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Manuel Polo y Peyrolón

ELEMENTOS
DE
FILOSOFÍA
MORAL

3ª EDICIÓN

1890
j?OLO Y ;f>EYROLÓf^

ELEMENTdS
DE

LOSOFlA MORAL
3> E D IC IÓ N
Tijolallcwtttle corregida, reformada y aumentada.

Imp. d« M. Alulr*-— P etllw n, 6.


1690.
ELEMENTOS
DE

FILOSOFIA MORAL POR

Manuel | olo y Í eyrolúh


C f l t td r A t k o n u m t r i r i o p o r o r r a i í ¡ ¿ n y B ü ilio te e » r¡o d e l I n n i t n t o ¿c
M g j n J a c a t e n a r i a d e V a le n c ia , D o c to r e n F t l o t o f u y L t i r n ,
L ic e n c i a d o e ti D e r e c h o ¿ ¡v il y í a n i n i í o , C o n e t p c i i d i M i c I t Id R e t í A « J ( ! n ú
d e U H i n o r i i , I n d i v i d u o d e l i A u d m u i o i u i u F il t w ó f i c o - m i d i u
de S a n io T o m is d e A q u in o . .
S o c io d e m i n i o d e U ü c o n ó n k a d e A m ig o » d e l P a i i d t •
A li c a n te , V e « l d e U C o m í si6* d e m o n u m e n t o s h i t i í t r i c o s y
« r t l u i c o i d e U [> fo v ín < ú d e Y e l c n t u ,
Com endador de J u b c l la C iiU l c i , condccorido
por U S itu id id de León XITI con U ¿ r u i Pro Excluía ti
Panujitt, etc., n c .

O B R A
firc fa U tm tn lt in f a m é is f v r r! Ctrnujo é t lu ih u tiiiti ftltlim
jr f r m i t d a i m mtdalla J t piafa r» / » f i / n í i i c n rr^itmal rattm iana á i i S t j ,
ton n r Ja lU At i c f o t e tu ia aragoutu dt 7886
j ton m viatla ¿ t oro tt¡ tu timvtrtal út Barcrlotm Ai ¡S S S

S .‘ E D IC IÓ N
xúüwibti ctiium, inemii t inuNim

V A L E N C IA
I 11P R E X T A DE U A K U E L A L L ’F R E

*Pla\a de T cllicers, 6
INDICE

Cimmos. PÍGlXAS
LXV. Preliminares................................... í
LX V I. Del sentimiento moral. . . . . . *3
LXVII. Del entendimiento moral. Sindére-
resjs y Conciencia.......................... 24
Lxvm . Divisiones de la conciencia m oral.. 33
L X IX , De la actividad moral. , , . . 45
LX X , Del bicu, orden y fia....................... ti
L X X I. Del fin del hombre y de su felicidad. 68
L X X IL De la ley y sus especies..................... 81
L X X 1U. Cualidades de lns leyes, Obligación.
Promulgación. Sanción. , . . 9'
LX X 1V. Del deber, derecho, imputabilidad,
responsabilidad, mcriio y demé­
rito.................................................. 102
LXXV. Circunstancias atenuantes ó eximen­
tes de responsabilidad. . . . 112
IX X V L Falsas teorías acerca del criterio y
esencia de la moralidad. . . . 121
JLXXVII. Continuación de las leor/as falsas y
criterio verdadero de la mora­
lidad............................. . . . i ?3
C in m o i. P iG IX It,

Lxxvm. Preliminares........................................ 148


LX X IX . D é la existencia de Dios.. , , . 154
LXXX. De la existencia de Dios (Continua­
ción)................................................ 165
LX X X I. Deberes religiosos directos. , . - 176
LX X X II. Deberes religiosos indirectos. . . 185
Lxxxin. De la revelación.................................. 196
LX X X IV . Relaciones entre La revelación y la
razón................................................ 204
LX X X V . Continúan las relaciones entre la'
revelación y la razón................... 218
LX X X VI. Deberes relativos al alma. . . , 225
lxxxve . Deberes relativos al cuerpo. • . . 237
Lxxxvm. Deberes relativos al cuerpo (Conti­
nuación).. ................................... 248
L X X X IX . Clasificaciones..................................... 261
xc. Deberes humanos de justicia para
con el cuerpo de nuestros seme­
jantes.............................................. 270
X C I. Deberes humanos de justicia para
con el alma de nuestros seme­
jantes .............................................. 2S3
X C II. Deberes humanos de justicia para
con los bienes de nuestros próji­
mos. . . . . . . . . r» 295
xan. Deberes humanos de justicia para
con los bienes de nuestros pró­
jimos (Continuación). . . 304
XCIV. Deberes humanos de justicia para
con los bienes de nuestros pró­
jimos (Conclusión). . . . ? 3*4
xcv. Deberes humanos de caridad. . . J26

XC V I. De la sociedad en general. . . . 33*


C a u t ü io s . P aginas .

XCV II. De la. sociedad conyugal. . . . 342


XCV Iir. De las sociedades paterna y h eriJ.. 357
XC IX . De la sociedad civil............................. 372
C. De la sociedad religiosa.......................386

A D V E R T E N C IA

Este libro, encuadernado en rústica, se ven­


de á tres pesetas y media en todas las li­
brerías, y á cuatro y media encuadernado
en tela con plancha dorada- E l autor lo remite
¿ correo vuelto á cuantos, al pedirlo, acompa­
ñen su importe.
C A P ÍT U L O L X V .

P re lim in a re s.

Befinición, objeto, m edios y fin


de la É tica ó Filosofía M o r a l.—S e c o n s i­
d e ra n co m o sin ó n im a s la s d os d en o m in a cio n es
d ic h a s , de aqu í q u e se d esign e in d istin ta m e n te
esta p arte de la F ilo s o fía , unas v e c e s co n el n o m ­
bre de É tic a 1y con el de M o ra l3, otras. P o r su s ig ­
n ific a c ió n e tim o ló g ic a arribas palab ras d icen r e ­
la c ió n á las costumbres h u m a n a s, y p o r lo ta n to ,
p o d e m o s d efin ir la É tic a d ic ie n d o : «es aq u e lla
parte de la F ilo s o fía su b jetiva y p rá ctic a , q u e se
p ro p o n e la acertad a d ire c c ió n de la vo lu n ta d
h acía el bien , ó q u e re g u la las co stu m b res, o r­
d en an d o re cta m en te las a c cio n e s c o n sc ie n te s y
lib re s del h o m b re h a cia su fin ú ltim o .» N o h a y
q u e co n fu n d ir lo s actos d d hombre, q u e son tó -

* Del griego elhicós (¡tiatit), cosa moral, que A su ven


se d e riv a r e eílm cosiombre.
. 2 Del latín mos, costumbre.
4

dos aquellos que acaecen en el animal racio­


nal, lo mismo del orden vegetativo, que del sen­
sitivo é intelectivo, con las acciones propiamen­
te dichas humanas, características exclusivamen­
te de los racionales. Sólo éstas, es decir, única­
mente Jas acciones humanas conscientes y libres
componen el objeto material ( 1 5 ) de la Ética»
constituyendo la moralidad su objetoformal ( 1 5 ) .
El fin que la Ética persigue es la calificación de
dichas acciones y su acertada dirección hacia lo
licito y honesto para que el hombre llegue á ser
bueno y feliz. Por último, los medios de que se
sirve para el logro de fin tan importante son: en
el orden subjetivo, la luz natural de la razón, y
en el objetivo, el estudio de la naturaleza hu­
mana, tanto en sí misma como en sus relacio­
nes con los seres inferiores que nos rodean,
con los demás hombres que con nosotros viven,
y con el Soberano Autor de la naturaleza toda.
465 . D e la É t ic a co m o c ie n c ia y
c o m o a r t e . —La Ética es verdadera ciencia, por­
que consta de verdades relacionadas y demos­
trables, de conocimientos ciertos y evidentes, y
de principios generales inconcusos, como el bien
debe ser amado y el tnal odiado, no bagas á otro lo
que no quieras para ti, practica el orden, guarda los
mandamientos, etc.; los cuales sirven perfecta­
mente para la explicación de su objeto propio y
5
específico. La Ética tiene, además, un carácter
eminentemente'práctico, en virtud del cual, de
los principios científicos deduce las reglas que
en cada caso, deben de conocerse y aplicarse,
para la ejecución de lo lícito y honesto; é indu­
dablemente, así considerada, la Ética es arle*.
E s pues ciencia y arte á la vez: en el primer
concepto expone principios y demuestra verda­
des; en el segundo da reglas para vivir bien,
practicando lo bueno y omitiendo lo malo.
466 . D i v i s i ó n d e l a É t i c a . —De lo an­
teriormente dicho se desprende la natural divi­
sión de la Ética en dos grandes tratados ó partes:
Nomología ó Ética General, llamada también
Moral Especulativa; y Deontológía ó Ética Espe­
cial, denominada por algunos Moral Práctica.
L a primera estudia el importantísimo y com­
plejo hecho de la moralidad, fijando sus ele­
mentos componentes y principios determinan­
tes; y la segunda hace a p lica ció n de esta doc­
trina á tos deberes especiales del hombre, de­
terminándolos y razonándolos.
467 . P a r a l e l o e n t r e la M o r a l f i lo ­
s ó f i c a y l a t e o l ó g i c a .—La Moral es una y

1 Según los escolásticos, la ciencia es recia valió agibi-


liim ,' y el arte, rula ratio f<xeHb¡lium\ esto es: ciencia, la
recu razón de las operaciones del emeodi miento, y arle,
la recta razón de las operaciones de ta voluntad.
6
la misma siem pre,'si bien para adquirir su co­
nocimiento podemos acudir á Ift simple luz de
la ra^ón humana, en cuyo caso toma el nombre
de Moral filosófica ó á la revelación y entonces se
llama Moral teológica ó Teología Moral, Estas
dos ciencias, al parecer diferentes, son en su
esencia una sola y la misma, pues ni h a y, ni
puede haber oposición verdadera entre la razón
y la revelación. Conviene, sin embargo, dife­
renciarlas para que ocupen sus puestos respec­
tivos, la primera en el campo de la Filosofía y
en el de la Teología la segunda. Se diferencian,
pues:
1 . ° Por su sajelo, que es el hombre en la Mo­
ral filosófica,y el cristiano en la Moral teológica.
2 .° Por sus principios, puramente racionales
los de aquélla y revelados los de ésca.
3 Y por sus preceptos, que emanan los de lá
primera de la ley natural, y los de la segunda
de las leyes divina y de gracia.
D e l a M o r a l u n i v e r s a l ó In d e ­
p e n d ie n t e — Los filósofos ‘ modernos dan el
nombré de Moral universal ó independíenle á esa
mal llamada ciencia, puramente empírica, que
partiendo del hecho de la libertad, determina el
criterio de la moralidad y la regla de las cos­
tumbres, sin fundamento alguno metafísica
y mediante sólo la luz de la razón. Esta supues-
7
tn Morar, común ri codos los hombres, substan­
tiva ó independiente de toda influencia religiosa y
especialmente cristiana, es un absurdo hijo del
criticismo de Rant^ por una parte, y del posi­
tivismo de Comte, por otra, que se propone
emancipar la Moral de todo freno y tutela reli­
giosa y constituirla ¿ su manera, sin verdadero
fundamento ontológico y prescindiendo hasta ,
del mismo Dios. De aquí que la Moral llamada
universal ó independiente resulte un verdadero
absurdo, y no sea, en el fondo, como intenta, ni
independiente, ni universal. N o es ni puede ser
independiente, porque deberes religiosos tiene
el hombre que están basados en el conocimiento
de ciertos dogmas y d éla ley divina positiva, co­
nocimiento inasequible á la razón humana y que
debemos sólo á la revelación. Tam poco es ni
puede ser universal, porque aun concretándonos
á los deberes morales del orden puramente na­
tural, tan flaca y deficiente es la razón humana,
que por sí sola no hubiese logrado formar un có­
digo moral de derechos y obligaciones, que los
hombres todos acatasen y cumpliesen. Con la his­
toria de la Filosofía en la mano puede probarse
esta verdad inconcusa. Los más grandes talen­
tos, inspirados sólo por la simple luz de sú ra­
zón, han incurrido en verdaderas monstruosi­
dades morales, que se desvanecen al más ligero
s

soplo de la Moral cristiana. Platón, p. e j., com ­


batía el derecho de propiedad y ensenaba que
el infanticidio es licito, aplicado á niños enfer­
mizos ó defectuosos; los cínicos y los estóicos
defendían el suicidio como remedio moral con­
tra las desventuras de la vida; la mayor parte
de los filósofos paganos admitieron como natu­
ral y honesta la esclavitud, y ni uno siquiera
de ellos llegó d vislumbrar el fin último del
hombre. Si de repente desapareciera la Moral
cristiana, no quedando de ella ni aun el recuer­
do en la memoria de los hombres, el mundo
tornaría necesariamente á los horrores y he­
diondeces de las civilizaciones paganas más in­
mundas.
469 . R e l a c i o n e s d e l a É t i c a c o n la
R e lig ió n , T e o d ic e a , D e r e c h o N a t u r a l y
P s i c o l o g í a —La sana Filosofía ha considera­
do siempre á la Ética, no como una ciencia
aislada, propia,substantiva, primaria é indepen­
diente de toda influencia extraña y de toda otra
ciencia, sino como ciencia de aplicaciones que
toma muchos de sus principios de otras cien­
cias, especialmente las religiosas, filosóficas y
sociales y que, en cierto sentido, está y no pue­
de menos de estar subordinada á la R eligión ,
Teodicea, Derecho Natural y Psicología.
Relacionada está la Moral con la Religión,
9
porque ésta última, al determinar el comercio
entre Dios y el hombre, prescribe ciertos actos
como hítenos y prohíbe otros como malos, bajo
cuyos aspectos dichas acciones pertenecen de
lleno á la Filosofía Moral. Con la Teodicea, por­
que siendo Dios autor del orden universal de las
cosas y por lo tanto del orden especial, que
debe de reinar en las acciones humanas, es evi-
dente que en el conocimiento de D ios, de sus
atributos y perfecciones tiene su origen el co­
nocimiento del orden moral. Con el Derecho
Natural, pues la ley natural es regla objetiva y
remota de la moralidad, sin que se pueda esta­
blecer distinción real y separación completa en­
tre el Derecho Natural y la É tica, como preten­
de el racionalismo* Puede admitirse únicamente
distinción virtual entre estas dos ciencias, notan­
do: que la Moral considera al hombre en abso­
luto en busca de su fin último, en tanto que el
Derecho lo considera sólo en sus relaciones con
sus sem e ja n te s; q u e a q u e lla estudia la acción hu­
mana en sus condiciones de bondad ó malicia,
esto es, bajo su aspecto formal ó cual ilativo y éste
bajo su aspecto material ó cuantitativo, ó sea en
la cantidad necesaria para producir la equidad
y justicia; y que la primera investiga la inten­
ción del operante, y al segundo le basta supo­
nerla recta y honesta, eu tanto que no aparezca
TO

lo contrario. Con exactitud comparó Pascal la


Moral y el Derecho A dos círculos concéntricos
de radio diferente, más largo el de la primera que
el del segundo. Por último, subordinada está tam­
bién la Ética á la Psicología, porque de la natu­
raleza del alma racional y especialmen:e del
conocimiento de la voluntad libre, se infieren
razones y verdades aplicables á la conducta
moral del hombre.
470 . .U t ilid a d é i m p o r t a n c i a d e l a
E t i c a . —Teólogos y filósofos demuestran á por­
fía las excelencias de la Ética. Y en efecto, nin­
guna otra ciencia rienc conexiones tan íntimas
con el verdadero bien y la suprema felicidad del
hombre. De su conocimiento y práctica depen­
den la perfección del individuo, la prosperidad
de los pueblos y naciones, la dignidad, de linos
y otros, y el logro del destino final humano.
Renatucn.
¿Q ué es Ética y cuáles son su objeto, m edios y
fin?
Ética es aquella ciencia filosófica, que regula las
costum bresú ordena lasacciones conscientes y libres
del hom bre hacia su fin último. Dichas acciones com -
ponen su objeto material y la moralidad su objeto
form al; su fin consiste en adquirir la norma de nues­
tra conducta, y los medios que utiliza al efecto son
la razón y el estudio déla naturaleza humana.
¿Cómo se divide la Ética?
«

En dos grandes tratados ó partes: N om ología 6


litíca General, llamada también Moral Especulativa;
y Deontologia ó Ética Especial, denominada por al­
gunos Moral Práctica.
¿En qué se diferencia la Moral filosófica de la teo­
lógica?
Se diferencian: i , ° por su su jeto ,q n e es el hom­
bre en la Moral filosófica, y el cristiano en Ja Moral
teológica; 2 .c por sus principios, puramente racio­
nales los de aquélla y reveladoslos de ésta; y j . 4 por
sus preceptos, que emanan los de la primera de la
ley natural, y los de la segunda de las leyes divina y
de gracia.
¿Q ué es M oral universal ó independiente?
Modernamente se dan dichos nombres á esa mal
llamada ciencia, puramente empírica, que partiendo
del hecho de la libertad, determina el criterio de la
moralidad y la regla de las costum bres, sin funda­
mento alguno meta físico. De aquí que la moral in­
dependiente sea, por su naturaleza, atea, irreligiosa
y sensual.
¿La M oral es ciencia independiente ó está reía-
cionada con otras ciencias?
L a sana Filosofía ha considerado siempre & la
Ética, no com o una ciencia aislada, substantiva é in­
dependiente de toda influencia extraña y de toda
otra ciencia, sino com o ciencia de aplicaciones que
toma muchos de sus principios de otras ciencias, es­
pecialmente las religiosas, filosóficas y sociales, y que
en cierto sentido, está y no puede menos de estar
subordinada í la R eligión, Teodicea, Derecho N atu­
ral y Psicología.
¿Cóm o se prueba la utilidad ¿ importancia de la
Ética?
Notando que ninguna otra ciencia tiene conexio-
nes tan íntimas con el verdadero bien y la suprema
felicidad del hombre. De su conocim iento y práctica
dependen la perfección del individuo, la prosperidad
de los pueblos y naciones, la diguidad de unos y otros
y el logro del destino final humano.
PRIMERA PARTE
N O M O L O G ÍA .

Primera sección de la Nomología.


M*rtneipio* subjetivo» de té9 m o ra lid a d
ó naturaleza moral d el hombre.

C A P ÍT U L O L X V I.

Del sentimiento moral.

471 . D e f in ic ió n y d i v i s i ó n d e la N o ­
m o lo g ía .—Etimológicamente la palabra mmo-
gia 1 quiere decir tratado de la norma ó regla de
nuestra conducta, y lógicamente puede defi­
nirse esta primera parte de la Ética, llamada
también Moral especulativa ó Ética general di­
ciendo, que es «la ciencia que trata de la m ora­
lidad engeneral, ósea de las leyes reguladoras de
las costumbres y de losprincipios subjetivos y ob­
jetivos, que determinan la bondad ó malicia de

1 D el griego nomos 0;) ley , regla, norm a, y fogo*


0-¿7<¡í) trillado.
14

las accioneshumanas.» Ahora bien, para c o n o c e r


metódicamente y á fondo la moralidad, debemos
estudiar nnte todo sus elementos subjetivos ó
psicológicos, eslabonando de esta manera dicho
estudio con la Psicología; trataremos después de
sus elementos objetivos ó metafísicos; para deter­
minar, por último, su esencia y verdadero cri­
terio. Esto nos conduce naturalmente á dividir
la Nom ología en las tres secciones siguientes:
1 . a Principios subjetivos dé la moralidad, ó na­
turaleza moral del hombre; 2 .a principios ob­
jetivos ó metafísicos de la moralidad; y 5 .11 cri­
terio de la moralidad.
472. D e fin ic ió n d e la moralidad.
«Aquello en cuya virtud las acciones humanas,
son buenas ó malas, honestas ó torpes, confor­
mes ó contrarias á la naturaleza racional y por
ende á la ley que regula las acciones conscien­
tes y libres,» se llama moralidad. Puede pues ser
considerada la moralidad como una cualidiid de
los actos humanos, en relación con principios
subjetivos y objetivos que la modifican y deter­
minan, y como un hecho complejo, cuyo aná­
lisis haremos más adelante.
473 . E x i s t e n c i a o b j e t i v a d e l a m o ­
r a l i d a d . —La existencia subjetiva, es decir, cu
nuestro propio sujeto ó yo , de la moralidad, es
indudable, porque todos y cada uno encontra­
i 5
mos en nuestra mente multitud de ideas con
razón llamadas morales y en la propia concien­
cia reconocem os todos la regla próxima de
nuestra conducta, experimentando complacen­
cia ó remordimiento según cumplamos ó infrin­
jamos dicha regla; pero, como de la misma ma­
nera que existe el escepticismo lógico, hay tam ­
bién filósoíos moralistas escépticos,es decir que
niegan la realidad objetiva de la moralidad, su­
poniendo que la moralidad subjetiva es producto
de la educación, de las preocupaciones, de los
hábitos, del medio ambiente, etc., estamos en
el caso de probar, ante todo, la realidad objetiva
de la moralidad, demostración que podemos
hacer directa é indirectamente :
a) Directamente se prueba que la moralidad
no es una mera preocupación ó concepción sub­
jetiva de la mente, notando: que damos el nom­
bre de morales, es decir, de buenas, licitas ú ho­
nestas, á las acciones libres rectamente ordena­
das hacia el fin del agente. Ahora bien, acciones
comete el hombre naturalmente convenientes
para el logro de su fin y otras que, por el con­
trario, le perjudican y de su fin le aparcan: la
distinción, pues, entre aquéllas y éstas no pue­
de ser más racional y fundada, de donde el ca­
lificativo de buenas ó morales para las primeras
y de malas ó inmorales para las segundas. Nótese
i6

además, que en todo tiempo y lugar, entre to­


da clase de gentes y de pueblos, ciertas acciones,
como honrar ¿ los padres, sacrificarse por los
hijos, respetar á los ancianos, socorrer al m e­
nesteroso, dar hospitalidad al extranjero pere­
grino, adorar y temer á la divinidad, m orir por
la patria, etc., se han considerado como buenas,
dignas, laudables, etc.; y otras, por el contra­
rio, como faltar á la f¿ jurada, causar daño al
prójimo en su persona, honra é intereses, des­
preciar A los mayores, etc., se lian mirado siem­
pre como malas, indignas, vituperables, etcétera.
T odos los hombres, además, tienen nociones ó
ideas más ó menos exactas de justo é injusto,
bueno y malo, honesto y torpe, lícito é ilícito,
virtud y vicio, derecho y obligación, etc., ideas
que todos aplican á las acciones con la seguri­
dad de no equivocarse. T o d o el mundo, por
último, se horroriza ante el crimen y se com ­
place y hasta entusiasma en presencia de la vir­
tud y de la heroicidad. Luego la existencia real,
objetiva, de lo bueno y de lo malo, ó sea de la
moralidad, es innegable.
b) Indirectamente puede probarse también
la existencia de la moralidad, notando: que la fé
pública y privada, el agradecimiento por los
favores recibidos, la buena ó mala reputación,
lo s honores que se dispensan á los héroes y
l7
grandes hombres, las leyes, premios, castigos,
tribunales, distinciones sociales, etc., serian
cosas incomprensibles y palabras vacías de sen­
tido, sin la. existencte real y objetiva del bien
y del mal.
474 . S u b j e t i v i d a d y o b je t i v i d a d d e
la m o r a l i d a d .—Sin embargo, en el hecho
complejo de la moralidad, cuya realidad obje­
tiva hemos demostrado, combínanse elementos
de distinta naturaleza, unos variables y relati­
vos, íntimamente relacionados con el agente
moral en cuya libre voluntad tienen origen y
de cuya naturaleza racional parten; y otros in­
variables y absolutos, para determinar los cua­
les hay que remontarse á las alturas del Sum o
Bien y apoyarse en las leyes inflexibles que de
allí emanan. Estos dos órdenes se reúnen y
combinan en la acción moral, de aquí que la
moralidad pueda ser estudiada subjetiva y objeli-
vamentei esto es, en sus elementos contingentes
y humanos, ó en sus principios absolutos y ne­
cesarios.
475 . S i m p a t í a y a n t i p a t í a m o r a le s »
Dedicaremos esta primera sección de la N om o­
logía al estudio de los elementos subjetivos de
la moralidad, ó sea de la naturaleza moral del
hombre. Dicha naturaleza radica propiam ente
en las potencias inorgánicas; pero siendo uno
2
sólo, como sabemos (16 9 ), el principio vital
humano y cu virtud además de las relaciones
íntimas y afinidades cosmológicas que no puede
menos de haber enere tcJdas las potencias del
hombre, también la sensibilidad, en su superior
esfera del sentimiento, tiene un carácter moral
innegable, acerca del cual apuntaremos alguna
idea. L o primero, que encontramos en este or­
den, es la simpatía y antipatía morales- El bien
nos atrae y complace: el mal nos repele y dis­
gusta, y esta atracción y repulsión están en ra­
zón directa de la mayor ó menor intensidad del
bien ó mal que contemplamos. Despreciamos
una simple falca, un pecado ya nos disgusta,
pero un crimen nos horroriza. Una acción c o ­
mún buena nos complace; la práctica constante
de la virtud nos admira; pero el bien llevado
hasta el heroísmo nos entusiasma y arrebata.
Innegable es, pues, la existencia de estas fuer­
zas ó acciones atractivas y repulsivas entre el
bien y el mal y la sensibilidad humana. La atrac­
ción que lo bueno ejerce -sobre el hombre se
llama simpatía moral; y la repulsión, antipatíar
476. Placer y dolor morales.—«La
complacencia, agrado ó bienestar que el hombre
experimenta contemplando ó practicando el
bien,» se llama placer moral; y , por el contrario,
«la displicencia, desagrado ó malestar que el hom ­
T9
bre siente contemplando ó practicando el mal,»
se llama pena 6 dolor moral*
47 ? . D e l s e n t im ie n t o m o r a l* — En­
tre los sentimientos humanos, cuya naturaleza
se explicó erí Psicología ( 13 1) » ninguno tan
importante como el sentimiento moralt que pue­
de definirse: <raquella afección grata ó ingrata
que el hombre experimenta ante el bien ó m al,
que, como tales, contempla ó practica.» El placer
ó dolor morales son consecuencias del sentimien­
to; pero no hay que confundirlos con el sen­
timiento mismo, que es una mera modificación
anímica, o c a sio n a d a por una impresión m oral.
Dios ha querido que el hombre pueda experi­
mentar esos contentamientos, esas complacen­
cias y como perfumes que el bien exhala; y ,
por el contrarío, esas displicencias y angustias
que el mal produce, para que el sentimiento mo­
ral sea en el hombre un estímulo constante y
como aguijón permanente, que le aproxime i lo
bueno y le aleje de lo malo. Pero como el bien
y el mal sólo pueden apetecerse ó rechazarse
después de conocidos, de aqüi que el sentimien­
to moral sea como una especie de lazo de unión
entre la potencia sensitiva y la intelectual del
hombre, pues el bruto carece de estos senti­
mientos elevados, que suponen el previo ejer­
cicio del entendimiento.
20
4 7 8 . División de los sentimientos
morales.— Pueden clasificarse en dos grupos,
incluyendo en el primero todos los que están
relacionados con las acciones propias, y en el se­
gundo cuantos á las acciones ajenas se refieren.
Aquéllos á su vez nos afectan de diferente ma­
nera, según que la acción de que se trata está por
hacer ó se ha efectuado ya. En el primer caso,
cuando la acción es buena nos seduce y atrae con
tanta mayor fuerza, cuanto más libre se encuen­
tra nuestro ánimo de pasiones que le cieguen y
seduzcan en sentido opuesto; y cuando la ac­
ción es mala, nos repugna y produce en nosotros
aversión tanto mayor, cuanto menos atenuada
está por hábitos ó deseos en contrario. Estos dos
sentimientos morales no han recibido nombre
técnico especial; pero bien pudiéramos llamarles
inclinación al bien y aversión al nial. En el segun­
do caso, es decir, cuando se trata de acciones ya
efectuadas, si la acción cometida es buena, pro­
duce naturalmente en nosotros satisfacción ó com­
placencia, y por el contrario retnordimiento ó arre­
pentimiento si la acción cometida es mala. Las
angustias, que el remordimiento produce, pueden
considerarse como sanción natural de la ley mo­
ral, ó sea como la pena ó castigo que la misma
naturaleza impone ai que desconoce sus fueros
y pisotea la ley infringiéndola, El arrepentímien-
to ó disgusto por haber cometido el mal, en­
traña casi el deseo de no reincidir practicando
aquella acción mala nuevamente, y en este sen­
tido puede mirarse como principio de virtud.
Muchos son, por último, los sentimientos m o­
rales que proceden de las acciones ajenas, tales
como la benevolencia y malevolencia, el aprecio y
desprecio, la admiración y execración, el entusiasmo
y el horror; pero su estudio pertenece más bien
á la Literatura que ¿la Filosofía Moral. L o que
vulgarmente se llama sentido moral es sin duda
resultado, por una parte, de la conciencia clara
del deber, y por otra del hábiro de discernir y
practicar los sentimientos morales.
Resum en.
¿Q ué es N om ología y en cuántas secciones se
divide?
N om ología, Ética General ó Moral Especulativa
es aquella prim era parte de la Etica, que estudia la
moralidad en general y se divide en tres secciones
que tratan: i . “ de los principios subjetivos de la
moralidad, ó naturaleza moral del hom bre; 2 .1 de
los principios objetivos ó metafísicos de la m orali­
dad; y 3.* del criterio de la moralidad.
¿Q ué es la moralidad?
Aquella cualidad ó condición de las acciones, que
las hace buenas ó malas, honestas ó torpes, confor­
mes ó contrarías á la naturaleza racional y por ende
& la ley, que regula las acciones conscientes y libres.
22

¿Cómo se demuestra la existencia objetiva de la


moralidad?
N o puede ponerse en duda, k existencia de la
moralidad, com o hacen algunos escépticos, porque
en el entendimiento humano se encuentran multi­
tud de ideas con razón llamadas morales y en la
conciencia la regla próxim a de la moralidad; p or­
que t i hombre ha considerado siempre unas accio­
nes com o buenas y oirás com o malas, inspirándole
simpatía y hasta amor las prim eras} y antipatía y ho­
rror las segundas; y porque el com ún sentir,. las le­
ye s, instituciones y costumbres de los pueblos, si
la moralidad no existiese, serían incomprensibles é
inexplicables.
¿De cuántas maneras puede ser considerada la
moralidad?
Subjetiva y óbjetivam ente, esto es e a sus ele­
m entos contingentes y hum anos, existentes en el
sujeto m oral, ó en sus principios absolutos y necesa­
rio ^ existentes en los objetos m orales.
¿Qué es simpatía y antipatía m orales?
La atracción que lo bueno ejerce sobre el h o m ­
bre, se llama simpatía moral; y la repulsión, an ti­
patía.
¿Cómo pueden definirse el placer y dolor mora­
les?
La com placencia, agrado ó bienestar que el hom ­
bre experimenta contemplando ó practicando el bien,
se llama placer m oral; y , p or el contrario, la displi­
cencia, desagrado ó malestar que el hombre siente
23
contemplando ó practicando el m al, se llama pena
ó dolor moral.
¿Q ué es sentim iento moral?
Aquella afección grata ó ingrata, sentida por el
hombre ante el bien ó mal, que, com o tales, con­
templa ó practica.
¿Qué división puede hacerse de los sentim ien­
tos m orales?
En sentim ientos que afectan á las acciones p ro-
pias y á las ajenas, subdividiendo los prim eros en
sentimientos que se experimentan antes de obrar
com o la inclinación al bien y la aversión al m al, y
después de obrar com o la satisfacción ó com placen­
cia por haber obrado bien y el rem ordim iento ó
arrepentimiento por haber obrado mal. M uchos son
los que afectan á las acciones ajenas, tales com o la
benevolencia y malevolencia, el aprecio y desprecio,
la admiración y execración,, etc.
*4

> C A P ÍT U L O L X V II.
/ y

"'./■Del e n t e n d i m i e n t o m o r a l .

^ j S in c lé r a B is y c o n o i e n o i n ,

‘ i

• V ';
C a r á c t e r m o r a l d e l e n t e n d í-
' m ie n t o h u m a n o .—Pero donde principalmente
brilla la naturaleza moral del hombre es en sus
potencias inorgánicas intelectiva y volitiva. El
entendimiento es el único que sabe discernir
entre lo bueno y lo malo, pues la bondad ó ma­
licia no es cualidad material de las cosas y ac­
ciones, que esté al alcance de los sentidos. Sólo
el entendimiento conoce la moralidad, A cuyo
efecto le adornó el Criador de todas las condi­
ciones y elementos necesarios, que es precisa­
mente lo que constituye el carácter moral de esta
potencia nobilísima.
£ 8 0 » Ideas morales.— ocTodas aquellas
representaciones intelectuales, que dicen rela­
ción m is ó menos directa al bien ó m a lí, se lla­
man ideas morales. Aunque las ideas morales for­
man parte importantísima y numerosa del cau­
dal intelectual del hombre, podemos expresar
las principales por medio de las siguientes pa-
25
la b ra s: bu en o , m a lo , lic ito , ilíc ito , h o n e s to ,
to rp e , v irtu d , v ic io , falta, c u lp a , p e c a d o , c r i*
m en , o rd e n , le y , d e re c h o , d eb er, o b lig a c ió n ,
p ro h ib ic ió n , m an d a to , c o n c ie n c ia , lib e rta d , y iC
p u ta b ilid a d , re sp o n sa b ilid a d , m é r ito , d e m é / w ,
p re m io , re c o m p e n sa , g lo ria , c ie lo , f e l i d & d , ,
pena, c a stig o , in fie rn o , d e sv e n tu ra , e tc . Q t e ^ a s
ideas m o ra le s e x iste n , se p ru e b a d ire c ta n \e g f¿
p o r La c o n c ie n c ia p sic o ló g ic a de cada c u a l ,\ ^
in d irectam en te p o r m e d io d e la s le y e s , in stitu ­
cio n es y co stu m b res de to d o s lo s p u e b lo s.
481. Origen de las ideas morales.
P a ra la m e jo r in te lig e n c ia de este im p o rta n te
p u n to , re cu é rd ese lo d ic h o ( 1 2 0 ) a c erca d el o r i­
gen de le s id eas en g e n e ra l, y p ara d ete rm in a r
a h o ra el v e rd a d e ro o rig e n de las id eas m o ra le s,
re fu te m o s, ante to d o , las o p in io n e s y te o ría s fa l­
s a s. ¿P ro c e d e n de lo s sentidos? D e n in g u n a m a ­
n e ra , p ues la m o ralid ad ilo es c o sa sen sible q u e
p o d a m o s v e r, o ír , to c a r, e tc ., ni c o n o c e r, en
una p a la b ra , p o r m ed io de la e x p e rie n c ia e x te r­
n a. L a b o n d ad y m alicia de las a c c io n e s son
cu a lid a d e s in trín se c a s, q u e n o d ep en d en d e la
p arte m aterial ó física d e la s a c c io n e s m is m a s ,
sin o d e q u e estén ó no c o n fo rm e s c o n la le y m o ­
ra l, y de la in te n c ió n del a g e n te . N in g u n a de
estas dos cosas p ercib en lo s se n tid o s; lu e g o la
m oralid ad n o es se n sib le , sin o in te lig ib le . P re -
20

cisamente lo que m is agrada á los sentidos sue­


le ser lo menos conforme con las reglas de la
Moral. Por otra parte, lo empírico es*smgular,
relativo y contingente; y á la inversa, las ideas
morales son universales, absolutas y necesarias.
L o mismo podemos decir de la conciencia psico­
lógica: ésta acredita la existencia de la idea mo­
ral, pero no la produce; nos dice lo que es, pero
no lo que del>¿ de ser. Las ideas morales ¿proven­
drán acaso de la educación? Entonces ¿cómo ex­
plicar su universalidad y permanencia en medio
de los variables y diversos usos y costumbres
de los pueblos? Si la moralidad fuese una pre­
ocupación infiltrada lentamente en el ánimo del
niño por el que lo educa «¿cómo es que sea ge­
neral á todos los tiempos y países? ¿quién la ha
comunicado al humano linaje? ¿quién lia sido
tan hábil y tan poderoso, para lograr que la
adoptasen todos los hombres?¿cómo se ha con­
seguido que las pasiones, hallándose en pose­
sión de la libertad, renunciasen á ella, admi­
tiendo un dique que les impide desbordarse,
recibiendo un freno que de &>ntinuo les detie­
ne y molesta? ¿Quién fué ese hombre extraor­
dinario, cuya acción alcanzó á dominar todos
los tiempos y países, las costumbres más bru­
tales, las pasiones más violentas, los entendi­
mientos más obtusos; que pudo difundir la idea
27
de un orden moral por toda la faz de la tierra,
no obstante la diversidad de los clim as, de las
lenguas, de las costumbres, de las necesidades,
de la variedad en el estado social de los pueblos,
y que consiguió dar á esta idea del orden m o­
ral, tal fuerza, tal consistencia, que se conserva
al través de todas las vicisitudes, á pesar de los
más profundos trastornos, entre las ruinas de los
imperios, entre las fluctuaciones y transmigra­
ciones de la civilización, permaneciendo como
una columna que no pueden conmover las im ­
petuosas o laí de la corriente de los siglos1 ?v ¿Se-
rAn, tal vez, innatas las ideas morales? Tam po­
co, pues sabido es que estas ideas no se tienen
en los primeros años de la vida y la experiencia
acredita que los sentidos son algo más que me­
ras ocasiones de las ideas y conocimientos. N o
hay, pues, más remedio para comprender el ori­
gen de las ideas morales, que admitir la teoría
ya expuesta (12 0 ) acerca del origen de las ideas
en general. La única facultad que tiene virtud
bastante para producir las ideas morales es la
ratfn, ó sea el entendimiento posible puesto en
función por el entendimiento agente (80), el cual
á su vez opera sobre las acciones morales, ori-

* Filosofía Fundamental por Calmes, t. IV , pág. J4 1.


Barcelona, 1846.
28
liando lo sensible y aprehendiendo únicamente
la parte moral inteligible.
482 . D e f in ic ió n d e l a s i n d é r e s i s y d e
l a c o n c i e n c i a m o r a l .—Además de las ideas
morales, encontramos en el entendimiento hu­
mano una facultad que las aplica, funcionando
con el carácter de regla inmediata y próxima de
las acciones, y esta facultad recibe el nombre de
conciencia moral. Es como una especie de juez,
que Dios ha colocado en nuestro entendimien­
to para que tramite los litigios referentes i la
moralidad y falle acerca d éla bondad ó malicia
de las acciones. En la razón humana, que, co­
mo participación de la divina, puede discernir
el bien y el mal, hay que distinguir dos mo­
mentos, uno especulativo, durante el cual conci­
be el bieri y el mal y los deberes en general,
sin relación alguna á su práctica del momento;
y otro práctico, durante el cual conoce la bon­
dad ó malicia de una acción singular y deter­
minada, y el deber de practicarla ú omitirla en
este lugar ó en aquel tiempo. L o primero, esto
es, «la razón especulativa en orden al bien ó al
m al,» se llama sindéresis; lo segundo, ó sea la ra­
zón práctica fallando respecto á la bondad ó ma­
licia dé acciones singulares y determinadas por
el tiempo y el espacio, se llama conciencia moral.
Podemos pues definir esta última diciendo, que
*9

es cel juicio d éla razón práctica acerca de la bon­


dad ó malicia, de las acciones ú omisiones hu­
manas, singulares y determinadas por el lugar y
el tiempo* .» N o hay que confundir la concien­
cia moral con la conciencia psicológica, porque
aquella testifica la existencia objetiva de la bon­
dad ó malicia en las acciones humanas y ésta se
limita i dam os d conocer los hechos subjetivos
ó internos, prescindiendo de su moralidad; y
porque la primera entraña raciocinio y la segun­
da simple conocimiento ó percepción. El dicta­
men de la conciencia moral contenido está siem­
pre en un juicio, que sirve de conclusión á un
silogismo, en el cual hacen: de premisa m ayor el
precepto legal y de premisa menor la acción ú
omisión de que se trata. Se me ocurre, por ejem­
plo, engañar á mi catedrático para excusar mi
falta de asistencia á cátedra y mi conciencia mo­
ral me arguye de la siguiente manera: «Según
el octavo precepto del Decálogo, no es lícito le­
vantar falso testimonio, ni mentir; es así que

1 La definicidn que di de la conciencia moral D. Rafael


Rodríguez de Cepeda, en sus Elemetilos dt *De> ec}x> nata-
raL parte primera, página 99, diciendo: «el juicio prác­
tico que nos dicta que debemos hacer algo como man­
dado, <5 podemos hacerlo como licito, ó debemos omitir­
lo como prohibido» es incompleta, pues conviene sólo i
la conciencia antecedente.
yo miento cuando digo que ayer no vine d cáte­
dra porque estuve enfermo; luego si tal digo co­
meteré acción ilícita, inm oral.»
4 8 3 . M a n i f e s t a c i o n e s d e la c o n c i e n ­
c i a m o r a l . — Esta
importantísima facultad juz­
ga antes y después de haberse consumado la
acción ú omisión: antes, instigándonos d que
practiquemos lo bueno y omitamos lo malo; y
después, unas veces atestiguando, con ayuda de
la memoria, únicamente la existencia de la ac­
ción ú omisión, otras excusando nuestra con­
ducta cuando se trata de acciones indiferentes ó
libres, ya aprobando lo hecho ú omitido cuan­
do es bueno, ya reprobándolo cuando es malo,
complaciéndose en unos casos porque hemos
obrado bien, remordiéndonos en otros porque
hemos obrado mal y siempre como testigo in­
corruptible y juez inexorable, que afirma ó nie­
ga, excusa ó acusa, aprueba ó reprueba, acari­
cia ó muerde. Su influencia é imperio han sido
siempre confesados hasta por los mismos im ­
píos. «[Conciencia, conciencia, dice Rousseau,
instinto divino, voz inmortal y celeste; guíase-
gura de un sér ignorante y limitado, aunque
inteligente y libre; juez infalible del bien y del
mal, que haces al hombre semejante d Dios! De
tí depende la excelencia de su naturaleza y la
moralidad de sus acciones; sin tí nada siento en
3t

mí que me eleve por encima de los brutos, mas


que el Triste privilegio de precipitarme de error
en error con la ayuda de un entendimiento sin
regla y de una razón sin principios1 .»
R esu m e n .
¿Por qué decimos que tiene carácter m oral nues­
tro entendimiento?
Porque él únicamente conoce la m oralidad, k
cuyo efecto le adornó el Criador de todas las condi­
ciones y elementos necesarios, que es precisamente
lo que constituye el carácter moral de esta potencia
Dobilísima.
¿Qué son ideas morales y cóm o se prueba su
existencia?
Son ideas morales todas aquellas representacio­
nes intelectuales que dicen relación más ó menos di­
recta al bien ó al mal, Q ue las ideas morales existen,
se prueba: directamente por la conciencia psicológica
de cada cual, é indirectamente por medio de las le­
yes, instituciones y costumbres de todos los pue­
blos.
¿Cóm o se explica el origen de las ideas morales?
N o considerándolas com o innatas ó producidas
por los sentidos, la conciencia psicológica ó la edu­
cación y preocupaciones. La única facultad que tie-
ue virtud bastante para producir las ideas morales es
la razón, ó sea el entendimiento posible puesto en
función por el entendimiento agente, el cual á su

1 É raile, liv. V .
32
vez opera sobre las acciones m orales, orillando lo
se n sib le y aprehendiendo únicamente la parte moral
inteligible.
¿Q ué es sindéresis?
E l conocim iento de la moralidad, por principios
generales, ó la razón especulativa en orden al bien ó
m al.
¿Q ué es conciencia moral?
t i juicio de la razón práctica acerca de la bon­
dad ó malicia de las acciones ú om isiones humanas,
singulares y determinadas por el lugar y el tiempo.
, ¿C oáles son las manifestaciones principales de la
conciencia moral?
Instiga hacia lo venidero, atestigua lo pasado,
afirma ó niega, excusa ó acusa, aprueba ó reprueba,
y acaricia ó muerde.
33

C A P ÍT U L O L X V III.

Divisiones de In conoienoia m oral.

484 . D i v i s i o n e s q u e s u e le n h a c e r s e
l a c o n c i e n c i a m o r a l.—Son muchas; pero
las más importantes y de m ayor aplicación prác­
tica contenidas están en los cuadros que siguen.
Podemos dividir la conciencia en

antecedente

/ acusadora
consiguiente...) excusadora
r aprobante

^ i cierta.............( recta
i I ) errónea invencible
£'
errónea vencible
J i. I incierta.. -
(perpleja
dudosaj , ,,
( probable
Porque, en efecto, el juicio de nuestra ra­
zón práctica acerca de la bondad ó malicia de
líis acciones depende, unas veces, de la acción

3
34
misma ó sen del objeto, precediendo ó subsi­
guiendo dicho juicio á la acción, y en este se­
gundo caso acusando, excusando ó aprobando
lo hecho; y depende, en otros casos, del estado
de la mente del sujeto agente, el cual puede es­
tar cierto ó incierto de sus dictámenes, juzgan­
do, en el primer caso, con rectitud ó error inven­
cible y, en el segundo, con error vencible ó con
dudas.
4Í8S. Divisiones de la conciencia por
razón del objeto.—« Conciencia antecedente es
el dictamen ó juicio de la razón práctica acerca
de la bondad ó malicia de las acciones ú omi­
siones no ejecutadas ú omitidas aún.» Se le d i
también el nombre de concomitante porque se re­
fiere á los actos que han de ejecutarse ú omitirse
htc et nunc (aquí y ahora). Esta conciencia nos
dice cuándo debemos cometer la acción, cuándo
om itirla y cuándo somos libres para hacer lo
primero ó lo segundo. «Conciencia consiguiente
es el dictamen ó juicio d éla razón práctica acerca
de la bondad ó malicia de las acciones ú omi­
siones ya cometidas,» Si la acción ú omisión es
m ala, la conciencia se convierte en fiscal ó acu­
sadora y de aquí el remordimiento: si la acción
u omisión es indiferente ó libre, la conciencia
se convierte en excusadora y de aquí la tranqui­
lidad del ánimo: por último, si la acción ú omi­
sión es buena, la conciencia se convierte en
aprobante y su testimonio es como un premio
anticipado de la buena conducta. En menos pa­
labras, la conciencia antecedente aconseja y la
consiguiente acusa, excusa ó aprueba.
4 ÍÍ6 . Divisiones de la conciencia por
razón del sujeto»—<rLa conciencia es cierta,
con certidumbre subjetiva, cuando nos adheri­
mos plenamente, sin el menor recelo de que po­
damos equivocarnos, al juicio formado por nues­
tro entendimiento acerca de la bondad, indife­
rencia ó malicia de la acción de que se trata» y
es incierta en el caso contrario. L a conciencia
cierta se llama recta siempre que juzga con ver­
dad y justicia de la bondad y malicia de las ac­
ciones ú omisiones, concordando su juicio con.
la verdad objetiva de los actos juzgados. Su
dictamen es absolutamente obligatorio. «Con­
ciencia erróma es aquellayque prescribe lo falso
y lo injusto en concepto de verdadero y justo.»
Aquí el error es d ahecho, cuando se juzga equi­
vocadamente acerca de la moralidad de la ac­
ción, y de derecho, cuando se desconoce la ver­
dadera inteligencia y aplicación de la ley moral.
E ic h o error es vencible ó invencible, según que
se pueda ó no salir de él. L a conciencia erró­
nea vencible á nadie excusa; pero sí la invenci­
ble. Som os responsables del mal practicado,
3<5

aunque sea con aprobación de la conciencia


errónea vencible, porque todo el mundo viene
obligado á investigar con diligencia suma y
conforme á su edad, estado y profesión, cuanto
concierne á sus deberes tanto generales como
particulares, y permanecer en estado de con­
ciencia errónea vencible indica negligencia pu­
nible ó menosprecio grande de la ley, que nos
pone en peligro inminente de infringirla. En
sentido opuesto, es obligatorio lo preceptuado
como bueno por la conciencia errónea inven­
cible, aunque sea malo, porque, en cuanto de­
pende del libre arbitrio, todos tenemos obliga­
ción de atemperarnos á las prescripciones de la
ley natural, que se nos intima por medio de 1»
conciencia, aunque sea invenciblemente erró­
nea, y porque lo contrario sería cuando menos,
cometer culpa formal, ya que no material, cosa
claramente inadmisible. aLa conciencia se llama
dudosa cuando por falta de razones (duda ne­
gativa) ó porque las que conocemos tienen casi
la misma fuerza en un sentido que en otro (duda
positiva), vacilamos ó no nos atrevemos á fallar
respecto á la bondad ó malicia de una acción ú
omisión determinada.» En ningún caso es lícito
seguir el dictamen de la conciencia dudosa. A
esta clase de conciencia pertenecen, en el fondo,
las llamadas perpleja y probable. aS ed á elnom -
37

brc de perpleja ála conciencia de aquel que teme


obrar mal, tanto ejecutando como omitiendo la
acción*» Si se puede, se debe dilatar la resolución
definitiva hasta ilustrarse más; si no se puede, se
practica lo que se considere menos m alo; y si
esta diferencia no es apreciable y hay que resol­
verse, se toma un partido cualquiera, con la se­
guridad de que, habiendo buena intención y da­
das las circunstancias dichas, no se falca i la Ley.
Por último, «se dá el nombre de conciencia pro-
bable al asentimiento de la razón acerca de la
bondad ó malicia de las acciones ú omisiones*
que apoyándose en fundamentos sólidos ó en
algún principio reflejo, no entraña sin embargo
certeza absoluta, ni excluye todo error form al.»
Debemos procurar por todos los medios posi­
bles que nuestra conciencia sea verdadera y
derla, pues sólo asi tendremos en ella una norma
segura y recta de nuestros actos morales, porque
la rectitud moral consiste en la certera razonable
que debemos tener de que nuestras acciones ú
omisiones no son malas. N i la duda, ni la pro­
babilidad pueden ser nunca segura regla de
nuestra conducta m oral,
Escuelas referentes á la con­
ciencia probable.—No obstante lo anterior­
mente dicho, es licito seguir el dictamen de la
conciencia verdadera y sólidamente probable,

cuando de lo lícito ó ¡licito se trata. Para que
haya probabilidad, preciso es que la opinión se
apoye en motivos, más ó menos poderosos, to­
mados de la razón ó de autoridades y que á
dicha opinión se preste asentimiento. Pvero la
opinión puede ser
a) ligeramente probable, como la que se apo­
ya en fundamentos levísimos y no merece el
asentimiento de hombres prudentes;
b) probablet cuando se apoya en fundamento
sólido y prudentemente asentimos d ella;
c) igualmente probable que la opinión opues­
ta, siempre que las razones en que una y otra
se apoyan son igualmente sólidas;
d) más probable que su contraria, lo cual
ocurre siempre que la primera se funda en ra­
zones graves, pero que no destruyen los moti­
vos sólidos en que se apoya la segunda;
e) probabilísima, cuando su fundamento es
tan firme, que la opuesta resulta sólo ligeramen­
te probable;
f) y moralmenie cierta, siempre que las razo­
nes ó motivos en que se apoya tienen tal fuer­
za, que excluyen la opinión contraria como to­
talmente improbable. Ahora bien, entre opinio­
nes opuestas, más ó menos probables las dos,
pero favorables una á las pasiones, gustos ó li­
bertad del agente y otra d la ley, ¿cuál debe se­
39
guirse? Las escuelas principales en que, sobre
este particular, se dividen los moralistas son;
L a x ism o 1y Probabilism o*, E qu ip robabilism iP , P t o -
babUiorisnio*, TuciorismcP y R igorism o .
i . “ Los laxistas sostienen que entre dos
opiniones favorables, la una á la ley y la otra d
nuestro gusto, pasiones ó libertad, es lícito se­
guir esta última, con tal de que sea de cualquier
manera probable, ligera ó fuertemente.
2f Los probabiltstas afirman que tratándose
de lo lícito ó ilícito, para seguir la opinión fa­
vorable d la libertad, es suficiente que sea ver­
daderamente probable, aunque la favorable i la
lejr tenga los mismos ó mayores grados de pro­
babilidad.
3 Los equiprobabilislas entienden que á to-
dos nos está permitido seguir la opinion favo­
rable á nuestra libertad contra la favorable á la
ley, cuando ambas opiniones sean igualmente
probables.
4 .a Los probabiliorisias quieren que sólo se

1 Del latín Itixtts, ancho, espacioso.


2 Del lai(a probabais, probable, verosímil.
3 Del latín aequé, igualmente, sin distinción y preba-
bilior, lo m is probable, es decir, lo igualmente más pro­
bable.
4 Del latió probabilior, lo más probable.
c Del latín tuttor, lo más seguro.
40

siga la opinión favorable á la libertad en el caso


de que sea más probable que su opuesta la fa­
vorable i la ley.
5.J Los luciorislas dicen que lo más seguro
es atenerse á la opinión favorable á la ley, á no
ser que la opinión favorable á la libertad sea
probabilísima.
6.* Los rigoristas, por último, enseñan que
en ningún caso es lícito seguir la opinión favo­
rable i la libertad contra la ley, á no ser que
estemos moralmente ciertos de que la ley no
existe1. El Rigorismo ó Tuciorism o absoluto
y el Laxism o están reprobados, el primero por
Alejandro V III y el segundo por Inocencio X I
en las dos siguientes proposiciones condenadas:
/ .l Non licet sequi opinionem vel inler proba hiles
probabilissimam. 2 .a Generalim dum probabilita-
te... quamlumvis tenuí... confisi aliquid agimns,
sempir prudenier agimus.
488. Axiom as referentes á la con­
ciencia d iid o s a .—Tam poco es lícito formar
conciencia práctica acerca de la bondad ó ma­
licia de las acciones por modo indirecto ó re ­
flejo, cuando puede utilizarse el directo; pero
en casos necesarios y dudosos, en cuestiones

1 Elemtnta Ph¡hsopbia¿ Moralis, por el P. Luís Jouin,


páginas 51- 53. New-Yorck, 1879.
4*

sobre todo de Derecho civil ó canónico, pue­


den seguirse al efecto los siguientes axiom as:
1 . ° En caso de duda mejor es la condición
del que posee.
2 .a En caso de duda se debe estar por aque­
llo que tenga la presunción á su favor; es decir,
alguna verosimilitud prejuzgada.
3 .01 En caso de duda se lia de juzgar por lo
que comunmente acontece.
4 .0 En caso de duda no se presume el he­
cho, sino que ha de probarse,
5.0 En caso de duda se ha de estar por U
validez del acto.
6.° En caso de duda ninguna cosa mala se
presume si no se prueba,
7 .0 En caso de duda debe de ampliarse lo
favorable y de restringirse lo odioso.
8.° En las dudas libertad (in dubiis libertas)
es axioma que puede aplicarse á la duda espe­
culativa, pero no d la duda práctica1 .
489. Autoridad de la conciencia mo­
ra!.—L a conciencia moral es la regla subjetiva,
próxima y práctica de nuestras acciones, en vir­
tud de lo cual, siempre que de hacer ú om itir

1 Elbica, por el P. J. Vander Aa, p ig. 67¿ Lovanií,


1887.— Elementos de ^Derecho natural por Rodríguez de
Cepeda, parte i.», págs. 105 y ioó. Valencia, 1887.
42

algo se trata, tenemos el deber de oír sus con­


sejos y de atemperar á ella nuestra conducta;
pero no es la regla absoluta y única, como sostie­
ne la escuela inglesa contemporánea. L a ley
moral es la regla objetiva, remota y teórica, en
l«i cual tiene que inspirarse y con la que debe
de conformarse la conciencia de cada uno. L a
moralidad tiene carácter subjetivo y objetivo á
la vez, de manera que no depende sólo de la in­
tención del sujeto agente, sino también de la
esencia de la acción ejecutada. N o es ni puede
ser, por lo tanto, la conciencia individual nor­
ma absoluta de nuestras acciones, ni regla úni­
ca de nuestra conducta, porque, como sabemos,
lejos de ser infalible, incurre frecuentemente en
dudas y errores que nos imponen el deber unas
veces de estudiar la ley y otras de someternos
á la superior ilustración del director espiritual;
pero si regla práctica y relativa de nuestras ac­
ciones, como reflejo, aunque pálido, y partici­
pación que es de la razón divina, que ha queri­
do revelarnos la ley natural por medio de la
razón humana, en la cual se inspiran los dictá­
menes todos de la conciencia individual.
Reeumcu.
. ¿Cómo se divide la conciencia moral?
Por razón del objeto en antecedente y consi­
guiente, gubdividiéndose esta última en acusadora,
43
excusadora y aprobante; y por razón del objeto en
cierta, que se subdivide en recta y errónea in v en c i­
ble, é incierta, que se subdivide en errónea ve n c i­
ble y dudosa, la cual puede ser también perpleja y
probable.
¿Q ué es conciencia antecedente, consiguiente,
acusadora, excusadora y aprobante?
La conciencia moral se llama antecedente, cuan­
do juzga las acciones ú omisiones futuras; co n si­
guiente, si á lo pasado se refiere; acusadora, sí nos
remuerde por lo uialo com etido ó lo bueno om itido;
excusadora, si calla y respeta nuestra libertad de ac­
ción; y aprobante, si aplaude nuestra buena con­
ducta.
¿Qué es conciencia cierta, recta, errónea inven­
cible, incierta, errónea vencible, dudosa, perpleja y
probable?
La conciencia moral se llama cierta, cuando juz­
ga sin eVmeuor recelo de equivocarse; recta, si juz­
ga con verdad y justicia; errónea invencible, si se
equivoca sin poder rectificar su error; incierta, cuan­
do no tiene seguridad de que su dictamen es verda­
dero y justo; errónea vencible, si juzga equivocada­
mente por no estudiar ó consultar el asunto; dudo­
sa, si vacila entre opiniones opuestas; perpleja, si
teme obrar mal lo mismo cometiendo que om itiendo
la acción; y probable, si la opinión se apoya en fun­
damentos sólidos ó principios reflejos.
¿De cuántas maneras pueden ser las opiniones
m orales?
44
Ligeram ente probables, probables, igualmente
probables, las más probables, probabilísimas y m o-
ralmente ciertas.
¿Cóm o se llaman los moralistas que disputan
entre si respecto á la aplicación de la conciencia p ro­
bable?
Laxistas, probabilistas, equiprobabilistas, proba-
bílioristas, tucioristas y rigoristas. L o s prim eros y
últimos están condenados por h Iglesia.
¿Cuándo pueden aplicarse los axiom as referentes
á la conciencia dudosa?
Sólo en el caso de que no se haya podido formar
conciencia práctica y directa de las acciones. El axio­
ma «en los casos dudosos libertad» únicamente es
aplicable á la dada especulativa.
¿Qué autoridad debemos de conceder á la con­
ciencia moral?
N o es más que regla subjetiva, próxima y prác­
tica de nuestras acciones: la regla objetiva, remota
y especulativa es la ley m oral.
45

C A P ÍT U L O L X IX .

D e la a c t iv id a d m o r a l,

490. Clasificación general d e lo s


actos del hombre.—Para la mejor inteligen­
cia de este capítulo, conviene recordar todo lo
dicho acerca de la actividad humana, tanto es­
pontánea como voluntaria, en la Psicología ex­
perimental ( 1 3 4 y 13 5 ) y distinguir en el hom­
bre, por razón de su mayor 6 menor libertad y
tendencia moral, cinco especies de actos, á sa­
ber: necesarios, espontáneos, voluntarios, libres y
morales. Necesarios son aquellos sobre los cuales
ningún imperio tiene el agente, sin que pueda,
suspender ni variar su curso: p. e j., los propios
de la vida vegetativa. Son espontáneos los que pro­
ceden de la actividad inconsciente, determinada
con más ó menos fuerza en sus operaciones, por
el bien sensible singular: p. ej., los que realiza­
mos á impulsos del apetito sensitivo. Voluntarios
Son los que proceden de un principio interior
con claro y perfecto conocimiento del fin para
que se ejecutan: p. ej,, los que tienen su erigen
46
en el apetito racional. Son libres los que nacen
inmediatamente del poder que tenemos sobre las
determinaciones de nuestra voluntad: p. ej,, ha­
blar, escribir, etc. Y morales, por último, son los
que, siendo perfectamente libres, se conciben y
practican bajo la razón de bien ó mal: p. e j.,
vestir al desnudo, calumniar al inocente, etc.
491. A ctos que componen el objeto
material de la É t i e a . - L o s necesarios y es­
pontáneos son comunes al hombre y al bruto,
pues enclavados están todos ellos en los domi­
nios de las vidas vegetativa y sensitiva; pero los
voluntarios, libres y morales son exclusivos del
hombre y pertenecen todos i la vida intelecti­
va. Cuando el hombre es el agente, no hay di­
ficultad en llamar á los primeros actos del hom­
bre; pero los segundos son los únicos que, con
propiedad, pueden denominarse acciones ó ac­
tos fmmatioSf por ser característicos y propios de
la actividad racional. Por eso hemos dicho (464)
qué las verdaderas acciones humanas, esto es,
las voluntarias, libres y morales, constituyen el
objeto material de la Ética.
Conexiones existentes entre
los actos voluntarios, libres y morales.
Por poco que se medite acerca de Ja naturaleza
y relaciones de estos tres actos humanos, se no­
tará que el acto moral necesariamente ha de ser
47
libre y voluntario, y el acto libre necesariamen­
te ha de ser voluntario; pero 110 hay precisión
de que el acto voluntario sea libre, y el acto v o ­
luntario y libre sea moral. E11 efecto, por serel
bien objeto adecuado ó material ( 1 3 3 ) de la vo­
luntad, en presencia del bien absoluto, la volun­
tad tiene que quererlo y determinarse néeesaria-
mente, como les sucede d les bienaventurados, y
entonces el acto es voluntario; pero no es libre.
De la misma manera, los actos voluntarios y li-'
bres, que no se hayan practicado bajo la razón
de bien ó mal, serán voluntarios y libres; pero
no morales. En pocas palabras: el acto moral,
por necesidad, ha de ser también libre y volun­
tario, y el libre voluntario; pero hay actos vo­
luntarios que no son libres, y actos voluntarios
y libres que teóricamente lio son morales.
45>3. Origen subjetivo de Ui morali-»
dad.—De lo anteriormente dicho se deduce que
hay que buscar el origen subjetivo de la mora­
lidad en la voluntad, la cual, ilustrada por el en-
tendimiento, hace que el hombre obre con co­
nocimiento del fin y con libertad. De manera
que en la voluntad tiene su raíz inmediata la
moralidad y en dicha potencia, como comple­
mento expansivo que es del entendimiento, es
donde principalmente brilla la naturaleza moral
del hombre.
48
4 9 4 » Naturaleza y división del acto
voluntarlo.—Sabemos ( 1 5 5 ) en qué consiste
el acto "voluntario. En absoluto, no puede con­
fundirse con el libre ( 1 3 9 ) ; pero como en la es­
fera de lo relativo identificanse los actos volun­
tarios y los libres, la división en elidios é impe­
rados, que hicimos (14 0 ) de los segundos, es
también aplicable á los primeros. Los actos vo­
luntarios pueden ser además directos ó indirectos;
perfectos 6 imperfectos; positivos ó negativosf y ex­
presos ó tácitos. Direclos son los queridos en si
mismos por la voluntad: p. ej., el suicidio; indi-
recios los queridos, no en sí mismos, sino en su
causa: p. e j., una indigestión producida por la
glotonería; perfectos los que se quisieron en ab­
soluto y por completo; p. ej., la conquista de
Valencia por D . Jaim e; imperfectos los que se
quieren con alguna repugnancia: p. ej., el que
realiza el patrón de un buque arrojando el car­
gamento por salvar la tripulación y el buque; po­
sitivos los que consisten en hacer; negativos los
que consisten en omitir; expresos los que se tra­
ducen por signos externos y sensibles; y tácitos,
por último, los que se infieren de una acción 11
omisión cualquiera,
495. l>e la libertad moral.—Recuérde­
se todo lo dicho en Psicología (cap. X X II) acer­
ca déla libertad en general y hagamos aplicado-
49
nes de aquella doctrina al orden moral. Según
Santo T om ás, ]a libertad es facultas voluntalis el
ralionis, esto es, una facultad que tiene su raíz
próxima en la voluntad y su raíz remota en la
razón. L a razón nos dice si la cosa es buena ó
mala, y la voluntad la quiere ó deja de querer.
De manera que la libertad moral puede definirse:
«aquel atributo déla voluntad, en cuya virtud po­
demos querer ó no querer, practicar ú omitir el
bien ó el mal.» L a existencia de la libertad en
general, y de la libertad moral, por lo tanto, que-
dó ( 1 4 1 ) suficientemente demostrada en la pri­
mera parte de la Psicología.
496. Elementos subjetivos compo­
nentes del acto moral.—Los elementos sub­
jetivos componentes del acto moral son dos: i . °
conocimiento, no solamente del acto mismo, sino
más bien de su conformidad ó desacuerdo con la
norma ó regla, próxima ó remota, que nos sir­
ve para calificarle de bueno ó m alo, esto esf co­
nocimiento de la finalidad del acto; y 2 libertad
bastante para quererlo ó no quererlo, para prac­
ticarlo ú omitirlo. L a falta ó alteración de cual­
quiera de estos elementos suprime ó altera la m o­
ralidad*
3 9 7 . El hombre es un sér moral: el
bruto nó,—De la doctrina sustentada en esta
primera sección de la N om ología, se deduce la

importante conclusión de que la moralidad es otra
de las notas características y diferencíales entre
el hombre y el bruto. Efectivamente, es el hom-
bre sér moral, porque su entendimiento tiene fuer­
zas bastantes para, remontándose á las regiones
de lo absoluto, vislumbrar el Bien Sumo y ha­
cer luego aplicación de aquellos principios á los
bienes parciales y relativos; porque en su inte­
ligencia bulle un mundo de ideas, á las cuales
hemos llamado morales, que iluminan la senda
de su destino sublime; porque está dotado de
la facultad llamada conciencia m oral, juez, fiscal
y testigo á la vez, que falla, acusa y testifica res­
pecto á la bondad ó malicia de las acciones pro­
pias y ajenas; porque tiene poder bastante, liber­
tad suficiente, sobre las determinaciones de su
voluntad para obligarla á seguir cierto rumbo en
busca del bien ó del mal; porque puede cometer
ú omitir acciones fornialmenU buenas ó malas; y
porque hasta está adornado del sentimiento m o­
ral, que le hace gozar ó padecer en presencia de
lo bueno ó malo» Ahora bien ¿quién se atreverá
á decir que el bruto, por elevado que esté en la
escala zoológica, que el mono antropomorfo, por
ejemplo, está dotado de libertad moral? Los bru­
tos tienden automáticamente, esto es, de una ma­
nera natural y espontánea, hacia el bien ó huyen
del mal sensibles y hasta practican mattrialmtnle
Si
(nunca formalmente) lo bueno ó lo malo; pero
sin conocimiento del fin que los mueve, y sin la
más ligera noción de la bondad ó malicia de lo
que omiten ó ejecutan. Hay, por lo tanto, que
reconocer en ellos espontaneidad, pero no vo­
luntad libre, pues esto equivaldría á concederles
encendimiento, facultad superior de la que no dan
el menor indicio. S i el bruto no es libre, tampo­
co es responsable, y de tal manera está grabada
esta verdad en la conciencia de todos los pueblos,
que no se ha visto jamás i ninguno de ellos im­
putando á los brutos los destrozos ó desgracias
que causan, ni menos exigiéndoles la consiguien­
te responsabilidad. T a n absurdo y ridículo seria
esto, como castigar ¿ un peñasco porque, al des­
gajarse, aplastó á un hombre. N ó, la responsa­
bilidad es siempre hija de la libertad, como ésta
es condición esencial de la moralidad y ésta, á
su vez, supone el ejercicio previo de la inteli­
gencia. E l bruto no es inteligente; luego ni es li­
bre, ni moral.
Resumen.
¿Cóm o pueden clasificarse ó dividirse genérica­
mente los actos del hombre?
E n necesarios, espontáneos, voluntarios, libres
y morales.
¿Q u é actos de los dichos com ponen el objeto ma­
terial de la Etica?
Los voluntarios, libres y m orales, que son los
5*
únicos que propiam ente pueden llamarse acciones hu­
manas.
¿Q ué conexiones existen entre los actos volunta­
rios, libres j morales?
El acto moral, por necesidad, ha de ser también
libre y voluntario, y el libre voluntario; pero hay ac­
tos voluntarios que no son libres, y actos volunta­
rios y libres que teóricamente no son m orales.
¿En dónde hem os de buscar el origen subjetivo
de la moralidad?
En el apetito racional ó voluntad, el cual, ilustra­
do por el entendimiento, hace que el hombre obre
con conocim iento del fin y con libertad.
¿Q ué división puede hacerse de los actos volun­
tarios?
Aunque por su respectiva naturaleza son distin­
tos, en el hombre todo acto voluntario es libre y vi­
ceversa; por lo cual, se dividen unos y otros en elí-
citos é im perados; directos é indirectos; perfectos é
im perfectos; positivos y negativos, y expresos y táci­
tos.
¿Qué es libertad moral?
Aquella facultad de la voluntad y de la razón á la
vez, por cuyo medio podem os querer ó no qnerer,
practicar ú omitir el bien ó el mal.
¿Cuántos y cuáles son los elementos subjetivos
componentes del acto moral?
D os: el conocim iento y la libertad.
¿Cóm o se prueba que el hombre es un sér moral
y el bruto nó?
i3
E l hombre es un sér moral porque es inteligente
y libre* y en virtud de estos dos caracteres nobilísi­
m os conoce y practica formalmente el bien ó el mal,
cosa que nt> hará nunca el bruto, el cual ejecuta, á
lo sumo, actos materialmente buenos ó malos, sin
que tenga ni pueda llegar á tener conciencia de la
bondad ó malicia de lo ejecutado.
Segunda sección de ta Nomología.

