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PROPIEDAD LITERARIA RESERVADA

Título del original alemán:


MENSCHEN, DIE ZUR KIRCHE KAMEN
Versión española de:
VALENTIN GARCIA YEBRA

TERCERA EDICION
S E V E fí l A L A M P 1 A G

HOMBRES
QUE VUELVEN
A LA IGLESIA

EDICIONES Y PV BI K' ACI ONFS ESPAÑOLAS. S . A.

K. P. F. S. A.
M A D R I D - M CMl il!
I N D I C E

Página».

I n t r o d u c c ió n ..................... 9

Autoridad contra subjetivismo, por el Dr. Expedito Schmidt,


O. F. M. (Alemania) ... 21
Rationabile Obsequium, por el Dr. Karl Thieme (Alemania). 25
Una fe en desacuerdo consigo misma, por el Profesor Ernesto
M. Roloff (Alemania) ...... .................. 39
Ciencia y sociedad sin fe, por la doctora Fanny Imle (Ale­
mania) ........ ... 51
A través de la historia de las Ordenes católicas, por Han? Cari
Wendlandt (Alemania) ... 59
Konnersreuth, por el Dr. Benno Kárpele? (Austria) 63
¡Amor dichoso!, por Irma Di Lena (Suira) ... 67
Acusada de comunista ante el Tribunal del Estado y. . por
Francisca Van Leer (Holanda) ...... ............................ 71
Masón convertido, por el cónsul Einar Bemun 1Noruega! ... 79
Más allá de las limitaciones humanas. p<?r Sigrid Undset
(Noruega) ........ 87
Bocaccio como inspirador de la fe. por Nils E. Santesson
(Suecia) ............................. ....... 101
Del hombre ideal, Cristo, al Hombre-Dio?, por Sigrid Swan-
bom (Suecia)........ ............. 107
El sudario de Turín, por el Párroco Jacobo Olrik (Dina­
marca) ............. 111
Páginas.

Pobreza y caridad fraterna de los franciscanos, por la baronesa


Erika Rossenórn-Lehn (Dinamarca) ........ ... 117
Lo que propiamente debiera haberme apartado..., por Gil·
bert Keith Chesterton (Inglaterra) ........ ... ........ 121
Fracaso práctico del anglicanisruo, por el Rev. Owen Francis
Dudley (Inglaterra) ........ ............................. 129
El Catolicismo inadulterado, por Sheila Kaye-Smith (Ingla­
terra) ......................................................................................... 143
Añoranza del auténtico sacrificio de la Misa, por Mac Far-
lane-Barrow (Escocia).............................................................. 151
En busca de la Comunión, por Sliane Leslie (Irlanda) ........ 157
El encuentro con la liturgia, por John M!oody (Estados
Unidos) ..................................................................................... 163
De la sinagoga al verdadero Mesías, por Rosalía María Levy
(Estados Unidos) .................................... .............................. 167
Anshin Rüsumei, la perfecta armonía del alma, por Takizaki
San (Estados Unidos) ............................................................. 173
Un negro, corredor de récord, por Ralph H. Metcalfe (Es­
tados Unidos) ........................................................................... 175
Y un profesional del fútbol, por Knute Rockne (Estados
Unidos) ........ ............. 179
Del racionalismo a la fe en los milagros, por el Dr. Sam
Atkinson (Canadá) .................................................................. 181
Bajo la mano de Dio6, por Paul Claudel (Francia) .............. 189
Una amistad entre poetas socorre en la miseria espiritual, por
Francis Jammes (Francia) ..................................................... 197
El secretario general de las juventudes comunistas españolas,
por don Enrique Matorras (España) ... ........................... 201
A la religión por el amor a la Patria, por don Ramiro de
Maeztu (España) ...................................................................... 209
Cuando hay que separarse de lo que más se ama, por el Pro­
fesor Dr. Everardo Backheuser ( Braoil) ........................... 221
Soledad y lectura de la Biblia, por Emma Dewewffy (Hun­
gría) ........ ........ ............................................................... 231
El mal fin de la Iglesia estatal, por el Profesor Dr. Ivan
Puzyna (Rusia) 235
Páginas

La Historia rechaza la Iglesia del Estado, por el príncipe


Dimitri Galitzin (Rusia) .................... 245
Curado del relativismo, por el Prof. Dr. Pablo Tokaro Ta-
naka (Japón) ............. .................. 251
El modelo en el dominio de sí mismo, por el Contralmirante
S. Shinjiro Yamamoto (Japón) ... ............................. 257
Un militar que se rinde a la verdad, por el Coronel Chang
P’ Ei Fu (China) .............................. .................................... 261
Un Primer Ministro capitula, por Lou Tseng-Tsiang (China). 263
Al concepto de infinitud pasando por el racionalismo, por
L. M. Balasubrahmaniam, S. J. (India) .............................. 269
¿Superstición hindú o culto del Hombre-Dios?, por Brahm-
chari Rewacband Animananda (India) ............................... 277
Un miembro separado ya no tiene vida..., por J. Stephan
Narayan (Ceylán) ................................... 283
No Iglesias, sino Iglesia, por Rodolfo A. Mndaweni (Africa). 289
E pílogo................................................................. ........ ... ....... 293
N O T A P R E L I M I N A R

sta nueva edición de HOMBRES QUE VUELVEN

E A LA IGLESIA ha sido acrecentada con loe inte­


resantísimos relatos de Shane Leslie, Sheila Kaye-
Smith, Sigrid Undset y Dom P. Tseng-Tsiang, O. S. B.,
tomados de la quinta edición inglesa publicada en los
Estados Unidos de América por la Bruce Poblishing Cojn-
pany.
Quiero hacer constar en este lugar mi agradecimien­
to a los autores de dicha edición, RR. PP. Severin y
Stephen Lamping, O. F. M., así como a Mr. William Bru­
ce, por la amabilidad con que me autorizaron a incorporar
a la nueva edición española los citados relatos.

V. G.· YEBRA.
I N T R O D U C C I O N

A verdad iu> se fabrica artificialmente. Se nos presen·

L ta, por el contrario, como cosa dada. Se puede pres­


cindir de ella por ignorancia o por malicia, pero no
se la puede cambiar ni desviar en su ser ni en su manera
de ser. Frente a todos los conatos de falsificación y oscure­
cimiento se afirmará siempre victoriosa la verdad, aun
cuando para ello tuvieran que pasar milenios.
La gran fatalidad de la humanidad moderna consistió
y consiste en que cree o, por lo menos, vive como si la
verdad dependiera del hombre y no el hombre de la ver­
dad. En ciertas aulas se encuentran profesores que se arro­
gan el derecho de anunciar una nueva concepción del uni­
verso, y en alguna esquina se alza tal o cual predicador de
secta que se cree llamado a ser el fundador de una religión
nueva. ¡Con cuánta frecuencia, en el pasado y en la actua­
lidad, se han proclamado teorías absurdas como normas
de vida! Y la vida se hizo tan precaria como el pensa­
miento. No fueron reconocidas verdades eternas. Esta au­
tonomía humana ha provocado crisis espirituales como
nunca las había conocido el mundo. Ha comenzado una
lucha del espíritu, una búsqueda y un tanteo de valores y
principios eternos en un mundo agitado por las opiniones
más opuestas y, con frecuencia, más disparatadas. Nunca
han estado los hombres más desorientados que hoy ante
los problemas de la vida; pero nunca, tampoco, ha re­
clamado la humanidad un cambio de rumbo más imperio­
samente que en el terrible caos espiritual de la actualidad.
Felizmente, en la confusa visión del mundo que tienen
los moilernos, vuelven a dibujarse ya los vigorosos contor­
nos de las verdades eternas, de aquellas verdades eternas
que son los fundamentos en que se basa la fe de la Iglesia
10 SEVERIN I.AMPING

católica. La Iglesia católica es el único poder objetivo que


se alza en este mundo. Es el mayor y más universal fenó­
meno de la historia universal. Su concepción del universo
descansa sobre cimientos eternos. Por eso no es de extra­
ñar que en los últimos tiempos y en los años más recien­
tes, en todos los países cultos, y especialmente entre los
hombres de letras, haya comenzado un movimiento de vuel­
ta hacia la Iglesia católica. Todos los que en el caos es­
piritual de la actualidad han conservado un juicio objeti­
vo reconocen cada vez más que, a la larga, no se puede
edificar una vida sobre opiniones, sino únicamente sobre
dogmas, si es que se quiere dar a la existencia algún sen­
tido.
Por eso muchos vuelven hoy de la incredulidad o de la
heterodoxia y de la duda al seno de la Santa Madre Igle­
sia, ” columna y fundamento de la verdad” (I. Tim. 3, 15).
No hay religión alguna que pueda ostentar tantos y tan
notables conversos como la católica, y serían menester lar­
gas listas si se quisiera reunir tan sólo los nombres de per­
sonalidades célebres que en los últimos decenios se han
convertido al catolicismo. Es cierto que el argumento de
los números puede ser valorado de diversos modos; pero,
cuando los heterodoxos se hacen católicos después de largo
estudio v con grandísimos sacrificios personales, esto cons­
tituye una poderosa apología de la verdad del catolicismo.
En Inglaterra vuelven anualmente a la Iglesia católica
de 11.000 a 12.000 personas. En los últimos años han sido
m ·< de 12.000. Desde la muerte del célebre converso an­
glicano v más tarde cardenal John Henry Netvman (1890),
han vuelto al seno de la Iglesia, sólo en Inglaterra, alrede­
dor de 900 eclesiásticos protestantes. El converso inglés
Burges-Bayly ha hecho una reseña de estos convertidos del
estado eclesiástico. Entre los escritores ingleses, el ’ ’cato­
lizar” se ha puesto casi de moda, si se pueda emplear esta
expresión. El conocido e ingenioso escritor inglés Gilbert.
Keit.h Chesterton, también converso, llega a afirmar que
el hacerse católico es sólo cuestión de solidez de pensa­
miento.
En Alemanui aumenta de año en año el número de los
convertidos. Anrmlmente se convierUm aquí de 10.000 a
11.000. Algunos de los más célebres conversos alemanes de
ambos sexos son, en la actualidad: el filósofo de la cul­
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 11

tura Teodoro Haecker, el capellán Fahsel, el dominico


P. Benedicto Momme Nissen, el franciscano P. Expedito
Schmidt, el antiguo profesor de Universidad protestante
Dr. Erík Peterson, el Dr. Carlos Tiehme, el poeta Godo-
fredo Hasenhamp, la poetisa Gertrudis von le Fort, la
poetisa y artista Ruth Schaumann, etc. El Dr. Han Rost,
en su obra Die Kulturkraft des Katolicismus (2.a edi­
ción, Paderborn, 1930, págs. 411-418) da una larga lista
de convertidos alemanes antiguos y recientes.
Hay que conocer el camino seguido por estos conver­
tidos para saber cuán poderosamente se presentó a su alma
la verdad católica. El Dr. Erik Peterson escribió después
de su conversión a su amigo Carlos Barth: ” Tengo ahora
cuarenta años. He renunciado a mi familia, a mi profe­
sión y a mi jtosición social. Durante veinte años he inves­
tigado en el campo de la Teología. Lo que he hecho, lo
he hecho obligado por mi conciencia, para no ser repro­
bado por Dios. El que ahora me condene sepa que contra
su fallo he de apelar al tribunal de Dios” (Theoloeische
Blátter, 1931, N. 2).
En los Estados Unidos asciende anualmente el número
de conversos a unos 40.000. Los dos últimos años (1) die­
ron la cifra record de 50.000 conversiones. Según noticias
de la Revista The Lamp. 1934, p. 363. de 3.000 conver­
tidos americanos ( debe de tratarse de una selección de perso­
nas de los círculos superiores) que se hicieron católicos en
un determinado espacio de tiempo, 372 eran clérigos pro­
testantes, de los que 135 pasaron a ser sacerdotes católi­
cos. De los laicos, 115 eran médicos, 126 abogados, 45
miembros del Congreso, en parte activos, en parte retira­
dos; 12 gobernadores y ex gobernadores, 180 oficiales del
ejército y de la marina, 206 escritores, músicos y otras per­
sonalidades relevantes en el campo de la cultura.
De entre los conversos y conversas de fama mundial y
de nacionalidad no alemana, mencionemos aún al almi­
rante norteamericano Shephard Benson, al P. Jon Svens-
son, S. /., originario de Itlandia y conocido por sus Li­
bros de Nonni. a la escritora noruega Sigrid Undset (pre­
mio Nobel), al conde ruso W'ladimiro SoUwiev, al emba-

(1) Téngase en cuenta que este libro apareció por primera ve*
en Alemania en 1935. (N. del T .)
.sRVKHIN bAMIMW;

¡tuior francés Paul Claudel, al escritor italiano Giovanni


Papi ni, ai antes arzobisfto cismático i tulio Mar Iranios, al
en otro tiemfut presidente de ministran chino, idiota be-
ш* tic tino, /V Celestino Ion, y al contralmirante ja ponen
Shinjiro Yagnamoto.
\o w пш oculta, ciertamente, que, s o h r e lodo en Um
añnt> que siguieron a la Gran Guerra, salieron de la Inic­
ua muchos тая de los que en ella entraron. El, racionalismo
\ el rnaterialisnut. la» eotinwciones anímicas de la, Gue­
rra Mundial, la miseria stnial de las masas, la satánica
propaganda del socialismo y ileí comunismo contra la Igle­
sia, fomentaron poderosamente el alejamiento de ella. Pero
este alejamiento no puede ser esgrimido сопи> argumento
contra In verthuí de la Iglesia, pues, en primer lugar, la
Iglesia católica ha demostradlo, incluso en este movimien­
to contrario a ella, su mayor fuerza de cohesión interna
.n cumfmrfuión con la de las demás Iglesias. El Kirchli·
<|,r« Handbuch ( Bachem-Köln, 1933-34, р. ¿8 3 ), d ice:
’ 'Mientras que la poblatión católica de Alemania es a,
la evangélityt com o 1:2. el núnu'ro de apóstatas respec­
tivos ¡mede cifrarse en 1 :7". En segurulo lugai el ale-
jamiento de la IgU'sia no obederc, en la, nuiyoría de los
<aso*, n grarules exigencias espirituales y morales, como la
conversión a ella. La capacidad para formarse un juicio
¡•ulefundiente sohre la esetwia del cristianisnut y de la
ífilenia es, en la mayorm de aqiwllos que le volvieron la
esfmlda, cosa muy problemática. Digno de tenerse en
cuenta es el hecho de que miles de elf/ts, al cambiar las
circunsUinrists, han viudto a la Iglesia. En Vierui, por
ejemplo, lo hicieron en el es ¡nudo de tres meses unos 20.000;
en un a fmrroquia de Frankfort s. el Meno (St. Gallus),
2.000 en un año.
Y rut sólo entre los traba jado res y obreros oiwizañados,
sino también entre las ftersomui cultas fue la ignorancia
en materia de religión, con mucha frecuencia, concausa
de la afHtstasía. Es una realidad i>ergonzosa que ciertos
enrofu-os saben más de budismtt qtu> (le catolicismo, el
mal, sin embargo, lia sido el forjador de la unidad cul­
tural de (Pcciflente A esto se añade que los hombres, cuan­
do ·'· trata de un sacrificio, se encañan con fácil,idad a si
miamos. Las modernas expresiones "nobleza de carácter"
y "< ristianismo a/l/ñptwht a. la raza", lo mismo qw> la
HOMBRE«* MI; В VUELVEN A LA IGLEMA 13

afirmación, nunca demotlratta aún, de que "toda* laя r*·


llgionc» non igualmente huma»” , constituyen una manera
de bu»car a Dio» muy cómttda, por cieno, pero no la má$
noble. La religión católica no e» "una de tunta» conforto·
ne»'*, del mi»mo nunlo que Je»ucri»to no e» "lino de tantoя
fundmlore» de religione»**. La vacía frase: " Yo pertenezco
al cri»tiani»mo, ciertamente, pero no a la Iglesia” , no tie­
ne má» exfdicación que el tratar de elwlir cobardemente
las exigencias de la religión cristiana. Y lo* que mil nove-
ciento» años desputa fiel rutci miento de Cristo яе По­
топ a -u mismo* **paganoя" y no reconocen ningún dio*
pertonal, deshonran con ello a lo» paganoя de lo antigiiedatl.
Sigrid IJndset, la gran ¡upetim nórdica, ptpne de таnifien,
lo en un ¡tanaje de m libro FncurntroK y Sep* racione* 1»
diferencia entre el antiguo y el moderno ¡paganismo. "til
antiguo paganismo" , e»cribe con gran acierto, " fué una can­
ción de amor а ил Dioя que яе conserraba oculto, un inten­
to <le inñnunrne en lo divino, cuya proximidtv.1 %e fpresentía,
mientra» que el pagani*mo moderno e» una declaración de
guerra contra un Dio» que ya яе ha manifestado*'.
Vtv procedimiento muy en ht>ga para rebajar la gran­
deza del catolÍci»mo continte en hablar de la ” podero%n
organización de la Iglesia** y de lo» ’ *oculto» manejoя de
Йота**, сото яi de ente mmlo encontrara explicación la
maravilla de In Iglcgia. ¿Por medio de qué ” podere»*' y
**manejos" fueron comwrtido» al catolicinnu> 6 . ^ ' 000 de
pagano» durante el jtontificado de Pío XIY ; Y Ion con-
гегяо* que поя hnblan en ente libro? Para totla ¡persona
libre de prejuicio* яега siempre 1л. Iglesia una manifesta­
ción tini versal de la gracia v de la fuerza de Dio».
1>a pueril afirmación de que el cristianismo ся "extra­
ño a la raza** no procede de aquelloя que han estudiadlo
In Historia, »ino de lo* que ne acercan a la Historia con
opiniones preconcebida*. K»to» ni niquicra »aben que no
яе puede pronunciar la /palabra "cultura" sin nombrar en
el mismo instante a la l f lenta católica. El gran alemán, y
al mhnw tiemfto gran católico, Joté (rórre*. apostrofa con
razón а еяоя taleя: "Dondequiera que gtUpeéi» la tierra,
aquí o allá, <*«· e»ta éfx*'o o en la otra, por tenias parte»
14 SEVERIN LAMPING

brota ante vuestros ojos el manantial de la verdad cató­


lica. Encima se alza el granito en bloques y abe jo forma
los más profundos sedimentos, sirviendo así de base a to­
das las formaciones posteriores que en él han encontrado
su punto de apoyo. Os encontráis con la unidad católica
en todos vuestros caminos; a pesar de todo lo que habéis
hecho para incorporarla—a ella, madre de todo número< ■

a la comunidad de los otros números, siempre se os ha
escapado de las manos y ha ocupado el lugar que le co­
rresponde, en el centro. ¡Comprendedlo al fin! Volved
hacia ella vuestras miradas. Reconoced en ella el último
fundamento sobre que descansa todo aquello en que vos-
otros estáis de acuerdo” (Kirche und Staat, Weissenburg
a. S. 1842, p. 220).
o es digno de tenerse en cuenta que Julio Lang-
behn, el ’ ’ Rembrandt alemán*' y heraldo del hombre nór­
dico, se haya hecho católico? Nadie ha sentido tan nórdi­
camente como él, y, sin embargo, escribe que por medio
de la fe católica se ha abierto su vida como una flor.
Se podría objetar: Si la fe católica es tan evidente,
¿por qué no son más los heterodoxos que se hacen cató­
licos? He aquí la respuesta: Porque los prejuicios contra
la Iglesia católica son enormemente grandes. El que co­
nozca, siquiera ligeramente, la literatura de los conver­
tidos y trate con heterodoxos, sabrá cuán grande es la. ig­
norancia de estos sectores en cuestiones de doctrina y cos­
tumbres católicas. Parece cosa increíble que todavía sei
divulguen y sean creídos los ridículos cuentos que se pro­
palan. El benedictino americano Ambrosio Reger narra
en su magnífico libro Alias Oves Habeo (Pusiet, Nuetúa
York y Cincinnati, 1928, ps 122-153), en los capítulos
«Bigotry and Ignorarme, Bigotry and Malice», ( «Intoleran­
cia e Ignorancia, Intolerancia y Malicia»), casos de propia
experiencia. Lo que allí se dice de los Estados Unidos vale
también para otror países. Semejantes historias son muy
divertidas; pero, al mismo tiempo, surge involuntariamen­
te la pregunta: si los heterodoxos estuvieran en posesión
de la verdad, ¿necesitarían hacer una caricatura de la
Iglesia católica? ¿Por qué sigue aún en vigor entre los
no católicos el principio de que ,flos libros católicos no
merecen ser leídos?” La mayor parte de los convertidos
tuvieron que atravesar un muro de prejuicios hasta llegar
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 15

a la verdad. El ’ ’Rembrandt alemán” decía una vez:


” Tengo el profundo y sólido convencimiento de que las
nueve décimas partes de los protestantes e incrédulos que
valen algo se harían católicos inmediatamente si conocie­
ran la esencia del catolicismo.**
El segundo obstáculo para la conversión a la fe cató­
lica es el mal ejemplo de los católicos tibios e infieles. Son
pocos los hombres que saben distinguir entre la cosa y la
persona, y por eso no es de extrañar que los no católicos
se vean inducidos por la mala vida de algunos a falsas
conclusiones en la valoración del catolicismo, jCuántos
católicos hay que tienen la audacia de llamarse cristianos
sin tener el valor de serlo! A estos tales caracteriza el
poeta Ibsen muy acertadamente en su ” Incendió” :
Da tan sólo uno vuelta por el país
y aplica tn oído a las paredes;
observarás cómo cualquier cristiano
es algo y nada de todo:
un poco solemne en los días festivos,
un poco piadoso a la paterna usanza,
un poco amigo de francachelas...
pues también lo fueron sus mayores.

A continuación vamos a dejar la palabra a converti­


dos de ambos sexos en abigarrada sucesión (I). Converti­
dos de todas las partes del mundo. Algunos son contrersos
en sentido lato; es decir, católicos que se habían extra­
viado en la incredulidad y luego recobran la fe de su ni­
ñez. Los que aqui toman la palabra no son cabezas lige­
ras ni personas sentimentales. La mayor parte sólo con
gran repugnancia han accedido a escribir la historia de
m conversión. Lo han hecho, al fin. para ensalzar la mi­
sericordia de Dios y para ayudar a las almas que buscan.
No queremos dejar de expresarles aquí nuestro cordial
agradecimiento. **Guardar el secreto dei rey es bueno**,
Jice la Sagrada Escritura, ” pero anunciar y alabar las
obras de Dios es glorioso” (Tob. 12, 7). Como puede
comprenderse, fué de todo punto imposible recoger en esta
■colección de relatos de vivencias personales todas aquellas

(l) El orden de presentación comienza por el círculo cultural


germánico. Síguenle el círculo cultural románico, los demás pueblos-
europeos y, por fin, los del lejano Oriente y los del Sur.
16 SEVERIN LAMPING

noticias que seguramente hubieran sido de interés; pri­


meramente, no todos nos fueron asequibles; en segundo
lugar, no todos quisieron escribir, y, finalmente, era impo­
sible recogerlas tocias, si se quería que el libro no resultara
excesivamente voluminoso. Por estos motivos hemos pres­
cindido de algunas nacionalidades. Sería, ¡mes, inútil de­
cir: Esle o el de más allá habría podido entrar aquí tam­
bién. El que se hayan recogido narraciones de personas de
diversas razas no extrañará a nadie que tenga sentimien­
tos cristianos. El gran apóstol de las gentes, Pablo, escri­
be en su carta a los Gálatas: ” Poi la fe en Jesucristo sois
todos hijos de Dios. Pues todos vosotros, que habéis sido
bautizados en Cristo, habéis revestido a Cristo. Así, pues,
ya no hay judío tii pagano, siervo ni libre, varón ni, mu­
jer. Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3, 26).
Comenzando por la Apología pro vita sua (London,
1865), del célebre convertido Newman, hasta llegar a la
publicación del técnico financiero norteamericano John
Moody, My Long Way Home (Mi largo camino hacia casa:
The Macmillan Co., Nueva York, 1933), hay en la mayor
parte de los países innumerables publicaciones de con­
versos o acerca de ellos; por ejemplo, la colección alema­
na de D. A. Roserthal, Konvertitenhilder aus dem 19. Jahr-
humdert ( Mainz-Regensburg, Edicio>nes 1889, E892, 1902),
el libro más reciente de C. Adrian-Werburg, Ihre Wege
nach Rom (Schoningh-Paderborn, 1929) los muchos re­
latos de la conocida revista bimensual Die Friedensstadt
( Paderborn) y de la revista Der Eucharistische Volker-
bund ( Viena). Entre los periódicos o revistas de fuera de
Alemania que publicaron noticias sobre convertidos men­
cionaremos, por ejemplo, el órgano semioficial del Vati­
cano, el O'servatore Romano (Roma), los periódicos es­
pañoles El Debate (Madrid) y El Siglo Futuro (Madrid),
la colección francesa Les Témoins du Renouveau Catholique
y Le Témoignage des Apostata (ambas París), las revistas
holandesas Het Sehilld (St. Hertogenbosch) y Apologetisch
Leven (Driebergen), el semanario nórdico Nordisk Ugeblad
(C')/>enhague), el Sehonere Zukunft (Viena), el periódico
inglés The Un iverse ( Lomlores), las revistas norteamericanas
The Cornmonweal (Nueva. York) y The Lamp ( Prekskill
N. Y ). Además, la revista del arzobispo de Agram (Yugos·
larut). Katolirki List, etc. Una. colección de breves relatos
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 17

personales de conversos judíos apareció en 1924 en Nueva


Xork con el título Why Jews become Catholics (edición pro­
pia). En Londres apareció en 1933 un libro semejante, Con·
versions to the Catholic Church, de M. Leahy ( Oates &
Washbourne, Lond res, 1933). Pero aún no hemos tenido no­
ticia de ningún libro de convertidos en que describan el
camino de su propia vida conversos de todos los continentes.
En las narraciones que siguen no se ha cambiado nada,
y las que fueron- escritas en idioma extranjero han sido
reproducidas en una traducción lo más literal posible (1).
Pedimos, pues, indulgencia para los traductores, puesto
que su fin primordial no fué presentar narraciones litera­
riamente valiosas. Tampoco se ha de esperar aquí una
valoración psicológica de los relatos. Quédese para los psi­
cólogos el intento de una interpretación psicológica de los
variados motivos de las conversiones. En este libro han
de hablar los relatos por sí mismos. A todos los que me
ayudaron comunicándome direcciones, cooperando en las
traducciones o de cualquier otro modo, un cordial ” ¡que
Dios se lo pague!”
Es evidente que los relatos, al reproducir el aconteci­
miento externo más que el proceso interno, no tienen la
pretensión de ser perfectos en la explicación del fenóme­
no sobrenatural que denominamos conversión. Una con­
versión es algo más que una conclusión lógica. Es un efec­
to misterioso de la gracia divina. No seré yo quien decide
si los conversos de este libro han juzgado siempre con
exactitud sus acciones y motivos, pues los acontecimien­
tos pasados se prestan fácilmente a una interpretación y
valoración nuevas cuando se los vuelve a contemplar des­
de un nvevo punto de vista. Con esto no quiere decirse,
naturalmente, que los relatos hayan sido menos i'eridicos.
Pero ciertas cosas parecerán a! lector más sencillas de lo
que han sido en realidad.
Algunas expresiones fuertes pudieran sonar como una
condenación de otros sistemas religiosos. Pero en la re­
probación de las doctrinas religiosas de otros no va in­
cluida, en modo alguno, la sentencia condenatoria de ios

(1) En la traduroión española se ha procurado también la me·


yor fidelidad, y el relato de Maeetu ha sido reproducido directamen­
te del original. (N. del T.J
2
и
щш- la* *1цп»п I n* lonm hlu* fudahra* <li< San (ll/irlntto,
'U m a ·<*· Ifuum nnlln »aln*" fu*ru </<? tu Iph ,ttt no hay
mlvni intl· » o HKtiifinin ци·*, *кцйп In din h mu lutóllru,
/*»/« * lo* (fu»· f l a n fnptit (/<· ni la *t< r o n d in m , 'Van »Mu
af timan tfu*< In *n /irii’inrm in dti (jin io , la I (j¡h'*ia ttil/ill*
11$, ·’*. < **« *U* lt’*OIO» dt* vvnltltl V * ОП »II* HU'llio» lll' ffftl*
'írt, r / tom iiio tjutit ido ¡mu Dio* ¡una In *almn lóll titvfHM,
fin ItH riodoro tfiu-1 no ит ог« la lf/lr*m y iiini/iln tlv luir·
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*ln lalAliitt i'*, fii vt'itlatl, la nuulrti iln todo* loя fiut'hlo*,
má* itiinlf t nün tfint iin/ant lhit· lirrolna dn Шоя, No */ilo
¡tara lu liithti y ¡una In ih'funta ha nl/lo ndifIrada *ohn*
¡tlrilia, niño tandil/‘tt ¡tura ifin* ни» hunof Irlo§, ni, ¡tiolvr·
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ron/ton filnr turn nmrmfilht ци*1 [tot *u gtntulfiw у
fun mu follador bid/им y /tur tu 1ш1и»1пн iifrilidrul hit
fado in ndmlnulim di* tinto· ///« tight», ijiu· tntdia »mi mi
miln» a in i и vntMhn, liny шш юЫ mnt »villa mn ml
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I vU utrí» ** «ми»**« гЫ<»г1* ‘
A U T O R I D A D C O N T R A
S U B J E T I V I S M O
POR EL D r . EXPEDITO SCHMIDT, O. F. M.
( A l e ma n i a )

Nació en Detlelbach o. M. Destacado como críti­


co literario y teatral. Entre sus libros son dignos de
mención: « Vom Lutheraner zum Franziskaner» (De
Luterano a Franciscano), «.Die Bühnenverhältnisse
dea deutschen Schuldramas im 16. Jahrhundert» (Las
condiciones escénicas del teatro escolar alemán en
el s. XVI), «Literarische Fremdherrschaft in Deutsch­
land» (Dominación literaria extranjera en Alemania),
«Faust, Coethes Menxhheitsdichtungv (Fausto, crea­
ción universal de Goethe), etc. El P. Expedito se ha
acreditado, además, con la edición de una colección
de las obras de Otto Ludwig. En 1933 fué nombre-
do Director artístico del Teatro Regional· fíávnro.

UANDO por vez primera empecé a sentirme insatisfe­

C cho en la confesión protestante, heredada de mis


mayores, y traté de solucionar mis duda6, me sentí
perplejo. Desde el momento en que dejé atrae la piedad
infantil, basada en el sentimiento y cultivada en mi por
una madre profundamente creyente y piadosa, que, al
mismo tiempo, estaba muy por encima del nivel medio
espiritual, no puedo recordar haberme sentido jamás sa­
tisfecho religiosamente. Es posible que la lectura de re­
vistas y libros de ciencia popular, que entonces, por los
años 70 y 80 de la pasada centuria, estaban empapado·
del espíritu de los Moleschot y Büchner. no fuera pre­
cisamente muy a propósito para fortalecer mi fe; pero
tampoco encontré en esta fe las armas para resistir eficaz­
mente a aquellas influencias.
La instrucción religiosa del gimnasio no me ofreció
lo que anhelaba mi alma. Todo lo que se nos decía acer­
ca de la voluntad salvífica de Dios me parecía caprichoso y
9Ín convincente conexión interna. Hoy diría: «Teníamos
22 SEVERIN LAMPING

las diversas partes; sólo uos falta!¡a, por desgracia, un


vínculo espiritual». Con esto no quiero hacer reproche al­
guno a mi» antiguos maestros; obraban con toda su mejor
voluntad. Pero, al decir en cierta ocasión uno de ellos
(con el cual, por lo demás, estuve más tarde en relaciones
científicas muy cordiales): «Nuestra religión es, en todo
caso, la más verdadera», esto indicaba, en realidad, tan
sólo un valor sumamente relativo, y yo pedía conclusio­
nes rigurosamente convincentes.
El que yo pudiera encontrar en la Iglesia católica lo
que allí echaba de menos, ni siquiera se me pasaba por
la imaginación, ni a ninguno de mis compañeros. Esta
era, según nuestra opinión preconcebida, una Iglesia para
los espiritualmente pobres, que necesitan exterioridades;
una forma de cristianismo completamente anticuada. Nos­
otros éramos, como la mayor parte de los protestantes cul­
tos, hegelianos inconscientes, para quienes lo superado en
el proceso dialéctico quedaba ya para siempre suprimido.
También en nuestra instrucción de confirmandos fué tra­
tada la Iglesia católica de manera por completo acceso­
ria y mencionada sólo de paso y negativamente, con algu­
nas frases dejadas caer desde muy alto. P r el contrario,
toda la cólera luterana de nuestro maestro, varón perso­
nalmente muy digno de respeto, se volvía contra aquellos
rompañeros del de Wittenberü en el oficio de reformado­
res, que enseñaron doctrinas diversas de las de éste: con­
tra Zuinglio y Calvino. Esto fué precisamente lo que por
vez primera despertó en mí la duda: ¿quién de estos
tres tenía razón?, ¿quién me decía a mí a cuál de ellos
había sido concedida la autoridad divina? A esto era im­
posible, naturalmente, obtener respuesta alguna; y, como
yo no sabía en cuál de estos hombres debía confiar y
creer, acabé por no creer ni confiar en ninguno de ellos.
De esta manera, el resultado de mi instrucción de confir­
mando fué una incr- dulidad expresa. Cuando, como es
costumbre en la confirmación, se hizo a coro la confesión
de fe, yo me callé. No podía confesarla; tampoco quería
mentir. Si mi buena madre no hubiera estado ya enton­
ces gravemente enferma—murió nueve meses después, por
lo cual no quise ocasionarle este dolor— , me habría su­
blevado en absoluto contra la confirmación. Así, pues, a
causa de mi madre enferma, dejé que pasara todo sobre
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 23

mí, sin tomar en ello participación interna. En mi inte»


rior había dado de mano a toda fe y abandonado la ora·
ción, no descuidándola poco a poco, como suele suceder en
esto, sino en un día determinado y con clara decisión, por*
que, en la posición que había adoptado, necesariamente
había de considerarla como cosa sin sentido. Naturalmen­
te, no dije nada de esto; por lo demás, apenas hubiera
«■hocado a mi alrededor, pues en el círculo de mi fami­
lia, tanto de la más allegada como de la más lejana, fuera
de mi madre, casi no había quien cultivara una profun­
da vida de oración. Sin embargo, mi interés por las cues·
tiones religiosas siguió completamente vivo, aunque, como
puede comprenderse, las más de las veces se manifestaba
en sentido negativo.
Cuatro años después, el cambio operado en mi alma llegó
a una situación verdaderamente lamentable. Volvieron a
surgir en mí pensamientos acerca de Dios, sin que, a pe­
sar de todo, pudiera recogerme en ]a oración. No pude
resolverme a entrar en una iglesia protestante, a cuya puer­
ta me encontraba ya. Di la vuelta y fui a parar, casi in­
conscientemente, a un templo católico, únicamente por­
que sus puertas estaban acogedoramente abiertas. Y en él
ol predicar, de una manera para mí totalmente descono­
cida, sobre el evangelio de la pesca milagrosa de Pedro.
No se trataba de una pieza oratoria; pero aquel sermón
tenía en sí algo que operaba de un modo absolutamente
impersonal, de una manera totalmente objetiva, hasta el
punto de que tuve esta sensación : aquí es otro el espíri­
tu que habla. Volví de nuevo; asistí también a la Santa
Misa, sin comprenderla, naturalmente, y sin rezar: úni­
camente como silencioso espectador. Unos dias después
fui a la casa parroquial y hablé de mi inclinación a la
Iglesia católica; pero recibí en los primeros momentos tan
formal repulsa, que todo lo que se nos había dicho acerca
de la caza de almas y de la fiebre proselitista de los ca­
tólicos perdió en el acto su efecto: «No tenemos tanta
prisa en hacer católica a la gente.» Pero esto precisamen­
te fue lo que encendió en mí el deseo irrevocable de cono­
cer a fondo aquella Iglesia que era, evidentemente, en ab­
soluto diversa de como se nos había pintado, y de adhe­
rirme a ella por completo, costara lo que costara. Volví
ana y otra ve* a la casa parroquial y obtuve, al fin, como
24 SEVERIN LAMPING

regalo, un pequeño catecismo católico, que estudié asidua­


mente. Allí me encontré con la pretensión «le la Iglesia
católica, que se siente columna v fundamento de la ver­
dad. En realidad, esto me pareció, al principio, incluso
arrogante, pues consideraba todavía entonces a la Iglesia
católica como una más en la serie de las confesiones cris­
tianas. Esto, sin embargo, me imponía, porque se hacía
sentir un espíritu completamente diverso al del protestan­
tismo, en el que nunca podía saberse con certeza cuál de
los llamados reformadores tenía verdaderamente la razón.
En todo caso, me sentí obligado a estudiar a fondo esta
Iglesia.
Aún no había vuelto a decidirme a la oración; esto no
comencé a hacerlo hasta pasado algún tiempo, en un hos­
pital católico donde se oraba en común.
Dios fué bueno conmigo. Me condujo—mirando las co­
sas terrenalmente—por caminos no siempre muy llanos
hasta un sacerdote católico, que se convirtió en mi guía
para entrar en la Iglesia. Mucho más tarde he oído contar
a otras personas, a quienes se habían dado noticias de mi
preparación, cuán obstinado me mostré en querer ver con
toda claridad las pruebas de la autoridad divina de la Igle­
sia. Luego todo vino espontáneamente. La lógica de ía doc­
trina católica me ha introducido en la Iglesia, del mismo
modo que la falta de lógica me había hecho salir del pro­
testantismo. Tenía yo entonces diecinueve años, y ni un
segundo me ha pesado el haber seguido esta lógica.
RATIONABILE OBSEQUIUM
P O B E L D B . K A R L T H I E M E
( A lema ni a)

Profesor universitario; ha hecho estudios sobre Fi­


losofía, Historia, Germanística y Teología Evangéli­
ca. Prestó servicios, de 1927 a 1930, en la Escuela
Superior de Política, en Berlín, y de 1931 a 1933,
como profesor de Historia e Instrucción Cívica en la
Academia Pedagógica de Elbing. En 1926 ingresó en
la Asociación Épiscopal-Ecuménica y, casi al mismo
tiempo, en la Unión de Socialistas Cristianos de Ale­
mania ( últimamente era presidente interino en la
Asociación Regional de Prusia). Editó la Revista tri­
mestral interconjesional: «Religiöse Besinnung#, y
en 1934 publicó: «Das alte Wahre, Eine Bildungsge­
schichte des Abendlandes» (La Verdad Antigua. His­
toria de la Formación de Occidente), así como
«Deutsche Evangelische Christen auf dem Wege zur
katholischen Kirche» ( Cristianos evangélicos alema­
nes de camino hacia la Iglesia católica).

la pregunta de por qué me hice católico puedo con­

A testar con estas palabras: Porque Dios me dio a


conocer que sólo dentro de la Iglesia católico-romana
se ha conservado auténticamente y puede anunciarse el
verdadero Evangelio de Jesucristo y la pura e inconta­
minada palabra de Dios. El cristiano a quien se ha con­
cedido este conocimiento tiene que ponerse en camino ha­
cia la Madre Iglesia y debe estar agradecido si ella le
recibe.
La pregunta de cómo llegué a este conocimiento no
puede contestarse tan pronto ni con tanta facilidad. Va
unida a otra previa y de todo punto decisiva: cómo llegué
a querer y, sobre todo, cómo perseveré en «querer ser un
verdadero cristiano». Pero a esto no puedo contestar aquí,
precisamente porque esto sólo podría explicarse partiendo
de las más profundas experiencias de mi vida personal:
porque aquí han entrado en juego motivos «existenciales».
26 SEVER IN LAMPING

que uo es del caso tratar ahora. De todos modos, me cons­


ta con absoluta certeza que mi conocimiento actual de la
necesidad de la Iglesia para la salvación me hubiera sido
inaccesible, si antes no me hubiera sido concedida la /e
en Jesucristo, si no me hubiera mostrado en el camino
hacia él su propia señal, contenida en aquellas palabras
suyas (del Evangelio de S. Juan, 7, 17): «El que está
dispuesto a cumplir Su voluntad, conocerá si mi doctrina
es de Dios o si hablo por mí mismo». Así llegué a com­
prender cuánta sabiduría encierra el lema de S. Anselmo :
«Credo ut intelligam» (creo para ser capaz de entender).
Aquí sólo puedo exponer brevemenle cómo se desarrolló
este conocimiento en cuanto tal.
En cierto modo, se encontraba por completo en punto
muerto por el año 1919, en que yo, siendo primano en
Leipzig, tenía, más o menos, el mismo horizonte espiritual
que el para mí más simpático, aún ahora, desde el punto
de vista humano v del carácter, entre mis camaradas de
w 7

entonces, el cual—sin haber estado encuadrado en ningún


partido político—me declaró, al encontrarnos de nuevo
hace unos meses, que el Mythus de Rosenberg era su Bi­
blia. También hubiera sido la mía, si alguien entonces me
hubiera puesto en la mano este libro. Yo tenía, en reali-
da 3. la opinión de que no se podía tratar en modo alguno
con católicos, porque eran demasiado necios. Y, si bien
mi primero y único «drama de primano» íué consagrado,
a pesar de todo, a Santo Tomás Moro, lo fué únicamente
porque me encantaba el problema de cómo el hombre más
avanzado de su tiempo había podido morir por la supers­
tición más atrasada. Mi solución fué : Por medio de bur­
das patrañas se le había engañado con falsos «milagros»;
ya en la cárcel, su entendimiento maduró, hasta el punto
de ver en aquéllos su imposibilidad esencial; pero enton­
ces ne sintió tan perfecto que ya no quiso vivir por más
tiempo, sino que murió, sereno como un sabio antiguo.
Cuando oigo hablar ahora de ciertas obras de teatro que
levantan gran polvareda, no puedo menos de recordar mi
drama de primano, y me siento indulgente con los pobre9
hombres que tampoco de mayores saben Jo que hacen.
Innumerables odios contra la Iglesia proceden únicamente
de la más completa ignorancia. ¡Nada sería más equivo­
cado que odiar a estos odiadores! Pero lo sería igualmente
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 27

querer traerlos a razón por medio de un influjo autorita­


rio . Más bien hay que dejarlos cuando las cosas han lle­
gado ya a] extremo, abandonándolos a sí mismo« y a la
gracia de Dios, y tratar únicamente de preservar a loa
propios adeptos del contagio de esta peste del espíritu.
Porque no todos aquellos a quienes se les inoculó en su
juventud son de una constitución espiritual bastante ro­
busta para vencerla.
Siete años más tarde, 1926, ya estaba yo, en cierto
modo, curado de ella. Me había librado radicalmente tan­
to de la interpretación histórica como de la concej»ción
del universo propias de la «ciencia» liberal, por medio deí
estudio de la Iglesia primitiva, del pensamiento de la Igle­
sia oriental y de la Ciencia de la Vida, de Luis Klage.
Como «cantera»—ha de ser usada con precaución—, para
la comprobación de hechos aislados, siguió conservando
aquella «ciencia» para mí alguna importancia. Como «edi­
ficio» sólo podía resultarme va ridicula: tan ridicula, poco
más o menos, como los heilige Hallen de Sarastro. en la
Zauberflöte de ambos francmasones Mozart y Schikane­
der. Y nunca he podido ya comprender bien cómo esta
«ciencia» logra imponerse aún seriamente a tantos hom­
bres de la generación pasada.
Si desde entonces fué para mí claro que la Teolocía
es la auténtica reina de toda verdadera ciencia, y que la«
«ciencias» modernas se portan con ella corno carreteras en
rebelión, más tarde vino a ser para mí nuevamente la Fi­
losofía—pero ya no, ciertamente, la del «idealismo», que
todo lo basa en la cabeza y cuyo secuaz era yo aún en 1923.
cuando modifiqué a Goethe: «ser kantiano, incluso el últi­
mo, es hermoso», sino la completamente opuesta a ella
(realista, no nominalista), la de Platón—un elemento de
vida espiritual, v partiendo de ella se me abrió luego el
camino para la Escolástica.
Pero antes tuve que curarme de la segunda peste espi­
ritual de los tiempos modernos. Después de librarme de
aquella superchería de la ciencia libre de trabas, tuve que
atravesar por otra más disparatada aún. que en muchos
casos ha suplantado a la anterior: la del condicionamien­
to histórico (o incluso geográfico v biológico) de lo «ver­
dadero» : el moderno historicismo. Este, en su forma bur­
da. que № manifiesta en frases como la siguiente: «Hoy
23 SEVERIN LAMPING

no podemos, de manera ninguna, adorar en Alemania al


mismo Dios que adoraban los judíos hace tres mil años
en Palestina», sólo es posible en círculos no cristianos.
Pero, bajo una forma más fina, se encuentra historicismo
incluso entre ciertos católicos, por ejemplo, cuando E. Mi-
chel habla de «pleno sometimiento, incluso del espí­
ritu, a la situación (sometimiento que, naturalmente, ha
de ser incorporado aquí <xa la responsabilidad ante
Dios»; pero ¿qué es lo que queda, si toda «reflexión so­
bre el contenido de la fe cristiana» se proscribe como
«seudocristiana»?) En realidad, lo que me ha liberado del
historicismo, en el que me había hundido temporalmente
hasta la coronilla con toda mi voluntad de ser cristiano,
han sido experiencias de mi vida de todo punto evidentes,
las cuales—como he dicho— no puedo referir aquí. Ellas
me enseñaron que los mandamientos de Dios fueron dados
una vez para siempre. Y que todo aquel que los traspasa
dentro de una disposición de ánimo que todavía preten­
de ser ortodoxa debe dar gracias a Dios si se digna cas­
tigarle pronto, mientras que aún es tiempo de volver al
buen camino. Es decir, sencillamente: Por haber naufra­
gado toda mi existencia en el intento de una adaptación
«contemporánea» de los mandamientos de la Ley de Dios,
me vi prácticamente—y, más tarde, incluso teóricamente—
libre de mi historicismo.
Y, por cierto, sólo algunos años después de haber lle­
gado al fundamental conocimiento de la exclusiva auten­
ticidad de la Iglesia romano-católica como Iglesia de Je­
sucristo. Pues este conocimiento como tal no significaba
entonces en mi propia vida absolutamente nada, precisa­
mente porque yo era aún historicista. Reconocía a la Igle­
sia como Madre de todos los cristianos; pero yo, perso­
nalmente, me sentía hombre mayor de edad, que ya no ne­
cesita que esta madre lo lleve de la mano. (Mientras tan­
to, aún no había cumplido los treinta años, es decir, en
sentido romano, no era aún hombre, sino un iuvenis! Pero
sólo después de haber pasado los treinta comenzamos hoy
a notar lo jóvenes que somos todavía y lo mucho que aún
nos es necesario aprender. Y hay quien ni siquiera en­
tone*;« lo nota.) incluso después de haberme curado del
historicismo y de haber llegado, paso a paso, a compren­
der la eterna validez de ta «verdad antigua» (¡en una am-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 29

plítud mucho mayor que la de aquella que por decisiones


magistrales es obligatoria para todos los católicos!), no
pensaba yo aún ni siquiera de lejos en ponerme personal*
mente, como individuo aislado, en camino hacia la Igle­
sia católica. Me sentía obligado, y así lo manifesté ocasio­
nalmente, por el hecho de haber sido bautizado en )a
Iglesia evangélico*luterana de la región sajona, a realizar
dentro del clero evangélico—en el ámbito del Alto Mo­
vimiento Eclesiástico, al que yo pertenecía desde 1926,
y de la Unión de Socialistas Cristianos, en la que cola­
boraba con especial actividad—, pero no, en definitiva,
dentro del profesorado, cuyo miembro era, para la re­
cuperación de la verdad católica, el desenterramiento de
la herencia paterna, sepultada bajo los escombros, en la
esperanza de que mis esfuerzos producirían froto más tar­
de, preparando el camino para la nueva unión de las
ramas separadas de la Iglesia Madre. Esperaba «no te­
ner que convertirme nunca». Los acontecimientos y las
consideraciones de ellos resultantes, que en 1933 me lleva­
ron al convencimiento de que la hora para aquella nueva
unión había llegado ya, los he expuesto con bastante
detenimiento en los diferentes artículos que ahora han
sido recogidos en la publicación Deutsche Evangelische
Christen auf dem Wege zur katholischen Kirche, de ma­
nera que no hay necesidad de volver aquí sobre eDos.
Sólo puedo añadir que. va después de haber leído en
«Hochland» (XXX, I p. 111, noviembre 1932) las car­
tas dirigidas a Adolfo Harnack por Erik Peterson. el ma­
yor teólogo alemán contemporáneo—no sólo a jnicio mío— .
comencé a ver con claridad la posición insostenible del
clero protestante, dada 1« disolución del territorio con­
fesional.
Ya antes había captado—«cxistencialmente» primero,
y luego también lógicamente—, no sin la influencia lumi­
nosa de la Deutsche Bauhütte (p. 50 y ss., La tragedia
alemana), genial publicación del primer gran pensador
postprotestante—aunque no conscientemente católico aún—
de lengua alemana, Florens Christian Rang. y del Ori­
gen de la tragedia alemana, de Walter Benjamín, influen­
ciado por aquél, la total falta de solide* y, sobre todo, el
influjo terriblemente corruptor de 3a doctrina luterana
acerca de la absoluta corrupción de la naturaleza huma­
SEVERIN LAMPING

na después del pecado original. Si bien yo seguía afirman­


do (y afirmo) el «solo Cristo» luterano, comprendí ya
entonces con toda claridad que yo entendía por esto cosa
distinta de lo que entendía Lutero; que no podía sumar­
me por más tiempo a la herética parcialidad de que él se
había dejado arrebatar en la lucha contra determinados
abusos de los últimos tiempos medievales, superados ya
con mucho, en lo fundamental, dentro de Ja Iglesia ca­
tólica. Al mismo tiempo pude comprobar con claridad cre­
ciente que hace ya mucho que la teología evangélica no
puede delimitarse a sí misma unánimemente frente a la
verdad católica, ni siquiera en esta— segiín su propia opi­
nión— importantísima doctrina diferencial. ¿Qué hemos
de decir, por ejemplo, cuando, de una parte, los barthia-
nos—teológicamente Jos más dignos de tomarse en serio—
conceden que la «Contrarreforma» (es decir, ¡no sólo la
popular «Iglesia pretridentina!») «ha incorporado magní­
ficamente a su sistema teológico Ja doctrina evangélica de
la justificación con ayuda del tomismo-agustinismo» (Ger-
lach, en «Evangelische Theologie», I, 11, p. 446, febrero
193.·)) y. de otra, gente como Gogarten y Brunner son de­
clarados (por el mismo Carlos Barth, en su aparatosa po­
lémica del Monte Pincio, en «¡N o! Réplica a Emilio Brun-
«er», p. 32, ss.) semicatólicos, sin más motivo que el de
sostener, en cierto modo, que, aun después del pecado ori­
ginal. no se borró por completo, sin dejar «resto» alguno,
la semejanza con Dios, impresa en el hombre p or el Verbo
eterno, por Cristo, sino que, por lo menos, se conservó
formalmente? Por otro lado, un conocedor de la teología
reformista tan dcstacacado como Walter Kohler (por no
citar a otros representantes de la misma opinión, menos
competentes en materia teológica, como Wobbermin y
Schlemmer), escribe que el pensamiento fundamental de
Barth, ni idea de la revelación, es «agustiniaro-medieval,
pero no reformista», v que Brunner, por el contrario, está
«separado del catolicismo por la negación radical de la
¡dea del mérito». (Baalvr Nac.hrichto.n, del 5 de enero
de 1935.)
¡К* que nadie nota que aquí se mueven en un círculo
vicioso; que, tan pronto como se prescinde de ciertos es­
cándalos de fines de la Edad Medía para examinar las co­
sas en sí mismas, si se quiere ser verdaderamente crietia-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 31

no, resalta absurdo todo intento de delimitación frente a


la verdad católica—como sucede notoriamente en Lutero
y en Barlh—, o se cae en la reproducción contrahecha de
la doctrina católica, de la que Barth acusa acertadamente
a Brunner (y pudiera también acusar a Kohler)? ¡Oh!
No son pocos los que lo notan, como yo lo he notado hace
ya mucho; pero, aun con esto, les falta mucho todavía,
como me faltaba a mí, para emprender, movidos por la
lógica, el camino hacia la Iglesia romana, que es la única
que enseña íntegramente toda Ja verdad católica. Sí; la*
dificultades psicológicas comienzan precisamente aquí. No
es la doctrina católica lo que retiene a muchísimos, que
quieren ser cristianos seriamente, lejos de la Iglesia, sino
una determinada característica de la vida católica, que les
hace enormemente difícil, en parte imposible, admitir sin
restricciones la incondicional evidencia, la absoluta ver­
dad de la doctrina católica, y prestarle aquella obediencia,
de ningún modo absurda y paradójica, sino absolutamen­
te razonable, aquel rationabile obsequium, que nos ha
sido manifestado por medio del Apóstol de la Fe, por el
mismo San Pablo, como exigido por Dios. (Rom., 12, 1.)
Aquella característica de la vida católica que aquí, en
Alemania, proporcionó la tierra fértil en que—cuidado
celosamente por parte interesada—pudo desarrollarse un
«sentimiento antirromano», fue también para mí el últi­
mo obstáculo, y subjetivamente el más difícil, en el cami­
no hacia la Iglesia. Y por eso faltaría lo esencial en este
relato, si no describiera con toda claridad de qué manera
se produjo en mí aquello que yo llamaba mi «prevención
antirromana», y cómo—en Roma—me curé de ella. Hubo
acontecimientos absolutamente concretos que me parecie­
ron sintomáticos, y por eso deben ser mencionado«; aquí,
por lo menos en parte.
El principal filé el «caso Wittig». Fn la primera visita
que en mi vida liicc a un monasterio, durante una excur­
sión por el sur de Alemania, en el verano de 1924, me
había recomendado un Padre, con el que había sostenido
una breve conversación religiosa, que me formara, por
medio de la lectura del llorpottmisson an Wegrain und
Strasse, do José Wittig. una idea de la (e católica viva.
A pesar de que el librito no me impresionó gran cosa, la
inclusión de Wittig en el índice, en 1925, me movió a
32 SEVERIN LAMPING

ocuparme más detenidamente de >us escritos. Y entonces


sucedió en mí algo extraño : Cuanto mas exactamente es·
tudiaba el caso, entre los años 1925 a 1930, basándome
en los libros de Wittig que en este período se publicaron
—.desde Erlöster hasta Höregott— , tanto más decididamen­
te me iba apartando de mi primitiva parcialidad en favor
de Wittig, hasta llegar al conocimiento de la justicia ob­
jetiva, primero, de su inclusión en el Indice— que, como
tal, aún no constituía una condonación—y , luego, de su
excomunión. Nunca pude comprender cómo él, sacerdote
católico, podía negarse a prestar el juramento exigido re­
petidas veces p o r í-us superiores.
Como una terrible confirmación de la propia condena­
ción, sentenciada por aquel que se aparta del cuerpo de
Cristo, consideré las palabras de Martín Rade en la pu­
blicación evangélica «Christliche Welt» del 19 de enero
de 1935, acerca de Wittig . «Anuncia—en un prólogo para
una nueva edición popular de su Vida de Jesús—cómo en
el índice romano de libros prohibidos está su Vida de
Jesús... se ha encontrado como vecino precisamente al
Mito del siglo XX, de Rosenberg. ¿Cómo se mirarán am­
bos libros?... Por la noche hablan el u' o con el otro.»
Y Wittig se atreve, contra todos los que disienten, a afir­
mar algo positivo : «Ambos (libros) quieren manifestar lo
divino en el hombre alemán y en el pueblo alemán.» Se­
me jante toma de contacto interno no la conseguirá fácil­
mente nadie, fuera de Wittig.» ¡Así tenía que ser al fin!;
Pero no es esto todo : Precisamente por eso no pude
ni puedo aún hoy hallarme con la forma en que se toma­
ron en su tiempo las decisiones contra Wittig, justas en el
fondo. No di'/o esto para excusar su falta, y menos aún
para removrr un* cosa definitivamente resuelta, sino por­
que sé que la-· dificultades más profundas subjetivamente
—las más internas—para la reincorporación a la Madre
Iglesia de los cristianos separados, radican en la «concien­
cia herida», cuyas llagas vuelven a hacerse sangrar conti­
nuamente por aquella desdichada combinación, constan­
temente renovada, entre Jos prematuros esfuerzos de cen­
tros oficiales por parle de ciertos espíritus excesivamente
solícitos y el automal ¡sino de la burocracia impersonal,
en los asuntos eclesiásticos, que necesariamente se deriva
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 33

de aquellos esfuerzos, como pudo observarse en el «cato


Wittig».
Pues, así como es evidente para todo hombre de sano
entendimiento la necesidad efectiva de instituciones como
el Indice de libros prohibidos (semejante al cual ya Pla­
tón lo reclamaba con el mayor ahinco), asimismo debiera
ser evidente que se Eace todo lo posible para evitar inclu­
so la mera impresión de que a un teólogo que al princi­
pio estaba de buena fe no se le ha concedido ninguna oca­
sión de reconocer como tales y corregir después por sí
mismo las extralimitaciones que haya cometido. Esta fué.
sin embargo, la impresión que entonces nació en mí; v
no es que yo leyera únicamente los libros de Wittig; leía
también periódicos y revistas de filiación católica (como,
desde 1925, el «Rhein-Mainische-Volkszeitung» y «Hoch­
land»).
Por este motivo escribí —aunque en principio compren­
día ya que no es lícito dejarse apartar de la Iglesia visi­
ble (que es la Una y Santa, fundada por Dios v la sola
que de El ha recibido plenos poderes) ni aun por los más
lamentables desaciertos humanos —en mi trabajo final, pu­
blicado en «Religiöse Bessinnung», algunas palabras, ex­
cesivamente duras, de «prevención anti-romana». Precisa­
mente después de haber manifestado así, con toda sinceri­
dad, aquella prevención y de haber sido recibido, a pesar
de ello, por autoridades competentes coa la mayor bondad
y sin prejuicio alguno, lo cual me llenó de satisfacción,
desaparecieron mis últimos obstáculos : Si la Iglesia está
dispuesta a recibir a aquel que viene a ella como hombre
libre y entero, sin ver en su corazón un antro de asesinos,
¿qué motivo podía haber para mantenerse apartado de
ella, dada la autosupresión de la Iglesia protestante, a cu­
yos miembros, todo aquel que ha conocido la verdadera
situación sin sentirse obligado a perseverar en ella por su
estado y «u responsabilidad, no podría hacer mejor servi­
cio que precederles en la única salida posible para huir
de su miseria en la f e : en el camino hacia Roma?
Cuando emprendí físicamente este camino, después de
haberlo andado espiritualmente por medio de mi conver­
sión, que tuvo lugar en la Iglesia de Nuestra Señora de
Leipzig-Lindenau, se me concedió, junto con todo lo de-
s
SEVER1N LAMPING

más, incluso la liberación de la prevención anti-romana


por el camino de Ja razón.
En inolvidables conversaciones que pude sostener en el
Colegio de la Iglesia Nacional Alemana en Roma, Santa
María dell’Anima, comprendí que nosotros, los alemanes,
somos, por regla general, Jos principales culpables de los
acontecimientos que suelen despertar nuestro «sentimien­
to anti-romano». No es que Roma quiera inmiscuirse en el
gobierno de todas nuestras cosas, sino que somos nosotros
mismos quienes, por doctrinarismo, obligamos de conti­
nuo a las autoridades romanas a que tomen toda clase de
decisiones, en las que ellas, personalmente, no tienen el
menor interés. Nuestro burocratizado pensamiento; nues­
tro horror a la responsabilidad, que no se atreve a decidir
nada sin estar apoyado «desde arriba»; nuestra falta de
valor civil, contra el que ya Bismarck encontró palabras
tan sarcásticas —y , no en último término, por *desgracia,
nuestra inclinación a combatir las opiniones contrarias,
no en lucha abierta y noble, sino denunciando a nuestros
adversarios ante sus superiores, esta inclinación que han
censurado tantas declaraciones públicas de las autoridades
del nuevo Estado— , tales son las debilidades —felizmente
reconocidas y combatidas— de nuestro carácter nacional,
cuyas repercusiones, esencialmente necesarias, ocasionan
los fenómenos de que después acabamos sacando un com­
plejo anti-romano, de la misma manera que cierto liberalis­
mo fomentaba entre nosotros un complejo anti-estatal, que
¿1 había sido el primero en cultivar por el abandono de
toda responsabilidad sobre el Estado. Nuestro sentimiento
contra «Roma» es, en realidad, un desahogo de nuestro
mai humor a causa de nuestra propia falta de indepen­
dencia interna. No es Roma la que tiene que cambiar para
que desaparezca ese sentimiento, sino que somos nosotros
mismos quienes debemos curar nuestra alma. El catolicis­
mo alemán debe sanar de su complejo de inferioridad,
que le ha perjudicado desde la Reforma, pero, sobre todo,
en Jo® últimos decenios. A Dios gracias, en la juventud
católica de hoy ha desaparecido ya en gran parte. Y el ha­
ber podido yo experimentarlo así fué el positivo comple­
mento de aquellas conversaciones romanas, por medio de
las cuales quedó suprimida, en su inmensa mayoría, aque­
lla parte de mi «prevención anti-romana» que aún me
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 35

quedaba en forma de preocupación por el futuro de la


Iglesia en Alemania.
Porque la generación cuya juventud está informada por
el gran acontecimiento de la lucha heroica que su Iglesia
desarrolla, desde el punto de vista espiritual, en una for­
ma de superioridad absoluta, contra el nuevo paganismo,
ya no siente la tentación de contemplar llena de envidia
las riquezas espirituales del mundo, que pretenden ser
mayores fuera de la Iglesia, ni tiene miedo a ver seduci­
da a la juventud por sus encantos, ni se dispone, según los
casos, a invocar disposiciones de Roma contra tales seduc­
ciones o a lamentar el rigor de Roma en la reclusión de
sus ovejuelas frente al mundo espiritual externo. Para la
juventud católica de hoy, no es Roma el «policía» al que
se pide que encarcele a loe alborotadores, pero sin some­
terse personalmente a sus disposiciones. (Tampoco es este
el caso, naturalmente, de muchísimos de la generación an­
terior, o, por lo menos, no lo ha sido en primar término.)
Sino que Roma es el Padre, bajo cuya protección, que re­
presenta la del Padre celestial, se siente uno resguardado
en cuanto es posible en la tierra; el Padre danto, que, en
su inolvidable mensaje a la juventud, en Pascua de 1934.
d ijo : «Vuestras cosas son nuestras cosas». Y con esto está
dicho /verdaderamente todo.
Si la verdadera Roma, no la que nosotros los alema­
nes hemos forjado en nuestra fantasía, debe o no refor­
marse en algo, y en qué, es problema que tan sólo rozo
aquí ppra decir que —-en cuanto puede afirmarse desde
nuestro punto de vista—, a lo sumo, debiera manifestar­
se más, de ninguna manera mmos. el antiguo espíritu im­
perial —tal como nuestro Santo Padre lo reviste, personal­
mente, del modo más maravilloso— en las decisiones de la
Cnria. Desde que ya no existe el Estado eclesiástico en el
antiguo sentido, sólo la calumnia maliciosa puede aún sos­
pechar en el régimen pontificio, que se ocupa exclusiva­
mente del reinado espiritual de Cristo, una orientación
hacia el poder político mundano. En todo caso, la juven­
tud católica de Alemania no se dejará ya impresionar por
cosas semejantes. Esta fué la maravillosa experiencia que
—-tan pronto como me hube decidido a someterme a Roma
en la obediencia de Ja fe— me fué concedida.
También pude comprobar personalmente que, contra
36 SEVERIN LAMPING

lo que opinan los heterodoxos, de ninguna manera está


prohibido a todo católico, y mucho más a todo converso,
tener sobre la parte humana y terrena de la Iglesia la opi­
nión que rectamente se haya formado, ni siquiera ee le
prohíbe manifestarla.
Por el contrario, con muy pocas excepciones, he en­
contrado siempre para todo proyecto de reorganización
práctica, para toda crítica nacida positivamente de la fe,
no negativamente del punto de vista de la «actualidad» o
cosa parecida, tan alegre predisposición, incluso un ansia
de saber, que hasta parecía avergonzar a los verdadera­
mente conscientes de su propia insuficiencia, de tal mane­
ra que. con frecuencia, me venía a la memoria aquella pre­
disposición con que la antigua Iglesia acogía llena de es­
pecial alegría precisamente a los que habían sido llama­
dos los últimos —'desde San Pablo a San Agustín, por no
citar más que las cumbres— , del mismo modo que el Pa­
dre celestial al hijo pródigo que Vuelve a la casa paterna.
Creo poder esperar que estas explicaciones no serán
mal entendidas, en el sentido de alabanzas infundadas,
cual suelen tributarlas ciertos conversos a todo lo católico,
con detrimento de su veracidad. Quien conozca mis otras
publicaciones y acaso también la ciítica que han encon­
trado, en parte por mala interpretación de su propósito
fundamental, en definitiva puramente afirmativo, sabrá
que nada está más lejos de mí que semejante adulación,
y que más bien corro el peligro de manifestar de vez en
cuando con demasiada crudeza mis reparos contra ciertas
manifestaciones terrenas en el seno de la Santa Iglesia
( ; no contra ella misma!), por parecerme a veces necesa­
rio para la pura conservación de su misión divina.
Si es grande el cuidado con que suelo pesar cada pala­
bra en tales ocasiones, sobre todo teniendo en cuenta a
los débiles, a quienes no se ha de dar ningún motivo de
escándalo, grande es también ej que pongo en no apoyar­
me únicamente en mi propio juicio, sometiendo cada una
de dichas manifestaciones a la aprobación de católicos ex­
perimentados y dignos de confianza; a pesar de todo lo
cual, comprendo que ya el estilo mismo, la serena deter­
minación de mis asertos, si bien pedagógicamente es muy
eficaz, como se demuestra de continuo, tiene, a veces, efec­
tos un poco irritantes por la apariencia de una orgullosa
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 37

seguridad de sí mismo. (Síu embargo, es preciso también


que haya hombres que, allí donde se trata de algo que
ocasiona dificultad a muchos, se atrevan a decir una «pa­
labra apasionadamente jibre».) «Guardafrenos» abundan
siempre —y, por cierto, en todas partes, no sólo entre los
católicos— . Y precisamente el haber encontrado para esta
mi manera de pensar tan extraordinaria aceptación, el ha­
ber observado para la libertad cristiana, contra todo lo
que se me había predicho, tan amplio espacio en la Igle­
sia, hoy lo mismo que en todas las grandes épocas de su
historia, es lo que constituye la dichosa experiencia que
he podido hacer, y que puede hacer todo aquel que le­
vante su voz en el espíritu de iilial y absoluta obediencia
a la Madre infalible, con la misma libertad, pero también
con prudencia.
Sólo me queda por decir en este relato, que desgracia­
damente ha tenido que ser muy reducido por falta de es­
pacio, una cosa que para mí es de excepcional importancia :
Pertenezco a los conversos que han llegado a la Iglesia
movidos exclusivamente por el conocimiento objetivo de
la obediencia que deben a Cristo, no porque hayan sen­
tido la necesidad de pertenecer a ella. Es decir, que com­
prendía mi absoluta dependencia de Cristo para que pu­
diera vivir mi alma, pero pensaba que yo, personalmente,
podía arreglarme sin formar parte de la Iglesia visible.
Sólo más tarde conocí que estaba equivocado. ¡Sólo por
medio de la Iglesia aprendí también que necesitaba la
plena transfusión de su corriente de gracias, que la ne­
cesitaba con toda urgencia, si quería tomar verdaderamen­
te en serio los preceptos de Dios y no hacérmelos capricho­
samente fáciles!
Porque no es cierto Jo que piensan algunos protestan­
tes verdaderamente creyentes: que para el católico «resul­
ta más fácil» que para el protestante ser un buen cristiano
a los ojos de su Iglesia. (Lo cierto es sólo que algunos
- —tanto católicos como protestantes— se lo hacen ellos mis­
inos demasiado fácil.) De la Iglesia puede asegurarse que
impone a todo católico muy grandes exigencias, pero que
también le proporciona auxilios de un efecto incompara­
ble. Y, así, todo el que considera aquellas exigencias tiene
que confesar que están verdaderamente justificadas y que
es Dios mismo el que por medio de la Iglesia se las impo­
38 SEVERIN LAMPING

ne. Y, si después se reconoce, a veces, demasiado débil para


cumplirlas, por lo menos se encuentra en estado de apre­
ciar con Verdadera claridad esta su concreta debilidad y
necesidad de gracia (no sólo la luterana, que es general
y verdaderamente demasiado cómoda para la mayor par­
te de los hombres). ¡Así se halla, por lo menos, a cubier­
to del peligro más temible, que consiste en hacer virtudes
de sus miserias y declarar verdes las uvas que no puede
alcanzar, despreciando la? buenas obras, que le resultan
demasiado difíciles!
Si mucho ha sido lo que tuve que luchar por mi fe
cristiana y su información en el amor, mucha ha sido tam­
bién la paz de mi alma y la serenidad con que ha seguido,
libre de dudas y de recaídas, el camino hasta la Iglesia
de Cristo. Estoy agradecido porque este camino no me ha
costado ningún especial esfuerzo, sino que me lo ha dado
tal, que, al punto y con espíritu de lucha renovado, pude
consagrarme a la empeñada en favor de la Iglesia. ¡ Quie­
ra Dios bendecir y conceder su gracia a esta lucha de tódos
nosotros!
U N A FE EN D E S A C U E R D O
C O N S I G O M I S M A
p o r e l, P r o f e s o r ERNESTO M. ROLOFF
(A l e m a n ia )

Consejero de Estado, Berlín. Editor del «Lexikon


der Pädagogik»>, en cinco tomos (1912-1917) Entre
sus libros son dignos de mención: ¿Ägypten einst und
jetzt» (Egipto antiguo y moderno), «ln zwei Wei­
ten» (En dos mundos), «Im Lande der Bibel» (En
el país de la Biblia), «Ägypten von der Römer­
herrschaft bis zur Gegenwart» (Egipto desde la do­
minación romana hasta la actualidad). El profesor
Roloff fue también, 1903-1910. coeditor del «Herders
Konversationslexikon».

mi vida me he visto arrastrado con tanta fre­

D
u rante
cuencia, sin quererlo yo, a las luchas de mis con*
temporáneos en torno a la fe, que podría escri­
bir un grueso volumen, y seguramente muy rico en con­
clusiones, sobre los motivos tan diversos, y a veces en ex­
tremo peregrinos, que han dado ocasión tanto para la fe
como para la incredulidad. Al volver hoy. próximo a cum­
plir los sesenta y siete años, la mirada sobre mi evolución
confesional, tengo que reconocer su célula primitiva en el
siguiente acontecimiento: Siendo joven estudiante de Teo*
logia evangélica, pasé mis dos primeros semestres en Leip­
zig, durante los cueles frecuenté la casa del canónigo pro­
fesor Dr. Cristóbal Ernesto Luthardt, ingenioso y autori­
tario jefe del luteranismo ortodoxo de entonces, entrando
y saliendo como un hijo. Como él se dignó honrarme per­
mitiéndome colaborar en la redacción de su influyente
«Allgemeine Evangelisch-IiUtherische Kirchenieitung*, pu­
de, con este motivo, asistir a las doctas conversaciones que
él sostenía regularmente con su colega el Dr. Franz De­
litzsch, el judío más grande de su tiempo y genial tra­
ductor del Nuevo Testamento al hebreo (con miras a la

«
40 SEVERIN LAMPING

misión judía), y con el polifacético Dr. Gustavo Adolfo


Fricke. En una de ellas se trató un problema teológico,
cuyo objeto es indiferente para mi relato, llegándose a Ja
más aguda discrepancia de opiniones. Entonces Luthardt
sacó de su librería un toino muy u>ado, lo hojeó un m o­
mento y leyó después una breve sentencia de Lutero. Al
punto se allanaron las elevadas crestas de la discusión y
■:e consiguió la unanimidad. En aquel momento me pasó
por la cabeza este pensamiento : ¿De dónde tiene Lutero
tal autoridad que, después de cuatrocientos años, una frase
>uya es acatada como una sentencia de la Biblia? En mi
impetuosa manera de ser, pensar esto y formular la pre­
gunta fue casi una misma cosa. Su consecuencia natural,
la mavor extrañeza, severas miradas y, por fin, una bro-
mita paternal y bondadosa de mi protector Luthardt. Con
esto quedó resuelto el caso para los demás; para mí, fué
el punto de partida de una manera de pensar totalmente
nueva.
Lo mismo que aquí, tampoco en las ingeniosas confe­
rencias de Luthardt recibí ni una sola respuesta a los ar­
dientes y angustiosos problemas que, a causa de la lectu­
ra de la Vida de Jesús, publicada poco antes por Bernar­
do Weis (1282) y Willibald Beyschlag (1885), ambas de
tipo racionalista, habían incendiado mi alma. El resulta­
do de mis dos semestres en Leipzig fué, en el aspecto teo­
lógico, un infinito desencanto. Había estudiado con celo
ardiente el luteranismo puro en su sede clásica y no había
conseguido ni alegría ni estímulo. Por fin cuajó mi aba­
timiento en la trascendental decisión de trasladarme a Ber­
lín con un amijo. pues ya entonces, por vez primera,
alboreaba en mí el importante conocimiento de que no es
la ortodoxia luterana, sino el protestantismo en su forma
más moderna, el representante de la transformación lógica
de la Reforma.
Es el caso que, precisamente en aquellas semanas, des­
pués de una larga discusión de opiniones, que por fin ha­
bía sido resuelta por sentencia inapelable del joven Kai­
ser, había sido llamado a Berlín desde Marburgo el gran
revolucionario Adolfo Harnack. Desde su conferencia inau­
gural (fines de octubre de 1888), apenas perdí ninguna^ a
no ser por algún motivo grave. Difícilmente podría ima­
ginarse mayor divergencia que la existente entre Luthardt
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 41

y Harnack. Allí, una bondadosa, por no decir compasiva,


omisión de las objeciones del adversario; aquí, un inno­
vador de primera y peligrosísima magnitud, que todo lo
examinaba críticamente, prescindiendo, sin consideración
alguna, de todo supuesto. Me dejé fascinar perdidamente
por su atractivo y disfruté incluso de relaciones persona­
les con él. Me arrastraron, sobre todo, sus conferencias so­
bre la historia de los dogmas, y pronto llegaron tiempos en
que leí su célebre Tratado de la Historia de los dogmas
—asiduamente estudiado por mí, y cuyo tercer volumen
apareció precisamente al finalizar mis tres años de estu-
dio en Berlín— con los ojos del racionalizante Enrique
Holtzmann, profesor de Teología en Estrasburgo, que veía
en él «la exposición no pocas veces casi emocionante y
conmovedora de aquello en que 6e convirtió el ¿nundo ideo­
lógico del Nuevo Testamento después de haber desembo­
cado en la turbia corriente del helenismo popular».
Y , sin embargo, quedó siempre vivo en lo más profundo
de mi alma un resto de la más fuerte resistencia contra
esta nueva dirección. Mi pensamiento filosófico se rebela­
ba contra la aceptación de la incomprensibilidad de toda
verdad trascendente, y no quería acomodarse a ver un pe­
ligro en toda especulación metafísica, como si ni de Dios
ni de Cristo pudiera decirse nada determinado. No me
bastaba con ver en Cristo una eminencia del pasado y con­
siderar las verdades y las realidades del cristianismo como
meros fenómenos de la conciencia subjetiva o como actos
de la voluntad humana. Cuando el maestro de Harnack.
Alberto Ritschl, rechazando también en definitiva todo dog­
ma, basó la religión única y exclusivamente en el aspecto
práctico de la vida espiritual humana v. en realidad, ya
no conservó del cristianismo más que «el fiel cumplimiento
del deber en el círculo asignado a cada cual, santificado
por la fe en la Providencia de Dios, que, ya de snvo, sin
la muerte expiatoria del Mediador, nos concede el perdón
de los pecados cometidos en la ignorancia», comprendí ya
entonces con toda certeza que esto no podría satisfacerme
a la larga.
También se desarrolló en mí con anterioridad lo que
en 1882 removió toda la opinión pública con motivo del
4 .Vcv.’Vvvf^. cJ*, j c u íí, v» t n avjvicí \iWny>0, efe tiña.
ñera más profunda, la contradicción entre la teoría teoló-
42 SEVERIN LAMPING

gica Ritsclil-Harnack y la práctica consiguiente eil la pro·


festón eclesiástica, e incluso en la pedagógica. ¿Como po·
día yo sentirme ligado a la confesión apostólica «le la fe
en mi actividad profesional, si, según el convencimiento
de los dos teólogos citados, dicha confesión era inconci­
liable con la primitiva doctrina de Cristo? ¿Cómo salir
de este callejón sin salida? Volver a Lutero me era de todo
punto imposible, puesto que en el transcurso de los años
su autoridad había menguado para mí cada vez más. En
la Iglesia católica ni siquiera pensaba yo entonces. Así me
fui hundiendo, cada vez más profundamente, en la nega­
ción, y tuve que abandonar Berlín, adonde tan esperanzado
había acudido, con el convencimiento de que allí no
había encontrado la sólida estructura que esperaba, sino
que había esparcido a los cuatro vientos mis convicciones
dogmáticas — ¡triste y amarga suerte!— .
Para vencer, en cierto modo, las dificultades que, cada
ve* en mayor cantidad, se amontonaban ante mí, había es­
tudiado Filología clásica junto con la Teología, lo cual
entonces se podía hacer aún fácilmente, e hice el examen
de reválida de Filosofía poco después de haber sufrido el
primero de Teología. Que no había de ocupar un cargo
eclesiástico era para mí cosa clara, dada mi posición ne­
gativa ante el dogma. Por eso me dediqué, por de pron­
to, a dar lecciones como profesor particular durante dos
años y medio en una casa distinguida de Neumarck. Un
servicio divino infantil que organicé allí para unos 60 ni­
ños de ambos sexos, tomando por modelo el que había
visto en la Marienkirche de Berlín, tuvo realmente un
gran éxito externo, pero me ocasionó interiormente con­
tinuas y nuevas dificultades. Lo mismo me sucedió en el
servicio escolar del Estado, en el que tenía que dar, como
antiguo teólogo, la clase de religión y, por cierto, en to­
dos los curso«. Para esta clase me preparaba siempre con
especia! cuidado; pues ya en mis años de juventud había
comprendido que la enseñanza religiosa debe hacerse con
tal esmero qwe resulte para los niños una disciplina verda­
deramente atractiva, porque, de lo contrario, forma urta
generación que la combate v acabará por aboliría total·
mente. Además, había establecido para los alumnos de los
cursos superiores, más o menos adelantados, clases eeße-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 43

cíales de discusión, que eran asiduamente frecuentada·.


