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Bienmesabes

a María Elena Á lvarez,


isla espejo, atlas, agua y tierra, risas negadas a llamarme la
Lupe
a Juan Montemayor,
Catire Quitapesares, sol en frasquito, mijao en danza bajo la
luna
a Maru Alcalde,
mano, meiga, erizo, prisma, sueñ os en capital de hielo y en
archipiélago con bares marineros,
luz, color, juntura
A Elena y Dione, que me hicieron hija del velero, que me
alimentaron de libros, que vieron letras en mi camino: por ellos
respiro y escribo
¿Qué es lo más importante para la humanidad después del papeo? Que le
cuenten cuentos.
Tonino Benacquista

Todo hombre es un tirano en su dormitorio, y en su cocina, y en su


imaginación, y en sus escritos.
Geoff Nicholson

¿El abecedario? En los letreros de las calles. Dos hileras de casas, alzadas
ante la calle estrecha, eran grandes páginas con A de aduana, C de confitería
y B de biblioteca. Así pude leer con letras de imprenta.
Ida Gramcko

Cómo hablar de «esas cosas comunes», más bien cómo acorralarlas, cómo
hacerlas salir, arrancarlas del caparazón al que permanecen pegadas, cómo
darles un sentido, un idioma: que hablen por fin de lo que existe, de lo que
somos.
Georges Perec

Y hasta en los sueños todo era lenguaje.


Yolanda Pantin

Los recuerdos inútiles son los más hermosos.


Giovanna Rivero
EROS POCHÉ
Romántico

a Norvic Piazza, a Oswaldo Páez y a Alejandro Pizzorno: por


tanto, por todo, por siempre

Ciegos de hambre pidieron, con amabilidad y apremio, una mesa.


El maître iba a despacharlos sin miramientos, cuando se fijó en el amor que
proyectaban sus ojos extraviados, en el sudor frío del chico y en la tormenta de
truenos del estó mago de la chica.
Ella desafiaba al equilibrio columpiá ndose en sus tacones de aguja para trastabillar
y recostar sus pechos tibios sobre la espalda de su novio.
É l palpó su codo y musitó un «¿está s bien?» casi inaudible.
—Estamos completos. Pero tengo un reservado, una mesa aislada y en penumbra
—añ adió con un guiñ o có mplice.
Noche de ensueñ o para dos. Por orden del maître no se encendieron las velas.
Retiren las briseras. Consientan sus antojos. Honren su privacidad.
Escogieron bogavante, fondue de carne y champá n rosado (que él pidió
descorchar).
El camarero sirvió y los dejó a solas.
É l deslió el morrió n y batió la botella para que el tapó n saliera con arte.
Tras el pop, un sollozo.
—¿Qué tienes, gatita?
—Estoy conmovida —dijo entre lá grimas.
Tanteó buscando su mano.
Trenzaron sus brazos y brindaron.
É l mojó su piel en la de ella. Esa humedad lo confundía, ave de vuelo desorientado,
vencido por un roce.
Pero el hambre...
Ella se hizo con el bogavante.

Tomó el punzó n y alanceó el caparazó n. No halló resistencia. Tal vez no fuera


bogavante sino cangrejo de concha blanda. Prefirió callar. La velada seguiría siendo
perfecta.
Quebró la cola y las pinzas, escarbó el interior con la espá tula y trinchó . Sintió que
su novio se estremecía.
—¿Qué tienes, brujete?
—Muero por tus huesos, rubia —piropeó con voz atiplada.
Un chisporroteo indicó que el aceite hervía.
Espetaron la carne y la sumergieron en el caqueló n. Una nube dulzona marcó el
punto de cocció n. Les gustaba poco hecha.
Tomaron sus pinchos y salsearon.
Ella en Dijon para él; él en finas hierbas para ella.
Ciegos de amor comían desde el otro y en el otro, se tocaban y tragaban, se decían y
bebían, se leían con las yemas de los dedos, con la punta de la lengua, se nutrían en
tá ndem, triscaban bocados, besos y mordiscos.
Un gemido por trozo, un rielar, tactos líquidos, sofocos, farfullar gangoso que acabó
en el silencio má s puro.
Cuatro horas má s tarde, Isidoro, el maître, insistía en su inocencia.
Solo quise hacerlos felices, se veían tan arrobados, ¿có mo iba a saberlo?
A ella le faltaba un ojo. En la cuenca orbital había un corcho Dom Ruinart Rosé del
96. El rostro y el cuello desfigurados. El tenedor perforó la yugular en cuatro
ocasiones.
É l exponía sin pudor sus falanges. Las tenazas para cascar el bogavante las habían
triturado.
En un bulto violá ceo se amalgamaban nariz y carrillos. El torso de tan agujereado
era una espumadera.
La poca sangre que quedaba en el cadá ver la contenía el pene. Tenía y mantenía
una erecció n mayú scula.
Los forenses —entre risas— no daban crédito.
Cubrieron los cuerpos con mantas isotérmicas.

Murieron desangrados.
Ciegos de hambre.
Ciegos de amor.
Ciegos totales.
—¡Eran ciegos! ¿Có mo no te diste cuenta? ¿A quién se le ocurre dejar cenar a dos
invidentes sin supervisió n?
—A un romá ntico —contestó Isidoro, el maître, cuando el estupor se lo permitió .
MISE EN PLACE

A Liliana Martínez, aleteo delicado que fotografía, cocina,


observa, sonríe.

El señ or Detective toma las huellas dactilares del vehículo. Un Toyota Corolla del
88, beige metalizado, placas XBJ- 811. Pide un papel, y alguien
extiende presto prestísimo una servilleta. Mirada relá mpago del señ or Detective a
la dueñ a del vehículo que rebufa, voltea los ojos y esgrime un teléfono mó vil que
amenaza con usar si no resuelven su caso ipso facto.
El señ or Detective busca un lá piz detrá s de su oreja. Repara en su aspecto mordido
—trata de ocultarlo con los dedos—, pero también en sus uñ as de luto —como diría
su madre— y se olvida de las muescas del lá piz: lo primero es lo primero. Empieza a
tomar notas para escribir el informe del caso —eso sí, escondiendo como puede las
uñ as de la señ orita, cuya ira va in crescendo—.
Recibido un aviso de la Central nos aproximamos al lugar de los hechos
encontrando a una señ orita, quien, hecha un obelisco, zarandeaba al oficial
Canache (Cabezadeajo) y gritaba sin ton ni son. Conminamos a la susodicha a
soltar al interfecto, entregar sus documentos y dejar de vociferar, a lo cual no
accedió hasta que dije «so pena de arresto». Soltó al compañ ero oficial pero hizo
caso omiso al resto de la orden; tuve que decir «desacato y escá ndalo pú blico»
para que obedeciera a lo que la autoridad reclamaba, a saber: que entregara sus
papeles y que dejara de gritar.
Se procede a interrogar al oficial Canache, quien, recuperá ndose, manifiesta que
quiere un guayoyo, una reina pepeada y que lo alejen de la señ orita. Concedidas sus
peticiones, dice que sobre las once de la mañ ana la citada ciudadana pedía auxilio en
el parking, que él acudió como es su deber a socorrerla, y que sin mediar palabra lo
tomó del pescuezo [sic] y comenzó a gritar. Cuando se le preguntó al oficial Canache
qué le decía en esos gritos, dijo que no entendía casi nada, salvo unas palabras
altisonantes que no reproduciré en este informe. Ratifica que la presunta daba
alaridos en otro idioma, y que no era inglés porque él, aunque no sabía hablarlo, lo
entendía por las canciones. El oficial cree recordar dos palabras: «amanita» y
«cesá rea». Posteriormente el interrogado se refirió a no sé qué de un exorcismo. Le
dije que eso no tenía que ver con el caso y comenzó a elevar la voz, razó n por la cual
pronuncié «amonestació n y/o arresto» y cerró la boca. Le hice saber que ya no se
necesitaba su presencia, que podía y debía irse al mó dulo.

Acto seguido pasé a interrogar a la señ orita. Hago constar que la misma responde a
las iniciales I. P. M., que es mayor de edad, soltera y de este domicilio. Quiero agregar
que es alta, delgada, blanca, de cabellos negros y nariz aguileñ a. Lo coloco porque
siempre había querido escribir algo así. La señ orita mostró cierta altanería que pasé
por alto. El interrogatorio se desenvolvió como sigue: el señ or detective. Ciudadana,
conteste estrictamente a las preguntas. Sea concreta. El vehículo no ha sido forzado.
No hay vidrios rotos. Los cilindros está n intactos. ¿Cuá ntos juegos de llaves tiene?
i. p. m. Tengo dos. No está forzado pero sé que han abierto el carro.
el señ or detective. No quiero repetirle las normas. Cíñ ase a la pregunta. ¿Quién
tiene el otro juego de llaves? ¿Cree que alguien pudo haberlas duplicado?
i. p. m. Yo y no.
el señ or detective. ¿Puede ser má s distendida? i. p. m. Me dijo que me ciñ era a la
pregunta.
el señ or detective. ¿Sabe que no colaborar con la autoridad puede ser un delito?
Podría pensar que me distrae para que otros cometan hechos punibles.
i. p. m. Escuche, policía...
el señ or detective. Inspector, señ orita; INS-PEC-TOR; la escucho.
i. p. m. Han abierto mi carro cinco veces. Dos de ellas esta semana. No forzaron los
cilindros, no rompieron los vidrios, no doblaron las puertas, no reventaron el
maletero.
el señ or detective. Eso ya lo sé. También sé que no hay huellas y que no falta nada
de valor.
i. p. m. ¿CÓ MO QUE NO FALTA NADA DE VALOR? ¿QUÉ ES VALOR PARA USTED?
el señ or detective. ¡NO ME CHILLE! Cá lmese. Soy la autoridad. No me obligue a
tomar medidas. No le paso una má s.
i. p. m. ME CALMO, me calmo.
el señ or detective. He inspeccionado el vehículo. Está n sus cassettes, su equipo de
sonido, los altavoces, el estuche de herramientas (gato, llaves y triá ngulo incluidos), la
batería, los cuatro cauchos y el de repuesto con sus rines, todos los faros, las luces
haló genas, los limpiaparabrisas, los retrovisores, la parrilla, la antena y los emblemas.
A lo que hay que sumar

una chequera, la ropa de la tintorería, cuatro libros, dos cajas de cigarrillos y dos de
chicle de menta sin azú car, el perió dico de hoy, una cá mara fotográ fica, una gavera de
cerveza, tres botellas de vino, un helecho y lo que supongo es la compra del mes. ¿Le
falta algo?
i. p. m. (Gritando y llorando). ¡¡¡SÍ!!! ¡FALTAN LAS AMANITAS CESÁ REAS! ¡ESO ES
LO QUE FALTA HOY! Hace cuatro días desapareció la flor de sal de Guérande. La
pimienta de Sarawak y un kilo de papas La Bonnotte se esfumaron en el tercer robo.
Tres semanas atrá s el aceite arbequina...
el señ or detective. Ajá ... ¿Y qué le faltó en el primer robo?
i. p. m. (Hipando). Un tulipá n de doce que compré.
el señ or detective. Resumiendo: No hay dañ os a la propiedad. No hay constancia de
que hayan abierto el vehículo o de que le falten bienes, no sé qué son «amanitas»,
«sarawak», «bonotte» y «arbequina». No hay testigos, no hay huellas, no hay nada que
yo pueda hacer. Nadie roba flores o comida pudiendo robar un equipo de sonido.
Dentro de su vehículo hay un botín que no ha sido expoliado. Nada ha sido sustraído.
Doy el caso por cerrado.
La dueñ a del vehículo resuella e impreca rechinando las muelas. Quiere llamar,
pero no atina al pulsar las teclas. Respira y observa al funcionario cumplimentando
planillas. Decide no mirarlo: eso la exaspera má s. Intenta de nuevo: tres, nueve, siete...
cuatro, uno, cinco, seis... dos timbrazos y alguien, al otro lado de la línea, quién sabe
dó nde, contesta. Le cuenta a su interlocutor que le abrieron el Corolla otra vez. Traga y
balea palabras que saltan, percuten, restallan como palomitas de maíz. Cuenta que ya
no sabe a quién acudir, que no le rompieron el vidrio, que fue igual que en las otras
ocasiones, que se siente impotente, frustrada, colérica, humillada, que no le hacen
caso, que el imbécil del policía dice que no hay huellas y que no entiende su desespero,
qué va a entender ese estó lido, que esto no es normal, que no puede denunciar porque
segú n el incompetente del inspector no falta nada de valor y que está que revienta,
que esto en otro país no pasa, que quién le manda a ella. Cuelga porque ve venir al
señ or Detective, con paso firme y empuñ ando la servilleta.
—Señ orita, no puede ir denunciando en falso, gritando como una desquiciada y
estrangulando policías. Tenga —le dice— un recuerdito. —Le da la servilleta, sucia y
garabateada—. Circule.
Afligida y estoqueada sube a su vehículo y se sienta en el puesto del conductor. Saca
un espejo de su cartera y comprueba que es un esperpento: trasojada, enrojecida y
desmoñ ada. Alinea sus chakras.

Pranayama. Tapa con el dedo pulgar una fosa nasal y respira por la otra. Mantiene y
exhala. Se muda de orificio y hace lo propio. Visualiza una luz dorada, escucha sus
ó rganos trabajando, el corazó n latiendo, la sangre fluyendo, los pulmones silbando, un
tiovivo gira en su abdomen, tengo hambre, no, concéntrate, recréate en la luz, qué
belleza, todo tan esplendente, tan dú ctil, oro líquido, como el aceite que me robaron,
maldita sea, sus mú sculos quieren tensarse de nuevo y reacciona, cambia el ejercicio,
visualiza una ola, agua que brama, tengo sed... ¡focalízate!... crestas azules que
embisten, la ola la empapa, la serena, inspira, el salitre es picante y salado, recuerda la
pimienta y la sal afanadas, ¿quién será el ladró n?, ¿sabrá usar la fleur de sel?... sus
trapecios se contraen pero rá pida vuelve a cambiar de ejercicio, visualizació n libre,
que sea su mente la que escoja aquello que la sosiegue, que la apacigü e, un prado con
pinos, y ella galopando a campo traviesa, los pá jaros gorgorean, las abejas zumban,
líquenes tintando raíces, millares de setas: amanitas, boletus, níscalos, rebozuelos,
senderuelas... ¿có mo habrá cocinado mis amanitas?, quizá salteadas, con mi aceite, con
mis papas, con mi sal, con mi pimienta... ojalá no las haya recocido, ojalá no las haya
atufado de especias, un horizonte de tulipanes se mece al compá s del viento... ¿por qué
a mí?, ¿dó nde estará ese grandísimo hijo de la guayaba?... La dueñ a del vehículo se
rinde. Enciende su automó vil, se ajusta el cinturó n, suelta el freno de mano y baja los
seguros. Es cuando ve, de nuevo, la servilleta reposando burlona en el otro asiento. La
toma con aprensió n, la desdobla y la alisa. En la faz lee palabras sueltas escritas con
lá piz: su matrícula, fecha, hora y día; sus iniciales; su permiso de conducció n. En el
envés dos líneas en trazos negros:
Quiero comerte y no puedo.
Ergo, me como lo que comes.
Despedaza la servilleta y pisa el pedal hasta el fondo.
BÍGAROS Y PERCEBES
María Quica se separó de las ollas cuando el agua subió .
Miró el teléfono y recordó las palabras de Daniel: «En cada silencio estaré yo».
Recapituló lo aconsejado por Paco: «Al primer hervor, pon un puñ o hermoso de sal
gruesa. No te inquietes por la cantidad. El marisco elige su sal. Añ ade los bígaros y
deja que rompa a hervir de nuevo. Cinco minutos y apaga. Lo mismo vale para los
percebes».
Desenrolló los cucuruchos.
Los bígaros se movían. Pudo ver las minú sculas antenas a varios de ellos. Parecían
azabaches. Y los percebes. Opulentos en naranja. Preciosos.
Los enjuagó .
La mecá nica doméstica era su espacio de reflexió n.
Para muchas personas los caracoles, las navajas, los percebes, los calamares y el
pulpo son seres abyectos. Algunas de sus amigas le preguntaban có mo podía comer
esos monstruos. Su hermana Carmela se sentía incapaz de entrar en la pescadería si
esos bichejos estaban.
Abstraída, afinaba la teoría de que los animalejos eran solo para gente selecta, para
gente que rompe el molde. Estaba segura de que había una fuerza secreta dentro de
ellos. Por eso el Bosco se atiborró con percebes y bígaros antes de pintar El jardín de
las delicias.
Los echó en las ollas y escanció el vino.
El día que lo conoció , Daniel comía caracolillos. Ella lo espiaba desde una mesa
contigua. É l sorbía con fruició n cada pieza.
Extraía el molusco con un palillo y lo tragaba. Introducía la concha hueca en su
boca. La succionaba con impudicia.
Ella no pudo esquivar el pensamiento. Otro caracol. Otra succió n. Otro sitio.
Daniel se comió un kilo de una sentada. Bebió lo que le quedaba de vino, encendió
un cigarro y tomó un cortado.
María Quica ya se había enamorado perdidamente. Pasado un tiempo todo se
torció .

Sin resquemores. Mucha pasió n. Muchos celos. Muchas peleas. No se pudo... Nunca
volverá s a probar el sabor de mi boca.
No saborear a Daniel era algo con lo que María Quica no podía vivir. ¡Llamaron!
Era él (Fernando).
Llegó con un bote de guirlaches. Ella le ofreció una copa de vino. —¿Percebes?
¿Bígaros?... Mujer, qué derroche, no hacía falta.
—Sí, sí hacía falta.
—¿Puedo fumar?
—Só lo después de cenar y con el café.
María Quica cenó atragantá ndose y apurando el vino. Quería que llegara la hora del
café y el cigarro para abalanzarse sobre Fernando y sentir en su boca el sabor de Dani.
Durante el postre anticipaba el goce de la revancha.
Daniel salía ahora con Cecilia, odiadora oficial de los mariscos y adicta
contumaz a los burger.
É l sí que lo iba a tener difícil para rememorar los besos de María Quica.
ESMOQUIN Y LEXATIN
—Bichita, ¡qué pendeja eres! —le contestó .
Remató la frase con una carcajada y salpicó el piso de su casa con una botella de
ron recién abierta. «Para los muertos», dijo. Y bebió un trago brusco.
Fedora quiso reír con él, pero un torrente helado y á cido caía de su garganta a su
espalda y se estancaba entre los dos omoplatos formando un pozo de angustia.
A su juicio era exagerado que criticasen a Rafa por sus calcetines blancos y
mugrientos, porque se emborrachara y se quedara dormido visitando a sus abuelos,
porque comiera mantequilla con pan en lugar de pan con mantequilla, porque contara
chistes machistas y vulgares a su costa.
Señ ales que se empeñ aba en eludir barnizá ndolas de desparrame, de locuacidad, de
disoluta jovialidad. Solo es un adá n estrambó tico.
En una ocasió n la llevó a cenar a un restaurante carísimo y no le dejó ver la carta. É l
ordenó . Llegaron los platos y no pudo probar ni las migajas; él le describía las viandas
con elocuencia y comía supersó nico. Terminada la parte que le correspondía, cogía la
de Fedora; le preguntaba «¿no te gustan las mollejas?» y se apoderaba de ellas para
zampá rselas sin recato. Con el resto fue casi igual; trocó la pregunta por afirmaciones:
«Tú eres alérgica a las almejas, ni oler esta vongole. Nada peor que salir pitado a una
clínica con la panza a tope. El postre me lo como yo; es que está s caderona». Fedora
tampoco pudo tomar vino. Rafa le contó al mesonero que ella era de mal beber.
Pasaron la cuenta. La cifra representaba doce billetes de alta denominació n. Volteó
sus bolsillos y llenó la bandeja de monedas. No alcanzaban ni al veinte por ciento del
total. Llamó al mesonero.
—Trá eme un armañ ac y un Cohiba. Dile al capitá n que aquí está Rafa Frisso, el hijo
de Julio y el nieto de Juliá n. —El mesonero le informó que el capitá n no lo podía
atender y que abonase el importe—. ¿No lo has abonado? Qué horror, bichita, ¿por
qué no has dado tu tarjeta?... ¡Es que ella vive en la luna!
Fedora dio su tarjeta Top Plus.
La realidad ganaba hectá reas al romance.

