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José María Rey y Heredia

ELEMENTOS DE ÉTICA

TRATADO
DE
FILOSOFÍA MORAL
E
1853
ELEIIKTOS Di BIICA

TRATADO HE FILOSOFÍ A MORAL,


PABl 080

DE LOS INSTITUTOS V COLEGIOS DE SEGUNDA ENSEftAMIA,

D.JOSÉIARÍAIEVYHBIIDIi
mcdiiUeo de fiicoloiK Ldfki j ÉUa. es l> u tm a ld ri
4t MtirU.

Etl fUrm Ut m . m u filo, —■


in n > r u i i ,W M r ir m i,i i »
i m , umflurms, f u N M o¿ tfftmm
jmtnic, n ta f e í frm ii d w m l.

•o y LUKC1A DEL O O IU IIÜ .

MADRID,
■ a r a » » t ■miKuTirtA » k a. m t í í h i t i u .
9aluuJelPndu.núu »
IK5J~
INDICE.

Actem u cu .................. ..................... til


InnoDucaon..................................................................... I

PARTE PRIMERA.
(TICA CCTEUL , 4 «OUJ. BPBCCLATIT*.
Sioaon M I*»*.— Dt lo naturoleta moral dei hombre. . . 8
CatItclo p u a u a . Eximen de Ib sensibilidad humana. . . 9
Cap. u. Eilmeu da li iiUeliggnáa humana..............................12
Cap. ni. Teoría de la Toluntad.................................................i t

Sarao* «etrNiu .—Pe las itUrurntitlüuíititu de la moralidad. 31


Capítulo nuaaao. De la idaa de b i e u . ................................31
Ca». ii. Déla ideadeórden......................................................
S S S S t S S
Cap. ui. De la idea de obligación....................................\ . .
Cap. it. De la idea de ley..........................................................
Cap. v. De la Idea de imputabilidud y responsabilidad moral.
Cap. «i. De la idea de mérito j da demérito............................
Cap. vn. n« la idea de firlud j de r i c i o . ............................
Cap. tdi. De la Idas do la felicidad............................................

Stcoo.’i m a n .-M erito rio de la moralidad. . . . .


S

CapItvu p eo n o . ¿Depende da las im litndoaa humanal la


moralidad de nuestros aclosT—No.....................................
a

Cap. ii. ¿Ks criterio d« la moralidad el sentimiento?— No.


na

Cap. ib. ¿EscrUerlodoInmoralidadlnutilldod?— No. . .


Cap. it. ¿Depende de la voluntad de Dios la moralidad de lot
icios humanos?—No......................................................... xo
Cap. t . ¿Cuál n ai verdadero crílerio de la moralidad? . . 82
VI

PARTE SEGUMDA.
Atica pumccuiii , A aoaAi. nÁ ene*.

Sscckri r u a o u .— Dirimiros obligaciona para con Dios. . 80

Capítulo pruebo. Del amor d Dios.........................................88


Cap. ii. Da l i e»|wraiua eu Dio». . . . . . 9 3
Cap. ni. I t e h l e e n llioi. . . . . . . 06
Cap. it. Del culto..................... ......................................100
Cap. V. De la religión. . .......................103

Sftcciox sw.t:niu.— Delat obligacionet del hombre para con­


sigo mismo................................................................................... <07
Capítulo m am o. Del amor da «I mismo.................................<08
Cap. u. De las oMIgadoo» del hombre |iaim con mi alma. . <10
Cap. iu. De las obSgadonesdel hombre p n con su cuerpo. ISO

ücaoi» m a n . —De lai obligado*»» ¿ti hombre para con


m tm e fo n u t ............................................................................. <38
Clask <■'—OMigadones mil*pendientes del Arden social.. . <29
Capítulo peumo. De lis obligadonas de justicia.................. <30
Cap. ii . De las obligaciones de caridad.............................. <49
Clase S.*—ObligadoBBSrelailTBS al estado social. . . . . « 0
Capítulo p n a n u . De la sociabilidad bu mana........................I6<
Cap. ii. De la sociedad natural................................................<67
Cap. ia. De la sociedad polilla................................................ <70

Tabú peoeral de materias, y


P»o<Hia» de laa lecciones en que poede distriliaine mi es­
tudio............................................................................................. IÍ5
ADVERTENCIA.

U a b ie n d o el actual Reglam ento añadido el estudio


elomental de la E t i c a al curso de psicología y lógica,
los catedráticos de esta última asignatura e n los ins­
titutos de la Universidud Central creim os desdo luego
oportuno redactor unos K i.im f .n to s de nquella parte
d e la filosofía para oso d e los escolares. Autores d e
u n C u r s o d e p s i c o l o g í a t l ó g i c a , aprobado por el
real consejo de Instrucción Pública, y <juo sirvo de
texto en casi lodos los institutos y colegios de Espa­
ña , no? juzgamos m edio obligados á com pletarlo ag re­
gando la E t i c a , ya que e n lo sucesivo ha de formar
esta una parte bastante principal de la asignatura. Es­
critos los tres tratados elementales de Psicología, Ló­
gica y Etica bajo un mismo espíritu y siguiendo idén­
tico plan ó igual m étodo, resultará la indispensable
unidad d e doctrina y un texto acom odado 6 lo q u e
reclam a el bien de la enseñanza.
En tal concepto extendim os el correspondiente pro­
gram a de m aterias, lo consultamos con profesores
versados eu las ciencias filosóficas, y habiendo m e­
recido su aprobación, nno de nosotros ( el mismo que
ya desde ahora dcberA enseñar también la Etica, por
haberse verificado el caso que previene el arl. 77
del Reglamento de estudios v igente) r.ncargó de
desarrollarlo bajo la forma didáctica conveniente
ta le trabajo es el que hoy dam os á luz con el deseo
de ser útiles á la juventud usludiofea, y de satisfacer
u n a now sidnd que nalurolm ente ha d e sentirse* un el
próxim o corso.
M adrid, 15 de mayo de 1853.
INTRODUCCION.

1. La É tica , ó Filosofía moral, es la cienoia que expone


lasleyus de la voluntad, y las reglas que lian da dirigirla para
obrar el bien. La ética, por consiguiente, da los preceptos
generales nea*«arioa para que el hombre siga una conducta
sahiay virtuosa.
Ciencia de las costumbres; — ciencia del bien y del mal;
— cieucia du la virtud; — ciencia de los dureoltos y de los
deberes;— ciencia de nuestro lia y de los inedius que 4 ¿I
nos conducen : todos estas definiciones que se lian dado de
In Atioa oxpresjui una inisinu idea, esto es, su carúcter espe­
culativo ó teórico.
Arte de bien vivir, que dice Cicunm;— regla du la vida,
oomu la llama Séneca;— y arle de ser buenos y felices, se­
gún l.i apellidan otros filósofos: son otras tantas definicio­
nes de la ética considerada por su lado pitctico y de aplica*
cion.
2. La ética, por lo tanto, e? ciencia y nrtc. Como ciencia
tie.ii' principios, y como arte prescribe reglas. Estas dos
punl'isiie vista son inseparables; porque muy pocu es el fru­
to du ¡os principios, si el arte no los traduce en reglas de la
rid.i; y las reglas no tienen autoridad, si no se apoyan en
ios prúcipios de la razón. La cnndnnta sahia y virtuosa que
la ética recomienda necesita de reglas, j que estos sean je-
1
2
rurales. es decir, que tengan su razun ó fundamento en la
ciencia. La conducta no puede ser sabia, si no va alumbra­
da por las luces de la razón: y no alcanza 1 ser virtuosa si­
no por la práctica habitual dn In9 reglas. Cuando se reúnen
l.n ríos cosas, hay e.oslgmbrts, en el sentido especial que la
¿tica da & esta palahm.
3. Ética viene de tfl'k, \ o í griega que significa costum­
bre , y moral viene de w a t, morís. voz latina que tiene igual
signiíittulo.
V Dos son los fuentes de donde saca la ótica toda la co­
pia de principios on que se fundan sus rejilas, y son la oth-
strvacio» de la naturaleza humana, y la razón.
Cuando se trata, en «recto, de saber, crtmo ó por qué son
bueno* ó mulos losados del hnrnjirft. lia doronsidcnirsoon
primer lugar : ¿Qué es el hombre? ¿Qué hay en él para que
sus actos se llamen buenos ó malos. cuando no se du este
nombre ni á los apetitos de un animal. ni á las funciones
vegetativasilc una planta, ni A los movimientos de una pie­
dra? ¿Qué facultades hay rn lo Intimo de su ser. que dan á
sus nociones ese colorido. ese carácter tan especial y tan in-
coinpnmsibli' que su llama su morulidudt ¿Tiene el hombre
un desuno superior. y cuenta su naturaleza con disposicio­
nes y medios en armonía con la sublimidad de csr destino?
Y lue^ó, elevándonos A otra si Tin de nociones mas inde­
pendientes déla naturaleza del hombre, es necesario súber:
¿Qué es el ¿ir», que unas veces contemplamos coiuo lipo y
otras como cualidad de los aclus? es el orden. sin cu­
ya realización no se concibo el bien? ¿Qnf es la nhlitjaricm,
4 la ctml vemos nncer de la existenoia dol órden moralY ¿Qué
es la ley ó regla, que intima la obligación? ¿Qué es el mé­
r ito , que va unido al cumplimiento de la ley Y
La primera serie de consideraciones necesita de ln.s luces
de la psicología experimental; y In segunda envuelve con­
ceptos racioimlcs que pertenecen al dominio de la metafí­
sica.
No es, pur lo visto, la ética una ciencia independiente,
sino que anda Intimamente ligada con las demás, y es co­
mo una rama hondamente y con toda Ormozn implantada
on el Arbol dol saber humano.
3
Aun considerada en la aplicación de sus reglas, es la éti­
ca uno do esos nrtr.s qnn necesitan del apoyo de machas
ciencias. Tal as la complicación de los negocios humanos,
tan varias las circunstancias de la vida. que para poder ha­
cer bien nna sola cosa, es menester &veces conocer la na­
turaleza y tos propiedades de otras muchas.
5. La moral y la religión son dos ciencias hermanas. No
puede, en erecto, cojicobirso una religión sin moral, ni nna
moral sin religión. Por muy imperfecta y grosera que sea
una creencia leligiosa. siempre tiene que pedir actos & la
voluntad humana, siempre tiene un modelo que proponer k
su conducta, y recomendar una manera de complacer y ser­
v ir! un Señor que interviene en el gobierno del inundo. Y
por otra parte, uua moral que prescindiese de toda creencia
en Dios, en su providencia, en su buudad y un su justicia,
no tendría autoridad en sus preceptos, y seria un edilicio
sin cimiento: niunasolnde sus prescripcionessuhsisliria, en
cuanto se arranoasr.'i de la oonctenfliA humana esas creen­
cias fundamentales.
6. Asi lo dice la listona (que la moral también tiene la
suya, y tan antigua como la humanidad). Las reglas de la
sabiduría práctica no llegaron a ser objeto de la especula­
ción filosófica. sino mucho despuraque la religión las pro­
clamó como leve» bajadas del cielo.
Demócrito, Kmpéducles y l’ilágoras intentaron emanci­
par la moral de la creencia, pero la hicieron esclava de sus
soberbios cosmogonías, ú la ahogaron entre las sutiles com­
binaciones du sus elementos y de sus números.
L qb boOslas la desacreditaron c a í sus argucias y frivoli­
dades.
Sócrates la levantó i. la altura y dignidad de una ciencia
practica que abracaba tuda la lilosolla, asentaudo en d co­
nocimiento de si misino Ja liase de la virtud y la esperanza
do una reforma en las crsuimhres.
Platón ensanchó aun mas el dominio de la moral, tra­
yendo i él la política, la legislación, la educaciou. y hasta
la elocuencia y las bellas arles.
Aristóteles comienza íi restringir sus fueros, le da un nom­
bre, y la oolooa en el primer lugar de su filosofía práctica.
i
En sos prosperidades como en sus decadencias, tiene esta
ciencia participando de la sublimidad ó de la bajeza con que
las escuelas de iHosolla piensan acerca de Dios y del Arden
del mando. Los epicúreos, que quitaban a la divinidad el
gobierno moral del universo, la humillaron hasta conver­
tirla en arte de los placeres del cuerpo. Los estoicos, que
torraron acerca du Dios mejores ideas quu las dominantes
en sa época, daban gran valor i la moral, y fundaban el im­
perio de la Tirtud entre los hombres, ya que rl vicio se ha­
bía ido i. morar entre los dioses.
La religión cristiana viene por íiltimo A engrandecer A la
moral, y fi ilustrarla ron mas altos ideas du la divinidad y
mejor ooncepto de la naturaleza y del Justino del hom bre!
abriendo nuevos caminos» 1 la filosofía y i ia civilización d^P
mando. La ciencia humana, la ciencia moral sobro todo,
seria uua ingrata si no «e declamar deudora de inuchns de
sus luces A In rpvelncion erislinna.
7. Ahora no insistirémos mucho en encarecer la impor­
tancia du lu mural. Si es cierto que el pensamiento de ser
felices domina sobre todos los pensamientos, deseos y mo­
vimientos de los hombres ., y que la feliridnd estfi relaciona­
da con el bien de una cnndurUi sabin y virtuosa, nada pua­
do intensar mas que adquirir esa sabiduría y esa virtud. El
hecho us que las cuestiones morales son siempre, bajo esta
forma ó la otra, la preocupación dominante de lodos los es­
píritus.
8. La división de la Mica est j inilir adaen su definición :
ética ncneml. rí moral espcculativi. y ética particular, ó
moral práctica. La primera establee los principios, y la se­
gunda saca las consecuencias en ít i ua de reglas : aquella
examina lu que liay de general en e i-onstitotivo de la mo­
ralidad, y esla propone lo s delires onecíales que arreglan
la conducta del hombre e n s in vari..' ('«ilaciones.
Este tratado, por consiguiente. si' dividirá en dos par­
tes : 1 .* íltica general. y z .a Élici ;ai titular.
PAUTE HUMERA.

E t ic a g e n e r a i
U O H A L E S I» E ( L L iY T IV A .
ELEMENTOS DE ÉTICA.

PARTE PRIMERA.
ÉTICA GENERAL.

y. I-i Ktic.\ i.KNhiui. tra ía de los rtim lajiiiiilus de la m o­


ralidad hum ana, lis la parle inas lilosúllca. y puede consi­
derarse com o la metafísica de tas rasUmbret.
10. La Atica general sis divide r.n tres seceinmN
L;i I .' examina la nuluratcsa moral det hombre;
La 2 / explica las idtut consliliilivus de la moralidad; y
La 3.* sección d istu le el criterio de la moralidad.
SECCION PRIMERA.

DE LA NATURALEZA SO K A I. DEL HOMBRE.

11. l'.onio lus regí (rescribe |iara dirigir


nuesim conducía son íictieas. claro es qne
al investigar sus fum uede prescindir de la
naturaleza y coiistilu L Importa pues ante
todo conocer á o le c i l . y ver si en su
naturaleza liay (comí nn f niertas apti­
tudes ü disposiciones que entren neccgEamenle en todo
sistema de m oral. y sin la* cuales fuera 1¿Nitica una espe-
culaciuu abstracta y \acla de significado.
Veterminnr la nalnrnlrzn rinrttl ilfl hmnbrr será pues
«I objeto de esta sección
12 Kn la doble constitución humana nu es por cierto la
vida del cuerpo el asiento de la naturaleza moral que inves­
tigamos. Como de ella no leñemos conciencia, ni ejercemos
un dominio personal sobre sus funciones , nada dico el or­
ganismo para que la ciencia pueda fundar deducción algu­
na, ni mucho menos para d ará sus reglas un carár.ter ab­
soluto . universa! y obligatorio. Verdad es que el cuerpo
concurre con el alma á hacer del hombre una persona indi­
vidual. y que los órganos son excitadores de la vida del es­
píritu, y ejecutores de los actos que en él se consuman : pero
lo cierto es que á lo uno y 1 lo oír» se prestan de. una mn-
nera pasiva. fatal c irresponsable. Las condiciones huma­
nas de la moralidad han de buscarse en la vida ¡nüjnta del
alma, que es donde reside la Cucria ixirsonul y libre, origen
y ra'u de toda acción moral.
9
13. Aceptamos U sabida clasificación do las tcndniOQOS
de esa vida interna y la leo ría de las (acuitadas anímicas que
establece la psicología, reservándonos el examinar aquí esas
facultades bujo su aspecto puramente moral.
Trata réinos, pues. en iras capítulos separados, de la sen­
sibilidad, du la tnltligtncia y de la voluntad humanos.

CAPÍTULO PIUMKHO.
KXÁNK3 HF. LA SIMSIBII.inAII HUMAXA.

11. La experiencia nos enseña que ouando los objetos


materiales obran de derla manera sobre nuestros órganos,
nace cu el alma nna afección particular que llamamos pla­
cer ó dolor, y cuyo resultado inmediato es 6 determinar
nuestra actividad en dirección de aquellos objetos que fue­
ron agradables, ó alejarnos de los que causaron una impre­
sión dolurusa. La sensación (que este nombre so da enton­
ces &la afección de placer o de dolor) siempre va precedida
de una modificación orgánica, y su intensidad se liniiU por
condicione* fisiológicas 0 corporales. Dotó Dios al hombre
de esta manera de sentir para que. comunicase ron el mun­
do material y corpóreo, para que el estimulo del placer In
llevase á satisfacer las necesidades de su vida física, y ul del
dolor le avisase que esta satisfacción tiene sus limites. Muy
digno de estudio es es le aspecto físico de la sensibilidad hu­
mana, y muy graves y provechosas son las reflexiones que
pueden hacerse sobre la economía sabia y providencial con
que el amor de nuestro ser proporcionó la eficacia de los
medios con el logro seguro ó irresistible do tules Unes.
lo . Mas esi misma experiencia ñus muestra quo la sen­
sibilidad humana está hecha para algo mas que ser afectada
por impresiones corporales; ella nos dice que siempre que
somos autores de una arción buena nace en nuestra alma
una afección agradable, un sentimiento de placer, quo se
distingue luuy bieu del placer du los sentidos; y que si co-
ineluiniis mía mala acción, el alma se afecta du una mnnura
penosa, hay un sentimiento de dolor, asimismo indepen­
diente de toda modificación oi” 4nica.
10
16. F.stn placer y osle dolor producidos por las idoas
de bien ó do mol, como cualidad*» do las acciones propias
ó ^jenus, es lo quo so entiende por sentimiento moral.
Lh capacidad de experimentar sentimientos inórales sa
llama propiamente sentibilidnd moral.
ta s cualidades que cii las acciones buenos excitan senti­
mientos agradables cu el alma dol que las contempla. cons-
thuyeu la iellezn de la virtud.
Las cualidades opuestas, que producen un sentimiento
desagradable, constituyen la deformidad drl vicio.
Lii verdad y In universalidad dd hecho quo dejamos cou-
siguado, justifican la propiedad de usías denominaciones.
La virtud, auu cuando no sea iiius que en i ie a . ejerce nn
atractivo poderoso sobre nuestra sensibilidad colmándola
de inefables goces : la virtud es M ía Kl virio, por el con­
trario, inflny» ile nn modo repulsivo y doloroso sobre la ca­
pacidad do sentir : el ricio n drfnrm?. es feo.
17. La sensibilidad mora! tftl.'i un perfecta armonía cr>n
la inteligencia. quecalilica >'e buenas ó de malas las accio­
nes, y la intensidad del placer ú dolor moral crece al compás
qnenmncntnn las nirm:es do bien ó de mal que « la consi­
dera en losarlos. Las vii ludes ordinarios ims agradan; mas
las heroicas nos arrebatan. I na aicion mala i:ms causa pena,
pero un m ineo nos estieirece. La seiisilMlidad moral es el
eco de la inteligencia, asi como la sensibilidad física res­
ponde siempre á las impresiones de los órganos. Kl senti­
miento inoral tiene sus oondieiones. sus precedentes, y la*
leyes de sil ¡ntonsidud. en la conciencia humana : la sim-
?aciou tiene todo esto im el organismo.
18. Ksla ilistincion de antecedentes entre la sensibilidad
moral y la física mis conduce á un resultado muy importante,
es ii sniwr. que tiritón ser también diferentes sus razones
Anales. Siendo que la sensibilidad humana responde cou
afecciones de placer ú de dolor a las ideas de bien y de
mal, inferimos con ratón que el bien y el mal son objotos
adecuados <lr la sensibilidad, y quo 1a virtud y el vioio nn
deben ser extraños a! destino del hombre. Dios lia querido
que o! mundo moral (quo es un inundo do ideas; fuoso ac­
cesible ú la sensibilidad humana por medio de la inteligon-
II
cía, como quiso que lo fueso el mundo físico por medio de
los sentidos; y que si la sensación regula el grado de nues­
tra adhesión ó de mieslro alejamiento respecto de los obje­
tos que Favorecen ó contrarían In vida del cuerpo, el senti­
miento moral nos interese on el bien y nos uparle del mal,
que sin duda Unto deben influir en la perfección de la vida
del espíritu. Si escogió el placer risico para estimulamos á
satisfacer las íuv-esidnde* oij^lnicas, que de suyo son gravo­
sas, dando mas placer allí donde la necesidad es 0 mas im­
perativa. 6 sii satisfacción mas cara para la vida; destinó
también los placeres mondas para convidarnos y alimonar­
nos Aobrar el bien, disminuyendo los estocaos del sacrificio
y aliviándonosla fu tra q u e lleva consigo el cumplimiento de
nuestros deberes. Si el placer del cuerpo premia la satis­
facción de sus necesidades, el placer y el contentamiento del
alma virtuosa coronan el triunfo del que lucha y vence en la
práctica del bien, l'ara contrarios lines destinó la Provi­
dencia el dolor moral.
10. IVrn non nos queda que. observar otro licclio muy
notable de la sensibilidad humana, qnnrsla símpatia. Kstá
consiste en la armonía y consonancia de ¡¡ficciones entre
dos seres sensibles. La discordia y contrariedad de senti­
mientos se llama anh/>ati>i.
Acredita In experiencia que hay entre los hombres una
simpatía de sentimientos morales, tanto ó mus estrecha y
vehuuionlc niie la quo se observa entre sus placer» y dolo­
res físicos. La belleza do la virtud nos enamora cuando la
contemplamos en las acciones de nuestro semejante, y par­
ticipamos ile la dulce satisfacción que suponemos le produ­
cen sus buenns obras Tanto admiramos la grandeza y he­
roísmo de ciertas acciones, tan profundamente nos apasio­
namos por lo ganeroso y lo sublime de ciertos saerilloios.
que quisiéramos tener cu la mano todos los tesoros de la
tierra para pagar con ellos la inmensa dicha que como á
medias y en común participamos con su autor. Ni aun los
corazones mas corrompidos se libertan de este contagio
de sunlimiontos morales; y no es raro ver al hombro en­
canecido en el crimen, coa moverse, entusiasmarse r der­
ramar lágrimas de placer, ante las grandes virtudes y dolo-
12
rosas pruebas del héroe generoso y lloarado que se repre­
senta en el teatro.
20. La Providencio no? dotó de una irresistible simpatía
hár.ia todo lo que os bueno y noble; y un esto nos dió &en­
tender, no solo que el bien moral es el término de las mas
elevadas aspiraciones de la sensibilidad humana, sino que
esta aspiración no debe ser aislada ni solitaria, como si d
placer que se alcanza en premio de lu virtud pudiera dismi­
nuirse con la partioipooion; que, aunque el merecimiento
es do cada uno, la satisfacción y el goce pueden sor de mu­
chos sin menoscabo de su intensidad, ni de los quilates de
su pureza: y que el destino de cada hombre no debe ser indi­
ferente á los demás hombres, pnos la simpatía que los une
en el goce, estimulo del obrar bien, debo anil los también un
•1 culto de unas mismas virtudes y eu la participación de
unos mismos premios.
Nada prueba m ejor el c arácter m oral de la sensibilidad
humana que la simpatía.

CAPITULO 11.
CXANI'N IIK LA. INTKL1CEXC1X III XAMA

- 2 l . * L a inteligencia hum an a atesora una gran copia du


ideas, que llamamos morales |>orquo se aplican de un modo
inm ediato á la dirección de las costum bres y de la conduota
de la vida. E stas ideas sou las de bueno, m ato, virtud, vi­
cio, honesto, lícito, deshonesto, ilícito, obligación, dere­
cho, responsabilidad, culpa, mérito, etc. Todo el mundo
entiende de igual m anera las p alabras que expresan estas
u o c io n e s.^ o d o s los idiom as lútnau mía g ran pai te de sus
dicciouarius con tales vocablos, y re sp e c to á estas ideas no
hay distinción de sabios ó de ignorantes en tre los hom bres,
de cultos ó de atrasados e n tre los pueblos, ni de civilización
ó de barbarie entre In? épocas.
22. Tan prorundas ralees tienen estas ideas en la inteli­
gencia humana, que con igual tesón se niega esta ¿ pres­
cindir del órden moral que representan, como del mundo fí­
sico que no? revelan los sentidos.
(3
Tan fundamental es la ootogorla de esta clase de. nocio­
nes, que sin ellas quedaría sin norte y á osearas ol cntrni-
dimiento, y sin signillcacion el lenguaje liuinauo on todo lo
concerniente A calificación moral de las acciones libres del
hombre.
23. ¿De dónde nos podrán haber venido estas ideas?
i Será que la educación las fui labrando en nuestro espirito,
resultando que al cabo nos ludíamos preocupados por ellns,
y les damos un valor y una trascendencia que de suyo no
tienen? No: porque la educación supone estas ideas, no las
•:r.vi; lo (pie puede linccr, y lo que hace, es perfeccionarlas,
desenvolverlos y aplicarlas. I.a crianza moral nn es mas que
una constante apelación A esas nociones primitivas que se
albergan un la inenlu del que su udnc;i. La educación recibo
de ellas toda sil autoridad y lodo su indujo ; y faera tan im­
posible que la enseñanza las engendrase, como el dar á uii
ciego de nacimiento idea de los colore-* á fuena de instruc­
ciones y do platicas.
Provendrán acaso do la experiencia y del ejercicio de
los sentidos, como lodos los cuiioiimieiiU s que tenemos del
mundo físico ? Tampoco : porque los sentidos no son ade­
cuados para percibir la bondad ú la maldad, la licitud ó la
ilioitinl de un acto, que no son cwilidodes corpóreas. Los
sentidos no aprenden mas que el elemento material do ln
acción, una serie du fenómenos que consisten en movimien­
tos en el espacio, puro cuyo valor moral no es cosa experi­
m entare. sino que la razón lo concibe, lo aplica, lo impone
ni lucho físico que aquellos percibieron. La moralidad es
ciertamente una cualidad real de las arciones humanas, pero
tan imperceptible para los sentidos como la substancia, la
causa. el On y la naturaleza Intima do las cosas.
¿Uastará el" sentido iulitno, ó la jiercupuion interior de lo
que pasa en el alma, para explicar el origen de las ideas
morales? Algo mas apropiado para el erecto parece que los
sentidos externos. Ks verdad que el sentido Intimo contem­
pla el acto como se consuma por nuestra voluntad libro, co­
noce los motivos. ve las tendencias, penetra los intencio­
nes y se hace ca^go de todos las circunstancias subjetivas
que anteceden, acompañan y siguen á la resolución inte­
14
rio r; pero en nada Je eslo hay mas que hechos, fenóme­
nos, de un órden, sí se quiere, mas elevado que lo exterior
y corpóreo : nuda liny aquí quo sea bueno ni m alo. quo se
llamo licito ó ¡licito, que sea obligatorio, prohibido ó per­
mitido : aparece el hecho, pero se esconde el derecho: se ve
lo que es, mas no lo que debe s e r: se descubre un acto in­
dividual con todas las condiciones de regiilahilulnri, m is se
oculta In regla, que es universal, suprema, eterna, <• indo-
pendiente de aquellas condiciones. No es lo mismo verse li­
bres que verse murales, por masque la libertad en >>l agento
sea necesaria Condición de la moralidad del acto.
24 Las ideas morales pertenecen A la región de las ro­
taciones . no á la do los hechos: descienden íl la concioncia
para iluminarla, para dirigirla, para dar una calificación
moral á las resoluciones voluntarias quo ulll su perciben,
pero no uacuu de la experiencia interna de esos heclios : las
ideas y los principios morales no son como las leyes psico­
lógicas. que se sacan íi fuerza de o n sm ar fenómenos del
mundo interno. De otra suerte, ¿cómo se explicaría el ca­
rácter necesario, absoluto, inflexible y dominante de lo
bueno, de lo juslo, de lo honesta, de lu ordenado y dé lo
obligatorio '
lis necesario . p o r c o n sig u ien te, buscar el origen de asta
clase de ideas en una facultad superior, capaz de concobir
lo inlliiitii con ocasion do lo finito, lo necesario por lo con-
lingunte. lo absoluto por lo relativo, la substancia por los
accid en te s. la causa p o r los efectos ó fenómenos que prin­
cipian existir. Esta facultad nobilísim a. madre fecunda
que eonrilie y d u ú lu z todas los ideas fundam entales del es­
píritu hu m ano, quo form ula los p rin c ip io s, base ete rn a do
lodos los órdenes de conocim iento;. e> la bazok , origen co­
m ún asi de las concepciones m orales com o de las metafísi­
c a s , como de los m uicniA ticas, y de cuanto hay en la inta-
llgcnoia que lleve el sello de necesidad ¡ncondieionoda, de
«videncia inm ediata y p erfecta, y do universalidad que no
sufre una sola excepción.
25. No se vaya á creer, sin emb&rgo, que las ideas mo­
rales sean innata*, en el sentido de que el hombre las trai­
ga ol mundo formadas y perfectos, y alambrando la inlali—
15
gencia desde los primeros días de la vida. La razón las con­
cibo en tiempo y sazón. rilando la experiencia viene i re­
dundar sa capacidad conccptivu. Kntonacs germinan las
ocultas semilla.' de bien y du mal que vienen ruino larvados
en el seno del alm a, y brotan á la luz nociones. ideas. prin­
cipios y máximas capitales, reguladoras de la conducta’iu-
mnna. Ks imposible que la monil se elevo, de los hechos y
de lo que es. II la coiiceiicioii del derecho y da lo quo debe
ser, si ni* damos esto ort^jn á las ideas murales.
26.«La razón Iminanu. considerada cuino origen du las
ideas morales, se ha llamado sentido moral ,tv ciertamente
qnn con mucha propiedad . pues lu entinopeion del hien y la
del mol tionen el particular cauleter de interesar la sensibi­
lidad (15). uiazcláudose tiumpri' cun lu abstracto de la idoa.
lo concreto, lo positivo . |n sensible del placer ó del dolor
que da esta capacidad afectiva. Por eso las nociouesde bien
y de nuil salen di- la región de lo puramente inteligible y
racional. scnsibilizJri;lose. humanizándose. y adquiriendo
ese carácter piíulico que tanto las distingue de o Las con­
cepciones del misino origen. las de cansa y substancia por
ejemplo. que. por no afectar á la sensibilidad. lio puede
decirse que sean propiamente sentidas.
Kl seniido moral se resuelve, en una concepción de la ra­
zón y en una afección de la sensibilidad.
27. Kl sentido moral es priviletiio de lo» seres raciouales.
y lo «> particularmente del hombre, que tiene una razón
para concebir lo bueno y lo mulo. y una exquisita sensibi­
lidad para gozar el placer que excita el bien f sufrir la pena
que produce el .mal. Kn este consorcio de la inteligencia y
de la sensibilidad se descubre una grau mira de la Provi­
dencia. La razón. concibiendo el bien, barrunta en cierto
modo y vislumbra ol órden eterno que asomn en la mente lo
bastante para que el hombre lome, en M una parte activa con
sus acciones. Lu sensibilidad. que de suyo es ciega, espera
i que el órden aparezca en la razón. que es su vista , par^
excitar, conmover y aguijonear con el placer y el dolor las
facultades que han de obrar según el órden. La razón sin la
sensibilidad oontemplaria inmóvil d bien quo concibe, per­
diéndose en ostu fría contemplación. La sunsibilidod sin la
16
razoo estaría reducida i las placeres g roseros de los senti­
dos.
28 . «Cuando el sentido m oral se considera en sus aplica­
ciones A la dirección de la conducta hu m an a, tom a ni nom ­
bre de cm cieiici^J'ar flirt entendem os c s i luz in te rio r q n
nos ¡lam ina acerca de n uestros deberes, y declara nuestros
actos buenos ó malos en el órden m oral.
-U sía conciencia moral no debe confundirse con el senti­
do Intim o ó la conciencia psicolwjien.K El sentido Intimo
percibe in teriorm ente todo lo qne acontecí; en nn estm fil­
ma , y esnm ina todos los órdenes de fenómenos sin distin­
ción : la conciencia mora! se lim ita A la calificación de los
actos como buenos ó cuino m alo s, y lleva siem pre consigo
una aplicación racionul de las concepciones de bien ú de
mal.
2 9 .\K n In conciencia morul se pneden distin g u ir com o
dos m om entos : uno especulativo, y olro eseuuialuiento
práctico. Uil prim ero es la concepción de nuestros deberes
en g e n e ra l; lom a el nom bre de sindéresis, y no viene á ser
mas que la /r y natun n(, de que luego h ab larfm o sv RI segun­
do es el juicio necrca de. si una acción determ inada es bue­
na ó m ala, teniendo en cuen ta todas las ciruiiislan cius del
agente. Ksta es la conciencia moral propiam ente dicha.
De ella se dice que es un guia s e g u ro , que nos señala el
cam ino en las diversas situaciones y t ra n re s de la vida ; que
es un juez iinpaiT-.ial é. in c o rru p tib le . quo falla siem pre con
arreglo ti derecho miIwj la licitud ó la ilicitud de nuestras
acciones; <|i:o es un foro iuleruo, como si dijéram os un
tribunal que va den tro de nosotros, donde se discuten y
sentencian sin apelación las causas y litigios que nos pone­
m os A nosotros mismos sobre el bien ó él mal de nuestras
o b r a s ; y cuando se, «lude A sus sentencias coiidonatorias. se
suele decir que en pena del crim en nos m uerde y remuerde,
que nos hieres y m a rtiriza, y que uos va royendo como un
gusano que nunca p a r a , ni nos deja descansar. Eli todas
estas locuciones m etafóricas del lenguaje vulgar, hay un
sentido profundo y exactísim o. I j l conciencia as u n a norm a
ó regia inm ediata de ao o io n , pero siem pre condena ó ab­
suelve con sujeción A prinuipiosEuperiores que la ra io n con-
17
dbo nomo obligatorios, ó intciprctandn y aplicando estos
principios juzga según uii código que oslá por cncimn fie
ella, y de nosotros mismos. y do uueslros ¡lileresos Apasio­
nes : por eso no transige, ni perdona. Es como el juez ó el
tribunal, que no hnoen la ley, sino que se someten ¿ ella rn
el hooho mismo do aplicarla. Los dictámenes delii concien­
cia son rugías inmediatas, mas no absolutas, do oociou;
sus Tallos valen y causan ejecutoria porque son dictámenes
de la razón, ley suprema y autónoma, voidadera norma de
conducta do In vida.
HO. Iwi conciencia, pues, para formular siis dictámenes
respecto de los aotos en partioular, tieno que ritsccnder dis­
curriendo |>or uua serie de deduccionus, á vecus muy larga,
desde los primeros principios, que son muy luminosos, bas­
ta las mas remotas consecuencias prácticas, en que no abun­
da lanío la luz. Necesita, por otra p arle, tener en cnenta
toda la variedad do situaciones del individuo, defines, ten­
dencias é intenciones que lleva la acción, de móviles quo la
impulsan, y de circunstancias que ó agravan, ó atenúan, ó
hacen variar completamente su condicion moral.
Y aquí es donde tropezamos con la falibilidad de la con­
ciencia. Tan inmenso mimen» de combinaciones pueden re­
sultar de las tales cosas, que so pierda el hilo de la deduc­
ción de los principios, y la conciencia pronuncio Tallos er­
róneos sobre la moralidad do acciones determinadas: y esto
de huena Te, ron In inas recta intención, pero conducida al
error por una ignorancia invencible, c«to es, insuperable
por los medios ordinarios.
Pero aun en estos casus la conciencia no pierde sus de­
rechos, ni su autoridad : nosotros no nos apercibimos del
e rro r; y el mal que resulte de sus consejos no nos puede ser
im putado. & menos qun por indolencia ó por malicia no
tengamos quu responder de esa ignorancia que vicia la ca­
lificación moral de la acción. Resistir, por el contrario. &
un dictamen cierto, aunque erróneo, de la conciencia, es
obrar á sabiendas de que se obra mal, es buscar el peligro,
y por lo tanto purceor en £1.
31. No solo pueden ser erróneos los juicios de la con­
ciencia práctica, sino que hasta pueden carecer do esa se-
2
18
guridad y fijeza que constituyen la certidumbre. Puede, con
efecto, haber oposicion de rainnes en pro y en contra, pre­
valeciendo lás afirmativas sobro las negativas, y viceversa,
ó neutralizándose por completo en esta lucha. Esto da ori-
gon &la tan subida distinción de la eonciencia en cierta,
probable, y dudoso.
La certeza dehe buscarse ante todn; mas mando esta no
se alcance, y npromic la nnccsidud de obrar, hasta nos au­
toriza la razón para poner de nosotros mismos lo que Talla
á la pmbabiliclail, y uuná lu duda, y rumiar uu juicio prác­
tico, cierlo para nosotros, de que cu caso tan apurado po­
demos seguir opiniones que no sean inas que probables ó
dndosas, prefiriendo, por supuesto, aquellas A estas, y lle­
vando la inlcucion de acercarnos en lo posible 1 la certeza.
32. Todavía se complica mas esla laberinto de la con­
ciencia práctica, si aleudemos á la circunstancia de que
unas opiniones favorecen á la ley, ú nQrman que liay un
precepto que manda ó prohilw* un nrln, y estas se llaman
na* seguras; y ntms favorecen á la libertad del que obra,
ó adunan quo, lio existiendo la ley, os libre el agenle para
«someter ú omitir determinada* acciones : estas se dicen me­
nos seguras. Cuando esto se combina con la mayor ó menor
probabilidad de las opiniones, resulta una serie de cuestio­
nes ó casos de m ncurirncia íi oposicion, do resolución de­
licada, pero no menos necesaria en la práctica, que os el
verdadero terreno du la cuncieucia moral.
33. Estas resoluciones pueden variar m ucho, según el
grado de escrupulosidad ó de laxitud de In conciencia on
sus tendencias generales; pero siempre sucede quo forma­
mos para cada caso un juicio práctico quo precedo inme­
diatamente al acto, que es cierto para aquella situación. y
que constituye la regla de conducta para aquellas determi­
nadas circunstancias. | Cuántas vacilaciones, cuánta y cuán
profunda deliberación no precede á veces al resultado defi­
nitivo de este juicio, que al fin tranquiliza al alm a, y In da
la aprobación moral de su conducta! Pero asi es como la
conciencia se mezcla liasta un las acciones mas pequeñas de
la vida, y penetra en sus mas imperceptibles incidentes. Asi
merece el expresivo nombre de ciencia del coraxon: Cons-
19
cisiilia. qtassi coráis uientía. En ella está impreso al ca­
rácter moral de la inteligencia humana.

CAPITI Lt> ra.


TKOBlA l)E I.A VOI.UKTAD.

