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ELEMENTOS DE FILOSOFÍA

L Ó G IC A
ELEM ENTOS
DE

FILOSOFÍA
ron

F e d e r ic o D a l m á u y G r a t a c ó s , P b r o .

DOCTOR EN FILOSOFÍA V LETRAS, LICENCIAD*

en Sa g r a d a t e o l o g ía ,

CATEDRATICO NUMERA RIO, POR OPOSICIÓN, DE P5ICÓLOGÍA, LÓGICA, ¿T IC A

T m iD IM ESTO S DE DERECHO, BK EL INSTITUTO GEN EttAL

t Técnico de G e ro n a
T PENSIOXA&O EN ALEMANIA T KÉLCICA

CARTA L A U D A T O R IA
djUí
C ard on al M E R O IE R
ARZOBISPO DE MALINAS, ?ftE $ l» L N T E £>e l a «ACADEMIE ROYALEOEBELQIQUE»
T PRESIDENTE HONORARIO DEL «IN STITUI SUPÉRIEUR O E PHILOSOPH1E*

J>£ UA UNIVERSIDAD CATÓUCA U S LOVAINA

LÓGICA

LUIS GILI, Lib r e r o - E dito r


CLARÍS, Sa-B A R C E L O N A
---- 1G1S —
N IHIL OBSTAT
EL C D IH H ,
F r . I ' é r m ín de I*a -C o t , O- M . C .

Barcelona¡ 2 de Septiembre de ig i2

IMPRÍMASE

JUAN J., Obispo de Barcelona

Por m udado de 8o Biela, lia * , el Obtapo,


d i B eta,
D r . F r a n c isco M uñoz ,
ÍN D IC E

Pájp-
iKTRODTJCClAN A.L KSTÜKIO DR LA F IL O S O F ÍA ........................... (

$ I. Cwctffíc rff la citncia

i. Carácter cicn tífico de 1» filosofía..............................t


а. Concepto y definición de In d e u d a . ................................ i
3. Caracteres distintivos del conocimiento intelectual • • • ■ 3
4. B sp cd d de conocimiento..................... ............................. 5
j. Dos procedimientos de le Intellgenda humana.......... ... 5
б. 1^3 deudas particulares..................................................... 6
7. La dendo gen eral............................................................... 8
8. I.w prlndplos, las causas y las rawties de tas cosas. . 9
9. Cómo se distinguen los dendos y de dónde procedí- su
indispensable u n id a d ................ ...................... .. n
10. Colaboración de todos las den das en la preparadón de los
conceptos filosóficos................................................ — . 12

§ II. Noción y división d* la filoívfta

11. Concepto de la filosofln..................................... .. 13


i?. Contenido de la filogoífa...................................................... 15
13. Krróncas conceptos ele esta d e n d n .......................... »6
14. Origen primitivo, histórico y rodonal de la filosofía.. r?
15. División de la filosofía en especulativa y práctica .. 18
16. Partes de la filosofía natural, según lo» escolásticos y
según los modernos ....................... ................................ 19
17. Relación de la filosofía con Ins otras den cías humanas. 22
p*g.
18. Superioridad de la filosofía sobre las ciencias particu­
lares . . . . . . . . . . . ........................................ , ................. ....... 25
ig. Relaciones de la filosofía con la doctrina revelad a.. . . 26
*o, Importancia iM estudio de la filo so fía .......................... ....... 30

LÓGICA

CAPITULO PRELIM IN AR

a i. Concepto de la ló g ica ............ . ........... . . . . . . . . . . . . . . . . 33


41. La lógica como ciencia práctica y como arte .......................3»
«3. La lógica formal y la críteriologla...........................................34
a*. Conocimiento de la verdad; el error.............. ..........................35
35. Actos de razón en la Investigación de la verdad.......... ........37
36. Auxilios que la lógica suministra al espíritu para lle­
gar a la «tiendo»....................... ............. ............... .. 3S
37. Rotaciones de la lógica con la psicología, la ideología y
la metafísica g en eral.......... ............................................ 3$
«8. Importancia de la lógica; utilidad de sus reglas.......... 40
39. Fuentes de la lógica ............. ............................................. 42
30. División de la lógica............................................................ 4a

PARTE PRIMERA

La osota «titiutla del orden M f loo

31. La naturaleza human», principio remoto de lo» acias


de razón..................... . . .......................................... 44
32. Principio Inmediato de los ocios de razón...................... 45
33. Caracteres distintivos del concepto; el concepto y la
jmagea ........................ ......................... .................*......... 46
34. Fundamento psicológico del Juicio.................................... 47
33. Principales operaciones del espíritu en orden al objeto
de nuestras id eas........... ......................................... 4&
36. El juicio y el raciocinio; identidad (te los actos de rpzón. 33
Págfc
PA R TE SEGUNDA

La « a » material del orden lófico

SECCIÓN PRIM ERA

IIATBR1A REMOTA D E l ORDBJJ LÓOICO

CAPÍTULO PRIMERO

LOS CONCEPTOS

| I. Objeto, prcpieáadtí y división de ¡4$ conttptos

37. Materia remota del orden Ifydco.................. .......................... 54


38. El concepto considerado lógicam ente.............................. ....... 55
39. Qbjelo, notos, extensión y coiuprchcn&ión del concepto. 53
40. División de lo» conceptos por su formación y por aq ob­
jeto .............................................................................................57
41. División de las Ideas según su perfección y comparación. 38
42. División de las ideas por su comprchenslón . . . . . . __ ___ 60
43. División de loe conceptos analógicos .............................. ....... 61
44. División de los conceptos por su extensión...................... ........63
45. Propiedades de los conceptos trascendentales....................... 64
45. La nodáu de ser y la intuición del Ser divino.............. 65

§ II. Las categorías y ios predicables

46. I,as categorías o prcdfcnnicnlos; su utilidad lóglcn.... 66


47. Las dJci categorías de A ristóteles........................................... 68
48. Concepto y definición de cada iain de las categorías •• 69
49. l^is categorías según Kant y Kosminl . . . . . . . . . . . . . . 73
50. Concepto y división de los postcatcgorlaí........ .....................75
51. Los predicables o catcgorcmas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 76
52. Comparación de tas Idciu por su extensión; relaciones
de subordinación.............................................................. 78
53. Las ideas por su coraprcbenslón; relaciones de identidad
y oposición . , . .................................... ................... . 79
3 3 .— LÓCtCA.
p&p.
CAPÍTULO II

LOS TÉRM INOS

$ I. Et signo. Objeto dei término oral

54. E l signo en gencTal; divisiones del signo........... ........... 81


35. Término o r a l......................................................................... 82
56. E l lenguaje como signo del pensamiento........... ........... 83
57. Palabra interior y palabra exterior........ - ....................... 83
58. Origen del lenguaje......................... ................................... 85
59. Las partes de la oración .......................... ................. . 86
60. Las partes de ta oración y las categorías...................... 98
61. E l nombre y el verlw ............... ......................................... Sg
ба. Significación abstracta del nom bre........ ............ .......... 91

5 IT. División y propiedades de los términos

63. División de los términos...................................................... 92


64. Relaciones entre loe. términos............................................ 94
65. Propiedades de los tírnim os........ .................................. .. 95
бб. Concepto y divisiones de la suposición.......... -.............. 95
67. Anomalías acerca de la naturaleza y del sentido de los
términos......... ..................................................................... 97
68. Reglas de la suposición ...................... . ............................. 98
69. Concepto y reglas de la apelación.......................... .. 99

SUCCIÓN SEGUNDA

h a te ría p r ó x im a d e l o r e e n LÓGICO

CAPÍTULO PRIMERO

EIn JU IC IO Y LA PROPOSICIÓN

70. Concepto del juicio.............................................................. 101


71. Divisiones del juicio............................................... . 103
72. Los juicios n e g a tiv o s.................... ................... ................. 105
73. Concepto de la proposición................................................ ro6
74. E l juicio y la proposición en nuestra vida intelectual. 106
PAga.

75. Fundamento de la división de las proposiciones............ 107


76. División de las proposiciones por su m a lcría ................ 108
77. División de las proposiciones por su fo r m a .......... .. 109
78. División de las proposiciones por su cantidad............ - >10
79. División de los proposiciones por su cualidad........ .. ■• 111
80. Espades de proposiciones c o m p u e s t a s . .............. 1x1

CAPÍTULO II

RELACIO NES Y PR OPIEDA DES D E LAS PROPOSICIONES

81. Rcladoncs catre las proposiciones . - ............................ , . 115


82. Valor lógico del predicado de una proposición.............. 116
83. Teoría de la cuantificadón del predicado........ ............ 117
84. Leyes para la verdad y falsedad de las proposiciones
opuestas y su b ord in ad as................................................... 120
83. Oposición entre las proposiciones modales . ............. . . 124
86. Equivalencia de las proposiciones...................................... 125
87. Conversión de las proposiciones........................................ 126
88. Inferencias inmediatas. ................ ......... .................. .. 127

PASTE TERCERA

La oacst formal del orden lógico

SECCIÓN PRDU3RA

EL RAZONAMIENTO DEDUCTIVO

CAPÍTULO PRIMERO

E L RACIOCINIO Y LA ARGUMENTACIÓN

§ I. Kaluralcxadrl silogismo

89. Qu£ debe entenderse por causa formal del orden lógico. 129
90. Concepto del raciocinio............................................ ............... 130
91. Los hábitos del espíritu..........................................................131
92. Principios del raciocinio deductivo.......................................133
93. Procedimiento general de la deducción...............................136
94. Naturaleza y fundamento del razonamiento científico. 138
95. ííl silogismo y la argumentación.................................... 140
96. Análisis cid silogismo afirmativo y del n e g a tiv o ,... 141

| 11. Materia, /arma y leyes del silogismo

97. Materia <lcl silogismo............ .............. - ........................... 146


98. Forma y leyes del silogism o............................................ 148
99* Rcglaa particulares del silogismo.................................... 149
100. Justificación de las reglas del silogismo...... ................ 150
101. Reducción de es Las reglas a una s o l a .......................... 156
102. Aplicación de la teoría del silogismo................ .. 156
103. Valor de las reglas del silogismo.................................... 138

5 IH. Figuras y tnodos M silogime

104. Formas del silogismo.............................................. . 159


105. Figuras del silogismo . . . .................................................. 160
ioti. Modos del silogismo .......................................................... 163
107. Valor del silogismo............ . ............................................. 166

. c a p ít u w > ji

D IV ISIÓ N OEJTCSAIr p e LOS SILOGISMOS

ARTÍCUU» I

E3PRCTBS PE 300019 X09 POR SU TORVA

108. Jjm silogismos por su forma.................................... . . . 169


109. Variedades del silogismo categórico................................ 170
110. Naturaleza y reglas del silogismo condiciona]........ . 173
111. Silogismo conjuntivo.............. ..................................... . 17J
1 14. Silogismo disyuntivo.................. ....................................... 177
113. Silogismo exclusivo........- ................. ............ ................... 178
114. D ile m a ................ ............................................. . 179
113. Análisis del dilema........ ..................................................... 181
116. Regla* del d ile m a .................................... ........................ 182
PAgs.

ARTÍCULO I f

KAPKCrEfl D E SILOGEUIOS POR SO UAXRRIA

f I. Silogismo demostrativo

i t ?. Uso leglUn» (lcl silogismo..................................................... 183


118. El silogismo por su m a te ria .................................................186
119. Silogismo demostrativo; condiciones de una demostra­
ción tientifica........ ........................................................ .....188
120. Demostración de hecho y demostración científico---- --- 190
121. Demostiadán a. priorl, a posterlorl y a simultáneo.. . . 190
122. Demostrad ón circular.............................................................192
123. Otras formas accidentales de demostración.................. ..... 193

J II, Los argumentos probares

124. Silogismo probable; espedes tic probabilidad.............. .....195


135. Entimema............................................................................ .....196
136, I,a analogía............................ ............................................ ..... *97
127, El ejemplo................................................... ....................... .....198
138. Inconvenientes del abuso de la analogía y del ejemplo. 199
X2g. La estadística y el cálculo de probabilidades; sus re­
laciones con la inducción............................................ - 200
130. Extensión racional de la estadística', sus condiciones.. 201
131. Objeto y fundamento de la probabilidad; probabilidad
moral y matemática . . . ............ ................... ............. .....20*
13a. Aplicación del cálculo de probabilidades....................... .....306
133. Valor lógico de las conclusiones deduddas del cálculo
de probabilidades ............................................ ..................aoB
134, Abuso del cálculo de probabilidades...................................109

| 1U. Argumentos errónos y sofísticos

133. Argumento erróneo, soflsmoj paralogismo.. . . . . . . ---- --- a 10


136. Clasificadlo de los sofism as........................................... .....dio
137. Prejuicios o sofismas de simple inspección.................. .....«ia
138. Sofisma» de observación, Interpretación e inferencia in­
ductiva ............................................................................. .....a i s
Mg».
139. SoíisiwiA de palabras y de inferencia deductiva.. . . 331
140. La paradoja; el espíritu paradójico......................................223
141. t a refutación d d error...................................................... ......326

SECCIÓN SEGUNDA

E L RAZONAU1KNTO INDUCTIVO

143. Concepto de la Inducción.................................................. ......338


143. Inducción completa e inducción científica ...... ............. ......329
144. Los lc y « de los fenómeno»................., ....................... ....... 330
145. Descripdóu del proceso inductivo........................................ 331
146. Análisis del proceso Inductivo.............................................. 333
147. Valor de la Inducción clcn tiilca........................................... 334
148. Principios y reglas prácticos de la Inducción científica. *37
149. Métodos inductivos........„ . . , ............................................. ..... 339
130. Cómo debe entenderse el carácter general y permanente
de las leye» de la nuturolcm ........................................... 344

PARTE CUARTA

I * causa final d il orden lóffloo

CAPÍTULO PRIMERO
LA CIUNCIA

i ¿i , Concepto de la verdad .................................. .........................346


J33. L a verdad lógica ......................................................... 448
153. L a d e u d a ............................................................................. .....349
154, Condiciones de la ciencia .............................. ................... .....230
253. Doble fundamento para la división de las d en d as ___231
156. Tres cuestione* den tií iras y tres grupo¿ de ciencias., 232
137. Cicndas teoremáticas, históricos, ¿ticas...............................233
138. CJasUkadón de las den das atendido d grado de ab*-
traedón de su o b jd o .................................................... .....«33
139. Bubordlnadón que puede establecerse en lie dios según
d objeto que estudian ........................ ........... .................334
lito. L»gar de la filosofía a i liut deudas naturales.............. .....233
j 6i . Ciencia* racionales y deuda* de ulwcrvudóii.......... .........233
Wp.

CArÍTULO II

M EDIO S D E LLBOAK A LA CTENCIA

$ I. I-it dtfiniciÓH, ta división, la f>ruiba

j6a. Metilo» de llcgnr a una concliutlón c ien tífica .............. ■237


16). Concepto y objeto de la deflnldón ................259
164. Ddlnldón notnliuil y rc»1, cscnciAl y «IwtcripUva.. , f 360
163. CAmo se Ilc};a a mía buena definición.......................... 261
166. K ckIh» de Ir riríliildá» . ................................................ . 364
167. Nodóli y fundamento de ta división........................... 265
168. Bípede* de dJvWón ---- r.................................................. 466
169. Rdadoncs entre la definidón y la división.................. 365
170. Reglas de la ílIvWón...................................................... . .. 369
171. La prueba ........................................................................ .. 370

5 II. El método

172. Concepto del m étodo........................................................ 370


173. Las tre* momentos en el iijíi<k1o .................................. 271
x74< Valor que d o n a dios Ida iIIaIIhLh» w u d iu i........ . 37a
17.V Método ecléctico ..................................................... .. 274
176. Condicioné del método perfcrlr»...................................... 374
177. L°* métodos den tífico*: el análisis y la síntesis.......... 275
178. Valor filosófico de cato» dos métodos........................... 277
179. Método de Invendón y método de enseftanza.............. 27H
180. Necesidad dd método conM nictivo............................... 379
iflr. líl método aplicado a las dlstinas deudas.................... 2So
182. I?i método general de la filosofía; el empirismo y d
Idealismo i>an teísta ................................. ..................... 2Í1
183. Disputa; ventajas que c r id a r a ...................................... 282

$ III. La hipótesis

184. La hipótesis; mi valor en ln denda ...................... .. 383


185. L» oliservadón, la suposición y ta veriflcodón en la
hl]>ólc*l*................ , ....................................................... 28)
186. Valor de la vcrlficadóii a i !u hipótesis . . . . . . . . . . . . . 383
W *s.

187. Observaciones prácticas para la comprobación de las


hipótesis científicos.................................................. • • • 287
1S8. La hipótesis en las dendas racionales.......................... .....289
189. La hipótesis, a i las dendas experimentales.......................289
190. Condiciones de valide» de una hipótesis............ , . . . . 390
191. Principios de la hipótesis en las dendas particulares. 290
192. Prindpios de la hipótesis cu las dendas generales.- . . 291
193. Probabilidad de inio. hipótesis............................ *.. .. 291
194. El sistema de las d e n d a s .....................................................292

CAPÍTULO 311

VALOR LÓGICO DE LOS MEDIOS PAKA LLEGAR A LA CIENCIA

ARTÍCULO I

LA VERDAD Y LA CERTEZA

195. La verdad lógica y el error.......................................... .....29+


I9<S. Origen psicológico dd error........ .................................... ..... 295
197. Causas morales del error................................................... ..... 296
198. Medios de evitar el e r r o r ................................................ ..... 298
199. L a verdad lógica se Italia propiamente en el jnido y
de un modo inicial en la simple percepción .......... ..... 299
200. Estados inldecinales con relación a la v e r d a d .......... ..... 301
201. División de la certeza y de la evidencia........................... 302
202. Lo cerleai es propordonada al motivo que la produce, 303
203. Duda positiva y negativa, metódica y escéptica............. 303
204. Grados en la verdad y en el e rro r..................................... 304

ARTÍCULO II

CRITERIOS DB VERDAD

§ I. Evidencia, conciencia, sentido común

205. Criterio de verdad................................................................... 306


206. Criterio de evidencia............................................................... 307
207. De dónde dimana la neccsi<la<] y la universalidad de la
evidenda inm ediata.............. ............................... .............308
FAg».

208. La cadencia es criterio absolutamente cierto ]>ara juz­


gar la v e rd a d ...................................................................... 309
309. I<Q credibilidad puede ser objeto de evidencia ..... 310
310. l«a conciencia y el sentido íntimo ..... 311
211. Valor de este criterio . ..... 312
2 is. Reglas para el btien uso d d criterio de evidencia y de
conciencia....................................................................... ..... 316
213. Elementos de que consta el criterio de sentido común. 316
214. Caracteres distintivos de las verdades de Sentido común
e infalibilidad de este criterio................................... ..... 318

§ II. Sentidas, autoridad

315. Criterios externos .....319


416. Ivos sentidos como criterio de verdad .....319
217. Difercnda cutre el testimonio de los sentidos Internos
y el de los externos...........................................................320
216. Valor objetivo de las sensadones .....320
319, Condiciones que requieren los sentidos para ser criterio
de verdad .............................................................................323
aso. Supuesta» ratas condicione*, los sentidos son criterio
Infalible de v erd a d .............................................................323
s a i. Reglas para el buen riso de los sentidos ..... 325
222. Inferioridad del criterio de autoridad .....327
223. Hechos sujetos al mismo.......................................................328
324. Testimonio, testigo.............. ....................... *...... 32S
225. Condiciones que exige este criterio . . ........................... 329
226. X«a autoridad humana, en estas condiciones, es criterio
de verdad respecto de los hechos sensibles e histó­
ricos ...................... - ..................... .............................. .... 329
227. 131 testimonio histórico y la trad ición .......... '............... 330

S III. El supremo criterio de verdad

42S. Condidones exigidas por d criterio que pretende el ti­


tulo de primero y único.......... .................................. 332
229. E l supremo criterio de certeza no puede ser el consen­
timiento del género humano ni la le d iv in a .......... 332
230. £1 supremo criterio de certeza no puede ser una especie
de instinto infalible . . .......... . ..................................... 33$
a j . — LÓGICA
Wgfc
231. Ni la Cónácnáá, ni la autoridad} ni la claridad subje­
tiva de nuestras ideas pueden ser el criterio supremo
de c e r t e z a ................... . ................. ......................... . 337
332. M supremo criterio de certeza t* la evidencia objetiva
u ontológica............................................... ............... ... 338
333. Causas de error en los criterios...................................... 341

ARTÍCULO III

LA CKÍTICA

434. La crilicn y la lógica; importancia de la critica.......... .....343


235. Dificultad de la critica; voIot de la erudición................343
236. Autenticidad de loa libros; libros apócrifos .................. .....345
237. Disposiciones del espíritu critico..................... ............... .....346
238. La Interpretación en la critica .............................................346
239. Kn cuántos sentidos un libro puede llamarse apócrifo. 347
240. Reglas para Juzgar de la autenticidad de los libros.. 347
341. Reglas conducentes a la interpretación recta de loa
textos............................................................................... .....349
CARTA DEL EMMO. CARDENAL MERCD3R

AACUBVKCHft DQ M A U N 5 S
Af aliñes, ao Juin rgra
Monsieur le Professsur:
Les occupations absortantes de mon ministíre et ¡a con-
naissance fort impar¡ai te de votre belle langue casiillane
ne m'ont pas fermis de suivre d'aussi pris que je Teusse
souhaité ti d'apprícier á leur rielle valeur vos Elementos
de Filosofía.
Mais ii m’a sufji de les parcourir pottr en admirar la
clarti, la méthode ¿t la súrelé doctrínale.
Votre Etica o Filosofía moral éclaire le lecteur sur la
position modeme des problimes, sans méconnaUre, cepen-
dant, les droils de la tradition.
Je souhaité A ce premier volunte, Monsieur le Profes-
saur, une largó di¡fusión ei je vous prie dé croire d tous
mes senilmente dévoués.
t D. J. Card. MjíRCIER, Arch. de Malines
A Monsieur le Professeur F. Datmdu y Gratacós, Louvain.

A r z o b is p a d o de M a r in a s

Malinas, ao de Junio de i$z3


Señor Profesor:
Las ocupaciones absorbentes de mi ministerio y el cono­
cimiento muy imperfecto de vuestra hermosa lengua cas­
tellana no me han permitido seguir tan de cerca como
hubiera deseado y de apreciar en todo su valor vuestros
Elementan de Filosofía.
Pero me ha bastado el recorrerlos para admirar su cla­
ridad, método y seguridad doctrinal.
Vuestra Etica o Filosofía luornl ilustra al lector sobre
la posición moderna de los problemas, sin desconocer, no
obstante, los derechos de la tradición.
Deseo a este primer volumen, señar Profesor, una exlraor-
naria difusión y os suplico creáis en mis sentimientos
sinceros.
t D, J. Card. Mürcikr, Arzobispo de Malinas
Al señor Profesor F. Dalmáu y Gratacós, Lovaina.
INTRODUCCIÓN

AL ESTUDIO DE Lft FILOSOFIA

§ I. Concepto de la ciencia

1. Carácter científico de la filosofía.—La filosofía


no es una ciencia especial que deba colocarse al lado
de las demás para disputarles un limitado círculo de
investigación, donde pueda dar solución a determina­
dos problemas, sino una ciencia general que tiene su
lugar propio más allá de las ciencias particulares, y,
por encima de todas ellas, domina sus respectivos ob­
jetos, examina la legitimidad de sus conexiones, hasta
llegar a aquellas nociones tan simples que rechazan
todo análisis, y tan universales que no conoce límites
su aplicabilidad. A medida que los medios de observa­
ción se perfeccionan, las ciencias especiales se multi­
plican y reducen la aplicación intensiva de su actividad
a un determinado campo de investigación. L,a tenden­
cia al análisis, muy propia del espíritu humano, puede
desarrollarse en el estudio de los objetos particulares
de cada ciencia, hasta el punto de agotar los distintos
puntos de vista que ellos presentan; pero sin la ciencia
filosófica, que reduce a la unidad sintética, también
muy propia de nuestro espíritu, los resultados obte­
nidos en el estudio de las ciencias particulares, no
podríamos admirar la unidad armónica de todas las
ciencias que constituyela mayor conquista del entendi­
miento humano y el mejor patrimonio intelectual de
I . — L ílC lC A
2 INTRODUCCIÓN At, ESTUDIO DE r,A FII/>SOFIA

la humanidad. «Cuanto más se dilatan los horizontes


del mundo sujeto a la observación, dice Rodolfo Buc­
leen, más se apercibe nuestro espíritu de la falta de una
explicación sintética.» Los eternos problemas que han
preocupado a los hombres, en todas las épocas de la
historia, se plantean hoy con toda claridad y se exige
para su solución un más detallado estudio de los datos
que los constituyen, cuya dificultad es cada día mayor,
gracias a la acumulación de materiales que nos sumi­
nistran los continuos descubrimientos de las ciencias.
El secreto de nuestra humana naturaleza, las cuestio­
nes de nuestro origen y del último fin, la intervención
de una ciega necesidad, del azar y del infortunio en el
curso de nuestra existencia, las fragilidades del alma
humana, las complicaciones del trato social, son otras
tantas cuestiones que no puede resolver la filosofía
apoyándose únicamente en la metafísica, sino que nece­
sita de los datos suministrados por las ciencias expe­
rimentales.

2. Concepto y definición de la ciencia.—El extraor­


dinario adelanto de las ciencias experimentales, en la
época moderna, en nada ha perjudicado al estudio de
la filosofía; al contrario, provista ésta de más datos y
más seguros que le sirven de punto de partida para la
resolución de sus problemas, o confirman, por lo menos,
los principios fundamentales en que ella funda sus de­
ducciones, se consagra al estudio de las cuestiones con
ahinco infatigable, examinándolas a la luz que sobre
ellas proyectan los nuevos descubrimientos. En este
sentido puede decirse que todas y cada una de las cien­
cias experimentales son poderosos auxiliares de la fi­
losofía, contribuyendo a engrandecerla, a dilatar sus
horizontes y a precisar los términos de sus objetivos.
INTRODUCCIÓN Al, ESTUDIO DE LA FILOSOFÍA 3

que, debidamente estudiados, han de formar un orga­


nismo científico.
Hablando en general, el concepto que nos formamos
de la ciencia es de un conjunto o sistema de conocimien­
tos verdaderos y ciertos sobre un mismo objeto. No basta
la verdad para que el conocimiento sea científico;
es necesario que nuestro entendimiento, se adhiera
con firmeza a la verdad que se le presenta, excluyendo
la inseguridad y la duda que acompañan a los cono­
cimientos precientlficos y son incompatibles con la
verdadera ciencia. En sentido estricto, puede defi­
nirse la ciencia: un conjunto de conocimientos verda­
deros, ciertos y evidentes relativos a un mismo objeto
y adquiridos por demostración. Dejando para otro lu­
gar el estudio del significado preciso de cada una de
las palabras que determinan el concepto de la ciencia,
en su sentido estricto, es evidente que todo conoci­
miento científico presenta tres caracteres: certeza,
razonamiento y orden; estas tres propiedades se rela­
cionan y se penetran íntimamente. La certeza de las
nociones científicas debe ser razonada, relacionada
por medio del razonamiento a los fundamentales prin­
cipios de que aquéllas se derivan, para formar, de este
modo, un todo coordinado. Una ciencia es tanto más
perfecta cuando la certeza dv. sus conclusiones es más
inmediata a los primeros principios, el razonamiento
en que se apoyan sus partes más extenso y vigoroso,
y más resplandece el orden por la unidad: el razona­
miento reduce las conclusiones científicas a una cer­
teza plenamente evidente y a una unidad innegable.

3. Caracteres distintivos del conocimiento inte­


lectual.—El conocimiento incluye una representa-
ción. E$ el acto inmanente y vital por medio del cual nos
4 INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA FILOSOFIA

representamos los objetos externos y aun nuestra propia


realidad, con los múltiples elementos que integran el
contenido de la contienda (P. 152). El acto de conocer
tiene un doble aspecto, es operación vitai-eognosciiiva■
Corno operación vital es inmanente y se perfecciona
en el mismo sujeto; como operación cognoscitiva ne­
cesita unirse al objeto o término que conoce de un
modo intrínseco. De aquí se sigue que en todo cono­
cimiento debemos distinguir el sujeto cognoscente, el
objeto o verdad conocidos y la relación que une el
sujeto con el objeto del conocimiento. Cuando nos
encontramos en presencia de algún objeto de la natu­
raleza, de un fragmento de sulfato de cobre, por ejem­
plo, a primera vista no podemos apoderamos, por el
conocimiento, de todas las propiedades que realmente
contiene, y por las cuáles debemos llegar a determinar
su naturaleza, sino que debemos proceder por partes.
IÍ1 entendimiento, facultad abstractiva, considera su­
cesivamente el sulfato de cobre bajo los diversos as­
pectos que presenta y que se le ofrecen por las repre­
sentaciones sensibles y concretas del objeto externo.
En lenguaje filosófico se llama abstraer el acto de consi­
derar aisladamente uno de los varios aspectos que pre­
senta un objeto; y abstracción la función distintiva de la
inteligencia, por la cual ésta considera separadamente
las propiedades de un objeto. Cada propiedad que el
entendimiento percibe en un objeto determinado es
un objeto inteligible, que puede llamarse parcial, un
elemento, una nota, un carácter del objeto. Precisa­
mente, por ser la abstracción un modo de considerar
aisladamente las propiedades de un objeto, no puede
suponerse que el entendimiento establezca una sepa­
ración completa y un aislamiento total o adecuado,
entre los distintos aspectos que aquél presenta, sino
. INTRODUCCIÓN* At> ESTUDIO DE I.A FILOSOFÍA 5

que forma, con la unión de todos, un objeto inteligible


total que proporciona al espíritu la representación
más completa y más fiel posible de la cosa propuesta.
Así, pues, el conocimiento intelectual es abstractivo y
luego unitivo; solamente con esos dos caracteres puede
explicarse la simplicidad y universalidad del cono­
cimiento verdaderamente científico.

4. Especies de conocimiento.—Conocimiento sen­


sitivo es el que adquirimos por medio de los sentidos
y se refiere a los objetos sensibles, materiales e indi­
viduales; el intelectivo es producido por el entendimien­
to y por él percibimos las cosas insensibles o inmate­
riales y las sensibles o materiales por medio de ideas
universales. Conocimiento espontáneo es el producido
exclusivamente por la facultad cognoscitiva aplicada
a la consideración de un objeto propio; el conocimiento
reflexivo, llamado también voluntario y motivado, es
el que adquirimos reflexivamente cuando la voluntad
influye en que una potencia se aplique a la contem­
plación de un objeto determinado. El conocimiento
intuitivo es inmediato, y el discursivo, mediato.

5. Dos procedimientos de la inteligencia humana.


—Los primeros conocimientos del niño son espontá­
neos y están dotados de la variabilidad que acompaña
a la constante sucesión de las cosas externas; por esto
las ideas del niño no se distinguen por su fijeza e
inmutabilidad, sino que se suceden y acumulan en su
espíritu sin coordinación alguna. La actividad espon­
tánea del espíritu no llegará nunca a formar un con­
junto sistemático de conocimientos ni a constituir una
ciencia. La formación de una ciencia, sea cual fuere su
naturaleza, exige la concentración de la razón reflexi­
6 INTRODUCCIÓN Al, ESTUDIO DE LA FEWSOFtA

va sobre un objeto dado, única manera de estudiarlas


relaciones que pueden originarse de los distintos as­
pectos que él ofrece y de sistematizarlas por la acción
de los principios que dan unidad a nuestros conoci­
mientos. Todo esto se consigue por medio de la re­
flexión, que aplica y conserva la atención del espíritu
al estudio de un mismo objeto, haciéndoselo examinar
bajo todos sus aspectos» hasta que, por abstracciones
sucesivas, haya analizado y discernido, en lo posible,
su contenido, sin detrimento de reunir luego todas
sus notas en un mismo objeto total. El primero de
estos dos procedimientos intelectuales es común a
todos los hombres, los cuales comienzan por conocer
las cosas tales como se ofrecen a sus facultades cog­
noscitivas, y muy particularmente a sus sentidos,
antes de hacer reflexión sobre ellas para descubrir sus
causas o razones; por el segundo estudia y conoce el
hombre las causas por que son las cosas conocidas y la
razón de ser como son.
Aunque la facultad de reflexionar, por ser del es­
píritu humano, es común a todos los hombres, para
actuarla se necesita una disposición especial y una
educación de la facultad intelectiva de la cual se ori­
gina el hábito de reflexionar. «Si el desarrollo primitivo,
dice Balmes, fuese por reflexión, la fuerza reflexiva
seria grande; y, sin embargo, no sucede así: son muy
pocos los hombres dotados de esta fuerza, y en la
mayor parte es poco menos que nula. Los que llegan
a tenerla, la adquieren con asiduo trabajo, y no sin
haberse violentado mucho para pasar del conoci­
miento directo ai reflejo.*

6. Los ciencias particulares.— Las ciencias particu­


lares, que Aristóteles llama «í ¿v f«pet con­
INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA FILOSOFIA 7

sideran un objeto común a tina porción más o menos


considerable de seres de la naturaleza y, por consi­
guiente, relativamente simple y universal; la crista­
lografía, por ejemplo, estudia la forma cristalina y su
influencia en las propiedades físicas de los minerales;
la fisiología, las funciones comunes a los organismos
vivientes. «Toda ciencia, dice Barthélemy Saint-Hi-
laire, consiste en un conjunto de hechos de un mismo
género, que la inteligencia del hombre anota y clasifica
según sus analogías y semejanzas, para distinguirlos
de todos los demás fenómenos. Será perfecta la ciencia
cuando los fenómenos que agrupa y coordina están
efectivamente relacionados en la naturaleza, formando
un grupo en el que sean tan evidentes las mutuas
afinidades, que ni posible sea dudar de su enlace. Mas,
si los fenómenos que habían sido reunidos no son su­
ficientemente homogéneos, la ciencia irá depurándose
poco a poco y, segregando los de mayor disparidad,
irá formándose con los hechos afines o análogos, a
semejanza de lo que sucede en un edificio de buena
construcción, en donde se procura que todos los silla­
res sean de una misma especie y de iguales dimensiO'
nes.» Ninguna de las ciencias particulares, cuyo núme­
ro es tan grande como el de las agrupaciones de
objetos que pueden considerarse bajo un aspecto o for­
malidad común, traspasa los límites naturalmente seña­
lados por el objeto que la especifica; sino que, ence­
rrándose dentro del contenido del objeto, sin pretender
mezclarse con las ciencias afines, cada ciencia particu­
lar dispone de peculiares procedimientos de investiga­
ción y los aplica a la luz de los principios inmediatos
que la rigen, sin preocuparse de referir sus con­
clusiones a los principios mediatos y más fundamen­
tales.
8 INTRODUCCIÓN A h ESTUDIO DE I,A I'II,OSOFÍA

7. La ciencia general.—El conocimiento adquirido


por las ciencias particulares es naturalmente imperfec­
to, porque no satisface a la natural tendencia de nues­
tro espíritu hacia la unidad, en virtud de la cual no
cesa en sus investigaciones, mientras sea posible en­
contrar una razón común para unificar los objetos de
las ciencias particulares y explicar sus conexiones. La
física, por ejemplo, estudia en los cuerpos los fenómenos
que no producen cambio alguno en su constitución; la
química, por el contrario, estudia los cambios que las
fuerzas químicas originan en los cuerpos; la historia
natural, en sus distintas ramas, clasifica los cuerpos,
agrupándolos según sus analogías o diferencias; cada
una de esas ciencias, a las cuales pudiéramos añadir la
fisiología, la biología y cien más, tienen su objeto pro­
pio; ninguna de ellas, sin embargo, estudia la cons­
titución Intima de los cuerpos, razón común que las
une y que explica, en último caso y fundamentalmente,
las conexiones que entre los objetos particulares de
aquellas ciencias, que en este caso son modalidades o
aspectos de un mismo objeto material común, pueden
establecerse. Para ello se necesita recurrir a la cosmo­
logía, ciencia filosófica que estudia el mundo inorgá­
nico en sus elementos esenciales o constitutivos.
Aunque una inteligencia hubiese asimilado todas las
ciencias particulares, no por esto vería saciado su
afán de saber, porque le faltaría el conocimiento de
las últimas razones de las cosas; obligada, por ley
de su propia naturaleza, a unificar los diversos resul­
tados de sus primeras investigaciones, se preguntaría
constantemente si es posible encontrar, en muchos de
los objetos de las ciencias particulares, cuando no en
todos, uno o más de sus caracteres comunes, y, por
consiguiente, más generales y más simples, que son las
INTRODUCCIÓN AI, ESTUDIO DE tA FILOSOFÍA 9

propiedades que acompañau al conocimiento intelec­


tual y verdaderamente científico. Ahí está el esfuerzo
de la razón hacia la ciencia en el sentido más elevado
de la palabra, esto es, hacia la ciencia general, la
filosofía. «No hay ciencia, dice Aristóteles, sino de lo
universal. Lo particular no es objeto de conocimiento
científico... En todo hecho hay que distinguir dos ele­
mentos: uno transitorio y accidental, y otro permanente
y general.* Hauscr, aclarando esta idea del Estagirita,
escribe: 4Uu rayo que atraviesa la atmósfera por un lu­
gar preciso, a una hora determinada, que causa la muer­
te a un hombre o hiende un árbol, que traza un circuito
hermoso y caprichoso, ese fenómeno es un hecho
aislado que no se ha realizado más que una vez, ni,
con rigurosa identidad, ha de repetirse durante la
serie indefinida de los siglos. Es, sin embargo, objeto
de ciencia, porque, además de sus elementos acciden­
tales, envuelve ciertos elementos generales, comunes
a todos los rayos, a todas las chispas eléctricas.*

8. Los principios, las cansas y las razones de las


cosas.—A las distintas cuestiones que se derivan de la
consideración de su objeto propio, las ciencias parti­
culares contestan con las soluciones próximas, inme­
diatas, reservando paTa las ciencias filosóficas, que
tienen carácter general, el damos las soluciones más
profundas y últimas, únicas que pueden satisfacer a la
curiosidad científica del espíritu humano. La desigual­
dad individual de los hombres, por ejemplo, es un
hecho evidente que se explica inmediatamente por
la desigualdad natural de los mismos, ya que la varie­
dad de los individuos, comprendidos en la unidad de la
especie, es una ley de la naturaleza; pero, ¿cuál es la
razón de esta ley? La voluntad del Legislador divino
io INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA FII^OSOPÍA

que la puso. ¿V por qué la puso? Porque en ella se


muestran los tesoros de su infinita sabiduría clara­
mente reflejada en el orden, que no es otra cosa sino
la unidad en la variedad. ¿Por qué, finalmente, qniere
Dios este orden en la creación? Porque la manifesta­
ción de su gloria es el fin de todas sus obras. Asi, al
llegar a la razón última» la aspiración de nuestro espí­
ritu se satisface.
Las razones últimas, que explican en el orden lógico
la verdad de las conclusiones científicas, se han de
deducir forzosamente de los principios, causas y rato­
nes de las cosas. En un sentido lato se llama principio
un término anterior a otro; el punto de partida del
movimiento, por ejemplo, es su principio. Filosófi­
camente, se llama principio el antecedente que ejerce
sobre su consiguiente una influencia real, que explica
su producción. Los principios que explican la exis­
tencia de las cosas o sus modificaciones se llaman
causas; la gravedad, por ejemplo, explica el hecho de
la caída de los cuerpos. Considerados los principios
y las causas en Telación a la inteligencia que los com­
prende o se esfuerza en comprenderlos, toman el
nombre de razones de las cosas y contestan al ¿por
qué? que constantemente atormenta a la inteligencia
humana hasta que consigue su estado de equilibrio
con la posesión científica déla verdad. No debe confun­
dirse la causa con la razón de una cosa. Toda, causa,
considerada en su relación con la inteligencia que la
penetra, se llama con propiedad razón; pero no toda
razón es causa. Entre una causa y su efecto existe
una verdadera distinción real, mientras que entre una
razón y aquello que esta razón explica no puede haber
más que una distinción lógica. La geometría, por
ejemplo, las ciencias exactas en general, estudian las
INTRODUCCIÓN AI. ESTUDIO d e w . FÜ jOSOPÍA i i

razones de las propiedades enunciadas de las figuras,


guarismos y proporciones; se demuestra que los tres
ángulos de un triángulo suman dos rectos, pero en
realidad el triángulo no es cama de la propiedad que
se le atribuye. Cuando la filosofía explica la inmorta­
lidad del alma por su simplicidad, se remonta, no de
un efecto a su causa, sino de una propiedad del alma
a su razón explicativa; cuando, por el contrario, expli­
ca el origen del mundo por la acción creadora de Dios,
entonces se remonta a una influencia causal. La causa
es, pues, un principio que influye directamente sobre
la existencia y las modificaciones del ser. Hay cuatro
especies de causas: causa formal, causa material, cau­
sa eficiente y causa final. La causa formal, llamada
también forma, es el principio por el cual una cosa
es determinada en su ser y distinta de las demás; la
causa maletial o sujetiva es la materia que entra en
la comi»sición constitutiva de una cosa y es el fun­
damento de sus divisiones cuantitativas; causa eficiente
es el agente que realiza la acción, y causa final el mo­
tivo por el cual el agente obra. Estas nociones deben
ser ampliadas en la ontología, donde tienen su lugar
propio; a nosotros nos basta saber que las causas in­
fluyen eficazmente en la producción de sus efectos
y los explican realmente, A ellas debemos recurrir si
queremos dar una demostración verdaderamente cien­
tífica y fundamental.

9. Cómo se distinguen las ciencias y de dónde proce­


de su indispensable unidad.—Se llama objeto de una cien­
cia aquello que la ciencia considera y cuyas propiedades
y relaciones investiga. Las ciencias se distinguen entre
si, hablando en general, según sus objetos; las que se
ocupan en los mismos objetos han de encontrar la
i 2 INTRODUCCIÓN* AI, ESTUDIO DE I,A FH^OSOFlA.

explicación de su distinción en el modo particular o


aspecto bajo el cual consideran el objeto y que se llama
objeto formal, en oposición al objeto material o materia
sobre la cual s í ejercita la actividad científica; las
ciencias que estudian las cosas bajo el mismo aspccto
se diferencian por los procedimientos que emplean.
Estos mismos principios, que distinguen a las ciencias
entre sí, sirven también para determinar sus relacio­
nes de dependencia, de coordinación y de subordina­
ción que dan origen a la unidad esplendorosa del sis­
tema total científico. Consideradas las ciencias desde
un punto de vista filosófico, se advierte que las dife­
rencias que median entre ellas son accesorias, relati­
vas a puntos concretos, pero que desaparecen tan
pronto como se avanza en la elaboración goneraliza-
dora de las verdades que contienen, para dar lugar
a la más completa armonía, reveladora de su unidad
fundamental. El panteísmo, que identifica todas las
substancian en una sola, naturalmente hace derivar
la unidad de la ciencia, de la unidad necesaria que
supone aquella identidad absurda, negada por la sana
razón y por la filosofía verdadera. La unidad de la cien­
cia no es más que el reflejo en la inteligencia del hom­
bre de la sublime unidad del mundo, que por eso se
ha llamado Universo. Todo en éste conspira a un fin;
todo obedece a leyes supremas que conciertan y armo­
nizan los hechos y fenómenos más desemejantes en
apariencia, y aun los pretendidos conflictos de la na­
turaleza se resuelven en una fórmula de armonía y
de bien definitivo cuando se acierta a contemplarlos
con un criterio suficientemente elevado.

10. Colaboración de todas las ciencias en la pre­


paración de los conceptos filosóficos.—Los elementos
INTRODUCCIÓN AI, ESTUDIO DE I*A FILOSOFÍA 13

constitutivos de toda ciencia, según la definición que


de la ciencia hemos dado, son los siguientes: i . ° j los
hechos y conceptos que constituyen como la materia
primera de la elaboración científica; a.0, las relaciones
que entre ellos pueden establecerse según la ley de
causalidad o de identidad, respectivamente; 3.°, la
formación de conceptos de generalidad relativa, cada
vez más amplia, que se subordinan en categorías; 4.°, la
sintetización de todos estos factores en un sistema
coherente y homogéneo que, arrancando de los he­
chos o conceptos particulares, cimiento de toda ciencia,
se elevan por abstracciones sucesivas hasta las ver­
dades más generales dentro de la misma ciencia. Estas
últimas verdades son el tributo que cada ciencia par­
ticular rinde a la füosoffa, que es la encargada de
llegar al limite extremo de la abstracción mental y
de dar solución a los problemas más fundamentales
que pueden ofrecerse al entendimiento humano. En
este sentido debe afirmarse que las ciencias particu­
lares, lejos de o]x>nerse al desarrollo de la filosofía,
coadyuvan todas a su progreso y en los principios
fundamentales que ella les suministra buscan su uni­
dad y sis tema tinción científicas.

§ II. Noción y división de la filosofía

11. Concepto de la filosofía.—En su acepción eti­


mológica, la palabra filosofía— ^iXíui, ao«£a_eqiiivale
a amor de la sabiduría, o amor de la verdad, porque
la verdad constituye el fondo y la realidad de la sa"
biduría; es la ciencia elevada a su más alto grado
de perfección y preparando la voluntad a la práctica
del bien. Por su carácter científico, es la ciencia de la
14 INTRODUCCIÓN AI* ESTUDIO DE kA Fir¿)SOFtA

universalidad de las cosas por sus razones más simples


y más generales, es decir, por sus razones mds profun­
das, según la definición de Aristóteles: *l’v ¿vo¡i«£o|aívi)v
w p ís v Trcpl r á npw tJt «m « xai úno).,i[j.£ávojffi

návxt^. Determinando más el carácter científico de


la filosofía y conviniendo en un todo con la noción
expuesta, podemos decir que la filosofía es una ciencia
racional, que tiene por objeto todos los seres, considera­
dos en s«s principios y en sus relaciones más generales.
Al decir que es una ciencia racional, hablamos en sen­
tido exclusivo, porque la filosofía solamente comprende
aquellos conocimientos que salen de la razón, como
de su fuente; no forman parte de la filosofía los cono­
cimientos intelectuales espontáneos, que alienas si pe­
netran más allá de la superficie de las cosas, ni se re­
fieren coordinadamente a un solo objeto; tampoco
son filosóficos los conocimientos que se apoyan cu tin
principio de autoridad, porque saber una cosa no es
aceptarla por el testimonio ajeno, sino tener de ella
un conocimiento personal, fundado en un principio
de evidencia racional. Conviene notar que la exclusión
de las verdades de autoridad no es la negación de aque­
llas verdades que, siendo de un orden superior a las
puramente racionales, solamente podemos conocerlos
por la Revelación. El filósofo 110 tiene derecho a negar
las verdades reveladas, porque no puede deducirlas por
medio del razonamiento, como el matemático no puede
negar la moral, apoyándose en que los principios mo­
rales no se derivan de ningún sistema de ecuaciones,
ni el químico la existencia del alma, porque no la en­
cuentra en las retortas que utiliza para sus experi­
mentos. Cada ciencia debe tener una autonomía
racional, que le consienta relacionarse con las otras
ciencias y aprovechar sus conclusiones; debe seguir sus
INTRODUCCIÓN AI< líSTUÜIO Lili I,A VILOSOPÍA 13

principios propios, sin rechazar aquellos otros que pue­


dan contribuir a su mayor progreso; y, al encerrarse
dentro de sus propios limites, no debe ser menospre­
ciando la cooperación que otras ciencias pueden y,
en determinados casos, deben suministrarle, si sus
resultados han de ser provechosos.

12. Contenido de 1&filosofía.—El primer hecho que


el hombre conoce reflexivamente es su propia exis­
tencia, postulado indispensable para toda ulterior ac­
tividad mental. Este conocimiento de si mismo, como
sujeto de los fenómenos conscientes, crea la uocióu
del yo, y , por contraposición, la noción del mundo
exterior, como objeto de conocimiento distinto del yo.
Estos dos conocimientos, reveladores de leyes snbins
y providenciales, engendran la evidencia de que debe
existir una Causa suprema reguladora de tan sublime
armonía, y la razón íonua la noción de Dios, confir­
mada por lo Revelación. Por esto decimos que la filo­
sofía es la ciencia de Ja universalidad de las cosas, por­
que todas forman su objeto material. Si éste no se
limitase por el aspecto o punto de vista especial con que
la filosofía lo estudia, no hay duda que la ciencia filo*
sófica seria la enciclopedia de todos las ciencias; pero la
filosofía estudia la universalidad de las cosos por sus
razones más simples y gtueraUs, y es lo que constituye
el objeto formal de la filosofía, hace que esta ciencia no
solamente no invade los dominios de las ciencias par­
ticulares, sino que las ayuda poderosamente a desarro­
llarse y contribuye, con sus conclusiones, a que se cons­
tituyan en verdaderas sistematizaciones científicas.
Dentro del dominio de la filosofía caen las nociones
más elevadas de las cuales derivan su claridad y cer­
teza los conocimientos inferiores; de este modo go-
16 INTRODUCCIÓN AL üSTUDIO DE LA FILOSOFÍA

biema todas las ciencias, sin confundirse con ellas,


porque donde hay un sistema de principios y relacio­
nes especiales, que no se aplican más que a una clase
particular de seres, allí comienzan las ciencias particu­
lares humanas. El conocimiento del alma humana no
puede Telegaxse a la biología, porque su ser es dema­
siado elevado, y es de tal naturaleza, que forma, por
decirlo así, un reino aparte en el concierto de los vi­
vientes; su estudio es de la mayor importancia para
conocer las leyes que regulan la producción de los
actos intelectuales y de los actos morales. Dios, final­
mente, entra dentro del objeto de la filosofía, porque
la noción que de Él formamos la deducimos de la apli­
cación de los conceptos e ideas más generales y nobles
que elabora nuestro entendimiento.

13. Erróneos conceptos de esta ciencia.—Algunos


toman la filosofía en un sentido tan lato y universal
que encierran en su contenido todas las ciencias, iden­
tificándola en cierto modo con la enciclopedia de los
conocimientos humanos. Cicerón la define «la ciencia
de las cosas divinas y humanas y de las causas por las
cuales esas cosas se explican*: Rerum divivarum, ct
humanarum, causaruntqut, ijuibus hae res continentuf
scieniia. Otros, por el contrario, entre los modernos,
limitando demasiado el objeto de la filosofía, puede
decirse que la reducen a una ciencia puramente sub­
jetiva. Reid la define «la ciencia del espíritu humano»;
Kanl\ *la ciencia de las leyes según las cuales se desen­
vuelve el conocimiento*; Fichte, «la ciencia del yo
fiuror, Hegel, «la ciencia de la Idea en sus tres momen­
tos»; Herbart, «la ciencia de la elaboración de los con­
ceptos*; Descartes, «el conocimiento o análisis del su­
jeto pensante, o sea del espíritu humano, deducido
INTRODUCCIÓN AL KSTUDIO UK I..\ l-II.OSOlÍA

de principios evidentes*; Cousin, *la evolución de los


elementos contenidos en la espontaneidad de las fa­
cultades del yo, por medio de la reflexión libre e
independiente de toda autoridad». A la luz de la
definición que hemos dado d? la filosofía, no es difícil
aquilatar el valor de los conceptos erróneos, buen
número de ellos por incompletos, que de aquella
ciencia han dado las distintas escuelas y los más
renombrados filósofos. Todos ellos, y otros que pu­
diéramos enumerar, pueden ser considerados como
derivaciones, más o menos inmediatas y directas, y
como la expresión, múltiple en la forma, pero idén­
tica en el fondo, de la definición de la filosofía dada
por Descartes.

14. Origen primitivo, histórico y racional de la filo­


sofía.—El origen absolutamente primitivo de la filo­
sofía debe buscarse en la acción de Dios, que infundió
al primer hombre la ciencia más o menos perfecta de
las cosas naturales, porque, como enseña con razón
Santo Tomás, así como el primer hombre salió perfecto
de las manos de Dios, en el orden físico, también debió
recibir del Criador, en el orden intelectual, la perfec­
ción necesaria para ensenar a sus hijos. Concretándo­
nos al origen histórico, no se puede señalar una fecha
determinada ni un pueblo que indiscutiblemente me­
rezca el honor de haber sido la cuna de la filosofía. La
historia de esta ciencia nos dice que todo* los pueblos
han cultivado los conocimientos filosóficos, porque,
si bien la filosofía no quedó sistematizada hasta el
período griego, no por esto dejan de tener un gran valor
los conocimientos que en ella alcanzaron los pueblos
orientales, hasta el punto que muchos autores atribu­
yen a la India el primer organismo rigurosamente
i . — LÓGICA
l8 INTRODUCCIÓN AI, ESTUDIO I)H LA FILOSOFÍA

científico de la, filosofía. El origen racimal o lógica


debe buscarse, según Sanio Tomás; i .° En la admira­
ción, porque todos los hombres tienen naturalmente
deseos de saber las causas de los fenómenos que obser­
van y para averiguarlas comenzaron a filosofar. La
psicología infantil nos proporciona curiosos datos
acerca de esta cuestión, porque en el niño, más que
en el adulto, se nota esa instintiva curiosidad—cu-
riosum ttofns dedil ingenium natura, — dice Séneca,
por conocerlo todo. — 2,° La naturaleza misma del
hombre, porque «toda naturaleza, dice Santo Tomás,
tiene inclinación natural a la operación que le es
propia; siendo, pues, operación propia del hombre,
en cuanto hombre, el entender, puesto que por esta
operación se diferencia de los demás seres, síguese
de aquí que el deseo del hombre se inclina natural­
mente a entender y, por consiguiente, a saber. La pri­
mera de esas dos causas es ocasional; la segunda causa,
eficiente.

16. División de la filosofía en especulativa y prác-


tieft.— La filosofía se divide en tantas partes cuantos
son los órdenes que pueden distinguirse en la univer­
salidad de los seres, que oonstituye su objeto propio
y que caen, por lo mismo, bajo la mirada reflexiva del
filósofo. Un primer orden lo encontramos realizado en
la naturaleza; y otro, producido por la actividad del
sujeto, lo constituyen nuestros propios actos. En la
producción del orden natural 110 interviene para nada
el sujeto; las cosas reales existen independientemente
de nosotros; nos incumbe únicamente estudiarlas,—
faupfc», speculari,— mas no crearlas. El segundo or­
den lo realizamos por nuestros actos de inteligencia
o de voluntad, y por el uso que hacemos de las cosas ex*
INTRODUCCIÓN AI. ESTUDIO Dl£ I > FIt,OSOKtA ig

terioros en las creaciones artísticas. De aqui que haya


tina filosofía de la naturaleza, especulativa o teórica, y
otra práctica. La filosofía práctica abaren natural­
mente tres partes: la Lógica, que se ocupa en el orden
de los actos de la Tazón; la Etica o filosofía moral, que
ordena los actos de la voluntad, y la Estética o filoso­
fía del A ríe.

16. Partes de la iilosolía natural, según loa esco­


lásticos y según los modernos.—Una vez constituidas
las ciencias particulares, la incelígenda, por una refle­
xión más intensa, descubre en los seres, agrupados
convenientemente, un objeto inteligible común, razón
sintética de los resultado* obtenidos por los trabajos
anteriores de análisis. H ay en los cosas, según Aristó­
teles, un triple objeto coinún: el movimiento, la can­
tidad y ia substancia. Fundándose en esto, los escolás­
ticos dividieron la filosofía en tres partes: Física.
Matemáticas y Metafísica, que corresponden a los tres
grados de abstracción intelectual y a las tres etapas
por que atraviesa la inteligencia en su esfuerzo por
comprender sintéticamente el orden universal. Todo
lo que sucede en el conjunto de seres sujetos a la ob­
servación, se llama mutación o movimiento; la expli­
cación profunda del movimiento es el objeto de la
física, que estudia loa propiedades sensibles de los cuer­
pos, sujetos a cambio, con abstracción de los cualidades
concretas de un cuerpo determinado. Si prescindimos
del movimiento, todavía podemos considerar los seres
afectados inmediatamente de la cantidad; esta canti­
dad inteligible, tal como el espíritu puede concebirla
por medio de la abstracción, es el objeto de las M a­
temáticas, que estudian las tres dimensiones del espa­
cio: la longitud, la latitud y la profundidad. Todavía
20 INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA FILOSOFIA

es posible eliminar la cantidad y considerar el ser


como principio o sujeto de acción, no solidario de la
cantidad y de los atributos cuantitativos. El ser así
considerado es el objeto de una ciencia más general
que las Matemáticas, la Metafísica o filosofía primera,
que considera el ser con abstracción de toda materia,
o existiendo realmente sin materia.
La división propuesta por Wolff (1679-1755) se fun­
da, casi exclusivamente, en las cosas consideradas en
sí mismas, es decir, en el objeto material de la filosofía,
sin tener en cuenta la naturaleza de los problemas que
se derivan del estudio de su objeto formal, que es pro­
piamente el que da carácter científico a los conoci­
mientos filosóficos. Y como la universalidad de los
seres comprende el mundo material, el alma humana y
Dios, de aquí la división de la filosofía en Cosmologíat
Psicología y Teodicea o teología natural. No obstante
ejto, Wolff se vió precisado a admitir la Ontolúgía, o
metafísica general, encargada del estudio de ciertas
propiedades que pertenecen al ser en general y no a
una categoría determinada del ser, a los seres corpo­
rales, por ejemplo, o a los seres espirituales. Conviene
advertir que la Cosmología y la Psicología, ni según
Wolff ni dada la extensión que les concede la filoso­
fía moderna, no responden al programa completo de
las ciencias físico-naturales. Después del extraordina­
rio desarrollo que han experimentado las ciencias de
observación, a partir del siglo xv ii, se ha establecido
una separación entre la física de los naturalistas y la
estudiada por los filósofos; los primeros se han reser­
vado el estudio de las cuestiones de física experimen­
tal, y los segundos, el de los problemas más abstractos
de la antigua Física, con los nombres de Cosmología
trascendental y Psicología racional que les dió Wolff,
INTRODUCCIÓN Al. ESTUDIO DE LA FILOSOFÍA 21

Según éste, pues, se divide la

Metafísica general -. - Ontología.

Filosofía es­
peculativa en

Los problemas relativos al origen y valor de los co­


nocimientos intelectuales, en su parte fundamental,
pertenecen a la Psicología; y en cuanto a los medios
de que nos valemos para llegar a la verdad, prescin­
diendo del valor objetivo de nuestros conocimientos
intelectuales» son del dominio de la Lógica.. No obs­
tante esto, debido a la excepcional importancia que,
sobre todo desde Kant, han conseguido aquellos pro*
blemas, la filosofía moderna ha reunido su estudio en
un tratado aparte, que se conoce con el nombre de
Criteriologia o Epistemología, Ea cambio, las Mate­
máticas han sido eliminadas de entre las ciencias fi­
losóficas, porque las nociones fundamentales de uni­
dad y número son estudiadas en la Ontología, y las
de cantidad, extensión y espacio en la Cosmología.
En la clasificación moderna, la filosofía de la natura­
leza comprende: la Ontología, la Cosmología llamada
trascendental, en oposición a la fisica experimental,
la Psicología llamada racional, en oposición a las
ciencias anatómicas y fisiológicas del cuerpo, la Teo­
dicea y la Criteriologia o filosofía critica, a la cual
los modernos señalan un lugar especial entre las par­
tes de la filosofía.
22 INTRODUCCIÓN AI, ESTUDIO DE I.A FU/3SOFÍA

17. Relación de la filosofía con las otras ciencias


humanas.—La división de las ciencias filosóficas, tal
como la concebían los antiguos, atestigua el buen cu i*
dado que ellos tenían en mantener estrechamente
unidas la observación sensible y la especulación racio­
nal, único modo de adquirir el conocimiento verda­
deramente real y científico. Otra cosa sucedió cuando,
después de Wolff, la física experimental y las mate­
máticas fueron separadas de la metafísica y pretendie­
ron formar sistemas científicos independientes de todo
principio filosófico. Concedemos de buen grado que
la observación propiamente dicha, con la división del
trabajo, se aplicó con más provecho, pero el saber
humano, considerado en conjunto, recibió un gran
perjuicio. Desde aquel momento, no hubo lenguaje
común entre los naturalistas y los filósofos y los equí­
vocos fueron corrientes; las pálabras que expresan las
nociones más fundamentales, las de materia, por ejem­
plo, substancia, movimiento, causa, energía, fuerza, can­
tidad y otras se tomaron en sentido muy diferente,
según que se aplicasen a las ciencias o a la filosofía;
tanta fué la discrepancia, que llegó a creerse que la
tendencia científica y la de la filosofía eran incompa­
tibles. Ollé Lapnme afirma que los conocimientos
filosóficos son los que «tienen por objeto lo indeter­
minado, lo conjetural, lo que todavía no ha entrado
en el dominio científico*. Siendo así que todas las cien­
cias derivan sus principios de las enseñanzas de la
filosofía; las ciencias matemáticas, las ciencias físi­
cas, la estética, las ciencias históricas y las ciencias
jurídicas aprenden en la ciencia filosófica la certeza
de sus conclusiones y en ella se apoyan para aplicar­
las debidamente.
El alto grado de generalización de las matemáticas
INTRODUCCIÓN AI. ESTUDIO DE LA FILOSOFÍA 23

justifica las estrechas relaciones que tienen con la


ciencia filosófica.. La filosofía suministra al matemá­
tico los primeros principios; por la lógica forma en
su espíritu el hábito de raciocinar, y por la metafísica
le acostumbra a la abstracción, funciones en las cuales
deben apoyarse fundamentalmente los estudios ma­
temáticos. En las ciencias naturales, la filosofía ense­
ña el valor de la observación y de la inducción, nece­
sarias para conocer las propiedades de los cuerpos y
determina las reglas para que aquellos procedimien­
tos sean verdaderamente científicos. No obstante esto,
son precisamente naturalistas los que más quieren
relegar al ostracismo la ciencia filosófica, creyen­
do que la especializadón, que indudablemente ha
contribuido al progreso admirable de las ciencias na­
turales, hace innecesario el estudio de la filosofía,
que no tiene por objeto la especialización, sino la
cultura general del espíritu. Fácilmente se contesta
a esa dificultad teniendo en cuenta que los principios
especiales, que son propios de las ciencias particu­
lares, no son más que aplicaciones particulares de
los principios fundamentales de la filosofía; por haber
olvidado esta verdad, vemos, por desgracia, que mu­
chos especialistas (?) no son hombres verdaderamente
científicos. La historia de las ciencias nos revela, en
todas sus páginas, que un espíritu elevado, con una
educación sólidamente filosófica, es más apto que
otro que no la posea para especializarse, asegurando
a sus conclusiones la profundidad y la extensión que
no conseguiría independientemente de los principios
filosóficos. Así lo afirman categóricamente, y ellos
mismos son ejemplos vivientes, los sabios que se
llamaron Kepler, Galileo, Newton, Leibnitz, Laplace,
Claudio Bernard, Chevreul, Roberto Mayer, Clausius,
24 INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA FILOSOFÍA

Gaudry, Pasteur y cien más que brillan en el firma­


mento de la ciencia como astros de primera magni­
tud. De Pasteur son las siguientes palabras, que ma­
nifiestan la natural alianza del espíritu filosófico y
del espíritu científico: «Aquel que proclama la exis­
tencia de lo infinito, y nadie puede dejar de hacerlo,
acumula en esta afirmación más cantidad de elemen­
to sobrenatural, que el que ofrecen los milagros de
todas las religiones; porque la noción de lo infinito
tiene el doble carácter de imponerse y de ser incom­
prensible.» También nos dice la historia de las cien­
cias que los materialistas y ateos que han pretendido
justificar científicamente sus teorías falsas, rompen
de una vez con la ciencia y con la filosofía. Cuando
Tyndall define la materia ría aurora y el poder de
todas las formas y de todas las cualidades de la vida»,
y Taine y Stuart M ili rechazan, con Hume, el princi­
pio de causalidad; cuando Liitré, después de haber
dicho «no podemos concebir que nada venga de la
nada y que nada vuelva a la nada*, añade, para ser
consecuente con su positivismo: «En el fondo, ¿qué
sabemos de ello?», sustituyen la lógica de los princi­
pios evidentes por la de sus afirmaciones ciegas y
quiméricas.
La filosofía ofrece a la estética y a las bellas artes,
junto con los principios de armonía y proporción que
las regulan, las grandes ideas que son fuente perenne
de inspiración. Cuanto mayor es el espíritu reflexivo
y más el ánimo está acostumbrado a la meditación,
tanto más dispuesto se encuentra el artista para ex­
presar el ideal que da la forma a las grandes creaciones.
Dante, Miguel Angel, Shakespeare, Corneille y Bos-
suet nunca rechazaron los principios filosóficos: su
espíritu filosófico fué precisamente el manantial de
INTRODUCCIÓN AI, ESTUDIO DE I.A FILOSOFÍA 25

su grande inspiración. La filosofía, además, penetra


la historia toda entera. La lógica le enseña en qué con­
diciones y por qué orden de hechos el testimonio cons­
tituye una prueba fehaciente; la teodicea le enseña las
leyes providenciales que, según Bossuct, explican la
evolución de los hechos históricos; la moral, a su vez,
ilustra los juicios que la historia debe formular sobre
el detalle de las acciones humanas y las lecciones que
de ellas debe deducir en provecho de la humanidad.
Pero donde se ve marcadamente la influencia de la
filosofía es en las ciencias jurídicas y sociaUs. La ética
es el fundamento del derecho natural, como éste lo
es del derecho positivo; por esto el estudio de la legis­
lación comparada se hace imposible, si prescindimos de
su fundamento, que lo constituye el estudio de la
filosofía moral y del derecho natural. Asimismo las
cuestiones sociales no pueden resolverse sino por un
espíritu avezado al estudio de la filosofía, enlaparte
que dice relación a señalar los males de la sociedad y
a determinar los remedios. Si se quiere dar soluciones,
independiente nien ce de los principios filosóficos, fá­
cilmente se cae en una utopía.

18. Superioridad de la filosofía sobre las ciencias


particulares.—Las ciencias particulares son depen­
dientes de la filosofía y colaboran en la preparación
de los conceptos filosóficos (10), porque hay en la
ciencia filosófica algo que la hace superior a las demás
ciencias. La facultad de abstraer confiere al hombre
su perfección distintiva y característica, que le hace
superior al animal; y las ciencias filosóficas llevan la
abstracción lo más lejos posible, en beneficio de los
fundamentos de las ciencias particulares; luego exce­
den en perfección a los conocimientos de las demás
26 INTRODUCCIÓN Al, ESTUDIO DE LA PU^OSOPÍA

ciencias humanas. Las matemáticas, por ejemplo, son


superiores a las ciencias físicas, por exigir ua mayor
grado de abstracción, y sobre unas y otras, por el mis­
mo. motivo, está la metafísica. La abstracción es el cri­
terio para establecer la jerarquía de las ciencias. «Las
tres cuartas partes del género humano, escribe el po­
sitivista Taine, toman por especulaciones ociosas las
concepciones abstractas. Tanto peor para ellos. ¿Por
qué, sino para formarlas, vive una nación o un siglo?
Sólo asi llega el hombre a su perfección completa.
Si descendiera algún habitante de otro planeta para
preguntamos por nuestra especie, nos veríamos pre­
cisados a manifestarle las cinco o seis grandes ideas
que del espíritu y del mundo tenemos. Esto le daría
la medida y la capacidad de nuestra inteligencia.» De
Barthélemy Smnt-Hilaire tomamos las razones con
que Aristóteles apoya la superioridad de la metafísica
y de la ciencia filosófica sobre las demás ciencias par­
ticulares. La ciencia universal posee en más alto grado
que la ciencia particular el carácter científico, porque
el que sabe lo general, sabe también, en cierto modo,
los casos particulares comprendidos en él. La ciencia
general es la más racional; y la razón es lo que sobre
todo contribuye a la formación de la ciencia. La cien­
cia general tiene más precisión científica, por derivarse
inmediatamente de los primeros principios; ella estudia
las causas últimas, adquiriendo, de este modo, el co­
nocimiento más perfecto, porque en tanto creemos
saber una cosa, en cnanto conocemos su causa. Por
todas estas razones se evidencia la superioridad de la
ciencia filosófica.

19. Rdacionee de la filosofía con la doctrina reve­


lada.—Los teólogos llaman a la filosofía ciencia na-
INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA FILOSOFIA 2/

inrai, significando con esto que se ocupa en aquel


orden de conocimientos que la razón puede adquirir
por sus propias fuerzas, en oposición a los conocimien­
tos que, por superar las fuerzas y las exigencias de la
naturaleza creada, se llaman sobrenaturales; éstos ver­
san sobre las verdades propuestas por la Revelación
divina y son el objeto de la teología cristiana. Entre
la filosofía y la teología hay una distinción adecuada,
por razón del principio en que se apoyan, que en la filo­
sofía es la evidencia racional y en la teología ea la au­
toridad divina; ]>or parte del objeto material, es decir,
de las verdades que una y otra ciencia estudian, la dis­
tinción es solamente inadecuada o parcial. Conviene
distinguir tres clases de verdades: verdades puramente
teológicas, verdades exclusivamente filosóficas y verdades
mixtas. Teniendo esto en cuenta, nos ha de ser fácil de­
terminar las relaciones de dependencia en que se en­
cuentra la filosofía respecto de la teología, desde el doble
punto de vista de su principie y de su objeto respectivo,
I,a filosofía tiene una existencia propia, formalmen­
te indejJCTulicritc de toda autoridad, porque dispone
de principios propios y de mótodo peculiar para dedu­
cir de ellos las conclusiones que, como en germen, con*
tienen. Jamás la filosofía debe abandonar bus prin­
cipios propios, derivados de la evidencia racional que
constituye el fundamento de los conocimientos filo­
sóficos; pero el principio de evidencia racional, si se
aplica debidamente al estudio de los atributos de
Dios y de las leyes de la divina Providencial de donde
se deduce la posibilidad de la divina Revelación, y al
examen de los testimonios históricos en que se apoya
el hecho divino de la Revelación cristiana, nos conduce
lógicamente a admitir, con la existencia de la Revela­
ción divina, la infalibilidad y la autoridad suprema
28 INTRODUCCIÓN AI, ESTUDIO DE LA FILOSOFÍA

de esca Revelación. Luego la filosofía, queriendo per­


manecer fiel a su propio principio, debe reconocer
que la fe es un principio legítimo de certeza, superior
al de certeza puramente racional, sin abandonar nunca,
por esto, el principio de evidencia racional en que se
apoya. Cuando, durante la primera mitad del siglo
pasado, Bonald y Lamennais quisieron imponer a la
razón humana la necesidad de buscar en la Revela­
ción los primeros principios y los primeros motivos
de verdad, el papa Gregorio XVI, no sólo no agradeció
este homenaje de servil y arbitraria sujeción ofrecido
a la Iglesia, sino que reprobó y condenó públicamente
a los que, con más generosidad que sabiduría, preten­
dían imponérselo.
De manera que la filosofía, y las ciencias humanas
en general, son autónomas en el sentido de que su mo­
tivo supremo es la evidencia intrínseca de su objeto;
mientras que el motivo último de la fe es la autoridad
de Dios. No obstante esto, el filósofo ha de reconocer
que, por encima de sus conocimientos filosóficos, hay
nn manantial de verdades que jamás puede contra­
decir, si no quiere negarse a sí misino. Entre las ver­
dades reveladas, las hay exclusivamente teológicas que
el filósofo no puede negar, ni pueden servirle de fun­
damento para deducir sus conclusiones, porque no son
intrínsecamente evidentes y no tienen, por lo tanto,
carácter filosófico. En las verdades mixtas, llamadas
así porque son enseñadas por la Revelación y, al mismo
tiempo, pueden ser demostradas por la razón, la filo­
sofía se apoya en el principio de evidencia, en todo el
orden de demostraciones; pero, como la ciencia filosófica
es falible, al igual que la razón humana, debe apoyarse,
en el orden de las conclusiones, en la autoridad infali­
ble de la fe. La doctrina revelada no es para el filósofo
INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO Dlí LA FILOSOFÍA 29

un motivo de adhesión, una fuente directa de cono­


cimientos, pero sí una salvaguardia, una norma nega­
tiva. Si las conclusiones del filósofo no están acordes
con la Revelación divina, tal como se la proponen las
autoridades legitimas, debe repetir sus investigaciones
hasta que las dificultades se resuelvan de acuerdo con
las enseñanzas que a primera vista parecían incompa­
tibles. Respecto de las verdades puramente filosóficas,
la filosofía puede proceder con toda libertad en la de­
mostración y en las conclusiones.
La doctrina católica no exige en el orden filosófico
la sumisión inmediata y directa de la rosón a la fe, sino
simplemente una subordinación remota e indirecta
que se concilla con la autonomía de la razón, «La fe, dice
el concilio Vaticano, no prohibe que las ciencias, cada
una en su propia esfera, se sirvan de sus principios
propios y apliquen su método particular; pero, recono­
ciendo esta justa libertad, vela solicita para impedir­
les que admitan errores, poniéndose en contradicción
con las enseñanzas divinas, o que invadan y pertur­
ben, saliéndose de sus racionales limites, la esfera y
las verdades de la Revelación.»
Esta dependencia innegable y racional que la filo­
sofía tiene respecto de ¡adivina Revelación se justifica,
además, por los beneficios que mutuamente se prestan,
i.°, la filosofía conduce la razón humana a la fe, de­
mostrando la verdad de los principios racionales en
que se apoya la posibilidad de la Revelación; 2,°, con­
firma, por argumentos personales, las verdades reveladas
mixtas, y demuestra que no implican contradicción los
misterios; 3.° deduce de las verdades reveladas una mul­
titud de consecuencias aplicables al orden de la vida, que
se hacen explícitas solamente por el análisis y el razo­
namiento filosófico; 4.0, contribuye a formar con las
30 INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA FILOSOFÍA

verdades de la Revelación un todo sistemático, un verda­


dero cuerpo de doctrina. A su vez, la Revelación divina:
i.°, preserva a las ciencias humanas de caer en los errores
más graves y funestos, que con frecuencia las aparta-
lían de su misión; 2.°, suministra a la filosofía indicacio­
nes precisas y estimulantes eficaces para elevarse a las
nociones más generales, y penetrarlas en toda su inte­
ligibilidad; 3.0, produce el espíritu de prudencia y de
comedimiento, que es tan necesario en las especulacio­
nes filosóficas, si no queremos que un deseo inmode­
rado de novedad nos seduzca y nos aparte del pro­
greso verdaderamente científico. Es imposible, pues,
establecer divorcio entre la filosofía y la Revelación
divina. S i la razón, dice Causette, es la mirada del
espíritu, la fe es el cristal que aumenta su potencia.