Y sucedió que la familia de Fedora organizaba una fiesta por las bodas de oro de los
abuelos. Un añ o de preparativos minuciosos.
Los padres de Fedora le pidieron, con alegatos severos, que neutralizara a Rafa.
—No es que estemos en contra de tu patá n. Vístelo. Inscríbelo en clases de
protocolo. Dó palo para que mantenga la boca cerrada. Incinera sus calcetines. Y no te
ofendas: si vienes con él no puedes sentarte con nosotros.
Fedora, dividida en sus afectos, optó por encararlo como un reto.
Toda mujer tiene una inconmensurable facultad para enderezar a su hombre. (Y la
que no ponga en prá ctica ese don se merece lo que le pase).
Se armó de artillería pesada. Recopiló dos lustros de ediciones de revistas
femeninas: Cosmopolitan, Coqueta, Tú , Vanidades, Luz, Buen Hogar, Mujer de Hoy y
Tentació n. Se encerró en su habitació n a leer. Recortó , pegó , subrayó , memorizó .
Contactó a dos amigos. Uno tenía una tienda de smokings, el otro una farmacia.
Consiguió dos elementos para aplacar al asilvestrado: ropa adecuada y Lexatin, por si
acaso. Con amor y finura amaestró a su novio.
Rafa fue bien vestido y bien acompañ ado. La invitació n era individual, pero donde
cabía él cabían sus amigos. Y donde cabían sus amigos cabían las amigas de sus
amigos. Irrumpieron en tropel y con estruendo de caballería.
—¿Dó nde está nuestra mesa, bichita?
No esperó la respuesta. Divisó una mesa adosada al bar y conminó a los que se
sentaban en ella a desalojarla.
Fedora reacomodó a los damnificados. La mesa esquilmada estaba lejos de la de su
familia. Nadie sufriría la presencia de los invitados no invitados.
Pero Rafa, aparte de sus propios invitados, trajo aditamentos.
Dos botellas de whisky, por ejemplo. (Puestas. En su cuerpo). Un televisor portá til.
(Para ver la final del béisbol).
Un juego de dominó . Y billetes para corromper al mesonero: «El triple de pasapalos
para esta mesa. Que no falten la cañ a ni los tequeñ os».
Fedora se negaba al fracaso. Repasó uno a uno los tips de las revistas y los ejecutó
ad pedem litterae.

Aparenta docilidad para obtener resultados.


Usa sensualidad para llevarlo a tu terreno.
Habla bajo para que se acerque y huela tu perfume.
Acaricia con descuido su muslo.
Si habla de algo que no entiendes, finge interés e inteligencia.
Míralo a los ojos fija y melancó licamente. Asiente cada veinte segundos. Deja los
labios entreabiertos.
Flirtea con tu cabello.
Sonríe enigmá tica y ladea la cabeza.
Sus amigos pueden ser tu mejor arma. Trabaja en ganá rtelos.
Cuando aparentó ser dó cil, Rafa le reclamó un masaje en los pies.
Cuando habló en voz baja, Rafa le exigió que hablara como una mujer hecha y
derecha.
Cuando le acarició con descuido el muslo, Rafa galleó : «¡¡Aquí no, bichita, hay
mucha gente!! ¡¡Qué diabla me saliste!! ¿Tienes dinero? Hay un motel cerquita».
Cuando lo miró fija y melancó licamente, Rafa le dijo que tenía cara de vaca cagona.
Cuando asintió cada veinte segundos, Rafa le preguntó si estaba sentada sobre un
hormiguero.
Cuando dejó los labios entreabiertos, Rafa le avisó que cerrara la jeta, que iba a
tragar moscas.
Fedora sonrió enigmá tica y ladeó la cabeza. Pintaba mal, pero aú n le quedaba un
cartucho: ganarse a los amigos de su novio. Flirteó con su cabello, hinchó sus pechos,
mojó sus labios y se encaminó resuelta. A las amigas de los amigos de Rafa las
ahuyentó con un «¡largo de aquí!». Se sentó en el regazo del primero, acarició el muslo
del segundo y besó la boca del tercero. Ronroneando participó : «Tengo dinero, hay un
motel cerquita, soy dó cil, muy diabla y huelo bien. ¿Quieren venir conmigo?». Los tres
amigos de Rafa pusieron cara de vaca cagona, boca de tragamoscas y asintieron con
los labios humedecidos. Fedora salió del saló n de fiestas y los tres la siguieron como
zombis.

Rafa se quedó solo en la mesa con una caja de Lexatin que tenía dedicatoria:
a Rafa, centro de mi universo
AUTOCONTROL

a Giovanna Rivero, hilo de plata que atraviesa los tiempos, ombligo mineral, querer
en todos los tiempos

La tierra nos come.


Herta Mü ller

—¡Por fin! —exclamó Pili, dando saltitos frente al espejo.


Cinco añ os atajando las indirectas que querían escapar de su boca, templando
cualquier indicio de interés que pudiera delatarla, domando la manada que
corcoveaba en su plexo solar.
Tanto calibrar, tanta contenció n y tanta indiferencia habían desembocado justo
donde ella quería: Joaquim la convidaba a comer con sus padres.
Conocerlos le venía de perlas. Al verla sabrían que era la mujer que soñ aban para
su hijo. Y es que él los idolatraba. Sería negligente no aprovechar el chance para
coronar la cumbre. No podía cometer errores.
Paró los saltitos para lidiar con lo que venía. Cribó su ropa en aras de la ocasió n. La
tijera del «muy» fue podando su fondo de armario (muy pú rpura, muy entallado, muy
ostentoso) hasta encontrar un atuendo có nsono a sus planes:
- Pantalones de lino marfil con pinzas. Solía arrumbarlos porque la hacían gorda.
Realzaban sus caderas anchas. Los padres de Joaquim notarían que tenía la
constitució n ideal para partos. Sí. En plural.
- Una camisa de seda lavanda. Dejaría un botó n desabrochado al desdén. No quería
dar la impresió n de ser mojigata.
- Zapatos planos para no rebasar a Joaquim. No gusta que la mujer del hijo sea má s
alta que él.
Ensayaba modos de voz (sutil, recio, cá ndido) cuando Joaquim llegó a recogerla. Lo
saludó como si la salida fuera igual a otra de tantas.
—Tengo que parar en la floristería.
—Vale —dijo Pili, dominando cualquier bemol que quisiera traicionarla.

Joaquim regresó de la floristería con doce ramos de flores. Pili se mantuvo glacial.
No especuló . Especular es emocional. No puedo darme el lujo.
La madre y el padre la besaron.
—Joaquim, ¿por qué la demora?, ¿tu novia vive en las afueras? ¡Qué agonía! Anda,
Quimi, refréscate en el lavabo, y tó mate el café que toca la misa del padre Carles...
Pilar, ¿no? ¡Qué lindo nombre! Decente, piadoso y de santoral. ¿A que fuiste al cole de
las ursulinas? ¿Has ido hoy a misa?
La perorata continuó hasta que Quimi estuvo de vuelta con la cara y las manos
lavadas y tomó el café. Pili oía la metralla de preguntas mientras estudiaba la casa. Los
muebles conservaban la envoltura plá stica con la que salieron de la mueblería
cuarenta añ os atrá s. La mesa del tresillo sostenía una infinidad de bibelots. El
aparador del comedor exhibía una cesta de mimbre con frutas de escayola pintadas a
mano. Una ú ltima cena repujada en aluminio y un sagrado corazó n de Jesú s
ornamentaban las paredes. Sobre el televisor, un tapete de croché y una muñ eca
hawaiana.
Que esto no te derrumbe; concéntrate, se repetía. La madre de Joaquim la tomó de
un brazo para ir a misa. Subieron al coche. Joaquim padre y Joaquim hijo en los
asientos delanteros. Doñ a Madre de Quimi y Pilar en el trasero. Pili redobló su
focalizació n.
A Pilar la misa se le hizo infinita. Tenía muchísima hambre. En el rito de la paz,
Joaquim y sus padres eran como los Hermanos Marx dá ndose palmadas. Agradeció
que la excluyeran del cuadro de costumbres. Solo quería comer.
—Pilar, este almuerzo es en tu honor. La familia quiere verte —le dijo la madre de
su novio—. El padre Carles se une a nosotros.
Pili bordeaba una taquicardia. ¡La familia y el cura de cabecera! Ahora sí que sí.
¿Será que Joaquim me...? No especules, no especules, no especules... Se puso coto a sí
misma y obsequió un rubor controlado. «Gracias», contestó a su futura suegra
mientras veía, perpleja, que abandonaban la iglesia por una puerta lateral y no por la
frontal.
—Joaquim, no cabemos en el coche. —Vamos andando, Pili.
—¿Está cerca el restaurante?
—Sí.

El sacerdote sacó un manojo de llaves del bolsillo del pantaló n y abrió una puerta
angosta y baja. Traspasaron el umbral: los futuros suegros, el sacerdote, Joaquim, y
por ú ltimo Pili.
Accedieron a un jardín resplandeciente. El césped verde y cuidado, á rboles
frondosos cuajados de trinos, un cielo que desafiaba al legendario cianó metro de
Saussure. Bajo una pérgola, la mesa puesta para cinco. Pili se sentó y doñ a Madre de
Quimi destapó las fuentes. Riñ ones al vino, hígado encebollado, tortilla de sesos,
gallinejas, lengua en salsa, castañ uelas de ibérico fritas. Le sirvió a Pili tres generosas
porciones de cada plato. Pili y su futura suegra se miraron con la tensió n de los
vaqueros en un duelo.
No van a poder conmigo, bisbiseaba tragando vísceras de toda índole. Se sentía
triunfante. Saldría indemne de la copiosa emboscada gastro-gore que tuvo su broche
final con filloas de sangre y chupitos de un aguardiente en el que flotaban unas
criadillas. Su futura suegra aprovechó el brindis para transmitir, entre rimbombante y
zalamera, que había una sorpresa. Joaquim comentó azorado que había olvidado algo
en el coche. El corazó n de Pili latía tan fuerte que temía que pudiera oírse. No pierdas
los nervios. Joaquim volvió con las flores.
Tomaron un sendero de piedras. Doñ a Madre de Quimi explicaba a Pili lo
entusiasmados que estaban por conocerla.
—Ya verá s, son un encanto, gente buena...
Doñ a Madre de Quimi le presentaba familiares y Quimi repartía ramos de flores.
—Estos son Pau, mi hermana, y Enric, su marido. Dolors, mi otra hermana. Allá
está n avi Jordi y à via Lala... ¿A que es monina Pilar?... Las chiquitinas se llaman
Mariona, Mireia y Gaby. Son tranquilinas estas nenas... Acércate, no seas tímida, dales
un par de besos.
Y Pili perdió los nervios...
Porque podía hacer muchos sacrificios por Joaquim: reprimirse, callar, aguantar
que no le dieran café, tolerar que la trataran como una tonta, ignorar el mal gusto,
sentarse en la parte trasera de un coche, ir a misa, almorzar con un cura y comer
vísceras...
Pero besar las lá pidas del cementerio, no.
Eso era demasiado.
Así que los mandó a la mierda, directo y sin escalas.
ADIÓ S, DESIDERIO

Escribiré sobre todos nosotros sentados ante platos ya


vacíos; y también sobre ti y sobre mí, y sobre la espina en la
garganta.
Günter Grass

Desiderio:
Me gusta la verdad. La verdad tal cual es, sin ambages. A ti no.
Contigo van las florituras, los circunloquios, los mareos, los disfraces.
Yo como cebolla cruda aunque me haga llorar.
Tú congelas el bulbo, mojas el cuchillo en vinagre, ensartas un trozo de pan en la
punta del cuchillo, te enganchas a una má scara de buceo, embutes tus manos en un
par de guantes y prendes un crucifijo al delantal.
Luego cortas la cebolla, la blanqueas en agua hirviendo, la escurres, la bañ as en
aceite de oliva, la salpimentas y finalmente te la comes.
Para entonces yo ya me comí mi cebolla.
Sé que piensas que soy muy bá sica. Que tengo hambre y como. Que soy tan prosaica
que antepongo el llenar mi estó mago al degustar.
Solo soy directa.
Me cuesta mucho complacerte. Vivo jornadas eternas en las que pienso có mo
presentarte la realidad, porque la realidad en sí misma te parece vulgar. Mi
imaginació n pare subterfugios para que la verdad no te apeste.
Nuestra verdad es que no tenemos un centavo. Mi verdad es que estamos en la
carraplana. Tu verdad es que la escasez de recursos no implica la ruina.
Nuestra verdad es la ropa raída. Mi verdad está llena de harapos. Tu verdad es un
ajuar grunge.
Nuestra verdad es un embargo. Mi verdad es que no tenemos ni dó nde sentarnos.
Tu verdad es la decoració n minimalista.
Nuestra verdad es una despensa semivacía. Mi verdad es que me muero por un
cocido. Tu verdad es que las migas y las gachas vuelven a estar de moda.

Con una lata de sardinas, dos tomates birlados a Pepó n, lo poco que nos quedaba de
aceite de oliva y un pan de hace cuatro días, creé una verdad a tu gusto:
Involtini de sardinas y pomodoros con lluvia de crostini. Acompañ a una botella del
mejor merlot.
Para comprarla tuve que hacer uso de mi verdad. Ir a la farmacia por crema de
á rnica para curar mi ojo izquierdo. (Ya sé que lo sientes). Pagar tirá ndome al
encargado. Meter la mano en sus pantalones y en su caja.
A pesar de tener miradas tan diferentes hay algo en lo que sí coincidimos. No
importa cuá nto se escancie un vino de tetrabrik, siempre será lo que es: un vino
peleó n, un vino ruin, un vino malo. Un vino con sabor a veneno.
Un buen merlot puede esconder una gama infinita de aromas y sabores: cereza,
roble, azafrá n, castañ as, hierbas secas. Y estricnina.
Un buen vino puede matar. Pero sabe bien.
Nunca te olvidaré.
Geraldine
DE CÓ MO TRINIDAD LLEGÓ A PARÍS
Apenas leyó , el ojo izquierdo empezó a pestañ ear motu proprio. Lo identificó
enseguida. Era «el pá lpito». Tía Madrina dijo bostezando que
eso pasaba por no lavarse las manos después de usar el retrete. Trinidad le siguió la
corriente para conectarse a la guía divina que se manifestaba en su ojo intermitente.
Anotó la direcció n y se aventó a su destino: Club Mirage, realizamos sueñ os.
—¿A dó nde vas? —rezongó la tía. Un portazo fue la respuesta.
Lo que Trinidad no sabía es que lo que ese eslogan rezaba no era oropel hueco.
Pasó a entrevistarse con el señ or Gallardo.
—Trinidad, ¿qué sabes hacer?
—¿Yo? Hago oficio, lavo, plancho, remiendo, cocino.
—¿Cocinas?
—Si me da un chancecito le guiso cualquier cosita para que pruebe.
—Cualquier cosita no, Trinidad. Me urge alguien que cocine rancho para 250
personas.
—¿Rancho? ¿Y eso qué es?
—Es la comida para el personal.
—Sé cocinar granos, pasta, potaje, sancocho... La cantidad no me echa patrá s.
—Bien. Dentro de los beneficios figura la habitació n porque pernoctas aquí.
Tenemos algunos VIP que demandan extravagancias inocuas. Tu labor sería en la
cocina pero en el club hay que participar en todo. El Mirage es una gran familia.
Trinidad se ofuscó . No era de esa calañ a. Quería el empleo, pero no prestarse a las
«extravagancias jincocuas». Miró alrededor. El Mirage tenía mucha categoría. Estaban
en una sala amueblada con mesas y sillas tapizadas en terciopelo. En el cielorraso
brillaba la Vía Lá ctea. Palmeras datileras y granados en enormes macetas
redondeaban la atmó sfera junto a una jaula dorada.

—Albergó bú hos —contó el señ or Gallardo—, pero este negocio exige
confidencialidad y los bú hos son voyeristas por naturaleza. Los asiduos no se sentían
có modos. Hubo que deshacerse de ellos. Me quedé con la jaula.
Trinidad no hallaba có mo aclararle a su entrevistador que no era una furcia. Iba a
hablar cuando su ojo espasmó dico detectó un escenario. En la tarima, un piano de
metacrilato. Se erizó .
—Señ or Gallardo, yo no soy una pelandusca. Usted me entiende.
—Por supuesto que entiendo. Sé que no eres una pelandusca. Veo cañ ones en tu
barba. Hay que invertir un poquito má s en los cosméticos, Trinidad. Son instrumentos
de trabajo. La depilació n lá ser es una opció n. En la cocina no puedes estar maquillada.
Puedes vestir de mujer pero con la cara limpia. No es por mí... Es Sanidad. Los policías
son proclives a los polvos gratuitos; se encelan, inspeccionan y nos multan. Es una
pena que no quieras hacer cama.
Trinidad dio un sorbo a su vaso de agua. En la servilleta leyó de nuevo el eslogan:
Club Mirage, realizamos sueñ os.
¿Tienes sueñ os?, se preguntó . Repasó los cañ ones del mentó n. Se envalentonó y
soltó :
—Puedo cantar dentro de la jaula. Soy mezzosoprano con repertorio internacional.
—¡Magnífico! Yo tengo pianista. Una mariquita que peina a las putas. (No te des por
aludida, tú eres una dama cabal). Encarna a Liberace y a Vidal Sassoon en una sola
persona.
El señ or Gallardo arrimó su silla a la de Trinidad, le tocó una pantorrilla con lujuria
y habló por un radiotransmisor. El pianista-peluquero-estilista tardó dos segundos en
comparecer.
—Raspicui.
—Me llamo Byron.
—Raspicui, te presento a París. Es una promesa del canto. Tocará s para ella. La
peinas y la maquillas. Habla con Norita para el vestuario.
Raspicui le estampó dos besos a Trinidad y gimoteó :
—¡Auch! ¡Pinchas! Tenemos que arreglar eso con Yanina. Es la mejor depilando.

—Haz lo que te dé la gana. El show se estrena el viernes. ¡Ah! Pon un anuncio
buscando cocinero.
Trinidad pretendió protestar, pero Gallardo la frenó en seco:
—Tú no está s para hacer rancho. Si quieres cocinar, cocina para mí.
El tic palpebral de Trinidad se desvaneció y sus sueñ os se realizaron: cocinar, ser
una estrella de la canció n, cambiar de nombre y acostarse con su jefe.
París no estaba tan lejos.
SPIROGYRA

a Elisa, mi go sister, go sister, soul sister, perseguidora tenaz


de hombres ceniza

Larissa practicaba dos hobbies: juegos malabares y perseguir mormones.