34. En la voluntad es donde príncipalmenle brilla la na­


turaleza moral del hombre. Sin voluntad no hay actos que
puorinn llamarse buenos A malos, y sin neto* propios mal
puede aquel ennduoirse 1 si mismo, ni mucho menos suje­
tar 1 rugías su conducta.
Pero lu experiencia nos revela nuestra propia actividad
como el hecho mas visible y mas culminante de la natura­
leza hum ana; y cuantas veces nos llamamos yo en el fondo
de la conciencia, vinculamos con rata idea la de potencia
activa, la de Tuerza.
Somos activos, y de lo Intimo de nosotios mismos, como
de su propia raíz. parten tendencias, determinaciones y ac­
tos que ó se consuman allá en lo profundo del alm a, ó se
nianiOostan ni exterior impeliendo y como arrastrando &los
Organos i determinados movimientos. La coneionnia dice
que somos algo masque el teatro donde se desenvuelven ac­
tividades extrañas, ó el inero instrumento de acciones ema­
nadas de otro ser.
35. Mas no os lo mismo nelniA td que minutad. Para
ser acliou basta ser ul origen de actos; mas para quertr,
ó ser voluntario. se necesita el conocimiento A m:is do la
actividad. Entre la actividad pura. (> la fuerza ciega que
obra sin concurso alguno de la inteligencia, y la voluntad
libra, que es d mas alto punto de perfección moral á que
llega la actividad humana, hay una serie de formas que esta
reviste, y de la cual nacen actos de naturaleza varia; no to­
dos de Indole moral, algunos enteramente extraños á ella, y
ciertos otros morales y en alto grado regulables. Los iré-
mos enumerando en escala ascendente.
30. Los primeros y mas inferiores son los insttnins, en
los cuales la actividad su desenvuelvo &ciegas, produciendo
actos conservadores de la vida y satisfaciendo neftsidads
20
orgAnic-as m ien tes, como que no pueden esperar A que in­
tervenga la inteligencia. La naturaleza no loma de nosotros
para obrar mas que la energía, y ella so encarga de lo de-
m is. Esta manera de actividad nos es comun con los anima­
les. y en general con todo? los sems que tienen vida; don­
de quiera que falta la inteligencia. 6 su auxilio fuera lardlo
ó ineOcaz, so presenta la actividad arrojándose 1 o b ra rá
ciegas, resolviéndose en actos de portentosa complicación
á veces, y de éxito seguro siempre. Se cnnoco que va con­
ducida por la sabiduría infinita que todo lo anima y dirige.
Admirable es lu operncion del instinto; pero no es moral,
ni los actos quo produce pueden llamarse buenos ni malos:
lejos du convenirles esta calificación. parece que están re­
ñidos con la inteligencia, condicion necesaria (auoque no
única) de la moralidad.
37. Los apetitos vienen en seguida: son tendencias á la
satisfacción de determinadas necesidades orgánicas que re­
viven periódicamente, y que su acallan l'iego que se consu­
ma el acto apetecido. Tales son el hambre, la sed, y el ape­
tito genísico, destinados los dos primeros AIn conservación
del individuo y el último A la propngacion de la especio. Los
tenemos en coinun con los animales, y no son tan ciegos
como los instintos; hay en ellos conciencia de una necesi­
dad que nos aqueja y nos estimula por el dolor, y se cono­
ce además el objeto A que tiende la actividnd estimulada,
como que A veces la presencia sola do nquel objeto ó su me­
ra representación imaginaria excitan apetitos que no ceden
en vehemencia A los que provoca la necesidad periódica.
No somos dueños de los apetitos: nacen en el cuerpo y pa­
ra elcunrpo, sin que en ello tengamos intervención directa;
pero podemos contribuir ocasionalinenteAexeilarlos.Airri-
ta rs n intensidad ó atenuarla ; podemos moderar ú exagerar
su satisfacción, y hasta orear apetitos nuevos para satisfa­
cer necesidades fucticius. Ksto no obstante, el apetito en si
miMiio fóii Tuera del cuadro de las acciones inórales del
hombre.
38. Los terceros son los (Irseos, que no vienen del cuer­
po. s'iio del alma misma, y tienen por objeto satisfacer ne­
cesidades del espíritu. No son periódioos corno los apetitos.
21
fino que duran nun despues de satisfecha la necesidad. Ta­
les son ol dosen do saber AInenriosidnd, el deseo de sociedad,
el de estimación, el de poder ó ambición, d do snperiori-
dad ó emulación, ele. Todos ellos son propios dd hombre,
pues los animales apetecen, pero no desean , no conocen
astil nuevo Arden de necesidades anímicas que descubre la
reflexión. F.n d desen Imy mucho de sensibilidad, y no po­
co de inteligencia. Sentimiento desagradable que avisa y
estimula á satisfacer la necesidad , y placer que acompaña y
premia esta satisfacción: por otra, parte, conociinioulu de la
necesidad sentida y de los objetos que lasatisTacen y que son
deseados: de todo esto se compone el fenómeno complejo
del deseo, en el cual se halla como oscurecida y envuelin la
parto quo un su producoioii loma la actividad. Por eso el
alm a, aunque cu ella y partidla su originan los deseos, no
tiene en su mano el grado de fuerza con que se desenvuel­
ven, ni inflnye en ellos sino de una manera indirecta y oca­
sional. exactamente mino en los apetitos. Sin embargo, los
deseos. sobre todo cuando ya merecen el titulo do pasiones„
tlguran por mucho en lu ecinomla moral del hombre, y no
son cosa indiferente en la dirección de su conducta.
3f>. Ijm pasiónrs son deseos desenvueltos y elevados 1
gran nltiim en punto á vivera de la afección , é intensidad
de la Tuerza activa. Las pasiones arrastran la aotividad &
determinados objetos, haciéndola propender A ellos con el
máximum de su Tuerza; y como no croce eu el mismo grado
la luz que viene de la inteligencia, resulta que ol hombre es
llevado pasiranintte hAcia ellos. Kn medio de esto, las pasio­
nes tienen un fin moral manifiesto. Son grandes móviles. y
como Tuerzas uu resjrva destinadas i producir tendencias
vehementes y enérgicos uioviinieulos cuando lo exige la na­
turaleza de los objetos, ó hay que vencer grandes obstácu­
lo s Si los deseos humano* fueran siempre uuiOinnes y ucom-
pasidus en su intensidad, ¿quA seriamos ante los grandos
objetos y ante la¿ situaciones difíciles? No ludo lo quo nos
rodea ejerce sobre nosotros igual atractivo, ni todas las co­
sas so hallan como á la misma distancia, y son asequibles
con la misma dósis do actividad por nuestra parle. Km, pues,
menester quo el desarrollo de las fuorzas d d tim a se pro-
*2
poroiouso y conmensurase con todas las situaciones, pro­
duciendo asi variedad de tendencias y de arrebatos queson
el encanto de la vida, y que, como la entonación de colo­
res y los toques de luz en un cuadro, constituyan su prin­
cipal belleza. Sin la pasión de la gloria. no se honraría ki
humanidad con muchos sacrificios hi.-rúicos, y sin la pasión
por ia ciencia, auu estarían pur descubrir muchas ó inte­
resantes verdades. .No son malas en si las pasiones, ni aun
«quiera indiferentes: «m buenas y necesarias pnra la vida
hum ana. la cual tiene qur armonizarse con todo lo quo la
rodea, y responder cují varia intensidad ¿ esta variedad
oou que la provocan los objetos. fcl nial podrá estar en que
la razón abandone el gobierno de las pasiones.
40. Llegamos ahora A la r.oütnlatl, que es la forma dean-
tividad mas pr.rtVotJi y mas pura, y en la cual se descubre
una mayor y mas exclusiva intervención du la inteligencia.
Los actos voluntarios son los verdaderos aelot humano*:
los demás no son otra cosa que aclut hominis, como sí di­
ce vulgarmente.
La noluntad es un principio intim o de acción oou cono­
cimiento de Qu. t e la facultad de querer, y sus actos se lla­
man voliciones. Uueror us determinar uu objeto como Un,
y obrar como medio do asecucion. No alcanza aquí la sensi­
bilidad i mezclar sus afecciones con esta determinación, co­
mo sucedo en el deseo. y mas todavía cu la pasión: aquí la
fuerza activa se concibe á si misma corno principio y ori­
gen , y señala como léruiiuo (determina) un objeto propues­
to por la inteligencia bajo alguna razón de bien, y llena con
actos toda la distancia intermedia. Esta distancia lu mide
como una recta entre el principio de armón y el ohjcto de­
terminado cmno fin. Aquel es el término á quo. eoinun pa­
ra todas las direcciones. y oslo es uI t¿niiino <ut qum t, tér­
mino concebido como fin del acto, y cu el que para el prin­
cipio activo, luego que obrando recorre toda lu linea que
Jos separa al tiempo de la determinación.
41. I'ara que haya voluntad no basta que haya un cono­
cimiento cualquiera del objeto querido; este conocimiento
objetivolo hay en la pasión, en el deseo, y hasta en el apetito.
E c menester que el objeto, á mas de perc ihido. son deler-
Z3
minado, 6 señalado como término do acción; que sea con­
cebido como fin. Losdosoos no caen hajo la voluntad, por­
que no hay eu ellos esa determinación. El que apetece, el
que desea, el que se apasiona, percibe objetos; pero no
9e propone fines. ni responde del por qué ni para qu¿ de
las tendencias que experimenta. Kl que quiere, no solo
conoce lo que quiere, según el sabido axioma n i hit eoii-
lum quin prtevognilum, sinu que se ve i si misino coum
raion determinante de su querer : Slot pro ralioue colun­
ias. No es el objeto el que determina el querer, sino que el
querer consiste cii la determinación del objeto como Un de
la acción. La iniciativa os del principio interno, 110 del tér­
mino adonde aquel .su dirige; parto dd siigelo. 110 dd ob­
jeto. Prineipium internum uijmiii cum cugnition9 finís, es
la profunda deilnicion que dan de la voluntad los moralistas
esoolAsiicos. Y corno In mlunlad humana no se entienda de
esta manera, ni qnedan Ci salvo la üliertad de los determi­
naciones y la responsabilidad moral de los aotos, ni cabo
claridad en tratar estas delicadas y trosceiidenlalus materias.
Porque no hay medio : el principio inlerno se encuentra
frente ¡i frente ron el objeto : si este principio no determina
al objeto como lln con sil querer, menester es que el objeto
determine la volicion como efecto con su influjo y nmisnli-
dad. La eseuciadu la voluntad, y (como veremos en seguida)
In raíz de la libertad, está eu esa determinación objetiva.
Suele decirse que la voluntad es potencia ciega, y que la
inteligencia, que escomo «1 lazarillo, le presenta objetos re­
clamando su adhesión A su «versión; pero esta metáfora es
cuando mas aplicable & la actividad pura 6 indeterminada,
en la cual nada hay de conocimiento. Cuando decimos vo­
luntad, suponemos determinación, y por lo lanío objetos
percibidos como determinables. y realmente determinados
por la volicion.
■12. El objeto de la voluntad es lo bueno, h/u:ia lo cual
gravita esta potencia con propensión tan natural, que lo es
iraposiblcdirigirsc á lo malo conocido cuino mulo, ni repug­
nar ol hien bajo la razón de bien; y su propensión á lo bueno
doponde en su intensidad de las mas 6 menos razones de bien
males 6 aparentes percibidos en el objeto. I^oncehimos que *
24
In presencia do un bien sum o, da un bien en que lodo fuese
bondad realsiu mezcla alguna de imperfección, la voluntad
se precipitaría en pos de esc bien con la plenitud de sus
fueras, sin quedarle ninguna con quo poder residir A tan
oíicnz atmoeion. Si como vemos ahora al sumo bien & la
manera q ue por un espejo y en enigma. llegásemos á verle
intuitivamente y cara á cara, nuestra voluntad perdería su
libre albedrío; la determinación sería fatal, y la volicion ago­
taría todas las fuerznsdel alm a, empleándolas sin reserva en
la prosecución do aquella bondad infinita. Ast es la voluntad
mirada en si misma. Cuanto mus enérgico es su querer,
ta n ta menos fuerza le queda para resistir; y la iulensidaii
con quo quiere e.»t4 en razón inversa do la libertad que le
queda.
Pero esta no es la voluntad Itttnmna, sino la voluntad solo
como fuerza gravitante, no tal mmo existj en la actual
constitución del hombro. Atraque la iulclit'uiicia conciba ese
biuu sumo, use IIu último, no puede presentado á la deter­
minación voluntaria sino al través de las cosas finitas que
percibimos, y sirviendo estiis como de utcilios que do un
modo 6 di* otro nos conducen ñ la realización do eso (In
ideal; pero estas cosas finitas en quo la razón de bien siem­
pre va empañada con el defecto y la iripcrfei-cinn, no ejer­
cen ya una atracción absoluta sobre la vuluutad, la cual,
no agotando ni sacando 1 plaza todas sus fuerzas, queda
siempre con la posibilidad de. resistir y suspender su deter­
minación. Mas todavía; tiene en stfyoder el liogir razones
<lu mal en el objeto que so presenta como bueno, hasta el
punto do equilibrar, y bosta superar, sus razones do bien,
y suponer r.i/.mies de bien en el mal que se presenta hasta
igualar, y aun exceder, aquellas razones dr maldad. Asi,
el bien ó el mal de las rosas son motioos do acción; poro
motivos que no imponen su yugo al poder voluntario, ni lo
constriñen, ni fuerzan, ¿i obrar en dirección determinada,
solí cuando mas ocasiones, pero nunca causa* tic la deter­
minación. Si lio tuviora el hombre el poder de. librar sobro
esos mismos motivos, atenuando, horrando, y cambiando
complétamente In consideración de buenos Ct do malos oou
que aparecen, no serian a o tiro t. sino mótiles quo arras-
35
Irarían la voluntad eo razón directa de su fuerza y ea sen­
tido de su impulsión. La voluntad seria como una balanza
que ó.se ¡nolinaal lado del poso mayor, ó 36 condena al
mas absoluto reposo cuando son iguales los pesos do ambos
platillos. Puro no es asi como du hecho sucedo : si la vo­
luntad es balanza, su ejo es movible, y se va á la derecha 6
á la izquierda segnn le place, burlándose de los pesos enor­
mes, y dando el triunfo A loa mas ligeros. No hay acción
tan buena, ni virtud Un recomondable 4 que no podamos
volver la espalda, fuudmidu nuestro desvio en alguna razón
do inconveniencia, do incomodidad, de trabajo ó de diflcul-
tad, razón que, como fraguada por nosotros, fácilmente
vencerá en la luclni, y nos dejará indiferentes, y aun nos
apartará de aquel hien tan recomendado. Nn hay acción tan
mala, ni i-rlmou tan horrendo. en que la extraviada razón
del bombo: no finja uiicunlrar algo que se lo haga apetecer
( aunque no «ea mas que en un momento) como medio para
alcanzar alguna otra cosa que erradamente mira como
buena. Pero (aunque (i tonln costa) solo asi es nuestra la
determinación, solo asi es verdaderamente voluntaria,
personal. responsable y , por últim o. meritoria. De osta
única manera es también como se concilia el que aspi­
rando la voluntad ron tendencia fatal i irresistible al bien
absoluto. quede, sin embarco, indiferente y fría respecto de
los bienes relativos ú objetos llnitos que lo presenta la in­
teligencia cuino dcleriuinahlcs por la volicion fatal y nece­
saria respecto del fin último. y libre cu la elección de los
medios (i finos próximos. Eieclio mediorum ad finem :
esta es la m is breve y órnela definición de su libre al­
bedrío.
43. V aquf tocamos ya al principal propósito de este ca­
pitulo, que es la libertad de las determinaciones voluntarias
como rotuli -ion esencial de la moralidad de los actos.
Nuestra voluntad es libre en su determinación, y esta li­
bertad consisto en la facultad de elegir entre varios me­
dios que tuuduceu al fin. Entendemos aqui por vudiot,
todos los objetos y acciones quu la voluntad duterinina como
finen próximos de su querer, pues todos los subordina esta
potencia al fi:i último, al bien absoluto, respecto del cual
26
wsa toda elección. No solo son medios los objetos y los ac­
tos positivos, sino que el no obrar, ó el obrar en sentido
contrario de aquellos, lo elige la voluntad como medio pa­
ra un fln nltcrior: asi consisto su Iihurtad nn el poder de
obrar. 0 de no obrar, de ojerccr nnaacción ó su contraria..ú
olru de especie diferente.
44. Con lo que llevamos dicho acerca de la Toluntad y de
la manera con que esta determina los objetos de su querer,
trinemos casi resuelta en sentido afirmativo In tmi cllebrn
cuestión de la existencia del libro albedrío en ol hombre. Pe­
ro acabaremos de wuvuueeruos de esta verdad impurtaiill-
sima, y fundamental en ¿tica, si en vez de considerar á la
voluntad como una potencia al Trente de su objeto, scjiin lo
hicimos antes, In miramos nlmraálaluz de la conciencia, y la
estudiamos por un acto de reflexión sobre nosotros mismos.
Y realmente, no solo ñus vemos como oí Igen y cansí de las
determinaciones, sino como dominándolas de tal manera
que las producimos con aquel grado de Tuerza que de ante­
mano lis designamos, y en dirección dn los ohjctos que. mas
nosplacon. No solo tenemos conciencia de quo empleamos la
Tuerza personal un la dósis y en lu dirección quo queremos
lijar previamente, sino quo en todos los casos nos queda un
lobrante de Tuerza en reserva para resistir, equilibrar y ven­
cer la determinación prim era, p a n hnccrln cesar, variar de
rumbo. ó tomar unu.dirección opuesta. El sentido Intimp nos
muestra quo somos libres. No sufro ul alma coacción algu­
na de Tuerzas superiores á ella y que la determinen 4 querer
mal de su grado. porque aun en esto mismo vemos una con­
tradicción. Nn es tampoco que una fuerza naturalmente, in­
herente al alma la impela necesariamente a obrar, pero sin
violentarla. du donde resulte la ilusión du creurnos libres
no siéndolo en realidad : porque, ¿qué Tuerza es esta que
siempre sigue los propósitos y Gnesdel alma, puesto que nn
la violenta en sn querér? ¿('/uno puede, der,irse que. la nece­
sita Aobrar y no la violenta 1 Si osa Tuerza inherente al alma
ao es la misma voluntad humana, es un aditamento du pu­
ra hipótesis, es un acompañante innecesario, que quiere r
e mneve al compás de la voluntad. que on todo se atempe­
ra ti sus tendencias, y Inego tiene la pretensión de atribuir-
27
es la determinación como cosa propia. Por otra parte, si d
sentimiento Íntimo y proluudo de nuestra libertad « una
iltuion, esta ilosion vale, como prueba, lo mismo que la
realidad : respecto de los hechos internos, las ilusiones son
realidades, porque la ilusión que aparccc, es nna realidad
que ra is te ; el aparecer ▼ol existir son cosas inseparables
anle una percepción Luí 'directa, laii inmediata, lau infali­
ble , como la que hay en la conciencia: un placer imagina­
rio es un placer re al, como una libertad interna ilusoria es
nna libertad positiva : si, porque on cosas tan allegadas al
alma do caltc el que las apariencias «can de libre, y quede-
bajo de ellas se escóndala realidad de la fuerza que esclavi­
za. Dosta que nos veamos libres para serlu de hecho; pues,
si nsl no fuese, ¿por qué se habría de Ter la libertad que
no hav, y habría de ocultarse la fatalidad que realmente
existe?— Nóvale tampoco d suponor que sentina mem pro­
piedad intrínseca dul alma, ya que no una Tuerza adyacente
áella, la que la necesita (que es el último escrúpulo que que­
da (i los enemigos del libre albedrío); porque una propie­
dad que no os fuerza nn puede ser causa determinante de
actos, ni imponer necesidad a la fuerza misma. Uiul fnnrzm
nú se limita, ui altera su carácter, sino bajo el iullujo. y ba­
jo la presión, de otra Tuerza superior; y ¿qué conmensura­
bilidad hay entre nna propiedad y una fuerza? 'l odo lo mas
que podemos conceder fresa pretendida propiedad determi­
nante. es que sea muy profunda, muy radical, muy esen­
cial é inseparable del alma humana; quu sea una neeetidai
para ella el obrar como obra , estn e s, que su halle fatal­
mente sometida ú la necesidad de obiar libremente. Ksto ya
lo comprendemos, porque esta es nuestra doctrina. Tam­
bién decimos nosotros q u e. dadas ciertas circunstancias in­
dispensables para obrar libremente, no esta en nuestra mn-
ao el impouernus una necesidad interior: nos os esencial, y
por consiguiente necesario, ser libres. 1’uMjeiiH* la prerro­
gativa do la libertad sin poderla desconocer, renunciar, ni
enajenar. Somos libres, porque es necesario que lo seamos.
Tan imposible nos seria orear. Ungir, ó tener ¡den siquiera
«le libertad, siendo látales en el querer, como el horrar de
Ja conciencia, el oscurecer. ó siquiera negar sinceramente.
28
que somos libres, ouando do esa libertad nos da tan claro
testimonio el sentido intimo.
Este sentimiento de nueslralibcrtad es en realidad tan pro­
fundo é irresistible, que trasciende & todas las creencias
practicas mas fundamentales rlol espíritu humano, y hrota
y sn encarna en todos los movimientos y nn todas las deter­
minaciones do la vida. Nada serian, en efecto, ni nada sig-
niflearian nuestras nociones de bien y de mal moral, de
obligación, de mérito, de premio, de pena, «Je nlahanza y
de vituperio, si no nos sintiésemos libros, y no juzgásemos
que los otros eran también dueños d i sus propias acciones.
Sin este sentimiento no tendrían motivo alguiiu. ni las sa­
tisfacciones , ni los remordimientos do la conciencia, ni nos
creeríamos responsables por nuestros actos. Sin vernos li­
bres para el bien y para el m al, & nada conducirían la au­
toridad , la ley. eícastigo, rl consejo, el mandato ó la súpli­
ca: de nada, en nn. servirían la opciou, el proyecto para
lo futuro, la prom eta. el contrato, el compromiso, cosas
todas Un umversalmente sentidasy practicadas, tan en ar­
monía con la naturaleza y actnal constituí-ion de la huma­
nidad, que si so nenr.isc ni libre albedrío. seria menester croer
que todos los hombros erraron el camino. quo todas sus
creencias s >n una locura. y t«dus su* (Miélicas una contra­
dicción.
Pero aun cuando tal se supusiera, aunque fuesen quimé­
ricas estas aplicaciones practicas dol sentimiento do libertad,
todavía nsto sentimiento viviría on la conciencia, constitu­
yendo nuestra personalidad Intima, y protestando contra el
fatalismo on su aplicación á la conducta. Aunque sean ilu­
sorias las idc.as de bien y de m al. y preocupaciones la obli­
gación, el m érito, y el remordimiento, lo cierto es que no
por eso nos sentimos menos libres en obrar, Amas sujetos i
nna fuerza interior necesitante. Kl Yo humano desaparece­
ría si pudioso morir el vivísimo sentimiento de su persona­
lidad libro, y nadie dirá que somos yo y somos persona,
por preocupación , por h&bilo ó por educación.
4a. Kl hombro es, pura, fuerza que se posee y se domi­
na í si mismn. y en rsto consisto su excelencia y su supe­
rioridad : las demás fuerza* do la naturaleza ó son del todo
29
eicgas, ó si son capaces do conocimionto, como en los ani­
males, no lo «on bastante para dirigirse A si propias: son
faenas que se despliegan como en Unea recta, sin volver á
replegarse nunca sobre si mismas. La Tuerza voluntaria del
hombre se repliega por la reflexión, se apodera de su in­
tensidad , se estaciona, se Aja. y so constituye en contro de
infinitas direcciones: por eso esta Tuerza imprime á todos
sus movimientos un carácter de finalidad y una intención de
que no se ven muestras en las otras Tuerzas naturales; y
mientras rstns protlnnrn netosque no les pertenecen, la vo­
luntad humann siempre responde de los suyos como de cosa
propia, como quo llevan el sello de su personalidad, como
que la son imputables en bien ó en mal.
< 46. Si, pues, tanto diüeren en naturaleza la Tuerza vo­
luntaria y las otras fuerzas automáticas, nu es concebible
que tengan un mismo destino, ni nna misma manera de al­
canzarlo. La voluntad libre produce actos quo pertonoron á
un órden de cosas mucho mas alto que los meros movimien­
tos en que se resuelven las Tuerzas Tatales. Los actos huma­
nos constituyen una especie de mundo, el mundo moral, que
está mas arriba que el mundo físico. Ia s determinaciones li­
bres. bien queden consumadas en el interior del alma, bien,
combinándose cou las Tuerzas dtil organismo, se produzcan
al exterior, son morales, y calilicables, por los conceptos de
bien ó de mal, de licitud ó de ilicitud, de virtud ó de vicio,
y Por esta clase de actos ha querida Dios que el hombre
cooperoalcumplimiento de su destino, conociéndolo, que­
riéndolo, y poniéndolo como fin du sus detonninaciones;
prerogativa sublimo que tanto le enaltece sobre las demás
cosas del mundo que llenan su misión sin saberlo, y deján­
dose llevar por lina mnno oculta que las conduce en dere­
chura. ¿Qué importa que estas nunca yerren ni falten, si
acertando nada merece* , y toda la gloria es de la mano sa­
bia que las guia?¿0uú importa también que sean posibles el
mal y la defección en nuestra naturaleza libre, si siempre
estácnnucstm mano el evitarlos, y evitándolos merecemos,
y obrando el bien entramos á la parte en la gloria que ha de
premiar nuestro triunfo? ¿Quó vale la posibilidad de ser in­
felices, si se compara con la inmensa felicidad de podernos
ao
llamar auloret de nn eslra propia dicha? Iva libertad s na
don precioso, puo3 es la olavo del irarecimionto humano.
En ella mas que en nada-se astéala la naturaleza mural dri
hombre.

47. El hombre conoce el bien, se muere libremente há-


cia é l, y se interesa en su cumplimiento: estas son verda­
des importantísimas que nos ha enseñado una ligera obser­
vación sobre sus facultades. El hombro es un ser moral por
susdisposiciones naturales. Si hay un orden ruoral, el hom­
bre puede entrar en ese órden.
En la sección siguiente demostrarémes qoeese órden mo­
ral está representado en la inteligencia por idea.* tan positi­
vas en su objeto, como los que nos revelan la existe ocia del
mundo físico.
SECCION SEGUNDA.

DB LAS IDKAS CONSTITUTIVAS DR I.A MORALIDAD.

48. Para fuodar un sistema de moralidad uo basta que


nos encerremos en la naturaleza del hombre. y quo en ella
encontremos disposición ó aptitud moral en todas sus (acui­
tados. Kstc sistema debo construirse onn don Ordenen de ele­
mentas : unos subjetivos. que su toman de la natura]oza
del hom bre. y otros objetivos. que trascienden 6 se elovan
sobre esa misma naturaleza. En la sección anterior hemos
ochado nomo el cimiento del edificio, reconociendo por base
del sistema las facultados morales del sugeto hombre; ahora
nos loca levantar la (ábricu, desenvolviendo ol contenido,
•I objeto, de las ideus mondes que alumbran al espíritu hu­
mano.
40. Aunque los objetos de tales ideas no sean sensibles,
no por oso dejan de ser renles, y con realidad aun mas fun­
damental quo la da las cosas snnsihlos quo vemos, oimos,
tocamos. etc. Estas ideas ó conceptos do la razón (24) tío—
neo mucho mas interés para «I hombre que todos los cono­
cimientos perceptivos que pueda lograr su inteligencia,
porque este interés es práctico, y la conducta práctica es el
gran negocio de la vida humana, el punto de aplicación y
U verdadera piedra de toque do todas las teorías y aspeen- (
lociones.
50. ¿Qué es el bien? ¿Qué es el órdeaY ¿Hay un bien y
nn órden para lasacciones del hombre? ¿Ks obligatorio esta
órdon? ¿QuA es la ley que intima esta obligación? ¿Qué son
la responsabilidad y el mérito como sus consecuencias legl—
timas? ¿Qné es la virtud? ¿Qoó es la felicidad? 116 aquí los
interesantes puntos que iremos locando «ai otros tantos ca­
pítulos.

CAPITULO PRIMERO.
DE LA IDEA DE BIES.

51. El ríen es indeOnible, porque es un concepto primor­


dial del espíritu, y a Cl no alcanza el análisis quo necesita
la definición. Sin einhnrgn, comprendemos con facilidad su­
ma , y aplicamos 1 veces sin vacilar, lu calificaciou de bue­
nas 0 de malas ü las cosas, prueba de que uuestras ideas de
bien y de mal son harto claras sin necesidad de que la cien­
cia las defina.
52. Todas los casas que llamamos buettas las concebi­
mos referidas unas & otras, de tal manera, que tuda la bon-
dad que los atribuimos la cunlemplamus como pendiente de
esta relación. Son bienes relativos cuya bondad desaparece
al punto que los aislamos; son bienes participados, y esta
participación les trac de otra parte todo su carácter do bon­
dad. Otro lanío debe decirse respecto do las cotias que de­
nominamos matas. Tenemos por ¿unto el alimento, porque
se refiere, como medio necesario, 4 la conservación de la
vida; esla conservación es cosa buena, porque es neoram a
para In perfección total del hombre; oslo perfeccionamiento
es buena para realizar el orden general del mundo, del cual
forma el hombro parte, y |iarto tan principal; la realiza­
ción de ese orden es cosa butna, porque en él se manifies­
tan los atributos de Dios, que es su autor; la manifestación
de estos ntributos es buena, porque Dios es escncialinenUy
DrF.NO. Hasta aquí llega la serio: cada término es un bien
relativo quo so subordina al que le sigue, y este al siguien­
te . hasta que se llega ¿ una cosa que es buena por si y sin
relación h otra, por cuanto no se subordina a noda, y todo
se refiere y se subordina á ella. Ksln último eslabón de la
cadena de bienes relativos. oíU última razón del bien du to­
das las cosas, es el irien ubsoitttu. el bien supremo, el simo-
dien, razón suliciento, asi de la existencia como de la bon-
33
dad de todo ser. Suprímase con el pensamiento, si es posi­
ble, este último tírminn, este origen y fuente de toda bon­
dad , y ya no sabremos por qué las cosas hayan do. ser bue­
nas ni malas : tudas se vuelven indiferentes. Cual desapa­
recerían los colores, y con ellos (oda la belleza del mundo
corpóreo, si se apagara el foco de donde viene la luz, asi
se oscurecerían los reflejos de bondad que brillan en los
sores, si nuestro pensamiento pudiese anonadar el bien su­
mo de donde mana todo bien. Entre los bienes hay el mis­
mo encadenamiento que entre las causas; ambas series con­
ducen al absoluto, razón última de ser las cosas, y de ser
buenas. La existencia de bienes relativos supone por nece­
sidad el bien absoluto; tan repugnante es pnm la mznn nnn
serio de biones limitados, sin un tipo do bien inflnito, como
una serie de efectos subordinados, sin una causa última é
independiente. No sabrémos decir qué sea esc bien ultimo,
ese bien substancial, pues era menester que para eso com­
prendiésemos A Dios: pero si vemos muy claro que ese bien
lia de existir necesariamente, so pena de que desaparezca
del mundo toda bondad, como se disipan lus colm es cuando
se extingue la luz que los revela.
53. El bien se divide en absoluto y vilático : el absoluto
es el bien en si y sin relneion íi otro ser; este es Dios : el
bien relativo es ol que no se concibo sino con relarion ú
otro bien; todos los bienes criados son bienes relativos.
54. Pero ¿qué clase de relación deben guardar las cosas
criadas con el bien absoluto, para participar de su bondad"'
¿En qué posición se han de hallar los seres finitos para re­
flejar In luz de bondad que dorrama eso foco inagotable?
P ara responder satisfactoriamente 1 esta pregunta, es me­
nester apelar á la idea de un destino impuesto á lodos y 4
cada uno de los seres por la providencia del que los crió.
Dios quiso que las cosas existiesen con un dn, que viniesen
al mundo para algo, para cumplir con una misión determi­
nada ; de otro modo no so conoibo sabiduría en la creación,
y por otra parle. el muudo se presentaría & nuestros ojos
como un cáos donde nada tendría puesto lijo, donde el cie­
go acaso reemplazaría el órden y sublime armonía que ad­
miramos.
3
3i
Con arreglo oí fin preconcebido por Dios desde la eter­
nidad , cada uoa de las criaturas, cada una de las ospcoios
y todo el gran conjunto que llamamos universo, recibió de
su mano providente y poderosa aquella naturaleza mas con­
ducente á ese fln, aquellas propiedades masen armonía con
su destino, aquallns facultados y aqiiíl grado de actividad
indispensables para moverse, pura obrar, y, obrando, cum­
plir con su misión. De nada serviría que las cosas estuvie­
sen destinadas 4 un fin, si no hubiesen recibido los medios,
pues el fin no podría cumplirse, y la obra no reflejaría con
tanta viveza la sabiduría, la bondad y la omnipotencia del
Hacedor.
55. El bien, pues, de un ser es el cumplimiento de su fln
y el logro de su destino, por aquellas propiedades ó facul­
tades naturales que para alcanzarlo recibió de la Providen­
cia. Los bienes se subordinan unos & oíros {52}, porque
hay subordinación entro los fines de Ins cosos, de tal mo­
do, quo el fin de unas se considera en seguida como medio
para otro Un mas alio, resultando de esta disposición do
destinos y fines, la convergencia húcia un lia central, la
aspiración universal de las cosas hacia su causa Anal, que
es Dios.
5G. Concebimos, pues, un bien universal, un bien del
mundo entero, un bieu cosmológico, que es la realimoion
del plan que presidió á su creación, el cumplimiento del des­
tino que su autor le señaló desde la eternidad; y un bien
particular, que es el logro del fin propio de cada ser ó es­
pecie de seres.
El bieu universal resulla del concurso de bienes particu­
lares ; pero ese bien no se turba porque algunos sures no
realicen su fln particular; antes bien estos defectos son co­
mo Ins sombras de un cuadro, que hacen que resalte mas
la luz.
57. Entre los bienes particulares debemos oon.sidcrar el
bien /tutumo como el uias excelente, corno el que se refiero
á un destino mas alto y que es cumplido por el ser mas per­
fecto de la creación. La naturaleza con plexa del hombre nos
muestra igualmente quo el bien humano no es (mico, sino
un concurso de bienos de su cuerpo y de su alm a; porque
35
cada uno de estos elementos de su constitución tiene natu­
raleza distinta y diferente destino. La fuerza, la salud y la
belleza son bienes fisiológicos del hom bre; el placerdel puro
sentimiento, la ciencia y la virtud son bienes de su almn,
que se pueden llamar bienes psicológicos. Mientra? duraepta
unión, en que se fuudeu las dos vidas (la del cuerpo y la
del alm a], el bien humano ha de consistir en la suma de
torios esos bienes parciales, porque el destino del hombre
rcolama el desarrollo armónico y el perfeccionamiento gra­
dual do ambas vidas.
58. Todavía entre los bienes del hombre debemos Ajar­
nos definitivamente, como último punto de nuestro análisis,
en el bien m oral, que consiste en el ordenado movimiento
do la facultad por excelencia, de la voluntad libre.
Todos los seres de la naturaleza realizan su fln sin com -
preuderlo y tin quererlo; mas el hombre tiene el privilegio
de saber que tiene un Un, y de subordinar á él sus acciones
voluntarias. lista profunda diferencia en la manera de refe­
rirse A un fin entre el hombre y los demás seres, constituye
un nuevo Arden do bienes humanos. Las acciones volunta­
rias no solo sou bvtnus, puesto que realizan el fln de la hu­
manidad , sino moralmente buenas, porque lo realizan con
el doble carácter de razón y de libertad, ó se apartan de él
y lo contrarían, siendo entonces moralmente malas.
Concurriendo el hombre do tan distinta manera al cum­
plimiento üe su deslino, no as concebible que su bien sea
como el déla planta, que so nutre sin pensar ni poder pen­
sar en ello, como lu piedra, quo cae sin poder evitarlo, ó el
planeta, que recorre su órbita sin saber lo que hace ni po­
der contenerse. Su bien no dehe ser solo ese bien común
con los demls seres, quo caminan todos á dogos á su fin,
sino un bien especial y eu armonía cou el caudal de luz que
alumbra el camino, y con el grado de independencia y liber­
tad con que la fuerza personal lo recorre. Este bien debe ser
un bien aporto, nn bien propio y exclusivo de « re s racio­
nales y libres, nn bien moral (atguum, honestum), quo tan
profundamente distinguen ludas las lenguas, de lo que no
es mas que bueno ó conveniente.
36
CAPÍTULO II.
DE LA IDEA DE ÓRDEV
59. Tan fundamental como la de bien. es la idea de ó r-
den, y puede decirse que la última es condicion necesaria de
la primera. No habría, en efecto, bondad ni conveniencia
en las cosos, ni moralidad en las acciones, si no hubiese un
órdon preconcebido é impuesto 1 las cosas y acciones mis­
mas. El órdeu es como el coronamiento de las nociones mas
altas de la inteligencia humana, y el término supremo de la
idea de bien.
60. Entiéndese por arden la acortada y sabia distribu­
ción de todas las partes do una obra, la permanente regu­
laridad de lus movimientos de un ser, y la adecuada relación
tmlre los fines y medios de una naturaleza. Concierto, ar­
monía, arreglo entre las partes y el todo, entre los hechos
y las leyes, y entre los medios y el (In: triple manera de
aparreer el Arrien en las cosas criadas.
61. El úrden rosplandeco en lanaturalezaentera, lo mismo
en el conjunto, queeu cada uua de las parlas, lo mismo en
las moles inmensas que se revuelven en el espacio, que en
los mas imperceptibles átomos de la materia. La Providen­
cia lo dispone todo non p w n , número y medida : todo lo
abarca de ano a otro fln con fuerza, y lo dispone con suavi­
dad : lleva todas las cosas4 su destino con eficacia. pero sin
violentar su naturaleza, y por los medios mas en armonía con
su constitución.
En las yerbas y flores, en el mismo polvo que pisomrts,
doaophre el microsoopio mundos ignorados, tan ordenados,
tan sabiamente provistos, como las cosas grandes que líos
rodean, y quo oslamos acostumbrados ¿ admirar.
Causa'asombro la regularidad y la especie de instinto con
que se mueven las pequeñísimas molécutas de ciertos mi­
nerales cuando cristalizan, y ni tino y acierto con que so
van formando en hileras, y las hileras en planos, y los pla­
nos se sobreponeu unos ¿ otros, hasta que resulta un cris­
tal tan geométricamente regular, tan acabado en sus caras
y aristas, qae no acertaría á tallarlo mejor el mas hábil
diamantista.
37
La vida con todo9 sus portentos, con toda la inteligente
economía do órganos y de (tinciones que la conservan y re­
producen, se encuentra, en plañías lan pequeñas que no las
ven los ojos, y en animalejos tan diminutos que se alcanzan
á descubrir con el microscopio como granos de arena, al
lado de granos de arena que numentAn cada uno Al tamaño
de una nuez. El mundo de las cosas pequeñas no cedo al de
las grandes en prodigios de organización. en sabiduría da
(lnes, eu sencillez de medios, ni en delicadeza de procedi­
mientos.
Para ver maravillas no tenemos tampoco necesidad de sa­
lir de nosotros mismos, porque nuestro cuerpo es como
la obra maestra de toda lu creación, y su rúbrica enciur-
ra tanta riqueza do precisión y sabiduría, tanta variedad
de órganos y de funciones, tanto caudal de recursos, que
asombra ver que todo eso « a necesario para una cosa, al
parecer tan sencilla, como vivir, y quo la vida dure inas
de un momento, cuando peude du ta.ii intrincado y frágil
mecanismo. Para creer en la existencia de un Dios provi­
dente y ordenador, basta conocer medianamente la estruc­
tura de una cosa tan pequeña como el ojo; asi cuentan que
nn anatómico célehro soltó mas do una vez el escalpelo pa­
ra adorar la sabiduría y la omnipotencia divina que veia
brillar en el corazun du un hombre cuyo cadáver disecaba.
Si queremos ahora que nuestro asombro llegue ¿ su col­
mo, alcemos los ojos al cielo y admiremos la regularidad
prodigiosa, ln precisión matemática con que los ostros cor­
ren por sus órbitas sin precipitarse, sin estorbarse ni con­
fundirse. sin apartarse una linea de su camino; y esto
por laníos siglos que se les está observando, y pronosti­
cando con infalible exactitud todos los accidente.* y combi­
naciones de sus movimientos. Hasta los hombres mas rudos
ven la mano de Dios, autor y ordenador del universo, al
través de la armonía acompasada y majestad solemne coa
que se mueven y cruzan los astros.
En el gran lodo ocupa cada parle su puesto, ninguna
huelga, ni falta tampoco la porcion de movimiento que le
toca realizar. Las leyes á que se sujetau los movimientos y
los fenómenos son sencillísimas, y lu van siendo lanío mas,
38
ouanto mas avanzamos resolviéndolas en otras mas alias y
generales. Los sores de la naturaleza tienen un fln, y unos
medios adecuados para alcanzarlo, de suerte que su vida es
una constante aspiración á su 11u por el empleo de los me­
dios y el desarrollo completo de sus Tuerzas ó facultades.
Hay, pnes, en el mundo un órden admirable: este órden se
llama órden físico.
02. La inteligencia humana también está hecba para el
órden. Antes de observarlo, lo presiente, y en este presen­
timiento Tunda sus inducciones y so eleva á la generalidad
de las leyes. La ciencia, de esta manera, es un reflejo de la
realidad, y la unidad que la nunn aspira ú dar á todos los co­
nocimientos, representa la unidad de oraion y la convergen­
cia de miras que domina en todo el vasto campo de la na­
turaleza.
La sensibilidad, por su parte, no es indiferente al órden.
Nada es mas agradable que un ideal en que lucen la armo­
nía y la regularidad. y en que dd seno de la pluralidad sur­
ge la unidad que domina todo el conjunto. Gusta la tim e-
tr ía , aunque no es mas que un órden de localidad; des­
agradan, por el contrario, la divergencia, la conTusion y el
número, en que no hay mas que multitud sin unidad. Asi
se comprenden el encanto que nos producen los estudios fi­
losóficos sobre las maravillas de lu naturaleza, y la pena que
nos queda cuando no podemos explicar por una ley conoci­
da algún Tenómeno que sale Tuera de lo acostumbrado.
63. Y ¿no habrá órden para la voluntad humana? ¿Será
posible que respecto dr. ella r.n haya plan, ni idea precon­
cebida? Sorú creíble quo esta facultad tan esencial mente fi­
na l (41) lio leuga Unes determinados, y que todas sus ten­
dencias, aspiraciones y actos sean indiferentes? No: que tal
suposición es absurda, y pugna con todas las ideas que te­
nemos de un Dios providente, y de la naturaleza moral del
hombre.
Si la voluntad humaua no está beclia para at^o, es una
pieza sobrante, una rueda que estorba en la gran máquina
del universo. ¿Cómo se concibe entonces que Dios la haya
dotado de tanta energía para obrar, y le haya puesto como
auxiliares un entendimiento capaz de percibir el órden. y
39
una sensibilidad capaz de gozarlo? Vemos que en el mundo
material, allí donde la mano poderosade Diosponeuna fuerza,
frente de movimientos, su infinita sabiduría orden* aque­
lla fuerza según un plan admirable, la rodea de medios do
acción, conmina con ella otras faenas colaterales, la subor­
dina ¿otras superiores, y mide el cuanto de su intensidad
por la suma de efectos que está llamada &producir: y | ha­
brá lanzado al seno del mundo una fuerza que en el querer
no conoce limites, y en el nhrar hasta puede influir, alte­
rar y sacar de curso al mismo órden físico, y la habrá, ata­
do &un cuerpo, prodigio de previsión y de cuidados; y todo
esto sin plan, sin fin, sin destino, sin por qué ni para qué!
Esto es inconcebible. Si nada es indiferente en el mundo, si
todo él so trastornaría con solo sacar de su sitio la mas pe­
queña pieza de su compacta fabrica, es imposible concebir
indiferentes los actos de la voluntad humana. Tenemos que
considerarlos sujetos á un órden, y á un órden superior al
que reina en la naturaleza, por lo mismo que la voluntad es
fuerza mas alta y excelente que las que obran sobre la ma­
teria. Hay un órden moral para los acciones, como hay un
órden físico para los movimientos. La Providencia, que dió
para algo la vida á animales un millón de veces mas peque­
ños que utrgrano de arena, puso también un destinoá la vo­
luntad humana, pues todo ñas inspiralaconsoladoracreen­
cia de que la felicidad y el perfeccionamiento del hombre han
sido el objeto principal del arreglo del m uudo, asi en sus
grandes masas como en sus mas diminutos elementos.
Solo asi tienen explicación la naturaleza del hombre, qne
seria nn enigma reducido al triste papel de espectador del
órdon, y la armonía del universo, quo seria una cosa por
acabar, un edificio sin cúpulu. si excluyéramos de ella la
voluntad libre. Solo asi encuentran satisfacción los instintos
de órden y de finalidad de la humana inteligencia que al­
canzan asi &los fenómenos flsicosqne perciben lossentidos.
como il los hechos internos qur> aprendo la conciencia, y ii
las nociones mas elovadus que la razón ooncibe. De este
único modo tiene una razón el sublime encanto que experi­
menta la sensibilidad cuando se descifran los designios del
órden m oral, y se recorren uno por uno los lazos que unen
40
al hombre con sus semejantes, y &todos los hombres con su
común Criador.
64. El órden físico y el moral constituyen d órden uni­
versal. El hombre es el representante del Orden univorsal.
En su doble coiislitucioii está el nudu misterioso que ata el
urden moral con el físico, lis la naturaleza humana como el
punto de contacto de des esferas, de dos mundos, el del es­
píritu y el de la materia. K1 cuerpo del hombro queda aquí
abqo en la esfera del órden físico; su cabeza. su alma se
eleva baila enuar eu la esfera del órden moral.

CAPITULO III.

DE LA IDEA DE OBLIGACION.

65. Un bien y uii órden moral que no fuesen obligato­


rios, serian extraños á la naturaleza humana : la idea de
obligación es complemento necesario de las de bien y de
orden moral.
06. La oblig ación denota una especio de necesidad, pero
necesidad especial y tuiijeneris, que léjos de estar en pugna
con la libertad humana, la supone necesariamente y sin ella
es inconcebible : para ser sujeto de obligación es menester
ser libre. La obligación, por lo tanto, no denota una necesi­
dad metafísica 6 absoluta: las cosas que se dicen metafísica-
mente necesarias son las que de tal manera son ó se conci­
ben, que su opueslo es imposible ú absurdo; y las acciones
voluntarias, como todo lo que es un hecho, son contingentes,
en el sentido de que nunca es absurdo concebirlas como no
siendo, ó tomando una dirección contraria d ía prescripción
obligatoria. La conciencia nos dicu, por ejemplo, que po­
demos no querer lo que queremos, i) querer todo lo con­
trario, sin que dejemos de vernos obligados á una cosa de­
terminada. Tan opuesta es la necesidad metafísica á toda
idea de libertad, que ni aun en Dios concebimos albedrío
para querer el maJ, que repugna con sus atributos nece­
sarios.
No es tampoco la.obligación una necesidad física, ni se
contempla como una fuena que sojuzga A la voluntad de­
41
terminando voliciones (atoles, como las faorzas de la natu­
raleza material determinan movimientos necesarios. No
se dice que la piedra está obligada & caer, ni la planta í
vegetar, ni el animal i. reproducirse, porque obedezcan ¿
impulsos irresistibles de su naturaleza; ni nosotros, al re­
conocernos obligndos, sentimos el yugo de una potencia
superior á nuestra personalidad ó de un influjo indecli­
nable.
67. La obligación es una necesidad moral, que se refiere
4 un ser racional y libre, como motivo de la determinación
de sus actos. La obligación es una necesidad que no vio­
lenta ni esclaviza, y que on voz do matar la libertad humana
la perfecciona haciéndola entrar en el urden. Esta necesi­
dad moral es la única manera de poner en inteligencia dos
elementos al parecer tan contrarios como son el órden mo­
ral, que todo es fijeza é inmutable armonía, y la libertad
humana, quo os por oscncia vorsltil en la determinación,
y no reconoce otra ley que la mudanza. La obligación obra
como motivo, no como Tuerza: se impone necesariamente
í la razón y deja libro la actividad: encadena nuestro juicio
y respeta nuestro dominio sobre los actas; quédnso fuera, y
como á oiorta distancia dol foco de nación voluntaria. sin
ir 6 mezclar su energía con la de la voluntad, torciendo su
rumbo, neutralizando, ni mucho menos anulando, su inten­
sidad : desde lo alto ejerce su saludable indujo , dejándose
oír por la voz de la razón, defensora de sus derechos, en el
tribunal de la conciencia, pero sin tomar parteen la acción
como causa coeficiente ó coordenada con la causa volunta­
ria. El órden moral y la libertad humana conservan sus de­
rechos esenciales, y se concillan admirablemente en esta
necesidad tan singular de la obligación Necesidnd m o r a l:
no hay otro nombre parn cameterizArlu.
68.' Elúrden moral os obligatorio, y tiene un carácter
imperativo. No se concibe, A la verdad, el que haya, cuino
hay (63), un designio y un plan superior respecto á las ac­
ciones voluntarias, y que estas no se liguen ó de algún
modo no se refieran á sn realización; que no huya unas
que lo favorezcan y otras que lo contraríen, unas que lo
cumplan y otras que tiendan á destruirlo. Si se considera
42
la voluntad humana como en el centro de un circulo, pu-
diendo por su libertad encaminarse 1 los infinitos puntos
de la circunferencia, es menester que el órden acoja y haga
suyos las direcciones que le son compatibles, y ligue ron
ellas la determinación voluntaria, por una limitación res­
trictiva de tudas aquellas que lo cuutrarian. Esta ligadura
ó vínculo y esta limitación de direcciones constituyen la
obligación (de ob-ligare).
La unidad de fln último (42) & que tienden las deter­
minaciones voluntarias, nos da también idea de un Arden
obligatorio. Muchos son los medios 4 fines próximos que la
voluntad se propone, tantos como puntos tiene la circun­
ferencia de su acción; pero no todos esos medios pueden
conducir ¿ un fln que es único, 1 la manera que de un
punto A otro no seju ed e ir derechamente por muchos ca­
minos, sino por m R o lo . Los medios ndcouodos, justos y
derechos, Cormau una serie de subordinación, uua recta
invariable, fuera de la cual no hay senda que conduzca al
bien. Esta serie de medios y de (lDes es lo que con tanta
propiedad se llama la linea de conducía, la cual, si se en­
dereza al bien, no puede menos de ser obligatoria, en ouanto
limita y reprueba todas las otras direcciones como torcidas
y extraviadas.
En el órden físico no son indiferentes ni la dirección ni la
intensidad con que las fuerzas obran sobre la materia. Si
oambinsen de relación las fuerais ccntmlcs que ahora man­
tienen el órden entre los astros; si de reponte desapareciese
la gravitación universal, ó se convirtiese en fuerza repul­
siva, vemos claramente que habría una dispersión en la
materia, un trastorno universal, volviendo el mundo otra
vez al cáos de donde salió. Y ¿por qué hemos de suponer
que en el órden moral es indiferente el rnmho quo tome la
voluntad libre? Y ¿cómo podemos conoebir esto órden como
la expresión de la bondad y sabiduría divinas, y que todos
los movimientos y direcciones de la voluntad luyan de ser
igualmente buenas para complirlo? ¿Cómo ha de ser este
órden tan acomodaticio, que en él valgan lo mismo el amor
que el odio, la enmpasion que la crueldad, la veneraoiou
que el ultraje, la lealtad que la traición, y el fino agradecí-
43
miento que la negra ingratitud? La inteligeucia rechaza esta
suposición como absurda, y contra ella se subieran por ins­
tinto todos los sentimientos del corazon humano. Ó no hay
plan ni órden para la conducta, A no poede tener tul latitud
y elasticidad que en Al quepan todos losaotos sin distinoion.
Tal manera de entender el órden moral equivaldría & ne­
garlo explícitamente.
69. Como la obligación viene de la razón, participa de
todos sus caractéres : es por lo tanto universal é inmutable,
desempeñando en la moral el mismo papel que los axiomas
ó verdades necesarias en la ciencia. Como la verdad sobre
todas las inteligencias, domina la obligación sobre todas
las voluntades; de tal suerte que no hay acción humana con
una razón de finalidad bastante para'que se la considere
como voluntaría, que no tenga que venir A la medida de
la obligación, guardando con din una relación de conformi­
dad ó de disonancia que constituye su moralidad. La obli­
gación tampoco cambia, como no cambia la razón. Siempre
subsiste como regla y criterio inflexible en medio de la va­
riabilidad do Unes, de propósitos y de circunstancias, que
haocn tan mudable In vida moral del hombre. Kn medio do
esa atmósfera, no siempre apacible y serena, en que se agita
y revuelve la vuluuUd humana, se distiuguu la obligación
moral, inmóvil y (Irme, sin doblegarse al impulso de la pa­
sión ó del interés, sin contemporizar, sin transigir, siempre
mandando, siempre representando el órden eterno é inmu­
table provisto por la inteligencia infinita de Dios, y querido
y docretado por su voluntad omnipotente.
70. De Dios vieue toda obligación, cumo viene lodo ur­
den. Si del mundo moral se destierra la Divinidad, á nada
estamos obligados, porque falta la razón última, falta el fun­
damento supremo de qne debamos hacer unas cosas y evi­
tar otras. L'na moral atea no puede hablar de obligaciones.
71. Cuando las acciones humanas se consideran bajo el
indujo de la obligación, toman el nombre de deberes.
Son deberes para nosotros todos aquellos actos que la
razón muestra ser ordenados, y por consiguiente obligato­
rios. F,1 deber es la obligación conorctada ol acto, y rodeada
da todas las circunstancias del agente. La obligación es un
44
concepto único; los deberes son mochos. El deber en las
acciones es, sin embargo, tan universal y absoluto oorao la
obligación abstracta.
72. Correlativa con la de deber es la idea de derecho.
Todo deber supone un derecho, y vico-versa; de tal modo
que el derecho es cosa indefinible si se aísla del deber cor­
respondiente : nacen juntos y son inseparables. No hay de­
beres sin derechos, ni derechos sin deberos : ambas nocio­
nes correlativas se encierran en la idea superior de obliga­
ción m oral, ó , mejor dicho, la obligación, que es una é
inmutable por esencia, se llama derecho ó deber, según el
ponto de vista bajo que se la considera, sngnn el sujeto i.
quien se dirige (que es el hombre} so contempla como pa­
sivo ó como activo respecto de sus Semejantes. Si la obliga­
ción nos prescribe el obrar eo un sentido, nos declara in­
violables para usar de nuestras facultades en el cumplimiento
de aquel deber, y prohíbe A los demas el poner obstáculos
Ala operacion. Esta inviolabilidad en nosotros, y esta pro­
hibición , quo es un deber en los doraás, constituyen «um-
tro derecho.
El derecho no solo supone deber, sino también relación
entre el hombre y sus semejantes. No tenemos propiamente
derechos sobre los nnimalcs, ni sobre los otros sores inani­
mados, porquo son cosas incapaces do obligación.
En Dios hay derechos sin obligaciones : en el hombre hay
obligaciones sin derechos respecto 4 la Divinidad.

C A P IT U L O IV .

DF LA IDEA DK LEV.

73. Kl órden moral no puede tener nn carácter obliga­


torio, ni ejercer un inflnjo imperativo sobre la voluntad li­
bre, si no desciende ú la conciencia humana bajo la forma
de ley, para servir allí de regla do acción.
74. La lky mohal , en su concepto mas genérico, ese/
órden obligatorio intimado á m ser racional y libre como
norma de tus acciones. F.s la obligación haciéndose efectiva,
dejándose oir en la concioncia, y reclamando un cumplí-
45
miento. No bastaba, en realidad, que el hombre estuviese
obligado, porque así lo exigiese el órden moral invariable,
y su naturaleza racional y libro; si la obligación no fuese
íutiniada como regla para obrar según el órden, seria un
vinculo completamente inútil. y quedarían frustrados todos
los designios que Dios concibió como realizables por la vo­
luntad humana. Para que esta concurra á ellos, es menes­
ter que los conozca, al menos, en lo qur pnra ella tienen de
obligatorio. La ley os el hecho du esta intimación y de este
conocimiento. Dios ha querido ligar cou el órdon la volun­
tad del hom bre; pero ilustrando también su inteligencia por
la promulgación, é interesando su sensibilidad por la san­
ción de esto órden ohligntoriri.
7o. La obligación , la promulgación y la sanción son
como elementos coustiluyeules de In ley impuesta ¡i un ser
voluntario, inteligente y sensible; y cada una de aquellas
tres cosas se refiere & una de estas tres facultades ó aptitu­
des primordiales del alma humana, p a n quo. cada ciml con­
curra según su naturaleza al cumplimiento del órden.
La obligación se hace efectiva por la ley y abandona su
carácter abstracto, haciéndose regla práctica de la volun­
tad . La obligación, primitiva y eterna como el órden, viene
con la ley misma, constiinyondo sn substancia y crígicndola
en norma do los acciones libres. Por donde se ve quo es do
esencia de la ley el ser obligatoria, pudieudo muy bien de­
cirse que la ley' no es mas que la obligación promulgada y
sancionada.
La promulgación se dirigí á la inteligencia, y es tan ne­
cesaria para la oxistenoia de la loy, oomo aquolla facultad lo
es para la vuluutad : asi como uo hay acciouus voluntarias
sin conocimiento, asi tampoco se conciben leyes que no
tengan promulgación. Esta no consiste precisamente en la
publicación, sino en la stificienle intimación del órden obli­
gatorio, para ser conocido como tal por el sor inteligente.
La sanción mira al símelo do la ley como sensible, y bus­
ca en las afecciones de placer y de dolor nuevos motivos
para la práctica del bien. Es el premio que se promete al
cumplimiento, ó el castigo con que se conmina la infracción
de la loy. Si el hombre no fuese sensible, el premio y la
46
pena 6 el castigo estarían de moa, viniendo á ser ociosos
aditamentos ú. la parte dispositiva de los leyes. F.1 premio
es un bien sensible que está ai fin, pero qué no es él fin de
las acciones virtuosas. L a pena es un mal aflictivo aplicado
al culpable como expiación de la culpa, como reparación
del desorden ; y este es su carácter esencial. I j i corrección
dol delincuente y el escarmiento de los otros son también
flnes útilísimos de la pena, puro se conciben como secun­
darios.
76. A si, la ley inoivl, que obliga i la voluntad, que se
promulga a la inteligencia y que interesa la sensibilidad del
hombre, abraza toda su naturaleza, es su verdadera leu na­
tural, y por ella queda el hombro definitivamente ligado con
el órden eterno. Dios le hace participante du este únlen es­
culpiendo sus preceptos, no en tablas do piedra, sino en las
tablas carnales de su corazon, para que lleve dentro de si
el oWiigo de sus deberes siempre abierto ante los ojos de su
razón, y siempre interpretado y aplicado por el tribunal de
su conciencia.
La razón, por otra parte, nos dice claramente que un ser
esencialmente justo debe retribuir í cada uno según sus
obras, esto e s, que la ley natural tiene una sanción : san­
ción proporcionada, suficiente, efectiva y universal.
77 . Y ¿cual será, entonces, la sanción do los preceptos
naturales'.' ¿Podrán toueilasobre la tierra? ¿Teudnéiiiosque
ponerla en otra vida, como esperanza de la virtud, y como
terror del crimen? Asi es en realidad: y las consideraciones
siguientes nos llevaran ú este importantísimo resultado.
1 .* No hay que pensar en quo las acciones humanas en-
cuculrau lodo su castigo ó su recompensa en las consecuen­
cias naturales que producen en daño ó en provecho del que
las practica. Cierto es que la sensualidad, y la intemperan­
cia , por ejem plo, arruinan la salud, y que una vida arre­
glada por la templanza conserva y fortalece los facultades.
Pero, ¿es proporcionada y universal esta especie de sanción
con que la naturaleza rospoude al cumplimiento ó á la in­
fracción de sus leyes? ¿Acaso todas las acciones morales se
ligan con el organismo de nn modo tan estrecho, que en su
salud ó en su destrucción haya de recogerse el premio ó
47
sentirse la pena con la exacta medida de su merecimiento?
i No hay, por otra parte, que tener en cuenta la fa en a de
la oonstitucion y la naturalcxa del temperamento, que tanto
varian en los diversos individuos? Sanción tan variable y
relativa es incompatible con la universalidad y la constan­
cia de la ley m oral, é insuficiente para asegurar el cumpli­
miento de nuestros deberes.
2 . ” Ni las penas con que las leyes humanas castigan el
vicio, ni los menguados premios que reservan á la virtud
son bastanto sanción du los preceptos naturales. Limltansc
las leyes de aquí abajo i. reprimir la injusticia de los hom­
bres,’ cuando esta se manifiesta por actos exteriores, y á
mantener el urden y la paz en la sociedad, considerando
como imperfectos, y dejAndoquehrantar impunemente,torios
aquollos deberes de religión y de amor para oon Dios, do
caridad y de beneficencia para con nuestros prójimos, (Je
moderación y templanza para con nosotros mismos, que por
cierto son los mas sagrados i los ojos de la moral, y que
tnn alto levantan la voz en nuestra conciencia. V ¿qué san-
oion quedará para los crlmcnrs ocultos? ¿Quó no hnrít en
las tinieblas el que no teme mas que al tustigo ó al juez /
Por o lía parle, ¿nu cae el rigor de las leyes humanas mu­
chas veces sobre el inocente, dejando sin castigo al verda­
dero criminal? Aplicadas por clases ▼categorías, ¿son siem­
pre lns pena« exactamente proporcionadas A los delitos? No.
3 .* Lo que no puodon hacer las leyos, menos lo harán
la opiuiou y los juicios humanos. /.Dónde está la justicia de
la opinion pública, que tan fácilmente transige con el vicio,
lo aplaude, y hasta lo honra, y no reserva para la virtud
humilde mas que unacomposion estéril? ¿Qué cosa mas va­
riable, ni mas temeraria, que los juicios ríe un público fri­
volo, apasionado, y voleidoso? Uay virtudes que no lucen
bieu mas que eu lo oscuro; liay acciones generosas y nobles
sacrificios que se empañan con el aura popular, y desmere­
cen con el aplauso. Y luego |hay tantos crímenes que se es­
conden A la ignominia publica! |l(ay tantas virtudes falsas
que alcanzan honra y alabanza!
4.° Ni el buen testimonio de la conciencia, ni los terrores
del arrepentimiento sou tampoco bastante premio del bieu.
48
ó solídenle castigo de las malas obras. Estos sentimieutos
tienen un carácter relativo, variable y personal, como que
dependen del grado de sensibilidad del que los experimenta
Es un error creer que el placer interior que dan las obras
buenas está siempre en proporción con la reiteración de las
prácticas virtuosas. L a satisfacción del bien obrar se gasta
con el hábito, y toda la dicha que nos trae un primer acto
de virtud parece que ae pierde en medio de una vida con­
sagrada por entero al d eb er: asi puedo decirse que dismi­
nuye la recompensa al poso que orecc el merecimiento. Esto
se ha de decir con mayor razón de los remordimientos, que
tan vivos son cuando el hombre pone el pié en la carrera
del crim en, pero que luego se van amortiguando cuanto
mas avanzo en ella, basta llegar al endurecimiento. El que
envejece en ol desórden y en el vicio embota su sentido mo­
ral , y acalla por no oir ya el importuno grito de su con­
cien cia; por lo tanto el mejor modo de librarse de sus acu­
saciones y de sus penas, seria el engolfarse mas y mas en el
mui. Además, esos placeres que la virtud produce, y esos
terrores que persiguen ol vicio, ¿qué son, ni qué significan
de suyo, si 110 se les refiere á un órden de premios y de
penas que están fuera de nuestra actual condicion? ¿Qué
son sino quimeras, ó necias preocupaciones, si ya no son el
presagio de una dicha ó de un mal definitivos que han de
venir despucs, ó el crepíiscnlo de un gran día de luz, ó de
una noclie terrible que nos aguardan ?
Asi debe ser, pues que nada hay sobre la tierra que san­
cione nuestros deberes con arreglo á las ideas de justicia eter­
na é inmutable que alumbran nuestro espíritu; nada que pon­
ga en armonía nuestrosjuicios morales con el curso ordina­
rio de las cosas humanas, ni dcrocho, lo que debo ser, con la
triste realidad del hecho, con lo que es y sucede; nada que
consuele & la virtud despreciada y oprimida, ni cause es­
panto al vicio impune, honrado y triunfante. ¿Quién, al
contemplar los desórdenes de la tierra, no vuelve I09 ojo9 al
cielo en busca de una reparación? Y si esa repartición falta,
porque todo aquí conoluyo, ¿quién no siente un primer mo­
vimiento de queja contra una Providencia que tan ajena se
muestra al gobierno de las cosas humanas? ¿Ouién no mi­
19
rará ya i 1* virtud como un fasUsma 6 como ana decepción
amarga?
No : qnc hay m u allá d e e * a vidn m ía reparación de las
iniquidades de aquí a b a jo , y otro órdon do cosas nn que la
Providencia arrollará cüii mano soberana las cuei;las de su
justicia. Para aquietar nuestra impaciencia, para acallar
nuestra queja blasfema, y para consolarnos de Unto desor­
den, sepamos bien que estas anomalías no son mas que
aparantes, que tienen su origen en la misma naturaleza del
hombre y en el lln de su vida, y que m>u basla condiciones
del vicio y de la virtud. Si las cosas estuvieran arregladas
de tal suerte que el vicio recibiera en seguida su castigo, y
la virtud su premio, basloiianos solo calcular para bacer
el bien y evitar el crim en, y este cAlr.nlo grosero ó intere­
sado nos robaría todo el mérito. En nada nos distinguiriar
mas entonces- de las demás fu eras delu naturaleza, que
ramplón su bien sin esfuerzo, pero también sin mora­
lidad.
78. Y ya que el pnntn de que tratamos nos convida á
ello, reforcemos esta prueba moral con otras consideracio­
nes también morales, tocadas de la nuluraleza del hombre.
Quizás nos desviemos un tanto de nuestro propósito, que es
lo sanción de la ley natural . pero no saldrémos del campo
de la moral, y hien lo merece In materia, que es del mayor
interés.
Que hay, eu realidad, otra vida, pruábanlo patentemente
ese deseo de inmortalidad que nos es innato; ese horror que
nos inspira la pérdida absoluta y eterna de la conciencia de
nuestro ser; ese continuo pensar en nn porvenir que tras­
pasa los estrechos limites do la vida presente; esos proyec­
tos cuya utilidad, cuyos frutos, ni nosotros ni nuestros hijos
gozarán, y que sin pena aplazamos para (echas que no guar­
dan proporción con nuestros breves años; ese amor á U.
fama púttnma, que nos hace rarriftear el descanso de la
vida acto al á un aplauso que entrevemos poder gozar aun
roas allá del sepulcro; esas sueños de esperanza qne ya en
este mundo nos ponen en posesiou del porvenir. SL todo
acabo aquí, ¿qué significan estos pensamientos tan natura»
las, Un comunes, u n propios de todos los tiempos y de todos
4
los hombres? y si estos pensamientos son un engaño, ¿cówo
ns quo asi se nos engaña, y se nos atormenta t¡¡u objeto ni
frito alguno? ¡S i aquí acaba nuestra carrera, somos en
m i dad tan pequeños, valemos lan poca cosa, que no mere­
cemos la pena de que asi se nos engañe, y se nos martirice
de una manera tan desapiadada!
Somos mas miserables y mas infelices que los auiinales.
si nos falta ese glorioso destino á que volvemos los ojos
pura, consolarnos de los males de esta vida. Ellos, ul cabo,
no se sienten impelidos hácia un porvenir indelinido por
ninguno de sus instintos, ó ile sus apetitos sensitivos : la
extensión y ol alcance de todas sus facultades están sabia­
mente medidos por necesidades que quedan plenamente
salisfechas en su vida presente : el campo del placer es para
ellos mucho inas extenso que el del dolor, dolor que apenas
conocerían sí el hombre no pusiera la mano en ellos: y unn
muerte dulce y no tem ida. consecuencia fisiológica de la
vida que recibieron, pono fin y término u su destino, sin
te r r o r , sin espanto, y también sin esperanza. Pero al
hombre le lian locado unos instintos y unas facultades
que lio calinn en su destino actual. y que apenas rmpieznn
á desplegarse lo nrrastrnn fuera del órden sensible y limi­
tado de su constitución presente: instintos y necesidades
que no cucuuntrau alimento bastante en los medios do
satisfacción que le rodean en la tierra, lina inteligencia
que, apenas toma vuelo, se lanza en pos del infinito que por
todas partes usoma atrayendo sin minutas y provocando sos
aspiraciones: uaa minutad inquieta, con una capacidad
infinita, que nunca so ve lio:.a, con poder para quererlo
todo, sio tranquilizarse con naca, y qne tiende 4 lijarse
nada menos que en un bien infinito como centro y unidad
linal do sus versátiles determinaciones : una sensibilidad
que, en cuanto saborea los placeres de este linlcn snnsihlo
y mnndnno, se «insa y se fastidia, y luego se arroja se­
dienta tras do goces que vislumbra fuera ael espacio y del
tiempo : una tmatjiuncion inagotable en sus producciones,
y que en alas de la inspiración se agita en un mundo que
ella crea para realizar un ideal de belleza absoluta que
lleva en su seno, y vuela sindoscanso hasta perderse cu el
51
inflnito como on un abismo sin fondo. Tal es ol hombre :
ninguna de bus facultades está, en relaoion oon las necesi­
dades de la vida, ninguna oncueutra su empleo natural y
legitimo en los reducidos limites en que estas necesidades
se dejan sentir. Y los limites de esta vida ¿han do ser los du
nuestro destino? Y ¿no toiulrtmos una taren mas nnble, una
misión mas alta, mas proporcionada con nuestras fuerzas?
¿S e nos habrán dadotan brillantes facultades, y tendencias
tan sublimes, solo para luchar vanamente contra las miserias
inevitables de este mundo? ¿Tanto genio, tanto valor, tanta
paoioncia, solo paru apagar el hambre y la sed del cuerpo,
para guarecemos de la intemperie, y para cuidar de la
salud? Si para tan poca cosa se nos dieron aspiraciones q u e,
siempre irritadas y nunca satisfechas, son niiuslro tomionto.
empecemos ¿ creer que un mal genio, una providencia <Jel
mal, es la que lia echado al hombre sobre la tierra para com­
placerse en su martirio, y d ejarle mirar con envidia la suelto
de las bestias.
Algo menos dura ¡-cria su condicion s i , ya que no satis­
facción cumplida, |iudies«ii tener siquiera urnior.’a y con­
cordia sus facultades, encerradas como están en el breve
espacio de In vida. I’ero hedías para coincidir en uu punto,
que dislr. inmenso espacio de la actualidad, la vida presente
uo alcanza de ellas mas que sus movimientos mas diver­
gentes y mas desordenados. Casi luda ella se pasa un edu­
carlas, en ponerlas en urden, eu someterlas ¿disciplina, eu
vista de un destino ulterior que presentimos : y ron todo,
esta vida breve es una lucia continua i i ¡ , una guerm sin
tregua, que se muevo dentro de nosotros entre nuestros fa­
cultades y tendencias, partiéndosu el hombre como en dos
hombres, uno superior, quo manda en vano, y utru infe­
rior, que resiste y se rebela. La inteligencia á veces va
derecha á la verdad, y la voluntad se empeña en seguir el
rumbo oontrario : vemos las cosas mejores, y los uprnhn-
m os, y con todo seguimos las peores : Video meliora. pro-

