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JESUS URTEAGA

CcúítoAa ώάкстбш

PATMOS
LIBROS DE ESPlRfnAlIDAD

153
Jesús Urteaga —el autor de
U valor divino de lo humano,
'üos y los hijos y Siempre ale­
ares para hacer felices a los
lemás—, el que durante once
tfios fue llamado el “Cura de
a Tele”, Director de la revis-
a “Mundo Cristiano”, escri-
yt ahora anas impresionantes
"artas a los hombres.

Con sus mismas palabras


xxkmos decir que van diri­
gidas a los amigos de Dios y
i los que querrían serlo, a pa­
ires generosos y a madres con
lijas endemoniadas, a jóvenes
podridos por la carne y a los
que quieren realizarse en los
grandes ideales, a los pobres ]
a los ricachones, a los triste;
y a quienes les salta la alegrí.
por los ojos, a los tacaños y ;
aquellos que tienen grande e
corazón, a los envidiosos y i
los que saben lo que es mise
ricordia, a los laicos, a los cu
ras y a los obispos, a los pe
rezosos y a los emprendedo
res, a los que viven en el mun
do y a los pobrecitos que se
encuentran en la cárcel.
Todos estamos necesitado^
de que nos hablen al alma
don Jesús Urteaga lo hace conj
la sinceridad, la fuerza y e|
empuje de siempre.
JESUS URTEAG A

CARTAS
A LOS HOMBRES

MADRID
INDICE

Pags

Dedicatoria ... 11

El puente sobre el rio Kwai 13

1 AVENTURAS DEL HOMBRE ANTE DIOS

¡Fiaros de Dios! 23
Dios y el barro 29
Crisis de santos ... 35
Cachivaches en el corazón 40
Tus manos 45
Con energía ....... 49
A los sordos, rebeldes, indecisos y fieles 53
Cien posturas ante Dios ... 57
Amigos de Dios y ciudades malditas 62
A los que regresaron de la muerte 66
Los quince primeros días después de la muerte 71
La muerte en la «tele» 78
De prolesión: mecánico 85
Antes de que sea tarde 92
Navidad 95
Las contrariedades de cada dta 100
Un fin de semana de Dios 104
Ira. mimos y maldiciones 109
Cana a una madre con hija endemoniada 116
27
Pdgs.

A los tenaces 121


Cantos de gallo y lágrimas 128
{Aprovechad el tiempo! 133

II V IR TU D E S C R ISTIAN AS

La castidad está hecha de amores 139


Moralidad p ú b lic a ............ 145
A los jóvenes sobre la carne .......... 150
El sexto mandamiento: amor auténtico 154
Los hijos de la envidia 158
Calumnia ..................... 163
Ricos, pobres y camellos 166
No te olvides de ellos ....... 171
O Dios o el dinero 174
El escándalo del lujo ...... 180
¿Cuánto das de limosna? ... 184
Tacaños 186
Milagro . 190
Pan y Dios ................. 193
Los colgajos de la gula ....... 201
La alegría de Montse ... 205
A los tristes 210
A los jóvenes ....... 214
Elogio del herrero .......................... 217
Alabanzas a un carpintero ................. 223
A los perezosos ............................... ................ 229
El camino se llama libertad 233
¡Libertad, libertad! 238
A los intelectuales 246

III DIOS Y E L M UNDO

A los cristianos inútiles 261


Los disfraces de Dios ....... 264
Contrastes de hoy ............ ............................... 269
A los hombres de la caile ..................... 276
Diálogo = apostolado ............ .......................... 282
A los que estáis en la cárcel ............ ................ 287
A los que, como Angel, tienen veintitrés años y están
en la cárcel ........... 290
Vlado: una vida útil ........... 294
A los curas 299
Págs.

Dios en la «tele» .......................................... ............... 308


Quinientos mil hombres trabajan para tres ...... ..317
A los novios ............................................ ... 323
El amor no se ha devaluado .....................................327
Examen para aprobar la asignatura de m adre...... ..334
Examen para aprobar la asignatura de padre 336
¿Cuántos hijos? 338
Coexistencia .................................................................342
¡Urgente! Estamos en el futuro 345
Educación en bote ..................................................353
Contestan los h i jo s ......................................................357
La educación integral de los chavales .............. ... 360
El cuarto mandamiento de los padres ... 370
Carta a un obispo cobarde 381
¡Ni tanto ni tan calvo! 385
¡Basta de estupideces!..................................................393
El primero: no inventar 396
Una prueba de diez días ................ ..... .. 398
A los que queréis a la Virgen 402

Despedida desde Torreciudad 409

I n d ic e de m a t e r ia s 413
N ih il obstat: D. F rancisco P in e r o Ji ­
m é n e z . M a d r id , 16 de n o v ie m b r e de 1974.
I m p r ím a s e : D r . D. J osé M .· M a r t ín P a­
t in o , P ro -V icar io G eneral .
1975

Impreso en Etpaftt
A los hombres y mujeres
que, en un mundo confuso,
no doblan su rodilla ante ídolos de barro
v quieren ser fieles a Dios
EL PUENTE SOBRE EL RIO KWAI

Nos encontramos en el año 1942.


Los japoneses tratan de unir las capitales de
Thailandia y Birmania, a través de seiscientos kilo-
metidos de selva, para perm itir el paso de los con­
voyes nipones y abrir la ruta de Bengala. El plazo
que dan las autoridades militares es de seis meses.
Sesenta mil prisioneros aliados son empleados
como mano de obra.
La labor encomendada a nuestro protagonista,
el coronel Nicholson, y su regimiento inglés es la
de construir dos cortos trozos de vía, para el em­
palme con los otros sectores. Sobre todo, lo im­
portante es levantar un puente de madera sobre
el río Kwai. Esta es la misión principal: construir
uno de los puentes más largos de la línea.
Los oficiales británicos trabajarán al lado de sus
soldados. Son órdenes tajantes.
El coronel inglés se niega a obedecer, impidiendo
que los oficiales trabajen.
Saíto, el coronel nipón, castiga duramente al
británico, que no se doblega ante la fuerza. El
tiempo juega en favor de los anglosajones. Las
órdenes de los jefes japoneses establecen que el
puente sobre el río Kwai debe alzarse inmediata'
mente.
14 JESU S URTEAGA

Han transcurrido las primeras semanas y los sol­


dados británicos trabajan intencionadamente mal.
Los ruegos suplicantes del jefe japonés no logran
mejores resultados.
El coronel Saíto, al fin, tiene que «capitular»
ante la inminente inspección de las altas autori­
dades niponas: los oficiales prisioneros quedan
exceptuados del trabajo manual.
Esto era todo lo que pedía el coronel inglés. En
esta nueva situación, el puente quedará perfecta­
mente terminado en el tiempo requerido. El propio
coronel Nicholson, situado al frente de la admi­
nistración general, será el único responsable del
puente de madera ante los nipones. Todos estaban
dispuestos a demostrar su superioridad ante los
vencedores.
Entre tanto, un comando formado por tres hom­
bres desciende en paracaídas sobre un lugar, a
tres días de marcha del campamento Kwai, con
un arma poderosa: una pasta blanda, oscura y
maleable con todas las virtudes de los explosivos.
El comando tiene noticias de que este puente es la
obra más importante de toda la línea; los japo­
neses ponen un cuidado extraordinario en su cons­
trucción. Este será el objetivo: esperar a que se
termine para después hacerlo saltar precisamente
en el momento en que pase el primer tren, para
que interrumpa el tránsito. Es un puente de ma­
dera que no se destruye fácilmente por la aviación.
Sólo puede volarse desde tierra.
El comando, después de tres noches de marcha
por la selva, llega a la cima del monte desde el
CARTAS A LOS HOM BRES 15

que se domina — unos centenares de metros más


aba jo— el puente y el río Kwai. Es una obra excep­
cionalmente realizada, como se puede observar
desde las alturas.
El comando ha realizado su trabajo a la per­
fección. Las veinticuatro cargas de plástico están
aplicadas a los pilares del puente. Todo ha sido
efecto de una combinación notable de sangre tría
y de rapidez en la labor nocturna. Todo está pre­
parado. Es suficiente un pequeño movimiento con
la palanca del manipulador para que aquella extra­
ordinaria obra salte por los aires. Detrás de un
árbol rojizo, bien cubierto en la jungla, está Joyce,
el joven que activará la voladura. Hasta él llega el
hilo disimulado en la maleza que termina en la
batería y en el manipulador. El resto del comando
contempla la escena desde lo alto del monte.
Es el día señalado. A unos cien metros del río
hay una compañía de soldados japoneses espe­
rando rendir honores a las autoridades que inaugu­
ran la línea. Dentro de veinte minutos pasará el
prim er tren — cargado de tropas, de municiones y
de generales— que va a franquear el puente sobre
el río Kwai.
En el puente, en estos momentos, sólo hay un
hombre. Es el coronel Nicholson. Se pasea con la
satisfacción del descanso bien ganado que el buen
artesano se concede después de una fatigosa labor,
seguro de haber vencido los obstáculos a fuerza
de coraje v de perseverancia. Está contento, per­
suadido de que nadie hubiera podido hacer, lo que
ha hecho, m ejor que él. Avanza con paso majes-
16 JESUS URTEAGA

tuoso. Se encuentra solo. Los prisioneros y oficiales


ingleses han partido hace dos días a otros puntos
de concentración.
En su ir y venir, mientras se recrea en la con­
templación de la obra bien hecha, algo ha visto
en un pilar del puente que le llama la atención.
Durante la noche, las aguas del río han descen­
dido casi un metro. El coronel ve allá abajo una
masa oscura apenas cubierta por un poco de agua.
Continua su marcha. Llega hasta el otro extremo
del puente. Vuelve sobre sus pasos. Se detiene de
nuevo. Vuelve a mirar. Piensa en un absurdo: ¿es
posible un sabotaje? Hay que comprobarlo. Se
desliza rápidamente por el ribazo. Al llegar a la
playa la recorre en toda su extensión con su mi­
rada de experto y no tarda en descubrir el secreto
de su interrogante: un cordón eléctrico sobre los
guijarros.
Sólo faltan tres minutos y el tren estará allí.
El coronel, agachado, separa las hebras con sus
dedos, mientras musita:
— ¡Dios mío, el puente está minado!
A sus espaldas se oye un murmullo. Todo es
como un sueño:
—Oficial, oficial inglés, señor. El puente va a
saltar, váyase.
Eran las palabras del más joven del comando,
que las pronunciaba con el fervor de una súplica.
Pero el coronel no reaccionaba.
—Oficial, señor, fuerza 316 de Calcuta. Coman­
dos. Orden de hacer saltar el puente.
Por fin, el coronel Nicholson dio señales de vida*
CARTAS A LOS HOM BRES 17

— ¿Hacer saltar el puente?


— Váyase, señor, el tren llega. Van a considerarlo
cómplice — insiste el joven.
— ¡Hacer saltar mi puente! — repitió el coronel.
Se volvió. Separó furiosamente la cortina de
follaje que ocultaba el escondite y vio al joven
Joyce con el manipulador, sobre el que tenía ya
apoyada la mano.
— ¡Hacer saltar mi puente!
La novela termina con un rugido pronunciado
por el coronel Nicholson, al tiempo que se arro­
jaba sobre el hombre joven.
El escueto informe del comando que se envió
a Calcuta fue el siguiente: «Dos hombres perdidos,
algunos daños, pero puente intacto gracias heroís­
mo coronel británico».
¡Pasarse la vida entera soñando y no hacer algo
perdurable! A falta de una ciudad, de una catedral,
de un libro importante, de una labor de almas...,
este hombre, el protagonista de la novela de Pierre
Boulle, había hecho en seis meses un puente, ¡su
puente! ¡Cómo iba a dejarlo ahora demoler! ¡Cómo
iba a perm itir que volara por los aires, hecha
añicos, la obra de su vida!
Lo único que pretendo, amigo, es que quede
grabada a fuego en tu mente esta idea: ¡Qué cosa
más triste tener que echar al vacío, al fin de tu
paso por el mundo, la obra de tus manos! ¡Mira
que si te has equivocado! ¡Mira que si el Señor
te pedía otra cosa! ¡Mira que si Dios tuviera que
decirte que no era «eso» lo que pedía de ti!
2
18 JESU S URTEAGA

Trato de ayudarte. Quisiera ponerte ante la mi­


sión que Dios te ha confiado y frente a las respon­
sabilidades que encierra. El Señor tiene en su
mente un proyecto de lo que debe ser tu vida.
Escucha a Dios, acoge su palabra, no te hagas el
sordo, préstale atención, abre el corazón, pon en
práctica el encargo que se te ha encomendado.
Es personal e intransferible. Sé fiel a ese llama­
miento.
Con seguridad sabe Dios que no llegarás a cum­
plir con la perfección requerida el ideal que te
propone, pero sí quiere que te acerques mucho
a él. Dios espera que pongas en juego todas las
posibilidades que tienes, las que El te ha conce­
dido; que pongas en ejercicio los talentos depo­
sitados en tu alma.
Levantar un puente de madera a treinta metros
de altura sobre un río de aguas difíciles, ése puede
ser el proyecto que el Todopoderoso le ha reser­
vado. Pero no pretendas construirlo para ti, para
tu egoísmo, para tu consuelo, para tu ambición.
Si así lo hicieras, terminarías adorando la cons­
trucción de tus manos, haciendo de ella un ídolo
mudo, en expresión de San Pablo 1, y las obras
deben estar hechas en Dios, con palabras de San
Juan
La piedra angular, la roca sobre la que hay que
levantar ese puente, es Jesucristo.
Al final de los tiempos, el Señor examinará cada

; l Cor 12.2
lo 3.21
CARTAS A LOS HOM BRES 19

uno de los puentes que hemos ido construyendo


los hombres. El fuego probará, el último día, la
calidad de los materiales empleados. Dios mirará
el modo con que lo has hecho, tu modo de tra­
bajar: tus esfuerzos, tus empeños, tus ilusiones.
Dios pagará extraordinariamente bien cuanto hayas
hecho por EL
«S er cristiano no es título de mera satisfacción
personal: tiene nombre — sustancia— de misión..
Ser cristiano no es algo accidental, es una divina
realidad que se inserta en las entrañas de nuestra
vida, dándonos una visión limpia y una voluntad
decidida para actuar como quiere Dios. Se aprende
así que el peregrinaje del cristiano en el mundo
ha de convertirse en un continuo servicio pres­
tado de modos muy diversos, según las circuns­
tancias personales, pero siempre por am or a Dios
y al prójim o. Ser cristiano es actuar sin pensar en
las pequeñas metas del prestigio o de la ambición,
ni en finalidades que pueden parecer más nobles,
como la filantropía o la compasión ante las des­
gracias ajenas: es discurrir hacia el término último
y radical del amor que Jesucristo ha manifestado
al morir por nosotros» 4.
Nosotros hemos iniciado bien la construcción
del puente. Hemos comenzado una obra buena
con la ayuda de la gracia del Señor. Ahora hay
que terminarla con su bendición, acabarla, darla
cumplimiento.

* J. Escrivá » f. B/U.AUU-R. Es C risto que pasa (Rialp. Ma­


drid 1973). núm. 98.
20 JESU S URTEAGA

Antes de iniciar la lectura de estas líneas, en­


fréntate con las exigencias del Señor:
— Que te acerques a Dios; es una gran aventura.
— Que vivas la vida cristiana; está llena de he­
roísmos.
— Que la lleves a tu mundo; es toda una misión.
Estas son las tres partes de este libro.
I. AVENTURAS DEL
HOMBRE ANTE DIOS
¡FIAROS DE DIOS!

Hace tiempo leí en «Dios en todos ios caminos»


una graciosa anécdota con mucha fuerza, que nos
dice cómo habremos de comportarnos en los mo­
mentos de apuro, que son muchos, en nuestra vida
corriente. Más o menos, la anécdota era ésta:
El pequeño Gary, con cuatro años, cara de pi­
caro y pelo rubio, entra de la mano de su madre
en la tintorería. La madre está muy preocupada
y el niño muy confiado. La dependienta, acostum­
brada a recibir toda clase de prendas, en esta oca­
sión se extrañó un poco, pero rápidamente acusó
recibo de la mercancía y extendió el justificante
en estos términos: «N iñ o de cuatro años, limpieza
en seco».
La madre se encontró en la obligación de expli­
car lo sucedido. Marchaban juntos, cuando Gary
se desprendió de la mano de su madre. Todo
ocurrió en breves segundos. Mientras ella se pa­
raba ante un escaparate, Gary, jugando, se cayó
en un cubo de alquitrán. Se arremolinó la gente a
su alrededor. Los espectadores presentaban solu­
ciones de urgencia. Echaron mano de todos los de­
tergentes que se anuncian en la «te le » y, por fin,
se puso por obra la indicación del médico: fue él
quien aconsejó la tintorería.
24 JESU S URTEAGA

Horas después, Garv fue devuelto a su madre


con un resguardo en el que se leía: «La mercancía
ha sido devuelta en perfecto estado y sin encoger,
porque era de buena calidad».
Efectivamente, la calidad extraordinaria del pe­
queño Gary quedó patente cuando le preguntaron
cómo se había comportado tan juiciosamente, sin
mañas, durante los trabajos de limpieza:
—Es que vo — respondió ingenuamente— siem­
pre me fio de mamá, porque todo lo hace bien.

¡No tengáis miedo!

Esta corazonada en el pequeño de cuatro años,


está manifestada claramente en el Evangelio. Es
Dios quien todo lo hace bien. Es, al mismo tiem­
po, un grito de San Pablo, que gustan de repetir
los enamorados del Señor: «Para los que le aman,
todo es para bien».
¡Fiarse de Dios! Cuando todo sale bien desde el
punto de vista humano y cuando las cosas se po­
nen de punta y desgarran el alma. ¡Fiarse de Dios!
Fiarse totalmente, con un abandono de niño «alqui*
tranado» que sabe que su madre lo arreglará todo.
Fiarnos de Dios. Bien podemos fiam os de Dios.
Se ha excedido en el amor que nos tiene. Tan mez­
quinos, tan egoístas y mediocres somos los hom­
bres, que su amor, su recuerdo, lo tenemos guar­
dado en el baúl de los olvidos. Pero Dios pasa por
alto nuestras impertinencias, hace como que no
las ve y continúa siendo el buen Padre que nos
CARTAS A LOS HOM BRES 25

lleva a la tintorería cuando caemos en el cubo del


alquitrán.
La historia de la Humanidad es una manifesta­
ción continua del amor de Dios para con los hom­
bres, es una expresión de un querer que se traduce
en la ayuda constante de la gracia. Esta pasa in­
advertida para los que están hechos con tejidos
de mala calidad. ¿Cómo es posible que esta verdad
de la filiación divina que está en el comienzo de la
vida cristiana — y al final— no tenga fuerza para
muchos hombres, que continúan llenándose de
frustraciones, ansiedades, perplejidades y vacíos?
Hace muchos siglos que el mismo Dios nos hizo
ver — en su diálogo con Nicodemo— cómo la filia­
ción divina era la primera piedra sobre la cual
se puede asentar bien el edificio.
P o r el Bautismo, nos dice la doctrina de la Igle­
sia, los hombres son, efectivamente, injertados en
el m isterio pascual de Cristo: mueren con El, son
sepultados con El, resucitan con E l; reciben el
espíritu de adopción de hijos. ¡Claro que podemos
fiarnos de El! ¿Nos parece poco lo que ha hecho
Dios con el hombre? ¿No nos conmueve — tan fríos
somos— el que se nos haya hecho de nuestra raza,
que haya convivido con nosotros los hombres,
aquí en nuestra tierra? ¿No nos dice nada el que
se haya abrazado a la Cruz —para salvarnos—
que le preparamos los insensatos, los pecadores?
Si no nos fiamos de Dios..., ¿en quién vamos a
apoyarnos? El mismo Cristo se adelantó a nues­
tras preocupaciones humanas, para decirnos: ¿No
se venden cinco pajarillos por dos perras? Pues
26 JESUS URTEAGA

bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios.


No temáis; valéis más que muchos pajarillas.
' Ante esas circunstancias adversas por las que
estás atravesando en estos momentos, Dios conti­
núa diciéndote al oído: No temas, no temas...
hombre de poca fe.

Dios no falla

Por parte de Dios no hay fallos. A todos los


ama, a todos nos quiere. Se preocupa por la pe­
queña historia terrena, diaria, de cada uno. Somos
nosotros los que fallamos. El nos habla y nos ani­
ma, pero los hombres continuamos sordos, con
una sordera culpable, que hace que su palabra no
llegue a calar hondamente en nuestra alma.
Hoy como ayer, una misma palabra, un mismo
ejemplo, dejado caer por Cristo en los corazones
de dos ladrones, hace que uno se rinda ante el
amor y el otro se rebele contra El. No, no está
el fallo en la postura de Dios, sino en la nuestra.
La culpa está en nosotros, en nuestra falta de
colaboración.
Dios siempre quiere nuestro bien y dirige todo
para que así ocurra. O nos fiamos de Dios — como
Gary de su madre— o continuaremos sin saber
por qué nos hemos caído al cubo del alquitrán.
CARTAS A LOS HOM BRES 27

Responsabilidad

Este abandono que se nos predica para que lo


vivamos nada tiene que ver con los encogimientos
de hombros, con los quietismos, con las resigna­
ciones vacías. Es una entrega hecha de responsa-
bilidades pequeñas y constantes.
Todos hemos leído en Camino una lección im­
portante acerca del fracaso, y es ésta: «¡H as fra­
casado! Nosotros no fracasamos nunca. Pusiste tu
confianza en Dios. No perdonaste, luego, ningún
medio humano. Convéncete de esta verdad: el éxito
tuyo — ahora y en esto— era fracasar. Da gracias
al Señor, y ¡a comenzar de nuevo!». Pero no olvi­
demos que para dar gracias a Dios por esos fra­
casos tendríamos que tener la seguridad de haber
puesto los medios humanos que puso Houston para
el lanzamiento de la nave «Apolo».
Sería muy cómodo echar la culpa a las circuns­
tancias, a la mala suerte o a los imponderables,
cuando en el fondo de la cuestión lo único que late
es la pereza, la facilonería, la insensatez v la me­
diocridad. «H az tú lo que puedas, pide lo que
no puedas, y Dios te dará para que puedas» (San
Agustín).
La Luna y Marte continuarán obedeciendo ciega
y necesariamente a Dios, pero Armstrong, Aldrin
y Collins, a su regreso de la Luna, continuarán
siendo libres — como antes de su largo viaje—
para que, conociendo lo que es voluntad de Dios,
lo hagan vida suya y hallen así la felicidad y la
2$ JBSUS URTBMiA

salvación Todos tienen la gracia suficiente pata


conocer a esc Dios Padre que nos sigue a todas
partes y está en el centro de todos nuestros pe­
queños acontecimientos. La correspondencia de
cada uno de los hombres, esa «clase» de nuestro
tejido, hace que, en las mismas circunstancias — en
este caso un paseo por la Luna— , unos reaccionen
diciéndonos que sienten frío y otros (com o Aldrin),
a las cuatro de la madrugada del 21 de julio
de 1969, nos exhortara desde la Luna a dar gracias
a Dios: Quisiera decir a todos los que me escu­
chan que hagan una pausa en su mente y, consi­
derando lodo lo que ha ocurrido en los últim os
minutos, den gracias a Dios cada uno a su manera.
Por io que se ve, Aldrin es de buena casta, de la
misma calidad que demostró tener Gary al caer
en un cubo de alquitrán. Gary y Aldrin se fían de
su Padre Dios, que todo lo hace bien.
DIOS Y EL BARRO

No sé qué concepto tienes de la humildad; tal


vez el equivocado de muchos. La confunden con el
apocamiento, con las cabezas gachas o con los
com plejos de inferioridad. «La humildad... es algo
bien distinto del encogimiento ante el curso que
toman los acontecimientos, de la sensación de infe­
rioridad o de desaliento ante la historia» *.
La humildad nos lleva a inclinarnos ante Dios
y, por supuesto, ante lo que pertenece a ese Dios
en el prójim o. Pero la auténtica humildad no nos
da permiso a hacer o decir tochedades, tonterías
o falsedades. De ella nos dirá Santa Teresa que es
«andar en verdad». Lo que tengamos de bueno se
lo agradecemos al Señor, pero no lo escondemos
en ningún arcón, como hacen los pusilánimes. Sería
ridículo no reconocer los talentos que el Señor
nos ha regalado, poro no despreciaremos al próji­
mo que no los tenga, como harían los orgullosos
«Cuando se acerca el momento de su Pasión, y
Jesús quiere mostrar de un modo gráfico su rea­
leza, entra triunfalmente en Jerusalén, ¡montado
en un borrico!» ’.

' Conversado/tes con Mons. Escrtvti tic Baiagtu’t


Id e m ,

( Rialp, Madrid 1969), núm. 72.


■ Idem, Humildad. Folletos Minuto Cristiano, núm 163
30 JESU S URTGAGA

El pollino no podía vanagloriarse por hacer de


trono al Señor, pero tampoco podía negar que lle­
vaba a Dios a cuestas

4 Dio s le gusta hacer las cosas de la nada

El hombre está hecho de barro y de cosas divi­


nas. l a humildad nos lleva a reconocer que el
barro lo ponemos nosotros.
Contra lo que pudiera parecer, sólo los humildes
son capaces de hacer cosas grandes. Los hombres
humildes son siempre fuertes, animosos, empren­
dedores, intrépidos; cuentan con que todo lo pue­
den en Aquel que les conforta, como I
dirá San
Pablo. A mayor conocimiento de la propia flaqueza,
de la propia miseria, mayor confianza en Dios.
«Te reconoces miserable. Y lo eres. A pesar de
todo — más aún por eso— te buscó Dios. Siem­
pre emplea instrumentos desproporcionados: para
que se vea que la «obra» es suya. A ti sólo te pide
docilidad»“. Llevamos el tesoro, dice el Apóstol,
en vasos de barro para que aparezca que la extra­
ordinaria grandeza del poder es de Dios y que no
viene de nosotros r. Pero no olvidemos que Dios"
con el barro hace maravillas. Las hizo siempre
Con un poco de arcilla creo Dios el primer
hombre.
Con la sangre de una mujer de nuestra raza,
hizo su cuerpo de hombre perfecto

15 Idem, Camino, num. 475.


7 Ctr. 2 Cor 4,7
CARTAS A LOS H O M BRES

Con un borrico montó un trono para entrar mag­


nífico, triunfal, en Jerusalén.
Con una vieja barca, gastada por el sol y el sa­
litre, levantó una cátedra para hablar al mundo
que estaba en la orilla.
Con un poco de lodo y agua curó cegueras de
invidentes.
Con media docena de panes y peces dio de co­
mer a doce mil hambrientos.
Con una docena de hombres reconstruyó el puen­
te roto entre la tierra v el cielo.
Para obrar prodigios sirviéndose de nosotros,
solamente una condición pone el Señor: que real­
mente le dejemos actuar. Dios siempre ha hecho
cosas grandes con los humildes. Los hombres que
son como Dios manda, por humildes dejan actuar
al Señor y por magnánimos realizan las grandes
empresas.

La humildad de María v Juan

Así suena el cántico de María en Aín Karim,


aldea a la que ha llegado la Virgen después de
cuatro días de viaje para encontrarse con Isabel:
«Porque vio mi humildad, he aquí que, por eso,
me llamarán bienaventurada todas las genera­
ciones».
La humildad y la magnanimidad entrelazadas en
la postura de María las vemos de nuevo, maravi­
llosamente armonizadas, en la actitud de Juan el
Bautista. El hombre que se considera indigno para
JESU S URTEAGA

desatar las correas de tas sandalias de Jesús; Juan,


el que tiene la misión de preparar los caminos
del Señor; «el mayor entre los nacidos de m ujer»;
Juan el humilde, Juan el magnánimo, no temerá
la cólera de Herodes. Juan se atreve a increparle,
Juan reprochará públicamente la incestuosa y adúl­
tera unión de Herodes Antipas con su sobrina y
cuñada:
— No te está permitido tener la mujer de tu
hermano, ha dicho Juan.
Hubiera sido más fácil callarse, pero tenía que
hablar.
En esta situación difícil se hubiesen callado los
soberbios por ambición; una pretensión que les
llevaría a arrastrarse servilmente ante el Tetrarca;
también hubiesen enmudecido los pusilánimes, por
cobardía, por pequeñez de ánimo, por vergüenza.
Juan reprende el adulterio aun sabiendo que
puede terminar sus días en la fortaleza judía de
Maqueronte, en la ribera Este del mar Muerto.
Y sí, efectivamente, allí será recluido; en Maque­
ronte será ejecutado.
CARTAS A LOS HOM BRES 33

de peces, porque Dios los hizo saltar de sus escon­


drijos — toda la noche habían estado tratando de
pescar sin conseguir nada— . A la petición de Jesús
para que echara las redes, Pedro había dado a
conocer su desconfianza. A la orilla del lago, pide
perdón al Señor indicando que se aparte de él,
que es un pobre pecador, como diciéndole: con­
migo no vas a hacer nada más que perder el
tiempo.
Una vez más, Dios, que gusta crear las cosas de
la nada, dirá a Pedro en estos instantes: A partir
de ahora serás pescador de hombres.
Y este pobre Pedro, por la acción divina, se con­
vertirá en la piedra sobre la que descansará la
Iglesia.
Estos hombres cobardones son los que, con la
fuerza del Espíritu, sorprenderán más adelante
a los miembros del Sanedrín.
Se ha reunido el tribunal supremo de Israel.
Lo componen setenta y un miembros: sumos
sacerdotes, escribas v ancianos.
— ¿Con qué poder o en nombre de quién habéis
hecho vosotros eso? — han preguntado.
(A un tullido, que pedía limosna a la puerta
Hermosa del templo, no pudiéndole dar ni plata
ni o ro r le habían hecho andar en nombre de Jesu­
cristo.)
Y Pedro — aquel que llegó a decir que no co­
nocía a Jesús por temor a una mujerzuela— es
el que dice ahora al mundo entero:
Este hombre tullido ha sido curado «en nom-
3
34 JESU S URTEAGA

brc de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros ha­


béis crucificado»
¿Os acordáis de las timideces de los otros Após­
toles? Los que habían sido pusilánimes, ahora, con
el vigor del Paráclito, ya no tendrán miedo a los
hombres, y serán magnánimos hasta el martirio.
Los Apóstoles aprendieron pronto a hacer compa­
tible la humildad con la magnanimidad; descon­
fiaron de sí mismos y se apoyaron en la omni­
potencia de Dios.
La magnanimidad que se nos pide a todos, ma­
dres de familia, hombres maduros, ancianos, niños
y jóvenes, es la misma que se pedía a los primeros
cristianos: la santidad. Una santidad heroica. La
grandeza de ánimo que se requiere para llevar a
cabo todos los días las mismas cosas pequeñas.
«N o os perdáis en grandes consideraciones de he­
roísmo — nos dirá monseñor Escrivá de Bala-
guer— : ateneos a la realidad de cada día, buscando
con empeño la perfección en el trabajo ordinario.
Ahí nos espera Dios. Diariamente tenemos la oca­
sión de que nuestra respuesta sea afirmativa. Y esa
afirmación sí que debe ser heroica, tratando de
excederse, sin poner límites».
Jesucristo había venido no para ser servido, sino
para servir — he aquí la humildad— , pero lo había
hecho, al mismo tiempo, para dar su vida para la
redención de muchos, para la curación de todos
—aquí campea la magnanimidad, el celo de la
gloría de Dios, la salvación de las almas— .

- A ct 4.10
CRISIS DE SANTOS

El mundo está necesitado de hombres olvidados


de sí mismos, de hombres entregados — sin cuento,
sin palabrería— a los demás. Estamos hartos de
quienes se cansan gritando a las gentes el camino
que han de seguir, mientras ellos se quedan en
su casa porque hace frío. Estarnos^ hastiados de
predicadores de lo que se debe hacer, mientras
ellos no viven lo que predican; cargan pesados
cestos sobre los pobres hombres sin echarles una
mano.

¿Por qué no hacen lo que predican?

Este tipo de «testim onio» no nos ayuda a nada,


más bien nos encorajina, nos llena el alma de des­
aliento. «Muchos falsos apóstoles, a pesar de ellos,
hacen bien a la masa, al pueblo, por la virtud
misma de la doctrina de Jesús que predican, aun­
que no la practiquen». Pero ese fruto que produ­
cen no puede ser duradero, no compensa el mal
que causa a las almas, «que se apartan, asqueadas,
de quienes no hacen lo que enseñan a los demás» *\

Camino, núm. 411


>6 JESU S URTEAGA

Nuestras quejas son continuas. Es poco lo que


hacen los poderosos por los más necesitados; y es
verdad, hacen poco; pero nosotros por los más
necesitados tampoco hacemos nada. Es asi cómo
el mundo sigue dandos tumbos, unos se quejan
de otros y éstos de aquéllos. Siempre estamos es­
perando que alguien dé algo.
Los hombres somos muy limitados y necesita­
mos ver con nuestros ojos de la carne cómo hay
que andar, cómo hay que caminar, cómo hay que
marchar por la vida. Necesitamos hombres santos
que vayan por delante de nosotros, mostrándonos
la senda. Necesitamos que no se paren, que nos
empujen, que nos despierten, que nos tiendan cons­
tantemente la mano, que abran la marcha mostrán­
donos la luz, que amen como Dios entiende el
amor, que de amores egoístas entendemos todos.
Necesitamos hombres santos más que en las hor­
nacinas — donde tenemos muchos— que vayan con
nosotros por el campo o por carretera, en autobús
o en «m etro», que no sean fantasmas que puedan
atravesar la calle cuando el semáforo está en rojo;
que se esperen con nosotros hasta que se ponga en
verde. Que vivan en nuestra misma labor profe­
sional, que podamos contemplar cómo resuelven
sus problemas, que son los nuestros: problemas
de hijos, de familia..., y que tengan los mismos
apuros económicos que nosotros a partir del 16 de
cada mes. Que puedan gritar y griten porque el
sueldo es escaso, que guarden cola ante un confe­
sonario, porque también ellos necesitan arrepen-
CARTAS A LOS HOM BRES 37

tirso de sus malos humores, de sus enfados, de


sus orgullos, de sus perezas, de sus tentaciones
fuertes, porque son de carne v hueso.

Yo tengo un amigo santo

¿Verdad que os gustaría encontraros con estos


hombres santos por la calle? ¡Pues yo tengo un
amigo de ésos; yo tengo un amigo santo! Y cuando
pase el tiempo — estoy seguro— lo pondrán sobre
un pedestal, y se estará muy quietecito. Pero, hoy
por hoy, tiene que moverse mucho, el pobre. A
veces se enfurruña. Casi siempre lo hace con razón.
Tiene motivos para ello. Es un santazo.
Esta mañana me he reido mucho para mis aden­
tros y para mis afueras (¿por qué vamos a reírnos
sólo para nuestros adentros?), cuando al entrar en
el «m etro», mi amigo «e l santo» ha dado un piso­
tón, por descuido, a un hombre que va venía de
mal talante. (Los malos humores son los causantes
de los pequeños y desagradables incidentes de la
vida diaria.) Mi amigo le ha pedido perdón, y el
malhumorado ha comentado para sus afueras:
«¿Será imbécil?». Si se hubiera dado cuenta de
que era santo le hubiese tratado de otro modo,
bueno, a lo m ejor no.
San Juan Bosco tuvo que ir a París para pasar
allí tres semanas, poco antes de su muerte. Pidió
alojamiento en la casa parroquial de una impor­
tante iglesia del centro de la ciudad. Lo enviaron
a una buhardilla del sexto piso.
JESU S URTEAGA

Al morir, poco tiempo después, y abrirse el pro­


ceso de canonización, se hizo comparecer a quie­
nes le habían visto vivir.
Y el sacerdote de París que le había alojado dio
esta respuesta, tan cándida como dolorosa: «Si
hubiera sabido que se trataba de un santo, no lo
habría enviado al sexto piso»
Les estamos enviando a diario a las buhardillas
de los desvanes, porque vivimos con gente santa
que. exteriormente, en nada se distinguen de los
que no lo son.
Los hombres santos no llevan etiquetas. Visten
como los otros, viven como los demás, y a veces
dan pisotones, como mi amigo. La santidad, como
la alegría, es algo que se lleva por dentro. Los san­
tos son hombres que hacen lo que los demás,
mejor que los demás y un poquito más. Por su­
puesto que hacen oración y se mortifican y hacen
apostolado. Si yo supiera que este hombre, mi
amigo, no reza, ni se sacrifica, ni se preocupa
del prójimo, no os diría que es santo. «Es preciso
que seas “ hombre de Dios” , hombre de vida in­
terior, hombre de oración y de sacrificio. Tu apos­
tolado debe ser una superabundancia de tu vida
'para adentro” »
CARTAS A LOS HOMBRES 39

en que se recogen las palabras del Papa Pablo des­


de el ventanuco de la plaza de San Pedro: «Por
encima de todo necesitamos santos. Mirando al
estado en que se encuentra hoy el mundo os re­
cuerdo que la mayor necesidad que tienen las na­
ciones es ésta, la de la santidad. Necesitamos san­
tos. Santos por encima de todo. Esta es la mayor
necesidad del mundo actual». Estas palabras me
han recordado mucho aquellas otras de Camino:
«Un secreto. — Un secreto, a voces: estas crisis
mundiales son crisis de santos. — Dios quiere un
puñado de hombres “ suyos” en cada actividad hu­
mana. — Después... “ pax Christi in regno Christi"
— la paz de Cristo en el reino de Cristo».
Sí, necesitamos santos que vivan lo que nos pre­
diquen, que nos arrastren con su ejemplo, que
imiten la pedagogía evangélica, la de hacer y, des­
pués, enseñar. Necesitamos santos humanos y com­
prensivos, con la humanidad v comprensión que
se adquiere para las demás cuando se lucha contra
las propias debilidades.
CACHIVACHES EN EL CORAZON

Estos trasplantes de corazón que se han puesto


de moda en nuestros tiempos, aunque la técnica
no nos dé todavía muchas seguridades, son pro­
mesas que hizo Dios a los desterrados de Babi­
lonia. «Les daré otro corazón y pondré en ellos
un espíritu nuevo: quitaré de su cuerpo su cora­
zón de piedra y les daré un corazón de carne, para
que sigan mis mandamientos y observen y practi­
quen mis leyes, y sean mi pueblo y yo sea su
Dios»
¿Quién no necesita un trasplante? Nuestro co­
razón está hecho como de palos. Tratamos de con­
tentar al Señor con un culto externo, con buenas
palabras, con apariencias, «pero Yahvéh mira el
0

corazón». El busca la bondad en nuestro interior,


y ahí, en nuestro corazón, sabemos que no tcneiyios
derecho a nada, porque hemos desplazado a Dios y
lo hemos llenado de cachivaches.
Todos necesitamos un trasplante. El que no
tiene un corazón de palos, lo tiene de piedra — frío,
cruel, indiferente, desengañado, desamoroso— , y
habrá que ablandarlo; o es rebelde, y habrá que

Ez U. 19-20
I ARTAS A LOS HOM BRES 41

dominarlo; o tiene dobleces, y habrá que plan­


charlo; o está hecho de chicle, y tendremos que
despegarlo.

Tenemos un Dios celoso

Pero no temáis. Dios no se goza en la destruc­


ción de su pueblo. Lo que hizo con Israel lo repite
con nosotros. Nos persigue por el desierto para
hablarnos de nuevo al corazón.
Aquello que el pueblo elegido tardó en com­
prender, nosotros estamos en condiciones de en­
tenderlo con suma facilidad. Dios no se contenta
con superficialidades. Pide algo más íntimo, más
nuestro, más valioso, algo que sólo el que entiende
de amores puede ofrecer. Nos lo pide textual­
mente a través del Lib ro de los Proverbios: «Dame,
hijo mío, tu corazón».
Nuestro Dios es celoso v no gusta de compartir
su amor con nuestros amoríos. Sólo permite amo­
res nobles y limpios. ¿Habrá algún insensato que
no distinga entre amores y baratijas?
Tenemos que entrar en nuestro corazón y dar
una barrida. La advertencia es nuevamente del
Señor: «Más que otra cosa, guarda tu corazón,
porque de él procede la vida».
Es por eso por lo que te pido: entra en tu cora­
zón v barre. Los trastos, los chirimbolos, las chu­
cherías, los «souvenirs» y los cachivaches no tienen
categoría para vivir en tu corazón, que está hecho
para amar. Para amar a Dios v al prójimo sobre
42 JESU S URTEAGA

todas tas cosas: éste es el resumen de todos los


mandamientos.
¿Continúas pensando que no necesitas que el
Señor trasplante tu corazón? ¿No sientes la urgen­
cia de echar de tu alma los idolillos? ¿Idolillos o
auténticos becerros de oro?
Al corazón —en sentido figurado— le hacemos
asiento de toda nuestra vida psíquica, afectiva,
volitiva, í eligiosa y moral. Al corazón le atribuimos
tristezas, alegrías, emociones, desánimos, cegue­
ras, perezas y necedades, fidelidades y apostasías,
entregas, egoísmos y desagradecimientos.
En más de una ocasión te habrás parado a pen­
sar en el desagradecimiento del pueblo elegido
para con el Dios de ciclos y tierra, que le arrancó
milagrosamente de las garras del Faraón. Un poco
de tiempo — «cuarenta días»— es suficiente para
abandonarle y fabricarse un becerro.
Moisés ha subido al Horeb. El pueblo ha que­
dado encomendado a Aarón v Jur. Como Moisés
tardara en bajar del monte, el pueblo pide a Aarón
que les haga un dios que vaya delante de ellos.
Y Aarón, con el oro de Israel, fundió un becerro
al que se ofrecieron sacrificios con alegría.
Ante la apostasía, Yahvéh se llena de ira: «¡Anda,
baja! —<iirá a Moisés— . Tu pueblo ha pecado. Bien
pronto se ha apartado del camino que yo le tracé»
Moisés, después de interceder por el pueblo, que­
mó el becerro, lo molió, lo redujo a polvo, lo es­
parció en el agua y se lo dio a beber a los hijos
de Israel ' J.

15 Cfr Ex 3220 s
CARTAS A LOS HOM BRES 43

Qué pronto nos olvidamos de las atenciones que


Dios tiene con nosotros. ¡Qué desmemoriados so­
mos con sus favores! Los gritos de júbilo que pro­
ferimos por un milagro un día de sol, los arrinco­
namos al día siguiente con las primeras nubes

Dios pide tu corazón

Dios pide tu corazón, y lo pide con la autoridad


que da el haberte entregado primeramente el suyo.
Del corazón de Dios sabemos mucho por el ca­
riño que repartió entre los hombres cuando bajó
a nuestro mundo.
El Dios que nos ofrece su corazón para que en­
contremos en él nuestro descanso y nuestra forta­
leza, nos presenta, consecuentemente, las exigen­
cias respecto al nuestro.
— Nos pide un corazón generoso que retenga la
Palabra de Dios v dé fruto como la tierra
buena.
— Exige que le amemos con el corazón entero.
— Nos conmina a que perdonemos al hermano,
por supuesto, de todo corazón.
— Promete la visión de Dios a cambio de un
corazón limpio.
¿Os parece poco?
Es bueno entregar a Dios la juventud; pero eso
sólo puede hacerse durante un poco de tiempo
En cambio, el corazón lo podemos entregar cuando
tenemos pocos años y cuando se llenen de tierra
los huecos de nuestro pobre cuerpo, a los ochenta
44 JESU S URTEAGA

A Dios no le importa que lo que le demos sea


poco o mucho. Lo verdaderamente importantes es
que sea todo. Que le amemos con todo el corazón.
Con unas palabras del Fundador del Opus Dei,
termino este artículo: «Al Señor hay que darle el
corazón entero. Jesús no se conforma con medios
corazones. Ved si en vuestro corazón hay algún
rincón que no es de Dios, y echad de allí lo que
estorbe». Y si alguien ve que algo está sobrando,
«que limpie, que quite, que queme, jque raspe!...,
hasta que el corazón quede como un rubí».
TUS MANOS

No sé si habrás pensado que hacer con este


nuevo año. Ya va siendo hora de que te deter­
mines a llenarlo de cosas buenas. Este podría ser
el propósito: emplear más y m ejor tus manos.
Te cuento esto porque hay gente que no sabe qué
hacer con ellas.
Cuando Dios inspiró el alma al cuerpo del hom­
bre, le puso a éste en el Paraíso para que lo tra­
bajara y cuidase con sus manos. La alabanza de
Dios sobre la creación entera — «y se vio que era
bueno»— se extiende también a las manos de los
hombres. Sí, las manos de los hombres son bue­
nas. Con las manos se realiza la vida, la historia
de la vida humana. Con estas manos nuestras nos
jugamos la vida eterna. Cuando llegue el momento
de dar el paso a la Eternidad, Dios mirará nues­
tras manos y contará una por una las obras bue­
nas que han realizado aquí en la tierra.
Está bien que de cuando en cuando levantemos
los ojos al cielo; pero también está bien que de
cuando en cuando pongamos nuestros ojos en las
manos. Y que las pesemos con frecuencia. ¿Nunca
has pesado tus manos? Cuida de que el Señor no
las encuentre faltas de peso.
El hombre se encuentra en inferioridad de con-
46 JESU S URTBAGA

dictones respecto a las bestias para defenderse y


sobrevivir ante la adversidad del mundo. Las bes­
tias tienen medios naturales de defensa que no
van bien con la delicada complexión del cuerpo
humano. Pero los hombres tienen la razón y las
manos, manos que están hechas para el servicio
del alma.
Las manos se juntan y se elevan para que el
alma llegue a Dios. Los dedos de esas manos se
agarrotan cuando sufre el alma. Las manos son
el puente del alma por el que el hombre se pone
en contacto con la Humanidad. A través de las
manos, el alma se apodera del mundo. Las manos
del hombre aparecen visibles en la invisible alma.
En cierto modo palpamos el alma en un apretón
de manos.
Las manos de los hombres, te decía, están hechas
por las manos de Dios para el servicio del alma.
Pero cuando las manos son sólo prolongación del
cuerpo..., cuando sólo se preocupan de atesorar
tesoros que se apolillan, esas manos quedan cie­
gas, sin luz y sin guía. De esas manos que tan sólo
se preocupan de servir al cuerpo, de esas manos
egoístas y funerarias dijo cosas terribles el Señor:
¡córtatelas!
De seguro que has pensado seriamente — de lo
contrario te brindo el hacerlo ahora— en llenar
cumplidamente este nuevo año que acaba de en­
tregarte Dios con sus propias manos. Entre tus
proyectos estará el realizar unas cuantas obras
—no importa el tamaño a los ojos de Dios— , pero
convéncete de que lo más decisivo del año, con
CARTAS A LOS HOM BRES 47

sus trescientos sesenta y tantos días, es hoy, el


día de hoy, ia aventura y el juego de hoy. Hoy es
lo importante, con su afán y su luz y su atardecer
Ni siquiera los éxitos de ayer nos dispensan del
esfuerzo que habremos de poner hoy. ¿Mañana...?,
mañana todavía está en las manos del Señor. Lo
que cuenta es el hoy que está en las nuestras.
Ignoramos lo que puede resultar para nosotros,
para los que nos rodean, para el mismo mundo,
para el mismo Dios, de un día en el que hayamos
puesto todo nuestro talento — cabeza y corazón—
en hacer bien, con fervor, lo que Dios nos pide. Sí,
digo también para el mismo Dios, porque las obras
de Dios se llevan a cabo por las manos de los hom­
bres, por tus manos.
Por todo lo que se desprende del Evangelio, un
buen día es aquel en el que hacemos lo que debe­
mos hacer; en el que servimos, de alguna manera,
a los demás, ya que no podemos olvidar que entre
las manos de Dios y las nuestras están las manos
del prójimo.
Todas las noches de este nuevo año, un ángel
escribirá en un libro blanco tus trabajos, tus
quehaceres, tus desvelos, tus amores. Todas las
noches, un ángel escribirá en un libro blanco.
Vale la pena, amigos, poner afanes grandes en la
labor que realizamos.
Tras la lucha y el cansancio llega siempre la vic­
toria. Y a la victoria seguirá el Juicio de Dios sobre
las manos de los hombres.
A la hora de rezar pediré para que tus manos
v las mías, manos vacilantes, inseguras, inconstan*
JESU S URTEAGA

tes, inútiles v pusilánimes, se conviertan en manos


firmes» recias, valerosas, eficaces, generosas e in­
trépidas. «Mirad — nos dice Santa Teresa— que
aunque no somos santos, es gran bien pensar; si
nos esforzamos, io podríamos ser, dándonos Dios
la mano»
CON ENERGIA

A los desanimados.... a los burlones que creen


estar de vuelta..., a los que dejan pasar la vida,
a las madres que pierden la paciencia con los
hijos..., a los enfermos del espíritu, os escribo esta
carta para ayudaros — v ayudarme— a reempren
der la marcha.
Es la Iglesia en esta Santa Cuaresma, que ya
ha comenzado, la que nos brinda una nueva opor­
tunidad. Vamos a procurar — ¡todos!— no cansar
a Dios, porque ya va siendo hora «de que desper­
temos del sueño que padecemos». El grito es de
San Pablo. A los cristianos nos está prohibido
aparcar en el desaliento por fuertes que sean las
contrariedades que se presenten en el camino. Te­
nemos que seguir caminando. Se hace y se rehace
la vida cuantas veces sea preciso. Todo menos
pararse. Si hay que llorar, se llora, pero cami­
nando. Si la riada destroza tu hogar, hay que re­
hacerlo. No te detengas. Si el aluvión ha anegado
tu alma, la amistad de tu alma con Dios, has de
levantarte ¡en seguida! Deja en el barro tu orgullo,
abandona el lugar del tropiezo, pide perdón y.,
¡adelante! Si cien veces has caído, cien veces tie­
nes que levantarte.
Me impresionó vivamente la escena. Tú también
4
50 .1ESUS URTEAGA

pudiste contemplarla. Televisión Española estaba


dando desde Barcelona un reportaje filmado de la
catástrofe que padecía Cataluña. Ruina, tragedia,
desolación, luto, llanto colectivo, muerte y escom­
bros. Unos hombres buscan sus amores entre el
lodo, otros entierran a sus muertos. Aquí y allá....
un gran dolor. Y de pronto..., como si nada tuviera
que ver con todo aquello: unos fotogramas rápidos
que se quedaron impresos en mis ojos doloridos
Asi fue:
Un hombre maduro —¿qué tendría?, ¿cincuenta
años?— marcha de espaldas a la cámara sobre un
campo de agua y fango. El hombre camina levan­
tando a cada paso sus zapatones llenos de cieno:
avanza imperturbable, sin público, sin mirones;
está solo. Tiene sus ojos — me lo figuro— puestos
en un cielo con nubes amenazadoras de nuevas
tragedias; al menos la cabeza la lleva erguida. Su
mano izquierda, sujeta en el regazo, la mantiene
quieta; la derecha arroja simiente buena, simiente
nueva, una semilla que no se ve porque se la tragan
el agua y el barro.
Esto ocurrió el mismo día de la negra riada. Sin
dejar de llorar, un hombre maduro ha recomen­
zado su vida.
¿No os maravilla? Pues... a Dios, sí.
Todos encontramos dificultades en nuestra labor
diaria. El pan lo tenemos que ganar con el tra­
bajo. «Con el sudor de su rostro comerás el pan
hasta que vuelvas a la tierra». La parte penosa de
las dificultades —consecuencia del pecado origi­
nal— la sufren todos los hombres, todas las ma­
CARTAS A LOS HOM BRES 51

dres, todos los hijos, pero también es cierto que


la sienten de modo muy distinto los perezosos,
los apoltronados, los apáticos, los cobardes, que
estos otros que hacen lo que está en su mano
por ser hombres enérgicos, emprendedores, acti­
vos, arriesgados, tenaces. He dicho tenaces, y cojo
el Diccionario de la Lengua para reproduciros su
definición. Es tenaz el que se pega, ase o prende
a una cosa. Es tenaz el que opone mucha resis­
tencia a romperse o deformarse. Es tenaz el hom­
bre firme, terco, porfiado y pertinaz en un pro­
pósito.
Todos los que, además de ser hombres, quere­
mos portarnos como hijos de Dios, no tenemos
más que un propósito, uno sólo: llegar, llegar al
final, a la meta, a Dios, después de sembrar si­
miente buena a nuestro alrededor, sobre el campo
de agua, sobre el barro; llegar después de haber
enjugado muchas lágrimas.
Llegar tras la labor con los hombres. . . pero
llegar.
El desaliento, el desánimo y el cansancio son las
barreras que tiene que saltar el hombre enérgico
y tenaz. Sólo los santamente enérgicos, firmes,
tercos, porfiados y pertinaces en su propósito sal­
tan los obstáculos. El remedio está en recomen­
zar cada día con ánimo y resolución. Vale el con­
sejo para toda clase de dificultades. El remedio
está (nos lo dice un santo, el de Arenas de San
Pedro) en «hacerse fuerza y perseverar, porque
huyendo crece el temor, y peleando, la osadía»
(S. Pedro de Alcántara).
52 JESU S URTEAGA

Esta Cuaresma es una nueva ocasión que te


ofrece Dios para reemprender la marcha. En esto
si que puedes imitar a los santos: en reemprender
la vida todas las mañanas. Esto sí que te lo pide
Dios. Te lo recuerda San Pablo: «Y a es hora de
que despenemos del sueño que padecemos».
A LOS SORDOS, REBELDES, INDECISOS Y
FIELES

«¡Palabra de Dios! ¡Palabra de Dios!*, nos dice


el sacerdote cuando termina las lecturas de la
Santa Misa: ¡Palabra de Dios!
¡Que no nos conformemos con la alabanza ruti­
naria de nuestros labios!
¡Eh, vosotros, oíd, escuchad! El Señor está ha­
blando. Callad. Apagad esos ruidos, ¡que habla
Dios!
¡Escuchad! Es el grito del Señor: «Queden gra­
badas en tu corazón estas palabras que Y o te
mando hoy. Y repíteselas a tus hijos, al acostarse
y al levantarse. Y escríbelas en las jambas de tu
casa».
«¡Escuchad!», nos gritan los profetas que hablan
en nombre de nuestro Dios.
Y cuando con la plenitud de los tiempos llega
Cristo a las casas de los hombres, El — que es el
Verbo, que es la Palabra— nos repite el mismo
clamor: «¡Escuchad!».
En esta ocasión, lo hace a orillas del lago, sen­
tado en una barca, dirigiéndose a todos los hom­
bres. N o habla sólo para las minorías. Su ense­
ñanza no es esotérica. Habla a todos. ¡Escuchad!:
«Una vez salió un sembrador a sembrar...».
54 JESU S URTEAGA

Y frente a Dios, el diablo, la inconstancia v las


preocupaciones del mundo tratando de arrancar
de las almas de muchos la palabra sembrada en
sus corazones.
Porque es celoso amante de la libertad, permite
que lomemos partido con El o contra El, pero
porque nos quiere con locura insiste y vuelve a la
carga: «A quien no escuchare mis palabras..., yo
le pediré cuenta» 1\
Este es el drama de muchos hombres de ahora.
Unos no quieren oír, no quieren escuchar, no
quieren prestar atención, no quieren abrir los ojos,
no quieren acercarse a la luz. Permanecen en la
penumbra. Se niegan a convertirse. Este fue el pe­
cado del pueblo elegido. Jesús se lo echará en
cara: «E l que es de Dios, oye las palabras de Dios;
por eso vosotros no las oís, porque no sois de
Dios* 1\
La tragedia de otros mortales es la de la indeci­
sión. Ni van con los que verdaderamente creen,
ni se atreven a marchar por otro camino. Sencilla­
mente, se retiran. Quieren ver «en qué termina
todo esto*. ¡Amigos!, no hay tiempo para bañarse
y guardar la ropa. Hay que tomar una postura.
Con El o contra El. La palabra de Cristo es viva,
eficaz, si le prestamos la tierra buena de nuestro
corazón. Hoy, como entonces, la palabra de Cristo
puede resucitar nuestra vida muerta.
Es ahora cuando podemos salir de nuestro se­
pulcro. Es ahora cuando podemos empezar a vivir.

11 Dt 18,19.
« ' lo 8.47.
C ARTAS A LOS HOM BRES 55

Hay circunstancias en ia vida — y no se suelen


presentar muchas ocasiones— en las que un hom­
bre tiene que decidir con sus obras si es de Cristo
o de Satán. Nos ha correspondido a los hombres
de este tiempo vivir precisamente en estas circuns­
tancias.
No seamos sordos. «Si no ponemos obstáculos,
las palabras de Cristo entrarán hasta el fondo del
alma y nos transformarán», nos dice el autor de
Camino.
Dios nos habla, Dios nos llama. Escuchemos
Reaccionemos. No taponemos nuestros oídos. Le­
vantémonos. No nos quedemos apoltronados. ¿Por
qué no nos decidimos a ser hombres fieles?
Dios «nos habla en el silencio de la oración y
en el rumor del mundo» ,B.
Pero no es suficiente el escuchar la palabra de
Dios. ¿Qué hacemos con ella?
Podemos conservarla, acogerla, meditarla, trans­
mitirla, convertirla en obras. Cuando esto hagamos.
Cristo nos elogiará diciendo de nosotros que so­
mos unos hombres que hemos construido nuestra
casa sobre roca; aguantaremos bien las inclemen­
cias del tiempo, ayudaremos a perseverar a los
demás.
También puede uno rebelarse contra esa pala­
bra — que es alzarse contra Cristo, contra Dios—
y rechazarla y repudiarla hasta dejar que se pudra
en un rincón del alma.
Los primeros no verán la muerte. Lo promete
Jesucristo.

Conversaciones, núm. 62
56 .IfcSl/S URTEAGA

Los segundos serán juzgados por El. Los que


rechazan la palabra, ésta les condenará el último
día ,r.
A todos los hombres habla Dios.
De todos espera una contestación.
Con la respuesta nos jugamos la eternidad.
No se hace preciso echar mano de la caja de
los truenos. Tal vez sea mejor acogerse a la mise­
ricordia de nuestro Dios, que continúa con su
mano extendida esperando una respuesta generosa
Plagiando a Péguy, os diré que Dios llama y
sigue llamando a nuestra puerta; pero ai final,
si no le abrimos, cansado de esperar, entra por la
ventana.
CIEN POSTURAS ANTE DIOS

En el capítulo anterior hablábamos de las lla­


madas de Dios, que se hacen a muchos; unos acu­
den a la invitación y otros permanecen en sus
casas.
Ante un mismo hecho, unos responden libre­
mente sí y otros contestan no.
Un mismo dolor, a unos destroza mientras a
otros los santifica. Ante una misma infidelidad,
Pedro llora su pecado y vuelve a Jesús; Judas
vende al Señor y se cuelga.
Con un mismo fuego, el oro se abrillanta y la
paja se ennegrece; el metal se ablanda y el barro
se endurece y se resquebraja.
Ante una estrella, una palabra y una cruz los
hombres adoptan posiciones diferentes. No eche­
mos la culpa a los astros, a los sermones o a los
maderos. La responsabilidad es exclusivamente
nuestra.

Una estrella

¿Fueron muchos los que la vieron? De lo que


sí estamos ciertos es que fueron pocos los que la
siguieron.
58 JESU S URTEAGA

¿Os habéis parado a pensar en las reacciones


que se pueden adoptar ante una misma estrella,
ante un mismo Cristo?
Los magos que vienen del Oriente se han pre­
sentado en Jerusalén, preguntando: «¿Dónde está
el Rey de los judíos que ha nacido?». Herodes el
Grande y, con él, toda la ciudad santa se ha tur­
bado. Herodes ha convocado urgentemente a los
sumos sacerdotes y escribas del pueblo.
Estos, con los ancianos, formaban los setenta
y un miembros del Gran Sanedrín, el consejo su­
premo civil, judicial y religioso de los judíos. Sola­
mente han sido convocados los príncipes de los
sacerdotes y los escribas o doctores de la ley mo­
saica, fariseos convencidos, instructores del pue­
blo. Si el Sanedrín estaba compuesto de tres gru­
pos de fuerza aproximadamente igual, bien pode­
mos calcular que fueron cincuenta los hombres
consultados.
Herodes pregunta: «¿Dónde tenía que nacer el
Cristo?». Y los sacerdotes y los escribas respon­
den: «En Belén, que así está escrito por el profeta:
‘De ti saldrá un caudillo, que será pastor de mi
pueblo Israel"».
Cincuenta hombres están bien informados de
todo lo que ha ocurrido: una estrella, unos magos,
un pueblo pequeño que se llama Belén, un Rey
de los judíos que ha nacido..., pero nadie se pone
en movimiento. La noticia les servirá exclusiva­
mente para informar a los demás, para poder decir
a Herodes, a los magos y al pueblo: Por ahí, ése
CARTAS A LOS HOM BRES 59

es el camino de Belén, el que os llevará al Cristo


que acaba de nacer.
No, no es suficiente con conocer los atajos que
nos llevan a un buen final, ni siquiera basta con
señalarlos a los demás; hace falta recorrerlos; de
lo contrario, no hay salvación posible.
Cincuenta hombres se quedaron en sus casas,
cuando una estrella impulsaba a ponerse en ca­
mino hacia el Mesías.

Una palabra

El Señor acude, como un israelita más, a la fiesta


religiosa de las Tiendas, la más popular y alegre
de las tres peregrinaciones anuales que debía hacer
todo judío observante de la ley.
El sacerdote, en solemne procesión, recoge el
agua de la fuente de Siloé en un recipiente de oro
y lo derrama sobre el altar de los holocaustos,
mientras pide a Dios lluvias abundantes rara el
otoño.
Después de la ceremonia, Jesús, puesto en pie,
con gran solemnidad, dice a las gentes: «S i alguno
tiene sed, venga a mí. Y el que crea en mí que
beba. Como dice la Escritura: “ Correrán en sus
entrañas ríos de agua viva” ».
Cristo es la roca del desierto, como aquélla de la
que brotaron aguas abundantes para saciar a los
israelitas.
Ante sus palabras, los hombres adoptan siete
posturas distintas. Para unos, es el Profeta; para
60 JESU S URTEAGA

otros, es el Cristo; un tercer grupo lo niega, y no


faltan quienes quieren detenerle.
En el seno del Sanedrín continúan las disputas
en torno a Jesús: los guardianes están impresio­
nados. porque jamás ha hablado nadie como El.
Los fariseos les reprenden por haberse dejado
embaucar. Solamente un hombre entre los setenta «
y un sanedritas, un doctor de la ley, fariseo, saldrá
en su defensa, compartiendo con los «m alditos
guardianes» su simpatía con el Señor. Este hom­
bre, Nicodemo, se acogerá a la ley, para insistir en
que ningún hombre puede ser condenado sin ser
oído.

Un madero

También ante la muerta de Jesús en la Cruz,


los hombres se sitúan en actitudes distintas.
Al pie del madero, unos hombres se reparten
sus vestidos, echándolos a suertes. El pueblo con­
templa la escena. Magistrados y soldados se burlan
de Cristo. Uno de los dos ladrones le insulta. El
otro, hace un acto de fe y de esperanza. María,
Juan y las santas mujeres rezan y lloran.
Jesús muere después de dar un fuerte grito. La
oscuridad cae sobre la tierra. El velo del santuario
se rasga por medio. Un centurión glorifica a Dios,
y las gentes se golpean el pecho.
Todos ven a Cristo en la Cruz. Todos escuchan
sus palabras. Todos contemplan su dolor. Todos
presencian su muerte. Todos ven sus manos mise-
CARTAS A I OS HOM BRES 61

ricordiosas. Unos se acogen a ellas y otros las cla­


van al madero.
José de Arimatea y Nicodemo, dos miembros
del Sanedrín, compran una sábana y treinta y dos
kilos de mirra y áloe para envolver y embalsamar
el cuerpo de Jesús y ponerlo en un sepulcro nuevo
Y, entre tanto, hay gente que contiiiúa discutiendo
sobre el texto de la tablilla blanca que han cla­
vado en lo alto del patíbulo: «Que si era Rey»
«Que si no era Rey», «Que sólo El había dicho que
era Rey de los judíos».
Tenemos que pedir a Dios Nuestro Señor la
fortaleza necesaria para que nuestra actitud, ante
los acontecimientos divinos y humanos, sea siem­
pre la más generosa, la menos egoísta, la menos
fría, la más fiel.
AMIGOS DE DIOS Y CIUDADES MALDITAS

c Eres amigo de Dios?