Ambas aficiones arribaron en la misma época y por accidente.
Un día de colegio como otro cualquiera fue al pizarró n a resolver un sistema de
ecuaciones. Lo solucionó con desparpajo célere y un chaparró n arreció sobre ella.
Lá pices, gomas de borrar, reglas, sacapuntas, bolas de papel y zapatos.
Larissa giró sus brazos como hélices y capeó el temporal.
Recogía, lanzaba, recogía, lanzaba.
Los objetos impelidos describían un círculo en movimiento. Nadie se arriesgó a
retar a la malabarista instintiva boleando má s cosas. Larissa desbarató el círculo aéreo
restituyendo las pertenencias a sus agresores del mismo modo que le llegaron:
arrojá ndolas.
Con las manos limpias, agarró sus chécheres y se piró . Vagabundeó sin rumbo.
Se compró un granizado de tamarindo, deshojó tres cayenas, pintó sus cachetes con
labial escarlata y tarareó una canció n caribeñ a.
Pero se aburría. Hasta que lo vio.
Un joven pulcro y repeinado, con camisa almidonada y corbata sobria, de andares
flotantes y vista a ras de suelo.
Guapísticamente correcto y en beatífico gris degradé.
Dilucidaba có mo abordarlo cuando su cenizoso se multiplicó .
Veinte o treinta copias desfilaban en una hilera encabezada por él.
Recurrió a la sapiencia del Tin Marín de Do Pingü é para confirmar una certeza: el
primero de todos era el hombre de su vida.
Se integró a la línea de hormigas y se fue colando hasta topar con su objetivo. A lo
largo de la caminata le hizo preguntas. Le echó chistes. Le tiró piropos rosas, verdes y
rojos. Su chico permaneció ensimismado. Impertérrito. Incó lume. Hierá tico. Larissa,
embelesada, proclamó que se casaría con él.
De nada valió que su hermana le dijera que los mormones son polígamos. No le
dolía compartir su corazó n, su mesa, su cama.
Ubicó las coordenadas del hormiguero de hombres cinéreos y se aplicó como la
gota que horada la roca.
Lewis despegó los ojos del piso la mañ ana en que ella apareció vestida con una
falda a cuadros que lindaba en los tobillos, una blusa nívea abrochada al cuello, los
cabellos sueltos engalanando su cintura baja y las manos haciendo malabares con
veinte bebés de juguete.
Se casaron.
Lewis y Larissa (y Fiona, Mary, Emily, Sue Ann, Linda, Joan y Peggy).
Compusieron una bonita familia.
Concertaban la convivencia con un método de rotaciones y alternancias.
Larissa sabía que el corazó n de Lewis le pertenecía solo a ella. (É l se lo confesó en
un arrebato que pagaría con luengas penitencias).
Pero ella quería má s. Quería que la mesa y la cama fueran su reino exclusivo.
Conquistó la mesa transformando cada comida en un espectá culo. Rescató
remembranzas de restaurantes japoneses y bares temá ticos y las entorchó a sus
habilidades malabares. Pelaba calabacines y papas en el aire. Desensamblaba las
cebollas en aros que barajaba como naipes antes de rebozarlos en pan rallado y
freírlos. Cortaba el pavo tan rauda que las lascas volaban del cuchillo al plato de los
comensales. Creaba un arcoíris con frutilla en confeti sobre una jarra de tizana fresca.
Calentando el brazo como un pitcher de béisbol para carearse con cuatro kilos de
tomates, Larissa presintió que la familia estaba en sus dominios. Los ojos de Lewis,
Fiona, Mary, Emily, Sue Ann, Linda, Joan, Peggy y de los niñ os de las uniones
perseguían la trayectoria del tomate. Funcionaba como un imá n.
Si movía la muñ eca a la derecha, los ojos dirigían una mirada vaga a la derecha.
Probó : izquierda, arriba, abajo. Llevó el movimiento má s lejos y la obedecieron sus
ojos y sus cuellos. Experimentó ejercicios particulares. Con un puerro en la mano
derecha instaló al grupo en la mesa y con el tomate en la izquierda llevó a Fiona a
dormir. Resultó .
Administró el péndulo vegetal a los miembros numerarios y supernumerarios del
matrimonio mú ltiple para dormirlos. Dejó a Lewis de ú ltimo. Con el tomate lo llevó a
la cama. Y con el puerro le despertó el apéndice amatorio. Lo hizo bailar al ritmo de su
batuta.
Desde entonces las sá banas grises fueron solo para Larissa y Lewis. Y,
esporá dicamente, para algú n huésped de la huerta.
BLAME IT ON LA MANCHA

a Héctor y Mayuya Padula, Á vila en alborozo, regalos de vida,


siempre en el corazó n en cualquiera de las orillas

Alrededor de nosotros se extiende la prosa de mundo, y en


un ventrículo del corazó n, la poesía acecha.
Adam Zagajewski

Milena esperaba la pregunta de las cinco de la tarde.


Resuelto, constante y puntual, Johnny Ojitos Azules franqueaba la entrada de la
charcutería, atisbaba los curados que pendían del travesañ o, extendía un dedo
señ alando y descartando, y abría la boca para balbucir:
—¿Fuet?
Ella respondía enrollando dos salchichas en papel parafinado y escribiendo en la
envoltura el monto a pagar. Le sonreía y puntualizaba:
—Es de Vich. Está buenísimo.
Johnny Gerber, tal era su nombre de pila, no la entendía, pero sus ojitos azules
también sonreían.
Saldaba la deuda con un billete planchado y salía de la tienda en retroceso, con
pasos lentos y reverenciales sin dejar de mirar a Milena. Así todas las tardes, por
meses, hasta que un día Johnny Ojitos Azules pagó con el billete planchado y una flor.
Milena varió su respuesta diaria. Le entregó las monedas del cambio y tres rueditas
que cortó silabeando «cho-ri-zo». Pronunció frunciendo los labios en un puchero y su
cliente lo encontró tan tentador que comprimió la boca imitando el mohín de Milena y
le plantó un beso.
Nació un romance de pocas palabras.
Johnny no se esforzaba en aprender el idioma de su amada.
La chacinería hablaba bien por los dos. Decía «fuet», «chorizo», «lomo», «jamó n»,
«cecina», «botillo» con tanta gracia, que Milena corría a bajar las persianas, a echar
llave a las puertas y a derramarse entera en los abrazos de aquel hombre que la
amaba en inglés.

Se sentía privilegiada: ser amada en un idioma ajeno es ser doblemente amada.


Johnny tenía dos voces. Con una ensortijaba los nombres de los embutidos, con la
otra le cantaba: «Oh, baby, I love your way, every day...».
Y llegó , suele ser inevitable, esa termita llamada rutina.
Tanto catar y tanto amor resuelto en la fresquera llevaron a cabriolar los ojitos
azules de Johnny.
Milena, sospechando del bailoteo de sus pupilas, pilló unas migajitas amarillas en
las comisuras de esa boca que la extasiaba. Siguió el reguero que del cuello se
enrumbaba a la corbata para rebalsarse en la camisa del señ or Gerber.
Enfadada le pidió explicaciones. Como no comprendía lo que ella le quería decir, le
arrancó la ropa y la agitó bufando: «Esto, esto, ¿de dó nde salen estos lamparones?».
No hubo mentiras ni justificaciones, teatro o gestos compungidos.
É l se limitó a sacar la lengua.
Milena la atrapó entre sus dedos y la estiró todo lo que pudo. Se acercó para
examinarla con detenimiento. La olfateó . La lamió . Percibió un sabor acidulado,
cremoso, herbal, picante y un puntito dulce. Supo de inmediato que Johnny Gerber
Ojitos Azules se estaba viendo con la zorra de la tienda de la esquina.
—¿Qué has estado comiendo?
—Oh! This? Blame it on La Mancha.
Milena respiró tranquila. Le alistó un bañ o de espuma y lo invitó a la bañ era. Cruzó
la plaza, apedreó el escaparate de la vecina, saqueó el mostrador y regresó a la
charcutería.
Buscó un buen cuchillo, se desvistió y caminó hacia el bañ o. Se metió en el agua con
Johnny G.
Hundió la hoja de acero, troceó una cuñ a que rebanó en lascas y silabeó como la
primera vez:
—Que-si-to man-che-go.
Johnny la remedó tan bien como pudo: —Que-si-tou man-che-gou.

No se volvió a ver a la dueñ a de la tienda de quesos.


JUNG FOOD
A Matthías, pecho grandote y querendó n que cena sopa de
granola y yogourt convencido de que sabe a churrasco con
papas fritas.

GASTROPERVERSIONES
Henar es de combinaciones osadas.
Le gusta mezclar lo salado y lo dulce en un mismo plato.
Pelayo, su marido, es gastroortodoxo.
Espartano, ascético, militante fundamentalista de la cocina sana, simple, clá sica.
Cenan juntos.
Bró coli, coles de Bruselas y endivias al vapor.
Pescado blanco a la plancha.
Agua ozonizada.
Comen, charlan, engarzan sus meñ iques.
É l la quiere ayudar con la mesa.
Ella, condescendiente, lo anima a descansar.
—Ya lo hago yo, cariñ o. Ve al sofá . Hoy es miércoles. Hay fú tbol. Pelayo le pellizca el
trasero con picardía, la besa, se va.
Henar delibera lo que se cenará mañ ana.
Hace la lista de los ingredientes que le faltan para una esqueixada. Baja la vajilla y
los vasos de los estantes.
Los reordena.
Lee los clasificados. Completa un crucigrama.
Va de puntillas hacia el sofá .
La luz del televisor reverbera en el saló n.
El mando a distancia cayó a la alfombra.
Barre con la mano los ojos de su marido.
Carraspea.

Tose fuerte.
Nada.
Duerme como un tronco.
Vuelve a la cocina.
Saca del frigo un chuletó n con portentosas vetas de grasa.
Lo cocina en una sartén de hierro.
Cuando está al punto, lo pone en un plato de barro precalentado.
Coge el bote de nata montada.
Bate, presiona y encopeta la carne.
Culmina su obra de arte aderezando la crema con una aceituna y una uva. Oye un
borborigmo.
No puede esperar má s.
Devora su recena con fruició n.
A escondidas, a solas y a oscuras.
Como todo vicio inconfesable.
SIN ESCAPE
Alexia comparaba y comprendía.
Ella: Ensalada de escarola, canó nigos y espinacas aliñ ada con limó n. Una sopa de
habas que no pidió . Galletas de soda. Agua.
É l: Alitas de pollo fritas. Surf and turf gratinado. Pan con mantequilla de maní.
Merengada doble de chocolate.
Como la comida, así la plá tica.
Ella: Monosílabos orales y gestuales.
É l: Logorrea hardcore.
Los sentaron en una mesa junto al mirador de la explanada. Jimmy no reparaba en
el paisaje. Masticaba y hablaba sin parar.
De sus ex: que lo aman, que son sus mejores amigas, que no mueve un pie sin
pedirles consejo, que para tener novia requiere el visto bueno de ellas.
—No te desalientes. Te observaron en tu trabajo y en el gimnasio. Te evaluaron y te
aprobaron. Solo falta que me conquistes.
De sus viajes: que es un trotamundos, que poco de lo que ha visto le ha gustado, que
debería existir un idioma ú nico, homologado y obligatorio, que le tiene aversió n al
agua en el extranjero.
—Esto es la hostia. Por eso te traje. Lo conozco de cabo a rabo. Déjate guiar por mí.
De sus pasiones (tuteladas en entornos cerrados): la velocidad, el misterio, la
acció n, la fantasía, la caída libre, las mascotas de peluche, la aventura, la mú sica, el tiro
al plato.
—Soy rudo y soy tierno.
Alexia estimó que eso podía ser interesante en su habitació n. Fantaseó con
amordazarlo y forzarlo a ejercer mudo su rudeza y su ternura.
Jimmy no dejó restos de su «mar y montañ a» con queso. Ella le preguntó por las
cá scaras de las gambas.
—Me las he comido.

Come basura, habla basura, se dijo, volviendo a la mordaza. Añ adió un lá tigo a la
fantasía.
La fatuidad se pone a raya con fustas y amarres.
Lá stima que no empacó sus artilugios.
Ahora atacaba las alitas. Tragaba carne y huesos.
Trituraba sin distingo lo que entraba a su boca y lo expulsaba reducido a papilla de
palabras, a discurso lú teo, a chasquido de papel de plata.
Encuadradas en el ventanal, siete jirafas, una gacela y las llanuras del Serengueti.
Un fiasco. No entendía la devoció n. Dentro del comedor estaban bien pero fuera el
calor era insoportable.
Jimmy pidió el legendario postre de la casa para dos.
—Vas a delirar, Ale. No puedes decir que no.
Veinte camareros hamaqueaban el postre entre bailes y cantos tribales.
Elefantes, cebras, tigres, rinocerontes, hipopó tamos... Toda la fauna del safari
moldeada en mazapá n sobre una pradera de helado de pistacho.
Las cucharillas recreaban un par de escopetas.
Los camareros ejecutaron «el momento Broadway» coreando cinegéticamente «¡a
por ellos, cazadores!» y se alejaron para repetir el show en otras mesas.
—¡Qué buen gusto! Es que esta gente sabe lo que hace, Ale. Por eso vengo. Qué
suertuda eres... Me gustaba má s tu amiga, la rubia, pero habla y habla, no se calla.
Alexia chequeó el reloj calendario del mó vil. 12:39 horas. 3 de agosto.
Restaban muchas horas para que acabara el día. Muchos días para que acabara la
semana.
Seis días.
—Esta noche cenaremos en el balcó n del castillo. Paso por tu habitació n a las siete.
Habrá fuegos artificiales. No olvides tu cá mara.
Seis desayunos, seis almuerzos y seis cenas por venir... Confinada y condenada a un
plomo en un parque temá tico.

—Mañ ana nos tocan los continentes en miniatura. América, Á frica, Asia, Europa y
Oceanía. Ve pensando en qué país quieres comer y en qué país quieres cenar. Te dejo
escoger.
Atrapada.

Sin escape.
EL DEDO DE PAVLOV
Mamadedo, dientes volaos, te cabe un fuerte entre las paletas.
Eso y má s cosas.
A él todo le sonaba a agü ita sabrosa, a mareta tenue que robustece al ralentí, sin
embates ni sobresaltos.
Segú n el oleaje de palabras crecía, él succionaba.
El chup chup aumentaba y hacía eco en las paredes de la casa. Ese era el instante
que acechaba.
Porque su papá , hastiado de advertir y abroncar, iba a la nevera y regresaba con el
premio que él pedía sin pedir: un ají chirere reluciente que restregaba en su pulgar
para curarlo de esa fea costumbre.
Simulaba un llanto dramá tico y corría a su cuarto. Con la puerta cerrada y
chupando en sordina, se deleitaba con el placer inmenso del fogonazo de picor
abrasando su lengua, su paladar y su garganta.
Chupar dedo da para mucho: para cavilar, para entrampar, para domesticar.
Pavlov hizo el resto.
GASTROONANISMO
Va y viene ultimando los pormenores del festín.
Son las diez de la noche. Ruega a los agasajados pasar al comedor.
Todos alaban deslumbrados la suntuosidad de la mesa.
Mantel de hilo, vajilla de porcelana china, cubertería de plata, cristalería francesa,
centro de flores frescas, portatarjetas con el nombre de los comensales.
Toman asiento.
Y Libardo, prosó dico impoluto, enumera los manjares que degustará n y el maridaje
consecuente.
Viri le pregunta conturbada por qué la presidencia de la mesa está vacía.
—¿No cenas con nosotros?
Libardo desciende del olimpo de los gastró nomos y desvela que cocinar le pasma el
hambre, que le da vergü enza presenciar el placer ajeno, que lo inunda el miedo
escénico, que prefiere intuir el veredicto de sus invitados en privado.
—Disfruten —dice nervioso y se retira.
Sus amigos brindan y comienzan a comer.
É l se aposenta en una habitació n aledañ a. Allí tiene una réplica de la mesa del
comedor vestida para un solo comensal. Un plato con campana, una botella de vino,
pan y aceite de oliva. Se sirve una copa y bebe. Los murmullos que se filtran desde el
otro lado confieren la venia para comer.
Se desnuda, se embadurna en aceite, ocupa su silla solitaria y alza la campana. En el
plato, la disposició n de la comida es el calco de su rostro. Un trasunto de sí mismo.
Siente un respingo en el ombligo. Renuncia al cuchillo y tenedor y curvando la lengua
se fagocita mientras se posee.
Una sacudida de cosquillas concatenadas lo electriza.
Un orgasmo aparatoso y huero, escandaloso e insuficiente. Es lo que tiene el
onanismo.

Cuando el ú ltimo calambre se extingue, Libardo se acurruca en una esquina de la


habitació n, descifra los sonidos del exterior, usa la campana como espejo y se relame
los dedos.
NO DIJO NI MU
a Hirmi, niñ o rubio, anticuchero mayor A Isabel Alva, la
peruana má s venezolana de Margarita

Hugo babeaba por Petra.


Lo prendaban sus ojos redondos y marrones. La mirada que de tan profunda
parecía adormilada. Su tersura, su cautela, sus hechuras fornidas, su enjundia, su
mansedumbre. Para Hugo, Petra era la perfecció n.
Petra babeaba por Hugo.
Regraciaba sus cuidados y sus mimos. Si él la nombraba, ella se escurría a su vera
como una sombra espesa y á fona. Sumisa, propiciaba sus deseos sin aspavientos. Para
Petra, Hugo era la existencia.
Pero un día algo viró .
Petra invisible. Petra resignada.
Hugo le sobó la cabeza y hendió un puñ al en su cuello. Petra se desangró ,
obsecuente. Respetó su ú ltimo estertor para empezar a descuartizarla.
Revolvió dentro del pecho hasta dar con él. Lo troceó . Puso los pedazos en un
recipiente de vidrio. Agregó ajo, vinagre, ají colorado, comino, pimienta y sal.
Los latidos de Petra hechos trizas nadaban en caldo granate.
Pronto se presentaron los amigos de Hugo con carbó n y cerveza. Hugo atravesó el
corazó n de Petra en palos de carrizo. Lo cocinó en las brasas.
Uno de los amigos le comentó :
—Tus anticuchos son los mejores.
—Gracias —dijo él.
Sorbió su cerveza a pico y pensó en lo mucho que iba a extrañ ar a Petra. Luego
recordó que tenía que comprar una romana nueva.
GASTROPARAFILIAS

Mari Loli no se calla ni debajo del agua. Mejor, a ver si así olvida lo de Jorge. Si le
cuento se desmaya. Que Mari Loli es muy delicada, muy
mucho, una exagerada, vamos. Que Pedro mastique con la boca abierta es un
defecto mínimo al lado de las virtudes que tiene. Mínimo y corregible. Y que mastique
por ella, le haga bolitas y se las dé a comer, a mí, qué quieres que te diga, me parece un
detallazo, es de tío cabal, galante, protector, caballero. Me lleva a los pá jaros
desayunando en familia o al mago Millroy de la novela de Paul Theroux. Da igual que
le diga lo que opino, ella habla y habla sin escuchar, solo da un golpe de timó n a su
soliloquio cuando pasa el camarero para decir «¿a qué está macizo el tío?» y para
pedirle dos cubatas má s. Ahí, ahí, que pille una buena cogorza para que siga
destripando sus miserias, que si le cuento lo mío se va a creer que soy una depravada.
Pregunta que qué me ocurre, que qué pienso, que si me han sentado mal las copas, le
digo que no, que no, que la escucho, que lleva razó n, que Pedro es un pervertido, mira
que darte de plato su bolo alimenticio, le doy cuerda y la mandíbula de Carmen
reinicia su clac clac clac, activo mi piloto automá tico, sí, cari, me parece fatal, tía,
tranqui, tranqui, asiento, deniego, me desenchufo y viajo, me voy hasta Jorge, tan
bombó n y tan cabró n. Lo de Jorge sí que es fuerte y no las chorradas de Mari Loli.
Porque para pasar por lo mío hay que tener una mentalidad abierta, cruzar la línea de
lo progre y lo liberal, no ser escrupulosa, no racionalizar tanto, que las relaciones no
vienen con mapa ni contraindicaciones. Y es que en la chá chara todos somos capaces
de todo pero en la prá ctica la cosa cambia. La primera vez que Jorge me lo pidió fue en
el culmen un polvo épico, ¿me lo das, zorró n?, y a mí, que me chiflan su polla y las
palabrotas en la cama, me pudo, le dije que sí, bueno, má s bien grité «síiiiiii, síiiiiii,
síiiiii, te lo doy tó » porque la respuesta se mezcló con la corrida, y claro, no pude
recular. En el ínterin me volvió a hablar del tema, va, di que sí, putó n, sé buena, sé
mala, sé rica, y yo, inerme, cedí, fui soná mbula al bañ o, lo cogí y se lo di; Jorge me
mordisqueó un pezó n y volvimos a nuestros asuntos. Como la cama se hizo
permanente, compré eléctricos para gratificarlo, uno por polvo, te lo has ganado,
macho, ¿qué haces con ellos?, los guardo, los huelo, te evoco, me toco. Después de dos
añ os juntos ya no me parecía nauseabundo o grotesco, al contrario, me ponía un
montó n. Hasta que una tarde «post follil» me puse nostá lgica y recordé el caudal
eró tico, me fui al armarito donde guardaba los trofeos que yo le daba, lo abrí, y vi uno
que no era mío. Le reclamé y no lo negó , me dijo la verdad, a veces huelo a Rosalba, no
te enfades, ella fue primero que tú , me deshice de todos menos de ese, tú no me
complaces con eso, te lo he pedido mil veces, yo entiendo, no puedo obligarte,
entiéndeme también tú a mí... es solo amor.