SO. Importancia del estudio de la filosofía.— Des­


pués de lo que llevamos dicho, conocida la conexión
que media entre la filosofía y las demás ciencias, y
dada la unión que se establece entre todas las verda­
des, cuya explicación se busca siempre en sus razones
últimas, apenas si será necesario demostrar la impor­
tancia del estudio de los problemas filosóficos. Por la
filosofía se adquiere un caudal de conocimientos que,
a la vez que firve para entender mejor las demás cien­
cias, perfeccionan, desarrollan y robustecen las fa­
cultades del hombre, principalmente las intelectuales,
por las cuales el hombre se distingue y se eleva sobre
todos los demás seres del mundo, lo cual equivale
a decir que 1a filosofía constituye la perfección más
noble y característica del hombre como ser inteli­
gente en el orden natural. Por otra parte, ordena y
dirige las afecciones morales en armonía con el cono­
cimiento y posesión de Dios, por medio de la práctica
INTRODUCCIÓN AI, ESTUDIO DE I,A FILOSOFÍA 31

de la viriud. «Puesto que Dios es la verdadera sabidu­


ría, dice San Agustín, el verdadero filósofo es aquel
que ama a Dios.» La historia, finalmente, nos dice la
grandísima influencia que los filósofos han ejercido
en todas las épocas, ya prestando valiosos servicios
a las demás ciencias humanas, ya marcándoles rumbos
por donde se debía orientar la vida para el porvenir.
El desarrollo y progreso de las instituciones sociales
y políticas, de la legislación y, en general, de los prin­
cipales elementos y manifestaciones de nuestra civi­
lización, se deben, en gran parte, al cultivo de la filo­
sofía.
LÓGICA

CAPÍTULO PRELIMINAR

21. Concepto de la lógica.—La lógica— razón,


—es la ciencia de las relaciones' fundamentales del -pen­
samiento con lo verdadero, o la ciencia de las reglas que
dirigen la razón en la investigación de lo verdadero;
y como la investigación de la verdad se debe hacer por
medio de las operaciones fundamentales del entendi­
miento, la simple aprehensión, el juicio y el raciocinio,
cuyos objetos respectivos son la idea y las relaciones
más o menos inmediatas que entre dos o más ideas el
juicio y el raciocinio establecen, puede definirse la
lógica, atendiendo a su fin y objeto, diciendo que es
la ciencia que se ocupa en la formación regular de nues­
tras ideas, juicios y raciocinios para llegar fácil y segu­
ramente a la consecución de la verdad. La consecución
de la verdad es ti fin natural de la inteligencia humana,
como de toda inteligencia; pero así como la inteligen­
cia divina está en posesión de la verdad toda, de la
verdad absoluta, sin necesidad de esfuerzo alguno y
sin peligro de error, la inteligencia del hombre, por su
imperfección y por sus limitaciones, está expuesta a
equivocarse y necesita de reglas que la guien; la for­
mación de estas reglas es el objeto de la lógica.

22. La lógica como ciencia práctica y como arte.—


Hay en el hombre una lógica natural, que él no apren­
PRELIMINARES 33

de, porque es como una emanación de su propia na­


turaleza, sino que practica, casi inconscientemente
siguiendo la evolución normal de sus facultades, que
se ordenan directamente a sus propios objetos; pero
existe, además, una lógica artificial, que es como el
perfeccionamiento y la organización científica de la
lógica natural y se aprende con el estudio reflexivo de
los actos intelectuales, de donde dimanan los medios
que se aplican para llegar a la verdad. E l hombre
tiene la razón por guia en el ejercicio de su activi­
dad y por esto conoce el fin de sus acciones, los me­
dios para realizarlas y la relación o proporción que en­
tre uno y otros existe; las reglas que la razón propone
para ello forman un conjunto que recibe el nombre de
arte, en el sentido más general de la palabra, y cuando
se las propone a si misma, en virtud de la facultad que
tiene de reflexionar, para dirigir ordenadamente sus
propios actos a la consecución de la verdad, engendra
en el sujeto una disposición que fortifica y endereza
el ejercicio de sus facultades intelectuales. La ciencia
que se ocupa, desde ese punto de vista práctico, délos
actos de la razón, es la lógica; y el conjunto de reglas
que la razón se da a sí misma, para llegar más segura
y fácilmente al conocimiento de la verdad, es el arte
lógico, o la lógica considerada como arte. En el pri­
mer aspecto, la lógica tiene un carácter especulativo
y teórico; como arte, es empírica y práctica. Creemos
que así puede resolverse una cuestión que, no por te­
ner una importancia secundaria, dejó de preocupar
seriamente a los filósofos, sobre todo en la Edad Media,
y de causar inacabables discusiones. La lógica es una
ciencia, porque forma un sistema de conocimientos
ciertos, razonados y coordinados acerca de los actos
de la razón; y es un arit porque aplica esos conoci-
S-— k >c jc a
34 ILÓGICA

mientos a la dirección de los actos intelectuales que


se ordenan a la investigación de la verdad. En la lógi­
ca no nos limitamos al estudio de los actos del entendi­
miento por el placer desinteresado de conocerlos, sino
con el propósito de utilizar ulteriormente los conoci­
mientos adquiridos para dirigir debidamente las ope­
raciones del espíritu. Por esto la lógica es -una ciencia
práctica.

23. La lógica formal y la criteriologia.—Desde el


puuto de vista de su objeto, es clásica la división de la
lógica en general y especial, respectivamente denomi­
nadas por los escolásticos lógica menor y lógica mayor:
la primera tiene un carácter marcadamente práctico,
porque enseña las reglas filosóficas y los preceptos
racionales pata el conveniente uso y aplicación de las
tres operaciones fundamentales de la inteligencia.
Aquella parte de la lógica que trata de las materias
que tienen una relación especial con las tres funciones
indicadas de nuestra razón, como medios o instru­
mentos para investigar y adquirir la verdad, tales
como ciertos problemas sobre la certeza, la proba­
bilidad, la verdad, el método, los criterios, etc., se
llama lógica especial y los escolásticos la llamaban
lógica mayor. I^a denominación de lógica formalt con
que la moderna escolástica desigua la parte de la ló­
gica que antes se conocía con el nombre de lógica
general o menor, la creemos preferible, porque indica
de un modo más completo el contenido de su objeto.
Es puramente sujetiva, aunque no en el sentido de
Kant, que atribula causalidad real a las formas suje­
tivas del conocimiento; y comprende, no solamente
el estudio de los actos intelectuales, sino el de los sis­
temas que ellos originan, el fin a que se ordenan, o
PRELIMINARES 35

sea la ciencia* los métodos para conseguirlos y los cri­


terios para distinguir los conocimientos verdaderos
de los falsos. La criteriología—xpivriv, discernir—es
«1 estudio reflejo de nuestros conocimientos ciertos
y del fundamento sobre el cual descansa su certeza. Se
Jlama también epistemología— ciencia,— esto
es, estudio científico del saber. La criteriología no
pertenece a la lógica, y por esto no la llamamos,
-como se liacé comúnmente, lógica real. Esta denomi­
nación tiene su razón de ser en el sistema kantiano,
según el cual la inteligencia recibiría de fuera las im­
presiones pasivas que, para convertirse en conocí-
miento, habrían de amoldarse, por decirlo asi, a las
formas de la misma. En este sistema la distinción
entre la lógica formal y la lógica real se impone, d e­
biendo la primera ocuparse de la forma presupuesta y
la segunda de la materia que se acomoda %esta forma.
Pero esta distinción, como se demuestra en psicología
(P. 139, 162), es completamente arbitraria y desti­
tuida de fundamento. La misma denominación de
lógica real envuelve una contradicción, porque el ob­
jeto de la lógica es el ser de razón, es decir, los atributos
de que están revestidas las cosas en y por el conoci­
miento; precisamente en esto se distingue de la m eta­
física, que tiene por objeto el ser real.

24. Conocimiento de la verdad; el error.—El fin de


la lógica es conducir de un modo fácil y ordenado la
razón al conocimiento de la verdad; para ello tom a
por objeto de estudio sus propios actos. La verdad,
hablando en general, es la realidad de los seres, de los
fenómenos y de las relaciones entre seres y fenómenos *
Cuando conocemos los seres tales como ellos son, e s­
tamos en posesión de la verdad; nuestros conociuiien-
3& tóGlCA

tos, que se multiplican según los términos que cons­


tituyen otros tantos objetos del arte de juzgar, son
verdaderos. De aquí que la verdad puede considerarse
objetiva y subjetivamente. La verdad objetiva es el
ser mismo tal y como en la realidad existe; lo que se
dice del ser puede decirse también de sus accidentes y
de sus mutuas relaciones. La verdad subjetiva es la
conformidad entre los hechos y las cosas reales con
las representaciones que de ellos formamos en nuestro
entendimiento. La verdad de un conocimiento es,
pues, la conformidad del conocimiento con la cosa co­
nocida, adaeqmtio rzi et iitUlkcius, según la sublime
definición dada por Santo Tomás. Entendiendo que
hablamos de la cosa, res, que percibimos o imaginamos
en el momento presente, y que por inteilcctifS se quiere
indicar el tipo abstracto de la cosa percibida anterior­
mente. La cosa, considerada en sí misma, puede lla­
marse fundamentalmente verdadera, porque es el fun­
damento real de la relación; pero la verdad formal
está únicamente en la relación. Cuando el espíritu
enuncia la relación entre dos términos tal como obje­
tivamente se presentan, o afirma de un sujeto un pre­
dicado que en realidad le conviene, el juicio es verda­
dero, estA dotado de verdad lógica.
No siempre la actividad intelectual consigue llegar
al conocimiento de la verdad, sino que muchas veces
el error, que es la disconformidad de nuestros conoci­
mientos con sus respectivos objetos, es el fruto de
nuestros trabajos e investigaciones, Al igual que la
verdad, el error es una propiedad del juicio o de una
enunciación. Cuando el espíritu enuncia una relacióu
distinta de la que objetivamente se presenta al en-
ten’dimiento, o afirma de un sujeto un predicado que
no le conviene, el juicio es falso, infecto de error lógico.
PRELIMINARES 37

25. Actos de razón en la investigación de la verdad.


— El conocimiento de la verdad no es un acto de sim­
ple aprehensión, sino lo que los escolásticos llaman
compositio et divisio, un juicio, que expresa siempre
una relación entre los objetos o fenómenos que hemos
percibido por los conceptos intelectuales. La simple
aprehensión y el juicio, junto con el raciocinio por el
cual comparamos varios juicios para derivar una con­
clusión, constituyen las tres manifestaciones princi­
pales de la actividad del espíritu humano que se diri­
ge a la investigación y a la adquisición de la verdad.
En realidad, todas las demás manifestaciones de la
actividad intelectual se reducen a alguna de las tres
funciones enumeradas. La abstracción coincide con
la simple aprehensión, puesto que no es más que la
percepción parcial de algún objeto, considerando en
«1 alguna realidad, prescindiendo de otras que también
posee; el asentimiento no se distingue del juicio en su
acto fundamental de afirmar o negar una relación
(P. 160); la atención tampoco constituye una acción
o fundón especial del entendimiento, sino que es una
circunstanda que puede acompañar a los distintos
actos intelectuales, según que la actividad anímica
se concentre con mayor o menor intensidad sobre un
objeto; el método, finalmente, es la ordenación conve­
niente de percepciones, juicios y raciocinios encami­
nada a facilitar la investigación y la enseñanza de la
verdad.
La lógica no se ocupa exclusivamente de los actos
elementales de aprehensión, de juicio y de radocinio,
sino que estudia también la ciencia, que es el fin a
que se ordenan los actos intelectuales. Cada vez que,
por medio del razonamiento, llegamos a conocer una
cosa por sus causas, adquirimos un eonodmiento ver­
3» LÓGICA

daderamente científico. No se crea que para poseer


a fondo el conocimiento de una cosa por sus causas,
baste, las más veces, un raciocinio aislado; el espíritu
humano procede progresivamente y por etapas su­
cesivas en la consideración de los distintos aspectos
que presenta im objeto. Asi, cada razonamiento que
se emplea tiene por objeto ofrecer al espíritu una ex­
plicación fragmentaria de la cosa. La síntesis coor­
dinada de esas explicaciones parciales, la sistemati­
zación de las demostraciones aisladas, con el fin de
suministrar al entendimiento la explicación completa
de una cosa, constituye la ciencia.

26. Auxilios que la lógica suministra ai espirita


para llegar a la «ciencia».—El orden racional o lógico—
ordo quent ratio, dice Santo Tomás, considerando fácil
in proprio actu—comprende la coordinación de nues­
tros conceptos, juicios y raciocinios para llegar a la
síntesis científica. La lógica tiene por objeto la reali­
zación de aquel orden racional y es la encargada de
dirigir la coordinación de nuestros actos intelectua­
les; domina a todas las ciencias de un modo tan cons­
tante e ineludible, que sin ella no sería posible la menor
tentativa de constitución científica. No deja de cau­
sar estrañeza que una ciencia pueda dirigir el espíritu
al conocimiento de la verdad en general. Cada ciencia
particular puede conducir el entendimiento y servirle
de gula, dentro de los límites del objeto que ella estu­
dia; por consiguiente, la enciclopedia de las ciencia»
naturalmente ha de ser un auxiliar poderoso para
llegar al conocimiento de la verdad total. Pero ¿cómo
podrá una ciencia suplir a otra o a todas las demás?
Para contestar debidamente, es preciso no olvidar
<jue, al lado de la iniciación, más envidiable que prác­
PREIjanNARES 39

tica, a conseguir la verdad total por el estudio sucesi­


vo y colectivo de las ciencias particulares, hay otra
de un orden distinto, y es la que ofrece una ciencia
raás general para estudiar otras ciencias que lo son
menos; así, por ejemplo, las matemáticas constituyen
un auxiliar muy poderoso para estudiar las ciencias
físicas, y la ciencia de la universalidad de los seres, o
del ser en general, lo es para el estudio de todas las
ciencias inferiores. Siendo esto así, podrá objetarse
que no es la lógica, sino la metafísica general la encar­
gada de conducir el espíritu al conocimiento de la
verdad, porque es ella la que tiene por objeto el ser
en general; pero si se tiene en cuenta que el objeto de
la lógica es, en cierto sentido, tan extenso como el de
la metafísica general, a lo más podrá concederse que
ambas ciencias tienen la misión nobilísima de guiar
el espíritu humano en la investigación y adquisición
de 2a verdad, demostrando con ello la íntima rela­
ción que hay entre todas las ciencias filosóficas y que
es una traducción de la unidad sintética de nuestro
espíritu. La lógica se ocupa directamente de los actos
de razón; pero el objeto de estos actos es todo lo que
tiene razón de ser; luego la lógica, mediante los actos
de razón, tiene por objeto el ser en general.

27. Relaciones de la lógica con la psicología, la


ideología y la metafísica general.—1Tres ciencias dis­
tintas se ocupan en el estudio de nuestras ideas, pero
desde muy diversos puntos de vista. La lógica las estu­
dia como medios de conocimiento/ determina sus leyes,
las leyes del raciocinio, y su término, la verdad y la
certeza. La psicología, que es la ciencia de la vida y
del alma, estudia nuestras ideas considerándolas como
actos vitales y determina su naturaleza y sxís propiedades.
4o LÓGICA

Sea, por ejemplo, el conocimiento intelectual de un


triángulo. Este conocimiento es un acto que sale de
mi, que yo produzco y del cual tengo conciencia. Pue­
do, pues, estudiar ese acto real, viviente, del cual soy
yo principio y sujeto, investigar sus propiedades y
las relaciones que le unen a mi alma. En este sentido
puede decirse que la psicología estudia los actos in­
telectuales; pero los estudia como manifestaciones rea­
les del sujeto pensante, es decir, como actos sujetivos.
La lógica los considera como conocimientos de objetos
o representaciones objetivas. La ideología es la ciencia
del origen de nuestras ideas,’ estudia su misterioso ori­
gen atendiendo al alma, de la cual las ideas son actos,
y a las realidades externas que constituyen los obje­
tos de las ideas, procurando precisar lo que hay de su­
jetivo y lo que hay de objetivo en nuestras ideas pri­
mitivas, de las cuales se derivan las demás, y es como
•un complemento de la psicología y de la lógica. Final­
mente, la ontología, o metafísica general, es la ciencia
del ser en si mismo; y como el ser, en cuanto es inteli­
gible, se identifica con la verdad, podemos decir que
la ontología y la lógica consideran la verdad, aunque
desde distintos puntos de vista. La primera considera
la verdad en si misma, en el fondo de su esencia; la ló­
gica la considera como principio y término de nuestros
conocimientos. De aquí la distinción entre verdad meta­
física, que se identifica con la realidad de las cosas, y
verdad lógica, que se manifiesta en nuestros conoci-
mientos verdaderos. La lógica no puede separarse
completamente de la metafísica.

28. Importancia de la lógica; utilidad de sus reglas.


—Se reconoce inmediatamente la importancia de la
lógica, considerando el número, relativamente escaso,
PRELIMINARES

de ideas primitivas que poseemos y que nuestro en­


tendimiento conoce como por intuición, y comparán­
dolo con el número considerable de ideas deducidas,
que hemos de adquirir necesariamente por medio del
raciocinio; añádase a esto que las ideas primitivas,
que entran en la formación de los principios fundamen­
tales de todas las ciencias, son ideas abstractas y uni­
versales, y, por lo tanto, difíciles de abarcar en toda su
extensión, si el funcionamiento de los actos intelec­
tuales no está amaestrado, digámoslo así, por un ejer­
cicio constante, científico y ordenado, con sujeción
a reglas que tienen su fundamento en el modo de ser
de los actos intelectuales y en las relaciones que éstos
tienen con los objetos del conocimiento.
Sería realmente injustificado el pretender que el
estudio de las reglas de la lógica, o la lógica artificial,
es absolutamente indispensable para la adquisición
de la ciencia. «Sin duda, escribe Fonsegrive, los hom­
bres habían razonado correctamente antes que Aris­
tóteles descubriese las leyes del razonamiento legí­
timo.» Precisamente analizando los razonamientos es
como el Bstagirita descubrió las leyes que deben
regular el raciocinio. Tampoco puede negarse que un
hombre puede conocer muy bien las leyes del silogismo
y razonar muy mal por su propia cuenta, a la manera
que un geómetra puede trazar muy mal una circunfe­
rencia o una linea recta. No obstante esto, así como
la ciencia geométrica enseñará al geómetra a reconocer
los defectos de una figura geométrica o linea que él
haya trazado, del mismo modo la ciencia lógica y el
conocimiento de sus reglas manifestarán al lógico el
porqué de los razonamientos falsos o ilegítimos. De
este modo las reglas de la lógica nos señalan las causas
de error y los medios para no reincidir en la falta.
42 LÓGICA

29. Fuentes de la lógica.—Todas las cuestiones mo­


dernamente estudiadas en los tratados de lógica se-
encuentran, en Aristóteles y en los escolásticos, sus
comentadores, repartidas en obras distintas: el libro
de las categorías o de los predicamentos, ApirwrrXwí;
Kccríjyopwci; el libro de interpretación, ptfiXtov ra.pi cppjjvsla^
dos libios de primeros analíticos, avaAuriica irpkepsc;
dos libros de segundos analíticos, ¿va/uxtxa Garepa; ocho
libros de los tópicos, -wmt*a; y el libro de los sofismas,
coo:mtx¿v ¿Xíy^íuv. Todos ellos reunidos forman
el Organan, opywov, nombre que les dió, según se cree,
Diógenes de Laertia. E l primero trata de la simple
aprehensión, el segundo del juicio y más explícitamente
del nombre, del verbo, de la afirmación y negación y del
discurso; los primeros analíticos tratan del silogismo
desde el punto de vista formal, es decir, del análisis
del silogismo en sus principios formales, de donde re­
sulta la necesidad de la consecuencia, prescindiendo
de la materia de las premisas; los segundos analíticos,
los tópicos y los argumentos sofísticos tienen por ob­
jeto el análisis del silogismo bajo el aspecto material,
fijándose, respectivamente, en el estudio de la materia
necesaria, probable o sofística.

30. División de la lógica.—Algunos autores, fiján­


dose en el fin particular que la lógica se propone, el
estudio de los principios y reglas que guían el enten­
dimiento al conocimiento de la verdad, dividen la ló­
gica en científica y artística; mirando otros su objeto
de estudio, la dividen en general y especial; hay otros
que, considerando las materias a que se aplica, dividen
la lógica en pura, que estudia la verdad y las opera­
ciones intelectuales que a ella conducen, en si mismas,
de un modo abstracto, y en aplicada, que transfiere
PRELIMINARES

sus enseñanzas y sus métodos de estudio a otras dis­


ciplinas científicas, y así hay lógica de la sociología,
de la historia, de las ciencias naturales, etc. Ninguna
de estas divisiones es rigurosamente científica, ni res­
ponde a un plan racional y metódico. De la división
moderna de la lógica en formal y real nos hemos ocu­
pado antes (23). Según el concepto que nos hemos for­
mado de la lógica, la llamada lógica real no debe en­
trar en nuestro estudio; sus principales problemas los
tratamos en la psicología, y todo su contenido for­
mará parte de un tratado especial de.Criteriología.
Limitándonos, pues, al estudio de la lógica formal,
que se ocupa de nuestros actos intelectuales en orden
al conocimiento, es innegable que la división clásica
que de ella se ha hecho en tres partes, según que se
aplica al estudio de la simple aprehensión, del juicio
o del raciocinio, es irreprochable y está plenamente
justificada; nosotros la admitiremos como una sub­
división de nuestro tratado. Pero, en concepto de
división, preferimos, por tener carácter más cientí­
fico y avenirse mejor al modo como hemos concebido
la distribución general de todo estudio filosófico, la
que propone el P. Cornoldi, dividiendo la lógica en
cuatro partes, siguiendo el orden de las causas del
orden racional que constituye el objeto de la lógica.
Esta división la indica ya Santo Tomás con estas pa­
labras: Lógica est direclio ( c a u s a fo r m a l ) ipsius actus
ralionis (c a u s a m a t e r ia l ) per quam scilicet homo ( c a u ­
sa e f ic ie n t e ) in ipso actu rationis ordíñate el facilitar
el sitie errore procedü ( c a u s a f i n a l ). Según esto:
/
/ c a u s a e f i c i e n t e d e l o r d e n i jg ic o .
La lógica ] c a u s a m a t e r ia l d e l o r d e n ló g ic o .
estudíala j c a u s a fo r m a l d e l o r d e n ló g ic o .
[c a u s a f i n a l d e l o r d e n ló g ic o .
PARTE PRIMERA
Lfl CflUSfl EFICIENTE DEL ORDEN LÓGICO

91. La naturaleza humana» principio remoto de


los actos de razón.—El hombre es una substancia cor­
poral, dotada, por lo tanto, de extensión en el espa­
cio y de fuerzas mecánicas y físico-qtiSmicas como
los cuerpos bnitos; animada, con organización vital
como los vegetales; sensible a las representaciones
del mundo externo y a las afecciones internos, como
los animales; racional, en fin, y dotado de una apti­
tud característica para investigar, relacionar y de­
ducir, por cuyas facultades ocupa un. lugar propio en
el concierto de todos los seres, es el ser racional. Esta
substancia compuesta, que constituye la naturaleza
del hombre, es el principio remoto y primero de todos
nuestros actos, no sólo de los espirituales, por los
cuales se levanta sobre todo lo material y concreto,
sino de los de la vida orgánica y sensible, que tienen
mucho de común con los realizados poT los seres infe­
riores, por los animales y por las plantas (P. 241).
La actividad anfmica, que informa todas las mani­
festaciones activas del compuesto humano, no obra
por su propia substancia (P, 39), sino por medio de
sus potencias o facultades, que son los principios pró­
ximos e inmediatos de operación.
LA CAUSA EFICIENTE DEL ORDEN LÓGICO 45

32. Principio inmediato de los actos de razón.—


Los actos más elevados del hombre, los de la vida
intelectiva, son dependientes del compuesto subs­
tancial humano; de el dependen en su origen y en su
ejercicio, porque no se explican adecuadamente sin
el concurso de las facultades sensitivas, que necesitan
de órganos corporales para el desarrollo de su acti­
vidad. La idta misma, o representación intelectual
del objeto, no se produce sin el concurso de la sensibi­
lidad; para que yo pueda pensar un objeto, es necesario
que mis sentidos lo hayan percibido antes, y si quie­
ro recordarlo, reproduciendo en mi interior el concepto
que lo representa, es necesario el auxilio de una imagen,
ya sea una imagen natural del objeto, o una figura,
cifra o fórmula convencional. Para la producción del
pensamiento o del concepto, que es su efecto, es necesa­
rio el concurso de los sentidos extemos, cada uno de
los cuales, en otras tantas sensaciones exteriores dis­
tintas, percibe una cualidad sensible de un objeto
externo. Todas estas cualidades sensibles, color, forma,
sonoridad, resistencia, etc., no contribuirían a formar
una representación del objeto, si el sujeto no pudiese
asociarlas por medio del sensorio común o sentido cen­
tral, como le llama Gardair. Las cualidades sensibles
del objeto, así percibidas, forman un todo sensible en
el orden de la percepción, que se llama objeto sensi­
ble. Se llama percepto el resultado final de la per­
cepción sensible de un objeto externo. Las sensaciones
dejan huella, por decirlo asi, de su actividad primera
en las imágenes de las cualidades sensibles que con­
serva y reproduce la imaginación. El hombre, por la
percepción y la imaginación, dispone de los materiales
de que tiene necesidad para pensar; a ellos se aplica
la fuerza abstractiva del entendimiento y el espíritu
46 LÓGICA

adquiere el concepto o el conocimiento intelectual del


objeto, en las distintas aplicaciones que de él hacen
los actos de razón.

33. Caracteres distintivos del concepto; el concepto


y la imagen.—El concepto o idea es abstracto, y, por
ser abstradio, es universal, aplicable a muchos indivi­
duos. Una representación intelectual es una representa­
ción sin forma material, tan general que la imaginación
no podría expresarla. De aquí que haya una dife­
rencia radical entre la imagen y el concepto (P. 136).
La imagen es una representación sensible, porque la
imaginación es una facultad sensible; solamente puede
representar un objeto acompañado de las formas ma­
teriales con que nuestros sentidos lo perciben, existien­
do de un modo determinado, de tal materia, con tales
propiedades, dentro de un lugar y en un momento del
tiempo; la imagen es una representación extensa, divi­
sible y movible, se presenta como inherente al espacio y
situada en el misiuo. Por el contrario, la idea, aun de uu
objeto material, representa este objeto Fin dimensiones,
sin color, sin ninguna de las propiedades que perciben
los sentidos: es un signo inextenso e indivisible. Ade­
más, la inteligencia que tiene la idea de un objeto, la
idea de círculo, por ejemplo, concibe el circulo siempre
de la misma manera, como una porción de espacio
cerrada por una linea cuyas puntos equidistan de un
punto central; de mauera que la idea, no solamente
es inextensa e indivisible, sino también inmutable: se
manifiesta completamente independiente y desligada
del espacio. Aunque la imagen y la idea están en una
relación tan íntima que parece tienden a confun­
dirse, las diferencias de sus respectivos caracteres son
constantes e innegables. La imaginación se representa
LA CAUSA litflCIUNTií Dlít, OttDHN tÓGICO 47

círculos, del jiúsmo modo que el ojo ve circuios; la


inteligencia, por el contrario, concibe ti círculot el
Upo inextenso, indivisible, inmutable de círculo, apo­
yándose en las representaciones sensibles de círculos
extensos, divisibles y mudables percibidas por los sen­
tidos o por la imaginación. Abstraer y unlversalizar
son funciones propias del entendimiento humano
(P. 131); desde el momento que un concepto es abs­
tracto, es aplicable a un número indefinido de indivi­
duos, es universal.

34. Fundamento psicológico del Juicio.—Todos los


seres existentes en la naturaleza son individuales y la
individualidad es incomunicable. No podemos decir:
«Pedro es Juan*, ni «este libro es aquel otro libro»; por
•esto decían los escolásticos que las substancias prime­
ras, los individuos singulares, no pueden predicarse de
otros individuos: Non singidaria de aliis, sed alia de
ipsis praedicanlur, dice Aristóteles. Por la abstrac­
ción únicamente las cosas pueden afirmarse unas de
otras en los juicios. El espíritu, en virtud de la fa­
cultad de abstraer, tiene la propiedad de considerar
los objetos prescindiendo de todas las cualidades que
las particularizan e individualizan: busca en el objeto
individual únicamente las cualidades esenciales y no
considera las propiedades que exclusivamente le per­
tenecen. El resultado inmediato de este modo de
aprehensión del espíritu es que el concepto, o repre­
sentación abstracta, del objeto se encuentra, o puede
encontrarse, en otros muchos individuos, a los cuales
se les puede atribuir como predicado en nuestros juicios.
Asi podemos decir: «Sócrates es hombre*, «este libro es
una histeria*. La abstracción intelectual hace que las
cosas puedan, afirmarse uuas de otras y servil de pre­
4S LÓGICA

dicado en las proposiciones; por ella lo qtte sabemos de


los seres de la naturaleza puede atribuirse a una cate­
goría de entre ellos, a una especie toda o a todo un
género, por medio de la afirmación en el juicio. Lo
mismo decimos de los juicios negativos.

35. Principales operaciones del espirita en orden


al objeto de nuestras ideas.—El objeto material de
una idea es el que ella representa tomado en su
totalidad e indistintamente; su objeto formal está cons­
tituido por uno o más aspectos, llamados notas distin­
tivas, que se consideran en el objeto. Si decimos:
«Dios murió por nosotros», gl objeto material de la
idea Dios es Jesucristo, Dios-Hombre, pero el objeto
formal es Jesucristo considerado en su naturaleza
humana, poique El no podía morir por razón de su
naturaleza divina, ni de su persona también divina;
si decimos: «el hombre, el animal y la planta viven»,
consideramos el hombre, no como sujeto de vida in­
telectual, que le distingue del animal y de la pknta,
sino como sujeto de vida orgánica o de vida en general:
el objeto formal de la idea hombre, en este caso, es ser
viviente, sin determinación de la espfecie de vida.
Las principales operaciones del espíritu en orden
al objeto de nuestras ideas, tal como lo hemos estu­
diado, son la atención, la reflexión, la abstracción y
la generalización, la aprehensión simple y la compara­
ción, el análisis y la síntesis, y, finalmente» la distin­
ción. Aunque de alguna de esas operaciones hemos
dado antes una idea (25), precisa definirlas con cla­
ridad por la mucha aplicación que de ellas se hace en
el estudio de los problemas filosóficos en general y de
los que estudia la.lógica en particular, La atención es
la aplicación de la inteligencia a un objeto determinado-
LA CAUSA EFICIENTE DEL ORDEN LÓGICO 49

para adquirir del mismo un conocimiento más per­


fecto, Afecta distintas formas; las principales son 1&
consideración, el examen, la meditación y la contem­
plación. La reflexión puede definirse: la atención del
espíritu a sus propios actos, o la vuelta del espíritu sobre
su acto directo. Un acto cognoscitivo, en general,
unas veces se produce bajo la influencia exclusiva
de la manifestación del objeto, y entonces el conoci­
miento es directo, y otras con el concurso de nuestra
voluntud libre, que nos hace pensar de nuevo en un
objeto o en uu acto ya conocido, y en este caso el
conocimiento es reflejo o reflexivo. Hay dos especies
de reflexión: la reflexión psicológica, que es la refle­
xión del espíritu sobre sil propio acto considerado
subjetivamente, como una modificación interna det
sujeto pensante, y la reflexión ortológica, que es la
reflexión del espíritu sobre su propio acto conside­
rado objetivamente, en cuanto el acto se dirige a un
objeto conocido. Cuando, al reflexionar sobre mis
actos, investigo cómo los be realizado, bajo qué in­
fluencia, por ejemplo, ayer he cometido tal falta,
hago un acto de reflexión psicológica; cuando, por el
contrario, analizo la naturaleza de la falta cometida,
las circunstancias exteriores que la acompañaron y
los efectos que de ella se han seguido, la reflexión es
ortológica. No pocas veces esas dos especies de refle­
xión se combinan y completan mutuamente.
La abstracción es una especie de atención limitada a
mo o a muchos atributos, considerados separadamente
¡os unos de los otros y prescindiendo de sujeto de in­
herencia.. Ordinariamente nos da a conocer el conjunto
de caracteres que constituyen la esencia del objeto,
dejando aparte los caracteres que lo individualizan
en la realidad; otras veces representa un atributo
4 .“ LÓGICA
50 LÓGICA

aislado, sin sujeto, como blancura, espiritualidad,


humanidad. El concepto abstracto hemos dicho que es
aplicable a muchos individuos; por esto la abstracción
es el fundamento de la generalización. La genera­
lización es el acto por el cual, considerando los atri­
butos o los principios de las cosas de una manera ais­
lada, los concebimos como apios para ser atribuidos
a los sujetos a los cuales convienen. Aquél generaliza
que considera las notas superiores de las ideas, pres­
cindiendo de las notas inferiores; por ejemplo, el color
no es un color determinado. La facilidad para abstraer
y generalizar es uno de los principales caracteres del
espíritu filosófico. Un espíritu débil se embaraza en
la contemplación de ideas particulares y diferentes,
donde todo se mezcla y confunde; un espíritu filosó­
fico y fuerte pasa por esas ideas casi sin detenerse,
para llegar a poseer un principio común e idéntico que
reúne las ideas desde un mismo punto de vista.
La aprehensión simple es un acto de atención concen­
trado sobre un sujeto o atributo único y percibiéndole
de una manera absoluta en su unidad- El procedimien­
to natural y espontáneo de nuestra razón o pensa­
miento, al fijarse en los objetos, es percibir estos obje­
tos o algunas razones objetivas de los mismos, como
las razones de ser, bueno, causa, efecto, etc., sin
afirmar ni negar nada, limitándose a una especie de
contemplación o visión del objeto o de alguna de sus
razones objetivas. La comparación es un acto de aten­
ción que se extiende a varios sujetos o atributos y quiere
determinar las relaciones que entre dios existen. No hay
una idea, por muy simple que sea, que no tenga una
multitud de relaciones con otras ideas. Si considero,
por ejemplo, un punto en sí mismo y de una manera •
absoluta, tengo de él una aprehensión simple; si lo j
LA CAUSA EFICIENTE DEL ORDEN LÓGICO 5C

considero corno centro del círculo, como origen de una


línea o como intersección de dos líneas, la percepción
es comparativa y se refiere al aspecto relativo del
punto. La facilidad en comparar las ideas proviene
principalmente de la fidelidad de la memoria, de la
riqueza de la imaginación y de la actividad inte­
lectual, ofreciendo aquéllas a ésta un conjunto de
relaciones y analogías de las cuales puede sacar ideas
nuevas que acrecen el contenido de las ciencias.
El análisis—«vaXúeív,. disolver—es un ocio por d cual
el espíritu resuelve un todo en sus partes, al objeto de es­
tudiarlas detalladamente. La síntesis— compo­
sición—es un acto por el cual el espíritu reúne las par­
tes pata cottstituir un todo. E l análisis suministra los
materiales a la ciencia; la síntesis formula las leyes
y da unidad a los sistemas científicos. De manera que
ambos procedimientos se completan. El espíritu ana­
lítico sobresale eu el examen de detalle; un espíritu
sintético ve con facilidad las partes en el todo, las
aplicaciones en el principio que las regula y las ideas
particulares desde una idea general. De ordinario, el
espíritu analítico es más suelto; el sintético es más ele­
vado y robusto. Estas dos modalidades del espíritu
no se excluyen, sino que se encuentran con frecuencia
en el mismo sujeto. La distinción es un acto mental por
ti cual el sujeto se representa un objeto como no siendo
Ciro objeto. Se llama objeto todo lo que puede ser tér­
mino de un acto del entendimiento. Cuando en la na­
turaleza, anteriormente a todo acto representativo,
uno de los objetos conocidos es distinto de otro, hay
entre los dos una distinción real; cuando una realidad,
que en la naturaleza es única, se representa por dos
conceptos distintos, la distinción que entre ellos media
<s de razón o lógica. Esta última distinción se llama
52 ILÓGICA

de pura razón, si el contenido de los dos conceptos es


el mismo, como, por ejemplo, cuando miro dos veces
un objeto para afirmar que es idéntico a sí mismo; y
la distinción de razón es virtual, cuando los dos con­
ceptos representan una misma realidad total bajo dos
aspectos parcialmente distintos. Asi en el hombre hay
una sola alma, pero, por una distinción virtual, pode­
mos considerar ia unicidad dei alma como primer prin­
cipio de la vida sensitiva, o como primer principio de
la vida intelectiva. E l conocimiento de una realidad
existente, presente al espíritu, es un acto de intuición;
cuando la inteligencia tiene por objeto los actos de
nuestra alma, principalmente sus actos espirituales,
la aprehensión toma el nombre de conciencia.

36. El jnicio y el raciocinio; identidad de los actos


de razón.—Las operaciones del espíritu que hemos
estudiado se reducen a la simple aprehensión; algunas
de ellas contribuyen a producirla. El juicio y el racio­
cinio son fundamentalmente idénticos a la simple
aprehensión. Estos tres actos, que son los principales
del entendimiento en orden a la verdad, tienen por
objeto, más o menos inmediato, la intuición de lo que
una cosa es. Consiste el juicio en afirmar o negar una-
cosa de otra, o más explícitamente, en ver que dos ob­
jetos anteriormente aprehendidos convienen o no-
convienen entre sí. Es, pues, un acto de aprehensión
cuyo objeto formal es la identidad de los términos
de dos aprehensiones distintas; puede llamarse una
aprehensión compleja. El raciocinio, a su vez, no es más
que un encadenamiento de juicios. Consiste en com­
parar sucesivamente con un mismo término medio
otros dos términos extremos, cuya identidad o no con­
veniencia no se descubre inmediatamente, para ver,.
LA CAUSA EFICIENTE DEL ORDEN I.ÓCICO 53

por medio de la comparación, si son o no idénticos


■entre sí. Resulta, pues, que los actos de aprehensión,
bajo sus distintas modalidades, los actos de juicio y
de razonamiento son fundamentalmente un solo acto,
la aprehensión o la intuición de lo que es una cosa.
Este acto es siempre formalmente el mismo, porque
procede de una sola facultad intelectual cognoscitiva,
que se llama indistintamente inteligencia, entendi­
miento o razón.
PARTE SEGUNDA
Lfl CAUSA MATERIAL DEL ORDEN LÓGICO

SECCIÓN PRIM ERA

MATERIA REMOTA DEL ORDEN LÓQICO

CAPITULO PRIMERO

Los conceptos

§ I. Objeto, propiedades y división de los conceptos

37. Materia remota del orden lógico.— Por lo que


hasta aquf hemos dicho, conocemos la causa efi­
ciente, próxima 7 remota del orden lógico. Coa el nom­
bre de materia o causa material del orden lógico que­
remos indicar el demento del cual él procede, id ex
que aliquid jil, los materiales que hay que ordenar para
constituirlo. Estos materiales son evidentemente los
juicios y las proposiciones, compuestos, a su vez, de
conceptos y de términos. «Las ciencias, dice Taine,
no son más que un montón de proposiciones y toda
proposición no tiene más objeto que unir o separar un
sujeto de un atributo, es decir, un nombre de otro
nombre, una cualidad de una substancia.» La causa
material próxima del orden lógico son los juicios y las
proposiciones; la causa material remota son los con­
ceptos y los términos.
LOS CONCEPTOS 55

$8. El concepto considerado lógicamente.—Consi­


derado el concepto en su aspecto lógico, puede ser, por
sn contenido, objeto de los actos de razón, y es princi­
palmente un elemento de juicio, porque ejerce las fun­
ciones de sujeto o predicado de una proposición. El
juicio es el acto primordial del entendimiento, por-
qae las otras dos funciones intelectuales se ordenan
a él: la aprehensión prepara los conceptos, .que son sus
elementos; y él raciocinio no tiene más objeto que lle­
gar a formular un juicio. El juicio consiste en enunciar
uta cosa de otra; el objeto pensado que se enuncia
de otro y el objeto pensado del cual se enuncia son los
conceptos del juicio; el lazo que los une, en una rela­
ción afirmativa o negativa, es la cópula, expresada
por el verbo ser. E l juicio se traduce externamente
per una proposición; los dos conceptos, el sujeto y el
predicado, se llaman términos de la proposición.

29. Objeto, notas, extensión y comprehensión del


concepto.—Los conceptos, como elementos del juicio,
tienen un objeto, un contenido; nos representan los
seres de la naturaleza en relación con las diversas re­
laciones que Ies atribuimos. Se llama objeto de un con­
cepto el que el concepto representa. Las cualidades
que, en el orden real, acompañan al objeto y determi­
nan su posición en el universo, diferenciándole de los
demás seres, se traducen en el orden intelectual y se
representan en el concepto, aunque de un modo abs­
tracto y universal, y constituyen las notas del con­
cepto. Claro está que no podemos referirnos a las
propiedades individuantes que, por no ser universales
ni abstractas, no se representan en el concepto, sino
a las que constituyen el ser en una categoría determi­
nada de seres, distinta de las demás agrupaciones en
5& i / jgica

que los seres pueden clasificarse. El concepto, por


ser abstracto, es universa!, aplicable a muchos indi­
viduos; el número mayor o menor de individuos a que
se aplica, determina la extensión del concepto. Se llama
comprehensión de un concepto el número de notas que
lo constituyen.
Iva extensión y la comprehensión de una idea o
concepto estén en razón inversa, es decir, que cuanto
más aumenta una de ellas, más disminuye la otra,
porque cuantas más notas tiene un concepto, es natu­
ralmente más determinado y limitado; por el contra­
rio, cuantas más notas suprimimos de un concepto,
tanto más éste se acrece en sus aplicaciones. Consi­
deremos, por ejemplo, el ser en general. Esta idea se
aplica a todo lo que tiene razón de ser; si le anadinos
la nota creado, ya no puede aplicarse al Creador; aña­
diéndole la nota viviente, limitamos su aplicación al
mundo organizado y no puede atribuirse a los seras
inorgánicos; si a la vida añadimos la sensibilidad, un
gran número de seres, todos los del reino vegetal y los
del mundo angélico, quedan fuera de la extensión de
la idea; y cuando se le añade la nota vida intelectual.
la comprehensión del concepto sigue aumentando y
su extensión disminuye, porque el concepto dé ser,
asi limitado, solamente es aplicable al hombre, que es
ún ser viviente, sensible y dotado de razón, Si continua­
mos añadiendo notas al concepto de hombre en general,
para pasar al de hombre civilizado, cristiano, nacido
en tal región, en tal ano, con tales o cuales circunstan­
cias que le acompañan, la extensión dél concepto,
su aplicabilidad, se reducirá a un solo individuo. Ha­
ciendo la experiencia en sentido inverso, tomando,
por ejemplo, como punto de partida un hombre indi­
vidual, del cual se suprimen gradualmente todas las
I.OS CONCEPTOS 57

notas, pasando de las inferiores a las más generales,


la comprehensión disminuye y la extensión aumenta,
con una proporción relativa, hasta llegar a la univer­
salidad.

40. División de los conceptos por su formación y


por su objeto.—Los conceptos o ideas, considerados se­
gún el modo de su formación, se dividen en intuitivos y
deductivos o discursivos. Concepto intuitivo es la repre-
sentaeión y la visión intelectual de un objeto real pre­
sente a la inteligencia. Hay dos especies de intuición:
la intuición por los sentidos externos de los cuales
procede la idea intuitiva directa, por ejemplo, la idea
de un objeto colorado, de un sonido, de frió; y la in­
tuición por los sentidos internos, de los cuales pro­
viene la idea intuitiva refleja, por ejemplo, la idea de
nuestros actos. La idea deductiva o deducida se deriva
de las relaciones que ofrecen al espíritu muchas ideas
intuitivas; asi se forma, poT ejemplo, el concepto de
Dios (P. 172).
Con relación a su óbfeto, se dividen las ideas en mix­
tas y puras, concretas y abstractas. La idea mixta, lla­
mada también geométrica, es una idea que incluye la
representación de la extensión material, ya de una mane­
ra explícita, como la idea de árbol, de circulo, de blan­
cura, o implícitamente, como la idea del sonido, del
olor, del gusto. La ¿dea pura es una idea que no implica
esencialmente la representación de la extensión, tales
son las ideas de substancia, número y espíritu. La
idea concreta es la que representa un objeto tal como
existe o puede existir, por ejemplo, la idea de un hom­
bre, de un árbol, de Dios; también se llama concreta
una idea cuando representa una cualidad implícita­
mente unida a uu sujeto, como las ideas de blanco.
5* tóCICA

sabio, prudente. La idea abstracta representa un atri­


buto o un conjunto de atribuios sin sujeto, por ejemplo,
blancura, perfección, sabiduría. La idea abstracta no
tiene corrca]>ondcucia en In realidad; la idea concreta
es, en realidad, fruto de un acto de abstracción y asi
Ja idea abstracta viene a ser como una abstracción
reflexiva.

41. División de lai ideas según ra perfección y


comparación.— La perfección de la idea consiste en la
mayor o tMnor fidelidad con que representa su objeto.
Por su perfección las ideas se dividen en claras y obscu­
ras, distintas y confusas, completas e incompletas, ade­
cuadas e inadecuadas. Se llama clara la idea que repre­
senta su objeto con notas suficientes para distinguiría
de los demás; n la idea clara se opone In obscura. La
idea concreta de ho], por ejemplo, y la abstracta de
color son idea» claros para todo el mundo; mientra»
que las de planeta y estrella fija no non percibid un cía-
mínente por todos. Idea distinta es la que representa
en su objeto sus notas de tal manera que se las puede
distinguir, por ¡o menos, parcialmente una de otra; a la
idea distinta se opone la confusa. Gracias a la confu*
sión de notas, la contradicción penetra en nuestros
juicios; «Un concepto confuso, dice Platón, que con­
tiene notas contradictorias alberga el enemigo.» Lu
idea completa representa en su objeto, bajo formas dis­
tintas. todas las notas que le diferencian de otros objetos¡
u ella se opone la idea incompleta, Ln idea adecuada e»
la qitc representa en su objeto toda» sus notas, de tal
manera que no solamente puedan dittinffuine una» de
otras, sino reducirse, por vta de análisis, a tas notai
simples e intuitivas de que se derivan. l«u idea adecuada
se representa la inteligibilidad de todas sus notas en
1.03 CONC KISTOS

la inteligibilidad de las nociones más generales. Kn


caso contrario, la idea es inadecuada, aunque sea clara,
distinta y completa; como ejemplo de idea adecuada
puede citarte la de un número determinado, que es
conocido en todas sus divisiones y subdivisiones po­
sibles. Se puede concebir uitu perfección más grande
que la de la idea udecuada, la perfección de la idea
comprehensiva, que representa toda la inteligibilidad
de su objeto en la inteligibilidad de todas las notas
absolutas y relativas que comprende. Solamente Dios
posee ideas comprehensivas, mejor dicho, tiene una
sola idea, por medio de la cual lo ve y conoce todo, en
una intuición única c infinita.
1*0* conceptos por su comparación pueden ser idén­
ticos y diversos, conciliables c inconciliables. I,tis ideas
idénticas son las que representan el mismo objeto. Son
formalmente idénticas si representan el objeto bajo
1n forma de las mismas notas, |>or ejemplo, las ideas
do Salvador y Redentor uplicuduH u Jc-HucrÍHtojcnotro
caso, son materialmente idénticas, como InH de Salva­
dor y Hombre-Dios, las de Napoleón y Cesar moderno,
Las ideas diversas representan objetos diferentes. Pue­
den ser conciliables o inconciliables en el mismo sujeto.
I(oa ideas conciliables representan notas diversas que
pueden convenir a un sujeto, como las de bondad y
justicia. Pueden dividirse en ideas esencialmente aso­
ciadas, o que se implican, como las de infinidad y
eternidad; y en ideas disparatadas, como las de sabio
y colorado, que ni se implican ni se excluyen. Las
ideas inconciliables en el misino sujeto, IIanuidas tam­
bién idens opuestas, son contradictorias, cuando la
una afirma lo que la otra niega, como material o inma­
terial; contrarias, lu» que afirman notas que constitu­
yen los extremos opuestas de un mismo género, y
LÓCICA

admiten, por lo tanto, la existencia de notas interme­


diarias, por ejemplo, negro y blanco; correlativas, las
que representan los términos opuestos de una misma
relación, como padre e hijo, causa y efecto.

42. División de las ideas por sa comprehensión.—


Consideradas las ideas por su comprehensión, se divi­
den en simples y compuestas, positivas y negativas,
propias y analógicas. La idea simple representa su ob­
jeto por una sola de sus notas, como las de existencia,
bien, nial. La idea verdaderamente simple es siempre
primitiva e intuitiva. La idea compuesta representa su
objeto por más de una nota, como la idea de hombre.
La idea positiva representa su objeto por la afirmación
de notas que realmente le convienen, tales son las de
ser, vida, bien, verdad, luz; la idea negativa nos hace
conocer un objeto eliminando las notas que ella exclu­
ye, como las ideas tinieblas y muerte, que son la nega­
ción de la luz y de la vida. Una idea negativa solamen­
te es inteligible en cuanto representa una negación
que se refiere a una idea positiva que conocemos. Un
gran número de ideas se componen de notas positivas
y negativas; en este caso, la idea será positiva o nega­
tiva según que su nota característica, que la distingue
de las otras ideas, sea positiva o negativa. Apliquemos
esta teoría a la idea más importante de todas, a la
idea de Dios. La idea de Dios, o del ser infinitamente
perfecto, es una idea negativa (P. 178), porque con­
cebimos solamente de una manera negativa lo que dis­
tingue a Dios de su criatura, es decir, lo infinito ; y
esta nota no representa su objeto positivamente, por­
que para ello seria necesario que lo infinito fuese el
resultado de la adición de perfecciones finitas, o que
nuestra inteligencia tuviese un concepto intuitivo del
LOS CONCEPTOS 6r

ser infinito. Ninguna de estas dos suposiciones es ad­


misible. Luego, la nota de infinito no representa su
objeto sino de una manera negativa; y como es la
nota característica de la idea de Dios, porque por ella
Dios se diferencia adecuadamente de su criatura, la
idea de Dios es negativa.
No hay duda que podemos concebir a Dios como
bueno, sabio, poderoso y poseyendo en un grado
eminente todas estas e innumerables perfecciones más;
pero no sou ellas, ni concebidas en general, ni como
perfecciones emitientes, las que distinguen a Dios de
su criatura, porque en ésta pueden concebirse las
perfecciones formando una serie indefinida, cuyos
limites, aunque reales, no pueden determinarse. Para
distinguir, pues, las perfecciones divinas, de tal modo
que no puedan confundirse con las de las criaturas,
es necesario considerarlas como no teniendo límites*
infinitas. La negación de límite, aplicada a la idea
general de perfección, nos da la idea de Dios. El error
acerca de este punto es de tanta trascendencia, que
ha viciado todo el sistema ideológico (P. 141, 142) de
Descartes y de Malebranche. Por esto nos hemos de­
tenido algo más en su estudio.
La idea propia representa su objeto por medio de
notas que le convienen por vía de identidad, por ejemplo*
hombre viviente; la idea analógica lo representa por
medio de notas que le convienen por vía de semejanza. La
semejanza entre.dos seres supone en ellos un conjunto
de notas o caracteres que en parte convienen y en parte
5oh diferentes.

43. División de los conceptos analógicos.—Las ideas


analógicas se dividen en analógicas por analogía in­
trínseca y analógicas por analogía extrínseca; la analogía.
ILÓGICA

intrínseca comprende la analogía directa e inmediata


y la indirecta o mediata. La idea analógica por analogía
intrínseca es aquella en que la relación de semejanza
afecta al objeto mismo representado por la idea analó­
gica; por consiguiente, existen notas comunes entre los
dos objetos, de los cuales uno es imagen y el otro sirve
de tipo. Tales son las ideas de «salud espiritual* y
«salud corporal*, «luz intelectual» y «tuz material*,
«justicia divina» y «justicia humana». A la analogía
intrínseca se opone la analogía extrínseca, que expresa
una relación cualquiera independientemente de la de
semejanza, por ejemplo, la de causa y efecto; así deci­
mos que el aire es sano, el aspecto sano, el alimento
sano, la pradera risueña, el país triste. La analogía
intrínseca se llama directa e inmediata cuando la seme­
janza se manifiesta por un simple análisis; es indirecta
y mediata cuando la semejanza es más remota, y no
se manifiesta sino por un análisis más complejo y aun
exige un correctivo para modificar parcialmente su
sentido. Sean, por ejemplo, las ideas siguientes: la
justicia divina y la justicia humana, la cólera divina
y la cólera humana. Las dos primeras ideas son analó­
gicas por analogía directa e inmediata, porque la seme­
janza se revela con el simple análisis de la noción. En
efecto, la justicia divina es causa de la nuestra y
produce en la justicia humana, que de ella se deriva,
los mismos efectos de apreciar, amar y practicar la
ley. Las otras dos ideas, «cólera divina y cólera hu­
mana», son analógicas por analogía indirecta y me­
diata , porque la semejanza entre ellas proviene de una
misma causa, que produce en Dios y en nosotros efec­
tos muy distintos. La reprobación que Dios experi­
menta para el mal, produce en nosotros, criaturas
racionales y creadas para el bien, una reprobación se-
LOS CONCEPTOS 63

'nejante; pero eti Dios la reprobación se concilia con


su reposo absoluto, su felicidad perfecta y su inmuta­
bilidad eterna; en el hombre, por el contrario, aquella
reprobación produce agitación, malestar y desorden,
que es lo que caracteriza explícitamente la noción de
cólera. Asi, pues, cuando por cierta analogía tomada de
la cólera humana decimos: «Dios está irritado», es
necesario concebir la diferencia radical que hay entre
Ja reprobación que Dios experimenta y la que nosotros
sentimos para el mal; y a la noción de la «cólera di­
vina» hay que añadir otra noción que sea como el
correctivo de la primera, descartando de ella el desor­
den y la agitación.

44. División de I03 conceptos por su extensión.—


Las ideas, consideradas desde el puntó de vista de su
extensión o del campo de su aplicación, se dividen en
ideas singulares, particulares, colectivas, universales y
trascendentales. La idea singular, llamada también
individual, es la que representa un individuo determi­
nado; por ejemplo: Pedro, este hombre, Dios. La idea
particular es una idea tomada en una parle indetermi­
nada de $u extensión; representa uno o muchos indi­
viduos indeterminados, como, un hombre, algunos
hombres, muchos hombres, la mayor parte de los hom­
bres. La idea colectiva representa un conjunto de indi­
viduos, considerados como un todo; por ejemplo:
ejército, senado, armada. La idea universal es una idea
tomada en toda su extensión, representa un atributo
o un conjunto de atributos comunes a toda una clase
de individuos y que conviene igualmente y en el mismo
sentido a cada uno de ellos, como, hombre, árbol, hu­
manidad, razón, justicia. La idea trascendental es una
idea que se puede afirmar de todo; se la llama con este
IjÓCICA

nombre porque se remonta más allá de todas las


ideas universales y de todas las categorías de seres,
para aplicarse a todo. Desde los tiempos más remotos
de la filosofía escolástica se reducen a seis los con­
ceptos trascendentales: ser, verdadero, bueno, uno,
cosa, algo—ens, verum, bontjm, w u m , re s, auq u id .

45. Propiedades de loa conceptos trascendentales»


— 1 .a Las nociones trascendentales son materialmente
idénticas entre si, y solamente se distinguen formal­
mente, según el modo de concebirlas. Así lo verdadero
es el ser en cuanto es objeto de la inteligencia; lo bueno
es el ser, que dice orden a la voluntad: todo ser, en
cuanto es, es alguna cosa verdadera y alguna cosa
buena. Santo Tomás indica claramente la génesis de
ese triple aspecto de la noción trascendental: Intel-
kctiis per prius apprehendii ipsum ens, el secundario
apprehendii se inlélligere ens; el tertio apprehendii se
appeUrfi en$. Unde primo est ratio eniis, secundo ratio
veri, tertio ratio boni.
2 .* La noción trascendental del ser no debe con­
fundirse con la idea de existencia real, porque tiene
inmediatamente debajo de si dos grandes órdenes, que
son otras tantas partes del ser, el orden de la existencia
real y el de la existencia posible.
3 > La noción trascendental se toma en toda su
extensión absoluta e ilimitada, porque fuera de ella
no hay más que la nada o la pura negación.
4 » Se aplica a todo, y, por consiguiente, compre-
hende en su extensión las nociones de todos los seres
distintos» con las nociones de todas sus diferencias.
E s evidente que las abraza de una manera vaga e in­
determinada, y por esto, es una noción esencialmente
analógica, se aplica a los distintos seres según su na­
LOS CONCEPTOS

turaleza, a Dios como Ser necesario y a las criaturas


como seres contingentes.
5.a La noción trascendental se aplica al mismo
tiempo a lo finito y a lo infinito, porque ella no es finita
ni infinita. Gracias a la mayor indeterminación po­
sible que la caracteriza, hace abstracción de la dife­
rencia que separa lo finito de lo infinito y asi es apta
para aplicarse a ambas nociones.
6.a Kntre la idea trascendental y la idea universal
hay dos diferencias fundamentales: a) la idea trascen­
dental se aplica a todo, mientras que la idea universal
se aplica solamente a una categoría determinada de
seres; b) la idea trascendental es una idea esencial­
mente analógica, y la idea universal se aplica a cada
sujeto, en toda su extensión, de un modo propio e
idéntico.
y* La idea trascendental es, como principio de co­
nocimiento, la primera y la más necesaria de todas,
porque sin ella no podría haber conocimiento; pero es.
al mismo tiempo, la más imperfecta de todas, porque de
ella sola no se puede deducir ningún conocimiento
distinto. Por esto hay que perfeccionarla constante­
mente por la intuición de seres particulares y deter­
minados y formar, por medio de la abstracción, toda
la serie de notas inferiores que sirven para represen­
tamos los atributos distintivos de todo lo que es.

45. La noción de ser y la intuición del Ser divino.—


Después del análisis que hemos hecho de la idea tras­
cendental, resulta evidente el error de los que confun­
den la noción de ser, que se aplica a todo y es la más
indeterminada y la más imperfecta de todas, con la
idea o la intuición del Ser divino, qne sería la más
determinada, y la más perfecta de todas. Malebranche
5-—LÓGICA
60 IÓCICA

incurrió en esc error, porque, en vez de analizar, como


lo hicieron Aristóteles y los escolásticos, nuestros dis­
tintos órdenes de ideas y de conocimientos, quiso de
un solo golpe resolver todos los problemas y encon­
trar, por su sistema de metafísica y de lógica, latinidad
más perfecta. El Ser divino le pareció que era el prin­
cipio inmediato de nuestros conocimientos; y esto lo
explicarla todo naturalmente, si fuese cierto lo que
opina Malebranche. Pero no es así; Dios, en el orden
ontológico, o en el orden de la realidad, es el principio
absoluto de todos los seres, pero en el orden lógico.
o en el orden de nuestros conocimientos, no es el prin­
cipio formal de nuestras ideas. Para ello seria necesario
que tuviésemos la intuición de la esencia divina, o una
idea propia y positiva de esa esencia; siendo asi (P. 142)
que nuestra idea de Dios (P. 172) es negativa y úni­
camente podemos adquirirla, de un modo mediato,
por la demostración.

§ II. Las categorías y los predicables

46. Las categorías o predicamentos; su utilidad


lógica.—Los conceptos, que hemos considerado como
elementos del juicio, nos representan las substancias
de la naturaleza, en relación con las diversas relacio­
nes que les atribuimos. Desde este punto de vista, el
estudio de los conceptos da origen a una primera
cuestión, la de las categorías o predicamentos. La re­
lación lógica entre los dos elementos del juicio no puede
determinarse adecuadamente sin conocer su natura­
leza. o, en otros términos, el cómo de la relación que
media entre el atributo y el sujeto. E sta segunda
cuestión es la de los predicables o categoremas.
T.OS CONCEPTOS 67

La esencia del objeto analizado por el espíritu es


susceptible de atribuciones, puede ser sujeto de atri­
buios., de acusaciones, según Aristóteles — xiTíjyopEN,
acusar,—es algo que puede sujetarse a predicados,
quid subjicibile praedicatis. Al sujeto se le pueden
atribuir tantas notas como se pueden enunciar de él
para determinarlo. El sujeto, pues, en tanto que es
susceptible de atribuciones, y los atributos en cuanto
son atribuí bles al sujeto, se conocen con el nombre
de categorías. De esta noción primordial de la cate­
goría se deriva otra, según la cual la categoría designa
una clase o agrupación de objetos. En este sentido las
categorías se definen: los géneros supremos o más uni-
1>¿rsales de las cosas que se pueden predicar de algún
sujeio. De manera que cada categoría viene a ser una
idea universal, debajo de la cual se contienen varias
ideas relacionadas con ella, pero menos universales,
formando una serie o colección ordenada de ideas con­
tenidas bajo la primera. Así, por ejemplo, la idea de
substancia contiene bajo de sí las de cuerpo, espíritu,
animal, planta, hombre, etc,, las cuales todas se refie­
ren a la de substancia, como a su género supremo.
También se considera como la serie o colección de
géneros y especies que se contienen y colocan bajo
un género supremo: series generum ei specierum, dicen
los escolásticos, sub uno supremo genere conieniorum.
Las relaciones de las categorías con las ideas son
evidentes, pues aquéllas son ideas de superior jerar­
quía que abarcan a las demás, comprehendiéndolas en
sus diversos grupos; también tienen conexiones muy
íntimas con los términos que las expresan, pues tra ­
tándose de representaciones mentales abstractas, el
vocablo que las expresa juega un importantísimo papel
en la formación de los juicios en que aquéllas ínter-
68 MÜXJICA

vienen, abreviando y facilitando el raciocinio. Por


último, también son interesantes las relaciones de las
categorías con. los seras, pudiendo afirmarse que entre
todas contienen a todos los entes actuales finitos, no
siendo aplicables más que a éstos y no a Dios, ni a los
entes llamados de razón.
Pero la importancia de las categorías se demuestra,
además, por la utilidad que resulta de la agrupación,
de todos los conceptos en clases. Los conceptos que
intervienen en la elaboración de nuestros juicios son
innumerables; colocados desordenadamente en nues­
tro espíritu, al azar de las circunstancias que nos pre­
sentan los objetos en la naturaleza, exigen en cierto
modo ser clasificados para facilitar la labor del en­
tendimiento, Aristóteles lo intentó y con su trabajo
facilitó, no solamente el estudio de los conceptos, en
lo que tienen de común los que pertenecen a un mismo
grupo, sino la clasificación de los seres.

47. Las diez categorías de Aristóteles.—Por lo que


hace al número de las categorías, existe gran variedad
de opiniones entre los filósofos, así antiguos como
modernos. Los pitagóricos admitían diez categorías
para el bien y otras diez para el mal; los platónicos
únicamente cinco: la substancia, el accidente en la
substancia, el accidente en el cual existe la substancia,
el movimiento y la relación. La clasificación que goza
de mayor prestigio y que se sostiene, a pesar de las
objeciones de Stuart Mili, que la tacha de incompleta
y redundante, y de otros autores, es la de Aristóteles,
que admite diez categorías: substancia, cantidad, re­
lación, cualidad, acción, pasión, tiempo, lugar, sitio y
hábito.
La substancia individual solamente puede ser sujeto;
t o s CONCEPTOS <39

es, por lo tanto, la primera categoría; la substancia


abstracta y universal puede ser sujeto y atributo, en­
trando en la primera categoría, o siendo una de las
siguientes. Los atributos que enuncian lo que conviene
al sujeto forman la segunda categoría, que compren­
de, como subdivisiones, si se quiere, otras nueve. En
conjunto, iiay diez conceptos genéricos que constitu­
yen los elementos de nuestros juicios.
Según Aristóteles, hay un triple carácter común a los
diez géneros de conceptos que hemos enumerado:
j.® no se resuelven los unos en los otros; 2 .0, no tienen
género alguno superior que pueda definirlos, sino que
los conceptos son conocidos por sí mismos; 3 .0, se pue­
den aplicar en conjunto y a la vez a cada ser, aunque
de una manera distinta y por ello dan a conocer la
naturaleza de todo lo que es.

48. Concepto y definición de cada ana de las cate­


gorías.— Substancia — ojtís— es la esencia que existe
en si misma, de manera que el ser substancial exclu­
ye la inherencia en otro ente como en su sujeto, id
cufus quiddiUdí. dice Santo Tomás, compeíit esse non
tn alio. El concepto de substancia no sólo implica el
existir en si misma, sino el poder servir de base o
de sujeto a los accidentes, que no pueden existir por
sí solos y necesitan, para manifestarse en la realidad,
adherirse a una substancia. Los escolásticos llamaban
substancias primeras a los individuos o supuestos sin­
gulares, o sea a las personas, si se trata de substancias
intelectuales; substancias segundas son las esencias
substanciales con precisión de la singularidad. Por
esto las substancias segundas pueden predicarse de las
primeras; pero éstas no pueden predicarse ni de las
segundas ni de las primeras. Podemos decir «Juan es
70 r«ÓGlCA

hombre»; pero no tel hombre es Juan» ni «Juan es


Pedro». La substancia segunda, aunque es sujeto lógico
o de predicación, según que el género o una especie
más universal se puede predicar de otra menos uni­
versal, no es sujeto físico o de inherencia.
Las propiedades categóricas de la substancia, es
decir, las que le pertenecen como categoría, están
explícitamente contenidas en su definición, o se dedu­
cen de ella mediante un sencillo raciocinio. En pri­
mer lugar, no existe inherente en ningún sujeto, sino
que existe en sí misma; además, no puede tener con­
trario, aunque ella puede servir de sujeto a propie­
dades contrarias; finalmente, no es susceptible de más
ni de menos, porque una substancia, en cuanto tal, no
es más substancia que otra, ni es capaz de mayor o
menor intensidad.
La cantidad — raiív •— es el accidente por el cual
una substancia tiene pluralidad de partes y extensión.
E n sentido matemático se llama cantidad lo que es en
los cuerpos susceptible de aumento o disminución,
y asi se aplica, no sólo a la extensión o cantidad geo­
métrica, sino también a la intensidad o cantidad di­
námica o de movimiento, noción compleja en la que
entra, no sólo el concepto de espacio, sino también
el de tiempo. La cantidad extensiva o categórica es
una modificación de la substancia corpórea, por razón
de la cual ésta tiene pluralidad de partes, extensión lo­
cal, impenetrabilidad, divisibilidad y mensurabilidad.
La cantidad es permanente cuando se refiere a un
conjunto cuyas partes coexisten en el mismo momento,
y sucesiva cuando las partes se siguen unas a otras,
como el tiempo y el movimiento. Si las partes coexisten,
pero están separadas, la cantidad se llama discreta, y
continua si están unidas; la cantidad permanente con­
to s c o n c e pt o s 71

tinua se divide geométricamente en linea, superficie


y sólido.
La cantidad categórica no tiene contrario, porque
el concepto de contrario supone energías que tienden
a producir cfectos opuestos, y la cantidad es inerte
de su naturaleza; no es capaz de más o de menos: una
cantidad puede ser mayor o menor que otra, pero no
se dirá con propiedad que una cantidad es más ex­
tensión o cantidad que otra; es, finalmente, el funda­
mento de la igualdad y desigualdad.
La relación — -1, — en su sentido más gene­
ral, es el orden de una cosa a otra. Según Stuart Mili,
se dice que dos cosas están en relación, cuando ambas
concurren en un hecho, que es, por lo tanto, común a
las dos; y viceversa, cuando dos cosas están implica­
das en un mismo hecho, se las puede atribuid una
relación fundada en ese hecho. Toda relación incluye
sujeto, fundamento y término. £1 sujeto de la relación es
la cosa que se ordena a otra; el fundamento es el motivo
de la ordenación, y el término es la cosa a la cual se refie­
re otra. Cuando una cosa se refiere a otra independiente­
mente de nuestro entendimiento y con anterioridad
a la acción de éste, la relación es real; si, por el contra­
rio, el orden de una cosa a otra es establecido por la
comparación de nuestro entendimiento, la relación
es de razón. Para que una relación sea real se nece­
sita que sus tres elementos sean reales. Aunque es
innegable que existen relaciones reales, no es menos
cierto que son en mayor número las relaciones de
razón.
La relación real se divide en creada e increada y la
primera en predicamental y trascendental. Lá predica-
mental, que es la que constituye propiamente la ca­
tegoría de relación, es el orden real y accidental de una
LÓCICA

cosa a otra, distinto realmente del sujeto en que existe;


la relación trascendental es el orden real de una cosa
a otra, incluido en la naturaleza misma de la cosa refe­
rida. La relación predieamental sólo se encuentra en
determinados seres y la trascendental se halla en todos;
la primera puede sobrevenir al sujeto, porque se dis­
tingue realmente de él, al paso que la segunda comienza
y acaba con el sujeto; la relación trascendental puede
referirse a una substancia o a un accidente, asi el alma
se refiere al cuerpo, y la intelección at objeto; la pre-
dicamcntal se refiere siempre a un accidente.
Cuando los dos extremos de la relación se refieren
reciprocamente el uno al otro, como sucede en el padre
y el hijo, se dice que la relación es mutua; e n coso con­
trario, como en la relación de las criaturas a Dios»
se llama no mui na. Los fundamentos de la relación
pueden condensarse en tres conceptos, cada uno de
los cuales origina diversas variedades de relación: uni­
dad y número, acción y pasión, medida y mensurable*
La relación categórica no tiene contrario; no es suscep­
tible de más o de menos; y tiene simultaneidad de
naturaleza y de conocimiento, porque la relación no
puede existir ni concebirse sino existiendo y conci­
biendo los dos extremos que la forman.
La cualidad— «onív —es un accidente que modifica
la substancia en s í misma o en orden a sus operaciones.
Los escolásticos se ¡talaban cuatro especies generales
de cualidad; hábito y disposición, potencia e impoten­
cia, pasión y cualidad pasible, forma y figura. La pri­
mera especie, que es la más importante, se define*
una cualidad más o menos arraigada en el sujeto,
mediante la cual éste se halla bien o mal dispuesto, o en
su ser, o en sus operaciones. Si esta cualidad se halla
muy arraigada en el sujeto, se llama hábito; si puede
t o s CONCEPTOS 73

removerse fácilmente, se llama disposición. Los li&bi-


tos se dividen en entitativos. que disponen el sujeto
en cuanto a su modo de ser, y operativos, que le mo­
difican en orden a sus operaciones, infusos y adqui­
ridos. La cualidad tiene contrarío, es susceptible de
más y de menos y sirve de fundamento a las relacio­
nes de semejanza y desemejanza.
La acción — *6 itonív — es el ocio segundo de la po­
tencia activa. Puede ser inmanente y transeúnte.
La pasión — *4 ir«<r^eív — como categoría es la re­
cepción de la acción en el paciente. La categoría cuando
o de tiempo — irotl — importa la modificación acciden­
tal que resulta en la cosa en fuerza de sus relaciones
con el tiempo como medida de duración.
La categoría de lugar — 7to¡3 — es la limitación del
cuerpo por el lugar que octipa.
La categoría de situación o sitio — x*IaO<™—es la dis­
posición de las partes del cuerpo que ocupan algún lu­
gar, según que esta ocupación puede verificarse de
distintos modos, como el hombre puede estar senta­
do, acostado, etc.
Hábito — ty tiv — es la modificación itsultantc del
vestido, armas, etc.

48. Las categorías según Kant y Rosmlni.—Lockc,


antes que Kant, ha querido «enumerar todas las ideas
primitivas y originales, de las cuales todas las otras
proceden por via de composición». Las reduce a las
siguientes: i.» extensión, solidez, movilidad, que nos
vienen del cuerpo; 2 .a, la perceptividad y la motiifidad,
que vienen al espíritu por reflexión; 3 -fe,la existencia,
la duración y el número, que proceden de la sensación
y de la reflexión. K ant ha formado un cuadro de cate­
gorías, pero concibiéndolas como formas generales de
74 UbGlCá.

nuestros juicios. Admite cuatro categorías fundamen­


tales, subdivididas en las siguientes:

Unidad.
t.a Cantidad ... Pluralidad.
Totalidad.

Afirmación.
2 .a Cualidad. . . ¡Negación.
Limitación.

Substancia y Accidente.
3 .a Relación. . . . Causa y Efecto.
Comunidad y Reciprocidad.

Posibilidad e Imposibilidad.
4 .a M odalidad.. ¡Existencia y no Existencia.
.Necesidad y Contingencia.