También había rogado expresamente que se expusieran
para ser discutidos todos los problemas que atormentaran
el alma de cada uno; desde mis tiempos de estudiante co­
nocía la importancia que podía tener la posibilidad de se­
mejante cambio de impresiones. ¡Pero qué dificultades me
ocasionaron precisamente estas clases en el transcurso del
tiempo! ¡Sin embargo, hubiera sido un crimen iniciar a
aquellos muchachos en las inquietudes de mi propia alm a!
Estas continuaron su progresión silenciosa durante to­
dos aquellos años. Los principios de la fe se me habían
escurrido de las manos como arena seca, t me encontré fren-
te a un vacío que me hacía estremecer. Había llegado a
tal situación que sólo podía ya conservar una convicción
religiosa: ¡la fe en la insuperabilidad de la «filosofía mo­
ral del Sermón de la Montaña»! Por lo demás, cosa triste
era el no poder confiarme a nadie. Sólo mi madre, que
vivió cinco años conmigo siendo yo director de la Escue­
la Nacional de Lebus, tuvo noticia de mis tormentos y
padeció conmigo, como mi más fiel compañera. Después
de su muerte (octubre de 1896), que recibió como una san­
ta católica —-se acreditó en ella el dicho de San Agustín,
según el cual, muchos que parecen estar fuera de la Igle­
sia están dentro de ella, y viceversa—·. me quedé comple­
tamente solo. El valor de los cambios de impresiones en
circunstancias como las mías lo conocía por mis compa­
ñeros de estudios en Berlín, que continuamente me re­
petían : ¿ Qué importan a tu fe estas negaciones teológicas?
¿No es la fe esencialmente independiente de toda ciencia?
Confieso que, en mi ingenuidad, todavía hoy estoy conven­
cido de que la fe tiene que derrumbarse, si la teología ha
minado sus cimientos.
No puedo extenderme aquí acerca de pormenores teo­
lógicos; tendría que exponer, en realidad, toda una Dog­
mática o Apologética. Pasaré al gran momento crítico de
mi desamparo. Estando yo en esta disposición de alma
que he descrito, me visitó un amigo do Alemania del Sur.
antiguo compañero de estudios en Berlín. Como médico,
observó inmediatamente el cambio sufrido por mí y quiso
saber la causa. Naturalmente, no me fue cosa fácil reve­
larle — él era católico—- mi completa bancarrota religiosa.
Y, al lamentarme de haber examinado sin provecho todas
4t SEVERIN LAMPING

las direcciones del protestantismo, me planteó esta pre­


gunta decisiva: «¿Has leído, por casualidad, también al­
gún libro católico competente?» No; no lo había leído, y
ni siquiera en sueños había tenido semejante idea. Ade­
más, el concepto de lo católico estaba y está en la mente
del protestante medio excesivamente entrelazado con la
idea de la decadencia. No obstante, comprendí inmediata­
mente lo irracional y acientífico de semejante apartamien­
to de una confesión a la que tenemos que agradecer hom­
bres como Miguel Angel, Rafael, Mozart, Haydn, Beetho­
ven, Eichendorf, Bruckner, Pasteur, etc. Por eso no se
hizo esperar mi contrapregunta sobre qué libro me acon­
sejaba él. Me nombró Symbolik, de Adán Möhler, y pro­
metió enriarme este libro a su vuelta de Berlín. Me abis­
mé en este clásico libro con verdadera avidez y descubrí
en él una obra que, en profundidad científica, no tenía por
qué temer la comparación con los mejores similares pro­
testantes, y, en serenidad y armonía, superaba a la mayor
parte de ellos.
Pero no hay que figurarse mi evolución como si esta
obra me hubiera convertido inmediatamente al catolicis­
mo. La gran senda, no obstante, quedaba abierta, y pron­
to vinieron a mis manos otros libros católicos. De espe­
cial utilidad para su elección me fué la revista de Cien­
cia y Práctica eclesiásticas, fundada en Treveris (1899) por
el profesor Dr. Einig, es decir, el Pastor Bonus. Con su
ayuda me orienté muy pronto en la literatura católica, que
hasta entonces había sido para mí un terreno completa­
mente inexplorado. Lo que me sorprendió en estas obras
fué el cimiento y suelo inconmoviblemente firmes en que
todas, sin excepción, edificaban. Después del ilimitado
subjetivismo de los escritos neoprotestantes, después de la
completa anarquía de los modernos sistemas filosóficos,
estos libros católicos me hicieron gustar nuevamente algo
de aquella paz que yo había poseído en otro tiempo y
que había perdido en Berlín.
Así pude superar el abatimiento de mi derrota y reha­
cerme nuevamente en mi silencioso estudio de años. Mi
paternal amigo, el virtuosísimo padre franciscano Ignacio
Jeiler, residente en Quaracchi, cerca de Florencia, junto
al cual permanecí más tarde algunos meses en calidad de
huésped y cuya célebre edición de las obras de San Bue-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 45

naventura calificó el mismo Hamack de obra clásica, me


aseguró años después que mi evolución confesional había
sido la más serena y la más rigurosamente lógica que él
pudiera imaginarse, y yo mismo me alegro de la línea
recta que va desde las armónicas proporciones de mi pía*
dosa casa paterna hasta mi situación actual.
Sin embargo, aún hubo que vencer, de vez en cuando,
muchas dificultades. Una, relativamente pequeña, fue la
exigencia, que se imponía como una necesidad natural,
de un cambio regular de impresiones con católicos cultos.
Para esto me faltaba, en mi ámbito puramente evangélico,
toda posibilidad. Una sola vez asistí en Braunchweig, uno
de los lugares de mi actividad, con todo secreto, a la misa
temprana en la iglesia católica Am Sandwege, y al pun­
to fui denunciado a mi superior, que me manifestó su
«enorme extrañeza» ante este hecho incomprensible. Pero
donde aumentó mi angustia incomparablemente fué en
las ya mencionadas clases de disensión con los alumnos.
Como éstas se consagraban, ante todo, a cuestiones de filo­
sofía de la vida, fácilmente puede comprenderse cuántas
perplejidades me ocasionarían. Mi tensión anímica se hizo
por fin tan grande que me ocasionó el insomnio, y un an­
tiguo dolor de cuello se me agravó de tal modo que. du­
rante algún tiempo, me quedé casi afónico y sólo a costa
de grandes esfuerzos podía desempeñar mi cargo docente.
Que no podría salir de esta dificultad sin tomar nuevas y
especiales medidas, era cosa cada vez más clara para mí.
Hasta que un buen día me llegó, como un mensaje del cie­
lo, una carta de mi amigo, el pastor Dr. Weser, de la
Marienkirche de Berlín, que me preguntaba si quería en­
cargarme, por no muy largo tiempo, de representar a la
dirección de la escuela alemana en El Cairo ¡Esto era
precisamente lo que me hacía falta! Acepté sin demora,
después de haber sido autorizado por mis superiores, y
pude sorprender a todos mis conocidos con la noticia de
que iba a trasladarme a Egipto.
En El Cairo trabé al punto conocimiento con una serie
de destacados religiosos católicos. Me sentí especialmente
atraído por los hijos de San Francisco, a quien yo venera­
ba particularmente desde hacía mucho tiempo; ellos iban
a desempeñar en todo el resto de mi vida un papel muy
señalado. También en Palestina, donde permanecí bas­
46 SEVERIN LAMPING

tante tiempo durante las vacaciones con fines de estudio,


cuyos resultados han encontrado su expresión religiosa en
mi libro Itn Lande der ñ ibel (Berlín, 1922), trabé rela­
ciones, que duraron largos años, con distinguidos francis­
canos, y me sentí dominado por una satisfacción religiosa
como pocas veces la he experimentado. Ahora había lle­
gado a su término mi evolución confesional y tenía la im­
presión de que sólo hacía falta un hombre destacado que
tomara en sus manos mi destino y lo condujera a una
meta dichosa.
Y este hombre llegó, de una manera casi novelesca,
en el momento oportuno. Al volver a Europa, estaba yo,
un hermoso día de abril de 1899, en el puerto de Alejan­
dría, a bordo del Semiramis, y vi, entre los que subían
la escalera del barco, un franciscano de cabello blanco,
que produjo en mí una impresión que ni yo mismo pude
explicarme: «¡Este es el que tú esperas!», dijo una voz
en mi interior con toda claridad. Al religioso, que en la
lista de pasajeros sólo figuraba como «Padre Bernardo da
Roma», se le asignó, ya desde la primera comida, un pues­
to a mi lado, lo cual hizo que pronto estuviéramos en bue­
nas relaciones. Durante los tres días hasta Brindisi, desde
donde él quería seguir en tren hacia Roma, traté exclusi­
vamente con este docto varón, que había recorrido como
Visitador los conventos franciscanos de Egipto y Palesti­
na—ya el año siguiente, dicho sea de paso, fué consagrado
obispo de Nepi y Sutri, junto a Roma— . Al despedirse de
mí, a eso de la media noche, en el muelle de Brindisi, me
entregó en la oscuridad su tarjeta y me rogó que no dejara
de visitarle pronto en Roma. Pues yo seguía hacia Vene­
cia, para acostumbrarme nuevamente al clima europeo en
el Norte de Italia. Pero un abril extraordinariamente frío
me obligó a descender a los pocos días hacia Florencia.
Y una vez que, contra mi voluntad, había llegado tan cer­
ca de Roma, me decidí a viajar hacia el Sur otras cinco
horas de expreso, para volver a ver al padre Bernardo y
manifestarle mis ansiedades religiosas, de las que en el
barco no se había hablado una palabra.
Pero es el caso que, de una manera hasta hoy inexpli­
cable, había perdido su tarjeta, y, a causa de ello, no sabía
ni siquiera su nombre. Después de una búsqueda casi
aventurera durante varios días, lo encontré al fin en el
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 4?

convento de los franciscanos irlandeses, que está bajo la


advocación de Sant’Isidoro, sobre el monte Pincio, resul­
tando ser el padre Bernardo Dobbing, que había nacido en
Münster (Weslfalia). Grande fué su alegría; pero mayor
aún fué su sorpresa cuando supo que yo era protestante.
Después de un coloquio de una hora, resumió su ju icio
sobre mí en estas palabras : «Si está usted firmemente con ­
vencido de todo eso, es usted católico y debe obrar en
consecuencia.» Sin embargo, procuró retrasar aún todo lo
posible mi entrada en la Iglesia católica, en lo cual fijé yo
expresamente la atención, por ser entre los heterodoxo*
opinión general que nunca «les» parece bastante la prisa
que «se» dan a hacer una presa semejante. Durante cuatro
meses completos disfruté aún de sus sabias instrucciones,
hasta que el 29 de julio de 1899, en la capilla privada de
la Casa de los Conversos, en presencia únicamente del pa­
dre Dobbing, de su amigo el arzobispo Constantini y del
director de la Casa, monsignore Onesti, hice mi profesión
de fe católica v recibí la primera Comunión.
De momento pasé a residir, por invitación de lo« fran­
ciscanos irlandeses, con los que había trabado gran amis­
tad, en Sant’ Isidoro, donde les presté mis servicios como
organista, iniciándome, de este modo, con más rapidez de
lo que en otras circunstancias hubiera sucedido, en la su­
blime hermosura del servicio divino católico. Viví allí en
voluntaria y rigurosa clausura y no abandoné la finca del
monasterio ni una sola vez en cuatro semanas. Tampoco
escribí cartas. Después de la agitación de los últimos me­
ses y años, sólo quería disfrutar de los bienes tan difícil­
mente conseguidos. ¡Cuántas veces había echado de me­
nos, ya antes, el consuelo de la confesión privada! El mis­
mo Goethe la cuenta entre las cosas «que no debían ha­
bernos sido quitadas». Lutero la llama, incluso en sus úl­
timos tiempos, «cosa excelente, preciosa y consoladora«.
Ahora la tenía a mi disposición con tanta frecuencia como
quería y era para mí conmovedora la posibilidad, ahora
a mi alcance, de la comunión frecuente, incluso diaria,
que es uno de los más grandes privilegios de lo* católi­
cos. De gran valor fué también para mí el poder penetrar
profunda y rápidamente en la vida católica por el amisto­
so trato con los Padres de Sant’ Isidoro, jóvenes en su ma­
yoría. Pues yo entonces veía con toda claridad que, con
48 SEVERIN LAMPING

el acto de la conversión, tenía que venir necesariamente,


como cosa de capital importancia, la compenetración con
la vida católica.
Y mientras que yo llevaba, retirado del mundo en
SantMsidoro, una vida completamente interior, en mi leja­
na patria estaban los periódicos, por mi causa, en plena
excitación, l'n o de esos indiscretos corresponsales que ven
crecer la hierba había descubierto mi santo secreto, y,
sin hablar una sola palabra conmigo, lo había comuni­
cado, de una manera totalmente desfigurada, a los diarios
berlineses. Supe esto por innumerables cartas de amigos,
conocidos y discípulos. Es lastimoso ver la poca compren­
sión que, incluso las personas más benévolas, tienen para
todo lo católico, por no mencionar a los que desprecian
toda religión positiva. La causa principal de este fenó­
meno es el infinito desconocimiento e ignorancia de las
cosas católicas. Contesté pacientemente a todas las cartas
oue me llegaron, aJsunas de las cuales estaban llenas de
una pena sincera y conmovedora. De las tres especies usua­
les de conversos: locos perdidos («¡E sto es, ciertamente,
como para volverse católico!», dice el berlinés en los mo­
mentos de máxima excitación), arrivistas calculadores y
visionarios románticos, yo fui incluido en la última. Tam­
poco faltó una hermosa y rica sobrina de cierto cardenal,
que desempeñaba en todo ello un papel importante. ¡El
que Tin hombre tenido hasta entonces por muy serio hu­
biera podido llegar, después de diez años de labor cien­
tífica. a la Iglesia católica, y el que ésta pudiera ser, en
consecuencia, algo completamente distinto de como se la
solía pintar, fue cosa que apenas pasó a nadie por la ima­
ginación! E= verdad que, más tarde, todos, sin excepción,
volvieron a mi amistad.
Alguna* de las objeciones que se me hacían eran de
tan superficial naturaleza que no había dificultad en re­
futarlas. Así, por ejemplo, aquélla de qu e: «¡N o se cam­
bia de fe como de camisa!» ¡A buen seguro que no! Sólo
hombres miserables son capaces de obrar así. Pero igual­
mente seguro es que no son los más prudentes y nobles
aquellos que testarudamente se mantienen en una opinión.
;De esa manera, cesaría todo progreso de la cultura, y la
misma Reforma hubiera sido imposible! Por lo que se re­
fiere al reproche, continuamente repetido, de ruptura de
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 49

la tradición familiar,' viniéronme felizmente a la memoria


unas hermosas palabras del conde Federico Leopoldo de
Stolberg. Al reprocharle una vez Federico Guillermo IH
de Prusia: «No me gusta la gente que es infiel a la fe de
sus mayores», Je contestó el ingenioso convertido : «¡T a m -
poco a mí, Majestad; por eso he vuelto a la fe de mis
mayores!» ¡ Buen argumento la tradición familiar en ma­
teria de convicción religiosa! El conocido historiador de
la cultura W. H. Riehl tuvo el valor de contestar a la pre­
gunta ; «¿P or qué soy protestante?», diciendo: «porque
mis padres eran protestantes.» Aquí se cumple la máxima
de Confucio : « ¡ Conocer Jo bueno y no hacerlo es falta de
valor!»
Me encuentro en la rara situación, perteneciendo a la
clase media, de poder seguir documentalmente mi árbol
genealógico hasta el año 1483, y me siento feliz al saber
que he vuelto a unirme con mis antepasados en mis prác­
ticas religiosas. Es cierto que he sufrido mucho a causa
de ello, incluso por parte de algunos católico?. Pero ben­
dito sea Dios por todo, incluso por innumerables cosas que
no puedo mencionar aquí. Tampoco yo he buscado la dicha
detrás de muchos montes, y nunca había sospechado el
lugar donde, por fin, había de encontrarla. Andar por ca­
minos soleados y rectos nada tiene de extraordinario. Pero
salir de la oscuridad a senderos radiantes de luz y orar con
alma jubilosa al Padre de las luces esto es lo que consti­
tuye la dicha duradera. *Y yo doy gracias a mi Creador
por haberme permitido saborear una buena parte de ella
y haber hecho que los grandes problemas que llenan mun­
dos y eternidades se convirtieran en sal de mi vida!
CIENCIA Y SOCIEDAD SIN FE
p o r a D o c t o h a FANY I MLE
(A lem ania)

Paderborn; ha publicado numerosos trabajos so­


bre cultura del espíritu; entre otros: ” Die Arbeit*
losenunterstützUng án den deutschen Gewerkschaf­
ten” (El apoyo a los parados en los sindicatos ale­
manes), ’ Franziskus, ein heiliger Le benskiinstler' ’
(Francisco, vividor a lo santo), ” Nachtgedanken über
Gott den Dreieinigen*' (Pensamientos nocturnos sobre
Dios Trino y Uno), ” Geist und Gott" (Espíritu y
Dios). Además, tradujo con el Dr. P. Julián
Kanp, O. F. M., el ,,Breviloquium,r. de San Bue­
naventura.

como herencia paterna un amor a la verdad,

T
UVE
orientado de una manera notablemente abstracta,
y un vivo interés, ya desde muy niña, por las
materias del conocimiento suprasensible. En la misma
escuela sentía atracción hacia las disciplinas abstractas,
apartándome más o menos de las concretas. Este inte­
rés por lo abstracto fué alimentado en mi casa paterna
por la literatura filosófica y recogido transitoriamente por
la enseñanza religiosa protestante, que, en mi ciudad na­
tal, alcanzaba, teóricamente, un nivel muy elevado. Pero
ni mi familia era ortodoxa en religión, ni yo sentía una
necesidad imperiosa en este sentido. Me era fácil abis­
marme durante horas enteras en la consideración de lo»
atributos de Dios, de los misterios de la Trinidad y de
la doctrina de la gracia; en cambio, la aplicación mora-
lizadora de las verdades dogmáticas y, sobre todo, la pie­
dad sentimental de los evangélicos, que acompaña a
aquélla, llegaban incluso a causarme repugnancia. Donde
ésta llegó al extremo fué ¡en un pensionado de Hermanos
Moravos, al que se me confió por seguir una vieja tradi­
ción familiar.
Por lo demás, fué también allí donde por vez prime-
52 SEVERIN LAMPING

ra me causó lastimosa impresión el desorden doctrinal del


protestantismo. En la época de preparación para la con-
filmación y primera sagrada cena caí por ello en gran
confusión anímica y espiritual, pues se nos exponían to­
das las concepciones personales y heréticas y las nume­
rosas opiniones doctrinales de los protestantes sobre el
sacramento del altar, pero no se nos enseñaba nada posi­
tivo acerca de cómo debíamos entenderlo nosotras. Así
moría, ahogada en un criticismo precoz, la añoranza de
unión con Dios, que a veces pudiera prender en las al­
mas infantiles. Casi con repugnancia me dejé conducir
a la mesa del Señor, por primera y última vez en mi
vida exteriormente protestante. Me empeñaba en consi­
derar aquello como una fastidiosa ceremonia, que sin duda
se requería para el tránsito de la niñez a la juventud, e
inmediatamente después de mi confirmación comprendí
que mi primera labor independiente debía consistir en
formarme una ideología propia, la cual yo entonces me
imaginaba lejos de toda confesión cristiana, más aún, ni
siquiera teísta.
Al contrario de mis condiscípnlas, sabía yo algo acer­
ca del catolicismo. En el trato con sacerdotes católicos
había llegado a conocer esta doctrina y forma de vida
en su mejor aspecto, e incluso había sentido por ella
durante algún tiempo un entusiasmo infantil. Con fre­
cuencia había asistido de contrabando a las lecciones de
religión en una escuela católica. Lo que de aquello recor­
daba me parecía, es verdad, coherente y armónico, pero
ni siquiera se me ocurrió que pudiera servir de base a
la ideología de una persona joven, culta y libre de pre­
juicios. Las bellezas externas de la liturgia, que de ordi­
nario impresionan tan favorablemente a los heterodoxos,
6e dibujaban también con radiantes colores en mis re­
cuerdos juveniles; pero ya entonces aborrecía yo el es­
tetismo vacío de conceptos y nunca jamás hubiera con­
sultado para elegir mi religión o concepción del mündo
el gusto ligado a lo sensible y dependiente del sen­
timiento.
Así empecé a caminar por la vida con un ansia ardien­
te de conocer y una notable voluntad de hacer algo de
provecho, pero completamente a oscuras en materia re­
ligiosa y casi sin freno en el campo de la moral. Esta se
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 53

limitaba en mí a la máxima de vivir en toda ocasión, fiel


y desinteresadamente, aquello que me pareciera verdadero
y justo, y, por consiguiente, no sacrificar jamás lo más
alto a lo inferior, y menos a lo vulgar. Era éste aquel
idealismo, capaz de dar buenos frutos, pero también de
extraviarse con facilidad, propio de la mejor juventud
de antaño.
Como estudio, sólo me atraía la filosofía, tanto más que
yo experimentaba contra Ja actividad docente gran repul­
sión y tampoco necesitaba ejercer ninguna profesión prác­
tica. Quería seguir perfeccionándome de acuerdo con mis
facultades e inclinaciones y, en todo caso, poner más tarde
lo aprendido, privadamente y en un ámbito reducido, a
disposición de otros. Las ciencias exactamente históricas,
dada mi posición más bien especulativa, no me resultaban
desprovistas de interés, pero eran para mí algo secundario.
Así, pues, puse todas mis esperanzas de verdad en la filo­
sofía de grandes pensadores del pasado y de la actualidad
y aquí fué donde sufrí el primer amargo desengaño de mi
vida joven.
Por entonces penetró en las aulas universitarias una
corriente filosófica casi ingenuamente empírica, que trajo
consigo un breve florecimiento de la psicología experimen­
tal y un orgulloso desprecio de toda especulación desligada
de la materia. Todo cuanto traspasaba los límite? fie la
experiencia material y biológica para adentrarse en las
amplitudes de más elevados círculos ideológicos y buscar
lo absoluto tras de lo perecedero y mudable, era desechado
como un vestido pasado de moda.
Yo no seguí el cambio de moda que se introdujo en
mi Facultad. Con un vigoroso arranque me volví hacia la
sociología, la economía nacional y la filosofía del dere­
cho. Estas disciplinas me tendieron el puente para la vida
práctica y me abrieron el camino hasta la clase obrera.
La gran miseria y, más aún, la humilde grandeza, y,
sobre todo, la imperiosa necesidad de cultura en la clase
trabajadora, me conmovieron y me arrastraron a entusias­
mos estudiantiles en favor de la revolución social, propios
de la época y de nuestra profesión. Es posible que yo
tomara esto más en serio que muchos de mis conmilitones;
lo cierto es que, durante algunos años, busqué en estas
actividades una especie de sustitutivo religioso, sin que por
54 SEVERIN LAMPING

ello me sintiera en modo alguno satisfecha en mis espiri­


tuales ansias de verdad. El panteísmo, insulso en su ufir-
mación de la vida, al que nuestros círculos rendían home­
naje« producía en mí un efecto emocionante, como una
canción hermosa o una buena poesía, y yo lo apreciaba
como concepción del universo para el uso casero de una
juventud gozosa de vivir y cansada de prejuicios; pero no
encontraba en él suficiencia alguna desde el punto de vista
filosófico. Creía yo entonces que la verdad superior era y
sería siempre el desgraciado amor de mi vida, amor que
por momentos había que quitarse de la cabeza para dis­
frutar como los demás, hacer alguna cosa de provecho y
poder alegrar a otros.
El estudio a fondo del marxismo dió pasajera satisfac­
ción a mi necesidad de pensamientos abstractos y de con­
clusiones lógicas. El materialismo histórico que sirve de
base a este sistema era para mí fácilmente comprensible
y disculpable como reacción contra el altivo desconocimien­
to de realidades ¡¡ocíales y económicas y de tendencias evo­
lucionistas; es cierto que también me horrorizaba siempre
como la más pobre y limitada concepción del mundo.
¡Cuán profundamente tenía que haberse hundido un pue­
blo, cuán grave tenía que haber sido el pecado de la clase
dominante en él. para que tales mutilaciones del pensa­
miento humano pudieran convertirse en sustitutivo de la
religión!
¡Con cuánto gusto hubiera dado yo a este pueblo una
religión mejor y me hubiera sacrificado como apóstol suyo,
si yo misma no hubiera padecido en esto tan gran miseria!
¿Qué me aprovechaban en el trato con hombres de lucha
todos mis conocimientos de detalles filosóficos, si me fal­
taba el sistema, la base más profunda y el más alto remate,
de tal manera que no valía la pena de que se me creyera?
Cada día comprendía mejor, ayudada especialmente por
la experiencia práctica en relación con mi propia insufi­
ciencia y con la de mis prójimos, que la ciencia debe ir
acompañada de la fe, si se quiere llegar a una explicación
satisfactoria del mundo y a una norma moral de vida. Lo
comprendí en la cruda realidad, cuando confusos destinos
personales me sacaron de la rosada esfera del idealismo
estudiantil para mostrarme el lado oscuro de la vida. Vi
a ésta con su semblante duro, el do todos los días. Tam-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 55

bien contemplaba ahora el alma del pueblo, juvenilmente


idealizada antee, desde aquella desventajosa proximidad en
que fácilmente se pierde la facultad de apreciar la grandeza
real y se ven, en cambio, más exagerados los pequeños de­
fectos. Era tan pobre como yo. A ambas no» faltaba el
sentido y el rumbo de nuestra existencia, un refugio espi­
ritual al otro lado de lo insuficiente y... la fe. ¿Y qué se
iba a creer y a quién?
Este fue, pues, mi segundo y amargo desengaño. Al mis­
mo tiempo que me dedicaba a trabajos sociales prácticos
y a escribir sobre economía nacional, volví a consagrarme
con intensidad creciente, después de haber traspuesto los
veinte años de mi vida, a cuestiones puramente filosóficas.
Pero a estos estudios no me impulsaba ahora tan sólo el
interés intelectual del investigador, sino también la incer­
tidumbre religiosa y moral de quien desea solucionar para
sí y para su pueblo enigmas vitales y descubrir rumbos para
el esfuerzo y, sobre todo, poner en libertad impulsos mo­
rales. Las investigaciones sociales me pusieron también,
por este tiempo, en contacto con círculos de trabajadores
cristianos, y más particularmente, católicos. No puedo
afirmar que su manera de pensar v obrar me haya impre­
sionado más que la de los incrédulos; por el contrario,
aquí me encontré con una falta de conocimientos positivos
todavía mayor y, a veces, incluso con una mayor deficien­
cia de sentimiento y más inseguridad de espíritu que allí.
Lo que me hacía envidiar a estas gentes sencillas y leales
era su unanimidad espiritual y su conformidad moral, que
se apoyaban en la autoridad doctrinal, siempre sublime,
cuando no de origen divino, de su Iglesia. Pero antes de
que pudiera inclinarme a someter también mi espíritu crí­
tico a esta autoridad doctrinal, que se decía agraciada por
el Espíritu de Dios con verdades sobrenaturales y por él
nrec.ervada de errores, era preciso conocer el contenido
de sus dogmas, objetivamente y sin prejuicios, lo mismo
que había hecho ya con las ideas de algunos filósofos.
Más serenamente y con mayor frialdad personal que
yo, difícilmente habrá llegado jamás nadie, en busca de
la verdad, al campo doctrinal de la revelación en su for­
ma católico-dogmática. Debo confesar incluso que, aun des­
pués de haber sido vencida objetivamente por su excelsitud
espiritual, su sistemática y su lógica, perduró en mí, por
56 SEVERIN LAMFING

algún tieuipo, algo asi como una personal antipatía contra


el catolicismo, y especialmente contra la piedad católica.
Pero esto no había de retenerme lo más mínimo en mi
aproximación a la Iglesia, como tampoco hubiera podido
jamás acercarme a ella uinguna clase de simpatía senti­
mental.
Sin embargo, para hacerse católico hace falta algo más
que el conocimiento del contenido doctrinal y la concor­
dancia con él, algo más que factores intelectuales, más,
incluso, de lo que puede la criatura por sí misma. Para ello
es necesario el don inmerecible de la gracia cooperante.
Cada vez era para mí más claro que la Cristiandad cató­
lica ofrecía una armonía sin par, incluso eternamente in­
asequible para el entendimeinto creado, en la explicación
del mundo; una maravillosa superación de aquellas incom­
patibilidades que la razón abandonada a sí misma no podría
resolver jamás, una orientación hacia lo alto, que subli­
ma la? almas, y una misteriosa aproximación a la Divi­
nidad en su doctrina lo mismo que en sus sacramentos.
En este marco amplio y excelso de la Dogmática se me
presentaba también ahora la Eucaristía de una manera
completamente distinta, y confieso que con frecuencia sen­
tía el anhelo de disfrutarla. También veía con claridad que,
de suyo, en el cuerpo místico de Cristo se debía pensar y
vivir a lo divino y, por consiguiente, se debía tomar tam­
bién en serio toda clase de progreso social. Por eso declaré
públicamente, cuando aún me quedaban por dar algunos
pasos para llegar a la conversión, que sólo el cristianismo,
en una sólida formulación dogmática, podía proporcionar
la« ideas directrices, procedentes de la revelación, y las
fuerzas impulsoras, procedentes de Ja gracia, para un des­
arrollo social verdaderamente elevado.
¿Pero me era lícito sustraerme personalmente por lar­
go tiempo a aquellas influencias del espíritu y efectos sa­
cramentales sobre mi ser natural que había reconocido
para otros, incluso para todo el pueblo, como únicas fuen­
tes de verdad y ennoblecimiento? ¿Podía yo — tal era de
momento mi inclinación— apropiarme el catolicismo como
filosofía privada, y permanecer lejos de la Iglesia? Así me
resultó, por fin, inevitable la conversión, como consecuen­
cia práctica de los conocimientos adquiridos teóricamente.
Entonces no comprendí que fué Ja gracia la que me obligó
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 57

a ello, sino que lo consideré sencillamente como una exi­


gencia de mi amor a la verdad y de una voluntad desinte­
resadamente recta.
Dios no me mimó con dulces sentimientos al dar este
paso decisivo. Y, sin embargo, tal era precisamente el ea·
mino adecuado para mí. Su sabiduría supo considerarme
como su omnipotencia me había creado. Aún tendrían que
pasar años hasta que yo, que llegué con relativa rapidez
a la sobrenatural seguridad del conocimiento, pudiera tam­
bién sentir en el alma el gozo de mi fe y mirar como cosa
propia la Comnmnio Sanctorum. Comoquiera que siempre
tuve más afición a las doctrinas dogmática« que a la piedad
popular, apenas encontré cosa alguna que me ocasionara
dificultad intelectual, al revés de lo que suele suceder a
tantos conversos intelectuales. Pero, cuando me pareció un
deber de sinceridad la pública profesión de] catolicismo y
mi personal incorporación a su organismo de gracia, no
sospechaba yo aún los inagotables tesoros de emoción espi­
ritual, enriquecimiento científico e iluminación divina que
me reservaba aquí la Bondad Infinita. Puedo, por tanto,
incluirme entre aquellos cuyas esperanzas, precisamente en
materia religioso-científica y dogmática, han sido grande­
mente superadas.
A T R A V E S DE L A H I S T O R I A
DE L A S O R D E N E S C A T O L I C A S
p o r H A N S C A R L W E N D L A N D T
(A lem ania)

Potsdam; publicó, siendo aún estudiante de Teolo­


gía Evangélica, la obra ” Die weiblichen Orden und
Kongregationen der Katholischen Kirche und ihre
Wirksamkeit in Preussen von 1818 bis 1918** (Las
Ordenes y Congregaciones femeninas de ta Iglesia ca­
tólica y su actividad en Prusia desde 1818 a 1918).
Colabora, además, en diversas revistas católicas de
Alemania.

E reconozco deudor de la gracia de la santa fe ca­

M tólica en primer lugar a Dios y a su bendita Ma­


dre, medianera de todas las gracias, pero también
al conocimiento de que la religión católica es por exce­
lencia verdad y amor.
Nací en 1898 en Sanssouci (Potsdam), siendo el último
hijo del predicador protestante de la Corte, Federico
Wendlandt, que desde 1891 hasta 1918 estuvo al servicio
del último rey de Prusia, como párroco de la Friedenskir­
che, fundada por Federico Guillermo IV de acuerdo
con la tradición de los viejos cristianos. La maravillosa si­
tuación de mi casa paterna, cuyos alrededores naturalmen­
te bellos habían sido aún realzados con un sello especial
de carácter religioso e intelectual por las creaciones ar­
tísticas de un romántico que ocupaba el trono, por la ba­
sílica y los claustros, fué la primera y permanente impre­
sión que mi alma recibió en sí y que nunca la abandonará.
Mis buenos padres, que supieron hacer dichosa y alegre la
niñez de su hijo por medio de una educación esmerada y
un tiemísimo amor, eran queridos y respetados por todos :
mi padre, un piadoso, caritativo y sincero heraldo de la
fe en la divinidad de Cristo, impertóvrito en la lucha
contra los adversarios liberales, fiel al rey «hasta los
éO SEVERIN LAMPING

huesos» a pesar de ciertas postergaciones, humilde, justo


y prudente; mi madre, una señora que se esforzaba inte­
riormente por conseguir la perfección, siempre muy inte­
resada por toda cualidad que pudiera adornar a una mujer
de su casa, precavida, de juicio claro y sereno. Un amplio
círculo de parientes y amigos, que, junto con otras per­
sonalidades más conocidas (el cirujano Ernesto von Berg-
mann; el que más tarde fue canciller del Reich, von Beth-
mann Holhveg; el predicador de Corte, Bernardo Ro gge,
etcétera), frecuentaban la casa paterna, ensanchó mi ho­
rizonte de niño. También recuerdo con gratitud mis pri­
meros estudios en el Real \iktoriagymnasium de Potsdam,
que abandoné en 1917 con el título de Bachiller, para de­
dicarme al estudio científico de la historia de las Ordenes
católicas. Ya de alumno había sentido un interés siempre
creciente, primero por las Ordenes de la Edad Media, y
después también por las nuevas Congregaciones de la Igle­
sia Católica. Mis padres no se opusieron a este trabajo y
yo personalmente me sentía cada vez más atraído hacia
él por la variedad de estas piadosas instituciones, acerca
de las cuales mis correligionarios protestantes sabían muy
poco y, por lo general, nada bueno. Consulté obras cató­
licas competentes y me encontré con las conexiones entre
el pasado y la actualidad, entre la historia de las Ordenes
y todos los campos científicos imaginables, entre la esen­
cia de las Ordenes como instituciones religiosas y la esen­
cia de la Iglesia. ¡Así me adentré en aquello que al no ca­
tólico ?e le oculta o, por lo menos, le es siempre desco­
nocido !
Con este conocimiento siempre creciente, el protestan­
tismo como tal perdió para mí definitivamente toda vali­
dez, en evanto que rechaza la autoridad de la Iglesia y los
consejos evangélicos. Sin embargo, seguí creyendo aún en
lo posibilidad del principio protestante de una Iglesia invi­
sible como complemento de la visible, es decir, de la roma­
no-católica.
Mi padre, que personalmente fué enemigo del culto de
Lutero y de la Unión evangélica y sólo alcanzó a ver el
comienzo de mi dirección hacía ej catolicismo, murió en
abril de 1918, víctima de su amor al prójimo. ¡Requiescat
in pace!
En mis años de estudiante en Berlín (1919-22), logra-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 61

ron mis estudios el vivo interés del más grande teólogo


protestante después de Leibniz, Adolfo Harnack, y encon­
traron también el más cordial estímulo en el predicador
mayor de Corte, Ernesto von Dryander. Este me dijo en­
tonces : «¡L e ayudaré con gusto; pero, naturalmente, sólo
podré hacerlo mientras usted no se convierta!» Y Harnack
( ¡ después de mi conversión 0 : Cuándo asegurarán sus
correligionarios de un modo duradero el gran trabajo de
usted?»
Harnack me aconsejó dirigir a la Facultad teológica pro­
testante, como disertación para la obtención de mi título
de Licenciado, un amplio estudio sobre las Ordenes y
Congregaciones femeninas en Prusia, en el que yo tra­
bajaba desde 1918. Así lo hice; pero la Facultad recha­
zó el trabajo «a pesar de su extraordinaria diligencia»,
cuando Harnack perdió su puesto v voz en el Consejo aca­
démico por la ley de antigüedad en el ?ervicio. A causa
de ello hice retirar mi matrícula v preparé la obra para la
imprenta, ganándome la vida, mientras tanto, por medio
de la enseñanza particular. En 1924 apareció mi libro, con
licencia eclesiástica y con el mayor apoyo del Santo Padre
gloriosamente remante, en la Editorial P. Schöningh- Pa­
derborn.
Desde que había abandonado la Universidad vivía más
entregado a mis estudios sobre la historia de las Ordenes
y pude, gracias a la ayuda de muchos monasterios de Ale­
mania y Holanda, remidiendo largas temporadas en ellos,
ser testigo presencial de la vida y actividades de los reli­
giosos. Nunca había dado fe a los necios y absurdos pre­
juicios que están en boga acerca de los monasterios y son
propalados incluso por católicos inconscientes: pero, cuan­
do fui testigo de la realidad del espíritu religioso, que,
incluso desde los más retirados conventos de clausura, en­
vía sus ondas hasta los más alejados sectores del pueblo
católico, cuando cobraron fuerza y vida ante mis ojos las
ideas de la adoración, de la penitencia, de la pobreza evan­
gélica, del amor al prójimo por amor de Dios, de la misión,
de la enseñanza cristiana, ideas que hasta entonces me
habían parecido pálidas, comenzó el protestantismo de la
«Iglc sia invisible» a reducirse para mí a una mera frase.
Entonces pude decir con San Pablo : « ¡ Ahora conozco (la
62 SEVERIN LAMPING

verdad) en fragmentos, pero luego conoceré como yo mismo


soy conocido!»
Siguieron aún años de dura lucha interior. Cuando ya
mi madre y mis amigos protestantes miraban como segu­
ra mi próxima conversión, yo me sentía continuamente
retenido por el pensamiento de que Dios no me pedía con
suficiente claridad que diera el paso decisivo; me parecía
que mi conocimiento era, en definitiva, puramente racional,
no sobrenatural. Oraba pidiendo luz, y pedía a otros que
rezaran por mí.
Durante diez años había apartado de mí, si bien úni­
camente por escrúpulos, la llamada que la gracia de Dios
me había hecho sentir por medio de la luz de mi enten­
dimiento; pero en el mes de María de 1927 llegó la de­
cisión. Había yo inventado, en una carta escrita a princi­
pios de este mes a un amigo católico que padecía muchí­
simo por sus dudas en materia de fe, describirle la her­
mosura y profundidad de las invocaciones de la Letanía
Lauretana. Entonces tuve por vez primera conciencia clara
de ser ya católico en mi corazón. Unos días después, con
ocasión de una visita a Magdeburgo, sentí ostensiblemente
que un poder misterioso me ponía ante el dilema de hacer­
me católico o perderme para siempre. ¡Tan pronto como
me hube decidido a la conversión, prendió en mi alma
una dicha como si se me hubiera dado el mundo entero,
como si una nueva vida hubiera alboreado para mí! Y lo
que había conocido exteriormente, la verdad del amor di­
vino en personas santas y en almas consagradas a Dios, me
fué ahora revelado en lo más íntimo de mi corazón : Ipse
enim Pater anmt i:os, quia vos me amastis et credidistis.
La víspera del Corpus de 1927, en la capilla del Hos­
pital de San José, de Potsdam, fui recibido en la Iglesia
de Dios.
En el estudio de la vida religiosa de la única Iglesia
salvadora encontré el amor y la verdad, poderes invenci­
bles del reinado de Jesucristo y sello de sus verdaderos
discípulos.
K O N N E R S R E U T H
P O R EL D r. B E N NO K A R P E L E S
( A us t ri a )

Viena; fué en otro tiempo escritor socialista. Es


uno de los fundadores de la institución caritativa
’ ’ Hammerbrotwerke’ *.

L
A guerra y el tiempo de la postguerra me habían he»
cho vacilar en mi fe. Serios intentos de volver nue­
vamente a ella fracasaron al principio. El capellán
berlinés Fahsel, a quien yo me había dirigido por con­
sejo del Dr. Seipel, habló un día casualmente de Kon-
nersreuth y me contó algunas cosas sobre Teresa Neu­
mann, que yo me negué rotundamente a creer. Cuantas
noticias se habían publicado acerca de los fenómenos de
Kónnersreuth carecían antes para mí del más mínimo in­
terés. Pero ahora parecía ofrecérseme «na posibilidad de
recobrar mi perdida fe. El capellán Fahsel me allanó el
camino, y un viernes me encontré junto a él y con el
párroco Naber en la humilde habitación de la casa Neu­
mann.
Teresa yace en el lecho; su rostro está tan blanco como
su bata de dormir y su pañuelo de la cabeza. Sus ojos
están cerrados; un ancho reguero de sangre mana de la
frente y se une sobre ellos. En el pañuelo de la cabeza,
ocho grandes manchas de sangre, de la corona de espinas:
sobre el lado izquierdo del pecho, otra amplia mancha de
sangre, de la herida del corazón: en las manos, los estig­
mas. Y he aquí que Teresa se sienta en el lecho, tendidos
los brazos hacia delante, con un extraño movimiento de
los dedos y un gesto en el rostro que ni la más consuma­
da actriz podría conseguir jamás: dolor, agitación, tor­
mento, júbilo, entusiasmo y otra vez dolor fulguran sin
transición sobre este rostro; las manos acuden a la cabeza
para sacar las espinas, y mana sangre de la frente hasta las
61- SEVERIN LAMHNt;

cuencas de los o jo s ...¡terrible espectáculo!— . Tere·· Neu-


mann ve en 35 cuadros la historia dolorosa del Señor.
Teresa sabía que yo iba a venir, puesto que había dado
su consentimiento para ello; pero no sabía cuándo Ven­
dría ni que había llegado ya. Sus ojos estaban cerrado«
y cubiertos de sangre. Sin embargo, señaló hacia mí al in­
corporarlo y dijo : «Ahí está uno que aún no pertenece al
Salvador, pero tiene buena voluntad, y por eso voy a ayu­
darle. Tomaré sobre mí un dolor y todo irá bien.» Me in­
vadió una emoción indescriptible. Después de media hora,
no pude resistir más. Me fui, pero volví a las doce y vi,
durante cinco cuartos de hora, en compañía del párroco
Xaher v del capellán Fabscl, cómo pasaban ante ella las
últimas escenas de la Pasión. Luego cayó sobre las almo­
hadas por espacio de unos veinte minutos, en estado de
profundo desvanecimiento. Después de una pausa, le pre­
guntó ej párroco Naher qué era lo que había visto. En­
tonce« nos describe la crucifixión. El capellán Fahsel se
adelanta hacia ella y le alarga la mano. A pesar de pu
plena inconsciencia, sin poder ver, con los ojos cubiertos de
cuaja roñe* de sanare, Teresa nota exactamente cuándo toca
la mano del ministro de Dios. A un visitante vestido de
sacerdote lo declaró abiertamente en cierta ocasión como
impostor.
Al preguntarme el párroco Naber si quería hablar algo
con Teresa mientras se hallaba en este estado, intervino
ella dieiéndome r «El Salvador te ama mucho.» «¿Qué
debo hacer, Teresita —contesté— para obtener la fe?» A
esto repuso ella : «No te preocupes: he ofrecido un dolor
por ti.» ¡Antes de mediodía, cuando habló refiriéndose a
mí por primera vez, bajo la herida del corazón se había
abierto otra nueva! —«Todo irá bien; no necesitas hacer
mucho por tu parte; tan sólo es necesario que ame· al
Salvador.»
Presa de la más honda emoción, abandoné la casa a
las dos de Ja tarde
El sábado encontré a Teresa en la parroquial. Ayer,
una espantosa imagen dej sufrimiento; hoy, una mucha­
cha campesina, colorada y sana, en la que no se nota ni
por asomo que desde hace siete años vive sin alimento. Du­
rante una conversación de dos horas corrió tres veces a
la cercana iglesia a fin de inspeccionar el arreglo de las
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA

flores para Ja misión que iban a empezar los capuchino·.


Es como una niña grande y desarrollada, con maravillosos
ojos azulee, llena de ingenio y de viveza, en todo seme­
jante a las demás muchachas del país. Pero no se puede
hablar mucho con ella de otros asuntos; su conversación
recae en seguida sobre el Salvador. A la pregunta de «i
reza mucho, contesta graciosamente: «Míre usted, me en­
vían tantísimos devocionario* . Yo los hojeo un poco;
pero, ¿voy a ponerme a leer a Nuestro Señor lo que dicen?
De sobra sabe él lo que está allí escrito. Prefiero d ecir:
¡Salvador mío, te a m o!; o bien : ¡Dio'! mío, confío en ti!
¿Para qué se necesita rezar mucho?«
Desde el primer momento estuve plenamente conven­
cido : esta muchacha no miente. En toda mi vida no he
visto una persona que lleve la verdad absoluta tan marca­
da en la frente como Teresa Neumann. Su amor a Ja ver­
dad es tan profundo que ya de pequeñita no quería saber
nada de los cuentos, porque «todo eso no son más que his­
torias falsas».
Lo que sucede en Konnersreuth no puede explicarse de
una manera natural; es algo sobrenatural. He visitado a
Teresa Neumann por segunda, por tercera y por cuarta
vez—siempre con autorización episcopal—durante algunos
días, y la he visto en los más diversos estados. En las
pausas entre cada dos cuadros de la Pasión se encuentra
en estado de éxtasis. En otro estado diverso, contesta a pre­
guntas, no como Teresa Neumann, sino en nombre de otro:
una voz extraña habla por ella, a veces en tono impera­
tivo. Si ya en el estado de éxtasis sus respuestas son un
milagro en las cosas que dice, o que dice por su boca la
voz extraña, en el estado de calma absoluta, el asombro es
completo.
Me había decidido a la conversión y quería ser bautizado
en Konnersreuth. A ruegos del Dr. Seipcl. el prepósito
Dr. Wildenauer me bahía enviado a París libros católicos
•obre religión. Antes de volver a Viena para examinarme,
rogué por escrito al prepósito Wildenauer que no fuera
en el examen excesivamente riguroso, pues «tanto como el
mayordomo de Oriente, al que San Felipe bautizó durante
el viaje, sabía yo también». Cuando volví a Konnersreuth
encontré a Teresa en medio de sus sufrimientos. Al pre­
guntarle el párroco Naber en la pausa intermedia qué era
i
66 SEVERIN LAMPING

lo que había visto, nos contó, con muchos más pormenores


de los que se tienen en las Actas de los Apóstoles, la historia
del bautismo del mayordomo por San Felipe. Al día siguien-
te, a las cinco de la mañana, fui bautizado en Konnersreuth.
Teresa fué mi madrina. En la Santa Misa que siguió a la
ceremonia, estuve arrodillado en un reclinatorio al lado de
Teresa. En el momento de pronunciar el párroco las pala·
bras de la consagración, cayó Teresa en el estado de calma
absoluta. Resulta conmovedor ver cómo se siente arrastrada,
cómo quisiera levantarse para ir al encuentro del párroco
que eleva la hostia.
He encontrado el camino hacia la Iglesia y hacia la fe,
impresionado por lo que he visto y experimentado en Kon­
nersreuth, no por lo que he leído o solamente oído, ni
tampoco por lo que me han contado las personas que desde
hace varios años tratan con Teresa. Sé que no soy el único;
los tres o cuatro centenares de cartas que diariamente llegan
a Konnersreuth son testimonio de ello. Konnersreuth ha
fortalecido en la fe a muchos miles de hombres, o los ha
vuelto a ella. Para mí es Konnersreuth una prueba de que
Dios pretende algo nuevo de nosotros y de que ha creído
oportuno recordarnos palpablemente que hay algo más que
el pan cotidiano y los cuidados y satisfacciones de cada día.
¡ A M O R D I C H O S O !
p o r I R M A D I L E N A
( S uiza)

(Se han omitido los dalos biográficos por expreso


deseo de la Sra. Di Lena.)

primeras causas de mi conversión del protestan­

L
AS
tismo al catolicismo quedan muy atrás, en los años
de mi niñez, casi pudiera decir de mi nacimiento.
Vi la luz del mundo en una importante ciudad de Sui­
za, siendo el primer fruto de un matrimonio mixto. Aun­
que mi padre, que era protestante, otorgaba a mi católica
madre plena libertad en materia de fe. exigía que sus
hijos fueran bautizados en la Iglesia protestante. Tan pron­
to como empecé a hablar, me enseñó mi madre las ora­
ciones católicas y me dió, lo mejor que pudo, una educa­
ción católica. Por eso fué siempre para mí motivo de ale­
gría asistir, en mÍ6 primeros años escolares, con mis con·
discípulas católicas a la catcquesis, lo cual permitía, por
su parte, el sacerdote que entonces había en nuestro dis­
trito.
Fué por el año 1910 cuando las niñas con quienes yo
asistía a la catequesis llegaron a la edad en que se hace la
primera confesión, y entonces se produjo en mi evolución
religiosa un cambio repentino y desfavorable. El párroco
que gobernaba la iglesia católica dentro de cuyo distrito
vivíamos nosotros exigió que yo fueTa bautizada de nue­
vo condicionalmente, para poder ser admitida a este sa­
cramento; pero chocó con fuerte resistencia por parte de
mi padre. Y, en vez de convencerle con calma y precau­
ción, aquel eclesiástico hizo con sus imprudentes observa­
ciones que mi madre dejara también de ir a la iglesia, y
así, desde aquel día, mi educación fué completamente
protestante.
Hasta una edad avanzada tuve diversas amigas cató·
SEVERIN LAMPING

licas, a quienes acompañaba de vez en cuando al servicio


divino, sobre todo a las funciones vespertinas de mayo
y octubre, en las que siempre experimentaba yo un placer
especial, pero también pena por no poder participar en
todo como católica dentro de la Iglesia. Pero las disposi­
ciones de Dios son, con frecuencia, admirables, y el año
1923 debía traerme el principio de mi conversión.
Por entonces conocí a mi actual esposo, que desarrolla­
ba una celosa actividad como miembro de la Acción Ca­
tólica; nunca dejaba la misa los domingos y participaba
incluso regularmente de la sagrada mesa. Con alegría y
orgullo lo veía yo pasar el domingo por delante de nues­
tra casa para asistir a la misa que se cantaba a las ocho.
Pero, al mismo tiempo, sentía el dolor de no poder acom­
pañarle al servicio divino. De nuestra íntima amistad se
originaron pronto serias relaciones y me preguntó clara­
mente bajo qué condiciones era posible el matrimonio
entre nosotros.
Mi novio, que ya entonces, a causa de sus muchos via­
jes y largas estancias en el extranjero, era para ciertas
cosas casi excesivamente generoso y liberal, me prometió
que, en materia de religión, jamás trataría de ejercer sobre
mí presión ni violencia alguna. Sólo me ponía como única
condición que nos casáramos como católicos y que nues­
tros hijos fueran bautizados y educados en el catolicismo.
Otorgué mi consentimiento y prometí hacer lo posible
para lograr una educación católica. En octubre de 1924
nos casó en el santuario de María-Einsiedeln, en Suiza, el
entonce* presidente regional de la Acción Católica. Las
palabras que nos dió como lema en nuestro camino fueron
conmovedoras y hermosas.
Pasamos los primeros años de nuestro matrimonio en
diversos lugares del extranjero, adonde nos llevaba la pro­
fesión de mi marido. Siempre que teníamos ocasión, asis­
tíamos juntos los domingos a la Santa Misa, y, cuando yo
veía a mi marido acercarse a comulgar por Pascua, sentía
t orno una gran desgracia el no poder acompañarle a la
me=a del Señor. Mi marido guardó la palabra que me ha­
bía dado antes del matrimonio. Nunca tuvimos una dis­
cusión religiosa. Pues mi marido decía siempre que, si
yo había de hacerme católica, tenía que ser por convic­
ción, no por violencia ni por consideración a é). Que no
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 69

podía echar sobre sí una responsabilidad tan grande. El


año 1926 nos concedió Dios nuestro primer hijo, que fué
bautizado católicamente. Y de nuevo viajamos al extran­
jero, donde siempre asistíamos a la Santa Misa, y mí ma­
rido me ayudaba a educar a nuestro hijo como católico.
Nunca fué mi marido al trabajo ni al descanso sin que am­
bos hubiéramos rezado a Dios piadosamente, y, como yo
sabía desde mi niñez las oraciones católicas, se las enseñé
á mi niño lo mejor posible. Cuanto más tiempo íbamos
viviendo juntos, tanto más maduraba en mí la decisión
de cambiar de religión, sobre todo teniendo en cuenta que
poco a poco fui convenciéndome de que la fe católica es
la única que conduce a la eterna felicidad (1).
El año 1929 debía concedérseme, por fin y para siem­
pre, esta dicha de la fe católica. Por entonces tuvo que
trasladarse mi marido, para bastante tiempo, a Egipto,
adonde yo debía seguirle poco después. Concebí el plan
de sorprenderle, presentándome a él siendo ya católica.
Por este motivo me puse al habla con el párroco del lugar
donde residíamos, pero él me exigió una instrucción reli­
giosa de seis meses como preparación a mi conversión, para
lo cual no me quedaba tiempo en el corto espacio que fal­
taba para mi viaje. Por eso, después de mi llegada a Egip­
to tratamos el asunto con un franciscano alemán que ha­
bía conocido mi marido. Pude recibir 6ns enseñanzas va­
rias veces por semana, y a los tres meses había adelantado
tanto, que pude ser admitida a recibir los santos sacra­
mentos. Como misionero muy experimentado, sabía el
P. Ciríaco exponer con tanto acierto sus enseñanzas, que
todas las dudas desaparecieron y me convertí a la fe cató­
lica plenamente convencida.
En medio de un silencio solemne fui bautizada condi­
cionalmente a primeros de diciembre de 1929. en la sacris­
tía de la Iglesia de San José, en El Cairo, siendo madri­
nas dos señoras suizas. A continuación hice mi primera
confesión, y, al día siguiente, se me otorgó la gran dicha
de poder participar por primera vez en la mesa del Se­
ñor. Mi marido no quiso perder la ocasión de comulgar
conmigo, y no me es posible describir la dicha y el con-

(I) La expresión «única Iglesia que puede salvar» quedó expli­


cada en la Introducción.
70 SEVERIN LAMPING

tentó que sentí en el momento de recibir, junto con mi


esposo, el cuerpo del Señor. Cuando poco después vino a El
Cairo el obispo de Alejandría, fui confirmada para con­
servar mi fe en el futuro como verdadera católica.
Desde mi conversión he procurado ser fiel a los deberes
que me impone la religión católica, y siento en la oración
un consuelo especial e inenarrable, especialmente cuando
sé que mi marido está expuesto a peligros en sus numero­
sos viajes. Mi esposo me da también en esto buenos ejem­
plos. Antes de cada viaje oramos en común; antes de cada
travesía por mar mandamos rezar una misa. Incluso ahora,
cuando, a causa de los niños, ya no puedo acompañar a mi
marido, sé positivamente que es fiel a mi amor en virtud
de su fe católica, y esto me da nuevos y ardientes deseos
de permanecer fiel a nuestra fe hasta la muerte.
A C U S A D A DE C O M U N I S T A
ANTE EL TRIBUNAL DEL ES|TADO Y...
p o b F R A N C I S C A V A N L E E R
(H olanda)

Amsterdam; es una de las judias conversas más


interesantes de Europa. Después de su conversión dió
conferencias, parte en público, parte en circuios pri­
vados, sobre su cambio de fe y sobre la posibilidad
de las conversiones entre los judíos. Pronunció estas
conferenciáis en Alemania, Holanda, Bélgica, Francia,
Inglaterra, España, Italia, Polonia, Austria y Pales·
tina. Escribió dos libros: ’’Harte, Histoire <Tne áme”
y "D e Vriend” (El Amigo).