El muy cabró n. Le soplé cuatro bofetadas y me marché. Hasta hoy. Debo de ser una
degenerada porque lo echo de menos. Muchísimo. Me traicionó porque ninguno de los
míos olía a ajo. Y es que yo aborrezco el ajo. Quiso que comiera con alioli pero me
venían las arcadas.
Dijo que por eso conservó el cepillo de dientes de Rosalba, un Oral B Advantage
Artica. Por amor... al ajo.
Quería desahogarme, quedé con Mari Loli y la gili me suelta lo de Pedro. No puedo
contá rselo, no. Que lo de Pedro, ya lo dije, es un defecto mínimo y corregible pero lo de
Jorge es aberració n de la buena.
Quita, quita, que no te cuento, Mari Loli. Que no fue nada.
ODILÉ
Odilé descorrió las cortinas.
La luz del sol invadió su habitació n.
«¡Qué bien!», exclamó . Se sentía exultante.
Antes no, antes había sido una desdichada. Aunque tenía éxito en lo que emprendía,
el rubro masculino era una movida distinta.
De adolescente fue siempre la amiga de la tía buena. Los chavales se le acercaban
para usarla como celestina, puente, madrina. Constantemente rodeada de chicos,
ninguno se interesó en ella.
En la universidad, ademá s de ser «la amiga de la tía buena», era una gran
organizadora de guateques. Creció en popularidad. Supuso que eso la beneficiaría, que
a mayor cantidad de hombres pululando mayor probabilidad de que alguno la
quisiera.
Supuso mal.
Pero acumuló diecisiete agendas con nú meros telefó nicos de peso y se erigió ,
involuntariamente, como la mejor relaciones pú blicas del país: la má s acreditada, la
má s divertida, la má s in, la má s irreverente, la má s influyente, la que media
humanidad quería... como amiga.
Así vio a su generació n tontear, ennoviarse y casarse. Asistió a pedidas, bodas,
bautizos y comuniones.
De espectadora.
No es que no hubiera catado varó n, no señ or, faltaba má s. Odilé era una fiesta en la
cama. Los hombres que retozaban con ella tocaban el cielo... pero cuando la fiesta
languidece, los invitados se marchan con el alborozo decrecido y el anfitrió n se queda
con los pecios. Y ya sabemos todos que una fiesta inolvidable no se repite.
Al cumplir los cuarenta dijo sanseacabó .
Revisó su agenda de Soluciones urgentes y emergentes. Ahí estaba. Una tarjeta azul
Klein con letras gó ticas y ringorrangos.
Queen Ludmila
Pitonisa
Quiromá ntica
Tarotista
Esoteric Consultant
Fast Balloon Diagnosis
Globoterapia

678 982 165

972 625 626

Odilé aulló su soledad: el secretario la citó para dentro de dos días.


Odilé alardeó de galas y saraos que precisaban una maga polifacética: el secretario
la citó para ya.
Un breve intercambio con Queen Ludmila bastó para despejar el arcano. —Sopla —
le dijo, dá ndole un globo.
Odilé lo infló y lo anudó . La maga cogió una rosa y clavó las espinas en el globo. El
globo flameó sin estallar.
—La deflagració n no miente. Padeces un mal comú n: la «maldició n de la amiga». Es
grave. No tiene cura; tiene tratamiento.
El tratamiento conllevaba escritura bidireccional y prolija: Queen Ludmila escribió
un ritual repleto de fó rmulas alquímicas; Odilé escribió un cheque repleto de ceros
resultones.
En todo eso pensaba Odilé, cuando un sonajero alborotó su estó mago. Hora del
aperitivo. Fue a la cocina.
Ricardo la esperaba en la mesa. Le lamió los labios salaz.
—Qué rico está s. Te como entero.
Lo pinzó por los pies, lo volteó de cabeza y lo dejó suspendido. É l se retorcía
implorando un indulto. Odilé cortó una baguete longitudinalmente, untó las dos tapas
con mayonesa de albahaca, acostó a Ricardo sobre la miga y con un movimiento á gil
cerró el bocadillo y le dio dos mordiscos.
Escudriñ ó el resto de la lata.
Tenía para escoger: Diego, Santiago, Edgard, Mauricio, Marcos, Luis. Hacinados y
acojonados.
Hombres en conserva.
Agarró a Luis por la nariz y se lo llevó directamente a la boca. Sin pan.
ENVITE / CONVITE
Alice centelleaba rabia. Acababa de perder una mano.
La espada de Benny era de las mejores.
Ella lo sabía.
Se enfrentó a él fingiendo tener un arma superior.
La blandió con destreza. Intentó intimidarlo. Batalló con frialdad y elegancia.
No pudo ser.
Benny ganó el pase y se quedó con la mano.
Tal y como habían acordado, pararon el combate unos minutos. El tiempo que
tomaba al ganador disfrutar del refrigerio.
El pacto así lo establecía: se apostaba y se luchaba.
El perdedor cedía su parte.
El vencedor hacía un alto para gozar la presa, comer, reunir fuerzas para el
siguiente encuentro.
Benny jugueteaba con su comida.
La recorrió con la lengua, muy despacio, de ida y vuelta, sin apartar sus ojos de los
de Alice.
Alice salivó .
Después de lamer y sorber su tentempié, Benny decidió no comerlo. Ganaría los
lances que restaban y se daría un banquete.
Alice perdió su segunda mano. Peleó como una jabata.
Pudo hacer poco.

Un combate desigual entre cinco copas y un caballo otorgó la mano a Benny.


Ecuá nime, se abstuvo de comer.
Alice lo lamentó ; le gustaban sus lametones. Sin saber bien por qué, se sintió
vilipendiada. Un escozor caliente se adueñ ó de su nuca. Quería que Benny comiera.
La suerte favoreció a Alice en la tercera ronda. Tenían armas similares, pero ella era
má s fría que él. Usó estrategias de escarcha.
Subió la apuesta.
Benny aceptó . Dos veces.
Quiso subir la tercera: él se plegó .
Alice pensó en el premio.
Volvió a salivar.
Le provocaba brincar sobre la recompensa, saciarse.
Benny miró a Alice de arriba abajo.
Analizó su piel.
Dio cuenta de sus relieves, depresiones, oquedades. Sus poros se ensancharon.
Alice calculó a Benny.
Ansiaba su lengua, le apetecían sus brazos, intuía en su pelvis una ruleta. Con un
cruce de piernas disimuló un estremezó n bajo.
Persistió impasible a pesar de que desfallecía.
Lo barajaron a conciencia.
Se morían del hambre. Hicieron el envite: todo o nada.
La lidia se eternizó .
Oros contra sotas.
Reyes contra bastos.
La idea del otro en bandeja de plata los proveía de una energía inusitada. Ambos
codiciaban la victoria.
Quedaron tablas.
—Eres buena —reconoció él.
—Eres bueno —correspondió ella. —¿Comemos? —preguntaron a la vez.
No dejaron pasar un minuto.
É l le destazó la oreja de un mordisco.
Ella arrasó con su brazo izquierdo.
Entre dentelladas, lengü etazos, patadas y rasguñ os desocuparon la mesa de juego.
Había que comer como Dios manda.
FELIZ AÑ O, HERMANA
Tite dice ser un animal de sangre caliente. Se escucha así:
—Soy un bicho caliente. Por eso la tierra, las mujeres y la sopa me gustan calientes.
Akiko, la hermana de Tite, lo oye aburrida y pone la mesa. Tite destapa la sopa.
Tres columnas de humo sustancioso suben a la campana extractora y se condensan
en gotitas.
Con cierta solemnidad, Tite introduce un termó metro de cocina en la olla.
—90 grados. Le falta.
Akiko le planta cara.
—La sopa está lista. No se va a calentar má s.
Tite se encoge de hombros, seca el termó metro con una tela que tiene para ello y lo
coloca sobre la mesa en vecindad con la cuchara.
—¿Te sirvo, hermano?
—No, hermana. Me sirvo yo.
Trae del estante un infiernillo de alcohol.
Enciende el quemador y lo abre para dar paso a la llama alta. Vierte su ració n de
sopa en un tazó n de cerá mica refractaria y lo pone sobre la rejilla.
Tite está absorto en su miso zō ni.
Las bolas de mochi rebotan en el caldo.
Las hilachas de pollo bailotean frenéticas.
El picadillo de zanahoria y shiitake se amolda al contorno del tazó n delineando un
anillo vegetal.
Tite busca en su bolsillo un tubo metá lico que atesora un Hoyo de Monterrey
torcido a mano.
Corta la perilla del puro con una guillotina y le da fuego a la boquilla con una cerilla
larga.

Intercala caladas y cucharadas de sopa.


De sú bito para.
—Perdona mis modales, Akiko. Feliz añ o, hermana.
Akiko lo absuelve con displicencia.
Tras diez caladas y diez cucharadas de sopa, Tite replica:
—Tú fumas con el té y yo no me quejo.
Aviva la llama del quemador y sigue fruyendo de habano y sopa.
RUMIANTE
a Ana Teresa Torres, con el agradecimiento y el afecto de
tantos añ os y enseñ anzas

El doctor Rimini le da el alta. Va a echar de menos a la paciente. Con ella se disipa


un significativo porcentaje de sus ingresos mensuales. Pero
no es solo eso. Tratar a una persona con cuatro sesiones semanales durante catorce
añ os genera un vínculo. Ahora que no es su paciente podrían ir a cenar con sus
respectivas parejas y prolongar conversaciones que surgieron en consulta, como
aquella sobre Josef Koudelka o la de Betty Blue. Betty decía en la película «la vida me
agrede» o algo semejante. La memoria es veleidosa.
La paciente (ahora expaciente) quiere celebrar.
Llama a su hermano para que le regale una caja de champañ a. Obtiene un «no»
rotundo; le endilga un «tacañ o» con malcriadez y se va a la peluquería: manicura,
pedicura, mascarilla, corte y peinado. De ahí a la librería para recoger trece libros que
encargó a Buenos Aires. Se compromete a pagar a plazos. Entra en una boutique
pró xima y compra tres pantalones, una falda, una blusa de gasa, un par de zapatos
italianos y un foulard. Usa la chequera. Pasa por las camisas y la chaqueta de cocina
que Narci envió a personalizar con su nombre bordado. Va al museo. Un paseo fugaz
satura su retina de haces de Chagall, Marisol, Reveró n, María Elena Á lvarez, Jacobo
Borges y Luisa Richter. En la tienda arrambla con lo que ve: pines con el logo del
museo, reposavasos que reproducen obras archiconocidas, lá pices y bolígrafos con
autorretratos de Andy Warhol, un par de pendientes que son una escultura de Gego,
una goma de borrar con la forma del Pastor de nubes de Arp y un juego de café
diseñ ado por Damien Hirst. Llama a su vecina. Le dice que tardará media hora en
llegar a casa para la partida de pó ker. Se detiene en la licorería. Pide dos canecas de
ginebra y cuatro bolsas de cotufas acarameladas tamañ o familiar. ¿Quién dijo que
borracho no come dulce? El dueñ o le da un saludo agrio y le comunica que hoy tiene
que pagar. Ella aclara que tiene cuenta abierta y él retruca que le debe seis meses de
compras diarias. Le paga la ginebra en efectivo y sacrifica las cotufas. Cuando llega a
casa escucha sus mensajes. Del colegio del niñ o, que tiene hasta el lunes para cancelar,
que si no se pone al día ni se moleste en llevar a Toñ ito. De la tintorería, que las dos
chaquetas está n listas. De la boutique, que su cheque fue anulado. Del banco, que tiene
un sobregiro.

Escarba en su cabeza. No hay nada: no hay traumas de infancia, no hay fobias, no


hay agresiones, no hay resentimientos, no hay a quién cargar con la culpa. No puede
sentirse víctima. Ya no tiene diá logos desgarrados consigo misma. Ya no rumia sus
angustias. Está vacía. Está curada.
Busca en la cocina algo para picotear, pero solo hay yogures de ciruela. Quiere algo
crujiente. Encuentra cereales. Atesta una taza, pero la termina desechando para comer
directamente de la caja. Baja los estores, apaga las luces y enciende el televisor a
volumen má ximo para no tener que oír el crunch crunch que sale de su boca.
TRICOFERO DE BARRY

A Miguel Vallinas, fotó grafo que me invita a escribir cuentos


y poemas, ojo que todo lo ve, click que atrapa atmó sferas
misteriosas, elegantes.

Al principio todas lo adoraban.


Su mirada traviesa enmarcada en un semblante infantil era irrefrenable.
Experto en citar, espolear, regolfar, aspirar, distraer, embestir, trompicar, hesitar,
repicar, imantar, licuar, ahorquillar, zigzaguear, pespuntar, friccionar, hormiguear.
Marcaba el paso con sus labios llevando los labios ajenos al cantil, a la enajenació n,
al desparrame.
El cataclismo sobrevenía al retomar el quehacer cotidiano. Luego de semanas de
melcocha y cama, había que repostar. Comer, vamos.
En la mesa, su mirada pasaba de traviesa a aviesa y el semblante infantil exhibía un
rictus á vido y terrible. Dicho el «que aproveche», los cubiertos caían al suelo, se
precipitaba un taconeo, y el apego y el buen sexo se iban al traste. Barry nunca lograba
repapilarse en complicidad.
Tricia fue la excepció n.
Gozó de los escarceos, del amartelamiento, de las faenas.
Cuando fue la hora de la mesa, se sentaron sin recelos.
Frente a frente.
Encuerados.
É l dio un rodeo y se acopló al espaldar de su silla.
Bajó a su cuello, lo besó , enterró el brazo en la fuente, tomó un puñ ado, lo depositó
en el plato, espolvoreó parmesano.
Ofreciéndole la pá lida punta de un linguini, susurró «chupa».
Tricia lamió los dedos de Barry y sorbió la pasta con regocijo.
—¡Má s! —le ordenó . Ella acató la espuela.
É l tenía las riendas y ella se dejaba llevar, succionaba con regodeo, comía cautivada
con los ojos cerrados.
Sentía que Barry la guiaba tirando de su cabellera —«má s rá pido...; suave...; para...;
vuelve...»— y halaba cada vez con má s ímpetu, insaciable.

Deseaba verlo comer, anhelaba saber, abrió los ojos.


Se encontró con la boca de Barry atapuzada de mechones de pelo. No, no eran sus
dedos los que la asían por la cabellera: era su lengua.
Se llevó las manos a la melena. Había desaparecido.
—¡No pares! —jadearon al unísono.
Remataron exhaustos y plenos.
Ella acarició su pecho. É l besó su cabeza calva.
Dos resuellos sincronizados. Dos pulsiones idénticas sin verbalizar. Había má s
hambre.
Volaron a la calle y se hicieron con un cargamento de pastas largas y de pelucas.
Se enclaustraron, se amaron, se papearon e inventaron un crecepelo al que
llamaron Tricó fero de Barry.
O eso dicen.
A LA PLANCHA

VUELTA Y VUELTA
JACKET REQUIRED
Sonríe. Relaja. Sonríe. Relaja. Sonríe. Relaja. ¿Tienen reserva? ¿A nombre de quién?
Pasen por aquí. Palomino, acompañ e a los señ ores al
reservado. ¿Esperan a alguien má s? Sí, no se preocupe, yo me hago cargo. Sonríe.
Relaja. Sonríe. Relaja. ¿Tienen reserva? ¿No? Sonríe. A ver qué puedo hacer. Relaja.
¿Cuá ntos? ¿Fumador o no fumador? Contrae. Tengo una cancelació n a las tres. El
inconveniente es que es zona de no fumador. Relaja. Muy bien, a las tres. Si gustan,
pueden esperar en la barra. Pestana, acompañ e a los señ ores al bar. Sonríe. Sí, allí se
puede fumar. Sonríe. Relaja. Buenos días, ¿puedo ayudarlos? Contrae. Pasen por aquí.
Teodosio, te buscan. Un momento, por favor. Teodosio, diles a los señ ores que la
puerta de proveedores es la trasera. Sonríe. Suspira. Sonríe. Relaja. ¿Tiene reserva? Sí.
Disculpe. Sonríe. ¿Qué talla usa el señ or? Relaja. Verá , el restaurante Soleil de Guaya
observa un dress code... Relaja. Un dress code es... Sonríe. Todo se soluciona. Tenemos
a disposició n una gran variedad de chaquetas. Relaja. No nos gusta usar la palabra
«obligatorio», decimos deseable o apreciado... Sonríe. No, señ or, no sé cuá nto cuesta la
camisa que lleva, ya le digo, son normas de la casa... Relaja. Ningú n problema, señ or,
me llamo Violeta. Sonríe. Violeta Verde. Sonríe y contrae. Guarde su dinero, señ or.
Sonríe y contrae. Mi vida sexual no es de su incumbencia, señ or. Contrae. Contrae.
Wilmer, dile a monsieur Des Murs que se acerque. Dile que hay una incidencia. Relaja.
No, señ or. Llame a quien desee, señ or. Monsieur Pierre, el señ or no lleva chaqueta.
Sonríe. Sí, se lo dije. Sonríe. Monsieur Pierre, el señ or no desea usar nuestras prendas.
Relaja. Intentó sobornarme con cien dó lares. Sonríe. Braveó con llamar a no sé quién
del Comando Aéreo de Rama Prieta. Sonríe. Contrae. Relaja... Suéltalo, Pierre, contrae,
relaja, sonríe... Lo vas a asfixiar.
FICTION / NON-FICTION

A mi querido Franz Conde, que conoce a fondo platos y páginas


con discurso de ficción y de no ficción.