El gran error de K ant consiste en considerar todas


estas formas como puramente subjetivas, sin relación
con la realidad objetiva y la naturaleza de las cosas;
este error vida todo su sistema de lógica, reducién­
dolo, como se demuestra en Criteriología, a un idea­
lismo y a un escepticismo necesario. Rosmini admite
tres generas de categorías: i.° OntológiCas: realidad,
idealidad, moralidad. 2 .° D ialéc tic as, modos posi­
bles de identidad entre el predicado y el sujeto, en
número de diez. 3.0 Ideológicas, que no son otra
cosa que los conceptos universales en cuanto signifi­
can y expresan los diferentes modos de enunciabilidad
universal, o sean los cinco predicables de Porfirio.
Otros filósofos, como Krause y Renouvier, han ensa­
yado otros sistemas de categorías, pero ninguno nos
parece tan perfecto que pueda reemplazar la clasifi­
cación simple y razonada de Aristóteles.
W>s CONCEPTOS 75

50. Concepto y división de las poscategorías.—Las


poscategorías, llamadas también pospredicamentos, son
conceptos generales que resultan de la comparación
de las categorías entre sí. Estos conceptos no pueden,
en. verdad, considerarse como dotados de mayor gene­
ralidad que las categorías, sino que expresan ciertos
aspectos y relaciones de las mismas. Las principales
poscategorías son: oposición, prioridad, simultanei­
dad, movimiento y modo de tener. Omitiendo este últi'
mo, como poco importante, y la simultaneidad, cuyas
especies pueden considerarse como correlativas de la
prioridad, nos ocuparemos en el estudio de las tres
restantes.
Por oposición, en general, se entiende la exclusión
recíproca de dos seres o propiedades de seres, de tal
suerte, que no pueden existir simultáneamente. Pue­
den señalarse cuatro modos de oposición: i.°, oposición
relativa, que es la que tiene lugar entre los términos
de una relación, como entre el padre y el hijo; 2 .°, opo­
sición contraria, que se refiere a propiedades que se
excluyen mutuamente del mismo sujeto, como la vir­
tud y el vicio; 3 .0, oposición privativa, que tiene lugar
entre una forma o perfección real y la privación de la
misma, como entre la sensibilidad y la insensibilidad
en el animal; 4 .°, oposición contradictoria, que media
entre el sci y su negación, como entre el ente y el no
ente. No debe confundirse la privación con la negación,
pues la primera se refiere a la falta de una propiedad
en un ser que naturalmente debe tenerla, como la vista
o la salud respecto del hombre; la segunda envuelve
la carencia de una perfección en un sujeto incapaz de
la misma, como la vista respecto de una piedra.
La prioridad se refiere al orden lógico en que deben
colocarse los seres, sus propiedades y los fenómenos
70 ILÓGICA

que en ellos ocurren. Hay prioridad de tiempo, como


la que tiene la flor respecto del fruto; de naturaleza,
que algunas veces se denomina de causalidad, según
que la causa es anterior al efecto; de consecuencia, en
virtud de la cual los conceptos lógicos son consiguien­
tes a los antecedentes en los que se hallan incluidos,
como cuando decimos: *si es hombre, es substancia»;
de dignidad, que se refiere a las jerarquías estable­
cidas entre los seres; de generación, relativa a la su­
cesión de los diversos estados por los que pasa nn mis­
mo sujeto, como la niñez respecto de la juventud; de
perfección, en virtud de la cual un ser o estado más
perfecto tiene prioridad respecto al menos perfecto,
como el adulto respecto del niño; y de orden, corno el
exordio respecto del epílogo.
La poscategoría de movimiento comprende las mu­
taciones de las substancias y de sus propiedades. Se
señalan seis especie* de mutaciones: generación, que
es el tránsito de una substancia del no ser al ser; co­
rrupción, el tránsito de una substancia del ser al no
ser; aumento, de mayoT a menor; disminución, que es la
mutación opuesta al aumento; alteración, el tránsito
de una cualidad a otra, como cuando el hombre pasa
de la virtud al vicio; y movimiento local, mediante el
cual los cuerpos se trasladan de un lugar a otro.

51. Los predicables o categoremas.—Para tener


ciencia adecuada de una cosa no basta saber que ella es,
que existe, sino que es preciso conocer la razón íntima
por la cual ella debe ser lo que es y no puede ser otra
cosa; y asi la demostración, si ha de ser científica,
debe apoyarse en premisas necesarias. Por esto es de
gran importancia distinguir los casos en que el pre­
dicado y el sujeto de un juicio están en relación necc-
LOS CONCEPTOS 77

sarta, de aquellos otros en que la relación que media


entre los dos términos del juicio es contingente. El
universal lógico, que hemos estudiado, es de tantas
especies cuantos son los modos con que una cosa puede
concebirse como una y predicable de muchas. Estos
modos son cinco, los cinco predicables—praedicare.
proclamar—de Porfirio. En efecto, una cosa puede
convenir a muchos, o como perteneciente a su esen­
cia, o como adjunta a la esencia. Si lo primero, o se
concibe como toda la esencia de los inferiores de los
cuales se predica, en cuyo caso se llama especie, o como
la parte de la esencia según la cual ésta conviene con
otras especies, y entonces resulta el género, o. como
aquella parte de la esencia mediante la cual ésta se
distingue de otras especies, y resulta, en este caso, la
diferencia. Si se considera la cosa como añadida, ad­
junta a la esencia, o se concibe como atributo que acom­
paña natural y necesariamente a la esencia, y entonces
resulta lo propio, o se concibe como cosa contingente,
que puede estar y no estar en el sujeto y se llama
accidente.
El género puede definiese: una naturaleza que conviene
a muchos inferiores diferentes en especie, de los cuales
se predica esencialmente, pero expresando aquella parle
de la esencia en que conviene con otras. I,a naturaleza
o realidad objetiva significada por el concepto animal
es genérica, se encuentra en todas las especies de ani­
males. El género puede ser supremo, medio e ínfimo.
La especie se define: una naturaleza que conviene a
muchos individuos de los cuales se predica de una manera
esencial y completa; expresa toda la esencia de los
inferiores, como cuando se predica hombre de Pedro.
La diferencia, como universal, es una realidad que
conviene a muchos, y se puede predicar de muchos esen-
78 LÓGICA

cialmentc, pero expresando adjetivamente la parte de


la esencia por razón de la cual se distingue de otros, La
diferencia se concibe corno algo que se añade al género
para constituir la esencia completa; en esta proposi­
ción: «el hombre es un animal racional», fació nal es la
diferencia. Lo propio es lo que conviene a muchos y se
puede predicar de ellos como atributo necesario, es decir,
como una realidad que dimana natural y necesaria­
mente de los principios constitutivos de una cosa,
aunque no es parte de su esencia. El accidenté, como
uno de los universales, es lo que conviene a muchos, y
se puede predicar de ellos como cosa que acompaña o
sigue a la esencia de un modo contingente.

52. Comparación de las ideas por su extensión;


relaciones de subordinación,—Los conceptos relativos
a una misma categoría forman en conjunto una especie
de escala graduada, en virtud de los grados de uni­
versalidad que podemos considerar en los conceptos
por razón de su extensión (29). Ocupa el último lugar
la substancia individual o primera, que, como sabemos,
no se puede predicar de ningún sujeto anterior y ella
puede recibir lógicamente todos los predicados que
no repugnen a su esencia. Inmediatamente, y en línea
ascendente, viene la especie, que se predica de los in­
dividuos, y luego el género, que se puede enunciar de
las especies subalternas y de los individuos. Porfirio
ha dado un ejemplo del orden que reina entre los con­
ceptos universales, con la construcción del famoso
Arbol que lleva su nombre y que es una clasificación
jerárquica de los géneros, de las especies y de las <iife-
rencias, descendiendo desde la substancia hasta d
hombre:
r,o s co ncepto s 79
C-íturro iu p r o n o _____ StrUiTANdA

l D Í Í C Í c u it a .. wrjffirt* . ineorpér*

i Cintro medio ..........................

i Dlftroicto__ wtinko__ .inorgánica

a WnCf« metilo Vrniui» _

j THfrrcicfai___ tm tib lt .
ÍMWMfibit

Ctocro próximo_____ Animal


.irrmciaiutf
OUtrcnda ctpcctflai^'iuísiM/

IUptde____ ___________ firaau

IKDIVIDCO

A
«Es bueno notar, dice Leibuits, que no pocas veces
el género puede cambiarse en diferencia y ésta en gé­
nero; y este cambio depende de la variación en el orden
de las subdivisiones. Por ejemplo, se puede decir
casi indiferentemente: el cuadrado es un regular cua­
drilátero, o es un cuadrilátero regular; parece, pues,
que el género y la diferencia se distinguen a la manera
del sustantivo y del adjetivo.»

63. Las ideas por su comprehensión; relaciones de


Identidad y oposición.—Sabemos que la comprelien-
8o ILÓGICA

sión eg resa el contenido del concepto (35). Dos ideas


son idénticas o diversas, según que tengan el mismo
o distinto contenido: las ideas de hombre y animal
racional son idénticas, las de hombre y animal son
diferentes. Dos ideas no idénticas pueden ser compa­
tibles, como las de líquido y azúcar, o incompatibles,
como las de liquido y sólido, Las ideas incompatibles
se excluyen más o menos directamente, son opuestas.
De las especies de oposición que conocemos, la con­
tradictoria es la más radical, porque los dos términos
de una contradicción no tienen nada de común. La
idea privativa supone un sujeto capaz de tener la per­
fección de que se le priva. Las contrarias pertenecen
a un género común y forman los puntos extremos
de una serie de elementos reunidos bajo un mismo
género. Finalmente, la oposición relativa es la forma
más mitigada de oposición, consiste mejor en una
aproximación o contraposición, que en una exclusión
verdadera.
CAPÍTULO II

Los términos

§ I. E l signo. Objete del termino oral

54. El signo en general; divisiones del signo.—No


estudiamos aquí el signo como expresión general de
los hechos psíquicos {P. 846), sino como la expresión
lógica de la relación de Tepresentatividad del concep­
to como elemento del juicio. El signo, según Balmes,
es un objeto que nos da el conocimiento de otro por
la relación que con él tiene. Puede definirse: lo que
representa a la facultad cognoscetite alguna otra cosa
distinta dd mismo sigtto— «quod potentiae cognoscenti
aíiud a sí repraesentah.— El signo debe ser distinto de
la cosa significada y tener relación con ella, toda vez
que sirve de medio entre la potencia cognoscitiva y
la cosa significada. De aquí se deduce que el signo de­
termina dos percepciones: una que se refiere a la cosa
que sirve de signo y la otra a la cosa significada. Para
que resulten realmente estas dos percepciones, es
preciso que se conozca la relación que existe entre el
signo y la cosa significada, pues faltando este cono­
cimiento, el signo no serla tal.
La relación que el signo incluye esencialmente con
la cosa significada puede ser natural, deducida del
nüsmo modo de ser de las cosas, como la del hamo y
82 T.ÓCICA

el fuego, o artificial, convenida por el hombre, como


los toques de alarma que avisan a la población que
ha ocurrido un incendio; en esto se funda la división
de los signos en naturales y artificiales. A esta última
clase, pero relacionándose con la primera, sobre todo
por su origen, pertenecen los llamados signos verbales,
que forman una categoría especial de una importan­
cia innegable. El signo se llama formal, si representa
otra cosa ]>or razón de la semejanza, como la imagen
o retrato de una persona es signo formal de la mismaj
signo instrumental es el que representa alguna cosa
por razón de alguna relación que no sea de semejanza,
como el humo respecto del fuego. Cuando la relación
que existe entre el signo y la cosa significada es ne­
cesaria e infalible por su naturaleza, el signo se deno*
mina cierto, como la respiración respecto de la vida;
si esa relación puede proceder indistintamente de
varias causas, como la frecuencia del pulso respecto de
la fiebre, el signo es incierto o equivoco.

65. Término oral.—Los términos orales expresan


los objetos o cosas conocidas por el entendimiento, d*
un modo inmediato y no, como opinan algunos, me­
diante la expresión de los conceptos subjetivos como
tales, es decir, representando formalmente las coses:
aunque es necesaria la representación de la cosa por
el concepto, para que el término oral pueda represen-
tarla externamente.—Voces, dice Santo Tomás, u-
feruvtur ad res significancias mediante conceptmt
intcllectus,—La palabra sol, por ejemplo, no significa ;
la idea det sol, sino el sol mismo; asi decimos que d j
sol ilumina, calienta, y es evidente que estos a tribu- ¡
tos no convienen a la idea, sino a la cosa real. Stuait j
Mili no ha tenido en cuenta esa distinción elemental; |
£.0 S T É R M I N O S 83

arguye a Hobbes porque afirmó que el nombre es la


expresión de la idea y él, a su vez, sostiene que es la
expresión de la cosa: la verdad ocupa el justo medio,
porque el concepto expresa un objeto que es la cosa
pensada.

56. El lenguaje como signo del pensamiento.—E1


lenguaje, signo general del pensamiento humano, es
un sistema, de signos destinados a expresar el pensamien­
to, teniendo en cuenta que la palabra pensamiento se
interpreta en un sentido lato por las manifestaciones
y actos, no sólo del entendimiento y voluntad, sino
también de las facultades sensitivas, tanto percepti­
vas como afectivas. £1 lenguaje, pues, consiste en la
expresión de las ideas mediante sonidos o formas sen­
sibles, correspondiendo individualmente a cada idea
una representación acústica o gráfica peculiar, es de­
cir, un signo. Los signos que constituyen el lenguaje
pueden ser naturales o artificiales. A los primeros per­
tenecen los gritos, ademanes, gestos y movimientos
naturales y espontáneos del cuerpo, en relación con
determinadas afecciones o movimientos interiores del
alma; los segundos son las palabras articuladas, des­
tinadas por el uso y la convención para expresar aque­
llos actos y afecciones interiores. La palabra lenguaje,
además de la significación dicha, puede tener otros
dos sentidos, puesto que unas veces se toma por la
facultad o capacidad de hablar que posee el hombre,
y otras por la manera especial con que dispone las
palabras y oraciones, en los periodos y cláusulas, y
que constituye el estilo.

57- Palabra interior y palabra exterior.—E l análi­


sis psicológico demuestra que entre la palabra y la
s4 LÓGICA

idea existe un estrecho enlace, auxiliándose el fenó*


ineno intimo del pensamiento del llamado lenguaje
interior, que no es más que la evocación silenciosa e
intransitiva de las imágenes verbales; este lenguaje
interior facilita, y abrevia extraordinariamente el curso
de las ideas, sustituyendo las sencillas representacio­
nes verbales a las más complicadas de los objetos
mismos que son término del pensamiento. Los resul­
tados del raciocinio» las conclusiones de los juicios,
se formulan en proposiciones, que son como la res­
puesta concreta que da la inteligencia a los problemas
que se le plantean para ser resueltos mediante el racio­
cinio, y estas proposiciones constan de dos o más nom­
bres representativos de seres, de fenómenos o de pro­
piedades. unidos mediante la cópula.
La palabra desempeña un doble oficio. Sirve, en
primer lugar, de medio de comunicación con nuestros
semejantes, y éste es su aspecto más visible; pero,
antes de comunicarse a los demás, el pensamiento
tiene necesidad de ser elaborado por nosotros, en una
forma interior que fija nuestra reflexión; la expresión
última de nuestro pensamiento es una palabra inte­
rior de la cual la exterior viene a ser como una ex­
pansión o traducción. De esta doble función del len­
guaje resultan las siguientes conclusiones: i.* Siendo
el lenguaje la expresión del pensamiento, el estudio
de las lenguas es un medio útilísimo de llegar al cono­
cimiento de las costumbres y modo de pensar de un
pueblo; los idiomas constituyen una especie de capi- ;
tal que acumula las ideas de edades pasadas. 2 .* Como
que el pensamiento se traduce en una palabra interior,
antes de comunicarlo a los demás es necesario que
en su primera manifestación intima sea claro y '
propio. «Es imposible hacerse comprender, dice Bal-
I,OS TÉRJÍIMOS 85

mes, cuando uno no se entiende a sí mismo; y el fenó­


meno de no comprenderse a si mismo es menos laxo
de lo que pudiera creerse.* Cuando ae produce un
pensamiento original, y no hay en nuestra lengua una
expresión que lo traduzca adecuadamente, entonces,
o bien se crea una palabra nueva, o bien se usa, dán­
dole una nueva acepción, un término ya conocido; en
ambos casos, es necesario prevenir, por una declara­
ción expresa o por el contexto, indiscutiblemente
claro, cualquiera interpretación falsa o menos recta.

68. Origen del lenguaje.—Cuando se pregunta si


el lenguaje articulado es natural al hombre, se debe
responder con distinción. Si se trata del lenguaje en
cuanto significa una colección determinada de voces
articuladas, como las palabras, por ejemplo, que cons­
tituyen el idioma castellano, el lenguaje no es natu­
ral, sino arbitrario; si se trata del lenguaje en cuanto
significa la facultad de hablar, no hay inconveniente
en admitir que el lenguaje es natural al hombre, por­
que la razón y la experiencia demuestran que el hom­
bre lia recibido de Dios, y tiene en su misma naturaleza,
la facultad de manifestar a otros sus pensamientos y
los objetos por medio de voces articuladas, y que está
dispuesto su organismo para actualizar aquella fa­
cultad. ¿Debemos inferir de aquí que la invención del
lenguaje es debida al hombre? La S. £ ., hablando del
primer hombre, dice: Creavii ex ifiso adjiUúrinm simile
«W, consilium el u n g u a m dedit ülis. Parecen corro­
borar esa afirmación: i.° La perfección con que fue
creado el primer hombre, que es incomprensible sin
el lenguaje, una de sus cualidades más importantes.
2.a No poseyendo el lenguaje se hubiera visto imposi­
bilitado de comunicar a sus hijos los conocimientos
86 LÓGICA

naturales y sobrenaturales que recibiera de Dios. 3.0 líl


catado social, natural al hombre, y fuera del cual
no puede conservarse por mucho tiempo, es incompa­
tible con el estado de mutismo; además de que es im­
posible, o sumamente difícil por lo menos, establecer
pactos y convenciones para formar un conjunto de
signos convencionales, sin el auxilio del lenguaje ar­
ticulado. La dificultad de inventar un lenguaje
primitivo. 5.0 Finalmente, si a lo dicho se añade que
todos los monumentos históricos, inclusos los bíblicos,
presentan al hombre en posesión y ejercicio del len­
guaje Articulado, y, lo que es más, de un lenguaje
]>orfecto, quedará fuera de toda duda que el origen
primitivo del lenguaje entre los hombres debe buscar'
se en Dios, revelándolo o comunicándolo al primer
hombre creado por Él. Son notables las palabras de
Uumholdt sobre este punto: «El lenguaje no ha podido
ser inventado sin un tipo preexistente en la inteli­
gencia humana... Más bien que crccr en una marclia
uniforme y mecánica que le vaya formando paula­
tinamente desde el principio más grosero e informe
bosta llegar a la perfección, abrazaría la opinión de
aquellos (pie refieren el origen de las lenguas u una re­
velación inmediata de la Divinidad, lvllos, por lo me­
nos, reconocen la chispa divina que brilla ul travos de
todos loa idiomas, aun tos más imperfectos y mciioi
cultivados.* Klaptoth, Kciuusut, Ooulianoíf, ilervás,
Schlegel y otros distinguidos etnógrafos han formu­
lado, en vista de los resultados de sus trabajos, con»
elusiones análogas.

69. Las portes de la oraotón.—La palabra esti


formada por una o más silabas enlajadas en un con­
cepto único, y constituye la unidad gramatical del
L O S Y ftU M IN O S «7

lenguaje, siendo la expresión oral de los objetos, de


los fenómenos, de las ideas y d¿ los sentimientos, to­
nudos individualmente, asi como de todas los pro-’
piedades y categorías que el entendimiento ha d a -
botado partiendo de los hechos concretos, l ’udiera
pensarse que la pulabru es la unidad lógica del len­
guaje; pero un análisis detenido uos revela que esto
no es exacto. Son muchas las palabras que ca si no
significan nada, o tienen una ¡lignificación am bigua.
que necesita precisarse mediante el concurso de m u­
cha* palabras; y aun aquellas dotadas de significa­
ción precisa, pronunciadas aisladamente, limltansc a
evocar la imagen do uu objeto o de un fenómeno de
itiauera vaga, sin determinaciones de modo, lugar
ni tiempo, incapaz, por tauto.de imprimir orientación
definida a la asociación de ideas. Para que la palabra
desenvuelva la plenitud de su acción psíquica, influ­
yendo positivamente en la actividad mental, es pre­
ciso que fonuc parte de un conjunto de palabras que
expresen un pensamiento completo y acabado, la
oración, verdadera unidad lógica del lenguaje.
La oración, cu general, es la expresión oral del pen­
samiento. según algunos; pero estu definición es poco
exacta, puesto que puede aplicante a lus parte* de
la oración, como sucede cu el nombre. Toda expresión
significa algo, dice Aristóteles, pero no toda expresión
inunda alguna cosa; un enunciado es siempre verda­
dero o falso. "liari á'naí |jiv «irof«vTtx¿{
¿i oú Jíáf, ¿XX* lv ij> ¿XijOcúnv j¡ ^iiíoivOvi únap^n.
Iva oración, según los escolásticos, so verifica a modo
de afirmación y negación—per modurn affirtnationis
et negationis,—y es el conjunto de palubras que expre­
san uu pensamiento de una manera concreta. Lus
partes de la oración son las diversas partcB en que se
88 I.ÓCICA

agrupan y clasifican las palabras según sus respectivas


afinidades, sus características propias y el oficio que
en la oración desempeñan; su número varia en las
diferentes lenguas, así en español, y en muchos idio­
mas modernos indoeuropeos, son nueve: nombref pro­
nombre, verbo, participio, articulo, preposición, adver­
bio, conjunción e interjección; mientras que en griego
son diez, en latín ocho, y en algunas lenguas orien­
tales, como el árabe y el hebreo, sólo son tres; nombre,
dicción y verbo.

60. Las partes de la oración y las categorías.—K1


contenido del concepto se clasifica en categorías; el
contenido del término da lugar a las partes de la ora­
ción: uno y otro son la expresión de la realidad ea
cuanto es conocida por el entendimiento. Por esto
puede establecerse una comparación entre las catego­
rías y las partes de la oración, porque, aunque no se
correspondan adecuadamente sus divisiones, no hay
duda que la división de los gramáticos manifiesta los
caracteres fundamentales de la división que de las
categorías señaló Aristóteles. Si en algún idioma,
como en el nuestro, ha dejado de indicarse alguna
parte del discurso, el nombre adjetivo, por ejemplo,
que figura en algunas lenguas clásicas y modernas,
no por esto se ba negado la relación que ella expresa.
La primera categoría, el sujeto, la esencia, se traduce
gramaticalmente por el sustantivo, teniendo en cuen­
ta que no siempre la primera parte del discurso re­
presenta una substancia , sino esencias que respon­
den a la pregunta ¿qué es esto?, e<m. Esta esencia,
que hace funciones de sujeto en el juicio, puede ser
abstracta o individual; esta última se distingue por
el articulo definido. La substancia individual se sus­
I.OS TÉRM 1MOS 8<>

tituye por el pronombre personal. El artículo indefi­


nido designa de un modo indeterminado una esencia
individual en la multitud de individuos ordenados
debajo de un concepto abstracto y universal. Las de­
terminaciones cuantitativas y cualitativas atribuidas
al sujeto se expresan por los adjetivos. El verbo tran­
sitivo, en sus distintas formas, y el intransitivo, en sus
dos modalidades, traducen las cuatro últimas catego­
rías. El sustantivo, el adjetivo y el verbo, que corres­
ponden a los seres, a sus propiedades y a sus activida­
des, son los elementos más principales del lenguaje.
Las categorías de lugar y tiempo, determinaciones
especiales y temporales que afectan al verbo, se ex­
presan por medio de adjetivos verbales y adverbios,
particularmente por los de lugar y tiempo. La cate­
goría de relación, que no considera los objetos en si
mismos y aislados, sino en orden unos con otros, se
expresa, en sus distintas formas, por las preposicio­
nes. E sta parte de la oración o del discurso juega un
papel importantísimo en el lenguaje científico; de
las preposiciones se sirve Aristóteles para expresar
tos cuatro géneros de causas. Varios sujetos se pueden
unir, así como varios predicados, formando uno solo
por medio de la conjunción.

61. El nombre y el verbo.—El nombre puede con­


siderarse como parte de la oración gramatical, o como
tino de los elementos principales y esenciales del juicio;
desde este último punto de vista, se llama más común­
mente término. Es aquella parte de la oración que
expresa los objetos del pensamiento que entran en
la misma como sus elementos esenciales y directos.
Aunque el sustantivo, como sabemos, no designa ne­
cesariamente una substancia, sino una esencia, lo que
90 ILÓGICA

es una cosa, no es menos cierto que la esencia expresa


ordinariamente una substancia o esencia subsistente.
El nombre puede ser sustantivo y adjetivo. El ad­
jetivo expresa una determinación secundaria atribuí'
ble al sujeto; en tesis general, podemos decir que el
atributo del juicio es una determinación accidental del
sujeto. Pero, en las definiciones esenciales, el atributo
de la proposición designa, en todo o en parte, la esen­
cia del sujeto y se toma sustantivamente, por ejem­
plo: «la virtud es una cualidad», «la magnitud es una
cantidad».
E l verbo es aquella parte de la oración que expresa al­
guna cosa, consignificando modificación de tiempo y
atribución o relación a algtín sujeto. Son varias y bas­
tante encontradas las opiniones de los filósofos acerca
de la naturaleza del verbo y de sil carácter distintivo
de las demás partes de la oración. Según unos, el oficio
y carácter propio del verbo es expresar la afirmación
y negación, y como éstas son representadas explícita
o implícitamente por el verbo ser, de aquí deducen
que en el fondo de todos los verbos va envuelto el
verbo ser, del cual vienen a ser los demás como una es­
pecie de modificaciones. Otros afirman que la esencia
del verbo consiste en significar acción y movimiento,
suponiendo que los verbos en su origen significaron
solamente las acciones y movimientos de los cuerpos,
y más tarde, por medio de tropos y abstracciones,
los movimientos y acciones del alma. Una tercera
escuela enseña que la esencia del verbo es la atribu­
ción, opinando que el verbo es una palabra que sig­
nifica el atributo de todo juicio. Bs innegable que el
verbo ser tiene muchas veces sentido copulativo y ex­
presa el lazo de unión lógica entre el predicado y su
sujeto; expresa también la existencia o el existir actual
I.OS TÉRMINOS

de «na cosa; pero no puede admitirse que sea el único


verbo y que todos los deinás verbos sean formalmente
el verbo ser con un atributo, porque, aunque el sig­
nificado de un verbo activo presuponga la del verbo
ser, toda vez que para obrar es necesario existir, no
se sigue que el verbo activo exprese formalmente la
existencia del agente, sino directamente el ejercicio
de una acción, e implícitamente tan sólo el sujeto que
la ejecuta. Por esto señalamos como caracteres del
verbo la consignificación del tiempo y la atribución
puramente enunciativa.

62. Significación abstracta del nombre.—El primer


concepto que la inteligencia se forma de un objeto que
cae bajo su actividad es el de substancia, que le atri­
buye espontáneamente; pero esta noción, absoluta-
mente indeterminada, se especificará progresivamente
por la atribución sucesiva de tantospredicadosafalnzc-
ios. cuantas sean las propiedades del objeto. Si se ana­
lizan los nombres complejos de nuestras lenguas mo­
dernas, remontándonos hasta el origen del lenguaje,
se ve claramente que las formas primitivas, sus raíces,
expresaban predicados abstractos. «Si hay un punto
perfectamente demostrado, dice Max Müller, es éste».
Sea la palabra lupus , por ejemplo, en las lenguas ger­
mánicas urolf. Ambas palabras proceden de una raíz,
representada en sánscrito por la raíz verbal vracf,
que significa desgarrar, dilacerar, y por el nombre
vrka, lobo. Significa, pues, el que desgarra o dilacera;
aparece en griego el nombre Xímh;, en latín lupus
por vlupus, en gótico vulf-s, en francés loup, en espa­
ñol lobo. Este atributo abstracto y muchos más que
pudiéramos estudiar, indican de un modo indetermi­
nado el sujeto que hace algo, y si hoy tiene una sig-
<J2 IfÓGICA

nificadón más precisa es porque un trabajo ulterior


y una prolongada elaboi'ación ha restringido y pre­
cisado la significación del concepto. Los nombres
propios no constituyen uila excepción de est^ regla,
porque en un principio fueron nombres comunes que
tenían el carácter de predicados abstractos. Sócra­
tes, por ejemplo, es un apelativo derivado de dos
nombres abstractos sano, y xpí™;, fuerza,
vigor, como para significar un ser que se distingue
por su vigorosa fuerza. Podemos, pues, concluir, en
vista de las opiniones de los más autorizados filólo­
gos, que las raíces ■primitivas representan conceptos
abstractos, predicados de nuestros juicios. Aplicando al
concepto genérico de substancia, fruto del primer tra­
bajo abstractivo de la inteligencia, los predicados
derivados de las raíces primitivas, se han producido
las primeras formas de lenguaje,

§ II. División y propiedades de los términos

63. División de los términos.—Desde el punto de


vista psíquico, los términos equivalen a las represen­
taciones mentales o conceptos, de los cuales son una
especie de traducción y expresión externa. Son sus­
ceptibles de múltiples divisiones, según el punto de
vista desde el cual se les considere; si bien todos esos
puntos de vista se refieren a la naturaleza y a las rela­
ciones de la cosa significada, que, en el orden represen­
tativo, constituye el contenido del concepto. Término
positivo es el que significa alguna entidad o realidad;
negativo, el que representa la privación o carencia de
alguna realidad, como ceguera, muerte. Si a un tér­
mino positivo se antepone la negación, resulta un
término infinito, como no piedra. Para clasificar los
t o s TÉRMINOS 93

términos hay que atender al sentido, es decir, al con­


tenido del concepto que ellos expresan, porque hay
térmiilos que son positivos por la estructura de la
palabra y negativos en cuanto a la significación,
como ceguera; y otros que son negativos por parte de
la palabra material, y positivos en cuanto al sentido,
como infinito. Según que la cosa significada se muestra
en dependencia con otra o desligada de cualquiera otra,
se llaman los términos relativos, como deudor, o ab­
solutos, como hombre. Si un término tiene significa­
ción determinada y perfecta por sí mismo, se llama
catcgcremático, como: justicia; si para tener significa­
ción necesita unirse a alguna otra palabra, se llama
sincategoremálico, como: ninguno, todo, alguno. Aten­
diendo al grado de elaboración psíquica de la cosa
significada, el término es abstracto cuando representa
una propiedad idealmente aislada del sujeto en que
radica, como rectitud; y concreto cuando expresa una
naturaleza o cualidad puesta en u n sujeto, como:
recto, justo.
Los términos son, además, comunes o singulares,
según que expresen una idea trascendental o univer­
sal, o una idea singular. Cuando son universales se
llaman genéricos o específicos, atendiendo a los con­
ceptos que representan. Los términos comunes son
distributivos si pueden enunciarse de varios indivi­
duos y de cada uno de ellos en particular, como hom­
bre; y colectivos cuando no se aplican a cada indivi­
duo, sino al conjunto de individuos, como: familia,
senado. El término común distributivo, si significa un
concepto objetivo que es idéntico o se halla del mismo
modo en muchos, es univoco, como: triángulo y todos los
términos que expresan conceptos genéricos o especí­
ficos; si el concepto significado por el término común
94 IjÓGICA

es completamente diverso en los objetos a que se apli­


ca, se llama equivoco, como la palabra perro, aplicada
a un animal doméstico y a una constelación; si el
concepto significado por el término común es en parte
diferente y en parte igual o semejante, se llama aná­
logo, por ejemplo: la palabra pie, aplicada a la base
de un monte, a un trípode o a un animal. Se llama
término complejo el que representa dos ideas comple­
tas en su género, bien se expresen por medio de dos
palabras, como voluntad buena, o con una sola, como
filósofo. Cuando un término significa un objeto,
según el estado o modo de ser que en la realidad 1¿
corresponde, independientemente de nuestro entendi­
miento, se llama término de primera intención o di­
recto, como: el hombre es racional; si la significación
corresponde al objeto según algún estado o modo pro­
cedente de la percepción refleja del entendimiento,
se llama término de segunda intención o reflejo, como:
el hombre es especie.

64, Relaciones entre los términos.—Considerado el


término como elemento lógico del juido, ya que su
aspecto gramatical no pertenece a nuestro estudio,
toda su realidad y valor dependen del concepto y
« s i se identifican con él. No puede ser de otro modo,
ya que la relación lógica, expresión, cuando es ver­
dadera, de la que media entre los objetos, sólo tiene
lugar en los conceptos del entendimiento, derivados
de ias percepdones de la realidad. Por esto la palabra
expresa el objeto, no en su ser real, sino en cuanto es
conocido por el entendimiento (55). Síguese de lo
dicho que todas las relaciones lógicas que pueden
estudiarse en los conceptos son aplicables a los tér­
minos, Comprehensión de un término es el número de
IO S TÉRMINOS 95

notas que el concepto expresado por el término con­


tiene; y extensión, el número de individuos a que el
término puede aplicarse, en conformidad con el nú­
mero de individuos a que pueden aplicarse las notas
del concepto significado por el término. Si de la ex­
tensión y de la comprehensión del concepto nacen re­
laciones de subordinación y de identidad y oposición
entre las ideas, análogas relaciones podremos estu­
diar entre los términos, derivadas de la aplicación de
aquellas propiedades a los mismos.

65. Propiedades de los términos.—Los términos ex­


presan las ideas y significan los objetos como elemen­
tos o partes del juicio. Desde este punto de vista, y en
virtud de la relación que uno de los extremos del jui­
cio incluye respecto del otro u otros, resultan la supo­
sición, apelación, ampliación, restricción y alienación,
que son otras tantas propiedades de los términos con­
siderados en la fundón lógica que representan. De
esas propiedades, nos interesan únicamente las dos
primeras, que determinan el significado del término,
y, por lo tanto, del concepto, en el papel que repre­
senta en el juicio, de lo cual depende, en gran parte,
la relación que pueda establecerse entre los extremos
que se comparan. Por esto el que ignora las leyes de
la suposición y de la apelación, muy particularmente
de la primera, no puede comprender la razón de las
leyes del silogismo. El estudio de las tres últimas pro­
piedades tiene más importancia y aplicación en la
Retórica.

68. Concepto y divisiones de la suposición.—Se


llama suposición la posición de un término en lugar o
representación de alguna cosa respecto de la cual se ve­
96 Ló g i c a

rifica, es decir, respecto de la cual se forman juicios


o se enuncian proposiciones verdaderas, tomando el
término en aquella significación. Se divide en material
y formal; la primera se da cuando la cosa significada
por el término es el mismo término, como en esta pro­
posición: «Sócrates es nombre sustantivo». Puede ser
natural, como: *animal es una voz*, y artificial, por
ejemplo: «animal es nombre*. Hay suposición formal
cuando el término se pone en lugar de la cosa signifi­
cada por él, como: «Cicerón fué orador». Puede ser
propia y metafórica, según se tomen los términos en
uno u otro de estos sentidos. La suposición formal se lla­
ma simple cuando el término se toma por el significado
inmediato solamente; pero si abraza también el me­
diato, entonces se dice que la suposición es real, la
cual recibe asimismo los nombres de absoluta y per­
sonal. Esto tiene lugar en los nombres que significan
concretos accidentales, cuyo significado inmediato es
la forma denominante, y el mediato el sujeto denomi­
nado. E n esta proposición: «lo blanco es accidente*,
el término blanco se toma por el significado inmediato,
que es la blancura; en esta otra: «lo blanco es finito»,
el término se toma en su significado inmediato y en
el mediato, porque abraza la blancura y el sujeto quela
tiene, pues de los dos se verifica el predicado finito.
Suposición colectiva es la posición del término co­
mún por muchas cosas tomadas colectivamente; dis­
tributiva es la posición del término por todos y cada
uno de sus significados; disyuntiva es la posición de
un término por alguno de sus significados. Estas pro­
posiciones: «Los apóstoles son doce», «el hombre es
racional», «algunos hombres son sabios», son, respecti­
vamente, ejemplos de aquellas especies de suposición.
El predicado, en estas proposiciones, se verifica del
L.ÚS TÉRMINOS 97

sujeto, si el término que designa el sujeto se toma en


la suposición conveniente. Si el término apóstoles, por
ejemplo, se toma con suposición distributiva, la pro­
posición primera resultará falsa.

67. Anomalías acerca de la naturaleza y del sen­


tido de los términos.—La extensión de la idea, mejor
dicho, la extensión de sus aplicaciones, es limitada;
pero no siempre sus limites se indican por el término
que la representa. E sta anomalía puede engendrar
confusiones, principalmente en dos casos: i.° Cuando
el término es por sí mismo signo de una idea univer­
sal o colectiva, y, sin embargo, la proposición no es
verdadera sino concibiendo esta idea con una exten­
sión incompleta. Sirvan de ejemplo las siguientes
proposiciones: «el sexto día Dios creó todos los
animales», tía historia natural describe los animales*.
En la primera proposición se trata solamente de algu­
nos individuos de cada especie, no de todos los indi­
viduos, ni siquiera de las razas o variedades que se
encuentran dentro de una especie; y en la segunda se
trata evidentemente de especies y de razas, pero no
de individuos. La extensión real de la idea es bien dis­
tinta de la extensión, nominal de la palabra. 2 .° Cuando
un calificativo se añade a un nombre, sin que se pue­
da determinar si la forma de ese calificativo es pura­
mente explicativa y completiva o si limita la extensión
dt la idea. De aquí la teoría, verdaderamente lógica,
que han dado los gramáticos acerca de las oracio­
nes incidentales explicativas, como: «los hombres, a
los cuales Dios ha dado un alma inmortal*, que se
dice de todos los hombres; y acerca de las oraciones
incidentales determinativas, como: «los hombres a quie­
nes Dios ha dado el genio», que se afirma tan sólo de
7-— MlOlCA
IíÓGICA

algunos. Semejantes proposiciones se expresan ordi­


nariamente con una sola palabra: «el alma inmortal*,
«el alma adherida al bien*; el epíteto de la primera es
simplemente explicativo, y el de la segunda, restrictivo
y determinativo.
No pocas veces la comprehcnsión de la idea, es de­
cir, el conjunto de sus notas, es limitada, y esta limi­
tación no está indicada por el término. De aquí la
necesidad de distinguir entre el sentido compuesto y el
sentido dividido y entre el sentido material y el sentido
formal de los términos. Sentido compuesto de un tér­
mino es la concepción completa de la idea tomada con
el conjunto de sus notas; y sentido dividido es la con-
cepción incompleta de la idea tomada con la exclusión
de una de sus notas. Esta proposición: <los ciegos ven»,
es verdadera tomando el término ciego en sentido di­
vidido, y falsa si se le toma en sentido compuesto. Se
llama sentido formal de un término la concepción de la
idea desde el punto de vista especial de una de sus notas
que se pone de relieve en el término, por ejemplo: «los^í-
cadores son excluidos del cielo»; sentido material de un
término es la concepción de la idea hecha abstracción Jt
la nota especial que indica el término; la proposición ci­
tada es verdadera materialmente, haciendo abstracción
de la nota especial que incluye la palabra pecador.
Conviene, finalmente, desconfiar de los término
equívocos. No hablamos aquí de los equívocos de ho-
monitnia, como el término aire, sino de los equívocos
de analogía, en sus distintas modalidades, como la ,
palabra sano aplicada al alimento, al color, al aspee*
to de una persona.

68. Reglas de la suposición.—Al objeto de discernir j


y reconocer la suposición que corresponde a los términos |

i
LOS TÉRMINOS 99

de la proposición para que resulte verdadera, conviene


tener en cuenta las siguientes reglas: i> Cuando un
término va acompañado de signo universal, la suposi­
ción será distributiva o colectiva, según la naturaleza
o condición del otro término, «Todos los Apóstoles son
(toce*, «todos los Apóstoles son hombres*. A pesar del
signo de universalidad que el sujeto lleva en las dos
proposiciones, la primera sólo es verdadera a condi­
ción de que el sujeto tenga suposición colectiva, mien­
tras que, en la secunda, admite la distributiva.
2 * Cuando el término lleva signo particulart como: algu­
no, ciertos, algunos, la suposición es disyuntiva y será
confusa o determinada, según sea la condición del otro
término. «Alguna nave es necesaria para pasar de Es­
paña a América», «algunas naves condujeron a Colón
al Nuevo Mundo»; la suposición del sujeto, en la prime­
ra proposición, es indeterminada; en la segunda es
determinada. 3 .* En toda proposición afirmativa, el
predicado, atendida su naturaleza y condición, tiene
suposición disyuntiva, aun cuando sea término común
y universal; en la negativa, el predicado supone siempre
distributivamente. Para que sea verdadera esta propo­
sición: «todo hombre es animal», basta que sea una de
las especies o clases de animales. Por el contrario, si
digo: *cl hombre no es piedra», la proposición sólo es
verdadera a condición de que el predicado excluya
del sujeto, no ésta o aquella especie de piedra, sino
todas sus clases o especies.

60. Concepto y reglas do la apelación.—Se llama


apelación la aplicación determinada del predicado al
sujeto de la proposición, o sea el modo con que el
predicado se refiere o afecta al sujete. Es material
cuando el predicado se refiere al sujeto tomado m ate­
loo LÓGICA

rialmente, como: «el médico canta»; y formal cuando el


predicado se Tcfierc al sujeto por razón de la forma
que aquél significa, como: «el médico receta al en­
fermo».
Las principales reglas de la apelación son dos:
1.A Cuando el sujeto de la proposición es un término
concreto, la apelación, en rigor lógico, es material,
2 .a Los numerales primitivos, si se predican de nombres
sustantivos, tienen apelación material y formal a ¡a
vez; pero si se aplican a nombres adjetivos, sólo tienen
apelación material, es decir, que, en el primer caso,
multiplican la forma y el sujeto que la tiene; en el se­
gundo sólo multiplican el sujeto. Si decimos: «en la
divinidad .hay tres dioses», la proposición es falsa,
según esta regla, porque el tres aplicado al sustantivo
Dios, en virtud de la apelación material y formal que
tiene, hace el sentido de que hay tres divinidades y
tres supuestos que las tienen; si digo: «en la divinidad
hay tres infinitos», equivale a decir que hay tres suje­
tos, tres personas que tienen infinidad.
SECCIÓN SEGUNDA

MATERIA PRÓXIMA DEL ORDEN LÓGICO

C A P ÍT U L O P R IM E R O £

ES juicio y la proposición N

70. Concepto del juicio.—El juicio es la percepción


de la relación de inclusión o de exclusión que media entre
dos ideas, o mejor, entre los dos objetos que estas ideas
representan. Cuando se dice que el «juicio es el acto del
entendimiento mediante el cual éste afirma o niega
□na cosa de otra*, esevideate que se trata de una afir­
mación mental, porque la manifestación exlerna de
la conveniencia o no conveniencia de dos cosas está
reservada a la proposición. El juicio requiere la exis­
tencia de dos ideas en el espíritu, de las cuales uua se
llanta sujeto y la otra atributo; que el entendimiento
compare esas dos ideas, y que establezca, deduciéndo­
la de la comparación anterior, la relación de inclusión
o de exclusión entre aquéllas (P. 150, 160). La rela­
ción de inclusión o conveniencia puede referirse a la
comprehensión y a la extensión, pero en sentido inver-
102 I jÓ G IC A

so, en los juicios afirmativos. En estos juicios, la ex-


tensión del sujeto se halla comprendida en la extensión
del atributo, y la comprehcnsión del atributo, en la
comprebensión del sujeto. En este juicio: «Dios es bue­
no», la nota bondad se halla en la comprehcnsión del
sujeto Dios, y la extensión del sujeto Dios está in­
cluida en la de la nota bondad, porque esta, además,
puede aplicarse a otros sujetos distintos de Dios.
Cuando la extensión es la misma cu el sujeto y en el
atributo, el principio de inclusión se reduce al de iden­
tidad, pudiendo reemplazar un extremo por otro:
«Dios es el ser infinito» o «el ser infinito es Dios*.
Rabier hace notar, con mucha sagacidad, que
en todos nuestros juicios atendemos, de ordinario,
más a la comprehensión que a la extensión. «Para po­
der afirmar, dice, el atributo del sujeto, no conside­
ramos generalmente el atributo como formando nna
clase de seres, al objeto de indagar si entre ellos se
encuentra el sujeto del juicio que formulamos, sino
que consideramos el atributo formalmente como atri­
buto o como propiedad, e investigamos directamente
si esta propiedad pertenece a la naturaleza del sujeto.
Raras veces juzgamos en sentido inverso, procurando
indagar si el sujeto se encuentra en la extensión de la
clase que constituye el atributo.»
En los juicios negativos, el principio de exclu­
sión o no conveniencia se aplica del mismo modo a
la comprehensión y a la extensión del sujeto y del
atributo. I*a razón juzga que el sujeto, tanto por su
comprehensión como por su extensión, se halla fuera
del atributo, y viceversa. Los dos se excluyen comple­
tamente; por ejemplo: «Dios no es el mal», testa pared
no es negra».
E l juicio se ejerce, no sobre las ideas como ideas,
et , j u i c i o y i *a p r o p o s ic i ó n 103

a no ser en los juicios reflejos, sino sobre los objetos


que las ideas representan. La percepción de la rela­
ción entre el sujeto y el atributo va acompañada de
otros actos que no pueden confundirse con ella: i.°, un
acto de asentimiento intelectual, que es el descanso del
espíritu en el conocimiento adquirido por el juicio;
2.0, un acto dt reflexión sobre el juicio directo en sí
misino; 3 .0, un ocio de la voluntad, consciente o incons­
ciente, sobre las facultades inferiores, para que concu­
nan a la expresión externa del juicio; 4 .°, la expresión
externa o enunciación del juicio por medio de pala­
bras. Este último acto pertenece más propiamente
a la proposición. El juicio, pues, es un acto perfecto
de conocimiento, mientras que la idea es un acto de
conocimiento imperfecto. Por esto afirman los esco­
lásticos que el entendimiento conoce componiendo y
dividiendo— inteUectus cognoscit componendo et divi­
dendo;—es decir, que el entendimiento juzga con­
cibiendo las ideas como unidas por el principio de
iuclusión, o separadas por el principio de exclusión.

71, Divisiones del juicio.—El juicio se puede divi­


dir atendiendo a su naturaleza y a su cualidad. Por el
primer concepto, los juicios son analíticos o a prior i y
sintéticos o a posteriori. El juicio se llama analítico o
a priori, si la relación que inedia entre el sujeto y el
atributo, sea de conveniencia o de exclusión, se funda
en la esencia de los términos, es necesaria. En este
caso, el simple análisis de las notas del sujeto y del
atributo revela la inclusión o la exclusión; por esto el
juicio de esta especie se llama analítico. La denomi­
nación de a priori significa que la sola consideración
de las ideas, anteriormente a toda observación ex­
terna, en el orden de los hechos, es suficiente para
104 ILÓGICA

afirmar la relacióa entre el sujeto y el predicado; por


ejemplo: «el Ser infinito es eterno», «el todo es mayor
que la parte», «el mal no es el bien». El juicio es sin­
tético o a posteriori, si el atributo y el sujeto, conside­
rados en su esencia, no exigen ni la inclusión del uno
en el otro ni su exclusión. E n este caso, es evidente
que el análisis de las notas del sujeto o del atributo
no podrá manifestar la conveniencia o no conveniencia
entre ellos. Para saber si, en el orden de los hechos,
el sujeto y el atributo se hallan unidos o separados,
es pTeciso consultar esos hechos y no formular el jui­
cio antes de la observación; el espíritu hace la síntesis
afirmativa o negativa del sujeto y del atributo, des-
pués de haber observado la relación que entre ellos
medía en el orden real; por ejemplo: *el oro es tin metal
raro», «la tierra gira alrededor del sol».
Según Kant, los juicios analíticos son aquellos en
que la unión del predicado con el sujeto se concibe
como una relación de identidad; por esto pueden lla­
marse explicativos, ya que el predicado nada añade a
la esencia del sujeto. Las consecuencias que se deri­
van de este concepto del juicio son muy interesantes.
La mayor parte de las proposiciones fundamentales
de las ciencias, de las matemáticas, de la metafísica,
no son analíticas y, por lo tanto, necesarias en el sen­
tido kantiano; por ejemplo: «la línea recta es la más
corta distancia entre dos puntos*, «lo que viene a la
existencia reconoce una causa». Admitida la defini­
ción que da Kant, o hay que negar los caracteres de
universalidad y necesidad a la ciencia, fuera de los
límites de la observación, como el positivismo, o afir­
m ar la existencia de esos caracteres, pero sin funda­
mento objetivo, como el subjetivismo. Para Santo
Tomás, siguiendo a Aristóteles, son juicios analíticos,
EL JUICIO V LA PROPOSICIÓN 105

no solamente aquellos en que el predicado está con­


tenido en la esencia del sujeto, sino aquellos cuyo
sujeto entra en la noción del predicado.
Los juicios analíticos se llaman también juicios
puros, absolutos, racionales, juicios de principios; se
presentan, al espíritu como necesarios, inmutables,
eternos y constituyen el orden metafisico. Los juicios
sintéticos se conocen con los nombres de experimen­
tales, empíricos—K raíp«, experiencia ,—hipotéticos y
juicios de hechos; se ofrecen al espíritu como contin­
gentes y constituyen el orden de la» ciencias natu­
rales.
Por su cualidad, los juicios son afirmativos o nega­
tivos, según que la percepción de la relación que media
entre el sujeto y el atributo sea de conveniencia o de
repugnancia. Unos y otros pueden ser inmediatos o
mediatos. Los primeros son el resultado de la simple
comparación de las dos ideas, la cual es suficiente
para descubrir la relación de identidad o contradicción
que media entre ellas; cuando para determinar la
relación es necesario un raciocinio, el juicio es me­
diato.

72. Los juicios negativos.—Sostienen algunos au­


tores que todo juicio negativo se reduce, en el fondo,
a una percepción positiva. Asi, dicen, todo negación
de identidad entre dos ideas puede reducirse a la
afirmación de la no-identidad o de la repugnancia
entre ellas por ejemplo, el juicio: «Dios no es el mal»,
se reduce a este otro: «Dios es el nc-mal». No lian tenido
en cuenta los aludidos autores, al formular su teoría,
lo que constituye la esencia lógica del juicio. Creemos
que hay juicios negativos, que son aquellos cuyo pre­
dicado no conviene al sujeto y se expresan por una
IOÓ ILÓGICA

negación. Decir que los juicios negativos equivalen


c. la afirmación de la uo-idcntidad, es confundir la
forma lógica del juicio con su fondo o contenido ma­
terial.

78. Concepto de la proposición.—La proposición


es una oración en que se afirma o niega una cosa de
otra—oraiio unum de alio affirtnans aut negans.—
Puede definirse indirectamente, diciendo que es la
expresión oral de un juicio. Toda proposición consta
de dos extremos: el sujeto y el atributo, y del verbo o
cópula, que expresa su relación de conveniencia o re­
pugnancia. E n esta proposición: «la justicia es lauda­
ble», justicia es el sujeto, laudable, el predicado, y es
la cópula. Algunas veces el predicado va incluido eu
el verbo que espresa la afirmación o negación, coma*
«Pedro escribe». En toda proposición absoluta, el
verbo es siempre ser en la tercera persona del presen­
te de indicativo; las modificaciones gramaticales que
afectan al verbo, como en el ejemplo últimamente
citado, deben lógicamente referirse al atributo. Así,
por ejemplo, la proposición: «César ha vencido o v¿n-
cerá a Pompeyaa, se reduce lógicamente a esta otra:
«César e$ el que ha vencido o vencerá a Pompeya».

74. El juido y la proposición en nnestra vida inte­


lectual.—El juicio es el acto más característico y más
importante del entendimiento, en orden a la adqui­
sición de la verdad, porque los conceptos no hacen
más que preparar el juicio, y los raciocinios se orde­
nan a la enunciación de nuevos juicios, bajo forma de
conclusiones (36). Por otra parte, la verdad tiene tan
íntima conexión con 2l juicio, que, cuando va acompa­
ñada de evidencia inmediata, como sucede en los pri­
EXr JUICIO Y LA PROPOSICIÓN I0 7

meros principios, el entendimiento no puede suspen­


der la afirmación o negación interna. No solamente
el juicio es el acto central, por decirlo así, hacia el cual
convergen todas las modalidades del pensamiento,
sino que, en realidad, no hay acto intelectual que no se
ordene al juicio. Cada uno de los actos abstractivos
de la inteligencia se apodera separadamente de un
atributo del objeto conocido, pero refiriéndolo a un
sujeto subsistente; de manera que el mismo acto de
abstracción no puede dejar de referir mentalmente
el atributo que considera a un sujeto indeterminado,
que el espíritu procurará precisar, juzgando interior­
mente que conviene a un sujeto determinado.
Formular una proposición es afirmar que bajo dos
nombres distintos, el predicado y el sujeto, no hay
más que una cosa. Juzgar, por ejemplo, que el animal
que desgarra, el lobo (62), tiene la piel de color de león,
es atribuir dos nombres, aquel que desgarra y aquel
que tiene la piel leonada, al mismo sujeto, y afirmar que
el ser designado con los dos nombres es efectivamente
el mismo. Con razón dice Hobbes que «enunciar una
proposición es expresar la creencia de que el predicado
es el nombre de la cosa misma de la cual el sujeto es
otro nombre: es atribuir dos nombres, el nombre pre­
dicado y el nombre sujeto, a una misma cosa». Con­
cebir un carácter abstracto o un atributo, y juzgar,
dar un nombre y formular una proposición, son actos
que se desarrollan de concierto y armónica y natural­
mente en nuestra vida intelectual.

75, Fundamento de la división de las proposiciones»


—Primeramente, podemos considerar en las propo­
siciones el carácter que revisten, de simplicidad o
composición, según la estructura externa, llamémosla
)o8 ItÓCfCA

asi, de su naturaleza. Proposición simple es la que


contiene una sola vez las partes esenciales, el sujeto
y el predicado, relacionadas entre sí por el verbo ser,
que es, en último caso, el que siempre hace función
de cópula. En un sentido lato, se llama compuesta
toda proposición que consta de varios sujetos o de
vaTios predicados, pero en Sentido estricto, es la pro-
posición que consta de varias proposiciones simples
explícita o implícitamente.
Las proposiciones simples se dividen, a su vez, aten­
diendo a su materia, a su forma, a su cantidad y a su
cualidad. Las proposiciones modales constituyen, según
algunos autores, un miembro especial, en la división
general de la projjosición simple; nosotros creemos que
pueden incluirse en la división de las proposiciones
por su forma,

76. División de las proposiciones por su materia.—


Entendemos por materia de una proposición la depen­
dencia que existe entre el predicado y el sujeto, mejor
dicho, entre los objetos designados respectivamente
por el predicado y el sujeto, anteriormente a la enun*
dación del juicio; o el modo de relación entre el pre­
dicado y el sujeto considerados en su objetividad. I«a
materia, asi entendida, da origen a la clasificación de
las proposiciones en necesarias, contingentes, posibles
c imposibles. La proposición es necesaria si el predicado
conviene o repugna al sujeto de una manera esencial,
que no consiente otro modo de relación, como: «el
hombre es racional*; es la expresión de un juicio ana­
lítico. La proposición imposible es la contraria de una
proposición necesaria; como: «es imposible que un hom­
bre sea irracional*. En la proposición contingente, el
predicada conviene o repugna al sujeto de un modo
1ÍL JUICIO Y r.A proposición 109

contingente, es decir, que entre los extremos de] jui­


cio cabe establecer de algún otro inodo la relación;
por ejemplo: «el hombre es sabio*; es la expresión de
un juicio- sintético. La proposición posible afirma que
el atributo puede convenir al sujeto, es decir, que no
hay repugnancia entre los dos términos. La contin­
gencia se refiere al modo de la relación en el orden de
los hechos; y la posibilidad al modo de relación entre
el sujeto y el predicado en el orden de las ideas.

77. División de las proposiciones por su forma.—


Se llama forma de una proposición la relación que el
entendimiento establece entre el sujeto y el predicado
para la enunciación de un juicio. Desde el punto de
vista de la forma, la proposición se divide en afirma­
tiva y negativa; las proposiciones modales y absolutas
tieneu también su lugar propio entre ellas. En la pro­
posición afirmativa se enuncia que el predicado con­
viene al sujeto, como: «la filosofía es una ciencia*; la
negativa establece la repugnancia que les sopara, por
cuyo motivo el predicado no puede unirse al sujeto;
como: «el vicio no es laudable*. Debe notarse que no
toda proposición que lleva negación es realmente ne­
gativa, sino aquella en que la negación afecta a la có­
pula o o la atribución de una cosa a otra; como se ve
eu las siguientes: *1« ley manda no jurar*, «la ley no
manda cosas perniciosas*; la primera es afirmativa y
la segunda negativa. De aqui que una proposición
puede ser negativa, aunque tenga forma afirmativa;
como: «este hombre carece de talento*; por el contra*
rio, una proposición puede ser afirmativa, no obstante
su apariencia negativa; como: «el hombre no es infa­
lible*. Se divide también en absoluta y modal. En la
primera hay simple enunciación de la relación que me­
tI O LÓGICA

día entre el sujeto y el predicado, sin expresar el modo


de la conveniencia o repugnancia, por ejemplo: «Juan
es médico*. La proposición modal designa una deter­
minación particular que afecta a la unión del predi­
cado con el sujeto. Atendiendo a la modalidad, hay
tres clases de proposiciones.—Estas tres especies de
proposiciones reciben modernamente los nombres de
apodíctica, asertoria y problemática. La proposición
apodfctica enuncia que el predicado conviene o re­
pugna necesariamente al sujeto; como: «es necesario
que haya en el mundo una Causa primera*. La propo­
sición asertoria enuncia que el predicado conviene o
no de hecho al sujeto; como: «el calor dilata los cuerpos*.
La proposición problemática enuncia que es posible
que el predicado convenga, o que es posible que no
convenga al sujeto; como; «es posible que ciertos pla­
netas estén habitados*.

78. División de las proposiciones por su cantidad.


—Por parte de la cantidad, la proposición se divide en
universal. particular, singular e indefinida. La cantidad
se refiere al sujeto, y así, si el sujeto de la proposición
lleva signo universal, la proposición se denomina uni­
versal; como: «todos los hombres son mortales»; si
lleva signo particular, la proposición será particular;
como: «algún hombre es prudente*; la proposición
es singular, si el sujeto lo es; como: «este libro es
interesante*; cuando el sujeto no está determinado
en su extensión, la proposición es indefinida; el dccir
por ejemplo: «el placer no es bueno*, sin precisar la ex­
tensión que se da al sujeto. Conviene advertir aquí
que la cantidad de las proposiciones indefinidas suele
determinarse con relación al predicado, es decir, que
si éste es en materia necesaria» la indefinida equivale
El, JUICTO Y LA PROPOSICIÓN III

a la universal; si es en materia contingente, equivale


a la particular; como: «el hombre es racional*, «el hom­
bre es sabio*.

79. División de las proposiciones por su cualidad.—


Atendiendo a la cualidad, la proposición se divide en
verdadera y falsa, según que significa o expresa una
relación entre dos términos confonue o contraria a la
realidad objetiva. Santo Tornas expresa con toda cla­
ridad esta división. «Decimos, escribe, que una pro­
posición es verdadera, cuando enuncia que algo es
o no es, en conformidad con el orden de las cosas; de
otro modo, la proposición es falsa. De cuatro modos
puede variar la enunciación. El primer modo, cuando
lo que hay en la realidad objetiva se expresa tal y
como existe, lo cual pertenece a la afirmación verda­
dera; si Sortes corre, decimos que Sorles corre. Otro
modo, cuando se enuncia que no existe algo que real­
mente no existe, lo cual tiene lugar en la negación
verdadera; como: «el Etiope no es blanco*. El tercer
modo tiene lugar cuando se enuncia que algo existe,
siendo así que este algo no estA en la realidad; ésta es
la afirmación falsa; como: «el cuervo es blanco*. El úl­
timo modo se verifica cuando se enuncia que algo no
existe, siendo ast que tiene realidad y da origen a la
negación falsa; como: «la nieve no es blanca*. Algunos
autores llaman cualidad lo que nosotros hemos con­
siderado como forma de la proposición; pero ésta es
una cuestión de nombre que no tiene importancia.

80. Especies de proposiciones compuestas.—En sen­


tido estricto, se llama proposición compuesta o com­
pleja la que consta de muchas proposiciones simples,
afirmativas o negativas. La complejidad es a veces
112 XjÓGICA

manifiesta, y otras se presenta más o menos disi­


mulada. Los autores de Port-Royal enumeran seis es­
pecies de proposiciones compuestas, cuyo carácter de
complejidad es manifiesto: copulativas, disyuntivas,
condicionales, causales, relativas y discretivas\ y cuatro
que tienen la complejidad latente o disimulada: ex­
clusivas, exceptivas, comparativas, inceplivas o desüivas.
Proposición copulativa o conjuntiva es la que con*
tiene dos o más simples, unidas por medio de alguna
partícula copulativa; por ejemplo: «Verdaguer y Zo­
rrilla fueron grandes poetas», «la fe y las buenas cos­
tumbres son necesarias para la salvación». La verdad
de estas proposiciones depende de la verdad de todas
sus partes. Puede constar de un sujeto y muchos pre­
dicados, de muchos sujeto? y un predicado, y de mu­
chos sujetos y muchos predicados. Proposición dis­
yuntiva es la que une dos o más simples por medio de
una partícula disyuntiva; como: «toda acción libre es
buena o mala». Para su verdad, es necesario que las
dos partes de la disyunción sean opuestas y no pueda
señalarse medio entre ellas. La proposición condicio­
nal afirma o niega alguna cosa con relación a otra
como condición; como: «si el alma es espiritual, es in­
mortal»; en esta proposición no se afirma ni la espiri­
tualidad ni la inmortalidad del alma, sino la dependen­
cia condicional de una propiedad con respecto a la otra.
Una de las proposiciones, la que contiene la condición,
se llama antecedente y la otra consiguiente; para la
verdad de estas proposiciones se requiere que el con­
siguiente se siga realmente del antecedente, es decir,
se exige la verdad de la consecuencia; como: «si el alma
de los animales es espiritual, es inmortal». La propo­
sición disyuntiva puede transformarse en condicional
negativa, como A e s B o C o D = Si A es B, no es C
EL JUICIO Y LA PROPOSICIÓN 113

ni D. La proposición causal une dos o más proposi­


ciones simples por medio de una partícula causal.
Su verdad exige que el antecedente sea verdadera­
mente razón o causa del consiguiente; si falta este ie~
qtiisito, la causal será falsa, aunque las simples que
contiene sean verdaderas consideradas aisladamente.
£$ta proposición: «el hombre es capaz de ciencia por­
que es racional», es verdadera, porque la racionalidad
es causa adecuada de la capacidad científica; esta
otra: «el hombre es capaz de ciencia porque es cuerpo»,
es falsa, aunque cada una de las simples sea verdadera.
Las proposiciones reduplicativas pueden incluirse en
la categoría de las causales; como: «el mal, como tal,
no es objeto de la voluntad*. La proposición relativa
espresa una relación entre dos proposiciones; por
ejemplo: «tal vida, tal muerte*; su verdad depende
délo motivado de la rilación. La proposición di&cre-
tiva o adversativa junta dos o más simples por medio
de partículas discietivas; como: «no es de las riquezas,
sino de la virtud que depende la felicidad»; «Sócrates
no fué rico, pero fué sabio». Su verdad exige la de cada
una de las simples que contiene y de la oposición que
media entre ellas.
Las cuatro últimas especies de proposiciones, aun­
que a primera vista y atendidos los términos parecen
simples, son compuestas en realidad y en cuanto al
sentido. La exclusiva afirma o niega excluyendo del
sujeto o predicado otras cosas. E sta proposición: «sólo
Dios debe ser auiado sobre todas las cosas*, contiene
esas dos: «Dios debe ser amado sobTe todas las cosas»,
«ninguna otra cosa debe ser amada sobre todas las
cosas*. De aquí se infiere que las exclusivas contienen
una proposición afirmativa y otra negativa. La ex-
uptiva afirma un atributo de un sujeto, pero excep-
8.—Ijócica
114 LÓGICA

tuando de la atribución a algún ser contenido debajo


del sujeto; como: «todos los hombres, excepto Adán, son
producidos por generación». Como la exclusiva, con­
tiene una proposición afirmativa y otra negativa. La
proposición comparativa no dice solamente que una cosa
es o no es, sino que es más o menos que otra; como; «el
mayor de los males es ofender a Dios», <la sabiduría
vale más que la fortuna». Las proposiciones inceptivas
o desiíivas enuncian que una cosa comienza o deja de
ser tal; por ejemplo: te) mundo ha comenzado a existir
hace tantos miles de años», «el mundo dejará de exis­
tir dentro de tantos anos». Cada una de esas cuatro
especies de proposiciones contiene en realidad dos
juicios, y solamente puede ser verdadera a condición
de que lo sean sus partes.
CAPÍTULO II

Relaciones y propiedades de las proposiciones

81. Relaciones entre las proposiciones.— Conside­


radas las proposiciones por su relación, se dividen en
muchas especies, pero todas éstas se reducen a dos
grupos: uno formado por las proposiciones idénticas
y otro por las proposiciones opuestas. Se llaman idén­
ticas las proposiciones que tienen los mismos términos,
a/tetados de la misma cantidad y cualidad Son de dos
clases: equivalentes y convertibles. Dos proposiciones
son equivalentes, si no se diferencian más que por la
forma de expresión; en realidad, son idénticas, en cuan­
to al sentido y al valoi lógico; por ejemplo: «todo hom­
bre es justo*, «no hay hombre que no sea justo*. Las
proposiciones idénticas se llaman convertibles cuando
puede verificarse en ellas la mutación del sujeto en
predicado y de éste en aquél conservando el sentido
de la proposición, como: «la ciencia no es el bien su-
piemo*, «el bien supremo no es la ciencip*. Son opues­
tas las proposiciones que constan de unos mismos tér­
minos, pero distintos en cantidad o en cualidad, o en
cantidad y cualidad a la vez. Hay oposióián entre dos
proposiciones, dicen los escolástico?, cuando afirman
o niegan una misma cosa desde el mismo punto de vista.
—Affirmaiio et negatio ejusdem de eodem secuttdum idem.
LÓGICA

—Se dice secuttdum ídem, o desde el mismo punto de


vista, porque aunque el sujeto y el predicado sean
substancialmente los mismos en las dos proposiciones,
no resultará oposición rigurosa si la identidad no es
absoluta y perfecta.

82. Valor lógico del predicado de una proposición,


—La comprehensión y la extensión del predicado
de una proposición afirmativa están en razón inversa
de la comprehensión y extensión del predicado de
tina proposición negativa, En las proposiciones afir­
mativas, la comprehensión del sujeto es mayor que la
del predicado y la extensión del predicado es mayor
que la extensión del sujeto. Sea, por ejemplo, esta pro­
posición: «el alma humana es inmortal»; la comprehen­
sión del sujeto alma incluye muchas otras notas, ade­
más de la de inmortalidad, mientras que la extensión
del predicado inmortal se aplica a otros seres, además
del alma. De manera que, en una proposición afirma­
tiva, el predicado se toma particularmente en toda
su comprehensión y según parte de su extensión.
Cuando decimos, por ejemplo: «el perro es un verte­
brado», queremos enunciar que el perro tiene todas
las propiedades que constituyen el concepto de verte­
brado, todas colectiva y distributivamente; pero de
ninguna manera afirmamos que, además del perro,
no haya otros vertebrados: el perro es uno de los ver­
tebrados, Conviene advertir que en las definiciones
esenciales, que pueden convertirse en virtud de la iden­
tidad perfecta entre el sujeto y el predicado, la defini*
ción y lo definido tienen la misma extensión; respecto
de la comprehensión hay una pequeña diferencia. Por
ejemplo: «Jesucristo es el hijo de Dios»; el sujeto y el
atributo tienen evidentemente la misma extensión; sin
r e la c io n e s e n t r e l a s p roposiciones 117

embargo, no se afirma de Jesucristo todo lo que constituye


a comprehensión de la idea de Jesucristo, sino sola­
mente la nota especial «hijo de Dios*. Hamilton creyó
ver en esa excepción un argumento contra la univer­
salidad del principio lógico que atribuye al predicado
de una proposicióna firmativa una extensión parti­
cular; y no tuvo en cuenta que, en el caso de la identi­
dad perfecta entre el sujeto y el predicado, hay en el
fondo dos juicios: uno que afirma que el predicado
conviene al sujeto, y otro que niega que el predicado
convenga a ningún otro sujeto; es una proposición
exclusiva, que puede resolverse en otras dos propo­
siciones simples: «Dios es infinito» equivale a «sólo
Dios es infinito*.
En las proposiciones negativas, el predicado se debe
tomar en toda su extensión, pero no en toda su com­
prehensión. Cuando decimos «el molusco no es un ver­
tebrado», queremos decir que el molusco no contiene
todas las notas de! vertebrado, aunque presenta alguna
de las propiedades que pertenecen a los vertebrados;
por esto decimos: «el molusco no es ninguno de los ver­
tebrados*; abarcamos toda la extensión del sujeto en
la negación, mas no todas sus notas. Esto explica el
por qué las proposiciones universales negativas pueden
convertirse siempre simplemente, al paso que no pue­
den hacerlo las proposiciones particulares negativas
nunca, porque se convertirían en proposiciones uni­
versales y mudarían su cantidad.

83. Teoría de la cnantdficación del predicado.—


En la conexión o relación lógica que existe entre el
sujeto y el predicado, éstos se determinan recíproca­
mente. Si, por una parte, el predicado califica al suje­
to limitando su comprehensión, por otra, el' sujeto
LÓGICA

cuantifica al predicado poniendo un limite total o par­


dal a su extensión. La. teoría de la cuantíficadón del
predicado no fue ignorada de la antigua lógica, y, por
lo tanto, ha sido injustamente atribuida a Hamilton.
La cuestión es la siguiente: toda proposidón está
compuesta de un sujeto y de uu predicado unidos por
una cópula. Concebimos el sujeto siempre con, uua
cantidad determinada y de esta cantidad resulta la
cantidad de la proposidón. Pero, ¿es tan sólo el su­
jeto el que da la cantidad a la proposidón? ¿El pre­
dicado es siempre pensado con una cantidad deter­
minada? El predicado se expresa ordinariamente sin
añadirle ningún signo de cantidad. Se dice, por ejem­
plo: «todos los hombres son mortales*, sin especificar
si se habla de todos los moríales o solamente de algu­
nos mortales. «La cuantificación del predicado, dice
Liard, es el principio esencial de la nueva analítica;
ella sola permite dar un completo análisis de la ciencia
lógica; es por haberla ignorado o desconoddo, que los
antiguos no han desarrollado la lógica más que por
uno de sus aspectos, entorpedendo su evolución con
reglas numerosas, inútiles y discordantes.»
Como consecueuda de esta teoría, la lógica mo­
derna admite cuatro especies de proposidones afir­
mativas y o tra s cuatro negativas. No es difícil reducir
esta división a la que siempre ha admitido y explicado
la escolástica, teniendo en cuenta para ello el análisis
que, desde Aristóteles, ha hecho de la extensión y de la
comprehensión de los términos que integran el juicio.
El haber olvidado esto ha sido causa de que se atribu­
yera a la división moderna una novedad que realmente
dista mucho de tener.
RELACIONES ENTRE LAS PROPOSICIONES 119

loto-totales, todo trián­


gulo es todo bilateral;
loto-fiarcíales, todo tri­
ángulo es alguna fi­
gura;
afirmativas. parci-totaks, alguna fi-
I gura es iodo triángulo;
fpar ci-parcíales, algu­
nas figuras equilate­
rales son algunos tri­
ángulos.
to to -to ta lc s, n in g ú n
triángulo es ningún
cuadrado;
tolo-parciales, ningún
triángulo es ninguna
j figura equilateral;
\negativas, .. U,arci-totales, a lg u n a
i figura equilateral no
I es ningún triángulo;
[ parci-pardales, algún
\ triángulo no es algu-
\ na figura equilateral.

Según esta teoría, las proposiciones afirmativas es­


tablecen una igualdad entre el sujeto y el predicado,
y las negativas, la imposibilidad de establecer aquella
ecuación. La conversión no admite más que una forma,
la. simple, ya que, siendo idéntica la cantidad del
sujeto y del predicado en la afirmativa, y completa
la exclusión del predicado del sujeto en la negativa,
es indiferente la colocación de aquellos dos tér-
miaos.
Aplicando esta teoría al razonamiento, desaparece
el término mayor, el menor y el medio; porque siendo
la cantidad del predicado igual a la del sujeto, todo
silogismo es en el fondo una serie de ecuaciones de
120 LÓGICA

miembros equivalentes. El tipo de todo razonamien­


to es;
A -- B
B = C
A = C
Thompson y Spalding rechazan algunas de las adi­
ciones propuestas por Hamilton a las formas negati­
vas.