« L L Torah no me redimió, sino que me anatematizó,


| al hacerme saber que peco» (Werfel, Pablo entre
los judíos).
«No he venido a abolir la ley y los profetas, sino a cum­
plirlos» (Mt. 5.17).
Mi camino desde la Sinagoga hasta la Iglesia, no es,
en realidad, más que una confirmación de estas palabras
de Cristo. Aunque este camino me llevó muchas veces a
callejones sin salida, la gracia de Dios me sacó siempre
de ellos para que no errara mi fe.
Nací el año 1892 en Amstérdam, de padres judíos;
asistí desde mis primeros años a la enseñanza religiosa y
aprendí hebreo para entender la Sagrada Escritura. Mi
madre era una mujer piadosa: me educó rigurosamente,
de acuerdo con las leyes del Antiguo Testamento, y apren­
dí no sólo a conocer, sino también a practicar los ritos
y el servicio divino, según lo prescribía nuestra fe, con
amor y convicción.
Los libros de Moisés, que se leían los sábados en la (si­
nagoga, eran para mí la interesante y atractiva historia de
mi pueblo, el pueblo elegido de Dios. Mi madre me in·
72 SEVERIN LAMPING

culcó el agradecimiento por mi origen y por pertenecer a


este pueblo.
Más aún que los cinco libros de Moisés me gustaban
los libros proféticos del Antiguo Testamento, de los cuales,
asimismo, se leía un pasaje los sábados y días de fiesta.
La descripción del reino de Dios en la tierra, cuando el
Mesías ha de gobernar como rey, cuando «el cordero y el
león pacerán juntos» y «los hombres fundirán sus espa­
das para arados», cuando «ningún pueblo se levantará ya
contra otro» y «un niño pequeño los regirá a todos»—esta
descripción llenaba mi alma infantil de una profunda año­
ranza por la venida del Mesías.
En las clases de religión, y también en casa, pregun­
taba con frecuencia cuándo sucedería todo esto; pero na­
die podía darme una respuesta satisfactoria. Empecé a
dudar de la verdad de estas profecías, sobre todo cuando
noté que las respuestas de mis maestros y mis padres no
sólo eran imprecisas, sino que se contradecían directamen­
te. Uno decía : «El Mesías vendrá como juez sobre las nu­
bes»; el otro: «Nacerá como hombre»; un tercero: «No
es Dios ni hombre, sino una época; cuando reine la paz
sobre la tierra, entonces habrá venido el Mesías».
Viendo que la observación de las rígidas leyes mosai­
cas no parecía llevarnos a mi pueblo ni a mí al reino del
Mesías, sacudí a los dieciocho años el yugo de los manda­
mientos, para hacerme una «persona libre». Abandoné la
casa paterna, a fin de, en vez de ingresar en la Escuela Su­
perior, como quería mi padre, ganar la vida en el extran­
jero como estenógrafa. Quería ser independiente, hacer
mi voluntad, 6eguir mi camino.
La vida me desilusionó mucho; pero era yo demasia­
do orgullosa para reconocerlo. Para olvidar mis penas du­
dante algunas horas, iba mucho al teatro. Especialmente
las óperas de Wagner hacían en mí una profunda impre­
sión, sobre todo porque en ella8 se cantaba, de un modo
diverso, pero con acento igualmente doloroso, la misma
añoranza de redención que animaba a los profetas. Siem­
pre veía en ellas hombres envueltos en pecado; siempre
venía uno a redimirlos, y siempre por el sacrificio. En «El
holandés» se sacrificaba Senta; en «Tannháuser», Isabel;
en «El anillo del nibelungo», porque no se sacrifica nadie,
son los dioses los que tienen que hacer penitencia por los
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 73

pecados. La cumbre de toda esta vivencia estaba para mí


en «Parsifal», que vi con mucha frecuencia a través de
los años y que me venía a la memoria cuando pensaba en
el Mesías.
Pero el abismo entre el hombre y Dios, entre vida or­
dinaria y religión, entre ciencia y fe, entre mundo e Igle­
sia, me parecía infranqueable. Por mucho tiempo consi­
deré el Arte como la única medianera entre Dios y loe
hombres, y durante años enteros me consagré a] servicio
de esta «medianera». Como secretaria de modernas direc­
ciones artísticas, procuré revelar a los hombres, con mis
palabras y mis escritos, la belleza de la pintura, plástica,
música y arquitectura modernas. Pero la guerra y sus te­
rribles consecuencias paralizaron pronto mi fuerza de tra­
bajo y mi alegría creadora. ¿Cómo podía yo creer en el
Mesías, en un reino de Dios, un reino de paz, cuando pre­
cisamente sucedía todo lo contrario de lo que prometían
los «profetas junto con Parsifal?» No se fundían las espa­
das para forjar arados, sino los arados para forjar espa­
das; más aún : las mismas campanas de las iglesias se con­
vertían en cañones.
Quise curar heridas, hacerme enfermera. Pero no po­
día ver sufrir a los hombres: y es que no tenía ninguna
respuesta para las desesperadas preguntas de las voces mo­
ribundas : «¿Por qué este sufrimiento? ¿Por qué la gue­
rra? ¿Por qué la muerte?».
No tenía ya fe en nada, y no podía dar esperanzas sin
mentir.
Esto me impulsó a lo soledad. Leía y estudiaba: de­
voraba libros de todos los tiempos y pueblos, para encon­
trar la respuesta a las preguntas que ningún acontecimien­
to ha planteado tan crudamente como la Guerra Mundial:
«¿De dónde procede el hombre? ¿ Adonde va? ¿Para qué
está en la tierra? ¿Para qué el sufrimiento?».
Pero en ninguno encontré una respuesta satisfactoria
y completa. Veía muy bien que los sabios de todos los
tiempos se habían preocupado y atormentado con estos
problemas. Uno había tratado de resolverlos desde el pun­
to de vista religioso; otro, desde el social: el de más allá,
de una manera práctica. «Las vestiduras de la verdad»
habían sido desgarradas, repartidas; cada uno tenia un
jirón; pero, ¿dónde estaba la túnica inconsútil e indivisa?
7t SEVERIN LAMPING

No sabía vo que, ya mil novecientos años antes, había


hecho un hombre la pregunta: «¿Qué es la verdad?»,
mientras que ante él estaba la verdad en persona divina
y humana; y es que yo no conocía el Evangelio; no se me
había permitido leerlo de niña y no había querido leerlo
de mayor, porque pensaba que era pura leyenda.
Así anduve a tientas por la oscuridad de la terrena sa­
biduría, y, como los hombres no daban respuesta alguna
a mis preguntas, me acogí a las estrellas, a la astrología.
Pero ésta sólo me mostró la mueca de un hado ineludible,
que excluye todo libre albedrío, toda gracia y redención.
Tan grande tuvo que ser la oscuridad, que fué cerrán­
dose en torno mío, y dentro de mí; hasta que Dios hizo
brillar la luz en las tinieblas, «la luz que ilumina a todo
hombre que viene a este mundo», la luz que mi pueblo,
en su incomprensible ceguera, había rechazado mil nove­
cientos años antes y que hasta hoy aún no ha reconocido.
❖ Sfc H*

¡La «Pasión según San Mateo»! Había oído con fre­


cuencia esta gran obra de Bach; había llorado por Cristo
dolorido y amante, sin que hubiera sido para mí más que
una figura de leyenda, semejante a Parsifal.
Después leí, en 1918, las obras de Tolstoi, especialmen­
te sus «Diarios» y «Mi Evangelio». Entonces adquirió Cris­
to una figura ya más humana. Era de carne y hueso; ha­
bía pronunciado palabras de paz y de amor, como ningún
hombre antes de él. Así, podía servirme de modelo, como
lo enseñaba Tolstoi; pero sólo era para mí un hombre
perfecto, ¡no D103 !
¡Oh, cuán larga es la distancia desde la admiración de
Cristo hasta la adoración de Cristo! ¡Nadie puede reco­
rrerla sin la gracia de Dios! ¡Cuán alejada estaba yo aún
de la fe!
Después de haber leído a Tolstoi, decidí seguir literal­
mente el Evangelio. Regalé todo lo que tenía y me fui
(como lo enseñaba Tolstoi) al campo, a casa de un labra­
dor, para ganar el pan cotidiano con el sudor de mi fren­
te. ¡Con qué gusto hubiera predicado y enseñado el Evan­
gelio a Jos hombres! Pero nadie me hubiera escuhado.
Quizá el buen ejemplo sería suficiente.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 75

Pero quedé gola, y decidí por fin «intervenir en la his­


toria universal». Escribí una carta al Kaiser y le pedí usa
audiencia; quería moverlo a procurar la paz por todos los
medios. Fué en agosto de 1918. Para estar «egura de que
mi carta alcanzaría su destino, solicité la intervención de
una princesa. Un telegrama cortés, pero negativo, fué la
única respuesta del Kaiser. «Ahora vendrá la revolución»,
dije a la princesa. Yo, personalmente, no veía otra salida
de aquel caos. Y la revolución estalló el 9 de noviembre.
Consideré al principio a los jefes revolucionarios como sal­
vadores y pacificadores. Mas pronto hube de convencer­
me, para mi desengaño, de que no transformaban a los
hombres ni la historia mundial. Pero seguí la corriente,
con la esperanza de poder mediar y suavizar asperezas con
mi buen ejemplo y amor a la paz y al prójimo.
Nada fué de provecho. En Munich, donde yo tenía mi
campo de actividad, fué asesinado Eisner. Luego se impu­
co por breve tiempo el cruel dominio de los rojos. Cuan­
do, a principios de mayo de 1919, entraron en la ciudad
las tropas blancas para liberar a Munich, yo sabía que mi
camino me llevaría indudablemente a la cárcel. Había es­
tado en contacto con los cabecillas; necesariamente se me
consideraría también como culpable. Fui. en efecto, in­
mediatamente detenida y sujeta a un interrogatorio croe
duró cinco horas. Pero no se sabía qué hacer conmigo. Yo
hablaba continuamente del Evangelio, de la paz mundial,
del amor al prójimo, de Parsifal, de los profetas. Uno de
los «jueces» me preguntó por qué no me hacía cristiana,
si estaba convencida de la verdad del Evangelio. Me reí
de é l : «Unas cuantas gotas de agua en el bautismo no
cambian a una persona. Nunca seré cristiana, si no lo soy
ya por mis sentimientos.» Eran las diez de la tarde. Por
la noche se me encerró en el sótano del palacio en que
había sido interrogada, pues las cárceles estaban comple­
tamente llenas.
Fué la noche más memorable de mi vida. Aún no ha­
bía recaído sobre mí sentencia alguna; pero mis cosas no
debían marchar nada bien. Los soldados de la guardia ha­
blaban de mí y de que mi suerte estaba ya sellada : es
decir, que se me fusilaría. Consideré aquella noche como
la última de mi vida e hice un balance de mi pasado. En­
tonces vi que no era una persona completa; que no podía
76 SEVERIN LAMPING

morir, porque aún no había encontrado la verdad, la paz,


el reino de Dios. Pero, ¿dónde estaban? ¿Cómo se lle­
gaba allí? En la más profunda desesperación, envié al
cielo un ultimátum. Si había Dios, no podía dejarme mo­
rir antes de que lo hubiera encontrado. Si tenía que mo­
rir al día siguiente, sería para mí la prueba de que no
había Dios, pues, en tal caso, mi vida no habría tenido
ni sentido ni finalidad. Pero, si me dejaban vivir y se me
ponía en libertad, entonces conocería que había Dios, ¡y
pluguiérale revelarme su voluntad y mi camino! Enton­
ces me rendiría a él «sin condiciones».
A la mañana siguiente, fui puesta en libertad. Nunca
he visto las actas de mi corto «proceso»; por consiguien­
te, no sé a qué circunstancias debo mi pronta libertad.
Pero más importante que las causas naturales de este he­
cho son sus consecuencias sobrenaturales, a saber: mi con­
versión.
Es imposible describir con detalle cómo inclinó Dios
mi rebelde voluntad, que se resistía al bautismo. Estaba
dispuesta a hacerlo todo por Dios, menos convertirme al
catolicismo. Me retraían no sólo los prejuicios de mi pa­
sado judío, sino también el desconocimiento de todo aque­
llo que se refiere a la Iglesia y a la fe, especialmente una
total incomprensión de los conceptos: gracia, redención.
Algunos libros del Padre franciscano Dr. Heriberto Holz­
apfel me demostraron con una lógica convincente las últi­
mas consecuencias del Evangelio : el bautismo, pues «Cris­
to es Dios».
En su libro Pablo entre los judíos, pone Franz Wer­
fel en boca del apóstol San Pablo estas palabras como res­
puesta a Gamaliel, que le preguntaba de qué manera ha­
bía llegado a la fe cristiana: Cómo podré yo hablar de
ella? ¿Cómo podré hablar del momento en que la luz del
cielo irrumpió en mi sangre, cuando penetré, ciego, en
un mundo nuevo? ¡Mi corazón se desgarra de sólo pensar
en ello! ¿Puede hablar el hombre del momento de su na­
cimiento?»
Las palabras humanas no pueden describir la luz que
irrumpe de pronto en la oscuridad de un alma errante
que busca la verdad, aquella luz que la Iglesia llama gra­
cia. Me parecería una profanación el querer describir
cómo penetró en mi alma el rayo que me hizo conocer la
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 77

divinidad de Cristo. Pedí el bautismo al P. H olzapfel:


¡inmediatamente! Se me rehusó hasta que estuviera me­
jor instruida. Yo no quería esperar después de haber co­
nocido dónde estaba la verdad y que la Iglesia era el reino
de Dios, por largo tiempo y con grandes ansias deseado,
«1 cual llegará a extenderse por todos los países y pueblos,
exactamente como lo habían prometido los profetas. Esta­
ba desconsolada porque tenía que esperar. Pero la Provi­
dencia vino en mi ayuda.
Como holandesa, fui expulsada de Alemania. Todos los
extranjeros recibieron entonces orden de abandonar el
país. Pero la vuelta a la patria holandesa significaba para
mí la vuelta al ambiente judío de mi casa paterna, donde
la conversión me sería punto menos que imposible. Por
eso quise ser bautizada antes, y recibir los Sacramentos:
después, nadie podría arrebatármelos.
Pero nada pudo decidir al experimentado v prudente
Padre a bautizarme sin estar lo suficientemente prepara­
da. Debía volver a Holanda sin el bautismo y ser instrui­
da allí.
En mi desesperación, corrí a la iglesia del convento:
era por la mañana temprano, y vi cómo se distribuía la
sagrada comunión. «Una fuerza salía de él, que los cura­
ba a todos.» ¡También a mí, y a mi corazón enfermo y
débil! Vi cómo las personas avanzaban hacia el comulga­
torio, y se apoderó de mí un hambre de aquello «blanco»,
cuyo nombre y esencia yo desconocía, pero que se me re­
velaba sin palabras y me atraía con fuerza irresistible.
¡Quería participar también de «lo blanco»! Corrí al con­
vento y supliqué al Padre que, por lo menos, me diera
«lo blanco», ya que no quería bautizarme. Naturalmente,
fué inexorable, y me instruyó acerca de la Eucaristía. Mi
hambre de ella se hizo aún mayor.
«¡V o y a traerle un Padre holandés, un paisano suyo!
El le dará direcciones de sacerdotes a quienes usted po­
drá dirigirse en Holanda.» «¡N o, no: no me hace falta
ningún paisano! Tráigame usted al sacerdote que ha dis­
tribuido «lo blanco». El no me negará esta gracia.» Mo­
viendo la cabeza salió el Padre del locutorio parajir en
busca de mi paisano. Ignoraba por completo a quién me
refería vo. En el convento habitaban muchos Padres, y
73 SEVERLN LAMPING

cada cuarto de hora daba la comunión uno distinto. Por


lo demás, ¿quién iba a bautizarme sin estar preparada?
Pero nuevamente acudió en mi ayuda la Providencia.
Al abrirse la puerta del locutorio para dar entrada a mi
«paisano», reconocí, sumamente extrañada, al sacerdote
que había visto repartiendo la comunión. Era el holan­
dés. Nuestra conversación fué corta. A su pregunta de qué
era lo que yo deseaba, respondí: «El bautismo.» El cre­
yó que ya estaba instruida y que sólo deseaba ser bautiza­
da por un paisano mío. Sin querer inducirlo á error, le
callé que aún no estaba preparada y la Providencia hizo
que él no supiera hasta do« días después de mi bautismo
que yo no conocía aún la fe católica.
Todo tuvo que hacerse con la mayor rapidez. El 13 de
junio conocí al Padre holandés Laetus Himmelreich; el
15, fui bautizada; el 16, tuve que abandonar Alemania
en cumplimiento de la orden recibida.
En la fiesta de la Santísima Trinidad (1919) se cumplió
en mí el mandato de Cristo en el evangelio del día : «Id
y enseñad a todos los pueblos; bautizadlos en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.» Me convertí
en hija de la Iglesia, del reino de Dios en la tierra, que
tanto tiempo y tan dolorosamente había buscado, y pude
participar de los sacramentos.
Resplandeciendo por encima de todas estas alegrías y
gracias brillaba para mí el sol de la Eucaristía, Cristo en
la Sagrada Hostia. ¡El, el Mesías tan deseado y descono­
cido, el Redentor, el Rey de los que dominan, el Dios de
Israel!
Junto con una oración de acción de gracias, que brota­
ba de lo más hondo de mi alma, subió al trono de Dios,
aquel día y todos los siguientes, otra oración de súplica,
que la Santa Iglesia expresa el día de Viernes Santo con
estas palabra« :
«Omnipotente y eterno Dios, que ni aun a los infieles
judíos excluyes de tu misericordia, escucha las súplicas que
te hacemos por la ceguera de este pueblo, para que co­
nozcan la luz de tu verdad, Cristo, y sean arrancados a sus
tinieblas.»
M A S O N C O N V E R T I D O
РОК BL CONSUL EINAH BERRUM
(N oruega)

(Se han omitido lot datot biográficos per expreso


deseo del Sr. Berrum.)

K \ / tuas, Domine, demonstra mihi, et semitas tuas


í as
\ edoce me.y> Mi camino hasta la Iglesia no es más
que el de una persona sencilla, y nunca hubiera
escrito yo sobre el particular, si no se me hubiera instado
a hacerlo. Pero accedo con gusto a estas instancias, en la
esperanza de poder demostrar así mi amor y agradeci­
miento a nuestra Santa Madre Iglesia.
Aunque no hace más de cuatro años que soy católico,
no me resulta fácil escribir acerca de mi conversión, por
haber olvidado ya muchas de las circunstancias que con­
tribuyeron a llevarme a la Iglesia. A esto se añade el te­
ner que expresarme en un idioma extranjero, difícil para
un noruego (1).
Nací en 1882 en Oslo, y tuve la gran dicha de ser edu­
cado en el seno de una familia cristiana. Especialmente
mi padre era muy religioso, y, a pesar de sus sesenta años,
emprendió en 1910 un viaje a Tierra Santa para visitar los
lugares en que nuestro Redentor vivió y padeció. Duran­
te este viaje se detuvo algún tiempo en Roma, y siempre
habló con el mayor respeto de la vida y costumbres cató­
licas que allí había observado.
El año 1889 fui confirmado junto con otros jóvenes;
pero no pude notar en mí ningún influjo religioso. Des­
pués de una breve conversación con mi párroco, fui por
primera vez a )a Cena, según el rito protestante. Poco des­
pués terminaban mis años escolares. Lo mismo que mis
hermanos, debía yo seguir educándome en Inglaterra, y
así pasé a ser alumno de la «St. Olav's School», en York.
(1) El Sr. Berrum escribió se relato directamente en alemán.
80 SEVERIN LAMPING

En la escuela noruega había recibido una auténtica edu­


cación protestante. Mientras se nos presentaba a Lutero
casi como un santo, sobre el Papado y sobre la Iglesia
se nos imbuían toda clase de prejuicios. Estas prevencio­
nes son tan generalmente conocidas que me parece super-
fluo exponerlas con detenimiento. Salí al mundo llevando
arraigado en mí el desprecio por la Iglesia Católica. Nun­
ca olvidaré mi primer domingo en York. Tres veces cada
domingo teníamos que ir a la «St. Olav’ s Church», pues­
ta bajo la advocación de nuestro santo nacional, pero en
la que se celebraba el culto divino según el rito angli­
cano.
Al principio entendí poco del lenguaje eclesiástico;
creí, incluso, que había entrado en una iglesia católica,
aunque nunca había visto ninguna. Aprendí a arrodillar­
me, lo cual nunca había hecho. El hermoso canto y la so­
lemne música, así como las muchas y para mí extrañas ce­
remonias, hicieron en mí una impresión profunda. Lejos
de aburrirme, me interesé por el servicio divino y, al poco
tiempo, había cogido cariño a esta iglesia. Deseaba que
llegara el domingo, y, sobre todo, la función vespertina.
Esto constituía para mí una vivencia nueva y fué, sin duda,
el fundamento de mi ulterior evolución religiosa. Cuando
volví a Oslo para asistir allí al Gimnasio y a la Escuela
Militar, iba siempre a «St. Edmund’s Church», iglesia
británica.
Asimismo más tarde, cuando fui a Hamburgo, donde
tuve mi primer cargo, visitaba regularmente y con gus­
to la crChurch of England», junto al Zeughausmarkt. Has­
ta entonces apenas me había ocupado de cosas de religión.
Iba a la iglesia británica, sencillamente porque me atraía
la hermosura del servicio divino. Pero esto tiene que ha­
ber sido para mí algo más que una costumbre, pues sentía
cierto impulso para ir a la iglesia y, al mismo tiempo,
una satisfacción religiosa. De Lutero no se oía nada en la
iglesia británica; por entonces no se me ocurrió nunca
hacer una comparación entre las doctrinas de la Iglesia an­
glicana y las de la Iglesia nacional noruega.
En el difícil año de 1905, cuando Noruega se separó de
Suecia y hubiera podido llegarse a la guerra, cruzó el país
una fuerte corriente religiosa, que también de mí se apo­
deró. El mismo año asumí la dirección de la fábrica que
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 81

aún dirijo. Por entonces, y en los siguientes años·, tuve


que servir como oficial en los Dragones todos los veranos.
Con este motivo, aprovechaba todas las ocasiones para asis­
tir el servicio divino de los militares. Al restablecerse más
tarde la calma, disminuyó también mi interés religioso,
pero, en un sentido lato, conservé siempre cierto contacto
con Dios.
El año 1908 me ocurrió un caso que quisiera describir
con más detalle. Mi padre ocupaba un grado elevado den­
tro de la Masonería. Su más vivo deseo era que sus hijos
llegaran también a ser masoues, y el 24 de abril fuimos
dos de mis hermanos y yo admitidos en la Gran Logia
Nacional de los masones noruegos. Para mí fué este día
de la mayor importancia. Lo que echaba de menos en la
Iglesia, lo encontré en la Logia. Tal vez mis lectores ca­
tólicos extranjeros se horrorizarán, al hablar yo así de la
Masonería. Quisiera hacerles saber, sin descubrir los se­
cretos de los masones, que las logias, en los países escan­
dinavos, se encuentran a gran altura religiosa. Se exige in-
'condicionalmente la fe en Cristo, la fidelidad a la patria
y el cumplimiento del mandato : «Amarás a tu prójimo
como a ti mismo.» Además, la Logia enseña que no pre­
tende sustituir a la Iglesia, sino que a todos los Hermanos
se les aconseja que visiten asiduamente la Casa de Dios.
Pronto fui un celoso masón y, con el tiempo, alto funcio­
nario en la Logia. Tres años antes de mi admisión en la
Iglesia católica, ocupaba en la Orden el grado supremo.
En 1918 me casé con una dama danesa, de Copenhague.
Era muy religiosa y muy aficionada a la Literatura, y ha
seguido cultivando estos sentimientos después de trasla­
darse de aquella gran ciudad a la pequeña Fredrikstad.
Como es sabido, los protestantes consideran la predicación
como lo principal. Para simbolizar que el sermón (anun­
ciación) versa acerca del Sacramento, se ve en algunas igle­
sias un púlpito colocado sobre el altar. Mi mujer, que es­
taba acostumbrada a oír en Copenhague predicadores no­
tables, buscó conmigo algo semejante en las iglesias de
Fredrikstad. Visitamos no sólo las iglesias nacionales, sino
las de toda clase de sectas t bautistas, metodistas y ad­
ventistas. Por fin lo dejamos y nos contentamos con escu­
char por radio el servicio divino.
Un domingo por la tarde, en la Cuaresma de 1928, al
e
82 SEVERIN LAMPING

volver mi esposa a casa, me contó entusiasmada que, por


fin, había logrado oír un buen predicador, en la peque·
ña iglesia católica de Santa Brígida. Me desagradó mucho
que mi esposa hubiera asistido, sin mi consentimiento, a
una iglesia católica; no obstante, a esta primera visita si­
guieron otras muchas. Naturalmente, hablábamos con fre­
cuencia de la fe católica. Por desgracia, tengo que confe­
sar que yo luchaba constantemente contra las tendencias
católicas de mi mujer, no sólo en las discusiones, sino que
me valía también de libros y escritos anticatólicos, para
apartar de ellas a mi esposa; pero en vano. Mientras que
mi esposa se sentía cada vez más atraída hacia la Madre
Iglesia, yo me aislaba. No bastó a mi mujer con ir a la
iglesia, sino que intentó penetrar en la fe católica y en su
literatura. A este propósito he de mencionar que mi es­
posa se abismaba al mismo tiempo en las obras del céle­
bre teólogo y filósofo protestante Sóren Kierkegaard. En
oposición a la doctrina protestante de la justificación por
la sola fe, afirmaba él la absoluta necesidad de las buenas
obras. Escribía muy duramente contra el clero protestan­
te, que, en su opinión, no seguía las doctrinas de Cristo.
El 2 de diciembre —-primer domingo de Adviento—
debíamos celebrar en Oslo la confirmación de un sobrino
nuestro. Después de hablar mucho sobre ello, me conven­
ció mi esposa para que, en vez de ir a la Iglesia protestan­
te, asistiésemos al servicio divino en la de los dominicos.
Esto no era de mi agrado; sin embargo, fui con ella y me
senté en uno de los últimos bancos. Al principio tuve la
misma sensación que en otro tiempo, de muchacho, al vi­
sitar por vez primera la «St. Olav’ s Church». A esto se
añadía que, hasta entonces, nunca había visto yo un ver­
dadero fraile; pero ahora veía y escuchaba a un Padre
dominico, que, a pesar de ser francés, predicaba un bri­
llante sermón en un noruego intachable. Claro es que no
pude comprender el servicio divino, pues tantas cosas te­
nía para mí extrañas. Pero lo que desde el primer mo­
mento despertó mi interés fué el prólogo del librito que
hay en los reclinatorios, para explicar la Misa a los pro­
testantes. Leí con gran atención lo siguiente: «Recuerda
que Ja Iglesia católica fué la que cristianizó a tu patria.
Por ella murieron San Olav y muchos otros. La fe de tus
antepasados fué la católica y los noruegos no abandonaron
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 81

su fe espontáneamente, sino por la violencia. Por eso la


Iglesia católica es también tu Madre, a la que debes cono·
cer para pertenecer a ella con la gracia y ayuda de Dios.
Tu fe sólo puede ser aquella que anunció Jesús, y que
dejó a su Iglesia para que la enseñara a ti y a todos los
hombres.»
Estas eran palabras dignas de meditación. Si el serví·
ció divino apelaba a mi sensibilidad, estas palabras des*
pertaban mi interés por lo puramente histórico. Me resol­
ví a estudiar, tan pronto como me fuera posible, la posi­
ción de la Iglesia católica en relación con la historia de
mi patria. Desde aquel domingo fui regularmente a la igle­
sia católica, junto con mi esposa, que ya tomaba parte en
el coro. Creo haber sido tan asiduo en acudir a la igle­
sia como cualquier católico. Al mismo tiempo, comencé
a estudiar imparcialmente las doctrinas de la Iglesia, así
como su historia en nuestro país. Entonces encontré un
magnífico apoyo en mi esposa, que, sin haber recibido ins­
trucción personal, poseía notables conocimientos sobre la
doctrina de nuestra Iglesia. Desconfiado como era, leí al
principio sólo literatura noruega. Todo protestante apren­
de en la escuela que, en general, sólo los incultos (califica­
tivo injusto) habitantes del Sur son católicos. ¡El cato­
licismo es una religión para analfabetos, que nosotros, los
hombres cultos, hemos ya felizmente abandonado! Pero
todo esto lo vi yo de muy otra manera después de haber
leído las obras del docto y célebre pastor convertido, doc­
tor en Teología, Krogh Tonning. Su libro Recuerdos de
un Convertido está escrito con tal calor y con una lógica
tan cristalina, que el resto de mis prejuicios se derrum­
bó como un castillo de naipes. También en el libro Cómo
se llega de los prejuicios a la verdad religiosa, del con­
vertido noruego, más tarde sacerdote católico. J. Stub. en­
contré una extraordinaria ayuda. Tengo que mencionar
también los libros, maravillosamente escritos, del pastor
protestante noruego Nils Beskow. La doctrina contenida
en ellos era totalmente católica, y su autor ha ingresado,
por fin, hace pocos años, en la Iglesia Madre. Al mismo
tiempo, leí también los libros internaciónalmente conoci­
dos : La Iglesia de Cristo, del cardenal Gibbons. y Edgtir,
de Hammerstein. Pero nos llevaría demasiado lejos enu­
merar todo lo que leí en busca de la verdad; mi biblio­
84 SEVERIN LAMPING

teca da testimonio de ello. Ni mi corazón ni mi entendi­


miento me separaron de la Iglesia por más tiempo. Con
toda mi alma amé desde entonces a nuestra pequeña igle­
sia católica. Me daba una admirable sensación de segu­
ridad el saber que esta pequeña iglesia era, en realidad,
un miembro de la Grande, de la Iglesia católica, que abar­
ca todo el mundo, la cual ha sido fundada por nuestro mis­
mo Redentor y es administrada por los verdaderos suce­
sores de sus apóstoles. Mi entendimiento me decía que
para mí se había acabado el protestantismo con sus incon­
secuencias y su inclinación a la formación de sectas y al
subjetivismo, cuyo peor fruto es una amplia y total des­
cristianización. Por eso no iba a hacérseme difícil aban­
donar la Iglesia nacional noruega. Pero, en caso de hacer­
me católico, tenía que salir al punto de mi Logia masó­
nica, a la que había cobrado un cariño extraordinario.
Considerábame interiormente como católico, tomaba
parte activa en todas las ceremonias de la Iglesia, pero me
faltaba lo principal: estaba excluido de los Santos Sacra­
mentos. Mi esposa había recibido desde algún tiempo atrás
instrucción religiosa, y en mayo debía ser admitida en la
Iglesia. Mientras tanto,, había leído la vida de San Fran­
cisco de Asís, y, por amor y veneración a este santo, re­
solvió esperar a dar aquel paso en su fiesta, el 4 de octu­
bre. Nunca olvidaré la impresión que me produjo la con­
versión de mi esposa; pero ahora me sentía más solitario
que nunca. También yo había recibido mientras tanto ins­
trucción religiosa, pero me faltaba el valor para dar el
paso decisivo. Muchas veces decía yo al sacerdote que me
instruía : «Todo esto es verdadero y bueno, y no se puede
creer más que las enseñanzas de la Iglesia, pero..., pero...»
Hacía ya varios años que no había participado en la Cena
y sentía una invencible añoranza por este Sacramento. En
la Iglesia protestante no quería volver a comulgar, y la
comunión en la Iglesia católica me estaba vedada todavía.
Por fin se quebró mi resistencia y no pude por más tiem­
po «dar coces contra el aguijón». El martes, 26 de noviem­
bre de 1929, después de una lucha conmigo mismo que
du ró horas, dirigí un oficio de despedida al presidente de
la Gran Logia Nacional de los Masones Noruegos, y aquel
mismo día me presenté a mi párroco y le rogué que el
viernes por la tarde me admitiera en la Iglesia.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 85

Me es imposible describir la dicha que sentí después


de haber tomado esta decisión. Mi admisión se verificó en
la mayor intimidad. Fuera de mí esposa, mis padrinos y
algunas Hermanas del Hospital de San José de esta ciu-
dad, nadie estuvo presente. A la mañana siguiente, me
dirigí al convento de los dominicos de Oslo, para pasar
allí unos días en la maravillosa paz del claustro.
Allí hice mi primera confesión, y por primera vez ex­
perimenté el consuelo y la paz indecibles que proporcio­
na el Sacramento de la Penitencia. El domingo siguiente
recibí, junto con mi esposa, durante la Misa Mayor, mi
primera Sagrada Comunión en la misma capilla conven­
tual en que un año antes, siendo protestante, había asis­
tido por vez primera, sentado en uno de los últimos ban­
cos, al servicio divino católico.
He encabezado este relato con unas palabras del introi­
to del primer domingo de Adviento, domingo que fué de
una importancia decisiva en mi vida. ¡Cuántas veces no
habré yo dirigido a Dios esta oración; y Dios omnipotente
la ha escuchado! Deo grafios. Amén.
M A S A L L A DE L A S
LIMITACIONES HUMANAS
r o » S I G R I D U N D S E T

Insigne novelista noruega. Nació en 1882, siendo hija


de J. Undset, catedrático de Arqueología en la Universi­
dad de Oslo. Publicó sus primeros libros «Marta Oulie»
y «La edad dichoso* en 1907. Pocos años después siguie.
ron sus novelas « Jenny» (1911); «Pobres seres» (1912);
«La primavera)) (1914]_j «El resplandor del espejo encan­
tado» (1917); «Las Vírgenes prudentes» (1918), y «JS’ubes
de primavera» (1921). El segundo ciclo de su producción
culmina en los tres tomos de su gran obra «Kristin La*
vransdatter», que apareció en 1920, 1921 y 1922. por la
cual se le otorgó el premio Nobel de Literatura correar
pondiente a 1928. Es la tercera mujer a quien se ha con­
cedido tan alta distinción. Con las tendencias de este se­
gundo ciclo habían aparecido ya antes: «La leyenda de
Viga-Ljot y Vigdis» (1909); «La leyenda del rey Arthus
y los caballeros de la Tabla Redonda» (1915); «La leyen­
da de San Halvard» (1920), y después de la obra premia­
da publicó su no menos extensa novela «Olav Andussón»,
de asunto medieval como «Kristin Lavransdatter». Otras
obras notables entre las suyas son : «En el desierto», «La
zarza ardiendo», «.Leyenda de santos» y «La hija de
Gunnar».
Sigrid Undset se convirtió al catolicismo en 1925, ven­
do recibida en el seno de la Iglesia en ¡a antigua catedral
católica de Hammer, que eüa ayudó a reconstruir. Acos­
tumbra a ataviarse con el traje nacional de la matrona
vikinga de la Edad Media, y sólo cuando sale de viaje
usa vestidos modernos.

S
i todos los conversos que han vuelto a la Iglesia ca­
tólica describieran su camino hacia Roma, se com­
probaría probablemente que no hay dos que hayan
seguido la misma ruta. Los que hemos admitido la pre­
tensión de la Iglesia a ser «el pilar y fundamento de la
verdad» no nos extrañamos de que para llegar allí haya
tantos caminos como personas.
£1 hecho de que algunos hombres sostengan tan obs­
88 SEVERIN LAMPING

tinadamente la imposibilidad de encontrar la Verdad Ab·


soluta se debe a que se imaginan que la vida perdería
todos sus encantos y se acabaría nuestra libertad, si exis­
tiera realmente nna verdad —una sola verdad—- que for­
zosamente comprendiera a todo lo restante. Pero, si lo
restante no puede formar parte de esta verdad, su false­
dad será evidente. A veces nos ha parecido intolerable
que dos por dos tengan que ser siempre cuatro. Sin em­
bargo, depende de la admisión de este aburrido dogma
la posibilidad de desarrollar gran parte del talento y de
las aptitudes personales de cada individuo. Si uno quie­
re ser libre hasta el punto de poder sostener que dos por
dos son cinco o tres, tiene que atenerse a las consecuen­
cias. Entre éstas se encuentran las represalias de otros hom­
bres cuando ven perjudicados sus intereses al ajustar cuen­
tas con él a base de semejante tabla de multiplicar, capri­
chosamente subjetiva.
Asimismo, todos hemos experimentado, al menos como
capricho pasajero, aquel anhelo de un país soñado don­
de dos por dos fueran lo que nosotros quisiéramos en
cada momento. Sin embargo, la libertad de cualquier país
de sueño es más bien ilusoria, pues el número de los
tipos de sueño y sus combinaciones tienen límite. La vida
del sueño está regida por leyes, en más alta medida de lo
que mucha gente cree. Pero lo que no conocemos no nos
molesta, y por eso nos figuramos que gozaríamos de nna
libertad gloriosa si pudiéramos trasladarnos a un mundo
cuyo sistema y cualidad decidiríamos nosotros. Pero tal
caso no se da en la realidad en que hemos nacido, donde la
esencia y las propiedades de las cosas están fijadas y ceñi­
das T>or leves.
*
Hay. sin embargo, un camino que permite a la Hu­
manidad, tal como la conocemos, llegar a ser libre. El
hombre tiene que abrirse paso a través de un laberinto de
causas y concatenaciones, y sus esfuerzos acaban, con fre­
cuencia, en un complicado embrollo, donde queda aprisio­
nado. En este mundo, sólo podemos conseguir una clase de
libertad; aquella a que se refiere nuestro Señor, cuando
dice: «La Verdad os hará libres». Pero, incluso después
que una persona ha reconocido la verdad y por ella se ha
hecho libre, de suerte que los factores determinantes en la
vida ya no pueden seguir aherrojándola, no puede conser-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 89

var esta libertad si no es a costa de un ininterrumpido


combate contra los poderes de que se ba librado; en primer
lugar y sobre todo, contra la tentación de volverse a mirar
con ojos añorantes hacia su antiguo y romántico país de
sueño, donde dos por dos serían lo que de momento le
apeteciera.
Es fácilmente comprensible, en cierto modo, la inge­
nuidad del hombre moderno al declararse libre de la auto­
ridad de la Iglesia. Vemos esa ingenuidad en los continuos
esfuerzos hechos por él para escapar de todo lo que pre­
tende imponer su autoridad. Por lo demás, estos esfuerzos
para evitar la servidumbre y esta lucha contra una Iglesia
que siempre ha exigido abiertamente eJ reconocimiento de
su autoridad no son peculiares del hombre moderno. La
misma tendencia se manifestaba ya poderosamente entre
los judíos de Jerusalén en los días que precedieron a la
Pascua del año en que Nuestro Señor fué crucificado.
Pero lo cierto es que son pocos los conversos capaces
de explicar su conversión; de explicar cómo fué vencida
su oposición a Uno que se llamó a sí mismo el Camino, la
Verdad y la Vida; oposición basada en el miedo y la des­
confianza. Esto requiere necesariamente la ayuda de aquel
poder místico y sobrenatural que los teólogos denominan
«gracia». No podemos decir más que nuestras experien­
cias cotidianas, hasta que llega un día en que compren­
demos la injusticia de nuestra oposición. Se tiene una fun­
damental desconfianza en toda autoridad que es puramente
terrena; sin embargo, nuestra humana naturaleza padece
un incurable deseo de someterse a alguna autoridad. Ne­
cesitamos maestros que de verdad nos enseñen: necesita­
mos jefes que puedan dictarnos órdenes y prohibiciones;
necesitamos alguien superior a nosotros, del cual podamos
depender y al cual podamos admirar... sí, al cual podamos
amar. Ya en mi juventud, no se necesitaba una inteligen­
cia extraordinariamente aguda para descubrir este hecho,
aunque el hambre de autoridad que sentía el mundo no
había cobrado aún la forma patológica en que posterior­
mente se ha manifestado. Así. surge esta pregunta : ¿An­
helamos una autoridad porque verdaderamente hemos sido
creados para someternos a una Autoridad que tiene el úni­
90 SEVERI N LAMPING

co derecho legítimo sobre nosotros, un do rocho de Creador,


el derecho del Auctor Vitae?
«Pensad por vuestra cuenta», se nos decía constante·
mente en el colegio a que asistí. Pero, siempre que yo se­
guía este requerimiento lo mejor que podía y mi pensa­
miento se apartaba en algo del que mis maestras habían
querido infundirme, pronto observaba que esto les des­
agradaba notablemente. En mi discrepancia con ellas no
veían otra cosa sino espíritu de contradicción o malicia,
o bien que me había dejado influir por gente necia, igno­
rante o insincera, epítetos que aplicaban a quienes no
creían o pensaban como ellas. La directora del colegio era
una de las principales defensoras de los Derechos de la
Mujer en nuestro país, y el espíritu del colegio era marca­
damente a izquierdista» desde fines del pasado siglo. ((Li­
bertad, Progreso, Ilustración» era su lema. Wergerland y
Bjórnson eran sus santos patronos. Sentí y siento gran sim­
patía hacia quienes encuentran en esta tendencia una meta
para su idealismo; un deseo de servir a su patria, a su sexo,
a una clase determinada o a la Humanidad entera. Pero
había yo descubierto, mucho antes de llegar a ser mayor,
que muchos de los que se consideran a sí mismos como libe­
rales o radicales, o vinculados a una nueva Era, son, con
mucha frecuencia, sumamente fanáticos. Ser fanático no
consiste en estar convencido de que las creencias propias
son verdaderas y las de otros falsas, sino en tener excesiva­
mente poca inteligencia o imaginación para llegar a com­
prender que aquellos que están en desacuerdo con nosotros
pueden estarlo de buena fe y honradamente.
Ciertamente había una gran dosis de fanatismo en los
círculos conservadores de entonces. En mi juventud, los
conservadores eran para mí como gentes de otra raza. Los
que conocí más tarde, por ejemplo durante mi época de
empleada, no despertaron en mí ningún deseo real de cono­
cerlos mejor. Sin embargo, tengo la impresión de que eran
almas complacientes y menos fanáticas.
El primero en ofrecerme una imagen más amplía del
punto de vista conservador por aquel tiempo fué el ministro
que me confirmó, y lo único que consiguió fué hacérmelo
profundamente repulsivo. Recibí la impresión de que, se­
gún dicho punto de vista, Dios no exigía (por lo menos de
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 91

las jóvenes) mas que virtudes esencialmente negativas que


pudieran acreditarse de provechosas. Me resultó especial·
mente fastidiosa la exposición que nos hizo del sexto man·
demiento. Dirigió sus observaciones a las muchachas de la
Escuela Pública. Las previno controla aceptación de «tinvi·
taciones», las puso en guardia contra hombres que quisieran
«flirtear» con ellas en las tardes libres, y contó una pavo·
rosa historia de una muchacha que él había visitado en un
hospital y que yacía allí perdida a causa de «un solo beso».
Yo quedé sorprendida y pensé: verdaderamente, aquella
chica no cometió un pecado tan grande. Al contrario. La
culpa fué del hombre. Sabía yo muy bien que había en
nuestros círculos señoras que frecuentemente hacían copas
mucho más inmorales que el mal paso dado por aquella
pobre muchacha. Por ejemplo, violar el juramento de ma­
trimonio para correr detrás de hombres considerados como
«buen partido», sin tener en cuenta si eran o no honrado«
en sus negocios y si tenían buenos sentimientos. Que la vir­
ginidad pudiera tener un valor positivo, que pudiera ser
una fuente de fortaleza, y no simplemente un valor cotiza­
ble en el mercado matrimonia], era cosa que difícilmente
podía esperarse que nos expusiera un ministro de aquella
talla intelectual. Se consideraba, en parte, como una des*
gracia y, en parte, como objeto de burla, el hecho de que
una mujer se convirtiera en solterona. Había yo leído lo que
Lutero escribió sobre la virginidad, y ello me hizo antilu­
terana. ¡No dejé de aprender algo asistiendo a la escuela
de Ragna Nielsen!
Sin embargo, no dudaba yo por entonces de que el mi­
nistro nos hablara de buena fe y estuviera dispuesto a sufrir
y hacer sacrificios por su enojosa idea de Dios. Por otra
parte, tampoco estaba dispuesta a considerar su versión del
Cristianismo como más auténtica que la de otros en quienes
yo tenía confianza. La instrucción que nos dió para la con·
firmación me había hecho ver claramente que yo no creía
en la religión con la cual, en mi niñez y adolescencia, me
había imaginado tener alguna conexión distante y vaga.
Por desgracia, había yo descubierto que, en el Protestan­
tismo, aproximadamente cada persona dotada de sentimien·
tos religiosos tenía también su propia convicción o concep­
ción independiente sobre el Cristianismo.
92 SEVERIN LAMPING

£1 Dios de que se nos había hablado en la escuela era


más aceptable que el Dios de Uranienborg. Era un Dios hu­
mano —genuinamente humano·— ; pero 110 más humano que
la más noble humanidad que yo era capaz de imaginar. Era
sabio; pero su sabiduría no excedía los límites del humano
entendimiento. Como muchos otros jóvenes educados en un
ambiente librepensador, tenía yo la impresión de que la fe
de cada uno es un asunto privado, si 110 una simple cues­
tión de gusto. También yo tenía mi propia fe, aunque, ver­
daderamente, no veía la necesidad de admitir la existencia
de Dios si esto había do servir únicamente para basar mis
ideas del bien y del mal. del honor y del deshonor, y para
confirmar mis ideales y mis aborrecimientos. Puesto que todo
esto, concluía yo, tiene que estar de acuerdo con mi natu­
raleza y con mi ideología, es evidente que para sostenerlo
no necesito un Dios que esté de acuerdo conmigo.
Un Dios que, siendo lo absolutamente opuesto (den Ab·
solutt Andre), fuera al mismo tiempo Uno que pudiera co­
municarse conmigo, cuyos caminos no fueran mis caminos,
cuya voluntad—absoluta y distinta—pudiera distinguirse de
mi voluntad, a pesar de lo cual pudiera conducirme por sus
caminos y ponerme en armonía con su voluntad; un Ser así,
aún no tenía yo valor para imaginármelo.
Aquellos que nos hablaban en nombre del Cristianismo
no hacían más que usar el nombre divino para justificar los
procesos de «u propio pensamiento y sus ideales. Mucho
de ellos habían dado de mano al Cristianismo histórico como
algo insostenible, aunque—debido a una actitud puramente
sentimental—no pudieran desechar totalmente un modo de
vida coloreado por el Cristianismo. Habían dado de mano
a la fe en Jesucristo como Dios y Hombre, pero continuaban
adorando a Jesús, el hijo del carpintero, como un hombre
ideal, como un ideal humano. El dogma, la verdad revelada
desde «el más allá» y formulada en humano lenguaje, no
podía ser objeto de su fe; pero creían en la intuición reli­
giosa y en el genio religioso de la Humanidad.
Yo no sentía absolutamente ninguna inclinación a ado­
rar al Hombre, no podía creer en la intuición de otra per­
sona, ni siquiera en la de Aquel que había dicho de Sí mis­
mo : «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de cora­
zón», pero que, al mismo tiempo, había usado contra sus
contradictores un lenguaje que, cuando menos, era arro-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 93

gante, a no ser que quien así hablaba fuera más que un


simple genio humano. Tomaba yo como punto de partida
el hecho (que consideraba evidente) de que el Jesús histó·
rico había sido un genio religioso cuya intuición había hecho
que la idea de Dios que tenía la Humanidad avanzara algu·
nos pasos en el camino de su desarrollo. Para todos nos­
otros, «desarrollo» era sinónimo de «perfeccionamiento», si
es que dábamos algún sentido a aquella palabra. No veía
yo qué interés podía tener para mí que un joven judío, mil
novecientos años atrás, hubiera pasado asegurando a deter­
minadas personas que su6 pecados les eran perdonados, par­
ticularmente cuando dijo de sí mismo: «¿Quién de vos­
otros podría argüirme de pecado?» No podía él, por con­
siguiente, haber conocido por propia experiencia lo que se
siente cuando se ha hecho contra otro algo que uno desearía
no haber hecho jamás, ni qué agonía produce el haber que­
brantado los mejores propósitos tan cobardemente que el
perdonarse a sí mismo parece casi imposible. Yo sabía qué
era lamentar la crueldad empleada con otros, la cobardía
secreta, la indolencia en casos en que la indolencia era im­
perdonable. La vida, pudiera yo decir, de acuerdo con la
religión humanista que yo tenía, no había dado como resul­
tado una agradable satisfacción de mí misma, a no ser—pero
esto hubiera sido lo más lamentable de todo—que yo me
hubiera rebajado a compararme con otros que, al parecer,
vivían según lemas más fáciies. Sabía muy bien que mi co­
nocimiento de su vida interior era demasiado escaso para
permitirme juzgar exactamente, ni ellos, que yo supiera,
habían rendido acatamiento a mis ideas morales.
Si non est Deus, non est bon us. No sabía yo por entonces
que esto ,1o habían dicho otros mucho tiempo antes, pero
tenía bastante familiaridad con la historia para saber que
el Cristianismo histórico había predicado un Jesús que po­
día perdonar los pecados a todos los hombres, porque es Dios
y Creador, y todos nuestros pecados contra nosotros mismos
o contra otros son, en primer lugar, pecados contra El.
Puede perdonar los pecados porque todo poder le ha sido
dado en el cielo y en la tierra, incluso el poder de convertir
nuestras transgresiones contra otros en cosa buena. Este era
el Cristo que había predicado San Olav a los hombres que
iban a ofrecer al rey el homenaje de su fe en su persona­
lidad cautivadora. «Si tenéis fe en mí—les decía— , debéis
94 SEVERIN LAMPING

tener fe en lo que os enseño: debéis creer que Jesucristo


ha creado el cielo y la tierra y a todos los hombres».
Pero fué la Vida de Jesús, de Renán, junto con otros
intentos semejantes de reducir a Cristo a un «Jesús pura­
mente histórico», lo primero que me hizo comprender cuán
increíble es que un hombre parecido a cualquiera de tales
fantasmas hubiera podido inspirar a los amigos que le so­
brevivieron para una empresa tan admirable como la misión
apostólica, sostenida con el testimonio de la vida y de la
muerte.
Mas, por entonces, estaba yo lejos de creer que Cristo
fuera realmente Dios, revelado al mundo de los hombres,
y que la Iglesia fuera el organismo a través del cual Cristo
continuaba la obra de salvación que había sellado con su
muerte en la cruz. Pero lo que ya había comprendido
antes hasta cierto punto y que ahora veía con más claridad,
era el hecho de que los nuevos sistemas religiosos, construi­
dos o bien sobre una base atea o bien sobre la humanidad
más una especie de deísmo, no tenían un fundamento más
científico que las religiones antiguas. Por el contrario, se
basaban, más aún que éstas, en meras hipótesis o eran sim­
plemente cuestión de gusto. Muchas de las acusaciones que
yo, sin crítica ninguna, había dejado que me entraran por
un oído, sin darles, por desgracia, salida por el otro, eran,
en realidad, simples acusaciones o especulaciones despro­
vistas de todo fundamento. Por ejemplo, no sé cuantas
veces había oído decir que Dios era únicamente el anhe­
lante deseo del corazón humano, y que la fe en la existen­
cia después de la muerte era un típico ejemplo de una
creencia dictada por el deseo, en este caso, por el ansia de
disfrutar una vida más larga que la que la Naturaleza había
tenido a bien otorgarnos. Ahora veía yo que la primera
acusación era como un cuchillo de dos filos. Era difícil
creer que la mayor parte de los librepensadores que yo co­
nocía desearan verdaderamente la existencia de un Dios
que sólo les permitiera proponer mientras que El había
de ser el que dispusiera. Al conrtario, ¡la mayor parte
de ellos sufrían de teofobia! Sabía que éste era con mucha
frecuencia mi propio caso. Sabía también que había quie­
nes creían en una vida posterior a la muerte, mas pocas
veces como una forma de existencia agradable—el objeto
de sus creencias era el Infierno o Hades— . Habían acep·
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 95

tado la fe en esto como un hecho ineludible. Yo misma


no podía imaginarme ninguna forma de vida eterna que
no fuera aterradora por su duración. Todas las cosas de
este mundo, en un análisis final, reciben su encanto del
conocimiento de que no las hemos de gozar durante mucho
tiempo. El milagro de las estaciones nos penetra hasta lo
más hondo del alma porque sabemos que, tarde o tempra­
no, vendrá una primavera que ya no veremos, un invierno
cuyas primeras nieves caerán sobre un montón de tierra
que cubrirá nuestros huesos. Y aquellos mismos a quienes
más amamos, ¿sería posible amarlos tanto si no fuera por
la seguridad de que la muerte nos ha de separar de ellos,
suponiendo que la vida misma no nos haya separado antes?
Era la historia de siempre—yo había rechazado las
creencias y los puntos de vÍ6ta de otros porque se basaban
plenamente en la idiosincrasia de sus portadores: pero
ahora comprobaba que mi propio punto de vista adolecía
del mismo defecto. Cierto es que podía continuar creyendo
en «mi propio poder y en mi propia fortaleza», sabiendo
bien lo poco que podía confiar en ellos. Otros, desde anti­
guo, habían intentado cruzar por la vida con una fe igual­
mente limitada, pero no habían pretendido que esto fuera
para ellos más que una espada con que poder abrirse paso
a través de una breve existencia aquí abajo. En todo caso,
no se habían entusiasmado por ello, ni se habían manifestado
elocuentes para hacer prosélitos.
Por mi parte, no podía librarme de la impresión de
que quien así se aísla es un traidor, aunque no podía ver
con exactitud en qué consistía la traición ni contra quién
era yo traidora. Creía en una hermandad entre lo? hom­
bres, aunque acaso no pudiera decir que creía en la per­
fectibilidad humana. Creía simplemente en la estupidez y
en la inteligencia del hombre, en su bondad y en su mal­
dad, en su ¡valor y en su cobardía, y en la mudable condi­
ción del individuo. Entre los que yo conocía, eran más
bien pocos aquellos en quienes tenía confianza. Sin embar­
go estaba convencida de que. si era verdad lo que uña vez
había oído decir a «na muchacha del Ejército de Salva­
ción, que Dios ama a los pecadores —«Cuanto más peca­
dora es una persona, tanto más la ama Dios»—, también
tenía que serlo, al menos desde un punto de vista humano,
que Dios tenía que amar más a aquellos hombres perfec*
96 SEVERIN LAMPING

tos que siempre estaban en peligro de pecar, y, por cierto,


más gravemente de lo que pueden imaginarse ios malhe­
chores corrientes y las mujeres de mala vida.
El pensamiento de que todas las fuerzas y dotes huma­
nas que hacen a un individuo apto para ser maestro, jefe
y guía en el mundo, tienen que convertirlo en un malhe­
chor consciente o inconsciente contra sus seguidores, a no
ser que se reconozca ligado por una responsabilidad per­
sonal frente a un Ser superior a todos los hombres y que,
por decirlo así, tiene a la Humanidad en sus manos; esto
me lo hizo ver el Cristianismo de una manera que, en todo
caso, era consistente, probable y razonable, más que cual­
quier otro intento de solucionar el enigma de la vida. La
hermandad de los hombres consiste en ser todos cohere­
deros de un estado de bancarrota después de la caída de la
Humanidad. Una pérdida común de la capacidad necesaria
para evitar el fracaso de nuestras virtudes y de nuestro co­
nocimiento—^pensaba yo—hace imposible para todo hom­
bre el conducir a los demás por buen camino. Sólo una
intervención sobrenatural puede salvarnos de nosotros
mismos.
La Iglesia cristiana enseña que Cristo mismo fué esta
sobrenatural intervención. Dios, que, dignándose nacer de
una mujer, se unió con nuestra naturaleza y, aceptando la
muerte de cruz para redimirnos de nuestros pecados, nos
abrió el camino para la vida eterna. Nuestro destino no es
la existencia en el Infierno o Hades, que siempre ha infun-
dido pavor a los hombres, sino una vida en Dios y con
Dios, la bienaventuranza eterna, que ni siquiera somos ca­
paces de concebir. Pero incluso durante esta vida terrena
podemos experimentar un contacto tan estrecho con lo di­
vino, que sabemos que la vida puede ser feliz, aun siendo
eterna, porque en Dios podemos renovar incesantemente
las fuerzas de nuestra vida, tomándolas de aquel poder al
cual se debe toda Ja vida que hay en el ¡mundo.
Ultimamente había yo avanzado hasta el punto de ver
que ni siquiera creía en Dios. Pero todavía creía menos
en mi propia incredulidad. Las pruebas que nos obligan
a aceptar el Cristianismo contra nuestra voluntad, como se
acepta, por ejemplo, una demostración de afinidad en bo­
tánica (aun cuando aquí los hechos «científicamente pro­
bados» distan mucho de ser tantos como creen los profeso-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 97

res de colegio), aquellas pruebas eran indudables. De otro


modo, ¿cómo hubiera podido Cristo decir: «El que cre­
yere y fuere bautizado se salvará, pero el que no creyere
se condenará?» Esto, ciertamente, no es obstáculo para
que un hombre use su razón; pero, en último término, es
su voluntad la que elige. El hombre tiene que decidir si
quiere aislarse en el círculo de su propio egoísmo o darse
por completo a Dios y liberarse de la limitación del amor
de sí mismo para alcanzar posibilidades eternas.
Lo que yo tenía que hacer era ir en busca de un sacer­
dote y rogarle que me instruyera en todo lo que la Iglesia
católica realmente enseña. Que la Iglesia católica era la
misma Iglesia fundada por Cristo, nunca lo había dudado
yo. Para mí, la cuestión sobre la autoridad de la Iglesia
se identificaba con la cuestión sobre la autoridad de Cristo.
La historia de la Reforma me había parecido siempre la
historia de una rebelión contra el Cristianismo, aun cuando
fuese una rebelión de cristianos creyentes—con frecuencia
piadosos subjetivamente—que estaban convencidos de que
el verdadero Cristianismo era algo más en armonía ron
sus ideales subjetivos que con una actualidad manchada
por las imperfecciones humanas.
Las objeciones corrientes contra el Catolicismo nunca
habían producido en mí una impresión profunda. Sin em­
bargo, habían suscitado en mí una idea, más bien vaga,
de que tenía que haber algo de verdad en aquellos repro­
ches, va que, de otro modo, difícilmente se habrían difun­
dido tanto. Por lo demás, hav dos hechos, particularmente,
que inducen a los hombres a darles crédito. El primero es
nuestra repugnancia a abandonar nuestras ideas favoritas,
de las cuales tememos ser privados por una Iglesia docente.
El otro es el escándalo producido por los malos católicos
de todas las épocas. Esto último es el oscuro reverso de la
luminosa doctrina de la Comunión de los Santos.
Pienso yo que sería fácil para nuestros contemporáneos
entender el sentido de la doctrina sobre los méritos de los
santos, que implica un tesoro de riquezas que pueden bene­
ficiar a toda la Iglesia, porque, en nuestros días, no sólo
los católicos, sino también los cristianos de todas las sectas
y matices sufren por los pecados de cada uno de nosotros
contra Dios y contra el prójimo. No hay unidad cristiana
(i
9S SEVERIN LAMPING

tan absoluta como la unidad entre las células Vivientes del


Cuerpo Místico de Cristo.
El homenaje que se tributa a los santos, fomentado por
la Iglesia desde el principio, parece responder verdadera­
mente a una imprescindible necesidad de nuestra natura­
leza. ¡Necesitamos héroes a quienes venerar! A falta de
otros mejores, hemos convertido en héroes a campeones de
lucha y a gangsters, a deportistas y artistas, a estrellas de
cine y a dictadores. Necesitamos levantar a alguien sobre
un pedestal para poder admirar en él algo de nosotros mis­
mos. En los santos se ha verificado el fin que Dios se pro­
puso al creamos—-dicho con las palabras del Ofertorio— :
«Qué maravillosamente creaste y dignificaste al género hu­
mano, y más maravillosamente aún lo has reformado».
Unicamente en los santos podemos encontrar la satisfacción
de nuestra necesidad de venerar héroes, sin venerar al mis­
mo tiempo algo de nuestra propia naturaleza, cuya vene­
ración es cobarde o degradante.
¿El culto de María? Siempre lo he considerado como
cosa natural. Si creemos que Dios nos ha salvado revis­
tiéndose de nuestra carne y sangre, necesariamente tene­
mos que mirar a María, en cuyas entrañas formó su divino
cuerpo, con sentimientos diferentes de los que nos animan
con relación a cualquiera otra criatura humana, con sen­
timientos de profundo respeto, de tierna devoción, de sin­
cera compasión por las indecibles tribulaciones que sufrió
en la tierra y de gozo por su inefable dignidad en el Reino
de Dios. Porque, si es verdad que el hijo de María es ver­
dadero Dios y verdadero hombre, entonces el Hijo es su
hijo v María es Su madre por toda la eternidad, aunque
El sea el Creador y ella Su criatura. Que la palabra culto
significa dos cosas diferentes cuando hablamos del que se
tributa a nuestro Creador y del que se tributa a la mujer
que fué colmada por El de belleza, semejante a una flor
de Su Creación, no hay católico que lo ignore.
¿Coacción o libertad de conciencia? En cuanto a esto
pensaba yo que los que con más ardor defendían la liber­
tad de conciencia eran, frecuentemente, aquellos que más
necesidad tenían de que su conciencia fuera dirigida por
una mano firme. Por ejemplo, aquellos que abusaban de
la libertad en lo relativo al buen nombre y a la reputación
del prójimo, cosa que ni siquiera en mis días más paganos
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 99

me hubiera permitido a mí la conciencia. No sabía yo si


esto se debía simplemente a mi conciencia, o a mi con·
ciencia tal como mis padres la habían educado. Solían és-
tos decir que una persona sabe tan poco acerca de otra,
que la única cosa que podemos decir 6in peligro cuando
oímos murmurar de otro es que probablemente lo que se
dice no es verdad. Los aficionados a la murmuración son,
indudablemente, débiles mentales, y cuando esparcen ca­
lumnias lo hacen simplemente para dar salida a las inmun­
dicias que con frecuencia infectan el alma de esos desgra­
ciados. Pero nunca me he atrevido a afirmar que obren
conscientemente y contra su conciencia. ¿Qué derecho ten­
go yo para hacer tal afirmación? Si tengo tan poca con­
fianza en la conciencia de otros para mantener su conver­
sación siempre pura, ¿cómo voy a imaginarme que mi pro­
pia conciencia no necesita quien la guíe desde fuera?
Porque creo que Jesucristo es Dios, mi Hacedor, por
eso creo también que ha hecho su Iglesia como conviene.
Lo que Dios me ha dado a través de su Iglesia es difícil
de expresar con palabras. Sus mismos labios nos han dicho
que El nos otorga Su paz, pero que Su paz no es la que
da el mundo. Es una paz diferente. Es algo así como la
paz que reina en las profundidades del océano. Ni el
buen tiempo ni las borrascas de la superficie pueden tur­
barla, ni tampoco las luchas que en su seno traban ex­
traños monstruos que se devoran unos a otros. Nuestra
experiencia práctica nos dice que el Reino de Dio* está
dentro de nosotros mismos, aunque nos veamos cercados
por nuestro inquieto yo, en parte agitado por realidades,
en parte, por las ilusiones del mundo. Pero experimenta­
mos que, de una manera sobrenatural. Dios está en nos­
otros e incesantemente defiende Su reino en nosotros con­
tra los asaltos que nosotros mismos le dirigimos.
B O C A C C I O C O M O
I N S P I R A D O R DE LA FE
p o r N I L S E . S A N T K S S O N
( S u e c ia )

EwiHolmo; «»cultor de profesión. (Se han omitido


otros dalos biográficos por df'seo npreso dtl nitor
Sant4tsson.)

AMA uu [»rol estante que ha nacido y vive en un paí·

P casi exclusivamente luterano como Suecia, no e* fá­


cil indicar exactamente por qué camino ha llegado
al conocimiento de que la Iglesia católico-romana es la
verdaderamente cristiana. Incluso después de este conoci­
miento es hadante difícil asociarse a esta comunidad de («*;
este paso no es tan sencillo como alguno·« creen, especial-
mente si se considera que la Iglesia católica no tiene en
Suecia, exterionnente, más que una apariencia modesta,
muy al contrario de la llamada Iglesia Luterana Nacional
Sueca.
Aunque en mi casa no faltaba de nada en e) aspecto
material, las circunstancia* familiares eran niuy desgracia­
das, lo cual ocasionó, por fin, el divorcio de mis padres.
Mi padre se dejó arrastrar al principio'por la melancolía,
y luego por una extremada religiosidad de la especie más
tétrica y más triste, como acostumbra a ser la de las sectas
de aquí. Nosotros, los hijos, habíamos aprendido muy pron­
to, casi jugando, bajo la dirección de institutrico, a leer
y escribir, y sabíamos ya antes de lo« cinco años de edad
lo que otros niños tienen que aprender generalmente va·
rios años después. Como se me permitía leer todo aquello
que se me antojaba, tuve en mis manos ciertos libros que,
por cierto, excedían mi capacidad de entendimiento. Como
otros muchachos, también tuve yo mis período« de Fede­
rico Marryat, J. Fenimore Cooper, Jtilio Verne. Daniel
Defoe, Alejandro Dumas, etc.; pero leí excesivamente
102 SEVERIN LAMPING

pronto a Eugenio Sué, Emilio Zola, Bocaccio y otros se·


mejantes. Debía tener unos catorce años cuando leí el
Decamerón. Y, por muy extraño que pueda parecer, esta
lectura me impulsó vigorosamente al estudio de las doctri­
nas católicas. De las lascivas historietas de Bocaccio no ha
quedado nada en mi memoria. De una manera completa­
mente espontánea me resolví más tarde a no leer semejan­
tes cosas. Pues la vida es demasiado corta para perder así
el tiempo. Basta con leer imas páginas de tales libros para
saber ya cómo es el contenido de las restantes. No es, cier­
tamente, necesario agotar el contenido de un pellejo de
vinagre para saber lo que contiene. Por lo demás, tenía
yo seguridad en mí mismo, como cualquier otro joven sano,
alegre y fogoso.
Con lo de Bocaccio, el caso fué el siguiente : En cier­
to pasaje del comienzo del Decamerón se cuenta la histo­
ria de dos amigos de París. Uno era un piadoso israelita;
el otro, un piadoso cristiano. El cristiano estaba incon­
solable porque su amigo judío iba a condenarse eterna­
mente, si moría en la incredulidad. Rogóle con insisten­
cia que se hiciera instruir y que se convirtiera a la fe
cristiana. El piadoso judío se opuso largo tiempo. Mas,
al fin, dijo que quería ir a Roma, capital de la Cristian­
dad, para conocer allí más cerca la fe cristiana. Enton­
ces sintió pesar el otro, pues sabía demasiado bien la
mala vida que a la sazón, en tiempos del Renacimiento,
llevaban el Papa y muchos cardenales y frailes. Así, pues,
procuró con toda clase de objeciones mover al israelita a
quedarse en París y buscar allí quien le instruyera. Pero
éste se mantuVo en que tenía que ser en Roma o en nin­
gún sitio, y partió. Mas, pasado bastante tiempo, volvió
de Roma el judío, abrazó a su viejo amigo y le dijo que
ahora podía considerarle ya como cristiano convencido y
creyente. Ante la extrañeza del otro, manifestó el antes
judío: Sí, mira; cuando llegué a Roma y vi allí la mala
vida que llevaban tantos dignatarios de la Iglesia, dije
para m í: Esta fe tiene que venir de Dios, pues, si fuera
obra de los hombres, habría perecido hace ya mucho
tiempo ..
Esta lógica con.-ecuencia produjo en mí una fuerte im­
presión, sobre todo teniendo en cuenta que este modo de
pensar estaba en la más rígida oposición con todo aque-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 103

lio que yo estaba acostumbrado a oír hasta entonces. Ge­


neración tras generación se ceba la juventud sueca en Jos
Relatos de un cirujano castrense, de Zarchris Topelius, en
que se habla continuamente de jesuítas y frailes adulado­
res, astutos y asesinos. Y, por desgracia, hay que decir que,
generalmente, los suecos dejan que su actitud ante la Igle­
sia católica sea determinada por novelistas como Z. Tope·
lius, J. O. Aberg y Hermann Bjursten. ¿Quién se atrevería
en Francia a formar su juicio acerca de la Iglesia, apo­
yado en las fantasías de un Eugenio Sué o de un Alejan­
dro Dumas? Estas novelescas descripciones del tiempo de
Gustavo Adolfo pintan siempre al —indudablemente gran·
de—'f rey de Suecia como un campeón cristiano, que mar­
chó a Alemania para defender la verdadera fe contra las
intrigas y abusos de los peiHrersos católicos. A la verdad,
me quedé perplejo al ver en libros de Historia que los
príncipes protestantes de Alemania, entre otros su propio
cuñado, el príncipe elector de Brandenburgo. no lo reci­
bieron precisamente como auxiliar y salvador, ¡sino que.
por el contrario, hicieron todo lo posible para expulsarlo
de Alemania. Leía yo muchísimo por aquel tiempo. No
conocía a ningún católico. A los dieciséis años fui ^con­
firmado» en la actual parroquia protestante de Santa Cla­
ra, que fué en los tiempos católicos de Suecia una iglesia
conventual de monjas clarisas. Hablé francamente cou mi
profesor de religión. Teníamos en el gimnasio un pastor
que, como supe más tarde, se inclinaba mucho al catoli­
cismo e incluso hacía educar católicamente a una hija en
el extranjero. Su enseñanza permitía, en todo caso, el exa­
men personal.
Por medio de toda clase de lecturas y por contacto per­
sonal con los jefes de las diversas direcciones —unitarios,
teósofos, positivistas, etc.— , me inicié en los diferentes sis-
tomas filosóficos. Hasta el Corán llegué a estudiar concien­
zudamente por aquel tiempo. Pascal, Stalker, Dummond.
Balfour, se me hicieron familiares; pero también leí a
Tomás de Kempis.
Poco a poco maduraba en mí la decisión de hacerme
católico. Quería continuar siendo cristiano. Siguiendo el
método usual _en nuestra familia : acudir siempre directa­
mente a la suprema instancia cuando se quiere conseguir
algo, me dirigí entonces al vicario apostólico, el obispo Al-
104 SEVERIN LAMPING

berto Bitter, y lo expuse mi situación, sin que en mi casa


se sospechara nada. Fue un \iernes Santo, lo cual recor­
dó más de una vez el reverendísimo señor. Me recibió muy
amablemente, pero me dijo en seguida que, según la ley
sueca, yo era demasiado joven para poder convertirme sin
permiso de mi padre. Me invitó repetidas veces a su mesa.
Me tuteaba yr me llamaba por el nombre de pila, amable
costumbre que conservó hasta su muerte. También que­
ría que yo le llamara, siguiendo la peculiar costumbre sue­
ca, «Farbror» (hermano del padre = tío), lo que, teniendo
en cuenta su elevada dignidad, era para mí, ciertamente,
muy honroso. Con frecuencia paseábamos juntos. Su trato
era para mí muy instructivo, pero no me permitía hablar
nunca con él de materias relisiosas.
i✓ Esto me extrañaba mu-
cho, va que precisamente estas materias eran para mí las
de más importancia. Por fin llegó un día en que ya 110
pude contenerme más. Necesitaba hablar con mi padre.
Tenía yo entonces diecinueve años.
Fué un caso terrible. Mi padre, para el cual he conser­
vado siempre el amor filial, no tenía ninguna postura re­
ligiosa positiva y determinada. Como la mayor parte de
los suecos, era, en el aspecto religioso, por completo in­
diferente. Pero el que yo quisiera hacerme católico ¡y
«negar la fe de mis antepasados», le pareció una cosa in­
tolerable. Se me envió al párroco de la antigua iglesia
—en otro tiempo católica— de San Nicolás, nuestra parro­
quia entonces. El párroco me sometió a un largo interro­
gatorio. Estuvo escribiendo todo el tiempo. Esto no me
pareció muy cortés, pero, en definitiva, él era un gran
señor y yo no era más que un muchacho, un nadie. Más
extrañado quedé aún al ver que metía en un sobre los nu­
m eroso? pliegos escritos, lo sellaba y me ordenaba que lo
entregara a mi padre. Con esta carta de Unas volví a casa.
N’jnea he sabido qué fué lo que en ella se decía; única­
mente que allí se afirmaba estar yo tan corroído por los
errores católicos, que no se podía hacer nada conmigo;
que mi padre debía echarme de casa, dejarme de su mano,
y cosas por el estilo, según me ha contado mi padre mu­
chos año« dlespués. Como yo no había hecho nada malo,
me negué a marchar. Pero entonces vinieron tiempos di­
fíciles. Resistí año y medio para probarme yo mismo. En
este tiempo recibí, al fin, el. permiso episcopal para ser
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 105

instruido, como lo fui en efecto, por un padre de la Com­


pañía de Jesús. El padre Edward Wessel, S. J., me reci­
bió después en la Iglesia Católica, fué mi primer confesor
y me asistió más tarde en horas muy difíciles.
Muy típico del criterio de aquí es lo siguiente. Cuan­
do conté a mi antiguo «maestro de confirmación» que
me había convertido, sólo pudo deducir de ello —a pesar
de ser personalmente un hombre muy respetable, cuya
casa había frecuentado yo asiduamente durante algún
tiempo— que yo tenía que haber llevado una vida inmoral
«¡para poder echarme así en brazos de la Iglesia católica! >..
Mientras tanto, había llegado a ser mayor de edad y
conseguí los medios para poder salir al extranjero y am­
pliar mis estudios. Como a tantos jóvenes convertidos sue­
cos, también a mí se me ha querido formar para al sacer­
docio, sin resultado. Mi posterior vida agitada parece ha­
ber sido realmente inevitable. ¿Es determinismo conside­
rar como un enigma el haber hecho lo que no se ha de­
bido ni querido hacer, y el que hayan sucedido algunas
cosas que se hubieran deseado evitar?
En todo caso, siempre doy gracia^ a Dios por la inme­
recida gracia de haber sido, precisamente yo entre tantos
millones, llamado a la verdadera fe.
DE L H O M B R E IDEAL, C R I S T O ,
AL H O M B R E - D I O S
P O R S I G R I D S W A N B O M
( S u e c ia )

Estocolmo; fué en otro tiempo directora de un Es­


tablecimiento y Escuela, en Upsala, para niño§ mm-
talmente retrasados. Detde hace vario» año» vive en
Italia.

Iglesia nacional sueca celebra cada año, en otoño,

L
a
la llamada fiesta de la Reforma. En esta ocasión he
predica en todas las iglesias proclamando al protes­
tantismo una gran dicha para nuestro pueblo, que, por
medio de aquél, ha conseguido la libertad de espíritu.
Con frecuencia se emplea entonces al catolicismo para ser­
vir de oscuro contraste, pintándolo con tintas más o me­
nos negras y haciendo resaltar así con más viveza y cla­
ridad la bendición de la Reforma. Esta fiesta de la Refor­
ma depertaba siempre en mí profunda compasión hacia
los católicos, moviéndome a rezar por ello« diariamente
durante varias semanas después de la fiesta, para que Dios
se dignase enviarles también su luz y su verdad.
En años posteriores se me ofreció la oportunidad de
visitar un país católico. Era natural que quisiera conocer
allí la realidad práctica del catolicismo. Pero el llegar a
ser yo católica algún día era cosa que por entonces esta­
ba para mí absolutamente fuera de los límites de lo po­
sible. Me sentía, por el contrario, en posesión de un pun­
to de vista más elevado. Mis investigaciones y preguntas
significaban, a mi juicio, una condescendencia con aque­
lla religión que aún estaba envuelta en las tinieblas de la
Edad Media.
¿Cuál es la posición de los católico« ante la divinidad
de Cristo? Esto fué lo primero que quise saber, pues ha­
cía años que sufría mucho a causa de mi propia insegu·
108 SEVERIN LAMPING

ridad en este punto decisivo. Había oído muchos y exce­


lentes sermones protestantes. En sil centro aparecía Jesús
como el hombre ideal. En una persona que se encuentra
muy alejada de este ideal y siente claramente que por sus
propias fuerzas nunca podrá subir tan alto, el evangelio
del hombre ideal, Jesús, sólo produce a la larga efectos
demoledores e irremediablemente desmoralizadores. Cuál
no sería, pues, mi sorpresa y mi admiración ante el hecho
de que para el católico no existe en absoluto este difícil
problema porque, con la mayor naturalidad.. cree firme­
mente en la divinidad de Cristo.
Ya antes había excitado mi mayor interés el llamado
movimiento ecuménico, pues había visto en Suecia cómo,
a causa de la actividad de las numerosas sectas, se halla­
ban divididas no sólo parroquias enteras, sino incluso fa­
milias particulares. Por eso fué la segunda pregunta para
la cual quise obtener respuesta : «¿Cómo es posible que
la Iglesia católica se vea libre de estas divisiones?» En la
ciudad italiana en que yo residía no se notaba la menor
huella de la presencia de sectas. Esta unidad de fe era para
mí todo un largo y detenido estudio, que humilló consi­
derablemente mi superioridad protestante. Visitaba con
frecuencia iglesias católicas. Especialmente me conmovía
la misa rezada con su piadoso silencio. Ahora me sentía
completamente hastiada de los alambicados sermones que
no dan seguridad alguna. Con todo, amaba la Iglesia na­
cional sueca, y la sigo amando aún ahora, en el conven­
cimiento de que de ella podría decirse : «Hizo todo lo que
pudo hacer.» Un día recibí durante la Santa Misa, preci­
samente en el momento de la consagración, un auxilio es­
pecial. Supe de pronto, con una seguridad absolutamente
interior : Aquí está Aquel a quien busco. Desde entonces
me venían con frecuencia a la mente las palabras de Pe­
dro : «Señor, bien se está aquí.» La divina Providencia me
envió también al paso la ayuda sacerdotal. Aquel sacer­
dote había dejado su trabajo por motivos de salud y por
eso tenía tiempo para ocuparse de mí. Estaba dotado de una
extraordinaria paciencia . Y la necesitaba real y verdade­
ramente. Nosotros, los convertidos, con nuestras justifica­
das e injustificadas preguntas, sometemos la paciencia de
lo« demás a las más duras pruebas. Además, en mi caso,
íué necesario que me explicara las mismas cosas dos o tres
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 109

veces; la doctrina de las indulgencias tuvo que explicárme­


la por lo menos diez. Yo exponía con absoluta franqueza
a mi maestro espiritual todos los motivos que me apartaban
de la vida de la Iglesia; por ejem plo: la recitación del
rosario, el que muchos católicos del pueblo manifestaran
claramente más amor a María y a los santos que a Cristo
en el Santísimo Sacramento del Altar, y el que parecie­
ran regatear con Dios a causa de sus propios «méritos».
En este último punto fueron para mí como una liberación
bienhechora las palabras del padre Lippert: «Mérito no
significa otra cosa sino el que nuestra mirada tierna y amo­
rosa hacia Dios haga que nos mire a su vez tierna y amo­
rosamente» (D e los milagros v misterios, pág. 167). Mi
maestro encontró mi crítica justificada en muchos casos.
Así llegué a comprender que los sacerdote? católicos la­
mentan como abusos algunas cosas que en el transcurso del
tiampo han tenido su origen en la piedad popular, y que
se esfuerzan incluso por suprimir exclusivismos v exage­
raciones. Especial importancia dió mi maestro a que yo
aprendiera a distinguir entre la doctrina de la Iglesia y cu
historia. La doctrina de la Iglesia es divina y. por consi­
guiente, infalible. Pero sus miembros terrenos, sin excep­
tuar a sus dirigentes yr jefes, son hombres pecadores, y por
eso se manifestarán siempre en la historia de la Iglesia de­
fectos e imperfecciones humanas.
Desde el momento en que me propuse conocer el ca­
tolicismo hasta el día en que pude traspasar personalmen­
te los umbrales de la Iglesia transcurrieron varios años. Du­
rante este tiempo leí, naturalmente, con asiduidad escritos
católicos. Impresión especialmente profunda hicieron en mí
el San Francisco, de Juan Jorgensen, y la Imitación ¿o
Cristo , de Tomás de Kempis.
La gran añoranza de unidad que hay en lodos, tanto
católicos como protestantes, llegará a ser realidad algún
día. Ha sido encendida por el Salvador mismo en el su­
blime mandato pontifical: «Que todos sean unos.» Nos­
otros, en quienes arde la añoranza de este ideal, podemos
apresurar la hora de su cumplimiento de la manera más
segura y efectiva, rezando los unos por los otros.
EL SUDARIO DE TURIN
POR EL PÁRROCO J A C O B O O L R I K
(D in a m a r c a )

Frederida; asistió en su juventud til Gimnasio hu­


manístico de Ocíense; estudió después Ciencias Jurí­
dicas en Copenhague y ejerció algún tiempo el cargo
de Asesor en Koge. Más tarde estudió Filosofía en
Paderbom, tnnsbruck y Roma. Después de recibir las
sagradas órdenes, fué nombrado vicario de la Igle­
sia del Rosario en Copenhague y luego secretario del
obispo de Euch. Como tal, se le confió el cargo de
delegado danés para los prisioneros de guerra en Si·
berta (1917-18). Al morir el obispo de Euch. Olrik
fué nombrado Vicario Apostólico y pastor de Hol­
ding y Frederida. El año 1923 recibió el título <!<
camarero honorario de Su Santidad.

