliud
MI O R A C I O N 215

ett quam inchoatio gloriae in nobis” (II, II, q. XXIV,


art. 3 ad 2).
Hablamos demasiado de entrar al cielo al término de la
vida; en realidad, no deberemos cambiar de lugar para ha·
llar a Dios. El alma en estado de gracia lo posee, aunqne
“ in umbra” . Substancialmente, el cielo será un estado: el
del alma que, llegando al término de la existencia terrena,
teniendo en sí la gracia divina, y no viéndose impedida por
el peso de lo sensible, descubrirá en la luz, al Dios que lleva
ella misma. No tendrá necesidad de ir hacia Dios, ni Dios
de venir hacia ella. Teniendo ya a Dios en sí, simplemente
será puesta en estado de “ verio*V de descubrirlo de lleno,
y por consiguiente de gozar plenamente de El. El Cielo no
consistirá en dar a Dios a alguno que no lo tuviera al aban*
donar la tierra, sino hacer de modo que. el que abandona
la tierra poseyendo a Dios, pueda gozar de ese Dios ya po­
seído en la tierra. En otras palabras: el cielo no consistirá
en dar a Dios, sino en dar la luz que permitirá gozar a
Dios, ya poseído con anterioridad.
Nuestro destino es uno. Por medio del presente podemos
juzgar nuestro porvenir. No tenemos el goce del capital, te­
nemos el mismo capital. El término explica el camino; el
roble explica la bellota de la que procede.
“ Para que el roble sea roble, es preciso que la bellota sea
bellota, es decir: no ya un roble en pequeño, sino un roble
en potencia.”
“ Del mismo modo: si el hombre debe ser Dios algún día,
en el sentido participado de la palabra — se sabe— es pre­
ciso que sea Dios desde aquí abajo, en el mismo sentido,
con la misma diferencia que hay de la cosa desarrollada, a
su grano.”
“ Seremos felices en la medida exacta que hayamos acep­
tado serlo” (Sertillanges: “ L’Eglise” , I, pp. 29-40).
L ectura; Vivir con Dios,
M IERCOLES

LOS DOS CIELOS


Aquí abajo, allá arriba. La gracia, la gloria.
Se pensará, no hay comparación.
De hecho, paralelismo, y pensándolo bien, no va todo en
ventaja del cielo de allá arriba.
Hacía notar finamente el Cura de Ars:
“ Nosotros somos casi más felices, bajo un cierto punto
de vista, que los habitantes del cielo, pues ellos no pueden
más que gozar de sus rentas, y nosotros podemos aumentar
a cada instante nuestro capital” .
En el siglo xvii, D’Argentan desarrollaba el mismo tema:
“ Oh bienaventurados habitantes del cielo, no penséis que
sois los únicos que vivís de la vida de Dios; pues aunque el
desolado exilio en que gemimos sea llamado región de som-
bras y de muerte, no por eso dejamos de vivir la vida di­
vina tan bien como vosotros. Vosotros lo veis claramente, y
nosotros lo creemos firmemente; vuestra visión clara es se­
gurísima. Vosotros amáis las claridades de vuestra visión,
que os causan delectación; y nosotros amamos las obscuri­
dades de nuestra fe, las que nos son útiles. ¡Oh! almas san­
tas que habitáis la Jerusalén Celestial, poseéis a Dios en
vuestro estado, y en el nuestro nosotros esperamos poseerle.
Vuestro goce que os satisface plenamente os tiene en un re­
poso eterno, y nuestra esperanza que nos da valor, nos ani­
ma a trabajar infatigablemente y con placer para llegar a
su goce. Es verdad que la esperanza diferida aflige al alma,
pero es una aflicción que consuela. Feliz el alma que no
tuviera otra aflicción sobre la tierra, más que la de no ha­
ber llegado aún a la posesión perfecta de Dios... Final­
mente, bienaventurados del cielo, amáis a Dios con un amor
perfectísimo; pero también tenemos esa bondad sobre la
tierra, lo amamos con el mismo amor, la caridad del cielo
v de la tierra no son de naturaleza diversa. Vuestro amor es
MI O R A C I O N 217

la medida de vuestra beatitud en el cielo, y también nuestro


amor es la medida de nuestra felicidad sobre la tierra; pero
vuestro amor está en su término, no puede jamás crecer; el
nuestro está aún en camino, puede siempre avanzar, siempre
crecer y perfeccionarse más”.
L e c tu r a : Vivir con Dios.

JUEVES
PERSEVERANTES IN ORATIONE
Les dijo Jesús: “I d ... Evangelizad..
¿Qué hacen ellos? Sin duda que sin esperar un minuto
se prepararán para salir... Un solo instante quitado al
Apostolado, ¿no sería irreparable pérdida? ¡Pronto, en ca­
mino!
¡Pero no, miradlos! Están en el Cenáculo, inmovilizados
en la oración.
¡Pero las almas nos esperan... el mundo se pierde!. . .
¿Por qué esa calma? ¡Apresuraos!
In oratione, no corren, están de rodillas. Perseverantes;
nada de oración apresurada con los impedimentos prepara­
dos, no una oración con su tiempo un día después de otro.
¡Y yo, que hallo tan largos los tres días del retiro anual...
largos e ... inútiles! ¡Cuántas cosas sería posible hacer
durante ese tiempo!. . .
Yo, que hallo tan largo el tiempo consagrado cada maña­
na a la oración... ¿y consagro cada mañana un tiempo a
la oración?
¿Y pretendo conquistar el mundo?... ¿por lo menos mi
parroquia? ¿Con qué medios? ¿Con los que no usaron los
Apóstoles? ¿Sin poner como principio y fundamento mi
apostolado de la oración, la oración, la perseverancia en la
oración?
Tender siempre un puente de enlace entre estas dos con-
VIERNES
LA VIDA INTERIOR
¿Qué es la vida interior para el cristiano? Nuestro Señor
nos dió la definición en aquella admirable instrucción rea­
lizada en el Cenáculo, y que fué la preparación para la
institución del misterio eucarístico: “Manete in me, et ego in
vobis” : Permaneced en mí, y yo permaneceré en vosotros
(Juan, XV, 4).
“ He ahí la vida interior del cristiano. Es una compenetra­
ción recíproca de su alma y de Dios en Jesucristo. Por ello
mismo, esta vida interior del cristiano se distingue clara­
mente de la vida de recogimiento, reflexión y sabiduría mo­
ral recomendada por ciertos filósofos, particularmente por
los estoicos.
” Sin duda que también éstos nos dicen: entrad en vos­
otros mismos, no estéis siempre fuera de vosotros, de vues­
tra conciencia, al servicio de la ilusión y las apariencias,
presa de las agitaciones del mundo sensible. Recogeos, vi­
sitad los tesoros de vuestra alma. Estos sabios consejos son
comunes a la filosofía humana y a la filosofía divina; pero
he aquí en qué se separan.”
El sabio que entra en sí mismo, no halla en sí más que a
sí mismo. El cristiano bautizado, consciente de las riquezas
divinas que hay en él, no entra en sí para hallarse solamente
a sí mismo. Es a Dios a quien busca, y a quien halla en el
fondo de sí mismo.
Si volvemos a entrar en nosotros, lo hacemos para hallar
a este huésped divino que había sido expulsado por el pe·
cado, pero que la Redención ha traído nuevamente.
MI O R A C I O N 219

En efecto: Dios había sido el primero en tomar posesión


del alma humana, en los días de su inocencia la había pre­
venido con su primera visita de amor, había concertado con
ella la alianza primitiva en que su predilección irradiaba
con magnificencia sobre el hombre: la ingratitud y la re­
belión deshicieron dicha alianza, y para renovarla fue pre­
ciso nada menos que un Dios venido desde el cielo, un Ver*
bo hecho carne” (Mons. D’Hulst: “ Retraite pascale” , 1896).
Cristo, nuevamente en el cielo, nos enviará el Espíritu
Santo. La vida divina ha sido hallada nuevamente, otra vea
podrá expandirse sobre la tierra, reconquistada por la san·
gre de Cristo.
Abriré ampliamente mi alma, para recibir el Espíritu
Divino.
L e c t u r a : Vivir con Dios.

SABADO

PARACLITUM DABIT
Pentecostés, fiesta de los grandes auditorios cristianos y
de la Iglesia toda, fiesta para todo bautizado, del interior
del alma: Dulcís hospes.
Según mi fervor, insistir sobre uno u otro de estos puntos
de vista. El primero es habitualmente más estudiado, medi­
tar a fondo el segundo: ¿Nescitis quia templum Dei estis,
et Spiritus Dei habitat in vobis?
Este pensamiento del alma humana considerada como tem­
plo, era tan familiar para 'los primeros cristianos, que en
la Epístola atribuida a San Bernabé, el autor argumenta del
modo siguiente:
“ El Templo de Jerusalem ha sido destruido, no existe
más... Consolaos: existe otro templo de Dios. Antes de que
hubiéramos abrazado la fe, nuestro corazón se parecía a un
edificio levantado por mano de los hombres. Pero ke aquí
220 RAUL PLUS, S. J.

que el Señor va a construirse un templo digno de su mag­


nificencia. Por el perdón de los pecados, nos hemos con*
vertido en hombres nuevos, una criatura absolutamente nue­
va. Dios habita verdaderamente en nosotros y en el templo
de nuestro corazón. . . He ahí el edificio espiritual que se
ha hecho el Señor” (C. X V I).
Cuando meditábamos sobre la Ascensión, decíamos:
“ Nuestra alma es un cielo” .
Es un cielo, un verdadero santuario, porque contiene al
Señor del Cielo : el Padre, el Verbo, el Espíritu Santo. Pue­
do considerar igualmente a las Tres Personas o a una de
ellas, pues al Espíritu Santo se atribuye de modo singular
la santificación de las almas. Insistiré especialmente duran­
te este tiempo de Pentecostés.
L ectura: Vivir con Dios.
III

DESDE PENTECOSTES HASTA EL ADVIENTO


PENTECOSTES

TESTIMONIUM REDDIT
“Ipse enim Spiritus testimonium reddit spiritui nostro,
quod sumus filii Dei” (Rom. VII, 16): El Espíritu Santo,
en el templo de mi alma, testifica que yo soy hijo de Dios.
Mi alma es el lugar de una incesante ceremonia de culto...
Solamente el Gran Sacerdote podía entrar en el Santo de
los Santos y ofrecer la ofrenda...
Existen en mí, profundidades que el Espíritu Santo re­
serva para sí, en las que solamente El puede entrar. Es en
ese lugar oculto, donde reside el Dios oculto. Allí, donde
cesan los ruidos mundanos, donde no penetran ni el mundo
ni la carne, allí está Alguno. ..
¿Lo sé, lo creo, pienso en ello?
Un alma santa, la que fundó con el P. Cloriviere — du­
rante la Revolución— a las “ Hijas de María’*, Adelaida de
Cicé, decía lo siguiente:
“Dios mío, otorgadme la gracia de no perderos de vista
ni un solo instante en este mundo, hasta el momento en que
vaya a habitar en vuestra mansión. Venid a la mía; esta·
bleced en ella vuestra demora, yo os daré hospedaje en el
tiempo, y Vos me lo daréis en la eternidad” .
Pero esto — no perder de vista con la memoria al Huésped
interior— no es posible sin una gracia especial. Por lo me­
nos pidamos a Dios:
— no perder al Huésped del alma por el pecado;
— entregarnos de tal modo a la vida recogida, que el há­
bito de pensar en Dios nos sea cada vez más familiar.
L e c t u r a : Actas de los Apóstoles, XIX, 1 a 8.
224 RAUL PLUS, S. J.

LUNES DE PENTECOSTES

JÜSSIT EO BAPTIZARI
Cuando debo administrar el santo Bautismo, ¿pienso en
la maravilla que estoy obrando, en el prodigio cuyo ins­
trumento misterioso y espléndido soy?
Vigilar las rutinas. Acudir a todo con una fe siempre
nueva. Principalmente en eso.
£1 Bautismo es para todo cristiano su Pentecostés indi­
vidual. £1 Espíritu Santo, que descendió para toda la Igle­
sia en el Cenáculo, en el día de la divinización bautismal
desciende individualmente sobre cada uno.
Yo, sacerdote, ¿merezco este reproche de un contempo-
ráneo?:
“ La Trinidad ha venido hasta nosotros desde nuestro
Bautismo, y durante largo tiempo ha esperado que se des­
pertara nuestra conciencia. Al cabo de muchos años pasa­
mos de la infancia a la edad en que nuestro espíritu y
nuestro corazón pueden entrar en relación con ella. ¡Oh do­
lor!, preocupados por tantas cosas exteriores que no me­
recen nuestra atención.. . cuánto tiempo hemos perdido,
cuánto tiempo perdemos aún sin prestar atención a Ella,
viviendo disipadamente fuera de nuestra mansión espiritual.
Nunca vivimos en nuestra alma, y aún menos con Dios. Se
nos puede aplicar este proverbio oriental que en un caso
análogo citaba el viejo Maimónides, y que gustaba repetir
el P. Saint-Jure: “ El hijo de Aben-Omar, está aún afuera”
(Jorel: Nuestra intimidad con Dios).
Que cada ceremonia bautismal, me traiga a la memoria
mi Bautismo, me recuerde la obscura pero divina Pentecos­
tés de los primeros días de mi vida.
¿Qué hice del Espíritu Santo recibido entonces?
L ectura : Vivir con Dios.
MI O R A C I O N 225

MARTES

ACCIPIEBANT SPIRITUM (Ep.)


Este es el don por excelencia: “Caritas Dei diffosa est in
cordibus nostris per Spiritum Sanctum qui datus est nobis**
(Rom. V, 5).
“ La caridad no es el don supremo del amor divino. Es
un efecto cuyo principio es la persona adorable dei Espíri­
tu Santo. La Ssma. Trinidad no infunde en nosotros la ca­
ridad sin darnos al mismo tiempo la persona viviente en la
que el Padre y el Hijo se aman mutua y eternamente, y no6
aman a nosotros.”
Y también decía el Cardenal Mercier a sus sacerdotes:
“Nosotros ya no nos pertenecemos, yo no soy más que el
señor de mi alma; en mí, el Espíritu Santo me entrega a
Dios, y dándose a mí, me da Dios. La donación es recíproca.
Es más estrecha que entre dos amigos, más profunda que
entre los esposos. El Cantar de los Cantares ha sido dictado
por el Espíritu Santo para celebrar esta unión: “M i esposo
es mío, dice el alma amante, yo pertenezco a éü*: Dilectus
meus mihi, et ego illi” (Cant II, 16). El Salmo XLIV:
“Eructavit cor meum\ canta este epitalamio. Dice Santo
Tomás: Entre las obras de Dios, hay tres obras maestras in­
superables: la Unión Hipostática, la Maternidad de la Ma­
dre de Dios, la unión perfecta del alma a Dios.
” ¿Podéis contemplar este misterio sin aterraros?”
Sí, ¡oh dolor!, puedo contemplar semejante esplendor, sin
sentirme espantado... el fuego de Pentecostés no me des­
lumbra ...
Es preciso que esta Pentecostés del año actual me cam­
bie y renueve en el sentido indicado.
L ectura: Vivir con Dios.
H A U L PLUS, S. J.

MIERCOLES

EL “ ESPIRITU” SILENCIOSO
Pregunta el Jesuíta Nieremberg: “ Si el Hijo de Dios en·
trara en vuestra casa para vivir en vuestra intimidad, como
lo hizo durante muchos años con la Virgen y San José,
y a cambio de este favor, vosotros no lo mirarais ni un
solo instante en todo ei día... ¡cuánta ingratitud! Pero...
el Espíritu Santo no sólo está en vuestra casa, sino en vos
mismo, y transcurrís todo el día sin mirarlo ni atenderlo!”
¡Y no soy capaz de prestar atención al trabajo silencioso
que el Espíritu Santo obra en el fondo del alma!
Es impresionante esta página del P. Aubry:
“ ¿No sucederá a menudo, que se oiga en un alma cristia­
na, incluso a través de las pequeñas miserias terrenas que
procuran trabajar y sobrepasarlo, ese murmullo interior del
Espíritu Santo? A veces, dejando de lado el peso y volu­
men de nuestra carne terrena, y la falta de finura de nues­
tros sentidos materiales, me pregunto si colocando el oído
sobre el pecho de un buen cristiano mientras duerme, y por
consiguiente su alma no se halla extraviada y sacudida por
las preocupaciones del mundo, se oiría en el fondo del pe­
cho ese murmullo ligero, ese temblor celeste del Espíritu
Santo que realiza allí su trabajo sin interrumpirlo nunca,
a menos que nuestros pecados lo obliguen a suspender su
operación... Pero no, nuestros oídos son demasiado mate­
riales para percibir ese susurro interior; por lo menos ten­
gamos una fe bastante viva y sensible para no olvidar que
el Espíritu Santo está allí, junto a nosotros, en nosotros, y
que ese hermoso trabajo sobrenatural continúa siempre; y
sobre todo, trabajemos nosotros mismos para lograr la pu­
rificación del alma, para apartar más y más los obstáculos
que impiden al Espíritu divino su hermosísimo trabajo, co­
mo cuando un niño remueve con una vara el interior de una
colmena de miel” .
L ectura: Vivir con Dios.
MI O R A C I O N 227

JUEVES

SCIENTIAM HABET VOCIS


Vemos en el Evangelio, que cuando se manifiesta el Es*
píritu Santo, por ejemplo en la Anunciación, en el Bautismo
de Cristo, en Pentecostés, lo hace en silencio.
Con labios humanos, el Hijo ha dicho sus enseñanzas; en
ocasiones el Padre habla; el Espíritu Santo nunca.
Se diría que se complace en comunicarse con exclusión
de todo ruido de palabras.
¡Pero al mismo tiempo, este Maestro del silencio, es el
Maestro de la palabra fecunda!
¿No fué El, quien enseñó a los Profetas, aquellos gran­
des varones del Antiguo Testamento, encargados de anun*
ciar al mundo al Salvador que habría de venir, y de con­
servar a Israel por la recta senda? ¿Y no dice el Credo,
acerca de El, que “ Habló por medio de los Profetas” ?
Locutus est per Prophetas, no habla, pero comunica el don
de la palabra.
¿No es El, quien anima toda verdadera oración en nues­
tros corazones, y nos inspira para que clamemos: Abba,
Pater, Padre, Padre? (Gal. IV, 6).
Es El quien inspira todo celo apostólico, y da a los pre­
dicadores de la salvación el valor necesario para anunciar
el Evangelio a multitudes indiferentes u hostiles: Non possu·
mus non loqui, o ante los jueces: Suggeret vobis omnia,
¿Qué conclusión puedo deducir?
Mi palabra debe apoyarse en este Maestro del silencio.
Ante todo ser silencioso para poder ser persuasivo, y si es
necesario, elocuente. Sin contacto previo en el fondo del al­
ma con el Espíritu que en ella habita, no hallaré palabras
que conmuevan, acentos que conquisten. Si el amor me po­
see, serán ganados los corazones: Eruetavit cor meurn ver-
bum bonum (Sal. XLIV, 2).
Solamente el gran educador del silencio, el Espíritu San-
RAUL P L U S , S. J.

tes posee la ciencia de las palabras victoriosas: scientiam


habet voris (Sap. I, 7).
L ectura: Vivir con Dios.

VIERNES

SPIRITUS FORTITUDINIS
No hay santidad sin el empleo de la virtud de la Forta­
leza. Vivir es luchar; mantenerse es luchar; crecer es luchar.
No por ser sacerdote estoy inmune de tentaciones. La
concupiscencia vive en mí como en todos. Lo que tengo
más que los demás, es una abundancia de gracia que no se
halla en el simple fiel. El día en que recibí el diaconado,
cuando el Obispo me imponía sus manos, dijo sobre mí:
“Accipe Spiritum Sanctum ad robur, ad resistendum diar
bolum et tentcUionibus ejus” .
Por ser sacerdote, más que los otros debo hacer frente,
no sólo a los posibles asaltos internos, sino también a la
oposición del demonio y al egoísmo en las almas de las
que estoy encargado. ¿Quién me dará la fuerza para man·
tenerme firme a pesar de los rencores y avatares, de las im*
presiones de aislamiento y de los fracasos, de las dificulta­
des que nunca cesan y hasta — quizás— se aumentan y
crecen?
¡Cuánto vigor moral precisa un sacerdote, incluso favore­
cido por las circunstancias, para permanecer firme en su
puesto!
Más aún el sacerdote, al cual, las circunstancias perju­
dican, y que pierde o cree perder terreno.
Entonces, se debe pensar en el Espíritu Santo, el Espíritu
de Fortaleza que inspira donde quiere. El día que lo quiera,
todo se plegará. Spiritus fortitudinis et sanctitatis. Ser San­
to, y tendré la fortaleza de Dios.
MI O R A C I O N 229

Procuraré reflexionar tranquilamente acerca de frases co­


mo éstas:
“ Estar solo» absolutamente solo en una ciudad de almas
muertas, aún rescatables, ¡qué prueba de confianza! Ser sa­
cerdote para esto, para impedir, para vencer al reino de
Satán en los dominios que posee, ¿qué ideal mayor, qué
servicio más noble que éste? ¿No vale ello todos los amo­
res, las vidas, sudores, lágrimas y la sangre toda?” (Jac-
ques Debout).
L e c t u r a : I Juan, III, 7 a 11.

SABADO

LA MAJESTAD DE DIOS
Los Jansenistas tenían tendencia a exagerarla, por lo me­
nos en la práctica.
Pero en cuanto a mí, ¿no sucede que mi pereza, hábitos
sin actividad, o pesadas costumbres me han inclinado dema­
siado a rendir a Dios homenajes, en los que entra muy poco
respeto?
Cada vez que en sus Ejercicios, San Ignacio de Loyola
habla de Dios, lo llama Deus ac Dominas noster; para él,
Dios es el Padre infinitamente bueno, sí, pero es también el
Señor Santísimo, la palabra Dios, en cuanto se pronuncia,
evoca la soberana Majestad de Dios.
Reprendo — y con razón— a mis niños del catecismo o
de coro, o monaguillos, que entran en la Iglesia conversan­
do, riendo, pegándose, sin pensar en hacer una genuflexión
una corta oración. ¿He pensado siempre yo mismo en en­
trar a la Iglesia respetuosamente, como el que sabe Quien
se halla en ella, y de quien es la casa a la que se penetref
Al pasar ante el Tabernáculo, ¿he hecho siempre mi genu-
flexión santamente, con fe, con espíritu de adoración? ¿No
he hecho un garabato sin significación, más bien mirando
230 RAUL PLUS, S. J.

hacia la sacristía, mucho más preocupado por un revoque en


peligro o por una tela de araña inoportuna, que por el Se·
ñor y Maestro que me esperaba, contando con mi respeto
lleno de amor y de fe? ¿No lie aceptado con facilidad que
se me hable en la Iglesia, y yo mismo no he dirigido la pa­
labra a uno u otro, cuando hubiera sido más oportuno ha­
cerlo en la sacristía? Y en la sacristía, ¿no he admitido
gritos o conversaciones en voz más alta de lo necesario y
normal ?
Cuando debo rezar el Brevario, ¿comienzo por un acto
respetuoso de presencia de Dios? Al rezarlo, ¿he pensado
en lo que oraba?
Impregnarme más y más del sentimiento de la Majestad
del Altísimo.
L ectura: Salmo 104.

D O M IN G O

LA SANTISIMA TRINIDAD
Se dice que San Ignacio de Loyola gustaba repetir, como
oración jaculatoria predilecta: “ ¡O beata Trinitas!”
Mantener —y muy íntimamente— este culto de Dios, de
la Trinidad Santísima. Se ha dicho con mucha gracia, ¿no
es acaso el Santo más grande del Paraíso? La Iglesia no
prohíbe ninguna devoción, San Antonio, Santa Teresita del
Niño Jesús... pero las quiere cada una en su rango. Guar­
dar la jerarquía de valores: en primer lugar la devoción a
Dios, a la Ssma. Trinidad.
Para recordarla, ¿no haga con frecuencia la Señal de la
Cruz? Los primeros cristianos decían: envolverse con la
Señal de la Cruz. En lugar de hacerla sin pensar en nada,
o pensando en Dios pero en un Dios lejano, ¿por qué no
pensar en Dios presente en mi alma en gracia: “ En el nom­
bre del Padre... que está en mí, en lo más profundo de mi
MI O R A C I O N 231

ser.. . ; del Hijo, que está en mí, etc. . . . ” ? Hacer de modo


que la Señal de la Cruz constituya un recuerdo fácil y efi­
caz de la presencia divina en mí.
¿No tengo también todos los Gloria Patri de mi Brevia­
rio? Es ella una invocación puesta por San Jerónimo al
comienzo de una carta al Papa San Dámaso. Este halló tan
bella la invocación que decidió añadirla al fin de cada
Salmo del Oficio. Haré de modo que cada vez que lo diga,
me sirva como Señal de la Cruz. Y no debo olvidar que
normalmente las partes del Breviario se suceden de tres en
tres horas; la Iglesia quiso así recordarme la adoración de
la Ssma. Trinidad.
Tener presente el culto por medio de la Señal de la Cruz,
el Gloria Patri, y la jaculatoria: “ O Beata Trinitas” .
L ectura: Vivir con Dios.

LUNES

“YO SOY JEHOVAH, TU DIOS.


Entre todas las virtudes del sacerdote, la de Religión
debe brillar con singular resplandor. ¿No es el hombre de
la religión, el religioso en el sentido expresado por Olier, es
decir: el hombre encargado del culto mediador, el agente
de unión entre Dios y la humanidad?
Sí, Dios tiene derecho a esperar de él, el culto perfecto
que le es rehusado con demasiada frecuencia.
El hombre, por su parte, quiere ver en él al modelo con­
sumado de las relaciones de la criatura con la Divinidad.
En el sacerdote, todo debe llevar a.la adoración de la
Majestad Divina, al respeto debido a la presencia de la Di­
vinidad. Donde quiera debe ser el hombre de Dios, un re­
cuerdo viviente de la grandeza y santidad divinas, pero de
un modo especialísimo, en el altar, y, ¡oh dolor!, a menudo
232 RAUL P L U S , S. J.

es* en el altar donde se muestra insuficientemente religioso,


por lo menos en su exterior y maneras de ser.
Un solo remedio: el espíritu de fe, la meditación. Las imá­
genes se graban en nosotros. Hay una que debería serme
familiar: la del encuentro de Dios y Moisés en el Sinaí. Los
Protestantes y los Jansenistas tienen ante los ojos — dema­
siado—, la idea de la majestad temible del Altísimo. Nos­
otros en cambio, quizás no la tenemos lo necesario. Dios no
es solamente bueno, es igualmente el Justo, el Terrible, el
Sanio.
También yo he tenido mi encuentro con Jehovah en el
monte Sinaí. ¿Era otra cosa mi ordenación? Entonces, ¡cuán
temible me parecía el ministerio que me atrevía a aceptar!
Postrado sobre el pavimento, ¡cuánto sentía pesar sobre mis
débiles espaldas a la Majestad Divina! Dios me hablaba por
intermedio del Obispo. Me daba una ley, concordaba con­
migo una alianza. Ardían llamas, las del Espíritu Santo, me
señalaban con un carácter imborrable; las llamas de mis
juramentos, de mis promesas, subían en holocausto hacia el
Señor.
Pensaré en ello cuando suba al altar.
L e c t u r a : Vivir con Dios.

MARTES

IN COELIS
Mayo reúne tres esplendores: La Ascensión, Pentecostés
y la Ssma. Trinidad.
No se trata de la tierra. Desde el Adviento se festejaba
el ” descendit de coelis” . Con el Ascendit in coelis henos ya
en el misterio llamado por San Pablo el tercer Cielo.
Belén, Nazaret, las orillas del lago de Tiberíades, el Tem­
plo de Jerusalén con las escenas de la vida pública, el Gól-
gota; todo esto, a pesar de estar demasiado lejano en ol
\
MI O R A C I O N 253

tiempo y el espacio, se halla relativamente cerca en com·


paración de las maravillas de Lo Alto que la Liturgia actual
me invita a considerar.
Nec oculus vidit, nec aurís audivit. ..
Ñeque longitudo, ñeque latitudo, ñeque profundum . . .
Nada hay para la imaginación, para lo sensible; todo se
halla en pleno mundo invisible.
¿Cómo sondear el misterio? Para el estudio de los San­
tos Lugares, puedo servirme de Geografías, relatos de viaje­
ros, evocaciones o adaptaciones históricas, pero en esto,
¿qué puede ayudarme?
Algunos bellos tratados, por ejemplo, los dos últimos
volúmenes de Terrien: “La gracia y la gloria” , o “ Los orí­
genes del Dogma de la Trinidad” del Padre Lebretón. Y
más cercana a mí, y de más fácil adquisición, las sublimi­
dades de la Liturgia. ¿He meditado alguna vez con profun­
didad el Gloria in excelsis de mi Misa, los Prefacios, la
Oración de la Trinidad, la Oración Sacrosanctae con que
concluyo mis Horas del Breviario?
Utilizar todos estos medios, a fin de llegar a familiarizar­
me con las grandezas divinas de lo alto.
L ectura: Imitac. III, cap. XXXI.

MIERCOLES

LA ALEGRIA CRISTIANA
En una meditación para la vigilia de Corpus Christi, aquel
grande universitario católico, Contardo Ferrini, que ha sido
llamado el Ozanam Italiano, se incitaba a **Saborear la ale­
gría de ser hijo de Dios”, y por lo tanto, de poder usu­
fructuar de todos los privilegios de los hijos del Padre,
principalmente de la Eucaristía:
“ Una vez más estas palabras tuyas, Señor: El que come
mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y Yo en él;
234 R A U L P L U S , S. J.

ellas causan muchísimo bien a mi alma, me dan fuerza y


alegría. ¡Oh!, si yo tengo necesidad de una unión íntima con
un amigo santo y tierno, afectuoso y poderoso. . . ! Lo que
no me hubiera atrevido a esperar, Tú me lo ofreces: ¡una
unión enteramente celestial...! ¡El, la fuente de la vida;
El, la alegría y el vigor de nuestras almas! ¡Viene la cari­
dad de Cristo, y nos excita, nos transforma, nos santifica!”
Verdaderamente, somos beneficiados por estas dos presen­
cias: la de la Ssma. Trinidad en nuestras almas por el es­
tado de gracia, consecuencia del privilegio de hijos de Dios
recibido en el Bautismo, y la presencia del Verbo Encarna­
do por la Santa Comunión. ¿Qué más podemos desear? Si
después de eso no estamos gozosos, ¿qué es necesario para
que lo estemos?
Nuestro universitario cristiano lo había comprendido
bien: “ La alegría de nuestro corazón, es un derecho de
Dios” .
Yo, sacerdote, ¿tengo una evidencia tan penetrante, en­
tusiasta, afectiva?
L e c t u r a : Vivir con Dios.

JUEVES

CORPUS CHRISTI

Conozco la labor de Santa Juliana de Mont Cornillon


para el establecimiento de la fiesta. Desde la edad de 16
años y durante 20 años seguidos, se sintió seguida por una
visión simbólica: se le aparecía un astro, parecido al sol o
a la luna, en su plenitud, pero ampliamente sesgado por una
brecha que le daba apariencia de inconcluso.
¿Qué significaba la visión? La buena joven, enteramente
consagrada al Santísimo Sacramento, se santificaba lo más
que podía; no podía asistir a Misa y comulgar diariamente
MI O R A C I O N 235

como lo ansiaba, mas para no distinguirse en nada de los


demás, sufría en silencio sin pedir nada.
Hacia la edad de 36 años, tuvo la comprensión del sím-
bolo que la perseguía: el astro representa el cielo litúrgico
de la Iglesia, y la brecha figura la ausencia de una fiesta
importante que conmemorara la Eucaristía.
Ella lo manifiesta a Juan de Lausen, canónigo de Liege.
Algunos hacen oposición, ¿no estaba ya el Jueves Santo?
Y además, ¿no es la Santa Misa la mejor conmemoración
de la Eucaristía?... ¿Para qué una fiesta nueva?
Dios quería este triunfo para Jesús-Hostia. A pesar de las
oposiciones fué aprobada la fiesta. Urbano ¡ V la instituyó
por medio de una Bula en el año 1264. Como sucede casi
siempre, Juliana no alcanzó a ver el triunfo definitivo; ha­
bía muerto en 1258.
L e c t u r a : Imitac. IV, cap. I.

VIERNES

“ ...QUOD TRACTATIS”
El santo prelado ciego, Mons. de Ségur, escribió lo si­
guiente en su testamento: “ En la caja de plomo que ence­
rrará mi corazón, se grabarán estas palabras: Jesús, Dios
mío: yo os amo y os adoro con toda mi alma, en el Santí­
simo Sacramento” .
Mi actitud en el altar
I. El exterior.
¿Lentitud conveniente o rapidez desenvuelta? Algún sa­
cerdote se felicita de decir su Misa en menos de veinte mi­
nutos. ..
Fidelidad a las rúbricas.
Gravedad en los gestos, sobre todo en las señales de la
Cruz, genuflexiones, inclinaciones; las manos cuidadosamen-
236 R A U L PLUS, S. J.

le juntas o extendidas normalmente, ni demasiado» ni dema·


siado poco.
Actitud del cuerpo firme.
Mirada modesta.
11. El interior. Las mismas reglas que se dan para el rezo
del Brevario.
Digne: Pronunciación distinta de las palabras. Que inter·
vengan y se sientan la fe y el amor; no la rutina fatigada
de un simple molino de palabras.
Attente: Más que articulación de los labios, atención del
espíritu. ¿Cuántos serian los que concluida la Misa, podrían
decir de qué ha tratado la Epístola, el Evangelio, cuál gra·
cias ha hecho pedir la oración, la secreta o la postcomunión?
Devote: Los fieles clasifican muy bien a tal sacerdote que
“ dice bien la Misa” o a tal otro que la “ despacha” . Y aun
cuando no esté en juego la edificación, está siempre el res*
peto debido a Dios. Es a El a quien hablo: “ Suscipe sánete
Pater, Suscipe sancta Trinitas, Placeat tibi, sancta Trinitas” .
Alguien que volvió a ver a Mons. Berteaud después de
muchos años, decía lo siguiente: “ El Obispo de Tulle cele­
bra siempre su primera Misa” .
L e c t u r a : Imitac. IV, cap. II.

SABADO

HACED ESTO EN MEMORIA DE MI


I. Lo que es mi Misa.
La renovación de la Ultima Cena.
El punto culminante de la Redención, es el ofrecimiento
total de Cristo sobre la Cruz, la ofrenda sin reserva de todo
El con el sacrificio de la vida, para gloria de Dios y sal·
vación del mundo.
En la Cena — la víspera por la tarde—, el Jesús que se
MI O R A C I O N 2S7

hizo presente bajo las especies, era el mismo Jesús en el


estado de ofrenda perfecta del día siguiente.
En cada Misa, el Jesús que se halla entre los dedos del
sacerdote, es el mismo de la ofrenda perfecta del mediodía
del Viernes Santo y de la tarde del Jueves Santo. Tres eta­
pas, un solo momento. Tres cuadros y una sola actitud.
II. ¿Con qué espíritu me he asociado de continuo a este
acto de extraordinaria oblación?
Me levanto con retardo, llego corriendo a la Iglesia,
¡bien! Alguien me llama al confesonario; me precipito;
¿he saludado a Nuestro Señor? Quizás, no lo sé con cer­
teza.
He omitido la preparación del altar y de la sacristía, no
lo hice ayer por la noche (a menos que no haya dejado
todo en desorden ayer por la mañana... después de todo,
esto puede quedar bien así durante 24 horas. . . ¡y así todos
los días!), es preciso disponerlo todo de un tirón; los fieles
esperan, los niños del coro están peleando, y los del cate­
cismo se impacientan, ríen y conversan en sus bancos.
Comienza la Misa, ¿por quién es? ¡Bah! Dios lo sabe,
esto basta...
¡Y adelante! Los versículos del salmo al pie del altar,
desfilan tan retaceados por mí, como por mis monaguillos...
claro, ¿por qué han de tener ellos respeto y unción en de­
cirlos, cuando no lo tengo yo, su sacerdote? Un salto y a
toda marcha, se besa el altar, se despacha el Introito, un
corto run-run y la casulla vuela nuevamente; es el rezo de
los Kyries...
Sacerdote del Señor, ¡por amor de Dios, un poco más
de lentitud! Tus sucesores podrán decir que la fe no avan­
zó nada durante su estadía en la parroquia, y eso a pesar
de tu patronato, asociaciones, sesiones de cinematógrafo, a
pesar de tu simpatía y generosidad a manos llenas.. .
Tú has demolido en tu iglesia, el bien que hacías a la
Iglesia en el patronato o en la casa parroquial.
238 R A U L P L US , S. J.

¿Sacerdote? Pero lo soy en primer lugar en la Iglesia y


en el altar.
L ectura: Imitac. IV, cap. XVIII.