84. Leyes para la verdad y falsedad de las proposi­


ciones opuestas y subordinadas.—Para que haya ver­
dadera oposición entre dos proposiciones, se requiere
que tengan el mismo sujeto y el mismo predicado, sin
perjuicio de la variación en cuanto a la cantidad, y
que una de las proposiciones sea afirmativa y la otra
negativa. Faltando uno de estos requisitos, como su­
cede en la oposición llamada subalterna, no hay opo­
sición propiamente dicha. Sólo hay tres especies de
oposición; La contradictoria, que tiene lugar entre dos
proposiciones, de las cuales una es universal y otra
particular, una afirmativa y otra negativa; puede ve­
rificarse también entre dos proposiciones singulares.
La contraria, que tiene lugar entre dos universales, de
las cuales una es afirmativa y otra negativa. La sub-
contraria, entre dos particulares» una afirmativa y otra
negativa.
Los lógicos han adoptado las letras convenciona­
les A, E, X, O, para designar las pro posiciones conside~
radas bajo el doble aspecto de su cantidad y de su
forma.
A designa una proposición universal afirmativa.
E designa una proposición universal negativa.
I designa una proposición particular afirmativa.
O designa una proposición particular negativa.
REI,ACIO>JKS ENTRE I,AS PROPOSICIONES 121

Para formarse idea más clara de las especies de opo­


sición de las proposiciones y ayudar la memoria, suelen
representarse con el siguiente cuadro, que contiene
también las subalternas:
Todo hombre Ningún hombre
es prudente _____C ontraria._____ 9$ prudente

Algún hombre A lgún hombre


es prudente ____SüBCONTRARIA____ no es prudente
I O
Las contradictorias no pueden ser las dos verdaderas
o falsas, sino que necesariamente la una será verda­
dera y la otra falsa. Porque la una afirma todo lo que
niega la otra, inclusa la cantidad, y asi, si las dos fue­
ran verdaderas o falsas, se negaría el principio de con­
tradicción. Por esto, de la verdad de una proposición
puede inferirse la falsedad de la otra; y de la falsedad
de la una, la verdad de la otra. Si es verdad, por ejem­
plo, que «todo hombre es justo», no puede serlo que
«algún hombre no sea justo»; si, por el contrario, es
verdad que «algún hombre no es justo», no puede ser
verdad que «todo hombre sea justo». Las contrarias
122 LÓGICA

nunca pueden ser ambas verdaderas; pero pueden ser


ambas falsas. Si fuesen ambas verdaderas, lo serían
sus contradictorias, contra lo que hemos dicho, por­
que, si es verdad que «todo hombre es justo*, es falso
que «algún hombre no sea justo*, ya que esta proposi­
ción es la contradictoria de la precedente. De la fal­
sedad de la una no se deduce la verdad de la otra, por­
que pueden set las dos falsas. Entre una afirmación
universal y una negación -universal hay un medio, la
proposición particular. Como excepción aparente de
esta regla, pueden citarse dos casos en que dos pro­
posiciones contrarias no pueden ser falsas: cuando se
niega una cosa necesaria y cuando se afirma una im­
posible; en ambos casos, la contraria es necesariamente
verdadera en su universalidad. Sean las dos proposi­
ciones; «ningún círculo es redondo* y «todo circulo es
cuadrado»; en estos dos casos, las contrarias son ver­
daderas, «todos los círculos son redondos» y «ningún
círculo es cuadrado*.
Las subcontrarias, por una regla completamente
opuesta a la de las contrarias, pueden ser ambas ver­
daderas, pero no pueden ser las dos falsas. Estas dos
proposiciones: «algún hombre es justo*,«algúnhombre
no es justo», pueden ser las dos verdaderas, porque el
predicado puede convenir a una parte de los hombres
y no convenir a la otra; ío cual sucede siempre que se
trata de materia contingente, pero no en proposicio­
nes de materia necesaria, que equivalen a proposicio­
nes universales y, por lo tanto, contrarias. No pueden
ser las dos falsas, porque si suponemos que la propo­
sición «algún hombre es prudente» es falsa, su contra-
dictoria «ningún hombre es prudente» ha de ser for­
zosamente verdadera, y lo ha de ser, asimismo, la.
particular, contenida debajo de esa universal, «algún
RUI,ACIONES ENTRE 1AS PROPOSICIONES 123

hombre no es prudente», que es la subcontraria de


«algún hombre es prudente*. De la falsedad, pues, de
una proposición subcontraria se puede deducir la ver­
dad de la otra; pero de la verdad de la subcontraria
nada se deduce, sino es en materia necesaria.
Las proposiciones particulares I y O se llaman su­
bordinadas o subalternas con relación a sus universa­
les correlativas A y E ; son proposiciones que difieren
solamente en la cantidad. De la verdad de la proposi­
ción universal se deduce la verdad de la subalterna;
pero de la verdad de ésta no se deduce la de la univer­
sal. Si es verdad que «todo hombre es justo», es verdad
naturalmente que «algún hombre es justo». Por el
contrario, la falsedad de la particular produce la false­
dad de la universal. Si es falsa esta proposición: «algún
hombre es justo», es lógicamente falsa esta otra: «todo
hombre es justo». Pero de la falsedad de la universal
no se deduce la falsedad de la particular. En resumen,
si la universal es verdadera, la subalterna es verda­
dera; si la universal es falsa, la subalterna puede ser
verdadera o falsa; si la particular es falsa, la univer­
sal es falsa; si la particular es verdadera, la universal
puede ser verdadera o falsa.
Las proposiciones opuestas pueden retenerse fácil­
mente en la memoria, según su respectiva relación
lógica, por medio del siguiente cuadro:
124 IÓ G IC A

La cantidad de la proposición o la extensión del su­


jeto está representada por las dimensiones del cuadro;
y su cualidad o forma, por la colocación de las letras
a derecha o a izquierda de la vertical. Tendremos,
pues:

i.° Proposiciones contrarias......... A £

2.0 Proposiciones subcontrarias... I O

85. Oposición entre las proposiciones modales.—


l)e las proposiciones modales (77) que forman parte de
la división de las proposiciones atendiendo a su forma,
conviene tener en cuenta las apodíclicas y las proble­
máticas, a las cuales se aplican adecuadamente las
leyes generales de la oposición de las proposiciones.
Las primeras enuncian que el predicado conviene o
repugna al sujeto necesariamente; y las segundas afir­
man o niegan la posibilidad de la conveniencia o re­
pugnancia. Realmente la proposición necesaria se
opone, con oposición de contradicción, a la proposición
que indica posibilidad; esta última, no sólo niega la
universalidad que se puede atribuir a la proposición
necesaria, sino que se presenta como afirmativa o
negativa en un sentido inverso que el que aquélla ex­
presa. Asi, pues, pueden representarse las relaciones
de oposición de las proposiciones modales por el si­
guiente cuadro:
RELACIONES ENTRE LAS PROPOSICIONES 1*5
Es necesario que Es imposible que
esto sea Co n t r a r ia esto sea
A E

Es posible que Es pos ible que


esto sea S u b c o n t r a r ia . esto no sea
I O

86. Equivalencia de las proposiciones-—Se llama


equivalencia la propiedad que tienen las proposicio­
nes opuestas de poder reducirse a la misma significa-
ción sin cambiar los términos que las forman; o la
reducción de una proposición en cuanto al valor y sen­
tido a su opuesta por medio de la negación. Hay tantos
casos de equivalencia como especies de proposiciones
opuestas. Los escolásticos compendiaron las reglas
que se han de aplicar para hacer equivalentes las pro­
posiciones opuestas, en el siguiente verso mnenio-
tccnico:
Prae contradic, post contra; prae postque su-
BAUnCR-
Scgún esta regla, las contradictorias se hacen equi­
valentes anteponiendo la negación al sujeto de una
126 l ó g ic a

de ellas. «Todo hombre es sabio* es contradictoria de


ésta: «algún hombre no es sabio». Anteponiendo la
partícula no a la primera, resulta: «no todo hombre es
sabio», que es idéntica en cuanto al sentido a su
contradictoria. Para la equivalencia de las con­
trarias, se pospone la negación al sujeto, antes o des­
pués de la cópula, aunque el último modo resulta más
diáfano en castellano. «Todo hombre es sabio» se hace
equivalente a su contraria: «ningún hombre es sabio»,
diciendo: «todo hombre no es sabio», o mejor, para
evitar ambigüedad: «todo hombre es no sabio». En
las subalternas se verifica la equivalencia poniendo
una negación antes y otra después del sujeto. La pro­
posición «todo hombre es sabio», se hace equivalente
a su subalterna: «algún hombre es sabio» de este modo:
«no todo hombre no es sabio». Las subcontrarias no
admiten equivalencia, porque si se antepone la ne­
gación, se hace equivalente a la contradictoria, y si
se pospone, resultará idéntica en los términos, y no
equivalente a la otra subcontroria.

87. Conversión de las proposiciones.—La conver­


sión de las proposiciones es la mutación del sujeto en
predicado y de éste en aquélt conservando la verdad de
la proposición. Para que la conversión se verifique sin
error, es necesario tener en cuenta la extensión del
sujeto, por una parte, y recordar, además, que el pre­
dicado se toma siempre particularmente, en las pro­
posiciones afirmativas, y umversalmente, en las nega­
tivas. La conversión puede hacerse de tres maneras:
conservando la cantidad, variando la cantidad, ha­
ciéndola particular de universal que era antes, y con­
servando la cantidad, pexo haciendo infinitos los ex­
tremos por medio de tu negación; la primera se llama
RELACIONES ENTRE LAS PROPOSICIONES 127

simple; la segunda, accidental, y la tercera, conversión


por contraposición. Los escolásticos indicaban con
los siguientes versos la especie de conversión que co­
rresponde a las distintas proposiciones:

FEcI sihpijcitkr converlitur, EvA per accid.


A si O per contrap.; sic fit conversio tota.

La proposición universal negativa es convertible


simplemente, asi como la particular afirmativa, porque
los dos términos tienen la misma extensión. «Ningún
mineral es capaz de funciones vitales», «ningún ser
capaz de funciones vitales es mineral»; «algunos seres
sensibles son racionales», «algunos seres racionales son
sensibles». También la proposición universal afirma­
tiva es susceptible de conversión, pero afectando al
predicado, que pasa a ser sujeto, de un signo de par­
ticularidad, porque el predicado, de una proposición
afirmativa es siempre particular. Así, «todo viviente
es substancia», talguna substancia es viviente». Esta
manera de conversión se llama accidental. La última
especie de conversión, por contraposición, es poco
usada a causa de la ambigüedad que resulta; «todo
hombre es animal» se convierte en «todo no animal es
no hombre». Hay que tener en cuenta que, en las de­
finiciones esenciales, el predicado y el sujeto tienen
la misma extensión.

88. Inferencias inmediatas.— En uu razonamiento


propiamente dicho, como veremos, la conclusión so
deducc de la comparación de tres términos distintos,
cuya comparación se realiza en dos proposiciones
también distintas, que se llaman premisas del racio­
cinio o del razonamiento. Y es porque, al enunciar una
128 I/K 51CA

proposición cualquiera, no se descubre inmediata-


mente la relación que media entre sus términos, sino
que tenemos necesidad de compararlos con un ter­
cero, cuya relación con ellos es conocida. En otros ca­
sos, basta la enunciación de una proposición, para que
de ésta se deduzca una conclusión. La conclusión asi
deducida recibe el nombre de inferencia inmediata.
Las proposiciones que se deducen aplicando las leyes
de la oposición, de la conversión y de la subordinación
de las proposiciones, son ejemplos de inferencias in­
mediatas. Stuart Mili emplea la palabra inferencia
en un sentido amplio, haciéndola equivalente de razo*
namiento.
PARTE TERCERA
Lft CAUSA F O R flfiL DEL ORDEN LÓGICO

SECCIÓN PRIMERA

EL RAZONAMIENTO PEPUCTtVO

CAPÍTULO PRIMERO

El raciocinio y la argumentación

§ I. Naturaleza del silogismo

89. Qné debe entenderse por cansa formal del orden


I4gioo.— La causa formal del orden lógico es la acertada
disposición dé dos o más 'proposiciones para llegar al
conocimiento de alguna verdad nueva; o bien el orden
que se establece entre los elementos de los distintos
actos intelectuales para llegar a la deducción de una
nueva verdad. Claro que nos referimos a los elementos
lógicos o de representatividad, no a los psíquicos, que
constituyen la materia de nuestros actos intelectuales
13 0 LÓGICA

y que hemos estudiado al tratar de la causa material


próxima y remota del orden lógico. La operación in­
telectual, por medio de la cual disponemos las propo­
siciones conocidas en relación una con otra u otras,
al objeto de llegar a una proposición todavía desco­
nocida, se llama raciocinio, cuya forma externa es la
argumentación, que tiene su expresión más adecuada
en el silogismo. El orden lógico, a cuya constitución
trabaja sin descanso el espíritu humano, es muy com­
plejo; implica, no solamente la formación de razona­
mientos aislados (25), sino, además, el conjunto coor­
dinado y armónico de todos los conceptos, juicios y
raciocinios que constituyen las síntesis de las distintas
ciencias particulares y la síntesis suprema de la cien­
cia filosófica. El acto por el cual se produce, en todos
los momentos de la evolución científica, el progreso
en los conocimientos y en el dominio de la verdad,
es siempre fundamentalmente el mismo, un acto de
raciocinio.

90. Concepto del raciocinio.— El fin supremo de


todo trabajo intelectual es el conocimiento de una cosa
por sus causas, o el conocimiento de las cosas por sus
causas (11), El conocimiento de la causa se designa
con el nombre de principio; los conocimientos que se
deducen del principio anteriormente conocido, reci­
ben el nombre de conclusiones, deducciones o conse­
cuencias; y el acto de deducir consecuencias de uno
o más principios es el acto de raciocinar, cuya con­
clusión es un juicio. Raciocinio es, pues, un acto inte­
lectual por el cual la razón compara los términos de un
juicio inevidente con un mismo término medio, para dt-
ducir la relación que objetivamente media entre ellos.
El juicio de la conclusión es evidente, cuando se pre*
E L R A CIO CIN IO Y I.A ARGUM EN TACIÓ N 13 1

senta clara y manifiesta la relación del predicado con


el sujeto; entonces la inteligencia se encuentra irre­
sistiblemente inclinada a afirmar la conveniencia o
repugnancia de los dos términos. El acto del enten­
dimiento que percibe la evidencia inmediata de un
juicio es intuitivo. En la mayor parte de los casos,
la evidencia de nuestros juicios no es inmediata, sino
mediata, deducida por medio de la comparación del
sujeto y del predicado con un término medio, cuya
relación con aquéllos es conocida. El procedimiento
que se emplea para deducir una conclusión es discur­
sivo y se llama razonamiento.
La razón ontológica de la marcha discursiva que
sigue naturalmente el entendimiento humano se en­
cuentra, según Satolli, en la desproporción que hay
entre la multiplicidad de los seres de la naturaleza
y de las innumerables relaciones que los unen, por
ana parte, y de otra, la relativa debilidad de nuestra
potencia intelectual. Dice Santo Tomás que, «a medida
que los seres son más perfectos, conocen con más facili­
dad». Así, Dios conoce por una sola idea, que se iden­
tifica con su Esencia; los ángeles conocen por juicios
inmediatos, y el hombre, por juicios mediatos (P. 138),
deducidos comparativamente de otros juicios cono­
cidos y, en último caso, de los principios que sirven de
base a una serie determinada de conocimientos. De
aquí que también se define el raciocinio, aquel acto
dd entendimiento mediante el cual de dos o más juicios
deducimos otro que tiene conexión con ellos.

91. Los hábitos del espirita.— El conocimiento de


las verdades de evidencia inmediata recibió, en la
filosofía escolástica, el nombre de inteligencia de los
principios— intettigenlia prindpiorum, — y el cono­
LÓGICA

cimiento de los juicios de evidencia mediata se llamó


ciencia de las conclusiones — scieniia conclusionum,
No se entienda que con las palabras inteligencia y
ciencia se quiera expresar el acto de intelección o
de deducción, sino ciertas disposiciones permanentes del
entendimiento para producir o reproducir les actos tn-
téiecluales y de deducción, que se llaman hábitos dü
espíritu, en conformidad con la definición que Aris­
tóteles da de los hábitos en general. vEfc XáytToic 3ú-
Ocati; x«0 r|v ^ i) xotxw; Siáxmai v> SiaxtljMvcv, se llama
hábito la cualidad que dispone en bien o en mal a
uu sujeto determinado. La experiencia nos demues­
tra que aquel que ha comprendido una verdad, un
teorema de geometría, por ejemplo, ha adquirido,
por este hecho, una muy grande facilidad para re­
flexionar sobre su contenido. liste modo de ser espe-
cial que bc añade a la potencio y la perfecciona, se
llama disposición habitual o hábito del espíritu.
Los escolásticos distinguían cinco hábitos en el en­
tendimiento, inUUigentia. scientia, sapUnlia, pru-
dtnlia y ars. Los tres primeros wn especulativos y
los dos últimos prácticos, porque perfeccionan el en­
tendimiento en cuanto se ordena a la dirección di
los actos o de las obras que se producen; los primen*
se llaman especulativos, porque perfeccionan la po­
tencia intelectiva únicamente en cuanto se ordena al
conocimiento de la verdad. Kn el siguiente cuadro se
da una idea de la división de los hábitos intelectua­
les del espíritu:
E l. R ACIO CIN IO V I,A ARG U M EN TACIÓ N 13 3

¡inteligencia, hábito de los pri­


meros principios;
ciencia, hábito de las conclu-
¡Especulativos siones;
'sabiduría, hábito de las con­
IUUITOS' clusiones por sus razones
DltL más profundos.
ksp I r it u i
(prudencia, recta razón de los
„ , \ actos, recia ralio agililium;
Prácticos. . . .
jarte, recta razón de las obras,
' recia ratio factibilium.

92. Principios del raciocinio deductivo.—Todo ra­


ciocinio, sea deductivo, que procede de lo universal
a lo particular, o inductivo, que va de lo particular a
lo universal, se funda inmediata o mediatamente en
premisos indemostrables, que ni pueden ser demos­
tradas ni necesitan demostración y constituyen los
principios en las ciencias. Concretando más y limitán­
donos al orden lógico, que es necesario para llegar a la
verdad deducida, la percepción intelectual de lo co­
nexión lógica entre la conclusión y las premisas se
produce o la luz de ciertas reglas directrices de eviden­
cia inmediata que se llaman primeros principios o
axiomas. En el razonamiento deductivo, se aplican l«*s
principios de inclusión y exclusión, aplicaciones de
lo principios de identidad y de contradicción, a los
cuales se reducen, en último análisis, todos los jui­
cios y raciocinios.
El principio de inclusión puede aplicarse de dos ma­
neras, que bc aclaran y confirman mutuamente: o
atendiendo a la comprehensión de la idea o consideran­
do su extensión; en el primer caso, el concepto sen­
134 LÓGICA

sible, por ejemplo, se halla comprehendido dentro


del concepto hombre; en. el segundo caso, el concepto
hombre se halla dentro de la extensión de sensible.
Nosotros aplicaremos el principio de inclusión a las
ideas consideradas por su extensión. Rabier ha sufrido
una ilusión al pretender que Aristóteles, al contrarío
de Euler y de los lógicos modernos, funda su técnica
del silogismo únicamente en la comprehensión y no en
la extensión de las ideas. El Bstagirita ni obró ni po ■
día obrar así; sino que, si ha consultado preferentejien­
te la comprehensión para juzgar de la verdad de una
premisa considerada como proposición aislada, se ha
fijado principalmente en la extensión para determi­
nar la relación lógica que une las proposiciones. Por
esto dice: «si A (término mayor) se afirma de todo
B y B de todo C (término menor), A se afirma de todo
C j Es imposible en el raciocinio separar la cantidad
de la cualidad, porque precisamente se busca la can­
tidad de la cualidad. Convenimos, sin embargo, con
Rabier, en que los lógicos ingleses se han equivocado
al querer reducir, corno Hamilton, toda relación lógica
entre dos ideas a una ecuación algebraica de igualdad.
El principio de exclusión se aplica también a las
ideas principalmente por su extensión. Cuando de­
cimos, por ejemplo, «los hombres no son infalibles»,
entendemos que la extensión de la idea universal
hombre no se halla encerrada dentro de la extensión
de la idea infalible. Pero para determinar si la exten­
sión de una idea se halla dentro de la extensión de
otra es necesario que nos fijemos en la comprehensión.
Así la idea general de animal, entrando en la com-
preheusión de la idea de pez y ésta en la de la idea de
sollo, nos permite juzgar que contiene dentro de su
extensión la idea de pez y ésta la de sollo.
IÍL R ACIO CIN IO V I,A ARG UM EN TACIÓ N 13 5

El principio de inclusión se reduce al principio de


identidad, y el de exclusión se reduce al principio de
contradicción. Los juicios simples y los raciocinios,
cuando son afirmativos, se fundan eu el principio de
identidad, que es, entre todas las proposiciones afir­
mativas, la más universal; si son negativos, se apoyan
eu el principio de contradicción, que es la más uni­
versal de las proposiciones negativas. Eu efecto, cuan*
do, por el principio de inclusión, afirmamos que una
idea, la de sensible, por ejemplo, contiene la de hom­
bre, queremos significar que la nota de la sensibilidad
se encuentra de una manera propia e idéntica en
toáoslos hombres, y decimos lógicamente: «el hombre
es un ser sensible». Lo mismo pasa en el raciocinio,
al apoyamos en una tercera idea para deducir la rela­
ción que media entre las dos de la conclusión. La idea
animal, por ejemplo, encierra en su extensión la de
pez, y ésta la de sollo, y nos permite afirmar la rela­
ción de inclusión entre la idea de animal y la de sollo,
diciendo: «el sollo es un animal». Por un procedimiento
semejante, el principio de exclusión se reduce al prin­
cipio de contradicción en tos juicios, porque si una
idea es excluida de otra, al afirmar que le conviene,
negaríamos el principio de contradicción. Del mismo
modo el principio de exclusión se reduce al principio
de contradicción en los raciocinios. Cuando juzgamos
que una idea, por ejemplo, ser creador incluye la idea
de hombre, pero excluye una tercera, como la de Ser
infinito, debemos concluir lógicamente que la idea
de hombre, comprehendida en la primera, es excluida
de la tercera, y que negaríamos el principio de contra­
dicción al afirmar: «el hombre es infinito».
Los escolásticos, con su acostumbrada claridad, re­
sumían la doctrina que llevamos expuesta. El funda­
LÓGICA

menta o principio en que estriba el raciocinio afirma-


tivo, es el siguiente: quae suiti eadem uni tertio sunt
eadem ínter se, «dos cosas idénticas a ana tercera son
idénticas entre sí*. El principio del negativo es: quorum
unvm esi ídem alicui tertio. et aliud non est ídem, ca
non stttU idem ínter se, «dos cosas de las cuales una es
idéntica con una tercera y la otra no, no son idénticas
entre si». Bien entendido que aquí la identidad se
toma como sinónima de conveniencia. Así, en este
raciocinio, «toda substancia que piensa es espiritual;
es así que el alma racional es una substancia que pien­
sa; luego el alma racional es espiritual», se afirma en
la conclusión la conveniencia de la espiritualidad y
del alma, porque en las premisas se estableció la con­
veniencia de las dos con una tercera idea, la substan­
cia que piensa.
Hay otros dos principios que sirven también de fuu-
damento al raciocinio deductivo, aunque se aplican
principalmente a la extensión de los términos: Quod
dicitur de omni dicitur de quolibet sub eo contento, «lo
que se afirma de lo universal, se afirma de lo particu­
lar contenido en aquél*; quod negatur de omni negatur
de quolibet sub eo contento, «lo que se niega de lo uni­
versal, se niega de lo particular contenido en él». Estos
dos principios convienen en el fondo con los dos pri­
meros, sólo que los últimos no tienen aplicación a
los raciocinios que constan únicamente de términos
singulares.

93. Procedimiento general de la deducción.—Cuan­


do, para descubrir la relación desconocida que media
entxe dos ideas, se las compara con otra tercera, la
comparación puede dar lugar a tres hipótesis, i." La
tercera idea es excluida de las otras dos; en este caso.
E l, RAC IO C IN IO Y I,A ARG U M EN TACIÓ N 13 7

no hay conclusión posible. Supongamos, por ejemplo,


que queremos determinar la relación entre las dos
ideas alma e inmortal, valiéndonos de la idea subs­
tancia corpórea; esta idea se manifiesta al entendimien­
to como excluida de las otras dos e incapaz de servir
de término de comparación. 2 *■La tercera idea, tiene
tina relación de identidad con las otras dos; en este su­
puesto, podemos encontrar por la comparación la rela­
ción desconocida que media entre las otras dos ideas,
en virtud del principio: «dos cosas iguales a una tercera
son iguales entre sí*. Si queremos averiguar la rela­
ción que hay entre la idea de mundo y la de causa
inteligente, comparándolas con la de obra bien orde­
nada, que se descubre fácilmente en la primera, ve­
íaos que la tercera idea tiene una relación de con­
veniencia con las otras dos, de lo cual deducimos
que éstas convienen realmente entre si y formu­
lamos el raciocinio siguiente: «El mundo es una
obra bien ordenada; toda obra bien ordenada es
producida por una causa inteligente; luego el mun­
do es producido por una cansa inteligente*. En
esta hipótesis, la conclusión afirmativa se obtiene
aplicando el principio de identidad bajo la forma
de principio de inclusión, «lo que se predica del gé­
nero, se predica de la especie», quod valet de genere,
valet de specte. 3.a La tercera idea puede tener una. re­
lación de identidad con una de las dos primeras y una
uladón de contradicción con la otra. De aquí dedu­
cimos que estas dos ideas están en relación de con­
tradicción, en virtud del principio de exclusión de
medio, que Herbert Spencer llama alternativo. Este
principio se puede traducir así: «Si de dos términos
A y B, el uno es idéntico y el otro contrario a un ter­
cero C, aquellos dos términos son contradictorios
138 LÓGICA

entre sí*; quod negatur de genere, negatur de specie,


«lo que se niega del género, se niega de la especie».
Queremos resolver, por ejemplo, si «Dios podría co­
meter una injusticia*. En el análisis de la idea de Dios
encontramos Ser infinitamente perfecto que está en
relación de identidad con ella; comparando la idea
de Ser infinitamente perfecto con la de injusticia, des­
cubrimos entre ellas una relación de contradicción.
De donde deducimos que la primera idea Dios, idén­
tica a la tercera, Ser infinitamente perfecto, debe ser,
como ésta, contradictoria a la segunda, y decimos:
«Dios no puede cometer una injusticia». En esta hipó­
tesis, la conclusión es negativa y se reduce al prin­
cipio de contradicción,

94. Naturaleza y fundamento del razonamiento


científico.— El acto principal del entendimiento en
orden al conocimiento de la verdad, el juicio, enuncia
la relación que existe entre un predicado y un sujeto.
Cuando esta relación no se descubre por la sola pre­
sentación de los términos, es necesario descomponer
esos términos y establecer, entre sus elementos, rela­
ciones de evidencia inmediata hasta HegaT, con el
auxilio de términos medios, a la determinación de la
relación que antes no hemos podido establecer. El
término medio de un raciocinio puede expresar una
cualidad contingente, o una propiedad natural, nota
esencial, del sujeto. En el primer caso, las proposi­
ciones que con su auxilio formamos soq, consideradas
en su materia, contingentes, no salen de los limites de
la observación, y la conclusión que de ellas se deduce
no es rigurosamente científica. Cuando el término
medio es una propiedad natural, o nn carácter esen­
cial del sujeto, las proposiciones son en materia nece-
E i, r a c i o c i n i o y i , a a r g u m e n t a c i ó n * 139

sarta, se extienden más .allá de la observación y la


conclusión deducida es verdaderamente científica. En
un raciocinio científico existe una relación necesaria y
universal entre el sujeto y la propiedad enunciada del
sujeto y representada por el término medio. Sea el si­
guiente teorema aritmético: «un número que termina
en cero, el 250, por ejemplo, es divisible por cinco».
En efecto, un número que termina en cero es igual a una
cierta suma de decenas; es así que una decena es igual
a 5 X 2, es decir, un múltiplo de 5; luego uu número
que termina en cero es igual a una cierta suma de múl­
tiplos de 5. Y como un múltiplo de 5 es divisible por 5,
resulta que un número que termina en cero es igual
a una suma de partes, cada una de ellas divisible
por 5; pero el todo es igual a la suma de sus partes;
luego «un número que termina en cero, el 250, por
ejemplo, es divisible por cinco».
El fuudamento lógico en que descansa la validez
de la conclusión lo constituye la relación necesaria
que hay entre el sujeto y el atributo. En el ejemplo
analizado no aparece inmediatamente esa relación, y
es necesario deducirla descomponiendo el sujeto en
sus elementos más simples, suma de decenas, suma de
múltiplos de 5, suma de partes divisibles por 5, por
cuya mediación se puede establecer la identidad entre
el sujeto, «un número que termina en cero», y el atri­
buto «divisible por cinco». A pesar del procedimiento
mediato que hemos debido aplicar, la relación dedu­
cida es necesaria, porque el atributo es una propiedad
necesaria del sujeto, aplicable a cada uno de los indi'
vrduos que entran en la extensión del sujeto abstracto.
Desde el momento que sabemos que «divisible por
cinco» es atríbulble a todo «número que termina en
cero», ai presentarse tal o cual número, 250, por ejem-
140 LÓGICA

pío, terminado eu cero, podemos afirmar que este


número es divisible por cinco, porque hay motivo
para atribuirle lo que constituye una propiedad de
todo número terminado en cero. Como se ve, el fun­
damento del raciocinio se encuentra en la aplicación
de los principios que antes hemos estudiado.

95. El silogismo 7 la argumentación,—El racio­


cinio deductivo tiene su forma propia en el silogismo,
que es, según Aristóteles, un raciocinio compuesto de
tres proposiciones de las cuales la última se deduce de
las dos primeras; por ejemplo: «todo ser libre es espi­
ritual; el alma humana es libre; luego el alma humana
es espiritual». Los dos o más juicios de los cuales se
infiere otro, tomados colectivamente, se denominan
antecedente, porque son anteriores, en orden de natu­
raleza y de conocimiento (50), al juicio deducido, el
cual, por lo mismo, se llama consiguiente. No debe
confundirse el consiguiente con la consecuencia. El
primero es el juicio que se deduce de otros; la conse­
cuencia es la ilación o enlace que dicho juicio tiene
con los que le sirven de antecedente. De aquí es que
el consiguiente puede ser verdadero en sí misino, y.
sin embargo, ser falsa, o, mejor dicho, ilegítima la con­
secuencia en un raciocinio; también puede suceder
que el consiguiente sea falso y la consecuencia legí­
tima. ^Algunos hombres son conquistadores; es asi
que Aníbal es hombre; luego Aníbal es conquistador.»
En este raciocinio el consiguiente es verdadero y la
consecuencia ilegitima, porque de que algunos hom­
bres hayan sido conquistadores, no se infiere legíti­
mamente que Aníbal fuese conquistador.
Lo mismo que el juicio, el raciocinio puede ser con­
siderado, o como acto interno del entendimiento, o en
E L RA C IO C IN IO Y LA ARG UM EN TACIÓ N 14!

cuanto se exterioriza por medio de palabras; desde


este último punto de vista se llama ordinariamente
argumentación y se define: una oración expresiva del
raciocinio, en la cual una proposición se infiere o de­
duce de otras con las cuales tiene conexión. La propo­
sición que se trata de establecer por medio de la argu­
mentación suele llamarse cuestión, tesis, proposición,
y si se la considera como deducida recibe el nombre de
conclusión. Las proposiciones de las cuales se deduce
por medio de la argumentación se llaman premisas.
Los dos términos, el sujeto y el predicado de la con­
clusión, se llaman extremos, y el término con el cual
se comparan recibe el nombre de medio. El predicado
de la conclusión se llama término mayor y el sujeto
término menor, atendiendo a la extensión de uno y
otro; la premisa en que el primero de estos dos tér­
minos se compara con el medio, recibe el nombre de
premisa mayor, y se llama premisa menor la que resulta
de la comparación del termino menor con el medio.
I/is términos y las proposiciones constituyen la ma­
teria del silogismo o de la argumentación; y la rela­
ción lógica que entre ellos se establece se llama forma
del silogismo.

96. Análisis del silogismo afirmativo y del nega­


tivo.—Tomando por punto de partida del análisis la
conclusión del silogismo, desde luego se ve que
ésta será afirmativa o negativa. La primera afirma
que una idea, se halla incluida en otra y se explica
por el principio de identidad; la segunda niega la in­
clusión de una idea en otra, o, si se quiere, afirma que
dos ideas se excluyen y contradicen. La conclusión se
obtiene mediante la comparación del sujeto y del pre­
dicado que la forman, con un término medio. Es pie-
142 LÓGICA

ciso determinar en qué condiciones la comparación


producirá una conclusión afirmativa o una conclusión
negativa. Para mayor claridad, designaremos los ex­
tremos por las letras E y e; la primera significa el ex­
tremo mayor o predicado, y la segunda, el extremo me­
nor o sujeto de la conclusión; M significará el término
medio,
a) Para obtener una conclusión afirmativa, es decir,
para probar que una idea, e, por ejemplo, se halla con­
tenida dentro de otra de mayor extensión, E, es ne­
cesario que la idea que ha de servir de medio, M, sea
verdaderamente medio entre aquellas dos, de tal nía-
ñera que pueda afirmarse que M se halla contenida
en E y que e se halla contenida en M. En este caso,
podremos concluir que e se halla contenida en £ y se
aplica de un modo evidente el principio de inclusión.

i. Tipo verdadero - «■
de silogismo afirma­
tivo universal.

Todo ser libre es espiritual.


El alma humana es un ser libre.
El alma humana es espiritual.
Es evidente que si el término medio os igual a uno
de los extremos o a los dos a la vez, el principio de
inclusión se aplicará del mismo modo.
E L R A CIO CIN IO Y LA ARG U M EN TACIÓ N I 43

Supongamos que M entra, a la vez, en e y en E,


no podremos deducir de ello que e esté en E, pero si
que e y E tienen una parte común, es decir, que una
parte de t está en E, o viceversa, que una parte de E
está dentro de c> Tendremos una conclusión legitima,
pero particular.

2. Tipo verdadero
de silogismo afirma­
tivo portiailar.

El alma es espiritual.
El alma es libre.
Algún ser libre es espiritual.

Pero serla evidentemente ilógico el deducir una


conclusión universal, diciendo: «todo ser libre es es­
piritual», porque, aunque en este caso particular el
consiguiente es verdadero, la consecuencia no es legi­
tima.
Hay una tercera combinación posible entre el tér­
mino medio y los dos extremos, cuando éstos están
ambos dentro de M. En este caso, no es posible
deducir lógicamente ninguna conclusión, por más
que, atendiendo a su materia, el silogismo sea ver­
dadero.
144 I.ÓGICA

/ E está en M;
3. Tipo falso de J , „ M.
silogismo afirmativo. 1 IncgD , ^ „ R

Los sollos son animales.


Los peces son también animales.
Los sollos son peces.

Para hacer resaltar el defecto lógico de este silo­


gismo, basta formular otro semejante, en que, sien­
do las premisas verdaderas como en el precedente, el
consiguiente sea falso. «Los sollos son animales, los
lobos son animales; luego los sollos son lobos».
b) Para obtener una conclusión negativa y deducir
lógicamente que un extremo está excluido de otro,
es necesario encontrar un medio, M, que, a la vez, con­
tiene un extremo y está excluido del otro. El princi­
pio de exclusión se aplica evidentemente en este
caso.
E l, RAC IO C IN IO Y 1,A ARG UM EN TACIÓ N 145

4. Tipo veranero I „ no ^ en\ l .


i t silogismo ntgiüvo. | lnego , ^ rat4 tn E

El ser libre es espirüuai.


La piedra no es espiritual.
La piedra no es libre.
Si, por el contrario, en la proposición afirmativa
la relación de extensión entre M y un extremo es en
sentido opuesto, es decir, si se afirma que Mestá den­
tro de uno de los extremos, el silogismo negativo no
concluye lógicamente.

M está en E;
Í i no « t i en U;
luego i no « t i en E.
IOv— bdOICA
LÓGICA

E l ser libre es espiritual.


La piedra no es Ubre.
La piedra no es espiritual.

Esta conclusión es verdadera, por razón de la ma­


teria, pero la consecuencia es falsa. Hay manera, no
obstante, de deducir de premisas semejantes una con­
clusión particular, y afirmar que una parte de E no
está en e. «La piedra es materia; la piedra no es co­
mestible; luego tina cierta materia no es comestible.»

§ II. Materia, forma y leyes del silogismo

97. Materia del silogismo.— Los términos y las pro­


posiciones constituyen la materia del silogismo. Las
dos primeras proposiciones o premisas preceden a la
conclusión, porque de ellas procede la comparación
que es necesaria para formularla. Una de las premisas
se llama mayor porque su cantidad, por ser más ge­
neral, incluye de algún modo la de la conclusión; la
otra se llama menor e indica que la conclusión se halla
contenida en la mayor. La tercera proposición es la
conclusión, llamada también consiguiente. Las tres
proposiciones están compuestas de tres términos, que
deben ser siempre absolutamente los mismos, para
lo cual es necesario que se repitan dos vcces cada uno.
Dos de estos términos, el sujeto y el predicado de la
conclusión, se llaman, respectivamente, extremo nwnor
y extremo mayor, porque en los silogismos afirmativos,
cuyas proposiciones no pueden convertirse simple­
mente (87), el segundo os más extenso que el primero;
la relación de este término, descubierta por la compa­
ración, da lugar a la conclusión. El tercer término
lír, R A C IO C IN IO Y I,A ARG UM EN TACIÓ N 1 47

recibe el nombre de término medio porque con 61 se


comparan los dos extremos.
El lugar que deben ocupar los tres términos, en
un silogismo afirmativo normal, se determina para
cada uno de ellos del siguiente modo. El extremo ma­
yor forma parte de la mayor y de la conclusión; en
los dos como atributo, a causa de su mayor extensión.
El extremo menor entra en la menor y en la conclusión;
cti ambas como sujeto, porque tiene extensión menor
que los otros dos. El término medio se encuentra en
las premisas, como sujeto en la mayor, porque se com­
para con un extremo de mayor extensión que él» y
como predicado en la menor por tener mayor exten­
sión que el sujeto de la conclusión o término menor.
De manera que la premisa mayor tiene como sujeto
el término medio y como atributo el término mayor;
la menor tiene como sujeto el extremo menor y como
atributo el término medio; y la conclusión está for­
mada por el término menor como sujeto y por el tér­
mino mayor como atributo:

Todo hombre es racional.


Juan es hombre.
Juan es racional.

En un silogismo negativo, siempre una de las pre­


misas lia de ser afirmativa y la otra negativa, porque,
de ser las dos negativas, no habría conclusión posible
poi no poder aplicarse ninguno de los principios fun­
damentales de la deducción (92, 98)* En la proposición
afirmativa, el término medio debe ser predicado y
uno de los extremos sujeto; en la proposición nega­
tiva, el lugar del sujeto y del atributo es indiferente,
porque ambos tienen la misma extensión. Debe te­
*48 LÓGICA

nerse en cuenta que si el término medio es sujeto en


la proposición afirmativa, la conclusión deducida ha
de ser particular.

1. Ningún animal es metal.


Todo hombre es animal.
Ningún hombre es metal.
2, Ningún animal es piedra.
Todo animal es sensible.
Algún ser Sensible no es piedra.

98. Forma y leyes del silogismo.—Se entiende por


forma del silogismo su valor demostrativo, es decir,
la consecuencia, o sea la trabazón lógica que deriva una
conclusión de dos premisas, por la aplicación de los
principios del raciocinio. Hay dos especies de silo­
gismos totalmente concluyentes, una afirmativa, a la
cual deben reducirse todos los silogismos afirmativos,
y otra negativa, que comprende todos los silogismos ne­
gativos. De la teoría del silogismo que hemos expues­
to se deducen las leyes que rigen la formación de silo*
gismos lógicos. Para el silogismo afirmativo son dos:
1.a, el extremo menor debe estar contenido en el medio;
2.*, el término medio debe estar contenido en el extremo
tnayor. Para observar estas leyes, es necesario anali­
zar con cuidado la extensión de cada uno de los tér­
minos, al objeto de no confundir el universal con el
particular y señalarles el doble lugar que deben ocu­
par, conservando siempre el mismo sentido. Las le­
yes del silogismo negativo son también dos: i>, el
término m dio debe contener uno de los extremos; 2.*, el
término medio debe ser excluido del otro extremo. Estas
cuatro leyes se refieren a los silogismos universales
afirmativos o negativos, respectivamente. Respecto
E l, R A CIO CIN IO V L \ ARCUM 6N T A CIÓ N 14 9

de los silogismos particulares, hemos determinado ya


los limites dentro de los cuales pueden dar conclusión
legitima. Estas cuatro leyes pueden reducirse a un
solo principio, «Lo que se afirma lógicamente— vi
formas— o niega de un género debe afirmarse o ne­
garse de la especie; por el contrario, lo que se afinna
o niega de una especie, sólo parcialmente puede afir­
marse o negarse del género.*

99. Reglas particulares del silogismo.— Para los


que entiendan perfectamente la teoría del silogismo,
tal como la hemos expuesto, no son realmente nece­
sarias las reglas particulares del mismo que vamos a
estudiar; de éstas y de las figuras y modos del silo­
gismo pudiera prescindirse, porque todo lo que con­
tienen se encuentra analizando debidamente la exten­
sión de los términos, razón fundamental de todo el
artificio del silogismo. Si queremos determinar la le­
gitimidad de un silogismo, y, por lo tanto, si su con­
siguiente es verdadero en virtud de la consecuencia, el
método más claro, más sencillo y más seguro consiste
en aplicar el principio general que hemos establecido,
deduciéndolo del análisis del silogismo afirmativo y
del silogismo negativo (96), es decir, del análisis del
pensamiento humano en sus dos modalidades. «Aris­
tóteles, dice con razón Blainville en su Histoirc des
sciences, fué el primero en analizar el pensamiento
humano basta en sus menores detalles, en señalar sus
menores movimientos y en formular sus leyes: el silo­
gismo, del cual es él creador, no es más que la marcha
natural del pensamiento humano analizado... Al Es-
tagirita, pues, pertenece toda la gloria y hasta puede
decirse que después de él la lógica no ha dado un solo
paso en su desarrollo fundamental.»
LÓGICA

Con todo, para facilitar la aplicación de aquel prin­


cipio fundamental a los casos particulares, Aristóteles
expuso las leyes del silogismo, que nosotros llamamos
reglas particulares o de aplicación, para distinguirlas
de las cuatro estudiadas anteriormente. Pedro de
España, que vivió en, la Edad Media, reunió las le­
yes que el Estagirita había estudiado en el Organitm
vetus, en los siguientes versos mnemotécnieos:

1. Terminus esto triplex, medius, majorque minorque,


2. Latius hos quam praemissae conclusio non vuÜ.
3 . Aid semel aut iterum medius geturaliler esto.
4. Nwiquam conlineat medtutn conclusio fas est.
5. Ambae affirmantes nequetuti generare negantem.
6. Utraque si praemissa neget nihit inde sequetur.
7» Pejorem semper sequitur conclusio parUm.
8. Nihü sequitur getninis ex particularibus itnquam.

100. Justificación de las reglas del silogismo.—


Las cuatro primeras reglas que hemos enunciado se
refieren a los términos, y las restantes a las proposi­
ciones del silogismo.
P r i m e r a r e g l a : E l silogismo sólo debe constar
de tres términos,— Si consta de más términos no se
hará la comparación de los dos extremos con el mis­
mo término medio, en lo cual consiste precisamente
toda la esencia y la naturaleza propia del silogis­
mo, como forma determinada y perfecta de argu­
mentación.

Todo ángel es espíritu.


Todo metal es substancia.
Toda substanda es espíritu.
E l, R A CIO CIN IO Y I.A ARGUM EN TACIÓN

Por más que las premisas sean verdaderas en si


mismas, la conclusión es falsa e ilegitima, porque sus
dos extremos no se comparan con un mismo medio.
Segunda regla: Ningún término debe tener sig'
nificación más universal en la coticlusión que en las
premisas.— Si los términos tuviesen mayor extensión
en la conclusión que en las premisas, en realidad serian
distintos de los que se han comparado con el término
medio; aunque no en apariencia, pero si de hecho, el
silogismo constaría de cuatro términos.

Todo cuerpo es substancia.


Ningún ángel es cuerpo.
Ningún ángel es substancia.

El término substancia, en la premisa mayor, se toma


particularmente, por ser predicado de una proposición
afirmativa; y en la conclusión tiene significación uni­
versal, como atributo de una proposición negativa.
Tercera regida: El medio debe tomarse umver­
salmente, por lo menos en alguna de las premisas.—
Porque si en una premisa se toma por una parte de
sus significados, y eu la otra premisa por otra parte
determinada o indeterminada de la cosa significa­
da, resultará un silogismo compuesto de cuatro tér­
minos en cuanto al sentido.

Todo hombre es substancia.


Todo metal es substancia.
Todo metal es hombre.

No es legítimo, porque el medio substancia, siendo


predicado de proposición afirmativa en las dos premi­
sas, tiene significación particular muy distinta según
*52 LÓGICA

que se aplica al hombre o al metal. Desde luego que esta


regla no es aplicable a los silogismos exposüorios, etilos
cuales el medio, siendo un término singular, no puede
tener significaciones distintas en las dos premisas.
C u a r t a r e g l a : El término medió no debe entrar en
la conclusión.— En la conclusión se deben relacionar
los dos términos extremos, aplicándoles el resultado
de la comparación que se ha efectuado en las premi­
sas con auxilio del término medio; si éste entrase en
la conclusión, faltarla a su finalidad y se destruiría el
mecanismo intrínseco del raciocinio.
Q uinta regla: De dos premisas afirmativas no se
puede inferir una conclusión negativa.— Las premisas
afirmativas establecen la identidad de los dos extre­
mos con el medio; deducir, pues, una conclusión ne­
gativa, equivaldría a inferir la repugnancia entre dos
cosas, de su identidad con una tercera, y a negar el
principio de identidad.
Sexta regla: De dos premisas negativas nada se
puede inferir legítimamente.— Si juzgamos que el tér­
mino medio no conviene al sujeto ni al predicado, es
evidente que no podrá servimos para averiguar la
relación que hay entre estos dos términos. Algunos
autores, entre ellos Liard, señalan excepciones a esa
regla, pero en realidad son tan sólo aparentes. Por
ejemplo, cuando una de las dos premisas negativas,
por el análisis mismo del silogismo, se reduce a una
proposición afirmativa; o bien cuando hay un silo­
gismo aparentemente simple, y en el fondo se sobren­
tiende una proposición afirmativa.

Dios no es cruel.
El que no es cruel no castiga.
Dios no castiga.
E L RAC IO C IN IO V LA ARG U M EN TACIÓ N 15 3

Este silogismo, en el fondo, tiene una sola premisa


negativa, la segunda. La primera es afirmativa, por­
que siendo sujeto de la segunda «el que no es cruel»,
el atributo de la primera debe ser este mismo sujeto,
y la primera proposición equivale lógicamente a ésta:
«Dios es un ser no cruel», que es afirmativa.

Pedro no ha vivido tonto como Pablo.


Pablo no ha vivido tanto como Juan.
Pedro m ha vivido tanto como Juan.

En este silogismo hay cuatro términos: «Pedro»,


«vivido tanto como Pablo», «Pablo*, «vivido tanto
como Juan». El raciocinio completo se puede presen­
tar bajo una forma bárbara, diciendo:

i.° Pedro ES 110 habiendo vivido tonto como Pablo.


Pablo ES no habiendo vivido tanto como Juan.
2.0 Aquel que e s no habiendo vivido tanto como Pablo,
el cual no ha vivido tanto como Juan, no ha
vivido realmente tanto como Juan.
Luego Pedro no ha vivido tanto como Juan.

El verdadero sujeto de la segunda proposición es


«aquel que no ha vivido tanto tiempo como Pablo»
y no «aquel que ha vivido tanto tiempo como Pablo»,
lo cupl es un signo de que la primera proposición es
afirmativ?, tal como la hemos formulado, y qu¿ la
negaeiór no afecta al verbo ser. Además, este silogis­
mo no es simple, sino compuesto, porque la menor que
hemos formulado supone una prueba implícita. Esta
prueba se compone de un principio general y de un
hecho. El principio es éste: «una persona que vive
menos tiempo que otra, la cual, a su vez, vive menos
154 LÓGICA

tiempo que una tercera, vive a fortiori menos tiempo


qua esta tercera.* Ninguno de esos ejemplos consti­
tuye una excepción de la recría.
S é p t i m a r e g l a : La conclusión sigue la parte más
débil, es decir, que si alguna de las premisas es nega­
tiva, la conclusión deba serlo también, y si alguna de
aquéllas es particular, debe ser particular la conclu­
sión. La primera parte 110 tiene ninguna dificultad,
porque sabemos, por el análisis del raciocinio, que si
el término medio, considerado en toda su universali­
dad, excluye un atributo determinado, cada uno de
los particulares incluido en la extensión universal
del término medio, excluye aquel atributo; o lo que
es lo mismo, si una de las premisas es negativa, uno
de los extremos no conviene con el medio, y, por con­
siguiente, tampoco pueden convenir los dos extremos,
como debería suceder para que la conclusión fuese
afirmativa.
En el caso de una proposición particular, pueden
formularse tres hipótesis: a) Que las dos premisas sean
negativas, en cuyo caso no hay conclusión, según dice
la regla sexta, b) Que las dos premisas sean afirmati­
vas. Cuando esto sucede es evidente que los cuatro
lugares de las premisas, exceptuando uno, el sujeto
de la proposición universal, son particulares; y este
único lugar, si no queremos faltar a la regla cuarta,
ha de ser para el término medio. Luego el sujeto de
la conclusión, que es uno de los extremos, ha de ser
particular, si no queremos que tenga mayoT exten­
sión en la conclusión que en las premisas. Síguese,
pues, que la conclusión hade ser particular, c) Que una
de las premisas sea afirmativa y la otra negativa. En
esta tercera hipótesis, hay en las premisas dos luga­
res universales: uno de ellos ha de ocuparlo el térmico
E L RACIOCIN IO Y LA ARGUM EN TACIÓ N 155

medio, y el otro, nno de los extremos, que ha de ser for­


zosamente el predicado de la conclusión. De mauera
que el sujeto de la conclusión ha de ser particular.
Si fuese universal, los dos términos de la conclusión,
que ha de ser negativa, serían universales y uno de
ellos serla más extenso que en las premisas. En todas
las hipótesis que hemos discutido, cuando una de las
premisas es particular, la conclusión ha de ser asi­
mismo particular.
Octava regla: De dos premisas particulares nada
se puede inferir legítimamente.— Para comprender todo
el valor de esta regla es necesario recordar, como en
la anterior, que el predicado de una proposición afir­
mativa es particular, y que el predicado de una propo­
sición negativa es universal (82). Se pueden formular
también tres hipótesis: a) Que las dos premisas par­
ticulares sean negativas; en este caso no hay conclu­
sión. b) Que las dos premisas particulares sean afirma­
tivas; en este supuesto no puede haber tampoco
conclusión, porque Jos cuatro lugares de las premisas
son particulares y no hay un solo lugar universal para
el término medio; los sujetos son particulares por serlo
las proposiciones, y los predicados lo son por ser las
proposiciones afirmativas, c) Que una de las proposi­
ciones sea afirmativa y la otra negativa. En esta hipó­
tesis, la conclusión será negativa, y su predicado, por
lo tanto, universal. En las premisas sólo hay un lugar
universal, el predicado de la negativa. Si este lugar
es ocupado por el término medio, el predicado tendrá
mayor extensión en la conclusión que en las premi­
sas; si lo ocupa el extremo mayor de la conclusión,
el término medio no se tomará universalmente en
ninguna de las premisas. No hay, pues, conclusión
posible. De manera que en ninguna de las hipótesis
LÓGICA

discutidas se puede obtener conclusión legitima de


dos proposiciones particulares. La octava regla ha sido
negada, injustificadamente, por Morgan y Delboeuf.

101. Redacción de estas reglas a ana sola.—Como


fácilmente se observa, no son las anteriores reglas
más que unos corolarios deducidos de la naturaleza
misma del raciocinio. La 1.a, 2.a y 3.a exigen que haya
tres términos y no más que tres; la 8.a y la 2.a parte
de la 7.a son consecuencias de la 2.a y 3.a; la 4.a dice
orden al fin mismo del razonamiento; la 5.a, la 6.a y
la 1.a parte de la y * expresan solamente el resultado
natural de la comparación de los términos extremos
con el término medio. Teniendo en cuenta estas ana-
logias, no serla difícil reducir todas las reglas del silo­
gismo a una sola: «todo lo que se afirma o niega del
sujeto, se afirma o niega délo que está contenido en él*.

102. Aplicación de la teoría del silogismo.—Hemos


estudiado las relaciones que deben existir entre los
tres términos de un silogismo pava que la conclusión
sea legítima. Aunque estas relaciones, estudiadas has­
ta el presente en su forma general, han de tener apli­
caciones particulares al tratar de las figuras y modos
del silogismo, no será inútil que demos algunas reglas
para la aplicación inmediata de las del silogismo que
detalladamente hemos analizado. El método general
de verificación o comprobación de un silogismo cual*
quiera se debe sujetar a las siguientes reglas: i .a In­
vestigar cuáles son los tres términos del silogismo y
la extensión propia que, respectivamente, tienen- 2.aEn
el caso de una conclusión afirmativa, se examina si
el término medio encierra dentro de su extensión el
término menor, y si él, a su vez, está contenido en
EL R A CIO CIN IO Y Í.A A R G U M EN TACIÓ N 157

la extensión del extremo mayor. En caso afirmativo,


el silogismo es legitimo y se reduce al tipo verdadero
de silogismo afirmativo universal (96); en caso negativo,
el silogismo es ilegítimo y la consecuencia falsa, &
menos que pueda reducirse al tipo verdadero de silo­
gismo afirmativo particular, que tiene la conclusión
particular. 3.a Si la conclusión es negativa, se comprue­
ba, de un modo semejante, si la relación de inclusión
o de exclusión entre el término medio de una parte
y cada uno de los extremos por otra, está cortarme
coa uno de los dos tipos de silogismos negativos. En
caso afirmativo, el silogismo propuesto es legítimo; en
caso contrario, el silogismo es ilegitimo y la conse­
caencía falsa. Esta triple verificación se funda en el
principio tantas veces expuesto: «lo que se afirma o
niega de un género debe afirmarse o negarse de una
espede; pero lo que se afirma o niega de una espede,
solamente puede afirmarse o negarse del género par­
cialmente, es decir, de una parte del género». Sirva de
muestra de aplicación de la Uoría del silogismo el si­
guiente ejemplo:
Algunos hombres criminales son poderosos.
Todos los hombres criminales son malvados.
Algunos hombres malvados son poderosos.

El término medio de este silogismo es «hombres


criminales*. El término mayor es «malvados*, por­
que es el predicado en la proposición universal. El
término menor no es «todos los poderosos», sino «al­
gunos hombres poderosos». Precisados de este modo
los términos, y determinada su extensióu, se ve que
pertenece el silogismo al tipo verdadero de silogismo
afirmativo particular, y el ejemplo propuesto se puede
presentar bajo esta forma regular:
15 8 LÓGICA

Todos los hom bres criminales son malvados.


Algunos hombres poderosos son criminales.
Algunos hombres poderosos son malvados.

103. Valor de las reglas del silogismo.— Se equivo­


caría grandemente el que imaginase que por haber
observado escrupulosamente las ocho reglas del silo­
gismo, puede estar seguro de haber obtenido una con-
clusión verdadera. La conclusión de un razonamiento
adaptado a las reglas de Aristóteles es lógica, es decir»
lógicamente deducida de las premisas, correcta, justa,
pero puede no ser verdadera. Hay que distinguir, pues,
en el silogismo, la conexión lógica entre el antecedente
y el consiguiente, en una palabra, la consecuencia y
la verdad del consiguiente. De la observación exacta
de las reglas del silogismo resulta la legitimidad del
raciocinio, la conexión necesaria entre las premisas y
la conclusión; pero no se deduce de ella ni la verdad ni
la falsedad de las premisas de las cuales ha de proceder
la conclusión; tanto es así, que de hecho la conclusión
de un raciocinio, irreprochable lógicamente, puede ser
verdadera o falsa. Con relación a la verdad o falsedad
de las proposiciones formulan los autores las siguien­
tes leyes: í^ S i las premisas son verdaderas, la conclu­
sión lo será también— «ex vero non sequitur, nisi verumt]
— porque la conclusión se limita a afirmarlas relacio­
nes percibidas en las premisas. 2.a Si las premisas son
falsas o una de las dos es falsa, la conclusión será gene­
ralmente falsa, pero también puede ser verdadera— «es
falso sequitur quidlibet*;— porque una proposición,
aunque sea falsa, contiene algo de verdadero y este
algo se puede encontrar en la conclusión; por ejemplo:
«Todos los Apóstoles predicaron en Roma; luego San
Pedro predicó en Roma*. Porque dos premisas verda­
E L R A CIO CIN IO Y LA ARG UM EN TACIÓ N 159

deras no pueden determinar una conclusión falsa, es


lícito argumentar contra una doctrina, el ateísmo,
por ejemplo, fundándose en la falsedad de sus conse­
cuencias; por el contrario, como un antecedente
falso puede tener un consiguiente verdadero, no será
suficiente, para establecer la verdad de una doctrina,
el fijarse en que tal o cual de sus consecuencias es
verdadera.

§ III, Figuras y modos del silogismo

104, Formas del silogismo.— Aquí la palabra forma


no se emplea en el sentido de forma intrínseca del ra­
zonamiento silogístico (98), que le da su ser lógico y
el valor demostrativo de la argumentación, sino en el
da forma o presentación externa que resulta de la com­
binación de los términos y de las proposiciones en la
construcción del razonamiento silogístico. Los antiguos
tratados de lógica dan grande extensión al estudio
detallado de las formas silogísticas; Rabier, entre los
modernos, eu su excelente tratado de Logique, quiere
encauzar de nuevo el estudio de los silogismos a la
técnica perfectamente exacta, pero extremadamente
complicada, que, con su insuperable talento, propuso
Aristóteles. No puede negarse que el análisis detallado
de esta técnica aguza el espíritu y desarrolla el hábito
de k circunspección, por lo cual, aun prescindiendo
de otras razones, no podríamos dejar de censurar a
aquellos autores que, por un injustificado desprecio
de la escolástica, cuya savia filosófica, siempre equi­
libradamente racional, no ha penetrado, o no ha po­
dido penetrar, en sus entendimientos, menosprecian
sistemáticamente los métodos y la doctrina del filó-
i6 o LÓGICA

solo de Estagira, que aquella brillante escuela apro­


vechó, adaptó y desenvolvió. Todo este amor profun­
do que sentimos por la escolástica hace que no crea­
mos oportuno el dar una extensión desmesurada al
tratado de las formas del silogismo, porque esperamos
ha de ser de mayor utilidad el estudio del racio­
cinio deductivo, como lo hemos hecho, en sus prin­
cipios fundamentales y sustituir el tecnciismo deta­
llado por aplicaciones que de aquellos principios se
derivan. No obstante esto, daremos, acerca de las fi­
guras y modos del silogismo, algunas ideas, que podrán
ser objeto de mayor desenvolvimiento en las explica­
ciones orales y en los ejercicios prácticos.

105. Figuras del silogismo.— Se llaman figuras del


silogismo las distintas combinaciones que éste pre­
senta, atendiendo al lugar que ocupa el término medio
con relación a los extremos, en las premisas. Se admiten
principalmente tres figuras; la cuarta, bastante for­
zada, que se cree inventada por Galeno, solamente
en apariencia se distingue de la primera. William
Shyreswood resumió el artificio de las tres figuras ex­
plicadas por Aristóteles, y de la cuarta, que admiten
algunos autores en los siguientes versos mnemotéc-
nicos:

Sub. prae prima; sed altera bis prae.


T ertia bis sub.; quarta prae. sub.

En la primera figura, el término medio es sujeto en


la mayor y predicado en la menor. Representando
poT H el término medio, por S el sujeto y por P el
predicado, se obtienen las siguientes combinaciones
de silogismos afirmativo y negativo:
E l, RACIOCINIO V M . ARGUMENTACIÓN ló t

es P ... Todo animal es mortal.


í M
I.* es M. - Todo hombre es animal.
s
( S e$ P ... Todo hombre es marlal.
no es P ... Ningún animal es inorgánico.
i* es M .. El perro es animal.
l S
( S no es P ... Ningún perro es inorgánico.

Para que la conclusión sea legítima, es necesario


que la premisa menor sea afirmativa, y la premisa ma­
yor, universal— sit minor affirmans major vero
GENERAtIS.— S i la menor fuese negativa, la conclusión
lo seria también, según la regla séptima del silogismo,
y su predicado, siendo universal, exigiria que la pre­
misa mayor, de la cual es atributo, fuese negativa, y
tendríamos el caso de dos premisas negativas que no
dan cooclusiÓD. La mayor ha de ser universal, porque
lo exige el término medio, siempre particular en la
menor, toda vez que esta premisa es afirmativa.
. El término medio, en la segutida figura, es predi­
cado en ambas premisas:

í P es M. . . Todo espíritu es inmortal*


i> | S no es M .. . Ningún hombre es inmortal.
\ S w « P .. . Ningún hombre es espíritu.
P no es M « . Ningún perro es racional.
! S «
S no es
M,
P. .
Algún animal es racional.
Algún animal no es perro.

En esta figura, una de las premisas ha de ser nega­


tiva, y la mayor universal— una negans esto; nüc
major sit SPECIALIS.— Es necesario que una de las
premisas sea negativa; para que el término medio, que
es en ambas predicado, se pueda tomar universalmente.
La mayor ha de ser universal, porque, siendo la conchi-
II,— LÓGICA
IÓ 2 LOGICA

sión negativa, su predicado, que es el sujeto de la ma­


yor, es universal.
En la tercera ¡igura, el término medio es sujeto en
las dos premisas:

M P. . Todo hombre es animal.


Í
es
M es S .. Todo hombre es mortal.

S es P. . Algún mortal es animal.


Í M no es P. . Algún hombre no es sabio.
M es S .. Todos los hombres son mortales.

Si ha de
S haber
no es conclusión,
P. . Algúnesmortal
necesario
no esque la m-
sabio.
ñor sea afirmativa, y la conclusión, particular— sit me­
nor AFFIRMANS, CONCLUSIO PAÜTICULARIS.— CaSO dt
ser la menor negativa, la conclusión lo seria también,
y su predicado, que es universal, debería ocupar en la
mayor un lugar universal, lo que sólo se conseguiría ha­
ciéndola n eg a tiv a ; tenemos, como en la primera figura,
dos premisas negativas: no hay conclusión posible. La
conclusión ha de ser particular, porque tiene como sa-
jeto el atributo de la menor, que siempre es negativa.
La cuarta figura tiene el término medio como pre­
dicado en la mayor y sujeto en la menor:

Todo cuerpo es ser.


1.* .. Todo ser es substancia.
Alguna substancia es cuerpo.
Ningún mortal es inmortal,
2.® . ■ Todo inmortal es espíritu-
Algún espíritu no es mortal.

Hay que observar las siguientes reglas para los silo­


gismos de cuarta figura. S i la mayor es afirmativa, U
El. RACIOCINIO Y L/h ARGUMENTACIÓN 163
menor ha de ser universal, para que el medio se tome,
por lo menos una vez, umversalmente; si la menor es
afirmativa, la conclusión tendrá que ser particular,
puesto que su sujeto no es universal en la menor; en
Iq$modos negativos, la mayor es universal, porque tiene
como sujeto el extremo mayor, que es atributo d^
una conclusión negativa.

106. Modos del silogismo,— Los modos dd silogis-


m son las combinaciones posibles de sus proposicio­
nes, atendiendo a su cantidad y a su cualidad. Cada
una de las tres proposiciones que entran en la consti­
tución de un silogismo puede ser o afirmativa univer­
sal, A, o afirmativa particular, I, o negativa universal,
E, o negativa particular, O. Combinando estas cuatro
hipótesis tenemos 64 modos posibles, correspondiendo
16 a cada una de las cuatro figuras. La mayor parte
de estos modos no son legítimos porque se oponen a
alguna de las leyes del silogismo, como las negativas
EE, 0 0 , EO, por ejemplo, y las particulares II, 1 0 ,
que no pueden dar conclusión, porque se oponen a
las reglas sexta y octava del silogismo, respectiva­
mente. Aplicando las reglas del silogismo a los modos
posibles, se demuestra que únicamente 19 pueden con­
cluir y son, por lo tanto, útiles. De éstos, cuatro co­
rresponden a la primera figura, cuatro a la segunda,
seis a la tercera y cinco a la cuarta, que algunos
llaman primera figura invertida o modos indirectos
de la primera figura.
Para fijar en la memoria los modos útiles formaron
los antiguos algunos versos, compuestos de palabras
innemotécnicas, que indican la distinta combinación
de las proposiciones en los modos de cada una de las
figuras:
164 LÓGICA

1.* Barbara, Celarent, Darii, Ferio.


2 .a Cesare, Canteslres, Festino, Baroco.
3.“ Darafiti, Fclapton, Disamis, Dalisi, Bocardo,
Ferison.
4.1 Baralipton. Celantes, Dabitis, Fapesmo, Frise-
somorum.
En los modos de la cuarta figura, o indirectos, que
tienen más de tres vocales, sólo se atiende a las tres

Todo animal es substancia.. A


Todo hombre es animal...... A
Todo hombre es substancia.. A
Todo cuerpo es ser..............A
Todo ser es substancia.. . . . A
Alguna substancia es cuerpo. I

Los lógicos, especialmente antiguos, suelen tratar


en este lugar de la reducción de los silogismos, apli­
cando una serie de reglas ingeniosamente combina­
das, en virtud de las cuales los modos indirectos de
la cuarta figura y los directos de la segunda y tercera
se reducen a alguno de los modos perfectos de la pri­
mera figura, para que resulte más clara la conclusión
que se deduce de las premisas. No hay duda que los
ejercicios prácticos de reducción constituyen um
gimnástica útilísima para la inteligencia, sobre todo
cuando se pueden repetir por algún tiempo; pero, «a
atención a la poca utilidad práctica inmediata qne h
reducción encierra, ya que no es mediante esa forma
que se aplican a los raciocinios los principios del silo-
gismo, sino que se consulta directamente la extensión
y la comprehensión de los conceptos, que constituyen
el sujeto y el atributo de las proposiciones, sólo apun*
taremos algunas nociones.
EL RACIOCINIO V I.A ARGUMENTACIÓN

Hay dos especies de Teducción de los silogismos:


una directa, llamada también ostensiva, y otra indi-
neta o ad impossibile. La primera es la conversión de
un silogismo imperfecto, expresado por alguno de los
nodos de las tres últimas'figuras, en perfecto.Los mo­
dos Baroco y Bocardo no admiten esta reducción.
La teducción ad impossibile tiene lugar cuando se
toma la contradictoria de la consecuencia legítima
negada, combinándola con una de las premisas con­
cedidas, de manera que de ésta y de aquélla resulte
una consecuencia o conclusión contradictoria con la
otra premisa concedida antes. Las iniciales B, C, D, F
indican el modo de la primera figura, que comienza
por la misma letra, al cual puede reducirse un modo
cualquiera de las otras tres; las letras s, p, c señalan
cómo se lia de convertir la proposición (87) designa­
da por la vocal precedente: $ = simplemente, p = ac-
cuUntalmenle, c por contraposición; m indica que se
han de transponer las premisas. Los escolásticos re­
cordaban las reglas por el siguiente verso:

$ vuÜ simpuciter vertí; P per accidens;


M VUÜ TK AN SPO N I, C PER IMPOSSIBLE d t í d .

Sirvan de ejemplo los siguientes silogismos para


confirmar las dos especies de reducción que hemos
explicado.

Todas las estrellas tienen luz propia.


Camestres Ningún planeta tiene luz propia.
se reduce Ningún planeta es estrella.
.a Ningún cuerpo con luz propia es planeta.
Celaren? Todas las estrellas tienen luz propia.
Ninguna estrella es planeta.
16 6 LÓGICA

Algún hombre no es sabio.


Bocardo
se reduce
a
i Todos los hombres son moríales.
Algún mortal no es sabio.
Todos los mortales son sabios.
B arbara Todos los hombres son mortales.
Todos los hombres son sabios.

107. Valor del silogismo.— Las principales difi­


cultades que pueden oponerse al empleo del silogismo
han sido vigorosamente formuladas por Stuart Mili.
♦Todo raciocinio deductivo, dice el filósofo inglés, pue­
de reducirse a esta fórmula clásica: Todos los hombres
son mortales; es así que Cayo es hombre, luego Cayo es
mortal. Tal raciocinio es inútil y nada nos ensena;
cncicnra, además, siempre una petición de principio.
En efecto, para afirmar que todos los hombres son
mortales, es necesario que sepamos con certeza que
Cayo es mortal; para que se pueda enunciar la mayor,
hay que estar cierto de la conclusión. Siendo asi, ¿a
qué viene semejante raciocinio? Y no se diga que la
conclusión está contenida implícitamente en las pre­
misas, porque afirmar implícitamente una cosa o
afirmarla sin saberla, y si no se sabe, ¿con qué derecho
se afirma explícitamente?»
Presentada de este modo la cuestión, es incontes­
table el argumento de Stuart Mili y se justifican todas
las objeciones que lia presentado el filósofo inglés
a la teoxia del silogismo; parece, en efecto, que la ma­
yor del silogismo no es más que una proposición co­
lectiva, una forma abreviada que resume todos los
casos particulares. Pero, según hemos explicado, la ma­
yor de un silogismo verdadero no es una proposición
actualmente universal, en la que esté contenida 1»
conclusión como coso particular, sino una proposi­
El, RACIOCINIO Y LA ARGUMENTACIÓN* I 67

ción en la que se enuncia de un concepto abstracto


uua propiedad general (94)¿ por medio de la menor,
se aplica luego, en la conclusión, esa propiedad abs­
tracta a un sujeto particular que participa de la na­
turaleza del concepto abstracto del sujeto de la
mayor. El raciocinio propuesto por Stuart Mili debe
enunciarse en esta forma:

La naturaleza humana está sujeta a la muerte.


Cayo posee la naturaleza humana.
Cayo es mortal.

De este modo la mayor no contiene actualmente


la conclusión ni implícita ni explícitamente, pero es
la causa generatriz de la formación del juicio dedu­
cido, non est id ex quo elicitur conclusio, sed id quod
generat conclusionem, El error del filósofo inglés está
en suponer que, en todo raciocinio, la mayor es una
proposición colectiva que contiene un conjunto de
proposiciones particulares, La esencia del raciocinio,
por el contrario, consiste en hacemos ver que un pre­
dicado que conviene naturalmente a un sujeto abs­
tracto, conviene, por vía de consecuencia, a un sujeto
determinado y particular.
Un ejemplo más adecuado ha de aclarar todavía
más la solución a las objeciones de Stuart Mili que va­
mos analizando. Vamos a demostrar que iodo número
terminado en o. o en 5 es divisible por 5. Esta proposi­
ción no es evidente por sí misma; por lo tanto, si la
demostramos sin petición de principio, será cierto que
ud raciocinio puede enseñar algo nuevo y contribuir
al progreso de una ciencia. Para ver que todo número
terminado en o, o en 5, 230 y 235, por ejemplo, es divi­
sible por 5, debemos encontrar un intermediario que
iGS LÓGICA

goce de la propiedad general de ser divisible por 5 7


cuya noción abstracta se verifique en los números
terminados en o, o en 5. Vemos que una suma de dos
factores, ambos múltiplos de 5, es también múltiplo
de 5. Tenemos, pues, la mayor; todo número termi­
nado en 0, o en 5 es una suma de dos partes, ambas
múltiplos de 5. En efecto, todo número puede descom­
ponerse en dos partes, el grupo de las decenas y el de las
unidades. El grupo de las decenas es evidentemente
múltiplo de 5; si, pues, el grupo de las unidades es o,
o 5, el número entero será múltiplo de 5.
CAPÍTULO II

División general de los silogismos

ARTÍCULO I

ESPECIES DE SILOGISMOS POR SU FORMA

108. Los silogismos por su forma.—E l silogismo


puede considerarse atendiendo a su estructura o a
su format con abstracción de la verdad o de la false­
dad de las premisas; o bien teniendo en cuenta la ver­
dad o la falsedad de las premisas, dando por supuesto,
de antemano, que la estructura del silogismo está
conforme con los principios de deducción y con las
reglas particulares que hemos estudiado. Este último
panto de vista sirve de fundamento para señalar las
espedes de silogismos por razón de la materia. Por su
forma, el silogismo se divide en categórico, hipotético
o condicional y disyuntivo. Muchos autores admiten
la división del silogismo por su forma en simple, que
consta de tres proposiciones simples, y compuesto, que
contiene una o -más proposiciones compuestas. Cree­
mos que esta división es demasiado externa, digá­
moslo asi, y no se refiere a la verdadera forma del
silogismo. Por esto, y porque los silogismos compues-
170 ILÓGICA

tos pueden reducirse al silogismo tipo, creemos más


filosófica la división que dejamos consignada.

109* Variedades del silogismo categórico.— M silo­


gismo, en cuyo análisis nos hemos ocupado detenida-'
mente, es el categórico, llamado así por constar de
proposiciones categóricas. Puede presentar algunas
modificaciones de estructura acerca de las cuales con­
viene hacer atención. I#as principales formas del silo*
gistno categórico son: el epiquerema, el polisilogismo,
el sorites y el cntimetna.
El epiquerema — ¿ttí argumentar — es un
verdadero silogismo categórico, del cual sólo se dife­
rencia en que, antes de sacar la conclusión, prueba
las dos o alguna de las premisas, por ejemplo: tal teoría
económica desconoce la dignidad moral del obrero, -por­
que le considera como un simple agente de producción;
es así que una teoría que desconoce la dignidad moral
de la naturaleza humana es contraria al derecho natu­
ral; luego la teoría de que se trata es contraria al derecho
natural. El epiquerema, en Aristóteles, significaba una
tentativa de demostración, por oposición a una demos-
tración propiamente dicha. "E<m <piXo<róp)|A« jilv <ru).-
XoYirófJt'T oia)xxTtx^;.
El pólisilogismo, como indica su nombre, es una
argumentación compuesta de dos o más silogismos,
tomando la conclusión del anterior como premisa del
siguiente:

Todo ser libre es espiritual,


el alma humana es libre;
luego el alma humana es espiritual.
Todo ser espiritual es indivisible;
luego el alma humana es indivisible.
DIVISIÓN GENERAXr I>E I,OS SELOGTSHOS 171

Todo ser indivisible es inmortal;


luego el alma humana ¿$ inmortal.