I padre era pastor en la Iglesia evangélico-lute-

M rana, llamada popular y apoyada por el Estado


danés. Su parroquia estaba en Fionia, en la pen­
ínsula de Hindsholm, país fértil y ameno, poblado de rasas
campesinas techadas con paja, de huertas, bosquecillos y
muchas colinas y dando vista al cercano mar: Gran Belt,
Ensenada del Dalby, Kattegat y el fiord Odense. La casa
parroquial era grande y espaciosa, ennoblecida en el inte·
rior por sus antiguo» muebles heredados y, en e) exterior,
cubierta de hiedra, jazmines y rosas blancas, amarillas y
rojas; incluso magníficas parras de legítimas vides de Ma·
deira, que casi todos los años llegaban a hacer madurar sus
racimos, adornaban la casa. Grande era también la huerta
que rodeaba la mansión parroquial. Había allí manzanos,
perales y ciruelos, moreras, frambuesos, uvas crespas, gro­
selleros y muchos otros frutales. Deliciosas eran las vaca­
ciones del verano con sus horas de baño, sus excursiones
en coche de caballos, con los huéspedes y los bailes, las
canciones y los juegos. Tampoco la piedad era escasa.
¿Quién podría allí pedir más a Dios Nuestro Señor? Sin
112 SEVERIN LAMPING

embargo, a mí me faltaba algo, pero ni yo mismo sabía


qué era.
Mi padre tenía que atender a dos antiguas y venerables
iglesias. Ambas procedían de los tiempos católicos medie­
vales. El no pertenecía a ninguna corriente religiosa en
particular, ni a la Misión Interior ni al Grundtvigianismo,
aunque a causa de sus tendencias católicas se acercaba más
al último. Mi padre había pasado, siendo todavía joven,
un invierno en Roma, recibiendo allí profundas impresio­
nes, acaso más profundas de lo que él mismo decía. De las
paredes de nuestra casa pendían diecisiete cuadros de con­
tenido específicamente dogmático. Es cierto quje tenían
valor artístico; pero, como adornos caseros, indicaban tam­
bién una orientación espiritual determinada, aunque in­
consciente. Con todo, en la práctica, sostenía mi padre una
actitud muy opuesta a la Iglesia,
Puedo asegurar que mi padre era un varón justo, bue­
no. claro y lógico. Mas, precisamente por eso. se interrum­
pió prematuramente su evolución religiosa, porque la ló­
gica y el protestantismo no pueden andar juntos mucho
tiempo. Un teólogo luterano danés llegó incluso a decir
una vez : «Si se quiere ser lógico, hay que volverse loco o
católico.)) Cuando llegué a los dieciocho años, enfermó mi
padre y cayó por ello en una irritabilidad especial, que
hacía muy difícil sostener con él una conversación seria.
Quisiera recordar aquí especialmente dos impresiones
de mi juventud. Mi padre tocaba el piano bastante bien,
pero su voz no era extraordinaria. Sin embargo, tocaba y
cantaba dando tal expresión a su profunda vida sentimen­
tal. que pocas veces he oído cosa parecida. En cierta oca­
sión estaba yo sentado a su lado y miraba por la venta­
na, contemplando a través de un espacio libre que dejaban
la* ramas de los árboles el cielo arrebolado por el atar­
decer: y estos arreboles vespertinos me parecieron trasun­
to del verdadero país de la dicha. Más tarde, estando yo
=entado una Nochebuena al lado de mi padre, miraba,
como gustaba de hacerlo él, las sombras de las ramas de
abeto sobre el techo de Ja habitación, donde se dibujaban
débi les o claras, según se iban apagando los cirios. Puedo
asegurar que, en noche semejante, no estaba yo precisa­
mente malhumorado. Sin embargo, me decía a mí mismo :
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 113

«No, no; esto no es lo verdadero; ésta no es una vida


auténtica.»
Mi madre era jutlandesa, y yo mismo he nacido en
Jutlandia, en el campo, y, como legítimo jutlandés, me
causa verdadera repugnancia el ser embaucado o engaña·
do. Aparecer como tonto al fin de la vida, no, eso no po·
día consentirlo. He aspirado siempre al cielo, con entera
decisión. ¿Al infierno? ¡Por nada del mundo!
Mi primer contacto con la Iglesia católica tuvo lugar
en Odense, adonde yo iba al gimnasio. Desde mi venta­
na podía ver la escuela católica, donde las Hermanas de
San José enseñaban a los niños. Con mi espejo introdu­
cía en su clase unos rayos de sol y los hacía danzar allí
alegremente. ¡Pura maldad! Siendo más tarde estudiante
de Derecho en Copenhague, oí hablar y discutir sobre el
darvinismo al padre Breitung, jesuíta. Esto me infundió
respeto.
Pero la noción especial de Dios me llegó por un sema­
nario general ilustrado, que contenía una copia del suda­
rio de Turín (1), y, al mismo tiempo, la imagen del Señor
recientemente captada por la máquina fotográfica. Com­
prendí al punto que esta imagen era algo especial, y los
conocimientos anatómicos que había adquirido, así como
mis conocimientos pictóricos, me demostraron que no po­
día tratarse de una falsificación. No es éste el lugar opor­
tuno para examinar detenidamente e] problema de la
autenticidad de esta imagen (2). Pero ella —hablo sólo de
la fotografía y no de las malas copias— fué la estrella que
me guió hasta la Iglesia católica. Fué la fotografía hecha
por el padre jesuíta Sana Soloro; la mejor de todas.
Unos años más tarde tuve tiempo y ocasión para ocu­
parme del sudario de Turín, y esto me puso en relación
con el secretario del obispo católico de Euch, Enrique Ga-
mel. Algo me sorprendió en é l : la firmeza, amabilidad y

(1) Según una antigua tradición, en el sudario de Turin fué en­


vuelto el cuerpo del Señor par* ser sepultado.
(2) Acerca de los fundamentos científicos en que se apoya la
autenticidad del santo lienzo de Turín. puede verse el documenta­
do e interesantísimo trabajo del P. Mauricio de Iriarte, S. J„ en
la revista ARBOR, núm. 30. junio 1948, pp. 201*225, donde se re­
sume la cuestión con claridad extraordinaria.
8
114 SEVERIN LAMPING

sencillez de su manera de ser. Esto despertó mi curiosidad


por conocer personalmente el catolicismo. Estaba acostuin·
brado a considerarlo sencillamente como una cosa necia.
Pero, cuando un hombre —pensé— es necio, puede, a ve­
ces, hacerse respetar temporalmente por medio de sus ri­
quezas y dinero; mas, a la larga, tiene que irle muy mal,
especialmente si está al frente de grandes empresas. ¿Cómo
es posible, por consiguiente, que la Iglesia católica subsis­
ta siempre? Esto era para mí un gran enigma y resolví es­
tudiar, cuando tuviera ocasión, la dogmática católica para
resolver este enigma.
Otra cosa aún me dispuso a aceptar la religión católica»
Como protestante, notaba siempre en mí un desagradable
sentimiento de limitación, y con frecuencia pensaba cómo
me sería posible salir de esta mi propia insuficiencia. Mis
muchos conatos y esfuerzos de voluntad sólo habían produ­
cido muy escasos resultados. ¿No habría posibilidad de
traspasar mis propios límites? Ultimamente, la duda de si
la guerra, aun la defensiva, estaría permitida a un cristia­
no, me había movido a pedir con particular fervor la ilu­
minación del Espíritu Santo. Me daba cuenta de que, por
mis propias fuerzas, lo mismo podía llegar en esta cuestión
a una consecuencia verdadera que a una falsa. Ahora que­
ría dedicarme a buscar la verdadera religión; pero la única
esperanza de acierto la puse en la oración. con un co­
razón sincero pido a Dios la verdad y la fuerza para seguir­
la —me decía a mí mismo— , Dios tendrá que escucharme.
Especial confianza pu6e también en la asistencia del Espi­
rita Santo, y el Espíritu Santo ha sido después el especial
objeto de mi homenaje y adoración.
Habiendo sido nombrado asesor, me llevó la amorosa
providencia de Dios a la pequeña ciudad de Koge. Allí ha­
bía sido también trasladado poco antes el párroco misione­
ro F. Maurer. Me dirigí a él, en realidad también con la
intención secundaria de ponerle en aprieto con mis pregun­
tas. Pero en seguida me encontré con la enorme superiori­
dad de la teología católica. Mucho, muchísimo tiempo bus­
qué argumentos contra la demostración del párroco Maurer
o la manera de eludirla, pero al fin tuve que darme por
vencido. Después, aún esperé todo un año para ver si po­
día encontrar alguna falacia, algún engaño en la doctrina
católica, y sí era posible hacer bambolearse el edificio de
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA US

la fe de la Iglesia romana. Pero no obtuve resultado. Al


fin, apoyado por las oraciones de muchos buenos católi­
cos, me decidí a la conversión. Comprendí también que no
podía esperar más sin peligro para la salvación de mi alma.
Así llegué al país de la dicha, cuyo resplandor rojo y
oro había vislumbrado por entre las ramas de los árboles,
y desde entonces han pasado veinticinco años dichosos. No
me he visto defraudado. Los estrechos —ciertamente muy
estrechos— límites de nuestra capacidad, pueden ser am­
pliados por la gracia de Dios. La lógica de la religión ca­
tólica me ha hecho penetrar en profundidades maravillo­
samente claras. En otro tiempo me causó honda impresión
la imagen de Cristo que se venera en Turín. Nunca he po­
dido olvidar este semblante divino. ¡Concédame el Señor
en su bondad que algún día pueda contemplarlo cara a
POBREZA Y CARIDAD FRATERNA
DE L O S F R A N C I S C A N O S
pob M B abones* ERIKA ROSENORN-LEHN
( D in a m a r c a )

Roskilder; tradujo al danés, por encargo de tu


obispo, el Antiguo y Nuevo Testamento. Un relato
más detallado de su conversión se encuentra en su
libro <íMin Vandrebog» (Mi itinerario).

y fui educada en una familia protestante, sien·


ací

N do la última de seis hermanas. Mi madre era una


mujer muy temerosa de Dios; instruyó personal·
mente a sus hijas en la religión y sembró muy hondo en mi
corazón de niña la semilla de la piedad. Siendo hija de un
diplomático, había pasado su niñez en Francfort del Meno.
Compañeros católicos de juego, entre otros, el príncipe
Karlos Lowenstein (que murió siendo el P. Raimun­
do, O. P.), con el cual sostuvo correspondencia epistolar
hasta morir, ejercieron sobre ella un influjo inconsciente.
También las ceremonias católicas a que asistió hicieron en
ella una impresión inolvidable. Pero las circunstancias de la
vida la alejaron por completo de todo lo católico. Solo
cuando una de sus hijas casadas y el marido de ésta fueron
admitidos en la Iglesia por el cardenal Mermillod (enton­
ces obispo de Ginebra), comenzó mi madre a leer libros
católicos. En la soledad del campo, en el castillo Hvidkil-
de (nuestro lugar de origen), tenía tiempo suficiente para
estudiar, y llegó por medio de sus estudios al resultado de
que la Iglesia católica es la verdadera Iglesia de Jesucristo.
Mi padre no tenía, en realidad, nada que oponer a su deseo
de hacerse católica; únicamente puso la condición de que
debía esperar hasta que yo —entonces niña de unos diez
años— fuera confirmada. Se me apartó de su influencia re-
118 SEVERIN LAMPING

ligiosa y se me confió a un predicador protestante para


que me instruyera antes de la confirmación.
Era éste un hombre muy bueno y verdaderamente pia­
doso. Pero tanto él como todas las personas que me rodea­
ban y conocían las simpatías católicas de mi madre, hicie­
ron todo lo posible para afirmarme en las doctrinas protes­
tantes. No mejoraron las cosas cuando, después de mi con­
firmación (a los quince años aproximadamente), mi madre
y dos de mis hermanas mayores ingresaron en la Iglesia
católica. Yo, que creía firmemente en todas las mentiras
que acerca de esta Iglesia se propalaban, lamenté la pérdi­
da de mi madre y mis hermanas, que ahora, según mi opi­
nión, se habían consagrado al culto de los ídolos y a todo
lo malo imaginable. Diez años trancurrieron entre conti­
nuos sufrimientos de ambas partes. Nos amábamos y, sin
embargo, vivíamos espiritualmente separadas por comple­
to. Por fin, no pude aguantar más y, a los veintiséis años,
en la primavera de 1898, abandoné la patria con dirección
a Inglaterra, para estudiar arqueología clásica.
Mi alma se vió allí profundamente impresionada por
el servicio divino de la Iglesia anglicana. También me llamó
la atención el que en Inglaterra 110 se tuviera horror a los
santos de la Iglesia católica. Entonces sucumbió mi fe en
los «santos» protestantes, Martín Lutero y Gustavo Adol­
fo de Suecia. Por medio de los estudios históricos, espe­
cialmente por los libros del profesor anglicano de Oxford,
Leigbton Pulían, y por la lectura de las Confesiones, de
San Agustín, y de las Fioretti, de San Francisco, se fué
abriendo mi alma cada vez más al pensamiento de que
sólo había una Iglesia. Cedió mi oposición a la Iglesia
católica, pero seguí creyendo que había una Iglesia con
diversas ramas. Yo misma me denominaba anglicana, sin
comprender lo imposible que es adherirse a una Iglesia
nacional ain pertenecer a su nación.
Pasé el invierno de 1901-02 estudiando en la escuela
británica de Arqueología de Atenas. Mi fiel compañera du­
rante todos los años de mi peregrinación, la excelente ar­
tista Sofía Holten, estaba también conmigo en Grecia.
Compartíamos nuestros estudios y, asimismo, el proceso
de nuestra evolución religiosa. Ella fué quien me propu-
•o que mandara rezar una misa por mi madre en una
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 119

Iglesia católica. Mas, al decirme el bondadoso sacerdote a


quien me dirigí, que iba a rezar por la conversión de Di­
namarca, me sentí ofendida y pensé : « ¡ A la verdad, qué
pretensiones tienen siempre estos católicos!» Sin embar>
go, cuando meses más tarde visitamos la tumba de San
Nicolás en Bari, di al sacerdote de allí una moneda de
oro, suplicándole que rezara por mí.
La etapa siguiente en nuestro viaje era Aquila, donde
se encuentra el sepulcro de San Bernardino de Siena. Des­
de niña había considerado a San Bernardino como medio
protestante, porque reverenciaba y predicaba el nombre
de Jesús. Con gran interés contemplé en el Ayuntamien·
to su hermosa mascarilla, con aquella expresión dulce y
sublime.
Atardecía cuando llegamos ante su tumba. Sofía Hol-
ten fué con el franciscano que nos enseñaba la iglesia a
contemplar más de cerca algunas obras artísticas. Quedé
sola. Me arrodillé ante el sepulcro y recé, profundamen­
te conmovida, pidiendo a Dios que me hiciera santa «como
San Bernardino». En el mismo momento sentí, e incluso
lo dije a media v o z : « ¡ pero esto costará un esfuerzo tre­
mendo!». Mas al punto me avergoncé nuevamente v. llo­
rando, pedí a Dios perdón por mi cobardía.
Pasé la noche en oración, a fin de prepararme digna­
mente para visitar la tumba de San Francisco, pues aho­
ra seguíamos el viaje hacia Asís. Lo que allí pasó en nues­
tras almas fué un milagro tal de la gracia, que la eterni­
dad no es bastante larga para dar gracias por ello a Dios
y a San Francisco.
De los muchos espectáculos que, como una cadena es­
piritual o como una dichosa red, nos aprisionaron, voy a
mencionar solamente uno: la pobreza verdaderamente
evangélica y la caridad fraterna de los franciscanos.
A principios de septiembre tuve que volver a casa por
haber enfermado mi padre. Al salir de los países católi­
cos y entrar en las regiones protestantes de Alemania, sen­
tí instantáneamente el vacío y frialdad de las iglesias di­
seminadas por la comarca: allí no había Sacramento.
Cuando llegué a casa, pude hablar con mi madre como
nunca hasta entonces y contarle todo lo que había visto
en Asís; ella sospechó seguramente lo próxima a la Igle­
sia que me encontraba. Yo misma no lo sabía aún. Du-
120 SEVERIN LAMPING

rante mi ausencia de Asís, Jos franciscanos rezaron por


mí ante la tumba del santo.
Llegué nuevamente a Asís en la vigilia de la fiesta de
San Francisco, a las primeras y solemnes vísperas. Fué
m»j> Vuelta a casa en el verdadero sentido de la palabra.
A la mañana siguiente, mientras se cantaba el credo en la
misa mayor, celebrada en la iglesia que guarda el sepul­
cro, conocí en las palabras Et utwm, sanctam,, cutholicam
et apostolicam Ecclesiam la plena y resplandeciente ver­
dad de la fe.
Durante todo el verano me había instruido en largas
horas de conversación el padre guardián, Francesco dall*
Olio. Pero la fe no me había dado aún su último golpe
de gracia. Ahora había llegado el momento. Para Sofía
Holten fué más difícil dar el paso decisivo. Era hija de
un predicador protestante y descendiente de todo un lina­
je de predicadores. Le parecía casi una condenación de su
familia pasarse a la Iglesia católica. Pero sus inquietudes
fueron vencidas por la seguridad de su fe.
El 19 de noviembre, fiesta de Santa Isabel, onomásti­
co de mi madre y aniversario de mi bautismo, fuimos am­
bas recibidas en la Iglesia ante la tumba de San Francisco.
¡Gracias sean dadas eternamente a Dios por sus bon­
dades !
LO QUE P R OP I A ME N T E D E B I E R A
H A B E R M E A P A R T A D O
p o b GILBERTO KEITH CHESTERTON
( I nclatebra)

Beasconfield; sobresaliente como periodista, poeta, po­


lítico, filósofo, orador y autor de importantes obras. En
1922 se convirtió al Catolicismo, siendo desde entonces
celoso defensor de la fe católica y de la ortodoxia cristia­
na. Ya en 1908 había publicado su ’ ’Orthodoxy” , apología
en prosa de la fe católica y, en 1910, la novela simbólica
’’The Bass and the Cross” (La esfera y la cruz). Chesíer.
ton es enemigo tan acérrimo del capitalismo como del
socialismo. A causa de sus destacados méritos, el Papa
Pío XI lo elevó en mayo de 1934, al cumplir los sesenta
años, a la dignidad de noble de la Iglesia, confiriéndole
la Orden de San Gregorio. Poco después de su conver­
sión, fundó el movimiento distributista, secundado por su
amigo el escritor Hilario Belloc. Para fomentarlo, creó
el semanario ” G. K ’s W eekly'. colaborando en él una
selección de jóvenes intelectuales católicos. Fue eterno con­
trincante de Bemard Shau>, cuya amistad, sin embargo, cul­
tivaba en privado. En 1909 escribió una de las mejores
biografías sobre él. Escribió también la del poeta Brouming
—una de sus obras maestras— y las de Chaucer, Stevenson,
Coblelt, San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino.
Dos meses antes de morir había terminado la suya propia.
Sus libros de poemas son numerosísimos. Sus dos novelas
más famosas, ” El hombre que fue jueves” y ’’El padre
Brown” están traducidas al castellano, como también "La
esfera y la cruz” . Igualmente se han traducido su ” Orto­
doxia" y algunos poemas, entre ellos "Lepanto". Viajó
por Italia, Irlanda y América, escribiendo sobre las im­
presiones recibidas en cada uno de estos países. Consagró
toda su vida a la literatura, dedicándose a ella por com­
pleto desde los veinte años. Antes había estudiado di­
bujo.
Por parte de su madre, tenia sangre francesa. Se casó
a los veinticinco años, sin tener descendencia. Murió
en 1936.

UNQUE hace sólo lino s años que soy católico, en·

A tiendo que la pregunta: «¿por qué soy cató­


lico?» es completamente diversa de esta otra :
«¿por qué me hice católico?». Siempre hay allí más
razones, que sólo se manifiestan una vez que el primer
motivo ha impulsado a la ejecución. Tan numerosas son y
122 SEYERIN LAMPIiNG

tan diversas, que, en definitiva, el motivo original pue­


de quedar oscurecido por ellas y reducido a un plano se­
cundario. Lo mismo en el sentido real que en el ritual,
puede la «confirmación» (es decir, robustecimiento, for­
talecimiento), seguir a la conversión. Los argumentos para
o-te caso particular son incontables, hasta el punto de que
el convertido no puede asegurar más tarde en qué orden
aparecieron. Pero la mayoría se reducen fácilmente a uno
solo. Hay agnósticos aficionados al arte que, frecuentemen­
te, examinan, como cosa de mucha importancia, cuál es
lo antiguo de una catedral y cuál lo que ha sido renovado,
mientras que el católico observa, sobre todo, si ha sido
renovado de tal suerte que pueda seguir utilizándose como
catedral. A una catedral se asemeja todo el edificio de
mi fe —demasiado grande para una descripción minuciosa;
más aún: hasta me cuesta trabajo determinar la edad de
los diferentes sillares— . Pero creo poder asegurar que lo
primero en atraerme al catolicismo fué, «en realidad, lo
que debía haberme apartado de él. Más de un católico
debe, a mi juicio, sus primeros pasos hacia Roma a la ama­
bilidad del difunto señor Kensit (1).
Recuerdo especialmente dos casos en que las inculpa­
ciones de dos autores serios hicieron que me pareciera
deseable precisamente lo condenado.
En el primero, mencionaban, según creo, Horton y
Hooking, con temblor y estremecimiento, una espantosa
blasfemia que habían encontrado en un místico católico
hablando de la Santísima Virgen: «Todas las demás cria­
turas lo deben todo a Dios, pero a ella Dios mismo tiene
que estarle agradecido». Yo, por el contrario, me estre­
mecí como si oyera un trompetazo y dije casi en alta voz :
«¡Qué magnífico es esto!». Me pareció como si el milagro
de la encarnación, entendiendo bien al místico, apenas
pudiera expresarse mejor ni más claramente-

<1,1 El señor Kensit, pequeño librero de la Cily, conocido como


fanático protestante, organizó en 1898 una banda que entraba siste­
máticamente en las iglesias ritualistas y perturbaba el servicio divino.
Murió en 1902 de heridas recibidas en una de estas irrupciones. La
opinión pública se volvió pronto en contra de) señor Kensit. Con el
nombre de «Prensa Kensitita» se designan las peores hojas sectarias
que atacan al catolicismo en Inglaterra, las cuales están desprovistas
de todo sano juicio y de toda buena voluntad.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 123

En el segundo caso, uno del «Daily News» (yo mismo


era también entonces uno del «Daily News»), hacía no­
tar, como típico ejemplo del vacío formulismo en el ser­
vicio divino católico, el hecho de que un obispo francés
hubiera dicho a unos soldados y trabajadores, los cuales
sólo muertos de fatiga podían acudir temprano a la iglesia,
que Dios se contentaba con su presencia corporal y Ies per­
donaría su cansancio y sus distracciones. Y entonces volví
a decirme: « ¡ Qué buen sentido tienen estas gentes!».
Si uno caminara cien leguas para darme una prueba de
afecto, se lo estimaría ciertamente mucho, aunque luego
se durmiera en mi presencia.
Así podría enumerar aún otros ejemplos de esta pri­
mera época, en que los primeros movimientos, de mi fe
católica, débiles todavía, fueron alimentados, prácticamen­
te, sólo por escritos anticatólicos. Sobre lo que siguió a
estos primeros movimientos no tengo la menor duda. E6
una deuda que yo he reconocido tanto más cuanto mayo­
res han sido mis deseos de saldarla. Ya antes de haber
conocido a las dos eminentes personalidades a quienes
tanto debo en este sentido: Bev. John O 'C o n n o r. de
Bradford, y Mr. Hilario Belloc, había comenzado a avan­
zar en esta dirección, y esto bajo el influjo de mi habitual
liberalismo político, incluso dentro del reducto del «Daily
News».
Este primer impulso lo debo, después de Dios, a la
historia y a la actitud del pueblo irlandés. Sin embargo,
no hay en mí una gota de sangre irlandesa: sólo dos ve­
ces estuve en Irlanda y no tengo intereses en aquel país
ni estoy influenciado por su ideología. Pero comprendí
muy pronto que la cuestión irlandesa mantenía compacto
el sistema de partidos únicamente porque en el fondo
era una realidad religiosa; y por ser ésta un hecho, me
concentré totalmente en esta parte de la política liberal.
Allí vi, cada vez más claramente. —aleccionado por la
historia y por mi propia experiencia— , cómo, por mo­
tivos inexplicables, un pueblo cristiano había sido perse­
guido durante largo tiempo y sigue siendo odiado toda­
vía; hasta que, de pronto, comprendí que tenía que ser
sencillamente porque éstos eran cristianos tan decididos y
molestos como aquellos que en otros tiempos eran arro­
jados a los leones bajo el dominio de Nerón.
124 SEVERIN LAMPING

De esta mi explicación personal se pueden deducir


fácilmente los motivos de que yo sea católico, los cuales
desde entonces se hicieron cada vez más poderosos. Po­
dría describir ahora cómo fui conociendo, cada día me­
jor, que todos los grandes imperios que se separaron de
Roma consiguieron precisamente lo mismo que consiguen
siempre todos los hombres que desprecian las leyes y la
naturaleza : fáciles éxitos de momento; pero, en segui­
da, una sensación como de haber caído en una trampa,
de estar en una mala situación, de la que no pueden li­
brarse por sí mismos. En Prusia no hay posibilidad al­
guna para un prusianismo, como tampoco en Manchester
para un individualismo manchesteriano.
Todos saben que el viejci país labriego, cuyas raíces se
hunden aún en la fe de sus mayores, tiene a la vista un
futuro amplio o, por lo menos, uno más sencillo e inme­
diato. Semejante método autobiográfico sería más fácil
en sí, pero, al mismo tiempo, egoísta en sumo grado. Y,
no obstante, me causa reparo elegir el otro método para
exponer brevemente, pero de una manera completa, el
contenido esencial de mi persuasión : no pgr falta de ma­
teria, sino a causa de la dificultad de elegir la más apro­
piada. Sin embargo, intentemos señalar aquí uno o dos
puntos que me impresionaron especialmente.
Hay por el mundo mil especies de misticismo capaces
de Volver loco a un hombre; pero sólo hay una que lo
pone en estado normal. Bien seguro es que la Humanidad
no puede resistir largo tiempo sin mística. Hasta los pri­
mitivos y agudos sonidos de la helada voz de Voltaire en­
contraron eco en Cagliostro. En la época actual vuelven a
extenderse entre nosotros la superstición y la credulidad
con tan tremenda rapidez, que pronto estarán muy pró­
ximos el católico y el agnóstico. El católico será el único
que tendrá derecho a llamarse racionalista. La misma
danza de misterios se desató hacia el fin de la Roma pa­
gana, a pesar de todos los «intermezzos» escépticos de un
Lucrecio o de un Lucano.
El ser materialista no es natural ni produce tampoco
una impresión natural. No es natural contentarse con la
naturaleza. El hombre es místico. Nacido como místico,
muere también, casi siempre, como místico, especialmen­
te si es agnóstico. Pero, mientras que todas las socieda-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 125

des humanas, más tarde o más temprano, sienten esta in­


clinación por las cosas extraordinarias, se ha de confesar
que sólo una de esas sociedades tiene en cuenta las cosas
de la vida corriente. Todas las demás dejan a un lado lo
cotidiano y lo desprecian.
Un célebre escritor compuso en cierta ocasión una nove*
la sobre la antinomia The Cloister and the Hearth (Claus­
tro y hogar). Porque, en aquel tiempo, hace cincuenta
años, podía creerse efectivamente en Inglaterra que ha­
bía en esto antinomia. Pero hoy en día ha llegado a ser
manifiesto que esta pretendida antinomia es casi una afi­
nidad. Los que antes pedían a voz en grito la supresión
de los conventos, pisotean hoy públicamente la fa m ilia .
Este no es más que uno de los numerosos hechos que
atestiguan esta verdad: que sólo en la religión católica
los más altos y (si se quiere) más absurdos votos y profe­
siones son, sin embargo, en la vida corriente los amigos
y protectores de las cosas buenas.
Muchos signos místicos han conmovido al mundo: sólo
uno ha perdurado en él; el santo está junto al hombre
corriente; el peregrino muestra amor a la familia; el
monje defiende el matrimonio. Entre nosotros, lo mejor
no es enemigo de lo bueno. Entre nosotros, lo mejor es el
mejor amigo de lo bueno. Toda otra revelación visio­
naria degenera al fin en una u otra filosofía indigna del
hombre, en simplificaciones perturbadoras, en pesimismo,
en optimismo, en fatalismo, en nada, absolutamente en
nada, en noraseas, en el absurdo.
Todas las religiones tienen algo de bueno en sí; pero
lo bueno , la cosa misma, la humildad y amor y gratitud
ardientes para con Dios, existentes de un modo efectivo,
no se encuentran en ellas. Cuanto más profundamente las
conocemos, cuanta más reverencia, incluso, sentimos ante
ellas, con tanta más claridad vemos lo que digo. En lo
más íntimo de ellas hay algo que no es el puro bien; existe
allí, por el contrario, la duda metafísica acerca de la ma­
teria o la potente voz de la naturaleza o, en el mejoT caso,
temor ante la ley y ante el Señor.
Si estas cosas se exageran, surge una deformidad que
llega hasta la adoración del demonio. Tales religiones sólo
pueden soportarse mientras son pasivas. Mientras perma­
necen tranquilas se las puede respetar, como al protes*
126 SEVERIN LAMPINO

tantismo Victoriano. Pero el más ardiente entusiasmo por


la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San
Francisco de Asís serán siempre, en su esencia más pro-
; ínula, cosas meritorias y sanas; jamás negará nadie por
ello su humanidad ni despreciará a su prójimo; lo que es
bueno no podrá ser nunca demasiado bueno. Esta es una
de las características que me parecen únicas y universales
al mismo tiempo.
Sólo la Iglesia católica puede librar al hombre de la
aniquiladora y denigrante esclavitud de ser un hijo de su
tiempo. Bernard Shaw manifestaba recientemente el ín­
timo anhelo de que cada hombre viviera trescientos años
en una época mejor. Esto caracteriza la manera y el modo
en que los fabianos, según su expresión, sólo quieren re­
formas verdaderamente prácticas y objetivas. Esto es, por
lo demás, muy fácil, pues yo estoy firmemente conven­
cido de que si Bernard Shaw hubiera Vivido los trescien­
tos años últimos, hace tiempo que se hubiera convertido
al catolicismo. Hubiera comprendido cómo el mundo se
mueve en un círculo y lo poco que se puede fiar en su
pretendido progreso. Hubiera visto después cómo la Igle­
sia ha sido sacrificada a una superstición bíblica y la Bi­
blia a la superstición darvinista-anarquista, y hubiera sido
el primero en luchar contra esto. Sea de ello lo que fue­
re. él desearía para cada hombre una experiencia de tres­
cientos años. En oposición a todos los demás hombres,
tiene el católico una experiencia de diecinueve siglos. Un
hombre que se hace católico, alcanza súbitamente la edad
de dos mil años. Expresado aún con más exactitud, quiere
decir: sólo entonces es cuando se desarrolla y llega a la
plenitud de su humanidad. Juzga las cosas tal como mue­
ven a la humanidad en las diversas naciones y épocas, no
por las últimas noticias de los periódicos.
Ahora bien, si un hombre moderno dice que su reli­
gión es el espiritismo o el socialismo, demuestra que vive
en el más reciente mundo de los partidos. El socialismo
una reacción contra el capitalismo, contra la insana
acumulación de riqueza en nuestra propia nación. Com­
pletamente diversa sería una política, si se desarrollara
en otra parte, por ejemplo, en Esparta o en el Tibet. El
espiritismo no causaría tanta sensación, si no fuera una
ardiente protesta contra el materialismo, por doquiera
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 127

extendido. Nunca la verdadera o falsa creencia en los espí­


ritus ha traído al mundo tan excitado como ahora. El
espiritismo sería imponente, si lo suprasensible fuera um­
versalmente reconocido. Después que toda una generación
ha afirmado dogmática y definitivamente que no puede
haber espíritus, se ha dejado asustar por un miserable
espiritiHo. Tales cosas son inventos de su época, puede
decirse en su disculpa. La Iglesia católica ha demostrado
hace mucho tiempo que ella no es un invento de su época.
Es la obra de su Creador y, siendo ya vieja, §e conserva
tan vigorosa como en su primera juventud; y hasta sus
enemigos, en lo más profundo de su alma, han renunciado
a la esperanza de verla morir un día.
F R A C A S O P R A C T I C O
D E L A N G L I C A N I S M O
POR EL R e v . o v e n f r a n c i s d u d l e y
( I nglaterra)

Se educó en la ” Monmouth Grammar Schooi” y en


el ” Lichtfield Theological College” . En 1911 recibió
las órdenes anglicanas.' Ejerció su ministerio en
Westbury-on-Sevem y St. John’s Limehouse. En 191$
se convirtió al catolicismo y fué ordenado sacerdo­
te en 1917. Prestó servicio como capellán en la 41
División de fusileros del Ejército británico, durante
la primera guerra mundial, en los frentes de Francia
e Italia, siendo herido. En 1919 ingresó en la Catholic
Missionary Society, de la cual es superior desde 1933.
Dió conferencias por Inglaterra y Gales fomentando
la fe, hablando en las iglesias, salones público» y ai
aire libre. Entre sus obras sobresalen : ” Wül Men be
like Gods?” , ’’The Shadow on the Earth” . ” Deathless
Army: Advance!” , ’’The Abomination in Our Midst’’,
” The Church Unconquerable” , ’’The Coming of the
Monster” , ” Human Happiness and H. G. Wells" ,
etcétera.

I primer contacto con la Iglesia católica lo t u v e

M en la escuela, al escupirme en la cara un mucha·


cho católico-romano. Era mayor que yo; por eso
t u v e que aguantarme. Pero no olvidé que era católico-
romano.
Más tarde volví a tener contacto con la Iglesia en una
conferencia con proyecciones, a la que mi madre me llevó
consigo. En el transcurso de la conferencia apareció en la
pantalla un anciano con un gran sombrero y una larga so­
tana blanca. Entonces pregunté a mi madre quién era aquel
hombre, a lo cual me contestó “ lia lacónicamente: «el
Papa de Roma». No sé por qué motivo, pero le cierto es
que me quedó la impresión de que había algo que no estaba
en regla en el «Papa de Roma».
fin la escuela aprendí, al estudiar la ((Historia inglesa»
0
130 SEVERIN LAMPING

(de la cual supe más tarde que no era completamente in­


glesa ui completamente historia), que no sólo en el Papa
de Roma, sino en toda la Iglesia del Papa, había algo que
no estaba en regla. Me formé la siguiente idea : Durante
más de mil años había tenido el Papa bajo su poder a
toda Inglaterra; más aún, no sólo a toda Inglaterra, sino
a toda Europa. Durante este tiempo, la Iglesia «romana»
o «romano-católica» se había ido corrompiendo cada vez
más, hasta que, por fin, casi había llegado a desaparecer
por completo el cristianismo primitivo, fundado por Jesu­
cristo. Se adoraban ídolos en lugar de Dios. Por todas
partee triunfaba la superstición. La educación y la ciencia
faltaban por completo. Todo y todos estaban bajo el do­
minio de los sacerdotes.
Después leí cómo, al fin, había llegado la «gloriosa
Reforma»; cómo la luz del astro matutino había esclare­
cido las tinieblas; cómo había sido desechado el yugo del
Papa con todos sus enredos y perversidades; estudié el
triunfo de la Reforma en Inglaterra; la restauración de
las primitivas doctrinas de Cristo y del «Evangelio puro»;
el progreso y el adelanto a partir del gobierno de la «buena
reina Isabel» («good Queen Bess»); la liberación de Jos
espíritus de la servidumbre de Roma.
Todo esto aprendí como alumno de la escuela inglesa.
Y lo creí todo.
Después hice una cosa que todos tenemos que hace .
Crecí. Y crecí sin dudar de la verdad de aquello que había
oído.
Cuando fui mayor, decidí hacerme ministro de la Igle­
sia de Inglaterra. Con este fin, ingresé en una escuela de
teología anglicana. Pero tengo que confesar que allí expe­
rimenté cierta perplejidad, pues no podía comprender qué
era lo que tenía que enseñar como eclesiástico anglicano.
Incluso era manifiesto para mi espíritu juvenil que mis
maestros se contradecían hasta en las cuestiones más esen­
ciales de la doctrina cristiana. Mis propios condiscípulos
disputaban incesantemente sobre las más sencillas verda­
des de la fe. Acabé por abandonar la escuela bastante con­
fuso. Tenia una ligera sospecha de que la Iglesia do In­
glaterra no me había enseñado teología ninguna. Más tarde
comprendí que no podía enseñar ninguna teología siste­
mática.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 131

Durante mis estudios teológicos fue también cuando


por vez primera visité Roma durante las vacaciones. Al
llegar allí sucedió que no fué otro aquel con quien me en*
contré, sino el mismo «Papa de Roma». Era el Papa Pío X,
a quien llevaban en la sedia gestatoria bacía San Pedro.
Pasó muy cerca de mí, y pude ver su rostro con todo de­
talle. Era el rostro de un santo. Después de todo lo que
había oído de los Papas, no pude menos de pensar que
este Papa había descubierto una manera de quedar bien,
a pesar de ser Papa de Roma. Pero el acontecimiento hizo
en mí una impresión profunda, más profunda de lo que
entonces me figuré.
Llevaba yo un diario sobre todo lo que veía en Roma,
y escribí en él la siguiente nota: «No me extrañaría nada
que un joven sensible pudiera dejarse cegar por todo esto
y sintiera deseos de hacerse católico-romano». Pero yo
personalmente estaba ya, a mi juicio, inmunizado contra
todas las seducciones de la Iglesia. ¡Naturalmente!
Como clérigo anglicano, trabajé primero en una parro­
quia rural. Pero, al terminarse el primer año, mi vicario
y yo llegamos a la conclusión de que era mejor para nos­
otros separarnos, puesto que no estábamos de acuerdo
sobre la verdadera esencia de la religión cristiana.
Mi inmediato campo de trabajo fué una parroquia en
el «East End» de Londres, formada por recolectores de
lúpulo y trabajadores del puerto. Fui allí con el mayor
celo, decidido a incendiar el mundo. Mas pronto descubrí
que la gran masa de los habitantes del «East Ene» no ma­
nifestaban el menor interés por la religión que yo anun­
ciaba. De los 6.000 feligreses de la parroquia no aparecían
por la iglesia más que un centenar o dos. En cambio, los
locales de los iupuleros tenían siempre llenas sus salas de
recreo. Esto daba lugar a noches magníficas con bailes
y cantos entre el ruido ensordecedor del organillo. Los lu-
puleros eran en extremo amables y afectuosos. Cada sep-
tienipre pasábamos con ellos ratos deliciosos en los campos
de lúpulo de Kent. Era ésta una labor social: sin embargo,
no podíamos auxiliar a la masa con la religión.
Influido por mi vicario, a cuyo juicio era yo, al prin­
cipio, demasiado «protestante», empecé a «catolizar» de
firme. Comenzó por no gustarle el sombrero con que lle­
gué—era grande y redondo—> y, después que el perro de
132 SEVERIN LAMPING

casa 9e entretuvo en hacerlo trizas con sus dientes, me


compré otro nuevo, que parecía «más clerical».
Durante cerca de dos años marchó todo bien y no sentí
intranquilidad de conciencia a causa de Ja religión angli­
cana. Hasta qué punto estaba yo por este tiempo sincera­
mente convencido de que era «católico», es cosa que difí­
cilmente podría medir ahora. En todo caso, era bastante
«católico» para defender con ardor mi punto de vista frente
a los «modernistas» y los clérigos de la «Low Church». Por
el mismo motivo me irritaba el que una señora católico-
romana me dijera cada vez que nos encontrábamos— un
franciscano me había dicho lo mismo en los campos de
lúpulo— que rezaba por mi conversión a la verdadera Igle­
sia. De buena gana les hubiera dicho yo que podían rezar
hasta que sus caras se Volvieran negras. Recuerdo tam­
bién que, siempre que me encontraba con algún sacerdote
católico-romano, tenía un sentimiento de inferioridad y
una sensación como si mi sacerdocio no fuera auténtico o ,
por lo menos, como si hubiera entre nosotros una dife­
rencia inexplicable, pero esencial.
La primera inquietud nació en mí al no poder evitar
por más tiempo ciertas desagradables realidades con que
choqué en mi cura de almas como eclesiástico anglicano.
Un día estaba yo en casa de un obrero del puerto, que
vivía frente por frente de la iglesia, pero que nunca se
dejaba ver en ella. Aproveché la ocasión para preguntarle
el motivo de esto. Su respuesta produjo en mí el efecto de
un golpe de «K. O.». Vino a decir que él no podía com­
prender por qué había de dar más crédito a mis doctrinas
que a aquellas que la «Low Church» predicaba en el pró­
ximo barrio. No pude darle ninguna contestación satis­
factoria a la cuestión que me planteaba. Probablemente
ni me creía a mí ni al otro eclesiástico; pero, en todo caso,
me había puesto en un aprieto. Mi colega y yo éramos
ambos clérigos anglicanos, y cada uno de nosotros ense­
ñaba precisamente lo contrario de lo que el otro predicaba
desde el púlpito.
En mi interior me hice esta pregunta : ¿Por qué ha
de creer nadie lo que yo predico? Y esta tatra: ¿Qué
autoridad respalda mis predicaciones?
Por vez primera comencé a examinar con verdadera
angustia las pretensiones de la Iglesia anglicana, y enton­
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 133

ces comprendí que no podía continuar adoptando una


actitud ciega ante hechos evidentes que hasta entonces ha·
bía pasado por alto. Nuestra Iglesia estaba llena de con·
tradicciones y partidos« cada uno de los cuales decía ser
la Iglesia, mientras que todos, por su actitud, ponían en
tela de juicio la pretensión general de constituir una parte
de la Iglesia de Cristo. Por lo que hacía a la autoridad,
podía creerse todo o nada, sin que los jefes eclesiásticos
se preocuparan por ello. Se podía ser «anglo-católico» acé­
rrimo y sostener todas las doctrinas de la Iglesia católica,
excepto la molesta de la infalibilidad del Papa. Se podía
ser «modernista» extremado y echar por la borda todas
las doctrinas del cristianismo, siempre que se conservaran
las expresiones cristianas. No había un solo obispo que
hubiera pronunciado respecto a ningún partido un «no»
o un «sí» categóricos. Más aún, Jos mismos obispo? estaban
tan disconformes como los partido«, y, si <-e mezclaban en
los asuntos, eran desoídos por sus propios clérigos. Si el
Espíritu Santo moraba en la Igle«ia de Inglaterra, había
que deducir lógicamente que El era el causante de la con­
tradicción, pues cada partido apelaba a su inspiración.
Estas realidades me dieron a conocer el callejón sin
salida en que me había metido y del que no veía la mane­
ra de escapar. Las dificultades que se amontonaron ante
mí, parecíanme insuperable? y, en efecto, lo eran.
Más tarde, después do mi conversión, se me ha pre­
guntado con frecuencia cómo pueden los clérigos anglica­
nos, en tales circunstancias, perseverar de buena fe en «u§
puestos. A esto he contestado siempre : Están de buena fe.
Hay un estado de ceguera espiritual que hace imposible
Ver con claridad ciertas realidades lógicas. En mi caso,
aún esperé más de un año para empezar a obrar, después
de haber reconocido estas realidades. Y estoy convencido
de que en aquel tiempo obraba con sinceridad. Sólo aque­
llos que antes fueron protestantes saben cuán espeso es el
velo, tejido de prejuicios, miedo y desconfianza con res­
pecto a Roma, que impide todo tanteo en busca de la
verdad.
Por este tiempo, aproximadamente, vino a caer en mis
manos un libro de cierto sacerdote católico, que antes había
sido también clérigo anglicano y había tenido que luchar
con las mismas dificultades que yo, para Jas cuales había
131 SEVERIN LAMPING

encontrado solución en la Iglesia católica. «Pero la Iglesia


católica no puede ser la solución», me decía yo. Ante los
ojos de mi espíritu se alzaba todo lo que desde mi· pri­
meros años se me había dicho sobre ella : sus falsas ense­
ñanzas, sus tergiversaciones de la doctrina de Cristo. Es
cierto que la Iglesia católica abarca en la actualidad, como
en el pasado, la gran mayoría de la cristiandad. Si lo que
se me había enseñado estaba basado en la verdad, entonces
la inmensa mayoría de los cristianos habían estado sumido*
en el error durante casi dos milenios.
Podía Cristo consentir semejante mentira, una falsi·
ficación de tan tremenda magnitud? ¿Y esto en «.u nombre?
O bien la Iglesia católica era una falsificación, o
¿O qué?
Me compré libros católicos para estudiar las doctrinas
católicas, para conocer la Historia de*de el punto de vista
católico.
Llegó un día en que me quedé pensativo y me pregun·
té: «¿Es verdad lo que el mundo afirma de la Iglesia ca­
tólica? ¿O es verdad lo que dice la Iglesia católica de sí
misma? ¿He luchado durante todos estos año« contra un
fantasma alimentado en mi imaginación por mis prejuicios
y mi ignorancia?»
Comparé la unidad de la Iglesia con el desgarramiento
existente fuera de «lia; su autoridad, con la absoluta ca­
rencia de toda dirección autoritaria en la Iglesia a que yo
pertenecía y cuyo ministro era; sus inflexibles principios
morales con la vacilante moral oportunista del protestan­
tismo inglés. Aquella Iglesia me parecía, cada vez más,
una obra de Dios; la Iglesia anglicana, por el contrario,
cada vez más, una obra de los hombres.

«ni #

Al pasar un día ante la catedral de Westminster, entré


en ella y me arrodillé por espacio de media hora ante el
Santísimo Sacramento. Al salir, mi alma estaba conmovida
ha«ta «us más hondas profundidades. Es imposible des­
cribirlo; pero, en la brevedad de aquella media hora, lo
que hasta entonces había considerado yo como un pro­
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 1»

blema se convirtió para mí súbitamente en un mandato.


Un problema que debía ser solucionado, con el que no me
estaba permitido jugar. Dentro de aquello« cuatro muro·
ae abrió una infinitud ante Jos ojos de mí espíritu, una
realidad ilimitada ante la que desapareció todo lo <lemá·.
Sí; esta Iglesia era diferente de aquella cuyo ministro yo era.
Volví a «Eatt End» totalmente sobrecogido. Aquella
noche me sentí como un extraño entre los lupulerot.
Durante semanas entera* anduve en un estado de in·
seguridad; irresoluto conmigo mismo» en la duda de sí
estaría obligado, en conciencia, a seguir adelante o no;
abatido por el presentimiento de que podía ser verdad lo
que «Roma» decía; de que mi «mi»a»> acaso no fuera tal
misa; de que mi absolución tal vea fuera inválida. Cuanto
más recaba, tanto iná» irreal me parecía mí sacerdocio.
Por fin me resolví a consultar a un hermauo de minis­
terio. que pasaba por muy «católico»», y al que yo tenía
por muy sincero, lo cual ciertamente era, y que poteía una
gran piedad. Tuve tres o cuatro entrevista« con él y el
resultado fué para mí una confusión intelectual mayor
que nunca, si bien en mi ánimo sentí cierto sosiego. Tu­
vieron que pasar meses para conocer que este sosiego no
era auténtico, y que no me había movido a obrar la rar.ón,
sino motivos terrenos. El hecho es que aquellas conversa­
ciones me habían dado una idea sobre el futuro, hacién­
dome ver lo que sucedería en caso de que me pasara a
«Roma» : la pérdida de mi empleo, de mis ingresos, de
mis amigos. Con semejante paso, no sólo cortaría todos los
puentes a mi espalda, sino que causaría la herida más
profunda a mi padre y a mí madre. Más aún, incluso era
dudoso que Roma aceptara mi sacerdocio. En todo caso,
tendría que volver a empezar de nuevo, tal ve* por el bau­
tismo. ¿Y si la Iglesia católica no quería recibirme como
sacerdote? ¿Qué sucedería entonces?
Todo mi ser se rebelaba contra tales consideraciones.
Era imposible que se me exigiera semejante cosa. Me había
dejado engañar por mis sentimientos. Había sido una tram­
pa de Satán. No debía ser traidor a la Iglesia en que me
habían bautizado. Dios me había colocado en la Iglesia
de Inglaterra. Bendecía mis trabajos como propios de un
siervo suyo. Me había concedido infinitas gracias.
136 SEVERIN LAMPING

Volví a sumergirme en mi trabajo. Y conseguí olvidar


mis inquietudes temporalmente o, por lo menos, desechar
el miedo que me atormentaba, hasta que lina casual obser­
vación de un fotógrafo, un incrédulo, si no me equivoco,
me demostró claramente la imposibilidad de defender la
Iglesia de Inglaterra con una conciencia recta. Su observa­
ción vino a decir que, si el cristianismo se apoyaba en la
verdad, era evidente que la razón estaba de parte de la
Iglesia católica con su autoridad. Este fué el testimonio de
un hombre que no pertenecía a ninguna Iglesia.
Fuera o no debido al fotógrafo, el caso es que mis te­
mores volvieron a despertar súbitamente, y esta vez me
resolví a tomar una determinación tajante en un sentido
o en otro, sin tener en cuenta ninguna consideración terrena
o material. El colega a quien había visitado me había hecho
Ver con claridad por lo menos una cosa : la oposición entre
Roma v Canterbury; el punto cardinal de la discrepancia
consistía en la pretensión de Roma a ser la institución doc­
trinal dotada por Dios de la infalibilidad, mientras que
Canterbury rechazaba esta pretensión. Toda la cuestión
giraba, pues, en torno a la infalibilidad, y lo demás era
consecuencia de esto.
Así, pues, hice esta cuestión objeto de un concienzudo
estudio. Estudié los padres de la Iglesia y los Concilios,
con sus exposiciones de las doctrinas cristianas, vistas a la
luz del entendimiento. Transcurridos algunos meses, llegué
a la conclusión de que la Iglesia católica, por lo que se
refiere a la Sagrada Escritura, a la Historia y a la razón,
podía probar brillantemente su postulado de infalibilidad.
Es difícil, después de tantos años, recordar exactamente
cómo persuadieron a mi inteligencia las diferentes pruebas;
pero eran argumentos contundentes, tales como se presen­
tan a todo aquel que está dispuesto a deponer toda preven­
ción y todo prejuicio con relación a la Iglesia. Voy a in­
tentar resumir con brevedad mis pensamientos.
La infalibilidad es nuestra única garantía de verdad en
la religión cristiana. En efecto, si yo en este momento no
crevera en ningún magisterio infalible fundado por Dios,
nada en el mundo podría moverme a creer en la verdad de
la religión cristiana. Si las doctrinas del cristianismo, como
sucede fuera de Ja Iglesia católica, dependen del juicio de
los particulares y, por consiguiente, la religión cristiana está
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 137

supeditada a las opiniones de los hombres, nadie tiene el


deber de creer. ¿Por qué iba yo a imponerme deberes ante
las opiniones de los demás? Al que rechaza la infalibilidad
de la 'Iglesia no le queda ya ningún otro criterio.
La infalibilidad significa, por tanto, lo siguiente: Si la
Iglesia católica se pronuncia en materia de fe o de costum-
bres, si nos dice algo que debemos creer o hacer, entonces,
y sólo entonces, la preserva Dios del error, de tal manera
que no puede enseñar ninguna falsedad. La Iglesia es, por
decirlo así, la boca de Dios, la voz divina. ¿Sería posible
que la voz de Dios dijera mentira? El protestantismo, que
cree estar en posesión del Espíritu Santo, y en esta creencia
defiende un caos de contradicciones, afirma de fad o que
Dios miente al hablar. Sólo la ceguera de la razón puede
impedir a Sus adeptos verlo así y confesar esta desagradable
realidad. El entendimiento sano debería por sí solo inducir
a todo hombre que piensa a detenerse ante el postulado de
la Iglesia católica.
Es opinión general que la sumisión en materia de fe a
una autoridad infalible equivale a una esclavitud: que a los
católicos no les está permitido pensar por su cuenta y que
cometen el suicidio intelectual. «Ningún hombre culto, se
dice, puede aceptar los dogmas medievales de la Iglesia.»
Pero a la luz de un entendimiento robusto y sano, se Ve que
esta sabiduría de nuestros «moderno» pensadores» es una
necedad, un método irracional y acientífico para conservar
ciega a la masa ante las verdades católicas. Como quiera que
las verdades de la fe son hoy las mismas que en el pasado,
esta afirmación: «Ningún hombre culto puede someterse
a lo que la Iglesia católica declara infaliblemente verdade­
ro», o bien: «Ningiín hombre culto puede someterse a un
magisterio infalible en materia de fe», no tiene sentido al­
guno. De la fe en un magisterio infalible se deduce lógica­
mente la sumisión a la Iglesia, que afirma esta su infalibi­
lidad.
He aquí la respuesta : «En nombre de la sana inteligen­
cia, ¿por qué no?» ¿Por qué no había do someterse el hom­
bre, si en todos los aspectos de la vida se somete a verdades
infalibles? ¿Es acaso esclavitud o suicidio intelectual que
un hombre reconozca la ley de la gravitación? ¿Acostum­
bran los hombres a saltar desde lo alto de una roca en la
esperanza de que podrán tal vez sostenerse en el aire en vez
138 SEVER1N LAMPING

de caer abajo? ¿Podría un hombre de ciencia ser hombre


de ciencia, si no creyera» como creen todos los hombrea de
ciencia, en determinadas e inmutables leyes de la natura·
leza, las cuales, por cierto, admiten como infalibles? ¿No
creen todos los matemáticos en la infalibilidad de la tabla
de multiplicar y del teorema de Euclides? ¿No creen todos
los hombres de negocios en determinados e inmutables prin­
cipios, sin los cuales sería imposible la vida económica? Si
un hombre de negocios se permitiera en sus operaciones lo
que se permiten en materia de religión los que se llaman
«modernos», pronto haría una bancarrota tan completa
como la que han hecho los «modernos» en lo que ellos aún
siguen llamando cristianismo.
Se podrían citar innumerables ejemplos para demostrar
que todos los seres pensantes, en todas las esferas de la
vida, ¿e someten a verdades infalibles, ¿Es razonable o ab­
surdo el afirmar que un hombre culto no debe someterse
a ninguna verdad infalible en un solo punto, es decir, en el
de la religión, siendo así que lo hace en los otros noventa
y nueve casos?
Es evidente que la lógica está de parte de aquellos que
se someten también en el caso centésimo, que es el más
decisivo de todos. ¿Es signo de cultura someterse a las opi­
niones humanas en vez de someterse a la verdad revelada
por Dios, cuya voluntad es que sea anunciada y recibida
esta verdad, que sólo puede rechazarse bajo pena de con­
denación eterna? ¿Lo, es preferir el modernismo con sus
negaciones a los dogmas de la Iglesia, que tiene que ser
infalible al anunciar el cristianismo, es decir, las verdades
reveladas por Dios; que tiene que ser infalible cuando en­
seña 3a verdad, puesto que la verdad es infalible e inmu­
table?
Cuando estuve persuadido de que este único postulado
de Roma, del cual dependía todo, estaba de acuerdo con
Ja verdad, me resolví a exponer los motivos que hacían
imposible mi permanencia en la Iglesia de Inglaterra a uno
o dos hombres doctos, destacados entre su clero.
Lo hice y, por lo que puedo recordar, sus «refutacio­
nes» no me causaron impresión alguna. Si bien dichos se­
ñores estaban muy por encima de mí en Ja ciencia, poseía
yo saber y lógica suficientes para comprender que, a pesar
de las citas de San Agustín, San Cipriano y otros, cuyas
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 139

doctrinas se exponían arbitrariamente, a capricho del lec­


tor y no según el deseo del autor, no podía romperse la
gran cadena de pruebas en favor del punto de vista cató·
lico, tomadas de la Sagrada Escritura y de la Historia.
Cosa es sobremanera extraña que sabios de fama se atre­
van a combatir con argumentos gastados, como ellos mis­
mos sinceramente tienen que conceder, las mayores y más
efectivas pruebas.
La pregunta acerca de mi salida de aquella Iglesia, que,
como evidentemente demostraban sus contradicciones, no
poseía ninguna autoridad divina, no encontró respuesta
satisfactoria. Se adujeron todos los imaginables argumentos
ad hominem: «sentimientos aletargados», «fiebre romana»,
«suicidio intelectual», «traición a la Iglesia en que había
sido bautizado», «perversidad de Roma», etc. Había leído
ya todas estas «objeciones» y me habían parecida falsas.
Las grandes realidades de la Iglesia católica seguían... in­
conmovibles.
Y estas realidades pedían sumisión.
Desde que me hice católico se me ha preguntado re­
petidas veces cuáles fueron mis motivos para abandonar
la Iglesia de Inglaterra, y con mucha frecuencia, aunque
no se decía expresamente, se quería dar a entender que
mis motivos no habían sido razonables. Es opinión casi
general que los conversos son «apresados o capturados por
los sacerdotes romanos» ue alguna manera misteriosa. Yo
quisiera convencer a todos los no católicos que leen estas
líneas de que los conversos no son «apresados» ni «captu­
rados». En toda mi vida, apenas si había yo hablado antes
con un «sacerdote romano». Sólo después de estar ya con­
vencido visité, por mi propia iniciativa, a un oratoriano
de Londres. Es indudablemente cierto que yo mismo, al
dirigirme hacia la Iglesia católica tenía en mí confusos
sentimientos y estaba en la creencia de que yo era una
«magnífica presa» y de que el sacerdote se iba a alegrar
enormemente al cazar con vida a un clérigo anglicano.
Pero, nada de esto. El sacerdote me recibió con la ma­
yor tranquilidad. No mostró la más pequeña excitación.
No se frotó las manos, ni se puso nervioso. Más áún; pare­
cía, incluso, como si no me considerara una «presa» espe­
cial. Contestó a mis preguntas y me invitó a que volviera
140 SEVERIN LAMPING

a visitarlo, si asi lo deseaba. Y nada más. Cuando marché,


me consideraba yo mismo como un enano.
De esta entrevista aprendí muchísimo. Fué cosa dife­
rente de una conversación con sabios anglicanos. Para el
sacerdote mi caso no tenía, en sí mismo, nada de difícil.
Mis preguntas no le ocasionaron ninguna de esas «dificul­
tades» que es necesario evitar con rodeos. Más aún: creo,
incluso, que su franqueza con relación a lo humano dentro
de la Iglesia me dejó maravillado. Todo aquello que tan
dolorosas y terribles luchas me había costado le pareció
tan claro que yo mismo me extrañé, pensando por qué no
me había parecido siempre igualmente claro.
La entrevista me permitió conocer, además, que el paso
a la «Iglesia romana» era aún de mayor interés que el
trasbordar, en un mar agitado, desde una pequeña canoa
a un gigantesco trasatlántico. Sería el regreso al reino de
Dios en la tierra, a la Iglesia católica, que es la que repre­
senta este reino de Dios. No fui yo, por consiguiente, quien
le concedió una prerrogativa a ella, sino ella a mí. No
me hice yo católico, sino que la Iglesia hizo un católico
de mí. Una cierta instrucción, un tiempo de prueba, ten­
dría, naturalmente, que preceder, y, como acto final, ven­
dría después la sumisión a una autoridad viva, a la auto­
ridad viva de Dios en la tierra.
Acerca de esto, tengo la sensación— ¡ojalá me equivo­
que!— de que algunos qué no han llegado a someterse nun­
ca a la Iglesia, se han visto en la misma situación en que
yo me encontraba espiritualmente después de haberme
puerto en relación con el sacerdote; son aquellos que lle­
garon hasta la puerta de la Iglesia, sobre la cual vieron
grabada, con todo su inexorable alcance, la palabra «Su­
misión». y se echaron atrás. ¿Podrán éstos olvidar jamás,
durante su vida, que han mirado cara a cara a su Madre,
y que se han alejado de ella?
Si el entendimiento se somete, pronto lo hará también
la voluntad.
Una vez que la inteligencia se ha convencido, todo de­
pende del hombre y de la gracia de Dios. La conversión
significa, efectivamente, la incondicional sumisión de la
voluntad a Dios; y esto no es ninguna pequenez para un
protestante; porque su orientación espiritual está deter­
minada por sus inclinaciones, y él está acostumbrado a su
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 141

religión, que cuesta poco y tolera las opiniones partícula·


res; por eso no puede soportar que se le díga lo que ha
de creer y hacer, pues, en virtud de su posición espiritual,
admite todo lo demás, pero no la sumisión incondicional
en el aspecto religioso. No quisiera herir los sentimientos
de nadie; pero estoy convencido de que el pensamiento de
la sumisión a una Iglesia que la exige está completamente
alejado de la mayoría de las mentes anglicanas. Aquí ra·
dica, aunque tal vez inconscientemente, el principal obs­
táculo para la conversión. Cuando el anterior arzobispo de
Canterbury declaró que ni él ni los adeptos a la Iglesia de
Inglaterra entrarían jamás por una puerta que llevara es­
crita la palabra ((Sumisión», no hizo más que dar expresión
a la actitud de todo6 los protestantes en general. Segura­
mente no sospechaba que la sumisión a la Iglesia católica
es equivalente a la sumisión a Dios.
No considero mi sumisión como mérito mío. Por el
contrario, tengo que hacerme el reproche de haber duda­
do tanto tiempo y de haber sido excesivamente cobarde
antes de dar el paso decisivo.
Cuando, movido por la divina gracia, me resolví al fin.
sólo me quedaba una cosa que hacer. Comuniqué mi de­
cisión a mi vicario, recogí mis bártulos y abandoné «East
End». Se me instruyó en el convento de lo6 oratorianos de
Londres y allí fui recibido más tarde en la Iglesia.
Quiero añadir aquí que, tanto mi vicario protestante
como mi sucesor en el cargo de párroco, han llegado a ser
sacerdotes católicos.
«Bien, ¿y qué es lo que ha encontrado usted en la
Iglesia?»
Lo que esperaba encontrar en ella.
Se me había dicho que los católicos anteponían la Igle­
sia a Cristo, el cual venía en segundo lugar. Yo encontré,
por el contrario, que la Iglesia me unió con Cristo tan
estrechamente como sólo ella puede hacerlo: que Cristo
es la sustancia de la Iglesia, la cual vive por él y para éí.
con el único anhelo de poner a todos los hombres en con­
tacto Vivo con él.
Se me había dicho que. en caso de conversión, mi espí­
ritu sería esclavizado y violentado mi entendimiento, y que
ya no podría pensar independientemente. Pero me encon­
tré con lo contrario. l a Iglesia me coloca en el suelo firme
142 SEVERUS LAMPING

de la verdad, apoyada en el cual, mi corta inteligencia


puede elevarse hasta las más sublimes alturas. He encon­
trado la verdad que hace a los hombres libres.
Se me había dicho que en la Iglesia católica toda vida
se paraliza. Pero yo encontré que la misma vida de Dios
se hace sentir en los latidos del cuerpo místico de Cristo.
Fué como si de una habitación oscura saliera a lo alto de
un monte donde todas las brisas del cielo juguetearan en
torno a mí.
He encontrado la vida.
En lugar de una penoga esclavitud espiritual, como se
me había profetizado, encontré una amorosa Madre que
se compadeció de todas mis humanas miserias. En lugar
de corrupción, insospechada santidad.
Ciertamente, también encontré pecadores en la Iglesia.
Porque la Iglesia de Cristo no hace añioo» la caña que­
brada ni apaga la mecha que aún humea. Siguiendo el
ejemplo de su Maestro, procura salvar lo que estaba per­
dido. Es bastante magnánima y bastante compasiva para
tolerar en su seno incluso a los pecadores; si no fuera así,
dejaría de ser la Iglesia de Cristo.
En lugar de odio, encontré compasión por los herma­
nos disgregados, por las ovejas sin pastor, y sentí el deseo
de que todos éstos se asomaran al corazón de aquel que
los hombres llaman Papa, Pastor y Representante de Cristo;
porque entonces verían no un tirano hambriento de domi­
nio y ansioso de poder mundano, sino un padre amoroso,
que es amado por sus hijos como no lo es ningún hombre
en la tierra.
He encontrado el reino de los cielos en la tierra, la
ciudad de Dios. Aquella ciudad que «no necesita del sol
ni de la luna para su iluminación; porque la ilumina la
magnificencia de Dios, y su luminaria es el Cordero».
EL C A T O L I C I S M O I N A D U L T E R A D O
p o « S H E I L A K A Y E . S M 1 T H
(T\<,I.ATIRIU)

Conocida por el sobrenombro de ” L# mx’Wuia de


Sussex''. k'ué recibido en la Iglesia católica junto con
su vs¡H>M¡, un dérigo de la ’ iligh Church” , en lV2fK
De niña. U nta tren ambicione*: rM r en el campo,
llegar a ser una novelista célebre y distinguirse por
su celo en el senecio de la '¡ligh Church” . En «u
autobiografía: "Three ff<ny Itona” . cuenta cómo
consiguió las tres. Calvert Alcxander d ice d e sin es­
critos : "¡jH religión y la* cosa» del espirita nunem
han estado ausentes de sus obras, líntre ésta* mere·
ven especial atención: "Susscx iio r s e ” , ’ 'Shephenh
and Sackloth" , ’'Superstition Comer*' y "Ho>c / ) « -
prose” ,

A
l escribir sobre mi conversión tengo que evitar el pe­
ligro de querer ser profetisa ocho año» despuéí» de
los sucesos; porque rae siento tentada a atribuirme
ideas y sentimientos que, en realidad, vinieron más t*»rde.
Soy católica ahora por mucha* rabones que, .«i bien pueden
haber estado latentes, no influyeron activamente en mí
cuando íne convertí al Catolicismo. Me gustaría pensar que
me uní a la Iglesia porque vi la diferencia existente entre
dos civilizaciones: la del Cristianismo católico, con w*
valores enteramente espirituales, y la civilización material
del Estado mundial que puede surgir algún día de la fusión
de los ideales moscovitas y hollywoodcnscs. Pero no puedo
engañarme a mí misma convenciéndome de haber visto esta
alternativa antes de haber leído el libro de Aldotis Huxlcy :
Brave New World. Entonces comprendí dónde me encon­
traba y di gracias a Dios por ello; pero no puedo atribuir
el mérito a mi discernimiento.
Indudablemente, mi posición es diferente de la de mu*
chos conversos, puesto que durante algunos años antes de
144 SEVERIN LAMPINO

mi admisión en la Iglesia creí y practiqué muchas de sus


doctrinas. Me llamé y me oonsideré a mí misma católica
durante doce años antes de llegar a serlo de verdad. No
tuve que afrontar las dificultades que comúnmente se pre­
sentan a los conversos de alguna secta protestante deter
minada o a los que no tenían religión ninguna. Creía en la
transubstaneiación en el purgatorio, en el sacrificio de la
misa; rezaba por los difuntos, invocaba a los santos, fre­
cuentaba la confesión. Aunque ahora veo que no creía ni
hacía estas cosas exactamente lo mismo que las creo y
practico ahora, lo cierto es que me encontraba en una
situación muy diferente de la de aquellos que tienen que
aprenderlas por vez primera. En algunos aspectos mi po­
sición era más fácil, pero en otros era más difícil, porque*
la? conclusiones que yo sacaba no me impulsaban hacia
delante, sino que lo único que hacían era confundirme y
entorpecerme el paso.
Acaso algún lector no católico diga : «Si yo pudiera
creer en la transubstanciación y en todo lo demás, no mal­
gastaría doce años en la Iglesia de Inglaterra. Recorrería
todo el camino.» Lo creo. Ojalá hubiera hecho yo lo mismo.
Pero durante los doce años anteriores a mi conversión yo
miraba al catolicismo y me apartaba de él porque me re­
pugnaba, mientras que la Iglesia de Inglaterra me atraía
extraordinariamente por su color y calor y por su inter­
pretación de los sentimientos personales. El catolicismo
me repugnaba aun después de haber perdido para mí su
atractivo la Iglesia de Inglaterra y siguió repugnándome
en medida decreciente hasta que me encontré en el seno
de la Iglesia.
Pero no puedo considerar estos doce años de angloca-
tolki=mo como malgastados, aunque lamento la elección
que hice. Siendo anglocatóíica, aprendí mucho acerca de
la fe y de las prácticas de la Iglesia universal. Estuve «en
período de instrucción», por decirlo así, aunque la ins­
trucción duró aproximadamente dos docenas de veces lo
que suele durar para la mayor parte de los catecúmenos.
Predicaba mi religión con el mismo celo que la practi­
caba : escribía y hablaba, acudía a congresos, visitaba las
principales iglesias anglocatólicas. Pero con frecuencia du-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 145

daba de mi posición. Estas dudas eran, en ocasiones, ex·


plícitas. Una vez consulté a mi confesor anglicano, y él las
disipó, porque—ahora lo compruebo, y entonces casi lo
sospechaba—eso era lo que yo realmente quería. Con más
frecuencia, mis dudas eran implícitas: ahora comprendo,
repasando aquellos días, que algunos de mis ademanes más
decididos en favor del anglocatolicismo se debían a un se·
creto desasosiego, a la necesidad de justificarme a mí misma.
Por ejemplo, pocos años después de haberme adherido
al movimiento de la «High Church» (no en los primeros
ardores de mi entusiasmo, cuando escribí novela* como Ta-
marish Town y Joanna Godden, sino más tarde, cuando mi
celo iba perdiendo algo de su calor), escribí una novela sobre
í*1 aP"lo'‘atolicismo en una aldea —The End of tlu> House of
Afard. Fué, así lo comprendí ya entonces, un intento de
autoexplicación—frente a mí misma y frente a otros. Así,
pues, di al cuadro un color atractivo en mi propio favor:
pinté el anglocatolicismo tal como yo lo deseaba y =oñnba,
aunque sólo a medias creía en la objetividad del cuadro.
Nunca he conocido una parroquia como la de Yinehall
ni una persona como el padre Luce. Era la expresión de
un deseo no bien satisfecho, en la cual idealizaba lo que.
tal como era, no me agradaba.
No quisiera escribir jamás un libro semejante «obre
el catolicismo, y aquellos católicos que a veces han dicho
que les gustaría una novela católica escrita por mí. temo
(o más bien lo espero) que se verían chasqueados, al menos
si se refieren a una novela del mismo tipo que Aliad. Ahora
va no siento la necesidad de justificarme ante mí ni ante
los demás. Se me ha dado una fe que es objetiva, v he sido
liberada de aquel desasosiego que acompaña a la mayor
parte de las aventuras subjetivas y que insta al aventurero
a darles substancia y objetividad por cualquier medio a su
alcance.
Mas, a pesar de estas ocultas incertidumbres, es muy
posible que nunca me hubiera hecho católica, a no haber
sido por mi matrimonio. Esto puede parecer extraño a
aquellos católicos que. lo sé muy bien, casi dejaron de
ro zcr por mi conversión cuando se enteraron de que me
había casado con un clérigo anglicano. Pero es un hecho
10
146 SEVERIN LAMPING

que mi casamiento fué lo que más contribuyó a hacerme


abandonar el lugar que ocupaba dentro del movimiento
de la «High Church». Contribuyó a ello de tres maneras.
En primer lugar, rompió ciertas amistades que pudieran
haberme retenido donde estaba. En segundo término, me
puso en íntimo contacto con una inteligencia que nunca
se había dejado fascinar como yo por el angloeatolicismo.
Mi esposo, aunque creía en todo lo que afirmaba la «High
Church», adoptaba una actitud crítica frente a algunas de
sus acciones y personalidades. No sentía el mismo entu­
siasmo que yo, y su ascendencia cuáquera le había hecho
menos sensacional y más evangélico en sus métodos. Gra­
cias a él, llegué a descubrir un buen número de gastados
remiendos.
El tercer efecto de mi casamiento fué quizá el más im­
portante. Me mostró la Iglesia de Inglaterra desde dentro.
Ahora estaba yo, por decirlo así, introducida «*n sus círcu­
los interiores, lo cual me permitía observar sus métodos,
oír sus rumores y comprobar algunas de sus inhibiciones.
Ahora ya no podía, como había hecho antes, refugiarme
en un ángulo «extremo» e ignorar lo demás. El avestruz
tuvo que sacar la cabeza de la arena, y se encontró— como
era de esperar—con un desierto.
Aunque educada en la Iglesia Establecida, nunca había
sentido simpatía por ella ni había creído en su posición
oficial, y probablemente nunca hubiera estado en contacto
con ella después de mi adolescencia si no hubiera tenido
la convicción de que el angloeatolicismo iba a transfor­
marla pronto, que incluso la había transformado ya. Una
vez casada, vi cuán diferente era la realidad. En ciertos
aspectos, la «High Church» había superado evidentemen­
te a la Iglesia de Inglaterra; pero, examinado más de cerca,
todo parecía superficial y externo, sin un cambio real de los
corazones. Además, por una persona que hubiera llegado
a creer en la Inmaculada Concepción, había seguramente
dos que no creían en la virginidad de María : el moder­
nismo e?taba adquiriendo un desarrollo tan poderoso cómo
el angloeatolicismo, y era acogido con muchos menos re­
paros.
Después de haberme casado comprendí cuán limitado
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 1«?

y poco representativo era el llamamiento del Anglicani·-


mo oficial, y entonce« me convencí también de que el An*
glo-Catolicismo era igualmente incapaz de movilisar a la
nación entera. No pude menos de comprobar que única·
mente atraía a ciertos tipos espirituales. Aquí tengo que
tener cuidado para no atribuirme más de lo que por en·
tonces comprobé efectivamente. Ahora veo el Anglo-Cato-
licismo como una religión propia de exaltados, de natu­
ralezas que pueden sentirse, al menos temporalmente, sa­
tisfechas con lo subjetivo. De aquí su llamamiento a las
mujeres; de aquí también Ja atmósfera más bien ética de
algunas de sus exterioridades religiosas. «Ir a la iglesia
fuera de la Iglesia» fue una frase que ne me vino a la mente
v me sugirió esta pregunta : el que todas aquella» mujeres
exigieran todas aquellas misas de su fatigado clero—conocí
vo un clérigo que tenía que celebrar dos vecen todos los
días festivos sólo para un puñado de gente—. ;,no se debía
al hecho de que su ir a la iglesia era un sustitutivn <1
una realidad que se echaba de menos? El psicólogo y el
sacerdote católico responderían : osí», aunque ambos in­
terpretarían aquella realidad de diverso modo.
Otra frase afortunada corría por entonces. Discutía
yo una vez con un amigo sobre la Mujer coronada de es­
trellas en el Apocalipsis, en la cual veía yo la figura de
Nuestra Señora, más bien que la de la Iglesia. Mi amigo
—que no era católico—replicó: «Pero Nuestra Señora es
la Iglesia.»
Será difícil para católicos comprender que estas pala­
bras me dieran una concepción totalmente nueva. Hasta
entonces nunca había pensado yo en la Iglesia como algo
vivo. Siempre la había considerado como una vasta orga­
nización, y había aceptado la teoría de las «ramas», tal
eomo la enseñaban comúnmente los anglo*católicos, según
la cual hay tres ramas de una sola entidad : la anglicano,
la oriental y la romana. Pero, tan pronto como se concibe
a la Iglesia como una personalidad viviente, es imposible
considerarla como dividida y, sin embargo, viva. «La mano
no puede decir al pie : «No tengo necesidad de ti.» Mi
teoría de las ramas perdió su efecto tan pronto como dejé
148 SEVERIN LAMPING

de considerar a la Iglesia como una simple organización y


comencé a ver en ella el Cuerpo vivo de Cristo.
Estas reflexiones me llevaron a la convicción de que
me encontraba en cisma, y me pareció que sólo una cosa
me era lícito hacer : volver a la unidad de la cual estaba
separada. Encontré cierto número de anglo-católicos que
compartían mi convicción, pero ésta no les afectaba en el
mismo sentido que a mí. Para ellos, la única cuestión era
la validez de sus Ordenes, y estaban convencidos de que
la Iglesia católica se equivocaba en este punto, aunque
aceptaban sus doctrinas en todos los demás, incluso en lo
referente a la infalibilidad del Papa. Se me había dicho
que yo era un miembro de la Unica Iglesia Verdadera, sin
importar lo que la Unica Iglesia Verdadera dijese en contra
de e; to: que yo tenía derecho a participar en todos sus
privilegios, desde las indulgencias hasta la dispensa del
ayuno y de la abstinencia por sus prelados. Siendo así,
; por qué había de cambiar? Si esperaba, llegaría a Ver la
reunión. Roma se haría menos intransigente y celebraría
que volvieran a su redil aquellas ovejas que hasta entonces
habían querido disfrutar sus privilegios permaneciendo
fuera. Yo no podía creerlo.
Teniendo conciencia de ser católica en todos los puntos
de la fe. y estando intelectualmente convencida de cisma,
aSlo podía hacer una cosa. Por muchas razones deseaba
ahora hacerla; pero había otras muchas razones que me
lo impedían. Doce años antes había retrocedido ante la
austeridad de la Iglesia católica y, aunque después de doce
años de Aní-rlo-Catolicismo ya no sentía la misma aversión,
temía aún encontrar en la Iglesia católica aridez, frialdad,
cierta falta de escrupulosidad y de espiritualidad. Claro
está que no encontré nada de esto, pero el hecho de que
yo temiera encontrarlo fué causa de que mi corazón llevara
algunas semanas de retraso con relación a mi inteligencia.
Durante largo tiempo fui incapaz de sentirme muy di­
o i c a con lo que estaba haciendo. Pero recordaba la his­
toria de Coventrv Patmore, que casi hasta el último mo­
mento no pudo decidirse a abrazar emocionalmente el Ca-
tolicismo, cuando hacía ya mucho que lo había aceptado
en su entendimiento. Sabía yo que había razones psicoló·
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 149

gicas para esta dificultad, producidas por la resaca de la


inteligencia, por la fuerza de secretas corrientes. Era sólo
cuestión de esperar la liberación del corazón, esperar el
día venturoso en que también yo pudiera decir: Laetatus
sum in his quae dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus.
(Ps. 121,1.)