La historia es un libro de recetas. Los tiranos son los chefs. Los


filósofos redactan las cartas. Los curas hacen de camareros. Los
gorilas son gente del ejército. Los cantos que oyes son los poetas
lavando los platos en la cocina.
Charles Simic

Después de encabezar las listas de venta de libros de ficció n y de no ficció n,


Vilaeme notó que necesitaba un giro y abrió un restaurante.
Lo que sucedió a partir de la inauguració n fue alucinante. ¡Aforo completo
permanente!
El resto de restaurantes comenzó a vaciarse y el suyo a desbordarse.
La gente hacía cola, forcejeaba para entrar, movía influencias, chantajeaba.
(Un alto jefe del gobierno clausuró el restaurante un fin de semana como represalia
por no conseguir mesa para cenar. Hubo tal descontento que el presidente se vio
obligado a removerlo de su cargo para apaciguar los á nimos).
El éxito no hacía má s que aumentar conforme avanzaban los días.
Tres ampliaciones (saló n, bar, sala de espera) en un añ o. Había que reservar mesa
con seis meses de antelació n. Nadie sabía desentrañ ar lo que allí pasaba. La comida
era exquisita, el sitio tenía duende.
Noche tras noche, Vilaeme hipnotizaba a su clientes con cochinillos lechales a punto
entrar al horno de leñ a, pescados que cabrilleaban en la bandeja antes de cocinarse a
la sal, soperas que se abrían emanando há litos fragantes de especias cortadas en el
acto.
(La comida entra por los ojos).
Alguien quiso felicitar al chef. Vilaeme se excusó :
—Es muy temperamental. No quiere que entren en su cocina. Ante los ruegos
masivos, Vilaeme se comprometió a convencerlo.
Propietario y cocinero negociaron. Se acordó que los interesados en saludar al chef
podrían hacerlo con cita previa. Se abrió para ello un libro que venía a ser un apéndice
del libro de reservas.

Los clientes estaban maravillados con Ros. Impecable en su filipina perlina, sin
má cula. Un hombre culto y reservado que hablaba de sus creaciones con lustre y
facundia. Si alguien preguntaba una impertinencia o dejaba caer una boutade, Ros
esponjaba su temperamento. Con un visaje imperial acusaba la incomodidad, haciendo
sentir a su interlocutor como un sú bdito ordinario y profano.
Vilaeme valoraba embarcarse en un segundo restaurante.
Uno má s desenfadado, en plan casual food. Miró el comedor repleto y se frotó las
manos.
Se acercó al cochinillo que se doraba en el horno a la vista de los comensales. El
color se había desleído y uno de los ojos de vidrio se estaba despegando. El falso fuego
cojeaba en efectismo. Seguramente no salía suficiente pintura de los orificios. Esto es
grave, pensó .
Hablaría con Celso. Habría que utilizar materiales má s resistentes y artefactos de
alta gama.
Pasear y conocer al dedillo obras de ficció n y de no ficció n —adentrarse en la letra,
aprehenderla y salir de ella— le habían revelado la clave del éxito: «La gente quiere
verdad ataviada de mentira. Solazar mistificando».
¿Có mo tradujo eso en dinero? Con un restaurante.
Acopió cochinillos espurios, pescados de hojalata, patas de jamó n de yeso.
Trasvasó aguachirle a botellas de vinos excelsos y creó una bodega prodigiosa.
Compró la comida en el reino de la cochambre rampante, la terminal de autobuses
de extrarradio, cofradía sin cerrojos que cumple lo que pregona: el mejor papeo.
Y contrató a un escritor aficionado a la actuació n para que hiciera de chef.
Concibió un restaurante, este, al que llamó por coherencia e ironía Atrezzo, y ante
la magnitud del triunfo presente ya pensaba en el triunfo futuro.
El siguiente lo haría con las hamburguesas de McDonald's, las pizzas de la secció n
de congelados del híper, unos burritos que vendían a dos cuadras de la universidad.
Los serviría multiplicando por siete su precio real y bautizaría el restaurante como
Not so fast food.

O Ecléctico.
Había tiempo para pensar en ello.
AHÍ TE QUEDAS

a María Nevett, amiga de andar flotante, que llenó sus


mañ anas de gallinitas picatierra

Amanda:
Hasta aquí hemos llegado. Se acabó . Te dejo. Suena la campana, tiro la toalla,
abandono el ring escupiendo, aturdido y roto. Acepto mi derrota. Pusiste a prueba mi
resistencia y has ganado en buena lid. Se dice que quien avisa no es traidor, así que no
te puedo hacer responsable del fin. Tus primeras palabras, al estrechar mi mano, me
lo advertían: «Soy un animal poco recomendable». «Tienes cara de gata querendona»,
te dije. «Y arañ o», contestaste. Entonces moviste el pelo, o el sol hizo un juego de luz
en tus ojos, o fue la risa en tu escote, ¿qué má s da? Me encandilé, me mareé, me perdí a
perpetuidad en los vericuetos de tu voz. Lo que vino má s tarde ya no es relevante. Me
hice el tonto mientras pude. Tú má s osada, má s obvia, má s vulgar... Hasta hoy. Dejaste
la llave, Amanda. No sé si fue un desliz, un anzuelo, una celada, otro de tus sá dicos
juegos. Desarmé la casa buscando una caja fuerte, un cofre, una trampilla, algo que
tuviera una cerradura en la que encajara ese trocito de metal que confiabas a tu cuello.
Lo encontré en la cocina. ¿Có mo podía imaginar que algo así estaría tan a mano?
Temblé aterrado cuando la llave calzó sin esfuerzo. Giré y abrí el cajó n. Estupor,
conmoció n, incredulidad. Esperaba cualquier cosa menos lo que encontré: chorizo de
soja y huevos pasteurizados. Me has engañ ado de la forma má s rastrera, Amanda. Mi
tortilla favorita —tres huevos extragrandes de gallina picatierra y tropezones de
chorizo— convertida en falsedad por obra y gracia de los sucedá neos. No me lo puedo
creer... ¡si te vestías con un mandil especial para hacerla y le dabas la vuelta con la
tapa de mi abuela!
Me siento sucio, Amanda. Sucio. No puedo perdonar esta afrenta. No puedo.
Te deseo lo mejor.
Ezequiel
LE CUENTO A REMEDIOS VARO

A Helena Ibarra, que llena sus platos de dunas y tepuyes, fogón


de sólido discurso y subyugantes matices, alma transparente,
palabra comestible.

Las dunas se movían hacia mi plato de sopa.


Y yo que no, que no, dunas quietas, fuera de mi plato, por favor.
Entonces dejaron de moverse y mi sopa se transformó sucesivamente en carpaccio,
albó ndigas de anchoas, palagares vivos que sacudían las aletas.
Abrí la ventana.
Las dunas eran olas. Los palagares saltaban. Hambre, pensé.
TRY TO SET THE NIGHT ON FIRE
Deslizó el dedo índice siguiendo la ruta que marcaban las letras sobre la superficie
de los tarros: Azú car, Café, Sal, Pasta.
La cocina rezuma de palabras. ¿Quién lo diría?, reflexionó .
Apostado en un especiero giratorio había un compendio de botá nica:
Ajo, Orégano, Salvia, Romero, Pimienta, Rosa, Nuez moscada, Tomillo, Cardamomo.
Sonsiré tomó un bote de aceite de oliva, vertió un buen chorro en la freidora y la
encendió . Embebió un cacho de pan y leyó la etiqueta: Arbequina, Picual, Manzanilla.
Se dijo que era normal que un aceite con ese coupage estuviera tan bueno. Tragó
sintiendo trazas amargas y dulces en la boca.
Revisó la nevera, la despensa, los estantes y se le antojaron como una gran
biblioteca.
Sacó las croquetas del congelador. Estaban heladas. La cocina era el á mbito de los
extremos.
Fuego y hielo.
Calor y frío.
Palabras y silencios.
La boca que abre para recibir el alimento. La boca que abre para hablar.
La boca que abre, cierra y mastica.
La boca que cierra para tragar.
Los ojos que abren para absorber.
Los ojos que cierran para paladear.
Los ojos que cierran para no sentir, para que nada escape, para evadir, para
sobrevivir.
La mesa: depositaria de las palabras.

Las primeras palabras que Antonio dijo a Sonsiré fueron pá jaros. «Pá jaros»,
pronunció en voz alta, soltando cinco croquetas en el aceite hirviendo.
Sus palabras me crearon.
Sin ellas no era nada.
É l hablaba y comía.
Yo me hacía corpó rea escuchando. Cada mesa fue isla y horizonte.
Pero con el pasar y las circunstancias, los pá jaros llovieron muertos; la mano tibia
de Antonio se hizo anguila; sus ojos, piedras.
Las mesas se vistieron de eriales.
Las palabras se pudrieron.
Sonsiré fue perdiendo consistencia, se aguó , se licuó .
Soltó cinco croquetas má s en la freidora. Contá ndolas. No con nú meros, no.
Enumero con palabras. Hi-jo-de-pu-ta.
Cinco sílabas para cinco croquetas.
Subió la potencia.
Cerró los ojos.
(Para no sentir, para que nada escape, para evadir, para sobrevivir).
Sonaba un crepitar aplastante.
Abrió los ojos.
La cocina ardía.
El fuego que salía de la freidora lengü eteaba las baldosas, devoraba la formica, se
enroscaba en la lá mpara de techo.
(Derretía las letras). Tosió y sonrió .

Escribió en una servilleta:


El fuego, como la palabra, crea y destruye.
Sonsiré dobló la servilleta, la guardó en el bolsillo de su camisa y se fue del piso de
Antonio.
Conectó su iPod.
Jim Morrison rogaba que lo hicieran arder.
DE GUSTIBUS NON EST DISPUTANDUM
Leyó la tarjeta del ramo de flores:
Tortilla. Salsa brava. Tú y yo.
Te veo a las 22.

Curro

Xiomara rastreó a tientas en el armario. Tocó el carriel de terciopelo. Dentro, sus


zapatos amuleto. Jamá s le habían fallado.
Se estaba calzando, sonó el timbre, era él.
Curro le dio dos besos, fue a la cocina y le pidió que volviera a su habitació n y que
no saliera hasta que él la llamara. Xiomara obedeció .
Curro tardó media hora en decir su nombre. Al salir, la mesa estaba servida.
En el centro, una tortilla de patatas bañ ada en salsa roja.
É l corrió la silla y la invitó a sentarse. Ella se llevó la servilleta al regazo y exclamó :
—¡Tortilla con kétchup!
Curro improvisó un infarto mientras clamaba:
—¿Kétchup? ¿Kétchup? ¿Kétchup...? ¡Es salsa brava! ¡Te escribí en la tarjeta
«Tortilla y salsa brava»!
—Luce como kétchup. La ú nica salsa brava que conozco es la que se baila en el
Caribe. Entendí que comeríamos tortilla e iríamos a bailar.
Curro le comentó que no sabía que hubiera salsa para comer y salsa para bailar.
Xiomara estiró las piernas para enseñ arle sus zapatos.
—¡Son mis zapatos de baile!
Ella comió la tortilla sin quejarse del picante y le dio lecciones de baile al terminar
de cenar. É l accedió a probar un pedacito de tortilla con kétchup y bailó salsa brava
procurando seguir el ritmo sin pisarla.
Y aunque sus preferencias no coincidían, se entendieron.

Entre sus gustos no hubo disgustos.


A DIETA
a Yolanda y Miro que leen platos, cocina libros y conocen a
profundidad todas las formas de amar

Somos la ceguera, la ignorancia de quien nos espera, de quien


nos aguarda, de quien nos transformará la vida para siempre.
Juan Carlos Méndez Guédez

Para algunos lo de Selene es un don. Para otros un vicio.


Para ella es un modo de vida: vivir y leer son una misma cosa.
Selene dio sus primeros pasos y unió sus primeras letras simultá neamente.
Mientras los niñ os de su edad jugaban con saliva, ella leía lo que se le cruzaba: los
tacos de madera, los mensajes en la camiseta de la tata Cachita, los ró tulos de la tienda
de Arte Murano.
Cachita le contó a Verena (la madre de Selene) que la niñ a aprendió a leer por su
cuenta, que era una lectora ínsita.
A Verena no le extrañ ó .
Era ló gico.
Ella misma era una gran lectora.
Leía voraz revistas especializadas para cultivar conocimientos: Natural Geographic,
Astronomía a su Alcance, La Ciencia al Día, Mecá nica Popular.
Para nutrir su espíritu y encontrar respuestas estaban los libros de Richard Bach,
de J. J. Benítez, de Og Mandino.
Su sed de leer era tan acuciante que si la pillaba en el bañ o leía en voz alta el
reverso de los botes de champú .
Conjeturó sobre la complejidad intrínseca del azar y la genética. Le tendió un libro a
la niñ a. La niñ a lo engulló . Y otro y otro.
El grado de dificultad de los libros que Selene leía aumentaba a una velocidad
superior a la de su crecimiento.
Verena se agobió .
Porque hay un abismo entre tener una hija lectora y tener una hija coñ azo. Podía
parar en empollona, en friki.

Para la mujer, lectura y deporte en dosis y balance.


Si una mujer ejercita má s de lo razonable se sobremuscula.
Una mujer sobremusculada no es atractiva porque la deformidad la acerca a lo
fenoménico.
Cerró sus elucubraciones citando una lectura fresca del Reader ś Digest: «El
cerebro también es un mú sculo».
Para alivio de su madre, Selene creció y dejó de leer.
Una tarde, Gaby le dijo a Selene que fueran juntas al circo. A Selene le pareció un
plan soso, pero condescendió porque quería a su prima con locura.
La experiencia del circo fue como un renacimiento.
Lo primero que vio fue un cartel que promocionaba a los contorsionistas. Lo leyó en
voz alta. Gaby le preguntó có mo había podido leerlo. Un lacó nico «no sé» fue la
respuesta. El cartel estaba escrito en cirílico.
Pero la cosa no acabó ahí: apareció una pitonisa.
La pitonisa leía cosas que a ella nunca se le hubieran ocurrido: el tarot, el tabaco, la
palma de las manos, las plantas de los pies, la ruta de las raíces de los á rboles, los
pliegues de los dedos al cerrarse, las pestañ as caídas, las horquetillas, las arrugas en la
ropa, la galladura de los huevos, la mordida en una manzana. Queen Ludmila veía
textos en plataformas inefables.
Selene distinguió una dimensió n paralela. Había mensajes cifrados en todos y cada
uno de los elementos de la realidad inmediata. Lo había intuido muchos añ os atrá s al
leer Cosas transparentes de Nabokov.
Lo que su vista abarcaba era legible. Volvería a leer.
Todo fue bien hasta que Selene conoció a Waldelomar, un pelirrojo cachas e
introvertido.
En su cadencia al caminar descifró una insondable timidez. El texto encrisnejado en
su voz dejó al descubierto un hombre sensible, intenso y viril.

Sus arañ as vasculares contaban de la querencia por los blancos acantilados de


Dover.
Leyó sus ojos y se encontró en ellos.
Usó sus artes y lo conquistó .
El principio fue como todos los principios: narcotizados por el romance, idiotizados
por las feromonas, incendiados en la piel del otro, yonquis del sexo a cualquier hora,
afortunados por encontrarse en carne, sonrisas bobaliconas y embabiamiento.
Selene dejó de leer para respirar en él. El dejó sus aficiones para vivir desde ella.
Waldelomar era un buen chico y un buen cocinero.
Su sazó n era un sortilegio, su creatividad ilimitada, la ejecució n de cualquier plato
era intachable. Ella lo sorprendía en la cama y él la doblegaba con los fogones.
Si ella lo asaltaba con piruetas amatorias, él la llevaba al paroxismo con sabores
inasibles. Mantel y sá banas eran campos de batalla, enclaves a vencer.
Pero los dones, los vicios o los modos de vida siempre vuelven, y Selene se enfrascó
a leer los platos de Waldelomar.
Primero leyó có digos amorosos, mensajes que él escribía para ella sin ser
consciente.
En el gazpacho de tomate y fresas los leyó unidos, en el goulash a la hú ngara leyó
que él sería su esclavo si ella se lo pidiera, en el tres leches leyó que no había amado a
nadie como a ella.
Quiso saber má s y con curiosidad buscó en la comida el diario íntimo de su amor.
En sus ensaladas: el gusto acerbo del vinagre le habló de una infancia dura, la
disposició n de las lechugas hizo visible a un Waldelomar maniá tico de lo fractal y lo
simétrico, el nabo en cuadritos apuntó a su monotonía.
Y má s: en el hígado encebollado se encofraba su machismo, con los ñ oquis cuatro
quesos concluyó que quería engordarla como una vaca, y en el steak tartare vislumbró
cuatro o cinco amantes esporá dicas.
Selene se marcó un Derrida y deconstruyó el bienmesabe:

—¡Esto es el acabose! ¡Eres un descarado! ¡Un farsante!


É l dijo no entender nada; ella chilló que lo sabía todo.
É l explicó que era solo comida; ella contestó que no le creía.
Se halaron de los pelos y se arrastraron a dirimir sus diferencias en la cama.
Al día siguiente se pusieron a dieta.
La comida: a la plancha y al vapor.
Las lecturas: só lo en los libros.
El sexo: sin restricciones. Era su cheat meal.
LAS ENSEÑ ANZAS MÁ GICAS DEL GORRIÓ N NEGRO
Chipolo le tenía pavor a la tele porque el manual de instrucciones para vivir salía de
esa caja cuadrada.
No se lo contaba a nadie; no quería que lo tomaran por loco, mentiroso, charlatá n.
Que la tele le hablaba y que le daba ó rdenes era un hecho.
Lo descubrió una madrugada en el Bar-Discotheque Uribante Blue.
En un tabique de la barra, soportando unas figuritas de San Pancracio y dos plantas
de sá bila atadas con tiras rojas, un televisor aventaba imá genes.
Chipolo pidió un miche callejonero.
En la pantalla, una chica vestida de Mi bella genio inducía a los televidentes a
concursar vía telefó nica. Los espectadores decían consonantes y vocales para
completar la frase escrita en un tablero luminoso. El premio era un contoneo abú lico
de la anfitriona del programa.
Chipolo escuchó con claridad: —Moreno, llá mame.
Y en el panel titilaba la solució n:
Chipolo, ve a California.
Pagó el trinquis sin consumirlo, salió espantado del chupicentro y juró no
beber otra cosa que no fuera agua.
A los pocos días, viendo las carreras de caballos, la situació n se repitió .
Se disputaba la cuarta de la tarde y el locutor sentenció : «Chipolo, las jacas no
ganan. Apuesta a tu yegua». Al oír su nombre en el mensaje, se desplomó de la hamaca
y se dio un batacazo en la cabeza. Chipolo masculló con reconcomio que no volvería a
jugarse el dinero de la casa y se sobó el chichó n invocando amparo al Á nima de Pica
Pica.
Se hizo triabstemio: dejó el alcohol, las apuestas y la televisió n. Con ello no remedió
nada.
Si dormía, soñ aba con pantallas.