Dios es amigo de ios hombres, de todos en prin­
cipio, mientras no le den muestra de recelos, de
insinceridades, de traiciones. Es amigo nuestro
mientras no nos apartemos de El.
La amistad que se nos pide está hecha de fideli­
dades, de agradecimientos, de recuerdos, de con­
templaciones.
Siempre me ha gustado leer en la Escritura
Santa que a Abraham se le llamara el amigo de
Dios y que a Yahvéh se le conociera como al
Dios de Abraham
Corría el año 2100 antes de Jesucristo cuando
Abraham habitaba en Ur de Caldea (en el actual
territorio del Irak), una región consagrada al dios-
luna. El Señor le hizo salir de aquella tierra. El
amigo de Dios vivirá en absoluta obediencia.
A la confianza plena que ha puesto en Dios, el
Señor le corresponde —como amigo— descubrién­
dole la inminente destrucción de Sodoma y Go-
morra, ciudades malditas, cuya desaparición fue
merecida por sus innumerables pecados.

Ctr. 4 1 I Par 20,7; Dan 3.35


·*’ Gen 2623; 28,13; E* 3.15
CARTAS A LOS HOMBRES 63

E! patriarca intercede* por el pueblo, que, en


liase de Oseas, está enferm o por su infidelidad
Dios está dispuesto en todo momento al perdón.
La respuesta de Yahvéh confirma el papel corre­
dentor que tienen los hombres de Dios.
Hoy como ayer, se precisa de hombres y mujeres
que sean fieles a fas exigencias que lleva consigo
el amor del Señor. El ambiente de hoy, como el
de la Pentápolis, puede ser un inconveniente, un
obstáculo para vivir como Dios manda, pero nunca
será una excusa para escapar de la maldición.
Abraham está de pie ante Yahvéh.
— ¿De verdad vas a aniquilar al justo con el mal­
vado? Tal vez existan cincuenta justos dentro de
la ciudad.
— Si encuentro en Sodoma cincuenta justos den­
tro de la ciudad, perdonaré a todos — dice Yahvéh.
Y comienza el regateo de la misericordia.
— ¿Y si encontraras cuarenta y cinco..., cua­
renta..., treinta..., veinte..., diez...?
Y la respuesta de Yahvéh:
— No destruiré a Sodoma si encuentro cuarenta
y cinco. No lo haré en atención a esos cuarenta.
No la arrasaré si encuentro a treinta. No la que­
maré por los veinte. No la destruiré en atención
a los diez.
Y Abraham no se atrevió a bajar más en su re­
gateo.
Sodoma y Gomorra fueron arrasadas juntamente
con Admá y Seboyim. Sólo, de aquella región,
Soar pudo escapar a la destrucción.

Os 117
64 JESUS URTE\GA

Al día siguiente, el patriarca, üe madrugada, fue


al lugar donde había estado delante de Yahvéh
Dirigió la vista hacia las ciudades malditas. «Y he
aquí que subía una humareda de la tierra seme­
jante a la de un horno».
Dos textos — uno de Ezequiel v otro de Camino —
se presentan ante mis ojos:
«H e buscado entre ellos alguno que construyera
un muro y se mantuviera de pie en la brecha ante
mí, para proteger la tierra e impedir que yo la
destruyera, y no he encontrado a nadie».
«Dile, a... ése, que necesito cincuenta hombres
que amen a Jesucristo sobre todas las cosas».
No pienses en cincuenta hombres impecables.
Con nuestras viejas miserias podemos ser de ese
medio centenar de almai» fieles. Ahora que hay
mucho ruido de deslealtades y deserciones, ahora
hay que cubrir esas vacantes. Nos hemos bene­
ficiado tantas veces de la intercesión de los de­
más... Hoy debemos ser nosotros los hombres
fieles en los que puedan apoyarse otros.
Todos los hombres estamos unidos con paren­
tesco espiritual. Las deslealtades de unos perjudi­
can a muchos. La santidad de otros benefician a
todos.
Hemos sido beneficiados por la vida fructuosa
de muchos. Piensa que ha llegado el instante en
el que otros puedan beneficiarse con tu postura
leal. Sé fiel, baja del carro y lira de él.
Para que no te enorgullezcas estúpidamente, aun­
que te sepas llamado por Dios a ser de los cin­
cuenta, recuerda la sentencia del Evangelio: «Sí
t ARTAS A LOS HOMBRES 65

en Sotloma se hubieran obrado los prodigios en ti


realizados, todavía subsistiría»
Y para que sigas adelante en el camino, sin
mirar atrás, piensa en aquellas cuatro ciudades
que quedaron sumergidas bajo las aguas amargas
del mar Muerto. Lo único que emerge en sus alre­
dedores — como un monumento a la incredulidad—
es una columna de sal que lleva nombre de mujer
¿Eres tú de los amigos de Dios?
\ LOS QUE REGRESARON DE LA MUERTE

Era un poco después do las doce cuando entra­


ron en su despacho. A primera vista no había nada
anormal. Encontraron las mismas cosas de siem­
pre. Todo estaba en su sitio, en perfecto orden.
El día estaba nublado. La lámpara de pie, encen­
dida.
Sobre la mesa de trabajo del padre de mi ami­
go, unos cuantos libros, un cenicero limpio, un
periódico, muchos folios y, sobre ellos, un pisa­
papeles muy decorativo. Los que habían estado en
el despacho hubieran preferido salir de él diciendo
que todo estaba en orden. Pero no era así. Apo-
vado en la mesa de trabajo se encontraba, como
dormido, el padre de mi amigo... muerto. Todavía
tenía el bolígrafo entre los dedos, sobre unas cuar­
tillas en las que hubiera podido dejar su «adiós»,
pero que estaban en blanco, para que todo fuera
más vulgar.
Luego me enteré —no estoy haciendo literatura,
sino que relato unos hechos— que desde hacía
tiempo le venía pidiendo a Dios algo que él es­
taba confiado en conseguir: morir trabajando.
Había trabajado mucho durante su vida. Aquel era
un buen final.
CARTAS A LOS HOMBRES 67

Me hubiese gustado hablar con este hombre


para que nos explicara en qué consiste ese paso
de la muerte.
Y los que pudieron describirnos la muerte por­
que pasaron por ella, al regresar al «tiem po» —al
resucitar— no nos han dicho nada.
Si acudís a la Sagrada Escritura os encontraréis
con Sarepta, Sunam, Samaría, Naím, Calarnaúm,
Betania, Joppe y Tróade, ocho aldeas que cono­
cieron a ocho personajes que regresaron de la
muerte. Dos hombres — Lázaro se llama uno— ,
una mujer joven — Tabitá— , cuatro chavales y una
chiquilla de doce años son los únicos que han
abierto dos veces la misma puerta de Ja muerte.
Antes de entrar en la eternidad volvieron con nos­
otros al tiempo, pero no nos han dicho una sola
palabra.
Si estos hombres no nos han contado nada, la
Sagrada Escritura sí nos da un testimonio de lo
que pasa inmediatamente después de atravesar el
umbral de la eternidad. Jesucristo nos pone ejem­
plos de ricos y de pobres que se condenan y se
salvan, y de ladrones que alcanzan el perdón por
el arrepentimiento Nuestro Señor nos habla cla­
ramente del distinto destino eterno de justos y
pecadores; nos expone con luces claras la recom­
pensa o el castigo que se inicia inmediatamente
después de la muerte.
Que esta sentencia se cumple de modo inme-

Cfr. Le 16,19-31; 23,43.


JESUS URTEAGA

diato, sin esperar al fin de los tiempos, al juicio


universal, es de te definida por el Magisterio de
la I g l e s i a 1.

Una varía antes de enfrentarse con la muerte

¿Qué te dice a ti la muerte?


Vamos a comprobar cómo reacciona un mucha­
cho que se encara con la muerte en plena juventud.
Se llama Bartolo. Es valenciano. Nació en Ca-
tarroja.
A Bartolo te conocí personalmente, y os puedo
asegurar que era un muchacho lleno de vida y con
muchas ganas de pelear. Poeta, muy buena cabeza,
acababa de comenzar la carrera de Filosofía y
Letras; su especialidad, la Filología. No tenía una
perra. Daba clases particulares para sobrevivir y
ayudar a su familia. Su historia — corta, intensa,
vivió mucho en poco tiempo— es la vida de un
converso.
Educado en un ambiente arreligioso, cambia el
rumbo de su camino la asistencia a un Curso de
Retiro, al que acude ante la insistencia de sus
compañeros, «para que le dejen en paz», dirá en
una de sus cartas.
Allí, en aquel retiro, cuando marchaba rutinaria­
mente por la carretera, encontró la luz que le hizo
caer de su indiferencia. La luz la puso el cielo.
El fuego lo puso Bartolo. Y este hombre joven se
entregó a Dios en el Opus Dei.
El Señor le pidió exclusivamente el que diera los

Cfr. DB 464; 530-531; 1084; 1468.


CARTAS A LOS HOMBRES 69

primeros pasos de hombre convertido por el ca­


mino del trabajo, del apostolado y, en los últimos
meses, por el del dolor.
A muchos les sobrecoge el recuerdo de la muerte.
Lo que sí está suficientemente claro es que la
muerte no reparte ni paz ni sustos. Somos los mor­
tales los que reaccionamos con gozos o con miedos
ante su anuncio o proximidad. Este hombre joven
responde con alegría.
Así comienza la carta de Bartolo, escrita desde
la cama, cuatro meses ante de su muerte. La dirige
al Colegio Mayor de la Moncloa, donde nos encon­
tramos sus amigos: «H oy hace justamente dos
meses que vine; tengo quizá demasiadas buenas
noticias que darte, y temo que no me quepan en
el sobre y reviente de la alegría. Estov muy con­
tento».
Si tenéis curiosidad por saber cuál es el motivo
de tanta dicha, continuad leyendo: «Estoy muy
contento. Te diré primero lo más importante. Vino
Angel López Amo el domingo a charlar un rato
conmigo. Había estado en casa de los doctores
que me asisten. El doctor Llopis le dijo que lo
del pecho, en cierto modo, iba bien, pero el doctor
Lloret le manifestó claramente y sin ambages
que... he tomado billete, ¿sabes? Al principio le
pareció que la cosa podía regresar, pero a la se­
gunda visita vio clara la evolución, diríamos, fatal.
Y así es. Yo me lo sospechaba, porque (tú ya sa­
bes que yo tengo una cierta y enciclopédica «cultu-
rita» que va desde las ciencias misteriosas hasta la
química atómica) vi que la medicación era sola-
70 JESUS URTEAGA

mente sintomática» que la fiebre acompañaba las


oscilaciones de la disfagia y que últimamente — y
esto aún no lo sabe el doctor Lloret— han apareci­
do los infartos de los ganglios submaxilares, que lo
acaban de remachar. Total: ¡Albricias, albricias y
pan de sicomoro, y hacerle una novena a Isidoro!».
Este Isidoro es un ingeniero, socio también del
Opus Dei, que ha fallecido hace unos pocos años,
y del cual se ha abierto el proceso de canonización.
Esta es la causa de la noticia que tiene que dar­
nos. Es un acontecimiento tan bueno que tal vez
no quepa en el sobre y haga que éste reviente de
la alegría: la muerte.
«En los momentos de tedio y de abatimiento
—decía Renán— , cuando, herida el alma por la
vulgaridad del mundo moderno, busco en el pa­
sado la nobleza que no encuentro en el presente,
no hay nada como la vida de los santos... Y o no
desearía su vida, pero les envidio su muerte».
LOS QUINCE PRIMEROS DIAS DESPUES DE
LA MUERTE

«Cristo vive: Esta es la gran verdad que llena


de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la
Cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte,
del poder de las tinieblas, del dolor y de la an­
gustia»
Jesucristo ha resucitado como había predicho
Sabemos que el telón que cae sobre nuestra carne
al tiempo de la muerte no afecta al alma —que,
creada por el Señor, vivirá siempre— y se levan­
tará al fin de los tiempos para poder contemplar
la resurrección de los cuerpos podridos por el
aire, el agua y la tierra.
Dios nos habla de vida eterna. Se nos ha pre­
parado una Casa para siempre. No podemos vivir
en este para poco prescindiendo del para siempre.
La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es
la prueba decisiva de nuestra eternidad, es la prue­
ba de la resurrección universal futura. La Resurrec­
ción de Jesús no sólo está anunciando nuestra
propia resurrección, sino que es su principio eficaz.
«Aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los
muertos dará también la vida a nuestros cuerpos

- 1 Es Cristo que pasa, núm. 102


72 J E S IS l RTtACiA

mortales por su Espíritu que habita en vosotros»


Amigos, abrid los ojos; leed la Sagrada Escri­
tura, contemplad lo que nos revela progresiva­
mente nuestro Dios a lo largo de los libros santos.
Dios nos habla mucho de resurrección y nos
exige que hablemos a los hombres de su para siem­
pre, no sea que se afinquen en estas calles del
mundo como si todo terminara en la tumba. Todos
los sepulcros se abrirán un día, el último.
Te decía que el Señor nos habla mucho de
resurrección. Nos lo dice con la pluma del sal­
mista: «Rescatará a los hombres de la tosa v los
devolverá a la vida».
Los cadáveres resurgirán, había dicho por boca
de Isaías: «Los muertos despertarán y darán gritos
de júbilo; se levantarán los que habitan en el
polvo».
«Sé que mi Redentor vive — exclama Job— , y
que en el último día yo también resucitaré de la
tierra. Mis ojos contemplarán a Dios».
Esta resurrección individual entrevista por Job
será afirmada explícitamente en el Libro de Daniel,
repleto de esperanzas santas. A los que sean leales
hasta la muerte aquí, en nuestro mundo, Dios con­
cederá una retribución dichosa en el Otro.
El Libro de Daniel es una llamada al coraje, al
esfuerzo, a la confianza en el Señor, a la perseve­
rancia en el camino; es un canto a la fidelidad, un
mensaje de consuelo, una enseñanza para aquellos
tiempos difíciles de guerras y martirios maeabeos;

• Rom 8.11
CARI AS A LOS HOMBRES 73

es una lección para nuestros «ahoras» complicados,


contusos y descorazonadores.
Las calamidades son permitidas por Dios «po*
un poco de tiempo», nos dice Daniel
¿Pero es que real raen te vale la pena una vida
sacrificada en esta tierra? Y Daniel nos contesta
que sí. Al final de nuestros andares hay, cierta­
mente, muerte; pero después hay también Juicio
v Resurrección, y dicha y felicidad. Ahora puede
haber — y lo hay, ¿verdad?— luchas, dolores, per*
sediciones, enfermedades, contrariedades y mu­
chos agobios. Pero después hallaremos toda la luz
del Cielo. Tras la muerte — inmediatamente des­
pués del juicio particular comienza para el alma
la eternidad— hay un Reino sin fin. Y el último
día del tiempo — tras el Juicio Final— , la resurrec­
ción de los cuerpos, que se juntaran a las almas
en su dicha... o desgracia, en una casa para
siempre.
Sí. ¡Vale la pena!, nos recuerda Daniel: «Muchos
de los que duermen en el polvo de la tierra se des­
pertarán; unos, para la vida eterna; otros, para el
oprobio, para el horror eterno. Los doctos brilla­
rán como el fulgor del firmamento, v los que en­
señaron la justicia a las muchedumbres, resplan
decerán para siempre, eternamente, como las es­
trellas»
Jesucristo ha resucitado y se ha aparecido a
Pedro, a María de Magdala, a las santas mujeres,
a los Doce, a más de quinientos hermanos, «y en

-'· Clr. Dan 7,25.


Dan 12,2-3
74 JESUS URTEAGA

último término se me apareció también a mí, como


a un abortivo», dice Pablo-'.
La Resurrección de Jesús se convertirá en el
centro de la predicación apostólica.
El salmista, Isaías, Job, Daniel y los Macabeos
nos habían hablado de resurrección de los cuerpos.
Ahora, Pedro, y Juan, y Felipe, los Apóstoles todos,
nos adoctrinan apoyándose en Cristo resucitado
La misión esencial de los Apóstoles será dar testi­
monio de esta Resurrección. Ellos fueron testigos
del vencimiento de Jesús sobre la muerte. Y esta
Resurrección del Señor será el fundamento mismo
de la fe. Su Resurrección es prenda de la nuestra.
Leed, amigos, la primera carta de Pablo a los de
Corinto. Os lo aconsejo; repasad el capítulo X V
Pablo habla de resurrección al mundo entero.
Lo hace a los israelitas en Antioquía, a los judíos
de Tesalónica, en el Sanedrín y ante el rey Agripa
También en Atenas, el año 51 de nuestra era,
habló de resurrección. Pablo habla del Dios desco­
nocido a los filósofos griegos en el centro intelec­
tual, artístico y espiritual del mundo pagano.
Atenas es una ciudad inundada de santuarios,
templos, pórticos, estatuas, altares, columnas y
esculturas de ídolos falsos. Es una poblacion en
la que resulta mas fácil encontrarse con un dios
que con un hombre J,\
En la sinagoga de Atenas habla de resurrección
a los judíos, citando a Moisés y los profetas; en la

1 Cor Í5,#.
Cfr. Hoi.ZNhR, San Pablo (Herdcr, Barcelona W7I),
página 207.
CARTAS A LOS HOMBRES 75

calle, en el ágora, habla a los paganos, con don de


lenguas, nombrando a poetas y filósofos. Y cuando
es llamado a exponer su doctrina en el Areópago.
el Supremo Senado de Atenas, no desperdiciará la
ocasión que se le brinda. ¿Qué importa que la fri­
volidad de aquellos hombres les impida escuchar
la verdad? Pablo continúa hablando de Dios a los
hombres. Y a epicúreos y a estoicos, que tienen
en común la negación de la inmortalidad del alma,
les habla de la resurrección de los muertos.
Mientras el Apóstol permanece en el terreno
filosófico, la asamblea le escucha callada y atenta
Pero esto era sólo el inicio, la introducción, el
puente para hablar de verdades sobrenaturales.
«Dios, pasando por alto los tiempos de la igno­
rancia — dice— , anuncia ahora a los hombres que
todos y en todas partes deben convertirse, porque
ha fijado el día en el que va a juzgar al mundo
según justicia, por el Hombre que ha destinado,
dando a todos una garantía al resucitarlo de entre
los muertos» !l\ Y Pablo no pudo terminar el dis­
curso. Las últimas palabras ni siquiera se escu­
chan. El Apóstol habló de resurrección de los
muertos y estalló la risotada. Las carcajadas, los
comentarios jocosos, las burlas, tal vez los silbi­
dos, las risas v un mal ambiente, acaban con aque­
llos «disparates».
Pablo no habló de Jesucristo, ni siquiera lo men­
cionó, no pudo hacerlo, no quiso hacerlo, por res­
peto al nombre de Jesús. No quiso dejar que fuese
objeto de burla ante tales locos. El presidente del
76 JESUS URTEAGA

Consejo, con una frase cortés, levantó la sesión:


te escucharemos en otra ocasión.
Posiblemente sea el mayor fracaso de la predi­
cación de San Pablo. No obstante, no todo ter­
minó mal. Hubo algunas conversiones, y entre
ellas la de Dionisio, miembro del Areópago. Pero
aquí no pudo formar ninguna comunidad cris­
tiana. Pablo no escribirá ninguna carta a los cris­
tianos de Atenas. De estos sabios de Atenas, como
de los de Jerusalén, escribirá: «Los judíos quieren
milagros y los griegos buscan la sabiduría. Pero
nosotros predicamos a Cristo crucificado».
Hemos de predicar al Cristo vivo, al Cristo muer­
to, al Cristo sepultado, al Cristo resucitado, al
Cristo que vuelve a la vida por su propia virtud.
«Resucitaremos todos porque Jesús ha resuci­
tado» 31.
¿Cómo andan diciendo algunos de vosotros que
no hay resurrección de los muertos?, preguntaba
el Apóstol a ciertos cristianos de Corinto.
¡Amigos! Lo verdaderamente importante, podría­
mos decir con palabras que recuerdan las de Va-
léry son los quince primeros días después de
la muerte. Porque así serán, amigo, ios quince si­
guientes y los otros quince, y los otros, y el para
siempre. «Un día iremos a la casa de Dios, que
está en los cielos. Allí alabaremos a Dios no cin­
cuenta días, sino, como está escrito, por los siglos

Cfr. Rom 8,11; Thes 4,14; l Cor 6,14; 2 Cor 4,14.


:y- Citado por B ruckbf.r g e r , La Historia de Jesucristo
(Omega, Barcelona 1966), pág. 488.
C AR TA S A LOS HOMBRES 77

de los siglos. Veremos, amaremos, alabaremos. Ni


lo que veremos se acabará, ni lo que amaremos
perecerá, ni lo que alabaremos callará. Todo será
eterno, sin fin»
¿No os animáis a hacer algo para que muchos
logren ese todo que nos reserva el Señor?

San A g u s tín , Sermo 254 (P L 39).


LA MUERTE EN LA «TELE»

Cuando entréis» en los estudios de la «te le » en


Madrid, en Prado del Rey, al fondo de esa misma
planta os llamarán la atención los letreros lumi­
nosos que, en rojo, dicen «Silencio». Estos letreros
nos indican que dentro, en los platos, se está gra­
bando. Es un silencio sepulcral que todos respe­
tan. Esto ocurre en el Estudio 1, v en el 2, en el 3,
en el 4.... pero cuando se llega al Estudio 10, la
cosa cambia por completo. El Estudio 10 siempre
está abierto para todo el mundo. Es el lugar donde
uno se encuentra con los amigos; en el Estudio 10
se puede felicitar a un realizador o a un actor
conocido; en el Estudio 10 siempre hay un hombre
vestido de romano. En Televisión, a la cafetería
se la llama, se la llamaba entonces, «Estudio 10».
Esta tarde, al entrar en Televisión para grabar
mi espacio, he pasado por el bar. Viendo a un
amigo le he preguntado:
—¿Cómo está tu hermano?
Y me ha contestado:
—Mal, muy mal. Habrá que echarle una mano.
Realmente los sacerdotes estamos para eso, para
echar una mano cuando del alma se trata. Char*
lando hemos entrado en el Estudio 5. Todavía no
se había encendido el letrerito de «Silencio». Allí
C ARTAS A LOS HOMBRES 79

se encontraban, junto al realizador, los ilumina


dores, los de atrezzo, los cámaras, el ayudante de
realización y el regidor. El más simple de los estu­
dios de televisión requiere todo un complicado
montaje.
Voy a grabar en video el programa que saldrá
al aire en la tarde del sábado 2 de noviembre.

Preparado el video

— ¡Preparado el video! — se oye al realizador


desde la sala de control.
Se hacen pruebas del sonido del micrófono, en­
cuadres en las cámaras... y se cierra la puerta, al
tiempo que se enciende, como siempre en rojo, el
rótulo de «Silencio».

He terminado de grabar. En un pequeño mo­


nitor se comprueba que la grabación no vale. Ha­
brá que repetir. El que me acompaña en el visio-
nado me dice al oído:
— ¡Este tema siempre da que pensar!
Seguimos hablando de lo mucho que no se ha
podido decir por la falta de tiempo. El tema es la
muerte.
Lo que me dijo el compañero sobre el tema
de la muerte me obligó a hacer hincapié — en la
nueva grabación— en algunos puntos fundamen­
tales que apenas había tocado en el primer intento.
El tema de la muerte siempre tiene garra.
80 IESLS URTEAOA

¿Qué es la muerte?

¿El final, la destrucción? Para un pagano, tal


vez sí: un murallón hecho de ladrillos negros.
Pero para un cristiano es el paso a una eternidad
dichosa que nos ha prometido Dios-Padre a todos
sus hijos; hijos de Dios lo somos todos en mayor
o menor medida, según nuestro amor. En la muer­
te, Dios separa los cuerpos de las almas para, al
fin de los tiempos, volverlos a juntar para siempre.
Recuerdo que en un Curso de retiro que daba
hace unos años a un grupo de toreros, uno de ellos
se me acercó, antes de comenzar, para decirme:
— ¡No nos hablará de la muerte...!
Siempre he pensado que hablar de la muerte a
un torero, antes de salir a la plaza un día de
corrida, es de mal gusto; pero hablar de la muerte
en los días de retiro es tema obligado, porque nos
jugamos el alma
El Señor nos llamará cuando considere que he­
mos realizado la misión encomendada; entonces
nos llevará consigo.

Y después..., ¿qué?

Después... Jesús hará con todos lo que hizo con


la hija de Jairo. Nos encontramos junto al mar.
Jesús está —como siempre — rodeado de muche­
dumbres. También por aquel entonces habría mu­
chos que tenían serios problemas que no les per-
C ARTAS A LOS HOMBRES 81

mitían estar cerca del Maestro. Pero entonces,


como ahora, hay fieles con muchas ocupaciones y
que están pegados al Señor.
Lo cierto es que estaba hablando a su pueblo.,
cuando apareció la figura de un personaje, Jairo.
que interrumpió la charla del Maestro. ¡Es asom­
brosa la confianza de este Jairo en Dios! Tiene algo
muy importante que decirle. Se ha echado a sus
pies y le ha suplicado que, rápidamente, vava a
su casa; tiene una hija única, de doce años, que
está a punto de morir.
— Ven e imponte las manos para que sane y viva.
Y Jesús, cortando el sermón, se fue con él; y
detrás, el pueblo. Por la carretera ha curado
— como de paso— a la hemorroísa, una mujer que
tiene la confianza suficiente como para tocar el
manto, la orla ribeteada de azul que llevaban to­
dos los judíos observantes en la túnica, y queda
curada.
Estaba terminando de hablar con ella, en pre­
sencia de la gente, cuando llegaron de casa del jefe
de la sinagoga, diciendo:
— No le molestes, que tu hija ha muerto.
Y antes de que brotaran las lágrimas de Jairo,
Jesús, que lo había oído todo, le respondió:
— No temas, cree tan sólo y será sana.
Llegados a la casa, entrando, dijo Jesús:
— ¿A qué viene ese llanto? La niña no ha muerto,
duerme.
Y se rieron del Maestro.
En la habitación — nos dice San Lucas— entra­
6
82 JESUS URTEAGA

ron Jesús, Pedro, Juan, Santiago y los padres de


la niña.
Y ahora el detalle divino: Tomándola de la mano
le dijo: «Niña, a ti te lo digo, levántate». Y al ins­
tante se levantó y echó a andar.
Y ahora el detalle humano, casero, realmente
extraordinario: «Jesús mandó que le diesen de
comer».

Ai otro lado de la muerte

Y después . , ¿qué? Después de la muerte, el


Señor nos tomará de la mano para que nos levan­
temos, como a la chiquilla adolescente, y nos lle­
vará a la eternidad.
Al otro lado de la muerte nos espera Dios.
Antes de partir para el Cielo pasaremos por el
Purgatorio para purificarnos. «E n el Cielo — nos
dice el Apocalipsis— no puede entrar nada man­
chado». San Pablo nos habla de «una purificación
como por el fuego*.
En estas fechas, muy especialmente, la Iglesia,
siempre Madre, ve este dolor de sus hijos en el
Purgatorio y, viviendo la Comunión de los Santos,
hace que se celebren misas por esos hijos suyos.
Por muy soberbios que seamos, nos damos per­
fecta cuenta de qué poco valor tienen nuestras
súplicas a los ojos del Señor de los señores; pero
la solución la tenemos al alcance de la mano, por-
que en la Santa Misa no somos sólo nosotros los
que pedimos perdón, sino que es el mismo Cristo
C ARTAS A LOS HOMBRES 83

quien suplica e intercede por todos los hombres.


No tenemos por qué temer; es Jesús, el que de*
volvió la vida a la hija muerta de Jairo, el que
se ofrece por nuestras muchas miserias.
No temáis: «M is pensamientos son pensamien
tos de paz y no de aflicción. Me llamaréis y os es­
cucharé, os traeré de todos los países donde es­
tabais desterrados».

La tarea para este mes

Estos primeros días del mes de noviembre tene­


mos, por cristianos, una tarea hecha de amores:
la de ayudar a nuestros padres, o hijos, o herma­
nos, o amigos, a dar el salto del Purgatorio al
Cielo. Nosotros, con nuestra oración y mortifica­
ción, especialmente con el sacrificio de la Santa
Misa, podemos adelantarles la hora de llegar al
Cielo.
En estos días lluviosos, grises, de noviembre
habrá lágrimas que caerán en el suelo y otras que
quedarán en vuestros ojos sin poder saltar. Es
natural que brote el llanto con el recuerdo de los
seres queridos, de los amigos que nos acompaña­
ron en la tierra; tan humano es el llorar, que
Cristo también lo hizo cuando le comunicaron que
su amigo Lázaro había muerto. Pero no olvidemos
que ese mismo día — se lo dijo a Marta y nos lo
repite a nosotros— nos dio el fundamento de la
verdadera alegría: «Y o soy la resurrección y la
vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá;
84 JESUS URTEAGA

y todo el que vive v cree en mí no morirá para


siempre».
«N o tengas miedo a la muerte — recuerda Ca­
mino— . Acéptala, desde ahora, generosamente...,
cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde
Dios quiera. No lo dudes: vendrá en el tiempo,
en el lugar y del modo que más convenga..., en­
viada por tu Padre-Dios. ¡Bienvenida sea nuestra
hermana la muerte!».
— ¡Ha valido! — gritó el realizador en esta oca­
sión. No había que repetirlo. Se recogieron los
rótulos, se abrieron las puertas y se apagaron las
luces del Estudio 5. Cuando entré en maquillaje
para lavarme la cara, seguía pensando en la muer­
te, a pesar de que allí estaba el hombre vestido de
romano con quien me había cruzado en el Estu­
dio 10 cuando llegué a la «tele». El contraste del
tema tratado ante las cámaras, con los personajes
que entraban y salían preparándose para grabar
un programa musical, era tremendo. Las gentes
que delante del espejo se preparaban para maqui­
llarse me hacían pensar en la vida.
Hasta que nos llamen, hay que vivir. Todavía
quedan muchas cosas que hacer por Dios, por la
Iglesia, por las almas, antes de dar el paso defi­
nitivo del tiempo a la eternidad.
DE PROFESION: MECANICO

Hoy te traigo una carta. Vale por toda una cró­


nica.
Comenzamos un nuevo año. En éste, algunos,
muchos, se marcharán definitivamente. ¿Cuántos
de nuestros amigos se nos han ido en el viejo?
Claro que es una cuestión ésta de la muerte real­
mente importante.
Hay gentes que cuando oyen hablar de ella se
refugian en un rápido cambio de tema. Los únicos
que saben enfrentarse con ella son los que viven
cara a Dios.
Esto es lo que a todos nos conviene recordar:

— Que nos vamos a ir pronto a la Eternidad


— Que, de esta tierra, nos llevaremos única­
mente las obras que hemos realizado.
— Que allá arriba cuentan nuestras acciones
buenas, las malas y las que hemos dejado de
hacer.
— Que la bondad de las acciones se mide por el
amor.
— Que cuando hablamos de amor se entiende
que hablamos de Dios y del prójimo.
— Que después de nuestra muerte importa poco,
nada, lo que puedan decir de nosotros los
86 JESUS URTEAGA

periódicos, las lápidas y los comentarios de


la gente.
— Que seria triste que nos sorprendiéramos
— jentonces!— del alcance del primer manda­
miento de la ley de Dios.
— Que seremos juzgados conforme a los talen­
tos recibidos.
— Que nuestra vocación cristiana importa preo­
cupación seria y eficaz de las necesidades
materiales y espirituales de los demás.
— Que... (añade aquí tus puntos de vista).
— Que reces conscientemente el Avemaria: San­
ta María, Madre de Dios, ruega por nosotros
pecadores ahora y en la hora de nuestra
muerte.
— Que vuestra tristeza ante la muerte — el con­
sejo es de San Pablo— no sea como la de
aquellos que no tienen esperanza.

He aquí la referida carta.

Luis Mari

Hace unos meses leía en M undo Cristiano una


carta de un médico, en la que trataba el problema
de cómo anunciar a un enfermo su muerte ya
próxima.
Unos pocos días después tuve ocasión de vivir,
muy de cerca, entre el dolor y la alegría, una
experiencia aleccionadora: en el Hospital Militar
de Jaca, a la una de la tarde del día 12 de julio,
moría con una gran serenidad un amigo mío.
C ARTAS A LOS HOMBRES
87

No hubo ningún espectáculo, fue simplemente el


lin normal de una vida corriente, cara a Dios. Yo
pensaba en ese «he concluido la carrera» de San
Pablo. Sin embargo, así como ese montón de pe­
queños detalles es el que matiza una vida, igual­
mente acuden ahora en tropel a la cabeza todas
esas grandes pequeñeces que rodearon su enfer­
medad y su muerte.
Luis Mari — así se llamaba mi amigo— vivía en
Pamplona. H ijo de una familia navarra numerosa
(ocho hermanos) y huérfano de padre desde hace
tiempo. Tremendamente alegre, nunca faltaba con
su acordeón a las pequeñas fiestas familiares o
de la peña a la que pertenecía. Siempre le recor­
daré con la sonrisa en los labios. De profesión:
mecánico. Tendría ahora veintitrés años.
Es difícil, y a la vez muy fácil, tratar de contar
lo que fue su vida. Difícil porque exteriormente en
nada se distinguió de los demás; v fácil, con la
facilidad de las cosas sencillas y corrientes a las
que sólo el amor hace grandes.
Como cualquier otro, pasaba la mayor parte de
su día en el trabajo. Allá, por el año 1963, conoció
a Guillermo Cizur, quien le ilusionaría con la idea
de una peña que por entonces nacía en Pamplona:
la Peña Egulbati. Poco después, Guillermo moría
de sarcoma de hueso de una manera ejemplar.
Más tarde diría Luis que le gustaría morir asi.
Guillermo era del Opus Dei; su enfermedad v su
muerte causaron un fuerte impacto en Luis Mari
y, menos de un año después, también él pedía la
admisión como socio del Opus Dei. Nada cambió
88 JESUS URTEAGA

en su vida exterior, pero fue adquiriendo esa ma­


durez interior que sólo da una vida cristiana re­
ciamente vivida. Todas esas virtudes humanas y
sobrenaturales que su familia había ayudado a
edificar, se acrisolaron en su nueva vocación.
A las madres, que tienen ese olfato especial para
las cosas de sus hijos, difícilmente se les escapa
ningún detalle. Muy pronto, doña Nati, la madre
de Luis Mari, empezó a darse cuenta de todo:
del cariño que ponía en las cosas, de sus prácticas
de piedad, del apostolado que hacía con los ami­
gos... Por eso, cuando en las últimas horas de su
vida Luis contó a su madre tantas cosas sobre la
Obra, ninguna de ellas sonó a algo nuevo. Todo
se había desarrollado con la naturalidad de esa
«luz puesta sobre el candelero» que alumbra sin
decir que está encendida.
En septiembre marchó al servicio militar, pri­
mero a Zaragoza y luego a Sabiñánigo. Allí, como
buen deportista, conquistaría sus trofeos de esquí.
Lo demás llegó imprevistamente, de golpe, como
si Dios le necesitase de prisa en el Cielo. Segura­
mente tendría razón aquella monjita que le aten­
día, y que luego dijo a su madre:
«N o sufra; seguramente, el Señor se lo ha llevado
porque tiene necesidad de vidas santas y jóvenes
que, como Luis, se le ofrezcan por todos». El mis­
mo había dicho que ofrecía su vida por todos.
CARTAS A LOS HOMBRES 89

M urió en plenos sanfermines

Su enfermedad — tuberculosis pulmonar— duró


escasamente un mes. En ese corto espacio de
tiempo, todos los que tuvimos la suerte de estar
cerca de él pudimos comprobar que la muerte es
algo fácil para quien con su vida sólo buscó la
Vida.
Muchos hicimos la novena a Montse * — Luis
también— , y yo pienso que quizá el milagro gordo
fue llevárselo al Cielo de la manera en que se lo
llevó.
Su preocupación por los demás fue constante y
llena de buen humor hasta el final. En una ocasión
dijo a su madre, que lloraba:
— N o llores, que ya te espero en el cielo.
Y unos instantes después:
—No llores, que aún estoy vivito y coleando
Y momentos antes de morir, cuando su respira­
ción era ya enormemente dificultosa, dijo serena­
mente:
— Ahora la hinco.
Su agradecimiento para las mon jitas del hospital
se mostraba de mil modos:
— Hermana, usted se va a ir al cielo con hábito
y todo — decía.
Durante veinte largas horas, tuvo un crucifijo
apretado en su mano izquierda; y muchas jacula­

* Montse era una asociada del Opus Dei que había talle­
cido v cuyo proceso de beatificación se había abierto. De
Moni se te hablo en la página 205 de este libro.
90 JESUS U R TEAG A

torias para aquella Virgen Madre del Amor Her


maso, fotografía de la que hay en la ermita de la
Universidad de Navarra. Algunas de esas jacula­
torias las había enseñado él mismo a su madre y
a una de sus hermanas para que, luego, se las
fueran diciendo. Su último beso en esta tierra fue
para esa Virgen.
Varias veces le preguntamos si estaba contento
La respuesta fue siempre la misma.
— Sí, estoy tranquilo , muy tranquilo.
Hasta el último momento estuvo pendiente de
las pequeñas mortificaciones. La garganta le ardía
y debía beber algo fresco con cierta frecuencia.
Al ir a darle el refresco, siempre se repitió la
misma escena y casi idénticas las palabras:
— Espera un poco.
Al final dijo:
— Ya falta poco , voy a estar mejor.
Parecían cumplirse a la letra aquellas palabras
de Camino : «Tú — si eres apóstol— no has de mo­
rir. Cambiarás de casa, y nada más».
Luego, con la misma sencillez en que había vi­
vido, dejó de respirar y descansó para siempre.
En los demás, quedó esa mezcla de dolor por
el ser querido que se va, y de esa paz y alegría
que él nos dejó, en un recuerdo imborrable.
Una sencilla sábana cubrió sus restos mortales.
Entre sus manos quedó para siempre el rosario,
fiel testimonio de su devoción y amor a la Virgen.
Una riada de soldados voluntarios veló su ca­
dáver. Todos estábamos convencidos de que po­
díamos empezar a pedirle cosas.
CARTAS A LOS HOMBRES 91

La parroquia del barrio pamplonés de la Chan


trea fue incapaz de contener — en plenos sanler
mines — a los que asistimos a su lunera! y entierro
En su sencillo reposo del cementerio de Pam­
plona quedó para siempre, hecha piedra, una de
aquellas jaculatorias que él enseñara a su madre
«Corazón Dulcísimo de María, prepara un camino
seguro». Allí, de la mano de la Virgen, Luis María
Garciarena, que había concluido su carrera, des­
cansa en paz.
Pablo Cabellos

Si todos tenemos que marcharnos, ¿por qué pen­


saremos tan poco en la muerte?
¡Qué bien se recibe el paso a la Eternidad cuan­
do uno ha procurado luchar por portarse bien con
Dios, con los suyos, con el prójimo!
Si lo que cuenta Allá son las obras buenas que
hacemos aquí, se explica que las almas con fe se
enfrenten alegremente con lo que tanto asusta a
la gente.
90 JESUS U R TEA O A

lorias para aquella Virgen Madre del Amor Her


moso, fotografía de la que hay en la ermita de la
Universidad de Navarra. Algunas de esas jacula­
torias las había enseñado él mismo a su madre y
a una de sus hermanas para que, luego, se las
fueran diciendo. Su último beso en esta tierra fue
para esa Virgen.
Varias veces le preguntamos si estaba contento.
La respuesta fue siempre la misma.
— Sí, estoy tranquilo, muy tranquilo.
Hasta el último momento estuvo pendiente de
las pequeñas mortificaciones. La garganta le ardía
y debía beber algo fresco con cierta frecuencia.
Al ir a darle el refresco, siempre se repitió la
misma escena y casi idénticas las palabras:
— Espera un poco.
Al final dijo:
— Ya falta poco, voy a estar mejor.
Parecían cumplirse a la letra aquellas palabras
de Camino: «Tú — si eres apóstol— no has de mo­
rir. Cambiarás de casa,w v nada más».
Luego, con la misma sencillez en que había vi­
vido, dejó de respirar y descansó para siempre.
En los demás, quedó esa mezcla de dolor por
el ser querido que se va, y de esa paz y alegría
que él nos dejó, en un recuerdo imborrable.
Una sencilla sábana cubrió sus restos mortales.
Entre sus manos quedó para siempre el rosario,
fiel testimonio de su devoción y amor a la Virgen.
Una riada de soldados voluntarios veló su ca­
dáver. Todos estábamos convencidos de que po­
díamos empezar a pedirle cosas.
C ARTAS A LOS HOMBRES 91

La parroquia del barrio pamplonés de la Chan


trea fue incapaz de contener — en plenos sanfer­
mines — a los que asistimos a su funeral y entierro
En su sencillo reposo del cementerio de Pam­
plona quedó para siempre, hecha piedra, una de
aquellas jaculatorias que él enseñara a su madre
«Corazón Dulcísimo de María, prepara un camino
seguro». Allí, de la mano de la Virgen, Luis María
Garciarena, que había concluido su carrera, des­
cansa en paz.
Pablo Cabellos

Si todos tenemos que marcharnos, ¿por qué pen­


saremos tan poco en la muerte?
¡Qué bien se recibe el paso a la Eternidad cuan­
do uno ha procurado luchar por portarse bien con
Dios, con los suyos, con el prójimo!
Si lo que cuenta Allá son las obras buenas que
hacemos aquí, se explica que las almas con fe se
enfrenten alegremente con lo que tanto asusta a
la gente.
90 .IESUS URTEAGA

lorias para aquella Virgen Madre del Amor H er­


moso, fotografía de la que hay en la ermita de la
Universidad de Navarra. Algunas de esas jacula­
torias las había enseñado él mismo a su madre y
a una de sus hermanas para que, luego, se las
fueran diciendo. Su último beso en esta tierra fue
para esa Virgen.
Varias veces le preguntamos si estaba contento.
La respuesta fue siempre la misma.
— Sí, estoy tranquilo, muy tranquilo.
Hasta el último momento estuvo pendiente de
las pequeñas mortificaciones. La garganta le ardía
y debía beber algo fresco con cierta frecuencia.
Al ir a darle el refresco, siempre se repitió la
misma escena y casi idénticas las palabras:
— Espera un poco.
Al final dijo:
— Ya falta poco, voy a estar mejor.
Parecían cumplirse a la letra aquellas palabras
de Camino : «Tú — si eres apóstol— no has de mo­
rir. Cambiarás de casa, y nada más».
Luego, con la misma sencillez en que había vi­
vido, dejó de respirar y descansó para siempre.
En los demás, quedó esa mezcla de dolor por
el ser querido que se va, y de esa paz y alegría
que él nos dejó, en un recuerdo imborrable.
Una sencilla sábana cubrió sus restos mortales.
Entre sus manos quedó para siempre el rosario,
fiel testimonio de su devoción y amor a la Virgen.
Una riada de soldados voluntarios veló su ca­
dáver. Todos estábamos convencidos de que po­
díamos empezar a pedirle cosas.
C ARTAS A LOS HOMBRES 91

La parroquia del barrio pamplonés de la Chan


trea fue incapaz de contener — en plenos saníer
mines — a los que asistimos a su funeral y entierro
En su sencillo reposo del cementerio de Pam­
plona quedó para siempre, hecha piedra, una de
aquellas jaculatorias que él enseñara a su madre'
«Corazón Dulcísimo de María, prepara un camino
seguro». Allí, de la mano de la Virgen, Luis María
Garciarena, que había concluido su carrera, des­
cansa en paz.
Pablo Cabellos

Si todos tenemos que marcharnos. ¿ P °r qué pen­


saremos tan poco en la muerte?
¡Qué bien se recibe el paso a la Eternidad cuan­
do uno ha procurado luchar por portarse bien con
Dios, con los suyos, con el prójimo!
Si lo que cuenta Allá son las obras buenas que
hacemos aquí, se explica que las almas con fe se
enfrenten alegremente con lo que tanto asusta a
la gente.
ANTES DE QUE SEA TARDE

¡¡Que no!! ¡Que no! Que no nos damos cuenta.


Familiarizados con estas fiestas que se repiten to­
cios los años, no caemos en la cuenta del hecho
prodigioso que supone la Navidad.
Dentro de unos días, las calles del mundo entero
se llenaran de luces, de hombres con paquetes vo­
luminosos, juguetes faniásticos; tal vez se llenarán
también de nieve, y, con seguridad, de niños con
bufanda y «buzos». Pasarán unas fechas... y las
casas del mundo entero se iluminarán con estre­
llas, villancicos, pastorcillos de barro, pinos y ale­
gría. Los chicos estarán contentos porque la Navi­
dad trae consigo turrón, vacaciones, Belenes y re­
galos.
Pero hay más, ¿verdad? Sí, mucho más. Si no
hubiera tanta algarabía en tu alma, si no hubiese
tanto estrépito en la mía, lo comprenderíamos
todo: la Navidad es un hecho, verdaderamente
prodigioso, que se ha dado en la Historia. Dios
se nos ha hecho hombre. Esto es de tal importan­
cia que divide la Historia del mundo en dos par­
tes: hasta la primera Nochebuena y después de
ella. Los hombres, desde abajo, apreciamos mu­
chas etapas en la exposición cronológica de la
Humanidad; pero desde el cielo no se ven más
CARTAS A LOS HOMBRES 93

que dos: una preparación para la llegada de Cris·


to — al que le encumbramos en la Cruz— y después
de Cristo — al que hay que levantarlo, porque lo
pide Dios, sobre todas las actividades humanas—
Esta es la era que estamos viviendo; es voluntad
de Dios que lo hagamos nosotros, tú en tu trabajo
y yo en el mío.
Abre los ojos antes de que sea tarde y prepara
tu alma a la Nochebuena. El que hizo el sol y
las estrellas, y los ríos, y los montes y las flores;
el que hizo al hombre bueno, inteligente y libre;
el que tiene el mundo entero en sus manos, el
Omnipotente, se nos ha hecho hombre, como tú
y como yo. Es así como a Dios le podremos ver
comer, beber, dormir, trabajar, fatigarse, reír, llo­
rar, sufrir y morir. Esto es de tanta importancia
que todos los otros acontecimientos del mundo son
comparativamente insignificantes: las guerras y las
revoluciones, la riqueza y la pobreza, la salud y la
enfermedad, hasta la misma muerte. ¡Si yo lo com­
prendiera bien y supiera explicártelo...!
Y todo esto, ¿para qué? Para vivir contigo. Y
todo esto, ¿por qué? Porque te quiere. En esta do­
ble roca asentarás tu vida.
Si entendiésemos lo que es la Nochebuena no
volveríamos a preguntarnos — los que tantas veces
lo hemos hecho— si Dios se preocupa de nuestros
juegos, de nuestros dolores, de nuestras dudas, de
nuestros temores, de nuestras tristezas, de nues­
tras tonterías. Son palabras del Señor: «¿Es que
vosotros 110 valéis más que los pájaros?». Sin em­
bargo. ninguno de ellos es olvidado de Dios. ¿Sa­
94 JESUS URTEAGA

bíais que somos, todos los bautizados, de la familia


de Dios? jPobres almas que no se enteran nada
de nada! La culpa es nuestra exclusivamente. Dios
no puede hacer más. Es tal el alboroto que tene­
mos en nuestro interior que no podemos escuchar
las súplicas de Dios a nuestra alma. La Nochebuena
necesita silencio, porque si hay ruido haremos lo
que hicieron los hombres de Belén: le diremos a
Dios que se vaya a otro lugar
Antes de que sea tarde, destinemos un poco de
tiempo a meter la cabeza entre las manos, callar
v buscarle a Dios en el silencio, en la oración, en
el diálogo. Y saldremos mejorados, renovados, dis­
puestos a hacer algo de lo que Dios-Niño hace con
nosotros en la Nochebuena: amar y darnos a los
demás.
¿Nunca has llegado al asombro a1 pensar en la
Navidad? Dios quiera que llegues en esta Noche­
buena. Pide por mí, que yo lo haré por ti. Anda,
corre..., antes de que sea tarde.
NAVIDAD

De nuevo Dios con nosotros. Una nueva tiesta


Otra Navidad. Solemnidad que puede dejar poso en
nuestra alma o pasar inadvertida, según dejemos
* Dios entrar en nuestra alma o que pase de largo.
Como siempre, por parte de Dios no queda. Nos
enriquecemos más o menos según sean nuestras
disposiciones.
De nuevo Dios, el Todopoderoso, se hace hombre
para redimir a toda la Humanidad. De nuevo Dios
baja de los cielos a la Tierra. Es el taumaturgo
que calma las tempestades con su solo querer. Es
el que manda a la lepra que huya de los hombres
y ésta desaparece. Es el mismo que dice a la vida,
que ya se había escapado de la chiquilla de Jairo,
que vuelva, y ésta regresa.
Es el mismo Dios del Antiguo Testamento que
«hacía soplar un viento fuerte y secaba el mar». El
que con sólo un madero volvía dulces las aguas
amargas. Es el Dios del Nuevo Testamento que
manda sobre las aguas para que éstas se calmen en
el lago o se conviertan en vino generoso en Caná.
Ese Dios fuerte, poderoso, tremendo, del Viejo
Testamento inaugura el Nuevo haciéndose pequeño
en la primera Navidad.
El Omnipotente se ha hecho Niño. El que convei-
*6 JESUS ÜRTE4GA

tía el polvo del camino en plaga de mosquitos que


invadía la Tierra es el que ahora lo aplicará sobre
los ojos apagados del ciego para que vea. El que
motivó alaridos en Egipto por la muerte de los
primogénitos ahora causará gritos jubilosos por la
resurrección de los hijos únicos de Jairo y de la
viuda de Naím.

Exigencias de la Navidad

El Poderoso se ha hecho Niño y se quedará con


nosotros o pasará de largo, con arreglo a nuestra
actitud, a nuestra generosidad. Todo dependerá de
nuestro estado de ánimo, de nuestro temple.
Esto es lo que pide Dios a los hombres en la
Navidad.
Al tiempo de nacer, Jesús suplica un rincón en
una cuadra. Más adelante pretende una piedra para
reclinar su cabeza, y una barca en el lago, y un
sepulcro en el Gólgota. Unos panes y unos peces
solicita del pueblo.
Hacía tiempo que Dios había rogado a la joven
María un Sí. Y María se lo dio.Y Cristo comenzó su
historia de treinta y tres años entre los hombres.
La inicia junto al corazón de su Madre.
Nueve meses después mendiga un lugar en el
mesón y los hombres dijeron No. Por lo visto era
mucho exigir. Fue entonces cuando Dios implora
un rincón en un pesebre. Y hubo un hombre gene­
roso, cuyo nombre desconocemos, que le contesta
Sí. Y Cristo —el Dios-Hombre— nació en un es­
tablo
CARTAS A LOS HOMBRES 97

El Señor tenía palacios en el cielo y una gran


autoridad en la Tierra para poder hacer lo que
hubiese querido; pero ahora reclamaba que los
«síes» de los hombres fuesen puertas para poder
entrar en nuestros corazones.

Delicadeza con los hombres

Si los hombres decían No, Jesús se retiraba


Si los hombres le indicaban que se marchara,
Jesús lo hacía.
Si los hombres le pedían que se quedara, Jesús
permanecía con ellos.
Y es que es mucho lo que un hombre vale para
Dios. Cristo dejó bien patente este valer cuando
mandó a los demonios que saltaran del poseso y
entraran en los cerdos. Cristo sabía que la piara
desaparecería en el lago, pero ¡es que un hombre
vale mucho!
¡Y dos mil cerdos se arrojaron a las aguas desde
lo alto del precipicio!
Un hombre vale mucho para Dios. Para los de
Gádara, no. Los hom bres de aquel país rogaron a
Jesús que se apartara de ellos. V' El, subiendo a
la barca, regresó .
Dios fue duro en aquella ocasion con los anima­
les. Hizo que se perdieran muchos cerdos por la sa­
lud del alma de un solo hombre.
Dios, en aquel entonces, fue tremendamente deli­
cado con los naturales del pueblo dueño de la pia­
ra Le pedían que se marchara... y se fue.
7
JESUS URTEAGA

Hay un pueblo, Gádara, que ruega al Señor que


se aleje, v Jesús se va.
Hay un pueblo, el de Sicar, que invita a que se
quede, y Jesús permanece dos días con ellos.
En Gádara había curado a un hombre. En Sicar
había curado a una mujer. Los de Gádara despi­
dieron a Jesús. Los de Sicar le retuvieron. Sicar
era una ciudad samaritana.
No podemos decir que unos pueblos le recibie­
ron bien a Jesús y otros no. Son los hombres los
que le acogen. Son unos hombres los que le re­
chazan. Camino de Jerusalén hay un pueblo sama-
ritano que no recibe a Jesús peregrino. Fue en­
tonces cuando los hijos del Trueno, haciendo honor
a su nombre, quieren pedir fuego al cielo para la
destrucción del inhóspito pueblo que niega posada
a Cristo. Jesús reprocha la conducta de Juan y
Santiago, pero... se fue a otro pueblo.
Dentro de una misma ciudad, unos le reciben
con júbilo, mientras otros quieren matarle.
Varias visitas hizo a aquella aldea que le vio
trabajar durante treinta años: Nazaret. En un prin­
cipio causaba admiración por las palabras llenas
de gracia que brotaban de su boca. En su última
visita pretendieron despeñarle, de lo que se libró
de milagro, en el sentido estricto de la palabra.

¿Qué te pide Dios?

Hoy como ayer se queda con nosotros o pasa de


largo, según le preparemos la Navidad.
A muchos pide poco. Hoy como ayer, Jesús vol­
CARTAS A LOS HOMBRES 99

verá a exigir un rincón en la cuadra, una piedra,


una barca, unos panes, unas perras, un sepulcro,
unos higos, una jaculatoria.
A pocos pide mucho. Una entrega total, un se­
guimiento sin condiciones. Tendrán que dejarlo
todo: riquezas, comodidades, familia y muertos.
A todos pide todo. Toda el alma, todas las fuer­
zas, toda la mente, todo el corazón.
Y cuando Jesús llegue en la Navidad nos traerá
muchos regalos, como lo hizo entonces.
A cambio de unos pocos panes, da de comer a
miles de hambrientos.
Por el trabajo de llenar de agua unas tinajas, pon­
drá a nuestra disposición seiscientos litros de vino.
Por un beso en sus pies y un poco de perfume
en su cabeza, nos perdonará los pecados.
Por la tenacidad que supone romper un techo y
bajar a un paralítico con unas cuerdas, nos curará
milagrosamente la parálisis del alma y del cuerpo.
Por ponernos en camino cuando El nos mande,
borrará nuestra lepra.
Por una jaculatoria nos meterá al final en el
Paraíso.
Jesús se quedará con nosotros o pasará de largo.
Todo dependerá de nuestra actitud, de nuestra
generosidad, de nuestras disposiciones.
El llama a la puerta, y si le abrimos..., entra.
LAS CONTRARIEDADES DE CADA DIA

¡Contrariedades! ¡Contrariedades! ¡Cuántas con­


trariedades cada día!
¿Y si yo te dijera que todos los días nos llega
una alegría envuelta en un pequeño contratiempo?
Si en lugar de alarmarnos tratáramos de desen­
volver el pequeño envoltorio, cada día nos encon­
traríamos con un pequeño gozo.
— A mí siempre me toca sufrir — dice una madre.
— A mí siempre me toca ceder — dice una hija— ,
mientras los demás marchan por la calle sonrien­
tes y sin dificultades.
— ¿Y qué me dices de los santos? — pregunté
con cierta timidez.
— ¡Huy, los santos! Con un m ilagrito arreglaban
todos los imprevistos.
A lo que ya sin ninguna timidez repuse:
— ¡Que te crees tú eso! ¡Mira! Te traigo a un
personaje santo, que contempló grandes milagros
pero cuya vida no le resultó nada fácil. Dentro de
una vida oscura y sencilla fue elegido para una
misión muy importante: cuidar de María y, cuando
naciera el Niño, del H ijo de Dios. Los imagineros
y los pintores nos lo presentan como a un hombre
viejo, con barbas, con una varita en la mano que
florecía de tiempo en tiempo; pero ni era viejo
CARTAS A LOS HOMBRES 101

—tendría unos veinticinco años cuando se casó


con la Virgen— , ni tenía tiempo para entretenerse
en contemplar cómo nacían las hojas de un bas­
tón seco; posiblemente sí que llevaría barba, como
los hombres jóvenes de su tiempo.

Nuestro protagonista se llama José

Nuestro personaje es un gran santo y tal vez


por ello el cielo no le ahorró dificultades. ¿Te
has parado a pensar alguna vez en los apuros de
José?
María se encuentra en estado. Está en Nazaret
y ha de partir con José para Belén a empadronar­
se. El viaje es largo y fatigoso: unos cuatro días
por caminos casi intransitables. Las pocas casas
del pueblo están abarrotadas de gente. La genero­
sidad de un desconocido Ies presta un establo,
j Pobre José! Tiene por misión cuidar de la Madre
y del Niño que va a nacer. A José le encantaría
que el Dios Omnipotente naciera en un lugar d e
coroso de la Tierra. Puso todos los medios para
ello. ¡Y qué malogro el suyo! El Todopoderoso
nace en una cueva maloliente y sucia. Dios con­
taba con ese fracaso para poder nacer pobre.

Una familia de refugiados

Nace el Niño. Llegan los pastores y, mucho des­


pués. los Magos del Oriente. Cuando todo parecía
volver a la normalidad..., de nuevo la contrariedad.
102 JESUS URTEAGA

Un ángel del Señor, durante la noche, ordena que


huya a Egipto con la Madre y el Niño. No importa
lo intempestivo de la hora, ni el cansancio de una
larga jornada de trabajo, ni las molestias que su­
pone la marcha precipitada. ¡Hay que huir! En el
dolor de aquella noche, José ha de elegir urgente­
mente un camino entre dos sendas: una corta, pero
peligrosa por más frecuentada, o una más segura
pero mucho más larga. Dios cuenta con que José
obedecerá inteligentemente. El Señor deja lugar
a su iniciativa.
En Egipto vivirán — no nos dice el Evangelio
dónde— como una familia de refugiados, hasta
que, meses después, de nuevo el ángel le ordene,
sin precisión, que regrese a la tierra de Israel.
Por culpa del rey Herodes habían huido a Egipto.
Por temor a su hijo, Arquelao, no podrán regresar
a Belén, que era la ciudad del Mesías.

Aquel día, a media mañana, hubo fiesta en Na-


zaret. De ventana en ventana corrió la noticia por
la aldea.
— ¡Ha regresado María!
—¿Sabes que ha vuelto José?
Se comen a besos al Niño.
— ¡Tienes un Niño precioso!
— ¡Cómo se te parece, María!
Al día siguiente, José abrió de nuevo el taller.
Y otra vez... las largas jornadas de trabajo. Como
siempre.
C ARTAS A LOS HOMBRES 103

Ya conoces el Evangelio. Añade por tu cuenta


— porque se me acaba el papel— las nuevas difi­
cultades que surgirán en la vida de José y María
¿Y no es ésta tu vida y la mía? La alegría de
estar con Jesús v la contrariedad de ios coscorro­
nes diarios. Esta es la vida de los hombres. Con
la Gracia las cosas más corrientes las podemos ha­
cer muy sobrenaturales. Este es el valor divino de
las cosas humanas.
UN FIN DE SEMANA DE DIOS

No todos, por desgracia, pueden permitirse el


lujo de pasarlo bien los cincuenta y dos fines de
semana que tiene el año. Tampoco Dios, cuando
pasó por la Tierra, se permitió el derroche de un
repetido descanso. El que no tenía dónde reclinar
su cabeza, trabajaba tanto que en ocasiones no
tenía tiempo para comer. Lo que sí encontramos
en el Evangelio son algunos «fines de semana» que
Jesús los pasó en Nazaret, la pequeña aldea de
Galilea «donde se había criado».
Resulta natural que quien ha hecho del cuarto
mandamiento una puerta para entrar en el reino
de los cielos; quien elogia repetidas veces la vida
familiar, el que al hablarnos de nuestras rela­
ciones con Dios nos dice que han de ser amisto­
sas, como las de un hijo con su padre, parece
natural, decíamos, que pensara que en su pueblo
vivía una mujer viuda y santa, santísima, que lo
había entregado todo por El: su Madre.
Aquel fin de semana, Jesús volvía a estar con
María. El tendría unos treinta y un años, y su
Madre, cuarenta y ocho. No es difícil imaginarnos
el encuentro de los ojos llenos de felicidad. José
estaba ausente; hacía tiempo que había terminado
de desempeñar el papel que le había distribuido
CARTAS A LOS HOMBRES 105

el Cielo para representarlo en la Tierra: un papel


sencillo y complicado, de hombre humilde, pero
lleno de responsabilidades. En aquella ocasión se
recordó a José; allí, en el arcón, se conservaba
el martillo, la sierra y la garlopa, los utensilios
de los que se había servido para santificarse en
su labor profesional.

Treinta años entre cuatro paredes

Hacía tiempo que Jesús no había vuelto a esta


casa, en la que había estado viviendo cerca de
treinta años, metido entre cuatro paredes, char­
lando con todos los vecinos, dando ejemplo de la­
boriosidad, con una encantadora discreción, como
para que siendo Dios le tomaran por un hombre
más. ¿No es asombroso? Pero continuemos con el
fin de semana. María le mostró el celemín. Jesús
había jugado muchas veces con él, midiendo la
harina. El Señor tomó en sus manos la lámpara
de barro cocido con el aceite y las mechas y, son­
riendo, lo colocó sobre el celemín. De todos estos
utensilios caseros se había servido el Maestro para
explicar al pueblo el mensaje que nos había
traído.
Jesús y María marchan entre callejas saludando
a los conocidos. En una esquina, una viejecita sa­
luda a la Virgen al tiempo que le pregunta:
— ¿Estarás contenta, verdad, María?
Claro que lo estaba; hacía tiempo que no había
visto a su Hijo. Ahora el Señor y su Madre pasean
106 JESUS URTEAC.A

carretera adelante. Unos chiquillos se divierten con


los mismos juegos que, hace unos años, se divertía
Jesús.
Se ha interrumpido el diálogo porque alguien,
enterado de que el Señor estaba allí, le ha pedido
un remedio urgente a su necesidad. ¿Tal vez un
accidente?, ¿algún enfermo?, ¿un niño muerto?
Nos dice la escritura que en Nazaret hizo algunos
milagros, «no muchos, por su incredulidad».
Nazaret, la pequeña aldea de Galilea, es conocida
solamente por los sucesos del Nuevo Testamento.
Es aquí donde María recibió el anuncio del ángel.
En este pequeño pueblo vivió Jesús su vida ocul­
ta. Aquí comenzó su vida pública. Y también fue
aquí donde, por desgracia, en otro fin de semana,
los que le conocían quisieron arrojarle desde la
colina de la ciudad, por haberse atribuido lo que
Isaías decía de El: «E l Espíritu del Señor está
sobre mí, me ungió para evangelizar a los pobres,
me envió a predicar la libertad a los cautivos, la
recuperación de la vista a los ciegos, para poner
en libertad a los oprimidos, para anunciar un año
de gracia del Señor».