DOM INGO DENTRO DE LA O CTAVA DE CORPUS

MI MISA
En algunas Ordenes Religiosas, un punto de la Regla es­
tablece que debe emplearse media hora para celebrar el
Santo Sacrificio.
¿No sucede a menudo que me dejo llevar por una prisa
exagerada? ¿Cuál fué el trabajo urgente que me hizo apre­
surar? ¿Es el Santo Sacrificio una cosa tan fastidiosa que
me haga aparecer animado del deseo de concluirlo cuanto
antes? Y aún cuando me espere algún deber serio, ¿puede
ser superior al del culto respetuoso debido a Dios? ¿Qué
ocupación hay que pueda ser preferida a la de ofrecer y
consagrar ?
Se ha podido escribir: “ Parece que si debe haber una co­
sa difícil para un sacerdote, es dejar ir a Jesús, cesar de te­
nerlo entre sus dedos” (Isabel de Riviere).
jAh, y yo quizás lo dejo marchar sin gran dolor! Eso si
no escandalizo a mis fieles por mi desenvoltura en el altar.
Aprenderé de esta lección indirecta que me da el Cura
de Ars:
Se le interrogaba un día: “ ¿Qué hacéis cuando tenéis la
Santa Hostia? Parecéis tan emocionado... — En efecto, se
me había ocurrido una graciosa idea: decía a Nuestro Se­
ñor: si supiera que habría de tener la desgracia de no veros
durante la eternidad, ahora que os tengo, no os dejaría
más” .
L ectura: Imitac. IV, cap. XV.
MI O R A C I O N 239

LUNES
SACERDOS SUAE VICTIMAE
El sacerdote “ofrendante” de su Misa.
I. — Principios. El sacerdote único de la Misa, es Nuestro
Señor, pero Nuestro Señor “total” es decir:
Jesús en primerísimo término, revestido de su sacerdocio
eterno, teniendo sólo El, por derecho de naturaleza, el po­
der para ofrecer al Padre un Sacrificio de valor infinito;
Más el sacerdote, revestido del sacerdocio sacramental,
ministerial, y que es el “ lugarteniente” visible de Jesús, sa­
cerdote universal;
Más los fieles, revestidos ellos también del sacerdocio es*
piritual que les ha dado el Bautismo, incluso sacerdocio real,
aunque solamente incoativo, y que en el sacerdote consa­
grado, el Orden ha transformado de privado en oficial, de
individual en comunitario.
Por lo tanto, encabezando a los fieles, y precisamente
después de Jesús, el sacerdote infinito, me hallo yo.
II. — Consecuencia. Si el simple fiel es otro Cristo, ¡cuán­
to más el sacerdote! Si el fiel tiene el poder de ofrecer,
¡cuánto más el sacerdote, representante calificado, público,
autenticado por un Sacramento especial, el del Orden!
Esta realidad, mi identificación con Cristo — sin duda que
en todo tiempo, pero principalmente en el altar— , ¿tiene
para mí el valor de realidad? ¿Qué es lo que entiendo por
esta palabra, una simple fórmula? Entonces, ¿cómo es que
puedo decir: “ Este es mi cuerpo” ?
Hacer de modo que, a mi identificación ministerial con
Nuestro Señor, cuando inmolo la víctima santa, corresponda
de mi parte y lo más que pueda, una identificación más y
más efectiva, por la práctica de las virtudes de Jesucristo.
En otras palabras: no sólo desempeñar el papel de Jesu­
cristo, sino llegar a ser en realidad de verdad, en mi vida
cotidiana, otro Cristo.
L ectura: Imitac. IV, cap. XIII.
MARTES

EL SACERDOTE, HOSTIA DE SU MISA


I. — Principios. En la consagración, Nuestro Señor vuel­
ve a tener las disposiciones de oblación total del Calvario.
El sacerdote forma una unidad con El (lo mismo que — en
su rango— todo fiel) así pues, para participar al Sacrifi­
cio debe adoptar las mismas disposiciones que Jesús, la vic­
tima que es inmolada sobre el altar.
Simbolismo de la piedra del altar: Jesús (representado
por las cinco cruces allí grabadas), más nosotros (repre­
sentados por la reliquia del mártir). Simbolismo de las go­
tas de agua vertidas en el vino del cáliz, y que en la consa­
gración se transforma en la sangre de Cristo.
II. — Práctica. Cuando voy a celebrar, ¿me hallo en esa
disposición de inmolación total con Jesús que se inmola,
que entre mis dedos vuelve a adoptar su actitud de obla­
ción victimal completa?
Sacerdote, no soy más que uno con Jesús que ofrece, soy
uno con Jesús que se ofrece.
Conservaré esta última fórmula. La actitud de mi alma, es
cierto, ¿se parece a la de Jesús mi consagración de ese
momento? Si no, ¿soy el verdadero sacerdote que espera el
divino Sacerdote, hostia verdadera con mi hostia?
La Madre María de Jesús (Deluil-Martiny) una de las
almas que mejor ha comprendido al sacerdote y a la misa,
ha escrito lo siguiente:
“ La gloria del Padre, es recibir sin cesar la oblación de
su Hijo inmolado, y en ésta, la de todos los hombres unidos
a la inmolación de Jesús.
’’Los sacerdotes son los brazos de la Iglesia, siempre en
alto para sacrificar y ofrecer; y toda la Iglesia, sin cesar, y
unida a ellos, debería sacrificar y ofrecer por sus manos
consagradas. Ante el hombre, el sacerdote es grande con to­
da la grandeza sublime del sacerdocio. Tanto más anonada-
MI O R A C I O N 241

do debe estar ante Dios, de quien es — por así decirlo—» la


apariencia en la tierra. Por lo tanto, su propio ser debe estar
como aniquilado para hacer sitio a Jesús, como la hostia,
la que no conserva de su ser más que la apariencia, y en
realidad ha desaparecido para hacer lugar a Jesús'*.
A un Religioso le escribía así:
“ Permitid que una pobre miserable os desee tener más y
más un corazón de víctima unido a manos de sacrificadores” .
L ectura: Imitac. IV, cap. IV.

M IERCOLES

PREPARACION PARA LA MISA


A veces se oye decir: ¿para qué comenzar el día con una
meditación... no tengo acaso la Misa, ejercicio de mucho
mayor valor?
En sí, no hay duda.
Pero esta acción sacrosanta, fuente incomparable de vida
divina, de acrecentamiento de gracia y unión a Dios, corre
el riesgo de no producir los frutos deseados de santifica·
ción, precisamente por mi falta de vida interior, de mis dis­
posiciones insuficientes.
El Santo Sacrificio es en sí una riqueza infinita, pero
es preciso apropiarla y asimilarla; si nos transformara sin
nosotros, sin darnos cuenta, cómo explicar entonces que
tantos sacerdotes, ¡oh dolor!, al cabo de siglos, no obstante
su Misa diaria hayan podido tener una vida más o menos
culpable, más o menos sacerdotal, llena de tibieza?
Precisamente como preparación a la Misa es casi indis­
pensable la oración. “ ¿Quién se atreverá a subir la montaña
del Señor?” ¿No se ha dicho a cualquiera que desee poner­
se en contacto con Dios: ¿“Ante orationem proepara (mi-
mam tuam” ? Si ya para la oración es necesaria una prepa­
ración, ¿cuánto más cuando se trata del culto por exoelen-
*42 R A U L PLUS, S. J.

cia, del momento culminante de la adoración y del ofrecí·


miento?
De parte de Dios pendía amenaza de muerte contra el
gran sacerdote, si se atrevía a entrar en el Santo de los San­
tos desprovisto de los ornamentos sacerdotales y sin seguir
el rito ordenado.
Pensaré en Moisés cuando se aprestaba a subir al Sinaí:
"Solve calceamentu m; locus in quo stas, térra sancta est” .
L e c t u r a : Imitac. IV, cap. VI.

JUEVES

MI MISA
Es el resumen de tres grandes misterios: la Encarnación,
la Redención, la Incorporación a Jesucristo.
Misa y Encarnación. ¿No da la Misa nacimiento al Hijo
de Dios? ¿No lo hace venir donde un instante antes no se
hallaba? Sin duda que hablando con propiedad, no se trata
de una natividad como la de Belén; pero dejando a un lado
las diferencias, ¡cuánta semejanza! Por lo tanto, las mejo­
res disposiciones para la Misa, son las que habría tenido de
hallarme en Belén.
Misa y Redención. Jesús no sólo se hace presente en el al­
tar, sino que vuelve a tomar las disposiciones sacrificiales
que tenía en el Calvario. Es el Jesús del Gólgota, el Jesús
ya víctima que entró en la Pasión la noche del Jueves San­
to. Como lo dice magníficamente Bossuet, gracias a la Mi­
sa: “todos los días es el Viernes Santo” . ¿Qué habría pasa*
do, y cómo habría amado de hallarme al pie de la cruz,
junto a Jesús que moría ofreciéndose al Padre por el mun­
do?
Misa e incorporación. En la Misa, Jesús no se ofrece so­
lo. En el Bautismo se ha dignado hacernos uno con El, para
jjue en el sacrificio fuéramos uno con El como sacerdote y
MI O R A C IO N 243

víctima, unidos a todos nuestros hermanos. En la celebra­


ción, ¿tengo bien presente el sentido de esta pluralidad, de
esta participación obligada al Jefe y Cabeza Divino?
¡Cuán poco comprendo aún mi Misa! Del Padre Eudes es
esta frase digna de recordación:
“ El Santo Sacrificio de la Misa es algo tan grande, que
se precisarían tres eternidades para ofrecerlo dignamente:
la primera para prepararse, la segunda para celebrarlo, la
tercera para la acción de gracias” .
L e c t u r a : Imitac. IV, cap. XI, la . parte.

VIER N ES

EL SAGRADO CORAZON
La devoción al Sagrado Corazón, no tuvo su forma actual
hasta el siglo vn. Por su origen remonta a la Encarnación,
a la Cena, a San Juan, a la Cruz, y se desarrolla con el
conocimiento del dogma cristiano.
En el siglo xm, santa Gertrudis — que murió en 1292— ,
recibió por revelación directa su conocimiento y rasgos
principales.
Fué el Padre Eudes, quien en 1645, tuvo la dicha de ha­
cer inaugurar un culto solemne al Sagrado Corazón en las
reuniones de su Congregación. En 1671, el Arzobispo de
Rouen, los Obispos de Rennes, Coutances, Lisieux, Evreux,
Bayeux, autorizaron esta devoción y permitieron su Misa
(la que aún usan los Eudistas).
En 1674, precisamente en la época de las revelaciones a
Santa Margarita María, el Papa Clemente X, por medio de
seis Breves Apostólicos dió la sanción suprema a esta insti·
tución, fruto de las súplicas del Padre. Eudes.
En 1671, Margarita María había ingresado en Paray;
en 1673 tuvo su primera grande aparición; murió en 1690.
¿Tengo familiaridad con las confidencias del Corazón de
Jesús a la Santa?
244 R A U L PLUS, S. J.

¿Comprendo el verdadero sentido de la devoción al Sa­


grado Corazón? El Verbo, a fin de devolver al mundo la
vida divina perdida por Adán, se hizo carne. Asumió una
humanidad completa, es decir, con inteligencia humana,
con un corazón humano. Este corazón humano, latirá en
Jesús en todo instante, con el mismo amor de su amor co­
mo Verbo. Y este amor doble y uno es el objeto de la de­
voción al Sagrado Corazón.
Objeto primero: su amor de hombre» simbolizado por
medio de su Corazón.
Y más allá, su amor de Verbo, su voluntad eterna de
salvamos por amor, fundiéndose ambos amores en la unidad
de la Persona.
L ectura: Phil. I, 12 y 13; 20 a 27.

SABADO

LA MISA
Para perpetuar el recuerdo del sacrificio realizado por
Driant y sus Cazadores en la batalla de Verdún, se ha le­
vantado un monumento. Había sido tomada la ciudad; para
hacer llegar las reservas se precisarían 48 horas; se pidió al
Coronel Driant que la mantuviera a cualquier precio duran­
te los dos días; se mantuvo firme, pero desgraciadamente,
al replegarse fue muerto. El escultor ha levantado una gran
cruz de gTanito, al pie de la cual se agrupan una multitud
de pequeñas cruces, las de los Cazadores sacrificados con el
Jefe.
En lugar de una efigie de granito muerto, supongamos
una perpetuación viviente de la ofrenda sublime: que Driant
y sus soldados tuvieran la posibilidad de renovar cada día
su inmolación, que tuvieran los medios y la voluntad de re­
producir diariamente, de ponerse en la situación sacrificial
de los dos días en el bosque de Caures, ¡qué grandioso ha-
MI O R A C I O N 245

Uazgo, sería un monumento superior a todos los mármoles


y granitos!
Esto que los hombres no pueden hacer una vez muertos,
Cristo puede renovarlo después de concluida su inmolación.
No satisfecho con ofrecerse un día al Padre por la salva­
ción del mundo, quiso ofrecerse cada día después de aquel
Viernes memorable, y tantas veces cuantas fueran las Misas
celebradas.
En cada una toma la actitud sacrificial adoptada en el
Calvario, y cada vez me invita a unir mi pequeña cruz a la
grande cruz de su sacrificio — y yo debo aceptar, como
cristiano y como sacerdote: dos veces Cristo.
¿Es así cómo comprendo la Misa, mi Misa?
L e c t u r a : Imitac. IV, cap. XIV.

D O M IN GO TERCERO DESPUES DE PENTECOSTES

NONAGINTA NOVEM
La Dracma perdida: la mujer que deja todo por volver a
hallar una moneda, que se ha perdido rodando debajo de
un mueble.
El pastor que abandona el rebaño fiel para correr en bus·
ca de la oveja descarriada.
Toda: “ la extraña aritmética de las parábolas de la Es­
peranza ... ¿ Qué es esta dracma que vale diez, y esta oveja
que vale un ciento, y este hijo pródigo más amado que el
fiel? ¿Cuál es la virtud secreta de la penitencia, para que
un solo pecador arrepentido alegre el cielo como 99 justos
constantes?
“La Esperanza, esta es verdaderamente la maravilla más
grande de la gracia de Dios.
**Sursum corda, sigamos a la pequeña Esperanza. Ved có­
mo camina, sería capaz de saltar a la cuerda en una pro­
cesión, tan feliz es y tan cierta está de no fatigarse nunca.
¿Qué importa a dónde nos lleve? Nos hará ir veinte veces al
246 R A U L P L US , S. J.

mismo rincón de la decepción terrena. . . Lo que importa


no es llegar acá o allá, pues es generalmente un punto de
decepción, un punto de vanidad terrestre; lo que importa es
ir, marchar siempre, marchar como pequeños en la pequeña
procesión de los días ordinarios, pero grande para la sal·
vación.
“Milagro de la Esperanza: con las almas viejas hace al­
mas lozanas, con las almas turbadas hace almas límpidas,
y almas nuevas con las ya gastadas... Es el secreto más
hermoso que existe en el jardín del mundo, el secreto de la
gracia de Dios” (J. Lotte, comentando a Péguy).
L ectura : Mat. XVIII, 12; Luc. XV, 8.

LUNES
DESPUES DE MI MISA
Regresar lentamente a la sacristía. Quitarme los ornamentos
sin precipitación.
Tener siempre sumo cuidado de dedicar al recogimiento
—y solamente al recogimiento— los preciosos minutos que
siguen a la Misa.
¿Qué diría yo de mis fieles, si después de haber comul-
gado se distrajesen de inmediato, se dedicaran en seguida
a sus ocupaciones, mantuvieran conversaciones, aún cuando
fueran buenas y útiles? Hallaría esto poco respetuoso, pun*
zantemente falto de delicadeza.
¡ Y yo! ¡Qué ejemplo les doy, si al volver a la sacristía
me abandono a una ocupación o conversación, aún cuando
sea útil!
Que los fieles sepan no ser ese el momento de ir a pedir
favores. Que los niños del catecismo a no verme comenzar
mis lecciones hasta después de algunos minutos de recogi­
miento. El ejemplo de una acción de gracias hecha con pie­
dad, les enseñará a rezar debidamente, mucho mejor qu*
mis exhortaciones.
MI O R A C I O N 247

Hallaré toda suerte de razones buenas para proceder de


otro modo. Sea entendido de una vez por todas que esas ra·
zones nada valen, son simples pretextos; si en realidad
quisiera...
Seguiré el consejo de Santa Teresa:
“ Permanezcamos con gusto con el Señor, no perdamos una
hora tan favorable como la de después de la comunión, pa­
ra tratar nuestros asuntos” .
San Alfonso exige al sacerdote una media hora de acción
de gracias. Esto no siempre será posible.
Durante el tiempo de que pueda disponer:
Recordar lo que acabo de llevar a cabo.
Guardar el silencio. ¡En qué misterio he intervenido, qué
prodigio! Eucaristía significa acción de gracias ¡Yo lo creo!
Si el corazón está dispuesto, seguir la unción; escuchar,
dejar hablar a mi alma. Si me siento distraído o en seque­
dad, utilizar un método: recorrer las cinco llagas, recitar
lentamente el Anima Christi etc...
L e c t u r a : Imitac. IV, cap. X.

MARTES
VISITAS AL SANTISIMO SACRAMENTO
“ Después de la Misa y la plegaria, la acción, pero sola­
mente entonces” .
Meditando acerca de la oración y del Santo Sacrificio,
Perreyve dice lo siguiente: “ ¡Oh, dolor!, ¿habrá sacerdotes
tan desventurados que puedan confundir y cambiar las co­
sas? ¿Despachar negligentemente a toda prisa, la Santa Misa
o la oración, para ir a ocuparse de algo? ¿Preparar o limar
un trozo de sermón que será pronunciado fríamente ante un
auditorio achatado, digno de tal predicador, que se ocupa
solamente en actuar como un artista, así como un artista
no se ocupa más que de “cuál será el juicio” ? ¡Oh, estupi­
dez! ¡Oh, muerte de toda vida sacerdotal!”
24« RAUL P L U S , 5. J.

En realidad, preocupado por la acción, ¿no sucede que


me olvido de venir a rezar a los pies de mi Salvador?
¿Está el Señor abandonado en las Iglesias, en mi Iglesia?
Concluida la Misa, enseñado el Catecismo heme ya en
marcha... hasta el próximo deber que me imponga el
programa oficial (un Bautismo, un saludo que hacer). ¿No
se me ocurrirá la idea de ir a saludar al buen Maestro ?
Sí, de buena voluntad; no porque me vea forzado por las
circunstancias, sino de mí mismo, porque es mi Maestro y
Salvador, y después de todo — ¿después de todo? ... ¡qué
expresión! ¡El sólo hecho de enunciarla me causa temor!—
sí después de todo... bien, ¡le amo!
Evidentemente que puedo manifestarle y decirle mi amor
en otros lados además de la Iglesia. Pero en realidad, ¿píen-
so en ello? Cae de su peso que el sacerdote del altar debe
gustar de hallarse cerca de su altar de sacerdote!
¡Oh, dolor! ¡Pobre Jesús! ¡No, no me veréis tan fre­
cuentemente!
Está bien. Funcionario del culto. Emplear mis delicade­
zas de amor en mi servicio y en mi culto, es muy diverso,
No debe decirse, “pobre Jesús”, sino pobre “tú” , sí: po­
bre sacerdote. Lo superfluo, cosa tan necesaria, cantan los
poetas. Yo no gratifico a mi Salvador lo necesario.
¡Adelanta, ama!
L e c tu r a : Imitac. IV, cap. XVII.

MIERCOLES

ACTITUD EN LA IGLESIA

Ante todo, una dignidad llena de fe, El está allí. El, el


Señor Dios.
Si me hallo solo, no es razón para mostrarme menos aten­
to, menos respetuoso religiosamente, menos recogido.
MI O R A C I O N 249

Si hay otras personas, se añade un motivo más —j capi­


tal— debe darse edificación.
Podré predicar muy bien el culto debido a la Eucaristía;
si mis fieles no me ven vivir intensamente ese culto, predi­
caré palabras vacías.
Cuidado en mis genuflexiones; recordar las reglas dadas
en el Seminario: el cuerpo firme, la rodilla derecha tocan­
do el suelo; nada propio al autómata movido por un
resorte, ni del hombre agotado para el que todo movimien­
to de sus extremidades parece cosa heroica. Gesto orante,
que en verdad exprese lo que los anima.
No hablar nunca, estaba por añadir “inútilmente”, casi
está de más. No hablar nunca; hacer de esto una regla. Si
es necesaria una excepción, lo indicarán la caridad y el
buen sentido; pero que sea excepcionalmente excepción.
Predicar por medio de mi silencio; seré mejor entendido
que cuando lo hago con la palabra.
Y, nunca aceptar que se me hable en la Iglesia. Que se
vaya a la sacristía, y aún en ésta se impone la mayor breve­
dad posible; además de la proximidad del altar, lo reclama
así la edificación: en cada parroquia nunca falta alguna
buena alma que lleve cuenta del tiempo que tal o cual per­
sona conversa con el Sr. Cura o el Sr. Vicario.
Por lo tanto: fe, recogimiento, religioso silencio.
—Examen de conciencia. — Propósito.
L ectura : I mi tac. IV, cap. XVI.

JUEVES

FE “EDIFICANTE”
A una protección atraída por el Catolicismo, un Pastor
argüía del modo siguiente:
“La mejor prueba de que no es verdadero, es su dogma
250 R A U L P L US , S. J.

de la presencia real; si verdaderamente recibieran a Cristo


en la Comunión, ¿cómo sería posible que permanecieran loa
mismos? ¿Cómo no llegarían a ser seres admirables, pro­
digiosos? ¿Los vemos acaso transformados? ¿No valemos
lo que ellos?”
¡Cuánta tristeza da pensar que semejante reproche pueda
ser dirigido a nuestros fieles! De nosotros, sacerdotes, no
tienen derecho de decir, los que no creen en el poder de
nuestra ordenación; pero, ¿saben que nosotros creemos?
En verdad, tener tal poder, gozar de tal beneficio, consa­
grar a Jesús, tener y distribuir a Jesús, y continuar vivien­
do como lo hago... ¡ qué inconsciencia! o, ¡ qué pereza!
¿Es que mi fe no es suficiente viva, o que mi generosi­
dad no está suficientemente animada? De cualquier manera
soy imperdonable.
Salvador mío: otorgadme la gracia de que no continúe
tan cerca de Vos sin santificarme a vuestro contacto; de no
continuar consagrando vuestro Cuerpo y Sangre sin vivir
como quien no es de este mundo; de no continuar dándoos
a mis fieles sin darme yo a ellos con el mismo amor con que
Vos os dais a mí.
Haced que por mi vida espléndidamente renunciada y
fiel, sea una demostración viviente de la verdad de vuestro
Sacramento; que al ver al sacerdote que soy se deba reco­
nocer, evidentemente, al Jesús que Vos sois.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XXXIV.

VIERNES

TRISTIS EST ANIMA MEA


El grande sufrimiento del Corazón de Nuestro Señor, es
ver a tantos sacerdotes lan poco unidos a El interiormente;
están mucho más preocupados en trabajar, moverse, que en
unirse a El, inmovilizarse ante su presencia, decirle su amort
MI O R A C I O N 251

Mas para muchos, oración frecuentísimamente omitida,


inexistente. — ¡No se tiene tiempo!
Para muchos: la Misa despachada rápidamente, casi fran­
gollada — ¡la Misa!— más que celebrada, dicha de un ti*
rón; gestos, pero ausencia de alma... ¡hay tanto apuro!...
Para muchos, la acción de gracias desaparece, llevada
por el torrente de apuro; nunca falta algún motivo para
dejarla, ¿no es verdad?
Y de este modo, ¡cuántos sacerdotes pasan su vida de tales
junio al Maestro, sin alimentarse de su vida, de su amor!
Jesús les pide que se detengan un instante para llenar su
corazón. No tienen tiempo. Pero también —y esto es mucho
más grave— no tienen el gusto por ello; si quisieran po-
drían hallar tiempo. Siempre la fiebre del camino ancho, con
su secamiento forzado, su cansancio poco noble, pero que­
rido.
Gustar los altos divinos, obligarme a saborearlos. La to­
talidad del sacerdote es el reclinatorio.
Y yo jamás estoy en é l...
¡Y pretendo dar Dios al mundo... yo! Estoy tan lejos
de El...
¡Oh!, me acercaré, sí, me acercaré a El. No continuaré
en esta aberración mortal.
No quiero ya vivir junto a Jesús, sino vivir de El, en. El.
/Oración, oración, oración!
L e c t u r a : Vivir con Dios.

SABADO

SE PIERDE LA FE
Doquiera se oyen los mismos comentarios, la indiferen­
cia progresa en todas partes, se pierde la fe, la gente no pi­
sa las iglesias; y otras lamentaciones del mismo género. Y
para este hecho lamentable —y a veces demasiado verídi-
252 RAUL PLUS, S. J.

co— se dan toda clase de explicaciones: la escuela laica,


las persecuciones, la hostilidad de los poderes públicos, la
prensa adversaria.
Esas rozones pueden tener su peso. Pero es preciso no
olvidar lo principal. Mi fe, la mía, ¿dónde está?
Sin duda que no he dejado de creer, pero, ¿cuál es el vi·
gor de mi fe? ¿Es capaz de trasladar las montañas... tiene
siquiera el tamaño de un grano de mostaza?
¿Se siente en mi apostolado esa fe ardiente, irresistible?
Creo, sí, pero como quien no cree, como quien no tiene as·
pecto de creer, para quien las verdades de las que habla,
son sin duda verdades, pero tan lejanas... las tiene tan
poco en su corazón...
Si la masa no viene a la iglesia, ¿está por lo menos el
núcleo de los fieles? Cuando el Abate Vianney llegó a Are,
¿eran cristianos prácticos la mayoría de sus feligreses?
¡Adelante! A falta de los adultos, están los niños; a falta
de los robustos, están los enfermos y los moribundos. Si
doy la impresión de un hombre de Dios, a aquellos a quie­
nes puedo abordar, pronto acudirán también los otros. La fe
se pierde... es que yo no tengo la fe, una fe bastante viva,
profunda, conquistadora.
¡Dios mío, concedédmela!
L e c tu b a : Salmo 33.

DOMINGO CUARTO DESPUES DE PENTECOSTES

LA IGLESIA MILITANTE
Dice el Evangelio: “ Per totam noctem laborantes” .
Me quejo a veces de que la vida es demasiado dura, el
apostolado infecundo, e insignificante la conquista realiza·
da entre las almas. ¡Cuántas preocupaciones para conservar
intacto el núcleo de los fieles! ¡Cuántos esfuerzos —a me·
MI O R A C I O N 253

nudo infructuosos— para llevar a la práctica, o a una mayor


práctica, a la masa pesadamente indiferente!
¡Había soñado con tan hermosas redadas! Y lanzo mi
red en un estanque en el que parece no haber vida, la red
sube vacía...
¡Esta es la ilusión de muchos! Esperar que un buen día
la Iglesia militante se transforme en Iglesia triunfante, po­
der realizar otra vez la pesca milagrosa, tanto de los peces
grandes como de los pequeños.
No, no, no es esto lo que me espera. La Iglesia es hoy
Militante y lo será mañana; y Dios lo permite, pues lo que
El busca es menos su triunfo que mi confianza, mi abnega­
ción y mi amor.
Ha escrito un filósofo cristiano: “Si por casualidad, la
humanidad alcanzara en la tierra la felicidad, si de militan-
te llegara a ser en esta vida, triunfante, si no tuviera nada
que lamentar, nada que esperar, ningún riesgo que correr,
perecería de fastidio, pues el amor se vería atacado en su
base” (Jacques Chevalier).
Me alegraré de que el trabajo sea duro, así es más fácil
testimoniar a Dios mi amor.
L e c tu r a : II Cor. XI. 16 a 30.

LUNES

INERCIA
Achacamos demasiado a nuestros enemigos, ios males
que vienen sobre nosotros.
¿Qué preocupación tuvieron los católicos de antes de la
guerra de 1914, a fin de proteger sus derechos como católi­
cos? Sin duda que muchos se preocuparon y de un modo
valeroso. Pero, en el conjunto, ¡qué inercia lamentable! El
Padre Berthe, autor de la Vida de García Moreno, tiene una
254 R A U L PLUS, S. J.

página vibrante, en la que muchos años atrás hacía el ba­


lance de las fuerzas.
“ Con nosotros tenemos a Dios,
” Con nosotros tenemos la verdad,
’’Con nosotros tenemos catorce siglos de Cristianismo;
’Tenemos 90 Obispos y 50.000 sacerdotes, 40.000 cáte­
dras para h a b l a r , y el confesonario para dirigir;
unos 160.000 religiosos y religiosas, 5 universidades, cente­
nares de colegios, las conferencias de San Vicente y Una
multitud de obras y asociaciones.
’’Aún tenemos quizás la décima parte de los hombres que
cumplen con Pascua, una quinta parte que asisten a la Mi­
sa, las cuatro quintas partes de bautizados y que comulgan
por lo menos una vez en su vida. Tenemos las tres cuartas
partes de las mujeres.”
¡Sí, y a pesar de todo esto, los católicos se dejan dominar!
Es preciso sacar provecho de la experiencia. Y respecto
de mí, sacerdote, mi deber es ser clarividente, decidido y
atrevido.
L e c t u r a : I. Cor., XI, 1 a 16.

MARTES

APOSTOLADO POR MEDIO DE LA PRENSA


El Obispo Ketteler pudo escribir lo siguiente:
“Aquel que no se interese por la prensa católica, no tiene
derecho a considerarse como un hijo verdadero de la Igle­
sia Católica” .
A mí, sacerdote, el problema de la prensa se presenta de
dos modos: 1
l 9 En mi parroquia, ¿hago todo lo que sería necesario
para propagar lo más posible la lectura católica? ¿Qué
leen mis fieles? ¿Qué provecho o qué detrimento reca­
ban del papel impreso que tienen ante sus ojos? ¿Me fijo
MI O R A C I O N 253

en esta cuestión capital? ¿Qué he hecho hasta el presente


para multiplicar los diarios buenos? En mis visitas a los
feligreses, ¿procuro que se suscriban a alguna publicación
católica, me esfuerzo por apartarlos del diario malo o du*
doso? ¿He hecho la prueba de fundar una biblioteca parro­
quial, y de un modo inteligente, es decir, dejando a un lado
los libros de escaso valor y las sobras de bibliotecas, po«
niendo realmente valiosos, hablando literaria y católica·
mente? Si no puedo decidir por mí mismo la elección, ten­
go medios aptos en las publicaciones referentes a la mate­
ria.
29 Pero quizás puedo hacer algo más. ¿No tengo algu·
nos tiempos libres? ¿Si en lugar de emplearlos y perderlos
en interminables audiciones de radio, o en otras ocupacio·
nes de no mucha importancia, me ensayara en el apostolado
de la pluma?
Cuando el Abate Bethléem, no pudiendo bastar por sí so­
lo, buscó otros sacerdotes que colaboraran en su obra, leye­
ran volúmenes y le enviaran el juicio, puede decirse que no
halló a ninguno. Sin ser escritor de profesión, sin querer
forzar mi talento, ¿no puedo hacer algo útil en este orden
de ideas? Se ha podido decir: “Si San Pablo volviera a la
tierra, se haría periodista” . ¿No puedo yo imitar en esto,
un poco, a San Pablo, aliquo modo? Conviene pensar y
examinar esto.
Difundir, la buena prensa. Colaborar en la buena prensa.
Nada hay más apostólico.
L e c t u r a : I. Tim. IV, 1 a 4; 12 a 16.

MIERCOLES
CELO VIGOROSO
El apostolado exige un sacrificio constante. Los verdade­
ros apóstoles son escasos, porque el serlo supone un renun­
ciamiento total de sí. ¿Qué es preciso inmolar en favor de
256 R A U L P LUS , S. J.

tas almas, a fin de atenderlas bien? Todo, absolutamente


todo.
Renunciamiento interior. Renunciar, con mucha frecuen­
cia, a los atractivos de la vida interior,' a la quietud de una
vida de oración y de consuelos. Es más fácil sobresalir en
una vida francamente contemplativa o francamente activa.
El sacerdote que quiera practicar las dos —y todo sacerdote
debe tener este deseo— tendrá que sufrir. Deberá luchar por
mantener á todo costo la parte reservada a la oración, y aún
permaneciendo fiel le será preciso mucho valor para per­
manecer calmo y tranquilo en medio de la sequedad y las
distracciones.
Renunciamiento intelectual. A menudo es imposible cul­
tivar a tal o cual aptitud, e incluso mantenerse en el nivel
deseado. Si va en ello el bien de las almas, el deber pasto­
ral, aceptar la pobreza intelectual (relativa); así lo quieren
Dios y la caridad.
Renunciamiento a su reposo, a sus comodidades, incluso
llegar al gasto y quebrantamiento de la salud. Amar hasta
el fin “in finen*” como lo hizo Jesús.
Renunciamiento a las satisfacciones del corazón, de la
familia. ¿La familia? Es siempre por cierto la familia, pe­
ro las almas están antes. A cualquier solicitación del cora­
zón, aún cuando sea poco absorbente y debilitadora, res­
ponden con Jesús: “ Conviene que me dedique a los asuntos
de mi Padre” (Luc. II, 49); “Quién es mi madre, quiénes
son mis hermanos y hermanas?” (Mat. XIII, 47); no co­
nozco más que las almas que me ha confiado Dios.
Renunciamiento a las satisfacciones del amor propio. El
mundo hace burla del sacerdote, por lo menos afecta igno­
rarlo si no es que lo desprecia. En los trabajos emprendi­
dos, es cosa frecuente no tener éxito, hallar dificultades de
todo género. Se puede ser incomprendido por los superio­
res, ser mantenido indefinidamente en la sombra.
Renunciamiento a las alegrías del apostolado. Hasta esto
es preciso llegar con el Maestro. ¿Qué resultados vió El del
MI O R A C I O N 257

esfuerzo de celo más sublime y magnífico que jamás Be h#·


ya emprendido? Casi nada. En las obras divinas, hay algo
más grande que el triunfo: aceptar el fracaso o la mediocri­
dad del triunfo, si Dios así lo demanda.
Paciencia. La cruz tiene sus sorpresas. Apenas dos meses
separan la Pentecostés del Viernes Santo.
L e c t u r a : I Tim., I, 1 a 8.

JUEVES

CELO SABIO
“Dios ha reglamentado todo con medida, con número y
ponderación” (Sab. XI, 20).
Imposible es complacerle, aún en las cosas mejores, si
no se observa esta prudencia y sabiduría. Tal o cual acción,
buena en sí misma, puede tornarse reprensible si es contra*
ría a la voluntad actual de Dios acerca de nosotros. En la
práctica del celo, y ante todo, ver si se sigue con fidelidad
la línea de la providencia, la ruta trazada por Dios. Así, y
no de otro modo, se tiene seguridad de contar con su gra­
cia. su fuerza, su luz, de hallar a El mismo.
El celo prudente es ordenado, dueño de sí mismo; ante
todo en cuanto a las personas, Jesús sabe limitar su celo;
no fué enviado más que a las ovejas de Israel; a ellas se
consagra por entero.
Y aún entre ellas es preciso una elección: en primer lu­
gar sus Apóstoles, luego los más enfermos, los más necesi­
tados, los pobres, los niños. En esa Alma soberana, todo
tiene su lugar, el orden es perfecto; yo debo imitarlo.
¿Tengo caridad efectiva para con mis hermanos en el sa­
cerdocio? ¿Son los sacerdotes objeto de mis oraciones, aten­
ciones, de mis cuidados abnegados? ¿Pienso en edificarlos,
acercarlos a Dios? ¡Qué posibilidad de apostolado, de sa­
cerdote a sacerdote!
Después, dedicar mi celo a los más necesitados —moral y
25ft RAUL PLUS, S. J.

físicamente—, a los más abandonados, a los que más su*


fren.
Prudencia de celo en cuanto a los medios. Aquí sobre to*
do debe estimularme el ejemplo del Maestro, y quizás me
confunde. ¿Cuáles fueron sus grandes medios? La palabra,
la acción y el ejemplo.
a) La palabra, en definitiva, escasa. Se calla durante 30
años y habla durante 3. Y aún en estos 3, ¡cuántos silen­
cios. .. de oración! Siempre sobrenatural. Lo que procura1
es el· bien de las almas; aún cuando sana los cuerpos, hace
recordar que obra así en vista de las almas. “Vete, y no pe­
ques más”, palabra franca, medida, divina.
“ Jamás ha hablado nadie como este hombre” . ¿De qué
calidad es mi apostolado por medio de la palabra? ¿Procu­
ro siempre llegar al alma, tomarla, elevarla?
b) Su acción. Siempre estuvo subordinada a la voluntad
de su Padre. No pretendió hacerlo todo, organizar y refor­
mar todo.
Seguiré ese ejemplo en mis actividades. Discreción, pru·*
dencia, incluso en los sueños, en los planes apostólicos.
c) El ejemplo. Predicaba lo que El era. Al verlo adelan­
tarse, pacífico y recogido, al oírlo hablar, las causas esta­
ban ya ganadas. Y yo, ¿medio de apostolado demasiado
descuidado... aprenderé de El, “ a hacerlo bien todo” ?
Es preciso que cuantos se me acerquen, puedan decir y sen­
tir: “ Ahí está Dios en él” .
L e c t u r a : 1. Tim. I, 18 hasta el fin, II.