(I) Lafieettmeemtaldjr.llapeímuultustitux.
C. D a m ciiL
Lid <9 Ii vida, j IU paliai es t i délo
52
boque, deteriora sequor. Inclinas» la voluntad al bien, y la
pasión resiste, y tuerce aquella buena tendencia, llegando i.
ver en nneslros miembros como una ley distinta que re­
pugna y combate por nn someterse Ala ley del espíritu.
Y es que esta vida no es mas que el comienzo y romo el
preludio de nuestro destino; es que morimos cuando apenas
empiezan i moverse y agitarse las facultades del espirita,
buscando con marcha incierta ▼como dormitante un objeto
altísimo, sin qnedarnos tiempo para ver bien que esc objeto
es el término común do todas las aspiraciones de nuestra
enigmática naturaleza, fln y armónico complemento del des­
arrollo cabal de todas nuestras facultades: verdad absotato,
que sacia nuestro ardiente amor ¿ entender; bien absoluto,
que llena nnostra infinita capacidad de querer; y belleza
absoluta, que calm a nnestro afán por sentir y g o z a r: y en
ese entender, esc querer y ese gozar, está la felicidad por
la cual suspiramos en esta vida, que esperamos coino corona
de justicia que se nos dara al Un de la lucha y de la carrera.
I Qué miserable y qué pobre es el destino del hombre, si no
cst.1 nn el mundo mas que para sufrir las contradicciones
de su naturaleza! Y |quú magnifico y qué grande, cuando
Se conciben desenvueltos y satisfechos lodos los elementos
de perfección armónica, progresiva ¿ ilimitada, que hay
como de reserva en nuestra actual constitución!
Esto rs lo que so ve nn el mundo de la mataría : los des­
órdenes no son mas que aparentes y transitorios; do eso
continuo chocar de las fuarias que obran sobre el universo
sale la sublime armonía que la ciencia descubre y admira :
no hay trastorno sin reparación, ni confusion de que al
instante no surja la luz; todo se encadena, todo aondnoe
a algo, todo lleva a un término. E l mundo visible anuncia
por su encadenamiento que no es mas que una mínima parte
de un sistema inmenso (jue 110 vemos. ¿Dónde está el órden,
si la vida so pasa en un continuo desórdent ¿Dónde está la
armonía que ponga fin á esta lucha? ¿Dónde la reparaoion
do este trastorno? ¿Dónde la luz que alumbra esta confusion?
¿Dónde el término á que conduce una existencia que se
anuncia con tanto estrépito, que tan grandes cosas promete,
y que en realidad es tan miserable? ¿Dóndeese sistema de
53
espíritus, siquier» paralelo «1 de los cuerpos, al cual per-
tanexca nuestra alma, y ooo el cual deha incorporarse, libre
a de los lazos de la materia? |La mda seria todo esto, si
Í i nada uos aguardase después do 1»muerta!
79. Cada una de las consideraciones que hemos apuntado
basta de por si para producir el convencimiento de que
nuestra alma sobrevivirá i la disolución del cuerpo : todas
ellas reunidas tienen una (uena irresistible. Por fortuna en
este punto abunda la lu í, y lodos las pruebas conducen al
mismo resultado, con tan estrcoho encadenamiento cual
nunca puede suponerse eu una serie du proposiciones fal­
sas. Aúnanse los seutimienlos del cora2on y las creencias,
las tradiciones y las prácticas del género humano, con las
lucos do la filosofía para levantar el sólido cimiento en
que la moral asionta la sanción de todos nuestros deberos.
La (llo^da da al hombre la seguridad de una vida ulte­
rior : la religión da uu paso mas. y abre aute los ojos de
nuestro fe un porvenir de eternidad.

Kl órdun obligatorio, promulgado y sancionado od forma


de ley, realiza y completa el sistema de moral cuyos ele­
mentos llevamos desenvueltos en su valor objetivo y meta-
flsico. Los capítulos siguientes consideran este órden como
participado a la naturaleza hnmana, y recibido en la aptitud
de las facultades que la hacen moral. Los siguientes capí­
tulos , puos, son verdaderos corolarios «Je la doctrina hasta
aquí expuesta.
CAPÍTULO V.

»g LA IDIU Dfc liPUTABIHUAD V BESPONSABILIBAD MORAL.

80. La primera y mas inmediata consecuencia de existir


leyes que obligan, y libertad, en ol sujeto obligado, para
cumplirlas ó quebrantarlas, es el que sus actos le t>eun impu­
tables en bien ó en m al, y el que responda de ellos como de
cosa propia. La ¡mputabilidad y la responsabilidad son tam­
bién elementos necesarios, aunque derivativos, de un siste­
ma de mural.
54
81. La iupctabiudad es la capacidad que tienen los
actos libres y morales de ser atribuidos &un sujoto. La im­
pusieron es ol mismo hedió do atribuir. La imputación está
de parte del autor de la ley. E s un derecho que esto ejerce
sobre el sujelu obligado, llevando cuenta, y haciendo cargo,
asi de los actos que la cumplen, como de los que la infrin­
gen.
82. La nr.spn\sMnmiAn es la sujeción á la impukibilidad
y i sus consecuencias. De parte del obligado esU ol respon­
der de sus propias obras como conformes ó como contra­
rias á la ley que le obliga.
La responsabilidad es correlativa de la impuUtbilidad.
No somos. en erecto, responsables sino do lo que se nos
imnula con derecho; ni se concibe imputación legitima que
no nos baga responsables de lo que se uos atribuye.
83. Dos son las cond iciones de la responsabilidad moral:
el conocimiento y la poses ¡o* de ti mimo. Ambas cosos
;on indispensables para que so nos imputo duchos do los
actos practicados, y por consiguiente verdaderos agentes li­
bres y morales. Po'r eso la ignorancia, la pasión, la violen­
cia y el miedo disminuyen ú quitan del lodo la responsabi­
lidad. Digamos algo de cada una de estas circunstancias.
8 4 . Por ignorancia no enlendeinosa qul cualquiera Taita
de conocimiento, sino la carencia de noticias en mate­
ria de obligaciones y deberes, ya sean generales, ya par­
ticulares.
La ignorancia no ha de confundirse con el error : este
supone juicios falsos sobre una materia, y aquella signi-
lica falta de ideas, y por lo lanío de cualquiera dase de
juicios.
Se divide la ignorancia en vencible ó invencible : la pri­
mera es la falla du conocimientos que so hubieran podido
adquirir con aplicar aquel cuidado y aquel grado de atención
necesarios, según la importancia de In materia ignorada y
las circunstancias del qne la ignora : la segunda procede
de una impotoncia física ó moral de adquirir el conoci­
miento, y no puede depelerse aun practicando aquellas
diligencias.
85. La ignorancia invencible, bien se refiera .1 la ley 6
Ü5
al derecho (ignorantiajaris), bien &algún hecbo ó circuns­
tancia particular (ignorantia faeti ) , nos exime de toda res­
ponsabilidad en los actos quo de ella proceden.
No puede, en efecto, considcrarso como moral, ni como
imputable, una acción quo no nace de la voluulad : esta fa­
cultad no solo e\ige conocimiento del objeto querido. sino
finalidad en la determinación (41), conocimiento del objeto
como fin del acto volilivo. f.nego la ignorancia invencible,
que no solo diré falta do este conocimiento, sino imposibi­
lidad nsicu ú inora! de adquirirlo, quita tuda razón de vo­
luntariedad en los actos, y con ella toda responsabilidad eu
el agente. Las leyes iguoradas de una manera insuperable,
no son leyes sullcientementc promulgadas (75). y pierden
por lo tanto su carácter obligatorio : los actos que; 6 ellns se
acomodan no son cumplimientos ü observancias. ni los quo
los contrarían son infracciones quo caigan bajo su sanción:
ni hay mérito eu los unos, ni delito cu las otras. Cuando lo
ignorado consiste en un hecho 0 en una circunstancia cuyo
conocimiento es necesario para considerarnos obligados pol­
lina ley conocida (como si sabida In ley que proliilte lomar
las cosas ajenas, ignoramos quo sea ajena la cosa quo to­
mamos] * la voluntad queda fuera del dominio de aquella
ley . porque Talla, la condición necesaria de su aplicación, 4
saber, el conocimiento de que aquel acto particular sea uno
de los ninndAdns ó prohibidos por la ley. Kl resultado es
entonces el mismo que si la ley no existiese, ó su ignorase
iuvencibleiiieulo : falta .su efecto obligatorio, y mi pueden
ser imputables acciones quo tienen una excusa tan legitima
como la imposibilidad de todo cumplimiento.
Ksla excusa no puede haberla cuando la ign oran cia» riw-
ciblt: la acción que entonces so comete es verdaderamente
voluntaria, y por consiguiente imputable. Cierto es que la
voluntad no la produce inmedialay directamente, pero siendo
querida la ignorancia de que ella procede, es también que­
rida la acción como efecto contenido en sil causa, y somos
monümente responsables no solo de lo quo directamente
querem os, sino también de todas las consecuencias du
la determinación , ¿i han sido previstas, ó lian podido y
debido preverse. Hl que voluntariamente se resuelve por la
so
negligencia en materias que puede y necesita conocer, quiere
bien explícitamente ignorar, y debe responder de las infrac­
ciones á que le conduzca esla ignorancia.
8ft. Poco antas {83} dijimos que la posesio» de tí mis­
mo ora conüioion necesaria de la responsabilidad moral.
Pose*ríe, con efecto, es ser dueño da los actos domi­
nando las facultades activas de nuestro ser ; es hallarse la
fuerza personal como en el centro de lodas las tendencias
naiurales, manteniendo entre ellas el equilibrio y la armo­
nía. Ksto equilibrio na es, en verdad, mas que un estado, un
mero reposo y aqiiielainiento de las facultades, pero estado
necesario para que la voluntad pueda marchar desembara­
zada, en todas direcciones, sin obstáculos que retarden, ni
impulsos que aceleren su movimiento, ni potencias de exa­
gerada actividad quo la destronen de su alto puesto, PorfalU
de osle equilibrio no se poseen 4 si mismos. ni son respon­
sables de sus actos (á no ser indirectamente), el loco, el ma­
niático , el somnámbulo, el eb rio , y el que se halla domi­
narlo por una fuerte pasión.
87. No nos puode ser imputable ol tener pasiones, ni el
que on ciertos casos nos dominen . y hasta nos priven de
nuestra personalidad. H ay movimientos primeros en que la
pa¿ioa se anticipa á toda deliberación y previene torio jn i -
oio. La voluntad se encuentra sorprendida y sojuzgada por
ol repentino impnlso de una fuerza que dormía y no inspi­
raba recelos. F.l hacernos responsables de tal® movimientos
seria como imputarnos el tener tal 6 cual temperamento,
esla 6 la otra constitución orgánica. Ll movimiento no es
nuestro, porquo no es voluntario, unles se lia lincho con­
tra la voluntad y en perjuicio de sus derechos.
Pero á los mooiuu'entos primeros puudeu suceder otros
ya consentidos por la voluntad, sea porque esta se com­
plazca en ellos, y concurra eo dirección convergente con la
fuena déla pasión, ó sea por no resistir como pudiera ilsus
primeros impulsos. Kntonrcs las pasiones loman el carácter
y la fuerza invenoible de vordaderos lidbilos; y eMe estado,
querido directa ú indii eclaiuenle por la voluntad, nos es im­
putable con todas sus coosecuencias naturales. Fuera dolos
primeros impulsos, en que tanta parte pueden lomar olorga-
57
nimio y el temperamento. no son las pasiones respecto del
alma, como los movimientos y apetitos natarales respecto
del ouerpo, en que todo es necesario, inevitable y como me­
cánico. Sostener esta comparación es degradar ul alm a,
negar su libre albedrío, desconocer los remordimientos que
siempre siguen i. la satisfacción de una pasión crim inal. y
justificar indos los grandes delitos que ordinariamente vie­
nen de posiones mal regladas 6 consentidas. Hánsenos dado
para un gran Qu. y con una sabia providencia (39), pero
con la carga de encaminarlas según el deber por una razón
ilustrada, y dominarlas por una voluntad fuerte. Siempre
serémos responsables, si por descuido de esta dirección nos
precipitan en el mal estas grandes fuerzas que se nos dieron
para liacer el bieu.
88. No solo pueden modillcar la impulabilidad de nues­
tros actos las pasiones, que son fuerzas interiores, sino tam­
bién la violencia, que os una fuerza externo.
Lii violencia, quo también se llama eoaeciim, es fuerza
material y física que se hace ¡i nuestros órganos. ya para
arrancarnos voliciones interiores, ya para producir en ellos
determinados movimientos.
La coaccion no alcanza ú la voluntad : los actos qne se
consuman mi d in . llamados elidios, no pueden ser deter­
minados por la violencia. E s . realmente, imponible forzará
la voluntad á querer, no queriendo, en lo cual habría con­
tradicción manillesta. Quem a aquella cosa que era objeto
de In coaccion, si se la supone ú esta triunfante, y no la
querría por el hcoho mismo do haber coaccion. Tal es el re­
sultado necesario do la independencia y libertad de uuestra
Tuerza personal: ninguna acción directa pueden ejercer so­
bre ella los agentes llsicos y externos, los cuales ninguna
relación guardan con su naturaleza. Somos, pnes, respon­
sables del querer. de la resolución interior, cuya malicia
nunca puede oveusarse por la violencia que se haga á los
órganos.
No sucede asi con el poder, ó sea con el ejercicio de los
mismos órganos. Los actos que se llaman imperadot, pue­
den caer bajo el influjo de una fuerza externa superior que
los anonade, y la acoion no consumarse á pesar del imperio
de la voluntad; ó esa tuerza superior puede apoderarse de
los órganos y determinar en ellos movimientos no impera­
dos, sino repugnados, y enérgicamente resistidos por la
volioion interna. Pueden encadenarnos nuestros piós, y no
andaremos, por mucho que queramos; pueden también
brazos robustos hacernos clavar un puñal en el pecho de
una persona querida; pero losados que asi se verifican no
son de la voluntad, y es claro que no iios son imputables,
aun ounndo vayan contra la loy; nunca son oriminales, por
grandeque sea ni dorio ó rl mal material que puedan pro­
ducir.
8 9. Hay una cierta manera, de violencia que puede al­
canzar ¿ la voluntad, y modilicar el carácter moral de sus
determinaciones, no como fuerzaqueobra directamente so­
bre los órganos, sino influyendo en el alma como pasión.
Esta es el miedo, emocion que la pcrUirbacuundo amenaza
uu mal de cierta gravedad. Cuando este mal viene de una
causa libre ó inteligente que se propone hacernos obrar en
nn sentido, tiene el miedo mucha semejanza con la coac­
ción , diferenciándose, sin embargo, dn ella; en que el mal
temido no esaclual opmsion de los órganos, niliay resisten­
cia de parte de la voluntad, la cual cede, aunque con re­
pugnancia.
I’ara apreciardcbidameiitc la gravedad dei miedo, es me­
nester atender, por unn pnrtc a la inngnitud riel mal que
se teme, al grado de probabilidad de que sobrevonga. á la
mayor ó menor proximidad con que amenaza; y por o Ira
parte hay que lomar en cuenta las circunstancias, la situa­
ción , la edad. el carácter, el temperamento r el sexo de la
persona.
Kl initda grave (circunstancia que suele expresarse di­
ciendo que ene en varan comíante) puede, como las otras
pasiones, privar al hombre do la posesion de si misino y lia -
cerle producir actos verdaderamente involuntarios. Tan
grande puede ser el m al. tan cierta y tan apremiante la ame­
naza, que no haya lugar ú la deliberación, y el instinto,
que siempre acude A evitar los daños, si', anticipe al ejerci­
cio de la voluntad. Los actos que proceden de este miedo no
son imputables, porque nu son nuestros.
59
Poro ouando el miedo no o* nna perturbación tan repen­
tina que haga imposible toda deliberación, los actos qm>.
practicamos son voluntarios y libres. Hay conocimiento de!
entendimiento y elección de la voluntad; quedan bastantes
luces pura snher lo que se debe h a c er, y bastante albedrío
para escoger lo que conviene. Hay nn conflicto de males, y
preferimos, porque queremos, un inal que juzgamos menor
para librarnos del mal que nos aiueuaia, y que considera­
mos de mayor gravedad. Nada impide, pues, el que se nos
haga responsables del mal m oral, á que nos resolvemos li­
bremente para sustraemos de otro mal material que teme­
mos.
Ténguse presente, empero, quo esa responsabilidad osl/L
eu propoicion del grado de voluntariedad con que entonces
ss ob ra; voluntariedad que nunca es plena y perfecta. por­
que la resolución del que pretiere á sabiendas un mal juz­
gado menor, nnnea es perfectamente voluntaria. Somos
tanto mus dignos de alabanza, cuanto mayor es nnestrnad­
hesión . y mas firma nuestro conato en la práctica dol bien;
asi como el mal es tanto mas vituperable. cuanto mas Tuer­
te es la intensidad con que la voluntad se determina ¿ co­
meterlo.
0 0 . Tales son los principios generales sobre que pueden
fundarse nuestros ju icios en la determinación práctica de la
responsabilidad de los actos. Kl sentido moral los aplica des­
pués á la inmensa variedad de casos particulares que pue­
den presentarse.

CAPiTI LO VI.

Dü LA IDKA Dt MtllITO T DE DEMERITO.

0 1 . También csoonsccoencía de In ley obligatoria el qne


los actos tengan mérito 0 doinérito, según se conforman con
ella 6 la contrarían.
92. Meiuto es la relación que concebimos entre un acto
conformo con la ley y un bien que le sirve de recompensa. El
demérito es la relación de un acto contrario á In ley con nn
mal que «6 su castigo.
90
Vcrdadonuuenln el morooimLento es oosa bastante difícil
da definir, porque aun nos queda pur saber en qué consiste
esa relaciou: lo cierto e s, sin embargo, que la conciencia
ve con claridad suma, que toda acción moralmente bue­
na pide amor, estimación y elogio. y que d orlmcn es ob­
jeto propio de aversión, desprecio y vituperio. Concebimos
tan estrecha unión entre los actos liuuuos y el premio que
debe seguirlos, entre el mal moral y la pena, que todas
nuestras ideas morales quedarían incompletas, si divorciá­
semos esos dos conceptos, ó los hiciésemos entrar en un
sistema de moral como extraños el uno al otro.
9 3 . El principio del merecimiento es. pues, unaenigen-
cia de la razón, una necesidad de la conciencia, un elemen­
to indispensable de todos nuestros juicios morales, que ca­
si confunden la culificacion de meritorio con ladehuono, y
lado, indigno con la dn mulo. Rs asimismo una creencia uni­
versal 6 indestructible, pues lodos los hombres. 4 poco que
se desenvuelvan susideas morales, no solo recompensan con
sn aprobación interior las obras buenas que presencian, si­
no que además se sienten como llamados ¡i publicar su m 4-
r ito , para granjear ú sus autores aquella alabanza, aquel
favor y respeto de que los juzgan dignos. Decretamos en el
Tuero de la conciencia premios á la virtud y castigos al vi­
cio, con la misma confianza, oon el mismo sentimiento de
ju sticia, que si de ese decreto, que ul cabo nn es mas que
un deseo, pendiese la realización del únlen moral absoluto
y eterno.
No importa que la experiencia desmienta nuestras ideas,
y que los hechos se opongan ¿ lo que contemplamos un de­
recho; nada importa que la recompensa siga ó no siga al
mérito; que el mal quede 6 no quedo sin castigo; que los
premios y las ponas sean ó no proporcionadas al grado del
merecimiento; y hasta quu la virtud no alcance otro galar­
dón que amarguras y dolores : la razón restablece el órden
y el derecho, declarando que la virtud dtbt ser recompen­
sada , que debe serlo en proporcion de los quilates do su mé­
rito, yque nunca puedu llevara los mismos fines que aguar­
dan al vicio. Auuque el ju sto, según el sublime dicho da
Platón, se vea abrumado de todos los oprobios y castigos
61
quo dobian to ca r al crim en; aunqne son reputado por el mas
inicuo du los hombres; aunque sus azotado, puesto nn to r­
tu ra, cargado de cadenas y muerto eu afrentosa cruz.........
todatía la razón proclama en alta voz que la felicidad ft in­
separable de su justicia.
Véase por quó el hombre no tiene necesidad de snjetar ú
cálculo el negocio de su felicidad ni poner su dicha como
término directo de sus esfuerzos voluntarios. Está segure de
alcanzarla, mereciéndola; porque no solo es objeto de las
aspiraciones de la naturaleza, qoe nos arrastra h icia ella por
d instinto. Bino un derecho, unapromesn consoladora que
nos hacc la razan: esta nos di a i qtio rada esfuerzo para ha-
cornos m ejores. nos liará también inas dichosos. Para el
filósofo, esta unión de la virtud con la felicidad os una es­
peranza que le tranquiliza respecto de su destino, y le con -
snela ron In perspectiva del porvenir; para el hombre vul­
gar y distraído, es quizAs un motivo de im pnrienm y de
queja, pero siempre una convicción profunda.
9-i. Todos los pueblos, en todas lasV-|Wca.s, arreglaron
& este principio sus ideas de la justicia y la sanción de sus
leyes A instituciones. En todas las creencias religiosas des­
empeña gran papel el inemciminnin <le las ohras hnmanas :
el hombre atribuye naturalmente ¡1 Dios la dispensación de
los bienes y los mafes, como premios y castigos, poi quo na­
da concibe mas repugnante ni mas odioso, que una Divi­
nidad completamente alejada del gobierno moral del man­
d o, ó distribuyendo con mano indiferente el bien ó el mal*
lo misino sobre la virtud quo sobre el vicio.
93. Tal es la ftierza con que en nuestro juicio se ala­
cian la virtud y la recompensa, el vicio y el castigo, qoe
no es extraño qoe muchas veces se tomen como motivos su­
premos para obrar el bien y evitar el mal las consecuencias
Tentajosas 6 pcijndicinles á que In acción conduce; ni el que
algunos sistemas do moral consagren esta dootrina como
principio, y la recomienden como guia do la práctica. Pero,
¿qué es entonces la buena conducta mas que un cálculo há­
bilmente dirigido, y el mal moral, sino un imprudente yer> -
ro de mienta? El deberes desinteresado por esencia: el bien
moral obliga sin consideración a los resaltados: la felicidad
62
estk ai fin, pero, como decíamos antes (7 5 ), n o esd / fod e
las bnenas obras: la virtud debe ser ainada y practicada por
lo que es en sí misma, y por lo que de suyo vale: Virtutm
ampltetímur tpsam.

CAPÍTULO VII.

DK l-\ IDKA OE VIRTUD T DE VICIO.

0 6 . La virtud es el grado mas alto de perfección moral,


y supone un el virtuoso, no una facilidad indeliberada y co­
mo mecánica de hacer ol bien . sino una disposición cons­
tante que le inclina á quererlo.
9 7 . I.n vmTim es el h/lhito de regular las acciones según
el sentimiento del deber : el h&bito contrario es ol vicio.
Como uo hay li.'ibito sin actos previos, la virtud es el resul­
tado de Lis acciones buenos que nos van dando esa pronti­
tu d* inclinación A obrar lo bneno, asi fonin ol virio se for­
ma y arraiga por la repetición de autos contrarios al órden.
Una obra buena, aunque tenga el mérito de acción heroi­
ca, no liare al hombre virtuoso, ni una Talla sola, aunque
sea un cilinen, es l>js!antc para que se le llame esclavo
del vicio.
9 8 . La viruid, pues, mino indos lo-; hibitoí;, principia
con traliajns y tiene su aprendizaje ( rirfus, de vir, áptTV,;
de A>r„-, M;ute . la g uerra]: |iem ú medida que nos vamos
acercando á poseerla. el esfuerzo disminuye y aparecen la
TacihJad y laprciitil.id ; por manera que, segnn la máxima
ile Aristúieles, nn hay virtud tlon.lc hny sacrificio.
0!}. La virtud . en su conoept) mas elevado. us uu ideal
de bondad y do mérito indefinidos. irrealizable sobre la tier­
ra , donde no nos es dado ser enteramente perfectos, sino
adelantar mas y mas en el camino de la perfección. Es un
modelo impuesto A Ins (taqueras de la naturaleza, modela
niyn. imitación progresiva las excusa y liasla las ennoblece.
No* hay facultad ni tendencia que no deba aspirar i este ti­
po en su perfeccionamiento, como no hay deber que no ten­
ga la cualidad coinun de ser obligatorio, y que no proceda
de un órden único. Considerada asi la virtud, es el cnmpli-
63
miento de la ley moral en toda su extensión y plenitud; y
cada uno do nuestros deberes es como un articulo de está
ley. Asi lo entendieron los antiguos pitagóricos cuando d e-
liúieroD la virtud, el hábito a i todo lo que es honesto y
conveniente: -oc íiov rx; que es su delínicion mas anti­
gua y mas exacta.
No bnslan, efectivamente, las buenas disposiciones, ni
aun la inclinación al cumplimiento do un rieterminndo Ar­
den de deberes. puní merecer el titulo du virtuosos en el
sentido superior que vamos dando í la palabra. Las buenas
disposiciones obran de una manera accidental, y no tienen
el carácter de constancia y universalidad que suponemos en
la virtud. Hasta nos cuesta trabajo concebir una gran per­
fección moral eu m u sola linea de deberes, y un repugnante
abandono eu el cumplimiento de lodos los iletuis. vioudo
tan solo apariencia de virtud en la escrupulosa y habitual
otaervnncin de las obligaciones religiosas, por ejemplo, si
va acompañada de la injusticia y la crueldad para ron los
hombres, ú afeada con los desórdenes de una vidu intem­
perante y telajada. Kl verdadero ideal du la virtud com­
prende y domina todos los actos y todas Ins dispos.ciones,
como nnn misma roncn'nna comprende todos los deberes,
sancionándolos con una misum nntoridád.
Que asi debe sur. lo prueba esa armonía que es de notr.r
entre todas las bueuas disposiciones, y esa coincidencia on
aconsejarnos una misma manerade vivir. Las prescripciones
de In. templanza son pretaucionesdc la prudencia, equitativa
distribución de goces quo hace la justicia, y condiciones
saludables para el ejercicio de la jortalcza. Todo nos revela
unidad y encadenamiento eu ol urden moral, de un modo
tan perceptible como en u¡ órden llsico.
De paso observaremos quo en este encadenamiento se
Tunda lu variedad do teorías sobre la esencia de la virtud;
teorías nacidas todos del natural empeiio en referir las di­
versas ramas dol deber á un principio du acción único, co­
mo el amor de si mismo, la benevolencia, Iajusticia , la
sumisión á la voluntad de Dios, etc.
100. Aunque la virtud es una, como la moralidad hu­
mana, tiene sin omborgo tanta variedad do modos deapli—
04
cacion. cuantos son los aspectos de la idea de bien que por
ella se realiza. Se conciben por esta causa multitud de vir­
tudes distribuidas en géneros y especies, y emparentadas
todas, formando grupos y familias. Los moralistas de l*ao>
tigiiedod se entretenían largamente en la filiación de las vir­
tudes, y las habia que eran madres, hermanas, hijas, y
hasta metas.
Una clasillcacion antiquísima, como que ya la apuntaba
Sócrates, es la de las virtudes en cardinales é inferiores,
llevando el primer nombre aquellas que contienen en s i, y
sobre las males giran y sfí apoyan todas Ins demás, y son la
prudencia, la justicia, la fortaleza y la templania.
Plulun sulwrdinaba la clasificación de los virtudes á sus
ideas acerca de los elementos constitutivos de la naturale­
za del hombre, l'ara el régimen de los sentido? I sensibili­
dad) admitía In templanza ó mndprncion; para alontar el
ooro2on (voluntad), la fortalna ó ol valor; para ilustrar el
espíritu ( inteligencia), la prudencia, que es la ciencia del
bien; y luego, como coronando & las tres virtudes, le. jus­
ticia , qne es el desarrollo armonioso de todas las faculta­
des del individuo y de todas los fuerzas de la sociedad; la
vida humana en su mas alto grado de pcrfocoion. ( Platón,
Rtp . , lib. i" )
Hl cristianismo lia engrandecido este bello cuadro de las
virtudes, pintando en ¿1 otras tres bajadas del cielo, como
que son un don de Dios; h saber, la F e , la Esperanza y la
Caridad, que se llaman virtudes teologales.

CAPITULO VIII.

DE LA IDEA DE LA FELICIDAD.

101. Ya que el mérito establece cierta concxion entra


la virtud y la felicidad ( 0 3 ] , algo debo decirse en moral
acerca de esta última.
Los filósofos antiguos trataban esta interesante materia
con tal amplitud, que en ella envolvían todas las demfta
cuestiones de la moral. E ra también prodigioso el número
de soluciones que daban al problema de la Mioidad huma­
na : Varron contaba ya en su tiempo hasta doscientas
ochenta y ooho maneras de. ser dichosos, excogitadas por
lus filósofos. Certamen konestum et disputado splendida,
llamaba Cicerou 4 esta disputa.
<02. Todos están de acuerdo en que por felicidad se
dehe entender un placer tan intenso como delicioso. puro y
xm mésela de malestar, duradero tf sin fn , inalterable i
inamisible; pero cuando so trata de saber quA es lo quo
puede y debe granjearnos tanta dicha, comienzan la divi­
sión y la lucha de opiniones.
103. Nosotros consignaremos la buena doctrina en las
sencillos observaciones siguientes.
1 .' Si la cncstion de lo felicidad se reduce á declarar
cuál será el mayor bien quo la naturaleza humana puedo
alcanzar, el léruiiuo á que está destinada su existencia, y el
objeto último y definitivo de la aspiración de sus facultades,
poco tendrémos que añadir á lo dicho (7 8 ] acerca de la ne­
cesidad de otra vida, en la cunl estas aspiraciones tengan
una satisfacción cumplida. L a * facultades humanas se des­
envuelven de una manera ascendente é indefinida, salvando
bien pronto los limites de su condicion actual : cada facul­
tad tiende arinQnito como ásu objeto único; la inteligencia
para comprenderlo, la voluntad para poseerle, y la sensi­
bilidad para gozarle. Ninguna do ellas queda satisfeahn ni
tranquila en el conocimiento, en la posesion 6 en el goce
de cosas limitadas, l’or olía parte, estas aspiraciones son
simultáneas y convergentes; porque cuanto mas avanza la
inteligencia en su camino, comprendiendo verdades mas y
mas altas, tanto mos se fortifica la voluntad en su adhesión
y en su queror, y tanto mas sublimes son los goces quo üo
allí saca la sensibilidad. Hay pues uu objeto iiilinito que es
el punto de convergencia á que las facultades aspiran, y
que con su infinitud las dejará satisfechas, ú un tiempo y de
una manera definitiva, en su triple necesidad do conocer,
querer y gozar que ahora forma toda la agitación do la vida
y el secreto du nuestra misión sobre la tierra. Ksle objeto
infinito y único es Dios, y en él consiste la felicidad absoluta
del hombre.
2.* Si ahora se trata de una dicha relativa A sn estado
ftfi
actu al, ile la felicidad que puede alcanzar un este inundo, la
cuestión es do nn interta roas práctico, y de mas difloil so­
lución, porque no versa masque sobre una parle del des­
tino humano, y son muchas las cusas que reclaman el de-
ludio, y üUD el privilegio, de haccr felices á los hombres.
En la vida humana no cabe la satisfacción plena dn lodos
los apetitos y de todos los deseos : romo estos proceden do
facultades hechas para abarcar un objeto infinito, no t»
acomodan bien ¡i lus liuiitaciunet consiguientes á su desar­
rollo simultáneo : parece que se estorban unas á otras en
su ejercicio, disputándose el tiempo y el espacio para des­
ahogarse y satisfacerse, con holgura : y asi resulta que se
hostilizan hasta quo la-; mas inertes excluyen á las menos
desenvueltas. y se lija en una especie de tregua el plan de
tendencias ) satisfacciones quo constituyen, tal ve* para
siempre, el carácter moral de los individuos.
I’ero aun suponiendo que el hombre lo-irase llegar ¡i esa
gran suma de plarcr y mayor alejamiento de dolor, que le
liaría la satisfacción de todos ,-us apetitos y deseos, es in­
compatible ese estado de iniuot ilidud y quietismo con las
condiciones üe la vida actual : no seiia placer vrrdndcro.
placer <le In ritl/i. el que quedase rstíu-ionurioon un punto
m id o su término absoluto. porque empezaría ú retroceder
en la escala por donde subió, al ¡listante que le faltara nue­
vo alimento. Tan enemigo de la vida es, por otra parte, un
placer intensísimo como nn dolor muy vehemente, siendo
menester que ambos elementos se mezclen para no dafiar,
yq n n ln vida so pase en la alternativa preponderancia de
placeres y de dolores.
Un estado, pues, de perfecto bienestar, nunca turbado
por necesidades, no solo se opone á la nuluralezn de nues­
tros apetitos y deseos, sino que hasta es incompatible con
las leyes de la vida.
Do oqul so saca una consecuencia muy im portante, y es
que si ea este mundo no puede ni debe buscarse Ja felicidad
en el goce de todos los placeres, y la exención de toda ne­
cesidad ó motivo de dolor, es menester que adopte ai os uu
sistema ó plan do conducta á cuyo ¡nllujo debamos enco­
mendar la dírecuiou du nuestios esfuerzos particulares.
<J7
3.* La felicidad del hombre, asi como su perfección,
consiste en cumplir con los deberes; y en la necesidad de
optar por un sistema determinado de goces. ‘deben ser
preferidos los de la virtud.
Rstn o s , ron efecto , lo que resulta de un exam en com ­
parativo de los varios placo res q ue pueda gozar ni hom bre.
K u lre todos se d istingue el de la yiiit cd . por lo elevado di:
su o rig e n . por lo puro de su d e le ite . por lo duradero de su
fru ic ió n , por la independiente tranquilidad c o n q u e lu sa­
lieren el a lm a , sin tem o r, sin a g ita c ió n , sin ca n sa n cio de
A rgano*, sin lim ites que m arquen el ex ceso , y sin parsim o­
n ia q u e irrite el ansia por gozar. V es la verdnd, que nad;.
vale com o la bu ena co n cien cia para h acern os d ich o sos, tan
dichosos com o podem os serlo en este mundo de m iserias y
d olores. S e a que pongam os gran cuidado en s a tisfa ce r to ­
dos los apetito s c o r p o ra le s , sacrificand o á esta so licitud
cu alq u ier o tro |iciisam icnto; sea que busquem os ron «fnn
los g o ces del e s p ír itu , creyendo ser felices con la con tem ­
plación de o bjeto s elev ad o s. con la cien cia ó con las a r t e s ;
bien cifrem os nuestra ventura en los placeres del coruzou,
teniendo Te en el nm or y eu la am ista d , y dándonos con
ah in co a la c u ltu ra de las a feccio n es s o cia les; ya lo espere­
m os ludo du la n q u ez a , del poder, do los honores y de la
g lo r ia ; y a . en li n . que busquem os tranquilidad en el o cio ,
independencia en la a p a tia , ó con ten to en el tr a lia jo ; cono­
cem os al rab o q ue no sontos fe lice s , si no estam os en pax
con n osotros m ism o s, y si n os fulla esa idcgria inefable quo
n ace de b u sc ar nuestro bien en nuestra p erfección m oral,
prim era y la m as ex celen te de todas las perfeccio n es. Nada
im p o rta al h om bre el haber ganado y ten er en su m ano to­
dos los bienes del m undo, si su a lm a padece d etrim en to,
cuand o .sale fuera del cam in o de su d eb e r, y , apartánd ose
del ó rd e n , so a le ja del o b jeto de las m as nobles asp ira cio ­
n es du cu n aturaleza.
Cor eso cuando buscamos íi ciegas toda clase de placeres
por el instinto de ser felices, sin pensar en que la felicidad
ostA al cabo de la perfección, y no del esfuerzo y querer
del que In busca. nos exponemos A perder de vista el ver­
dadero blanco A que la vida se encamina, y á Uenar el alma
68
de inquietas conjeturas para el porvenir. Por el contrario,
cuando nos dejamos conducir por el sentimiento del deber
en la senda de nuestra perfección moral, resolvemos con
valor todos los negocios y situaciones de la vida, y obra­
mos con dignidad y consecuencia, porque estamos ciertos
de llegar al térm ino, sean cuales quieran los obstáculos,
las pruebas y los padecimientos que encontremos en el ca­
mino. Esta es la gran ventaja de la virtud; y aunque no
fuera mas que por eso, ya merecen la preferencia los purí­
simos placeres que da el testimonio de una buena conciencia.
SECCION TER CER A .

DEL CRITERIO DE LA MORALIDAD.

104. La conseciiencin general de In doctrina contenida


en los secciones anteriores es quo hay moralidad en las ac­
ciones humanas, l . ” porque asi lo exigen las disposiciones
subjetivas del hombre; 2 .* porque la razón que concibe el
b ien , el órden, la obligación y el m érito, aplica necesaria­
mente estas nociones A los netos voluntarios.
Respecto á moralidad tenemos hasta ahora establecido su
principio de ser, restándonos solamente decir algo de su
principio de conocer. Tal será el objeto de la presente sec­
ción.
105. Fl criterio de la moralidad es aquella razón últi­
ma en qne se Tunda lu calificación de los actos como buenos
ó como malos.
Puesto que la bondad ó la malicia de una acción no es
cualidad perceptible en los elementos externos de la acción
misma, sino que consiste en una relación, hade haber prin­
cipios que la determinen, asi como hny criterios lógicos
para apreciar la verdadúla falsedad délos juicios. Esta com­
paración es tanto nías exacta, cuanto que en moral hay
también un escepticismo, parecido al que reTuta la lógica,
y que consiste en negar á las acciones humanas toda razón
do bondad ó de malicia intrínsecas, como aquel niega á los
juicios toda verdad ó falsedad declarándolos indiferentes.
Piensan, con eTeclu. uuus que las leyes (* instituciones
humanas son la única base de calificación mural, poi que
todo es de suyo indiferente, hasta que la ley, el pacto ó la
opinion dan el nom bre de buen o í A de m alos a los aeto s,
sin m as ra io n q u e las con ven ien cias s o cia les.— O íro s atien ­
den & la sensibilidad h u m a n a, y creen h allar en sus a le o -
d o n e s . sim páticas ó a n tip á tic a s , el c rite rio del bien ú del
n ia l.— O tros proclam an el in terés y la utilidad com o n orm a
de sus c a lific a cio n e s , y no llam an bueno sino A lo prove­
ch o v>. ni m/i/osino A lo q n e tiene con secu en cias d aho so sd
desag rad ables.— O tr o s . en flu , se elevan a lg o in a s . y punen
en 1¡i voluntad de Dios la razón ú ltim a de la bondad' ó de la
m alicia m oral.
lid e x im e n q ue vam os A h a cer de esla s d o ctrin a s, cuyo
fondo com ún es ln negación de toda m oral in tr ín s e c a , r e ­
sultará explanado el verdadero ju io io q ue debe Torm una
a c e ñ a du esta im portan tu m ateria.

C A P IT U L O p i u m e h o .

¿n r.p rsn í nn i.w i x í t it u m o im iichanas la moralidad of. s i -es ­


t í o s actos ? — s o .

I0 C . Creyó el lllósolb H obbcs 1 que en d estad o d e n a­


t u r a l e s s e ria licito á cu alq u iera h a cer lo que q u isiese: n a­
da podria ser m alo ni b u en o , ni ca b ria en tal estad o la de­
n om in ació n de ju s to ó in ju s to : á nadie se podria h a cer in ­
ju r i a , porque nadie ten d ría d e re c h o s , no h a b ría m a s q u e
fuerzas en lu ch a ; lo cu a l, an id o A la voluntad de daAar, que
su p o nía in nata en el co itu o n h u m a n o , d ebería tra er A los
hom hres en un perpetuo estado de g u erra y üe a n a rq u ía . La
sociedad es el único rem edio de tan tos in a le s . porque pone
paz en tre ellos á liv o r de la com presión absoluta y d espóti­
c a de sus fuerzas ind ivid u ales: la voluntad del p rin cip o , quo
en ella m and a, es la unioa reg la del bien y del m a l, de lo
ju s to y de lo in ju s to ; y esto de ta l m anera, quo ni los m an­
dam ien tos d ivinos son o blig ato rios hasta q ue el poder civil
lo ju z g a con ven ien te.
• Tnmús llom i» nnriii m Mnlmvhury rl año IS8B. Estudió la
filotofij un la uniter*¡dnil rt* O ifnril: «rrib iú varios tratados de filo­
sofía v de política: murió cu <1179.
71
1 07. Esta singular doctrina se refuta por los considera­
ciones siguientes, que fácilmente se deducen de lo dicho cu
la sección 1.* acerca de la naturaleza moral dol hombre.
1 .* No concibe la razón el bien y el mol moral como re­
sultado do nn lucho contingente y variable, sino como cua­
lidades esenciales do los aotos. Ni las opiniones, ni los há­
bitos, ni la voluntad de los hombres expresada en sus con­
venios ó en sus leyes, pueden liacer que lo bueno deba ser
tenido por malo, 6 loinalo por bueno. Noson buenas las co­
sas porque están mandarías, ni malas porque están prohi­
bidas, antes bien se mandan porque son en si buenas, ó se
prohíben porque son malas por esencia. La moralidad lio es
una cosa exterior, una mciu denominación que losaclos.
de suyo indiferentes, reciban del arbitrio de los hombres,
sino una propiedad intrínseca ile las determinaciones volun­
tarias , conformes 6 contrariar al orden; y este órden sr con­
cibe como superior y anterior A tuda institución. y como
independiente de todo pacto. Tan conirar¡»'4 razón seria
«oponer e.nc no hubo acciones buenas ni malus hasta que los
hombres se reunieron en sociedad, y se dieron Irym ron tal
objeto, i onio decir que hasta que so trató el primer circulo
no eran iguales todos los radios.
2.* La conciencia humana su siente obligada por una jus­
ticia superior & bis mismas leyes civiles ; y si la calillcacion
de justo é injusto.no tuviese otra base que la ley, ¿cuál se­
ria el fundamento du la justicia do la ley misma/ Si todo
fuese indiferente ú indeterminado, ¿como podría sor obliguto-
ria la voluntad que díctala ley? Si la voluntad del legislador
no tuviese olroderechoqne la fuerza, ¿por qué habría de ser
un orlmcn el resistirle, onn la fuerza de In libertad personal,
que también seria un dorccho? Y sin cmhnrgo. la conciencia
juzga como delito la desobediencia á la primera ley que man­
dase ú prohibiese algunas acciones, porque lio ve en las ins­
tituciones sociales mus que el complemento y la aplicación
de ciertos principios superiores que la obligan.
3.* Los mas profundos sentimientos del corazon humano
se rebelan lambieu contra semejante doctrina. Ilepugna la
xiiposicion de quo el amor paternal, el respeto de los hijos,
el desinterés, el agradecimiento, la amistad y la filantropía
72
no tuviesen otro mérito que el que les diora el convenio ó la
sanción legal, y que de la voluntad humana, que es tan vo­
luble. dependiese el que esas cosas fueran buenas, como el
que fueran crímenes el parricidio, la traición, el hurto y el
asesinato. El sentimiento de aprobación ó de aversión que
por talca acciones experimentamos, no so dispierta con tan­
ta viveza por la sola consideración de las prescripciones so­
ciales ; ui las leyes podrían nunca hacernos amables ciertos
deütos que nos horrorizan, ni vituperables otras acciones
cuya bondad admiramos.
Kl sentido comnn esti muy explícito ar.crcu de esta
orenneia: todo el mundo comprende y juzga el bien como
obligatorio para los hombres, sin esperar para ello áqu e
baya leyes que lo manden. El común de las gentes cree sin
dificultad que si hubo un tiempo en que los hombres vivían
segnn la naturaleza, sin ley, sin autoridad y sin deberesso-
c iales, no por eso faltarían ciertos obligaciones respecto 1
D ios, respecto á nosotros mismos, y aun respecto 4 uues-
Iros semejantes considerados solo como hombres. Si de re­
pente se disolviesen todas las sociedades, y cada hombre
marchase por su lado, quizá no habría uno que, pornsln
solo hecho, creyese que todo le era permitido, y que se ha­
bía borrado toda diferencia entre el bien y el mal.
108. El sistema que vamos refutando confuuJe Im/iora-
lidad, relación necesaria de los actos, con otra especie de
moralidad secundaria y aceidentiil que nace d í las leyes po­
sitivas. Kn el órden moral necesario, las acciones están man­
dadas ó prohibidas porque son buenas ó m alas; y «n el or­
den moral secundario, son buenas ó malas porque están
mandadas ú prohibidas. No porque haya obligaciones que
emanan de la autoridad y de la ley, liemos do decir que to­
da moralidad y toda obligación pende de las instituciones
humanas.
Kl mandato pues ú la prohibición de la ley civil no us en­
tono de la moralidad absoluta de los acciones. La moralidad
de los actos no depende de las instituciones humanas.
73

CAPITULO II.
¿ e s cnrrcnio de la io iu l id a d el s en to u exio ? — no.