Cóm o descansaba Dios

Lo cierto es que el Señor va a aprovechar estas


cortas vacaciones para decir cosas buenas a los
suyos; lo que hoy llamamos hacer apostolado. Co­
mo buen israelita «entró, como tenía costumbre,
ei día de sábado, en la sinagoga». Se levantó, tomó
CARTAS A LOS HOMBRES 107

el rollo, leyó un texto de la Escritura y se sentó


para comentarlo. Sus palabras causaron asombro.
Es ahora cuando sale a relucir la maravillosa
discreción que había vivido Jesús siendo niño,
chico, joven y hombre maduro. Las mismas gentes
que habían visto a Dios trabajar durante quince o
veinte años, son los que se asombran por la doc­
trina que expone y por los prodigios que acaba de
realizar: «¿N o es éste el hijo del carpintero?, ¿su
Madre no se llama María?, ¿y no son sus primos
hermanos Santiago y José, Simón y Judas?... ¿De
dónde, pues, le viene todo esto?».
Nosotros no podemos imitar al Señor en los
milagros; pero sí podemos preocuparnos, como El,
de aprovechar un fin de semana para, por ejem­
plo, en una tertulia, entre amigos y familiares,
sin dogmatizar, exponer nuestro criterio cristiano
que puede dar luz a los que corretean lejos de
Dios. Sí podemos imitar ai Señor en un fin de se­
mana en ese estar con los nuestros, buscar un
poco de reposo y de modo especial el descanso
de los demás. El descanso, siempre corto, lo em­
plearemos en recuperar nuestras fuerzas, en en­
tretener a los mayores, en aguantar a los peque­
ños, siempre con ganas de correr, brincar, llenar de
ruido el pequeño espacio en que nos encontramos.
En esos cortos fines de semana tendremos oca­
sión de vivir delicadezas y atenciones en ese redu­
cido círculo de familiares y amigos. Atenciones y
delicadezas de Dios para su Madre que sirven de
ejem plo para los cariños y mimos que habremos
de tener con los nuestros.
108 JESUS URTEAGA

Delicadeza de unos hijos

Me contaban no hace mucho cómo en el seno


de una familia navarra se reunían anualmente los
hijos mayores para votar en presencia de su ma­
dre al personaje del año entre los que componían
la familia. Siempre se repetía la misma escena.
Reunidos en torno a la mesa, durante la comida,
ia madre, ya vieja, un poquillo preocupada, pre­
gunta bajito a cada uno de los hijos: «Tú, ¿a
quién votarás este año?». A los postres, con gran
solemnidad, tenía lugar la votación. El hijo mayor
recogía los votos escritos y anunciaba pomposa­
mente: «E l personaje del año es...». Y siempre,
cada año, era elegida la madre, la madre ya vieja
que sonreía satisfecha, encantada.
¿Que cuál es el programa para este próximo fin
de semana? No sé si te podrás perm itir el lujo de
descansar muchas horas, pero sí al menos, en ese
poco tiempo del que dispongas, procura — procu­
raremos todos y seremos más cristianos— que la
gente que esté a tu alrededor lo pase bien. ¡Que
los que estén contigo — no me importa repetirlo—
lo pasen bien!
Terminado ese corto descanso, habrá que reem­
prender la marcha.
Ya sabes que el lunes por la mañana te espera
de nuevo Dios junto al arado.
IRA, MIMOS Y MALDICIONES

Nos encontramos en Cafarnaúm, «la ciudad» de


Jesús, el centro de su actuación apostólica en Ga­
lilea, el pueblo dieciséis veces nombrado en ta
Escritura. Jesús había tenido una casa en Nazaret
y ahora tenía otra en Cafarnaúm; probablemente
vive en la de Pedro o tal vez en la de Mateo,
porque Mateo, funcionario de Aduanas, se ha uni­
do definitivamente al grupo de los que serán «Do­
ce». Es aquí, en Cafarnaúm, donde ha pronunciado
su célebre discurso prometiendo la Eucaristía. En
esta misma sinagoga ha arrojado a un demonio
mudo. Cafarnaúm, en muy poco tiempo, se ha
llenado de milagros de Cristo. En Cafarnaúm «ex­
pulsó muchos demonios», nos dice el Evangelio.
En esta ciudad curó al criado del centurión y a la
suegra de Pedro; devolvió la salud a la hemorroísa
y resucitó a la hija de Jairo. Ante el asombro de
todos los presentes, Jesús perdonó los pecados a
un paralítico y le envió andando, a su casa con ta
camilla al hombro. En las aguas de Cafarnaúm
los peces llevaban monedas en su boca para pagar
el tributo del templo.
Bien podemos decir que Jesucristo no pudo ha­
cer más por un pueblo. No se puede poner más
cariño, no se puede tener más mimo, no se pueden
JESUS URTEAGA
110

realizar más milagros. Tantos prodigios realizó en


«su» ciudad, que causó envidiejas y resentimientos
en sus paisanos de Nazaret: «T od o lo que hemos
oído que has hecho en Cafarnaúm, hazlo también
aquí en tu tierra» u

Ciudades malditas

Ahora pasad la página de las bendiciones. Abrid


la Biblia por el capítulo once del Evangelio de
San Mateo, y asombraos:
«Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a en­
cumbrar? ¡Hasta el infierno te hundirás! Porque
si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que
se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy.
Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos
rigor para la tierra de Sodoma que para ti».
Y con Cafarnaúm hay otras aldeas malditas:
Corozaím, situada a tres kilómetros al norte del
mar de Galilea, y Betsaida, pegada al lago, la que
fue patria de los apóstoles Simón, Andrés y Feli­
pe. En este centro pesquero se devolvió la vista a
un ciego y en sus alrededores se multiplicaron los
panes y los peces por primera vez.
Dos aldeas con los tejados llenos de voces y de
portentos de Jesucristo. Dos aldeas que, con Ca­
farnaúm, se limitan a escuchar sin poner por obra
los mandatos de Dios. Son ciudades que se enter­
necen tal vez con las parábolas de Jesús, pero que

11 Le 423
CARTAS A LOS HOMBRES (11

no por esto se arrepienten. Oyen la llamada, pero


no se ponen en camino.
Corozaím, Betsaida, Cafarnaúm: tres ciudades
malditas. «Porque si en Tiro y en Sidón se hubie­
ran hecho los milagros que se han hecho en vos­
otras, tiempo ha que con saco y cenizas se habrían
convertido. Por eso os digo que el día del Juicio
habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para
vosotras».

¿ N o tenemos de Cristo
una imagen excesivamente dulzona?

La palabra de Dios recorre pueblos y aldeas si­


tuadas en las orillas del lago o en el alto de las
montañas. La palabra de Dios se deja caer en los
oídos de las muchedumbres, en los grandes perso­
najes y en las gentes sencillas del pueblo. La pa­
labra de Dios es para todos. Si le dejamos, penetra
en nuestros corazones en espera de que reaccione­
mos, pidamos perdón, nos apartemos del lugar de
nuestros pecados y reanudemos la marcha por el
camino nuevo, el del arrepentimiento. De lo con­
trario. de no seguir a Jesús, estad seguros de que
se repetirán las maldiciones, porque «a quien se
le dio mucho, se le reclamará mucho».
En ocasiones te has sonreído ante las estampas
cursis de Jesús Niño con túnica de color rosa y
cabellera de bucles de color oro.
La vaciedad actual de tu vida me hace pensar
que continúas teniendo de Jesucristo, Dios-Hom­
112 JESUS URTEAGA

bre, una imagen excesivamente dulzona. ¿No pien­


sas que Dios puede cansarse de tu insulsa vida
como se cansó de las maldispuestas ciudades?
Cristo nos ama con pasión, y es natural que nos
pida en correspondencia un amor con todo nues­
tro corazón, con toda nuestra alma, con todas
nuestras fuerzas, con apasionamiento.
¡Con apasionamiento, sí! A fuerza de echar azú­
car a la vida nos volvemos insensibles, incluso ante
las injusticias que se cometen con Dios y con su
pueblo.
En Cristo encontramos amores, deseos, esperan­
zas, audacias, temores, iras, alegrías y tristezas,
pasiones que sometidas a la razón son fuerzas vi­
vas para el bien.
Con ira destemplada nos irritamos con frecuen­
cia en la calle, en el hogar, con parientes, con ami­
gos y con extraños. Es una irritación, fruto podrido
del malhumor que llevamos dentro. Es la ira, que
no podemos dominarla. Es la pasión, que salta
como un muñeco con resorte al abrirse la tapa
de la caja.
Yo quiero hablarte de la ira buena, de la capa­
cidad de enojarse, de indignarse por causas que
valgan la pena.
Corremos el peligro de terminar siendo unos
peleles que por nada se molestan, hombres escép­
ticos a quienes todo les da lo mismo porque tie­
nen, en definitiva, poca le, poca esperanza y poco
amor.
«... Cuando un hombre transige en cosas de
CARTAS A LOS HOMBRES

ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hom­


bre sin ideal, sin honra y sin Fe» !\
Lo difícil es acertar con el punto de equilibrio
entre la ira y la paciencia, entre la indignación y
la mansedumbre.
Pero siempre podremos airarnos si somos obje­
tivamente justos, si es legítima nuestra intención,
si la cólera guarda proporción con la falta come­
tida.

Lista de valores
por los que vale la pena indignarse

¿Cuál sería tu lista de cosas por las cuales vale


la pena indignarse?
La conducta de Cristo nos dice que frente a la
profanación del templo, contra la transformación
de la casa de Dios en un mercado, es lícito hacer
un látigo de cuerdas y echar del templo a los
cambistas, a los vendedores con sus bueyes, ove­
jas y palomas, a los compradores y a los transpor­
tistas. Es lícito, igualmente, desparramar el dinero
por el suelo y volcar las mesas i'1.
Jesucristo se encoleriza contra fariseos y hero-
dianos que le acechan para poder acusarle si cura
en sábado la mano seca de un pobre hombre
¿Qué importa que sea día de fiesta para dejar de
hacer el bien al prójim o? Jesús, el Señor del sá­
bado, «mirándoles con ira», al tiempo que «ape­

1’ Camino, núni. 394.


• CIr. To 2,14-17.
8
114 JESUS URTEAGA

nado por la dureza de su cabeza», dice al hombre


que tenía una mano seca:
— Extiende tu mano.
Y el hombre, puesto en pie, en medio de la si­
nagoga, extiende su mano, y ésta queda curada.
El que es manso v humilde de corazón se rebela
contra las amenazas de muerte que emplea Hero-
des Antipas como estratagema para alejar a Cristo
de sus dominios. Y al Tetrarca de Galilea, hijo
menor de Herodes el Grande y de la samaritana
Maltake, le llamará «zorra», un epíteto que enca­
jaba bien en su temperamento codicioso, ambicioso
v astuto.
El último martes de su vida, Jesús se enfurecerá
por la hipocresía y falsa religiosidad de escribas
y fariseos. Cristo, que había maldecido a higueras
infructuosas y aldeas impenitentes, se encara con­
tra los que predican y no hacen, contra los que
echan fardos en las espaldas ajenas v no ayudan a
llevarlos, contra los que hacen obras para ser vis­
tos por los hombres, contra los que buscan los
primeros asientos en banquetes y sinagogas.
A los fariseos les llamará: «¡Serpientes, raza de
víboras!». No es la primera vez que así llama a
los fariseos. Ya lo había hecho cuando se atrevie­
ron a insinuar que El expulsaba los demonios en
nombre de Beelzebub. «Raza de víboras» les ha­
bía increpado hace· años Juan el Bautista a esos
mismos fariseos que se acercaban a las aguas del
Jordán para ser bautizados sin querer convertirse
Dios y los hombres santos están hechos de fuego.
CARTAS A LOS HOMBRES 115

y necesariamente tienen que chocar con el ambien­


te gélido que nos carcome.
¿Cuál es tu lista de cosas por las que vale la pena
airarse? Después de hacerla... sigue el consejo de
Cam ino : «N o reprendas cuando sientes la indigna­
ción por la falta cometida. — Espera al día siguien­
te, o más tiempo aún. — Y después, tranquilo y
purificada la intención, no dejes de reprender. —
Vas a conseguir más con una palabra afectuosa
que con tres horas de pelea. — Modera tu genio» 17.
íAh! En tu lista no olvides poner en primer lugar
tu propia actitud.
Reacciona antes de que el Señor pueda maldecir
tu comodidad, tu insensibilidad, tu esterilidad, co­
mo lo hizo con Cafarnaúm, Corozaím y Betsaida.

Camino, núm. 10.


CARTA A UNA MADRE CON
HIJA ENDEMONIADA

A ti, madre angustiada, que no ves


solución a tu caso, contesto que sí. Que
todo tiene arreglo. Que Dios continúa
siendo Dios. Que Dios se compadece de
las madres. Que Dios hace saltar a los
demonios del cuerpo de las hijas.

La protagonista de esta historia es una mujer


pagana, sin nombre, sin complejos. No es una
parábola, no es un ejem plo que aparezca en el
Evangelio. Es un trozo de vida de una sirofenicia.
Unas horas de una madre que quiere a su hija
con auténtica locura, como hay que querer las
cosas entrañables de esta Tierra.
Se trata de una mujer que al salir de casa me
figuro que le ha dicho a su niña: Hoy te curarás,
hija. De esto me encargo yo. ¿Sabes que Jesús está
aquí? Te prometo que te lo voy a traer. Verás. O
tal vez no haga falta que venga, pero ten un poco
de paciencia. Estáte segura: hoy te curarás.
El evangelista Marcos nos asegura que en aquella
caminata por la región costera de Tiro y de Sidón,
Jesús quería pasar inadvertido. Está claro que
no lo logró.
CARTAS A LOS HOMBRES 117

Gritos de madre

Marcha Jesús rodeado de los suyos. Van char­


lando por el camino cuando, de pronto, entre el
murmullo de la muchedumbre que le acompaña se
destaca claramente el grito de una mujer.
— ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi
hija está endemoniada.
La caravana se para, por unos instantes, al es­
cuchar aquellos gritos. Pero Cristo no ha hecho
ningún comentario y continúa la marcha. La ca-
nanea sigue clamando con la súplica de toda madre
que se encuentra en apuros:
— ¡H ijo de David, ten compasión de mí!
Es muy posible que alguien se le acercara para
indicarle que no hacía falta vociferar tanto.
La mujer no escucha consejos de nadie. Había
salido aquella mañana de su casa dispuesta a
arrancar a Dios la curación de su hija. Tenía de­
seos grandes de conseguir «aquello». Y aquello era
que su hija pudiera vivir en paz, sin desasosiegos,
sin demonios.
Es, entre los personajes que aparecen en la Es­
critura, la mujer que más grita. Posiblemente la
más tenaz, la más constante, la más pesada, la
más santamente pesada de las mujeres del Evan­
gelio. Es muy posible que tuviese marido y fuese
éste quien primero pidiera al Señor que sanara a
su hija; pero si así fue, pidió con tan poca insis­
tencia que la súplica quedó en una ventana, o col­
gada de un árbol, sin cobrar vida, ya que nadie le
118 JESUS URTEAGA

hizo caso. En cambio, la madre sí que sabe rogar,


lo hace con insistencia machacona:
— ¡Ten piedad de mí! Mi hija está endemoniada.
Está visto que no se puede conseguir nada de
aquella pobre mujer. No se callará. Y Dios, que
escucha en el silencio, no hace ningún comentario
sobre el vocerío. «N o le respondió palabra».
La situación se hace tensa, difícil. Uno de los
apóstoles se acerca a Jesús para decirle:
— Señor. Concédeselo, que viene gritando detrás
de nosotros.
La cananea se ha aproximado mucho. ¿Qué dirá
Jesús? ¿Hará caso a la recomendación de sus após­
toles? ¿Accederá por fin a su petición?

Habla Dios

Y comienza el diálogo entre Dios y una madre.


¿Dónde fue? ¿Allí, en la calzada, o habían entrado
ya en una casa? El diálogo es más de casa que de
calle. Ante la expectación de los discípulos, en el
corto diálogo que nos relata el Evangelio se habla
de todo: de pan, de migajas, de ovejas, de hijos,
de perros y de fe.
Habla Dios: «N o he sido enviado más que a las
ovejas perdidas de la casa de Israel».
Y la madre interrumpe el discurso del Maestro.
Aquella mujer no entiende bien aquellas palabras;
ella no sabe que son los judíos los primeros desti­
natarios del ofrecimiento de la salvación mesiáni-
ca; ella sólo sabe que su hija está enferma y que
CARTAS A LOS HOMBRES 119

Jesús puede curarla. Interrumpe sus palabras, se


echa a sus pies y con sollozos — porque de otra for­
ma no entendemos que pueda decir esta oración—
reza:
— ¡Señor, socórreme!
¡Lo que puede el amor!, ¿eh? El «socórreme», el
«ayúdame», el «atiéndem e» son súplicas que quie
ren expresar: socorre a mi hija, ayuda a mi hija,
atiende a mi hija. ¡Cómo quería a su hija aquella
madre! ¡Cómo deseaba la curación de su chiquilla!
— ¡Maldito demonio! ¡Socórreme, Dios!
Y la cananea sigue llorando a los pies de Jesús
Hay un silencio impresionante.
Y de nuevo el Señor:
— No está bien tomar el pan de los hijos y echár­
selo a los perros.

Contesta una m ujer

No es la primera vez que la pagana escucha


aquel epíteto. A los ojos de los judíos, el pagano
no era más que un perro («e l carácter tradicional
de esta imagen — nos dicen los exégetas— y la
forma diminutiva empleada atenúan en los labios
de Jesús lo que el epíteto podía tener de despec­
tivo»).
Y la oración, que estaba llena de confianza y de
perseverancia, ahora pasa por el aro de la humil­
dad. Que la llamen como quieran. ¡Si a ella lo que
le importa es la curación de su chiquilla! Es un
milagro que está al alcance del Maestro.
JESUS URTEAGA
120

— Pero, Señor — dice la mujer chillada— , si tam­


bién los perros comen las migajas que caen de la
mesa.
Y en la casa, la expectación se transforma en
risas y contento, porque Cristo ha hablado fuerte:
—Grande es tu fe, mujer, que te suceda como
deseas.
¿Que suceda como desea aquella mujer? ¡Pero si
sólo quiere una cosa — ¡una!— , una sola cosa con
todas las fuerzas de su alma! Y en ese instante
salió el demonio del cuerpo de su hija.
Cuando volvió a su casa encontró que la niña
estaba echada en su cama «y que el demonio se
había ido».

A la vista de la escena en la que ha intervenido


como protagonista la mujer cananea, ¡qué bien se
entiende aquel punto de Cam ino /; «M e dices que
sí, que quieres. Bien, pero ¿quieres... como una
madre quiere a su hijo? ¿No? Entonces no quie­
res» \
¿Quieres? Pero, ¿como la cananea quiere a su
hija? ¿Estás dispuesto a pasar por el tubo de la
humillación, de la plegaria encendida, de los gritos
de súplica, de la perseverancia en la carretera?
¿Sí? Entonces, escucharás, también tú, el consuelo
del Señor:
—Que suceda como tú lo deseas.

·"' Ibídem, núm. 316.


A LOS TENACES

Son muchos los personajes que aparecen en el


Evangelio, que haciendo obras buenas, pasan inad-
vertidos. No podemos decir sus nombres. Nadie
los conoce. No tienen ni siquiera apodo. Tal vez
algunos lo supieran en el momento en que estos
hombres y mujeres intervinieron en la historia de
Cristo, pero cuando ésta se escribió quedaron des-
terrados al olvido. Sin embargo, lo que realizaron
ahí está. Hicieron cosas importantes o sencillas;
lo suficiente para que se hablara de ellas en unas
pocas líneas.
Quiero hablarte de estos personajes innominados
qyue aparecen y desaparecen. Unos hacen el ridícu­
lo, otros causan admiración. Por ejemplo, entre
los primeros podemos contar con un joven rico,
cargado de egoísmo hasta las narices. Dios le lla­
mó para que, abandonándolo todo, le siguiera. Hu­
bieran sido Trece los Apóstoles — digo yo-— pero
el pobrecillo se encerró en su casa, y sólo fueron
Doce. Allí debe estar todavía, contando sus dine­
ros. El, que estaba llamado a ser protagonista de
una gran aventura.
Entre aquéllos podemos contar también con
nueve leprosos, curados de su lepra, pero enfermos
122 JESUS URTEACÍA

de desagradecimiento. Estos pobrecillos deben


continuar todavía su vida, carretera adelante, olvi­
dadizos de que lo primero que hay que hacer
cuando se recibe un gran favor es regresar donde
está Dios para darle gracias.
Entre los segundos, entre los personajes sin
nombre que aparecen y desaparecen y causan ad­
miración, nos encontramos con un chaval que
pone en manos de Dios, porque asi se lo han pe­
dido, todo lo que le había preparado su madre al
salir de casa: cinco panes de cebada y dos pece-
cillos secos. El gesto generoso del chiquillo va a
tener su recompensa. Con esos pocos panes y pe­
ces, y la bendición de Jesús, van a comer unas
doce mil personas (sólo los varones sumaban cinco
mil).
Asimismo, entre los segundos, encontramos a
una mujer pobre, viuda, que da todo lo que tiene
a la caja del templo. Y todo lo que tiene son dos
perras gordas, que las entrega con tanto amor, con
tanto cariño, que hace levantar del asiento a Cris­
to —Jesús estaba sentado frente al arca del tesoro
y miraba cómo depositaba la gente monedas en el
cepillo del recinto del templo— para llamar a sus
discípulos y decirles: «Os digo de verdad que esta
viuda pobre ha echado más que todos los anterio­
res en el arca del tesoro».
CARTAS A LOS HOMBRES 123

Préstamos hechos a Dios

Entre las gentes que pasan inadvertidas, perdi­


das entre las páginas del Nuevo Testamento y que
hicieron obras buenas, podemos incluir —tú po-
drás ampliar la lista, estoy seguro— a los que
hicieron préstamos a Dios.
Hubo un hom bre compasivo, natural de Belén,
que aun sabiendo que aquello no le iba a reportar
ningún beneficio, prestó por una noche su establo
a María y a José. Sólo por una noche. Y la noche
y la cuadra, el pueblo y la naturaleza entera, se
llenaron de gozo y de luz.
Hubo un hom bre desconocido que tenía una
granja, plantada de olivos, cercada con una pared.
No sabemos cuándo, pero lo cierto es que la puso
en manos de Jesús para que pudiera retirarse allí
cuando quisiera. En aquel lugar podría hacer ora­
ción con los suyos o descansar. San Juan nos va
a decir que el Señor se había reunido allí muchas
veces con los Apóstoles. Esta propiedad rústica, de
tipo oriental, que tiene una gruta acomodada para
vivienda y un molino de aceite, va ser escenario
impresionante de la oración y del dolor de Cristo.
La finca se llamaba Getsemaní.
Una sala grande pedirá Jesús a un hombre con
un cántaro. Pide una sala alfombrada y arreglada
con almohadones para celebrar la fiesta de la
Pascua con los discípulos. La casa parece ser que
era de la madre de Marcos, María. Después de la
Ascensión se reunirán en aquel lugar ciento veinte
124 JESUS URTBAGA

personas. Y aquel préstamo será el marco porten­


toso de la institución de la Eucaristía, de la Pri­
mera Comunión de los Apóstoles, de la Ordenación
sacerdotal de éstos y de la entrega del resumen de
su doctrina el mandamiento nuevo.
Poco antes de pedir una sala, Cristo había pe­
dido un borrico, un pollino de pueblo sobre el
que nadie había montado. Este fue el préstamo de
unos dueños innominados que hizo posible el que
Jesús entrara en la ciudad de Jerusalén, entre
clamores de hombres y gritos de piedras.
Nuestros pobres préstamos, nuestros pequeños
obsequios, nuestros simples regalos se convierten
en las manos de Jesús en fabulosos medios sobre­
naturales.

Tenacidad de cuatro desconocidos

Entre los personajes sin nombre del Evangelio,


he admirado siempre a cuatro hombres. De ellos
nos habla el Evangelio diciéndonos que «eran
cuatro» w y cómo intervinieron en la curación de
un paralítico. Es un compendio de tozudez santa
que acaba bien; es un auténtico ejemplo de tena­
cidad que me conmueve.
Estamos en Caíarnaúm. Junto al lago de Tibe-
ríades. Ha corrido la voz de ventana en ventana:
ha llegado Jesús. El pueblo se agolpa ante la puer­
ta. No caben en la casa. Esta pudo ser muy bien
la de Pedro y Andrés. Callad, que está hablando.

Me 23
CARTAS A LOS HOMBRES 125

«Jesús les predicaba la Palabra». Este es el mo­


mento en que traen por la calle a un paralítico.
La camilla es llevada entre cuatro.
El empeño de estos cuatro hombres es muy
grande. N o quieren desperdiciar esta ocasión.
Quién sabe cuándo volverá Jesús por Cafarnaúm.
Hay que aprovechar esta visita. Pero, ¿qué pue­
den hacer los pobres si no pueden entrar en aquella
casa? Está abarrotada de gente.
Si estos cuatro hombres de la camilla hubieran
sido llamados por alguien que les dijera: ¿queréis
hacerme este favor, llevar a este enfermo donde
está Jesús?; si así hubiera ocurrido, tú y yo hubié­
ramos visto a estos hombres regresar con el para­
lítico a cuestas. Estaba claro que no había nada
que hacer. No se les podía pedir más. Y los cuatro
hombres hubieran vuelto a su trabajo, a sus que­
haceres. Y el paralítico continuaría hoy sin poder
moverse, bajo el sol, sobre su podrida camilla.
Pero no, no eran cuatro hombres cualesquiera
cogidos a lazo por un vecino. Eran cuatro amigos,
con todo lo que lleva consigo el lazo fuerte de la
amistad. Eran cuatro compañeros que sabían quién
era Jesús; que querían de veras llevar al paralítico
a la presencia del Señor, para decirle: Maestro,
¿no quieres curar a éste? Sólo por la amistad se
explica lo que hicieron al llegar ai cuchitril inva­
dido hasta los topes.
Y es que cuando se quiere de veras, no hay obs­
táculos que frenen nuestro amor. ¡Quiero eso!, y
se logra. ¿Qué importa que no se pudiera entrar
en la casa? ¿Que la puerta estaba infranqueable...?,
126 JESUS URTEAGA

¡pues se entra por el tejado! ¡Eran cuatro hombres


maravillosos! ¡Cuatro amigos de verdad! «Al no
poder presentárselo (a Jesús) a causa de la mul­
titud, abrieron el techo... y a través de la hendi­
dura, descolgaron la camilla con el paralítico».
Qué interés tenían estos cuatro hombres en lle­
var al paralítico a la presencia del Maestro. ¡Claro
que ío lograron!
Los cuatro amigos entenderán perfectamente la
doctrina de Jesús sobre la perseverancia en la ora­
ción. Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad
y se os abrirá. Ahora estos hombres entrañables
podrían decirnos: Cuando no podáis entrar por la
puerta, no os preocupéis, hacedlo por el techo, y
comprobaréis cómo la parálisis y los pecados se
curan.
Estos cuatro protagonistas entenderán fácilmen­
te las palabras de Santa Teresa, cuando nos habla
del camino que lleva a Dios. «A los que quieran ir
por él, y no parar hasta el fin, que es llegar a
beber de esta agua de vida, importa mucho, y el
todo, una grande y muy determinada determina­
ción de no parar hasta llegar a ella, venga lo que
viniera, suceda lo que sucediera, trabájese lo que
se trabajara, murmure quien murmurare, siquiera
llegue allá, siquiera se muera en el camino o no
tenga corazón para los trabajos que hay en él,
siquiera se hunda el mundo».
Los cuatro lamosos innominados entenderán a
la perfección el número once de Cam ino : «L o que
hay que hacer, se hace... Sin vacilar... Sin mira­
mientos. . Sin esto, ni Cisneros hubiera sido Cis-
CARTAS A LOS HOMBRES 127

ñeros; ni Teresa de Ahumada, Santa Teresa...; ni


Iñigo de Loyola, San Ignacio... ¡Dios y audacia!».
¡Gracias, amigos! Nos habéis dejado escrito una
magnífica página de vuestra vida. Sois cuatro des­
conocidos que queríais de verdad a un paralítico.
¡Si lleváramos este interés de los cuatro amigos
a nuestro apostolado con los vecinos! ¡Si el es­
fuerzo que ponemos en nuestro quehacer profe­
sional lo lleváramos, también, a la lucha ascética
para ser mejores por dentro!
Si pusiéramos ese empeño en nuestra vida... en
lo humano dejaríamos rastro, seríamos héroes;
en lo sobrenatural, santos.
CANTOS DE GALLO Y LAGRIMAS

A los engreídos, a los tercos, a los


obstinados, a los presuntuosos, a los
dormilones y miedosos, a los débiles,
a los que, como Pedro, pierden el valor
\ la le en los momentos en que hacc
Taita demostrarlos.

María, la Madre de Jesús, y Juan caminan entre


calles sucias de Jerusalén. La Madre está destro­
zada. Tiene el corazón rolo. ¡Ahora sí que entiende
aquella profecía de Simeón que hablaba de es
padas! Lo acompaña el discípulo amado, en silen
ció. ¿Qué le puede decir? Nadie entiende nada de lo
que está pasando esta noche. ¡Maldita noche!
El Señor les había predicho hace unas pocas ho
ras: «Todos os vais a escandalizar». Todos per­
deréis el valor. Os asustaréis al ver sucumbir sin
resistencia al Hijo de Dios. Y diez hombres con
Pedro — ¡qué fatuos!— habían prometido: «Nunca
nos escandalizaremos». Ahora recuerda las pala
bras del Señor que dirigió a Simón a continuación
«Esta misma noche, antes de que el gallo cante,
me habrás negado tres veces».
Y la arrogancia, la soberbia v el engreimiento,
mezclados con el amor v la fidelidad, resonaron en
la sala de aquella casa de la madre de Marcos
«Aunque tengamos que morir contigo, no te nega
remos». No sólo lo dijo Simón. El evangelista Ma·
CARTAS A LOS HOMBRES 129

teo puntualiza: «L o mismo dijeron todos los dis­


cípulos».
¡Todos lo hemos dicho tantas veces, Señor? ¡Qué
tercos, qué inconscientes hemos sido y qué tercos,
qué inconscientes fueron los Apóstoles!
Bastará que se haga de noche en el huerto, y
a la luz de las antorchas resplandezcan espadas y
palos en las manos de los que vienen a prender al
Maestro, para que todos echen a correr. Así los
hombres, así los valientes, los discípulos fieles, los
elegidos para acompañarle en la luz y en el dolor.
«Todos le abandonaron y huyeron». Juan, también.

Encuentro de María con Pedro

Así me he figurado la escena. Al escapar del huer­


to, Juan corrió a casa de la Virgen. Le ha contado
— compungido— lo que acaba de ocurrir: el aban­
dono por parte de todos. Nadie se lo explica. ¡Mal­
ditos miedos!
María está inquieta. Decide salir al encuentro de
su H ijo. Tal vez sea muy peligroso salir precisa­
mente en esta noche, pero tiene que hacerlo. Le
acompañan Juan y unas mujeres santas. Las calles
están solitarias, con luz de Luna triste. El silencio
de la noche se ha roto por el canto de un galio. Es
un canto que estremece. Es un canto que es una
risotada. Y no se sabe por qué, pero la comitiva se
dirige hacia el lugar de donde partió el grito.
Habla Juan:
— ¡Es Pedro, María! Ahí viene Pedro.
A todos les da la impresión de que el apóstol
9
130 JESUS URTEAGA

quiere pasar de largo. ¿Qué está ocurriendo esta


noche?
— ¡Pedro! —ha gritado Juan— . ¡Pedro! Soy Juan.
Estoy con María, ven.
Pedro se acerca llorando amargamente.
Y pregunta la Virgen:
—¿Qué te pasa, Pedro? ¿Dónde está Jesús?
—Le tienen encerrado allí, en el palacio de Cai­
tas. Acabo de verle. Está deshecho. Y yo... — no le
salen las palabras, apenas se le oye por el ruido de
las lágrimas— . Y yo. . acabo de decir en el patio,
delante de todos los que se encontraban junto al
fuego, que no conozco al Maestro.
Interviene Ella:
—No, Pedro. Tú no has dicho eso.
—Sí que lo he dicho, María. Te puedo repetir
mis malditas frases cuando me han reconocido co­
mo discípulo de Jesús: «N o sé de quién habláis.
Yo no soy de ésos». Y he jurado y perjurado que
no conozco a Jesús. Y ha cantado el gallo.
Pedro se aleja llorando. El estupor de María lo
rompe Juan diciendo*.
—Sí, nos lo advirtió anoche. También nosotros
le íbamos a traicionar.

Amores y miedos de Pedro

— No te vayas, Pedro. Quédate con nosotros.


Cuéntanos lo que han hecho con Jesús.
Pedro no puede hablar y rompe a llorar de
nuevo.
CARTAS A LOS HOMBRES 131

Nadie dice nada. Y viene al recuerdo textos del


Evangelio en los que Pedro actuó como protago­
nista hasta que cantó el gallo.
Pedro, el que dejó familia, barca, redes, aparejos
y un mar azul... por seguir a Jesús.
Pedro, uno de los pocos hombres que han andado
sobre las aguas del lago... por acercarse a Jesús.
Pedro, el que con espada prestada arranca una
oreja... por defender a Jesús.
Pedro, el que ha recibido el piropo más elocuente
de Dios: «¡Bienaventurado!», porque creyó en Je­
sús.
Pedro, el que promete morir con el Señor, si
fuera preciso, antes de negarle... porque quiere a
Jesús.
Pedro, el elegido para ser roca en la que se
apoyará la Iglesia fundada por Jesucristo... porque
dijo de El que era el H ijo de Dios vivo.
Pedro, el que se olvida de construir su propia
tienda en el Tabor... por la chifladura que tiene
por Jesús.
Pedro, el llamado a consolar el dolor del Señor
en la oración del huerto... por ser el elegido de
Jesús.
Ese Pedro es el que ha dicho, en el patio de
Caifás — ¡maldito patio!— , que no conoce a Jesús.
¡Maldita noche, maldito patio, malditos miedos,
malditas frases, maldito pecado de infidelidad!
Qué podemos decir a Pedro. ¡Hemos negado
tantas veces al Señor! Hemos sido engreídos, ter­
cos, obstinados, presuntuosos, dormilones y miedo­
sos, débiles, sin valor y sin fe en los momentos
132 JESUS URTEAGA

en que ha hecho falta demostrarlo, como Pedro.


Y también, como Pedro, tendremos que llorar nues­
tros pecados de infidelidad.
Ahora se nos pide una nueva conversión, que
siempre lleva implícito llorar nuestros pecados.
Con Pedro, y la samaritana, y la Magdalena, y
Zaqueo, y el hijo pródigo, necesitamos regresar
a la casa de nuestro Padre Dios.
¡APROVECHAD EL TIEMPO!

¡Despertad! Estáis dormidos. Es preciso le­


vantarse. Os buscan. Están recogiendo las obras
que han hecho los hombres. ¡Ya ha terminado el
tiempo!
El ángel poderoso del Apocalipsis, que bajaba
del cielo envuelto en nubes, ha puesto un pie en el
mar y el otro en tierra, y a gritos ha dicho a los
hombres: ¡Va no hay más tiempol 4H.
A todos se nos ha dado un talento de gran valor,
el tiempo, para que lo llenemos de obras buenas y
lo devolvamos en el momento de dar el paso a la
eternidad.
Cada uno de nosotros habremos de responder
del tiempo que se nos dio al nacer. Nadie podrá
excusarse alegando que no sabía qué hacer con
él. El libro escrito por Dios nos lo advierte en
muchas de sus páginas. Emplead bien el tiempo
que se os ha concedido para salvarse y salvar a
los demás. «Mientras tengamos tiempo, hagamos el
bien a todos, pero especialmente a nuestros her­
manos en la fe».
«A su tiempo nos vendrá la cosecha — nos dice
Pablo en el versículo anterior— si no desfallece­
mos. No nos cansemos de obrar el bien».

Ui Cfr. Apc 10,1-6.


134 JESUS URTEAOA

¡No seáis insensatos!... Aprovechad bien el tiem­


po presente, porque los días son malos.
Como cooperadores de Dios que somos, dice en
la segunda Carta a los Corintios: «Os exhortamos
a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues
dice El: «En el tiempo favorable te escuché, y en
el día de salvación te ayudé». ¡Mirad!, ahora es el
tiempo favorable; ahora el día de salvación.
Este es el día que se nos da, un día largo que
va desde que Dios bajó al tiempo haciéndose hom­
bre hasta el momento en que vuelva. Este es el
tiempo favorable, apto para que nos convirtamos,
para que regresemos a la casa de donde escapa­
mos; éste es el tiempo de peregrinaje por el mundo
—de destierro lo llama Pedro— , un tiempo breve,
lleno de alegrías y tribulaciones, de goces y desa­
sosiegos.
¡Despertad! No sea que el dueño de la casa lle­
gue de improvisto y os encuentre dormidos. ¡Ve­
lad! No sabéis cuándo regresará. Puede ser al
atardecer o a media noche, o al canto del gallo
o de madrugada. Estad vigilantes.
A diez hombres se les ha dado cien minas, diez a
cada uno. El hombre, antes de partir para un país
lejano, ha advertido: «Negociad hasta que vuelva».
Pero pasa el tiempo, el hombre no regresa y las
gentes se duermen. Tan insensatos somos que no
queremos recordar que vendrán a pedirnos cuen­
tas.
Después que el ángel apocalíptico nos dice a
cada uno «Para ti ya no hay más tiempo», llega el
CARTAS A LOS HOMBRES 135

momento de abrir nuestras obras y decir: esto es


lo que he hecho con el tiempo.
«E l mar devolvió los muertos que guardaba... y
cada uno fue juzgado según sus obras» n.
Grandes v pequeños, todos los muertos, de pie
delante del trono, l'ueron juzgados según lo escrito
en los libros, conforme a sus obras.
«Consummatus in brevi, explevit témpora mul·
la». Con una tradución libre, podríamos decir cor
el salmista: «Arrebatado a la santidad, llenó mu
cho en poco tiempo».
Sí, esto se nos pide, que hagamos muchas cosa«*
en el poco tiempo que nos queda, tomando ejem­
plo del Diablo del que nos habla Juan: «El Diablo
lia bajado donde nosotros, con gran furor, sabien
do que le queda poco tiempo».
Dejemos a un lado sueños v cansancios; levan
témenos de una vez. Mirad el camino que nos
queda por recorrer. Marchamos a paso cansino
Se hace preciso correr más. Hay algunos que var
tan desmadejados, que se les va cayendo el tiempe
por las aceras. Vamos, levantad la cabeza. Echad t
andar. «Y a es hora que despertemos del sueño que
padecemos», nos advierte el Apóstol.
El libro de Dios que comienza en sus primeras-
páginas hablándonos del tiempo — «El día en qiu
Yahvéh Dios hizo la tierra y los cielos» 11— , insiste
en las últimas en el valor de ese talento que ht
dado al hombre: «Mira, vendré pronto y traeré mi

" Apc 20,13.


'' Gen 2,4.
JESUS URTEAGA

recompensa conmigo para pagar a cada uno según


su trabajo» !
¿Que hacemos, amigos? La muerte está a dos
manzanas de nuestra casa.
No, no le echéis la culpa a Dios. «N o fue Dios
quien hizo la muerte», eso es lo que nos dice el
Libro de la Sabiduría. La muerte es una de las po­
cas cosas que Dios no ha hecho. Dios ama la vida.
Fue el hombre quien inventó la muerte como con­
secuencia de su pecado de desobediencia a Dios.
Al dorso de la vida, del acto creador del Señor, en­
contramos la muerte; es la otra cara del espejo.
Yahvéh Dios había hecho al hombre con polvo
del suelo. De la nada brotó la vida. Ahora — el pe­
cado ha introducido el desorden supremo, la muer­
te— el hombre volverá al suelo de donde fue to
mado.
Pero aun así, no temáis. El cuerpo vuelve a la
tierra por un poco de tiempo. Con la muerte, el
alma entra en la eternidad. Y al final del tiempo
el cuerpo también.
Sólo se nos pide que cuidemos ese tiempo que
se nos ha dado, que lo llenemos de contenido.

‘ ; Ape 22,12
II. VIRTUDES
CRISTIANAS
LA CASTIDAD ESTA HECHA DE AMORES

Se ha dicho que sólo el que tiene un


corazón limpio es capaz de reír de
verdad.

A ios hombres, de cuando en cuando, les entran


unos miedos tremendos de hablar de determina
dos temas. ¿No os acordáis — hombres y mujeres
-mío uoo o s o u b soood Á. ejuajCTto uoo siejuoo onb
renta y muchos— de los horrores que se seguían
de no guardar bien la pureza, según los predicado­
res de nuestros tiempos de juventud? Era una
auténtica obsesión la que existía sobre la materia
No se hablaba de otra cosa en ejercicios, en pláti­
cas... De chicos jugábamos a ver qué padre misio
ñero nos metía más miedo en el cuerpo.
Han pasado unos años v el desenfoque actúa!
marcha por otros derroteros. Ahora no se oye ha­
blar de pureza. Los temores de entonces, como
«táctica educadora» de la virtud — descripciones
terroríficas de las consecuencias del pecado— han
sido sustituidos por los horrores de ahora, miedo
a hablar de la virtud de la castidad. No son mie­
dos de avestruz, sino de cobardía.

La castidad es una exigencia del amor de Dios

No se habla de castidad, o se habla poco, porque


por falta de valentía nos hemos ido a lo fácil, a k
JESUS URTEAGA

agradable para los oídos, a lo cómodo, a lo blando,


a lo bestia.
Sobre impurezas suelen hacerse hoy multitud
de encuestas. Los que las hacen pueden ser gentes
que se quedan en los tantos por ciento y no pasan
de ahí. No se atreven a hablar de la virtud para
que disminuyan las aberraciones.
Hablaremos de castidad, porque es una de las
exigencias del amor de Dios.
La castidad no está hecha de miedos, ni de yu­
gos, ni de ignorancias, ni de negaciones. La cas­
tidad está hecha de amores.
«La castidad — no simple continencia, sino afir­
mación decidida de una voluntad enamorada— es
una virtud que mantiene la juventud del amor en
cualquier estado de vida. Existe una castidad de
ios que sienten que se despierta en ellos el des­
arrollo de la pubertad, una castidad de los que se
preparan para casarse, una castidad de los que
Dios llama al celibato, una castidad de los que han
sido escogidos por Dios para vivir en el matri­
monio»
Cuando éramos jóvenes se nos hablaba de las
negaciones que llevan consigo el sexto y el noveno
mandamientos (acciones, miradas, conversaciones,
infidelidades, pensamientos y deseos contrarios a
la castidad), pero nunca entonces y casi nunca
ahora se nos habla del aspecto positivo que nos
empuja a vivir la pureza. Te diré con palabras de
Pablo VI: «La pureza es la condición adecuada al

' Es Cristo que pasa, núm. 25


CARTAS A LOS HOMBRES 141

amor, ai auténtico amor, tanto al natural como ai


sobrenatural»a.
El amor juega un papel tan importante en esta
virtud, que bien podemos decir que la continencia
sin amor es la muerte de la castidad. «Para cum­
plir bien el sexto, no basta la materialidad de abs­
tenerse de actos contrarios a la castidad, sino que
es necesario hacerlo por un motivo sobrenatural:
el amor a Dios»
Si no hay amor, las negaciones «del sexto» pue
den terminar en neurosis. Si no hay amor, puede
haber una integridad corporal, pero no se vivirá
la virtud de la castidad. Te copio unas palabras de
San Bruno de Asti: «Se puede subir al cielo sin
ser virgen, con tal que se sea casto. Pero no se
puede entrar en el paraíso, aun siendo virgen, sí
no se es casto».
Quiero insistir en que, cuando hablo de castidad,
no me refiero a los esfuerzos hercúleos que se
precisan para hacer ejercicios de halterofilia, sino
a estos otros más sencillos en los que interviene
de verdad el corazón. Los hombres castos entien­
den de amores; saben lo que es darse a Dios y al
prójimo.

El mirador del alma

Los lujuriosos solamente entienden de egoísmo


y de obsesiones que les impiden ver las cosas

2 Pabi.o V I, Audiencia del 31-111-1971.


;s J. L. S o ria , El sexto mandamiento. Folletos Mundo
Cristiano, nvlm. 98.
JESUS URTEAGA

como son. Santo Tomás trae el ejemplo del león,


que al aparecer un ciervo no es capaz de ver en él
más que su carácter de presa. «En un corazón lu­
jurioso — nos dirá Pieper— ha quedado bloqueado
el ángulo de visión en un determinado sentido,
el mirador del alma se ha vuelto opaco, está em­
polvado por el interés egoísta...» '.
«Entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoís­
tas, falsarios y crueles, que son características de
pora virilidad»
La lujuria nos hace sordos y ciegos para las
cosas de Dios.
La castidad nos prepara para la contemplación,
para la comunicación con el Señor.
«Sólo quien sea capaz de ver esto y de aceptarlo
será capaz también de entender hasta qué profun­
didades llega la destrucción que en sí mismo des­
encadena un corazón im pu ro»0.

El ambiente y la vida muelle

Ei ambiente puede no contribuir a vivir esta


virtud. La pornografía ha invadido calles, plazas,
escaparates, modas, prensa, radio, espectáculos y
televisión.
«En realidad no se cometen muchos pecados
porque los instintos naturales lleven a ello; la
mayor parte de los pecados se producen por acción

1 J. P ie p e r, Prudencia y Templanza (Rialp, Madrid 1969),


página 145.
' Camino, núm. 124.
(i J. P ifp e r, o. c., págs. 147-148.
CARTAS A LOS HOMBRES 143

de los incentivos de fuera, que han inventado la


curiosidad morbosa del hombre y que ocasionan
una sobreexcitación de las pasiones» El Papa
Pablo V I añade: «E l estímulo externo, el ambien­
tal, se ha vuelto más insistente que nunca, más
seductor, más excitante, más invasor» \
Pero si el ambiente de fuera no ayuda a vivir
la castidad, tendremos que sacar las fuerzas del
ambiente de dentro. Porque no hay excusa. «N o
os engañéis: ni los que fornican..., ni los adúlte­
ros, ni los afeminados, ni los homosexuales... po­
seerán el Reino de Dios», dice San Pablo.
Quienes no están habituados a negarse nada,
quienes abren la puerta a todo lo que piden los
caprichos, quienes soportan mal el trabajo, los que
dejan abiertos sus ojos a todas las nubes, los
oídos a todos los vientos, el gusto a todas las
gulas, no pueden estar dispuestos a decir que «n o»
a la tentación. La vida muelle no ayuda a vivir la
castidad.

Los medios

Ni ñoños ni gazmoños, pero sabiendo poner


tierra por medio ante las tentaciones que tratan
de entrar por los agujeros del alma.
Los medios para crecer en la virtud de la pu­
reza no han cambiado. Son los de siempre: la con­
fesión y la comunión frecuentes, la devoción a la

• St Th 2-2 q 142.2 ad 2; 142,3.


s Pabi.o V I, o. c.
If.SI S l-RTK \(i \

Virgen, la petición con humildad, el saber «huir»


de las ocasiones, la lucha indirecta reforzando la
vida interior y, con ella, la voluntad. Se debe tratar
de encauzar las tuerzas, más que de reprimirlas.
Y siempre evitar las obsesiones.
«Fiel es Dios —nos dice San Pablo— , que no
permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas.
Antes bien, con la tentación os dará modo de po­
derla resistir con éxito».
MORALIDAD PUBLICA

«H oy se habla mucho de ecología, es


decir, de la purificacic® del ambiente
físico donde se desarrolla la vida del
hombre: ¿Por qué no preocuparnos
también de una ecología moral, donde
el hombre pueda vivir соню hombre v
como hijo de Dios?»

Me entusiasman los hombres que hacen cosas.


Me revientan los que se limitan a criticar lo que
hacen los demás. Hace unos veintisiete años me
aprendí de memoria esta sentencia de Camitw:
«Hacer crítica, destruir, no es difícil: el último
peón de albañilería sabe hincar su herramienta
en la piedra noble v bella de una catedral. Cons­
truir: ésta es la labor que requiere maestros»
¿Sabíais, padres, que todos somos llamados a
ser constructores de esa pequeña parcela del mun­
do en que nos movemos? Es el Concilio Vatica­
no II, en la Constitución sobre la Iglesia, el que
nos advierte sobre la responsabilidad que tene­
mos todos los cristianos en mejorar nosotros y
en hacer el bien a nuestro alrededor. «E l Señor
desea dilatar su Reino también por medio de los
fieles corrientes». Y para que este mundo, grande
o pequeño, en el que vivimos, se impregne del
espíritu de Cristo, habremos de trabajar todos, y

Ibídem
' ' Cam ino , núm. 456.
10
146 JESUS URTEAGA

mucho. Y vosotros, padres, sabéis que no podéis


escapar do esta tarea, porque «para que este deber
pueda cumplirse en todo el mundo, corresponde a
los laicos el puesto principal». Por todo lo dicho
el que a mi me entusiasme que los hombres hagan
cosas, no tiene importancia; lo importante es que
Dios se encariña con ellos. Es realmente estu­
pendo ver a los padres comprometidos, arriesga­
dos en los asuntos temporales por m ejorar este
mundo de Dios. En una carta del Episcopado co­
lombiano se nos confirma con toda claridad esa
postura de los laicos. «(A vosotros) pertenece por
propia vocación buscar el Reino de Dios, tratando
y ordenando, según Dios, los asuntos temporales.
En el laico está tan íntimamente ligada la condi­
ción de cristiano con el deber de comprometerse
en la construcción de la ciudad terrena, que eludir
este compromiso temporal significa simultánea­
mente una infidelidad a su cristianismo y una trai­
ción a su Patria».
¿Tenéis, padres, esta santa preocupación? ¿La
inculcáis en vuestros hijos? ¿Cuántas veces habéis
hablado con ellos sobre este tema durante este
curso escolar? No les vayáis a engañar diciéndoles
que esta labor grandiosa que tiene que realizar
la Iglesia —restaurar todo en Cristo— es come­
tido de los sacerdotes, religiosos y monjas. Este
temible «clericalismo» sería pernicioso, erróneo,
falso e ineficaz. No les corresponde a los sacer­
dotes regir lo temporal ni meterse en las realida­
des terrenas. Las funciones seculares nos están
vedadas. Nuestra misión es acercar vuestras almas
CARTAS A LOS HOMBRES 147

y las de vuestros hijos a Dios, alimentar vuestra


vida interior para que desborde en ansias de
apostolado.
Tenéis que cooperar en la orientación que Cristo
quiere dar al mundo. Si sois padres que os habéis
arriesgado en esta ingente tarea, estoy seguro que
vuestros hij os la continuarán; se lo inculcaréis sin
sermones, con vuestro ejemplo.
Sí, hemos de enseñarles con nuestra vida que
los cristianos somos realmente responsables del
curso que van tomando los acontecimientos hu­
manos. Los hechos futuros tienen siempre su causa
en el presente que estamos viviendo. De no actuar
pronto tendremos que purgar el daño que nuestro
dejar de hacer haya causado en los hijos. Y las
condolencias servirán para poco. Las lamentacio­
nes de una época son siempre consecuencias de
las omisiones de la anterior.

Demasiados conformismos

«Además de todo esto, los fieles han de procu


rar, en la medida de sus fuerzas —una responsa
bilidad más que nos recuerda el Concilio Vati­
cano I I — , sanear las estructuras y los ambientes
del mundo, si en algún caso incitan al pecado, de
modo que todo esto sea conforme a las normas de
la justicia y favorezca más que impedir la prác­
tica de las virtudes». Es por esta razón, por este
derecho y por esta responsabilidad que otorga la
Iglesia, por la que un grupo de padres de familia
148 JESUS URTEAÜA

numerosa han presentado, en la Asamblea Nacional


en la que estaban representadas las 609.000 fami­
lias numerosas que hay en España (que con sus
hijos representan unos cuatro millones de espa
ñoles, aproximadamente), una comunicación de in­
terés general en la que se da la voz de alarma pot
la pérdida creciente del sentido moral de los prin­
cipios cristianos en nuestro país. Estas son las
ideas que mas o menos han quedado reflejadas en
la comunicación.
«N o se irata de adoptar una actitud ñoña de
alarmismo farisaico. Nuestra actitud obedece al
temor a que la ola de insensibilidad moral en nues-
iia Patria vaya extendiéndose y elevándose hasta
alcanzar la forma de un paganismo refinadamente
corrompido... Admitimos todo lo que pueda haber
de sana renovación, de progreso indiscutible, de
emancipación y evolución en las condiciones de la
• ida moderna y, en especial, de la mujer. Lo acep­
tamos con entusiasmo, más aún, desearíamos pro­
mover la plena elevación de la mujer española
hasta que alcance una paridad verídica de derechos
y posibilidades en todos los planos de la vida pri­
vada y pública... Desearíamos se revisasen la«
normas vigentes en materia de moralidad para
adaptarlas a la realidad de nuestro tiempo, tra
lando de evitar todo rigorismo inútil y orientando
claramente al pueblo fiel... El síntoma más alar­
mante de la situación actual es la falta de reac­
ción de nuestra sociedad, el conformismo en la
aceptación de lo que se considera irremediable­
mente fatal; no se sabe distinguir entre las costum
CARTAS A LOS HOMBRES
149

bres variables de nuestra época, con el dinamismo


de la vida moderna y los criterios absolutos e
inmutables, fundados en la naturaleza del hombre
y que reposan en nuestros principios cristianos*
Yo, por mi parte, quiero repetir lo dicho ante
riormente: de no actuar pronto tendremos que
lamentarnos del daño que nuestro dejar hacer haya
causado en los hijos. Las lamentaciones de una
época son siempre consecuencia de las omisiones
de la anterior.
Entre todos tenemos que dar al mundo la fiso­
nomía que se propusieron imprimir los primeros
cristianos.
A LOS JOVENES SOBRE LA CARNE

«Que nadie menosprecie tu juventud


Procura, en cambio, ser modelo para
los fieles en la palabra, en el com por­
tamiento, en la caridad, en la fe, en ta
pureza» (1 Tim 4,12).

Los educadores de hoy tienen tendencia a agra­


daros en todo; estimo que os tienen miedo y quie
ren congraciarse con vosotros. Las melenas, las
guitarras y vuestros constantes besuqueos, por to­
das las esquinas, les desorientan.
Con respecto a este punto tengo que deciros que
en nuestro tiempo, los leprosos procuraban no
exhibirse, y ahora se pasean por las calles. ¿Y a
aquello le llamáis hipocresía y a esto sinceridad?
No seáis imbéciles. Aquello de entonces y esto de
ahora se llama carne.
Es muy posible que contestéis que, al entrar en
la vida, os habéis encontrado con un ambiente con­
taminado, que procede de la generación de los
mayores. Sí, es posible. Aún más: no es difícil
llegar a la conclusión de que son muchos los de
nuestra generación que han comercializado el sexo,
lo han explotado innoblemente para aumentar sus
posibilidades económicas. Hay muchos que se ali­
mentan de la corrupción de los más jóvenes.
Pero esto no excusa vuestro comportamiento
Aunque con frecuencia os lleguen salpicaduras de
CARTAS A LOS HOMBRES 151

barro y tango, ¡pasad!, no os detengáis. Vosotros


los jóvenes que estáis bautizados en la fe de Cristo
¡rebelaos! Liberaos de las ataduras. Ya va siendo
hora — ya tenéis edad— de que descubráis dónde
está la auténtica libertad. Llamáis amor a lo que
es sucia lujuria. La clave para distinguirlo está ai
alcance de los más torpes: en el amor hay gene­
rosidad y en la lujuria hay sólo egoísmo. Allí uno
s j da. Aquí uno se busca.
Sí, reconocemos que el erotismo corre de es
quina en esquina, ensuciando cuanto encuentra a
su paso. Es una ola empujada por negociantes,
enfermos, ignorantes v demonios. La riada de
barro sucio se extiende por las calles del mundo
¡Y a esa sensualidad exhibicionista le llaman natu­
raleza, arte, belleza y liberación! ¡Serán cretinos'
Vuestra culpa está en haber dejado que mani­
pulen vuestra sexualidad. Os habéis dejado lavat
el cerebro por falta de voluntad. Todos los gui
ñapos, sin autodisciplina, acaban siempre siendo
esclavos. «Todos esos instintos no refrenados sor
el agarradero para la manipulación» (Cardenal
Alfred Bengsch).
Qué pena nos han dado siempre los tratados dt
casiiístifa, cuando al exponer la virtud de la cas­
tidad, algunos autores hacen verdaderas filigranas?
para clasificar en situaciones graves o leves las
miradas a las partes deshonestas de los animales
cuando no entra en juego el deleite morboso, sino
la mera curiosidad.
Tan absurdos como aquellos autores son estos»
contemporáneos que nos presentan a todo coloi
152 JESUS URTEAÜA

páginas y páginas con cuadros, recuadros y pre­


guntas propias de deficientes mentales para dar*
nos, finalmente, unos absurdos tantos por ciento.
Es un recuento enfermizo de encuestas, datos y
cifras. Alzaos contra esa tiranía.
Por ser jóvenes de hoy, porque buscáis ia since­
ridad, se os puede pedir que seáis auténticos. Pero
se os exige más temple y valentía.
¿Que hay una creciente erotización ambiental?
¿Y para qué sois jóvenes rebeldes? ¡Rebelaos!
r Vais a achacar al mal ambiente la razón de vues­
tra cobardía?
Escucha a Pablo que escribe a los cristianos de
Roma. El paganismo invade las costumbres am­
bientales de las grandes ciudades de entonces. Los
gentiles son injustos, perversos, codiciosos, hen­
chidos de envidia, de contiendas, de engaños; son
chismosos, detractores, enemigos de Dios, alta­
neros, fanfarrones, rebeldes a sus padres, insen­
satos, desleales, desamorados, invertidos, llenos de
pasiones infames y de aberraciones sexuales 11.
Como podéis comprobar, la situación de enton­
ces no era muy distinta a la de ahora.
Pero no lo olvidéis: los hombres de Dios — los
cristianos— salvaron aquel mundo podrido. A este
mundo sucio de ahora lo salvarán «los que tienen
fe en Dios y arrostran generosamente las exigen­
cias de esa fe, difundiendo en quienes les rodean
un sentido trascendente de nuestra vida en la
tierra» (J. Escrivá de Balaguer).

" Cfr. Rom 1.26-32


CARTAS A LOS HOMBRES 153

¡Jóvenes rebeldes, no os dejéis amedrentar por


el ambiente facilón y mediocre de nuestro tiempo!
Nuestro mundo corre por senderos en que cuenta
sólo lo útil, lo cómodo, lo agradable. Vuestro ca­
mino es otro. Abandonad la vida rastrera y entrad
por el camino marcado por Cristo. N o se os en­
caña: hay renuncia , esfuerzo y cruz. El descanso,
sólo al final.
Esta es la auténtica rebelión. Esto es lo que
cuenta. Para seguir los derroteros de la impureza
no se precisa mucho coraje. Basta con dejarse
arrastrar.
Si cuando sois jóvenes no marcháis contra
corriente, ¿para cuándo lo dejáis?
En toda vida cristiana — y, por supuesto, en toda
vida joven— hay que contar con dos factores:
Dios y el hombre. El Señor pone su gracia; el
joven, su voluntad. Jesús recorre la mitad del ca­
mino. A vosotros os corresponde recorrer la otra
mitad.
¡No marchéis solos! Cogeos de la mano de María
Pedidla que os ayude a vivir bien la santa pureza,
«virtud de hombres que saben lo que vale su
alma»
EL SEXTO MANDAMIENTO:
AMOR AUTENTICO

Todos recordamos aquellos tiempos en los que


los predicadores, de cuando en cuando (siendo el
cuando bastante frecuente), sacaban a relucir la
caja de ios truenos para atemorizar a las pobres
gentes v llevarlas al arrepentimiento de sus pe­
cados.
Un sacerdote, amigo mío, había sido llamado
por un capellán para que diera un curso de retiro
espiritual a un nutrido grupo de militares. Don
Rafael, el sacerdote que predicaba las meditacio­
nes, les hablaba de Dios, del trabajo profesional,
de amor humano auténtico, de sus relaciones fam i­
liares v sociales, del servicio a los demás...
Debió ser el segundo o tercer día de charlas
cuando el capellán, comprobando que se relegaba
excesivamente el momento de predicar lo que con­
sideraba fundamental, no pudo aguantar más v
dijo a mi amigo:
— ¡Don Rafael! ¡El sexto!, que nos hundimos
Eran aquellos los tiempos en que el tema salía
a relucir a todas horas. Por entonces se hacía pre­
ciso gritar que el resumen del cristianismo no
estaba en el sexto, sino en el primerp.
CARTAS A LOS HOMBRES 155

Hoy se hace preciso hablar de pureza porque


muchos han dejado de predicar sobre esta virtud
Está como mal visto. Les da vergüenza hablar del
pudor, de la virtud de la pureza, que es la garantía
del amor humano y la libertad del corazón para
ver a Dios.
Te traigo unos párrafos de un escrito de Josc
Luis Soria sobre este tema, «El sexto Manda
miento» ' Esti mo que es interesante recordar, a
todos, los medios que tenemos que poner para
vivir bien esta virtud, fundamental, de todo cris­
tiano.
Podrá parecer una verdad de Perogrullo, o une
simpleza, pero para vivir la castidad lo primero
que es necesario es querer: decididamente, cor
firmeza, con la disposición de poner los medio*
que sean precisos..., y con humildad, para re
conocer los pecados y levantarse con contrición
v deseos de reparar. Un querer que no significa
una fe ciega y desmedida en la fuerza de la volun
iad, sino la decisión auténtica de poner por obra
lo que sea preciso para llevar una vida limpia, una
vida en libertad y con amor verdadero.
Ese querer de verdad nos debe llevar a cuidat
una serie de detalles particularmente interesantes
Un detalle se refiere a la confesión ; una confe­
sión hecha «para salir del paso», rozando la in­
sinceridad, diciendo lo menos posible o hablando
lo más nebulosamente posible para que la con­
ciencia no pueda acusar claramente de haber he-

, ! J. L. S o r i a , o . c .
JESUS URTEAGA
156

cho una confesión sacrilega; una confesión egoísta


motivada fundamentalmente por el deseo de que­
darse tranquilos, al mismo tiempo que se procura
no quedar demasiado mal, es señal de que no se
quiere de veras, porque está faltando una conver­
sión a fondo.
El otro punto se refiere a la oración: la oración
es un medio para vivir la pureza, porque ha de ser
un medio de conocer, tratar y amar más a Dios,
y porque «la santa pureza la da Dios cuando se
pide con humildad» " , de tal modo que podríamos
afirmar que la pureza — la auténtica pureza de un
hombre o de una mujer— está en proporción de
io que rece v de cómo rece pidiéndola.
De la mortificación basta afirm ar que es igual­
mente indispensable para tener a raya la concu­
piscencia y vivir limpiamente; que se ha de poner
en cosas que estén lejos de los puntos capitales
del alma *\
Un aspecto específico de la mortificación, como
medio para vivir la castidad, reside en la guarda
delicada de los sentidos (la vista y la imagina­
ción especialmente), que es necesaria para guar­
dar el corazón. La inmensa mayoría de las tenta­
ciones en esta materia llegan por ese camino, y
hay que cerrarlo. Si no se cierra, tampoco se
quiere verdaderamente la castidad.
«N o quieras dialogar con la concupiscencia:
d e s p r e c í a l a » « N o tengas la cobardía de ser

" Camino, núm. 118.


1’ Cfr. ibíclem, núm. 307.
I4i fbídent, núm. 127.
CARTAS A LOS HOMBRES 157

“ valiente": ¡huye!» i:. Estas dos advertencias, tan


cortas, pero tan jugosas, dan punto de partida
para otras consideraciones sobre más medios de
vivir la pureza: la huida, la fuga de las ocasiones
En primer lugar, recordemos que en esta materia
— como en todo lo relacionado con las tentaciones
de placer sensible— la mejor defensa es la fuga
Si un hambriento se ve servir delante un plato
apetitoso y no quiere comerlo, lo que debe hacer
es poner tierra por medio. Si — delante del p la to -
pretende hacerse consideraciones para dejarlo in­
tacto, será en vano: tarde o temprano se lo tomará
Buena parte de esa «valentía» para ser cobarde
ha de aplicarse al cultivo del pudor y de la mo­
destia, y, desde luego, a la huida de las ocasiones
de pecado.
Si, junto a todos los medios anteriores, se pro
cura una formación abierta, que esté dirigida cons­
tantemente a atender las necesidades del prójimo;
si se ponen en práctica también otros remedios
humanos — aun médicos y psicológicos, cuando
sea preciso— , Nuestro Señor cumplirá su pro­
mesa: fiel es Dios. No dejará que seáis tentados
por encima de vuestras fuerzas.
Con la intercesión poderosa y materna de Santa
María, la Madre del Amor Hermoso.
LOS HIJOS DE LA ENVIDIA

¿Has contemplado esta escena alguna vez?


Un chico joven está robando algarrobas a los
cerdos porque tiene hambre. El quisiera comer
el pan que comen los obreros de su padre, pero
no puede hacerlo porque está lejos, en una vieja
alquería que él ha abandonado estúpidamente hace
unos años.
El hombre joven está profundamente arrepen­
tido. Es preciso regresar a la hacienda de su pa­
dre. Sí, hay que levantarse. No puede seguir así.
Hay que volver. Hay que pedir perdón. «M e levan­
taré», dice. Y partió para su casa.

Nunca Liu regreso produjo tanta alegría

La casa de campo se llena de fiesta. Hay abra­


zos, besos, gritos y música.
El padre está loco de entusiasmo. ¡Ha vuelto mi
hijo! Es el canto del padre, que corre de rama en
rama entre las carrafas.
Sale a relucir todo lo que estaba encerrado en
el viejo arcón: los mejores vestidos, anillos para
sus manos, sandalias para sus pies.
La casa se llena de luz y bailes.
CARTAS A LOS HOMBRES

En el campo ha comenzado la matanza del no­


villo cebado.
La actitud del padre misericordioso la compren­
demos fácilmente. «¿Acaso olvida una mujer a su
niño de pecho sin compadecerse del hijo de sus
entrañas? — pregunta Isaías— . Pues aunque ésas
llegasen a olvidar, Y o no te olvido» ,s. Este es el
amor de Yahvéh por Israel. Este es el querer de
Dios a sus hijos pródigos.
«Realmente contamos — dirá el Exodo— con
un Dios misericordioso y clemente, tardo a la
cólera y rico en amor y fidelidad» 19.