VIERNES
CELO COMPETENTE
Ser un sacerdote instruido, ampliamente informado, com­
prensivo, abierto, documentado.
“No estamos ya en el tiempo en que el ministro de Jesu­
cristo podía dormirse junto al mármol del altar, con la cer-
MI O R A C I O N 259

teza de que durante su reposo ninguna mano sacrilega se lie·


garía para devastar el Tabernáculo, ni soplo alguno apag»·
ría la lámpara del santuario. Han pasado los días de indo·
lencia y de calma.”
Así razonaba a los 16 años un futuro sacerdote, en ver·
dad clarividente en su modo de pensar.
El futuro Abate Frémont, hacía notar también lo si­
guiente:
“Si el sacerdote no es hoy un hombre de ciencia, ¿a don*
de llegará el mundo? Todas las inteligencias distinguidas se
entregan al estudio, al perfeccionamiento del pensamiento
humano; y mientras se realiza en su presencia este grande
movimiento de espíritus, ¿el sacerdote, sólo él permanece­
rá ignorante? No, no, eso no es posible” . No se trata para
mí —salvo alguna excepción—, llegar a ser un especialista;
se trata de poseer una cultura amplia, una alta sabiduría,
una información extensa; no se trata de conocerlo todo,
sino de no ignorar lo que puede serme útil en mi ministe­
rio: doctrina*, psicología religiosa, espiritualidad, historia
de mi época, sociología católica.
¿Cómo he de conducir, si no conozco la ruta?
L e c t u r a : I. Tim. cap. III.

SABADO

CELO ADAPTADO
La dificultad máxima del ministerio, es deber entregar
un mensaje eterno a personas de una época, y con los me­
dios, el lenguaje, que reclama esa época, este momento de
duración en el que nos hallamos. El Evangelio es de siem-
pre, pero los procedimientos para anunciarlo deben ser de
ahora.
Procurar adaptarme.
Decir a menudo, por los hermanos y por mí, esta hermosa
260 RAUL P L U S , S. J.

oración de un sacerdote de corazón de fuego, anunciada du­


rante las Jornadas Universitarias en Clermont-Ferrand:
“ Multiplicad, Señor, los sacerdotes, pero sobre todo dad­
nos sacerdotes santos. Sacerdotes, santos mensajeros de una
verdad eucuménica y eterna, y que sepan presentarla a los
hombres de su siglo y de su país. Santos para hoy, sacerdo­
tes antiguos en hombres nuevos. Por Vos, Señor, han sido
encargados en una embajada; por el reflejo de vuestra vir­
tud en ellos, que se presenten ante todo como testigos vues­
tros. Concededles que realicen en su vida el misterio de
vuestra muerte, al que celebran en esa solemnidad plena de
maravillas, su Misa de todas las mañanas. Que beban en ese
misterio la inquietud por la salvación de sus hermanos, la
inquietud por la salud del mundo. Que sepan, a pesar de
esa inquietud, respetar la libertad de las almas, esa libertad
de 1a cual vuestra palabra ha dado la pauta al mundo.
Que comprendan y hablen el lenguaje de su tiempo; y por
lo tanto, tengan cuidado de no comprometer, con opiniones
que varían y que mueren, la imperecedera novedad de vues­
tro Evangelio.
Que conserven ante el largo invierno de las almas, la es­
peranza obstinada de la primavera que vendrá; e incluso
ante los que Os persiguen recuerden el camino de Damas­
co y los secretos de vuestra Providencia para el mañana".
L e c t u r a : I Tim. cap. V.

DOMINGO QUINTO DESPUES DE PENTECOSTES

BONUS ODOR
Soy como muchos; pienso —no teórica, sino práctica­
mente— que media hora destinada a estar de corazón a co­
razón con Dios a la mañana y otro tanto por la tarde, es
tiempo que mejor podría emplearse en el ministerio. Cada
vez que me coloco a los pies de Dios, en la inmolación de
MI O R A C I O N 261

la plegaria, me parece que cometo una especie de rapiña al


apostolado, que eso no sirve para las almas, que la Iglesia
y mi diócesis exigen de mí que me alce y vuelva al trabajo.
Un simple pretexto que me doy, pues no me hago ilusio­
nes ; pero, es dulce engñarse cuando una apariencia de ex­
cusa aturde los remordimientos.
Nada contribuye mejor a la causa de las almas, que un
grado más de caridad que haya en mí, y nada más condu­
cente a hacerme adquirir ese grado más de amor, que la
oración.
Una oración ferviente y generosa, es el perfume ofrenda­
do a Jesús por la Magdalena; dice el Evangelio que llenó
toda la mansión.
Si cobro nuevas fuerzas a la mañana, junto al Corazón del
Maestro, toda mi jornada estará embalsamada, seré durante
toda ella un sacerdote mejor. Es increíble el aliento que da
a mi sacerdocio media hora de oración, de oración verda­
dera.
No oro lo suficiente. “Christi bonus odor” , ¿de dónde
procede que no difundo en mi alrededor el perfume de la
santidad? Olvido lo esencial: colocar mi alma a los pies
de Cristo. El está allí y me aguarda, y yo no estoy, no acu­
do nunca a El.
Vida sin significado y sin perfume, empañada, vida in­
colora y sin sabor; no hay bastante “de Dios” en mi vida
de hombre de Dios.
Recordaré esta frase de un religioso que conocía muy
bien a los sacerdotes, pues, les había dado numerosos ejer­
cicios: el Padre Chaignon S. J.: “Si se es sacerdote por la
ordenación, no se es buen sacerdote más que por la oración**
L ectura: Imitac. III, cap. XXVI.
262 R A U L PLUS, S. J.

LUNES
DEUS IN ADJUTORIUM...
Según Casiano, en tiempo de los Padres del desierto, el
sacerdote Isaac tenía por un secreto precioso de vida espi*
ritual, la costumbre de repetir en cualquier ocasión el ver­
sículo: “ Deus in adjutorium meum intende, Domine ad ad-
juvandum me, festina”, a fin de mantenerse en la presencia
y en el pensamiento de Dios.
Ante todo, me acostumbraré, antes de cada Hora del Bre­
viario, a dar su sentido pleno a esta fórmula que recito co­
mo obligación. Aprovecharé para atribuir a las palabras
la realidad que expresan, y reconocerle su verdadero valor
de oración: ella proclama muy bien la grandeza de la mise­
ricordia de Dios, y mi absoluta necesidad de auxilios.
Después me eiercitaré, en todas las situaciones difíciles,
a elevar hasta Dios esa exclamación de los Salmos; es ella
muy impresionante, y la Iglesia la ha canonizado formal­
mente al insertarla —con preferencia a tantas otra»— en el
Oficio Divino.
Ir aún más allá, no acudir a Dios solamente en las oca­
siones difíciles, cuando tengo necesidad de ayuda, sobrepa·
sar la oración de demanda, y ejercitarme lo más que me
sea posible en la oración de adoración. Al utilizar —si así
lo deseo— las mismas palabras, les daré un sentido algo
diverso: “ No son mis dificultades, oh, Señor, las que me
traen hasta Vos. es vuestra grandeza. Bien sabéis que os
confío mi pequenez.
Dejadle solamente la inmensa alegría de cantar vuestra
Inmensidad. Que el poco que yo soy, cante el Todo que soii
Vos. .. ¡Deus!... ¡Domine!. . . ”
L ectura: Imitac. III, cap. XXIX.
MI O R A C I O N 263

MARTES

EL TIEMPO LIBRE
Muy probablemente tengo el doble —o el décuplo— de
las obligaciones a las que puedo atender; pero es igual­
mente posible que tenga algún tiempo libre. Mis funciones
no me absorben totalmente, mi puesto no me deja ratos
libres... En este caso, me pondré a cubierto —no de la
pereza, esta palabra es demasiado gruesa— sino de perder
el tiempo en ocupaciones inútiles. Hay tanta gente ocupada;
y que “trabaja” poco, por lo menos tomando la palabra
trabajo en su sentido real.
En esos casos, recordar y hacer míos estos pensamientos
de San Vicente de Paúl:
“Un eclesiástico debe tener más ocupaciones de las que
pueda hacer. Desde el momento en que la ociosidad se apo­
dere de él, acudirán de todas partes toda suerte de vicios,
tentaciones de impureza y muchas otras.”
En la época actual, el peligro para la mayor parte de los
sacerdotes, proviene del exceso de ocupaciones. Principal­
mente en las ciudades: se atiende a más de lo posible. Las
obras son múltiples. Fácilmente se halla pretexto para dejar
a Dios; en algunas ocupaciones rurales el ministerio es me­
nos absorbente.
En este punto, ver en primer lugar si yo doy todo: si
otorgo a las almas que están a mis cuidados lo crue ellas
esperan y lo que necesitan. Si es así. organizaré una vida
de oración y trabajo que no dé lusar a la desocupación:
una sana distracción al tiempo debido, perfectamente. Ocio­
sidad cuando el deber reclama mi trabajo, jamás.
Oír el deseo del Señor, el clamor de las almas, las ne­
cesidades de completar mi formación. Trabajar, trabajar.
Manning. en su “ El Sacerdocio eterno” concluye un ca­
pítulo sobre el valor del tiempo, haciendo notar que en una
vida sacerdotal de 70 años, se cuentan 23 destinados al sue-
264 RAUL PLUS, S. J.

ño unos 7 consagrados a la Santa Misa y al Oficio Divino.


¿Cómo se emplearán los 40 restantes? “ Estará de parte
nuestra —responde— oír resonar en dondequiera, en núes·
tros oídos, las palabras de Dios al Profeta: Quid hic agis,
Elia? (Reg. XIX, 9, 13), y en cualquier hora de la jornada,
estas otras: “ ¿No sabéis que me conviene estar en las cosas
de mi Padre?”
L e c t u r a : S. Luc. II, 40 a 52.

MIERCOLES
MI OFICINA
“ Gustaba estar en su pequeña cámara, en la que había
establecido — decía— entre Dios y su alma un horizonte
más vasto que el mundo. Era una especie de Santuario, en
el que reinaba la paz, aquella tranquilidad en el orden,
según la hermosa definición de San Agustín. Amaba el
arreglo, la limpieza, el recogimiento; no podía sufrir el
menor desorden. Allí, solo con Dios, lejos del mundo y del
ruido, sentado junto a su mesa de trabajo, su alma natural­
mente religiosa se inundaba de silencio, de amor; y cami­
naba sin esfuerzo a la plenitud de los goces divinos.”
Así habla del P. Lacordaire el P. Chócame.
Hay sacerdotes que salen demasiado y otros que no salen
lo suficiente.
Un caso de estos últimos, sería el sacerdote demasiado
casero o demasiado intelectual (de Mons. Huet, Obispo de
Avranches, decían los diocesanos: ¿Cuándo tendremos un
prelado que haya concluido sus estudios...?), o el des­
animado (¿para qué ir a visitar a mis feligreses? Eso no
cambiará nada).
Saber imponerse, a pesar del propio temperamento, de
las manías, gustos y resquemores, los desplazamientos apos­
tólicos necesarios (por supuesto) y útiles para el bien de
las almas.
MI O R A C I O N 265

Para aquellos —más numerosos, sin duda alguna que


andan siempre por las vías y los caminos, que no dedican
bastante al recogimiento, al trabajo en su cuarto, a la lec­
tura santa, a la composición, es bueno que mediten el ejem*
pío dado por Lacordaire: la iglesia, la cámara de trabajo,
las calles y casas de la parroquia; he ahí las tres estaciones
que reclaman al sacerdote; es a él a quien corresponde
dedicar a cada una el tiempo y dedicación exigidos por
un bien entendido deber de estado.
Me examinaré: ¿tengo en grado suficiente —o exagera­
do— el culto del trabajo en mi cuarto, la preocupación род*
los momentos de soledad necesarios o útiles?
Decidir. Reformar.
L e c t u r a : Imitac III, cap. XXXIX.

JUEVES

METODO DE TRABAJO
“Para llegar a ser un alma superior, tengo siempre las
cartas en el juego: atavismo, educación, medio intelectual,
voluntad. Me faltan la precisión y un método de trabajo
que coordenen mis diversos puntos de vista. Este defecto es
una causa de anemia moral, de flojedad física y de falta de
influencia sobre los que me rodean. Es preciso llegar & algo
lógico. Es necesario que sea capaz de sostener cada una
de mis ideas fundamentales, que sean mías no sólo por ins­
tinto y educación, sino porque proceden de la elección de
una voluntad. Debo ser capaz de convertirme en apoyo mo­
ral. .. Llegar cd fondo de las discusiones... no dejar que
nadie reflexione en lugar mío.”
Tal fué la decisión tomada por Genoveva Hennet de
Goutel. ¿Qué debería decir yo, y con un tan especial a for*
tiori?
¿No soy responsable de un rendimiento disminuido, por
266 RAUL P L U S , S. J.

no saber organizar, jerarquizar, ordenar mi trabajo? Todo


se trastorna y desarregla. Lo accesorio, si es agradable, pasa
»1 puesto de esencial. Estoy a merced del capricho, conse-
cuencias nefastas tanto para la voluntad como para la in­
teligencia. '?■f
Hacer mío todo lo que hago; no basta ingerir, es preciso
asimilar. ¿Cómo? Por la reflexión: hacerme un juicio per­
sonal sobre las ideologías, las realidades, las personas, no
seguir el rebaño con la cabeza gacha; saber por qué pienso
y digo lo que pienso.
Y después, hacer bien todo lo que pongo en práctica;
como decía también Hennet de Goutel, tomándolo de Santa
Magdalena Sofía Barat: “Todo lo que vale la pena de ser
hecho, debe ser bien hecho”
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XLII.

VIERNES
ALGUNOS CONSEJOS
He aquí uno de Mons. Hedley:
“Los sacerdotes jóvenes, deberían temer perder el tiempo,
como al demonio del mediodía.
”Esos sacerdotes cuya jornada no está llena por sus de­
beres, o que —por lo menos en ciertas épocas— tienen mu­
chos ratos libres, deberían tener un trabajo, una obra a la
cual pudieran consagrar sus momentos perdidos: un estudio,
un libro, un tratado de Teología. 0 aún mejor: que escri·
ban; esto les demandará estudio, dará precisión a su pensa­
miento, les procurará facilidad de palabra, y será una ad­
quisición muy útil para el porvenir” .
Sin duda que lo dicho no puede valer para todos. He aquí
algo donde todos hallarán bien. Tomás de Aquino escribe
a Juan de Piperno:
“ Juan, hermano carísimo en Cristo; tú me has preguntado
cómo debes estudiar para adquirir los tesoros de la ciencia·
MI O R A C I O N 267

” He aquí, a ese respecto, algunos preceptos‘que te con*


sagro:
’’Elige entrar en el mar por medio de pequeño« arroyos,
no de un solo golpe, pues es por medio de lo fácil que con·
viene llegar a lo más difícil.
’’Quiero que seas lento en el hablar, lento al dirigirte
donde se habla.
”No ceses nunca de dedicarte a la meditación.
’’Frecuenta con amor la celda, si quieres ser introducido
en la despensa del vino.
”No te inmiscuyas en modo alguno en las acciones de
otro.
’’Huye sobre todo las marchas inútiles.
”No te fijes en el que habla, pero todo lo bueno que
oigas confíalo a tu memoria.
”Lo que lees y oyes procura entenderlo.
’’Asegúrate acerca de tus dudas.
“Y esfuérzate por colocar cuanto puedas en la biblioteca
de tu espíritu, así como se llena un vaso” .
Al pie del Crucifijo, fué donde Santo Tomás bebió la
mejor de sus inspiraciones. Obrar como él. Y como él, dar
a todo una perfecta pureza de intención: “ En cambio de
tantos trabajos cumplidos, ¿qué recompensa deseas tú, To­
más?” — “Ninguna otra que no seáis Vos, Señor” .
L e c t u r a : Salmo 16.

SABADO
TEOLOGIA SERIA
Seria, es decir, habituada a separar netamente los dogmas
contenidos en el Evangelio y la Tradición y afirmados por
el magisterio infalible, de las opiniones de escuelas o de
teólogos: las definiciones auténticas de los ensayos de ex·
plicación que se apoyan en una doctrina filosófica discu­
tible y discutida. Teología comprendida no como una serie
268 RAUL PLUS, S. J.

de proposiciones aisladas, sino como un conjunto de cono­


cimientos de los que se ha descubierto la poderosa y lumi­
nosa síntesis.
Teología en la que se halla placer de profundizar sus be-
Uezas sublimes, ayudándose de autores que se expresan bien.
Seria y viviente. Para cuántos sacerdotes los cuadernos
del Seminario no son más que una especie de herbario en
el que se conservan flores muertas, sin color, sin perfume,
herbario incapaz de ayudar en modo alguno a la piedad
personal, o de inspirar para la predicación o la dirección.
“ Cuántos sacerdotes —escribe el P. Aubry— manejan los
santos Misterios sin comprenderlos, sin pensarlos, incluso
sin conocerlos; pasan su vida en medio de cosas santas y en
contacto ininterrumpido con los poderes sobrenaturales, en
el altar, en el confesonario, en el púlpito; y todo sin pres­
tar atención ni sacar provecho alguno o luz para su alma.
Incluso hablo de los sacerdotes fieles y piadosos en cierto
grado, pero limitados y encerrados estrechamente en esa
facilidad vulgar, achatada y material que se contenta con lo
necesario, que no se preocupa y no piensa que sea posible
ir más allá del deber.”
Y recomienda el estudio asiduo y profundo de las cien­
cias eclesiásticas, a fin de: “ ...llegar a ser un verdadero
sacerdote, capaz de comprender su vocación, las obras di­
vinas de las que es instrumento, los grandes misterios que
pasan por sus manos y maneja diariamente” .
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XLIII.

DOMINGO SEXTO DESPUES DE PENTECOSTES


DIOS
“ Dios, cuyo todo es ser la bondad misma...” así co­
mienza la oración del día.
¿Reconozco suficientemente esta soberana bondad de
Dios? Sí, sin duda, cuando los sucesos me sonríen; pero si
MI O R A C I O N 269

llega una prueba, ¿comprendo que me es enviada como una


bendición, que es una misericordia más del Dios de bondad,
para hacerme ascender?
Para que la bondad del Altísimo nos fuera más acce·
sible, el Verbo se encarnó, enviado a la tierra por la Bondad
del Padre, El Evangelio de este domingo, es el de “Mise-
reor super turbam”, que nos muestra el Hijo en el acto
más impresionante de la bondad compasiva, las multitudes
han seguido a Jesús; durante tres días han oído sus enseñan­
zas, sin preocuparse de comer y beber, siempre atentas a
la palabra del Buen Maestro; y ahora, éste va a hacer algo
más que proferir sus palabras misericordiosas y pacíficas;
viendo que toda aquella gente tiene hambre, obra en favor
de la multitud uno de sus milagros más hermosos, los ali­
menta con cinco panes y tres peces; son más de 5.000 per­
sonas y sobran canastos llenos.
He ahí a Nuestro Señor; he ahí la bondad del Maestro,
la bondad de Dios.
Hacer un acto de fe, y procurar difundir, yo, en torno
mío, la bondad de Dios bueno.
L e c tu r a : Epístola de San Pablo a los Romanos, cap. VI.

LUNES

CENTRARLO TODO EN JESUCRISTO


Cuando el Padre Leoncio de Grandmaison —que durante
mucho tiempo fué director de la revista “ Ettudes” y es
autor de un hermoso libro sobre Nuestro Señor— abandonó
la residencia de su formación literaria para estudiar la filo­
sofía, un maestro amado, el P.' Longhaye, felicitó a su
discípulo por haber tomado la resolución de concentrar
todos sus esfuerzos y trabajos solamente hacia la persona
de Jesucristo: “Amad a Jesucristo —le escribía— llegad
hasta el último suspiro apasionándoos cada día más por su
Persona adorable. Estudiad, investigad, contempladle obs-
270 R A U L P LUS , S. J.

tinadamente hasta saberlo de corazón; mejor aún, hasta


asimilaros a El, hasta absorberos en El. Que sea bien y
cada día más el centro de vuestros pensamientos, el núcleo
de vuestros conocimientos, el término práctico de cualquiera
de vuestros estudios. Hacedlo el objeto moralmente único,
el argumento soberano, el arma triunfante de vuestro apos·
tolado... Desconocido o célebre, ocupado en los más altos
ministerios o en los más humildes, por lo menos sed cono·
cido dentro de vuestra esfera de actividad como el hombre
que, a propósito y fuera de propósito — ¡si fuera posible!—
habla sin descanso de Jesucristo y lo hace de la abundancia
de su corazón” .
¡Qué hermosa consigna! ¡Jesucristo meditado, Jesucris­
to conocido, Jesucristo amado con pasión siempre creciente
y consecuente consigo misma; Jesucristo comunicado al
mundo por un alma de fuego!
L e c t u r a : Gal. I, 1 a 13.

MARTES

EVANGELIO
Un laico escribe así:
“El Evangelio. ¡Qué delicia es para mí esta lectura, aún
en medio de las angustias más punzantes! ¡Cuántas veces
he sentido y experimentado que la parte más dura de mi
penitencia era no poder consagrar a ese estudio mis jor­
nadas enteras!”
¿Y yo, sacerdote, podría escribir —con verdad— una
declaración semejante?
Antes, en algunas Iglesias había instalado a cada lado
del altar un Tabernáculo: en el uno se conservaba el Ci­
borio, en el otro el Evangeliario; a la Palabra de Cristo
se tributaba la misma veneración que al Cuerpo de Cristo.
Mi culto hacia el Evangelio, ¿está de acuerdo a ese mo-
MI O R A C I O N 271

délo? ¿Estimo el texto de la Palabra del Maestro, lo mismo


que su Cuerpo?
Para con mi Hostia, sí, ciertamente tengo un respeto,
una adoración y piedad manifiestas. ¿Cuál es mi piedad
hacia los versículos divinos en que se hallan comprendido·
y explicados los pensamientos íntimos y los actos esencia­
les de mi Maestro adorado? Y en la práctica, ¿soy fiel a
la lectura diaria de un capítulo del Evangelio? Por lo
menos, cuando un tema de conferencia tomado del Evan­
gelio, es propuesto de algún modo, ¿me esfuerzo en estu­
diarlo seriamente?
En mi oración, en mis sermones, ¿tengo la costumbre
de emplear el Evangelio?
En los círculos juveniles, se exige que al comenzar se
comente un pasaje del Evangelio; procuraré hacer un co­
mentario vivido, profundo, lleno de ideas.
En mi Catecismo, me esforzaré por traer y citar escenas
del Evangelio.
Conocer para amar. Amar para conocer.
L e c tu r a : Gal. II, 2 a 11.

MIERCOLES

ACTUALIDAD INCESANTE DEL EVANGELIO (I)


Evitaré el racionalismo ambiguo: “ ¿El Evangelio? ¡Cosa
antigua! Hermosa institución de los tiempos pasados. Ad­
mirable antiguamente, ahora ya ha prescrito
Sinrazón absoluta. Todo lo contrario: Juventud perpe·
tua de la fórmula de vida traída al mundo por Jesucristo:
“Sed puros, amaos, servid a Dios. Sois grandes, divinos,
sabed por lo tanto lo que sois. . . ”
Cuando todo se derrumba, carcomido por el tiempo que
nada perdona, subsiste lo eterno señalado con la marca
de lo imperecedero; y capaz, en cada edad que llega, do
272 RAUL PLUS, S. J.

dar el sello de valor, el secreto de las fecundidades. Cuanto


más se aleja de los tiempos evangélicos, tanto más esa
buena nueva penetra invisiblemente. Y allá donde sube
una doctrina nueva, que parece negarla o combatirla, esa
misma doctrina, por sus orígenes profundos, manifiesta
a veces más de lo que se piensa, la substancia evangélica.
Dos ejemplos: en el fondo de la aspiración internado-
nal, aún la antirreligiosa, ¿no hay una exigencia alterada,
pervertida, una necesidad de fraternidad relacionada al
“amaos los unos a los otros’*?; y en el fondo de la aspi­
ración comunista, ¿no hay un deseo mezclado, alterado,
desviado que se refiere al “ lo que hicieres a los pequeños” ?
Es raro que no haya una piedra de toque evangélica en
las opiniones aparentemente las más antievangélicas; un
poco de Cristo en lo que más pretende combatir a Cristo.
Después del Evangelio, le es difícil al mismo no teñir todo
con su toque.
¡Oh! Si los hombres del Evangelio, en lugar de dejar a
los demás que aprovechen sus tesoros, se fijaran mejor, y
cual divinos buscadores supieran hallar aún en los obs­
curos escondrijos los granos pequeños de su metal!
L e c t u r a : Ep. de Santiago, I, 21 al fin.

JUEVES

ACTUALIDAD INCESANTE DEL EVANGELIO (II)


Se ha dicho: “ Es extraño que los cristianos no sean
progresistas, en teoría aún más que en práctica” . Nosotros
tenemos el secreto del porvenir. Cristo ayer, hoy y ma­
ñana. ¿Y creemos lo suficiente?
“ El cielo y la tierra pasarán, pero mi palabra no pa­
sará.”
¿Adhiero yo a esto, creo con toda mi alma en la fo-
MI O R A C I O N 273

cundidad del Evangelio, para dar a los tiempos que ven*


drán, para proporcionar las simientes necesarias?
Creo que el Evangelio es una bella cosa en el pasado,
pero, ¿cómo la considero para dar respuesta a todo lo que
está “ delante” ? Ha roto el mundo antiguo, pero, ¿le re­
conozco el poder para conducir el mundo nuevo? Ha sido
antes un comienzo, y jde qué envergandura!, pero que
sea un fermento para todas las épocas, ¿es esto una con­
vicción arraigada, en mí?
Luchar contra la tendencia al desencanto, cosa innata
cuando se avanza y sobre todo cuando uno se inclina
hacia el horizonte; Sperabamus; ¡nosotros esperamos! Du­
rante mi juventud clerical, ¡oh sí!, yo creía en el poder
del fermento que manejaba. He visto demasiado para creer
aún. Y porque me creo o me hago viejo, concluyo que mi
Evangelio no es ya joven y que ha perdido su eterna virtud
de renovación.
Veni Sánete Spiritus__et renovabis faciem terrae.
¡Hoy, mañana, dentro de cien años, dentro de mil afios!
L e c t u r a : II Epist. de S. Pedro, I, 16 ss.

VIERNES
FRESCURA PERSEVERANTE
*■

Tristeza de sentirse menos fervoroso, a medida que se


aleja de la ordenación, de no poder permanecer siempre en
las alturas entrevistas, de volverse cada día más pesado y
deslizarse hacia una vida más y más “emburguesada” .
Escribía Perreyre: “Hay en el comienzo del sacerdocio
una flor primera que el uso de la vida obscurece y mar­
chita. Se admira uno de hallarse hombre, con sus debilida­
des, sus habituales miserias, y entonces llega la tristeza de
subir al altar cargado con los impedimentos antiguos que
las mejores resoluciones nunca bastan para hacerlas dejar” .
Esa misma tristeza es buena señal, indica que uno no se
274 RAUL PLUS, S. J.

abandona, que se constatan los déficit, que no se resigna,


que por el contrario, se desea volver a la generosidad pri·
mera.
Lo que sin duda no puede volver, es la frescura de senti­
mientos que caracterizaba los comienzos, la alegría prima·
veral del árbol en flor, el carisma del principio.
Pero lo que puede y debe aumentar, es la energía para
santificarme, mi toma de conciencia más nítida —por la
fe y la oración— de las grandezas y responsabilidades de
mi sacerdocio; el amor profundo, aunque quizás menos in­
flamado, por mi ministerio. La época de los frutos importa
más que la de las flores. No debo perderme en lamentos,
viviré el presente para darle todo su valor.
L e c t u r a : I. Tim. IV, 6 hasta el fin.

SABADO
AMOR POR AMOR
Se cuenta que Mozart, siendo niño, hacía esta pregunta a
los que parecían interesarse por é l: “ ¿Me ama usted, me
ama usted mucho?”
Sin duda nos conmueve saber que ese pequeñito, sintien·
do quizás el sí: “ latir como un destello radiante de Dios”,
hacía ingenuamente esa pregunta doloroso.
¿Seremos nosotros tan refractarios, que esa misma de­
manda, en labios del Verbo Encarnado, nos dejara fríos?
“ Pedro, Pedro, —tú, mi sacerdote a quien tanto he dado,
y para quien destino aún tantos beneficios— ¿es cierto que
aún me amas? ¿Puedo tener certeza y confianza, me amas
profundamente ?
“ Al amor, todo amor es debido, se ha podido escribir:
la tristeza mayor del Calvario, nuestra ofensa más grave
contra Aquel que padeció por nosotros, ¿no es nuestro re­
chazo de amor?”
¿Cuándo nos decidiremos, no ya a dar a Nuestro Señor
MI O R A C I O N 275

amor por amor, (esto es imposible), sino a dar al divino


buscador de amor, todo nuestro corazón? No es nada, pero
El lo reclama, se digna afirmar que es toda su ambición ser
amado por los miserables que somos nosotros, sobre todo
yo, su sacerdote.
La pregunta está explícita en la conversación con Pedro
después de la pesca milagrosa, pero se halla implícita en
cada escena, en cada versículo del Evangelio. Y cada ve*
que Nuestro Señor se digna aparecer, en el decurso de la*
edades, a personas de su elección, ése es el punto que siem*
pre toca: “Tú, por lo menos, ¿me amas?”
A Santa Teresa, a Margarita María, a Angela de Foligno,
a Francisco de Asís, a Ignacio de Loyola...
Señor, lo digo con seriedad, os amo mucho.
L e c tu r a : S. Juan, XXI, 15 a 18.

DOMINGO SEPTIMO DESPUES DE PENTECOSTES


VESTIMENTIS OVIUM
“Guardaos de los hipócritas que se llegan hasta vosotros
con piel de ovejas, y por dentro son lobos destructores.**
¿No es este el retrato del sacerdote que traiciona su
misión, y que, precisamente allí donde debería ser el re­
presentante de Dios, el guía, se vale de la intimidad de las
confidencias oídas para conducir las almas a la perdición?
Yo sé, por las censuras en que se incurre, cuán mal
visto es este pecado por la Iglesia. Es que demuestra una si­
niestra perversión, y es para las almas la peor de las ace­
chanzas, la más odiada de las mentiras.
Es verdad, el sacerdote conoce su derecho canónico, y se
arregla de modo que no se realice exactamente el caso pre­
visto por las censuras; pero esto no es disminución, sino
más bien aumento del crimen.
Pobre pastory rompe con su mandato y aprovecha de su
oficio para abusar...
276 R A U L P L U S , S. J.

Dios mostró a Santa Catalina de Sena algunas maldades


de este género cometidas en la Iglesia de Dios. He aquí el
pasaje, en los “ Diálogos” :
“ Algunos están tan poseídos del demonio, que no sólo
ultrajan los Sacramentos y no respetan la dignidad que les
he dado, sino que... se sirven de los mismos sacramentos
para satisfacer sus pensamientos impuros y culpables vo­
luntades. Las pobres ovejas, cuyas almas y cuerpos debían
alimentar, son así atormentadas por esos medios detestables,
y por otros que pasaré en silencio por no afligirte más.
Tú las has visto, a estas pobres ovejas, cuán locamente y
fuera de sí sienten violentada su voluntad por esos demo­
nios encarnados, y son arrastradas a hacer lo que no
querían...
” Es inútil recordarte estas desgracias y tantas otras. Tú
sabes cuál es la causa: una vida impura y culpable” .
L e c t u r a : El Evangelio del día.

LUNES
JESUS JEFE
Nunca ha habido un Jefe como Jesús. Me es sumamente
útil contemplarlo desde ese ángulo, pues los sacerdotes son
jefes lo mismo que pastores, y como jefe, Jesús sabe hacer
reconocer su autoridad. “No os hagáis llamar Rabbi Maes­
tro. vuestro maestro es uno sólo, soy Yo” (Mat. XXIII, 8
a 10. Como jefe, Jesús manda. Ha dicho con frecuencia a
sus discípulos: “ Id allí y no allá... Predicad... sanad...
resucitad a los muertos... echad a los demonios... No
tengáis ni oro ni plata” . Es imperativo: “Jamás hombre
alguno se ha demostrado más natural y totalmente jefe,
que El. Junto a su bondad profunda, que llega a veces
hasta la ternura, se siente en El una cierta e indiscutible
convicción de lo que es, de lo que puede, que le hace
tomar con toda simplicidad el tono de Maestro, la frase im*
MI O R A C I O N 277

periosa en sus discursos, y una manera de actuar audaz f


fuerte hasta el extremo” (Christus, p. 703).
Jesús sabe emplear la reprensión: “ ¿No sabéis esto...
no comprendéis aquello...?” (Me. IV, 13; Mat. XV, 17 y
Me. VII, 18) etc... “ ¿Estáis aún sin inteligencia?” (Mat.
XV, 16; Me. VIÍ, 18). También su reproche a los discí­
pulos de Emmaús, a San Pedro: “Retírate, Satanás, roe
eres escándalo. . . ”
La sociedad reclama urgentemente Jefes. El sacerdocio
católico puede procurarlos. Pero es preciso que el sacerdote
posea las cualidades del jefe, que se imponga por su virtud,
saber, voluntad, su magnífica independencia de todo par­
tido, de toda pasión, excepto la del deber y la del Maestro
al que sirve. Hablar, mandar, reprender es fácil; pero ha*
cerse escuchar obedecer y escuchar, no lo es. Solamente se
impone el jefe que sabe, quiere, puede, ama, que da el
ejemplo. Puede decirlo todo, exigirlo todo, atreverse a todo.
“Las multitudes admiraban su doctrina, enseñada como
quien tiene potestad” (Mat. VIII, 28-29; Me. I, 22; Le.
IV, 32).
Aplicación práctica: no dejar que se amplíen indefinida­
mente las dispensas respecto del trabajo en los domingos,
de los ayunos y abstinencias, de la Misa dominical. Si es
preciso otorgarlas, recordar el precepto.
L ectura : Uno de los pasajes indicados.

MARTES

UN CRISTO DEMASIADO EXIGENTE


Cuando pienso en Cristo, ¿no tengo la idea de un maestro
severo con la frente siempre fruncida, cuando me ve, in­
capaz de sonreír? Tan incoherente» desordenado y miserable
soy.
27a R A U L P L US , S. J.

El es tan exigente... ¿no es verdad?, no se satisface más


que con la perfección, ¿cómo la encontrará en mí?
Una es la doctrina del Maestro, otra su persona.
En sus palabras, y cuando se dirige al mundo, a todos en
general, el Divino Salvador reclama insistentemente valor y
ardor para el bien, fidelidad. ¿Podía obrar de otro modo,
sin incurrir en el peligro de no haber traído al mundo más
que una moral nebulosa y sin ánimo, una doctrina que
cualquier filósofo hubiera podido proponer?
Exigirá mucho, pedirá todo: ser perfectos como lo es el
Padre Celestial.
Bajando de la serenidad de los principios, ante las mise-
rías concretas, sin recordar la exigencia imperiosa* de las
enseñanzas formuladas, Jesús se compadece, comprende la
miseria, tiene una misericordia inefable.
Tú, publicano, tú estás justificado.
— Vosotros, los doce, olvido vuestros abandonos, y de
ti, Pedro, olvido tu negación. Se debe ser puro... Tú,
Magdalena, tu amor ha lavado tus impurezas.
He ahí a Cristo.
L e c t u r a : S. Juan, XVIII, 15 a 27.

MIERCOLES

UN CRISTO DEMASIADO BENIGNO


... Entonces, a un Salvador tan indulgente, ¿ puedo ma­
nejarlo a mi gusto? Tiene aire severo, de lejos y en sus
palabras, pero de hecho, en la vida ordinaria, perdona
todo. ¿Qué conclusión sacar? ¿Que no sabe lo que quiere,
o que se puede, en la fantasía, compadecerlo?
De que Jesús sea bueno, no debo yo aprovecharme para
ser malvado. Sin duda que debo reconocer su indulgencia
infinita, su maestría en el arte de contemporizar, de sonreír
y de perdonar. Pero no debo forzarlo a ser severo.
MI O R A C I O N 279

Si yo, a quien tanto ama, si yo, sacerdote, lo traiciono,


soy un falto de delicadeza, quizás un perverso, ¿puedo es·
perar que continúe indefinidamente sus misericordias para
conmigo? Existe un pecado, el más peligroso de todos: la
presunción. Bien debo cuidarme de él. Sin duda que Jesús
perdona setenta veces siete. ¿Y si por haber abusado llego
a una cifra más, y no tengo lugar para el arrepentimiento?
No que la gracia me llegue a faltar, sino que yo podría
faltar a la gracia, que seria entonces la última. Me siento
tan inclinado a desobedecer las invitaciones divinas.. .
Nunca se sabe. Una vez más, ¿será la última...?
— ¡Señor, libradme del abuso de las gracias.
L ectura : Me. XI, 15 a 19.

