Вы находитесь на странице: 1из 2

Desmelenada por la vía

Miradas como puñales


Milagros Socorro

Debe ser por contraste con el telón de violencia que circunda a Caracas que es
hábito difundido en esta ciudad intercambiar miradas de morosa profundidad entre
extraños y hablar de amor en grupos improvisados, donde se exponen los más
íntimos puntos de vista al respecto, un minuto antes de disolverse para siempre.
Eros y tánatos parecen disputarse en ardua lid la agenda de los intereses
ciudadanos, de allí que en una misma conversación se discurra sobre la más
reciente modalidad en atracos y, casi sin pausa, sobre los escarceos
extramaritales de algún conocido, pasando por los eventos que rodean cierto
secuestro y los indicios que hacen de una mujer sospechosa de inclinaciones
calenturientas.
La telenovela cuya trama gira en torno al apetecido escote de una muchacha
campesina es interrumpida para ofrecer un avance sangriento de la noticia que
abrirá el show informativo de las once de la noche. Y por ahí vamos avanzando
en esta ciudad anfibia -andina y caribeña- mirándonos unos con otros ya sea para
pescar en el fondo de los ojos un instante de pasión callejera o para detectar las
aviesas intenciones que movilizan al carterista, al pinchaúvas, al simple
rascabucheador.
En otras sociedades -más avanzadas, si hemos de guiarnos por parámetros
como el ingreso per cápita y el número de teléfonos por cada mil habitantes- el
contacto visual ha devenido agresión intolerable. Si me miras te llevas algo de mí,
una parte que no pienso dejarme arrebatar. Ya por último parece que en el mundo
desarrollado la gente concurre al matrimonio para poder mirarse a los ojos sin que
un tribunal exija reparación por el agravio. De hecho, existe un código que regula
la duración del contacto visual: más de cinco segundos equivalen a meter la mano
bajo la falda y entretenerse en las oquedades. Y si es una mujer la que se detiene
a auscultar el insondable paisaje que pude caber en los ojos de un hombre, éste
se encuentra en perfecto derecho de parar a un policía y acusar a la mirona de
haber afrentado su intimidad.
Nosotros, chapoteando en la espesa rochela del subdesarrollo, hablamos de
amor por las esquinas y nos pasamos mirándonos todo el tiempo sin pudor, sin
discriminar, sin comedimiento. Es decir, nos miramos sin miramientos. Y es en
esa mirada que se clava en la pupila de un extraño donde yacen los últimos
restos del espíritu democrático nacional: el mesonero que atiende la mesa del
restaurant más costoso de Caracas coloca el plato sobre el mantel mientras
busca los ojos de la señora a quien sirve. El taxista que conduce a una dama
aprovecha las pausas en los semáforos para espiarla desde el espejo retrovisor
persiguiendo la estela de su pupila. El cajero de banco que oficia sobre una
planilla de depósito sustrae su mirada de la columna de cifras para estamparla
largamente en la de una extraña que guarda en sus caudales esa tarde el triple de
lo que él gana en un año. El dependiente de la tienda de discos sigue a la cliente
por los pasillos del local y se finge servicial mientras la devora con los ojos y
tamborilea la melodía difundida por los inevitables parlantes como si estuviera en
ese momento apretándola para bailar muy juntos una tonada que se inicia en los
entresijos de las pestañas. Y a nadie debe extrañar que ellas sostengan la
provocación sin bajar los párpados.
Fuera de las miradas que enlazan por un instante las almas y los cuerpos, los
estratos sociales se van apartando cada vez más en Venezuela. Y ya vamos
viendo cómo desaparece la antigua mezcolanza que ponía en coincidencia a los
ricos y a los pobres. En tiempos de intensa desconfianza y mutuo resquemor
entre las clases, como los que vamos viviendo, sólo nos va quedando esa
insolente costumbre de mirarnos en la calle como si quisiéramos extraer por los
ojos la sustancia que anima al pasajero.

X X X