Y mucha tristeza

El cariño del padre contrasta con la postura


del hijo mayor.
Nunca un regreso — decía antes— causó tanta
alegría.
Nunca tanta fiesta — digo ahora— engendró tan
ta tristeza.
Mientras el padre, entre lloros y besos, da órde­
nes para que comience el festejo, el hijo mayor
permanece solo, triste, a la intemperie.
«E l mayor no quería entrar». ¡Será imbécil! Ni
siquiera le llama hermano. «¡H a venido ese hijo
tuyo, que ha devorado tu hacienda... y has matado
para él el novillo cebado!».
Esta es la preocupación del hombre que jamás
dejó de cumplir una orden de su padre, al que

ls Is 49,14-15.
Ex 34,6.
160 JESUS URTEAGA

sirve —con una fidelidad externa, sin poner el


corazón— desde hace muchos años: le importa e!
gasto que supone matar el novillo cebado. Le
duele el dinero que se han llevado las prostitutas.
Le molesta que salgan a relucir vestidos, anillos y
sandalias. Le entristecen los costos de un banquete
en honor de su hermano.
En cambio, permanece frío ante la resurrección
de su hermano muerto. N o le dice nada la vuelta
a la vida, como tampoco le dijo nada, hace tiempo,
la marcha del hogar. Lo que verdaderamente le
duele a este hombre es que su hermano pequeño
haya recuperado la salud; le molesta que se haya
encontrado al hombre perdido. Es tan ruin, que
se entristece por la celebración de la fiesta.
Es la envidia un pecado capital. Tristeza del
bien ajeno; tristeza de los éxitos, o de las riquezas,
o de los talentos de los demás; talentos, riquezas,
éxitos y bienes que se consideran como un mal
propio porque rebajan nuestra gloria, nuestra ex­
celencia.
Es tremendo esto de sentir pena por el regocijo
del prójimo. Es monstruoso el sentir alegría por
las penas de los demás.
Al envidioso le estorba la felicidad ajena. El envi­
dioso puede llegar a entristecerse por el bien espi­
ritual de un hermano, por su santificación, y es en­
tonces cuando llega a ser un grave pecado contra
el Espíritu Santo.
CARTAS A LOS HOMBRES 161

Contra envidia, caridad

Estos son los hijos de la envidia: odios, murmu


raciones, calumnias, difamaciones, chismes, des­
avenencias, gozos en las penas del prójimo y tris­
tezas en su prosperidad.
La envidia se produce siempre entre gentes de
la misma o parecida condición social. El pobre
no siente envidia de un rey. Tiene envidia una
mujer de su cuñada, un tendero de un compañero
un hermano mayor de su hermano pequeño.
Por envidia, los sumos sacerdotes pusieron s
Cristo en manos de Pilato, nos dicen los Evan­
gelistas
Por envidia, Anás y los saduceos «echaron mano
a los Apóstoles y los metieron en la cárcel», leemos
en los H echos21.
«P or la envidia del diablo — la cita es del Libro
de la Sabiduría— entró en el mundo la muerte» T¿

¿ Has recibido en alguna ocasión los latigazos de


los envidiosos?
Borra con tu actitud la baba del hombre ruin y
mezquino. Contra envidia, caridad. Lo hemos
aprendido de niños en el Catecismo. Ha llegado
el momento de poner por obra la caridad fraterna
Necesitamos más piedad, más entrañas, más

" Cfr. Mt 27,18; Me 15.9-10.


Act 5,18.
'■· Sap 2,24.
11
162 JESUS URTEAGA

misericordia, más cariño, más perdón, más olvido


de las ofensas, más comprensión, más entusiasmo
por lo bueno, noble y limpio de los demás. Vamos
a entrar en la casa y participar de la fiesta. Junto
al padre bueno sólo sentiremos gozo con las ale­
grías de los demás.
Solamente se quedarán fuera —allá ellos— , en­
tre cerdos, algarrobos y sus carrafas, los que no
quisieron entrar, los hijos de la envidia.
CALUMNIA

En este tiempo en el que un espíritu ecuménico


nos hace abrir los brazos, una vez más, a nuestros
hermanos separados, ¿cómo es posible que los
cerremos a los que viven en nuestra misma casa?
Y hay hombres que se llaman católicos y los
cierran porque parecen desconocer el amor. El
amor y la verdad. Y si los abren es para dar ha­
chazos, con la pluma y con la lengua, al unido
Cuerpo de los cristianos.
Sus palabras no nacen del amor, no sirven a
la verdad, son palabras fraudulentas que tratan de
romper los lazos divinos que unen a los hombres
de Cristo.
La verdad y el amor se corresponden siempre
mutuamente. El mensajero de esa verdad y de ese
amor es Jesucristo. El es la Verdad y el Amor de
los que ha dado testimonio con su Sangre. Y por­
que Cristo es verdad y testigo de ella, la vera­
cidad es ley fundamental entre todos los que so­
mos cristianos. Y son muchos los que parecen
desconocer en la práctica esta ley.
¿Queréis tomar parte en Cristo? ¿Sí? Enton­
ces... abandonad la mentira, escapad del fraude,
desterrad la calumnia. Quien no ama no puede ser
testigo de esa verdad que brota del amor. jNo
164 JESUS URTEAGA

empañéis la verdad con dobleces, con engaños,


con deslealtades! Somos, por cristianos, llamados
a difundir el mensaje vibrante de la verdad, del
amor, de la santidad en el mundo; ¿hemos de
consentir que la mentira manche nuestros labios?
Sabéis, como yo, porque lo dice el Salmista, que
solo vive en la montaña santa el que camina sin
racha, el que obra la justicia, el que en su corazón
habla verdad, el que no levanta calumnias.
Hay que poner esfuerzo, amigos, en ser vera­
ces, si no queremos destrozar la maravillosa uni­
dad de los cristianos.
Todos los hombres, por el hecho de serlo, te­
nemos derecho al reconocimiento de nuestra dig­
nidad humana; tenemos derecho a la verdad y al
honor. Todos tenemos la obligación de respetar
la fama v la libertad de los demás.
Ser susurradores, soplones, calumniadores, di­
famadores, chismorreros, es incompatible con lle­
var el nombre de Cristo. El cristiano no puede des­
truir con sucia lengua la caridad y la justicia. Se
convertiría en salteador de la fama del prójim o.
Echaría a perder el tesoro de los hombres buenos.
Daría las interpretaciones más torcidas a las cosas
más sublimes.
Los que inventan calumnias con la nefasta idea
de hacer daño merecen perdón, como todos los po­
bres mortales, pero no respeto. ¿No se percatan
de que el pueblo sencillo correrá sus mentiras por­
que, demasiado crédulo, se fiará de su palabra?
¿No saben que en esta vida hay algo peor que la
muerte y se llama calumnia?
CARTAS A LOS HOMBRES

Los que calumnian de palabra o por escrito;


los que tienen ios ojos turbios, por envidia, por
odio; los que tratan siempre de ensuciar a los de­
más; los que — poco hombres— se prestan a la
torpeza de acusar falsamente a otros por dinero
deben saber que tendrán que reparar los daños
causados en la honra del prójimo.
.No podemos colaborar con la injusticia dejan­
do correr las falsas noticias que destrozan la fama
de los demás.
Me parece bien que se entone el mea culpa, pero
también es necesario — de justicia— reparar el da­
ño causado.

Los calumniados que hagan oración con las


palabras de Cristo.
«¡A y cuando todos los hombres hablasen bien
de vosotros, porque así hicieron sus padres con
los falsos profetas! Yo os digo a vosotros que me
escucháis: amad a vuestros enemigos, haced bien
a los que os aborrecen, bendecid a los que os mal­
dicen y orad por los que os calumnian»*3.
RICOS, POBRES Y CAMELLOS

Es a todas luces sumamente injusto que un hom­


bre esté privado de toda cultura y bienestar por
haber nacido en una cuna de una portería, cuando
otro — por el mero hecho de nacer en el piso de
arriba— tenga no sólo lo indispensable para la
vida, sino que no sepa qué hacer con el dinero.
Pero aunque parezca mentira, hay gentes que se
encogen de hombros ante esta injusta situación di­
ciendo que «esto» es, más o menos, lo que ocurre
con la voz: que unos nacen cantores y otros afó­
nicos. Como si Dios no le hubiese encargado al del
primer piso que se preocupe del portero.
Cuando los ricos se muestran indiferentes ante
la apremiante necesidad de muchos, uno piensa
en los camellos, los cuadrúpedos aquellos a quie­
nes resulta muy difícil entrar por el ojo de una
aguja.
Con objeto de tranquilizar la conciencia y hacer
más asequible la entrada de los ricos en el reino de
los cielos, algunos comentaristas interpretan, a su
manera, las palabras fuertes de Cristo. Como quie­
ra que los camellos no pueden pasar por el o jo de
la aguja y resulta conveniente «pasarlo», no hay
más que dos modos de hacerlo: o achicar el ca
mello o agrandar el ojo. Unos lo achican cam*
CARTAS A LOS HOMBRES 167

blando la palabra «cam ello» por «cable» y otros


agrandan el ojo como si Jesús se hubiese querido
referir a una puerta que se llamara «o jo de aguja»
Entendemos con Chevrot que Cristo hablaba
concretamente de un camello y del ojo de una
aguja. «E l Salvador recurre a una imagen inten
cionadamente inverosímil». Un hombre cogido por
la riqueza — como el del primer piso a que nos
referíamos al principio— no puede ser discípulo
del Señor. Eso es todo.
No somos quiénes para poder hablar de los que
entrarán o dejarán de entrar en el reino de los cie-
ios. La justicia y la misericordia de Dios son infi­
nitas. Pero sí podemos dejar en claro que ¡ésos!
los camellos, las bestias, los esclavos del dinero
los avariciosos en una palabra, ésos no son discí­
pulos del Señor, no son cristianos, aunque dejen
entrever por el chaleco un gran escapulario.
Lo que resulta verdaderamente curioso es que
los camellos adquieren proporciones distintas se­
gún el punto de vista. Desde abajo llamamos ca­
mellos a todos los que tienen las dos jibas llenas
de dinero. Desde arriba, según el Evangelio, sólo
son camellos los avariciosos. Nosotros, los hom­
bres, llamamos ricos o pobres, según un criterio
cuantitativo: conforme a los ingresos que se per­
ciben. Según Dios, los hombres se clasifican en
ricos y pobres, acorde con su corazón. ¿Que éste
es de chicle y se apega a los bienes materiales?
entonces el hombre es uno de los desgraciados
ricos a los que les resulta difícil entrar en el reino
¿Que el corazón es generoso y en él tienen cabida
168 JESUS URTEAGA

los otros hombres?, ése será de los bienaventu­


rados que ya, desde ahora, poseen la paz, la dicha
y el cielo.
El Señor — conforme a las Escrituras Santas—
recibe gustoso a hombres con dinero que saben
asarlo generosamente en favor del prójim o: los
Reyes Magos (fieles al llamamiento), Mateo (recau­
dador del fisco), José de Arimatea (que le prestó el
sepulcro), Simón de Cirene (que puso sus hom­
bros) y Zaqueo (jefe de aduanas), entre otros
muchos.
En cambio, son camellos a los ojos de Dios:
Judas (el de la bolsa), Epulón (aquel que sólo se
ocupaba de vestir y comer).
Mira, no hay peligro de que tú y yo seamos como
Epulón. Yo no, por supuesto, y creo que tú tam­
poco, porque los ricos no suelen leer estas cosas
en las que se habla de la pobreza, de la miseria
v de los camellos. Es como de mal gusto.
Pero nosotros sí podemos ser como los de Gá-
dara: aquellas gentes medianamente pobres, de
clase media, pero que entre todos habían llegado
a reunir dos mil cerdos, y que tan apegados^ esta­
ban a ellos que no les gustó, ni mucho ni poco, que
desaparecieran por el barranco, aunque con ello
se salvara un hombre, llegando a aconsejar a Cristo
que se retirara de aquellos contornos.
¿Cuántos entre vosotros hay que estén dispues­
tos a perder dos mil cerdos para que se salve un
hombre?
Pilato pudo ser natural de aquel pueblo. Pilato
CARTAS A LOS HOMBRES 169

no estaba apegado a Los cerdos ni a! dinero, pero


sí al poder, y de tal manera que prefirió que
crucificaran a Cristo a tener que abandonar su
gobierno civil.
En cierta ocasión un pobre aldeano —que siem­
pre se quejaba del parte meteorológico y de las
ricas cosechas de los vecinos— se hizo de pronto
«nuevo rico», un potentado de la noche a la ma­
ñana por arte y gracia de un cosechón fenomenal,
hasta el punto que no sabía qué hacer con el gra­
nero porque se le había quedado chico. ¡Ni se le
pasó por la cabeza que podía ayudar mucho a
otros vecinos! De él, nos dice Cristo, que fue con­
denado. Este pobre aldeano y aquellas gentes de
Gádara, eran como camellos a los ojos de Dios.
Los avariciosos, los camellos, son los que tienen
un anhelo desordenado de los bienes materiales.
La avaricia se da con mucha frecuencia entre ios
ricos. Es el gran peligro de la riqueza. Calculan
para poseerlas, aumentarlas y conservarlas a toda
costa; se les seca el corazón y no tienen ojos para
ver necesidades en la cuneta. Pero insisto en que,
también, se puede dar la avaricia entre los pobres,
como entre los aldeanos del pueblo referido en el
Evangelio. Y Dios, que no sabe una palabra de
cálculos, dice cosas terribles: «Ay de los ricos, por­
que habéis recibido vuestro consuelo». A los ojos
de Dios serán unos desgraciados los satisfechos,
los que tienen el corazón acorchado para el pró­
jimo, los apegados al dinero, al poder, a los hono­
res, los idólatras, los que pretenden servir a dos
JESUS URTEAGA
170

señores: a Dios y a la riqueza. Esto es imposible


para un cristiano.
De los pobres — Dios quiera que estemos siem­
pre entre ellos— Jesús dice palabras consoladoras:
«Bienaventurados vosotros, los pobres de espíritu,
porque vuestro es el reino de los cielos».
NO TE OLVIDES DE ELLOS

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis continúan ca­


balgando sobre nuestro pequeño mundo. El mons­
truo del hambre, a excepción del Japón e Israel,
sigue creciendo en toda Asia, y en casi toda Africa,
y en casi toda América Central. El monstruo del
hambre sólo da de comer una vez al día a 110 mi­
llones de hombres en la India, y a otros 110 millo­
nes sólo les deja comer cuando roban.
El problema de que a unos les sobre y a otros
les falte no es de hoy. Hace más de treinta años
que se nos decía que una clase de hombres —la
menos numerosa— «goza de casi todas las venta­
jas que los inventos modernos proporcionan tan
abundantemente, mientras la otra, compuesta de
ingente muchedumbre de obreros reducida a an­
gustiosa miseria, lucha en vano por salir de la
estrechez en que v iv e » 84.
El problema es de siempre. ¿Sabrías decirme
de qué demagogo son estas palabras? Te las copio:
«Defraudan su jornal a los obreros y siguen vi­
viendo, en cambio, entre las delicias de la tierra,
dedicados a los placeres y sin hacer otra cosa que
engordar como animales para el día de la ma-

,¿A Pío X I, Ene. Quadragesimo atino (Acción Católica Es­


pañola, Madrid 1967), t. I, pág. 624.
172 JESUS URTEAGA

tanza». Esta escrita hace veinte siglos. Es de un


apóstol de Cristo; es el final de una carta, de San­
tiago, llena de indignación contra los que, cono­
ciendo el Evangelio de Jesús, siguen apegados,
aurrados al dinero.
Hay un quinto Jinete del Apocalipsis. Junto al
hambre, la peste, la muerte y la guerra, el del anal­
fabetismo, que tiene sujetos, por nuestra despre­
ocupación, a 600 millones de hombres y que agrupa
entre sus filas, cada año, a 25 millones más.
Los hambrientos de pan, los desnudos de ropa,
los analfabetos, los miserables, suman un ejército
de muchos millones.
No nos puede extrañar la maldición lanzada por
Cristo contra los satisfechos que se despreocupan
de los demás, contra los que no remedian las nece­
sidades del prójimo, contra los ciegos voluntarios,
que no ven porque no miran lo que les puede dar
asco y miedo: «¡A y de vosotros los ricos...!».
Jesucristo, el que era pobre, el que siempre se
compadeció del pueblo, el que se preocupaba de
que comieran pan y peces los cinco mil hombres
que se habían congregado para escuchar su men­
saje, ha condenado la avaricia. En esta ocasión,
en la que la afluencia de gente es tal que 'se pisan
unos a otros, el Señor aclara aquella condenación,
pronunciada en la montaña, dirigiéndose a todos,
a los pobrecitos también: «Estad alerta y guardaos
de toda avaricia, de que no depende la vida del
hombre de la abundancia de los bienes que posee».
Yo no sé qué tiene la prosperidad que la hace peli­
grosa; actúa de anestésico y seca el corazón.
CARTAS A LOS HOMBRES 173

Si Dios anunciaba al pueblo los peligros de la


avaricia es porque a nosotros — pueblo de Dios—
se nos puede pegar el dinero a las manos, a los
ojos y ai corazón.
Rezo para que no nos conformemos con rezar.
Buena es la oración para todo, pero es poco rezar
cuando Dios nos ha dado cabeza, corazón, manos
y dinero para que lo pongamos al servicio de los
demás.
Desentendemos de esta obligación es atentar
descaradamente contra la virtud de la justicia. Y
contra la justicia se puede faltar de dos maneras:
por no respetar los derechos del prójim o y por
usar mal de los bienes que nos han sido confiados.
Llega en estos días la Campaña Mundial contra
el Hambre, y todo hombre de Cristo ha de pregun­
tarse — ¡y allá aquel que no lo haga!— cuáles son
las personas o las necesidades previstas por Dios
para que se beneficien de nuestros talentos (el don
de la fe, de la inteligencia, de nuestras virtudes hu­
manas, de nuestra posición social, de nuestro
dinero).
Los Jinetes del Apocalipsis continuarán cabal­
gando sobre nuestro pequeño mundo sembrando
lágrimas..., ¡si, al menos, los cristianos enjugára­
mos las del vecino!
Esto nos. dice la «Constitución dogmática sobre
la Iglesia» del Concilio Vaticano II: «La Iglesia
abraza a todos los afligidos..., se esfuerza en aliviar
sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo»
O DIOS O EL DINERO

La vida consiste en elegir. Solemos ser los mis-


mob hombres los que escogemos un camino en
nuestro andar diario; siempre hay dos cosas que
hacer y habremos de dar preferencia a una de
ellas. Pero a veces es Dios quien nos presenta la
disyuntiva. El mismo Señor que nos pide que elija­
mos entre estar con El o contra El nos va a decir
ahora: «O Dios o el dinero» 25.
Ante la elección propuesta, los fariseos de en­
tonces que «amaban las riquezas», como los fari­
seos de ahora, «se burlan de El».
Son muchos los personajes del Evangelio que
guardan relación con el dinero. Entre ellos figu­
ran: Epulón, Judas, un joven rico, Ananías, el
hombre de la herencia, Zaqueo, una pobre viuda
y el majadero del granero.
Al Epulón de la parábola no podemos conside­
rarle avaro, era un vividor sin entrañas. Era un
hombre con cinco hermanos, muchísimo dinero,
que gustaba de vestir y comer bien, lo pasaba en
grande en espléndidas fiestas, no tenía ojos para
ver la miseria que colgaba de su mesa y carecía
de corazón para apiadarse de Lázaro. Epulón no

Cfr. Le 16,13
CARTAS A LOS HOMBRES 175

era de carne y hueso como los demás hombres,


era de palo.
Judas entrega a Cristo a cambio de treinta mo­
nedas, que era lo establecido en la ley por la vida
de un esclavo: «Si el buey acornea a un siervo
o a una sierva — leemos en el Exodo— , se pa­
garán treinta sidos de plata al dueño de ello, y
el buey será apedreado» -fi.
Por apegamiento a su opulencia, aquel joven
«muy rico» — nos dice Lucas— , que tenía muchos
bienes — nos dicen Mateo y Marcos— , se quedó
entristecido, «se marchó apenado», después de
comprobar que Cristo le miraba con cariño y le
invitaba a ser apóstol.
También en Ananías hizo estragos el dinero.
Como réplica al hombre que pide a Cristo que
intervenga para que su hermano le reparta la he­
rencia, Jesús contestará: «Guardaos de toda ava­
ricia» -7.
Zaqueo sale bien parado en su confrontación con
los bienes materiales. Si en su tiempo fue un hom­
bre apegado al dinero, después de recibir al Señor
en su casa, quedó curado. Y dio a los pobres el
cincuenta por ciento de lo que conservaba —un
buen porcentaje— . Y cuatro veces más a quien
hubiese defraudado. Da la impresión de que con­
taba con ello. Debía tener mucho para, después
de estos cálculos, no quedarse sin nada.

Ex 2132
• Le 12.15
176 JESUS ÜRTEAGA

El hombre del granero y la muj er del templo

El contraste quizá más tuerte que se da entre


las figuras de la Escritura en torno al dinero es
el del hombre del granero, un rico insensato, y una
pobre mujer, una viuda generosa, que entrega
«todo cuanto tenía para vivir».
La parábola expuesta por el Señor aparece en
San Lucas -\ Los campos de un rico mentecato
habían dado mucho fruto. Todo su problema con­
sistía en dónde poder reunir aquella gran cosecha.
Ni Dios ni el prójimo entran en sus cálculos. Sola­
mente se acuerda de sí mismo, de su futuro, de
sus silos.
A este hombre, que no puede alargar su vida
para gozar de los bienes que ha acumulado, Dios
le va a llamar insensato. Tiene su alma llena de
trigo y va a morir de indigestión.
Frente a este rico fatuo, Jesús llega a proponer­
nos como modelo a los cuervos, que no siembran
ni cosechan, ni tienen bodegas ni graneros. El po-
brecito de la parábola no sabía que la vida y el
alma valen más que el alimento.
El Señor, que considera necio al de los hórreos,
llamará generosa a la pobre viuda de la sala del
tesoro.
Nunca menos dinero armó tanto revuelo.
La escena tuvo lugar en el gazofilacio, que era
la pieza donde se conservaba el tesoro del templo.

Le 12,16 s
CARTAS A LOS HOMBRES 177

En tiempos de Jesús ocupaba el lado derecho del


atrio de las mujeres, que estaba precedido de un
pórtico con columnas. Aquí, en esta galería con
arcadas, fue donde el Señor hizo un cántico a la
generosidad de aquella mujer por las dos perras
que depositó en uno de los trece cepillos que te­
nían forma de trompeta.
El rico de la parábola trataba de asegurar su
«mañana», que no llegará. Esta viuda asegura su
«hoy», porque sabe que «cada día tiene bastante
con su inquietud». Y era todo cuanto tenía para
vivir, nos dice San Lucas. Una vez más, lo que los
hombres llaman derroche y locura levanta mur­
mullos de admiración en el corazón de Dios.

La avaricia es vicio de viejos

La avaricia es un pecado capital, que consiste


en el apegamiento al dinero con todo lo que éste
encierra de bienes materiales y riquezas, con todo
lo que supone afición desordenada a lo que se
tiene.
Si conservamos en nuestra imaginación la figura
del avariento, con gorro de dormir, camisón y
contando perras a la luz de una vela, podremos lle­
gar a la conclusión de que los avariciosos son per­
sonajes-fantasmas del teatro del siglo xvn, que no
existen en la realidad.
Avaro, tacaño, roñoso, ruin y mezquino son in­
sultos que molestan a los hispanos, lo cual no
quiere decir que vivamos la virtud contraria. Re-
12
'7 8 JESUS URTEAGA

cientemente, la Conferencia Episcopal Española ha


redactado un documento pastoral que lleva por
título «La vida moral de nuestro pueblo», en el
que se nos dice: «La relajación moral se refleja
en hechos, más o menos extendidos, como los que
siguen: escándalo y provocación del dinero, ansia
de lucro y de lujo».
No podemos olvidar que este deseo inmoderado
de poseer, este amor desordenado de riquezas, este
apego excesivo al dinero, este ansia de lucro y de
lujo, esta excesiva tenacidad en el afecto a los
bienes, esto es avaricia, aunque no se lleve gorro
ni camisón de dormir, aunque no se cuenten por la
noche las monedas a la luz de una vela, sabiendo
que las cuentan por nosotros.

Un reino por dos perras gordas

La liberalidad, o la largueza, o la generosidad


(son sinónimos) es una virtud contraria a la ava­
ricia, que «no consiste en dar mucho, sino en la
disposición del donante». El entrecomillado es de
Aristóteles, recogido por Santo Tomás
San Ambrosio nos dirá que es el afecto el que
hace rica o vil la dádiva v el que da valor a las
cosas.
Es así como podemos entender los elogios que
hace Dios por las «perras» que se depositaron en
la sala del tesoro del templo.

Si Th 2-2 ci 117. a I
CARTAS A U>S HOMBRES m
Para todos aquellos casos en los que se guardan
bienes superfluos o el prójimo se encuentra en
grave necesidad, valen las palabras de San Basi­
lio: «E l pan que tú guardas pertenece al hambrien
to, el traje que tú conservas pertenece al desnudo,
el dinero que tú amontonas pertenece al pobre».
La avaricia no te va, es vicio de viejos, no es
detecto de jóvenes. «La avaricia —nos dice Pie-
per— delata esa angustia proverbial de los viejos,
hija de un espasmódico instinto de conservación
que no repara ya en nada que no brinde seguridad
y garantía».
La virtud de la generosidad nos reclama que
seamos espléndidos en dar, en darnos Dios ama
al que da con alegría.
EL ESCANDALO DEL LUJO

Pobreza es vivir en la necesidad, en la estrechez;


carecer de lo necesario para el sustento.
Lujo es vivir riéndose de la necesidad, de la es­
trechez, de la carencia de lo necesario para el
sustento del prójimo.
Sucedió en una catequesis obrera de un barrio
extremo de Madrid.
—¿Me quieres decir cuál es la primera de las
Bienaventuranzas?
Y contestó con rapidez y sin malicia un chaval
de doce años:
— Bienaventurados los pobres, porque de ellos
se ríe la gente.
Estas son las justas aspiraciones de los hom­
bres:
«Verse libres de la miseria, seguridad eri la vida,
la salud, una ocupación estable, participar en las
responsabilidades, ser más instruidos; en una pa­
labra: hacer, conocer y tener más para ser más».
Son palabras de Pablo V I en la Populorum pro­
gres sio.
El lujo y el derroche son perfectamente anti­
cristianos.
Me hace daño cada vez que veo un anuncio de
CARTAS A LOS HOMBRES №

«Pisos de lujo», «Vacaciones de lujo», «Coches


de lujo», «Juguetes de lujo».
¿Quién justifica el lujo cuando el vecino siente
hambre?
El lujo no es cristiano porque no es humano.
«Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando
tantos hogares sufren la miseria, cuando tantos
hombres viven sumergidos en la ignorancia —hay
más de mil millones de analfabetos en el mundo— ,
cuando aún quedan por construir tantas escuelas,
hospitales, viviendas dignas de este nombre, todo
derroche público o privado, todo gasto de osten­
tación nacional o personal... se convierte en un
escándalo intolerable. Nos vemos obligados a de­
nunciarlo. Quieran los responsables oímos antes
de que sea demasiado tarde».
Y yo me pregunto: ¿hay lujo, derroche o capri­
cho en mi vida?
Y te pregunto: ¿hay lujo, derroche o capricho en
la tuya?

¿De qué hay que preocuparse:


de la justicia en la tierra o de la gloria del cielo?

Estoy hecho un lío —me escribe un padre de


familia— . No me aclaro. Unos sacerdotes nos ha­
blan exclusivamente de justicia, de que a la Igle­
sia le corresponde liberar a los hombres de las
opresiones de las injusticias que, verdaderamente,
está lleno el mundo. En definitiva que los católicos
tienen que meterse en las realidades terrenas.
182 JESUS URTEAGA

Otros sacerdotes no dejan de insistir en que lo


más importante que tiene que hacer la Iglesia es
cumplir con su auténtica misión: llevar a los hom­
bres ai cielo. ¿Con cuál de las dos posturas me
quedo?
Quédate con las dos, por supuesto. La diferencia
de las posturas está en el acento que se ponga en
cada una de ellas.
Todos debemos, por cristianos, reaccionar ante
las injusticias. Sería errónea «la mentalidad de
quienes ven el cristianismo como un conjunto de
prácticas o actos de piedad, sin percibir su rela­
ción con las situaciones de la vida corriente, con
la urgencia de atender a las necesidades de los
demás y de esforzarse por remediar las injusti­
cias.. Quizá, sin querer, algunas personas consi­
deran a Cristo como un extraño en él ambiente de
los hombres»
«Un hombre o una sociedad que no reaccione
ante las tribulaciones o las injusticias, y que no
se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una
sociedad a la medida del amor del Corazón del
Cristo» :l.
Estimo que vale como resumen estas palabras
luminosas: «N o han sido creados los hombres tan
sólo para edificar un mundo lo más justo posible,
porque —además— hemos sido establecidos en la
Tierra para entrar en comunión con Dios mismo.
Jesús no nos ha prometido ni la comodidad tem-

Es Cristo que pasa, núm. 98.


51 tbídem, núm. 167.
CARTAS A LOS HOMBRES 183

poral ni la gloria terrena, sino la casa de Dios


Padre, que nos espera al final del camino» ,w.
Una vez que este punto queda claro, tenemos
que completar este tema fundamental.
¿Es ésa la misión primordial de la Iglesia de
Cristo? ¿Tratar de instaurar una mayor justicia en
la tierra? Y hay que contestar que no, «La realiza­
ción de la justicia en la tierra no fue el fin para
el cual el Señor instituyó su Iglesia... La misión
de la Iglesia, continuadora de la obra de la Re*
dención, es de naturaleza esencialmente religio­
sa» 3a.

Ib ide m , núm. 100.


K; J. O r l a n d is , «Redención cristiana y misión de la Igle­
sia». Folletos M undo Cristiano, núm. 144.
¿CUANTO DAS DE LIMOSNA?

«Poseer lo supertluo es poseer el bien ajeno».


Aunque lo parezca, esta frase no es de ningún de*
magogo de nuestros días. La dijo hace muchos
siglos San Agustín en un discurso que comenzaba
así: «Lo supertluo de los ricos es lo necesario de
los pobres».
Lo que Dios nos ha dado más allá de lo necesa­
rio. no nos lo ha dado para nosotros, sino para
distribuirlo. Si lo retenemos, nos quedamos con
el bien ajeno.
En el mundo se presume mucho, pero se da muy
poco. Vivimos con los ojos cerrados; no vemos
más que nuestros problemas — agrandados al mi­
rarlos tan de cerca— , con lo que perdemos la sen­
sibilidad por los problemas ajenos.
Los pobres, la Iglesia y sus obras apostólicas ne­
cesitan tu dinero. Y no se lo puedes negar. Te lo
pide Dios. Te lo exige. Si bien esa limosna es una
obligación de caridad con respecto a los hombres,
no puedes olvidar que lo es de justicia para con
Dios, que reparte los bienes — los que tú tienes
te los ha dado El— con esta condición: ayudar
a tus hermanos más necesitados.
No es preciso abrir la caja de los truenos para
atemorizar a las gentes Estimo que es más que
CARTAS A LOS HOMBRES 185

suficiente con leer el Evangelio en un tono suave,


tranquilo, pero... meditarlo. Escucha las palabras
de Dios: «Id vosotros, malditos, al fuego eterno
porque tuve hambre y no me disteis de comer,
tuve sed y no me disteis de beber». Quien, por el
contrario, trabaje por el hermano, quien socorra
una miseria, el que colabore en reparar una in­
justicia social o una desgracia económica, aquel
que arrime el hombro ayudando materialmente al
desarrollo de una obra apostólica, ése será recom­
pensado, porque «a Mí me lo hicisteis», nos recuer­
da el Señor.
Está bien, es de justicia, dar a cada uno lo suyo,
pero Cristo llega mucho más lejos en sus exigen­
cias; Cristo nos dice hoy: Da a los demás lo
tuyo.
¿Qué estás diciendo, amigo? ¿Que estás tranqui­
lo con lo que haces y con lo que das? Tú has
perdido el juicio. Vuelve a leer el Evangelio.
¿Quieres una fórmula para acallar los gritos de
los necesitados? No la tengo; pero sé generoso.
¿Sigues pensando que eso de la limosna es una
obligación exclusiva de aquellos a quienes les so­
bra dinero, sólo de aquellos a quienes se les caen
los billetes de mil debajo del sofá y no se enteran?
La limosna es el impuesto que Dios exige a todos
los hombres.
¡Ah! Y que no toquéis la trompeta cuando la ge­
nerosidad os mueva a dar y daros a los demás.
TACAÑOS

Me encuentro en las afueras de una gran pobla­


ción española. La ciudad aparentemente es rica;
se ven muchos coches, y de noche, muchas luces.
Este barrio obrero —cómo no— es pobre. La igle­
sia del suburbio es pobre también. No sobra nada
v faltan muchas cosas. En los ojos de los chiqui­
llos. que alborotan las calles, mucha risa. Los
crios están alegres porque tienen sol y una pelota
de goma.
El cura de la zona — pobre como un trabajador
más— me está enseñando las viviendas de los obre­
ros para terminar en la casa de Dios. Todas ellas
están limpias. La pobreza no debe estar reñida con
la limpieza. Dentro de la iglesia el párroco me hace
una confidencia al oído: «M ira lo que he puesto
dentro del Sagrario —a la luz de las velas com­
pruebo el interior— . Es un regalo de una familia
que ha tenido un serio batacazo en su fortuna y
ha donado esa piedra preciosa que es el único
recuerdo que guarda de su posición anterior. Esta
ha sido la respuesta que han dado a las circuns­
tancias desfavorables por las que están atravesan­
do. El y ella, los dos de acuerdo, han querido que
la “ piedra" se ponga en el interior del tabernáculo
para que sólo la vea El, ¿Te gusta?».
CARTAS A LOS HOMBRES W
Sí, me gustó la piedra y el gesto. Dios estará
contento. Habrá muchos que no lo entiendan. Así
son las chifladuras de los hombres con fe, con es­
peranza y con amor. Para muchos con poca fe y
con poco amor, esto de poner cosas buenas en las
casas que habita Dios en la tierra será siempre
un derroche. Tal vez no sepa expresarme., pero,
¿no entendéis que si las gentes creyeran de verdad
que realmente Dios está ahí —en esta pequeña
Casa que es el Sagrario— . le tratarían de otro
modo?
Me vienen ahora a la memoria las palabras
de un cura viejo lleno de vitalidad; un cura de
esos buenos de verdad, que se ha propuesto —olvi­
dándose de sí mismo— darse a las almas, de la
mañana a la noche. Le conozco muy bien, a él y
a su familia; es pobre y austero como ninguno;
teniéndolo todo, de todo se desprendió para pare­
cerse más a Jesús. En referencia a este punto con­
creto de la generosidad con Dios, me decía no hace
mucho:
— Yo haré los altares de cemento y los cálices de
hierro cuando los enamorados regalen hierro y ce­
mento a sus enamoradas.
Ciertamente las almas que se quieren no repa­
ran en sacrificios. Hablo del amor divino y del
humano.
Los tacaños, por el contrario, se conformarán
siempre con ofrecer a Dios la calderilla v a los
pobres ropa usada. Si algún día Dios les pidiera
un hijo para que se entregara a El, le darían el
hi jo tonto o la hija fea. El que es tacaño con Dios
188 JESUS URTEAGA

es también mezquino con sus hermanos los hom­


bres, y nunca vivirá la justicia social, aunque la
vocifere.
Para los miserables, todo aquello que no sea
satisfacer su egoísmo es un derroche. Entregar la
juventud, el dinero, la vida y el corazón es una
locura.
A los que consideráis superfluo la entrega gene­
rosa de cuanto somos y tenemos a nuestro Padre
Dios, os recuerdo las palabras de Cristo en Beta-
nia, en casa de Simón el leproso.
Jesús está cenando con sus amigos. Hay muchos
comensales. Allí está Lázaro, el que ha resucitado
por el poder de Dios. También se encuentran Pe­
dro, Juan, Andrés, todos los discípulos. Judas, tam­
bién. Durante la cena ha entrado en la estancia
una mujer, una de las hermanas de Lázaro, que se
llama María; lleva entre sus manos un frasco de
alabastro que contiene un perfume caro — «d e gran
valor», dicen ios Evangelistas— . Es de nardo legí­
timo. Muchos se han vuelto hacia ella: ¿qué va a
hacer? Pero no ha habido tiempo para el comen­
tario. La conversación ha quedado cortada por un
ruido seco, el producido por la ruptura del frasco
de alabastro. Derrochando amor, María comienza
a ungir los pies de Jesús mientras el olor del un­
güento se esparce por toda la casa.
Tú puedes pensar lo que quieras, todo menos
que la esencia era barata. Eran trescientos dena-
rios «perdidos», «derrochados» en un instante;
trescientos jornales de un obrero en la viña.
Ahora puedes seguir conversando. Te escucho.
CARTAS A LOS H O M B R E S

— Pues me parece una locura. ¿Por qué no re­


partirlo entre los pobres?
Sí, ésa fue precisamente la respuesta de un hom­
bre, allí presente, que se llamaba Judas: ¿Para qué
tanto desperdicio? ¿Por qué no se vendió este per­
fume por trescientos denarios y se dio a los po­
bres?
A mí no me queda más que añadir las palabras
de Cristo en contestación a las del ladrón:
— ¿Por qué molestáis a esta mujer?... En verdad
os digo, donde quiera que sea predicado este Evan­
gelio, en todo el mundo, se hablará también de lo
que ha hecho ésta, para memoria suya.
Quédate tranquilo. Jesús no hubiese admitido
aquel regalo de no ver en María la entrega gene­
rosa a los otros cristos, los pobres.
MILAGRO

Me encuentro en casa de unos amigos. Los pa­


dres son cristianos. Tienen esa fe viva que se tra­
duce en los pequeños acontecimientos caseros de
cada día. La madre, concretamente, sabe llevar el
dolor, que se ha pegado a su hijo único, sin esas
quejas que desmoronan la paz de un hogar. El pe­
queño padece una enfermedad que le mantiene
aferrado a la cama; es un niño deforme.
Los desvelos de los padres no han dado, en este
caso, el resultado apetecido. Tal vez, o sin tal vez,
esos cuidados han sido excesivos. El mimo derro­
chado con el hijo enfermo ha hecho de éste un
pequeño egoísta.
El niño se ha convertido en un tirano. La madre
está esclavizada por los caprichos del hijo.
Un día el chico decidió que le llevaran a Lour­
des; quiere que la Virgen le cure. «Si pido con
fe mi curación —dice— , me curará. ¿Verdad, ma­
dre?».
Nuevos sacrificios de los padres hacen posible
el viaje a Lourdes. La madre tiene miedo de que
el milagro no se realice.
Fue ella la que acompañó al chiquillo. El egoís­
mo del hijo salta a borbotones a todas horas ha­
ciendo insoportable el viaje.
CARTAS A LOS HOMBRES 191

En Lourdes, ante la gruta, se renuevan los temo­


res. El convencimiento del muchacho es grande:
si él se lo pide, la Virgen le curará. La madre teme
por la reacción del hijo si la curación no se rea­
liza. Reza v llora.
Pasa el Santísimo. Los ojos de la madre van de
un lado para otro hasta que se fijan en Dios y en
el cuerpo contrahecho de su hijo. El sacerdote
se ha detenido con la Custodia frente al enfermo
Dios bendice al pequeño. Los ojos de la madre se
han cerrado en una oración. Los ojos del hijo se
han abierto.
Continúa la procesión. El sacerdote que lleva el
Santísimo Sacramento se ha alejado. La madre
se inclina sobre su pequeño, le besa y le dice al
oído:
— ¿Le has pedido la curación, hijo?
Y el pequeño, con una alegría desconocida en él:
— ¡No, madre! Mira a ese niño, ¡qué cabezón
tiene! He pedido que le cure a él, que está más
necesitado.

La madre, con lágrimas en los ojos, se arrodilló


junto a la camilla para dar gracias por el milagro
Ya sé que este suceso no figurará en ningún ar­
chivo, ¡qué importa! ¡Cuánto milagro de la gracia
pasa inadvertido a los ojos abiertos de los hom­
bres!
Yo, Señor, te pediría que repitieras en nosotros
el prodigio que hiciste en el chiquillo egoísta. ¡Haz,
de nuevo, ese portento en nuestro corazón! Que a
192 JESUS URTEAGA

la hora de rezar miremos a nuestro alrededor.


Que al tiempo de trabajar observemos a los que
trabajan con nosotros. Que en los momentos de
descanso abramos los ojos en torno nuestro. Y a
la hora de comer, y a la hora de reír, que miremos
a nuestro lado por si se encuentra alguien más
necesitado de risa o de pan, o de trabajo o de sa­
lud a quien podamos aliviar.
Qué mal hemos entendido, Jesús, esas palabras
mil veces repetidas: «la caridad bien entendida
empieza por uno mismo». Ha servido para que ha­
gamos siempre nuestro capricho y nuestro gusto
aun matando el capricho y el gusto de los demás.
Si queremos marchar por el camino que marca
la caridad, se hace preciso que pongamos a los
demás por encima de nosotros mismos.
Los otros —en definitiva, Dios— se beneficiarán
de nuestro amor.
A muchos les gusta que se hable y se escriba
sobre la caridad por si les toca más en el reparto.
No debe ser ésta la postura del hombre cristiano,
que consiste más bien en adelantarse, en querer
a los otros antes de esperar a que le quieran a
uno. ¿No es esto lo que hizo Dios con los hom­
bres?
¿Por qué no pedimos todos al Señor que repita
el milagro que operó en el chiquillo: que cure la
enfermedad de nuestro corazón, el egoísmo?
PAN Y DIOS

Es buena la preocupación que siente y vive el


hombre de hoy por el hombre de ahora.
Nos duele su hambre de pan, de cultura, de
vivienda, de paz.
Los problemas de los demás por ser humanos
son cristianos, son cuestiones nuestras, son difi­
cultades tuyas, mías.
Toda esta problemática tiene una entraña evan­
gélica.
Ese interés por el hombre hizo a Dios hacerse
de nuestra raza.
Ese amor a la criatura le llevó al Verbo a hacer­
se carne.
Ese dolor ante la rebeldía humana contra su
Dios le impulsó a meterse de lleno en la Historia
de la humanidad, para — siendo de nuestra condi­
ción y viviendo entre nosotros como uno más—
llevar de nuevo al hombre a lo que había perdido,
a lo más importante, a lo verdaderamente trans­
cendental: Dios.
Esa entrega total de Cristo a los hombres se
convierte en modelo para nuestro actuar en la
vida; habremos de querernos —con obras— como
El nos quiso y nos quiere.
13
m JESUS URTEAGA

¡Despertad a tos dormidos!

¡Claro que se hace preciso seguir gritando a los


satisfechos, para que pongan su atención en los
necesitados que están al pie de su mesa!
¡Claro que es necesario continuar dando alda­
badas en el alma de los dormidos, para que des­
pierten y pongan sus ojos en las calamidades del
vecino!
Pero todo esto lo lograremos contando con Dios,
mirando a Dios, sirviendo a Dios, amándole con
todas nuestras fuerzas.
No nos quedemos en el tronco horizontal del
signo del cristiano; nuestro cristianismo quedaría
cojo, mutilado, ineficaz, sin vida.
Por descuido, por complejos, por olvido de la
verticalidad que une la tierra con el cielo, podemos
convertir nuestra religión en filantropía, en un
puro humanitarismo.
No nos quedemos en el brazo horizontal. Se
hace preciso clavar el madero vertical que nos
une a Dios, para completar el signo del cristiano:
la santa Cruz.
Cuántas veces hemos hablado — lo aprendí en
el Opus Dei— del valor divino de lo humano, de
las virtudes naturales, de lo necesario que es ha­
cerse hombre en toda la extensión de la palabra
para hacerse santo. Hace muchos años te escribí
sobre el valor de las cosas humanas. Hoy se hace
preciso que tomemos en serio el valor de las cosas
de Dios.
CARTAS A LOS HOMBRES 195

Hoy los tiempos nos exigen hablar a los hom


bres del valor divino de lo divino, de virtudes so­
brenaturales; de fe, de esperanza, de caridad. De
amor, que no es una simple preocupación por el
bienestar material de nuestros compañeros de tra­
bajo. Tenemos que hablar de un amor, que es nada
menos que una participación del cariño que Dios
nos tiene.
Corremos el peligro de quedamos en el hombre,
y donde tenemos que llegar es a Dios.
Corremos el peligro de quedamos en las en­
cuestas, y lo que tenemos que alcanzar es el alma
de los interrogados.
Corremos el peligro de quedamos en una hori­
zontalidad chata, pegada a las alcantarillas; pode­
mos quedarnos en esta tierra vieja, cuando lo que
tenemos que lograr es — con palabras del Apoca­
lipsis— la tierra nueva.
El hombre, con su inteligencia, con su dinamis­
mo creador — ésta es otra participación del poder
de Dios— , ha tocado con su mano la Luna, y en
la próxima década alcanzará Marte. Apoyándose en
la técnica, transforma la faz de la Tierra. Con su
ciencia descubre las leyes de la vida. Con su tra­
bajo araña las riquezas que dejó Dios en nuestro
mundo. El orgullo santo que debía sentir el hombre
al transformarse en rey de la creación —porque
así lo hizo el Señor— , se ha convertido en la so­
berbia imbécil de un sátrapa que pretende prescin­
dir de su Dios.
¿Pero no os dais cuenta que el hombre se está
adorando a sí mismo?
196 JESUS URTEAGA

Advertirlo, padres. Decid a vuestros hijos que,


así, el hombre no puede salvarse. De continuar por
este camino, se dará de bruces con un paredón.
Inconscientemente hemos metido a los hombres en
un callejón, en un callejón sin salida. «E l hombre
que se hace gigante sin una animación espiritual,
cristiana —nos dice el Papa— , cae sobre sí mismo
por el propio peso».
Entre todos los cristianos habremos de sacar
al hombre del laberinto en que está inmerso. Ha­
bremos de darle conciencia de sí mismo, de su
vida, de sus porqués, de su destino.
¿Padres!, antes de que sea tarde, tenemos que
hablar de Dios, del mensaje que nos trajo a la tie­
rra. No se trata de empequeñecer al hombre, sino
por el contrario engrandecerlo para que encuentre
la verdadera luz, la auténtica vida, la incomparable
libertad que ayudará al desarrollo y al progreso
humano.

¿Se puede hablar hoy de Dios?

Este puede ser el complejo en que han caído


muchos cristianos.
Puede parecer que si hablamos de Dios, de Cris­
to, de nuestro destino sobrenatural, los hombres no
nos escuchen. Entiendo que no es así. El tema está
vivo, candente. El pueblo lo pide.
También es posible que a los hombres les guste,
cómo no, que se les hable de todo aquello que ha­
laga sus oídos: de goce en la vida, de cómo alean-
CARTAS A LOS HOMBRES 197

zar un mayor bienestar, de éxitos y de felicidad


«N o existe incompatibilidad alguna — dirá Sciac-
ca— entre las verdades reveladas y las exigencias
de la sociedad de hoy, como no existe tampoco con
las exigencias de cualquier otra sociedad, ya que el
cristianismo no está vinculado a ninguna estructu*
ra o situación, ni a ninguna civilización concreta y
puede, por tanto, prescindir de todas para penetrar
en otras».
No podemos olvidar los gozos y las esperanzas,
las penas y las angustias de los hombres de hoy,
principalmente de los pobres y de todos los que
sufren, porque nos dice la Iglesia, en la Gaudium
et Spes, que son «gozos y esperanzas, penas y an­
gustias también de los discípulos de Cristo, y no
hay nada verdaderamente humano que no tenga
resonancia en sus corazones».
El cristiano participa de estas esperanzas y te­
mores que viven los hombres de hoy. Participa en
los cambios profundos que se producen en el or­
den social — y pobre de aquel que no lo haga— ,
sufre los cambios psicológicos, morales, religiosos
de los que trabajan en su mismo quehacer diario;
acusa en su propia carne el golpe de los desequili­
brios del mundo actual. Pero el cristiano no puede
contagiarse del materialismo práctico que inunda
las calles del mundo; el verdadero cristiano no pue­
de participar de la opinión de los que entienden
que el futuro imperio del hombre sobre la tierra
le va a colmar los deseos de su corazón.
Los cristianos — vosotros padres y nosotros los
sacerdotes— tenemos recibido de Cristo la solu­
198 JESUS URTEAGA

ción a los problemas inquietantes que tiene plan­


teados el hombre de nuestros días, sobre el sen
tido del dolor, del mal, de la muerte y de la vida

A los hombres hay que darles pan y Dios

Como podéis comprender, no se trata de pres­


cindir de los problemas sociales en nuestra predi­
cación, que la llevaremos a cabo con la vida, con
el ejemplo, con nuestra actuación, con nuestra pa
labra. No sería cristiano quien olvidara las exi­
gencias sociales de la fe. La fe es vida o no es fe.
No hace falta ser un experto para recordar lo que
hizo Cristo por los pobres, por los necesitados, por
los angustiados, por los enfermos. Tampoco hace
falta ser un especialista en Sagradas Escrituras
para saber lo que hizo por los pecadores. Una vida
sin fe, sin esperanza, sin amor, no es vida. «N o
podemos vivir de espaldas a la muchedumbre, en­
cerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así
como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan mu­
chas veces de su misericordia, de su capacidad de
participar en el dolor y en las necesidades de los
demás: se compadece de la viuda de Naím, llora
por la muerte de Lázaro, se preocupa de las mul­
titudes que le siguen y que no tienen qué comer, se
compadece también, sobre todo, de los pecadores,
de los que caminan por el mundo sin conocer la
luz ni la verdad: desembarcando vio Jesús una
gran muchedumbre, y enterneciéronsele con tal
CARTAS A LOS HOMBRES 199

vista las entrañas, porque andaban como ovejas


sin pastor, y se puso a instruirlos en muchas cosas
... Nos duelen entonces los sufrimientos, las mi­
serias, las equivocaciones, la soledad, la angustia
el dolor de los otros hombres nuestros hermanos
Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus nece
sidades y de hablarles de Dios»
Se hace preciso recordar ahora el aspecto olvi­
dado de los cristianos de hoy. «Un hombre dio
una gran cena v convidó a muchos; a la hora se­
ñalada envió a su siervo a decir a los invitados
Venid, que va está todo preparado» Y comen
zaron las excusas. Y uno no tenía tiempo porque
había comprado un campo. Y otro tampoco lo
tenía porque había comprado cinco yuntas de
bueyes. Y otro... porque se había casado. Y otro.,
porque se va a los toros. Y otro... porque tiene que
asistir al cine, al teatro, a su descanso habitual
¡Nadie tiene tiempo, Señor! N o tengo tiempo
dice la mujer recién casada. N o tengo tiempo, dice
el hombre de negocios. La frase es brutal: no tengo
tiempo para Dios.
«Regresó el siervo y se lo contó a su Señor. En­
tonces, airado el dueño de la casa, di jo a su sier­
vo: Sal enseguida a las plazas y calles de la ciu­
dad, y haz entrar aquí a los pobres v lisiados, v
ciegos y cojos... Sal a los caminos v cercas, y oblí
galos a entrar para que se llene mi casa».
¡Padres! En vuestro hogar: hablad de Dios, que
Dios quiere que se llene su casa.

11 Es Cristo que pasa, núm. 146.


• L e 14.16 s.
200 JESUS URTEAGA

i Padres! Salid a la calle, y hablad de Dios, que


Dios quiere que se llene su cielo.
Salid del trabajo con vuestros amigos y hablad
les de Dios.
Que nadie pueda morir diciendo: Señor, yo no
tuve tiempo, v nadie me habló de Ti.
LOS COLGAJOS DE LA GULA

Soy como tú, amigo de ia alegría. En esto nos


parecemos a Cristo.
Soy como tú, amigo de las fiestas. También en
esto nos parecemos a Jesús.
Somos de los que entendemos que la santidad
es alegre, o no es cristiana.
El Señor va a celebrar su primer milagro en
unas bodas, en un banquete. Cualquier aguafiestas
pudo pensar que su primer gesto espectacular,
asombroso, fue dirigido a remediar grandes dolores
de ciegos, de tullidos, de muertos; pero, no. El
Señor realiza su primer prodigio para alegrar a
una pareja de novios, para que una fiesta de fami­
lia pudiera terminar bien. Seiscientos litros de vi­
no fue el generoso regalo de bodas que hizo
Jesús.
Nuestra actitud ha de ser como la de Cristo. Te­
nemos que acostumbrarnos a vivir con lo impres­
cindible al tiempo que somos muy generosos en
nuestras relaciones con los demás.
Cristo pasó hambre en aquellos cuarenta días del
desierto, pero las piedras continuaron siendo pie­
dras, a pesar de la recomendación de Satán para
que las convirtiera en panes. Cristo vivió la morti­
ficación del ayuno, pero no permite que lo pase el
>02 JESUS URTEAGA

pueblo. «Me da lástima esta gente, porque hace ya


tres días que permanecen conmigo y no tienen qué
comer. Y no quiero despedirles en ayunas, no sea
que desfallezcan en el camino» *. Y en otra oca^
sión, con siete panes y unos peces, acabó con el
hambre de cuatro mil hombres, sin contar a las
mujeres v a los niños.
El que remedia la sed de los invitados en Caná
de Galilea con el milagro de la conversión del agua
en vino, no querrá hacer saltar aquélla del pozo de
Jacob cuando El personalmente tiene sed. Y espe­
rará que venga una mujer para pedirle agua.
Jesús vive sobriamente, sin que le importe que
le llamen comilón y bebedor. Jesús es descanso
para todos, pero El no tiene dónde reclinar su ca­
beza, Devolverá la vida al hijo de la viuda de
Naím para que ésta no llore, pero El se tragará
las lágrimas en el Gólgota, sin hacer caso de los
que de El se burlan porque no baja de la Cruz.
Todos los signos que hace Cristo los hace en be­
neficio del prójimo: alivia los dolores, cura la
lepra, da luz a los ciegos, hace andar a los cojos.
En todos los milagros siempre está pendiente de
la necesidad ajena. Tal vez la única excepción la
encontramos en Cafarnaúm, a la hora de pagar
el tributo anual y personal por las necesidades del
Templo. «Libres están los hijos —dirá Jesús a
Pedro— de pagar el tributo del Templo, pero para
que no les escandalicemos, vete al mar, echa el
anzuelo, y el primer pez que salga, tómalo, ábrele

Mt 15,32
CARTAS A LOS HOMBRES 203

la boca y encontrarás un estáter. Tómalo y dáselo


por mí y por ti».
Ha quedado clara la conducta del Maestro. Aho­
ra, la doctrina para todos los que quieran ser
cristianos. Junto al donativo de los seiscientos li­
tros de vino en Caná, la indicación terminante: hay
que dominar el cuerpo, hay que mortificarlo, hay
que ayunar. Junto a los seiscientos litros de vino,
depositados en seis tinajas de piedra, Pablo, discí­
pulo de Cristo, deja escrita esta advertencia: «¡Ojo,
los borrachos no heredarán el Reino de Dios!» 17
Cristo se compadece de quien no tiene pan, ni
peces, ni vino, pero a los que tienen vino, panes y
peces dirá que los dejen en su casa y que le sigan
Cristo se compadece de los que no tienen qué co­
mer, y a los que lo tienen les predica el ayuno.
Los portentos del Señor en beneficio de los hom­
bres pueden ocasionarnos disgustos. A Jesús no le
importará sacrificar nuestros miles de cerdos,
nuestros negocios, a cambio de la vida sana de un
endemoniado.
Ese Dios que da por nosotros hasta la última
gota de su sangre, porque nos quiere, pedirá a los
que desean ser cristianos — hombres de Cristo—
que vivan desprendidos de todas las gulas que ate­
nazan el alma, que cojan su cruz v que le sigan.
A la hora del comer y del beber piensa en ese
pecado capital que se llama gula, que es un vicio
que tiene por colgajos la estupidez del entendi­
miento, la chabacanería, la ordinariez, la alegría

1 Cor 6.10
204 JESUS URTEAGA

desordenada, la locuacidad excesiva y, siempre,


ía lujuria. «La gula es la vanguardia de la impu­
reza» ‘\
«De ordinario comes más de lo que necesitas.
Y esa hartura, que muchas veces te produce pe­
sadez v molestia física, te inhabilita para saborear
ío> bienes sobrenaturales v entorpece tu entendi­
miento. ¡Qué buena virtud, aun para la tierra, es la
templanza» ·*>'.
Para ir a Dios habremos de desprendernos de
toda clase de gulas: las del comer, las del beber,
las de las drogas, las de las curiosidades inútiles,
las de la televisión, las gulas más o menos estéti­
cas, más o menos intelectuales, más o menos gro­
seras. Debemos desprendernos de los colgajos de
la gula para poder subir.
LA ALEGRIA DE MONTSE

Nos gusta ver alegre a la gente. Lo curioso es


que a Dios le pasa lo mismo. Dios nos quiere con
tentos.
En la mañana de la Resurrección, Cristo hace
una serie de preguntas a María de Magdala, a
los Once, a los de Emaús. Ha olvidado las infideli­
dades, las negaciones, las cobardías, las huidas y
los egoísmos de los que se decían suyos. Los inte­
rrogantes de Cristo resucitado hacen referencia,
todos ellos, a la alegría. Fueron éstos: ¿por qué llo­
ras?, ¿por qué estáis turbados?, ¿por qué dudáis
en vuestros corazones?, ¿por qué estáis tristes?
Cuando os encontréis con un hombre triste po­
déis pensar que le falta fe y amor, y acertaréis
¿Cómo podían caminar sonrientes los de Emaús
si no creían que Cristo había resucitado? Con vi­
sión humana los acontecimientos del mundo nos
aplastan.
La fe y el amor —a Dios y al prójimo— termi­
nan siempre en la alegría. Esto es lo que le ocurría
a Montse. De ella te quiero hablar. No te traigo
el ejemplo de un héroe del siglo xm. Te pongo
el ejemplo de una chiquilla catalana de nuestro
tiempo, de hace unos días.
206 JESUS URTEAGA

Este es el ejemplo de una muchacha que sonríe


para que pase inadvertido su dolor.
Le gusta la música, el canto, los bailes populares.
La sardana la baila como ninguna. Y sobre todo
•‘c gusta el contacto directo con la Naturaleza.
Tiene diecisiete años. Le encantan las excursiories.
Su alegría es contagiosa. A su lado nadie puede
estar triste.
¿Cómo entristecerse por pequeñas cosas cuando
soporta los mayores sufrimientos con una sonrisa
amable? No te lo he dicho... pero esta chica está
condenada a muerte. El sarcoma en su pierna iz­
quierda es mortal a corto plazo.
Como todos los años, la familia Grases prepara
cí veraneo en Seva, un pueblo de la provincia de
Barcelona, cercano a Vich. Es el 20 de julio de
1958, domingo Aquella mañana, Montse había
vuelto a preguntar a su padre qué tenía; él pro­
metió contárselo al volver, pero llegan de noche,
muy tarde, y deciden dejar la conversación con
ella para el día siguiente. Pero Montse recuerda lo
que le había prometido, y cuando menos se lo es­
peran, entra en la habitación donde estaban sus
padres —es la una de la madrugada— y les dice
serenamente: «Bueno, a ver si ahora que estáis
más tranquilos me lo contáis todo». Fue su padre
el que se lo dijo. «Reaccionó con una naturalidad
que nos asombró», recuerda él.
«¿Y si me cortaran la pierna?», fue la única
pregunta de Montse. Le dijeron que no había más

M ercedes E c u íb a r , Montserrat Grases. Una vida sen­


cilla. Folletos Mundo Cristiano, núm. 44.
CARTAS A LOS HOMBRES 207

solución que ponerlo todo en manos de Dios.


Montse lo había entendido, pero no estaba asus­
tada.
Esta reacción serena no se explica fácilmente;
es preciso buscar en su arraigada vida interior ad­
quirida en la unión con Dios. Montse se había
planteado su vida como un diálogo amoroso con
el Señor. En ese diálogo iba el ofrecimiento de su
vida. Ahora es Dios mismo el que viene a buscarla
Montse, una niña todavía, ha aprendido la lección
más difícil: la que enseña a abrazar amorosamente
la santa voluntad de Dios.
Al día siguiente por la mañana, Montse fue a
«Llar». Después de saludar al Señor en el oratorio,
llamó al despacho de la directora: «Quiero hablar
contigo, cuando puedas», le dijo serenamente.
Mientras esperaba, estuvo planchando la ropa del
oratorio. Al poco rato se oyó la voz de Montse que
cantaba con aire mejicano: «Cuando más feliz
vivía sin pensar en el cariño, quisiste que te qui­
siera y te quise con delirio. Y te seguiré queriendo
hasta después de la muerte. Que te quiero con el
alma y el alma nunca se muere».
La directora cuenta cómo fue la entrevista: «Lla­
mé a Montse sin dejar antes de entrar en el ora­
torio. Temía este momento, v ya había llegado;
procuré aparentar serenidad, aunque no sé hasta
qué punto lo conseguí, porque Montse me dijo:
¿Has llorado, Lía? Inmediatamente me dijo: Eres
una pillina. ¿Con que lo sabías todo y no me de­
cías nada? Pero ahora ya estoy enterada porque
ayer me lo dijo papá.
208 JESUS URTEAGA

—¿Y qué, Montse?, le preguntó la directora.


Que estoy dispuesta. Vengo de contesarme y es­
toy muy contenta, respondió. La conversación dis­
currió en un tono tan sobrenatural e impregnado
de una tal rendida aceptación de la voluntad de
Dios, que causaba impresión».
Ha pasado un poco de tiempo y es tal su sere­
nidad y su alegría, que sus padres temen que se le
haya olvidado que va a morirse pronto.
— ¡Montse! —le ha preguntado su madre— , ¿es
que crees que te vas a curar?
—No —contesta.
Sabe que todos los remedios médicos han fraca­
sado.
—Pido a Dios que me dé fuerzas para ser fiel
hasta el último momento.
En medio de aquellos sufrimientos sin cuento,
dice en otra ocasión:
—Abrid las persianas bien abiertas; quiero tener
luz, que esté todo bien alegre. ¿Por qué no canta­
mos algo?
A nadie les sale la voz. Su madre fue la primera
en ponerse a cantar. Su padre, con lágrimas en los
ojos, hizo como que leía el periódico, para disi­
mular. Montse se dio cuenta y le dijo:
— Papá, que no te oigo, quiero que estéis ale­
gres.
Dios le concedió lo que da a todas las almas
que saben servir a los demás: la alegría, una gran
alegría. Ah, pero no te he dicho lo mejor. Esta
CARTAS A LOS HOMBRES 209

chiquilla alegre, contenta, de buen humor, cari­


ñosa, generosa, murió un Jueves Santo, en Barce­
lona, hace unos años. Y poco después se abría el
proceso de Beatificación.
Si quieres... yo te puedo enviar su estampa. Es
críbeme.
A LOS TRISTES

El primer Mandamiento de la Ley de


Dios es estar alegre sobre todas las
cosas.

Tengo un amigo que al comenzar a leer estas


primeras palabras, antes de que hubiese entregado
el original a la imprenta, ha comentado: jQué
tontería! Así que tú también puedes decirlo. Estás
en tu perfecto derecho. Pero sigo en mis trece.
Debes saber que el mandato de estar alegre es tan
extenso como el del amor a Dios y al prójimo,
porque es su consecuencia.
Y continúo con unos apuntes para los primeros
días de diciembre.

í de diciembre, domingo

¿Por qué no se podrá repartir la alegría que uno


siente? Esta tarde he sentido ganas, unos inmen­
sos deseos de distribuir euforias. Me hubiese gus­
tado llamaros por teléfono, pero no lo he hecho.
He pensado que era una bobada. ¿Qué iba a deci­
ros? Me hubierais tomado por un chiflado. ¿No
estáis alegres? ¿Por qué no estáis contentos? ¡Yo
estoy que reviento de buen humor!, pero no os
he llamado.
Ahora que estoy escribiendo continúo lleno de
CARTAS A LOS HOMBRES 211

gozo, lleno de alegría, o de alegrías; no lo sé. Son


como muchos gozos juntos, muy pequeños, pero
muchos... ¡vaya!, no sé cómo explicártelo. Más
vale que dejemos este punto.
He comenzado a rezar a la Virgen. Por ti, por
ti, y por ti y por muchos.
¡Ella, la Virgen, sí que puede repartir dichas!
He ofrecido la mía para que te la entregue. Mi
petición ha sido escuchada. Estoy seguro; se lo he
pedido con mucho fervor. ¿Te llegó mi alegría?
¡Bueno!, la mía u otra. Ella, la Madre, tiene un
arcón lleno de alegrones para repartirlos —hoy sí,
mañana también— a todos sus hijos.

2 de diciembre, lunes

Hoy os hubiese llamado de nuevo por teléfono.