PWnefpíoi objetivo* ó tnelafísico* de i *


m o r a lid a d *

C A P ÍT U L O LXX.

D e l b ie n , o rd e n , y fin .

498. Concepto filosófico del bien y


del mal.—Puesto que la moralidad tiene indu­
dablemente (4 7 3) existencia real y objetiva, pa­
ra determinar cuando una acción es buena ó
mala, no basta atender i los elementos subjeti­
vos, procedentes de la naturaleza humana, que
en la acción intervienen, dotándola de carácter
moral, más ó menos pronunciado; sino que ne­
cesario es además remontarse á los principios
metafísicos y elementos objetivos que d la m o­
ralidad se refieren y en cierto sentido la com ­
ponen, tales como el bien, mal, orden, desorden,
objeto, circunstancias y fin de la acción, destino
ó fin del hombre, felicidad, ley, obligación, d e ­
ber, derecho, imputabilidad, responsabilidad,
55

mérito, demérito, virtud, vicio, etc-, exponien­


do, aunque sumarísimamente, conceptos y prin­
cipios tan importantes y necesarios para la de­
bida inteligencia de la Ética general ó Moral E s­
peculativa.
Entre las concepciones morales ocupa el pri­
mer lugar, por su importancia, la del bien. C o ­
mo primer concepto racional, universalísimo y
que carece de comprensión, la idea del bien ab­
soluto no puede analizarse, ni por lo tanto de­
finirse. El bien se comprende en las cosas bue­
nas; pero difícilmente se explica. Así como el
ciego de nacimiento no llega á formarse nunca
idea, ni aproximada siquiera, de los colores hasta
que los vé, asi también es preciso haber compren­
dido antes la bondad, la verdad y la belleza para
entender sus definiciones. Sin embargo, en tér­
minos genéricos es bueno todo lo que nos con­
viene, y puede definirse la bondad, con los esco­
lásticos, appelibiliias culisr esto es: «aquella cu ali­
dad del ente que lo hace apetecible y am able.»
Así considerada, la bondad se identifica, hasta
cierto punto, con el ente mismo, por lo cual
decía San Agustín: in quantum sumus boni sumus.
Y en efecto, en absoluto, todo ente ó sér, por
cuanto es reflejo vivo de la idea ejemplar divina»
que le sirvió de modelo, es y no puede m enos
de ser uno, verdadero y bueno. Por el contrario,
56
el males un término negativo, que «consiste en
la ausencia ó falta del bien.» Sabiamente dijo
Santo Tom ás: mahun secundum quod est maltun
non est aliquid in rebus, sed est alkujus partícularis
bonipriviitiOf alicuiparticularibono iubaerens, esto
es: el mal, bajo la razón de mal, no es algo exis­
tente en las cosas, sino más bien la privación de
cierto bien particular, inherente á otro bien par­
ticular cualquiera. £ 1 mal en cuanto privación
es negativo; pero dice siempre relación á algún
sér en el cual está y que, como ente, es bien.
Por eso decimos, que el mal se funda en el bien
y np tiene causa per se directa ó propia. Cansa
malí est bonum, la causa del mal es el bien, de­
cía Santo Tom ás.
499. Divisiones del bien y del mal.
L o s filósofos y moralistas suelen dividir el bien
en absoluto y relativo, substancial y accidental,
físico, intelectual y moral, natural y sobrenatu­
ral, verdadero y aparente, y útil, honesto y de­
leitable. Dios es, y en Dios únicamente está,
todo lo absoluto. El bien por esencia, el bien in ­
finito, el bien absoluto es Dios mismo, pues Dios
no se distingue, ni puede distinguirse de sus
perfecciones divinas y atributos infinitos, todos
los cuales se confunden é identifican formando
unidad perfecta con la misma esencia divina;
pero el bien absoluto es el mismo Dios contem-
57
piado por ¿1 entendimiento humano sólo bajo la
razón de bien. Podem os, pues, decir de Dios
que es la substancia del bien. Todos los demás
bienes creados y existentes en el universo mun­
do, participación y reflejo del bien absoluto, son
particulares y relativos. Con relación á las cria­
turas se divide igualmente el bien en absoluto y
relativo, consistiendo el primero en las perfec­
ciones intrínsecas del ente, como si decimos
hombre bueno; y el segundo en las accidentales
que convienen á otro sér: p. ej. buen poeta.
Ahora, según la especie de ente á que se refiera,
el bien será substancial cuando el concepto de
bien se aplique á un sér cualquiera, y accidental
cuando se aplique ¿ una modificación ó cualidad
de una substancia. T o d o bien entraña alguna
perfección de la cosa buena. Cuando la perfec­
ción dicha se refiere al orden material ú orgáni­
co, p. ej. la salud, la hermosura, etc., el bien se
llama físico; si la perfección se refiere al orden in­
telectual, como la ciencia, el ingenio, etc., el
bien se llama intelectual; y , por último, si la per­
fección se refiere al orden voluntario y libre, por
ejemplo la caridad, la justicia, etc., el bien se
llama moral. Si el bien de que se trata perfeccio­
na al hombre para este mundo, como sujeto a la
influencia de las causas n a tu ra le s, p, ej., todos
los anteriormente citados, se llama natural; y si
58

le perfecciona para el otro, como sujeto á las in­


fluencias de un Dios que quiere salvarle, por
ejemplo las virtudes teologales, la gracia santi­
ficante, etc., se llama sobrenatural. Verdadero es
aquel cuya posesión conduce á la perfección fi­
nal ó bien último y aparente el que aleja de di­
cho fin. Por último, bien útil es el que no se
apetece por sí mismo, sino como medio para
la consecución de algún otro bien, por ejemplo
la medicina, que se apetece y se considera buena
para conseguir la salud; honesto, es el que se ape­
tece por sí mismo, en virtud de la bondad in­
trínseca que encierra, como conforme i nuestra
naturaleza: p. ej. la ciencia, la virtud, etc.; y
deleitable, es el que produce satisfacción y como
descanso del apetito, tanto sensitivo como ra­
cional, que lo posee: ¡>. ej. la comida es bien
deleitable-sensitivo y el cumplimiento del deber
es bien deleitable-racional, pues produce inme­
diatamente ese placer que llamamos tranquili­
dad de conciencia. Adviértase, que estos tres
bienes no son opuestos, pues pueden hallarse
reunidos en una misma acción ó cosa, mirada
bajo aspectos diferentes: p. ej. la virtud es bien
útilf por cuanto es medio seguro para alcanzar
la gloria; es bien bottesto, por ser intrínsecamente
buena y por sí misma (propler se) digna de ser
amada; y por último, es bien deleitable, porque
59
su práctica produce inmediatamente en el alma
virtuosa cierta complacencia pura, tranquila ¿
inefable. El bien honesto es ei único que, en ri-
gor, merece el nombre de verdadero bien.
De análoga manera se divide el mal en ab­
soluto y relativo, físico y moral, de culpa y de
pena. Absoluto ó per se es la carencia de alguna
perfección conveniente al sujeto malo: p. ej. la
enfermedad, el pecado, etc. %elativo 6 per acci-
dens es el que siendo bien en si mismo priva de
alguna perfección á otro: p. ej. la justicia del
juez es mal para el reo. Físico es la carencia de
alguna perfección conveniente al sér real, abs­
tracción hecha de su parte moral: p. ej. el dolor»
V\ioral es la carencia de alguna perfección con­
veniente al s¿r libre y responsable: p. ej. el vi­
cio. El mal moral se subdivide, por último, en
de culpa, que es toda infracción de la ley m oral ,
y de pena, que es el procedente castigo de la in­
fracción dicha. EL primero no puede intentarlo
Dios, y menos por lo tanto el hombre; pero sí
tolerarlo ó permitirlo para sacar de ¿1 no pocos
bienes.
o O O. Concepto filosófico del orden.
El orden es tan abstracto, universal, necesario é
indefinible como el bien. Difícil, por lo tanto,
es encontrar su fórmula y comprender todas las
especies y casos de orden que el entendimiento
6o
concibe, en una proposición general. El orden,
com o el bien, ocupan el universo mundo y bri­
llan en la creación coda. Orden encontramos en
la colocación de cada cosa en su lugar corres­
pondiente, en la unidad, variedad y harmonía de
un todo, en la permanente regularidad de los
movimientos de los seres, en la conveniente
proporción entre los medios y Jo s fines, en la
conformidad de los actos con sus leyes, etcéte­
ra; pero todos estos casos particulares y otros
muchos que pudiéramos citar, no sirven para
formar concepto general y filosófico del orden.
A este fin necesitamos remontarnos á las esferas
d é lo absoluto. D ios, que, por una parte, es el
bien esencial é infinito y , por otra, es la inteli­
gencia suprema y perfectísima, contemplándose,
no puede menos de amarse i sí mismo; y como
en Dios no hay distinción real entre su esencia
y sus atributos, al amarse á sí mismo, ama sus
perfecciones todas, Pero todo cuanto Dios crea
es la realización de las ideas ejemplares divinas;
de manera que todas las perfecciones de las cria­
turas están en Dios formal, virtual ó eminente'
mente. De donde se sigue que al querer y amar
Dios sus propias perfecciones, ama y quiere las
de los demás seres, incluso las perfecciones de
aquellos que, por estar dotados de libre albedrío,
pueden alejarse de su verdadero bien. Podemos^
6l
pues, definir el orden diciendo que «es el bien
concebido, querido y naturalmente impuesto
por Dios á lns criaturas todas,»
S O I . D iv isió n del orden,—Filósofos y
moralistas suelen dividir también el orden en
estático y dinámico, universal y particular, físi­
co y moral, cronológico, simétrico y harmóni­
co. «Si los elementos ordenables son substan­
cias, el orden se llama estático; si fuerzas ú ope-
raciones, dinámico.» a El bien preconcebido y
querido por Dios desde ab aeterno, directamente
en sí mismo é indirectamente en los demás seres
de todo género, se llama orden cosmológico ó uni­
versal,» «El bien concebido, querido ¿ impuesto
por Dios á seres determinados para el logro de
su fin ó destino, se llama orden particular.» De
dos diferentes y características maneras están
sometidos los seres al orden: fatal y necesaria­
mente unos, como sucede á todos aquellos que
carecen de entendimiento y libertad; y volun­
taria y libremente otros, como los seres racio­
nales. Los primeros caminan ciegamente á su
fin, realizando actos materialmente buenos y
necesarios, en perfecta harmonía con las leyes
que les impuso el Supremo Hacedor. Los segun­
dos, por el contrario, conocen el orden univer­
sal querido’ por Dios y á él están sometidos co­
mo todos los seres; pero conocen, además, el
63

orden particular determinado por su fin propio,


en el orden universal comprendido, y pueden ó
nó, según Ies place, practicar ú omitir los actos
necesarios para cumplir su fin y guardar este or­
den particular. N o se infiera de lo dicho que
cuando lo alteran, por medio del crimen ó del
pecado, frustran el orden providencial divino,
substrayéndose á la voluntad soberana de su au­
tor, pues aparte de que Dios sabe sacar bien del
mal, el que voluntariamente altera el orden, ipso
fació cae bajo la acción de la divina justicia, que
repara todos los desórdenes, y de esta manera
contribuye también eficacísimamente al cumpli­
miento del orden universal. Según esto, «orden
material ó físico es el bien preconcebido y que­
rido por Dios desde ab aelertto é impuesto nece­
sariamente á criaturas, que no pueden alterarle.»
Por el contrario, «orden moral es el bien conce­
bido y querido por Dios eternamente, é impues­
to á las criaturas racionales de tal manera que
libremente pueden ó nó quererlo y practicarlo.»
E l orden material ó físico nos rodea por todas
partes, pero brilla con especial fulgor en esos
globos innumerables que giran sin cesar sobre
nuestras cabezas y en esos mundos microscópi­
cos y asombrosos que hollamos á cada paso con
nuestros p iésy que contenidos están á veces en
átomos invisibles. El hombre es el lazo de unión
63
entre el orden material y el moral. Por su cuer­
po está sometido á las leyes físicas, las cuales ne­
cesariamente obedece y cumple, como otro ob­
jeto material cu a lq u iera: por su alma, inteligente
y libre, conoce las leyes morales y libremente las
practica ó infringe, haciéndose acreedor de esta
manera á eterna felicidad ó d desventura eterna.
Por último, «consideradas las cosas ordenables
por razón de su prioridad y posterioridad, el
orden se llama cronológico; simétrico, por razón
de su igualdad ó desigualdad; harmónico, por
razón de su semejanza ó desemejanza; y final,
por razón de su causalidad.»
S O S . R e lac io n es entre el iln de los
seres, el bien y el orden.—Los seres todos
creados tienen un destino ó fin que alcanzar y
medios adecuados al efecto, pues lo contrario
sería suponer al Criador ignorante, impotente ó
caprichoso. Conocemos ( 12 4 ) qué es este fin y
cuáles sus especies; y meditado el asunto, ficil
es comprender que el /r«, el bien y el orden de los
seres son una misma cosa, considerada bajo tres
aspectos diferentes. El fin de los seres se con­
funde con su verdadero bien, pues no hay ni pue­
de haber bien m ayor para un sér que la conse­
cución de su destino final. Perú todo sér que
marcha rectamente ¿ su fin, quiere y practica el
bien y realiza el orden; luego todo sér que tien­
64

de hacia su destino, busca su fin, ama el bien y


cumple el orden.
509. Fin, objeto y circunstancias de
la s acciones hum anas.—N o hay que con­
fundir el fin del agente, elemento subjetivo de la
moralidad, con el fin de la acción, elemento ob­
jetivo, que con las circunstancias y materia del
neto humano debemos tener muy en cuenta para
la determinación de su moralidad, Por su intrín­
seca condición, las acciones están naturalmente
ordenadas hacia el bien ó el mal, siendo prove­
chosas y honestas en el primer caso, y perjudi­
ciales y torpes en el segundo: esto es, pues, lo
que constituye hfinalidad de la acción, que bien
mirado se identifica con su bondad ó malicia.
De donde se infiere, que pueden caminar en sen­
tido opuesto el fin del agente y el de la acción
y que para que la acción sea buena, excepto en
el caso de e r r o r invencible, han de coincidir am­
bas finalidades, es decir, ambos fines han de ser
honestos. Por objelo de la acción se entiende la
materia, moralmente considerada, sobre la cual
versa el acto concreto; y por circunstancias aque­
llas condiciones extrínsecas al acto, pero que le
rodean y de alguna manera le atañen y modifi­
can, como sus causas eficiente, ocasional é ins­
trumental (4 3, nota), el lugar, el tiempo, la ma­
nera, la intención del agente, etc. «De todo lo
65
que antecede se infiere que el acto humano con­
siderado en concreto recibe su bondad ó malicia
del objeto, del fin y de Jas circunstancias. Entre
el aero bueno y el malo hay la diferencia de que
para la bondad de una acción es preciso que sean
buenos los tres principios enumerados; pero para
la malicia basta que sea mala una de estas tres
cosas. Esto quiere decir la máxima escolástica:
bomim ex integra causa, malum ex quocumqm de-
fedu'.b
R e su m e n .
¿Cóm o pueden definirse el bien y el mal?
Bien es todo lo que conviene á alguno ó , com o
decían los escolásticos, aquella cualidad de las cosas
que las hace apetecibles y amables; y predom ina en
el mal el carácter negativo, por lo que suele definir­
se: la privación ó ausencia del bien.
¿Q ué divisiones podemos hacer del bien?
E n absoluto y relativo, substancial y accidental,
físico, intelectual y moral, natural y sobrenatural,
verdadero y aparente, v útil, honesto y deleitable.
¿En qué consisten los bienes dichos?
En sentido estricto bien absoluto es únicamente
el Criador y bienes relativos las criaturas todas; pero,
en sentido lato, consiste aquél en las perfecciones in­
trínsecas de las cosas y éste en las accidentales que á

1 Ética y derecho Natural por Eleizalde, pág. 12 3 .


Madrid, 1886.
6b

otro sér se refieren. Es substancial si se aplica á la


totalidad del sér y si sólo á una de sus modificacio­
nes accidental; físico, intelectual ó m oral, según que
la perfección que entraña se refiera á los órdenes m a­
terial, racion.»l ó voluntario; natural ó sobrenatural,
según que perfeccione al hom bre para esta ó para la
otra vida; úíil, si se apetece com o medio para la con­
secución de otro bien; honesto, si se apetece por su
misma bondad intrínseca, y deleitable, si se apetece
para gozarlo.
¿Cóm o se divide el mal?
En absoluto ó per se, que es la carencia de algu­
na perfección conveniente al sujeto m alo; relativo ó
p tr aecidttts, que es el que, siendo bien en sí m ism o,
priva de alguna perfección á otro; físico ó m oral, se­
gún pertenezca al orden de las cosas materiales ó v o ­
luntarias; de culpa, que consiste en la infracción de
la ley m oral, y de pena, que es el castigo de la in­
fracción,
¿Q ué entendemos por orden?
El bien concebido, querido y naturalmente im ­
puesto por Dios á las criaturas todas; ó también: 1;
colocación de cada cosa en su lugar correspondiente.
¿Cóm o se divide el orden?
En estático, si los elem entos ordenables son subs­
tancias, y dinámico, si son fuerzas ú operaciones; en
cosm ológico ó universal, si comprende á los seres
todos, y particular, si afecta únicamente á seres deter­
m inados; en material ó físico, si se refiere á criaturas
que no pueden alterarle, y m oral, si á criaturas racio­
67
nales afecta; en cronológico, sim étrico, harmónico
y fina], según que entrañe razón de prioridad, igual­
dad, semejanza ó causalidad.
¿Qué relaciones existen entre el fin, el bien y el
orden?
Los tres son una m isma cosa, considerada bajo
otros tantos aspectos diferentes. De aquí que todo
sér que marcha rectamente á su fin , quiere y prac­
tica el bien, y realiza el orden.
¿Q ué se entiende por objeto, circunstancias y fin
del acto humano?
O bjeto es la materia 6 substancia del acto, cir­
cunstancias son sus condiciones extrínsecas y fin la
natural ordenación del acto hacía el bien ó mal. T o ­
dos tres han de ser buenos si se quiere que la acción
lo sea.
68

C A P IT U L O L X X I .

D e l fin d e l h o m b r e y d e s u feliaLdact.

504. D e l fin en gen eral y d e l fin d e l


hom bre particu larm ente.—N o hay para
qué repetir lo dicho en Psicología (12 4 ) acerca
del fin en general y sus especies ó división en
absoluto y relativo, próxim o, remoto y último-
Distíngase también entre fin del agente y fin de
la obra y hagamos constar, ante todo, que en esta
investigación nos referimos al fin absoluto y úl­
timo del hombre, para el logro del cual los fines
relativos, próximos y remotos, son únicamente
fines intermedios, que más ó menos directamen­
te conducen á k consecución del fin último.
Las cosas y los seres todos han sido creados
para algo, es decir, tienen un fin que cumplir en
la creación y naturalmente fueron investidos por
el Criador de los medios necesarios para la con­
secución de su fin. El hombre, que no es, ni
puede ser nota discordante en el plan general
del universo, tiene también su fin tras del cual
camina conociéndolo y anhelándolo. Ahorabien,
es indudable que el fin de todo sér está en íntima
relación de dependencia con su naturaleza; que
69

seres dotados de la misma naturaleza destinados


están para fin idéntico, y que seres de naturaleza
opuesta, aunque formando todos parte del plan
providencial, necesariamente han de tener fines
distintos. El verdadero método, por lo tanto,
para determinar el fin de un sér, consiste en es­
tudiar los elementos constitutivos de su natura­
leza, sus inclinaciones ó propensiones origina­
rias hacia determinados objetos, sus facultades,
etcétera, para concluir de todo esto el destino
que la Providencia le ha asignado entre los de­
más seres.
505. T en den cia natural y c a ra c te ­
rística del hom bre*—¿Qué elementos com ­
ponen la naturaleza humana? Dos, según hemos
probado en Psicología: alma senciente, inteli­
gente, libre é inmortal, y cuerpo organizado y
vivo, simple amasijo de moléculas materiales,
vivificadas por el alma. Si en este compuesto
substancial llamado hom bre, ambos elementos
dichos fuesen igualmente elevados, de naturale­
za tan excelente el uno como el otro, claro es
que el fin último del hombre consistiría tanto
en la persecución de los fines corporales como
de los fines anímicos, y los goces sensuales ó
bienes materiales vendrían á formar parte inte­
grante del soberano bien, lo mismo que los
bienes intelectuales y morales, y el arte de ser
70
feliz quedaría reducido ¿ gozar de la vida, sin
abusar de ella, dando de esta manera la razón á
la moral agradable de Epicuro y Aristipo contra
la rígida filosofía del Pórtico y las santas auste­
ridades de la moral cristiana. Pero la sana razón,
por una parte, y el consentimiento universal, por
otra, protestan contra semejante doctrina, decla­
rando que el alma es superior al cuerpo, á la
cual éste debe estar subordinado como lo está
siempre el instrumento al artífice, y q u e en las
potencias inorgánicas, por lo tanto, hemos de
buscar la verdadera y característica tendencia de
la humana naturaleza, porque ellas son las que
especifican racionalmente al hombre y i ellas
están subordinadas las potencias orgánicas.
Ahora bien, el entendimiento ilustra á la vo­
luntad y , como sabemos ( 13 3 ) , el objeto de esta
potencia, tanto el adecuado ó material como el
proporcionado ó formal y hasta el final ( 1 5 ) ,
siempre es el bien, absoluto ó relativo, univer­
sal ó particular, próximo ó remoto, verdadero
ó aparente, pero siempre el bien, pues la volun­
tad no quiere nunca el mal, aunque lo practi­
que, bajo la razón de mal; antes al contrario,
apetece el mal siempre bajo la razón de bien,
es decir, por cuanto lo malo que se apetece sa­
tisface alguna pasión ó necesidad del hombre ó
le conviene de alguna manera.
7*
5 0 6 . V e r d a d e r o fia últim o del h o m ­
b re -—Pero los diferentes bienes particulares y
relativos, que solicitan d nuestra voluntad en
este mundo, al concretarse en determinados he­
chos y cosas, se presentan á la consideración de
nuestro entendimiento como imperfectos, lim i­
tados, con inconvenientes y hasta mezclados con
males, de manera que no satisfacen, ni pueden
satisfacer cumplidamente los anhelos de nuestra
voluntal, potencia que apetece el bien tal como
lo concibe el entendimiento, es decir, como bien
sumo, cifra y compendio de los bienes todos, y
único que puede saciar todas las aspiraciones
humanas. De donde se sigue la natural tenden­
cia del hombre hacia la felicidad ó bienaventu­
ranza, que únicamente puede consistir en la po­
sesión y goce del bien sumo, absoluto, perdu­
rable é inamisible, atributos que sólo á Dios
convienen. Luego el verdadero fin último del
hombre, su fin absoluto y objetivo, no hay que
buscarle en ninguno de los bienes relativos y ca­
ducos, que pueden satisfacer por un momento
á la voluntad, pero que nunca llenan por com ­
pleto las aspiraciones del corazón, sino en el mis-
mo Dios que nos ha creado para que le conoz­
camos, amemos y sirvamos en esta vida y le
veamos y gocem os en la otra,
507. LjI fin últim o del h o m bre existe.
Se prueba que existe esa bienaventuranza, bien
sumo, perfectísimo y suficiente, hacia cuyo lo­
gro tiende el hombre como á su fin último, por
la correlación indudable que advertimos entre
la naturaleza respectiva de cada sér y su fin, y
porque á la tendencia instintiva del hombre ha­
cia la felicidad perfecta, únicamente puede co­
rresponder total y objetivamente la bienaventu­
ranza eterna. Dios dotó, indudablemente, al
hombre del apetito natural de la felicidad para
que carde ó temprano la alcanzase, no para bur­
larse de él, convirtiéndole en juguete de anhelos
y aspiraciones sin objeto ni término. L o contra­
rio pugna ostensiblemente con la veracidad, fi­
delidad y bondad divinas y haría del hombre un
sér desgraciado, de condición inferior á la de los
mismos brutos.
508. E l fia último del h o m b re tiene
q u e s e r objetivam ente ú n ic o .—Esto se
prueba notando, que la voluntad tiende prim i­
tivamente y por su naturaleza propia al bien in­
finitamente perfecto, es decir, sin mezcla de li­
mitación, ni sombra alguna de mal; el bien con
las condiciones dichas es uno solo; luego único
tiene que ser igualmente el fin último del hom­
bre. Además, propio es del fin último que todas
las demás cosas se ordenen á ¿1, mientras él á
ninguna otra se subordine. Suponiendo que dos
7?
son los fines últimos del hombre, ha de suceder
entre ellos una de estas dos cosas: ó el uno está
subordinado al otro, ó nó. En el primer caso ,
el subordinado, por su misma subordinación, ya
no es fin último; y en el segundo caso, ninguno
de los dos sería verdadero fin último por tener
cada uno de ellos otro fin independiente, no su­
bordinado al que consideremos como últim o.
S O A . D e la felicidad.—La mayor parte
de los autores definen, con Boccio, la felicidad:
«un estado perfecto porque allí se juntan en uno
todos los bienes * ( siatusomnium bonorum aggrega-
iiw e perfeclus); pero esta definición puede apli­
carse con más exactitud á la bienaventuranza,
que á la felicidad. El hombre se considera feliz
cuando puede satisfacer sus necesidades y aspi­
raciones todas y en dicha satisfacción encuentra
la quietud y descanso de sus potencias y apeti­
tos. De manera que podemos decir, con San
Agustín, que «la felicidad consiste en poder lo
que se quiere y querer lo que conviene1.»
510. D ivisión de la fe lic id a d . — L a
quietud y complacencia que experimenta el
hombre cuando puede lo que quiere y quiere lo
honesto y conveniente nada más, esto es, cuan­

* Posse quod velit, velle quod oportet. De T riu it.,


lib. XIII.
74
do satisface sus aspiraciones, pueden ser perfec-
fas é imperfectas. En el primer caso la felicidad
es omnímoda, inalterable é inamisible y única­
mente puede ser resultado de la posesión del
Sum o Bien, con el cual es incompatible todo
mal, por insignificante que sea, y toda incomo­
didad, hasta la más pequeña. En el segundo, la
felicidad no puede menos de tener sus limita­
ciones por razón del tiempo, lugar y permanen­
cia; de donde se sigue que ha de ser producida
por los bienes variables y perecederos de este
mundo. De acuerdo con la división que hicimos
(499) del bien, llamamos felicidad absoluta i la
primera y relativa d la segunda.
511. T e o ría s fa lsas referentes ti lik
v e rd a d e ra y últim a felicidad.—L a última
y verdadera felicidad no puede consistir en la sa­
biduría, riquezas, placeres, honores, ni tampo­
co en el progreso indefinido del género huma­
no, ríi áun en la práctica de la virtud. Sólo la
felicidad perfecta, absoluta, inalterable é inam i­
sible puede ser tenida por verdadera y última.
T odos los bienes enumerados son imperfectos
y variables; luego su posesión 110 produce una
felicidad perfecta y permanente. Veám oslo.
L a sabiduría es uno de los bienes más puros
y excelentes, que puede adquirir el hombre; pero
¡qué de desvelos y fatigas para lograrla! ¡cuán­
75
tos años consumidos en so busca! ¡cuánta juven­
tud y salud perdidas sobre los librosi Y después
que á fuerza de sinsabores y trabajos se ha es­
calado el pináculo de la ciencia ¡cuánto desen­
gaño! Únicamente se aprendió el convencimien­
to de la propia ignorancia; el deseo de saber
continúa insaciable ¿ inextinguible y los demás
bienes, tan caducos ó más que la ciencia misma,
excitan nuestra envidia y quizás nos hagan des­
preciar lo que tanto costó adquirir. No es rrUs
positiva la felicidad que proporcionan las rique­
zas. En el .orden material casi todo lo puede la
riqueza y fácil es convertirla en bienes numero­
sos y variados; de aquí que naturalmente todos
anhelamos su adquisición. Pero la riqueza no es,
por sí misma, verdadero bien Ijonesto, sino sólo
bien útil; aun considerada como medio, su al­
cance es limitado, pues de nada sirve para lograr
salud, ciencia, talento, ingenio, fantasía, repu­
tación, etc.; su posesión es personalmente pe­
ligrosa; su administración o c a sio n a d a á trabajos,
desvelos y sinsabores, y su legitimo uso tan e x ­
puesto que Jesucristo Nuestro Señor la miraba
como un obstáculo para la perfección1. ¿Cifrará

i Si vis perfectut e »e, vade, vende quae habes et da


pauperibus, et liabebís thesaurum m coelo; et vcni se­
quero me. San ¡bCallb. c. X IX . v. 2 1.
76
alguno su verdadera felicidad en los placeres?
Nada más contrario á la dignidad y excelencia
de las almas racionales y al verdadero fin del
hombre, que los placeres de los sentidos. Lici-
to es su uso como medio y estimulo para la or­
denada satisfacción de las necesidades naturales;
pero el abuso de los placeres dichos obscurece el
entendimiento, enerva la voluntad, disminuye
la memoria, apaga la fantasía, embota la sensi­
bilidad, destruye el organismo, y ocasiona nu-
m erosasy dolorosísimas enfermedades, y hasta la
misma muerte. En el difícil caso de que el dis­
frute de estos placeres esté en harmonía con la
más perfecta higiene, su condición insaciable y
grosera naturaleza, los hace de todo punto in­
compatibles con la felicidad perfecta de una cria*
tura racional. L o mismo sucede con los honores,
el poder, los altos cargos, etc. Todos ellos son
flores con espinas, cuyas miserias no se conocen
hasta que se tocan. Recientemente han sosteni­
do algunos filósofos descaminados, que la ver­
dadera felicidad del hombre consiste en el pro­
greso indefinida del género humano. Semejante
delirio aplaza indefinidamente la verdadera felici­
dad, lo que equivale á negar su existencia y con
ella el destino final humano; la pone fuera del
alcance del individuo, el cual por sí y ante si no
puede apresurar ni poseer ese progreso indefini­
do, y sume al hombre, por último, en los ho­
rrores de un panteísmo fatalista.' Por último,
aunque superficialmente mirado el asunto pa­
rezca lo contrario, la felicidad perfecta y última
110 puede consistir tampoco en la práctica de la
virtud, porque la virtud modera y rectifica, pero
no sacia el apetito naiural de felicidad que el
hombre siente; porque la virtud no es incompa­
tible con los dolores, penalidades y tristezas de
la vida, antes bien con frecuencia dichos males
componen su cortejo, y porque la virtud, en fin,
puede perderse, cuando la verdadera felicidad
por su propia naturaleza ha de ser perdurable é
inamisible.
> D e cóm o se lo gran y en q u é
Consisten la s felicidades terren a y eter­
na.—La felicidad imperfecta y relativa consiste
en el cumplimiento de todos los deberes y en la
práctica de la. virtud; la absoluta y perfecta en
la posesión y goce del sumo bien, conociéndole
y amándole. En efecto, el cumplimiento del
deber y la práctica de la virtud, alejando el re ­
mordimiento, es lo único que produce la tran­
quilidad de conciencia y la paz del corazón, ne­
cesarias para que el hombre pueda disfrutar de
los verdaderos bienes de este mundo; lo único
que perfecciona gradualmente sus potencias, ha­
bilitándolas cada vez más para la contemplación
7&
del Sum o Bícn; lo único, en fin^que puede ha­
cer llevadera la peregrinación del hombre por
este valle de lágrimas. En el cumplimiento de
todos los deberes y en la práctica de la virtud
consiste, por lo tanto, la única felicidad imper­
fecta y relativa que la criatura racional puede
disfrutar en este mundo. Pero el hombre no ha
sido condenado por el Hacedor á un destierro
perpétuo. Dios es la Verdad, Bondad y Belleza
perfectisimas é infinitas, y en la posesión y con­
templación, en la otra vida, por medio del lu­
men gloriaé, de la Verdad, Bondad y Belleza di­
chas, terminan las investigaciones del entendí'
miento, cesan los movimientos y variaciones
de la voluntad, y hasta la sensibilidad, purifica­
da de todo lo material y grosero, goza delicias
inefables y sin fin, que es en lo que consiste la
bienaventuranza ó visión beatifica. Allí y sólo
allí está la absoluta y perfecta felicidad del hom­
bre. «Avergüéncense, pues (como dice Santo
T o m ás), los que buscan en cosas ínfimas la fe­
licidad del hombre, en punto tan alto colocada1,»
Redimen.
¿Qué se entiende por fin en general y por fin del
hombre especialmente?

1 Erubescaut igitur, qui faelicítatem homiois tan al-


tiísime sitara, in infirais rebus quaeruut.
79
L a tendencia de todo sér hacia su bien se llama
fin , y por lo tanto el fin del hom bre, en relación in­
tima con su naturaleza racional, consiste en su ten­
dencia instintiva hacia la felicidad.
¿En dónde encontraremos la tendencia natural
y característica del hom bre?
N o en sus potencias orgánicas, naturalmente su­
bordinadas á las inorgánicas, sino en estas últimas y
sobre todo en la voluntad que no quiere, ni puede
querer nnnca el mal bajo la razón de mal.
¿Cuál es el verdadero fin último del hom bre?
El verdadero fin último del hom bre, su fin abso­
luto y objetivo, no hay que buscarle en ninguno de
los bienes relativos y caducos, que pueden satisfacer
por un momento á la voluntad, pero que nunca lle­
nan por completo las aspiraciones d d corazón; sin o
en Dios m ism o, cuya contemplación y goce consti­
tuyen la bienaventuranza eterna.
¿Cóm o se prueba que el fin últim o del hombre
existe?
Notando que Dios ha dotado al hom bre del ape­
tito natural de la felicidad, insaciable durante la vida
presente, y que el engaño pugna co a la veracidad y
bondad divinas.
¿Puede ser más de uno el fin último del hom bre?
De ninguna m anera, porque bienes infinitos, ab­
solutos, perfectisimos y que plenamente satisfagan
no hay ni puede haber más que uno.
¿En qué consiste la felicidad?
E l hombre se considera feliz cuando puede satis­
So
facer sus necesidades y aspiraciones todas, y en d i­
cha satisfacción encuentra la quietud y descanso de
sus potencias y apetitos. D e manera que podemos
decir, con San A gustín, que la felicidad consiste en
poder lo que se quiere y querer lo que conviene.
¿C óm o se divide la felicidad?
En absoluta ó perfecta y relativa ó imperfecta.
¿Puede con sistiría felicidad perfecta en la pose­
sión de los bienes terrenales?
La última y verdadera felicidad no puede consis­
tir en la sabiduría, riquezas, placeres, honores, ni
tam poco en el progreso indefinido del género huma­
n o, ni aun en la práctica de la m isma virtud, que pue­
de perderse, pues únicamente la felicidad perfecta,
absoluta, inalterable é inamisible puede ser teñid»
p o r verdadera y últim a. T odos los bienes enum era­
dos son imperfectos y variables; luego su posesión
no produce una felicidad perfecta y permanente.
i En qué consisten la felicidad relativa y la absoluta ?
La felicidad imperfecta y relativa consiste en el
cum plim iento de todos los deberes y en la práctica
de la vixtud: la absoluta y perfecta en la posesión
del Sum o Bien, conociéndole y amándole.
8i

C A P ÍT U L O L X X I I .

D e la. l e y y s u s e s p e c i e s .

£113. Concepto filosófico de la ley.


L a palabra ley se deriva, según unos, como San­
to Tom ás, del verbo ligare,atar, porque, en efec­
to, liga ó ata al que tiene el deber de cumplirla;
según otros, como Cicerón, del verbo eligeref ele­
gir, escojer, porque escoje entre lo bueno y lo
m alo, preceptuando lo primero y prohibiendo
lo segundo; y no falta, por último, quien con
San Isidoro sostiene que se deriva del verbo ie-
gere, leer, porque realmente toda ley es un pre­
cepto, material ó moralmente escrito, que puede
leerse. En esta acepción sin duda dánle las Par­
tidas el nombre de leyenda*. Es lo cierto que la
ley, en su acepción más lata ó genérica, es siem­

1 «Ley tanto quiere decir como leyenda en que yace


enseñamiento é castigo escripto, que ligaé apremia la vi­
da del home, que non faga mal, ¿ muestra á enseña el
bien que el home debe facer éusar: é otrosí es dicha lev,
porque todos los mandamientos de ella deben ser leales ¿
derechos, é cumplidos según Dios y según justicia,» —
Part. i . 1, i.° , 4.*
e
81
pre «una norma, regla ó precepto impuesto por
el que tiene autoridad legítima para ello, y que
se deriva de las relaciones esenciales existentes
entre Jas naturalezas respectivas de las cosas.»
Así modificada, consideramos verdadera la defi­
nición de Montesquieu*. Dos son los errores en
que suelen i n c u r r i r los filósofos y jurisconsultos
cuando intentan determinar la naturaleza de la
ley: con Kant á la cabeza, la consideran unos co­
mo simple norma de la razón para conseguir un
bien cualquiera, prescindiendo de autoridad le­
gítim a que la dicte é imponga y este racionalis­
mo conduce lógicamente á la soberanía de la ra­
zón humana, y con Rousseau entienden otros
qi:e la ley 110 es más que la voluntad del sobera­
no ó del legislador, prescindiendo de las rela­
ciones naturales existentes entre las cosas, doc­
trina que lógicamente conduce al despotismo del
Estado.
5 1 4 . D ivision es de la ley,—Muchas son
las que se encuentran en los autores; pero todas
pueden reducirse en el fondo, á las siguientes:
puede dividirse la ley, por razón de su duración,

1 Montesquíeu definió los leyes eo general, diciendo


que son las relaciotirs necesarias derivadas de la naturaleza de
las cosas. Espíritu de las Leyes, lib. I» c. I. Antes que él
había dicho Cicerón (De Leg. lib. II): Lex, ratio profecía
a lerutu natura.
8j
cu eterna y temporal; por razón de su autor inme­
diato, en divina y humana; por razón de su fun­
damento y mar.era de promulgarse, en natural y
positiva; por su redacción ó forma, en afirmati­
vas y negativas y por su contenido ó materia, en
permisivas, preceptivas y penales. La ley positiva
lo mismo puede emanar de Dios quede los hom­
bres, subdividiéndose la ley positiva humana en
eclesiástica ó canónica cuando procede de las au­
toridades eclesiásticas, doméstica cuando procede
de la autoridad paterna y civil, tomando esta pa­
labra en sentido lato, cuando procede de las au­
toridades civiles. A su vez estas leyes pueden ser
políticasj administrativas, penales, procesales, eco­
nómicas, etc.
£>1&» H e l a l e y e t e r n a .—Puede conside­
rarse la ley eterna -en sentido lato, refiriéndose á
toda criatura, sea ó no racional, y en sentido
estricto, refiriéndose sólo á los seres inteligentes.
En la primera acepción la define Santo Tom ás:
‘Ratio gubernativa tolius universi in mente divina
existens, esto es: la razón directriz del universo
entero, existente en la mente d ivin a/A sí consi­
derada la ley eterna, sólo se distingue de las ideas
divinas ejemplares, en que éstas son normas ó
tipos de creación y aquélla norma de gobierno.
En sentido estricto, esto es, refiriéndose única­
mente ¿ las criaturas racionales, definió la ley
«4

eterna San Agustín: Ratio et voluntas Dei> ordi-


nem naiuralem conservan jubens, perlurbari velans,
es decir: la razón y voluntad divinas mandando
conservar el orden natural y prohibiendo alte­
rarle. En esta acepción la «ley eterna es el or­
den de los seres inteligentes, querido y precep­
tuado por Dios con arreglo á su santidad infi­
nita.» Resulta de lo dicho que la ley eterna lo
abarca y regula todo, de manera que podemos
reducir á tres géneros los actos, objeto ó mate­
ria de la ley eterna, á saber: i . ° actos divinos;
2.° actos racionales y 3 .0 actos irracionales. En
si misma nadie puede conocer la ley eterna en
esta vida, puesto que nadie tiene la facultad de
ver intuitivamente á D ios, que es la misma ley
eterna. Pero la conocemos por medio de la ley
natural, participación y reflejo de la ley eterna,
sin que pueda existir oposición entre ambas,
pues Dios es el autor de una y otra, y es ab­
surdo que Dios se contradiga á sí mismo. De
donde se infiere que la ley eterna, por sí sola,
no puede servir de regla, ni remota ni próxima*
á las acciones humanas.
5 1 6 . D e la ley natural.—Aunque de
distinto alcance, las leyes eterna y natural no
se diferencian esencialmente, tanto que pode­
mos considerar á la ley natural como parte de
la misma ley eterna, revelada por Dios al hom-
bre por medio de la razón. Definámosla: «ley
natural es la luz de la razón, participación de
la luz divina, enseñándonos á discernir lo bue­
no de lo malo para que practiquemos lo pri­
mero y omitamos lo segundo*.a Le damos este
nombre, tanto porque la conocemos por medio
de la razón natural, cuanto porque está entera­
mente conforme con la naturaleza del hombre.
L a ley natural es eterna, puesto que no difiere
esencialmente de la ley eterna, que es Dios mis­
m o, y el cual dejaría de ser Dios si no fuese eter­
no; inmutable, porque inmutables son las esencias
de las cosas reguladas por la ley é inmutables
las relaciones esenciales establecidas por el mis-*
mo Dios entre el hombre y su fin, entre la ra­
zón humana y la razón y la voluntad divinas;
iuniversal, porque es la misma, en todo tiempo y
en todo lugar, para todos los seres racionales;
y evidente porque sus preceptos se imponen siem ■
pre como verdades clarísimas, que no n e c e s ita
demostrarse.

1 EJ Em m o. P . Zigliara, en su Sum/na ‘Phihsophua,


vol. III, p. 9 1, llama i Ja ley natural: parlieiptlto tegis
ttefernae in ralfonali crealura, impressio diviruie raiioms in
mente tiostra; impressio diviui ¡uminis in nobis, quo discer-
Himus quid sil bóHUnt et quid sil tttalum; conocptio homini
itaturaliler indita, qm úirigitur a i convenitnter agendum
in actioiiibns propi iis.
86

5 i 1 . D e la ley m oral —L a ley natural


recibe frecuentemente el nombre de ley moral,
siempre que la consideramos como ffel código
de nuestros deberes, interpretado por la concien­
cia, b De manera que la conciencia moral es la
regla práctica y próxima; y la ley moral la regl a
teórica y remota de las acciones humanas.
5 1 8 . E xisten cia ele las leyes eternn.
n atu ral y m oral.— N o faltan d e sd ic h a d o s,
que, sordos d los gritos de su conciencia, nie­
gan la existencia de estas leyes, como si esto
fuera bastante para verse libres de sus precep­
tos. Y a hemos dicho que directamente y por sí
mismo nadie puede conocer, en esta vida, la ley
eterna. Esto no obstante, sabemos que existe,
por cuanto existe la ley natural, que es vivo re­
flejo suyo, y por cuanto existe Dios, que al a m a r ­
se ¿ sí mismo, quiere sus propias perfecciones
y el orden universal de los seres, en lo cual pre­
cisamente consiste la ley eterna. Sabemos, ade­
más, que la ley moral es la misma ley natural,
conocida por la conciencia y considerada como
el código de nuestros deberes; luego toda la
cuestión queda reducida á demostrar la existen­
cia de la ley natural. Q.ue esta participación de
la ley eterna en las criaturas racionales, existe,
se prueba:
a) por el testimonio de la conciencia que.
»7
áun contra nuestra voluntad, nos presenta como
honestas ó buenas unas cosas y como torpes ó
malas otras, y nos grita con im perio y severa
faz: practica el bien y omite el mal;
b) por la esencia de la voluntad misma, or­
denada con necesidad moral hacia el bien y que
nunca practica el mal, bajo la razón de mal;
c) por las perfecciones infinitas del Criador,
que sabiamente dotó á todos los seres de fines
propios y de medios adecuados para alcanzar­
los, y no es posible que los racionales sean la ex­
cepción de esta regla general;
d) por el mismo entendimiento humano
que conoce y formula los artículos de esta ley,
siempre de la misma manera, como si los lle­
vásemos grabados en el corazón;
e) y por el testimonio unánime y conteste
de todos los pueblos, de toda tribu y raza, que
creen en la existencia de esta ley y , exceptuan­
do ciertas adulteraciones y aberraciones, fáciles
de explicar históricamente, por lo común la to­
man como norma de conducta.
510. D e ln ley positiva.—Hemos dado
á la ley divina el nombre de nalural cuando la
consideramos como grabada en la misma natu­
raleza del hombre y en tanto que la conocemos
únicamente por medio de la luz natural de la
razón, pero desde el momento en que Dios se
88
digna revelarla expresamente por un medio c u a l'
quiera, que no sea la razón, la ley se llama po­
sitiva. Aunque se inspiren y apoyen en la ley
natural, todas las leyes humanas son positivas.
La famosa definición de la ley dada por Santo
T om ás, conviene sobre todo á la ley positiva,
tanto divina como humana, si bien algunos la
aplican principalmente á la ley en general. Dice
asi: ralionis ordinario ad bonum commune, ab eo
qui curam comunilatis babel promúlgala*; ordena­
miento de la razón para el bien común, promul­
gado por aquel á quien incumbe el cuidado de
la comunidad. Esta definición de la ley coincide
en el fondo con la siguiente de Suárez: commu-
ne praeceplum, jttslum ac stabile, sufficienier prornul-
galum9: precepto común, justo y estable, sufi­
cientemente promulgado. L a ley positiva huma­
na toma el nombre de eclesiástica cuando proce­
de de la Iglesia, y el de civil cuando procede
del Estado, llamándose política, administrativa,
penal, procesal, económica, etc., según la clase de
relaciones sociales que regula.
R e su m e n.
¿Q ué es ley?
La ley en su acepción más lata ó genérica, es
siempre una norma, regla ó precepto, impuesto po r

1 Sutmn. Tlx. part. 2, q. 90, a. 4.


3 ‘D t legiifus, lib. I, c. 12, n. $.
89
el que tiene autoridad legítima para ello , y que se
deriva de las relaciones esenciales existentes entre
las naturalezas respectivas de las cosas.
¿Cóm o se divide la ley?
Por su duración en eterna y tem poral, por su
autor en divina y humana, por su fundamento y m a­
nera de prom ulgarse en natural y positiva, por su
forma en afirmativa y negativa, y por su materia en
perm isiva, preceptiva y penal. La le y humana p o ­
sitiva se subdivide, á su vez, en eclesiástica, domés­
tica y civil y las civiles en administrativas, p rocesa­
les, penales, económ icas, etc.
¿Q ué es ley eterna?
£ 11 sentido lato, ley eterna es la razón directriz
del universo entero, existente en la mente divina; y
en sentido estricto: la razón y voluntad divinas m an­
dando conservar el orden natural y prohibiendo al­
terarle.
¿Qué es ley natural?
L a luz de la razón, participación de la luz divina,
enseñándonos á discernir lo bueno de lo m alo, para
que practiquemos lo prim ero y omitamos lo segundo.
¿Q u¿ es ley m oral?
La ley natural recibe frecuentemente el nombre
de ley m oral, siempre que la consideramos com o el
código de nuestros deberes, interpretado por la con­
ciencia.
¿Cóm o se prueba la existencia de las leyes eter­
na, natural y moral?
Como la ley natural es vivo reflejo de la eterna,
90
y la ley moral la misma ley natural imponiéndose a
la conciencia, de aquí que únicamente tengamos que
probar la existencia de la ley natural. Q.ue esta ley
existe, se prueba por el testimonio de la conciencia,
que sabe distinguir entre el bien y. el m al; por la ín­
dole misma de nuestra voluntad, que nunca quiere el
mal bajo la razón-de m al; por las perfecciones infi­
nitas del Criador, y por el testimonio unánime y con­
teste de todos los pueblos.
¿Qué es ley positiva?
Santo T om ás define asi la ley positiva: ordena­
miento de la razón para el bien común, prom ulga­
do por aquel i quien incumbe el cuidado de la c o ­
munidad.
9r

C A P ÍT U L O L X X I I L

Cua.lida.clBs ele I els l e y e s . —Ot>li£ja.ción,


P r o m u l g a c i ó n . —S a n c ió n .

5 2 0 - C u a l i d a d e s d e l a s l e y ^ s 1. —Medi­
tando la definición de Santo Tom ás se nota que
la ley debe ser imperativa, racional, general, legí­
tima y suficientemente promulgada, de tal mane­
ra que, según el mismo Doctor Angélico, pre­
cepto legal que no reúna estas condiciones, más
bien que ley debe llamarse violencia. Los princi­
pales elementos de la ley son tres, A saber: obli­
gación, promulgación y sanción.
5 SS1 . I m p e r a t i v o m o r a l ó c o n c e p t o
f ilo s ó fic o d e l a o b l i g a c i ó n ,— Ese carácter
preceptivo, de mandato, con que la ley moral
se impone á la conciencia humana, diciéndonos

1 Seg ú n San Isidoro, lum brera de la Iglesia go da, para


que 1 .a ley positiva hum an a sea buena debe ser: ¡fomsUt,
juxftt, possibitis, uecessaria, ¡iliiis, manifesta, se¿undnm na-
Itiram, secundutn patrias consueiiidinem, nuih commodo p r í­
vala sed pro commitnc civiitm ulililalc conscripta. C o no cid o
es tam bién el sigu iem e aforism o de B a co ii: Lex bona cen­
sen possil, qttae sil inlimathnc certa, praecepto juxta, execulio-
tie comutoda, etttn forma poliliac congrua, el ¿enera ns v ir h t-
tetti in subditis.
92

con autoridad é imperio: practica el bien, omite el


mal, es lo que se llama imperativo moral. Y esta
faerza preceptiva y obligatoria no procede de la
razón, que por sí sóla no tiene virtud bastante
para obligar, sino de Dios, que i la vez que es
el principio supremo de la vida, es también la
fuente de toda autoridad. En efecto, el bien de­
jaría de ser absoluto, si no fuese bien verdadero
para todos los seres inteligentes que lo compren­
den; de la misma manera que el orden no sería
universal y completo, si no se impusiese á todo
lo criado y brillase en el universo mundo. Un
bien y un orden no obligatorios no se compren­
den. L a obligación es pues consecuencia ineludi­
ble del bien y del orden, que se imponen á la
voluntad humana con necesidad moral, en nin­
gún caso con necesidad metafísica, ni tampoco
con necesidad física. El imperativo moral es pues
el principio de las obligaciones morales; y la obli­
gación (ob-ligatio) según está diciendo la signi­
ficación etimológica de esta palabra, no es otra
cosa mas que «una especie de vínculo que liga
la voluntad humana á la autoridad de la ley.»
N o hay que confundir la obligación, que tiene
carácter genérico y teórico, con el deber, que
lo tiene especifico y práctico.
5 ‘¿ 2 . P ro m u lg a c ió n .—Por promulgación
se entiende la notificación auténtica de la ley, que
95
Hace el legislador á los súbditos para que la co­
nozcan y la cumplan. Para que la ley se consi­
dere promulgada no basta que se divulgue: se
necesita además, que se notifique ¿ imponga
oficialmente.
5 2 3 . S a n c i ó n , p r e m io y p e n a .—El ter­
cer elemento esencial de la ley es la sanción, que
consiste en la imposición de la ley por medio de
premios que recompensen su observancia y de
penas, que castiguen sus infracciones. Premio es
todo bien con el cual se recompensa al honrado
y virtuoso, y pena es todo mal que se aplica al
culpable y v icio so r La sanción de la ley puede
ser nalund y positiva, según que los premios y
penas sean consecuencias naturales ineludibles
del cumplimiento ó infracción de la ley, ó se
apliquen voluntariamente por el legislador según
las personas y los casos. El fin esettcial de la pena
es la expiación de la culpa como reparación del
desorden. Los fines secundarios son la corrección
del delincuente y el escarmiento de los demás*
Estos tres elementos esenciales de la ley, rela­
cionados están con las tres potencias primordia­
les del hombre, á saber: la obligación con la vo­
luntad, la promulgación con el entendimiento y la
sanción con la sensibilidad,
5&4r. L»a ley natural ó m oral no tiene
suficiente sanción en esta vida,—Con cu­
94
rren en la ley natural ó moral los tres elementos
esenciales de roda ley, á saber: obligación, pro*
mulgación y sanción. Obligación, porque la ley
natural se impone con necesidad moral á la con­
ciencia y ata la voluntad de los seres racionales..
‘Promulgación, porque ha sido suficientemente
intimada y divulgada por medio de la razón. Y
sanción, porque vá acompañada de premios y
penas naturales, como son la tranquilidad y bue­
na reputación del que la cumple y el rem ordi-
, miento y mala fama del que la infringe. R elacio­
nada está también naturalmente la ley moral con
ciertos bienes materiales como la salud, la lon­
gevidad, la robustez, fuerzas, etc., relación que
hace se la considere, hasta por los mismos que
no creen ensu existencia, como el más importan­
te y el primero de los preceptos higiénicos. Pero
estos premios naturales, lo mismo que las penas ó
males que caen sobre los infractores, ¿constitu­
yen, por si, sanción suficiente de la ley natural?
De ninguna manera. Dicha natural sanción es in­
suficiente é inadecuada, porque el hombre se ha­
bitúa á todo, bueno y malo, la conciencia se en­
callece, y el remordimiento y la satisfacción cada
vez castigan y premian con menor intensidad al
culpable y virtuoso; porque con sólo esta sanción
las acciones heróicas y los crímenes cometidos al
terminar la vida, quedan sin sus condignos pre­
¡7Í
mios y castigos; porque sabido es que la sanción
de las leyes humanas, imperfectas como todo lo
que el hombre hace, se burla fácilmente, y con
frecuencia vemos al bribón enaltecido y disfru­
tando de todos los bienes de la fortuna, mientras
el honrado y virtuoso es calumniado, persegui­
do y muere quizás de hambre y de m iseria; por­
que ni siquiera la buena ó mala reputación y el
aprecio ó desprecio de nuestros semejantes se
reparten equitativamente entre el virtuoso y v i ­
cioso, pues prescindiendo de que la sociedad es
excesivamente tolerante cuando de la moralidad
se trata, no le es difícil al hipócrita hacerse res­
petar por virtudes que no tiene, ni tampoco es
raro que el hombre sincero y leal sea tenido por
un farsante; y, por último, porque la justicia su­
prema y el orden absoluto y universal no se
compadecen con las iniquidades, injusticias y
desórdenes que se consuman en esta vida á pe­
sar de todos los premios y penas naturales de la
ley moral. E s indudable: la bondad ó malicia de
las acciones, conformes ó contrarias á la ley na­
tural, es infinita, como infinito es el Autor de
la ley á quien se ama ó se ofende. Bondad y
malicia infinitas piden premios y penas también
infinitos; pero como la criatura racional, por ser
finita, 110 podría resistir premios y penas por su
intensión infinitos, de aquí la necesidad ineludi­
96
ble de que sean infinitos por su duración, esto
es, eternos. L a eternidad de los premios y pe­
nas y la existencia de la vida futura, en donde
la ley natural tendrá su sanción perfecta y defi­
nitiva, es, por lo tanto, una consecuencia lógi­
ca ineludible de la sanción insuficiente que la
ley natural y moral tienen en este mundo.
5 2 5 . O bjecion es co n tra la doctrina
precedente.—Muchos son los que, por una
parte, admiten la existencia de Dios sin reparo
alguno y , por otra, le niegan la justicia resis­
tiéndose á reconocerle como premiador de bue­
nos y castigador de malos. De análoga manera,
muchos son también los que admiten la sanción
natural de la ley, y hasta creen en la vida futu­
ra, pero se rebelan contra la eternidad de las pe­
nas, sin duda porque allá en el fondo de sus con­
ciencias temen merecerlas. Natural es, por lo
tanto, que agucen el ingenio contra dicho im­
portantísimo dogma, intentando desacreditarle
ó destruirle con objeciones como las que siguen:
i.* Siendo, como es, todo en la tierra fini­
to, las acciones humanas no pueden tener ma­
licia infinita y como la culpa debe de ser propor­
cionada á la pena, las penas eternas ó infinitas
en duración, para castigar culpas ó acciones fini­
tas, son un absurdo.— Contestación. Cierto que
la acción humana, considerada en sí misma, es
contingente y finita; pero adquiere cierta infini­
dad en orden al Sér á quien ofende, infinita­
mente bueno ¿ infinitamente benévolo para con
el ofensor. Ahora bien, si cuanro m ayor es la
dignidad y excelencia del ofendido, más grave
es la culpa del ofensor, principio que ponen en
práctica todas las legislaciones penales de los
pueblos cultos, culpas que ofenden al Sér por
antonomasia infinito reclaman penas también
infinitas. Por otra parte, en la intención del cul­
pable ó pecador, que Dios ve y aprecia, encuén­
trase también malicia indefinida cuando m enos,
desde el momento que conoce y prefiere un mal
caduco y grosero al bien infinito y eterno.
2.* Sabido es que uno de los más im portan­
tes fines de la pena consiste en Incorrección del
culpable; las penas eternas no pueden corregir
á los reprobos, los cuales, por otra parte, tam­
poco pueden reparar el desorden causado por
ellos, convirtiéndose; luego las penas eternas son
absurdas.— Contestación. Cierto que uno de los
íiues secundarios y accidentales de la pena es la
corrección del culpable; pero com o el primario
y esencial es la expiación del pecado y repara­
ción del desorden, en el caso de incom patibili­
dad entre estos dos fines, siempre el secundario
cede el puesto al primario y el accidental al esen­
cial. «El castigo es una reacción del orden con­
98

tra el desorden y en el mundo moral como en


el físico esta reacción conservadora es igual y
opuesta á la acción destructora. Si aquella envol­
vía infinidad en su malicia, es justo que ésta sea
infinita en su duración1 .» Por otra parte, al pe­
cador se ledió de tiempo toda su vida para que,
convirtiéndose, reparase el desorden, pues Dios
no quiere la muerte del pecador sino que viva
para convertirse. Si pues obstinándose en abusar
de su libertad, dejó pasar el tiempo de la prue­
ba, cúlpese á sí mismo de haber despreciado la
misericordia divina para incidir en la justicia.
3 .* Las penas eternas están en contradicción
flagrante con la bondad, clemencia y misericor­
dia divinas, contra las cuales pugna que Dios se
vengue del frágil pecador imponiéndole suplicios
eternos.— Contestación. Esta contradicción es sólo
aparente, pues no hay que olvidar que Dios es,
ademas de bueno, clemente ^ misericordioso,
infinitamente sabio y justo, y si las penas eternas
parece que pugnan con aquellos atributos, las
penas temporales pugnarían real y verdadera­
mente con éstos. La sabiduría infinita de Dios
no ha podido dotar de sanción incompleta é in­
suficiente á la ley natural, como lo serían las

* Ética y ‘Derecho Natura!, por Eleizalde, p¿g. 16 1.