JUEVES

LA SAGRADA ESCRITURA
El Nuevo Testamento debe ser preferido por mí muy es­
pecialmente los Evangelios y las Epístolas; nada debo ig­
norar de estos Libros Sagrados. Si me es posible, tendré
la colección *‘Verbum Salutis” —para los Evangelios— .
Y para las Epístolas, el estudio del Padre Prat: “La Teo­
logía de San Pablo” .
No descuidaré por eso el “ Antiguo Testamento” ; me
familiarizaré con los Salmos y las Profecías. Durante su
vida sacerdotal, el Cardenal Perraud halló tiempo para
leer 72 veces toda la Biblia.
M. Olier, fundador del Seminario de San Sulpicio, había
ordenado guardar la Biblia entera en un Tabernáculo doble,
en cuyo pie se leía “ Par cultus et honor utrisque”, a un
lado estaba el Ciborio, y al otro el Libro Sagrado, para
ambos el mismo culto y honor.
Dice la Imitación, L. IV, cap. XI: “Dos cosas me son
indispensablemente necesarias en la tierra, y sin ellas 09
280 RAUL P LUS , S. J.

podría sobrellevar el peso de esta vida miserable. Encar­


celado en la prisión del cuerpo, tengo necesidad de alimen*
tos y de luz. Vos, Dios mío, habéis querido dar a este pobre
enfermo vuestra carne sacrosanta para que sea el alimento
de su alma y de su cuerpo; y vuestra palabra para que lo
ilumine como una lámpara en sus pasos. Sin estas dos cosas
yo no sabría vivir, pues la palabra de Dios es la luz del
alma, y vuestro Sacramento es el pan de vida. Pueden ser
considerados como dos mesas. La primera es el Altar sa­
grado sobre el que reposa un pan santificado, el Cuerpo
precioso de Jesucristo. La segunda es la Mesa de la Ley
divina, que contiene la doctrina santa, que enseña la fe
verdadera, que nos conduce con seguridad hasta el Santo
de los Santos” .
L e c tu r a : Imitac. I, cap. 5V.

VIERNES

EL ESTUDIO DE LA SAGRADA ESCRITURA


“Aplícate a la lectura... medita esas cosas... a fin de
que tu progreso sea manifiesto a todos” (Tim. IV, 13-15).
No basta estimar, es preciso estudiar.
¿Qué se diría de un marino que estimara su oficio y no
se interesara en las cosas del mar?, ¿de un médico que no
estudiara la medicina?
Conocer a fondo la palabra de Dios, el mensaje que no
ha confiado para el mundo. Es un deber primordial, tan
importante como el de nuestra santificación personal. Los
dos se refieren mutuamente... Si nos abismamos en la
Sagrada Escritura (I Tim. IV, 13), están asegurados nues­
tros progresos, serán evidentes para todos. Existe la pro­
mesa divina: “La palabra que sale de mi boca no volverá
a mí sin fruto, hará todo lo que deseo y producirá los
efectos para los que la he enviado” (Is. LV, 11). San Fran-
MI O R A C I O N 281

cisco de Sale», llama a la ciencia del sacerdote: el Octavo


Sacramento, y añade: “Las mayores desgracias de la Igle·
sia, han provenido porque el árbol de la ciencia se ha
hallado en manos diversas de las de los levitas” . Y el
Bienaventurado Eymard: “El estudio de la Ley Sagrada
debe estar —para todo sacerdote— antes que cualquier otro
estudio, y debe excluirse todo estudio contrario, peligroso
o inútil para el fin de su sacerdocio” .
Un ejemplo:
Mons. Seghers, el apóstol de Alaska, llevaba en su trineo
su biblioteca de Teología; acostumbraba decir: “ Un Obispo
sin libros es un soldado sin armas” .
Y un ejemplo más elevado que el anterior: el de S. Pablo
cuando estaba prisionero en Roma. Se halla solo; todos los
que hubieran debido asistirlo lo han abandonado. Escribe
una carta a su querido Timoteo, y la concluye con estas
palabras: “Ven cuanto antes puedas, trae mis libros y sobre
todo mis pergaminos” (II. Tim. IV, 13).
¿Qué es lo que desea el Apóstol antes de morir, y como
preparación para la muerte? La lectura, el estudio de los
Libros Sagrados.
L ectura : Imitac. IV, cap. XI, 2%parte.

SABADO

COMO DEBE ESTUDIARSE LA SAGRADA


ESCRITURA
Con pureza de intención, con recogimiento, perseverancia
y humildad.
a) Pureza de intención.— ¿Para qué esta lectura, este
estudio? ¿Para llegar a ser sabio según el mundo? ¿Para
deslumbrar en el púlpito con mis citas, con mis ingeniosas
disertaciones más o menos exegéticas... críticas... etc?
No. Para aumentar mi fe, para nutrirme con esa palabra
R A U L P L U S , S. j.

que es espíritu y vida. Para aprovechar la gracia de mi


sacerdocio, para buscar en las fuentes de la fe la inspira·
ción de mi vida y mi apostolado.
Así como el fuego de los candelabros del altar se prende
en la lamparita del Santísimo, del mismo modo quiero en­
cender todas las luces de mi inteligencia en la hoguera de
toda luz: la palabra de vida de las Sagradas escrituras.
b) Recogimiento. — Todo estudio serio requiere silen·
ció, pero mucho más el de los Libros Santos.
Dice S. Anselmo: “ Es imposible para el alma distraída,
aunque sea ligeramente por las ocupaciones mundanas, o
para la que desea estudiar buscando la vana gloria, obtener
el don de la ciencia verdadera. Pues, una cosa es adquirir
la facilidad de locución o el estilo brillante, y otra penetrar
las venas y medulas de las palabras celestiales, contemplar
con la mirada pura del corazón las profundidades ocultas” .
c) Perseverancia. — Vale lo que cuesta. Salvo excepción,
Dios no nos hará el don de escrutar y amar las Escrituras,
sino después de esfuerzos pacientes. El Verbo de Dios es
una siembra que exige en colaboración, de parte del hom­
bre, esa “tierra buena” capaz de dar el ciento por uno.
d) Humildad. — “ Tened cuidado en el modo como escu­
cháis” (Luc. VIII, 18), con que estudiáis. “Tened cuidado
para que la luz que hay en vosotros no sea tinieblas” (Luc.
VI, 35), sin la humildad corre peligro de convertirse en
tinieblas. Nada hincha tanto como la ciencia. Una grande
labor, un saber amplio, pueden conducir a caídas lamen­
tables (Lamennais, Loisy.. . ) . “Yo habito en un lugar alto
y santo, y al mismo tiempo con los de espíritu humilde”
(Is. LVIII, 15). Dice San Agustín: “ Ingreso bajo, vacíos
inmensos, doquiera el velo del misterio. Es preciso inclinar
la cabeza para entrar” (Conf. LUI, cap. V).
L e c t u r a : S alm o 19.
MI O R A C I O N 285

DOMINGO OCTAVO DESPUES DE PENTECOSTES

EL ADMINISTRADOR INFIEL

Sin ser un falso profeta, un traidor a mi misión — lo que


me invitaba a considerar el Evangelio del domingo último—
¿no soy quizás un administrador que lleva mal los intereses
de su señor?
El P. Lacanuet, en su obra postuma: “La vie de l’Eglise
sous León X III”, ha podido escribir lo siguiente (pág. 202):
“Reina en el seno de nuestra sociedad una ignorancia
profunda de la religión... Y no queremos hablar aquí de
los racionalistas, los que no han conservado del Cristianis­
mo más que el carácter bautismal olvidado y profanado,
sino de las masas indiferentes, en modo alguno hostiles que
acuden aún a nuestras iglesias, y se acercan a rodear, por
lo menos en ciertas circunstancias, la cátedra de la verdad.
Y lo que es más triste y menos explicable, los mejores cris-
tianos están lejos de poseer un conocimiento exacto de nues­
tros dogmas; falta la ciencia religiosa en la mayoría, nos
sentimos tentados a decir que en casi todo. Y sin embargo,
hay en Francia 36.000 iglesias y otros tantos púlpitos, y
todo sacerdote es un predicador o debe serlo... En el pe­
ligro extremo en que se halla hoy la Iglesia Católica, si
todos los medios conformes al espíritu de Nuestro Señor
han de ser empleados con ardor, de un modo conjunto, con
una tenacidad invencible, el medio superior a todos los
demás, en cuanto a dignidad y poder, el ministerio verda­
deramente divino, es el de la palabra. Suponed un apóstol
en cada una de nuestras iglesias, y Francia será cristiana” .
Consideraré y ponderaré con calma las dos últimas fra­
ses subrayadas... ¡Cuánto dicen! ¿Y yo. . . ? ¿Qué clase
de predicador soy? ¿Qué clase de apóstol?
¿Soy en verdad un “cristianizador”, por el que aumenta
la fe, o soy aes sonans?
L e c t u r a : Mat. XVIII, 23 a 35.
284 R A U L P LUS , S. J.

LUNES
EL CULTO DEL PADRE
Por mi bautismo y por mi sacerdocio, formo unidad con
Cristo.
¿Cuál era la devoción primordial de Cristo? El era el
Hijo; su culto esencial era la devoción al Padre.
Jesús siempre hablaba del Padre. El Padre me ha en­
viado ; el Padre quiere esto o aquello, el Padre os bendecirá;
cuando oréis, invocad al Padre; pronto volveré al Padre...
Tanto fué así, que un día Felipe le observó: “ Maestro,
siempre nos hablas del Padre, bien, pero jamás lo hemos
visto; muéstranos al Padre y nos bastará” .
Y yo, ¿cuál es mi culto hacia la Primera Persona? Honro
a la Segunda y a la Tercera, pero, ¿pienso y procuro vene­
rar a Dios considerado como Padre?

Y sin embargo... formo una unidad con el Hijo, y, ¿no


tendré la devoción esencial de Hijo? Es cosa extraña...
Extraña... Y sin embargo verdadera.
Esto no continuará más... Tendré culto por el Padre.
L e c tu r a : S. Juan XIV, 1 a 17.

MARTES

REPLETI SUNT SPIRITU SANCTO


Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comenzaron a
predicar: “Repleti sunt Spiritu Sancto, et coeperunt loqui”
(Act. II, 4). Me arreglaré de modo que predique siempre
“repletus Spiritu Sancto
La palabra que debo enseñar no es la mía, no es humana,
sino la palabra de la fe: “verbum fidei” (Rom. X, 8). Es
Dios quien se expresa por mis labios: “Tanquam Deo ex-
hortante per nos” (II Cor. V, 20).
MI O R A C I O N 283

Por lo tanto, no basta decir cosas divinas, deben ser di­


chas con un alma divina; que mi predicación sea la efusión
de la plenitud del Espíritu Santo que reside y desborda
en mí.
Por consiguiente: humildad, olvidarme, no me predico a
mí, y esto significa carencia de timidez; anuncio a Dios,
nada temo. El me debe su asistencia, ¡adelante! Desde el
momento que he hecho todo lo posible. El debe dar a mi
palabra toda la fecundidad que desea; ningún temor hu-
mano ni preocupación de éxito o de fracaso; “ sursum” pon­
gámonos muy por encima de eso; nada de vanidad, sería
ridículo: ¡predicar a un Dios crucificado y hacerlo con pa­
labras pomposas y brillantes frases y hermosos gestes!
Atención y cuidado, sin duda alguna, como corresponde a
Dios, de quien hablo, y al auditorio a quien me dirijo; pero
simple, directo, sin pretensiones, sin otra pretensión que
ganar almas para Cristo, y elevar a las que ya le perte­
necen.
Don de nú mismo. Repleti, coeperunt; su alma, una
vez llena, desbordó. También yo, hacer de mi palabra el
desborde de un alma rica de cosas divinas, éstas no son
palabras hermosas, ni las almas tienen sed de fuentes hu­
manas, sino de palabras sobrenaturales, provenientes de
un alma sobrenatural, cuya actitud, lo mismo que todas
las sílabas, proclaman lo sobrenatural.
L e c t u r a : S. Juan, XIV, 16 a 21; 25 a 28.

MIERCOLES

MI PREDICACION
¿Qué es lo que me piden mis fieles? Que les hable de
su alma, de sus deberes cotidianos del Evangelio, de los
obstáculos que se oponen a su santificación y de los me­
dios para triunfar, que les enseñe a Cristo, que les haga
286 R A U L P L US , S. J.

comprender que su vida debe ser una reproducción, una


prolongación de la de Nuestro Señor... lo que hay de
más elevado, pero dicho del modo más simple.
Del modo más simple, pero también más cálido, más
vivido...
Para ello, es preciso que presente la verdad de un mo*
do mío, que cada una de las palabras del Evangelio, de
Cristo, cada una de las enseñanzas de la Iglesia, pasen
a mi alma antes de llegar a las almas.
Reflexionar, orar, no recurrir a los sermonarios; ser yo
mismo la fuente de donde tome el agua. Se ha podido
decir, muchos sacerdotes no trabajan (en sus sermones) o
trabajan mal.
“ Existe toda una literatura oratoria que se ha gastado
al servicio del pulpito desde hace dos o tres siglos, y
que ya no responde al estado de espíritu y a las necesi­
dades de nuestros contemporáneos. Y sin embargo, es allí
donde el joven sacerdote va en busca de sus primeras ins­
piraciones, a menos que no prefiera las novedades de un
predicador de moda y sin enjundia. En ambos casos no
será más que un copista, un plagiario. No pensará por sí
mismo, nada dirá propio de sí. Y su palabra vaga, fría,
declamatoria, estéril, será incapaz de producir en las al­
mas la certeza y la persuasión.”
Otro prelado, Manning, observa lo siguiente:
“ El pueblo tiene un instinto maravilloso para discernir
si el que le habla siente o no lo que dice, resiste a la
palabra que no es más que un bronce que suena. Tam­
bién al que se esfuerza más en preparar al hombre, a sí
mismo, que al sermón” .
L e c t u r a : Act. de los Apóstoles, XIII, 16 a 42.
MI O R A C I O N

JUEVES

EL SERMON
ESCOLLO POSIBLE DE LA ORACION
En la oración, debo procurar atender al Santo (qu ·
debe haber en mí). No debo cuidar directamente de lo*
demás, del bien de los otros, del modo de convertir o me­
jorar sus almas. Debo pensar en mí, en la necesidad de
convertirme, de mejorarme. Sin duda que con ello se be­
neficiarán las almas, pero solo indirectamente. No son el
objetivo primero. Tampoco es la finalidad proporcionar al
orador que debo ser, temas nuevos, originales, penetran­
tes. También para esto servirá mi meditación, y de un
modo muy poderoso. Pero comprendo bien que mi oración
es una práctica muy diversa de la preparación de mis ul­
teriores predicaciones.
Vigilar esto. Somos fácilmente “ utilitarios” . Habituado
como estoy a las ciencias eclesiásticas: filosofía, exégesis,
teología, mi meditación corre peligro de convertirse en un
estudio, en una búsqueda curiosa de puntos de vista inte­
resantes para el púlpito, cuando ante todo debe ser procu­
rar únicamente un esfuerzo de mejoramiento individual.
De ahí, mi preferencia por una materia amplia. Pero mw·
chas cosas, no significan —aquí principalmente— mucha
cosa. La oración debe formar hombres de oración, y no
hombres de palabras. Además, si el hombre de oración
está a la altura debida, el hombre de predicación hará
bien. Por lo tanto, no confundir, y siempre reservar la
parte debida a Dios.
L ectura: I. Tim. VI, 11 a 17.
№ R A U L P L US , S. J.

VIERNES
¿COMO HABLAR DE CRISTO?
Un universitario católico, recordando muchas palabras
de apostolado, hace estas indicaciones aptas para ser me·
ditadas. No habla de los sacerdotes en particular, sino de
los hombres de celo en general:
‘‘Muchos saben hablar de vuestra obra. Hay pocos que
saben hablar de Vos. Muchos se preocupan por formar
“ apóstoles” destinados éstos a formar otros “ apóstoles” y
así sin interrupción. Pocos se preocupan por formar “ ado­
radores” , amantes de Cristo.
’’Señor, a menudo, los que han querido hablarme de
Vos, me han cansado, pues sus palabras sonaban falsa­
mente. Veía bien que poseían ideas morales, una doctrina
saturada de experiencia, y hablaban útilmente de esas co­
sas. Los sentía hombres de experiencia, de una pasión;
eran verdaderamente apasionados por la obra en la que
trabajaban, vuestra obra. Pero no sentía amor en su vida,
no las sentía almas de amor... Os perdían de vista a Vos,
Señor mío” .
Esto es verdadero con mucha frecuencia: todo aplicado
al apostolado, al contacto con las almas, pero olvidamos
la oración, es decir, el contacto con Dios.
Y entonces, para qué sirve en contacto con las almas,
si no es precedido, animado, vivificado, hecho conquista­
dor por el contacto con Dios?
L e c t u r a : II Tim. I- 6 a 15.

SABADO
“ AMAR PARA HABLAR BIEN”
Esto era todo el secreto de la elocuencia de Francisco
de Sales. Ahora, cuando se abre un volumen de sus “ Ser­
mones” , no se ve de inmediato lo que podía atraer las
MI O R A C I O N 289

multitudes al pie de su pulpito; uno se desilusiona: lo


que daba a sus predicaciones aquella hermosura, aquella
vida, poder y persuasión, era, aún antes que la suavidad
de la voz y la elocuencia de los gestos o el acento pene­
trante de la expresión, el ardor de su llama interior.
“ Vd. sabe cierta retórica de Annecy, o más bien del
Paraíso, que produce efectos admirables — le dijo un día
cierto testigo—. En sus discursos hay no sé qué de ex­
traordinario que impresiona. Sus palabras comunes abra­
sadas en el fuego de la caridad, penetran los corazones.”
Ese es el grande secreto: el fuego de la caridad.
Sin duda que se debe procurar, cuanto sea posible, la
forma de la composición, una técnica por lo menos sufi­
ciente; pero mucho más ‘‘el fuego de la caridad” .
Y esto lo recomendaba Francisco de Sales por encima
de todo, acompañando su ejemplo con sus palabras:
“Es preciso estar enamorado de la doctrina que se en­
seña y de la que se está persuadido; Nuestro Señor no pre­
guntó a San Pedro: ¿Eres sabio o elocuente?, para de­
cirle después: Apacienta mis ovejas; sino: ¿Me amas tú?,
basta amar para hablar bien” .
Vuelto a París para predicar, después de una ausencia
de seis años, al ver el santo al auditorio inmenso que es­
peraba su palabra, tuvo temor del orgullo; para llegar a
la cátedra le fué preciso pasar por una ventana con ayuda
de una escalera; a fin de humillarse, voluntariamente pre­
dicó mal. Este rasgo no es propib de él, no lo volvió a
repetir y le hizo bien esa especie de mortificación.
“Nosotros, procedamos lo mejor que nos sea posible,
siempre estará bastante mal”, decía con gracia.
L ectura: II Tim. II, 1 a 8.
*90 R A U L P L US , S. J.

DOMINGO NOVENO DESPUES DE PENTECOSTES

LACRYMATUS EST
En el Evangelio del día tenemos tres temas: las lágri­
mas de Cristo, la predicación que las acompaña, la santa
cólera con la que expulsa del templo a los vendedores.
La predicación de la ruina de Jerusalén, vuelve al úl­
timo domingo, por hoy omitámosla.
Jesús llora y Jesús flagela.
Desde el comienzo de su ministerio (J. II, 13-17), se
ve a Jesús no pudiendo retener su indignación ante el es­
caso celo de muchos por la casa de su Padre. Y ahora,
nueva cólera santa. No se trata de epilogar sobre el amino-
ramiento de grandeza moral que provendría a N. Señor
por no haber sabido o querido obligarse. ¿Es Cristo menos
perfecto por no haber juzgado oportuno guardar en el
fondo de su alma sus sentimientos de justa indignación?
La cuestión es examinar si yo no merezco, personalmente,
algo de la cólera del Salvador, a causa de mi negligencia
en el lugar santo, y por las libertades que me otorgo cuan­
do administro los Sacramentos...
Y Jesús llo ró ...
Jerusalén, colmada de gente, hubiera podido aprovechar
tanto de los favores que había recibido... Si cognovisses
et tu ... Y yo, si me dignara saber mejor lo que puede
trabajarse en favor de mi paz: quae ad pacem tib i...
Ya estaban en marcha las legiones de Tito, y lós muros
temblaban en sus fundamentos.
Pronto nada quedaría de la Ciudad Santa, ni piedra
sobre piedra.
Hay ciertas gracias de las que no se abusa impune­
mente ...
Cave Jesum praetereuntem... et non redeuntem.
L e c t u r a : Salm o 121.
MI O R A C I O N
9
291

LUNES
“ ...Y JESUS LLORO”
Llora por nosotros.
Llora sobre nosotros.
Llora para nosotros.
Llora con nosotros.
Llora en nosotros.
Estamos habituados a las lágrimas de Jesús, no no«
conmueven más. Y sin embargo, deberían derretir nuestro
corazón. “ María vió formarse lágrimas en los ojos del
Eterno, y tembló” (Faber, Bethléem, T. II, p. 112).
Llora por nosotros, en lugar nuestro. Después de la pér­
dida del Paraíso terrenal, hubieran debido brotar lágrimas
de nuestros ojos, pero, ¡oh dolor!, el hombre llora por la
pérdida de sus bienes, de sus prójimos, de su salud, de su
honor, de su tranquilidad, y no llora por la pérdida del
cielo, de la gracia, de Dios. Jesús llora en lugar nuestro,
nuestra pobreza, nuestra ceguera, ignorancia y locuras.
Llora sobre nosotros. Sobre nosotros que huimos de sus
brazos, de su corazón abierto y de su perdón, de sus ter­
nuras y misericordias; que rechazamos el pan que nos
ofrece, su propio cuerpo, la luz, la vida, el amor de que
quiere saturarnos: “ Si supieras en este día que te es aún
dado lo que haría tu paz” (J. XIX, 42). Y el Todopode­
roso, impedido al comienzo de su deseo, llora sobre nos­
otros, pobres átomos cuya libertad hace fracasar todos sus
esfuerzos de amor.
Jesús llora para nosotros. Nuestros pecados —los míos,
sacerdote— , han hecho brotar la fuente de sus lágrimas
antes que la de su sangre. Lágrimas santas de Jesús, cómo
correríais abundantes e incontenibles en sus noches de
oración... Al ver las lágrimas de algunos santos — eco
débil de las del Maestro— se adivina lo que Jesús debió
haber llorado en la tierra.
Jesús llora con nosotros. Los cristianos nunca están solos
292 R A U L P L US , S. J.

en el dolor, los acompaña Jesús. Llora con la viuda de


Naim, con Marta, con cada uno de nosotros. ¿No somos
aparte de El mismo, como miembros de su Cuerpo Mis·
tico?
Jesús llora en nosotros. Está en la gloria, ignora el do­
lor. Por nosotros y en nosotros, llora Jesús por la salva­
ción del mundo.
L e c tu r a : L uc. XIX, 4 1 ; Juan, XI, 25.

MARTES

EL VALOR DEL SILENCIO


¿Quiero ser una persona activa, y sobre todo, una per­
sona cuya actividad sea eficaz? El mejor medio es ser una
persona silenciosa, por lo menos donde es preciso y cuando
es preciso.
Renán decía de Clemenceau: “ Se ve bien que no hace
oración” . Cuánta actividad dispensada en el vacío, o en
contrasentidos...
Y Lyautey, en cuyas notas se halla con frecuencia la
insinuación: “ Actúa, actúa, actúa” , no dejaba de escribir
cuando estaba por ejemplo en Saint-Cyr: “ Un poco de cal­
ma, de tranquilidad, algunas horas para mí, para volver
a mí mismo, para pensar pacíficamente, Señor. Un poco
de oración, arrodillado, con la cabeza, entre las manos” .
¿No hay sacerdotes cuyo único déficit —pero cuán dolo­
roso— es ése; “ Un poco de oración arrodillado, con la
cabeza entre las manos” ? No les falta más que esto, pero
cuánto es. Queriendo dar la fórmula para tener éxito en
los negocios, Guillermo Fealher, periodista de familia po­
bre, que llegó a ser editor con una cantidad anual
de 400.000 dólares y es autor de un libro “ 100 % norteame­
ricano” , afirma en primer lugar: “ Saber transcurrir soli­
tario una tarde” .
MI O R A C I O N 295

“ ¿Nunca habéis ensayado de pasar una tarde enteramen­


te solo, en una pieza, sin libros, diarios ni música, sólo
con vuestros pensamientos para que ellos os distraigan e
instruyan? Probadlo, esa experiencia os ayudará a conoce­
ros mejor. Una tarde apacible en conversación con vos
mismo, puede haceros descubrir varias pepitas de oro y
aún de diamante/*
Sin necesidad de ir hasta Norteamérica, ya había escrito
Pascal:
“ He descubierto que toda infelicidad de los hombres
proviene de una sola cosa: no saber permanecer en repo·
so en una pieza” . Y añade: “ Es preciso mantenerse en si­
lencio cuanto se pueda, y entretenernos solamente con
Dios” .
L e c t u r a : V iv ir co n D ios.

MIERCOLES

REQUIESCITE
“No he suficientemente perdido mi tiempo durante mi
vida. He hecho demasiadas cosas, pequeñas cosas con me­
noscabo de las grandes. Requiescite, dice N. Señor” (M.
Dupanloup).
I. Jerarquizar mis ocupaciones.
Poner en primer lugar lo que debe ocupar el primer
lugar. Ordenar mi vida. Que no sea un conjunto fantasioso
de ocupaciones dispersas, sino la sistemación justa de ca­
da parcela de mi actividad, siempre entendiendo que ello
dependa de mí.
Ante todo, mis deberes para con Dios: “ Primero servir
a Dios” (Juana de Arco). “ Ante todo el reino— el resto
es el resto” , se repetía Mons. Dupanloup: “ Nada quitemos
a la vida interior. Siempre y ante todo la vida interior.
El Ssmo. Sacramento y la oración” .
294 RAUL PLUS, S. J,

Mi actividad pastoral viene después, solamente después.


Después. Bien entendida, no debe ser más que el des­
bordamiento exactamente regulado de mi fuente interna.
Mi peligro no es perder el tiempo, sino dedicar demasiado
tiempo a la actividad de segunda importancia. Las cosas
pequeñas matan a las grandes. Como el Obispo de Orléans:
“Tengo una actividad terrible” . Vigilar sobre esto.
II. Hacer algunas pausas en la jornada.
Ante todo, esto está facilitado en el Breviario. No dejar­
lo todo para última hora del día. Hacer una visita o dos
&1 Ssmo. Sacramento; el examen antes o después de cada
comida.
No dejarse llevar por las circunstancias de la vida, que­
dar siempre dueño de mí. Nada de barras de hierro. I)e
mi parte, hacer todo lo posible para asegurar un gran
rendimiento.
Lzctthu: Vivir ooa Dio«.

JUEVES

EL LIBRO DE “LA IMITACION”


Alguien ha dicho: “ El libro que nunca debería cerrarse**.
Es verdad. Siempre debería tenerlo abierto sobre mi es­
critorio. No hay situación alguna de la que no me ofrezca
la clave, ni sentimiento cristiano del que no determine o
evoque el valor, la oportunidad.
Para mí, sacerdote, es el más útil de los confidentes, el
más autorizado de los enseñantes. ¿Me siento tentado? El
me dará el consejo oportuno. ¿Me siento llevado a depo­
sitar mi confianza en lo frágil y lo terreno? El me recuer­
da la verdad de las cosas: pulvis es. ¿Estoy deseoso de ele­
varme, de mostrarme realmente generoso? El me describe,
eomo quien habla con experiencia, “ Los maravillosos efec­
tos del divino amor” , Y si quiero penetrar la M i·· J la
MI O R A C I O N 295

Eucaristía, ¿que mejor teología que todo el libro cuarto?


Es el Evangelio, pero en otro tono. Hay menos sol, me­
nos cielos de Galilea. El Evangelio ha pasado por un alma
que tuvo sus luchas sin duda alguna muy rudas, un alma
apasionada, vivida, informada acerca de las bajezas hu­
manas, un alma que ansiaba darse a Cristo, pero que expe­
rimentaba el esfuerzo necesario para lograrlo. Es el código
de las Bienaventuranzas, pero enseñado sobre un Tabor,
celda laboriosa de un hombre que se esfuerza en vivirlas.
Cuando el gran físico Amperes, cayó enfermo en un viaje
de inspección al liceo de Marsella, uno de sus asistentes,
queriendo santificar las últimas horas del sabio, quiso
leerle en voz alta un capítulo del precioso libro, que, no
se sabe cómo, se hallaba juntó al velador: No es necesa­
rio — dijo Amperes— lo sé de memoria.
Yo, sacerdote, ¿puedo decir .lo que este laico?
L ec tu x a : Salmo, 112.

VIERNES

LA MECHA QUE AUN HUMEA


El P. Rickaby, autor inglés, dice lo siguiente acerca de
la debilidad momentánea ¿del Apóstol Santo Tomás:
“ Pensad el mal que hubiera causado al apóstol, durante
la semana de incredulidad, un superior enojado; hubiera
llegado a ser otro Judas, lo hubiera precipitado del borde
al fondo del abismo. No procede así el buen Maestro” .
Saber contemporizar, tener paciencia, esperar. No en
una pasividad inerte, pero si se puede, obrando sobre el
culpable al que es preciso atraer nuevamente —y siempre
se puede— actuando sobre Dios por medio de la oración
y el sacrificio, obteniendo gracias de elección para el
pródigo impenitente.
Sin duda que si es preciso, se debe ser firme. Si está
29« R A U L PL US, S. J.

en juego el interés general, si la oveja perdida hace peli­


grar todo el rebaño (un joven del patronato que no se
corrige y echa a perder a sus camaradas), en esos casos»
Cuera toda duda. Pero aún entonces 110 abandonarlo com­
pletamente, si es posible continuar de algún modo rela­
cionado con él, hacerle saber que siempre se está con los
brazos abiertos para recibir al alma arrepentida.
Dios no apaga, no quiebra, cuida los últimos restos del
fuego. Nosotros, con mucha frecuencia, no sabemos adivi­
nar el fuego debajo de las cenizas, que aún es posible la
resurrección— dejamos entrar el viento y echamos sobre
la brasa agonizante la roca que la extingue.
Procurar no ser inmisericorde. No concluir de quebrar
la caña, salvar todo lo que sea posible. Permaneciendo el
tronco, puede resurgir el árbol, de la mecha humeante
puede brotar la llama, si se quiebra o se extingue, todo se
perderá.
L e c t u r a : Mat. XII, 14 a 22.

SABADO

ESPIRITU DE COMPRENSION
Uno de los mayores peligros que corren los espíritus,
es la estrechez; cada persona está más o menos encerrada
dentro de su mentalidad, en un sistema (no se trata aquí
de dogma, sino de creencias libres y más o menos arbi­
trarias, debidas a la educación, el temperamento, etc.. . . ) .
“Nadfe comprende a nadie” , se ha podido decir, y es ver­
dad, o en todo caso, muy pocos hay que comprendan a
los demás.
Antes de todo examen ya se ha juzgado, con una intran­
sigencia obstinada; se ha clasificado a otra persona, aún
antes de hacer un esfuerzo por comprenderla.
Combatir enérgicamente esta disposición de espíritu.
MI O R A C I O N 297

Al concluir un estudio sobre la teodicea de Fénelon, eJ


P. Gratry formula esta oración que debo hacer mía, «i no
en el texto, por lo menos en su espíritu:
“ Otorgadme, Dios mío, junto con la caridad de corazón,
también la del espíritu. Haced que —como lo dice S. Ig­
nacio — un cristiano siempre esté más dispuesto a aceptar
la palabra de su hermano, que a rechazarla. Haced que a
través de las dificultades de lenguaje y de la forma im­
perfecta del pensamiento de los hombres, sepamos ascen­
der, por medio de la palabra ajena, hasta el origen puro
del foco que ha producido esa palabra y ese pensamiento.
Haced que, por medio de esta caridad del espíritu, apren­
damos a salir de nosotros mismos para llegar a i a luz de
los demás, y aprovechar —en las luchas intelectuales— la
fuerza de la verdad que nos es opuesta y que nos falta” .
“ No aceptarlo todo, pero comprenderlo todo; no apro­
barlo todo, pero sí perdonarlo todo; no adoptar todo, pero
buscar en todo la partecita de verdad que hay escondida”
(Isabel Leseur).
“ Sucede a menudo, que por querer salvar la fe, se pier­
de la caridad?* (Benedicto XIV).
L e c t u r a : Imitac. III, cap. XV.

DOMINGO DECIMO DESPUES DE PENTECOSTES

PHARISEUS STANS
“ Dios mío, concededme la gracia de hacer algo por
Vos” . Así habla en los umbrales de la vejez, un hombre
que en todo se ha dispensado: S. Alfonso de Ligorio. ¿Qué
más hubiera podido dar a Dios?
¿Y yo? ¿Qué he realizado hasta ahora?... ¿Lo que he
hecho, merece verdaderamente ser llamado “ algo” ?
Me f ijo ... y nada veo. No hay otra palabra que lo ex­
prese mejor, nada, nada he hecho.
298 RAUL P L U S , S. J.

Si pudiera saborear en todo su valor, el gusto amargo


de esta expresión demasiado exacta: ¡nada!
¿Qué has hecho? Nada.
No exageremos, sin duda, sin duda que ha habido accio­
nes determinadas, empresas de celo, práctica de ejercicios
de culto... ¡Pero todo esto, cuán mezclado! ¡Sin duda
que de bondad, pero a veces, muy frecuentemente, con tan­
ta mediocridad, insignificancia, pereza, vanidad!...
¿Celo? Sí, ciertamente... Mas, a lo menos en parte,
deseo de hacerme ver, lograr una felicitación, llamar la
atención de alguien que se hallaba en altas esferas...
¿Piedad? Sí, sobre todo cuando había testigos. Mi pie­
dad en la soledad, mi oración, mi unión con Dios, ¿cómo
han sido ?
Dejemos a un lado las debilidades infaltables. Sin le­
vantar la voz, sin agrandar el mal, mirando frente a frente
la verdad: el bien que he hecho, ¿está en proporción con
lo que exigía mi sacerdocio, con lo que ansiaban las almas,
con lo que Dios quería?
Como S. Alfonso —y con mayor título que el de él—*
pediré a Dios que finalmente logre yo hacer algo por El.
L e c t u r a : Salmo 90.

LUNES

CARIDAD SIN CARIDAD


“No se debe amar a Dios contra nadie” , recomendaba
insistentemente Péguy.
El consejo no es inútil.
La actitud de muchas personas es de polémica. Su ser­
vicio a Dios no tiene por objeto honrar a Dios, sino dar
una lección a un prójimo; su combate por el bien no
tiene por fin procurar mayor gloria a Dios, sino derribar
al adversario con una buena humillación.
MI O R A C I O N 299

Esto es quizás “ muy natural” , no es evangélico.


Perreyve da un consejo de oro:
“ Se dice: hay adversarios de mala fe. Lo admito, y no
es a ellos a quienes se habla. A ellos, no los supongamos
nunca delante de nosotros. Nos dirigimos solamente a la
buena fe que desea la verdad. Entonces, la suavidad ah»
soluta es cosa de derecho, y llega a ser la mayor de leu
fuerzas. Si se adquiere el hábito de descubrir en el menos
razonable de los adversarios, un milímetro de razón, si se
sabe ser siempre empertubablemente evangélico, estoy con­
vencido de que se obrarán milagros” .
He aquí un ejemplo impresionante de la influencia de
una vida de bondad y caridad: la del Deán Jacobs, de
Mülheim, tanto los protestantes como los católicos, los so­
cialistas como los centristas, todos le rendían homenaje.
Y ello se tradujo en un hecho característico, el día de
sus exequias:
“ Cuando el cortejo estaba en marcha hacia el cemente­
rio, se vió de pronto que se acercaba un grupo de unas 50
personas, todas llevaban la insignia comunista, y algunos
de ellos transportaban dos coronas. Eran los representan­
tes del partido comunista, quienes habían decidido organi­
zar una manifestación en homenaje al Abate Jacobs, y
venían a ocupar su lugar en el cortejo que lo acompañaba
a su postrera morada” .
Después de los funerales, los mismos comunistas orga­
nizaron una reunión conmemorativa en honor del sacerdote
difunto. Un orador ordenó lo siguiente: “ El Deán Jacobs
ha muerto, hagamos dos minutos de silencio para honrar
su memoria” . Pasados los dos minutos, continuó: “ Pronto
llegará nuestra hora, y haremos rendir cuentas incluso a
los sacerdotes, pero al Deán Jacobs, lo elevaremos al pavés
con nuestras propias manos” .
La caridad realiza milagros y llega a doblegar aún las
almas más reacias.
Es preciso decir que la bondad del Deán Jacobs era tan
300 R A U L PLUS, S. J.

grande, que daba aún su propio alimento; cuando falleoió,


su fortuna se reducía a 46 pfennigs.
L e c t u r a : Ep. a F ilem ón .