Prácticamente, el polisilogismo reviste de ordinaria


la forma de soriíes — <rwpo<f montón, — o, como lo llama­
ban los escolásticos, ratiocinium acervak.— Es una ar­
gumentación formada por una serie de proposiciones
colocadas en tal orden, que el predicado de la primera
es sujeto de la segunda, y asi sucesivamente, hasta
llegar a relacionar el predicado de la conclusión con
el sujeto de la primera premisa.
A = B. La virtud es un gran bien.
B = C. Lo que es un gran bien perfecciona al hom­
bre.
C = D. Lo que perfecciona al hombre debe ser
apetecido.
A = D. La virtud debe ser apetecida.
El sorites designaba el argumento capcioso de Eu-
bulide. Pretendía este filósofo demostrar que un mon­
tón de trigo puede estar formado por un grano, porque
disminuyendo sucesivamente en un grano el montón,
se debería admitir o que un grano forma un montón
o que un grano menos redudtla el montón a no ser
tal montón.
No es difícil redudr el sorites a una serie de silo­
gismos, con lo cual se demuestra que en esa forma de
argumentación se sobrentienden todas las menores,
excepto la menor del primer silogismo y todas las
conclusiones, menos la del último silogismo. Asi la
fórmula general de silogismo que hemos propuesto se
reduce a los siguientes silogismos categóricos: i. A = B,
B = C, A = C. 2, A = C, C = D, A — D. Para
que en el sorites se observen las leyes del silogismo,
como en todo argumento deductivo, es necesario te-
»72 LÓGICA

uer en cuenta dos reglas: i .B En un sorites de conclu­


sión negativa no puede haber más que una proposición
negativa y ésta ha de ser la que precede inmediata­
mente a la conclusión. 2.* Si el sorites es di conclu­
sión particular, sólo puede tener una proposición
particular, que ha de ser forzosamente la primera,
porque es el sujeto de ésta, ques erá sujeto de la con­
clusión; en caso contrario, tendríamos un término
medio, B en el ejemplo propuesto, que se tomarla
dos veces particularmente. Además, para que el sori­
tes sea concluyente, es necesario evitar los términos
de doble sentido, que fácilmente pudieran introdu­
cirse, sin ser notados, gracias a la rapidez y viveza
4 el argumento. Falta a esta última condición el fa­
moso sorites formulado por Temístocles:
E l mundo esté gobernado por Grecia.
Grecia está gobernada por Atenas.
Atenas está gobernada por mi.
Yo soy gobernado por mi mujer.
M i mujer está gobernada por nuestro itifio.
Luego el mundo está gobernado por vuestro niño.
Muchos autores consideran el eniimema como una
forma más o menos disfrazada del silogismo categó­
rico, una parte de razonamiento — in animo
— en que se suprime una de las premisas. Según esta
opinión, la naturaleza y condiciones del entimema
son las mismas que las del silogismo. Sólo hay que ad­
vertir que unas veces se calla la menor, como en éste:
«todos los hombres son mortales; luego Pedro es mor­
tal*, y otras la mayor, como: «pienso; luego existo».
Nuestro espíritu gusta del entimema por la vivacidad
y concisión que envuelve; por esto, sin duda, Aristó­
teles le apellidaba silogismo del orador,
DIVISIÓN GENERAL D E LOS SILOGISMOS 17?

Pero esta circunstancia del entimema es muy ac­


cesoria para justificar el luga* ó parte que aquellos
autores le señalan, entre las formas del silogismo.
Aristóteles llama entimema al silogismo cuya con­
clusión es verosímil — ’EvOSja^ihi jjUv tsn
ii íÍjwtwv fj ffíjjwíwv, — y tiene su lugar propio entre los
argumentos probables.

110. Naturaleza y reglas del silogismo condicional.


—El silogismo condicional es aquel cuya mayor es
una proposición condicional, o el silogismo que de una
proposición condicional deduce una conclusión absoluta,
ha proposición condicional es susceptible de muchas
acepciones. A veces es un modo de transición, por
ejemplo: «si la lógica es útil a la ciencia, lo es también
a la virtud»; otras veces es puramente circunstancial,
como en los casos en que la condicional sí-equivale
a cuando, asi «si hablo, si entiendo, si raciocino, tengo
conciencia de todo esto». Puede ser también la expre­
sión de una duda, cuando contiene una hipótesis,
como: «este hombre está perdido, si Dios no le aparta
del mal*. En todos los demás casos, la conexión lógica
presupone fuera del entendimiento una conexión ob­
jetiva y real. Pero, entre estas relaciones de cosas rea­
les, hay relaciones accidentales, como las relaciones
fortuitas y de mera casualidad; por ejemplo, «si llue­
ve, ganaré mañana»; y las hay estables, que implican
ana cierta necesidad, fundada sobre alfuna ley in­
variable del orden físico, psíquico o moral.
Todo el interés del silogismo condicional está en la
mayor, que entraña una conexión necesaria entre
los términos. En este silogismo:

Si el alma es espiritual es inmortal.


174 I íÓGICA

El alma es espiritual.
E l alma es inmortal,
la mayor encierra la afirmación de una conexión nece­
saria entre la condición «si el alma es espiritual* y lo
condicionado «es inmortal*, es decir, entre los dos atri­
butos del alma humana. Desde el momento que esta
conexión se reconoce como necesaria, el mecanismo
del raciocinio se reduce a una argumentación ordina­
ria, extremadamente simple, en la cual el antecedente
forma la menor, y el consiguiente, la conclusión. La
mayor equivale, pues, a una proposición absoluta­
mente afirmativa. La proposición: «si el alma es espi­
ritual es inmortal* equivale a esta otra: «el alma espi­
ritual es inmortal*.
Para señalar las condiciones de validez o legitimi­
dad del silogismo condicional, es necesario recordar
las relaciones de verdad o falsedad que median entre
el antecedente y el consiguiente de una proposición
condicional, y que ésta, por su carácter de universal
afirmativa, no es convertible simplentenU. De ello
resultan las dos reglas del silogismo condicional:
i.a, de la afirmación del antecedente se sigue la afirma­
ción del consiguiente; 2.a, de la negación del consiguiente
se deduce la negación del antecedente. La inversa de
estas reglas no es verdadera; y así de la negación del
antecedente no se deduce la negación del consiguiente,
ni de la afirmación de éste la afirmación de aquél.
De manera que hay cuatro formas de silogismo con­
dicional, dos concluyentes y dos ilegítimas. Las for­
mas concluyentes son:

S i A es, B es.
A es.
Luego B es.
DIVISIÓN C E N E R M , D E I^OS SIVXÍISM O S I 75

El silogismo condicional se reduce fácilmente al


tipo de silogismo categórico, porque la mayor, como
hemos dicho, equivale a una proposición afirmativa
absoluta. Hay proposiciones condicionales que pue­
den convertirse simplemente por excepción y en ellas
se puede pasar de la afirmación del consiguiente a la
afirmación del antecedente, tal sucede cuando A y B
son términos inseparables; en este caso, los cuatro
modos posibles son legítimos, por ejemplo: <si tenéis
un alma espiritual, sois libre», «si una figura es un
círculo, tiene sus radios iguale». Conviene advertir,
además, que hay silogismos condicionales que tienen
todas sus proposiciones condicionales.

Si los animales esquivan ¡os golpes es que no son in­


sensibles al dolor.
Si no son insensibles al dolor no son inanimados.
Los animales que esquivan tos golpes no son inanima­
dos.

Estas proposiciones pueden reducirse a otras sim­


ples y absolutas:

Los animales que esquivan los golpes no son insensibles


al dolor.
Los seres que no son insensibles al dolor no son inani­
mados.
Los animales que esquivan los golpes no son inani­
mados.

111. Silogismo conjuntivo.—El silogismo conjun­


tivo, llamado también copulativo, es un silogismo
cuya premisa mayor, que es copulativa, niega que
dos términos puedan seT simultáneamente verdaderos,
por ejemplo: «ninguno puede servir a Dios y a las ri­
176 LÓGICA

quezas», «no puede un hombre hallarse en Roma y en


Nápoles simultáneamente». Se comprende luego que
pueden combinarse distintas premisas menores con
las mencionadas proposiciones. Para saber cuándo
el silogismo conjuntivo es concluyente, basta redu­
cirlo a un silogismo condicional y aplicarle las leyes
que regulan este último. Así, por ejemplo: «si un hom­
bre está en Roma, no está en Nápoles*, «si está en
Nápoles, no está en Roma*; pero no se le puede reducir
con relación a los otros dos modos, «si no está en Roma,
está en Nápoles», o «si no está en Nápoles, está en
Roma». Estas dos últimas formas son evidentemente
ilegítimas, porque si en la menor se afirma uno de los
estreñios de la premisa mayor, en la conclusión se
podrá negar legítimamente la otra:

Ninguno pttede servir a Dios y alas riquezas.


El avaro sirve a las riquezas.
El avaro no sirve a Dios.

Pero de la negación de un estremo no se infiere


legítimamente la afirmación del otro. Si eu el ejemplo
propuesto se dijera: «es así que Pedro no sirve a las
riquezas; luego sirve a Dios», la consecuencia sería
ilegítima. Hay casos, no obstante, en que el silogismo
conjuntivo puede resolverse según los cuatro modos
posibles del silogismo condicional, pero no en virtud
de su naturaleza lógica, sino por el carácter especial
de ciertas proposiciones conjuntivas, que equivalen a
proposiciones disyuntivas. Esta proposición: «el hom­
bre no puede obrar simultáneamente bien y mal*,
equivale a esta otra: «el hombre obra bieh u obra mal».
La primera de estas dos proposiciones puede admitir
las siguientes formas: .
DIVISIÓN GEN ERAL D E LOS SILOGISMOS 177

1.a Si el hombre obra bien no obra mal.


2.* Si el hombre obra mal no obra bien.
3.a Si el hombre no obra bien obra mal.
4.a Si el hombre no obra mal obra bien.

112. Silogismo disyuntivo,— E£s el silogismo cuya


premisa mayor es una proposición disyuntiva. Su
fórmula puede expresarse así: «X es A o es B», De las
cuatro premisas menores que pueden combinarse con
la mayor, dos son afirmativas y las otras dos negati­
vas, todas las cuales concluyen legítimamente:
1.B Es asi que es A, luego no es B.
2,* Es así que es B, luego no es A.
3> Es asi que no es A, luego es B.
4.a Es así qtte no es B, luego es A.

La mayor disyuntiva so puede reducir a otras cua­


tro mayores condicionales: «Si es A, no es B», «si es
B, no es A», «si no es A, es B*. «si no es B, es A*. Por
ejemplo:
Un cuerpo esid en movimiento o en reposo.
Este cuerpo está en movimiento.
Luego tío está en reposo.

Un silogismo disyuntivo no da conclusión legítima


en dos casos: i.°, si se puede señalar un medio entre
los extremos de la disyuntiva; 2.a, si se infiere la afir­
mación de un extremo de la negación del otro, con­
teniendo la disyuntiva tres o más extremos, como
sucede en este ejemplo: «Esta substancia pensante, o
es alma racional, o ángel, o Dios; es asi que no es án­
gel; luego es Dios*. Para que la conclusión fuera legi­
tima, seria necesario negar en la menor dos extremos
de la disyuntiva.
12—LÓGICA
I 7S LÓGICA

Las proposiciones condicionales pueden reducirse


a proposiciones categóricas, según hemos visto; por
esto también un silogismo disyuntivo que consta de
dos términos se puede reducir a un silogismo categó­
rico, entrando en la formación sucesivamente cuatro
premisas mayores distintas:

1.* La afirmación de A es la negación de B.


2.a La afirmación de B es la negación de A.
3.a La negación de A es la afirmación de B.
4a La negación de B es la afirmación de A.

Se pueden combinar estas cuatro premisas mayores


con las menores que hemos establecido antes, y se
obtienen cuatro conclusiones legítimas.

113. Silogismo exclusivo.— El silogismo exclusivo


está formado de dos premisas exclusivas, por ejemplo:

Solamente el ser que existe fo t sí mismo es eterno.


Es así que sólo Dios existe por sí.
Luego sólo Dios es eterno.

Este razonamiento se descompone fácilmente en


dos silogismos, uno positivo y otro negativo: i.° «El
ser que existe por si mismo es eterno; Dios existe por
sí mismo; luego Dios es eterno»; 2.° «El ser que no
existe por si mismo no es eterno; es asi que el ser que
no es Dios es no existente por si mismo; luego el ser
que no es Dios no es eterno*. No es necesario, pues,
la aplicación de un método especial para verificar los
silogismos exclusivos; basta reducirlos mentalmente
a los dos silogismos que los componen. Esta regla
general será suficiente para distinguir, en todos los
DIVISIÓN ÍJENERAX D E LOS SILOGISMOS I79

casos, los silogismos realmente exclusivos de los que


lo son sólo en apariencia.

114. Dilema.— Dilema es una argumentación que


consta de una premisa disyuntiva, que hace funcio­
nes de mayor, y de dos proposiciones condicionales
relacionadas con la conclusión que se intenta sacar.
De este modo se llega a dos conclusiones parciales
que excluyen sucesivamente los dos miembros de la
disyunción y se concluye ulteriormente, de un modo
general, rechazando la disyuntiva en su totalidad.
Este modo de argumentación es vivo y urgente, muy
adecuado para emplearlo en el curso de la discusión
y más a propósito para rebatir opiniones que para
demostrar verdades científicas. Por el dilema se pro­
pone a la elección del adversario una alternativa y
luego se le demuestra que, en los dos casos, está en
terreno falso. Un ejemplo, tan sencillo como riguroso,
de dilema es el que Jesucristo empleó en el tribunal
de Anás, que se puede formular asi:

0 he hablado mal, ó he hablado bien.


Si he hablado mal, probadlo.
Sino he hablado mal, ¿con qué derecho me pegáis?

Por los siguientes ejemplos se demuestra la fuerza


lógica que encierra el dilema. Un general reprocha
con esos términos a un centinela que habla dejado pa­
sar el enemigo: «O tú has estado en tu puesto o no; si
has estado en tu puesto, eres reo de traición; si no
has estado en tu puesto, has sido desobediente; en
uno y otro caso mereces la muerte». Tertuliano, en su
Apologética, apostrofa al emperador Trajano: «O los
cristianos son criminales, o no lo son; si lo son, ¿por
i8 o LÓGICA

qué prohíbes que los persigan?; si no lo son ¿por qué


los condenas?» El P. Félix, después de haber demos­
trado coq textos irrecusables que Jesucristo se ha
presentado como Hijo de Dios, desenvuelve por un
dilema la consecuencia de semejante afirmación:
«Siendo esto así, dice, si se supone que Jesucristo, a
pesar de sus afirmaciones, no es Dios, de dos cosas
una: o bien Jesucristo, afirmando que era Hijo de
Dios, creía ser Dios o no lo creía. Si, no siendo
más que hombre, se consideraba Dios, es el úl­
timo de los insensatos. Si, sabiendo que era hom­
bre, dice que es Dios, es el último de los hipó­
critas. O la locura o la impostura, he aquí las dos
soluciones entre las cuales hay que elegir. Entre esos
dos extremos igualmente imposibles, no hay más que
un intermedio, el reconocer la divinidad de Cristo
Luego, analizando cada una de las dos soluciones,
entre las cuales cabe únicamente la afirmación inte­
gral de la divinidad de Jesucristo, demuestra que son
inadmisibles. «¿Cómo admitir, dice, una de esas dos
soluciones, sin caer en contradicciones manifiestas?
Suponiendo que Jesucristo es un insensato, ¿cómo
concillaréis con. esta locura esa altísima sabiduría que
resplandece en todos sus actos, que es la caracterís­
tica de todas sus obras, que se revela en la armonía per­
fecta de su vida y que ha hecho de su doctrina una
obra maestra inimitable de pureza y de elevación
moral? Si Jesucristo, por el contrario, es un hipócrita
o un impostor, ¿cómo conciliar con esas miras ambi­
cionas esa humildad, esa renuncia de todas las cosas,
ese amor a una vida obscura, esa solicitud en ocultarse
siempre y en apartar de sí los respetos y las aclamacio­
nes populares? Luego esas dos hipótesis son igual­
mente contradictorias y no hay más, después de haber­
DIVISIÓN GENERAL DE LOS SILOCISMOS l8 l

las analizado cuidadosamente, que admitir como ver­


dadero lo que Jesucristo afirma de si mismo, a saber,
que Él es el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»

115. Análisis del dilema.— Para analizar el dilemat


debemos considerarlo bajo su forma tipo: «No se pue­
de elegir sino entre los términos A o B. Si se elige A,
forzosamente se llega a C; y si se elige B, también se
concluye a C; luego no podemos escapar a C.» El dile­
ma, así presentado, se descompone en cuatro propo­
siciones: la primera disyuntiva, la segunda y tercera
condicionales y la cuarta, o conclusión, simple y abso•
luía. Bstas cuatro proposiciones se resuelven en los
tres silogismos siguientes: i.° «Es A o B; si es A, A
motiva C; luego, en el primer caso, hay que admitir
C.* 2.0 La mayor es la misma: «Es A o B; si es B, B
motiva C; luego, en el segundo caso, también se llega
a C.» 3.0 Es A o B; pero, en los dos casos, se llega a C;
luego no se puede escapar a C.
Analicemos, por vía de ejemplo, el dilema con el
cual se arguye a los pirronianos, que enseñaban que
no podemos conocer ninguna verdad:
Lo que decís es verdadero o falso.
Si es verdadero, es falso que no podamos conocer nin­
guna verdad, porque por lo menos conocemos ésta.
Si es falso, lo contrario es verdadero, porque no luty
medio. Luego cualquiera cosa que digáis es una refuta­
ción de vuestro sistema.
Este dilema se descompone en tres silogismos. Primer
silogismo: «Vuestra teoría afirma que no se puede co­
nocer ninguna verdad. Pero, si esa teoría es verdadera,
se contradice, porque ella misma constituiría una ver­
dad conocida. Luego, en el primer caso, vuestra teo­
I.ÓGICA

ría se contradice.» El segundo silogismo ticuc la misma


premisa mayor; ^Vuestra teoría afirmo que no se puede
conocer ninguna verdad. Pero, si esa teoría e.® falsa,
se contradice, porque sería entonces verdadero decir
que se puede conocer alguna verdad. Luego, en el
segundo caso, se contradice a sí misma.* El tercer
silogismo transforma los dos silogismos condicionales
en un silogismo absoluto: «Vuestra teoría es necesa­
riamente verdadera o falsa; es así que, tanto si es ver­
dadera como si es falsa, se contradice a sí misma;
luego, se contradice necesariamente a si misma.»

116. Reglas del dilema.— Las reglas que rigen el


dilema y permiten comprobar su legitimidad se de*
ducen del análisis que acabamos de hacer. Se reducen
a dos: 1.a, es necesario que la enumeración del dilema
sea completa, es decir, que no haya medio entre los
extremos que contiene; 2.a, que cada miembro del
dilema pueda reducirse a un silogismo condicional
verdaderamente concluyente. Algunos lógicos añaden
una tercera regla, diciendo que los dos extremos no
puedan retorcerse contra el que los presenta; pero,
si se observan debidamente las dos reglas indicadas,
el dilema, que es un razonamiento legitimo, no puede
contradecirse, y el hecho de retorcerse contra el que
lo propone implica contradicción. Los siguientes ejem­
plos dan una idea de cómo se retuerce el dilema cuan­
do peca contra alguna de aquellas reglas. Un filósofo,
queriendo disuadir a uno de sus discípulos de aceptar
un cargo público, le arguye así: «O cumplirás bien
tu empleo o cumplirás mal; en el primer caso ofende­
rás a los hombres; en el segundo caso ofenderás a
Dios.* El discípulo contestó: «En el primer caso agra­
darla a Dios; en el segundo caso darla gusto a los
DIVISIÓN GENERAL D E LOS SILOGISMOS 18 3

hombres.» En pro y en contra habla razones para


aceptar o rechazar el empleo y la oposición no era
completa. Cicerón, en el libro I de sus Tusculanas,
queriendo probar que la muerte no es un mal, formula
el siguiente dilema: *0 el alma sobrevive al cuerpo o
no. Si sobrevive al cuerpo, la muerte no es un mal,
porque no hace más que librar al alma de los males
de esta vida; si el alma muere con el cuerpo, no ten­
drá ya nada que sufrir, porque no existirá. Luego, la
muerte no es un mal.» Este dilema no es concluyente
en ninguno de sus miembros, porque los toma de un
modo incompleto y en ninguno de los dos casos se
paede concluir que la muerte no sea un mal. No es
bastante el decir que, si el alma sobrevive, no tendrá
que sufrir más los males de esta vida, sino que es
necesario señalar cuál será la condición de su vida
futura, para saber si la amenazan otros males. Si el
alma no sobrevive al cuerpo, es verdad que cesan
para ella las penalidades de la vida, pero también
acaban los goces, y ello es evidentemente una forma
de mal. Luego, no puede concluirse que, en todo
caso, la muerte no sea un mal.

ARTÍCULO II

F^PECIES DE SILOGISMOS POR SU MATERIA

§ I. Silogismo demostrativo

117. Uso legitimo del Büogismo.— El silogismo es


un medio de descubrir, en el orden de los principios
y de las consecuencias, porque manifiesta, la relación
18 4 LÓGICA

esencial de identidad o de contradicción, de inclusión


o de exclusión, de posibilidad o de imposibilidad que
existe entre las ideas que lo formas. El objeto a que
se aplica el silogismo es siempre una relación ettitt
dos ideas presentes al espíritu, pero que no es inmedia­
ta m e n te conocida. Por ejemplo, queremos saber si
hay relación de identidad, posibilidad o contradic­
ción entre estas dos ideas, «libre» e «inmortal». No pre­
sentándose la relación que media en la intuición in­
mediata de esas dos ideas, hemos de descubrir una
idea intermediaria, por ejemplo, la de «ser espiritual*.
Para descubrir, por medio de un simple silogismo, la
relación oculta entre aquellas dos ideas, son nece­
sarios cinco elementos; a) tres ideas, «libre», «espiri­
tual*, «inmortal», y b) dos juicios; «lo que es libre es
espiritual* y «lo que es espiritual es inmortal»; k
conclusión es un verdadero descubrimiento. La escuela
positivista niega que el silogismo sea un medio para
descubrir una verdad y extender realmente nuestros
conocimientos. «La mayor, o la proposición general
del silogismo, dice, no es más que el resumen de he­
chos particulares, y no se conoce este resumen sino
por el conocí miento precedente de los hechos par­
ticulares que lo componen. Luego, no se deduce
de la proposición general la conclusión como una
verdad desconocida, y, por lo tanto, los silogismos
nada descubren, ni sirven para extender el campo
de nuestros conocimientos.»
En otro lugar (107) combatimos ya la doctrina del
positivismo; pero las siguientes consideraciones ser­
virán para evidenciar más la verdad de la teoría esco­
lástica. La mayor del silogismo puede ser una ptopo-
sición analítica o una proposición sintética; en cada
una de ellas puede fundamentarse, respectivamente,
DIVISrÓN GFÍNRRAI, d e I.OS Sn^OCISMOS 18 5

un silogismo que sirva para descubrir alguna verdad.


Una proposición analítica no es un resumen de hechos
particulares, que se substituye por un signo mental
que sirva únicamente para representarla, sino una
verdad general, abstracta, necesaria, concebida como
independiente de las aplicaciones particulares, con­
cretas y contingentes, de las cuales ella es el principio
y el fundamento. De aquí que el silogismo, funda­
do en una proposición analítica, expresa la subor­
dinación de nuestros juicios, en conformidad con las
relaciones intrínsecas de las cosas, de un modo que
revela el orden necesario, según el cual las verdades
emanan unas de otras; por esto no presupone en nues­
tro espíritu el conocimiento de verdades particulares
o inferiores; sino que es el instrumento para descu­
brirlas. Las ciencias matemáticas, por ejemplo, no
reconocen otro fundamento que los principios ana­
líticos.
La mayor del silogismo puede ser también una
proposición sintética, cuyos elementos nos suminis­
tra la observación. Las proposiciones sintéticas son
de dos clases: las hay generales, que son un verdadero
resumen de proposiciones particulares, es decir, que
son fruto de una enumeración completa de casos,
eq todos los cuales se verifica; tal es esta proposi­
ción: «Todo metal es opaco». Es evidente que los silo­
gismos fundados en semejantes proposiciones no ex­
tienden nuestros conocimientos, porque no puede
formularse aquella proposición, sino después de ha­
ber estudiado y observado la relación entre «opaco*
y tmetal*. Antes del descubrimiento del potasio y
del sodio, se hubiera podido establecer esta propo­
sición: «Todo metal es más pesado que el agua». Los
silogismos, cuya mayor es una proposición sintética
I.OGICA

general de esta clase, son útiles, no obstante, para


ordenar y reproducir con más precisión y facilidad
los conocimientos adquiridos. Pero hay otras propo­
siciones sintéticas generales que se apoyan, a la vez,
en la observación y en el raciocinio, porque expresan
relaciones naturalmente coordinadas de fenómenos,
como las proposiciones que expresan las leyes de la
naturaleza. Estas proposiciones son algo más que
sencillos resúmenes de hechos particulares y pueden
servir de mayor al silogismo para descubrir la verdad
y extender nuestros conocimientos. Asi, el sabio que
ha observado que todos los mamíferos respiran por
medio de pulmones y descubre en el delfín, por ejem*
pío, un aparato mamario, deduce que este animal res­
pira por medio de pulmones y que, aunque habita
en el agua, no es un verdadero pez.

118. El silogismo por su materia.— Después que


el silogismo se supone correcto, por estar conforme
con las leyes de la deducción (92) y con las reglas
especiales que hemos estudiado (99), podemos in­
quirir la verdad de las premisas y la manifestación
plena o parcial de esa verdad al espíritu. Desde este
puuto de vista, el silogismo es demostrativo o apodíctico,
probable y erróneo o sofistico. El primero engendra la
ciencia; el segundo, la opinión, y los últimos conducen
al error. PaTa comprender mejor esta división, debe­
mos fijamos en los estados distintos en que puede
encontrarse nuestro espíritu con relación a la verdad.
La verdad se refiere a las cosas y a los conocimien­
tos. La verdad de las cosas u Mitológica, es la manifes­
tación de su propia entidad al espíritu. Ea est vertías,
dice San Agustín, quac oslcndit id quod est; la verdad
lógica o de conocimiento es la conformidad del enten-
DIVISIÓN GENERAI, D E W)S SII/XJISMOS 18 7

pimienta coa la realidad manifestada por la verdad


ontológica. Cuando el espíritu se adhiere con firmeza
a una verdad, se produce la certeza, que puede ser(
como sabemos, inmediata o mediata; pero, mientras
se encuentra entre dos juicios opuestos, sin hallar
razones para admitir uno de ellos con preferencia al
otro, el entendimiento está en suspenso y en estado
de duda; sí el espíritu se adhiere a uno de los juicios,
pero sin una razón determinante que le incline a adop­
tarlo de un modo absoluto, antes bien con temor
de que la parte contraria sea verdadera, se produce la
opiniótt; ésta es probable, más probable que la opi­
nión contradictoria, muy probable y aun moralmen­
te cierta, según sean los motivos que solicitan la
adhesión del entendimiento. El error es lo contrario
de la verdad, es decir, el desacuerdo entre el entendi­
miento y la cosa conocida.
La demostración es un argumento que, partiendo
de premisas ciertas, conduce lógicamente a una oon-
clusión cierta, al conocimiento científico. El argu­
mento probable es en materia contingente; parte de
una o más premisas que solamente son probables y
conduce lógicamente a una conclusión que no trasr
pasa los limites de la probabilidad. Es el silogismo
que Aristóteles llama dialéctico. Algunos autores dis­
tinguen entre el silogismo erróneo y el sofisma; el pri­
mero, dicen, peca contra la verdad, y el segundo,
contra las reglas formales del silogismo. Otros distin­
guen entre sofisma y paralogismo; el sofisma» según
ellos, es el raciocinio que consta de una o dos propo­
siciones erróneas, pero es lógicamente correcto; el
paralogismo implica la violación de las leyes o reglas
de la lógica. Otros, finalmente, y esta es la opinión
más seguida, dicen que el paralogismo es un error
i8 8 LÓGICA

cometido de buena fe; por el contrario, en el sofisma


hay siempre intención de engañar. Nosotros con el
nombre común de sofisma desguatemos todo silo­
gismo no concluyente, o mejor, todo silogismo apa­
rente, tanto si es defectuoso por error material, como
por un vicio de forma con buena o mala fe.

119. Silogismo demostrativo; condiciones de usa


demostración científica.— Silogismo demostrativo es el
que, además de la forma legitima, consta de premisas
necesarias y evidentemente verdaderas; de manera qu«
todo silogismo en el cual las leyes o reglas del mismo
se hallen aplicadas a premisas ciertas y evidentes,
constituirá una verdadera demostración, que sigue las
mismas leyes que el silogismo cuando se aplica al des­
cubrimiento de una verdad, porque la demostración
de una verdad no es más que la manifestación de la
relación entre las ideas que la constituyen.
La demostración se diferencia del raciocinio, por­
que éste es tan sólo el procedimiento lógico para de­
ducir unas proposiciones de otras que las contienen,
según las leyes de comprehensión y de extensión que
regulan nuestras ideas; mientras que la demostración
supone, además, que las premisas sean verdaderas. La
demostración puede definirse diciendo que es un ra­
zonamiento fundado sobre principios ciertos. Toda de­
mostración se ordena a la ciencia, al conocimiento de
una cosa por sus cansas. «Si saber tina cosa, dice Aris­
tóteles, es conocerla por sus causas, es evidente que
la ciencia demostrativa resulte necesariamente de
premisas verdaderas, primordiales, inmediatas, tnejer
conocidas que la conclusión a la que preceden y de la
cual son causa. Podrá haber silogismos sin esas condi­
ciones, pero sin ellas no se dará verdadera demos­
DIVISIÓN GEN'ERAI, DE I.OS SII,OCISMOS iSg-

tración, porque serán silogismos que no producirán la


ciencia.*
Las premisas han de ser verdaderas, porque, aun­
que de premisas falsas se puede deducir accidental­
mente una conclusión verdadera, es innegable que la
falsedad como tal jamás engendrará la verdad. Y como
el íin de la demostración es manifestar la verdad de
la conclusión, es evidente que una buena demostra­
ción debe fundarse en premisas verdaderas. En segundo
lugar, han de ser primordiales, es decir, indemostra­
bles, porque en toda demostración es necesario llegar
finalmente a una o más premisas evidentes por sí
mismas, que sirvan de base y fundamento a toda la
demostración y contengan la razón suficiente de la
certeza que acompaña a toda verdadera demostración.
Por e^to el fundamento de la demostración es indemos­
trable; si suponemos que todo se puede demostrar, será
preciso proceder in infiniium y se hace imposible toda
demostración. No queremos decir con esto que una
demostración no pueda proceder inmediatamente de
premisas que se derivan, a su vez, de otras anteriores,
sino que todas las demostraciones particulares, que
son parte integrante de una ciencia, deben formar,
como enseña Aristóteles, una cadena, cuyo primer ani­
llo esté formado por premisas indemostrables, que
constituyen el fundamento mediato de todo proceso
demostrativo. Deben ser, además, inmediatas, evi­
dentes y conocidas por sí mismas; tales son los pri­
meros principios, los axiomás. o verdades conocidas
sin necesidad del raciocinio. Las premisas han de ser
causa de la conclusión, no solamente en el sentido de
ser su conocimiento causa del conocimiento de la
conclusión, en el orden lógico, condición que es común
a todo raciocinio, sino que deben manifestar la causa
LÓGICA

real, de orden mitológico de la cosa demostrada. Las


premisas, en un silogismo demostrativo, deben ser
anteriores a la conclusión; pero esta prioridad no
ha de ser necesariamente de tiempo, sino de natu­
raleza (50). Finalmente, deben ser mejor conocidas
que la conclusión, porque el raciocinio se funda en el
tránsito de lo conocido a lo desconocido. Tales son
las condiciones de una demostración científica.

120. Demostración de hecho y demostración cien-


tilica.—Al enumerar las anteriores condiciones, he­
mos tenido en cuenta únicamente la demostración
rigurosamente científica, porque solamente el racio­
cinio adornado de estas condiciones es verdadera­
mente demostrativo. La demostración de hecho — «i,
demonstrado quid — es la prueba de que una cosa es,
constituye un argumento de hecho; la demostración
científica — demonstradlo propter quid •— es la de­
mostración que pone en evidencia la causa inmediata
de la cosa demostrada, la razón propia— ¿px»- o«s‘«k.
— por la cual aquella cosa es; se llama también in­
trínseca, ostensiva o apodíctica. De estas definiciones
no cabe inferir que la demostración de hecho excluya
toda manifestación de una relación de causalidad entre
el antecedente y la cosa demostrada; pero si que la
causa de la cosa demostrada permanece remota en el
orden del conocimiento y solamente se manifiesta
próxima por medio de la demostración científica.

121. Demostración a priori, a posteriori y a si­


multaneo.— La distinción aristotélica que acabamos
de estudiar, la han reemplazado los lógicos modernos
por otra menos rigurosa, pero que tiene también su
fundamento en la naturaleza de tas cosas; es la dis­
DIVISIÓN CEN E RAI, D E 1,05 SIT.OCISMOS 191

tinción entre una demostración a priori y una de­


mostración a. posterior i. Una demostración se llama
a priori cuando el término medio es, en la realidad, ante-
terior al objeto que se trata de demostrar; así sucede
cuando se demuestra el efecto por su causa o las pro­
piedades y atributos de una cosa por la esencia de
ésta, por ejemplo: «Lo que tiene razón es capaz de cien­
cia; el hombre tiene razón; luego, el hombre es capaz
de ciencia*. En la demostración a posteriori se de­
muestra la causa por el efecto; el término medio en
ella es posterior, en el orden ontológico, al objeto que
se trata de demostrar. Así concebimos los atributos
como emanaciones de la esencia, o un atributo como
fundamento y razón suficiente de otro. De lo primero
tenemos ejemplo cuando demostramos la existencia
de Dios por la de los seres que pueblan el mundo; de
lo segundo cuando probamos que el hombre es inte­
ligente y libre porque es capaz de progreso o de per­
fectibilidad. Cuando en la demostración a priori se
demuestra el efecto por su causa inmediata se corres­
ponde con la demostración científica; si el efecto se
demuestra por medio de causas remotas o inadecua­
das, equivale a la demostración de hecho. Algunos
autores han añadido a esas demostraciones una ter­
cera, que se conoce con el nombre de a simultaneo
o cuasi a priori. Esta demostración tiene lugar cuan­
do se trata de demostrar, la una por la otra, dos cosas
que, en la realidad, no son distintas, aunque una de
ellas se concibe necesariamente como anterior a la
otra. Un ejemplo muy conocido en la historia de la
filosofía, es la prueba con la cual San Anselmo creía
poder demostrar la existencia de Dios, partiendo de
la idea según la cual nos representamos el Ser sobe­
ranamente perfecto. La demostración a priori y la
192 ILÓGICA

demostración a posteriori se completan mutuamente.


Supongamos un sujeto que presenta todos los sínto­
mas que ordinariamente acompañan la tuberculosis;
el médico infiere de su análisis que chiste en el en­
fermo el microbio que la produce; este es un razona­
miento a posieriori, una demostración 0:1. Para
asegurarse de que aquel microbio es la causa de la en­
fermedad del paciente, lo inocula en un animal sano,
en un conejo, por ejemplo, y si la tuberculosis aparece
con todos sus síntomas, demuestra a friori que el
microbio inyectado es causa de la enfermedad. To­
davía la prueba es de hecho, porque la acción del mi­
crobio, considerada en general, no designa más que
la causa remota de la enfermedad. Cuando la bacte­
riología llega a determinar la naturalew de la acción
del microbio sobre el organismo, señalando una ac­
ción de naturaleza química, o que el microbio pató­
geno segrega una substancia tóxica que, reabsorbida
por los tejidos, envenena el organismo; y cuando la
química orgánica determina exactamente la natura­
leza y el proceso de la intoxicación, la demostración
es Z'ó-i y nos da a conocer la causa próxima e inme­
diata de la enfermedad.

182. Demostración circular.— La inteligencia bit-


mana, por sus propias condiciones, procede natural­
mente del efecto a su causa, antes de descender de
la causa al efecto y explicar éste por aquélla; ‘de ma­
nera que describe una especie de circulo, porque vuel­
ve, digámoslo asi, al punto de donde partió para for­
mular sus raciocinios. Esta manera de demostrar
una cosa se llama demostración circular o regresiva.
No debe confundirse la demostración circular con el
círculo vicioso que se produce cuando se quiere de-
DIVISIÓN GENERA!, DE I.OS SII.OCISMOS 1 93

mostrar una premisa, por ejemplo, por la conclusión


que de ella se deduce. En la demostración circular,
se parte de un fenómeno cuya existencia es evidente,
pero cuya naturaleza sólo conocemos de un modo
confuso; luego es verdad que volvemos a argumentar
partiendo de la naturaleza, pero téngase en cuenta
que es de la naturaleza conocida de uu modo dis­
tinto, para llegar a un conocimiento más distinto de
los efectos o fenómenos que ella produce. Sobre esta
cuestión insistiremos al tratar del método aplicado
a las ciencias filosóficas.

128* Otras formas accidentales de demostración.—


Aunque la división de la demostración enseñada por
Aristóteles y admitida, en lo fundamental, por los
lógicos modernos en las formas a priori y a posteriori
que hemos explicado, es adecuada y no admite, por
lo tanto, ningún miembro intermedio, hay otras for­
mas accidentales de demostración, o demostraciones
impropiamente dichas, que se refieren a ciertas cir­
cunstancias accidentales. Tales son: la demostración
directa y la demostración indirecta, la absoluta y la
tilaiiva, y la extrínseca. La demostración directa
consta de premisas que contienen la causa o ra­
tón suficiente de la conclusión, como si digo; «Todo
metal es substancia; el 010 es metal; el oro es subs­
tancia.» Todas las formas de demostración que hasta
ahora hemos descrito son directas, manifiestan que
la conclusión se halla virtu&lmente contenida en las
premisas y que el predicado conviene o repugna al
sujeto de la conclusión. La mayor parte de los teore­
mas de geometría son ejemplos de esa espede de de­
mostración. La demostración itulirecia manifiesta la
verdad de la tesis que se trata de demostrar, haciendo
1 3 .—
194 ILÓGICA

resaltar el absurdo o inconveniente que resultaría


de lo contrario, por ejemplo: «Si Dios no fuera eterno,
no habría existido siempre; luego habría recibido el
ser de alguna causa; luego sería un ser producido por
otro, y, por consiguiente, una criatura.» Esta especie
de demostración tiene una fuerza extraordinaria para
refutar a los adversarios, pero es muy inferior a la
demostración directa, porque aun cuando consigue
la adhesión del entendimiento, obligándole a negar
la contradictoria de la tesis que se trata de demostrar,
no manifiesta la razón intrínseca de la adhesión po­
sitiva que exige, ni el cómo o porqué es falsa o ver­
dadera una proposición. La demostración, por su
misma naturaleza, ha de ser absoluto, es decir, valedera
para todos, de un modo absoluto. Por esto cuando
se habla de demostración relativa hay un abuso de
lenguaje, suponiendo que una demostración puede
tener valor para un hombre determinado y aten­
diendo a circunstancias contingentes. No obstante
esto, la demostración llamada relativa puede dar lu>
gar a una argumentación más o menos eficaz. Aris­
tóteles y después de él los escolásticos oponen a la
demostración científica una especie de demostración
llamada per sigjiutn o extrínseca de los caracteres o
indicios exteriores a la cosa que se trata de demostrar,
por ejemplo: «Si este hombre estuviese probado por
la desdicha, seria de mejores sentimientos*. Todas es­
tas formas accidentales de demostración pueden re­
ducirse a alguno de los términos de la distinción fun­
damental que hemos explicado. La extrínseca, por
ejemplo, se reduce a una demostración de hechot as
como las absolutas, directas o indirectas cuando dan
solamente razones remotas de un hecho; pero cuando
dan a conocer las razones intimas e inmediatas de la
DIVISIÓN CliN fíR JU D E LOS SILOGISMOS 195

necesidad de la tesis que se trata de demostrar o de la


imposibilidad de la contradictoria, son verdaderas de­
mostraciones científicas. La demostración relativa se
llama también ad hominent; en esta demostración no se
necesita que las premisas sean realmente verdaderas,
sino que basta que el contrario las admita como tales.

§ II. Los argumentos probables

124. Silogismo probable; especies de probabilidad.


—Asi como la demostración es causa de la ciencia,
el silogismo probable, que es aquel que tiene una o
las dos premisas que no son ciertas y evidentes, pro­
duce la opinión¡ o el asentimiento del entendimiento
a alguna cosa como verdadera, pero con temor de lo
contrarío. Este asentimiento y el temor que lo acom­
paña. admiten distintos grados, en relación con las
razones o fundamentos que los determinan; la fuer­
za del asentimiento y la intensidad del temor están
en razón inversa. La opinión puede concebirse como
ocupando la distancia media entre la duda y la cer­
teza de una cosa, acercándose más o menos a esos
extremos, según sean las condiciones de los fundamen­
tos cu que estriba, de donde resultan los varios grados
de probabilidad en las opiniones. Se llama extrínseca
la probabilidad de una proposición cuando se apoya
en el testimonio de otros que la afirman; si, por el
contrario, prestamos asentimiento a una proposición
en virtud de las razones que, mediata o inmediata­
mente, descubrimos en ella, se dice que hay proba­
bilidad intrínseca; cuando la probabilidad intrínseca
y la extrínseca se presentan reunidas y ambas nos
oliecen motivos para el asentimiento a una proposi­
ción, la probabilidad es mixta.
196 LÓC.ICA

Es muy difícil determinar y medir los grados de


probabilidad, especialmente cuando se trata de la
extrínseca. Los lógicos suelen señalar algunos luga­
res comunes, de los cuales se pueden sacar medios y
argumentos probables, tales son: la causa, el efecto,
el sujeto, la definición, la división, los oontrarios, los
semejantes, los concomitantes y, finalmente, la auto­
ridad. De ellos nos hemos de ocupar en la cuarta par­
te de nuestro tratado, limitándonos, por el momento,
al estudio de los principales argumentos probables:
el eníitnma, la analogía, el ejemplo y ciertas infe­
rencias deducidas del cálculo de probabilidades y de la
estadística.

126. Bnfcimftmft.— El entimema es, según Aristó­


teles, «un silogismo deducido de ciertas semejanzas
y de ciertos indicios* (110). Nótese que estos indicios
no son reconocidos como propiedades naturales del
sujeto, porque si lo fuesen, darían lugar a la forma­
ción de argumentos demostrativos y el entimema no
podría estudiarse entre los argumentos probables.
Son inuy frecuentes los entimemas en la vida ordi­
naria y su uso es corriente en los razonamientos de
carácter práctico, por ejemplo: «Los sufrimientos tem­
plan el carácter; este hombre ha sufrido mucho;
luego tendrá el carácter templado.» Y a sabemos que
no pocos autores consideran el entimema como una
de las modalidades del silogismo categórico, y le se­
ñalan como carácter distintivo el carecer de una pre­
misa, que queda oculta— ¿v in animo; — pero
este carácter es muy accidental, y de admitirse como
diferencial del entimema, casi borrarla la divisoria
que separa a éste del silogismo cuando consta de pre­
misas extremadamente claras. Es un hecho, dice
DIVISIÓN GENERAL D E LOS SÍLOGISMOS 197

Trendelenburg, que aquel que explota la credulidad de


los incautos con toda intención deja de manifestar una
premisa probable, con la esperanza de hacerla admi­
tir como cierta; los silogismos cuyas premisas no son
más que probables, con frecuencia se simplifican, pero
esta simplificación es accesoria. Lo único que hay de
interesante es el motivo por el cual se simplifican, la
falta de certeza de la premisa sobrentendida.

126. La analogía.— Se llama analogía el razona­


miento que concluye de una porción de causas o de
condiciones semejantes a una porción de efectos o de
consiguientes. Estando la analogía fundada en la
semejanza, es evidente que sólo puede conducir a
una probabilidad mayor o menor según el grado de
semejanza que existe entre las causas o las condicio­
nes que se comparan. De aquí que puedan señalarse
distintas especies de analogía. La analogía a parí se
funda sobre la paridad de dos casos semejantes,
por ejemplo: «Dios ha perdonado a David que se arre­
pintió; luego perdonará al pecador si, como David,
se arrepiente.» La analogía concluye a fortioñ cuando
se apoya en una razón m is poderosa, por ejemplo:
«Sí los paganos perdonan las injurias, con más razón,
a fortiori, deben perdonarlas los cristianos.» La ana­
logía es por oposición si se funda en un motivo opues­
to para admitir una conclusión opuesta, como: «El
animal vive para la tierra, el hombre debe vivir para
«1 cielo.» Finalmente, hay la analogía por simple se-
mjanza, que ofrece innumerables variedades, según
la naturaleza y el grado de la semejanza.
Para que la analogía pueda concluir legítimamente
y se pueda sacar de ella una conclusión, aunque tan
sólo sea probable, es necesario que pueda justificarse
LÓGICA

por un principio general del cual ha de ser ella una apli­


cación particular y ha de poder reducirse a uno o a
varios silogismos, La fórmula general del silogismo
que ha de resultar de la analogía es la siguiente: «Las
condiciones semejantes producen siempre consecuen­
cias semejantes; es así que tales condiciones,, A y B,
por ejemplo, son semejantes; luego producirán con­
secuencias semejantes.» Claro que para esto es ne­
cesario justificar el valor del principio general que sir­
ve de base al razonamiento analógico y lo haremos
al tratar del procedimiento inductivo, y particular­
mente al estudiar la inducción científica.

127. El ejemplo.— La inducción, tanto científica


como analógica, procede del hecho a la razón sufi­
ciente y general del mismo, a su ley y, por vía de con­
secuencia, a la universalidad de sus aplicaciones. £1
ejemplo, por vía de conjetura, va de un caso particu­
lar a otro caso igualmente particular, poique no
puede apoyarse, ni con certeza ni con probabilidad,
en una ley general. Queremos, por ejemplo, disuadir
a un joven de cometer una mala acción y argumen­
tamos con el hecho de otro joven que, obrando como
él quiere obrar, obtuvo funestos resultados. La fuerza
del ejemplo se deriva de un principio general remoto
y oculto, mejor dicho, de un razonamiento implícito,
que, en el caso propuesto, es el siguiente: «La natura­
leza, en idénticas condiciones, obra de la misma ma­
nera; es así que ese joven tiene la misma naturaleza
que aquel otro; luego, si se coloca en idénticas condi­
ciones, experimentará los mismos resultados.» Este
argumento sería legítimo, si la naturaleza humana no
tuviese libertad y se regulase únicamente por las le­
yes ffsico-biológicas, que le diesen la misma actividad
DIVISIÓN GEN ERAL D E LOS SILOGISMOS 199

en todos los individuos. Pero corno esto no es asi, el


argumento por ejemplo sólo nos conduce a resultados
más o menos probables.

128. Inconvenientes del abuso de la analogía y


del ejemplo.— Se abusa de la analogía, particularmente
en las investigaciones científico-naturales, exagerando
las semejanzas, sin tener en cuenta las de semejan­
zas, y dando a una inferencia carácter de conclusión
cierta, siendo así que no rebasa los límites de la
probabilidad y aun muchas veces no los alcanza.
Otras veces se toma una metáfora como un racio­
cinio verdadero y se sustituye la relación natural,
base necesaria de una ley, por una relación lógica.
que el espíritu establece, para comodidad del dis­
curso intelectual, entre caracteres contingentes y
aun fortuitos. Asi, por ejemplo, los evolucionistas
exagerados abusan de la analogía que hay entre cier-
tos caracteres transitorios del feto humano durante
el periodo de su vida embrionaria y ciertos caracte­
res permanentes que presentan los animales adultos
y pretenden deducir de esa analogía que el embrión
humano se identifica, de un modo pasajero, con los
distintos tipos de la escala zoológica. Un ejemplo del
segundo modo de abusar de la analogía nos lo ofrece
el modo de argumentar de buen número de sociólo­
gos que comparan la sociedad a un organismo, cuyos
óiganos solidarios y cuyas funciones responden a
una finalidad, la perfección del ser. No hay duda que
el símil es ingenioso, es útil para aclarar, si se quie­
re, más de un punto de vista; pero de ningún modo
se puede tomar como un raciocinio del cual se deduz­
can conclusiones científicas, o se erijan en tales las
deducciones puramente subjetivas.
200 LÓGICA

También se abusa del ejemplo. Pasar de un caso


observado a otro cualquiera, sin tomarse la molestia
de relacionarlos y unirlos, por medio de la inducción,
a una causa natural, es un vicio que produce lamen­
tables efectos en el orden del conocimiento; afirmar
realmente del segundo lo que sólo accidentalmente
conviene al primero, es dar un salto en el orden
lógico. «Se cita, dice Béuard, el caso de un inglés desem­
barcado en Francia, que, encontrando que la meso­
nera era rubia, dijo: Las mujeres de este país son ru­
bias.» Los abusos de la analogía y del ejemplo dan
origen a un sofisma que consiste en pasar injustifi­
cadamente de lo particular a lo universal: ab uno
disce omnes.

128. La estadística y el cálculo de probabilidades;


sus relaciones con la inducción. — La estadística tiene
por objeto anotar y clasificar las circunstancias que
concurren a la producción de un fenómeno y su re­
petición, reunir los resultados de estas observaciones
y compararlas entre sí. Se ha observado, por ejem­
plo, que en Bélgica llueve, por término medio, tres
días cada semana; y naturalmente, deducimos que esta
proporción regular no es debida al acaso, sino la ex­
presión de una ley, resultado a veces de leyes más
elementales que regulan la condensación del vapor
de agua y la caida de la lluvia. ¿Cuáles son estas leyes?
La inducción no nos lo dice, la analogía no nos sirve
para el caso. El fenómeno es tan complejo, las circuns­
tancias antecedentes y concomitantes de la conden­
sación del vapor de agua y la caida de la lluvia soa
tan múltiples, sus acciones tan recíprocas y entrela­
zadas, que es imposible, en el estado actual de nues­
tros conocimientos, determinar fácilmente su relación
DIVISIÓN GENERAL D E LOS SILOGISMOS 201

natural. Se reduce, pues, nuestra acción a inventariar


los hechos, a anotar su frecuencia relativa, a contar sus
coincidencias, con la esperanza de llegara determinar
los índices reveladores de sus relaciones naturales.
En los datos de la estadística se funda el cálculo de
probabilidades; peco antes veamos cómo las obser­
vaciones del estadista y los cálculos del matemático
se relacionan con la inducción y ocupan, por el lazo
que les une a ella, el lugar que les corresponde en las
investigaciones científicas. El cálculo de probabili­
dades tiene por objeto los fenómenos que nosotros
consideramos como la expresión de una ley, pero de
una ley compleja, resultante de leyes elementales, de
las cuales no ha podido todavía conocerse el meca­
nismo combinado. i
La observación es el estado inicial del procedi4
miento inductivo. Demostrar que una de las circuns­
tancias, entre las múltiples observadas, es la razón
suficiente natural del fenómeno, es el fin de la induc­
ción. Para conseguirlo, es necesario comenzar por ob­
servar, multiplicando las observaciones, hasta que se
pueda inducir alguna propiedad natural que sea
causa del fenómeno o formular una hipótesis que la
explique.

130. Extensión racional de la estadística; sus con-


didonflfl.— La estadística es, no solamente útil a las
ciencias físico-naturales, sino también a las étiúo-
sodales, teniendo en cuenta, en estas últimas, la efi­
cacia principalísima que corresponde a la libertad
humana, en la producción de los actos morales. Se
aplica provechosamente a un buen número de hechos
de la vida social que son susceptibles de enumeración;
«cuenta, dke Levasseur, los habitantes de un país, el
202 LÓGICA

número de hectolitros de trigo recolectados, las mer­


cancías que traspasan la frontera, las condenas pro­
nunciadas por los tribunales, el número de reinciden­
tes, la frecuencia de ellos y una cantidad de hechos
de todos géneros. Los resultados que la estadística
suministra no constituyen todavía la ciencia, sin duda,
pero son un instrumento eficaz para hacerla adelan­
tar».
Para que las estadísticas sean útiles a las ciencias,,
deben ser completas y minuciosas. En la observación
de los fenómenos naturales, cuando no se ha podido
determinar su causa, es n¿ces?rio reunir todos los
factores que concurren a la producción de los fenó­
menos y anotar cuidadosamente todas las condicio­
nes de la aplicación de su actividad. Síguese de aqui
que las estadísticas parciales y fragmentarias son,
con frecuencia, de ningún valor científico; prejuzgan,
en efecto, la solución de la cuestión a la cual las
estadísticas naturalmente deben ordenarse, porque
designan arbitrariamente ciertas circunstancias ante­
cedentes o concomitantes de un fenómeno, como sien­
do las causas, con exclusión de otros, de su aparición.
A estas estadísticas fragmentarias, arbitrariamente
aisladas del conjunto, fácilmente se las hace decir
Jo que se quiere y no lo que los hechos exigen.

131. Objeto y fundamento de la probabilidad; pro­


babilidad moral y matemática.— Cuando dos fenó­
menos resultan evidentemente de una ley o de un
conjunto de leyes, cuya eficacia se vislumbra, y cuyo
carácter específico no ha podido determinarse, ni
por inducción, ni aun por analogía, se les aplica el
cálculo de probabilidades. La base en que se apoya este
cálculo es la convicción intima que tenemos de que:
DIVISIÓN GENERAL D E LO S SILOGISMOS 203

los fenómenos que ocupan nuestra atención son re­


gidos por leyes naturales, de la cual arranca el con­
vencimiento de qüe los fenómenos todavía no obser­
vados se reproducirán en las mismas condiciones y
con la misma frecuencia que los ya observados. Por
esto creemos que «lo futuro será semejante a lo pa­
sado*. Si después de múltiples y repetidas observa­
ciones hemos llegado al convencimiento de que llue­
ve en nuestro país 3 días sobre 7 todas las semanas,
en el transcurso de un año, no nos es difícil formar la
creencia que lo mismo ha de suceder en lo futuro;
instintivamente consideramos como cierto, supues­
tas las mismas condiciones geográficas y climatoló­
gicas, que «lo futuro será semejante a lo pasado».
Esta inferencia general y cierta, al quererla aplicar
a un caso particular, se convierte en probabilidad.
El lunes próximo, por ejemplo, ¿lloverá o no? Con.
certeza no podemos contestar a la pregunta, pero
instintivamente nos inclinamos a la negativa, por­
que, sabiendo que de los 7 días hay 4 sin lluvia por
3 en los cuales llueve, no podemos dejar de conside­
rar como más probable que el lunes próximo no llo­
verá.
A medida que el espíritu examina los motivos en
pro y en contra que se relacionan con la producción
de un fenómeno, aquilata su relativa influencia y
eticada, compara su respectivo valor y cada vez con
más daridad podrá inclinarse a uno u otro de los ex­
tremos entre los cuales se desenvuelve la probabili­
dad, y bajo la influencia espontánea de esas tablas-
de motivos contradictorios se encuentra en un es­
tado de propensión a afirmar o negar que es propor­
cional al número y valor de los motivos que en él
influyen. La resultante objetiva de esos motivos opues­
204 LÓGICA.

tos es la probabilidad; el efecto de esa resultante en


el espirita, es decir, la propensión a creer o a no creer
en la posibilidad de la producción del fenómeno exa­
minado, es la opinión subjetiva probable, la previsión
probable. Muchos autores, geómetras particular­
mente, han admitido la probabilidad objetiva, bajo
el nombre de probabilidad moral, y la definen: la
razón que tenemos de creer o de no creer en la produc­
ción de un fenómeno venidero, o en su existencia, si
ya ha pasado. Es evidente que la probabilidad moral
puede dejar de ser la misma para todos los indivi­
duos, ya que el juicio que formulan acerca de la pro­
ducción de un fenómeno depende de la mayor o me­
nor extensión de sus conocimientos relativos a la
materia.
De la noción de probabilidad moral fácilmente se
pasa al concepto de probabilidad matemática. Supon­
gamos uu dado, cúbico y homogéneo, que tiene cuatro
de sus caras negras y las dos restantes blancas. Si
lo echamos al aire, es imposible afirmar con certeza
cuál de las seis caras quedará en la parte superior, cuan­
do el dado esté en equilibrio, porque todas ellas están
en las mismas condiciones y bajo idénticas influencias.
No obstante, viendo nuestro espíritu que el número
de caras negras es mayor que el de caras blancas,
juzga probable que el dado nos ofrecerá una cara
negra. Hasta aquí tenemos la probabilidad moral
que hemos estudiado. Se ha buscado la manera de
representar esta probabilidad por medio de fórmulas
numéricas y la probabilidad asi expresada recibe el
nombre de probabilidad matemática,
En el dado, por ejemplo, el fenómeno que debe pro­
ducirse depende de muchas causas, cuya influencia
es difícilmente determinable, como el modo de tomar
DIVISIÓN GENERAI» D E 1,0 S SILOGISMOS 205

el dado, de echarlo, la inclinación de la trayecto­


ria, etc- Pueden aquellas causas combinarse de dis*
tintas maneras y dar así origen a diversas posiciones
del dado, que puede ofrecer indistintamente una u
otra de las seis caras. Las distintas combinaciones
de causas capaces de dar origen a muchos fenómenos
distintos, de las cuales uno se produce necesariamente
cuando aquellas causas se ponen en acción, se llaman
probabilidades o swcrfsos y pueden ser favorables o des­
favorables, según que motiven un fenómeno deter­
minado u otro contrario. Los fenómenos son igual­
mente posibles cuando pueden ser producidos con
igual facilidad. En el ejemplo del dado y en la mayor
parte de los juegos llamados de azar se pueden enu­
merar las causas que son ea general igualmente po­
sibles y comparar el número de casos favorables con
el de casos contrarios, para deducir que la probabili­
dad moral es evidentemente el resultado de esa
comparación, que depende del valor relativo de los
números. Dependiendo la probabilidad moral de un
fenómeno del número de casos favorables en función
de los desfavorables, es evidente que la probabilidad
matemática, que le sirve de medida, ha de ser el re­
sultado de aquella relación: la probabilidad mate­
mática se ha determinado teniendo en cuenta la re­
lación del número de casos favorables a la producción
del fenómeno con el número de casos igualmente
posibles. Es, pues, la probabilidad matemática, se­
gún Baudin, una fracción cuyo numerador es el número
de casos favorables y el denominador el número total
de casos igualmente posibles. En el ejemplo de la llu­
via, la probabilidad matemática se expresa por y
en el del dado cúbico, la probabilidad de ofrecer la
cara negra se representa por -i = . Cuando la pro­
ILÓGICA

habilidad matemática de un acontecimiento es = ,


hay duda absoluta; cuando es — i, hay certeza abso­
luta; si la probabilidad matemática es = o, límite
inferior de sus distintos valores, el número de casos
favorables es nulo y hay certeza absoluta de que el
fenómeno no se producirá.

132. Aplicación del cálculo de probabilidades.—


Los matemáticos han resumido en algunos princi­
pios generales el modo de expresar numéricamente
la probabilidad de un acontecimiento o de un fenó­
meno, teniendo en cuenta que el fenómeno puede ser
simple y puede ser compuesto; puede tener una sola
causa que explique su producción, o puede ser el
resultado de varias causas independientes o depen­
dientes y subordinadas. Estudiaremos, a la luz de
aquellos principios y de un modo muy somero, la
probabilidad simple, la probabilidad compuesta y la
probabilidad total.
Pjrimer principio .— La probabilidad de un fenó­
meno simple se expresa por la relación del número de
casos favorables al número total de casos igualmente
posibles. Este primer principio se refiere a la proba­
bilidad simple de uu fenómeno único, como los ejem­
plos estudiados antes. Cuando el fenómeno es com­
puesto de muchos otros fenómenos, se pueden dar
dos casos, según que sean independientes o depen­
dientes entre si.
S e g u n d o p r i n c i p i o .— La probabilidad de un fe­
nómeno compuesto de otros fenómenos simples, si­
multáneos o sucesivos, debidos, respectivamente, a
causas independientes, es igual al producto de las pro­
babilidades simples de los fenómenos tomados aislada­
mente. Tenemos dos urnas, por ejemplo, que contienen
DIVISIÓN GENERA!, DE I.OS SIT.OCISMOS 207

la una 3 bolas blancas y 4 negras, la otra 4 bolas blan­


cas y 5 negras. ¿Qué probabilidad tendremos, sacando
una bola de cada una de las urnas, de sacar dos bolas
blancas? La probabilidad se puede expresar por esta
fórmula: -7 x — 9
= 6 j — i4i ■Puede hacerse
_
el expe-
1
rimento de otro modo, queriendo averiguar la proba­
bilidad de sacar dos bolas blancas, sacando dos veces
sucesivas una bola de uua de las urnas, con la condi­
ción de devolverla a la urna, después de sacarla la
primera vez. En este caso, el resultado se expresará
por y x y = No es propio de una obra de ca­
rácter elemental el entrar eu la demostración deta­
llada de estos principios, pero conviene hacer resal­
tar la relación lógica que hay entre este segundo
principio y la evaluación más fácil de la probabili­
dad simple.
Supongamos que un hombre tanza al aire una mis­
ma moneda cuatro veces sucesivas; podemos decir
que puede obtener el anverso en estado de equili­
brio = y , que es la fórmula de la probabilidad
simple; mientras tanto, otro hombre lau/.a una moneda
dos veces al aire y podemos creer que obtendrá el
anverso -i , probabilidad simple- Luego las dos pie­
zas juntas darán el anverso 1 vez sobre las 4. La
probabilidad compuesta es, pues, ^ , es decir, igual a
un producto de probabilidades simples: 7 X 7 = 7 ■
T e r c e r p r i n c i p i o .— S i dos fenómenos simples estén
relacionados entre sí, de tal modo que la producción
dd primero se supone que puede influir en la probabi­
lidad de la producción dd segundo, obtendremos la
probabilidad del fenómeno compuesto, multiplicando
la probabilidad del primer fenómeno por la probabi­
lidad dd segundo, suponiendo siempre que d primero
208 LÓGICA

se produzca. En efecto, sea M el número de casos po­


sibles relativos al fenómeno compuesto AA\ y supon­
gamos que en este número hay m casos favorables
al primer fenómeno A. En el número m, además, hay
C casos favorables al segundo fenómeno A ’; es evidente
que ¡j será la probabilidad del fenómeno compuesto
AA'. Pero la probabilidad del primer fenómeno es
55 ; la probabilidad de que, producido este fenómeno, se
producirá el segundo es — , porque entonces, debiendo
existir una de las probabilidades de m, hay que con­
siderar todas sus probabilidades. La fórmula total es
C vn C
ésta: P = ^ — X - , que es la traducción analí­
tica del principio indicado.
Cuarto principio .— Cuando un fenómeno simple
puede ser producido por varias causas independien­
tes las unas de las otras, su probabilidad total es igrnl
a la suma de las probabilidades de la acción de cada
una de estas causas tomadas aisladatnenie. Sea, por
ejemplo, una urna que contiene 4 bolas blancas, 6
encamadas y 5 negras. ¿Cuál es la probabilidad, sa­
cando una bola, de sacarla, no negra, sino blanca o
encamada? Se expresa asi: - 4~ -f ^ ^ .

139. Valor lógico de las conclusiones deducidas


del cálculo de probabilidades.— Las conclusiones dedu­
cidas del cálculo de probabilidades tienen el valor
lógico de los datos a que se aplican; si estos datos son
ciertos, las consecuencias también lo son. Si es cierto
que en una región llueve 3 dias por semana, o que la
probabilidad de la lluvia es y, es cierto que en 10 años
llo v e rá -^ ° - -3- días; pero, si los datos son dudo­
sos e inciertos, si la ley compleja estudiada no se co­
noce con precisión, el cálculo de probabilidades no
DIVISIÓN CEXERAI, D E LOS SILOGISMOS 209

podrá darle la precisión que le es necesaria y no dará


resultado.

134. Aboso del cálculo de probabilidades.— La


probabilidad matemática descansa en un fundamento
real y presupone la existencia de una ley necesaria,
cayo modo de acción es desconocido. Por esto la proba­
bilidad matemática es absolutamente independiente
de nuestras suposiciones y creencias subjetivas. Se
ha abusado del cálculo de probabilidades cuando se
ha querido aplicarlo a hechos que no son regulados
por leyes necesarias y que dependen de disposiciones
subjetivas, variables y dependientes de la libertad
individual, por ejemplo, al estudio de la estimación
aproxiinativa de la verdad de un testimonio histó­
rico, y a las decisiones judiciales. Caroli presenta el
siguiente ejemplo: Sea el testimonio de un testigo que
dice verdad 5 veces sobre 6; el valor del testimonio
será Suponed, añade, que el testimonio se repite
por otro testigo cuyo giado de sinceridad sea la
probabilidad del testimonio habrá disminuido, por el
hecho de la transmisión de X ^ — y,
Condorcet, Laplace, Poisson y otros eminentes ma­
temáticos han aplicado el cálculo de probabilidades
a las decisiones judiciales. Supongamos que un juez
se equivoca j-0- Coudorcet y Poisson lo asimilan a
una urna que contiene 9 bolas blancas y 1 negra.
Pero todas estas conclusiones son absolutamente qui­
méricas, porque parten de datos completamente
inciertos. «La acción libre de los seres humanos, dice
Bertrand, y aun la de los animales, a pesar de lo que
úa enseñado Descartes, mezclan en el encadenamiento
de los efectos y de las causas un elemento inaccesi-

H -— HÓOICA
2 10 T.ÓCICA

ble al cálcalo.» Por esto no podemos confiar en las


enseñanzas de Condorcct, cuando quiere «iluminar las
ciencias morales y políticas con las antorchas del
álgebra».

§ III. Argumentos erróneos y sofísticos

135. Argumento erróneo, sofisma, paralogismo.—


Todos los errores que vician las demostraciones pro*
vienen de una doble causa: o de que los principios en
que se apoyan son falsos, aunque el razonamiento sea
verdadero, o de que los razonamientos son falsos,
por más que se apoyen sobre principios verdaderos.
De aqut que los errores son de dos clases: unos llama­
dos de principios o de fondo, cuando se toman como
verdaderas y ciertas premisas erróneas o dudosas, y
otros, que se conocen con el nombre de vicios de ¡é'
gica o errores de forma, cuando, consciente o incoes-
eientemente, se deducen de premisas verdaderas con­
clusiones que no se derivan lógicamente de ellas. En
el primer caso el razonamiento falso se llama argu­
mento erróneo; en el segundo, recibe los nombres de
sofisma o paralogismo. Tanto el sofisma como el
paralogismo son razonamientos falsos por viciosos t
ilógicos; el sofisma supone en el sujeto intención de
engauar; el nombre de paralogismo se aplica a los
razonamientos falsos formulados sin premeditación.
En el uso corriente, todos los argumentos erróneos
por vicio de forma se designan generalmente con el
nombre de sofismas.

136. Clasificación de los sofismas.— El sofisma


puede definirse: un indo de ta argumentación en virínd
del cual ésta concluye falsamente. Hay tantas especie»
DIVISIÓN GRKKRAI. D B LOS SILOGISMOS 2 11

de sofismas cuantas son las leyes que regulan el razo­


namiento; todas estas leyes se pueden reducir a tres
grandes grupos, según algunos autores, y de aquí la
división de los sofismas en tres clases: sofismas por
ignorancia de la cuestión, sofismas por petición de
principio y sofismas por el cambio de término medio,
a las cuales añaden los sofismas por error de causa.
Según otros, la forma, la dicción y las cosas son las
tres fuentes de donde pueden nacer los sofismas, y,
omitiendo los relativos a la forma, como incluidos en
las reglas del silogismo, tratan únicamente de los
sofismas que se originan de las otras dos fuentes.
Ninguna de estas clasificaciones puede considerarse
rigurosamente científica, sino que son únicamente
listas, más o menos completas, en las cuales no se
descubre ningún lazo o punto de vista lógico que pue­
da facilitar razonadamente el estudio de una materia
tan compleja. No terminaríamos si quisiéramos
enumerar detalladamente todos los casos en que el
error puede deslizarse entre las premisas o en la su­
cesión lógica de un razonamiento. Es necesario li­
mitar nuestro estudio a aquellos casos de error que
más ordinariamente se presentan.
Stuart Mili ha adoptado una clasificación general
de los sofismas muy cómoda y bastante científica,
porque, para establecerla, se fija en puntos de vista
fundamentales, capaces de agrupar ordenadamente
los innumerables casos de error. «Los sofismas, ob­
serva el filósofo inglés, afectan al razonamiento en
sí mismo, o vienen de ciertas presuposiciones, de las
cuales se apodera el sofista antes de establecer el
razonamiento.» A estas presuposiciones las llama
sofismas de simple inspección o sofismas a priori; a
los primeros los designa con el nombre de sofismas
212 LÓGICA

de injerencia. Como el espíritu humano induce y de­


duce y la inducción, como veremos, comprende un
trabajo de observación y de interpretación, de aquí
que los sofismas sean de inducción, comprendiendo
los errores de observación y de interpretación, y sofis­
mas de deducción, comprendiendo los de palabra y
de forma.

137. Prejuicios o sofismas de simple mspeoción.—


Se conocen con el nombre de prejuicios o sofismas de
simple inspección ciertos máximas corrientes, aceptadas
generalmente como dogmas que no se discuten, que
no mueven a desconfianza y que encierran afirmacio­
nes erróneas o por lo menos equivocas. Iiay prejui*
cios de este genero en todos los dominios: unos son
especulativos y otros prácticos; unos se refieren a la
vida individual y otros a la familia o a la sociedad;
los encontramos, finalmente, en las ciencias físico-
naturales, en la filosofía y en la religión. Es imposi­
ble Uacer una enumeración completa ni siquiera de los
prejuicios de uso más frecuente y deberemos limitar­
nos a citar algunos, en los distintos dominios que lie­
mos señalado, comenzando por los más corrientes en
filosofía. i.° El orden lógico, se dice, debe corresponder
al orden onlológko. «las ideas a las cosas*. Sobre este
prejuicio dogmático se apoyan los distintos siste­
mas panteístas que identifican los dos órdenes. 2.°&
rechaza como falso lo que parece inconcebible y
aun inimaginable. De este prejuicio nació antiguamen­
te la negación de los antípodas. Cuando se confundí
lo que parece inexplicable con lo que es falso o db-
surdo, o una dificultad subjetiva en poner de acuerdo
dos nociones, con una contradicción objetiva que existe
entre sus elementos, fácilmente se llega al raciona­
DIVISIÓN GKN'JtRAI, DI{ I,OS Sn,O CISM OS 213

lismo y a la negación del orden sobrenatural. 3.0 Re­


pudiar a priori uno o varios medios de conocimiento
y declarar entonces incognoscible, de un modo ab­
soluto, lo que escapa al modo de conocer que se ha
adoptado como exclusivo. Por este prejuicio recha­
zan los racionalistas arbitrariamente toda revela­
ción sobrenatural; como si la evidencia intrínseca,
tal como la naturaleza la revela a nuestra razón
limitada, fuese la sola manifestación posible de la
verdad; como si Dios no supiese infinitamente más
cosas que nosotros, mejor que nosotros las que cono­
cemos, o Be encontrase imposibilitado de comunicar
a nuestra inteligencia lo que Él sabe y nosotros po­
demos saber y de cerciorarnos de aquello que sólo de
un modo imperfecto y a costa de mucho trabajo co­
noceríamos. 4.0 En la filosofía de la naturaleza hay
también multitud de prejuicios de uso muy corrien­
te. La naturaleza, se dice, procede siempre Por los ca­
minos más cortos, o, según la frase favorita de Bocr-
haave, la simplicidad es el signo de la verdad. Kstn
máxima, considerada en si misma, es verdadera; en
«1 fondo dice que la naturaleza es la expresión de la
inás alta sabiduría. Pero el sofisma consiste en supo­
ner que el hombre conoce siempre los medios más
sencillos para llegar a un fin, lo cual no es cierto.
Antiguamente se creyó que era más simple el creer
que la tierra estaba inmóvil y el sol en movimiento,
que el hacer mover nuestro planeta alrededor del
sol. 5.0 Pero donde se hallan multitud de prejuicios
es en el orden político-social, a) E l hombre, se dice,
es naturalmente bueno. El hombre no es una excepción
cq la obra de la naturaleza; como los (mímales, encuen­
tra en si mismo los elementos de su felicidad. Cada
hombre nace con los gérmenes de la perfección, los
i A íic a

cuales se desarrollan con los órganos del cuerpo.


b) De este primer prejuicio nace otro, el hombre tiene
derecho a la expansión independiente de sus fuerzas,
a una libertad sin cortapisas, y, por lo tanto, la autori­
dad que pretende corregir o prevenir sus extravíos
no es protectora, sino enemiga de la libertad. «Por
el contrario, escribe tfi Piay. según la verdadera cien­
cia fundada en el estudio de la historia y en la olí-
servacióu de los niños que crecen delante de nosotros,
los hombres nacen con tendencias diversas, con fre­
cuencia contradictorias. Son los propios artistas de
su felicidad o de su desdicha, según que, en un sentido
o en otro, siguen a las inspiraciones del libre albedrío.
Desde este punto de vista, contrastan absolutamente
con el animal, que debe obedecer al instinto y encuentia
siempre las condiciones de su bienestar.» Precisamen­
te porque el hombre está expuesto a faltar, es decir,
a abusar de su libertad, tiene necesidad de auxilios
externos que le ayuden a seguir por el sendero recto
y a rechazar la tentación. Esto es lo que hace la auto­
ridad, que no es contraria a la libertad ni la limita,
cuando es verdadera, sino que la sostiene y de­
fiende. c) Un tercer prejuicio es que d pueblo es so­
berano, dueño absoluto de sus destinos sociales, lo
cual podría ser cierto si todos los hombres fuesen aman­
tes del cumplimiento de sus deberes y siguiesen siem­
pre las enseñanzas de su recta razón y los impulsos
de su voluntad ordenada. En este caso, cabría Una
sociedad sin autoridad, y si la establecieran, el pueblo
quedaría con el derecho de revocarle los poderes que
le confiriera, d) Finalmente, se dice, todos los hombres
son iguales. Este prejuicio ha soliviantado grande­
mente los ánimos, pero de un modo muy particular
en estos tiempos de innegable crisis social. En reali*
DIVISIÓN CENE RAL DE LOS SILOGISMOS 215

dad, los hombres son profundamente desiguales en


las cualidades físicas y en las aptitudes intelectuales
que crean o destruyen la riqueza, la más envidiada
de las desigualdades sociales. JBalmes, en su libro de
oro El Criterio, cap. XIV, escribe una hermosa pá­
gina para deshacer este último prejuicio.