Mjdrid, 188Ó. '
99
penas temporales, porque notorio es que estos
castigos, aunque por de pronto nos impresionen,
llegan por fin á olvidarse y hasta i despreciarse
cuando se consideran por un lado finitos y por
otro lejanos. Por último, Dios infinitamente jus­
to no puede igualar, después de un periodo más
ó menos largo de padecimientos, al vicioso con
el virtuoso, al pecador y criminal con el hom ­
bre de bien, recompensando de igual manera
en definitiva las privaciones y comedimientos
del uno y los desórdenes y libertades del otro.
Esto es metafísicamente imposible.
4 .4 Por último, se objeta también contra el
dogma de la eternidad de las penas, que compo­
nen sanción tan insuficiente 6 ineficaz de la ley
natural como las penas temporales, puesto que
el pecador no hace caso ni de las unas ni de las
otras,— Contestación. Cierto que las penas eter­
nas son sanción insuficiente é ineficaz de la ley
natural por lo que al pecador se refiere, cuyo
libre albedrío ha querido respetar Dios hasta este
punto; pero de ninguna manera en orden al le­
gislador, que con dichas penas ha dotado ¿ la ley
de sanción suficiente para promover su obser-
vancia.
R e su m e n .
¿Qué requisitos deben de concurrir en las leyes?
Meditando la definición de Santo Tomás se nota,
IOÓ

que la ley debe ser imperativa, racional, general, le­


gítima y suficientemente promulgada.
¿Qué se entiende por imperativo moral?
Ese carácter preceptivo, de mandato, con que la
ley moral se impone i la conciencia humana, dicién-
donos con autoridad é imperio: practica el bien y omi­
te el mal. *
¿Qué es obligación?
Una especie de vínculo que liga la voluntad hu­
mana á la autoridad de la ley.
¿Qué se entiende por promulgación?
La notificación auténtica de la ley, que hace el
legislador á los súbditos para que la conozcan y la
cumplan.
¿Qué es sanción, premio y pena?
Consiste la sanción en la imposición de la ley por
medio de premios, que recompensen su observancia,
y de penas que castiguen sus infracciones. Premio
es todo bien con el cual se recompensa al honrado
y virtuoso, y pena es todo mal que se aplica al cul­
pable y vicioso.
¿Por qué decimos que la ley natural ó moral no
tiene sanción suficiente en está vida?
Porque no siempre es el bien premiado y el mal
castigado, porque cuando lo' son no hay la propor­
ción debida entre aquéllos y éstos, y porque frecuen­
temente triunfa en el mundo la iniquidad y es desco­
nocida y hasta menospreciada Ja virtud.
¿Qué objeciones suelen hacerse contra la eterni­
dad de las penas?
101
Q ue no hay la proporción debida entre la acción
humana culpable, que es finita, y la pena eterna, que
es infinita; que las penas eternas do corrigen al cul­
pable; que pugnan con la clemencia y m isericordia di­
vinas, y que componen sanción tan insuficiente com o
las penas tem porales. A lo primero de lo cual se con­
testa, que también es infinita la malicia de la culpa
por razón de la dignidad del ofendido y de la inten­
ción del ofensor; á. lo segundo, que la corrección del
culpable es fin secundario y accidental de la pena,
siendo el prim ario y esencial la expiación de la falta
y reparación del desorden; á lo tercero, que la m ise­
ricordia divina obra durante la vida del hom bre, c a ­
yendo con la muerte en manos de la justicia, porque
«s metaiisicamente imposible que D ios equipare
nunca al virtuoso y al vicioso; y á lo cuarto y últim o,
que las penas eternas son sanción suficiente de la ley
natural por lo que al legislador se refiere.
102

C A P IT U L O L X X IV .

D e l d e b e r , d e r e c h o , ímputa.fc>ilíclo.clt
r e s p o n s a b i l i d a d , m é r it o
y i je m é r i t o .

CkSGi Concepto filosófico del delier.


L a idea de deber entraña la de deuda y en todo
deber ó deuda conviene distinguir la persona
que debe ó deudor, la persona á quien se debe
ó acreedor, y la cosa debida. Es, pues, el deber
resultado de una relación existente entre el deu­
dor y el acreedor, en virtud de la cual el primero
se vé moralmente precisado á dar ó conservar al­
guna cosa, á ejecutar ú omitir alguna acción. Ha­
ciendo beneficios, esto es, dando, se logra el ca­
rácter de acreedor, que lleva consigo derechos
determinados; recibiéndolos, se adquiere el ca-
rácter de deudor y carga uno con determinados
deberes. En este sentido, Dios es el acreedor uni­
versal, porque beneficios á manos llenas ha de­
rramado sobre el universo mundo, y las criaturas
todas son deudores respecto dD ios. Sin embargo,
parala existencia del deber moral es indispensable
el conocimiento de la relación dicha entre el
IOJ

acreedor y el deudor, y para su práctica, la inten­


ción ó finalidad en el agente* De donde se dedu­
ce que el deber moral es propio y exclusivo de las
criaturas racionales* L a teoría racionalista del
deber, que prescinde de la finalidad divina, con­
siste en hacer el bien por el bien mismo, en cum­
plir el deber porque la razón lo presenta á la vo­
luntad como deber, sin miras ulteriores de r e ­
compensa ó castigo. Esta teoría niega indirecta­
mente el destino final humano, diviniza la razón
rindiéndola tan exagerado obsequio, y prescinde
del elemento ontológico y absoluto, sin eL cual
no es posible comprender la moralidad.
D e la misma manera que hemos ( 5 2 1 ) con­
siderado á la obligación en general como una es­
pecie de vínculo ó necesidad existente entre el
agente moral y la ley, que nos impele á confor­
mar nuestras acciones con el dictamen de la ra-
üón; así también podemos definir la obligación
m concreloy ó sea el dtber (offtciim, cosa que ha
de hacerse), diciendo que es «toda acción ú om i­
sión ordenada por la ley.»
5 2 7 . D ivisión de los deb eres.—D iví­
deme los deberes en jurídicos y morales, prim i­
tivos y derivados, y positivos y negativos. S011
deberes jurídicos aquellos cuyo cumplimiento es
exigible ante los tribuuales de justicia por las
personas á ‘quienes se refieren: p. ej. el deber
104

de cumplir un contrato. Los deberes morales,


por el contrario, se terminan en la misma per­
sona obligada y únicamente son exigibles ante
Dios y la conciencia: p. ej., amar al prójim o.
Con relación á Dios todos los deberes son en
rigor jurídicos, porque en Dios reside el derecho
supremo de exigir sil observancia. Primitivos son
aquellos que obligan por sí misinos, en todo
tiempo y lugar, y se fundan en las relaciones
esenciales del hombre, como conservar la vida.
Reciben también los nombres de connaturales,
absolutos y deberes-fines. Derivados son los que
están subordinados á los primitivos, dimanan
de algún hecho ejecutado libremente y á veces
dependen de circunstancias variables de lugar,
tiempo y persona: p. ej., conservar cuidadosa­
mente lo que hemos recibido en depósito. Estos
deberes se llaman también adventicios, relativos
ó hipotéticos, y deberes-medios. Por último, positi­
vos son aquellos que prescriben lo que debemos
h;ícer: p. ej., dar de comer al hambriento. N e­
gativos los que prescriben lo que debemos om i­
tir: p. ej., no matar. Aquéllos se cumplen por
medio de comisiones y por medio de omisiones
éstos.
5 3 8 . D iferen cias entre la o b ligac ió n
y el deber.—Casi siempre, tanto en el uso vul­
gar como en el científico, se emplean como si
105

fuesen sinónimas las palabras obligación y deber,


aunque se diferencian algún tanto. L a primera
significa vinculo, ligadura: la segunda deuda. L a
obligación tiene un carácter general y abstracto:
el deber particular y concreto. Tanto que pode­
mos considerar á los deberes como Ja materia de
la obligación, y á ésta como la forma de los de­
beres.
529. Concepto filosófico del d e re­
cho.—Se estudian en la Éüca los deberes y no
los derechos; pero como no puede comprender­
se bien la naturaleza de aquéllos sin decir algo
de éstos, definiremos el derecho considerándole
bajo sus principales aspectos. En sentido objeti­
vo, por derecho se entiende la ley ó conjunto de
leyes, la ciencia de la legislación ó que trata de
los principios jurídicos y hasta el objeto de la
ley, es decir, lo que debe ser mandado por el le­
gislador ó sea lo justo. En sentido subjetivo po­
demos definir el derecho: «la facultad moral é
inviolable de hacer, omitir ó exigir alguna
cosa1 .» Así considerado, se divide en activo y
pasivo: activo, que consiste en la facultad de ha­
cer ú omitir, y pasivo que consiste en la acción
ú omisión, que debemos prestar á otro y i cuyjo

1 Filosofía Elemental, por Fr. Zeferíno Goozilez, t. II,


pdg. 488, Madrid, 1876*
ro6
logro se dirige el derecho activo* Calificamos de
facultad moral al derecho porque la facultad ó
libertad física no basta para el derecho. El v e r­
dadero derecho ha de ser personal, de aquí que
no sean capaces de derechos los irracionales;
útil, esto es, que sea un bien para la persona
que lo tiene y lo ejercita; licito ó sea conforme
á la ley moral; y exigibk en el sentido de que
se impone á las personas que tienen el deber de
respetarlo.
530. C o rre lac ió n entre el d e b er y el
derech o.—Las ideas de deber y derecho son
correlativas, como las de padre é hijo, y otras.
eK Jo hay deber sin derechot ni derecho sin deber. En
otros términos, no se concibe deber sin derecho
ni derecho sin deber, como no se concibe padre
sin hijo, ni hijo sin padre. Las ideas correlativas
marchan siempre juntas, y recíprocamente se
explican la una por la otra. Por ejemplo: ni de­
ber que yo tengo de obedecer á mi padre, co­
rresponden, por un lado, el derecho que mi padre
tiene ¿ ser obedecido por su hijo y , por otro, el
derecho indudable que me asiste para exigir á mis
semejantes que no me impidan el cumplimien­
to de mi deber: estos son los derechos correla­
tivos de aquel deber. N o obstante, debiendo
estar subordinado todo á D ios, que es nuestro
verdadero bien y fin último, en el orden psicológi­
107

co y relativo el deber es anterior al derecho, con


prioridad de naturaleza; y en el orden onlológicoy
absoluto el derecho es anterior al deber, como
Dios es anterior y superior al hombre. Para de­
terminar con exactitud las relaciones entre uno
y otro, podemos decir que en Dios radican to­
dos los derechos, sin que tenga deber alguno
para con el hombre; y en el hombre radican to­
dos los deberes, sin que tenga derecho alguno
para con Dios, De donde resulta que todos los
deberes del hombre, pueden reducirse en defi­
nitiva á deberes para con Dios, reducción adop­
tada, en sus clasificaciones, por algunos m ora­
listas.
5í51. D e l a iD ip u t a b ilíd a d .—Damos el
nombre de impittalilidad á «la condición que
tienen las acciones libres y m orales con sus con­
secuencias de ser atribuidas á su sujeto agente.»
El hecho de atribuirlas se llama imputación. N o
obstante, en rigor filosófico una cosa es la im -
putabilidad y otra la moralidad de la acción,
aunque ambas se refieren á actos conscientes y
libres, porque la moralidad de la acción dice re­
ferencia al fin último y externo del hombre, al
paso qué la imputabilidad de la acción se refie­
re sólo á su principio interno como causa pró­
xima. De donde se sigue que para que la ac­
ción ú omisión sean imputables, basta cometer­
IOS
las ú omitirlas con libertad; pero para que sean
morales se necesita además cometerlas ú omitir­
las bajo la razón de bien ó mal. Puede tomarse,
por lo tanto, la imputabilidad en sentido untu­
ra!, lo cual únicamente supone libertad en el su­
jeto agente y en sentido moral, que supone ade­
más en el agente la obligación de cometer ú
omitir el acto. Según esto, sólo son imputables
en bien ó mal las acciones ú omisiones llevadas
i cabo con conocimiento del fin, sin necesidad
ni coacción y con algún propósito moral; y así
consideradas, es decir, por razón de su imputa­
bilidad moral, las acciones se llaman laudables ó
culpables, y por razón de su moralidad, humas ó
malas. N o solamente son imputables las accio­
nes ú omisiones conscientes, libres y morales,
sino también sus consecuencias y efectos, unos
porque fueron previstos y directamente queri­
dos en sí mismos, y otros porque pudieron ser­
lo y de todas maneras fueron indirectamente
queridos en su causa.
I>32. D e la resp o n sab ilid ad .—La res-»
ponsabilidad dice relación al sujeto agente y pue­
de definirse: «la sujeción del agente, autor de al­
guna acción imputable, á la sanción de la ley.n
D e manera que la responsabilidad es la imputa­
bilidad misma haciéndose efectiva por medio de
premios y penas. Hay pues cierta proporción
10$

entre ambas, esto es: tanta mayor responsabili­


dad tiene el agente cuanta m ayor imputabilidad
haya en la acción.
533. D e l m érito y dem érito.—T an r i­
guroso es el encadenamiento que existe entre I»
libertad moral y la imputabilidad, y entre la im ­
putabilidad y la responsabilidad, como entre ésta
y el mérito ó demérito, según sea buena ó mala
la acción de que somos responsables. L a acción
es meritoria cuando es digna de premio, y el tili­
nto, por lo tanto, «consiste en la relación que
concebimos como necesaria entre el autor de
toda acción buena y un bien que le sirva de re­
compensa.» El principio del merecimiento pue­
de formularse así: lo bueno debe de ser premiado.
Por el contrario, la acción es demeritoria
cuando es digna de castigo, y el demérito, por lo
tanto, «consiste en la relación que concebimos
como necesaria entre el autor de toda acción
mala y un mal que le sirva de castigo.* El prin­
cipio del desmerecimiento se puede formular así:
lo malo debe de ser castigado.
n«numcn.
¿En qué consiste el deber?
En cierta relación entre deudor y acreedor, por
la cual el primero se vé moralmente precisado á dar
ó conservar alguna cosa, á ejecutar ú omitir alguna
acción. También podemos definir el deber, en con­
I IO

creto , diciendo que es toda acción ú omisión orde­


nada por la le)' natural.
¿Cóm o se dividen los deberes?
En jurídicos y m orales, prim itivos y derivados,
positivos y negativos. Son deberes jurídicos aque­
llos cayo cumplimiento es exigible ante los tribuna­
les de justicia por las personas con derecho para
« lio . Los deberes m orales, por el contrario, se ter­
minan en la m isma persona obligada y únicamente
son exigibles ante Dios y la conciencia. Primitivos
son aquellos que obligan por sí m ism os, en todo
tiem po y lugar, y se fundan en las relaciones esen­
ciales del hom bre. Derivados son los que están su­
bordinados á los prim itivos, dimanan de algún he­
cho ejecutado librem ente y á veces dependen de
circunstancias variables de lugar, tiempo y persona.
Por últim o, positivos son aquellos que prescriben
lo que debemos de hacer, y negativos los que pres­
criben lo que debemos de om itir.
¿En qué se diferencian la obligación y el deber?
La palabra obligación significa vinculo, ligadu­
ra; la palabra deber, deuda. L a obligación tiene un
carácter general y abstracto; el deber particular y
concreto.
¿Q ué se entiende por derecho?
Objetivamente la ley ó colección de leyes, y sub­
jetivamente la facultad moral é inviolable de hacer,
om itir ó exigir alguna cosa.
¿Por qué decimos que el deber y el derecho son
correlativos?
Porque no hay deber sin derecho, ni derecho
sin deber. El deber que yo tengo, p. ej.„ de obede­
cer i mi padre, es correlativo del derecho que m i
padre tiene sobre mi, llamado patria potestad.
¿Q ué es imputabilidad?
Aquella condición que tienen las acciones libres
y morales de ser atribuidas á su sujeto agente. Ei
hecho de atribuirlas se llama imputación.
¿Q u é es responsabilidad?
La responsabilidad dice relación al sujeto agente
y puede'definirse: la sujeción del agente, autor de
alguna acción imputable, á la sanción de la ley.
¿Q ué es mérito?
La relación que concebímos com o necesaria en­
tre el autor de toda acción buena y un bien que le
sirva de recompensa.
¿Qué es demérito?
La relación que concebim os com o necesaria en­
tre el autor de toda acción mala y un mal que le sir­
va de castigo.
¿Cóm o se formulan los principios del mérito y
del demérito?
Asi: lo bueno debe de ser premiado y lo ma!o
<iebe de ser castigado.
112

C A P ÍT U L O LXXV.

C irc u n s ta n c ia s a te n u a n te s 4 e x im e n ­
t e s ele r e s p o n s a b i l i d a d .

534. Circunstancias q ue am inoran


la respon sabilidad 6 nos exim en de ella.
T o d o s los requisitos necesarios para que las ac­
ciones sean por completo imputables al sujeto
agente, se necesitan también para que sea res­
ponsable de ellas. Ahora bien, la responsabili­
dad se funda en la imputabilidad, ésta en la li­
bertad y ésta en el conocimiento, pues acción
que no sea consciente no puede ser libre y ac­
ción que no es libre no puede ser imputada á su
autor, el cual tampoco será responsable de ella;
de donde se sigue que todas aquellas circunstan­
cias que obscurecen ó anulan el conocimiento y la
libertad en el agente, aminoran ó destruyen la
iinputabilidad en la acción y atenúan la respon­
sabilidad de su autor ó le eximen de ella por
completo. Las principales de dichas circunstan­
cias son la ignorancia, la violencia, los hábitos¡ la
concupiscenciat las pasiones todas en general y el
miedo especialmente.
”3
6>3 5 . I g n o r a n c i a . —Al conocimiento del
fin, necesario para la práctica de la acción m o­
ral, se opone la ignorancia, estado negativo del
entendimiento, que como tal hemos estudiado
y a (29 4 ). Ahora, para los efectos que nos ocu­
pan, conviene dividir la ignorancia:
a) por razón del sujeto en vencible é invenci­
ble, subdividiendo la vencible en ordinaria, afec­
tada y supina;
b) por razón del objeto en ignorancia del de­
recho, del hecho y de la pena;
c) y por razón de la acción en antecedente, con­
comitante y consiguiente.
El sujeto se encontrará en estado de ignoran­
cia vencible, ó invencible, según que sea física y m o­
ralmente posible ó no salir de dicho estado in­
telectual, empleando al efecto una diligencia
prudente y acomodada ¡i la índole del asunto.
La vencible, i su vez, se llam a ordinaria cuan­
do el sujeto hace algunas diligencias, aunque
no las suficientes, para desvanecerla; afectad af
cuando con el intento de pecar libremente ó de
poder excusarse en su día, prescinde el sujeto
de averiguar lo que fácilmente pudiera conocer;
y supina, también llamada crasa, cuando el su­
jeto se cruza de brazos no empleando diligencia
alguna para desvanecer su ignorancia.
Por razón del objeto, la ignorancia es de
6
114
hecho cuando ignoramos que la acción de que se
trata está comprendida en la ley, es decir, per­
mitida ó prohibida por una ley; de derecho cuan­
do ignoramos la existencia de la ley misma; y
de pena cuando ignoramos con qué castigo está
sancionada la infracción legaL
Por último, por razón de la acción, la igno­
rancia será antecedeniey concomitante ó consiguien­
te, según que su influencia se deje sentir antes,
juntamente ó después de haber cometido la ac­
ción. La antecedente es absolutamente involun­
taria é invencible, por lo tanto, pero influye en
la acción: p. ej. cuando se mata á un hombre cre­
yendo que es una fiera, á la cual se persigue. L a
concomitante acompaña á la acción de manera,
que ésta se hubiese realizado aún sin aquélla:
p. ej. cuando uno mata á su mortal enemigo to­
mándole por una fiera, pero lo mismo hubiese
sucedido conociéndole. Por último, la consi­
guiente, como cuando no se ayuna por no to­
marse la molestia de averiguar si es ó nó día de
ayuno, siempre es vencible y directa ó indirec­
tamente voluntaria.
Ahora bien, para la apreciación de la mora­
lidad todas pueden reducirse á la vencible ó in ­
vencible, formulando las prescripciones mora­
les en las dos proposiciones siguientes:
i .a L a ignorancia invencible excusa de todo
"5
pecado, es decir, exime por completo de respon­
sabilidad en ios actos que de ella proceden.
2 .“ La ignorancia vencible no excusa de pe­
cado, pues ni quererla tolerándola, implícita­
mente queremos la acción misma en su causa
productora; pero si disminuye la gravedad del
pecado, siempre que la ignorancia no sea afec­
tada, ni supina1 .
6 3 6 . V i o l e n c i a .—Consiste la violencia en
Ja fuerza superior y material que se hace á
nuestros ó r a n o s para obligarnos á cometer ú
omitir al¿>u:t i acción. Si la fuerza empleada al
efecto es moral, recibe el nombre de coacción.
Únicamente los actos imperados externos son
susceptibles t'e violencia; la coacción puede in­
fluir también sobre los elid ios. L a violencia in -
contrastabl: exime por completo de responsabi­
lidad: la co.icción únicamente la atenúa.
1Fó b it o s m orales.—N o hay para
qué repetir aquí lo dicho en Psicología acerca
d é lo s hábitos en general ( 1 5 1 , r 5 2 y 1 5 3 ) , sino
considerar únicamente á los hábitos morales, es
decir i las costumbres buenas ó malas en sus
relaciones con la responsabilidad del sujeto ha­
bituado. Si el hábito predispone, inclina y ayu­

1 Elementos de Ética general, por el P. Jos¿ Mendive,


P¿gs, 17 w 74*V allad olid , 1884.
116
da al agente á repetir con frecuencia, rapidez y
facilidad la acción habitual, cuanto más arraiga­
da esté una costumbre menos responsabilidad
parece que deba exigírsele al hombre que se deja
llevar de tendencias, que á la larga vienen á
constituir segunda naturaleza; pero no es así,
antes al contrario, ni el hábito virtuoso dismi­
nuye la bondad, ni el vicioso la malicia de las
acciones habituales, cuya intensidad y por lo
tanto perfección ó imperfección aumenta con el
hábito, fuerza que debemos añadir á la natural
energía de la voluntad. N o obstante, los hábi­
tos viciosos no producen este efecto cuando sin­
ceramente los detestamos y procuramos corre­
girlos, pues entonces al mérito intrínseco de la
acción buena hny que agregar la violencia que
tiene que hacerse á sí mismo el hombre para
operar en sentido opuesto á la mala tendencia
habitual.
6 3 $ . C o n c u p i s c e n c ia .—Puede definirse
la concupiscencia diciendo que es «apetito des­
ordenado de bienes ó goces sensibles»; de don­
de se infiere que tiene su origen en el apetito
sensitivo, aunque opera sobre la voluntad inci­
tándola á que quiera, con más ó menos vehe­
mencia, determinadas acciones ilícitas y hasta
torpes para la posesión ó goce de algún bien ó
placer sensual. Se divide la concupiscencia en
ll7
antecedente, que es la que precede al acto libre
y deliberado de la voluntad; consiguiente, que
es la que subsigue al acto y de ¿1 se deriva;
leve, grave y gravísima, según que incite á la
voluntad y perturbe ó trastorne i la razón m is
ó menos. Como la concupiscencia antecedente
nunca priva por completo al hombre de cono­
cimiento, ni de libertad, claro es que no excu­
sa del pecado por causa de ella cometido, pero
disminuye la malicia del acto, atenuando la res­
ponsabilidad del agente tanto más cuanto mayor
sea la gravedad de la concupiscencia, que le haya
incitado á cometer la acción.
5 3 9 . P a s i o n e s . —Sin necesidad de repe­
tir lo ya dicho (cap. X X III) acerca de las pa-
siones, nótese que todas ellas, pero las sensiti­
vas ó animales especialmente, figuran entre las
causas que debilitan la libertad y disminuyen,
por lo tanto, la responsabilidad. Los m ovi­
mientos primo primi, como les llaman los m o­
ralistas, es decir los primeros movimientos pasio­
nales, ciegos y violentos, pueden en un m o­
mento dado imponerse á la voluntad m ism a,
y si esta imposición fuese completa, hasta el
punto de que desapareciese del todo la liber­
tad, entonces eximen de toda responsabilidad;
pero no sucede lo mismo con los segundos mo­
vimientos,, más ó menos tranquilos y acariciados,
nS
que si señorean al espíritu, no le privan de
conciencia ni de libertad. En este caso la pasión
puede considerarse i lo sumo como circunstan­
cia atenuante, sin perder nunca de vista que li­
bres y responsables fuimos al adquirirla, y
libres y responsables al permitir que en nosotros
arraigue y se desarrolle*
C >£0. M ie d o .—Consiste el miedo en el te­
mor ínfundido en el ánimo por un mal con el
que se nos amenaza. Como esternal puede ser
grave ó leve, de aquí la división del miedo en
dos especies bajo los nombres dichos. Para que
el miedo sea grave se necesita que el m al, res­
pecto al sujeto amenazado, sea también grave,
cierto é inminente. El miedo grave atenúa la res­
ponsabilidad y «excusa de pecado mortal en las
cosas que son de derecho humano, pero no en
las que son intrínsecamente malas, á no ser en
el caso excepcional de perturbar completamente
el uso de la razón1 . ■
Resumen.
¿Q ué circunstancias disminuyen la responsabili­
dad ó nos eximen de ella?
T o d o lo que aminora ó destruye el conocim ien­
to y la libertad; com o la ignorancia, la violencia,
los hábitos, la concupiscencia, las pasiones, el mie-

t Fibsofia EUmentál, por Fr. Zeferino González,


t. II, pdg. 441. Madrid, 1876.
ii9
do, etc., también exime de responsabilidad ó la
atenúa cuando menos.
¿En qué consiste la ignorancia, de cuántas m a­
neras puede s e r y cóm o influye en la responsabilidad?
Consiste en la carencia de conocim ientos res­
pecto á la moralidad y á nuestros deberes; y puede
ser por razón del sujeto vencible é invencible, o rd i­
naria, afectada y supina; por razón del objeto, de
derecho, de hecho y de pena; y por razón de la ac­
ción, antecedente, concomitante y consiguiente.
La ignorancia invencible exime por com pleto de
responsabilidad en los actos que de ella proceden;
pero no la vencible, pues al quererla tolerándola,
implícitamente queremos también la acción m ism a
en su causa productora.
¿En qué consiste la violencia y cuándo exim e de
responsabilidad?
Consiste la violencia en la fuerza superior y ma­
terial que se hace á nuestros órganos para obligarnos
á com eter ú om itir alguna acción. S i la fuerza em ­
pleada al efecto es m oral, recibe el nom bre de coac­
ción. La violencia incontrastable exim e por comple­
to de responsabilidad: la coacción únicamente la
atenúa.
¿Qué son hábitos morales y cóm o influyen en
la responsalidad?
Son las costumbres buenas ó malas y ni aquellas
disminuyen la bondad, ni éstas la m alicia de la ac­
ción; de manera que el agente es com pletam ente
responsable de la acción habitual.
120
¿Q ué es concupiscencia, cóm o se divide y de
qué manera influye en la responsabilidad?
Damos el nombre de concupiscencia al apetito
desordenado de bienes y goces sensibles; puede ser
antecedente, consiguiente, leve, grave y gravísim a;
y la antecedente no excusa del pecado por causa de
ella com etido, pero la grave y la gravísim a pueden
atenuar la responsabilidad del pecador,
¿Cóm o influyen las pasiones en la responsabi­
lidad?
Los prim eros m ovim ientos pasionales, ciegos y
violentos, exim en de responsabilidad; pero no los
segundos, que ¿ lo sumo la atenúan,
¿En qué consiste el miedo y cóm o influye en
la responsabilidad?
Consiste el miedo en el temor infundido en el
ánimo por un mal con el que se nos amenaza. E l
m iedo grave atenúa la responsabilidad.
Tercera sección de la Nomología.

C r i t e r i o d e ta tn + r a t í d a d .

C A P ÍT U L O L X X V I.

F a ls a s te o ría s a c e r c a del criterio


y esencia. <Je la. m o ra lid a d ,

S 4 1 , D e f in ic ió n d e l c r i t e r i o d e l a
m o r a lid a d .—-Ya en Lógica (30 0 ) tomamos la
palabra criterio en dos acepciones distintas, es
decir, en sentido subjetivo como la facultad de
que nos servimos para juzgar con acierto de las
cosas, y así entendida, el entendimiento con
sus diferentes facultades es el criterio por exce­
lencia; y en sentido objetivo como el motivo,
razón ó nota característica que nos sirve de
norma para distinguir lo verdadero de lo falso
y en el orden moral lo bueno de lo m alo. Po­
demos pues dividir el criterio moral en subjetivo
y objetivo y definir, con el P. Mendive*, el sub­
jetivo diciendo, que es ala facultad cognosciti-

x EUmetíios de Ética General^ pág. 86, Valladolid,


1884,
122

va con que discernimos entre el bien y el mal


m oral»; y el objetivo: «aquella propiedad ob­
jetiva que nos sirve de norma para distinguir lo s
objetos honestos de los inhonestos y de los in ­
diferentes.» El criterio lógico se refiere, pues, ¿
la verdad ó falsedad de los juicios, así como el
criterio moral dice relación á la bondad ó ma­
licia de las acciones,
Del escepticismo moral*—Todo
escepticismo, tanto lógico como moral, entraña
incredulidad, dudas, vacilaciones, desconfianza
en nuestros conocimientos, negación de que
la certeza sea posible, diferenciándose, no obs­
tante, en que así como el primero se refiere á~
la verdad ó falsedad de las cosas, el segundo
dice relación á la bondad ó malicia de las ac­
ciones* De donde se sigue que, en rigor, el es­
céptico lógico niega la existencia objetiva de la
verdad y el escéptico moralista la de la bondad;
pero como uno y otro tienen que reconocer
que subjetivamente hablando los hombres todos
creemos instintivamente en la verdad y en la
bondad, de aquí las múltiples y variadas teorías
para explicar, unos* cómo las ideas morales se
van fabricando en la mente, sin corresponden­
cia objetiva y real alguna y para sostener, otros,
teorías, más ó menos absurdas, acerca de la
esencia de la moralidad, desconociendo unos y
otros la verdadera doctrina y los principios ver-:
daderos para la inteligencia de hecho tan com ­
plejo como importante.
5 4 3 . Principales teorías inventadas
para explicar la esencia de la morall*
d a d .—Son muchas: no hay filósofo algún tan­
to original é importante, que no se haya creído
obligado á explicar la moralidad á su manera.
Únicamente diremos algo acerca de las teorías
de Hobbes, Sm ith, Bentham, Stuart Mili, Spen-
cer, Saint-Lamberr, Kam y Puffendorf, por con­
siderar todas las demás comprendidas en éstas,
ya que 110 en sus detalles todos, al menos en
sus fundamentos y principios más importantes.
Teoría de Hobbe&t su refuta-
c tó n .-* L a teoría filosófico-moral del inglés
Tom ás Hobbes*, en alto grado sensualista y uti­
litaria, puede condensarse en las dos afirmaciones
siguientes: i." En el estado primitivo ó natural
del hombre, que es la guerra, todo lo que agra­
da y conviene es bueno y lícito, y todo lo que
desagrada y perjudica es malo é ilícito. 2 / En
el estado social ó de paz, es bueno y licito todo
lo que preceptúan las leyes, costumbres, ins­
tituciones, etc., y malo é ilícito todo lo que
prohíben. En otros términos, según Hobbes el

1 Nadó en 1588 y murió ea 1679.


124

hombre tiene un derecho ilimitado á todo cuan­


to pueda proporcionarle goces y utilidad» pero
como al apoderarse de los bienes que anhelaba,
tuvo que habérselas con otros hombres que,
con derecho igual, querían lo mism o, de aquí la
lucha ó guerra de todos contra todos ( bellum
omttium contra omnes), que es lo que Hobbes lia-
ma estado primitivo ó natural. Comprendien­
do, sin embargo, que la-guerra es la negación de
toda tranquilidad y goce, por convenio unos y
por conquista otros, pasaron los hombres al es­
tado social, renunciando á parte de sus goces
para asegurarse la pacífica posesión de los res­
tantes. Este segundo y nuevo estado trajo con­
sigo el poder público, las leyes, instituciones,
costumbres, etc., en las cuales coloca Hobbes
la suprema razón de la moralidad y del derecho.
Contra tan absurda teoría, militan las conside­
raciones siguientes:
1 / L o agradable y lo bueno son cosas dife­
rentes; tanto que siempre las han distinguido,
no solamente los sabios, sino también el vulgo
y hasta el sentido común. En muchas ocasiones,
la bondad está en razón directa del sacriñcio que
cuesta ejecutar las acciones buenas, siendo uni­
versalmente reconocidas por tanto más merito­
rias y excelentes, cuanto son más violentas y
desagradables. A l refutar la teoría de Bentham
125

quedará también refutada la de Hobbes en lo


que tiene de utilitaria.
2." La conciencia se subleva contra la afir­
mación de que la moralidad tiene sii origen en
las leyes é instituciones humanas, hasta el punto
de que sea bueno lo que la ley humana precep­
túa y malo lo que prohíbe, pues precisamente
sucede todo lo contrario. La ley es buena ó ma­
la, verdadera ley ó violencia tiránica, como de­
cía Santo Tom ás, según que sea moral ó inmo­
ral. Supóngase por un momento que hubiese un
legislador tan desatentado que preceptuase el
parricidio, la calumnia y la desobediencia, y
prohibiese el amor filial, la caridad y la grati­
tud: ¿lograría acaso que, en la conciencia de los
hombres, lo primero fuese huno por haber sido
mandado legalmente, y lo segundo malo por
haber sido legalmente prohibido? De ninguna
manera.
3 .* Los primeros principios y verdades mo­
rales son absolutos, eternos, inmutables, ante­
riores y posteriores á la humanidad misma,
comunes á todos los países y á todos los pueblos
y no sujetos, por último, á variaciones hijas de
las circunstancias. ¿Sucede con la legislación
humana lo mismo? Cada nación tiene la suya
especial, que modifica A medida que el tiempo,
las nuevas necesidades y costumbres lo red a -
136
man. ¿Cóm o, pues, se pretende encontrar el
origen de una cosa absoluta y permanente, co­
mo es la moralidad, en otra relativa y variable,
como son las leyes é instituciones humanas?
4.* Por último, la teoría moral de Hobbes
es absurda porque descansa sobre principios fal­
sos. Es falso que el estado natural del hombre
sea la guerra; falso que la fuerza sea el derecho
único de las sociedades; y falso también que el
hombre viva voluntariamente en sociedad en
virtud de pactos ó conquistas.
B 45. Teoría de Smithr su refutación.
El filósofo escocés Adam Smith* cambió de rum­
bo y no fué, como Hobbes, á buscar la razón
de la moralidad fuera del hombre, sino que
supuso que estaba dentro del hombre mismo y
afirmó que la había encontrado en los sentimien­
tos simpáticos ó antipáticos. De manera que,
según esta teoría sentimentalista, bueno y licito
es todo lo que nos es simpático y malo é ilíci­
to todo lo que nos es antipático. Se refuta fá­
cilmente notando:
r .° Que confunde la moralidad, cuya exis­
tencia objetiva hemos demostrado (4 7 3 ), con
los sentimientos simpáticos ó antipáticos, los
cuales sólo tienen realidad subjetiva.

1 Nació en 1727 y murió en 1790.


127
2 .° Q u e d ic h o s sen tim ie n to s se su b o rd in an
siem p re al ju ic io p re v ia m e n te fo rm a d o a c erca
de la m o ra lid a d de las a c c io n e s, p o r lo q u e en
e l ju ic io y n o en la sim p atía ó an tipatía se d eb ía
b u scar el o rig e n d e la m o ra lid a d .
3-° Que no son los sentimientos la causa
ocasional de las ideas morales, sino á la inversa.
4 .° Los sentimientos simpáticos ó antipáti­
cos son variables, contingentes y relativos, por
cuya razón son inútiles para criterio de la m o­
ralidad, la cual es por naturaleza invariable,
absoluta y necesaria.
5 .0 L a simpatía y antipatía son tan multi­
formes y personales, que en ningún caso pue­
den considerarse como regla segura é infalible
de nuestra conducta moral. Alguna vez ocurre,
por el contrario, q u e la rectitud de carácter y el
constante y firme cumplimiento de nuestros de­
beres, nos acarrean las antipatías de nuestros
semejantes.
5 4 6 . T e o r í a d e B e n th n x n : s u r e f u t a ­
c ió n .—En la antigüedad Carnéades y Epicuro,
y en los tiempos modernos Hobbes, Helvecio,
y el jurisconsulto inglés Jerem ías Bentham1 han
sido los principales defensores de la teoría uti­
litaria. Bentham tuvo, sin embargo, ingenio su-

* Nació en 1748 y murió en 1832,


128
ficiente para sistematizarla de tal manera, que ob­
tuvo celebridad y prosélitos. Fundábanse aqué­
llos en el placer, y éstos en el interés bien en­
tendido, tanto privado ó individual como público
ó colectivo, y por interés bien comprendido en­
tienden, lo mismo los partidarios de la utilidad
privada que los de la pública, la propiedad que
ciertas acciones tienen de aumentar el bienestar
material. De manera que, para Bentham y se­
cuaces, bueno y licito es todo lo útil y malo é
ilícito todo lo perjudicial. De donde resulta, que
la escnela utilitaria, reduce todo el criterio de la
moralidad á comprender y aplicar bien lo que
ha de entenderse por interés ó utilidad. Pero,
como á veces no pueden conciliarse la utilidad
privada ó individual con la pública ó social y la
apreciación utilitaria es difícil, Bentham intentó
resolver ambas dificultades de la siguiente m a­
nera:
n) N iega, en primer lugar, el antagonismo
entre la utilidad privada y la pública, sostenien­
do que por puro amor propio ó egoísmo prac­
tica el hombre la simpatía, filantropía y bene­
volencia universal, para que se le corresponda
de la misma manera, fundiéndose en uno de
este modo ambos intereses, el individual y el
social.
b) En cuanto al segundo problema, cree el
139
filósofo inglés haberlo resuelto con la invención
de sú ^Aritmética moral. Para determinar el va­
lor de un placer hay que atender, según él, á
siete condiciones: cuatro relativas d la persona
que obra y tres que son consecuencia de su
acción. Las primeras son la intensidad, la du­
ración, la certeza y la proximidad; las últimas
la fecundidad, la pureza y la extensión 1.x
Semejante doctrina es insostenible:
1 .® Porque la utilidad y la moralidad han
sido y son cosas esencialmente distintas para
los hombres todos de todas las épocas. Accio­
nes hay útilísimas, que son, sin embargo, ma­
las, p. ej. la quiebra fraudulenta; y , por elcon -
trario, ciertas acciones perjudican al individuo,
como perder la vida'en cumplimiento de un
deber, ó d todo un pueblo, como una guerra
justa, y no sólo las considerarnos buenas, sino
hasta, heróicas.
2 .° E l interés es variable, contingente 3^ re­
lativo; y la moralidad y justicia son, por natu­
raleza, invariables, absolutas y necesarias.
3 ,0 Bentham reduce la Moral ¿ un cálculo
aritmético complicadísimo, que pocos pueden
llevar i cabo; mientras que la noción del deber

1 Ética y ‘Derecho 'Njtturál, por Eleizalde, págs. 105


y 106. Madrid, 1886.
130
se presenta claramente y sin dificultad alguna
en toda conciencia. Es, pues, un absurdo bas­
car en la utilidad el principio y fundamento del
deber.
4 .0 La utilidad pública no ofrece menos in­
convenientes que la utilidad privada, pues am­
bas son variables en sumo grado y difíciles de
apreciar, y aquella incompatible, á veces, con
los deberes de los pueblos y con la propiedad
individual.
5 .0 T odo lo que es bueno es también útil
en absoluto y relativamente bajo algún aspecto;
pero no todo lo que es útil es siempre bueno.
La utilidad bien entendida depende del bien;
pero el bien no depende de la utilidad.
6 ,9 La razón y hasta el sentido común con­
denan con indignación y energía, lo mismo i
los individuos que á los pueblos egoístas, los
cuales dentro de la teoría utilitaria serían los ti­
pos más morales y perfectos.
Resum en.
¿Qué se entiende por criterio de la moralidad?
Subjetivamente, la facultad de discernir lo bueno
dedo malo, lo lícito délo ilícito; y objetivamente, la
propiedad ó nota característica de las acciones que
nos sirve de norma para calificará unas de honestas
y licitas y á otras de torpes é ilícitas.
¿En qué consiste el escepticismo moral?
3JI
En desconocer la verdadera esencia de la m ora­
lidad, inventando teorías, más ó m enos perniciosas
y falsas, para explicar este hecho com plejo, perú
rfal.
¿Cuántas y cuáles son las principales teorías in ­
ventadas para explicar la esencia de la moralidad?
M uchas; pero únicamente diremos algo de las
de H obbes, Sm ith, Bentham, Stuart M ili, Spencer,
Saint-Lam bert, Kant y Puffendorf.
¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoría de
Hobbes?
La -teoría filosófico-m oral del inglés T om ás
Hobbes, en alto grado sensualista y utilitaria, puede
condensarse en las dos afirmadones>siguientes; j E q
el estado prim itivo ó natural del hom bre, que es lia
guerra, todo lo que agrada y conviene es bueno y
lícito, y todo lo que desagrada y perjudica es malo
é ilícito. 2 ,4 En el estado social ó de paz, es bueno
y lícito todo lo que preceptúan las leyes, costum ­
bres, instituciones, etc., y malo é ilícito todo lo que
prohíben. Esta teoría es absurda, porque descansa
sobre principios, no solamente hipotéticos, sino fa l­
sos; porque confunde lo agradable y útil con lo
bueno, que son cosas diferentes, y ^porque deriva la
moralidad de la ley, cuando ésta depende de aquélla.
¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoría de
Sm ith?
E l filósofo escocés Adam Smith cambió de ru ip -
b o y no fué* com o H obbes, ¿ b u sc a r,la razón de la,
moralidad fuera del hom bre, sino que supuso que
132
estaba dentro del hombre mismo y afirmó que la
había encontrado en los sentimientos simpáticos ó
antipáticos. De manera que, según esta teoría sen­
timentalista, bueno y lícito es todo lo que nos es
sim pático, y malo é ilícito todo lo que nos es anti­
pático. Se refuta fácilmente notando, que los senti­
m ientos sim páticos ó antipáticos son variables, con­
tingentes y relativos, por cuya razón son inútiles
para criterio de la moralidad, la cual es por natura­
leza invariable, absoluta y necesaria.
¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoría de
Bentham?
En la antigüedad Cam éades y Epicuro, y en los
tiem pos modernos Hobbes, H elvecio y Bentham
han sido los principales defensores de la teoría utili­
taria. El jurisconsulto inglés Jerem ías Bentham tuvo,
sin em bargo, ingenio suficiente para sistematizarla
de tal manera, que obtuvo celebridad y prosélitos.
Fundábanse aquéllos en el placer, y éstos en el in­
terés bien entendido, tanto privado com o público.
De manera que, para Bentham y secuaces, bueno y
justo es todo lo útil, y malo ¿ injusto todo lo perju­
dicial. L a utilidad bien entendida es, por lo tanto,
según esta escuela, el criterio único de la morali­
dad. Sem ejante doctrina es insostenible porque la
utilidad y la moralidad han sido y son cosas esen­
cialmente distintas para los hombres todos, de todas
las épocas.
C A P IT U L O L X X V I L

C ontin uación ele la.a teoría s í o.le a s y c r i­


terio v e r d a d e r o de la. rn.oralLcla.cl.

S 4 ? . T e o r ía d e S tu a p t M ili: s u r e fu ­
t a c i ó n .—Bentham cifra la esencia de la mora­
lidad en la cantidad de bienestar ó de placer, tanto
individual como social, que las acciones produ­
cen, de donde su teoría de la utilidad bien enten­
dida; pero Stuart Mili1 considerando grosero di­
cho utilitarismo, prefiere el placer nujor al ma­
yor, é introduce el principio de la cualidad en la
apreciación de los placeres. Gracias á este prin­
cipio, su moral se eleva algún tanto, diferencián­
dose del sensualismo grosero de Epicúreo por
haber introducido en ella ciertos elementos es-
tóicos y hasta cristianos. Sepárase también Stuart
Mili de Bentham, en la apreciación de la harmo­
nía que ha de existir entre el placer individual y
el social, entre el interés privado y el público.
Según Bentham, no hay conflicto posible entre

1 Nació en 1806 y murió en 1840.


1J4
ambos intereses: por puro egoísmo somos bené­
volos y benéficos para con nuestros semejantes.
Según Stuart M ili, por vivir el hombre en socie­
dad, todo acto suyo es como una mezcla de acti­
vidad individual y social y al pensar en su propio
bien no puede menos de pensar igualmente en
el bien de los demás, pasando de esta manera
insensible del egoísmo al altruismo1, de donde la
natural tendencia á procurar igualmente la feli­
cidad propia y ajena, hasta el punto de que,
cuando se presenta el conflicto, al menos aparen­
te, debemos de proceder con la imparcialidad más
extricta. Semejante utilitarismo modificado es
tan falso como el de Bentham:
a) porque, aunque por un lado reduce la mo­
ralidad al placer mejor y no al mayor, la apre­
ciación de la bondad del placer necesariamente
ha de ser tan variable y relativa como las incli­
naciones, costumbres, temperamento y hasta
educación del que dicha apreciación haga;
b) porque coloca la moralidad en elementos
■únicamente subjetivos, cuando hemos demostra­
do, y hasta es de sentido común, que tiene rea­
lidad objetiva;
c) y porque, al recurrir á personas compe-

* Palabra inventada por Comte y que, entre los posi­


tivistas, quiere decir inclinación ó amor al bien de otro.
*35
tentes para que enere dos-placeres determinen
cuál es el mejor por su cualidad de ser m is
apetecible, ó pone el criterio de la moralidad en
el capricho de los hombres llamados competen­
tes, ó reconoce implícitamente en las cosas y
acciones cierta bondad intrínseca y objetiva, que
las hace más ó menos dignas de ser apetecibles,
con lo cual viene á tierra toda su teoría m oral
fundada sólo en la cualidad subjetiva del placer.
5 4 8 i T e o r ía d e S p e n c e r: s u re fu ta ­
c ió n ,—L a moral evolucionista, hoy tanto ó más
en boga que la moral universal, también llama­
da independientej puede personificarse en el fe­
cundo y original escritor inglés contemporáneo
Herberc Spencer1 , que por antonomasia pudie­
ra llamarse el filósofo de la evolución. En efecto,
Spencer «comienza por distinguir y señalar tres
grandes fases de esta ley universal, que son: a) la
evolución inorgánica, que se refiere á la generación
y desarrollo de los astros y de la tierra, b) la evo­
lución orgánica, qué comprende los fenómenos,
manifestaciones y desenvolvimiento de la vida
considerada en los individuos (biología y psico­
logía) ú organismos particulares, y c) la evolu­
ción supraorgánica, comprensiva de los fenóme­
nos que entrañan la cooperación y acciones de

1 Nadó en i820 y creo que vive aún.


136
muchos individuos1» T an completo evolucionis­
mo contiene, en el fondo, un mecanicismo o dé-
terminismo absolutos, según el cual las cosas to~ ,
das, el hombre inclusive, son en cada lugar y
momento lo que deben de ser y no pueden ser
mas que lo que son, ocupando cada una su nivel,
con precisión matemática. L a humanidad del si­
glo X IX se encuentra en la etapa correspondien­
te d su evolución, como un individuo cualquie­
ra, en lugar y momento dados, está en el punto
que corresponde á su desarrollo moral, del m is.
mo modo que un puñado de materia cósmica,
en camino de convertirse en astro, se encuentra
en el estado preciso correspondiente d su desa­
rrollo sideral. Infiere de aquí, que las ideas co­
rrientes de moralidad, bieu, mal, deber, ley, et­
cétera, son falsas, imposibles, contradictorias y
afirma que, para explicarlas y comprenderlas,
necesario es acudir, como para todo, i sü teoría
favorita de la evolución. ¿Por qué proceso evo­
lutivo, se pregunta á sí inismó, ha penetrado en
el espíritu la noción de la ley moral? Cuestión
que pretende resolver con su teoría de los tres
frenos, ó tres temores, que son: i . ° el temor al
legislador visible; 2 ° el temor al legislador in -

1 Historia dt la Filosofía, por el P. Zeferino González,


tomo III, pdgs. 392 y 393. Madrid, 1879,
137
visible, y 3 .0 el temor A la sociedad en g e n e ral.
«Siempre que un individuo, añade, se abstiene
de hacer aquello que desea por temor al castigo
legal, á la venganza divina ó á la reprobación so­
cial, renuncia A un placer próximo por miedo á
un castigo lejano.» No es posible seguirle en el
proceso evolutivo de los tres frenos dichos, con
los cuales pretende explicar el origen y desarro­
llo del respeto á la autoridad temporal, de la idea
religiosa y de la idea moral. Basta advertir, que
consistiendo para Spencer la buena conducta en
general de todo viviente, en la adaptación eficaz
de los medios al fin, y el progreso evolutivo, en
la dirección cada vez más acentuada y precisa
lucia un fin, la buena conducta moral consiste
de igual manera en la adaptación eficaz de las
acciones humanas al triple fin de la conservación
individual, de la conservación de los descendien­
tes y de la cooperación de las actividades del in­
dividuo con las de sus semejantes todos al per­
feccionamiento social. Ahora bien, para que el
hombre quiera estos tres fines, personal, fami­
liar y social, preciso es que se le presenten como
un bien; pero ¿qué es el bien para los evolucio­
nistas? Spencer concluye diciendo, que el bien es
el placer ó más exactamente toda sensación agra­
dable y mal ó dolor toda sensación penosa. S e ­
mejante teoría, sensualista y utilitaria en el fon ­
i}8
do, como todas las que han logrado resonancia
y conseguido adeptos en todas las edades, se re­
futa fácilmente notando:
i . ° Que niega la realidad objetiva de la mo­
ralidad, ya probada (4 7 3 ), y reduce el bien al
placer y el mal al dolor, cuando, como sabe­
mos, son cosas enteramente distintas.
2.9 Que destruye el libre albedrío y la res­
ponsabilidad moral, por lo tanto, sin los cuales
00 hay moralidad posible, porque, en efecto,
colocado el hombre como las cosas todas en su
correspondiente etapa, é influido y determinado
necesariamente en su evolución supraorgánica
social por elementos extrínsecos, tales como el
clima, la flora, la fauna, la topografía del país,
la calidad de sus producciones y por otros in­
trínsecos, como sus caracteres fisiológicos y mo­
rales, su salud, su sensibilidad más ó menos viva,
su grado m ayor ó'menor de inteligencia, etc., la
acción humana no es ni puede ser nunca resul­
tado de determinaciones conscientes, volunta-
rías y responsables, sino producto del supuesto
mecanicismo que regula tanto el mundo moral,
como el físico, y el vicioso y criminal asciende
a la categoría, de desgraciado ó enfermo.
3 .0 Que la teoría evolucionista, aplicada i
la moral, está en contradicción abierta con cuan­
to sobre el asunto nos dicen las tradiciones y la
IJ9
historia, pues en todo tiempo y lugar, tanto en­
tre salvajes como en sociedades cultas, las accio­
nes notoriamente malas ó buenas han sido con­
sideradas y lo son aún como tales, sin que res­
pecto á su apreciación se note perfeccionamiento
evolutivo, ni cambios de ninguna clase. L a evo­
lución es relativa y variable: la moralidad, por
el contrario, absoluta y permanente.
K $ 9 . T e o r í a d e S a i n i- L a m b e H i s n r e ­
f u t a c ió n .—Prescindiendo de todo orden cro ­
nológico, nos ocuparemos ahora en el examen
de las teorías al parecer m is fundadas, aunque
falsas también, porque conviene dilucidar por
completo cuestión de transcendencia tanta. F i­
gura entre ellas la de Saint-Lambert1 , que coló-
ca el origen y fundamento de la moralidad en las
opiniones de los pueblos, como si dijésemos en
el sufragio universal, separándose en esto de Hob­
bes y Rousseau que la derivaban de la voluntad
del legislador. Semejante teoría es insostenible,
porque las opiniones de los pueblos, es decir, la
opinión pública se compone sencillamente de las
opiniones de muchos individuos, y de la misma
manera que éstos pueden equivocarse, resultan­
do sus opiniones individuales falsas, puede equi­
vocarse también un pueblo entero, resultando

1 Nació eo 171 7 y murió en 1803.


140
igualmente falsa la opinión pública. Sólo así se
explican los sacrificios humanos, la antropofagia,
la esclavitud y otras aberraciones generalizadas
y admitidas en ciertos pueblos. La tendencia mb-
dema á resolver cuestiones gravísimas por la opi­
nión pública ó sufragio universal, si no fuese per­
niciosa, sería ridicula, pues sabido es que las
muchedumbres, como la moneda de cobre, pe­
san muchísimo y valen poco ó nada. Y no se
confúndala opinión pública, es decir, las opinio­
nes délos pueblos, variables en grado sumo, con
el consentimiento universal y constante del g é ­
nero humano, que puede ser y es casi siempre
manifestación característica de la verdad. Si la
teoría de Saint-Lamberc fuese cierta, tendríamos
tantas morales como pueblos y épocas históricas,
siendo así que la moral ha sido, es y será siem­
pre la misma.
550. Teoría de K ant: so refutación.
El racionalismo contemporáneo, con su pontífi­
ce Manuel Kant1 á la cabeza, coloca en la razón
humana y sólo en la razón, la norma, el origen
y fundamento de la moralidad. Para K ant, la ley
moral comprende dos deberes fundamentales,
que son: el de perfeccionarse á sí mismo y el de
procurar la felicidad de los otros. Pero la ley mo-

1 Nació en 1724 y murió en 1804.


141
ral no es objeto, término y fin de la acción, sino
regla subjetiva de la moralidad y máxima general
determinante de la voluntad, que puede resolver­
se en el siguiente principio ó imperativo categóri­
co: «Obra de manera que la máxima de tu vo­
luntad pueda servir al propio tiempo como prin­
cipio de legislación universal», sentencia que
entraña el racionalisrnomáscompleto, pues equi­
vale á decir: obra en conformidad con el dicta­
men de tu razón y de manera que tu conducta
pueda servir de ejemplo á los demás. Semejante
teoría es falsa:
a) porque la razón, como rizón y norma de
la voluntad, no tiene el valor absoluto necesario
parala determinaciónrde la moralidad, valor que
únicamente puede otorgársela, considerándola
como reflejo, manque pálido, de la razón divina;
b) porque la razón por sí misma no tiene po­
testad de superior con respecto d la voluntad y
no puede, por lo tanto, imponerle mandato ó ley
que no tenga su fundamento en esfera más alta;
c) y porque confunde lastimosamente los
oficios de la razón, impotente para crear la ver­
dad y sólo sí encargada de discernirla. «El abr
surdo del racionalism o, como dice Stahl1, con-

1 S im ia delia Filcsojia del D ir itto , tradotta da Pietro


Taire, lib. 3 .° , ses. 4.*, cap. II. Tormo, 1B53.
142
siste en que toma el órgano d éla verdad por Ja
verdad misma.»
(S 5S 1 . T e o r í a d e P u f f o n d o r f : s u r e f u ­
t a c i ó n .—El alemán Samuel Puffendorf1 se re­
montó d esferas más altas y supuso que todos
los actos libres del hombre son moralmente in ­
diferentes por su misma naturaleza, dependiendo
la moralidad de las acciones de k libre voluntad
divina. Según esta teoría, es bueno ó malo lo
que Dios quiere que lo sea y como tal lo pre­
ceptúa ó prohíbe; pero esto no es exacto. Dios
preceptúa, al contrario, ciertas acciones porque
son buenas y prolúbe otras porque son malas»
sin que, en rigor, pueda, sostenerse nunca que
la moralidad depende de k libre voluntad divi­
na. En efecto, si así sucediese, Dios podría que­
rer y por lo tanto hacer que las acciones abso­
lutamente bueuas, como amar d D ios, respetar d
los padres, etc., fuesen malas, y por el contra­
rio las acciones absolutamente malas, como
odiar A D ios3 aborrecer d los padres, etc., fuesen
buenas; que nada fuese bueno ni m alo; y , por
último, que lo que hoy es buejio se convirtiese
en malo y lo malo en bueno, con' el transcurso
del tiempo. Todo esto repugna d la razón y es
además contrario d la misma santidad divina;

1 Nació en i 6 j i y murió en 1694.


T43
luego no hay que buscar tampoco el criterio de
la moralidad en la libre voluntad de Dios, según
quería Puffendorf. Además, Dios pudo induda­
blemente no crear al hombre; pero después de
haberle otorgado Ubérrimamente la existencia,
tuvo que formarle con arreglo al fin que le es
connatural, sucediendo lo mismo con los demás
seres, pues las esencias de las cosas son absolu­
tamente necesarias é inmutables. Aunque parez­
ca, pues, á simple vista ortodoxa, la teoria de
Puffendorf es también falsa.
5 5 2 , V e r d a d e r a e s e n c ia y c r it e r io
v e r d a d e r o «le l a m o r a li d a d .— Com o el
principio de la verdadera moralidad ha de ser
infalible, indefectible y capaz de obligar en con­
ciencia, afirmamos con el Doctor Angélico que
la esencia de la moralidad consiste: i . ° en la
conformidad del acto con la ley eterna1j y 2 .a en la
conformidad del acto con la recta ra^ón*. En efec­
to, el bien honesto (499), digno de ser amado
por si mismo, dice siempre relación á la natu­
raleza racional que lo ama; de manera que las
acciones del hombre, que se gobierna por la ra­
zón, serán buenas ó malas según que se confor­
men ó nó con las exigencias de la razón m ism a,

1 Tritita SecuuAaty q. 104, a. 5,


9 ibid., q. n i , a. 6.
M4
la cual conoce el orden que debemos seguir si
queremos lograr nuestro fin último. Por lo tan­
to, el verdadero criterio subjetivo de la morali­
dad es la razón humana, no como tal razón, se­
gún quería K ant, sino en cuanto, por ser par­
ticipación y reflejo de la razón divina, conoce
el verdadero bien é ilustra á la voluntad para
que lo ame. «La bondad de la voluntad, dice
el Doctor Angélico, depende de la intención del
fin; pero el fin último de la voluntad humana
es el Bien sumo, que es D io s... luego para el
bien de la humana voluntad se requiere queest¿
ordenada al Bien sumo1 .» Esto da á la morali­
dad un carácter permanente y absoluto, que la
hace incompatible hasta con la libre voluntad
de D ios, contra lo que suponía Puffendorf. De
aquí la inmutabilidad de los principios y pre­
ceptos de la moral, los cuales están virrualmen-
te contenidos en la siguiente fórmula: E l bien
debe ser amado y practicado, y el mal odiado y omi­
tido; ó como decían los escolásticos: Bonurn est
faciendum el prosequendum et malumvitandum.

1 Bonitas voluntatis dependet ex inteutione finís. Fi­


nís auiem ultitnus voluntatis human ae est summum Bo-
num, quod est Deus... Requintar ergo ad bonitatem
liumanae voluntatis quod ordinetur ad summum Boncrn.
Primo Sectindae, q. 19, a. 9.
145
N o se infiera de lo dicho, que el verdadero
criterio subjetivo de la moralidad, ó sea la ra­
zón humana, es facultad distinta del entendi­
miento, antes al contrario, tomamos aquí la
palabra entendimiento en sentido lato y soste­
nemos que es el entendimiento mismo, funcio­
nando unas veces intuitivamente para la apre­
ciación de los primeros principios morales y
discursivamente, otras, para inferir los princi­
pios secundarios y sacar las consecuencias. De
donde se sigue, que cuautos dan á dicho crite­
rio el nombre de sentido moral y lo consideran,
con la escuela escocesa, potencia orgánica é ins­
tintiva, se equivocan lamentablemente y con­
funden las ideas ó conceptos morales, que son
representaciones inteligibles, con las represen­
taciones ó especies sensibles de que es capaz
hasta el mismo bruto, la bondad ó moralidad
material con la formal.
Resumen.

¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoria de


Stuart Mili?
Este publicista inglés modificó el utilitarismo
sensualista, prefiriendo el placer m ejor al placer ma­
yor y sosteniendo, que el hombre pasa insensible­
mente del egoísm o al altruismo. Contra esta teoria
militan todas las razones apuntadas contra el utilita­
rismo de Bentham, siendo falsa además porque po-
10
146
ne el fundamento de la moralidad en el capricho de
las personas competentes, que son en definitiva las
llamadas á determinar cuál es el placer mejor y el
preferible, por lo tanto.
¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoría de
Spencer?
Explica Spencer su moral evolucionista por la
teoría de los tres frenos ó temores al legislador vi­
sible, al legislador invisible y á la sociedad en gene­
ral, sosteniendo que cada individuo, lo mismo que
cada pueblo, se encuentran en la etapa precisa de su
evolución m oral, determinada por elementos extrín­
secos é intrínsecos. La moral evolucionista es ab­
surda, porque niega la realidad objetiva de la mora­
lidad, destruye el libre albedrío y está desmentida
además por la historia y las tradiciones.
¿En qdé consiste y cóm o se refuta la teoría de
Saint- Lambert?
Consiste en colocar el origen y fundamento de
la moralidad en las opiniones de los pueblos, ó sea
en la opinión pública, y se refuta notando, que di­
cha opinión se compone de las opiniones individua­
les y asi com o éstas son muchas veces falsas, tam­
bién lo es aquélla, quedando de esta manera redu­
cida la moralidad al capricho de las muchedumbres
ignorantes, viciosas y fanáticas.
¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoría de
Kant?
Consiste en suponer, que la razón humana es
nortna única de nuestra conducta y que por si mis­
*47
ma tiene potestad de superior para obligar á la vo­
luntad; y se refuta viendo, que la razón, com o ra­
zón, no puede ser regla absoluta de moralidad, sino
sólo com o participación ó reflejo de la razón increa­
da y que el racionalismo confunde el instrumento de
la verdad con la verdad misma.
¿E n qué consiste y cóm o se refuta la teoría de
Pnffendorf?
Busca este escritor el origen y fundamento de la
moralidad en la libre voluntad divina y según esta
teoría, es bueno ó malo lo que Dios quiere que lo sea
y com o tal lo preceptúa ó prohíbe; pero esto no es
exacto. D ios preceptúa, al contrario, ciertas accio­
nes porque son buenas y prohibe otras porque son
malas, sin que, en rigo r, pueda sostenerse nunca
que la moralidad depende de la libre voluntad di­
vina,
¿Cuál es la verdadera esencia y el criterio subje­
tivo de la moralidad?
Com o el principio de la verdadera moralidad ha
de ser infalible, indefectible y capaz de obligar en
conciencia, afirmamos con el Doctor A n gélico que
la esencia de la moralidad consiste: i . ® en la con­
formidad del acto con la ley eterna y 2 . 0 en la con­
formidad del acto con la recta razón. Por lo tanto,
el verdadero criterio de la moralidad es la razón hu­
mana, que, por ser participación y reflejo de la ra­
zón divina, conoce el verdadero bien, é ilustra i la
voluntad para que lo ame.
SEGUNDA PARTE

D E O N T O L O G lA .

C A P IT U L O L X X Y III.

P r e lim in a r e s .