Me llené de gozo cuando 6e me dijo :


«Iremos a la casa del Señor.»
A Ñ O R A N Z A DE L A U T E N T I C O
SACRIFICIO DE LA MISA
p o r M AC F A R L A N E - B A R R O W
( E scocia)

Onich; fué rector de la Iglesia de Todos los San­


ios, en Glasgow, y clérigo de la Iglesia episcopal es­
cocesa. Se convirtió en 1928, y su propio Obispo
leyó desde el púlpito la noticia de la conversión del
párroco Mac Farlañe-Barrote. Su admisión en el Ca­
tolicismo se celebró en la Iglesia de San Ltus. en
Glasgow, con gran solemnidad y concurrencia de
público.

E ha pedido usted una breve exposición de las cau­

M sas que ocasionaron mi conversión al catolicismo.


Tendría reparo en escribir sobre mi cambio de
fe, si no estuviera convencido de que una conversión no
es asunto personal, ni se debe tratar de convertirla en eso.
Una conversión es una prueba de la generosidad y bondad
de Dios Todopoderoso, y por eso, no por otro motivo, me­
rece ser considerada como cosa de público interés. Por eso
escribo estas líneas, para que Dios sea glorificado y para
que su reino se extienda sobre la tierra.
Para ambientarle en la historia de mi conversión, debo
decir previamente que crecí bajo el influjo del Movimiento
de Oxford. Por este Movimiento—que podría no ser cono·
cido de todos los lectores—-se entiende aquí, en nuestro
país, aquel impulso hacia la verdad católica que constituyó
un rasgo característico de la Iglesia anglicana del siglo XIX
y llevó a muchos anglicanos, clérigos y laicos, de entre los
cuales el más conocido es el cardenal Newman, al seno de
la Iglesia católica.
Durante casi dieciocho año9 desempeñé la cura de almas
en una parroquia rural de las montañas escocesas. Me
adaptaba en mis predicaciones a las doctrinas de la Tjrlesia
anglicana, que. apoyándose en su jerarquía episcopal, con­
152 SEVERIN LAMPING

sidera su sacerdocio y su diaconado como realidades his­


tóricas de origen apostólico, en las cuales también yo creía.
Enseñaba a mis feligreses que nuestra ceremonia de la co­
munión era una ceremonia de sacrificio y pensaba que yo,
lo mismo que todos los demás clérigos anglicanos, era un
sacerdote que ofrecía aquel sacrificio. Creía en la presencia
real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía; así lo
enseñaba y no dudaba en considerar la ceremonia de la
comunión como una «misa». También procuraba, con cierto
éxito, inducir a los fieles a confesarse. Sorpréndense con
frecuencia los católicos al oír que la Iglesia anglicana co­
noce también la confesión y la absolución por medio de sus
sacerdotes.
Por eso, para mayor claridad, quisiera dejar sentadas
algunas cosas, pues de este modo comprenderán mejor lo
relativamente fácil que es para un anglicano, al ser reci­
bido en la Iglesia católica, adaptarse a las doctrinas de
ésta. Puede servir de ejemplo el Book of Common Prayer,
que resume única y exclusivamente la doctrina oficial de
la Iglesia anglicana. En las prescripciones para las Visitas
a los enfermos contiene las siguientes palabras:
«Aquí debe el enfermo, caso de que su conciencia esté
inquieta por cosas importantes, ser inducido a confesar sus
pecados. Después de la confesión debe el sacerdote absolver
al enfermo si él lo desea con humildad de corazón, usando
estas palabras: «Que Nuestro Señor Jesucristo, e l cual
ha concedido a su Iglesia poder para absolver, te conceda
por su gran misericordia la remisión de tus culpas. Y,
usando de los plenos poderes que El me ha concedido,
yo te declaro libre de todos tus pecados en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.»
Aun prescindiendo de esta prescripción ritual para la
visita de los enfermos, al ordenar sacerdotes, les da el obis­
po plenos poderes para perdonar los pecados. ¿Por qué
explico esto con tanto detalle? Porque de una parte, estas
circunstancias facilitan a un anglicano el paso a la Iglesia
católica, mientras que, por otra, en ciertos casos, pueden
también hacérselo más difícil. La profunda añoranza del
corazón humano por un perdón de los pecados, concreto
y amplio, es sentida también por la Iglesia anglicana, y,
en consecuencia, se dice el creyente anglicano : He encon-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 153

trado lo que anhelaba mi corazón. ¿Qué más me puede


ofrecer ya Roma?
Sin duda alguna, el punto central en la piedad de un
anglicano convencido es la Misa, aunque nunca se la de­
signa con este nombre. Durante los años de mi actividad
en la cura de almas, creció continuamente en mí el fervor
al celebrar el Santo Sacrificio, y éste fué el medio de que
se sirvió la gracia de Dios para llevarme a la verdad.
Durante los doce últimos meses de mi citada actividad,
sufrí grandemente en mi espíritu, como muchos de mis
hermanos en el ministerio, a causa de las afirmaciones pú­
blicas del obispo anglicano de Birmingham, Barnes (1).
Continuamente me hacía yo esta pregunta : ¿Es posible
permanecer en comunión con un obispo que. a pesar de
sus blasfemos discursos, no es privado de su cargo? Es
cierto que los errores sostenidos por el obispo Barnes no
podían considerarse precisamente como cosa rara, pues,
desde la fundación de la Iglesia, en todos los tiempos se
habían dado dignatarios eclesiásticos que decían y hacían
cosas por las cuales se escandalizaban los fieles: sin em­
bargo, nada me había preocupado nunca tanto como las
manifestaciones del obispo de Birmingham y estaba con­
vencido de que no me sería posible permanecer en la Igle­
sia anglicana. Así se lo comuniqué a mi propio superior, el
obispo anglicano de Argyll y de las Islas, uno de los hom­
bres más amables y simpáticos que he conocido. Dióme
algunos libros que, a su juicio, podrían tranquilizarme.
Entre ellos estaba el célebre libro del obispo Gore : Román
Catholic Claints. El obispo Gore pertenecía a la Iglesia an­
glicana y yo había leído con provecho diversos libros suyos.
Pero ahora leía también, por vez primera, la Apología del
cardenal Newman. Comprendí que nie hallaba en una
situación semejante a la suya antes de su conversión.
El obstáculo principal para la mía era mi completa ig­
norancia con relación a la Iglesia católica. De joven, había
estado una vez en una iglesia católica, Santa Gúdula de
Bruselas, y, recientemente aún, había asistido a una fun­
ción religiosa en una iglesia de Glasgow. Por lo demás,
apenas conocía el interior de una iglesia católica. En cuanto

(1) El obispo Bamcs defendió públicamente la limitación de la


natalidad.
154 SEVERIN LAMPING

a las verdades de la fe católica, creía yo estar bien instruido;


pero la doctrina de la infalibilidad del Papa me resultaba
odiosa, porque no la entendía. Además, la idea de un cam­
bio de religión tampoco me seducía lo más mínimo. Al con­
trario. Toda mi naturaleza se rebelaba al pensar que, en
caso de conversión, tendría que resignar mi cargo, puesto
que. siendo hombre casado y con familia, de manera ningu­
na podría ser consagrado sacerdote. A esto se añadían los
prejuicios protestantes, transmitidos a través de las gene­
raciones e innatos en mí. Todo lo que durante mi vida
había oído decir acerca de los procedimientos astutos y sola­
pados de los católicos me daba miedo y me hacía temer la
conversión como un salto en el vacío. La palabra «infiel»
estaba día y noche ante mis ojos como un fantasma. Pro­
bablemente habrá sucedido lo mismo a otros convertidos;
pero las fantasías que acerca de la Iglesia católica se acumu­
laban en mi imaginación eran de tan grotesca naturaleza
que su exposición en forma de libro encontraría seguramen­
te, como curiosidad, buena acogida. De todos modos, no
tenía yo gana de risa cuando el demonio, que se irrita
siempre ante una conversión, trataba de impedir la mía
por medio de tormentos de la peor especie. Estas son
pruebas de la fe, por cuya feliz superación hay que dar
verdaderamente gracias a Dios.
De todas las insinuaciones diabólicas, la que me causó
mavor tortura fué este pensamiento: «Hasta ahora has
creído en la presencia real de Cristo en el Sacramento.
Le has adorado en él. ¿Acaso vas a considerar esto como
un error y un engaño? Si abandonas esta fe, ¿quién te
asegura que podrás creer en la presencia real de Cristo en
aquella Iglesia a la que intentas adherirte?» Este pensa­
miento de que pudiera perder todo aquello que me era
más querido me ocasionaba tormentos espantosos. La se­
paración de los parientes es, asimismo, una prueba dolo-
rosa, porque aquellos con quienes se comulga en una mis­
ma fe, después de la conversión, spor lo común se alejan
del convertido y lo miran como extraño.
Generalmente, los protestantes no se paran a estudiar
la vida de los santos. La vida de mortificación, tal como la
practican algunos católicos, les es desconocida. Pero re­
cuerdo que me encontraba en el Rectorado de aquel lugar
d o n d e bahía ejercido mi cura de almas cuando mi obispo
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 155

dió al pueblo desde el pulpito la primera noticia de mi


dimisión. Entonces comprendí claramente que el reino de
Dios pide sacrificio, y me así con fuerza a este pensamiento,
aunque sentí en aquel momento como si se apagara mi vida.
«Nunca tanto llovió que no escampara»; así dice un an­
tiguo refrán. No puedo cerrar este relato sin hacer notar
que, durante los cinco años transcurridos desde mi conver­
sión, cuatro de mÍ9 amigos, en diversas ocasiones y sin nin­
guna insinuación por parte mía, han pasado a la Iglesia
católica. Uno de ellos, también clérigo anglicano, fué reci­
bido en la Iglesia el año pasado. Al hacerle yo, seis meses
después de mi conversión, una amistosa visita, me dijo con
no pequeña irritación: «¡Eres un Judas Iscariote!» Ahora
también él es católico. ¡Tan maravillosos son los efectos dé­
la gracia de Dios y tan poderosa la intercesión de los santos!
¡Laus D eo! ¡Alabado sea Dios!
EN B U S C A DE L A C O M U N I O N
Pot S H A N E L E S L I E
( I il a n d a )

Nació «i» Dublin y se educó en КФоп, Paríi y Cambrid­


ge. Pasando un invierno en Ruda (1907), trabó amistad
con el gran novelista Tolstoi. Se convirtió oí Catolicismo
en 1908. Más tarde, mientras viajaba y daba conferencia*
por América, conoció a la hija del Gobernador de la* Fi­
lipinas y te casó con ella. Entre sus obras, que ton muy
numerosas, se destacan las siguientes; ’ Т « г ш tu Peact
and ÍTar” (Versos en Раж y en Guerra), “Ghost in tfie
Islv of Wight*' (Fantasma en la Isla de W'ight), ” Cardinal
Manning", ‘'The Anglo-Catholic" , "The Oxford Movrment".

E
s muy difícil dar una sola razón de por qué se ha
hecho uno católico, cuando e· más fácil mencionar
mil pequeñoB motivos. La gente se hace católica por
muchas razones. Yo he conocido personas que np han con·
vertido por razones absolutamente opuestas: uno llegó a
creer por haber leído al descreído Gibbon: otro se con·
virtió leyendo la versión protestante de la Biblia; un ter­
cero, por la admiración de la arquitectura gótica, y otro,
finalmente, por el entusiasmo que le produjo la música
gregoriana.
Me eduqué en el Protestantismo, en la Irlanda del
Norte, con toda la comodidad y todo el regalo que un
muchacho pudiera desear. De la religión católica oí hablar
durante mi niñez como de algo más bien perverso y to­
talmente refutado. La primera vez que se me condujo ante
el Seminario católico local, mi guía me habló de é) como
de un lugar donde unos sacerdotes ciegos hacen a unos po*
bres muchachos tan ciegos como ellos mismos. Referíase
él a la ceguera teológica, pero yo pensé que les quemaban
los ojos con hierros candentes, como Huberto y Arturo,
en Shakespeare, y sentí un terror indecible. La otra cosa
que completó mis nociones sobre el Catolicismo durante
158 SEVERIÍV LAMPIISG

mi juventud fue el saber que ¡era una secta estrafalaria,


cuyos adeptos, con tal de levantar bellas iglesias, no duda­
ban en hacer bancarrota!
Gn la Irlanda protestante se abría una sima entre pro·
testantes y católicos. Mi bisabuelo había luchado en las
elecciones contra O’ Connell, pero tenía una parte buena,
pues había resistido a todos los sobornos para que votase
por la unión con Inglaterra.
Cuando me hice católico en 1908, recibí inesperada­
mente una carta de mi prima, la que después fué Lady
Sykes, en la cual me decía: «Tu bisabuelo fué el único
rico terrateniente de Irlanda del Norte que rechazó la
dignidad de par que se le ofrecía y votó contra aquel infa­
mante bilí. Seguramente aquello le atrajo la bendición de
Dios : todos los nietos y biznietos de su primer matrimonio
son católicos, y, del segundo, tiene ya siete descendientes
católicos.»
Mi bisabuela construyó iglesias y escuelas protestantes,
pero también edificó algunas escuelas católicas en sus pose­
siones de Donegal, hace unos cien años. Un viejo sacerdote
me dijo que, en su opinión, los descendientes de mi bis­
abuela se habían hecho católicos gracias a las oraciones de
lo» católicos que habían salvado su fe en aquellas escuelas
durante la época en que las escuelas irlandesas se usaban
para apartar de su religión a los empobrecidos católicos.
Menciono esto porque tiene una mística relación con mi
conversión, y me inclino a pensar que ésta se debe a las
buenas obras de otros en el pasado tanto como a las asiduas
lectura? y al detenido estudio que hice sobre el problema
católko cuando llegué a la Universidad de Cambridge.
Los grandes Cardenales Manning y Newman habían
muerto ya; pero entonces oí por primera vez sus nombres,
y comencé a leer a Newman. Encontré pasajes que me
entusiasmaron; pero, aunque recogí algunas flores católi­
cas de sus páginas, me contenté con seguir hasta los vein­
tiún años en la Iglesia de Inglaterra, que ofrecía servicios
litúrgicos y música y una belleza basada en las prácticas
católicas. Es difícil describir el arraigo que la Iglesia de
Inglaterra tiene en los amantes de la historia y de la litur­
gia. Los antiguos edificios católicos estaban en mano9 an­
glicanas, y, aunque el ritual pudiera ser depresivamente
«bajo», frecuentemente fué posible restaurar la antigua
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 159

forma de culto. Con qué entusiasmo veíamos nosotros» los


ritualistas, e) fulgor de las luces sobre un altar antiguo,
o el humo del incienso quemado en alguna vieja iglesia,
donde esto ni siquiera se había soñado desde hacía apro-
ximadamente cuatrocientos años.
Desde que el Cardenal Newman había intentado reco­
rrer la via media, nunca habían dejado de seguir sus hue­
llas miles de anglicanos. No todos le habían seguido hasta
sus lógicas conclusiones, sometiéndose al Papa; pero el
método más general en mi tiempo para hacerse católico
era seguir un curso '•de lecturas de Newman. !Su nombre
tenía aún resonancias mágicas y la tristeza que descubrió
la publicación de su vida no había aminorado en nada la
fe y la esperanza con que todavía pe leen su« escritos. Yo
me sentí encantado y fascinado por ellos, y comencé a
hacer investigaciones más amplias.
Solíamos disfrutar de todo el ritual católico, con mi*T
y confesión, en nuestras iglesias anglicanas. Desgraciada­
mente, había un obstáculo notable, que era la declaración
hecha por León XIII, bien a su pesar, como resultado de
las investigaciones de una concienzuda comisión, diciendo
que las órdenes anglicanas eran inválidas. Según esto, la
absolución que recibíamos no era una gracia sacramental,
y, a pesar de la profunda reverencia que sentíamos, no
podíamos estar seguros de que la Eucaristía fuera real­
mente consagrada, sino que nos quedaba la duda de que
todo se redujera a una fórmula de buenas y confortables
palabras. Este era el problema, en resumidas cuentas, y pro­
ducía gran tristeza a muchos. Yo tuve la suerte de conocer
en Cambridge a dos clérigos anglicanos que habían solu­
cionado la cuestión haciéndose sacerdotes católicos: el que
luego fué Monseñor Roberto Hugo Bcnson, que era hijo
de un Arzobispo de Canterbury. y Monseñor Arturo Bar-
nes, el gran arqueólogo de la Iglesia primitiva.
Monseñor Benson predicaba entonces en /Cambridge
con toda la fuerza de su emocionante elocuencia; pero fué
Monseñor Barnes el que pudo contestar a preguntas que
llegaban a la raíz de la cuestión. Benson se esforzó en
convertirme al catolicismo, pero yo rehusé dar el paso hasta
que perdí toda la fe histórica en las órdenes anglicanas.
160 SEVEK1N LAMPING

Monseñor Barnes había hecho un profundo estudio de Ja


cuestión y, mientras investigaba en los documentos origi­
nales, había llegado a la conclusión de quo los registros
habían sido falsificados y que el Obispo Barlow, que había
proclamado la Sucesión Apostólica en la Tglesia de Can­
terbury, no había sido realmente un Obispo católico.
Había aún otro punto interesante. ¿Cuáles eran nues­
tras relaciones con la Iglesia Ortodoxa Griega, cuyas órde­
nes Roma misma reconocía como verdaderas? Nuestra teo­
ría era la de las aramas», según la cual, la Iglesia Cristiano-
Católica se había dividido en el curso de los siglos en tres
ramas principales: Roma, Canterbury y Constantinopla.
La Iglesia Ortodoxa nos animaba mucho más que la de
Roma. Constantemente aparecían prelados griegos en igle­
sias anglicanas y eran recibidos con todos los honores. Nos­
otros insistíamos en que esto fomentaba la intercomunión.
Si hubiéramos e«tado en verdadera comunión con los grie­
gos, nuestra posición habría sido mucho más firme. Tan
pronto como terminaron mis estudios en Cambridge, de-
ridí hacer la prueba e ir a pasar una temporada en Rusia.
La controversia me traía confuso y decidí que, si la9 auto­
ridades griegas me permitían recibir la Sagrada Comunión
como anglicano según el rito griego, permanecería donde
estaba, pero que, si me la rehusaban, trataría de entrar
en la Iglesia de los Papas.
En 1907 hice el viaje a Moscú y Petersburgó. Creo que
•on muchos los entusiastas que han hecho este viaje en
busca del comunismo; yo soy uno de los muy pocos que
fueron allí en busca de la Comunión. El resultado fué que
el el ero ortodoxo, sin mengua de su amabilidad y simpatía,
no pudo darme la comunión plenamente. Consideraban a
la Iglesia de Inglaterra como una parte desgajada de la
Iglesia latina. Se esperaba que hiciésemos las paces con
Roma, no con Moscú ni con cj Santo Sínodo, si la Cristian­
dad había de volver a unirse.
Cuando volví a Inglaterra, estudié y acepté por com­
pleto el credo católico. Me parecía haber leído y estudiado
todo lo que estaba en mi mano, y me volví hacia el aspecto
místico de la Tglesia. Visitas a grandes monasterios cartu­
janos me demostraron la existencia de una Vida sobreña-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 161

tural aquí en ja tierra. Alguno» problemas que aún me


causaban turbación, decidí dejarlos sencillamente para los
railes de inteligencias superiores que durante siglos se ha·
bían aunado para descubrir los más grandes tesoro» en la
teología y en la filosofía. Era lógico que yo no me atreviera
a pensar que mis esfuerzos individuales iban a tener más
éxito que los de todos ellos. Este consenso* de la Iglesia fué,
en definitiva, lo que me convirtió a la religión católica.
Esto sucedió en Pascua del año 1908.
EL ENCUENTRO CON LA LI TURGI A
P O H J O H N M O O D Y
( E stados U nidos)

Nueva York; fundador# presidente y director del


” Moody's Investors Service*\ que tiene oficinas en
Nueva York. Londres, Chicago, Boston, Filadelfia
y Los Angeles. Ha escrito "The Baffled Business
tt7ortd” (El confuso mundo económico) y la historic
de su conversión: 99My Long Road Home'" (Mi largo
camino hacia casa). John Moody es también vicepre­
sidente de la ' National Catholic C o n v e r t s League of
New York” , que ahora se denomina 99Saint PauTs
Guild99 (Asociación de San Pabloj. Otras publicacio­
nes; aMoody9s Manual of Invest imenlsíi (publication
anual estadística en cinco volúmenes)« «The Truth
about the Trusts«The Art of Wall Street Investing»,
«The Railroad Builders», ^Master of Capital», etc. Co­
laborador de «America»9 «Commonveal». «Catholic
Worldy>, «The Sign*>, «Atlantic Monthly» y otras re­
vistas y periódicos financieros y técnicos.

aI I ARÉ cualquier cosa anies que eso” , solía decir,


_|_ J_ cuando oía que éste o aquél se había hecho ca­
tólico. Tal fue siempre mi manera de hablar. Me
crié en la Iglesia episcopal, pero la abandoné al ser mayor.
Al principio, me dediqué a estudiar las m¿s diversas for­
mas del protestantismo. Luego pasé al panteísmo, porque
la naturaleza me ha hecho aficionado a filosofar. A los
treinta años dejó de satisfacerme el panteísmo, y entonces
me refugié en la Filosofía y conocí a William James y gas
adeptos. Desde entonces dejé a un lado toda fe. Era, como
solemos decir, un modernista. Pero, en el transcurso del
tiempo, descubrí lo que generalmente no se oculta a los
que meditan un poco: que es imposible ser feliz sin en­
contrar, de vez en cuando, reproducidos en otros los pen­
samientos propios.
SEVERIN LAMPING

El año 1900 fue H. Spencer el hombre en que yo basé


mi concepción del universo. Después de él vino W. James,
para ser pronto sustituido por Jorge Santavana. Vino lue­
go Bergson y, tras él, Freud con su psicoanálisis, que echó
por ja borda mis ideas anteriores.
Hacia el año 1920 había llegado a un punto en que la
Filosofía moderna me parecía una obra vana. No sabía
qué creer. No tenía respuesta ninguna ante la vida y me
encontraba en aquella situación a que llegan Ja mayor
parte de los hombres que son por naturaleza algo críticos.
Se tiene la sensación de moverse en un círculo vicioso y
de que nunca se llegará aj fin. El error está, sin duda, en
que el hombre corriente, que no es ningún especialista,
se inclina demasiado a creer en autoridades que se han
constituido como tales por sí mismas. Recuerdo haber he­
cho profesión de darvinismo, porque estos grandes hom­
bres decían que era un sistema científico. De aquí procedía
también mi fe en Spencer. Pero después de algún tiempo
me dije : «¿Es verdad lo que dicen estos hombres?»
Un día —fué, si no me equivoco, en el año 1922— dis­
cutí sobre este tema con un profesor universitario. «¿Acaso
sé yo —me dijo— si esto es o no verdad? Por lo demás, es
una verdadera fatalidad. ¡Si supieran los hombres que no
somos más que polillas! Porque, en realidad, nosotros no
sabemos más que otros y, más pronto o más tarde, nos ve­
remos comprometidos por nuestros propios pensamientos.»
Esto me dió que pensar. De los tiempos de mi actividad en
la banca, recordaba a algunos potentados que yo veneraba.
Pagados los años, vi las debilidades de estos poderosos de
Wall Street. Comprobé que la mayor parte de estos grandes
hombres, tanto economistas como políticos, más tarde o más
temprano, dejaban ver que no eran más que «polillas»; ¡y
ahora me decía mi amigo lo mismo de los filósofos! Estando
vo en esta disposición de ánimo, vino a mis manos la Orto­
doxia de Chesterton. En este libro aprendí la ridiculez de
la filosofía moderna. Pero en mi interior pensaba: Tiene
que haber alalina respuesta ante la vida. ¿Dónde será posi­
ble encontrarla? Comprendí que esta respuesta no podía
encontrarse en los diversos sistemas religiosos a que yo había
pertenecido sucesivamente. ¿Dónde estaba Ja respuesta? Sólo
había dejado de buscarla en el catolicismo. ¿Por qué?
Porque tenía prejuicios contra la Iglesia católica. Se me
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 165

había enseñado que e] catolicismo era una cosa a la que


np se debía prestar la menor atención.
Así pasaba e) tiempo y, mientras tanto, había tra&pues*
to ya los cincuenta años, desilusionado de todo lo que había
probado. No obstante, seguí buscando una respuesta a la
vida, y pronto había de recibirla. La cosa empezó más
o menos así: El año 1927 me detuve en Viena con un
amigo, a causa de ciertos negocios. Visitamos a los ban­
queros y ocupamos la mayor parte del tiempo en nuestros
asuntos. Un día visitamos a un banquero que, por motivos
imprevistos, no pudo recibimos a la hora convenida. Como
teníamos que esperar una hora, propuse que fnéramos a
ver la cercana catedral de San Esteban. Fué el 15 de agosto.
Precisamente se estaba cantando una misa solemne. En
\mérica no había entrado yo todavía en una iglesia cató*
lica. Ahora asistía por vez primera a una misa. Una in­
mensa multitud llenaba la catedral y, como nos encontrá­
bamos en el centro, fuimos empujados hasta cerca del pres­
biterio. Comprendí que se trataba de una misa extraor­
dinaria, y todo me pareció muy hermoso. De pronto oímos
sonar una campana, y todos cayeron de rodillas. No pudi­
mos movernos; tan apretados estábamos. Miré a mi amigo
y le dije : «Será mejor que también nosoíro? nos arrodi­
llemos.» Lo hicimos y permanecimos arrodillados mien­
tras la multitud estuvo de rodillas. Yo quedé muy conmo­
vido; tanto, que me resolví a asistir también a Vísperas,
por la tarde. Los tres día» siguientes, volví a asistir a mí?a
en la catedral. Antes de abandonar Viena, me d ije : El
catolicismo tiene en sí algo que es realidad. Necesito ave­
riguar qué es.»
Después de mi vuelta a Nueva York, hablé sobre esto
con mi esposa. Ella me dijo : «Antes de que te des cuenta,
te echará la mano encima algún cura y te convertirá.»
«No, no, contesté yo: si hubiera do dar un paso semejante,
habría de ser espontáneamente.» Tan pronto como se me
presentó la ocasión, procuré hacerme con literatura cató­
lica, y —bien se me puede creer esto— pasó mucho tiem­
po antes de que pudiera encontrarla. Hay personas en mi
situación que andan buscando libros católicos y no los
encuentran. Por fin, cayó en mis manos el libro de Fulton
Sheen : Dios v lo Razón. En este libro encontré, en primer
lugar, un análisis de la filosofía moderna, y esto era pre-
166 SEVERIN LAMPING

cisamente lo que me convenía. Luego encontré en él una


exposición de la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Has­
ta entonces, Santo Tomás no había sido para mí más que
un nombre; más aún, dudo que hubiera oído jamás este
nombre. La exposición de la filosofía del Aquinate me
subyugó. Pronto comencé a reunir uua biblioteca de filo­
sofía escolástica, desechando los libros de Mister Eddy
y otros semejantes para hacer sitio a la literatura tomista.
Cuando quise darme cuenta, me encontré estudiando a
San Agustín y abismado en la Teología. Hacia el año 1931
terna ya unas seis estanterías llenas de literatura católica.
Por entonces sabía ya que iba a hacerme católico, pero
quería tomar las cosas con calma. Aún visité a tres cultos
predicadores protestantes y les rogué que me rebatieran
mis objeciones. Después que los hube puesto en aprieto,
acabaron por decirme : «Usted pertenece a la Iglesia cató­
lica. Haga por entrar en ella lo más pronto posible.» No
obstante, yo titubeaba. Volví a enfrascarme en la lectura
de Santayana y de los otros filósofos modernos. Más aún,
empleé un año entero en recorrer a la inversa el camino
de mi vida, para ver si había cometido alguna omisión o
error. Pasado este año, llegué a la conclusión de que sólo
la Iglesia católica era el lugar apropiado para mí.
Visité a un sacerdote en un distrito rural, al norte del
Estado de Nueva York, y, una semana después, fui reci­
bido en la Iglesia. El cardenal Hay es me administró la
Sagrada Confirmación, y recibí el nombre de Tomás. Si
alguien me preguntara cómo había venido a parar a la
Iglesia católica, le contestaría: «Por medio de Santo Tomás.»
Y ahora, todavía una cosa : Hace sólo nueve meses que
soy católico; pero puedo decir, en verdad, que durante estos
nueve meses he disfrutado de una paz como nunca la había
conocido. Estoy completamente convencido, y lo estaré siem­
pre, de que la Iglesia católica es la única que da la res­
puesta a nuestra vida. Digo esto como hombre que durante
cuarenta años probó toda clase de sistemas religiosos y filo­
sóficos; y repito que sólo en la Iglesia católica se recibe
una respuesta determinada ante la vida.
D E L A S I N A G O G A
AL VERDADERO MESIAS
p o h R O S A L I A M A R I A L E V Y
( E stados U nidos)

Nueva York; se hizo católica en 1912. Entre sus


libros merecen especial mención: ” The ffeavenly
Road” (El camino del cielo), "Why ]ews Become
Catlwlics” (Por qué los judíos se hacen católicos)
y ’’Judaism and CathoUcism*' (Judaismo y Catolicis­
mo). El año jubilar de la Redención de Nuestro Se·
ñor Jesucristo, 1933, miss Levy dirigió un Uamamien-
to a todos los judíos del mundo, exhortándoles a
convertirse al verdadero Mesías.

UÉ el año 1912 cuando Dios me concedió la gracia de

F hacerme encontrar la fe en su Divino Hijo y en las


doctrinas de su Iglesia. En agradecimiento por esta
insigne gracia escribo este relato y espero animar con él
a otras almas en su búsqueda de la verdad.
Nací en una pequeña ciudad del Sur, cerca de Nueva
Orleáns, donde íbamos con frecuencia, especialmente por
Carnaval. Eramos cuatro hermanos: tres muchachas y un
chico; la mayor murió pronto. Recibimos nuestra primera
instrucción en casa, bajo la cuidadosa dirección de nues­
tra madre, que presidía un colegio privado para niñas. Mis
padres eran judíos y educaron a sus hijos según los prin­
cipios de la religión judaica. Se me envió a la escuela sa­
bática, y allí aprendí las creencias judías. Asistía regular­
mente los viernes por la tarde y los sábados por la mañana,
así como todos los días festivos, al se rv icio divino de la
sinagoga.
Ya desde mis primeros años me atrajo todo lo católico
y, a veces, iba con amigas católicas a su servicio divino.
En realidad, no entendía absolutamente nada de las cere­
monias; pero me gustaba estar allí, porque todo era muy
168 SEVERIN LAMPING

impresionante y piadoso. Con frecuencia oía contar a mi


madre cómo su madrina de boda se había hecho católica
unos años después. Y a veces me preguntaba yo por qué
los judíos no creen la divinidad de Cristo, siendo así que
ésta es la fe de tantos millones de cristianos. Como todos
mis correligionarios, también yo creía, según me lo habían
enseñado, que el Mesías aún no había venido. Y, sin em­
bargo, pensaba con frecuencia que, de haber aparecido
sobre la tierra, tenía que ser el Cristo del Nuevo Testa­
mento, porque, en bondad, amor y fuerza de atracción no
podía ser superado.
A los catorce años entré en un pensionado de Nueva
Orleáns, que no pertenecía a ninguna secta determinada.
La directora, una presbiteriana, era piadosa y de fina edu­
cación. Exigía de cada alumna que, en el día del Señor,
asistiera al servicio divino en aquella Iglesia a la que per­
tenecieran sus padres. Así, pues, yo iba todos los sábados
a la sinagoga. Pero, a veces, iba también los domingos con
algunas chicas católicas a oír la Santa Misa. Este día, por
la tarde, teníamos siempre una función religiosa en la sala
de estudios. La iniciaba la directora con una lectura toma­
da del Nuevo Testamento. De las parábolas del Señor, las
que más me impresionaron fueron la de las vírgenes pru­
dentes y las vírgenes necias y la del sembrador. También
me gustaba tomar parte en las canciones religiosas. Con
frecuencia meditaba sobre la letra, y encontraba consuelo
en esto.
Un día me contó una amiga católica que quería hacer,
por un motivo especial, una novena a San Antonio de Pa-
dua. «Desearía que hicieras otra por mí —le contesté— ,
porque tengo muchos deseos de conseguir una gracia espe­
cial.» «Pero eso puedes hacerlo tú misma, si quieres», re­
puso ella. Esto me agradó sobremanera: «Bien, haré la
novena, si me enseñas cómo tengo que hacerla.» Mi amiga
me dió una estatuilla de San Antonio y me enseñó una ora­
ción en su honor. Comencé la novena en seguida y con
gran fervor. Con asombro y alegría vi escuchada mi súplica,
y de=de entonces sentí una gran veneración por San Antonio.
En el otoño de 1906 conocí a una amiga de mi madre,
joven viuda y ferviente católica. Nos entendimos muy bien
y trabamos una amistad muy íntima. Como ella estaba
casi siempre enferma, la visitaba frecuentemente. Su dulce
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 169

paciencia y la sumisión a la voluntad de Dios con que


soportaba su padecimiento y su desamparo, me conmovían
profundamente y despertaban en mí algunos pensamientos
serios. Me impuse como deber especial pasar con ella las
tardes de los domingos y las horas de vísperas durante la
cuaresma, mientras que todos los de su casa estaban en la
•iglesia. El culto judío ya no me satisfacía, me parecía tan
frío... como si le faltara algo esencial. Por eso, rara vez
iba ahora, a no ser en los días de fiesta, a la sinagoga. Mi
amiga lo notó. De religión hablábamos muy poco. Pero
ella trataba de convencerme de Ja necesidad de consagrar
al Señor un día a Ja semana. Como yo estaba empleada
en una oficina y no podía guardar el sábado, día santo de
los judíos, insistía en que mi deber era observar el domin-
go como el día del Señor. Así, iba yo de vez en cuando a la
iglesia católica, que prefería a todas las demás. Como mi
amiga conocía mi confianza en la intercesión de San An­
tonio« me explicó la devoción de Jos «nueve martes». Yo
hacía, asimismo, novenas a la Santísima Virgen y a San
José.
En julio de 1909 dieron dos Padres paúles una misión
en mi ciudad natal. Una amiga nos invitó a mi madre y
a mí a las conferencias de la tarde. La acompañamos varias
veces y escuchamos con especial interés los sermones del
difunto P. Lewis J. O’Hern. de Washington. Mi simpatía
por la Iglesia católica iba en aumento. IVo podía sufrir que
nadie la atacara, y, siempre que me era posible, la defendía
con todos los medio« entonces a mi alcance. Pero el pen­
samiento de hacerme católica no se me había ocurrido aún.
En 1910 me trasladé a Washington para ocupar un
puesto del Estado. A la segunda noche después de mi lle­
gada se me invitó a dar un paseo en coche. Al descender
por la Pennsylvania-Avenue hacia ej Capitolio, quedaron
fijos mis ojos en la iluminación de la «Central-Unión-Mis-
sion», desde la cual me salían, deslumbradoras, al encuen­
tro las palabras: «Jesús, luz de! mundo.» F.stas palabras
me impresionaron profundamente. Seguía yendo a la si­
nagoga, pero raras veces tomaba allí parte en el servicio
divino. Mi interés por él había desaparecido. Si bien ad­
mitía la doctrina de que el Mesías no había venido aún,
me atormentaban frecuentes dudas. Pero tenía gran con-
170 SEVERIN LAMPING

fianza en la oración e iba muchas veces sola a la iglesia


católica.
El domingo de Ramos de 1911 asistí con una amiga 110
católica a la misa solemne en la iglesia de San Pablo. Sólo
a costa de muchos trabajos pudimos abrirnos camino por
la nave; tan apiñada estaba la multitud que llenaba el gran
edificio. Durante la misa tuvimos que estar de pie. Aunque
no podíamos comprender las ceremonias, disfrutábamos
estando allí. ¡Era todo tan impresionante y tan piadoso!'
Contemplando el altar mayor cubierto de cirios resplan­
decientes y el suave resplandor de las diminutas lucecillas,
los cuadros y las estatuas y la maravillosa enmarcación ar­
quitectónica del conjunto, me conmoví profundamente
y deseé comprender y creer como los demás. Más tarde
fui con frecuencia a oír la Misa en San Patricio, aunque
nunca podía decidirme a arrodillarme con los fieles. Un
domingo, me vió salir de la Iglesia una señora conocida
mía, y viniendo a mi encuentro me dijo: «¡O h, no sabía
que fuera usted católica!» «No lo soy», contesté, «pero me
gustaría que me explicaran un poco las doctrinas que us­
ted cree». Pareció complacida y se ofreció a llevarme a
las Hermanas de Notre Dame para que me instruyeran.
Titubeé al principio, pues aún no estaba completamente
decidida a hacerme católica, y no quería obligarme a se­
guir un curso determinado. Pero ella me tranquilizó : no
necesitaba hacerme católica, si no lo deseaba. Y, además,
tampoco podría ser admitida antes de tener fe en todos
los dogmas de la Iglesia. Siendo así, di mi consentimiento,
v sin pérdida de tiempo, fuimos a ver a las Hermanas.
Esto sucedió a primeros de mayo de 1912.
Allí me puse en relación con una Hermana cuya mi­
sión era instruir a quienes lo pedían. Se manifestó dis­
puesta a hacer todo cuanto »estuviera en su mano para
ayudarme. El valor de la doctrina de la Iglesia sobre la
intercesión de los santos se había mostrado tan palpable
en mí, que casi me sentía de antemano inclinada a creer
qu<e todas sus demás doctrinas corresponderían igualmen­
te a la verdad. El estudio y la meditación me convencie­
ron de que Jesucristo era con toda seguridad el fundador
de la Iglesia. Por consiguiente, todas sus doctrinas tenían
que ser verdaderas, si él era Dios. ¿Pero era esto cierto?
He aquí la cuestión decisiva para la que yo necesitaba una
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 171

respuesta. Este era el pensamiento que durante años me


había perseguido : «¿Cristo es Dios? ¿Es el Mesías pro·
metido?» Todo esto se lo expuse a la Hermana. Afortu­
nadamente y con gran consuelo mío, descubrí pronto que
era cosa fácil para aquella Hermana experimentada y de
grandes dotes explicarme y probarme por la Sagrada Es­
critura esta grande y consoladora verdad. Yo, por mi par­
te, pedía fervorosamente a Dios que me concediera la
gracia de conocer la verdad y luego el valor de confesar­
la, por grandes que fueran las dificultades que tuviera que
arrostrar.
Manifesté a una amiga católica mi proyecto de hacer­
me miembro de su Iglesia. Cosa extraña : más que animar­
me, lo que hizo fué quitarme ánimos. Me habló del dolor
que semejante paso causaría a mi familia. Esto lo veía
yo bien, pero sentía que mi primer deber era obedecer
a Dios y estaba dispuesta a hacer todos los sacrificios ne­
cesarios para agradarle. Sin embargo, pedía una señal
visible, para estar segura de obrar bien. Estando una vez
orando así ante el tabernáculo, viniéronme a la memoria
las palabras del apóstol Santo Tomás: «Si no veo en sus
manos las heridas y no meto mis dedos en el lugar de los
clavos y mi mano en su costado, no creeré.» Y me pareció
como si el Señor hablara conmigo, igual que en aquella
memorable ocasión habló a Santo Tomás: «Porque me
has visto, has creído. Bienaventurados los que no ven y,
sin embargo, creen.» Jesús me había hablado desde el ta­
bernáculo y me había infundido valor y paz.
En la vigilia de la Asunción de María del año 1912,
me convertí, por fin. en hija de la Iglesia. Y el mismo día
de esta hermosa fiesta tuve la dicha de recibir la primera
comunión y el sacramento de la confirmación, que me ad­
ministró en su capilla privada Su Eminencia el difunto
cardenal Bonzano, entonces arzobispo y delegado apos­
tólico.
No puedo expresar aqui lo feliz que soy desde que in­
gresé en el seno de la Santa Madre Iglesia. Mis consuelos
han sido muchos. Pero la primera época no estuvo libre
de penas. Lo que más me costó soportar fueron los re­
proches de mis padres, que no podían ni querían com­
prender que yo hubiera abandonado la religión judaica
para echarme en brazos de la religión católica. No tiene
172 SEVERIN LAMPING

objeto alguno detenerse ahora en estos dolorosos episo­


dios. No pudieron vencer la firmeza de mi espíritu, la con­
vicción de mi corazón y la extraordinaria gracia de Dios
que me condujo a la verdadera Iglesia y me dió fuerzas
para aceptar la verdadera fe.
En la seguridad de que algunas almas sinceras segui­
rían alegremente las huellas del Salvador, si se les conce­
diera la luz que a mí se me otorgó como respuesta a la
pregunta decisiva : «¿Cristo es Dios? ¿Es el Mesías pro­
metido?», he intentado en un librito, El camino del cielo,
demostrar que la promesa de Dios acerca del Redentor se
ha cumplido y que su Iglesia es hoy una realidad en el
mundo.
A NS HI N RI TS UMEI , LA P E R F E C T A
A R M O N I A DEL A L M A
p o r T A K I Z A K I S A N
( E stados U nidos)

Seatle; japonés. En 1933 recibió en Sentir, junto


con otros ocho japoneses, el Santo Bautismo. Entre
los bautiaados se hallaba también un anciano de
ochenta y siete años, que a los diecisiete había emi­
grado del Japón a lo» Estados ( nidos. El mismo día
recibieron doce japone.se» la Sagrada Comunión. Ta-
kizaki San tradujo al japonés la Biblia.

contestar a la pregunta de cómo v por qué me hice

P
ARA
católico, diría yo lo siguiente : El motivo principal
fué, naturalmente, la gracia de Dios. Era voluntad
de Dios que el camino de mi vida me condujera al catoli­
cismo. Esta respuesta contiene ya, en sí y por sí, toda la
historia de mi conversión. Sin embargo, quiero señal-ir
brevemente las etapas principales de mi camino hacia el
catolicismo.
Cuando aún asistía al gimnasio y a la Universidad en
el Japón, me inclinaba niés a los problemas filosóficos que
a mis libros de texto. Empecé a conocer el cristianismo
por medio de un predicador protestante, y también por mi
propia traducción de la Biblia. Por lo demás, todos mis
esefuerzos se encaminaron, durante muchos años, a conse­
guir fines mundanos, dinero y saber.
Después de haberme dejado caer con mi familia en
Seatle, envié a mis hijos a la Escuela Maryknoll, a fin de
que aprendieran las verdades fundamentales de la religión
cristiana. Unos años más tarde fueron bautizados; pero
yo, personalmente, no tenía preocupaciones religiosas. Más
aún, ni siquiera conocía Ja diferencia entre catolicismo
y protestantismo. Creía que el protestantismo era el ver­
174 SEVERIN LAMPING

dadero cristianismo y no sabía que éste se identifica con


la Iglesia católica.
Un verano me arrebató la muerte a una liijita de siete
años. Fué víctima de un accidente de automóvil. Las exe­
quias se verificaron en la iglesia de Maryknoll, y por pri­
mera vez en mi vida me encontré en una iglesia católica.
Las ceremonias que se ofrecieron a mi vista me impresio­
naron profundamente y me aproximaron a la Iglesia.
Al tratar de averiguar el sentido de las ceremonias,
fui conociendo poco a poco la hermosura de la religión
católica. Bajo la dirección del Rev. Sr. John Murret, co­
mencé a instruirme en el catolicismo. Cuanto más estu­
diaba, tanto más echaba de ver mi ignorancia. Comprendí
que aquí estaba la única doctrina que puede traer la ab­
soluta paz del alma, y me di cuenta de que no podía ser
feliz antes de pertenecer a la comunidad de la Iglesia.
Hay en el Japón hombres de carácter muy firme que
se proponen como fin el anshin ritsumei, es decir, la total
armonía del alma y la serenidad, incluso ante la muerte.
Muchos japoneses tratan de alcanzar e] anshin ritsumei
adhiriéndose a la secta Zen del Budismo. Otros preten­
den conseguir la absoluta paz del alma por medio de un
deporte japonés, el kenjitsu, una especie de esgrima. Pero
yo no creo que sea posible lograr el anshin ritsumei sin
conocer las doctrinas de Jesucristo y creer en ellas. Cuan­
do se conoce a fondo la religión católica, se echa de ¡ver
fácilmente que no puede menos de ser la única verdadera.
Después de haberla conocido yo, vi que ninguna verdad
humana ni ningún bien terreno pueden dar al alma la fe­
licidad completa. Por fin recibí el bautismo y ahora es­
toy verdaderamente en posesión del anshin ritsumei.
UN NEGRO,* CORREDOR DE RECORD
p o r R A L P H H. M E T C A L F E
( E s t a d o s U ni d o s )

Estudiante de la Universidad de Marquette, en


Milwaukee; obtuvo el segundo lugar en la carrera
de cien metros en los Juegos Olímpicos de los Ange­
les, en 1932. En 1933 estableció un nuevo record m un­
dial, corriendo los cien metros en 10,2 segundos.
En 1933 corrió también en Stuttgart y Dusseldorf.

verdaderamente una graii satisfacción el


o n s t it u t e

C lograr en la pista la victoria sobre los mejores co­


rredores del mundo. Es un momento dichoso el de
saber que se ha alcanzado o incluso batido el record en
la carrera.
Son dulces las alegrías que procura la competición de­
portiva con otros. Hay lisonjeras noticias en los periódi­
cos, que se leen, naturalmente, con gusto, aunque no se
deba hacer mucho caso de ellas.
Pero nada de esto, ninguno de los honores y aplausos que
me fueron tributados por haber tenido casualmente éxi­
to como corredor puede ser comparado con la verdade­
ra dicha que sentí cuando por vez primera me hallé en
el seno de la Iglesia católica. He encontrado en mi reli­
gión una felicidad nueva y en mis oraciones un consuelo
insospechado. Mi conversión ha sido, sin duda, la más im­
portante decisión personal de toda mi vida, y jamás he
tenido que lamentar este paso.
A ciertos lectores, sobre todo en los Estados Unidos,
podrá parecerles extraño o desusado que un negro se con­
vierta a la verdadera Iglesia. Pero mi rasa. que en el cam­
po cultural obtiene un éxito cada Ve* mayor, podría ser
un terreno fértil para las misiones en el interior. El cato­
licismo ha desarrollado una labor magnífica entre los núes-
176 SEVERIN LAMPING

tros. Las iglesias y la? escuelas para la población de color


son prueba de ello.
Puedo decir que no encontré ninguna dificultad espe­
cial cuando me liice católico. No conocí los sinsabores de
tantos convertidos, a quienes se ponen trabas por parte de
sus parientes. Mi madre se hizo católica incluso antes que
yo. Viviendo ella en nuestra casa paterna de Chicago,
despertaron su interés por la Iglesia algunas amigas, blan­
cas y negras, que pertenecían a la verdadera fe, y cuya
sinceridad, celo y resignación en el dolor la impresiona­
ron grandemente.
Por este tiempo, cuando yo asistía aún al gimnasio,
mi interés se dirigía, no pocas veces, a la Iglesia católica.
Este filé uno de los motivos que me indujeron a estudiar
en la Marqnette-U niversity, pues es una Escuela Superior
dirigida por los jesuítas.
Mi conversión no se realizó, como han indicado algu­
nos de mis amigos no católicos, a fuerza de impertinentes
presiones por parte de los jesuítas, ni tampoco por parte
de mis amigos de los equipos de juego o de la clase. Ya
mucho antes de matricularme en la Marquette-University
sentía yo, como antes he dicho, interés por la Iglesia, y
las observaciones que aquí hice tan sólo confirmaron las
conclusiones a que ya antes había llegado. En un viaje
con el equipo deportivo de nuestra Universidad, en el oto­
ño de 1932, confié mi «gran pensamiento» a un buen ami­
go. Completamente entusiasmado, me felicitó y me acon­
sejó que me hiciera instruir en seguida. Pero yo me ne­
gué con estas palabras : «Ahora no tengo tiempo. Dema­
siado estudio, demasiado entrenamiento en la pista. Cuan­
do me acerque al catolicismo quiero hacerlo con los ojos
abiertos.» Pero mi amigo persistió en su idea. Comunicó
la novedad al entonces director de la Cofradía de Hom­
bres en la Lniversidad, Padre John Markoe, S. J., que, a
juicio de todos los estudiantes, era todo un hombre, en el
sentido más hermoso de la palabra. Así, pues, me fui a
«verlo.
En realidad, yo no tenía inconveniente alguno; pero
la cosa me parecía un poco forzada. El P. Markoe supo
hacer la enseñanza particular lo más sencilla posible. En
primer lugar me mostró cuál era la verdadera religión, y
luego me inició en las verdades de la fe y en las costum-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 177

bies religiosas. Otros, asimismo, tuvieron para conmigo


las mayores atenciones. En general, he encontrado, no sólo
en el aspecto religioso, sino también en la colaboración
científica, el más laudable espíritu de compañerismo en­
tre los estudiantes y la Facultad. Este es uno de los moti-
vos por los cuales me siento aquí tan bien y tan dichoso.
Fui recibido en la Iglesia hace más de dos años. El
día de mi confirmación fué de gran alegría para mí. Y no
menos alegre fué el 8 de diciembre de 1932, día en que
fui recibido en la Cofradía mariana.
Frecuento regularmente la iglesia de negros de San
Benito el Moro, sita en las proximidades de la Universi·
dad, y no es raro que me acompañe algún otro estudian­
te negro, de los no católicos.
El catolicismo me ha abierto los ojos. Me ha propor­
cionado nueva alegría de vivir, nuevo consuelo y fuerza
nueva. En el deporte y en el estudio, en mis esfuerzos físi­
cos e intelectuales, pongo mi coufianza en la oración. Mi
deseo y mi súplica es guardar siempre fidelidad a la Iglesia.
Y UN PROFESIONAL DEL FUTBOL
P O R K M U T E R O C K N E
( E stados U nidos )

Fué en su tiempo el entrenador de fútbol más


famoso en los Estados Unidos. Esludió en la Uni­
versidad de Notre-Dane (IndianaJ, y murió en un
accidente de aviación, el 31 de marzo de 1931, poco
después de su conversión.

me causó una honda impresión ver a mis com­

S
ie m p r e
pañeros de equipo ir juntos a comulgar cada maña­
na, y acabé por decidirme a oír con ellos la Santa
Misa en los días de juego. Comprendí que no producía en
el público un efecto precisamente edificante que yo. capi­
tán del equipo de fútbol, al llegar con mis compañeros a
una ciudad extraña, me fuera al hotel en busca de como­
didad, mientras que los míos se dirigían a la iglesia tan
pronto como abandonaban el tren. Así, pues, me propuse,
aunque sólo por no llamar la atención desagradablemen­
te, oír misa con mis muchachos los días de juego.
U n a noche, víspera de un gran encuentro de fútbol en
el Este, me encontraba nervioso e intranquilo, pensando
cómo se desarrollaría el juego al día siguiente, y me era
imposible quedar dormido. Al fin. viendo que el sueño no
quería venir, resolví vestirme y bajar al hall del hotel
para sentarme allí y abandonarme por completo a mié
pensamientos. Serían las dos o las tres de la mañana cuan­
do llegué al desierto hall y me dejé caer en un sofá. Para
huir de mis pensamientos trabé conversación con los bo­
tones que andaban por allí.
A oso de las cinco a las seis, estaba yo paseando de un
lado para otro por el hall cuando me encontré súbitamen­
te con dos de mis jugadores, que se dirigían presurosos
a la puerta de salida. Les pregunté a dónde iban tan tem­
prano, aunque ya me lo sospechaba. Luego me retiré a
180 SEVERIN LAMPING

un rincón, desde donde, sin ser visto, podía ver a cuantos


entraban y salían. Poco después marchaban presurosos
mis jugadores, en grupos de dos o tres, y, al fin, cuando
ya casi todos estaban fuera, volví a acercarme a la puer­
ta para preguntar a los restantes a dónde iban.
Después de uno o dos minutos llegaron los últimos, sa-
lieudo apresuradamente del ascensor con dirección a la
calle. Los detuve y les pregunté si también ellos iban a
Misa, y me contestaron afirmativamente. Decidí al punto
acompañarlos. Probablemente no sospechaban aquellos
muchachos la profunda impresión que su celo y piedad
habían producido en mí. Cuando luego vi cómo todos se
dirigían al comulgatorio y pensé que para ello sacrifica­
ban varias horas de sueño, comprendí por vez primera
qué gran fuerza representaba la religión en la vida de
estos jovenes. En aquella hora se iluminó mi alma y vi
qué era lo que realmente me había faltado siempre.
Pronto tuve la dicha de arrodillarme en el comulgato­
rio con todo mi equipo.
D E L R A C I O N A L I S M O
A LA FE E N L O S M I L A G R O S
p o r Ei . D r. SAM A T K I N S O N
( C a na dá )

Toronto: jué orador racionalista en los Estados


Unidos y organizador socialista en el Canadá. Poco
después de su conversión describió su camino ha­
cia la Iglesia en «My ¡Catholic Neighbours» (Mis
vecinos católicos), y, más tarde, publicó un nuevo
libro, titulado « / / Columbus came bach to Ameri­
ca» (Si Colón viniera otra vez a América).

N mi libro My Cotholic A eigh bours he descrito v na­

E rrado mi conversión y cómo, con la luz de la razón,


sometí las doctrinas de la Iglesia a un minucioso exa­
men. Mi primer interés hacia la Iglesia católica fué des­
pertado por el ruego de un sacerdote católico. Como ora­
dor y conferenciante racionalista, me había dedicado al
estudio de casi todas las formas de religión I n día oyó
mi conferencia este sacerdote, el Padre Finn, de Rockford
(Illinois) y me invitó a continuación a tomar el té. Des­
pués de lomarlo, tuvimos una larga conversación, en cuyo
transcurso dijo el sacerdote: «Sr. Atkinson, parece que
está usted al corriente de todos los sistemas religiosos del
mundo; sólo le queda por conocer el pensamiento cató­
lico. ¿No sabe usted que en los Estados Unidos hay
20.000.000 de católicos, y que de los 10.000.000 de habi­
tantes del Canadá 4.000.000 son católicos? Si usted quie­
re conocer el confucianismo. estudia usted las doctrinas de
Confucio. ¿Por qué no interroga usted a los autores cató­
licos, si quiere usted informarse acerca del catolicismo?
Me parece que tiene usted con sus vecinos católicos la
deuda de informarse con exactitud de la fe de éstos, y
para ello necesita usted leer libros católicos. No creo que
pertenezca usted a aquellos que darían conscientemente
182 SEVERIN LAMPING

un falso testimonio contra el prójimo. Por eso, yo me en-


cargo de darle una lista de libros católicos con la súplica
de que los lea.»
A consecuencia de esta conversación comencé a estu­
diar a fondo las doctrinas católicas. No puedo enumerar
aquí todos los libros que he leído; por lo demás, no ha
sido la mera lectura la que me ha llevado a la verdad.
Leyendo libros seudocientíficos sobre e.1 socialismo, lle­
gué a una interpretación de la historia totalmente mate­
rialista y me hice un anarquista filosófico. Dios era para
mí sólo una idea, y Jesús de Nazaret, no más que un gran
Maestro. La historia de la virginidad de María, la relega­
ba al reino de la fábula. Como no creía en la existencia de
Dios, la mera lectura de escritos religiosos 110 podía lle­
varme a la fe. Había intentado descifrar los enigmas de
la vida, pero sin éxito. Nadie puede descifrar estos gran­
des enigmas sin haber conocido antes que la fe es una gra­
cia de Dios.
Cumplí mi promesa de leer los libros que me recomen­
dó el Padre Finn. Pero al detenerme en Rockford, a la
primera oportunidad que tuve, con intención de visitarle,
me dijeron que había muerto. El Padre Whalen, de la
iglesia de Nuestra Señora, que me comunicó la mr?rte del
Padre Finn, me invitó a visitarle después de una confe­
rencia que debía yo dar aún en la ciudad. Accedí a ello
con alegría. El P. Whalen era mutilado de guerra. Algu­
nos meses después de mi visita pasó también él a formar
en las filas del Gran Ejército.
Aquella tarde que pude pasar con él quedará siempre
en mi memoria como una de las más hermosas de mi vida.
No sólo hablamos de religión, sino acerca de muchos pro­
blemas vitales. Creció nuestra mutua confianza. Entre otras
cosas me dijo que él estaba convencido de que el Padre
Finn había tratado de persuadirme aquella tarde con un
celo demasiado ardiente. Luego me hizo un esbozo de la
vida de un sacerdote, con sus deberes, preocupaciones, es­
peranzas y deseos. No fué una conversación de esas co­
rrientes. en que se mata el tiempo con frases aburridas. El
Pad re Whalen estaba impuesto en literatura. Con la mis­
ma facilidad con que mencionaba a los Santos Padres, ci­
taba a Mr». Browning, Tennyson y Whíttier. No pude ol­
vidar ni un instante que era sacerdote, y, sin embargo, lo
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 185

miraba también como a un hermano. No tratamos ningún


problema en que él no penetrara.
Al despedirme —eran casi las dos de la mañana— , el
P. Whalen me tendió la mano y d ijo : «Sr. Atkinson, qui­
siera hacerle aún una pregunta absolutamente confiden­
cial : ¿Reza usted de vez en cuando?»
—«¿Rezar? —pregunté yo— ; hace diez años quem o
rezo.»
—«Entonces —prosiguió— , ¿puedo pedirle un favor,
del mismo modo que un caballero se dirige a otro? Si es
así, hágame el favor de rezar cada noche, antes de acos­
tarse, de rodillas, una breve oración.» «Padre Whalen
—contesté—, pero eso sería una falsedad por mi parte,
pues, en primer lugar, no creo que exista nadie que es­
cuche mi oración, y, en segundo término, no estoy dis­
puesto a hacer una promesa que podría ponerme en un
extravagante compromiso.»
—«Mi querido amigo —me atajó el sacerdote— , si no
hay Dios, esto no le perjudicará en absoluto. En todo
caso, puede usted intentarlo.»
Vacilé un momento. «Del mismo modo que un caballe­
ro se dirige a otro», había dicho el sacerdote. Pero, ¿no
era un contrasentido rezar, no habiendo Dios?
—«¿Y para qué voy a rezar?»
—«Bueno —repuso el P. Whalen— . arrodíllese usted
ante su cama, y, si no se le ocurre nada, diga usted sola­
mente : ¡ Dios mío, dame luz!»
Después que hube llegado al hotel, me desnudé rápi­
damente y salté a la cama. Sólo unos momento llevaba
acostado cuando, súbitamente, volvieron a mi memoria las
palabras: «del mismo modo que un caballero se dirige a
otro». Yo era un caballero; quería serlo. Había hecho una
promesa, pueril tal vez, pero, como caballero, debía cum­
plirla. Así, pues, volví a saltar de la cama, me arrodillé
y con las manos juntas, como para orar, dije: «¡Dios
mío, dadme luz!», y en seguida volvía a meterme en la
cama con la conciencia de haber cumplido, por lo menos,
mi promesa.
Hay hombres que tienen el don de conmover a sus se­
mejantes hasta lo más profundo del alma. Cristo debió
tender largamente su mirada hacia el futuro, cuando dijo
al pescador Pedro : «Desde ahora serás pescador de hom-
184 SEVERIN LAMPING

bres.» Un buen pescador dijo una vez : «Echa el anzuelo


y retírate. Cuanto más apartado estés, tanto mayores son
tus probabilidades de éxito.» El P. Whalen era un buen
pescador !d e hombres que pescaba así. Se retiraba lo más
posible. No se metió en disquisiciones polémicas ni ihizo
intento alguno de convencerme con sutiles argumentos,
porque sabía que la fe es una gracia de Dios. Santo Tomás
de Aquino dice : «La fe es un acto del entendimiento,
que, con ayuda de la voluntad movida por Dios, reconoce
las verdades divinas.» La fe es, pues, un don de Dios, una
gracia que ilumina el entendimiento para que conozca la
verdad, y mueve la voluntad para que acepte la verdad
conocida. Algo parecido había dicho una vez mi padre.
Podía yo leer lo que quisiera, podía estudiar a fondo las
ideas de mis vecinos católicos para juzgarlas rectamente,
pero no podría creer las verdades divinas, si la gracia de
Dios no me iluminaba. Mucho tiempo después supe que,
a la mañana siguiente, el P. Whalen había visitado a las
pobres Clarisas, pidiéndoles que rezaran por la salvación
de mi alma.
A la verdad, por este tiempo estaba yo aún muy ale­
jado de la Iglesia. Había cumplido, por cierto, mi prome­
sa de rezar todos los días, pero no experimentaba ningún
resultado. Más aún: me parecía, incluso, como si la vida
con sus problemas se hiciera cada día más oscura y enig­
mática. Pero esto no era un contrasentido que Dios per­
mitiera; así me lo parece ahora. Recientemente había sos­
tenido una conversación con un hombre que negaba los
milagros de Cristo. Como prueba, aducía la curación del
ciego. Decía: «¿Por qué Cristo no devolvió la vista al
ciego por medio de una palabra, sino que primero escu­
pió en el suelo y con el barro frotó los ojos del enfermo?»
Después de verificarse mi conversión contesté yo a esto
diciendo que no era de extrañar que Cristo, siendo Dios,
hubiera curado un ojo enfermo con barro, puesto que tam­
bién el hombre había sido formado del barro. Que, ade­
más, Cristo, sabiendo que la mayoría de los ciegos ven aún
cierto resplandor, había querido, seguramente, simboli­
zar en su 'proceder el efecto de la luz sobrenatural de
la gracia. Por eso comenzó haciendo más intensa la os­
curidad, para que, después, fuera más grande el esplen­
dor de la luz.
HOMBRES QUE V1ELVEN A LA IGLESIA 185

También yo me iba aproximando a la luz; pero una


tremenda oscuridad me rodeaba. Procurando salir de estas
tinieblas, me alejaba cada vez más de Dio». Volt aire dice
en un pasaje: «Cuanto más leemos, tanto más sabemos, y
cuanto más hemos estudiado, tanto más pronto podemos
asegurar que no sabemos nada.» Naturalmente, me eau-
saba inquietud lo que leía. Comprendí que los puntos de
vista protestantes, que había hecho míos durante mi ju ­
ventud, no se apoyaban en la verdad. Me di cuenta de que
no hay ningún hombre tan universal que pueda entender­
lo todo; que ningún hombre de ciencia ee competente
fuera de su materia. El hecho de que Sir Oliver Lodge
fuera un gran hombre de ciencia, no hacíí» de él una auto­
ridad en el campo religioso. Ciencia y religión son, en
muchos aspectos, dos campos separados. El verdadero
hombre de ciencia no puede basar sus prueba« en hipóte­
sis, antes bien, ha de buscar hechos verdaderos, y estos
hechos tienen que apoyarse en la verdad. Ma*. ¿cómo lle­
garía yo a conocer la verdad? Seguramente que sólo po­
niéndome en contacto con Aquel que ec el origen de toda
verdad.
Un suceso de poca importancia iba a hacerme ver.
Mi esposa y yo habíamos plantado un jardín. Habitá­
bamos en la ciudad, y éste era el primero que plantába­
mos. Todo lo hacíamos nosotros mismos: cavar, sembrar
y plantar. Comprábamos las plantas para volver a plan­
tarlas nosotros. Durante el invierno leíamos asiduamente
libros de jardinería y, al llegar la primavera, nuestra ma­
yor satisfacción era cultivar el jardín científicamente. Debo
confesar que mi mujer era la que ponía la mayor parte
del trabajo, ayudándole yo en mis tiempos libres. Con
frecuencia íbamos al jardín para contemplar los primeros
y delicados brotes, y pronto se mostraba por todas partes
la vida que germinaba.
Pero he aquí que un día, cuando el jardín estaba lleno
de tiernas y delicadas plantos, hubo una gran tormenta.
Yo me encontraba entonces en el centro de la ciudad, y
todos se admiraban ante la lluvia torrencial. Grande fué
mi inquietud pensando en nuestro jardín. Semejante llu-
vie tenía que ser fatal para todas las plantas jóvenes. Tan
pronto como pasó la tormenta, salté a un auto y fui rá­
pidamente a casa. Mi esposa estaba en el jardín y. al en­
186 SEVERIN LAMPING

trar yo en él, exclamó: «Mira, fué una tormenta espan­


tosa, pero no ha causado ningún daño. Ni una sola planta
se ha quebrado, ni siquiera se ha caído una hoja.» Esto
me sobrecogió de momento. Quedé mudo y las lágrimas
brotaron de mis ojos. Cuando me hube recobrado, dije:
«¿No es esto uu milagro? La lluvia tenía que haberlo des­
truido todo. El que no haya sucedido así demuestra que
un poder invisible lo ha dispuesto de otra manera. Detrás
de las leyes de la naturaleza tiene que haber un legislador.
Existe un Ser Supremo. Hay un Dios, y yo creo en él. Dios
mío. ayuda a mi incredulidad %
«No por el poder ni por la violencia, sino por mi espí­
ritu», dice el Señor. El P. Whalen había tenido razón al
definir la fe como una gracia de Dios. La gracia de la fe
me había sido concedida. Ante esta luz de la fe desapare­
cieron al punto todas las demás dificultades. Todo lo que
había leído acerca de la Iglesia única y verdadera encon­
tró su explicación. El plan salvífico de Dios quedó para
mí claro. Dios había entregado a su único Hijo para nues­
tra salvación. Por lo tanto, no debía yo limitarme por
más tiempo a estudiar la fe de mis vecinos católicos. Te­
nía que hacer mía esta verdad, si quería salvar mi alma.
El verdadero secreto de mi miseria espiritual dnrante
los últimos meses quedaba manifiesto. Había caminado a
través de profundas tinieblas. El pensamiento de haber
traicionado a Cristo pesaba gravemente sobre mí. Había
huido de Dios; pero el Hijo de Dios había seguido mis
pasos y el Espíritu Santo había abierto mi alma a la ver­
dad por medio de los diversos acontecimientos de mis úl­
timos tiempos. Francis Thompson ha descrito magistral-
mente en The Hound of Heetven el cuadro de un alma
alejada de Dios y buscada por é l :

Huí de él los días y las noches;


Huí de él mientras corrían lo« años,
Y me escondí en las cuevas laberínticas de mi corazón;
Me oculté entre la niebla do mis lágrimas,
Para que no me viera,
Y entre risas tumultuosas.
Subí, precipitado, a las cumbres de la esperanza,
Y caí súbitamente en mi carrera,
Entre angustias y horrores de titánica noche,
Ante aquellos pies fuertes que me seguían,
Que me seguían siempre,
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA m
Mas nunca vacilantes
En la serenidad de so persecución.
Con paso imperturbable, con discreta premura
Y majestuosa calma,
Resonaban aquellas pisadas, y sonaba una voz,
Con más perseverancia aún que los pasos seguidores:
«¡Todas las cosas te traicionan, a tí que me has traicionado!» (1).