MARTES
EL BUEN GRANO Y LA CIZAÑA
Debe tenerse el culto de la verdad por sí misma; bus­
carla doquiera, separarla siempre con cuidado de los erro­
res que a veces la circundan.
Hay partes de verdad en los “ furcios” de ciertos adversa­
rios, así como también hay a veces elementos erróneos
entre las afirmaciones de los de nuestro bando.
Amar la verdad dondequiera que se halle, liberarla de
aquello que la acompañe indebidamente.
Es triste ver a muchas personas, que no saben discernir
en las teorías falsas (la escuela única, el bolchevismo) lo
que a veces tienen de cierto.
No olvidemos lo siguiente:
“Toda proposición verdadera, es cristiana, cualesquiera
que sean los labios que la profieren; todos los progresos
reales, son cristianos, provengan de donde provengan; por
lo tanto, nunca deben desdeñarse los dichos de un adver­
sario, se debe deducir el elemento de verdad, y partir de
él como de un punto de conciliación para discutir” .
Cuando la institución que habla es la Iglesia, muy bien:
es una madre, tiene la asistencia divina en sus palabras, no
discuto. Cuando es algún otro, considerar, distinguir, pre­
cisar, elegir.
No hacer tomar por verdad total, lo que está mezclado;
ni, en lo que está mezclado, condenarlo en conjunto, sino
reconocer en ello las partecitas de verdad.
¡Cuántos católicos —y sacerdotes— pecan en estos dos
puntos, y dañan —a veces gravemente— a la verdad!
L e c t u r a : Mat. XIII, 24 a 31.
MI O R A C I O N 901

MIERCOLES

ADVERSARIOS
Cuando el Abate Bergey era diputado, le sucedía a veces,
que, mientras conversaba con algún colega sobre un tema
banal, en los pasillos de la cámara, ese colega le decía
repentinamente: “Ahora, Señor Abate, hablaré al sacerdo­
t e ’, y le abría su alma; se trataba de sus hijos enfermos,
de la esposa, etc.. . .
Y el interlocutor era a veces un hombre muy alejado —
a lo menos por su bando político— de los principio· que
el Abate defendía en el Parlamento.
Es decir: que donde hay un sacerdote, un verdadero sa-
cerdote, las almas se sienten atraídas a él, toda clase de
almas, sobre todo si ese sacerdote, rico de secretos eter-
nales, es además un hombre que conoce bien su época, y
sabe cómo se debe hablar a esas almas.
¿Qué arrastre tengo yo? ¿Qué puedo poner en juego
para ganar a aquellos que me rodean y podrían serme hos­
tiles ?
¿Tienen en mí evidencia del camino luminoso de la san­
tidad, o soy un sacerdote menos de lo común, con un 95 %
de reducción? ¿Un simple acaparador de centavos, un afi­
liado a tal o cual partido político, más o menos camo­
rrista ?
¿Ven en mí un hombre de verdadera competencia, de
lealtad perfecta, de doctrina segura y trabajo perseveran­
te, enteramente desinteresado, que busca solamente a Dios
y las almas?
Puesto que se siente placer de hablar a un sacerdote, es
preciso que éste sea un hombre que refleje, con el máxi­
mum de perfección humana y sobrenatural, el sacerdocio
de Cristo.
L ectura: Gal. II. 11 hasta el fin.
502 R A U L P L US » S. J.

JUEVES

LA RUTINA
\

Es algo terrible: me muevo porque ayer me moví, r o j a


celebrar la Santa Misa, a atender a un moribundo, a pre*
parar una plática. ¿Cuál es el espíritu que me anima? ¿Un
celo siempre rejuvenecido, una fe siempre nueva, un entu­
siasmo siempre saturado de nueva savia?
No, es la sacrosanta rutina... “ Es mi oficio...” , (frase
terrible! En un sacerdote, cuando “ la profesión” ocupa el
lugar de la lozanía del celo, todo ha concluido, el rendi­
miento se acerca a cero. Aún puede ser un funcionario
honorable, pero, adiós al apóstol, al hombre sediento, do­
tado del carisma precioso de las ambiciones insaciables.
Las almas esperaban hallar un héroe, encuentra un bu-
rácrata. Un conquistador, y dan con un piadoso funciona­
rio. Una llama, y es un pequeño fuego que se extingue,
con el calor preciso para conservar tibias las pantuflas
que se ven en un rincón...
La costumbre, la odiosa costumbre; la rutina, la odiosa
rutina. Sacudir las cenizas. Yo no desempeño un oficio, yo
trabajo para la salvación del mundo. Se cometen millares
de pecados, Cristo Crucificado es continuamente objeto de
escarnios, es menospreciado o desconocido, las almas es­
peran, hacen falta personas diferentes de burócratas plan­
tados en su oficina e incluso hasta de concienzudos dadores
de sacramentos... ¡ Hacen falta legiones de Curas de Ars!
¿Soy yo uno de ellos?
L ectu ra: Gal. IV, 12 a 21.
MI O R A C I O N 101

VIERNES

MIS PALABRAS
Algunos sabios consejos de Santa Teresa de Avila:
— “ No afirmemos nada, si no estamos seguros**.
— “Nunca exageremos las cosas, digámoslas con mode­
ración, tal como se sienten” .
— “ Toda persona que aspire a la perfección, huya a mil
leguas del “ yo tenía razón” o “ se ha cometido injusticia
conmigo” , etc... Líbrenos Dios de los falsos razonamien­
tos. ¿Os parece que hubo razón alguna para que Jesús
sufriera tantas injurias?”
—“No discutáis jamás, sobre todo por cosas de poca im­
portancia” (muy útil: con el ayudante, con la criada).
— “ Si os alegráis cuando se habla mal de vos mismo,
es señal de que estáis muy avanzado en la virtud, pero vos,
nunca lo hagáis respecto de otras personas, y no escu­
chéis” .
— “ Jamás os excuséis, sin una causa verdadera**.
—“ Jamás reprendáis estando en cólera, sino cuando ésta
haya pasado, entonces la reprensión será de provecho**
(muy útil, por ejemplo, con los niños del catecismo).
L e c t u r a : Gal. VI, 1 a 7.

SABADO
QUARE TRISTIS ES? SPERA
Tengo a veces alguno de esos días sombríos en que na­
da marcha, en que todo parece pesado.
He estado al borde del pecado. . . quizás he caído. . .
Tal vez he sido objeto de agravios, se me faltó gravemen­
te ... Siento abatimiento frente a un ministerio cada vei
más rudo, cansador, pesado.
R A U L PLUS, S. J.

No puedo más, estoy como el Maestro en el jardín do


los olivos o sobre la Cruz, clamando al Padre y no reci-
biendo respuesta alguna o a lo más una respuesta deseo·
razonadora.
Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?
Recordaré al Salvador cuando imploraba misericordia al
Altísimo, continuando siempre en su oración “ Eundem ser-
monem dicens” , a pesar de los aparentes rechazos, de los
descorazonamientos, los disgustos, la hostilidad de las ti*
nieblas que todo lo invaden.
Recordaré y creeré las palabras del Salmo que recito
cada día al comienzo de la Santa Misa: uQuare tristis es,
anima mea? . ·. spera in Deo” .
¡Oh!, palabras que brotan diariamente de mis labios sin
ser saboreadas... tan rutinario so y ... hoy día, jcuánto
las gusto!
Q u a r e . . . q u a r e ? . . . No hay razón, no hay motivo ver­
dadero, y aun cuando lo hubiera, s p e r a , i p e r a in D e a !
L e c t u r a : Ef. I, 1 a 13.

DOMINGO UNDECIMO DESPUES DE PENTECOSTES

EPHPHETA
¿Me he dado cuenta, de que de los 52 pasajes Evangé­
licos escogidos para los domingos del año litúrgico, más
de la mitad contienen narraciones de milagros?
¿Por qué? Sin duda para que recordando el poder tau­
matúrgico del Salvador, el pueblo cristiano no olvide la
grandeza del Maestro a quien servimos.
El milagro de hoy, por ciertas circunstancias que lo
acompañan, evoca muchos ritos que sirven para echar al
demonio en la administración del Bautismo. Nuestro Se­
ñor, toca los labios y los oídos del sordomodudo, y dice:
MI O R A C I O N 305

“Ephpheta, esto es: abrios. Et solutum est vincuium liguae


ejus et loquebatur rede".
Señor, tocad también mis labios y mis oídos. Sordo soy
y no sé hablar.
Soy sordo a vuestras inspiraciones, a los llamados de la
gracia, a las directivas presionante» de mi director. Y soy
sordo porque no quiero oír. Vuestra mano poderosa debe
tocar mi voluntad: “ Ephpheta” ; ábrete.
Y también deben ser abiertos mis labios. Preparado pa­
ra el ministerio de la palabra, y no sé manejar la palabra.
No me son desconocidas las reglas del lenguaje, pero sí
el secreto que da eficacia a la palabra, ése me falta:
“ et nescio loqui” , renovad mi lengua. Señor, Vos hacéis
bien todas las cosas: “ bene omnia fecit", haced que oiga
y hable este sordomudo que soy yo. Decid un todopode­
roso : “Ephpheta".
L e c t u r a : M c. VII, 31 hasta el fin.

LUNES

ESCRUPULOS
Entre mis feligreses, hay quizás almas escrupulosas, y
tal vez yo mismo me siente llevado hacia la inquietud.
Se dice demasiado a los fieles, que el escrúpulo es una
enfermedad — una especie de enfermedad de las almas
delicadas. Muchos se corregirán más rápidamente, si se les
dijera que es una necedad, una falta de buen sentido, una
ausencia u olvido de conocimientos elementales de catc­
quesis.
¿Qué es un pecado mortal?, ¿uno venial?, ¿una im­
perfección?
Esto (que he hecho o creo haber hecho), ¿tiene los cons­
tituyentes obligados del pecado mortal, del venial o de la
imperfección? 0 sí, o no, o no está claro. Si a o no, en-
306 R A U L PLUS, S. J.

tonces no hay dificultad alguna. Si no está claro, tampoco


hay dificultad. Me acusaré y que Dios reconozca el grado
de culpabilidad. En ningún caso he de turbarme. Haré
mía esta frase: en toda ocasión de turbación, la primera
cosa es no turbarse.
La primera, ciertamente, y la última, y lo que está entre
ambas, desde el comienzo hasta el fin. Cristo no es un
atormentador, ni su evangelio es una fuente de suplicios.
También es cierto que algunos buscan ocasión de ator­
mentarse en las minuciosidades menos razonables. Tal sa­
cerdote no acepta oír confesiones, o se halla en un martirio
cuando un alma le dice sus faltas; tal otro está en conti­
nua alarma durante el Santo Sacrificio.
Un día, el Bienaventurado Clemente Hoffbauer, vió al
P. Forthuber — uno de sus religiosos— demorarse indefi­
nidamente en la purificación de la patena; se acercó al
altar y le dijo con voz suave: “ Por favor, deje algo de
trabajo para los Angeles” .
Afuera con las minuciosidades estorbosas y los tontos
escrúpulos. ¿Delicadeza? Seguramente, pero serena y siñ
nada de angustias. “ Sacramenta propter et per homines” :
Dios me pide que administre los Sacramentos por y para
seres humanos.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. X V I L

MARTES

RESPONSABILIDAD (I)
Un laico, Paul Claudel, escribía estas líneas dirigidas a
otro laico, Jacques Riviere, escritor joven de talento, ca­
paz de ejercer grande influencia a su alrededor, y que
dudaba sobre el camino que había de seguir bajo el punto
de vista moral y religioso:
MUd. no está solo. Piense en la inmensa multitud de los
que viven en las tinieblas y la contaminación. Ud. tiene
MI O R A C I O N 507

medios, inteligencia, es el delegado de la luz en todo» eso·


abismos. ¿Qué responderé delante de Dios, cuando le acu­
sen y le demanden: Qué ha hecho usted de todos esto·
dones?”
Me examinaré: quizás más de una vez, ¿no be puesto
la luz debajo del celemín?
En lugar de continuar cultivándome, he cesado de leer,
de estudiar. En lugar de trabajar en mis sermones, exhor­
taciones, catecismos, alocuciones, he considerado “ todo ya
hecho” o he confiado en mi facilidad o* inspiración.
En lugar de visitar a mis fieles (o de llamar a mis alum­
nos, si soy profesor y de esforzarme por ellos), remolo­
neo, estoy holgando, fumo leyendo cualquier cosa, oigo im
radio. Nada, vacío, nada más que vacío en mi* jornadas.
0 tal vez dejo apagar en mí la llama del celo. Pobre
“ delegado de la luz”, en verdad.
No oigo entonces la inmensa palpitación de la multitud
que vive en las tinieblas y la contaminación, y exige de mí
que sea un santo. Quizás, durante mis estudios, era lo que
se llama “una lumbrera” . La llama vacila. He dejado que
se perdieran los dones de Dios.
Me consideraré en el día del juicio. ¿Qué dirán todos
aquellos para con quienes tenía la misión de conducir, ilu­
minar, santificar?
Reanimaré mi llama junto a Aquel que es la luz por
excelencia: Ego Lux.
L e c tu r a : Tit. 1 a 10.

MIERCOLES

RESPONSABILIDAD (II)
Dos textos:
El primero, de S. Cipriano en una carta a los sacerdotes
y a los diáconos, durante el tiempo álgido de una perse­
cución :
308 R A U L PLUS, S. J.

“ Reconozcamos que esta tempestad ha llegado a causa


de nuestros pecados. Desde hace mucho tiempo no cami·
namos por las vías del Señor. Hacemos profesión de re­
nunciar al siglo, pero nuestras obras desmienten nuestras
palabras. Por lo tanto, Dios nos castiga con justicia, pero
lo hace para salvarnos. Os exhorto a no contentaros con
clamar a El, sino a multiplicar vuestros ayunos e implo­
raciones para desarmar su justicia” .
De S. Vicente de Paúl:
“ Los sacerdotes de este tiempo, tienen mucho que temer
los juicios de Dios, pues además de sus propios pecados,
tendrán que dar cuenta de los de los pueblos, porque no
han procurado satisfacer por ellos a su justicia irritada co­
mo están obligados; y lo que es aún peor, les imputará la
causa de los castigos que les envía, puesto que no se
oponen como es debido a las calamidades que afligen a la
Iglesia... Digamos más, Monseñor: estos desórdenes han
venido por la vida malvada de los eclesiásticos. Un Pá­
rroco de Bretaña ha escrito un libro, en el cual dice que
los sacerdotes, viviendo como viven en su mayor parte, son
los enemigos más grandes que tiene la Iglesia de Dios” .
L e c t u r a : Tit. II, 2 a 11.

JUEVES

CUIDADO DE LAS COSAS PEQUEÑAS


Se preguntaba a alguna persona sobre la virtud del
Abate Chevrier:
“Yo no sé si es santo o si hace milagros, pero él cierra
bien sus puertas” .
He ahí lo que juzga un hombre:
“Aspiremos a las grandes cosas, pero por medio de las
pequeñas” , decía el P. de Ponlevoy, y añadía: “ La entrega
MI O R A C I O N 309

y abnegación diaria, preparan, en caso de ser necesario,


para el heroísmo y el martirio*'.
A veces he soñado en generosidades extraordinarias en
el servicio de Dios. En ciertos momentos, en algunas ora­
ciones más fervorosas, nada hubiera habido que no fuera
capaz de llevar a cabo. jOh dolor!, ante los pequeños actos
de renunciamiento, no tengo fuerzas, capitulo.
He soñado en el martirio... y no tengo ánimo para le­
vantarme a la mañana. Me he declarado dispuesto a todas
las abnegaciones. . . y no soy capaz de interrumpir una au­
dición de radio para rezar mi Oficio Divino o ir a visitar
a un enfermo.
0 tal vez soy generoso, pero solamente de a ratos, en
ciertos días marcho bien, en otros, es preciso que nada se
me pida. Servicio de Dios, pero intermitente; lleno de pe­
ríodos de pereza, generosidad. . . pero con frecuentes
eclipses.
Sin duda que es difícil ser siempre constante consigo
mismo, y la perfección absoluta no es cosa de este mundo.
Pero procurar reducir a un mínimum los períodos en que
me abandono. Recordar la frase de S. Vicente de Paúl:
“ Si tuviéramos un pie ya en el cielo, y cesáramos de
mortificarnos antes de hacer entrar el otro, estaríamos en
peligro de perder nuestra alma” .
L e c t u r a : Salmo 24.

VIERNES

RECUERDO DE LA ORDENACION
Entonces, ¡cuánto fervor! y, ¡cuán seguro estaba de no
decaer nunca! . . . ¡ cómo me prometía no descuidar nunca
la parte más mínima de perfección, de apostolado!
Ahora, ¡qué diversidad de estado de alma! He adqui­
rido más experiencia de mí mismo, y por ello cierta lige-
910 R A U L PLUS, S. J,

reza con la que todo roe era posible, ha caído; esto es un


bien. Pero, ¿no he perdido aquella generosidad y entusias­
mo que n% temía obstáculo alguno? Me he asentado, pero
al mismo tiempo, ¿no me he hastiado un poco? Y si
desde mi ordenación he tenido oportunidad de asistir a
otras, al posar mi mano sobre las frentes de los arrodilla­
dos, al mismo tiempo que imploraba para ellos el Espí­
ritu Santo, ¿no sonreía un poco irónicamente ante sus
confiadas esperanzas, su audacia juvenil? “ Ya verán cuan­
do se hallen en el juego.. . ”
Ver con más claridad, es un adelanto. Querer menos
intensamente, ¡qué pérdida más lamentable! ¡Conservar
toda la fuerza viva de entonces, aún aumentarla día a día!
Ser superior a los jóvenes ordenados en la sabiduría prác­
tica que ve con más claridad el punto práctico de aplica­
ción del celo. Entre ellos y yo, ¿quién tiene razón? A veces,
la juventud es más perspicaz.
Renovar mis puntos de vista, conforme al recuerdo de
los que entonces tenía. ¡En aquel tiempo hubiera ido hasta
los extremos del universo! ¡Y ahora... quizás es para mí
demasiado cuando se me pide que vaya hasta el límite de
la parroquia! ¡Hallar nuevamente los ardores de entonces!
L e c t u r a : Rom. VI, 1 a 12.

SABADO

ENTUSIASMO
“La fidelidad al deber, puede mantenerse sin el auxilio
de la imaginación; no sucede lo mismo con el entusiasmo,
j sin entusiasmo es difícil ser heroico” (Rickaby).
No se entiende aquí por imaginación, la facultad —con
frecuencia descarrilada— de representarse cosas quiméri­
cas. Se trata del poder nobilísimo de representarse en su
verdadera talla las cosas grandes. Nada prueba mejor cuán
MI O R A C I O N 311

pequeños somos, que nuestra incapacidad para comprender


cuán grandes somos. El infinito de Dios, el prodigio de la
Encarnación, la Eucaristía, la Virgen Santísima, nuestra
vida divina, estamos tan habituados a movernos en ese mun·
do de esplendores, que ya nada nos dice. Entramos en la
Iglesia, allá está Nuestro Señor, b ien ... esto nada nos di­
ce. Voy a la sacristía para prepararme al Santo Sacrificio:
Nuestro Señor va a renovar su Calvario. ¡Siempre la ruti­
na! ¡Hoy como ayer... mecánicamente!
La Iglesia conoce esta nativa debilidad. Todos los días
me hace decir al pie del altar: “ Señor, renovad mi juven­
tud”, esperando que —con la gracia de Dios— t;o seré el
agente del misterio más grandioso, sin tener algún cono­
cimiento de la grandiosidad en que intervendré tan de cer­
ca: “ Este es mi cuerpo” .
¡Señor, haced que yo vea!, que no sea un extraño en el
país de los esplendores. Otorgadme que vea verdadera­
mente la verdad. Dadme el santo entusiasmo basado en la
comprensión profunda. Dadme esa imaginación penetrante
que hace —sólo ella— a los verdaderos inteligentes.
L e c t u r a : Rom. VI, 15 hasta el fin.

DOMINGO DUODECIMO DESPUES DE PENTECOSTES

EL BUEN SAMARITANO
Nunca preguntar su estado civil a los desventurados, an­
tes de socorrerlos. Cuando una miseria es verdadera mise­
ria, tiene derecho a mi ayuda. En la parábola, ¿no es un
escándalo que hallándose aquel hombre herido, despojado
por los ladrones y medio muerto en el camino, pase un
sacerdote... sin auxiliarlo?
Su excusa es que era un sacerdote de la Antigua L e y ...
Durante un conflicto obrero, todos creían tener razón,
312 R A U L PLUS, S. J.

la huelga no concluía nunca, muchos de los huelguistas


estaban reducidos a la extrema miseria. El jefe de la Dió­
cesis hizo llegar mil francos para las necesidades más ur­
gentes de los que no trabajaban.
Hubo Fariseos que se alarmaron, ¿no era eso tomar
partido, dar razón a los obreros. . . ?
El Obispo respondió:
“ Enfermeros o capellanes, durante la guerra, cuando los
soldados se hallaban caídos en el campo, nosotros recogía­
mos a todos los heridos sin distinción. Basta que alguno
sea desventurado, para que tenga derecho a nuestra com­
pasión. Socorrer no equivale a decidir la justicia de la
causa” .
No todos lo comprendieron. No todos comprenden, ¡oh
dolor!, las delicadezas de la caridad.
Sin duda que, dada la ocasión, es preciso tener en cuen­
ta ciertos datos reales, concretos, del problema, pero a los
que debe valorizarse siempre desde el punto de vista de la
verdadera caridad.
Y si se duda, resolver, aún entonces, en el sentido de la
caridad. El buen samaritano.
L e c t u r a : L u c. X, 30 a 38.

LUNES

HUMILDAD (I)
La humildad no consiste en acusarse falsamente de de­
fectos inventados, ni en exagerar delante de otros sus im­
perfecciones u ocultar artificialmente la propia virtud. Sino
más bien en dejarse ver en lo que se es, en no turbarse
más de lo debido por las lagunas que se tengan (procu­
rando siempre llenarlas), reconocerse en su alma y su con­
ciencia, tal cual se aparece, en la realidad, a los ojos de
Dios.
MI O R A C I O N 313

“ La humildad es la verdad** — decía Teresa de Avila—.


“ No creamos que la amistad nos impide comprender que
el Señor nos otorga sus dones” .
Aceptemos con gozo los talentos que el Señor haya que­
rido darnos —pocos o muchos, de orden humano o sobre·
naturales— y teniendo cuidado de devolverle siempre todo
honor y toda gloria, esto es practicar con más verdad la
humildad, que estar rumiando perpetuamente, con angus*
tía enfermiza, acerca de los dones que poseen aquellos que
nos rodean.
Para algunos, la humildad consistirá en ponerse menos
adelante; para otros, en no temer exhibirse. Se cree dema­
siado, que ser humilde equivale a esconderse; a veces, es
hacerse ver. Si se es tímido, irresoluto, si se carece de au­
dacia, el atreverse, es mayor humildad que permanecer
oculto.
De acuerdo a mí, veré cuáles formas de humildad debo
esforzarme en practicar.
L e c t u r a : Imitac. III, cap. VII.

MARTES

HUMILDAD (II)
Con Descartes y Pascal, Pierre Fermat fué la mayor
lumbrera matemática del siglo xvn. Pascal le llamaba:
“ El geómetra más grande de toda Europa” , y le escribía:
“Vuestros hijos llevan el apellido del primer hombre del
mundo” .
Sucedió que Fermat se halló en desacuerdo — en algu­
nos puntos— con Descartes, y éste, cuyo espíritu domina­
dor no soportaba la más pequeña contradicción, se dejó
llevar —respecto de su colega— por un desdén desprecia'
tivo. Fermat, lejos de mostrarse ofendido, y a pesar de
que tenía la razón, se contentó con decir: “ El Sr. Desear-
314 R A U L P L U S , S. J.

tes no sabría estimarme tan poco, que yo no me estime aún


menos” . Hizo más, su carencia de rencor fué tal, que des­
pués de morir su adversario, no cesó de redoblar los elo­
gios que le tributaba, y de exaltar su genio.
Hermosa lección dada por este eminente laico.
Nosotros, ¿no somos demasiado a menudo, susceptibles,
carentes de indulgencia con quien se nos muestra severo?
¿Sabemos perdonar una crítica, una palabra amarga, una
contradicción? Guardar rencor, nada tiene de cristiano n»
de sacerdotal.
Examinaré mis apreciaciones, mis juicios, sobre todo los
referentes a mis colegas, y veré si son siempre el reflejo
de una consideración verdaderamente objetiva, o si se mez­
cla un secreto despecho, un poco de orgullo herido, una
necesidad no confesada de vengarme por una frase hiriente
o alguna actitud de menor estima.
L e c t u r a : Salmo 25.

MIERCOLES

EL PODER SACERDOTAL
Onus angelicis humeris formidandum. Así lo llama el
Concilio de Trento: Poder terrible aún para los hombres
angélicos.
Temible, por todo lo que confiese de potestad, por todo
lo que supone de santidad.
Potestad para distribuir la palabra de Dios, otorgar el
perdón de Dios, dar el Cuerpo de Dios.
Hago notar solamente este último punto, la potestad de
tener entre mis manos consagradas, diariamente, al Señor
de la vida.
En el Antiguo Testamento, tan sólo el Sumo Sacerdote
entraba, y una vez por año, en el Santo de los Santos, y
lo hacía después de muchos ayunos, vigilias, de multipli-
MI O R A C I O N 115

cadas purificaciones. Penetraba rodeado de una espesa nu­


be de perfumes, que se interponía entre él y la Divinidad,
a la que ningún mortal podía ver sin morir, dice la Es­
critura; y permanecía tan sólo algunos minutos, durante
los cuales, el pueblo sollozaba prosternado en tierra, por
temor de que hallara la muerte. Después él mismo daba un
festín para festejar la liberación de un peligro tan te­
mible.
Y yo, ¿cuál no es mi ligereza? Entro corriendo en tí
Santo de los Santos, sin reflexionar sobre Quién está allí,
me preparo echando una ojeada al periódico o charlando
banalidades con el sacristán. . .
Pero supongo que yo hago la preparación indispensable
antes de mi Misa, y tengo respeto en mis visitas al Ssmo.
Sacramento__ ¿Es esto todo lo que reclama de mí, el
poder temible que detengo?
¿Dónde está mi santidad? Honro a la Sagrada Hostia,
pero, ¿soy yo una hostia? Extcriormente soy un buen sa­
cerdote, e interiormente, ¿qué clase de sacerdote soy?
Con toda sinceridad diré antes de la Comunión: Ne
respidas peccata mea, sed fidem Ecclesiae” : Señor, no ten­
gáis en cuenta mis pecados, sino solamente la fe de vuestra
Iglesia, la cual me ha elegido.
L e c t u r a : Tit. II, II hasta el fin.

JUEVES

EL “ CARACTER” SACERDOTAL
Un día, se presentó a S. Felipe Neri un joven de 16 años,
vestido de laico. El santo lo miró, se llenó de admiración
y le interrogó: “ ¿No sería LTd. sacerdote?” En realidad, se
trataba de un adolescente ordenado por fraude familiar y
no se sabía lo más mínimo que el Santo estuviera infor­
mado. Pero confesó que no era el suyo un conocimiento
316 RAUL P L U S , S. J.

procedente del exterior, sino una visión interior: le había


parecido descubrir sobre la frente del adolescente, “ un
grande esplendor, el carácter sacerdotal impreso en el al·

Clarividencia preternatural de un santo. Si alguno, ol­


vidando su sacerdocio, volviera a las vestiduras y a la vida
laica, los seres humanos podrían no darse cuenta. Dios no,
reconocería incluso bajo los disfraces y las últimas torpe·
zas, la marca que no se borra.
Yo llevo la marca exterior, el hábito, en el mundo se·
ñala al sacerdote. Pero, ¿mi carácter? Es la marca divina,
la poseo por toda la eternidad. Pero, ¿me esfuerzo por con­
servar preciosamente el relieve? Se puede llevar puesta
una sotana, y no comportarse como un sacerdote auténtico.
¿Honro yo a mi “ carácter” ?
L e c t u r a : Heb. VII, 1 a 20.

VIERNES

“ POR SU NOMBRE”
El pastor llama a cada oveja por su nombre. Nosotros,
pasando junto a un rebaño, ¿cómo podríamos distinguir a
una de otra? El pastor no las confunde.
Cuánta diferencia entre un conocer y otro conocer. Nos·
otros no vemos más que una masa; el pastor las conoce
una a una.
Un nombre, un mismo nombre, puede significar cosas
diversas. Está el conocimiento débil, anémico, sin vida, sin
alma, es un esquema o un esqueleto; está el conocimiento
rico, vivo, la palabra no es una expresión seca, es un con·
cierto, una orquesta, el levantamiento de todo un mundo...
Cuando se dice que Dios nos conoce a cada uno por núes·
tro nombre, se hace referencia a este conocimiento sin
misterios, sin puntos obscuros.
MI O R A C I O N 317

¿Qué diré cuando comparezca ante el tribunal de Dios,


y sea visto y me vea en esa luz prodigiosa de la eternidad
que comienza ?
Decía N. Señor a Santa Brígida: “No consideres pecado
alguno, incluso los leves, como cosa despreciable” . Si no
tuviera otra cosa para reprocharme que faltas leves...
pero tal vez tengo sobre mi conciencia faltas graves, o por
lo menos un estado habitual de languidez, de tibieza· Si
el Divino Pastor me llamara hoy mismo, ¿en qué estado
estaría?
L e c t u r a : S. Juan, X, 1 a 19.

SABADO

MARIA, MI MADRE
“ Ubi non est mulier, ingemiscit egens” (Eccl. 36, 27).
¿Por qué el Verbo quiso hacerse hombre por medio de la
generación? Hubiera podido venir a la tierra a la edad
adulta, dispensándose de las humillaciones supremas, de
estar nueve meses en la oscuridad del seno de una mujer,
de los años de balbuceo y los del lento aprendizaje de las
cosas terrestres en la primera infancia.
Hubiera podido. No lo ha hecho, no lo quiso. ¿Por qué?
Tal vez para demostrar a los hombres tan dispuestos a
abusar, la magnificencia de la fecundidad humana, la gran·
deza de esa participación del poder creador de Dios. Para
que la mujer comprometida en la caída, participara tam­
bién en la Redención. Y además, un Mesías que hubiera
venido a nosotros en estado de hombre adulto, quizás hu­
biera espantado más que atraído, mientras que estando en
una cuna, ¿cómo era posible temerle? Infans puer, párvulos.
La razón principal es ésta: Sin la Santísima Virgen Ma­
ría, sin su papel en el plan de la Redención, faltaría una
madre en la Religión del Salvador Jesucristo.
318 R A U L P L U S , S. J,

Cuánto perdería el dogma católico sin la Virgen María...


Agradeceré a Dios el haberme dado una Madre, y tal Ma­
dre, Renovaré incesantemente mis amores de verdadero hijo.
L e c t u r a : Luc., I, 2 6 a 39.

DOMINGO DECIMOTERCERO
DESPUES DE PENTECOSTES

NOVEM UBI SINT


Diez leprosos, todos fueron curados, uno solo agradeció.
Esa es la proporción y aún buena; es preciso contar con
menos. El reconocimiento es una flor rarísima.
Me entregaré abnegadamente, pero no esperaré que se
haga notar mi celo o que se me felicite. Sanaré a mi alrede­
dor todas las llagas que encuentre, pero lo haré por gene­
rosidad sobrenatural, y no —por lo menos exclusivamente
ni principalmente— para que se vea mi generosidad.
De lo contrario, ¡a cuántos sinsabores me expongo!
Por lo demás, ¿qué me importan las apreciaciones huma·
ñas? Lo único que debe impresionarme es el juicio de Dios;
¿está satisfecho? Sí, entonces está todo bien. Los hombres
nada han visto, o si han visto algo, no lo testifican. Per­
fectamente. así está mejor. El celo es más puro, ningún sa­
lario en el tiempo, ya tendré la eternidad para ser recom­
pensado. No trabajo por aquello, lo hago con desinterés, por
«mor.
Otra lección: yo, jamás olvidaré de dar las gracias a
quien me haga algún bien.
Ante todo a Dios. ¿Qué favores no me ha otorgado?,
el ser, la vida, la gracia, el orden... ¿me preocupo en
verdad de manifestar a Dios mi agradecimiento?
Luego al prójimo. ¡Cuántas personas me han hecho be­
neficios, v me los hacen diariamente!
MI O R A C I O N 319

¿Sé reconocer los favores recibidos... de mi madre, de


mi hermana, de mi servidora, de tal o cual feligrés?
L e c t u r a : Luc. XVII, 12*20.

LUNES

MIS PARIENTES
Distinguir entre los parientes de mi convivencia y los
otros.
Como todo fiel, debo cumplir el cuarto mandamiento.
Por lo tanto, amaré a los míos.
Amarlos, ante todo, sobrenaturalmente. Orar por ellos.
¿Sabré alguna vez lo que debo a mi padre, a mi madre, a
tal hermana, cuya abnegación vigilante aseguró la fideli­
dad de mi edad juvenil?...
Si tienen necesidad de mi ayuda material se la daré; pe­
ro sin procurar hacerlos salir de su condición con ayuda
de los recursos provenientes de la Iglesia. Siempre hay al­
go odioso en el hecho de que el ministerio espiritual sirva
para enriquecer la familia temporal del sacerdote. La Igle­
sia alaba, por ejemplo a un Alain de Solminihac, a quien hx
hecho Bienaventurado; en 23 años de Episcopado jamás
gratificó a alguno de los suyos en la colación de beneficios.
Se fijaba en el mérito y no en los lazos de la sangre, pres­
cribía cualquier clase de nepotismo. Me inspiraré —dentro
de mi medio— en tan saludable ejemplo.
Si algún miembro de mi familia habita conmigo, vigilaré
mucho para asegurar:
—La independencia total de mi ministerio: no tengo que
participar las antipatías que los míos profesen a tal o cual
persona, ni debo ligarme a una simpatía demasiado mani­
fiesta hacia aquel o este amigo (o amiga) de mi madre, de
mi hermana o de mi sobrina.
—La discreción más absoluta de mis palabras. Que nun·
320 RAUL PLUS, S. J.

ca se pueda decir: lo que se confía al Sr. Cura, lo saben to­


dos en la casa parroquial.
Si acaece que tal familiar que vive conmigo, tiene al­
gún defecto, por ejemplo, hábitos de ahorro que casi lle­
gan a la avaricia, o la manía de criticar, vigilar mucho para
que ello no se resuelva en detrimento de mi persona y de
mi ministerio; y si 110 hay más remedio, me privaré de los
servicios de la misma persona...
“ //1 Ais quae Patris mei sunt, oportet me esse” .
L e c t u r a : L u c. II, 40 a 52.

MARTES

RELACIONES CON LOS DEMAS SACERDOTES


Con mi párroco: Respeto religioso, es mi superior diario
e inmediato. Obediencia filial, a él corresponde el peso de
la parroquia; ayudarle en su oficio; exponer con libertad
(siempre después de haber rezado), mi o mis puntos de
vista, pero en la ejecución seguir las directivas recibidas,
aún cuando sean opuestas a mi opinión. No tener miedo
de pedir consejos y observaciones; nunca demostrarse sus­
ceptible, velada o públicamente hostil.
Con mi vicario, si soy párroco. Jamás hacerle observa­
ciones en público; amarlo, sostenerlo, siempre interpretar
bien sus obras de celo, salvo que haya evidencia manifiesta
de que se deba censurar; comprender que la juventud gusta
de marchar adelante; no oponer una inmovilidad bizarra
ante todo proyecto o iniciativa; dejarle un poco de ampli­
tud; merecer su confianza lo suficiente para que se dé cuen­
ta con buena voluntad de las observaciones.
Con los hermanos en el sacerdocio. Un grande espíritu de
fe. Ante todo, reconocer en ellos al sacerdocio, y sólo des­
pués los defectos e imperfecciones. Orar por todos. Si llega
a mi conocimiento alguna miseria acaecida, tener una com­
MI O R A C I O N 321

pasión inmensa; si me es posible prestar raí ayuda, discre­


tamente, fraternalmente, y callar, guardarlo para mí, única·
mente hablarlo con Dios. £1 Santo Cura de Ars rezaba to­
das las noches siete Gloria Patri en reparación por los ul­
trajes hechos a Nuestro Señor por los sacerdotes. Había es­
tablecido una fundación de Misas con la misma finalidad.
Y además, ayudar, animar; en las reuniones guardar
siempre moderación, discreción, caridad y deferencia con
los superiores. Que después de cada reunión sacerdotal, sal­
gamos todos más sacerdotes.
L e c t u r a : Rom. XIV, 4-5, 10 a 14.