Pero hoy... para que me echarais una mano; sen­
cillamente para que me recordarais vosotros que
ayer estaba feliz; que sólo han cambiado unas po­
cas cosas.
¡Si se pudieran guardar los alborozos de un día
para otro! Pero... no se puede, no se puede. Esto
de la alegría es como el maná: si se reservaba
de una fecha para otra se pudría.
¿Dónde está la alegría de ayer? Examinándola
de cerca compruebo que era buena, de buena ley.
Sí, la alegría de ayer era auténtica, fue un regalo
grande que me hizo Dios, tal vez, para coger con
entusiasmo los trabajos de hoy. No lo había visto
así y perdí un poco la felicidad.
212 JESUS URTEAGA

Los pobrecitos hombres tenemos que confesar


que los desmoronamientos que sufrimos encierran
pequeñas soberbias. Tal vez, quizá, o sin quizá,
detrás de toda tristeza hay orgullo: pequeños fra­
casos humanos, desilusiones, humillaciones, egoís­
mos.

3 de diciembre, martes

Lo que las gentes llaman alegrías vienen de


fuera, y, por lo general, están hechas de noticias
buenas (la llegada de un ser querido, el aumento
de! sueldo, un aviso inesperado que nos consuela).
El mundo las busca, ¡qué sé yo dónde!, pero las
busca.
En cambio, las que reparte el Señor más que
buscarlas se encuentran; son fruto de algo que
ocurre por dentro. Las alegrías son cosas del co­
razón.
Por eso aquellas primeras van y vienen, se su­
ceden rápidamente, duran poco y terminan con
una simple carcajada ruidosa que es sustituida por
una mueca cuando llega el aviso de una nueva no­
ticia que apena el corazón.
Estas alegrías —las de dentro— duran mucho y
se manifiestan con una gran serenidad ante los
acontecimientos, son compatibles con el mucho
trabajo, con el cansancio, con el esfuerzo, con el
dolor de muelas y con las noticias malas. Son ale­
grías que están hechas, no de noticias, sino de fe,
de esperanza, de amor, de servicio a los demás.
CARTAS A LOS HOMBRES 213

Esta alegría, esta paz, esta serenidad es tan ex­


traordinariamente fuerte en los hombres de Dios
que llega a producir escándalo.

4 de diciembre, miércoles

Se me acaba el papel. Y me había propuesto


hablaros de la Navidad. Si pensáis en el Niño Dios
os alegraréis.
Pero pensad, también, en Aquel que pasadas
las horas alegres de la Navidad sigue gritándonos
al oído:
Venid ios tristes, los acongojados, los atribu­
lados, los que estáis como aburridos de la vida,
porque se os hace larga e interminable. Venid los
que sufrís, «que yo os aliviaré».
Y quien nos lo dice es el Dios-Hombre. que co­
noció la fatiga, las penas, el hambre, la indiferen­
cia, la ingratitud, la negación y la traición de los
amigos. Acércate.

5 de diciembre, jueves

No os olvidéis en estas Navidades de sacudir


vuestras tristezas antes de entrar en casa. Adiós.
A LOS JOVENES

Allá por los años veinte, una agencia de noti­


cias norteamericana iniciaba nuevos servicios: las
memorias. Comenzarían por las del ex príncipe de
la corona alemana. El hijo del Kaiser vivía deste­
rrado en una isla de las afueras de la costa ho­
landesa. La agencia de Nueva York telegrafió a
Londres para que su corresponsal se trasladara
y adquiriera tales memorias. Nuestro corresponsal
comprobó, al llegar a Holanda, que la costa estaba
cubierta de hielo; ninguna embarcación podría lle­
gar a la isla en cuestión, donde se encontraba el
ex príncipe. Ante las dificultades, el periodista pu­
so un telegrama a la agencia norteamericana, que
decía textualmente:

« Veo isla desde costa, pero imposible navega­


ción por denso hielo. Stop. Qué hago».

En Nueva York no se intimidaron por las in­


clemencias del tiempo y en el acto respondieron
con otro telegrama:
« Camine ».

Sabiendo que en la vida hay hielo, pon amor y...


¡camina!
CARTAS A LOS HOMBRES 215

La vida es riesgo, pero... ¡vale la pena arries­


garse!, ¡camina!
La cuesta a recorrer es empinada. Llegarán los
ahogos. No importa, ¡camina!
El camino es suficientemente largo como para
poder cansarse. Y te cansarás, ¡camina!
La vida es lucha y caerás mil veces; precisa­
mente por eso, levántate y... ¡camina!
La vida es combate y te encontrarás con la de­
serción de muchos, ¡camina!
Hallarás demonios en la vida, pero... un ángel
te acompañará en el camino, ¡camina!
Escucharás ladridos de perros, pero también
mucha luz en las estrellas, ¡camina!
La vida es amor. Tú con él; tú con ella, ¡camina1
.
Al final seremos juzgados por el amor. Y este
amor exige que haya otro, otros, muchos, todos
Con todos ellos, ¡camina!
Todas nuestras inquietudes terminarán en un
salto al cielo, ¡camina!
Pesimismos, no; vulgaridad, no; dudas, no. So­
mos jóvenes. ¿Tú eres joven? ¿Y si yo te pregun­
tara qué es la juventud?

He aquí un poema de un soldado del ejército de


Mac Arthur n. No sé si estarás conforme con él
De no estarlo envíame el tuyo:

La juventud no es un período de la vida,


es un estado del espíritu ,
un efecto de la voluntad ,
una cualidad de imaginación,

41 Recogido en F S i e r r a , El riesgo de ser cristumo.


216 JESUS URTEAGA

una intensidad emotiva,


una victoria del valor sobre la timidez,
una predisposición a la aventura
por encima de la timidez.

No nos hacemos viejos por haber vivido cierto


número de años. Nos hacemos viejos cuando de­
sertamos de nuestro ideal. Los años arrugan la
piel; renunciar al ideal envejece el alma.
Las preocupaciones, las dudas, las contrarieda­
des v los temores son los enemigos que, lentamen­
te, nos curvan hacia la tierra v nos convierten en
polvo antes de tiempo.
Joven es aquel que se sorprende y se maravilla.
Pregunta como el niño insaciable: ¿Y después?
Desafía los acontecimientos y encuentra la ale­
gría en el juego de la vida.

Eres tan joven como tu fe,


tan viejo como tu duda.
Tan joven como tu esperanza,
tan arrugado como tu desilusión.
Serás joven mientras permanezcas
en posición de receptividad.
Receptividad frente a la belleza,
a lo que es bueno y grande.
Receptividad frente a los mensajes de la
[ naturaleza,
del hombre y del infinito.

Si un día tu corazón estuviera a punto de ser


mordido por el pesimismo y corroído por la vul­
garidad, que Dios tenga compasión de tu alma
vieja.
ELOGIO DEL HERRERO

Vengo de la Hemeroteca Municipal, de revisar


papeles viejos del año en que hice mi primera
comunión. Un suelto aparecido en el periódico
«Arriba», de Madrid, hace ya algún tiempo, y que
ahora cobra para mí un gran realce, me ha hecho
pedir a! ordenanza la revista semanal «La Esfera»
del 1 de enero de 1927. Era un número extra­
ordinario de noventa y seis páginas que costaba
dos pesetas.

Las figuras del año 26

En su interior, con fotos de gran tamaño, apa­


recen las figuras del año en el que había fallecido
Rodolfo Valentino. Entre los personajes se en­
cuentran:
Ramón Franco, «héroe del raid Palos-Buenos Ai­
res».
Santiago Rusiñol, que acababa de recibir «el fer­
viente homenaje de Cataluña».
Juan de la Cierva y Codomíu, que vio en el 26
«cómo las otras naciones consagraban oficial y
definitivamente las pruebas de su autogiro».
218 JESUS URTEAGA

Josefina Díaz de Artigas, que había llegado «a una


alta perfección escénica».
Ramón Menéndez Pidal «elegido presidente de la
Real Academia Española al morir don Antonio
Maura».
Ramón y Cajal. «Se inauguró el monumento al
maestro glorioso».
Jesús Guridi, que con El Caserío «labró el triun­
fo más resonante del año lírico español».
Catalina Bárcena, que «emprendió una excursión
brillantísima por los escenarios de la América
española».

¿Cómo ve usted el porvenir de España?

Lo que buscaba lo encontré en la página treinta


y nueve. El director de la revista — Francisco Ver­
dugo— había hecho una encuesta entre las perso­
nalidades de aquel entonces. Al «Cómo ve usted el
porvenir de España» contestaban el conde de Ro-
manories, Emilio Zurano, Nicolás M. Urgoiti, Ra­
fael Altamira, Angel Ossorio y Azorín. Los dos
primeros eran francamente optimistas. Emilio Zu­
rano contaba con el optimismo, siempre que ios
españoles dejásemos la antipatriótica y habitual
costumbre de hablar mal del Gobierno.
Junto a un recuadro en el que se leía «este nú­
mero ha sido revisado por la censura », aparecía
la respuesta de Azorín:
«Mi querido amigo: Un pobre herrero —un cha­
pucero— se halla en su fragua trabajando. Tiene
CARTAS A LOS HOMBRES 219

profundo amor al trabajo. Labra badiles, trébedes,


tenazas. Trabaja desde el alba hasta entrada la
noche. Si se le preguntara sobre el porvenir de
España, él levantaría la vista de su labor y res­
pondería:
— Deje usted, deje que termine este trabajillo
que estoy haciendo con mucho cariño.
Yo, querido amigo, soy como este modesto tra­
bajador del hierro: no creo que haya inmodestia
en compararse con un chapucero. He escrito — des­
de niño— centenares y centenares de artículos.
Soy autor de novelas, cuentos, comedias, ensayos.
He trabajado siempre, y espero finar trabajando.
Procuro poner un poco de fervor en el trabajo.
Y si ahora se me pregunta —lo hace usted ama­
blemente— qué es lo que pienso del porvenir de
España, levanto la cabeza de las cuartillas y digo.
— Perdone usted; permítame que acabe este tra­
bajillo que estoy escribiendo con mucho amor.
Esto es todo. El porvenir de las colectividades
depende de la conciencia de sus individuos. ¡Que
cada cual sienta amor por la obra de sus manos!
¡Que haya un poco de fervor en el trabajo de cada
ciudadano, y España será grande! Cordialmente le
saluda, Azorín . Madrid, diciembre de 1926».
España será grande con el trabajo de todos.
Los chapuceros son como los intelectuales del
hierro tosco. Un trabajo más sencillo, y no por
eso menor importante, es el de los tenaceros: los
obreros que se limitan a sostener las piezas en la
herrería, mientras el intelectual del martillo tra­
baja en el yunque. Los tenaceros sujetan esos aros
22Q íe s u s urteaga

de hierro con tres pies - l o s trébedes-, que ser­


virán para apoyar las sartenes y las perolas en el
hooar. Los tenaceros sostienen ¡os badiles míen-
tras se forjan las paletas que utilizaremos para
mover y remover la lumbre en el brasero.
Todos necesitamos del trabajo de los demás. Y
los demás necesitan que nuestro trabajo esté bien
hecho, bien terminado.
Para ello se precisa —es La lección que nos ha
dejado Azorín— que lo hagamos con amor y con
cariño.
Vistas Las cosas desde abajo, realmente los hom­
bres damos mucha importancia a la labor que lle­
vamos entre manos. Qué cabeza tiene ese hombre,
decimos. Qué inteligente es. Ha levantado una gran
empresa. Ese otro ha llegado a ser ministro.
¿No os parece que vistas las cosas desde arriba,
resultará ridicula la diferencia de funciones? ¿Qué
hacemos los hombres que pueda decirse que es
grande a los ojos de Dios? Uno trabaja con su inte­
ligencia, otro con sus manos; aquél es un hombre
de acción, éste no se levanta de una silla en todo
el día. Unos venden periódicos que otros hombres
los editan; más o menos es un mismo hierro el que
se forja, se labra y se caldea en distintas herrerías.
De entre los treinta y cinco millones de españo­
les, no habrá más allá de cinco a seis mil hombres
que tengan un trabajo profesional que afecte real­
mente al porvenir político-social de nuestro país:
son hombres que piensan, hablan, escriben, actúan
e influyen en la opinión pública. El resto: treinta
y cuatro millones novecientos noventa y cinco mil.
CARTAS A LOS HOM BRÍA 221

trabajan en la misma fragua. Son mujeres, niños,


hombres preocupados más por el presente ago
biante que por el porvenir venturoso.

Trabajemos con un poco de fervor

Para todos — para aquellos pocos miles y estos


treinta y cinco millones— se nos ha dejado escrito
en el último Concilio:
«Los que viven entregados a trabajos frecuente­
mente duros, conviene que a través de ese mismo
trabajo humano busquen su perfección, ayuden a
sus compañeros, traten de mejorar la sociedad en­
tera y la creación, pero traten también de imitar a
Cristo, cuyas manos se ejercitaron en el trabajo y
que continúa trabajando por la salvación de todos
en unión con el Padre, en la caridad activa, gozo­
sos en la esperanza, ayudándose unos a otros a
llevar sus cargas, y sírvanse del diario trabajo para
alcanzar una mayor santidad incluso apostólica.
Sepan también que están unidos de una manera
especial con Cristo, en sus deberes por la salvación
del mundo, todos aquellos que se ven oprimidos
por la pobreza, la enfermedad, el infortunio y
otros muchos sufrimientos; o los que padecen
persecución por la justicia...
Todos los fieles, por tanto, en cualquier condi­
ción de vida, de oficio o de circunstancias, y pre­
cisamente por medio de todo ello, se pueden san
tificar más y más de día en día, si todo lo reciben
con fe de la mano del Padre celestial, y coóperan
222 JESUS URTEAGA

con la voluntad divina manifestando a todos, in-


cluso en el mismo servicio temporal, la caridad
con que Cristo amó al mundo».
Lo que podemos hacer los españoles por un fu­
turo mejor es trabajar bien el hierro tosco sobre
d yunque, forjarlo a golpes de martillo, desde que
sale el sol hasta entrada la noche, pero con pro­
fundo amor a la labor, con cariño.
E! «ya vale» es la antítesis de la perfección. El
«ya vale» es, por definición, dejar las cosas sin
terminar. El «yavalismo» (lo dejé escrito hace bas­
tantes años) es contrario al espíritu de Cristo, que
todo lo hizo bien. Tenemos que terminar bien
nuestro trabajo. Los «yavalistas» no arreglarán
nunca España.
«Esto es todo. El porvenir de las colectividades
depende de la conciencia de sus individuos. ¡Que
cada cual sienta amor por la obra de sus manos!
¡Que haya un poco de fervor en el trabajo de cada
ciudadano, v España será grande!».
ALABANZAS A UN CARPINTERO ’

Con el nombre de José aparecen dieciséis per­


sonajes bíblicos. Entre ellos resalta un obrero de
la construcción, un carpintero, un ebanista; es un
hombre pobre, ni rico ni miserable. Es del linaje
de David.
José desempeñará un importante papel en el
Evangelio de la infancia de Jesús; después, pasará
inadvertido. José desaparecerá de la escena al tiem­
po que Jesús crece en sabiduría, en edad y gracia
ante Dios y ante los hombres.
No podemos olvidar que el Evangelio es el libro
que tiene por protagonista al Señor; todos los
otros personajes aparecen en él en cuanto tienen
relación con Jesús. No obstante, al Mesías —cuan­
do comience su ministerio público— se le conocerá
por el hijo de José.
¿Quién es este José, Patrono de la Iglesia univer­
sal desde hace más de un siglo? Es el hombre
elegido por el Cielo para hacer de padre de Jesús
y que tendrá por misión cuidar de El y de su ma­
dre, María. Es un hombre que puede señalarnos el
camino de una vida sencilla —no fácil— y santa

El entrecomillado de este artículo corresponde a la


homilía de Mons. E s c r iv A de B a l a g u e r , En el taller de
José, recogida en Es Cristo que pasa, núms. 39-56.
224 JESUS URTEACiA

José es un hombre corriente, padre de familia,


un trabajador que se gana la vida con el esfuerzo
de sus manos; un hombre que ejerce el oficio, fati­
goso y humilde, de los artesanos de su tiempo en
el insignificante v desconocido pueblo de Nazaret,
que nunca es mencionado en el Antiguo Testa­
mento.
Es un hombre joven, fuerte, de gran personali­
dad.
«Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante
de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo
trabajo, todos los días, siempre con el mismo
esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre
y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar
al día siguiente la tarea».
¿Verdad que en esto del trabajo sí podemos
imitar a José? Nuestra labor de hoy es muy pare­
cida a la suya. Todo queda reducido —aun las co­
sas más espectaculares que podamos llevar a ca­
bo— a un montón de cosas menudas, pequeñas,
como las que hacía José, que trabajaba la madera
y posiblemente también el hierro.
No tenemos por qué imitar a José en su oficio.
No debemos imitarle en su forma de hablar o de
vestir. La santidad está hecha, más que dé cosas
externas, de cosas muy íntimas. Sí podemos repro­
ducir su vida con el amor que él ponía al trabajar
acabadamente aquellas maderas de cedro, roble
y pino, en las que no se notaba los desconchados
de la inconstancia.
El taller de José está lleno de taladros, marti
CARTAS A LOS HOMBRES 225

líos, escoplos, sierras y clavos; está repleto de gu­


bias, compases, plomadas y... de Dios.
José enseña al Niño Dios cómo tiene que tra
bajar un hombre, ¿no es maravilloso?
Cuando se nos habla de santidad, instintiva­
mente nos vamos con la imaginación a un lugar
lejano, a una profesión curiosa, a unas circuns­
tancias ajenas a las que estamos atravesando,
como si las cosas que usadnos cada día pudieran
ser obstáculo, impedimento, para la santificación
que nos pide Dios. Hay, sin embargo, un texto del
Deuteronomio que nos puede ayudar a compren­
der dónde está esa santidad.
Habla Moisés ai pueblo elegido. Tú y yo esta­
mos escuchándole: «Esta ley que hoy te impongo
no es muy difícil para ti, ni es cosa que esté lejos
de ti. No está en los cielos... No está al otro lado
de los mares. Lo tienes enteramente cerca de ti» 4'\
Ahí está nuestra santidad, pegada a nuestra labor
diaria.
Es precisamente en esas cosas corrientes, me­
tidas en nuestra vida, donde — ¡a todos!— se nos
pide amor, santidad, el mejor acabamiento posible
en las menudencias de cada jornada.
«Eso nos enseña la vida de San José: sencilla,
normal y ordinaria, hecha de años de trabajo,
siempre igual, de días humanamente monótonos,
que se suceden los unos a los otros».
«Vosotros, que celebráis hoy conmigo esta fiesta
de San José, sois todos hombres dedicados al tra-

“ D t 30,11-14.
15
226 JESUS URTEAGA

bajo en diversas profesiones humanas, formáis


diversos hogares, pertenecéis a tan distintas nacio­
nes, razas v lenguas. Os habéis educado en aulas
Je centros docentes o en talleres y oficinas, habéis
ejercido durante años vuestra profesión, habéis
entablado relaciones profesionales y personales
con vuestros compañeros, habéis participado en la
solución de los problemas colectivos de vuestras
empresas y de vuestra sociedad.
Pues bien: os recuerdo, una vez más, que todo
eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra voca­
ción humana es parte, y parte importante, de vues­
tra vocación divina. Esta es la razón por la cual
os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo
tiempo a la santificación de los demás, de vuestros
iguales, precisamente santificando vuestro trabajo
y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que
llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a
vuestra personalidad humana, que es vuestra ma­
nera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia
vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a
la que amáis».
«En vuestra ocupación profesional, ordinaria y
corriente, encontraréis la materia —real, consis­
tente, valiosa— para realizar toda la vida cristia­
na, para actualizar la gracia que nos viene de
Cristo».
Y cuando notemos el cansancio, la fatiga, las
dificultades que saltan ante nuestros ojos, volva­
mos la vista a José, que «no es el hombre de las
CARTAS A LOS HOMBRES 227

soluciones fáciles y milagreras, sino el hombre de


la perseverancia, del esfuerzo y —cuando hace
falta— del ingenio». Los milagros no son «un ex­
pediente para resolver las consecuencias de la
ineptitud o para facilitar nuestra comodidad».
José enseñó al Niño cómo tienen que trabajar los
hombres, y aprendió de Jesús lo que también nos­
otros debemos aprender: que no es posible andar
con paso cansino, que no cabe la rutina. Dios
exige continuamente más y más. «San José, como
ningún hombre antes o después de él, ha apren­
dido de Jesús a estar atento para reconocer las
maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón
abiertos».
«La vida interior no es otra cosa que el trato
asiduo e íntimo, con Cristo, para identificarnos con
El. Y José sabrá decirnos muchas cosas sobre Je­
sús. Por eso, no dejéis nunca su devoción».
«Con San José, el cristiano aprende lo que es
ser de Dios y estar plenamente entre los hombres,
santificando el mundo. Tratad a José y encontra­
réis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María,
que llenó siempre de paz el amable taller de Na-
zaret».
Lo que el Señor nos pide a nosotros —decíamos
antes— es un trabajo acabado, sin rutina, sin pe­
rezas, en el que no aparezcan las manchas de
nuestra debilidad humana, en el que no se noten
los desconchados de nuestra inconstancia. El Dios
omnipotente y fiel no se da por satisfecho con
m JESUS URTEAGA

obras no acabadas. No se trata sólo de hacer. No


basta con cumplir. Se hace preciso excederse. Se
requiere acabamiento, plenitud, santidad. Cuando
el Señor termina su vida terrena en la Cruz, nos
gratará: «Todo está consumado». Todo está per­
fectamente terminado.
A LOS PEREZOSOS

En otra ocasión te he hablado de ia pereza de


los brazos cruzados, de higueras que no dan higos,
de lámparas que no dan luz, de ricachones que
no enriquecen y de caminantes que no cuidan de
los tumbados en las cunetas. Es la pereza, que
tiene por acusadores a Cristo hambriento, al es­
poso de una fiesta de bodas, a los Lázaros que
se mueren de asco y a los malheridos de las carre­
teras.
Yo quiero hablarte ahora de otra pereza, la espi­
ritual, en la que pueden caer tanto aquellos negli­
gentes, ociosos, indolentes y vacíos, como los otros
— ¡son multitud!— que «no paran» y son perezosos

La flojera puede afectar al campo intelectual,


a las actividades materiales, a las tareas profesio­
nales o a las cosas de Dios , pereza que nos llena
de tristeza todos los rincones del alma.
Esta es propiamente la pereza pecado capital: la
repugnancia de las cosas espirituales por los tra­
bajos y molestias que ocasionan.
Con palabras de Pieper, es «la muelle desgana
del corazón, que no se atreve a lo grande para lo
que el hombre está llamado. La vemos actuar en
230 JESUS URTEAGA

aquellos momentos en que el hombre procura


sacudirse la nobleza de su personalidad esencial
y, sobre todo, cuando le estorba esa filiación di­
vina que a tanto obliga, paralizándolo todo con
su flojera» n.
Perezosos espirituales son los que tienen una
actividad externa tan absorbente que no encuen­
tran —no quieren buscar— unos minutos para
Dios, unos instantes para el alma. No saben sacar
tres días al año —están agobiados, dicen los pobre-
cítos— para preocuparse seriamente de esas cosas
con las cuales uno se juega la eternidad.
Estos son los hombres que se aburren con las
cosas del Señor; les estorba el peso de su filiación
divina; les repugna el esfuerzo que pide la vida
cristiana; están embotados, entumecidos, paralíti­
cos, para todo lo que huele a eternidad.
Es repugnante la holgazanería del hombre que
esconde sus talentos en la tierra y deja pasar estú­
pidamente la vida sin hacer nada por los demás.
Es necia la pereza espiritual del que los hace
fructificar en provecho propio y pierde miserable­
mente la vida sin hacer nada por Dios.

No es la primera vez que te presento estas es­


cenas del Evangelio.
Un hombre dio una gran cena y convidó a mu­
chos. A la hora del banquete envió a su siervo a
decir a los invitados: «Venid, que ya está todo

11 J PiEPF.k, o.c., pág. 216.


CARTAS A LOS HOMBRfcS 231

preparado». Pero todos a una empezaron a excu­


sarse. Todos tenían mucho trabajo. ¡Tenían tanto
que hacer!... Todas eran cuestiones urgentes. ¡Qué
más hubieran querido ellos que asistir a la fiesta!
Pero no, no acudirán porque uno ha comprado
un campo, otro unas yuntas de bueyes y otro
acaba de casarse. Todos estaban cogidos por cien
mil lazos estúpidos y no irán a la fiesta. No tienen
tiempo para Dios. Están apegados a sus fincas, a
sus tierras, a sus labores, a sus negocios, a sus
fines de semana. Todos tienen sus excusas. En el
fondo, les abruma dejar su trabajo y esforzarse a
echar a andar por los caminos de Dios.
Otro personaje hay en el Evangelio que ni si­
quiera pone excusas; está embotado, tiene el alma
llena de trigo. De la noche a la mañana se ha con­
vertido de hombre vulgar en ricachón. Una abun­
dante cosecha le ha creado un serio problema. No
sabe qué hacer con el fruto. No tiene graneros sufi­
cientes para guardarlo.
El protagonista de la parábola no piensa en el
prójimo. Prescinde de él y, por supuesto, no pien­
sa en Dios. Su única preocupación consiste en
saber dónde poder guardar su maldito trigo. «Voy
a demoler mis graneros, edificaré otros más gran­
des, juntaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré
a mi alma: descansa, come y bebe». Pero Dios le
dijo: «¡N ecio! Esta misma noche te reclamarán el
alma... Así es el que atesora riquezas para sí y
no se enriquece en orden a Dios».
Estos son los perezosos que condena el Señor:
los metidos hasta las cejas en el muro de las acti-
I L SI S LRIfcAGA

vidades e\ lernas. sin dejar un resquicio para que


entre la luz en su alma. Tienen lanías cosas en el
coi a/ón, que siempre que se les habla de Dios
lo dejan para mañana.

¿Cómo curarse de esta indolencia espiritual?


Dejar el campo, la yunta de bueyes, los graneros,
ios apegamientos y ponerse en camino.
Acudir a la llamada. Levantarse y luchar, por
mucha repugnancia, frialdad y tristeza que se pue­
da sentir.
El Señor exige nuestra colaboración. Siempre
podemos contar con que Dios recorre la mitad del
camino; pero a nosotros nos corresponde andar
la otra mitad.
Confiamos en un cristianismo con cruz. Pre­
suponemos las molestias, las dificultades, los tra­
bajos. Pero seguiremos andando.
¿Remedios? Contra pereza, diligencia.
¿Arreglos? La oración por caminos de amor y de
esperanza.
¿Soluciones? La mortificación en el cumplimien­
to de un pequeño plan de vida.
¿Propósitos? Un tiempo, cada día, para Dios.
«Lucha contra esa flojedad que te hace perezoso
y abandonado en tu vida espiritual. Mira que pue­
de ser el principio de la tibieza..., y, en frase de la
Escritura, a los tibios los vomitará Dios»

' ’ Camino núm. 325.


EL CAMINO SE LLAMA LIBERTAD

Debemos ponernos en marcha. Son muchos ios


sobresaltos que nos hace sentir el Magisterio de
la Iglesia en el alma de los cristianos. Se han aca­
bado las tertulias de cafeterías. Se ha discutido
todo cuanto hay que discutir por parte de los
laicos. Se ha estudiado todo cuanto hay que estu­
diar por parte de los Padres conciliares. El 8 de
diciembre de 1965 fue el final de una historia
larga, en la que hombres valientes, audaces y
arriesgados fueron incomprcndidos por los que no
captaban los signos de los tiempos. El 8 de diciem­
bre es el comienzo de una renovación prodigiosa
marcada por el fuego, por el sello del Espíritu
Santo.
Han pasado muchos años desde entonces. Ahora
hay que ponerse en marcha, sacudiendo la inercia,
al paso de Dios, por el camino que El nos señala.
Ha hablado la Iglesia. En nuestras manos está
ahora la eficacia de su doctrina.
La Iglesia de Dios pide libertad, tanta libertad
como requiere el cuidado de la salvación de los
hombres. Es la libertad ganada por Cristo con su
Sangre. La Iglesia demanda una condición estable,
de hecho y de derecho, para el cumplimiento de
su misión divina.
234 JESUS URTEACA

La Iglesia pide la libertad religiosa para todos


los hombres.
Dios no nos quiere esclavos; nos quiere libres
en nuestro acto de fe. Hay una sola v verdadera
Religión. De entre los muchos caminos que Dios
pudo escoger para que los pobrecitos hombres
se salvasen y llegasen a la felicidad en Cristo, eli­
gió uno. Y este es el camino: la Iglesia católica y
apostólica. Esta es la Verdad, como nos recuerda
el Concilio a los tres mil quinientos millones de
hombres que llenamos la Tierra.
Todos deben buscar esa verdad, y una vez co­
nocida, abrazarla y hacerla vida en nuestras en­
trañas y en nuestra actuación.
La libertad religiosa que se nos pide es ésta:
que se abrace esta verdad y se siga este camino
sin coacciones, sin abusos, sin violencias, sin im­
posiciones, sin fanatismos.
Nadie puede forzar las conciencias. A nadie se
le debe impedir que actúe conforme a sus creen­
cias. ni en privado ni en público. Esta dignidad
de la persona humana debe ser tutelada por el
Estado. La Iglesia pide al ordenamiento jurídico
de la sociedad civil que garantice, defienda y tutele
esta ausencia de coacción.
La necesidad de estas normas tutelares se ve
patente en todos aquellos países que tienen una
postura religiosa mavoritaria, como la que se da
en los países islámicos y en los comunistas, en los
de mayoría católica y en los budistas.
CARTAS A LOS HOMBRKS 235

El Concilio pide paz y respeto — garantizados


por la ley— para las personas y comunidades reli­
giosas minoritarias.
Si los países aceptan estos principios, con la
sinceridad que pide el Concilio, la libertad lavo
recerá la acción apostólica de la única Iglesia de
Cristo.
Libertad no es indiferentismo. «Por deber de
lealtad hemos de manifestar nuestra persuasión
de que la verdadera religión es única, y ésa es la
religión cristiana, y que alimentamos la esperanza
de que como tal llegue a ser reconocida por todos
los que buscan y adoran a Dios. Pero no queremos
negar nuestro respetuoso reconocimiento a los
valores espirituales y morales de las diversas con­
cepciones religiosas no cristianas» (Pablo VI).
Para todos aquellos hombres, para todas aque­
llas comunidades, que no están en el camino que
Dios ha señalado, nuestra comprensión, nuestro
amor y el diálogo, que es apostolado.
La Iglesia católica tiene un mandato recibido
del Señor: el de trabajar sin descanso para que
la palabra de Dios sea difundida y glorificada.
Dios quiere que todos los hombres se sal\en y
lleguen al conocimiento de la verdad. A los cris­
tianos se nos exige el difundir este mensaje divino
con toda confianza y fortaleza apostólica, incluso
hasta con el derramamiento de sangre.
Una seria responsabilidad recae sobre todos los
cristianos de la calle. La de formarnos mejor, la
de tener un conocimiento más serio, más pro-
236 JESUS URTEAGA

tundo, de nuestra fe católica. «Hay una obligación


grave de conocer cada día mejor la verdad que
de Dios hemos recibido — nos dice la Declaración
sobre libertad religiosa— , una obligación grave de
anunciarla fielmente, de defenderla con valentía».
Tenemos la responsabilidad de dar testimonio, con
nuestra vida, de que somos hombres de Cristo.
La libertad lleva consigo la responsabilidad y una
mayor picocupacion por formar al hombre cris­
tiano. «Formar hombres» es la frase empleada por
el Concilio. Formar hombres que acaten el orden
moral y obedezcan a la autoridad legítima; formar
hombres que sean amantes de la genuina libertad;
formar hombres que juzguen las cosas con criterio
propio a la luz de la verdad; formar hombres que
ordenen sus actividades con sentido de responsa­
bilidad.

Recibid sin temores la enseñanza de la Iglesia.


La declaración del Episcopado español nos urge
a asimilar pronto la doctrina del Concilio y a
llevar las decisiones a la práctica.
La libertad 110 se opone «a la unidad religiosa
de una nación».
Es la misma Iglesia la que nos pide que man­
tengamos con gran amor este tesoro fabuloso que
supone la unidad católica de nuestro país. «E l
Señor os conserve la unidad en la fe católica»
—nos dijo el Papa Juan X X III— . «Vuestra nación
justamente se gloría de esa unidad católica — nos
CARTAS A LOS HOMBRES 237

repitió Pablo V I— . Toca al sacerdote, sobre todo,


encauzarla hacia su dinamismo más profundo para
convertirla en un foco más luminoso de irradia­
ción evangélica».
¡En marcha!, al paso de Dios, por el camino que
El nos señala.
¡LIBERTAD, LIBERTAD!

Con motivo del segundo paseo del hombre por


la Luna, aquel miércoles 19 de noviembre, Tele­
visión Española se encontraba al rojo vivo. El
edificio de Prado del Rey es muy grande. En el
control central y el Estudio 4 la actividad era
impresionante. La viví muy de cerca. La cámara
instalada en la Luna se había estropeado y Fede­
rico Gaiio — presentador del programa de tele­
visión— se encontraba en la dificultad de tener
que llenar tres horas de Eurovisión sin imagen de
la Luna.

Un gran trabajo de equipo

Las conexiones eran fantásticas: la Luna, Hous­


ton, Roma, Barcelona, Viena, París, Londres, Fres-
nedillas, Prado del Rey. En el control, mucha gente
con auriculares, muchos pitidos, muchas lucecitas
rojas. Y voces. La última que recuerdo procedía
del realizador: «Cámara dos: vete a París».
Las conexiones preparadas para el jueves 20
eran todavía más complejas. Me lo explicaba Ma­
nuel Rodríguez, jefe de retransmisiones. Las apun­
to brevemente. La señal que procedería del «Mó*
CARTAS A LOS HOMBRES 239

dulo de Mando» de la nave «Apolo X I I » la recibiría


Fresnedillas en blanco y negro, y después de dar
la vuelta al mundo llegaría a Prado del Rey en
color.
Estos eran, más o menos, los enlaces: «Apo­
lo X I I » - Fresnedillas - Paseo de La Habana *
Prado del Rey - Buitrago - Satélite «Intel Sat 3»
del Atlántico - Hannover (América) - Houston (con­
versión de la imagen en color) - «Intel Sat 3» - Aus­
tralia - «Intel Sat 3» Indico - Londres (conversión
al sistema Pal) - Eurovisión - París y Prado del
Rey.
Entre tanto, medio millón de hombres y veinte
mil empresas trabajaban para que tres hombres
— Conrad, Gordon y Bean— pudieran llegar a la
Luna, pasearse por ella, dejar unos instrumentos
y con unas piedras regresar a la Tierra, donde les
esperan tres mujeres y doce hijos.
Federico Gallo — auténtico protagonista de esta
gran aventura de la «tele» española— nos había
llamado a muchos para hacemos unas cuantas
entrevistas y llenar el tiempo como Dios le diera
a entender.
— ¿Mejorará el hombre — fue la pregunta que
se me hizo— después del proyecto «Apolo»?
No pude menos de responder que si todo ese
equipo de 500.000 hombres, trabajando sólo para
los tres cosmonautas, ¡pusieran el mismo empeño
en tratar de resolver los problemas de las injus­
ticias, las hambres, las guerras, los analfabetismos,
las mediocridades de la Tierra!...
240 JESUS URTfcAÜA

¿Y los cristianos?

Pero, igualmente, podemos seguir preguntándo­


nos: ¿y si nosotros, los 800 millones de cristianos
de ahora, pusiéramos ese empeño que sólo doce
hombres pusieron entonces por extender el men­
saje de Cristo?
Estos días, el Seminario de Programas Religio­
sos de Televisión Española está visionando Los
Hechos de los Apóstoles, de Rossellini — una
coproducción italo-franco-española— . En la pelí­
cula, producida para la televisión, se ve a aquellos
primeros discípulos de Cristo — no podemos olvi­
dar que eran pescadores y gente de campo— ha­
blando de Dios por todos los rincones de las plazas
de los pueblos. Hablaban de Cristo y ponían en
práctica su mensaje. El amor se había adueñado
de sus vidas. Querer con obras y de verdad al
prójimo era una manifestación de su cariño a
Jesucristo. Se realizaban conversiones, eran tiem­
pos en que la gracia del Señor se prodigaba de
modo extraordinario. Hoy tenemos que vivir como
aquellos enamorados; contamos con la misma ayu­
da del Dios poderoso; habremos de trabajar como
ellos; hablar de Dios como lo hizo aquella primera
generación y manifestar con nuestra vida, puesta
al servicio del prójimo, la riqueza de la le.
CARTAS A LOS HOMBRES 241

Escribe el Fundador del O pus Dei

El Fundador del Opus Dei, en un artículo publi­


cado en el suplemento semanal de «ABC» del 2 de
noviembre, apoyándose en la vida de aquellos pri­
meros cristianos, nos empuja a vivir con la forta
leza de la fe en el mundo en que nos ha corres­
pondido vivir 46.
«La fe — la magnitud del don del amor de Dios—
ha hecho que se empequeñezcan hasta desapare­
cer todas las discriminaciones, todas las barreras:
“ ya no hay distinción de judío, ni de griego; ni de
siervo, ni de libre; ni de hombre, ni de mujer:
porque todos sois una cosa en Cristo Jesús”
(Gal 3,28). Ese saberse y quererse de hecho como
hermanos, por encima de las diferencias de raza,
de condición social, de cultura, de ideología, es
esencial al cristianismo».
El cristiano no es un conglomerado de piezas
de «puzzle». El cristiano es un hombre de una
sola pieza, ante Dios y ante los hombres, en el
aspecto individual y en el social, en privado v en
público. Romper esa «unidad de vida» es dejar
maltrecho su cristianismo.
Si nos encontráramos con un hombre que, pre­
ocupado por su santidad personal, se esforzara
por vivir exclusivamente unas prácticas de piedad,
leyera a los demás la Epístola desde el presbite-
terio en la Iglesia, entonara cánticos que los con­

J. E s c r i v á dh B a i .a í u i h r , Las riquezas de la fe. Folletos


' 1">u!o Cristiano, núm. 119.
16
242 JESUS URTEAÜA

tinuara la asamblea y olvidara que esa le tiene


muchas implicaciones y exigencias en la vida pro*
fesional, familiar, social, política..., nos habríamos
encontrado con un cristiano que no había enten­
dido el mensaje que Cristo nos predicó.

La libertad como condición de la convivencia

Monseñor Escrivá de Balaguer centra su artículo


en una de esas manifestaciones de la le del cris­
tiano de ahora: la libertad como condición de la
convivencia, la libertad como fruto de la caridad.
Cuanto dice es aplicable a todos los fieles
corrientes que, como los socios y asociadas del
Opus Dei, viven en el mundo del trabajo.
«N o hay dogmas en las cosas temporales. No
va de acuerdo con la dignidad de los hombres el
intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestio­
nes donde por fuerza cada uno ha de contemplar
las cosas desde su punto de vista, según sus inte­
reses particulares, sus preferencias culturales y su
propia experiencia peculiar. Pretender imponer
*

dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente,


a forzar las conciencias de los demás, a no res­
petar al prójimo».
CARTAS A LOS HOMBRES 243

nes, respetando, por consiguiente, las opiniones de


los demás y amando el legítimo pluralismo. Quien
no sepa vivir así, no ha llegado al fondo del men­
saje cristiano.
La conciencia de la limitación de los juicios
humanos nos lleva a reconocer la libertad como
condición de la convivencia. Pero no es todo, e
incluso no es lo más importante: la raíz del res­
peto a la libertad está en el amor. Si otras per­
sonas piensan de manera distinta a como pienso
yo, ¿es eso una razón para considerarlas como ene­
migas? El único aparente motivo puede ser el
egoísmo, o la limitación intelectual de quienes
piensan que no hay más valor que la política y
las empresas temporales. Pero un cristiano sabe
que no es así, porque cada persona tiene un precio
infinito, y un destino eterno en Dios: por cada una
de ellas ha muerto Jesucristo.
Se es cristiano cuando se es capaz de amar no
sólo a la Humanidad en abstracto, sino a cada
persona que pasa cerca de nosotros».

¿La vida es una novela rosa?

Recientemente he recibido una carta en la «tele»,


en la que se me decía: «Usted siempre está ha­
blando de alegría. En cambio, el Fundador de la
Obra a la que usted pertenece, dice, si no he leído
mal, que la vida no es una novela rosa».
Sí, efectivamente, lo dice, la vida no es una no­
vela rosa; pero también apunta que cuando el
244 JESUS URTEAGA

cristiano vive de fe, «esos nudos que atenazan a


veces el corazón, esos pesos que aplastan el alma,
se rompen y se disuelven... Y la sonrisa viene en
seguida a los labios. Un hijo de Dios, un cristiano
que viva de fe, puede sufrir y llorar: puede tener
motivos para dolerse; pero, para estar triste, no».
Ahora que el mundo está atenazado por servi­
dumbres, ligado por ataduras, resulta consolador
y refrescante que se nos hable de libertad; que
se nos diga que hablar de libertad, de amor a la
libertad, es hablar de una de las mayores rique­
zas de la fe; que se nos recuerde que la libertad
es condición de la convivencia y que su raíz está
en el amor; que no se puedan imponer dogmas
donde no los hay; que si pensamos distinto tú y
yo, podemos y debemos seguir queriéndonos. Que
nada se rompe en el cuerpo místico de los cristia­
nos si se habla de pluralismo. Que no sólo hay
una postura para poder solucionar los problemas
de las realidades terrenas de los hombres. Hay mil,
diez mil opiniones distintas para resolverlos. «N o
olvidemos —se nos dice en el artículo referido—
que Dios, que nos da la seguridad de la fe, no
nos ha revelado el sentido de todos los aconteci­
mientos humanos. Junto con las cosas que para
el cristiano son totalmente ciertas y seguras,
hay otras — muchísimas— en las que sólo cabe
la opinión: es decir, un cierto conocimiento de
lo que puede ser verdadero y oportuno, pero que
no se puede afirmar de un modo incontrovertible».
No resisto a la tentación de reproducirte el corto
poema de Juan Ramón, con el que finalizaba el
CARTAS A LOS HOMBRES 245

libro Siempre alegres para hacer felices a ios


demás , dirigido a los chavales:

¡Sí, cada vez más vivo


— más profundo y más alto—,
más enredadas las raíces
y más sueltas las alas!
¡Libertad de lo bien arraigado!
¡Seguridad del infinito vuelo /
A LOS INTELECTUALES '

‘ Que nuestra tristeza no sea com o la


de aquellos que no tienen esp eran za»
(1 Thes 4,12).

En nuestros días, se habla mucho del vacío


de la existencia humana, de la falta de un sentido
en la vida. La literatura actual — impregnada, a
veces, de un pesimismo morboso— es fiel reflejo
de un estado de ánimo que predomina en amplios
sectores de la sociedad contemporánea.
La angustia, la soledad, la frustración, la fata­
lidad, las sombras, las desesperaciones, el fracaso
y el absurdo son algo más que recursos favoritos
de un género literario en boga, son la expresión
del drama de una Humanidad que ha perdido la
esperanza. Y vivir sin esperanza es condenarse
irremisiblemente al vacío — «nace el vacío cuando
muere la esperanza», escribió Leonardo— , un vacío
imposible de llenar con cualquier otro contenido.
La ingenua fe del xix en el progresó humano
no puede saciar ya las aspiraciones del hombre,
pese a que esa fe en el progreso, en la ciencia y
en la técnica sea impuesta aún a algunos pueblos
como un dogma por sus gobiernos materialistas.

17 Homilía pronunciada en el acto conm em orativo del


Aniversario de Cervantes, organizado por la Real Academia
Española, en la iglesia de las Trinitarias, en M adrid, el
26 de abril de 1960.
CARTAS A LOS HOMBRES 247

Tal vez nunca, en la larga historia de la Huma­


nidad, la tentación del propio endiosamiento haya
ejercido una sugestión tan poderosa como la que
tiene para el hombre de hoy. Al cabo de los siglos,
el pecado del mundo ha vuelto a ser el del Antiguo
Testamento, la idolatría.
Nuestra hora es de herejías, de apostasías, de
confusionismos, de negaciones radicales de Dios;
es la hora de la idolatría del hombre.
El hombre se ha sentado en el sitial de Dios.
No puede extrañarnos que se encuentre de bruces
con el vacío.
El intento de estos últimos tiempos de que el
hombre — Sísifo reencarnado— se salve del pesi­
mismo haciendo del propio fracaso fuente de dicha
y de gozo, es una utopía tan bien intencionada
como inconsistente, y por eso no convence a na­
die. Así — casi literalmente— ha escrito Orlandis
en La vocación cristiana del hombre de hoy *\
El hombre no encuentra por tal camino el sen­
tido de la existencia, y no puede encontrarlo mien­
tras no renuncie a su intento —soberbio y re­
belde— de «sacudir el yugo del Señor y romper
sus ataduras» 1í>.
En medio de tanta vida sin sentido, vosotros
os habéis reunido para honrar a unos hombres
que triunfaron en la tierra; os habéis congregado
aquí para contemplar el ejemplo de unas vidas
llenas de esperanza.

1S J. O r l a n d i s , La vocación cristiana del hom bre de hoy


( Rialp, M adrid 1959).
Ps 2.3.
248 JESUS URTEAÜA

Todos hemos conocido a muchos triunfadores


en e! esplendor de la fama v de la popularidad,
V los hemos visto luego, con el tiempo, abatidos
y humillados. Hemos presenciado caídas vertigi­
nosas desde la cumbre de la gloria humana a la
si*.na del general desprecio. Todos hemos contem­
plado a hombres que surgieron de la nada y se
hicieron honrar y venerar como casi dioses, para
desaparecer más tarde con una muerte innoble,
dejando tras de sí un reguero de pólvora amarga.
Por contraste, hoy, en el aniversario de la muerte
de un hombre egregio a quien sus paisanos, de
cara pajiza y manos sarmentosas, llamarían fami­
liarmente Miguel, vosotros, como hombres sabios,
honráis la memoria de otros que alcanzaron la
paima del triunfo en la tierra, y, como cristianos,
os habéis congregado en esta iglesia para pedir
al Omnipotente que conceda la paz a sus almas.
No hace mucho, en periódicos y revistas, dabais
vuestro adiós de despedida al amigo — Gregorio le
llamabais en la intimidad 50— que con su inteli­
gencia, con su trabajo, con su tesón, había hon­
rado a España ante el mundo entero. Lo que ha­
béis dicho de él, lo quiero repetir en esta ocasión,
en memoria de Cervantes y en memoria de todos
aquellos a quienes hoy recordamos también en el
aniversario del más clásico escritor de la lengua
castellana.
Ante el caos que envuelve nuestros días, hemos
de poner los ojos en aquellos hombres que ama­
ron y entendieron a España; en los que contribu­

r,n D. Gregorio M arañón.


CARTAS A LOS HOMBRES 249

yeron a hacerla amar y comprender con el esfuerzo


tenaz de sus vidas; en los que fueron queridos por
los acomodados y por los menesterosos; en los
que murieron soñando en su quehacer inagotable;
en los que pasaron por la tierra haciendo el bien
con su inteligencia y con sus virtudes.
Aquí, en torno a nosotros, perviven los excelsos
ejemplos espirituales de quienes asombraron al
mundo con su ingenio y con su magnanimidad,
la virtud de los grandes honores. Esa magnani­
midad, que algunos confunden lastimosamente con
el propio endiosamiento, sin darse cuenta de que
aquélla es propia de almas heroicas, mientras éste
es pecado de gentes pequeñas, y causa de la falta
de sentido que a muchos atormenta en la vida
actual.

Sobre la fama y la esperanza

Abramos, si os parece, a Cervantes, en la parte


segunda de su libro por antonomasia, capítulo
octavo. Encontraremos en lenguaje llano y clari­
vidente una respuesta a la interrogación que con­
tinúa siendo, hoy en día, piedra de tropiezo para
multitud de los que se llaman sabios y letrados.
Anochece. Van don Quijote y Sancho camino de
El Toboso. «E l cielo, conforme la tarde va avan­
zando, se cubre de un espeso toldo plomizo»
(Azorín).
Nos acercamos silenciosos a su compañía, para
sorprender las razones de don Quijote al cazurro
250 JESUS URTEAGA

sentido común de Sancho, en una de las más


prolijas y largas meditaciones de Cervantes: «E l
deseo de alcanzar tama es activo en gran manera».
La fama empujó a César a pasar el Rubicón. La
ambición de conquistar fama barrenó los navios
de los valerosos españoles guiados por Cortés en
el Nuevo Mundo. «Todas estas v otras grandes y
diferentes hazañas son, fueron y serán obras de
la fama, que los mortales desean como premios y
parte de la inmortalidad que sus famosos hechos
merecen, puesto que los cristianos, católicos y an­
dantes caballeros más habernos de atender a la
gloria de los siglos venideros, que es eterna en las
regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la
fama que en este presente y acabable siglo se al­
canza; la cual fama, por mucho que dure, en fin,
se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene
su fin señalado; así, joh Sancho!, que nuestras
obras no han de salir del límite que nos tiene
puesto la religión cristiana, que profesamos...».
He aquí perfectamente entremezcladas y debida­
mente jerarquizadas las nobles ambiciones de bue­
na fama en la tierra y una firme esperanza que
mira al cielo. He aquí un ideal para nuestras vi­
das; he aquí una razón para vivir; he aquí una
norma que da sentido a la existencia humana.
Los hombres más grandes del paganismo rindie­
ron tributo obsesivo a la ambición de buena fama
imperecedera. Los cristianos tenemos esa misma
ambición noble, y los más perfectos cristianos,
los santos, la han alcanzado. Es noble y lícito
buscar honores justos, pero lo verdaderamente
CARTAS A LOS HOMBRES 251

inteligente, lo propiamente digno de la excelsa


condición humana, será buscar los grandes hono­
res, los verdaderos honores, la primera de cuyas
cualidades ha de ser que no pasen, que sean eter­
nos. Y esto sin despreciar — porque no son incom­
patibles— la fama temporal que es alcanzable
aquí en la tierra.
Todo el humanismo clásico español, el de los
españoles del Siglo de Oro, tuvo el acierto genial,
la lucidez enteriza y sintética de hermanar la lucha
por la fama temporal y por la fama eterna, los
estímulos de la existencia terrena con una espe­
ranza inquebrantable en el cielo.
«Un hombre como Cervantes, de larga medita
ción, hecho a los trajines mundanos, nos plantea
y da resuelto en la conversación andariega de sus
dos personajes un problema clave de nuestros días.
Ese hombre será por siempre jamás una de las
figuras máximas de nuestro clasicismo. Pero no
olvidemos que hubo de sufrir en carne y espíritu
las injusticias y atropellos de la desventura, cum­
pliendo su oficio de cristiano sin volver la espalda»
(Vázquez de Prada). Y gracias a ello, Señor, gra­
cias a ello pudo ofrecernos una respuesta hecha
de palabras claras. Respuesta que sigue siendo
válida frente a todo ese vacío, angustia, soledad,
frustración, fatalidad, sombras, desesperaciones,
fracaso y absurdo de nuestros días; respuesta al
endiosamiento del hombre; respuesta a su falta
de esperanza.
Normalmente, Cervantes actúa sobre nosotros
y nos influye mediante la poderosa imantación que
252 JESUS URTEAGA

hace de la te y de la desconfianza, de lo ideal y


de lo real, en los polos contrarios de sus dos per­
sonajes imperecederos. Por excepción, en el pre­
sente caso, en que se ventila asunto de tanta
monta como el de la fama eterna, el de la santi­
dad. Cervantes vibra inequívocamente a través
sólo de la voz autorizada de don Quijote.
Sancho tiene sus dudas y consulta: «... Y todos
esos caballeros hazañosos que ha dicho, que ya
son muertos, ¿dónde están agora?». «Los gentiles
—responderá don Quijote— , sin duda, están en
el infierno; los cristianos, si fueron buenos cris­
tianos, o están en el purgatorio o en el cielo».
Y cuando Sancho insinúa: «Que nos demos a ser
santos y alcanzaremos más brevemente la buena
fama que pretendemos», entendiendo falsamente
la santidad de modo muy profesional, como tanto
sanchista contemporáneo, don Quijote le corregirá
suavemente: «Pero no todos podemos ser frailes,
y muchos son los caminos por donde lleva Dios
a los suyos».
A unos, es verdad, por vía real y ancha cañada;
a otros, por trochas y atajos. A unos al galope y
a otros al paso.
Y cuando el escudero vuelve con terquedad a la
carga: «Y o he oído decir que hay más frailes en
el cielo que caballeros andantes», su amo le con­
testará.
—Porque es mayor el número de los religiosos
que el de los caballeros.
Y de nuevo insiste Sancho:
—Muchos son los andantes.
CARTAS A LOS HOMBRES 253

— Muchos — respondió don Quijote— ; pero po­


cos los que merecen el nombre de caballeros.

Este es el sentido cristiano de la vida que tenían


aquellos hombres que vivieron la más alta tensión
de la historia de España. Vivían de la esperanza.
Una esperanza que les impulsaba a aspirar a la
fama sempiterna. Sabio será, profunda y lúcida­
mente sabio, todo aquel que aprenda la lección
de este ascético diálogo cervantino.
El corto entendimiento de nuestro siglo, habi­
tuado al tecnicismo de retícula, a frases de re­
lumbrón y verdades parcelarias, no percibe a ve­
ces la dimensión insondable de la existencia. Nos
conviene a todos fijar la idea de que las empresas
ciudadanas y los anhelos cristianos se funden del
modo más entrañable en el crisol energético de la
persona. Porque, en última instancia, es la dili­
gencia humana la que ha de labrar a cada uno su
porvenir eterno con los actos meritorios que rea­
lice aquí en la tierra.
Esto es lo que da sentido a las tareas cotidianas:
la posibilidad de ligarlas a un propósito personal
de validez inagotable, de realzarlas espiritualmen­
te y no estar sujeto a ellas, ni sometido a la ley
implacable de su caducidad.
Pero no termina aquí el consejo cervantino.
Busquemos la fama por el camino donde Dios
nos ha colocado. Hagamos de nuestra Caballería,
de nuestro oficio y andanzas una vida cara a Dios.
El «cóm o» se lo explica magistralmente don Qui­
jote a Sancho: «Así, ¡oh Sancho!, que nuestras
254 JESUS URTEAGA

obras no han de salir del límite que nos tiene


puesto la religión cristiana, que profesamos. He­
mos de matar en los gigantes la soberbia: a la
envidia» en la generosidad y buen pecho; a la ira,
en el reposado continente y quietud de ánimo;
a la gula y al sueño, en el poco comer que come­
mos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria
v lascivia, en la lealtad que guardamos a las que
hemos hecho señoras de nuestros pensamientos;
a la pereza, con andar por todas las partes del
mundo, buscando las ocasiones que nos puedan
hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caba­
lleros».

La responsabilidad de los intelectuales

«Sobre cristianos, famosos caballeros», genero­


sos, leales, responsables del mensaje de Cristo a
la Humanidad
Esto es lo que quiero añadir al consejo de
Alonso Quijano el Bueno. Sobre cristianos, famo­
sos caballeros, y responsables del rastro que de­
jáis a vuestro paso por la tierra. Cientos y miles
de hombres están pendientes de vuestra labor.
Vuestras ideas se hacen carne en el espíritu de
otros hombres. Podéis hacer un gran bien con
vuestra alegría, con vuestra esperanza. Pero tam­
bién vuestra tristeza podría destrozar muchas
vidas.
No solamente sois responsables de lo que de­
jáis escrito cada día, sino de cuanto pudisteis
CARTAS A LOS HOMBRES 255

escribir y no escribisteis, de cuanto pudisteis en­


señar y no enseñasteis, de cuanto pudisteis ofre
cer a vuestros hermanos los demás hombres y,
sin embargo, dejasteis inactivo en el secreto de
vuestra ciencia, guardada avaramente para vos­
otros solos, no difundida a los cuatro vientos. Por
orgullo o por falso amor propio, por pereza o por
indiferencia, por afán pecaminoso de superación
mal entendida, que tantas veces es sólo mal disi­
mulada soberbia y temor de quedarse cortos en
la edificación de la propia estatua, de cara a un
imaginado y magnífico porvenir.
A vosotros, por intelectuales, os incumbe un
apostolado amplio entre las gentes: el de dar
doctrina.
Es el Cristianismo una religión que declara, es­
tablece, determina las relaciones naturales y sobre­
naturales que unen al hombre con su Creador y
Redentor.
Es el Cristianismo la afirmación gozosa de la
vocación universal de los hombres al reino de Dios.
Su acción esencial tiende a mantener y desarro­
llar el contacto íntimo entre la Humanidad y Dios.
¡Pero no es esto sólo!
El Cristianismo no está orientado exclusiva­
mente a la vida eterna, no mira sólo al más allá,
no sólo habla de la fama imperecedera, para dejar
a los enemigos de Dios la administración de la
tierra y la determinación de las condiciones de la
vida temporal.
Yerran quienes quisieran circunscribir el orden
sobrenatural al fuero interno de las conciencias.
256 JESUS URTEAGA

Están lejos de la verdad quienes quisieran cons­


treñir a la Iglesia a su ministerio cultual y sacra­
mental, bajo el pretexto de que su dominio radica
en el mundo invisible de las almas; quienes qui­
sieran aniquilar la influencia cristiana en la so­
ciedad.
Jesucristo, al redimir al mundo muriendo en la
Cruz, todo lo arrastra a sí — «omnia traham ad
meipsum»— , de modo que nada humano, nada
relativo a esa naturaleza que El asumió y salvó
puede quedar en una zona indiferente al orden
sobrenatural.
La Iglesia no tiene como única misión bautizar
a todos los hombres, sino bautizar a todo el hom­
bre y a todo en el hombre. La Iglesia quiere pe­
netrar y ganar para Cristo a toda la Humanidad
histórica. Su visión es, por católica, universal, y
nada hay que le pueda resultar extraño.
«Sobre cristianos, famosos caballeros».
Seremos siempre defensores de lo sobrenatural,
de lo eterno y de lo religioso, pero sin olvidar ni
menospreciar la naturaleza, el tiempo y lo profano.
A vosotros —que sobre cristianos sois famosos
caballeros— os corresponde hacer que se refleje
el espíritu de Cristo en el mundo de lo profano.
Este es vuestro gran apostolado, como el de Cer­
vantes, con la pluma. Dar doctrina y formar la
opinión, el criterio, la fundamentación doctrinal
de la conducta en las gentes ignorantes de nues­
tros días. He ahí vuestra tremenda responsabi­
lidad.
CARTAS A LOS HOMBRES 257

Quiero terminar contando una parábola que no


está en el Evangelio. Dos hombres entraron en el
templo para hacer oración. El primero rezaba de
pie, hinchado de orgullo por fuera y de trapo por
dentro, cantando estúpidas hazañas: Te doy gra­
cias, Señor, porque no soy como los demás hom­
bres, que son ladrones, injustos, adúlteros, ni
como ese pobre hombre que reza a escondidas.
Y entre balbuceos se oyó decir al hombre del
rincón, con sincera humildad: Perdóname, Señor,
porque yo fui el maestro de ese arrogante altanero.
III. DIOS Y EL MUNDO
A LOS CRISTIANOS INUTILES

La vida cristiana es auténtica cuando se logra


incorporar la doctrina de Cristo a la propia vida.
No es preciso hacer silogismos para llegar a la
conclusión de que nuestro comportamiento es
señaladamente cristiano cuando es apostólico. Sólo
somos cristianos si tratamos de amar a Dios y al
prójimo. No se pueden separar estos dos amores,
porque lo que el Señor quiere es hacer felices
—bienaventurados— a todos los hombres. Si que­
réis lo que El quiere, os sentiréis con grandes
deseos de arrastrar — esto es el proselitismo— al
mundo entero hacia nuestro Padre Dios.
El apostolado no depende:

n del carácter,
n del temperamento,
n del tiempo,
n de los años,
n de la salud,
n del ambiente,
n de las circunstancias,
n de las ocasiones.
n del entusiasmo,
n de la fogosidad.
262 JESUS URTEAGA

El apostolado se alimenta exclusivamente del


amor, chico o grande, que tenemos a nuestro Dios
V al vecino. Plagiando a Frav Juan de los Angeles,
te diré que el apóstol «no ha menester hombros
de gigante, sino pecho enamorado y aficionado a
>u servicio».
El apostolado —consecuencia de vivir el amor—
sigue los derroteros de éste. El que sólo de cuando
en cuando hace apostolado es porque ama, tam­
bién, de vez en cuando. El que está locamente
enamorado hace apostolado directo y personal
¡siempre!
El mundo de ahora, como el de ayer, el de hace
veinte siglos, reclama una preocupación directa
y personal por el hombre.
Sí nos es igual que uno sea budista, ateo o in­
diferente y «allá él», es porque estamos poco co­
gidos por Dios, por culpa nuestra, por supuesto;
¡no vayáis a descargar vuestra responsabilidad en
el Señor!
Si quisiéramos a Dios, trataríamos de meterle
en las almas de los descaminados.
Si quisiéramos a ese hombre «despistado» ha­
ríamos lo imposible para que participara de nues­
tro bien y de nuestra alegría.
Sólo son proselitistas los que quieren hacer fe­
lices a los demás.
Si los Doce primeros hubieran sido tan inútiles
como muchos de nosotros, la Iglesia de Cristo
sería hoy un pequeño recuerdo histórico perdido
entre catacumbas. Pero fueron proselitistas, como
Dios manda
CARTAS A LOS HOMBRES 263

Hoy, Cristo nos pide a todos más apostolado y


más proselitismo. Y, por supuesto, las almas en­
tregadas a Dios habrán de responder más directa­
mente de lo que hayan hecho con sus vecinos
—a más talentos recibidos, mayores exigencias— .
No hay dispensas para el apostolado. Cristo no las
ha formulado ni la Iglesia tampoco.
Los que no son proselitistas, son cristianos dor­
midos, inútiles, vacíos, insípidos y apagados, sin
sal y sin luz. A los ojos de Dios sus vidas son
estériles.
¡Padres!, hay mucho apostolado que hacer con
la oración, con el sacrificio, con el trabajo, con
los amigos, con los vecinos y con los desconoci­
dos..., pero empezad a hacerlo con los hijos. Dios
cuenta con vosotros en la formación de vuestros
hijos. Dadles mucha libertad y mucha responsabi­
lidad, y marchad delante mostrándoles el camino.
El primer apostolado tenéis que realizarlo con
los más próximos.
Mirad a Cristo, a los Apóstoles v a los Santos.
Todos fueron amantes de la libertad... y pegaron
fuego a su alrededor. .. porque estaban «conven­
cidos».
«¿Brillar como una estrella..., ansia de altura
y de lumbre encendida en el cielo?
Mejor: quemar, como una antorcha, escondido,
pegando tu fuego a todo lo que tocas. Este es tu
apostolado: para eso estás en la tierra» '.
¿Tú quieres ser de los auténticos o de los inú­
tiles?
’ Camino, núm. 835
LOS DISFRACES DE DIOS

Dios te pide que des un poco de tiempo a tus


amigos. El quiere llegar a los corazones de todos
los hombres. Para llegar a tus amigos se quiere
servir de ti, así como hace años se vistió de tercer
hombre para hablar con los dos discípulos que
marchaban camino de Emaús. De sediento se dis­
frazó para poder charlar con la samaritana junto
al pozo. De fantasma que anda sobre las aguas se
vistió Cristo para que los Apóstoles se asustaran
y acudieran al Poderoso. De ladrón aparece en la
Cruz para poder salvar a Dimas en el último mo­
mento. Le vemos de caminante entrando en Naím,
para levantar a la vida al adolescente muerto, hijo
único de la viuda. Jesús marchaba sin fuerzas por
la vía dolorosa para que se le acercara el padre
de Alejandro y de Rufo. Te vestiste, Señor, de jar­
dinero para que no se asustara la Magdalena el
día grande de la Resurrección.
¿Y hoy'; Hoy quiere vestirse de ti para llegar a
los tuyos. Se quiere vestir de amigo para poder
zarandear la vida de los que trabajan contigo, de
los que viven en tu propia casa, de los que des­
cansan junto a ti, de los que contigo conviven.
El vino a traer fuego y quiere que la tierra se
queme. Y el mundo se encendió hace veinte siglos,
CARTAS A LOS HOMBRES 265

cuando llegó a nuestro mundo, pero hoy apenas


queda un rescoldo. Sólo unos pocos mantienen la
antorcha encendida. Se hace preciso que nos exa­
minemos, los que nos consideramos cristianos,
para ver si en nosotros hay algo de lo que El en­
cendió a su paso por la tierra. El vino para que
el mundo ardiera; no podemos permitir que esté
apagado.
Ahora, que lo que se lleva es lo que pretende
ser auténtico, ¿por qué no nos remontamos a los
primeros tiempos de la Iglesia para ver cómo
vivía entonces el Pueblo de Dios? Abramos el
Nuevo Testamento y comprobaremos cómo los
cristianos, entonces, era una muchedumbre con­
vencida y mucho menos cobarde que la de ahora.
Entonces el Pueblo de Dios seguía las pisadas de
Jesús. Y Jesús había venido a traer luz y fuego.
Y los primeros alumbraban y quemaban a las
almas.
Hombres y mujeres acompañan a Jesús de modo
habitual en sus correrías. Entre aquéllos desta­
can los Doce; entre éstas. María de Magdala, María
de Betania, su hermana Marta, la madre de San­
tiago y José, Salomé, madre de los hijos de Zebe-
deo, y grupos innominados de mujeres que lloran
en la vía dolorosa y que durante la muerte de
Jesús se atreven a mostrar su adhesión perma­
neciendo al pie de la Cruz.
Jesús predica a la concurrencia para después
continuar el diálogo con grupos reducidos de
gente. Y en ocasiones le vemos charlar individual-
266 JESUS URI EAGA

mente con Zaqueo, Simón el fariseo, el buen la­


drón, Nicodemo y la samaritana.
Los Apóstoles van a seguir este ejemplo del
Maestro.
Con la misma tuerza vemos al Pueblo de Dios
de la primera generación, los llamados primeros
cristianos, introducirse en su ambiente, en todas
las clases de la sociedad — «levadura» les había
llamado Jesús— , alumbrando las inteligencias y
las almas de aquellos que se encontraban en su
mismo quehacer, los que compartían sus mismos
problemas, por medio de un trato continuo que
facilitaba, indudablemente, el llegar a un terreno
de intimidad, de amistad, de confidencia.
«Las mismas Sagradas Escrituras muestran
abundantemente hasta qué punto fue espontánea
esta actividad en los primeros días de la Iglesia»,
nos dice el Magisterio de la Iglesia.
Efectivamente, los primeros cristianos aprove­
chaban todas las circunstancias — y si no surgían ,
las fomentaban — para el apostolado. A la muerte
de Esteban se dispersan, y algunos llegarán a
Antioquía (la tercera ciudad del Imperio romano,
después de Roma y Alejandría) y fundarán la
Iglesia con «un crecido número que recibió la fe
y se convirtió al Señor».
Cuando Aquila y Priscila oyen hablar a Apolo
con valentía en la sinagoga de Efeso, «le tomaron
consigo y le expusieron más exactamente el ca­
mino de Dios».
Todos los nombrados en el capítulo dieciséis
de la Carta a los Romanos son hombres y mujeres
CARTAS A LOS HOMBRES 267

que han hecho apostolado, han colaborado con


Pablo, y algunos le han acompañado en la prisión
En la carta hay saludos del apóstol para los
«fatigados en el Señor», para los que «trabajan
mucho en el Señor».
Este espíritu es el que no podemos permitir que
se apague; hay que mantenerlo vivo. O pegamos
luego o habrá que llegar a la conclusión de que
formamos parte de los no convencidos o del gran
número de los cobardes. Permíteme que en este
momento te traiga una frase del Señor. No admite
componendas: «O conmigo o contra Mí». Y Dios
quiere servirse de los que están con El para llegar
al alma de los que se encuentran lejos. Precisa­
mente para poder llegar a éstos, Dios quiere ves­
tirse de ti. Dios quiere contar contigo para llegar
a tus amigos.
«Para esto nació la Iglesia; para hacer partíci­
pes a todos los hombres de la Redención salvadora
y, por medio de ellos, orientar verdaderamente
todo el mundo hacia Cristo —son palabras del
Concilio Vaticano I I — . Toda la actividad del Cuer­
po Místico dirigida hacia ese fin se llama apos­
tolado».
Y por si alguno no hubiese entendido bien, por
si alguien continuara pensando que esto del apos­
tolado es sólo para los que llevan encima de la
cabeza un carisma especial, volveré a recordarte
la doctrina: «La vocación cristiana es vocación
al apostolado». Y de aquel que no haga nada, que
so conforme con ser un miembro meramente pa­
sivo, como los hay miles en nuestras filas, de el
268 JESUS URTEAGA

habrá que decir —v son palabras textuales— que


es un « inútil para la Iglesia y para si m ism o».
A los desmemoriados y a los comodones se hace
preciso recordar las palabras del Concilio Vati­
cano II: «Este apostolado no consiste tan sólo en
el testimonio de la vida. El verdadero apóstol
busca ocasiones de anunciar a Cristo con la pa­
labra. Y en el Decreto Ad Gentes: «N o basta que
el pueblo cristiano esté presente y establecido en
un pueblo, ni que practique el apostolado del
ejemplo; se constituye y está presente para esto:
anunciar a Cristo a sus conciudadanos no cristia­
nos con sus palabras y sus obras y ayudarles a
recibir plenamente a Cristo».
Cristo se vistió hace veinte siglos, decíamos, de
jardinero, de caminante, de fantasma, de ladrón.
Hoy quiere vestirse de ti. Y contigo llegar a las
almas de tus amigos.
CONTRASTES DE HOY

Un mundo loco

En este momento llego a la Redacción de Mundo


Cristiano procedente de Roma, después de haber
estado junto al Romano Pontífice, cerca de Pedro.
En los silencios que me permitía la retransmisión
para Televisión Española, a través de Eurovisión,
de la Santa Misa celebrada por el Vicario de Cristo
en la Plaza de San Pedro, he tenido tiempo de pen­
sar en la actitud de aquellas doscientas mil per­
sonas presentes en la gran fiesta del Domingo de
Resurrección. Aquél era realmente el pueblo de
Dios... Aquello era una demostración de fe en
nuestros días; frente al altar, para recibir a Jesús
Sacramentado de manos del Sumo Pontífice, un
grupo de veinte coreanos con sus trajes típicos;
a la derecha e izquierda estaban los comentaristas
de las diversas televisiones europeas: ingleses,
belgas, italianos, alemanes, franceses, suizos, portu­
gueses, irlandeses, polacos... Los peregrinos en
Roma, en esta Semana Santa, se habían triplicado
en número con respecto al pasado año, y destacaba
—el dato me lo dieron en la radio-televisión ita­
liana— la presencia de españoles, alemanes y fran­
ceses. La lluvia no era obstáculo para que la Plaza
270 JESUS URTEAGA

de San Pedro estuviera abarrotada de gente; pero


no era la descripción del espectáculo que se veía
a través de la pantalla de televisión lo que me ha
movido a escribir estas líneas.
A lo largo de esos silencios obligados para el
comentarista de televisión durante la celebración
de la Santa Misa, venían a mi recuerdo los grandes
titulares de los periódicos de estos últimos días:
el asesinato de Martín Lutero King, el atentado
contra Rudi Dutschke, el «Bild Zeitung» cercado
por los estudiantes, la paz en Vietnam origen de
nuevas divergencias entre Moscú y Pekín, esce­
nas de violencia en diversas partes del mundo, los
conflictos en el Extremo y Medio Oriente y en
tierras de Africa, los cerrados egoísmos colectivos,
el predominio de los pueblos privilegiados sobre
los débiles... Y me seguía preguntando: ¿habrá
alguna relación entre todos estos acontecimientos
angustiosos del mundo actual con la vida de fe
de doscientas mil personas reunidas en la Plaza
de San Pedro?