138. Sofismas de observación, interpretación e in­


ferencia inductiva.— Comprendemos todos estos so­
fismas bajo el nombre común de sofismas de induc­
ción, porque a ellos da ocasión el razonamiento in­
ductivo, ya se le considere en sus preliminares o en
el mecanismo interno que lo constituye.
a) S o f i s m a s d e o b s e r v a c i ó n . El punto de partida
de toda investigación inductiva es la observación,
pero una observación paciente y sincera. Con fre­
cuencia, el abuso del a priori y el deseo de concluir
según una determinada finalidad, dan motivo a afir­
maciones que traspasan los límites de la observación,
itorque se ve en las cosas lo que se desea ver y no lo
que ellas realmente contienen. Ninguna ¿poca ha
sido tan abundante en sofismas de observación como
!a presente. El abuso del a priori consiste en susti­
tuir los argumentos a posteriori por otros a priori,
cuando se trata de resolver una cuestión o un pro­
blema experimental; se encuentran sofismas de esta
clase en las ciencias naturales y aun en las ciencias
históricas. Aristóteles, enseñando que los planetas
recorren trayectorias perfectamente circulares, por­
que el círculo es la figura más perfecta, formula un
sofisma de observación. Cuando Galileo hubo descu­
bierto manchas en el Sol, encontró grande oposición
si doctrina, por parte de los que creían que los astros
celestes son de materia incorruptible; por una razón
LÓ tílCA

a priori análoga, la Academia de Ciencias de París


rehusó, durante más de un siglo, la caída de los aero­
litos. poique era imposible que cayesen piedras del
cielo. La tendencia a priori de querer reducir a una
unidad absoluta el orden de nuestros conocimientos
y el orden objetivo de las cosas ha inspirado los sis­
temas del materialismo y del panteísmo idealista, que
reciben los nombres de monismo materialista y mo­
nismo idealista, respectivamente, cualesquiera que seau
sus formas. En las ciencias naturales es famosísimo,
entre otros muchos casos que pudiéramos citar, el
abuso del a priori cometido por Haeckel con sus
mónadas y Huxley con su ridículo Bathybius. Se había
descubierto una masa viscosa, todavía no estructu­
rada, y que podía llegar a ser el protoplasma viviente.
lilla constituía el lazo de unión entre la naturaleza
inorgánica y la naturaleza viviente, debía ser el fun­
damento de la generación espontánea y llenar las
lagunas que la evolución había encontrado: desde el
mineral hasta el hombre la serie se presentaba com­
pleta y continua. Desgraciadamente, cuando más in­
teresaba el carácter vital del nuevo ser, dice Lappa-
rent, se descubrió que el famoso (?) Bathybius— ser
que vive en las profundidades— era sencillamente un
precipitado mineral al cual la imaginación de los ob­
servadores habla dotado de cualidades vitales.
Otras veces no se ve lo que no se quiere ver. Ejemplo
de este sofisma de observación nos lo ofrece la cues­
tión tan debatida de la unidad, mejor dicho, de la
identidad de la célula en los dos reinos. Desde el pri­
mer ardor del entusiasmo producido por el descu­
brimiento de Schwanu, los naturalistas y citólogoá
no quisieron ver en la célula más que el oiganismo
primordial de todos los organismos; dominados por
DIVISIÓN' GKNIÍRAL D li LOS SILOGISMOS 217

esta preocupación, no distinguieron en las células


observadas sino sus caracteres comunes: las dese­
mejanzas, o no fueron señaladas, o no se les concedió
valor alguno, y, naturalmente, se llegó a afirmar,
|x>r contradictorio que sea, que lo homogéneo debía
engendrar lo heterogéneo, que células primordiales
idénticas debían dar origen a una multiplicidad casi
infinita de tipos específicamente distintos en los dos
reinos.
En el orden de las ciencias históricas y sociales, el
abuso del a priori se produce principalmente por el
hábito de juzgar ordinariamente a los hombres desde
un punto de vista general y abstracto, sin observar
los aspectos especiales y concretos. Con ello se supri­
me todo lo que caracteriza las épocas, los pueblos
y los hombres y se forjan tipos generales que no tie­
nen libertad, ni vida» ni realidad. Y en verdad que no
es describiendo esos tipos generales como se ha de
escribir la historia; ni aplicándoles algunos principios
abstractos de derecho como se descubre el secreto
de las leyes y de las medidas prácticas que se adaptan
a los hombres, sino tomando a los hombres tales como
son en la realidad, en la variedad extremadamente
compleja de intereses, necesidades, pasiones, derechos
adquiridos, hábitos inveterados que el tiempo ha
creado y modifica constantemente. Por este pro­
cedimiento de falta de observación y de abuso de a
priori, Platón escribió su República. en la cual el
comunismo más radical se junta al despotismo más
exagerado; Campanella, la Ciudad del sol; J. J. Rous­
seau, el Contrato social; la Revolución francesa, la
Declaración de los derechos del hombre, y Fourrier, su
Falansierio.
En la observación de los hechos materiales externos
218 LÓGICA

o de los fenómenos de la naturaleza, que constituyen


el fundamento indispensable. de las ciencias natu­
rales, es necesario hacer los estudios del fenómeno
en condiciones normales y tener buen cuidado en no
traspasar los dominios de la experiencia, asi como
cuidar de la precisión de los instrumentos, cuando se
trata de observaciones delicadas. La dificultad de
la observación aumenta cuando se trata de hechos
morales, que no pueden estudiarse nunca directamen­
te en su naturaleza, sino en las manifestaciones ma­
teriales de su realidad. Los hechos internos parece
que son más fácilmente observables, porque pueden
estudiarse directamente, pero su complejidad, su
movilidad y su delicadeza requieren una observación
atenta y prolongada.
b) S o f i s m a s d e i n t e r p r e t a c i ó n . A los sofismas
anteriormente mencionados, que provienen de ob­
servaciones interesadas o defectuosas, hay que aña­
dir otros que resultan de la interpretación o traducción
errónea de los hechos observados; la observación es
completa, pero la significación que se da a los hechos
está por una especie de sugestión perfectamente subje­
tiva, inspirada por el espíritu sistemático. Como ejem­
plos de falsas interpretaciones citaremos dos: uno de
las ciencias físicas y otro de las ciencias morales e
históricas. Es un hccho comprobado que distintas
formas de energía corporal, principalmente la energía
mecánica y la térmica, se sustituyen una a otra,
según una ley rigurosa de equivalencia. Siempre que
un trabajo mecánico modifica el equilibrio molecular
de un cuerpo, el trabajo consumido es seguido de la
producción de una cantidad proporcional de calor;
reciprocamente, siempre que la acción del calórico
sobre un cuerpo produce un trabajo mecánico, des­
DIVISIÓN GENKRAI, DK I«OS SILOGISMOS 219

aparece una cantidad de calor proporcional al trabajo


producido, Lo que decimos del caloi puede afirmarse,
con toda probabilidad» de las otras formas de energía
corporal, tanto en el inundo inorgánico como en el
de los vivientes. De estos hechos se deduce lógica­
mente que ¡as formas de energía pueden ser valuadas
por energía mecánica. Pero, si se quiere deducir que
todas las energías corporales, comprendiendo en ellas
las que se desarrollan en la substancia nerviosa y
que van acompañadas de sensación, pasión, niovi*
mientes espontáneos, pensamiento o volición, no son
más que fuerzas mecánicas, hay evidentemente una
interpretación errónea de los hechos observados, que
se funda en la confusión de la correlación con la iden­
tidad. Se comete un sofisma de la misma naturaleza,
cu las ciencias históricas, morales o jurídicas, cuando
se juzga de las instituciones, de las costumbres, de
la legislación de una época, por las instituciones, cos­
tumbres y leyes de otra época muy distinta.
c) S o f i s m a s d e i n f e r e n c i a i n d u c t i v a . Muchos
de los sofismas de inferencia inductiva los heiuos estn*
diado al tratar del abuso de la analogía, del ejemplo,
de la estadística y del cálculo de probabilidades (128,
128, 134). Los sofismas que los lógicos designan co­
múnmente con el nombre de enumeración imperfecta
son inductivos, pero pueden clasificarse igualmente
entre los de observación o los de inferencia ilógica.
Esto nada arguye contra la división que hemos adop­
tado, pero indica que, no pocas veces, durante el curso
de una misina investigación científica, se encuentran
relacionados sofismas inductivos de las tres especies,
tal sucede en las teorías de Lombroso acerca del cri­
minal. Se propone la cuestión del tipo criminal; para
resolverla era necesario observar mediante investí-
220 IyÓCICA

gaciones inductivas, e inquirir si el hecho de la per­


petración del crimen está ligado a una disposición
natural, o, como decimos en lógica, a una propiedad
del criminal, y, en caso afirmativo, cuál es esta pro­
piedad. Después de haber observado, comparado y
clasificado los individuos criminales, en todos los
países y en todas las épocas, era necesario hacer el
mismo trabajo en individuos de costumbres honra­
das. Una vez recogidos todos estos datos, era nece­
sario interpretarlos, para determinar si los caracte­
res del criminal son estables o pasajeros, anteriores,
concomitantes o posteriores al crimen, producidos por
causas personales o debidos a influencias exteriores.
Solamente después de este ímprobo trabajo podía
plantearse el problema inductivo propiamente dicho.
Lombroso no tuvo paciencia para someter sus tra­
bajos a las condiciones de precisión científica que era
menester. Acumuló un cierto número de hechos he­
terogéneos, aislados del medio donde se produjeron:
estudió las analogías de esos tipos excepcionales,
buscando caprichosamente otros tipos análogos en
el reino animal y cu el de las plantas, e hizo el examen
del niño, del salvaje y del criminal; prescindiendo
de las diferencias, se fijó únicamente en las semejanzas,
hizo caso omiso de las excepciones típicas que pudie­
ran debilitar la regla que a priori se había forjado y,
cuando se trata de las causas del crimen y del estado
del criminal, con una ligereza imperdonable, sin ana­
lizar si aquel catado es efecto o causa, raciocina como
si sólo pudiese ser causa. Finalmente, sin distinguir
cutre la probabilidad y la certeza, se atreve a con­
ceder a su tesis apriorística del criminal-nato el valor
de teoría científica. Difícilmente se encontrará, en
la historia del pensamiento humano, otro hecho en
DJ VISIÓN CENERAI, DE IO S SII/JGISMOS 2¿t

que se violen de un modo m¿Ls completo las leyes


de la inducción y los preceptos del sentido común.

139. Sofismas de palabras y de inferencia deduc­


tiva.— Bajo el epígrafe general de sofismas de deduc­
ción comprendemos todos los sofismas que no entran
en las clasificaciones precedentes. Los agrupamos en
dos clases: los sofismas de palabras y los que encie­
rran una inferencia, es decir, una deducción.
a) S o fis m a s d e p a la b r a s . A esta clase perte­
necen los innumerables sofismas que se refieren a la
significación de palabras alteradas, cambiadas y
desviadas de su verdadero sentido o tomadas en sen­
tido diferente. «El que no emplea constantemente
el mismo signo, dice Locke, para -expresar la misma
idea, sino que se sirve de las mismas palabras, apli­
cándolas ora en un sentido, ora en otro, debe ser con­
siderado como un hombre tan sincero como aquel
que, en la bolsa o en el mercado, vende objetos dis­
tintos bajo el mismo nombre.» El equivoco o ambigüedad
d¿ términos, que los griegos llamaban homonymia,
es la significación diversa de un mismo nombre. En
este sofisma se conculca, entre otras, la ley funda­
mental de todo silogismo, porque el término se toma
en dos acepciones distintas. Para evitar el sofisma,
en las discusiones, es necesario obligar al adversario
a definir precisamente los términos. Las palabras
libertad, igualdad, evolución, racionalismo, liberalismo,
socialismo y cien más, empleadas en sentidos distin­
tos, han dado origen a innumerables sofismas de equi­
vocación. El sofisma de sentido compuesto y diviso.
El primero consiste en afirmar de cosas reunidas lo
que es verdadero tan sólo, aplicándolo a días separa­
damente; y el segundo se realiza en el caso contrario^
222 LÓGICA

La proposición «los ciegos ven* es ejemplo del pri­


mero, y del segundo lo sería si dijésemos «cinco es un
número; es asi que dos y tres suman cinco, luego dos
y tres son un misino número».
b) S o f i s m a s d e d e d u c c i ó n . La designación del
sofisma de petición de principio es de Aristóteles.
«En un raciocinio, dice el Estagirita, es necesario ante
todo comprobar el origen y el valor del principio
sobre el cual ha de apoyarse la conclusión. Por esto,
cuando se invoca tácitamente el principio desde el
comienzo — ¿5 “PXÍí — como sí estuviese ya demos­
trado — ti ¿v apjrrj (rpoxí'jjjjov) ot’wlaflat, — se comete
un sofisma.» Es un falso razonamiento que consiste
en apoyar una prueba en un principio que no po­
dría justificarse. Puede suceder de tres modos:
i.0, si se toma como medio para la pcueba la misma
tesis que se trata de demostrar, de manera que el
principio es la misma conclusión bajo otra forma,
como «probar que el alma es inmortal porque no pue­
de morir»; 2.°, si se toma como de evidencia inmediata
una proposición que no lo es realmente; 3°, si se toma,
para probar una proposición, otra tan desconocida
o dudosa como la que se trata de probar por ella, por
ejemplo: «Dios existe porque mi razón me lo dice, y
mi rozón no puede equivocarse porque ella es un don
de Dios.» Si la petición de principio tiene lugar pro­
bando dos proposiciones, la una por la otra recipro­
camente, como si alguno probara que «Platón fué
discípulo de Sócrates, porque Sócrates fué maestro
de Platón,» el sofisma dicho recibe el nombre de
círculo vicioso. «Descartes, probando la veracidad di­
vina por la evidencia, dice J anct, y la evidencia por
la veracidad divina, comete un circulo vicioso.»
El sofisma de accidente consiste en confundir lo
DIVISIÓN GENERAL DE LOS SILOGISMOS 223

que es accidental con lo que es esencial, o lo relativo


con lo absoluto. J. J. Rousseau comete este sofisma
cuando, después de haber descrito las influencias per­
niciosas a las cuales el hombre puede encontrarse
accidentalmente expuesto en el seno de la sociedad,
infiere que la vida social en si misma es esencialmente
mala y que el estado de naturaleza es la condición
normal de la vida. «El paralogismo fallada acddentis,
dice Ferreira-Deusdado, es frecuente en la escuela
italiana; ella juzga al criminal según lo que acciden­
talmente le conviene y no según la esencia de su cons­
titución psíquica, que ni siquiera procura conocer.»
En general, siempre que se condena una cosa abso­
lutamente, por ciertos abusos a que ella ha dado oca­
sión, se comete un sofisma de accidente.
El sofisma de no-causa o error de causa se comete
cuando un efecto se supone proceder de una causa
de la cual no procede en realidad. Las principales
especies de causas ilusorias y mal establecidas sor.:
1.a La coincidencia por la causa; por ella algunos auto­
res atribuyen al protestantismo el florecimiento de
las letras y de las ciencias que se notó después de su
aparición; por el contrario, Balines demuestra, en
su incomparable obra E l Protestantismo comparado
con el Catolicismo, que esa civilización es la expan­
sión natura! del poder activo que la Iglesia había
impreso en el espíritu público, durante los siglos pre­
cedentes. 2.» La ocasión por la causa; una ocasión no
es una causa, sino una circunstancia que, de una ma­
nera accidental, ayuda a la causa a producir su efec­
to. 3 * La condidón por la causa; la condición es algo
más que la ocasión, porque supone una relación real
con el efecto, siquiera sea accidental y externa, asi
el cerebro es una condición del pensamiento, pero 1:0
ILÓGICA

la causa: la materia no puede pensar. 4.* La causa


total por la causa parcial; del hccho de acompañar
las perturbaciones intelectuales a las anormalidades
del cerebro» infieren los materialistas que el pensa­
miento es una función del cerebro; confunden, pues»
una causa parcial o condición con la causa total. El
sofisma de interrogación se produce cuando se mez­
clan y confunden varias preguntas diferentes y hasta
contrarias para deducir alguna cosa falsa de la res­
puesta que se obtenga a alguna de las preguntas.
Raciocinando se puede pecar de tres maneras: por
ignorancia de la cuestión o ignorancia del elenco,
como se decía antiguamente, o el razonamiento prue­
ba demasiado, o prueba poco, o prueba una cosa dis-
tinta de la que ha de probar. Este sofisma, dice con
razón L,iard, es inuy frecuente en las discusiones
humanas. Se prueba una cosa distinta cuando se con*
funden dos problemas que son semejantes, lo cual
sucede con frecuencia en cuestiones sutiles o compli­
cadas y aun en las cuestiones sencillas cuando se trata
de resolverlas sin haberlas estudiado. El argumento
prueba demasiado si los limites de la prueba se ex­
tienden más allá de la conclusión que se discute. A
veces se prueba más de lo que se debería probar, sin
que haya cu ello ningún vicio de lógica; así, cuando
se quiere demostrar, contra los materialistas, que en
el hombre no es todo materia, podemos tomar como
medio de prueba no solamente la sensación, que su­
pone un principio simple, sino el pensamiento, que
supone uu principio espiritual. Otras veces entra­
ña un vicio de lógica, cuando se invoca una prueba
que lógicamente se extiende más que la conclusión
particular, aunque sea verdadera, para llegar a una
conclusión general que seria falsa en su generalidad.
DIVISIÓN GENF.RAI, DE 1,05 SILOGISMOS 225

Supongamos qae queremos demostrar la espirituali­


dad del alma humana, es decir, que el alma es, no sola­
mente un principio simple, sino un principio simple
que tiene una existencia y ciertos actos completa­
mente independientes de la materia; y para ello nos
valemos de la unidad indivisible de la sensación; fá­
cilmente se nos podrá argüir que esta prueba no vale
nada, porque si se la considera válida» también el
alma de las bestias, dotada de sensibilidad, será es­
piritual e inmortal. Se prueba, finalmente, poco,
cuando la prueba no llega a la conclusión, o prueba de
ella tan sólo una parte. Si para demostrar la espiritua­
lidad del alma humana, por ejemplo, confundimos,
como Descartes, la espiritualidad con la simplicidad,
e invocamos como prueba la unidad de la sensación,
se puede rechazar lógicamente nuestro argumento,
porque éste demuestra que el alma es simple, pero no
que es espiritual.

140. La paradoja; el espíritu paradójico.—La pa­


radoja es un juicio contrario a una opinión común,
que puede ser verdadera o falsa; de aquí dos espe­
cies de paradojas, de las cuales sólo la primera merece
llamarse con aquel nombre. Sostener con Hclvctio
que «todas las inteligencias son iguales», o con Rous­
seau que «las artes corrompen a las costumbre», o
con Proudhon que «la propiedad es un robo» y que
«la anarquía es la verdadera forma de gobierno», o
coa Montaigne que «los animales son superiores ol
hombre*; todas estas proposiciones son verdaderas
paradojas. Si decimos que «vale más sufrir el mal que
hacerlo», «bienaventurados los pobres y los que llo­
ran», no hay paradoja en estas proposiciones. Hn
general, toda verdad sublime, en el momento de su
ij.—rtatcA
LÓGICA.

aparición, se opone a una opinión dominante; debe


triunfar del prejuicio o de la ignorancia y en este
sentido es paradójica.
El espíritu paradójico procede ordinariamente de
tina extravagancia humana, de un espíritu de vani­
dad en desconcertar el vulgo; y este espíritu, que tie­
ne muy poco de recomendable, no se puede ocultar
bajo la pobreza de conocimientos de los que gustan
de abusar de la paradoja, ni con la multitud de imá­
genes capciosas y metáforas inciertas, que constitu­
yen todo el caudal científico de los que se ocupan en
juegos tan peligrosos. El mejor remedio para opo­
nerse a esos simulacros de ataque es la calma, el aná­
lisis y una gran seguridad del ánimo, dispuesto siempre
a aceptar los principios y enseñanzas, por comunes y
antiguos que sean, con preferencia a las novedades
destituidas de fundamento y de prueba.

141. La refutación del error.— Sabemos que el


silogismo es también un medio de refutación del error.
La refutación de un error o de una objeción se puede
hacer de dos maneras, que se corresponden con las
dos especies de demostración, directa e indirecta. La
refutación direda de un error consiste en deducir
lógicamente las consecuencias de este error y en ma­
nifestar luego que estas consecuencias, lógicamente
deducidas, son absurdas, lo cual pondrá en evidencia
la falsedad del principio en que se apoyan. Asi, por
ejemplo, se refuta el principio de libertad omnímoda
en la manifestación de las opiniones, haciendo ver
que aquella plena libertad entraña la ilimitada li­
bertad de las pasiones y ésta la plena libertad de las
acciones. La refutación indirecta se hace demostrando,
por medio de pruebas, que el adversario no puede
DIVISIÓN GENERAI, D E IvOS SILOGISMOS 227

rechazar el principio contradictorio del error que él


enseña. Si se quiere refutar la opinión de un deísta,
por ejemplo, contra la posibilidad del milagro, se prue­
ba que Dios por su omnipotencia puede producir
efectos superiores a todas las fuerzas creadas y que,
en virtud de su sabiduría, de su bondad y de su l i ­
bertad, puede tener motivos para producirlos; si la
objeción parte de un pantefsta, debemos comenzar
por demostrarle la existencia de un Dios personal y
libre; y si de un materialista, es necesario evidenciar
que las fuerzas de la materia no son inmutables y
necesarias. Hay una tercera especie de refutación y
es la que tiene por objeto las objeciones que no con­
tradicen más que en apariencia, pero no en el fondo,
la tesis a la cual se las opone. Cualquiera que sea la
especie de refutación, si ha de ser concluyente, es
necesario que se apoye en un principio, no sólo verda­
dero y cierto, sino evidente para el adversario.
SECCIÓN SEGUNDA

EL RAZONAMIENTO INDUCTIVO

142. Conoepto de la inducción.— El razonamiento


deductivo, que detalladamente y en sus múltiples for­
mas hemos estudiado, consiste en hacer ver que un
atributo conviene a un sujeto determinado, por ejem­
plo: «la propiedad de ser divisible por 5 al número 250»,
porque este sujeto determinado entra dentro de la
extensión de un sujeto que, tomado en toda su uni­
versalidad, «el número terminado por cero», posee el
atributo en. cuestión, «la propiedad de ser divisible
por 5» (94). Pero la razón humana también induce,
es decir, de que un predicado convenga a cada uno o
a alguno de los individuos de una especie o de un gé­
nero, puede concluir que conviene al género o a la
especie, en su sentido más universal. Entendida así
la inducción, es la operación inversa de la deducción,
y puede definirse: un razonamiento que concluye de lo
particular a lo general, La deducción, se dice, va de lo
general a lo particular y se expresa ordinariamente
por el silogismo; la inducción va de lo particular a lo
general y se expresa por una fonna contraria a la
forma silogística. Esto es, hablando en general, lo
que distingue las dos formas del razonamiento, poi­
que, en realidad, hay una inducción que, al revés del
silogismo, va de lo particular a lo general; pero hay
DIVISIÓN GENERAL DE LOS SILOCISMOS 229

otra inducción, y es la principal, que, no sólo no es


opuesta al silogismo, sino que puede, considerada
como una forma del razonamiento, reducirse a él.

143. Inducción completa e inducción científica.—


Los lógicos antiguos llamaban inducción completa el
procedimiento lógico que va de todos los casos parti­
culares observados aisladamente a la reunión de todos
ellos en una proposición sintética afirmativa o nega­
tiva. Cuando la enumeración de los casos particula­
res es completa, decían, se puede concluir con toda
certeza. Así, por ejemplo, los astrónomos afirman que
Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno,
Urano y Neptuno reciben su luz del Sol; y de ello
inducen que «todos los planetas reciben su luz del
Sol*. Para establecer «una afirmación universal^ dice
Pascal, es necesaria la enumeración de todos los casos
distintos. No sería bastante haber observado la pro­
ducción de un fenómeno en cien casos o en mil o en
todos los que se quiera, por muy grande que sea su
número, si quedase uno solo por ^examinar, por­
que este solo caso podría impedir Ja'definición general*.
Si esto fuese así, la inducción "seria un procedimiento
de raciocinio científicamente inútil, dada la imposi­
bilidad de enumerar absolutamente todos los casos.
Por esto la lógica de Port-Royal estudia entre los
sofismas, bajo el nombre de enumeración imperfecta,
la inducción llamada completa o por simple enume­
ración,, como dice Bacon. Es más, la inducción com­
pleta no es un verdadero raciocinio, porque carece de
término medio; no es más que tina agrupación enca­
denada de hechos, pero sin comparación de un pre­
dicado y un sujeto con el mismo término medio.
Tampoco tiene conclusión propiamente dicha; expresa
230 LÓGICA

solamente Ja reunión de varios casos particulares en


una noción colectiva, que es como su síntesis material.
La inducción completa, pues, en el sentido explicado,
no puede oponerse al silogismo, ni debe ser conside­
rada como una forma de raciocinio.
Cuando en la inducción se establece o se afirma al­
guna ley o algún predicado universal, en virtud de la
observación de algunos casos particulares, la induc­
ción se llama incompleta, y más propiamente íWmo
ción científica. Es el procedimiento que consiste en
sacar, de entre los múltiples accidentes que acompa­
ñan a una o a muchos substancias de la naturaleza,
las propiedades que tienen con ellas una relación nece­
saria y constituyen, por via de consecuencia, la 6a»
de una ley permanente y general de la naturaleza,
o, como dice Rousseau, *un raciocinio que convierte
en ley la propiedad o relación observada en ciertos
casos particulares». Según esto, ltay que distinguir
dos momentos en la inducción científica. Es el pri­
mero para comprobar la existencia de una conexión
natural entre tw_ fenómeno y la substancia; en el se­
gundo erigimos cátoi^conexión natural en ley genital,
aplicable en todos los casos de la misma cspecfc.
Una vez. que se ha establecido la existencia de una
propiedad natural, se puede concluir lógicamente que
«siempre que se realicen las condiciones exigidas, la
propiedad manifestará su presencia y el fenómeno
que ella condiciona se producirá».

144, Las leyes de los fenómenos.— Se llaman U-


yes de los fenómenos las relaciones fijas y constantes
cutre los fenómenos. Estos relaciones pueden compro­
barse de un modo positivo y de un modo negativo.
Las leyes positivas de los fenómenos están fundadas en
DIVISIÓN Gl'NIÍRAL DE LOS SILOGISMOS 231

asociaciones de fenómenos tales que, «de la presen­


cia de uno o de muchos fenómenos se puede afirmar
con certeza la presencia de uno o de otros varios fe­
nómenos*. Esta conclusión supone naturalmente que
el fenómeno antecedente es la causa o la condición ne­
cesaria y suficiente del fenómeno consiguiente; se
dice del primero que es determinante del segundo.
Asi, de la presencia del fuego puede inducirse la pre­
sencia del calor; de la presencia de un prisma de
cristal que se interpone al paso de un rayo de luz
puede inducirse el fenómeno de la refracción y de la
descomposición de la luz solar. Las leyes positivas
de los fenómenos son otras tantas aplicaciones de la
fórmula general que regula las proposiciones condi­
cionales, «si es A, será B», y, como en ellas, de la exis­
tencia del fenómeno consiguiente no se puede dedu­
cir la presencia del fenómeno antecedente, porque
éste puede reconocer otra causa.
Las leyes negativas de tos fenómenos están funda­
das sobre diferencias u oposiciones que median en­
tre los fenómenos de tal naturaleza que, »dc la -pre­
sencia de un fenóuieno antecedente, se puede afirmar
con certeza la ausencia de un fenómeno consiguiente».
Asi, de la presencia del Sol en tal parte del ciclo po­
demos concluir que no se encontrará hielo en tales
o cuales regiones de nuestro globo; de un frío intenso,
combinado con una extraordinaria transparencia del
aire, podemos inducir que no hay en la atmósfera
vapor acuoso.

145. Descripción del proceso inductivo.— El hidró­


geno, por cjemploj es una substancia que tiene, entre
otras propiedades, el ser incoloro, insípido, inodoro,
el ser fácilmente corruptible y el desarrollar mucho
2 J2 LÓGICA

calor; es 14*4 veten inda ligero que el aire: 22*326 li­


tros de hidrógeno pesan 2 gramos. El cloro es de color
amarillento, de uu olor sofocautc, irrespirable; tiene
una densidad igual a 2*44, pesa 35*5 veces más que el
hidrógeno: 22*326 litros de cloro pesan 71 gramos.
El químico observa que esos dos gases tienen una
grande afinidad el uno pata el otro; bajo la acción
de la luz solar se combinan instantáneamente con
explosión. Realizada la combinación, se puede de­
mostrar que un volumen de cloro y otro de hidróge­
no han producido, combinándose bajo ciertas condi­
ciones de temperatura y presión, 2 volúmenes de gas
clorhídrico. La molécula-graino de ácido clorhídrico
pesa 36*5; de este peso, 35'5 son de doro, y el hidró­
geno entra j>or 1. El calor desarrollado por la com­
binación de estoB dos cuerpos es de 22 calorías. El
compuesto resultante ataca la mayor parte de los
metales y forma con ellos sales bien caracterizadas,
se combina con el vapor de agua de la atmósfera
y forma una solución incolora, que tiene un sabor
ácido, etc.
Iil químico, que ha observado estos hechos, infiere
de ellos que el cloro y el hidrógeno tienen la propie­
dad de combinarse en las proporciones de volumen y
de peso que dejamos consignadas, y que cada vez
que se encuentren el uno en presencia del otro, cu
las condiciones dichas, se combinarán del mismo
modo; es decir, que la ley de la combinación del cloro
con el hidrógeno es la que hemos señalado y que, 4*
todas partes y siempre, cualesquiera que sean las can­
tidades absolutas en volumen y en peso, suponiendo
unas mismas condiciones de temperatura y de pre­
sión, se realizará. Con esto el químico, que observa
esto» hechos, formula una inducción.
DIVISIÓN GENERAL DE LOS SILOGISMOS 233

146. Análisis del proceso inductivo.— La observa­


ción ha permitido at químico el descubrir, en el hecho
extremadamente complejo de la combinación del
CI y del II, este fenómeno interesante, que se combinan
en proporciones rigurosamente definidas de peso y
de volumen y con un desarrollo determinado de calor.
En estas condiciones se verifica la combinación.
Cuando estas condiciones faltan, la combinación es
incompleta y el exceso no se combina.
La fase preliminar de la inducción es la observación.
Ayudándose de métodos, que luego estudiaremos, el
espíritu observador puede asegurante de que ninguno
de los accidentes variables que acompañan a la com­
binación, da la razón suficiente y cxplicativn de ella;
luego, todo lo que no se lipllc invariablemente unido
a la substancia, no puede ser la rozón suficiente del
fenómeno observado; de aqui se infiere que la razón
suficiente que explica la combinación es la subs­
tancia o la naturaleza misma de los cuerpos estu­
diados, es decir, la manifestación de una propiedad
natural.
Conocida esta propiedad, ya pueden hacerse de­
ducciones y aplicaciones de la tuisma, diciendo que en
tal o en cual caso particular los mismos cuerpos se com­
binarán en las mismas proporciones. La inducción, en
su primera etapa, prepara un término medio; en la
segunda se convierte en una verdadera deducción.
El ejemplo del CI y del H se puede aplicar a otros
cuerpos, por ejemplo, el CI y el sodio, y deducir, des­
pués de múltiples experimentos, que todos los cuer­
pos se combinan en proporciones definidas de peso
y de volumen. Asi se produce el trabajo de genera­
lización de los hechos observados y de este modo se
preparan las deduedonea ulteriores.
234 LÓGICA

147. Valor de la inducción científica.— Para de­


terminar el valor de la inducción científica hay que
resolver el siguiente problema: «siendo cierto el ca*
rácter contingente de los fenómenos y de las leyes
que los rigen, así como la imposibilidad de analizar
todas las condiciones posibles de las cuales pueden
depender los fenómenos, ¿cómo se pueden generalizar
legítimamente los hechos atestiguados por la obser­
vación científica? Esta es forzosamente incompleta
y, además, se aplica a hechos que no aparecen ni como
necesarios en si mismos, ni cotno necesariamente liga­
dos entre sí; en este caso, ¿cómo aquel procedimiento
de generalización puede considerarse lógico y riguro­
samente científico?» Examinemos detalladamente es­
tas cuestiones.
a) C arácler contingente de les fenómenos y de las leyes
fue los rigen. Es evidente que ninguno de los seres que
constituyen el mundo visible es necesario por si mis*
mo; por consiguiente, no puede ser por sí mismo una
causa de necesidad esencial para los otros seres; todo,
en el mundo visible, es realmente contingente No sa­
bemos, pues, a priori si los fenómenos se hallan li­
gados entre sí por leyes generales semejantes a esas
leyes matemáticas y mecánicas de una perfecta uni­
dad, que suponía Descartes, o si ellas tienen entre
si relaciones irreductibles a una unidad, semejante y
aun relaciones que no tienen nada de fijo y univer­
sal. Analizando ciertas leyes de los fenómenos, po­
dremos comprender mejor el carácter de contingen­
cia que se manifiesta en el mundo material.
Tal longitud de una onda luminosa, por ejemplo,
produce en nuestra retina la sensación de color azul.
¿Podremos afirmar que hay una relación absoluta
y necesaria entre esos dos fenómenos y que esta reía-
DIVISIÓN GENERAL DE LOS SILOGISMOS 235

ción es detenninable a priori, sin comprobar el hecho?


Una fruta produce en mi paladar una sensación de­
terminada y es fácilmente digerible; ¿es que hay en­
tre la fruta, el paladar y el estómago una relación
necesaria que puede determinarse corno un proble­
ma de mecánica? El calor se transforma en movi­
miento y el movimiento en calor; ¿se pueden esta­
blecer a Priori las leyes de esa transformación y
afirmar que estas leyes están determinadas por una
necesidad intrínseca a la materia y que tal cantidad de
calor, llamada caloría, es de necesidad absoluta equi­
valente a 435 kilográmetros o unidades de trabajo
mecánico? JUa diversidad de substancias y la corre­
lación entre los órganos y sus funciones y la compo­
sición y descomposición química ¿pueden caracteri­
zarse, prescindiendo de la observación, y determinar
sus leyes a priori? Evidentemente no. No negamos
con esto que la observación de los hechos pueda ma­
nifestarnos la actividad de los cuerpos y ciertas con­
diciones particulares de esta actividad, asi como un
cierto orden de causas eficientes y finales; pero el or­
den que se nos revela por la simple observación de
los sentidos, no se nos revela como un orden necesa­
rio y universal, sino como un orden contingente y par­
cial.
Veamos, pues, cómo el orden de los fenómenos se
puede ofrecer como necesario, y cómo se pueden ge­
neralizar sus condiciones en el espacio y en el tiempo.
El principio de generalización, que es el fundamento
de la inducción, es el principio de causalidad adecua­
damente aplicado. Asi, de la existencia del mundo
contingente llegamos a la idea de un ser primero,
concebido como causa omnipotente e infinitamente
perfecta; luego, descendiendo de esa idea de Dios,
236 LÓGICA

que formamos de un modo más o menos confuso, de*


ducimos, por el principio de causalidad, que la obra
de Dios ha sido realizada según un orden constante y
universal. Esta persuasión, común al género humano,
se deriva del principio do causalidad, que es el fun­
damento lógico de la inducción y que legitima la ge-
:neralización, en el espacio y en el tiempo. Aunque
la comprobación experimental de este principio puede
■darle una mayor apariencia de verdad, no puede ser­
vir de fundamento a m certeza universal, porque el
principio de causalidad, como todos los principios
analíticos, es verdadero independientemente de su
comprobación en el orden de los hechos.
b) Observación generalmente incompleta de las con­
diciones determinantes de un jetiómeno. ¿Podemos afir­
mar con certeza que conocemos todas las condicio­
nes que determinan la presencia o la ausencia de un
fenómeno, o que no hay alguna condición que perma­
nezca latente o no-observable? De hecho no podemos
estar ciertos de haber realizado una observación com­
pleta, que nos revele todas los actividades y todas las
influencias posibles que se hayan actuado sobre el
grupo de fenómenos, cuyas leyes queremos determi­
nar. Supongamos la experiencia y la inducción más
simple. Sabemos, por ejemplo, que el oxigeno y el
hidrógeno, combinándose entre si, producen el agua;
pero, ¿conocemos todas las propiedades de los compo­
nentes, hasta el punto de no poder confundirlos con
sus similares? ¿Estamos ciertos, además, que la com­
binación química que produce el agua no exige en
los componentes ciertas condiciones o cualidades ac­
cidentales, que se encuentran en ellos de ordinario,
pero no necesariamente, y cuya presencia no puede
apreciarse por los medios de observación? Semejan­
DIVISIÓN GKNIOlJU, DE I/)S SILOGISMOS 237

tes dudas pueden proponerse acerca de todas los pro­


piedades y de todas las leyes que caracterizan las
substancias y las fuerzas materiales. ¿Cómo podrá
legitimarse la inducción?
Por el carácter constante y universal de las leyes
de los fenómenos, podemos generalizar lógicamente
las conclusiones que resultan de una observación coni-
plela sobre un grupo determinado de fenómenos; pero
¿cómo podremos apoyar semejantes conclusiones en
observaciones titees ariametUe incompletas? A esta cues­
tión contestamos, como en la anterior: fo t el prin­
cipio de causalidad; esto principio suple lo que liay de
necesariamente incompleto en la observación de los
hechos materiales. El orden del universo se nos re­
vela, no solamente como un orden universal de con­
diciones y de causas eficientes, sino como un orden
universal de causas finales; todo, en el universo, está
regulado por leyes fijas y constantes y por fines sabios
y perfectamente coordinados entre ellas. Síguese de lo
dicho que, para determinar las leyes de la naturaleza,
no es necesario conocer todas los condiciones i>osiblcs;
basta conocer las condiciones sensibles y observa-
bies, que llamamos propiedades características de los
cuerpos.

148. Principios y reglas prácticas de la inducción


científica. — Los principios ciertos en que ai>oya la
inducción científica sus conclusiones se reducen a
los siguientes: i , 0, el universo es la obra de una causa
soberanamente inteligente y poderosa; 2.°, las leyes
que rigen a los fenómenos naturales son universales
y constantes; 3.°, estas leyes se formulan en confor­
midad con uu plan de conjunto y según un orden
de causas eficientes y finales; 4.® las leyes de los fenó­
238 LÓGICA

menos son adaptadas a nuestros conocimientos y


están caracterizadas por condiciones sensibles y ob­
servables. La inducción científica es, pues, una espe­
cie de silogismo, perfecto por parle de los principios
■en que se apoya y que pueden considerarse como la
mayor, pero imperfecto por parte de los hechos obser­
vados a los cuales se aplica y que constituyen la me­
nor. La fórmula general de ese silogismo es como
sigue: «Según el orden del universo, cada fenómeno
está determinado de una manera constante y uni­
versal por el conjunto de ciertos fenómenos, siempre
los mismos; es así que A, B, C se rerelan, por medio
de una observación bien hecha, como los determinan­
tes del fenómeno D; luego, el fenómeno D será siem­
pre y en todas partes determinado por A, B, C.*
Por razón del carácter imperfecto de la menor, en
la mayor parte de los casos, debemos contentamos
con reducir a un mínimo, más o menos despreciable,
la probabilidad de error que deja la observación;
por esto no es imposible que nuevas observaciones
corrijan las conclusiones obtenidas por observacio­
nes precedentes. Con objeto de perfeccionar el re­
sultado de la observación en la inducción ciento
fica, hay que tener en cuenta las siguientes reglas:
1.a, es necesario determinar por la observación las
condiciones sensibles de un fenómeno, A, pot ejemplo;
2.a, hay que variar esas condiciones para ver si el fe­
nómeno A varia o no, y determinar de este modo
cuáles son las condiciones cuya presencia es necesa­
ria, indiferente o contradictoria a tal fenómeno, es
decir, cuál es el fenómeno cuya presencia determina
la del fenómeno A y cuya ausencia lo hace desapa­
recer; cuál el fenómeno que ni estando presente ni
ausente influye sobre A, y cuál, finalmente, el fenó­
DIVISIÓN GENERAL D É I,OS SILOGISMOS 239

meno cuya presencia determina la desaparición del


fenómeno A; 3.» se deben medir, si se puede, con una
medida bien determinada y perfectamente graduada,
las dimensiones o la intensidad de todos los fenó­
menos relacionados entre sí para señalar en qué pro­
porción influyen los unos sobre los otros.

149. Métodos inductivos.— Se llaman métodos in­


ductivos los métodos que se emplean para determinar
las propiedades de los cuerpos, en virtud de las cua­
les se establecen entre ellas relaciones definidas, que
pueden conducirnos a la determinación de las leyes
de la actividad de los cuerpos y al conocimiento de
su propia naturaleza. Para poder establecer que hay
entre dos fenómenos, simultáneos o sucesivos, algo
más que ana simple coincidencia, que uno de ellos
es causa del otro, o que ambos son efecto de una
causa común, es necesario recurrir a ciertos procedi­
mientos o métodos. Es inútil advertir que el empleo
de los métodos inductivos no es de una necesidad
absoluta; el abate Haüy, por ejemplo, dejando caer
un pedazo de cuarzo y observando la regularidad
geométrica de la fractura, pudo descubrir una ley.
Puede suceder, en efecto, qu,e una sola observación
revele coincidencias bastante complejas, para justi­
ficar una inferencia inductiva; pero, hablando en ge­
neral, una inducción científica no se obtiene sino
después de múltiples experiencias, cuya realización
se facilita por el uso de los métodos itiduciivos.
Las reglas prácticas de la inducción científica, a
cuya aplicación se ordenan los métodos inductivos,
fueron formuladas por Bacon, en el siglo xvz, aun­
que el estado de las ciencias en esa época no le consin­
tió desenvolverlas convenientemente. Según Bacon,
LÓGICA

hemos de obtener el conocimiento <le tas leye# de la


naturaleza o el determinante de cada fenómeno, va­
liéndonos de los tabla» de presencia, ausencia y va­
riación o grado, Loa primera* contienen Ion fenómenos
antecedente» que siempre aparecen ligados al fenó­
meno cuyo determinante se busca; las segundo*
contienen Ion fenómenos cuya desaparición produce
la del fenómeno consiguiente; finalmente, las tabla*
de variación o (fradot se obtienen señalando las reía*
clones de variación entre los fenómeno* antecedente»
y el fenómeno consiguiente, y serán inAs perfectas ni
pueden expresarse \mt medio de fórmulas matemá­
ticas, La Interpretación de las tablas de Oacon m
apoya en estos tres principios: posita causa, ponilur
elJectus; subíala causa, tollilur ejfcctut; variante cauta,
variatur ofjéclus. lis necesario, además, en tndo procc*
dimiento de observación y de inducción, tener en cuen*
ta: i.v, (ju las experiencias sean exactas y en número
suficiente; a.M que la ley deducida de las experien­
cias no contenga nada que no esté comprobado por
los hechas; 3,0, que la ley se extienda a una sola es*
pode de fenómeno,
Partiendo cln lo* principios fundaméntales «apli­
cado* por Jiacon, HLuart Mili piulo sistomaUxAr y
clasificar tos métodos inductivos eu los tres método»
que vamos a estudiar: método de concordancia, tnilotlo
de dijm ncia y de residuos y método dt variado mi
concomitante*, a los cuales aftadiremos el método »V
dudivo-compueslo.
a) M é t o d o d k c o n c o u d a n c i a . Cuando veino*
que el fenómeno, cuya naturaleza queremos deter­
minar, se lia producido en distintas ocasiones y en
«tías no ha habido mA* que una circunstancia común,
podemos decir que esta circunstancia es Ja ratón »»•
DIVIHJÓN (1KNKHAI, 1>K I/W 4
¿ I

ficiente del fenómeno. Supongamos que A, B. C pro­


ducen los fenómeno* a, b, c; que A, H, I> producen
a, b, d; y que A, C, Iv producen a, c. e. Kn el primer
caso, es posible que a sea producido |»or A, por B o
por C; ¡tero, en el «efundo caso, el fenómeno a hc pro­
duce híii C; y, en el tercer cano, ne produce ttin 11; lue^o,
A c» el antecedente invariable en Ion tres canon; luego,
A en la ratón infidente de », Ku e) cambio de entado
de un cuef|>o, |*>r ejemplo, ven ion numcroiiaif c ir
cunnUnclan, pero una nola, t*l calor, oh lu propiedad
capuz. de explicur aquellnn mutaciones
b) MftToixi d« üJi'itkHNCiA. Si m HU|Kinc que, de
don canon obnervados, cu el uno Me maiiificntu el fe­
nómeno que queremos estudiar y en el otro no, y
Hiendo idéntica* todas las círcunntaiicias menos una,
¿»ta no encuentra en el primer cono y falta en el ne­
gando, podemos afirmar, dende luego, que tal cir-
cuiintancia es la ratón suficiente total o parcial de aquel
primer fenómeno observado, SupongamoB que A.
H, C, 1> producen a, b, c, d; y que II, 0, 1) prnduern
h, c, d; la denapafldón de a, |N>r haber dntapareddo
A, ** la prueba de que A e# la eauna de tí, 8J tomamos
l<ir ejemplo, un pAJun» y lo IntrodueUuun en un am­
biente de Aeido carbónico, mucre liuituntAiieaimmte
por aafixia, Nada Im variado inAn que e) oxigeno,
que lia denaparecido. De este hecho hc* deduce que el
aire oxigenado en necesario q U vida y que unu de
Ion propiedades del ácido carbónico en In de ejercer una
acción deletérea en Ion organismos animales, t in*
vernatuente, que una de lan propiedades de Ion orga-
nininon animalen en el ser sensibles a la acción dele­
térea del ácido carbónico,
1(1 método de Um midm $ no en más que el anterior,
Hueramente modificado. Miiim hikuiiw ii que A, H, C
242 I.ÓGICA

producen a, b, c. Como, en virtud de precedentes in­


ducciones, se sabe que en el fenómeno total a, b, c, dos
partes, a, b, son producidas, respectivamente, por
A, B, puede concluirse legítimamente que c es debida
a C. La regla de este método es la siguiente: cuando
se conoce, en virtud de precedentes inducciones, que
tina o varias partes del fenómeno tienen una causa
conocida, lo que queda del fenómeno por explicar
se puede atribuir a la otra causa o antecedente r.o
aplicado. Asi, ciertas particularidades del movimiento
de Urano, inexplicables por las leyes ya conocidas del
movimiento planetario, sugirieron a Leverrier el bus­
car la causa especial de las anomalías observadas y
formuló la hipótesis de la existencia de una causa
de atracción desconocida que le puso en camino del
descubrimiento de Neptuno. Fué ésta una nueva con­
firmación de la ley de Newton, según la cual todos
los cuerpos se atraen en razón directa de las masas
e inversa del cuadrado de las distancias.
c) Método de las variaciones concomitantes.
Hay casos, dice StuartMill, en que los métodos pre­
cedentes son inaplicables, por ejemplo, cuando se
trata de uua causa permanente de la naturaleza,
tal como la acción del calórico o la atracción de la
tierra. Supongamos que vamos a estudiar el movi­
miento del péndulo. El péndulo toma ordinariamente
la posición vertical y se mantiene en equilibrio. Cuan­
do se le desvia de su posición de equilibrio, describe
movimientos oscilatorios. Si se atribuye, como es
cierto, la dirección vertical del péndulo y sus movi­
mientos oscilatorios a la acción de la gravedad, ¿cómo
podremos verificar la hipótesis? Es imposible aislar
la acción de la tierra de la de las otras causas, por
ejemplo, de la acción del Sol, como quiere el método
DIVISIÓN GENERAL DE LOS SILOGISMOS 243

de concordancia; imposible sustraerlo de la acción


de la tierra, como quiere el método de diferencia;
pero es posible hacer variar la acción supuesta de
la tierra sobre el péndulo y ver si los movimientos
del péndulo variarán eu conformidad con aquélla.
De este modo, cuando las variaciones graduadas de un
fenómeno responden a los grados de variación de
un antecedente dado, es indicio de que hay entre
los dos un lazo inmediato o mediato de causalidad.
Asi, por ejemplo, se eleva un barómetro a distintas
altaras y se ve que la columna de mercurio se eleva
en Tazón inversa de nuestra ascensión. Se atribuye
lógicamente el efecto a la pesadez del aire y se deduce
que el ser pesado es una propiedad del aire atmosfé­
rico.
c) Método inductivo-compuesto. Es el que re­
sulta del empleo acumulado de los métodos preceden­
tes. Pasteur, en sus estudios sobre la generación
espontánea, da un ejemplo de la utilidad de la aplica­
ción de este método. I«a hipótesis que le sirvió de punto
de partida es que la producción llamada espontánea.
de organismos vivientes reconoce por causa la pre­
sencia de gérmenes que están en suspensión en el
aire y que encuentran en un líquido un medio favo­
rable para desarrollarse. ¿Qué hay que hacer para
verificar la hipótesis? i.° Se colocan al aire libre va­
rios vasos conteniendo líquidos fcrmentables y se
ve que se producen animalillos en todos aquellos va­
sos donde puede suponerse que ha habido gérmenes.
Este es el método do concordancia. 2.° Se hace la
operación inversamente, sustrayendo los líquidos de
la acción del aire y se observa que no se producen
animalillos. Este es el método de diferencia. 3.a Se
puede demostrar que el número de organismos pro­
244 LÓGICA

ducidos es proporcional al número de gérmenes que


pueden suponerse en el aire, haciendo la experiencia
en las cuevas o en las cumbres de las montañas, más
o menos elevadas, y por el método de las variaciones
concomitantes se demuestra la misma verdad. El
resultado que se obtiene del empleo de esos tres mé­
todos es que la aparición de la vida es un fenómeno
que reconoce como causa el desarrollo de un germen
de vida preexistente o la proliferación de un ser vi­
viente anterior. Se deduce, asimismo, que la mate­
ria inorgánica es incapaz de producir la vida y que
el reproducirse es una propiedad natural del ser vi­
viente, o que es una propiedad natural del ser vivien­
te el nacer de otro viviente por reproducción*

160. Cómo debe entenderse el carácter general y


permanente de las leyes de la naturaleza.— Desde el
momento que una substancia no se encuentra aislada
en el mundo, se sigue que su acción puede ser contra­
riada por la de otros agentes exteriores que le impiden
su evolución. Así, por ejemplo, es ley del ser viviente
el engendrar un viviente semejante; no obstante esto,
por la contraria influencia de agentes exteriores, con
los cuales un ser viviente puede encontrarse en con­
flicto accidentalmente, se producen los monstruos.
Pero, aun en este caso, el naturalista puede contem­
plar el esfuerzo del viviente por vencer la resistencia
de las causas contrarias y producir un ser lo más
aproximado posible al tipo especifico. De aquí se de­
duce que. al hablar de las leyes de la naturaleza y de
su estabilidad, hacemos abstracción de la interven­
ción contraria de una causa sobrenatural. Por muy
evidente que sea esta intervención, mejor dicho, la
jiosibilidad de una intervención sobrenatural, es pre­
DIVISIÓN GENKRAI, D E V>S SIIVOGISMOS 245

maturo el hacerla entrar en la enunciación de una


ley nalural. Es cierto que el Autor de la naturaleza
se complace alguna vez en derogar, por milagro,
una ley natural; pero ello será siempre extraordinario,
excepcional y en condiciones tales que el carácter
sobrenatural se podrá distinguir fácilmente. Con todo,
aunque las leyes de la naturaleza no tengan los ca­
racteres de universalidad y de necesidad absolutas
que distinguen las relaciones esenciales de los seres,
tienen una generalidad y una constancia suficientes
para justificar el titulo de leyes que se les aplica.
PARTE CUARTA
LA CAU SA FINAL DEL ORDEN LÓGICO

CAPÍTULO PRIMERO

La ciencia

151, Concepto de la verdad.—El fin de la lógica,


hablando en general, es el conocimiento de la ver­
dad; cuando se trata de verdades fácilmente acce­
sibles por todas las inteligencias, la lógica llamada
natural (22), el solo buen sentido es suficiente para
apreciarlas; pero cuando se trata de verdades más
elevadas, entonces la lógica artificial, cuyo fin es más
restringido y, a la vez, más noble, se ordena a la sis­
tematización científica. El concepto de verdad es
inexplicable sin el de una relación; es un concepto
trascendental, que no puede definirse de un modo in­
mediato, sino que hay que atender primariamente a
sus aplicaciones. Por esto es necesario determinar
las distintas especies de verdades que conocemos
y deducir de ellas el elemento común que caracteriza
a la verdad. Aplicamos la noción de verdad a los prin­
cipios, a los hechos internos, que forman el contenido
de la conciencia, a los hechos externos, fenómenos y
LA CIENCIA 247

acontecimientos, a las palabras y, finalmente, a las


cosas consideradas en sí mismas, diciendo, p o r ejemplo,
verdadero oro, verdadero diamante, verdadero Muii-
11o, verdddera obra maestra, etc. Analizando todas
esas aplicaciones de la noción de verdad, vemos que
tienen un elemento común, una relación, que es el
motivo de su aplicabilidad; pero no una relación
cualquiera, sino una relación de exacta semejanza o
m a relación de identidad en la representación entre
el sujeto pensante y el objeto pensado, es decir, «una
ecuación entre el pensamiento y su objeto», adae-
qualio rei el intellectus, según la insuperable fórmula
dada por Santo Tomás.
Estudiando más a fondo esas aplicaciones del 0011-
cepto de verdad, fácilmente se comprende que la
ecuación entre el pensamiento y su objeto no debe
tomarse en sentido completo y adecuado; no es ne­
cesario que todo lo que hay en el objeto pensado se
encuentre representado en el sujeto pensante, sino que
el pensamiento sea verdadero, es decir, que todo lo que
pensamos del objeto se baile realmente en el objeto.
Conviene advertir, además, que hay una gran diferencia
entre las primeras aplicaciones y la última, la aplica­
ción de la noción de verdad a las cosas consideradas en
sí mismas. En las aplicaciones del concepto de verdad
a los principios, a los hechos y a las palabras, el
objeto, cualquiera que sea su naturaleza, aparece como
regla o medida, y el pensamiento como la cosa regu­
lada o medida; cuaudo la noción de verdad se aplica
a las cosas en sí mismas, el pensamiento se presenta
como regla: tengo en mí la idea de oro, de diamante,
de un Murillo, de una obra maestra, del ideal, en ge­
neral, y comparo a esta regla las cosas en sí misinas-
No obstante esto, en esta aplicación a las cosas, nú
24S I«ÓGICA

pensamiento uo se me ofrece como una regla -primera


y subjetiva, como pretende Kant, sino como una re­
gla segunda y objetiva; mi pensamiento no hace más
que aplicar una regla anterior a él y que ha deducido
o sacado de otros objetos. Hay una excepción respecto
de ciertos pensamientos que formamos de un modo
artificial. Podemos decir, en efecto, de ciertos objetos,
que hemos querido producir según un plan precon­
cebido y fijado por nosotros mismos, que «no respon­
den a nuestras concepciones, que están mal ejecu­
tados»; pero su estudio nos llevaría a determinar cuál
es la primera regla de toda verdad y cómo la inteli­
gencia divina se identifica con toda verdad, lo cual
entra de lleno en los dominios de la metafísica, y
nosotros debemos limitar nuestro estudio a determi­
nar el concepto de la verdad lógica.

152. La verdad lógica.— Por verdad lógica se en­


tiende la conformidad de las representaciones men­
tales con las cosas representadas, o la ecuación de
las cosas conocidas con el entendimiento humano
que las conoce. Del mismo modo que la verdad meta­
física está en íntima relación con los objetos, identi­
ficándose con su esencia y mereciendo por ello el
nombre de verdad objetiva, así la verdad lógica se
halla en relación inmediata y directa con el enten­
dimiento humano y sólo por intermedio de éste con
los objetos. Las dos verdades, pues, la metafísica
y la lógica, dicen relación a un entendimiento, la
primera al entendimiento divino, y la seguuda al en­
tendimiento humano. La verdad lógica se llama tam­
bién subjetiva, formal y verdad de conocimiento, con­
ceptos que expresan sus caracteres fundamentales; y
se aplica, como se ha dicho, a las operaciones menta­
XA. CIENCIA *49

les que nos permiten conocer los objetos y los fenó­


menos. De aquí que la conformidad entre las
representaciones mentales y las cosas representadas,
que expresa la verdad lógica, supone la existencia
de dos órdenes de cosas, de una parte las repre­
sentaciones, y de otra los objetos o fenómenos
que las motivan. Cuando en la lógica tratamos de
la verdad, damos por supuesta la objetividad de la
relación que la constituye, objetividad que hemos
estudiado en la psicología (153» 154) y que hemos
de estudiar detenidamente en la critetiología.

153. La ciencia.— Toda demostración engendra


una conclusión, que se puede llamar científica, por­
que suministra al entendimiento el conocimiento
cierto de que una cosa es y el motivo de ser lo que ella
es. Peio la palabra ciencia designa mejor «un conjunto
sistemático de proposiciones deducidas unas de otras
y referentes a un mismo objeto», o, como la definí*
mos en otro lugar (2), el conjunto de conocimientos ver­
daderos, ciertos y evidentes, relativos a un mismo ob-
jtio y adquiridos por demostración. En la base de las
ciencias se encuentran los principios de los cuales
se deducen las conclusiones por vía de demostra­
ción.
Es evidente que la ciencia es la obra y el fruto de
la inteligencia; las percepciones sensibles, cualesquie­
ra que sean, no constituyen la ciencia. El hombre
poco instruido, testimonio pasivo de los aconteci­
mientos que se producen a su alrededor, formula
ciertas deducciones inmediatas que le sirven para la
vida práctica; estos conocimientos, aunque verda­
deros en substancia, no son rigurosamente científi­
cos. Para conocer científicamente, es necesaria la
LÓGICA

iniciativa y la aplicación voluntaria de la atención.


La inteligencia tiene necesidad de unidad, de cono­
cer lo que hay de necesario y universal en las cosas
contingentes y en los fenómenos singulares; en la
naturaleza Intima de ellos descubre el entendimiento
las leyes universales que han de servir de fundamento
a la ciencia. Por esto el medio de llegar a la ciencia
no puede sez un razonamiento cualquiera, siso la
demostración a priori que va de la causa al efecto;
y la ciencia, en la acepción más elevada de la palabra,
consiste en deducir a priori, de la definición esencial
dd sujeto, sus propiedades naturales y las leyes que
les sirven de fundamento.

164. Condiciones de la ciencia.— La primera con­


dición de la ciencia es la necesidad y, por consiguien­
te, la universalidad de su objeto, porque no puede ha­
ber conocimiento científico de lo contingente y de
lo particular. «Saber una cosa, dice Satolli, no es sola­
mente comprobar que ella existe, sino tener la con­
vicción fundada de que no puede ser otra cosa, es
decir, que es necesariamente lo que es.» £1 objeto de
un conocimiento científico es siempre una relación
necesaria y universal; la manifestación de esa relación
determina la evidencia de la verdad.
Esta primera condición de la ciencia es por parte
del objeto. La segunda condición es la certeza que el
sujeto adquiere de las conclusiones científicas. Las
premisas de toda demostración científica deben ser
verdaderas y manifestarse como tales a la inteligen­
cia, por su evidencia. El efecto natural de la manifes­
tación de la verdad a la inteligencia es la certeza.
Estas dos condiciones, la evidencia del objeto de la
ciencia y la certeza del sujeto que lo conoce, en el fon­
IyA CIENCIA 251

do idénticas, distinguen la ciencia de la opinión y


de la fe. Porque mientras la ciencia designa un cono­
cimiento cierto motivado por la evidencia de la ne­
cesidad de una relación, la opinión tiene por objeto
lo contingente y se apoya sólo en motivos probables,
iucapaces de producir la certeza; al paso que la cien­
cia responde a la evidencia, la je es el asentimiento que
prestamos a verdades que no son intrínsecamente
evidentes.
La tercera y última condición se refiere a la forma­
ción misma del edificio científico, es decir, al sistema.
La ciencia exige la unidad, una unidad de orden, o,
sise quiere, de armonía, un sistema— suarda— o
conjunto de verdades que subsiste, como tal, por sí
mismo. El principio de esta unidad sistemática es la
esencia de donde se deducen a priori las propiedades
del objeto de la ciencia, que, en una ciencia perfecta,
es la definición del sujeto. De propósito decimos
en vtta ciencia perfecta, porque no siempre la inteli­
gencia alcanza, por lo menos de un modo adecuado,
el sublime ideal de unidad científica que sería de de­
sear. Conocemos uu objeto solamente después de múl­
tiples esfuerzos, lo cual hace irrealizable el deseo de
partir de una noción, que sería la definición de la
esencia individual o específica de un ser, para deducir
las propiedades que de ella proceden. Por esto, aun
en las ciencias más perfectas, siempre hay que par­
tir de proposiciones iniciales múltiples, y la unidad
de la ciencia, contra lo que afirma el racionalismo
panteísta, es siempre relativa.

155. Doble fundamento para la división de las cien­


cias.—Las ciencias se distinguen entre si según sus
objetos respectivos y según el grado de abstracción
ILÓGICA

con que los estudian. Las ciencias que se ocupan en


los mismos objetos, se diversifican por su objeto for­
mal; por ejemplo, entre las ciencias biológicas, la
anatomía, que estudia la estructura de los órganos,
y la fisiología, que describe su funcionamiento* Por
último, las que se ocupan en las cosas bajo el mismo
aspecto consideradas, se diferencian por los procedi­
mientos que emplean; tales son la astronomía física y
la astronomía matemática, que investigan ambas la po­
sición de los astros, pero aquélla con los instrumentos
y ésta con el cálculo; tales son también la anatomía
humana y la anatomía comparada, que proceden,
respectivamente, por observación y por semejanza.

156. Tres cuestiones científicas y tres grupos de


ciencias.— Una clasificación completa, definitiva e
irreformable de las ciencias exigiría que la inteli­
gencia hubiese alcanzado el apogeo de su desarrollo.
Una ciencia resulta de la relación entre la inteligen­
cia del hombre y ciertos objetos, por esto las diversas
teorías del conocimiento, patrocinadas por las es­
cuelas, encuentran el fundamento de su diferencia­
ción en la importancia que, respectivamente, atribu­
yen a cada uno de aquellos extremos. El empirismo
da toda la importancia a los objetos y el racionalismo
todo lo concede a la facultad intelectiva; de aquí que
la clasificación de las ciencias que adoptan uno y otro
sistema ha de ser completamente distinta. Esta cla­
sificación de las ciencias, que podemos llamar vulgar,
se funda en un principio objetivo y fué adoptada y
desarrollada por hombres tan eminentes como J. Bent-
ham y J. J. Ampére. Otros se apoyan en un prin­
cipio subjetivo y creen que las diferencias más pro­
fundas entre las ciencias resultan de las actividades
LA CIENCIA 253

del espíritu. Bacon, a pesar de su empirismo y sin


notar la contradicción, divide las ciencias en tres
grupos, atendiendo a las facultades que las producen.
Compte divide las ciencias en teórico-abstractas, teó-
rico-concretas y ciencias de aplicación.

157. Ciencias teoremáticas, históricas, éticas.—


il^as ciencias, dice Naville, son un conjunto de res­
puestas dadas a las cuestiones que se propone el es­
píritu humano, y las diferencias más radicales entre
las ciencias resultan de las que existen entre las cues­
tiones propuestas.» Las cuestiones científicas son in­
numerables y, según el autor citado, pueden reducirse
a la investigación de la posibilidad, de la realidad y
de la bondad. Fundándose en esto, admite tres cues­
tiones científicas fundamentales y tres grupos de cien­
cias: ciencias de los límites y de las relaciones nece­
sarias o ciencias de las leyes, teoremáticas; ciencias de
tos posibles realizados o de los hechos, históricas; cien­
cias de los posibles, cuya realización sería buena, o cien­
cias de las reglas ideales de acción, canónicas o éticas.
Sin negar el valor de la clasificación admitida por
Naville, creemos más racional la división de las cien­
cias eu exactas, naturales y morales. Las primeras
tienen por objeto la relación de las cantidades y la
medida de las magnitudes; las ciencias naturales es­
tudian el orden que rige en el universo y el sistema de
leyes que presiden, tanto a la constitución de los se­
res como a las causas de los fenómenos; las ciencias
morales investigan el orden inmaterial, las realida­
des, los fenómenos y las leyes del mundo del espíritu.

158. Clasificación de las ciencias atendido el grado


de abstracción de su objeto.— Una vez constituidas
*54 tó c rc A

Jas ciencias particulares, la inteligencia, por una re*


flexión más intensa, descubre en los seres y en los gru­
pos que aisladamente tienen estudiados un objeto
inteligible, común. La división de las ciencias, según
que estudian el movimiento, la cantidad y la substan­
cia. corresponde a los tres grados de abstracción in­
telectual (P. 131) y a las tres etapas por que atra­
viesa la inteligencia en su esfuerzo para comprender
sintéticamente el orden universal. La explicación pro­
funda del movimiento constituye el objeto de la física/
cuando a algún objeto se le considera despojado de
todas sus cualidades sensibles, queda en el espíritu
la idea de algo que consta de partes, dispuestas entre
sí según las tres dimensiones del espacio, longitud,
latitud y profundidad; este objeto es estudiado per
las matemáticas. Aun es posible eliminar de esa idea
el atributo matemático y considerar en ella el con­
cepto de ser que constituye el objeto de una cien­
cia más general que se llama metafísica o filosofía
primera.

159. Subordinación cine puede establecerse entre


ellas según el objeto q.ue estudian,— Los mismos prin­
cipios que distinguen a las ciencias entre sí sirven
también para determinar sus relaciones de depen­
dencia, de coordinación y de subordinación, pu«Sj
si bien es verdad que existen ciencias completamente
independientes entre sí, la mayor parte se relacionan
en un grado muy íntimo, ya porque se hallan
enteramente subordinadas a otras, como la me­
d iara a la fisiología, la geometría al álgebra, y la
política al derecho, ya porque se auxilian en gran
manera, como la física a la química y la fisiología a
ambas.
I A CIEN CIA

100. Lugar de la filosofía en las ciencias natura­


les.— Sabemos que la filosofía es la ciencia humana
que trata, de los principios primeros e irreductibles de
todas las cosas. Aunque en todo se ocupa y con
todo se relaciona, la filosofía no es, sin embargo, una
enciclopedia de las ciencias. Se distingue perfecta­
mente de los demás conocimientos por el punto de
vista especial en que se coloca, que es el más profun­
do, el más elevado. Estudia las tíllimas razones de
las cosas; y como las ciencias particulares estudian
únicamente las razones próximas de sus respectivos
objetos, es evidente que todas se han de relacionar
con la filosofía, que es la que da unidad y fundamento
a sus principios. Esta relación ha de ser de subordi­
nación a la manera que los principios menos genera­
les se subordinan al principio más universal estudia­
do por la filosofía, que ocupa el primer lugar entre
las ciencias naturales. Por esto la filosofía es llamada
la ciencia de las ciencias. El conocimiento vulgar no
hace más que mirar por encima las cosas, las re­
conoce sin pretender ya más; el conocimiento cientí­
fico satisface más nuestra curiosidad, porque de los
fenómenos se eleva a las leyes, pero se detiene en las
causas segundas; el conocimiento filosófico llega hasta
las últimas razones y explora la región ultra-física,
que se encuentra más allá de las causas medias y
que las otras ciencias suponen sin escudriñarla.

161. Ciencias racionales y ciencias de observación.


—Toda ciencia parte de premisas para llegar a una
conclusión. Estas premisas pueden ser proposiciones
en materia necesaria, que se llaman también ideales
o racionales y dan origen a las ciencias racionales
y exactas, independientes de toda demostración experi­
*56 ILÓGICA

mental, o pueden ser los premisas, o alguna de ellas,


juicios de experiencia, cuya certeza está Íntimamente
ligada a la experimentación y a la observación, dando
origen a los ciencias experimentales o de observación,
tales, por ejemplo, como la mecánico, la óptica y la
acúatica.
CAPÍTULO II

Medios de llegar a la ofenda

§ I. La definición, la división, la prueba

162. Medios de llegar a una oonduión científica.


— Para que una proposición pueda entrar en un sis­
tema científico, es necesario que sea evidentemente
verdadera por parte del objeto y derla por parte de
la inteligencia (154). ¿CYimo i>otlremoH asegurarnos
que estas condiciones nc cumplen? Iín presencia de
objetos simples, dice Santo Tomás, el error no es
posible— in robus simplicibus, in qtlarum definitio-
rtiiw compositio intervenir* non polest, non fiossumus
iteipi, sed dejicimus in totaiiter non attingendo.— El
error del sujeto dice siempre orden a una mayor o
menor complejidad por parte del objeto, porque lo
que es simple puede ser conocido o no conocido,
pero nunca conocido de un modo incompleto. Por
esto, cuando un sujeto ofrece un número de propie­
dades que te dan un carácter más o menos complejo,
es necesario, si se quiere determinar la evidencia
de las relaciones a que puedo servir de fundamento,
analizarlo y simplificarlo, j>or medio de lu definición
y de la división.
La mayor parte de los conocimientos que ]*>sec
d espíritu humano son conclusiones mediatas, fruto
25® LÓGICA

de un razonamiento más o menos extenso que se apo­


ya, en último caso, en proposiciones de evidencia
inmediata. Entre las proposiciones simples y la con­
clusión se establece una relación nueva; no basta
para asegurarnos de que una conclusión es científica
que se deduzca de proposiciones evidentes inmedia­
tamente, sino que la relación que por la deducción
se establece ha de ser legítimamente deducida, en
conformidad con las reglas del silogismo, lo cual se
consigue por medio de la prueba, que es otro de los
procedimientos para evidenciar la validez de una
conclusión científica. Por esto los lógicos señalan or­
dinariamente tres auxiliares de la ciencia, tres medios
para obtener y comprobar una conclusión científica:
la definición, la división y la prueba. Estos tres me­
dios, verdaderamente objetivos y reales, ayudan po­
derosamente a la determinación de la evidencia y
de la certeza de una deducción científica; pero una
proposición sola no constituye la ciencia, que es un
conjunto sistemático de verdades: la ciencia total, sea
universal o particular, es un sistema de deducciones
o demostraciones coordinados y subordinadas, a cuya
constitución ayuda eficazmente el método. Otro de
los medios que constituye un auxiliar poderoso para
la sistematización científica es la hipótesis; su, utili­
dad para la constitución de la ciencia es manifiesta,
porque, auuquc ello en si misma no tiene carácter
científico, dado el modo de proceder gradual del en­
tendimiento humano, no hay duda que ha contri­
buido grandemente al avance de las ciencias. Estu­
diaremos. pues, cinco medios de llegar a la ciencia;
los tres primeros, la definición, la división y la prueba,
se refieren directamente a la conclusión científica;
los dos últimos, el miiodo y la hipótesis, dicen orden,
MEDIOS DK LI,KCAR A I«A CIENCIA 259
de un modo más o menos inmediato, a la sistematiza­
ción científica.

163. Concepto y objeto de la definición.— Para


perfeccionar nuestras ideas por el conocimiento de
sus principios, es de gran importancia el concebirlas
y analizarlas a la luz de una definición verdadera­
mente filosófica. Una buena definición es, a veces,
el resultado de un estudio vasto y profundo y la sín­
tesis de una porción de nociones que se ordenan a la
uuidad científica. Definir, generalmente hablando,
es limitar. I^a definición es la determinación de una
idea o de un objeto por las notas (30) que lo distinguen
de los demás; su finalidad es dar una idea dora de uu
objeto; y será tanto m&s perfecta, cuanto más dis­
tinta y completa sea la idea que por ella formamos,
mediante la aplicación de las notas esenciales, del
objeto. Si esto exige la definición, como medio paTa
llegar a una conclusión científica, es evidente que no
puede ser, como opinan algunos autores, un proce­
dimiento trivial de explicación, un medio completa­
mente subjetivo de dar alguna lu?. a nuestros concep­
tos, sino que tiene un carácter objetivo, por hallarse
intimamente ligada con las realidades que han de
ser objeto del conocimiento científico.
La definición descompone en sus elementos los
objetos que hay que conocer cicntificamcnte; para
dotarlos de mayor claridad, hacc un miuucioso aná­
lisis de los fenómenos, para sintetizar después sus
factores y reconstituir el conjunto; pero todo esto
« muy accesorio. I/> principal en la definición no
consiste en seleccionar las propiedades de las co­
sos, haciendo resaltar las que son verdaderamente
características, ni en condensar, por medio de fór-
2ÓO I,ÓCICA

muías breves y de fácil recordar, los más intere­


santes de nuestros conocimientos, ni en la relativa
constancia que las hace muy útiles como medios de
concordancia de los espíritus, sino en constituir las
bases en que se apoyan los mismos fundamentos de
las ciencias. Claro que no todas las definiciones al­
canzan este grado de perfección, propio de las defi­
niciones esenciales, únicas que constituyen las bases
de las ciencias. Así como no todas las verdades pue­
den demostrarse y hay que admitir algunas realmente
indemostrables (83, 120), de evidencia inmediata,
así también no todo puede definirse. De análisis en
análisis es forzoso llegar a unos conceptos que no son
susceptibles de un análisis ulterior y constituyen los
límites extremos del pensamiento, que el espíritu no
puede traspasar. Estos limites son las definiciones
esenciales de las cosas.