Definición de la Deontología.
Derívase la palabra deontologia, del griego (o d(0n
(t¿ Ziryj) el deber, y de logos 0 h r^) tratado, }■ equi­
vale por lo tanto á tratado de los deberes. De
manera, que podemos definir la Deontologia^
Ética especial ó Moral práctica diciendo, que «es
aq u e lla segunda parte de la Ética, que h a cien d o
aplicación de los principios sentados en la N o­
mología, trata de los deberes especiales del h o m ­
bre.» N o falcan autores muy .respetables (el
P . Mendive p. ej.), que estudian en este tratado
las relaciones morales, no solamente del deber,
sino también del derecho que unen áu n os hom ­
bres con otros hombres y á todos con su Cria­
dor, dándole entonces el nombre de Derecho N a ­
149
tura!; pero, tanto para que no resuke esta asig­
natura con extensión impropia de la segunda
enseñanza, cuanto porque siendo correlativos no
es posible exponer los deberes sin decir alijo de
los derechos, conservamos nuestra denom ina­
ción primera y apuntaremos únicamente lo más
importante respecto á estos últimos.
^ 5 4 . C la s ific a c ió n d e lo s d e b e r e s e s ­
p e c i a l e s .—Prescindiendo de la ya conocida
(5 2 7 ) división de los deberes en primitivos y
derivados, positivos y negativos; por el sujeto á
que se refieren y la clase de relaciones donde se
originan, podemos clasificarlos deberes especia­
les del hombre en religiosos, individuales y socia­
les> ó lo que es igual, en deberes del hombre para
con Dios, para consigo mismo y para con los demás.
Deberes religiosos son aquellos que proceden de
las relaciones que eL hombre, como criatura, tie­
ne y no puede menos de tener con D ios, que es
su Criador: v, gr.«el deber de amarle, darle cul­
to, etc. Individuales son aquellos que afectan i.
una sola persona, de la cual son inseparables has-
ta en la hipótesis de que el hombre pudiera v i­
vir solo, fuera del trato social: p. ej* comer para
vivir, no atentar contra la salud y vida, etcéte­
ra. Sociales, por el contrario, son los que dicen
referencia d dos ó m is personas y dependen in -
mediatamente del recíproco comercio, que no
1 50
pueden menos de tener los hombres entre sí:
p. ej» rodos los deberes que los hijos tienen para
con sus padres, las mujeres para con sus mari­
dos, los criados para con sus amos, los súbdi­
tos para con el soberano y los fieles para con la
Iglesia.
5 5 5 . E ti r i g o r to d o s lo s d e b e r e s s e
r e f ie r e n u. D i o s .—En absoluto, todo acto mo­
ral se refiere á Dios, que es el término remoto
y el fin supremo y último de las acciones huma­
nas, por cuya razón hay moralistas que reducen
á este solo grupo todos los deberes; pero como
el término inmediato y el fin próximo de nues­
tros actos unas veces es Dios, otras nosotros
mismos y otras nuestros semejantes, no hay in ­
conveniente en adoptar esta división, práctica en
alto grado, y que aclara además extraordinaria­
mente la segunda parte de la. Ética.
5 S V , Deberes para con la naturale­
za en general y para con los Irraciona­
les especialmente.—Algunas sectas filosófi­
cas novísimas, á la vez que rompen ó debilitan
los vínculos que nos ligan al Supremo Hacedor,
reconociendo en la naturaleza un sér tan digno
y esencial como el espíritu, suponen que el hom­
bre tiene deberes para con el mundo exterior y
para con los brutos, en cuyo obsequio han ins­
tituido sociedades protectoras. Tiende esta doc­
trina á divinizar la materia, rebajando al espíri­
tu, al cual conceden á lo sumo los mismos de­
rechos y la misma esencia. Cierto es que los
irracionales y el mundo son muchas veces tér­
mino inmediato y objeto próximo délas accio­
nes humanas; pero por falta de naturaleza racio­
nal y por ser además incapaces do derechos, el
hombre no tiene, ni puede tener deberes de nin­
guna clase para con estos seres inferiores. C a ­
recen de naturaleza moral, según probamos (497)
y por consiguiente no pueden estar adornados
de aquella facultad moral é inviolable (529 ) ¿ la
cual hemos dado el nombre de derecho. Incapa­
ces los brutos y la naturaleza de derechos, tam ­
poco pueden existir en el hombre deberes co­
rrelativos átales derechos. «Todo deber, dice el
P. Taparelli, nace del principio general: H a^el
bien. Si tuviéramos deberes para con las criatu­
ras irracionales, estaríamos obligados á hacer el
bien de ellas. Pero su bien es su fin, es decir,
cooperar al servicio del hombre. Luego el de­
ber para con ellas sería un deber del hombre para
consigo mismo1.» Es indudable que tenemos el
deber de no abusar de las cosas, creadas por Dios
para la satisfacción de nuestros apetitos; tampo­
co podemos maltratar sin necesidad á los v i­

1 tDt>íc))o Natural, nota 28.


152
vientes, ni mucho menos ensañarnos con los ani­
males domésticos, cuyos servicios utilizamos con
frecuencia; pero éstos no son deberes para con
los brutos y la naturaleza, sino más bien debe­
les de moderación y de templanza para con nos­
otros mismos,
5 5 ? . División en secciones de la
Dtiontologia»— P u esto q u e esta segu n d a p arte
de la É tic a trata de lo s d eb eres to d o s d e! h o m ­
b re , p rá ctica m en te c o n sid e ra d o s, p o d em o s d iv i­
d ir La D e o n to lo g ía en tan tas se c c io n e s cu an tos
so n lo s g ru p o s en q u e lie m o s d iv id id o ( 5 5 4 )
n u e stro s d e b eres, á sa b er:
r .a Moral religiosa, ó deberes del hombre
para con D ios;
2 / Moral individual, ó deberes del hombre
para consigo mismo; y
3 .* Moral social, ó deberes del hombre para
con los demás,
Rc'Mumcu.
¿Q u¿ es Deontología?
Aquella parte de la Ética, que, haciendo a p lica ­
ción de los principios sentados en la N om ología, tra­
ta de los deberes especiales del h om bre.
¿Cóm o se clasifican los deberes especiales del
hombre?
Hn religiosos, individuales y sociales, ó lo que
es igual, en deberes del hombre para con D io s, para
consigo mismo, y para con los dem ás.
ISJ
¿Pueden reducirse todos nuestros deberes á d e ­
beres para con Dios?
En absoluto, todo acto moral se refiere k D io s,
que es el térm ino remoto y el fin suprem o y últim o
de las acciones humanas, por cuya razón hay m o­
ralistas que reducen á este solo grupo todos los de­
beres.
¿Tenem os deberes para con la naturaleza y los
irracionales?
Es indudable que tenemos el deber de no abusar
de las cosas, creadas por Dios para satisfacción de
nuestras necesidades; tampoco podem os maltratar
sin necesidad á los vivientes, ni mucho m enos ensa­
ñarnos con los animales dom ésticos, cuyos servicios
utilizamos con frecuencia; pero éstos no son deberes
para con los brutos y la naturaleza, sino más bien
deberes de moderación y templanza para con n o s­
otros m ism os.
¿Cuántas y cuáles son las secciones en que se di­
vide la Deontologia?
T re s, á saber: i.* moral religiosa, ó deberes del
hombre para con D ios; i . x moral individual, ó d e­
beres del hombre para consigo m ism o; y 3.* m oral
social, ó deberes del hombre para con los demás.
Primera sección de la Doonlología.

MMoral religiosa, ó deberes de I hom bre


p a ro con O íos,

C A P ÍT U L O L X X IX .

De la a x is ts n o la de Dios.

558. Definición d e Ija religíón.-La


palabra religión se deriva según u n js de releyen­
do, sin duda porque lo que á ella atañe debe ser
¡eido y releído; y según otros, entre ellos Lactan-
cío, de religando, pues, en efecto, la religión ¡me
por segunda vez á la criatura con el Criador, en­
tre los cuales existen ya realmente los vínculos
naturales de la creación y conservación y el so­
brenatural de la redención. Podem os, pues, con­
siderar la religión objetiva y subjetivamente y defi­
nirla, bajo el primer aspecto: «conjunto de creen­
cias, que nos d an á conocer las relaciones nece­
sarias de absoluta dependencia, que la criatura
racional tiene con su Criador y Redentor y de
prácticas piadosas que unen espiritualmente al
155
hombre con Dios,» y bajo el segundo: «reí hábi­
to de conocer dichas relaciones y de cumplir los
deberes que de ellas se d e riv a n .»
559. División de la religión.—L a reli­
gión puede ser natural y revelada, teórica y prác­
tica, verdadera y falsa. Las creencias y prácticas
religiosas, cuyo conocimiento debemos á la luz
de la razón, componen la religión natural, gra­
bada en el corazón de todos los hombres. Las
creencias y prácticas religiosas, q u e Dios ha q u e ­
rido comunicarnos sobrenaturalmente, com po­
nen la religión revelada. La religión, considerada
únicamente como un conjunto de verdades y
creencias, se llama teórica; y considerada como
conjunto de virtudes ó actos de culto, se llama
práctica. Objetívamentela religión es siempre ver­
dadera, como lo es el ser real de las cosas, pero
subjetivamente será verdadera ó falsa, según sea
verdadero ó falso el conocimiento q u e de ella se
forme, conocimiento dependiente de la idea que
de Dios tengamos y de sus reí aciones con las cria -
turas. La verdadera religión tiene que ser una co­
mo la verdad, y como uno solo es el verdadero
Dios; y el principal deber de !a criatura racional
consiste en conocerla y practicarla, por ser am ­
bas cosas absolutamente necesarias parala conse­
cución de su fin último, que es Dios como Bien
sumo. Por el contrario, las religiones falsas son
i j6
iniUfiplescomo el error y el vicio, y desvian com ­
pletamente al hombre de su verdadera felicidad.
5 6 0 . D e l a t e ís m o e n g e n e r a l .—La exis­
tencia de Dios es el hecho fundamental y la ver­
dad primera, enere iodos los hechos y verdades.
La palabra aleo se compone de la partícula grie­
ga a («) que en composición equivale á int' no>
sin y del nombre Tbeos (0 » ;) D ¿ u í , Dios. Por
eso se da el nombre de aleo al que niega la exis­
tencia de D ios. Si lo hace de palabra ó por es­
crito recibe el nombre de ateo teórico; si de obra,
esto es, viviendo como si Dios no existiese, el
de ateo práctico. Los ateos teóricos son directos
cuando con brutal franqueza, afirman y sostie­
nen que Dios no existe; é indirectos cuando pro­
fanan su santo nombre y adulteran su naturale­
za, reduciéndole á una idea, una palabra ó un
mito. Abundan los ateos prácticos, pues muchos
son losquc viven como si Dios no existiese, ó co­
mo si el Dios que existe fuera un sér tan bona­
chón, que, prescindiendo de la justicia eterna,
nunca ni para nada se ocupase en las acciones
de los hombres. Pero, aunque diga el necio en
su corazón que no hay Dios y los pseudo-sabios
prescindan del Sér Soberano en sus sistemas no-
vísinios, siempre será imposible encontrar un
verdadero ateo teórico, esto es, un hombre que
plenamente convencido y con certeza absoluta,
*>7
niegue la existencia de D ios. Los que tai se ima­
ginan m pueden, ni saben pensar y vivir como
si Dios no existiese; la idea de Dios aparece fre­
cuentemente en sus inteligencias, como negra
nube que obscurece aquel cielo espléndido y
presagia la tempestad; la palabra Dios se escapa
muchas veces de sus labios, salpica sus conver­
saciones, resuelve problemas de otra manera in-
solubles, explica efectos inexplicables y aparen­
tando no creer en su significado, la pronuncian
sus lenguas infernales, al menos para insultarle
y blasfemar de su santo nombre, ¡In felices!....
Si Dios no existe ¿para qué pensáis en Él? ¿para
qué nombrarle? ¿á qué fin los insultos? Q uisie­
rais que no existiese ó, cuando menos, que no
fuera castigador de malos y esto es lo ún^co que
explica tales contradicciones.
5 G 1 ■ De c6m o puede probarse racio­
nalmente la existencia de Dios-—No fal­
tan filósofos de toda clase, creyente*é incrédu­
los, cristianos y paganos, teístas y ateos, según
los cuales es de todo punto imposible probar
racionalmente, esto es ni a priort ni a posteriori t
la existencia de Dios. Para los partidarios de las
ideas innatas, la idea de Dios es congénita á la
mente humana; según los ontologistas, Dios se
manifiesta en esta vida inmediatamente á nuestro
entendimiento; para los tradicionalistas puros, el
1*8

entendimiento del hombre es absoluta y física­


mente incapaz de adquirir concepto de D ios, sin
el auxilio de la palabra y del magisterio social, de
manera que no puede por si mismo obtener cer­
tidumbre de la existencia de Dios; niegan que
pueda probarse de ninguna manera la existencia
de Dios los ateos y los escépticos, y hasta el
mismo Kant sostiene, que la idea de*la existen­
cia de Dios la debemos á la razón práctica, pero
no á la razón especulativa ó pura. Contra todas
las sentencias anteriores, más ó menos ingenio­
samente defendidas, levanta erguida su frente el
Escolasticismo y afirma, que aunque la idea de
causa se encuentra implícita y más ó menos con­
fusamente contenida en la idea de efecto, en
virtud de raciocinios inductivos y a posleriori,
por las criaturas puede venir naturalmente el
hombre en conocimiento del Criador. Esta es
la doctrina verdaderamente ortodoxa, por m is
que algunos filósofos cristianos creyeron y afir­
maron, que el conocimiento de Dios es inase­
quible á la simple razón humana y necesariamen­
te ha de ser producto de la revelación y de la
fe. Efectivamente, en el libro de la Sabiduría1
leemos que urde la grandeza y hermosura de la
criatura se puede venir en conocimiento del

* Cap, XIII, v. $.
*59
Criador.» San Pablo dice á los Romanos, «que
las cosas de Dios invisibles, se ven después de
h creación del mundo, considerándolas por las
obras criadas: aun su virtud eterna y su divini­
dad1 .» L a mayor parte de los Padres y Doctores
de la Iglesia, no solamente han creído que k
existencia de Dios podía ser objeto de pruebas
puramente racionales, sino que formularon di­
chas pruebas. Por último, recientemente el con­
cilio ecuménico del Vaticano ha fulminado ana­
tema contra el que dijese que «la lu z natural de
la razón humana no puede conocer ciertamente
á Dios uno y verdadero, Criador y Señor nues­
tro, por aquellas cosas que hizo3.»
5 6 2 . Clasificación'de los argumen­
tos que prueban la existencia d e Dios.
Prescindamos del argumento a sitnuUafíeot que
inexactamente atribuyen algunos íi San Agus-
tiiuy que, por primera vez, expuso San Ansel­
mo en su Vroshgio, de donde indudablemente
lo tomaron Descartes y Leibnitz para presentar­
lo después con más ó menos modificaciones. Y

1 . Cap. II, v. 20,


9 Si quis diícrlt, Deum unum et verum, Creatorem
ct Dominum nostrum, per ea, quae facta sunl, naiurati
rationls humanae lumine cerio cognosci non posse, ana­
tem a sil.—Consi, degmal. de Fidecallsól. Sess. III, Cano-
n. I, § 1.
i6 o
prescindamos de él porque es imposible demos­
trar a priori la existencia de Dios, pues todo ar­
gumento de esta clase ha de partir necesaria­
mente de la causa primera de aquello que se in­
tenta probar, y A Dios es imposible concebirle,
ni explicarle como producido por causa alguna,
porque entonces ésta y no aquél sería el verda­
dero Dios; y apuntemos tan sólo los argumen­
tos llamados Metafísica, físico-ideológico y moral,
empezando por el primero.
5 6 3 > A r g u m e n t o w e t a f i s i c o , — Con
Santo Tom ás de Aquino1 probamos metafísica-
mente la existencia de Dios diciendo: i .° que
el movimiento y mutaciones de las cosas crea­
das suponen Ja existencia de un primer motor
inmutable■ 2 .a que la serie de causas eficientes
que encontramos en el mundo, ninguna de las
cuales es ni puede ser causa de si misma, supo­
nen la existencia de una causa primera, que es
principio y causa de todo cuanto existe; 3 .0 que
los seres posibles y contingentes prueban la exis­
tencia de un ser que sea necesario por si mismo,
sin que en ningún otro radique la razón ó causa
de su necesidad; 4 .0 que las diferentes gradacio­
nes de bondad, verdad, nobleza, etc^ entre las
cosas, se reiteren é indican la existencia de un

* Snm. Tb,, I p., q. II, a, 3,


i 6j

tipo soberanamente bueno, verdadero, noble,


etcétera, ósea el Sér por antonomasia Supremo;
y 5 .0 que caminando todas las cosas i su fin res­
pectivo y no habiendo en ellas conocimiento é
intención, lia de existir una inteligencia, que
poseyendo dicha intención y conocim iento, g o ­
bierne la naturaleza y dirija las cosas á su fin,
como la flecha es lanzada y dirigida por el caza­
dor, Ahora bien, á ese primer motor, á esa pri­
mera causa eficiente, i esc sér necesario, d ese
sér supremo, A ese gobernador sapientísimo da­
mos el nombre de Dios; luego Dios txisu.
Recmmecw
¿Q ué se entiende por religión?
O bjetivamente, el conjunto de creencias que nos
dan ácouo cer las relaciones necesarias de absoluta de­
pendencia, que la criatura, racional tiene con su C ria ­
dor y Redentor, y de prácticas piadosas, que unen
espirituulmente al hombre con Dios: y subjetivam en­
te, el hábito de conocer dichas relaciones y de cum ­
p lir los deberes que de ellas se derivan.
¿Cóm o puede dividirse la religión?
En'natural y revelada, teórica y práctica, verda­
dera y falsa.
¿En qué consiste el ateísmo?
En negar la existencia de D ios. Abundan los
ateos prácticos, pues muchos son los que viven con o
sí Dios no existiese, ó com o si el Dios que existe
fuera un sér tan bonachón, que, prescindiendo de la
II
1 62
justicia eterna, nunca ni para nada se ocupase en las
acciones de los hom bres. Pero, aunque diga el necio
en su corazón que no h ay Dios y los pseudo-sabios
prescindan del Sér Soberano en sus sistemas novísi­
m os, siempre será im posible encontrar un verdade­
ro ateo teórico, esto es, un hombre que plenamente
convencido y con certeza absoluta, niegue la exis­
tencia de Dios.
¿Puede probarse racionalmente la existencia de
Dios?
Sin duda, porque, aunque la idea de causa se en ­
cuentra implícita y más ó m enos confusamente con­
tenida en la idea de efecto, en virtud de raciocinios
inductivos y a posteriori, por las criaturas puede venir
naturalmente el hombre en conocim iento del Cria­
dor.
¿Q ué argumentos suelen emplearse en las escue­
las para probar la existencia de Dios?
T re s principalmente, que son: argumento m eta-
físico, argum ento lísico-teleológico y argumento m o­
ral.
¿Cóm o se prueba metatísica mente la existencia
de Dios?
Notando, que el m ovimiento y las mutaciones de
las cosas suponen un prim er m otor inmutable; las
causas eficientes segundas, una causa primera, y los
seres contingentes é im perfectos, un sér necesario y
períectisim o.
C A P ÍT U L O L X X X .

De la. existen cia, de Dios.


f Continuación).

5 C 4 . Argumento ffslco-teleológico.
Aunque el argumento llamado físico-Uhoíógieo
está en rigor comprendido en la quinta prueba
metafísica del Angel de las escuelas, que acaba­
mos de exponer, no queremos om itirlo, alte­
rando esta división sancionada por los siglos,
porque desde tiempos remotisimos vienen em ­
pleándolo lo mismo los filósofos paganos que los
cristianos1 . En pocas palabras puede formularse
así: Toda cosa ordenada supone necesariamen­
te inteligencia ordenadora; es así que en las es­
feras de la creación reina el orden más admira­
ble y perfecto; luego existe una inteligencia or­

1 Hicieron uso de este argumento entre los antiguos


Platón, Aristóteles y Cicerón; entre los Padres déla Igle­
sia principalmente los Santos Justino, Gregorio Naciance-
110, Gregorio Nyseno, Basilio y Agustín; y entre los mo­
dernos Kepler, Copériaico, Newton, Eulero, Leibnitz, et­
cétera.
164
denadora* un regulador supremo de todo lo cria­
do, al cual damos el nombre de D ios; luego
Dios existe. Prueban la existencia del orden el
wexo cósmico, ó sea, esa harmoniosa trabazón de
operaciones que se advierte aun entre los seres
más opuestos y de más diferente índole; y el
nexo teleológico, esto es, la subordinación de los
fines especiales de los seres á un fin único, ge­
neral y sapramundano. Que esa cansa ordena-
nora tiene que ser Dios, se prueba notando, que
no puede residir en la misma serie de cosas or­
denadas, porque entonces sería una de tantas, y
no inteligencia ó causa ordenadora, y que si re­
side fuera tendrá diferente naturaleza; pero co­
mo las cosas ordenadas son verdaderos efectos,
esto es, seres contingentes, y lo diverso de lo
contingente es lo necesario, de aquí que la cau­
sa ordenadora sea precisamente el Sér por exce­
lencia necesario, Dios, en una palabra; luego
Dios existe.
505. Argumento moral, — L a creencia
en Dios es universal y constante. La historia y
la geografía política demuestran de consuno,
que en todo tiempo y lugar, los pueblos todos,
cultos y salvajes, han reconocido y adorado á
la divinidad. Cierto qué la idea de Dios fué más
ó menos adulterada* según el grado mayor ó
menor de cultura que logró cada pueblo; pero,
I¿s
cu el fondo, la constancia y universalidad de la
creencia es un hecho elocuentísimo, que equi­
vale á la prueba más concluyente. N o cabe in ­
vención respecto á una creencia que está com o
implantada en la misma naturaleza del hombre,
ni cabe tampoco sostener con Lucrecio que el
temor bi\o los dioses, cuando en vez de inventar­
los los supone. N o falta quien asegura que cier­
tos pueblos, como los cafres, hotentotes, boschi-
manos y australianos, son aleos y que algunas
lenguas carecen de palabras religiosas. El he­
cho es completamente falso. Livingstone refie-
re que, aunque carezcan de culto público, no
hay necesidad de hablarles A los cafres y hoten­
totes de la existencia de D ios, ni de la vida
futura, pues estas dos verdades son universal-
mente reconocidas en Africa. Campbell ha descu­
bierto entre los boschimanos, que son los hom­
bres más degradados que existen, la idea de un
sér supremo, que dividen en Goha, dios m acho,
y K o , dios hembra. P o r último, de Quatrefages
dice, que los que hablan del ateísmo de los aus­
tralianos olvidan ó no saben, que existe entre
ellos una mitología, rudimentaria indudablemen­
te si se Ja compara con la m itología griega; pe­
ro que supone, sin embargo, un sentimiento re­
ligioso m uy desarrollado. T odos los pueblos y
las tribus todas, hasta las más obtusas y salva­
i6 6

jes, tienen sus creencias religiosas, más ó menos


adulteradas, y no hay religión posible sin alguna
divinidad que le sirva de fundamento. Con razón
sostienen algunos antropólogos que el hombre
es un animal religioso. Tan connaturalizada está,
pues, con el hombre la creencia en Dios como
la idea religiosa; de donde se deduce que el ateís­
m o, no solamente es absurdo, sino contrario
además á la misma esencia del hombre. Confir­
man esta verdad las instituciones y costumbres
de todos los pueblos, como las religiones, alea­
res, sacrificios, culto, ministros ó sacerdotes,
ofrendas, oráculos, etc.; las ceremonias y solem­
nidades que acompañan siempre i los nacimien­
tos, casamientos y muertes; las rogativas ó ple­
garias públicas; y , en una palabra, los actos to­
dos, tanto individuales como sociales, que eje­
cuta el hombre desde la cuna al sepulcro: cuyas
costumbres é instituciones serian tan ridiculas
como inexplicables apenas negásemos la existen­
cia de Dios, Además, esa multitud de palabras
por medio de las cuales significan codas las len­
guas la idea y atributos de la divinidad; la noción
de la justicia universal existente en todos los en­
tendimientos; la ley natural, anterior y superior
á toda ley, regla y modelo de las acciones hu­
manas, y hasta el sentimiento mismo de la divi­
nidad, oculto en todos los corazones, son otras
167
tantas pruebas morales concluyentes de la exis­
tencia de D ios.
KGO. Congerie de los toes argumen­
tos anteriores.—Puesto que repugna que haya
movimiento sin primer motor, causas segundas
sin causa primera, seres contingentes sin un s¿r
necesario, perfecciones graduales sin un cipo per-
fectísimo, orden y fines propios sin ordenador
intencionado, y por último, que en todo tiempo
y lugar los pueblos todos de la tierra hayan re­
conocido y adorado á un sér supremo, sin ad­
mitir su existencia, y á este sér soberano damos
el nombre de Dios; es indudable que Dios exisie.
S 6 7 i Objeciones contra el argumen­
to metafísico.—Son muchas; pero en un tra­
tado elemental no es posible ni siquiera apun­
tarlas todas, lo mismo que las pruebas de la exis-
tencia. Contentémonos, pues, con las dos si ­
guientes:
1 .* £ 1 movimiento es esencial á la materia, y
por lo tanto el movimiento no prueba la necesi­
dad y existencia del primer motor.— C o n t e s t a ­
c ió n : Prescindiendo de que la inercia, esto es,

aquella virtud que los cuerpos tienen de no p o ­


der poherse d sí mismos en movimiento cuando
están en reposo, ni en reposo cuando están en
movimiento, es una propiedad de las cosas m a­
teriales, umversalmente por los físicos recono*
lós
cida, habría mucho que decir sobre si el mo­
vimiento es esencial é intrínseco á la materia ó
accidental y extrínseco. Pero, aunque fuese lo pri­
m ero, ¿quién la creó y dotó de esa condición
esencial? El Criador, el cual mediata ó inmedia­
tamente (ío mismo da) la pone en m ovim iento.
2 .“ Los seres todos son eternos y necesarios;
pero, aunque fuesen contingentes, para darse ra­
zón de su existencia tampoco habría necesidad
de recurrir al sér necesario, bastando admitir en­
tre ellos una serie infinita, por virtud de Ja cual
el uno es causa del otro, y efecto, á la vez, del
que le precede.— C o n t e s t a c ió n : Esta dificultad
no tiene fuerza alguna, porque es completamen­
te falso que todos los seres sean necesarios; an­
tes al contrario, todos/excepto Dios, son con­
tingentes, mudables y finitos. T odos ellos apa­
recen y desaparecen, tan pronto existen como
dejan de existir, sin que se altere el orden natu­
ral ó físico y sin que, por lo tanto, sufra el or­
den metafísico Ja más pequeña variación; luego
son seres contingentes. Todos ellos aumentan,
disminuyen, cambian continuamente de forma
y sufren variaciones notables en sus cualidades
y relaciones; luego son seres mudables. T o d o s,
por último, tienen limites m uy marcados que
los separan y distinguen de los demás, im per­
fecciones qué demuestran su limitación; el alma
humana, p. ej,, sujeta está á la ignorancia, á la
duda, á la equivocación, al engaño, al error, al
mal, al vicio, etc.; luego son seres finitos. L a
serie indefinida es una puerilidad, porque es con­
dición esencial del número el poder aumentar
ó disminuir siempre, y dicha serie ó alargarla
indefinidamente la dificultad ó tendríamos que
hacer alto en un sér, que fuese el primero que
empezó á existir y i obrar como causa.
5 G 8 . O b je c io n e s c o u t i^ a e l a r m a m e n to
f í s ic o - t e l e o l ó g i c o .—Apuntaremos dos única­
mente: i E s e orden admirable, que se presen­
ta ante nuestros ojos como un sistema perfec­
tamente combinado de medios y de fines, no es
otra cosa mas que el resultado de las leyes de la
naturaleza. L o que nosotros tomamos por inten­
ción es una consecuencia; de maneta que no es
exacto decir que el ave, p. ej., tiene alas para
volar, sino que vuela porque tiene alas.— C o n ­
t e s t a c ió n : Confesada la existencia del orden,

no hay más remedio que admitir un ordenador


supremo. Esas leyes naturales por cuyo m edio
se quiere explicar el orden y conveniencia entre
los medios y los fines, tampoco pueden ser pro­
ducto de la casualidad. Toda ley supone un le­
gislador. La existencia de las leyes físicas, inte­
lectuales y morales es uiia verdad inconcusa de
experiencia y de razón, que fácilmente puede
170
demostrarse.1 ¿Q uién puede dudar de que todo
cuerpo grave, abandonado á su propio peso, se
dirige indefectiblemente al centro de la tierra?
Luego la ley física de la gravedad es un hecho.
Colocada k inteligencia en presencia de algo in­
teligible y en las condiciones normales, tanto
subjetivas como objetivas, necesarias para en­
tender, ¿puede dejar de aprehenderle? De nin­
guna manera; luego existen leyes intelectuales
tan ineludibles com o las físicas. Y la ley moral,
con su carácter imperativo y absoluto, ¿no se
impone á todas las conciencias y atrae los cora­
zones? Todas estas leyes suponen, pues, la exis­
tencia de un legislador, que á su vez no puede
ser obligado por otro (porque volveríamos en­
tonces al proceso indefinido, que nada explica)
y que por lo tanto, tiene que ser aquel legisla­
dor supremo, por todos acatado y obedecido,
que se llama Dios. De manera, que en el su­
puesto (lo cual es falso) de que las leyes físicas
fuesen un sistema de fuerzas, resultado de las
propiedades primordiales de la materia eterna
(aserción falsa también), la ley moral sería siem­
pre incomprensible sin admitir un legislador in ­
teligente y bueno, que la ha dictado y precep­
tuado, esto es, sin reconocer la existencia de
D ios.
2.* Muchas son las cosas imperfectas, in*
¡7 i
útiles y hasta malas, que hay en el mundo; de
donde se sigue que semejante orden mal puede
suponer la existencia de un ordenador perfec-
tisimo, sabio y bueno.— C o n testación 7: T odo
lo criado es perfecto en su género y útil dentro
del plan divino, lo mismo para la consecución
de sus fines privativos, que para coadyuvar á la
realización del destino de los demás seres, e s ­
pecialmente del hombre. Las imperfecciones
que notamos en ellos son hijas de nuestra igno­
rancia y de nuestras estrechas miras al contem­
plarlos. L o mismo sucede con la existencia del
mal moral y físico. Existen indudablemente y
alcanzan d todos los hombres, lo mismo á los
pecadores que á los justos; pero, prescindiendo
de que nadie pudo imponer á D iosla obligación
de que barriese el mal del universo, y no inten­
tando tampoco penetrar los providenciales ar­
canos divinos, notorio es que no todo lo que
parece mal, lo es realmente, y por experiencia
sabemos, que Dios sabe sacar el bien del seno
mismo del mal, á lá manera como de la corrup­
ción brota la vida.
569. Objeciones contra el argumen­
to moral,—L a opinión de que D ios existe, muy
bien ha podido ser hija: i . ° de la ignorancia de
las causas naturales; 2 .0 de las farsas inventadas
por los sacerdotes y legisladores; 3 .0 del miedo,
172
y 4 .0 de las preocupaciones. Luego el argumen­
to moral no tiene la menor fuerza.— C o n t e s ­
t a c i ó n : r.rf Cuanto más se estudian y conocen

las cosas naturales y sus causas, tanto más se


convence uno de la necesidad de un Criador sa­
pientísimo, regulador y conservador de todas
ellas- Como decía Francisco Bacón de Vérulam :
«La Filosofía, superficialmente conocida, aparta
de D ios; profundamente profesada, á Dios con­
duce1.» 2 .0 Las farsas sacerdotales no han podi­
do dar origen á la creencia en Dios, pues preci­
samente en dicha creencia tuvo que apoyarse la
institución sacerdotal, desde el momento que
en todos los pueblos son y han sido siempre
considerados los sacerdotes como ministros de
la divinidad; ni tampoco los preceptos legales,
que 110 siendo ordenamientos de la razón y no
apoyándose en la creencia arraigada y generali­
zada anteriormente,' no hubieran sido prom ul­
gados y obedecidos entre los pueblos todos. 3 . 0
Tam poco el miedo ha podido engendrar la idea
de Dios en la mente del hombre (com o sostuvo
Lucrecio) si no suponemos ya existentes en ella
las nociones de lo justo y de lo injusto, y por
ende la de un legislador supremo, premiador de

1 Philosophia obirer libata a Deo abd ucit; penitus


Uausta reducir ad eumdem.
*73
buenos y castigador de malos- Se teme á Dios
porque se cree en Él; pero no se cree en Dios
porque se le tenga miedo. 4 .0 Por último, las
preocupaciones tienen un carácter tan local y
variado, que es imposible den origen d una
creencia tan universal, permanente é inmutable.
El argumento moral es pues tan poderoso como
concluyente1.
570. X a í u r a l e z f l d e D i o s ,— Podemos
pues concluir repitiendo con el Concilio Vatica­
no que «hay un solo Dios real y viviente, cria­
dor y señor del cielo y de la tierra, todo pode­
roso, eterno, inmenso, incomprensible, infinito
en inteligencia, voluntad y toda perfección; el
cual, siendo substancia espiritual única, absolu­
tamente simple é inmutable, debe ser proclama­
do, por su esencia, realmente distinto del mun­
do, felicísimo en sí y por sí mismo, c inefable­

1 De quo omnium natura consentít, id verum esse


necesse est.—Cicerón, D e Natura Dtorutu, lib. 1 , 1 7 .
Iuter oranes omnium gentium ea sententid constar.
Omnibus cnlm inimum est et ¡n animo quasi inscnlp-
tum, esse déos.—Ibid., lib. II, 5.
Podréis encontrar (decía Plutarco, centra CdcUs) ciu­
dades sin murallas, sin casas, sin gimnasios, sin leyes,
sin monedas, sin cultura literaria; pero no se ha visto ja­
más un pueblo sin dioses, sin juramentos, sin ritos reli­
giosos y sin sacrificios.
174
mente colocado muy por encima de todo cuanto
fuera de Él puede concebirse1 .»
R e su m e n .
¿Cóm o se formula el argumento fisico-teleológi-
co para dem ostrar la existencia de Dios?
De la siguiente manera: toda cosa ordenada su­
pone necesariamente inteligencia ordenadora; es así
que en las esferas de la creación reina el orden más
admirable y perfecto; luego existe una inteligencia
ordenadora, un regulador supremo de todo lo cria­
do, al cual damos el nombre de Dios; luego Dios
existe.
¿Cóm o se formula el argum ento moral?
La creencia en Dios es universal y constante. La
historia y la geografía política demuestran de consu­
n o, que en todo tiempo y lugar, los pueblos todos»
cultos y salvajes, han reconocido y adorado ¿ la di­
vinidad. Cierto que la idea de Dios fu¿ más ó menos
adulterada, según el grado m ayor ó m enor de cultu­
ra que logró cada pueblo; pero, en el fondo, la cons­
tancia y universalidad de la creencia es un hecho elo­
cuentísim o, que equivale á la prueba más conclu­
yente.
¿Pueden reunirse los tres en uno?
Indudablemente, y entonces quedaría dem ostra­
da la existencia de Dios por la del sér necesario, por
la de las criaturas y por el consentimiento universal.
¿Q ué suele objetarse contra el argumento m eta-
fisico?

1 Constít. Dci Filitts, c. I.


*75
Q ue el m ovim iento es esencial 4 la m ateria y no
supone, por lo tanto, la existencia del primer m otor.
No está probado que sea esencial; pero aunque lo
faese, ¿quién creó dicha materia y la dotó de aquella
condición esencial, poniéndola mediata ó inmediata­
mente en m ovim iento? Dios.
¿Q ué se objeta contra el argumento fisico-teleo-
lógico?
Que el orden no supone ordenador, porque lo
que tom am os por intención de éste, es sólo simple
consecuencia de las propiedades eternas de las cosas.
No es así, porque todo es contingente en la natura­
leza; pero aunque admitiésemos la eternidad y nece­
sidad de la materia, siempre el orden libre y moral
supondría Ja existencia de un ordenador y legislador
supremo.
¿Qué contra el argumento moral?
Que la idea de Dios se ha generalizado p or la ig­
norancia de las causas naturales, las ü rsas ó inven­
ciones de los sacerdotes y legisladores,- el miedo y
las preocupaciones. Nada más falso, pues todo esto
presupone la idea de Dios, tiene carácter tan varia­
do, que no ha podido producir el m ismo efecto,' y
sabido es que la verdadera y honda ciencia á Dios
conduce, mientras la superficial y falsa de D ios se
aleja.
¿Cóm o puede expresarse en pocas palabras la na­
turaleza de Dios?
Definiéndole con el Catecismo ó con el úhim o
concilio ecum énico del Vaticano,
176

C A P ÍT U L O L X X X I .

C eb a re s religiosos directos.

571. F u n d a m e n t o d e l o s d e b e r e s
p a r a c o u D i o s .—Probada la existencia de Dios
y aceptada la creación como un hecho incon­
cuso, la inteligencia humana comprende sin es­
fuerzo las relaciones naturales de dependencia
que no pueden menos de existir entre el hom­
bre,, que es la criatura ó el efecto, y Dios, que
es el Criador ó .la causa. Esta dependencia es
omnímoda hasta el punto de que los deberes
que en dicha relación se fundan, sólo pueden
determinarse con exactitud, considerando siem­
pre y bajo todo aspecto al hombre como deudor
y d Dios como acreedor. Por eso hemos dicho,
que en Dios radican todos los derechos, sin que
tenga el menor deber para con el hombre; y d
la inversa, en el hombre radican todos los de­
beres, sin que tenga ej menor derecho para con
Dios.
S 73. F ó r m u la c o m p r e n s iv a y d iv i­
s ió n d e J o s d e b e r e s d i c h o s .—Todos los de­
beres religiosos, ó sea del hombre para con Dios
177

pueden comprenderse en la siguiente fórmula:


Detm noscere el consequens cólere, esto es, conour
h Dios y darle el debido culto. Como los medios pa-
ra alcanzar el conocimiento del verdadero D ios,
dependen principalmente de la voluntad, que
puede imprimir dirección al entendimiento, de
aquí que el conocimiento del verdadero Dios
sea el primero de nuestros deberes y como el
antecedente necesario para tributarle sentimien­
tos religiosos y el debido culto; pero, si quere­
mos hacer una clasificación filosófica de estos
deberes, podemos dividirlos en directos é indirec­
tos, según que tomen á Dios por objeto inmedia­
to ó próximo de la acción humana ó por obje­
to mediato y remoto. Como hemos visto (>55)
todos los deberes del hombre pudieran llamar­
se religiosos en sentido lato, ó reducirse á de­
beres para con D ios, que necesariamente tiene
que ser objeto y fin último de nuestras acciones;
pero en sentido estricto damos sólo el nombre
de deberes religiosos i aquellos que en Dios directa
ó indirectamente se terminan y d Él se refieren,
prescindiendo de nosotros mismos y de nuestros
semejantes. Ejem plos: amar d Dios, confiar en
sus promesas, creerle, son deberes religiosos in­
mediatos ó directos; pero ofrecerle sacrificios,
orar, etc., son deberes mediatos ó indirectos.
El P . Mendive llama teológicos á los primeros
12
178
y morales á los segundos, clasificación ocasio­
nada A confusiones, pues no hay deber alguno,
ni religioso, ni individual, ní social que no sea
deber moral,
5 7 3 . Su bdivisión de los deberes re ­
ligiosos directos.—Todos ellos se encuen­
tran comprendidos en las virtudes teologales,
pertenecientes al orden sobrenatural}- que Dios
infunde en las almas con la gracia santificante.
Son tres, á saber: fe, esperanza y caridad. N o
nos referimos á la fe filosófica, sino á la teoló­
gica y podemos definirla, con el Catecism o:
aquella virtud sobrenatural, que nos inclina á
creer todo lo que Dios ha revelado. Consiste la
esperanza en la confianza racional que tenemos
en la misericordia divina, con cuyo auxilio nos
prometemos^alcanzar la bienaventuranza eterna.
P or último, caridad es aquella virtud sobrenatu­
ral, que nos inclina ¿ amar á Dios por sí mismo
y al prójimo por D ios. De manera, que los de­
beres religiosos directos del hombre para con
Dios se reducen á practicar las virtudes teolo­
gales dichas, es decir, A amarle, esperar en sus
promesas y darle crédito.
574. D e l a m o r A D i o s . —Am ar ¿ D io s e s
el primero de los preceptos del Decálogo y el
más importante y comprensivo á la vez de nues­
tros deberes morales. Con profunda exactitud
179
h a dicho San Agustín: «ama de veras á Dios y
haz después cuanto se te antoje,» pues el verda­
dero amor á Dios es incompatible con toda ac­
ción m ala, por dos razones: i.* porque Dios es
el bien sumo, digno por consiguiente de ser in­
finitamente amado, y 2 .‘ porque Dios es ade­
más benévolo y benéfico en sumo grado para con el
hom bre.
575. M an era de am ar ¿ D ios —La
fuerza con que se ama está en razón directa de
la bondad real ó imaginaria del objeto amado.
P or eso Dios, que es el bien por esencia é infi­
nito, debe ser infinitamente amado; pero como
el corazón humano es finito, el hombre cum­
ple con amar á Dios sobre todas las cosas, con
todo su corazón y con todas sus fuerzas. Por
otra parte, de Dios ha recibido el hombre todo
cuanto es y tiene; á Dios debe su conservación,
alma, cuerpo, potencias, sentidos y cuantos bie­
nes temporales y eternos necesita para su felici­
dad y el logro de su fin tilrimo. La gratitud na­
tural y justa correspondencia es pues otro m o­
tivo poderoso para que el hombre ame á Dios
con toda su alma y cumpla así con el primero
de sus deberes, Se comprende el amor á lo cor­
poral y visible; pero ¿qué hacer para que nues­
tro corazón se enamore de un sér espiritual, im­
palpable ¿ invisible? Contem plar las perfeccio­
i8 o
nes divinas, recordar frecuentemente los benefi­
cios inmerecidos que Dios nos dispensa, ¿im a­
ginarnos á todas horas en su presencia augusta
recibiendo favores innumerables,
576- S e n t i m i e n t o s q u e d e s p i e r t a e n
n u e s t r a a l m a e l a m o r á D i o s .—Tan com­
plejo es el sentimiento del amor, que no es fácil
analizarlo exactamente. Imposible es, sin em ­
bargo, amar de veras á Dios sin que este amor
se traduzca en actos de devoción, respeto, sumisión,
temor, veneración, agradecimiento, etc., sentimien­
tos que tienen su origen en la contemplación de
las perfecciones divinas y que determinan en el
hombre otros tantos deberes para con D ios, vír-
tualmente contenidos en el deber fundamental
del amor. Consiste la devoción en cierto amor
afectuoso y rendido ¿ la vez, que, por una par­
te, quebranta nuestra propia voluntad hasta el
punto de someterla incondicionalmente A la v o ­
luntad divina; y por otra nos impele á ocupar­
nos con frecuencia y con gusto en las cosas de
D ios. La consideración de la divina grandeza
nos inspira respeto;la omnisciencia divina, sumi­
sión absoluta; la omnipotencia, temor, el cual, pa­
ra que se funde verdaderamente en el amor, ha
de ser filial y no servil, esto es, semejante al que
el hijo tiene í su padre y no al del siervo á su
am o; y por último, la contemplación de los atri­
iSi

butos todos y perfecciones de Dios produce la


veneraciónf ó sea aquel anonadamiento del espí­
ritu que compara su miseria y pequeñez con la
dignidad y grandeza soberanas del Criador. E l
recuerdo de los innumerables beneficios recibi­
dos es la mejor manera de avivar el agradecí-
míenlo.
577. D e l a e s p e r a n z a e n D i o s . —Se
cumple este deber depositando una confianza ra­
cional en la justicia y misericordia diviñas, de
donde nace la seguridad de que obtendremos la
felicidad que anhelamos, si vivim os moralmen-
te. La esperanza es como una consecuencia de
la caridad. Am ar á Dios sobre todas las cosas,
tenerle por justo y misericordioso, en cuanto
la misericordia y la justicia pueden harmonizarse,
y no confiar en sus bondades infinitas, sería an­
tinatural y contradictorio. L a esperanza, que sólo
se pierde con la vida, puede considerarse tam­
bién como una necesidad de la criatura racio­
nal. Pero no hay que abandonarse d una espe­
ranza insensata, que nos haga esperarlo todo de
la misericordia divina, sin temer para nada su
justicia. Por eso hemos dicho que la esperanza
ha de ser racional.
57S> D e l a fe e n D i o s .—Cumple el hom­
bre este deber religioso prestando asentimiento
firmísimo á las verdades queJDios se digna re­
18 2
velam os; y debemos este asentimiento á Jas ver­
dades reveladas: i.® porque D ios, que es la ver­
dad suma, ttopuede engañarse; y 2 .0 porque Dios,,
que es la santidad por esencia, la justicia abso­
luta y la bondad sin límites, no quiere, ni puede
querer engañarnos. Posible es que la débil razón
humana no comprenda ciertas verdades miste­
riosas y altísimas, que Dios se digna comunicar
al hombre; pero demostrado su origen verdade­
ramente divino, se comprendan ó nó, tenemos
el deber de creerlas.
579> P rin c ip a le s m an eras de infrin­
g ir los deberes dichos.— Contra el deber
que todos tenemos de conocer al verdadero Dios,
pecan el ateo teórico y directo, que brutalmente
le desconocey niega su existencia, y el indirec­
to y blasfemo, que se burla de su santo nombre
y le injuria por medio de palabras obscenas, ne­
gando alguna de sus perfecciones ó atribuyen­
do cosas repugnantes á la naturaleza divina. Con­
tra el deber de amar d Dios pecan los ateos prác­
ticos y cuantos infringen sus mandatos. Contra
el deber de esperar en Dios podemos pecar por
exceso, abandonándonos ciegamente á una con-
Jian^a absoluta., é independiente de las buenas
obras; y por defecto, incurriendo en la desespera­
ción, que es el estado más horrible de que pue­
de ser presa el corazón humano. Por último,
183
contra el deber de la fe peca el incrédulo, lo
mismo el que niega todo lo sobrenatural, que
el que se limita á no dar crédito i cualquiera
verdad revelada.
R e su m e u .
¿Cuál es el fundamento de los deberes religiosos?
E l fundamento de nuestros deberes para con Dios,
se encuentra en las relaciones naturales de depen­
dencia que 110 pueden menos de existir entre el hom­
bre, que es la criatura 6 el efecto} y D ios, que es el
Criador ó la causa,
¿Cóm o pueden formularse y en qué se dividen?
Conoce al verdadero D ios y dale el debido culto.
Se dividen en teológicos y m orales.
¿En qué se subdividen los deberes religiosos di­
rectos?
En deberes de am or, esperanza y fe, p or lo cual
los consideram os com prendidos en las tres virtudes
teologales fe, esperanza y caridad.
¿P or qué debem os amar á Dios?
Porque D ios es el bien sum o, digno por consi­
guiente de ser infinitamente amado, y porque Dios
es además benévolo y benéfico en sumo grado para
con el hom bre.
¿De qué manera debem os amarle?
Dios, que es el bien por esencia ¿ infinito, debe
ser infinitamente amado; pero com o el corazón hu­
m ano es finito j el hom bre cumple con amar á Dios
sobre todas las cosas, con todo su corazón y con to ­
das sus fuerzas.
184
fc
¿Q ué sentimientos despierta en nuestra alma el
am or á Dios?
Im posible es, sin em bargo, amar de veras ¿ D io s
sin que este amor se traduzca en actos de devoción,
respeto, sum isión, tem or, veneración, agradecim ien­
to , etc,, sentimientos que tienen su origen en la
contem plación de las perfecciones divinas y que de­
terminan en el hom bre otros tantos deberes para
con Dios, virtualraente contenidos en el deber fun­
damental del am or.
¿Cóm o debemos esperar en Dios?
S e cumple este deber depositando una confianza
racional en la justicia y misericordia divinas, de don­
de nace la seguridad de que obtendremos la felicidad
que anhelam os, si vivim os moralm ente.
¿Por qué debemos creer en Dios y cóm o se cum ­
ple este deber?
Cum ple el hom bre este deber religioso prestan­
do asentim iento á las verdades reveladas: i .® porque
D ios, que es la verdad suma, no puede engañarse;
y 2 .° porque Dios, que es la santidad por esencia,
la justicia absoluta y la bondad sin lim ites, no quie­
re, ni puede engañarnos.
¿Quiénes infringen principalmente los deberes
religiosos directos?
El ateo, el blasfemo, el desesperado y el in c ré ­
dulo.
IBS

C A P IT U L O L X X X I .

Deberes religiosos indlreotos.

580. D e l c u lt o .—Pasando del orden es­


peculativo al práctico, nos encontramos con que
es imposible cumplir fielmente los deberes apun­
tados en el capitulo anterior sin tributar á Dios
el culto, que le es debido. Culto1 es aquel hom e­
naje que prestamos á Dios A causa desús perfec­
ciones infinitas y como expresión compendiosa
y sincera del amor que le profesamos, de la es­
peranza. que tenemos en sus promesas, y de la
fe que nos merece su divina palabra.
5 8 1 . D ivision es d^l culto1.—Los actos
componentes del culto, reverencia ó adoración
que á Dios tributamos, pueden ser puramente
anímicos ó espirituales, sin que en ellos inter- ‘

i Del latín colere, honrar, respetar, reverenciar, ad o ­


rar.

9 Los teólogos católicos dividen aderad? el culto en


de latría, supremo y absoluto, debido exclusivamente á
Dios; de dulta, que es el que se tributa á los ángeles y
santos, no por su excelencia propia, sino participada del
mismo Dios; y de hyptrdulia, que es el culto especial que
se tributa ¡t la Virgen, por su dignidad altísima de Madre
186
venga para nada el cuerpo; pueden ir acompa­
ñados de manifestaciones orgánicas ó corpora­
les; pueden celebrarse en el retiro del hogar
doméstico; y pueden, por último, tener lugar
en los templos, ermitas, campos, calles y demás
sitios en que se congrega la multitud. En el pri­
mer caso componen el culto llamado interno; en
el segundo el •externo; en el tercero el privado, y
en el cuarto el público. Ejemplos: elevar la men­
te ó el corazón á Dios sou actos de cullo inter­
no; santigaarse, arrodillarse, etc., son actos de
culto externo; rezar el rosario en familia, dar
gracias después de com er, etc., son actos de
culto privado; y oir misa, tomar parte en una
procesión, etc., son actos de culto público,
5 8 £ . D e b e r q u e tenemos de tributar
culto á D ios,—Las mismas razones apuntadas
para probar que tenemos el deber de amar á
D ios, confiar en sus promesas y creerle, demues-
* tran también que venimos obligados á tributarle

de Dios, inferior al culto de latría, debido sólo A Dios, pero


muy superior al de dulfa, que se tributa á los santos.
Latría es palabra que se deriva de la griega /«-síík, que
significa cutio y como servidumbre por parte del que tribu­
ta el culto. La palabra dulía se deriva de la griega
servidumbre, que se refiere al que recibe el culto. Por úl­
timo, Jjyperduita se deriva de úr-éf, sobre, y dutla, ya ex­
plicada.
i 87

culto, pues, según hemos dich o, éste no es otra


cosa mas que consecuencia y expresión de aqué­
llos. Adem ás, por medio del culto, los senti­
mientos religiosos se traducen naturalmente en
actos, y el hombre, á la par que satisface una de
sus tendencias instintivas, comunica con Dios,
le adora, le expoue sus necesidades y miserias,
y se coloca en situación de ser socorrido. «Pe­
did y recibiréis, llamad y se os abrirá,» dijo
Nuestro Señor Jesucristo: de manera que el cul~
to, no solamente es obligatorio, sino hasta indis­
pensable y conveniente.
5 8 3 . E l culto interno debe i r acom ­
pañ ad o del externo.—£1 culto interno es el
alma del externo, á la manera como el espíritu
es el principio animador del cuerpo. £1 culto
externo solo, no es verdadero culto; se llama hi­
pocresía. T o d o culto externo, por lo tanto, debe
de ir acompañado del culto interno, que es su
principio y fundamento. Pero ¿tiene el hombre
obligación de tributar á Dios culto externo?D i-
cen algunos, entre ellos la m ayor parte de los
protestantes, que Dios únicamente quiere ser
adorado en espíritu y en verdad, y no se paga
de exterioridades porque, para É l, no hay nada
oculto, ni en las profundidades de la mente, n i
en los pliegues más recónditos del corazón: de
donde infieren que el hombre cumple con tri—
IBS
butar á Dios culto interno y , por consiguiente,
que el externo no es necesario. Esta considera­
ción es de gran fuerza contra la hipocresía; pero
no contra el culto extem o, cuya necesidad y
conveniencia se prueba notando:
a) Que el cultb externo no es mas que la
aplicación á un caso particular de aquella ten­
dencia que nos impulsa i manifestar exterior-
mente lo que pasa en nuestro interior.
b) Que el deber del culto pesa sobre todo
el hombre, el cual ha recibido de Dios no sola­
mente el alma, sino también el cuerpo, y con
cuerpo y alma debe de manifestarle, por lo tan­
to, su agradecimiento y amor.
c) Que la palabra, uno de los principales
elementos del culto externo, expresa natural y
elocuentemente nuestras ideas y sentimientos
religiosos, manera única de compartirlos con
nuestros semejantes, despertándolos en su men­
te y avivándolos en su corazón.
d) Que el culto externo es la única forma
posible de culto público.
e) Que las exterioridades del culto conmue­
ven y edifican á los hombres entre sí, los cuales
más fácilmente se dejan impresionar por lo sen­
sible que por lo meramente inteligible,
f) Que no es fácil honrar ¿ Dios de veras sin
confesarle públicamente, celebrar su gloria, sgra-
decer sus beneficios y manifestar exteriormente
nuestro amor, esperanza y fe.
g ) Y , por último, que el culto externo ha
sido universal y constantemente practicado bajo
el doble carácter de necesidad y deber.
¡>84. £1 culto pú blico es el com ple­
mento n e cesario del cnlto privado.—N a­
cido el hombre para vivir en sociedady en comer­
cio contínno y recíproco con sus semejantes, el
culto público, por una parte responde á las exi­
gencias de la naturaleza social del hombre y por
otra es un complemento indispensable del culto
privado. Además* el culto público «sirve de po­
deroso estímulo y saludable ejem plo; establece
más estrechos vínculos entre los hombres; ele­
va las almas en una común aspiración pidiendo
los beneficios del cielo para la colectividad; ofre­
ce d la contemplación del creyente sacrificios y
símbolos que obrando sobre los sentidos des­
piertan y avivan en el alma la idea de los dog­
mas religiosos, y obra enérgicamente sobre el
culto interno y el externo privado, excitando y
afirmando en cada uno de los miembros de la
asociación religiosa los principios y las prácticas
de las más santas creencias1.» De aquí la nece­

1 Tratado de Filosofía Moral, por Moreno CasteUó,


P¿g. i o i . Jaén, 1S80.
190
sidad de los templos, ermitas, oratorios, campa­
narios, altares, ornamentos y todo cuanto pue­
de contribuir á la magnificencia y esplendor de
las ceremonias religiosas. Afirm ar que la natu­
raleza es el único templo digno del Hacedor, es
desconocer la condición humana y echar en ol­
vido que codo lo criado le debe pleíto-home-
naje, así la naturaleza como el arte. El hom­
bre levanta templos ¿laju stic ia, d la ciencia,al
arce, á la industria, etc.: no hay pues razón al­
guna para que no dedique á Dios los más sím­
enosos.
5 8 5 . P rin c ip a le s actos (leí callo .
Son siete, ¿ saber: adoración, oración, alaban%a,
sacrificio, oblación, voío y juramento. L a práctica
oportuna de todos ellos y el cumplimiento de
los deberes religiosos se llama piedad.
5 8 6 . D e la Adoración.—Consiste la ado­
ración en aquel anonadamiento del alma piado­
sa, que se prosterna en la presencia de Dios y ,
contemplando sus perfecciones infinitas, le re­
verencia y se somete. En la adoración verdade­
ra van, por lo tanto, implícitamente compren­
didos el amor, temor, esperanza, gratitud, /f,
obediencia, devoción, etc. N o adorar 1 Dios como
es debido es impiedad; adorar ¿ quien no es Dios
verdadero, idolatría; y adorar ¿ Dios falsamente,
superstición.
i 9i

5 8 7 . D e la oración.—Consiste la oración
en dirigirse de pensamiento ó de palabra á Dios
pidiéndole mercedes: de aqu( la división de la
oración en mental y vocal. La muda contempla­
ción y adoración de la divinidad es más propia
de ángeles que de hombres. Posible es la ora­
ción mental sin la vocal; pero nó á la inversa.
S i tnens non orat, in vanum lingua laboral: en
vano trabaja la lengua cuando no ora la mente.
La necesidad y eficacia de la oración son inne­
gables, digan lo que quieran los deistas y algu­
nos racionalistas. Dios conoce ciertamente nues­
tras miserias y necesidades; pero pidiéndole que
nos socorra le tributamos el culto que le es de­
bido y ponemos en práctica un precepro reve­
lado. L a inflexibilidad de las leyes naturales es
compatible con una variedad grande en sus apli­
caciones y la Providencia divina no solamente
gobierna al mundo, sino que tiene además espe­
cial cuidado de cada criatura. La oración, por
último, ilustra el entendimiento, purifica los
afectos del ánimo, y predispone á la voluntad
para la práctica del bien.
5 8 8 . D e la a l a h a n z a .- 'E l cielo, la tierra
y las criaturas todas cantan las glorias del Señor;
y no ha de ser el hombre, rey de la creación y
capaz de comprenderlas, el único que no refiera
las grandezas de su Autor, y le alabe.
192
5& 9. D e l s a c r i f i c i o . —Dueño es el Señor
D ios de todo lo creado; de aquí que todos los pue­
blos hayan reconocido esce supremo dominio
ofreciéndole riquezas, frutos y animales. Si el
ofrecimiento es actual y la cosa ofrecida se con­
sume en obsequio de la divinidad, el acto toma
el nombre de sacrificio.
5 9 0 . D e la oblación.—Si en vez de con­
sumirse, la cosa ofrecida se dedica y ordena A
las atenciones y necesidades del culto divino, el
acto se llama oblación4.
591. D e l v o t o ,—Consiste el voto en la pro­
mesa deliberada y espontánea que hacemos á
Dios de ejecutar ú omitir alguna cosa, buena y
posible. La promesa ha de ser deliberada para
que se conozca bien lo que se ofrece y se sepan
los medios con que contamos para cumplir lo
ofrecido; espontánea, porque no puede ser agra­
dable i Dios lo que se le promete cou repug­
nancia; de cosa buena, porque es impio ofrecer á
D ios lo m alo; y de cosa posible, porque sería ce*
m erario y áun irrespetuoso ofrecer á Dios lo
que no puede cumplirse.
592. D e l J u r a m e n t o .—Jurar es poner á
D ios por testigo de que es verdad lo que refe­

1 Del participio oblaium del verbo obferre, ofrecer vo­


luntariamente.
igj

rimos ó de que cumpliremos lo que promete­


mos, invocándole para que nos castigue en el
caso contrario. E l sabio Newton se descubría
si estaba cubierto y se ponía de pié si estaba
sentado, siempre que pronunciaba ú oía el sa­
crosanto nombre de D ios. Con tan profundo
respeto hay que nombrarle, que para que el jura­
mento sea lícito han de concurrir en él los re­
quisitos siguientes: verdad, justicia y necesidad ó
utilidad grande.
R e su m e n ,
¿Qué es culto?
Aquel homenaje que prestamos i Dios á causa
de sus perfecciones infinitas y com o expresión com ­
pendiosa y sincera del amor que le profesamos, de
la esperanza que tenemos en sus prom esas y d é la
fe que nos merece su divina palabra.
¿Cóm o se divide el culto?
En interno, externo, privado y público.
¿Por qué debemos tributar culto á Dios?
L as mismas razones apuntadas para probar que
tenemos el deber de amar a Dios, de confiar en sos
promesas y crccrle, demuestran también que ven i­
m os obligados ¿ tributarle culto, pues, según hemos
dicho, éste no es otra cosa mas que consecuencia y
expresión de aquéllos,
¿P or qué el culto interno debe de completarse con
el externo?
Porque natural es manifestar exteriormente lo
que pasa en nuestro interior, á cuyo efecto nos ha
¡94
sido da Ja la palabra, que conm ueve y edifica á nues­
tros sem ejantes; porque el culto público necesaria­
mente ha de ser externo; y porque todo el hombre,
con alma y cuerpo, debe gratitud i Dios, su criador.
¿Por qué también es necesario el culto público?
N acido el hombre para vivir en sociedad y en co­
m ercio continuo y reciproco con sus semejantes* el
culto público, por una parte, responde á las exigen­
cias de la naturaleza social del hombre y , por otra,
es un complemento indispensable del culto privado.
¿Cuántos y cuáles son los principales actos del
culto?
Siete, á saber: adoración, oración, alabanza, sa­
crificio, oblación, voto y juramento.
¿ E n q u é c o n sis te la a d o ra c ió n ?
En aquel anonadamiento del alma piadosa, que
se prosterna en la presencia de Dios y , contemplan*
do sus perfecciones infinitas, le reverencia y se so­
m ete.
¿ Y la oración?
En dinjirse de pensamiento ó de palabra á Dios
pidiéndole m ercedes: de aquí la división de la ora­
ción en mental y vocal.
¿Q ué es alabar á Dios?
Bendecirle, elogiarle y cantar su magnificencia y
glo ria.
¿Qué es sacrificio?
E l ofrecim iento de cosa propia cuando lo ofreci­
do se consum e en obsequio de Dios.
¿Qué es oblación?
195
El ofrecimiento de cosa, que en vez de consu­
m irse en el ara se dedica y ordena i las atenciones y
necesidades del culto divino,
¿En qué consiste el voto?
En la prom esa deliberada y espontánea, que ha­
cem os á D ios, de ejecutar á o m itir alguna cosa buena
y posible.
¿Qué es jurar?
Poner 4 Dios por testigo de que es verdad lo que
referim os ó de que cum plirem os lo que promete­
m os, invocándole para que nos castigue en el caso
contrario. Para que el juramento sea lícito, han de
concurrir en ¿1 los requisitos siguientes: verdad, jus­
ticia y necesidad ó utilidad grande.
19 6

C A P ÍT U L O L X X X I I .

De la reveluclón.

5 0 3 . P o s ib ilid a d de la revelación.
Un Dios que no fuese omnipotente no sería D ios;
por lo tanto, ó negamos la existencia de Dios,
ó en absoluto tenemos que concederle la facul­
tad de comunicar con sus criaturas, por todos
los medios imaginables. Es absurdo, como hacen
los deístas, admitir á D ios, y negar la revelación,
unos en absoluto y otros en lo que se refiere á
la posibilidad de que nos haya sido comunicada
por conducto y ministerio de otros hombres.
Puesto que para Dios no hay grandes ni peque­
ños, ni superiores ni inferiores, Dios no se de­
grada al servirse de ciertos hombres privilegia­
dos para que los demás conozcan su voluntad
soberana y algunas verdades religiosas y m ora­
les. Fundándose en que sería inútil, niegan otros
la posibilidad de que Dios nos revele ciertas
verdades que no podemos comprender, ni creer
por nosotros mismos; pero estas razones son fú­
tiles en alto grado, porque, en primer lugar, para
creer una verdad no es necesario comprenderla,
sino saber ciertangente que es verdad; y en se­
19 7

gundo lugar el conocimiento de la verdad reve­


lada no solamente es útil, sino indispensable casi
para la consecución de nuestro fin último.
5 9 4 . N e cesid ad do la revelación .
Con la historia en la mano se puede probar que
la razón humana, abandonada á sus propios re-
cursosj ha incurrido en los más groseros erro­
res teológicos, religiosos y morales, y que los
más grandes sabios paganos, representación ge-
nuína de la pura razón humana, aunque hayan
vislumbrado algo, no han alcanzado nunca en
toda su integridad el conocimiento de la teolo­
gía, religión y moral verdaderas.
& 95. E xisten cia de la revelación.
La revelación contenida está principalmente en
la Biblia, quese compone del Antiguo y N uevo
Testam ento. Consta el Antiguo de los libros his­
tóricos, legales, pro/éticos y sapienciales, que si­
guen: Génesis, Exodo, Levítico, Números y
Deuteronomio ( PenlaUuco)¡ de los libros de J o ­
sué, de los Jueces, de Ruth, de los R eyes, L o s
Paralipómenos, de Esdras, de Nehemías, de T o ­
bías, de Juditli, de Esther, de Jo b , de los Sal­
mos, Los Proverbios, Parábolas de Salom ón, El
Eclesiastés, EL Cantar d élos Cantares, L a Sabi­
duría y El Eclesiástico; de las profecías de Isaías,
Jerem ías, Barúch, Ezequiel, Daniel, Oseas, Jo é l,
Am os, Abdías, Jonás, Miqueas, N ahúm , Ha-
193
babúc, Sofonías, Aggéo, Zacarías y Malaquías;
y de los libros de los Macabeos. El N uevo T e s­
tamento comprende los cuatro evangelios de
San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan;
L o s Hechos de los Apóstoles; las epístolas de
San Pablo, Santiago, San Pedro, San Juan y
San Judas; y el Apocalipsis de San Juan.
5 9 6 - A utenticidad, in tegrid ad y v e ­
ra c id a d de lo » S a g ra d o s L ib ro s .—Los li­
bros todos nombrados, tanto del Antiguo como
del N uevo Testamento, son auténticos, es decir,
inspirados por el Espíritu Santo, los escribieron
los autores, cuyos nombres llevan; son in!cgrost
esto es, no están mutilados, ni adulterados; y ,
por último, son veraces, porque cuanto refieren
es exacto y artículo de fe. Ahora bien, la auten­
ticidad, integridad y veracidad de todos estos es­
critos se prueba por medio del testimonio de
los testigos oculares y de los escritores con­
temporáneos, cuando existen; por la propia de­
claración desús autores inspirados, nunca des­
mentida; por la harmonía substancial y perfecta
que existe entre escritos de autores diferentes,
compuestos en distintos tiempos y lugares; por
el reconocimiento que de Moisés y de sus libros
han hecho siempre los judíos, testigos de ma­
yor e x c e p c ió n , puesto que el mismo Moisés los
acusa de ingratos, díscolos, desobedientes, re­
T99

beldes, disolutos é idolótras; por el asombroso


cumplimiento de las profecías, porque nada en
contrario dicen los filósofos paganos, enemigos
irreconciliables del cristianismo, como Josefo
Flavio, Celso, Porfirio y Juliano el Apóstata;
por confesión de los mismos herejes, los cuales
concretábanse á sostener que los Apóstoles no
habían enseñado la verdadera doctrina de Jesu ­
cristo; porque, dada Ja consideración altísima
con que los cristianos han mirado siempre estos
Sagrados Libros y el estilo característico y uui-
form e de cada uno de ellos, su adulteración é
interpolaciones eran imposibles; y en fin, por
la tradición solemne y constante de los judíos y
cristianos, tanto católicos como herejes y cis­
máticos y hasta de algunos paganos. Si se admi­
te prescripción en estas materias, la autentici­
dad, integridad y veracidad de la Sagrada Biblia
es y a cosa juzgada y prescrita.
597. D iv in id ad de N u estro S e ñ o r
•Jesucristo.—Para determinar cuál es la ver­
dadera religión revelada, necesario es probar
autes, aunque sea brevemente, la divinidad de
Jesucristo, su fundador. Antigao achaque de los
enemigos del cristianismo ha sido siempre pres­
cindir en absoluto de la critica histórica, cuan­
do de h verdadera religión y de su fundador
divino se trata; pero estaba reservado á los ra­
200
cionalistas y positivistas modernos, que admiten
sin inconveniente la existencia de Alejandro
Magno, p. ej., el negar la realidad y divinidad
de Nuestro Señor Jesucristo. Para Straus, v .g r .,
el Evangelio con sus hechos milagrosos, es un
conjunto de fniias, Jesucristo uu ente de ra^óa
sin realidad alguna, y su doctrina la sabiduría
acumulada por los siglos en su desenvolvimien­
to humanitario. Renán no niega la existencia
real de Cristo Señor Nuestroj pero sí su divini­
dad, considerándole únicamente como un genio
extraordinario, un sabio y filósofo de primer
orden, que tuvo la habilidad y fortuna de fun­
dar la gran escuela cristiana. Aunque se pres­
cinda de la Sagrada Biblia, la existencia perso­
nal de Nuestro Señor Jesucristo es un hecho
histórico probado hasta la evidencia por los es­
critos, monumentos y tradiciones de los judíos
y romanos, sus enemigos. Ahora la divinidad
de Jesucristo se prueba fácilmente:
a) por las profecías del Antiguo Testam en­
to, todas las cuales se cumplieron en la persona
augusta de nuestro divino Redentor;
b) por los líiilagros estupendos realizados al
solo eco de su palabra omnipotente;
c) por los vaticinios y profecías, que salie­
ron de sus labios soberanos, sin que la cosa más
pequeña haya dejado de cumplirse;
201
d) por U misma resurrección del divino
Maestro;
e) por la sabiduría y santidad de la doctrina
evangélica infinitamente superior á todo cuan­
to hasta entonces habían ideado los sabios;
O por la milagrosa propagación y conserva­
ción de la fe cristiana contra todas las probabi­
lidades y todos los obstáculos;
g) y por el testimonio mismo de millones
de mártires, que derramaron su sangre en de­
fensa de la fe y divinidad de Cristo.
598. E l catolicism o es la única r e li­
gión v e rd a d e ra .—L a verdad es una, como
uno solo es el verdadero Dios. Un solo Dios
verdadero y una sola verdad, suponen también
una sola religión verdadera, que, como vamos á
demostrar, es la católica, apostólica, romana.
En efecto, fundado el cristianismo por Jesucris­
to Nuestro Señor y probada la divinidad de J e ­
sucristo, probado queda también el origen divi­
no de la religión cristiana. Ninguna otra religión
puede gloriarse de tan excelso origen; luego la
religión cristiana es la única verdadera. Ahora
bien, sólo el catolicismo ha conservado en toda
su integridad y pureza la doctrina de Cristo,
pues la Iglesia católica es la única que, por el
intermedio de los Papas y de los Obispos, llega
á los Apóstoles y entronca directamente y sin
202
interrupción con el divino fundador del cristia­
nismo Cristo Jesús, debiendo de considerar á las
sectas cristianas como ramas desgajadas del tron­
co; luego el catolicismo es la única religión ver­
dadera.
R e su m e n .