1 00. Opuesta 4 la doctrina de Hubbes aparece en la his­


toria la teoría dt lot sentmirnlos mora/es de Adau
Sm ilh El ilustre fundador de la ciencia económica co­
noció bien las consecuencias que en moral y en política de­
bían resultar del sistema egoísta £ interesado que deriva el
bion y el mal del precepto y la institución civ il; y buscan­
do uu principio nimios arbitrario y mas Intimamente cons­
titutivo de la moralidad humana’, creyó encontrarlo en el
sentimiento, y Qjó el criterio de toda calificación moral en
Ia tmpnlirt. Esta doctrina se reduce A lo siguiente1.
La cxporionoia domuostru qun la simpatía os ana ley de
la uaturaleza humana; ley que extiende su dominio lo mis­
mo sobre la vida orgánica que sobre la moral. Simpatizan
los órganos de un mismo individuo, afectándose unos con
dolor ó con enfermedad cuando otros duelen ó están enfer­
mos: simpatizan los individuos nn oicnas funciones natura­
les , y se contagian y reparten los sufrimientos y los goces
físicos; simpatizan también, y eu cierto modo se identifican,
en sus penas ó en sus alegrías que tienen un motivo moral,
sin que el nmnr quo nos tenemos sen paite parn hncernns
cerrar el alma i esta irresistible nonuiniracion. Ahora bien:
calificarémos, dice Sm ilh, do buenas ó du malas las accio­
nes que presenciamos, sejuu que despierten eu nuestra al­
ma un sentimiento de simpatía ó de antipatía liácia su au­
tor. Si se trata de acciones nuestras, tendrémos por lio—
nestas nqncllns que exciten simpatías en nuestros semejan­
tes, y por deshonestas y malas Ins quo provoquen en ellos
sentimientos contrarios. Luego que estamos en posesion dr¡
esta reciprocidad de afectos quo la experiencia descubre,

1 A lan Smtii ikicíií en KirLikly (Etnx-ii) vi .liiu 47 23. Fuá ca-


tcili:i:¡i:o dt- n.'lóric:i u:l Kiliilluiruu, y ilu lógica » lilosufki uurjl imi
GIus-i.w. Ci>iii|iusu r.irias ol>rj> <lu lilosufi i y ilu oaiiomlu |i>l:'.ica.
Ks i*l iiui' cúlrüre ilo lu> oeniiinni4:is limitarnos, y con raínu
ionio el crosiilnr do lu"» oiiunila política , luí como sn tumpreiMu uv-
Injrjlnuuk‘ ili< solc:ila aí.oi á e>U pirtc. Hurló eu 1 <9U.
74
n$s ponemos como espectadores y jueces imparci&les de
nuestros propios actos, liando el oriterio de sn calificación
moral á la aprobación ú 1 la desaprobación que de ellos ha­
cemos. Para nada interviene aquí la iíu u ii , mas quo para
recoger los resultados de esta experiencia, y formar con ellos
un código de m oral. por cuya inmediata aplicación juzga­
mos de nuostra conducto ó de ln de los ntros, sin tener que
currir i la evocaoiou do nuevos sentimientos.
110. Ksle ingenioso sistema nu puede, siu embargo,
resistir á los objeciones que sumariamente vamos á expo­
ner.
1 .* Lejos de ser la simpatía lu mion última de la califica­
ción m om l, es un efecto consiguiente ú la calificación. Lo
que realmente sucede os que simpatizamos con lo qnc juz­
gamos bueuo, y uu que ju¿guemos bueuo un acto, solamon-
tc porque excita nuestra allcion. V la prueba es que al mo­
mento que un cambio de circunstancias en la acción nos
hace variar el juicio acerca de su bondad ó de su malicia,
cambian también nuestras afecciones sensibles, y so trueca
eu aversión lo que antes era viva simpatía. La sensibilidad
es de suyo ciega '14), y siempre va tras el juicio que la guia,
acomodando sus aficiones ó repulsas con los Tallos de apro­
bación ó de desaprobación moral que este pronuncia. El
scntimionto es un principio subordinado, y, cuando mas.
un elemento auxiliar, eu nuestra constitución moral, y no
un fundamento de calificación.
2 .a La simpatía os una regla arbitraria. No hay, con efec­
to, motivo para dar esa. preferencia á este instinto sobre
todos los instintos de nucsim naturaleza. Quo la simpatía
exista, se doscnvuelva según ciertas leyes, y obro podero­
samente sobre nuestra voluntad, no es razón bastante para
ese privilegio. Kn igual 6 mas ventajosa situación se hallan
otros instintos, como el amor de si mismo, el deseo de la
felicidad, etc. ¿Con qué derecho sus impulsos han de ser
reglas parajuzgnr, aprobar ó condenar los movimientos de
los otros instintos, los actos de todas nuestras facultades,
inclusa la inteligencia y hasta la razón Y
3 .a La simpatía es, por otra parte, relativa y variable, y
los grados de su intensidad guardan propómon con la edad,
75
el temperamento, el sexo, el estado de salnd ó de enferme­
dad, los tiempos, los lugares,y ntmmultituddecircunstAn-
cias de que dependen ol carácter, el humor, y hasta la opi-
nion. Abura b ien : si una acción 110 puede deportar un mis­
mo grado de simpatía ó de aversión citando es presenciada
con disposiciones tan varias, ¿cuál será la emocion que es*
engerímos por regla pura decidir de su hondrnl ó de su mn-
lir.ia? Si ii venes nuestras propias afecciones cambian de. tal
modo respecto de un mismo acto presenciado, que no po­
demos decir cuál de ellas lo aprecia en la justa medida de
su mérito. ¿cómo seria posible hallar esa regla lija parajuz-
gar nuestras acciones, en la infinita variedad de matices que
presenta la sensibilidad ajena? ¿Cómo graduar hicn la inten­
sidad de unos hechos que no son de nuestra conciencia, y
que lanío pueden alterarse por los signos que los exterio­
rizan?
i . " La idea de obligación es inexplicable en el sistema
sentimentalista, \nnquc se concediera que ¿otn es hueno lo
que excita simpatía, do aquí nunca podrá inferir» que ese
bien (fe obligatorio, que eso bien debe hacerse. Los senti­
mientos simpáticos no son mas que hechos que nunca pue­
den engendrar In sublime nocion del derecho y del deber.
La obligar,ion es un concepto superior & los hechos, e inde­
pendíenle do ellos, como que les sirve de regla. L a obliga­
ción viene do la razón. coino el bieu, como el órdeu; y eu
cuanto aquella Facultad se destierra de un sistema de moral,
ya no podemos salir de loque es, de lo que sucede, sea en
el órden físico. sea en el psicológico. Hny nn abismo entre
la simpatía, onmo inoro fenómeno de sensibilidad, y la ohli-
gucion, ooino concepto superior de lu razón.
5 . ‘ La experiencia, á su vez, acredita también cuín in­
conmensurables son entre sí la obligación y la simpatía. Su­
cede frecuentemente que cumplimos con obligaciones muy
sagradas, sin que nuestros actos encuentren eco en la sen­
sibilidad de los que nos rodean, ni haya en ellos simpatías,
sino indiferencia y frialdad : las quebrantamos también, sin
que en nada se conmueva la sensibilidad ajena. V luego,
¡cuántas veces nos aplaudimos en nuestro interior de haher
hecho cosas que nos acarrearon antipatías viva” , y nun odios
76
inmerecidos! |Y cuántas otras veces no podemos satisfacer­
nos j contentarnos 4 nosotros mismos en medio de los aplau­
sos de la miiliitud! ¿Qué tiene, en efecto, que ver la obli­
gación. inflexible 6 invariable, quo siempre prescinde del
ju icio público, con la simpatía, que es tan ocasionada!m u­
danzas'/
6 .a Y no se diga que en tales casos debe sustituirse la
aprobación exterior, que e? tan caprichosa, por In de ese
juez imparcial que va dentro de nosotros mismos, y que le
contemplamos simpatizando con nuestra conducta. ¿Conquó
derecho apelamos de los sentimientos reales de nuestros se­
mejantes, ¿ e s e sentimiento imaginario de aprobación del
juez interior, espectador imparcial de nuestros netos? Si la
simpatía es la verdadera regla y el criterio infalible, ¿cómo
se suponen casos en quo es menester abandonarla, y buscar
dentro de nosotros otra base de calificación moral? ¿('.ónio
distinguirémos los casos en que no debe satisfacemos laapro-
bacion ú la desaprobación de nuestros semejantes? Además,
si ese espectador imparcial A quien apelamos no es In rozón
que habla por la conciencia (en cuya suposición ya saldría­
mos del terrón» de la sensibilidad, y faltaría la liase del sis­
tem a], será un sentimiento nuestro, una simpatía nuestra,
cuya imparcialidad nos sirve de criterio: y ¿qué es un sen­
timiento imparcial4 ¿ Hay cosa mas parcial qm; el sentimien­
to y la simpatía? ¿No consiste la imparcialidad mas bien en
dominar los sentimientos, on hacerlos callarcuaniío juzga­
mos, en apaitar su iullujo de nuestros fallos?
No cabe duda en que el sentimentalismo no encuentra en
la sensibilidad bastante fijeza para dnr npoyo al sistemn mo­
ral, y acude á ta razón, disfrazándola (por no contradecir­
se) con el mctnfóriiío dictado de testigo y de espectador im­
parcial. Al cabo é! mismo reconoce que la simpatía, tan
personal, tau mudable, Um difícil de apreciar, tan a jen a á
todas las nociones morales, no puede ser el principio de ca­
lificación, ú el verdadero criterio, de !a moralidad de las
n ceín nes.
CAPITULO III.

¿ES CtlTCItlO DE LA MORALIDAD LA UTILIDAD?— SO.

III. Jerem ía s B e n th a m 1 , em in en te ju risco n su lto y c é­


le b re p u b lic ista, ha dudo a n a form a reg u la r y siste m á tica
á las ideas de H obb cs. L a doctrina utilitaria (p u es b a jo es­
te n om bre es con ocid a la teo ría de B en th a m ) se h alla com ­
pendiada eu los sig uientes p árrafo s;
i .* T o d a acció n es in d iferente si no tiene la propiedad
de can sarn o s ó p lacer ó d o lor, fiu sc a r el u n o , ú h uir del
o tr o , e-i el gran móvil do las d eterm in acio n es v o lu n tarias,
y el único (In de la vida.
2 .* No hay en tre las a ccio n es m as d iferen cia q ne la quo
resu lta del m ayor ó m en or provecho ú daño de sus con se­
c u en cias. L a utilidad es el prin cipio de c a lillc a c io n , el cri­
terio de la bondad ú de la m a licia de los a c to s.
3 .* L a Htilidad (quo on este sistem a es sin ón im o de jn o ­
t ic ia , de h on estid a d , de bondad m oral) es la aptitud de u o a
a c ció n para au m en tar la sum a de b ie n e s ta r, y dism in uir la
sum a di: m iseria en el ind ivid u o, ó en la perso na cole ctiv a
( la la m ilia , la socied ad) á q ue pueda a lcanzar su influen­
c ia .
4 ." Cl cálcu lo servirá p a ra a p rec ia r el m érito y el bien de
las a c cio n es. L a aritmética mornl de H enlliaia prin cip ia
enum erando y clasificand o las d istin tas especies de placeres
y p o n as; d eterm in a en seguida el valor com parativo de es­
tos elem entos b a jo cl punto do vista do la in ten sid ad , dura­
c ión , c e rte z a , p rox im id a d . fecu n d id a d , p u rez a , e tc .; com ­
b in a despues las diversas circ u n sta n c ia s de los a g e n te s , y
deduce fórm ulas apropiadas al s e x o , á la e d a d , á la educa­
ción , al c lim a , á la raza y á la r e lig ió n ; y con clu ye c a lcu ­
lando los bienes y los m ales q ue cii’rtns a c cio n es cAusan &
la so cied ad , receptácu lo com ún donde se d erram an y esp a r­
cen sus con secu en cias útiles ó d añosas.
l Jemmi.'!* ite m u n reirij n i l.i’mlrts cl aiio 1747. Ilúo (¡rindes
r<lrdii>< y Iralpajix sobre Ij lei;i»lac¡uii criminal v sobre ul iiilenia
P’.Mi.lei.cijriu. Murió cu t8!)2.
78
112. Poro con.ra esta doctrina ¡nililan las observaciones
siguientes:
I .* El bien mural y el placer, el mal moral y el dolor,
no son cosas equivalentes, ni las palabras que expresan
c u s ideai son sinónimos rn ninguna lengua: ni sentido co­
mún se opone íl que se diga que gosar es hacer el bien, ó
que sufrir es obrar mal. Para el hombre hay algo mas alto
que el placer : su razón le muestra otro órden de bienes so­
bre los bienes de su sensibilidad; y toda la importancia del
placer y dsl dolor en la economía de la naturaleza humana,
está reducida á servir de medios que conducen á /¡nn mas
elevados. La suposición do que ol placer y el dolor son los
ún icos móviles do la determinación voluntaria, es contraria
A los hechos: serán, si se quiere, los móviles mas risibles,
los m is aparentes en la conciencia, los quemas calor y ani-
maoion prestan al ejercicio de n uestras facultades activas;
pero ¡cuán lejos c~lu ol placer de aquellas resoluciones tran­
quilas que nos inspira la consideración del deber y du la
justicial |Cuántas veces arrostramos el dolor, para hacer el
bien á que estamos obligados! ¡ Qué sublime y qué moral es
la cflnrlucta del qup saciifl. a In satisfacción natural de sil
sensibilidad A los derechos de razón!
t .m Lu íitil no es lo buuno. ni lo dañoso es lo malo. La
idea do obligación se asimila naturalmente con la de bon­
dad m oral, pero es extraña >; inconmensurable con la de
plnccr y di'.utilidad. Nos sem¡mas obligados n hacerlo bue­
no , pero no ú Lascar el proveoho y el gncc. El placer y la
utilidad no son un deber, sino un derecho. Tenemos dere­
cho á go¿ar dentro de ciertos lim ites, y con subordinación
Aciertos fines: pero no infringimos obligación alguna cuan­
do obramos rectamente renunciando al placer, antes bien
nuestra conducta es mas meritoria, y nuestra virtud se em­
bellece mas y mas, con el desinterés y la abnegación. ¿Quién,
por o lía parto, se croe criminal por no sacar provecho de
sus actos justos y recias intenciones? ¿Ouién siente remor­
dimientos por haber sufrido dolores?
3 .* El criterio de la moralidad no puede ponerse en co­
sa ton variable y tan roIntivA como o í la ntilidnd. Conside­
rada esta on los individuos, no es mas quo ol valor de un
79
medio para lograr un lia ; y como « lo s Unes personales pue­
den sor tin v a rio í. la utilidad. y por consiguiente la bon­
dad moral, podrá consistir on inAnidad da cosas que se ex­
cluyen , y serA tan mudable comu los propósitos humanos.
Cada cual entenderá & su manera su utilidad y su interés. y
serán imposibles las reglas generales y absolutas de la mo­
ral.
4." SI para obviar esta diUnultad se quiere salir del indi­
viduo. y someter su inleivs privado ul interés común, di­
ciendo que la utilidad bitn enttiidúlii década uno es laque
mejor seconcilic con el bienestar de todos, entonces ya se
abandona la bise del placer y del dolor, que son fenómenos
nsenniHlmcnte individuaJ.ís. lilas no por eso queda lu hipó­
tesis menos expuesta ¡1 inconv.'nientrs, Lus unciones del
hombre aislado y solitario, que ninguna relación guardan
con el bien social, no serán morales. Tampoco seríin bue­
nos ni malos los pensamientos que ni dañan ni aprovecliau
ni ónlen público. N¡ será rosa fácil, por otra parte, el decir
en qué consistí: ese bienestar. ese interés público qnc se
urigu un criterio ilu la conducta do lr«s individuos. Si estos
deben sacrificar su utilidad y sus placeres privados, mien­
tras no se vea claramente ú qué pensamiento de bieu social
deben est>; sacrificio, lu misma inccrtiriumbre reinará en la
ualiDoacion moral de los actos humanos.
5.* Nada se adelanta con someter la utilidad egoísta del
individuo a la utilidad mejor entendida de la sociedad. Kl
órd<>n moral está mas alto que lodo esto, y la razón concibe
obligaciones lo mismo para los pueblos que para los indivi­
duos. ¿Cuál snrú ontoncos cl eritorio para apreciarla justi­
cia ó la ¡ujuslicia de usos pensamientos y de esos netos co­
lectivos cou que los pueblos honran á lu humanidad, ú man­
chan su historia?
6 .a Pero si no debe confundirso lo bueno con lo útil,
tampoco deben apartarse e s t a dos ideas como absoluta­
mente incompatibles. Todo lo quo es bueno es útil, aunque
no todo lo que se tiene por útil es siompro buono. La utili­
dad depende del bien; mas el bieu uo depondo de la utili­
dad. El bien y la utilidad son entre si como la razón y el
deseo de ser felices. Esta razón y este deseo viven enestre-
60
o h * a lia n z a , p er i la razón e s su p e rio r k tod os lo s d eseos y
A todos los in s tin to s .

CArlTULO IV.

¿DEPENDE DE LA VOUWTAD DE DIOS LA MORALIDAD DE LOS ACTOS


HUMANOS? — » 0 .

1 13. Entro los filósofos que ponen en duda la inmutabi­


lidad de las distinciones murales, merece contarso Pufen-
dorf1, quien, con el piadoso Un de extender las perfecciones
de Dios, hace depender de su voluntad omnipotente la razón
Altimadcl hien ú del mal tnoral. A las ideas de las relacio­
nes qüu arreglan las costumbres y los actos humanos, las
llama ¡«res morales (cutía moratia) : estas son do institu­
ción divina : Dios las produjo por un acto de voluntad libre,
para dar urden y belleza ¡a la vida humana.
114. Rste sistema, que al parecer da &la moral una base
tan sólida como encumbrada, liana, sin emhargo, contra
si inconvenientes insuperables, según vamos A ver.
1 .° No concebimos las cosas cuino buenas porque Dios
las quiera y las mande, ni como malas porque las repruehe
y las proliilia; Bino que Dios las quiere y las aprueba por­
que sou buenas de suyo, y las prohíbe porque son malos por
esencia. HasLi nos parece incompatible con sus atribuios,
y una verdadera, imperfección en su omnipotencia, el que
pudiera cambiar libremente esas relaciones tan esenciales.
Esta posibilidad sería, en efecto, la de hacer que fuesen
crímenes el amor ú su bondad, el agradecimiento A sus bo-
nefleios y la alabanza de sus grandezas; y que fuesen accio­
nes laudables y buenas la blasfemia, la iníldelidad y el des­
precio do su poder; y esto es suponer que Dios puede que­
rer la destrucción de sus atributos necesarios ó inmutables.
F.l ser Dios lo qnn es nn depe.ndn de su voluntnd; luego
tampoco el mudar la relación que necesariamente tienen los
• Sainuol I’ if í ^ uokf nauú L'ii Sajnaia el aii» I f lí!. F u i caledrfi-
tL'odc üurocliu natural u.i las iin¡v<jr.i.Li|u. ili- ll'iiM li’rfl y I.uiiil,
y puWI.-O vario, Irabo.uá liUlú.-iccii. Hirió en Berlín vi ¡iíiu !«□+.
81
aotos ood un órd en prim ario y ete rn a , que es la rea liza ció n
de s u s atrib u to s.
2 .* Tan alta idea tenemos de la inmutabilidad de los
atributos divinos, que, por suponerlos como representa­
dos on la esencia de hi9 cosas, aJlrmamns que esta esencia
es también inmutable, y que l*ios no puede hacer quo ima
cosa sea otra da lo que es, ó que sea lo que es y no lo s e l
ai-mismo tiempo. Que el circulo, por ejemplo, sea cuadrado,
rt que sea circulo y no lo sea en el mismo panto, lo Temo9
como contradictorio, aomo ahsurdo y como meta físicamente
imponible. Pues mayor razón aun tenemos pam afirmar que
Dios no puedo hacer que lo bueno sea malo, ni que lo malo
sea bueno; porque aquí inlemonen los atributos morales dd
sn bondad y de su ju sticia, que parece que dan, si cabe,
mayor inmutabilidad y fijeza & la distinción de bien y de
mal. En la teoría que refiitamos no se advierte que todo lo
que se amplia en el poder y la majestad de Dios se ccrccna
de sus atributos morales. ¿Qué sun, con efecto, la bondad
y la ju sticia en l)ios, si los cosas no son buenas ni justas
mas qne por sn libre voluntad?
3.* Las aec iones no son indiferentrs, como tendrían qoe
serlo en la suposición de ser discrecionales y arbitrarias las
distinciones morales. La indiferencia no se concibe en los
actos sino abstrayendo lo que en ellos pone dé finalidad la
voluntad del agente: considerados en abstracto, en especie,
oomodicen, bien pneden rw ibir de la institución divina, y
aun de la ley humana. todo su valor m oral; pero si se los
contempla dirigidos A. un On, como es menester para que
sean voluntarios ( 4 1 ) , reciben de la intención del operante
una determinación esencialmente 6 buena 6 mala en cl <Jr-
don moral. Los actos mas insignificantes dejan de ser indi­
ferentes cuando se los considera ni el individuo.
Tan sencilla distinción echa por tierra todo escepticismo,
qne, en moral, parte de la indiferencia de los actos, para bus­
car el criterio de su calificación fuera de sus constitutivos
esenciales.
82

CAPITULO V.
¿CU.Vl M BL VERDADERO CRITERIO DE LA MORALIDAD?

115. La contestación & la pregunta quo encabeza esta


capitulo es uv resumen de la doctrina esparcida en las an­
teriores secciones.
116. Las acciones humanas son morales. Este es un he­
cho que ol sentido común acredita, qna In ciencia demues­
tra , y cuya explicación es objeto de la filosofía moral.
117. La moralidad en las acciones uo es una cualidad
sensible; no es cosa que se ve, queso oliserva, que se sien­
te ; sino que so concibe ( 2 4 ). Es una relación que lionesu
fundamento en cl constitutivo esencial du la nccion misma,
eu la determinación voluntaria, que es libre.
118. El término de esta relación es un órden concebido
como regla común de todas las acciones voluntarias. Kste
es el órden moral, que existe (S9'i. que es imperativo y obli­
gatorio (t¡8) pam todas las criatura* racionales.
1 10. La moralidad. por lo tanto, es la relación do una
acción con el órdeu que la razón concille cuino invariable y
eterno. La conformidad con el órden se llama bondad, y la
contrariedad se llama malicia moral.
1 2 0 . El órden, medida común de la bondad y de la ma­
licia moral, es necesario indefectible. La razón lo concibo
coiuo indepundiento, lio solo de los individuos, sino do la
humanidad entera : aunque osla desaparecióse de sobre la
tierra, y aunque la tierra y cl mundo todo se anonadasen, la
razón ve todavía como buenas unas cosas, y otros como ma­
los, con la misma cvidoncia irresistible con quo ve subsistir
ol espacio aunque no haya cuerpos quo lo ocupen.
121. La moralidad participa du esta misma necesidad
inmutable del órden, y es una cualidad intrínseca y esencial
en los actos que emanan de una voluntad libre. És, por lo
tanto, independiente de toda consideración exterior ó con­
secutiva.
1 23. La mar.ifiesta i «defectibilidad del órden moral nos
hace pensar en un origen también necesario; y entóneosnos
elevamos basta Dios: la razón no descansa hasta quo llega
83
& este Urmino absoluto 7 último de so carrera, y pono en
sus atributos el origen de lodo órden y de lodo bien. La cien­
cia moral no es verdadera ciencia si prescinde de esla con­
sideración. Sin la idea do Dios no hay moralidad
123. El órden moral no solo snpono la existencia de Dios,
sino que es la expresión uius elevada y mas completa do sos
atributos. Dios es ordenador porque es providente, sabio,
bueno, justo, omnipotente, inmenso, eterno, en una pala­
bra, infinito: da todos estos atributasen sublime combina­
ción resulta el órden moral, tan necesario en sus prescrip­
ciones como lu es uso origen divino en su manera de exis­
tir. Los que disputau pordar la preferencia ya &la santidad,
ya i la ju sticia, ya al amor , ya & la inteligencia de Dios,
pierden de vista la unidad de su esencia y se encien-an en
un circulo vicioso.
124. El fundamento, pues, de la moralidad, su último
principio de ser. esláeu la esencia de Dios. La razón nocon-
cibe un fundamento mas alto : la ciencia no puede pasar de
aq u í: bienes verdad que tampoco lo necesila.
125. Con esto principio no debe confundirse el criterio
de la moralidad, que no es la razón do ser, sino de cono­
cer y calificar como buenas ó malas las acciones.
126. Si la inteligencia humana pudiera colocarse en el
origen del órden moral, es decir, si el principio de conocer
pudiem coincidir ron el do ser, el criterio de calificación
seria el mismo principio de la moralidad. F.sta calificación
seria inmediata. segura y como intuitiva. Pero no sucedo
asi; sino que el entendimiento está luera del centro y u il-
gen de todo ser, y 110 nos queda otro medio de juzgar de la
moralidad que el conocimiento que tenemos del ónien, re­
gla inmediata y común do las acciones humanas.
127. La razón es la facultad que nos ruvela ol órden,
desenvolviéndose eu el espíritu, ilustrándolo y enriquecién­
dolo con nociones morales.
128. Cumo el urden moral es necesario c independiente
de lodos los hochoscontingontcsdo nuestra naturaleza, nin­
guna de las facultades dul espíritu buinano es inas propia
para esla participación del órden que la iuzoü : ella es la
Unica que puedo compreuderlo con vi carácter obligatorio
PARTE SEGUNDA.

ÉTICA PARTICULAR,
ó

MORAL PRÁCTICA.
PARTE SEGUNDA.

É TIC A PA K TIC U LA R.

130. Al exponer las obligaciones del hombro, debemos


renunciar 1 una pretensión que no deja de ser común entre
los moralistas, y es la de reducirlas todas á una misma ca­
tegoría , sin admitir en ellas distinción de clases. Aun­
que no se atienda mas que 4 la variedad do objetos do los
actos obligatorios, ya leñemos fundamento para dividirlas
en varios grupos : son ramas de un mismo ir b o l, pero ra­
mas distintas y realmente separadas.
131. La frica pnrticnlar se divide naturalmente en tres
secciones.
1.* Quo expone nuestras obligaciones para con Dios.
2 .* Uuo enseña las que tenemos respecto de nosotros
mismos; y
3.* Que trata de lo que debemos i. nuestro* semejantes.
Dios, nosotros y el prójimo son. en cfar.to, los objetos
de lodos nuestros deberes.
Otros cuentan á la naturaleza auim ada, y aun inanimada,
como objeto de obligaciones; pero esta es incapaz de dere­
chos y , por consiguiente, de obligarnos directamente.
SECCION PRIM ERA.

DE N O ST R A S OBLIGACIONES PARA COK DIOS.

132. Ni en el órden físico, ni en el moml, puede conce­


birse una relación mas fundamental, mas profundamente
expresada en la naturaleza de las oosas, y por lo tanto mas
racional, que la del electo á la causa; de la hechura al ha­
cedor ; del ser finito y subordinado al ser infinito, supremo
é independiente. Ni hay derechos comparables a los que
Dios tiene por tales conceptos; ni deberes mas imperiosos j
sagrados quo los que naccn en ol hom bre; ni virtudes tam­
poco tan excelentes como las que iuclinau su aliua al cum­
plimiento de tales obligaciones. Ellas son la suma y el com­
pendio de la religión natural.
133. Desenvolviendo, como lo harémos en esta sección,
todo lo que se contiene en las sublimes palabras du amor.
esperanza y fe en Dios, peusamos exponer lodo lo mas
principal quo el hombre debe saber eo materia de obliga­
ciones y sentimientos religiosos, tales como la ra*on los al­
canza y la naturaleza los inspira.

CAPITULO PRIMERO.

DEI. AMOR i DIOS.

1 34. El amor & Dios, la caridad (que asi se llama en el


lenguaje de nnestra religión) es la primera y mas principal
de nuestras obligaoionesk Dobcmos amar & Dios sobre todas
las cosas, con todo nuestro corazon. con todas nuestras
80

f t ie n a s ; «pin asi lo dan á en ten d er los sen tim ien to s m as na­


tu rales y legítim o s de nuestra a lm a , y a s i lo ex ig e tam bién
la razón.
L a v o lu n ta d , con e re c to , bu sca siem pre lo bueno (4 2 )
con un ard o r in e x tin g u ib le : todos q uerem os e l b ien , y á él
n o s d irig im o s, aunque errem o s no pocas veces creyend o ha­
llarlo en lo que realm en te es m alo ú dañoso. Cuanto m ayor
es el bieu que e l entend im iento a d m ira , U n to m ayor es la
vehem en cia cuu que la volunUd lo a b r a z a , y m as delicioso
el placer con que la sensibilidad lo goza. Todos las faculta­
des secun dan la aspiración de la q ue es m as e x c e le n te , to­
das reciben la m ism a d irecció n y el m ismo im pulso liAcia lo
b u o n o ; y de este con cu rso de ten d en cias resulta ese sen ti-
inieuto ge n e ral du Ja ualuraleza h um an a, que e je r ce en el
mundo m oral el m isino oficio que la g ravitació n en el mundo
físico : f l a jio r , q ue atra e y a c erc a los seres unos á o tro s y
en cinrtn m anera lo s sana de los llm iti's rio su in dividuali­
dad , poniendo unidad y arm onía entro tod as las ex isten cia s.
L a ley del um ur eu el hom bre es el ser p ro g re siv o , a scen ­
dente é ilim itado com o su q uerer ; y al ver cóm o c re c e la
adhesión se’ iin van siendo m a y o re s las e x celen cia s del o b -
jn to am nilo, colegim o s cnti rnznn q ue a q u ella llegará á su
c o lm o , cuando las p erfeccio n es de este sean oonochidas c o -
itiu iiillu itas. P a r a uu bieu esen cia l y sin lim ite reserva el
alm a su a m o r m as in te n s o ; y por eso hasta q ue no s e posa
y d escansa n uestro corazón eu e s a bondad s u m a , an da in­
qu ieto y e rra n te de bien en b ie n , sin q ued ar n u nca sosegado
ni satisfech o .
A h ora bien : si esta es on realidad la c on stitu ció n de nues­
tr a n atu ra lez a , es claru que la u paríam os del ó rd e n . q ue la
d eg rad am os, y h asta le hacem os v io lencia, s i, con cibien d o i
Dios com o el bien s u m o , com o el bien p or e s e n c ia , n o d a­
m os lodo su en san ch e al cnm zon p a ra nhrazArlo, todo sn
m o lo al sen tim ien to para acornarn os & é l , y tod a su ex p an ­
sió n al alm a pura que se p en etre del vital in llu jo de su in fi­
n ita p e r fe c c ió n ; si no lo a m a m o s , en una p a la b ra , so b re
tod as las c o s a s , y con un a m or el m as a cend rad o.
135. S i ah o ra reflexion am os so bre la benev olencia de
D io s, que es su m ism a bondad respecto de los h om bres.
comprenderemos aun mejor l l legitimidad de estos afectos
instintivos del ooraznn : lo que la naturaleza acredita como
ley do nuestra oonstitucion, la razón lo confirma como
obligación sagrada.
No solo es Dios la suma bondad en s i , sino que también
es infinitamente benévolo para con sus criaturas. Aun pres­
cindiendo do los bienes qun su mano licnrtflcn. ha derramado
p orcl mundo, ooncebimos la benevolencia como ol supre­
mo de sus atributos morales, y nos seria muy difícil com­
prender cómo un ser completamente feliz en si mismo ha
podido llamar 4 la existencia á sus criaturas con otro Qn que
el de ejercer su bondad infinita.. Pora errarlo asi no hay mas
que consultar nuestra conciencia : tenemos on gran estima
todo lo que es benéfico y bondadoso. y nos causa placer
inefable el desarrollo de afecciones benévolas . bien en nos­
otros mismos, bien en actos que presenciamos. /Cómo,
pues, negar á Dios ftstfi atributo que tanta pcrfrcr.inn mo­
ral envuelvo. aun contemplado en la naturaleza humana'/
¿Será bastante para dudar do la Itondad divina lu conside­
ración de quo en el mundo hay males , cuando estos des­
órdenes parciales, bien mirado, contribuyen A la felicidad
y á la perfección del conjunto?
Pero las rerdadoras credenciales do la bondad de Dios
las tenemos en el inutido mismo, donde tanto brillan los
sabios y benévolos designios con que lo ha criado, y la pro­
videncia y solicitud paternal con que lo conserva y lo go­
bierna. Nuestra admiración principia cuando estudiamos las
leyes mas elementales do la m ateria; subo de punto al exa­
minar la vida de las plantas y de los animales; y raya 011 el
asombro si nos detenemos en el hombre, rey d éla creación
y cabeza dol mundo, para cuya felicidad y perfección pa­
rece que fueron criadas y dispuestas todas los derruís cosas.
«Las intenciones benévolas do Dios, dice Dugald-Stcwart,
no se descubren solo en las leyus con que atendió 4 la satis­
facción de nuestras necesidades mas im pm usas; vense tam­
bién en esa provisión tan rica de felicidad que nos preparó
en los placeres de la inteligencia, do la imaginación y del
coraron ; on lo apropiado y congruente de los órganos dt*
los sentidos con el teatro en que son llamados á pasar la vida;
91
«n la armonía del olfato con los perfumes de las flores; en
U del gusto con la profusión de alimentos deliciosos que i.
porfía nos brindan la tierra , ol airo y las agu as; en la dnl
oido con los melodiosos canlos de las aves; y en la do los
ojos con las bellezas sin cueulo y los esplendores infinitos
de la creación visible. Nos puso sobre la tierra como en un
palacio, y nos alojó en ella hnstacon lujo y magnificencia.»
S i, pues, tanta es la bondad de Dios para con nosotros,
la razón ordena quo tengamos hácia él un amor, ya que no
igual, proporcionado siquiera con la excelencia infinita de
sus atributos m orales; y que para conseguirlo elevemos 4
sil mayor perfección los sentimientos de aprecio, de adhe­
sión y confianza con que pagamos el limitado merecimiento
de lá benevolencia de nuestros semejantes.
130. La consideración de los atribuios divinos despierta
en nuestra alma sentimientos muy varios, que todos suponen
el amor y participan de la sublimidad de sus inspiraciones.
i 3 7 . La veneración es una cmocion que nace en el alma
que contempla la inOuitud de la esencia divina: es un res­
petuoso recogimiento de que uos poseemos cuando compa­
ramos nuestra pequenez con la grandeza y omnipotencia de
Dios. Cuando pencamos en que el mundo entero no basta á
contener la inmensidad ríe su substancia, que la tierra que
habitamos es menos que un punto on comparación do ese
mundo, y quo cada uno de nosotros es como nada respecto
á esta tierra, nos asombra la idea de lo que serémos al
frente de Dios y en relación con su grandezn. Nuestra alma,
que está hecha para admirar y rep ela r lo gir.ndc, lo po­
deroso y lo Tuerte. no puedo, sin (altar al órden, negar su
venei ación á un ser que posee estos ulributus en un grado
infinito.
138. Otro do los sentimientos que se ennoblecen con el
amor es el temor, en r,l nial vemos algo mas que venera­
ción y respeto. Proviene el temor de considerar la depen­
dencia que nuestro bien ó nuestro daño tienen du la justicia
divina. Este sentimiento es legitimo, pues, convencido» co­
mo estamos de que Dios es inQnilamente santo, y de que el
órdon moral que expresa e«la santidad esencial condena
ciertas acciones, juzgamos que su voluntad también las re­
02
prueba t les reserva im castigo pnm otra v id a : en «1 hecho
mismo do sentir el mórito y ol demérito de nuestra oonduo-
ta , tenemos ya la Instante presunción de nn premio y ‘de
un castigo, y vemos nuestra felicidad 4 nuestra desgracia
pendientes de su justicia. Tememos la imponente sanción A
qitp indefectiblemente qnednrAn sujetos nuestros netos, y
aun nuestros pensamientos mas ocultos. Si ahora conside­
ramos la grande obligación que tenemos de cuidar de nues­
tra felicidad, y de todo lo que pueda hacérnosla conseguir
ó perder, comprenderemos con cuánto temor debemos apli­
camos A obrar la justicia y A cumplir con la ley soberana
del dnhor.
Claro es que en este temor debo mozolarse mucho del
amor : el que aína de veras siente el desagrado del objeto
amado, y teme, por consiguiente, cometer faltas que le ba­
gan incurrir en 61. Cuando esta consideración es la que do­
mina, y pensamos mas en nsti! rirewgrado que en sus con­
secuencias respecto do nuestra felicidad ó desventura, nuestro
temor & Dios se llama propiamente reverencia y piedad.
Es un temor de h ijo s, temor filial que se ennoblece por el
amor, y la mas grata ofrenda que nuestro corazon puede
presentar A la Divinidad.
El que solo temieso A Dios por cl .castigo. el que le ama­
se Uiu poco que no sintiese su desagrado, y solo se abstu­
viese del mal por horror A la pena, pero con disposición h
cometerlo si estaño amenazase, es comparable al esclavoque
aborrenn verdaderamente A su señor, y que <d no so rebola
es por miedo al azote. Este temor tervil no os homenaje he­
cho i Dios, sino egoísta solicitud de nuestro bien; no es un
acto que lu honra, sino un don que le ofende por la bajeza
del motivo que lo inspira. Las penas de una vida futura son
de suyo verdaderamente temibles; pero tengo mospresenteque
ol temor de la pena por si solo vn denotando tanta, mayor
propensión al nial, cuanto menos so tiene en cuenta el desa­
grado de D ios: es decir, se le ama ineuo«.
199. La devocion es otro de los afectos que mas direc­
tamente nacen de la caridad : es verdaderamente nn am ar
rendido que .v. despojn de su voluntad y la somete gustoso
A la de Dios. Al amor que nos ¡aspira sa infinita bondad, y
al agradecimiento de sos beneficios, debe acompañar la en*
trega y sumisión de nuestra voluntad, como forzosa conse­
cuencia de la supremacía de la voluntad divina, nías quiere
lo que es bueno on si, y quiere y provee todo lo que es bue­
no para nosotros: ui este querer es mudable, ni está ex­
puesto á erro r,. sino que es la mas segura regla de nuestra
perfección y felicidad. E s, pues, nn deber nuestro, y hasta
nna conveniencia, el someter en un todo & esta voluntad
henifica y providente las veleidosas y no siempre certeras
datarminaciones de la voluntad nuestra. Si tan patentes
sou los benévolos designios de Dios respecto á sus criaturas,
faltarían estas á la razón si no estuviesen siempre dispuestas
4 querer lo que su voluntad quiere, & proponerle los mis­
mos fines que su sahidnrta se propone, á considerar ¿ Dios
mismo como An último de todos sus actos y pensamientos,
que es la manera mas derecha de sujetar nuestra voluntad á
la suya.
Esta es la devocion á que siempre estamos obligados. Pe­
ro todavía se connibe en este afecto un grado superior, <]no
consiste en el continuo ¿ incesante pensamiento en la Divi­
nidad , de Ul maueraque nada bagamos, ni aun lo mas pe­
queño , sin una actual intención de referirlo á Dios como &
so último (ln. El amor tiene entonces la mayor parte, é ins­
pira ol sacrificio de todos los afectos, de todos los pensa­
mientos, de todo ul s e r : el hombre se anonada, y como que
se pierde en U intensidad de su amor. Pero esto es un pro­
digio de la caridad, que el mismo Dios inspira donde quie­
r e ; es un hecho sobrenatural de la eficacia de esta virtud
divina, que en vano pugnaríamos por alcanzar solo con las
b erzas de nuestra naturaleza.

CAPITULO II.
DB M ESPERANZA EN OTOS.

140i La esperanza en Dios es la racional con (laura en


su benevolencia; la fundada seguridad de que el gobierno
moral dal mundo su encamina, á nuestra perfección y feli­
cidad.
141. La inQnita excelencia moral de Dios nos da. esta se -
94
garidad, y exige de nuestra parte aquella confianza. No te­
nemos, en efecto, otra manera mas natural de concebir lo
que es Dios respecto á nosotros, que el ligurámnsle como
sumamente interesado en que no se frustren los fines bené­
ficos cnn que crió, oo n sm a y gnbinma ni universo, sino
que cada criatura llegue 4 su término par los caminos mas
propios üe su naturaleza. Darnos á Dios estos pensamientos
porque son lo mas digno, lo mas noble, lo mas eminente­
mente moral que concebimos en los hombres, y propendo-
mos A engrandecer, & elevar k una potencia infinita estas
perfecciones mnralrs, para atribuirlasi la Divinidad. Por eso
todos los hombres esperan algo de ose fondo inagotable de
bondad quo creen teuer eu Dios, y 4 él se dirigen en sus
aflicciones. Por eso también todos las religiones y todos los
cultos admiten la oraeinn como expresión legitima de esta
esperanza.
142. La caridad y la esperanza son virtudes insepara­
bles, purque las mismas razoues en que se Tunda la necesi­
dad de amar, imponen también la obligación de esperar de
Dios, que es nuestro hien. No vemos, en efecto, cómo se
ha de amar & un ser infinitamente bueno y benéfico, sin es­
perar nada de él, ni aun siquiora el premio do ese mismo
amor. ¿Cómo no ha du esperar ol hombre virtuoso, cuando
ama 6 Dios como al amigo y al protector de su virtud? La
virtud que se aísla, que no confla mas quo en st misma,
que no ohm mns que por su m e n ta , mostrándose «\trnfla
¡l esos sentimientos do piedad, paroco quo onvuolve la erró­
nea ureeiiL'ia du que lu felicidad absoluta del hombre es uu
negocio meramente humano, y quo nada tiene quo esperar
de lu justicia divina : tal virtud es incompleta, es Tulsa, y
sobre todo inconsecuente.
143. La esperanza produce muy saludables efectos nn la
conducta de los hombres; y por esto so conoce la excelencia
y bondad mural de esta virtud. Ella nos alienta en ul cum­
plimiento de todos nuestros deberes, que por cierto los mi­
raríamos con indiferencia si nada esperásemos ni temiése­
mos por nuostras acciones. F.s madre de la fortalna ron
que arrostramos y vencemos los obstáculos que so oponen
A la práutiea de la virtud. Engendra también la paciencia y
95
la resignación en las contrariedades y penas da la vida, p o r-
quo nos enseña qua las m is grandes ollicciones y las prue­
bas mas duros lionon un fin. que ciertamente nn lo conoce­
mos, perú que estamos seguros de que os bueno, quo pa­
ra r! en provecho nuestro, que se dirige ú perfeccionarnos
y á hacernos felices.
Ni aun el mal moral, que tanto nos daña, debe ser parte
para quo desesperemos, porque ese daño, que no as mus que
nuestro, os ropu.rabie por la expiación y por ol arrepenti­
miento que nos restituyen al órden de donde voluntaria­
mente nos apartamos, y nos reconcilian ton Dios.
<44. Dijimos arriba (141) que la oracion es la fiel ex-
ircsion de nuestra esperanzo. I,n oracion, con efecto, es un
Í Bvantamiento del corazou hasta Dios, un coloquio en que
la criatura le líate presen lie- sus necesidades. ó implora su
favor y su auxilio. Por la oraciou reconocemos la inlinita
bondad de Dios. su omnipotencia, su grandeza y su provi­
dencia; acreditamos nuestra confianza en el benéfico empleo
de estos atributos, y testificamos nuestra, pequeñez y nuestra
miseria. Nada se encuentra aquí quo desdiga de la natura­
leza de Dios y de la nuestra. Nada mas justo quo el que ne­
cesita pida, y que su petición la dirija 4 un ser que quiere
y puede hncer nuestro bien.
La consideración do la grandeza do Dios comparada con
nuestra pequeñez, no es razou pura que tengainus por inú­
tiles los ruegos, como si Dios se desdeñase de atenderá ellos.
Para Dios, que es infinito, no hay cosas grandes ni peque­
ñas : su providencia alcanzan indns: todasson igunlesante
su poder; y si proveyó, sin mongua de su grandeza, ú la
existencia y i la vida de lautos seres imperceptibles de puro
pequeños, ¿cómo lia de mirar como indignos de su cuidado
ios ruegos del hombre, para quien parece hecho todo el
mundo?
Tampoco debemos renunciar á la oracion porque creamos
que la sabiduría de Dios so ofende con la relación de neco-
sidades que conoce aun mejor que nosotros. Al unir no nos
proponemos instruir á Dios, sino expresar por este acto
nuestra dependencia, ni pnr que la grandeza y la bondad
del ser ¿ quien dirigimos nuestra sfiplica.
96
No es dcsconooor la inmutabilidad do los doorotos do
Dios, ni acusar su providencia, de poco ateula 4 las cosa»
humanas, el hacer instancia por favores que si soo conve­
nientes, nos serán infaliblemente concedidos sin mas rue­
gos, y que si no lo son, nunca debemos esperar que se nos
conoedan. Este reparo, que también so hace á la oracion,
«6 un sofisma quu. aplicado 4 toda clase de acontecimientos
venideros, conduciría al fatalismo y legitimaria la inmovili­
dad indolente de la voluntad humana. Verdad es que Dios
pnede concedernos, y dn hecho nos concede, mnclios bienes
sin necesidad do que fo los pidamos : verdad es también
que otras cosas uo las concede por mucho que le rugue­
mos ; pero, ¿quién nos dice que no sea su voluntad el con­
ceder muchos de sus favores con la condicion de que le
sean pedidos? Si la oranion es u n A rto to n justo y tan do -
bido, ¿por qué no ha de poder ontrar en los planos inmuta-
bles de su providencia como aulecedenle necesario do sus
benéficas concesiones? No es ajeno de Dios el propósito de
hacernos agradecer debidamente sus dones; de que fomen­
temos la devocion, y cuidemos de que se armignen en ol
alma sentimientos dé depondencia; do mejorarnos, en fln,
por la costumbre de orar. Tales miras no son contrarias 4
la Providencia, antes bien estos motivos de perfección hu­
mana están muy conformes con la bondad de D io s.

CAPITULO III.

DE LA FE EN DIOS.

14K. I,a fe en Dios es un nrme asentimiento á las vor-


dados que so digna revolamos.
140. La filosofía considera la fe como virtud y como
obligación moral. Para saber que debemos creer en el dicho
de Dios, nos basta la luz natural, la cual produce una con­
vicción profunda, sin tener que apelar A. In rovclaoion
misma.
Dios es la verdad esencial y absoluta de donde mana toda
verdad; su inteligencia infinita es inaccesible al error; su
santidad y su justicia reprueban el engaño; y. su bondad
97
para coo los hombres no se aviene con el propósito do ha­
cerles mal. .'Vi puede engañarte, m engauarnot, es la Crasa
que expresa con admirable sencillez el fundamento de nues­
tra Te, y la razón filosófica de la oMigacion de crrvr en su
testimonio infalible.
Es, pues, un deber en el hombre el bailarse sinDorunicnto
dispuesto í creer 4 Dios al puulo que se convenza ile que
ha hablado, ó íi adherirse firmemente á su palabra si ya
tiene aquel convencimiento. Si cada uno de nosotros tu­
viese la dinha <ln escuchar al misino Dios. ó de recibir por
cualquier otro medio su rcvolacion, ¿quién podría contener
el impulso ualural de la inteligencia á adherirse á la verdad
tan infaliblemente comunicada? ¿cómo resistiría la limitada
ruzon del hombre ante la razón inüuita de Dios? Y ¿cómo
puede tampoco la filosofía justificar esta resistencia so color
de defender nuestra personalidad independiente? U razón
lumia na trastorna el órden y las naturales relaciones quo
tiene con el origen absolulu y eterno de la verdad, si. 4 sa­
biendas de que hay una revelación hedía por esta verdad
infalible, todavía pretende llamarla á i-xámcn y escudri­
ñaría por lodos lados para tor si tiene por donde sea dest­
ellada. Esta pretensión es una rebelión sacrilega de la cria­
tura coutiTi el C riador..
117. Mas aunque el hombre debe estar dispuesto íi so­
meter su ruznn ii la autoridad de Dios, que le revela, no
por eso esta razou queda anulada, ni enteramente excluirla
de ludo esáinen. No le es licito investigar cu las cosas di­
chas por Dios, con iaun ugaulu intención de buscar en ellas
un motivo de asentimiento ó de negativa; |ioro si conserva
el derecho de examinar, de discutir y criticar el hecho
de que tales cosas son 6 fueron dichas por Dios, cuando
este hecho (comlicion esencial «le la certeza de estas ventu-
dus raspéelo i nosotros) no cae bajo la jurisdicción de nues­
tros medios perceptivos, y tenemos que recibirlo por ul tes­
timonio tradicional de otros hombres. I’ara que la disposi­
ción ít i rper se convierta en acto de creencia obligatoria, es
menester que se resuelva ó se dú por snlieirntcmonle re­
suelta la cuestión previa do si realmente Dios su lia dignado
revelar algo 4 sus criaturas; y aquí es donde la razón ejerce
96
sus Tueros legítimos, para resignarlos en seguida con docili­
dad al punto que se deja oiría Palabra infalible por esencia.
A *1 la razón es un gnia qne no abandona al hombre, sino que
lo toma nomo do la mano y lo introduce en el santuario de la
fe, quedándose ella eu el vestíbulo, llena de admiración y
r e s illo . y no sin aconsejarle antes que dé su entera con­
fianza al nuevo guia que se encarga de su dirección. En
suma, si bien fuera insensatez empeñarse en profundizar y
comprender ese nuevo órden de verdades (que, por lo altos,
aun debía maravillarnos el que pudiésemos alcanzarlas con
facilidad), es, siu embargo, justo, v auu conveniente, que
sepamos si es Dios quien nos reveía sus voluntades y sus
misterios, ú si con el augusto nombre de Dio; trata acaso
de enhrirse y mitorizarso la superchería. Ijl verdadera reve­
lación no tóme esto exim en, sino quo lo desea. lo declara
conveniente y lo aconseja A la razun huinaua. Es además
muy conforme con los sabios designios de la Providencia el
traemos á la fe por la misma razón que se nos dio, pero sin
humillarla, ni hucerle violrncin. para que rl hombre qi:c se
g^iia por sus luces no la tenga en menos como Tacultad inú­
til , ó desconfíe de sus fus 17a* cuando estas son legítima­
mente empleadas. De este modo la fe es un obsequio ra­
cional , un homenaje de la razun, tan propio de la cria­
tura inteligente que lo tri'mita, como dijno del Iiins que lo
recibo.
148. La razón y la Tu 110 son enemigan: una y otra pro­
ceden de Dios, y el suponerlas en lucha csalirmar queDios
combate consigo mismo, 6 que se contradice, haciéndonos
conocer una verdad natural por la razón, y dictfndonos lue­
go lo contrario en su comunicación exterior y sobrenatural
con nuestra inteligencia. La razón y la Te deben concillarse,
porque no ton al cabo mas que dos maneras y como dos ca­
minos distintos por donde una misma verdad eterna se co­
munica á los hombres. Dios da primero a torios el conoci­
miento claro y cierto de aquellas verdades quo se acomodan
4 la constitución general do la naturaleza humana, y dos-
pues se revela ¿ la inteligencia de una manera mas patente,
mas sensible, mas positiva, por la palabra que afecta al oí­
do, por el escrito perceptible á los ojos, y le descubre un
horizonte inesperado, no visto por la razón, una región nue­
va . un roas elevado úrdeu de verdades, que no vienen ya al
conocimiento por los medios ordinarios de ver. de com­
prender ó de concebir, sino directamente por cl acto de
creer, por la fe.
Pero estas nuevas luces, quo por gracia otorga al enten­
dimiento humano, no tieuen 4 matar 6 4 oscurecer la luz
primera de la razón, sino 4 darle uu resplandor mas vivo j
una intensidad mas penetrante. La revelación es uu com­
plemento y una verdadera perfección del conocimiento que
alcanzninos por naturaleza : la fo ilustra y mejora & la ra­
zón sobreponiéndose & ella, la manera que, sin salir de la
constitución humana, la razón es superior 1 los sentidos, y
los dirige, y ellos nada descubren por si de las elevadas re­
laciones que aquella concibe.
Mft. I-a fe. pues, no está contra la razón, sino sobre
la razón : las verdades sublimcsquc aquella propone no pue­
den ser comprendidas por la razón, puesto que si bien es­
ta es la facultad roas excelente en la economía inlelectual
del hombre, tiene al cabo sus limites y sus imperfeccio­
nes. ¿Por qué no ha do suponerse un órden de verdades
inaccesibles para la razón humana, como en esta mzon so
admite uu órden du conceptos que suben por cima do la es­
fera limitada de los sentidos? Si la Te iios dice cosas que no
entendemos, ¿por qué nos lia de costar trabajo el someter­
nos ii ella. ennndo sabemos que nuestra luz no alcanza 4
todas partes, y que os infalible ol que nos ln$ dice? |Seria
cosa admirable cl quo comprendiésemos al punto y sin di­
ficultad al^uua todo lo que Dios quiere manifestarnos, cuan­
do entre sus pensamientos y los nuestros hay lauta distan­
cia como entre su ser y nuestro serl La fe en los misterios
mas incomprensibles nada tiene de irracional, porque la
misma profundidad de las cosas creídas es yann carácter de
su orlguu divino; y esto, en vez do sublevar, debe tranqui­
lizar 4 la razón humana. Quo esta nuou se examíne 4 si pro­
pia; que eche una ojeada por todos sus conocimientos na­
turales, por los que le parecen mas bien sentados, mas cla­
ros y mas ciertos; que los encuentre (como los encontrará)
plagados también de contradicciones y de oscuros misterios;
100
y vea luego si ruara justa su queja de ser incomprensibles
las sublimes verdades que se rdieren áDios. Aun cuando la
humana razón hubiese disipado todas las tinieblas que la
oscurecen; aunque para ella nn hubiese ya misterios en e u
naturaleza que tanto se gloria de conocer: todavía no ten­
dría derecho para pedir que todo fuese claro y fácilmente
compreosible en la altísima región <le las verdades divinas.