164. Definición nominal y real, esencial y descrip­


tiva.— Se puede definir un nombre o una cosa; en el
primer caso, la definición es nominal; en el segundo,
real. Definir un nombre es explicar su significación,
sea etimológica o convencional, fijando su origen gra­
matical y señalando su filiación en otros idiomas más
antiguos, o determinando su sentido genérico y pre­
cisando el sentido especial en que se emplea en un
caso concreto. La definición se llama real cuando
explica la naturaleza de la cosa significada por el nom­
bre— oratio explicans naturam rei per nomen sigtti-
ficaiae.— La definición real se llama esencial si expli­
ca la naturaleza del objeto por medio de los principios
esenciales que lo constituyen; si estas partes esencia'
les son físicas, como el cuerpo y el alma, habrá defi­
nición esencial física; si son partes metafísicas o lógicas.
MEDIOS D E LLEGAR A LA CIENCIA 261

como la animalidad y la racionalidad, habrá definición


esencial metafísica. La definición esencial se encuentra
en los últimos elementos indefinibles, tales son, por
ejemplo, las definiciones de cantidad y número,
como base de la aritmética, las de punto, línea, rec­
ta, etc., como base de las ciencias geométricas: sobre
las definiciones esenciales descansan las ciencias,
como un edificio sobre sus fundamentos, según la
expresión de Aristóteles.
Pero, ¿es que conocemos la esencia de las cosas?
Por de pronto/ la esencia individual, por la cual el
ser es lo que es y se distingue de todos los demás seres
individuales, nos es desconocida. Nuestros conoci­
mientos son abstractos y universales (P. 130), de ma­
nera que las definiciones esenciales que formulamos
de las cosas son mejor definiciones de clases, de géne­
ros y de especies. Para llegar al conocimiento de la
esencia genérica y especifica de las cosas, comenza­
mos por observar sus cualidades, sin poder precisar
si éstas son naturales o accidentales y la explicación
que hacemos de una cosa es mejor una descripción
que una verdadera definición. Cuando la definición
de una cosa se da por medio de caracteres o atribu­
tos que no constituyen su esencia, se llama descriptiva,
la cual se denomina accidental, si se hace por medio
de accidentes comunes o contingentes; propia, si se
hace por medio de propiedades, como si se definiera
el hombre «un animal capaz de ciencia, de admiración
y de sociedad política»; la definición descriptiva se
llama causal, si se verifica atendiendo a la causa efi­
ciente o final de la cosa definida, como si alguno defi­
ne el hombre «un ser destinado a conseguir en Dios
el conocimiento de la verdad y la felicidad perfecta
y sempiterna». En sus comienzos la definición descrip*
I.ÓGICA

tiva es puramente accidental; pero, gradualmente, el


espíritu puede llegar, auxiliado por la inducción, a
distinguir, entre las cualidades de una cosa, las nece­
sarias de las contingentes y definir, de este modo,
una cosa por una o muchas de sus propiedades. L,a$
definiciones que son de uso en química, en mineralo­
gía, en botánica, en zoología, por ejemplo, son acciden­
tales y, a lo más, naturales. Así decimos: «el hidrógeno
es un gas incoloro, insípido, el más ligero de los gases
conocidos, etc.»; «el oxígeno es un gas incoloro, insípido,
combustible, etc.»; «el perro tiene tal fórmula dentaria,
tal número de vértebras, etc.» Todos estos caracteres
son accidentales y descriptivos; por ellos podremos
reconocerlos y aun distinguirlos, pero no expresan
su naturaleza intima, que es la razón suficiente de
las cualidades con que se nos presentan,

165. Cómo se llega a nna buena definición.—De


lo dicho resulta que la definición esencial es un ideal
que nos proponemos alcanzar, aunque difícilmente lo
conseguimos; del mismo modo que la ciencia perfecta
es un ideal digno de nuestra noble ambición, por más
que pocas veces el éxito corona totalmente nuestros
esfuerzos. Ella es la única definición rigurosamente
científica o filosófica y la única que da adecuada sa­
tisfacción a las aspiraciones superiores de nuestra alma
inteligente. Aristóteles señala un doble procedimiento
para llegar a una buena definición, la vía descendenU
y la vía ascendente.
a) E l procedimiento por vía descendente toma su
punto de partida de una noción genérica que incluye
la idea que hay que definir y desciende, pasando poi
las notas inferiores de género y de diferencia especí­
fica, hasta llegar a aquella idea. Queremos definir,
MEDIOS D E IX E G AR A I,A CIENCIA 263

por ejemplo, la idea de virtud. Para ello nos valemos


de la noción de hábito, que constituirá el punto de par­
tida; pero los hábitos son de dos géneros, unos que
perfeccionan el cuerpo y otros que perfeccionan el
alma. Analizando el concepto de virtud, veremos
que perfecciona a la voluntad y que entra, por lo
tanto, en los hábitos del segundo género. Considerando,
finalmente, que la voluntad puede ser perfeccionada
en todos sus actos, o solamente en una parte de los
mismos, y que la división de los hábitos se hace te-
niendo en cuenta su objeto formal, llegamos a definir
la virtud *un hábito que perfecciona a la voluntad en
la adquisición del bien honesto*. Esta es una defini­
ción perfecta de la virtud, hallada por la aplicación
de un método perfecto.
b) EL procedimiento por vía ascendente toma como
punto de partida la idea misma que vamos a definir,
comenzando por considerarla en sus distintas aplica­
ciones, para separa; de ella las diferencias individua­
les, reteniendo solamente el elemento común. Por el
análisis de este elemento se descubren, generalmente,
las notas características de la definición. Queremos
definir, por ejemplo, la justicia. Para ello se reúnen
las distintas aplicaciones que de esa noción se hace
a los hombres, comerciantes, reyes, jueces, inocen­
tes, etc. Analizamos luego estas aplicaciones, viendo
que los comerciantes se llaman justos, cuando dan
tanto como ellos reciben, es la justicia conmutativa;
que los reyes se llaman justos, cuando castigan las
faltas y recompensan los méritos, es la justicia dis>-
tributiva; que los jueces son considerados justos, si
aplican debidamente las leyes, es la justicia legal;
que tin hombre inocente se llama justo, porque no
peca contra la autoridad ni contra el derecho que
2&4 U telC A

Dios tiene sobre el. Analizando sucesivamente esas


nociones, distintas por su aplicación, vemos que hay,
en todas ellas, un elemento común que es el respeto
dd derecfto y definimos la justicia «el hábito de respe­
tar todos los derechos». Vemos, además, que los tres
primeros casos de aplicación del concepto de justicia
constituyen una forma da justicia especial y que el úl­
timo pertenece a una virtud más general: un hombre,
en efecto, puede ser un comerciante, un rey, un juez
muy justo y faltar, no obstante, gravemente a sus
deberes para oon Dios, Por esto los moralistas dis­
tinguen la justicia como virtud especial y como vir­
tud general. Podríamos aplicar el mismo procedimien­
to a la noción de libertad, y analizando las distintas
aplicaciones de esc concepto, veríamos que las dis­
tintas libertades físicas, morales y sociales no se pue­
den reducir a una definición común, sino que cons­
tituyen tres libertades análogas, cada ana con su
definición propia.

166. Reglas de la definición.— La definición, pri­


mariamente, suministra a la ciencia principios eviden­
tes que le sirven de fundamento y, secundariamente,
aclara nuestros conceptos. De esta doble finalidad
de la definición se derivan unos corolarios que
se pueden considerar como reglas prácticas de una
buena definición. Desde el primer punto de vista, no
podernos decir, como afirman algunos autores, que
la definición nos da a conocer el género y la diferencia
especifica del objeto que hay que definir, porque
ellos precisamente constituyen la esencia de la defi­
nición, o, si se quiere, la definición esencial; pero como
la definición debe poner de manifiesto la naturaleza
<le la cosa, es de toda necesidad que se apoye en al*
MEDIOS DE [.LEGAR A LA CIENCIA 265

guna noción anterior a la cosa que hay que definir.


De aquí ac siguen tres consecuencias o reglas prác­
ticas de la definición: x.* dos cosas opuestas, la sa-
*lud y la enfermedad, por ejemplo, no pueden defi­
nirse reciprocamente, porque son simultáneas; 2.a los
miembros de una división no pueden servir paia de­
finirse los unos a los otros, asi no se puede definir el
liquido, oponiéndolo a los seres sólidos o gaseosos;
3 * una cosa no puede definirse por sí misma o por
otra cosa posterior, asi la electricidad no se define
describiendo sus efectos, porque no se la relaciona
con una causa anterior, sino con los efectos posteriores.
Desde el segundo punto de vísta, la definición debe
ayudar a la claridad de los conceptos, y para ello ha
de ser ciara, más clara que la cosa que hemos de de*
finir. Por esto, l.° lo definido no ha de entrar en la de*
finición, ni siquiera puede repetirse el nombre de la
cosa, ya que suponemos que tiene necesidad de ser
aclarado; 2.0 deben evitarse lo» términos metaffsicos,
ambiguos y obscuros; 3.°la definición debe ser concisa,
ni redundante, ni diminuta; 4.0 debe convenir a todo
y a sólo lo definido; 5.0 ha de ser tan adecuada y
justa, que sea como una nueva expresión de la cosa,
basta el punto de que puedan convertirse.

167. Noción y {andamento de la división. — La


división es una operación lógica que facilita con­
siderablemente el proceso del conocimiento y que
contribuye poderosamente al desarrollo del espíritu
humano, permitiendo la formación de sistemas orde­
nados. En la ciencia, bajo la forma de clasificación,
desempeña una función trascendentallBima, siendo in­
dispensable como procedimiento de distribución y de
ordenación de loa objetos de cada una de las disci­
266 LÓGICA

plinas científicas. Milne-Edwards demuestra la uti-


lidad práctica de las clasificaciones, recorriendo las
distintas aplicaciones que se hacen de ellas, desde las
más ordinarias de la vida a las más científicas y ele­
vadas.
Por división se entiende en lógica la distribución,
de un todo en sus partes, presentándolas separadas,
pero sin prescindir de las relaciones que las unen en­
tre sí y con el todo dividido. El fundamento de la
división, y de la clasificación que en ella se apoya,
puede ser natural y artificial. Una clasificación que
nos da indicios más distintos acerca de la naturaleza
de los seres, se llama natural u objetiva; cuando en
vez de señalar las relaciones naturales entre los seres,
se limita a auxiliar la memoria, se llama artificial o
subjetiva. Tal es, por ejemplo, la división de España
en provincias.

168. Especies de división,— Prescindiendo de la di*


visión impropiamente dicha de una palabra equívoca
o sinónima en sus distintos significados, nos ocupare­
mos de las especies de división propiamente dicha.
Las especies de división se corresponden a las distintas
especies de todo que podemos estudiar, porque, siendo
la división la distribución de un mismo todo en sus
partes, han de ser tantas las especies de división como
las especies de todo. El todo real es una realidad cuya
esencia es compuesta. Se divide en partes físicas, real­
mente distintas y separables, como los miembros del
cuerpo, y en partes metafísicas, que son distintas y se­
parables solamente en el orden metaílsico o abstracto,
como las aptitudes diversas de la inteligencia. Las
parles físicas de un todo real son esenciales o integrales.
Las primeras son paites físicas, que constituyen la
MEDIOS D E U .E G A K A I.A CIENCIA 267

esmcia de un todo, de tal manera que el concepto


del todo desaparece con la desaparición de una de
sus partes, tal es, por ejemplo, la división del hom­
bre en cueipo y alma racional. Las partes integrantes
son partes físicas que constituyen en conjunto la
integridad, pero no la esencia del todo; la desapari­
ción de una o de muchas partes integrantes afecta
solamente a la integridad, pero no al concepto de la
esencia, por ejemplo, la mano, el brazo, la pierna,
con relación al cuerpo humano. Estas partes inte­
grantes son homogéneas o heterogéneas, de la misma
naturaleza o de naturaleza distinta.
El todo lógico es una idea universal considerada
por su extensión y como pudiendo ser dividida en
otras nociones inferiores. Tal es la división de un gé­
nero en sus especies, de un accidente, considerado
como idea universal, según las distintas especies de
sujetos que modifica, por ejemplo, el calor conside­
rado en los sólidos, en los líquidos y en los gases; tal
es la división de un accidente con relación a otros
accidentes, por ejemplo, el calor dividido en calor
latente y calor sensible. Además del todo real y del
todo lógico, podemos considerar el todo moral y el
todo mixto. E l primero es un compuesto de seres rea­
les, reunidos por relaciones morales, que dependen
de una finalidad también moral, por ejemplo, un
ejército, una sociedad mercantil. A semejanza del todo
real, el todo moral admite la división en partes esencia­
les, por ejemplo, en un ejército, los jefes y los soldados;
y en partes integrantes, como los batallones. El todo
mixto es un todo compuesto de seres reales y de seres
lógicos, pero considerados como una unidad, en vir­
tud de una analogía, que con frecuencia es una per­
sonificación, por ejemplo, la patria o la religión.
268 IjÓGtCA

169. Relaciones entre la definición 7 la división,—


Una definición, sobre todo si es esencial, no puede
hacerse sin tener en cuenta la división. Pongamos,
por ejemplo, la definición de la vida. Hay alrededor
de nosotros muchos seres a los cuales se atribuye la
vida: las plantas, los animales, el hombre y, por en­
cima del hombre, los espíritus puros y el Ser Supre­
mo. Cada uno de estos seres representa una forma
de actividad distinta, pero todas estas formas tienen
un carácter común; de lo contrario, debiéramos resig­
narnos a dar a cada uno de aquellos grupos irreduc­
tibles que ellas caracterizan una apelación especial
y renunciar al propósito de ordenarlos bajo una defi­
nición común. De hecho, las diversas formas de ac­
tividad que distinguen la planta, el animal y el hom­
bre tienen un carácter común, la inmanencia, (P. 80);
este es el limite extremo a que llegan las observacio­
nes y el análisis de su actividad. En la definición de
la vida, la actividad es el género, la inmanencia se­
ñala el carácter diferencial; las dos nociones reunidas
determinan la definición de la vida, como una com­
binación de género y de diferencia especifica. Esta
definición no puede formularse sin establecer, al
mismo tiempo, una división entTe las distintas for­
mas de actividad inmanente y, por vía de consecuen­
cia, entre los diferentes seres dotados de vida, de tal
manera que los procedimientos de definición y de di­
visión se desarrollan paralelamente y están intima­
mente unidos. Definir una cosa es manifestar cómo
ella se identifica con otra más simple y mejor cono­
cida y, en último análisis, cómo se identifica con otra
cosa completamente simple e inmediatamente cono­
cida, que no es susceptible de una definición ulterior.
Por esto dijimos que la definición, cuando es esencial,
MEDIOS D E IA E G A R A t A CIENCIA

señala los límites extremos del análisis del pensamien­


to; el procedimiento de definición es de simplificación,
descomponiendo muclias cosas semejantes en sus ele­
mentos simples, al objeto de determinar una nota
simple común, que sirve de injerto a todos los ca­
racteres distintivos de cada una de aquéllas. Dividir
es manifestar cómo, de la noción genérica común, na­
cen, por vía de diferenciación o de adición de carac­
teres diferenciales, especies distintas.

170. Reglas de la división.— Como la división, en


su acepción esencial, consiste en descubrir las formas
especificas que contiene un mismo género, la primera
condición de una buena división es la de no omitir
ninguna de las especies a las cuales puede aplicarse
el género común, es decir, que la división debe ser
completa. Para ello es necesario proceder del carác­
ter más general al que lo es menos, de un género su­
perior a los géneros subordinados (52), del género
próximo a las especies y de éstas a los individuos.
La segunda condición de una división científica es
que sea positiva, si es posible. Una oposición contra­
dictoria, que se hace por simple negación* tiene la
ventaja, sin duda, de ser completa, pero no nos en­
seña nada acerca de la naturaleza de los objetos.
Puede ser necesario, por ejemplo, dividir los seres de
la naturaleza en substancias corporales y substancias
incorpóreas, pero esta oposición no es verdaderamente
científica. Para que lo sea, debemos analizar las no­
tas que constituyen la noción de corporeidad, cuáles
son positivamente los diversos seres corpóreos o in­
corpóreos y qué atributos reales les distinguen. Como
la división, al igual que la definición, tiene por ob­
jeto, además, ordenar y dar claridad a nuestros cono­
270 i .ó o ic a

cimientos, otra de las condiciones que debe tener


es la de dar claridad a los conceptos.
Be esas condiciones primordiales resultan las re­
glas prácticas de la división: para que una divi­
sión sea completa es necesario que no se omita ninguna
de las partes; 2* que ninguna parte entre más de una
vez como miembro de la división; seria mala, por ejem­
plo, la división de los juicios en verdaderos, falsos y
probables, porque estos últimos lian de formar parte
necesariamente de alguno de los primeros. La claridad
exige orden en la distribución progresiva de las par­
tes y la mayor concisión en la enunciación. E l orden,
a su vez, exige que las subdivisiones se hagan aten­
diendo a la importancia relativa de los caracteres
diferenciales, teniendo en cuenta, además, el fin de
la clasificación.

171. La prueba.— La prueba, que es el tercer modo


para llegar a una conclusión científica, es el medio de
que nos valemos para hacer admisible la verdad, pro­
duciendo el convencimiento, que solamente puede
alcanzarse por medio de la evidencia y de la demos­
tración. Pudiéramos repetir en este lugar todo lo que
llevamos explicado acerca del razonamiento y de la
demostración.

§ II. E l método

172. Concepto del método.— El método, como in­


dica su nombre, designa el camino que hay que seguir
para llegar a un fin; bajo su aspecto lógico, significa
el procedimiento aplicable para llegar a la ciencia
o a la filosofía, y puede definirse: ü orden según el cual
es necesario relacionar los juicios y las demostraciones
MEDIOS DE LLEGAR A LA CIENCIA

para llegar con más seguridad a la ciencia. El proce­


dimiento que debemos seguir para llegar al conoci­
miento de la verdad es extremadamente complejo,
comprende numerosas y diversas operaciones menta­
les, combiuándolas entre sí y subordinándolas debi­
damente, siempre en conformidad con las leyes que
rigen la producción de los actos intelectuales y con
la verdad o conclusión científica a cuya adquisición
se ordenan. El método, como instrumenta para co­
nocer la verdad, tiene complicadas relaciones psico­
lógicas y lógicas; bajo el primer concepto, se relacio­
na con casi todas las operaciones mentales, pues la
mayoría de ellas, y desde luego todas las conscientes,
desde la percepción sensorial hasta los actos volun­
tarios, tienen que someterse a su disciplina; pero estas
relaciones son todavía más íntimas con la simple
aprehensión y el juicio. Desde el punto de vista lógico,
el método se relaciona especialmente con el racioci­
nio y la argumentación, así como con los procedimien­
tos últimamente estudiados, la definición, la división
y la prueba, porque si éstos se ordenan inmediata­
mente a la conclusión científica, considerada aísla*
damente, el método dice relación a la formación sis­
temática de todo el edificio científico. Después de lo
dicho, no es necesario insistir en la importancia del
método. Todas las ciencias necesitan, para consti­
tuirse y progresar, apoyarse en un método adecuado y
racional. Pero la importancia del método no es sólo
científica, sino que trasciende también a todos los
órdenes de la vida, siendo indispensable para asegu­
rar el feliz éxito de cualquiera empresa.

178. Los tres momentos en el método.— El orden


o relación natural que la razón humana dice a la ver­
272 LÓGICA

dad, que es su perfección suprema y propia, puede


considerarse en su principio, según que concebimos
a la razón humana comenzando el movimiento ascen­
dente hacia la verdad, o en su progreso y desarrollo,
o en su fin; tres momentos realmente inseparables,
ya que todos se ordenan a la consecución o enuncia­
ción de la verdad. De aqui resultan tres especies de
métodos científicos: i.° el método inicial, que se refiere
a la inteligencia, por parte de lo que pudiéramos lla­
mar su primer momento racional, porque toma cotno
punto de apoyo y principio de su movimiento cien­
tífico algún hecho o principio; 2.a el método evolutivo,
que corresponde a la inteligencia en su segundo mo­
mento, y se ocupa en el empleo de los medios ade­
cuados para adquirir con prontitud y seguridad las
verdades que tienen enlace directo o indirecto y mis
o menos inmediato con la que sirve de punto de par­
tida a la inteligencia; j.° el método final, que corres­
ponde al tercer momento del método, según que
dirige la inteligencia en el buen uso de la ciencia ad­
quirida y es como el término científico en orden a la
investigación y enunciación de la verdad.

174. Valor que dan a ellos las distintas escuelas.


— En nuestros dias ha adquirido una importancia
extraordinaria el estudio de la metodología, hasta
el punto de que algunas escuelas, concediéndosela
exagerada, la consideran, no como un medio para
llegar al conocimiento de la verdad, sino como una
verdadera ciencia substantiva y final. Las discusio­
nes versan sobre el valor que ha de concederse a cada
uno de los momentos del método; pero como quiera
que el segundo y tercer momento deben su valor al
del momento inicial, no es aventurado afirmar que
MEDIOS DE IJ.KGAK A LA CIENCIA 273

la metodología adquiere distintas fases según el valor


que las diversas escuelas conceden a aquel momento.
Esto supuesto, y entrando ya en la discusión del mé­
todo inicial, podemos reducir las opiniones de los
filósofos a cuatro sistemas: el escepticismo, el p$tco‘
logistno, el oníologismo y el dogtnatismo.
El escepticismo pretende que al hombre no le es
dado llegar a la posesión de la certeza científica sobre
ningún objeto. Esto vale tanto como decir que no
existen, en realidad, ni el método inicial, ni únenos el
evolutivo; más que un sistema determinado sobre el
método inicial o universal de la ciencia, es la nega­
ción de todo método científico.
El psicologismo afirma que la ciencia reconoce un
origen puramente sujetivo y tiene su razón de ser
en los hechos de conciencia, es decir, en el yo con sus
fenómenos y actos. Por esto se le llama sujetivismo o
método inicial sujetivo. Pueden distinguirse tres espe­
cies de psicologismo: el trasccndental de Fichte, según el
cual el yo es el origen de toda ciencia y de toda reali­
dad, el sen sista. que hace proceder de los sentidos y
sensaciones la ciencia como de su causa única; el ira-
dicioHolista, según el cual la ciencia trae su origen y
valor del consentimiento y enseñanza de los hombres.
El ontoiogismo pretende que el origen de la ciencia
en el hombre es una intuición más o menos inmediata
y directa del mismo Dios como primer ser y causa de
los seres. Esta intuición de Dios y de las cosas en
Dios es una hipótesis puramente gratuita, toda vez
que la conciencia nada nos dice sobre su existencia,
o mejor dicho, atestigua que no existe semejante in­
tuición y que al conocimiento más o menos perfecto
que poseemos de Dios llegamos, no por intuición,
sino por medio del razonamiento.
1&.— LÓOtCA
274 LÓGICA

El dogmatismo enseña que el origen de la ciencia


humana se encuentra en ciertas verdades de eviden-
cia inmediata, que el entendimiento percibe con toda
claridad desde los primeros momentos. Estas ver*
dades, llamadas primeros principios, pueden decirse
connaturales y virtualmente innatas en el hombre,
cuya razón e inteligencia es como una participación
de la luz increada, una semejanza de la verdad in­
creada que resplandece en nosotros.

175* Método ecléctico.—Es el que reconoce en todos


los métodos filosóficos una parte de verdad, y resulta,
por lo tanto, de la suma de verdades parciales. Cons­
tituye una tentativa del hombre para reemplazar
la filosofía por la historia, la reflexión personal por
el procedimiento artificial de la fusión de los sistemas
filosóficos.
Es evidente que el método inicial filosófico, enten­
dido en este sentido, no podría ser patrimonio más
que de los escogidos. El espíritu sagaz de Víctor Cou-
sin pareció conocerlo así sin ninguna pena. No es
extraño, pues, que se atreviese a decir que, si la filo­
sofía basta a la parte ilustrada de la humanidad, la
gran masa del género humano únicamente puede sos­
tenerse en el orden y en la moralidad con la ayuda
de la religión.

176* Condiciones del método perfecto.—Un mé­


todo perfecto debe reunir tres condiciones: i.* Debe
dividir el objeto de la ciencia a la cual se aplica, por
medio de una división completa, en miembros que
sean adecuadamente distintos, debidamente ordena­
dos y armónicamente graduados; es necesario que,
no solamente aquellos miembros estén convenien-
MÉDIOS D E LLEGAR A LA. CIENCIA 2 75

temen te relacionados, sino que sirvan unos para acla­


rar a los otros y permitan el paso regular de lo cono­
cido a lo desconocido y del menos difícil al más difícil.
2,ft En la explicación de esos miembros no deben ad­
mitirse sino nociones claras y distintas, hechos debida­
mente comprobados y precisos y definiciones bien
determinadas, de cuyos limites no debe salir nunca.
3.* Debe justificar sus últimas conclusiones por otras
parciales o por inducciones bien fundadas y ligadas
entre si, por medio de una lógica rigurosa y adap­
tada a la naturaleza particular de cada orden de in­
vestigaciones. Tal es el verdadero método para que
un conjunto de conocimientos sobre un mismo ob­
jeto se convierta en un verdadero sistema científico,

177. Los métodos científicos: el análisis y la sín­


tesis.— El método dé los descubrimientos y de las
demostraciones científicas, o sea la marcha que nues­
tro espíritu sigue para pasar de lo conocido a lo des­
conocido, es doble: el método analítico y el método
sintético; el primero se aplica con preferencia a las
ciencias de observación; el segundo, a las ciencias ra­
cionales (161). El método analítico descompone un
todo muy confuso o extremadamente complejo, en
partes bien distintas, para elevarse de los detalles a los
puntos de vista de conjunto, de lo particular a lo uni­
versal, de las ideas compuestas a las simples, de los
efectos a las causas; parte de hechos concretos, obje­
tos de la observación y de la experimentación, para
explicarlos, al objeto de formular proposiciones ge­
nerales y enunciar leyes. Es el método que aplica la
inducción para llegar a las inferencias inductivas. Se
llama método sintético el que procede de lo simple o
general a lo compuesto y particular. Cuando una
ILÓGICA

ciencia parte de principios necesarios y simples, es­


forzándose en combinarlos para deducir de ellos re­
laciones nuevas, emplea el procedimiento sinUtia>,
que es por excelencia el de deducción y de exposi­
ción. El método sintético es el propio de las ciencias
racionales, deductivas o abstractas, como la geome­
tría, el álgebra, la lógica.
No pocos naturalistas y buen número de filósofos
Lian confundido el análisis y la síntesis, llamando
análisis a lo que otros llaman síntesis y viceversa.
Mientras Newton sostiene, con razón, que el pasar
de los fenómenos a las leyes es proceder por análisis,
Hooke pretende, equivocadamente, que el análisis
consiste en pasar de las causas a los efectos, y Con-
dillac, incluyendo la síntesis en el análisis, enseña
que el análisis consiste en desmontar y volver a mon­
tar sucesivamente una máquina para conocer sus
Todajes. Dtigald-Steward consagra veinte páginas
de la Phiiósophü de L’esfirit humain a «estudiar el sen­
tido de las palabras análisis y síntesis en la lengua
filosófica moderna y sostiene que hay dos especies
de análisis y de síntesis, la d i las matemáticas o cien­
cias puras y la de las ciencias experimentales». «En
matemáticas, dice, el análisis es la regresión de lo
condicionado o condicionante.» Lo cual tiene lugar,
por ejemplo, cuando nos remontamos de las raloes
de segundo grado a la ecuación geneTal de segundo
grado, que determina sus condiciones y permite ex*
plicar sus diferentes hipótesis (raíces reales, ratees
iguales, ratees imaginarias), según la relación cuan­
titativa que se supone entre el coeficiente p de x y d
tercer término q; cuando, por el contrario, de esa
ecuación general se deducen las raíces, se sigue
método sintético. «En física, añade, el análisis es la
MEDIOS D E I¿E G A R A I,A CIEN CIA 277

descomposición de una cosa compleja en sus ele*


mentos simples.* Duhamel, en su obra Méthode dans
les sciences de raisonnement, y Paul Jfanet, en su Traité
¿Umeniaire de philosophie, creen que todo análisis
puede reducirse a un análisis matemático.

178. Valor filosófico de estos dos métodos.— Para


determinar el sentido filosófico del análisis y de la sín­
tesis, aplicados a las ideas y, en consecuencia, a los
objetos representados eu nuestras ideas; debemos re­
cordar la distinción que media entre la comprehensián
y la extensión de éstas y la relación inversa que las
une (39). Es evidente que la noción de análisis, que
significa la descomposición y el esamen de un todo
en sus partes, y la noción de síntesis, que significa la
reunión y el examen de las partes en su todo, pueden
estudiarse desde el punto de vista de la extensión y
atendiendo a la comprehensión; de lo cual se deduce
que el análisis y la síntesis, no solamente se diferen­
cian, sino que forman contraste, según que seles consi­
dere desde uno u otro de los puntos de vista indicados.
Si adoptamos el punto de vista de la extensión, el
todo que hemos llamado lógico (168) representará
la idea de un género y las partes representarán las
especies o nociones inferiores. El análisis consistirá
en estudiar la nota o las notas del género sucesiva­
mente en las partes inferiores, para descubrir y ob­
servar en ellas su carácter común; el fruto de este
análisis será la síntesis. Después de haber eliminado
por el análisis las diferencias especificas, podremos
comprobar que el atributo genérico es el mismo eu
todas las especies inferiores y la consecuencia de esa
comprobación será el formar, por la síntesis, una
idea completamente clara de la noción genérica, que
2 78 LÓGICA

se refleja en cada una de las partes o nociones infe*


riores, comprendidas en su extensión.
Desde el punto de vista de la comprekvtsión, las
nociones inferiores son más complejas, es d^oir, tienen
mayor número de notas que las nociones superiores,
£1 análisis consistiría en descomponer ¡a noción
inferior, considerándola como un todo real, en sus dis­
tintas notas, para examinarlas aislada1iwute, ha­
ciendo caso omiso de sus determinaciones restricti­
vas y de este modo llegar a la idea genaral que la
representa en toda su extensión o aplica'.>i!idad a las
nociones inferiores; también, en este caso, el fruto
del análisis es la síntesis.

179. Método de invención y método de enseñanza.


— Después de lo dicho cabe preguntar: ¿cuándo se
empleará el método sintético, o se pasará de lo cono­
cido a lo desconocido por medio de la síntesis? El
método sintético se considera siempre desde el punto
de vista de la extensión y supone como punto de
partida un principio general, doro y cierto, del cual
se desciende, por deducción lógica, a las aplicaciones
inferiores. Por esto el método sintético es, por excelen­
cia, el método de descubrimietito o invención en las
ciencias puras o de principios, como las matemá­
ticas. £1 método analítico, ya considerado desde el
punto de vista de su extensión, es decir, partiendo
de una idea general insuficientemente conocida en
sí misma, para estudiarla en sus aplicaciones o deter­
minaciones particulares, ya teniendo en cuenta su
comprehensión, si se parte de los seres reales, cuyas
propiedades deben estudiarse aisladamente, es el
método característico de las ciencias experimentales
o de observación para el descubrimiento de la verdad.
MEDIOS D E U vKGAK A LA CIENCIA 279

Segóu el fia que nos propongamos, tendremos el


método turístico o de invención, el método didáctico
o de enseñanza y el método sistemático o de exposi­
ción; pero, en todos ellos, el entendimiento no hace
más que analizar o sintetizar. El arte de inventar,
si así puede llamarse, se reduce al código fundado
en los principios de deducción e inducción. En la in­
vestigación de la verdad, el entendimiento no em­
plea un procedimiento único y constante; sin embar­
go, el análisis es más frecuente y más útil. El orden
que hay que seguir en la enseñanza de una ciencia
es el que mejor se acomode a la inteligencia del dis­
cípulo y le haga más fácil la asimilación de los cono­
cimientos. El método sistemático tiene como princi­
pio fundamental el dar a las conclusiones científicas
la disposición más lógica y más adecuada para el ma­
yor progreso científico.

ISO. Necesidad del método constructivo.—Ni en


las ciencias racionales ni en las de observación puede
emplearse exclusivamente ninguno de los dos métodos
científicos, sino que, con frecuencia, han de auxiliarse
mutuamente para llegar a una demostración verda­
deramente científica. Toda ciencia, en efecto, tiene
por objeto el conocimiento de una cosa por sus cau­
sas; por esto la demostración rigurosamente científica
es la demostración propter quid (120), que se vale,
como término medio, de un principio ontológico, la
naturaleza íntima del sujeto, para dar razón de las
propiedades y de las manifestaciones de las cuales el
sujeto es el principio y fundamento. En consecuencia,
las ciencias experimentales se ordenan, en último
análisis, a relacionar los hechos de experiencia con
ios principios más generales, a explicar la física, en
28o i A g ic a

su sentido más amplio de conocimiento experimental


del mundo, por las matemáticas y la metafísi­
ca: lo mismo sucede en la mecánica y en la óptica,
y esto se pretende conseguir en las demás partes de
la física, en la química, etc. Pero, con frecuencia,
estas ciencias son mixtas, en parte sintéticas y en par­
te analíticas, y su método es mixto, analítico-sintc-
tico. Esto justifica el empleo del método constructivo,
compuesto de los dos, pero que, en algunos casos,
se presenta con el predominio de uno de ellos.
En cuanto al modo de unir el análisis con la sín­
tesis, es casi imposible dar reglas del todo precisas.
Sin embaído, no estarán de más Ins observaciones
siguientes: i * en las cuestiones particulares, la cla­
ridad, la brevedad y la wtidad se armonizan mejor
con la síntesis; 2.* en cuanto a los detalles y puntos
secundarios, es preferible aplicar el análisis; 3.* en
las ciencias puramente racionales, como las mate­
máticas, el orden sintético se impone; 4.* en las cien­
cias experimentales, se ha de preferir el orden ana­
lítico. más conforme con las cosas y con el proceso
del entendimiento; 5.* en las ciencias mixtas, en don­
de intervienen juntamente la experiencia y la razón,
se pueden emplear nmlios métodos.

181. El método aplicado a las distinta*! ciencias.


— De cuanto llevamos dicho se deduce la muellísima
importancia que tiene la aplicación de un método
determinado a cada ciencia, según sea el modo de
ser de ésta. Claro que, al decir esto, no nos referimos
al método inicial, sitio al evolutivo, que tiene mayor
aplicación en las ciencias particulares. No faltan
autores que, siguiendo el ejemplo de Bain, dan, en
la lógica general, una extensión injustificada y ex­
MEDIOS D i; IJ.ECAH A I,A CIENCIA 281

cesiva a la parte que designan con el nombre de lógica


aplicada, y así tratan detalladamente del método
aplicado a las matemáticas, a las ciencias físicas y
naturales y a las ciencias históricas, morales y socia­
les. Creemos que este estudio pertenece propiamente
a la crikriologia y más aún a los tratados especiales
de cada ciencia en particular, según las enseñanzas
de Santo Tomás.— Lógica tradit communem modum
procedendi in ómnibus altis scientiis. Modus auletn
proprius singularium scicniiarum, in setenins singu-
lis circo, principium tradi dtbei.

182. El método general de la filosofía; el empi­


rismo y el idealismo panteísta.— El método filosófico,
hablando en general, es la combinación ordenada del
análisis y de la síntesis, os decir, el analitico-sintético.
En efecto, la filosofía es la ciencia de las cosas por sus
causas más profundas y universales y tiende a dar
explicación del universo y de sus leyes por medio de
un conocimiento sintético, tan jwrfecto como nuestra
inteligencia pueda alcanzarlo, de la Causa primera
que ha creado el mundo por un acto de su omnipo­
tencia y que próvidamente lo gobierna. Todo esto se
consigue por el análisis de los efectos complejos,
único medio de llegar al conocimiento de la Causa.
Pero es más; una vez la inteligencia ha llegado al
conocimiento de la causa última, deduce las conse­
cuencias necesarias a fin de ¡jcnctrar, en cuanto sea
posible, la naturaleza del Ser supremo y descender a
la contemplación de las cosas creadas, considerándolas
mejor en su ser de efecto, de lo cual deduce el co­
nocimiento de su origen, de su fin, las leyes de su ac­
tividad y la armonía general que esas leyes realizan.
En esto consiste el método sintético.
282 I.Ó&ICA

A ese método, verdaderamente racional, se oponen


dos procedimientos, que pecan uno por defecto y
otro por exceso. El empirismo se limita al estudio de
los hechos observados y coordinados y al de sus cau-i
sas materiales inmediatas y prescinde de toda reali­
dad que no pueda ser objeto de observación y de
experimentación. La filosofía idealista y panUktat
por el contrario, pretende buscar un punto de apoyo
en la intuición de lo Absoluto y hacer salir de ella el
conocimiento sintético del orden universal. Más atre­
vido que el empirismo y más prudente que el idea­
lismo, el sistema de los gratules doctores escolásticos
se apoya sobre el mundo sensible para elevarse al
conocimiento del Ser; una vea descubierto, escudriña
su naturaleza íntima para comprender mejor su atri­
buto de Creador y reconocer en Él el principio su­
premo del orden y de la unidad de las cosas creadas.

183. Dispata; ventajas que encierra.—Según su


etimología, significa opinar recíprocamente respecto
de un mismo punto o problema cuyo contenido se
quiere resolver. Sus principales ventajas son: i.* pun­
tualizar el contenido y extensión de la cuestión;
2.r aclarar los conceptos del adversario; 3.* conven­
cerle del error en que se encuentra.

§ III. La hipótesis.

184. La hipótesis; su valor en la ciencia.— La pa­


labra hipótesis, en su sentido más general, equivale
a suposición, conjetura, y designa el resultado de una
operación intelectual que se realiza constantemente.
Cada vez que se busca la explicación de un fenómeno
MEDIOS D E LLEGAR A LA CIENCIA 283

se pone en juego la observación y el razonamiento


interviene en la explicación, debiendo presuponerse
el principio en que debe fundarse la misma; una vez
supuesta la causa explicativa del fenómeno, podemos
comprobar la hipótesis por medio de la verificación.
Una hipótesis es, pues, una tentativa de explicación
que, para que tenga valor científico, debe constar de
tres actos: observación, suposición y verificación. Se
recurre a la hipótesis para ensayar una explicación
provisional, al objeto de llegar a la explicación defi­
nitiva; la hipótesis es como una adivinación del sis­
tema de la naturaleza en un orden de fenómenos
donde ese sistema no se manifiesta con toda evidencia.
La hipótesis científica, que es uno de los medios para
llegar a sistematizar las conclusiones científicas, puede
definirse: la suposición o invención de una causa apta
para explicar dd modo m4s simplet completo y conforme
con las leyes conocidas de la naturaleza, un grupo de
fenómenos todavía iniperfeciamettie conocido. El fia
de la hipótesis no es reducir la inteligencia del sabio
a un estado de pasividad, haciendo que acepte, como
definitiva y cierta, una explicación provisional, no
pocas veces falsa; antes, al contrario, la hipótesis tiene
por objeto estimularla y dirigirla en un orden de ob­
servaciones y de experiencias de las cuales puede espe­
rarse la solución que se busca. La hipótesis traza, en el
campo de las observaciones y experimentaciones cien­
tíficas, los surcos fecundos, de donde saldrán los des-*
cubrimientos y las conclusiones ciertas de la ciencia:
con hipótesis adecuadas se llega, con frecuencia, a ex­
plicaciones perfectamente comprobadas.

185. La observación, la suposición y la verifica­


ción en la hipótesis.— La o b s e r v a c i ó n es el resultado
2 B4 LÓGICA.

de la actividad voluntaria del espíritu, es decir, de la


atención que se aplica a los fenómenos percibidos.
En la observación, el espíritu nada crea, sino que se
aplica al estudio de los fenómenos producidos; es me­
ramente pasivo en cuanto al objeto y desarrolla toda
su actividad para percibirlo. Esta actividad es ne­
cesaria para que las impresiones sensibles adquie­
ran el carácter de elementos científicos. La observa­
ción es externa cuando se ocupa en el estudio de los
fenómenos de la materia; es interna o psíquica cuando
se aplica a los fenómenos del alma. Existe, final­
mente, una observación que puede llamarse racional
y es la que se refiere a ideas y juicios que tienen en
nuestra inteligencia un carácter de necesidad. La
existencia de un cuerpo que tocamos, la realidad de
un sentimiento que experimentamos y la evidencia
de un axioma matemático son tres objetos de certeza
resultados de una observación inmediata y personal.
A esta observación personal, forzosamente limitada,
debemos añadir las observaciones que nos constan
por el testimonio de los demás. Debe distinguirse
cuidadosamente la observación de un fenómeno de
la experimentación del mismo. El naturalista que con­
templa pacieritísimamente el movimiento de una
hormiga, observa; el que introduce un cuerpo extraño
en una hormiga, para estudiar sus movimientos, ex­
perimenta.
S u p o s i c i ó n . La hipótesis se ofrece siempre como
un fulgor cuya claridad aumenta gradualmente. New-
ton decía, hablando de sus propios descubrimientos:
objeto, iluminado vagamente, como por la luz cre­
puscular, se aclaraba poco a poco hasta brillar con
muy viva luz.» En todos los casos, cualesquiera que
&ean las formas con que se presenten los hechos y su
MEDIOS D C LLEGAR A LA CIENCIA

grado de precisión y su grado de certeza, la suposi*


ción es un factor indispensable a la ciencia. «Una idea
anticipada o una hipótesis, dice Claudio Bemard,
es el punto de partida necesario de todo razonamiento
experimental. Sin ella no se podrían hacer investiga*
dones ni podríamos instruirnos; solamente podría­
mos anotar observaciones estériles.t Por esto, entre
la observación y la demostración o la explicación de
un fenómeno, se coloca naturalmente una operación
intermedia, la suposición, que es como el término
medio entre la observación y la verificación.
V e r i f i c a c i ó n . Verificar una hipótesis es hacer ver
que la causa presupuesta es una causa real; y como
la noción de la causa es más simple y más general
que la noción de los fenómenos y caracteres que que­
remos explicar, podemos decir que verificar una lii-
pótesis es manifestar la identidad total o parcial de
un carácter o de un fenómeno complejo con otros
caracteres o fenómenos más simples y más genera­
les. De la verificación únicamente depende el valor
de la hipótesis.

186. Valor de la verificación en la hipótesis.—


Una hipótesis que reúna las condiciones de tal, no
es algunas veces más que una representación, vero­
símil y útil, de un principio de orden constituyendo
una clase de fenómenos, sin que esta representación
sea siempre verdadera y el principio de orden cierto,
en toda la extensión de sus aplicaciones. Para con­
seguir la verdad y la certeza, necesarias a todo sis­
tema científico, es necesario comprobar o verificar la
hipótesis, sometiéndola a la experimentación más
rigurosa y más precisa que sea posible en el orden de
los hechos; cuanto más exacta se haga la prueba,
z8 6 LÓGICA

auxiliándose de las operaciones del cálculo, más valor


tendrá como piedra de toque, para comprobar la hipó­
tesis. En el uso de los métodos de inducción (149), que
son de tanta utilidad para realizar la prueba, debe
el observador fijarse principalmente en aquellos fe­
nómenos que presentan una relación más estrecha
con la hipótesis que hay que comprobar, para ais­
larla, si es posible, y observarla en su carácter propio
y distintivo. En el c a m p o de las observaciones cien­
tíficas, se encuentran algunas veces fenómenos poco
visibles y aun ocultos debajo de otros, de los cuales
es necesario aislarlos, que son. no obstante, fenóme­
nos decisivos para la determinación de una ley natu­
ral. Semejantes fenómenos son como el reflejo, cu
un hecho particular, de una idea universal. Tat fue
el fenómeno de las interferencias de la luz, estudiado
por Fresnel para comprobar, por la naturaleza de la
luz, la hipótesis de las ondulaciones contra la newto-
niana de la emisión. En las ciencias experimentales,
la mayor parte de las observaciones son verdaderas
hipótesis verificadas. Los experimentos hechos sin
una finalidad preconcebida serían como un juego del
cual lo ciencia no i>odria sacar ningún resultado po-
sitivo. Por esto, dice Claudio Bernard, «solamente Be
hacen loa experimentos pora comprobar y afirmar la
hipótesis*. De aquí se sigue que los experimentos su­
ponen las hipótesis que ellos han de verificar; pero
es más, existe un elemento hipotético hasta en la
misma elección de los experimentos. Foueault, por
ejemplo, supuso que pOT medio de un péndulo insta­
lado en ciertas condiciones, podría hacer sensible el
movimiento de rotación de la tierra. Si 6U experi­
mento no hubiera dado resultado, no jíot esto hubiera
abandonado la teorfo de Copérnico; pero hubiera
MEDIOS DK LLKOAR A LA CIENCIA 287

reconocido que el procedimiento por él imaginado


no servia para verificar la hipótesis.

187. Observaciones prácticas para la comproba­


ción de las hipótesis científicas.—La primera obser­
v a c ió n se refiere al objeto de estos hipótesis. Hay dos
especies de verificaciones o comprobaciones que con­
viene distinguir cuidadosamente, In que tiene por ob­
jeto el descubrimiento de la causa desconocida de
un efecto conocido, y la que se ordena al descubri­
miento de efcctos desconocidos procedentes de una
causa conocida. Conocido un efecto y habiendo sido
bien observados sus caracteres» es necesario tener
cuidado en la verificación de la causa supuesta, por­
que ua tnismo efecto puede provenir de causas dis­
tintos y ser el resultado indivisible de todo un grupo
de acciones, sean homogéneas o heterogéneas. Asi
el movimiento, uno c indivisible, de una nave puede
ser la resultante de muchas fuerzas de naturaleza muy
diversa, el vapor, la impulsión del viento y de las olas,
la dirección impresa por el timón. Esto sucede prin­
cipalmente en mcc&nica, donde distintos sistemas de
fuerza» pueden producir un mismo efecto; pero
lo mismo pasa en el estudio de otras actividades
distintas de la acción puramente mecánica. La cris­
talización, por ejemplo, tanto en el laboratorio del
químico, como en el inmenso laboratorio de la natura*
Ic7.a, puede ser efecto de gran número de acciones
físico-químicas, La sensación exige toda una serie de
causas y de condiciones coordinados entre si. El mé­
todo de supresión, que confirma que la parálisi? de tal
nervio impido tal sensación, no nos autoriza para
deducir que la sensación tiene como causa total o
principal la función normal de este nervio. Del mismo
288 1/ÍGICA

modo, dada una causa conocida, no es siempre fácil


detallar con seguridad los efectos que de ella proceden.
Generalmente hablando, la comprobación de la hipó­
tesis deberá circunscribirse, en este caso, al análisis
de fenómenos poco complejos y bien especificados,
como en mecánica, donde se estudia la acción de
las fuerzas que obran en un sistema bien limitado,
después de haber estudiado el punto de aplicación
de la resultante, se estudian la intensidad y la di­
rección.
La segunda observación que hay que tener en cuen­
ta se refiere al límite de las hipótesis, científicamente
establecidas y comprobadas. Cuando una hipótesis
tiene limites inciertos y poco definidos y ha sido com­
probada por un cierto orden de causas y de efectos,
fácilmente se extiende, por analogía, su aplicación
más allá de los fenómenos comprobados. Así, por
ejemplo, la hipótesis de la atracción universal ha sido
comprobada para las masas de volumen apreciable;
¿se sigue de esto que pueda aplicarse a los últimos
elementos de la materia? ¿Cómo conciliar, en este
caso, la ley general de la atracción con las leyes de
las afinidades químicas? ¿Cómo conciliaria, en la.
hipótesis del éter imponderable repartido por todo
el mundo, con la acción propia de este éter, sea so­
bre sí mismo, sea sobre la materia imponderable?
¿Cómo conciliaria con el fenómeno de la osmosis,
de la capilaridad o del estado esferoidal? Es necesario,
pues, examinar de cerca los límites de semejantes
hipótesis, para no ir más allá de los datos observados
y de las consecuencias lógicas. La verificación exacta
y completa de Jas hipótesis científicas por medio de
experiencias bien dirigidas o de observaciones ade­
cuadas acerca de los puntos dudosos, constituye
MEDIOS D E LLEGAR A LA CIENCIA 2S9

uno de los trabajos más importantes para asegurar


la certeza y el progreso de las ciencias naturales.

188. La hipótesis en las ciencias racionales.—


Las hipótesis pueden llegar a ser, según el resultado
de la comprobación a que se sometan, verdades o
errores ciertos y verdades más o menos probables.
Pero, para el uso de la hipótesis, es necesario distin­
guir entre las ciencias matemáticas, cuyo carácter
es eminentemente racional, y las ciencias físico-na­
turales, cuyo carácter es experimental. La diferencia
no nace del método, que es el mismo en los tres pro­
cesos esenciales, sino de la naturaleza de la observación
y del procedimiento de la verificación. En las cien­
cias racionales, el espíritu observa, o mejor, consi­
dera ciertos datos completamente simples, ciertas
relaciones evidentes por sí mismas; supone que, com­
binando aquellos datos y estudiando sus relaciones,
encontrará alguna nueva relación. La verificación
de esa suposición consiste en hacer ver que 1a propo­
sición, enunciando aquella relación, ?e identifica con
otras elaciones anteriores y más simples; es decir,
que Ja proposición más compleja se deduce de otras
proposiciones simples por las cuales se explica.

189. La hipótesis en las ciencias experimentales.


—En las ciencias experimentales el espíritu comien­
za por observar ciertas coincidencias de hechos com­
plejos, supone luego que tales o cuales de esos hechos
tienen entre si una conexión natural, es dedr, que
tal fenómeno es una propiedad de ana substancia
determinada; finalmente, por la aplicación de los
métodos inductivos se pueden verificar o comprobar
las hipótesis,
*9*—tÓOlCA
LÓCICA

190. Condiciones de validez de una hipótesis.—


Siendo la explicación científica la demostración de ia
causa de un fenómeno, y la hipótesis como un ensayo
o anticipo de esa explicación, es evidente que la hi­
pótesis, para que pueda desempeñar su papel en el
orden científico, ha de cumplir las condiciones si­
guientes: i.* establecer la identidad total, o por lo
menos parcial, del fenómeno que se trata de explicar
con otro anterior más simple y más general; 2.* debe
tómame por término anterior de comparación, no
un concepto puramente subjetivo, sino un hecho real,
vera causa, como decía Ncwtoii. Ks necesario tener
en cuenta que no debe tomarse como hipótesis, bajo
una forma más o menos disimulada, el hecho mismo
cuya razón pretendemos explicar. Moliere ha ridicu­
lizado ese defecto con la sátira que encierra la frase
siguiente: Opium fácil dormiré, quia habel virlulem
dormilivam.

191. Principios de la hipótesis en las ciencia!


particulares.— Existen en Jas ciencia* particular»
principios di recto rea para la erección de hipótesis
cuyos principios varían según el objeto particular
de cada ciencia. La reducción de todo9 los fenómeno?
al movimiento de la materia, la ley de la inercia
y la de la permanencia de la eneigia, son los priiici*
píos fundamentales de la física. La espontaneidad
de los seres vivientes, combinada con las leyes que
rigen a la materia inerte, y la finalidad en virtud de
la cual esta espontaneidad sostiene, por más o menos
tiempo, la vida del individuo, y de una manera inde­
finida 1a de la especie, son los principios directores
de los estudios biológicos. La existencia de causas
libres y la combinación incesante de sus efectos,
MEDIOS D E LLEGAR A LA CIENCIA

con todo el cúmulo de fuerzas biológicas y físicas,


son los principios indispensables para el estudio del
hombre,

192. Principios de 1a hipótesis en las ciencias ge­


nerales»— Además de esos principios, directores de
la hipótesis en las ciencias particulares, debemos
considerar los principios más generales relativos a
las ciencias en su totalidad; mejor dicho, un princi­
pio que se manifiesta en diversas aplicaciones. La
investigación de la unidad es el principio director
de todas las hipótesis científicas; persiguiendo este
fin, el pensamiento humano lucha con las aparien­
cias fenoménicas que deponen a favor de la diver­
sidad. El principio de unidad lo vemos aplicado pri­
meramente a la inducción, cuyo carácter esencial
es la tendencia a generalizar un hecho observado;
a la inquisición de la armonía que se manifiesta en
las relaciones que ligan los efectos a sus causas, las
consecuencias a sus antecedentes, los medios ni fin
y las funciones subordinadas a lina función princi­
pal ; finalmente, se manifiesta esta tendencia a la
unidad por el esfuerzo del entendimiento para con­
seguir ct número más reducido de leyes y de ele­
mentos, A igualdad de explicaciones de un feuómeuo,
los sabios prefieren la explicación más simple.

198. Probabilidad de tina hipótesis.— La mayor


o menor probabilidad de una hipótesis depende de
la mayor o menor fidelidad con que pone en práctica
Jas siguientes reglas, asi como ciertas cualidades
siempre convenientes, aunque no siempre posibles.
Primeramente, una liipótcsiB se ha de fundar en un
hecho porque no puede ser una su]x>s¡ción arbitra­
392 WÜCICA

ría, ni una concepción gratuita, sino que es preciso


que tenga su razón de ser. En segundo lugar, la hi­
pótesis no puede estar en contradicción con ninguna
observación positiva, con ningún hecho, con ninguna
ley debidamente comprobada. Por último, una hi­
pótesis debe tender a las perfecciones siguientes:
como concepción de la mente, a la simplicidad de los
medios; como idea directiva, a la fecundidad de los
cálculos; y como teoría explicativa, a la facilidad
en dar cuenta de los fenómenos. En igualdad de cir­
cunstancias, la hipótesis más simple, más fecunda
y más fácil ha de prevalecer sobre todas las demás.

194. El sistema de las ciencias.— Sabemos que


la ciencia es «un conjunto de conclusiones ciertas,
apoyadas sobre principios racionales y conducidas
a la más grande unidad de estos principios». La cien­
cia se caracteriza por dos notas: la certeza de los he­
chos y de los principios de que la ciencia se compone,
y la unidad de principios que coordinan los hechos
con una perfecta armonía. Ante todo es necesario
aseguramos de la certeza de los elementos de la cien­
cia, poniendo eu práctica los procedimientos y mé­
todos explicados y analizando cuidadosamente el
contenido de los objetos del conocimiento. Una vez
conocidos los hechos, en sus caracteres propios y en
sus determinaciones particulares, se unen, por la
síntesis, con los principios generales que les dan
armonía y unidad. Para elevar el conjunto de hechos
y de principios particulares, que forman los elementos
de una ciencia especial, al mayor grado de unidad
posible, es necesario estudiarlos, valiéndonos de la
simplificación, la subordinación y la coordinación
con la clasificación. El principio de identidad pro­
MEDIOS D E IX E G AR A E.A CIENCIA 293

duce la simplificación- de los elementos de la ciencia;


el principio de causalidad, eficiente, instrumental
o final produce su subordinación; y el principio de
analogía o de semejanza causa la coordinación de
aquellos elementos.
De esas tres formas de unidad, la identidad es la
más perfecta y la analogía la menos perfecta. Sin
embargo, como la ciencia debe responder a la na­
turaleza de su objeto y respetar todos sus caracteres,
algunas ciencias, como la zoología, la anatomía com­
parada, la física, la química, pueden realizar un alto
grado de perfección, sin alcanzar adecuadamente
las formas superiores de unidad, que no siempre se
aplican a sus respectivos objetos; y el querer redu­
cirlas a la unidad de identidad o a la uuidad de ori­
gen y de causalidad seria probablemente apartarlas
de los caminos de la verdad y de la certeza.
CAPÍTULO III

Valor lógico de los medios para llegar a la ciencia

ARTÍCU LO I

LA VERDAD Y I_*i CERTEZA

195. La verdad lógica y el error.— La verdad y


el error son, respectivamente, la conformidad o dis­
conformidad del pensamiento con su objeto. El enor
no es, como la ignorancia, una disconformidad nega­
tiva, sino una disconformidad positiva del entendi­
miento. Decir del alma que es inmaterial, es una
concepción incompleta, pero verdadera; decir que
es divisible, como la extensión, es un error. El error,
lo mismo que la verdad, es formal y real. Decir que
la ciencia ennoblece al hombre, es una verdad real;
pero decir esto sosteniendo que todo es materia, es un
error formal, una inconsecuencia, porque en un mun­
do puramente material no puede haber certeza ni
ciencia inmutable.
La verdad lógica, que suele llamarse también ver­
dad subjetiva, verdad de conocimiento y verdad formal,
puede definirse: la conformidad del entendimiento
como cogncscenie con la cosa conocida. El conocimiento,
en efecto, en tanto se dice verdadero, en cuanto se
conforma con la cosa que le sirve de objeto, es decir,
VALOR LÓGICO D E LOS M EDIOS.,. 295

eu cuanto es la expresión de la verdad objetiva. Por


esto, asi como la idea divina es la medida, la norma
y cómo la tazón de la verdad metafísica u, ontológka,
así esta verdad metafísica es la medida y como la
regla de la verdad lógica o de conocimiento.

196. Origen psicológico del error.— No hablamos


aquí del error reconocido y manifiesto, el cual puede
dar lugar a mentir, pero no a engañar; hablamos del
error de buena fe; del error que pudiéramos llamar
inconsciente; de aquel que, sin darnos cuenta, nos
pone en una falsa seguridad y produce una convic­
ción no menos firme que la evidencia. Por de pronto,
el error no se puede atribuir a algún vicio esencial y
radical del entendimiento, pues no es más que un
accidente importuno debido a causas extrínsecas.
En efecto, po; sí misma la inteligencia sería infali­
ble, ya que, por una parte, los sentidos, la conciencia,
la imaginación y la memoria, facultades auxiliares
que proporcionan los materiales del pensamiento,
no son responsables de las aberraciones que se les
imputan; y que, por otra parte, el entendimiento,
facultad maestra que preside a todas las obras inte­
lectuales, posee el instinto de la verdad y goza de las
prerrogativas de distinguirla.
Sin embargo, aunque la inteligencia es infalible, no es
indefectible, puesto que, en realidad, cambia muchas
veces de juicio; no engendra el error, pero puede admi­
tirlo. Para una inteligencia completamente perfecta y
para una inteligencia que descanse en la verdad
inmutable, toda decepción es imposible. Por lo tanto,
la ignorancia y la imperfección connatural a nuestra
inteligencia pueden ser consideradas como la condi­
ción primera, pero pasiva, del error. Bn plena eviden­
LÓGICA

cia, el juicio no puede extraviarse; pero desde que el


entendimiento se sale de ella, anda al azar y el jui­
cio ya no ofrece ninguna garantía. La ocasión próxima
y objetiva del error es siempre uua falta de evidencia,
una cierta confusión acerca de la relación entre
el predicado y el sujeto. Esta obscuridad puede depen­
der, ya de la distracción del entendimiento, ya de la
complejidad o sutileza del problema; esta última
puede {señalarse como causa objetiva del error. La
psicología cuseña que un hecho consciente no es nun­
ca determinado más que por el instinto, por el hábito
0 por el libre albedrío. ¿De cuál de estas tres influen­
cias provendrá el hecho de jungar indebidamente?
Seguramente que no será del instinto, que siempre
obra bajo el impulso de la evidencia; por esto el error
no se encuentra nunca en los juicios inmediatos, sino
en los mediatos. Síguese de aquí, como enseña Santo
Tomás, que la cauBa subjetiva del error se encuentra
en el hábito y en la irreflexión. I,os hábitos mentales,
con el ejercicio, conducen el entendimiento a unas
maneras particulares de pensar por las cuales se for­
man una especie de inercia mental, una fuerza adqui­
rida capar., si no se le ponen obstáculos, de dar lugar
a juicios inexactos. Pueden refrenóme estos hábitos,
es cierto; pero no siempre el hombre está atento para
reflexionar y aplicar debidamente tus facultades
aquilatando su valor por medio de un recto criterio.
La mente no se entretiene en considerar siempre
cómo tiene lugar el pensamiento. «La actividad, dice
Balines, es un oleaje continuo que pasa sin interrup­
ción ni sobresalto.»

197. Gama* morales del error.—Las principales


cauaoB morales de error son; la irreflexión, la pasión
VALOR LÓGICO DR LOS M IÍD IO S., «97

y La voluntad. San Agustín eusefta que «un espíritu


reflexivo es el principio de todo bien». Por poco que
una verdad se aparte de los principios simples o in­
mediatos, difícilmente se la alcanza sino con el auxi­
lio de la reflexión; la irreflexión, que lleva consigo
la precipitación, es causa de prejuicios, de ilusiones
y de innumerables inconsecuencias. Con frecuencia
la irreflexión encuentra su fuente y origen en la pasión,
que ciega y ofusca el entendimiento, como enseña el
autor de la Imitación de Cristo. •Prottl umtsquisqve
effecius est, ita judical » Por pasión entendemos lo pa­
sión desarreglada, es decir, los deseo» inmoderados, la
intemperancia de la sensibilidad, la impaciencia cau­
sada por los obstáculo*, la curiosidad indiscreta, lu
presunción, el amor desordenado; pero la pasión que
más influye, indudablemente, es el amor propio, de
tal modo que a él pueden reducirse muchas causas
de error. Desde que la pasión se cruza por medio,
cualquiera suposición le parece bien. Cautivada 1a
mente por e1 corazón, ya no atiende a razones, le
falta la imparcialidad y huye de todo examen. A la
sensibilidad, principalmente, hay que atribuir las
luchas que sostendrán siempre la vútud y la religión;
la luz de la verdad difícilmente entrará en las almas
corrompidas; la pureza del corazón y la tranquilidad
de conciencia no contribuyen menos a la rectitud
de criterio que a las buenas costumbre*. La voluntad
puede contribuir a nuestros errores indirectamente
por la influencia que ejerce sobre el uso de nuestras
facultades. En primer lngar, la voluntad complace
demasiado a los hábitos; algunas veces por mo­
licie y pereza disminuye la atención intelectual;
otras por capricho y prejuicios comprometerá al
juicio.
298 J.ÓGICA

198. Medios de evitar el error.— Siendo la irre­


flexión y la pasión, principalmente la del amor pro­
pio, las causas habituales de nuestros errores, el re­
medio al mal se ha de encontrar primariamente en
el deseo de reflexionar y de buscar desinteresada­
mente la verdad. Nada hay más tirano que el hábito,
enseña Santo Tomás, porque forma en nosotros una
segunda naturaleza, para romper la cual se necesita
un esfuerzo considerable, sobre todo cuando se trata
de hábitos intelectuales. Solamente la reflexión puede
hacernos comprender el valor de las pruebas y los
grados de probabilidad de una sentencia. El segundo
modo es el amor desinteresado a la verdad. *En un
gran número de casos, dice Hetiri Joly, no encontra­
mos la verdad porque no la buscamos», porque no
aplicamos al examen de las cuestiones o de los fenó­
menos más que una atención superficial; creyendo
que nos basta una sola mirada para abarcarlo todo
y entenderlo todo, nos contentamos de una semi-
verdad y aun de una hipótesis que nosotros mismos
hemos forjado. Esto sin contar que muchas veces
nos aferramos a una opinión, aunque no esté com­
pletamente fundada, para evitarnos la molestia de
estudiar otra o de confesar ingenuamente nuestra
equivocación. Por esto es necesario poner en práctica
toda nuestra actividad para conseguir la verdad,
teniendo en cuenta lo que enseña San Agustín: «Et
que no ama la verdad no la encuentra.»— Sapientia d
vertios, ntsi totis animac viribus concupiscatur nullo
modo inveniri poierti.— No negamos que los errores
de hábito son algunas veces moralmente inevitables,
ya sea porque por inadvertencia no piensa el hom­
bre en desconfiar de si mismo, ya sea porque el en­
gaño se oculta, muchas veces, a la sagacidad personal.
VALOR LÓC 1CO D E LOS M EDIOS... 299

El error llega a ser físicamente invencible cuando el uso


de la reflexión se halla impedido por algún desorden
del organismo, como sucede en el sueño, en los hipno­
tizados, en los locos y alucinados; el entendimiento
está entonces por completo a merced de las puras
asociaciones y de los hábitos verdaderos o falsos.

199. La verdad lógica se halla propiamente en el


juicio y de un modo inicial en la simple percepción.—
La observación psicológica y el sentido común nos
enseñan que la verdad y la falsedad no existen en
rigor y con propiedad en nuestros conocimientos hasta
que afirmamos o negamos algo, y, por consiguiente,
la verdad lógica o de conocimiento es inherente y
peculiar a aquel acto del entendimiento que incluye
afirmación o negación, cual es el juicio. Además, la
verdad lógica o de conocimiento es la ecuación de
nuestro entendimiento con la cosa conocida; luego,
debe convenir con propiedad a aquel acto del enten­
dimiento mediante el cual se verifica dicha ecuación;
es así que esto corresponde solamente al juicio;
luego, sólo en el acto de juzgar se encuentra coa
propiedad la verdad lógica. La ecuación entre el
pensamiento y su objeto se encuentra de un modo
propio, explícito y formal en el juicio, porque este acto
intelectual es la percepción de la conveniencia o de
la repugnancia que existe entre un sujeto y un atri­
buto; en esta percepción, el sujeto representa siem­
pre el término objetivo del pensamiento y el atributo
representa el pensamiento mismo en cuanto se refiere
a ese término objetivo. Analizando un silogismo
cualquiera, reducido previamente a s i expresión-
tipo, sujeto, atributo y entre ellos, como lazo de unión,
el verbo ser, todo juicio verdadero se formula afir­
3 oo E.ÓCICA

mando o negando que un objeto cualquiera, concre­


tamente representado en el sujeto del verbo, es un
atributo que yo me represento idealmente con una
semejanza perfecta y que juzgo que conviene o no con­
viene a ese sujeto; de este modo se percibe la relación
real y objetiva que hay entre el sujeto y el atributo.
Un juicio verdadero es una representación y una
afirmación de alguna cosa real que se encuentra en el
objeto de este juicio. Luego, el juicio es una ecuación
formal entre el pensamiento y su objeto, es decir,
una ecuación en la cual el pensamiento o la represen­
tación intelectual del objeto aparece semejante al objeto
mismo. Por esto la verdad se encuentra formalmente
en el juicio. Siendo, finalmente, la verdad lógica la
perfección propia y principal del entendimiento, co­
rresponde con propiedad al juicio, que es el acto
principal y fundamental de éste y el más noble del
hombre (74).
Tampoco puede negarse que la verdad lógica, to­
mada en un sentido impropio, conviene también a
la simple percepción, Consiste la verdad lógica en la
conformidad del entendimiento con la cosa conocida;
dondequiera que se encuentre esta conformidad, di­
remos que se encuentra de un modo inicial la ver­
dad lógica; es así que la simple percepción envuelve
cierta conformidad del entendimiento con la cosa,
porque la percepción lleva consigo la representación
intelectual del objeto, y es evidente que entre la re­
presentación y las cosas representadas existe cierta
conformidad; luego, de uu modo inicial, la verdad
lógica se halla en la simple percepción. Añádase a
esto que la simple percepción se ordena por su misma
naturaleza al juicio, en el cual se halla con propiedad
la verdad lógica, y que es un elemento natufal y nc-
VALOR LÓGICO DE LOS M ED IOS... 301

cesario, un principio y como la incoación del juicio,


debiendo convenirle de un modo inicial la verdad ló­
gica o de conocimiento.
Podemos decir, pues, que la verdad se encuentra
materialmente, pero no formalmente, en la idea o con­
cepto, término objetivo del acto de simple aprehen­
sión. Ira idea es una representación intelectual de
una cosa (88). y, por lo tanto, es un elemento indis­
pensable del juicio; por sí misma no expresa una re­
lación formal, porque para que se exprese mental­
mente esa relación formal, no basta que haya una
idea o representación intelectual del objeto, sino que
es necesaria la representación de la relación de c o n - ,
veniencia o repugnancia entre la idea y su objeto/.
Luego, la idea contiene la materia o los elementos d<&
la verdad, pero no constituye la verdad en su formad
propia.

200. Estados intelectuales con relación a la verdad»


—La verdad, que es la perfección más propia del
hombre y el objeto o fin general de todas las ciencias,
puede poseerse de una manera completa, perfecta
y, por decirlo así, racional, o de un modo imperfecto.
El primer modo corresponde a la certeza; el segunda,
a la opinión y a la duda, las cuales, junto con la igno­
rancia y el error, representan los varios estados del
entendimiento con relación a la verdad. Hay certeza
en nuestro entendimiento cuando éste, conociendo
o creyendo conocer algún objeto con toda claridad
y evidencia, forma acerca de él un juicio, acompa­
ñado de tal firmeza y seguridad, que excluye todo
temor de que sea falso o erróneo. Puede definirse:
la adhesión firme y estable del entendimiento a alguna
cosa, de manera que excluya todo temor de lo contrario.
U K D C i

fai*. juague deroatta a s estad»


á s a o to , e n s f a á K i l a la ia lh r r o ln « ^ d á t
es i^ww 3a csfa á d sd ád oégcto p a n j w d w if ca d
ímdn «I « sa d B K fld » f i f f » y r t i W f ; fl&-
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¿ « n ew ¿tf fmTnrifi— fih < m p*&&asüaí*.
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e t a d i ¿ d a f c a f i ñ b i es w y t í M e de gradar.
^OCSAfr ^pe CBtdÉD fauHiniit r el “ ™111, 11
£ fwMt goapagñci&n,, am a r a s á d tañar de qae Ha<bib-
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del objeta, ta id ssaas la oesfiem w fifiínl’-ií.
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iiiiflJlküaj..i»nrtf ex «fia s ; &Kg»_ a » toóte es ¿Jr
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** S8. WH^fei8
30 4 I.ÓGICA

una porción de nociones que supone como ciertas;


luego, no todo es dudoso. Desde el mismo momento
en que quiere enunciarse incurre en contradicción,
pues para él su tesis o es cierta o es dudosa, si lo pri­
mero, no todo es dudoso; si es incierta, por lo menos,
su íncertidumbre es indudable. Este argumento r.o
convencería a un verdadero escéptico, toda vez que
la lucha entre el dogmatismo y el escepticismo no
versa sobre la existencia de la certeza, como se de­
muestra en criteriología, sino principalmente acerca
del motivo de su existencia. Un la práctica, la duda
universal es aún más imposible, ya que la vida real
no se explica sin presuponer la existencia de muchas
verdades y de muchas realidades.
La duda metódica consiste en suspender el juicio
cuando la cuestión no es decisiva. Esta duda es le­
gítima y racional: dudar a propósito es una forma de
la sabiduría; los sabios dudan hasta que ven que
la hipótesis es verdadera. Entre la duda metódica
y la duda escéptica hay la diferencia de que ésta es
definitiva y sistemática, mientras que aquélla es pro­
visional y carece de prejuicios. Además, la duda me­
tódica no puede ser universal, ni es nunca legitima
sino respecto de alguna proposición en particular.
Dudar de todo, aunque sólo fuese provisionalmente
para llegar a la certeza, como hizo Descartes, es in­
útil, arbitrario y funesto.

204. Grados en la verdad y en el error.—La ver­


dad sólo admite grados en su objeto material; el error,
por el contrario, los admite en su objeto material y en
su objeto formal. La primera de estas dos proposi­
ciones es exclusiva (80) y comprende, por lo tanto,
dos paites, una positiva, «la verdad admite grados
VALOR LÓGICO DE LOS MEDIOS..

en su objeto material», y otra negativa, «la verdad


no admite grados en su objeto formal». £1 objeto
formal de la verdad y del error es lo que les consti­
tuye en su carácter propio y distintivo de verdad o
de error. Así, el carácter propio de la verdad es ser
ana ecuación entre el pensamiento y su objeto; el
carácter propio del error es constituir entre el pensa­
miento y su objeto un desacuerdo positivo, bajo la
forma precisa de desacuerdo real. El objeto material
de la verdad y del error es teda la extensión de la idea
y de las ideas sobre la cual se dilata esta ecuación o
este desacuerdo.
a) La verdad admite grados en su objeto material.
En efecto, el objeto material de la verdad lógica es
toda la extensión de la idea o de las ideas que juzga­
mos conformes a sus respectivos objetos y que real­
mente lo son. Es así que esa extensión puede ser ma­
yor o menor, puede estrecharse o agrandarse; luego,
en este sentido, la verdad puede aumentar o dismi­
nuir en nuestro entendimiento. Cuantas más apli­
caciones se hacen de un mismo principio, por ejem­
plo, tanto más este principio se extiende en nuestros
conocimientos.
b) La verdad no admite grados en su objeto formal.
Porque el objeto formal de la verdad es la ecuación
entre el pensamiento y su objeto, o la relación de
identidad percibida como tal relación de identidad.
Es asi que una ecuación, o ana relación concebida
bajo la forma precisa de ecuación o de relación, cons­
tituye una unidad indivisible; luego, la verdad, con­
siderada en su objeto formal, no admite grados.
c) El error admite grados en su objeto material
y en su objeto formal. En efecto, el error, como la
verdad, puede afectar a un número mayor o menor
H — LÓGICA
306 LÓGICA

de nuestros juicios; admite, pues, grados en su ob­


jeto material. Además, el error considerado en su
objeto formal es un desacuerdo o una desigualdad.
Esta desigualdad, formalmente considerada, puede
ser más o menos gTande. Así, a una misma proposi­
ción verdadera, «Dios es un ser infinito», por ejemplo,
responden una serie de errores, desde el dualismo
en Dios basta el ateísmo, pasando por el politeísmo,
el fetichismo y el panteísmo. Luego, el error admite
grados en su extensión, es decir, que puede afectar a
un mayor o menor número de ideas; y los admite,
asimismo, en su intensidad, o sea que, refiriéndose
a las mismas ideas, puede ser más o menos intenso.

ARTÍCULO II

CRITERIOS DE VERDAD

§ I. Evidencia, conciencia, sentido común

£05. Criterio de verdad*—Se entiende, general­


mente, por criterio— xpi-níptov, de xpEvetv, juzgar—un
principio de certeza, un medio de distinción, un
instrumento de censura, una señal para distin­
guir las cosas. En la filosofía escolástica se distin­
guen tres especies de criterios: a) El criterio a qvn
(cognoscitur), o el principio por el cual conocemos
la verdad con certeza, es decir, la facultad de donde
procede el acto de certeza: es el juicio. Sabemos ya
que la verdad y la certeza solamente se hallan de un
modo formal en el juicio (199). b ) El criterio secun-
dum quod, o sea el principio según el cual la certeza
se nos manifiesta; es la regla a la“cual debe confor­
v a l o r l ó g ic o d e l o s m e d io s . 307

marse todo conocimiento para ser cierto, el signo


¡propio y el carácter distintivo que diferencia el cono­
cimiento cierto de todo otro conocimiento, c) Final­
mente, el criterio per quod\ nombre con que se significa
el medio por el cual adquirimos nuestros conoci­
mientos ciertos. Tomado el criterio en el primero
de estos tres sentidos, no hay más criterio que la
razón, con la cual juzgamos de las cosas y de su ver­
dad; por esto y por su carácter psicológico el estudio
del valor de la razón pertenece a la criteriología. Aquí
tomamos la palabra criterio en el segundo de los sen­
tidos explicados, como motivo o razón que induce
el entendimiento a asentir o disentir, y equivale a
norma o regla del juicio. Puede definirse: un motivo
i t si mismo infalible para formar juicio cierto sobre
una cosa determinada—tmotivuin ex se infallibile pío
judicio certo efformando circa rem determinatam».—
Abraza la evidencia, la conciencia, el sentido común,
los sentidos externos y la autoridad humatux.