MIERCOLES
MI OBISPO
Tres expresiones compendian todos mis deberes: respeto,
amor filial, obediencia.
Respeto. Nuestro siglo no es el siglo del respeto. ¿Qué
pensar de sacerdotes que nombran al jefe de la Diócesis
por su apodo, como un camarada, un inferior? Cada vez
que Condren pasaba frente al cuarto del Padre de Berulle,
su superior, hacía una genuflexión en pleno corredor. He
ahí el respeto de los hombres de Dios, hacia sus jefes en
Jesucristo.
Amor filial. En un retiro sacerdotal, el Obispo había
anunciado su arribo para una conferencia de tres horas.
Especificó que después de la charla estaría a disposición de
todos los que quisieran verlo, saludarlo, conversar. Nadie
fué. El Obispo no es lo mismo que un administrador, es
un padre, o mejor, el sacerdote no es tan sólo un adminis­
trador, es un hijo.
Obediencia. Es el objeto de una promesa. Sin duda que
esa promesa no es un voto, y en algunos casos, si tal o cual
sacerdote quiere argüir la inamovilidad de su puesto, pue­
de hacerlo; en una diócesis es ello una dificultad de go*
322 R A U L PLUS, S. J.

bierno, comparado a lo que sucede en los Institutos Reli­


giosos.
Puesto que se urge menos el derecho de la autoridad, ra­
tón de más para practicar la virtud de la sumisión a la au­
toridad, de lo contrario será imposible el gobierno.
Es preciso facilitar el desempeño de nuestros jefes; es
de por sí bastante pesado, sin el aumento de nuestras opo­
siciones o rechazos injustificados.
Evitar las apreciaciones severas, no sólo en lo que me
toca a mí, sino también en lo que respecta a la administra­
ción de la diócesis, y otro tanto con las críticas.
Interpretarlo todo, prudentemente, para bien. Tener con­
fianza. No tengo yo la gracia para conducir la barca, e ig­
noro sin duda muchas cosas. Oigamos a San Pablo: “ 06e-
dite proepositis vestris et suhjacete eis; ipsi enim pervigilat
quisa rationem reddituri; ut cum gaudio hoc faciant et
non gementes” .
L e c t u r a : Heb. VII, 26 hasta el fin.

JUEVES
LOS QUE ME AYUDAN
I. — En la Iglesia. Mi sacristán ayudante. Hacerle com­
prender, si es posible, la dignidad de su función (respeto
por las cosas santas, la propiedad del canto e t c ...).
Los monaguillos: explicarles la Misa, exigir un servicio
inteligente, respetuoso y empeñoso. Si comprenden lo que
hacen, amarán sus funciones. Exigirles lentitud en los mo­
vimientos y en las respuestas. Discernir las posibles voca­
ciones.
Las personas de las instituciones. Que ayuden sin estor­
bar. Estarles agradecido. No dejarse acaparar. Mantener
las distancias, guardar la autoridad, asegurar la unión, la
colaboración inteligente. Evitar preferencias, singularida­
des, intimidades.
MI O R A C I O N 323

II. — En la casa parroquial. Mi criada: en cuanto a la


edad y cualidades, atenerme a las disposiciones de los Es­
tatutos. Mi conducta con ellas: darles salario suficiente y
a su debido tiempo; que atienda debidamente el servicio
de la puerta, de la cocina, del interior; que permanezca ab-
solutamente extraña a la marcha de la parroquia.
Ninguna confidencia con ella, respecto de los feligreses y
mis cofrades. Dar prueba de una reserva absoluta y exigir­
le una discreción total.
Ser bueno, pero guardar siempre las distancias. Comer
solo. Cuando trabajo o rezo mi Oficio, hacerlo en mi escri-
torio, no en la cocina. No enojarme nunca, pero ser muy
estricto; muchos de estos puntos son importantes.
Mi reputación en la parroquia y la eficacia de mi minis·
terio, dependen en parte de mi actitud en la casa parroquial.
L e c t u r a : II Tim. TV, 9 hasta el fin.

VIERNES
CELO POR LAS ALMAS
El rey San Luis, confió a los enviados de El Montassir
—soberano de Túnez— el mensaje siguiente:
“Decid a vuestro señor, que ansio tan vivamente la salva­
ción de su alma, que consentiría en estar en las prisiones de
los Sarrasenos durante toda mi vida, sin ver nunca la cía·
ridad del cielo, con tal que él y toda su gente se hicieran
cristianos” .
Un capellán de guerra, el Padre Lenoir, decía que para
salvar a sus hombres de 49 de Coloniales, le gustaría per­
manecer sobre la tierra “ hasta el fin del mundo y pade­
ciendo cualesquiera sufrimientos” .
En una parroquia pequeña de Bretaña, un viejo cura pá­
rroco se hallaba moribundo. Clavado en su lecho, esperaba
la hora no lejana de dar su alma. Le hacen saber que uno
de sus parroquianos, quien desde tiempo atrás había rolo
524 RAUL PLUS, S. J.

con Dios y con la Iglesia, estaba moribundo como él. Envió


a su ayudante, quien lo visitó pero no fué recibido. El an>
ciano párroco exclamó: ¡ “ Oh, Dios mío! Id otra vez, os
ruego, decid a ese desgraciado que me había prometido no
morir sin reconciliarse antes con Dios” . El vicario obedeció.
Pero el impenitente le gritó con aspecto siniestro: “ Yo hice
esa promesa al Párroco” y lo despidió por segunda vez.
El buen cura levantó sus brazos al cielo; luego, como eú·
hitamente inspirado: “ ¡Que traigan unas parihuelas!” Hizo
colocar en ellas un acolchado, se hizo colocar encima y
fué cubierto con frazadas: “ Marchemos” .
Y en las tinieblas de la noche, alumbrados por una lám*
para, el moribundo recorrió duros y largos caminos. Cuan·
do el impenitente vió entrar en su cuarto aquellas parihue·
las y que el pálido anciano venía a él, se levantó: “ ¿Qué
venís a hacer aquí?”
“ ¡A salvaros!” , fué la respuesta del sacerdote.
Se colocaron las parihuelas junto al lecho del impeni­
tente, y ambos moribundos fueron dejados solos. Cuando se
volvió a entrar, ambos lloraban. El viejo cura bendijo una
vez más al enfermo: “ ¡Hasta pronto... en el cielo!”
Y el cortejo emprendió otra vez su marcha a través de
las sombras, silencioso como un convoy fúnebre. Una vez
en casa, al descubrir las parihuelas, el rostro del párroco
estaba más pálido e inmóvil: había muerto.
¿Tengo yo una abnegación comparable a las referidas?
L e c t u r a : I. Cor. XIII.

SABADO
DESAFIAR EL BOCHORNO
Cierto día, un lionés fué a visitar al Padre Chevrier —
muerto en olor de santidad— para pedirle un consejo:
“ Os escucho” , respondió el Padre con su 6onrisa acoge·
dora y animadora.
MI O R A C I O N 325

El visitante deseaba fundar una obra: lo explicó todo:


fin, medios, obstáculos, e tc...
“ Padre mío, espero vuestro juicio” .
El Padre le dirigió una mirada profunda, con cierto
tinte de tristeza:
“ Amigo le haré solamente una pregunta: ¿estáis dispues­
to a ver que vuestra obra se derrumbe y aniquile, después
de haberos sacrificado por ella?
El visitante, sorprendido, reflexionó un instante, y no sa­
biendo qué responder, dijo que lo pensaría.
“ Os doy ocho días para que reflexionéis” , concluyó el
Padre Chevrier.
Al cabo de una semana, volvió el visitante, asegurando
estar dispuesto a sufrir lo anunciado, si era la voluntad de
Dios.
—“ ¿Estáis dispuesto a verla zozobrar por los esfuerzos de
aquellos que os parecen ser sus mejores sostenedores?
—Sí, padre mío.
— ¿Y a soportar la confusión que supone toda empresa
trunca o fracasada?
—Sí, con la ayuda de Dios.
—En ese caso, amigo mío, podéis marchar adelante.
Desde el momento en que algo se emprende, muchos ata­
can, critican, denigran.
Hacerme independiente. Afrontar la sátira. Con anticipa­
ción ofrendar el sacrificio de lo que se podrá decir de mí.
Y mejor aún: después de haber adoptado todas las dis­
posiciones para que la empresa tenga éxito, afrontar el ver­
la desmoronarse, si Dios lo quiere. ¡Cuánto desasimiento
supone esto... cuánta confianza en Dios y espíritu de aban­
dono!
Si quiero salir de las rutinas, adaptar mi apostolado, me
es preciso desafiar la sonrisa de un cofrade, la desaproba­
ción de éste, la crítica severa de aquél. . .
¡Adelante! Mirar el fin. Se escogen sabiamente los me­
326 R A U L PLUS, S. J.

dios, se somete todo al control debido y competente, y »


procede sin temor, se toma el arado y se traza el surco.
L e c t u r a : I Cor. IX, 15 a 20.

DOMINGO DECIMOCUARTC
DESPUES DE PENTECOSTES

MAMMONAE
Exclamaba el Abate Chevrier: “ Dios tiene necesidad de
buenos sacerdotes pobres” .
Pobre de instalación, pobreza de deseo interior, y de lo
segundo más que de lo primero: son los pobres “ de espíri­
tu” que Nuestro Señor exige sean sacerdotes. “ Basta que
nuestros pies toquen la tierra, no metamos las manos, el
corazón ni la cabeza.”
En la ciudad de Padua, existen unas pinturas en el coro
de la “ Scuola” del Santo; el fresco segundo representa a un
médico que realiza la autopsia de un avaro y busca su co­
razón, pero el corazón no está en el pecho del desventurado.
Alguien ha tenido la idea de abrir el cofre donde el avaro
guardaba sus tesoros, y, ¡allí está el cordón! ¡Magnífica
lección!
¿Se sabe suficientemente, que el apego del sacerdote a
ios bienes de la tierra, no sólo daña su propia santificación
sino que también corre, hace correr el riesgo de escandalizar
al prójimo? ¿No se ha escrito de una no creyente, muy
bien dispuesta hacia el catolicismo, pero que siempre se
detuvo, no por motivos doctrinarios, sino por los ejemplos,
cuyo número e importancia ella exageraba de un modo sin­
gular? Su historiógrafo pudo escribir: “ Si el mundo ecle­
siástico se le hubiera aparecido menos apegado a la pre­
ocupación de muchos intereses temporales, hubiera desapa­
recido de su camino un obstáculo considerable. Yo sé con
cuanta facilidad responde el buen sentido religioso a tales
MI O R A C I O N Í27

objeciones. Es preciso creer que esas respuestas no confie*


nen toda la verdad que se les atribuye, pues una Duse, jun­
to con tantos otros espíritus iluminados y a pesar de tan
evidente buena voluntad, se hallaba ante ellas vencida e in­
capaz de sobrepasarlas” .
Decía Luis Veuillot: “ El porvenir pertenece a los pies
desnudos” .
L e c tu r a : II Cor. IV, 16 hasta el fin.

LUNES

NIL SOLLICITI SITIS (I)


I. — Desapego afectivo de los bienes de la tierra.
Si a todos los cristianos se les pide usar los bienes de es­
te mundo eomo si no los usaran, ¿qué será respecto del sa­
cerdote?
Sin duda, yo no he hecho voto de pobreza, y ciertas obli­
gaciones de familia o de otra especie me permiten algún
bienestar exterior. Pero con el corazón, debo vivir desape­
gado. ¿No he declarado el día de mi ordenación: “ Domi-
ñus pars haereditatis meae”, el Señor es la parte de mi
herencia? Y lo repito en cada retiro.
A los sacerdotes de la Antigua Ley, les fué dicho: “ /n té­
rra eorum nihil possidebitis, nec habebitis partem inter eos:
ego pars et haereditas tua in medio filiorum Israel” íNúm.
XVIII, 20). No debo ser inferior a los sacerdotes de la An­
tigua Ley.
II. — Desapego efectivo.
Que se sepa y se experimente que soy desapegado, y no
apegado a los bienes de este mundo. Nada de actitudes de
avaro. Cuando debo pedir una cuenta o una limosna, dejar
ver que ello me cuesta y me pesa. Al comienzo del cristia­
nismo, los cálices eran de madera, pero los sacerdotes eran
328 RAUL PLUS, S. I.

de oro, hace notar San Bonifacio. Que toda mi riqueza tea


interior.
Ejemplo magnífico el del Cardenal Mercier, cuya cáma·
ra de dormir, en el palacio arzobispal de Malinas, era po·
brísima.
Ejemplo magnífico el de un sacerdote de Autun, que re·
dactó este testamento:
“ Dejo muy pocas cosas. Ya no tengo mobiliario propia·
mente dicho; los escasos objetos que aún me quedan en
cuanto a ropa, quedarán totalmente a disposición del Hos·
picio de Bonnay, que recibirá la mejor parte posible.
’’Dejo mi pequeña biblioteca a mi sobrino, al cual pido
en cambio algunas Misas por mi intención.
” Si mi hermana, mi hermano político, y mis sobrinas o
sobrinos desean algún objeto piadoso, estatua o cuadro
que adorna mi cuarto, mi albacea lo pondrá a su dispo·
sición.
” En cuanto a dinero, nada o casi nada se hallará de mi
pertenencia (encontraron 7 sous en su gaveta), pues siem·
pre amé vivir en la pobreza. He tomado las disposiciones
necesarias para que después de mi muerte se celebren Misas
por mi intención y de los difuntos de mi familia.
’’Todo lo que deseo sobre mi tumba, es una cruz, lo más
simple que sea posible.
’’Sobre mi sepulcro o mi cajón, no se depositará ninguna
corona.
’’Sagrado Corazón de Jesús, tened misericordia de vuestro
pobre servidor.
’’Escrito en Nonnay, el tres de abril de mil novecientos
trece” .
(Teodoro Petit, capellán).
L e c t u r a : II Cor. VI, 1 a 11.
MI O R A C I O N 329

MARTES

LA COMODIDAD
Un sacerdote vivía en la abundancia. Mesa bien provista,
cubiertos de lujo, platería.
Cierto día, un pordiosero vio desde lejos el comedor,
pidió una limosna. Le respondió:
—“Tomad, aquí tenéis pan, no tengo plata".
— ¿No tenéis plata? Vuestra mesa está llena.
Desde ese día comenzó para el Abate Andrés Hubert
Fournet su santificación, la Iglesia lo ha canonizado el 4
de junio de 1933.
Adiós a la vida fácil y a las homilías pomposas: diez
días de retiro en Potiers, para liquidar el pasado y prepa­
rar el futuro. £1 sacerdote Fournet será en adelante otro
hombre, otro sacerdote... Es la vigilia de los días som­
bríos de la gran Revolución: período trágico, de las Misas
en secreto, de los disfraces, de los peligros de muerte, del
destierro. Vivirá como santo, se abnegará sin escatimar na­
da, fundará las Hijas de la Cruz, hará milagros auténticos,
y el día en que Dios lo llame, exclamarán las multitudes:
“El Santo ha muerto, el Santo está en el cielo*’, y una de
sus hijas verá en el cielo una grande cruz de San Andrés
coronada por una estrella.
Pati. .. gloriara. Una cruz, una estrella. La radicación de
santidad de Andrés Fournet, ha provenido de su vida gene­
rosa y mortificada, de su amor orante, laborioso, crucifi­
cado.
Que mi vida esté de acuerdo, lo más que sea posible
(siempre distará mucho) con este modelo de sacerdote
santo: una cruz, una estrella; generosidad, arrojo; deter­
minar mi ideal, vigorizar mi valentía.
»

L ectura : II Cor. VII, 2 a 8.


330 R A U L PLUS, S. J.

MIERCOLES

NIL SOLLICITI SITIS (II)

Lo mismo que de las riquezas, debo ser desapegado de


los honores, A veces es más difícil. Me burlo socarrona-
mente de las gentes de mundo, que van llorando detrás de
un distintivo de la Legión, de una dignidad, de una coloca­
ción envidiable. Procuraré no caer yo mismo en esa pe-
queftea y en ese ridículo.
El abate Combalot, escribía así a Mons. de Salinis:
“Nunca agradeceré suficientemente a Dios, por haberme
librado de la epidemia de dignidades envidiadas” .
Si me llega algún honor, no debo necesariamente rehu­
sarlo. Pero mucho más que mi interés y vanagloria perso­
nal, considerar el interés de las almas y la gloria de Dios.
Lo que debe evitarse siempre, es la búsqueda interesada,
ansiosa, celosa de pequeños o grandes privilegios. Me eleva­
ré por encima de todo esto; mi alma se sentirá más libre,
mi ministerio será más por Dios, mi celo más puro, mi apos­
tolado más radioso. Y mis feligreses, no descubriendo en
mí nada que sea del hombre, se sentirán más atraídos a tra­
tarme como verdadero hombre de Dios.
Si la elección depende de mí, me aplicaré ante todo al
trabajo humilde.
¿De dónde provino al Abate de Ségur el imperio inmen­
so que tenía sobre el mundo de los obreros y aprendices?
De que no había considerado indigno de su ministerio el
consagrarse a su servicio. Sentían que aquel sacerdote era
un abnegado, un pobre de corazón.
Un joven obrero argüía a varios libertinos que calumnia­
ban a los sacerdotes: “ Nada me interesa de cuanto podáis
decirme: he conocido al Abate de Ségur, y aunque no tuvie­
ra más que a él, la religión es verdadera” .
En la actualidad, muchos de la masa evitan al sacerdo­
te. Cuanto menos personas tengan contacto con nosotros,
MI O R A C I O N 331

tanto más esos contactos deben causarles una alta y justa


idea de nosotros.
L e c t u r a : II Cor. IV, 7 a 16.

JUEVES

ORAR “ INTELIGENTEMENTE”
Una graciosa frase de Santa Teresa de Avila: “ Que Dios
nos libre de las oraciones tontas” .
Eso vale por el fondo y por la forma.
¿Quién no ha notado esas fórmulas de cánticos en los
libros de piedad, en que la irrealidad disputa la primacía
a la banalidad? Deben evitarse esas expresiones sin sabor y
sin alma; proscríbanse sin piedad locuciones como ésta:
“ Que no pueda yo borrar con mis lágrimas tantas irreve­
rencias. . y otras del mismo estilo. Ser verdadero, ser sim­
ple.
Jacques Riviere, en sus notas de prisionero (A la Trace
de Dieu, p. 321), escribe lo siguiente que debo retener, y
que glosa a Santa Teresa:
“ En todo lo que escriba sobre la religión, debo adoptar
un tono lo más mundano que sea posible (mundano no es
la palabra exacta, pero se comprende lo que quiere decir),
evitaré hablar como los párrocos. Eso es lo que disgusta a
tanta gente: Nuestro dulce Salvador, la Bienaventurada Vir­
gen María. Al hablar de Dios, suprimir la mayúscula, ha­
cerlo tan familiar y asequible como se pueda” .
No tolerar los amaneramientos, no serían más que por
respeto a Dios, y tratándose de una fórmula pública, a fin
de no alejar a los fieles, y darles —con expresiones propias
de otras edades— la impresión de que eso ya ha pasado.
Pero sobre todo, vigilar porque la piedad dé a las reali­
dades doctrinarias su debida y exacta jerarquía:
Al sumo Dios, el culto de Dios.
>32 R A U L PLUS, S. J.

Después a Cristo, mediador divino,


A María, los santos y los ángeles.
No atribuir a un detalle el valor de un punto capital. En
mi devoción, tener una jerarquía inteligente, y formar a
mis feligreses también inteligentemente.
L ectura: Heb. XI.

VIERNES

LITURGIA
¿Qué es la liturgia? — El culto oficial de la Iglesia.
¿Tengo yo, de ese culto, la idea elevada que merece?
Penetrado del dogma de nuestra incorporación a Cristo,
¿comprendo la ofrenda incesante que hace a Dios la Co­
munidad de los miembros de Cristo, por medio de sus re­
presentantes oficiales, del sacrificio y de la oración de Je­
sús Salvador, a su Padre, para gloria de Dios y salvación
del mundo? O bien: atendiendo principalmente al exterior,
¿no descubro en la liturgia más que movimientos, ceremo­
nias, belleza de ornamentos y de cantos?
Ante todo, ver el fondo, el aspecto teológico del proble­
ma.
Bien comprendido, cuidar también lo mejor que sea po­
sible, el exterior: ceremonias bien realizadas, cantos bien
ejecutados.
¿Las ceremonias? Considerar el lugar en que deben rea­
lizarse, limpieza del altar, belleza discreta de la ornamen­
tación, una corrección y atención perfectas en el cumpli­
miento de las prescripciones rituales, por el culto que se da
a Dios y por edificación del prójimo. Los fieles sienten
disgusto por un modo de obrar reprobable, sin dignidad.
¿Y qué debe pensar Dios por esos gestos ultrarrápidos, por
esa precipitación al hablar, por la carencia de dignidad en
MI O R A C I O N 333

el ayudante —o a la inversa— : un aire pretencioso “ pon-


tificial” , carente de simplicidad?
El canto. — Si soy un músico hábil, tanto mejor; utili­
zaré mis cualidades para el esplendor del culto. Si soy un
artista mediocre, se puede llegar a un honesto término me*
dio, sin tener dones excepcionales: hacer que mis fieles can­
ten, organizar coros, dar vida a los oficios, etc...
Y todo esto, con el pensamiento grandioso de unir a mis
feligreses, quienes por lo tanto serán instruidos respecto de
la oración universal de todos los Unidos a Cristo.
L e c tu r a : Heb. X, 1 a 19.

SABADO

MI BREVIARIO
El oficio litúrgico, además de la Misa comprende tam­
bién el Breviario.
Acaparado por las ocupaciones, me sucede a menudo que
10 dejo para el fin del día, y para rezarlo “ de un tirón” .
Algunos sacerdotes imitarían con gusto a Richelieu, quien
según parece — esperaba 48 horas, luego comenzaba a las
11 de la noche el oficio del día y a las doce el del día si­
guiente. Esto no es rezar, es “ despachar” .
Por el contrario, me esforzaré por guardar los intervalos
litúrgicos recomendados entre las diversas horas. ¿No debo
también desear guardar durante el día el recogimiento po­
sible? Sin duda que no puedo y no es necesario pensar en
Dios en cada instante que pasa. Pero el medio mejor para
pensar en El con intervalos no muy distantes, es interrum­
pir el trabajo —siempre que no se cause perjuicio a un in­
terés de mayor importancia— con el rezo de las partes re­
comendadas del breviario. El Venerable Beda dice lo si­
guiente: “ Semper orat qui statuta témpora non proeterminit
334 R A U L PLUS, S. J.

ormndi**. ‘‘Ora siempre el que no omite ningún intervalo


regular de la oración'*.
Los Apóstoles me dan el ejemplo. £1 día de Pentescos·
tés, la Iglesia naciente se reunió para orar a la hora de
Tercia: “ Erant omnes pariter in eodem lo c o ... hora diei
terna” (Act. II, 1-15). San Pedro subió —para rezar— a la
terraza de la residencia, a la hora Sexta: “ Ascendit... ut
oraret circa horam sextam” (Act. X, 9). Pedro y Juan van
al templo... es la hora de la Nona. “ Ad horam orationis
nonam” (Id. III, 1).
Evidentemente, que nada de rigidez; debo saber adap­
tarme a las exigencias de mi vida, de mi ministerio. Pero
conservar o adaptar la tendencia. . . Y, en los intervalos,
me inspiraré en la conocida invocación: “ Divinum auxi-
lium maneat semper vobiscum
L ectura: Salmo 89.

DOMINGO DECIMOQUINTO
DESPUES DE PENTECOSTES

NAIM
Además del milagro de la propia resurrección de Cristo,
el Evangelio nos describe tres resurrecciones de muertos:
la de la hija de Jairo (23? domingo), la del hijo de la
viuda de Naim (hoy) y la de Lázaro (viernes de la 4* se­
mana de Cuaresma).
Naim, pequeña población situada a una hora de cami­
no desde Cafamaúm. Reviviré la escena: veré, oiré, me
empaparé en el misterio.
Bossuet hace notar que las tres resurrecciones realizadas
por el Salvador, simbolizan el vencimiento del pecado en
tres estados:
—En su comienzo, en la persona de la niña.
MI O R A C I O N

— En su progreso, en la persona de aquel 4 quien te lie*


vaha a enterrar.
— En su consumación, en el estado de endurecimiento y
hábito inveterado, en la persona de Lázaro.
En un muerto de cuatro días, la corrupción evoca la ima-
gen del hombre que se estancó en su pecado; el mal olor,
es el escándalo consecuente a ese estado; la piedra de la
tumba, es la dureza del corazón; los lienzos que envuelven
a Lázaro, son los lazos del pecado, a los que no se llega a
romper. Ningún otro recurso. Perdido para siempre. Feliz­
mente, la omnipotencia de la gracia tiene el secreto de las
resurrecciones, la muerte lleva ya cuatro d ía s... innumera­
bles días.
El dolor de la viuda — en el milagro de Naim—, hace
pensar en las lágrimas de María.
¡Cuántas veces habrá llorado por mí, mi Madre amante!
¡Oh, Jesús! Por compasión hacia vuestra divina Madre,
salvad a su hijo miserable, a vuestro sacerdote. Que Ella
no llore más, y que yo resucite.
L e c t u r a : L uc . VII, 11 a 18.

LUNES

EL ESPIRITU LITURGICO
Nunca lo desarrollaré demasiado. Pero también debo
desarrollarlo inteligentemente, es decir: sin exclusivismo ni
estrechez. Por lo tanto, so pretexto de exaltar el culto ofi­
cial y público de la Iglesia, no se debe olvidar y menos
aún despreciar o condenar la oración personal.
Uno de los autores que más competentemente ha estudia­
do la liturgia, escribe así:
“ No es lícito oponer la vida espiritual individual con su
particularismo, a la vida litúrgica con su rasgo esencial de
universalidad. No debe decirse: o esta o aquella, sino ésta
336 RAUL PLUS, S. J.

y aquella. Ambas espiritualidades deben coexistir en viva


colaboración.
’’Necesidad absoluta de las formas extralitúrgicas de la
vida espiritual: rosario, via crucis, meditación. . . Nada más
falso que querer imponer a la vida espiritual, el encuadra·
miento exclusivo de la liturgia.
’’Tampoco sería justo simplemente tolerar estas formas
de piedad. . . proponiendo como finalidad única de nues­
tra ascensión espiritual la sola vida litúrgica.
” Ambas piedades son necesarias: la litúrgica y la no li­
túrgica; la una completa a la otra” (Romano Guardini: El
Espíritu de la Liturgia).
L e c t u r a : Heb. IX, 1 a 6).

MARTES

HACER ORACION
Porque los laicos la hacen:
“ Preciso a Jesús, tengo hambre de El, exclamaba Pierre
Poyet, el apóstol de la Normal Superior.
’’Quisiera que el contacto de las almas, no rompa mi co­
munión con Dios, y es por ello que ante todo desearía pu­
rificar y fortificar mi vida por medio de un largo silencio
”Toda mi alma tiene sed de silencio.
” Tu deber, es ser como un depósito de paz, una alma que
estabiliza.
” La fuerza verdadera, no es dar vuelta en la fantasía al
cielo y la tierra, sino de no ser dado vuelta por ellos.
’’Para amar a Jesús, es preciso tenerlo en sí, escucharlo;
para ello, hay que hacer cesar toda agitación, toda preocu­
pación, todo tumulto exterior.
’’Estoy impresionado por la superficialidad de las almas.
Para comprender a Dios, es preciso tener una vida espiri­
tual profunda, cultivada en la soledad.”
MI O R A C IO N 337

¿Por qué personas como Pierre Poyet han tenido tanto


ascendiente? Es que se podía decir de él: “ Comulgaba siem­
pre” y también: “ Emanaba de él como un perfume de vi­
da espiritual que penetraba. Era un acostumbrado al si­
lencio, a la vida de oración” .
Y yo, sacerdote, hecho para alimentar el celo de los lai­
cos, ¿qué podré dar a las almas si no soy rico de Dios?
Mons. Gay daba el consejo siguiente — a los simple·
fieles— :
“ Sois un templo: admitid las cosas en el atrio, a loa hom­
bres hasta la nave, pero reservad el santuario a Dios9*.
Y yo, sacerdote, ¿no seré el primero en obrar así?
Haré mía la frase de San Leonardo de Puerto Mauricio,
el gran apóstol italiano:
“ Mi vocación, es la misión y la soledad: la misión, a fin
de estar siempre ocupado para Dios; y la soledad, a fin de
estar siempre ocupado en Dios. Todo lo demás es vanidad*9.
L ectura: Vivir con Dios.

MIERCOLES

NEMO EST QUI RECOGITET CORDE


Nadie hay que consienta en meditar — en reflexionar,
orar con profundidad, hacer oración. Nadie.
No se hace distinción entre sacerdote y no sacerdote« el
texto dice: Nadie. Y de hecho: ¿conocéis muchos sacerdo­
tes que oran profundamente, que a los pies de Dios, no sólo
leen un libro o su breviario, sino reflexionan para mejor
amar silenciosamente, adorar en el secreto?
Un historiador que prometía hacer una carrera brillantí­
sima, fue herido de muerte en una trinchera francesa du­
rante la primera guerra mundial; herido ya cuatro veces,
estaba a punto de expirar, y entre otras frases magníficas,
tuvo una dignísima de consideración. El ordenanza estaba
338 R A U L PLUS, S. J.

junto & su capitán, arabos habían rezado algunas oraciones,


el moribundo le dirigió sus últimas recomendaciones, y aña·
dio suavemente:
“ Bien, ahora callemos, déjame pensar” .
Retendré esa consigna tan expresiva e impresionante.
Sabré decir a una ocupación que no es necesaria: “ Cállate,
déjame pensar” . A un cofrade demasiado dicharachero,
junto al cual transcurren agradablemente las horas, cigarri­
llo tras cigarrillo, contando naderías o comentando esto y
aquello, saber decirle amablemente —y sin ofender— : “ Es­
tá bien, me retiro, déjame pensar”
Asumiré una ocupación sólo cuando el pensar no sea más
fecundo para mi ministerio que dicha ocupación. Entonces
descubriré una carrera de oración y recogimiento, o sea,
de verdadero rendimiento.
L e c t u r a : V iv ir con D ios.

JUEVES

SUPRIMIR LA ORACION
Suprimir la oración, no es ganar tiempo, sino perderlo.
Nada hay que, como la oración, ayude a consagrar a cada
acción el tiempo que necesita, a obrar mejor de acuerdo a
las circunstancias, a evitar lo inútil o peligroso, a vivir en
medio del orden.
Cuantas más ocupaciones se tengan, más se debe estar
cuidadoso de no quitar tiempo a la oración. Los santos
hacen más: añaden más oración. Cuando el P. de Ravig*
nan se sentía desbordado, hacía fríamente una media hora
de oración suplementaria. Y nada perdía. Si no tengo va­
lor para esto, por lo menos mantendré lo necesario, el
tiempo fijado. Tanto más, que el motivo inducente a supri­
mir la oración, en los momentos de prisa —o que se dicen
tales— es casi siempre una que no tiene valor: sueño a re·
MI O R A C I O N 339

cuperar, olvido que en la vigilia, si me acosté tarde, fue


por no interrumpir una lectura agradable. O quizás es la
preparación de un sermón, que voluntariamente he dejado
que me encargaran. Más tiempo para reflexionar con calma,
y orar sobre mis futuras palabras. Lo de mayor importan·'
cía, siempre, es la oración. Mejor, hubiera previsto, y sobre
todo, querido.
Y en caso de que no haya culpa de mi parte: contar con
la gracia y pedir en la oración — más que en el escritorio
de trabajo— las luces necesarias.
L ectura: Vivir con Dios.

VIERNES

MEDITAR DE UN MODO PERSONAL


A muchas personas, no les gusta meditar con libros des­
tinados a este fin.
En realidad, muchos no ofrecen materia saboreable. In­
cluso los mejores hechos, tienen en su contra el ser imper­
sonales ; expresarse — a propósito de un texto o efe una
idea— de un modo que no corresponde plenamente a los
deseos del que medita. ¿Cómo hallar el desarrollo, la re-
flexión que convenga perfectamente a éste, a ése o aquel?
Es imposible.
Y he ahí por qué debo esforzarme por infundir lo más
que sea posible, propio de mí, en mi esfuerzo por alcanzar
a Dios, por penetrar lo invisible.
Sea ésta o aquella escena del Evangelio. Lo que importa,
no es la reacción de uno u otro autor ante ella, sino el mo­
do cómo yo, de acuerdo a mis disposiciones, a mi riqueza,
mis deficiencias, mis necesidades, toda esa serie grande de
cosas infinitamente pequeñas que constituyen mi mentalidad
particular, me siento impresionado, aprovecho la lección,
HO RAUL P L U S , S. J.

descifro el enigma, descubro el aspecto particular capaz de


hacerme bien.
Se ha dicho con toda razón:
“ Para comprender bien una imagen, lo mejor es apren­
der por sí mismo las palabras con que se querría poder
describirla” .
Lo que puedan pensar, experimentar o expresar los de-
más, ante un espectáculo o una enseñanza del Evangelio,
no valdría —aún cuando sea más profundo— mi pequeño
hallazgo personal. No se trata de aprender palabras, y me­
nos palabras de sabio; sino lograr un poco de contacto con
Dios, en un silencio rico de realidades.
Lectura: Vivir con Dios.

SABADO

VALOR PARA LA ORACION


Es conocido el texto de Santa Teresa, en que habla de sus
años de sequedad en la oración. Me será útil leerlo nueva­
mente, a fin de darme ánimo:
“ Durante años, muy a menudo estaba más ocupada por
el deseo de ver llegar el término de la hora que había de­
terminado para la oración, más atenta a los sonidos del
reloj, que a las consolaciones piadosas. Muchas veces hu­
biera preferido cualesquiera penitencias, por más severas
que fuesen, antes que el esfuerzo necesario para entrar en
el recogimiento de la oración. Sí, en verdad, tan violento
era el combate que me hacía el demonio —o quizás mi na­
turaleza dañada— a fin de impedirme la oración, tan pro­
funda era la tristeza con que me sentía invadida desde el
comienzo, que para vencerme tenía necesidad de reunir
todo mi valor” .
He ahí indicados los esfuerzos que debe imponerse el al-
MI O R A C I O N 34!

ma a fin de aferrarse a la oración, so pena de pasar junto


a las mayores gracias de Dios sin aprovecharlas.
Y he aquí ahora la parte de Dios:
“Al final (cuando había perseverado trabajosamente),
Dios venía en mi socorro; cuando había yo hecho esfuer­
zos sobre mí misma, gustaba mayor tranquilidad, mayor
consuelo en el padecimiento, que cuando había sido arras­
trada por el atractivo” .
Por lo demás, no me admiraré si no siempre sucede así
conmigo. Si place al Señor que tanto el comienzo, como el
desarrollo y el fin de la oración me sean trabajosos, que
sea bendito sü Santo Nombre. Yo no oro para lograr la
consolación, sino para darle alabanza. Recordaré entonces
esta otra reflexión de la Santa:
“Hay personas, y a quienes yo conozco, que marchan por
el camino del amor como marcharse debe, es decir: con el
único deseo de servir a su Jesús crucificado, y que no sólo
no le demandan consuelos espirituales, sino le suplican que
no se los dé en esta vida” .
L ectura: Vivir con Dios.

DOMINGO DECIMOSEXTO
DESPUES DE PENTECOSTES

IN INTERIOREM HOMINEM
Uno de los grandes riesgos del ministerio, es dejarse
arrastrar de tal modo por el trabajo en favor de las almas,
que se llegue a descubrir la propia alma.
Los ejercicios de piedad se hacen apresuradamente, se
escamotea a la oración, se omite el rosario, lo mismo la
lectura espiritual, las visitas al Santísimo. ¿El pretexto? En
parte es verdadero: no se tiene tiempo.
Y entonces, poco después disminuye lo sobrenatural, se
342 RAUL P L U S , S. J.

torna vado, se habla, se obra, pero no se da a Dios, o por


lo menos no tanto como se debería.
Meditaré las sabias insinuaciones del Padre Passerat, Re-
dentorista de gran celo e intensa oración; las decía a pro­
pósito de uno de sus hermanos en Religión:
“ Si el Padre N. y todos nosotros hiciéramos nuestra la
frase que un día dijo N. Señor a Santa Teresa respecto del
Carmelo: Los Carmelos permanecerán buenos mientras tra­
bajen por sí mismos más que por los demás. Oportet sapere
a i sobrietaíem. No es posible hacerlo todo, corresponde a
Dios enviar más operarios. Si no lo quiere, permanezcamos
tranquilos y contentémonos con nuestro poco” .
Por lo tanto: nada de descuido, pero tampoco nada de
excesivo. Todo perfectamente jerarquizado. El cuidado de
las almas, no debe hacerme perder de vista el de mi propia
alma.
Decía San Vicente de Paúl: “ Dadme un hombre de ora­
ción, y será capaz de todo” .
Si, por el contrario, no se tiene vida interior, el apos­
tolado será muy poco fructuoso:
“ Es imposible — decía Manning— hacer que los deberes
de nuestro estado sean útiles para nuestra santificación,
sin lograr el hábito de una piadosa intimidad con Dios.
La oración, la meditación, la conversación con Dios, es
lo que renueva, repara y da nuevo vigor en todo tiempo a
la naturaleza de nuestros espíritus, en todas las pruebas y
después de todos los combates y contactos con el mundo” .
L e c t u r a : Vivir con Dios.