La protagonista de la fotonovela, Rubinia, le exigía en las viñ etas y en los bocadillos


que no leyera libidinosamente, que eso era muy feo.
Por la homilía del cura supo que tenía que tocar la bandola en la misa dominical.
Desde el má s allá , la abuela le aconsejaba querer a ese dechado de pú as que era su
suegra.
La radio y las vallas publicitarias se sumaron a la campañ a conductista y le
imponían directrices.
El jingle que publicitaba una marca de café le cantaba que llevara el desayuno a la
cama a su mujer. Los ojos y la boca en la tapa de un WC le rogaban que lo limpiara má s
y má s. Un bote de desinfectante de lavanda le prometía hacer feliz a su nariz. Una
azafata lo animaba con vocativos leves a que llevase a su familia a Curazao.
Chipolo se estaba trastornando.
Se veía dentro de un dédalo de imá genes parlanchinas.
Los mensajes lo rodeaban, lo acosaban, lo ponían contra la pared. É l accedía a
requerimientos que parecían incesantes.
No podía má s.
Huir era impepinable.
Viendo la tele en sus sueñ os, encontró su pasaje de salida. El conductor del
programa sabatino le contó las propiedades de un detergente de ropa: «Quita las
manchas sin dejar rastro. Es como magia. Inténtalo, Moreno».
Chipolo leyó entre líneas: «¡Ajá ! Magia es lo que necesito».
Pidió fiada una caja de detergente y se puso a practicar trucos.
Se metió en la ducha y se lavó ... No desapareció .
Llenó la piscina inflable y se puso en remojo. Quedó arrugado como una pasa y con
las mucosas escocidas... pero seguía allí.
Recogió la ropa de toda la familia —incluyendo esposa, hijos, cuñ ados y suegra
xeró fila a la que ahora adoraba—. La hirvió con detergente en una olla industrial. El
agua borboteó espuma. Una membrana irisada cubrió la boca de la olla y fue
inflá ndose poco a poco hasta levantarse una pompa ingente.

Chipolo se retrajo para protegerse de una explosió n inminente, pero la burbuja,


lejos de explotar, habló :
—A veces el asunto va así: la magia está en otra parte.
La esfera ingrá vida lo aspiró de sopetó n, se metamorfoseó en gorrió n negro y
aleteó con Chipolo en sus entrañ as.
Tras un largo de vuelo, el gorrió n regurgitó y Chipolo quedó al albur de la caída
libre.
Aterrizó en un mall de Los Á ngeles.
Sintonizó la radio y la tele... Observó las vallas... No había mensajes para
él.
Le dieron trabajo en la mueblería de un chino.
En su otrora casa, su mujer estrena un marido al que convirtió en enano. Recorre
las habitaciones como si fuera un há mster. Sabe justo dó nde tiene que dejarse
resbalar.
La idea de mandar a Chipolo de paseo y buscarse un amante de accionar localizado
se la dio un escritor americano del realismo sucio.
Nada como una buena biblioteca.
UN CUENTO CON CUENTISTAS
El hecho (o el iceberg) de Hemingway
Un grupo de personas aguarda su turno en la sala de espera de un centro
expedició n de certificados médicos para conducir. La tarde transcurre como cualquier
otra tarde. Pasados diez minutos desde la revisió n del cuarto paciente, surge un
imprevisto. Voces que suben hasta convertirse en gritos, sillas que se arrastran,
amenazas, peticiones de ayuda. El vigilante hace el ademá n de entrar al consultorio. Se
escucha un golpe seco y la puerta se abre. El paciente arrastra al médico por la bata. El
vigilante lo desengancha, le propina un par de peinillazos, amenaza con privació n de
libertad al agresor. El agresor se marcha insultando.
••
La historia del cuento debe ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y
si es inventada, real. (Julio Ramó n Ribeyro)
En su declaració n, el médico dijo no haber provocado nunca al paciente:
Solo dije «Estrella». Pronuncié la palabra y sentí un bramido. Miré los ojos del
hombre y eran verdes. Su tez era verde. Su cabello era verde. Extendió sus manos
hacia mi cuello. Pude observar que las cubría un limo verdoso; traté de salvarme pero
se hizo con las solapas de mi bata. El hombre gritaba en un idioma ininteligible.
Cuando abrió la boca, juro que pude ver lianas que atravesaban su cavidad bucal.
Moría del asco, las piernas me flaqueaban, tenía arcadas... Lo notó y me levantó sobre
su cabeza mientras me hacía rotar sobre mi eje. Grité tan fuerte como pude. El
paciente abrió la puerta de un porrazo. Con mi cabeza. Me bajó al suelo y me remolcó
a la sala de espera. Por fortuna estaba Juvenal. Los pacientes miraban con terror al
hombre verde. Juvenal lo acorraló con la peinilla. El hombre huyó dejando un reguero
de hojas podridas. ¿Puedo irme ya? Tengo hora para la antitetá nica.
••
No es indispensable que el tema a contar constituya una historia con principio,
medio y fin. Una escena trunca, un incidente, una simple situació n sentimental, moral
o espiritual, poseen elementos de sobra para realizar con ellos un cuento. (Horacio
Quiroga)
Deseaba solventarlo hoy. Era la ú ltima cita que le faltaba para completar la lista.
Siete veces había hecho la prueba y siete veces había tropezado. Esta vez no ocurriría.
Se había preparado a conciencia. Nada podía fallar. Necesitaba el certificado médico.
Podía comprarlo —como hace la

mayoría—, pagar con billetes, hacerlo con disimulo o descaro, «habilitar el trá mite»
como se decía «en diagonal». «¿Se lo habilito, caballero?» era igual a decir «pá gueme y
olvide el examen». Pero no; para él era un tema de honor. Se enfrentaría a la prueba y
vencería. ¿Y si no era capaz? ¿Y si no lo lograba? Sintió sus sienes sudando
cará mbanos. Cerró los ojos. Apretó los parpados con toda la fuerza que pudo. Miles de
puntos centelleaban sobre un fondo oscuro. Puntos que se teñ ían de color segú n
corrían los segundos. Contó . Tres rojos. Dos azules. Dos de plata. Se fugan los puntos.
Sintió una punzada en medio de la frente. Abrió los ojos. No. No teme. Saca pecho.
••
¿Forma y contenido? Cualquier escritor sabe que ha conseguido decir lo que quería
solo cuando siente que lo ha dicho como quería. (Andrés Neuman)
Removía la tierra mientras repetía la secuencia:
Ocho. Dos. Cinco. Nada. Nada. Oruga. Manzana. Limó n.
Ocho. Dos. Cinco. Nada. Nada. Oruga. Manzana. Limó n.
Miró al cielo. Era la hora.
••
Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y
fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta
aparece en la superficie. (Ricardo Piglia)
Anushka lo vio salir de la consulta hecho un demonio. Pasó a su lado sin mirarla,
balbuceando, espumeando, humeando. Detrá s de él: un vigilante ahogaba un «alto ahí,
deténgase en nombre de la ley»; un médico con los anteojos rotos y la bata arrugada y
manchada de verde; dos pacientes riendo, una con la mano en el pecho llorando, el
resto consolando; transeú ntes inquiriendo explicaciones; vendedores ambulantes... Lo
mismo de siempre. Se lo había suplicado: «Dilo, por favor, será má s fá cil». Pero
Vladímir es terco, no quiere un sello en su certificado médico, no quiere que se sepa
que es daltó nico. Piensa que no le conviene... ¿Quién contrataría a un jardinero
daltó nico? Nadie. La culpa fue de la estrella. Siempre preguntaban por nú meros y
frutas. Siempre en el mismo orden.
Todo por una puta estrella.
••

Un lector que perciba el cuento como un vicio solitario: él y las palabras. (Juan
Carlos Méndez Guédez)
—¿Cree que deberíamos inyectarnos la antitetá nica?
—No estaría de má s... Era un monstruo. ¿Me puedo ir?
—Sí. Dígame nombre y apellidos para devolverle su documentació n. —José Luis.
Doctor José Luis Estrella.
En casa y má s calmado, Vladímir decidió intentarlo una vez má s. No soy un
perdedor, se dijo, mientras saboreaba un sá ndwich de berro y alfalfa.
HABLEMOS EN PARTÍCULAS UP QUARK
—¿Estudias o trabajas?
—Trabajo.
—¿Y a qué te dedicas?
—Soy oledor.
—¿Oledor?
—Sí, oledor. Como suena, oledor.
—Ja, ja. ¡No me digas! ¿Y qué hueles?
—Huelo axilas.
—¿Qué? ¿En serio?
—Sí. Mi departamento investiga lo relativo a sudoració n, antitranspirantes y
desodorantes.
—¿Hmmm?
—Se hace un casting de axilas en el metro. Una vez seleccionadas y persuadidas
(emolumento mediante) son trasladadas a un anexo de la planta.
—¿Para qué?
—Para analizarlas. Entro, las huelo, tomo nota. Las hago correr en la cinta. Sudan.
Las vuelvo a oler. Tomo nota. Les aplico antitranspirante y desodorante. Subo el
termostato. Tomo nota.
—¿Y?
—Redacto un informe que usará n los químicos, los físicos y los genetistas para
desarrollar productos.
—¿Qué tipo de productos?
a Sumito Estévez, casa abierta, mano extendida, geografía acrisolada, saber, sabor,
carcajadas

—Bombas fétidas. A diferencia de las bombas ató micas, las bombas fétidas son
biodegradables. Ecoló gicas, pues. Está n aprobadas por el Protocolo de Kioto.
—Ah.
••

DOWN QUARK
Lo echaron de Bodegas Arcipreste porque dejó de oler para darle al pimple. Trocó
las notas de heno, de mora, de minerales, de regaliz, por voladoras, tripeos, colocones,
cogorzas, peas, curdas, ratones, resacas, perseguidoras, crudas y monas.
No lo salvó ser nariz de oro cinco añ os consecutivos. Cuando Mecagü entusdientes
se enteró de que Sinesio se había soplado cien botellas Reserva Especial edició n
limitada y numerada, le quitó el catavino y le dio un patadó n en el mismísimo culo.
La coz fue tan potente que voló por los aires y aterrizó en la planta nuclear
adyacente.
Lo contrataron.
Ahí sigue.
—Ah.

••

STRANGE QUARK
Prestigiosa planta nuclear solicita:

1 Jefe de Unidad Autó noma de Producció n I+D


Dependiendo del director y con 30 personas a su cargo, se responsabilizará del
funcionamiento y producció n de su departamento.
Funciones:
Gestió n de equipos de producció n de 25-30 personas.
Planificació n, fabricació n, promoció n y seguimiento de productos.
Logística para la gestió n de compras. Responsable de productividad y de calidad.

Velar por la seguridad del personal y de los equipamientos.


Características:
Alta en la Seguridad Social. Remuneració n acorde a valía. Jornada laboral completa.
Contrato indefinido.
Requisitos:
Formació n profesional de grado superior.
Dominio del espectró metro de resonancia magnética nuclear.
Maestría en el uso del termocirculador.
Conocimiento profundo del nitró geno líquido y sus usos. Nivel alto de inglés y
francés.

••

TOP QUARK
Queridos Papá , Mamá y Santi:

Escribo corto porque llevo prisa. Por favor, no os quejéis que tengo mucho lío. Os
cuento que ¡tengo curro en lo mío! Sin enchufe, a lo clá sico. Leo un anuncio en el
perió dico, cumplo los requisitos, envío currículum, llaman para la entrevista y me
quedo. ¡Y yo que pensaba que este proceso era una leyenda urbana!... Qué bueno ser
cabezota y terminar una carrera que segú n vosotros no pintaba muy allá ... Pues eso.
Que tengo curro en una empresa renombrada. Me estreno el lunes.

Bicos,
Camino

••

BOTTOM QUARK
—¡Epa, gü evó n! ¿Viste a la jefa nueva?... Asó mate un pelo, chamo... Por aquí, por
aquí... ¡Coñ o!, no seas tan bandera, vale. Se llama Camino. La galleguita está buena,
¿verdad? A esa me la caminaba yo todita, pana. ¡Qué mami! Tiene las batatas gordas. A
mí las jevas me gustan con grasita pa agarrá . Shhh, hazte el loco, chamo, que viene. Ya
vas a ver. Pá same el sifó n, bró der.
—Chef, ¿quieres que te sifonee?
—¿Qué dices?
—Que si quieres que te sifonee... los chupitos...
—No te entiendo.
—Mira, ve, ¿tú no me dijiste que quieres que te sifonee... los chupitos?
—¿De qué os reís? ¿Por qué no volvéis a la selva con los monos?
—Tú no me copias. La comanda dice que los chupitos de calabaza llevan céfiro de
cacao y jengibre. ¿Quieres que se lo coloque ya?
—Yubrasko, vete a una parroquia o a una asociació n de inmigrantes para que te
enseñ en a hablar españ ol. Si quieres continuar en este equipo no te pases de listo
conmigo.
—Có nchale, disculpa.
—Deja el sifó n en la balda y coge la fregona. Y tú , risitas, a la línea de nitró geno
líquido. ¿A qué puñ etas esperá is? ¡Fregona! ¡Línea!
—¡Oído!
••

CHARM QUARK

RESTAURANTES ALTERNATIVOS:
COMER EN UNA PLANTA NUCLEAR
Camino Cunqueiro debutó en este restaurante de pequeñ as dimensiones, casi un
bistró , para obrar un milagro: que funcione una casa de comidas dentro de una planta
nuclear. La iniciativa fue de uno de sus directivos, Pascua Baro, quien planteó un
paralelismo entre el yantar y la planta nuclear: «Al fin y al cabo, uno y otro trabajan
con energía» [sic]. Lo que al principio pareció un invento descabellado del ejecutivo es
hoy un restaurante sobresaliente.

Para la chef, buena parte de los aplausos recibidos por sus platos estriba en el uso
del espectró metro de resonancia magnética nuclear. Un aparato de diagnó stico
médico que se emplea en la cocina para el aná lisis de los alimentos. Sostiene que «los
alimentos que guardan composiciones aná logas confluyen en cohesiones
extraordinarias».
La carta es sucinta: seis electrones (entrantes), cuatro muones (platos de carne),
cuatro taus (platos de pescado) y cuatro neutrinos (postres). Los platos, separados en
la nomenclatura, conmutan entre sí. Un entrante puede ser un segundo, un postre
puede ser un pescado, y un plato principal puede ser un aperitivo. Sugerimos el menú
de degustació n. En este, destacamos el electró n 1 (sá ndwich de sandía con sardinas
marinadas en vainilla), una auténtica delicia. Engolosinados y ató nitos nos dejó el
electró n 3 (pepino frappé con céfiro de cerezas al marrasquino y cracker de oreja de
cerdo). Atraen el muon 2 o Beef- Seltzer (cubito de carne efervescente) y el tau 4
(hojuelas de pescado deshidratado en vaho de madreperla) por su sabor y por su
estupendo ensamblaje. Los neutrinos son buenos e igual de originales que el resto de
la propuesta de Cunqueiro. Cocina reflexiva y sin fuego. Los platos se elaboran con
termocirculadores y nitró geno líquido. En el apartado de vinos o antiquarks, la carta
es deficiente. Nos causa extrañ eza. Al finalizar la comida tropezamos con Sinesio
Infante, excatador de las Bodegas Arcipreste y la mejor nariz del país. Pascua Baro
debería confiarle la carta de vinos y espirituosos.
los seis leptones
cocina molecular
c. Vístula, Nave 32 bis
Polígono Industrial Ottomar Pfersdorff
[No se admiten fumadores | Cerrado sá bados noche y domingos]
Imprescindible reserva
815 313 072
CHUPITOS
PIERRE DES MURS
Se admira en el espejo. De frente. Bien. Enrosca los cabos de su bigote rojizo.
Explora las sienes. Malditas canas. Echa mano al rímel de color
cobre y las peina. Tretas paliativas. César no se libera hasta la semana que viene y
nadie má s toca el cabello, la barba, las uñ as, los labios, el torso, los glú teos de Pierre
des Murs. Solo César. Se admira de perfil. El vientre plano, duro, tirante como el
parche de un tambor. Soy bello, presume. Bello, bello. Se vuelve a admirar y se regala
dos besos y un toque final: Le Faune de Lalique. Apunta la vá lvula y da tres toques.
Chas, chas, chas. Una nube de perfume sobrevuela a Pierre. La esencia pulverizada lo
impregna todo. Voilà .
Son las once y media. Falta poco para que comience la acció n. Le embriaga este
punto del día. Hojea el libro de reservas. Los setenta cubiertos completos. Siete mesas
a doblar. Nada mal para un martes. Va a la cocina. Ve a Teodosio en su rincó n, de
espalda a los fogones, escuchando su radio enano, soñ ando con caballos, con nú meros,
con quinielas. El uniforme albo, liso, dispuesto. Para Pierre des Murs la imagen
personal es materia de peso. Previo a cada servicio pasa lista. Los empleados
(sumiller, maître, capitanes, mesoneros, bá rmanes, personal de limpieza, personal
administrativo) acuden a su llamada. Se forman en fila india. Muestran sus manos: por
detrá s y por delante. Las uñ as. Bajan la cabeza. Muestran sus cabellos. Suben el
mentó n. Muestran sus cuellos. Media vuelta. Con una espá tula de madera, monsieur
des Murs aparta el pabelló n de las orejas. Usa un otoscopio para ver el interior.
Sondea las fosas nasales. Por ú ltimo los uniformes y las ropas. Califica la calidad del
lavado, del planchado, de las costuras. Quien suspende cobra su finiquito salarial y es
despedido. Teodosio está eximido. Pierre des Murs no puede irritarlo. El chef es
intocable.
Concluida la requisa, Pierre pide que nadie salga de la cocina hasta que él lo diga. Es
su ritual sagrado. Se descalza y camina sobre la alfombra del comedor. Tenso sigilo. Se
detiene en el centro. Respira hondo. Aguza el oído. Inodoro. Insonoro. En una hora
todo será un infierno. La cocina, los palés, los pasos, los apuros, los cristales, los
cigarros, platos que chocan, risas, tintineos, olores, aceites, salsas, pitidos, coches,
frenazos, aire acondicionado, la cuenta de la mesa dos.
Reservaparalasnueveochopersonasfumador.
Cacofonía de restaurant.
¿QUIERES QUE TE CUENTE
LA HISTORIA DEL PINCHE LLORÓ N?

A Daniel Torrealba, compadre de estreno, promesa de pesca en


río llanero, contrapunteo y caballos.