206. Criterio de evidencia.—L,a evidencia, como


hemos dicho, es la manifestación de lo que es; es la
verdad puesta al alcance del entendimiento. E n este
sentido objetivo no es un acto del entendimiento,
sino una situación del objeto, el ser de las cosas ma­
nifestado a la razón, ya directamente en sí mismo,
ya indirectamente en un efecto real. No debemos con­
fundir esa representación o manifestación intelec­
tual de la verdad con una representación hecha por
medio de una imagen; esta última, no sólo no cons­
tituye la evidencia, sino que ni puede señalarse como
ano de sus elementos. Por esto los que a una imagi­
nación viva y fecunda juntan una gran dificultad
de abstraer y generalizar, son con frecuencia víctimas
LÓGICA

de funestas ilusiones; piensan de ordinario poi medio


de imágenes, en vez de pensar por medio de ideas, y
la viveza de la imagen les produce la impresión de
la realidad y de la verdad. En las deudas naturales,
por ejemplo, la imaginación borda un proyecto o
bosqueja una hipótesis, como la de las formas inter­
mediarias entre el mono y el hombre> y se confunde
fádlmente la verosimilitud del dibujo o de la hipó­
tesis con la verdad de las cosas en sí mismas.
No se limita la evidenda a una idea positiva y pro­
pia o a esa representación intuitiva donde vemos
representados los caracteres del objeto; sino que la
evidenda objetiva de la verdad puede manifestarse
en una idea negativa, deducida o analógica con tanto
poder como en una idea positiva. Considerada la
evidencia objetivamente, es la aptitud del objeto para
presentarse al entendimiento con tal viveza y lucidez
de verdad, que le obliga a un asentimiento vehemente
e irresistible. La evidenda subjetiva es la luz innata
con la cual el entendimiento percibe con viveza y cla­
ridad los objetos dotados de evidencia objetiva. La
evidenda objetiva es invariable, como lo son los ob­
jetos en que existe; la subjetiva varia los distintos
sujetos, según el grado de poder y energía intelectual
de que se hallan dotados.

207. De dónde dimana la necesidad y la univer­


salidad de la evidencia inmediata.—La evidencia
se llama inmediata cuando basta perdbir los tér­
minos de la proposidón, o sea su significado obvio
y propio, para conocer con toda claridad la identidad
o repugnancia entre el predicado y el sujeto; es me-
diata cuando, para descubrir la identidad o repug-
nanda del predicado con el sujeto, no basta la simple
VAI/>R I.ÓCICO DE JX>$ M EDIOS... 30 9

intención del objeto, ni la percepción de los tér­


minos, sino que es preciso comparar éstos con otro
tercer término y descubrir, por medio del raciocinio,
la identidad o repugnancia de los extremos de la pro­
posición, como en ésta: «el alma humana es inmortal».
La evidencia, como criterio de verdad, abraza la
subjetiva y la objetiva a la vez, porque el asenso no
será infalible y motivado con certeza, sino a condi­
ción de que en el objeto resplandezca con viveza la
verdad, y de que ésta sea percibida con claridad por
el entendimiento. Sin embargo, la más importante
es la objetiva, porque es la que incluye el motivo y
la norma del juicio.
La universalidad y la necesidad de la evidencia in­
mediata depende de la relación necesaria y universal
que hay entre los extremos de la relación percibida.
Cuando decimos: «el triángulo consta de tres lados
y tres ángulos», «el todo es mayor que la parte*, el
entendimiento no puede menos de asentir a esas
proposiciones, desde el m om ento que percibe el sig­
nificado de los términos, bastando la simple intui­
ción del objeto o de los términos, para descubrir
evidentemente su verdad, que será necesaria y uni­
versal, por estar fundada en la misma esencia, o, me­
jor dicho, por formar parte de ella.

208. La evidencia es criterio absolutamente cierto


para juzgar la verdad.—La evidencia, sea mediata
o inmediata en el sentido expuesto, es motivo seguro
para juzgar con verdad del objeto, sin que sea po­
sible que el juicio formado según este criterio sea
falso, porque la evidencia incluye en su esencia la
percepción o, mejor dicho, la intuición clara, viva
y enérgica de la identidad o repuguancia del predi­
LÓGICA

cado con el sujeto, intuición que nace de la afinidad


natural del entendimiento con la verdad que resplan­
dece y brilla en el objeto. Negar, pues, que esta
evidencia es motivo racional y necesario de asenti­
miento o disensión para el entendimiento y regla se­
guía de verdad, equivale a negar toda certeza, y, lo
que es peor aun, a negar que el entendimiento hu­
mano tenga aptitud y propensión a conocer los ob­
jetos en cuanto verdaderos y la verdad misma, que
es su perfección propia y característica. La conciencia
o sentido intimo nos dice también que está en la
misma naturaleza del hombre el tomar la evidencia
inmediata y la mediata, sólidamente establecida,
como regla cierta y segura de verdad. Luego que se
presenta una verdad de esta clase, nuestro enten­
dimiento se ve como necesitado o impulsado a asen­
tir, porque la verdad le atrae con vehemencia y no
puede dejar de admitirla, non pote&t subtcrjugere,
dice Santo Tomás, quin tttis assentiat. Nos es tan difí­
cil dejar de asentir a una verdad de evidencia inme-
diata, como el despojarnos de la misma razón.

209. La credibilidad puede ser objeto de evidencia,


—La evidencia mediata, a la cual llegamos por me­
dio del raciocinio, puede decirse que admite variedad
de grados, según que la proposición a la cual se refie­
re se halle más o menos próxima al principio o prin­
cipios primeros y evidentes por sí mismos, que sirven
de fundamento al raciocinio, porque las verdades
de evidencia mediata, en tanto se hacen evidentes
para nuestro entendimiento, en cuanto éste conoce,
mediante un raciocinio, que tienen conexión nece­
saria con alguna proposición de evidencia inmediata.
La certeza científica, como tal, viene a resolverse
VALOR LÓGICO D E LOS MEDIOS.. 31 »

finalmente en la certeza de los primeros principios,


toda vez que la ciencia (153) no es más que la deduc­
ción racional de ciertas proposiciones o verdades de
los primeros principios y, cuando se trata de ciencias
experimentales, es la aplicación de los principios a
los hechos observados. Por esto dice Santo Tomás
que «la certeza de la ciencia nace toda de la de los pri-
meros principios*.
En las verdades que no son objeto de evidencia
inmediata, sino que son deducidas por medio de un
razonamiento más o menos complejo, forzosamente
ha de discutirse el valor de los motivos en que se fun­
damenta la forma lógica de deducción, para llegar al
conocimiento racional y reflexivo de las mismas;
el uso lógico de aquellos motivos podrá alguna ve»
no conducimos a la evidencia, como pasa con mucha
frecuencia con las verdades experimentales, pero pro­
ducirá la evidencia de los motivos que nos obligará
a reconocer como evidentemente creíble una verdad,
cuando no hay posibilidad de llegar a la evidencia
objetiva*de la misma.

210. La conciencia y el sentido intimo.—El ejer­


cicio o acto de la conciencia es la percepción experi­
mental de algún estado interno, modificación o afección
presente de nuestra alma; el sentido íntimo es la facul­
tad o aptitud natural y permanente del alma por la
cual el yo siente sus propios ocios de sensibilidad como
algo suyo y que le está presettle. El objeto del sentido
íntimo no es la esencia de nuestras facultades, sino
el yo en su existencia permanente y en las modificacio­
nes actuales de nuestra vida sensible. La conciencia,
que es la misma razón reflejándose sobre el conte­
nido del sentido íntimo y sobre los actos de nuestra
ILÓGICA

vida espiritual, se distingue del sentido íntimo por


los siguientes caracteres: i.° El sentido íntimo es
una facultad mixta, es decir, dd alma unida al cuerpo;
la conciencia es una facultad que pertenece propia­
mente a la razón. 2 .° £1 sentido intimo es una facultad
primitiva, universal o que se extiende a toda modifi­
cación del yo permanente y más pasiva que activa;
la conciencia es una facultad que se pone en ejer­
cicio por el sentido íntimo, que no percibe sino ciertas
modificaciones que la solicitan más vivamente o a las
cuales la aplica nuestra voluntad libre, cuyo ejercicio
es intermitente y variado y es más activa que pasiva.
3.0 £1 sentido íntimo percibe directamente los hechos
internos sensibles; la conciencia no percibe directa­
mente más que los actos espirituales; los actos sensi­
bles los percibe indirectamente, como atestiguados
por el sentido íntimo. 4.0 El sentido íntimo percibe
les hechos en su estado concreto; la conciencia, por
lo mismo que es una facultad puramente intelectual,
los percibe según su propia naturaleza, es decir, ele­
vando los hechos de la vida sensible, por una abs­
tracción más o menos completa, al estado ideal. No
faltan autores, por cierto muy recomendables, que
llaman al sentido íntimo conciencia sensitiva, y a la
conciencia propiamente dicha, conciencia intdectual.

S il. Valor de este criterio.—a) El sentido íntimo


atestigua la permanencia dd yo con la existencia y los
caracteres específicos de todos nuestros actos sensibles
concretos. El yo, en efecto, es por esencia un ser cog-
noscente. Para que un ser cognoscente pueda ejercer
un acto de conocimiento, es suficiente que un hecho,
adaptado a las facultades por las cuales conoce, se
1c haga presente. Es así que la permanencia del yo.
VAt,OR LÓGICO DH LOS M EDrOS... 3 T3

con todas las modificaciones del mismo que se refie­


ren a nuestra vida sensible, son hechos adaptados
a nuestras facultades de conocer y les están presentes;
luego, el yo ejerce constantemente un acto de cono­
cimiento cuyo objeto es su propia permanencia con
todas las modificaciones sensibles que le acompañan.
£1 sentido Intimo, además, como su nombre indica,
penetra íntimamente todos nuestros actos y atesti­
gua su realidad, como hechos determinados y actuales:
asi nos dice que tal acto es un acto de visión, que se
termina en tal objeto, que la visión es más o menos
clara y distinta, que verificamos tal movimiento del
cuerpo con el auxilio de tal miembro, en una direc­
ción y con una intensidad determinadas. Es de notar,
sin embargo, que el sentido íntimo no atestigua, por
lo menos de una manera distinta, sino el carácter
específico de nuestros actos y no todas las diferencias
accidentales e individuales.
Contra las afirmaciones de Descartes, el análisis
psicológico nos dice que la inteligencia, y, por con­
siguiente. la conciencia, tiene necesidad, para entrar
en acto, de una excitación objetiva sensible que le
esté íntimamente presente y que le suministre el pri­
mer objeto de sus actos (P. 170); éste es precisamente
el oficio del sentido intimo y, por lo tanto, es nece­
sario admitir su existencia paTa explicar los actos
de la inteligencia y de la conciencia. Ahora bien, si
son necesarios ciertos actos del sentido íntimo para
determinar la actividad de la conciencia, de ía inte­
ligencia y de la voluntad, es necesario suponer tam ­
bién que el sentido íntimo se determina a obrar mo­
vido por stt objeto propio, que lo constituyen las
modificaciones sensibles de nuestro yo.
b) El testimonio del sentido íntimo, infalible por sí
tóC IC A

mismo, es la condición esencial de toda certeza. La in­


falibilidad del sentido íntimo se afirma directamente
por una convicción espontánea, irresistible, perpetua
y universal; tal es, en efecto, la convicción que te­
nemos sobre nuestra existencia y sobre nuestros
actos inmediatos; es así que una tal convicción forma
un argumento que está por encima de toda refuta­
ción y de toda objeción seria, hasta el punto que,
negando su existencia, se cae de lleno en el escepti­
cismo; luego, el testimonio del sentido Intimo es in­
falible. Pero este testimonio, además, es la condición
esencial de toda certeza, porque no puede darse cer­
teza alguna si la razón no puede comprobar que
hemos percibido realmente los elementos y los mo­
tivos de la certeza; es asi que este acto de percepción
es un fenómeno interno, cuyo primer testigo es el
sentido íntimo; luego, el sentido íntimo es el primer
fundamento y la condición esencial de toda cer­
teza,
c) La conciencia, que se distingue esencialmente
del sentido íntimo, aunque éste le sirve de fundamento,
es igualmente infalible, por lo menos respecto de sus
juicios inmediatos. No liemos de insistir en señalar
las diferencias esenciales que hay entre la concien­
cia, facultad espiritual, y el sentido íntimo, facultad
sensible, ni el apoyo que el sentido intimo suministra
a los actos de la conciencia; pero si en demostrar la
infalibilidad de la conciencia cuando se trata de los
juicios que ella inmediatamente formula. En efecto,
los juicios inmediatos de la conciencia son juicios de
la razón que reflexiona sobre sus actos actuales y
sobre los objetos del sentido íntimo. Si suponemos
error en estos juicios, afirmamos que la conciencia
nos dice que no sentimos lo que realmente sentimos,
V A tO R LÓGICO D E W S M EDIOS..,

lo cual seria suponer en la naturaleza misma de la


conciencia un vicio cscncial c irremediable. La con-*
ciencia es la misma alma percibiéndose, en cierto
modo, a sí misma y percibiendo los fenómenos que en
ella se realizan y que actualmente experimenta; pof
consiguiente, es imposible que haya falsedad o error.
Para convencerse, basta tener presente que no puede
haber percepción sin que haya sujeto real que perciba;
y que cuando el alma siente y experimenta en si mis­
ma algún fenómeno, es preciso que este fenómeno en­
vuelva uua realidad por parte del alma que lo siente y
experimenta, por más que el objeto que representa
pueda no existir realmente. Por otra parte, se en­
cuentran en la conciencia las condiciones fundamen-'
tales del criterio de verdad. En primer lugar, envuel­
ve una claridad y evidencia innegables, puesto que
nada hay más intimo, presente y manifiesto al alma
que los fenómenos que en ella se realizan. En segundo
lugar, es la razón única y última que podemos seña­
lar con respecto a los juicios y hechos que pertenecen
al dominio de la conciencia.
Sin embargo, al interpretar los testimonios de la
conciencia, hay lugar para desconfiar de la imagi­
nación, la cual confunde fácilmente sus ilusiones con
los datos del sentido íntimo, por poco obscuros que
sean: engañados por las palabras y la fantasía, cree"
mos ver en nosotros mismos lo que no hay. Las infor­
maciones inmediatas del sentido intimo, anteriores
a las combinaciones que hace de ellas el pensamiento,
son absolutamente verdaderas. Por esto, cuando
el juicio se limita a afirmarlas tales como son, es in­
falible, puesto que nace de una intuición.
£1 error no puede nunca deslizarse en ellas más que
accidentalmente, es decir, por descuido o confusión
316 i/XJICA

en el análisis ulterior al que están sujetos estos ma­


teriales.

212. Reglas para el buen uso del criterio de evi­


dencia y de conciencia.—De la doctrina que llevamos
expuesta se deducen alguuos corolarios que podemos
traducir en las siguientes reglas, formuladas por Bal-
mes, para el buen uso de los criterios estudiados:
1.ft Para cerciorarnos de que hay, en efecto, evi­
dencia inmediata, es necesario que con toda claridad
y a la primera ojeada se vea que el juicio está enla­
zado con el principio de contradicción, esto es, que
si la proposición es afirmativa* no se la puede negar,
o que, si es negativa, no se la puede afirmar, sin fal­
tar a dicho principio.
2 .a Cuando no hay evidencia inmediata, es ne­
cesario ir siguiendo con suma escrupulosidad los es­
labones del raciocinio y no pasar nunca adelante
cuando el tránsito no está justificado por el principio
de contradicción.
3> El criterio de la conciencia es infalible cuando
se refiere a lo que pasa en nuestro interior.
4.a criterio de la conciencia es falible cuando
sale de los limites de lo que pasa en nuestro interior,
extendiéndose a causas, efectos u otras circunstan­
cias del fenómeno interno.

213. Elementos de que consta el criterio de sen­


tido común.—Entendemos por sentido común, la pro­
pensión innata del hombre a asentir cotí firmeza &
ciertas verdades antes de que éstas se presenten con evi­
dencia y claridad al entendimiento. Son muchas, y per­
tenecientes a distintos órdenes, las verdades a las
cuales asentimos o, por lo menos, asiente la genera­
VALOR LÓGICO DE LOS U ED IOS..

lidad de los hombres, en virtud de esa propensión,


con un asenso firme y cierto, sin que exista para ello
un motivo evidentemente racional y explícito; por
ejemplo, «arrojando al azar muchos caracteres de
imprenta, no quedará impreso un libro*. Y es que tales
proposiciones envuelven una evidencia mediata, no
muy difícil de descubrir por medio del raciocinio,
que obra indudablemente sobre nuestro entendi­
miento, que la percibe de una manera confusa e implí­
cita, Pero como esta evidencia es insuficiente por sí
sola para determinar el asenso firme a las verdades
de sentido común, y, por otra parte, es necesario al
hombre por la importancia práctica que suele acom­
pañar a esas verdades, fué conveniente y necesario
que la inteligencia del hombre se hallara dotada por
el mismo Autor de la naturaleza de esa propensión
espontánea a asentir a las verdades de sentido común,
con un grado de certeza superior a la evidencia con­
fusa e implícita que las acompaña.
El criterio de sentido común, pues, debe conside­
rarse corno resultante de la evidencia, más o menos
aparente y manifiesta, pero real y efectiva, que exis­
te en el objeto y de la propensión innata del enten­
dimiento a asentir a ciertas verdades. Podemos decir,
por lo tanto, que este criterio incluye un elemento
racional, que es la evidencia, y otro instintivo o natural,
que es la propensión espontánea. De lo dicho se in­
fiere que se debe rechazar como falsa la doctrina
de Reid y de la escuela escocesa, que pretende que
el asenso a las verdades de sentido común procede
de un instinto espontáneo y ciego de la naturaleza,
lo cual equivale a confundir la inteligencia del hom­
bre con las percepciones instintivas de los animales.
Nuestro Bal mes tampoco ve en el criterio de sentido
ILÓGICA

común más que una inclinación necesaria de la na­


turaleza» un asenso procedente del instinto intelec­
tual, un irresistible impulso de la naturaleza.

214. Caracteres distintivos de las verdades de sen­


tido común e infalibilidad de este criterio.—Los ca­
racteres propios de las verdades de sentido común
son los siguientes: i.° que la verdad sea constante y
verdaderamente común, es decir, que asientan a ella
todos los hombres mientras se bailen en el uso com­
pleto de su razón; 2.° que sea conforme a la razón, de
manera que, si se sujeta al examen científico, apa­
rezca evidente y fundada; 3.0 que el asenso a la misma
proceda únicamente de la razón y de la naturaleza,
toda vez que el asenso a las verdades de sentido co­
mún procede simultáneamente de la evidencia y de
la propensión innata del entendimiento. Esta con­
dición excluye el asenso que trae su origen de pasio­
nes, ignorancia, preocupación, etc., siquiera alcance
cierto grado de universalidad. Balines señala como
condición de las verdades de sentido común, que
tengan por objeto la satisfacción de alguna gran nece­
sidad de la vida sensitiva, intelectual o moral. Peio
esta condición no puede señalarse como general, apli­
cable a todos tos casos. Con estas condiciones podemos
decir, en verdad, que los juicios de sentido común
deben tenerse por infalibles y ciertos. La razón es que
semejantes juicios están fundados, por una parte, en
la evidencia, legítimo y principal criterio de verdad,
según queda demostrado; y por otra, en la propensión
natural al asenso. Luego, si semejantes juicios fuesen
falsos, sería preciso admitir que Dios, Autor inmediato
de la inteligencia, en la cual se nos revela, nos habría
dado una facultad con propensión natural al error.
VALOR LÓGICO DE LOS M ED IOS... 3 19

§ II. Sentidos, autoridad

215. Criterios externos.—De entre los medios para


conocer la verdad, y que llamamos criterios, los hay
que se hallan en nosotros misinos, y son: evidencia,
conciencia, sentido común y los sentidos; y los hay tam ­
bién fuera de nosotros, como el de autoridad. Por esta
razón, puramente accidental, llamaremos criterios
externos a los que, como el de autoridad, se hallan
fuera de nosotros.

216* Los sentidos como criterio de verdad.—La


percepción sensible está constituida por dos elemen­
tos: la sensación, que tiene su origen en la impresión
producida por un objeto material en nuestros óiganos,
y la atención, que es una reacción del cerebro, mediante
los nervios motores, sobre la impresión recibida. Sí­
guese de aquí que la percepción no es puramente
pasiva, porque la inteligencia despliega en ella su
energía, ni puramente orgánica, puesto que en ella
interviene el entendimiento para apoderarse de lo
inteligible concreto. Los datos de los sentidos pueden
reducirse a tres grupos o a tres especies de cualida­
des sobrepuestas: las cualidades sensibles -propias
de cada uno de los sentidos: olor, color, sabor, sonido,
resistencia, con sus modalidades diversas; las cua­
lidades sensibles comunes a varios sentidos: movi­
miento, reposo, espacio, figura, con sus matices todos;
y las cualidades sensibles per accidens: realidad, subs-
tanciaüdad, actividad, las leyes y las naturalezas
de las cosas.
El fin de los sentidos es doble, uno inmediato y
físico, otro intelectual y mediato. El primero es la
conservación del individuo o de la vida en el hombre;
32o LÓGICA

asi es que los sentidos nos advierten lo que es útil o


dañino aJ cuerpo y de ellos nos servimos para pro­
curarnos y obtener las cosas necesarias y útiles a la
vida. El segundo es suministrar al entendimiento
materias para las concepciones intelectuales o para
la ciencia, por razón de las impresiones y represen­
taciones sensibles de los cuerpos que adquiere el
alma por medio de los sentidos, tanto internos como
externos. Supóngase un hombre privado de toda
clase de sentidos y permanecerá en estado de com­
pleta estupidez o poco menos. Desde este punto de
vista los sentidos dicen orden al entendimiento, es
decir, a la verdad, y constituyen un verdadero cri­
terio.

217. Diferencia entre el testimonio de los sentidos


internos y el de los externos.—Entre el testimonio de
los sentidos internos y el de los externos hay alguna
diferencia, aunque no tan importante que pneda hacer
que sean ellos dos criterios de verdad distintos. Los
sentidos internos ofrecen a la conciencia, por decirlo
asi, una representación más intima y subjetiva del ob­
jeto que sirve para localizar la sensación, mientras
que la representación causada por los sentidos ex­
ternos es más objetiva y sirve de fundamento a una
teoría para explicar la objetivación de las sensacio­
nes (P. 58). Esto nos dice que los sentidos internos
y los externos contribuyen de manera distinta al aná­
lisis de las sensaciones.

218. Valor objetivo de las sensaciones.—Todas


las percepciones son representativas de algo; pero,
¿existe este algo? ¿es real su objetividad? La exis­
tencia del mundo corpóreo es una verdad de sentido
VALOR LÓGICO D E LOS MI-PIOS. 321

común, una convicción irresistible, fundada en una


evidencia inmediata. En efecto, la existencia de los
seres exteriores a nosotros es un hecbo tan primitivo
y cierto como la existencia de nuestro yo. No pode­
mos adquirir conciencia de nuestro ser, sin advertir,
al mismo tiempo, los límites más allá de los cuales
ya no se encuentra nuestra personalidad para ceder
el lugar a los seres exteriores a nosotros. Lo interior
supone lo exterior. No solamente sentimos que exis­
timos, que obramos, que continuamos viviendo, sino
que notamos que nuestro ser es pasivo respecto a
influencias extrínsecas a nosotros. Aparte de esta
observación de conjunto, se baila la experiencia par­
ticular: en cada percepción la primera cualidad que
la inteligencia divisa, en el objeto que nos ocupa, es
su realidad. Por lo tanto, afirmar la existencia de los
cuerpos es pura y simplemente formular una eviden­
cia primordial y siempre nueva. K1 que no se con­
venciese con esta prueba, no podrá convencerse de
otra manera. La acción de percibir los cuerpos no
es discursiva, como enseña Descartes, sino que es in­
tuitiva, una intuición inmediata de la realidad, como
enseñan los escolásticos con Aristóteles. La concien­
cia, por su parte, no nos señala ningún indicio de ra­
ciocinio en la percepción. Indudablemente, la facultad
de percibir no alcanza de un golpe toda su clarivi­
dencia: para descorrer el velo y salir de la<> nieblas de
la subconsciencia, llegando a la distinción entre nues­
tro ser y la realidad de los seres exteriores a nosotros,
la inteligencia procede por grados, sigue una marcha
evolutiva, bajo el impulso de su instinto natural.
Mas este procedimiento psíquico no es un procedi­
miento lógico, fundado en el empleo de nociones an­
teriores; no es más que la información espontánea de
2 1 . — L dO IC JI
3 22 LÓGICA

la razón en presencia del hecho vivo, de la evidente


realidad. Después de este primer conocimiento, para
interpretarlo y explicarlo, el pensamiento podrá em­
plear raciocinios, pero entonces este trabajo no será
de percepción, sino de inducción.
Es necesario, pues, considerar la percepción como
el encuentro inmediato de la fuerza psíquica en la
actividad material; el alma percibe los cuerpos di­
rectamente en su acción sobre nuestros órganos. La
relación de la sensación al objeto, no es solamente la
del efecto a su causa, sino también la de la expresión
a la cosa expresada. Si sólo hubiese en esto un fenó­
meno de causalidad, la sensación externa no sería
más instructiva por sí misma que una jaqueca, o
cualquiera otra afección orgánica interna, y sólo po­
drían significar su causa en virtud de un raciocinio.
Pero cada sensación perceptiva, sea visual, auditiva,
táctil, etc., es esencialmente representativa, lleva el
sello de alguna otra cosa, establece la dualidad de ob­
jeto y sujeto, pone mejor de manifiesto la distinción
entre nuestro yo y el mundo, y, gracias a la represen­
ta d vid ad que la caracteriza, proporciona directa­
mente un objeto al espíritu.
Los idealistas afirman que la representatividad
distintiva de las sensaciones no tiene necesariamente
más realidad que la de las imágenes, siendo así que
entre unas y otras la diferencia es grandísima. En
la sensación, nos sentimos en contacto con la realidad,
mientras que la iniaginación no abarca más que ilu­
siones. Las percepciones gozan de más claridad que
la iniaginación, cuyos fantasmas se desvanecen ante
la realidad. Las representaciones de la fantasía sur­
gen, se calman y se disipan a nuestra voluntad, mien­
tras que las sensaciones no dependen de nosotros,
v a lo r l ó g ic o D E LOS M EDIOS... 323-

aparecen fuera de todo orden previsto, de una manera


incoherente, sin que esté en la potestad del sujeto
rechazarlas o excitarlas, disminuirlas o aumentarlas.

219. Condiciones qne requieren los sentidos para


ser criterio de verdad.—Para la veracidad de los sen­
tidos se requieren las siguientes condiciones: 1 .* Que
se hallen convenientemente dispuestos o en si* estado
natural y normal, tanto por parte del órgaixo como Por
parle del medio y la distancia dd objeto] así, después
de haber fijado mucho rato la vista en un color, el ojo
difícilmente podrá distinguir otros colores. 2.® Qué
sí* testimonio se halle en relación con la naturaleza del
objeto percibido. Si para juzgar si una cosa es sen­
sible propio basta ta recta percepción del sentido
al cual corresponde como objeto propio, para formar
juicios sobre si una cosa es sensible común debe­
rán aplicarse dos o más sentidos. 3.» Que el tes­
timonio de los sentidos sea constante y uniformeMcon­
dición que falta a los que sueñan o deliran. 4.* Que
no haya oposición entre el testimonio de sentidos dis­
tintos. 5 -a Que la razón dirija y consolide su ejercicio,
porque a esta facultad pertenece, por de pronto, ver
si la percepción de algún sentido, en un caso dado, se
verifica con las condiciones expuestas. 6 .a Que el me­
dio ambiente no altere la acción dd objeto sobre los sen­
tidos; así el aire muy denso o extremadamente en­
rarecido, la interposición de un prisma de cristal al
paso de un rayo luminoso, modifican el efecto de la
luz sobre la retina.

220. Supuestas estas condiciones, los sentidos son


criterio infalible de verdad.—En esta proposición no
incluimos los sensibles per accidms, que son atributos
324 LÓGICA

o cualidades inteligibles, porque, no existiendo en


el objeto a título de fuerza, como el color, la resisten­
cia, etc., son incapaces de impresionar nuestros órganos,
y, por lo tanto, no caen bajo la acción de los sentidos,
sino que son únicamente perceptibles por la razón;
los sentidos uo hacen más que evocar por asociación.
He aquí porque, si diesen lugar a algún error, toda la
responsabilidad del mismo caería sobre el entendi­
miento.
Los sensibles propios ejercen sobre el órgano una
acción directa; el órgano impresionado vibra al unísono
de los cuerpos, no con una vibración física, sino
con una vibración psíquica, puramente sentida y
consciente, que no deja de ser por eso una represen­
tación del mundo externo, un desdoblamiento de los
objetos, punto por punto, en lo íntimo de nues­
tro ser.
Los sensibles comunes se graban en nuestra facul­
tad sensitiva por el mismo procedimiento. Aplicando
a una superficie determinada el sentimiento habitual
y confuso que tengo de mi resistencia, de mi exten­
sión y de mis límites, un objeto que está en contacto
conmigo me obliga a representármelo como exterior,
resistente, extenso, en tal dirección, etc., y también
como en movimiento y en reposo, consiguiendo que el
sentido íntimo reconcentre toda su atención para
seguirlo. Si el entendimiento errase, cuando juzga de
las cosas sensibles en armonía con la percepción o
testimonio de los sentidos en las condiciones enu­
meradas, semejante error debería atribuirse a la
misma naturaleza humana o, mejor dicho, a Dios,
Autor de esta naturaleza, porque solamente al autor
de una facultad cognoscente puede atribuirse el
error a que ella diera lugar, aplicándola debidamente.
V A tO R ILÓGICO DK IXIS M ED IOS... 3 25

Este testimonio de los sentidos acerca de su objeto


«s, por su misma naturaleza, claio, manifiesto y evi­
dente, sin que sea posible ponerlo en duda de una
manera seria y formal. Añádase a esto, que el testi­
monio de los sentidos es la última y única razón que
podemos señalar de la certeza con que asentimos a
ciertas verdades, lo cual constituye otio de los carac­
teres propios de los criterios de verdad.
Por el testimonio de los sentidos estamos ciertos
de la existencia de nuestro cuerpo, porque experi­
mentamos simultáneamente ciertas sensaciones, como
distribuidas y localizadas en distintas partes del cuerpo
y formando un todo continuo en el espacio; nosotros
mismos nos percibimos como ocupando una de las
partes continuas del espacio, por medio del esfuerzo
de resistencia que experimentamos al aplicar un
miembro de nuestro cuerpo sobre otro, por ejemplo,
una mano a otra mano. Este testimonio es irrecu­
sable porque se funda en hechos perfectamente pro­
bados y en un juicio inmediato que, apoyándonos
en ellos, formulamos. Por el mismo criterio estamos
ciertos de la existencia d d mundo externo. Los sen­
tidos atestiguan, en efecto, que la mayor parte de
nuestras sensaciones son producidas por algo distinto
de nosotros, y que, en muchas de ellas, reconocemos
en el objeto que las causa, extensión y resistencia
como en nuestro propio cuerpo.

281. Reglas para el buen uso de los sentidos.—Si­


gílese de lo dicho que los juicios sugeridos por la per­
cepción son personales, variables y rdalivos; y que para
interpretar los datos de los sentidos hay que atender
al estado de sus óiganos, del medio ambiente y del ob­
jeto. En rigor, en virtud de la simple sensación, cual*
326 ILÓGICA

quiera que ésta fuere, el hombre tiene un motivo para


prestar asentimiento a su impresión, y para decir, por
ejemplo, aunque fuese daltoniano o tuviese ictericia,
«este objeto me parece gris o verde, etc.*, sin tener
miedo a que le contradigan, pues no afirma con ello
más que un hecho íntimo y establece un juicio de
conciencia que nadie podría negar.
Pero, cuando se quiere hacer una apreciación obje­
tiva, que sea confirmada por la generalidad de los
hombres, es preciso, como sabemos» que estén los
sentidos en estado normal, sanos y en buenas condi­
ciones, tal como los requiere la naturaleza humana;
es necesario, además, que se haga de ellos una aplica­
ción convetiicíiie al objeto, sin que sean las impresio­
nes ni demasiado fuertes ni demasiado débiles y que
este el objeto a una distancia proporcionada; por
fin, es necesario que no haya en el medio ambiente
ningún obstáculo. Con estas condiciones, el juicio
ocasionado por la percepción no será solamente per­
sonal, sino que será válido para todos aquellos cuyos
sentidos estén eu buen estado, es decir, paTa la mayor
parte de los hombres, sin ser, no obstante, un juicio
absoluto y racional sobre la cosa en si.
Para asegurarse de que se cumplen estas condicio­
nes, aparte del instinto, natural a los sentidos como
a toda facultad, existe la inspección de los otros sen­
tidos nuestros, de nuestras impresiones anteriores
y de las ajenas; se halla, sobre todo, la razón a la cual
pertenece juzgar en cada caso particular.
La esencia de los cuerpos uo nos es conocida sino
por medio de uu razonamiento mixto, en el cual fá­
cilmente se puede deslizar el error; pero los prin­
cipios en que este razonamiento se apoya son ciertos,
porque los constituyen el principio de $ub$tancüití-
VAIjOR ILÓGICO D E I.OS M ED IOS... 327

dad, «todo accidente es inherente a una substancia


que él modifica y de la cual revela, en cierto modo,
el carácter», y el principio de carnalidad, «todo ser
nuevo, sea substancia o accidente, es el efecto de
una causa».

222. Inferioridad del criterio de autoridad.—Puede


decirse que el criterio de autoridad es inferior por na­
turaleza a los precedentes, en cuanto que éstos son
iuternos al sujeto, al paso que el segundo o de auto­
ridad puede apellidarse externo, porque las verdades
a que se refiere las recibimos de otros. No obstante es­
to, y desde otro punto de vista, el criterio de autori­
dad puede decirse más importante que los anteriores,
porque por él adquirimos la mayor parte de nuestros
conocimientos. El hombre, nacido para vivir en
sociedad, abandonado a si mismo, quedarla incom­
pleto y no llegarla nunca al perfecto desarrollo de
sus facultades. Su alma es más laboriosa que su cuer­
po y requiere con mayor urgencia los cuidados de
la educación. La sociedad es su medio natural: en ella
recibe las influencias morales que activan y hacen
brotar sus aptitudes; en ella recibe su inteligencia
la primera fecundación por los gérmenes de los futu­
ros conocimientos, que adquiere por medio de la au­
toridad.
De aquí que el criterio de autoridad humana sea,
por su misma naturaleza, más completo que los
demás y que su aplicación acertada y filosófica exija
que no se pierda de vista la variedad de reglas y con­
diciones a que se halla sujeto. En general, es preciso
evitar los dos extremos, el de creer todo lo que nos
viene por conducto de la autoridad humana y el de
rechazarlo caprichosamente todo.
328 LÓGICA

283. Hechos sujetos al mismo.—Los hechos cuyo


conocimiento podemos adquirir mediante el testi­
monio o autoridad de los hombres son varios y re­
ciben distintas denominaciones. Dogmáticos o doc­
trinales son aquellos que se refieren a alguna verdad
científica; históricos son los fenómenos y actos que
constan por la historia de los hombres, de los pueblos
y de las ciencias o artes; naturales se llaman aquellos
hechos y fenómenos cuya realización no lleva con­
sigo la suspensión de alguna ley, o de todas las leyes
naturales; sobrenaturales, aquellos que no se explican
sino por la suspensión de alguna de las leyes naturales;
obvios son aquellos que para su conocimiento no
exigen condiciones especiales por parte del sujeto;
los hechos cuyo conocimiento exacto y seguro exigen
las indicadas condiciones se llaman obscuros; públicos
son los que se realizaron en presencia de muchos tes­
tigos, cuya atención debieron llamar en virtud de su
mucha importancia; faltando estas condiciones, los
hechos se llamarán privados.

224. Testimonio, testigo.—Testimonio es la narra­


ción de un hecho. Se divide en histórico y dogmático, se­
gún que verse sobre algún hecho o sobre alguna doctri­
na. Lo que se ha de examinar en un testimonio, no es
solamente el sentido de las cosas atestiguadas, sino la
ciencia y veracidad del testigo. El contenido de un
testimonio, teniendo en cuenta las dos condiciones
que ha de reunir el testigo, no puede ser absurdo, pero
podría ser un dogma incomprensible, un misterio,
un hecho inverosímil o un milagro. Lo insólito del
hecho o lo misterioso de la doctrina debe hacernos
más circunspectos y exigentes acerca de las condi­
ciones del testimonio; peto, si ellos están fuera de
VALOR LÓGICO DE I.OS M ED IOS... 32<)

toda duda, la cosa atestiguada debe ser admitida, a


pesar de su carácter impenetrable o prodigioso.
Se llama testigo el que afirma la existencia o verdad
de alguna cosa que le es conocida. El testigo es ocular
si ha presenciado el hecho; auricular, si lo refiere de
oídas; se llama contemporáneo el que refiere hechos
que se realizaron durante su vida.

225. Condiciones que exige este criterio.—Las


principales condiciones para que el criterio de auto­
ridad humana pueda serlo de verdad, con respecto
a los hechos o fenómenos cuyo conocimiento adqui­
rimos por el testimonio de los demás, son las siguien­
tes: 1 .* que el hecho sea sensible, público, de impor­
tancia suficiente para llamar la atención de los que
lo presenciaron, absolutamente posible y no contra­
rio al sentido común. 2.a que los testigos hayan po­
dido percibir o saber la cosa, bien por si mismos o
por conducto de testigos o documentos fidedignos;
3 > que su probidad excluya todo temor fundado de
que hayaji querido engañar, o que el testimonio vaya
acompañado de circunstancias que hagan moral-
mente imposible el engaño; 4 .* que el estimonio sea
constante y uniforme, al menos con respecto al fondo
y substancia del asunto, aunque haya alguna dis­
cordancia accidental.

226. La autoridad humana, en estas condiciones» es


criterio de verdad respecto de los hechos sensibles e his­
tóricos.—Limitamos la tesis a los hechos sensibles e
históricos y se prescinde de los hechos dogmáticos y
también de los experimentales, que exigen conocimien­
tos especiales, o por cierto grado de cultura, como
los fenómenos magnéticos, biológicos, meteóricos, etc.
330 LÓGICA

Hechas estas restricciones, la tesis no necesita de­


mostración; basta la sencilla reflexión para conocer
que un hecho o fenómeno que se halle acompañado
de las condiciones dichas no puede menos de ser ver­
dadero, y el testimonio o autoridad por medio de la
cual adquirimos su conocimiento, regla segura y cri­
terio de verdad. Es más, los absurdos que se siguen
de negar que el testimonio humano debe ser regla y
criterio infalible de verdad, son de tal naturaleza,
que ello sólo bastaría para demostrar la proposición.
Por autoridad humana sabemos que la religión cris­
tiana fué fundada por Jesucristo, que íué predicada
y propagada por los Apóstoles y sus discípulos, que
su propagación fue acompañada de milagros, que los
mártires dieron testimonio de su verdad con su san­
gre, etc.; del mismo modo conocemos la mayor parte
de las verdades que posee nuestro entendimiento.
Negar, pues, que el testimonio de los hombres puede
servir de regla para formar juicios ciertos e infali­
bles, en circunstancias y condiciones determinadas,
equivale a imposibilitarnos para adquirir las verda­
des más fundamentales de la religión y de la sociedad.
Cuando la autoridad humana no está acompañada
de las condiciones necesarias para constituir criterio
absoluto de verdad, produce asenso opinaiivo y proba­
ble, cuyo valor demostrativo se halla en relación con
la clase de hechos, testigos y demás circunstancias
análogas.

227. El testimonio histórico y la tradición.—El


testimonio histórico o de hecho es infalible cuan­
do es universal, porque esta universalidad no ten­
dría su razón suficiente en una ficción, en un hecho
inventado o alterado. El error es múltiple y variado;
VALOR LÓGICO D E LO S M EDIOS... 331

sólo la verdad es una e inmutable; cuando el testi­


monio es universal, se debe averiguar la fuerza y ve­
racidad de los testigos. Cuando el testimonio histó­
rico o dogmático consiste en tradiciones, documentos
o monumentos, su interpretación es más complicada.
El arte de recoger e interpretar los testimonios cons­
tituye la crítica histórica, cuyo estudio propiamente
no pertenece a la lógica.
Una tradición es el relato de un hecho transmitido
oralmente durante muchos anos, ya pase de padres
a hijos, ya llegue a fijarse en los usos domésticos o
públicos, en las instituciones y en las fiestas políti­
cas y religiosas, ya se manifieste también por signos
cualesquiera en monumentos y documentos.
Los monumentos son todos los objetos materiales
que quedan de las edades pasadas y que conservan
de ellas alguna huella.
Los documentos son los escritos, inscripciones, car­
tas, diplomas, actas públicas de los tiempos que nos
han precedido. A la interpretación de estos datos
coadyuvan diversas ciencias: la arqueología, la numis­
mática, la epigrafía, la diplomática, etc.
La tradición es cuando es constante y perpetua,
cuando es amplia y está muy extendida y cuando re­
lata un hecho público que ha debido ser conocido por
muchos, ya que, en estas circunstancias, es imposible
explicar de otro modo la concordancia de todos los
detalles.
Respecto de los documentos, hay que asegurarse
de su autenticidad, de su integridad y de su sinceridad.
Por lo que se refiere a los monumentos, es necesario
probar que son auténticos, que son contemporáneos.
de los hechos y que no están en contradicción con
ningún dato cierto de la historia.
332 LÓGICA

§ III. El supremo criterio de verdad

228. Condiciones exigidas por el criterio que pre­


tende el titulo de primero y único.—De lo dicho an­
teriormente se desprende que, en nuestra opinión, cada
uno de los criterios indicados tiene razón de tal cuan­
do va acompañado de las condiciones necesarias con
respecto a objetos o verdades determinadas; pero los
filósofos, no sin razón, han pretendido reducirlos a la
unidad, buscando un criterio del cual dependan, en
cierto modo, los demás, como de su raiz o fundamento.
El criterio que tales condiciones reúna podrá apelli­
darse el criterio general de la verdad y el principio
de la certeza. «Un criterio, dice B&lmes en su Filoso­
fía fundamental, mayormente si tiene la pretensión
de ser el único, ha de reunir dos condiciones: no su­
poner otro y tener aplicación a todos los casos.»

229. El supremo criterio de certeza no puede ser


el consentimiento del género humano ni la fe divina.—
Se entiende por criterio supremo el motivo funda­
mental y último que da luz y sirve de apoyo a todos
los demás criterios. El consentimiento unánime de los
hombres es, según Lamennais, el criterio universal
y supremo de la verdad. Según este sistema, toda cer­
teza descansa en la fe: la certeza no es más que una
fe omnímoda en una autoridad infalible, y esta auto­
ridad infalible es el consentimiento unánime del gé­
nero humano. La razón personal por si sola seria in­
capaz de llegar a una conclusión cierta, sin el apoyo
de la razón universal y colectiva del género humano,
la cual se manifiesta en la práctica por el sentido
común o por el consentimiento unánime de los pue­
blos: aquello en que todos convienen es cierto, lo
VALOR LÓGICO D E LOS M EDIOS.. 333

demás es dudoso. Las verdades de sentido común


proceden en un principio de la razón divina: restos
informes de la revelación primitiva restaurada y
completada por la revelación cristiana y católica.
♦Es un hecho, dice Lainenuais, que a menudo los
sentidos, la conciencia, la razón, nos engañan, y que
no tenemos en nosotros ningún medio para recono­
cer cuándo nos hemos engañado, ninguna regla infa­
lible de la verdad... Nada está probado, porque las
mismas pruebas necesitarían otras pruebas, y asi
hasta lo infinito. En este estado, la razón nos dicta
que dudemos de todo; mas la naturaleza nos lo pro­
híbe. Es un hecho que no existe y que no existirá nun­
ca un verdadero pirroniano; que la duda universal y
absoluta a la que nos condena una lógica severa, es im­
posible para el hombre... Es un hecho, en fin, que u n a
inclinación natural nos mueve a juzgar sobre lo que
es verdadero o falso, según el consentimiento común
o la mayor autoridad; que referimos la certeza a la
conformidad de los juicios y de los testimonios; que si
esta conformidad es general, y, sobre todo, si es uni­
versal, se deja de escuchar a los contradictores y de
intentar de convencerles; se les desprecia como a in­
sensatos, locos, delirantes y como seres monstruos
indignos de pertenecer a la especie humana.»
Según el fideísmo, sostenido por Huet, Bautain y
Bonnetty, la razón no puede, por sus propias fuerzas,
conocer las verdades con certeza, sino únicamente con
probabilidad; por esto la fe es necesaria a la razón r
para fortalecer y transformar los conocimientos pro­
bables en conocimientos ciertos. Luego, el don de la
fe es el verdadero fundamento y la regla única de toda
certeza.
Para demostrar la falsedad de esas dos opiniones,.
334 LÓ CICA

nos valdremos de un argumento general que puede


aplicarse luego a cada una de ellas en particular.
a) Argumento general contra los dos sistemas. Et
criterio supremo de toda certeza debe estar ador­
nado de tres caracteres: i.°, debe ser universal; 2.0, debe
aparecer como el último motivo por el cual nos adhe­
rimos con firmeza a la verdad; 3 .0, debe ser en sí mismo,
y apaTccer por sí mismo a la razón como infalible. Es
asi que ni el consentimiento unánime del género hu­
mano ni la fe divina reúnen estos tres caracteres;
luego, ni el uno ni la otra son el supremo criterio de
certeza. La mayor es innegable. Por la definición que
hemos dado del criterio supremo, es evidente que ha
de extenderse a toda verdad cierta, para que la razón
la distinga de lo que no es cierto; por esto mismo no
puede el criterio supremo admitir otro motivo por en­
cima de él; de donde se deduce que por su propia luz
ha de ilustrar nuestra razón, y como por sí mismo ha
de distinguir la certeza verdadera de la falsa, esa luz
debe ser infalible y manifestarse como tal.
b) Aplicación de la menor al tradicionalismo de
Lamennais. En primer lugar, el consentimiento uni­
versal del genero humano no puede extenderse a toda
verdad cierta, por ejemplo, a la certeza de mi propia
existencia y a la de una multitud de hechos forzosa­
mente personales. ¿Cómo podríamos decir con cer­
teza, por el hecho del consentimiento universal, que
los demás hombres han manifestado su opinión res­
pecto de un punto determinado, que su testimonio
es unánime y que conocemos perfectamente ese tes­
timonio? En el mayor número de casos, el consenti­
miento universal no podría presentarse como el mo­
tivo último por el cual nos adherimos a la verdad. En
el orden de los principios lógicos, por ejemplo, de las
VALOR LÓGICO D E LOS MEDIOS. 335

primeras verdades matemáticas, de una multitud in­


numerable de fenómenos internos y externos, no po­
dría aplicarse, porque son ellos más evidentes que la
certeza del consentimiento del género humano; sa­
bemos que todos los hombres admiten que 2 + 2 —4 ,
ro en virtud de su testimonio, sino en virtud del ca­
rácter propio de esta verdad. La infalibilidad del con­
sentimiento común de los hombres siempre y necesa­
riamente, debiera ser demostrada, porque no se ofrece
como una verdad evidente a nuestro entendimiento;
antes al contrario, la historia nos dice que el género
humano se ha engañado muchas veces. Finalmente,
el sistema de Lamennais se contradice al establecer
que «rada hombre está cierto de una cosa, porque
todos los hombres lo están». Tendríamos realmente
un efecto sin causa, ya que en el todo no puede haber
más que lo que hay en el conjunto de las partes.
c) Aplicación de la menor al f ideísmo. La fe divina
no se extiende a toda verdad cierta, porque, de lo
contrario, se confundirían el orden natural y el orden
sobrenatural y el testimonio invencible del sentido
íntimo, de los sentidos externos y de la razón estaría
en pugna con un gran número de hechos internos,
de fenómenos externos y de verdades racionales. Ade­
más, la fe divina no se manifiesta nunca como el úl­
timo motivo de adhesión a una verdad cualquiera:
creemos, porque juzgamos que, creyendo, estaremos
dentro de la verdad. Finalmente, aunque la fe es in­
falible en sí misma, no obstante, su infalibilidad no
se revela a nuestra razón sino por motivos racionales
que analizamos en todo su valor antes de creer. La
fe divina presupone naturalmente otros criterios, por­
que, aparte de la acción especial y sobrenatural de
Dios, adquirimos la fe mediante el testimonio de los
33 ^ 1VÓGICA

sentidos» o sea oyendo, viendo y leyendo los motivos


de credibilidad, como también conociendo y discu­
rriendo sobre la cantidad de la doctrina y el valor de
los testimonios. Luego, la fe divina, antes de poder
servir de criterio, presupone necesariamente el cri­
terio de evidencia, el de conciencia y, sobre todo, el
de los sentidos externos, y, por consiguiente, no puede
apellidarse primero ni único. Nadie espera, ni necesita,
ni hace uso de la fe divina, para asentir con certeza
a estas y otras verdades: «yo pienso y existo», «1 todo
es mayoi que la parte».

230. El supremo criterio de certeza no puede ser


ana especie de instinto infalible.—Reid, el fundador
de la escuela escocesa, enseña que el supremo criterio
de certeza es una especie de instinto invencible y uni­
versal, de orden espiritual; por ser invencible, obliga
nuestro asentimiento a la verdad de un modo irresis­
tible; por ser universal, es decir, común a todos los
hombres, produce un consentimiento con respecto
a un cierto número de verdades, que se conocen con el
nombre de verdades de sentido común. Reid llama
a ese principio de certeza instinto, o impulsión, a la
cual nadie puede resistir. Jacoby y los sentimentalis­
tas sustituyen el instinto de razón de los escoceses
por un sentimiento, una especie de simpatía o de amor
que provoca la presencia de la verdad y que a ésta nos
liga fuertemente.
Para refutar estos dos sistemas nos basta el si­
guiente dilema. El instinto, sea de razón o de senti­
miento, presupone el conocimiento cierto de la verdad
en sí misma o no lo presupone. En el primer caso,
será un efecto puramente subjetivo producido por la
verdad cierta y no podrá constituir el supremo mo-
VALOR LÓGICO DE LOS MEDIOS.. 337

tivo de certeza; en el segundo caso, seria un criterio


sin valor racional e incapaz de libramos del escepti­
cismo.

231. Ni la conciencia» ni la autoridad, ni la cla­


ridad subjetiva de nuestras ideas pueden ser el criterio
supremo de certeza.—a) La conciencia. Galuppi pre­
tende que el motivo supremo y último de certeza es
la conciencia, cuyo testimonio puede expresarse por
esta fórmula: «Yo estoy cierto, porque mi conciencia
me atestigua que he percibido la verdad tal corno ella
es.» Este sistema confunde el motivo último con una
condición esencial de toda certeza refleja. En todo
acto de certeza reflexiva, mi conciencia me atestigua
que estoy cierto, esto es una condición esencial; pero
cuando se pregunta: *¿por qué juzgáis que estáis
ciertos y que el testimonio de la conciencia no os en­
gaña?*, la respuesta será: «por el carácter misino de
esta verdad cierta.* Por consiguiente, es necesario de­
finir cuál es el carácter objetivo de la verdad, que es el
fundamento de la certeza atestiguada por la concien­
cia, y el criterio supremo que buscamos,
b) La autoridad. El criterio de autoridad no puede
merecer el dictado de supremo; se forma de la com­
binación de otros criterios y no puede, por lo tanto,
ser considerado como fundamental y único. Oímos
la relación de un suceso que no hemos presenciado,
dice Balmes, y damos fe al narrador; para lo cual se
necesita: i.°, oir sus palabras; he aquí el criterio de
los sentidos; 2.°, conocer que no se engaña, ni nos en­
gaña; y esto, o bien lo deduciremos por raciocinio,
en cuyo caso nos servirá ora la evidencia, ora la pro­
babilidad; o bien creeremos instintivamente y enton­
ces obedeceremos al sentido común.» Sea cual fuere
a».—tóoiCA
333 LÓGICA

el valor del instinto intelectual, es innegable que el


criterio de autoridad no reúne las condiciones para
ser llamado fundamental y supremo.
c) La claridad subjetiva de nuestras ideas. Es el cri­
terio señalado por Descartes como supremo. Pero esta
claridad de nuestras ideas es un efecto de la evidencia
objetiva, o no; en el primer caso, no es el criterio su­
premo; en el segundo caso, ni siquiera es criterio.
Cuando nos limitamos exclusivamente a la claridad
subjetiva de nuestras ideas, fácilmente podemos ser
victimas de una ilusión, confundiendo el orden ideal
y el orden rea!, el orden de la posibilidad y el orden
de la existencia. Para evitar esa ilusión en la certeza
es necesario apoyarse en un signo de certeza que es
infalible por sí mismo, en la evidencia objetiva u ottfo-
logica,

288. El supremo criterio de certeza es la eviden­


cia objetiva n ontológica.— La evidencia tal como
la poseemos, es accidental a la verdad: todo lo que es
evidente es verdadero, pero no todo lo que es verda­
dero es evidente, a lo menos para nosotros. De hecho,
no obstante, la evidencia es el criterio universal, su­
premo, infalible, necesario y suficiente de la verdad,
y merece, por lo tanto, el título de fundamental o
único, porque reúne las condiciones que dejamos se­
ñaladas. La evidencia se puede tomar en dos sentidos
en cuanto se refiere a la verdad de las proposiciones,
según que éstas expresan la conexión o repugnancia
del predicado con el sujeto, o en un sentido más gene­
ral y más lato, según que se llama evidente toda
verdad que se presenta con claridad y lucidez al
entendimiento, ya sea que esta verdad exprese la re­
lación entre un predicado y un sujeto, ya sea que
VAI,OR IiÓCICO DE I.OS M EDIOS... 339

se refiera a un hecho, fenómeno y objeto externo.


En el primer sentido, sabemos que la evidencia cons­
tituye un criterio especial (SOS); pero, en el segundo
sentido, puede llamarse criterio fundamental y único
de verdad, porque siempre que asentimos con firmeza
absoluta e infalible a alguna cosa, asentimos porque
la verdad de aquella cosa se presenta a nuestro en­
tendimiento con toda claridad y lucidez, o sea como
verdad objetiva, evidente por sí misma. Luego, bien
puede decirse que la evidencia inmediata es el crite­
rio universal, primario y único de verdad. Con ra ­
zón dice Santo Tomás que la razón última de la cer­
teza que acompaña al juicio natural e infalible en
el hombre in est ex ipsa evidentia eorum quae certa
esse dicuntur, procede de la misma evidencia, de
aquellas cosas que se dicen ciertas. Este argumento,
que podemos llamar general, adquiere mayor fuerza
desenvolviéndolo por partes.
a) Prueba sacada dd análisis de los actos de cer­
teza. El análisis de los actos de certeza se debe referir
a nuestros juicios, los cuales pueden ser inmediatos
o mediatos. Si el juicio es inmediato, la conciencia
atestigua que nos adherimos a lo verdadero firme­
mente y sin temor de errar, porque la razón percibe la
rdación entre d atributo y d sujeto en su evidencia
propia, es decir, en d lazo real que une al atributo con el
sujeto. Si el juicio es mediato, fruto de un raciocinio,
la conciencia nos dice que antes de adherirse y para
poder adherirse a la conclusión el entendimiento
analiza primero si hay evidencia en las leyes lógicas
y si son evidentes cada una de las premisas. De ma­
nera que el entendimiento se ocupa en comprobar
una doble evidencia: la de la consecuencia o de las
leyes lógicas, que son la forma del razonamiento (89),
3-10 1.ÓCICA

y la de las -premisas, que son los principios iumediatos


del razonamiento. Cuando estas premisas no son
evidentes por sí mismas, sino que aparecen como la
conclusión de otras premisas, la razón continúa el
examen analizando aquella doble evidencia, y así suce­
sivamente, hasta que comprueba la evidencia inmediata
de las leyes lógicas y de las premisas. Si, a pesar de
este trabajo, la razón no llega a percibir la necesidad
de la verdad y la imposibilidad de errar en la eviden­
cia objetiva, la adhesión no será ni completa ni exenta
de temor. Lo mismo exactamente sucede respecto de
los juicios que tienen por objeto un hecho interior
atestiguado por el sentido intimo, o un hecho exte­
rior que nos consta por el testimonio de los sentidos
externos, o una verdad cualquiera que conocemos
por autoridad: la razón no se adhiere a ninguno de
esos tres objetos conocidos por sus respectivos cri­
terios, sino después de haber juzgado que los testi­
monios son evidentes y que su relación con la verdad
atestiguada es igualmente evidente.
b) Prueba sacada de la naturaleza y de la razón.
El criterio supremo de la certeza, o el criterio que
produce inmediatamente por si mismo la certeza en la
razón, debe ser conforme a la razón. Y como la razón
es la facultad de conocer las cosas como ellas son, es
evidente que no puede adherirse a su objeto, de un
modo firme y adecuado, sino después que ha juzga­
do que su objeto es tal como ella lo concibe y no
puede ser de otro modo. Para que este juicio se pro­
duzca, es necesario que el objeto se manifieste a
la razón o por sí mismo, es decir, en su existencia
propia, o por su relación real con algún otro objeto
presente a la razón. Luego, esta manifestación dd ob­
jeto, que se conoce con el nombre de evidencia obje­
VAXfOR ILÓGICO DE I<OS M EDÍOS,.. 34 E

tiva del objeto, es el criterio que produce por sí


mismo la certeza de la razón y, por lo tanto, es el
criterio universal y supremo de la certeza.
c) Prueba sacada de la aplicación de las tres condi­
ciones del criterio supremo. Si por abstracción se qui­
tan a los diversos casos de certeza las particularida­
des que los distinguen, ya de diversidad, de origen
(sentidos, conciencia, razón, fe), ya de diversidad de
materia (físico, moral, abstracto, concreto, esencial,
accesorio, etc.), no les queda a todos, como elemento
común, más que la conexión lógica entre el sujeto y
el predicado, puesta de manifiesto e imponiéndose
al entendimiento de un modo irresistible, es decir, la
evidencia de algo inteligible. Es, pues, universal; la
evidencia objetiva se aplica a todos los órdenes de
verdades. La evidencia objetiva, además, es el Ultimó
motivo, la última explicación que se alega de nuestras
convicciones. Si se pregunta a un hombre por qué está
cierto de que todo efecto exige una causa, contestará
que eso lo dice el sentido común; si insistimos que­
riendo saber por qué el sentido común es veraz en
esta cuestión, dirá que se trata de una cosa evidente,
y señala, por lo tanto, la evidencia objetiva como
criterio supremo de certeza. Es, finalmente, la evi­
dencia criterio infalible en sí mismo y apareciendo
ccmo tal a la razón. En efecto, siendo el último mo­
tivo y el efecto inmediato de la verdad, si no fuese
infalible por sí mismo no tendríamos un medio se­
guro de distinguir la certeza verdadera de la falsa y
de escapar a las consecuencias del escepticismo.

233, Cansas de error en los criterios.—De estas


causas unas son próximas y otros remotas. Las causas
próximas pueden señalarse en el incumplimiento de
342 IÓCICA

las reglas especiales de cada uno de los criterios estu­


diados; las causas remotas de error se encuentran en
los sentidosj en el entendimiento y en la voluntad. Los
sentidos no pueden ser causa de error, porque siem­
pre conciben los objetos de la manera que exigen las
condiciones que acompañan su ejercicio; pueden ser,
sin embargo, ocasiones de error y de juicios defectuosos,
poique no pocas veces representan los objetos desde
un punto de vista no conforme con la realidad. Con
razón dice Reid que «muchos pretendidos errores de
los sentidos no son más que otras tantas consecuen­
cias que inmotivadamente se quieren deducir de su
testimonio. En semejantes casos, el testimonio de los
sentidos es verdadero y la consecuencia que de él se
deduce es falsa». No siempre se sacan de la aplicación
de un criterio las consecuencias que naturalmente se
derivan, sino otras que no son más que prejuicios
formados y cuya evidencia se quiere demostrar. Las
causas que influyen en que la voluntad sea ocasión
de enor y de juicios defectuosos son, entre otras, el
amor inmoderado de si mismo, el amor exagerado de
otros, el amor desordenado de la antigüedad y de la
novedad, y las pasiones. El entendimiento puede dar
ocasión de errar por su limitación, por el abuso de
vocablos referentes a un mismo objeto o problema,
por la educación, por el método inconveniente en los
estudios, ya sea por defecto de recta elección y de
orden, o por enciclopedismo científico y por el me­
nosprecio de las ciencias metafísicas.
VALOR LÓGICO D E LOS MEDIOS.. 343

ARTÍCULO III

LA CRÍTICA

234. La crítica y la lógica; importancia de la cri­


tica.—Como complemento de lo dicho hasta aquí
acerca de los criterios de certeza, sus caracteres y
aplicaciones, será muy conveniente exponer algunas
nociones de crítica, en la parte que presenta mayor
afinidad con la lógica y principalmente con el oficio
y fin de la misma. No se trata de la ciencia crítica
propiamente dicha, que, por la importancia muy jus­
tificada que ha conseguido en. nuestros días, forma
una ciencia con finalidad propia y distinta de la de la
lógica; ni siquiera de la crítica general, ni de la crítica
estética, ni de la literaria, n» de la histórica, en todo
su contenido y en las particularidades que constitu­
yen su objeto, sino de la que pudiéramos llamar crí­
tica hermenéutica, o sea de la parte de la crítica
histórica y filológica que tiene por objeto la au­
tenticidad y el sentido de los libros pertenecientes
a épocas y autores anteriores.
La importancia lógica de poseer algunas nociones
y reglas sobre esta materia se desprende de que 1%
mayor parte de nuestros conocimientos científicos
y aun prácticos los alcanzamos y poseemos mediante
el auxilio de libros escritos por otros; y estos conoci­
mientos no pueden ser seguros y racionales para nos­
otros, si no pudiéramos determinar su autenticidad
y sentido genuino.

235. Dificultad de la critica; valor de la erudición.


Es importantísimo en la critica, y muy particular-
344 LÓGICA

monte en la crítica histórica, el analizar los caracteres


de autenticidad de un libro, de un documento, de un
testimonio cualquiera, señalar la fecha de su apari­
ción, para [joder explicar muchas ideas que recono­
cen el medio ambiente sociál y científico como uno
de los elementos que explican su producción. En los
estudios de crítica filosófica, este elemento no puede
desconocerse, porque no pocas de las teorías cosmo­
lógicas y psicológicas son una encarnación, o mejor,
una derivación de los principios científico-naturales
sostenidos en determinadas épocas y no pueden ex­
plicarse sin tener en cuenta el medio que vivieron.
La paleografía, cuyas reglas precisaron Mabillon y
Papebrock, es un poderoso auxiliar de la crítica; pero,
cuando se trata de documentos escritos en idiomas
poco conocidos, como los jeroglíficos de Egipto o las
escrituras cuneiformes de Asiría, su interpretación
requiere mucho trabajo v, aun así, ha de ser acogida
con grandes reservas. Por muy seguros que sean los
métodos que se emplean en la asiriología y egipto­
logía, y por muy hábiles que sean los sabios que en
ellos se han ocupado, como Champollion-Figeac,
Lepsius, Mariette y Mas pero, en los estudios egipto-
lógicos, los dos Rawlinson, Oppert, Bunsen y G. Smith
en los de asiriología, es innegable que estas ciencias
contienen buen número de puntos indecisos que son
causa de incertidumbre y no permiten que se consi*
dereu incontestables las condiciones generales for­
muladas por los especialistas.
La erudición sin critica tiene un valor muy limi­
tado y no pocas veces abandona al erudito a los aza­
res de la conjetura y del prejuicio. La ciencia crítica,
por otra parte, es bastante más difícil de adquirir que
la erudición. La critica de las fuentes y de los docu-
VALOR LÓCICO D E LOS M EDIOS... 345

inentos, de donde se sacan los elementos de la histo­


ria, exige generalmente una penetración rara, un jui­
cio recto, un espíritu habituado a la investigación
histórica y ciertos conocimientos especiales en rela­
ción con la naturaleza de las fuentes y documentos
cuya autenticidad quiere averiguar.

286. Autenticidad de los libros; libros apócrifos.—


Un libro se puede llamar auténtico en dos sentidos:
cuando es genuino, es decir, escrito realmente por el
autor cuyo nombre lleva o al cual se atribuye; y cuan­
do no contiene ninguna mutilación o interpolación.
El primero de estos dos sentidos constituye la auten­
ticidad total; el segundo determina la autenticidad
parcial, o, mejor dicho, integral. Los títulos de auten­
ticidad en general se averiguan por medio de los ín­
dices extrínsecos e intrínsecos. líos índices extrínsecos
se revelan por el examen de los manuscritos, sean ori­
ginales o copias, la materia de que están formados,
la clase de escritura, etc. Estos datos, aunque de
mucho valor, no son suficientes muchas veces para
fundamentar la autenticidad de un libro o documento;
entonces es necesario reconstruir el pensamiento del
autor y analizar su estilo y forma de expresión. El
estilo puede reducirse a dos partes que se prestan a
ser estudiadas separadamente y constituyen el exa­
men material y el examen formal del mismo. La parte
formal del estilo la constituye el pensamiento genui­
no del autor, el cual puede averiguarse fácilmente,
cuando se trata de autores bien conocidos; el examen
material es más seguro y se presta a la comprobación.
Son libros apócrifos los que se atribuyen falsa­
mente a un autor, total o parcialmente. El misino aná­
lisis que dejamos explicado para señalar la autenti­
LÓGICA

cidad de un libio o documento cualquiera, nos sirve


para determinar los libros o documentos apócrifos.

237. Disposiciones d d espíritu crítico.—El pri­


mer canon, digámoslo asi, de la verdadera crítica se
refiere a las disposiciones que deben adornar al crí­
tico para juzgar de la autenticidad de un libro o de la
verdad de un hecho histórico. Estas condiciones son
principalmente dos, además de las generales que son
necesarias para trabajar con provecho en la vida in­
telectual: amor sincero a la verdad y lealtad en el exa­
men e interpretación de los escritos. La primera oondi-
ción le apartará de todo prejuicio (137) y comunicará
a su espíritu aquella rectitud y libertad racional de
criterio que le son necesarias para juzgar acertada­
mente. Y así, cuando se le ofrezca un documento o
libro que contraria sus opiniones y viene a turbar
inoportunamente sus razonamientos, fundados al­
gunas veces en principios no siempre indiscutibles,
sabrá guardar toda la serenidad e independencia de
juicio, para atenerse solamente a los principios de la
verdadera crítica, y formular con lealtad las conclu­
siones que de los documentos, rectamente interpre-
tados, se deducen, sin violentar los textos y huyendo
de las sutilezas que pueden perjudicar a la verdad;
el espíritu crítico debe buscar siempre la verdad por
la verdad y para la verdad. El desconocimiento de estos
preceptos, o mejor dicho, el descuido en aplicarlos,
ha sido causa de los mayores errores en la interpreta­
ción de los libros y documentos.

238. La interpretación en la critica.—Se llama


hermenéutica el arte de interpretar convenientemente
el sentido de un autor o de sus obras. La palabra
VALOR LÓGICO DE LOS M EDIOS... 347

hermenéutica se compone de las dos griegas sppiVE'iar


que significa interpretación, y el adverbio su, que equi­
vale a la voz latina redé y a la castellana ordenado,
de donde se deduce el significado completo que de­
jamos consignado. E n la interpretación de los textos
o de los libros cuya autenticidad se ha demostrado,
es necesario averiguar el sentido preciso de las pala­
bras, porque éstas, con frecuencia, tienen un sentido
relativo y convencional, difícil de determinar. Es
necesario, además, saber leer entre líneas y compa­
rar los pasajes claros con los obscuros para señalar
adecuadamente el sentido de todo el contenido.

239. En cuántos sentidos un libro puede llamarse


apócrifo.—Un libro puede llamarse apócrifo en tres
sentidos. Cuando no es canónico, es decir, no pertenece
al canon de los libros sagrados, definidos como tales
por la Iglesia; cuando contiene narraciones extrava­
gantes o inverosímiles acerca de los dogmas y de las
cosas de religión y moral cristianas, aunque sea au­
téntico, 001110 sucede con algunos de los libros que el
papa Gelasio llama apócrifos; y cuando es dudoso,
o se ignora completamente el autor del libro. Esta
última acepción es la más propia.

240. Reglas para juzgar de la autenticidad de los


libros.—Después de lo que llevamos dicho, parece in­
necesario el presentar las reglas a que debe sujetarse
el crítico para juzgar de la autenticidad de los libros
y documentos; pero, al objeto de facilitar la labor
en materia tan importante, señalaremos los siguien­
tes preceptos de aplicación general, dejando a las dis­
tintas aplicaciones de la critica el estudio de sus re­
glas peculiares y propias. i.° Si en códices antiguos
3+8 LÓGICA

un libro se atribuye a otro autor distinto de aquel


cuyo nombre figura en el libro cuya autenticidad
queremos averiguar, puede tenerse esto por india o
probable de que el libro no es auténtico, porque el
testimonio de autores contemporáneos y más próxi­
mos a la época del escritor es preferible, en igualdad
de circunstancias, al de escritores posteriores. Claro
que esta regla no es aplicable cuando contra el in*
dicio probable milita alguna razón gTave y sólida,
porque puede suceder muy bien que un libro se haya
publicado sin nombre de autor o con seudónimo y
que conste luego, por documentos fidedignos, quién
fuese el verdadero autoT, í.° Un libro reconocido por
genuino constantemente por escritores contempo­
ráneos y jx>stcriores excluye toda nota de suposición.
El silencio de algunos contemporáneos por sí solo no
es motivo suficiente para negar la autenticidad só­
lidamente establecida. 3-° Cuando un libro contiene
sentencias u opiniones contrarias a las contenidas
en otras obras genuinas del mismo autor, no debe
tenerse por auténtico, por lo menos en su totalidad,
a no ser que conste, por otra parte, que el autor mo­
dificó sus opiniones. 4.0 Si en una obra se hace alusión
a cosas o personas posteriores a la muerte del autor
a quien se atribuye, se tendrá indicio cierto de falta
de autenticidad o de interpolación. 5.0 La diversidad
de estilo puede suministrar indicios, más o menos
probables, de falta de autenticidad. 6 .® Si en códices
antiguos falta algo que se halla en los posteriores,
hay indicio probable de interpolación; si, por el con­
trario, en los códices antiguos se lee algo notable que
falta en los modernos, habrá indicio probable de mu­
tilación. 7.0 También puede sospecharse que hay inter­
polación o mutilación, si en alguna obra no se ba-
VAUOR Í.ÓGICO D E I.OS MIÍDIOS.,. 349

lian los pasajes citados por escritores antiguos, es­


pecialmente si éstos son contemporáneos del autor.

241. Reglas conducentes a la interpretación recta


de los textos.— Pora la recta interpretación de los
textos conviene tener presentes las siguientes reglas:
1.a El modo de interpretar las palabras debe estar en
relación con la naturaleza del libro y de su autor; por
esto conviene leer el prólogo del libro y la vida del
autor. Claro que no debe interpretarse del mismo
modo el libro escrito por un especialista en una cien­
cia que el publicado por un simple vulgarizados ni un
libro perteneciente a la Sagrada Escritura, como un
libro puramente humano. 3.a Es útil conocer la len­
gua-en que fué escrito el libro, y exponer las palabras
del autor en armonía coa las opiniones del mismo y
no en conformidad con nuestros prejuicios. 3.a Las
palabras de un escritor deben tomarse en el sentido
obvio y literal, mientras no se siga algún absurdo
o inconveniente, o no conste, por otra parte, que
fué otra la intención del autor, 4.* Si en los obras de
un autor encontramos opiniones y doctrinas discor­
dantes o contrarías, deben conciliarse, si es posible;
de no serlo, se deberá tener como del autor la opinión
emitida con posterioridad, especialmente si la expone
tratando expresamente del asunto.

A. M. D. G,
Obras del Dr. D. FEDERICO DALMAU
Teoría del conocimiento humano, según la filosofía
de Santo Tomás de Aqnino.—Premiada con el premio
S. M. la Reina Regente, en el Certamen Escolar
Nacional de Zaragoza, en 1898.—Ptas. 2.
La Sensación.—Estudio psico-fisiológico. Declarada
de mérito, previo favorable informe de la Real Aca­
demia de Ciencias Morales y Políticas, por el Minis­
terio de Instrucción Pública y Bellas Artes. R. O. de
28 de Febrero de 1910.—Ptas. 1*50.
Balines, filósofo,—Estudio critico, leído en las fies­
tas del Centenario, en Vich.—Ptas. 1.
Honor y Patriotismo.—Oración fúnebre, predicada
en el primer centenario de los gloriosos sitios de Ge­
rona, —Ptas. 0*60.

ELEMENTOS OE FILOSOFÍA

Programa de Lógica y Psicología.—Ptas. 1*25.


Programa de Ética y Rudimentos de Derecho.—Pe­
setas 1*26.
EN PREPARACIÓN
Concomitantes fisiológicos del acto voluntario.—
Trabajo psicológico de Laboratorio.
Las imágenes subconscientes en los fenómenos de la
hipnosis.—Trabajo psicológico de Laboratorio.
Cuestiones ético-fisiológicas.—Problemas ético-mo­
dernos.
Miscelánea Sociológica,—Colección de artículos de
Sociología.