¿La revelación es posible?


Dada la omnipotencia divina, es absurdo negar
la posibilidad de la revelación, tanto por suponer que
D ios se degrada comunicando con el hombre, com o
por creer á la revelación inútil. Para Dios no hay
grandes ni pequeños y la verdad revelada es indis­
pensable para nuestra salvación eterna,
¿L a revelación es necesaria?
Con la historia en la mano se puede probar que
la razón humana, abandonada á sus propios recursos,
ha incurrido en los más groseros errores teológicos,
religiosos y m orales; de donde se sigue la necesidad
de la revelación.
¿En dónde está principalmente contenida?
En la Biblia, que se com pone del Antiguo y
N uevo Testam ento.
¿En qué consiste la autenticidad, integridad y
veracidad de los Sagrados Libros?
L o s libros todos que com ponen, tanto el Antiguo
com o el N uevo Testam ento, son auténticos, es
decir, inspirados por el Espíritu Santo, los escribie­
ron los autores, cuyos nombres llevan; son Íntegros,
esto es, no están mutilados ni adulterados; y por
20J

último, son veraces parque cuanto refieren es exac­


to y artículo de fe.
¿Cóm o se prueba la divinidad de N uestro Señor
Jesucristo?
La divinidad de Jesucristo se prueba porque en
É l se cum plió cuanto predijeron los Profetas, por
sus milagros y profecías, por su resurrección, por la
sabiduría y santidad de la doctrina evangélica, por
la milagrosa propagación y conservación de la fe
cristiana, y por el testimonio de millones de márti­
res que la sellaron y sellan con su sangre.
¿Por qué decimos que el catolicismo es h única
religión verdadera?
Fundado el cristianismo por Jesu cristo , verdade­
ro Dios y hom bre, el origen divino de la religión
cristiana es indudable. Ninguna otra puede gloriarse
de tan excelso origen, y la Iglesia católica es la úni­
ca que por el intermedio de los Papas y de los O bis­
pos llega á los Apóstoles y entronca directamente
con su divino fundador; luego el catolicismo es la
única religión verdadera.
204

C A P ÍT U L O L X X X I I I .

Rela.cion.ee en tre la. revelaoidn. y la.


razón.

5 9 0 . Clases de verdades reveladas*


Aunque los Sagrados Libros uo tienen carácter
científico, es indudable que la revelación se re­
fiere unas veces al orden natural, esto es, ¿ v e r ­
dades que pueden ser conocidas por la sola luz
de la razón; y otras al orden sobrenatural, ó sea
á verdaderos misterios, incomprensibles para el
entendimiento humano, al menos en la presen­
te vida.
600. Conveniencia de <|ue nos h a­
y an sido reveladas ciertas verdades
natu rales.—Pudiera creerse que sólo es útil la
revelación tratándose de los misterios; pero no
es así. Grandes son las ventajas que reporta el
hombre de conocer además por la revelación cier­
tas verdades naturales, pues por este medio lie -
gan d noticia de todos, aunque carezcan de la ap­
titud y tiempo necesarios para conocerlas racio­
nal ó discursivamente; se adquieren sin trabajo,
y nos ponen á cubierto de los errores y aberra-
20$
dones en que han incurrido, abandonados ásus
propias luces, hasta los sabios más eminentes.
601. N a t u r a l e z a del m i s t e r i o ; su
existencia y necesidad.—Damos el nom­
bre de misterio d una verdad ó proposición, cu­
yos términos y aun recíproca conveniencia c o ­
nocemos suficientemente; pero ignorándola ma­
nera y ra^óiif esto es, el cómo y por qué el predica­
do conviene al sujeto. El misterio puede ser na­
tural y sobrenatural. Pertenecen al primer géne­
ro aquellos cuya existencia sabemos por la luz
de la razón, como la unión entre el alma y el cuer­
po, la presciencia divina y libertad humana, et­
cétera. Pertenecen al segundo aquellos de los
cuales nada conoce, ni siquiera su existencia, k
razón humana: p. ej., el dogma de la Trinidad,
de la Encarnación, etc. En sentido estricto úni­
camente á éstos se aplica el nombre de misterios*
Dios ha podido y querido comunicarnos estas
verdades altísimas y su existencia es tan innega­
ble como la de la revelación misma. En efecto,
la limitación natural de nuestro encendimiento,
incapaz de comprender por sí íuismo verdades
tan hondas y la imposibilidad de conocerá Dios
directamente, de percibir lo sobrenatural y de
prever lo venidero, son razones más que sufi­
cientes para que Dios se haya dignado compar­
tir con el hombre los misterios, necesarios por
20Ó

otra parte á fin de que el hombre conozca su al­


tísimo destino y perfeccionando su entendimien­
to con tales verdades, ordene su voluntad hacia
el logro de su bien y fin últimos.
6 0 2 . M e d io s p a ra conocer la v e rd a ­
d e ra revelación.—Si, pues, la existencia de
la revelación es un hecho incontrovertible, al
entendimiento humano incumbe sólo servirse de
los medios más adecuados para no confundir la
verdadera con la falsa revelación, el misterio con
la superstición. Estos medios son dos: los mila­
gros y las profecías.
6 0 3 . N a tu ra le z a d e l milagrro.—Lapa-
labra castellana milagro, se deriva de la latina
miraculum y éstaá su vez del verbo mirari, ad-J
m irarse, maravillarse. De manera,que nominal­
mente hablando, es milagroso todo aquello que
cautiva nuestra admiración, que nos maravilla;
y suelen maravillarnos aquellos efectos cuyas
causas nos son desconocidas, ó que se presentan
aparente ó realmente contrarios ó superiores al
orden natural. Pero como reconocemos éntrelas
cosas tres órdenes ó mundos, á saber: el mun­
do físico, el mundo intelectual y el mundo mo­
ral, de aquí que los hechos milagrosos puedan
referirse ¿ estos tres órdenes distintos, en todos
los cuales se hit dejado sentir la acción divina,
realizando hechos fuera del orden natural, contra
207

el orden natural y sobre el orden natural. Ejem ­


plos: es milngro del orden físico la instantánea
curación del ciego de nacimiento de que nos ha­
bla el Evangelio; milagros del orden, intelectual
son todas las profecías, y puede citarse como mi­
lagro del orden moral la conversión d d mundo
pagano al cristianismo. Para comprender la na­
turaleza del milagro, podemos pues definirle, en
sentido lato ó genérico, «todo hecho sobrenatu­
ral, tanto del orden físico como del intelectual y
moral»; y en sentido estricto ó específico, «todo
hecho sensible y divino en su causa, que sobre­
puja las fuerzas del mundo físico ó deroga algu­
na de sus leyes.» De esta definición se despren­
de, que dos son los ^elementos que ha de conte­
ner todo milagro: uno natural, físico, sensible,
que conocido inmediatamente por et hombre,
pueda apreciarse como signo y prueba exterior
de la religión revelada, verdaderamente divina;
y otro elemento sobrenatural, divino, que es la
dausa misma del m ilagro, esto es, la acción de
Dios produciéndole. Si el hecho es producido
por una causa finita ó segunda, es decir, por cual­
quiera de las fuerzas creadas, ya no procede inme­
diatamente de Dios, y no puede considerarse,
por ende, como signo doctrinal ó prueba de la
revelación. Evidente se presenta este carácter en
los milagros todos operados directamente por
ao8
Jesucristo é instrumental ó indirectamente por
sus Apóstoles, La resurrección de un muerto, la
multiplicación de los panes, la curación instan­
tánea y mediante una sola palabra de un paralí­
tico ó ciego, la marcha de Jesucristo sobre las
aguas, su ascensión por los aires, etc., son indu­
dablemente hechos superiores á las fuerzas del
mundo físico y de la naturaleza humana. Hemos
dicho, que otro de los caracteres del milagro
consiste en que el hecho milagroso deroga á
veces alguna de las leyes naturales; pero esta cir­
cunstancia ní es esencial, ni absolutamente ne­
cesaria, antes bien, la mayor parte de los m i­
lagros, p. ej., que un ciego vea y un paralítico
ande, no se oponen á ley natural alguna, ni á la
acción final de las fuerzas físicas y causas segun­
das sobre los órganos curados. El milagro radica
entonces en la manera excepcional, extraordina­
ria, maravillosa como se efectuó la curación.
Esto no empece para que, contra el parecer
hasta de ciertos teólogos, haya milagros que son
derogaciones clarísimas, excepciones transito­
rias de las leyes naturales ¿Quién sostendrá,
p. ej , que la entrada de Jesucristo en habitación
cuyas puertas estaban y permanecieron cerradas
(jauuis claiísis) no es contraria á la ley de la im­
penetrabilidad de los cuerpos? L o mismo sucede
con la realidad del cuerpo y sangre de Nuestro
209

Señor Jesucristo en la sagrada Eucaristía, sin


apariencia alguna, y las apariencias de pan y de
vino sin realidad de tales substancias.
604. P o s ib ilid a d de loa m ilagros.
Rousseau tenía por loco al que negaba la posibi­
lidad de los milagros; pero los impíos contem­
poráneos, con Renán, Strau sy los materialistas
todos á la cabeza, invierten los términos, dudan
del sano juicio de cuantos, por la misericordia
divina, creemos en los milagros y sostienen que
los doce primeros capítulos de los Actos de los
Apóstoles son un tejido de absurdos. Probemos,
pues, contra todos ellos, que el milagro es po­
sible como hecho superior á las fuerzas de la
naturaleza, como derogación de alguna ley físi­
ca, moralmente posible y conforme, por último,
á la sabiduría divina.
i . ° Para que Dios pueda producir fenóme­
nos superiores á las fuerzas naturales, fenóme­
nos que en ningún caso pueden ser producidos
por éstas, basta reconocer en Dios cierta ener­
gía superior á las fuerzas todas del mundo físico;
es así que en Dios todo es, no solamente supe­
rior, sino infinito, y por ende está dotado de
potencia infinita; luego Dios puede efectuar mi­
lagros consistentes en hechos superiores á las
fuerzas naturales. Para que, p. ej., las llamas del
horno de Babilonia no quemasen á los tres jó-
1
4
210
venes hebreos, bastaba que otra fuerza igual y
opuesta d la del fuego les impidiese acercarse á
sus delicados cuerpos y abrasarlos, pues sabido
es que fuerzas iguales y opuestas se destruyen,
al menos en sus efectos. AhoYa bien, ¿h a b rá na­
die que niegue á Dios, autor de las fuerzas to­
das d éla naturaleza, poder suficiente para neu-
tralizar la acción destructora del fuego, que nos
ocupa, por medio de fuerzas análogas y opues­
tas? Ninguna dificultad ofrecen tampoco esta
clase de milagros cuando se realizan por inter­
cesión ó ministerio de un Santo,pues el hombre
desempeña entonces el oficio de mera causa
o c a sio n a l ó instrumental, siendo siempre el mis­
mo Dios la verdadera causa eficiente del hecho
milagroso.
2 . a Los positivistas contemporáneos niegan
la posibilidad de los milagros, que consisten en
derogaciones de las leyes físicas, porque dichas
leyes, según ellos, son esenciales, necesarias, y
su derogación es absolutamente imposible. Aquí
se confunde el orden tnetnfisico con el físico y
se atribuye á éste la imposibilidad absoluta, que
es exclusiva de aquél. Cierto que ni Dios m is­
mo puede nada contra la esencia de las cosas,
pues esto sería monstruoso y absurdo; pero las
leyes físicas ¿son verdaderamente esenciales y
absolutamente necesarias? Así seria si formasen
311

parte de la constitución ó naturaleza íntima de


cosas, hasta el punto de que éstas no pudie­
ran existir sin aquéllas. N osotros, sin embargo,
concebimos perfectamente los objetos tísicos sin
«star sometidos á movimiento ni orden dados,
que son el fundamento de toda ley física; luego
dichas leyes no son esenciales á la materia. C on ­
cebimos, sí, como esencial y absolutamente ne­
cesaria la relación entre el efecto y su causa, de
manera que el principio que dice <tno hay efec­
to sin causa» no solamente es ley física, sino
más bien metafísica; pero no á la inversa, pues
puede haber y hay causis que no produzcan sus
naturales efectos. ¿Q ué se necesita, p. e j., para
que la ley física de la gravedad sufra excepción
ó quede derogada en momento dado? Sencilla­
mente que sea neutralizada por otra fuerza igual
y opuesta. ¿Dios puede hacer esto? Indudable­
mente, sin el menor esfuerzo y sin que la ex­
cepción, derogación ó suspensión para un caso
dado altere ni poco ni mucho el orden univer­
sal establecido y conservado por Dios mismo.
N os dice el Evangelio, que Jesucristo caminaba
sobre Jas aguas como sobre tierra firme y que
se elevó en los aires, siendo uno y otro milagro
derogación instantánea y manifiesta de la ley de
la gravedad. ¿Qué tuvo que hacer al efecto el
Omnipotente? Oponer nada más otra fuerza
2 12
igual á la de la gravitación para que ésta queda­
se en potencia y sin producir sus naturales efec­
tos. Son, porlo tanto, posibles los milagros que
consisten en derogaciones de las leyes físicas.
3 .0 Se rechaza también la posibilidad moral
del milagro, fundándose en que no se concibe
un Dios caprichoso, que tan pronto impone le­
yes á las criaturas como las deroga sin razón su­
ficiente para ello, que introduce el desorden en
la naturaleza y está:! mercedde las veleidades de
los Santos, No cabe manera más absurda de dis­
currir. Nada tan diyno de la alteza divina como
la enseñanza de la verdad religiosa y moral y et
encomio de la virtud, puesto que la perfección
humana consiste en ¿1 conocimiento de la ver­
dad y en la práctica del bien; y nada también más
á propósito que el milagro para el logro de fines
tan útiles. L a disertación es propia del filósofo:
el milagro es el lenguaje de Dios. Toda la elo­
cuencia del mundo junta dobla Ja cabeza aver­
gonzada ante el efecto prodigioso producido por
la resurrección de un muerto. Por otra parte, el
milagro físico es perfectamente compatible con
el orden universal, que continúa cumpliéndose
y los taumaturgos contribuyen á su realización
como meras causas ocasionales ó instrumenta­
les, de que Dios se sirve con derecho incontro­
vertible para ello.
213
4 .° P or último, el milagro en nada se opo­
ne á la inmutabilidad, sabiduría y bondad divi­
nas; antes al contrario confirma estos atributos
de Dios. En primer lugar, Dios tiene previsto
y querido desde la eternidad, no solamente las
leyes-generales porque se rije el mundo físico,
sino también las excepciones y derogaciones es­
peciales, que ha de producir cada m ilagro; en
segundo lugar,'siendo la revelación divina m o­
ralmente necesaria para la salvación del hombre,
y el milagro la prueba más concluyente y bri­
llante de la divinidad de la revelación, la sabi­
duría de D ios se ostenta en tales prodigios; y
en tercer lugar, no pudiendo conocer por sí mis­
mos, mediante simples raciocinios, muchos
hombres, por no decir todos, la verdad religio­
sa, la bondad de Dios resplandece igualmente
en el hecho de haberse dignado testificarla por
medio de los milagros.
De todo lo cual resulta, que el m ilagro es
posible como hecho superior i las fuerzas físi­
co-químicas, como derogación especial de las
leyes generales de la naturaleza, m oralmcnte
posible y perfectamente compatible conlos atri­
butos de Dios.
605. lte a lld a d de los m ilag ro s*—L o s
milagros no son únicamente posibles, sino ade­
más reales, existentes, realidad ó existencia que
214
vamos á probar refiriéndonos A los milagros
evangélicos, porque éstos son los que principal­
mente demuestran la v e ra cid a d de la religión re­
velada. ¿Q.u¿ pruebas tenemos á nuestra dispo­
sición? £ 1 testimonio histórico únicamente, lo
mismo que.sucede cuando se intenta probarotro
hecho antiguo cualquiera, por mucha que sea
su importancia, ¿ Y qué garantías ó caracteres de
certidumbre reclama la critica más exigente en
los testimonios históricos que admite? Cuatro:
dos referentes A los hechos y los otros dos á los
escritores que los narran, ¿saber: los hechos han
de ser públicos é importantes y Jos historiado-
res capaces y veraces. Ahora bien, los hechos
de cuya autenticidad aquí tratamos, como sabe
todo el mundo, consistieron en que Jesucristo
Nuestro Señor, con la eficacia sólo de su prodi-
giosa palabra, instantáneamente devolvía la sa­
lud á los enfermos, la vista á los ciegos de naci­
miento, la acción A los paralíticos; resucitaba ¿
los muertos, con unos pocos panes y peces ali­
mentaba A millares de personas, etc., etc., y to­
dos estos hechos se realizaban públicamente, á
la luz del medio día y ante muchedumbres, que
pudieron comprobar tales prodigios y que co­
nocían y trataban intimamente á los agraciados.
Todos estos hechos además eran importantísi­
mos é insignes, puesto que se realizaban nada
215
ni^tiüs que para hacer cambiar de religión al
mando, hundiendo para siempre el judaismo y
paganismo, entonces imperantes. Se trata ade­
más de hechos físicos, materiales y para cuya
apreciación bastan los sentidos. De los cuatro
evangelistas que los refieren, dos fueron testigos
oculares, los otros dos vivieron con personas que
los presenciaron, los cuatro están contestes en
el fondo y en las conclusiones doctrinales de lo
que relatan y todos eran suficientemente capa­
ces para la apreciación de hechos sensibles ó fí­
sicos* Por último, la veracidad de los relatos evan­
gélicos caracterizada y comprobada está por la
sencillez, el candor y la la ingenuidad con que
los refieren los historiadores sagrados, caracte­
res abiertamente opuestos á la doblez y mala fe,
y por la moralidad ysantidad de la obra y de la
doctrina. Todo está corroborado además por el
testimonio de escritores profanos contemporá­
neos, por las tradiciones nunca interrumpidas,
por los monumentos y hasta por el milagro, pal­
pitante aún, déla conversión del mundo al cris­
tianismo y de la deificación de un supuesto cri­
minal crucificado. Preciso es pues confesarlo: los
milagros evangélicos reúnen en el más aho grado
de perfección los elementos todos de la certi­
dumbre histórica. Negar su realidad y existencia
es destruir de una plumada la Historia entera.
2 16
R e su m e n .
¿Qué clase de verdades contienen los Sagrados
Libros.
D os: naturales y sobrenaturales ó m isterios,
¿Por qué es conveniente que nos hayan sido re ­
veladas ciertas verdades del orden natural?
Porque por dicho medio llegan ¿noticia de todos,
se adquieren sin trabajo y nos preservan del error.
¿Que es un misterio y cómo se prueba su exis­
tencia y necesidad. .
Damos el nom brede m isterioá una ve rd ad ó p ro ­
posición, cuyos términos y aun reciproca convenien­
cia conocem os suficientemente, pero ignoram os có­
mo y por qué el predicado conviene al sujeto. C ono­
cem os los misterios por la revelación y su necesidad
procede de la natural limitación de nuestro entendi­
miento y de la imposibilidad de conocer á Dios di­
rectamente.
¿Por qué medios se conoce la revelación?
Por los milagros y las profecías.
¿Q u¿ se entiende por m ilagro?
En sentido lato ó genérico, todo hecho sobrena­
tural, wnto del orden tísico com o del intelectual y
moral; y en sentido estricto ó especifico, todo hecho
sensible y divino en su causa, que sobrepuja tas fuer­
zas del mundo físico ó deroga alguna de sus leyes.
¿Cóm o se prueba la posibilidad de los m ilagros?
N otando, que habiendo en Dios fuerza ó poder
infinitos y siendo ademas el autor de las leyes na­
turales, siempre que lo crea necesario ó conveniente,
217
puede sobrepujarlas, neutralizarlas, suspenderlas ó
alterarlas en momento y lugar dados.
¿Cóm o se prueba su existencia?
P o r el testim onio capaz y veraz de tos testigos
oculares ó de referencia, y de la misma m anera que
los hechos históricos m is auténticos y m ejor com ­
probados.
2lS

C A P ÍT U L O L X X X IV .

Continúa.» las rola.oion.efl entre la


rovelaoión y la. razón,

6 0 0 . D u l a s p r o f e c í a s .—Se llama prof¿-


cía la predicción cierta de un acontecimiento
futuro, que no lia podido preverse por causas
naturales y que se hace en confirmación ó prue­
ba de alguna doctrina: p. ej. todas las conteni­
das en el Antiguo Testam ento. Verdadera, re­
velación será, por lo tanto, aquella que tenga
■en su apoyo milagros y profecías, privilegio ex­
clusivo del cristianismo, predicado é instituido
por Cristo nuestro bien. No contento el Reden­
tor del mundo con liaber predicado y difundido
la verdadera religión revelada, antes de partir
de este mundo para tomar asiento ¿ la diestra
del Padre, instituyó su Iglesia, de la cual habla­
remos extensamente al tratar de la sociedad re­
ligiosa, y la instituyó como maéstra infalible de
verdad y depositaría de los medios de santifica­
ción que el hombre necesita para conseguir su
salvación eterna. De donde lógicamente se in­
fiere que para salvarse, no sólo son obligatorios
2\9
los preceptos divinos, sino también los manda­
mientos eclesiásticos.
607, IVo puedo h a b er oposivióu v e r­
d ad era entre la revelació n y la razón*.
De dos maneras puede demostrarse la proposi­
ción precedente, a prior i y a posteriori. Se de­
muestra del primer modo diciendo: aguas que
proceden de la misma fuente, necesariamente
han de participar de idéntica naturaleza. L a ra­
zón humana procede de Dios, de cuya divina ra­
zón, aunque en grado ínfimo, aquélla participa
y es como destello insignificante; la revelación
no es otra cosa mas que Dios mismo dignándose
comunicar con el hombre. De manera, que ó
suponemos que Dios se pone en contradicción
consigo mismo y que se complace en el engaño,
haciendo que comprenda el hombre una cosa por
medio de la luz natural de su razón y comuni­
cándole la opuesta por medio de la revelación,
lo cual además de absurdo es blasfemo; ó tene­
mos que confesar que nunca puede haber verda­
dera oposición entre la re v e la ció n y la razón.
Puede demostrarse también a posleriori, que
dicha oposición ni es posible, ni existe. A l
efecto, basta estudiar de uno en uno, á la luz de

1 Nullü uuqttaui iuter Jidem el raliontni vera disseitsio


este potest. Concilio Vaticauo, Cansí, di Fidt catb. c. IV .
220

una crítica imparcial y de la verdadera Historia,


los supuestos conflictos entre la ciencia y la fe,
con tanta fruición como malicia señalados por
los enemigos de lo sobrenatural, y se verá que
hay siempre acuerdo entre la solución verdade­
ramente científica y la solución religiosa. Sí
ciertos descubrimientos, mal interpretados ó
superficialmente conocidos, parecieron, al prin­
cipio, contrarios al relato bíblico, descubrimien­
tos posteriores y más profundos estudios han
venido siempre a restablecer la verdad revelada,
la cual, mientras la verdad científica cambia y
se modifica i cada paso, permanece invariable
y firme al través de los siglos.
608. L a fe n o e s « c o n tr a r ia s in o s u ­
p e r i o r á la r a z ó n .—Cuando se trata de las
verdades naturales, la coincidencia es completa
y admirable entre la razón y la fe; pero en el or­
den sobrenatural no cabe la conformidad dicha,
porque la razón humana es limitada y no puede
comprender lo que sin el menor esfuerzo en­
tiende la razón infinita. N o obstante, esta falta
de coincidencia no supone contradicción, sino
limitación, que son cosas diferentes. De manera
que, para hablar con exactitud, debemos decir
que la fe no es contraria, sino superior á la ra­
zón, esto es: por medio d éla revelación ó de la
fe puede llegar á conocer el hombre, tanto las
221

verdades naturales como las sobrenaturales, lo


mismo las simples verdades científicas que los
misterios; al paso que por medio de la razón
únicamente podemos adquirir conocimientos na­
turales, dentro siempre de los límites é imper­
fección del entendimiento humano.
605)» O b l i g a c i ó n d e p r o f e s a r l a r e l i ­
g ió n r e v e l a d a . —E s evidente que el hombre
tiene el deber de prestar asentimiento firmísimo
á la palabra divina revelada, pues co m o dijimos
(^578), Dios no puede engañarse, ni puede q u e­
rer engañarnos y es dueño también de elevarnos
á un orden sobrenatural. Siendo Dios, por otra
parte, la verdad suma y aspirando siempre nues­
tra inteligencia á lo verdadero, es obvio que
tenemos obligación de abrazar, no solamente
aquellas verdades que conocemos por medio de
la luz de la razón, sino también aquellas otras
que Dios lia querido revelarnos. Bajo otro as­
pecto, puesto que ni hay ni puede haber opo­
sición alguna entre la razón y la revelación, sí­
guese de aquí que es obligatorio para el hombre
profesar la religión revelada, siempre que haya
llegado á su noticia.
6 1 0 . E l in d if e r e n t is m o r e l i g i o s o e s
a b s u r d o .—Son indiferentes en religión los que
desdeñan 11 omiten el estudio de las verdades
religiosas, que, ó no conocen; ó miran como
222

igualmente aceptas á los ojos de Dios, las dife­


rentes religiones de los pueblos. El indiferentis­
mo religioso es absurdo porque, siendo una la
verdad, uno el verdadero Dios, una también la
verdadera revelación y una, por último, la re­
ligión verdadera; para Dios no pueden ser igual­
mente aceptables los cultos falsos y el verda­
dero. Dios no puede premiar de igual manera
al que profesa la verdad y practica el bien, que
al que profesa la superstición y opera el maL
El indiferentismo religioso es la calamidad ma­
yor, que puede caer tanto sobre el individuo
como sobre la sociedad.
O I 1 . R e s u m e n d e lo s d e b e r e s q u e e l
h o m b r e t ie n e p « p a c o n D i o s .—Resulta de
todo lo expuesto, que el hombre debe, ante
todo, conocer al verdadero Dios, para luego amar­
le sobre todas las cosas y con todas sus poten­
cias y sentidos, confiar en sus promesas, dar
crédito á su palabra infalible, adorarle, obedecerle
ciegamente, tributarle el culto interno y externo,
privado y público, que le es debido, Jjonrar su
santo nombre no tomándole nunca en vano,
agradecerle los infinitos beneficios recibidos, y
por último exponerle respetuosamente por me­
dio de la oración, tanto mental como vocal, sus
necesidades por si se digna complacerle y oir
sus súplicas.
223
R e sn m o n .
¿ A qué se da el nom bre de profecía?
A la predicción cierta de un acontecimiento fu­
turo, que no ha podido preverse por causas natura­
les y que se hace en confirmación de alguna doc­
trina.
¿Cóm o se demuestra que no puede haber oposi­
ción verdadera entre la razón y la revelación?
La razón humana procede de D ios, de cuya di­
vina razón, aunque en grado ínfimo, aquélla partici­
pa y escom o destello insignificante; la revelación no
es otra cosa mas que Dios mismo dignándose com u­
nicar con el hombre. De manera que, ó suponemos
que Dios se pone en contradicción consigo mismo
y que se complace en el engaño, haciendo que com­
prenda el hombre una cosa por medio de la luz natu­
ral de su razón, y comunicándole la opuesta por m e­
dio de la revelación j lo cual además de absurdo es
blasfemo; ó tenemos que confesar que nunca puede
haber verdadera oposición entre la revelación y la
razón.
¿Por qué decimos que la fe no es contraria sino
superior á la razón?
Porque la razón comprende ¿nicamente lo natu­
ral y por la revelación tenemos noticia de lo sobre­
natural, y ya hemos visto que entre la razón y la re­
velación no hay contradicción, sino subordinación.
¿Tenem os obligación de profesar la religión reve­
lada?
Indudablemente, porque siendo Dios la verdad
224
suprema y aspirando siempre nuestra inteligencia á
lo verdadero, es obvio que tenemos obligación de
abrazar, no solamente aquellas verdades que cono­
cemos por medio de la razón, sino también aquellas
otras que Dios ha querido revelam os; luego tenemos
obligación de profesar la religión revelada.
¿Cóm o se prueba que el indiferentismo religioso
es absurdo?
El indiferentismo religioso es absurdo, porque,
siendo una la verdad, uno el verdadero -Dios, una
también la verdadera revelación y una, por último,
la religión verdadera; para Dios no pueden ser igual­
mente aceptables los cultos falsos y el verdadero.
¿De qué manera podemos resumir los deberes ■
religiosos, ó sea los del hombre para con Dios?
De la siguiente manera: el hombre debe conocer
al verdadero Dios, amarle, confiar en sus promesas,
dar crédito á su palabra infalible, adorarle, obedecer­
le ciegamente, tributarle el culto que le es debido,
honrar su santo nombre, agradecerle los beneficios
y orar ante su divina presencia.
Segunda sección de la Deonlologia.

Jia r a i individual, ó debereM del h o m b r e


p a ra co n tig o m i amo.

C A P IT U L O L X X X V .

D e b e r e s relativos al alm a .

61S. F u n d a m e n t o d e lo s d e b e r e s d e l
h o m b r e p a r a c o n s i g o m i s m o . —T erm in a­
do el estudio de la Moral religiosa y conocidos
los deberes del hombre para con Dios, procede
dar comienzo á la Moral individual, esto es, d
los deberes que el hombre tiene para consigo
mismo, prescindiendo de sus semejantes y con­
siderado únicamente como individuo racional.
El fundamento de estos deberes no está ni pue­
de estar en el hombre mismo, porque toda obli­
gación supone una persona que obliga y otra
que por la primera es obligada; y en este sen­
tido claro está que el hombre no puede ser d la
vez sujeto y objeto ó principio y término de sus
226
deberes. En realidad, pues, los deberes indivi­
duales forman parte integrante del orden univer­
sal establecido por Dios mismo, y en esta esfera
altísima y como resultado de las determinacio­
nes que el Criador ha querido que se cumplan en
las criaturas todas, hay que buscar el fundamen­
to de estos deberes. Sería absurdo que el hombre
fuese el único que se sustrajese á este orden uni­
versal querido y preceptuado por Dios desde ab
atUrno y que las criaturas todas secundan y cum­
plen según sus respectivas naturalezas.
G 13 . J> e c ó m o e l h o m b r e s e o b l i g a ¿
s í m is m o .—El hombre puede obligarse á sí
mismo, aunque como sabemos, la razón y fun­
damento de estas obligaciones no se encuentra
en el hombre, si bien la naturaleza racional está
dotada de los elementos necesarios para que
estas obligaciones se hagan presentes y efec­
tivas. En efecto, la ra^óti humana conoce el bien
y lo concibe como raoralmente obligatorio,
mientras la voluntad tiende nativamente hacia
él y libérrimámente puede quererlo ó no que­
rerlo, practicarlo ó omitirlo. Podem os, por lo
tanto, considerar A la razón como elemento
obligante y á la voluntad como elemento obli­
gado. N o se olvide, sin embargo, que el hom­
bre no puede obligarse á sí mismo en virtud de
autoridad propia, pues esto equivaldría A con­
227

ceder d la moral individual una base variable y


movediza. L a razón humana, participación y
reflejo, aunque pálido, de la razón divina, orde­
na y manda en nombre de ésta; la voluntad del
hombre practica ó nó Ubérrimamente los man­
damientos divinos y racionales d la vez; y de
esta manera el destino humano se cumple en
perfecta harmonía con el destino universal de los
seres.
6141. P re c e p to gen eral á que pueden
re d u c irse iod os estos deberes.—La filo­
s o f ía estóica reducía toda la Moral á la célebre
fórmula absiine (abstente) et susiitic (y sufre)*
Pero difícilmente pueden inferirse de este prin­
cipio los deberes del hombre, singularmente los
de caridad, para con sus semejantes. Más exac­
to sería considerarle como el precepto general
que virtualmente contiene los deberes todos del
hombre para consigo mismo. Nosotros, sin em ­
bargo, lo formulamos con mds claridad, aunque
no con tanta concisión, diciendo: haz todo
aquello que favorezca tu propia conservación y
perfeccionamiento, lo mismo en el orden físico,
que en el intelectual y moral; y omite rodo cuan*
to pueda perjudicarte apartándote de tu destino
últimQ.
6 1 5 . D e l am o r propio. — Entendemos
por amor propio¡ esa solicitud natural y perma-
228
nente, que inclina al hombre á satisfacer todas
sus necesidades, anhelos y aspiraciones con el
único propósito de ser feliz. L a afición que nos
arrastra hacia las demás cosas, lo mismo que el
amor que profesamos á muchas personas, en la
m ayor parte de los casos son consecuencia ne­
cesaria y legítima del amor propio. En las cosas
y personas dichas, más bien que á ellas mismas,
amamos la relación de conveniencia que las une
al que ama, las satisfacciones y utilidades que
le proporcionan. De aquí que el amor propio,
considerado como principio de acción, p ued a,
satisfacerse ordenada y desordenadamente, en
conformidad ó desacuerdo con la ley moral. En
el primer caso, el amor propio es santo y bue­
no y hasta puede considerarse como la fuente
de todo bien, referente íí nosotros mismos: en
el segundo caso, ol amor propio es vituperable
y m alo, pues nos impele á sacrificar el bien aje­
no á nuestro propio bien, mal entendido, y en­
tonces recibe el nombre de egoísmo. El amor
que el hombre tiene obligación de profesarse á
sí mismo, es cosa tan natural y por lo tanto ne­
cesaria que no la preceptúa la ley. En el artícu­
lo primero del Decálogo se nos manda amar á
D ios y amar también al prójim o, pero no amar­
nos á nosotros mismos. Esto, como instintivo
y natural que es, lo da Dios por supuesto, y en
229
cambio cuando nos dice «amarás d tu prójimo
como á ti mismo,» nos propone el am or propio
como tipo y modelo del que debemos á núes-
tros semejantes.
0 1 6 . Clasificación ge n e ra l de los d e ­
beres del h o m bre p a ra consigo m ism o.
Compuesto el hombre de alma y cuerpo, divi­
diremos los deberes que tiene para consigo
mismo, ante todo, en deberes del hombre para
con su alma y deberes para con su cuerpo; y en se­
gundo lugar subdividiremos los deberes para
con el alma en deberes relativos al entendí míen­
lo, á la voluntad y á la sensibilidad, ocupándonos
de estos últimos al tratar de los del cuerpo por
el carácter orgánico que tiene la potencia sen­
sitiva.
6 1 7 . D e b e re s gen erales p a ra con el
alm a.—Hl primordial deber que tenemos para
con nuestro espíritu consiste en educarlo y per­
feccionarlo convenientemente para que le sea
dado alcanzar su verdadero y último fin. N ó
hablamos de la conservación de nuestra alma
porque, como se demostró en Psicología (capí­
tulo X X X I ) , es inmortal, y aunque físicamente
podemos atentar contra nuestra propia vida,
resultado de la unión substancial entre el cuerpo
y el alma, la vida de ¿sta es independiente del
orgauismo y únicamente pudiera ser aniquilada
2$0
por el mismo Dios, que la creó. El perfeccio­
namiento del espíritu racional no es posible sí
no ocupa en el hombre el puesto que por n a­
turaleza le corresponde. La iniciativa y direc­
ción pertenecen al alma: propias son del cuerpo
la sumisión y obediencia. N o queremos decir
con esto que el cuerpo ha de ser despreciado y
áun martirizado por el alma. La excelencia del
organismo, como parte integrante del hombre,
ha sido reconocida siempre por la sana Filosofía;
y el espíritu, en el sabio gobierno del hombre,
no .puede ni debe prescindir de las exigencias
naturales y ordenadas del cuerpo, pues seme­
jante conducta sería contraria al deber de la
propia conservación. Manda el alma y obedece
el cuerpo; pero dentro siempre los dos de las
racionales prescripciones de la ley m oral. L as
groseras tendencias corporales, producto de la
concupiscencia original, se oponen A veces al
perfeccionamiento del espíritu y en tales casos
la elección no es dudosa: el alma tiene entonces
el deber de enfrenar la carne y de orillar cuan­
tos obstáculos’la aparten de su verdadero cam i­
no, como con exactitud grande dice el P . Men-
dive: «ya porque lo menos noble debe estar
subordinado á lo más noble; ya porque las fun­
dones corporales son por las espirituales; ya
finalmente porque todo acto libre debe ser ho­
331

nesto y por lo tanto debe ir regulado por Ja


razón1 .»
6 1 8 « D e b e re s relativo s al entendi­
miento.—La verdad es el alimento natural y
propio del entendimiento, y el primero de nues­
tros deberes para con esta nobilísima potencia
consiste en adquirir la verdad por cuantos m e­
dios estóu á nuestro alcance, rechazando siem ­
pre el error y procurando salir á toda costa del
estado degradante llamado ignorancia. T e n e ­
mos el deber de instruirnos porque la instrucción
es lo único que perfecciona el entendimiento;
pero no todos tienen obligación de ser sabios
aprendiendo ciencias, lenguas, artes, etc. De
aquí la necesidad de establecer entre los cono­
cimientos humanos cierto orden de prelación
según la mayor ó menor fuerza con que su ad­
quisición obliga. El orden dicho es como sigue:
1.° Verdades religiosas.
2 .a Verdades morales.
3 .0 Verdades profesionales.
4 .0 Verdades legales.
5 .0 Verdades científicas, artísticas, etc.
En efecto, para todo hombre, de todo sexo,
edad y condición, es un deber ineludible el co-

1 Eltnunlos de Directo Naturaly pig. 72. V alladolid,


1S84.
233
nocimicnto de las verdades religiosas necesarias
para salvarse, con lo cual no querem osdecirque
todos tienen la obligación de ser teólogos; pero
sí que todos tienen el deber moral de entender
y saber el Catecismo. Por aquí ha de empezar
siempre el perfeccionamiento de la inteligencia
humana* Las verdades moralesf que en cierto sen­
tido están contenidas en las anteriores, 110 son
menos obligatorias que las verdades religiosas.
Para lograr nuestro fin todos debemos saber dis­
cernir el bien del mal, d cuyo efecto no basta
siempre la luz natural de la razón; de donde se
sigue Ja obligación que todos tenemos, no de
ser sabios moralistas, sino de ilustrar nuestro
entendimiento con las verdades filosófico-mora-
les necesarias para el cumplimiento de nuestros
deberes. Comprendemos bajo la denominación
de verdades profesionales aquellos conocimientos
sin los cuales es imposible d e s e m p e ñ a r con
acierto los deberes peculiares del estado, indus­
tria, profesión ó cargo, que cada uno tiene en la
sociedad. Su adquisición es un deber imperioso
para con nuestro entendimiento. En conciencia
nadie puede aceptar un nuevo estado ó cargo,
sin los conocí alientos necesarios para desempe­
ñarlo con acierto. El cumplimiento de los de­
beres del ciudadano, miembro de una sociedad
política cualquiera, exige también ciertos cono­
23 Í
cimientos legales, en conciencia obligatorios,
pues sabido es que la ignorancia de derecho á
nadie excusa. P o r último, si después de cono­
cidas todas las verdades dichas, hubiese tiempo
y condiciones á propósito, tendríamos también
el deber de adquirir conocimientos meramente
científicos, artísticos, etc., para no mantener en
la inacción al entendimiento, proporcionándole
por el contrario, los medios de ilustrarse según
el estado y condición de cada cual. Tan vitupe­
rable es la holganza intelectual como la corpo­
ral. La virtud cardinal denominada prudencia, que
consiste en el acierto, discreción ó rectitud con
que se piensa, se habla ó se obra, es el más alto
í*rado de perfección moral que puede adquirir
el hombre respecto á su inteligencia.
619> D e b e re s relativos á la volun­
tad.—Tam bién la voluntad es susceptible de
educación y perfeccionamiento. T o d o lo que la
vigoriza, la ennoblece y perfecciona: todo lo que
la debilita, la degrada y medio destruye. De aquí
la superioridad de los caracteres enteros y varo­
niles sobre los flojos y débiles. Conservan aque­
llos su energía y noble libertad para vencer to­
da clase de obstáculos y practicar el bien; al paso
que con frecuencia son ¿stos juguete miserable
de susapetitos y pasiones é instrumento del mal­
vado que los explota, A toda costa debemos au­
2J4
mentar la energía de nuestra voluntad para adqui­
rir poco d poco un carácter varonil y digno, con
cuyo auxilio siempre seamos dueños de nosotros
mismos. L a virtud cardinal de la fortaleza, que
consiste en el valor necesario para arrostrar todos
los peligros y áun la muerte misma antes que
infringir uno cualquiera de nuestros deberes, es
la más perfecta manifestación de las obligacio­
nes que tenemos para con nuestra voluntad. Se
ha dicho que el verdadero valor es un término
medio entre la temeridad y la cobardía; pero no
se crea que siempre hay temeridad en arrostrar
los peligros y cobardía en evitarlos. El verda­
dero valor, esto es, la fortaleza, es una virtud
siempre firme y siempre igual, que ni desmaya
ante peligro alguno por temeroso que sea, ni se
exalta y pierde el tino ante sus triunfos, por
grandes que hayan sido. Siempre que el deber
lo exije, afronta los peligros aunque sean gran­
des, y los evita aunque sean pequeños, en el
caso contrario. De aquí la grandeza de ánimo
(magnanimidad), la igualdad de humor (ecuani­
midad) y paciencia del hombre verdaderamente
digno y fuerte, que nunca dá cabida en su pe­
cho á la cólera, ira , rencor, venganza, etc., ni á
ninguna de esas bajas pasiones, que envilecen la
voluntad.
235
R e su m e n .
¿Cuál es el fundamento de los deberes del hom­
bre para consigo mismo?
£1 fundamento de los deberes que el hombre tie­
ne para consigo, no está ni puede estar en el hom -
bre mismo, pues los deberes individuales forman
parte integrante del orden universal establecido por
Dios mismo, y en esta esfera altísima, y como resul­
tado de las determinaciones que el Criador ha queri­
do que se cumplan en las criaturas todas, hay que
buscar el fundamento de estos deberes.
¿Puede el hombre obligarse á ú mismo?
No obstante, el hombre puede obligarse á sí
mismo, porque, aunque no haya en ¿1 autoridad pa­
ra ello, sí hay elementos naturales suficientes para
que la obligación se haga efectiva, pues propio es de
la razón el mandar y de la voluntad el obedecer.
¿Cómo se formula el precepto general, que con­
tiene todos los deberes individuales?
De la siguiente manera: haz todo aquello que
favorezca tu propia conservación y perfecciona­
miento, lo mismo en el orden físico, que en el in­
telectual y moral, y omite todo cuantopueda perju­
dicarte, apartándote de tu destino último.
¿Es bueno ó malo el amor propio ?
El amor propio, considerado como principio de
acción, se puede satisfacer ordenada y desordenada­
mente. En el primer caso es santo y bueno; en el se­
gundo vituperable y malo, y se llama egoísmo.
¿Cómo se dividen los deberes individuales?
236
En deberes para con el alma y para con el cuer­
po; y se subdividen aquéllos en deberes relativos al
entendimiento, á la voluntad y á la sensibilidad.
¿Q ué deberes tenemos para con nuestra alma?
El principal deber que tenemos para con nuestra
alm a, consiste en educarla y perfeccionarla conve­
nientemente para que-le sea dado alcanzar su verda­
dero y í;ltirao fin. La iniciativa y dirección p e rte n e ­
cen al alma: propios son del cuerpo la sum isión y
obediencia.
¿Cuáles son los deberes para con el entendimien­
to?
El primero de nuestros deberes para con el en­
tendimiento consiste en adquirir la verdad por cuan­
tos medios estén á nuestro alcance, rechazando siem­
pre el error y procurando salir í toda costa del estado
degradante llamado ignorancia. L a ciencia y la pru­
dencia son los dos objetivos morales á que debe ten­
der el hombre al perfeccionar su entendim iento.
¿Qué deberes tenemos para con la voluntad?
A toda costa debemos aumentar la energía de
nuestra voluntad, para adquirir poco á poco un ca­
rácter varonil y digno, con cuyo auxilio siempre sea­
mos dueños de nosotros m ismos. La virtud cardinal
de la fortaleza, que consiste en el valor necesario pa­
ra arrostrar todos los peligros y aun la muerte m is­
ma antes que infringir uno cualquiera de nuestros
deberes, es la más perfecta manifestación de las o b li­
gaciones que tenemos para con nuestra voluntad.
337

C A P ÍT U L O L X X X V I.

D e b e r e s re la tiv o s al cu erp o.

6 2 0 . P re c e p to gen eral que contiene


iodos los delicpcs del hom bre p a ra con
su cu erp o,—Los deberes del hombre para con
su cuerpo están virtualmente contenidos en la
siguiente fórmula general: practica todo cuanto
contribuya á la conservación de tu vida y salud
y al perfeccionamiento de tu organismo, y omi­
te lo que pueda perjudicarte.
6 9 1 - P rin c ip a le s necesidades del
cu erp o.—Las principales necesidades naturales
del cuerpo son: apetitodecom er (hambre), ape­
tito de beber (sed), apetito de hacer ó moverse
(actividad), y apetito de reposar (cansancio y
sueño). Todas estas necesidades físicas reclaman
con imperio su satisfacción, la cual logramos re­
pitiendo ciertos actos orgánicos. Aunque ins-
tintivos en su origen y violentos en sus* mani­
festaciones, es innegable el imperio que nuestra
voluntad ejerce sobre los actos dichos, como lo
prueba el hecho de que el hombre, si de veras
2*8

lo quiere, puede dejarse hasta morir de lum bre,


de sed, etc., y notorio.es también que de dos
maneras podemos satisfacer nuestras necesida­
des orgánicas, á saber: ordenada y desordenada­
mentey confonne y contra las prescripciones de
la ley moral. En el uso natural y legitimo, esto
es, en la ordenada satisfacción de nuestros ape­
titos, oríginanse ciertas virtudes, y en el abuso
ó sea en su desordenada satisfacción, ciertos vi**
d o s . P o r lo tanto, el primero de los deberes del
hombre para con su cuerpo consiste en k orde­
nada satisfacción de sus apetitos naturales, de tal
manera quepractique siempre la virtud y evite el
vicio.
6 2 S . V ic io s (fue tienen su origen en
la satisfacción desordenada de la s ne­
cesidades dichas.—La desordenada satisfac­
ción de los apetitos naturales engendra los si­
guientes vicios, que tienen su origen: la gula en
el apetito de comer, la ebriedad ó embriaguez en
el apetito de beber, la avaricia en el apetito ó
afán de trabajar y de agitarse, y la pereda, en el
inmoderado apetito de reposar. Todos ellos se
comprenden bajo la denominación genérica de
intemperancia.
62H . V irtudes que se oponen á estos
vicios.—Son virtudes opuestas á los vicios arri­
ba dichos las siguientes: contra gulafrugalidad,
2J 9
contra embriaguez sobriedad, contra avaricia lar­
guera y contra pereza diligencia. Todas ellas se
comprenden bajo la denominación genérica de
templanza.
624L Inconvenientes de la g u la y
ventajas de la fru ga lid ad .—Consiste la gu­
la en la desordenada satisfacción del apetito lla­
mado hambre. El placer que experimentamos
al comer es el medio de que lia querido valerse
el Hacedor paraque cumplamos con el deber de
tomar el alimento necesario para vivir. La co n ­
servación de la salud y de Ja vida es pues el fin
natural que nos proponemos comiendo. Con ra­
zón se ha dicho, que el hombre debe comer pa­
ra vivir y no vivir para comer. De donde re­
sulta que faltamos á los deberes para con el cuer­
po, alterando el orden natural, siempre que tro­
cando los frenos, convenimos el medio en fin
y el fin en medio, es decir: practicamos el vicio
de la gula siempre que después de satisfecha la
natural necesidad de comer seguimos aún co­
miendo con el sólo fin de saborear los manja­
res. El pecado de la gula tiene variadas y múl-
ples manifestaciones, que 110 son del caso; pero
todas ellas entrañan la misma inmoralidad y
ocasionan inconvenientes análogos. Pueden és­
tos dividirse en fisiológicos, intelectuales y m o­
rales. En el orden fisiológico, la gula debilita el
240
gusto del glotón, le hace perder poco d poco el
apetito, gasta sin necesidad sus fuerzasgástricas,
destruye los órganos de su aparato digestivo,
ocasiona multitud de graves enfermedades, acor­
ta la vida y es causa á veces de muertes repen­
tinas. «Esta causa, sin cesar renaciente, obra de
modos distintos, según la predisposición de los
varios sujetos. En la m ayor parte produce pri­
mero digestiones laboriosas, gastralgias, indiges­
tiones, y después de muchas recidivas, flegma­
sías agudas y crónicas del tubo digestivo, En-
jendra en otros una desagradable obesidad, que
muchas veces les inhabilita para toda especie de
ejercicio, predisponiéndolos A las congestiones,
Ala apoplegia, á la hidropesía, A las úlceras de
las piernas, á los cálcalos y sobre todo A la g o ­
ta1.» En el orden intelectual embota lentamente
la potencia intelectiva, destruyendo la claridad,
energía y viveza de las facultades del entendi­
miento; debilita la memoria; apaga la imagina­
ción y con el tiempo llega d producir la imbe­
cilidad. y el hebetismo. P or último, en el orden
m oral, la gula destruye poco A poco la energía
de la voluntad y predispone y estimula al hom­
bre para la práctica de todos los vicios. La fru ­

i La Medicina di laspasiones, por Descuret, traducción


española, pdg. 22$. Barcelona, 1868.
241

galidad, por el contrario, conserva la salud, alar­


ga la vid a, evita multitud de dolorosas enfer­
m edades, fomenta indirectamente la lucidez in­
telectual y contribuye á la lenta formación de
ese carácter enérgico y entero, indispensable
para el cumplimiento del deber y la práctica de
ía virtud.
6 2 5 . Inconvenientes de la ebried ad
y ventajas de la sobriedad.—f ^ e s a q u e l
cuyas facultades mentales están perturbadas por
la acción de substancias espirituosas ó narcóticas,
y damos el nombre de bórraclto al que tiene el
hábito de embriagarse. Una equivocación, im­
prudencia ó falta de costumbre pueden ocasio­
nar la e m b ria g u e z , la cual lia de combatirse en­
tonces como otra cualquiera enfermedad del
cuerpo. L a ebriedad ó borrachez, al contrario,
consiste en el hábito de satisfacer desordenada­
mente el apetito de beber, por medio de substan­
cias que perturban la razón. Com o decía Séne­
ca: ebridas ntbil aliudest quatn voluntaria insania;
la embriaguez es una locura voluntaria, que en
todas partes y en todas ocasiones debe evitar el
hombre cuerdo.1 Este vicio es aún más degra­
dante é inmoral que la gula, pues borra en el
hombre lo que le diferencia de los anim ales,

* Epist. XLVin.

242
equiparándole á los brutos* L a Moral no prohí­
be por completo el uso de los licores y narcóti­
cos que pueden ocasionar perturbaciones men­
tales. Todas las cosas creadas son verdaderos
bienes físicos, que Dios ha puesto al alcance del
hombre para que con ellos satisfaga sus necesi­
dades, tanto naturales como facticias. L o que la
Moral reprueba, de acuerdo con la Higiene, es
el abuso, abuso que destruye al hombre y le ale­
ja cada vez más de su destino. Los inconvenien­
tes de la ebriedad ó borrachez y ventajas de la
sobriedad son análogos á los de la gula y fruga­
lidad. En el orden fisiológico, cada vez es m e­
nor la excitación producida por los espirituosos,
por lo cual el bebedor aumenta la dosis; y el há­
bito de embriagarse debilita el estómago, altera
las funciones digestivas, produce dolores y c a­
lambres, agrava las enfermedades y , desde las
simples dispepsias y gastritis hasta las apoplegias
y el delirium íremcus, ocasiona tan graves y nu­
merosas enfermedades, que su solo recuerdo
asusta. En el orden intelectual, deteriora todas
las facultades, entorpece la imaginación, destru­
ye la memoria, priva al hombre de la razón, que
es su distintivo más precioso, y causa á veces la
locura. Por último, en el orden moral, incita al
libertinaje y á la cólera, aumenta extraordina­
riamente la criminalidad, degrada al hombre,
*43
inspírale algunas veces el suicidio y es causa de
que se pierdan muchas almas. L as ventajas de
la sobriedad son muchas y fáciles de determi­
nar, contraponiéndolas á los inconvenientes de
la ebriedad. £ 1 hombre sobrio no pierde nunca
su carácter nobilísimo de racional, vive sano y
feliz durante largos años, y está siempre en con­
diciones para lograr su destino último.
O S G. Inconvenientes de la avaricia»
y ventajas d e la largu eza.—Consiste la
avaricia en el apetito desordenado de riquezas,
en cuya posesión se funda la felicidad y para
cuya adquisición todos los medios, trabajos y
privaciones se consideran decorosos y lícitos.
Como se lee en los Sagrados Libros «no hay
cosa más detestable que un avaro1; para ¿1 la
fortuna es inútil*; atesora sin saber porqué3; sin
hijos, sin hermanos, sin herederos, y sin embar­
go trabaja sin cesar; sus ojos nunca se sacian te
riquezas4.» El avaro es enemigo de Dios y ver­
dugo de si mismo; la hermosísima virtud de la
caridad no arraiga en su pecho, tierra refractaria
á todo lo generoso y noble; siempre dispuesto
á recibir sonriente, contrae el ceño cuando se ve

* EecUt. X , 9,
■ E cch s.X IV , 3.
3 Psalm. X X X V III, 7.
4 Ecclti. IV . 8.
244

precisado A dar, aunque sean cantidades debi­


das y pequeñas, come poco y mal, visee pobre
y ridiculamente, suena con ladrones, vive in­
tranquilo y receloso, y sus penas morales se
trad u cen en su faz enjuta y macilenta. Aunque
los principales inconvenientes de la avaricia se
refieren al orden moral más que al fisiológico,
por no gastar, contrae ¿ veces el avaro enfer­
medades crónicas, debidas á falta de abrigo, lim­
pieza y comodidades en vestidos y habitaciones
y sobre todo ¿ una alimentación insuficiente y
malsana; pero, sobre todo, la avaricia es in­
compatible con las virtudes todas, que tanto ele­
van al hombre sobre el bruto, y es causa per­
manente de misantropía, inhumanidad, ingrati­
tud, injusticia hasta tener por lícita la usura, me­
lancolía é impenitencia, pues sabido es que la
avaricia es vicio, que con la edad se fortalece y
arraiga, tanto que moralistas y fisiólogos le mi­
ran casi como incurable. Con razón fulmina el
Sagrado T exto contra los avaros las sentencias
que siguen: cLas vías d éla avaricia pierden el
alma de los que se extravían en ellas1; insensato,
ha dicho el Señor al avaro: tu alma te será pe­
dida esta misma noche ¿quién se aprovechará de
tus riquezas?9; no hay pasión más injusta que la

1 Trov. I. 19.
s Luc, X II, 20.
*45

del dinero y el avaro vendería hasta su alma,


puesto que se despoja vivo de sus propias entra­
ñas1 , n L a largueza, por el contrario, es la virtud
propia de los pobres de espíritu, para quienes
aparejado está el reino de los cielos; de los cari­
tativos, que no se contentan con amar á sus pró­
jimos, sino que les ayudan y socorren en sus
necesidades todas; de los magnánimos, que com­
parten su entereza y bolsillo con los apocados y
menesterosos y de las almas generosas, en suma,
dispuestas siempre á derramar por do quier bie­
nes morales y materiales en provecho de sus
hermanos,
R enum en.
¿Cóm o puede formularse el precepto general que
contiene los deberes del hombre para con su cuerpo?
De la siguiente manera; practica todo cuanto con­
tribuye á la conservación de tu vida y salud y al
perfeccionamiento de tu organism o, y omite lo que
pueda perjudicarte,
¿Cuántas y cuáles son las principales necesidades
naturales del cuerpo?
A petito de com er ó hambre, apetito de beber ó
sed, apetito de hacer ó actividad y apetito de rep o ­
sar ó cansancio y sueño. T odas pueden satisfacerse
ordenada y desordenadamente. Por lo tanto, el p ri­
mero de los deberes del hombre para coa su cuerpo
consiste en la ordenada satisfacción de sus apetitos

* Eccil. X , io.
346

naturales, de tal manera que practique siempre la


virtud y evite el vicio.
¿Qué vicios tienen su origen en la satisfacción
desordenada de las necesidades dichas?
La gula, la ebriedad, la avaricia y la pereza.
¿Qué virtudes se oponen á estos vicios?
La frugalidad, la sobriedad, la largeza y la dili­
gencia.
¿Qué inconvenientes tiene la gula y qué venta­
jas la frugalidad?
En el orden fisiológico, la gala debilita el gusto
del glotón, le hace perder poco á poco el apetito,
gasta sin necesidad sus fuerzas gástricas, destruye los
órganos de su aparato digestivo, ocasiona multitud
de graves enfermedades, acorta la vida y es causa, á
veces, de muertes repentinas. En el orden intelectual,
embota lentamente la potencia intelectiva, destru­
yendo la claridad, energía y vivera de las facultades
del entendimiento, debilita la memoria, apaga la ima­
ginación, y con el tiempo llega k producir la imbe­
cilidad y el hebetismo. Por último, enel orden moral,
la gula destruye poco á poco la energía de la volun­
tad y predispone y estimula at hombre para la prác­
tica de todos los vicios. La frugalidad, por el contra­
rio, conserva la salud, alarga la vida, evita multitud
de dotorosas enfermedades, fomenta indirectamente
lalucidez intelectual y contribuye á la lenta formación
de ese carácter enérgico y entero, indispensable pa­
ra el cumplimiento del deber y para la práctica de la
virtud.
247
¿Qué inconvenientes produce la ebriedad y qué
ventajas la sobriedad.
En el orden fisiológico, cada vez es menor la ex­
citación producida por los espirituosos, y el hábito
de embriagarse debilita el estómago, altera las funcio­
nes digestivas, produce dolores y calambres, agrava
las enfermedades, y desde las simples dispepsias y
gastritis hasta las apoplegías y el deliriiím tremens,
ocasiona tan graves y numerosas enfermedades, que
su solo recuerdo asusta. En el orden intelectual, dete­
riora todas las facultades, entorpece la imaginación,
destruye la memoria, priva al hombre de la razón,
que es su distintivo más precioso y causa la locura.
Por último, en el orden moral, incita al libertinaje
y á la cólera, aumenta extraordinariamente la crimi­
nalidad, degrada al hombre, inspírale algunas veces
el suicidio y es causa de que se condenen muchas al­
mas. El hombre sobrio, por el contrario, no pierde
nunca, su carácter nobilísimo de racional, vive sano
y feliz durante largos años, y está siempre en condi •
dones para lograr su destino último.
¿Qué inconvenientes ocasiona la avaricia y qué
ventajas la largueza?
Por no gastar, el avaro contrae unas enfermeda­
des y no cura otras, vive anémico, ñaco, macilento
y suele ser melancólico, misántropo, inhumano, usu-
rero, ingrato y miserable. La largueza, por el contra­
rio, predispone? la caridad,beneficencia, misericor­
dia, generosidad y justicia para con todo el mundo.
248

C A P IT U L O L X X X Y III \

D eb ere s re la tiv o s al ouerpo.

(Continuación,)

6 2 7 . Inconvenientes de la pereza y
ventajas de la diligencia.—L os latinos lla­
maban pigritia á la pereza y entre nosotros reci­
be distintos nombres según su grado, tales c o ­
mo dejade^, indolencia, desidia, ociosidad, etcétera.
Todos ellos suponen en el perezoso un apetito
desordenado de descansaré no hacer. L a infan­
cia, la vejez, el dormir demasiado, el tempera­
mento linfático, las habitaciones malsanas, el frío
y calor intensos, la mala educación y falta de há­
bitos de trabajo, las riquezas y otras son las cau­
sas qae producen k pereza ó predisponen al in­
dividuo para adquirirla. Los principales incon­
venientes de la pereza son: en el orden fisioló­
gico la obesidad, la lentitud y torpeza en los

* Al llegar aquí, se ha notado que está repetida la


numeración del cap. L X X X I y se corrije la errata de la
única manera posible.
=49
movimientos, la hidropesía, las apoplegias fu l­
minantes y otras dolencias; en el orden intelec­
tual, la desaplicación, la ignorancia y por falta
de ejercicio la torpeza de las potencias y fa­
cultades, la predisposicióná admitir errores, et­
cétera; y en el orden moral, por último, sabido
es que la ociosidad, hermana carnal de la pere­
za, es la madre de todos los vicios y negación de
todas las virtudes. En la ociosidad y en la pere­
za, por lo tanto, tienen también su origen con
frecuencia la pobreza y el infortunio. Por el con­
trario, la diligencia conserva la salud, alarga la
vida, perfecciona las industrias y oficios, au­
menta la riqueza privada y pública, proporcio­
na la ciencia y predispone al trabajo, que es
fuente de muchas virtudes.
638. In m o r a lid a d d e lo s p la c e r e s
y su sa n c ió n .— En absoluto no pueden pros­
cribirse como inmorales los placeres de los sen­
tidos, antes al contrario son morales y legíti­
mos siempre que su goce sea indispensable para
la satisfacción de las necesidades orgánicas. Deja
de suceder esto cuando se altera el orden natu­
ral y se convierte el placer, que no es m is que
un medio, un estímulo, en fin del acto. Sem e­
jante desorden (digan lo que quieran los cerdos
de las piaras de Epicuro) entraña verdadera in ­
moralidad, que no podía menos de tener su
2 J0

consiguiente y natural sanción en este mundo.