CAPITULO IV.
I>EI. OM.TO.

150. El culto e s el homenaje quo nuestro corazon tri­


buta ¿ Dios d e sus sentimientos de. am or, gratitud, voncra-
i'.ion, confianza y Te.
El culto se llama también adoración. Amar ú Dius sobre
toda» las cosas, agradecer sus beneficios, venerar y respe­
tar su grandeza, temer su justicia, esperar en su providen­
cia, acudirá él rogftndnle en las necesidad», y crecren
sus promesas y palabras. es también adorarle.
151. listamos obligados 4 dar culto ¿ Dios por las mis­
mas razones que nos solicitan ¿ amarle, esperar en ¿I y
creerle. Nada son, en efecto, estos deberes si no se realizan,
si no inspiran sentimientos efWuivos, y si no se maniflrstnn
y traducen en actos.
152. Los sentimientos y atocias que forman este culto
del coraron deben tener uu lenguaje que los manifieste : el
cutio interno dibe ir también acompañado del externo.
Asi lo está diciendo la misma naturaleza linmana. F.l
hombre es realmente doble en su constitución, y esta du­
plicidad se copia en la manera de producirse sus =«ntimien-
tus y emociones: cuando el alma siente con alguna viveza,
entra el cuerpo 4 la parte, si no del sentimiento, de su ma­
nifestación : los placeras y los dolores tienen irresistible ten­
dencia ii resolverse en movimientos, que son signos tanto
mas Oclas del estado del alm a. cuanto mas espontáneos son
y mas irreflexivos. Hay además en el hombre una propen­
sión manifiesta á comunicar sus afectos i los otros hombres:
el placer se acrecienta cuanto mas se participa, y el dolor
101
se alm a cuando lo repartimos entre muchos, como si fuera
nn peso de que nos vamos descargando. ¡Qué serán las pe­
nas que cl alma tiene que devorar en silencio, ouando las
alegrías mas puras se convierten quizl un carga insoporta­
ble. si nos reinos obligados á. encerrarlas dentro del pecho!
Si esto es asi, ¿qué razón liar para hacer violencia & la na­
turaleza humana, comprimiendo la natnral expansión de los
sentimientos religiosos que ol alma experimenta? ¿Por qaé
so ha do condonar ol cuerpo 1 la inmovilidad y ul silencio,
cuando el alma pugna por hacerle intérprete de sus emo­
ciones V ¿Quién es el que puede pensar en la grandeza y
majestad de Dios, sin inclinarse, sin prosternarse hasta tocar
la tierra? ¿Quién puede elevar hasta él su nlma en laoracion,
sin imitar esto con rl movimiento «iquicradc los ojos? ¿Quién
lu pide socorro en las grandes calamidades sin levantar al
cielo las manos?
Justo es también que el cuerpo concurra á su manera á
hacer mas completa, y como mas solemne, Inarioracion qne
tributamos ii Dios en nuestro interior. Ln vida orgánica no
« menos constitutiva do la porsona humana que la vida es­
piritual; ni w- menos preciosa, ni menos rica en presentes
recibidos de la mano liberal de nuestro Criador. Kl cuerpo
no es un mero instrumento de bajo precio puesto al servicio
dol alma, ni el alma ei todo el hombre : la vida hnmana es
como una füsion de las vidas del alma y dd cuerpo en ana
sola individualidad ; y esto es lo que olvidan los que no juz­
gan digno de la Majestad divina el homenaje que le rendi­
mos de nuestras facultades corporales, como si estas no
fuesen también humanas.
Ln conveniencia del culto exterior se demuestra inlem.ís
por la virtud que tienen sus símbolos de dar fijeza, do hacer
duraderos, y hasta de inculcar un nosotros los sentimientos
de piedad que nacen en el alma. Son en esto como las pala­
bras, que prestan cuerpo 4 las ideas y contribuyen al des­
arrollo y perfección ile la inteligencia. Kso culto de pnro
pensamiento. que algunos tanto cclobrnn, quedaría redu­
cido i muy pocas nociones metafísicas acerca de Dios, oscu­
ras, estériles y sin mllujo alguno sobre la vida, listas ¡deas
estarían expuestas ú cambiar continuamente. ¿ degenerar
ll»2
al fln, y 4 representar i. Dios de uu modo poco conforme
con sos atributos. De todo es capaz la imaginación, tan mó­
vil k inconstante, si no encuentra un punto de apoyo en los
signos sensible» y en las prácticas exteriores. Por eso no se
oonocc ninguna religión que sea paramente m ental, y en
medio du los errores y extravagancias de muclias, tudas tie­
nen ritos, prácticas, y ceremonias.
153. Pero lo qne hace al culto mas beneficioso para el
que lo practica, es la solemnidad que lo eleva al rango de
institución pfthlica. F.l cidto celebrado en comnn es nn de­
ber tan evidente, que ningún pueblo lo ha desconocido en
ninguu tiem po: ninguna religión carece do ministros, lim ­
pio s, altares, y sacrificios. La pompa de las ceremonias,
la majestuosa capacidad de los templos, la gravedad solem­
ne de los cantos religiosos, etc., convidaná los pensamien­
tos serios y disponen «I alma á emociones consoladora. Po­
cos serán los hombres quo no so siontan mejores allí; que no
se reconozcan como engrandecidos eu sus iduas y ennoble­
cidos en sus alectos, blntonces es cuando el corazon, libre
del peso de aficiones terrenas, se levanta con mas facili­
dad hacia nios, y saborea mejor las dulzuras de la devocion.
Entonces es cuando so piensa con mas formalidad on si mis­
mo , y no es importuna la idea de un destino que es menester
aicanzar, ni de deberes que es preciso cumplir. Kntonces,
por último, miramos i los otros hombres, como no los ve-
rómos quizasen ninguna otra ocasion, nivelados todos en so
pequeQcz, y borradas todas las diferencias ante la grandeza
y lu majestad del Sor iuQnito que adorarnos. Ilijos todos du
un misino Padre, ó siervos de uu mismo Seüor, uiiranse
como hermanos é iguales; en ol templo do Dios ni ofende la
altura, ni engríe la bajeza en que vemos colocados á los
otros. Todas estas buenas disposiciones se mejoran aun con
el ejemplo. El recogimiento y el silencio mueven il estar re­
cogidos y callAdos. La dcvociou do los unos como que se
exhala y se comunica & los oíros. La religión principiaen el
templo su misión sublime de atar con Tuerte nudo todos los
espíritus, todos los corazones y todas las voluntades.
103
CAPITULO V.
■ k la n e u c io K .

IS t. La nci.icios es nnn sociedad y como un comercio


entre Dios y el hombre : es la expresión viva do las rotacio­
nes que median entre estos dos extremos, separados por
una distancia que parece infinita.
155 No hay cosa roas alta, ni roas interesante, ni mas
dignado atención para una criatura racional, quo conocer
estas relaciones, da las onalcs penden su dioha y el entero
cumplimiento do los fines dn su existencia. La religión en­
seña lo que es Dios para con el hombro, y lo que es el hom­
bre para con Dios, mostrando lo que á este plugo revelar,
prometer, mandar y prohibir, y lo que el homhre le debe y
lo que puedo esperar de su bondad infinita. Ella nos hace
ver (|ue el culto que exige Dios como verdad esencial, con­
siste en creerle cuando Imilla, y en conllar en él cuando
promete ; que no hay sumisión á su justicia soberana, ni
respeto ,i su santidad , sino liaciendo lo que manda y evi­
tando lo que prohilic; que cl homenaje debido A su bondad
ííii limites, consiste en un amor infinito, si fuera posible,
ú que por lo uiunos Ueue toda la extensión y medida de lu
voluntad; y que sus propósitos, couio término y Un del hom­
bre, no quedan cumplidos sino por una relación universal
que someta todas las facultades de la criatura A la acción y
al gobierno providente del Criador. La religión verdadera
es la única quo conserva el depósito de las verdades saluda­
bles y eternas ; la (mica que ¡Ábe los caminos para dirigirse
y llegar hasta Dios; la única que puede consolar, sostener
y conducir ni hombre hasta su ténuino; y la única que le
descubre lo que es (''I, lo que son los otros seres, y el uso
que puede hacor de olios. Si lio fuera por la religión, ni el
hombre s a b r í a cuál era su puesto ou el mundo, ni acertaría
ú orientarse y ponerse ou aquel preciso punto un que po­
der mirarlo todo y ver para qué está destinada cada cosa y
juzgar con noirrlo sobre sn justo valor; ni sabría entm r en
los designios que Dios se propuso al darle cl ser y ul colo­
carlo en esta inmensa luAquiim del universo. Sin la religión
10*
vive el bombre 1 la voutura; uo conooe su dignidad. ni sus
obligaciones, ni el verdadero goce que debe sacarse de ca­
da cosa. Los posos que se dan á ciegas en esta vida enig­
mática son tropiezos. y cualquiera cosa nos para y nos de­
tiene en ol camino, (lomo en un laberinto, andamos & tien­
tas de acá para allá, sin encontrar la salida, y sin saber
siquiera si la liar. Véase. pues, si la religión es cosa grande
y digna de la atención y del estudio del hombre; víase si
no debe ser este estudio serio y profundo, para que guardo
alguna proporción oon las grandes cucas que descubre, con
los inmensos bienes quu prometa. y con lat> sagradas obli­
gaciones que sanciona.
156. líos especies de religión suelen distinguirse • una
que la razón a l i a n » , y que se. llama religión natural; y
otra que el mismo Dios nos comunica, l;i cual se dice reli­
gión revelada.
157. La revelación es aquella comunicación que Dios
liace al hombre de ciertas verdades importantes, por otros
medios que In luz de la razón.
158. Ln revelaciones necesaria. porque lu razón no basta
para conocer toda lu extensión du los deberes que nos ligan á
l)ios. ni lodus sus voluntades, ni lodo loque eiigedenosotros
para que le agrademos y cooperemos á In realización de sus
designios. Por ella no sabemos mas sino nuc tenemos ciertas
obligaciones, y qno estas son las que se deducen de aquellos
atributos suyos mas accesibles á uuosUa inteligencia. Sa­
bemos solo que nuestro amor, nuestra sumisión, nuestra
confianza y nuestra le. son corno condiciones esenciales que
qniso poner á sus larguezas; que son lu ley de nuestro ser.
y como ol titulo fundamental de nuestra vida: y que la des­
obediencia por parto nuestra seria ingratitud. rebelión y
desórden. A estos pocos artículos. y á sus mas inmediatas
consecuencias, está reducido todo el código de la religión
natura!. Aunque nos apliquemos con ahinco ii examinar la
idea que llios nos lin dado de si por la razón. y la que tiv-
oeinos de nosotros misinos. es muy poco lo que descubri­
mos, como no sea la lejana propon-ion que hay entre él y
nuestros pensamientos, y la imposibilidad de que el espíri­
tu luinmiKi penetre l u profundidades de la mente divina.
105
Nos fundarnos on sus atributos pora colegir hasta cierto
punto sus designios; pero estos eo su inmensa totalidad sou
tan incomprensibles como sus mismos atributos. como su
esencia misma. La idea que tenemos de nosotros mismos no
es tampoco para dojarnos muy satisfechos en punto á Ajera
y otando»! Mientras vemos hion unos deberes, y en oicrtn
modo los sentimos, se nos ocultan otros muy importantes;
los que ahora nos parecen clarísimos, 110 conservan luego
esa evidencia. Kxperimentamos en nuestro ser grande in­
constancia, y las verdades confundidas con los errores se
suceden sin mediar mas qúr nn instante entre la certeza y
lu duda.
159. Si por ventura, viendo que nada claro hallarnos
en nosotros, y persuadidos al cabo de que la religión no
es cosa que se adivina, y de qne la razón de uno solo no es
bastante (Irme ni extensa para abarrar todo su plan y todu
su economía, nos resolvemos á consultar 4 los demás hom­
bres , lo que hallamos es que tienen los mismos defectos
qtie nosotros; que su razón es tan tímida y tan reducida
como la nuestra; y que, dejando á un lado lu presunción y
la temeridad de muchos que sin pruebas deciden sobre lo
que ni aun siquiera examinaron, las respuestas de los sa­
bios son mas ocasionadas íí levantar dudas que ú dar segu­
ridades. La historia se encarga, si no. de relatarlas varia­
ciones, las inccrtirlumbres, los groseros errores de los
hombres y de los pueblos que pasaron por mas sabios y
inas cultos, cuando so coharon 4 pensar una religión, sin
mas guia que las luces de sil ruzun, ni mas auxilio que los
sentimientos de su naturaleza.
160. Tan triste resultado iio dobc sorprendernos ni des­
alentarnos, sino al contrario, llenemos de esperanza, poi^
que esto nos debe convencer de quo la religión lia debido
ser revelada por el mismo Dios; porque si no bastan los
medios humanos para instruirse en el punto mas importante
de la vida. y si es evidente que Dios quiere que el hombre
sepa lo qim le debe. es también cosa cierta que Dios lo ha
revelado, y que esta rovclacion no ha podido perecer, sino
que existe y vive en el mundo.
S i : debe existir y livir esa revelación, que es el único
106
medio seguro y al alcance de lodos; que es infalible, como
debe serlo la religión; que nos ahorTa una discusión de qnA
no somos capaces; qne lija lodos los espíritus, decide todas
las dudas, se&alacon exactitud todos los deberes, y uiani-
Desla LoJas las voluntades de Dius; quo enseña al hombre
todo lo que debe esperar de su bondad 6 temer de su justi­
cia, y la numera de tributarle un culto que le sea grato y
aceptable.
La razón demuestra al hombro la necesidad de lu revela­
ción, lo Indina 1 desearla, y lu sugiere el propósito de ave­
riguar su paradero, de buscarla por todos los medios, si ya
no tuviere la dicha de poseerla, como la poséenos los quo
profesamos la religión cristiana, que es la única verdadera.
SECCION SEGUNDA.
DE LAS OBLIGACIONES DKL IIO H M B
r » t o im ih ) maso.

161. Kslá el hombro obligado respecto i si misiuo, por­


que , dotado de razón y libre albedrío, es dueño de sus fa­
cultades, y puede conducirlas de una manera 6 conforme 6
contraria ol órden moral. En los Ancs racionales de la n a-
luralexa liumaua entran ul desarrollo y la poifoociou do su
s e r: y como este desarrollo y « l a purfucciou están sujetos
&determinadas condiciones, estas se convierten en reglas
morales de conducta, en obltgacioutt para consigo mismo.
Entiéndase, sin embargo, que no os el hombro el que se
obliga ú si mismo por su voluntad, porquo la doble posicion
de obliguule y de obligado ts> incompatible con la unidad de
la voluntad y de la persona. La razón es la que obliga &la
voluntad á hacer ü omitir ciertas cosas con ocasion de nos­
otros mismos. Do este modo no hay contradicción en supo­
ner verdaderas obligaciones reflexivas en cl hombre.
102. hilas obligaciones se dividen uuturuiiueiiUi en dos
series: unas que se refieren al alma, y otras relativas al
cuerpo; pues aunque el sujeto común de todos los deberes
sea cl alm a, verdadero elemento racional y libre de la cons­
titución humana, puedo ol hombro considerara primero
como ser puramente espiritual, y luego como animal sujeto
á todas las condiciones de la organización.
Si ahora se tiene en cuenta que el amor de si mismo es la
obligación primera que la razón impone, asi como la mas
imperiosa necesidad que li naturaleza experimenta, vere­
mos comprendida toda la materia de esta sección en Iras
108
capítulos, que tr a ta r á n : el i.* del am or de si m ism o; e l2 .* d e
las obligaciones del hom bre p a ra con su alm a; y el 3.* de las
que tieno respecto á su cuerpo.

CAPITULO l'IUMKHO.
DKL AMOR DE SÍ MISIO.

Ifl.J. P rin cip ia el Aston ue si p o r ser un instinto ciego,


como el que hace o b ra r á los anim ales, y luego se convier­
te en una tendencia sistem ática, en una solicitud perm a­
nente de los m edios de realizar n uestra felicidad y perfec­
ción.
Al darnos Dios In v ida, nos im puso como ley de nuestro
ser el m irar p o r su conservación y b ie n e sta r, á cuya ley se
som eten todas nuestras la c u lta d e s, sin que jam ás se apar­
ten de estos propósitos, com o no sea p o r el mal uso que
hagnmos de ellas. Nos am am os p o r n ecesidad; y Dios quisó
que nos am ásem os con tondcnciu irresistib le, porque el a m or
no «e mas que un movim iento del alm a li&ciu aquello que le
es conveniente, y nada hay en la n aturaleza que nos con­
venga m asq u e I i conservación del ser q u e O íosnos h a d ad o .
Rste a m o r , p u e s, es esencial en ric rtu m an era fi la consti­
tución hu m a n a , jiorqun sin él nada nos m o v ería¿ desenvol­
ver ni ú perfeccionar los elem entos que esla constitución
encierra.
Y nótese liie n : la afición que nos lleva y nos uno 6 Ins de­
m ás cosas es como consecuencia del am or que nos tenom os,
puesto que n uestro bien es lo quo buscam os en todas las
cosas que am am os. No sou lus cosas en si lu que am am os de
ellas, sino la relación de conveniencia que guard an con
nosotros : de o tra suerte no h ab ría razón p a ra am ar h unas
m as que íi o trn s, porque todos son en si perfectos, esto os,
son lo que so n . tan perfee Lamonte com o puoden serlo. P o r
eso el am o r que nos tenem os no solo es la causa y cuino la
m edida de los otros am ores, siuo que estos no vienen á s c r ñ u s
que especies de aquel am or prim ero y radien!. Cuando am a­
mos un objeto que de nuevo se p re se n ta . no es quo se pro­
duzca un nuevo um or en n o s o tro s . sino que al conocer un»
100
nueva relación de conveniencia en aquel objeto, k> amamos
oon un amor Un antiguo como nuestra vida; amor esencial
y necesario, sin el cual osla vida os inconcebible.
164. No se crea por eso que el anuir propio, que es un
motivo permanente de determinación. es también una regla
absoluta de bondad: nos amamos por necesidad, pero no
siempre nos amamos como debemos amamos, ('.on frecuen­
cia nos aficionamos A cosos que no guardan con nuestra na­
turaleza aquella relación de cuuveuieucia racional y justa
qoe el órden prescribe como conforme á nuestro verdadero
destino, llay abuso en el amor propio, porque sobre él hay
una regla quo lo subordina ii los fines de lu nnlurale/a: esta
regla es lu razón, que lo modera )• lo encamina ü objetos
realmente convenientes cou los designios de nuestro ser. El
amor propio que va dirigido por la razón es bueno y moral,
y la parte que en él tiene nuestra conveniencia y utilidad,
no lo afea ni lo envilece; el amor de s i, que desprecia el
óitkjn, y que en lu elecciou de sus objetos no consulta las
prescripciones de la razón, es malo uioralmuiitu. es el abu­
so del amor inextinguible y santo que Dios nos puso en el
no razón para que cumpliésemos con nuestro destino.
l(lo. Cuando el amor propio, además de ser irracional,
produce en nuestra conducta cl erecto particular de apar-
tai nos de nuestros semejantes y du sacrificar sus legítimos
intereses á los nuestros, toma el significativo nombre de
rjjnituin Kgnisla es, por ejemplo, el avaro que se aína á si
misino en cl dinero, cuyos goces no en\ uelven ninguna afec­
ción social. y cuyos intereses están en oposicion con los del
prójimo: egoísta es también el quu su entrega i los placeras
sensuales, porque sus goces espiran en tu persona, y para
granjeárselos ha tenido tal vez que despreciar importantes
deberes socialos.
100. No es, pues, lodo necesidad lo que hay en clamor
du si mismo, sino quu hay mucho de precepto; siempre en
la suposición de quo el precepto recae sobre las aplicacio­
nes del am or, no sobre el amor mismo, que es un hecho
general, constante y necesario. No se nos manda amarnos,
sino que se nos inspira: lo quo st ordena ln razón es el buen
uso de un amor que no es de temer que falte, antes si que
110
sobre, míen tras duran lab condicione» de nuestra actual
constitución. Kl amor ¿ nosotros lo da por supuesto el pre­
cepto evangélico, cuando dice que el primer mandamiento
et amar á Dio», tj el tejando, semejnnte ai primero, ama­
rá* al prójimo COMO A Ti MISMO.
107. En este sentido es como entendemos que la prime­
ra obligación del hombre para consigo mismo es la de amar­
se, esto es, saberse amar según el órden. Par* cumplir con
esta obligación, es menester formar ideas justas de la nato-
raleza de nuestras facultades y de sus respectivas tendencias;
asi nomo también tener la vista fija on los verdaderos des­
tinos de nuestra vida; perder desde luego la esperanza, y
abandonar el propósito de satisfacer todos los deseos de
cualquier órden, cosa imposible y hasta cierto punto con­
traria A nuestra felicidad sobre la tierra (103). Debemos
aprender A sacrificar unos deseos A otros, y 4 subordinar
entre si los varios principios afectivos de nuestra naturaleza.
De todo ha de resultar comu un sistema y un plan de con­
ducta necesario para el perfeccionamiento m oral, y mucho
mas favorable i. nuestro bienestar que la especie de disipa­
ción que resultnriade nndnr indecisos entre la variedad de
(loes y tendencias do la vida, ya quo no cabe satisraceiou
pleuu, por mucho que parezca dar de si nuestro amor pro­
pio.
Los capítulos siguientes nos darán alguna mayor luz
sobre ten importante materia.

CAPÍTULO II.
BE U S OBLIGACIONES DEL IIOSDnE PARA C05 SU ALIA.

1 6 8 . L a sensibilidad, la inteligencia y la voluntad son


les tre s g randes facnlindes A cuyo rn n v rn io n tr desarrollo y
ordenado m ovim iento encom endó la P rovidencia los desti­
nos de nu estra alm a. E ntrem os, p u e s, en algunos porm e­
n ores acerca de los verdaderos objetos de estas faculta­
des, y de la m anera de conservarlas, desenvolverlas y forti­
ficarlas
160. 1 .* Culturo estética.— Cuando la moral establoce loa
«ti
principios en qne lia de rondarse la cultura de la sensibilidad,
no pretende dar reglas para sentir, sino para saber apreciar
el sentimiento y encaminarlo lío s verdaderos fines da núes*
Ira ualuraleia. Calillcar los placen» por su dignidad y no­
bleza, y usarlos con medida y con teinplauza, es. cosa que
estt en nuestra mano, que la razón ordena, y &que estamos
por consiguiente obligados.
170. Ante todo contieno tener presente que el placer se
nos lia dado, no para gozarlo como on bien de un valor ab­
soluto ó independiente, sino para que sirva de estimulo i la
satisfacción de necesidades. Por eso, sin duda, no ba que­
rido Dios poner el placer bajo la mano y potestad del hom­
bre, sino que lo ha ligndo estrechamente con la satisfacción
de alguna necesidad. Si el placer fuese un bien gozable por
el solo lieclio de quererlo, nuestra vida se disiparía en ol
placer, consumiéndose en brete espacio este elemeulo quu
la sustenta. De aquí debemos colegir que la Tida no se ha
hecho para gozar, ni tampoco para sufrir, sino para marchar
sin descanso on ol camino do la perfección, excitados de con­
tinuo por el doble aguijan del goce y del sufrimiento: quo
las placeres no son fines, sino medios; y que no son goza-
bles sino en proporcion de las necesidades á cuya satisfac­
ción se encaminan.
i 71. Los placeres físicos ó sensuales son los que apare­
cen mas subordinados ¡1 la medida do la necesidad, y en los
que la templanza encuentra un criterio mas lijo para mode­
rarlos. Kstos placeres, en electo, nunca pueden prolongarse
impunemente mas allá de lo que permite la necesidad orgá­
nica quo los provoca. Ln naturaleza les bn trazado im limite
que nunca se salva sin peligro y sin deterioro do los órga­
nos; pero como este limite iio siempre se percibe, ni este
deterioro se sigue inmediatamente como castigo de la in­
fracción, debemos estar mas prevenidos para impedir &.
tiempo quo cl apetito se extienda íi mas que la necesidad, y
reducir el placer á los limites del apetito, que son bien per­
ceptibles. Estos cuidados serian por ciarlo innecesarios si
pudiésemos rehajar nuestra naturaleza á la condícion pura­
mente instintiva de los animales: estos nunca apetecen mas
que lo que exige la necesidad orgánica, y puestos á gozar
112
del placer, nunca lo llevan mas allá que el apetito qnc sin­
tieron : comprenden admirablemente los avisos de la natura-
leía, que les manda cesar en el goce, con el lenguaje de la
saciedad, que rara vez llega & tocar en el hastio. Pero el
hombre, puede dar A sus apetitos una exageración facticia,
que no guarda proporción oon la necesidad real; y, lo qne
aun es peor, puede prolongar la satisfacción del apetito pa­
sando por el limite de la saciedad, llegando liasta vi hastio,
y tocando en el dolor, que es el grito con que los órgano»»
extenuados le n-convienen por su enorme fulta, y le amena­
zan con la destrucción y la muerte. Una inmensa escala de
sensación» varias puede el hombre recorrer; porque Dios
quiso dejar á su elección el punto donde lialtia de detenerse,
para que al liucerlo donde es debido tuviese el mérito de la
moderación y de la templanza.
i 72. AdeinAs de la sanción qne tarde ó temprano castiga
en los órganos al abuso que M otáremos de los placeres físi­
cos, no olvidemos que osle castigo alcanza Uunbien al alma,
á la cual degradamos, y en cierto modo embrutecemos, con
deleite* que ni aun siquiera tenemos el mérito de gozar con
la templnnm natural con quo los gozan los animales. Kl
erecto inmediato do la animalizacion de la sensibilidad es la
depravación tic los gustos mas exquisitos de esta facultad
delicada, el embotamiento y el marasmo de la inteligencia,
la cual queda tomo excluida de estas fruicionas. y la espe­
cie de servidumbre á qnc sr reduce la voluntad bajo el tirá­
nico imperio de las necesidades facticias de los sentidos.
17J. I)c u-los inconvimienU.s su hallan exentos esos otros
placeres que el alma puede saborear dentro du si misma,
sin tener que mendigarlos de los órganos. Los placeres de
la ciencia y de la virtud, esto es. los placeres intelectuales
y morales, percibidos en abundancia, siempre que la inte­
ligencia y la voluntad se dirigen ordenadamente a sus ob­
jetos, ni tienen limites tan estrechos, ni rebajan al hombre,
antes bien lo ennoblecen y elevan : del hombre son, y tan
en armonía estún con los destinos de su alm a, que parcco
quo cnanto mas los goza, mas avanza en la carrera de su per­
fección. Son, por otra parte, tan puros, tan tranquilos,tan
permanentes y prolongados, que parecen puestos eu otra
113
región á quo los sentidos no llegan, y quo se va dilatando con­
forme el alma se encierra ea si misma, alejando* del
mundo material. Debemos, pues, convidar á nuestro espí­
ritu i que entro en esta región, i. que se llene de estos pla­
ceros cuanto permita la solicita pero reglada satist.i :cion de
la necesidades del cnorpo. F.n la especie de antagonismo que
es de notar entre la sensualidad y la espiritualidad de nues­
tras afecciones, ¿ quién duda que hitaríamos lastimosa­
mente & los planes de la Providencia, si pudieudu sentir
como hombres, prefiriésemos sentir como animales? ¡Cómo
se ha de comparar siquierael arrohamiento y delicioso éxtasis
con que el alma bebe la luz de la verdad ó acaricia el re­
cuerdo de una acción lieróica, oon el placer mas puro r> mas
intenso de los seulidosl
174. Una vez puestos ;i comparar la exccleucia respec­
tiva de los placeres, todavía conviene advertir una ventaja
que lleva la virtud A la ciencia. l/>s goces que esta última
produce tienen algo de incompleto, por el esfuerzo y la fa­
tiga que cuesta ul alcanzarlos, y los que se recogen do la con­
ciencia virtuosa tienen todas las facilidades del liábilu de la
virtud. Lu ciencia por si sola nn remedia las inquietudes de
un aliña crim inal, ñutes las mímenla; y la virtud, aunque
puede estar siu mucha ciencia, rs insepnmhle de la sabi­
duría en el Ilion obrar, que es lo quu liacc feliz al hombro.
Los placeres de la inteligencia llevau, por úlliino, un carác­
ter de actualidad que los limita y menoscaba; y los goces de
la virtud son de un pnvi» inestimable, por ln mucho que
anuncian para cl porvenir.
Estos placeres son losmas dignos dul hombre, y á gozar­
los en abuudancia debe dirigirse la cultura du su sensibi­
lidad.
17». 2." Cultura intelectual. — Vengamos ahora ú la
inteligencia. y consideremos las obligaciones que el hom­
bre tieno respecto A tan noble facultad.
liémosla recibido como una luz para que nos guie en el
obrar, y para que la voluntad no se conduzca & ciegas y á la
ventnm; de donde se signe quo el hombre tiene el deber de
evitar todo lo que puedn degradar sus facultades intelectua­
les ó inducirlas al error, asi como de conservarlas y desen-
8
114
volverlas, so pena (le contravenir á los fiues para que le fue­
ron concedidas. En el cumplimiento de ambos deberes, ne-
fptivo el uno ▼el otro positivo, está cifrada nuestra cultura
Lttleotual.
170. Supone esta por parto nuestra un cuidado esme­
rado en suministrar á cada una de las funciones de esta fa­
cultad su mas conveniente alimento para desarrollarla y
fortificarla, y un trabajo asiduo por extender nuestros co­
nocimientos y purgarlos del error y de In preocupación que
entre ellos pudiera deslizarse y ejercer pcijndicinl indujo en
la conducta du la vida.
La inteligencia está sujeta ¿ reglas, y sus iguoraucias y
sus errores nos son imputables por la parte de voluntad que
tan frecuentemente interviene en su ejercicio, hjnoramot
muchos cosas, porque no queremos aplicnr la inteligencia, y
trraiRot & cada paso por no aplicarla cual conviene. Si on
medio de tanta espontaneidad como hay en la ruucimi inte­
lectual viene la voluntad 4 mezclarse, impidiendo, retar­
dando rt torciendo su instintiva y certera tendencia hacia
la verdad, que es su bien, fuerza ts que respondamos ante lu
, razón de este mal que nos causamos, y que todo lo que es
falta é infracción voluntaría de lus reglas comunes de la
'ló g ica , lo sea también de los preceptos de la w otal. Real­
mente. la lógica miera no es mas que la moral de la tníe-
tigeneia; y si omitimos voluntariamente aquellos remedios
que recomienda osta medicina del espíritu, obramos tan ir­
racional y desordenadamente como si arrojáremos lijos las
medicamentos quo con toda certeza nos curarían los m ate
riel cuerpo.
177. Asi, pues, estamos obligados ¿ estudiar y conocer
cuanto nos sea dublé la naturaleza de esa inteligencia cuya
aplicación ha de ser tan frecuente y de tan directo influjo en
todos losjuiciossobrueltualó el bien de la vida; &fomentar
en nosotros el amor al estudio, combatiendo la indolencia
del espíritu, tanto ó mas funesta que la pereza del cuerpo; 1
juzgar con mesnm y reflexión, sin que nos precipite un ar­
dor insensato por alcanzar la verdad; A reconocer en nues­
tra inteligencia cierta limitación, y no consumir el tiempo
y las fuerzas en vanas aspiraciones por lograr couociiiiion-
115
los quo nos estún negados; á someter nuestras preocupa­
ciones á un eiAmen imparcial y severo, lanzándolas fuera,
si resultnson sor erróneas. oomo írlolot indignos del culto
que les tributábamos; 4 sostener los derechos de la razón
para juzgar en materias de su competencia, y no renegar de
nuestras propias luces por pereza, por mal entendida m o-
dostin, por desconfianza infundada de nuestro saber, por
falsa idea dpi respeto que se debe á maestros y superiores,
por lisonja. <3 por espíritu do partido; y, por último, nos
hallamos obligados A estar siempre sobre' si para que la pa­
sión no ofusque al entendimiento, y venga i torcer la iu -
floxihle rectitud de sus leyes.
178. Respecto ¡1ln clase de conocimientos con quo hemos
de nutrir nuestro espíritu, claro es que ha de establecerse
un órden de prererunuia. lista preferencia debe fundarse en
la nobleza y dignidad de los objetos que lian de conocerse
y en su necesidad é interés respecto de nosotros. Téngase
también presente que no todos los estudios son ]>ara una
misma edad, ni lodos los ordenes de verdades científicas
igualmente accesibles para todos los talentos. Pero hay
dades de importancia tau capital para cl hombre, quu
pecto A ellas nunca es excusable la ignorancia.
Lns verdades religiosas y morales deben ser objeto
dilocto do nuestro estudio y constante aplicación, puesto
que de su couucimiuntu depende el que la virtud echo ^ro­
tondas ralees en nuestra alma. El que desprecia ul instruirse
acerca de lo que debe creer y de cúmo debe obrar, se conde­
na inevitablemente k ignorar el fin de su vHa, íi vivir al azar,
j i errar sin remedio en cl cumplimiento de su destino.
La edacaeion moral y religiosa: hf aquí el primer ali­
mento quo debe rouibir la inteligencia del nifio, para que
con tiempo se encuentre prevenido contra el error y la disi­
pación, harto fáciles y frecuentes on la edad de las pasiones.
Cuanto mas profundamente grabadas queden en su alma las
verdades religiosas y morales, mas fácilmente volverft al
bien, si alguna vez se extravia de la senda dol deber; por­
que esta senda le es ya conocida, &fuerza de sur trillada.
A la edad conveniente debe también aplicarse el hombre
A conocerse a si mismo, comenzando &poner por obra aquel
116
u n recomendado precepto de la antigua sabiduría
«w/Tó» {Sotee te tptum ), sin el cual no pande habur un
conocimiento Intimo ; seguro, ni menos uu cumplimiento
racional, de los deberes humanos. De abl la importancia su­
prema de la psicología experimental en todo sistema de ins­
trucción pública.
179. Kste primer «ludio de «I mismo lia de llevar por
blanco principal ol conocimiento de nuestra cocacwn, ú sea
de aquella aptitud intelectual que mas se deja conocer en el
juego general de nuestras percepciones y pensamientos; y
de esta manera no contrariaremos los planes de la Provi­
dencia con vnnos esfuerzos. No tan solo es literario, sino
además eminentemente moral, ol sabido precoptu de Ho­
racio:
. . . . I'friak A fiU /ffrr fMiMil,
ífwié túlttnt kwmtn. . . .

I)el diligente exAmen de nuestro propio ingenio pende


luego la buena elección de aquel etlado ó profesion 4 que
liemos de consagrar luda nuestra vida : razón mas que su -
llcieute para no descuidar la importante obligación de estu­
diarnos y probarnos en nuestra* aptitudes y tendencias in­
telectuales.
180. Los di ve ivas condiciones y estados d<s la vida so­
cial exigen variedad de conocimientos quu les son propios,
y í cuyu adquisición estamos obligados, cada cual según
el cargo ó la dignidad que se le hubiere conferido. Ninguna
pnnlesirtii hay en que no si' necesite conocer bien alguna cosn
para cjcrccrin como es debido : ningún oficio os Uin hu­
milde en quo la ignorancia ó el error no redunde eu per­
juicio, no lauto dul que lo desempeña, como de sus semejan­
tes. A veces estos daños son de incalculable trascendencia,
y hasta pueden alcanzar &la sociedad entera, probándonos
una experiencia harto dolorosa In grave falta del que se pone
A ejercer cargo ó autoridad sin poseer los conocimientos ne­
cesarios para ello.
181. Si atendemos ahora á los grand» bienes que trae
)a ciencia, conoceremos la obligación general que tenemos
de cultivarla en el ramo particular y con el prado de pro-
117
fuodidad y extensión que esté de acuerdo oon las circuns­
tancias de cada uno. La ciencia ofrece grata ocupacion k la
natural curiosidad del hombre, y la mejor distracción é. los
quehaceres ponosos y aun A las pesadumbres de la vida.
B1 estudio eleva y engrandece el peiisainieuto. enriquece y
adunia el espíritu, y lleva al alma sin esTuerzo á meditar eu
las cosas divinas, conduciéndola como encantada por entre
las maravillas de la naturaleza. La aplicación asidua es el
mejor remedio contra el tedio rio. la ociosidad , la futilidad
de los pensamiontos y la deshonestidad do los plaoerns :
todo lo que sugiere reflexiones graves. favorece las incli­
naciones virtuosas.
La ciencia no es en verdad la tabiduria, pero es su cami­
no , porque fortifica el juicio y la raion aplicándolos ince­
santemente á la explicación do los hechos, Ala averiguación
de las causas y á la determinación de los efectos. Do esta
manera va la ciencia engendrando eu el aliña la virtud de
la prudencia, hábito moral que, con el recuerdo de lo
pasado , la inteligencia de lo presento y la previsión de lo
futurn. aplica las facultades intelr.ntualcs A la dirección
regularidad y gobierno tle los actos de la vidu.
182. 3.* Cultura moral.— También teueinosobligaciones,
y por cierto muy sagradas, respecto de la voluntad, que es
la inas excelente, la mas regulable y la mas moral de las
facultades de nuestra alma. Si la sensibilidad y la inteligen­
cia tienen algo por que puedan llainarso facultades, es lo
que las presta la voluntad interviniendo en tu ejercicio, La
facultad de querer constituye propiamente la pertona hu­
mana, es la raíz de toda moralidad, y ejerce en la economía
de la naturaleza del hombre la importante misión de condu­
cirlo tí su destino por netos meritorios. Víase, pues, cuún
estrechamente obligados estaróinos 1 cuidar de esta facultad
nobilísima.
Claro es que la verdadera cultura moral consiste en procu­
ramos el hábito de obrar bien, que no es otra cosa que la
virtud; porque cumpliendo habitualmente con los deben»,
aplicamos ¡nccsantomonto la voluntad á su propio objeto,
que es el bien mural. Esta es la inayur perfección y hermo­
sura que podemos dar a facultad tan excelente, y á eslu
ilB
tienden todas las máximas de la ética y todas las reglas de
las costumbres (1); pero en este lugar consideramos á la
voluntAd mas especialmente como facultad psicológica,
como fucna constitutiva do nuestra persona, y oomo raíz
de ki moralidad . En tal supuesto decimos que nuestro
primer deber es (orlilicarla de manera que seamos verda­
deramente dueños de su ejercicio, que nos poseamos i nos­
otros mismos poseyendo nuestro propio querer; porque
esto dominio es el mejor y el mas preciado do los bienes do
uueslra vida sobre la tierra: sin este dominio 110 su concibe
que el hombre sea dueño de nada, antes al contrario todo
lo que le rodea es dueño de 01, porque ya no es una per-
tona, sino 1111a cota.
183. Los hábitos do la voluntad determinan, mas quo
ninguna utra circunstancia, los caractíres de los hombres,
tan varios como sus rostros. y tan poderosamente inlluyen-
tes en la dirección y en el éxito feliz ó desgraciado de la
vida entera. Importa, pues, aprender á querer, para llegar
á querer debidamente. Si adquirimos el precioso hábito du
querer con (Irineza y eficacia, sabré mos también ejercer la
libertad, dominando los motivos de acción é impidiendo
que de motivos racionales se conviertan en impulsos irre­
sistibles. £1 hábito de querer con energía va luciendo apa­
recer nuevas fuerzas antos ocultas en la voluntad, á la ma­
nera que el ejercicio de los miembros despliega inmensas y
sorprendentes fuerzas musculares. Muy al contrario, la vo­
luntad quo se abandona y no cuida de la manera con que
entra en ejercicio, va desfalleciendo poco á poco, hasta que­
dar á merced do los motivos internos ó exteriores quo la
empujan, mas bien que solioitan ó convidan á obrar : cada
vez cuesta mas traliajn t-obrepunerse á ellos y dominarlos
como es debido, y el hombre, sobre todo el hombre mo­
ral, se anonada y se pierde conformo va desapareciendo la
filena voluntaría. Asi llcgnn á formarse los camctórcs dé­
biles, las Indoles indooisas, las almas pequeñas que tal vez
con la cultura Tueran muy graudes, y las voluntades men­
guadas, quo nunca dicen quiero con resolución, sino quer-
" ' actos no son verdaderas i-oticiontt,
119
184. Pero toda esta faena natural del alma, que cons­
tituye el verdadero calor del hom bre, ha de llevar pur ob­
jeto principal la pr&otioa del bien, en coto solo caso este
▼olor moreco ol nombre do fortaleza. Rata en una virtud
propia de la vuluulad, que consiste on la firmeza do su re­
solución por el bien moral y eo la enérgica resistencia al
mal; en afrontar y vencer los obstáculos que se oponen al
cumplimiento dol deber. rn la grandeza ▼serenidad del alma
unte los peligros y diQoultados, y on la tranquila resignurion
con que su surten las penas y calamidados do la vida. La
magnanimidad, la ecuanimidad, inpacimcia, son también
virtudes hijas do la Tortaleia.
Los mus gloriosos triunfos do esta virtud son los que al­
canza dontro dol hombro mismo en la lucha que sostiene
contra las pasiones; y en esto es en lo quo dobemos emplear
todo nuestro valor, porque la victoria sobre nosotros mis­
mos os la mas gloriosa. No por ser difícil el combatir y
vencer las pasional, deltamos renunciar á este trabajo dd
quo pendo el cumplimiento meritorio de nuestro destino.
Asi debemos oponernos & ellos en su formación y on su
principio, cuando aun no nos lian dominado del lodo:
dirigir en otro sentido la actividad ¿ evitar la ocosioa 4
presencia de los objetos qne las irritan y provocan; crear
en ouanto sea dable pasiones contrarias que las neutralicen;
y sobre todo no intentar ol irroolimblo exterminio de toda
pasión, sino corregir el exceso, que es donde eslíi verdade­
ramente el mal.
185. Cusí es inseparable de la fortaleza la dignidad, ó
sea el aprortio que luimnos ríe nosotros mismos r.oino agon­
ías libros y morolos. Valemos mas que todas las otras causas,
aun las mas en é tic as dol mundo, por solo ser cansas libres,
y ofenderíamos nuestra naturaleza si obrásemos descen­
diendo de tan n lu categoría. Aun en el cumplimiento de
nuestros deberes hemiis de portarnos como agentes libres,
y no como instruinnntos ciegamente subordinados íi volun­
tades ajenas; de otra suerte uu se concibe que nuestro cum­
plimiento sea verdaderamente moral.
120

CAPÍTULO III.
DE LAS OBLIGACIONES DRL HOMBRK PARA CON SI' OTKWO.

186. La vida humana es el resultado enmplnxo do In mis­


teriosa unión de la vida del alma con la del cuerpo. Estos
dos elementos qaiso Dios que anduviesen necesariamente
unidos el uno ol otro, formando una sola persona, cuyo des­
tino os inasequible sin el mutuo concurso de entrambos. El
hombre, pues, que tieno la obligación general de conservar
y perfeccionar su naturaleza, está obligado respocto A su
cuerpo con tan estrecho vinculo como lo está respecto á su
alma. Sin embargo, la consideración de que el destino de
esta se eleva por cima de los limites de sn vida actual (78),
es ulterior al transitorio y accidental destino del cuerpo, y
sobre todo es definitivo, y abarca dentro de si los mas mo­
bles elementos de la naturaleza humana. ñus hace mirar,
con razón, las obligaciones corporales corno subonliuadas á
las anímicas ó espirituales. Ambos órdenes de deberes in­
cluye . sin embargo, la morai indipidunl.
Í87. La vida corporal debe servir ú la vida del espíritu;
pero entiéndase que este servicio no es una esclavitud que
despoja'al cuerpo de todo derecho, y que no exige tam­
bién de la parle servida atenciones y cuidado : el cuerpo
do es como un instrumento rnalquiora de trabajo, que se le
puede forzar, descomponer ó arrinconar, sino una máquina
complicadísima, llena de delicadezas, y con exigencias y
necesidades que se llegan á hacer tan imperiosas, que ti él
alma nn las atiende y no acude X satisfacerlas, el mecanismo
se descompone y se inutilin para el servicio á que le des­
tinó la Providencia. El hombre rslA por lo tanto obligado á
preservar su cuerpo de todo lo quo se oponga 4 su conser­
vación, ó altere el ejercicio regular de sus funciones, y á
emplear los medios mas adecuados para fortalecerlo y per­
feccionarlo. Esta es la regla general que tiene luego infi­
nidad de aplicaciones : esta es tamhien la mAxima capital
de la Jugieur. cuyos preceptos acepta como suyos la moral
y los consagra con su sanción, en cuanto se encaminan 4
lu perfección y felicidad de la naturaleza humana.
121
188. Ta indicamos (37) que tus principales necesidades
del cuerpo se manido;Un primitivamente por tres especies de
apetitos: el de la comida y el de l&bebida. que miran al nu­
trimento y vida del individuo, y el apetito genésico, que
tiende á la conservación de la «pecio. La gula, la ebriotidad
y la lujuria son los tres vicios ó oscesos que corresponden
4 es los tros apetitos, contra los cuales militan tres virtudes,
la frugalidad, la sobriedad y la conlinenciu, hijas legitimas
de la templanza.
180. La gula es un vicio degradante y brutal, que con­
siste en hiiscar-en la comida, no el alimento <lel cuerpo,sino
ul indefinido goce de un placer sensual. Usté vicio egoísta
hace al liombr» inferior &las bestias, que nunca toman mas
alimento que el que necesitan. Principia la gula buscando
con ardor placeres retinados para el paladar, exagerando
goces artificíales, no ofrecidos por la naturaleza, y que bien
pronto se gastan produciendo ln insipidez, y dejando 4 Ion
óiyauas sin la oportuna medida para graduar la cantidad
y cualidad de los alimentos convenientes. Eu seguida se
orea la necesidad de la comida, lio como relacoion de las
fuerais perdida». sino en cuanto va acompañada de goces
depravados que no cstAn ya en relación con los Unes lisio-
lógicos de la nutrición. ni con las fuerzas limitadas de los Ar­
ganos quo han de realizarla. Lu consecuencia natural es uu
hambre siempre iriitada y nunca satisfecha, una verdadera
enfermedad que a lten el equilibrio de las funciones vitales,
que recarga al ouerpo de humores nocivos, dificulta y vicia
la digestión, y arniina la salud, hasta causar la muerto. Kl
alma no se liberta del ¡aflujo du tanto desorden, y en sus fu-
mitades se va produciendo un trastorno semejante al que
ocurre entre las funcione* del cuerpo : la inteligencia se
paraliza y entorpece, so pierde el gusto por todo lo que no
sea el material y positivo deleite del paladar; y la voluntad
se siente incapaz de mandar A los órganos otros movimien­
tos que los indispensables para comer, que es para lo quo
pnrece que entonces se vive. La razón condena este repug­
nante estado del hombre glotón, cuya vida toda se consagra
al servicio del vientre como A sn vendadero y único Dios. El
122
gatlrólairo, por mas <|ue disfrace su pasión con el nombre
de gatlronoméa, infringe las leyes de la moral.
<00. Kl exceso en la bebida de vinos y licores es todavía
mas contrario al órden, sobro todo cuando llega A ser ha­
bitual. La embriaguez acorta la vida, aumenta el número y
la intensidad de las enfermedades, y hasta imposibilita la
curación de muchas; fomenta pasiones temibles, incitando
al libertinaje, A la ollera, al asesinato, y no pocas veces al
suicidio, Este vicio bochornoso empobrece á los individuos
á quienes domina y los Estados por donde extiendo sil conta­
gio. El ebiio renuncia & todos sus derechos y desprecia to­
das sus obligaciones. deja de ser hombre, y se convierte eu
una cota, tanto mas repugnante y vergonzosa, cuanto mas
grande y digna es la obra que degrada.
191. Mas bien que bosquejar siquiera el cmidro de los
estragos de la lujuria. queremos docir cuatro palabras so­
bre la coulttuncia. que es lu templanza y moderucioii en
los goces que la Providencia destinó rsclutivnmente 1 la
conservncion de la especie humana, lista virtud es una de
las mas hermosas r[im In mflral recomienda : es meritoria
eu alto grado, porque supone gran trabajo v ojercioio do
la fortaleza en mandar y gobernar & nuestros apetitos mas
vehementes: es tabia, en el sentido moral de esta palabra,
porque la acompaña la prudencia, que compreude y realiza
los olevados flnes A que se dirigen Iils fnneiones mas tras­
cendentales de lu uuluraloza animal. La castidad valo aun
mas todavía, |H>rque us la perfecta pureza del cuerpo, que
retrata con Udelidad la belleza de un alma inocente y vir­
tuosa. No se olvide esta importantísima observación : la
naturaleza castiga siempre con rigor al que desconoce sus
miras y sus bien marcados propósitos, y premia con bienes
del cuerpo al que los oompronde y cumple ordonada y ra­
cionalmente. No hay quizá preceptos murales que tengan
una saociun mas inmediata ú indefectible que los que se
refieren A la continencia.
102. ÍAOciatidad os también nn vicio, y un grave mal
para el ouorpo. aunque no sea dosdrden de ningún apetito
natural y primitivo. La fórmula que mejor expresa el uu-
123
rtctgr y las tendencias generales de la vida onrporal es el
movimiento : todos los órganos han sido oreados para po­
nerse en acción : en el estado de salud, uiuguuo puede
estar holgando sin que se resienta la economía; todos han
de desempeñar sus funciones respectivas, y el que no fun­
ciona se debilita, se atrolla y mucre. í.o que sucede en el
onorpo, se veri (loa II su manera on ni alma: lodos sus facul­
tados su desenvuelven y fortifican con ul ejercicio y su ex­
tienden prodigiosamente con ul hábito. Perderán Ul vez en
intensidad ciertas afecciones con la repetición, pero eso y
mucho mas gana la facultad respectiva en robustez ó en
finura. I<a ley, pues, de la vida humana nn su totalidad
es la aooion ,'el movimiento, esto es cl trabajo y la ocupa­
ción, que uu es mas quu la aplicación cuuslonle de las fa­
cultades del espíritu ó del cuerpo, ó de ambos á la vez, á
objetos proporcionados. El trabajo es una necesidad de la
naturaleza, y por consiguiente un precepto de la moral.
Si ahora atendemos ó los peligros do la ociosidad, vorímos
con cuánta razón se la llama la tnudre de lodos los vicios:
el ocio engendra la pereza, conduce á la holgazanería y ó
la vagancia; deja el corazon vacio y abierto al tedio, á la
tris to a , A las inanias y aun al odio de la vida. Por aquí se
doja conocer ol rauoho prooio do la laboriosidad : oslo vir­
tud. madre laiubiuu de muchas virtudes, da ejercicio ó las
facultades y movimiento á los órganos; preserva el alma de
ese aburrimiento y malestar incurable que hay en no hacer
nada; aumenta los goces del descanso y de la distracción;
y raparte la alegría y la calma pnr toda'la vida, que se pasa
sin enojo y so prolonga oon salud.
193. Correspondo ála higiene ul tratar por extenso de las
precauciones que conservan y alargan la vida, de los medios
de preservar ul cuerpo de las influencias atmosféricas, de
la salubridad do las habitaciones, del uso de los vestidos,
do la limpieza del cuerpo, de la himno elección y condi­
mento du lus manjares, do la gimnástica y ejercicios provo-
chosos, y de la oportuna educación sensorial. Todos eslub
preceptos para consonar la salud y alcanzar la longevidad
son altamente morales; pero con una condiciou, y es que el
hombre no haga de su cuerpo un Idolo, sino un fiel y pron­
124
to servidor do su alma. Tengase presente qne osla sujeción
y servicio exigen mochas veces el sacrifloio del bienestar del
ouerpo en obsequio de los bienes del alma; y asi como la
raxon ordena ia amputación de un miembro, cuando es ne-
ocsaria para conservar la vida corporal, asi en el cumpli­
miento del destino humano ha de salvarse á todo trance la
salud del alm a, aun & costa do la salad y de la vida del
cuerpo.
194. Ahora se ocunre naturalmente la cuestión del suici­
dio. ¿Puede el almn extender su dominio sobre el cuerpo
hasta el panto de romper el lazo que la liga Ala vida? j Puodc
el alma destruir la vida dol ouerpo? 0 , diciéndolo con mas
llanura, aunque menos exactamonte, ¿puedu el hombre
matarse á si mismo?
Como cuestión de moral, la del suicidio está evidente­
mente resuelta: ni aun siquiera merecía proponerse, y es de
orocr quo nunca se la propongan los desgraciados que se
suicidan, sino aquellas almas impresionables Aquienes cues­
ta sumo trabajo concebir taugran maldad, y que averiguan
con ansia si habrá razón 6 pretexto que justifique alguna vez
tan horriblo alentado.
T oon efecto, si tantos son las obligaciones del hombre
para con su cuerpo, y tantos los cuidudos que reclama su
salud, ¡qué oo serán sus obligaciones cuando se trata
de la vida. que es el gran fin á que está subordiuada la sa­
lud misma I ¿ Cómo se concibe que se falte á los planes de la
Providencia, abandonándose A la gula y & la embriaguez,
manchándose con la intemperancia, languideciendo en la
ociosidad, ó enfermando por abandono; y que no sea un
crimen horrendo el destruir esa propia vida que lautos cui­
dados exige?
I a cuestión del suicidio no es tampoco una cuestión de
derecho; porque respeoto á nuestra vida no tenemos dere­
chos. sino obligaciones. La vida no es nna cosa objeto de
propiedad 6 de dominio; lio es, como dicen, un depósito
que se nos entrega, ni un usufructo que se nos conoede: este
modo de hablar es inexactísimo y ha dado mirgen á que se
mantenga siempre viva la especie de cuestión jurídica, de
si hay circunstancias tales en que se pueda devolver el dcpA-
<25
sito 4 renunciar el usufructo. El hombre no recibe la vida,
porque él no existe u to s de vivir, sino que se enenen-
tra con ella cuando sa conciencia le revela su personalidad.
El ejercicio de todas sus facultades, de todos sus derechos y
de todas sus obligaciones, supone la vida como punto de par­
tida. El hombre vive porque Dios quiso que el vivir fuese
cnndicion proviaé indispensable dd cumplimiento de su des­
tino: la vida, por consiguiente, uu esuu derecho que su
ejerce, ni una obligación que se cumple, ni una carga in­
voluntaria que se sobrelleva, sino un hecho, y nada mas
que un hecho, que el hombre debe respetar como la expre­
sión de la voluntad do Dios, quien nos puso aquí para algo
que debe ser bueno por si y para nosotros. Si Dios ha que-
ridoque vivamos, ¿podrá el hombre dejar de vivir por su vo­
luntad ú su capricho?
No se diga que hay situaciones tan dolorosos y umargas
en que la vida es un mal del qne nos es licito descargarnos,
como nos deshacemos du un miembro que cómpramele la
salud del cuerpo. No : la vida no es de suyo un mal, y la
prueba es que tras las grandes calamidades pueden venir los
consuelo* que ya nos la hacen mirar como cosa buena y
apetecible. Lo que puede haber de malo en ella no os de
ella, siuo del hombre. Que el hombre cambie, que mejore
la mala disposición do su alma, que corríja las afecciones
desarregladas, y se convencerá de que los dolores sufridos no
fueron ratón para dejar de vivir, sino para seguir viviendo;
y de quo os un ahsurdo poner fuego íila casa pom o tomar­
se el trabajo de arreglarla ó componerla.
No hay vida tampucu que sea absolulameulc inútil. ui
mucho menos gravosa para los otros hombres : si no hay
hijos, padres, deudos ó amigos que sintieran nuestra
muerte, nunca faltan menesterosos quo socorrer, desgracia­
dos que consolar, oprimidos quo dofeudur. ignorantes que
instruir. hombres todos que ediílear cuii el ejemplo, y uua
patria, al Un, que reclama el fruto de nuestros talentos y el
sacrificio de nuestra sangre y de nuestra vida. ¿Cómo, pues,
so habla ríe derechos donde por todos Indos no so ven mas
que obligaciones?
El suicida es un ser desgraciado', dignu de lástima, por­
120
que padece ana enfermedad tonto mas difícil de remediar
en cuanto el enfermo ignora que la padece. El hombre se
hace criminal al contraería, al exponerse i. la acción de las
oausoa que han de engendrarla; pero engendrada ya, cuando
el hombre llegad matarse, no es en aquel momento dueho
de sus acciones: es como el verdugo providencial de si
mismo.
Una excesiva reflexión del espíritu puede ser un movi­
miento egoísta que lo aparte de los demás seres y rompa
toda relación con ellos: si este ooto rnllejo no encuentra en
el interior mas que el vacio, la nada, respecto de ideas y do
sentimientos religiosos, ¿cuáles serán entonces las esperan­
zas, los temores, los lazos, en (In, que retengan al hombre
en su puesto en este mundo? El que nada tiene qae oponer
á los dolores físicos, ni comprende otra cosa en los males
que lo que tienen de aflictivo, ¿cómo nn ha de hnir roher-
demente espautado por las penas de la vida? 81: cobarde es,
y no de Animo esforzado (con:o juzgan algunos), quien se
mata rendido á los golpes del dolor ú de la adversidad :
UeU* ta aát/Ttiá fttiU tti t—itwutre rtím :
k'wtiwi iHe füfii fiú mutt cue pete*!.