Un mundo sereno

En una de sus conocidas homilías, el Fundador


del Opus Dei desarrolla un tema apasionante para
muchos cristianos: «...com ulgar con el Cuerpo y
la Sangre del Señor viene a ser, en cierto sentido,
como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y
de tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo,
CARTAS A LOS HOMBRES 271

donde Cristo mismo enjugará las lágrimas de nues­


tros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni
gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá
terminado.
Esta verdad tan consoladora y profunda, esta
significación escatológica de la Eucaristía, como
suelen denominarla los teólogos, podría, sin em­
bargo, ser mal entendida: lo ha sido siempre que
se ha querido presentar la existencia cristiana
como algo solamente espiritual —espiritualista,
quiero decir— , propio de gentes puras, extraordi­
narias, que no se mezclan con las cosas desprecia­
bles de este mundo, o, a lo más, que las toleran
como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu,
mientras vivimos aquí.
Cuando se ven las cosas de este modo, el templo
se convierte en el lugar por antonomasia de la
vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al
templo, participar en sagradas ceremonias, incrus­
tarse en una sociología eclesiástica, en una especie
de mundo segregado, que se presenta a sí mismo
como la antesala del cielo, mientras el mundo co­
mún recorre su propio camino. La doctrina del
cristianismo, la vida de la gracia, pasarían, pues,
como rozando el ajetreado avanzar de la historia
humana, pero sin encontrarse con él.
En esta mañana..., mientras nos disponemos a
adentrarnos en el memorial de la Pascua del Señor,
respondemos sencillamente que no a esa visión
deformada del cristianismo.
... Allí donde están vuestros hermanos ios hom­
bres, allí donde están vuestras aspiraciones, vues-
274 JESUS URTEAGA

Manuel es gallego. Se quedó ciego a los diecisiete


años. No sabía leer ni escribir, pero quería estu­
diar. No podía hacerlo en su aldea... y se escapó
de casa. Vino a Madrid. Comenzó a vender “ cu­
pones'’. Ahora está haciendo una carrera univer­
sitaria.
José Enrique, a los diez años, sufre las primeras
intervenciones quirúrgicas en los ojos. Ingresa en
el colegio de la Inmaculada Concepción, de la
Organización Nacional de Ciegos, donde continúa
v termina su Bachillerato y, de paso, hace Magis­
terio. Cuando sale del colegio, comienza Ciencias
Exactas, al mismo tiempo que hace oposiciones
para profesor del Centro de Formación Profesional
de la O. N. C. E.
Pero, en este terreno de afrontar dificultades,
no quiero dejar de mencionar a los que, además
de ciegos, son sordos y mudos.
Maruja presta servicios como bibliotecaria del
colegio de la Inmaculada Concepción, de la Orga­
nización Nacional de Ciegos.
En la Imprenta Nacional de Braille trabajan
como encuadernadores dos ciegos, sordos y mudos.
En fin, no quisiera que estas palabras quedaran
como una simple enumeración de casos concretos.
Lo que desearía llevar al ánimo de los jóvenes
es la idea clara de que lo triste no es el tener que
luchar por la vida, sino el tener miedo a esa lucha.
No hay que pensar que las dificultades son inven­
cibles. Con alegría y decisión se pueden conseguir
muchas cosas. Y si, además, sois cristianos, no hay
CARTAS A LOS HOMBRES 275

duda de que es mayor vuestra responsabilidad»


Este es el contraste que quería ofreceros hoy:
el mundo loco de nuestros días y el mundo sereno,
luminoso, de las almas grandes; el mundo angus­
tioso de los que ven la luz, y el imponente mundo
de los ciegos que la llevan por dentro.
A LOS HOMBRES DE LA CALLE

Desde 1928, año en que nació el Opus


Dei, su Fundador ha predicado que «la
santidad no es cosa para privilegiados»,
«Pueden ser divinas todas las cosas de
la tierra, todos los estados, todas las
profesiones, todas las tareas honestas».
«Todos los caminos de la tierya pueden
ser ocasión de un encuentro con Cristo».
Leyendo sus escritos encontrarem os
no ya esbozados, sino expuestos con
amplitud, muchos de los temas que
hoy se proponen a la consideración de
todos los cristianos. Lo que en los co­
mienzos de la vida del Opus Dei pa­
reció a algunos herejía, es hoy doc­
trina reconocida, alabada y proclam ada
por la Iglesia universal: no podía ser
de otra manera porque es la doctrina
del Evangelio, propuesta otra vez so­
lemnemente por el Concilio Vaticano II.

Son muchas las cosas que el Concilio Vaticano II


ha dicho de ti y de mí, gente de la calle. ¿Las co­
noces? Sería lamentable que un cristiano no cono­
ciera los documentos que la Iglesia ha promulgado
para el mundo de hoy.
Con palabras mías, éstos son algunos puntos de
la doctrina del Concilio para los laicos de nuestro
tiempo.
CARTAS A LOS HOMBRES 277

En el mundo del trabajo

— Tú, por vocación, debes vivir en el mundo.


— Dios te llama a ser levadura y, dentro del
mundo, contribuir a la santificación de él.
— Por tu competencia en los asuntos profesio­
nales, por tu actividad, procurarás que los bienes
creados se desarrollen al servicio de todos y de
cada uno, y que se distribuyan m ejor entre ellos.
— No hay actitud humana que pueda sustraerse
al dominio de Dios.
— Tu vida corriente es una tarea sobrenatural.
Tu vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano,
incluso las molestias de la vida tienen que con­
vertirse en algo grato a Dios y que te lleven a El.
— La huelga puede ser un medio necesario, aun­
que último, para la defensa de los derechos y la
satisfacción de las justas aspiraciones de los tra­
bajadores.
— Por trabajadores tenéis el derecho de fundar
libremente asociaciones capaces de representaros.
— El mundo debe impregnarse del espíritu de
Cristo. Pero para ello la Iglesia cuenta con tu vida
santa.

Se nos pide santidad

— Un mandamiento único resume todos los


otros: Amarás.
— Con mediocridades no se va a ninguna parte.
278 JESUS URTEAGA

Cristo, a través de la Iglesia, nos llama a la pleni­


tud de la vida cristiana, a la santidad.
— Dios habla a su pueblo en la liturgia. Cristo
sigue anunciando el Evangelio. El pueblo responde
a Dios en la oración.
— El buscar la santidad en tu propio estado, en
tu vida conyugal y familiar, en tu vida de trabajo,
en medio del mundo, es una obligación de todo
fiel cristiano.
— Los medios para alcanzar la santidad pro­
puestos por el Concilio son los de siempre: los
sacramentos, especialmente la Eucaristía, la ora­
ción constante, la negación de sí mismo, el ejer­
cicio de las virtudes, la caridad plena hacia los
demás.
— No asistiréis a la Santa Misa como extraños
y meros espectadores; habréis de participar cons­
ciente, piadosa y activamente en la acción sagrada.

Se nos exige el apostolado

— La santidad que se nos pide es una santidad


apostólica.
— Tenéis que ser, en medio del mundo, testigos
de Cristo.
— Más aún que en tiempos pasados, estamos
hoy obligados a sentirnos prójimos de cualquier
hombre sin excepción alguna.
— Toda discriminación debe ser eliminada.
— Todos tenemos que ser solícitos de los her­
manos separados en la acción ecumenista, orando
CARTAS A LOS HOMBRES 279

por ellos, hablándoles de las cosas de la Iglesia,


dando los primeros pasos hacia el encuentro.
— El apostolado es participación en la función
salvadora de la Iglesia. Y a este apostolado estás
llamado tú, con tu mujer y con tus hijos. Dos sa­
cramentos has recibido que te obligan al aposto­
lado: el bautismo y la confirmación.
— No podéis esconder vuestro espíritu cristiano
en el interior del alma, habéis de manifestarlo en
el diálogo continuo.
— Las gentes han de descubrir a Cristo en tu
vida.
— Al mundo habrás de infundirle tu propio es­
píritu porque «los cristianos han de ser en el
mundo lo que es el alma en el cuerpo».
— Corresponde principalmente a los laicos pe­
netrar de espíritu cristiano el cine, la prensa, la
radio y la televisión.
— El don del m artirio se concede a pocos, pero
conviene que todos estén preparados para confe­
sar a Cristo entre los hombres.
— Hay que seguir a Cristo por el camino de la
cruz, en medio de las persecuciones que nunca
faltan a la Iglesia.

Tus hijos

— Los cristianos deben brillar por la rectitud


de su vida, especialmente por el cuidado que pon­
gan en la educación de sus hijos.
— Es obligación de los padres formar un am-
280 JESUS URTEAGA

biente familiar que favorezca la formación íntegra,


personal v social de los hijos.
— Habrá que ayudar a los niños y a los adoles­
centes a ser de verdad responsables.
— Hay que iniciarles en una positiva y prudente
educación sexual.
— Tenéis que trabajar celosamente por conocer
con mayor profundidad la verdad revelada.
— Los padres son los primeros predicadores de
la fe de sus hijos, tanto con su palabra como con
su ejemplo.
— Entre los esposos son dignos de mención muy
especial los que, confiando en la Providencia, acep­
tan con valor prole numerosa para educarla dig­
namente.
— Los padres han de fomentar la vocación pro­
pia de cada uno de los hijos, especialmente la vo­
cación divina.
— Tenéis, por ser padres, absoluta libertad en la
elección de las escuelas de vuestros hijos.
— Cuantas veces el Espíritu llama a la puerta
de nuestro corazón nos invita a la libertad de los
hijos de Dios.

iMediocres!, no

— Los cristianos no tienen derecho a conten­


tarse con una vida mediocre.
— Todos los hombres son llamados a esta em­
presa común: remediar el hambre, el analfabe­
CARTAS A LOS HOMBRES 281

tismo y la miseria, la escasez de vivienda y la


distribución injusta de la riqueza.
— Fieles al Evangelio y alimentados con su
tuerza tenemos que realizar sobre esta tierra una
tarea inmensa, de la que deberemos rendir cuentas
en el último día.
DIALOGO = APOSTOLADO

Si los cristianos tenemos conciencia de lo que


el Señor quiere que seamos, brotarán espontánea­
mente en nosotros grandes deseos de infundir la
vida cristiana entre todos los hombres.
¿Y si en nuestras almas no surgiera esta chifla­
dura divina por los demás?
Recemos, recemos, porque el Papa nos advierte,
en su primera Encíclica,, que la Iglesia — la Iglesia
somos tú y yo— tiene un deber, la obligación de
hacer apostolado. Es un mandato de Dios que no
podemos dejarlo abandonado por los escondrijos
del alma.
No es suficiente con que seamos hombres fie­
les a Cristo, en plan conservador. Nuestro deber
es difundir, ofrecer, anunciar el cristianismo; po­
ner el mensaje que nos ha dado Jesús «en la
circulación de la vida humana».
«Id, pues, y enseñad a todas las gentes», es el
clamor fogoso del Señor.
Los cristianos somos, tenemos que ser, semilla,
fermento, sal y luz en ía tierra. Y aquel que no
pretenda serlo, que no haga nada por parecerse
a lo que es la simiente, la levadura, sal y fuego,
es porque está dormido o corrompido.
No se puede separar en la vida de un hombre
CARTAS A LOS HOMBRES 283

el deseo de salvarse y el de salvar a la Humanidad


entera. No se puede ser santo si no se es apóstol.
No se puede llegar al cielo sin preocuparse por
los demás No se puede separar la propia salvación
— nos dice el Papa— «del empeño por buscar la
de los otros».
Como enamorados tenemos que vivir. Como chi­
flados por Dios nos asomaremos a los caminos del
mundo para ir diciendo, uno a uno, a los hombres,
en diálogo sincero y cariñoso: ¡Oye, tú!, que yo
tengo lo que tú buscas; lo que te falta lo tengo yo.
El entrecomillado de todo este artículo es del
Papa Pablo. «E l mundo necesita que nos acerque­
mos y le hablemos; comunicarle nuestra maravi­
llosa suerte de redención de esperanza».
Acercaos, amigos, con confianza a ios hombres,
porque todos están necesitados de ese algo que
nosotros, por poseer la fe, se lo podemos dar.
A este impulso interior de caridad, a este apos­
tolado grandioso que tenemos que desarrollar
constantemente, sin esperar a mañana, daremos
«el nombre hoy ya común de diálogo; el coloquio
es un modo de ejercitar la misión apostólica».
Este diálogo, este apostolado, lo mantendremos
vivo con todos los que conviven con nosotros, con
todos, con todos los hombres de buena voluntad,
« con cuantos nos rodean ».
Nadie es extraño al corazón de un cristiano. Na­
die es indiferente al apostolado de la Iglesia. Nos
interesan todos los hombres. Nadie es enemigo
para un católico. Un católico, por definición, no
puede ser antinada. Todos los «antis», todos, son
284 JESUS UKTbAUA

algo deformes, porque están hechos de pequeños


odios, v el odio no es cristiano. Hemos recibido
de Dios el encargo de promover en el mundo la
unidad, el amor y la paz.
Hablad, como nos lo pide el Papa, a todos los
hombres:

— a los niños,
— a los adultos,
— a los creyentes,
— a los que no creen,
— a los jóvenes,
— a los intelectuales,
— al mundo del trabajo,
— a todas las clases sociales,
— a los artistas,
— a los políticos,
— a los gobernantes,
— a los pobres,
— a los desheredados,
— a los que sufren,
— a los que mueren,

hablad a todos, contad vuestra locura a todos los


hombres.
El cómo realizar este apostolado, también nos
lo dice el Pontífice. Así ha de ser: metidos en el
mundo, todos los que por vocación vivís en él;
porque «desde fuera no se salva al mundo». Nues­
tro apostolado debe ser «sin límites y sin cálculos»,
sin coacciones, pero con persuasión interior, res­
petando la libertad personal, que es tesoro de los
hombres; evitando condenaciones, polémicas y con-
CARTAS A LOS HOMBRES 285

versaciones inútiles; rechazando, por falsos, ios


ingenuos optimismos y ios crudos pesimismos; con
el Evangelio en la mano, que sigue siendo «cruz,
novedad, energía, renacimiento, salvación»; sin co­
bardías, que el cristiano es un hombre «fuerte y
fiel»; con claridad, sin tapujos; con lealtad a ia
verdad, sin transigencias, sin componendas, sin
atenuaciones, sin disminuciones de ia verdad, sin
debilidades, que se pagan caras en la fe. «Sólo los
que totalmente sean fieles a la doctrina de Cristo
pueden ser eficazmente apóstoles». «Sin negar
nuestro respetuoso reconocimiento a los valores
espirituales y morales de las diversas confesiones
religiosas..., por deber de lealtad, hemos de mani­
festar nuestra persuasión de que la verdadera reli­
gión es única, y ésa es la religión cristiana, y que
alimentamos la esperanza de que como tal debe
ser reconocida por todos los que buscan y adoran
a Dios».
Así ha de ser el diálogo apostólico: con claridad,
sin imposiciones, sin orgullos, sin herir, sin ofen­
der, dando confianza, la confianza del amigo que
comprende y respeta a los demás, empleando siem­
pre aquellas formas que muevan de verdad a los
hombres, y, por supuesto, con deseos de servir,
que para eso estamos los cristianos en la tierra.
Hagamos apostolado, que la Iglesia velará por
nosotros trazando los «límites, formas y caminos
para mantener animado un diálogo vivo y bené­
fico».
Aunque pueda pareceros que este diálogo, este
apostolado, ha de iniciarse por parte de los demás,
286 JESUS URTEAGA

no hagáis ningún caso, que es a nosotros a quienes


nos corresponde «tomar la iniciativa», « sin esperar
a ser llamados».
Así como Dios se adelantó a nuestras peticiones
amándonos primero, así como Cristo se metió en
nuestras almas, tenemos que meternos en las de
los demás, porque les queremos, porque son fami­
liares, porque son amigos, porque son hombres,
porque adoran en el fondo de su corazón al mismo
Dios o porque le desconocen.
No ignoramos las dificultades de esta misión que
se nos ha encomendado. Conocemos la despropor­
ción entre los cristianos y la población del mundo
(uno para cinco). Estamos persuadidos de nuestras
pocas fuerzas, de nuestras muchas debilidades, de
nuestros grandes fallos..., pero contamos con Dios.
Sabemos que la buena acogida del Evangelio de­
pende del Señor. «Dios señala la línea y la hora
de la salvación del mundo».
Entre tanto continuaremos la labor apostólica a
pesar del cansancio, empezando y volviendo a em­
pezar. «jLa Iglesia está viva, hoy más que nunca!».
A LOS QUE ESTA IS EN LA CARCEL

En la Redacción de «Mundo Cristiano» estamos


recibiendo abundantes cartas al mes. Es una
tremenda realidad, que nos da mucha alegría, por­
que es la ocasión de hacer algo de ese «apostolado
epistolar» del que nos habla Camino en su nú­
mero 976. Algunas de las cartas encierran sólo un
boleto para alguno de los concursos de la revista.
Pero es rara la carta que no contiene unas líneas
presentando problemas, desahogos del alma, elo­
gios o una sana crítica que es de agradecer.
Entre las recibidas en el mes de mayo, la que
más me ha llamado la atención fue la carta escrita
en un tren. Las líneas venían firmadas por Faus­
tino, a quien la Guardia Civil trasladaba de la
prisión del Puerto de Santa María a la de Córdoba.
En poco tiempo me han llegado varias noticias
de cárcel. Una, la que te he contado. La segunda
hace referencia a un chiquillo: Perico, alumno del
Instituto Tajamar, tiene nueve años. El último día
del mes de mayo hizo su Primera Comunión. Fue
una gran fiesta que terminó con una visita a sus
padres..., que se encontraban en la cárcel.
La última noticia de rejas ha tenido lugar hace
unos días. Se presentó en la «tele» una señora con
sus chiquitines para pedirme que los sacara en la
288 JESUS URTBAGA

pantalla pequeña: «Mis hijos tienen mucha ilusión


de que los vea su padre en la “ tele0, porque hace
muchos años que no les ve. Los niños creen que
su padre está en Francia y los podrá ver desde allí;
pero donde está su padre es en la cárcel. ¿Podría
usted sacar a los niños en la televisión?».
Ese sábado por la tarde — de acuerdo con el
realizador del programa— no salían más que pri­
meros pianos de caras. Caras de niños que salu­
daban a su padre, que se encontraba «en un país
lejano».
Ante el televisor de la cárcel, en España, un
padre lloraba viendo a sus hijos.

A vosotros os escribo hoy, a los que estáis en la


cárcel. A los que veis el sol con manchas negras
que lo rompen de arriba abajo. A los que tenéis
la vida llena de heridas sin cicatrizar. Los que te­
néis el corazón como hecho de ramas secas y tron­
chadas que pueden servir de pasto a los borricos.
A los que os falta suelo donde apoyaros. A los que
estáis tristes porque la esperanza se os va de entre
las manos. A los que os da vergüenza y miedo el
regreso a la vida corriente.
Es la primera vez que os escribo. Quisiera ha­
cerlo con más frecuencia. Es Cristo quien nos ani­
mó hace veinte siglos a que mantuviéramos con­
tacto con vosotros: «Id, buscad a los pobres, vi­
sitad a los desgraciados, para ayudarles y conso­
larles, buscad a los pecadores, llegaos a todas las
partes donde haya un dolor que dulcificar». El
CARTAS A LOS HOMBRES 289

Papa nos lo ha recordado a todos en la visita que


os hizo.
Los cristianos os queremos «no por un senti­
miento romántico ni por un movimiento de com­
pasión humanitaria», sino que os amamos de ver­
dad porque también descubrimos en vosotros
— ¡cómo no!— la imagen de Dios. Si ésta es la
parte que tenemos que poner nosotros, poned tam­
bién la vuestra.
Los que os encontráis a ese otro lado de las re­
jas, mirad arriba, a lo alto. Dios pasa a diario entre
vosotros. Acercaos a El. No despreciéis esa opor­
tunidad. Los que estáis cansados, porque habéis
vivido mucho en poco tiempo. Los que necesitáis
alivio para vuestras penas. Acercaos a El, que a
vosotros os ha dicho: «Venid a mí los que estáis
agobiados».
El Dios vivo os quiere y os ama. Y o no sabré ex­
presar bien sus deseos, pero escuchadle vosotros,
a ese Dios que os habla desde el Evangelio: «H e
venido a salvar lo que estaba perdido». Hacedle
caso. No os cerréis a la llamada. Estáis a tiempo;
no, no es tarde. La caña de vuestra vida no se ha
roto todavía. Todo tiene arreglo y solución y espe­
ranza mientras corre el tiempo.
A TODOS LOS QUE, COMO ANGEL, TIENEN
23 AÑOS Y ESTAN EN LA CARCEL

« Muy estimado don Jesús:

Quizá le extrañe a usted recibir esta carta y ese


encabezamiento de « muy estimado». Pues sí, don
Jesús, usted no me conoce y, sin embargo, yo sí
le conozco a usted. He leído muchos de sus ar­
tículos y comentarios. Y, aunque tengo veintitrés
años, he visto muchas veces su espacio de tele­
visión « Sólo para menores de dieciséis años» y co­
nozco las aventuras y desventuras de Poncho y
Begoña. ¡Ah!, se me olvidaba lo principal: don Je­
sús, a usted le escribe un preso; sí, no se asombre,
un preso que tiene ganas de ser bueno, que quiere
con toda su alma agarrarse a algo en esta carrera
que me lleva hacia la total destrucción, y ese algo,
don Jesús, quiero encontrarlo. ¡Y a ve usted qué
papeleta! ¡Menudo problemita le he creado!».

He de reconocer que me ha sorprendido el co­


mienzo de tu carta, porque tienes veintitrés años
y estás en la cárcel. No lo niego. Pero he reaccio­
nado pronto. Si de verdad quieres asirte a algo,
¡estás salvado, Angel!
Lo verdaderamente peligroso es dejarse llevar
CARTAS A LOS HOMBRES 291

por la corriente de la amargura y del desaliento.


El buen ladrón, en la Cruz — pegado como estaba
a Dios— , se acogió a una simple jaculatoria y se
salvó. El que no quiso abrazarse a nada fue Judas,
y terminó mal.

En cuanto uno quiere salvarse de verdad se


encuentra — ¡siempre!— con la mano de Jesu­
cristo, que la tiene extendida junto a nosotros.

«Pu es ya ve, don Jesús; he recibido consejos, re­


convenciones , reprimendas de mis padres, de sacer­
dotes, de superiores, y, sin embargo, siempre oí
estas palabras com o algo hueco y sin sentido. Sin
embargo, desde que un día com encé a leer la re­
vista, me entusiasmó su manera de hablar a los
hombres, así, con llaneza y con unas verdades
com o casas».

Gracias por ios piropos que dedicas a 1a revista;


no es por esto por lo que publico tu carta, sino
por lo que dices a continuación.

« Y o soy un chico que se puede considerar corno


de “ casa bien ”, vivo en una zona aristocrática y
estoy com pletam ente enfangado en el vicio y en
el delito. N o puedo saber cóm o llegué hasta aquí,
pero con toda mi alma deseo rehabilitarme. N o sé
— creo que sí— si podré ante los hombres, pero
quiero hacerlo ante mi m ism o y ante Dios; si lo
consigo, ya estoy satisfecho. ¿Quiere ayudarmé?
¿Sí? Muchas gracias».
292 JESUS URTEAGA

No desprecies nunca a los hombres, pero haces


bien en pensar en primer término en los dos testi­
gos de excepción que son realmente los im por­
tantes: Dios y nosotros mismos.
No hace mucho, en la «tele», abordaba este tema.
No podemos trabajar para la galería. Entre otras
muchas cosas buenas que aprendí en el Opus Dei
hace veintiséis años, una es que hemos venido a
este mundo a servir a los demás, como Cristo, y
otra ia de saber que el único espectador importan­
te en nuestra vida es Dios. Dios es quien de verdad
nos importa. Me preguntas si quiero ayudarte: lo
haré.

« Espero su carta para ir abriéndole mi corazón .


Nunca he tenido ocasión de demostrar que no soy
malo y ya verá usted cómo en mí hay algo aprove­
chable y de ese algo va a hacer el hom bre nuevo
que yo voy a ser».

Cualquier hombre sin corazón que conociera tu


caso, desde fuera, hubiera dicho pestes de ti y de
tu comportamiento. Cualquier hombre con corazón
que lea esta carta tuya se rendirá ante tu propó­
sito. Si nos tratásemos más nos comprenderíamos
mejor. En ti hay muchas cosas aprovechables;
¿sabes que Dios corrió el riesgo de hacerse hom­
bre por ti? No le defraudes.

«Diariamente rezo el Santo Rosario com pleto a


su intención; quiero pagar así un poco del bene­
ficio espiritual que de usted recibiré ».
CARTAS A LOS HOMBRES 293

Gracias por tu atención. Reza por nosotros, por


los que estamos fuera de las rejas. Nosotros lo ha­
remos por ti, por vosotros. Mira, te leo estos pun­
tos de Cam ino, que están escritos para todos: en
tus circunstancias te vienen al pelo:
«Entierra con la penitencia, en el hoyo profundo
que abra tu humildad, tus negligencias, ofensas y
pecados. Así entierra el labrador, al pi# del árbol
que los produjo, frutos podridos, ramillas secas y
hojas caducas. Y lo que era estéril, mejor, lo que
era perjudicial, contribuye eficazmente a una nue­
va fecundidad.
Aprende a sacar, de las caídas, impulso; de la
muerte, vida» \
Y en el número 216:
«¿Lloras? No te dé vergüenza. Llora: que sí,
que los hombres también lloran, como tú, en la
soledad y ante Dios. Por la noche, dice el Rey Da­
vid, regaré con mis lágrimas mi lecho.
Con esas lágrimas, ardientes y viriles, puedes
purificar tu pasado y sobrenaturalizar tu vida ac­
tual».
Te escribiré en privado sin que estos curiosones
de los lectores se enteren de lo que te digo.

«E n el día de hoy salgo para la prisión de la


capital de la provincia, a donde espero que usted
me escriba.
Angel
¡Siem pre alegres!».
Lo haré.

Camino, núm. 211.


VLADO: UNA VIDA UTIL

Fue un día cualquiera. Un miércoles. El pasado


6 de marzo, a la una de la madrugada, en la isla
Guadalupe, perdí a un gran amigo: Vladimir Vin-
ce, sacerdote, del Opus Dei. Nació ese día a otra
vida mejor cuando el avión que había despegado
de Caracas se destrozó contra una montaña.
Durante muchos días no pude quitar de mi ca­
beza aquella sonrisa suya, amplia y franca. Recé
por él y, simultáneamente, me acordé de vosotros.
Me pareció que era necesario escribiros. Algo me
empujó a relataros algunos rasgos de la vida de
mi amigo, considerando que teníais derecho a sa­
ber de él. Pienso que la gente buena es patrimonio
de todos nosotros. Por eso os voy a contar de
Vladimir, o mejor, de Vlado, que así se le llamaba
familiarmente, entre los suyos.
Vladimir Vince regresaba a París, después de
realizar un largo viaje por diversos países de Amé­
rica del Sur para visitar, como director que era de
la Obra de Emigración Croata, las colonias de
croatas existentes en esas naciones. Se trataba de
un encargo eminentemente pastoral, que la Santa
Sede le había confiado, y que le había conducido
ya a establecer contactos con los residentes en
CARTAS A LOS HOMBRES

Europa central y septentrional, en Canadá y en


Estados Unidos.
Con este nombre y con ese encargo habréis adi­
vinado que mi amigo — ahora, nuestro amigo—
era de Croacia. Vlado había nacido en Djakovo,
el 15 de diciembre de 1923. Empezó sus estudios
de Derecho en Zagreb, y durante la segunda guerra
mundial se trasladó a Roma, con un puesto en la
Embajada de su país. Como consecuencia de la
guerra y de los cambios políticos ocurridos en su
nación, Vlado perdió la condición de ciudadano
croata y se vio convertido en perseguido político
y prófugo.
En esas circunstancias difíciles, Vlado supo en­
contrar a Dios, que le tendía una mano. Fue en
1944, en un ambiente crispado por la guerra y por
la confusión, cuando coincidió con algunos socios
del Opus Dei en la Universidad Lateranense de
Roma, donde hacía estudios de Derecho. Le habla­
ron del Opus Dei, para que encomendara su
labor y pensara en su posible vocación. El contes­
tó: mi manca una scintilla, me falta una chispa
para pedir la admisión. Al día siguiente se había
decidido ya. Vlado era el primer croata que pasaba
a formar parte del Opus Dei.
En 1946 se trasladó a España. Yo le conocí en­
tonces, cuando fui a recibirle a la estación de
Atocha. Pronto comprobé su extraordinaria capa­
cidad de aprender idiomas: hablaba un castellano
perfecto. Vlado trabajó primero en el Colegio Ma­
yor «M oncloa», y luego se trasladó a Bilbao, para
vivir allí, durante largos años, la aventura de crear
296 JESUS URTEAGA

un colegio de Enseñanza Media: «Gaztelueta». Allí


estuve con él, trabajando codo a codo. El era sub­
director y profesor. En «Gaztelueta» no han olvi­
dado sus cualidades excelentes de educador y su
modo cordial y sencillo con que sabía entregarse
a los alumnos y a sus familias. Llamaba la aten­
ción su carácter equilibrado, sereno, inteligente;
con grandes dotes para captarse la amistad de
todos, admirable delicadeza y un agudo sentido
de la oportunidad. Se relacionaba fácilmente y de
modo apostólico con los que le rodeaban, cual­
quiera que fuese su procedencia o la situación en
que se encontraran.
Pasaron luego varios años sin que volviera a
verle, porque regresó a Roma para terminar sus
estudios en la Universidad del Laterano, donde se
doctoró también en Teología. Fue ordenado sacer­
dote el 10 de agosto de 1958. Supe que iba des­
arrollando su trabajo pastoral en Roma, Zurich,
Milán, Colonia, Urio y nuevamente en Zurich. En
esos años fue trabajando en la traducción de Ca­
mino a su lengua materna.
Al cabo del tiempo me enteré de la noticia por
la prensa: los obispos croatas proponían a la Santa
Sede el nombramiento de Vlado como director de
la Obra de Emigración Croata en todo el mundo,
y el Santo Padre le confiaba ese encargo, extre­
madamente delicado. Era en 1966. Con celo apos­
tólico, él se iba a dedicar generosamente al cum­
plimiento de esta misión, que afrontó sabiendo
las dificultades que suponía, como consecuencia
de la situación religiosa y política de su país.
CARTAS A LOS HOMBRES 297
Como me había ocurrido antes, sucedió ahora;
ine iban llegando noticias de la labor de Vlado.
Las numerosas personas que recibían de él aten­
ción espiritual o que asistieron a meditaciones
o retiros, quedaron siempre impresionadas por su
profundo sentido sobrenatural, por su simpatía y
su cordialidad apostólica. Esas personas te dirían
que era muy sencillo y que, aunque constantemen­
te su nueva labor le obligaba a afrontar situacio­
nes difíciles, aparecía siempre alegre, dispuesto ai
buen humor, difundiendo alrededor suyo un opti­
mismo contagioso y una serenidad grande.
Antes de emprender el viaje por América de!
Sur, comentaba la ilusión que había puesto en él
No pudo terminarlo. Vlado se nos ha ido a los
cuarenta y cuatro años, cuando regresaba después
de cumplir su tarea en favor de sus hermanos
croatas. Murió en acto de servicio.
Su muerte no ha pasado inadvertida. En Roma,
el cardenal Seper — prefecto de la Sagrada Congre­
gación para la Doctrina de la Fe— celebró una
Misa funeral por el alma de Vlado, en la iglesia
del Colegio de San Jerónimo de los croatas. La
iglesia estaba abarrotada. Al gran dolor del Fun­
dador del Opus Dei y de todos cuantos le conoci­
mos estrechamente, se unen las cartas y telegra­
mas del Santo Padre, del cardenal Confalonier^
prefecto de la Sagrada Congregación de los Obis­
pos; del cardenal Seper, en nombre propio y de
todo el episcopado croata; del secretario del Sa­
grado Consejo para los Asuntos Públicos de la
Iglesia, etc.
JESUS URTEAGA
298

Pero no te dejes invadir por un dolor tristón,


Llora, si quieres, conmigo a esta alma grande que
se nos fue un día cualquiera, un miércoles de
marzo, pero no llores como un pagano. Alégrate
pensando que en sus cuarenta y cuatro años de
vida intensa al servicio de los demás, Vlado supo
hacer realidad aquel punto de Camino que tantas
veces nos leyó: «Que tu vida no sea una vida es­
téril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria
de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de após
tol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sem­
bradores impuros del odio. Y enciende todos los
caminos de la tierra con el fuego de Cristo que
llevas en el corazón»
Te ruego que ofrezcas sufragios por su alma,
aunque confío que ya está en el cielo gozando del
Señor. Vlado —con su gran sonrisa— sigue ayu
dándonos en nuestro trabajo diario.
A LOS CURAS

Os escribo con la ilusión de quien ha pasado, ha­


ce veinticinco años, por una puerta que se abre
ahora para vosotros. Era aquél el año 1948. Me
ordenó de sacerdote en la iglesia del Espíritu
Santo, en Madrid, don Casimiro Morcillo. Asistió
a la ordenación el Fundador del Opus Dei, que
ya entonces nos dijo lo que ahora nos deja es­
crito a todos en su Homilía, pronunciada el 13 de
abril de 19736.
Os ordenáis « para senñr. N o para mandar, no
para brillar», sino para entregaros «en un silencio
incesante y divino, al servicio de todas las almas».
Procedéis de los campos profesionales más di­
versos. Pertenecéis a quince países en los que ha­
béis tenido ocasión de destacar en las labores de
los hombres, con una mentalidad laical que no
la vais a perder jamás. Sois ingenieros, historiado­
res, periodistas, militares, pedagogos, médicos, quí­
micos, arquitectos, abogados, biólogos, psicólogos,
Tísicos y filólogos. Recibiréis, dentro de unos días,
el Sacramento del Orden «para ser, nada más y na-

* Con motivo de la Ordenación de cincuenta y un sacer­


dotes del Opus Dei.
(i J. Escrtvá di; Balaguer, Sacerdote para la eternidad.
Folletos M undo Cristiano , núm. 170.
300 JESUS URTEAGA

da menos, sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien


por cien».
Vais a dejar muchas cuestiones temporales y
humanas para, de ahora en adelante, silenciando
esa competencia, hablar sólo de Dios, predicar el
Evangelio y administrar los Sacramentos. «Esa es,
si cabe expresarse así, su nueva labor profesional
—nos dice Monseñor Escrivá de Balaguer—, a la
que dedican todas las horas del día, que siempre
resultarán pocas: porque es preciso estudiar cons­
tantemente la ciencia de Dios, orientar espiritual­
mente a tantas almas, oír muchas confesiones,
predicar incansablemente y rezar mucho, mucho,
con el corazón siempre puesto en el Sagrario, don­
de está realmente presente El que nos ha escogido
para ser suyos, en una maravillosa entrega llena de
gozo, aunque vengan contradicciones, que a nin­
guna criatura faltan».

Vestid como sacerdotes , no como horteras

El pueblo fiel, las personas sencillas, la gente


de la calle, está esperando encontrarse con esos
curas-curas que no tienen miedo a parecer lo que
son, sacerdotes; que no tienen inconveniente en
mezclarse con todos los hombres, porque hombres
son, pero que no se esconden en un niky blanco,
en un suéter marrón de cuello alto o en una ca­
misa polo de cuello abierto.
Pero, ¿quién les ha engañado a esos pobrecitos
diciéndoles que ésa es la imagen que los laicos
CARTAS A LOS HOMBRES m
quieren tener de los presbíteros? Los curas se nos
han acomplejado. Rara vez han gozado de la fa­
cultad de apreciar lo bello y ahora han abando­
nado los trajes grises para vestirse de colores
vivos, chillones, con poco gusto, de horteras.
Al pueblo fiel les tiene sin cuidado la hechura
y el colorido de vuestra indum entaria.
Los hombres os quieren ver rezar; el pueblo
quiere oíros hablar de Dios; quiere saber si os
encontrarán en el confesonario, si les podéis dar la
Comunión, si les orientaréis en cuestiones espiri­
tuales.

Sed agradecidos y generosos

Amigos, los sacerdotes hemos recibido mucho,


muchísimo. Comenta el autor de la referida Homi­
lía: «Lo recibido... ¡es Dios! Lo recibido es poder
celebrar la Sagrada Eucaristía, la Santa Misa —fin
principal de la ordenación sacerdotal—, perdonar
los pecados, adm inistrar otros Sacramentos y pre­
dicar con autoridad la Palabra de Dios, dirigiendo
a los demás fieles en las cosas que se refieren al
Reino de los Cielos».
A la vista del capazo de cosas buenas que se
nos ha entregado, no podemos menos de ser muy
agradecidos.
Agradecidos y generosos, así habremos de ser.
Generosos en repartir gratuitam ente lo que de
balde se nos ha dado en grandes espuertas di­
vinas.
30 2 JESUS URTEAGA

A partir de ahora ya no os debéis a vosotros


mismos. El pueblo os pedirá mucho. No se lo ne­
guéis. Y si las gentes no se acercan, haceos los
encontradizos. No tendréis tiempo para nada más
que para Dios y para las almas. ¿Que qué piden
las gentes al sacerdote? Te dejaré escrita la expe­
riencia del autor de la Homilía:
«No comprendo los afanes de algunos sacerdotes
por confundirse con los demás cristianos, olvidan­
do o descuidando su específica misión en la Igle­
sia, aquella para la que han sido ordenados. Pien­
san que los cristianos desean ver en el sacerdote
un hombre más. No es verdad. En el sacerdote
quieren admirar las virtudes propias de cualquier
cristiano, y aun de cualquier hombre honrado: la
comprensión, la justicia, la vida de trabajo —labor-
sacerdotal en este caso—, la caridad, la educación,
la delicadeza en el trato.
Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se
destaque claramente el carácter sacerdotal: espe­
ran que el sacerdote rece, que no se niegue a ad­
ministrar los Sacramentos, que esté dispuesto a
acoger a todos sin constituirse en jefe o militante
de banderías humanas, sean del tipo qué sean
(Cfr. Concilio Vat. II “Presbyterorum Ordinis”,
n. 6); que ponga amor y devoción en la celebra­
ción de la Santa Misa, que se siente en el confe­
sonario, que consuele a los enfermos y a los afli­
gidos; que adoctrine con la catequesis a los niños
y a los adultos, que predique la Palabra de Dios
y no cualquier tipo de ciencia humana que —aun­
que conociese perfectamente— no sería la ciencia
CARTAS A LOS HOMBRES m
que salva y lleva a la vida eterna; que tenga
consejo y caridad con los necesitados.
En una palabra: se pide al sacerdote que apren­
da a no estorbar la presencia de Cristo en él».

No pongáis pegas a Dios

Ya no podéis m irar para atrás. No os asuste la


responsabilidad, con ser enorme. Dejad actuar al
Señor, y veréis cómo siendo lo que sois, obraréis
prodigios.
¡Yo estaré contigo! ¡Yo estaré contigo! Es pro­
mesa del Señor.
Tal vez queráis am pararos en la poquedad de
los años. No vale el argumento. También Jeremías
trataba de evadirse diciendo que era un muchacho
sin años. La misión del sacerdote que os encarga
Dios no depende de la edad.
Si os ponéis en sus manos desaparecerán todos
los obstáculos, y con un poco de gracia humana
saltaréis todas las barreras. La confianza en El lo
puede todo. El mismo Dios es quien nos ruega que.
desconfiando de nuestras propias fuerzas, nos am­
paremos en su omnipotencia.
No os atemoricéis ante la magnitud de la em­
presa que os aguarda. «Hoy —te dice Dios como a
Jeremías— te he convertido en plaza fuerte, en
pilar de hierro, en muro de bronce frente a toda
esta tierra... Te harán la guerra, pero no podrán
contigo, pues contigo estoy Yo para salvarte» 7.
• Ier 1,18-19.
304 JESUS URTEAGA

Todo se reducirá a ir dejando actuar a Cristo


dentro de vosotros, cada día. Tratar mucho a Jesús,
que el resto saldrá solo.

Dios os ha llamado uno a uno

No tenéis derecho a enorgullecer os. Todo lo que


tenéis ha sido regalo divino. ¿No es impresionante
la frase evangélica: Llamó a los que quiso? s. «Yo
os elegí a vosotros», dirá el Señor.
Es misión, y misión importante, la que el Señor
os confía. ¿Qué importan el lugar, la edad y todas
las otras circunstancias en las que Dios os ha lla­
mado? Hace años que el Señor os llamó para ser
del Opus Dei y servir a la Iglesia y a las almas.
¿Cuántos años teníais?
Cuando fue llamado Jeremías, tenía diecinueve
años. Veinticinco tenía Isaías. Abraham había al­
canzado los setenta y cinco. Moisés y Aarón con­
taban con ochenta y ochenta y tres, respectivamen­
te, cuando hablaron al Faraón Ramsés II para que
dejara al pueblo en libertad. ¿Qué im portan los
años? A todos les otorga una misión.
¡Vete!, es el clamor de Dios a estos hombres.
Ve y di a ese pueblo, grita a Isaías.
Este es un aristócrata, poeta, político, psicólogo,
emparentado con la familia real, mientras su con­
temporáneo Miqueas es un hombre campesino, de
lenguaje rudo.

' Me 3,13.
CARTAS A LOS HOMBRES 305
Amos era pastor de Tecoa y fue sorprendido por
el llamamiento divino cuando se encontraba entre
las ovejas. A unos llama entre zarzas y a otros en
el templo.
Elias descubre a Dios en el susurro de una brisa
suave y Elíseo fue escogido entre yuntas y bueyes,
mientras estaba arando.
A Ezequiel le llamó Dios junto al río Quebar, el
año 593 a. de C., en medio de una maravillosa apa­
rición. Y a Jeremías, sin sobresalto alguno, de mo­
do muy sencillo, en la soledad de su aldea, Anatot.
Isaías será siempre un profeta audaz y Jeremías
seguirá siendo toda su vida un hombre muy tí­
mido.

No importa que no valgamos


dos perras gordas

Cuando Cristo escoge a los Apóstoles, la mayo­


ría de éstos son de pueblo; unos son pescadores,
como Andrés, Pedro, Juan y Santiago; otros son
campesinos, como Santiago el Menor y su hermano
Tadeo. Muchos eran pobres y alguno, como Mateo,
rico, recaudador de contribuciones y políticamente
colaboracionista, en contraposición a Simón el Ca-
naneo, que bien pudo ser conspirador contra la
dominación extranjera. Hay hombres de azada,
de redes y de letras. De muchas letras será Pablo
que, sin pertenecer a los Doce, es apóstol que
convierte a medio mundo para Dios.
Unos son impetuosos; otros, pacíficos; los ha>
20
m JESUS URTEAGA

juiciosos y. también, melancólicos, intrépidos y


vehementes
Cristo los ha escogido uno a uno. Y sabe que
ninguno vale dos perras gordas. Como nosotros.
Pero «en las empresas de apostolado está bien
—es un deber— que consideres tus medios terre­
nos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has
de contar, por fortuna, con otros sumandos: Dios
-i- 2 -j- 2

¿Qué importan los temperamentos audaces o los


tímidos? El amor es el que cuenta. Es Dios quien
habla y hay que prestarle nuestros labios. Es Dios
quien se mete en el corazón de la gente y a nos­
otros nos corresponde abrir las puertas del alma
de los hombres.
Bien sabe El lo que le pido en estos momentos:
que no imitéis la vida de Jonás ni la de Judas.
Oue no caigáis en la mezquindad ni en la traición:
□ue scáu generosos v leales.
< w

Se puede estar pegado a Dios —lo está todo


sacerdote— y echarlo todo a perder. Pienso en el
mal ladrón, crucificado junto a Cristo, y siempre
llego a la conclusión de que no se puede estar más
cerca de Dios con menos provecho.
Nosotros ios sacerdotes estamos muy junto a El.
No desperdiciemos esta oportunidad.
Seréis sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entre­
gados, ¡alegres! Eso pedimos todos con Monseñor
Escrivá de Balaguer.
Seguís siendo hombres y, por tanto, con miedos v

C a m in o , n ú m 471
CARTAS A LOS HOMBRES 307

generosidades, con poder de resistencia a la gra­


cia y con posibilidades de buenas acogidas. Que
seáis compasivos y comprensivos con los hombres,
cosa que no os resultará difícil porque os encon
traréis como ellos, rodeados de miserias.
Dios os llamó hace años y dijisteis que Sí. Aho­
ra libremente abrazáis el Sacramento del Orden
para —más escondidos— continuar sirviendo a las
almas. Los hombres comienzan ya a dar aldabona-
zos a vuestro sacerdocio. Os reclaman. Abridles
la puerta.
La Virgen fiel —Virgo fidelis— os ayudará ma-
ternalmentc. Que Dios esté en vuestro camino y su
ángel os acompañe.
Pertenecéis al Opus Dei. Quiero term inar esta
carta trayendo a vuestro recuerdo unas palabras
de su Presidente: «Hacer las obras de Dios no es
un bonito juego de palabras, sino una invitación
a gastarse por Amor».
DIOS EN LA «TELE»

Dios está en la «tele»...


Cuando los responsables de la misma le abren
la puerta.
Cuando a través de ella se infunde espíritu.
Cuando se contribuye a unir a los hombres.
Cuando se sirve al pueblo.
Cuando se le informa objetivamente y con
verdad.
Cuando se le distrae.
Cuando se da luz a la mente.
Cuando se le ayuda en su formación.
Cuando se favorece el progreso de la sociedad
Cuando se respetan las leyes morales.
Cuando se forma y divulga una recta opinión
pública.
Cuando la «tele» se pone al servicio del hombre
«Al servicio noble y consciente del hombre mo­
derno, que quiere ser hombre verdadero; al hom ­
bre digno de sagrado respeto y siempre necesitado
de toda consideración y cuidado; al hombre que,
precisamente por lo que tiene de grande y de débil,
tiene siempre necesidad de ser ayudado e instruido
para pensar bien ante todo, para sentir bien, para
bien amar, para bien creer, para bien esperar y
bien vivir» (Pablo VI).
CARTAS A LOS HOMBRES 309

Muchas veces se me ha hecho esta pregunta-


¿Qué problemas presenta la gente de la calle a
los curas que hablan en televisión?
Siempre he contestado lo mismo: Todos, los
mismos que ante la vida... Hasta me atrevería a
decir que los m uestran de forma más acuciante,
más viva, por el intimismo que encierra la panta­
lla, por la seguridad que da acudir al hombre
que se presenta condescendiente, amigo, humano.
¿Problemas que presenta el pueblo? Todos: go­
zos, esperanzas, alegrías y lágrimas, angustias y
temores.
Si quien habla en televisión ha elegido bien el
tema, pone el corazón, trata no sólo de informar y
divertir, sino de ayudar al pueblo en su forman
ción, y traspasa la pantalla, siempre hay diálogo
con el espectador.
Si quien se presenta en la «tele» se queda al
otro lado, en el estudio, sin entrar en el hogar,
debe retirarse. Traspasar la barrera del televisor
es ese algo que sólo se aprecia cuando un hombre
se pone ante el piloto rojo de las cámaras. Un algo
que tal vez esté hecho de sinceridad, autoridad,
intimismo y tablas.
Cuando se entra de veras en la casa, surge el
diálogo con el espectador. Un diálogo que nace en
lo más íntimo del alma y continúa siempre a tra­
vés de la correspondencia epistolar.
Todo el que ha actuado en la tele seguidamente,
por algún tiempo, sabe lo que son cientos y miles
de cartas. No se precisa m ontar ningún concurso
para lograrlo. Esta es la fuerza de la televisión.
310 JESUS URTEAGA

Es natural que sea asi. Contad con que el pro


grama más tonto, a la hora más estúpida, tiene una
audiencia de 500.000 espectadores.
Ei cura que habla en la tele no puede olvidar
en «ese» momento a los cinco mil que están nece
sitando un poco de apoyo, un poco de aliento, que
están precisando que alguien les eche una mano.
Dichas las cosas con un poco de fervor, una frase,
una escena, un gesto, supone una sacudida en el
alma. Contamos con que el sacerdote debe pre­
sentar un espacio con todos los eficaces medios
audiovisuales de los que dispone cualquier director
de programas: guión, estudio, decorados, material
cinematográfico, un cuadro de artistas y, por su­
puesto, un buen realizador. Pero a todo eso, el
sacerdote debe añadir algo que sólo él puede dar
Si esto faltase, si se limitara a dar una buena in­
formación exclusivamente, si el programa que lleva
a la pantalla lo pudiese dar igualmente un perio­
dista de telediario, entonces el cura no cumpliría
^on algo tan importantísimo como es contar con
ci medio extraordinario que supone la televisión
para que llegue a los espectadores la palabra de
Dios.
La reacción de los espectadores —si se les ha
dicho algo— es inmediata: por carta y por telé­
fono. Todo sacerdote que ha hablado en directo
ante las cámaras sabe que, al terminar su espacio,
puede esperar llamadas telefónicas urgentes, por
hombres que quieren confesarse o charlar, con ur­
gencia sobre el tema expuesto.
CARTAS A LOS HOMBRES 311

Problemas vivos del pueblo

La elección de los lemas no resulta difícil al


sacerdote. Se lo da el mismo pueblo. Conservo to
da vía estas cartas escritas con letras rojas:
Una vida sucia. «Tengo las manos negras y en
sangrentadas. ¿Usted sabe lo horrible que es esto?
Siga, por favor, ¡a ver si cambio!».
Una familia desunida. «Se me han saltado las
lágrimas. No hay cosa más terrible para los hijos
que ver que los padres no se quieren y se dicen
cosas horribles y crueles. Lo peor de todo esto es
que nos ponen por testigos a nosotros de todo
lo que dicen, y nos piden que hablemos y digamos
cuál de los dos lleva la razón. No deje de hablar
a lodos los hijos de familia que tienen este mismo
problema».
Una vida esperanzada. «Le escribe un preso
sí, no se asombre. Un preso que quiere con toda
su alma agarrarse a algo en esta carrera que le
lleva hacia su total destrucción. Soy un chico de
“casa bien". No puedo saber cómo llegué hasta
aquí. Pero con toda mi alma deseo rehabilitarme
¿Quiere ayudarme? Nunca he tenido ocasión de de
m ostrar cómo en mí hay algo aprovechable».

Latigazos en el alma

«Tengo muchas cosas que decirle. En la última


carta le hacía un resumen de lo que había sido
mi vida hasta ahora. Una vida fácil, regalada, en la
312 JESUS URTEAGA

que no carecía de nada. Caprichos, dinero, lujo,


comodidades, amistades estupendas, y ansias de
vivir y alegrías y entusiasmo, una felicidad com­
pleta. ¿Qué más podía querer yo?
Aunque parezca mentira todo ha cambiado de
forma radical. Como en las novelas. De lujo y co­
modidades va no queda nada. Nos hemos arrui­
nado por completo.
He tenido que dejar de ir al colegio y ponerme
a trabajar. A papá se le ha caído el mundo enci­
ma. Nunca había visto sufrir a una persona de la
forma que mi padre lo está haciendo. Se le hume­
decen los ojos cuando cree que nadie le ve, pero
no llora. Las lágrimas se le quedan dentro de los
ojos.
Puede creer que no he llorado ni una sola vez
porque no he podido; me ha parecido absurdo,
me he querido rebelar, ser más fuerte que la propia
desgracia, y aunque esto parezca soberbia, me está
avudando mucho.
w/

La vida, en el corto plazo de un mes, “ nos ha


pegado tremendamente". Pero no tengo miedo;
reharemos la vida. Cuento con Dios y con sus ora­
ciones».
La temática, como veis, tiene fuerza suficiente
para que surja un guión vivo con expresiones juve­
niles y con dolor de gente madura. No im portará
mucho la «historieta» que se televise, porque el
espectador se verá reflejado en el dolor de su
protagonista.
Quinientos veinticinco hombres piden una nueva
oportunidad. «Somos quinientos veinticinco los
CARTAS A LOS HOMBRES

que nos encontramos en la cárcel. Si usted qui­


siera podría contribuir, a través de la “ tele", a
crear una conciencia social, no tan intransigente,
con respecto a todo lo que se relaciona con un
preso; el hecho de que un hombre esté en la cár­
cel significa frecuentemente que a sus hijos se les
ve como a bichos raros y la vecindad les separa
de los demás chicos; las esposas ven cómo un mon-
ton de amistades les vuelve la cara. Cuando un
delincuente sale de la cárcel, todas son puertas
cerradas, nadie quiere nada con él. Estimo que
es un buen tema para charlas de la tele. Es algo
humano, palpitante, sangrante».

De su silla al cielo

«Vi lo que decía de esa chica que se pasa los


veranos en la cama y que comprende a sus padres,
¡y de mí que tengo catorce años y llevo siete en
una silla sin poder moverme! Ah, y además con
una enfermedad que cada vez puedo moverme
menos, y además sé que no me quedará mucho
tiempo de vida, pues ya se me han muerto otros
tres hermanos de la misma enfermedad que yo,
y el mayor a los catorce años; por eso, cuando he
leído lo de la comprensión de los padres, yo creo
que como los padres no hay nadie, y si no que
me lo digan a mí, y eso que por desgracia no tengo
padre, pues no le conocí, pero, gracias a Dios,
tengo madre. Yo creo que los que no compren­
demos somos &fiijos».
3 14 JESUS URTEAUA

Le escribí al chaval, pero va no recibí con tes


tación.
¿Estas son cartas escogidas? Por supuesto. Es­
cogidas y no al azar. Son cartas reales, auténticas
Son trozos de vida hecha jirones, de almas que
están ante el televisor esperando del sacerdote un
poco de luz. Así, cientos; así, miles.
¿Y los demás, y la inmensa mayoría de los espec­
tadores, qué dicen? Los demás, la inmensa ma­
yoría, los que más o menos viven cómodamente,
precisan que se les zarandee para que no olviden
el dolor y las lágrimas, para que traten por todos
los medios, olvidándose de sí mismos, de hacer
felices a los demás.
Sería tonto que yo quisiera sacar las consecuen­
cias de cómo es nuestro pueblo a través de sus
reacciones por carta.
Si os presentara parte de la correspondencia
llegaríamos a la conclusión de que todo nuestro
pueblo es espléndido, generoso, inquieto, con pre­
ocupación social, realmente responsable.
Si os presentara la otra cara podríamos llegar
a una conclusión negativa: que es irresponsable;
egoísta, tacaño y adormilado.
No sabría deciros cómo es. No tengo medios
suficientes para calibrarlo. Sólo os presento aquí
trozos de vidas con quienes mantengo diálogo epis­
tolar.
¿Por qué tanta alegría? «Soy un joven indife­
rente por la religión y por Dios, aunque haya na­
cido en una familia católica practicante, pero a
medida que me estoy haciendo hombre, Dios y la
CARTAS A LOS HOMBRES 315

religión se van separando de mí, es más, yo quiero


separarme porque Dios me molesta.
Actualmente estoy aborreciendo la vida. La vida
es espantosamente dolorosa y deja el corazón hu
mano destrozado. Parece como si la vida jugara
con el hombre, como un niño juega con su pelota
¿Qué encontráis en la vida? ¿Qué os da? A veces
me hace el efecto que todos estos jóvenes, que
todos vosotros que escribís tan exuberantes de ale­
gría por Dios y la vida, pongamos como ejemplo
Angel, ese chico de veintitrés años, prisionero, no
decís la verdad. Me parece que queréis conven­
ceros vosotros mismos, pregonando por ahí vuestra
alegría, que la vida es bonita y alegre, pero, en
realidad, vosotros no lo creéis. ¡Contestadme, por
favor!
Perdone las deficiencias de ortografía y, quizá,
alguna falta de sintaxis; no domino perfectamente
la lengua. Gracias. Espero que publicarán mi carta
correctamente».
Leí esta carta en mi programa televisivo, y medio
millar de jóvenes contestaron al «indiferente» ha­
blando sobre la alegría de sus vidas, todas muy
cristianas, muchas muy sobrenaturales.
Si en este escrito no hago hincapié en la corres­
pondencia positiva, de la que guardo una auténtica
biblioteca, es porque me he querido referir funda-
mentalmente a algunos de los problemas que pre­
senta nuestro pueblo y acentuar la postura del
sacerdote que, actuando ante las cámaras, debe
ser luz, fuerza, apoyo, para el espectador.
3 16 JESUS URTEAGA

A los hombres de televisión

Informar, divertir y educar serán siempre los


ingredientes de la televisión. Si el sacerdote no
quiere descuidar esta última faceta habrá de con­
tar con que el pueblo pide que se le hable de Dios,
del amor de sus hijos, de su vida social, de su tra ­
bajo profesional, de su libertad y de su responsa­
bilidad.
Los directores, realizadores, periodistas, guio­
nistas, actores, productores, críticos y cuantos in­
tervenís en la «tele», sabed que tenéis una grave
responsabilidad. Podéis encauzar a los hombres
recta o torpemente.
Es misión vuestra favorecer el bien común.
Ei pueblo de hoy, como el de siempre, necesita
un estímulo hacia sentimientos elevados. Y eso
está en vuestras manos.
Si servís al hombre para que pueda «pensar
bien, sentir bien, para bien amar, para bien creer,
para bien esperar y bien vivir» —como nos dice
Pablo VI—, habréis logrado abrir la puerta de la
«tele» a Dios.
QUINIENTOS MIL HOMBRES
TRABAJAN PARA TRES

Estamos a punto de ser testigos de una de las


proezas científicas y de ingeniería más grandiosas
del hombre: llegar a la Luna.
Son muchas las críticas que se ceban en el pro
yecto por quienes piensan que esos miles de mi­
llones de dólares solucionarían problemas más pe­
rentorios. Entiendo que hay que atender a unos
y a otros y que es indudable que los beneficios
científicos y prácticos de este proyecto «Apolo>
serán inmensos.