LUNES

RENDIMIENTO ESCASO
“ No conozco espectáculo más desolante que ver despil­
farrar o simplemente dispersar en cosas diversas del esta­
blecimiento del reino de Dios, los recursos de inteligencia,
ardor, generosidad etc. . . Supongo que en una diócesis, si
hubiera en lugar de 600 sacerdotes, muchos de los cuales
no llegan a hacer más de lo necesario, solamente 40, pero
entusiastas amantes de la doctrina, inexorables en los prin­
cipios, y no digo santos, — cosa que siempre será difícil—
pero sí de una sólida virtud, el trabajo que realizarían sería
menos complicado, pero se reformaría toda la diócesis”
(P. Aubry).
Siempre debemos temer lo que Mons. d’Hulst llamaba:
“El triunfo del oficio sobre el espíritu de Jesucristo'**.
Vigilar porque siempre se anime y se mantenga un alma
en cada empresa de mi celo. Los fieles bien conocen ante
sus sacerdotes, a aquellos que son verdaderos hombres de
Dios. El Cardenal Mercier lo hacía notar en un retiro sa­
cerdotal :
“ Cuántas veces se oye a la gente de nuestras provincias
flamencas decir a propósito de un sacerdote: “ Dat is een
echte priesser” , y los valones, en su rudo lenguaje, traducen
el mismo pensamiento con estas pocas palabras: “ Este, éste
es un sacerdote” .
” Este, éste es un cura. ¿Qué nos da a entender así el
pueblo cristiano?
” E1 interior, en definitiva, da el modo de ser al exterior.
El hábito constante de vida interior, imprime a la fiso­
nomía, al paso, a la palabra, a la mirada, un reflejo de la
acción de Dios sobre el alma: se establece una armonía
entre lo que se es y lo que se debe ser; entre el hecho
y la ley, la realidad y la promesa; la santidad efectiva y
la vocación se corresponden, y el pueblo religioso, testigo
de ese equilibrio, observa con complacencia la unidad de un
ser moral completo, ve resplandecer a Dios en su obra,
transparentar a Cristo en su ministro, y exclama: “ Sí, he
ahí al reconocible ante los ojos de todos, al hombre de
Dios: homo Dei, el sacerdote del Señor” .
Y además de los fieles, quienes en rigor podrían engañar­
se, está Dios, Quien ve el corazón.
344 RAUL P L U S , S. J.

Ante sus divinos ojos, ¿soy yo el homo Dei que debo ser?
L ectura: Gal. III, 26 a 29.

MARTES

CONTACTO INTERIOR
Escribía el Bienaventurado Suso: “ Para el alma, toda la
perfección consiste en concentrarse, con todas sus potencias,
en su centro único que es Dios” .
Le sucedió un día, que vió a su Angel de la Guarda; le
pidió que lo asistiera todos los días.
“ ¿Por qué te diriges a mí, temes dirigirte a Dios? Sabe
y cree que desde el seno de su eternidad, El te ama con un
amor tan grande, que no quiere nunca abandonarte, y que
siempre se complacerá en habitar en tu corazón ”
El Hermano Henri le preguntó si le sería permitido ver
cómo Dios habitaba en su corazón, y le fué respondido:
“ Fija los ojos en tu pecho, y verás lo que el amor divino
obra en ti.”
¿Qué debo hacer, para pensar algunas veces en ese cen­
tro de mi alma en el que habita el Espíritu Santo?
Me ejercitaré en la práctica, pacífica y serena, de las
oraciones jaculatorias.
Desde que me despierte, “ elevaré mi alma a Dios” , como
lo aconseja San Francisco de Sales, junto con todos los
maestros.
Durante la jornada, sobre todo en los cambios importan­
tes de ocupación, procuraré hallar al huésped interior.
“ Por medio del deseo del corazón, y por un profundo
abatimiento de sí mismo ante Dios, se atrae hacia sí este
espíritu de vida. Dios es tan bueno, que no espera más que
nuestro deseo para llenarnos de ese don, el que no es otra
cosa que El mismo. Dice la Escritura: Aún no se habrá
formado en vuestra boca el clamor, cuando Yo, que lo veré
antes de nacer en vuestro corazón, lo oiré antes de que sea.
Lo que El acepta es la oración del corazón.”
“ Pero, además de estas plegarías, para las que deben
reservarse tiempos especiales, es preciso acostumbrarse a
hacer elevaciones del corazón a Dios, simples y frecuentes.
Una palabra de un Salmo, del Evangelio o de la Escritura
en general, que sea apta para impresionarnos, eso basta.
“ Pueden hacerse esas elevaciones, aún rodeados de otras
personas, sin que nadie se dé cuenta. A veces hacen mayor
bien que las aplicaciones duraderas sobre un tema deter*
minado. Por ejemplo, es bueno tomar la resolución de
hacer a la mañana y a la tarde dichas elevaciones, pensar
en Dios todas las veces que vea tales cosas o tales per­
sonas, prever las acciones que se harán, repasarlas: es el
medio de obrar en la presencia de Dios, y de hacerla fa­
miliar.” (Fenelon, Avisos espirituales XXX.)
L e c t u r a : Vivir con Dios.

MIERCOLES

EL PENSAMIENTO DE DIOS
Además de las horas de mi breviario, hay otros buenos
medios para santificar la jornada, el Angelus y el Rosario.
El año 1456, el Sultán Morbesan sitiaba a Belgrado, es­
taba a punto de triunfar, cuando Snq Juna de Capistrano,
armado con el crucifijo, imploró a la Virgen: “ ¿Abandonaré
a vuestros hij os a merced de los iilfieles?” El ardor de los
sitiados se reanimó y los Turcos huyeron. El Papa Calixto
III dispuso que se rindiera tributo de agradecimiento a la
Virgen, y en adelante se recitará el Angelus al son de las
campanas, entre las dos y las tres horas, que era el tiempo
en que se había liberado la ciudad. Más tarde, el Angelus
fué tocado a la mañana, al mediodía y al atardecer.
¿Aprovecho yo esos tres momentos en que se me recuer­
da de un modo tan vivido, más que la salvación material de
346 RAUL P L U S , S. J.

1» cristiandad en el año 1456, la salvación espiritual del


mundo por medio de la Encarnación?
Además, ¿tengo mi rosario, lo practico con su intercala·
miento de Pater, Ave y Gloria? El Pater; decía Santa Te­
resa:
“ Estoy estupefacta, pensando que toda contemplación,
toda perfección, se hallen compendiadas en tan pocas pa­
labras; se diría que no tenemos necesidad de estudiar otro
libro más que ése” .
El Gloría Patri. Sé su origen y su utilidad. Es una de las
más bellas invocaciones que existan.
El Ave, que teje con sus hermosas ideas una corona de
rosas para glorificar a María.
En mis viajes, en mis insomnios, en mis correrías apos­
tólicas, ¿este recurso a María no me serviría de ayuda y
de medio para asegurar mi paz?
Al abrigo de la sólida y suave barrera de los Ave ad­
quiriría el hábito de hacerme un asilo secreto en el que
viviría lleno de recogimiento, contemplando a María en los
misterios gozosos, gloriosos y dolorosos.
L e c t u r a : Vivir con Dios.

JUEVES

CONSUELOS ESPIRITUALES
“ El amor de Dios no consiste en verter lágrimas ni en
experimentar esa ternura con que nos consolamos casi siem­
pre, sino en servir a El con justicia, con humildad y con
un alma fuerte.”
“ Si se quiere obtener una gran libertad de espíritu y no
hallarse siempre en la tribulación, es de suma importancia
no afligirse ni atormentarse por la sequedad, las inquietu­
des o las distracciones.”
“ Los grandes santos, guiados por Dios, vivían en los de­
siertos y hacían grandes penitencias, sufrían rudos combates
MI O R A C I O N 347

con el demonio y consigo mismos; vivían mucho tiempo sin


consolación espiritual.”
“ Cuanto menos consolaciones interiores tengáis, tanto re·
cibiréis más favores.”
“ La verdadera seguridad es el testimonio de la buena
conciencia, se engaña quien se apoya en los consuelos o
placeres espirituales.”
“Está bien no perseguir los consuelos espirituales, suceda
lo que suceda.”
“Aún cuando la sequedad dure toda la vida, no dejéis a
Cristo cayendo bajo la cruz, abandonando vosotros la ora·
ción; tiempo llegará en que os recompense. Servís a un
buen Señor” (Santa Teresa de Avila).
L e c t u r a : Vivir con Dios.

VIERNES

FIDELIDAD A LA GRACIA
Hasta ahora, casi toda mi vida no ha sido más que un
combate contra la gracia. Sin duda que en materia impor·
tante no querría faltar a mi deber. Pero en los detalles,
¡cuántas negligencias! No se trata aquí de debilidad o de
sorpresas, condición de toda vida terrena y que Dios per­
mita para mantenernos en el sentimiento de nuestra miseria
y enseñarnos la humildad y la prudencia. Hablo de las
negligencias consentidas, y sobre todo de las resistencias
más o menos ideales, más o menos confesadas.
Recordaré un texto del P. Lallemant, en un libro que
debe leerse de tiempo en tiempo: “ La Doctrine spirituelle":
“ Pasamos años enteros, y a menudo toda la vida discu­
tiendo si nos daremos enteramente a Dios. No somos capaces
de resolvernos a hacer el sacrificio entero. . . Reconocere­
mos el engaño en la hora de la muerte.. . y que nos hemos
dejado entretener por bagatelas, como los niños.
” Combatimos contra Dios durante años enteros, y resistí-
548 RAUL PLUS, S. J.

mos a los impulsos de la gracia. Por temor de ser mise·


rabies, permanecemos siempre miserables” .
Lallemant, no es más que el eco de su Padre, S. Ignacio
de Loyola:
“ Pocos hay que comprendan bien lo que Dios haría de
ellos si le dejaran hacer. Un rudo e informe tronco de
árbol, llega a ser una bella estatua en manos de un escultor.
Muchos apenas viven como cristianos, que serían santos si
no se opusieran a los designios de Dios y a las operaciones
de su gracia” .
Repetiré a menudo el anhelo de San Francisco de Sales:
“ ¡Oh Jesús, ¿quién me dará la gracia de no ser más que
un solo espíritu con V os?!”
L ectura: Vivir con Dios.

SABADO

CIEN MIL MUNDOS


“ Haber vencido un movimiento (de la naturaleza) es
haber ganado más que la posesión de 100.000 mundos, para
una eternidad.” Así se expresa el P. Lallemant en la
“ Doctrine spirituelle” .
Tiene razón: una invasión plenaria de la gracia divina
puede ser obstaculizada por una pared insignificante. Cuan­
do se cruza el canal de Panamá, hay un momento en que,
entre el Atlántico y el Pacífico no existe más barrera que
una pequeña elevación de tierra; una brecha insignificante
bastaría para que ambos mares se unieran. Entre Dios y
nuestra alma —entiendo a Dios intensamente comunicado,
pues aquí se supone indispensable el estado de gracia— no
existe a menudo más que el espesor de alguno de nuestros
egoísmos; una brecha vigorosa en ese egoísmo, o el re­
curso a una bienhechora dinamita — si el bloque que debe
MI O R A C I O N 549

ser saltado es de importancia, y luego, ¡ qué ganancia!: cien


mil mundos.
Escribía la Carmelita María Amada de Jesús: “ Cuando
pienso que los primeros movimientos de las pasiones pue­
den a veces apartar al alma (de la unión profunda con
Dios) y que ligeras imperfecciones pueden hacerla cesar,
si el alma quiere una cosa que Dios no quiere, no compren-
do cómo es posible y cómo podría yo caer en esas imper­
fecciones y no ahogar de inmediato esos primeros movimien­
tos. Perder un solo instante de unión con Dios en el tiem­
po, es perder un grado de unión con El durante toda la
eternidad, y, ¿cómo es posible reparar tamaña locura?”
L e c t u r a : Vivir con Dios.

DOMINGO DECIMOSEPTIMO
DESPUES DE PENTECOSTES

VOCATIONE QUA VOCATI ESTIS


En su breve pero sugestivo tratado sobre la “ Presencia
de Dios” el P. de Gonnelieu nos propone esta invocación:
“ Vos sois el Dios de mi corazón, el Dios de todo mi cora­
zón, el único Dios de mi corazón” . ¿No es ésta la fórmula
más exacta para expresar la parte que Dios debe tener en
mi vida? Si a un simple fiel se le sugiere decir a Dios — en
el acto de contrición— “ Dios mío, os amo con todo mi co­
razón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas” , ¿cuánto
más, yo, sacerdote, debo dar sentido a esta palabra todo,
cuánto más debo hacer de Dios mi bien único? En cada
renovación de propósitos, al final de los retiros, le vuelvo
a decir: “ Dominus pars. . . Mi solo bien, mi sola heren­
cia, es Dios” . Sólo Dios, ¿es esto verdad? Ponderaré el peso
y el sentido de estas palabras: sólo, todo, mi.
En la fórmula de los votos, antes de nombrarse dice el
religioso lo siguiente: “ Yo X . . . ” . ¿Cuántos ponen » 1 ese
352 RAUL PLUS, S. J.

festar vuestro deseo para ser obedecidos? Estáis aquí para


batallar, no para triunfar. Sin duda, emplear todos los me*
dios para tener éxito: ciencia, habilidad, oración, sacrificio.
Pero saber con anticipación, que aún después de haber he·
cho todo lo necesario, quizás no llegue el triunfo. Se os pide
que seáis sembradores, no recogedores. Echad la simiente.
Crecerá si Dios lo quiere, será cosechada por quien Dios
disponga, trillada por quien El juzgue oportuno. Vosotros
querríais palpar los resultados y de inmediato. No, haced
lo que podáis. Lo que glorifica a Dios es vuestro esfuerzo,
aún cuando sea infructuoso. Yo, Cristo, ¿he tenido éxito?
Sois los discípulos de un Salvador que triunfa no teniendo
éxito. Hasta el fin será preciso luchar. Luchad con valor,
con toda confianza, la victoria está asegurada. Yo, Jesús,
he vencido al mundo. Esto pertenece al pasado: la cosa
está realizada, tranquilizaos. Pero el triunfo que deseo no
es el que vosotros soñáis. Aprended a vencer como yo he
vencido, no atormentcmdo a mis enemigos, sino muriendo
bajo sus golpes” .
L e c t u r a : L uc. IX, 51 a 57.

MIERCOLES

EL SACERDOTE Y LA EPOCA ACTUAL


La época actual está señalada por un doble carácter:
De parte de los enemigos de la Iglesia, una hostilidad
que no disminuye: aquí violencia, allá un proceder sola­
pado. Costumbres, instituciones, legislación, propaganda por
medio del libro, el diario, la revista ilustrada, el cine, el
teatro, creación de grupos en los que se aprenda la lucha
contra la Iglesia, el sacerdote, el Papa...
De parte de los cristianos, una tibieza progresiva, dismi­
nución notable de fidelidad al Evangelio. Sin duda que
una élite, tiene una profundidad de vida cristiana como
MI O R A C I O N 353

quizás nunca en la historia la hubo análoga. Pero en la


masa, hay una fe que disminuye, una oposición práctica,
incluso entre aquellos que se clasifican entre los buenos,
oposición al renunciamiento exigido por el Maestro. Tanto
así que no son enteramente falsos estos juicios que se ha·
lian desparramados un poco doquiera por la pluma de los
adversarios:
“ La Iglesia muere de un mal orgánico. Ya no es el fuego
de Pentecostés lo que irradia en ella o alrededor de ella.
Esa llama generosa se ha extinguido” .
0 también:
“ Los católicos que viven su religión, son una ínfima mi­
noría” . — “ Se vuelve a amar las vidas de los Santos. Las
leemos con gusto precisamente porque no las hallamos más
en la 'vida, etc. . .
Y yo, sacerdote, ante este doble estado de cosas, ¿qué es
lo que aguardo para santificarme? ¿A que la situación em­
peore, a que las necesidades de las almas sean mayores, a
que la gloria de Cristo ya no sea un asunto digno de con­
sideración? Me examinaré lealmente. Decidiré, obraré; cons­
tantemente : resolución.
“ Se precisan santos en este siglo en que vivimos” como
lo dice una antigua canción.
L e c t u r a : Heb. II, 1 a 10.

JUEVES

PURIFICACION POR MEDIO DE LA ACCION


Por la acción emprendida y perseguida únicamente por
Dios, en medio de dificultades, de fracasos, de imposibili­
dades para abrir brechas, de atravesar el muro de hostili­
dades, entre la inercia, la ligereza, la indecible estupidez.
¡Es tan consolador tener éxito! — Y en verdad, es pre­
ciso tomar todas las precauciones para triunfar in Domino.
354 RAUL PLUS, S. J.

Pero en cambio, trabajar sin éxito, o con un éxito a cuenta·


gotas, ¡cuán deprimente es!
En esas ocasiones, es cuando el instrumento se torna apto
para la verdadera unión con Dio$y y para lograr una fecun­
didad apostólica insospechada.
¡Hay tanto de “ nosotros” en nuestros actos! Muy rara­
mente se da abnegación plena, un metal toalmente puro.
Casi siempre es una mezcla, y mezcla de la ganga que hay
en las vetas de donde se extrae el acero.
Trabajar sin ver, sembrar sin descubrir crecimento al­
guno (o casi ninguno), abrir incansablemente un surco bien
recto en una tierra infructuosa, jamás dejarse abatir, vol­
ver mañana con el mismo ánimo a la obra aparentemente
infructuosa de hoy, y todo esto, sin perder la serenidad, la
confianza, el abandono a Dios; he ahí lo que señala a los
grandes apóstoles.
La salvación del mundo, se logra a golpe de fracasos.
L e c t u r a : Phil. I, 14 a 21.

VIERNES
EL MINISTERIO, FUENTE DE ENTRADAS
He aquí una graciosa frase del Venerable de Solminihac
(1539-1659). Luis XIII quería imponerle el Obispado de
Cahors. El rey veía en ellos para el abate una fuente de
entradas, el abate una fuente de deberes: “ Sire, no me ha­
béis dado un Obispado, me habéis dado a un Obispado” .
No debo concebir el ministerio como un oficio, sino como
un apostolado, no como una fuente de entradas para mí,
sino como un provecho espiritual para mis feligreses.
Sin duda que no me está prohibido recoger lo que me
es necesario y conveniente para mi subsistencia. Pero debo
vigilar cosa de no pasar nunca la medida.
Y aún allá donde no se demanda más que lo estrictamente
de derecho, que no se sienta jamás al hombre de dinero que
MI O R A C I O N 355

calcula el valor de un entierro por la importancia de la


ofrenda, o inventa prácticas más o menos originales para
lograr que se llene una alcancía.
Cuando se trata de elegir o aceptar una parroquia, cal·
cular menos su situación financiera que las necesidades de
las almas y su miseria espiritual; menos el número de aque·
líos que colocan algo en la alcancía que el de aquellos que
no vienen nunca a la Iglesia, y que por lo tanto es preciso
atraer a Cristo.
En la Pinacoteca de Bologna, hay un cuadro de Carraccio
representando la vocación de S. Mateo. Está en su banco de
cuentas, hay judíos que reclaman el cambio. Mateo se ha
vuelto para responder a Cristo, pero instintivamente ha
extendido la mano sobre las pilas de monedas que hay
sobre la mesa. . . Dios y el dinero. El gesto es instintivo.
Corregir el instinto por medio de la pura sobrenatu·
ralidad.
L e c t u r a : Phil. III, 4 a 10.

SABADO
¿QUE HAS HECHO DE TU HERMANO?
“ Aquellos que me has dado, yo los he guardado y nin­
guno de ellos se ha perdido.” Así decía Nuestro Señor antes
de morir.
En el rebaño a mí confiado, hay muchas almas diferentes.
Una división primera: los feligreses buenos y los malos.
Los malos; no podré atraerlos a todos; por lo menos
todos deben ser objeto de mi solicitud, de mis oraciones.
Hacer por ellos lo más que me sea posible. Nunca se sabe...
Los buenos; me esforzaré, no sólo por conservarlos, sino
también por hacerlos mejores.
Vigilaré la inconstancia que desanima, la incomprensión
que causa envidias, no me detendré por las críticas (pronto
siempre a esclarecer las cosas, si es necesario).
Hay ricos y hay pobres.
A los ricos, amarlos, no adularlos, no temerlos. A los
pobres, socorrerlos lo más que pueda. En ellos, más que en
nadie, ver a Cristo. M. de Renty, halla a una Hija de la
Caridad en la escalera de una casa miserable: “ ¿Qué busca
usted, Hermana?” — “ Busco a Jesucristo” . Tener una fe
análoga.
Hay adultos y hay niños. Recordaré las predilecciones del
Maestro por estos últimos.
Hay enfermos y de buena salud. A los enfermos, amarlos
por encima de todo; ver en ellos los miembros sufrientes
del Salvador Crucificado; recordaré lo que dice al respecto
el Derecho Canónico: “ Sedula cura et effusa caritate, . . .
oegroíos adjuvare” (Can. 468). Orar a menudo, de ellos
me da ejemplo Jesús en su oración Sacerdotal antes de
morir:
“ Padre Santo, conserva en tu nombre a aquellos que me
has dado” .
L ectura: Juan XVII, 11-12.

DOMINGO DECIMOCTAVO
DESPUES DE PENTECOSTES

REMITTUNTUR PECCATA
“ Dentur idenei confesarii, ecce omnium christianorum
plena reformado” decía el Padre Santo Pío V: que haya
confesores aptos, ello sería la renovación plena del pueblo
cristiano.
¿Soy yo un “ Confessarius ideneus” , a la vez doctor, mé­
dico, padre y director de las almas en el tribunal de la
penitencia?
El Bienaventurado Clemente Hoffbauer, Redentorista, te­
nía la costumbre de decir a sus predicadores:
MI O R A C I O N 357

“En el púlpito se abaten las nueces, pero se las recoge


en el confesonario
Y esto vale evidentemente para los que dan misiones, en
primer lugar; pero tampoco es falso cuando se trata del
ministerio fijo en la parroquia.
En la cátedra sagrada, se alcanza a muchas personas; en
el confesonario a un alma en particular, se le puede aplicar
de un modo singular la enseñanza dada a todos.
Antes de nada: disposición y dedicación en el confeso­
nario. Es cosa que cuesta, sobre todo en algunos días, mono«
tona, fastidiosa... tanto peor.
Luego, ser bondadoso, sobre todo con los niños, evitar
las brusquedades, la9 reprensiones, las vivacidades. A tal
sacerdote que faltaba en este punto, el Salvador hito oír
estas palabras: “ Pedro, se ve bien que tú no has muerto
en la Cruz por amor de tus penitentes” .
Y después, aprovechar las confidencias oídas, para ten­
der mejor hacia Dios. Así obraba el Cura de Ars:
“Dios mío, se prolonga el tiempo con los pecadores,
¿cuándo estaré con los Santos? Me canso sobre la tierra,,
mi alma está triste hasta la muerte. Mis oídos no oyen
más que cosas dolorosas y que me atristan el corazón.. .
Nadie hay en el mundo tan desgraciado como el sacerdote.
¿En qué pasa su vida? En ver ofender a D ios... Siempre
está — como San Pedro— en el pretorio de Pilatos, siem­
pre ante Nuestro Señor insultado, despreciado... ¡Ah! ¡Los
pecadores matarán al pecador!” (Vida del Cura de Ars.)
L e c t u r a : Vivir con Dios.

LUNES
CURA TEIPSUM
“ Es preciso que, después de haber hecho obra de sacer­
dote, en el altar o en la administración de los Sacramentos,
el sacerdote se refunda en cierto modo en el cuerpo de los
laicos” (Era esta una idea de los PP. de Condren y Olier).
35« RAUL PLUS, S. J.

Y glosando este pensamiento, añade el abate Huvelin:


"Y es muy justo. Cuando el sacerdote ha ejercido lo que
es un derecho, puesto que es un deber, cuando ha ofrecido
el Santo Sacrificio, administrado los Sacramentos o predi­
cado la palabra de Dios, es preciso que vuelva a su lugar,
es decir: que sea él mismo como uno de sus auditores. De
este modo, el sacerdote que haya predicado, por ejemplo,
sobre el Evangelio del Sembrador, debería volver al audi­
torio para a su vez oír la parábola y preguntarse si no es
el alma en la que se pierde la semilla como al borde del
camino, o el alma endurecida por el hábito de repetir a
menudo las mismas cosas, de modo que la semilla no ger­
mina; o bien la que ahoga al grano bueno entre las es­
pinas y abrojos, con las preocupaciones mundanas, o si no
es todo esto a la vez. Si el sacerdote ha dado la Bendición
con el Ssmo. Sacramento, después de haber prestado su
mano a Nuestro Señor, después de haber hecho el trabajo
de su corazón, debe ponerse en el lugar de aquellos a quie­
nes ha bendecido y pedir a Nuestro Señor que lo bendiga
a su vez. Después de haber oído confesiones y de haber
absuelto, debe refundirse en el cuerpo de los laicos, poner­
se de rodillas y preguntar: “ Numquid ego sum, Domine? ”
L e c t u r a : Phil. II, 12 a 17.

MARTES

EL PELIGRO DE LA COMPASION
Podrá sucederme —y sin duda me sucederá— que en el
gran número de confidencias oídas, hallar algún alma que
había puesto todas sus esperanzas en una bella afección que
los acontecimientos han desvanecido: es una viuda cuyo ma­
rido ha muerto prematuramente; una esposa que no es com­
prendida en su hogar; una señorita cuyo novio la ha
traicionado.
Yo he ofrecido del mejor modo posible, el consuelo so·
brenatural que el caso requería; era Cristo quien hablaba
por mis labios, El sólo.
Pero, ¿cómo impedir un poco de compasión humana?
Dios no nos exige ser de mármol.
Tal vez, ante las lágrimas, me he enternecido. Algunas
palabras, delicadas sin duda, pero un poco tiernas, han
brotado de mis labios. ¿Estaba eso mal? Sin duda que no,
además he notado que ellos hacían bien.
Al mismo tiempo, ¿no sucede que mi corazón se ha
ablandado un poco excesivamente? Ese caso, ¿por más
doloroso e interesante que sea, no me ha preocupado algo
demasiado? ¿No he vuelto a él con el pensamiento? Mi
imaginación, ¿no ha trabajado algo, no he buscado ocasiones
de consuelo? ¿No sucede q u e ...? Me interrogaré, sin in­
quietud, ciertamente, pero con rectitud. Sucede a menudo,
que —interviniendo el maestro de la perfidia— cierto rea­
lismo infernal, oculto en la vecindad de la más celeste
poesía, y del barro que acecha lo sobenatural más angélico,
está peligrosamente amenazante. La concupiscencia corrom­
pida no es un mito, es un hecho. Saberlo. Vigilar. Estar
siempre sobre aviso.
L e c t u r a : Imitac. I, cap. VIII.

MIERCOLES

CELOSO DE MI INFLUENCIA
No confundir el celo y el exceso de celo. Y sería un
exceso de celo, querer que todo el bien de la parroquia se
realizase por mi. Se llega entonces a temer la llegada de
un predicador extraño, o si hay en la parroquia algún
Centro de obras, afligirse por el bien que hacen otros. Se
omitirá hacer venir para las fiestas un confesor de afuera,
que sería muy oportuno para la mayor libertad de la»
360 RAUL P L U S , S. J.

almas. Se sufrirá viendo a tal persona de la parroquia, di­


rigirse a otro sacerdote. Se desea el bien, pero ese bien
querría realizarlo uno mismo.
También es exceso de celo querer que todo el bien sea
hecho parroquialmente. No se admitirá fácilmente que per­
sonas pertenecientes a la Liga Femenina de la Acción Ca­
tólica u otras asociaciones no parroquiales, vengan a re­
clutar entre los feligreses, o si se admiten esas etiquetas,
no se admite que se afilien a la dirección existente en otra
parte, a fin de no tener que recibir órdenes de afuera.
También exceso de celo, no ver más allá del horizonte
parroquial. Se sufre viendo que un centavo va a las Mi­
siones, que un joven sueña con el Noviciado más bien que
con el Seminario. Se pierden de vista los grandes intereses
católicos. El árbol impide ver la floresta: “ Haec facere; illa
non omitiere.”
L e c t u r a : I COR. III. 3 a 10.

JUEVES
HUMOR DESAPACIBLE

El Padre Fáber célebre Oratoriano Inglés, escribía así a


un sacerdote que nunca se hallaba contento de nada ni de
nadie:
“ Durante toda vuestra vida, habéis tenido una tendencia
a estar contra todo el mundo y a poner contra vos a todos
los que se han hallado sobre vos, sean directores de los
diversos Colegios de Oxford, sean Obispos etc... y esta
tendencia Ismaelita pone en relieve lo que hay de menos
noble y amable en vuestro carácter... No puedo expli­
carme esto en un sacerdote” .
Qué contraste con la reflexión que hacía una dama res­
pecto de un vicario de su parroquia, en Lyón:
“ Dios mío, si Vos sois tan bueno como el abate Chevrier,
no os temeré cuando seáis mi juez” .
jEn buena hora! |Un sacerdote cuya amabilidad sonriente
da una idea de la bondad de Dios!
¿Cuál de las dos actitudes es la más indicada?
Sin duda que puede haber circunstancias atenuantes, tem­
peramento, gastralgia, enervamiento. Pero, ¿con qué dere­
cho hacer sentir a los demás mis miserias, y disminuir su
alegría y viveza?
Un buen medio para ser siempre amable y aceptable con
los demás, es hablarles de ellos mismos. Duhamel, en
“La Possesion du Monde” — título gracioso— hace notar:
“ La mayoría de los hombres sufren de una especie de
abandono; sufren de no ser poseídos, de sufrir siempre en
vano, tended la mano. . .
” Me ha sucedido a menudo pasear con un camarada, un
extraño o un adversario. Comenzaba por hablarle de él
mismo, le decía: “ Esto que hay de particular en vos” y le
hacía todas mis confidencias sobre él, por su puesto sin
hablar de mí. Me interesaba por él, no ficticiamente, sino
con todo mi corazón. Le hablaba de sus virtudes, de sus
defectos. Sentía que me estaba reconocido de haberme pre­
ocupado de él, aún para atacarle. Y no tenía prisa por
abandonarme, con frecuencia volvía” .
L e c t u r a : Me. IX, 13 a 15.

VIERNES
•SIN LA CARIDAD...”
Se preguntaba San Pablo: “ Sin la caridad, ¿qué soy yo?”
¿Y yo?
Era San Felipe Neri el que constataba:
“Al mundo cristiano no le faltan sabios ni personas vir­
tuosas, ni bellas ceremonias, ni peregrinaciones o manifesta­
ciones. Pero ¡oh dolor!, a todo esto falta a menudo lo esen­
cial: la verdadera caridad que Cristo enciende en el alma.
” Para sanar el mal, no veo más que dos remedios: hablar
362 RAUL P L U S , S. J.

continuamente de Cristo y de su caridad; segundo: com­


portarse con grande amor, con total caridad hacia la· cria­
turas, hacerles mucha fiesta y mostrarles un amor desmesu­
rado; y de este modo se honrará más a Cristo que con una
larga predicación; condición esencial: hacernos capaces de
esta abnegación” .
¡Oh dolor! Si se quiere disgustar a los fieles de Cristo,
no hay más que hablarles de dos virtudes — por regla le­
gal— y que son esenciales en el Cristianismo: la pureza y
la caridad; en seguida se erizan.
Dejemos la pureza, tomemos la caridad: si el hablar no
produce el efecto deseado, vivámosla. Demostremos con
nuestro ejemplo lo que es y lo que reclama, lo que supone.
Aquel a quien se ha llamado: “ El sacerdote pobre** el
abate Claude Bernard (siglo xvii), se halla un día en
presencia de Luis XIII, el Rey le pregunta si desea alguna
cosa:
“Sí, que en la carreta que conduce a los condenados al su­
plicio, se coloque un banco para que puedan sentarse".
L e c t u r a : Phil. II, 1 a 12.

SABADO
LA LIMOSNA
Estoy en la situación de San Pedro en la Puerta Speciosa:
no soy rico y es poco lo que puedo dar.
Sin embargo, seré generoso, es excelente para mi santi­
ficación y para mi apostolado. ¿No tendré para mis últimos
años... ? ¡Dios proveerá!
Decía San Vicente de Paúl: “ ¡Cuán felices seríamos de
llegar a ser pobres por haber practicado la caridad! Y si
alguno de nosotros se viera obligado a mendigar su pan,
a dormir al aire libre, y se le preguntara: Pobre sacerdote,
¿qué es lo que te ha reducido a ese estado?; cuánta feli­
cidad en poder responder: ¡La Caridad!” -
San Pedro Fourier era párroco de Mattaincourt; un sol­
dado pasó por allí el día de Pascua, y pidió en la casa
parroquial algo para comer. Lo atendió el santo:
“ ¿Qué deseas tú, bravo soldado? — ¿No es hoy el día
de los huevos de Pascua? — Sí, toma aquí tienes dos. —
Para estar mejor, podríamos llegar hasta la media do·
cena... — ¡Sea! Con éstos se completa. — Si tuviera tam­
bién un trozo de pan... — Es justo, helo aquí. El soldado,
se animó: Después de todo, Señor Cura, ¿le parece que en
el día de Pascua me vendría mal un vaso de vino? — Por
cierto que no. — Y el santo fué a buscar una botella. Al
retirarse, el soldado no pudo menos de murmurar: “ Pido a
Dios, por el honor de la Religión, que todos los párrocos
se parezcan a éste” .
La limosna no constituye toda la caridad, y nada impide
que dé mis socorros sabiendo si los doy bien; pero aún
cuando me sucediera ser engañado, con tal que al dar mi
limosna tenga espíritu de fe, como lo pide Nuestro Señor,
nada tengo que temer: “ Lo que hiciereis al más pequeño de
entre los míos, lo haréis a Mí” . Y si mis medios no me
permiten distribuir muchas limosnas materiales, saber dar
una sonrisa^ regalar una atención, una buena palabra, una
abnegación. Hay muchas maneras de ser buen samaritano
y de curar una herida.
L e c t u r a : II Cor. VIII, 16 hasta el fin.

DOMINGO DECIMONONO
DESPUES DE PENTECOSTES
FESTIN NUPCIAL
El sentido de la parábola es el siguiente:
El rey de quien se trata, es Dios Padre.
Su Hijo, es Jesucristo, unido por esponsales místicos a
la Iglesia.
Los primeros invitados a las bodas, son los Judíos, pero
364 RAUL PLUS, S. J.

desdeñaron la invitación; más aún, intentaron hacer pere­


cer a los mensajeros del Rey, los Apóstoles; para casti·
garlos el Rey envía ejércitos, las legiones Romanas, las que
acaban con su poder.
Los mensajeros del Rey, liberados de su oficio primero,
van a lo lejos a llevar la buena nueva a los que al co·
mienzo no eran los privilegiados; los paganos, y éstos
acuden en multitudes al banquete ofrecido por el Rey.
La Iglesia es constituida por los que han respondido a
la invitación y han entrado en la sala del festín. Mas, para
permanecer es preciso tener la ropa nupcial.
El cristiano malo, el que intenta participar al banquete
real sin la vestidura de la gracia, es echado afuera.
Y yo, invitado al banquete real cotidiano, ¿tengo las
vestiduras de los puros?
Sí. . . lo suponemos. De lo contrario, pronto en estado
d e ...
Y si poseo lo esencial de las vestiduras, ¿he conservado
la entera frescura, la suntuosidad brillante? O, ¿he dejado
que se cubriera con el polvo de la indiferencia, y siendo
la mía de sacerdocio real? ¿Estaré calificado para condu­
cir otras almas al banquete divino, si yo mismo apenas
soy digno de participar en él?
Recordaré con frecuencia las palabras oídas en la Or­
denación: “ Estote asumpti a carnalibus desideriis, a terre-
nis concupiscerUüs; estote nitidi, mundi, puri, casti, sicut
decet ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei” .
Lectura: Mat. XXII, 2 a 14; Luc XIV, 16 a 24.