Al flaco le dijeron:
—Vaya al restaurante de su padrino pa que agarre oficio.
Yorako soltó la Play con fastidio. Se calzó sus alpargatas, se montó en la bici y se fue
por un caminito de tierra. Sorteó charcos y camiones. Cada vez que una gandola
pasaba por su lado, la bici perdía un rayo y el flaco gritaba «có ooonfiro».
Al llegar al restaurante preguntó por su padrino. Violeta le dijo que sí, que lo estaba
esperando: «Pasa por la puerta de atrá s, mijo, y pregunta por Teodosio». Tocó la
puerta y asomó un grupo de veinte hombres vestidos de blanco: «Me manda mi
padrino». Se apartaron formando un pasillo. Al fondo, de espaldas, vestido también de
blanco y con un radio enano pegado a la oreja, esperaba Teodosio. Le habló desde allí,
sin mirarlo:
—Cariloco, lleva al renacuajo a bañ arse, dale un uniforme y ponlo a pelar papas... Y
desaparece esas alpargatas de mi cocina.
Ese día Yorako peló veinte kilos de papas. Al día siguiente igual. Y al otro. Y al otro.
Mientras lidiaba con sus ampollas, observaba los movimientos de la cocina. El fuego, el
horno, los sofritos, las carnes, los huevos batidos... Había visto a los magos en el circo y
esto le parecía má s divertido. Se olvidó de la Play para siempre. La vendió para
comprar un buen juego de cuchillos. Quería ser como Teodosio. Cuando se lo
comentaba a sus compañ eros, estos estallaban a carcajadas y le decían: «Flaco, flaco,
¿a dó nde vas tan apurado?». El pelotó n decidió jugarle una broma:
—Si quieres cocinar, ¿por qué no se lo dices al jefe? Y se atrevió :
—Jefe, yo quiero cocinar.
Teodosio tronó y bajó al flaco de rango. Pasó de pelador de papas a friegapisos. Lo
asumió con estoicismo y Teodosio comenzó a mirarlo de otra manera. Mantuvo el
castigo por tres meses y cumplido ese lapso lo

llamó : «Mira callado y haz lo que te ordene». El flaco estaba contento. La cocina era
lo suyo.
Un martes Teodosio le dijo: «Creo que está s listo». Encá rgate de la comanda de la
mesa seis. Verificó el pedido. Una mesa de dos. Dos entrantes.
—¡Espá rragos gratinados y vainitas salteadas con jamó oon! —Oíiido —respondió
la brigada.
—¿Qué tienen de segundo?
—Un T-bone y una langosta a la plancha.
Se fue a la cá mara a buscar el género. El T-bone estaba; ¿dó nde estaba la langosta?
Buscó en la cá mara auxiliar, buscó en los congelados, buscó entre las verduras...
Teodosio le tocó un hombro. «¿Se te perdió esto?», dijo, acercá ndole una langosta de
tres kilos a su cara. La langosta movía las patas como una arañ a y estiraba sus antenas
buscando descarada la nariz del flaco.
—Tienes que matarla.
—¿Pero eso no estaba hecho ya? ¿No estaba muerta y sin caparazó n para pasarla
por la plancha?
—No. Eso tienes que hacerlo tú , el cocinero. Y hazlo ya que se retrasa la mesa.
Yorako tomó la langosta por el tó rax y la llevó hasta una olla de agua hirviendo.
Cuando estaba a punto de sumergirla, la langosta desprendió un silbido agudo y
tristó n. La miró y creyó ver dos lá grimas en sus ojos. Entonces rompió a llorar (el
flaco, no la langosta); lloró desconsoladamente.
Cariloco le arrebató la langosta de las manos y la lanzó a la olla...
El flaco se quitó el delantal llorando. Se lo entregó a su padrino y se fue.
Ahora trabaja en un restaurante japonés. Reparte pasquines con el menú y las
ofertas del día a los transeú ntes.
Va disfrazado. De langosta. Su sueldo es bueno. Le pagan en especie: raciones de
wakame.
EL COYOTE CAMBIÓ DE DIETA
A los integrantes de Terra Gráfica, a los artistas que han
forman parte de los proyectos Terra de otra voz y Terra Candela
y a la familia del TAGA: gracias, gracias, gracias.

Y mientras pienso saboreo la imposible promesa.


Igor Barreto

Harto de mascar el polvo,


arrastró los pies hasta su tienda de confianza. Pasó de largo
dejando atrá s
martillos, clavos, terremotos en polvo, minas, cepos tradicionales, nasas explosivas,
sierras eléctricas, cohetes, herraduras magnéticas, machetes, sables, apisonadoras,
tirachinas colosales, catapultas, arneses, lá tigos, garrotes, sacos de alpiste, aspas,
rastrillos, cartuchos de dinamita, cañ ones, pajareras, disfraces, latas de espinacas
fuera de contexto, transistores, puertas falsas, puertas reales, espejos,
para ir derecho hasta el fondo donde refulgían cuatro libros.
Uno le contó desde sus pá ginas los avatares de un viaje fatigoso. (Una voz lo
llamaba «triste esqueleto siempre hambriento»). Otro le explicó que aquello que tanto
había perseguido
distaba mucho de ser lo que él imaginaba.
(Habló , preciso, del ser y del parecer).
Del tercero só lo leyó el título: Compulsió n y monomanía. Del hambre lastre.
El ú ltimo libro listó camas mullidas, viandas caseras y bebidas refrescantes,
kiló metros hacia puntos cardinales, mú sica, nú meros y estrellas.

Enrolló el libro como un catalejo y lo emplazó bajo el brazo.


Compró una chupa de cuero, unos jeans desgastados, un pañ uelo con la bandera del
Sur, una maquinilla de afeitar, un tatuaje de quita y pon, y una Harley envenenada y
roncadora.
Amaitinó la señ al en el porche. Escuchó el bip bip,
encendió el motor y emprendió la marcha a toda mecha en direcció n opuesta.
Se sabe que peregrina, catando obsesivo
chiles en bares de carretera.
PODADO, NO TALADO

a Gaby la fabuladora, mujer que llena de vida todo lo que toca,


complicidad y amor

Debo mucho / a quienes no amo.


Wisława Szymborska

A Camila le talaron el romero.


Helga dijo «podado, no talado» y mal esconde una sonrisa.
Camila miró de arriba abajo. Ni rastro del arbusto que de tan preñ ado de hojas y
flores parecía una promesa. Ni sombra del tronco que se abría en ramas que
saludaban. Solo un tocó n chamuscado.
—Había un nido de insectos. Quemé un poco. Retoñ ará ...
Incrédula y furiosa, buscó un saco de arpillera para recoger las ramas que se
salvaron de la quema. Helga hizo el amago de ayudarla, pero la mirada de su nuera la
paralizó . «Podado, no talado», volvió a decir.
Los ojos de Camila eran los de una valquiria que ha sentenciado la suerte de
alguien:
Ahogaste las bromelias porque para ti son feas.
Regalaste las orquídeas porque se casaba la hija de tu mejor amiga.
Pisaste los rosales porque te bebiste cuatro vodkas y te pareció gracioso.
Rompiste los girasoles porque querías cosechar las pipas. Destrozaste la lavanda
porque te olía a muerto. Desapareciste el tomillo porque trae mala suerte.
Y ahora esto.
Tendrá s que acarrear con las consecuencias.
Helga se asustó .
Nunca había visto a Camila así.

La quería porque con ella podía ser suegra de la mejor de las maneras: jodiendo,
echando varilla, metiendo cizañ a, insidiando, obstaculizando, tocando los quecos,
envainando,
todo esto vestida de frufrú , con sonrisa colibrí y hablando en arrullos para no
perturbar.
Su nuera era la compañ era de juegos perfecta. Le daba holgura. Estiraba la cuerda y
Camila se mantenía al pie del cañ ó n, enterá ndose de todo, pero sin decir ni ñ e.
El sumun de alegría era cuando Elías, derretido por la concordia, las abrazaba a las
dos a la vez, conformando un trío en el que su mirada era de miel y la de ellas de
azufre.
Helga tenía la sensació n de que esta vez no había calculado bien. Quizá s lo del
romero fue mucho. Pensó en Elías y recuperó la confianza en sí misma:
É l es un inocente, un ingenuo, un buenote. Me adora por encima de todo.
Y de todas.
Nada me puede pasar.
Estoy a salvo.
Es que madre solo hay una.

Barajó un posible contraataque.


Pero rechazó la ocurrencia. No pasaría nada porque nunca pasaba nada... Camila
callaría; Helga sonreiría; Elías las abrazaría.
Y así fue. O casi.

Camila no dijo nada. Se limitó a servir la comida.


De primero, sopa de cebolla y romero. Elías tomó una cucharada y arqueó una ceja.
—¿Quién cocinó hoy?
—Yo, cariñ o.
—La sopa no está como siempre.
De segundo sirvió conejo. Elías se entusiasmó al verlo: era su plato favorito.
Trinchó con alegría un trozo y se lo llevó a la boca para escupirlo con asco en el
plato.
—¿Qué pasa aquí?
Elías estaba rojo de la ira. Helga se llevó la mano al pecho. Camila siguió comiendo.
Cuando acabó su plato dijo:
—A ver, cariñ o, es el romero. No pasa nada si un día dejas de tomarlo. A decir
verdad será má s de un día. Es que hemos tenido un problemilla con él. Nada que no se
pueda remediar... con tiempo y paciencia. ¿Verdad, Helga?
Los ojos de Elías se inyectaron en sangre.
—¿Qué le pasó al romero?
—Nada, hijo, lo podé y se me fue la tijera. Tenía un nido de bichos y se me fue el
fuego. Total, que no hay romero. Bueno... no hay ahora. Lo habrá con tiempo y
paciencia, como dice Camilita.
Camila habló para decir que no todo estaba perdido.
Que pudo salvar algunas ramas.
Que estaban un poco quemadas.
Que por eso el sabor ahumado de la sopa y del conejo.
Hubo un troque de miradas.
É l las miraba con azufre. Ellas lo miraban y se miraban con miel. Ambas echaron el
resto.
Helga usó la estratagema del arrullo maternal:

—¿Quieres que te cocine otra cosa hasta que compre romero en el híper? Ya sé...
Unas barritas de pescado. Te gustaban mucho.
Camila se acomodó en su arsenal. Se subió la falda hasta las ingles y, partiendo de la
rodilla, leyó su pierna:
me tienta
desfogue
provocarte asediarte empujarte
emponzoñ arte paralizarte desnudarte
palparte encresparte
empalmarte

con mi lengua

a tra gan tar te


a una esquina enredarte en mí
tu voz me deja vibrante

Las pupilas de Elías se dilataron. Ciertas venas también.

Helga se vio vencida y besó a su hijo para despedirse. También a su nuera. Mientras
la besaba le dijo: «Eso es trampa, zorra».
Camila, una vez má s, se hizo la sorda.
Con el tiempo los volvió a visitar, pero nunca má s pisó el jardín.
RUN, HONEY, RUN

a Alejandra Toro,
la Chipi que puede con kilómetros,
con aguas heladas, con macizos rocosos

Esta es la historia de una sonrisa que se convirtió en maratonista.


Y quien dice maratonista dice poco. Porque la sonrisa es hoy por hoy una atleta
integral: reina de los catorce picos, as del rá pel, triatleta furibunda. Alguien que puede
con todo.
Hace poco se encontró una palmera derribada en una playa. Cogió el tronco, lo alzó
sobre su hombro, despegó en carrerilla y lo clavó en la arena. Tras el impulso, saltó ,
tomó altura, voló , hizo dos tirabuzones en el aire y volvió a tierra certera y tiesa como
una estaca. Sin perder un segundo recuperó la palmera y la lanzó al mar como una
jabalina. No dejó que tocara el agua. Nadó veloz a recogerla y la trajo de vuelta como
hacen los chuchos cuando alguien les tira una ramita.
No siempre fue así.
Hubo un tiempo en el que trabajaba sentada frente al ordenador. Una tarde la
asaltó un pellizco urticante, miró hacia el dolor y vio una hormiga muy grande que se
cebaba con su dedo gordo. Llevaba botas de goma, pero aun así la podía ver.
Le preguntó a su compañ era:
—¿Has visto qué hormiga tan rara me pica el dedo?
La compañ era contestó sin interrumpir su tecleo:
—Cambia de camello, tía. O mejor... dame su nú mero.
La sonrisa vio con pá nico que una marabunta de hormigas subía por su cuerpo.
Debajo de la ropa y debajo de la piel.
Comenzó a moverse como una posesa, pero nada la libraba de las hormigas.
—Estrés —dictaminó el médico.
Le recetó unas pastillitas azules que lejos de calmarla intensificaron su frenesí.

Las hormigas crecieron y se convirtieron en chicharras.


La sonrisa iba de un lado a otro con su orquesta zumbadora.
El médico cambió las pastillitas azules por actividad física:
—Tienes mucha energía que canalizar; haz un deporte que te guste. — Así que
comenzó a correr.
Cuando se sintió lista, hizo su primer marató n.
Aunque completó la distancia, quedó entre las ú ltimas posiciones. Le supo a poco.
Quería ganar.
Pidió un préstamo gordo al banco y contrató el mejor entrenador del mundo
mundial. Para ello tuvo que estudiar primero suajili, porque él era de Tanzania y no
hablaba sino eso, suajili.
Pasados dos añ os (uno estudiando y otro entrenando), la sonrisa había mejorado.
Hacía todo lo que el trainer le decía, pero no lograba entrar en los diez mejores
tiempos.
Y por fin llegó el día de la carrera.
El trainer, que corría en la masculina, le deseó suerte y se fue a paso ligero. Se dio el
pistoletazo de salida y la sonrisa comenzó a correr. No llevaba buen ritmo; la
frustració n era una enredadera que se pegaba silente a su estó mago. A mayor
territorio conquistado por la impotencia, má s lentas se volvían sus piernas.
Estaba a punto de tirar la toalla cuando a lo lejos vio un camió n y algo inexplicable
sucedió en su cuerpo.
La enredadera se disolvió y sus piernas se convirtieron en las de un avestruz.
Corría sin esfuerzo.
El pelotó n jadeaba y ella cantaba.
Fue recortando distancia y tiempo sin despeinarse.
Dejó atrá s a su entrenador tanzano que abrió los ojos como platos para luego
aplaudir eufó rico. La sonrisa fue la primera en llegar a la meta.
Pisó la raya y un centenar de cá scaras de chicharras secas cayó sobre el asfalto...
143

No paró .
Corrió , corrió , corrió .
Diez horas después seguía corriendo.
Como la ropa le rozaba se la quitó en el camino. Al día siguiente la prensa reseñ aba
su hazañ a:
Nuevo récord en el marató n de Nueva York. La ganadora, que fulminó los tiempos
precedentes, no se detuvo. Cruzó tres estados persiguiendo un camió n de Omaha
Steaks. El acto de premiació n se posterga para la semana que viene.
La sonrisa usó parte del premio para pagar el billete de regreso al trainer. Lo
despidió en suajili fluido y contrató a un transportista de carne para entrenar.
Desde entonces es vegetariana y nudista.
E imbatible en marató n.
CRUCE DE ASTROS Y ELES
a María Elena Rojo, alma gemela, a Fran Abenante, que me
devolvió el sabor de los mamones en textura de terciopelo, que me
convenció de que la coliflor es deliciosa, que reescribe los signos
zodiacales sin saberlo

La suerte, una palabra que venía en un papelito que


comprábamos por un sol.
Martha Kornblith

Nos llamaban «las Lulú » porque éramos tocayas e íbamos juntas a todas partes.
—¡Luisana C. y Luisana R. a la pizarra! —¡Las Eles a callar!
—¡A ver si las Lulú cuentan el chiste al resto de la clase para reírnos también!
Tan iguales y tan distintas, nos sentíamos unidas por un sino.
L. C. bajo el yugo de una familia conservadora, con ganas de desmelenarse, sin bríos
para hacerlo.
L. R. libre y sin supervisió n, cansada de la noche, deseosa de regazos regañ ones,
rogando cenas a la hora, á vida de una mamá con uñ as cortas.
Ejercíamos una rebeldía naíf.
Nos subía la adrenalina llevar en la bandolera paquetes de cigarrillos que no
fumá bamos, fugarnos de clase para comer una pizza cuatro estaciones y un sherbet de
frutas, tirar peo líquido en la cantina del cole para que la gente se dispersara y así
poder comprar a nuestras anchas.
—¡Benito, un ligadito y un perro sin mayonesa! ¡Una de chispas de chocolate y una
chicha! ¡Un mixto! ¡Un jugo de parchita!
Una tarde fui a hacer los deberes a casa de L. R. «Ven a ver esto», me dijo, abriendo
una puerta de madera maciza. Pasamos a una estancia luminosa. En las paredes había
grifos de arriba abajo.
—¿Para qué son?
Me alargó un vaso. Abrí el primer grifo. Brotó un chorro marró n ambarino.

—¿Es Coca-Cola?
—No, es ron.
En esa casa el ron salía de las paredes.
—¿Puedes bañ arte con ron?
—Sí, como Cleopatra
—¡Qué burra eres, Luisana! Cleopatra se bañ aba con leche.
—Ah, no creo que a mis padres les interese tener leche en las tuberías.
Fue nuestra primera borrachera. En medio del desvarío me contó que quería
estudiar las estrellas.
—¿Quieres predecir el futuro?
—No. Quiero entender el cosmos.
Yo le conté que quería ser periodista.
—¿Para qué...?
—No sé. Para salir en los perió dicos todos los días. Quedamos en que ella sería
astró noma y yo la entrevistaría.
Nos graduamos y nos perdimos la pista. Los mil dobleces de la vida pañ uelo nos
cruzarían veinte añ os después. El semanario donde yo trabajaba me pautó para a ver
el trabajo de un posible cliente. Llegué a la casa señ alada y Luisana R. me abrió la
puerta. Sorprendidas nos gritamos: «¡¡Lulú !!».
L. R. había estudiado Astronomía, pero lejos de estar pegada a un telescopio
mirando las estrellas estaba pegada a la puerta del horno vigilando tartas.
Vivía de hacer tartas estructurales, tartas grandes para eventos especiales, tartas
con forma de volcá n en plena erupció n, tartas con cubículos secretos para alojar
bailarinas exó ticas, tartas cigü eñ a con un bebé en el pico de tamañ o natural.
—Sentía remordimientos. Llevaba una jornada laboral de muchas horas sin que
quedara registro de mi trabajo: observar astros es una profesió n con resultados
invisibles.

Se había obsesionado con la limpieza doméstica. Llegó a pensar que el polvo de sus
muebles era polvo estelar y se encontró sopesando fó rmulas físicas y matemá ticas
para analizarlo. Hasta que un día leyó algo que la hizo entrar en razó n. Se inscribió en
una escuela de repostería arquitectó nica.
—Y aquí estoy. No me va mal... ¿Y tú ?
Le expliqué que estudié Periodismo. Que me costó mucho graduarme porque tenía
«problemas». Que entré en las revistas má s prestigiosas y que fui dejá ndolas una a
una, otra vez por «problemas». (Pronuncié «problemas» sin dar detalles). Después de
una trayectoria poblada de escollos, el semanario del barrio me contrató .
—Me dijeron que tenía que venir a ver tus tartas para redactar la publicidad.
¿Có mo iba a imaginarme que la clienta eras tú ?
Nos contamos los añ os perdidos... comparamos nuestras arrugas, nuestras
cesá reas, nuestro anodino acontecer... Una docena de cafés me aguijoneó a
preguntarle:
—¿Qué leíste para que te cambiara la vida?
L. R. se sacó un papel del sujetador. Estaba doblado, manoseado, desteñ ido.
Géminis: Baja de las nebulosas. Olvida tus ínfulas pseudointelectuales y
pseudocientíficas. Retorna al hogar. Asume el cetro de reina del horno. Vístete de pin-
up. Espera a tu marido con un Martini.
—Las estrellas siempre han signado mi camino. ¿Cuá les eran tus problemas?
No sabía si abrir la boca.
—Mis problemas fueron las paredes de tu casa. Esa tarde yo también comencé a ver
constelaciones. Estudié la carrera ebria. Iba a trabajar cada día con resacas que
sobrellevaba con tragos de botellas que escondía en mi despacho.
La miré.
Yo quería salir a diario en la prensa. Me dieron la oportunidad. Me asignaron doce
textos diarios. ¡El horó scopo!
—Lulú , yo escribí ese «vaticinio» de la bó veda celeste.
L. R. miró sus manos marcadas con quemaduras y cicatrices. Su saló n anegado de
maquetas absurdas.

Yo miré mi pulso trémulo y mis dedos amarillentos de tanta nicotina.