La misma naturaleza se encarga de imponer
castigos terribles ú los que desconocen sus fue­
ros y tan directamente la ofenden. L a sanción
penal de otras faltas morales se queda para la
vida futura: los abusos sensuales, por lo com ún,
se pagan también en ésta .
6 9 9 . D e l suicidio m oralm ente co n si­
derado.—El suicidio, que consiste en matarse
á sí mismo, es el acto que más directamente se
opone al deber de la propia conservación. £ 1
suicida, no solamente rompe los vínculos que
le unian d la familia y á la sociedad, causándo­
las un verdadero daño al privarlas de su ayuda,
sino que también altera profundamente el orden
natural, se rebela contra el Criador usurpándo­
le uno de sus más sagrados derechos, cual es
el>de vida y muerte sobre las criaturas, y dispo­
ne con pleno dominio de lo que sólo se le ha
concedido en usufructo. Al venir al mundo nos
encontramos con el bien de la vida, sin que en
su adquisición hayamos tenido arte ni parte. Es
un hecho necesario en orden al cual no podemos
alegar el menor derecho. EL suicidio es inmoral
porque el suicida se coloca voluntariamente en
condiciones de no poder cumplir ninguno de
sus deberes para con Dios, cuyos derechos usur­
pa; para consigo misino, cuya vida corta a n ­
251

tes de tiempo, y para con los dem ás, á los c u a ­


les priva de sus servicios. T an antinatural es
por otra parte el suicidio, que para com eterlo
se necesita todo el imperio que la libre volun­
tad humana tiene sobre el organismo: no hay
animal alguno que atente contra su propia exis­
tencia. Complejas y variadas son las causas del
suicidio, pero la principal es la incredulidad ó
falca de religión. Creyendo de veras en la exis­
tencia de otra vida, la locura, aunque sea mo­
mentánea, es la única explicación satisfactoria
del suicidio. L a frecuencia con que este crimen
se comete, es el mejor barómetro para medir la
religiosidad de un pueblo. Opinan algunos que
se necesita verdadero valor para suicidarse. A es­
te propósito decía Napoleón I: «Quitarse la vida
por amor es una locura; por desgracias y reve­
ses de fortuna, una cobardía; por haber perdido
el honor, una debilidad. El verdadero f l o r e s -
tá en sobrevivir á la pérdida de uua corona, so­
portando los ultrajes de los enem igos. a De la
misma manera que el deber de conservar la vi­
da implica la prohibición del suicidio, así tam­
bién el deber de conservar la salud supone la
prohibición de mutilarse, de atentar de cualquier
manera que sea á la integridad del organismo,
de causarse desperfecto alguno, y de ocasionar­
se enfermedades. Esto no obsta para que, por
252
vía de preservativo ó expiación, el hombre mor­
tifique á veces su cuerpo, sin grave daño por
supuesto de su vida ni de su salud, y subordi­
nando siempre el bien corporal al espiritual.
630 . D e l a d e f e n s a p r o p ia * —Para cum­
plir con el deber de la propia conservación tene­
mos el derecho de defendernos, evitando ó re­
chazando las agresiones injustas por cuantos me­
dios racionales estén á nuestro alcance. Este de­
recho es el complemento indispensable de aquel
deber. Mas ¿puede ejercitarse este derecho has­
ta el punto de matar al agresor? Los moralistas
no están todos conformes acerca del particular;
pero la opinión común, sostenida por Santo T o ­
más, San Buenaventura y otros afirma que,
cuando ineficazmente se han apurado ya todos
los medios y recursos, es lícito matar al agresor
injusto de nuestra vida sérvalo moderamine incul-
patae tutdae (guardando la moderación debida
en la defensa no culpable.) Para profesar esta
doctrina nos apoyamos en las sólidas razones
siguientes aducidas por los escolásticos: *
a) Cuando de una acción física se siguen in­
mediata, simultánea é inevitablemente dos efec­
tos, bueno el uno y malo el otro, es lícito que­
rer é intentar el primero, resultando el segundo
como meramente accidental y no querido en sí
mismo por el operante.
*53
b) Como dice Sanco Tom ás <rno es necesa­
rio para la salvación eterna omitir el acto de
moderada defensa para evitar la muerte del in­
vasor injusto, porque el hombre está más obli­
gado á mirar por su vida propia que por la aje­
na1»; luego al rechazar la agresión injusta ma­
tando al agresor por no ser posible defenderse
de otro modo, se ejecuta un acto lícito.
c) Si así no fuese, los crimínales podrían
acometer impunemente á los hombres virtuosos
por constarles que ningún riesgo corría su vida,
lo cual pugna abiertamente con el buen orden
natural y los atributos divinos9.
d) P or último, aunque el derecho á la con­
servación de la vida es innato y está dotado de
inviolabilidad coactiva, como derecho subjetivo
que es, cuando se presenta esta colisión de de­
rechos entre dos vidas, en primer lugar el sujeto
del derecho tiene indudablemente el ejercicio
de la coacción jurídica por no poderla ejercer
la autoridad pública, y en segundo lugar ante el
derecho á la vida del inocente agredido, debe
ceder el derecho á la vida del injusto agresor,
pues el derecho de aqu¿l es más fuerte que el

1 Stmm. Th¿cL 4. 2 ., g. 64, art. 7.


c Elementos de Derecho "Natural, por el P . Mendive,
pdgs. 77 y 78. Valladolid, 1884.
2?4
de éste, por ser más excelente la vida del que
sin culpa suya se encuentra en peligro inminen­
te de perderla, que la del que voluntariamente
y con perversa intención se expone i ello.
631. O b je ció n d e A h re n s contra la
d octrin a precedente.—El filósofo krausista
Ah'rens, cuyo Derecho Naiural se cursa en va­
rias universidades españolas, considera la pena
de muerte como violación flagrante de los prin­
cipios fundamentales de derecho y especial­
mente del derecho A la propia personalidad, y
consecuente con su doctrina, refiriéndose ai de­
recho de defensa, se expresa asi: «Matar cons­
cientemente á otro por conservarse á sí mismo,
sea el que quiera el motivo, es violar un prin­
cipio de M oral. Ciertamente los que admiten el
interés personal como el primer móvil de con­
ducta, pueden considerar compatible con la M o­
ral el matar á otro cuando así lo exija el interés
de la propia conservación; mas cuando se tiene
al egoísmo por principio vicioso, no puede con­
sagrarse para el presente caso, porque toda su
justificación quedaría reducida al siguiente ar­
gumento: más vale matar á otro que dejarse
matar por él. Verdad es que el agresor que
atenta contra la vida de otro es el primer cul­
pable; pero sus intenciones criminales no justi­
fican los actos parecidos de Ja parte contraria.
2 S5
La M oral no permite que se empleen en defen­
sa propia otros medios mas que aquellos que no
destruyan la personalidad de otro, siempre sa­
grada. Un hombre no pierde por acto alguno el
derecho á la personalidad, que es el derecho ála
vida, porque la personalidad y la vida no consti­
tuyen acto voluntario y no pueden perderse por
acto alguno de mala voluntad. El hombre debe
este derecho á la naturaleza, que es la única
que puede ponerle término1 .» Semejante obje­
ción fácilmente se contesta notando:
a) Que al decir que la Moral y la justicia pro­
híben matar, aunque sea en defensa propia, se
dá como probado precisamente lo mismo que se
intenta demostrar*
b) Q.ue Ah rens confunde el mal moral con
el material, pues si es cierto que no puede cau­
sarse mal moral alguno porque otro lo cometa,
no puede decirse lo mismo del mal físico justa
y lícitamente producido, que deja de ser mal
moral.
c) Q ue se califica de egoísmo y de interés
vituperable lo que no es mas que una garanda
del cumplimiento de los deberes para con nos­
otros mismos y se desmiente aquella regla de

* Cours de drcit natnrel ou de Ph'sofophfe du droit, pá­


ginas 298 y 299. Bruxelles, 1850.
2 5<J

Moral y de sentido común, que nos manda amar


al prójimo como á nosotros mismos; pero no
más que á nosotros mismos.
d) Y que si sólo la naturaleza puede poner
fin á la vida, ya 110 hay guerras ni penas de
muerte justas, ni aun podría el hombre matar li­
citamente á los animales, que también han reci­
bido la vida de la naturaleza.
632. lim it e s del derech o de legítim a
defensa.—Al decidirnos por la opinión que sos­
tiene, que es lícito matar para vivir, no procla­
mamos el derecho absoluto á la propia defen­
sa sin limitaciones de ningún género; antes bien
sostenemos que para que la muerte que se cau­
sa en defensa propia sea acto lícito, preciso es
que la agresión sea injusta y actual, y la defensa
proporcionada.
1.* L a agresión h a d e ser injusta, es decir
contra ley; pues nadie tiene el derecho de recha­
zar las agresiones justas de la autoridad ó sus
agentes, cuando en el ejercicio de sus funcio­
nes y tal vez en defensa de la misma sociedad,
cuya conservación les está encomendada, vénse
precisados á poner cortapisas á nuestros natu­
rales derechos, impidiéndonos á veces su ejer­
cicio en absoluto*
2.® La agresión ha de ser actual, ocasionán­
donos un peligro inmediato, que nos vemos pre-
257
cisados á rechazar en el acto, pues sabido es que
nadie puede tomarse la justicia por su mano, y
que únicamente podrá el individuo ejercer la
coacción jurídica cuando la autoridad pública se
encuentra imposibilitada para hacerlo porque el
asunto no permite dilación alguna.
3 .c Por último, la defensa hade ser propor­
cionada á la agresión, porque el fin determina
los medios, y si por otro cualquiera, p. e j., des­
armando al agresor, maniatándole, hiriéndole,
huyendo, etc., logramos poner á salvo nuestra
vida, deja de ser licito matarle1 .
Inspirándose en esta doctrina, en sumo gra­
do moral y filosófica, todos los Códigos peqa-
les de las naciones cultas eximen de responsabi­
lidad criminal al que obra en defensa de su per­
sona ó derechos, siempre que concurran las cir­
cunstancias siguientes: 1 / agresión ilegitima;
2♦* necesidad racional del medio empleado para
im pedirláó repelerla; y 3.* falta de provocación
suficiente por parte del que se defienda.
Resumen.

Cuáles son los inconvenientes de la pereza y las


ventajas de la diligencia?
Los principales inconvenientes de la pereza son:

1 Elementos de Derecho Natural, por Rodríguez de Ce­


peda, parte i." , pdgs. 26 1 y 26 2. Valencia, 1887.
17
15*
en el orden fisiológico, la obesidad, la lentitud y tor­
peza en los movimientos, la hidropesía, las apople-
gías fulminantes y otras dolencias; en el orden inte­
lectual, la (tesaplicación, la ignorancia y por falta de
ejercicio la torpeza de las potencias y facultades, la
predisposición á admitir errores, etc.; y en el orden
moral, por último, sabido es que la ociosidad, her­
mana carnal de la pereza, es la madre de todos los
vicios y la negación de todas las virtudes. Por el con­
trario, la diligencia conserva la salud, alarga la vida,
perfecciona las industrias y oficios; aumenta la ri­
queza privada y pública, proporciona la ciencia y
predispone al trabajo, que es fuente de muchas vir­
tudes.
¿Cuándo es inmoral el uso de los placeres sen­
suales?
En absoluto, no pueden proscribirse como inmo­
rales los placeres de los sentidos, antes al contrario
son morales y legítimos siempre que su goce sea in-
indispensable para la satisfacción de las necesidades
orgánicas. Deja de suceder esto cuando se altera el
orden natural y se convierte el placer, que no es
mas que un medio, un estímulo, en fin del acto.
¿Es inmoral el suicidio?
Contémplese bajo el aspecto que se quiera, siem­
pre será el suicidio uno de los actos más inmorales
que puede cometer el hombre, pues el suicida se
coloca voluntariamente en condiciones de no poder
cumplir ninguno de sus deberes para con Dios, cu-
yo5'derechos usurpa; para consigo mismo, cuya vida
2J 9
corta antes de tiempo, y para con los demás, k los
cuales priva de sus servicios. De la misma manera
que el deber de conservarla vida implica la prohibi­
ción del suicidio, asi también el deber de conservar
la salud supone la prohibición de mutilarse, de aten­
tar de cualquier manera que sea á. la integridad del
organismo, de causarse desperfecto alguno, y de oca -
sionarse enfermedades.
¿Cuando es lícito matar al injusto agresor en de­
fensa propia?
Para cumplir con el deber de la propia conserva­
ción tenemos el derecho de defendernos, evitando ó
rechazando las agresiones injustaspor cuantos medios
racionales est¿n á nuestro alcance. Cuando ineficaz*
mente se han apurado todos los medios y recursos,
es Hcito matar al agresor^ injusto de nuestra vida,
guardando la moderación debida en la defensa no
culpable.
¿Qué objeta Ahrens i la precedente doctrina?
Que la Moral y la justicia prohíben matar á otro,
aunque sea en defensa imprescindible de nuestra pro­
pia vida, porque el derecho á la personalidad y á la
vida, únicamente puede quitarlo la naturaleza que lo
dá, razón completamente gratuita, pues si esto fuese
cierto, ya no habría guerras ni penas de muerte jus­
tas, ni aun podría matar el hombre, para alimentarse
con ellos, á los animales, que también deben la vida
i la naturaleza.
¿Qué circunstancias limitan el derecho de la de­
fensa propia?
26o
Las tres siguientes: i .* la agresión ha de ser ile­
gítim a; 2 .® la agresión ha de ser actual; y 3 .a la de­
fensa ha de ser proporcionada á la agresión.
Tercera sección de la Deonlología.

Mlorai tocia I, ó deberet d e l hombre p a ra


con ton demám hombre».

C A P ÍT U L O L X X X IX .

C l a a i f io a c s io n e fl.

6 3 3 * Fundam ento de los deberes del


hom bre p a r a con sus sem ejantes.—C o ­
nocida la Moral religiosa y la individual, para
concluir debemos tratar ahora de la Moral social.
En la primera hemos considerado al hombre en
sus relaciones con. Dios; en sus relaciones con­
sigo mismo, en.la segunda; y nos resta estudiar­
le ahora, en la tercera y ultima, en sus relacio­
nes con sus semejantes. La sociabilidad es na­
tural al hombre, y aunque supongamos posible
la vida del hombre fuera del Estado y de la fa­
milia, no sucede lo mismo cuando le conside­
ramos ajeno por completo á toda sociedad. N e ­
cesariamente el hombre es hijo de la sociedad,
en la sociedad se desarrolla y vive y , por lo co­
mún, en el seno mismo de la sociedad muere.
Esto determina una comunicación y comercio
continuos entre los hombres, y en estas relacio­
nes naturales, ineludibles, tienen su fundamen­
to los deberes del hombre para con los demás
hombres.
0 3 4 . D ivisión de estos deberes.—Ob-
vio es que únicamente dentro de la sociedad
pueden cumplirse los deberes del hombre para
con sus semejantes; pero no todos ellos tienen
el mismo origen y fundamento. Deberes tene­
mos para con nuestro prójimo, que son superio­
res y anteriores al estado social, y hasta si se
quiere, independientes de las condiciones socia­
les del acreedor y del deudor: p. ej., el deber de
amar á nuestros semejantes es absolutamente
independiente del estado social. Otros deberes,
por el contrario, nacen inmediatamente de con­
diciones sociales determinadas y en cuanto éstas
faltan concluyen aquellos. T a l sucede, p. e j., con
los deberes de los hijos para con los padres, que
nacen inmediatatamente de la sociedad paterna
y terminan apenas dicha sociedad natural se di­
suelve. Podemos pues dividir los deberes que
tenemos para con nuestro prójim o, en humanos
y sociales propiamente dichos, y para no con­
fundirlos establezcamos entre ellos las diferen­
cias siguientes:
2Ó3

1 . a Los deberes humanos se fundan en la


identidad de origen, de medios y de fio, ó sea
en la identidad de naturaleza que tienen todos
los homares; de donde se infiere que son ante­
riores y superiores á la sociedad misma, de tal
manera que ésta ni puede establecerlos, ni re­
gularlos. En cambio, los deberes sociales depen­
den de los vínculos naturales ó políticos exis­
tentes entre los asociados, vínculos que regula
siempre y establece algunas veces la sociedad
m ism a.
2.* Los deberes humanos son los mismos en
todos los hombres de toda edad, sexo y condi­
ción, y en todo tiempo y lugar, para con todos
los demás hom bres. Los deberes sociales, por el
contrario, no son iguales, ni los mismos para
todos los hombres, pues dependen de la condi­
ción social de cada uno, cambian con el tiempo,
y se modifican según los lugares.
3 / Por último, los deberes humanos son
igualmente obligatorios para toáoslos hombres,
en tanto que los deberes sociales pesan sólo so­
bre aquellos en quienes concurren las circuns­
tancias que dieron origen al deber de que se
trata.
6 3 5 . S u b d iv isión de lo s d eberes h u ­
m anas.—L os deberes humanos, que estin co­
mo encarnados en la naturaleza del hom bre, se
264
subdividen en deberes de justicia y deberes de
caridad. Consiste la justicia en dar i cada uno
su derecho y faltamos á los deberes de justicia
siempre que de alguna manera perjudicamos á
nuestro prójimo en sus derechos y bienes, tanto
materiales como morales. De donde resulta que
los deberes de justicia se cumplen generalmente
por medio de omisiones. Verdad es que algunos
deberes de justicia presentan, á primera vista,
forma positiva y ningún empeño tenemos en
desnaturalizarlos para que no haya expección
alguna en nuestras clasificaciones: tal su c e d e ,
p. e j., con el deber de restituir un depósito, de
cumplir lo pactado, etc., que son deberes de jus­
ticia y presentan, no obstante, forma positiva;
pero nótese también que los deberes dichos se
cumplen, el primero, no quedindose el depósito
ó no poniendo obstáculos á que lo retire y recu­
pere su dueño, y el segundo, no infringiendo lo
pactado, de manera que el carácter dominante en
casi todos los deberes de justicia es el negativo.
Por el contrario, los deberes de caridad, virtud
eminentemente activa, que consiste en amar á
Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Dios,
se cumplen por medio de comisiones ó sea oficios,
tanto de benevolencia como de beneficencia.
Ejemplos: no apoderarse de los bienes ajenos
contra la voluntad de su dueño es un deber de
265

justicia, y dar de comer al hambriento es un


deber de caridad.
6 3 G . F ó rm u la de los d e b eres de Jus­
ticia,—Los deberes, tanto d^ justicia com o de
caridad, tienen su fórmula general y com pren­
siva, verdadera clave ó principio á propósito
para resolver los diferentes casos particulares,
que pueden ocurrir. La fórmula de los deberes
de justicia dice así: álteri nefacías quod libi fieri
nolis; no hagas á otro lo que no quieras se haga
contigo* En menos palabras: omite el mal.
0 3 7 » F ó rm a la de loa d eberes de ca­
rid ad .—L a caridad, por el contrario, es posi­
tiva y su fórmula dice así: alterifeceris quod iib i ■
fieri ivlis; haz i otro lo que quieras se haga con­
tigo. E11 menos palabras: practica el bien.
638. C a ra c te re s distintivos de unos
y o tro s.—Teniendo en cuenta lo dicho, no es
fácil confundir los deberes de justicia con los
de caridad, ni viceversa. Existen entre ellos las
diferencias siguientes; 1 . a Los deberes de justi­
cia son negativos, esto es, consisten en omisio­
nes ó sea en no hacer nada que pueda perjudicar
al prójimo; mientras que los deberes de caridad
son positivos, esto es, consisten en comisiones ó
sea en favorecer cuanto se pueda á nuestros se­
mejantes. De aquí las consabidas diferentes fór­
mulas de unos y otros. 2 / Los deberes de jus-
266
ticia obligan semper et pro semper, siempre y en
todas las circunstancias de la vida; en tanto que
los deberes de caridad obligan semper sed tton pro
semper, siempre, pgro nó en todos los momen­
tos y circunstancias. Siempre, en todo tiempo,
en todo lugar, y en toda situación y circunstan­
cia serán ineludibles para el hombre, p. ej., los
deberes de justicia no matar, no robar, no car
lumniar, etc.; pero aunque constantemente te­
nemos todos el deber de ser caritativos, no en
todos los momentos y circunstancias puede, ni
por lo tanto* debe el hombre dar limosna, en­
señar al que no sabe, enterrar á los muertos, etc.
La razón es obvia: para dar se necesita poseer,
para enseñar se necesita saber, para enterrar á
los muertos indispensable es que los haya sin
enterrar, etc., y claro está que 110 todos son
ricos, ni sabios, 111 á todas horas se presenta
ocasión de practicar la obra de misericordia en­
terrar á los muertos, etc. 3 . 1 El cumplimiento
de los deberes de justicia no solamente puede
exigirse ante el foro interno de la conciencia,
sino también ante el externo de los tribunales y
su violación da origen á un nuevo derecho, el
derecho á defenderse que tiene la persona objeto
déla injusticia. En cambio los deberes de caridad
son exigibles únicamente ante la conciencia, sin
que nadie pueda compelemos á cumplirlos por
a 67

medio de la fuerza. Esto no quiere decir que,


moralmente hablando, Son menos obligatorios
losdeberesde caridad que los de justicia; pero sí
son circunstancias suficientes las que concurren
en unos y otros, para que los jurisconsultos lla­
men deberes perfectos á los de justicia, é imper-
fictos á los de caridad.
639. S u bdivisión de loa d e b eres h u ­
m anos d e ju stic ia .—L os deberes humanos
de justicia todos ellos dicen relación á otros tan­
tos derechos incuestionables en el prójimo para
con quien nos sentimos obligados. Estos dere­
chos puede referirlos cada hombre á su persona
y á sus bienes, tanto materiales como m orales,
que son el complemento de la personalidad.
Pero como la individualidad de substancia ra­
cional es lo que compone la persona, y dicha
substancia consta de cuerpo y alma, de aquí que
la subdivisión más natural y lógica que podemos
hacer de los deberes humanos de justicia es la
siguiente: i .9 deberes para con el cuerpo: 2 .“ de­
beres para con el ahita; y 3 .0 deberes para con
los bienes de nuestros semejantes.
6^üO. Subdivisión de los deberes hu*
manos de caridad,—Los oficios ó deberes
humanos de caridad pueden consistir en obras
corporales, como dar de comer al hambriento, de
beber al sediento, etc,, y en obras espirittiales,
268

como enseñar al que no sabe, corregir al que


yerra, etc- Podemos por lo tanto, gubdividir es­
tos deberes en dos grupos, á saber: r.° deberes
humanos de caridad para con el cuerpo, y 2 .4
deberes humanos de caridad para con el alma
de nuestros semejantes.
ReHum en.
¿En qué se fundan los deberes del hombre para
con sus prójimos?
La sociedad es nataral al hombre, lo cual deter­
mina uua comunicación y comercio continuos entre
los hombres, y en estas relaciones naturales, ineludi­
bles, tienen su fundamento los deberes del hombre
para con los demás hombres.
¿Cómo se dividen los deberes dichos?
En humanos y sociales propiamente dichos.
¿De qué manera diferenciarlos?
Los humanos se fundan en la identidad de nata-
raleza, son anteriores y superiores á la sociedad mis­
ma, los mismos é igualmente obligatorios para todos
los hombres; al paso que los sociales dependen del
comercio entre los asociados, no son iguales ni los
mismos para todos los hombres, y obligan única­
mente á aquellos en'quienes concurran las circuns­
tancias que originaron el deber.
' ¿En qué se subdividen los deberes humanos?
En deberes de justicia y deberes de caridad, que
casi siempre se cumplen, los primeros por medio de
omisiones y de comisiones los segundos.
¿Cuál es la fórmula de los deberes de justicia?
269
No hagas á otro lo que no quieras para tí, ó en
otros términos: omite el mal.
¿Cuál es la fórmula de los deberes de caridad?
Haz á otro lo que quieras para ti, ó de otra ma­
nera: practica el bien.
¿En qué se diferencian unos de otros dichos de­
beres?
En que los deberes de justicia son negativos,
mientras que los deberes de caridad son positivos;
los deberes de justicia obligan semper et pro semper,
siempre y en todas las circunstancias de la vida, en
tanto que los deberes de caridad obligan semper sed
non pro semper, siempre, pero no en todos los mo­
mentos y circunstancias; y en que el cumplimiento
de los deberes de justicia no solamente puede exi­
girse ante el foro interno de la conciencia, sino tam­
bién ante el externo de los tribunales, al paso que
los deberes de caridad son exigibles únicamente ante
k conciencia, sin que nadie pueda compelemos á
cumplirlos forzosamente.
¿Cómo podemos subdividir los deberes humanos
de justicia?
En deberes para con el cuerpo, para con el alma
y para con 1os bienes de nuestros semejantes.
¿Y los deberes humanos de caridad?
En deberes de caridad para con el cuerpo de
nuestros prójimos, que están contenidos en las obras
de misericordia corporales, y deberes de caridad pa­
ta con el alma de nuestros semejantes, contenidos i
su vez en las obras de misericordia espirituales.
270

C A P ÍT U L O XC.

Deben«R h u m a n o s de ju sticia p a r a oon


al o u e rp o d e n u e s tr o s senn.ejQ .nteB.

6 4 1 . P re c e p to gen eral que contiene


los d e b eres relativos al puerpo de nues­
tros sem ejantes.—Estudiemos ahora detalla­
damente los deberes de justicia que tenemos p i­
ra con el cuerpo de nuestros semejantes. Todos
ellos pueden considerarse implícitamente com­
prendidos en el siguiente precepto: omite todo
aquello que directa ó indirectamente atente
contra el bienestar, salud, integridad y vida de
tu prójim o.
6 4 2 . H om icidio: su i n m o r a l i d a d .
En términos generales se comete Jwmictdw*,
siempre que una persona mata á otra. S i el acto
se ejecutare con alevosía, traición, premedita­
ción, por precio ó promesa remuneratoria, ó
por medio de inundación, incendio ó veneno
recibe el nombre de asesinato. Cuando los hijos
matan á sus padres el acto se llama parricidio;
cnando los padres á sus hijos pequeños in/anti-

1 Del latfn imno, hombre y caedo, cortar, herir, matar.


a7i
cidio; cuando un hermano á otro hermano fra­
tricidio; cuando se quita la vida al rey regicidio;
si el muerto es uri tirano tiranicidio; etc. Sean
las que quieran las circunstancias de que vaya
acompañado, siempre el hom icidio es la más
grave y directa infracción de los deberes que
tenemos para con el cuerpo de nuestros seme­
jantes. L a vida es el bien terreno más preciado
que tiene el hombre y la condición indispensa­
ble para su perfeccionamiento y el logro de su
destino. El homicida viola de un golpe todos
los derechos de su prójimo, le causa el mayor
mal fisiológico que cabe en este mundo, usur­
pa una de las más grandes prerrogativas de la
Providencia, é infringe á la vez codos sus debe­
res. Todas las razones apuntadas contra el sui­
cidio pueden utilizarse también para probar la
inmoralidad del homicidio. En ningún caso, ex­
cepto en el de justa y necesaria defensa (6 30 ),
nos es lícito disponer de la vida de nuestros se­
mejantes. La gravedad y horror que inspira se­
mejante delito, suben de punto cuando se trata
de un asesinato, parricidio, etc. N o hay palabras
bastante expresivas y enérgicas para reprobar
tales crímenes.
643 . D e lo s o tro s a c to s q u e a d e m á s
d e l h o m ic id io s e p r o h íb e n e n e l p r e c e p ­
t o n o m a t n r á s ^ E n el quinto mandamiento
2J2
de la ley de D ios, que es á la vez ¡mport.amísi-
mo precepto moral, no solamente se prohíbe y
condena el homicidio, propiamente dicho, sino
también todos aquellos actos que pudieran pro­
ducirlo y todos aquellos otros, que, sin llegar á
este extrem o, ocasionen algún malestar á nues­
tro prójimo, alteren su salud ó destruyan la in­
tegridad de su organismo, como las mutilacio­
nes, golpes, heridas, contusiones, dolores y
daños corporales de todo género* No toleramos
ni queremos para nosotros ninguno de estos
males físicos; luego tampoco debemos causarlos
á nuestros semejantes. El perfecto derecho que
todo hombre tiene al natural disfrute de su sa­
lud, bienestar é integridad corporales, deter­
mina en los demás hombres la obligación sagra­
da de no violar el derecho indicado. N o se in­
fiera de lo dicho que las mortificaciones corpo­
rales son, como pretende el racionalismo, actos
contra naturaleza y por ende ilícitos; antes al
contrario, subordinado como debe estarlo siem­
pre el cuerpo al espíritu por la mayor excelen­
cia de éste, las mortificaciones y austeridades
corporales, reprimen los apetitos desordenados,
vencen las más fogosas pasiones, nos habitúan
á la templanza, á la sumisión y á la humildad;
todo lo cual contribuye poderosamente al per­
feccionamiento racional del hombre y tampoco
273
perjudican, por último, ni á la. longevidad, ni á
la salud. Más viejos proporcionalmente se en­
cuentran entre los trapenses, cartujos, capuchi­
nos y carmelitas descalzos, que entre las gem es
del siglo. £ 1 ayuno y las maceraciones raciona­
les, como los permite, aconseja y manda la Igle­
sia, pueden ser considerados como elementos de
salud y vida, al lado de la gula y demás placeres
sensuales que, á todas luces, son elementos de
enfermedad y muerte.
IVt» hay contradicción entre el
d e b e r de no m ata r y el derech o de c a s­
tig a r que ejerce la au to ridad legítim a.
Si nadie tiene derecho paraatentarcontra el bien­
estar, integridad, salud y vida del prójim o, infié­
rese de aquí que laspenas aflictivas todas, incluso
la de muerte, que los tribunales imponen á los
delincuentes, son inmorales 6 ilegitimas. Así dis­
curren los que niegan que la sociedad tenga el
derecho de castigar y especialmente losenemigos
de la pena de muerte; pero nada más fácil de re­
futar que el razonamiento anterior. Verdadera­
mente ningún particular ó individuo, puede to­
marse la justicia por su mano, castigando á su
prójim o, salvo el caso de que se vea precisado á
defenderse de una agresión ilegítima. La socie-
dad es también un ente moral, que puede ser ata­
cada en sus principios y fundamentos; y claro
ia
274
está que sí concedemos el derecho de defensa al
individuo, con mayor motivo habrá que recono­
cerlo en la sociedad y por ende en los tribunales
de justicia, que son sus representantes y salva­
guardia, Pero no es sólo el móvil egoísta de la
propia conservación el que autoriza á la sociedad
para imponer penas. La justicia y el derecho son
los fundamentos del orden social y aquélla no
puede ser alterada, ni violado éste, sin que el
orden social padezca y pida reparación. Sería
pues absurdo negar al Estado el derecho de pe­
nar, el cual se funda por una parte en el natural
derecho de defensa que la sociedad tiene, y por
otra, en el principio moral de la expiación.
6 1 5 . D e l dnelo 6 desafío. —Duelo ó de~
safio es un combate singular entre dos personas,
que para llevarle á cabo designaron préviamente
lugar, tiempo, armas, padrinos, etc., y par cuyo
medio se proponen lavar una ofensa. N o hay que
confundirle con la riña, hija del calor del m o­
mento y del natural impulso á repeler la fuerza
con la fuerza y el insulto con el insulto. Aunque
se la suponga más vil é innoble, siempre la riña
es menos inmoral que el duelo, del cual trata­
mos en este capítulo porque es uno de los actos
que más abiertamente infringen los deberes de
justicia referentes á la persona de nuestros se­
mejantes.
275
64 lG. In m o ralid a d de los desafíos»
Inmoral en sumo grado es el duelo ó desafío,
por más que inveteradas preocupaciones socia­
les hayan hecho creer lo contrario. Bajo cual­
quier aspecto que se m ire, aunque sea atavián­
dole con todos los atractivos de la caballerosi­
dad y de la moda, el duelo á muerte resultará
siempre, en su esencia, un atentado contra la
vida del prójimo ó contra la nuestra, es decir,
un homicidio, un suicidio ó ambas cosas ¿ la
vez, según que el muerto sea el desafiado, el que
desafió, ó los dos. Por consiguiente, todas las
consideraciones hechas para probar la inm ora­
lidad del homicidio (6 42) y del suicidio (6 2 9 ),
son aplicables con igual razón al duelo. S i no
es Á muerte, resulta el duelo tan inmoral com o
las heridas, mutilaciones, golpes, ctc. (6 4 3). Y
en todo caso es una injusticia manifiesta, un
desorden tanto natural como social, y un absur­
da inconcebible.
Es una injusticia porque, aunque se propon­
gan reparar un agravio ó vengar una ofensa, los
duelistas usurpan las atribuciones de la autori-
ridad pública al tomarse la justicia por su ma­
no; se erigen á sí mismos en jueces de su pro­
pia causa, y se dejan llevar de un m otivo tan vil
como la venganza. Es un desorden natural porque
voluntariamente se colocan en peligro de matar
2 -] 6

ó de morir, contraviniendo de esta suerte las pro­


videncíales determinaciones del Reguladorsupre-
mo. Es también un desorden social, que, aparte
de los perjuicios que puede ocasionar á las fami­
lias de los duelistas, ataca en su esencia la pú­
blica administración de justicia; por cuya razón
todos los códigos de las naciones cultas califican
el duelo de delito y lo persiguen como tal. Y es,
por último, un absurdo, comparable sólo á los
antiguos juicios de Dios, pues tan fácil es que el
castigo caiga sobre el inocente, como sobre el
culpable, como sobre los dos.
Inu tilidad de los desafíos so*
c i a l u i c n t c c o n s i d e r a d o s .—Disculpable era
hasta cierto punto que se acudiese á los desafíos
en épocas en que la acción de la justicia alcan­
zaba difícilmente á ciertas personas y lugares;
pero hoy día son completamente inútiles y hasta
contraproducentes en los pueblos cristianos y
cultos. Si subsisten es porque la sociedad se ha
forjado una absurda idea del honor, en la cual
se apoya la bárbara costumbre de los desafíos.
El verdadero honor no consiste en saber mane­
jar mejor ó peor el sable ó la pistola y en rendir
pleito homenaje á las modas y caprichos de la
gente llamada de mundo, sino en la honradez y
la virtud acrisoladas. P or espadachín y cortesa­
no que sea, el malvado siempre será un hom­
277
bre sin honor y despreciable al lado del hombre
de bien. Rectifiqúese la tan generalizada como
falsa idea del honor y desaparecerán los desa­
fíos. Entre tanto, no es difícil demostrar que
socialmente considerados, son del todo inútiles
para lavar ofensas y vengar agravios. En efecto,
tres son los casos que pueden ocurrir: i .° que
muera el inocente ofendido; 2 .a que muera el
injusto ofensor; y 3 .0 que mueran ambos, ofen­
dido y ofensor. En el primer caso, en vez de
reparar una injusticia, se comete otra mayor y
queda triunfante la iniquidad y castigada la ino­
cencia. En el segundo, quizás quede satisfecho
el vil afán de venganza; pero la sangre del ofen­
sor ¿tiene acaso la virtud de lavar las manchas
de honra del ofendido? Ó la ofensa tiene funda­
mento ó nó. Si lo primero, tan manchado ó más
queda ante la opinión pública el ofendido des*
pués de haber muerto á su adversario como an­
tes: si lo segundo, ninguna necesidad había de
cometer un homicidio para lavar manchas imagi­
narias, á las que nadie daba crédito, Por último,
en el tercer caso, para castigar quizás una falta
ligerísima, se cometen dos crímenes horrendos,
que llevan la consternación, y la miseria tal vez,
á las familias y privan á la sociedad de dos de
sus miembros útiles.
La inmoralidad del duelo corre, por lo tan-
278
to, parejas con su ineficacia social, porque ni
lava manchas de honra, ni deshace las calum­
nias, ni devuelve la reputación, ni repara los
agravios, ni asegura el castigo del culpable, ni
sirve, en fin, para otra cosa mas que para aña­
dir mal al mal, coronando á veces una falta con
un delito.
6 4 8 . O bjecion es de lo s duelistas
contra la doctrina precedente,— Las ra­
zones principales en que se apoyan los partida­
rios del duelo para defender esta tan inmoral
como caballeresca costumbre son: 1.* El hom­
bre debe preferir la muerte á la pérdida de su
honor y en ciertos casos se perdería indudable-
mente el honor no ofreciendo ó no aceptando
el desafio; 2 / la nota de cobarde es infamatoria
y en dicha nota incurre todo el que rehuye el
duelo, no provocándole ó no admitiéndole cuan­
do las circunstancias lo reclaman; y 3 / hay
manchas para los que de caballeros se precian,
que sólo pueden lavarse con sangre. A todo lo
cual se contesta: i . ° Qije el hombre debe pre­
ferir la muerte á la pérdida de su verdadero ho­
nor, es cierto, porque éste únicamente se pier­
de á los ojos de Dios manchando la conciencia
con pecado grave, y antes morir que pecar; pero
el falso honor mundano, que otorgan á su an­
tojo cuatro calaveras, espadachines ó camorris­
279
tas, debe tener sin cuidado á las personas vir­
tuosas y decentes, y no merece, no digo el sa­
crificio de la vida, sino ni siquiera el de un ras­
guño. 2 .0 La nota de cobardes que se pretende
arrojar sobre los enemigos del duelo, infamará
á lo sumo á los tertulios habituales de toda c l i ­
se de garitos, de alto y bajo coturno; pero de
ninguna manera á los que tienen el valor insig­
ne de despreciar los vanos juicios de los hom­
bres, de vencerse á sí mismos, que es la más di­
fícil de las victorias, reprimiendo su ira cuando
injustamente se les ofende; y de matar á su ad­
versario en defensa propia y en el acto, lo cual,
como hemos visto (6 30 ), es perfectamente líci­
to, cuando no queda otro recurso para recha­
zar la agresión injusta. 3 N i entre caballeros,
ni entre plebeyos, la sangre puede lavar nada,
antes bien ensucia, porque un pecado no se lava
con otro pecado, y un crimen con otro crim en.
Proporcionarle el ofendido al ofensor ocasión
para que le mate, no es vindicar honra alguna,
ni lavar manchas de ninguna clase: es lisa y lla­
namente una locura, autorizada únicamente por
moda tradicional y estúpida.

R e su m e n .
¿En qué precepto general pueden considerarse
implícitamente comprendidos los deberes hum anos
28o
de justicia para con el cuerpo de nuestros sem e­
jantes?
En el siguiente: omite todo aquello que se opon­
ga al bienestar, salud, integridad y vida de tu pró­
jim o.
¿Cuándo se comete hom icidio y por qué es in­
moral?
En términos generales, se comete hom icidio siem ­
pre que una persona mata á otra. Sean las que quie­
ran las circunstancias de que vaya acompañado,
siempre el homicidio es la más grave y directa infrac­
ción de los deberes que tenemos para con la persona
de nuestros semejantes. El homicida viola de un
golpe todos los derechos de su prójim o, le causa el
m ayor mal fisiológico que cabe en este mundo, usur­
pa una de las más grandes prerrogativas de la Pro vi­
dencia, á infringe á la vez todos sus deberes.
¿Q ué otros actos se prohiben en el precepto de
no matar?
En el quinto mandamiento de la ley de Dios se
prohíben también todos aquellos actos que indirecta
y lentamente pudieran causar la muerte y todos aque­
llos otros, que, sin llegar á este extrem o, ocasionen
algún malestar á nuestro prójim o, alteren su salad ó
destruyan la integridad de su organism o, com o las
mutilaciones, golpes, heridas, contusiones, dolores
y daños corporales de todo género.
¿H ay contradicción entre este deber y el derecho
de castigar que ejerce la autoridad legitima?
De ninguna manera, pues seria absurdo negar al
28 r
Estado el derecho de penar, el cual se funda p o r
uua parteen el natural derecho de defensa que la so ­
ciedad tiene, y por otra en el principio moral de la
expiación.
¿Qué es duelo ó desafío?
U n com bate singular entre dos personas, que pa­
ra llevarle á cabo designaron préviaraente lugar,
tiem po, armas, padrinos, etc., y por cuyo medio se
proponen lavar una ofensa.
¿Es moral ó inmoral el desafio?
Bajo cualquier aspecto que se mire, el duelo á
muerte resultará siempre, en su esencia, un atenta­
do contraía vida del prójim o ó contra la nuestra, es
decir, un hom icidio, ua suicidio, ó ambas cosas á la
vez, según que el muerto sea el desafiado, el que de­
safió ó los dos. Y en todo caso es una injusticia m a ­
nifiesta, un desorden tanto natural com o social, y
un absurdo incom prensible.
¿E s eficaz el desafio socialmente considerado?
La inmoralidad del duelo corre, por lo tanto,
parejas con su ineficacia social, porque ni lava m an ­
chas de honra, ni deshace las calumnias, ni devuel­
ve la reputación, ni repara los agravios, ni asegura
el castigo del culpable, ni sirve, en fin, para otra
cosa mas que para añadir mal al mal, coronando á
veces una falta con un delito.
¿Qué objetan los duelistas en defensa del duelo?
Q jje el hom bre debe preferir la muerte á la pér­
dida de su honor, que la cobardía infama, y que do
Hay otra manera de lavar manchas de honra: todo lo
282
cual es íklso, pues no dispensan verdadero honor los
camorristas y espadachines; se puede además ser
m uy valiente y rechazar por necio ¿ inmoral el due­
lo, el cual no lava manchas de honra, antes bien aña­
de un pecado i otro pecado y un crimen á otro cri­
men.
28 j

C A P ÍT U
¥ L O X C I.

Deberes h um an o s de justicio, que


tenem os p a ra oon el alm a de
nuestros sem ejantes.

641). D e b e re s que tenemos p a ra con


la sensibilidad de nuestro p ró jim o .—L os
deberes que tenemos para con el alma de nues­
tro prójimo son análogos á los que tenemos pa­
ra con la nuestra ( 6 17 ) . T od o derecho determ i­
na un deber correlativo y viceversa. El hombre
tiene indisputable derecho al natural ejercicio y
perfeccionamiento gradual de sus potencias aní­
micas; y este derecho determina en los demás
hombres el deber de no ejecutar acto alguno que
redunde en perjuicio del alma del prójimo. T re s
potencias primordiales venimos reconociendo en
el alma racional y á tres grupos, por lo tanto, po­
demos reducir los deberes que nos ocupan, á sa­
ber: i . ° deberes para con la sensibilidad; 2 ° de­
beres para con el entendimiento; y 3 .* deberes
para con la voluntad de nuestro prójimo. L a
sensibilidad, u n to afectiva como cognoscitiva,
tiene sus naturales aspiraciones y tendencias, que
reclaman miramientos especiales. En general, te­
2$4
nemos el deber de no herir á nuestros semejan­
tes en sus afecciones sensibles, no poniendo obs­
táculos á la natural expansión y al perfecciona­
miento legitimo de esta delicada potencia.
650. M a n e ra s prin cip ales de ofen­
d e r en su sensibilidad al prójim o.—Innu­
merables son los actos y maneras, por cuyo m e­
dio podemos herir las fibras delicadas del sen­
timiento de nuestros semejantes y nada fácil su
análisis escrupuloso; pero los principales son:
desprecio, insulto, afrenta, ultraje, vanidad, o r ­
gullo, soberbia y misantropía. Hijo es el despre­
cio de la mala opinión que nos merece el valor
físico, intelectual ó moral de la persona despre­
ciada. Cuando no se tiene en cuenta que Dios
ha distribuido desigual y gratuitamente sus do­
nes entre los hombres y somos juguete de esa
malévola tendencia que nos arrastra á interpre­
tar torcidamente las condiciones y actos de nues­
tros semejantes, abultando sus defectos y achi­
cando sus ventajas, aposéntase el desprecio en
nuestro corazón y estamos ya en peligro inmi­
nente de cometer todo género de injusticias con
nuestro prójimo. Consiste, pues, el desprmo en
el desfavorable juicio que nos merecen y en la
repugnancia que, á la vez, nos inspiran nuestros
semejantes. Este bajo sentimiento se evita no de­
jándonos influir por la parcialidad, la emulación
28?
y la envidia. Generalmente el simple desprecio
se oculta bajo la frialdad de las formas sociales;
se manifiesta sólo por medio de la murmuración
en el seno de la confianza, y rara vez llega d no­
ticia del despreciado. S i el desprecio se traduce
por medio de palabras ó acciones que hieren i
nuestro prójim o, se llama insulto. Si el insulto
es público y el que lo emplea se propone humi­
llar ó deshonrar al insultado, toma el nombre
d t afrenta, y , por último, cuando el agresor atro­
pella d su prójimo por medio de exterioridades
más ó metí os violentas, se llama ultraje. Todos
ellos son grados y manifestaciones diferentes del
desprecio; y su inmoralidad aumenta en propor­
ción d la herida moral que se infiere. De recha­
zo se ofende también la sensibilidad de nuestro
prójimo por medio de la vanidad, el orgullo, la
soberbia, la misantropía, la ingratitud, etc., expre­
siones diferentes del amor propio desmedido,
que se propone enaltecernos A nosotros mismos,
rebajando y humillando á los demds.
651. V irtu d es que se oponen n estos
vielos.—Para no herir la susceptibilidad de nues­
tro prójimo, el remedio más eficaz es amarle. La
caridad es pues la primera de las virtudes opues>
tas ¿ los vicios dichos. Opónense además la rec­
titud, la imparcialidady la moderación, la modestia,
la filantropía, la gratitud, etc.
286
6 5 3 . D e b e re s q ue tenemos p a ra con
el entendim iento d e nuestro prójim o.
Repetidas veces hemos dicho que la verdad es
alimento natural y propio del entendimiento.
De donde se sigue el derecho incuestionable que
tienen nuestros prójimos á que no seles pongan
obstáculos para la adquisición de la verdad, ni
se Ies haga incurrir en errores ó juicios falsos
por medio de la mentira. Nace de aquí el deber
que todos tenemos de no oponernos directa ni
indirectamente al natural desarrollo y perfeccio­
namiento de la inteligencia de nuestros seme­
jantes, d cuyo efecto tenemos la obligación de
ser veraces, no incurriendo en ningún caso, y
por ningún m otivo, en el feo vicio de Ja menti­
ra. Instintivamente se sirve el hombre de la
palabra para expresar su pensamiento, esto es,
para decir lo que verdaderamente entiende y
siente, al paso que necesita hacerse alguna vio­
lencia para mentir y engañar á sus semejantes.
De aqui la excelencia moral de los hombres
francoSy que nada tienen que ocultar, sobre los
hipócritas, que andan siempre disfrazando sus
ideas y sentimientos para mejor engañar y se­
ducir d los demás.
6 5 3 . D e la m en tira y sus diversas
especies.—Consiste la metiiira en significar por
un medio cualquiera lo contrario de lo que se
287
piensa ó se siente. Generalmente se divide la
mentira en jocosa, oficiosa y perniciosa, según se
cometa sin otro propósito que el de hacer reír;
por razón de profesión ú oficio para entretener
á los parroquianos; ó con intención de perjudi­
car al prójimo. Autores hay que admiten men­
tira interior y extenor} según que el que miente
se proponga engañarse á sí mismo ó á los de­
más. Cabe lo primero cuando á fuerza de sofis­
mas a c alla m o s el grito de nuestra conciencia y
entonces faltamos á uno de los más sagrados de­
beres que tenemos para con nuestro entendi­
miento; pero más frecuente es lo segundo.
Siempre la mentira es uno de los actos más bajos
é inmorales que puede cometer el hombre. La
doblez, la hipocresía, la segunda intención al
obrar, las restricciones puramente mentales al
hablar, la infidelidad, las promesas y votos fal­
sos y el perjurio son las más frecuentes y perju­
diciales maneras de mentir. En dos casos se co­
mete este último, á saber: jurando en falso y
violando un juramento anterior. En ambos se
pone á Dios por testigo de una doble mentira,
lo cual, además de inmoral, es irreverente y
cínico.
6 K 4 . V ir t u d q u e se opone á este vi-
cio«—L a veracidad es la virtud opuesta al vicio
de la mentira. En todo tiempo, lugar y caso te­
288
nemos el deber moral de ser veraces y por ende
ingénuos, francos, fieles, leales, etc. El deber
de la veracidad no nos obliga sin embargo á de­
cirlo todo: no se confunda el silencio con el di­
simulo. Antes al contrario, la charlatanería y el
aturdimiento son faltas de discreción, que pue­
den perjudicar tanto al prójimo como á nosotros
mismos.
655. D e b e re s que tenem os p a ra cou
la lib re voluntad de nuestro prójim o.
Tenem os el deber de no poner obstáculos al li­
bre ejercicio de la voluntad de nuestro prójimo,
no cohibiéndola en sus determinaciones inter­
nas, ni violentándola en sus actos exteriores.
Faltamos al primfero de estos deberes cuando
abusamos de los caracteres pusilánimes, lleván­
dolos por donde se nos antoja y singularmente
por el camino del mal, y cuando amenazamos á
los demás con males de tal índole que producen
en su ánimo miedo grave; 6 infringimos el se­
gundo siempre que por fuerza mayor obligamos
á nuestros semejantes á hacer ú omitir alguna
cosa. N o se infiera de lo expuesto que nuestros
semejantes pueden ejercer de una manera abso­
luta las libertades todas, ó sea los derechos co­
rrelativos á lo s deberes que nos ocupan. Nadie
puede inducir á otro al mal moral y de sentido
común es que puede pecarse y se peca de pen­
289
samiento, de palabra y de obra; por lo tanto la
palabra, tanto mental, como oral y escrita, tie­
ne y no puede menos de tener sus naturales res­
tricciones, siendo absurdas paradojas modernas
las llamadas libertad de pensamiento y libertad
de imprenta. Obvio es que todos estamos natu­
ralmente obligados á pensar racionalmente y con
rectitud en todas las cosas y de una manera es­
pecial en todo lo que respecta á nuestro fin úl­
timo y á los medios necesarios para alcanzarlo;
luego la mal llamada libertad de pensamiento,
prescindiendo de que en absoluto es impracti­
cable, por lo que d los malos pensamientos se re­
fiere es ilícita y absurda. La libre manifestación
del pensamiento, de palabra ó por escrito, toda­
vía es más inmoral y absurda, pues sabido es
que las doctrinas pestilentes y los errores perni­
ciosos corrompen á los individuos y destruyen
el orden social. Debemos advertir, sin embargo,
que prescindiendo de la corrección fraterna que
d todos nos obliga, la autoridad social es la lla­
mada d emplear la fuerza contra los asociados,
cuando así lo reclamen la reparación de un des­
orden ó expiación de una culpa.
656. D e la esclavitud y servidu m ­
bre.—L a esclavitud y servidumbre son los actos
individuales, ó instituciones sociales mejor di­
cho, por cuyo medio más directamente se atenta
19
290
contra la libertad externa del hombre. En los
tiempos antiguos el esclavo, con la libertad in­
dividual, perdía la categoría de persona, toman­
do la de cosa. Sobre ¿1tenía su amo y señor de­
recho de vida y muerte, pudiendo con m ayor
motivo venderlo, cambiarlo, disponer de sus hi­
jos y de su trabajo, maltratarlo, etc., como si
fuese un objeto material cualquiera. Hombres
tan eminentes como Aristóteles sostenían que
naturalmente unos nacen esclavos y otros libres.
Las falsas ideas sobre la guerra consolidaron tam­
bién la esclavitud. Concedíasele al v e n c e d o r de­
recho de vida y muerte sobre el vencido, aun­
que se hubiese ya rendidoy estuviese indefenso;
de aquí que se considerase como generoso y
magnánimo al que, en vez de m atará los prisio­
neros de guerra, se contentaba con someterlos
en sus personas y en las de sus descendientes á
la más dura esclavitud. El cristianism o, soste­
niendo que todos somos hijos del mismo Padre,
que está en los cielos, é iguales ante la ley, dió
el golpe de gracia á la esclavitud, la cual fué
lentamente desapareciendo. Sin embargo, se han
conservado restos de aquella odiosa institución,
que en los tiempos modernos se conoce con el
nombre de servidumbre. E l amo y a no tiene hoy
derecho de vida y muerte sobre el siervo, ni pue­
de tampoco maltratarlo á su antojo; pero sí con­
29 r
serva el dominio pleno sobre el trabajo perso­
nal del siervo y de sus hijos, por cuya razón los
siervos son también enagenables. L a trata de es­
clavos ó de negros, que es igual, ha sido um­
versalmente reprobada y prohibida, y semejante
vergüenza social está llamada á desaparecer del
globo, en plazo no lejano.
657. In m o ra lid a d de u n a y otra.
Unicamente puede ser objeto de dominio pri­
vado todo lo que es susceptible de ocupación di­
recta ó indirecta y de aprovechamiento. De aquí
que sean apropiables los minerales, los vegeta­
les, los animales, así domésticos como dom es­
ticados y salvajes, las orillas de los mares, etcé­
tera, y no lo sean las inmensas profundidades y
planicies del mar, la atmósfera, la luz, etcétera.
Esto sentado, como ningún hombre puede des­
pojarse de su libertad física, ni de su dignidad
personal, claro es que tampoco cabe dominio
privado y directo sobre las personas, de donde
la ilicitud é inmoralidad de la esclavitud y ser­
vidumbre, que son las mayores injusticias que
pueden cometerse contra las personas de nues­
tros prójimos. Cabe sí dominio indirecto sobre
las personas, es decir, directo sobre las acciones,
trabajos ó servicios de dichas personas, que son
muy dueñas de enagenarlos ó alquilarlos; pero
la esclavitud y^ servidumbre personales entrañan
29 2

un fondo tan grande de injusticia, que con razón


han sido prohibidas por las leyes divinas y hu­
manas y su desaparición es inevitable. Los gran­
des intereses creados á su sombra han retardado
hasta la fecha este resultado en las Antillas es­
pañolas. No obstante, estudiado detenidamente
el asunto, tan in m oral,ó tal vez más, es la ser­
vidumbre moderna como la esclavitud antigua.
Tenía ésta su origen en una mala inteligencia de
los derechos del guerrero vencedor; al paso que
la servidumbre vive, en los tiempos modernos,
del engaño y de un irritante abuso de fuerza. S a­
bido es que los tratantes en carne humana ad­
quieren los negros en África por baratijas de
ningún valor, ó se apoderan de ellos cazándolos
como si fueran animales dañinos. Por eso la
Iglesia católica, anticipándose á las sociedades
abolicionistas de los protestantes, ya en el siglo
X I había prohibido severamente el negocio abo­
minable que se hacia en Inglaterra de vender á
los hombres como brutos animales, y contra Ja
esclavitud y el infame tráfico de indios y negros
clamaron enérgicamente Pío II en sus letras de
7 de octubre de 14 8 2 , Paulo III en lassuyas de
29 de mayo de 15 3 7 , Urbano V III en 2 2 de
abril de 16 39 , Benedicto X IV en 1 7 4 1 , Grego­
rio X V I en 3 de noviembre de 18 39 y Pío IX e n
2 1 de marzo de 18 5 5 , cabiendo al actual P on -
*93
tifice León X III el honor insigne de haber pro­
tegido la campaña antiesclavista iniciada y sos­
tenida por el venerable Prim ado de África, el
Cardenal Arzobispo Lavigerie.
R ecam en .
¿Q u¿ deberes tenemos para con la sensibilidad de
nuestro prójim o?
En gen e ral, tenemos el deber de no herir á nues­
tros semejantes en sus afecciones sensibles, no p o ­
niendo obstáculos á la natural expansión y al perfec­
cionamiento legítim o de esta delicada potencia.
¿Cuáles son las principales maneras de ofender en
su sensibilidad al prójim o?
Las siguientes: desprecio, insulto, afrenta, ultra­
je, vanidad, orgullo, soberbia y m isantropía.
¿Quó virtudes se oponen á estos vicios?
La caridad es la primera de las virtudes opuestas
i los vicios dichos. Opóncnse además la rectitud, la
imparcialidad, la m oderación, la m odestia, la filan­
tropía, la gratitud, etc.
¿Q ué deberes tenemos para con el entendimiento
de nuestro prójim o?
E l de ser veraces, no incurriendo, en ningún ca­
so y por ningún m otivo, en el feo vicio de la m enti­
ra. De aquí la excelencia moral de los hom bres fran­
cos, que nada tienen que ocultar, sobre los h ipócri­
tas, que andan siempre disfrazando sus ¡deas y sentí*
mientos para m ejor engañar y seducir.
¿En qué consiste la mentira y cóm o se divide?
Consiste en significar por un medio cualquiera
*94
lo contrario de lo que se piensa ó se siente. General­
mente se divide la mentira en jocosa, oficiosa y per­
niciosa.
¿Qué virtud se opone á este vicio?
L a veracidad, y tenemos el deber de ser veraces
y por ende ingénuos, francos, fieles, leales, etc. en
todo tiem po, lugar y caso.
¿Q ué deberes tenemos para con la voluntad de
nuestro prójim o?
E l de no poner obstáculos al libre ejercicio de la
voluntadde nuestro prójim o, no cohibiéndola en sus
determinaciones internas, ni violentándola en sus
actos exteriores.
¿Q ué son la esclavitud y h servidumbre?
La esclavitud, que coloca al hom bre en el núm e­
ro de las cosas apropiables y la servidum bre, que le
une permanentemente al terruño y al dueño del cam ­
po, son los actos individuales, ó instituciones socia­
les m ejor dicho, por cuyo medio más directamente
se atenta contra la libertad externa del hombre.
¿So n lícitas ó inmorales?
Mi la libertad física, ni la dignidad personal son
am isibles, ni susceptibles por lo tanto de ocupación
y aprovecham iento. De donde se sigue que no cabe
propiedad directa sobre las personas y que la escla­
vitud y la servidumbre son tan inmorales com o in ­
justas.
295

C A P ÍT U L O X C II.

D e b e re s h u m a n o s de justicia, p a r a co n
los b ien ee da n u e stro e p ró jim o s.

6 5 8 * D iv isió n de los bienes.—En sen­


tido lato bim es todo lo que sirve para satisfacer
directa ó indirectamente nuestras necesidades,
las cuales pueden referirse al orden puramente
orgánico, y entonces se llaman materiales, ó
también al orden afectivo, intelectual y volitivo,
y entonces reciben el nombre de morales. Por
analogía podemos dividir los bienes en materia­
les y morales, según que sirvan para satisfacer
las necesidades del cuerpo ó del alma. Em pece­
mos pues por los deberes que tenemos para con
los bienes materiales de nuestro prójim o.
0 5 9 . D e l derecho de pro piedad.—Se
dice que una cosa es de nuestra propiedad cuan­
do podemos hacer en ella ó con ella cuanto te­
nemos por conveniente. Definamos, pues, el
derecho de propiedad diciendo que «es la facul­
tad de disponer, gozar y vindicar lo que legíti­
mamente poseemos como nuestro.» A primera
2$6

vista se comprende que este derecho importan­


tísimo implica otros muchos, que son su des­
arrollo y complemento. Pero como los bienes
materiales y externos ano son originariamente y
por naturaleza propios de cada hombre, ni co­
lectiva ni individualmente, ni son tampoco po­
sitivamente comunes, es evidente que no pue­
den ser mas que negativamente comunes1» y que
nada se opone en ellos al derecho de propiedad
innato y natural á todo hombre, que para la
conservación de su vida y satisfacción conve­
niente de sus necesidades orgánicas no tiene más
remedio que apropiarse los bienes físicos que
le rodean.
600. D erech os com prendidos en el
d e p r o p ie d a d . —En la definición precedente
quedan indicados. E l derecho de disponer auto-
r iz í al propietario para permutar, vender, donar
y transmitir por testamento las cosas que le per­
tenecen. En el derecho de go^ar van incluidos
los de hacer en la cosa cuantas modificaciones
se le antojen á su dueño, poseerla, coger sus
frutos y aprovecharse de ellos. P or último, el
de vindicar consiste en sostener todos los dere­
chos arriba dichos contra un injusto poseedor.

1 Elementos de Derecha Natural, por Rodríguez de C e­


peda, parte i,* , p ig . 3 12 . Valencia, 18 8 7.
297
6 6 1 . D e l com unism o.—De dos maneras
se puede atentar con era las instituciones, que al-
gunosllaman privilegiadas, suprimiéndolas y unl­
versalizándolas. Por estos cam inos, al parecer
opuestos, ateos y pan teístas, p. ej., vienen á pa­
rar al punto idéntico de la negación de Dios. De
análoga manera, entre las escuelas enemigas de
la propiedad, por ser la que más directamente
atenta contra ella, merece particular atención el
comunismo, que se propone no sólo una nueva
organización de la pro'piedad, sino también la
abolición de la propiedad individual para reem­
plazarla por la común ó colectiva de los Estados.
Según los comunistas, todos los hombres tienen
igual derecho al disfrute de las cosas todas no
sólo á las apropiables, sino también ¿ las ya apro­
piadas; de donde infieren la justicia y convenien­
cia de un nuevo y equitativo reparto de las pro­
piedades existentes, ó la formación de un acervo
común con toda la riqueza pública, que admi­
nistre el Estado y cuyos productos se repartan
por igual entre todos los ciudadanos. El com u­
nismo es absurdo y tan impracticable de aque­
lla manera como de ésta. ccSemper pauperes ha-
betis Yobiscuin*.! Siem pre habrá pobres entre
vosotros, dijo N . S. Jesucristo, y esta desigual-

1 5 . M a tth ., cap. X X V I, v. n .
298
dad es hija de las desigualdades naturales exis­
tentes entre los hombres. Son unos fuertes, tra~
bajadores y económicos, y otros, porel contrario,
débiles, holgazanes y dilapidadores: necesaria­
mente los primeros aumentan su fortuna y la
derrochan los segundos. Supongamos posible un
nuevo y equitativo reparto de la riqueza públi­
ca, ¿duraría mucho esta igualdadPMenos tiempo
aún del empleado en hacer la distribución. Por
otra parte, conviértasela propiedad individual en
colectiva, aunque sea el Estado quien la adminis­
tre, é inmediatamente desaparecerá el estímulo,
el ahorro y el trabajo mismo, quedando todos
convertidos á la postre en igualmente pobres,
cuando se quiso hacerlos igualmente ricos. De
cualquier manera que se le considere, el comu­
nismo es un absurdo teórico y una injusticia
impracticable.
6 6 !í» Sucesión testada é Intestada:
fundam ento de am bas.—Entre los mismos
que reconocen de buen grado los derechos de
disponer, gozar y vindicar como inherentes al
derecho de propiedad, hay algunos que comba­
ten la herencia ó sucesión, tanto testada como
intestada, fundándose en que el dominio termi­
na con la muerte y no se puede disponer de las
cosas para una época en que ya no son nuestras.
Este razonamiento es más especioso que sólido.
299
La herencia es una consecuencia lógica y nece­
saria del derecho de propiedad, como si dijéra­
mos, su complemento indispensable. Suprímase
la herencia y la riqueza pública ha m uerto. L a
mayor parte de los hombres, después de satisfe­
chas sus necesidades mds apremiantes, trabajan
para sus hijos y herederos. Quíteseles este «stí-
m uloy la miseria se apoderará bien pronto d é la s
sociedades. El trabajo acumulado en la herencia
es tan digno de respeto como el mismo trabajo
manual, que sólo sirve para satisfacerla necesi­
dad del momento. Por otra parte, la herencia
es una donación condicional, esto es, una dona­
ción entre vivos para que se cumpla después de
la muerte del donante; y claro es que el que
puede dar sus bienes en vida, con igual razón
puede testar disponiendo de ellos. Las mismas
consideraciones pueden hacerse en pro de la
sucesión intestada, pues la ley no hace otra cosa
que interpretar naturalmente la voluntad del que
murió sin testamento.
6 6 3 . T e o ría s p rin cip ales a c e rc a del
o rigen y fundam ento de la propiedad.
Expuestos quedan la verdadera índole y natural
alcance del derecho de propiedad; pero, com o
son muchos sus enemigos y algunas las escue­
las, que desnaturalizan este derecho importantí­
simo, algo hemos de decir, aunque sea com~
300
pendiosamente, del origen histórico de la pro­
piedad y del fundamento racional de este dere­
cho, cosas que no deben confundirse. L a m ayor
parte de las teorías inventadas por los juriscon­
sultos y filósofos para explicar el segundones de­
cir, el fundamento racional, se refieren al prime­
ro, ó sea al origen histórico. Las principales son
cuatro, A saber: teoría de la ocupación„ de la con-
v¿nción) de la ley civil, y del trabajo.
G 6 £ . T e o ría de la ocu pación .—Esta
teoría, profesada generalmente por los juriscon­
sultos romanos, se funda en aquel aforismo ju­
rídico, que dice: las cosas de nadie, esto es, que
no tienen dueño, son del primero que las ocupa;
rtsiiiiUius primi cnpientis sttnL «Ninguna cosa,
decía Cicerón, pertenece al dominio privado
por la naturaleza, sino por razón de una antigua
ocupación ó por la victoria.» La ocupación ne­
cesita, por lo tanto, apoyarse en la fuerza del
primero que llega, Costa Rosetti la define di­
ciendo, que «ocupación es la aprehensión cor­
poral ó simbólica de los bienes materiales exter­
nos que no pertenecen á nadie, hecha con signos
claros,» é indudablemente puede admitirse co­
mo hecho jurídico por el que se adquiere ori­
ginariamente la propiedad según la ley natural,
siempre que concurran en ella los requisitos si­
guientes: que la cosa no sea de nadie, suscep-
jo i
tibie de apropiación, aprehendida con intención
de hacerla propia y por medio de signos claros y
manifiestos1 . Pero nótese que, aunque todo lo
dicho es aplicable á la explicación del origen
histórico de una propiedad determinada, como
verdadero fundamento racional del derecho de
propiedad es inadmisible:
a) porque el derecho no puede fundarse nun­
ca en un simple hecho;
b) porque se apoya en la victoria ó fuerza
del primer ocupante;
c) y porque carece de la universalidad ne­
cesaria para explicar las diferentes propiedades
conocidas de distinto origen.
Renunwik.
¿Cóm o se dividen los bienes?
Por analogía podemos dividir los bienes en m a­
teriales y m orales, según que sirvan para satisfacer
las necesidades del cuerpo ó del alma.
¿Qué es derecho de propiedad?
La facultad de disponer, gozar y vindicar lo que
legítim am ente nos pertenece.
¿Q ué derechos están com prendidos en el de pro­
piedad?
E l de disponer, ó sea vender, permutar, donarj
etcétera; el de gozar, ó sea poseer, usar, aprove­

1 Obra citada del 5r. Rodríguez de Cepeda, parte i.* ,


pigs. 224 y 227,
J02

charse, etc., y el de vindicar, ó sea hacer efectivos


los derechos todos sobre la cosa apropiada contra un
poseedor injusto.
¿En qué consiste y por qué es absurdo el comu­
nism o?
El com unism o se propone la abolición de la pro­
piedad individual y familiar para transformarla en co­
mún ó colectiva de los Estados. Siendo el estim ulo
personal la fuente del trabajo, del ahorro y por ende
de la riqueza, el com unism o es un absurdo teórico
y una injusticia im practicable.
¿Q ué es la herencia con relación i la propiedad?
La herencia ó sucesión, tanto testada com o in ­
testada, es una consecuencia lógica y necesaria del
derecho de propiedad, com o si dijéram os, su com ­
plemento indispensable. Suprím ase la herencia, y la
riqueza pública ha m uerto.
¿Cuántas y cuáles son las principales teorías in ­
ventadas acerca del origen y fundamento del derecho
de propiedad?
Cuatro, á saber: teoría de la ocupación, de la
convención, de la ley civil y del trabajo,
^En qué consiste y com o se refuta la teoría de
la ocupación?
La teoría déla ocupación, profesada generalm en­
te por los jurisconsultos rom anos, se funda en aquel
aforismo jurídico, que dice: las cosas dé nadie, esto
es, que no tienen dueño, son del prim ero que las
ocupa Es inadm isible, porque el derecho no puede
fundarse nunca en un simple hecho, porque se apoya
3° J
en la victoria ó fuerza del prim er ocupante, y p or­
que carece de la universalidad necesaria para expli­
car las diferentes propiedades conocidas de distinto
origen.
304

C A P ÍT U L O X C III.