Por más que estén cerradas las puertas del corazón y


las del entendimiento, no se puede escapar de Cristo ni
evitar el encuentro con él. A pesar de las dudas y de las
negaciones, él no cesa de buscar las almas de los hombres.
¿Y por qué este amor? También a mí hubiera podido di­
rigirme estas palabras: ·

Hijo mío, tú no sabes


lo poco digno que ere« de mi amor.
¿Quién te amaría, a no ser yo, oh hombre,
miserable criatura?

Sí, este es el mayor de todos los milagros. Su ?mor no


fué un mérito mío. ¡Le he ofendido tantas veces! ¡Tan­
tas veces he pecado contra él! ¡Muchas le he traciona-
do! ¡Nunca le hubiera encontrado, si no me hubiera bus­
cado é l!...
En mi ciudad natal, Toronto, se ha fundado una Aso­
ciación de Conversos, formada por un número igual de
convertidos y católicos. La finalidad de la Asociación es
quitar a los conversos el sentimiento de soledad que sue­
le invadirles en la primera época de su conversión. En la
parroquia de Santa Clara, a la que yo pertenezco, orga­
nizamos el invierno pasado, con no poco éxito, reuniones
familiares, a las cuales eran invitados conversos y católi­
cos en igual número. En caso de matrimonio mixto, se
invitaba también al cónyuge no católico. Así se creó una
atmósfera de concordia, y casi siempre los no católicos pe­
dían que siguiera fomentándola la Asociación. No hablá­
bamos de la fe. Aquello no eran más que reuniones amis­
tosas, por medio de las cuales se aproximaban mutuamen­
te los convertidos y los no católicos y se daba a estos últi-

(1) La traducción alemana de estos versos es de Teodoro Haec-


ker. Del lib ro: Los poesías más hermosas de la literatura universo!,
coleccionadas por Luis Goldschneider. Ediciones Phaedon. Leipzig·
Wicn. 1933.
188 SEVERIN LAMPING

mos ocasión de informarse acerca de la fe por medio de


personas seglares o de dirigirse a un sacerdote, si así lo
deseaban. También los sacerdotes de la parroquia asistían
a estas reuniones, con lo cual desaparecían antiguos pre­
juicios. Y es de esperar que esta empresa, que comenzó
con la mayor sencillez, contribuirá mucho a crear en los
heterodoxos una opinión más favorable al catolicismo.
Con frecuencia se me ha preguntado : ¿Qué ha encon­
trado usted en la Iglesia católica? La siguiente parábola
puede servir de respuesta a esa pregunta : Un niño esta­
ba enfermo. Como, atormentado por la fiebre, se revolvía
de una parte a otra, su madre hacía todo lo posible para
procurarle alivio. Humedecía sus ardientes labios con una
fresca bebida, mullía sus almohadas y le manifestaba su
amor de mil maneras, como sólo una madre sabe hacerlo.
Pero todo era en vano. Por fin, cuando ya no sabía la ma­
dre qué hacer para ayudarle, tomó al niño de la camita
donde sufría y lo acurrucó en su regazo. Entonces el niño
suspiró aliviado y dijo : «Madre, así se está bien.»
Viéndome refugiado en el seno de la Iglesia, se han
cumplido todos mis deseos. En ella he encontrado lo que
me faltaba. ¿La paz? Sí; pero más aún la verdad. ¿La
dicha? Sí; pero más aún la verdadera vida. ¿L? libertad?
Sí; pero más aún el espíritu de renunciamiento, que da
mayor valor a la libertad del prójimo. ¿La satisfacción?
Sí; pero a través del sacrificio.
En la Iglesia católica he comprendido cuán pequeño
soy yo, y cuán grande es nuestro Redentor.
BAJO LA MANO DE D I O S

P O H P A U L C L A U D E L
( F r a n c ia )

Nació en París el 6 de agosto de 1868. Después de ha­


berse licenciado en Derecho y haber estudiado en la Es­
cuela de Ciencias Políticas de París, empezó la carrera
diplomática en 1890. Vicecónsul primero y cónsul después,
ha residido en Nueva York, Boston, Shanghai, Fu42heu,
Tien~Tsin, Praga9 Francfort, Hamburgo y Roma. Más tar­
de fué nombrado ministro plenipotenciario en Río de Ja­
neiro, de donde pasó con el mismo cargo a Copenhague.
En 1927 fué nombrado embajador para los Estados Uni­
dos. En 1921 lo había sido en Tokio. Su carrera diplo­
mática no ha estorbado, sino facilitado, su producción lite­
raria, Es uno de los más grandes poetas católicos de la ac­
tualidad. Entre sus dramas merecen especial mención: «Tete
d’or»9 «L* échange», «Le repos du sepíleme jour»>. Su obra
más conocida es «Uannonce faite á Marien. También
como lírico es Claudel sobresaliente. En todas sus obras
se manifiesta, junto al influjo de Shakespeare. un acento
bíblico que demuestra su constante estudio de la Sagrada
Escritura· Además de las obras antes citadas, son dignas
de mención: «L'Agammenon d’Eschyle». «La jeune filie
Violaine»^ «Cinq grandes odes«C oron a benignitatis anni
Dei», «Poemes de guerre»9 «A travers les villas en flam-
mes», «Notes d9un (émoin», «Art poétique*, cFamiUes de
Sainfs«Réfléxions et considérations sur le vers /roijais»,
«Un coup d*oeil sur Váme japonaise», «Art «f littératurey>+
etcétera. Ha colaborado en el «Mercure de Francés y, so­
bre todo, en la «NouveUe Revue Fran&áse» y en alguna*
grandes diariosy como «Le Fígaro?*. En mayo de 1930 se
estrenó en la «Staats Opera de Berlín su ópera «Christophe
Colomb». con música de Dorio Milhaud. Está concebida
a la manera de la tragedia griega y se distingue de todos
las anteriores. Posteriormente ha compuesto una obra defi­
nitiva: «.Le sotdier de satiu», sobre un ambiente de la época
clásica española: en su país ha alcanzado un éxito extraor·
dinarío.

acíel día 6 de agosto de 1868. Mi conversión se v e ­

N rificó el 25 de diciembre de 1886. Tenía, pues,


dieciocho años. Mas, para entonces, el desarrollo
de mi carácter estaba ya muy adelantado.
Aunque mis antepasados, por ambos ramas, habían
SEVERIN LAMPIISG

sido creyentes y habían dado a Ja Iglesia varios sacerdo­


tes, mis padres eran indiferentes en materia religiosa. Y
luego que nos hubimos trasladado a París, se alejaron por
completo de la fe. Mi primera comunión, anterior a nues­
tro traslado, había sido buena. Pero fue, como es para
la mayoría de los jóvenes, coronación y, al mismo tiempo,
término de mi práctica religiosa.
Primero fui educado o, más bien, instruido, por un
profesor particular; luego, en las escuelas (laicas) de pro­
vincia; finalmente, en el Liceo Louis-le-Grand. Al entrar
en este Instituto acabé de perder la fe, que me pareció
incompatible con la pluralidad de los mundos ( ! ! ! ) . La
lectura de la Vida de Jesús, de Renán, me dió nuevos
pretextos para este cambio de ideas, que, por lo demás,
facilitaba o estimulaba todo cuanto a mi alrededor veía.
Recuérdense aquellos tiempos cercanos al año 80, cuan­
do estaba en todo su apogeo la literatura naturalista. Nunca
pareció ser más fuerte el yugo de la materia. Todo aquel que
tenía un nombre en el arte, en la ciencia1o en la literatura
era irreligioso. Todas las (pretendidas) eminencias de aquel
siglo que declinaba se habían distinguido especialmente por
su hostilidad contra la Iglesia. Reinaba Renán. En la última
distribución de premios a que yo asistí en el Liceo Louis-le-
Grand, ocupaba él la presidencia, y creo que recibí el pre­
mio de sus manos. Acababa de extinguirse Víctor Hugo en
un halo de gloria.
A los dieciocho años creía yo lo que creía la mayor parte
de los que entonces eran llamados cultos. El fuerte senti­
miento de lo individual y de lo concreto se había oscurecido
en mí. Acepté la hipótesis monista y mecanicista en todo
«u alcance. Creía que todo estaba sometido a leyes y que
este mundo era una estrecha concatenación de causas y efec­
tos, a cuya plena elucidación había de llegar pronto la cien­
cia. Por lo demás, todo esto rae parecía muy triste y muy
aburrido- La idea kantiana del deber, tal como nos la
expuso nuestro profesor de Filosofía, el señor Burdeau,
no he podido digerirla nunca.
Además, vivía yo sin el freno de la moral, y poco a
poco iba cayendo en un estado de desesperación.
El fallecimiento de mi abuelo, cuya agonía duró me­
ses enteros, a consecuencia de un cáncer en el estómago,
me había inspirado un terror enorme, y el pensamiento
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 191

de la muerte no me abandonaba nunca. Había olvidado


por completo la religión y, con respecto a ella, mi ignoran­
cia era tan grande como la de un salvaje.
El primer resplandor de la verdad me fue concedido
por el encuentro con los libros de un gran poeta, a quien
soy deudor de eterna gratitud y que lia desempeñado un
papel preponderante en la formación de mi pensamiento :
Arturo Rimbaud. La lectura de las lUuminatiom y, unos
meses más tarde, de Une saison en Enfer, constituyen uno
de los acontecimientos capitales de mi vida. Estos libros
abrieron la primera brecha en mi cárcel materialista y me
dieron una inspiración viva, casi física, de lo sobrenatural.
Pero mi habitual estado de ahogo y desesperación continuó
siendo el mismo.
Tal sucedía con el infeliz muchacho que el 25 de di­
ciembre de 1886 entraba en la catedral de Notre Dame
de París, para asistir allí al oficio divino de Navidad. Por
entonces comenzaba yo a escribir, y me pareció que podría,
con un diletantismo superior, encontrar en las ceremonias
católicas un medio apropiado para la inspiración y materia
para algunos trabajos. Con esta intención, oprimido y em­
pujado por la muchedumbre, asistí a la Misa Mayor con
mediana satisfacción. Como no tenía cosa más interesante
que hacer, volví a Vísperas. Los muchachos del coro cate­
dralicio, con roquetes blancos, y los educandos del Semi­
nario de Saint Nicolás du Chardonnet. que les ayudaban,
acababan de empezar en aquel momento a cantar algo que
más tarde conocí ser el Magníficat. Yo estaba de pie entre
la multitud, junto a la segunda columna, cerca de la entrada
del coro, a la derecha, del lado de la sacristía.
Y allí se desarrolló el suceso que domina Toda mi vid?.
En un instante, mi corazón fue tocado, y crei. Creí con tal
fuerza de adhesión, con tal exaltación de todo mi ser. con
tan poderosa convicción, con tal searridad. que no quedaba
lugar a duda ninguna y, desde entonces, todos los libros,
todos los raciocinios, todos los azares de una vida agitada,
no han podido conmover mi fe: más aún. en realidad,
no lian podido siquiera tocarla. Tuve súbitamente el con­
movedor sentimiento de la inocencia, de la perpetua filia­
ción divina; una inefable revelación. Cuando trato de re­
construir, como lo hago a menudo, el desarrollo de los mi­
nutos que siguieron a este momento extraordinario, en-
192 SEVERIN LAMPINA

cuentro siempre los siguientes elementos, que, sin embar­


go, constituyeron un solo rayo, una sola arma, de que se
sirvió la divina Providencia para alcanzar y abrir el cora­
zón de un pobre y desesperado hijo suyo : « ¡ Qué felices
son, en realidad, los que creen! ¿Y si fuera verdad? ¡Es
verdad! ¡Dios existe; está aquí presente! ¡Es alguien!'
¡Es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!»
Lágrimas y sollozos me invadieron, y el himno tan delica­
do del Adeste, fideles aumentó aún mi emoción.
¡Dulce emoción, en la que, sin embargo, se mezclaba
un sentimiento de terror y casi de espanto! Porque mis
ideas filosóficas estaban aún intactas. Dios las había des­
preciado, dejándolas como estaban, y yo no veía qué era
lo que debía cambiar en ellas. La religión católica seguía
pareciéndome, como antes, un cúmulo de necias anécdo­
tas. Sus sacerdotes y fieles seguían inspirándome la misma
repugnancia, que llegaba hasta el odio y el asco. EJ edificio
de mis opiniones y de mis conocimientos seguía en pie, y
no veía en él defecto alguno; no había hecho más que salir
de él. Se me había revelado un nuevo y terrible ser, con
tremendas exigencias para un joven artista como yo, y no
veía la manera de aplacarlo con nada de cuanto me rodeaba.
La situación de un hombre que de un solo tirón fuera arran­
cado de su piel, para verse en medio de un mundo desco­
nocido y dentro de un cuerpo extraño, es la única compa­
ración que puedo encontrar para explicar este estado de
completo desorden. Lo que más repugnaba a mis ideas y a
mis gustos era precisamente lo verdadero, y, de grado o
por fuerza, tenía que amoldarme a ello. ¡Oh; por lo me­
nos no sería sin que yo tratara de oponer la mayor resis­
tencia posible!
Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir
que fué una defensa valiente. Y la lucha fué noble y ra­
dical. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resis­
tencia imaginables. Una tras otra, tuve que deponer las
armas, que de nada me sirvieron. Fué la gran crisis de mi
existencia, esta agonía del pensamiento, de la que Arturo
Rimbaud ha escrito: «La lucha del espíritu es tan brutal
como las batallas entre los hombres. ¡Oh dura noche!
¡La sangre corre lentamente sobre mi rostro!» La gente
joven, que con tanta facilidad abandona la fe, no sabe los
tormentos que cuesta recuperarla. El pensamiento del in-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA' IGLESIA 193

fiemo, incluso el pensamiento de la belleza, todas las ale­


grías que, a mi parecer, tendría que sacrificar para volver
a la verdad, me retraían de todo. Por fin cogí en mis manos
una Biblia protestante que una amiga alemana había rega­
lado en cierta ocasión a mi hermana Camila. Fue la noche
de aquel día memorable de Notre Dame, después de haber
vuelto a caga por las calles mojadas de lluvia, que tan
extrañas me parecían entonces. Por vez primera oí resonar
en mi corazón la voz tan dulce y, a la vez, tan inflexible
de la Sagrada Escritura, que ya nunca se extinguiría. Sólo
a través de Renán conocía yo la historia de Jesucristo. Y,
fiándome de este impostor, ni siquiera sabía que se había
declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, en su
majestuosa sencillez, argüía de mentira las desvergonzadas
afirmaciones de aquel apóstata y me abría los ojos. Ver­
daderamente, reconocí con el centurión romano: Jesús
es el Hijo de Dios. A mí, Pablo, 9e dirigió entre todos,
y me prometió su amor. Pero, al mismo tiempo, no me
dejó más elección que la condenación, si no le seguía. ; A y!
No necesitaba yo que se me mostrase en qué consistía el
infierno; ya había pasado en él mi «temporada». Aquellas
pocas horas habían bastado para demostrarme que el in­
fierno está dondequiera que no esté Cristo. ¿Y qué me im­
portaba a mí ya el resto del mundo frente a este nuevo y
maravilloso ser que acababa de revelárseme?
Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo re­
sistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta
nueva vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? El
sentimiento que más me impedía manifestar mi convic­
ción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a
todos mi conversión y decir a mis padres que no comería
carne los viernes; el manifestarme como uno de los tan
ridiculizados católicos, me producía un sudor frío. Y, de
momento, me sublevaba, incluso, ia violencia que se me
había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme.
No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo
católico.
El estudio de la religión había adquirido para mí in­
terés dominante. ¡Cosa extraña! El despertar del alma
y de las facultades poéticas se verificó en mí al mismo
tiempo y desbarató mis prejuicios y mis infantiles temo­
res. Por entonces escribí el primer borrador para mis dra­
13
194 SEVERIN LAMPING

mas : La Cabeza de Oro v La Ciudad. A pesar de que aún


me mantenía alejado de los sacramentos, tomaba ya parte
en la vida de la Iglesia. Por fin respiraba, y la vida entraba
en mi por todos los poros. Los libros que más me ayudaron
en aquella época fueron, en primer lugar : Pensamientos,
de Pascal, obra inapreciable para aquellos que búscan
la fe, aun cuando su influencia haya podido ser a veces
perniciosa. Además, las Indagaciones del Espíritu sobre
los Misterios v las Consideraciones sobre los Evangelios,
de Bossuet, así como sus demás tratados filosóficos; la
Dix'ina Comediu, de Dante; finalmente, los maravillosos
relatos de Catalina Emmericli. La Metafísica, de Aristóte­
les me había purificado el espíritu y me introdujo en la
región del verdadero entendimiento. La Imitación de Cristo
pertenecía a una esfera demasiado elevada para mí, y sus
dos primeros libros me parecieron de una dureza terrible.
Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis
estudios fué la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Ma­
dre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido
todo! Pasaba los domingos en Notre Dame, y, siempre
que me era posible, iba también entre semana. Entonces
era yo tan ignorante de mi religión como pudiera serlo con
respecto al budismo. Y ahora se desarrollaba ante mí el
sagrado drama con tal magnificencia que superaba toda mi
fuerza de imaginación. ¡Ah! ¡Este ya no era, ciertamen­
te, el mezquino lenguaje de los «devocionarios»! Era la
más profunda y gloriosa poesía, eran las actitudes más su­
blimes que jamás se habían concedido a seres humanos.
Nunca podía saciarme del espectáculo de la Santa Misa,
y cada movimiento del sacerdote se grababa profundamen­
te en mi espíritu y en mi corazón. ¡La lectura del Oficio
de Difuntos, de la liturgia de Navidad, el espectáculo de la
Semana Santa, el himno celestial del Exultet, junto al cual
me parecieron desvaídos los embriagadores acentos de Pín-
daro y de Sófocles, todo esto me abrumaba de alegría, agra­
decimiento, pesar y adoración! Poco a poco, lenta y fati­
gosamente, se fué abriendo camino hasta mi corazón el
pensamiento de que también el arte y la poesía son cosas
divinas. Y el placer de la carne no es imprescindible para
ellas, sino, a) contrario, perjudicial. ¡Cuánto envidiaba yo
a los dichosos cristianos que veía comulgar! Pero apenas
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 195

osaba mezclarme entre aquellos que, cada viernes de Cua­


resma, venían a besar con reverencia la corona de espinas.
Mientras tanto, pasaban los años y mi situación se hacía
insoportable. En secreto, oraba a Dios con lágrimas y, sin
embargo, no me atrevía a abrir la boca. Y, no obstante,
mis objeciones se hacían cada vez más débiles, y la exi­
gencia de Dios cada vez más fuerte. ¡Oh! ¡Qué bien re­
cuerdo este momento y con qué firmeza presionó Dios en
mi alma! Pero, ¿cómo tuve ánimo para resistirle? Al ter­
cer año leí los escritos postumos de Baudelaire. Y vi que
el poeta preferido por mí a todos los franceses había reco­
brado la fe en los últimos años de su vida y que se había
visto atormentado por las mismas angustias y por lo6 mis­
mos remordimientos que yo. Reuní todo mi valor y, una
tarde, me acerqué al confesonario de St. Médard, mi pa­
rroquia. Los minutos durante los cuales estuve esperando
al sacerdote fueron los más amargos de mi vida. Me en­
contré con un viejo que pareció conmoverse muy poco ante
la historia que a mí, sin embargo, se me antojaba muy inte­
resante. Habló sobre los «recuerdos de mi primera y santa
comunión» (con gran disgusto mío). Me ordenó taxativa­
mente manifestar mi conversión a mi familia; hoy com­
prendo que no puedo culparle por ello. Humillado y de mal
humor, salí del «cajón» y no volví hasta el año siguiente,
Ahora estaba ya completamente vencido, sometido y exte­
nuado. Allí, en aquella misma iglesia de St. Médard. en­
contré un joven sacerdote, compasivo y fraternal, el abate
Ménard, que me reconcilió con la Iglesia. Má- tarde conocí
allí a otro santo y venerable sacerdote, el abate Villaume.
Fué mi director y muy amado padre espiritual, cuya po­
derosa protección desde el cielo experimento ahora de con­
tinuo. Recibí la segunda comunión, como la primera, el
día de Navidad. 25 de diciembre de 1890, en Notre Dame.
UNA A MI S T A D ENTRE P OE T A S
SOCORRE EN LA MISERIA ESPIRITUAL
p o r F R A C I S J A M M E S
( F ranci a )

Hasparren; poeta de la ternura y de la belleza. Sus


novelas son sumamente leídas. Entre ellas merecen
especial mención «Le román du liivre» (La novela
de la liebre), así como nAlm/ñden y mMarie». Jammes
se convirtió al catolicismo en 1905. Murió rn 1938.

U Y o soy el que otorga al hombre la sabiduría y el


| que ilumina la inteligencia de los pequeños, me­
jor que cualquier hombre pudiera hacerlo con
su doctrina...
Yo soy el que en un momento eleva el entendimiento
del humilde a tal altura que penetra en la verdad eterna
más profundamente que si hubiera estudiado diez años en
las escuelas. Enseño sin ruido de palabras y sin confusión de
pareceres, sin ostentación, sin argumentaciones ni disputas .
( Imitación de Cristo, III. 43. 2, 3.)
La más miserable, la más oscura de todas Jas conver­
siones es la mía. No me be acercado al Señor con flores
de alegría en las manos ni con cantos dulces como la miel
en los labios. Mi caso fué el de un niño sombrío que siente
vértigo, pierde el equilibrio y súbitamente ve la rama que
sale de la orilla y se agarra a ella. Aquella rania que la don­
cella alargó a la niña que estaba ahogándose en el torrente
de Betharram. Había yo bebido de ciertas fuentes y comi­
do de ciertas frutas. Traspasé los limites que hen sido pues­
tos al hombro. Una fría tristeza me invadió y una especie de
muerte pesaba sobre mí. porque no comprendía que no se
puede al mismo tiempo hacer el mal y pedir a Dios el bien
inefable de sus continuas gracias.
198 SEVERIN LAMPING

Recuerdo aún cómo un día yacía eu la cama, enfer­


mo de cuerpo y alma, humillado, lamentablemente neu­
rasténico. Al levantarme, después de veinte minutos de se­
mejante postración, dije con voz ahogada en lágrimas:
«¡Tiene que ser verdadera, o nada absolutamente es ver­
dadero !»
¿Quién «tenía que ser verdadera»? La Iglesia católica,
.‘Apostólica y romana. Paul Claudel, mi segundo ángel de
la guarda, había comenzado de nuevo, a pesar de encon­
tramos separados p o r océanos, a informarme sobre ella.
Aquel domingo me levanté para ir a la catedral de Bur­
deos a llorar en misa. Pero en lo profundo de mi ser co­
menzó a surgir una alegría. ¿Era posible que el hombre se
sintiera inundado de semejante dicha? Por primera vez
notaba yo, pagano como era, el movimiento que Dios rea­
lizaba en el abismo informe de mi existencia. ¡A ti, oh
Padre, te conocí primero!
Pero tenía que venir la práctica para que la luz celestial
de la gracia penetrara con su resplandor por las grietas de la
masa de tierra que soy yo. Terribles remordimientos de con­
ciencia me asaltaron; tan grandes, que llegué a dudar de
que me fueran posibles la confesión y la comunión. Pero
un día llegué a esta conclusión: «Es imposible que Dios
impida unirse con él a un hombre que le busca ardiente­
mente.» Y entonces me resolví, después de haber pedido
consejo, a caminar sobre espinas y serpientes, y pedí, como
afligido peregrino, a Nuestro Señor Jesucristo que me com­
putara como méritos aquellas pruebas espirituales cuyo
aprovechamiento impiden tantos sacerdotes ignorantes.
Estoy viendo aún el modesto aposento en que el padre
Michel oyó mi confesión y me dió la comunión, el 7 de
julio de 1905. Claudel ayudó la misa; su rostro iluminado
se inclinaba sobre los sagrados vasos. Recuerdo mi melan­
colía, una pequeña viña con una pomarada, una planta
bien oliente.
Usted lo sabe, mi amado padre espiritual, y tú tam­
bién, hermano, que en aquellos días grandes y ardientes
que precedieron al Corpus, volviste de China. Vosotros sa-
b<*is que me he fortalecido. Vosotros sabéis que he seguido
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 199

trabajando sin confusión en mi obra, cuando tanta debili-


dad gritaba sobre mi humillación. Vosotros sabéis que el
Salvador, eí de las bodas de Cana, me ha bendecido; que
alcé mi tienda, que abrí una casa, que he puesto mi morada
a la sombra de Dios, con cuatro hijos, el último de lo6 cuales
se llama Pablo; ¡tu ahijado, Claudel!
EL S E C R E T A R I O G E N E R A L DE L A S
JUVENTUDES COMUNISTAS ESPAÑOLAS
p o r E N R I Q U E M A T O R R A S
(E spaña)

Madrid; fué secretario general del Comité Cen­


tral de las Juventudes Comunistas de España, y en
1934 volvió a la Iglesia católica. Después de su con­
versión publicó en la prensa una retractación del
comunismo y un llamamiento a sus antiguos cama·
radas invitándoles a seguir su ejemplo.

hijo de proletarios—mi padre era cartero, mi

S
IENDO
madre procedía del campo— , me vi obligado a tra­
bajar desde la niñez. Después de abandonar el cole­
gio a los once años, tuve un puesto de vendedor de pe­
riódicos y lotería en el «Café Oriente», en Atocha. Al
comenzar mi vida de trabajador, poseía yo una forma­
ción mejor que la mayor parte de los niños proletarios
de mi edad. Mi educación, que debo a los Hermanos de
las Escuelas Cristianas, me había dado una buena instruc­
ción elemental. Junto con una buena dirección cristiana,
hubiera sido para mí una bendición: al faltarme ésta, sólo
irvió para aumentar mi daño. El trabajo del día era duro.
Desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche me
veía expuesto a las inclemencias del tiempo y tenía que
vocear periódicos y revistas.
Sensible como era, e*to produjo en mí un grran descon­
tento. Comparaba mi vida con la de otros muchachos que
veía pasar ante mí en dirección a ia próxima Facultad de
Medicina, y mi entendimiento se sublevaba y me decía que
esto no era justo. Este sentimiento despertó en mi el deseo
de mayor cultura, de saber más, de poder algún día em­
prender una carrera como ellos.
Desde aquel momento me di a la lectura intensiva.
leía todo : periódicos, novelas y cualquiera otra gasta, qnfe
¿02 ¡SEVERIM 1 AMPING

cayera en mis manos. Naturalmente, semejantes lecturas 110


me fueron provechosas, y uno de sus primeros efectos fué
la pérdida de la fe, que, a tui parecer, me hacía esclavo de
la injusticia social.
Pasaron los años entre continuos esfuerzos por asistir
a conferencias de todas las especies y matices, por devorar
toda clase de libros y tomar parte en toda reunión en que
pudiera aprender algo nuevo. El resultado de todo esto fué
una total confusión en el mundo de mis ideas. Al mismo
tiempo, comenzaron en España las inquietudes políticas
que precedieron a la caída del general Primo de Rivera, y
este movimiento aumentó aún más mi desasosiego. Por
entonces tenía yo varias ocupaciones. Pero—a decir verdad—
aun cuando iba a una academia para adquirir conocimientos
en la contabilidad y otras ramas del comercio, dedicaba a la
política mayor interés que a mi trabajo. Al estallar, por
fin. la revolución en diciembre de 1930, me decidí a ingresar
eu las fiías de los comunistas. Ya en el otoño anterior me
hab»a puesto en contacto con un grupo de revolucionarios,
que publicaban una revista titulada Rebelión. Esta revista,
aunque no proclamaba el marxismo abiertamente, repre­
sentaba. sin embargo, una tendencia fuertemente materia­
lista. Yo era su entusiasta colaborador, y escribía princi­
palmente artículos contra la religión y la Iglesia.
Mi ingreso oficial en el partido comunista tuvo lugar en
diciembre de 1930. Después de haber sido algunos días
miembro de una «célula», fui nombrado por la Junta Di­
rectiva Superior miembro del Comité Central de las Juven­
tudes Comunistas. No necesito decir que desde entonces
mis lecturas favoritas fueron las obras de Marx, Engela,
Lenin, Bucharin, Stalin, etc. Me entregué con todas mis
fuerzas a las tareas de la Organización. En abril de 1931
se proclamó la República, y poco después las Juventudes
Comunistas ¡»ublicahon su revista Juventud Roja. Fui nom­
brado miembro de la redacción y administrador. Además,
desarrollaba, a la cabeza del Comité de Madrid, una acti­
vidad intensa.
No quisiera extenderme aquí sobre todas las acciones
revolucionarias que por entonces hicieron que el comunismo
español se desenvolviera rápidamente. Al tratar de consti­
tuir una «eélula» en un cuartel, fui detenido y puesto a dis­
posición de un tribunal militar. La detención, que aprove-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 203

ché para ej descanso, el estudio y Ja meditación, sólo sirvió


para robustecer mis ideales revolucionarios. La prisión fué
para mí casa, escuela, santuario, todo. Seis meses tuve que
permanecer allí. Al ser puesto en libertad, »e publicaba ya
el órgano central del partido, Mundo Obrero. Se me nombró
redactor, lo cual no duró mucho, pues el 22 de enero de
1932 fué prohibida la hoja por el Gobierno, a causa de su
propaganda revolucionaria, y dejó de publicarse.
Por entonces se puso enfermo Etelvino Vega, secretario
del Comité Central de las Juventudes Comunistas. Para evi­
tar su detención y, al mismo tiempo, para reponer su salud,
fué enviado a un sanatorio de Rusia. Con esta ocasión fui
nombrado yo secretario general.
Puedo decir que, desde entonces, con mi actividad a la
cabeza de toda la Organización Nacional de las Juventudes
Comunistas de España, asumí también ]a responsabilidad
de todo el movimiento. Pero en la misma medida en que
mi actividad se hizo entonces más intensa, comenzaron tam­
bién lo s desengaños a deprimir mi espíritu. La vida privada
de los funcionarios, de los emisarios de la Internacional, de
los círculos superiores comunistas, me desilusionó.
Pude comprobar con mis propio« ojos que les interesaban
poco la libertad del proletariado y los derechos de la clase
obrera. Lo único que les importaba siempre era su propio
provecho. No obstante, seguí fiel a la teoría, pues me dije
que las faltas y debilidades que veía eran cosa« humanas;
pero que la idea, el marxismo en sí, permanecía siempre
y a pesar de todo puro e intachable. Para vencer mi desilu­
sión me consagré más que nunca a la actividad organiza­
dora. Este celo me llevó a la cárcel varias veces y me dió
fuerzas para soportar toda clase de fatigas, lo mismo el ham­
bre que los viajes por todos los caminos de España, de un
extremo al otro. Todo lo sobrellevaba con entusiasmo y fe.
Estaba firmemente convencido de la victoria del proletariado
por medio de la revolución y de que. después, todos los
males de la sociedad serían curados. Trabajaba sin descanso.
No había entonces en España ninguna publicación comu­
nista que no llevara mi nombre al pie de algún artículo.
En los mítines, mis discursos lanzaban oleadas de odio.
Y, sin embargo, mi alma joven y arrebatada necesitaba
de algo más elevado. Sentía el anhelo de defender algo noble,
de luchar por un ideal excelso. Todo lo que entonces la
204 SEVERIN LAMPING

rodeaba era demasiado bajo. Así comenzó en mi corazón


una crisis moral, que con frecuencia me llevaba a un estado
de gran melancolía. Entonces busqué un calmante donde
esperaba encontrarlo: en la mujer. Trabé especial amistad
con una camarada comunista y tuve la gran suerte de que
nuestras almas se fundieran en una. Tuvimos una hijita.
Y, sin embargo, tampoco esto me satisfacía. Mi corazón
enfermo quería otra cosa más espiritual, más sublime que
todo esto.
Nuevamente recaí en mi crisis anímica. Me encontraba
en un estado en que todo me era indiferente. Con el pre­
texto de estar cansado, aflojé en mi celo por el comunismo.
Ahora buscaba remedio en las diversiones. Me entregué a
ellas sin freno ninguno. El resultado era siempre el mismo :
cada vez más triste el vacío interior, cada vez más oscura
la noche del alma. Temí volverme loco. Lo que yo había
amado en la vida, lo que me había servido de espuela y
acicate, todo, absolutamente todo, fracasaba.
Había esperado que el materialismo histórico resolviera
la cuestión social. Ahora veía claramente su incapacidad
para ello. Me encontraba, por el contrario, ante una socie­
dad descompuesta, llena de aquellos defectos y lacras que
precisamente se debían suprimir. Veía algunos sectores ca­
pitalistas que, preocupados únicamente de su provecho, no
se ocupaban lo más mínimo de los problemas sociales, y
sólo concedían mejoras a los trabajadores cuando éstos se
ia= arrancaban por la fuerza. Veía un Estado que se consi­
deraba obligado a servir incondicionalmente a los intereses
de esta? clases egoístas.
Y tampoco el amor a mi mujer y a mi hija, en el cual
me bahía volcado como un mar contenido, por más firme
y auténtico que fuese, podía llenar por completo lo más
íntimo de mi alma. Y, aunque era hermoso..., persistían
la desgana y el vacío de mi espíritu.
Había momentos en que me parecía que no valía la pena
vivir en un tiempo tan absurdo, y creía que lo mejor sería
poner fin a todo y librarme de los tormentos que torturaban
a mi alma. I
Pero he aquí que un día, mientras paseaba por uno de
los parques de Madrid, entregado a mis pensamientos, me
encontré con un conocido antiguo, no recuerdo si de los
tiempos de colegio o del puesto de periódicos. Lo cierto es
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 20S

que, en el transcurso de la conversación, supe que se había


hecho espiritista, y fui invitado a tomar parte en una sesión.
He de confesar que siempre me había parecido e] espiri­
tismo sumamente ridículo, mas, por pasar el tiempo, acepté
la invitación. Como esperaba, no asistí a nada extraordina­
rio, sino a cosas absolutamente grotescas, que me divirtie­
ron. Sin embargo, se me dió un folleto de Alian Kardec,
resumen de su teoría, que ya me era conocida. En él se
hablaba de «Dios». Esta sola palabra despertó en mí innu­
merables recuerdos: el colegio, la iglesia, las filas de los
alumnos al ir los domingos a oír misa en la parroquia, la
primera comunión. En estos recuerdos pasaron las últimas
horas de la noche, y la consecuencia fué que. a la mañana
siguiente, me dirigí a una librería de viejo y pedí una
Biblia, pues deseaba leer algunos pasajes. Si he de ser sin­
cero, lo hacía más por curiosidad que por otro motivo.
No tenía en mi corazón la menor sospecha de que esto
pudiera ser el primer impulso para mi conversión.
Compré la Biblia y comencé a leer. No tardé en encon­
trarme, entre los diversos pasajes del Evangelio, uno sobre
la justicia social. Lo leí con avidez y, cuanto más avanzaba,
tanto más iba descubriendo horizontes que hasta entonces
me habían estado ocultos. Seguí estudiando, y entonces
comprendí que acaso la religión cristiana pudiera dar la
solución a mis dificultades. Pero esto era para mí un gran
problem a. ¡Me encontraba unido con mi compañera comu­
nista, hija de uno de los más altos dirigentes del partido
en toda España. La amaba sinceramente. Además, teníamos
una hijita que yo debía alimentar y educar. Todo esto
ocasionaba insuperables dificultades para la solución de mi
gran problema. Entonces se me ocurrió una idea: pedir
consejo a un sacerdote. Pero, ¿a quién? Dudaba de que se
me pudiera comprender. Temía que no se preocuparan de
mí y que contestaran a mis preguntas con lugares comunes,
en vez de darme respuestas concretas. Sin embargo, me de­
cidí al fin. Supe que en la parroquia de Santa Teresa y
Santa Isabel, en que yo había recibido el bautismo y la pri­
mera comunión, seguía aún el mismo sacerdote que me había
preparado a esta última. A él me dirigí.
Esta entrevista fué el principio del fin. El párroco se
mostró muy comprensivo conmigo, me prometió dirigir
mis pasos v me animó. El mismo estaba firmemente con­
206 SEVERIIN LAMPINO

vencido de que sus oraciones serían escuchadas por el Altí­


simo. Comenzamos, pues, con el siguiente plan. Todas las
tardes a una hora fija acudía yo a la sacristía de nuestra
parroquia, para conversar con él durante una hora sobre
materias religiosas, con lo cual mis dudas acerca de la Re­
velación fueron disipándose poco a poco. Nuestras discu­
siones tuvieron un éxito tal, que ya a los pocos días se des­
pertó la fe en mi corazón, y desde entonces estuve conven­
cido de que todo llegaría a arreglarse. Este cambio en mi
alma, antes fría y árida, ahora llena de calor y de vida, llenó
mi corazón de júbilo. Mi director espiritual me dió el con­
sejo de explorar prudentemente el ánimo de mi compañera
para conocer su actitud. Además, me recomendó que pidiera
a Jesús Crucificado con todo el fervor de mi corazón el yerme
libre de mis dificultades. Así lo hice. Y, a los pocos días,
conseguí que mi compañera fuese conmigo a la iglesia para
participar en la instrucción religiosa.
Tan bien se nos presentaron las cosas, que, una vez qui­
tados todos los impedimentos, ya no hubo dificultad para
nuestro matrimonio eclesiástico. Pero tampoco ahora cesé
de negar mi aprobación a la injusticia social, y por eso
busqué una solución compatible con la religión, y que pro­
tegiera el derecho de los oprimidos contra la explotación de
los poderosos. Confié también esta duda á mi director espi­
ritual, y también para ella encontré solución. En la doc­
trina social católica hallé la fuente en que pude apagar mi
^-ed y acallar mis anhelos de libertar a los oprimidos. Ahora
veía claramente que en esta doctrina se contenían la más
dura condenación y los más terribles anatemas contra los
explotadores del trabajador.
Todo se deslizaba ahora con suavidad. También mi com­
pañera se convirtió y consintió en el matrimonio. El 11 de
mayo de 1934 nos casamos y el mismo día fué bautizada
nuestra hijita, que entonces tenía trece meses.
La parte espiritual estaba ya solucionada. Ahora se tra­
taba de dar cauce a mis anhelos de defender activamente
mi nueva causa. En las filas de.1 sindicalismo católico pude
satisfacer estas ansias, y el 16 de] mismo mes de mayo pu­
bliqué en la prensa una declaración en la que repudiaba
mis pasados errores e invitaba a mis antiguos camaradas
a seguir mi ejemplo. AJ mismo tiempo manifestaba mi in­
greso en las filas de los militantes en el movimiento católico
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 207

obrero. A6Í lo hice, y, desde entonces, mi entusiasmo ha


sido cada vez mayor, así como mi convencimiento de que
é9te es el único camino salvador para la Humanidad y para
la clase obrera.
Al pensar hoy en mi pasado inquieto, en Jas masas tra­
bajadoras que están separadas de la fuente de la vida, y al
ver ahora los caminos de mi patria enrojecidos por la sangre,
enrojecidos por culpa de aquellas ideas que también yo pro­
pagué en otro tiempo, mi corazón se siente invadido de
tristeza y compasión. Porque la mayor parte de estos traba­
jadores que el odio marxista impulsa al crimen y a la muerte
están seducidos. En lo íntimo de su alma son buenos.
Además, sus exigencias están, en parte, respaldadas por la
justicia social. Esto no debemos olvidarlo. Su miserable
existencia, de la que son culpables las clases superiores, los
empuja a actos de desesperación, cuyas primeras víctimas
son ellos mismos. Frente a esta trágica situación, frente a
esta conmovedora tragedia social, hay que preguntarle si Ja
responsabilidad mayor no cae sobre los círculos sociales que
debieran servir de norma, por no haber cumplido con su
deber. ¡ ¡Por haber considerado la propiedad como instru­
mento absoluto, sirviéndose de ella como de un látigo para
someter a los débiles! ! Esta es la verdad. Y nosotros. los
católicos, tenemos que mirar esta verdad frente a frente
y con valentía, y no evitar cobardemente todo contacto con
ella. Nosotros, que conocemos la situación, debemos luchar
para dominarla; nosotros, que tenemos la dicha de conocer
en su integridad el mensaje de Cristo, tenemos el deber de
levantar nuestra voz, sin temor a las opiniones, a los pre­
juicios y, si fuera necesario, incluso a las persecuciones,
para condenar valientemente la injusticia e imponer el res­
peto debido a la ¡dignidad del trabajador!
A LA R E L I G I O N P O R
EL A M O R A LA P A T R I A
por R A M I R O DE M A E Z T U
(E spaña)

Madrid; notable ensayista y una de las más destacadas


personalidades en la actualidad cultural de España. Colabo­
rador asiduo de varios periódicos españoles e ingleses, por
ejem plo, de los periódicos españoles: ” A B C” , *’Heraldo
de Madrid” , ” Nuevo Mundo” , ” La Correspondencia de Es­
paña” , ” El Sol” (Madrid), ” Las Provindas\ (Valencia). Su
lucha va dirigida contra la corriente liberal española, que
pretende europeizar a España, El año 1932 fue Maeztu uno
de los fundadores de la revista histórico-política e histórico-
filosófica ” Acción Española” , de la cual es redactor (1).
Entre sus libros, son dignos de especial mención "La Crisis
del Humanismo” y ” Hacia otra España” . Durante la Dicta­
dura estuvo Maeztu en Sudamérica, en calidad de comisio­
nado especial del Gobierno. Ahora es diputado y alma de
” Renovación Española” . En sus casi innumerables artículos
periodísticos ha vertido un enorme caudal de conocimientos
acerca de las concepciones estéticas, morales y religiosas
que han ido surgiendo en la Europa septentrional y en ios
Estados Unidos, recogiendo asimismo la copiosa labor de
numerosos investigadores y psicólogos que se han preocu­
pado de la formación del carácter y de la educación en su
triple aspecto: físico, intelectual y moral. Sus campañas
periodísticas tienen el valor de un apostolado cultural. Ade­
más de las dos obras citadas, son dignas de mención: ” In­
glaterra en armas” , en que resumió sus impresiones acerca
del frente de batalla británico, y ” Don Quijote, Don Juan
y la Celestina” que ha sido considerada como producción
ele la época de plena madures de MaezUL, en que se ajusta
a los cánones del clasicismo.
En 1922 obtuvo el premio "Luca de Tena” , y el mismo
año ingresó en la Academia de Ciencias Morales y Políticas.
Posteriormente ha escrito su magnífico libro "Defensa de
la Hispanidad” , que tanta resonancia e influjo ha tenido en
las juventudes hispánicas de ambos lados del Atlántico.

O creo que pueda llamarme converso, porque nunca

N se rompieron del todo los lazos que me unían a


la Iglesia. Verdad que con los extravíos de la pri­
mera juventud surgieron en mi alma las primeras dudas,
(1) Recordamos nuevamente a los lectores que este libro se pu*
blicó en Alemania en 1935. El trágico fin de Maextu está aún en la
memoria de todos. (N. del T.)
14
210 SEVERIN LAMPINt;

y que no me cuidé en muchos años de buscar personas


que me las aclarasen. Yo me preguntaba por qué Dios creó
al diablo, y no podía contestarme satisfactoriamente. Tam­
bién es cierto que en mi vida de escritor, consagrado casi
exclusivamente al problema de mi patria española, que
fué grande y decayó después, sin que hasta ahora se hayan
dilucidado con claridad las razones de su grandeza y de su
decadencia, he pensado durante muchos años, y todavía lo
piense en cierto modo, que los españoles de los siglos XVI
y xvii habían sacrificado a la gloria de Dios y de la Iglesia
los intereses inmediatos de la patrie. A pesar de este co­
mienzo de posible conflicto entre mi religión y mi patrio­
tismo, difícilmente se encontrará, entre los miles y miles
de artículos que en el curso de cuarenta años he publicado
en los periódicos, algún que otro párrafo contrario a las
doctrinas de la Iglesia. En cambio he defendido, siquiera
incidentalmente, las ideas y los sentimientos cristianos en
todos los períodos de mi vida. Si recuerdo un artículo de
1901, es porque entonces le acometió al pueblo de Madrid
uno de los accesos de anticlericalismo que hubo de padecer
en el curso del siglo xrx. Varios sucesos concurrieron al
éxito de un drama antirreligioso llamado «Electra», escrito
por Galdós, nuestro gran novelista. Fui uno de los escrito­
res jóvenes que asaltaron el escenario del teatro Español
r>ara aclamar al autor. Mas, para demostrar que mi actitud
^o =e debía a anticlericalismo, sino puramente a respeto
literario por Galdós, escribí y publiqué en aquellas sema­
na« el elosrio de las jóvenes que preferían la vida del claus­
tro a la del mundo, tesis antagónica a la de «Electra».
Si no se rompieron del todo mis lazos con Ja Iglesia se
debe, en parte, a la influencia de tres personas: don Eme·
terio de Abechuco, párroco de la iglesia de San Miguel, en
Vitoria, donde fui bautizado, quien me preparó muy espe­
cialmente para Ja primera comunión, haciéndome ir a su
casa por las tardes para explicarme detalladamente los dog­
mas de la Iglesia. El recuerdo de don Emeterio, altísimo
y ascético, huesudo y grave, amigo de los libros y muy
caritativo, quedó en mi mente fijo como modelo de rectitud
v de bondad. La segunda persona fué una criada guipuz-
coana, Magdalena Echevarría, que vivió en nuestra casa
cuarenta años; trataba de tú a todos los hermanos y era
tratada de usted por nosotros, que la respetábamos como
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 211

a una segunda madre, porque Jo curioso de aquella mujer


es que, sin haber aprendido a leer y escribir, ni siquiera
a habjar bien el castellano, era clarividente en cuestiones
de moral, se desvelaba por el honor de la familia, y aunque
sólo últimamente he llegado a entender que su genio moral
se débía a la intensidad de su vida religiosa, siempre la
tuvimos los hermanos por santa o poco menos, y nos pare·
cía el prototipo de Ja abnegación. La tercera, Manuel de
Zurutuza, fue un amigo de la primera juventud, en quien
admiraba el juicio penetrante y la conducta de caballero
cristiano, y que fue la primera persona que me mostró
prácticamente Ja posibilidad de conciliar la inteligencia
con la fe. Aquí he de decir que en el último tercio del
pasado siglo reinaba en ej norte de España el prejuicio de
suponer que las gentes inteligentes eran poco piadosas, y
las piadosas poco inteligentes. Creo que los recuerdos de
estas tres almas creyentes y queridas hubieran bastado para
apartarme de Ja tentación materialista de negar la existen­
cia del espíritu, pero permanecía alejado de la Iglesia,
porque no veía sus remedios para los males de mi patria,
y es probable que de no haberme puesto a estudiar Filo­
sofía, no hubiera llegado nunca a preguntarme en serio si
era católico o no lo era, porque el periodismo es dispersión
del alma, y a fuerza de ocuparme cada día de temas episó­
dicos, se me pasaba el tiempo sin reflexionar nunca en los
centrales, por lo que habré tardado unos veinte año« en
buscar el camino que San Agustín hizo de un vuelo en
diez minutos.
La primera filosofía que estudié fué la de Benedello
Croce. Ello ocurrió en 1908. Su Filosofía del Espíritu me
alejó de Ja fe. En el sistema de Croce, todo el Universo
es espíritu, y el espíritu no necesita más que Ja libertad
para pasar de la teoría a la práctica, y de ésta nuevamente
a la teoría, de la estética a la lógica y de la economía a la
ética, y progresar continuamente y desarroller?e a! i^ñtiiio.
lia conclusión práctica que saqué de todo ello es que lo«
conservadores y los reaccionarios no son más que la resis­
tencia de Ja materia al paso del espíritu. Pero, como Croce
no nie enseñaba lo que es la materia, ni siquiera admitía,
sino indirectamente, su existencia, tuve que buscar otro
sistema que me sacara de mi perplejidad; y asi hubieron
de pasar algunos años antes de darme cuenta de que para
23 2 SEVERIN LAMPING

«libertar» el espíritu es muy conveniente disciplinar la


vida práctica.
El hecho es extraño; pero yo debo a Kant, cuya filo­
sofía empecé a estudiar en Alemania en 1911, el funda­
mento inconmovible de mi pensamiento religioso. Ya sé
que Kant ha llenado de escépticos el mundo, con su doc­
trina de que Dios, la inmortalidad del alma y el libre
albedrío son postulados indemostrables de la razón práctica.
Ya sé también que es la lógica de Kant la que ha creado
en el mundo la confusión entre el espíritu y el no espíritu;
pero lo que a mí me enseñó precisamente es que el espíritu
no puede proceder del no espíritu; porque lo que me sor­
prendió de su filosofía no fué tanto la tesis de que los
juicios sintéticos a priori no podrían ser válidos si no hu­
biera categorías del pensamiento que son al mismo tiempo
categorías del ser, sino la existencia misma de juicios sin­
téticos a priori, el hecho de que 2 + 2=4 sea un juicio sin­
tético a priori, es decir, el hecho de que las matemáticas
y la lógica no sean, ni puedan ser, reflejo de la naturaleza
material, sino que son, y tienen que ser, creación del espí­
ritu. Al cerciorarme de ello, tuve que decirme que el es­
píritu es original, y no derivado de la materia, y con ello
me limpié para siempre de todos los restos de doctrinas
darvinianas que en mi ánimo quedaran, aunque, a decir
verdad, no había estudiado nunca el darvinismo; pero lo
había respirado del aire de mi tiempo. Todo lo demás que
aprendí de Kant me pareció trivial al lado de estas conse­
cuencias decisivas: no sé, ni me importa, si el cuerpo del
hombre procede del mono, pero estoy cierto de que el
espíritu no puede venir más que del espíritu. Esta verdad
parecerá muy elemental a las personas espirituales y re­
flexivas, pero eítov seguro de que si se repitiera y propa­
lara lo bastante, no habría tanto incrédulo entre las gentes
educadas de los países latinos, porque, entre nosotros, in­
credulidad y materialismo suelen ser una misma cosa.
La moral de Kant y su imperativo categórico : «Obra
de tal manera que la máxima de tu acción pueda conver­
tirse en ley universal de la naturaleza», no me sedujeron
ni mucho ni poco; en primer término, porque es evidente
que no todas las normas de la naluraleza, por ejemplo, la
de que el pez grande se come al chico, pueden convertirse
en máximas moralidad, y. además, porque es corriente
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 213

entre las gentes depravadas la tendencia a inficionar a las


demás de su6 depravaciones, con lo que dicho queda que
la universalidad no es por sí misma criterio de bondad.
De otra parte, tampoco podía contentarme con )a moral
moderna de los hombres y dedicarme, como los socialistas,
a hacerlo» felices en un mundo mejor, sin cuidarme de
mejorarlos previamente, porque es evidente, por lo prime·
ro, que toda mejora permanente de los servicios públicos
dependerá de las virtudes cívicas de los funcionarios que
los administren, y porque también enseña la experiencia
histórica que los hombres tienden a empeorar cuando se
mejoran sus condiciones de vida, si no se cuida una educa­
ción severa de mantener y reforzar sus virtudes, o si no
les obliga a ello la disciplina social misma. .M hambriento
hay que darle pan. Esto es indiscutible; pero lo importante
no es mejorar el mundo, sino mejorar a los hombres, ha­
cerlos más fuertes, más inteligentes y más buenos.
Aún es más extraño que deba yo a Njetzsehe mi aleja­
miento de los utopistas y mi convicción de que es preciso,
para que los hombres se perfeccionen, que se sientan de
nuevo pecadores, como en los siglos de más fe. Esta con­
secuencia de las doctrinas de Nietzschc no ha llamado
tanto la atención como su odio al cristianismo y su con­
cepción del superhombre, pero creo que. andando el tiem­
po, será Nietzsche considerado como uno de lo« precurso­
res del retorno de los intelectuales a la Iglesia, y merecerá
este honor por haber sido el pensador moderno que con
más elocuencia ha enseñado a las gentes a desconfiar de
sí mismas. Yo había leído a Nietzsche por patriotismo. La
flojedad que sentí en mí y en torno mío durante los años
de las guerras coloniales, terminadas en 1898 con la agre­
sión de los Estados Unidos, que a su prestigio de potencia
invencible unió la aureola de nación libertadora de pue­
blos oprimidos, me hizo sentir la necesidad de hombres
superiores a los que teníamos, ¡Hombres superiores! Lo
que España necesitaba es lo mismo que Nietzsche había
predicado : «Os enseño el superhombre. El hombre es algo
que debe superarse. ¡Qué habéis hecho para superarle?»
(7<7i hhrv euch den Vbermmsehen. Der Mensch ist etuas,
das übortvundcn iverdm solí, JTos haht ikr getnn. ihn zu
überudnden?) Y lo que Nietzsche nos ensaña es lo mismo
que Ja Tglesia nos viene diciendo desde siempre: Hay que
214 SEVERIN LAMPING

superar al hombre, al pecador, en cada uno de nosotros.


Verdad que Nietzsche acusa al cristianismo de haber creado
una moral contra natura; pero aquí no podía seguir a
Zarathustra, poique había aprendido en Kant que los jui­
cios sintéticos a priori no vienen de la naturaleza material,
porque 110 proceden de la experiencia, y de ello había
deducido que el reino del espíritu no es naturaleza, la natu­
raleza de los materialistas, sino sobrenaturaleza. Por otra
parte, lo que es el superhombre no me lo decía Zarathus­
tra, y tenía que ir a buscarlo a otros modelos.
Los Evangelios me habían parecido siempre un libro
aparte. Como los escritores somos dados a la vanidad, se
e o s figura que en nuestros mejores momentos seríamos capa­
ces de escribir una página como Platón, o como Shakes­
peare, o como Cervantes. El nivel de los Evangelios, en
cambio, me ha parecido siempre inalcanzable. Lo que en
ellos se dice es lo que había que decir en cada instante y lo
que nunca se nos hubiese ocurrido. Pero, además, lo dicen
exactamente como se debe, porque el ideal literario no
consiste en exponer de un modo complicado las cosas sen­
cillas, sino en expresar las más sutiles con las palabras que
oyen los hijos a su madre. Nuestro Señor habla a las gen­
tes como un padre a sus hijos, y les dice Jas cosas más pro­
fundas, las profecías más remotas, las revelaciones más
inesperadas de sus pensamientos más íntimos, ya en con­
ceptos directos como espadas, ya en parábolas sacadas de
los quehaceres cotidianos de un pueblo labrador. Y nadie
ha escrito mejor nunca que los cuatro discípulos las pala­
bras del Maestro. Pero, además, la figura del Hombre que
no; •■'"estiman no es menos importante que lo que nos di­
cen. Ya en esto mi'mo nos muestran al sabio y al profeta,
al y al vidente.
En sus actos, en cambio, se nos revela no tan sólo un
poder muy superior al nuestro, sino una disciplina o maes­
tría de ese Poder que hacen de Jesús ej mejor «profesor
de energía», como se decía hace treinta años. Un gesto
suyo basta para arrojar a los mercaderes del templo, y
todo el tiempo sentimos que si quiere puede acabar con
Pilatos, Caifas y Herodcs. Pero que se contiene porque no
ha venido al mundo para eso, sino para enseñarnos que
Dios es amor, lo que impide que sintamos a cada momen­
to aouella omvinotencia suya, que de tan admirable modo
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 215

supo expresar el maestro Mateo en el Pórtico de la Glo­


ria de la catedral de Santiago. ¿Qué mejor escuela de ener­
gías que esa constante contención del poder?
Ya convencido de que el modelo moral para el hom­
bre ha ,de buscarse en los Evangelios, vagaba por las ca­
lles de Londres cuando una tarde vi en la fachada de una
capilla protestante, creo que bautista, una inscripción que
decía: «All foreigners are welcome» (Sean bienvenidos
todos los extranjeros). Han pasado veinticinco años desde
entonces. La sacudida que esas palabras me produjeron
me dura todavía. La idea de ser extranjero en una casa
de oración me fué tan repugnante, que creo que ha sido
decisiva en mi vida. Ya me daba cuenta de que la invi­
tación se inspiraba en el mejor de los propósitos. Proba­
blemente se trataba de una congregación pequeña v de­
seosa de extenderse; pero a un español no se le hubiese
ocurrido invitar a los extranjeros, ni a los extraños, a en­
trar en su templo, porque no hay extranjeros para la ca­
tedral de Burgos. Años después he podido cerciorarme de
que América fué descubierta porque los españoles creía­
mos que los habitantes de las tierras desconocidas, cuyos
caminos andábamos buscando, podían convertirse y salvar­
se, lo mismo que nosotros. Si el padre Francisco de Vitoria
creó el Derecho internacional, fué también porque *a «o-
viabilidad universal de los hombres era el cimiento de todo
su sistema jurídico. Si el padre Láinez. segundo arenera!
de los Jesuítas, consiguió en Trento que fuera rechazada
la «justicia imputada», que proponía el agustino Seripan-
do, fué por su ardiente convencimiento de croe los medios
de justificación que Nuestro Señor nos había proporcio­
nado eran suficientes para la salud de cuantos hombres
qiiisierívj aprovecharlos. Todavía hace pocos años el pa­
dre González Arintero. que es el más sabio de nuestros
místicos, decía en su obra fundamental q u e: «No hay
proposición teológica más segura que ésta : a todos sin ex­
cepción, se les da —proxime o remóte— una gracia sufi­
ciente para la salud.» Era. pues, toda la tradición del ca-
tol ioismo español la que se revolvía dentro de mí contra
el pensamiento de considerarme extranjero en un templo.
Entonces no la conocía, pero mi herencia nacional rre
la hacía sentir.
Por aquellos años traté a una serie de hombres preoctt-
216 SEVEKIN LAMPING

pados en temas atines a los míos que ejercieron »obre mí


considerable influjo. T. H. Hulme, muerto en Ja guerra,
se había dado a conocer, cuando estudiante, con una con·
ferencia en Cambridge, en la que mantuvo la tesis de que
los romántico* son gentes que niegan el pecado original y
se imaginan a los hombres como reyes encarcelados, que
recobrarán el trono en cuanto se les ponga en libertad;
sostenía que el arte y el pensamiento estaban estéril izados
a causa del naturalismo y del subjetivismo. Proyectaba
una polémica de muchos años, a fin de restaurar los prin-
cipios del clasicismo cristiano, en filosofía y en moral. Era
gran entusiasta de la doctrina ética de Mr. G. E. Moore,
por haber restaurado la creencia en la objetividad del
bien frente aj relativismo de los modernos. Pero Hulme
no influyó en mí tan sólo por sus ideas, sino por su con­
ducta. Voluntario dos veces en la guerra, primero herido
en el campo de batalla, muerto luego, me enseñó con el
ejemplo que la devoción cívica y ej valor guerrero son
virtudes de la caridad y del espíritu, sobreponiéndose a
las flaquezas de la carne.
Arthur G. Penty, el arquitecto, que es el hombre, des­
pués de William Morris, que más ha heclio por hacer sim­
pático« los gremios medievales y las ideas de la Edad
Media sobre el precio justo, me enseñó Ja necesidad de
restaurar la supremacía del espíritu sobre el culto supers­
ticioso de las máquinas a que fían los modernos sus es­
peranzas de un mundo mejor. El barón von Hügel, que
me hizo ingresar en la Sociedad de Londres para el Es­
tudio de la Religión (London Society jar the Study o j Re­
ligión.), me mostró la posibilidad de conciliar la más ab­
soluta tolerancia para todo el que sinceramente profesa
una idea, eon la piedad exaltada. La Sociedad se reunía
una vez al mes para discutir un tema teológico desde el
punto de vista de la religión de cada uno de los reunidos
(unos enarenta entre católicos, anglicanos, disidentes y
judíos, de los cuales concurrían una mitad a las reunio­
nes), y era costumbre que el barón hablase después del
conferenciante para exponernos sus ideas. En cuantas oca­
siones pude oírle, adoptaba von Hügel el punto de vista
del conferenciante y lo defendía con calor, puní mostrar
en seguida la necesidad de un criterio contrario comple­
mentario y explicar que en la religión católica se armo­
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 217

nizaban uno y otro en un punto de vista superior. Me pa­


reció una fuente inagotable de sabiduría, de libertad de
espíritu, de caridad intelectual y de le viva.
Por aquellos año» andaba yo explicándome los dogmas
fundamentales de nuestra religión, no con la pretensión
ridicula de que se me esclarecieran los misterios, sino con
aquella otra razonable y recomendada por Pascal, de que
con esos misterios se esclareciera mi concepto del mundo.
Al estudiar, por ejemplo, los métodos de la filosofía y de
la economía, me encontré con que los autores debatían
la mayor o menor excelencia del teórico (deductivo), del
histórico o genético y del axiológico o valorativo, y llegué
a la conclusión de que los tres eran necesarios e insepa­
rables, aunque distinguibles; porque si se estudia la eco­
nomía o la filosofía es por el valor que tienen para el
hombre; mas, para poder valorarlas, es necesario distin­
guirlas de otras ciencias, y tanto los motivo? que impulsan
a las gentes a estudiarlas, como los problemas de esas cien­
cias, se plantean de un modo histórico, con lo que se roe
hizo evidente que el ser histórico de las cosas del espíri­
tu se une inseparablemente a su esencia y a su valoración.
Tal fué mi primer aproche al misterio de la Santísima
Trinidad. El segundo fué algo más directo. \1 ordenar un
poco mi sistema de valores caí en la cuenta de qu° todos
los que el hombre estima en algo pueden clasificarse en
tros grupos fundamentales: el poder, el saber v el amor,
porque en éste se incluyen todos los valores llamados es­
cépticos. Un análisis de estos tres grupos de valores me
mostró también que. si son fácilmente distinguibles, en
rigor son inseparables. El poder, por ejemplo, además
de poder ha de ser poder de saber o poder de amor, por­
que en cuanto se convierte en poder de ignorancia o de
odio se destruye a sí mismo, y otro tanto ha de decirse
del saber y del amor. Pero Dios, el Bien, es la unidad ab­
soluta del poder, del saber v del amor. Sobre la puerta
del infierno leyó Dante :

Fwemi 1« suprema polestate.


La somma sapiens«, il primo amo re.

Y así, cuando me enseñó Arintero que el Padre es la


personificación de la fortaleza, el Hijo de la verdad y el
213 SEVERIN LAMPING

Espíritu Santo del amor, y que loa pecados de flaqueza


se dirigen directamente contra el Padre, los de ignoran­
cia contra el Hijo y los de malicia contra el Espíritu San­
to, me encontré con que mis propias especulaciones me
habían llevado a la misma doctrina.
Al culto de la Virgen no volví por consideraciones in­
telectuales, sino por exigencias del corazón. Siempre juz­
gué lógico que la Encarnación se preparase su adveni­
miento, limpiándose el camino y escogiendo para ello una
umjer inmaculada v !ib’*e del pecado original; pero la ne­
cesidad de dirigir a Ella mi · ~ezos no nació de este pensa­
miento, sino de las llamas y los rescoldos de mis propias
pasiones. Cuando de ellas se recoge, como es inevitable,
la amargura de un gran desengaño, hace falta que surja
algún estímulo o con'velo rrre de ru^strn caída r»os levan­
te, so pena de degradación definitiva. Ninguno hay com­
parable al influjo que en casos tales puede ejercer sobre
nosotros ursa sombra blanca, una belleza moral pura que
nos redima al recordarnos que también somos suyos, que
r*o nc dejí* caer sin reprendernos y hacemos avergonzar
de nuestra caída y que sostenga en nosotros el respeto del
ideal hasta que venga finalmente, en la hora de la muerte,
si lo hemos obtenido, a cerrarnos los oíos. Cuando se pien-
r-z en lo significa en la hora de la desolación una figura
que encarna la pureza, se entiende mejor lo que era para
hombres vigorosos, corno los soldados y marinos de la Es­
paña antigua, el culi o a la Virgen, escudo que los prote­
gía contra la voluptuosidad, que es una degradación, por-
••e en ella se dedica el espíritu a idealizar los placeres
más bajos. Contra esta degradación fué compuesta la Salve
hace mil años en España, y no hav oración más dulce en
los labios de un hombre.
La cuestión <!o los milagros no me preocupó nunca gran
cosa, porque he vivido en tiempos que habían dejado de
creer en el fatal determinismo de las leyes naturales. Para
los espíritus reflexivos puede decirse que la región de los
milagros se extiende a casi todo el Universo. La vida es
un milagro; el alma, otro; la verdad, otro mayor. Que
los hombres nos comuniquemos nuestros pensamientos, que
de estos signos trazados sobre un papel deduzcan otros
hombres los mismos conceptos, es cosa que parece natu­
ral, pero que es absolutamente misteriosa. Y cuando se
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 215

ha comprendido la evidencia cotidiana de esta acción in­


explicable del espíritu «obre la ‘vida y sobre la materia,
desaparece en buena parte la dificultad para aceptar que
Dios haya querido mostrar señales especíale« de su acción
en el mundo a las almas escogidas, para que de ello pres­
ten testimonio. Otro de los temas que me han llamado más
poderosamente la atención ha sido el acierto, el de la
Iglesia, en punto a la doctrina moral, hasta cuando era di­
rigida por hombres sujetos a pasiones desencadenadas. El
Padre Arintero, en su obra fundamental Desenvolvimiento
y vitalidad de la Iglesia , me enseñó que sólo es explicable
por el infalible magisterio del Espíritu Santo, que va ins­
pirando a los distintos órganos de la Iglesia el conocimier-
to proporcionado a las exigencias de los tiempos y cir­
cunstancias. Testigo del mundo sobrenatural y guardián
de las buenas ro-t^mbres en este mundo, permanente vi­
gía del reino del espíritu, la Iglesia es al mismo tiempo
el mejor centinela de la tranquilidad, la dicha y el pro­
greso de los Estados temporales, porque es ella la que
hace que en todas las clases y regiones domine la idea del
derecho, la que consagra a los reyes y les recuerda su
deber de proteger al desvalido, con lo que el poder pú­
blico recibe al mismo tiempo una fuerz* que modera sus
excesos y una aureola carismática ru^ contribuye a ha­
cerlo respetado. No es sólo que vele por el orden al re­
primir las tendencias depravadas del hombre, sino que
estimula todos los progresos al fomentar sus tendencias
superiores, y al trabar con los lazos de amor las relacio­
nes de gobernantes y gobernedos, crea en la sociedad y
en el Estado una unidad armónica que es el secreto de su
fuerza y de su estabilidad. Otras religiones servirán al Es­
tado tanto como la Iglesia, pero la Iglesia es única, en
cuanto no sirve a los Estados sin sujetarlos a un ideal su­
perior a su propio egoísmo nacional. Por eso no hubo nun­
ca un gobierno que encontrara m eipres servidores que la
antigua monarquía española, mientras se mantuvo fiel a
su ideal misionero. Pero cuando se empezó a pensar en
ella que España se había sacrificado demasiado por la Igle­
sia. aparecieron el mismo tiempo los españoles que pen­
saron que habían hecho demasiado por la Monarquía y
por España.
Así hemos vuelto a España, que fué nuestro punto de
220 SEVERN LAMPING

partida. AI fin de todo ello me encuentro con que mi -pa­


tria perdió su camino cuando empezó a apartarse de la
Iglesia, y no puede encontrarlo como no se decida de nue­
vo a identificarse con ella en lo posible. Es mucha verdad
que en los siglos de la Contrarreforma sacrificó sus fuer­
zas a la Iglesia, pero esta es su gloria, y 110 su decadencia.
Dios paga ciento por uno a quien le sirve. Ya nos había
dado, por haberle servido, el Imperio más grande de la
tierra, y si lo perdimos a los cincuenta años de habernos
abandonado a los ideales de la Enciclopedia, debemos in­
ducir que la verdadera causa de la pérdida íué el haber
dejado de ser, en hechos y en verdad, una Monarquía ca­
tólica, para trocarnos en un Estado territorial y secular,
como otros Estados europeos. Algunas veces, en el curso
de mi vida, sobre todo en los años de mi residencia en el
extranjero, me ha asaltado el escrúpulo de no hacer por
España todo lo que podía, y ha sido este reparo el que
me ha hecho volver a mi patria cuando tenía cierto nom­
bre fuera de sus fronteras. Ahora tengo a menudo el re­
mordimiento de no dedicar a la religión buena parte del
tiempo y del pensamiento que pongo en las cosas de mi
patria. Lo que me consuela es haber hecho la experiencia
de la profunda coincidencia que une la causa de España
y la de la Religión católica. Ha sido el amor a E&paña y
la constante obsesión con el problema de su caída la que
me ha llevado a buscar en su fe religiosa las raíces de su
grandeza antigua. Y. a su vez, el descubrimiento de que
esa fe era razonable y aceptable, y no sólo compatible con
la cultura y el progreso, sino su condición y su estímulo,
lo que me ha hecho más católico y aumentado la influen­
cia para el mejor servicio de mi patria.
C U A N D O H A Y QUE S E P A R A R S E
DE L O QUE MAS SE AM A
POH EL P r o f . Dr. RVERARDO BACKHEUSEB
( B rasil )

Río de Janeiro; profesor de Mineralogía y Geolo­


gía en el Politécnico de Río de Janeiro e ingeniero
jefe de las obras urbanas. Ha escrito varios libros
sobre Técnica, Geografía y Geología, y es miembro
de la Academia Brasileña de Ciencias.

ducado en una familia cuya fe católica no pasaba de

E tibia, no llegué a recibir de niño, como todos los


demás, la Sagrada Comunión. Habían de pasar aún
cincuenta años hasta comulgar por vez primera.
Sin embargo, fui en mi niñez temeroso de Dios, como
podría demostrar con muchos ejemplos. Hasta los doce
años no iba nunca a la escuela sin rezar antes en la igle­
sia próxima. No lo hacía por mera costumbre, sino mo­
vido por una piedad sincera.
Mas, precisamente el Gimnasio, cuyos umbrales tras­
pasé con la mirada puesta en Dios, iba a ser el que me
arrebatara la fe.
Asistí a sus clases poco después de la proclamación de
la República (1890-1896), tiempos calamitosos, en que se
difundió la incredulidad y los profesores hacían gala de
manifestarse como ateos y ridiculizar al catolicismo. La
teoría de Kant-Laplace, que ya en las clases de Geografía
se presentaba a muchachos sin formación, me ocasionó la
primera duda sobre el origen divino del mundo. Los axio­
mas de la Física y de la Química, explicados dentro del
espíritu de Augusto Comte, es decir, ciertas hipótesis que
el filósofo de Montpellier llama «causas primeras» (vi­
braciones del éter, existencia del átomo, etc.), y los prin­
cipios lamarquianos y darwinistas en el campo de la Z oo­
logía y de la Botánica, acabaron la obra destructora co-
mensnda por el pi'ofesor de Geografía. Perdí completa-
222 SEVERIiN LAMPING

mente la fe. Al terminar el Bachillerato, era materialista.


