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¿Estás seguro que quieres publicar eso?

21 OCTUBRE, 2015 | Jairo Namnún

Esta mañana estaba viendo un video que realicé hace diez años, mientras estaba en la
universidad. Tenía una media sonrisa en mi rostro al recordar esos tiempos y apreciar lo que
pudimos lograr. A la vez, tenía algo de pena al ver tantos errores que cometí en la realización.
Desde la música, las faltas ortográficas, hasta mala explicación y aplicación de algunos
conceptos.

Cada vez que miramos atrás nos damos cuenta de cosas que pudimos haber hecho mejor. Eso
es parte del aprendizaje. Y en aquel momento, ese video era reflejo de lo mejor que yo podía
hacer; con 18 años, a mitad de la carrera universitaria, y sin ningún tipo de entrenamiento
teológico. Yo agradezco aquella oportunidad, pero hoy haría las cosas de manera muy
diferente.

El otro día conversaba con un buen hermano en la fe, un excelente escritor y muy buen
pensador, sobre sus primeros tuits. Él me comentaba lo avergonzado que se sentía por lo vano
de sus escritos. Como jóvenes, usualmente no tenemos la madurez necesaria para comprender
las diferentes aristas de las cosas que estamos comentando. Esto es cierto a nivel secular sin
duda, pero es mucho más cierto en cuanto a las cosas eternas. Doy muchas gracias a Dios
que ninguno de mis pensamientos teológicos cuando tenía 18 años están publicados en
internet. ¡Cuánto necesitaba aprender!

El ejemplo de Eliú

El libro de Job es uno de mis libros favoritos del Antiguo Testamento. Muestra lo superior
de los planes de un Dios soberano sobre la creación, la realidad del sufrimiento en un mundo
caído, el orgullo de los hombres al pensar que comprenden todo de Dios, la realidad de que
el mejor de los hombres necesita un redentor, y vindica a Dios como un Señor sabio y fiel.
La mayor parte del libro es una conversación entre Job y sus “amigos”. Luego de sufrir más
de lo imaginable, y sin culpa (como figura de nuestro Señor Jesús), Job tiene que soportar
los ataques de sus amigos. Y en un momento de su dolor él les ruega: “Por favor, ¡mírenme
y cállense! ¿Acaso no ven el dolor en el que estoy? ¿Acaso no son mis amigos?” (Cp. Job
21:5).

Lamentablemente, ellos no se callan sino que siguen hablando. Y un par de capítulos más
adelante, uno más se mete en la conversación. Su nombre es Eliú, y dice que él se había
quedado callado porque “los otros eran de más edad que él. Pero cuando vio Eliú que no
había respuesta en la boca de los tres hombres, se encendió su ira” (Job 32:4-5). Y Eliú
arranca a juzgar a Job y a tratar de justificar a Dios.

El discurso de Eliú (Job 32-37) tiene mucha sabiduría y mucha hermosura en sus palabras.
Él dice muchas cosas bien. Pero también falla al blanco: él también piensa que la razón por
la que Job sufre es por su pecado, ignorando que hay algo mayor ocurriendo en los cielos
(Job 1-2). Lo que es tal vez peor, él se equivoca al no ser de consuelo a un hombre que
acababa de perder sus riquezas, su salud, su bienestar matrimonial, sus hijos, y aun sus
amigos. A un hombre que caminaba de cerca con Dios, y ahora solo sentía su silencio. Eliú
hubiera hecho mucho bien si se hubiera quedado callado, como Job les había rogado.

Creo que hay algo que aprender de esto. En nuestros días tenemos muchos medios para decir
lo que pensamos, y tenemos la oportunidad de recibir conocimiento de diversas fuentes. Eso
es una gran bendición, y doy gracias a Dios por ello. A la vez, el que tengamos una plataforma
no significa que debamos usarla todo el tiempo. Y más en nuestra juventud. Como decía al
principio, a mis 18 años tenía demasiadas lagunas en mi pensamiento teológico (y mi
pensamiento en general), por lo que agradezco que nada de lo que pensé y escribí está
publicado. Aún hoy, que el Señor me ha permitido servir en la iglesia y capacitarme mucho
más, le pido al Señor que me ayude a distinguir en cuáles temas debo aportar mi opinión, y
que me ayude a hacerlo con humildad, a sabiendas de que me falta mucho por aprender y
mucho por experimentar.

Sin duda, la Biblia nos muestra el ejemplo de no menospreciar la juventud (1 Ti. 4:12, aunque
Timoteo tenía unos 30 cuando Pablo le dio esa instrucción). Daniel, Ananías, Misael y
Asarías dieron ejemplos de fidelidad al Señor en su juventud (Dn. 1:8-18). Y en la historia
de la iglesia Dios ha usado muchos jóvenes para su gloria.

En cualquier momento de nuestra vida, si somos cristianos, debemos servir al Señor. Pero mi
llamado es a reconocer las limitaciones de la juventud y ser prudentes (Tit. 2:6). Tal vez
puedas acercarte donde alguien de más edad y pedirle que te dé retroalimentación sobre lo
que escribes. Tal vez puedas limitar tus tuits a uno por día en vez de tres. Tal vez este escrito
te sirva para que estés más atento al tono de lo que publicas. Donde sea que estés, sirve al
Señor de una manera apropiada, bajo autoridad, reconociendo tus limitaciones. Cuando Dios
apareció en Job, Él ni siquiera respondió a Eliú. Pero tú y yo daremos cuenta de cada palabra
vana que escribamos (Mt. 12:36). Entonces, ¿estás seguro que quieres publicar eso?

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