D e b e r e s h u m a n o s d e ju s t ic ia para o o n
l o s b i e n e s d e n u e s t r o s p r ó ji m o s ,

(Continuación).

665. T e o ría d e la convención.—Gro-


cioj PuíTendorf y los partidarios del pacto social
de Rousseau, considerando que la ocupación es
insuficiente para producir por sí sola el derecho
de propiedad, completaron la anterior teoría
afirmando que, dada la ocupación, el derecho
de propiedad nace de la convención ó consentimien­
to común, expreso ó tácito, de los demás hom­
bres que, al respetar como dueño legitimo al pri—
m erocupante,renuncian tácitamente ásus dere­
chos sobre las cosas ocupadas. Tam poco es acep *
rabie esta teoría:
a) porque se funda en una hipótesis no pro­
bada;
b) porque, aunque dicha convención exis­
tiese, tenía que reunir además todas las condi­
ciones necesarias para producir el derecho de
propiedad y siempre sería imposible probar que
3 °5
voluntaria mente han renunciado á ser propie­
tarios la mayor parte de los hombres;
c) porque lo que es producto del consenti­
miento, de la, misma manera puede destruirse;
quedando, por lo tanto, la propiedad á merced
de las concupiscencias de los proletarios;
d) porque la historia no presenta ningún ca­
so práctico de que en determinado pueblo lu yan
comenzado á existir las propiedades por medio
de convenciones ni expresas, ni tácitas;
e) y , sobre todo, porque esta teoría desco­
noce é infringe el derecho innato y personal que
todo hombre tiene á adquirir propiedad indepen­
diente.
666. T e o ría de la l e y civil.—Montes-
quicu, Bentham, Hobbes, Mirabeau y otros de­
rivan de la ley civil el derecho de propiedad, de
manera que, según dicha escuela, á la lej' civil
se debe la institución de este derecho importan­
tísimo. Esta teoría, socialista en alto grado, es
absurda:
a) porque en ella se confunden el derecho
con la regularización y sanción del derecho;
b) porque si se considera ¿ la ley civil co­
mo expresión de la voluntad general, militan
contra ella las mismas razones que contraía teo­
ría de la convención ó del consentimiento co-
niún;
3 o6

c) porque si el derecho de propiedad no fue­


se anterior y superior á la ley civil, el legislador
y el proletariado, cuando á legislar llegue, p o­
drían alterar profundamente y aun abolir la pro­
piedad con el mismo derecho que instituirla;
d) porque conduce al positivismo jurídico,
que consiste en mirar al Estado y á la ley civil,
por lo tanto, como fuente y norma de todo de­
recho y de toda justicia;
e) y , en fin, porque se encierra en un cír­
culo vicioso, cuando atribuye al Estado, á la ley
ó A la autoridad pública la facultad de dar y qui­
tar propiedades, derecho que nadie les ha otor­
gado y cuyo origen y fundamento únicamente
pueden explicarse recurriendo á otra invención
ó teoría análoga.
667. T e o ría del tra b a jo .—M 4s racional
que las anteriores, la teoría del trabajo explica
hasta cierto punto el derecho de propiedad. En
efecto, el trabajo útil es una especie de creación
y el que crea la cosa ó cuando menos la pone en
condiciones de prestar alguna utilidad convir-
tiéndola en apta para satisfacer nuestras necesi­
dades, parece que debe tener dominio pleno so­
bre ella. Pero nótese que esta teoría
a) supone ya el derecho de propiedad sobre
las primeras materias ó cosas ¿ las cuales apli­
camos nuestro trabajo;
i°7
b ) se funda en el trabajo individual y per­
sonal del propietario, y en las sociedadesya cons­
tituidas el trabajo tiene mucho de colectivo y
cooperativo;
c) dá origen á una desigualdad y despropor­
ción aparente entre el capital y el trabajo, des­
proporción que hasta cierto punto utilizan los
comunistas;
d) y no explica, por último, el fundamento
niel origen de la propiedad tratándose tic bienes
que la naturaleza ofrece espontáneamente y pue­
den aprovecharse sin trabajo alguno, como las
canteras, prados, frutos, etc.
668. V e rd a d e ro origen y fundam en­
te del derech o de pro p ied ad .—L a inexac­
titud de las teorías expuestas proviene, según ya
apuntamos, de haber confundido el fundamento
racional del derecho de propiedad con su origen
histórico, pretendiendo en algunos casos explicar
aquél por éste, y viceversa. El verdadero funda­
mento racional del derecho de propiedad hay
que buscarle en la misma naturaleza humana.
En virtud de ésta ó sea por cuanto es inteligen­
te, sociable y libre, el hombre es sujeto de d e­
recho, en tanto que los brutos únicamente pue­
den ser objeto. En efecto, la razón y la experien­
cia nos dicen de consuno que todas las cosas
apropiables han sido creadas para nuestro serví-
308
cío, y satisfacción de nuestras necesidades. En

virtud, pues, de nuestra propia personalidad, te­


nemos derecho incuestionable al aire que respi­
ramos, á los manjares que nos alimentan, al ves­
tido que nos abriga, etc., lo mismo que á los
productos denuestras facultades. P or consiguien­
te^ el fundamento racional del derecho de pro­
piedad radica en la mísma naturaleza humana;
pero durante el transcurso de los siglos se ha
ejercitado y se ejercita este derecho de diferen­
tes maneras, por medio de la ocupación, unas
veces; por medio del trabajo, otras; como resul­
tado de la ley civil, alguna, etc., y de aquí que,
aunque el fundamento racional del derecho de
propiedad sea siempre el mismo, su origen his­
tórico haya sido variado y diferente.
OG!)> O bjecion es de los com an islas
y socialistas co n tra la p ropiedad-—C o ­
mo la propiedad es uno de los fundamentos so­
ciales y el másimportante elemento debienesrar
material para los hombres, nada de particular tie­
ne que socialistas y comunistas agucen el inge­
nio para combatirla, negando unos el derecho á
la propiedad individual y privada, y atacando
otros la legislación que regula el ejercicio de di­
cho derecho. Sin embargo, las principales obje­
ciones de todos ellos pueden reducirse á l\s tres,
que apuntamos y exponemos á continuación.
3 °9
r .a Por razón de naturaleza todos los hom ­
bres tienen derecho igual á los bienes todos de
este mundo; luego el que se apropia alguno de
ellos, para su exclusivo bienestar y uso, comete
injusticia notoria con los demás hombres y v io ­
la uno de sus derechos. Cierto que los bienes
externos materiales son por naturaleza negativa­
mente comunes & todos los hombres1 , ó lo que
es igual, todos los hombres tienen el derecho de
apropiarse aquellos bienes queno perteuccen aún
al dominio privado de particular alguno; pero es
falso que dichos bienes sean positivamente comu­
nes á todos los hombres, ó lo que es igual, que
todos tengan perfecto derecho á apropiárselos
privadamente, tanto porque la propiedad común
positiva es irrealizable, cuanto porque al efectuar
la apropiación dichos bienes han podido ya ser
objeto de actos legítimos, como la ocupación,
la accesión, el trabajo, etc., que dieran origen
¿dom inio previo, contra el cual nada puede, ni
debe intentarse en justicia.
2 .a La naturaleza á todos nos ha hecho igua­
les; es así que la propiedad destruye esta igual­
dad; luego la propiedad es antinatural é injusta.
Verdad es que somos todos específicamente igua­

* Inslitutiones Ethicae et Juris naturae, por Costa-Ro


seuí, pág. 334. Oenipoate, 188j .
3¡o

les, es decir, todos som os animales racionales;


pero es falso que seamos todos individualmente
iguales, pues unos son tontos y otros listos, éstos
enfermos y aquellos sanos. Reclam ar pues para
todos igual propiedad, es tan absurdo como pe­
dir igual salud, el mismo talento, etc.
3 .a El capitalista.y el propietario explotan al
obrero, y en vez de socorrer á los pobres de­
rrochan sus riquezas en lujo y diversiones; luego
la propiedad está mal organizada y ln autoridad
pública debe poner coto i estas injusticias y abu­
sos, despojando de sus bienes á los malos pro­
pietarios en provecho del que nada tiene. Así
sucede, sin duda, en ciertos casos, pues el hom­
bre puede abusar y abusa hasta de lo más santo;
pero i la autoridad no compete el castigo de los
pecados ojJhestos á la caridad, sino solo el de
los que se oponen á la justicia. Indirectamente
puede reparar estos m ales, fomentando las vir­
tudes todas privadas y públicas á fin de que los
ricos sean caritativos y los pobres agradecidos
y humildes1 .
6*70. D e b eres co rrelativ o s al d e re­
cho de p ro p ied a d .—Este importantísimo de­
recho tiene sus deberes correlativos, que con*

1 Elementos de Derecho Matura!, por el P. Mendive,


pág. 106 y 109. Valladolid, 1884.
3 "
sisten en no poner obstáculos al legítimo ejercicio
del derecho, respetando la propiedad ajena en
todas sus manifestaciones y no atentando con­
tra ella en ningún grado, ni en ningún sentido.
Resum en.
¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoría de la
convención?
Tam poco es aceptable la teoría de la convención,
porque se funda en una hipótesis no probada; porque
siempre sería im posible probar que voluntariam ente
han renunciado á ser propietarios la m ayor parte de
los hom bres; y porque lo que es producto del con­
sentim iento, de la m ism a manera puede destruirse,
quedando por lo tanto la propiedad á m erced de las
concupiscencias de los proletarios.
¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoría de la
ley civil?
Más absurda es la teoría que deriva el derecho
de propiedad de la ley civil, porque confunde el de­
recho con la regularización y sanción del derecho;
porque si se considera la ley civil com o expresión
de la voluntad general, m ilitan contra ella las m is­
mas razones que contra lo teoría de la convención
ó del consentim iento com ún; y porque si el derecho
propiedad no fuese anterior y superior á la ley
civil, el legislador y el proletariado, cu an d oá le g is­
lar llegue, podrían alterar profundamente y aun
abolir la propiedad con el mismo derecho que insti­
tuirla.
JI 2
¿En qué consiste y cóm o se refuta la teoria del
trabajo?
Más racional que las anteriores la teoria del tra­
bajo, explica hasta cierto punto el derecho de p ro­
piedad; pero también es inaceptable, porque supone
y a dicho derecho sobre las prim eras materias ó co­
sas á las cuales aplicam os nuestro trabajo.
¿Cual es el verdadero fundamento y origen del
derecho de propiedad?
L a misma naturaleza hum ana; pero durante el
transcurso de los siglos se ha ejercitado y se ejercita
este derecho de diferentes m aneras, por medio de la
ocupación, unas veces; por medio del trabajo, otras;
com o resultado d éla le y civil, alguna, etc., y de aquí
que, aunque el fundamento racional del derecho de
propiedad sea siempre el m ism o, sn origen histórico
haya sido variado y diferente.
¿Q ué objeciones suelen aducir com unistas y so­
cialistas contra el derecho de propiedad?
Q ue todos los bienes son com unes, lo cual ne­
gativam ente es cierto porque todos tienen el dere­
cho de apropiarse lo no sujeto todavía al dominio
privad o; pero positivam ente es falso porque la co­
munidad de bienes es injusticia irrealizable. Que la
propiedad destruye la igualdad natural entre los hom ­
bres, cosa im posible, pues individualmente conside­
rados no hay dos hom bres iguales. Y que los ricos
abusan de sus propiedades, abuso que no puede e v i­
tar la ley, pero que indudablemente castigará el Juez
de vivos y muertos, de pobres y ricos.
¿En qué consisten tos deberes correlativos al
derecho de propiedad?
En no poner obstáculos al legitim o ejercicio del
derecho nombrado y en no atentar contra la propie­
dad de ninguna manera.
3^4

C A P ÍT U L O X C IV .

D e b e re s h u m a n o s de juetioia.pG.rQ. con
loa bienes de nuestros prójimos.

(Conclusión).

6 7 1 . P rin c ip a le s m an eras «te perju­


d ic a r en sus bienes al prójim o. — S o n d os:
el latrocinio y el contrato. P o r m e d io d el p rim e ­
ro se a p o d era u n o d e lo q u e n o le p e rte n e c e ; y
p o r m ed io d el se g u n d o , ¿ p esa r de codas la s p re ­
c a u c io n e s to m ad a s p o r las le y e s p ara e v ita rlo ,
n o es d ifíc il d efrau d ar ¿ n u e stro s se m e ja n te s en
su s in te re se s le g ítim o s ,
< íT 3 . D e l l a t r o c i n i o . —E n té rm in o s g e ­
n é ric o s p o d em o s d efin ir el latrocinio d ic ie n d o q u e
es «el acto p o r c u y o m e d io n o s a p o d e ra m o s d i­
re cta ó in d ire cta m e n te d e lo a je n o co n tra la v o ­
lu n tad de su d u e ñ o i. E l la tr o c in io , co m o v io la ­
c ió n co m p le ta d el d e re c h o d e p ro p ie d a d , es u na
gran d e in ju sticia para con lo s b ien es del p ró jim o
y un acto in m o ra l p o r c o n s ig u ie n te .
67<‘t. M o d o s directos de latrocinio.
D e dos maneras podemos apoderarnos de los
bienes de nuestros prójimos: directa é indirec­
tamente. Los modos directos de latrocinio son
tres, á saber: robo, hurto y estafa. Cuando e],la­
trocinio tiene lugar á viva fuerza, de una mane­
ra agresiva y violenta, esto es, con violencia ó
intimidación en las personas ó fuerza en las co­
sas, se llama robo. Si el latrocinio se comete
aprovechando la ausencia, el descuido ó la ig ­
norancia del dueño de la cosa, recibe el nombre
de hurto. P o r último, el que defrauda á su pró­
jimo por medio de farsas ó mentiras tomando lo
ajeno ó pidiéndolo presca<jo con intención de no
devolverlo, comete estafa.
6 7 4 . M o d o s indirectos de latrocinio.
Innumerables son los modos ó maneras que ade­
más de los dichos, puede emplear el hombre
para apoderarse insidiosamente de los bienes de
su prójim o; pero los principales modos indirec­
tos de latrocinio son éstos: «El no pagar las deu­
das; el negar un depósito, ó no d e v o lv e rlo á su
dueño; e l defraudar las rentas del Estado; el de­
jar que se deterioren los bienes ajenos puestos
á nuestro cuidado; la quiebra fraudulenta, ó la
motivada por gastos inmoderados; la mala ges­
tión y administración de los negocios y bienes
que se nos encomendaron; el abuso de la pres­
cripción legal, cuando no se puede probar núes*
tra mala fe; el m overpleitos temerarios, sin con­
316
vencimiento de nuestro derecho; el contratar
con lesión de la otra parte, y el causar perjuicios
con, nuestra falta ó tardanza en cumplir lo pac­
tado1. »
67£». D e l contrato,—Contraía es aquel
acto por el cual dos ó más personas se transfieren
mutuamente sus derechos, obligándose á dar, ha­
cer ú omitir alguna cosa. Una convención cual­
quiera sin solemnidades de ningún género y que
tampoco va acompañada de signos externos pa­
ra obligar, se llama pació.
6 7 6 . D iv isió n de los contratos.—L o s
juris-peritos suelen dividirlos encontratosy cuasi­
contratos¡nominados é innominados, onerosos y gra­
ciosos, unilaterales y bilaterales; clasifican en cua­
tro grupos los innominados; subdividen los
nominados en consensúales, reales > verbales y es­
critos; enumeran entre los consensúales la com­
pra-venta, arrendamiento, sociedad y mandato, y
entre los reales el mutuo, comodato, depósito y pren­
da; y , por último, no dan ya la importancia, que
tuvieron entre los romanos, á los verbales y es­
critos, porque esta división es más bien formal
que esencial. Tales divisiones y subdivisiones
son de importancia grande en la ciencia de los

* Elementos di Ética por Rey y Htíredía, to.a edición,


pág. 136. Madrid, 1879.
3i7
derechos, pero no en la de los deberes y por eso
nos concretamos á lo dicho.
C 7 J7. E sp e cies de o bligacion es que
nacen d e t o d o s l o s c o n t r a t o s . —Descan-
sando todos ellos sobre promesas solemnes,
para la Moral tan obligatorios son los pactos co­
mo los contratos. Siempre.que éstos versan so­
bre materia determinada, lícita y posible y los
otorgan personas hábiles, con consentimiento
deliberado y libre de dolo y de miedo, producen
obligaciones naturales, exigibles ante la concien­
cia, lo mismo que otro deber moral cualquiera;
y cuando en los contratos concurren además las
formalidades y requisitos externos preceptuados
por las leyes, producen también obligaciones ci­
viles, exigibles ante los tribuuales de justicia.
Siem pre la obligación natural ha de ser el fun­
damento de la obligación civil; y aunque esta no
exista, el cumplimiento de aquélla es ineludible
ante Dios y la conciencia.
G 7 8 . I ) « la u su ra m oralm ente consi­
derad a.—N o es propio de unos elementos su-
marísimos de M oral, exponer de uno en uno los
deberes todos que producen los contratos di­
chos (6 76); pero no podemos prescindir de apun­
tar algo acerca de la usura. Sabido es que el mu­
tuo es un préstamo de consumo y el comodato
un préstamo de uso. En el primero es, pues, don­
318
de cabe usura, la cual podemos definir en sen­
tido lato y en sentido estricto. En sentido lato,
usura es codo mutuo con interés, y en sentido
estricto, todo mutuo en el que, además dé la
cosa fungible1 ó dinero prestado, por vía de
recompensa se percibe un interés ilícito, ó por
falta de título para percibirlo ó por exceso de ta­
sa. Mucho se ha disputado entre los moralistas,
economistas, teólogosy jurisconsultos acerca de
la licitud de la usura y la tasa del interés; pero
1% doctrina más racional y ortodoxa acerca del
asunto, reducida á su expresión mínima, es co­
mo sigue. El contrato de mutuo es por natura­
leza gracioso, ó lucrativo sólo para el mutuata­
rio, y según el derecho natural y la moral cris­
tiana debemos prestar i nuestro prójimo las co­
sas fungibles que necesite, sin esperar de él en
cambio la menor recompensa: mutuum dale, ni-
bil itide speranles. Pero como, por una parte, el
trabajo acumulado en el capital puede ser y es
fuente de producción y por otra nadie tiene obli­
gación moral de socorrer á su prójimo con gra­
ve perjuicio propio, esto es, causándose así mis-

* Cosas /tingibles (de fungar, que además de ocuparte


en alguna iosa, significa también cousitmir, comer), son las
que se cuentan, miden ó pesan y , al usarlas, se consu­
men; y no /tingibles las que, aunque se desgasten ó dete­
rioren con el uso, no se consumen.
3*9
nio el mal que se intenta evitar, síguese de aquí
que no todos los préstamos á interés son usu­
rarios. «No hay usura cuando el que ha recibido
prestada una cantidad de dinero negocia con ella
y el prestamista le exige la parte de ganancia
que corresponde á su dinero, porque es suya en
razón de que lo que produce una cosa es del
dueño de la cosa: del otro será el producto de
su trabajo, industria y habilidad'.»
679. C aso s en que el c o b r a r interés
es lícito.—Ahora bien, como no es fácil deter­
minar a priori si de la negociación ha de resul­
tar ganancia, y pudiera no repartirse ésta equi-
tativamemte, los moralistas enumeran los casos
en que es licito exigir un módico interés por el
dinero prestado, que son los tres que siguen:
i . ° lucro cesante (lucrumcessans), es decir, siem­
pre que por prestar nuestro dinero perdemos
una ganancia cierta, esto es, cesa el lucro que
aquel capital nos producía; 2 .° daño emergente
(dammm emergens) , es decir, cuando nos resul­
ten daños y perjuicios por no ser posible dispo­
ner á tiempo del dinero prestado, y 3 .0 peligro
de perder el capital (periculum sorlis) . El seis por
ciento era antes en España el interés máximo

1 Priucipios de Filosofía moral, por P aley, traducidos


por Baeza, pág. 149. Madrid, 18 4 1.
320
que podía pactarse en el préstamo de dinero;
pero la ley de 14 de Marzo de 18 5 6 abolió la
tasa legal dicha, estableciendo la libertad de
contratación. Sin embargo» la Iglesia, como di­
ce el P . Mendive, «hasta los tiempos de Bene­
dicto X IV siempre reprobó como ilícito todo
lucro exigido por la prestación del dinero sin los
títulos de daño emergente, lucro cesante y pe­
ligro del capital, de que hemos hablado más
arriba; y áun este mismo Papa en su Encíclica
Vix pervenit hizo otro tanto, encargando á los
que quisieran prestar, que mirasen bien prime­
ro antes de exigir el lucro, si tenían para ello
algún motivo especial y extrínseco al mismo
mutuo. Mas en los tiempos presentes la Iglesia
permite que se lleve un interés moderado por
la prestación dicha, sin que sea* necesaria para
ello ni áun la misma tasa legal señalada por la
autoridad política, como consta por varias res­
puestas de la Congregación del Santo O ficio, en
que se dice de los que hacen tal género de pres­
taciones que no se Ies debe inquietar en la concien­
cia (non esse inquietandos). L a razón de esta di­
versidad se encuentra en que ahora, por razón
del valor especial que ha adquirido generalmente
el dinero prestado, con la necesidad que tienen
de él los muchos hombres de casi todas las cla­
ses para la industria y el comercio, hay s im -
J2t
pre un motivo general extrínseco al mutuo para exi­
gir un interés m oderado; y así no hay necesi­
dad de que uno, antes de prestar dinero, mire
si tiene un motivo especial para exigir algún
lucro1 .» Conste no obstante, que el contrato de
mútuo, es por naturaleza gracioso ó lucrativo* y
que el interés usurario, la usura, tomada esta
palabra en el sentido malicioso y corriente es
hoy tan inmoral como antes, y tan vil y des­
preciable el usurero entonces como ahora y
siempre.
680< D e b e re s relativos ¿ lo s bienes
m orales «le nu estro prójim o.—Los bienes
morales de nuestro prójimo (6 58 ) son tamo ó
más dignos de respeto que los bienes materiales,

1 Elementos de 'Dererfto Nal ¡nal varias veces citados,


pdgs. 155 y i}6 .
8 El P, Mendive, en su obra anterior pig. 126, llama
al mútuo contrato oneroso y según el tecnicismo usual en
las escuelas de Derecho, no es oneroso, sino g r u m o ó
lucrativo. Son contratos onerosos aquellos en que hay
prestaciones por ambas partes contratantes, es decir, que
gravan á una y otra, resultando provecho y gravamen
para las dos; lucrativos ó graciosos aquellos en que la
prestación la hace uno de ellos, por pura liberalidad, en
provecho <5 beneficio exclusivo del otro, que es precisar
mente lo que sucede en el mútuo, porque si yo presto un
pan d mi vecino cuando de ¿1 carece para que me lo de­
vuelva el día que le sobre, mi vecino es el exclusivamen­
te beneficiado* no yo.
í t
]2 2

y atentar contra aquéllos, es m ayor injusticia y


m ayor falta moral, si cabe, que atentar contra
éstos, pues la mayor parte de los hombres ante­
ponen el honor, la fama y consideración social
á las riquezas mismas. Deber nuestro es, por lo
tanto, no cometer el que podemos llamar latro­
cinio moral, alterando, disminuyendo ó destru­
yendo la riqueza moral de nuestros semejantes.
6 8 1 . M u rm u ra c ió n ) burla» m aledi­
cen cia y calum nia.—El lenguaje, lo mismo
oral que escrito, es el mejor instrumento para
cometer el latrocinio m oral, y sus especies más
graves y frecuentes reciben los nombres de mur­
muración, burla, maledicencia y calumnia. L a
murmuración consiste en hablar inconsiderada­
mente y sin necesidad de los verdaderos defec­
tos del prójimo; la burlat en mofarse de estos
mismos defectos; la maledicencia, en decir mal de
nuestros prójimos con el fin de envilecerlos y
desprestigiarlos, y la calumnia, por último, en
atribuir á otro pecado ó delito que no ha co­
metido, con intención de deshonrarle y á veces
de que sufra el rigor de las leyes.
0 8 2 . D ificultad de la restitución en
el latro cin io m oral.—Sabido es que única­
mente por medio de la restitución pueden re­
sarcirse los perjuicios que el latrocinio causa.
Posible es la restitución de los bienes materia­
les j porque pueden devolverse ellos mismos ó su
equivalente; pero no sucede asi con los bienes
morales. Difícilmente se devuelve el honor, lat
fama, la consideración social, etc., pues por lo
común una vez perdidos no se recobran, aunque
se empeñe en ello el calumniador mismo. Hé
-aquí por qué consideramos más injusto é inmo­
ral el latrocinio de los bienes morales que el de
los materiales.
R cm im en .
¿Cuántas y cuáles son las principales maneras de
perjudicar al prójimo en sus bienes?
Dos: el latrocinio y el contrato.
¿Qué es latrocinio?
Aquel acto por cuyo medio nos apoderamos di­
recta ó indirectamente de lo ajeno contra la voluntad
de su dueño.
¿Cuántos y cuáles son los modos directos de la­
trocinio?
T r e s , i saber: robo, hurto y estafa.
¿Cukles son los modos indirectos de latrocinio?
Los principales son: el no pagar las deudas; el
negar un depósito ó no devolverlo á su dueño; el
defraudar las rentas del Estado; el dejar que se de­
terioren los bienes ajenos puestos á nuestro cuidado;
la quiebra fraudulenta, ó la motivada por gastos in­
moderados; la mala gestión y administración de los
negocios y bienes que se nos encomendaron; el abu­
so de la prescripción legal, cuando no se puede pro­
bar nuestra mala fe, etc.
324
¿Qué es contrato?
Aquel acto por el cual dos ó más personas se
transfieren mutuamente sus derechos, obligándose á
dar, hacer ú omitir alguna cosa.
¿Cómo suelen dividirse los contratos?
En contratos y cuasicontratos, nominados é in­
nominados, onerosos y graciosos, unilaterales y bi­
laterales; se clasifican en cuatro grupos los innomi­
nados; se subdividenlosnominados en consensiiales,
reales, verbales y escritos; pertenecen á los consen­
súales la compra-venta, arrendamiento, sociedad y
mandato, y á los reales el mutuo, comodato, depósi­
to y prenda, sin que tengan ya importancia alguna
los verbales y escritos.
¿Qué obligaciones nacen de los contratos?
De dos clases: naturales y civiles.
¿Qué es usura?
En sentido lato, usura es todo míituo con inte­
rés, y en sentido estricto, todo mutuo en el que,
además de la cosa fuogible ó dinero prestado, por
via de recompensa se percibe un interés ilícito, ó
por falta de título para percibirlo ó por exceso de
tasa. El contrato de mutuo es por naturaleza gracio­
so ó lucrativo, y según el derecho natural y la moral
cristiana debemos prestar á nuestro prójimo las co­
sas fungibles que necesite, sin esperar de él en cam­
bio la menor recompensa.
¿En qué casos es licito exigir un módico interés
por el dinero prestado?
Antiguamente se necesitaba para ello alguno de
3*5
estos tres títulos especiales: i.« lucro cesante, 2 .° da­
ño em ergente, y 3 .0 peligro del capital. Ahora basta
el titulo general de lo lucrativo que es el dinero para
toda clase de personas,
¿Q ué deberes tenemos para con los bienes m o­
rales del prójim o?
E l de no com eter lo que pudiéramos llamar la­
trocinio m oral, alterando, disminuyendo ó destru­
yendo el crédito, la reputación ú honra de nuestros
semejantes.
¿En qué consiste la m urm uración, burla, 'm ale­
dicencia y calumnia?
La murmuración en hablar inconsideradamente
y sin necesidad de los verdaderos defectos del p ró ­
jim o; la burla, en mofarse de estos m ism os defectos;
la maledicencia, en decir mal de nuestros prójim os
con el fin de envilecerlos y desprestigiarlos, y la ca­
lumnia, por último, en atribuir á otro pecado ó de­
lito que no ha com etido.
¿Por qué es más injusto el latrocinio m oral que
el material?
Difícilmente se devuelve el honor, la fam a, la
consideración social, etc., pues por lo común ana
vez perdidos no se recobran, aunque se empeñe en
ello el calumniador m ism o. Hé aqui por qué co n si­
deramos más injusto ¿ inmoral el latrocinio de los
bienes morales que el de los m ateriales.
326

C A P ÍT U L O X C V .

D e b e r e s h u m a n o s d e c a rid a d -

683. Definición de la ca rid a d .—La ca­


ridad es una virtud sobrenatural que nos inclina
i amar á Dios por si mismo y al prójimo por
D ios. Con esta latitud entendida, la caridad es
el precepto único que encierra los mandamien­
tos todos y contiene los deberes de amor que
tenemos para con Dios y para con el prójimo.
Enumerados ya los prim eros, trataremos única­
mente de los segundos. En sentido estricto con­
siste, pues, la caridad en querer bien á nuestros
semejantes y hacerles todo el bien posible.
6 8 4 i S u 9 elem entos com ponentes.
De la definición última se infiere que los ele­
mentos componentes de la caridad son dos, á
saber: benevolencia, que consiste en amar ó que­
rer bien á nuestros semejantes; y beneficencia,
que consiste en socorrerlos, haciéndoles todo
el bien posible. Cualquiera de estos dos ele­
mentos que falte no hay verdadera caridad. Sine
3*7
charitate opus exteriium nibilprodest*. Sin caridad,
esto es, sin amor, de nada sirven las obras ex­
ternas beneficiosas, y de la misma manera la
benevolencia es estéril y está como muerta cuan­
do no se traduce en obras benéficas. Se oponen
Á la benevolencia el odio, la venganza, la envi­
dia, la cólera, la ingratitud, el orgullo, el egoís­
m o, la desatención y , en suma, todo afecro ma­
lévolo que necesariamente implica carencia de
amor á nuestros semejantes. Se oponen á la
beneficencia, la práctica del mal, estado positi­
vo, y la omisión del bien, estado negativo.
685. E n qné se diferencia la ca rid ad
de la íilan tropia.—Consiste la filantropía? en
la simpatía natural ó amor espontáneo que los
hombres mutuamente se profesan, eh virtud del
cual se ayudan y socorren unos á otros, sin te­
ner en cuenta para nada el precepto divino de que
nos amemos mutuamente. Por eso la filantropía
es un sentimiento meramente natural, mientras
que la caridad es una virtud sobrenatural: aqué­
lla se funda en la simpatía producto de la iden­
tidad de naturaleza, y ¿sta en el puro y desinte­
resado amor al bien absoluto, que es D ios, y á
los bienes relativos por Dios.

1 De Jmitatioue Christi, lib. I, cap. XV.


9 Del griego phihs ( 4>í3.a,-) amigo, y avtrhopos (JtA ck -
hombre.
3*8
6 8 6 . IVo son menos o bligatorios los
d eberes de ca rid a d que los de justicia.
Aunque del examen superficial de sus respecti­
vas fórmulas se desprende lo contrario, 110 son
menos obligatorios los deberes de caridad que
los de justicia. Unos y otros se imponen a la vo­
luntad con igual im perio. £ 1 hombre no ha na­
cido única mente para permanecer cruzado de bra­
zos no cometiendo injusticias, ni causando per­
juicios de ninguna clase á su prójimo. L a misma
naturaleza le inclina A ayudar y socorrer g su
hermano 'menesteroso. Sobre todos los hombres,
de todo sexo, edad y condición pesan, por con-
siguiente, tanto los deberes de caridad como los
de justicia: éstos nos atan las manos, pero aqué­
llos las ponen, con nuestros bienes, al servicio
de nuestros semejantes. Y no se diga que sólo
los ricos pueden ejercer la caridad, porque prác­
ticas caritativas son también los servicios perso­
nales, los consejos y otros oficios, para el ejer­
cicio de los cuales basta ser hombre. Verdad es
que los deberes de justicia son constantes, é inter­
mitentes los de caridad; pero esto se refiere á la
práctica de unos y otros y no es obstáculo para
queambos graviten de igual manera sobre la con­
ciencia.
6 8 7 . D e la lim osna y su división.
En sentido estricto la palabra limosna se aplica
3*9

únicamente á los socorros en metálico ó de co­


sas fiHigibles (6 78, nota) que se dan á los m e­
nesterosos; pero en sentido lato limosna es todo
auxilio, material ó moral, que prestamos á nues­
tro prójimo con el fin de que satisfaga sus nece­
sidades, lo mismo corporales que anímicas. Si el
auxilio sirve para lo primero, le llamamos limos­
na corporalt y si para lo segundo, limosna espiri­
tual. El deber de dar limosna que sobre todos
pesa en proporción á laforruna de cada uno, nace
del derecho incuestionable que el pobre tiene á
satisfacer sus necesidades, lo cual sería imposi­
ble si los ricos no repartiesen entre los pobres
sus sobrantes.
688. D e b e re s de c a rid a d p a ra con
el cu erp o de nuestros sem ejantes.—Son
muchos; pero los principales enumerados están
en las obras de misericordia corporales, que son
las siete siguientes: i . a visitar á los enfermos;
2 .a dar de com er al hambriento; 3 / dar de be­
ber ni sediento; 4 .11 dar posada al peregrino;
5." vestir íil desnudo; 6 .a redimir al cautivo, y
7 .11 enterrar á los muertos.
680. D e b e re s de ca rid ad p a ra con
el alm a de nuestros sem ejantes.—T a m ­
bién son varios, pero los principales están en u­
merados en las obras de misericordia espiritua­
les, que son las siete siguientes: 1 .* enseñar al
330

que no sabe; 2 .4 dar buen consejo al que lo ha


de menester; j.* corregir al que yerra; 4.* per­
donar las injurias; 5 / consolar al triste; 6.4 su­
frir con paciencia las flaquezas de nuestros pró­
jim os, y 7 .* rogar á Dios por los vivos y difuntos.
R esu m en .
¿Qué es caridad?
La caridad, en sentido lato, es una virtud sobre­
natural que nos inclina & amar & Dios por sí mismo
y al prójimo por Dios. En sentido estricto, consiste
en querer bien á nuestros semejantes y hacerles todo
el bien posible.
¿Cuántos y cuáles son sus elementos componen­
tes?
Dos, á sa b e r: benevolencia, que consiste en amar
6 querer bien á nuestros semejantes; y beneficencia,
que consiste en socorrerlos, haciéndoles todo el bien
posible.
¿En qué se diferencíala caridad de la filantropía?
La filantropía es un sentimiento meramente na­
tural, mientras que la caridad es una virtud sobrena­
tural: aquélla se funda en la simpatía producto de la
identidad de naturaleza, y ésta en el puro y desinte­
resado amor al bien absoluto, que es Dios, y á los
bienes relativos, por Dios.
¿Son tan obligatorios los deberes de caridad co­
mo los de justicia?
Igualmente, pues el hombre no ha nacido úni­
camente para permanecer cruzado de brazos no co­
metiendo injusticias, ni causando perjuicios de nin­
33 *
guna clase 4 su prójim o. L a misma naturaleza le in­
clina á ayudar y socorrer á su hermano m enesteroso.
¿Q ué es limosna y cóm o se divide?
En sentido estricto suele llamarse lim osna sólo
al socorro en metálico ó especie; pero en sentido
Jato átodo auxilio material ó m oral. De donde la di­
visión de la limosna en corporal y espiritual.
¿En dónde están comprendidos los deberes de
candad para con el cuerpo de nuestros sem ejantes?
En las obras de misericordia corporales.
¿ Y los referentes al alma?
En las obras de misericordia espirituales.
33*

C A P ÍT U L O X C V I.

r>e l a s o c i e d a d e n g e n e r a l ,

6 9 0 . Fundam ento de los deberes p ro ­


piam ente sociales en ge n e ra l.—La socie­
dad es natural al hombre, por lo cual en ella vive
relacionado con sus semejantes por medio de un
comercio continuo. Estas relaciones íntimas, na­
turales ¿ hijas del hecho primitivo de la asocia­
ción, unas veces, y adventicias, otras, dan origen
á derechos y obligaciones, que tienen su funda­
mento racional en las prescripciones déla ley m o­
ral, conocidas por medio de la conciencia, y su
fundamento real en el hecho mismo de la aso­
ciación . '
6 9 1 . D efinición de la sociedad.—La
sociedad en general puede definirse diciendo, que
es una agrupación de personas, que bajo la mis­
ma dirección y por medios idénticos se propo­
nen conseguir los mismos fines. En toda socie­
dad son, por lo tanto, indispensables los tres ele­
mentos siguientes: i . ° personas asociadas; 2.° au­
toridad social, y 3 vínculos ó lazos sociales, que
ligan ¿ los asociados entre sí y con la autoridad.
6 9 2 . L a so c ia b ilid ad es n atu ral al
hom bre.—Entendemos por sociabilidad la ten-
333
ciencia que el hombre tiene á vivir en trato con­
tinuo 6 intimo con sus semejantes, formando
agrupaciones personales que se llaman socieda­
des. Esta tendencia es natural ó irresistible; tanto,,
que así como decimos que el elemento natural
y propio del pez es el agua, así podemos afirmar
también que la sociedad es el elemento propio
y natural del hombre. Ha nacido el hombre para
vivir en sociedad y sólo en la sociedad puede des­
arrollarse convenientemente, logrando los fines
próximos y preparando jel fin último para el cual
ha sido creado. Se prueba esta tesis: i . " por el
hecho mismo, universal y constante, de encon­
trar siempre al hombre viviendo en sociedad;
2 .° por las necesidades físicas, intelectuales y mo­
rales del hombre, las cuales solo en la sociedad
pueden tener satisfacción cumplida; 3 .0 por el
precioso don de la palabra, concedido induda­
blemente para que los asociados comuniquen en­
tre sí j 4 .0 por la simpatía instintiva que nos arras­
tra hacia nuestros semejantes, y 5 por el dic­
tamen mismo de la razón, que considera como
obligatorias la benevolencia y beneficencia para
con nuestros prójim os, las cuales suponen vida
social.
693. U g e r a refutación de la s teo­
rías referen tes ¿ la sociabilid ad de U o b -
bes, S p in o sa y R o u sseau .—N o faltan filó­
334
sofos, que contra lo sostenido en el número an­
terior, afirman que el aislamiento, la vida errante
y salvaje componen el verdadero estado natural
del hombre* Los más notables entre ellos son
Hobbes, Spinosa y Rousseau, los cuales atribu­
yen la formación de las sociedades actuales, el
primero i la fuerza, el segundo A la astucia, y el
tercero al pacto social. Todos tres convienen en
que las sociedades han sido artificialmente ins­
tituida? por el hombre, contra cuya afirmación
pueden oponérselas razones apuntadas en el nú-
méro anterior. Descendiendo ahora á detalles,
inútil es repetir contra Hobbes lo ya dicho (544).
L a guerra de todos contra todos es un hecho anor­
mal y violento, que pugna con los sentimientos
am istosos y pacíficos tan placenteros al hombre.
L a fuerza, por si sola, no explica tampoco la for­
mación y conservación délas sociedades, las cua­
les descansan sobre fundamentos morales más
sólidos. La verdadera ley, por último, se apoya
en la justicia y no siempre consiste en la volun­
tad del más fuerte, como afirma la despótica teoria
de Hobbes. La astucia de Spinosa no es mejor
clave para explicar la constitución de las socie­
dades. No siempre mandan los más inteligentes
y astutos: la fuerza ó la audacia ponen á veces
el poder social en manos poco diestras, contra las
cuales luchan en vano la sagacidad y la inteli­
335
gencia. Por último, el fantástico pacto social de
Rousseau no puede sostenerse ni como hecho his­
tórico, pues en ninguna parte se ha encontrado
el menor documento, la tradición más insigni­
ficante, ni el más pequeño indicio acerca de su
existencia; ni como hipótesis, porque al suponer
que los hombres renunciaron al estado salvaje»
sacrificando parte de su libertad con el ñn de que
se les garantizase el resto y con el propósito de
disfrutar de las ventajas y comodidades sociales,
se dan por conocidas y experimentadas cosas que
nunca habían tenido lugar y que nadie, por lo
tanto, podía conocer, ni presumir siquiera.
D e los fundam entos sociales
m ás im portantes,—Son cuatro: la religión, la
familia f la propiedad y la libertad. L a sociedad es­
tá fuera de su asiento y camina á su ruina sieni-
pre y cuando falte alguno de los grandes prin­
cipios ó instituciones fundamentales dichas. C o ­
mo decía M ontesquieu: ¡Cosaadmirable! La R e­
ligión cristiana, que no tiene al parecer más ob­
jeto que la felicidad déla vida futura, forma tam­
bién la de la presente1» y en sentirde Plutarco,
más fáciles encontrar una ciudad sin casas, m u­
rallas, teatros, ni gimnasios que un pueblo sin re-

1 Espíritu de las Leyes, lib. X X IV , cap. III. M jJr i J ,


«84 >.
336
ligióti. L a sociedad por excelencia es la familia,
elemento y tipo de las sociedades rodas. Suprí­
mase la familia y los vínculos sociales quedan
rotos y las sociedades políticas en vías de diso­
lución. L a propiedad es el complemento de la
personalidad, el mejor estímulo para el trabajo
y el sostén de Ja familia. Por último, la libertad
es el principio de la responsabilidad individual,
sin la que no son posibles los pueblos verdade­
ramente morales y cultos.
695 . S o c i a l i s m o : s a r e f u t a c i ó n .—Son
escuelas socialistas todas aquellas que, con el pre­
texto de corregir las imperfecciones sociales, in­
herentes á todo lo humano, socavan la sociedad
hasta sus cimientos y se proponen alterar, no la
organización ó forma de las grandes institucio­
nes sociales, sino su esencia. U nos atacan prin­
cipalmente la religión, como los ateos, impíos,
materialistas, libre-pensadores ó incrédulos de
todo género. Atacan otros preferentemente la
familia, como los partidarios de Enfantin, Carlos
F o u riery demás. Se ensañan éstos, como Blan-
qui, Blanc, Proudhon, Lassalle, K . Marx y otros
con la propiedad y el capital. Y no falta, por úl­
timo, quien i fin de robustecer la libertad, la
exajera y saca de quicio, con virtiendo á los pue­
blos en esclavos de su desenfreno demagógico»
ó en súbditos desventurados de algún dictador
337

liberticida. En sentido lato, todas estas opinio­


nes y escuelas reciben el nombre de socialistas,
porque atentan contra todos ó alguno de los fun­
damentos sobre que no puede menos de estar
asentada toda sociedad bien regida; pero moder­
namente y en sentido estricto, se da el nombre
de comunismo A la doctrina que niega en absolu­
to la legitimidad de la propiedad y del capital
particular ó privado, y el de socialismo á la doc­
trina de los que únicamente tratan de poner coto
d la explotación usurera del trabajo por el capi­
tal, dentro de cuyas escuelas caben aspiraciones
legítimas como las del socialismo cristiano ale­
mán contemporáneo, cuyos lemas son Iglesia,
tAsociación y Estado y cuyo programa puede sin­
tetizarse de la siguiente manera: «el Cristianis­
mo espiritualiza la propiedad, santifica k liber­
tad, ennoblece el trabajo, consagra el dolor, for­
talece el amor, ensalza la vida de la familia y dá
ála asociación sólidos fundamentos* Con lo cual
dicho queda que nada tiene de común este so­
cialismo con los arriba apuntados. Considerado,
pues, en sentido lato y bajo cualquier aspecto,
el socialismo es siempre antinatural, contrapro­
ducente y demoledor. Aseméjanse los socialistas

1 E l problema social y su solución, por F. Hítze, ver­


sión del alemán, p ig . 2 j? . Madrid, 1880.
33»

ni médico que para curar una dolencia cualquie­


ra, mandase que le cortaran la cabeza al e n ­
fermo.
696 . E s p e c i e s d e s o c i e d a d e s . —M a ­
chas son las especies de sociedades que admiten
los autores, dividiéndolas por su extensión en
universales (la humanidad) y particulares (la na­
ción española); por sus elementos, en simples
(el matrimonio) y compuestas (la ciudad); por
su fundamento y origen, en necesarias ó legales
(la paterna) y voluntarias ó convencionales (las
de seguros mutuos); por su dependencia, en per­
fectas (la Iglesia, el Estado) é imperfectas (una
diócesis, una provincia); y por ^u naturaleza y
comprensión, en naturales ó completas y arti­
ficiales ó incompletas, única división pertinente
á nuestro propósito. Existen en el mundo ciertas
sociedades, derivadas de la misma naturaleza,
condiciones y necesidades del hombre, y produc­
to otras de la convención y libre arbitrio. Las
primeras son naturales y completas, porque están
como fundadas por la misma naturaleza y miran
al fin del hombre todo, proponiéndose la felici­
dad de los asociados; y las segundas son artifi­
ciales é incompletas, porque tienen por objeto la
consecución de fines particulares, para los cua­
les única y voluntariamente se agrupan los aso­
ciados: á este número pertenecen todas las so­
339
ciedades mercantiles, literarias, recreativas, et­
cétera y los deberes que' de tales sociedades se
originan hay que estudiarlos al tratar de los con­
tratos. Las únicas cuyo estudio nos compete son
las natti rales ó completas, que son tres, á saber:
la doméstica, civil y religiosa. Sociedad doméstica
es toda agrupación de personas, que al amparo
del hogar ó de la casa, viven unidas entre sí por
vínculos de sangre ó de amor. L a ponemos á la
cabeza de las sociedades naturales, porque es
fundamento primordial de las otras dos y porque
su institución parece hija de exigencias instinti­
vas é incontrastables de la misma condición na­
tural délos asociados: su nombre genérico es fa ­
milia. Sociedad civil ó política es la agrupación
de familias unidas entre sí por vínculos geográ­
ficos, históricos, legales, morales, etc,, que v i­
viendo bajo el mismo régimen, se proponen la
mayor felicidad temporal de.los asociados. Estas
sociedades se llaman estados ó naciones. Sociedad
religiosa, por último, es la agrupación de perso­
nas, familias y naciones, que profesando la m is­
ma fe y practicando el mismo culto, se propo­
nen la consecución de su felicidad eterna. La so­
ciedad doméstica ó familia se subdivide en cou-
. yugal, paterna y kerilt según que la asociación
exista entre marido y mujer, entre padres ¿ hi­
jos, ó entre amos y criados.
340
Resumen.
¿Cuál es el fundamento de los deberes sociales?
Los deberes propiamente dichos sociales, tienen
su fundamento racional en las prescripciones de la
ley m oral, conocidas por medio de la conciencia, y
su fundamento real en el hecho mismo de la asocia­
ción .
¿Q ué es sociedad?
L a sociedad en general puede definirse diciendo,
que es una agrupación de personas, que bajo la m is­
ma dirección y por medios idénticos se proponen
conseguir los mismos fines.
4Cóm o se prueba que el hombre es naturalmen­
te sociable?
S e prueba: i . ° por el hecho m ism o, universal y
constante, de encontrar siempre al hom bre viviendo
en sociedad; 2 ° por las necesidades físicas, intelec­
tuales y morales del hom bre, las cuales sólo en la
sociedad pueden tener satisfacción cum plida; 3 .9 por
el precioso don de la palabra concedido indudable-
mente para que los asociados comuniquen entre si;
4 .0 por la simpatía instintiva, que nos arrastra hacia
nuestros semejantes, y 5 .0 por el dictamen mismo
de la razón, que considera com o obligatorias la be­
nevolencia y beneficencia para con nuestros próji­
m os, las cuales suponen vida social.
¿ En qué consisten y cóm o se refutan las teorías
de H obbes, Spinosa y Rousseau acerca de la socia­
bilidad?
H obbes atribuye á la faerza la formación de las
J 4i
sociedades actuales, Spinosa á la astucia y Rousseau
al pacto social, conviniendo los tres en que las so­
ciedades lian sido artificiosamente instituidas por el
hombre. Prescindiendo, pues, de que la sociedad es
natural al hom bre, su formación no se explica p orla
fuerza, porque frecuentemente vem os á los fuertes
supeditados á los inteligentes; tampoco por la astu­
cia, porque á veces sucumbe á la fuerza bruta; ni
tampoco por el pacto social, cuya existencia no pue­
de probarse ni filosófica, ni históricam ente.
¿Cuántos y cuáles son los fundamentos sociales
más importantes?
Cuatro, á saber: la religión, la familia, la propie­
dad y la libertad.
¿En qué consiste el socialismo y cómo se refuta?
Socialistas, son todas aquellas escuelas, que, con
pretexto de corregir las im perfecciones de la socie­
dad, socavan sus fundamentos y la ponen al borde
del abism o. S e asemejan al médico que, para curar
una dolencia cualquiera, recetase que le cortaran al
enfermo la cabeza.
¿Q ué división podem os hacer de las sociedades?
H ay sociedades naturales ó completas y socie­
dades artificiales ó parciales: aquéllas son tres, do­
méstica, civil y religiosa; y éstas innumerables, com o
innumerables son los fines para que pueden asociar*
se cierto número de hombres. L a doméstica se sub-
divide en conyugal, paterna y heril.
342

C A P IT U L O X C V IL

Dd Iíx s o c i e d a d c o n y u g a l .

6 9 7 . D efinición d elm atrim ouio.—So ­


ciedad conyugal ó matrimonio es aquel contrato
y sacramento ,í la vez que consiste en la unión
indisoluble de un solo hombre con una sola
mujer para la procreación, educación de los hi­
jos y mutuo auxilio de los cónyuges. Se dá este
nombre á los asociados ó contrayentes (de con-
ju giu m , yugo común) para significar que ambos
están sujetos el uno al otro; así como la pala­
bra matrimonio (de matris munus) significa ofi­
cio ó cargo de la madre, porque sobre ésta prin­
cipalmente pesan los dolores y penas de la so­
ciedad conyugal. De igual manera entendieron
ya los romanos el matrimonio llamándole, con
Modestino, consortium omms viia¿t> consorcio de
toda la vida, y asi se expresa también nuestra
ley de Partida cuando lo define: «ayuntamiento
de marido é de mujer, fecho con tal entención

1 L. I. D. de tiuplis.
345

de benir siempre en uno, é de non se departir;


guardando lealtad cada uno de ellos al otro, é
non se ayuntando el varón 4 otra m ujer1 .»
6 9 8 * D el m atrimonio com o s a c r a ­
mento.—Conviene distinguir en el matrimonio
el contrato natural y el sacramento. Como con-
tr{ito natural fué instituido por Dios en el P a­
raíso cuando formó á Eva carm de la carne de
Adán y hueso de sus huesos, y los bendijo dicién-
doles: creced y multiplicaos. Este contrato fué
elevado por N . S. Jesucristo A la dignidad de
sacramento y sacra memo grande, como dice el
Apóstol, según unos en las bodas de Cana de
Galilea; según otros cuando dijo á los fariseos:
ijitod Detis conjuHxil homo non separel*, lo que Dios
ha unido no lo separe el hombre, y según al­
guno durante los cuarenta dias que mediaron
entre la Resurrección y la Ascensión. Como sa­
cramento tiene la virtud de causar la gracia uni­
tiva en los casados y no es legítimo ni válido si
no se celebra in jacie Ecclesiae, ante el párroco y
dos testigos y según los ritos establecidos por la
liturgia eclesiástica. Esta es la doctrina del Con­
cilio de T re n to y del Syllabus* Como se vé, p a­
ra que el matrimonio santifique á los cónyuges,

* P . 4,a t, 2. <5 ley i.»


3 M a l i h cap, 19 , v- 6 .°
344
más que su unión carnal, se requiere la fusión
de los ánimos en uno solo.
6 9 9 . D el m atrim onio com o contrato.
El matrimonio, como hemos dicho, es también
un verdadeno contrato natural, porque sus fines
y propiedades determinados están por la misma
naturaleza fisiológica y racional del hombre, con­
trato que se perfecciona por el mutuo, libre y ex­
preso consentimiento de los cónyuges. Como sa­
cramento lo estudia la Teología y la Iglesia es la
única autoridad competente para legislar respec­
to á su administración; pero como contrato lo
estudian la Moral y el Derecho, y bajo este solo
aspecto lo formaliza la ley civil. Adviértase, no
obstante, que es un contrato, natural sí, pero es-
pecialísimo y diferente de los demás; como na­
turales, peculiares suyos y distintos son sus fines
de los fiues de los otros contratos. De donde ló­
gicamente se infiere, «que las leyes positivas, y
por lo tanto el Derecho civil, no pueden dictar
ningún precepto que se oponga á los fines del
matrimonio y á sus propiedades de unidad é in­
disolubilidad, as! como á sus caracteres, estan­
do reducida su misión en esta parce esencial del
matrimonio á reconocery garantizar con sus dis­
posiciones los preceptos de la ley natural1 .* N o

* Elementos d¿ ‘Directo Natural, por Rodríguez de C e­


peda, parte 2.*, pdgs. 45 y 4&. Valencia, 1888.
545
se olvide tampoco que entre católicos no puede
separarse el contrato del sacramento, ni vicever­
sa, pues son una misma cosa; de manera que
donde no hay sacramento no puede haber v e r­
dadero contrato, sino á lo sumo concubinato m is
ó menos legal ó disfrazado, y que no hay sacra­
mento donde no está Jesucristo causando la gra­
cia, por sí, ó por mediación de los ministros de
la Iglesia, de la cual es fundador divino.
*700. M in istro , m ateria y form a del
m atrim onio.—Mucho han disputado los cano­
nistas acerca del m i n i s t r o matrimonio, soste­
niendo unos, que lo es el párroco ó sacerdote que
lo bendice y autoriza, y otros, que son los con-
trayentes mismos. Esta es, hoy día, la opinión más
generalizada, aunque no faltan algunos que sos­
tienen aquélla. Componen la materia del matri­
monio los cuerpos de los cónyuges, y consiste ln
forma en el consentimiento, indispensable tanto al
sacramento como al contrato. Los contrayentes
deben de ser hábiles natural y legalmente, y el
consentimiento libre, mutuo, expreso y de presente.
7 0 1 . Santidad y necesidad del ma­
trimonio.—El matrimonio, como todos los sa­
cramentos, es santo, porque lo instituyó el Santo
de los santos, Jesucristo; porque santifica á los
casados, concediéndoles gracia especialisima pa­
ra el cumplimiento de sus deberes y logro de sus
54Ó

fines, y porque en dicho estado han vivido m u­


chos santos que hoy veneramos en los altares.
El matrimonio es además necesario para la con­
servación de la especie humana, para la natural
y legítima satisfacción del apetito genésico, y para
que los casados, unidos por lo s dulces lazos del
mutuo amor, hagan vida feliz é higiénica. «Sin
embargo, esta necesidad final ó por parte delfín
que corresponde al matrimonio, no se refiere di­
rectamente á cada individuo, sino á la multitud
colectiva; de manera que sólo tiene relación ne­
cesaria y fuerza obligatoria per se respecto á la
sociedad, y consiguientemente de los encargados
de su conservación y propagación. Con relación
d los individuos sólo tiene fuerza obligatoria per
accidens, ó sea en casos excepcionales, en que la
conservación y propagación de la especie no pu­
diera realizarse sin el concurso de individuos de­
terminados1 .® No pueden ser pues m as absurdas
las declamaciones del racionalismo contra el ce­
libato eclesiástico y lo s votos perpétuos de cas­
tidad. Esto no obsta para que reconozcamos de
buen grado la utilidad social del matrimonio y
la conveniencia de que se propague y funde so­
bre sólidas bases religiosas y legales.

1 Filosofía Elenien/a!, por el Cardenal González* t. II,


página 506. Madrid, 1876.
347
702. f i n e s d e l m a t r im o n io .—Los fines
ilel matrimonio, que indicados quedan en la de­
finición (697) son tres: i . ° ¡a procreación; 2 ° la
educación de ¡ o í hijos, y 3 .0 el mui no auxilio de los
cónyuges. Posible es alcanzar el primero de estos
fines por medio de uniones ilícitas; pero el gran
fin social del matrimonio no consiste únicamente
en dar la vida á otros seres semejantes á nosotros,
sino en educarlos de manera quesean verdaderos
racionales, útiles á la sociedad.
70ÍÍ« Condiciones esenciales del m a­
trimonio.—Dos son las condiciones esenciales
del matrimonio, que indicadas quedan también
en la definición, á saber: 1 .* unidad y 2 .xindisolu­
bilidad. Consiste la unidad en que el matrimonio
lo contraigan un solo hombre con una sola mu­
jer, y la indisolubilidad en que el lazo matrimo­
nial 110 se desate ó rompa mas que con la muerte
de uno cualquiera de los cónyuges*
704. E stad os que se oponen á la tin i­
dad Opónense á la unidad del matrimonio la
po¡igamiai> que consiste en la unión legal y simul­
tánea de un hombre con varias mujeres, y la po­
liandria? ó poliviria, que consiste en la unión le­
gal y simultánea de una mujer con varios hom ­

1 Del griego polús (ttoJ-új) mucho y gamos (yipoc) bodas.


9 Del griego polús (jwXvj) rauchoy aucr (xvíp) varón.
348

bres. Aunque la poligamia no se opone al fin


primario del matrimonio, esto es, á la procrea­
ción, sí es contraria á los secundarios, á saber: la
educación de los hijos, el mútuo auxilio de los
cónyuges, el amor y compromisos recíprocos,
la tranquilidad del hogar dom éstico, etc. Lapo-
Ügamia hace del marido un déspota del hogar,
de las mujeres instrumentos de placer, y de los
hijos enemigos irreconciliables, no hermanos. L a
poliandria es contraria al derecho natural p rim a ­
rio y secundario, pues rara vez se logra por su m e­
dio la procreación y nunca la educación de los
hijos, por ser el padre incierto; ni el mutuo auxi­
lio de los cónyuges, por la preponderancia que
la mujer tiene sobre los maridos,
705. A c to s que se oponen á la indi­
solubilidad,—Generalmente suele decirse que
el divorcio, ó separación de los cónyuges, es el
acto único que se opone á la indisolubilidad y
se divide el divorcio en perfecto é imperfecto, se­
gún que se rompa ó no el vínculo matrimonial
y queden ó no los separados en libertad para ca­
sarse de nuevo; pero esta doctrina confunde el
divorcio perfecto con la nulidad ó aplica cuando
menos impropiamente la. palabra divorcio. Para
m ayor exactitud diremos, pues, que los actos
que se oponen mAs ó menos directamente á la
indisolubilidad del matrimonio son tres: r .° re-
349
ptídby 2 .° nulidad, y 3 divorcio. Cuando por su
propia autoridad el marido arroja de su casa á la
mujer para tomar otra, el acto se llama repudio.
Practicaron el repudio los griegos, romanos y ju •
dios. Consiste la nulidad , no en romper el vín­
culo conyugal, sino en declarar que nunca ha
existido por no haber verdadero matrimonio. A l­
gunas declaraciones de este género ha hecho y
hace ln Iglesia católica. Por último, se debe lla­
mar divorcio1 únicamente á ln separación mate­
rial de los cónyuges, que por justas y canónicas
causas permite la Iglesia, pero sin que queden
los cónyuges en libertad para casarse nuevamen­
te. No hay divorcio posible respecto al verdadero
vínculo matrimonial: la muerte de uno cualquie­
ra de los esposos únicamente puede romperlo.
70G. D u l a A u t o r id a d e o o y n g fa l.—Sin
autoridad no hay sociedad posible. Por lo tanto,
aunque el marido considere y trate á la mujer
como su igual y compañera, uno de los dos ha
deejercer necesariamente la autoridad conyugal.
Por naturaleza corresponde ésta al marido, por­
que el hombre tiene para el mando condiciones
de que carece la mujer. Aquél es fuerte, ésta dé­
bil; predomina en el primero la cabeza sobre el
corazón, al paso que la segunda, toda imagina­

1 Del latín diverlen, apartarse, separarse.


3S°
ción y sentimiento, vive casi exclusivamente de
afecciones. Con razón dijo el Señor á la prime­
ra mujer: snb v iri poleslatc tris y San Pablo acon­
seja, que la mujer esté sumisa d su marido en
todas las cosas.
7 0 7 . D eberes del m arido para con
1a m u jer.—Al estudiar el matrimonio convie­
ne distinguir: i . ° deberes del marido para con
la mujer; 2.° deberesdela mujer para con el mari­
do, y 3.* deberes comunes á ambos cónyuges.
Los principales deberes del marido para con su
mujer son: protejerla, dirigirla, considerarla, no
como cosa, ni siquiera como esclava, según lu ­
cia el paganismo, sino como persona moral y
compañera, y hacer frente con su trabajoy buen
gobierno á las necesidades económicas del ma­
trimonio.
7 0 8 . D eberes de la m ujer para cou
el m arido.—Los principales deberes de la mu­
jer para con el marido son: obedecerle en todo
lo que no sea pecado ni delito, ni se oponga A
los derechos que no perdió por el matrimonio;
prestarle en todo sumisión obsequiosa; respetar­
le; endulzar sus penas; hacerle agradable el ho­
gar doméstico; gobernar con limpieza y acierto
el interior de la casa, y administrar económ ica­
mente los fondos que recibe de su marido para
las atenciones domésticas.
35*
7 0 9 . D eberes recíp rocos y com unes
á m arido y m ujer.—Son deberes recíprocos y
comunes á marido y mujer el amor, el cual no ha
de ser exaltado sino tranquilo para que dure tan­
to como la vida; la fidelidad, que, contra la opi­
nión vulgar, es tan obligatoria para el hombre
como para la mujer; la continencia, compatible
con el fin primario del matrimonio; el pudor has­
ta en sus tratos más íntimos, y la asistencia e s ­
merada y asidua. Los casados faltan á sus debe­
res por medio del rencor, disputas, riñas, malos
tratamientos, adulterio, abandono, disipación,
embriaguez, mal humor, avaricia, celos infun­
dados, etc.
710. D e l c e l i b a t o .—N o debemos dar por
terminada esta materia sin dedicar unas líneas
al celibato ó estado de virginidad y soltería, que
abrazan permanentemente unos para su m ayor
perfeccionamiento moral, es decir, por motivos
de virtud, y otros por falta de salud, de fuerzas,
de vocación ó de recursos materiales para con­
traer matrimonio. N o se olvide que, como he­
mos dicho ( y o i) , la sociedad conyugal es nece­
saria para el género humano, pero voluntaria
para el individuo, aunque en tesis general sea
más conforme á la naturaleza humana el matri­
monio que el celibato, no pudiendo éste igua­
lar en perfección á aquél mas que cuando se fun­
352

da en motivos de virtud ó de religión. Para sos­


tener esta doctrina nos fundamos en que la vir­
ginidad, honrada hasta entre los paganos con la
institución de las Vestales, es el más alto grado
de perfección moral A que puede llegar el hom­
bre, y Aun en el orden puramente natural la cas­
tidad vigoriza el cuerpo y el espíritu, conserva
la salud, prolonga la vida, aguza la potencia in­
telectiva, dando alas al genio para que pueda re­
montarse á las más elevadas regiones y , apar­
tando al hombre de lo material y sensible, lo ase­
meja d las inteligencias puras. Vanas son, pues,
las declamaciones del natural ismo imperante con­
tra el celibato eclesiástico y los votos perpétuos
de castidad, que profesan los religiosos de uno y
otro sexo, porque este superior estado aleja al
hombre de los goces sensuales y de los cuida­
dos terrenos, aproximándole á los Angeles y á
Dios; porque dicho estado eligieron para sí, in*
dudablemente como más perfecto, Jesucristo, la
V irgen, los Apóstoles, innumerables Santos y los
Sacerdotes de la mayor parte de los cultos, y
porque, en vez de disminuir la población, la au­
menta indirectamente divulgando por todas par­
tes sanas doctrinas, fomentando las buenas cos­
tumbres y haciendo cruda guerra al libertinaje
y á los vicios. «Lo que disminuye la población,
dice el P. M endive, no son los religiosos y cié-
353
rigos, sino las guerras, las emigraciones de los
hombres :i otros puntos del globo, la incontinen­
cia desenfrenada de los solteros y el vicio cal­
culado de los casados1 .
Resumen.
¿Q ué es matrimonio?
A quel contrato y sacramento á la vez, que con­
siste en la unión indisoluble de un solo hom bre con
una sola m ujer, para la procreación, educación.de los
hijos y mutuo auxilio de los cónyu ges.
¿Q ué puede decirse del m atrimonio com o sacra­
mento?
Que fu¿ instituido por Dios en el Paraíso cuando
formó á Eva carne de la carne de Adán y hueso de
sus huesos, y los bendijo deciéndoles: creced y mul­
tiplicaos, y elevado por N . S . Jesucristo á la dignidad
de sacramento, y com o tal tiene la virtud de causar
la gracia unitiva en los casados y no es legítim o ni
valido si no se celebra iu fa c k Eccksiae, ante el pá­
rroco y dos testigos y según los ritos establecidos por
la liturgia eclesiástica,
¿Q üé com o contrato?
Q ue el m atrimonio es también verdadero contra­
to natural, distinto de los otros contratos, que se per­
fecciona por el mutuo y libre consentimiento de los
contrayentes. N o se olvide, sin em bargo, que entre
católicos no puede separarse el contrato del sacra­
m ento, ni viceversa.