No esextrnüo que estadoluncia, que tan hediondas y pro­


fundas llagas morales revela, quu tiene mucho de conta­
giosa, y que parece llevar su horrible marcha creciente al
compás mismo de la civilizar,ion humnnn, haya preocupado
Unto los ánimos, y que djsdo Platón, desde Séneca y Mnroo
Aurelio hasta Rousseau y madama de Staol, el suicidio, con
todos sus problemas y horruras, haya ejercitado las plumas
mas elocuontes.
Iflíi. No concluiremos esta maloria de obligaciones res­
peoto á la vida, sin decir tamhien algo del dereoho que te­
nemos de defenderla oontra un injusto agresor. Tratase
aquí de un peligro actual, cierto, inminente, que corre
nuestra vida por un acometimiento injusto, no provocado
ni merecido por nuestra parte : supónense apurados en
vano todos los recurso?, como la fuga, la súplica, la ame­
naza; que ha sido también inútil ó imposible implorar el
auxilio de los otros hombres; el acudir á la protección de
127
la autoridad; «1 desarmar, golpear y aun herir al agresor; y
que, por último, su obstinado empeño nos pone en la alter­
nativa terrible de quitarle la vida, ó de abandonarle la nues­
tra. ¿Nos será linito lo primero? ¿F.statf mos obligados (1 lo
segundo?
La respuesta es llana. Respecto de nuestra propia vida.
no tenemos mas que obligaciones (194); pero estas se con­
vierten en derechos al punto que sil cumplimiento puede ser
estorbado por ln injusticia de los otros hombres : no se con­
cibe, nn olcoto, que estemos tan obligados it consonar la
▼ida, y que no ñus soa permitido defenderla hasta la última
extremidad. Sin este derecho aquella obligación seria puuto
menos que ilusoria, porque A nada conducirían tantos cui­
dados y esmeros por nuestra parte para conservar esta ma­
quina que se nos confió, si cualquier malvado pudiese des­
truirla sin obstáculo ni resistencia. Nada significaría tampoco
ese instinto poderoso que nos apega á la vida y nos lleva, sin
pensar ni querer, á rechazar todo aquello que la amenaza.
Bn la suposición que vamos haciendo conviene considerar
al agresor y al acometido como colocados momentáneamente
fuera du las condiciones socialue, y sujetar estas dos vidas,
incompatibles por aquel momento, al Tallo du la razón y de
la justicia natural; y en tal caso, ¿cuál de ellas debe ceder
el puesto &la o tra : cuAl de ellas es preferible; cuál repre­
senta mejor <;1 órden en el m undo, lu del innranitc, que se
defiende cumpliendo con una obligación, ü la dol criminal,
que ataca renunciando i todo detechu? I’i oponer la cues­
tión en estos términos es resolverla.
Lo sociedad misma, si se la llama A dirimir este conllicto.
por des»rucia, tan frecuente, no debo vacilar, ni de hecho
vacila, en dar la preferencia Ii la vida del ciudadano honrado
sobre la del agresor criminal; porque considera los poligros
que habría para lodos, y para ul órden público, eu quu la
vida de los hombres di bien estuviese á merced de los mal­
vados. La sociedad, quo no puede siempre acudir á tiempo
con medios represivos para evitar una desgracia, niitoríza
1 cada uno para defenderlo y defenderla á ella, delogúndoln
en cierto modo su jurisdicción sobro los criminales.
SECCION TERCERA.
DR LAS O B IJU A dO K K S DEL HOMBKF. PABA CON
M* ( N U » » ! .

496. Aunque los obligaciones de que ahora corresponde


hablar suponen el astado .social, téngase prusente que de
él no dimanan, sino que on él tienen su verdadero ejerci­
cio, por la sencilla razón de que el hombro ni m e ni puedo
vivir fuera de la sociedad. Independientemente de loe» vín­
culos de asociación política, y aun de los de familia, que son
todavía mas estrechos, hemos de reconocer obligaciones en­
tro los hombres por el heolio de participar do lina mhmn
naturaleza, do Uiiier un misma destino y de ser miemhros
de la gran familia de la humanidad, que es í su manera
una sociedad primitiva, raíz y fundamento de la familia y de
la ciudad.
Además do tener prolKidn 107) que las obligaciones mo­
rales, asi tumo los conceptos de bien ó do mal en los actos
que las cumplen, son independieules de las iusliluuoues
humanas y de lus conveniencias civiles, obsérvese también
cómo los sentimientos del corazon del hombre ni se contie­
nen en los limitadas prcsoripcionas dol órden social, ni
atienden A ellas cuauuo so dosenTuelveu en benolloio del
prójimo. Cuaudo, por ejemplo, vemos en peligro la vida de
nuestro semejante, acudimos á socorrerle, no porque sea
un pariente ó un conciudadano nuestro, sino porque es uu
hombre. Rsto denota hion á las claras que hny deberos y de­
rechos quo el hombro no reoibo do lu sociodnd, siuo que los
trae á ella como uu caudal propio: derechos y deberes que
si bien se determinan, limitan y modilicau por el hecho de
129
la asociaciou. esta eu cambio no tiene otro objeto qoe ase­
gurarlos , protegerlos en su ejercicio, ó perfeccionarlos eu
su cumplimiento.
107. Trataremos, pues, con la posible separación,* de
estos deberes y derechos quo merecen cl nombro de Ausía-
nos ó de la humanidad. dejando para luego aquellos otros
que son meramente socialrs.

CUSI rillEM.
MLMÁOOIKS MDEFBSMBXTKS DKI. I IW U IM U I..

198. Que mtán los hombres obligados tinos respecto de


otros se inflere fácilmente: 1 .* de la identidad de natunüeu
en la especie hum ana; 2.* de la unidad de fln que consti­
tuye el bien de esta naturaleza; y 3.* de la armouia univer­
sal del órden por donde se alcanza este Un. La conducía
humana no puede ser perfectamente moral con solo cumplir
los deberos individuales que la razón prescribe y qne inspira
el amor de s i : el hombre no puede aislar su perfección y
felicidad de la de los otros hombres, porque haciendo todos
ellos una misma jornada (la de la vida | en busca de un mismo
destino, sn tocan muy de cerca las esferas de su acción res­
pectiva . y es menester que la mas perfecta reciprocidad de
derechos y de obligaciones favorezca la armonía y coinci­
dencia , evitando el choque y la pertuil>aciou entre sus inte­
reses, sai tendencias y sus actos.
Ksta perfecta reciprocidad de obligaciones naturales exige
•n oada hombre dos úrdenos de disposiciones.
1.* Una voluntad constante de respetar loa derechos del
prójimo, de no estorbarle eu el legitimo ejercicio de las (k-
«mitades ó de los medios qne recibió para alcanzar a i & Á-
tino; de no hacer nada para con él que en iguales circuns­
tancias oon razón no querríamos qne él hiciese para con
nosotros: estos son los Aébtrtt dejutticia.
2.* Es necesaria además una disposición igualmente oll-
cai y constante i promover el bien dd prójimo; 4 ayudarle
130
«a el cumplimiento de su Du; i lisuer por él todo lo que qui­
siéramos que él hiciese por nosotros : estos son los deberes
He caridad.
La justieia y la caridad, de qne trataremos en dos capí­
tulos separadamente, enoierran on si todos los obligaciones
reciprocas de los hombres.

CAPITULO PRIMERO.

DF LAS OSLIGACIONM DE JlSTIllA.

109. Dos acepciones principales tiene la palabra justicia.


Se¿nn la prim era, que es la mas genérica, significa lo mis­
mo que bio» moral (justum, mqtium), conformidad de la
vida con el órden, virtud. En ostc sentido la ontandia Platón
(100) cuando la anteponía i. todas lus demás virtudes que
uo arreglan mas que determinadas facultades humanas.
Aristóteles la llama justicia universal, virtud total y per­
fecto, la mas preclara de las virtudes, la qnc las comprende
& todas; de dondo nació aquel conocido proverbio: Justina
m sese pirlutes complectitur omites.
La segunda acepción de justicia, que es mas estricta, es
In propia de este lugar. Según ella esta virtud es la que des­
de Aristóteles se llama justicia particular, y consiste en
nna constante y ¡terpelua voluntad de dar a cada uno su
dvrecfio: tal es la defluicion do los estoicos.
200. Las realas de la justicia constituyen una rama de
In rnorul que se llama jurisprudencia natural, y tienen de
particular el qnc se las puede exponer con muclm mns exac­
titud que los dornas preceptos morolos. Como su objeto es
conservar ó restablecer ol equilibrio entre los derechos do
todos los hombres, participan un lauto de la precisión de
las verdades matemáticas. Asi Aristóteles admitía uno justi­
cia distributiva, qnc consiste en la repartición de honores,
do premios y do castigos, que atiende 4 la dignidad de Ins
persouas, y que debe proceder según l;i proporcion geomé­
trica ; y otra conmutativa, que versa sobre los tratos y co­
mercios de los hombres. que bnsca siempre la igualdad en­
tre las cosas, y que tiene por irglAj«/?ra/x>r¿tpn aritmética.
131
Siempro que se vinlaa los preceptos do la justiaia, se
ofenden derechos ajenos y se turba la concordia quu debe
reinar entre las hombros. Tan necesaria es la justicia, que
ni aun los malvados, corno dice Cicerón, podrían n w r sin
una partedlla de esta virtud. Las sociedades polHic.is la re­
conocen corno la primera condicion de su existencia, y
obligan ú. la obsorvanoia de sos prescripciones con una san­
ción penal que no suelen imponer á los oficios de benevo­
lencia. Cuando las leyes civiles no bastan ú hacer justos i
los hombres, cada uno de ellos está autorizado para emplear
sus fueran naturales en Indefensa y proteccinn do sus legí­
timos derechos. Esta es otra particularidad que distingue
las obligaciones de justicia de los deberes de humanidad.
201. Las obligaciones de justicia tienen un carácter co­
man , y es el de poderse enunciar siempre en una forma
negativa. Siempre prohíben quo se pongan obstáculos ó di­
ficultades al prójimo en la oonsooucioD do su bieu, porque
no os otra cosa el respetar el dertcho de otro; esto es, re*
conocerlo y darlo, quo es el oücio de la justicia.
Son deitchot del prójimo todos aquellos medios y condi­
ciones de que dispone para conseguir su bien, fetos modios
son su persona misma, y por consiguiente las [acuitados y
potencias de su alma y de su cuerpo, asi como los bienes
malcríales y morales que tan necesarios son para laconscr-r
vacion y cl perfeccionamiento de la vida.

202. Las primeras obligaciones que debemos considerar


son las que so reiteren á la persotia del prójim o, y entre es­
tas la principal es la de respetar sn vida.
El homicidio una injusticia que compendia todas las
injusticias para con cl prójimo, porque la vida es el funda­
mento ile todos los bienes de la naturaleza, y la muerte el
mayor Uu los m al». El quo sin rason priva á su semejante
de tan gran bien. y le inflige tan enorme mal, viola de un
golpe todos los derechos y quebranta todos las obligaoiones.
Aunque no se considere la vida como un bien do tanto pre­
cio, y so la mire solo como uua propiedad , recuérdese que
132
es propiedad tan sagrada, lau iueiiajuiiable, quu ni el id ¡s iih >
que la posee puede pensaren disponer de ella '194]: todas las
ravones que condenan el suicidio se agregan á !a injusticia
c ii que el homicida atropella un derecho mnniflostn quo.
tiene ol hombre á conservar su vida. El homicidio os tam­
bién un atontado contra las disposiciones de la Providencia,
y supone el inconcebible atrevimiento de veuir ¿ destrozar
la obra mas grande y mas bella de la creación entre las ma­
nos todavía del obrero que la hizo y la conserva.
203. No solo se comete injusticia con el prójimo priván­
dole do la vida, sino causándolo cualquier daño corporal 6
aflictivo, mutilándolo. hiriéndole, golpelndole 6 produ­
ciéndole dolor por cualquier otro medio. Las mismas obli­
gaciones que tenemos nosotros para conservar la integridad
y la salud del cuerpo, tiene también nnestro «m ejnnte. y
ostas obligaciones son inseparables del doreoho de evitar ta­
les daños. No respetar este derecho es hacer una injuria,
taiilo mas grave, cuanto mayor fuere la lesión inferida ó el
dolor causado. El dolor, aunque no tenga mas que un ori­
gen físico, es un verdadero muí de la naturaleza, un prin­
cipio ríe muerte para el cuerpo, y nortio Lieno derecho ii
hacerlo sufrir sin razón.
204. Pero entiéndase bion que esta rasan nuuca la tiene
el hombre, sino en el caso extremo de serobjeto de una agre­
sión injusta é iuevitable (195). Ni para vengarse de un enemi­
go, ni para castigará un malvado, nos es licito dar la muer­
to, ai causar mal alguno, al prójimo, por nuostra propia
autoridad. La sociedad os la que tiene el derecho de ejercer
las venganzas legitimas é imponer los castigos justos. Los
tribunales, los jueces y demás ministros de justicia, obran­
do como representantes de la sociedad, ejercen un milítfe-
terio del mismo Dios para el bien, y empuñan legítimamente
la espada para refrenar cl ortmen con cl castigo. Como re­
presentantes de un poder superior, los magistrados y jueoos
no hacen injuria infligiendo á los delincuentes penas aflicti­
vas (y aun la mayor de todas, que es la de muerte), siempre
qoe sus sentencias estén libres de toda afección personal
y sean enteramente conformes con las leyes.
205. Infiérase de aquí la grande inmoralidad del duelo 6
133
detafio, á que. mochos acuden pare vengar agravios, para
lavar, como dicen. manchas do la honra, y tal vee para cas-
ligar por autoridad propia las ofensas recibidos. El doolo es
un atentadocoDlra la vida del prójimo, ó contra la nuestra; oo
homicidio, ó un suicidio, ú ambas cosos Ala vez, cual (am­
blen sucede en (Tensiones. Si se le considera corno castigo de
un ultraje recibido, es lo primero una injusticia, porque á
nadie lu o< permitido juzgar en sil propia ñausa, y tomar por
su mano la venganza donde hay leyes que invocar y magis­
trados & quienes acudir. Hs, además, un abnrdo, porque
á iguales males so expone el vengativo que el castigado; igual
peligro corre el ofendido que el ofensor. Como reparación
de Ins ofensas, os un prneerfor extraño, inconducente, que
ninguna relación guarda con el fln que se ioteotu. Kl morir
en ¿al combate oo prueba eu rigor mas que desgracia ó poca
destreza; el malar nada sigoillca sino que se ha cometido
un crimen : ni el ofensor satisface muriendo, ni mucho me­
nos matando; ni el ofendido queda mas limpio dejando A su
adversario en el campo quo sucumbiendo on 61.
Ksto es Obvio , y á cualquiera se le ocurre : el sentido
común hace aquí justicia ¿ l a moral, sin restricciones, ni
diidus, ni excepciones de casos, ni de personas. Aun los
misinos qnc se desaflnn conoeen, y confiesan, si son since­
ros . que nada de esto buscan en el combate; que el terreno
de la fuerza es el menos propio para solventar querellas so­
bre puntos de honor, poique nado llene este que ver con la
fuerza; porque la honradez y la inocencin no se prueban
oon la habilidad ó In suerte, en el manejo de las armas; por­
que ni aun siquiera os valor verdadero. sino atroz temeri­
dad . el desprecio du la m uerte. eu que parece estar todo el
mérito de los combates singulares, lian venido a tal extre­
mo por una palabifc por un gesto. por una m irada; tal vez
no so conocen bien; casi es seguro que no se aborrecen de
cu razón ; y ajusfan con frialdad y refinamiento, y hasta con
urbanidad, las extraúas formalidades de la solemnidad ImU -
hara en que uno ó ambos deben morir I ¿(,lué e s , pues. lo
qi:e los arrastra á esta locura? Kilos misinos lo dirían en un
momento d.r calma. Ks que tienen Ala espalda una sociedad
que los contempla; que esta sociedad los rmpujn y los
m
lleva allí con sus ideas y sns preocupaciones; es qne creen
t y lo peor es quo oasi tienen razón en creerlo) que la socio-
dad no les devolverá su «lim ación, ni los acogerá en su se­
no , si no están purillcados con sangre propia ó ajenu. Cuan­
do las palabras honor y valor 110 significan lo que deben
significar, lo que la moral dice qne significan . rl duplo es
un crimen ; pero sus verdaderas causas 110 csuin en los in­
dividuos quu se baten; son causas mus alias. son vicios so­
ciales mas profundos. Si las ideas sobre cl lu>nor cambiasen
(y no desesperamos de que cambien y mejoren), se horro­
rizarían lns hombres de los expedientes á que encomendaran
los reparos do la liorna: nos darían éonipasion nuestros
elefantes dusuflos, co::io nos sonrojan uliora los juicios de
Dios. quu en épocas monos civilizadas estuvieron en boga.
Entre tanto la moral nunca se cansarú de inculcar la
doctrina justa, racional y humanitaria, de que el honor, si
es un bien, como de hecho loes, y mny precioso, uj un bien
m oral; un bien Inseparable dnl órdon. un fruto cuya rata
está un lu ruititud .lo la conducta, en la honestidad de lu
vida, en la honradez. El hombro que no es honrado, en lu
gemiina significación de esta expresiva palabra, ni merece
nonrn, ni rn r-alidnd la tiene, sean cuales fueren lo* juicios
de los demás hombres. Si nadia so. cree lionralo con que le
tengan por ladrón ó asesino, mucho menos 110siéndolo, no
hay r.izon para que deshonren al veiiladuru hombre du biun
las opiniones ríe las gentes, y menos todavía los juicios te­
merarios y erróneos, ó las preocupaciones de la multitud.
Una cosa tan Intimimento ligad» con nnrstra personalidad
moral, corno esrt el honor, rio puedo pender do los juicios
humanos. Kl hombre moral coiuttiu el mayor de los críme­
nes. un verdadero suicidio, cuando sacrifica al bien parecer
su perfección y su felicidad.
20fl. Volviendo ahora á la s-tíu do nuestras obligacio­
nes pura con la persona del prójimo, decimos que 110 es
menor el respeto quu humos de t iilur á sus facultades espi­
rituales, y en justicia debemos abstenernos de todo aquello
que pueda apartarlas de su natural tendencia, debilitarlas
en sn vigoro viciarlas por cualquier concepto.
207. Tocante al srnlim iailo. que e* cl hecho m asespi-
135
ritual de la sensibilidad humana, á ninguno parido ser licito
privar á otro de sus goces legítimos, aminorar sus emocio­
nes, contrariar sus afectos y simpatías, ni mortificarle en las
expansiones do su amor, de su amistad, ó de su entusiasmo.
Los excesos y los extravins do. In sensibilidad morul de noe*-
trus semejantes pueden y deben ser corregidos. poro con
prudencia y dulzura, no con violencia. La sensibilidad tie­
ne sus delicadezas, y pide muchos miramientos aun para
curarla de sus achaques. Entre las muchas maneras con
que puedo ser ofendida apuntaremos las principales, que
son, por de contado, otras tautasinfrnccionos de la justicia.
El desprecio causa verdaderos dolores morales al prójimo,
y es una injuria licclia ú su persona. El desprecio consiste
en el juicio poco favorable que formamos de sil valor inte—
Inctual ó m oral: en este juicio lo rebajamos, negándole
aquella consideración que de justicia le corresponde, licite­
mos ser justos en la apreciación de los talentos y de las in­
tenciones de los demás hembres : debemos evitar que la
emulación degenere en envidia. y que la parcialidud, que
nos inclina sin sentir á aumentar nuestras ventajas, nos
impida ver bien el mérito real de los otros. Esa mi^mu jus­
ticia nos recomienda también que demos á las acciones aje­
nas la ¡ulerpreUiciou mas favorable, siempre dispuestos á
pensar que en el mundo hay muchos menos vicios é iu-
tenriones criminales que lo que se cree comunmente.
El desprecio llega A ser una verdadera agresión contra la
sensibilidad del prójimo, ounndo sale de nuestro interior en
la forma du palabras ó autos que significan el bajo lugar que
ocupa en nuestro juicio: entonces toma el noinlnede insulto
ó ultraje, segun la violencia de la agresión moral.
La ufrenta supone un decidido propósito de humillar;
tiene toda lu violencia del ultnyc, y la circunstancia agra­
vante de la publicidad, que la hace aun mas dolorosa.
La vanidad, el orgullo y la soberbia son también pasio­
nes injustas, por el desprecio que envuelven: son pretensio­
nes egoístas de superioridad, en que siempre salen mui
paradas las cualidades y prendas de los otros hombros. El
vano, el orgulloso y el soberbio aspiran, calii cuul ú su
m anera, 4 poner debajo de si á todos los deinis: á arrau -
136
caries la confesion de su inferioridad; 1 humillarlos en uti­
lidad propia, negándoles la estimación que les corresponde,
y exigiéndolesnna admiración 6 un aprecio qne no merecen.
La ingratitud, aparto de ser una especie de insolvenoia
de deudassagradas, y por consiguiente iiii'islicia manifiesta,
tiene un grande influjo sobre la sensibilidad moral del que
hizo el beneficio. NaJa hay que amortigüe mas el placer de
ln beneficencia qne el ejercerla con ingratos.
La misantropía, en fin, produce cl clccto general do ha­
cer que aquellos & quienes aborrecemos cierren también su
corazon á los sentimientos de fraternidad y benevolencia que
experimentan. Kl odio k los hombres es nn gran crimen,
sobre todo porque produce odio en ellos y tiende á matar la
sensibilidad humana en la simpAtla, que es la mns preciosa
de sus manifestaciones.
No liaréruos mas que mencionar las virtudes que han de
oponerse á tales vicios. Estas son la buena fe y la impar­
cialidad en el juicio acerca de las prendas del prójimo; la
mnderaeion, que evita 1*3 ofensas de su susceptibilidad; la
modestia, que rcalmcnto nos eleva sin lastimar & los otros;
Ja gratitud, que acrecienta el placer de ser benéficos; y la
filantropía, que extiende y aumenta las afecciones simpá­
ticas entre los hombres.
208. También estamos obligados á respetar la inteligen­
cia del prójim o, á no ponerle obstáculos en cl camino de la
verdad, 1 no extraviarla con falsos juicios: La inteligencia
lia sido creada para la verdad : el error la hace enfermar y
la m ata, y de esta muerte resalta por fuerza una gran per­
turbación en la vida m oral, y aun en la m aterial, del hora-
hre. Por nuestra parte estamos obligados á ser cernees.
para no cnusar á nadie tanto nial. Cumplir con pstn nhlign-
cion no es mas quo poner en ejercicio el nutural é instinti­
vo principio de veracidad que hay eu lodos nosotros. y quo
guarda un admirable paralelismo con otros dos instintos
muy excelentes : el de sociabilidad, que siempre quedaría
frustrado sin la disposición á ser sinceros; y el de fe huma­
na, ú de confianza en ol dicho de los hombres, sin cl cual
Tuera imposible vivir entre ellos. La falsedad siempre impli­
ca algo de violencia ú nuestra naturaleza, siempre supone
137
algún propósito deliberado de ocultar defectos ó criminales
intenciono cuyo descubrimiento nos inquieta. Por eso tal
vez la franqueza nos atrae, nos encanta. Los caracteres
francos, abiertos, indican muchas y buenas oalidudeg mo­
rales : el que abre su corazon, dejando ver todu su fondo,
prueba que nada malo piensa esconder.
IjH mentira es un vicio que consiste en significar volun­
tariamente. con palabras ó con actos. In contrario de In qne
se siente. Mintiendo engañamos y hacemos injuria, porquo
imprimimos ú los pegam ientos, esperanzas y acciones del
prójimo una dirección falsa y estéril en resultados, puesto
que no coincide con la de nuestras ideas, sentimientos y
verdaderns propósito*. Somus causa de que el instinto de
confianza, destinado & producir grandes bienes, sea en Ins
otros una ucasion de extravio y de perjuicios mas ú menos
graves.
La dobles, la hipoeretia, la seguuda intención en las
acciones, la ambigüedad y la restricción mental en las pa­
labras, son por esta razón maneras do mentir «uninmenle
dañosas.
La infidelidad, ó la falla de cumplimiento eu las palabras
que se dan, y en las prometas que se hacen, puede ser una
forma de la mentira, y siempre es una injusticia. El que pro­
mete con intención de cumplir, y luego falta, obra injusta­
mente. porque excita en otro la confianza natural, engendra
enúl una esperanza. y le impulsa k obraren consecuencia.
La promesa de cosas posibles y licitas da un verdadero de­
recho & la ejecución.
El quo promete sin Animo de cumplir, falta A In justicia y
á lu veracidad. y no está menos obligado A la fidelidad: las
intenciones no $011 las que dan los derechos, sino las pala­
bras ó los signos con que se expresan.
C.iuindo la promesa se hace A Dios, que es lo que se llama
un tolo, el faltar A su cumplimiento no serA acto de injus-
ticiu para con el prójimo, poro si nn vituperable neto de
irreligión. F.l que no cumple con Dios . 110 puede tampoco
inspirar conlianzaalguna deque cumplirá con los hombres.
Kl juramento suele intervenir en nuestras afirmaciones y
promesas. Ks el juramento un acto por el cual ponemos k
138
Dios por testigo de la verdad con que aOrmamos, ó de la
sinocridad con que prometemos . La invocación de Dios como
testigo y como vengador, cnando se haré con cerdad, ju s­
ticia y necesidad, es un reconocimiento implícito de sus
infinitas perfecciones, un verdadero acto de religión y de
culto. Por el contrario, el perjurio, ó el juramento prestado
con falsodad, es cosa mala pnr innchus conceptos : es falta
contra la veracidad, contra Injusticia, y contra la religión.
209. Nuestros obligaciones respecto .1 la eohmlad del
prójimo son tanto mas imperiosos, on cuanto esta facultad so
le concedió al hombre para que realizase su bieu como per­
dona moral (58i, y parn que fuesu, corno lo es, el instrnmen-
to de su perfrofion y de su dicliu. Iji libertad psicológica
es uno condicion do* la inoralidnd. y además un derecho,
raíz de todos los deredios y libertades, nsl naturales como
civiles: por mañero que si esta prerogativa de la persona
humana no nos merece repelo , ¿ nada parece que puedan
obligarnos las demás facultades y bienes de nuestros seme­
jantes. En el momento que el íinmhri! dejase de ser una
p tn o n a por la pérdida de su libertad. desapnrceerian todos
losderecltos, incluso el du conservar cl ^rruii bien de la vida.
Pero afortunadamente esta libertad es atr ibuto tan esencial­
mente constitutivo de la personalidad humana, quede hecho
no se le puede renunciar, ni tampoco admite mus que ofen­
sas y ataques indirectos. Estos, pues, son lo? que la moral
prohíbe como infracciones de la justicia, mandándonos
respetar el ejercicio racional y legitimo de la libertad del
prójimo, no limitándola ni torciéndola en sus determinacio­
nes, ni mucho menos violentándola por ningún medio ni
pretexto. El atanor las intenciones do otro y cl imponerle
como por fuerza un determinado modo de sentir, do ponsar
y de querer; el privarlo de la posesionde fcl mismo, hacién­
dolo incapaz de disponer libremente de sus acciones, colo-
oándolo hnjo el indujo de un miedo grave, de una coaccion
fuerte. ó de la Ignorancia y del erro r; el excitar en él pa­
siones, ó hacerle contraor hábitos quo le impidan oumplir
con sus deberes ; el extraviar y corromper su corazon por
Ir sugestión, el ejemplo ó cl escándalo ; son atentados mas
ó meno-a directos contra la voluntad libre del prójimo.
139
Kn general estamos obligados & respetar el derecho mas
sagrado que tiene el hombro, qun na la posesion de si mismo,
la libertad psicológica, la libertad quo Dios le ha dado para
sentir, pensar y querer en lo interior de si mismo, para
practicar la virtud con mérito ▼someter sus-aclas ú respon­
sabilidad morni Ln conciencia es un asilo impenetrable, se­
guro y libre. que tiene tndo hombre para resguardo de sa
personalidad y del dominio de sus actos.
La libertad de nccion no debe fcer monos sagrada para
nosotros, mediante que es como el complemento natural de
la de s ntir, pensar y querer. Los sentimientos, las ideas é
intenciones son estériles sin la facultad de traducirlas on ac­
tos oxteriores, como es menester pnm pmcticar todo el bien
de la naturaleza humana.
La libertad de acción, sin em bargo, no es uu derecho
ilimitado, porque sa ejercicio puede perjudicar los legíti­
mos derechos de los demás hombres, y en este concepto ser
injusto, intolerable y digno de represión y castigo. Ln so­
ciedad con sus leyes y sus ponas pone un Treno 1 la libertad
de obrar de cada uno d nombre del derecho de toüus; pero
este freno no puede sujetar la libertad de sentir, pensar y
querer, que es indefinida é ilimitada y con cuyo interior
ujeroirio no so ataca el legítimo derecho de nadie.
210. De todo lo diolin so infiere cuAn grande injusticia
se comete privando á nn hombre de su libertad personal 0
reduciéndolo ú esclavitud.
Ln ignorancia de los verdaderos derechos de la guerra
extendía en los pueblos nntignos la absurda creencia de que
los enemigos aprisionados en el combate, los qun eran co­
gidos ron la mimo, como su toman y asen los objetos para
ocuparlos (mancipia. de mana-capta), perdían todos sus de­
rechos y de repente se convertían en cotos, objetos de do­
minio. Tan inicua ficción producía la persuasión natural de
que el vencedor so portaba con humanidad y templanza
destinando á su cérvido (streitut) ¿ los que podía raatur
sin injuria en el acto mismo do cogerlos. Esta servidumbre
personal con todos sus abusivos poderes, convertida en ins­
titución prtlilicji y cmmndn nn verdadero estado legal do los
hombres en muchos pueblos civilizados; esta afrenton de­
140
gradación de la persona tanmana, es tan injusta A inmoral
como el brutal abuso de la hiena & que primero debió sa
origen.
De la guerra y de la victoria no pueden Tesultar otros de­
rechos que los de la defensa, la cual, para ser inculpada y
legitima, debe ser tan modoiuda en ol caso dn una agresión
coloctiva enmo cu el do una agresión individual (105). Es
licito desarmur al enemigo rendido, y retenerlo mientras su
libertad pudiera aumentar el número de los agresores; pero
nada justillo* la barbarie de matarlo sin necesidad, ni de­
gradarlo con la esclavitud, á la cual se le sujeta como por
favor.
211. Y ¿qué diremos de esa otra manera de esclavitud,
por desgracia no muy ra ra . que consiste eu apoderarse de
hombres indefensos, arrancándolos de su familia y de su
patria, y trasportándolos á países lejanos para hacerlos allí
instrumento* de trabajo, y nomo maquinas de producción?
Si esta servidumbre ' verdadera esclavitud, aunque no so
la dé tal nombre) no es ton abusiva, porque uo eitiende í
tanto los fueros del señor, es quizá mas odiosa i inmoral
en su origen que la de los pueblos antiguos. No hay aqal un
hecho precedente qne la ocasione, ni una ficción, siquiera
absurda, que la motivo. La m oral, que no hace mas qoo
seguir el espíritu de justicia y de caridad de la religión cris­
tiana , condena tan criminal abuso de la fuerza, lo mismo
en la esclavitud antigua, desterrada ya del mundo por las
idefts cristianas, que en la nueva servidumbre, que también
habrá de concluir al impulso oivilizodor de estas ideas.

212. Síguese ahora tratar del respeto debido á los bienes


del prójim o, los cuales son también , como sus facultades
personales, medios que lo oonducen it su destino.
No entrarémos en la grave y reñida controversia de cuál
sea el origen del derecho de propiedad, cuyo ojercicio con­
siste en disponer cada uno libremente de las cosas que llama
i#* bienes, aplicándolas A su subsistencia, & so-comodidad
ó á su placer, y excluyendo de todo esto íi los demás.
til
Para el objeto de eslos Eikmemos bastará asentar : I .'L a
propiedad es una consecuencia necesaria de la libertad, 0,
mejor dicho, es la libertad misma considerada en nna de sus
formas y en una de sus oondioionns mas e-tcnoiales; 2.* la
propiodad es una consecuencia necesaria y una condicion
<le la familia; ü." la propiedad us una condicion de la civi­
lización y de la sociedad un general.
El hombre, pues, es verdaderamente dueño y propietario,
sea que adquiera la propiedad primitiva ocupando las cosas
común*;, y rospoUindo lo? otros este acto por un convenio
tíloito; sea que cada cual haga suyas las cosas, confundien­
do en cierta manera con ellas el trabajo que las uliliza; sea
quede Dios nos venga directamente el derecho de usar lo
necesario para la vida, y délas leyes sociales el de traspasar
el limite de la necesidad y de poseer hasta ln snpé.rllim.
213. Aunque no so considero mas que coipo institución
meramente civil, la propiedad, con lodos sus naturales de­
fectos , con toda su inevitable desnivel, es asi y lodo una
institución necesaria y útilísima, con muchas mas ventajas
para ln vida humana que \arouwnidad indefinida dr. bienes,
q no es ahsurda, y que la perfecta igualdad de fortunas, que
es imposible. La propiedad auiuenla las producciones de la
tierra, ¿cuyo cultivo nadie so seutiria estimulado sin la
seguridad de hacer suyos los frutos; conserva hasta su sa­
zón las producciones, que por cierto serian tomndns por
cualquiera antes quo dejarlas madurar para olro; avila las
disputas, las crueles y sangrientas ludias &que los hombres
se entregarían, porque el suelo, falto de labor, no darialo
bastante para todos, y no habría mas regla de distribución
quo la astucia ó la fuerza del mas osado ó del roas robusto:
la propiedad, en fln, perfecciona tascnmndidndes de la vida,
por la división de las profesiones, por el fomento do la In­
dustria, y por la creaciuu y cullura de las artes. Si la pro­
piedad es nn robo, como ha dicho un famoso economista
contemporáneo. este delito es necesario para que los hom­
bros puedan vivir sobre la tierra.
Poro n o : ese oélehre apotegma, tan pamdójioo nomo
nbversivo del órden sooial, as además visiblemente contra­
dictorio : si hay robo, hay propiedad legitima no respetada.
142
r.onvu'rtnso la proposioion. y corríjase haciéndola nogathra,
y rosultanl la verdadera doctrina moral uu la propusieron
siguiente: el robo no m la propiedad; ni la da, ni la tras­
m ite, ni la conserva, sino que la quita y la destruye.
214. El latrocinio por lo tanto, ha sido, «sy serA siem­
pre un orlinen, porquo viola un derecho, cansa una injuria,
empeorando la condioiou del prójimo, y truyéndolo siu ra­
zón i. un estado á que no quisiéramos nosotros ser traídos.
La inmoralidad del latrocinio es tanto ma* grave, cuanto
que ordinariamente no se excusa por la pasión del odio, de
ln cAleru, del resentimiento ó de la venganza, quo tanto
influyen en la. perpetración de otros delitos contra la perso­
na del prójimo : el ladrón atiende mas & las cosas que á las
personas, y tomándolas para si. lleva en esc misino alan con
que las usurpa la medida del derecho que viola, y de la
sinrazón con que hace prevalecer su injusto deseo de gozar­
las. al deseo legitimo que cl prójimo tionodc consonarlas.
£1 latrocinio siompre lleva consigo lu impudencia del egoís­
mo, impudencia que tal vez no se encuentra en otros daños
muy graves causados á nuestros semejantes.
21o. lil latrocinio toma varios nombres sr-gnn las dis­
tintas maneras con quo puode cometerse. lín su forma mus
agresiva y violenta es la rapiña, ó robo propiamente dicho,
el cual consisto en atacar áuuo á uiano armada y despojarle
¡i viva fuerza de lo que es suyo. La maldad del latrocinio se
aumenta entonces por la destarada violencia non que se
atropella el derecho dnl despojado.
El hurlo c s una manera de latrocinio mas común, porque
es menos poligrusa. Consisto en privar ¿ uno de lo que le
portenece. uo valiéndose de la fuerza material, sino apro­
vechándose de la ausencia, descuido ó ignorancia del pró­
jimo. Kl hurto no es menos p-rave que la rapiña, porque si
no prueba tanta osadía, atestigua mas ruindad y mas villanos
pensamientos.
La estafa supone engaños y mentiras para dar un color
de legitimidad á la usurpación de lo ajeno; y lo que no tjene
de iusolente y expuesto, lo lleva de bajo e indecoroso.
Todos esLos modos derohor son directos, y como ellos hay
otros muchos que tienen mas ó menos gravedad según la
143
naturaleza y destino de la oosa que se usurpa, y los circuns­
tancias de la cantidad robada, de la cualidad y estado de las
personas, etc.
210. También son culpables de injusticia, y son verdade­
ros latrocinios, esas infinitas maneras de perjudicar indirec­
tamente los intereses ajenos, que seria prolijo enumerar, y
de las cuales no liaremos masque apuutar las mas comunes.
Tules so n :
Kl 110 pagar las deudas;
Kl negar un depósito, ú no devolverlo ti su dueño;
Kl defraudar las rentas del Estado;
Kl dejar que so deterioren los bienes ajenos puestos ú
nuestro cuidado;
La quiebra fraudulenta, ó la motivada por gastos inmo­
derados;
La mala gestión y administrar-ion de los negocios y bie­
nes que se nos encomendaron;
El abuso de la prescripción legal, cuando no se puede
probar nuestra mala Te;
El mover pleitos temerarios, sin convencimiento de nues­
tro derecho;
El contratar enn lesión do la otra parte, y el causar per­
juicios con uuestra falta ó tardanza eu cumplir lo pactado.
217. Como la mala fo en los contratos puede ser un ori­
gen facundísimo de injusticias, detengámonos un tanto pnra
considerar Iils obligaciones morales quo. A ellos se rcllnrcn.
Kl contrato os un acto por el cual dos ó mas personas su
Ixasllereii inúluaineiile sus derechos. Es como una promesa
mutua do dar ó do hacer una cosa, promesa que excita
en la parte que obra de buena Te una fundada y legitima
esperanza, l'or eso cuando versa sobre motaría determinada,
licita y posiblo, y esta celebrado por personas liihilos para
la trasmisión de un derecho, y con consentimiento delibe­
rado y libre de dolo y de miedo, producen una obiiqacion
natural tan sagrada como la de las promesas ¡208). La
medida de lu obligación es, lo mismo qno en aquellas, el
grado do esperanzo que ovalam os; por manera quo hemos
de repulamos obligados ¿ todo aquello quo la otra parle
contratante espera do nosotros, sabiendo que su esperanza
144
es la que racional y humanamente debían engendrar en él
les signos usados para expresar nuestro consentimiento. El
faltar i esta conGania es lo que se llama fraude. Las leyes
sociales no siempre bastan i impedir el fraude, & pesar de
las formnlidades y requisitos oxternns con <jiic revisten rada
contrato para evitar litigios y produoir obligaciones civilet;
pero lo que queda pur enmendar en el Tuero externo, debe
corregirlo la ley moral, que obliga en el fuero Intimo de la
conciencia, calificando de latrocinio toda estipulación frau­
dulenta en perjuicio de los intereses ajenos.
218. Cada «spccio de contrato producc adornas obliga­
ciones particulares, de los que solo indicarémos las mas
notables.
1.* Kn lodos aquellos contratos que tienen por objeto la
traslación del dominio ódel i/jo de las cosas, y la recepción
de otro cosa rt de un precio nqnivnlflnte, como la permuto,
la comprn-nenla, el arrendamiento, ote., debe atenderse
escrupulosamente &la igualdad de valores; regla que suele
infringirse ocultando los derectos de las cosas que se enaje­
nan, dando por ellas monedas falsas, abusando del que
ignora los precios corrientes, encareciendo las mercancías
con el monopolio, etc.
1.° Eu los contratos de suerte, como en el juego, las
apuestas, los seguros, las rentas vitalicias, los socorros
mátaos, etc., ha de procurarse que las probabilidades sean
en lo posiblA iguales para los que estipulan ; de maneroque
ninguno de ellos oculto una ventaja, ignorado por los otros,
y que debiera ser compensada pur las cláusulas de la esti­
pulación , si estos llegaran 1 saberla.
3.* En aquellos contratos en que entran en combinación
el trabajo con un precio ó con un capital, como el servicio,
\&comision, \n sociedad, ele., es mas diflcilgnardar aquella
proporción aritmética que pido la justicia oonmntatWa (200),
por la diferente naturaleza de las oosas que se combinan.
Sin embargo, las varias estipulaciones que se allegan á es­
tos contratos, el uso recibido, las disposiciones vigentes y
las pr&cticas introducidas en el comercio, cortan muchas
disputas acerca del salario y las obligaciones del sirvienta y
del obrero, de los eargos y responsabilidades del comisario
145
¿comisionista, y de las equitativas distribuciones de pérdi­
das y ganancias entre los socios.
4.* En el préstamo de rosas que no sn oonsumcn con el
uso, que se llama comodato, todas las obligaciones están dol
lado del que recibe la cosa. para usarla. Es las ubligacioues
consisten en devolver el mismo objeto que se recibió, y en
responder de sa destrucción, ó de los deterioras causados
por nn uso imprudente, ó nn convenido ni previsto.— Cuan­
do las cosas prestadas son (tingibles, esto es, que su uso
consiste on cousumirlas ó desprenderse de ellas, quo es el
mutuo, hay ubligacion de devolver cosos de la misma na­
turaleza y valor que las consumidas, guardando la posible
igualdad en su peso, medida, cantidad y cualidad.— En el
mandnlo .se obliga el mandatario á nuidar los interines aje­
nos con el m ism o esmero quo emplearían en los suyos las
personas regularmente solicitas. — En el depósito hay esta
misma obligación, y además la do restituir ó devolver la
cosa depositada cuando le sea pedida al depositario y no so
tema 1111 abuso extraordinario dn aquella pmpimlnd.
5.* La usura os un mutuo con interés, y consisto nn
prestar especies fundibles, y mas comuumenU) dinero, con
condicion de recibir una ganancia sobre el capital.— Mucho
se disputa acerca de la licitud ó ilicitud de la usura, pero
qnizú la divergencia provenga de dar en este punto soluciones
demasiado generales y absolutas. Tal vez seria fácil enten­
derse presentando pur separado las doe propusieiouus si­
guientes :
1.* La usura es iticila.
1 .* No torios los préstamos d interés son contratos usu­
rarios.
La usura do que habla la primera proposioion os la gu -
nancia por uu prébtamu que en nada perjudica al prestamista
ó mutuante; se traía de un dinero ocioso, y como tal im­
productivo , cuyo uso puede ceder el propietario sin ningún
menoscabo en sus intereses, y sin ningún peligro respecto al
reintegro del capital; se supone quo el quo lo reoibe remedia
con esla uso alguna necesidad, y que al tiempo convenido
devuelve su dinero y paga con la gratitud el favor que iudu*-
dablemente se le hizo con el préstamo. ¿Hay algún titulo
10
146
para exigirle mas de lo qne recibió? ¿Consistir* este titulo
en ni faeor otorgndo? Los favores no se pagan con d inoro,
ni los actos de beneficencia son vendibles, porque son obli­
gatorios. El inúluo es uu contrato benéfico por eseucia, y
pierde todo su mérito, convirtiéndose en una especie de
alquiler, al momento que se exige un interés no justificado
por alguna razón que en el naso supuesto nn existe. Pierde
todo su mérito, y degenera en odiosa tiranía, cuando el quo
recibe se halla eu necesidad grave y tiene quu su meterse 1
las duras condiciones del quu, pudiendo socorrerle siu per­
juicio de lo suyo, prescinde entonces de la obligación que
tiene de ser cari látiro. Esta es la usura quo la razón y la
religión condenan como un verdadero/fl/roiiiiiio, porque no
ticno otro nombre el tomar un tanto por cicuto por haber
cumplido con una obligación, el exigir y cobrar aquello á.
que no se tiene derecho. La morul prescinde de si el caso
que vamos figurando es ó no ideal; de si habrá alguna vez
esa ausencia de todo inconveniente pura la fortuna del que
plasta, «sa verdadera ociosidad del capital prestado y com­
pleta seguridad de su reembolso. Basta que tales circuns­
tancias puedan concurrir (y bien sabido es que lio son tan
raras) para declarar que el interés que entonces se reciba
por el múuin es usurario é inmoral.
I'cro osla declaración supone la verdad do nuestra se­
gunda proposiciun : S u todos ¡os rusos de préstumo á interés
merecen ta odiosa calificación de usurarios. Esfuerza coa-
ceder que el dinero tiene cierta fecundidad aplicado A las
transacoion.s, y licitamente empleado en ellas, no es com­
pletamente estéril, como algunos pretenden. En aquollos
estados ú poblaciones cu que casi ludu la vitalidad suoiul
depende dul comercio, en que este « ul camino uiasventa­
joso para enriquecerse con un lucro legitimo, y en que el
dinero constituye un medio necesario para la industria, es
mus rara esa ociosidad de capitales que permite prestar sin
perjuicio, y por lo tanto sin interés. Kntonccs oourro con
mas frecuencia lo que los moralistas '.laman lucro cesante
(lucram crssans], es. decir, ganancia cierta, lucro que cesa,
que deja de percibirse, por tener empleado su dinero, 0
daño emergente (damnurn emergens), esto es, daüosym n-
147
les positivos que resultan de no poder disponer ¿ tiempo de
un capital prestado. aun no haoiendo mérito de la circuns-
tannia tam ban com un, de un fundado temor de perder el
capital (periculum sortis). Estos 9on los casos en i|uu, se­
gún el coiuun sentir de los moralistas, se permito un interés
proporcionado con el lucro que cesa, el daño quo resulta,
ti el riesgo que corre el capital. No estamos, con efecto,
obligados íi destruir nuestra fortuna para ser benéficos, an­
tes bien nuestra ohliganion mejoraría non llcitiis aumentos
para poder hacer mas bienes. Debemos socorrer las necesi­
dades del prójim o, pero esto no obliga & desprendernos de
grandes sumas para darlas al que nos las pida, privándonos
de los frutos que daría nuestro dinero bien manejado y
amortizando en cierta manera nuestra propia fortuna. Kl
interés está aquí justificado, y no es esla la usura injusta
que la sana moral prohíbe, y i que alude el precepto divino
que nos dice: mutuum date, nihil indi ¡petantes.