Nos escrutamos la una a la otra.
Nos entregamos a un odio rusiente por segundos. Nos reprochamos mentalmente:
«¡Todo fue por tu culpa, Lulú ! ¡No, fue por la tuya!».
Nuestras ojeras se marchitaron un poco má s. Nos autocompadecimos y nos
absolvimos.
—¿Sabes que yo también hago cartas astrales? —Y yo tartas con la forma del
sistema solar. Pensar que hay quien no cree en las estrellas. La suerte, esa beoda
caprichosa.
LAS CROQUETAS PERDIDAS
a Carlos García, gigante en bondad y en talento, pasión culé,
mesa y palabras en mis sueños

La memoria lo hace llorar cada vez que le meten un gol. No puede evitarlo, cada vez
que un atacante amenaza su puerta, Luis rebota de lado a lado sin perder la vista del
esférico, contrae los mú sculos, afila los sentidos, intenta adivinar si será izquierda,
derecha o vaselina, y salta al mismo tiempo que el baló n para atajarlo sin penas.
Es un momento místico. Y no solo para él: para los asistentes, para los jugadores,
para los vendedores ambulantes que se mueven en las gradas pregonando refrigerios.
Si hay una ocasió n de gol, el estadio calla.
No es por la anotació n, no. Nadie la celebra. Todos aguardan a escuchar el hip hip
preludiando el llanto, que comienza como un arroyo, deviene en río crecido, en
rá pidos, en saltos furiosos, para hacerse remanso y secarse paulatinamente como un
aguazal. Es entonces cuando el linier da permiso al asistente, que entra corriendo al
campo con un pañ uelo. Luis lo coge, descongestiona su nariz con mucho ruido, el
á rbitro pita y el partido prosigue.
Los partidos en los que Luis es portero titular se abarrotan.
El pú blico lo quiere, sus compañ eros y sus rivales lo enaltecen, es un deportista
venerado. Nadie se mofa de su llanto. Al contrario, lo viven con empatía y cariñ o como
una sana catarsis. Y eso tiene una explicació n. A las primeras lloradas espontá neas,
Luis fue conminado por los mandamases de la federació n para que rindiera cuentas en
rueda de prensa so pena de baja definitiva. Se convocó a la radio, a la televisió n y a la
prensa escrita. Escoltado por su má nager y por su madre, Luis habló . Contó que de
pequeñ o detestaba el futbol. En la sala de prensa sonó un ohhhhhh. Esperó a que
menguase y continuó :
—Una tarde de domingo almorzá bamos en familia — dijo—. Mi madre había hecho
croquetas de pollo. Mi hermano y yo las rapiñ á bamos de la fuente y las tragá bamos sin
masticar, porque nos gustaban tanto que competíamos por ver quién comía má s. Mi
padre, harto de nuestra zafiedad, propuso un duelo. Aquel que metiera los goles sería
el dueñ o de las croquetas. He aquí el quid del asunto. No hay mucho má s que explicar.
Mi hermano me hacía polvo. Yo no veía goles. Yo veía croquetas perdidas. Subsané el
hambre entrenando duro para batir a mi

hermano. Pero la pena por las croquetas perdidas se quedó dentro de mí y emerge
en forma de llanto cuando un jugador marca en mi portería.
Una periodista se levantó y pidió la palabra. Le preguntó si era para tanto.
Su madre izó un dedo autoritario y seis camareros repartieron sus croquetas entre
los presentes.
Sonó un ahhhhhh casi infinito. No hubo má s preguntas.
GOING ONCE, GOING TWICE, SOLD!

A Rubén Santiago, rey del pastel de


chucho y de la ensalada de catalana, con
cariño inmedible.

Todo estaba preparado. A las cinco abrirían.


El martillero comprobó la hora en su reloj de bolsillo y miró al guarda jurado. Era el
momento. Las puertas se abrieron. Los clientes llenaron el local.
En un principio guardaron las formas, pero al ver que las sillas escaseaban
comenzaron los empujones, las prisas, los pisotones. Prudencio odiaba su trabajo.
Antes no había sido así. Antes trabajar era plá cido. Secó el sudor de su frente y se
acercó al depó sito. Delfín le entregó el albará n: un papel emborronado y arrugado.
Comprobó que estaba en orden.
Salió al escenario cuando escuchó el primer timbre.
Probó el micro.
Al segundo timbre dio la bienvenida y recordó las normas de la casa de subastas
Pontoblu. Se disculpó por no tener catá logo («los bienes a subastar son tan
impredecibles y sorpresivos que se nos hace imposible diseñ arlo con antelació n») ni
papeletas de puja numeradas («un despiste de la reprografía, las hemos sustituido por
cartones numerados con rotulador»), aclaró que no se aceptaban pujas en ausencia
(«los postores quieren verse frente a frente») ni pujas telefó nicas («por el motivo
anterior y porque no tenemos cobertura»). Y remató : «Comienza la subasta».
Delfín se acercó al escenario empujando una mesa con ruedas. Prudencio le dio las
gracias y dijo:
—El primer lote a subastar es el Tesoro Albugíneo. Precio de salida...
Los postores se pusieron en guardia y desenfundaron sus abanicos. En una mano
sostenían el cartó n para pujar y en la otra el abanico abierto para tapar el rostro.
Encubrían así el farol propio y estudiaban el ajeno.
Era un instante de delicadeza, de estilo, de suavidad que Prudencio apreciaba. En
realidad el ú nico.

Se hizo la primera oferta y se desató una tremolina de rugidos, insultos y


coscorrones que solo cesó con el martillazo que adjudicaba el objeto al mejor postor.
—¡Adjudicado al postor 76! ¡Todos a sus puestos o se suspende la subasta! Segundo
lote de la tarde: azuritas y malaquitas en cornucopia. Precio de salida...
El postor 59 y el postor 24 se miraron oblicuamente.
Cada uno calculó el interés ajeno y comenzó el duelo.
El resto de postores fue tomando posició n a favor de uno o de otro. Si el 59 hacía
una puja que resultaba intimidante para su contrincante, el equipo tá cito del 24
respondía con ofertas aú n má s agresivas. Si el postor 24 intentaba competir con una
oferta, el equipo del 59 metía bulla para que el martillero no escuchase la puja. Los
delegados de cada equipo hablaron y se pusieron de acuerdo por lo bajini. El postor
24 se quedó con el lote, pero tuvo que ceder un porcentaje al equipo que lo apoyó , y
este, a su vez, tuvo que ceder una cantidad al delegado del grupo contrario.
Todos en paz hasta la llegada del tercer lote.
Prudencio le pidió a Delfín que, junto al tercer lote, le trajese su juego de galgas y la
lupa hexagonal. Examinó las piezas ante la impaciencia del pú blico. Descartó tres
docenas de piezas por no estar en condiciones.
—¡Orden! Tercer lote: aljó far Gala Imperial. Precio de salida... Se repitió la escena.
Dos postores. Dos equipos. Dos delegados.
El martillero tomó aire. Sabía lo que vendría ahora con el ú ltimo lote y miró de
reojo hacia la puerta principal.
Tres furgones de policía aguardaban. El personal de seguridad de Pontoblu estaba
en alerta. El botó n de alarma junto a su pie izquierdo.
—Ú ltimo lote de la tarde: el Rey Endrino. Pieza ú nica. Precio de salida...
Prudencio descubrió la pieza. Tras el mutismo inicial, la admiració n en coro.
De pronto alguien dijo:
—Es para mí. El rey me lo llevo yo. Otro contestó :

—Tu madre en vinagre. Es mío.


Al fondo se oyó :
—Por mis cojones treinta y tres. Pa mí.
—Caballeros, la casa de subastas Pontoblu agradece que manifiesten su interés en
la puja y los exhorta a evitar expresiones altisonantes.
El postor 12 gritó :
—Que te folle un pez, que os folle a todos, yo me llevo esa pieza a casa.
La postora 81:
—De eso nada, monada. Que los hombres no sabéis qué hacer con una cosa así.
El 28:
—¿Altisonantes? ¿Será mamó n?... ¡¡A por el relamido!!
Má s de cien abanicos se convirtieron en venablos que comprometían la integridad
física del martillero. Los postores tiraron todo cuanto tenían a mano para golpear a
Prudencio: cartones, sillas, gorras, mecheros, mó viles... Cuando ya no hubo nada que
disparar, la masa corrió furibunda hacia el escenario. El objetivo: hacerse con la pieza
ú nica.
Prudencio pisó con fuerza la alarma, al tiempo que abrazaba al Rey Endrino y huía
por la puerta falsa. La policía, como todos los viernes, llegó para hacer su trabajo.
Al día siguiente, como todos los sá bados, la prensa decía:
Diario Provincias | 8 de mayo
Una vez má s la casa de subastas Pontoblu es noticia.
Se ha convertido ya en costumbre que la subasta de los viernes termine en reyerta.
En esta ocasió n, el detonante fue el Rey Endrino, pieza ú nica muy valorada. Tras
comunicarse el precio de salida, el pú blico se abalanzó sobre el Rey. Prudencio
Martínez, que declinó declarar por hallarse en estado de estrés postraumá tico, tuvo
que huir por la puerta trasera para salvar su vida. Se podría hablar de final feliz, si no
fuera porque la tá ngana se saldó con 138 detenidos y la pérdida de un bien
inestimable: un anó nimo y desaprensivo amigo de lo ajeno aprovechó el zipizape para
hurtar el Rey Endrino.
Prudencio cerró el perió dico.

El lunes buscaría trabajo en una casa de subastas de verdad. Tenía un amigo en


Sotheby's. Le haría llegar el currículum.
El sonido del baile del acero contra la chaira lo sacó de sus pensamientos. Azucena
se acercó al bulto y lo destapó ... El Rey Endrino con su exuberante majestuosidad.
—Espera —pidió Prudencio—. Antes quiero tomarle una foto. —Eres un
sentimental, querido.
Flash y cuchillo marcaron el final de la captura.
Azu comenzó a ronquearlo.
Prudencio volvió a divagar... Regresaría a las joyas y los cuadros, pero al menos se
había quedado con el Rey Endrino. Eso lo hacía feliz.
Un atú n de doscientos cincuenta kilos es un diamante de muchos quilates.
Y rinde para mucho.
Como en los viejos tiempos, en la lonja de pescado.
YO NO ME PIERDO A CHARLY

a Marirrosa Carrera y Marita Marante por tantas correrías en


laberintos divertidos

Lo manipuló con impericia, como quien maneja un libro gigante, y pasó las pá ginas
con las yemas negras de tinta.
(Suena raro, lo sé, pero en los añ os ochenta se leía en folios). Tropezó con algo
escrito en esas sá banas de papel.
Dio alaridos, rio, brincó y declaró solemne:
—Chicas, yo no me pierdo a Charly.
Las tres cabezas se unieron para leer:
Charly García. Funció n ú nica. Sá bado, 22 de noviembre.
El precio era exorbitante para tres estudiantes de Econó micas, Derecho y
Psicología, respectivamente. Urdieron un plan para juntar el dinero de las entradas:
Mare se empleó en una funeraria sirviendo café a los deudos; Mari vendía floripondios
a los amantes borrachos en bares decadentes; Maru fue contratada por quince iglesias
para barrer el arroz que lanzaban a los novios.
Lograron una cifra que les permitía comprar las entradas, contratar una limusina y
cenar en un lindo restaurante después del concierto.
El dinero no garantiza planes infalibles. Desde que el chó fer las recogió ,
comenzaron los desvíos. Al llegar al estadio, Mari corrió a hacer la cola, Mare comenzó
a sentir escalofríos y Maru se acomodó en el asiento delantero del coche, pellizcó la
entrepierna del conductor y le ordenó que la llevara lejos, muy lejos.
El trío, ahora dú o, ocupó sus asientos en primera fila.
Mare sacó una cadena del bolso, ató su tobillo a la pata de la silla y le dijo a su
amiga:
—Tengo fobia a las multitudes. Compra las cervezas y algo de comer que yo te
espero aquí. —Acto seguido se refugió debajo de su butaca.
Mari pidió seis cervezas en el quiosco de las bebidas y las acomodó en una bandeja
de Anime. Sonó la mú sica junto a la voz de Charly (que no

iba en tren sino en avió n) y se emocionó tanto que empinó la cerveza y se la bebió a
fondo blanco.
Sintió treinta orugas en el estó mago. Tortillas con guacamole, pensó , avistando el
puesto de antojitos mexicanos, y fue hacia él dando sorbitos al segundo vaso, al
tercero, al cuarto, al quinto y al sexto.
Llegó al puesto en cuestió n, pidió , pagó , mezcló picante en el guacamole, mojó la
tortilla en la salsa, se la comió , el universo ardió , se pegó como una ventosa al
dispensador de cañ as, esquivó los manotazos de la vendedora, compró seis cervezas
má s, intercaló bocados picantes con tragos espumosos hasta agotar comida y bebida,
compró botanas surtidas y un cubo de Coronitas heladas con su limó n, caminó
buscando el A-17 —no podía leer los nú meros porque veía doble—, Charly cantó
Pasajera en trance y Mari sintió que se la cantaba a ella, se quitó la camiseta y el
sujetador, le declaró su amor al estadio, la callaron con una bota de vino, con chupitos
de ron, con una botella de cocuy.
Ella sonreía, sorbía, cantaba, gritaba, un brazo que era una ola la internó en un mar
de personas que la alzaban en volandas; ella se dejaba llevar por la corriente, la marea
subía y bajaba y con ella su cuerpo serrano, el vaivén y la voz de Charly la arrullaban;
cerró los ojos, se dejó ir.
Despertó a la mañ ana siguiente con una resaca tremebunda y dos revelaciones:
había perdido los zapatos y se había perdido a Charly. Mari no recordaba nada del
concierto. Mare dormía con una cadena colgando del tobillo. Maru roncaba junto al
chó fer.
Las tres seguían allí.
Una voz en off daba vueltas en sus cabezas. Algunas frases flotaban en la amnesia.
HUEVOS EN ASCENSOR

Rubén está en la bocacalle con la moto.


Casi es la hora.
Saca de su mochila un bote de CK One y se atomiza el cuello.
Apunta a las piernas y va dando toques hasta que llega al paquete.
Lo perfuma el doble de tiempo que el resto del cuerpo.
La imagina acercando su boca directamente allí.
Abriendo el cierre de velcro con los dientes.
Oliendo su polla, sus pelotas.
Chupando.
El paquete se despertó .
Quieto, caballo...
En cinco, cuatro, tres, dos, uno... una flecha vino tinto atravesó la calle. Es ella.
Rubén arranca la moto y se pone detrá s del descapotable de Mary, la vecina del
7oB.
El portó n automá tico sube lento perezoso. Entran.
É l toma un atajo.
Aparca.
Se apea.
Tira de la puerta que conduce a los ascensores. La espera.
••
Mary lo ve en el retrovisor.
Detrá s de ella viene Rubén, el chico del 7oA. ¿Desde cuá ndo está ahí?
No recuerda haberlo visto en la avenida.

¡Có mo ha crecido este crío! ¿Qué edad tendrá ? ¿Dieciocho? Sí... dieciocho.
Mary aparca y saca tres bolsas del sú per. Camina hacia el cuarto de ascensores. Da
con Rubén que le sostiene la puerta. La ayuda con las bolsas.
Le mira los pechos.
Mary siente dos agujas de hielo punzando sus pezones. La garganta se le colma de
huracanes.
Se arrebola.
¿Qué me pasa? ¡Si es un crío!
Recupera la compostura
Pasea los ojos por las piernas del chico.
Duras, tonificadas, lampiñ as.
La nuez de Adá n es casi obscena.
Pasan al ascensor.
Qué buena está la tía.
Vaya par de tetas.
••
La tengo dura, como una piedra, voy a romper la tela del bañ ador... va a escapar del
velcro, va a levantar su falda, va a traspasar sus medias de seda, sus bragas, maldita
sea, se me queman los huevos, ¿cuá ntos pisos quedan?... Ni siquiera hemos comenzado
a subir. Voy a cogerle la mano y ponerla en mi polla. Mira có mo me tienes, perra.
No, no me atrevo... ¿Y si me acerco y la rozo? Me froto, tiene cara de viciosilla, le
gustará . Si lo está pidiendo, tiene los pezones como dos canicas.
Creo que si la toco me corro.
••
Bueno, bueno, ya no es tan crío. Dieciocho añ os. Es mayor de edad, no es delito. No
tiene acné. Huele bien. Es cortés. Debe de tener buena conversació n. La madre me
comentó que estudia Antropología... ¿Qué me importa a mí que converse?

Un revolcó n y ya... Bueno, la conversació n es un plus, un revolcó n es poco, y estos


críos con tanta testosterona ya se sabe... Exceso de testosterona y exceso de ganas, que
estoy a dos velas. Una tarde con este me garantiza cinco polvos. Ya no fumo. Algo
habrá que hacer entre polvo y polvo. Hablar. Por eso sí que pesa la buena conversa.
••
Me la tiraría cinco, seis, siete veces. Có mo me pone esta tía. Mis primeras pajas
fueron a su costa. A los 12 añ os le robé dos bragas y un sujetador. Mary reformaba su
piso y me pidió que les diera vueltas a los albañ iles. Me metí en su habitació n. Fisgué
todo. Toqué sus cremas. Olí su ropa. Me restregué contra sus sá banas. Me hice una
paja con su toalla.
Busqué la cesta de la ropa sucia. Cogí unas braguitas de seda gris. Otras de algodó n
blanco con sujetador a juego. Hice una bola y me las guardé en los gayumbos. Su olor
en mis partes. No tardé en hacerme la segunda del día.
Es callada. No creo que me dé la lata después de follar. Mi madre dice que cocina
una lasañ a sublime. Menos mal porque después de correrme necesito comer.
Y es que me pone...
Joder, có mo me pone esta tía.
••
Estoy hú meda... Huelo a chocho... Chocho mojado. Si yo me lo siento, él también.
Qué lento va este ascensor. No aguanto la tentació n de saber lo que tiene ahí. ¿Y si
intento coger mis bolsas y lo toco? ¡Tiene una erecció n! ¡Es enorme el chaval! ¡Qué
hambre me ha entrado! ¿Tengo condones en casa?
••
Voy a parar el ascensor.
Voy a pulsar el freno y me voy a follar a esta guarra.
Tiene la mirada vidriosa. Lo está pidiendo a gritos.
La voy a levantar en peso. Le voy a arrancar la blusa a mordiscos. Le voy a rasgar
las medias, las bragas y voy a bascular dentro de ella como un ariete.
Ostras...
Se para el ascensor. Estoy sudando frío.
••

¿Por qué ahora?...


Estaba decidida a tocarlo.
Es la maruja del 4oE.
—No. Subimos... Hasta el siete, sí. Ahora se lo enviamos. Buenas noches.
••
La vieja de los cojones.
Le iba a meter mano y se abre el ascensor.
Que sube con nosotros y que luego baja a planta.
Que qué má s dan tres pisos, que có mo me va en la Autó noma, que su nieta va a la
Complu...
Se desinfla, se apaga, se achica.
El mastodonte se convierte en chihuahua. Me mira descarada.
Hace minutos tiritabas, golfa.
Ahora te creces...
••
Pues sí que tenía acné.
Y la erecció n... creo que eso era un calcetín que se movió . Un calcetín para fardar...
Estos chavales... donde haya un hombre middle-aged que se quite el resto.
—Rubén, dale recuerdos a tu madre.
—De tu parte, Mary.
—Venga. Hasta luego.
••
En el cubo de la basura del 7oA, una botella de CK One prá cticamente llena. Rubén
llama a Antolín del 11oC para que baje a echar una partida con la Wii.

En el 7oB, Mary escucha los timbrazos en el teléfono de Luis, que no responde. Es el


tercer middle-aged al que llama desde que bajó del ascensor.
En el ascensor, la maruja del 4o ríe macabra. Ríe y sigue riendo.
Le encanta tocar los huevos.