1 Elementos de Derecho Natural citados, pág. 152 .


3}
3 54
¿Cuál es el ministro, la materia y la forma del ma­
trimonio?
Ministro del matrimonio*, según unos, es el pá­
rroco ó sacerdote que lo bendice y autoriza, y según
otros, los contrayentes mismos. Componen la malc­
ría del matrimonio los cuerpos de los cónyuges, y
consiste la forma en el consentimiento, indispensa­
ble tanto al sacramento como al contrato. Los con­
trayentes deben de ser hábiles natural y legalmente,
y el consentimiento libre, mutuo, expreso y de pre­
sente.
¿Por qué decimos del matrimonio que es santo y
necesario?
El matrimonio, como todos los sacramentos, es
santo, porque lo instituyó el Santo de los santos,
Jesucristo, y porque.santifica á los casados. Y es ade­
más necesario para la conservación de la especie hu­
mana.
¿Cuántos y cuáles son los fines del matrimonio?
Tres: j .° Ja procreación, 2.° la educación de los
hijos, y 3 0 el mutuo auxilio de los cónyuges.
¿Cuántas y cuáles son las condiciones esenciales
del matrimonio?
D o s: i . " unidad, y 2 . a'in d iso lu b ilid ad .
¿Qué estados se oponen á la unidad?
Opónense á la unidad del matrimonió la poliga­
mia, que consiste en la unión legal y simultánea de
un hombre con varias mujeres, y la poliandria ó po-
liviria, que consiste en la unión legal y simultánea de
una mujer con varios hombres.
355
¿Quó actos se oponen k la indisolubilidad?
Los tres que siguen: i ° repudio, 2.° nulidad y
3,0 divorcio. Cuando por su propia autoridad el ma­
rido arroja de su casa á la mujer para tomar otra, el
acto se llama repudio. Consiste la nulidad, en no rom­
per el vinculo conyugal, sino en declarar que nunca
lia existido por no haber verdadero matrimonio. Por
último, se debe llamar divorcio únicamente i la se­
paración material de los cónyuges, que por justas y
canónicas causas permite la Iglesia, pero sin que que­
den los cónyuges en libertad para casarse nuevamente.
¿A quién corresponde la autoridad conyugal?
Por naturaleza corresponde la autoridad conyugal
al marido, porque.el hombre tiene para el mando
condiciones de que carece la mujer.
¿Cuáles son los deberes del marido para con su
mujer?
Los principales son: protejerla, dirigirla, conside­
rarla, no como cosa, ni siquiera como esclava', según
hacía el paganismo, sino como persona moral y com­
pañera, y hacer frente con su trabajo y buen gobier­
no á las necesidades económicas del matrimonio.
¿Cuáles son los deberes de la mujer para con su
marido?
Los principales son: obedecerle en todo lo que
tío sea pecado ni delito, respetarle, endulzar sus pe­
nas y administrar económicamente los fondos que
recibe de su marido para las atenciones domésticas.
¿Cuáles son los deberes recíprocos y comunes i
marido y mujer?
E l am or, la fidelidad, la continencia, el pudor y
la asistencia mutua.
¿Q ué estado es más perfecto, el matrimonio ó el
celibato?
El matrimonio que es necesario y obligatorio para
el género humano, no lo es para el individuo, que
puede tener sus razones poderosas para profesar el
celibato; pero únicamente será éste moralmente más
perfecto que aquél cuando se abrace por m otivos de
religiosidad y de virtud.
357

C A P ÍT U L O X C V III.

T>& la s sool.acie.cles p a t e r n a y lieril.

711. Definición de la sociedad p a ­


terna*—L a segunda especie de sociedad domés­
tica es la palenia, que consiste en la reunión de
padres ¿ hijos, ligados entre sí por medio de los
vínculos de la sangre y del amor. N o hay am or
más intenso y mds puro, á la vez, que el que los
padres profesan á sus hijos y los hijos ¿ sus pa­
dres. L a sociedad paterpa es el termino y com­
plemento natural del matrimonio.
Tt1 2 . D e la patria potestad .—En la s o ­
ciedad paterna conviene distinguir dos elemen­
tos: uno directivo, que son los padres, y otro di­
rigido, que son los hijos. Por derecho natural,
divino y humano, radica en los primeros la au­
toridad ó patria potestad, sin la cual sería im po­
sible la sociedad paterna y la educación de los
hijos. Considerada la patria potestad como un
derecho, reside eminentemente en el padre, aun­
que nuestras leyes la conceden también á la ma­
dre viuda; pero aquí tratamos de la patria potes­
358
tad com o deber, y bajo este aspecto tan obliga­
da á su ejercicio está la madre como el padre. La
autoridad paterna ó patria potestad es la más na­
tural y augusta de las autoridades. Los padres
comparten con Dios mismo la creación, deter­
minando la existencia de los hijos. De aquí que
éstos consideren con razón á sus padres como
los representantes legítimos del Padre universal
y providente que está en los cielos. El hijo no
solamente debe á sus padres la existencia mate­
rial, sino también la conservación, producto de
incesantes desvelos y cuidados, y , lo que vale
algo más, la educación ó perfeccionamiento mo­
ral. Los padres no podrían además cumplir con
los santos fines de la sociedad paterna si no es­
tuviesen revestidos al efecto de la autoridad ne­
cesaria. Estas son las razones y fundamento de
la patria potestad. Dicha autoridad no es, sin em­
bargo, absoluta y omnímoda como lo fué entre
los romanos y lo es aún en ciertas tribus salva­
jes, y como lo está indicándola significación eti­
mológica de la palabra fam ilia (primitivamente
fam ulia, de fam ulus, esclavo). Gracias al cristia­
nismo, ni los hijos son considerados como co­
sas enajenables, ni siquiera como esclavos, sino
como personas, á las cuales hay que dirigir más
con el amor que por el terror; ni los padres tie­
nen ya derecho de vida y muerte sobre sus hi­
559
jos. Los padres deben estar dotados de la auto­
ridad necesaria para criar, corregir, perfeccionar
y educar á sus hijos; pero nada más. La educa­
ción de los hijos es, pues, el fin primordial de
ln sociedad paterna, y la patria potestad es elw e-
tlioó requisito indispensable para la consecución
de aquel fin. La educación, es un deber: la patria
potestad un derecho. Cumplido el deber, cesa el
derecho: logrado el fin, el medio es completa­
mente inútil. Term ina, pues, la patria potestad
cuando los hijos están ya completamente criados
y educados, lo cual se verifica, según nuestras
leyes, cuando llegan d la mayor edad y empiezan
,i ser personas sui ju ris. L a crianza y educación
moral de los hijos infantes es mds propia de la
madre que del padre, A cuyo fin aquélla necesi­
ta estar también investida de cierta autoridad se­
mejante d la de éste. Dicha autoridad materna
ha sido siempre reconocida y acatada por el ins­
tinto filial, y está además en perfecta harmonía
con lo que la razón dicta. Cuando el padre falta,
la madre hace sus veces, y en ella se condensa
y reúne la autoridad de ambos cónyuges. Bien
han hecho nuestras leyes at conceder patria po­
testad á la madre viuda.
7 1 3 . D eb eres de los padres y de lo s
hijos.—Los principales deberes de los padres pa­
ra con sus hijos son los siguientes: Alim entarlos,
360
á cuyo efecto es necesario el patrimonio. La pa­
labra patrimonio (ilepalris mtinus, oficio ó cargo
del padre) significa que sobre el padre pesa el
deber ú oficio de adquirir los recursos ó bienes
necesarios para el sostenimiento de su mujer é
hijos. La crianza y educación de éstos hasta dar­
les oficio ó carrera sería imposible sin riqueza
patrimonial. El patrimonio es, pues, el comple­
mento de la patria potestad, y puede considerar­
se como un deber correlativo á este derecho. C o­
rresponde por lo tanto al padre Ja adquisición,
fomento y administración de los bienes patrimo­
niales, y por ende de los que al patrimonio fa­
miliar aporten la m ujer y los hijos no emanci­
pados. Am arlos racionalmente, no de una ma­
nera frenética y absurda ó con ternura afemina­
da, meticulosa y perjudicial; criar y mantener,
lo mismo i los hijos legítimos que a los natura­
les, hasta que se ganen la subsistencia y puedan
satisfacer sus principales necesidades por sí mis­
mos; educarlos convenientemente para que sean
virtuosos y con el tiempo hombres útiles á sí
mismos y á la sociedad; instruirlos en sus debe­
res religiosos y m orales, para lo cual no necesi­
ta el padre ser un sabio, pues este importantísi­
mo deber se cumple haciéndoles aprender el Ca­
tecismo; edificarlos con permanentey buen ejem ­
plo; darles oficio ó carrera; y no violentar su v o ­
36i

cación para tomar estado. A su vez y en justa


correspondencia, los principales deberes de los
hijos son éstos: Am ar cordialmente á sus padres,
manifestarles firme y perpétua gratitud por los
innumerables beneficios que de ellos han recibi­
do; obedecerles en todo lo que no sea contrario
á la religión y i la moral; honrarlos y reveren­
ciarlos constantemente, aunque su conducta fue­
se reprensible; disimular sus defectos y rarezas,
complaciéndoles siempre que se pueda; socorrer­
los en sus penalidades y trabajos, y mantenerlos,
si lo necesitan.
K i i . C oa la patria p otestad no ter­
minan todos los deberes de lo s hijos p a ­
ra con sus padres.—En efecto, el deber de
la obediencia cesa con la emancipación del hijo,
que llega á ser jefe de una nueva familia; pero
no cuando, aunque baya llegado á la mayor edad,
continúa viviendo con su padre y bajo su depen­
dencia material. L o s deberes de am or y de agra­
decimiento para con los padres no terminau nun­
ca. En todo estado y condición pueden estos
cumplirse «prestándonos A su voluntad, aunque
sea contraria d nuestro propio gusto y á nuestro
propio parecer, siempre que lo que quieran 110
sea moralmente malo, ni enteramente incompa­
tible con nuestro bienestar; procurando propor­
cionarles satisfacciones, prevenir sus deseos y so­
3É2
segar sus inquietudes, así en las cosas pequeñas
como en las grandes; contribuyendo, si es ne­
cesario, á su mantenimiento, conveniencia y co­
modidades; haciéndoles compañía, aunque ten­
gamos que privarnos de las diversiones y place­
res que más nos gustan; cuidándoles y*asistién-
doles con amor, respeto y agrado en sus enfer­
medades y dolencias; soportando sus flaquezas
y debilidades, así de alma como del cuerpo, su
mal humor, sus maneras poco á la moda, des­
cuidadas ó austeras, y aquellos hiibitos incómo­
dos que se suelen contraer en una edad avan­
zada1 .»
7 1 5 . Pntepaidad m oral y d eberes de
los discípulos papa « o n sus m aestros.
Padre es, no solamente el que engendra al hijo,
sino también el que lo educa, instruye y perfec­
ciona sus facultades intelectuales y morales. Des­
empeñan esta importantísima misión en la so­
ciedad los sacerdotes, maestros, autoridades,
consejeros, ancianos, y en una palabra, los ma­
yores en edad, dignidad y gobierno, en los cua­
les podemos ver una especie de paternidad mo­
ral sobre los menorest que por lo mismo deben
respetarlos, honrarlos, y por gratitud natural,
hasta quererlos. Los maestros, sobre todo, ocu­

1 Paley citado, ¡)dg, 269.


3^3
pan puesto análogo al de los padres respecto d
sus hijos, pues si d nuestros padres debemos la
existencia física, á nuestros maestros debemos In
instrucción y educación moral, que muchas ve­
ces vale mds que la misma vida. De donde se si­
gue que el discípulo está naturalmente obligado
A respetar á su maestro, como lodo inferior de­
be respetar á su superior; á obedecerle con do­
cilidad, por conveniencia y no por miedo, en
cuanto á la instrucción se refiera; á honrarle co­
mo es debido y teniendo en cuenta que la hon­
ra y reputación del maestro trascienden á ios
discípulos, y agradecerle, por último, cuantos
beneficios le dispensa. En esta materia convie­
ne no olvidar nunca que la severidad del profe­
sor y los castigos que impone á sus discípulos
(para bien de éstos siempre) son mds de agra­
decer que su tolerancia y bondades, aparentes
muchas veces.
710. Definición de la sociedad hepfl
y su cíu'áctei* en los tiem pos m odernos.
Damos el nombre de sociedad beríl1 á la forma­
da entre amos y criados, unidos entre sí por los
vínculos del afecto y del interés reciproco. Es
sociedad natural porque el hombre necesita fre—

J Del latía berta, amo, dueño, señor, padre de fa­


milia.
364
cuentemente de la cooperación y servicios de sus
semejantes para el logro de los fines domésticos
y sociales, y porque viviendo los criados bajo
el mismo techo que los am os, se aficionan m u­
tuamente hasta el punto de que los criados con­
cluyen por formar parte de las familias de sus
amos: esto quiere á^árfam iliares r denominación
que se les da á veces. No se confunda, sin em­
bargo, el esclavo con el siervo, dí con el servi­
dor. El esclavo más bien que persona es una co­
sa enajenable, sobre la cual tiene el dueño dere­
cho de vida y muerte; el siervo es una persona
que carece de libertad externa y sobre cuyo tra­
bajo y productos pesa el dominio enajenable del
amo; y servidor ó criado es el hombre libre, que
voluntariamente arrienda sus servicios. Siem ­
pre han compuesto la sociedad heríl los amos y
sus sirvientes, sean esclavos, siervos ó criados,
aunque en la actualidad la sociedad heril puede
considerarse reducida d la que existe únicamen­
te entre amos y criados. Prescindiendo de la ne­
cesidad que el hombre tiene de la cooperación
de sus semejantes y de la simpatía natural que
engendra el hábito del trato, el fundamento de
la sociedad heril moderna es el contrato consen*
sual de arrendamiento de servicios. L a libertad
es pues su carácter distintivo, así como en los
pueblos antiguos lo era la fuerza. En otros tér­
*6?
minos: modernamente Se instituye la sociedad
heril por el mutuo y libre consentimiento de los
asociados ó contratantess,y la consideramos per­
fecta cuando los criados se identifican con sus
amos hasta el punto de mirarse recíprocamente
como miembros de Ja misma familia, cumplien­
do unos y otros sus deberes respectivos, no por
obligación civil nacida del contrato, sino por
obligación natural hija de la índole misma de la
sociedad y del respeto y cariño mutuos, que se
profesan amos y criados.
717. D eberes d e los am os y de los
criad as.—Los principales deberes que los amos
tienen para con sus criados son éstos: pagarles
puntualmente el salario convenido; mantenerlos
de manera que sus necesidades físicas queden
satisfechas y reparadas por completo sus fuerzas;
no imponerles mayor trabajo, ni exigirles otros
servicios que los estipulados; eximirles de todas
aquellas ocupaciones perjudiciales i su salud;
remunerar los servicios extraordinarios ó no con­
venidos, que voluntariamente prestan; amparar­
los y socorrerlos, no sólo mientras sirven, sino
también y con preferencia cuando se hayan inu­
tilizado en el servicio de sus am os; instruirlos
en los deberes morales y religiosos, enseñándo­
les el Catecism o de la doctrina cristiana; darles
buen ejemplo; vigilar sus costumbres; conceder­
3 66

les el tiempo necesario para la práctica de sus


deberes todos; estimularles á cumplirlos; tratar­
los con la consideración y dulzura que su digni­
dad racional ó inferior condición reclaman; cas­
tigar con severidad y .entereza, pero sin ira, las
faltas cometidas con mala intención y ser indul­
gentes con las que proceden de ignorancia ó tor­
peza; 6 inspirarles, por último, con el buen trato
y la debida correspondencia, amor respetuoso y
fiel.
A su vez los principales deberes de los cria­
dos para con sus amos pueden reducirse i los si­
guientes: prestar con diligencia y celo los servi;
cios convenidos; obedecerles en todo aquello que
no sea contrario d las leyes divinas, á las hu­
manas ó d lo estipulado; respetarles; no abusar
nunca de la confianza que en ellos se hubiese de­
positado; cuidar de la casa é intereses del amo
como si fueran propios; no permitirse la sisa,
ni el negocio con capital del amo; honrarle con
hechos y palabras, no olvidando que los criados
participan hasta cierto punto de la lionra y bue­
na reputación de sus amos, y conducirse, por
último, como verdaderos miembros de la fami­
lia que los ha tomado á su servicio.
Por último, para determinar con exactitud
los deberes comunes y recíprocos entre amos y
criados, no se olvide, que, aunque colocados en
367

distinta esfera social, son unos y otros personas


racionales é hijos del mismo Padre, que está en
los cielos, por lo cual deben amarse como her­
manos, pero sin que dicho afecto degenere en
familiaridad indigna; respetar su recíproca dig­
nidad moral, no abusando el amo de su posición
é influencia para seducir al criado, ni explotan­
do el criado la corrupción y el vicio para domi­
nar al amo; agradecer los beneficios y servicios
que mutuamente se dispensnn, y ayudarse el
uno al otro, según lo permitan sus condiciones
diferentes.
718. D e l depecho al trabajo.—Por es­
tar íntimamente relacionada esta cuestión con la
sociedad heril,apuntemos algo acerca del supues­
to derecho al trabajo, que los socialistas conce­
den al obrero, cuando éste 110 cuenta con más
recursos que el jornal para la conservación de su
vida. N o existe tal derecho en los trabajadores,
porque la falta del jornal no reduce á los obre­
ros, que pueden ser socorridos y lo son por la
caridad pública ó privada, á necesidad tan extre­
ma, que peligre su vida; y porque, aunque así
sucediese, tan angustiosa penuria determinaría
en ellos el derecho á tomar por sí y ante sí los
bienes necesarios sólo para satisfacer la necesi­
dad extrema, nunca el derecho al trabajo. De
donde se sigue, que ni los particulares ni el Esta­
368
do tienen el deber perfecto ó de justicia de pro­
porcionar trabajo álo s obreros, aunque sí el im­
perfecto ó de caridad de socorrerles por los me­
dios de que dispongan y que consideren m is
adecuados á las circunstancias del caso, incluso
el de proporcionarles trabajos de puro ornato,
innecesarios ral vez, no como obligación de jus­
ticia estricta, sino como deber de caridad.
R e iu m c o .
¿En qué consiste Ja sociedad paterna?
En la reunión de padres é hijos, ligados entre si
por medio de los vínculos de la sangre y del amor.
¿Quién debe ejercer la patria potestad?
Po# derecho natural, divino y humano, radica en
los padres la autoridad ó patria potestad, sin la cual
seria imposible la sociedad paterna y la educación de
los hijos. Los padres comparten con Dios mismo la
creación* determinando la existencia de los hijos.
Los padres no podrían cumplir con los santos fines
de la sociedad paterna si no estuviesen revestidos al
efecto de la autoridad necesaria. Estas son las razo­
nes y fundamento de la patria potestad.
¿Cuáles son los deberes délos padres y de los hi­
jos?
Los principales deberes de los padres para con
sus hijos son: alimentarlos, amarlos^racionalmente,
criar y mantener, lo mismo á los hijos legítimos que
á los naturales; educarlos convenientemente; ins­
truirlos en sus deberes religiosos y morales; ediñ-
369
carlos con permanente y buen ejemplo; darles ofi­
cio ó carrera, y no violentar su vocación para tomar
e.stado. Los de los hijos para con sus padres son:
amarlos cordíalmente; manifestarles firme y perpétoa
gratitud por los innumerables beneñcios que de ellos
han recibido; obedecerles en todo lo que no sea con­
trario k la religión y á la moral; honrarlos y reveren­
ciarlos constantemente.
¿Con la patria potestad terminan todos los debe­
res de los hijos para con sus padres?
El deber de la obediencia cesa con la emancipa­
ción del hijo, que llega á ser jefe de una nueva fami­
lia; pero no cuando, aunque haya llegado á 3 a mayor
edad, continúa viviendo con su padre y bajo su de­
pendencia material. Los deberes de amor y agrade­
cimiento para con los padres no terminan nunca.
¿Quiénes desempeñan la paternidad moral en la
sociedad?
Los sacerdotes, maestros, autoridades, conseje­
ros, ancianos y , en una palabra, los mayores en edad,
dignidad y gobierno, razón por la que los menores
deben respetarlos, honrarlos y por gratitud natural
hasta quererlos.
¿Qué deberes tienen los discípulos para con sus
maestros?
El discípulo está obligado á respetar á su maes­
tro, como todo inferior debe respetar á su superior;
á obedecerle coif docilidad, por conveniencia y no
por miedo, en cuanto á la instrucción se refiera; á
honrarle como es debido y teniendo en cuenta que la
370

honra y reputación del maestro trascienden á los dis­


cípulos y á agradecerle, por último, cuantos benefi­
cios le dispensa.
¿Qué es sociedad heril y cuál su carácter en los
tiempos modernos?
Damos el nombre de sociedad heril ¿ la formada
entre amos y criados, unidos entre si por los vínculos
del afecto y del interés recíproco. Actualmente se
instituye la sociedad heril por el mutuo y libre con­
sentimiento de los asociados ó contratantes, y la con­
sideramos perfecta cuando los criados se identifican
con sus amos hasta el punto de mirarse reciproca­
mente como miembros de la misma familia.
¿Cuáles son los deberes de los amos y de los cria­
dos?
Los principales deberes de los amos para con sus
criados son: pagarles puntualmente el salario conve­
nido; mantenerlos; no imponerles mayor trabajo, ni
exigirles otros servicios que los estipulados; eximir­
les de todas aquellas ocupaciones perjudiciales ¿ su
salud; remunerar los servicios extraordinarios ó no
convenidos, que voluntariamente prestan; instruirlos
en los deberes morales y religiosos; darles buen ejem­
plo, etc. Los de los criados para con sus amos son:
prestar con diligencia y celo los servicios convenidos;
obedecerles en todo aquello que no sea contrario á
las leyes divinas, á las humanas ó á lo estipulado;
respetarlos; cuidar de k casa é intereses del amo co­
mo sí fueran propios; etc. Por último, amos y cria­
dos deben estimarse, pero sin que dicho afecto de­
37 t
genere en familiaridad indigna; respetar su reciproca
dignidad moral; agradecer los beneficios y servicios
que mutuamente se dispensan, y ayudarse unos á
otros, según lo permitan sus condiciones diferentes.
¿En caso de necesidad extrema y en virtud del de­
ber de la propia conservación, tienen los obreros de­
recho al trabajo?
De ninguna manera, porque sin el trabajo pue­
den satisfacer dicha necesidad, recurriendo ¿ la cari­
dad pública y á falta absoluta de ésta tomando por sí
m ism os lo necesario para salir del apuro. En tales ca­
sos los particulares y el Estado tienen el deber, no de
darles trabajo, sino de socorrerlos.
372

C A P ÍT U L O X C IX .

D e Iol s o c ie d a d . oivil.

9 1 9 . Definición de la sociedad civil.


T a n variadas, múltiples é importantes son las
cuestiones referentes al origen, constitución, g o ­
bierno y fin de las sociedades civiles ó políticas,
llamadas estados y naciones, que no es posible
ni siquiera apuntarlas en unos elementos de Éti­
ca, tan sumarisímos como estos. Diremos, no obs­
tante, lo necesario para que se comprendan los
deberes de gobernantes y gobernados. Sociedad
civil ó política es la agrupación de familias, que
ligadas entre si por vínculos geográficos, histó­
ricos, legales, filológicos y de costumbres, viven
bajo el mismo régimen ó forma de gobierno pa­
ra el logro de su felicidad temporal- Dichas so­
ciedades se llaman estados ó naciones, y se di­
ferencian de la sociedad doméstica en que ésta
se compone de individuos unidos entre sí por
vínculos de sangre ó amor y aquéllas de familias
ligadas unas con otras por vínculos políticos, en
parte sujetos á la libre voluntad humana.
7 3 0 . O rígenes especiales de las so­
ciedades civiles*—Hemos probado (<592) que
37 J
la sociabilidad es natural al hombre, y e n su con­
secuencia podemos considerar d la sociedad en
general, especialmente d las sociedades dom és­
ticas, como de institución divina. N o obstance,
Jas diferentes nacionalidades ó sociedades civiles
existentes son de institución humana, como lo
prueba el hecho de que dejan de existir para dar
Jugará otras nuevas, y por lo tanto sus orígenes
históricos son múltiples y variados. Deben unas
su existencia d la agrupación de familias, bajo la
dirección del patriarca ó mds anciano, que for­
maron primeramente una tribu, después un pue­
blo y , por último, una nación; constituyéronse
otras por medio de la conquista de ciertas fami­
lias, tribus ó pueblos débiles por otros fuertes;
-alguna tal vez sea hija de la conveniencia de las
primeras familias asociadas; ésta resultado del
pacto ó convención; aquélla producto de la as*
tucía, etc. En una palabra, cada nación ó socie­
dad civil tiene un origen histórico propio y no
difícil de determinar estudiando los hechos que
ocasionaron su constitución; pero éstas son cues­
tiones históricas que en nada se oponen i la fi­
losófica, ya resuelta, acerca de la necesidad de
la sociedad.
7 2 f . JFin verdadero de la sociedad
civil.—L a felicidad temporal de los asociados,
esto es, su bienestarfísico, intelectual y moral, es
374
el único y verdadero fin de las sociedades civiles
ó políticas. El fin social no se opone al fin supre­
mo para el cual ha sido creado el hombre, antes al
contrario harmoniza perfectamente con él y pue­
de servirle de medio que facilite su consecución.
Esto se comprenderá notando, que la verdadera
felicidad temporal no se logra nunca por cam i­
nos tortuosos, que aparten al hombre del cum­
plimiento de sus deberes y de la práctica de la
virtud y viendo, que tales son precisamente los
medios únicos que pueden conducir al hombre
á la realización de su destino último y al logro
de su felicidad eterna. N o hay que confundir,
sin embargo, los fines sociales, que son terrenos
y temporales, con los fines religiosos, que son
espirituales y eternos.
7 2 2 . E lem en tos que com ponen toda
sociedad civil.—T res clases de elementos
conviene distinguir en toda sociedad civil ó po­
lítica, á saber: elemento directivo, autoridad ó
soberano; elementos dirigidos, ciudadanos ó súb­
ditos, y relaciones entre aquél y éstos, que se
hacen efectivas poniendo en ejercicio los pode­
res sociales. N o hay sociedad civil alguna que
no conste de soberano, soberanía y súbditos. Sobe­
rano es la entidad racional, individuo ó corpora­
ción, que ejerce el poder supremo, llámese mo­
narca, presidente, cónsul, directorio, etc.; se
375
compone la soberanía de los diferentes poderes
sociales, que ejerce el soberano, y damos el nom­
bre de súbditos á los que del soberano dependen
y sujetos están d su soberanía.
1 2 3 . P rin cip ales opiniones acerca
del origen del poder.—N o es posible socie­
dad de ninguna clase, doméstica ni civil, sin que
haya en ella por un lado quien mande y por otro
quien obedezca,, pues sin una fuerza, poder ó
autoridad central que una é imprima dirección
d los esfuerzos individuales, no hay manera de
lograr el fin social, que es común y único, y la
disgregación de los asociados sería inevitable.
La autoridad ó el poder es, por lo tanto, condi­
ción esencial d la sociedad. La misma índole de
los asociados determina la persona (m arido, pa­
dre ó amo) que debe ejercer la autoridad en las
sociedades domésticas; pero no sucede lo mismo
en las civiles ó políticas. De aquí que los publi­
cistas todos concedan grande importancia á la
cuestión referente al origen del poder. Para pro­
ceder con claridad y método separemos k cues­
tión filosófica de k histórica. Se refiere la primera
al origen del poder en abstracto y considerado
como elemento necesario y ¿un anterior ó simul­
táneo cuando menos á la sociedad misma, y tra­
ta la segunda del origen del poder concreto y
determinado en k s naciones ó sociedades poli—
37$
ticas perfectas. Dos son Lis soluciones principa­
les y opuestas, que se harj dado á la cuestión filo­
sófica respecto al origen del poder, declarándose
unos partidarios del origen divino y otros del o ri­
gen humano; esto es, afirmando aquéllos con las
Sagradas Letras, que todo poder viene de Dios
(n<m est poUstas nisi á Deo1) y sosteniendo éstos,
por el contrario j que todo poder y autoridad son
creación del hombre y la soberanía, por lo tanto,
reside siempre por modo inalienable en el pue­
blo ó en la nación que la delega y la ejerce, por
medio del sufragio más ó menos universal ó res­
tringido.
7 2 Í . V erd a d ero origen del poder.
En nuestra opinión, humilde sí, pero apoyada en
la de los más grandes teólogos y filósofos, y sos­
tenida hasta por la misma Iglesia, todo poder y
toda autoridad vienen de Dios; pero entiéndase
bien, independientemente del sujeto del poder y
de las formas de gobierno, todas las cuales son
perfectamente compatibles, lo mismo las m onár­
quicas que las republicanas, con la teoría del ori­
gen divino del poder. Y admitimos y defendemos
el origen divino del poder civil:
a) porque el poder es esencial ¿ toda socie­
dad civil ó política y sin autoridad, es decir, sin

* Rom, i j, v« i.®
377
persona ó personas que ejerzan dicha autoridad,
no es posible su existencia;
b) porque de Dios proceden los derechos
todos innatos, tanto A las personas morales co-\
mo á las físicas, en especial si son necesarias,
como sucede con Jos pueblos ó naciones, los
cuales no pueden prescindir de la autoridad pa­
ra su régimen y marcha en orden ¿ su fin;
c) porque no de otra manera se comprenden
las facultades que en todo tiempo y Jugar han
ejercido siempre los poderes civiles todos, singu­
larmente el de aplicar la última pena á los súb­
ditos;
d) y porque todos los pueblos del mundo,
cultos y salvajes, han rodeado siempre a la auto­
ridad suprema de ciertos prestigios, majestades
y acatamientos, que mal se compadecen con el
origen puramente humano del poder.
Si D ios comunica el poder mediata ó inme­
diatamente á Ja persona ó personas encargadas
de ejercerlo, es decir, por medio de la sociedad
civil, en la cual reside originariamente la auto­
ridad, ó directamente sin intermedio alguno,
cuestión es ésta que con gran copia de razones
dilucidan los publicistas c ató lico sy q u e^ u n co n -
concediéndole gran importancia teórica, la tiene
muy escasa en la práctica, pues una y otra es­
cuela están conformes: c i . ° En que el poder pro­
578
cede siempre de Dios. 2 ,° En que la persona ó
personas que ejercen la soberanía, tienen sólo
las facultades necesarias para el cumplimiento de
su misión, que es la de dirigir eficazmente A su
fin á la sociedad, teniendo por lo tanto límites
que no pueden franquear. Y 3 .0 en que una vez
determinada la persona que ha de ejercer la so­
beranía, el pueblo no es árbitro para retirarle la
autoridad1.»
7 2 o . P o d eres sociales.—Los principa­
les poderes sociales, universalmente reconocidos,
son: el legislativo, que consiste en dictar leyes,
decretos, órdenes, reglamentos é instrucciones á
fin de determinar para el bien común los dere­
chos y obligaciones de los súbditos; el ejecutivo,
que consiste en guardar y hacer guardar lo dis­
puesto por el poder legislativo, A fin de protejer
las personas é intereses sociales y aumentar el
bienestar general y la riqueza pública, y el ju d i­
cial, que consiste en dirimir las contiendas de
derecho que se suscitan entre los súbditos y en
castigar A los que cometan faltas ó delitos,
726. D ebep gen eral del soberano pa­
ra con sus súbditos.—Cualquiera que sea la
forma de gobierno y el nombre que lleve el su­

1 Elementos de ‘Derecho ‘K m tural por Rodríguez de Ce­


peda, 2.* parte, pig. 358. Valencia, 188S.
379
premo imperante, siempre son los mismos los de­
beres morales del soberano para con los súbdi­
tos, y de los súbditos para con el soberano. Em ­
pecemos por aquéllos, comprendiéndolos en una
fórmula general. E l soberano es el padre de su pue­
blo y como tal no debe perdonar trabajo, ni des­
velo, para que sus súbditos todos gocen de la
m ayor felicidad temporal posible, sin aparcarlos
nunca del camino que directamente conduce al
logro de la felicidad eterna,
727, D eb eres especiales del so b era .
no en el ejercicio del poder legislativo.
El soberano, ante todo, debe procurar que la le­
gislación inspire, fomente y proteja, en los súb­
ditos, sentimientos religiosos, morales, justos y
benéficos. Sin religión no hay paz, obediencia
al soberano, ni bienestar posible en las unciones;
sin moralidad no puede haber buenas costum­
bres públicas; sin justicia no hay respeto á los de­
rechos ajenos, ni es posible el tranquilo ejerci­
cio de los propios, y sin beneficencia, por últi­
mo, el mal físico se cebaría en una gran parte de
los asociados haciéndolos infelices. Para que pue­
da legislar con acierto el soberano debe, en se­
gundo lugar, tener la ilustración necesaria, co­
nocimiento exacto de las condiciones del país
donde impera y de las verdaderas necesidades de
los súbditos y , sobre todo, noción exacta de lo
380
que es justo ó injusto, conveniente ó perjudicial.
L a ley positiva humana, para que sea verdadera
ley y no violencia (520), preciso es que sea jus­
ta, y únicamente reúnen esta cualidad aquellas
que se inspiran en la ley 7\aiurali por Dios pro­
mulgada, y se imponen á los hombres más por
la conciencia moral que por la fuerza bruta. El
soberano que legisla según su capricho y no se­
gún Dios manda, recibe con propiedad el nom­
bre de déspota ó tirano. En tercer lugar, las leyes
deben ser tan claras y sencillas que todo el mun­
do las comprenda y no las infrinja involuntaria­
mente por ignorancia; deben estar suficiente­
mente promulgadas (522) para que lleguen áno­
ticia de los interesado's todos, ó cuando menos
del mayor número y conociéndolas puedan cum­
plirlas, y deben, por último, ir acompañadas de
sanción (5 2 3 ) proporcionada al mal que casti­
guen ó al bien que promuevan.
728. D eberes especiales del so b era ­
no en el ejercicio del poder ejecutivo.
Los principales deberes del soberano como ma­
gistrado supremo ó jefe del poder ejecutivo son.
los siguientes: t .° Cumplir las leyes, edificando
á los súbditos con el ejemplo. Lo que los anti­
guos decían del rey cuando afirmaban: Regis ad
exemplum totus compottilur orbis, podemos aplicar
á los soberanos todos. 2 ° Hacer cum plirlas le-
3Sx
yes sin prerrogativas, vacilaciones ni excusas de
ningún género. 3 .0 Amparar y proteger la vida,
la seguridad personal, la propiedad y el trabajo

délos súbditos. 4 .* Dirigir acertadamente y pro­


pagar la instrucción y cultura, concediendo la
debida protección y desarrollo á la educación,
artes y ciencias, 5 .0 Aumentar la riqueza públi­
ca, fomentando la agricultura, industria, comer-
ció, navegación y artes mecánicas. 6 .a Encauzar
las costumbres hacía el bien, premiando la vir­
tud y castigando el vicio.
D eb eres especiales del sobera­
no cu. el e je r c id o del poder judicial.
Am or inextinguible á la justicia es el primero de
)os deberes, ranto del soberano en quien reside
la plenitud del poder judicial, como de los jue­
ces y tribunales que lo ejercen en su nombre.
La administración de justicia debe ser además
integórrima, barata, rápida é igual para todos.
Por último, las leyes han de ser siempre inter­
pretadas con equidad y aplicadas con entereza,
para que el hombre honrado encuentre en ellas
la garantía de todos sus derechos y el criminal
el condigno castigo de sus faltas y delitos. El
derecho de indultar á estos últimos, que debe
ejercitarse con discreción suma, es una de las
más hermosas prerrogativas del soberano.
7 3 0 . D eb eres de lo s súbditos para
38 2
con su soberano.—Indicaremos nada mds
los principales. i . ° Amor y agradecimiento res­
petuosos. Digno es de esta recompensa el sobe­
rano que cumple tantas y tan graves obligacio­
nes desviviéndose por los súbditos. 2 .a Obedien­
cia ciega y pronta en todo lo temporal y terreno,
que no se oponga a las leyes de Dios y de su
Iglesia. En este último caso la resistencia pasiva
es lam as justa y eficaz. 3 .0 Contribuir al soste­
nimiento de la cosa pública, cumpliendo bien y
fielmente los cargos que el soberano se digne
confiar d los súbditos, defendiendo la integridad
y dignidad de la patria, 110 defraudando ¿ la ha­
cienda por ningún concepto ni bajo pretexto a l­
guno, pagando puntualmente los impuestos y
contribuciones de todo género, y haciendo, en
suma, todos cuantos sacrificios imponga la do­
ble condición de ciudadano y súbdito.
R enum en. ♦
¿ Qué es sociedad civil ó política.?
La agrupación de familias, que ligadas entre si por
vínculos geográficos, históricos, legales, filológicos
y de costum bres, viven bajo el mismo régimen ó for­
ma de gobierno para el logro de su felicidad tem po­
ral.
¿Cuáles son los orígenes especiales de las socie*
dades civiles?
Deben unas su existencia á la agrupación de fa­
m ilias, bajo la dirección del patriarca ó más anciano,
que formaron prim eramente una tribu, después un
pueblo, y por último una nación; constituyéronse
otras por medio de la conquista de ciertas familias,
tribus ó pueblos débiles por otros fuertes; alguna tal
vez sea hija de la conveniencia de las primeras fam i­
lias asociadas; ésta resultado del pacto ó convención;
aquélla producto de la astucia, etc.
¿Q ué fin se proponen las sociedades civiles?
La felicidad temporal de los asociados, esto es su
bienestar físico, intelectual y m oral.
¿Cuántos y cuáles son los elem entos que compo*
nen toda sociedad civil?
T re s, á saber; soberano, soberanía y súbditos.
Soberano es la entidad racional, llámese monarca,
presidente, cónsul, directorio, etc., que ejerce el su ­
premo poder; se com pone la soberanía de los dife­
rentes poderes sociales, que ejerce el soberano, y da­
mos el nom bre de súbditos á los que del soberano
dependen y sujetos están á su soberanía.
¿Cuáles son las principales opiniones acerca del
origen del poder?
Dos son las soluciones principales y opuestas, que
se han dado á la cuestión filosófica respecto al origen
del poder, declarándose unos partidarios del origen
divino y otros del origen humano; esto es, afirman­
do aquéllos, con tas Sagradas Letras, que todo poder
viene de D ios, y sosteniendo éstos que la soberanía
nacional, manifestada por el sufragio más ó m enos
universal ó restringido, es la fuente única de los po.
deres sociales.
3*4
¿Cuál es el verdadero origen del poder?
T odo poder viene de D ios, porque la autoridad
es esencial á las sociedades civiles ó políticas todas,
porque de Dios proceden todos los derechos innatos,
y porque de otra manera no se comprenden las facul­
tades extraordinarias y los prestigios que todos los
pueblos han reconocido siempre en los poderes su­
prem os.
¿Cuántos y cuáles son los poderes sociales gene­
ralm ente reconocidos?
T re s, á saber: el legislativo, el ejecutivo y el judi­
cial.
¿Cóm o se form ula el deber general del soberano
para con sus súbditos?
El soberano no debe perdonar trabajo, ni desve­
lo , para que sus súbditos todos gocen de la m ayor
felicidad temporal posible, sin apartarlos nunca del
camino que directamente conduce al logro de la feli­
cidad eterna.
¿Q ué deberes especiales tiene el soberano en el
ejercicio del poder legislativo?
Debe procurar, ante todo, que la legislación am­
pare y fomente los intereses morales y religiosos;
que las leyes sean justas y acomodadas, no á su des­
pótico capricho, sino á la s necesidades y tradiciones
de la nación; que se redacten con claridad y senci­
llez, y que se publiquen y sancionen de manera, que
todos puedan y quieran cumplirlas.
¿ Y en el ejercicio del poder ejecutivo?
Debe cumplir las Jeyes y hacerlas cumplir á todos,
J8s
amparar la vida, la propiedad y el trabajo de los súb­
ditos, moralizar las costumbres, piotejer la instruc­
ción y fomentar la riqueza pública.
¿ Y eñ el ejercicio del poder judicial?
Debe organizar la administración de justicia, de
modo que sea integérrim a, barata, rápida é igual pa­
ra todos, y ejercitar la herm osa prerrogativa del in ­
dulto con discreción suma.
¿Cuáles son los principales deberes de los súbdi­
tos para con su soberano?
i . ° A m or y agradecimiento respetuosos. 2 . ° O be­
diencia ciega y pronta en todo lo temporal y terreno,
que no se oponga & las teyes de Dios y de su Iglesia,
3 Contribuir al sostenimiento de la cosa pública.
38(5

C A P Í T U L O C.

Do la. s o c ie d a d re lig io sa .

731. Definición d é l a I g l e s i a Iglesia


es la congregación de los fieles que profesan la
verdadera doctrina de Jesucristo, su fundador,
bajo el régimen del Romano Pontífice y de los
Prelados legítimos, con el íiii de alcanzar la bie­
naventuranza eterna. Generalmente se divide Ja
Iglesia en militante, purgante y triunfante. Com ­
ponen la i.* los fieles que para conseguir su sal­
vación batallan en esta vida con los enemigos de
su alma, el mundo, el demonio y la carne; la se­
gunda los que expían sus culpas en el purgatorio,
y la tercera los que triunfaron completamente y
gozan en el cielo de la visión beatífica. No obs­
tante, la definición con que encabezamos este nú­
m ero, en rigor, conviene solo á la iglesia mili­
tante. Hem osdicho que su fundadorfué Jesucris­
to, porque llegada Ja plenitud de los tiempos el
Verbo divino se hizo carne en las entrañas de una
Virgen y habitó entre nosotros. En efecto, bajo
el imperio de Augusto, nació Jesús en Belén de
Ju dea, predicó la buena nueva, instituyó su Igle­
3«7
sia y llamó i todos los hombres sin distinción de
íudío, ni gentil. Esto es lo que significa la pala­
bra ecclesia> compuesta de las voces griegas ec
{r/) de, desde, y coleo ( ) llamar.
Ln Ig le sia es una verdadera so ­
cied ad .—La Iglesia es una verdadera sociedad
porque en ella encontramos todos los elementos
que determinan la existencia de las sociedades
perfectas. Consta de numerosos asociados llama­
dos fieles, y todos lós hombres tienen obligación
de pertenecer d ella para salvarse; de autoridad
social, personificada eminentemente en Jesucris­
to su divino fundador, y ejercida en este mundo
por su vicario el Papa; de fines y medios para la
consecución de estos fines, que no pueden con­
fundirse con los de ninguna otra sociedad, y de
vínculos peculiares que ligan álos asociados en­
tre si y con la autoridad social. Luego la iglesia
es una verdadera sociedad,
7 3 3 . N o tas ó ca ra cteres de la I g le ­
s i a . —Fácil es no confundir con los cristianos á
los paganos, mahometanos, budhistas, etc., y de-
tnds enemigos exteriores déla Iglesia, en una pa­
labra; pero no loes tanto distinguirlos délos ene­
m igos interiores, que podemos reducirá tres cla­
ses, á saber: herejes, cismáticos é impíos. Al primer
grupo pertenecen los arríanos, pelagianos, do-
natistas, nestoríanos, eutichianos, manicheos,
}88
hussitas, albigenses, luteranos, calvinistas, zuin-
glianos, anabaptistas, socinianos, etc.; figuran en
el segundo los griegos, armenios, rutilemos, et­
cétera, y forman parte del tercero los ateos, ra­
cionalistas, deístas, materialistas, francmasones,
carbonarios, libertinos, etc. Pues bien, para evi­
tar confusiones, conviene advertir que las no­
tas características de la verdadera Iglesia son:
una, santa, católica y apostólica, notas que úni­
camente concurren en la Iglesia Romana. En
efecto, la Iglesia Romana es una porque una es
su doctrina, hoy la misma que en tiempo délos
Apóstoles; una su cabeza invisible, Jesucristo;
una su cabeza visible, el Papa, y una y siempre
la misma su fe, contenida en el Credo. La Igle­
sia Romana es sania porque su fundador divino
es el Santo de los santos y la fuente de la santi­
dad misma; porque nada enseña su doctrina que
no sea buenoy snntojporque santas son también
las costumbres que aplaude y patrocina, y por­
que innumerables son los santos que la compo­
nen. L a Iglesia Romana es católica, esto es, uni­
versal, porque á todos los hombres llama y re­
cibe gozosa en su seno; porque está extendida
por el universo mundo, y porque ninguna de las
sectas, que se llaman cristianas, se ha predica­
do en tantas partes, ni florece en tantas nacio­
nes, ni cuenta con tan gran número de fieles.
389
P or último, la Iglesia Romana es apostólica por­
que su fe y su doctrina son las mismas que cre­
yeron y enseñaron los Apóstoles, y porque su
gerarquia entronca con los Apóstoles mismos y
se ha transmitido sin interrupción desde San P e­
dro hasta León X III, que felizmente hoy la go ­
bierna. Luego la verdadera Iglesia es la Rom a­
na, y por lo tanto, todo el que no viva en co­
munión con el Rom ano Pontífice, está fuera de
la Iglesia de Jesucristo.
TS'St F o rm a del gobierno de la I g le ­
sia .—En cuanto á su gobierno la Iglesia es una
monarquía teocrática, aristocrática y democrática.
La Iglesia es monarquía porque su dirino funda­
dor y cabeza invisible Jesucristo es R e y 1 , R ey
de todos los siglos9, R ey de todos los pueblos®,
R ey por derecho de herencia4, R ey por derecho
de conquista8, R ey de reyes6, R ey esencial, R e y
universal, R ey eterno, el solo R e y verdadero,
R ey porque es Dios como el Padre7, y porque

i Joan. X V III, 37.


a i.* Tiiiiotb. I, 17 .
* Psatm. X V III, 44.
< Psatm. II, 8.
5 1 . a Petr. II, 9.
« j.n Timolh. VI, 15.
7 E l Cristiano Sincero, por Scottoo, traducción espa­
ñola, pág. 552. Lérida, 1878.
390
Jesucristo comunicó á San Pedro y sucesores un»
autoridad suprema é independiente y dicha so­
beranía la ejerce una sola persona, el I*apa. Es
monarquía teocrática porque Jesucristo, su mo­
narca invisible, es Dios y hombre A la vez, y
porque el Sum o Pontífice, su monarca visible, la
rige y gobierna en nombre de Dios. Es monar­
quía aristocrática porque el Papa no puede des­
truir el orden gerárquico, compuesto de obispos^
presbíteros y ministros, y porque á los prime­
ros corresponde de derecho divino una inter­
vención directa en el gobierno de la Iglesia. P or
último, es monarquía democrática porque su G e-
rarca Supremo es designado por elección, no por
herencia, y porque también son elegidos los obis­
pos, presbíteros y ministros, sin distinción de
clases, rango, patria, lengua y condición. Asi se
explica que hayan ocupado el trono pontificio
un pescador, como Pedro; un pastor, como S ix­
to V ; el hijo de un carpintero ó de un siervo,
como Gregorio V II y Adriano IV ; etc.
F in de la Ig le sia .—L a Iglesia, ¿ la
vez que sociedad natural y visible, es también
sociedad sobrenatural ¿invisible, por lo que con­
viene distinguir en ella dos fines diferentes, aun­
que subordinados. El fin de la Iglesia en cuanto
á la vida presente es la perfección espiritual del
hombre y su santificación por medio de la gra-
m
cía divina y de las buenas obras. El fin de la Igle­
sia en cuanto i la vida futura es la bienaventu­
ranza eterna ó visión beatífica. Inútil es advertir
que el primero de estos fines está subordinado
al segundo. L a Iglesia dispone además de medios
á propósito para la consecución de estos fines,
á saber: la fe, la gracia> los sacramentos y el
culto divino.
736. I n d e p e n d e n c i a d é l a I g l e s i a *
La Iglesia no sólo es sociedad perfecta y propia
con sus asociados, su autoridad, sus fines y m e­
dios peculiares, sino que además es sociedad in-
depeiidienle de toda autoridad humana, por po­
derosa que sea y de toda sociedad’ civil ó políti­
ca, por grandes que sean sus dominios. N o de­
pende de ninguna autoridad humana, porque su
fundador es el mismo Dios, de quien procede
toda autoridad y todo poder, y no depende tam­
poco de ninguna sociedad civil porque es uni­
versal y más extensa, por lo tanto, que todas las
naciones ¡untas.
7 3 7 . A trib u cio n es que p or derecho
divino com peten á la Ig le sia .—La autori­
dad ó el poder es inherente á toda sociedad per­
fecta, pues sería imposible que lograse su fin sin
la potestad ó facultades necesarias al efecto. El
mismo Jesucristo ha investido además á su Igle­
sia de atribuciones determinadas, que derivando-
392
las, tanto del derecho natural como del divino,
podemos reducir A las comprendidas en el mi*
nisterio doctrinal, en el ministerio sacerdotal y en
el ministerio legal. El ministerio doctrinal filé
instituido por Jesucristo, cuando después de 1a
Resurrección, se apareció á los discípulos y les
dijo: id y predicad á (odas las naciones, enseñándo­
les á observar cuanto os he mandado1. En virtud de
este ministerio la Iglesia tiene el'derecho de pre­
dicar el Evangelio en todo el mundo; de tomar
decisiones dogmáticas y disciplinares y de pros­
cribir los errores religiosos y filosóficos’ . El m i­
nisterio sacerdotal fué también instituido por J e ­
sucristo cuando transmitió Alos Apóstoles su pro ■
pia misión3, concediéndoles potestad para bau­
tizar en el nombre del Padre, del Hijo y del E s­
píritu Santo4, confirmar en la fe, perdonar los
pecados3, consagrar el pan y el vino6, imponer
las manos, etc. En virtud de este ministerio úni­
camente la Iglesia tiene el derecho de adminis­
trar los sacramentos, celebrar el sacrificio de la
misa y demas funciones sagradas privativas del

i Matth. X X V III, 19-20 M an. X V I, 13.


» Syllabns, § II, p. X y XI,
3 Joan. X X , 25.
* Mallb. X X V III, 19.
s Matih. X V W , j 3 .
c Match. X X V I, 26-28; Luc. X X II, 19.
393
sacerdocio, en sus diferentes grados. Por últim o,
el ministerio legal ha sido también instituido por
Jesucristo, que según San Pablo, concedió á la
Iglesia'la autoridad de dictar leyes1 , de juzgar®,
de corregir, de reprender con imperio3, de ame­
nazar con castigos4, de castigar realmente5 y de
exigir d todos obediencia6. El concilio apostóli­
co de jerusalén, á la vez que definía la doctri­
na de fe sobre las ceremonias mosdicas, sancio­
naba una importantísima ley eclesiástica7. En
virtud de este ministerio hay que reconocer en
la Iglesia los tres poderes necesarios á toda so­
ciedad constituida, á saber: i.® el legislativo, ó
sea el derecho de dictar leyes divinas y canóni­
cas, morales y ceremoniales, pudiendo imponer
penas d sus contraventores, que es lo que algu­
nos llaman potestad coercitiva ó punitiva; 2 . a el
ejecutivo, ó sea el derecho de cumplir y hacer
cumplir las leyes divinas y canónicas, dotando
d la Iglesia de ministros idóneos para ejercer en
todas partes su triple ministerio, adquiriendo al

1 ; .* Corint. X I.
3 j . a Corint. V , 3.
3 2.a Tiutoi. IV . 2, y Tic, II, 15 .
< 2 . “ Corint. X III, 10.
3 1 <1 Corint. V , 5.
« Hcbr. X III.
* Je t. X V , 28 y 29.
394
efecto los bienes temporales necesarios, admi­
nistrando las cosas sagradas, etc., y 3 / ’ el judi­
cial, que consiste en la jurisdicción privativa y
propia para resolver los casos de conciencia, en
el foro interno, y dirimir las contiendas de de­
recho sobre personas y cosas sagradas en el ex­
terno.
738. D eb eres de los principes y g o ­
biernos correlativos á los d erechos de
l a Ig le sia .—Los principales deberes de los prin­
cipes y gobiernos correlativos á las facultades ó
derechos indicados de la Iglesia son: i .° no im­
pedir la predicación del Evangelio, ni la publi­
cación de las decisiones dogmáticas, disciplina­
res y morales; antes por el contrario facilitarlas
y protegerlas; 2-0 no invadir el ministerio sacer­
dotal, mezclándose en la administración de sa­
cramentos y arrogándose funciones que no les
pertenecen; 3 .“ no oponerse á la promulgación y
observancia de las leyes eclesiásticas, so pena de
violar, por una parte, la potestad legislativa de
la Iglesia, y por otra el derecho de los fieles á
perfeccionarse moral y espiritualmerite; 4 .11 si las
circunstancias sociales lo permiten, prohibir y
hasta impedir la publicación y propagación de
doctrinas anticatólicas; 5 .0 permitir que la auto­
ridad eclesiástica vigile la enseñanza pública ¿
intervenga en todo lo relativo al dogma y á la
J 9>
moral; 6 .° respetar el fuero y la jurisdicción ecle­
siástica, y 7 .0 reconocer y amparar el derecha
que U Iglesia tiene, lo mismo que todo ciudada­
no ó entidad jurídica, á la posesión de bienes
temporales1 .
7 3 íl< D e b e r e s d e lo s fieles p a ra c o n
la I g le s ia tfu m a d re . —T od o hombre tiene
el deber de abrazar la fe de Cristo y observar
sus preceptos, apenas haya reconocido su divi­
nidad y verdad; pero los fieles cristianos están
particularmente obligados á cumplir con los cin-
co preceptos ó mandamientos de la Iglesia, aca­
tándola sumisos como todo buen hijo acata á su
madre, venerando á sus ministros y no perdien­
do de vista, que en caso de oposición, conviene
más obedecer á Dios que á los hombres*.
74.0. F ó r m u l a d e l a s r e l a c i o n e s e n ­
t r e l a I g l e s i a y e l E s t a d o . —La distinción é
independencia existentes entre la Iglesia y el E s­
tado fu¿ reconocida por Jesucristo mismo cuan­
do dijo: D ad á Dios lo que es de Dios y al César
lo que es del César*. Aunque con fines diferentes
en ambas sociedades son los hombres los asocia­
dos, y las dos hacen su camino en el tiempo y

í Véase el Syllabus, §§ IV y V.
s Acl. V , 29.
® M attb . XXII, 21.
396

el espacio; por cuyas razones no podían menos


de encontrarse con frecuencia, siendo éste el ori­
gen de sus relaciones recíprocas, que conviene
determinar con claridad y sencillez. Al efecto,
desde antiguo, se viene comparando estas dos
sociedades respectivamente con el sol y la luna1,
con las dos espadas del Evangelio9y con el alma
y el cuerpo. Este último fué el simil adoptado
por Santo Tom ás de Aquino en el famoso tex­
to siguiente: sLa potestad secular está subordi­
nada á la espiritual como el cuerpo al alma, y por
ende no debe tenerse por usurpación el que el
Prelado espiritual se mezcle en las cosas tempo­
rales, por lo que hace á aquellas en que la po­
testad temporal está sometida á la espiritual, ó
que por aquélla han sido dejadas á ésta5,» ¿Se
infiere del anterior texto que el Estado debe es­
tar sometido en todo á la Iglesia? Conteste por
nosotros el Cardenal Cayetano, que dice: «Con
las palabras en cuanto á aquellas cosas en las que
la potestad secular está sometida á la espiritual, sig­
nificó el autor que la potestad secular no está del
todo supeditada á la potestad espiritual, por don­

1 Los Papas San Gregorio V II é Inocencio III.


* Luc. XX II, 38.—Emplea también este símil ei Papa
Bonifacio VIII.
* Secunda Sccutidae 9, L X , a. 6. ad 3.
397
de en las cosas civiles es más de obedecer el go­
bernador de la ciudad y en las militares el capi­
tán general, que no el Obispo, el cual no debe
ingerirse en semejantes cosas, sino en orden á
lo espiritual, como tampoco en las demás cosas
temporales- Mas si acaeciera que alguna cosa
de aquellas redundara en detrimento de la salud
espiritual, el Prelado, engiriéndose en ella con
alguna prohibición ó mandato en orden ¿ l o es-
pirítual, no puede decirse que meta la hoz en
mies ajena, sino que hace uso de su propia au­
toridad; porque bajo este aspecto todas las po­
testades seculares están sometidas á la potestad
espiritual1 .» El Padre Liberatore, en su obra L a
Iglesia y e l Estado, desenvuelve admirablemente
esta materia dividiendo los actos de la vida so­
cial en negocios puram ntc espirituales, como el
culto, la administración de los sacramentos,
etcétera; negocios mixtos, como el matrimonio,
los funerales, etc., y negocios puramente tempo­
rales, como la organización del ejército, la ma­
nera de cobrar los impuestos, etc., y añadiendo
después: los primeros están sometidos exclusi­
vamente á la autoridad eclesiástica; los segun­
dos, según el aspecto bajo que se les considere,
están sometidos á ambas potestades, pero de raa-

1 Cotnmtii. íq Secunda Secimdae q. LX, a. 6-3.


J9»

ñera que la e clesiástica ten g a la p rim acía é inter­


venga d ire cta m en te p ara en m en d ar ó a n u la r
c u a lq u ie r co sa que p o r acaso las le y e s c iv ile s
esta b lec ieren a cerca de e llo s en co n tra d icció n
con las le y e s d ivin a s ó c a n ó n ic a s, y lo s te rc e ro s,
Aunque d ire cta m en te están so m e tid o s á la a u to ­
rid ad c iv il, in d ire cta m e n te , sin e m b a rg o , ó r a -
tione peccati} co m o su e le d e c irs e , p u ed en c a e r
b a jó la ju risd icció n e cle siá stica .
R esum en.
¿Cómo se define k sociedad religiosa ó Iglesia?
Iglesia es la congregación de los fíeles que p ro ­
fesan la verdadera doctrina de Jesu cristo, su funda­
dor, bajo el régimen del Rom ano Pontífice y de los
Prelados legítim os, con el fin de alcanzar la biena­
venturanza eterna. Generalmente se divide fii Iglesia
en militante, purgante y triunfante.
¿P or qué decimos de la Iglesia que es una verda-
dera sociedad?
Porque en ella encontramos todos los elementos
y fines que determinan la existencia de las sociedades
com pletas ó perfectas.
¿Cuántas y cuáles son las notas ó caracteres de la
verdadera Iglesia?
Cuatro, que se enuncian diciendo, que es una,
santa, católica y apostólica, notas que únicamente
convienen á la Iglesia Rom ana.
¿Qué forma de gobierno tiene la Iglesia?
Es una monarquía teocrática, aristocrática y de­
mocrática.
399
¿Cu&l es el fin de la Iglesia?
En cnanto á la vida presente, la perfección espi­
ritual del hombre y su santificación por m edio de la
gracia divina y de las buenas obras; en cnanto á k v i­
da futura, la bienaventuranza eterna ó visión beatífica.
Inútil es advertir que el primero de estos fines está
subordinado al segundo.
<¡Por qué la Iglesia no depende de autoridad al­
guna?
Porque su fundador es el mismo Dios, de quien
procede toda autoridad y todo poder, y no depende
tam poco de ninguna sociedad civil porque es univer­
sal y más extensa, por lo tanto, que todas las nació*
nes juntas.
¿Q ué atribuciones de derecho divino tiene la Igle­
sia?
Las atribuciones que por derecho divino com pe­
ten á la Iglesia, están comprendidas en el m inisterio
doctrinal, en el m inisterio sacerdotal y e n el minis­
terio legal. En virtud de éste último m inisterio, hay
que reconocer en la Iglesia los tres poderes necesa­
rios á toda sociedad constituida, á saber: el legislati­
v o , el ejecutivo y el judicial.
¿Cuáles son los deberes de los principes 3’ gobier­
nos para con la Iglesia?
N o impedir la predicación evangélica, ni la pu­
blicación de las disposiciones eclesiásticas; no inva­
dir el ministerio sacerdotal, respetando por el con­
trario el fuero y la jurisdicción de Ja Iglesia; ampa­
rarla en la posesión de bienes temporales y en el ejer­
400
cicio de su ministerio doctrinal, y hasta prohibir la
publicación y propaganda de doctrinas anticatólicas.
¿Cuáles son los deberes de los Seles para con la
Iglesia?
T odo hombre tiene el deber de abrazar la fe de
Cristo y observar sus preceptos, apenas haya reco­
nocido su divinidad y verdad; pero los fieles cristia­
nos están particularmente obligados á cumplir con los
mandamientos de la Iglesia, acatándola y no olvidan­
do que conviene más obedecer á D ios que á los
hom bres.
¿Cóm o deben regularse las relaciones entre la
Iglesia y el Estado?
Entre la Iglesia y el Estado hay verdadera distin­
ción y hasta, si se quiere, independencia absoluta,
pues su origen, constitución, ministros, fin y medios
para lograrlo son diferentes; pero á la vez hay cier­
ta subordinación del Estado á la Iglesia, por la exce­
lencia m ayor del fin de la segunda y cierta dependen­
cia relativa por cuanto los m ism os ministros de la
Iglesia, com o ciudadanos, están sujetos á la autori­
dad civil en las cosas tem porales, y los mismos ma­
gistrados civiles, com o fíeles, están sujetos á la auto­
ridad eclesiástica en las cosas espirituales. Dem os,
pues, á Dios lo que es de Dios y al César lo que es
del César; y ésta es la m ejor fórmula para determi­
nar las relaciones entre la Iglesia y el Estado,

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