Los cursos superiores de Matemáticas y Técnica, con
sus muchas disciplinas positivas, afirmaron ,mi materialis­
mo y, con él, mi ateísmo.
* * *

Trasladé este materialismo y ateísmo a ia cátedra de


Mineralogía v Geología que ocupé más tarde en la Escue­
la Politécnica; más aiín : esparcí esta semilla en mis lec­
ciones, la sembré en la enseñanza dada a mis alumnos, en
los trabajos prácticos y en mis relaciones personales. Todo
el daño que mis profesores me habían hecho con sus teo­
rías, lo seguí yo haciendo a otros, a mis discípulos, de una
manera diabólica, sintiendo casi la embriaguez de inocu­
lar a otros el veneno.
Permanecí total y absolutamente materialista, hasta que
la meditación detenida sobre las disciplinas que exponía
—Física y Ciencias Naturales— me hizo dudar del valor
del materialismo. Las explicaciones puramente materialis­
tas no satisfacían a mi inteligencia, pues eran incompletas
y defectuosas. A pesar de esta palmaria insuficiencia de la
filosofía atea, rechazaba yo toda solución que partiera de
la existencia de Dios, desechándola apriorísticamente y no
queriendo ocuparme de ella.
A esta época de dudas, que duró una temporada, si­
guió la del deseo de creer; sentí la necesidad de tener fe,
al ver cuán felices eran aquellos que a mi alrededor creían
f'v. Dios; ellos no sospechaban siquiera las dudas que me
atormentaban. Todo problema social o científico se me
convertía en un enigma, cuya solución únicamente podría
encontrarse en una causa final; para ellos no era así; co­
nocían la causa final. Mientras así anduve errante con mis
pensamientos, el camino terminaba siempre para mí con
una incógnita, mientras que los investigadores creyentes
tenían siempre un sólido punto de apoyo en la causa cau­
sarum, Dios.
A pesar de mis grandes deseos, la fe no volvía a mí.
Yo permanecía incrédulo.
Pero, un día, creí en Dios repentinamente.
¿Cómo sucedió esto? Viendo un paisaje que durante
más de cuarenta años se había ofrecido a mis o jo s: el
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 223

del golfo de Guanabara (es decir, el puerto de Río Ja­


neiro).
El P. Pedro Sinzig, O. F. M., y yo preparábamos, poco
después de la Gran Guerra, una exposición de arte alemán.
Aunque en materia de fe opinábamos de forma comple­
tamente diversa, nos unía, sin embargo, una mutua amis­
tad, porque ambos tratábamos de acreditar a Alemania
ante los ojos de los brasileños en aquellos años tristes para
la vida de esta gran nación. Un día le contaba yo, de ca­
mino para la exposición, que, dicho sea de paso, estaba
consagrada al arte religioso, cómo me era imposible creer
en Dios, por más ardientemente que lo deseara.
«Y todo esto que hay ante nosotros, me dijo, señalan­
do la majestuosa bahía, ¿quién es realmente el que lo ba
hecho?»
Este argumento, que con tanta frecuencia me habían
expuesto otros y que yo siempre había rechazado, me abrió
súbitamente los ojos. Contemplé la ensenada, que tantas
■reces había mirado con indiferencia : sus aguas azules y
tranquilas, ios contornos de sus montes poderosos e impo­
nentes, las veloces lanchas que la surcaban en todas direc­
ciones, los grandes trasatlánticos que se deslizaban majes­
tuosos hacia la salida; todo esto me im»resic:;v> profun­
damente en aquella hora y... conocí a Dios. No sé si lo
conocí precisamente en aquel momento; por lo menos, me
di cuenta de él, lo sentí y lo comprendí, y lo reconocí poco
después.
¡ Qué sencillo había sido comprender a Dios! ¡ Y an­
tes, sin embargo, me había costado tanto!
En un instante se habían abierto los párpados de mi
ojo espiritual y había desaparecido mi ceguera. ¡Y me ha­
bía sido tan difícil empezar a ver!...
Hoy, después de caminar ya largo tiempo por los sen­
deros de la fe, comprendo cómo sucedió. ¡Fué la gracia
de Dios, que descendió a mí, porque hacía ya mucho tiem­
po que El me buscaba con añoranza!
¿Una sola, una sencilla palabra de un apóstol guiado
por Dios, y todo se hace claro!
No obstante, estaba yo muy alejado de la fe. Compren­
dí la existencia de Dios. Casi pudiera decir que compren­
dí a Dios filosóficamente. Pero no tenía confianza en él.
No lo amaba.
224 SEVERIN LAMPING

La gran transformación no vendría hasta mucho más


tarde, cinco años después, en 1928.
Sin embargo, ya desde entonces (1923), en mis leccio­
nes y en mi enseñanza, la boca que negaba a Dios había
quedado sellada. No me burlaba, como antes, del Supre­
mo Hacedor.
Con ocasión de una solemnidad (1924), y ante numero­
so auditorio, manifesté abiertamente que creía en Dios y
pronuncié con sinceridad el principio del Credo : « ¡ Creo
en Dios todopoderoso!» No seguí, porque mi sinceridad
no me permitía seguir aún. Entonces estaba yo, en reali­
dad, todavía muy alejado de aquella fe que la gracia di­
vina me concedió, al fin. en una hora de mi vida, sobre
toda ponderación amarga.
Esta hora trajo consigo la decisión, pero aquí no pue­
do alegar mérito alguno de mi parte para este favor de
la divina gracia. No fueron mis súplicas las que hicieron
que Dios se inclinara a mí. No fui yo, repito, quien abrió
la fuente de la gracia para que se derramara sobre mi ca­
beza; fueron, más bien, las súplicas de mi esposa, cuan­
do llegó a la contemplación de Dios, precisamente el día
de su muerte, acaecida en Dresde el 3 de junio de 1928.
Debo observar aquí que mi esposa, Ricarda Restier
Backheuser, poseía una fe ardiente y sólida. El hondo y
penetrante dolor de su vida fué mi incredulidad, que, al
principio, había sido agresiva e intolerante, se había ido
moderando poco a poco y, al fin, había llegado a ser li­
beral, hasta el punto de no oponerme a que presidiera
nuestro comedor un cuadro de la Cena. Grande fué la ale­
gría de Ricarda al saber que el ateo creía en Dios; mas,
poco después, tuvo que ver con dolor que mi religiosidad
se detenía en este primer paso. A pesar de que ella redo­
bló desde entonces sus oraciones y sus promesas a Dios,
yo resistí deliberadamente, pues no quería creer más que
en Dio®. Con ello me parecía ya haber adelantado quién
sabe cuánto, y perseveraba en mi antipatía contra los
sacerdotes y contra la actuación religiosa de la Iglesia ca­
tólica, cuyos misterios nunca se me habían explicado; yo
sólo quena creer en Dio«

* * *
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 225

De todos modos, he de hacer constar, para mejor inte'


ligencia, que en mi última visita a Alemania había obser·
vado los enormes daños que allí sufría la familia, a con·
secuencia de los divorcios en auge, que con la mayor faci­
lidad y por los más diversos motivos se llevaban a cabo.
Matrimonios deshechos y nuevamente contraídos, incluso
noviazgos que ilegítimamente degeneraban en vida matri­
monial, eran sumamente frecuentes y producían una im­
presión desconsoladora. Tal estado de cosa« me aterró y
dije a mi esposa, causándole con mis palabras gran satis­
facción, que, a mi vuelta a) Brasü, no sólo hablaría y es­
cribiría contra e) divorcio, sino también en favor de la
enseñanza religiosa en las escuelas, pues me parecía im­
prescindible para fortalecer los fundamentos morales de la
sociedad humana.
Tal era mi situación religiosa cuando fui sorprendido
por la inesperada muerte de mi mujer.
Esta muerte estuvo acompañada de tantas circunstan­
cias maravillosas, que veo en ella la mano de Dios, la cual
ordenó los acontecimientos de tal modo que la salvación
de mi alma ya no chocó con resistencia alguna de mi parte.
Los sucesos se desarrollaron de la siguiente manera :
Ibamos ambos al teatro, y, a consecuencia de un mal
paso, mi esposa fué atropellada y tirada al suele por una
bicicleta, rompiéndose el peroné y la tibia. Aún hoy re­
suena en mis oídos el grito que lanzó. Pero a ese grito des­
garrador siguió una actitud tan conmovedora y sumisa,
que no sólo de buena voluntad aceptó el doloroso tormen­
to, sino que incluso quería llevar a sus labios la mano del
muchacho que había ocasionado la caída, el cual fué apre­
sado por la multitud. A esto siguieron largos días en un
hospital para curar la rotura, sobrellevando lo« dolores
que esto le ocasionó con una total entrega a la voluntad
de Dios.
Atada al lecho, su mayor dolor era no haber podido
recibir los Santos Sacramentos desde su llegada a Alema­
nia. Un día, sin embargo, al volver yo al hospital a visi­
tarla. me dijo alegremente que iba a comulgar. Ella, que
apenas sabía una palabra de alemán, había logrado en­
tenderse con una de las Hermanas Grises, llamada Eduvi-
gis, que casualmente había llegado aquel día a la clínica
del Dr. ... Esta Hermana le había procurado un sacerdote
15
*226 SEVEttIN LAMPING

católico, lo cual eu aquella región protestante de Alemania


no era tan sencillo y, además, un sacerdote -—cosa más rara
todavía— que hablaba francés. Así pudo Ricarda, a pesar
de su desconocimiento del alemán, confesar al día siguien­
te. Comulgó, rogándome antes que asistiera de rodillas al
sagrado acto. Lo hice, por primera vez en mi vida despues
de cuarenta años pasados en la incredulidad. Me arrodillé
ante el Salvador, presente en la hostia consagrada.
Dos días después, un ataque cardíaco puso fin a la vida
de mi fiel compañera, que durante tantos años me había
manifestado una adhesión incomparable. Murió inespera­
damente. La muerte repentina, que puede sorprender tam­
bién al que está en pecado mortal, es, por eso, temida por
los católicos. Esta vez, sin embargo, no había tenido nada
de temible, porque sobrevino cuando la enferma, por una
maiavillosa combinación de circunstancias, se hallaba en
plena posesión de la gracia santificante.

* ❖ *

Ahora, lo prodigioso.
Guardamos su cuerpo embalsamado en el cementerio
de Dresde, hasta que pudiera ser trasladado al Brasil. El
sepelio, que se verificó de noche, bajo una lluvia torren­
cial y con los caminos empantanados, tuvo algo de agobia-
dor. Las preocupaciones por lo material, que se añadie­
ron a mi dolor interior, me habían fatigado de tal modo,
que caí en profundo sueño, con el corazón lleno de año­
ranza v la cabeza vacía. Dormí sin sueños.
Al día siguiente sucedió una cosa extraña en la misma
habitación del hotel de donde ella había salido el día que
sufrid el accidente. Fué por la mañana. El día estaba cla­
ro. Me desperté y comencé a hablar con mi hijo, de vein­
ticuatro años de edad. Naturalmente, hablábamos de lo
que llenaba nuestras almas: de la muerte de Ricarda y de
su traslado a Río de Janeiro.
Súbitamente, veo yo formarse en el ángulo superior de
la habitación, iluminado por el sol, un marco de nubes,
del que sobresalía el busto sonriente de Ricarda. Sobre su
hombro descarnaba el brazo del Padre Eterno, en la forma
con que suelen representarlo las Biblias escolares, como
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 227

un varón de noble semblante, con larga barba blanca. Me


sentí arrebatado. Ricarda sonreía, alegre y dichosa, bajo
la mano del Señor. Cuántos minutos duró esta aparición,
es cosa que no sé; lo que sé es que interrumpí la conversa­
ción con mi hijo, petrificado, mudo y extasiado, al contem­
plar a mi Néné (apelativo cariñoso) tan alegre y sonriente.
Mi hijo, que creyó alteradas mis facultades mentales,
exclamó : «¿Qué te pasa, padre? ¿Qué tienes?» Yo impuse
silencio con la mano y le dije que «restaba viendo a su ma­
dre con Dios».
Fueron momentos de alegría infinita, que recuerdo aún,
porque aquel cuadro no ha desaparecido nunca de mi me­
moria. Si fuera pintor, podría dibujarlo. Hoy me queda el
recuerdo; entonces lo vi. Y lo vi con tanta exactitud como
a cualquiera de los objetos que me rodeaban : el lecho,
las puertas, las cosas que había encima de la mesa. Estaba
sano, completamente despierto y ocupado en la conversa­
ción, no adormecido o soñando.
Esta aparición sacudió como un rayo todo mi interior.
En aquella misma hora tuve la voluntad de creer. Y creí.
Sentí el ardiente deseo de confesar mis pecados y humi­
llarme. ¡Yo, que siempre había sido tan orgulloso! Y lo
hice sin dilación, aquel mismo día.

* * *

A este primer momento siguieron otros, en Hamburgo,


donde tuve que esperar el vapor; luego, durante doce día6,
en el mismo barco, es decir, durante dos semanas, en las
cuales volvieron a asaltarme todas las dudas de mi medio
siglo materialista. Fueron semanas en las que tuve que lu­
char cara a cara con el enemigo del género humano.
A pesar de mi mejor voluntad para creen en todo lo
que prescribe la Iglesia católica, dudaba de todo y no
entendía nada. Es cierto que no rechazaba cosa alguna,
pero tampoco podía aceptar nada. Y así comenzó de nue­
vo la batalla.
¿Aceptaría yo, por fin, el catolicismo? ¿Entraría defi­
nitivamente en la Iglesia militante? Las dos semanas que
mediaron entre la muerte de Ricarda y la llegada a Río,
fueron de angustiosa lucha.
228 SEVERIN LAMPING

Me acuciaba la necesidad de hablar con alguien, con


algún docto sacerdote que pudiera aclarar mis dudas, y
quería hacerlo antes de que el cuerpo de Ricarda fuera
entregado a la tierra. ¿Y cuál sería este sacerdote? ¿Cómo
podría encontrarlo tan pronto como pisara la tierra patria-
del Brasil? El P. Pedro, que ya antes me había hecho creer
en Dios, estaba ausente. ¿Quién, entonces?
Apenas llegado a Río, hablé de mis luchas espirituales
a dos buenos amigos, católicos auténticos, que fueron a bus­
carme a bordo. Me dirigieron al P. Franca, a quien debía
visitar en su confvento al día siguiente.
Me estaba disponiendo a ello, cuando un nuevo acon­
tecimiento impresionante me hizo dar el paso decisivo.
Mi Ricarda había tenido durante largo tiempo como
confesor a un sacerdote en extremo bondadoso, prudente
y culto : el P. Gastón da Veiga. Continuamente me repe­
tía, en su? intentos de convertirme, que debía hablar con
el P. da Veiga, para tener una persona que me explicara
las doctrinas de la fe católica. Yo rechazaba estas proposi­
ciones, a lo que ella contestaba bromeando: «Ya verás
cómo, al fin, será el P. da Veiga el que te confiese.»
Pues bien: precisamente en el momento en que, con el
sombrero en la mano, me alejaba de su cuerpo amortaja­
do para ir en busca del P. Franca, jesuíta notable por su
piedad, doctrina y talento, entró alguien en la habitación
donde estaba la capilla ardiente. Era el P. da Veiga, a
quien yo creía lejos, en San Paulo, pero que, desde hacía
algunos días, se encontraba en Nichterov y venía a darme
el pésame.
Mi resolución fué cosa de un momento. No fué mucho
lo que dudé. En otra habitación, a la que lo conduje, le
expliqué detalladamente lo que pasaba en mi alma : las
dudas, las incertidumbres, los titubeos, todo lo que no com­
prendía mi entendimiento, pero, asimismo, todo lo que
me llamaba hacia Dios y la Iglesia : la aparición, la be­
lleza moral de los creyentes, su capacidad para el sufri­
miento, todo, todo. Lo hice con absoluta humildad, en es­
píritu de penitencia.
En la tarde de aquel mismo día, me llevó el P. da Veiga
?1 confesonario. Al siguiente, recibí por vez primera la
Sagrada Comunión junto al cadáver de aquella que non
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 229

su oración directa ante el Señor me había libertado de la


incredulidad. Era e) día 26 de jujio de 1928. Contaba yo
cuarenta y nueve años.

* * *

¿Se había realizado mi conversión?


Dios correspondió a mis deseos y accedió a mis humil­
des ruegos. Las verdades de la £e fueron cada vez mejor
conocidas por mí, casi diría por mí mismo, si hoy no su·
piera que fue la gracia divina la que me las reveló. Llegué
a comprenderlas, a justificarlas y a fundamentarlas lógica­
mente a mis propios ojos, sumamente extrañado de no
haber podido entender durante tanto tiempo cosas tan sen­
cillas. La infalibilidad del Papa, la virginidad de María,
la Eucaristía, el culto de los santos, todo se abrió paso
lentamente en mi inteligencia, como si encima de mí ca­
yera un torrente de gracia.
Por lo que a mí se refiere, sólo cooperé con la buena
voluntad, la disposición del ánimo y el deseo de creer;
todo se manifestó como si un velo se hubiera rasgado ante
mis ojos y se me mostrara un mundo nuevo. Repito que
no estudié ninguna obra apologética ni la Sagrada Escri­
tura. No leí ni quise leer. Prescindiendo de un solo caso
—en relación con la divinidad de Cristo, sobre la que aún
tuve dudas más tarde— , tampoco pedí a nadie explicacio­
nes ni aclaraciones; todo vino como espontáneamente en
las largas horas de soledad en que me busqué a mí mis­
mo; rogaba y suplicaba a Dios que me iluminara y. sú­
bitamente, cuando menos lo esperaba, veía con toda cla­
ridad las cosas de la fe.

* * *

Mi evolución espiritual puede dividirse en los siguien­


tes períodos :
1.* Hasta los trece años : fe sincera en Dios y en los
santos, aunque sin participación religiosa especial.
2 .” Desde los trece a los cuarenta y dos: materialis­
mo; al principio, en aumento: luego, reemplazado por la
duda y el deseo de creer.
230 SEVERIN LAMPING

3.° El año cuarenta y cuatro de mi vida : nueva ad­


misión de la existencia de Dios como causa causarum de
todos los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad.
4.® En el año cuarenta y nueve : sincera y convencida
incorporación a la comunión católica por la gracia de Dios,
que generosamente descendió sobre mí, merced a la inter­
cesión de mi esposa el día de; su muerte y en atención a
mis humildes súplicas.
La oración humilde y sincera a los pies de Dios me pa­
rece ser el mejor medio para conseguirlo todo.
Desde entonces, he alcanzado todo lo que he podido
para mí o para mis allegados, no con oraciones sujetas a
fórmulas convencionales, sino abriendo mi propio pecho y
manifestando mi corazón al Salvador.
SOLEDAD Y LECTURA DE LA BIBLIA
p o r E M M A D E S S E W F F Y
( H ungría )

Budapest; conocida en toda Hungría por su acti*


vUlnd social y caritativa, Es una de las pocas mu­
jeres que han sido condecoradas con la Crtir de San*
ta Isabel de primera dase.

is padres fueron personas creyentes y sacrificada·.

M Mi padre, Dionisio Dessewffy de Csernek y Tar-


keó, fue uno de los mayores héroes en la guerra
de liberación húngara (1848-49). «In effigie», llegó a ser
colgado por sus enemigos; pero él, personalmente, con la
ayuda de Dios, logró huir a Suiza, donde m¿s tarde se
casó con mi madre, Adela Jourdan. Los antepasados de
mi madre habían sido también emigrantes y procedían de
una familia hugonote desde muy antiguo.
Nací el año 1858 en Ginebra, siendo el tercer fruto del
matrimonio de mis padres. Algunos años después, 1863,
recibió mi padre la amnistía y volvió con toda ¿u familia
a la patria húngara. Al cumplir yo los catorce años, mi ma-
dre confió a mi abuela mi educación, para lo cual se me
envió nuevamente a Suiza. Bajo la dirección de mi abue­
la, que era profundamente religiosa y muy culta, adquirí
allí un nuevo concepto de la vida y fui iniciada en lo¿
trabajos de carácter social y caritativo, por los cuales ya
desde mis primeros años sentí inclinación. Estudié con
gran interés el Santo Evangelio y procuré vivir según sus
mandamientos e instrucciones; también leí muchos libros
sobre otras religiones, a fin de ampliar mis conocimientos.
Sólo la religión católica dejaba de tener interés para mí;
tan grandes eran los prejuicios que contra ella se me ha­
bían inculcado. Esta Iglesia, se decía, ha sido fundada por
hombres llenos de supersticiones y adoradores de ídolos.
Tres veces había tenido ocasión de convencerme de lo con­
trario: pero siempre había rechazado con orgullo esta gra­
cia de Dios.
232 SEVERIN LAMPING

Como todos los humanos, también yo tuve que sufrir


muchos padecimientos, dolores y tentaciones. Por este
tiempo murió mi amadísima madre. Permanecí en Gine­
bra hasta los veintiún años y no volví a Hungría hasta que
mi hermano mayor, después de diez años de feliz matri­
monio, enviudó de pronto, necesitando entonces sus niños
de ayuda y cuidado. Y así pude, a pesar de no haberme
casado, prestar servicios maternales a estos niños. Me con­
sagré por completo a su cuidado, y, cuando fueron un poco
mayores, quise hacer algo por el bien común, incluso fue­
ra de la familia. Me ocupé mucho de los problemas socia­
les y a propuesta mía nacieron los actuales patronatos que
combaten la prostitución, y otras notables instituciones del
Estado.
Mi hermano no volvió a casarse. Ambos vivimos juntos
hasta su muerte, acaecida el año 1922, y, hasta que cumplí
los sesenta y cuatro, tuve la vida más dichosa que Dios
puede conceder a una persona. Pero, después, todo se de­
rrumbó dentro de mí y a mi alrededor. Vinieron las suble­
vaciones comunistas, la muerte de mi hermano y de mis
mejores amigos —entre ellos el conde y la condesa Tisza
y otras personalidades— . Todo esto me quebrantó física
y espiritualmente de tal modo, que me Vi obligada a re­
tirarme por completo de las actividades que había ejer­
cido hasta entonces.
Profundamente afectada en mi alma y por completo
aislada, no sabía qué hacer, hasta que, por tercera vez en
mi vida, después de largo meditar, hallé en la Biblia con­
suelo y refugio. Allí encontré, al sentirme duramente pro­
bada por el sufrimiento y el dolor, magníficas y tranquili­
zadoras respuestas para mis dudas. Ante mis ojos se mani­
festó. como un milagro, la Sagrada Escritura con sus es­
condidos tesoros. Pero de pronto vi también con claridad,
leyendo los Sagrados Libros, ej origen de las ceremonias
católicas, y ya no volví a dudar de que todas estas pres­
cripciones no habían sido inventadas por los hombres, sino
dispuestas por Dios. Luego llegué a la epístola de Santia­
go, en el Nuevo Testamento, la cual contiene doctrinas re­
chazadas por Jos protestantes, por ejemplo, Ja necesidad
de las buenas obras, la confesión, los santos óleos, y a la
vocación de San Pedro en el Evangelio de San Maleo. Cris­
to entregó a su más destacado apóstol el poder supremo en
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 23$

la Iglesia, lo eligió para su representante en la tierra j


fundó así la Santa Sede Apostólica.
Una dura lucha se desarrolló en mi alma. Entonces me
ayudaron dos amigas, que me pusieron en relación con su
confesor. Este, un padre franciscano de grandes dotes y
virtud, fue durante años mi director espiritual y mi guía
en el camino hacia la Iglesia. Me ayudó con sus apostóli­
cas cartas, puso a mi disposición magníficos libros católi­
cos y me explicó todo lo que yo no entendía. Así logró
aclararme y hacerme comprensible el sublime dogma de
la transustanciación del pan y del vino en la Santa Misa,
difícilísimo para una protestante. Con toda humildad in­
cliné mi cabeza, y el 20 de enero de 1928 pedí la admisión
en la Iglesia católica e hice, plenamente convencida, la
profesión de aquella fe que fué la única enseñada por
Nuestro Señor Jesucristo.
San Agustín, en un magnífico pasaje, compara el alma
con una paloma que no quería volver a la torre que había
dejado, hasta que un fuerte halcón la tornó a la fuerza.
También yo me siento una paloma que ha vuelto a la Igle­
sia verdadera y a los pies de Cristo en la Eucaristía, obli­
gada por la fuerza del Espíritu Santo.
EL MAL FIN DE LA IGLESIA ESTATA L
POH EL P r o f . D r . IVAN PUZ YNA
( R u s ia )

Estudió en San Petersburgo y Roma. Más tarde pu­


blicó numerosos trabajos en ruso, alemán, inglés,
francés y servio. En Alemán: «Die russisch-orthoxe
Kirche, und die Uníonsfrage» (La Iglesia ruso-ortodo­
xa y el problema de la unión), «Die Kultur der Re­
naissance in Italien und in Russland» (La cultura del
Renacimiento en Italia y en Rusia), «Dostojeutskil und
das Evangelium Aelemum» (Dostojewski y el Evan­
gelio eterno·). En francés: «Le bolchévisme el la mon­
de cectholique» (El bolchevismo y el mundo católi­
co). En inglés: tds Russia the Key to the Reunion of
Eastern Orthodoxy» ( ¿Es Rusia la llave para la re­
unión de la Ortodoxia oriental?), etc.

S tarea sobremanera difícil describir la propia conver­

E sión a la Iglesia católica. Porque, en primer lugar,


e9 siempre un efecto de la gracia divina y. en segun­
do término, es muy difícil revestir con palabras humanas
lo sobrenatural. Además, la conversión religiosa es el pun­
to más alto de la evolución espiritual de un hombre. Por
este motivo considero el intento de explicar en unas pági­
nas el proceso de mi evolución espiritual y religiosa casi
como una empresa desesperada. Sin embargo, lo intentaré
con gusto, para ser útil al prójimo.
Empezaré por mi niñez. Mis padres fueron personas
creyentes y piadosas. Mi madre, especialmente, fué muy
piadosa. Todas las noches era yo testigo de cómo rezaba
durante horas enteras. Con frecuencia me llevaba consigo
al cementerio, donde estaba sepultada una de mis herma­
nas, llamada Tania. Tania murió a la edad de dieciséis
años. Había sido una muchacha amable y buena. Mis pa­
dres no podían consolarse de su pérdida, y sólo la fe en
Cristo les daba fuerzas para soportar su desgracia. Yo no
contaba más que seis años a la muerte de Tanja; pero mi
hermana estuvo siempre a mi lado con su cariño, v, con
236 SEVERIN LAMPING

frecuencia, en las pruebas difíciles, sentí su ayuda; a ve­


ces, incluso cuando ya no podía esperar ayuda alguna.
Fué un día de otoño, cuando por vez primera vislum­
bró mi alma la verdad católica de la unidad de la Iglesia.
Tendría yo unos doce años y asistía al servicio divino. El
día estaba hermoso y la luz del sol se derramaba en to­
rrente? dentro de la iglesia. El sacerdote pronunció la
oración: «Oremos por la unión de todos.» Esta oración que
yo conocía bien tocó esta vez especialmente mi corazón.
Pero habían de transcurrir largos años antes de que yo
siguiera esta indicación del cielo.
El año 1913 pasé en la Universidad de Petersburgo el
examen para el doctorado. Como alumno de la Facultad
histórico-filológica, sentía una predilección especial por la
historia de la Edad Media y del Renacimiento. Reunidos
en un seminario, bajo la dirección de un profesor, tratá­
bamos de profundizar en las obras y en los conceptos de
pensadores medievales. Gran impresión causaron en mí
las confesiones de San Agustín y sus exposiciones en D'e ci-
vitate Dei. Con especial interés leí también por entonces
el libro de Pablo Sabatier sobre San Francisco, y pronto
fué este santo mi gran devoción. A esta mi primera devo­
ción católica he permanecido fiel hasta el día de hoy.
Como era costumbre en Rusia, al terminar en la Facul­
tad, se me envió dos años al extranjero para ampliar los
conocimientos de mi especialidad y preparar mi tesis doc­
toral. Elegí Roma como lugar de trabajo y de residencia.
Esto, en realidad, no era muy lógico, puesto que mi tesis
estaba consagrada a la época de los Médicis. Pero un deseo
irresistible me movió a ir a Roma. Llegué allí a comien­
zos del año 1914. ¿Cómo podré pintar las impresiones que
me produjo la Ciudad Eterna? Como fascinado, caminaba
por la ciudad, contemplando sus ruinas antiguas, que me
daban a conocer la gloria de la vieja Roma. Pero mayor
impresión me causaron aún las reliquias de los primeros
siglos del cristianismo. La sangre de los mártires me pareció
más preciosa que el esplendor de los Césares. Por todas
partes y a cada paso veía el triunfo de la cruz. Roma lle­
vaba el sello de los siglos, pero siempre había sido la fe
de Cristo la que había levantado obras de inefable belle­
za : iglesias y palacios, cuadros y monumentos artísticos,
preciosas colecciones de libros, etc. Verdaderamente, una
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 237

ciudad de Cristo —pensaba yo, piadosamente emociona·


do— una ciudad que estaba predestinada para manifestar
al mundo la gloria de Cristo. Honda impresión causó en
mí el altar del Foro romano, que estuvo consagrado al
«Deo ignoto», al Dios desconocido. Este Dios desconocido
de los paganos piadosos era nuestro Dios y Rey Jesucristo,
y Roma fue la capital de su reino en la tierra. ¿Era ya
éste un pensamiento católico? Pronto iba a familiarizarme
mucho más aún con la ideología católica.
Vivía en Roma mi compatriota Vladimir Zabughin. No
nos conocíamos en Rusia, aunque nuestros padree sí se co­
nocían. Pero ambos nos dedicábamos a la misma especia­
lidad : la historia del Renacimiento italiano. Zabughin fué
el primer católico ruso, es decir, católico de rito oriental,
que conocí. Con frecuencia hacíamos ambos excursiones
por los alrededores de Roma y visitábamos después el mo­
nasterio de Grotta-Ferrata, que ha conservado el rito orien­
tal con el idioma greco-litúrgico. El servicio divino en
Grotta-Ferrata durante la Semana Santa de 1914 fué para
mí un gran acontecimiento. También iba yo con frecuen­
cia a la capilla ruso-católica de San Lorenzo, donde Za­
bughin hacía de diácono cada domingo. La rica biblioteca
de Zabughin, abundante en obras de pensadores católicos,
estaba siempre a mi disposición. Con especial agrado leía
yo por entonces las obras del gran filósofo ruso-católico
Vladimir Solovjev.
Las buenas impresiones que recibí del catolicismo de
Vladimir Zabughin fueron borradas, hasta cierto pnnto,
por el trato con un sacerdote ruso-católico que residía en
Roma. Observé en este sacerdote una multitud de cualida­
des negativas que me produjeron un efecto deplorable. Sin
duda que no fueron estas malas impresiones el único mo­
tivo de que aún no me hicieran católico en 1914. Fué. más
bien, el convencimiento de que yo, como ortodoxo, per­
tenecía a la verdadera Iglesia de Cristo. Es cierto que la
organización externa de la iglesia en que yo me encontra­
ba me parecía más imperfecta que la romano-católica; sin
embargo, tenía, a mi juicio, las características de la ver­
dadera Iglesia de Cristo, puesto que poseía todos los sa­
cramentos de la Madre Iglesia y no enseñaba ningún error.
Yo podría, por consiguiente —tale« eran mis pensamien­
tos— . salvarme en su seno. Pero otro pensamiento me pre­
238 SEVERIN LAMPING

ocupaba también por entonces. Si la organización externa


de la Iglesia ortodoxa, me decía yo, es defectuosa, mi mi·
sión personal es procurar limpiarla de estas imperfeccio­
nes; en otras palabras, trabajar por la unión de las Iglesias.
El comienzo de la Guerra Mundial v lös problemas na­
cidos de ella desplazaron de mi alma por largo tiempo los
pensamientos unitarios. Más tarde, los terrores y las in­
quietudes de la guerra civil y de la revolución bolchevi­
que no dejaron mucho lugar a cuestiones e intereses idea­
listas. Esto no quiere decir que la revolución y el bolche­
vismo debilitaran mis aspiraciones religiosas. Por el con­
trario. Visitaba las iglesias con más frecuencia que antes
y nada pudo quebrantar mi fe. Pero mis ideas se simpli­
ficaron : el bolchevismo era el enemigo; la Iglesia rusa,
la obra de Dios.
Hacia fines de 1919 se había agudizado tanto la situa­
ción, que ya no vi posibilidad alguna de seguir viviendo
bajo el poder de los soviets. Por eso aconsejé la huida a
los demás miembros de mi familia; mas habían de trans­
currir aún largas y pavorosas semanas hasta que se ofre­
ciera una oportunidad. No quiero relatar aquí todos los
incidentes de esta aventura; pero es necesario contar al­
gunos. Nuestra familia se dividió en dos grupos. Mi her­
mano y yo nos juntamos con cuatro contrabandistas fine­
ses, que habían huido de la cárcel bolchevique y querían
dirigirse a pie hasta Finlandia, atravesando el golfo de
-ste nombre, entonces helado. Mi mujer, mi cuñado y mi
ruñada debían seguirnos más tarde en un trineo. Uno de
los contrabandistas iría a buscarlos, a cambio de lo cual
recibiría una gruesa suma de dinero, toda nuestra fortuna.
La huida desde Petersburgo hasta Finlandia, que se
realizó en la noche del 12 al 13 de febrero de 1920, fué
para mí, que no soy ningún deportista, un esfuerzo sobre­
humano. Las innumerables caídas sobre la tersura del hie­
lo eran en extremo dolorosas. Cada paso era poco menos
que un resbalón. Sin embargo, era necesario avanzar, por­
que la vida de los míos dependía del feliz éxito de la hui­
da. Así, seguí adelante. Con frecuencia tuvimos que correr
al pasar los puestos bolcheviques. Pues bien : en las horas
del más grande dolor, sucedió algo maravilloso. Observé,
de pronto, a mi derecha, dos figuras claras, que camina­
ban, o mejor dicho, se deslizaban a mi lado. Su presencia
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 259

fuá para mí un apoyo y un consuelo en mis tormentos.


Pero ¿quiénes eran? Hice esta pregunta a mi hermano,
que caminaba junto a mí, a la izquierda. Pero él no veía
a nadie más que a los cuatro contrabandistas que nos pre­
cedían. Yo, por el contrario, seguí aún viendo largo tiem­
po a las dos personas que junta« caminabas a mi lado.
Pero aún sucedió otra cosa inexplicable durante nues­
tra huida. Mi hermano caía menos que yo. Pero, una vez,
dio sobre el hielo tan fuerte golpe con la cabeza que se
desmayó. Entonces rogué al jefe de los contrabandista«
que nos esperasen un poco. Pero me contestó que aquel
paraje era especialmente peligroso. Que alH no se debía
esperar, sino correr. Como él y sus compañeros se alejaron
de nosotros rápidamente, no me quedó más recurso que
cargar a mi hermano sobre mis espaldas y seguir a los con­
trabandistas. ¿Qué sucedió? Dejé de caer. Durante una
hora entera, mientras avancé con mi carga, no caí una
sola vez. No es oportuno narrar aquí todos los sucesos de
nuestra fuga, como tampoco las cosas notables que suce­
dieron en la huida igualmente feliz de los demás miembros
de nuestra familia. Lo cierto es que la aventura fué. a mis
ojos, un milagro de Dios y ensalcé con ferv iente« acciones
de gracias su bondad, que fué lo que nos salvó.
El punto de reunión de todos los fugitivos rusos que
pasaban la frontera finlandesa fué Ttriiijoki. También yo,
al principio, quedé con mi esposa en Terrijoki y viví algún
tiempo en casa del párroco, con el que trabé una estrecha
amistad. El fué quien en el consejo municipal propugnó
e hizo triunfar mi candidatura como director de la Real
Escuela Comunal. En cuerpo y alma me consagré a mi
profesión de enseñanza, dedicando a la escuela mucho
tiempo y muchas fatigas en interés de la educación reli-
gioso-moral de mis numerosos alumnos. El año y medio
que pasé en Terrijoki fué tiempo de intensa labor para mí.
tanto en el campo intelectual corno en el religioso. Muy
especialmente me interesaban entonces la historia de h
Iglesia primitiva y la vida de Jesucristo. En Terrijoki tuve
asimismo ocasión de leer las últimas publicaciones de Har-
nack, como también las obras de otros autores protestan­
tes. Me proporcionaron una multitud de detalles, pero en
su concepción de la Iglesia me parecieron erróneas y da­
ñosas. En mis conversaciones con el párroco, no dejé de
240 SEVERIN LA1VLPIÍNG

exponerle mis opiniones en materia eclesiástica y mi ideal


de la unión de las Iglesias. El párroco era por cierto muy
culto; pero, en lo tocante a la Iglesia católica, sabía poco.
Como respuesta a mis exposiciones me recomendó un libro
de su biblioteca. Tratábase de un libelo contra la Iglesia
católica, cuyo autor me produjo la peor impresión con sus
groseros argumentos.
Cuando en 1922 fui a Alemania, las cuestiones que más
despertaron mi interés fueron, además de las de mi espe­
cialidad científica, las religiosas. Numerosos autores pro­
testantes ejercieron en mí gran influencia. Sobre todo pue­
de afirmarse esto de la última gran obra de Harnack, que
trata de la doctrina de Marción. En esta doctrina encontré
la explicación para el acontecimiento histórico que yo había
presenciado. El bolchevismo, me decía yo después de esta
lectura, es obra de Satán, y el mundo restante que hace
alianzas y concluye pactos con el bolchevismo no es mejor
que él. Marción me decía : «Todo el mundo es obra de un
ser cruel; el reino de Cristo es otro.» Después me abismé
cada vez más en la mística y leí con vitvo interés todo lo
que encontré sobre la cristiana, la mahometana, la budista
y la de los antiguos. De este modo, mi concepto de la reli­
gión se hizo, por un lado, individualista, y por otro, uni­
versal. Individualista, porque concebía la religión a mi
manera, y universal, porque la mística presentaba algunas
características generales que eran comunes a todas las reli­
giones. A este tiempo corresponde mi trabajo sobre la filo­
sofía religiosa del florentino Marsilio Ficino.
Pronto, sin embargo, noté el peligro a que me exponía
esta manera de pensar; porque el concepto subjetivo de lo
reí idioso amenazaba con excluir de mi vida todo lo ecle­
siástico. ¿No era este el pecado de la Reforma, el espíritu
de la moderna teología protestante, que también influía
en mí? Para comprender mejor la esencia y el espíritu de
la Reforma comencé a estudiar á fondo la vida de Lutero,
y pronto tuve que reconocer que Eck valía en realidad más
que Lutero. Así llegué, dando este rodeo, cada vez más
cerca del concepto católico de la Iglesia.
El año 1923 llegaron a Berlín nuevos fugitivos rusos.
Eran profesores desterrados por el Gobierno bolchevique,
porque su manera de pensar no era marxista. Entre ellos
se encontraba un ruso católico, llamado Kusmin Karawa-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 241

yew. Yo recordaba muy bien a un estudiante de la Uni­


versidad de Petersburgo que se llamaba lo mismo y se des­
tacaba como bolchevique convencido. Tanto mayor fué,
por eso, mi extrañeza, al saber que Kusmin Karawayew
había vuelto las espaldas al partido bolchevique y se ha­
bía hecho católico, llegando incluso a padecer por la fe
en las cárceles rojas. Kusmin Karawayew y yo nos hicimos
pronto buenos amigos. Mi idea de la unión de las Iglesias
encontró en él pleno asentimiento, y ambos fundamos una
sociedad para fomentar el pensamiento de la unión, con
la finalidad de unir a católicos y ortodoxos en una sola
Iglesia.
Por desgracia, nuestros caminos se separaron poco des­
pués. Al obispo Tychon, cabeza suprema de la comunidad
ortodoxa de Berlín, al que manifesté mis tendencias cató­
licas, no se le ocurrió otra decisión mejor que exigirme la
promesa de no abandonar la Iglesia ortodoxa en el espacio
de tres años. Cumplí esta promesa, que hice también a mi
confesor. Mis argumentos en favor de la Iglesia católica
se apoyaban en el Evangelio, en la doctrina de la unidad
de la Iglesia de Cristo y en la de la supremacía del sucesor
de San Pedro; además, en la Historia : en el hecho de la
íntima unión de la primitiva Iglesia ruso-ortodoxa ron la
Iglesia universal y la posterior separación de ésta, no de
iure, sino de jacto.
En la primavera de 1924 llegué, inclusc, obedeciendo
al obispo Tychon, a presentarme en una discusión pública
como adversario de Kusmin Karawayew. que. ante nume­
rosos oyentes, defendió la unidad de la Iglesia. Defendí
contra él que la ortodoxia era como el «ropaje espiritual»
del pueblo ruso. Mi hábil refutación logró en el público
un fervoroso aplauso. Pero yo sentí asco de mi propia
dialéctica y abandoné la sala con tristeza, sin aguardar la
réplica de Kusmin Karawayew. En lo intimo de mi alma
sabía que él tenía razón y no yo, a pesar del aplauso de
los oyentes.
Los tres años siguientes fueron para mí de grrm des­
consuelo. En mi alma pertenecía a la Iglesia católica,
mientras que mi promesa me retenía alejado de ella. La
consecuencia fué una reacción contra todo lo religioso en
general, que duró estos tres años. Como no podía seguir
la voz de mi conciencia, según era mi deseo, no quería
16
242 SEVERIN LAMPING

saber ya nada de la religión. Pero ni siquiera en esta la­


mentable época me abandonó la divina Providencia. Por
mi hermana llegué a conocer al profesor Dr. Berg, padre
espiritual católico de los rusos de Berlín. -El profesor Berg
ayudó siempre a mis compatriotas con la mejor voluntad
en todas sus necesidades. Este espíritu de sacrificio para
socorrer a los ortodoxos me impresionó profundamente.
La magnífica v caritativa labor de auxilio de los católicos
alemanes en favor de los ortodoxos me manifestó un santo
campo de acción de la Iglesia católica, que va por el mundo
padeciendo y amando, combatiendo y triunfando. Pero
¿cuánto tiempo estaría yo aún lejos de la Iglesia? No lo
sabía. El último e inmediato impulso para el paso final se
debe a una circunstancia externa.
En el otoño del año 1927 publicó el obispo Sergio, vi­
cario del patriarca y jefe de la Iglesia ruso-ortodoxa, una
proclama en la que declaraba a la Iglesia rusa compene­
trada con el bolchevismo. ¡Esto era sencillamente espan­
toso! Los bolcheviques luchaban contra la Iglesia de Cris­
to —-el ateísmo pertenece a la esencia del bolchevismo— .
¿Qué era lo que se debía hacer? Muchos rusos ortodoxos
rompieron con la Iglesia patriarcal y formaron comunida­
des independientes (autocéfalas). Otros quisieron ver en la
proclama del metropolitano Sergio una manifestación hecha
bajo la coacción. Ambas cosas, sin embargo, eran para mí
inaceptables, pues no había duda ninguna de que Sergio
era la cabeza legítima de la Iglesia ruso-ortodoxa y de
que ninguna fuerza puede vencer a la Iglesia, a aquella
Iglesia que recibió la promesa de que las puertas del in­
fierno jamás prevalecerán contra ella. Así, pues, me dedi­
qué a buscar la verdadera e invencible Iglesia, de la que
habla el Evangelio. No tardé en decidirme. Una noche de
otoño leí el texto de la proclama del metropolitano Sergio,
y a la mañana siguiente dije a mi mujer que iba a aban­
donar la Iglesia ortodoxa para hacerme católico.
La decisión fué fácil; pero la noche siguiente, de in­
somnio. Me resultaba enormemente difícil separarme de
una Iglesia con la que me unían muchos y hermosos re­
cuerdos. Después de mi resolución transcurrieron aún al­
gunas largas semanas hasta mi admisión en el seno de la
Iglesia católica. Este lapso de tiempo fué para mí especial­
mente doloroso.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 243

Pero el Omnipotente me envió una celestial consola­


dora, que me socorrió.
Un día se encontró entre las cosas que mi mujer traía
de la compra a casa, un periódico viejo, que se había uti-
lizado para envolver, y mi vista se posó al azar sobre un
artículo que trataba de Teresa Neumann. Era la primera
vez que yo leía algo sobre Teresa Neumann. Entre otras
cosas, despertó mi interés una referencia sobre las lecturas
predilectas de Teresa, entre las que se hallaba la Vida de
Santa Teresita del Niño Jesús, cuyo nombre leía vo también
por vez primera. Aquella misma tarde pedí a un sacerdote
católico la Vida de Santa Teresita del Niño Jesús. Prometió
que me la procuraría. Pero grande íué nuestra admiración
cuando, al hojear un libro de la biblioteca del sacerdote,
cayó de él una estampa de Santa Teresita. Al otro día estaba
ya en mis manos el deseado libro acerca de la santa. Pasé los
siguientes en oración a ella, y nunca, desde entonces, ha
abandonado mi corazón ni mi casa.
El día 15 de octubre del año 1927, fiesta de la gran
Santa Teresa de España, me hice católico, sin abandonar
el rito ruso-oriental. Según creo, es rara excepción el que
un convertido de cierta edad, habiendo pertenecido antes
a la Iglesia ruso-ortodoxa, renuncie al hermoso rito orien­
tal, a las maravillosas oraciones, a la piedad característica
del Oriente cristiano, para amoldarse a los usos del Occi­
dente latino. Por lo que a mí se refiere, sigo siendo, en
cuanto al rito, un oriental convencido, y mi fe católica no
es un anatema sobre mi pasado ortodoxo, sino un comple­
mento y rectificación de lo anterior.
¿Dónde está, pues, el valor y el sentido de mi conver­
sión? El Evangelio de San Lucas dice (IV. 4) que el hom­
bre puede alimentarse de toda palabra divina. Yo he es­
cuchado la palabra divina acerca de la unidad de la Igle­
sia y la he seguido. Pero el creyente que de verdad escu­
cha una palabra de Dios y la sigue, aceptará también in­
defectiblemente otros preceptos divinos y los cumplirá en
santa obediencia. Y así, la conversión no ha sido el último
paso de mi vida espiritual, sino el primero hacia i* meta
suprema de todos los esfuerzos humanos, hacia la salva­
ción eterna.
щ
шщ
LA H I S T O R I A R E C H A Z A
LA IGLESIA DEL ESTADO

por el PRINCIPE DIMITRI GALITZIN


(R u s ia )

uchos rusos me preguntan por qué me he hecho

M católico y, de esta manera, infiel a la fe de mis


padres y antepasados. «Es una Vergüenza para un
Galitzin, dicen, obrar de ese modo, cuando sus antepasa­
dos emigraron a Rusia precisamente porque no quisieron
pertenecer a un país donde la influencia de Boma era
demasiado fuerte.»
Cuenta la Historia cómo el príncipe Patrikei de Zwe-
nigorod, mi antepasado directo, entró con sus hijos al ser­
vicio del gran príncipe de Moscú, el año 1408. Hay que
admitir, en efecto, que el príncipe Patrikei prefirió el
servicio de Moscú a fin de conservar para él y sus hijos
la fe ortodoxa.
Yo mismo nací en la Iglesia ruso-ortodoxa, y. hasta
llegar a cierta edad, no me interesé por las diferencias entre
las diversas religiones, aunque desde mi niñez había sido
siempre piadoso. Pero, más tarde, al estudiar la historia
de mi patria, y especialmente la de mi estirpe, y compro­
bar frecuentemente que muchos de mis antepasados se
habían convertido a la verdadera religión, despertó mi in­
terés este hecho. Así llegué a las siguientes conclusiones :
Rusia ha llegado a ser una gran potencia ortodoxa, y,
por cierto, tanto más poderosa cuanto más se ha desarro­
llado en ella la idea de la autocracia. Particularmente la·
246 SEVERIN LAMPING

obras de Zabujni, del príncipe Augusto Galitzin, del pro­


fesor barón de Tube y otros, muestran cómo la ortodoxia
fue robusteciéndose poco a poco en nuestro país. Pero
aquí no vamos a detenemos, de momento, más que ante
la postura de los rusos con relación a la Iglesia católica,
cosa que demuestra palmariamente el despotismo ruso.
En la biografía del príncipe Dimitri Augustinus Ga­
litzin (Pére Smith), misionero católico en Norteamérica,
compuesta por el príncipe Gagarine, se leen estas signifi­
cativas palabras : «El príncipe nació y se educó en el cisma
griego, heredando los extraños prejuicios de su época con­
tra la Iglesia católica, como aún los tienen los rusos; pre­
juicios nacidos del orgullo y de la ignorancia y propa­
gados por la fuerza de la costumbre, que permitió al des­
potismo ocupar el lugar de Dios y el de su vicario ¡en Ja
tierra. .» Este espíritu despótico y absolutista es uno de
los caracteres de la historia rusa.
Los zares Miguel Feodorovitch y Alejo Mikhailovitch
estuvieron Denos de prejuicios contra Roma. Aún estaba
en su memoria el conato de los más distinguidos entre la
aristocracia rusa, junto con el metropolitano Filarete, para
elevar al trono ruso al padre del primer monarca de la
casa Romanoff, el príncipe polaco Wladislaw, que profe­
saba la religión católica. Este «intranquilo período» de
nuestra historia no había sido olvidado aún.
Vino luego el gobierno de la zarina Sofía. Se nos ha
dicho que fué una mujer egoísta y orgullosa, que, contra
todas las leyes, impidió al legítimo sucesor del trono, Pe­
dro, que rigiera solo a Rusia. Pero, en realidad, la zarina
era de índole muy diversa. Hay que acudir a lás fuentes
primitivas de la historia rusa, si se quiere tener una idea
exacta de esta regente. De estas imparciales obras se dedu­
ce claramente que la zarina Sofía era una mujer muy culta
y noble. Asistida por su consejero el príncipe Wassilij
Galitzin, se propuso, con ayuda de la aristocracia, euro­
peizar a Rusia por un camino pacífico; no, como sucedió
más tarde, con la cooperación de aventureros extranjeros,
con el látigo y aniquilando a la aristocracia rusa.
La zarina Sofía y el príncipe Galitzin tenían también
el plan de llegar a una nueva unión en la fe. El jesuíta
Vota fué enviado por el Papa para tratar con el príncipe
sobre la Liga Santa contra los turcos. Eh posible que el
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 247

problema de la unificación de las Iglesias, que más tarde


volvió a tratarse bajo el gobierno de los Romanoff, hubie­
ra encontrado una solución afortunada, si la discreta re­
gente hubiera tenido en sus manos por más tiempo las
riendas del poder.
Pedro el Grande, que, dicho sea de paso, era absolu­
tamente incrédulo, deseaba, movido por sus intereses di­
násticos, la unificación de las Iglesias. La obra en varios
tomos Heiligster Thron in Russltmd, escrita por el Padre
Pierling, da sobre ello valiosas informaciones. Pedro el
Grande, opresor de la Iglesia, creó la institución más ilegal
que jamás hubo en el mundo. Una orden de Pedro el
Grande, fechada el 11 de mayo de 1772, dice: «rBúsquese
en el sínodo un oficial dócil, que sea también valiente y
conozca la administración, para nombrarlo representante
del Estado en el sínodo.»
Durante el gobierno de Pedro II seguramente se hu­
biera llevado á cabo la anhelada unión, si el zar no hubiera
muerto prematuramente. De los manuscritos recogidos por
el príncipe Gagarine, que se guardan en la biblioteca eslava
de París, se deduce que la princesa Irene Dolgorouky. hija
del príncipe Pedro Galitzin, que fué embajador ruso en
Viena, trató con los representantes del Papa para conse­
guir la unidad de la fe. Ella misma se convirtió al cato­
licismo en Utrecht el año 1727 y volvió a Rusia durante
el reinado de Pedro II con un proyecto concreto, referente
a la unión de las Iglesias. Un Dolgorouky —los Dolgo­
rouky estaban en el poder— debía ser elegido patriarca
de Rusia y, al mismo tiempo, representante del Santo Pa­
dre para la Iglesia rusa. La temprana muerte del monarca
frustró estos planes.
Conocido es por la Historia lo que sucedió con la fa­
milia Dolgorouky. Subió al trono la emperatriz Ana Joan-
novna, cruel perseguidora de la Iglesia católica. El odio
de esta gobernante no conocía límites. El mismo hecho de
que la emperatriz obligara al príncipe converso Miguel
Galitzin (Kwassnik) a hacer de bufón en la Corte, demos­
tró su odio contra el catolicismo. Por la novela Eishmts,
de Laietchnikoff, vemos cómo se trató a este verdadero
mártir de la fe, que, a pesar de todo, no apostató del cato­
licismo. Se dice que la última oración del príncipe antes
de su muerte fué ésta : «Dios mío, concédeme, como últi-
248 SEVERIN LAMPING

ma gracia, que nunca cesen en nuestra familia las conver­


siones a la fe verdadera.» Dios ha escuchado verdadera­
mente la oración de este mártir.
Las buenas disposiciones del zar Paulo hacia el cato­
licismo son dignas de elogio. Comprendió que el absolu­
tismo no podía dar al país ventura alguna, y conoció tam­
bién la desgracia que representa el avasallamiento de la
ortodoxia y cuán necesaria era una reorganización de la
Iglesia. Este monarca llegó, incluso, a ofrecer asilo en San
Petersburgo al Papa Pío VII, perseguido por Napoleón.
Estuvo al frente de la Orden católica de los Caballeros de
Malta, con el fin de extenderla en Rusia. La benevolencia
del zar para con los jesuítas se patentiza en sus palabras
al padre Gruber, que las reproduce en su correspondencia
con el arzobispo Marotti, con fecha 23 de noviembre de
1800 (el original se encuentra en el Vaticano) : «No veo
ningún otro remedio para poner diques en mi país a los
torrentes de la incredulidad, del iluminismo y del jaco­
binismo, sino el confiar a los jesuítas la educación de la
juventud. Hay que comenzar desde los primeros años de
la niñez a edificar sobre cimientos el edificio; si no, todo
derrumbará: La Fe, y también el Gobierno.» Estas pala­
bras pueden ser consideradas como proféticas, si se vuelve
la vista atrás, para ver lo que ha sucedido en nuestra patria.
No quiero dejar de mencionar a este propósito un caso
interesante y de los más recientes. El notable historiador
A. von Baumgarten, al abandonar Moscú dominado por
los bolcheviques, recibió de un miembro de la familia
Lvow una esmeralda que encerraba una espina de la corona
de Cristo. Esta esmeralda la había llevado siempre el zar
Pablo, a quien se le había dado en su calidad de gran
maestre de la Orden de Malta.
Cuando el señor von Baumgarten llegó de Rusia á Roma,
le dijo el Papa Benedicto XV, con ocasión de una audien­
cia, que se alegraba de que, según documentos existentes
en el archivo del Vaticano, el zar Pablo I se hubiera con­
vertido al catolicismo antes de su muerte. («Revue de
l’Hi-toire Modeme», mayo-junio 1930.) Si el zar Pablo I
no hubiera sido asesinado por criminales respaldados por
una gran potencia, Rusia se hubiera apartado entonces con
toda seguridad del cisma griego.
El zar Alejandro I cogió miedo, después del asesinato
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 249

de Kotzebue, a las ideas revolucionarias, que iban en au­


mento y por Jas cuales él mismo se había dejado arrastrar
durante algún tiempo. (Esto se deduce de las Memorias,
recientemente publicadas, de la condesa de Lebzellern,
esposa del embajador austríaco en la Corte rusa a princi­
pios del 6Íglo X IX .) A consecuencia de ello, el zar decidió
llevar nuevamente el barco del Estado por aguas tranquil
las. Consideró la unión de las Iglesias como el más firme
baluarte contra todos los poderes revolucionarios. Por me­
dio de su embajador ante la Santa Sede, Italinski, hizo
exponer al Papa Pío V il un proyecto, junto con la súplica
de que se hiciera en la ciudad neutral de Venecia una
reunión de jerarquías latinas y rusas. En su misiva a Ita-
linski, el zar se atribuye como un honor ser el autor de
este plan, enumerando las ventajas que la unión acarrearía
al Estado, y habla, incluso, de su intención de ir perso­
nalmente a Roma. Por desgracia, no llegó a realizarse esta
empresa, porque los consejeros influyeron en el zar en
sentido opuesto.
¿Y a qué condujo este despotismo en materia eclesiás·
tica?
Se derrumbó el zarismo, y también la Iglesia rusa. Aun
en el más benigno período de la revolución, la Iglesia que­
dó fuera de combate y desamparada, pues hacía demasiado
tiempo que dependía del Estado, bajo comisarios sinodales,
como Protassof, Tschebischew, Tolstoi, Pobedonostzeff y
algunos otros. Su apoyo, el Estado omnipotente, se hundió
y, junto con él, la Iglesia. De muy diversa manera, a pesar
de las persecuciones, se han desarrollado los acontecimien­
tos en Méjico y en España. No puedo entrar aquí en deta­
lles. No he querido más que hacer un recorrido por la
historia rusa, para demostrar que el absolutismo del Estado
ha sido siempre el principal obstáculo para la unificación
de las Iglesias.
Los motivos de mi conversión están íntimamente ligados
a estas consideraciones sobre la historia rusa, puesto que
la historia del catolicismo en nuestra Patria ha estado
siempre unida a la de mis antepasados.
¿Por qué se han adherido mis ascendientes a la Iglesia
católica? Sencillamente, porque conocieron las causas del
cisma griego y vieron, como yo lo he visto, que la verdad
está línica y exclusivamente en el catolicismo. Sólo el ab-
250 SEVERIN LAMPING

solutisino del Estado, cuyas raíces son el orgullo y la tira­


nía, ha sido el culpable de que Rusia haya perseverado
en el cisma.
¿Acaso no desterró Wassilij el Sombrío al metropolita­
no Isidoro, por haber suscrito en Florencia los documentos
para la unificación, en los que él veía una merma de su
poder? ¿No rechazó Pedro el Grande las proposiciones
de Jorge I de Inglaterra, por creer que, de aceptarlas, se
vería limitada su autoridad? El odio de Ana Joannovna
contra el catolicismo es una prueba de que era posible la
unión de las Iglesias. El destino de la unificación estaba,
en lo demás, sometido a los comisarios del Estado, que
sentían la angustiosa preocupación de conservar su poder.
Pero Dios lo dispuso de otro modo. Los que tenían miedo
de perder una parte de su poder, lo perdieron todo. El
absolutismo del Estado cavó su propia sepultura. El pueblo
ruso permaneció alejado de la verdadera Iglesia por igno­
rancia y desconocimiento de la situación religiosa, y tam­
bién por indiferencia y por temor a las persecuciones en
caso de conversión.
Después de meditar sobre estos hechos y conociendo que
la Iglesia griega no está cimentada en la justicia, fué el
pensamiento de que muchos de mis antepasados y parientes
habían servido al catolicismo con todas sus fuerzas, lo que
hizo madurar en mí el deseo de hacerme también católico.
CURADO DEL RELATIVISMO

POH EL P bof. PABLO TOKARO TANAKA


, (J apón)

Exprofesor de Ciencias Jurídicas en la Universidad


Imperial de Tokio. Es, *al mismo timepo, editor-
jefe de la ” Enciclopedia Católica” , que se está pu­
blicando en japonés por la Universidad Católica de
Tokio en colaboración ron la Editorial Herder (Ale­
mania).

