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Desmelenada por la vía

Graciela Naranjo
Milagros Socorro

Qué astuta resignación debe mover a alguien para plantarse en medio de un


escenario llevando medias tobilleras. Un pequeño par de mocasines de lona y
medias tobilleras; todo oscuro, como un falso juego de botines hechos a la medida
de una voluntad que sólo aspira un poco de comodidad y reducir los riesgos de
una caída.
Con esos calcetines –como heredados de un viejo marido- se alzó Graciela
Naranjo la otra noche para cantar durante el acto de presentación de la más
reciente edición de la Revista Imagen, dedicada al bolero. Había sido convocada a
las tablas por otra grande de la artillería sentimental del patio, Estelita del Llano,
maestra de ceremonias del evento. Renuente a pactar con el naufragio, Estelita
iba envuelta en satén blanco, con su enorme boca calafateada de maquillaje.
Graciela, en cambio, compareció con una modesta falda negra y una camisa de
algodón, todo a contrapelo del empaque escénico. Se levantó de la silla que
ocupaba entre el público y cogió el micrófono con la gracia de una gran señora,
más habituada a lidiar con partituras que con cuadernos de recetas.
Se escucharon los primeros acordes y allí estaba la voz de Graciela Naranjo
cantando Solamente una vez... Entonces se instaló en el auditorio esa rara
electricidad que sólo los auténticos maestros son capaces de invocar: que no es
cosa de voz, ni de técnica, ni de facultades. A qué esperar que una cantante de 82
años deje fluir un chorro vocal que evoque una yegua, un rastro de seda en la
arena, una sombra esquiva en la madrugada. A qué esperar que una cantante de
82 años susurre un bolero y establezca una marca en el rasero técnico de los
virtuosos. A qué esperar, pues, que una mujer como ésta exhiba alardes de la
garganta, músculos templados para una interpretación impecable. Sería una
necedad, un patético proyecto fallido.
Graciela Naranjo hizo lo que tenía que hacer –lo que probablemente nadie
esperaba que hiciera-: cantó Solamente una vez con el rescoldo que queda en el
alma cuando ya el artista pasa de la voz, de la técnica, de las facultades, de la
corrección estilística y, lo que es más apreciable, de la intención de convencer.
Nadie se creyó allí que Graciela ha amado solamente una vez. Es un tópico que
los intérpretes de bolero deben hacer su show en medio de un arrebato histriónico,
con la idea de que las audiencias se crean que efectivamente el cantante se está
desgarrando porque las penas, las humillaciones y las afrentas que proclama en
su canto le han ocurrido en carne propia. Pero Graciela ni se molestó en abrir la
maleta de los falsos trucos; no pasa la gente seis décadas mordiendo letras de
bolero como para no haber lamido la nuez profunda de esas composiciones.
Graciela Naranjo entregó Solamente un vez, como quien repite una mentira
cuando lo pillan in fraganti llegando a casa a deshora; como quien va llegando al
final de un largo camino con la certeza de que el premio estaba en la travesía y no
en el arribo con palmas y laureles; como quien viene de vuelta de la ostentación
técnica (empeño que esta mujer le ha dejado, desdeñosa, a gañanes feroces
como McWire); como quien ha abandonado el afán de los tacones y ha abrazado
la nimia causa del arte sin artificios.
Lo que presenciamos allí es lo que Lorca definió como “el duende moribundo
que arrastraba por el suelo sus alas de cuchillos oxidados”. Y ese privilegio, en
esta hora de pequeños sobresaltos y angustias de circunstancias, es regalo que
se agradece. Cómo no exaltar el gesto de ganar el escenario con medias tobilleras
e impregnar la noche con ese aliento menguado que emana de la garganta,
extenuada y sabia, de la inmensa Graciela Naranjo.

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