LUNES

MALEDICENCIA
En los muros del refectorio de su comunidad, San Agus­
tín había hecho escribir los dísticos siguientes:
“ Quisquís amat dictis absentum rodere vitam,
MI O R A C I O N 365

Hanc mentara vetitam noverit este sib i”


Los que hallan placer en roer la fama de los ausentes
Sepan que esta mesa les está prohibida.
A veces se oye decir: “No hay como los curas, para
lenguas criticonas” .
Es injusto. Sin embargo, aunque a veces hablan bien el
uno del otro, con todo, ¿quién podría garantizar que su­
cede siempre así?
Otra ocasión de maledicencia: las visitas del sacerdote
a tal o cual de sus feligreses. Se halla a gusto, se aban·
dona un poco; se cree poder tener plena confianza, y se
hace esta o aquella confidencia inútil.
Exclamaba San Francisco de Sales: “ ¡Oh! Que no
tenga yo alguno de los carbones... que purificaron los
labios de Isaías... Quien desterrara del mundo la male­
dicencia, quitaría de él una gran parte de los pecados” .
El abate Tourville, escribía a otro sacerdote las líneas
siguientes:
“ Le recomiendo dos cosas: guardar hasta el escrúpulo
la discreción respecto de toda la gente; nada inspira mayor
confianza, ni da a las almas más libertad para acudir al
sacerdote. En segundo lugar: usar con todos las mismas
maneras y el mismo lenguaje. — “ He ahí dos pequeños
secretos que le confío y que sirven para atraer. Esta mis­
ma mañana he constatado las ventajas que dan respecto de
las almas y los inconvenientes que trae consigo el método
contrario, desgraciadamente muy extendido” .
Dejemos por hoy el segundo consejo. Retendré el pri­
mero: Estar siempre bien distante y ser discreto.
L ectura: Imitac. I, cap. XIV.
366 R A U L PLUS, S. J.

MARTES

SABER RETIRARSE A TIEMPO

Si es conmovedor y admirable, hallar en algunas parro­


quias o cargos, a sacerdotes trabajados por la edad y las
enfermedades, casi inválidos, también es triste constatar
que se deja de hacer en esa parroquia o en esa obra un
bien considerable, porque “ el obrero” no está ya a la altura
de su oficio, se ha aferrado a su situación; según el pare*
cer de todos, y según la evidencia, no es apto, y sin embar­
go, él permanece. Oh, si fuera porque falta la mano de
obra, y no hay quien lo sustituya, perfectamente. Pero, no
sucede eso: habría reemplazante, mas por razón de pro­
vecho o de secreta vanidad no quiere alejarse.
Reconozcámoslo, es duro. Aparte de los dos motivos ex­
presados, hay un tercero: cuando se ha trabajado mucho,
sucede que se pierde el secreto de saber descansar. Algún
novelista, no sin sagacidad, ha hablado de un industrial que
solamente envejecía los domingos, el reposo lo consumía. Es
un tema conocido: la desgracia del campesino que ha de­
jado de cultivar; de un comerciante que ha cedido sus
funciones, la del oficial o del funcionario en retiro etc...
Pascal ha dicho: “ Cuando un soldado o un trabajador se
lamentan de la fatiga que sienten, que se les ordene no ha·
cer nada” . Para algunos, el ocio es más fatigoso que el tra­
bajo” .
¡No importa! Sea como sea el aspecto doloroso de esta
inactividad (supongámosla verdaderamente necesaria) saber
retirarse, abandonar el puesto, entregar el mando a otros.
La inamovilidad de los párrocos, no es una de las difi­
cultades menores en el gobierno de la Iglesia; supone y re­
clama en el sacerdote, una entera abnegación.
L e c t u r a : Juan, I, 25 a 32.
MI O R A C I O N 967

MIERCOLES

FOMENTAR VOCACIONES

Disminuye el número de sacerdotes. En Francia, mueren


anualmente 400 sacerdotes que no son reemplazados. 400
sacerdotes, ¡el efectivo de una diócesis mediana!
Los incrédulos exultan, la mayor parte de los cristianos
no se dan cuenta. Yo, sacerdote, ¿me preocupo de hallar
vocaciones, de proporcionar futuros sacerdotes?
Entre los niños del catecismo, ¿tengo el cuidado necesa­
rio para descubrir posibilidades y gérmenes, hablo a me*
nudo de la felicidad de ser sacerdote, de la grandeza del
sacerdocio, me esfuerzo por elegir aquellos monaguillos
verdaderamente aptos, les explico debidamente sus des­
empeños, les exijo un comportamiento perfecto, les incul­
co una estima profunda por la misión de servir de cerca al
Santo Sacrificio? Sobre todo, ¿predico con el ejemplo, con
mis actitudes modestas y recogidas en la iglesia ? Los niños
son muy buenos observadores.
¿Me atrevo a efectuar el sitio de los padres, a no temer
por las primeras negativas, enseñarles el desinterés, demos­
trarles el honor inmenso que hace Dios a una familia cuan­
do elige a un miembro para Sí?
¿Procuro interesar a las almas caritativas en esta obra
de las obras? Y, ¿soy generoso si es necesario mi aporte
para la enseñanza primera del latín, o si es preciso mi di­
nero para cubrir, aunque sea en parte, los gastos de los años
de seminario?
L ectura: Mat. X, 36-38.
JUEVES
LOS SANTOS
Quizás he hallado en mi parroquia, o en los alrededores,
ciertos cultos de santos que me han parecido extraños; ya
por su origen (incluso el del personaje), ya por lo mara­
villoso de la vida (más leyenda que historia), ya por el
modo singular con que es honrado por los fieles.
Tendré presente lo cierto, lo histórico y lo razonable.
Tendré yo mismo, y animaré a los demás, la verdadera
devoción a los santos, pero la desbrozaré de todo aparato
más nocivo que útil.
La gente gusta sobre todo de los santos milagrosos y es·
pecializados. Esto favorece las imaginaciones. Debo poner·
me bajo otro punto de vista, e iluminar a mis feligreses: el
verdadero culto de los santos, es la imitación de sus vidas.
En una Bernardita o en una Teresita del Niño Jesús, mu­
chos no ven más que su poder ante Dios, lo que ya es algo,
de ahí las estatuas, iglesias, cirios, letanías, procesiones, pe­
regrinaciones e tc... pero muy pocos se preocupan por pe­
netrar sus enseñanzas y menos aún por seguir su ejemplo.
Y esforzarme por ello. Ir preferentemente a las Vidas en
las que haya más substancia doctrinal, huellas de actividad
más importante en la vida de la Iglesia, y materia imitable
más caracterizada, y difundirlas con preferencia.
Lectura: El himno: “ Placare Christe” .

VIERNES

FUMADOR
En 1931, el monopolio de tabacos (en Francia), ha
dado 1.600 millones más que el año precedente. Según las
estadísticas, cada habitante del Sena fuma durante los doce
meses, 1097 cigarrillos, sin tener en cuenta a los que fuman
MI O R A C I O N 369

en pipa o lían por sí mismos sus cigarros. En otras provin­


cias las cifras varían, pero siempre son considerables.
Por cada individuo, 160 francos.
¿Pertenezco yo a ese número?
Se dirá, ¿lindo tema para una meditación... verdad?
Sí, y por dos motivos:
Me quejo de que mis entradas son escasas, de que mi
biblioteca está desprovista. Si ahorrara por años 160 fran­
cos ¿no sería cosa apreciable?
Y luego, debe tenerse presente la mortificación. Es una
nadería, sea. Pero tiene un valor significativo de primer
orden. “ Sé vencerme, sí o no, y justamente en esta pequeña
nadería. Si es poca cosa, podría comenzar por ello. Tengo
(o he tenido) grandes ambiciones, aspiro a generosidades
de primera línea, a abnegaciones totales.. . y ¿no sé hacer
el sacrificio del tabaco? Pobre hombre... como me parez-
co al personaje diseñado por un novelista: “ Daría su vi­
d a ... pero no esta presa de ternera” . Está bien.
Pero. . . por favor, Dios no me la pedirá; lo que sí le
gustaría, es. . . esa nadería, mis cien francos anuales que se
vuelven humo.
Bien, es cosa determinada, comienzo hoy y continuaré.
L e c t u r a : Salmo 6.

SABADO

MARIA Y MI VOCACION
San Francisco de Borja, uno de los primeros generales
de la Compañía de Jesús, decía a sus hijos:
“ No tendría mucha certeza acerca de la perseverancia
de aquel que no atribuyera de un modo especial, a Afaría,
la gracia de su vocación
El Santo tenía razón. ¡Qué lugar magnífico, ocupa la
Virgen en la historia de mi vocación!
370 RAUL PLUS, S. J.

Este llamado que he sentido, ¿no se relaciona a la con·


sagración hecha de mí, por mi madre de la tierra, en mi
nacimiento, a mi madre de los cielos? Como se me ofrecía
tan plenamente a ella, ella aceptó. . . mantuvo su palabra,
me eligió y llevó consigo. Recordaré mis primeros anhelos,
los deseos de mi infancia... ¿no se halla en ellos la in·
tervención de M aría?...
Mis primeras tentaciones, la protección de la Virgen. . .
el sentido particular que di a la consagración que le hice,
en la tarde después de mi primera comunión. . . Después,
la proposición que se me hizo de entrar en el grupo esco­
gido de sus congregantes. . . y consecuentemente, el recuer­
do periódico que se me hacía de permanecer siempre fiel.
Tal vez, alguna peregrinación durante mi infancia, a de­
terminado Santuario de la Virgen las impresiones inolvida­
bles entonces habidas.
Sí, hay mucho de María en mi vocación.
Celebrar alguna Misa de acción de gracias, en su honor
y con esta intención.
L ectu ra: Juan, XIX, 25 a 28.

DOMINGO VIGESIMO DESPUES DE PENTECOSTES

GULA

El latín es audaz. Que por lo menos, la palabra me haga


temer la cosa. Sin llegar hasta los excesos en el comer y el
beber, que no sea nunca de esos sacerdotes —estigmatizados
por San Gregorio el Grande— . “ Más competentes en el or­
denamiento de un buen banquete, que en el de un buen
sermón.”
Sobre este punto, ser exigente. Sin duda que las actuales
condiciones de vida, no se prestan para gastos considerables
para la boca; tanto mejor. Pero aún cuando la mesa nada
MI O R A C I O N S7I

tenga de un servicio magnífico, siempre hay lugar para


pequeños —y grandes— pecados de glotonería. Ser siempre
dueño de mí. Pensaré en las delicadezas de los santos en
esta materia. Poco o nada de mortificaciones en cuanto a la
cantidad, con excepción de los ayunos y abstinencias. Y aún
para los ayunos, contar con la obediencia, pues puede su·
ceder que un ministerio absorbente consuma de tal modo i as
fuerzas, que sea preciso renunciar a las privaciones de ali­
mentos (mas no dejarse atrapar bajo otros aspectos, por
ejemplo: en el tabaco). En cuanto a la calidad, se puede
hacer más. Lo importante, es ser y demostrar ser apegado.
En la vida del P. Lyonnard, el piadoso autor de “ L*Apos­
tolat de la souffrance” , se ve que Nuestro Señor le repro­
chaba sus faltas de delicadeza en este punto. Y sin embargo,
¡cuánto fervor atento poseía él!
“ Hago notar estas correcciones, sobre todo por mis pe­
queñas faltas de sensualidad en la mesa. Por poco que me
olvide al respecto, estoy seguro de ser castigado con estados
de alma muy dolorosos.”
Lectura: Me. 30 a 33.

LUNES

CHARITATEM PRIMAM RELIQUISTI


En el Apocalipsis, el Señor ordena a San Juan que es­
criba al obispo de Efeso las palabras siguientes: “ Sé bien
qué haces, conozco tus trabajos por mi gloria lo mismo que
tu paciencia en las fatigas del ministerio” y añade: “ sed
habeo adversum te quod charitatem tuam primam reliquisti**
(pero tengo que reprocharte que has perdido tu primer
fervor). (Apoc. II, 2.)
Es verdad, ya no soy aquella llanw de antes. No hablo
de aquel vigor juvenil y quizás algo presuntuoso que me
animaba cuando salí del Seminario, y me impulsaba a juz-
372 R A U L PLUS, S. J.

g&r severamente a los “ viejos” : “ No han sabido desempe­


ñarse . . . les ha faltado valor” “ he aquí lo que deberían
haber h ech o...” y el sobreentendido totalmente natural
(demasiado “ natural” , quizás): “ yo lo haré” . No, me re­
fiero al impulso entusiasta pero razonado, basado no en
mi vigor instintivo, sino en el ardor apostólico y en la fe
vivida que animaba mi ministerio en las épocas fervorosas
de mi carrera. Poco a poco me he dejado vencer por el
ambiente general. Nada de malo, pero insensiblemente me
he alejado de lo muy bueno. Antes nada me satisfacía,
ahora me contento fácilmente. Ambiciones apostólicas (mun­
danas, quizás aúu las tengo; un cordón morado, una capa
de canónigo, peto no se trata aquí de esto), ambiciones
apostólicas ya n· las tengo, o casi ninguna, ni respecto de
mi santidad personal, ni respecto de las almas que están a
mi alrededor.
Pero, atención, el Apocalipsis continúa diciendo: “ Prima
opera fac” vuelve a tu generosidad primera, de lo contra­
rio, está sobre aviso: “ Movebo candelabrum de loco tuo”
tu vocación podría hallarse en peligro, si no de muerte,
por lo menos de decadencia.
Retener bien las dos expresiones: “ Primam charitatem,
prima opera” . No decaer, subir, subir siempre. Volver al ar­
dor de antes, aún más: ¡sobrepasarlo!
Lectura: Imitac. I, cap. XVIII.

MARTES
SANTIDAD Y BUENA VOLUNTAD
Algunos sacerdotes de París, fueron a ver a Ruysbroeck
para oír de él palabras capaces de encender en su alma el
amor divino. Los escuchó y les dijo simplemente:
“ Vosotros seréis santos en la medida en que queráis serlo” .
No comprendieron y se retiraron escandalizados, expre­
sando su admiración a los compañeros de Ruysbroeck:
MI O R A C I O N m

“ ¡Cómo!, venirnos desde París, y se ha burlado de nos­


otros . . . ”
Y el Padre, una vez informado:
“ Vosotros mismos juzgaréis si os he engañado. Os he
dicho que vuestra santidad era la que vosotros queréis tener,
es decir: de acuerdo a la medida de vuestra buena voluntad.
Considerad lo profundo de vosotros mismos, ponderad vues­
tra buena voluntad, y conoceréis la medida de vuestra san­
tidad” .
Lo que él llamaba la buena voluntad, es simplemente la
voluntad. No hace falta más que un decidido yo quiero para
decidir grandes cosas. Es el punto inicial de todo.
No que baste decir “ yo quiero” una vez por todas, se
debe repetir todas las veces que convenga,, pero en unión
con la decisión original que ha abierto la marcha.
Partir bien, y durante la ruta, asegurar el paso firme; es
el método bueno —y único— para arribar al término.
Lectura: Imitac. I, cap. XIX.

MIERCOLES

ABNEGACION Y PERFECCION
Santo Tomás, en su “ De perfectione vitae spiritualis” ,
después de haber recordado que la perfección consiste esen*
cialmente en el acrecentamiento de la caridad, hace notar
que ella marcha al paso del desapego progresivo de lo creado.
En verdad que yo deseo la perfección. Pero, ¿con la mis­
ma seriedad e intensidad, deseo y cultivo lo que es su
condición indispensable, la abnegación?
Un autor espiritual explica de dónde proviene la diferen­
cia entre los santos defectuosos y los santos, simplemente.
“ Que se estudie la vida de los santos defectuosos, quiero
decir: sacerdotes, religiosos o simples fieles, excelentes,
fervorosos y celosos, píos y sacrificados, pero que con todo,
S74 R A U L PL US , S. J.

no han «ido “santos** simplemente. Se constatará que lo


que les ha faltado, no es ni una vida Interior profunda, ni
un amor vivo y sincero de Dios y de las almas, sino más
bien cierta profundidad de abnegación y totalidad en el
olvido de si, que los hubiera entregado completamente al
trabajo de Dios en ellos, y es lo que nos ha causado ad*
miración en los verdaderos santos. Amar a Dios, alabarlo,
sacrificarse, fatigarse, incluso perecer en su servicio, cosas
todas que atraen a las almas generosas, pero, morir total­
mente a sí mismo, obscuramente, en el silencio íntimo del
alma, desprenderse, dejarse, desapegar completamente por
la gracia, de todo lo que no es voluntad y servicio de
Dios: he ahí el holocausto secreto ante el que retroceden
la mayor parte de las almas, el punto exacto en el que
bifurca su camino entre una vida fervorosa y una vida de
elevada santidad.**
¿En cual categoría debo clasificarme? Un santo, o un
santo defectuoso? Y el defecto, ¿persistirá siempre?
L e c tu h a : Mat VII, 13-14; XVI, 24-28.

JUEVES

PERFECCION Y AGRUPACIONES
Es ’wa característica de nuestra época, que el sacerdote
de parroquia, por rico que se sienta con su sacerdocio, ex*
perimenta ante las dificultades de su santificación sacer­
dotal plenaria, una necesidad más y más marcada de re*
currir a todo aquello que le permita, la irradiación más ge­
nerosa de su vida de sacerdote.
De ahí la tendencia a los retiros cerrados, algo más du­
raderos que los retiros pastorales ordinarios, ejercicios de
seis días, de ocho, diez, treinta días. “ Cada tres años, los
nuevos sacerdotes etc.. . ”
De ahí el deseo de ligar su buena voluntad a la de sus
vecino«, 7 organizarse en vida común o comtkmr —mn
vida común— asociaciones para la santificación personal:
Liga de Santidad; Unión Apostólica; Sacerdote de S. Fran­
cisco de Sales, Sacerdotes Adoradores etc... .
Ventajas para d progreso personal: un reglamento a
regla aceptada, espíritu común, reuniones habituales o pe*
riódicas en que se animan uno a otro con el ejemplo mutuo,
correcciones fraternas saludables etc___
Ventajas para el ministerio: se experimenta más seguri­
dad siendo muchos que estando solo, la experiencia de cada
uno beneficia a todos.
La Iglesia anima este proceder, el Código Canónico habla
con claridad: “Consuetudo vitae communis ínter clericos,
laudanda” (C. 134). Se han dado muchas aprobaciones a
las principales asociaciones.
A mí toca ver y elegir —o no— según mis atractivos de
la grada.
Lectura: Mat XVIII, 20.

VIERNES

PERFECCION Y CONSEJOS
Santo Tomás de Aquino, después de haber recordado
que no puede haber perfección sin abnegación, hace notar
cuánto ayudan los consejos —por la abnegación que su­
ponen— en la ascensión de la caridad.
¿Es oportuno, que añada a mi vida de sacerdote, el com­
promiso de practicar los consejos Evangélicos? Es esta una
cuestión que quizás no se plantea, que puedo plantear, que
otros, —permaneciendo en el clero Diocesano— se kan
planteado y han creído poder resolver por la afirmativa.
No me detendré ni me excitaré: si lo creo útil, examinaré,
oraré, consultando y esperando el próximo retiro... no es
ahora la cuestión.
376 R A U L PLUS, S. J.

Por el momento, es esto lo importante: ¿vivo en él espl·


ritu de los consejos? La práctica de los consejos es una
cosa, y el espíritu es otra. ¿Qué me impide impregnarme de
su espíritu? Todo me excita a que así lo haga: espíritu de
pobreza, de castidad, de obediencia. ¿No me atengo a de·
masiadas cosas y personas, no siempre y en todo como
convendría; no me atengo terriblemente a mi amor propio?
¡Y hablo seriamente de perfección! Considere los medios,
y escoja aquellos que sean mejores, quiero lealmente el
fin.
L e c t u r a : Mat. V, 6 ; VII, 13-14, 24-28.

SABADO

AMOR PERSONAL DE CRISTO


Un laico habla a otros laicos, un universitario escribe
para otros universitarios:
“ El apóstol debe manifestar lo invisible, hacer tangible
el Espíritu que es Amor, y se le reconocerá como un
apóstol, si se siente que ama a Jesús.
” Concedednos, ¡oh, Dios mío!, estar saturados de vuestro
amor. Que se sienta en nosotros un alma que vive en unión
con V os... no sólo un imitador de Cristo, sino también un
amador de Cristo.
99Otorgadnos, Señor que nos interesemos más por Vos que
por vuestra obra; sé que en cierto sentido, vuestra obra no
es distinta de Vos, siendo vuestro Cuerpo Místico, pero re­
velaos a nuestra alma como aquel que es ya el objeto per­
sonal de su amor, su finalidad.
” . . . Ganar las almas para Cristo, es preciso que esto
sea ganarlas para una persona» aún antes de ganarlas para
una vida, y ¿cómo las ganaremos para una persona, si no
manifestamos nosotros mismos, por el amor que le tenemos,
que ella es viva, real?
MI O R A C I O N V7

” Es difícil hablar de Vos, amado como una persona,


Señor, sin mojigatería, sin imaginaciones, con un amor
fuerte! Enseñadnos este divino lenguaje, enseñadnos a
hablar de Vos, y si las palabras nos faltan, que por lo
menos se os sienta en nuestra vida como el Amado99 (Joseph
Lotte).
L e c t u r a : Salmo L.

DOMINGO VIGESIMO PRIMERO


DESPUES DE PENTECOSTES

REDDE QUOD DEBES


“ En el atardecer de la vida, seréis juzgados acerca del
amor99 Cualquiera sea la vocación de cada uno, la palabra
de San Juan de la Cruz vale para todos. Con mucha mayor
razón, para mí, sacerdote, cuya misión era la de vivir en
el Amor de Dios, y del Amor de Dios, para difundir en
derredor mío ese Amor de Dios.
Ahora, en este mismo momento, si se detuviera el curso
de mi vida, si debiera ser juzgado, y ser juzgado acerca del
amor que he profesado —o no— a Dios; sobre el grado,
calidad, constancia, progreso — o retroceso— del mismo,
¿qué podría decir?
Seriamente, cuando considero mi vida de un solo golpe
de vista, ¿qué juicio me veo obligado a hacer, por la
fuerza de la evidencia ? ¿ Eso, una vida de sacerdote. . . ?
¿Realmente una vida de “ consagrado” ? ¿De escogido, após­
tol, sembrador del amor divino. . . ? He podido ilusionar­
me, engañar sin darme cuenta o involuntariamente; no he
podido engañar a Dios. El me ve tal cual soy. Pero, ¿ qué
soy, cómo soy... ? “ ¡Oh Dios mío!, si no existiera vuestra
infinita misericordia, no sé en verdad lo que llegaría a
ser. . .
“ Pero ahora son las resoluciones mucho más importantes
578 RAUL PLUS, S. J.

que los lamentos. ¡Señor! yo entrego a vuestro «mor mí


pasado sin amor, sin suficiente amor. Haced que desde este
día, os ame finalmente y sin mentira, sin reserva, sin lí­
mites»”
L e c t u r a : Imitac. III, cap. L I I .

LUNES

PREVENIDO PARA MORIR


Sin duda que la muerte no vendrá tan pronto. . . nada sé.
Pero sí una cosa es cierta, la muerte vendrá.
Por lo tanto: debo prepararme; he aquí cómo escribía
Jean du Plessis, desde el Mar Jónico, el día 4 de mayo
de 1915.
“ Dios mío, haced que durante mi vida toáa, me inclir.á
sobre la tumba, como sobre la cuna en que —niño por vez
segunda— la muerte me posará abandonándome para siem-
pre.
Prepararme sobrenaturalmente viviendo la vida de un
santo. Hasta ahora no se ha hallado mejor medio para mo­
rir santamente, que vivir también santamente: el árbol cae
hacia el lado donde está inclinado.
Pensar con frecuencia en la muerte, en mi muerte, —cada
vez que ocurra un deceso en mi parroquia, que diga una misa
de Requiem, al acostarme para el descanso nocturno. . .
pensar en mi última dormitio.
Prepararme también materialmente. Hacer el testamento,
redactar mis últimas voluntades; esto es prudencia. En este
asunto, consultar únicamente a la caridad verdadera, al es­
píritu de desinterés. Recordar también esta sugestión de un
excelente sacerdote:
“ Yo no quiero que después haya venta alguna de mis
cosas, nada más escandaloso. Mis muebles particulares, se­
rán para ayudar a sacerdotes jóvenes. Los ancianos deben
MI O R A C I O N 379

pensar que el joven Sacerdote, hoy día, llega al cabo de


diez años de estudios, sin fortuna alguna, a un pequeño
curato de campo, en el que deberá comenzar por debatir
el precio del alquiler con el Consejo Municipal (£1 autor
habla de lo que es habitual en Francia); sin duda que reci·
birá gustoso un mobiliario, que tantos sacerdotes ancianos
podrían darle fácilmente el día que se alejan a las mansio-
nes celestiales” .
L e c t u r a : Salmo 31.

MARTES

VIVE MORITURUS
En la Iglesia de Santa Cruz, en Sevilla, está la tumba del
pintor Murillo. De acuerdo a la voluntad del gran maestro,
se han grabado sobre ella estas dos simples palabras: “ Vive
moriturus**.
Está situada al pie de una pintura antigua de un maestro
Flamenco, la cual representa a Cristo en la Cruz. Murillo
—ya enfermo— acostumbraba ir a meditar ante aquella
tela. Un día, el sacristán debía cerrar las puertas de la
Iglesia, y le dijo: “ ¿Qué espera usted para salir?” y res­
pondió el grande artista: “ Espero a que estos santos perso­
najes hayan concluido de desclavar al Señor de la Cruz” .
Meditar a menudo sobre lo nombrado con expresión ar­
caica: “ fines últimos?, Novísimos. Nada enseña tan bien a
vivir, como el pensamiento de la muerte. El que piensa fre­
cuentemente en ella, vive necesariamente bien. Ahora bien:
yo tengo tantas ocasiones para pensar en la muerte... los
moribundos que asisto, las exequias de mis feligreses. Que
en todo ello no haya nada de administrativo. Proceder de
modo que mis gestos sacerdotales no sean solamente un
gesto. Animarlos siempre con el espíritu que les corres­
ponde. En esos casos, que la preparación de los moribundos,
380 RAUL PLUS, S. J.

cada muerte de otra persona, me sirva de preparación per­


sonal para mi muerte, de muerte anticipada.
Un filósofo cristiano, ha escrito así:
“ Muchas personas viven como si nunca debieran morir,
en eso consiste la ilusión; es necesario actuar como muertos,
eso es la realidad” .
Hay ahí algo más que el moriturus, el jarn mortuus.
L e c t u r a : Salmo 32.

MIERCOLES

MORIR DOS VECES


No es ello una paradoja.
Sobre la tumba del célebre teólogo Duns Scoto, ha sido
escrito: Semel sepultas, bis mortuus. Su sepultura fué pre­
cedida por doble muerte.
Nadie ha puesto en relieve este pensamiento, mejor que
el P. Vieyra, el grande predicador portugués:
“ ¿Terrible la muerte?, ¿por qué?; para el que muere
solamente cuando muere, sí. En cuanto al que muere antes
de morir, se burla de ese espantajo de la muerte. ¿Qué me
importa que no haya más que una muerte, si yo puedo
hacer que haya dos? Después de la muerte no hay remedio,
pero antes sí. Es ella un término más allá del cual no se
puede ir, pero al que es posible anticiparse... No se hace
una obra maestra al primer golpe: con más razón la obra
más grande de todas, que es bien morir. Nada se aprende
bien, si no es con el ejercicio y la práctica. ¿Como se apren­
de a forjar?, forjando. Y se aprende a morir, no sólo medi­
tando, sino también muriendo. Por lo tanto debemos morir
una vez para ensayar, y una segunda vez para tener éxito” .
Y, ¿cuál es esa muerte de “ ensayo” ? La muerte a sí mis­
mo; la otra es la separación.
Un sacerdote de los altos Pirineos, el Abate Roux, que
MI O R A C I O N 361

murió como Cura de OursbeliJIe después de la guerra, ha·


bía establecido que el día de sus funerales se leyeran a sus
feligreses algunas líneas entre las que se hallaban éstas:
La muerte no me sorprenderá; la he esperado diaria­
mente. He vivido familiarizado con la idea de Dios y de la
muerte: estos dos pensamientos han sido mi salvaguardia
en las dificultades y peligros de la vida” .
Para todo el que se prepara de un modo semejante, la
muerte es dulce.
L e c t u r a : Salmo 3 9 .

JUEVES

MIS TITULOS... EN LA HORA DE LA MUERTE


Cuando se visita en Viena la cripta de la Iglesia de
los PP. Capuchinos, en donde están enterrados los Soberanos
del Gran Imperio, es impresionante — aún más que en Saint-
Denis o Westminster— el contraste entre las grandezas de
antes, evocadas por los títulos grabados en los sepulcros, y
lo poco que queda dentro del bronce y el mármol, de esa
antigua grandeza.
Y era costumbre, observada también con el último Empe-
íador Francisco José, que, llegado el ataúd al ingreso de la
cripta, el maestro de ceremonias golpeara con su bastón
contra la puerta, para anunciar el arribo del difunto:
— ¿Quién está ahí? — interrogaba un Capuchino desde
el interior.
—Francisco José, de Habsbourg.
—No os conozco.
Y continuaba el Maestro de Ceremonias:
—Francisco José I9, Emperador de Austria, Rey de Jera»
salén, de Hungría, de Bohemia, de Dalmacia, de Croacia,
de Galitzia...
" —No os conozco.
382 RAUL PLUS, S. J.

— Archiduque de Austria, duque de Salzbourg, Styria,


Carintia, y Carniola, Gran Duque de Transylvania...
— No os conozco.
Y una vez que se acababan los títulos, la voz de afuera
añadía humildemente:
— Un pobre pecador. ..
—Hermano mío, entrad — respondía el monje...
¿Un poco romántico... ? Quizás, pero también ¡cuán elo­
cuente!
¿Y yo? Cuando llegue a las puertas en el elogio fúnebre
—si es que se hace — ¿qué me quedará? Quizás nada más
que, un pobre pecador. Tener bien presente que los adje­
tivos elogiosos —si se me dan— nada son. Lo único que
vale son las obras: opera sequuntur. ¿Dónde están mis
obras? ¿Dónde mi santidad de vida?
L e c t u r a : Salmo 28.

VIERNES

EPITAFIO
Cuando el excelente Cura de Porquerolles murió en las
Islas d’Hyeres, con la simple serenidad de hombre de Dios
que ha cumplido bien su deber, los habitantes de las islas
pidieron que se escribiera sobre su tumba el siguiente epi­
tafio:
AL ABATE JOSE BOZON
QUIEN DURANTE TREINTA AÑOS
SE PRODIGO SIN MEDIDA POR EL BIEN
DE TODOS SUS FELIGRESES;
PORQUEROLLES AGRADECIDO
Había estudiado en la Escuela Apostólica de Clermont*
Ferrand y en el Seminario Mayor Lionés para las Misiones
extranjeras, pero quedó en Francia por exigirlo así gravas
MI O R A C I O N 383

deberes familiares, dedicándose entonces al cuidado de las


almas de sus queridos isleños. Supo hacerse amar por aque·
lia población de pescadores, que sintió una gran atracción
hacia aquel pastor de almas abnegado, simpático, cordial,
buen consejero, generoso aún en medio de su pobreza, pin·
toresco en sus pláticas y sermones, incansable en su abnega­
ción por ellos.
¿Soy un sacerdote según ese modelo? ¿Están mis virtudes
a la altura de las de ese párroco tan amado? Si muriera
hoy, ¿me alabarían mis feligreses, cantando mi bondad, mi
solicitud, mi abnegación? 0, ¿no se alegrarían muchos por
mi partida de en medio de ellos? Sin duda que los juicios
de los hombres tienen poco valor, a pesar de todo, ¿no es
significativo que ellos mismos hagan el elogio de un sacer­
dote?
Y Dios, El, ¿de qué modo podría dictar mi epitafio?
L e c t u r a : Marc. XIII, 32 a 37; L u c. XXI, 34 a 37.

SABADO

ATORMENTADO POR LA CARIDAD


Un laico de 21 años, alumno de la Escuela Normal, es­
cribía el 22 de agosto de 1908 a uno de sus camaradas que,
a veces, dudaba de continuar la correspondencia:
“ fts que, a la mañana, a la víspera, he vivido sin pensar
en Cristo, sin estar atormentado por el amor
¿Para qué intentar hablar a los demás de Dios, si no se
está antes lleno de Dios? El Abate Poyet razonaba así:
“ Estoy absolutamente convencido de que, para hablar
bien de la vida religiosa — de la vida interior— es necesario
haberla experimentado en sí mismo muy profundamente.
Es esto de una evidencia absoluta” .
Y añadía:
“ La vida cristiana no es un estado de reposo. No se eum-
384 RAUL PLUS, S. J.

pie bien con Dios cuando se le ha dedicado un mínimum


de tiempo. El nos exige totalmente. A cada uno ordena ser
santo.
Y yo, sacerdote, ¿qué debo decir? Con mi vocación, con
el ministerio que Dios me ha confiado, ¿me confesaré con
una vida ordinaria, sin nervio, sin alma?
Y también decía: “ Ir a lo perfecto por los medios más
perfectos
‘‘Una vez que se ha tomado una resolución, es necesario
mantenerla, aunque se deba morir.”
Eso es amar — ¿Y yo?
L e c t u r a : Salmo 8 .

DOMINGO VIGESIMO SEGUNDO


DESPUES DE PENTECOSTES

SI INIQUITATES
Si iniquitates. Son estas las primeras palabras de Introito.
Durante mi vida de sacerdote ¡cuántas veces he tenido oca­
sión de pronunciarlas! A cada paso se daba.
Esto tratando de los demás. Si hiciera la aplicación a mí
m ism o... Si contemplara mi vida a la luz de las palabras
trazadas por la mano misteriosa durante el banquete del
Rey Baltasar: Mane, Thecel, Phares; Juzgado, pesado, di­
vidido . . .
Sobre ese tema, he hecho quizás un hermoso sermón para
los dem ás... ¿Y si lo aplicara a mí mismo. .. ?
Dice un autor: “ Suponed que por cada pecado hubiera
hecho Dios una medalla, en la que estuvieran grabadas la
naturaleza y gravedad de vuestra falta, y su fecha y cir­
cunstancias. Imaginaos una vitrina en la que dichas me­
dallas estuvieran dispuestas por orden cronológico, como
las monedas en una colección; y también una serie de
pergaminos con los perdones del Rey del cielo, las absolu*
MI O R A C I O N *85

ciones recibidas y los actos de contrición. Vosotros mismo·


tenéis la llave de este museo: entrad y observad. Esa» me­
dallas indican todas vuestras obras sin excepción alguna...”
Y en la letanía de mis faltas, no olvidar las omisiones...
“ ¡Oh, cuánta necesidad tienen las almas, de aquello que
debería haberles sido dado!" ¡Cuánta verdad hay en esa
exclamación dolorosa! Y se aplica a m í.. . Cuántas almas,
quizás en gran número, sufren en este momento, por care­
cer de lo que yo, sacerdote, debí haberles dado y om ití.. .
No me refiero a lo omitido a causa de mi incapacidad
nativa y sin que hubiera falta, sino de lo omitido por falta
de seriedad en los estudios (Teología, moral, espiritualidad),
por falta de edificación en mi modo de proceder (en el
Altar, en el ministerio), por falta de santidad en la persona
(siendo más un administrador rutinario, que un convencido
de espíritu siempre dispuesto).
Hacer un balance, sin apuro, sin exageración, pero tam­
bién sin timidez. Objetivo. No disminuir nada. Recordar las
faltas ajenas, de las que soy culpable (en mayor o menor
grado) por mis faltas u omisiones. Hacer luz acerca de
ello. Y en este sentido tiene valor la oración: \Señor puri­
fícame de mis faltas ocultas: “ ab occultis meis munda m¿.”
Recordar mis responsabilidades ignoradas hasta ahora.
Rogar (¡y cuánto deberé hacerlo!) por ésta o aquella
alma. . . Reparar —es tiempo aún— por lo omitido en
otras ocasiones.
L e c t u r a : Un Salmo Penitencial.

LUNES

EL SACERDOTE Y EL PURGATORIO
¿Conviene pensar en él? Ciertamente: 1* para evitarlo;
29 para ayudar a las almas de los difuntos; 3’ para enseñar
a los vivos los medios de evitarlo en lo más que sea posible.
1 A L’ li r t v * . a 1

1* Aw* m* и * éÍ * <k«á* f% é w m i i 4 wméf


►? “ §té *á Ишг#л*и·*«*, *» .жчъь&ьь* Ь ^ ю ю м т щ.
p u n « mhu ьпигтляшШ" <ш* pmek* т
тЫ ц|р» «фиЬц ш т&шщтЬ'* m*»tél «|ф» |„
| .* в * у р ф m * Ш иШ f I W f 'i jw et (K m «i 1« * φ 4 «■>-
ItMMMÉi «I itfi»i»ti «In b. t*|*u **ш· <fc IMm» t *b* «é i »
prrtr 4» §*· la «mmámk ménmлыак. k.* IS i f *»«*» ·· f*M
ям * Ϊ 0 > >#) и й о , im | и л *« » ь ь , b