16 de julio de 1969

Estos son los primeros pasos que se están dando


en estos momentos para ese viaje de ida y vuelta
de más de 800.000 kilómetros. A cinco kilómetros
de la plataforma de lanzamiento se encuentra eí
hangar, que es el edificio más grande del mundo
Un inmenso carro-oruga lleva el cohete «Saturno»
a una velocidad de un kilómetro por hora, cohete
que días más tarde lanzará la nave a 40.000 kiló­
metros por hora en el espacio.
318 JESUS URTEAGA

El día 16 de este mes de julio del 69, un cohete


«Saturno V» levantará la nave con tres hombres.
Para ello se hace preciso el trabajo de 500.000 per­
sonas y 20.000 empresas industriales.
Lo que sale de la Tierra en medio de una furiosa
tempestad de llamas y humo, llegará al planeta
sin aire, sin viento y sin agua, sin ruido alguno.
El próximo 16 de julio, 3.000.000.000 de personas
tendrán puestos sus ojos en el cielo. El ruido en­
sordecedor de la partida de nuestros protagonis­
tas no será obstáculo para que se escuche el grito
del Salmo: «Cuando contemplo los cielos, obra de
tus manos, la Luna y las estrellas que Tú has crea­
do... ¿qué es el hombre para que Tú te acuerdes
de él? Tú has hecho al hombre un poco inferior a
los ángeles , y lo has coronado de gloria y de
honor; Tú has colocado al hombre al frente de las
obras de tus manos, todo lo has puesto bajo sus
pies».
Este fue el mandato que recibió el hombre con
la bendición de Dios: «Someted la tierra: dotninad
en los peces del mar, en las aves del cielo». El
hombre lo está poniendo por obra. Inicia ahora
los vuelos en el vasto océano del espacio y da su
primer paso serio en la exploración dei sistema
solar y más adelante lo hará en el universo entero.
El hombre, con la ayuda de Dios, ha convertido
lo que era imposible, hasta ahora, en algo difícil.
Bien podemos pensar que este esfuerzo impor­
tante y ambicioso de los hombres será contem­
plado con sonrisas en el cielo. Oremos —decía
CARTAS A LOS HOMBRES 319

hace unos días Von Braun— para honrar a Dios ,


que creó el gran universo , el que estamos a punto
Je explorar con el respeto y la reverencia más
profundos.
Mientras los ojos brillantes de los jóvenes se
posan en la Luna, ios ojos cansados de un viejo
sacerdote, en un pueblo perdido, los tiene puestos
en su breviario, m ientras reza: «¡Dios del cielo!
Tú que coloreas con la claridad del fuego los bri­
llantes espacios... Aleja la oscuridad de nuestros
corazones, limpia la inmundicia de nuestras almas,
rompe las ataduras de nuestras culpas, borra nues­
tros pecados. Dad gracias al Señor... porque hizo
lumbreras gigantes; porque hizo el Sol, que go­
bierna el día; porque hizo la Luna, que gobierna
la noche ».

Camino de la Luna

Camino de la Luna, la nave «Apolo» con el «Esca­


rabajo » y el armario de provisiones , en el que va
el motor, el radar, los radiadores y reservas de
oxígeno, pesa lo mismo que «La Niña» cuando
marchaba camino de América: cuarenta toneladas.
Las dos naves «suben» a un mundo nuevo, una
la hizo sobre las aguas y el «Apolo» caminará en
ei vacío. El blanco para Colón era fijo. La Luna se
habrá desplazado 270.000 kilómetros desde el mo­
mento del lanzamiento.
El día 20, el «Escarabajo» con patas de acero
se posará suavemente —a 11 kilómetros por hora—
320 JESUS URTEAGA

en la Luna. Con Cristóbal Colón quedará empare


jado el nombre de Neil Armstrong, que pondrá su
pie en la Luna el lunes 21.
Los ojos del sacerdote continuarán rezando:
«Aguas del espacio, bendecid al Señor; astros del
cielo..., noche y día..., luz y tinieblas..., aves del
cielo.. Hijos de ios hombres, bendecid al Señor.
Eterno Hacedor del mundo... Tú que eres luz, ilu
mina nuestros sentidos, sacude el sopor de nues­
tras almas, suene en tu honor nuestro prim et
canto. Grandes son las obras del Señor, dignas de
estudio para los que las aman ».

El regreso

Colón y los suyos tuvieron que traer de las


Indias lo que probara su llegada al Nuevo Mundo
Neil Armstrong no necesitará, dem ostrar nada, por­
que todos le habremos visto llegar a la Luna, con
Aldrin, en la pantalla de televisión, en la mañana
del 21 de julio. No obstante, se traerá unos kilo­
gramos de piedras de la Luna para su estudio.
Iniciado el regreso, se sentirá un respiro. Nues­
tros hombres regresarán a la Tierra, que, aunque
tiene forma de pera arrugada, es descanso para los
navegantes del espacio. Y con el Salmo 125, el
sacerdote entonará el canto a la vuelta del des­
tierro: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión
nos parecía soñar. La boca se nos llenaba de risas
CARTAS A LOS HOMBRES 321

la lengua, de cantares. Hasta los gentiles decían .


el Señor ha estado grande con ellos. El Señor hei
estado grande con nosotros y estamos alegres ».

La cumbre del progreso

«Si miramos a nuestro alrededor —leemos en la


homilía Cristo presente en los cristianos — y con­
sideramos el transcurso de la historia de la Huma­
nidad, observaremos progresos y avances. La cien­
cia ha dado al hombre una mayor conciencia de su
poder. La técnica domina la Naturaleza en mayor
grado que en épocas pasadas, y permite que la
Humanidad sueñe con llegar a un más alto nivel
de cultura, de vida material, de unidad» 10.
Es de esperar que esta gran aventura que inicia
ahora el hombre no solamente suponga un gran
atractivo para geólogos, biólogos y químicos, sino
que sean realmente prácticos para todos nosotros
los beneficios que se obtengan.
Dios quiera que esos 500.000 hombres que tra­
bajan para que los tres protagonistas de la aven­
tura se levanten 400.000 kilómetros sobre la Tierra,
pongan el mismo empeño, el mismo afán, el mis­
mo fervor, la misma dedicación porque desaparez­
can de nuestro planeta las injusticias, las hambres,
las guerras, los analfabetismos, las mediocridades
Convendrá igualmente recordar que si bien en
el orden cultural y técnico quedan muchas etapas

" F.s Cristo que pasa. núm. 104


21
322 JESUS URTEAGA

por quemar hasta poder llegar a un mundo mejor ,


en el orden religioso... la cumbre del progreso se
ha dado ya: es Cristo, alfa y omega, principio y fin
En la vida espiritual —nos recuerda finalmente
esta homilía— no hay una nueva época a la que
[legar. Ya está todo dado en Cristo, que murió y
resucitó, v vive v permanece siempre
A LOS NOVIOS

A los que estáis en esa edad bonita —¡difícil,


como otras muchas, pero bonita!— del noviazgo,
i

os brindo estos temas para vuestras charlas. A


todas las que soñáis en «ese» día en el que vesti­
réis de blanco; digo «todas» porque a las hombres
les horroriza pensar precisamente en esa fiesta en
que vestirán de negro. La conjugación del verbo
amar corre por vuestra cuenta; no tengo nada que
deciros sobre el particular. Pero por si, en algún
momento, queréis cam biar de conversación, os
presento unos consejos que habréis de tener en
cuenta a p artir de la fecha de la boda. Los con­
sejos no son míos. Os explicaré su procedencia.
Como quiera que desde la «tele» tratam os de
aconsejar a los chavales, presentándoles una vida
cristiana tal como la entiende Dios, a tono con las
exigencias del Evangelio, he querido cambiar de
método. Y he pedido a los chavales que fuesen
ellos quienes aconsejasen a unos amigos míos que
se iban a casar.
Y éstas son las respuestas que chicos y chicas
de catorce a diecisiete años dan sobre este par­
ticular. He escogido algunas entre muchas. En­
tiendo que algunas tienen verdadera gracia; otras
i as podría firm ar el mismo San Pablo.
324 J ESUS URTEAGA

Yo, por mi parte, querría añadiros que el co­


menzar bien es fácil. Eso lo hacen todos. Lo im ­
portante es que continuéis diciendo sí al Señor
—y al olvido de uno mismo— ese prim er día que
amanece nublado, esa mañana gris en la que se
siente el peso de la monotonía, del cansancio o
del dolor. No os asustéis; es el momento preciso
para apoyaros de nuevo en Jesús. Es muy im por­
tante superar ese primer bache con el que finaliza
la etapa del amor sensible, para comenzar —si es­
táis dispuestos a ello— el otro amor, el duradero,
el de marchar «los dos» en una misma dirección.
«Tendría un pobre concepto del matrimonio y
del cariño humano quien pensara que, al tropezar
con esas dificultades, el amor y el contento se aca­
ban. Precisamente entonces, cuando los sentimien­
tos que animaban a aquellas criaturas revelan su
verdadera naturaleza, la donación y la ternura se
arraigan y se manifiestan como un afecto autén­
tico y hondo, más poderoso que la muerte» 12.
Estas son las contestaciones que recibí para la
homilía de la boda de mis amigos:

— Que tengan paciencia el uno con el otro, de


modo que cuando uno estire, el otro afloje.
Una mallorquína de 15 años.
— Que si tienen algún revés en los negocios del
marido, cosa que nos les deseo, que sepan
combatirlo con la sonrisa. La felicidad es
estar juntos, sin que nadie les pueda separar.
16 años. Toledo.

v¿ Ibídem, núm. 24.


CARTAS A LOS HOMBRES 325

Que estén bien preparados para ese paso,


porque «eso» es para toda la vida. 14 años
Valencia.
Que sean no esposos modelos, pero sí que
sean uno del otro hasta acabar siendo lo dos
uno. 16 años. Valencia .
A la m ujer le viene bien el espíritu de sacri­
ficio, la paciencia y la reflexión en sus deci­
siones (esto lo cojo de mi madre). Ana Marta.
15 años.
Dígales que si ponen a Cristo en medio de
su vida de casados encontrarán solución a to­
dos sus problemas. Nosotros lo intentamos
todos los días y llevamos once años de matri­
monio feliz. Una m adre . Madrid.
Os deseo una buena prole. 16 años. Ponte­
vedra.
Que eviten todo comentario penoso econo-
mico y se amolden con la dieta establecida
Una m adre . Barcelona .
Llegar a darse el uno al otro, hasta olvidarse
de sí mismo, para así, muy unidos, poder
afrontar con valentía cualquiera de las mu­
chas eventualidades de la vida. 16 años. Alcoy.
Que no se casen, ya que, hoy por hoy, no
me gusta casarme; claro, que tengo quince
años. Mari Carmen. Zaragoza .
No reñir. No trae felicidad. José Antonio.
13 años.
JESUS URTEAGA
326

— El marido debe tener en cuenta que se casa


con una mujer. La esposa debe tener en
cuenta que se casa con un hombre. María
Antonia. 15 años.

Poco voy a añadir.


El amor está hecho de pequeños olvidos de uno
mismo, de caminatas con la persona querida, de
ojos abiertos para ver y realizar los caprichos de I
marido y de delicadezas para hacer amable la vida
de la mujer, de muchos y diminutos servicios he­
chos con buena cara.
Para que todo esto se realice, para que el cariño
se mantenga vivo, para que la generosidad no de
caiga, necesitamos apoyarnos, no en algo, sino en
Alguien. Ese Alguien se llama Jesucristo, que en
tiende mucho de amores.
EL AMOR NO SE HA DEVALUADO

Fue pura coincidencia. En la mañana


del lunes 20 de noviembre —fiesta de
San Félix de «Valuá»—, los españoles
nos encontramos con la peseta «de-
valuada».
El amor no se devalúa con el tiempo
con el amor de siempre —el que nos
dejó Jesucristo el año 33 de nuestra
era—, se sigue comprando el Reino
de los cielos.
Ha llegado a mis manos una foto­
grafía que te la describo. Una madre
ha puesto su chiquillo en manos de un
sacerdote para que lo bendiga. El sacer
dote es el Fundador del Opus Dei.
No es la primera vez que las madres
piden la bendición para sus hijos naci­
dos o para los que van a nacer. A lo
largo de sus cincuenta años de sacer­
docio ha bendecido incontables veces
el amor humano: el de los padres y el
de los novios. Bendigo vuestro amor
corno bendigo el amor de mis padres
con las dos manos de sacerdote.

¡Siempre el amor!

¡Siempre el amor! ¡Siempre el amor! El amor,


amigos, es la única moneda que cuenta allá arriba
y aquí abajo. Yo perdí a mis padres hace ya mu­
chos años. Cuando vivía con ellos, siendo niño, vi
que se querían, y todo aquello me parecía verdad
Después, cuando conocí el Opus Dei, siendo joven,
pude com probar que la vida, o era amor o era una
mentira que no merecía la pena vivirla. Por amor
328 JESUS URTEAGA

n\e había llamado Dios y por cariño me decidí a


seguirle. ¡Siempre el amor! ¡Siempre el amor! Se
lo he oído tantísimas veces a ese sacerdote que
me puso Dios en mi nuevo camino... ¿Cómo que
réis que no os hable yo de amor? «Cuando un cris
tiano desempeña con amor lo más intrascendente
de las acciones diarias, aquello rebosa de la tra s­
cendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un
repetido martilleo, que la vocación cristiana con­
siste en hacer endecasílabos de la prosa de cada
día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen
unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad
se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís
santamente la vida ordinaria
¿A cuántos matrimonios, ya maduros, les habrá
repetido estas palabras: Tenéis que quereros como
cuando erais novios? Y cuando alguno ha podido
decir «pero si ya no tenemos edad para enamo
rarnos», le he oído replicar: Tenéis siempre edad,
para el amor, siempre . El amor hay que ganárselo
cada día; y el amor se gana con sacrificios y con
sonrisas; el amor se gana con «pillerías» santas.
El amor del que estamos hablando es muy sobre­
natural, pero, como todo lo divino, está hecho
—así nos lo enseñó Dios cuando corrió el riesgo
de convivir con nosotros los hombres— de deta­
lles muy humanos, de atenciones, de delicadezas,
de bienquereres. De aquí que podamos entender
a la perfección estas palabras: «Para que en e\
matrimonio se conserve la ilusión de los comien­

11 Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, nú


mero 116.
CARTAS A LOS HOMBRES 329
zos, la m ujer debe tratar de conquistar a su ma­
rido cada día; y lo mismo habría que decir al
marido con respecto a su mujer. El amor debe
ser recuperado en cada nueva jornada, y el amor
se gana con sacrificio, con sonrisas y con picardía
también. Si el marido llega a casa cansado de tra­
bajar, y la m ujer comienza a hablar sin medida,
contándole todo lo que a su juicio va mal, ¿puede
sorprender que el marido acabe perdiendo la pa­
ciencia? Esas cosas menos agradables se pueden
dejar para un momento más oportuno, cuando el
marido esté menos cansado, mejor dispuesto.
Otro detalle: el arreglo personal. Si otro sacer­
dote os dijera lo contrario, pienso que sería un mal
consejero. Cuantos más años tenga una persona
que ha de vivir en el mundo, más necesario es
poner interés en m ejorar no sólo la vida interior,
sino —precisamente por eso— el cuidado para
estar presentable: aunque, naturalmente, siempre
en conformidad con la edad y con las circuns­
tancias. Suelo decir, en broma, que las fachadas,
cuanto más envejecidas, más necesidad tienen de
restauración. Es un consejo sacerdotal. Un viejo
refrán castellano dice que la mujer compuesta
saca al hombre de otra puerta» li.

PobreciUos los que no entiendan de amores

Sí, madres, ponerse guapas es amor; eso es ter­


neza. Si esto es lo que gusta a vuestros maridos

'' Ibidem, núm. 107


330 JESUS URTEAGA

y a vuestros hijos, ¿por qué no complacerles?


¡Qué bonita es la vida cristiana que siempre nos
habla de afectos! En esta ocasión hablamos a los
padres y, ¡cómo no!, hablamos de amor. Pero si lo
hiciéramos a las almas que se entregan generosa­
mente y del todo para toda la vida a Dios, no po­
dríamos hablar de otra cosa. ¡Pobrecito aquel que,
entregado a Dios, no entienda de quereres!
¿No veis con pena a vuestro alrededor hogares
destruidos, desmoronados por la fuerza del viento
y de la lluvia? Pertenecen a gentes que edifican
su casa sobre arenas movedizas, egoísmo o dinero,
cuando precisamente Cristo nos recordó que había­
mos de cimentarla sobre el auténtico amor, sobre
roca dura y fuerte. «Cualquiera que oye mis pala­
bras y no las pone en práctica —¿no son éstos los
desamorados?— se asemeja a un hom bre insensato
que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia,
los torrentes se desbordaron, los vientos soplaron
y cayó derribada y su ruina fue completa. Cual­
quiera que oye mis palabras y las pone en prác­
tica —éstos son los que entienden de amores—
se asemeja a un hombre prudente que edificó su
casa sobre roca; cayó la lluvia, los torrentes se des­
bordaron, soplaron los vientos, pero no fue derri­
bada, pues estaba construida sobre roca».
En los tiempos de Jesús no existía el problema
acuciante de la vivienda, pero sí el de sus cimien­
tos. Hoy como ayer, Dios nos previene que el hogar
ha de construirse sobre roca y no sobre terreno
inconsistente. Y la roca es El, que es Camino,
Verdad, Vida, y Amor. ¿Por qué unas casas per­
CARTAS A LOS HOMBRES 331
manecen en pie m ientras otras se derrumban,
siendo así que todas sufren las mismas incle­
mencias del tiempo? En todos los lugares en­
contramos amarguras, reveses de fortuna, contra­
tiempos, disgustos... Es ley de vida. Todos los ma­
trimonios los sufren, pero mientras a unos el
dolor les une, a otros los destroza. Hay que llegar
a la conclusión de que el mal no está fuera del
hogar, sino dentro de él. ¿Habéis edificado la casa
sobre arena movediza? Siempre tendremos tiempo
de fundam entarla de nuevo sobre el amor. Contad
con que Cristo está con vosotros y con vuestros
hijos en el hogar.

No tengáis m iedo , madres

Me llegan cartas de madres buenas, temerosas


del*ambiente de la calle en nuestros días. No te­
máis. Vosotros, padres, podéis más que el am­
biente. Vuestra vida cristiana actuará como fer­
mento en la vida de vuestros hijos. La atmósfera
cristiana de vuestro hogar entra en los hijos por
los poros y vuestra vida de hijos de Dios por los
o jo s. Si tenemos hogares cristianos, me río yo
—nos podemos reír todos— de la inmoralidad de
las calles. Si los hogares no estuviesen edificados
sobre roca, entonces sí me daría mucho miedo la
porquería del ambiente.
Me llegan cartas de madres buenas, temerosas
porque no entienden a sus hijos. Os podría con­
testar que si el amor no está hecho de compren-
332 JESUS URTEAGA

sión, ¿qué entendéis por amor? Pero pretiero trans-


cribiros lo que os dice Mons. Escrivá de Balaguer:
«Aconsejo siempre a los padres que procuren ha­
cerse amigos de sus hijos. Se puede armonizar
perfectamente la autoridad paterna, que la misma
educación requiere, con un sentimiento de amistad,
que exige ponerse de alguna manera al mismo
nivel de los hijos. Los chicos —aun los que pa­
recen más díscolos y despegados— desean siempre
ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres.
La clave suele estar en la confianza: que los pa­
dres sepan educar en un clima de familiaridad,
que no den jamás la impresión de que desconfían,
que den libertad y que enseñen a adm inistrarla
con responsabilidad personal. Es preferible que se
dejen engañar alguna vez: la confianza, que se
pone en los hijos, hace que ellos mismos se aver­
güencen de haber abusado, y se corrijan; en cam­
bio, si no tienen libertad, si ven que no se confía
en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre» 1\
Si el hogar cristiano está cimentado sobre el
amor, de amores habrá que hablar con los hijos.
Que no os oculten el noviazgo —os sigue diciendo
a vosotras, madres, el Fundador del Opus Dei ha­
blando de vuestros hijos que despiertan al amor-
humano—. La mayor parte de vuestros hijos tie­
nen que formar otros hogares... Que puedan deci­
ros claramente: «Mira, ¿qué te parece esta niña?».
«Mira qué huen mozo, mamá».
Sí, así hemos entendido siempre las entrañas de

1’ fbídem, núm. 100.


CARTAS A LOS HOMBRES 333
un hogar cristiano: confianza, libertad, amistad,
claridad. Todo esto es amor. Y el amor no se ha
devaluado.
¡Cuántas veces ha dicho Mons. Escrivá de Ba
laguer a los novios: He encomendado vuestros
amores a Santa María Madre del Amor Hermoso!
Tú también puedes contar con su oración.
EXAMEN PARA APROBAR LA ASIGNATURA
DE MADRE

Cinco minutos son suficientes para


saber si estás en condiciones de apro­
bar esta asignatura, que es de las que
cuentan para entrar en el Reinó de los
cielos.

Suspenso a las madres que enseñan a sus hijos


a vivir la «descriminación racial» entre pobres y
ricos. Por ir contra el Evangelio.
Suspenso a las que educan a los niños como si
el día de mañana pudieran tener sirvientas. Por
ingenuas.
Suspenso a quienes sólo se interesan en que los
chicos vayan «pasando» los exámenes. Por des­
preocupadas.
Sobresaliente a las madres que crean situacio­
nes en las que los hijos tienen que decidir. Por
sensatas.
Suspenso a aquellas que tienen un hogar tan
cerrado, tan cerrado, que parece una cárcel. Por
tiranas.
Suspenso a las que lo tienen tan abierto, tan
abierto, que parece una fonda. Por peligro de
corrientes .
Suspenso a las mamás, con amores de pulpo,
que no quieren que sus hijos crezcan. Por egoístas.
Suspenso a las que se quejan de que sus niños
CARTAS A LOS HOMBRES 335

vayan con niñas a la edad en que ellas se casaron.


Por olvidadizas.
Premio extraordinario a las que consiguen un
hogar tan cristiano que Dios elija una vocación
en él. Por cristianas.
Premio extraordinario a las que enseñan a los
hijos a actuar solos lo antes posible. Por inteli­
gentes.
Notable para las madres que logran que los pe­
queños recen al levantarse. Por piadosas.
Sobresaliente a las que educan en la obediencia
y en el estudio a los hijos. Por pedagogas.
Premio extraordinario a las madres con buen
humor. Por esforzadas.
Accésit a las madres que se alegran del triunfo
de las cuñadas. Por cariñosas.
Suspenso a las encubridoras de las fechorías de
los hijos. Por tontas.
Suspenso a las que repiten con frecuencia: (Hijo!
Tienes tan mal carácter como tu padre. Por gru­
ñonas.
Calificación de aptas para todas aquellas madres
que consiguen que los hijos se preocupen de los
demás, del alma y del cuerpo, en especial —como
Cristo— del pueblo, de los pobres, débiles, enfer­
mos y necesitados. Este ejercicio es eliminatorio.
EXAMEN PARA APROBAR LA ASIGNATURA
DE PADRE

Premio extraordinario a los padres que entien­


den que lo más importante de la vida es Dios, la
mujer y los hijos.
Suspenso a los que juegan con los niños cuando
están a punto de dormirse y, una vez que los tie­
nen bien despiertos, llaman a su m ujer para que
los calme.
Sobresaliente a aquéllos que dialogan sobre polí­
tica con sus hijos de quince años, no considerán­
dolos fracasados porque militen en otros campos
opinables.
Suspenso a quienes no se preocupan de que sus
hijos lean.
Suspenso a los que no comprenden que a sus
hijos les guste la música moderna, cuando ellos
son unos enamorados de la clásica.
Suspenso a los que dicen «no» a la nueva gene­
ración, pase lo que pase.
Suspenso a los que dicen «sí» a la nueva ola,
digan lo que digan.
Premio extraordinario a los que consiguen edu­
car por los ojos y no por lo oídos. A los que ense­
ñan con la vida más que con sermones.
Suspenso a los que se avergüenzan de hablar de
CARTAS A LOS HOMBRES 337

Dios con sus hijos porque no se saben el Cate­


cismo de la doctrina cristiana.
Sobresaliente a los padres que inculcan el cri­
terio recto sobre los problemas actuales porque
conocen la doctrina social de la Iglesia.
Notable a los que opinan que en la vocación
profesional de los hijos intervienen tres elemen­
tos: los hijos en prim er lugar y, después, los pro­
fesores y los padres.
Suspenso a aquellos que dicen que los padres
nunca se equivocan.
Notable a los que hablan frecuentemente con
los profesores de los hijos, sin abandonar esta
obligación en manos de las madres.
Suspenso a los que sólo llevan dinero a su casa,
olvidando que lo que la mujer y los hijos quieren
es, además, cariño.
Suspenso a los que olvidan que el lugar menos
indicado para descargar los malos humores es el
hogar.
Premio extraordinario a los que saben dar la con­
fianza suficiente para que sus hijos hablen de
niños, de niñas, de París, de películas con rombos,
del noviazgo, del amor, de guateques y de la B. B.
Suspenso a los que repiten con frecuencia: ¡Hijo!
Tienes tan mal carácter como tu madre.
Premio extraordinario a los que enseñan que la
«buena voluntad» no es suficiente cuando las cosas
se pueden hacer con un poco más de coraje.

22
¿CUANTOS HIJOS?

¿No te gustaría tener una fórmula que indicara


el número de hijos que Dios pide a los padres?
Yo, también; pero... lo siento, no la tengo; no la
tiene nadie.
El número de hijos que debe tener una familia
cristiana guarda bastante relación con la fórmula
de la limosna. En definitiva, es Dios quien pide
hijos y ayuda material. Hijos para el Cielo y di­
nero para sus pobres.
La única fórmula viable es la de la generosidad.
¿Te sientes defraudado? Pues no se ha inventado
otra. No quiero asustar a nadie. ¿Tienes grandes
problemas de vivienda, de dinero, de salud? ¿No
puedes tener más hijos? No pierdas la paz. Dios
permanece a tu lado. Pero, por favor, déjame que
cante a la generosidad.
Con la bendición de Dios, la mía también para
las madres sufridas y olvidadas de sí mismas. La
madre es la que lleva la peor parte. Las defende­
remos siempre. «Dios bendice los pucheros gran­
des», nos lo diio el Papa Juan XXIII.
{Por favor, que no nos vengan las personas bue­
nas diciendo que también se puede pecar por
prodigalidad! ¿Pero es que se le ha ocurrido a
alguien hablar del pecado de dar excesiva limosna?
CARTAS A LOS HOMBRES 339

Es lo que nos faltaba por oír. ¿Crees sinceramente


que puede haber peligro porque nuestras familias
tengan demasiados hijos? ¡Cegatos! Si queréis chi­
llar, gritad contra los crímenes legalizados —mi­
llones de asesinatos, millones de abortos—, pero
no molestéis a los que se sacrifican por entregar
más hijos a Dios. ¡Creéis que se tienen hijos por
afán de coleccionista de sellos!

He recibido un anuncio de un libro, uno más,


en el que se regula todo —ya me entiendes— sin
pecar.
Se anuncia el libro con un nuevo método: senci
lio, natural y efectivo. Me lo creo. Lo que no me
parece tan bien es la coletilla final, que dice así:
«Los casados, los médicos y los sacerdotes pueden
sacar mucho fruto de este libro». Y esto es por lo
que no paso. De ese libro se puede sacar todo lo
que queráis menos fruto. Toda esta clase de libros
están repletos de tablas. ¡Cuántas tablas! No son
las Tablas de la Ley ni las de multiplicar, sino las
de dividir, las tablas para reducir.
«No es el número por sí solo lo decisivo: tener
muchos o pocos hijos no es suficiente para que
una familia sea más o menos cristiana.
.. Sin embargo, veo con claridad que ios ata­
ques a las familias numerosas provienen de la
falta de fe: son producto de un ambiente social
incapaz de comprender la generosidad, que pre­
tende encubrir el egoísmo y ciertas prácticas in­
confesables con motivos aparentemente altruistas.
340 JESUS URTEAGA

Se da la paradoja de que los países donde se hace


más propaganda del control de la natalidad —y
desde donde se impone la práctica a otros países—
son precisamente los que han alcanzado un nivel
de vida más alto. Quizá se podrían considerar seria­
mente sus argumentos de carácter económico y
social, cuando esos mismos argumentos les mo­
viesen a renunciar a una parte de los bienes opu­
lentos de que gozan, en favor de esas otras per­
sonas necesitadas. Entre tanto se hace difícil no
pensar que, en realidad, lo que determ ina esas
argumentaciones es el hedonismo y una ambición
de dominio político, de neocolonialismo demo­
gráfico.
No ignoro los grandes problemas que aquejan a
la Humanidad, ni las dificultades concretas con
que puede tropezar una familia determinada: con
frecuencia pienso en esto y se me llena de piedad
el corazón de padre que, como cristiano y como
sacerdote, estoy obligado a tener. Pero no es lícito
buscar la solución por esos caminos» ie.
¿Cuántos hijos? Muchos. Y si el próximo crío
—hijo de Dios— obliga a privaros de muchos
caprichos, ¡que os los privéis! ¡Ya sé que hay ma­
dres que me quieren morder —me han anunciado
su visita—, pero éstas, y sobre todo sus hijos, me
defenderán en ese cielo grande que reserva el
Señor para sus hijos.
¡Padres generosos de familia numerosa! Tenéis
que enfrentaros con un mundo injusto que no os

í b í d e w , núm. 94.
CARTAS A LOS HOMBRES 34!

comprende. A vuestro sacrificio lo llaman «locura»;


a vuestra fidelidad, «exageración». Refugiaos en
D ios, que nos ama con exceso y nos pide un amor
sin límites.
¿Recuerdas las palabras de Judas en el Evan­
gelio? Comienza llamando «exagerada» a María, la
hermana de Lázaro, porque rompe un vaso de
alabastro con perfume a los pies de Jesús, y ter­
mina con un sermón —el único sermón que con­
servamos del traidor— con muy pocas palabras:
«He vendido sangre inocente».
(Padres generosos! Escuchad los piropos del
Papa Juan:
«Nos es grato en trar especialmente en aquellas
casas donde habita una familia numerosa, testi­
monio visible de la fidelidad a Dios, prueba con­
creta del abandono en su divina providencia»
(Juan XXIII).
COEXISTENCIA

«Ha liegado el número de Mundo Cristiano —me


escriben—, traído a casa por uno de mis hijos (para
vergüenza mía un poco ye-yé, un tanto beatle y al
que la quinta sinfonía hace dormir). El comentario
que ustedes publican sobre la música m oderna ha
hecho efecto en la mentalidad incauta de mi re­
toño, el cual creerá que su padre es una especie
de dinosaurio artístico. Ustedes me han desautori­
zado defendiendo una modalidad artística que no
es ni siquiera nuestra... En fin, señores m íos...,
no sé si la cosa tendrá remedio. Los padres de
esta generación no sentimos el orgullo de ser pa­
dres, sino la pesadumbre y el rem ordim iento de
serlo, algo así como un complejo de culpabilidad.
Decimos y aconsejamos con timidez y en balde.
Y aún encima vienen ustedes con sus teorías a qui­
tarnos la poca autoridad y crédito que merecen
nuestras canas a esta juventud; a nublar el pres­
tigio que como guía y consejero debe tener un
padre ante sus hijos. Para mis hijos, ustedes tienen
más razón que yo. Ustedes me han ofendido sin
pretenderlo; si les hubiese ofendido yo, perdonen,
porque ha sido sin pretenderlo también. Les saluda
(pone nombre y apellido) un obrero ferroviario».
Mira por donde la música nos da ocasión de
CARTAS A LOS HOMBRES 343
hablar de cosas serias. Hay que reconocer que for­
marnos parte de un país cuyos componentes son
tremendamente trascendentales y excesivamente
dogmatizantes. Pero he aquí que hemos creado
un problema a una familia; por lo que sabemos,
a una familia que nos ha escrito, que, posiblemen­
te, lo habrá sido para cien que no nos lo han comu­
nicado. Y aunque el porcentaje no es muy grande,
no obstante me da pena molestar a la familia de
este obrero ferroviario.
Lo que sí es cierto, por lo que dice la carta, es
que le hemos desautorizado delante de su hijo por
defender una modalidad artística. A esto quería
llegar con el artículo presente. ¿Por qué no somos
más condescendientes con los hijos en estos temas
tan poco dogmáticos de suyo? ¿Habíais pensado
que la educación puede consistir en que los hijos
lleguen a pensar, como vosotros, en ese cúmulo de
minuciosos detalles que trae consigo la vida? Es­
timo que no se debería dogmatizar en nada que
sea de suyo contingente, relativo y opinable. ¿Por
qué pretender uniform ar todas las opiniones de los
hijos en m aterias tan mudables como pueden ser
el arte, la música o la política?
Si la defensa de una modalidad artística puede
producir escándalo, dislocación o desunión en un
hogar, la culpa la tenemos nosotros, porque será
la manifestación palmaria de nuestra incapacidad
en la formación de la libertad de los hijos. Querer
imponer un criterio dogmático en todas aquellas
cuestiones que Dios ha dejado al libre arbitrio de
los hombres os una manifestación de la esclavitud
en la que se está educando a los hijos.
¡Padres! No se rompe nada en vuestro hogar si
los hijos piensan de modo distinto al vuestro eñ
política, en arte o en economía. No lo toméis por
lo trágico. Lo realmente bochornoso sería que se
desuniera el hogar cristiano por diferencias políti­
cas, científicas o artísticas.
Me encantaría que en la próxima fiesta familiar
comprarais a vuestros hijos un disco de ahora. En
las próximas Navidades vuestros hijos os regala­
rían uno de Wagner, que son más caros, y asunto
concluido.
Continuamos siendo amigos a pesar de estas
pequeñas diferencias que nos separan. Los espa­
ñoles tenemos todavía mucho que aprender. Entre
otras cosas, éstas, por ejemplo: la de no agarrar
por las solapas a nuestro interlocutor porque pre­
fiere los toros al fútbol; la de no insultar al amigo
porque no participa de los ideales políticos de uno.
Tenemos que aprender a convivir, en prim er lu­
gar, con los amigos, con los hombres buenos, con
los familiares, con los hijos, a pesar de los discos
¿Que esto os parece poco? Bueno, bueno. Vamos
a demostrarlo.
¡URGENTE! ESTAMOS EN EL FUTURO

Si traigo, con frecuencia, a tu consideración lo


expresado en el Concilio Vaticano II, es porque
ha sido la última vez que de modo extraordinario
se ha reunido la Iglesia. A fin de cuentas, la última
asamblea conciliar marcha por los derroteros mar
cados —de siempre— por el Magisterio. Es de
justicia expresar, y así lo ha recordado expresa­
mente el Santo Padre Pablo VI, que el Concilio
Vaticano no viene a poner un punto y aparte,
una especie de «borrón y cuenta nueva», en la
historia de la Iglesia; por el contrario, sus ense­
ñanzas prolongan, recuerdan v actualizan la doc­
trina de todos los tiempos.
Aclarado este punto, te traigo unos puntos que
me sugiere la lectura de la última Constitución
Pastoral de la asamblea conciliar.
La educación de los jóvenes, sea cual fuere su
origen social, debe ser orientada de modo que
surjan hombres y mujeres de fuerte personalidad,
como nuestros tiempos los reclama.
Para ello educadlos en la libertad. Dios os re­
compensará cuanto hagáis por liberar a la mayoría
de los hombres del azote de la ignorancia.
346 JESUS URTEAGA

El mundo en el que vivirán vuestros hijos

Este es el ambiente en el que vivirán vuestros


hijos: gozo, esperanza, angustia y lágrimas de po­
bres y afligidos. Esperanzas, angustias, lágrimas y
gozos que habremos de hacerlos nuestros, padres,
porque somos discípulos de Cristo y nada hay
verdaderamente humano que no tenga resonancia
en nuestro corazón.
Todo cuanto realicen vuestros hijos habrán de
hacerlo con estas miras: hay que salvar la persona
humana y es la sociedad humana la que se ha de
construir.
Que no se escandalicen. Este es el mundo en que
vivirán vuestros hijos: pueblos llenos de riquezas
y de posibilidades y... pueblos azotados por el ham­
bre y la miseria; gentes cultas y millones de anal­
fabetos. Vivirán entre hombres que aspiran a la
conquista del espacio interplanetario, m ientras
otros, a ras de tierra, se reparten los bienes con
notable injusticia. Vivirán entre poderosos y dé­
biles, libres y siervos, hombres que se quieren y
se odian. No se lo achaquemos a Dios, que El hizo
bueno el mundo. Somos los hombres los que lo
hemos estropeado por el motivo de siempre, por
nuestro feroz egoísmo. Los beneficios de la civili­
zación deben extenderse realmente a todos los
pueblos. Esto que está sólo en sus comienzos
deben terminarlo vuestros hijos. Vivirán en un
valle de lágrimas donde hay mucha luz y grandes
CARTAS A LOS HOMBRES 347

sombras. Bien está que reconozcamos y alabemos


las cosas buenas que hacen los hombres, pero está
mejor que haya gente que no descanse hasta que
se disipen las tinieblas.

Vivirán con los que no creen en Dios

Los que hemos recibido el don de la fe creemos


firmemente que no hay más que una salvación:
Cristo. No se nos ha dado otro nombre bajo el
Cielo. Creemos firmemente que Cristo es la clave,
el centro y el fin de toda la Historia humana.
Creemos firmemente que Cristo vive. Pero hoy
existen dos mil y pico millones de hombres que
desconocen a ese Cristo, que ignoran cuál es el
significado de su actividad en el mundo, que no
saben cuál es la razón de la vida, de la muerte, del
trabajo, de la culpa y del dolor. Esperan una res­
puesta. La respuesta la tenemos que dar nosotros
y vuestros hijos. El hombre ha sido creado z
imagen de Dios. Está constituido por Dios como
rey del universo. Dios lo puso todo bajo sus pies.
«Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo y Cristo
de Dios». «La libertad del hombre, que ha quedado
herida por el pecado, no puede hacer plenamente
activa esta ordenación a Dios sino con la ayuda
de la gracia divina, y cada uno tendrá que dar
cuenta ante el tribunal de Dios en su propia vida,
según él mismo haya elegido obrar el bien o el
mal». Hemos sido creados todos los hombres para
348 JESUS URTfcAGA

un destino feliz: Dios. Pero hay muchos que des­


conocen lo que el Señor nos ha revelado.
En el mundo en que vivirán vuestros hijos se
encontrarán con millones de hombres que descono­
cen a Dios o que prescinden de El. Hoy más que
nunca tendréis que dar a conocer la verdad reve­
lada; realizar el apostolado de la doctrina. Ense­
ñad a vuestros hijos que aquellos que le ignoran
creerán en Dios por la vida de los cristianos. «La
le debe manifestar su fecundidad impregnando la
vida entera de los creyentes, incluso en su ver­
tiente profana y moviéndoles a la justicia y al
amor, principalmente con los pobres». Si quere­
mos manifestar la presencia de Dios en el mundo
tenemos que querernos con obras.

Creerán en El si vivimos como Dios manda

Hoy, como hace veinte siglos, deberán fijar su


actuación en el primero y más im portante de todos
los mandamientos: el amor a Dios y al prójimo.
Amaremos a Dios si amamos al prójimo. El pró­
jimo es el que vive en nuestra casa, el vecino, el
pobre, el enfermo, el necesitado, el hermano sepa­
rado, el judío, el budista, el ateo, el comunista.
Nosotros y vuestros hijos habremos de luchar
por conseguir para todos ellos una vida hum ana­
mente digna. No habrá en nuestro interior »ada
de lo que nos pide Cristo si no conseguimos para
todos: alimento, vestido, habitación, familia, edu­
cación, trabajo, descanso..., una vida digna. No
CARTAS A LOS HOMBRt S
349

habremos entendido nada del Evangelio en tanto


no consideremos al prójimo como otro yo.
Enseñad a vuestros hijos que es contraria r. la
voluntad de Dios toda discriminación social, cu!
tural, de sexo, raza, color, condición social, lengua
o religión.
Enseñadles que es anticristiano el que en nuestro
país continúe habiendo excesivas diferencias econó­
micas y sociales que escandalizan y se oponen a la
justicia social, a la equidad, a la dignidad de la
persona humana, a la paz social. Enseñad a vues­
tros hijos a no hacer tram pas ni engaños en las
contribuciones justas que se deben a la sociedad
Enseñadles a jugar limpio en las exigencias so­
ciales.

Com prometedles

Vosotros y vuestros hij os habréis de luchar por


conseguir que se destierren y desaparezcan —por­
que está en contradicción con la honra del Crea­
dor— los delitos que se oponen a la vida: el homi­
cidio, el genocidio, el aborto, la eutanasia, el sui­
cidio, la mutilación, las torturas, todo cuanto ofen­
de la dignidad humana, las detenciones arbitrarias,
la deportación, la esclavitud, la prostitución, la
trata de blancas, la corrupción de menores, el tra­
bajo infrahumano.
Enseñaréis a vuestros hijos a no juzgar las cul­
pabilidades internas de los hombres, pero cuida­
réis de no hacerles indiferentes a la verdad y al
350 JESUS URTEAGA

bien. La misma caridad nos urge a anunciar a to­


dos los hombres la verdad saludable. Enseñad a
vuestros hijos a rechazar los errores, pero amando
siempre a los hombres equivocados.
Dios no quiere la miseria: ésta envilece lo mismo
que una vida excesivamente cómoda. Comprome­
ted a vuestros hijos en la salvación de la comu­
nidad. Exigidles lo que hace veinte siglos nos pre­
dicó el Señor y que viene a recordarnos la Iglesia:
hemos venido a servir. Enseñadles a vuestros hi­
jos que hay una cosa cierta para los creyentes:
que toda actividad humana individual y colectiva,
todos los esfuerzos de los hombres para m ejorar
su condición de vida, responde a la voluntad de
Dios. Esto vale para todos los quehaceres ordina­
rios, corrientes, vulgares de la vida diaria. Que
mientras se estudia, se trabaja, m ientras se está
en familia y se descansa, mientras se ocupan en
ganar el sustento de la familia, están completando
la obra del Creador. Enseñadles a vuestros hijos
—es muy importante— que todo lo que hagáis por
conseguir una mayor justicia, una más extensa
fraternidad, un orden más humano en sus rela­
ciones sociales, vale más que el progreso técnico.
Enseñadles —es importantísimo— que si rompen
la unidad entre la fe que profesan y la vida ordi­
naria que llevan, habrán cometido uno de los más
graves errores de nuestro tiempo. Enseñadles que
no basta «con cumplir» con el trabajo de cada
día; se nos exige un esfuerzo por conseguir una
verdadera competencia profesional. Estamos obli­
gados a llenar el mundo de espíritu cristiano y
CARTAS A LOS HOMBRES 351
muy especialmente a ser testimonio de Cristo en
toda nuestra actuación.
Enseñad a vuestros hijos, a ios que se encauzan
ya por el camino del matrimonio, que la poligamia,
el divorcio y el am or libre son deformaciones que
nada tienen que ver con Cristo. Que la institución
matrimonial y el am or conyugal están ordenados
a la procreación y educación de los hijos. Habrá
que enseñar a los jóvenes, precisamente en el seno
de la vida familiar, la dignidad, el valor y el come­
tido del amor conyugal. «Los hijos son ciertamente
el regalo más hermoso del matrimonio». En este
oficio de transm itir la vida humana y educarla,
los hombres son ios cooperadores del amor de
Dios.
«Los esposos cristianos, confiando en la divina
Providencia y cultivando el espíritu de sacrificio,
glorifican al Creador y caminan hacia la perfec­
ción en Cristo cuando, con un sentido generoso,
humano y cristiano de su responsabilidad, cumplen
con su deber de procrear». Enseñad a vuestros
hijos mayores que la Iglesia nos vuelve a recordar
que hay dos crímenes nefandos: el aborto y el
infanticidio. Enseñadles, igualmente, que en la re­
gulación de la procreación no está permitido a los
hijos de la Iglesia seguir aquellos métodos que el
Magisterio no aprueba.
Enseñadles pronto que es inhumano el que la
autoridad política degenere en formas totalitarias
o dictatoriales que menoscaban los derechos de las
personas o de los grupos sociales. Que fomenten
el patriotismo, pero sin estrecheces mentales. En­
352 JESUS URTEAGA

señad a vuestros hijos que sean amantes de la paz.


Enseñadles desde pequeños que toda acción bélica
que pretende la destrucción de ciudades enteras
es un crimen contra Dios y contra el mismo hom­
bre. que se ha de condenar con firmeza, sin vacila­
ciones. Se habrá de hacer el esfuerzo conveniente
para conseguir el sentimiento unánime en pronun­
ciarse por la prohibición total de la guerra. Es un
gravísimo deber de los padres formar las mentes
a una nueva sensibilidad sobre la paz; pero para
construir ésta es preciso desarraigar el motivo de
las discordias: las injusticias.
A pesar de todos los choques de la sociedad
actual formad a vuestros hijos en el optimismo::
son más fuertes las cosas que nos unen que las
que nos separan. Que haya en todas las cosas nece­
sarias unidad, libertad en las dudosas, caridad en
todas y siempre.
EDUCACION EN BOTE

Como quiera que este comentario se presta a


pensar que me he inventado la carta que trans­
cribo, para que resalten más los contrastes, creo
que debo deciros que no hago otra cosa más que
copiarla íntegramente.
Quisiera que os asustarais, padres, reflexiona­
rais un poco y gritarais conmigo: ¡Viva la liber
tad, que es buena!
En la columna de la derecha os pongo el comen
tario que me sale por lo bajo; pero no importa
que tú lo expreses en alta voz. Y dice así:

La carta Comentario en voz i>aja

«Mi hija tiene nueve años,


y los niños ocho, siete,
seis y cuatro ... Bien.
No bajan jam ás a jugar
a la calle Mal.
No van a casa de ningún
niño ¿Por qué?
No tienen amigos incomprensible.
No van al cine Pues eso es tan malo
como ir todos los días.
23
354 JESUS URTEAGA

La carta Comentario en voz baja

No les llevo a la playa .. ¿Cóm o aprenderán a


nadar?
Cuido sus lecturas Bien. Y cuide especial­
mente las de usted.
Vigilo los programas de
televisión ......................... En general, podríamos
decir que ya lo hacen
por usted.
Y, sobre todo, las pelícu­
las de tiros No hacen daño a los
normales.
No quiere que lean cuen­
tos .............. ....... ¡Qué bruto!
Sólo vida de s a n to s ........ ¡Pobrecillos!
Dice que el padre de San­
ta Teresita no les dejaba
leer ni los periódicos No le imite en esto.
En casa, rezo con ellos
las oraciones de la ma­
ñana y de la noche ........ Bien. Todos debemos
hacerlo.
Con los tres mayores rezo
el Rosario C onfórm ese, a esa
edad, con un Misterio
La niña comulga sábados
y domingos ........ ¡Estupendo!
Pues bien, a mi marido
aún le parece poco ........ ¡Ah!, ¿con que era el
marido, eh?
CARTAS A LOS HOMBRES 355

La carta Comentario en voz baja

La mayor pudo ir con un


grupo de niñas a unas co­
lonias, y tampoco le dejó,
por si las otras niñas le
decían cosas Se las dirán, aunque
no vaya a esas colo­
nias.
El tiene la idea de que
cuanto más tarde se en­
teren de las cosas, eso
tendrán ganado .............. ¡Que se cree usted eso!
Es falta de criterio.
Yo no lo veo así, y creo
que cuando tenga quince
años debería yo de ha­
blarle ................................ Antes, señora, antes
Padre, yo estuve interna
en un colegio y salí a los
veinte años sin saber na­
da de nada ... ........ ¡Peligrosísimo!
Las monjas nos pegaban
las páginas del catecismo
en el sexto Mandamiento. Eso era antes de la
guerra. Yo también sé
de otro colegio en el
que, al recitar los Man­
damientos, las niñas
decían a voz en grito:
«... El cuarto, honrar
356 JESUS URTEAGA

La carta Comentario en voz baja

p a d re y m a d re ; el
quinto, no matar; el
sexto, tra-la-rá, tra-la-
rá».
He hecho el ridículo di­
ciendo cosas como ésta:
que cuando nace un niño,
¿cómo se sabe si es niño
o niña, puesto que de pe­
queños son iguales?........ Hay que graduarse la
vista.
Mi opinión es que se pue­
de ser un santo sabiendo
las cosas Por supuesto, por su
puesto.

La educación en bote es mala, peligrosa, ya que


cuando salgan de él, los chicos se asustarán por
falta de entrenamiento. Cuanto antes dejéis de ser
imprescindibles, padres, mejor.
No os olvidéis de enseñar a vuestros hijos lo
bonita que es la vida. Mostradles las cosas buenas
que ha hecho nuestro Dios para sus hijos, los
hombres.
CONTESTAN LOS HIJOS

Yo esperaba que al tema «Educación en bote»


hubiesen contestado los padres, y, efectivamente,
lo han hecho; pero han sido precisamente los hijos
—cosa que no esperaba— ios que se han volcado
con sus cartas. El comentario unánime de éstos
—chicas de trece años y jóvenes de veinte— hacen
referencia a las últim as palabras del artículo: «No
os olvidéis de enseñar a vuestros hijos lo bonita
que es la vida».
¿Por qué no os decidís, padres, a afrontar, como
la Santa Madre Iglesia quiere, los problemas de la
educación sexual? ¿Por qué no les ayudáis a que
pasen la torm enta con la mayor limpieza posible?
La ignorancia es mala siempre; ¿cuándo os vais a
convencer? El conocimiento no resolverá todos los
problemas, por supuesto, ni evitará de por sí los
batacazos que puedan darse, pero sí será un paso
para resolverlos.
¿No os queréis ganar la confianza de los hijos?
Pues habladles de estos temas que tan tontamente
consideráis «tabú».
Desechad vergüenzas, timideces, y percataos de
una vez para siempre de que el tema de la educa­
ción sexual de los hijos os corresponde abordarlo
a vosotros. ¿Que os falta el léxico apropiado para
explicar las cosas como Dios ha hecho sin ofender
el pudor de nadie? Leed. Enteraos en buenos libros
y consultad con personas de recto criterio.
¡Convenceos de que vuestros hijos quieren saber,
conocer, lo que se ha quedado en llamar «misterios
de la vida»!

Escriben desde Felanitx: «Mi m adre jam ás me


habló de estas cosas. Si hablaban de que Fulanita
había tenido un niño, mi padre o mi m adre adver­
tían: callarse, que puede oíros la niña. La “niña"
—que era yo— tenía solamente veinticinco añitos.
Ahora que espero un hijo, si se me escapa alguna
frase sobre este tema, mi madre me pregunta que
dónde aprendí tanto;>.
Un cordobés de dieciocho años: «Si en su mo­
mento mis padres me hubiesen insinuado siquiera
alguna de las cosas que iban a venir, estoy com­
pletamente seguro que después no me hubiesen
hecho el daño que me han hecho».
¿Queréis más comentarios de vuestros hijos a
este punto concreto de la educación? Aquí tos
tenéis:
«Tiene toda la razón al decir que nosotros inves­
tigamos, ¡y vaya si investigamos!, ¡si lo sabré yo!
Esto me da múltiples ocasiones de pecar que yo
procuro rechazar a pesar de todo. Por eso le pido
un consejo, pero no sólo para mí, sino también
para los padres, que yo creo que lo necesitan bas­
tante más que nosotros, los muchachos. Tengo
trece años».
CARTAS A LOS HOMBRES 359

«Yo tengo catorce. Me llamo Pilar. En el colegio,


unas niñas me dicen cosas como ¿qué tengo que
hacer?, ¿qué me aconsejas?, y cosas por el estilo.
Yo las digo que se lo digan a sus padres, y ellas
me contestan que las da apuro o vergüenza, o que
tienen miedo... Y a mí me da mucha pena, porque
yo tengo mucha confianza con mamá. Es una cosa
estupenda».
«Tengo catorce años. Muchas veces pienso que
si seré un poco precoz, pero en mi casa creen que
tengo que seguir jugando a las muñecas. ¿Por qué
los padres no comprenden a sus hijos? ¿Por qué
no se meten en nuestro mundo para podernos
aconsejar? ¿Es que a ellos no les ha pasado lo mis­
mo que a nosotros? Pues no sé; el caso es que yo
me encuentro sola. Sola con mis pensamientos y
con mis dudas. Cuando me pasa esto y necesito^
hablar con alguien acudo a mis amigas, pero ellas
no me solucionan nada; están como yo, porque
nuestros padres se limitan a decimos: ¡Hijas mías,
no paseéis con chicos; es una cosa malísima! Pero
nada más. ¡Y a mí que los chicos me parecen algo
extraordinario! Estoy hecha un lío».
Si continuáis pensando que lo mejor es callar­
se..., ¡allá vosotros! Pero seguiréis siendo culpa­
bles, por tontos.
Q u e sí, padres, que tenéis que dialogar con los
hijos sobre el amor, sobre el noviazgo, sobre el
matrimonio, sobre la vida.
LA EDUCACION INTEGRAL DE LOS
CHAVALES

A vosotros, padres, os tengo que repetir una vez


más —no es la primera que tocamos el tema— que
vn está bien de tener tantos remilgos a la hora de
la formación de una faceta, de un aspecto de la
educación integral de un hombre.
Esta faceta de la educación ocupaba un capítulo
en mi libro «Dios y los hijos», escrito hace unos
años. Igualmente ha sido tema de charlas en la
«tele», con vosotros, padres, y con vuestros hijos
No tengo más remedio que dar de nuevo otro
toque de atención, porque me da la impresión de
que estamos donde estábamos. Yo esperaba que la
generación de hombres que no habíamos sido for­
mados en la educación sexual —por cobardía, por
falta de preparación de los padres a quienes no
se les había instruido en el tema, por falta de
léxico, por falta de libros...— nos ocuparíamos, y
especialmente os ocuparíais vosotros, padres, de
formar a vuestros hijos como no lo habíais sido
vosotros. La razón es muy sencilla: su omisión en
este ámbito no trae ninguna consecuencia buena
v puede traer muchas malas.
Pero no ha sido así; se puede comprobar que,
aun habiéndose adelantado algo en este aspecto
CARTAS A LOS HOMBRES 361

de la educación de los hijos, los padres conti­


nuáis con los melindres de siempre. Hace tiempo
que hicisteis el propósito de hablar a su tiempo
a vuestros hijos, cuando los tuvierais. Ha llegado
el momento y no lo hacéis.
Estáis esperando tontamente a que pasen los
años., y vuestros hijos continúan sin saber nada
de nada o, sabiendo todo de todo, siguen apren­
diendo las cosas —porque no son tontos y lo
ven— sin ninguna formación religiosa ni moral
sobre este asunto, del que conviene tener ideas
claras si queremos enfrentarnos con la realidad
de la vida.

¿Queréis, padres, de una vez, plantearos seria­


mente este problema? Porque son inteligentes,
todos vuestros hijos se interesarán por las cues­
tiones que encierran los llamados «misterios de
la vida». Esta es la prim era parte. La segunda es
ésta: pronto o tarde, más bien pronto que tarde
en las actuales circunstancias, todos los chicos y
chicas llegan a la solución de tales problemas
¡Padres! O les ayudáis con visión sobrenatural,
hablándoles de Dios, de lo que El ha hecho, de
lo que ha puesto en nuestras vidas, o... seréis
culpables de que vuestros hijos lleguen a esas
soluciones aprendiéndolas en la calle, en conver­
saciones pecaminosas entre amigos, conociendo
las «cosas» de un modo brutal, fisiológico, exclu­
siv am en te animal, ojeando libros de medicina y
diccionarios sin ninguna formación religiosa.
362 JESUS URTEAGA

i Padres!, tenéis que escoger, pero, por lo que


más queráis, no continuéis siendo ingenuos.
Esta es la primera anécdota que me llega so­
bre el tema.
Un íntimo amigo me refirió en cierta ocasión:
«Nunca olvidaré el sufrimiento que me produjo
saberme engañado por mis padres en sus expli­
caciones sobre el nacimiento de los niños. Te­
nia yo siete u ocho años. A la salida del colegio,
un grupo de compañeros comentaba el nacimien­
to del hermanito de uno de ellos. Les pregunté
con la mayor inocencia quién se había quedado
con el cestillo de rosas en el que había llegado el
niño. Puedes figurarte —decía mi amigo— la ver­
güenza que pasé ante sus risas y burlas. Lo peor
fue la brutal explicación del fenómeno que uno
de ellos me dio después».
El propósito al referir estos lamentables su­
cesos es ayudaros, padres, a poner algunos me­
dios a vuestro alcance para evitar que vuestros
hijos puedan algún día sacar una experiencia se­
mejante.

Una historieta de Jaimito

A veces, cuando he comenzado una charla so­


bre esta temática, he referido un viejo cuento de
Jaimito que dice mucho de la «inocencia» de al­
gunos padres.
Con motivo de un nuevo embarazo de la ma­
CARTAS A LOS HOMBRES 363
dre de Jai mito, la anciana tía trataba de enga­
ñar, una vez más, al pequeño.
—Mira, Jaimito. Tus padres te van a traer un
herm anito de París.
La anciana tía continuaba sus candorosas ex-
plicaciones al tiempo que le animaba para que
le cuidara cuando llegara.
Terminada la larga y prolija explicación, Jai-
mito preguntó con menos candor que el de
su tía:
—¿Se puede saber cuándo vamos a tener un
parto norm al en esta casa?

Madres ingenuas

Muchas veces he intentado Hablar con los pa­


dres de estos temas. Por lo general, los padres
reaccionan bien, aceptando las razones por las
que conviene hablar a los hijos de este aspecto
concreto de la formación de un hombre, aunque
reconocen que les resulta difícil, costoso, porque
no encuentran tiempo ni palabras para hacerlo.
La reacción de las madres suele ser otra. Te co­
pio textualmente la contestación de una madre
de un chico de trece años, con cara de bueno
por fuera y con problemón por dentro.
—No, esos temas no me gusta ni tocarlos. ¡Es
tan inocente el pobrecito! ¡Si usted le viera!
Abrirles los ojos antes de tiempo, ¡no, por Dios!
Por cierto. Ya que ha sacado el tema, tengo que
decirle que hay que tener muchísimo cuidado
364 JESUS URTEAGA

con esas revistas infantiles. Ayer, sin ir más le­


jos, le tuve que quitar una. ¡Qué indecencias,
qué dibujos! Claro que el chiquitín no entiende
nada de esas cosas, estoy segura, pero prefiero
que no las tenga. También le encontré algunas
fotografías que no me acaban de gustar; pero...
que si hace colecciones de deportistas..., en fin,
que no entiendo estos gustos de ahora.
Creedme, padres: os hablo con el corazón en
la mano. Preocupaos por los hijos. Os limitáis a
rezar por ellos, y... ¡no basta! El Señor quiere
que los forméis, y parte de esa educación consis­
te en una vigilancia discreta.
No pretendo asustaros. Quiero que tengáis pre­
ocupación por los hijos.
Te lo vuelvo a repetir. Me intranquiliza tu ce-
*
güera. Estos pequeños de ahora son como tú
fuiste; con tus mismas pasiones, con tus flaque­
zas, con tus debilidades, con tus tentaciones.
Reza por ellos, sí; pero abre los ojos.

Cuando se cortaba el beso final de los filmes

«Cuando yo tenía doce o trece años, recuerdo


haber oído repetir a mi familia que yo era un
niño tan bueno como inocente. Lo mismo debían
pensar de mis amigos sus respectivas familias, y
ni siquiera nuestro profesor de Fisiología se atre­
vió a explicarnos nunca la función del aparato re­
productor. Sin embargo, en el colegio circulaban,
desde el primer alumno hasta el último, unas fo-
CARTAS A LOS HOMBRES 365

tografías pornográficas tan repugnantes que los


simples desnudos no llamaban ya la atención.
¡Ah!, y como la clase era mixta, entre aquellos
alumnos de doce a trece años había algunas mu­
chachas que también contemplaban las fotogra­
fías.
Esto ocurría en una época en que se cortaba
el beso final en las películas aptas para menores
Por todo lo dicho, estimo sinceramente que es
imprescindible que enseñéis, a su tiempo, a vues
tros hijos, lo que de santo y de maravilloso hay
en el sexo, y el asqueroso y bajo uso que mu­
chos humanos hacen de ese poder de suscitar
nuevas vidas, confiado por Dios a los hombres.
No es fácil, de acuerdo. Requiere ante todo ex­
plicaciones constantes, que deben ampliarse con­
forme los niños pregunten y sólo hasta donde
pregunten, sin m entiras ni omisiones, con la ma­
yor naturalidad, de la misma forma que enseña­
mos las vocales primero, las consonantes des­
pués, para seguir con la morfología y la sintaxis
en la edad adecuada. A fin de cuentas, la educa­
ción sexual es una parte de los conocimientos
imprescindibles en toda cultura y, al igual que
las matemáticas, si se enseñan bien desde el
principio, se evitará a nuestros hijos muchos tro­
piezos desagradables y de difícil enmienda» *.

* J en a ro M o l in a , La educación sexual de los chavales


Folletos Mundo Cristiano, núm. 94.
366 JESUS URTEAGA

La primera respuesta de un chaval


de ocho años

La anécdota recogida en un colegio de subur­


bios resume perfectamente la mentalidad de los
chavales de ahora. Laureano, periodista, acom­
pañado de Pipe, fotógrafo, entrevistan a un cha­
val de ocho años.
—¿Tú sabes cómo nacen los niños?
Y el crío, con aplomo, contesta:
—¡Claro! Los trae la cigüeña de París.
Pipe tomaba la luz de la cara del chaval con el
fotómetro en la mano. El chaval miró fijo el ar­
tefacto y salió corriendo, despavorido. Costó lo
suyo dar con él, pero al fin apareció de nuevo.
—¿Qué te pasaba? ¿Dónde has ido?
—Es que creí que «eso» era un detector de
mentiras...

A modo de conclusiones

Después de hablar con muchos jóvenes y ado­


lescentes sobre el tema, llego a algunas conclu­
siones que podrían resumirse en los siguientes
puntos:
— Hay padres mudos que escamotean el tema.
Se callan. Saben que tendrían que enfrentarse
con este aspecto de la educación, pero se enco­
gen de hombros.
— Muchos entienden que deberían hablar a sus
hijos, pero no saben cómo hacerlo. Vuelvo a re-
CARTAS A LOS HOMBRES 367

cordar que hay libros buenos —muchos— para


los padres, y otros para que los lean los hijos.
Si no los encontráis..., pedídmelos.
— El silencio por parte de los educadores lleva
ineludiblemente a que los chavales —todos lo he­
mos hecho— lo aprendan en la calle (y llamo
calle al procedimiento que tú utilizaste).
— Estamos viviendo la política del «peloteo».
Los padres pasan la pelota a los maestros; éstos
dicen que los hijos nacen en casa y no en la
escuela.
— No tengáis miedo a adelantaros, padres.
— Si prescindís de Dios en vuestras conversa­
ciones, ¿cómo vais a explicar el porqué y el para
qué del sexo? Caeréis en un brutal naturalismo,
falso por parcial.
— Con una charla rápida con los hijos conse­
guiréis poco. Nunca «una» charla ha sido sufi­
ciente para nada. La formación requiere tiempo,
tiene etapas, ha de darse paulatinamente. Hazlo
en presencia de Dios, en momentos del día en
que puedan, después, distraerse por el juego.
— La educación sexual es una faceta más de
la formación integral de un hombre. Debe tener
carácter de profilaxis y no de tratamiento. Hay
que prevenir más que curar.
— ¿No nos avisa el «hombre del tiempo» en la
«tele» de las borrascas que se avecinan para que
tomemos precauciones? ¿Por qué, entonces, de­
jáis a vuestros hijos solos y sin capucha en sus
torm entas interiores?
— Por culpa de una generación que debe infor­
368 JESUS URTEAGA

mar y ayudar, y no lo hace, puede quedar la si­


guiente desorientada, equivocada en la visión rea­
lista y alegre que tiene la vida cuando se conoce
claramente el camino.
— El dejar que les «enseñe la vida» es tan
arriesgado como el abandonar a la experiencia
para que les instruya sobre las normas de circu­
lación.
— Habladles del valor de la castidad. E1 con­
sejo es de Marañón: «Que sean los médicos y
no los curas los que se lo digan, que la castidad
no sólo no es perjudicial a la salud, sino ahorro
de vitalidad futura».
— En Vocación y ética vuelve a recordarnos
don Gregorio: «Téngase en cuenta que esta mi­
sión iniciadora no siempre consiste en enseñar
cosas al niño, sino, a veces, en desenseñarlas».
— Muy pronto sabrán muchas más cosas que
las que sabéis vosotros. No os preocupéis. Lo que
sí esperan de los padres es fe, cariño, honradez,
ejemplo. Que os queráis.
— Charlad de todo con vuestros hijos. Hablad-
íes de Dios, de sus juegos, del amor, de las ni­
ñas, de la virtud de la castidad... Seréis sus me­
jores amigos. Dios y vuestros hijos os lo agra­
decerán.
— Ni silencios cobardes ni atosigamióntos obse­
sivos.
— ¡Padres! Adelantaos a la escuela que, hoy,
puede instruir a vuestros hijos en una perspec­
tiva puramente naturalista.
— «Está muy difundido el error de los que...
CARTAS A LOS HOMBRES 369

(estim an) podrán inmunizar a los jóvenes con


tra los peligros de la concupiscencia con medios
puram ente naturales»17.
— Aprovechad esas charlas con vuestros peque­
ños para sacar a relucir los medios sobrenatura­
les que, de siempre, nos brinda la Madre Iglesia:
la oración, los sacramentos y la devoción a la
Virgen María, que robustecerán la voluntad débil
de los niños y adolescentes.