219. Temiinarémos la serie de las obligaciones «le justi­


cia. hablando del respeto debido á ta honra dtl prójimo.
Tiene el hombre una suma de bienes morales de no menor
e.unntia que los que. <¡n llaman de fortuna, y tan necesario*
para aspirar al fln de su naturaleza como la propiedad ma­
terial in'e representa el dinero. El honor, la buena fuma y
la consideración social, son las prendas de esta [impiedad
moral, que valen tanto mas que las riquezas, cuanto que
una vez perdidas no se recobran tan fácilmente como estas.
Kl dtieo del a estimación es como nn principio primitivo
en nuestra ODiistitucion moral, y un móvil lauto y mas enér­
gico que el du conson ar la vida, pues que con (Vacuencia la
vemos posponer á la honra: los bienes, pues, con que este
deseo se satisface tienen una grande importancia entre los
varios medinseon que «1 hombre. labra sil felicidad.— Kl pre­
cio de los bienes morales debe estiman» también por la raíz
du donde proceden : son el reflejo de nuestro valor mural,
el juicio con que los demás aprueban nuestra conducta , y
premian nuestro merecimiento; y por lo tanto, bienes que
148
eupuneu otros bienes de una estimación infinita, la riqueza
de buenas acciones. Pero aqui debemos repetir lo que ya
dejamos indicado en otro lugar (205): olboDor, ol buon
Ji'nnhro. la consideración pública, para ser verdaderos y
m)lidus bienes, hun de consistir en la potetion real de las
cualidades por que se nos honra, se nos da Tama y se nos es­
tima ; las intenciones rectas y virtuosas, y no la solicitad del
aplauso. son Ias que realzan nuestro mérito en la opinion
de los hom bres; y si alguna vez se hallan en oposicion nues­
tro deber y el respeto i los juicios humanos, tengamos pre­
sentes los remordimientos del que sacrifica el deber al res-
pelo , y la tranquilidad que sirve de recompensa 1 la práctica
del bien auu i. expensas de la considerador! pública.
Con estas restricciones podemos y dnhemns mirar el ho­
nor y la buena Tama como bienes de un valur incalculable, y
conocer algún tanto cuán grave uriigen sea el atacarlos y
destruirlos. Privar al prójimo de estos bienes es una especie
de latrocinio.
220. La palabra es el arnui con quo por lo comun se
haceol ataque, y la envidia el bruzo que |»ne eu movimien­
to esta arma torribli1. La murmuración y la burla. que pa­
recen ocupaciones inocentes, sin mas tolla, si acaso, que
4a inconsideración en el hablar 6 chancearse sobre los ver­
daderos defectos del prójimo, son, por lo tanto, feísimos
defectos. son indicios do nn mal ooramn, y dan muy tristes
resultados para la bueua opinion del <|iiu hace de victima.
No hay murmuración sin algún desprecio, el cual principia
en el que murmura, y va cundiendo por los que lo oyen
con gusto, y esto es ya una predisposición para ataques mas
formales.
l.'no do ellos es la maledicencia, que consiste en hablar
de otros maliciosamente ó con iutenciun de dañarles en su
reputación, de «uvilecerlos y hacerlos despreciables.
La maledicencia es un gran paso parala calumnia, agre­
sión la mas injusta y temible que el hombre puede intentar
contra la honra de sil hermano. Kl calumniador no atribuye
simples defccU» que roalmonto so licnen. sino que imputa
delitos que no se han cometido, con el fiu de dnüar en el
concepto público, y, lo que aun puede ser peor, de atraer
149
sobre el calumniado el rigor da las leyes. La calumnia os ana
violenta infracción de todos los deberes de humanidad; es
una falta de verdad, de justicia y de raridad, que si llega II
ser un violo, lo es u n bajo y detestable, quo no hay qne
buscar una virtud especial que oponerlo: todas ellas son sus
enemigas.

CAPÍTULO II.
DK LAS OBLIGACIONES DE CARIDAD.

221. Todos los deberos explicados en el capitulo anterior


so reducen ¿ realitar la fórmula negativa : AÜeri ne fectrit
quod Ubi fien non rit.
Ahom. nns tona desenvolver lu otra fórmula positiva: Al­
te n facías qnod Ubi vis fieri.
Estas nuevas obligaciones consisten en algo mas que en
abstenerse de causar el daño, porque deben cumplirse pro­
moviendo el provecho, y haciendo el bien del prójimo, lis­
to significa el nombre de' oficios que preferentemente suelen
llevar.
222. Hay que notar lo primero, que las obligaciones do
justicia, como que son negativas, se extienden á todos los
tiempos y ú todos los momentos y circunstancias de la vida.
No liay, en erecto. onailon alguna en que so conciba 14^
vantada la prohibición du matar, do robar ó de calumniar &
otros hombres; y ni aun en el caso en quu doclaramos lici­
to preferir nuestra vida k la del prójimo en la agresión in­
justa . debe entenderse que aprobemos el matar al agresor,
sino el defender la villa, aunque do la tal defensa se siga sn
muerto, la nial rn ningún caso podemos intentar. Ksta ri­
gorosa universalidad eu la aplicación de lus preceptos de
justicia, se expresa muy bien con la frase técnica de que
obligan sm p e r et pro semptr (siempre y en todos los mo­
mentos).
Las obligaciones de caridad. por el contrario, intiman
al obrar; puro como la obra benéllca do siempre est.1 en
nuestras manos, ni tal vez fuera oportuna en lodos los mo­
mentos , ni aun siquiera lícita en todas las circunstancias,
150
cesa la obligación de hacer, mientras estas circunstancias
no se presentan, annqiie nnnoa se interrumpe el deber de
estar dispuestos al cumplimiento. No se falta realmente á la
obligación de dar limosna, cuando uo se presen la uu nece­
sitado que socorrer. ú no se tienen bienes para d a r: lo que
no debe Tillar nunca es la buena disposición A ejercer la ca­
ridad. Los preceptos de esta virtud obligan siempre, pero
no cu oada momento : semper, sed non pro semper.
223. Pero nn se vaya á euteuder que sea menos impe­
riosa la caridad que la justicia, ó que lan sublime virtudes
mas indulgente y contentadiza, cuando , por el contrario,
reclama de nosotros mas atención para comprender ol mo­
mento oportuno en que empieza a obligarnos, y mas abne­
gación para sacrificar nuestro amor propio al beneficio do
los demás. Pura respetar el derecho du cada uno, bástale á
cualquiera encerrarse dentro de sí mismo y no dañar para
no ser dañado; mas para ser caritativos. es menester salir
de si, y hncer el bien ajeno tal vez con iralujn y privación
del bien propio. y con tamo monos mérito en la obra cuanto
mas mueva la esperanza de la recompensa. Esto consiste eu
que el bien general de la humanidad no se obtiene con la
egoísta reserva que solo aconseja no ofender para ser res­
petado, y que aísla é individualiza al hombre reduciéndolo
Ala impotencia aun para hacer su bien particular. Este bien
de cada uno. como el bien de toda la especie, uo es la obra
de cada unidad, ni tampoco üo lacoleccíon ó sum a, sino
de la multiplicación de las fuerzas de cada cual por las fuer­
zas de todos los demás. Un el camino de la vida los indivi­
duos no marchan, sino que. caen y perecen, A 110 ser quo va­
yan romo sostenidos por el gran producto de fuerza quo la
especie debe recibir de esla prodigiosa multiplicación de re­
laciones morales. Los hombres 110 han nacido para mirarse
y respetarse, sino para ayudarse y protegerse; no para
concentrar su vida, sino pnra esp.irr.irla y comunicarla.
¿Qué significan, si no, los impulsos benéficos del corazon
humano? ¿Alcanzan A tanto las frías y artificíales conside­
raciones de la justicia? Esla virtud negativa podrá impedir
que los hombivs sean enemigos, pero la candad ardiente es
la fínica que puede hacerlos frermaun*.
151
224. La consecuencia general que se deduce de esta sen­
cilla reflexión sobre la Indole y las necesidades de la vida
hum ana, es que ante la ley moral y en el Tuero de nuestra
oonoicnnia que la interpreta, no hay ni puede haber dife­
rencia entro los preceptos de justicia y los de caridad res­
pecto de la Tuerza con que obligan y de la responsabilidad
que impone su omision; y que estas obligaciones suponen
derechos en el prójimo lo mismo 1 nuestros respetos que á
nuestros oficios, lo mismo á que no les hoyamos el daño,
quo Aqun los procuremos el bien. La nomenclatura jurídica
de derechos perfectos h imperfectos, con que se denominan
los correspondientes & ambas clases de deberes, es por
dem&s impropia cuando se trata del vínculo que imponen á
la conciencia. Mas bien habría razón para trocar los Hom­
bros, porque rl cumplimiento do los derechos perfectos no
indica inas quo la ausencia de c rin e n , y para cumplir con
los llamados imperfectos su poueu eu ejercicio todas las
virtudes que inas honran á la humanidad. La ley civil in -
tentnrin en vano mandar el amor, que es nn afecto del áni­
mo. y dar reglas & ln heneltarncin, enyo márito eslá en la
espontaneidad: poroso llama imperfectas ü estas obligacio­
nes que uo caen bajo su jurisdicción, pero que son tan
sagradas como las de justicia aunque no están, como estas,
sujetas á su sanción penal.
22K. La mns sencilla manifestnnion del amor al prójimo,
la benevolencia. es también la primera y la mas santa de
nuestras obligaciones. La benevolencia consiste en una dis­
posición constante y perpétua á hacer la felicidad de nues­
tros semejantes. Sin querer bien á los hombres no podria
hnher oficios de caridad, los cuales siempre consisten en
algo mas que moras disposioionos; poro nunquolu benevo­
lencia no es toda la caridad, es su condiuiou precisa; y por
esta buena disposición, que es lo menos que puede exigirse
& criaturas racionales, debemos principiar para engendrar
en nuestro com on ese amor al prójimo que nuestra religión
nos manda tener en Inmcdidadol que sentimos por nosotros
mismos, y del quo nos tieno el misino Dios.
2¿ü. La benevolencia que la moral recomienda es pri­
vativa de los seres dotados do razón y libertad, y debe, por
152
consiguiente, ser deliberada y nacer del convencimiento de
la unidad de naturaleza é identidad de derechos de todos los
individuos rie 1&familia hnm ana: dehe ser la fraternidad
universal elevada A la categoría de obligación. Como dis—
posicion m oral, se distingue muy mucho do unís "tras erec­
ciones instintivas que nos mueven á complacernos en el trato
y la comunicación con semejantes nuestros, las cuales nos
son comunes con los brutos, pues estos también gnmn en
lu compafila y proximidad do los de. su especie. Kstas afoc-
cionos, sin embargo, son dignas do atención, pues no solo
indican lu uiucliu que la naturaleza racional iiob exige en
punto á benevolencia m oral, sino que, elevadas i un grado
eminente, atestiguan trabajo y actividad por cultivarlas; y
si faltan ele todo pnnto en nn hombre , nos llena ilo horror
el considerar cuín largo h&hito de depravación habrá sido
nuce saiio para extirparlas de raíz.
227. La benevolencia, sin salir del torreno de las dispo­
siciones al bien, toma (orinas muy varias según las circuns­
tancias en que se aplioa y las diversas relaciones del agento
oon los demás homhres. La filantropía, la humanidad, que
envuelve la misericordia, la lenidad, y la blnnduru de co­
ra ion ; la dulzura, la amabilidad y liasla la urbanidad, con
sus prescripciones al parecer tan friv o la sn o son mas que
mnnireslacinnes de la benevolencia. Iü envidia, \n cruel­
dad, la venganza, la dureza de com/on , la aspereza de
carácter, y la grosería en el trato humano, son asi:uisino
varias formas de la malevolencia.
228. Complemento y perfección de las disposiciones be­
névolas es la beneficencia, que consiste en obrar el bien y en
concurrir rfe hecho á la felicidad del prójimo. Las disposi­
ciones quo nn pnsan ú actos son eslftrilos, y seguramente no
han sido puestas en nuestro corazon para quedar allí encer­
radas. Naduseria mas extraño que una reunión de hermanos
(que no otra cosa son ios hombres) con muy grande amor
cada uno dentro de su pecho, pero inmóviles y fríos llegada
la hora de ayudarse 6 de salvarse nnos á otros en las gran­
des calamidades de la vida. Si estamos obligados a ser be­
névolos, es porque lo estamos también á sor benéficos. Para
nada servirían lus disposiciones y los afectos de que fué tan
153
pródiga la oatu raleza, si hubieran do quedar inertes y ocio­
sos , pues para no hacer el mal bastaría la justicia.
229. Los oOcios de beneflcencia, que es en suma la ca­
ridad, A el nmor en actividad, consisten en general en
otorgar al prójimo todo cl bion quo podamos; en haccr quo
nuestra comunicación con lus hombres les sea provechosa;
y en combinar de tal manera los actos de uueslra vida con
las necesidades de nuestros hermanos, que, sin perder de
vista la obra de nuestra felicidad, tomemos en la suya la
mayor parte posible. Este es el gran problema que ln moral
plantea y resuelvo corno on abstracto, dejando ti los cuida­
dos du cada uno el obrar según las circunstancias, pero
siempre en busca del mayor bien para nuestros semejantes.
Concretemos un poco esta solucion respecto á las necesida­
des riel alma y del cuerpo que pueden ser objeto de nuestra
caridad.
230. Empozando por el alma, y atendiendo i su primera
(acuitad, 6 sea la sucsibilipa u pul prójimo , uuo delosoilcios
de la bencllccncia mas dulces de cumplir, es sin duda el de
llevnr el consue/o i su espirita. cuando está en nuestra ma­
no [y rara vez deja do estarlo) alivinr sus tristnzns y sus
penis, tomando en cierta manera una parto de ellas para
nosotros; hacer menos amargas sus ullícciuuos y desgracias
simpatizando con su dolor, fortaleciendo su paciencia, ate­
nuando los motivos de su desesperación y dando aliento á su
esperanza. Kl oomzon sabe inspirar A Ins nlmns generosas
las reglas dol arle do consolar, quo es un gran arto, muy
necesario para vivir siendo útiles á los hombres; porque á
veces el consuelo debe ir envuelto en la delicudeía y eu el
ingenio, para que sea un verdadero bálsamo que calme los
dolores y cierre algunas heridas del corazon humano tan
incompransihlM, que los remedios mas ralilleadns, si no se
aplican por una mano maestra, las exacerban y las empon­
zoñan. En lo mucho que la medicina del espíritu tiene que
aprender, es cierto que no se nos puede exigir que salga­
mos eminentes profesores, pero sí que miremos con cierta
predilección Ins dolencias ajenas y que estudiemos ln mejor
manera do corarlas. Kl dolorido y cl miserable san siempre
«úfennos du cuidado, que necesitan gran dosis de ternura.
154
y no poco de p ru d en cia, en n u estra m anera de asistirles.
fíe* sacra miser.
2 3 1 . P a ra cum plir oon lo quo debem os á la sensibilidad
del p ró jim o . no I n s ta que procurem os alivio á sus penas
estando con él á c o m p artirlas, sino que debem os también
sim patizar en sus ju sta s alegrías. Uozar con los que pozan
es casi tnn obligatorio como su frir con los qn e sufren : no
solo seguim os en esto los im pulsos legítim os do la naturale­
z a . sino que tam bién aum entam os el bien de los otros,
correspondiendo sinceram ente á su satisfacción. M ostrar
indiferencia ó gravedad insulsa an te la expansión de un con­
tentam iento leg itim o , ofende al gozoso tanto quizá como
aflige al desgraciado la im pasible serenidad del que sabe ó
presencia sus dolores. Kl no alegrarse en cl bien de otro
a credita m ucho e g o ísm o ; pero el entristecerse por este bien
es todavía cosa p eo r, porque es lu envidia, pasión espuria,
que ni au n siquiera reconoce por padres ul am or propio, ni
al in teré s, y que sin em bargo es sum am ente fecunda en
m o ln s: siem pre es enem iga dn la caridad.
2 3 2 . L a intkligkncia uEi rnojino nos ofrece tam bién un
ancho cam po eu quu ejercer esta v irtu d ; y las obligaciones
que de aquí nacen tienen asim ism o por fundam ento la na­
tu ral y necesaria com unicación que la Providencia quiso
que hubies." en tre todos los entendim ientos. I'odcm os influir
en lu buen a dirección de la inteligencia ajona, y debemos
hacerlo p u r ca rid a d , usl cuino nos abstenem os de extraviar­
la por ju sticia (208).
E s, p u es, obligación nu estra p ro c u ra r al prójim o igno­
ra n te toda lu instrnccion qne necesita p ara llen ar su s debe­
re s , disipar sus errores y p reoeuponinnes, c o rre g ir sus
extravíos y guiarlo p or la sonda del bien con lasab id u rlu del
consejo. Cusí es im posible se p a ra r aquí lo que la caridad
recom ienda de lo que m anda la justicia. L a v e rd a d , si bien
se m ir a . no es de ningún e n ten d im ien to , sino que pertene­
ce ú torios, porque toilos son llam ados fi este patrim onio,
quo tieno de hueno cl no m enguar con la re p a rtic ió n : cual­
q uiera dice muy bien mis determinaciones , mis actos, pero
ninguno dirá co:i propiedad mis verdades: lo único que
parece nuostro es cl conocimiento, y e so , p o r la personali­
155
dad que puede imprimirle la voluntad que interviene eu su
adquisición. Todavía 65 aon mas visible esla comunidad de
pertenencia en las verdades necesarias para la salud de los
hombros, como son lns vordndes religiosas que llios ha co­
municado para todos sin cxcopcion, y en cuyo solicito re­
partimiento encuentra cada dia la caridad cristiana mil
ocasiones de lucir su luego y su sublime heroísmo, t s ta ca­
ridad es la que atraviesa los mares y va á llevar ¡i pueblos
bárliaros lu luz de la verdad, recibiendo en pago las privacio­
nes, los tormentos y la muerte. íiiLcnridnd cristiana nos da nn
esto un ejemplo, quo, si no todos oslún llamados &realizar
eu tan magnificas y berúicus proporciones, todos podemos
im itaren el seno de la Familia, en el trato de losatnigos, en
todas lns relaciones sociales, en fln; porque en todas ellas es
posible, c?convenionte,(snecesarioelapostolailndftlavon1nd.
233. También alcanzan los olidos do nuostro amor i
inlluirde uu uiodo benéfico eu las deüjnuiuaciones libres de
la voluntad ufj. p r ó íim o , porque podemos fortalecer esta li­
bertad y dirigirla al bien de muchas maneras, sin extorsión
ni menoscabo dn sus prerogativas. En Ir luohii que torio
hombro sostiene oon sus pasiones, /.qniún duda quo nuestra
llegada á tiempo puede iuclinar la balanza al ladu del bien
y dar la victoria ú la virtud vacilante? ¿l)uiéu no sabe lo que
se alientan la constancia y el valor por la exhortación pru­
dente y oportuna; loque seexcita la emulación por til rjem-
y lo muoho que logra lu corrección fraternal y caritativa?
V luego, la caridad es ingeniosa. y no perdona medio para
inlluir eu bien aun por los caminos que al parecer llevau ú
resultados, opuestos: la indulgencia y la dulzura con que
trata & los airados, la oompasion con que aligera los sufri­
mientos del cnstign, la nobleza con que perdona Iminjurias,
la modostia oon que respondo A los alardes dd orgullo, son
otros lautos recursos que usía virtud maneja con grande
habilidad, y siempre con singular provecho del prójimo.
Kl consuelo, el consejo y el ejemplo son los tres grandes
oficios, las tres obras ile misericordia, en que están resumi­
das las obligaciones de caridad para con el alma de nuestros
seniejuntcs.
156
23 4 . H ay a d e m is o tra s m u chas obligaciones no m enos
s a n ta s, qne so reiteren &necesidades corporales. V isitar los
enferm os, d ar de com er al h am b rie n to , d a r de bch cr al se­
d ie n to , vestir al d esnudo, d a r posada ol p ereg rin o , redim ir
al cautivo y e n te rra r los m u e rto s. sun las obras de la mise­
ricordia ensliana. en cuya recom endación v enseñanza
nada tie n e q u e a ñ a d ird e s u y o la m oral filosófica. T odasellas
constituyen la limosna corporal , asi com n los oficios ante-
ríorm onie expuestos son un a verdadera limosnu espiritnul.
Lilia diferencia hay, siu em bargo, entre am bas lim o sn as: la
del espíritu es por lo coimiu m uy poco c o sto sa, lo cual es
una razón m as p ara p ra c tic a rla ; la del cuerpo tra e con­
sigo algún tm bajo ó dism inución de n uestros bien es, lo
cual la hace mas m oritoría. Nn se olvide que todo hom bre
tiene un derecho (aunque sea, corno lo lla m a n . imperfecto)
1 aquellos oüeios que nos puedan ser o n erosos, si tiene ne­
cesidad de ellos p a ra librarse de un m al que le aflige 6 de'
un a desgracia incom parablem ente m ayor que los cuidados
y gastos que nos cuesta su socorro. Rs inhumano quien so
m aga A estos servicios. en los cuales tau to excede el bien
que se lu c e A la privaciuu qu e se sufre.
2 3o. La p alabra limosna se aplica mas particularm ente
á los socorros que se hacen en d in e ro . va que el nnm em rin
simboliza en nu estra época cl valor de todos los objetos quo
pueden satisfacer n u estras neoesidudes corporales. L a o b li-
gaciou de d arla se deduce fácilmente haciendo la reflexión
de que los pobres tienen uu derech o , un verdadero titulo,
aunque indeterm inado, á los so brantes del rico. C ualquiera
qne «en cl origen que asignem os al hecho do la acum ulación
de la propiedad en alguna* m an o s, dejando sin lo n ccasa-
rio 1 m uch o s, la fortuna del rico no se libra de este g ru v á -
in e n , de este verdadero c e n s o , que sobre ella im puso la
voluntad de Dios, suprem o p ropietario y repartid o r de todos
los bienes, el cual, m andando al m undo á sus criatura'», sig­
nifica bien A las claras su intención de quo no les falte lo
necesario p a ra vivir. Si los bienes están ya adjudicados, si
nada queda en coiuuii p ara que be provean eslas necesida­
des de cada d ia , es m enester ceder alguna p arte <1los infe­
lices que llegan tarde al festín ya com entado de la vida. No
. IS7
hay derecho para alejarlo!) cerrándoles las puertas, cuando
se presoutan convidados por el mismo Soilor que dispuso el
banquete donde todo se «¡14 devorando. Sostener cun in -
llexible rigor el repartimiento de la propiedad, de manera
que queden muchos totalmente, y sin réplica, privados de
lo necesario pnm la vida. es acreditar do injusta esta repar­
tición, que es tan desigual, y oponerse además &las inten­
ciones del quo la Ilizo. Para quu esta sea tan deviniera, como
es grande su utilidad '213', pura que uu justifique las quejas
de los pobres. 111 dé la razou á sus pretensiones frecuente­
mente exageradas. ya qnc no absurdas. es menester que se
tcmpln su odiosidnd con lns larguezas; que con la caridad
acalle las apelaciones 1 la justicia; y . en uua palabra . que
cada Lumbre uu se considere alisuluto propietario de todo
lo que posee hasta haber pagado con la limosuu el tributo
proporcional á lo quo le sobra y á la necesidad que ulli^e
a! que la pide.
230. En punto ú liberalidades, es digna de atención
esta proporcionalidad, única regla general que la caridad
acepta de la justicia. Prescindiendo del valor real de la cosa
dada, la importancia do un don , para el qne lo recibe, está
en razón directa de su indigencia: y para el qim ln ot/irgn,
se halla en razón inversa de los bienes que disfruta. Ouierc
decir que lo que se añado á la felicidad del indigente puede
ser (y lo es casi siempre] una cantidad inllmUmente mayor
que la prrdi.ln que experimenta el donador. Muchos serian
sin duda nuis ouritniivits si vieran bien esta manera de, com­
putar los bienes, y considerasen el inmenso precio de uua
pequeña moneda cuando so reciba para una grande necesi­
dad , y lo poco que ella vale cuando se compara cou la to­
talidad de la fortuna. El lijarse demasiado en el valor abso­
luto dol dinero es nno de los síntomas de la avaricia.
237. No es pasible determinar con precisión 1o que debe
dar cada u n o : todo pendo do las varias situaciones de la
vida, del número de los pobres, del mas ó menos de su in­
digencia, y cuanto sobrante de los gastos necesarios. La
hermosura de la limosna se disminuiría mucho si se encer­
rasen sus dAdiws en limites absolutos. La tasa puesta ol
ejercicio de la caridad impodiríu el juzgar de las disposioio-
138
nes interiores, qno son las qne convierten la limosna en bien
de am or, de estimación y de reconocimiento.
238. Entiéndase, sin embargo, que basta pai'a ser cari­
tativos os menester observar ciertas reglas. No es licito, por
ejemplo, fomentar la holgazanería, ni mantener los vicios
de nlgnnos que nos piden : no es pradenl/t llevar la genero­
sidad hasta el punto de agotar nuestra riqueza. que es su
rúenlo, é imposibilitarnos pura liauer mas beneficios: iid se
nos permite humillar al que nos tiende su mano, y se nos
prohíbo cl tocar trompetas, como hucen los hipócritas para
que acudan las gentes & presenciar sus liberalidades. Ni la
mano izquierda debe apercibirse, si es posible, de loque
hace la dercoha.
239. En la límosua, como en todos los oficios de la cari­
dad, debe guardarse cierto úrden , porque ocurre con fre­
cuencia que estamos obligados &socorrer &muchos Ala vez,
y ni cl dinero, ni las Tuerzas, ni el tiempo que tenomes,
alcanzan para todos. No siempre podemos ser lodo para
lodos, y es menester que eu ciorUt manera nos dividamos,
dando lugar ¿preferencias cuya justicia puede recomendar­
se principalmente por alguna de estas cuatro circunstancias:
Iji dignidad A el mArito moral de los sujetos;
Los ¡mulos de la indigenoia;
Las afecciones de la sangre, de la amistad, de la religión
ó de la patria;
V el agradecimiento ú beneficios recibidos.
Cuando oaila una de eslas circunstancias so considera
aisladamente, suponiendo las demás como iguales ó com­
pensados. la resolución es fácil: lle ú d a s e primero ¡1 la mayor
virtud, A la mas acreditada indigencia, al mas próximo pa­
rentesco ó al pago de beneficios mayores. Cuando todas ellas
concurren en una pnrsona, no hay duda que entonces de­
ben rayaren lo mas alto los esfuerzos de niirstra caridad.

240. Al proponer [131) nuestra división de las obliga­


ciones del ho nbre, excluimos como impropias las que se
refieren i. seres de inferior noiiirnlfza: sin embargo, no nos
consideramos relevados de deeir cuatro palabras acerca de
osle punto.
Kl hombre vive en el seno de la naturaleza rodeado du
seres que Dios destiné &su fruición y í su uso: ¡osanimale*,
las plantas y los mineral** se le someten. son sus reino*, y
¿1 es rey do toda la orcaoion: cada cual & su modo le sirve
para su necesidad, su comodidad, su regalo, y hasta para
su capricho. Hay una razón para este imperio tan absoluto,
y es que los animales tienen una inteligencia limitada, y su
actividad es moramente instintiva : por lo que liaco á los
vegetales y A los minerales, ni siquiera sienlrn. Ni aquellos
ni estos son seres morales, y por consiguiente ni tienen do-
nidios, ni pueden imponer obligaciones al hom bre: respecto
de ellos no cabe el ejercicio de la justicia, ni de la caridad.
¿SerA, no obstanto, licito maltratarlos, hacerlos sufrir 6
destruirlos sin necesidad y sin medida?
No : y , sin acudir ú ficciones extra&as. do olio tañemos
uua prueba en I» repugnancia que naturalmente sentimos i
causarles dolor, y en la indignación que nos causa, y el
mal juicio que nos sugiere, un tratamiento cruel, 6 la muti­
lación , ó la destrucción totnl aun de las cosas qne no sienten.
Sobre todo cuando se trata de animales de uso domestico,
es tan grande esta aversión, que en algunos países los hom­
bres se asocian, y las leyes acuden, para alujar la crueldad del
que sm necesidad les atormenta.
Kl dfsiniir los animales, y los otros sores que m u son
útiles, es una grando imprudencia, y hasm uu agravio que
nos hacemos privándonos de preciosos elemeutos de liiou-
estar. Destruir las cosas que puedeu servir á los otros hom­
bres es una grande injusticia, ó uua falla de caridad para
con ellos.
Kl que se acostumbra ú ver sufrir seres sensibles, apaga
tarde ó temprano los sentimientos compasivos quo debiora
guardar ardientes y sin menoscabo para ejorcerlos con los
hombres. Casi estuvo bien merecí Jo lo que cuentan du uu
ciudadano ilustre, i quien en lo antiguo se negó una magis­
tratura porque de niño se había entretenido en martirizar
unos pojaros. Dn NV.rnn se dice que principió la carrora do
sus crueldades sallando los ojos 1 las moscas.
160
No hay abligucionra directas respecto &seres que no aje­
nen doreclios; pero una persona racionul liene el deber
imperioso de ser templado ▼prudente al usar y gozar de las
c o u u . y de ser justo y caritativo, cuando este uso 6 disfrute
pueda extenderse k los demOs hombres.

CUSE SKIMI.
OU.IUAUO.1IUi K U T I V U AL UTjtOO « K U L .

241. Tócanos hablar ahora de las obligaciones sociales,


que son las que se originan del estado de unión en que real­
mente viven los hombres. Para entender hien esta nueva
esper.in de deberes. no tenemos que hacer abstracción ni
llcoion alguna: los sentimos con toda la realidad que es pro­
pia de la vida actual, que comienza, se prolonga y termina
en el seno de la sociedad.
242. Kl hecho de la asociación mus ú menos política en
que viven todos los hombres, desenvuelvo entro ellos dos
olases de relaciones i unas que son permanentes é impres­
cindibles, como necesarias condiciones de la existencia del
cuerpo político, tales como las relaciones entre el poder so­
cial y los miembros de la asociación, ó de estos uniré si.
Las obligaciones y los derechos que de ¡iqul nacen son ge­
nerales, y no ciimcn 11ningún individuo. Hay otras relaciones
jKini cuyo deseu volví miento so necesita uu bccbo secunda­
rio y como adventicio respecto al hecho de la asociación
prim itiva, estado accidental en que no todos los individuos
se constituyen, y por consiguiente que no indnoe on ellas
estas relaciones poitioularns. De esta clnso son el malrim<k
nio, la paternidad y el servicio doméstico, que se refunden en
la. unidad de la familia, de la cual resultan derechos y de­
beres especiales entre los cónyuges, entre padres é hijos, y
entre amos y criados.
243. Las obligaciones sociales, bien provengan do esta­
dos adventicios, bien no tengan otro fundamento que el
hecho primitivo de la asociación, son tan sagradas como las
161
ríe pura humanidad, porque no son en soma sino aplica­
ciones A la vidtt real délas proscripciones de la razón, vagas
i indefinidas por esencia mientras oo salen del circulo de la
naturaleza. La sociedad noas otra cosa, en rigor, sino la hu­
manidad en el estado que le es mas natural, en el mas propio
para alcanzar su perfección y felicidad. [ja moral uncial es,
por oon siguí cm«, necesario complemento de la moral hu­
mana quo llevamos expuesta.
241. Lo primero que llama la atención es el lieclio capi­
tal de vivir lodos los hombres unidos por lazos qne res­
tringen sus derechos y libertades naturales; y es conveniente
quo intorpretenios este lioclio do la unión ó asociación, ca­
lificándolo ó de conveniente ó do violento, con arreglo &la
naturaleza humana. Luego debemos Ajarnos en la sociedad
inas sencilla y elemental, quees la familia; estado adven­
ticio para cada individuo que entra * constituirla por el
matrimonio, pero, en realidad, verdadero germen á cuyo
desarrollo debieron sin duda su origen la oiudad y el Esta­
do. Este, por último , su presenta absorbiendo á las familias
en las relaciones penuauenle9 de su vida colectiva. y dando
fundamento á las obligaciones generales.
Los tres capítulos siguientes trotarán, pues, por esto
órdcD:
De la sociabilidad hum ana,
De la sociedad natural, y
De la sociedad política.

CAPÍTULO PRlMRltf).

OC LA SOCIABILIDAD HUMANA.

•> 245. La sociabilidad es la aptitud y la tendencia de los


hombres a vivir unidos, formando un cuerpo que se llama
sociedad.
No so disputa ocorca del hecho de esta asociación, que as
universal y visible, y por lo tanto innegable, sino acerca
de la conveniencia ó de la necesidad del hecho mismo. Mien­
tras los hombr«s viven tranquilos gozando de la? ventajas
de so unión, no faltaron (ni escasean todavía) íllóMfos qne
11
182
les anunciasen con sor|jr<^i, q-.ia so habian equivocado
abandonando la vida errante y solitaria di! los bosques, la
vi i.i reliz, la vida perfecta del hombre de lauaturaleza; que
l j viciednd . que ahora los comprime y violenta, es un es­
tado artillcial producido por la Tuerza ó la astucia; ó bien la
triste consecuencia de un poeto que eu mal hura celebraron
no se sabe quién, ni dónde, ni cuindo; pero lo cierto es
que n i so tros heredamos ¡a obligación que el tal contrato
produjo; que la atmósfera social está infotfnrtn'le hálitos tan
Tunestus para nuestra pnrfnccion moral, como clin re vioiado
por la aglomeración de muchos hombres, en corlo espacio,
qu 2 daña la respiracioo y produce la nsllxia.
Tal e s, si no la doctrina explícita, la tendencia manifies­
te , de mucho» sistemas niosóflco-politicos que 4 Tuerza do
representar el estado de naturaleza como Ir perfección mis­
ma . de pintarlo con los mas risueños colores, y dn enco­
miarlo como uu verdadero Edén, casi tientan 1 mirar la
sociedad como una cárcel, y cuando mas como u:i compro­
miso hijo de un pacto que podemos rescindir por propia
autoridad. F,l desprecio de todas las o b lig a c io n e s sociales, co­
ra j atentatorias Alo libertad primitiva, as la consenncnciamns
inocente del sistema de Hobbes, de Spinosa, y de J. J. Rous­
seau, quienes, con miras muy diversas y tal vez fundándose
en antecedentes contrarios, vinieron los dos primeros á
exagerar, y el último á destruir por completo, la fuerza de
los vínculos sociales, que nn otro es el resultado de lo con­
tenido en el famoso Contrato soeiat. y .
246. Para hacer frente ú. doctrinas de tan perjudicial in­
flujo, para valorar, y colocar en su verdadero punto las
obligaciones socialer^para demostrar que ni son una bru­
tal usurpación de la fuerza, ni un deleznable artificio pen­
diente de u n t oonvenoion, basta sin dada rcQexiouar un
poco acerca de la naturaleza del hombre, y esto convencerá
de que asi bajo el punto de vista de su Indole moral, oomo
de su existencia física, tiene por atributo esencial el ser so­
ciable. El hombre es un animal eminentemente social; ga«v
oomo le llamó ya Aristóteles.
_ 247. Y de hecho: el único estado en que podomos naoer
y vivir, hacer entrar uu ejercicio nuestras facultades, dasar-
103
rollarlas y adquirir el con 'cimiento de nuestra dignidad
moral, y porcoiisi^tiiento el único estado propio del linaje
humano, es la iociednd. Kl estado social no solo es el esta­
do nalurnl del hombre, sino sn estado nalito. El hombre es
nn ser sociable. puesto que vive y ha vivido siempre i’n unión
con otros hombros. Hasta los salvajes forman un principio
de sociedad, y nada tienen de commi con el ufado de m /ii-
ralezu Ul cuino lo fantasearon los filósofos que hemos nom­
brado. Kl hombre absolutamente aislado no ha existido
nunca; es un ser imnjrinario, ó , ennndo mes, nnn excep­
ción monstruosa. Y si hubo un tiempo en quo los hombres
se hallaban on ese estado quimérico, ¿cómo fue que se sa­
liesen de él para adoptar otro contrario á lo que debían y
podían ser?
248. Si se quiere, no dirimo* l« prtiehn (porque los lie-
ohos nn sn prueban i. sino la razón ó la explicación del estado
social, lu encontraremos inmediatamente en todas l¡u¡ fa­
cultades del hombre, en su organismo, en sus necesidades,
en sus sentimientos, en su inteligencia. Físicamente, es
imposible que el hombre viva, que se conserve, y que se
defienda de los rigores do la natiirulczn, de lns intemperies, y
de los ataques délas fieras, sin la cooperaciou de sus seme­
jantes.— Moraliueute, la soledad le es tan funesta como la
m uerte: su corazon rebosa en sentimientos, en afecciones
naturales y en simpatías, que no pueden encontrar su ob­
jeto , ni su imipfurnion, sino en la sociedad : y esos senti­
mientos , una vez despuntados, son su suplicio ó paran en
locura, si por azar tiene que reprimirlos y anularlos dentro
du si mismo. Por último, el hombre es un ser que piensa y
al mismo tiempo un ser que habla. La inteligencia no puede
alcanzar su cabal desarrollo 9 in el auxilio de la palabra, y
la palabra supone necesariamente relaciones humanas, aso­
ciación , sociedad. Asi, pues, aquella célebre proposioion:
E l hombre i¡ue piensa et un animal depravado, no es mas
que un simple corolario de la paradoja que la sociedad es
un estado contrario á la naturaleza humana.
249. Rl estado social no solo es condicion de existencia
pura el individuo, sino también para la especie. Esta, con­
siderada como serie (y no como mera ooleveion simultánea
164
de individuo»), nnoasita heredar los trabajos, los ensayos y
la experiencia de los individuos quo procedioron para per­
feccionarse, para progresar, para elevar el estadu social 30
mayor grado posible de civilización. Sin el estado social,
ni el hombre ni la humanidad pndieran llenar su misión, ni
cumplir su destino providencial.
2;>0. No: Uobbes. Spinosa y Rousseau deliraron al que­
rer determinar el principio del Estado y de la suciedad en
general. La sociedad civil no se Tunda en la tuerta, ni eu el
convenio ó contrato, sinoen un principio superior, sin el cual
ni la Tuerza tiene Treno. ni se puede establecer pacto alguno
duradero y respetado. Ese prinoipio superior no es solnmen-
to la idea do justicia, sino'el principio moral en toda su
extensión. No debemos, por consiguiente, limitamos i de­
cir , con Cicerón, que el estado es una sociedad de derecho:
Quid enim est cicilat, nisi ju ris societas? Ni, con un 016-
soTo mns moderno, que es la justicia constituido. Platón se
acercó mas 4 la verdad representando la sociedad como un
hombre de proporciones colusales, pero con los mismos
atributos y facultades que el hombre común. Aristóteles
viene í opinar como Platón, cuando dice que la virtud es el
fln de la ciudad, y que el objeto de la sociedad no es solo
vivir con nuestros semojantos, sino praoticar acciones bue­
nas y honestas. Por último, Ilegel hadado mayor lucidez á.
la materia dellniendo el estado una sociedad que tiene cou-
eieneia de su unidad y de su fin moral, y que tiende á eons
seguirlo al impulso de una sola y misma voluntad.
'251. Pero dejando para mas adelanto hablar por extenso
del Estado ú de la sociedad pulllica, digamosaqulque las leyes
de la suciedad humana no pueden sei contrarias á las leyes
de la conciencia y de la moral, y que por lo tanto la socie­
dad descansa sobre las tres condiciones que siguen:
" l . 1 La libertad, y por consiguiente la responsabilidad
individual, do cada persona quo lia llegado al uso do la ra­
zón , en las cosas que no lastiman la libertad de los demás,
ni comprometen la existencia del órden social.
• 2." La propiedad, considerada como el derecho no solo
de poseer, sino también de dar y de trasmitir los frutos dnl
trabajo propio, con la restricción de no o Tender doreobos
105
«jeitos, y de contribuir i las cargas comunes de la sociedad,
aue es la protectora de todo derecho.
3.a La fam ilia, con todos los deberes qne encierra esta
palabra; con el contrato que eleva & Ih mujer á la categoría
do porsooa m oral, y oon la obligación que tienen los padres
de criar y educar i sus hijos.
bis, en efecto, evidente que sin la libertad individual, en
los términos á que acabamos de circunscribirla, no hay
responsabilidad, ni, por consiguiente, moralidad: el hombre
propiamente dicho ce*ría de existir, y la sociedad porrl<>—
ría su rü 2on de ser.
Sin la propiedad no liay libertad, porque la propiedad
no es olracosaque la libertad misma considerada en sus efec­
tos exteriores. Si mis facultades y mis fuerzas, si mi alma y
mi onerpo me pertenecen, ei claro que las obras A qim los
dedioo, ó los resultados do mi trahajo, mo porteneoen
también.
Por último, sin la familia no hay libertad ni propiedad:
la mujer, despojada de sus títulos de hija, de esposa y de
madre, quednriaM^chnesclava del hombre; los hijos pa«a-
rian 1 ser hijos ¿rcnEstado, si es que no les cnpicse peor
suerte; y «1 hombre, por su parte. sin Treno en sus apetitos,
sin amor duradero .sin responsabilidad para consigo, y me­
nos para con sus semejantes, no pensaría ciertamente en
mañana.
««. Asi os quo la cinilisnrion, (i sea el progreso de la socio-
dad , coasiste precisamente en el respeto rada vez mayor, y
en la consolidaron cada diamas robusta, de la libertad, de
la propiedad y de la familia. Véase cómo el hombre, en
general, se ha ido emancipando gradualmente de la escla­
vitud política y de U servidumbre doméstica, sacudiendo
las cadenas que le sujotahan atado A una casta, ó al terraz­
go ó á un individuo, y elevándose eu el Orden civil al rango
que tiene en el órden moral, es decir &la clasudeser que se
pertenece. A. la categoría de persona libre y responsable. La
propiedad se hn ido estableciendo en todas partes al mismo
tiempo y por iguales medios quo la libertad; lo cual se con­
cibe fácilmente, puesto que el esclavo, el que no os libre,
nada puede poseer. Kn la esclavitud privada todos los bienes
166
pertenecen al amo, y en la servidumbre política pertenecen
al estado, al principe 6 á la casta dominante,
r* La religión, que viene & ser como la altísima consagra­
ción de la propiedad, de la familia y de la libertad indivi­
dual, corona la serie de los fundamentos necesarios del
únlen social.
232. Los detractores de este órden no tienen otra obje-
ciou que hacernos sino que ln sociedad adolece de muchas
imperfecciones: y ¿cómo no hn do tennrlns una asociación
humana? Los imperfecciones socialos son consecuencia de
la naturaleza misma dil hombre: la eicilisaeion y el pro­
fu s o consisten en disminuir aquellos males, pero respetando
siempre las condiciones fundamentales de la vida social. El
fin del progreso civiliaidor no es volver al estado natural
(retroceso), sino perfeccionar, socializar todavía mas, el
estado actual del hombre.
2 j3 . Kslas verdades tan palmarias las lian olvidado los
adeptos del tocialitmo, esto es, aquellos filósofos que, pre­
tendiendo remediar Ias imperfecdonis sociales, quieren va­
riar no la forma ó la organización política do la sociedad,
sino sus fundamentos y hasta su esencia misma. Insensatos
todos, unos de frente y otros por rodeos, lodos repudian
con mas ó menos franqueza las trescondiciones fundamenta­
les y necesarias de la sociedad (251 ], cayendo en ol extre­
mo contrario do conceder mas al órden y a la f'.iorza sooiol
que lo quo ponnituu los derechos inenajeiubles de los indi­
viduos. Todos ellos adoptan por mote la palabra solidaridad,
y, i pesar de las diferencias que los separan, y de la encar­
nizada guerra que se hacen, todos se proponen descargar
al hombre de su responsabilidad, sustituyendo (i sus prin­
cipios activos, 1 su previsión é industria, la industria, pre­
visión y actividad de la sociedad entera; cual si esta no se
compusiese de los individuos qne la forman, ó cual si cada
socio, trabajando únicamente parala sociedad, pudiese dar
á esta mas de lo qne se da i si mismo, ó mas do lo que da i.
su familia I Parece imposible que no se haya comprendido
que al hombre no se le puede descargar de su responsabili­
dad sino i expensas de su libertad, es decir, haciéndole es­
clavo ; y que al hacerle esclavo, al perder su libertad, pier­
<67
de el derecho, de disponer de ai y de los Trillos desu trabajo,
en el circulo de la vida doméstica, en furor de los objetos
mas queridas de bu corazon; porque claro es que si la so­
ciedad luí Estado] ha de responder de todo, necesariamente
le ha dé pertenecer todo, personas y cosas.
Todos los adepto* del socialismo llevan por mote coinun
la solidaridad, pero so diferonoian en que unos atacan mas
particu'umicute la propiedad (los comunistas) ; olios ú la
familia y toda disciplina moral (los fourieristat ó sectarios
de Kouiier); y otros, en Qn, anulan el individuo entero,
quitándole hasta la conciencia de si mismo, erigiendo el
panteísmo en religión, confundiendo en un mismo cultu la
materia y el espíritu, y viniendo &proclamar el despotismo
universal: tales son los sansim onistas ó discípulos de
Saint-Simon. Pero, lo repetimos, todas estas sectas se con­
funden , porque la snpresion de cualquiera do los tres prin­
cipios (libertad, propiedad y familia) entre los cuales so
reparte su obra de destrucción, trae fatal i invenciblemente
la ruina de los otros dos.
2 5 t. Kl hombre es sociable: el hombre vive r debe vivir
on sociedad : los fundamentos inconmovibles de lu sociedad
son la libertad moral, lu propiedad y la familia. Tal es en
resllinou la doctrina del presente capitulo.
Veamos ahora los obligaciones y los derechos del hombre
en cada una de las dos especies de asociación; es decir, ea
la sociedad natural y en la sociedad política.

CAPULLO II.

DE LA SOCIEnA» NATURAL.

235. La sociedad natural es la quo forma la naturaleza


entro los individuos unidos por los viuculos de la saugro y
del amor. La sociedad natural es la familia.
256. La familia es, como hemos visto, una de las con­
diciones necesarias de la saciedad; es además su primera,
forma, e* el primer paso qne da el hombre en la vida moral,
y sin el cual es imposible quo dé otro alguno. Hómpunse,
con efecto, los lazos quuconstituyen la familia; sustituyase
168
el concúbito vago al matrimonio legitimo; hágase que los
hijos no reconozcan i sus padres, ni estos &sus hijos; de­
clárense vuelos de sentido los dulces uumbres de hermano y
herm ana; y se habrán destruido de un golpe los sentimien­
tos mas naturales, mas profundos y mas desinteresados. del
camión humano, y se habrá despojado á m usirá actividad
de sus móviles mas comunes y mas poderosos.
La familia 110 es solo un medio ó una du las condiciones
del órden social, y uno de los móviles mas poderosos de la
actividad humana, sino que además es legitima y santa por
si misma; descansa en la unión de las almas mas bien que
en Ins necesidades de los sentidos; por medio del amor y del
deber. por el uso de la razón y de la libertad. santifica una
de las leyes mas imperiosas de nuestra naluraluui animal;
y, por último, acabala la existencia del individuo, al propio
tiempo que asegura, asi en el órden moral como en el órden
físico, la continuación de la saciedad.
237. En la familia se considoran tres estados domésticos,
dependientes de otras tantas relaciones que se desenvuelven
en su seno: relaciones enlre varón y hembra (marido y mu­
jer); relaciones entre padres é hijos; y relaciones entre amos
y criadas.
Lasooicdad natural puedesubdividirso, pites, e n : 1.*so-
ciedud conyugal; 2.° sociedad paterna; y 3.* sociedad do­
minical.

238. Sociedad conyugal.— Es la constituida por cl mü-


tuo consentimiento del varón y la hembra de vivir siem­
pre unidos para procrear hijos y educarlos, y aumentar su
propia felicidad con el amor y los servicios recíprocos. La
sociedad conyugal se llama también matrimonio, palabra
compuesta de m atrit y muniuni (nfinio de m adre), por la
cxcolcncia du las atribucionos, cargos y cuidados de la ma­
dre on la crianza risica y mural de los hijos, que es el fin
inmediato y directo de su institución.
259. El matrimonio es necesario, y, además de necesario,
santo. Jesucristo lo elevo (i la dignidad y á la gracia de sa­
cramento.
Las ventajas del matrimonia son consecuentes á su nece­
sidad y santidad. El matrimonio contraído en la edad y bajo
los condiciones que dictan la prudencia y la higiene. es decir
üiu que medien iiHpedhitenlo* atendibles, es un manantial
de felicidades para el individuo, y una prenda de moralidad
y de órden para la sociedad Kl matrimonio es sumamente
favorable pira la longevidad; preserva dd suicidio, de la
locura y dpi crlmon; coopera ul mus plausible desarrollo de
las facultades afectivas, intelectuales y morales; hace con­
traer hábitos de órden y de sana disciplina llsica y moral;
libra de la extenuación que acanrean los estímulos de la ra -
riedad; establece una marcha recular en todos los notos de
la vida; rodea rio apacible calma la existencia de los esposos;
y estableció la mejor armonía eu el ejercicio de todas las
funciones de la vida.
De todas estas ventajas carece el celibato voluntario, ó
sea el estado de soltería, cuando no lo excusa albina cir—
cnnstnncin Ipgltima, ó no lo reclama la santidad de ciertas
funciones augustas. El célibe, como lo indica su nombre
(calebf, de huero, vacio), es uu ser imperfecto, y que
en los azares de su triste existencia encuentra un primer
cnstigo por haberse sustraído al cumplimiento de la obli­
gación moral de constituir tina familia legitima, es denir.
santificada por la religión y puesta bajo la tutela social.
200. El fin del matrimonio es la procreación de los hijos.
▼también el aumento de la felicidad y bienestar individual
de los cónyuges.
261. Tjls f.oailieiones del matrimonio son la unidad y la
indisolubilidad.
202. La unidad consiste en que la asociación sea de un
solo hombre con uua sola mujer ; con lo cual claro está que
recusamos la poligamia (pluralidad de mujeres). La po­
ligamia se opone abiertamente á los fines del matrimonio,
porque destruye lu nnidad de la familia, dilloulta inmensa­
mente la crianza do los hijos, y hace imposibles la felicidad
y la paz domésticas. Si el raciocinio no bailase para con­
vencer de los inconvenientes déla poligamia, la experiencia
nos los haría ver en la historia de los pueblos incultos donde
todavía sigue esa abominable costumbre.
170
263. La indisolubilidad del matrimonio consiste en que
nn se disuelva, ni % departa, sino por la muerte de uno de
los cónyuges. El divorcio, por consiguiente, no es recurso
que la mural admita, porque contraria, lo mismo que la po­
ligamia, los Unes del matrimonio, y se convierte en semille­
ro de desórdenes y de desgracias. Cuando el adulterio, ó las
«vicias, ó nna pena infamante pronuncinda contra uno de
los consortes, ú otra causa igualmente grave, llegue por des­
gracia 4 inllciouar el hogar doméstico, puede apelarse á la
separación, según las leyes; pero nunca, en ningún caso,
Ci la disolución de un contrato que Dios y la naturaleza lian
hecho indisoluble: Quos fíevs conjuurH homo non sep a n !.
2(J4. Las obligaciones reciprocas antro losoi'inyugcsson:
el am or. la fidelidad y el repelo á lu santidad del vinculo
que los une; sobriedad y puJor hasta en sus relaciones mus
Intimas. Los cónyuges están obligados (corno dicen los có­
digos de las nociones civilizadas, interpretando las leyes de
la moral) á vivir juntos, guardarse Udciidad y socorrerse
múlu ámenle.
2G5. Las obligaciones especiales de cada cónyuge son:
En el marido, proteger á la m ujer, asistirla, guardarle
los miramientos debidos, y considerarla no como una escla­
va , sino como una compañera, como una persona moral. Un
hombre y una mujer no pueden portenucarsc el uno al otro
sino bajo la condiciou de sustituir en sus relaciones mutuas
la igualdad moral I igualdad de derechos y de deberes) ¿ la
desigimldad natural que entre ellos existe asi en la parte or­
gánica y fisiológica, como en sus facultados psicológicos y
en la dirección lie estas. En el fondo, la naturaleza dol hom­
bre y la de la mujer sou ¡guales; su voluntad y su inluligen-
cia se gobiernan por los mismas leyes ; ambos tienen igual
libertad para el bien que para el m al; el fin de su existencia
es idéntico; pero los medios para alcanzar este fin sq hallan
repartidos entre los dos. El sobornno Autor do todo lo cria­
do dotó al un sexo de atribuios y perfecciones de que carece
el otro, y esta diferencia de sus almas se relleja en sus for­
mas citeriores y en sus rostros. De nlit la necesidad que
tienen ambos de confundir sus vidas como las dos mitades
de un ser único; y de ahí el amor que les armoniza, no pa­
[7i
ra la satisfacción de nn fugaz instinto, sino para toda la
vida y en todos los elemontos do osta misma vida. En esta
reciprocidad parfeota, ó llámese comunidad absoluta, con-
sisteu el carácter distintivo y la dignidad natural del matri­
monio.
En la mujer, las obligaciones especiales del estado con­
yugal son la obediencia, la snmision, el respeto, y la
cariAosa asistenoia en todos los infortunios de la vida.