L
OS protestantes hablan con gueto de sus experiencias
personales, y, poco después de mi conversión a la
Iglesia católica, también yo hablaba con frecuencia
sobre lo que me había acontecido, como si esto tuviera
tanto valor. A h o r a me encuentro en otra disposición de
ánimo, que no me permite valorar tanto como antes los
sucesos de mi vida.
Lo que en realidad pudiera contar de mí es únicamente
que hace ocho años me hice católico por la gracia de Dios,
'y que ahora, si bien el fin de la religión no es la tranqui­
lidad del alma ni la vida dichosa, vivo mucho más tran­
quilo y feliz que antes de mi conversión. Con agradeci­
miento hago constar esta situación espiritual en que me
encuentro, como si hubiera recibido el bautismo, no a los
treinta y cinco años, sino de niño pequeño. Dios se apo­
dera de nosotros de diversas maneras y nos convierte en
siervos suyos. Sírvese para ello de los sucesos ordinarios
e, incluso, de los desagradables entre una persona y otra,
y hasta las desgracias de nuestra vida, que para otros pue­
den carecer de importancia, sirven para sus fines. Dios
me asió con fuerza, y también yo así a Dios cada ve* más
fuertemente. Esto es. en realidad, todo lo que tengo que
manifestar.
Si me vuelvo a mirar mi vida, lo primero que siento es
vergüenza al pensar que he podido coger y convertir en
mi propiedad particular la inagotable riqueza de las ver­
dades católicas. Estas verdades subsisten independiente-
252 SEVERIN LAMTING

mente de mí, lo mismo que el sol, tanto si yo las reconoz­


co como si dejo de reconocerlas. Se espejan, incluso, en
cosas más (.(pequeñas», lo mismo que vna gola de agua re­
fleja toda la figura del sol poderoso.
Antes de mi conversión, atribuía un alto valor a mis
sentimientos morales v tan sólo a mi conciencia rendía ho­
menaje, a la manera kantiana, como si ella fuera norma
infalible. No sólo despreciaba una vida basada en consi­
deraciones utilitaristas, sino que rechazaba también las
«buenas obras». En general, todo lo que se realizara sin
un interior impulso moral, el trabajo y las acciones que
no fueran acompañadas por mi convicción personal o no
procedieran de una exaltación ética, significaban para mí
una infidelidad : como un sacerdote que predica el domin­
go sin convicción, como un artista que crea sin inspiración,
como los creyentes que sólo obligados acuden al servicio
divino, como los bienhechores que buscan la alabanza de
los hombres.
Según esta norma, casi siempre kantiana, juzgaba mis
acciones y las ajenas. Esto me hacía estar insatisfecho con
la concepción externa de la moralidad reinante entre nos­
otros, degeneración de la doctrina de Confucio. Considera­
ba la vida que obra sin coacción externa, por impulso in­
terior, como lo único apreciable, y, en este sentido, el
tenor de vida que más noble me parecía era el de un gran*
artista. Porque éste, en su actividad, es arrastrado por
irresistible inspiración. Con respecto a la ética de éxito,
que atiende casi exclusivamente a la conducta externa, mi
opinión era que la única relación verdadera entre los hom­
bres consistía en el contacto personal e íntimo —pensa­
mientos tolstoicos—-, no viendo que semejante actitud se
ve imposibilitada por la clara manifestación de nuestros
estados de ánimo tanto como por su ocultación, y tiene que
producir el empeoramiento de las relaciones mutuas. Se
quiere huir de la hipocresía y se cae en el defecto contra­
rio, la falta de respeto. Al tirar el agua del baño, se tira
con ella al niño. De poco me servían para solucionar esta
dificultad las ideas y los principios de la mayor parte de
los protestantes, encuadrados en sectas de origen america­
no, pues no consideraban a fondo este problema, y, en
consecuencia, hacían compromisos con la vida.
El que profesa la religión cristiana tiene que recono­
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 253

cer como punto central de su fe un núcleo inmutable y ob­


jetivo de las doctrinas de Cristo. Yo lo busqué en la Sa­
grada Escritura; en la Sagrada Escritura —libre de toda
tradición, de teología y de explicaciones eclesiásticas, y
purificada, asimismo, de toda investigación positiva sobre
la Biblia y de la llamada alta crítica bíblica, que rebaja
la Sagrada Escritura a la categoría de objeto de investiga­
ción de las Ciencias de la Antigüedad y de la Historia.
Apartado de toda objetiva norma de autoridad eclesiásti­
ca y de toda ciencia positiva, caí necesariamente en el pe­
ligro de interpretar la Sagrada Escritura totalmente a mi
capricho, modificando su contenido según mis necesidades
personales. La consecuencia de esto tenía que ser el anar­
quismo moral; peor todavía : un hombre como yo, uno
de tantos, tarado con instintos v pasiones, débil e imper­
fecto, se apropiaba la misión del Papa. Semejante orgullo
tenía que fracasar necesariamente al tratarse de resolver
problemas morales de la vida diaria. Entonces adquirí la
conciencia del derrumbamiento de mi vida interior. Me
faltaba la norma objetiva a que ajustar mi pensamiento
moral Necesitaba una autoridad que me dictara precep­
tos concretos v determinados.
*

A esto se añadía aún otra cosa. Pertenecía yo a un gru­


po de personas jóvenes, buscadoras de la verdad, que el
d o c t o r Uohímura. magnífica personalidad y hombre de
profética fortaleza de ánimo, había reunido a su alrede­
dor. El maestro y, conducidos por él, sus discípulos, esta­
ban descontentos de las sectas protestantes en vigor. Recha­
zaban inexorablemente todas las confesiones. Uchimura
afirmaba la salvación por la sola fe — discípulo y admira­
dor entusiasta del joven Lutero —y llamaba a su grupo
«evangélico». Quería la interpretación literal de la Sagra­
da Escritura. Rechazaba el bautismo v los sacramentos,
pero creía firmemente en la divinidad y en los milagros
de Cristo, tal como se consignan en la Sagrada Escritura,
en abierta oposición con la mayoría de los protestantes del
Japón. La experiencia me enseñó que tal separación en­
tre la fe y las obras sólo sirve para justificar la propia
imperfección. Es una manera optimista de consolarse, pen­
sando que por medio de la fe, v sin especial esfuerzo, se
podrá vencer el pecado, y que la vida se hará mejor es­
pontáneamente. Pero el desengaño llega. Querer ser cris­
254 SEVERIN LAMPING

tiano sin hacer los sacrificios necesarios, sin lomar la cruz


sobre los hombros, es hundirse en lina lamentable autosu­
ficiencia. Nosotros, subjetivistas religiosos, sólo podíamos
tender a lo objetivo; queríamos que la Escritura fuera
norma objetiva. Pero, como éramos nosotros mismos lo§
que la interpretábamos, cada uno a nuestro modo, la uni­
dad de la fe desapareció por completo de nuestro grupo.
Nacieron opiniones discordes y siempre nuevas. La discor­
dia se hizo más aguda e insoportable al tratarse de adop­
tar posición ante problemas de la vida práctica. En esto
era impotente nuestro concepto de la vida. El dichoso re­
verso de este egocentrismo había de mostrármelo la Igle­
sia católica.
Una tercera cosa. Como joven jurista, me había criado
en la atmósfera del positivismo del Derecho. Al sentirme
insatisfecho de éste, me pasé a la filosofía de los neokan-
tianos, que, durante algún tiempo, dominó en nuestros
sectores cultos. Fascinado por estas ideas, me fué difícil
reconocer en las numerosas manifestaciones del Derecho y
de la Moral, en el pasado y en la actualidad, la existencia
de una ley ética natural de origen divino. El Derecho na­
tural es aún hoy despreciado en nuestros círculos como
una herejía. Tal era el ambiente de pretendida ilustra­
ción en que me encontraba. Aun después de haberme he­
cho católico, no me fué fácil abandonar la posesión cien­
tífica que había sostenido hasta entonces. Pero al fin com­
prendí que el neokantismo, a causa de su falta de conte­
nido, no era capaz de resolver los problemas palpitantes
de la vida, del Estado y de la sociedad. La radical distin­
ción entre Valor y Realidad, entre Norma y Ley, entre
Ciencia jurídica, Etica y Sociología, en una palabra, su
alejamiento del mundo, no pudieron servirme de criterio
por más tiempo.
Por el contrario, la filosofía social del catolicismo, par­
ticularmente su teoría del Derecho natural, transmitida
como herencia espiritual hasta la actualidad, desde Aristó­
teles a través de la Escolástica, me ha ayudado a liberarme
al fin de la esclavitud del subjetivismo neokantiano y de
su formalismo. Al mismo tiempo desapareció en mí la re­
pugnancia contra un Derecho natural, determinado en su
contenido. Curé de la locura de creerme obligado en con­
ciencia a rechazar la metafísica. Y no volví a hacer distin-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 255

ciones entre profesar y conocer. El relativismo ideológico


quedó a mi espalda.
Así renuncié, por fin, como católico, a la presunción
ética en mi vida personal y abandoné, en lo científico, el
relativismo impotente. En lugar de la autonomía de mi
propia voluntad, se lia impuesto la autoridad de la Igle­
sia, que procede de la voluntad de Dios. Tras el fracaso
del formalismo, ha surgido en mí la realidad de una ley
moral objetiva. Nosotros, los católicos de todo el mundo,
sin exceptuar a los muertos ni a los venideros, estamos
unidos en la libre sumisión a una autoridad universal y
en la empresa de realizar el reino de Dios, incluso aquí
en la tierra. Sólo la idea de comunidad en el catolicismo
y la alegría que caracteriza su acción pueden suprimir las
miserias de la humanidad actual en la familia y en el Es­
tado, tanto entre nosotros como en el resto del mundo.
En la realización de este ideal se renovarán también las
muchas cosas buenas por naturaleza que la moral japonesa
ha heredado de nuestros antepasados y serán elevados por
la gracia sobrenatural a una vida más alta.
La vida y la ciencia no son enemigas. La fe y el sano
entendimiento se ofrecen mutuo apoyo. Así, pues, me es
posible vivir y trabajar esperanzadamente y no tengo por
qué temer que el hombre y el investigador se declaren en
mí la guerra.
E L M O D E L O E N E L
DOMI NI O DE SI MI S MO
por EL C o n t r a l m i r a n t e S. SHINJ1KO YAMAMOTO
(J apón)

Tomó parte en tres guerras. Fue el primero, en


la historia del Japón, a guien se confió una embaja­
da oficial para el Santo Padre. Yamamolo es presi­
dente de la «Seinenkwai», una organización para ca­
tólicos seglares, que está haciendo mucho en favor
del catolicismo en Oriente. En 1938 visitó los Esta­
dos Unidos.

gracia viene de Dios. Así lo hemos aprendido en

T
ODA
el catecismo y tal es nuestra más íntima convicción.
Si toda conversión revela el influjo evidente de la
hondad divina, al volverme a considerar mi vida, he de
confesar que así ha sucedido en mi caso de una manera
particular.
Nací el 22 de diciembre de 1877 y asistí a la escuela
primaria de Katase, donde mi familia tenía s” casa sola­
riega, a una hora larga de tren desde Tokio. Cuando lle­
gué a los trece años, pensé para mis adentros: Mi padre
tiene dinero y me enviará a Tokio para hacer estudios su­
periores. Algún día llegaré a ser ministro o general. Por­
que me sentía animado de la misma ambición que movía
a la juventud al comenzar el régimen Meiji (1868), cuan­
do el mundo pertenecía a los valientes.
Con tales aspiraciones, insistí ante mi padre, rogándole
que me enviara pronto a Tokio. Pero él no quería oír ha­
blar de esto. Era yo un fierabrás, que me ufanaba mucho
del prestigio de mi padre entre los habitantes del pueblo,
y abusaba de él para mis fechorías. Mis compañeros de
juego lo pasaban mal conmigo. Más de una lágrima se de­
rramó por mi culpa. Jugaba malas pasadas a los vecinos,
hasta que conseguían echarme la mano encima y llevarme
ante mi padre. En vez de ir a la escuela, prefería andar
17
258 SEVEIUN LAMPINO

merodeando por los bosques y los matorrales. De poco ser­


vían las exhortaciones paternas. El final de esta canción
solía ser que mi padre cogiera mi palo de bambú y res­
tableciera con él el orden perturbado. No es, pues, de ex­
trañar que no me creyera maduro para la vida estudiantil
en Tokio. Y lo que acabó de quitarme la anhelada espe­
ranza de mi deseado Tokio fué que mi hermano mayor se
había portado allí de una manera muy poco honrosa para
m i t>adre. El desencanto producido por esto era todavía
reciente.
Por entonces —era a principios de verano— llegó de .
Tokio a nuestra casa de Katase un europeo para alquilar
un alojamiento veraniego. Aquel señor era director de un
colegio de Enseñanza Media. Se le alquiló una casa y vol­
vió en el verano; pero esta vez con unos doce europeos
más. vestidos todos de la misma manera, con traje negro y
corbata del mismo color. Eran hermanos maristas. Mi pa­
dre les preguntó el primer día cuál era en realidad su ocu­
pación. «Educamos a la juventud», dijeron. «Y por cierto
con mucho rigor. El que ingresa en nuestro colegio tiene
que cumplir con toda exactitud el reglamento; sólo puede
salir de casa a horas determinadas y tiene que volver a
ella puntualmente. Tres días a la semana se habla francés
y otros tres días inglés.»
Mi padre quedó admirado. Pero lo que más le agradó
fué la rigurosa disciplina escolar y el aprendizaje de las
lenguas extranjeras.
Para mí fueron éstas unas vacaciones dichosas. Todos
los profesores eran jóvenes, activos y sobremanera alegres.
Ibamos juntos a la playa, nadábamos o andábamos en bar­
ca. Pescábamos a caña en los ríos, subíamos a los montes,
cogíamos mariposas en los arrozales y nos considerábamos
como Verdaderos camaradas. Cuando llegó septiembre, se
marcharon loe maristas. Mi padre, cuya conñanza se ha­
bían ganado, me llevó a Tokio y me entregó a ellos para
que me educaran. Así ingresé en la Escuela de Enseñanza
Media «Gyosei», es decir «Estrella Matutina», entonces pe­
queña. hoy grande y famosa.
Los alumnos eran, en su mayor parte, de familias exal­
tadas en el sentimiento patriótico, llenas aún de prejui­
cios contra la odiada doctrina de Yaso, es decir, el cristia­
nismo. Yo era como ellos. Sentía repugnancia en lo íntimo
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 259

del alma contra esta doctrina de Yaso. Así se originaron


algunos choques con mis profesores, a quienes yo provo·
caba al combate. Pero, como me faltaba toda cultura reli­
giosa, no podía contra ellos, Jo cuaJ acabó por imponerme
respeto ante sus opiniones. Poco a poco fui conociendo
mejor su vida privada : cómo todos ellos obedecían incon-
dieionaJmente al superior, sin que fuera obstáculo la di­
versidad de patria, edad y educación; cómo nos amaban a
nosotros más que a sí mismos; cómo seguían una regla es­
trecha, tenían votos y los observaban realmente. Y la ex­
plicación de todo esto no podía ser más que su religión.
Cuando llegué a vislumbrar esto, comprendí que el hacer­
me católico no era cosa que dejara de tener importancia.
Mis anhelos eran servir con fidelidad a mi patria y a Dios
y lograr con ello mi dicha. Dios me guió de modo que lle­
gara a tomar esta resolución y pudiera cumplirla.
No fué cosa fácil ponerla en práctica. Mi padre era ase­
sor de un célebre templo budista. Teníamos en casa un
kamidana, altar sintoísta, y un butsudan o camarín budis­
ta. Cada mañana eran venerados ambos según antiguas tra­
diciones. Por eso era natural que vo vacilara en manifes­
tar mis deseos a mi padre. Pero, al fin, me decidí. Le es­
cribí una carta, rogándole que me permitiera instruirme
en la religión católica. Fueron tan grandes la excitación
y la sorpresa de mi padre al recibir esta carta, qne calió
inmediatamente para Tokio y me ordenó con duras pala­
bras que me quitara de la cabeza semejante pensamiento.
Dijo que la doctrina de Yaso era peligrosa para el Estado
y que yo 110 debía comprometer de antemano todo mi por­
venir ni dirigir el barco de mi vida directamente contra
este escollo. Por más que le insté, se mantuvo firme en
su negativa, y como mis deseos no fueron capaces, pues no
llegaba a tanto mi valor, de imponer mi voluntad contra
la de mi padre, aquella noche me acosté desconsolado
v lloré durante toda ella. Esto sucedió en la primavera
de 1893.
Pero Dios no me abandonó. Durante las vacaciones de
verano, que pasaba con mis padres, volví por segunda vez
a la carga. Pero mi padre se opuso resueltamente. Enton­
ces eché mano de la oratoria. Y el Espíritu Santo debió
de quitar las trabas de la lengua de un no bautizado. Hablé
a mi padre de la siguiente manera: «Yo, poco a poco,
260 SEVERIN LAMPING

voy creciendo en años, y pienso en mi porvenir. Ignoro


si algún día y de algún modo me extraviaré por malos ca­
minos y serviré de vergüenza a mi padre. Pero estoy fir­
memente convencido de que sólo podré conjurar este pe­
ligro haciéndome católico. Por eso te he rogado que me
des permiso para instruirme en la religión católica. Tú
me lo has negado. Por otra parte, sin embargo, estimas el
honor sobre todas las cosas. Si a causa de tu proceder hu^
biera yo de obrar vergonzosamente, declino toda respon­
sabilidad.» A esto dijo mi padre: «Bien; tendrás el per­
miso. Puedes escribir ahora mismo al director.»
Tan pronto como se acabaron las vacaciones, en sep­
tiembre. comenzó mi instrucción. En la Nochebuena del
mismo año, antes de la misa del Gallo, fui bautizado en la
capilla del colegio «Estrella Matutina». Yo era el primero
a quien se oautizaba allí y el primer japonés a quien bau­
tizaba mi maestro. No necesito decir que, exteriormente,
uo hubo en mí cambio ninguno; lo que sucedió fué sólr
que se cumplió en mí la voluntad de Di^a
Desde aquella Nochebuena han nasado sobre mí cua­
renta años con tormentas de primavera y aguaceros oto­
ñales. Ingresé muy joven en la Marina; he participado en
tres guerras, y más de una vez salvé la vida como por mi­
lagro.
El Gobierno me confió, por primera vez en la historia
del Japón, una embajada para el Santo Padre; me fué
;j»do acompañar al príncipe heredero, nuestro actual ero
perador, en su viaje a Europa, y —ésta es la mayor dicha,
que he tenido en mi vida— se me otorgó el pasar los año%>
restantes cerca de la persona de mi emperador.
Cerca de veinticinco años he vivido en feliz matrimo­
nio. Dios nos ha dado varios hijos. Así la bondad divina
ha enviado sus abundantes bendiciones sobre mi vida, sin
atender a mis debilidades y flaquezas.
UN MILITAR QUE SE RINDE A LA VERDAD
p o r e l C o r o n e l C H A N G P ’ EI FU
( C h in a )

(Faltan los datos biográficos por deseo expreso del


señor Chang.)

i camino hasta la Iglesia católica es, en resumen,

M el siguiente: Nací en la provincia de Ho-pei, dis­


trito de An-ts’e, y tengo ahora cuarenta y dos
años. Me llamo Chang P’ ei Fu, y he sido bautizado luego
con el nombre de José. En el quinto añe de la República
china (1916) hice mi examen de oficial en la Escuela de
Artillería. Llegué después hasta jefe de división. Más tar­
de desempeñé cargos en el Estado Mayor. Cuando en Man-
churia se llegó a complicaciones militares con los japone­
ses, estaba yo en el Nordeste, en la provincia de Hei-lung-
kiang, donde organicé y dirigí la resistencia nacional. A
causa de nuestro fracaso militar, emigré a Rusia y viajé
luego hacia Alemania e Italia. De vuelta en la patria, fui
llamado a Peiping como asesor en la Comisión Militar. Al
mismo tiempo se me invistió del cargo de profesor de
Ciencias Militares en la Universidad de Tung-Pei (Nord­
este). Algún tiempo después recibí el Santo Bautismo, ha­
ciéndome así cristiano católico.
Ya durante el tiempo de mis estudios, cuando en el
cuarto año de la República (1915) surgieron en Tientsin
dificultades cliinofrancesas, recibí una buena impresión de
la religión católica. En aquellas difíciles circunstancias fué
el sacerdote católico Lei-ming-yuan (el misionero belga
padre Lebbe) el primero en defender públicamente la hu­
manidad y la justicia. El motivo más profundo para que
tan decididamente reclamara Ja justicia y se sacrificara por
la verdad hay que buscarlo en su amor al prójimo, que
tenía su origen en el amor a Dios. Amaba a todos los hom­
bres, y por eso amaba también al pueblo chino. La reli-
262 SEVEKIN LAMPING

gión católica ludia, como en este caso pude apreciar real­


mente, por la verdad y por la justicia, y enseña un amor
al prójimo que se manifiesta en la práctica.
Si se buscan los motivos de la guerra civil en China y
de las complicaciones en Manchuria, se llega a la conclu­
sión de que todo ello fué debido a la falta de poderosas
fuerzas cohesivas y a la carencia de una segura orientación
espiritual en el género humano, Si entre los hombres se
ha de llegar a un mayor espíritu de conciliación, a más
fortaleza de carácter y pureza de costumbres, esto sólo será
posible con ayuda de la religión. Mas, entre todas las re­
ligiones, sólo la católica posee un fundamento y un fin ver­
daderamente seguros. Sólo ella se alza inconmovible a tra­
vés de todos los tiempos. Sólo ella tiene una tradición in­
interrumpida y responde a todas las exigencias de la na­
turaleza humana.
La fe católica está, además, de acuerdo con la razón
y libre de toda doctrina errónea. Si se busca el último mo­
tivo del mundo, llégase siempre a un Creador personal. Si
no hubiera un espíritu puro, todopoderoso y omnipoten­
te, ¿cuál sería entonces el origen de un mundo tan inmen­
so con su inmensa variedad de cosas? Aun cuando las cien­
cias modernas progresan de día en día, únicamente pue­
den hacer objetos de consumo, pero no producir un solo
ser vivo. Si no hay, pues, un Dios creador, ¿quién será el
autor de la vida? En el libro Ta Ya («Grandes Himnos»,
sección del clásico y antiguo «Libro de los Himnos») se
canta : «El cielo divino soporta el mundo, sin que se pue­
da oír ni ver nada de él.» y Ch’eng-tse dice : «Si se quiere
designar su esencia, se le llama cielo. Pero si se quiere
expresar su dominio, se le llama emperador» ( = domina­
dor del mundo). Entre los antiguos letrados y sabios no
hubo ninguno que no venerara a Dios. ¿Por qué no había
de hacerlo yo también?
UN PRI ME R MI N I S T R O C A P I T U L A
P O H LO U T S E N G - T S I A N G
(C h in a )

Es actualmente miembro de la comunidad benedictina de


Lophent, cerca de Bruselas. Su nombre religioso es Dom
Fierre Celestin. Fue en su tiempo Embajador, Primer Mi~
, nistro de China y Ministro de Asuntos Exterioret. Comenzó
\v su carrera diplomática en la Legación china de San Pe·
\ tersburgo, donde estuvo sucesivamente como Agregado, Se-
; cretario y Consejero. Allí conoció a la que después fue
I su esposa, la sobrina del Ministro belga en Petersbwrgo,
| Mllc. Berthe Bovy. Habiendo sido nombrado Ministro en
i La Haya, permaneció en esta ciudad hasta su regreso €
I Petersburgo en 1911. Por este tiempo abjuró el protestan­
tismo y abrazó la religión de su esposa. Sin embargo,
cuando el Gobierno chino se derrumbó. Tseng-Tsiang fue
llamado a ocupar el Ministerio de Asuntos Exteriores. Más
tarde representó a su país en la llamada Conferencia de
la Paz en Versalles, y rehusó poner su firma al pie del
ignominioso Tratado. Su esposa murió en 1926. Poco des·
puesy Lou Tseng-Tsiang dimitió su cargo y entró en la
abadía benedictina de S. Andrés de Lophem, cerca de Bru·
selas. Tomó el hábito benedictino el 4 de octubre de 1927,
siendo recibido en el noviciado con d nombre de Pierre
Célesün el 14 de enero de 192H. Hizo sur votos solemnes
el 15 de enero de 1932. Recibió las sagradas órdenes de
manos del reverendísimo Arzobispo Celso Constantini, el
29 de junio de 1935 en la iglesia de la cbadic. Adstiertm
a la ceremonia los Ministros chinos de las diversas capi­
tales de Europa y le llegaron felicitaciones de todo el
mundos. Entre sus publicaciones merecen especial men­
ción: «LJinvasión et Vocnpation de la Mandchourie jugées
a la lumiére de la Doctrine Catholique par les écrits dm
Cardinal Merciery* y «La vie et les oeuvre$ du grcnd chré-
lien chinois Paid Sin Koang-k'i>n

I padre fue protestante y miembro de la London

M Mission Socie-ty\ en cuyo seno fui yo bautizado.


Siempre me cansó admiración el celo y la caridad
de los misioneros de esta sociedad —celo y caridad que
proclamaban la superior moral y el valor social del Cris­
tianismo.
264 SEVERIN LAMPING

En posesión de una fe sencilla y genuina, mi padre era


sumamente caritativo. Su magnanimidad era extraordina­
ria. Su mentalidad estaba totalmente formada por el es­
píritu de la antigua China, que nos ordena seguir la ley
del cielo y confiar en su paternal providencia, que vela
sobre nosotros. Mi madre conocía el significado del sacri­
ficio personal y de la dedicación al cumplimiento del de­
ber. Nunca pensaba en sí misma. Murió cuando apenas
contaba yo ocho años. Su recuerdo permanece profunda-/
mente arraigado en mi alma, donde lo cultivo con el ma-/
yor afecto.
A los veintiún años pasé a Petersburgo (Rusia), comí»
intérprete de la Legación china. El Embajador chino, Shii
King Chen, era un gran sabio, de ideas amplias, de gran­
des alcances y sumamente bondadoso. Encontró placer eb
formarme, llamando mi atención sobre lo que constituía
el «meollo» de la civilización europea. Me animaba a es­
tudiarlo y me hacía notar la influencia moral y espiritual
que la Iglesia cristiana ejercía sobre la sociedad y la fa­
milia. y asimismo me llamaba la atención sobre las radia­
ciones internacionales del Vaticano. Me indujo a estudiar
más detalladamente los elementos que servían de base a
estos problemas que resultaban de nuestras observaciones.
A la edad de veinticho años me casé en San Peters­
burgo con una muchacha católica belga, la señorita Berthe
Bovy, hija de un alto jefe del ejército de Bélgica. Prome­
tí educar a todos nuestros hijos en la fe católica; pero,
con gran disgusto nuestro, no llegamos a tener hijos.
Fué en el alma y en la vida de mi esposa donde descu­
brí el alma y la vida y el poder del Catolicismo. Nunca
hizo ella la menor alusión a una aproximación o conver­
sión mía a la Iglesia católica. Por lo demás, cumplía sus
obligaciones religiosas de una manera sincera y sencilla.
Nuestro mutuo afecto era grande y desinteresado, y en
todas las vicisitudes y en el cumplimiento de las obligacio­
nes éramos siempre un solo corazón y una sola alma.
El pensamiento de no tener hijos y de no poder, por
consiguiente, hacer realidad viva la promesa que había he­
cho al contraer matrimonio, me llenaba de tristeza. Como
una especie de compensación, decidí ingresar yo mismo
en la Iglesia católica. Esta Iglesia, en efecto, me había pa­
recido siempre la más antigua y perfecta de todas las Igle-
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 265

sias cristianas, puesto que se remontaba a los tiempos de los


Apóstoles, mostraba unidad orgánica, poseía una jerar­
quía, una autoridad viva, un credo tan invariable como
la verdad misma y, sin embargo, aplicable a las neceaida-
des actuales. Estas reflexiones y otras semejantes me traje­
ron ocupado durante mucho tiempo. Oré y recibí la gracia
de creer en la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Ro­
mana. Este don de la gracia me hizo obediente a su lla­
mada y me infundió el deseo de practicar sus doctrinas.
¡Honor y gracias sean dadas a Nuestro Señor Jesucristo
por esta llamada!
Aún me queda por decir cómo después la bondad de
la Divina Providencia me llevó á la vida religiosa y ésta,
a su /vez, al santo sacerdocio.
El año 1932 mi Muy Rev. Padre Abad me ordenó es­
cribir algunas reminiscencias de mi conversión al Catoli­
cismo. A ciertos intervalos, ciertamente cuando me venían
a la memoria sucesos pasados, los consignaba por escrito.
De estas mis memorias entresaco las siguientes líneas. Re-
fiérense a la muerte de mi querida esposa y demuestran
la influencia que cierto libro ejercía sobre nosotros. Aludo
a los escritos postumos de Madame Elisabeth Leseur. re­
unidos bajo el título de Journal et Pensées de chaqué Jour.
«Toda obra duradera tiene que nacer en m^dio del do­
lor y del sacrificio; a través de éstos se hace fecunda y por
fuerza tiene que llegar a madurez. Dios lo ha ordenado
así.» Así sucedió con la vida de Isabel Leseur y así tiene
que suceder con la de Berta Lou.
«La primera fué causa de que su esposo volviera a la
fe católica; la segunda, indujo al suyo a emprender el ca­
mino que conduce a sus doctrinas. Isabel Leseur estaba
segura de la vuelta de su esposo a la Iglesia. Berta Lou
bajó a la tumba con la seguridad de que su esposo se
haría religioso, porque él mismo se lo había dicho y pro­
metido.»
Fué en Berna, durante la larga y penosa enfermedad
de mi esposa, 1923-26, donde experimentamos la influencia
de Isabel Leseur sobre nosotros, y su poderosa interce­
sión. Refiriéndose a este tiempo, mi diario continúa así:
«La vida cotidiana de la paciente era objeto de un
régimen casi militar. Las horas de levantarse y acostarse,
del tratamiento y de las comidas, de un breve paseo por la
266 SE VER IN LAMPING

terraza y una partida de bridge por la tarde, todas eran


estrictamente guardadas.
«Una breve lectura diaria.
»Un día, juzgué llegado el momento de manifestar a
mi querida enferma cómo estaba resuelto a permanecer fiel
a su memoria. A fin de no alarmarla ni darle motivo de
interpretar mis palabras como indicio de su irremediable
situación, elegí un camino indirecto para darle a conocer
los sentimientos de mi corazón.
«Solía yo leer todas las tardes el Temps, de París, y,
mientras cumplía así mis deberes de enfermero, me infor­
maba al mismo tiempo de lo que ocurría en el mundo. Y,
como también tenía la costumbre de echar una ojeada a
las reseñas de libros, topé una tarde con un artículo so­
bre el Journal, de Isabel Leseur. sus Cartas a un Incré­
dulo, Curtas sobre el Dolor, La Vida Espiritual, etcétera.
Mientras leía aquella reseña, pensé : Estos libros son muy
a propósito para nosotros; tengo que procurármelos. Si
se los leo a mi esposa, cieitamente encontrará ocasión de
hacer una declaración de amor, como hace veintisiete anos.
»Adquirí los libros y comencé a leérselos. El Journal
et Pernee nos surigió muchas cosas. Se lo leí a mi esposa
un día y otro, un capítulo tras otro. Algunos pasajes en
que Ja autora manifestaba sus afectos reflejaban los senti­
mientos de nuestros corazones. La lectura de este volumen,
que continuamos de manera que no fatigase a la paciente,
fué un gran placer.
»Desde hacía algunos años teníamos la inocente cos­
tumbre de adoptar las actitudes y hábitos de aquellos per­
sonajes que más nos atraían, ya fueran soberanos, actores
o santos. Siguiendo esta costumbre, comencé a llamar a
mi esposa «Isabel» y ella contestaba llamándome «Padre
Lou». Estos nombres los continuamos usando en adelante,
hasta que llegó la hora en que Berta pasó a la eternidad.
Valiéndome de este artificio esperaba yo darle a conocer
mis intenciones en un momento oportuno.
»Un día, mientras estaba leyendo para ella, me inte­
rrumpí para decirle: «Querida, tú imitas perfectamente
a Isabel, pero dudo de que vo pudiera llegar algún día a
ser otro Padre Leseur.»
»Con gran sorpresa mía. respondió ella sonriendo:.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 267

<(¿Por qué no? ¡Basta tu buena voluntad ayudada por la


gracia de D ios!»
»Había conseguido mi propósito. Por consiguiente,
cambié de asunto y continué leyendo. Mi intención era
hacerle saber y guardar en su corazón la seguridad de que
yo estaba resuelto a permanecerle fiel hasta el punto de
abrazar incluso Ja vida monástica. En este momento psi­
cológico sonaron por última vez en mis oídos las palabras
de mi maestro Shu, que me había anunciado que yo su­
friría el proceso de «europeización» hasta sus últimas con­
secuencias.
»Mi esposa salió de este mundo sin una sola palabra
de protesta, sin expresar un solo deseo, aceptando la muer­
te en silencio. Por última vez fue comprendida en sus de­
seos y anhelos por aquel a quien dejaba en este mundo
sin consuelo.
»En aquel día de mi última demostración de amor a
la compañera de mi vida durante veintisiete años, a mi
amiga, a mi consejera tan altamente abnegada, me pre­
gunté a mí mismo : ¿Cuál podría ser la mejor expresión
de gratitud a quien se entregó a mí en cuerpo y alma, para
la buena suerte y para la adversidad? Si hay algún modo
de pagar un servicio prestado de una manera tan humana
y sobrehumana, sin duda consistirá en m ostrarm e amigo
totalmente fiel en la vida y en la muerte hasta el punto
de que quisiera morir con ella, sin precederla ni seguirla,
en el mismo minuto, en el mismo segundo dispuesto por
Dios.
»Nuestra mutua comprensión se desarrolló hasta más
allá de la muerte. Ella bajó a la tumba con el consuelo de
mi vida monástica, y yo me retiré a mi voluntaria soledad
con el consuelo de su vida eterna. ¿Qué más podíamos de­
cirnos o darnos el uno al otro? Habíamos hecho intercam­
bio de todo lo que Dios nos había dado : cuerpo por cuer­
po. corazón por corazón, alma por alma, vida monástica
por vida eterna. La muerte nos separó, pero la santidad
de lo vida monástica nos reunió para siempre. Mi esposa
vela por mí; yo rezo con ella y por ella. Ella mira hacia
mí desde su altura; yo levanto hacia ella mis ojos con ad­
miración. Nunca hemos estados distantes uno de otro. Aho­
ra un lazo más nos vincula : la Sagrada Comunión, y hace
nuestra unión más íntima que nunca. ¡Querida esposa
268 SEVERIN LAMPING

mía, no has muerto para mi! ¡No; vives! ¡Yo, en cam­


bio, he muerto para el mundo, gracias a ti!
»Durante la prolongada enfermedad de Berta, la per­
sonalidad de Isabel Leseur no había cesado de ejercer so­
bre nosotros una influencia cada vez mayor. Repetíamos
su nombre con frecuencia, porque nuestros corazones es­
taban llenos de él. Una circunstancia providencial hizo
todavía más eficaz su benigno influjo sobre nosotros.
»Poco después de haber entrado yo en contacto con los
esecritos de Madame Leseur, se anunció la fundación en
Berna de un Círculo «Elisabeth Leseur». La señorita Her-
king, presidente de este círculo, organizó en Berna una
conferencia del P. Leseur. Por entonces ningún extraño
sabía aún que la influencia de la santa alma de Isabel
Leseur había penetrado ya en nuestro hogar y que nos­
otros bendecíamos sin cesar su nombre.
»Naturalmente, asistí a aquella conferencia, que tuvo
lugar en el histórico Ayuntamiento de la ciudad. La con­
currencia fué muy numerosa. Yo ocupé un asiento en pri­
mera fila. Fui también el primero en felicitar al Padre
Leseur, cuya mano estreché como demostración de apre­
cio. Nuestros corazones y nuestras almas estaban totalmen­
te de acuerdo.»
Mi esposa murió el 16 de abril de 1926. Año y medio
después, exactamente al acabar la época de luto, di cum­
plimiento a mi promesa. El 4 de octubre de 1927, Berta
Lou fué testigo de que su esposo vistió el hábito de San
Benito y abrazó la vida monástica bajo la protección de
las do= almas queridas que habían pasado antes que él a
la eternidad.
¡Alabado sea Dios por todo lo que se ha dignado hacer
conmigo por la intercesión de sus dos santas servidoras,
Isabel Leseur y Berta Lou!
A L C O N C E P T O DE I N F I N I D A D
PASANDO POR EL RACIO NALISM O
ron L. M. BALAS UBRAHMA M A M . S. 1.
( I n d ia )

Poco después de escribir el relato de su conver­


sión, fué llamado a la Universidad Pontiftna (Ponti­
ficia Universita Gregoriana) de Roma.

na conversión es como la ascensión de un monte.

U A través de las masas de niebla que pesan sobre


el valle se va subiendo hasta la más alta cumbre.
No siempre oculta la niebla el paisaje. Hay cimas meno­
res, desde las cuales se mira hacia abajo y se contempla et
fatigoso camino que ya queda atrás. Describiré mi cami­
no ascendente, tal como lo contemplé desde estos mira­
dores.
* * *

No siempre estuvo mi alma hambrienta y sedienta de


la justicia de Dios. Hubo una época en que el hinduísmo
ortodoxo popular y una dosis accidental de panteísmo vé-
dico me satisfacían plenamente, cuando se me presentaban
dudas acerca de mi concepción del universo. Siguiendo los
uso$ de mi país, tenía que venerar una abigarrada multi­
tud de pequeños dioses. Estas divinidades no aventajaban
en muncho el nivel moral de los mortales; con frecuencia,
incluso, estaban en sus flaquezas muy por debajo de éstos.
No había donde elegir entre ellos. Todos eran despóticos,
cobardes, tiránicos, rastreros. Todos tenían sus flaquezas,
sus deslices, sus aventuras escandalosas. Dejando aparte
sus diversas hazañas, buenas o malas, sólo se diferencia­
ban entre sí por alguna propiedad anatómica y, además,
por el número de sus mujeres. Así, por ejemplo, el dios
cuyo presunto don era yo, tenía dos mujeres, una docena
de brazos y una docena de cabezas. Tales eran los dioses
270 SEVER1N LAMPINO

que yo debía temer, aplacar y amar. El temor y la oración


propiciatoria ante estos dioses o, mejor dicho, monstruos,
eran fáciles en principio. ¿Pero el amor?
Es verdad que yo conocía el significado de las repre-
sentacioaes simbólicas. Los dioses en sí eran distintos de
como se los representaba. El artista quería expresar por
medio de los ojos en número extraordinario, por las masas
de miembros, etc., que los dioses eran seres poderosos.
Método pueril y. al mismo tiempo, ingenua defensa, por­
que. al fin y al cabo, lo que importaba eran las divinida­
des y no los ídolos. Y, además, ¿por qué el artista limita­
ba el número a cuatro, seis o una docena? Diana de Efeso
era venerada como la Magna Mater, y su imagen no per­
mitía duíla ninguna «obre la grandeza de su maternidad.
Semejante simbolismo no era desconocido para los hindúes.
La Purusa sukta ( Rg . Veda X. 90) comienza así: Sahasra
sirsa Purusa. Sahasraksa sahusrapad (Purusa tiene mil ca­
beza?. mil ojos y mil pies). Con esto quería decirse que
Purusa era omnipotente y omnisciente. Pero desde la Pu­
ntea del Rg. V eda hasta los pequeños ídolos del hinduísmo
popular había un largo camino. Además, quedaba por
refutar la principal objeción : que en el panteón de los
hindúes, por ejemplo, el número de los brazos de un dios
no guardaba relación con la grandeza del mismo. Así, pues,
este simbolismo me pareció una apología del hinduísmo
poco afortunada.
Lo* dioses de lo? griegos no eran buenos, pero, al me­
nos. eran hermosos a la vista, pues se los representaba con
figura humana y ?e los podía mirar con agrado, si se que­
ría. Los dioses de los hindúes, por el contrario, sólo po­
dían inspirar temor y parecer peligrosos, suponiendo que
se creyeran en ello«. A veces me parecía la existencia de
estos dioses algo dudosa. Algunos tenían importancia local,
y la mayor parte eran desconocidos antes de la época Pu-
ranic. Esta creencia en los dioses tenía en sí misma algo
de sospechosa. Me entregué a las cavilaciones. En esta si­
tuación vino a ayudarme el panteísmo védico, cuya doctri­
na principal radica en la máxima de que no existe la plu­
ralidad. Por consiguiente, todos los miembros son uno, to­
dos los ojos uno, todas las mujeres una, todos los dioses
uno, todos los mundos uno, tú y yo uno. ¿Por qué, pues,
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 271

inquietarse, pudiendo vivir en una paz dichosa? Logré esta


despreocupación y perseveré en ella por largo tiempo.
Estaba convencido de que mi actitud espiritual, que
sin duda suponía cierta medida de habilidad dialéctica, no
podría ser perturbada por controversia alguna. Distinguía
perfectamente entre verdad relativa y verdad absoluta, en­
tre una manera de pensar más sutil y otra más burda, en­
tre el misticismo oriental y el realismo occidental, etc. En
una palabra, llegué poco a poco a pensar como los neo-
hindúes, cuyos libros leía, y que necesariamente estaban
en la verdad, precisamente por ser hindúes.
«Bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed.
porque serán saciados», dice el Hijo de Dios. Esta es la
característica de toda conversión. Primero, el tiempo de
ayuno, más o menos estrecho, más o menos doloroso, más
o menos duradero, y luego, un gran banquete, que nun­
ca, ni siquiera en el cielo, tendrá fin. Así, pues, el que
está harto no será saciado. Pero el que siente hambre verá
su hambre acallada. Yo estaba ya harto. No sentía ham­
bre alguna; y, sin embargo, tenía que llegar este sentir
hambre, por lo menos en algo, antes de (que el cristianis­
mo pudiera venir a mí. Estaba reservado al racionalismo
operar en mí esta transformación, y lo hizo con éxito. En­
tré en contacto con él por una pura casualidad. Pero, tan
pronto como empecé a leer los libros de los racionalista?,
me impresionó mucho su método. Pronto nv-' pareció com­
prender que los hombres se aferraban a una religión, o
bien por un instinto ciego, o bien por un interés trascen­
dental, pero rara Vez a causa de una consideración pura­
mente intelectual. La religión —se decía— . es lo que más
íntimamente afecta al hombre. Sin embargo, apenas si
roza el entendimiento, que es. en realidad, la parte más
esencial del hombre. Pero tampoco después de ponerse en
contacto con el entendimiento muestra ningún fundamen­
to sólido, sino que flota en la superficie como una ilusión.
Al analizar mi propia religión, hice el terrible descubri­
miento de que el dogma fundamental del hinduísmo pan-
teísta : «Todos los seres son un solo ser», contenía una
evidente contradicción. Este conocimiento hizo que el hin­
duísmo fuera rechazado por mí como irracional. Yo. que
me consideraba rico, me había convertido en un pobre
Lázaro.
274 SEVERIN LAMPING

Conocí al Dios Hijo como había conocido a Dios, es decir,


a través de los racionalistas.
Yo era aún racionalista, pero ya no me fiaba por com­
pleto de los racionalistas. Medía con el metro que me ha­
bían puesto en las manos, y pude observar que ellos no
conocían bien su empleo. No quise ser esclavo de su pe­
dantería. Había llegado a conocerlos a fondo. Podían ser
amables exteriomiente, por completo imparciales y obje­
tivamente críticos en sus exposiciones sobre los diversos
sistemas religiosos. Más aún, eran verdaderamente objeti­
vos. hasta que pasaban a hablar del cristianismo. El. cris­
tianismo. al parecer, los sacaba de quicio siempre que se
ocupaban de él. Al tratarse de él, desaparecía todo su buen
criterio, incluso la mesura que empleaban en otras ocasio­
nes y, sobre todo, su objetividad. A veces llegaban a en­
furecerse, y el lenguaje que empleaban en tales ocasiones
va no era un lenguaje selecto. Esto me dio que pensair.
No suele uno ponerse nervioso mientras aún le queda un
triunfo por jugar. Estos hombres, por lo demás tan respe­
tables, perdían por completo el dominio de sí mismos. Lo
razonable de la religión cristiana y lo endeble del racio­
nalismo frente a ella eran evidentes. Este conocimiento,
sin embargo, no me llevó en seguida a la pila bautismal.
Aún tenía que correr mucha agua río abajo antes de que
corriera por mi cabeza. Cristo es la Iglesia, y la Iglesia es
Cristo. Este era un pensamiento auténticamente paulino.
Puede ser. Esta era la teología mística de un San Bernar­
do. Perfectamente. Estas eran invenciones de algunos apo-
logetas católicos contemporáneos, que estaban influidos por
el panteísmo de Oriente. ¡Mira, mira! No me sentía in­
clinado a estudiar la religión cristiana bajo la dirección
de cristianos que se servían de semejantes argumentos de
los racionalistas. Pero lo que me dejó asombrado fué el
saber que los racionalistas mismos creían plenamente en
esta doctrina. Combatían la Iglesia por todos los medios
lícitos e ilícitos, porque era la supervivencia de Cristo.
Écraxez Vinfáme.
La Iglesia me era conocida por el trabajo que desarro­
llaba en tomo mío. Era la madre solícita de las doncellas
y viudas, de los abandonados y de los oprimidos, de los
pobres y de los parias. En todo esto nada había repren­
sible.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 275

Los racionalistas me decían que la Iglesia tenía un pa­


sado. Leí su historia. Su pasado era largo y honroso. Pero
aún descubrí otra cosa. Al estudiar la historia de la Igle·
6ia, tropecé con la historia de las Iglesias: Averiguación
extraordinariamente interesante por cierto. Resultaba un
juego mental sumamente agradable pensar en las insospe­
chadas posibilidades de desdoblamiento de las Iglesias:
una Iglesia blayatski, otra Iglesia hindú, otra ho tentote,
otra mahometana, etc. Las Iglesias afirmaban que la Igle·
sia consistía en una comunión religiosa. Pero no decían
en qué consistía la comunión religiosa. Habían olvidado el
considerar la esencia de la religión. Yo no lo había olvi­
dado. La Iglesia tampoco lo había olvidado. Nunca había
cesado de proclamar que, así como únicamente hay una
vida y una verdad, así también hay un solo camino: Cris­
to. Que ella era el camino, el único c&mino. Que ella era
Cristo y que Cristo era la Iglesia (1). Así, pues, no se ha­
bían equivocado los racionalistas.
El fin del camino se acercaba ya. Siguió aún, como es
costumbre, el estudio del catecismo. A pesar de todo, no
hubiera dado el paso último y definitivo si un converso
que había sufrido mucho a causa de su conversión no me
hubiera infundido ánimos. El 17 de junio de 1919 fui bau­
tizado en la sangre de Cristo, y recibí el cuerpo del Señor
el 19 del mismo mes y año. Era sólo el comienzo del aser
saciado». Tengo la esperanza de que no acabará nunca.

(1) Cristo es la cabeea; la Iglesia, su cuerpo místico. Uno y otra,


en el lenguaje de San Agustín, forman «a Cristo entero«. Así. Cristo
se identificó a sí mismo con la Iglesia cuando dijo a Saulo: «¿P or
qué me persigues?»
¿ S U P E R S T I C I O N HINDU
O CULTO DEL H O M B R E - E I O S
POR BRAHMCHARI KKWACH AND ANIMANANDA
( I n d ia )

Procede de una casta guerrera de la India y fué


anteriormente adepto de la religión de Sikh, cuyo
fundador, Ouru Nanak, vivió santamente y defen­
dió la forma más pura del teísmo. Animananda, nom­
bre que recibió en el bautismo, es traducción de
Pablo.

UANDO yo era todavía niño, me acostumbró mi abue­

C la a decir siempre la verdad y a amar a Dios. Por


esto sería premiado —me decía— con la contempla­
ción divina. Una noche vi en sueños al dios hindú Sree
Krishna con una magnífica corona sobre la cabeza. Esto
me produjo una extraordinaria alegría y me creí dichoso.
Más tarde fui a visitar a un hindú sannyasi (monje) y íuc
ofrecí a servirle como brahmchari (discípulo): pero mi
abuelo me reprendió por ello y voKió a llevarme a casa,
lo cual me pareció sumamente extraño, pues no podía
comprender por qué se me castigaba, habiendo hecho una
obra buena. Parecidas sorpresas experimenté más tarde en
la escuela. Por decir la verdad, me dió en cierta ocasión
un condiscípulo una buena mano de palos. Esto me hizo
cavilar. Con frecuencia nie hacía esta« preguntas : «¿Para
qué me ha creado Dios? ;.Qué he ganado yo con ello?»
También el problema del sufrimiento era para mí enig­
mático. Mis amigos solían decir que los sufrimientos de la
vida eran consecuencia de pecados personales, cometidos
en otra vida anterior (1). Pero esta respuesta no me satis-

(1) Los hindúes croen en 1« matempsicosis. El alma, según ellos,


pasa por diversos cuerpos y, con frecuencia, tiene que purgar pecados
que cometió cuando moraba en otro cuerpo anterior.
278 SEVERIN LAMPING

facía. Nuevamente volvía a preguntarme : «¿Por qué puede


haberme creado Dios? ¿No hubiera sido mejor que no me
hubiese sacado de la náda?» Ahora que soy católico com­
prendo, iluminado por la fe, algo del misterio que envuelve
a la creación; pero sigue siendo un misterio, que sólo se nos
manifestará cuando la luz gloriosa de la eternidad alumbre
nuestros ojos.
Conforme iba creciendo en años, mi fe en la religión
hindú se iba haciendo más vacilante. En parte, a causa de las
supersticiones del pueblo; en parte, también, a causa de la
vida despreocupada de los sacerdotes hindúes y de los
sannyasis (monjes). Con ocasión de una solemnidad reli­
giosa se me dió, lo mismo que a los demás visitantes, un
pedazo de arcilla, diciéndonos que lo guardáramos cuida­
dosamente. pues, al cabo de un año, había de convertirse
en oro. Siempre que me dirigía al templo de Sikh ert busca
del sagrado y dulce don que nosotros llamamos Kanah
Prasad, correspondía la cantidad de Prasad a la suma de
dinero previamente entregada al bttva Sikh (jefe supremo
de un templo). La misma afición al dinero mostraban los
brahmanes que oficiaban en las bodas o en los entierros.
Esto hizo que perdiera mi fe en el hinduísmo, si bien mi fe
en Dios y en el fundador del Sikhismo siguió inconmovible.
Terminados mis estudios primarios, ingresé en la
C. M. S. High School (Gimnasio protestante), donde cursé
seis años. Era costumbre allí que los alumnos, antes de
empezar las clases, rezásemos en nuestro idioma el «Padre­
nuestro», cuya primera parte rezaba delante el misionero.
Con e=te motivo ofendía yo con frecuencia el nombre de
Dios, como lo hacían también otros muchachos, poniendo
en lugar de «padre» la palabra «ternero», pues ambas son
muv parecidas en lengua sindhi. Después de haber estu­
diado cuatro años en este colegio, me matriculé en la clase
dominical de Biblia. En una de esta9 clases nos contó
Mr. Rodman la historia de los tres adolescentes que se ne­
garon a adorar los ídolos por mandato del rey y fueron
arrojados a un homo ardiente, sin que leg chamuscara si­
quiera un pelo. La convicción y el calor con que el misionero
narraba el suceso bíblico fueron para mí una prueba de la
autenticidad del milagro y quedé íntimamente convencido
de la verdad del cristianismo. Pasaron dos años. Entonces
se no« explicó en el colegio la historia de los Apóstoles. La
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 279

conversión de San Pablo hizo en mi alma una impresión


tan profunda, que ya no pude dudar por más tiempo del
origen divino del cristianismo. Recuerdo que en un paseo
dije a uno de mis amigos que mi camino acabaría por lie·
varme a la religión cristiana. Al enterarse un conocido mío
de la transformación operada en mi actitud religiosa, me
rogó que leyera el libro de Keshab Chundra Sen, Asia s
Message to Europe (Mensaje del Asia a Europa); pero la
lectura de este libro no hizo más que confirmarme en mi
reciente modo de pensar. Me dije : «Quiero más pertenecer
a la religión del Rey de los Profetas que a la religión He
Keshab Chundra Sen.»
A pesar de todo, el día de mi bautismo estaba aún lejos.
Las dificultades morales e intelectuales que se oponían a caí
conversión eran demasiado grandes. Tampoco era una pe-
queñez refutar las objeciones de los nacionalistas contra el
cristianismo, y resultaba imposible defender el dogma pro­
testante de que todos los no cristianos serían condenados al
infierno. Por otra parte, los pocos indios convertidos al pro­
testantismo con quienes yo estaba en contacto, dependían
en absoluto del misionero, y su forma de vida, si no inferior,
tampoco era superior a la de los no cristianos. La idea de
tener que hacer vida común con ellos, si me convertía, no
era precisamente animadora.
Pero cuando supe que un brahmán de una alta casta de
Bengala, llamado Upádhyav Brahmbandhay. había sacri­
ficado su posición y su prestigio y saboreado amarga pobre­
za por seguir a Cristo, maduró en mí la decisión de hacerme
bautizar. Me dije a mí mismo que. al salir de la casa
paterna, podría vivir dichoso en compañía de este hom­
bre. El Viernes Santo, 26 de febrero de 1891. después de
su bautismo, en una asamblea convocada por él, pronunció
un persuasivo discurso sobre la divinidad de Jesucristo.
Sus palabras me impresionaron de tal modo, que inme­
diatamente me resolví a renunciar al mundo para hacer­
me misionero.
Más tarde di yo una conferencia sobre el valor moral
de la fidelidad a la propia convicción, y Upadhyay Brahm­
bandhay ocupó la presidencia. En el transcurso de la con­
ferencia recomendé seguir al gran reformador Martín Lu-
tero, a quien presenté como brillante ejemplo de fidelidad
a sus convicciones. Brahmbandhay calló prudentemente
280 SEVERIN LAMPING

ante esta manifestación mía; pero su amigo Permanand


Mewaram me dijo después, a solas, que Lutero no era el
héroe que yo me imaginaba. Recibí en silencio esta afir­
mación, pero cuando supe que Bralimbandhay se inclinaba
a la Iglesia católica, no pude abstenerme de considerarlo
un necio, puesto que había abandonado la idolatría hindú
para adherirse a la idolatría católica. Pensaba yo también
que Guru Nanak, el fundador dej Sikhismo, era mucho
más santo que la Virgen María, pues había llegado a ser
algo por sus propios méritos, mientras que ésta 110 podía
alegar ningún mérito personal y no había hecho más que
ser la madre de Jesús. Entonces no sabía yo aún que María
es la única criatura concebida sin pecado, que es verda­
deramente la reina de las vírgenes y que toda su vida fué
un martirio incruento.
El señor Permanand, ahora editor de la revista católica
Lux, me prestó un libro escrito por el obispo Spalding.
Este libro demostraba con toda evidencia que Lutero no
fué un reformador, sino un rebelde contra la autoridad di­
vina de la Iglesia y que sus doctrinas están al margen del
cristianismo y de la Biblia. Por otra parte, los escritos del
obispo de Bombav, doctor Meurin, me enseñaron qué la
veneración de las imágenes en la Iglesia católica es cosa
totalmente diversa de la idolatría.
Movido por un sentimiento de desconfianza frente a
las cosas católicas, fomentado por el protestantismo, pre­
gunté al director angloindio de la High School si las impu­
taciones de los católicos contra Lutero se apovaban en la
verdad. Me contestó que escribiría a Alemania para in­
formarse. Al mismo tiempo manifestó su pesar de que yo
hubiera llegado a tal situación : «¿Por qué ha leído usted
esos libros romanos?» Contesté que únicamente quería es­
tudiar las afirmaciones que se hacían sobre Lutero. A esto
repuso él que me estaba hablando de Cristo, no de Lutero.
Esta reservada actitud de un protestante frente a Lutero
cambió mis sentimientos a favor de la Iglesia católica. Me
procuré el manual de la religión cristiana, de Wilmer, y lo
estudié con detenimiento. En este libro se exponen tan
bien y tan razonablemente las doctrinas cristianas, que no
pude menos de convencerme del origen divino de Ja Iglesia
católica.
Mientras estuve bajo la influencia del protestantismo.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 281

lo que me atrajo fué Ja maravillosa personalidad de Cristo.


Pero me parece que no hubiera llegado a ser totalmente
cristiano si Ja infinita misericordia de Dio« no me hubiera
hecho conocer la Iglesia católica. Porque no hubiera po­
dido superar por medio del protestantismo las dificultades
intelectuales causadas por el racionalismo. Con alegría y
agradecimiento recuerdo al P. Patholf, S. J., de Ja archi-
diócesis de Bombay, que solucionó mis dificultades y me
fortaleció en mi convicción. Sin embargo, el día de mi
bautismo seguía aún muy lejano. Es cierto que la«¡ dificul­
tades intelectuales habían desaparecido, pero no ias mora­
les. No podía separarme de aquellos con quienes estaba
unido por vínculos de amor y de sangre.
Mientras tanto, hablaba yo abiertamente con mis ami­
gos acerca de la verdad de la religión católica, de la santi­
dad y unidad de su doctrina, de la sublimidad de la vida
virginal tal como se practica en la Iglesia católica. La vida
heroica de los santos me dió, al mismo tiempo, una más
profunda visión de la persona divina de Jesucristo. Más
aún, las imágenes de los santos eran ya para mí dignas de
veneración y un aposento presidido por la de San Luis me
pareció santificado por él.
Por este tiempo hablé una vez con uno de mis alumnos
acerca de las verdades de la Iglesia católica Pero luego
recibí una carta suya rogándome que no vohiera a tener
con él conversaciones sobre religión, antes de haber en­
tregado yo mismo mi corazón a Cristo. Si he de ser sincero,
aún no había entregado a Cristo mi corazón, y así me
resolví, por fin, a hacer lo que predicaba a otros. Animado
por el ejemplo de un compatriota y guiado por la divina
gracia, fui bautizado por el P. Salinger. S. J.. unos ocho
meses después, en la fiesta de la Santísima Trinidad, un
día del mes de mayo de 1893. en Hvderabad (Sind).
Resumiendo las tres etapas del proceso de mi conver­
sión, diré q u e: Pensé en hacerme cristiano porque me
eduqué en una escuela protestante; me convencí de la
verdad del cristianismo leyendo libros católicos. El mayor
obstáculo en mi camino era de índole moral. No quería
desagradar a mis conocidos y amigos. La mayor ayuda,
después de la gracia de Dios, fué la amistad con conversos
abnegados y entusiastas.
UN MIEMBRO SEPARADO
Y A NO T I E N E V I D A...
po r J. S T E P H A N N A R A Y A N
(C eylán)

Después de aceptar el cristianismo, fué primero


clérigo anglicano. Una vez que reconoció el error del
anglicanismo, pasó a la Iglesia católica. El Sr. Sara-
yan es ahora profesor en el Colegio de San José, en
Trincomalee (Ceylán) y secretario del "Calholic Press
Committee” .

I conversión a la Iglesia católica no fué consecuencia

M de una decisión momentánea, sino resultado de un


proceso de largos años. Por eso comprenderán mis
lectores que retroceda hasta mi niñez.
Durante los catorce primeros años de mi vida fui edu·
cado en mi lugar natal, en la India, como joven creyente
hindú, según correspondía al hijo de un brahmán. Mi no­
ble madre, por la que yo sentía toda la ternura que puede
sentirse en la tierra, me preservaba del mal por medio de
lina rigurosa y sabia disciplina y por el amor comprensivo
y ardiente que me profesaba. Desde mi tierna infancia me
acostumbré a rezar cada día esta oración : « j Dios mío.
dame el verdadero conocimiento!» ; y la historia de mi
vida, que reproduzco aquí brevemente, es una respuesta
a esta oración.
Desde que cumplí los catorce años, comenzó el cristia­
nismo a ejercer en mi corazón y en mi entendimiento una
gran influencia. A consecuencia de las explicaciones de la
Biblia, a las que obligatoriamente teníamos que asistir en
un colegio protestante, y, por el trato íntimo con un pro­
fesor del mismo colegio, sentí hacia Cristo una veneración
y amor siempre crecientes, que me llevaron a recibir por
fin el bautismo, el año 1916, desptiés de haber cumplido yo
los dieciocho.
284 SEVERIN LAMPING

Teniendo en cuenta las rigurosas prescripciones en ma­


teria de castas, cuya observancia es de rigor entre los hin­
dúes ortodoxos, esto significaba una completa ruptura con
mi patria y con mi madre. Siguiendo mis ideas de enton­
ces, me adherí a la extrema corriente protestante de la
Iglesia de Inglaterra. Como guía y autoridad en todas las
cuestiones religiosas y morales reconocía única y exclusi­
vamente la Biblia. Consideraba todas las palabras de la
Sagrada Escritura como inspiradas por el Espíritu Santo;
pero se me había enseñado que debía interpretarla según
mi propio parecer.
Muy pronto, sin embargo, eché de menos en la reli­
gión y en la religiosidad de los protestantes el espíritu de
sacrificio, la mortificación y la honda piedad que poseían
los creyentes hindúes. Surgió en mí la duda de si habría
quizá otras formas de cristianismo más perfectas. Con el
tiempo, descubrí en mis viajes por diversas regiones de la
India otra especie de cristianismo, al encontrarme con mi­
sioneros vinculados a la Iglesia anglicana. A consecuencia
de esto se transformaron notablemente mis ideas sobre la
Iglesia y los sacramentos. Por entonces murió mi madre,
que me había seguido al protestantismo. Su muerte me
indujo a estudiar el estado de las almas en el má^ allá,
satisfaciéndome mucho la doctrina católica sobre el pur­
gatorio y las oraciones por los difuntos.
El año 1920 ingresé en el Colegio teológico de Banga-
lore, con intención de licenciarme en Teología y preparar­
me para el ministerio eclesiástico dentro de la Iglesia an­
glicana. El espíritu del colegio era completamente protes­
tante. Como los anglicanos afirmaban que el cristianismo
de los primeros siglos había sido el más puro, tenía yo
sumo interés por conocer los escritos de los cristianos pri­
mitivos. ¡Cuál no sería, pues, mi extrañeza al no encon­
trar estos escritos en la biblioteca del colegio! Afortuna­
damente, conocí en Bangalore al Dr. H. C. E. Zacarías,
que entonces, como anglicano, pertenecía a aquella co­
rriente religiosa que aceptó las doctrinas y costumbres ca­
tólicas y se dio a sí misma el nombre de « Anglo-Catholics».
Desde entonces ejerció sobre mí gran influencia por los
muchos libros anglicanos y católicos que hizo llegar a mis
manos.
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 285

Transcurrido un año, abandoné Bangalore y me dirigí


a Calcuta, a fin de proseguir mis estudios en la Universi­
dad teológica «Bishop’s College», de la provincia anglica­
na de la India. En Calcuta trabé conocimiento con Jos Pa­
dres de la Misión Brotherhood, de Oxford, que pertene­
cen a una Orden religiosa anglicana y ejercen su aposto­
lado preferentemente entre los estudiantes universitarios,
manifestándose en su fe y en sus costumbres religiosas
como «anglo-catholics» decididos. Bajo su influencia ad­
quirí yo también la costumbre de confesarme Aun cuando
a esta confesión, por falta de verdadero sacerdocio, no
iba ligada una efectividad objetiva, no puedo negar el
gran estímulo subjetivo que por medio de ella experimen­
taba en mi vida espiritual. En el transcurso de mis estu­
dios teológicos en esta Universidad tuve además la dicha
. de poder estudiar las obras de los Santos Padre* de la
Iglesia primitiva. Por medio de estas lecturas y por el trato
con los miembros de la «Oxford-Mission» llegué a conocer
muchas doctrinas y costumbres católicas y busqué su co­
nexión con los anglocatólicos. Estos consideran las Iglesias
anglicana, griega y romana como partes integrantes de una
Iglesia católica y esperan con ansia el día en que cese el
lamentable cisma y vuelvan a encontrarse todos unidos,
incluso externamente. Ya había yo leído y oído hablar
acerca de las conversaciones religiosas que habían tenido
lugar en Malinas entre miembros de las Iglesias anglicana
y católica y esperaba en silencio una pronta unificación
de ambas Iglesias.
A fines del año 1924 recibí el diaconado para trabajar
en Puna con otro grupo de religiosos anglicanos —Cowlev
Fathers— . El Dr. Zacarías, que mientras tanto se había
trasladado a Puna, solía pasar conmigo las tardes de los
sábados y, naturalmente, eran cuestiones teológicas las que
formaban el punto céntrico de nuestras conversaciones.
El Dr. Zacarías me puso en relación con un jesuíta irlandés,
el Padre Lander. cuyo afable y comprensible trato me
atrajo mucho hacia la Iglesia católica.
Tres acontecimientos del año 1926 hicieron que mi fe
en la Iglesia anglicana se quebrantara para siempre. En
primer lugar, el Dr. Zacarías ingresó en la Iglesia católica
después de abrirse paso a través de muchas dudas inte­
lectuales, que, en su mayor parte, habíamos discutido
286 SEVERIN LAMPING

juntos. En segundo término, yo, que mientras tanto había


contraído matrimonio, tuve uua conversación con mi mu·
jer, explicándole el auglocatolicismo. Ella, por su parte,
me preguntó cómo era posible que las tres Iglesias par­
ciales — Roma, Constantinopla y Canterbury— , que no
mantenían relación alguna, fueran, sin embargo, ramas
viva? de una Iglesia católica. No pude contestar a esta pre­
gunta. lo cual intranquilizó tanto más mi espíritu, cuanto
que ía conversión reciente del Dr. Zacarías estaba aún
fresca en mi memoria. Finalmente, el Padre Lander me
demostró en una conversación que las órdenes sacerdotales
anglicanas eran nulas por defecto de intención. Yo había
recibido ya el sacerdocio anglicano y había estudiado esta
cuestión de la validez de las órdenes también desde el
punto de vista anglicano, cuando la observación del Padre
Lander hizo que este problema se presentara a mi ya in­
quieto espíritu bajo una luz totalmente diversa. En la bi­
blioteca de los Cowley Fathers leí algunos libros que tra­
taban este tema. Sin embargo, no pude librarme de mi
intranquilidad respecto de las órdenes anglicanas, hasta
que por fin busqué el sosiego en unas palabras de mi con­
fesor. según el cual, tales dudas provenían casi siempre
del demonio.
El año 1927 fui trasladado a Batticaloa como ecle­
siástico auxiliar y director de escuela. Este nombramiento
me produjo gran alegría, porque esperaba olvidar mis
dificultades religiosas en el nuevo ambiente. Pero la volun­
tad de Dios dispuso las cosas de otra manera. La Iglesia
de Batticaloa estaba inspirada por la «Low Church», y
encontré allí muchas cosas dispuestas de otro modo que
entre los (rAnglo-Catholics» de Puna, episcopales y ritua­
listas. A consecuencia de ello, surgieron entre mi herma­
no de ministerio y yo numerosas discrepancias, en su ma­
yor parte de naturaleza teológica. Cuando éste supo que
yo creía en la transubstanciación, me prohibió enseñar
esta doctrina a mis alumnos, advirtiéndome que privada­
mente podía creer lo que se me. antojara. Estas discre­
pancias me infundieron el sentimiento de la soledad más
extrema y sentí la añoranza de la unidad en la fe.
Ciertos acontecimientos que tuvieron lugar en la Iglesia
anglicana de Inglaterra vinieron a aumentar mis dudas.
El hecho de que el obispo Bames defendiera públicamente
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 287

en Inglaterra la regulación de nacimientos y calificara de


magia al Santísimo Sacramento; la impotencia de los demás
obispos anglicanos frente a él; el que en la «House oí Com-
mons» aconsejaran, incluso los no cristianos y ateos, sobre
la liturgia de la Iglesia anglicana y que la «House o í
Bishops» decretara que el Santísimo Sacramento debía
guardarse en la Sacristía dentro de un armario, en vez de
tributarle honores y la adoración que corresponde a Nues­
tro Señor, todo esto quebrantó más y más mi fe en la
Iglesia anglicana.
Por otra parte, mi reciente conocimiento del P. Bou-
tri, S. J., director del colegio católico de Batticaloa. hizo
surgir de nuevo todos mis antiguos recuerdos y dificultades
teológicas del tiempo de mi residencia en Puna. Las con­
versaciones religiosas en Malinas habían terminado sin
éxito y enterrado así mi esperanza de unificación con Roma.
Al leer la nueva encíclica papal sobre la unificación, el es­
píritu de Roma me llenó de admiración. En este escrito
vi la firmeza y decisión con que la Iglesia primitiva velaba
por la pureza de la doctrina. A pesar de todo, seguí cre­
yendo, o, más bien, me obligué a creer que la Iglesia de
Inglaterra poseía órdenes y sacramentos válidos y que yo
me encontraba en el seno de la Iglesia católica.
Pero la gran crisis de mi vida se produjo una mañana,
al leer un sermón de San Agustín, el gran obispo de Hipo-
na, y tropezar en él con un pasaje notable. Aunque ya lo
había leído muchas veces, nunca me había impresionado
tanto como aquella mañana. Fué como si un torrente de
luz nueva me inundara desde él. El pasaje dice así:
«Lo que es el alma para el cuerpo, es el Espíritu Santo
para el cuerpo de Cristo : la Iglesia. Lo que hace el alma
en un cuerpo determinado, lo hace el Espíritu Santo en
toda la Iglesia. Pero fijaos en lo qne debéis evitar, obrar
y temer. A veces sucede que un miembro —-una mano, un
dedo, un pie— es separado del cuerpo humano. ¿Sigue el
alma al miembro separado? En unión con el cuerpo, el
miembro vivía; al separarse de él. pierde su Vida. Así
sucede también con el cristiano. Mientras es miembro de
la Iglesia, tiene vida en sí. es católico. Si se aparta de ella,
se convierte en hereje. A un miembro separado no le sigue
el espíritu vital... (Sermón 247.)
Cuando San Agustín pronunció estas palabras, pensa­
SEVERIN LAMPINCÍ

ba en los donatistas, que se habían separado He la Iglesia


V poseían órdenes y sacramentos válidos. Sin embargo, no
sólo San Agustín, sino toda la Iglesia católica de entonces
consideraba a los donatistas separados de la comunidad de
la fe. Los «Anglo-Catholics» tienen por infalible a la Igle­
sia de los Santos Padre?. Ahora bien, esta misma Iglesia
afirma que no bastan las órdenes y los sacramentos válidos
para formar parte de la Iglesia católica. Comprendí que,
aun suponiendo la validez de las órdenes y sacramentos de
los anglicanos, esto no basta para convertirlos en parte in­
tegrante de la Iglesia católica. Para ser católico es necesario
pertenecer a la Iglesia católica en todo.
Ya antes había estado vo convencido de que la Iglesia
de Roma tenía mayores aspiraciones que la anglicana a
ser considerada como la verdadera Iglesia de Cristo. Pero
hasta ahora no me había parecido necesario un cambio de
fe. porque creía a la Iglesia anglicana en posesión de ór­
denes y sacramentos válidos y veía en ella un miembro vivo
de la única Iglesia católica. Esta manera de pensar quedó
deshecha ante las palabras de San Agustín. Desde aquel
día dejé de ser anglicano. Sin embargo, no me podía de­
cidir a someterme a Roma, pues, aunque estaba conven­
cido de que Roma reservaba todos los dogmas y el espíritu
de la Iglesia primitiva, me parecía que al antiguo caudal
de la fe había añadido dogmas nuevos. Esta opinión erró­
nea fué al fin corregida por la lectura de la gran obra del
cardenal Newman sobre el «Desarrollo de la Doctrina cris­
tiana». El cardenal prueba en su libro que la Iglesia es un
organismo vivo, cuyo principio vital y guía es el Espíritu
Santo. Partiendo de esta concepción de la Iglesia, recorrió
mi espíritu la historia eclesiástica y encontró que la Iglesia
católica de hoy es en su fe, en su culto y en su adminis­
tración la continuación lógica de la Iglesia primitiva.
Reconociéndolo así, renuncié a mi cargo en Battica-
loa, me separé de la Iglesia anglicana y me dirigí a Trin-
comalee, donde, después de unos ejercicios previos y de
haberse completado nuestra instrucción, mi esposa y yo
fuimos recibidos en la Iglesia católica la víspera del domin­
go de Ramos de 1928.
NO IGLESIAS, SINO IGLESIA
p o r R O D O L F O A. M N D A W E N I
(A f r ic a )

Filé algún tiempo segundo redactor de un periódi­


co que se publicaba en el idioma de su país. Publi­
có también algunos excelentes tratad/'\ en lengua
zulú sobre los caracteres de la verdadera Iglesia y la
necesidad de ingresar en ella. Como maestro y cate­
quista despliega ahora una viva actividad, y en pocos
años ha ganado 160 protestantes para la verdadera je.

unque no voy a escribir una autobiografía, hay cosas

A en mi vida que no puedo pasar por alto sin menos­


cabar el relato de mi conversión. Nacido en el pro­
testantismo Wesleyan Church), mis conocimientos sobre
Dios y sus mandamientos correspondían a los de un pro­
testante. Hasta que ingresé en el Gimnasio (College) a los
diecisiete años, ni siquiera sabía que existieran otras for­
mas de religión. Antes de entrar en el Gimnasio quería
hacerme predicador y con frecuencia rezaba en secreto con
esta intención. Había solicitado la admisión en un Gimna­
sio protestante, pero mudé luego de propósito e ingresé,
con un amigo que no había sido admitido en él. en otro
católico. En esta escuela (era el «Marianhill Training Col­
lege», de Natal) entré por primera vez en contacto con el
catolicismo.
Rechacé, sin más, la fe y las costumbres católicas. Como
todas las personas con prejuicios, achacaba a los católicos
algunas cosas que carecían de todo fundamento. Más aún,
debo confesar que, durante los primeros años del Gimnasio,
mi posición era francamente anticatólica. Sin duda era
esto, como después noté, consecuencia de mi desconoci­
miento de la doctrina católica.
Con el tiempo se me fueron haciendo más familiares
los usos litúrgicos católicos. También fueron ampliándose
19
290 SEVERIN LAMPING

mis conocimientos sobre la Reforma, con sus desagradables


consecuencias. La pregunta de por qué tantas sectas habían
abandonado a la Iglesia católica me inquietaba no poco.
Por eso intenté, de varios modos, hallar ]a verdad en esta
cuestión. Por otra parte, me consolaba con el pensamiento
de que las otras Iglesias, si bien habían abandonado a la
primera, podían ser igualmente Iglesias de Cristo.
Pero en vez de dejarme este consuelo, otros estudiantes
me decían no pocas veces palabras desalentadoras respecto
a la Iglesia protestante.
Al pensar en las muchas Iglesias del mundo, todas con
la pretensión de ser la verdadera Iglesia de Dios, caí en
una gran confusión espiritual. En virtud de mi convencí·
miento de la prioridad de la Iglesia católica, comenzó a
vacilar mi fe en la capacidad salvadora de la Iglesia pro­
testante. No acababa de ver la necesidad de semejante
pluralidad de Iglesias. Esto me llevó a estudiar más a fondo
la doctrina católica, y, pasado algún tiempo, era ya más
católico que protestante. Llegué a convencerme plena­
mente de que Jesucristo no quería, con toda seguridad,
ser honrado de tan diversas maneras. Cuando dijo a Pedro :
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»,
no habló de «Iglesias», sino de una Iglesia.
Comuniqué mi intención de hacerme católico a los di­
rectores de la escuela, si bien tenía algún recelo de no
poder seguir hasta el fin el camino comenzado, pues toda­
vía encontraba en la Iglesia algunas cosas oscuras. Pero
en el protestantismo no podía quedarme. Después de estu­
diar a fondo la fe católica, llegué a sentir incluso repug­
nancia por las costumbres protestantes. Esto es tanto más
extraño cuanto que antes, en mis discusiones con los estu­
diantes católicos, casi llegaba a las obras, cuando mis razo­
nes no eran contundentes. Probablemente era porque pre­
fería ser el vencedor a ser el vencido. Pasados tres años,
abandoné el Gimnasio con la firme decisión de hacerme
católico.
Después de haberme despedido del Gimnasio, entré en
contacto con protestantes convencidos y sumamente celo­
sos, que trataron de convencerme; pero resistí la prueba
y perseveré en mi propósito. Felizmente, mis padres me
dejaron libertad absoluta. Varios condiscípulos protestan­
HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA 291

tes siguieron mi ejemplo. Yo fui el primero que se hizo


católico en la gran Misión protestante. No era para mí»
siendo catecúmeno, cosa fácil profesar la fe católica entre
adversarios fuertes y aguerridos; sin embargo, hice cuanto
pude para permanecer fiel a mi nueva religión. Durante
todo este tiempo rezaba fervorosamente y pedía a Nuestro
Señor que me mostrara el camino en el que debía servirle,
y que, si la Iglesia católica era la verdadera, me otorgara
valor para afrontrar con firmeza las dificultades que pu­
dieran surgir, y efectivamente surgieron, después de mi
conversión. Todo lo malo que se achacaba a mi nueva reli­
gión me servía de estímulo para defenderla, cosa que ahora
podía hacer ya con éxito.
Un año después de terminar mis estudios encontré
colocación como oficinista en un lugar que distaba tres mi­
llas de una Misión católica. Este puesto fué muy bien re­
cibido por mí, pues con él quedaba a mi alcance la posibi­
lidad de la conversión. Mi alegría fué enorme cuando,
transcurrido un año, se me ofreció el cargo de profesor en
aquella Misión, que regentaban los benedictinos. Aquí lle­
garon mi entendimiento y mi corazón a convencerse ple­
namente de que el único camino de salvación querido por
Cristo era la Iglesia católica. En consecuencia me in»tmí
con gran celo en la religión católica, y mi propósito más
sagrado fué llegar a ser un buen católico.
Los hermosos días en que recibí los Santos Sacramentos
de la verdadera Iglesia y desapareció de mis ojos el velo
de la ignorancia serán para mí siempre inolvidables. El
día 16 de abril de 1927 tuvo lugar mi primera confesión;
el 24 del mismo mes. mi primera sagrada comunión, y el
5 de junio recibí la confirmación. Me es imposible describir
la alegría que sentí en estos días trascendentales.
Desde entonces siento que he recibido en verdad una
vida nueva y más excelsa. La paz y el contento se han al­
bergado en mi alma. De joven converso, era tan grande mi
entusiasmo que no podía imaginarme nada más sublime
que trabajar, como católico, por la gloria de Dios. La
sabiduría e infalibilidad, la autenticidad y santidad de la
Iglesia católica dan a mi vida una orientación superior y
un sentido y recogimiento profundos, que durarán toda ella.
292 SEVERIN LAMPING

Ahora soy catequista y maestro, y hace ya unos cuatro


años que desempeño este difícil cargo. Vine aquí como
humilde soldado de Cristo, y mi trabajo ha sido bendecido
con creces. Al principio no había en este lugar un solo
católico, y ahora se ha formado ya una comunidad, siem­
pre creciente, que da fundadas y muy buenas esperanzas.
E P I L O G O

esu lta innecesario añadir a los testimonios prece­

R dentes, que podrían multiplicarse por millares, un


epílogo largo. Pero quede e6to bien sentado: No
bay ninguna religión que pueda mostrar tantos y tan des­
tacados conversos como la católica. A esto se añade la
multitud innumerable de sus mártires. A estos hombres
que han sellado su fe con el martirio debe el mundo agra­
decimiento eterno; pues «Morir por la verdad es una muer­
te no por la patria, sino por el mundo» (Jean Paul, en
«Hesperus», 1759, t. IV). Una Iglesia que puede presentar
tantos confesores y mártires y que, después de diecinueve
siglos, sigue ejerciendo tal fuerza de atracción, tiene que
ser más que una obra humana. Compartir su fe es enrique­
cer la propia vida, participar en su inmortalidad.
Ciertamente que la Iglesia ni vive de la buena opinión
del mundo ni perece por el odio del mundo. Sin embargo,
le duele que no todos encuentren el camino hacia ella.
Madre de todos los humanos, á fin de llevarlos a todos a la
patria de las almas : Dios.
Por eso la célebre poetisa y conversa Gertrudis von
le Fort, en sus Magníficos Himnos a la Iglesia, pone en
boca de la Santa Madre Iglesia estas palabras, que servi­
rán también de conclusión a este libro :
¿Qué me echas en cara, oh mundo? ¿Que debo ser
grande como mi Padre celestial?
Mira: en mí se arrodillan pueblos ha miwho ya fene­
cidos. y con la luz de mi alma glorifican al Eterno mu-
rhos paganos.
294 SEVERIN LAMPING

Yo estaba secretamente en los templos de sus dioses;


yo estaba ocultamente en las sentencias de todos sus sabios.
Yo estaba sobre las torres de sus astrólogos; yo estaba
en. las mujeres solitarias sobre quienes descendía el Es-
píritu.
Yo era la añoranza de todos los tiempos; yo era la luz
de todos los tiempos; yo soy la plenitud de los tiempos.
Yo soy su gran confluencia; yo soy su concordancia
eterna.
Yo soy el camino de todos sus caminos; por mí los mi­
lenios se dirigen a DiOS.
A cabóse de im p r im ir e ste lib r o »

HOMBRES QUE VUELVEN A LA IGLESIA,


DE SBVERIN LAMPJNG

EN LOS T A L LE R E S DE A R T E S G R Á F IC A S B E N Z A L ,

CALLE DE H ARTZEN BU SCH , 9 , MADRED,

EL DÍA 1 5 DE OCTUBRE DE 1 9 5 3 ,

FESTIVIDAD DE SAN TA TERESA DE JESÚ S.

LAUS DEO