Pío XI. Ene. Divini illtus Magistri, núm. 41.


24
EL CUARTO MANDAMIENTO
DE LOS PADRES

Son tiempos difíciles, amigo, los que estamos


viviendo. Momentos históricos llenos de vacila­
ciones, confusiones e infidelidades. Etapas cu­
biertas de riesgos. Se pondrá a prueba a los san­
tos l\ leemos en la Escritura. ¡Es tan fácil ser
cobarde en estos instantes! Resulta cómodo de­
jarse arrastrar por vientos y corrientes, hacer lo
que realizan los demás. Unos hombres se escu­
dan en la actuación de los otros. Bastantes se
sacuden toda clase de responsabilidades. Muchos
se desmoronan.
Pero mientras unos se rompen, otros se levan­
tan; unos se venden por unos despojos, y otros,
valientes, no solamente se encaran con los pro­
blemas, sino que encaminan a muchos hijos des­
viados.
Cada generación ha tenido sus dificultades.
Hoy vuelven a repetirse las apostasías de hace
veintidós siglos. Te invito a que te asomes al
Libro de Daniel. Desde arriba podremos exami­
nar los hechos. Sacaremos lecciones para nuestro
tiempo, vigor y fuerza para perseverar en la fide­
lidad al Señor. Contempla: intervienen reyes y

Dan 125.
CARTAS A LOS HOMBRES 371

gentes del pueblo; padres e hijos; hombres lea­


les y personas que apostatan; cobardes que se
esconden y fieles que dan la cara.
Abre el Libro de Daniel por el capítulo once.
«Se levantará un miserable, sin estar investido
de la dignidad real, se insinuará astutamente y
se apoderará del reino por la intriga... Por me­
dio de sus cómplices obrará con engaño y, aun­
que con poca gente, se irá haciendo fuerte...
Hará lo que no habían hecho sus padres y los
padres de sus padres: distribuirá entre ellos bo­
tín y riquezas, urdirá estratagemas contra las
fortalezas, aunque sólo hasta cierto tiempo... Se
encoraginará furiosam ente contra la Alianza san­
ta, y una vez más tendrá en consideración a los
que la abandonen. De su parte surgirán fuerzas
armadas, profanarán el Santuario y la fortaleza,
abolirán el sacrificio perpetuo y pondrán allí la
Abominación de la desolación».

Un rey déspota y blasfemo

La historia ha visto en ese hombre miserable,


del que habla Daniel, a Antíoco IV Epífanes
(175-164 a. de C.). Son los Libros de los Ma-
cabeos los que nos describen con detalle las
hazañas de este rey fanático e insolente. Proto­
tipo de la doblez, pacta alianzas y juega en falso
con sus aliados. Hábil para el engaño, se hace
rodear de apóstatas, de gentes que tienen un pre­
cio bajo.
372 JESUS URTEAGA

En su sacrilega tentativa, para acabar con la


religión del Dios de Israel, ha saqueado el tem­
plo, ha violado la fiesta del sábado, ha destruido
los libros santos, ha prohibido la circuncisión, ha
tirado por tierra la verdad y ha pisoteado las es­
trellas con sus pies.
Era el día 8 de diciembre del año 167 a. de C.
cuando el templo de Jerusalén se consagró a
Zeus, padre de los dioses del Olimpo. Esta era
la Abominación de la desolación de la que nos
había hablado Daniel, nos lo recuerda el Señor
en el Evangelio19 y San Pablo en una de sus
cartas

Los apóstatas

El edicto del rey no admite componendas. To­


dos están obligados a ofrecer incienso a los dio­
ses griegos bajo pena de muerte: en las puertas
de las casas y en las plazas.
Son muchos los que ceden. Son muchos los
que apostatan por amor a la vida y por temor
a la muerte.
No resulta difícil rendirse en estos momentos.
Es suficiente con depositar un poco de incienso
en el fuego, ante los dioses. Los halagos son ten­
tadores. Basta con adorar al Zeus olímpico para
enriquecerse con oro y plata.
Sí, siempre hay gentes que ceden. En tiempos

19 Mt 24,15.
¿,) 2 Thes 2,4.
CARTAS A LOS HOMBRES 373
de los Macabeos, como antes en el destierro de
Nínive (nos lo cuenta Tobit) y con anterioridad,
como lo narra Caleb.
Siempre hay gentes que se retiran; en la época
de Daniel, como en la sinagoga de Cafamaúm,
mientras Jesucristo nos hablaba de Eucaristía.
Siempre hay gentes que se rinden; entre los
Apóstoles y entre los seguidores de Pablo. Siem­
pre hay m iserables que la única perseverencia
que conocen es la de la infidelidad.

Los leales

Muchos israelitas abandonaron la religión de


sus padres, pero también los hay que permane­
cen leales.
Fieles se m antienen Daniel y sus compañeros
sin tem or a amenazas de muertes, leones y
fuegos.
Fieles se mantienen padres e hijos a los que
conocemos por el nombre de los Macabeos. «Va­
mos a asistir al nacimiento de un combate por
la fe. El pueblo de Israel va a ser perseguido
ahora precisam ente por su religión. Matatías y
Judas Macabeo lucharán, sí, por la independen­
cia, pero sobre todo por su templo, por sus cos­
tumbres religiosas. Y lucharán como guerrille­
ros; no contra el invasor que viene de fuera,
sino contra el invasor y el mal que domina y
controla desde dentro. Los libros de los Maca-
beos son así la historia de una revolución reli­
374 JESUS URTEAGA

giosa. “ Defended la fe", es el grito de batalla»“'.


En Modín, a treinta kilómetros al nordeste de
Jerusalén, se encuentra Matatías, sacerdote de
los hijos de Joarib.
Para los hombres de Dios no sirven los hala­
gos de los servidores del monarca para que se
dobleguen a la apostasía. El precio exigido es caro
y no transigen: «Yo, mis hijos y mis hermanos
nos mantendremos en la alianza de nuestros
padres»
Matatías da el grito de guerra de la rebelión y
destrozando el altar de los falsos dioses, aban­
donando cuanto tenía en la ciudad, se fue a las
montañas. De Matatías y de su hijo Judas —uno
de los Nueve de la Fama— escribí un capítulo
largo hace muchos años 23.
Ahora que reina la confusión —nos dice el
sacerdote Matatías a punto de m orir—, ahora que
es tiempo de ruina, ahora es cuando hay que mos­
trar el celo: dad vuestra vida. «Recordad las ges­
tas de vuestros padres». Y Matatías hace un can­
to a los hombres de Dios:
Abraham fue fiel a la prueba.
José observó la ley en tiempos de desgracia.
Josué cumplió los mandatos.
Caleb se mantuvo leal.
David fue piadoso.

21 La respuesta está en la Biblia (BAC-Miñón), vol. III,


página VIII.
Cfr. 1 Mac 2,18-20.
23 El valor divino de lo humano.
CARTAS A LOS HOMBRES 375

Ananías, Azarías y Misael confiaron en Dios en


medio del fuego.
Daniel, por su rectitud, escapó de las fauces de
los leones.
«Jamás sucumben los que esperan en El».
No temáis amenazas de hombres pecadores.
«Hijos, sed fuertes y manteneos firmes».
Frente a los tibios, frente a los que dudan,
frente a los cobardes, estos hombres dieron tes­
timonio de su fe en Dios.

Enseñad el camino a otros

En los años angustiosos en los que nos habla


el Libro de Daniel, una familia, la de los Maca-
beos, ayudados por los asideos, israelitas valien­
tes y entregados de corazón a la Ley-4, fue la
que mantuvo islotes fieles en tierras del pueblo
elegido, pese al mal que estaba dentro, pese a
las guerras que estaban fuera, pese a las cobar­
días de algunos, pese a los silencios de muchos,
pese a las traiciones de los hipócritas, pese a to­
dos los pesares.
Hoy la confusión la encontramos también den­
tro —«dentro físicamente de la Iglesia, y aun
arriba»?—
Hoy la Iglesia vive días difíciles. «Son años de
gran desconcierto para las almas... Con estimen-

Cfr. 1 Mac 2,42.


J. E sc r iv á de El fin sobrenatural de la
B alaguer ,
Iglesia. Folletos Mundo Cristiano, núm. 160.
376 JESUS URTEAGA

do renacen todos los errores que ha habido a lo


largo de los siglos». Hoy «se inventan mil ma­
neras de burlar los preceptos divinos de Cristo».
«Siempre ha habido ignorancia: pero en estos
momentos la ignorancia más brutal en materias
de te y de moral se disfraza, a veces, con altiso­
nantes nombres aparentem ente teológicos. Por
eso el mandato de Cristo a sus Apóstoles... cobra,
si cabe, una apremiante actualidad: id y enseñad
a todas las gentes . No podemos desentendem os,
no podemos cruzarnos de brazos, no podemos
encerrarnos en nosotros mismos. Acudamos a
combatir, por Dios, una gran batalla de paz, de
serenidad, de doctrina» -6.
Hace veintidós siglos, una sola familia fue su­
ficiente —la de los Macabeos— para levantar los
ánimos de todos los sojuzgados. Se enfrentaron
con los colaboracionistas que pretendían arrasar
la fe, respaldados por el poder de Siria.
Hoy, una sola familia no haría nada. Pero vos­
otros, padres, sí podéis hacer mucho en el seno
de vuestro hogar. Hay algo muy significativo en
el Libro referido. No solamente nos dice Daniel
que el pueblo se mantuvo firme, sino que hubo
algunos que instruyeron a la m u ltitu d 27. Hay
hombres leales que, permaneciendo fieles a Dios,
enseñan a otros el camino recto. Y esto sí que se
os pide, padres: atended a la familia, fortaleced
a vuestros hijos, adoctrinarles, marchad delante

26 Ibidem.
Cfr. Dan 1133.
CARTAS A LOS HOMBRES 377

de ellos, señaladles el camino. Si el cuarto man­


damiento obliga a los padres a amar, sustentar
y educar cristianam ente a los hijos, hoy estimo
que este último punto pasa a la primera página
de las obligaciones. En estos tiempos difíciles no
podéis conformaros, padres, con rezar por vues­
tros hijos. En tiempos de confusión es bueno re­
zar; lo es siempre. Pero no es suficiente. Conta­
mos con la plegaria. Contamos con Dios, pero
Dios quiere contar con nosotros. Y nosotros que­
remos form ar parte del pueblo que se rebela con­
tra la apostasía y enseña a otros el camino se­
guro.

La formación doctrinal de vuestros hijos

Esto pide la Iglesia a los fieles: «El deber de


confesar delante de los hombres la fe que han
recibido»28. ¿No entendéis que ya ha llegado el
tiempo de tener que confesar ante los hombres
la fe que habéis recibido? ¿Para cuándo la guar­
dáis? Destapad el alma. No encubráis la gracia que
se os ha dado. Preocupaos por vosotros, por vues
tros hijos, por vuestros familiares, por vuestros
amigos, por vuestro prójimo.
«Los padres han de ser para con sus hijos los
primeros predicadores de la fe, tanto con su pa­
labra como con su ejemplo*.
¡Madres! «Transmitid a vuestros hijos y a vues­
tras hijas las tradiciones de vuestros padres, al
Conc. Vaticano II, Lumen Gentium, núm. 11.
378 JESUS URTEAGA

mismo tiempo que los preparáis para el porve­


nir» 2í).
Sois, padres, directamente responsables de la
educación cristiana de vuestros hijos.
¿No será suficiente que asistan a colegios ca­
tólicos? No. Así se expresaban, no hace mucho,
los obispos españoles: «Acuden a nosotros pa­
dres justam ente angustiados ante las enseñanzas
de algunos profesores y educadores de sus hijos,
a los que pervierten con doctrinas falsas, en vez
de encauzar su mente y corazón en conform idad
con las directrices de la Iglesia»30.
¿No bastaría con que los hijos estudien seria­
mente los libros de religión? No. Sabed que hay
textos de religión que contienen errores graves
u omisiones doctrinales.
Tenéis el deber de enteraros si vuestros hijos
—es el Magisterio de la Iglesia el que os lo pide—
están recibiendo, y de verdad cala en sus almas,
«la instrucción catequética que ilumina y robus­
tece la fe, anima la vida con el espíritu de Cris­
to, lleva a una consciente y activa participación
del misterio litúrgico y alienta una acción apos­
tólica»31, o si, por el contrario, hay profesores,
lecturas, amigos o ambientes que les están des­
caminando. No podéis dejar a vuestros hijos en
manos de mercenarios.

Mensajes del Concilio Vaticano 11 a la Humanidad:


a las mujeres, núm. 6.
:i0 Normas de la moral evangélica. Folletos Mundo Cris­
tiano, núm. 134.
31 Conc. Vaticano II, Gravissimum educationis, núm. 4.
CARTAS A LOS HOMBRES 379

Preocupaos seriamente de la formación doctri­


nal religiosa y moral de vuestros hijos.
Si para ello se precisa acudir a los profesores
de los centros educativos y exigirles, hacedlo.
Si se requiere interesarse por montar bibliote­
cas, formadlas.
Si se necesita participar en las asociaciones de
padres, intervenid.
Si comprendéis que es im portante dar charlas,
conferencias o círculos de estudio a los chicos,
dadlos.
Si tenéis que abrir las puertas de vuestros ho­
gares para así ayudar mejor a los amigos de vues
tros hijos, abridlas.
Si esto os obliga a que os instruyáis seriamente
en la catequesis de la doctrina cristiana, estudiad
el Catecismo.
Preparad a vuestros hijos con una fe sólida, sin
rutinas, sin formulismos, con un espíritu que les
haga pensar, sentir, juzgar, hablar, valorar y ac­
tuar conforme al Evangelio.
Del mismo Libro de Daniel entresaco esta ora­
ción, cantada por Azadas en el horno, cuando la
confusión había caído sobre los siervos y adora­
dores del verdadero Dios, cuando el pueblo fiel
había sido reducido a un número despreciable:
«Que te sigamos plenamente, Señor, porque no
hay confusión para los que en Ti confían. Te
seguimos de todo corazón. No nos dejes en la
confusión» SSí.

a- Dan 3,40-41.
380 JESUS URTEAGA

A pesar de todo, padres —os repito con el Fun­


dador del Opus Dei—: no os asustéis, «Sin pesi­
mismo —no puedo decir que cualquier tiem po
pasado fue mejor, porque todos los tiempos han
sido buenos y malos— consideraba que también
en los momentos actuales andan muchos leones
sueltos, y nosotros hemos de vivir en este am­
biente No os asustéis, ni temáis ningún daño,
aunque las circunstancias en que trabajéis sean
tremendas, peores que las de Daniel en la fosa con
aquellos animales voraces. Las manos de Dios son
igualmente poderosas y, si fuera necesario, harían
maravillas. ¡Fieles! Con una fidelidad amorosa,
consciente, alegre, a la doctrina de Cristo, per­
suadidos de que los años de ahora no son peores
que los de otros siglos y de que el Señor es el
de siempre» 33.
Al final de estos tiempos difíciles «los doctos
brillarán como el fulgor del firm am ento y los que
enseñaron la justicia a la m uchedum bre resplan­
decerán por siempre, eternamente, como las es­
trellas» 34. Así vosotros, padres, los que enseñáis
a vuestros hijos el camino de la luz.

'··'< J. E s c r iv 4 de B a ia g u er , Humildad. Folletos Mundo


Cristiano, núm. 163.
*’ Dan 12,3
CARTA A UN OBISPO COBARDE

«Todo tiene su momento, y cada cosa


su tiempo bajo el cielo .. Su tiempo
el callar, v su tiempo el hablar» (Eccl
3,1-7).

Desde el prim er momento quiero aclarar que


estas líneas no están movidas por resentimiento
alguno. No se busca el daño de nadie, sino más
bien la salvación de muchos. Los hombres nos
dejamos llevar por mediocridades ambientales, por
dejaciones, perezas y tibiezas, pero llega un mo­
mento en el que conviene decir: «¡Basta!».
La carta va dirigida precisamente a la autoridad,
a un obispo a quien compete tener la fortaleza
suficiente para conducir a los hombres entre las
dificultades. No siempre, pero sí de vez en cuando,
hay circunstancias en las cuales hay que dejar de
ser conciliador y tom ar una postura; hay momen
tos en los que hay que hablar y abandonar silen­
cios de perros mudos ;i ‘; situaciones hay en las que
se debe actuar con energía contra toda clase de
componendas cobardes.
¿Hasta cuándo un sucesor de los Apóstoles pue­
de seguir claudicando frente a la herejía? Si todos
los cristianos debemos ser fieles a la doctrina de
Cristo, los pastores son los primeros responsables

Cfr. ls 56,10
382 JESUS URTEAGA

de la conservación y la transmisión de ese depó­


sito auténtico.
Ya va siendo hora de que despertemos del sueño
que padecemos. No es suficiente m antener la fe
mientras nos encogemos de hombros cuando la
pierden los que comen con nosotros. No basta con
ser bueno —ese obispo lo es—, sino que se hace
preciso echar una mano al prójimo que se está
ahogando. ¿O es que no nos im portan las almas?
Estos juegos pueden term inar mal.
A un obispo le corresponde la defensa de la
verdad.
A un obispo le compete poner límites a los fa­
náticos.
A un obispo le concierne proteger a los cristia­
nos del contagio. Y si no lo hiciera, ese hombre no
es pastor, no tiene ningún cariño a las almas, ca­
rece de sentido apostólico, 110 está convencido de
que Cristo vive, es un irresponsable.
Si un obispo calla cuando tiene que reprobar,
es porque tiene m iedo38.
Si continuase tolerando en silencio, el obispo
será castigado y Cristo destruirá a los sectarios
con la espada de su boca. Este puede ser el resu­
men de la carta escrita por Juan al obispo de
Pérgamo: «¡Huye de todas las componendas co­
bardes /». Es una epístola dictada por Jesucristo.
«Escribe lo que has visto, lo que ya es y lo que
va a suceder más tarde» 37.

16 C fr. S an Ag u st ín , Comentario al Evangelio de San Juan


46,8 (PL 35, 1732).
17 Apc 1,19.
CARTAS A LOS HOMBRES 383
Y Juan escribe: «Esto dice el que tiene la espada
aguda de dos filos. Sé dónde vives: donde está el
trono d>e Satán. (En esta población han erigido
una estatua al dios griego Zeus que domina toda
la ciudad. En Pérgamo florece igualmente el cuito
rom ano a los emperadores. Es a esto a lo que
el Apocalipsis llama culto de Satanás). Eres fiel
a mi nom bre y no has renegado de mi fe, ni si­
quiera en los días de Antipas, mi testigo fiel, que
fue m uerto entre vosotros, ahí donde vive Satán.
Pero tengo algo contra ti: que toleras ahí a quienes
siguen la doctrina de Balaam , el que enseñaba a
Balaq a poner tropiezos a los hijos de Israel para
que com ieran carne inmolada a ios ídolos y forni­
caran. (Es ésta, la de la prostitución o adulterio,
una imagen frecuente en la tradición profética,
con la que se designa el culto de los falsos dioses).
Así tú tam bién toleras a los que sostienen la doc­
trina de los nicolaítas (Secta de la Iglesia primi­
tiva de carácter gnóstico. En la Edad Media se
llam aría nicolaítas a los que se oponían al celibato
eclesiástico)».
«Arrepiéntete, pues; si no, vendré a ti pronto
y pelearé contra ésos con la espada de mi boca.
El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice
a las Iglesias» 38.
Y tras la lucha, Cristo promete un premio eterno;
al vencedor le dará el alimento en el reino de los
cielos, «maná escondido» y una «piedrecita blan­
ca», que era el trofeo que recibían los atletas con
el nombre del vencedor grabado en ella.
»» Apc 2,12-17.
384 JESUS URTEAGA

En el día del juicio daremos cuenta de toda pa*


labra ociosa Igualmente, en el día del juicio dare­
mos cuenta de todo mutismo.
No hace mucho el Papa exhortaba al Episcopado
universal a velar por la pureza e integridad de la
fe. Y como respuesta, los obispos españoles diri­
gieron una exhortación pastoral.
«Es necesario —se dice en el número 2— que
la fe se conserve íntegra y pura en nuestro pueblo,
que sea predicada incansablemente, y de tal modo
que se responda a la mentalidad del hombre de
hoy y “a las dificultades y problemas que más le
preocupan y angustian'*».
La exhortación del Episcopado español term i­
naba con esta conclusión: «Que todos los miem­
bros del pueblo de Dios —cualquiera que sea su
función peculiar en él— nos esforcemos por cono­
cer, proclamar y vivir nuestra fe con toda pureza,
a fin de que nuestro camino de peregrinación en
este mundo sea iluminado por la palabra de Dios,
nuestro andar refleje en el mundo la gloria de
Dios y, así, vivamos como “hijos de Dios"» 3V

19 Documento del Episcopado español: Conservar firme -


mente la fe. Folletos Mundo Cristiano, núm. 134, pág. 5
NI TANTO NI TAN CALVO

Antes, en nuestro país, una parte del catolicismo


—catolicismo pequeñito— marchaba por senderos
triunfalistas de concentraciones, insignias, bande­
ras, mítines y beatería de «comesantos». A los me­
jores se les encaminaba hacia un apostolado de
reparto de estam pitas, de anuncios de actos reli­
giosos y de pasar la bolsa por los bancos de las
iglesias. El pobre seglar era un capitidisminuido
que apenas contaba en la Iglesia.

Del «churro católico » a nuestros días

Las revistas religiosas proliferaban que daba


gusto. Bastantes de ellas eran muy relamidas, muy
simplonas, muy ñoñas, sin ningún criterio de pren­
sa profesional. No importaba cómo estuviesen con­
feccionadas; lo que sí tenía que figurar era el nom­
bre de católico en la mancheta; era imprescindible,
tal vez para que el lector no cayera en el error de
pensar que aquello pudiera ser propaganda maho­
metana. Cualquier revistilla de esta naturaleza po­
dría titularse El churro católico, porque todo te­
nía que llamarse católico: la prensa, los centros
25
386 JESUS URTEAGA

culturales, el Gobierno. , y las corseterías, que


también llevaban nombres de santos.
Ya sé que no todas las cosas eran así. Por su­
puesto que no Esto era lo más llamativo, cuando
se hacía hincapié en las formas externas, más o
menos, como hoy.
Algo faltaba por entonces en algunos, que es
fundamental en la vida del cristiano: la preocu­
pación por los demás. Lo im portante era salvarse
individualmente, para lo cual habían de cumplirse
unas prácticas de piedad y, en referencia a los
más necesitados, participar en alguna asociación
que repartiera a los pobres, el 24 de diciembre,
prendas desechadas del marido rico. En lo más
íntimo del corazón inconsciente, aquella limosna
era como un seguro contra incendios, no les fueran
a quemar la casa.
Las cosas han cambiado, gracias a Dios. La ac
ción del Espíritu en muchas almas y los aldabo-
nazos de nuestra madre la Iglesia se han dejado
sentir en el ambiente de nuestros días. Son mu­
chos los textos de los Pontífices —y vigoroso el
soplo del Espíritu Santo— que tratan de poner en
marcha una nueva obra de misericordia: despertar
a los dormidos. Nuestra generación —la qúe aca­
bará su vida con el siglo— va reaccionando, poco
a poco, a mejor, en el frente de la preocupación
seria por el prójimo.
CARTAS A LOS HOMBRES

La nueva beatería

Algunos defectos tenía que tener la nueva época.


Estos corren por los cauces de una nueva beatería .
Los repartidores de hojitas eclesiásticas, los anun­
ciadores de novenarios pomposos y grandilocuen­
tes..., se nos han convertido en aficionados de la
sociología, de la estadística. Los que por aquel
entonces gozaban propagando el número de miem­
bros de las asociaciones piadosas, ahora disfrutan
haciendo estudios superficiales del elevado número
de estudiantes que creen en Dios y en la Ascensión
del Señor a los cielos, pero que nd están tan segu­
ros de esos cincuenta días que transcurren desde
la Resurrección hasta Pentecostés.
Da la impresión de que seguimos jugando con
las estadísticas, con ios números. Antes, los em­
pleábamos para dem ostrar que éramos muy bue­
nos; ahora..., para decir que somos muy malos.
Antes, jugábamos a decir a las gentes que era sufi­
ciente con hacer los nueve primeros viernes para
alcanzar la beatitud dichosa en la eternidad (jpo-
brecito aquel que se saltaba uno de los nueve;
tenía que volver a empezar!). ¿Y ahora? Ahora
decimos que es suficiente preocuparse por el pró­
jimo y «cumplir» con uno de los cincuenta y dos
viernes del año.
m JESUS URTEAGA

Un pueblo desorientado

¿Qué hay que decir de todo esto? Que ni tanto


ni tan calvo. Hay que reconocer que el pobre Pue­
blo de Dios está desorientado. Cuando este pueblo
asistía hace años a los ejercicios espirituales, a las
misiones, se le ponían los pelos de punta con el
olor a azufre que se desprendía de las pláticas
sobre el infierno. Hoy, al mismo pueblo, se le
ponen los mismos pelos de punta —en menor can­
tidad por el paso del tiempo— al no escuchar
nada sobre él, como si no existiera.
Del pesimismo de los predicadores de antaño,
para quienes era dificilísimo salvarse —falta de
confianza en Dios—, hemos pasado a un optimismo
desbordante, del que se salva por dar unas pesetas
para una beca —presunción peligrosa.
¿Y si escribiéramos sobre el tema de las pri­
meras comuniones? Es como para echarse a reír...
o a llorar. Por los años cuarenta vestíamos a los
niños de almirantes, de frailes o de monjas, y
ahora se les obliga —sin derecho a pataleo— a
que vayan vestiditos de calle, en las mismas filas
de los viejos, como para que no se note que hacen
la Primera Comunión. Antes se rodeaba la fiesta
con una pompa profana extraordinaria, que bien
podía term inar en baile en un buen hotel; ahora
da la impresión de que la fiesta debe parecerse
a un funeral.
Los hombres vamos dando bandazos —como
borrachos— de una cuneta a otra. No podemos
CARTAS A LOS HOMBRES 389

olvidar que el camino está ahí, fuertemente ilumi­


nado por el Evangelio, en la vida de los primeros
cristianos y la doctrina católica de siempre.
¿Que uno quiere seguir poniéndose insignias?.
Allá él; está en su perfecto derecho. ¿Que otro se
conforma con hacer estadísticas de los que no
creen del todo en Jesucristo?... Allá él también.
Pero entiendo que los demás, el Pueblo de Dios,
la gente corriente, podríamos tratar de vivir como
nos enseñó el mismo Cristo y nos lo recuerda
^ e d ro desde Roma.

«Aggiornamento » = Fidelidad

El Pueblo de Dios de hace veinte siglos escuchó


de labios de Jesús algo que les defraudó; espe­
raban otra cosa; esperaban a un Mesías libertador
que les movilizara, que les pusiera pronto en ac­
ción. Pero Cristo, antes de decir lo que tenían que
hacer, les habló de lo que deberían ser: auténticos
hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos de sus
hermanos los hombres, para lo que habrían de
cam biar de mente y convertirse de corazón.
Este es hoy, también, el grito del mismo Cristo:
cambiad de mente; vivid a tono con nuestro
tiempo.
Esta es la palabra que corre de boca en boca
—aggiornamento — sin que las gentes se enteren
bien, todavía, de todo lo que ella encierra. No hay
más que abrir los ojos para ver cómo en nombre
del aggiornamento se hacen las cosas más pere­
390 JESUS URTEAGA

grinas; hay monjas que se visten de paisano y


curas que estiman que para hablar con los hom­
bres hace falta entrar en una boíte o tocar mal la
guitarra... Como si el aggiornamento consistiera
e»> cambiar por cambiar, como si estuviera en la
superficie.
Transcribo del libro Conversaciones con Mon­
señor Escrivá de Balaguer una pregunta que puede
dar luz a los desorientados.
—Nos referimos al tema del aggiornamento.
¿Cuál es, a su entender, el sentido verdadero de
esta palabra, aplicado a la vida de la Iglesia?
—«Fidelidad . Para mí, aggiornamento significa
sobre todo eso: fidelidad. Un marido, un soldado,
un administrador es siempre tanto m ejor marido,
tanto mejor soldado, tanto m ejor adm inistrador,
cuanto más fielmente sabe hacer frente en cada
momento, ante cada nueva circunstancia de su
vida, a los firmes compromisos de am or y de jus­
ticia que adquirió un día. Esa fidelidad delicada,
operativa y constante —que es difícil, como difícil
es toda aplicación de principios a la mudable rea­
lidad de lo contingente— es por eso la m ejor de­
fensa de la persona contra la vejez de espíritu, la
aridez de corazón y la anquilosis mental.
Lo mismo sucede en la vida de las instituciones,
singularísimamente en la vida de la Iglesia, que
obedece no a un precario proyecto del hombre,
sino a un designio de Dios. La Redención, la sal­
vación del mundo, es obra de la amorosa y filial
fidelidad de Jesucristo —y de nosotros con El—
a la voluntad del Padre celestial que le envió. Por
CARTAS A LOS HOMBRES m
eso, el aggiornamento de la Iglesia —ahora, como
en cualquier época— es fundamentalmente eso:
una reafirmación gozosa de la fidelidad del Pueblo
de Dios a la misión recibida, al Evangelio.
Es claro que esa fidelidad —viva y actual ante
cada circunstancia de la vida de los hombres—
puede requerir, y de hecho ha requerido muchas
veces en la historia dos veces milenaria de la Igle­
sia, y recientemente en el Concilio Vaticano II,
oportunos desarrollos doctrinales en la exposición
de las riquezas del Depositum Fidei, lo mismo
que convenientes cambios y reformas que perfec­
cionen —en su elemento humano, perfectible—
las estructuras organizativas y los métodos misio­
neros y apostólicos. Pero sería por lo menos super­
ficial pensar que el aggiornamento consista prima­
riamente en cambiar, o que todo cambio aggioma.
Basta pensar que no faltan quienes, al margen y en
contra de la doctrina conciliar, también desearían
cambios que harían retroceder en muchos siglos
de historia —por lo menos a la época feudal— el
camino progresivo del Pueblo de Dios».

Hablemos de Dios a los hombres

Ahora que acabamos de celebrar la fiesta de


Pentecostés, tendríamos que preguntarnos qué es
la fidelidad que se pedía a los primeros cristianos
que vivieron las escenas del fuego; porque me
da la impresión de que para aquellos hombres de
la prim era generación contaban poco las insignias,
3 92 JBSUS URTEAGA

las concentraciones y los trajecitos de Primera Co­


munión; y la estadística les llevaba a ir con fe y
caridad contra corriente.
Sí. en cambio, contaban otras cosas que hoy, por
desgracia, no se llevan y, sin embargo, eran el
centro de su vida; esa preocupación por Dios y
por los demás, que se traducía en oración, servicio
y apostolado, un apostolado que, por supuesto, no
entendía de estampitas, un apostolado que con­
sistía en hablar de Dios a los hombres con el
ejemplo de la propia vida y con la palabra de la
mejor amistad.
¡BASTA DE ESTUPIDECES!

Recibir la carta y ponerme a escribir a máquina


ha sido cuestión de segundos. El título de este
artículo es producto de la ira. Y estimo que es ira
santa.
La carta en cuestión contiene esas conocidas
«cadenas de oraciones que deben recorrer el mun­
do entero». Esta dice así: «Señor mío Jesucristo,
ten piedad de mí en todos los momentos de mi
vida». Esta oración fue compuesta por el padre
Bonifacio (no se ha herniado este buen señor).
Tiene que recorrer todo el mundo. La suerte le
favorecerá. Haga veinticuatro copias y mándelas a
sus familiares y amigos, y antes de nueve días ten
drá una agradable sorpresa. Enrique Arcas, oficial
de Venezuela, hizo las veinticuatro copias y ganó
un millón de dólares en su país. Antonio Mon­
terrey lo tomó a broma y se le derrumbó la casa.
«Dentro de los nueve días recibirás una alegría
muy grande si cumples con esta misión».
Si eres cristiano no cometas estupideces. Rompe
la cadena. Te ahorrarás 72 pesetas de sellos. Dios
nos ha impuesto diez Mandamientos y la Iglesia
cinco; pero ni Dios ni la Iglesia nos obligan a
escribir veinticuatro veces la oración del tal padre
Bonifacio, que, por supuesto, no existe. Todo esto
394 JESUS URTEAGA

es fruto de la imbecilidad y del desequilibrio inte­


lectual. Es una superstición más que está a la
altura de la supresión de la habitación núm ero 13
de los hoteles, del comerse estam pitas para tener
suerte en los exámenes o de la transformacióri de
la cruz del cristiano en un amuleto por él futbo­
lista que pretende llevar el balón a la red.
Si quieres tener éxito en los exámenes y en el
fútbol, estudia y entrénate. No eches a Dios la
culpa de tus fracasos.
Eres tontamente supersticioso porque te falta fe
v te sobra miedo.
j

Tienes miedo a la sal que se vierte, a pasar bajo


una escalera o al ridículo paraguas abierto en casa.
Tienes miedo al presente y al futuro. Te agarras
a las supersticiones porque eres débil. La supers­
tición es una cobardía.
¿No ves cómo los fabricantes de «cadenas de
oraciones» se aprovechan del miedo para que no
las cortes?
Por cristiano tienes que desechar todo aquello
que se edifique sobre el temor.
Es el supersticioso un hombre que considera a
Dios tan lejano de la tierra que necesariamente
se le tienen que escapar de las manos los pequeños
acontecimientos diarios. Por eso tiene necesidad
de apoyarse en «otro», en «algo» más cercano que
le pueda resolver sus asuntillos diarios.
¿Eres supersticioso? ¿Sí? Entonces... te sobra
miedo y te falta fe.

La fe que te falta se la tienes que pedir a Dios.


CARTAS A LOS HOMBRES 395
¿Cuál es la mejor ocasión? La Comunión, sin duda.
El consejo te lo da uno que tiene mucha fe: un
chiquillo de seis años y medio. La anécdota me la
cuentan sus padres.
Hace tiempo que están preocupados con la Pri­
mera Comunión de Javier. El chiquillo es travieso.
Tratan de prepararlo lo mejor posible para que
pueda comulgar con su herm ana Isabel, que tiene
siete años. En la víspera llueven las indicaciones:
«Tienes que pedir por tus padres, por tus abue­
los...». «Sí, mamá —añade Javier—, y por tío
Andrés, y por Paco y por los sacerdotes, y por los
compañeros del colé... No me olvidaré».
Llegó la fiesta. Hay muchas docenas de «mari-
neritos» en los bancos de la iglesia. Terminada la
acción de gracias de la Comunión, salen a la calle
niños y niñas con cara de ángeles mofletudos. Han
salido todos menos Javier. Su padre le toca el hom­
bro: «¡Javier!». «Ya voy, ya voy», contesta el chi­
quillo. Cinco minutos después, en la calle, su ma­
dre le pregunta: «¿Se puede saber, Javier, qué es
lo que has estado haciendo?». Javier coge de la
mano a su madre y la separa del corro de los fami­
liares. «Mira, primero he pedido a Jesús por toda
la lista de tíos y primos que me diste, y, después,
para que no se me fuera, le he contado “Caperucita
Roja"».
Cuenta al Señor diariamente tu cuento. Háblale
de tus lobos, de tu bosque, de tus temores, de tu
falta de fe.
Imita al chiquillo: entra por caminos de fe y
de amor.
EL PRIMERO: NO INVENTAR

En nuestros días tenemos la fortuna de vivir,


con verdadera ilusión, una renovación litúrgica sin
precedentes. Millares y millones de fieles procuran
sentir con la Iglesia al adaptar sus prácticas reli­
giosas a lo que se nos pide en estos momentos.
Este debe ser un motivo de alegría. La renovación
no va a detenerse, sino que proseguirá, paso a paso,
al ritmo que marca la jerarquía.
Pero junto a tanta maravilla, no faltan ciertos
inventores de innovaciones sui generis, al margen
de la norma disciplinar establecida por la jerar­
quía de la Iglesia. Y, por desgracia, alguna de
estas innovaciones, además de ser un invento, cons­
tituye una falta de respeto.
Será bueno recordar, junto a lo primero, lo se­
gundo. Muchos documentos promulgados insisten
en la prudencia con que se ha de proceder al
introducir nuevas reformas. Frecuentemente ad­
vierten que nadie, aunque sea sacerdote, se arro­
gue el derecho de poner en práctica, por su cuenta,
innovaciones particulares. No estará de más re­
pasar, por ejemplo, estas ideas fundamentales:
«Queremos advertir —es el Papa quien habla—
que en cuanto no sea lo que ya por estas nuestras
Letras Apostólicas hemos cambiado en materia li­
CARTAS A LOS HOMBRES 397
túrgica u ordenado que se lleve a la práctica antes
del tiempo establecido, la reglamentación de la
Sagrada Liturgia compete exclusivamente a la auto­
ridad de la Iglesia; es decir, a esta Sede Apostólica
y, a tenor del derecho, al obispo; y por consiguien­
te, absolutam ente a nadie más, ni aunque sea sacer­
dote, le es lícito añadir, suprimir o cambiar cosa
alguna en m ateria litúrgica».
Estas líneas pueden sonar a un clarinazo, pero
estimo que es necesario darlo antes que algunas
innovaciones se conviertan en costumbres que su­
pongan la auténtica ruina de la Liturgia. «La recta
aplicación de la Constitución Litúrgica —es de
nuevo el Papa quien habla— exige de vosotros que
lo nuevo y lo antiguo se armonicen y vinculen
entre sí de modo adecuado y bello. En esta ma­
teria ha de evitarse absolutamente que el afán de
novedades se salga de sus límites por no tener
bastante en cuenta u olvidar por completo la tra­
dición del patrimonio litúrgico. Ese vicioso modo
de actuar se debería llamar no renovación, sino
ruina de la Sagrada Liturgia».
UNA PRUEBA DE DIEZ DIAS

La vida de Jesús no .termina en una tum ba que


se cierra, sino en un sepulcro que se abre.
El último capítulo de su historia no finaliza en
el atardecer de un viernes, sino que comienza en la
madrugada de un domingo, un domingo lleno de
luz que durará eternamente.
Había anunciado a los suyos —¿cuántas veces?—
que bajaría a la muerte y se levantaría por la
resurrección; no obstante, en el día señalado —el
tercero—, ninguno de los discípulos está espe­
rando que salte la piedra que cierra el paso a
la Vida.
Había predicho que resucitaría, pero en la ma­
drugada de aquel prim er domingo, los Apóstoles
están durmiendo. ¡Siempre durmiendo! Los elegi­
dos de Dios, en los momentos cumbres de la vida
de Jesús, en el Huerto y en el Tabor, están dor­
midos.
En la madrugada de aquel prim er domingo sólo
están despiertas unas pocas mujeres. El resto del
mundo está durmiendo. Dormidos los Apóstoles.
Dormidos los resucitados por el poder del Señor:
Lázaro, el hijo de la viuda de Naím y la chiquilla
de Jairo. Adormilados marchan hacia Emaús Cleo-
tás y un compañero. La fe, la esperanza y la cari­
CARTAS A LOS HOMBRES 399
dad están dormidas en estos dos hombres —insen­
satos les llamará Jesús— que marchan tristes por
una carretera de once kilómetros. Marchamos to­
dos hombres. Hay que regresar de prisa y contar
nos había anunciado, que era necesario que el
Mesías padeciese la muerte y entrase en su gloria?
Y de pronto Cristo se da a conocer a aquellos
dos hombres. Hay que regresar deprisa y contar
a los Apóstoles lo ocurrido. La tristeza les había
hecho andar despacio; ahora corren por el impulso
de la alegría. ¡Cristo ha resucitado! «Ellos conta­
ron lo que les había pasado en el camino» y los
Apóstoles lo que había acontecido en aquella mis­
ma casa. Nos lo refieren a todos los hombres.
¡Cristo ha resucitado!
Y no obstante, son millones los que marchan
tristes hacia su Emaús. Esperaban no sé qué de
Dios y no lo han logrado. Confiaban, pero ya llevan
tres días sin que haya ocurrido nada. Cada uno
quiere com probar por sí mismo la tumba vacía;
todos quieren ser testigos de un gran milagro.
¡Entonces sí que creerían! ¡Si yo contemplara un
milagro...! Es el mismo Jesús que sale al paso de
tanta monserga: «Si no oyen a Moisés y a los pro­
fetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto
resucite» 40.
Ahora escuchemos lo que nos dice Cristo, el
Resucitado, a todos los que formamos su Iglesia.
Nos escribe San Juan en su nombre. Esto dice
el que estuvo muerto y ha vuelto a la vida: «Co­
nozco tu tribulación y tu pobreza, aunque eres
400 JESUS URTEAGA

rico, y las calumnias de tos que se llaman judíos


sin serlo y son en realidad una sinagoga de Satán.
No temas por lo que vas a sufrir: el diablo os
va a arrojar a algunos en la cárcel para que seáis
probados, y sufriréis una tribulación de diez
días» 41.
¡Una tribulación de diez días! Esta es la prueba
que nos aguarda. Santa Teresa quitará im portancia
a esa lucha, reduciéndola a «una mala noche en
una mala posada». Pero, ciertamente, la noche es
mala; la aflicción llegará. Y Jesucristo, el que ha
pasado por la Cruz, antes de la Resurrección, nos
pide fidelidad en esta pelea. «¡Sé fiel hasta la
muerte y yo te daré la corona de la vida!»42.
Se nos pide fidelidad en los domingos alegres y
en las horas tontas de los días grises. Leales en las
labores brillantes y en los cansancios. Perseveran­
tes en las depresiones, desengaños y fracasos; en
la flaquezas, en las caídas y en las crisis. Fieles
durante estos diez días, soportando el peso abru­
mador del día y del calor.
Vamos a ser fieles en la adolescencia, en la ju ­
ventud y en la madurez de la vida.
No bastan los buenos principios. Hay que re­
matar la obra. Hay que acabar bien.
Se puede perseguir a los cristianos, o ser ladrón,
o prostituta, y terminar bien, como Saulo, Dimas
y la mujer de Magdala. Y se puede ser apóstol y
acabar mal, como Judas. Hay que perseverar, lu­
chando hasta el final de esos diez días. Ni las

” A pe 2,10
*- íbídem.
CARTAS A LOS HOMBRES 401
defecciones del prójim o ni las huidas de muchos
autorizan nuestras deserciones.
Cristo nunca nos ha prom etido una vida cómoda ,
sino más bien una vida arriesgada y llena de difi­
cultades..., pero que termina bien, felizmente... y
para siempre. El único que promete una vida fácil
es Satán, para quien se postre ante él; promete
todos los reinos de este mundo.
Toma nota de estas advertencias que nos hace
el Fundador del Opus Dei:
— Hacer las obras de Dios no es un bonito juego
de palabras, sino una invitación a gastarse
por amor.
— No nos engañemos. La vida no es una novela
rosa.
— El cristianismo no es camino cómodo: no
basta estar en la Iglesia y dejar que pasen
los años.
— La alegría de la Resurrección está enraizada
•w

en la Cruz.
El Apocalipsis v el Evangelio no nos prometen
milagros para que escapemos del dolor. Nos hablan
más bien de tribulaciones por un poco de tiempo
¡Diez días!
Y al final, el premio. Nos lo dice Pablo: Si nos
mantenemos firmes, también reinaremos con E l 4¡
Y nos lo completa Santa Teresa: «Por unos traba-
jillos, envueltos en mil contentos, que acabarán
mañana, Dios nos tiene preparado el premio de
una eterna e inconmensurable gloria».
' O r. 2 Tim 2,12.
26
A LOS QUE QUEREIS A LA VIRGEN

Comencé este libro hablándote de Dios. Está


escrito para todos los hombres y todas las mu­
jeres que no doblan su rodilla ante ídolos de barro
en un mundo confuso, sino que quieren m ante­
nerse leales (con virtud humana), fieles (con virtud
sobrenatural), a Dios. Y concluyo hablándote de
María. Para que te arrodilles y reces ante la que
es Madre de Dios y Madre nuestra.
Después de la devoción a la Santísima Trinidad
y a Nuestro Señor Jesucristo, mete en tu vida e
inculca en la de los tuyos el amor tierno, fuerte,
constante a María.
No te importe quererla «demasiado». Los que
dicen estas tonterías dan la impresión de no haber
conocido a su madre de la tierra.
¡Claro que puede haber excesos! ¿Dónde no los
hay? Puede haber abusos en toda clase de devo­
ciones si, por ejemplo, unas prácticas secundarias
las pusiéramos por encima de los actos funda­
mentales de la religión y de la vida cristianas;
cuando olvidáramos el atender a la familia por
pasarnos muchas horas en la Iglesia; cuando nos
quedáramos en actos externos de devoción sin
repercusión en nuestra vida interior.
Por todo lo que vengo diciendo a lo largo de
CARTAS A LOS HOMBRES 403
estas cartas, no estimo que puedas interpretar
mal el papel de la Virgen María en nuestra vida
de cristianos.
Ella es la «bendita entre todas las mujeres».
El Todopoderoso hizo maravillas en Ella.
Todas las generaciones la han proclamado Bien­
aventurada, con toda justicia.
Es natural que tú y yo la ensalcemos también.
María es la Madre del Señor, Madre del Salva­
dor, Madre de Dios. María es corredentora y me­
dianera, todopoderosa en su súplica, reina de la
gracia, es santa, santísima, es Virgen purísima y
Virgen de las vírgenes. María es el testimonio de
la obra divina en nuestro mundo. María es la ga­
rantía maravillosa de nuestra fe y de nuestra es­
peranza. María es de nuestra raza. María es para
todos nosotros el ejemplo de cómo hay que vivir
en la tierra. Luego te hablaré de ello.
¿Dónde lo leí? En la vida de quien ama a Dics,
no puede faltar el amor a quien Dios más ama.
La devoción a la Virgen es esencial. Tú que andas
por derroteros de alta intelectualidad, y tú que ocu­
pas tus horas en recoger barreduras por calles y
plazas, ¿rezas a la Virgen cuando manejas la es­
coba y la pluma?
«La indiferencia con respecto a la Madre del
Salvador constituye una laguna en toda tarea de
progreso espiritual. No podemos mutilar así el
conjunto de la economía cristiana. Si Cristo ha
querido dar a su Madre un puesto eminente en el
orden cristiano, nosotros debemos simplemente
404 JESUS URTEAGA

someternos a ello» Pero hacerlo gustosamente,


entrañablemente, con cariño de hijos.
Hay muchas devociones marianas. «No tienen
por qué estar incorporadas todas a la vida de
cada cristiano —crecer en vida sobrenatural es
algo muy distinto del mero ir am ontonando devo­
ciones—, pero debo afirm ar al mismo tiempo que
no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna
de ellas, quien no manifiesta de algún modo su
amor a María.
Los que consideran superadas las devociones a
la Virgen Santísima, dan señales de que han per­
dido el hondo sentido cristiano que encierran, de
que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe
en la voluntad salvadora de Dios Padre, el am or
a Dios Hijo que se hizo realm ente hom bre y nació
de una m ujer, la confianza en Dios E spíritu Santo
que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos
ha dado a María, y no tenemos derecho a recha­
zarla, sino que hemos de acudir a Ella con am or
y con alegría de hijos» 45.
Con esta últim a carta, quiero brindarte la opor­
tunidad de empezar a vivir —o de poner más am or
porque ya lo vives— estas devociones de las que
que nos ha hablado la Iglesia tantas veces y nueva­
mente nos recuerda el Pontífice: el Angelus y el
Santo Rosario 16.
Interrum piendo tus quehaceres, haciendo un alto

14 T h i l s , Santidad cristiana (Sígueme, Salamanca 1965).


página 111.
45 Es Cristo que pasa, núm. 142.
** P a b lo VI, Exhortación Apostólica Marialis cultus, 2 fe ­
brero 1974.
CARTAS A LOS HOMBRES 405
en tus ocupaciones, un parón al mediodía, levanta
tu corazón de hijo a tu Madre del cielo y reza el
Angelus, saludando a la Virgen con las palabras
del Arcángel. Es un buen momento para rectificar
la intención en la labor que llevas entre manos y
recomenzar de nuevo el trabajo, tal vez, con otra
cara, con nuevo brío, con más amor, con reno­
vada ilusión.
Mientras estoy escribiendo con bolígrafo esta
carta, están dando las doce. He hecho el parón
que te aconsejo. He rezado el Angelus. He pedido
por ti a la Virgen, por tu fidelidad.
Con respecto al rezo del Santo Rosario , el autor
del libro que lleva este título, nos hace una adver­
tencia im portante: «Mi experiencia de sacerdote
me dice que cada alma tiene su propio camino.
Sin embargo, querido lector, voy a darte un con­
sejo práctico que no entorpecerá en ti la labor del
Espíritu Santo, si lo sigues con prudencia: que
te detengas durante unos segundos —tres o cua­
tro— en un silencio de meditación, considerando
el respectivo misterio del Rosario, antes de recitar
el Padrenuestro y las Avemarias de cada decena.
Estoy seguro de que esta práctica aumentará tu
recogimiento y el fruto de tu oración» *\ De este
modo evitarás el riesgo de que se convierta en una
repetición mecánica de fórmula; de lo contrario
«el Rosario sería como un cuerpo sin alma», se­
ñala el Papa 4\

‘7 J. E sc r iv á de B alaguer , Santo Rosario (Rialp, Madrid


1971). Nota para la 12 edición.
** P ablo VI, o. c., n ú m . 47.
JESUS URTEAGA
406

TaJ vez no tengas más remedio que rezar el


Santo Rosario a solas y por partes, de m isterio en
misterio, mientras esperas el cambio de color en
el semáforo, en la sala de visitas, en el autobús,
en la estación del Metro, en la calle camino de
la labor o al regreso de ésta. Pero si pudieras, no
dejes de rezarlo en familia. «Queremos recom endar
vivamente —nos ha dicho el Sumo Pontífice— el
rezo del Santo Rosario en familia».

Pero no quisiera que te limitaras a rezar. Trata


de im itar a María. Habremos de ser santos como
Ella en las circuntancias concretas en las que vi­
vimos.
María vive en un pueblo insignificante de las
montañas de Galilea, que se llama Nazaret, de
donde no puede salir nada bueno, en el sentir de
Natanael.
Salvo el hecho narrado por los Evangelistas,
de la desaparición del Niño en Jerusalén, las Escri­
turas nos presentan dos largos períodos de silen­
cio, de doce años el prim ero y de dieciocho el
segundo. Dos prolongados silencios llenos de tra­
bajo.
María vive con Jesús y con José. Todo cuanto
se hace en esta casa es perfectamente imitable:
el trabajo de todos los días. No se ven ángeles,
ni magos, ni pastores. No se dan milagros ni pro­
fecías. No hay oro, ni incienso, ni mirra. No han
vuelto a aparecer Gabriel, ni Ana, ni el anciano
Simeón. Todo es vulgar, corriente, sencillo: los
CARTAS A LOS HOMBRES 407
trabajos, los problemas, los sudores. En esta casa
se cose, se lava, se carda, se teje. Aquí todo es
asombrosamente imitable. Levantarse temprano,
rezar, buscar leña, encender el fuego, aserrar, ce­
pillar, pulimentar, preparar el pan, preocuparse
de los vecinos, hacer la colada, limpiar la casa.
Dios Niño, la Madre de Dios y José viven entre
calderos, escudillas, artesas y tinajas de barro. Hay
troncos de árbol, gruesos maderos, tizas y cuer­
das, cepillos y garlopas, puertas y contraventanas
Es una labor oscura, inadvertida, poco lucida, sin
ruido exterior.
Cuando Jesús es muy niño, María le lleva a sus
espaldas. Va envuelto en mantas y sujeto con
cintas a la cabeza de la madre, como toda mujer
hebrea lo hacía con sus pequeños.
Cuando Dios era todavía un chiquillo en Nazaret,
María y José le enseñan a rezar como hombre
Jesús tiene que aprender de memoria las oracio­
nes que por la mañana y por la tarde tiene obli­
gación de rezar todo judío. José y María rezan los
versículos de la Escritura, mientras Jesús los re­
pite hasta memorizarlos:

«Oye, Israel:
El Señor, nuestro Dios, es el único Señor.
Debes amar al Señor, tu Dios, con todo
[tu corazón,
con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Las palabras que hoy te propongo,
tienes que conservarlas en tu corazón
y enseñarlas a tus hijos;
habla de ellas cuando descanses en casa,
cuando vayas de camino,
cuando te acuestes y cuando te levantes.
Debes ligártelas a tu mano como señal,
tenerlas siempre ante tus ojos,
escribirlas sobre el dintel de tu casa».

Hoy es fiesta, es el día santo, es sábado. Hay


que acudir a la sinagoga. María ha sacado del arcón
el vestido «de los domingos», que se conserva entre
hierbas olorosas. Jesús y José llevan una túnica
corta, con el distintivo de los hijos de Israel: unas
hebras azules con borlas cosidas por María a sus
vestidos.
Así va transcurriendo la vida sencilla en este
pueblo de la tierra: Jesús es Dios; María es la
Madre de Dios; José es el hombre elegido por el
cielo para hacer de padre de Dios.
Toda la jornada de esta Sagrada Familia está
entrelazada en una perfecta unidad de vida: el tra­
bajo, la oración y una seria preocupación por el
prójimo. Todo está engarzado con el am or que
une las tres vidas, las tres almas, los tres cora­
zones.
Este podría ser el resumen de todas estas cartas
que te he escrito. Esto se nos pide para ser leales
á Dios en este mundo confuso: una vida de hom­
bres y mujeres corrientes, de pueblo o de ciudad,
unida a una fuerte vida interior y a una seria
preocupación por el prójimo.
DESPEDIDA DESDE TORRECIUDAD

Y llego al final de este libro en el que recojo


algunas cartas a los hombres.
Van dirigidas a los amigos de Dios y a los que
querrían serlo, a padres generosos y a madres con
hijas endemoniadas, a jóvenes podridos por la
carne y a los que quieren realizarse en los gran­
des ideales, a los pobres y a los ricachones, a los
tristes y a quienes les salta la alegría por los ojos,
a los tacaños y a aquellos que tienen grande el
corazón, a los envidiosos y a los que saben lo que
es misericordia, a los laicos, a los curas y a los
obispos, a los perezosos y a los emprendedores,
a los que viven en el mundo y a los pobrecitos que
se encuentran en la cárcel.
Son cartas que volveré a releerlas más adelante;
estimo que lo necesitaré y..., tal vez, lo necesita
remos, porque, más o menos, todos guardamos en
nuestro interior sinceridades y cobardías; todos
estamos hechos de gulas y de sobriedades; todos
tenemos mucho de hombres insensatos y de ma­
dres desprendidas. Somos capaces de las mayores
estupideces, al tiempo que tenemos rasgos genia­
les de auténtica caridad.
Todos estamos necesitados de que nos hablen
al alma, porque a veces nos encerramos en estre-
chos y mediocres egoísmos, aunque también, de
cuando en cuando, como los santos, no vemos a
nuestro alrededor más que almas a las que nos
damos sin cuento y de verdad.
Con todas estas cartas he llegado a este San­
tuario de la Virgen. Los papeles los tengo recogi­
dos en un cartapacio grande, de esos que usába­
mos de niños para guardar los dibujos; está hecho
de cartón, con colores escoceses, cantoneras de
latón y unos cintajos rojos.
Y con este fardo he venido a Torreciudad, en
tierras del Alto Aragón, con aguas del Cinca, en
la provincia de Huesca. Aquí hay muros que han
albergado durante siglos una talla románica de la
Virgen, del siglo xi, hecha de una pieza de madera
de álamo. El lugar —con el Monte Perdido de los
Pirineos aragoneses como telón lejano, cercano a
Barbastro, donde nació el Fundador del Opus Dei,
Mons. Escrivá de Balaguer—, ha sido foco de espi­
ritualidad y veneración a la Virgen desde tiempos
de la Reconquista. El Opus Dei se ha encargado
del mantenimiento del culto y la dirección de las
labores sociales, culturales, docentes y formativas
que se llevan de modo perm anente en las edifica­
ciones inmediatas al Santuario.

Hoy es 21 de septiembre de 1974. El Santuario


está edificándose. Se adivina el retablo. La estruc­
tura metálica que lo soportará está ya colocada.
Ayer se terminó la bóveda interior de la iglesia.
Los obreros celebraron este remate im portante en
la construcción y no regresarán al trabajo hasta
CARTAS A LOS HOMBRES 411
el lunes. Hoy es sábado. No hay nadie. Me en­
cuentro absolutam ente solo en un lugar que pron­
to —cuando se termine— se llenará de peregrinos
que vendrán a rezar. Y todo el mundo oirá hablar
de Torreciudad.
En el reloj de carillón, con campanas de bronce,
están dando las cinco. Me aparto del camino y bajo
del Santuario nuevo, sin terminar, a la vieja ermi­
ta. Entre enebros, carrascas, té de roca y madre­
selvas. Hay mucha luz en este atardecer y pájaros
en los aires y peces en las aguas, y un aroma fuerte
de espliego, romero y tomillo, y mucho silencio
La naturaleza está muy viva.
En tierras próximas se está recogiendo la almen­
dra; dentro de poco comenzará la vendimia, se
sem brará el trigo, la cebada y el sorgo.
Hoy faltan los hombres en este lugar. Estoy solo
donde, dentro de poco, habrá siempre miles.
Con fondo de montes perdidos —hoy nevados—,
con montañas, torreones, aves, nubes, plátanos,
olmos y litoneros reflejados en las aguas profun­
das, limpias, azules, del Cinca, embalsadas al pie
del roquedo en el que se apoya esta Virgen Mo­
rena, entro en la erm ita con el mamotreto debajo
del brazo. Si alguien me ha visto puede pensar
que por qué no lo he dejado afuera, en el porche.
Pero lo que yo te traigo, María, es precisamente
este montón de papeles para que los bendigas con
bendición de Madre. Quisiera que todo aquello que
no he dicho al oído de los hombres, porque tenían
prisa, porque se encontraban lejos, porque no he
chillado lo suficiente, porque estaban sordos para
412 JESUS URTEAGA

las cosas de Dios, lo puedan leer a través de estas


cartas escritas en la presencia del Señor.
Esto es lo que he dejado estam pado en el libro
de firmas del Santuario de Nuestra Señora de los
Angeles, de Torreciudad. Los que lo lean no enten­
derán de qué va. Pero tú, Madre, sí.
«¡Madre! Aquí tienes el cartapacio de cartón,
con colores escoceses, cantoneras de latón y unos
cintajos rojos. El mam otreto abultado contiene
muchas cartas a los hombres. Las pongo en tus
manos, para que las bendigas. Tú puedes lograr
que hagan algún bien a las almas. Torreciudad.
Un sábado de septiembre de 1974».
INDICE DE MATERIAS

Alegría, 66,158, 201, 205, 210. Confesión, 49, 53, 128, 154,
314, 404. 158, 291.
Ambición, 247. Confianza en Dios, 23, 116,
Amor a Dios, 23, 45, 62, 139. 174, 376, 399.
154, 174, 184, 186, 224, 261. Conversión, 49, 53, 128, 158,
Amor al mundo, 180, 193, 291.
270, 277, 351. Cristianos corrientes, 145,
Amor de Dios, 40, 92, 95, 224, 270, 277. 283, 300, 391.
109, 120, 158. Cuaresma, 49.
Amor humano, 329, 333, 344. Cultura, 247.
Angelus, 408. Descanso, 104.
Apostolado, 104, 121, 193, Desprendimiento, 40, 166.
234, 239, 247, 261, 264, 277, 174, 184, 186, 201.
283, 314. Diálogo apostólico, 283.
Aprovechamiento del tiem­ Dificultades, 49, 71, 100, 121,
po, 45, 104, 133. 150. 190, 210, 224, 270, 283,
Audacia, 29, 121, 193, 264, 314, 329, 376. 404.
283. Doctrina, 193. 247. 283, 376,
Autoridad, 348. 387 399
Avaricia, 166, 171, 174, 186. Dolor, \90, 193, 205, 210, 270,
Beatería, 391. 288, 291, 314, 404.
Calumnia, 163. Educación familiar, 145,
277, 348, 351, 359, 363, 366,
Caridad, 116, 158, 166, 174, 376, 383.
184, 190, 193, 261, 264, 314, Egoísmo, 139, 174, 180, 184.
333, 351, 391. 190, 193.
Castidad, 139, 150, 154. Enereía, 49, 109, 116, 121,
Cárcel, 288, 291, 314. 21< 233.
Cielo, 71, 78, 85, 180. Envidia, 158, 163.
Clericalismo, 391. Epifanía, 57.
414 INDICE DE MATERIAS

Esperanza, 49, 71, 214, 288, Moralidad Pública, 145, 150.


291, 314. Mortificación, 139, 154, 201.
Exigencias sociales de la Muerte, 66, 71, 78, 85, 133,
Fe. 166, 171, 180, 193, 239, 205, 300.
351. Navidad, 92, 95, 210.
Familia, 104, 145, 193, 277, Negación a Dios, 95, 109,
314, 333. 340, 342, 348, 359, 128.
363, 376. Noviazgo, 329.
Fe, 23. 116, 186, 193, 376, Obras, 45, 53, 85, 95, 110,
387, 399. 121, 133, 154, 166, 171, 184,
Fidelidad, 62, 95, 376, 391, 193.
399, 404. Oración, 116, 121, 154, 399,
Fiesta, 104, 201. 408.
Fortaleza, 29, 109, 376, 387. Padres, 145, 277, 333, 340,
Generosidad, 40, 71, 95, 121, 342, 348, 351, 359, 363, 366,
174, 184, 186, 190, 305, 333, 376.
344. Pasión del Señor, 57, 128.
Gula, 201. Paternidad r e s p o n sable,
Hambre, 171, 180, 193. 344.
Hijos, 145, 277, 314, 333, 344, Perseverancia, 49, 116, 121,
348, 351, 359, 363, 366. 214, 404.
Hocares cristianos, 145, 193, Peticiones de Dios, 40, 95,
205, 277, 333, 340, 342, 344, 121.
348, 351, 359, 363, 366, 408. Piedad, 399, 408.
Honores, 247. Pobreza, 40, 166, 171, 174,
Humildad, 29, 116, 193, 247. 180, 201, 351.
Iglesia, 234, 264, 283, 351, Primeros cristianos, 239,
376, 387. 264, 391.
Indecisión, 53. Pureza, 139, 150, 154.
Ignorancia, 171. Rebeldía, 150, 180.
Intelectuales, 247. Recomenzar, 49, 128, 314.
Ira santa, 109, 376. Resurrección, 71, 404.
Jóvenes, 139, 150, 154, 214, Riqueza, 166, 171, 174, 180.
270. Rosario, 408.
Justicia, 163, 171, 180, 184, Sacerdotes, 305.
351. Sacrificio, 71, 154, 201, 205,
Libertad, 150, 234, 239, 348, 224, 270.
359.
Limosna, 184. San José, 100, 224, 408.
Liturgia, 399. San Pedro, 29, 128.
Lucha interior, 71, 230, 404. Santidad en la vida corrien­
Lujo, 180. te, 35, 45, 85, 104, 145, 205,
Llamada de Dios, 53, 57, 218, 224, 264, 277, 351, 408.
305. Santificar el mundo, 145,
Magnanimidad, 29, 186. 180, 193, 218, 224, 264, 270
Matrimonio, 329, 333, 344. 277.
Mentira, 163. Sinceridad, 163, 333.
INDICE DE MATERIAS 4| 5

Sinceridad de vida, 35, 85, Trabajo, 13, 66, 133, 218


218. 224, 247, 277, 323, 408.
Soberbia, J90, 193, 247. Tristeza, 158, 205, 210, 404.
Solidaridad humana, 163, Valentía, 264, 376, 387, 399.
166, 171, 180, 193, 239, 323. Vida cristiana, 13, 35, 180
Supersticiones, 399. 277.
Tenacidad, 49, 116, 121, 214, Vida corriente, 104, 218, 224,
270. 277, 300, 408.
Tibieza, 49, 53, 230. Virgen María, 100, 104, 128,
Tiempo, 45, 133, 193. 408. 415.