2G0. Saciedad paterna. — Rs la sociedad natural quo


existe entre padres ó hijos.
Uii hombre y una mujer que se unen según las leyes du
la naturaleza y'de la religión, no solo se ligan por deberes
recíprocos y especiales, sino también por deberes comunes
respecto do. los hijos quo nazcan de su unión; y estos nuevos
obligaciones, contraídas de antemano con sores que todavía
no exísleu, Cumian una parte de la santidad del matrimonio
y constituyen el Un mas elevado de la familia. Kl hombre no
seria loquees, sino qne quedaría relujado á la cntcgorln de
eosa, si rups^ licito darle la vidaal solo impulso del instinto y
do los goces. sin qtiodar ligado con él por afección alguna, y
sin pensar un lo que suri de él uu instante despues de na­
cido. Toda acción que al hombre concierna entra en la es­
fera de las leyes morales, y debe estarle subordinada, non
cuando lu provoquen las mas imperiosas necesidades do la
naturaleza física. Asi puede docirse quo la criatura tione de­
rechos ya miles du nacer. ¿Cómo pudria ser licito imponerle
las necesidades do la vida, y negarle al propio tiempo los me­
dios de satisfacerlas, cuando el sueño de la infancia mantiene
todavía inertes su inteligencia y sus fuerzas? ¿Cómo hahia do
ser licito echarle al mundo, abandonado &si misino, pri­
vado de apoyo y de cultura, eu la edad eu que la naturaleza
demanda tales auxilios, entregado 4 todos los capriohos del
az ar, & todos las consecuencias de la ignorancia y de la de­
bilidad , cual se lanza ni aire una simiente inútil? N o: el
llamar A la existencia A un ser humano es encargarse de su
eduoacion; es comprometerse, eu nombre de las reglasab-
172
solutas de la justicia, ¿ ser su providencia en la tierra; á
apartar de él los padecimientos y la necesidad; & desarro­
llar juntamente en él las fuerza; de su cuerpo y las faculta­
des de su alm a; A. iniciarle en todos los oomhíites, nn todas
las obligaciones y en todos los secretos de la vida, hasta la
¿poca en que, tomando posesion de si mismo. 110 dependa
ya de sus padres sino por los lazos del agradecimiento y del
amor.
207. Y lió aquí apuntadas ya las obligaciones de los pa­
dres para eon los hijos.
Los padres pues están obligados &criar y educar A los hi­
jo s, á alimentarlos é instruirlos, á establecerlos y darles
oficio 4 carrera, y i proveer en lo posible á su rutura suerte,
haciendo de ello» individuos virtuosos, bueno? cristianos
y hombros útiles a la sociedad y al Estado.
Estas obligaciones son comunes al padre y á la madre.
La educación debe ser obra común de ambos; en primer
lugar, porque para arabos es un deber; y en segundo lu­
gar, porque Ihs diversas cualidades que ln nninmleza ha re­
partido entre el hombre y la m ujer. todas son igualmente
necesarias para el desarrollo del hijo, y deben, en cuánto
sea posible, reunirse en el liumbre adulto.
268. Bstas obligaciones llevan consigo sus correspon­
diente* Atrechos de la paternidad.
La autoridad paterna, la patria potestad, tiene el mismo
origen moral que la obligaron de educar 4 los hijos. Estos
no son la propiedad ú los esclavos de su padre: el padre no
tiene el derecho de vida y de muerte sobre sus hijos, como
lo tenia en la antigua sociedad romana, y como lo está ex­
presando 1a misma voz familia (primitivamente faouitia, de
fam ulus, esclavo); pero tiene y debo tenor toda la autori­
dad necesaria para cumplir con su deber de criar, dirigir
y perfeccionar ¿ los hijos, lié aquí, pues, demarcados los
limites de la autoridad paterna. se halla enteramente
subordinada A la educación, y ha de ejercerse dentro de los
mismos limites y dorante el mismo tiempo. Laodueaoion es
«I (la. y la autoridad paterna es el in¿dio ; aquella repre­
senta uu deber, y esta representa el derecho que es su con­
secuencia. Cumplido el deber, cesa el derecho. Ul infan­
173
te hccho ya adulto, salido de la ednd pupilar, convertido
en hom bre, responsable ya de si mismo, educado ya, se
emancipa de la autoridad patenta : las leyes civiles declaran
esta emancipación estableciendo la mayoría de edad. Kl
hijo no está entonces obligado 6. la obediencia absoluta;
pero mientras la Rondad divinn le conceda ln gracia de te­
ner vivos á sus padres, está obligado A profesarles un res­
peto profundo, uu autor siu limites, uua gratitud perdu­
rable.
¿69. Aquí vnlvcmpsáencontrarnoscon t\d cxc h o d tp ro ­
piedad romo anejo ú la paternidad, ú como correlativo con
sus deberos. Kl matrimonio uno t' indisoluble y la educocion
física y moral son los dos olcntoiuos principales de la fami­
lia . son sus dos condiciones inórales y absolutas ; pero hay
también uua condiciou externa sin la cual difícilmente se
realizarían aquellas dos, y que por lo tanto es inseparable
de ella». Tal os cl derecho de adquirir y de poseer, cl dere­
cho de constituir una propiedad aplicable al uso do la fami­
lia, y que por esla razón se ha llamado patrimonio. El de­
recho de propiedad, seguu hemos indicado en cl páiTafoÜlÜ,
es una consecuencia inmediata de la libertad individual 6
del derecho de. níuir; pero fúndase también en los deberes
y en la institución de la familia, porque sin este derecho no
tendría la familia prenda alguna material du estabilidad y
consistencia. Si el padre está obligado á dar á sus hijos la
crianza risica, al igual y hasta de una manera inas inme­
diata qne la educación m oral, claro es quo ha de tener el
derecho do. adquirir (en la medida quo lo crea conveniente)
todos los medios de proveer 4 sus necesidades, y do asegu­
ra r su bienestar, asi para el preseute couio para lo futuro,
por uu último acto de su voluntad y de su tierna previsión.
Hé aquí establecida la propiedad patrimonial, cuya idea
implica necesariamente la herencia y el derecho de trasmi­
sión. Supóngase anulado esta derecho, ó trasílórase, oual
pretenden algunos utopistas, &la comunidad política, 4 la
sociedad entera : ¿ qué quedaría entonces para aquel co­
mercio de adhesión y de gratitud, de amor y de cariño;
para aquel sacrificio permanente de la vida y del pensa­
miento, sobrq que descansa esencialmente la sociedad do-
174
méstiín ?— Destruido il derecho de propiedad quedaría des­
truida la autoridad paterna, porque esta autoridad no pue­
de oxistir sin poder. ó sin medios de cjorocrla. No es extra­
ño. por tanto, que todas las tentativas hechos y todos los
sistemas discurridos para destruir la libertad del trabajo ó
el derecho de propiedad, tengan por consecuencia inme­
diata la deuninrion de la familia.
270. I.ns obligaciones de tos hijo* paro con lns pndres
se deducen claramente de lu hasta aquí manifestado. Si los
padres están estrechamente obligados A educar á los hijos,
estoy se hallan indeclinablemente obligados 1 dejarse edu­
car. Y pora ello, para recibir del modo debido esta educa­
ción necesaria, deben los hijos :
Obedecer á los padres, sujetándose dócilmente Asu au­
toridad . y ¿ todos sus preceptos. no siendo contrarios á la
religión y d las huenus costumbres:
Honrarlos y reverenciarlos por la alta dignidad de que
están revestidos;
Amarlos y manifestarlas perpétua y cordial gratitud por
los beneficios que nos dispensan. y en justa corresponden­
cia del entrañable amor qne nos tienen, y que nos continúan
teniendo hmtA mas allá del sepulcro.
La ohodinnr.ia del hijo c.rsa logalmonle al llegar A la ma­
yoría de edad, es deoir, á aquella edad en que los hijos pue­
den ft su vez constituirse eu jefes du familia; pero si el hijo,
aunque mayor du edad, continúa bajo la dependencia ma­
terial del pudre, si no se ha creado medios de subsistir por
si mismo, nstA sujeto al dehfir de ln obediencia mientras no
haya conquistado ol dercoho de cmanoipnrse.
Pero fú tiene un término la obligaciou de obedecer, la
deferencia y el respeto no tienen término, nunca cesan. El
hijo estA obligado para con su padre á asistirle, á socorrerle
hasta oon el sacrificio de su vida, por mas qne estAn deshe­
chos ya los vínculos do la obedienoia. No habría palabras Ins­
tante duras para reprobar la conducta del hijo que, pudieodo
salvar la vida de sus padres, aun con riesgo de la suya pro*
pia, solo pensase en su seguridad personal. Razón tnvieron
los antiguos en llamar piedad (píelas /Itíalis) al deber Olial,
porque es y debe ser una especie de oulto religioso.
271. ComplemenLo de las obli^aciouus iIl* los hijos son
la sumisión, el respeto y la deferencia á los maestros, á los
ancianas, A los mayores on edad . saber y gobierno, coma
se dico vulgarmente. Kl funrinmemn de esta nhligncion está
en que todas esas personas son auxiliares, oooperadnres y
representantes de los padre» en la larga (• importante obra
de la educación de los hijos; son como unos segundos pa­
dres, y rip é e lo de ellos nos obligan los principales debe­
res qni' dejamos mencionados en ni párrafo anterior.

272. Sociedad dominical.— Es la que se establece entre


amos y criados.
La esclavitud antigua se ha ido tras formando, menvd á
la civilización de los tiempos modernos, en un contrito li­
bremente consentido entre ul amo y ul que le sirve. Kl sir­
viente es un operario que alquila ú arrienda su obra, su
trabajo personal. Liste contrato obliga á los sirvientes ¿ la
obediencia, y por onnsiguionti* cl amo tiene el derecho de
mandarlas. Pero tal contrato dejn subsistente la dignidad de
la p cn o n u , la cual, por el hecho mismo de comprometerse
«J contratarse, hace uso de sn libertad nioral Cuaudo el amo
manda debe, pues, respetar siempre la persona del sirvien­
te, si quiere tener el derecho de ser respetado por este. La
ley que reprueba y castiga la injuria no lucs distinción en­
tre amos y criados.
273. Las obligaciones del amo serán, por lo tauto,
pagar puntualmente á los criados el salario convenido; tra­
tarlos con la consideración siempre debida al hombre, por
humilde que sea su condioion social; cuidar do que se ins­
truyan en los deberes morales y religiosos, y de que los
cum plan; y ampararlos y socorrerles, no solo mientras re­
ciben de ellos los servicios estipulados, sino también des-
p u s quo la edad ó la desgracia les ban inutilizado para con­
tinuarlos.
274. Las oblttjocionts de loi criados so n : prestar debi­
damente los servicios & que se comprometieron; ser Deles
al am o, respetarle, am arle, tener gran celo por su honra
176
y por sus iutereses; portarse, en (ln, como miembros ver­
daderos de la familia en cuya casa m a n , y de cuya circuns­
tancia toman el nombre de doméstico« (¿omestici).
275. No cstarA do mas notar aquí que los buenos amos
hacta los buenos criados. Es de grande importancia para
el buen órden de las familias el poder contar con la honra­
dez y el afecto de unas personas que tan Intimamente inter­
vienen en lns intereses, en los secretos y en laeoonnmla del
hogar doméstico; y es por lo mismo oosa mas seria do lo que
vulgarmente se piensa, la acertada elección de los criados,
y sobre lodo la \igilancia sobre sus costumbres, y el aficio­
narlos con el buen trato y el buen ejemplo á que cobren
amor y respeto a sns amos, y entren en lo que sa llama el
espíritu de fam ilia, identificándose con la suerte du esta.
Solo entonces puede considerarse perfecta la sociedad do­
minical , llamada también heiil.

CAPÍTULO 111.

DE LA SOCIEDAD POLITICA.

276. Una reunión de familias que viven bajo el régimen


de una misma autoridad y de tinas mismas leyes; que es­
tán ligadas entre si por interesas comunes, por idénticos
recuerdos, y por unas mismas esperanzas; que habitan en
uua misma demarcación geogradea y que liahlan una mis­
ma lengua, es lo que se llama una sociedad política , una
nación, un estado, una patria para sus respectivos aso­
ciados.
Los varios estados son fracciones, y como miembros, de
la sociedud general de los Lumbres, que se extiende por to­
da la superllcie de la Tierra.
277. La transición de la familia, que es una sociedad
elemental, al Raario, que es mns coraploxo y de mayor ar-
tiQoio, es sumamente natural. La familia puede proveer al
nacimiento, crianza y desarrollo físico de los individuos;
puede lias la satisfacer los instintos sooiales del co razón hu­
mano ; pero sin la asociación política no fue^a posible con­
servar el órden entre las diferentes familias. lía autoridad
177
paterna modera las tendencias irregulares de los individuos
que le eslAu sometidos; nías la autoridad política es nece­
saria para contener la violencia, la gueira y la destrucción
•en qoe vendrían &parar las varias Familias, sin tener otro
medio qne la Tuerza para dirimir sus desavenencias ó hacer
valer sus pretcnsiones. A c?to se junta quo fuera de ln fa­
milia faltan ya osos sentimientos naturales do afección y
respeto que mantienen el órden y la paz entre sus miem­
bros ; y los hombres no son bastante buenos ni sabios para
preferir siempre el bien general de la especie á su bienestar
egoísta, y considerarse suficientemente libados por la vir­
tud moral. Ln imperfección ó la depravación de los hom­
bres está pidiendo otros vínculos mas eficaces y otra auto­
ridad mas «Mensa, quu lo qfie da de si la couslitucioii na­
tural de la familia.
278. Sin necesidad de buscar datos históricos, ni de
fingir convenios qun debieron ser irrealizables en la nina
dol linaje humano, se explica muy scncillamonto el origen
de la sociedad civil, por uua ampliación del poder paternal
sobre las nuevas familias que debieron irse agregando y co­
mo yuxtaponiendo &la primitiva; por la elevación de nn cau­
dillo qup. arrastró con su genio (Vlos otros, llevAndolos ú la
victoria; 0 por rl ascendiente de un hombre sabio y pru—
denle que los sometió i. su uuseíiuuza ó & su consejo. De
cualquiera de eslus hechos, ó de la combinación de varios,
pudieron traer origen las primeras sociedades, y lijarse, an­
dando el tiempo, el derecho en que se funda la constitución
particular de cada Estado. Mejor so concibe esto, que la de­
liberada y solemne discusión do un pacto político entro
hombres á quienes debemos suponer absolutamente igno­
rantes de las relaciones complicadas que llevan consigo las
ideas de ciudad y de poder público.
870. Desenvolvamos nosotros, aunque sea ligeramente,
algunas de estas relaciones, ya que Ala moral le basta dejar
consignada la necesidad, y por consiguiente la legitimidad,
del órdeu político en que viven los hombres, para sentar d
fundamento de las obligaciones que el tal órden impone.
(.* La naturaleza llama y obliga a los hombres Avivir en
sociedad para conservarse y hacerse mejores, del mismo mo-
13
•178
do que les inspira y les obliga á alimentarse para vivir. La
sociedad, que por su parte ha ríe corresponder A la intención
y a las esperanzas de los asociados, debe proclamar nomo
primera condicion de su existencia. la obligación y ol de­
recho de hacer lodo lo uecesario para conservarse, perfec­
cionarse y promover el bien general, que es el lln de la aso­
ciación. Éste derecho tan ámplio, lan ejecutivo y vigoroso
nomo es necesario para llenar tan alta misión, cslüinicivi-
Húi. primor dem ento, y el mas esencial, del órdea po­
lítico.
i." La soberanía no es una cosa ulis'.rucia, ni la vaga
concepción de una necesidad social; es una fuerza real,
cuya acción debe sentirse dundo quiera que haya un bien
que promover, ó un mal que evitar para los asociados : la
soberanía supone soberano, es decir, uii ser individual 6
colectivo, en cuyas manos está la razón pública rodeada de
todos los atributos de poder, de fue n a y de autoridad, in­
dispensables para subordinar el bien privado de los indivi­
duos al bien general dn la asociación, única manera do
conservar la ridn del cuerpo social. No se entiendo que este
cuerpo pueda vivir, sin nadie tomar sobre si el cargo, y con
el cargo el derecho, de conservarlo. .Ninguna nación ha ha­
bido sin poder público, y sin persona, unitaria ó colectiva,
que lo ejerza corno soberano,
Kl ejercicio do la soberanía se llama gobierno. También
se da este nombre, aunque menos propiamente, i la reu­
nión de personas delegadas inmediatamente por el sobera­
no paia aquel ejercicio. La anarqHia, que es la fnlta de. torio
poder y de todo gobierno, no puede ser el estado normal,
ni siquiera el trance duradero do una sociedad política.
3.° El gobierno do la asociación política supone pode­
res, mayores ó menores, iiunanentes ó transitorios, que es
flcil determinar por las necesidades constantes ó extraor­
dinarias , internas ó externas, de la sociedad misma.
Los poderes mas interesantes pon los que so ejercen den-
Iro.ile ella, y que so reducen á los siguientes: El poder <V
gisltitivn, que consiste en dirigir las acciones de los súbdi­
tos al bien común, por leyes y reglamentos que proscriban
lo que se debe hacer y lo que se debe om itir, que deslio-
17»
don los dorcohns do oada uno, que señalen su.-t limites y los
métodos pura transferirlos, estableciendo la distribución de
las cargas públicas. etc. El ejecutivo, quo livne por objeto
hacer cumplir coa las leyes por el empico «le una Tuerza le­
gitima . en oilender la protección A todos los intereses so­
ciales, llevando la gestiou do todos los negocios públicos,
vigilando las personas y las cosas, etc. Y el poder judicial
ó de jurisdicción ci\iLy crim inal, que consiste en decidir
.sobre las diferencias que se suscitan entre los súbditos, asig­
nando :i cada cual 311 derecho por la aplicación de leyes ge­
nerales , y cu castigar á los criminales que turban la paz
del Estado.
Kilos pudores. que radicalmente pertenecen al sobera­
no. pueden y deben ser encomendados á los que eu su
nombre gobiernan el Estado : y esta participación debe ser
tan Amplia como permitan ó exijun las leyes fundamentales
de cada nanion.
í.° Según que estos poderos esenciales A la soberanía
están conllados á una ó á luuclias personas, resultan las di­
versas formas de gobierno en la sociedad civil. El soberano
puedo, en efecto, ser perfectamente uno, ó estar como di­
vidido sin perder su unidad esencial. Los políticos cuentan
tres Turmas simples du gobierno regular. En la democrática
la soberanía nside en la reunión ú asamblea general de to­
dos ios ciudadanos. donde cada uno tiene el derecho de dar
su voto; en la ariiloeraein pertenece á una asamblea de
notables ó ciudadanos distinguidos; y en la monarquía se
ejerce por una sola persona.
Cada uua de estas formas generales tiene muchas espe­
cies inferiores. La monarquía es ó absoluta 6 limitada, res­
pecto al poder que concede al soberano; y ú hereditaria <t
electiva, on cunnto A la manera de suceder» los monar­
cas, pudiendo además ser la elcociou ó vitalicia, d por tiem­
po dulermiuadu. La aristocracia también puede ser abso­
luta ó limitada, perpetua ó temporal, hereditaria ó electi­
va , por creación 0 por cooptacion, etc .; y la democracia
ú concede el derecho de sufragio á todos los ciudadanos, <1
onvia periódiounonuj diputados, y estos so nombran por el
pueblo todo, ó por los que tienen ciertas condiciones de ri­
queza <5 estado, 6 se sacan á la suerte, etc.
1B0
De tanUi niiillilixl dn elementos nace la infinita variedad
de gobiernos compuestos ó mistos, de quo se encuentran
ej '.uplose:i las naciones antiguas y modernas. y en los cua-
entran por igual, ó en diferente dósis, dos ú mas de las
formas simples.
■i.* Ln constitución tic nn estado nn es mas que la ma­
nera particular nn que se hallan distribuidos los poderes y
derecnos esencialos ¿ lu soberanía, y (Ijadas las relaciones
generales entre el soberano y los súbditos. Todo 1'Ntado
tiene una constitución, aunque no tenga una carta consti­
tucional, y aunque desconozca lo que en otro sentido mas
limitado se llaman principios, derechos y prácticas consti­
tucionales.
280. Tal us la nomenclatura [porque no hemos hecho
mas que explicar los nombres) de los principales elementos
do toda organización social. Debajo de estas denominacio­
nes tan ajustadas y sencillas ni parecer, se ocultan cuestio­
nes gravísimos por su inmenso interí-s práctico; cuestiones
ardientes, cuya solueion en rano reclama para si la razón y
la ciencia política : la pasión, cuando no la fuerza, es la
que muchas ve:es se anticipa ¿l resolverlas. Sin embargo,
la moral, que no mira 4 los hechos sino á las obligaciones,
no tiene necesidad ni siquiern de plantear, m anto monos
de rusolver, estos problemas complicadísimos do la eioncia
social. Hay una razón poderosa pura este desvio, y es que
si bien suele ser un derecho la incógnita que se va á des­
pejar, los datos tienen que ser hechos, circunstancias de
lugar, antecedentes históricos, hábitos, caracteres, nreen-
oias, civilización, cultura y cosas talos, que ó do caben en
nna fórmula rigurosamente racional y cientlflca. 4 cuando
nienos dan múrgtm A otros problemas de solueion aun mas
dilloil. La ciencia moral oo predica el escepticismo, ni
aoonseja la indiferencia en cuestiones sociales y políticas;
pero se encierra en una pradente neutralidad, ruando se
trata de obligaciones y de derechos qno nada tienen quo ver
con los hechos de cada nación. Sea la que se quiera la or­
ganización de los puderus públicos, la forma del gobierno ó
la naturaleza de la Constitución política, Iflt obligaciones
entre el soberano y los súbditos son siempre las mismas.
Vamos ¿ explicarlas brevemente.
181
281. Las obligaciones del soberano, como legislador, son
las primeras, las mas sagradas y las que producen mas ópi-
mos frutos, cuando son cumplidas exactamente para bien
de los súbditos. F.l On de las leyes ni pnede ni debe ser otro
que Al procurar el bienestar y Li Hicirlnd dol pueblo; y este
debe ser el pensamiento constanto ríe todo soberano, por­
que el soberano es para el pueblo, y no este para aquel.
El legislador debe ante todo inspirar i sus súíkIíIob amor
k la virtud I sin la cual es quimera toda felicidad); extender
los sentimientos ríe piedad y de respeto A Dios, origen de
todo poder; y cnschnr la justicia y Ir beneficencia, sin las
cuales son imposibles cl órdon y lá paz.
£1 legislador debe aplicar lodo su saber y prudencia &
reprimir las pasiones de los hombres, antes por la buena
educación ▼las luces de una instrucción conveniente, que
por el correctivo ríe la sanción penal: prevenir y evitar los
delitos, es todavía mas gloriosa tarca que la de castigarlos
con justicia. Los sentimientos religiosos que nacen y so
perfeccionan al abrigo do una sincera creencia eu la b'un-
dad, en la providencia y en la justicia de Dios, que todo
lo arreglará en otra vida, producen una paz, un reposo y
una felicidad mus sublimes que las leyes mejor concebidas.
£1 legislador, pues. debe cuidar de que el pueblo, y sobre
todo la juventud, se iustruja eu las saludables máximas do
la religión que Dios ha revelado 1 los hombres, que es sin
duda la que enseña los mejores preceptos sociales, el có­
digo donde está escrita la mejor do lus leyes, la de obede­
cer á los principes. no por la ira, sino por la conciencia.
£1 soberano no debe contentarse con enseñar y mandar
el bien, y dirigir sus leyes al fomento de las virtudes públi­
cas y privadas: debe ser también el dechado de todas ellas,
la personificación viva de todo el bien ú que la sociedad as­
pira ; su mal ejemplo es una ruina, que no se evita con los
reglamentos mas beneficiosos; y su hueu ejemplo es una edi­
ficación pública que equivale & las mejores leyes.
Kl soberano debe antes de legislar adquirir, un perfecto
conocimiento de lo quo es justo ó injusto en s i. y de lo qun
es c onveniente dnfioso á la sociedad que administra. Ha
de considerar todas Lis leyes potiíicut que emanan d« su
182
autoridad, como interpretaciones dt) la ley nnltiral, sin mas
fu e ra para obligar la conciencia de sus stilHiitos, que la
quo les da esta ley suprema é invariable, que no abandona
al hombre dentro de ln sociedad política. y cuya obligación
uo puede ser lovunladu por ninguna autoridad humana. Lns
poderes de la tierra son ju sto s. en cuanto arreglan su vo­
luntad y sus prescripciones i esla ley emanada de liios; son
injustos y arbitrarios, cuandi contravienen á sus precep­
tos; y snn tiránicas, cuando llnmnn A ln fiier/n en apoyo de
sus injusticias reoonooidas.
En la manera de legislar 6 decir el derecho ijm dicrre,
jurit-diclio) , hay también importantes deberes que cum­
plir. Las leyes deben ser claras, precisas y sencillas, para
no dar ousion A infracciones involuntarias; hnn-de ser pro-
mulgadaS do manera que lleguen ó puedan cómodamente
llegar ál conocimiento de todtis, y ninguno se excuse con
su ignorancia; y, por último, han de tener una sanción
proporcionada ú'la gravedad del mal que se trata de corre­
gir. ó A la importancia del bien qne se quiere promover.
282. El sohemno, como depositario del poder ejecutivo,
loma el nombre de magistrado, y asi su llaman también los
que por delegación suya gobiernan y hacen cumplir con las
leyes. El magistrado tiene la obligación de proteger y de fo­
m entar los intereses sociales; proteger ln \'¡<lr>.. ln propie­
dad y la seguridad personal de los gobernudos: fomentar
su bienestar material y moral. La riqueza püliliou se au­
menta , alentando la agricultura, fuente natural de la pro­
ducción ; protegiendo la industria y las artes mecAuicas. qne
dan utilidad ii las materias producidas; abriendo pnso l'Aril
& la nuvegarion y ni comercin, que lns reparte 6 lns cam­
bia por otras necesarias; ennobleciendo, premiando y man­
teniendo en continua actividad el trabajo, que es la viria de
los pueblos.
También han menester estos de otra espície d? riqueza,
cuvns numentos no dehe rimenirinr el magistrado : nos re­
ferimos á las ciencias y.A las artes, poderoso elemento de
civilización y de cultura; y. mas qne esto todavía, las bue­
nas costumbres. tan necesarias para que la cirilimnon sen
nn verrtnden bien, nna riquera eMimhle. Kl magistrado
183
debe, pues, premiar la aplicación de lo; quo cultivan las
ciencias y las comunican i los demás hombres, estimular
el ingenio, dar ocupacion ¿ los talentos, crear academias,
ó instituir magisterios, donde encuentren sólida instrucción
todas las olascs de la sociedad, porque A ninguna de ellas'
debe escasearso eslo bien. Las buenas costumbres han do
ser el principal objfio de la enseñanza que se proporcione
A la juventud, y del>en premiarse la honradez y las buenas
accionas, como se premian el talento y tos invenciones
útiles.
283. La justicia es. por último, cl mas brllo ornnmento
de lasoburdula, y uu deber sagrado para cl quo la cjcrcc
en la aplicación de las leyes. Asi el soberano, en quien re­
side la plenitud del poder judicial, como los tribunales y
jueces que sentencian en su nombre, deben inspirar con
sus actos an profundo amor ii esin virtud. Kl juez debe in­
terpretar las leyes con equidad, proceder con diligencia y
prontitud, aplicar el derecho con imparcialidad, castigar
con severidad el crimen y compadecer al criminal.
284. Prm tantos obligaciones, tantos cuidados, dificul­
tades y peligros como llnvn consigo el ejercicio de ln sobe­
ranía, producen un derecho incontestable al am or, ¿ la gra­
titud y al respeto de los súbditos. El soberano que obra siem­
pre con intenciones rectas, y administra felizmente la cosa
pública, es tan acreedor al amor de los ciudadanos, coico
el padre lo es al de sus hijos. Aun cuando hubiese defectos
en su conducta pública, todavía seria digno do considera­
ción, y nos obligaría la obediencia, porque suS faltas ten­
drían excusa en cl sin número de dillcultades y tenlauoues
con qoo el poder se ejerce. Los malos gobernantes ni ins­
piran. ni merecen amor por si misinos; pero antes de llcgnr
& la desobediencia, delw considerarse muy despacio si los
males que se quieren evitar se compensan 6 no por los que
ocasionaría la resistencia 1 un poder constituido. Si esta
resistencia principia siendo pasira, tiene casi siempre la
notoria vontqja do hacer cambiar gradualmente y sin tu­
multo el plan y las tundonoias de un gobierno. cuando por
desgracia desconoce sus sagradas é imprescindibles obli­
gaciones.
184
Kl amor á j r p a t r i a , el anudir á su defensa cnandn se ve
amenazada su independencia, el contribuir á las cargas pú-
blioas, la sumisión á. la ley. el respeto á. las autoridades cons­
tituidas, eto., etc ., completan el cuadro de las obUgacionet
d t los súbditos.

FÍN.
TABLA. GENERAL DE MATERIAS,

PROGRAMA

DC U S LECCIONES EN OLE PUEDE DISTUDUIUE SI ESTUDIO.

L Deflniciou de la ¿ la .— Varia» deflulduaes que w han dido de la


ética.— La ¿tica es desda y arte.— Klimologia dr la voitórt.— ;D «
dónde sacala tilica lot principies eo queínodisu* reglas?-Helador e»
de la ética con I u demis ciencia» — No pueda com bine u i io o n l
süi religión, ni ana religión Mn mural.— Ilisloria de la éiica.— I mpor-
U id a dd la élica.— División de It <Hlaa ca dos partes.

ÍCTICA GRNRHAI,.
La ¿lie*(«oeral, o tural etaeeiUaJui. IrmU de lufandamoilo*
de la moralidad turnara.— Se divide eo iré* seccione*.
Beedew primera.— De U M l u r t le » moral 4*1 hambre. . I
1. Necesidad de conocer la cnntlilurion moral del hombre como ob­
jeto de la ética.— El asieilode la naturaleu nnral dd bomhre nese
eocieolraeu la vida del cuerpo.— La» coodidoaes bina u rd e lo mo­
ralidad han de tascarse en la vliia inlenia del alinl.— Divltlua natu­
ral de esta lección en ires capUulus.
CsrlvcLopararao.— F.ilarapr. L» « «n O J * »i) m ig in . . . . A
De Ii sensación.— Del sentimiento.— Del sentimiento mere/.— Sea*
ilbliidad moral.— Bellota de la «litad: deformidad del vicio.— Ar-
monla de la sensibilidad moral con U iiileligrncia.— I.as raioon Ora­
le* de la sensibilidad moral J de la risica son d ife rala .— lie la lim -
patlayde la antipatía.
CatItolo ii. - E i I iies dc t i isru-ieoeu hbiiasa .................... I t
#. Ideas morales.— O rlp n de estas Ideas: no proriman dc la oduca-
r lw , ni de la esperienda, ni del tenlldu iutliiHi, sino que tu rali está
en la ratón.— j to q u i scnlido son ¡malas las Ideas murales’ — Senti­
do moral.— Conciencia moni.— Falibilidad de la condcacb.— Con-
186
dencía cinta, probable * dudosa.— Escrupulosidad y laxitud decon-
deada.
Cirhcu) TnMllmcui«ou;iiijio........................ IB
4. DifcreociaeatK afinidad jvolnrlad.— lnstinin».— Apetitos.— De­
seos— RuIm m .— Volanlad. Ueionninackin y liaalidad. - El objeto
de la voluntad es lu bueuo— Medios : libertad ea tu elección.— La li­
bertad en lasdelerminadmiesvolaiilarias rs malician esencial ik
la moralidad de los uotot. — Uemustracioa dd libre albedrío en el
hombre.

H ercios a .* -D « la. i d . » caottimtlvu da la moralidad.. St


9. ln sistema de moralidad debe cnnstniirse con das órdeoende ele­
mentas : uaos j olrus oi>jeitrtn.- h\ estudio de estos úl­
timo funaa el aaauio de la preieutc sección. — División de esta eu
ocbo capítulos.
C triT vu raiaiKO.—De u u>k\ m u » ........................................S
Delniclna del blea.— Diritla» del bira ra abaolalo j relativu.-^
Fia ó destioo impuesto * todos y A cada uno de los aeres.— Mcn anl-
wrsalT bienpjnicubr.— Dlen bumaao: b¡«u moral i trjMtm , hrt-
netluta).
C*riiuLo ti__ Du u a n dc óiiwx...............................................30
i. Delliiicioii ilel ¿nlea.— Deiau»lradoa de la eilsiencla del Arden en
lado lo criado.— Urdca físico.— La biteligendu humana tamlilen «Lt
hecha pan el 6rdea.— También hay un orden para la rolinudhuma­
na : iirileii mu al.— Kl órden IWIcu > el moral constituyen el trien
untverml.
C.irirui.0 ni.— I>i i.» ir»» >k uai.iutcioa................................... 40
7. La idea de obligadoo « complemento necesario de l u de bioii i
de Orden nioral. - La obligaeioa no es una necesidad melabsica. ni
una necesidad fínica, dno au:i adcetlibd moral. — El órden moral ee
obligatorio j tiene un ciricler imperativo — ¿Qué debe eatAiderse
por llB4* ée c c a d m J a La obligación es universal e inmutable.—
De Mus >leue toda obllaaclon, como viene todo urden.— Las sed anee
humanas consideradas bajo el influjo de la obUuaciuu sellaaian dfbt-
k i . Diferencias entre otlig<itir,n y M e r .— La idea •iritra h o ea
correlativa oon la de ieter.—Ho Dios hay dwechot (in obligaciones:
ai rl hombre hay oblígaclouet sin derechos respecto á la Divinidad.
X w Itu is IV.— Dc n loa* » le í............................................... U
■. Definición d i la Iry mural. — Lns elementos constllu veolos de la
lej son la tillftcion . la pramtljaei*» y la tanc'um.—De la obligación.
— Do la promalpclon. — Ue la saiiclou. — Los preceptos nalanles ao
pueden trait su «anrioii sobre la Horra.— Necesidad de ulra vida per­
durable : consideracioaes que demuestran rsta necesidad.
C iritu io v. — Da i* me» ut laruiiMuoA» i i e i m i i u h loin
MOaAL..............................................................................................(jt
•. DeHnlelon do la imp itabiliilad. — laiputacion.rr-DeUnkion dr la
responsabilidad.— üondldoaes dd la nspomabllldad moral: el co­
nocimiento v la poseslon desi mismo — iKiiuraucla.— Dbtlndooeatro
ignorancia y error. — Ignorancia vencible: Ignorancia Invencible.—
Dr la |>Oiesloii de n mismo cimimi condiciun dc la mpoiiuliilialail nn-
ral.— Dc Ls naMones. — Violencia o coaccion: acida clkilos ; actos
imperados.— Uel iniedo.
CariTCio v l—Dc la idea dc ntairo i de acaíaiTO.................... 59
DeLnldoa del Mérito — Oolinteloa del denfrllo.— ¿Cail e> cl |iria-
dpioó la escoda del ■icraiaiieiilo?— !.n« jclot laaiCnrios iVbói ser
renapeusadus: d deber. sin emburro, a desinteresado. £1 bles
moral obliga (in coasldaraduu i loa resultado!.
CtrncLo ni.—Dc la dcam! timu» v kc n a o ........................ 63
Dclnicion tic la virtud. — ücünkion dd vicio. — Etimología de la
palabra tirité.— La tifiad n muc, perú licuó i-jrlos nudos ¡Ir 3¡il¡-
cacinii, según los aqiectuaile bi iilej .Ir bien i|uc por «lia se nalica.—
Ctasilicacion do las vlrtadcs. — Vina les cardinales. -Virtudes leolo-

CArlroLo n i .— Dc u idea k l a rm aaA S................................. <M


betlnldon de la Felicidad.— Felicidad aüsolala: cutcLslc ni Dios.
— Felicidad relativa: uwsisleenla virtud, pues ia felicidad y la per-
Iceoau dei hombro dependen uaicameulc dd camplbiilentouusiu
deberes.

3.*— I W criterio <U U moralidad......................... OB


¿l)ué se entiende |>or criterio ile la moralidad?— Tamílica liajr un
ttcepllcumj <ai moni.— Haterías que jbraia esta scciaoti. - División
do BEta «n cinco CBpuukx.
CiriruLO rata sao.— ¿DersiM! se las instituciones humanas la
■oautOAii ujt.i curaos actos T— f>o...............................................*0
Kxpodduade ladodrina da Hobbes.— efuladoD de mía •luciriaa.
Uamtclo i l - ; E s cairtn» »c la aoaALiDA* cu (csnaicsroT
- > o l ............................................................................................ 73
Tterlt de lot m ttlm ln ln nurmln divnrrliki |>or Alian Smilh.—
RefafertiOfl de e*a doctrina.
CtrlTUio ni.— ;CacNiTi:mu>CLABiMAiJUAi>LAi)ni.iiiAi>?— >'o. 77
Kwosiciuii ile la (fadrína u/iIiliria ilu llentliain.— llrfuUcion de
coa Joctriaa.
Ctruuio i v . - , l l » r . i K dc la volcita » dc Da» la aoaAUnaa dc
lo s ACTOS uiaAWS?—>o................................................................... Ht)
Cipos le¡on de la doctrina de Pufendorf v ilital» filósofos que ha­
rén dependente la votaMad omnipotente ilr llii* Ij rjion última <VI
lilro ¡i iM a u l moni.— Hrfalacioa de cata doctriia.
Capítulo v.— ¿IX ii. r> c l u r u » k r u rmii:nM dkla mihiamdíd? H2
188

ÉTICA PARTICULAR.

IR. I.» Mira [articular, ó martlpricUct, •acalaocanKcunicitt délo»


prindpio» establecidos por la n o n l rtpuculali'i. j «pone lia obli-
pidoo<* I|M arralan la cndacta del lionbra ea (a i relaciones con
Ilion, consigo m¡sm> j ron s u .«einrjailes. — Se divide eu Irrsset-
óoact.

■k c ío b L a- D t n n l r u ( U | « n B n p m « i a D i a . . . M
No Éay relación mas fuadancolal. ni mi* pcorooikacate «p r e ­
sad» va la njlurjlna de b> cusas, c|ue la dd efccio i la cauu. del
sor linilo j| S«r Inllüilo, de la rrialuia al l'.riador, del bonibra é Km.
- División de rúa sección en dnco opílalos.
C*rlTOu> Miiann.— Un. tana i D n i....................................... 88
17. El amor a Dio*, ó la candad, es la p rh w n j n » principal dt
naKtns oMIgidoact. - fc«e scalimienio es oatiral j lepltno: su*
ftiailainealu».— Seaiimleiilosaiaurotokillsienadoien auettia alna
por la consideración dr los atribuios ilisino^: ttn tn c im , temor de
Din, itvccitn.
CtrfTOU ii.— DciiEsrEMXZAE*Oint.................................... K
1>. La esperanza «o Dloc e« la ntioiul coolanza ea tu benevolencia.
— Puiilauiriiius de la <-.p..Tuní¿ eu Dio*.— I.i caridad y la eiperana
soa virtudes Inseparables.— Suladahle* efeflo» nue produce fa e»pe-
rama en Dio».— La erteton <%la ttel ex'ircsióu de oaestra «perania
ea Dio».— CoiaMerecioues ubre la unciou.
ClfltOlJJ ill— be Li FE D i o » ............................................. 88
La fu ve Dioses un tirina asentimiento é I » verdades que l « digna
nvdania*.— La fe es i ua liraipo virtud y obligarán moni. — Fuo*
dáñenlos de la le. La reton y la fe no ion encanga*: b le n o está
murro la ni ion, ilao tehre la razón.
CAHTUL0 IV.—ÜU. CBLIO...................................................... 100
1*. lieAaldoa del callo : edtncitn — Obligación de dar callo i Dios.
— millo interno v cvilloeiternu — Ctniteaiencia ; beneficio» del culto
y de la adoraciou que iribalaaioe 1 Dio*.
C«rhiii.o t .— Dt 11 acucio'....................................................109
M. Drfinirinn dr la rrligúm.— Rendicios de la religión.— Ileliglon na­
tural : rdiitloa reteluU. — iVuc c» la r e t c J t o i i n fwcesidid de la
revelacloo.— La religión crlulana n la única verdadera.

Sk c Io i 3.a— Da las oUlgadoMs del hombre por* e on~o

SI. Kandaaietilodelai obligaciones queel hombre tftne rtqieeto de ti


mismo. — F.ipliqiiev !a aparnili- ooolrjdiVr jni deque en el hombre
baya Mictoivnrtrefltxim ó relejas. Olí:ilaciones relativas ol al­
ma : oblm acluueiielaiivat al cuerpo.— Üivition du m i secciun en
irn ra p ila liu .
CaHtvlu raiaKao.—Dcl u u a di il iliio ..............................108
Fundamento* del amardeit.
n i siempre ■ « ooíamos corno debeaios amamos. - Kjvum». eprr-
— Nos a n a n m por nrceAidad, pero
Ln cl
tepto.— Prm:eplii* ilid llntálogo : I.” amaras á
* u ; im a n a ra s al prujiroo atimutuo tiiastokrftuéailiu
auiur de «I misaio no e( lodo necesidad ,siko nac ha) mucho d
. - o bosta quu el hombre
o¡-
se ame a ti * it« u , dno que debe u n ir te según el órdeu.
Camitilo u. — Di: L\s «gi-icicujsi^ »kl loa aa c m u co* su n -
■*.......................................................................................................110
33. Callura rstH Íca.—Los piaren», no so n /h e * , sino
ré* físicos ó se nsual»: apetito. saciedad. bastí», dolor.— Hucerc*
medhiM
.— Place­
Intelectuales y u i u n l n , u placeres d* la ciencia y de la vlrlod : uo
que llera la
obrar.—Tenipiaiiia.
arlada cie/idc.—
lu LiittUitria
tienen Iik» incoin ententes de lux placeres de lo» senlkliis.— Ventajas
es la ciencia ca el bien
91.
La lügica es la laural dc la inteligencia. — Mutación
Cultura intelectual — Obligaciones resprclo de la inteligencia.—
giosa. — .Necesidad de couueerte el Itombre a ti ausmu : nytct U ip-
moral) reli­
saar. — VtKacion. — Kleccioii tle etladu ú p ro ftM » . — Obligar ion de
cultivar el ettudio en la carrera ó prolesioi que luya «brando el
bombre.— Pradeucla.
34. Cultura moral. — Obligarion de pnjrunirte la adquisición del lu -
biUi de obrar bien(b n r lw i) — Lo* liabilst de la voluntad ikUrnii-
nua loiMr«i,-|<lr#/del«jbuaiüres.— Kortaleia: iiiaguaniinidail.ecua-
nilaldail, pacienrb.— Dignidad imuril, oaprecio de nuutio» mismos
timo ageule! libres y murales.
Capitulo i i l — l)t L u u a u t i o a i u k l Hoaaac m u c a í sc
..................................................................................... 110
U. Muca de Ii Tida corporal: obligado* dc concernirá. Uamlire.
«rd, y apetito genesico: gula, cbriueldad y luju rb .—Ten-.bli» efec­
tos de la gula y del exceso en las bebñbs fermentad.».—F.slragosile
la lujuria : tenlajas de la cnuliaeoda y de la castidad.—V etillas tle

derecuhttth
a utlarit
su t precepto» eou altamente uiórale*.— SuicidM
la laboriosidad: la ociosidades nudre de lodo» los \k lv i— Btgitne:
: e» uu crimen.—Laioigacua
Tlda no es un
p ie , Di un» « tr ía
que se ejerce, ol una que se (lim­
que se sobre lle ta . sino un
nada mas que an becbo que el hombro debe respetar como la expre­
y hecho,
sión de la «olimlad de Dios. — Ka niagan caso es licito al bombre
afrenr.
aleotar centra su tid a .— Necesidad y derecho dc dcfcndorla c a n tn
on i%*ift

l a c r i a a l ' - D t la* o U I n c I m i dol bombeo p a ra coa N I ■*.


m e j a a l a ..........................................................................................138

M. Estas obligaciones saponeo el estado social, pero no emanan de


él.— Divido* dc esta sección ca dos clases: 1.'obligtiolaoes indepen­
dientes del OfJeu social; y l 1 obligaciones rebufas al esudo do
sociedad.
190
CLAk'E PRIMERA. — tibhffacúta teieptadunlet del ir ia t te­
da!............................................................................................. .. i »
Fundamento da que los hombrea «té n obligado* unos reverto
■le oíros. — Sul> Imsiou de uta date eu d w oipUulos: deberes de
justicia y clelicns üe calillad.
C ifin io r u m o .— DftLisoaiictcioiEiiKjuTicu. . . . 130
l>»< acrpdnna <le la palabra/««futa.— Jarlspniitenr¡a nato ral.—
Justicia distributiva y Judíela cumuitaiha — Ujrcdios del prójimo.
87. Obligación reTt-twars a bi r u w t i k l Hiónau. — llomlclalu—
Duelu ii desello.— Ohlipadoncs rcs|«lo * Ii tenxibiüdmd del priji-
mo. — U*s|>ri»lo, tnmlucloi, envidia, parrialidail, lacillo u ullmjr.
:'frenl:i, vjnidjd, urgullu. Hil»rlu:i , iii^r.itilu I , niikanirujib: bueua
re. ini;ur¿Mlitla<l, luudiraL-iim. modestia, gratitud, lil.mtto|«.i.—
ObMgaclonvt rwp-vto n la Inteligencia del prójmo - Veracidad:
mentira : dolilei. Ii I|w t i - s i , svy.... la Intención, ambigüedad <■> las
palabras, restricción mental, infidelidad.— I>muieu*l m i»; Jura­
mento ; (ii-rjurKi. — UbilgadoaM rosi«cto a la eeluHlad ielprijime.
LíIhmI.hI |w¡<.i>k'i||iia.— Libertad de accluii: esclavitud.
'' ; k Io m '. rrlntMiti-vi Ion iurics m l puman.— Derecho de |ico»>
- Latrocinio: rap
mirum jnryo, n(we^a*,
comisiones. focicdades:
...
¡«a/ru/f».-per nota. coinpra-venta, arreuda-

Obllyadount rjferwites 1 la r .^mjl i


ma \ Cuis'di'l.n'iiB Mjci.il.— DrVi» dt;
burla: r.uilediccncia: calamnu.
CjkCITrLO ii.— De u s o iii .ic *cidkcs*e c u ito »........................ 148
Diferencian éntrela* obligaciones da cjrld.«d ylasdejuíllela.— De­
libre* prrfr/ru \ delien** i.-ti/terferfot. — Rt'aevoleiiria ’ lllaotrupia,
büoianidjd, laiscricordin. Iciidad. hbadani de coraron, duliura,
aimlillldid. urbanidad.— Malevolencia : envi.lb .crueldad. venmn-
u . durvxj ib>cn.M/(Ki. a>|H'rru il.‘ o u i t i T , u n iría de trato — IJ«h>
ndicvsiela. Olidos de carilla J reletvati» a la sensibilidad dd |ir¿-
Jlinu: cmíuele.— H-'fcrentcs i b liiiellgmcia: etiutji). — Referente»
á ki vainillad : rjempla.
Olmisdela muencordiaeriíiiara. -U í/iíjaa: su |ira;iorciQnalidad,
s reatas: avaricia.
------------íde si «lic ito neltraiar} los animales, y
destruir sia necesidad los demás seres sensibles* insensibles qnc nos.
son Atlk-s, ú que |iuedeu aerlo 1 los denris bonlires.
CLASE SECUNDA — OW/ncicnrt reíal in t el eelade lodal. 10»
31 El litvhn de h a«ociaclon Inimana d n ro iN d ie ^ tt dama de.rela­
ciones : unas (icrmanenlcs y otns adventicias.— Las obligaciones so­
ciales, «ea caal faore su precedencia, son tan (agradas como las de
buamidad. — Subd iriviwi de arfa cbse ai tras capitulo».
Cuítulo p iia ta a —De la eocuniM&in ih-maxa. . . . .‘ . 161
33. (Minidnn de la «triabilid *1— Proébese que e
, (¡pinosa j floutscau
34. Fuadimeatns del orden social: h libertad, la propiedad j la Jaml-
"-■•litarlou.— Socialismo y socialistas.
rMfpnx» anire lo«<noyii|(ei.—ObUgadanesespceisusdclaiarido.—
Deradio* deb paternidad l*nQir|j potefu ü ^ -D ctm Iio dc pro|i¿c<)ld:
/wfr/Moaio.— OMigarioix» ne los hijos para cwi luí p:idn».— Mlil Ila­
ciones dc lo« hijos pura con loa maestría, los indino» t k » roijorw
ei edad. uber y ipihlonio.
38. Saciedad tltm inkal — Olil¡n«dooi“. del amo inra euii loa criarle».
— {jbllasciónes de Im crvidi» para onn el irao.— l.m hunimainus b j-
ccn los buenos criidos.
CArtnio m.— De la bocicdad nlitica .....................................170
39. l'efluldon de la sociedad p olilla : sa ncccslilad.— Solieranls.— (ío-
hlc n n ; aian|iiia.— 1’oiierea. lrjlsJull\o, cjacltlvTi j Jnillcbl.
F o m s fie gobierno.— Oitililadna <lci Estido. — OIi Iíujcíoiim
J ol Sotaraiio.— Obligaciones de las subditos.