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No es tan terrible la maldad de los perversos,

como el pasmoso silencio de los buenos, Martin


Luther King

Muy buenas tardes Autoridades aquí presentes, Sra.


Claudia Calderón, presidenta del patronato DIF
municipal; Sra. Ana Carmen Turriza, Directora del
Instituto Municipal de la Mujer; 8ª. Regidora Leydi Lugo
Espadas; estimadas mujeres carmelitas, les saludo
cordialmente con aprecio. Agradezco la amable
invitación de Sonia Zapata, coordinadora del Centro

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Esperanza Viva, A.C., quien viene haciendo una callada
labor desde hace ya varios años, a favor de la mujer y
de grupos vulnerables, con profunda compasión y
vocación de servicio en esta ciudad, mi admiración y
reconocimiento para ella. En esta ocasión me ha
invitado para exponer una reflexión sobre el tema de la
importancia de la mujer en la solución de los problemas
que aquejan a la comunidad, misma que he titulado:
“Mujeres ejerciendo su ciudadanía”

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Exactamente cuatrocientos ochenta y cinco años han
pasado, desde que los españoles iniciaron sus esfuerzos
de “cristianizar” estas tierras.
En palabras de Fray Toribio de Benavente, mejor
conocido históricamente como Motolinía, --luchaban
contra el demonio que tenía sometidos a los pueblos
indígenas. Y así, en ese largo esfuerzo por evangelizar
al indio, y la fuerte resistencia encontrada, derivó en la
persecución contra los sacerdotes indígenas, los nobles
y hechiceros que continuaban practicando sus ritos
antiguos, y cualquier otra casta de esa sociedad,
imponiendo castigos que iban desde los azotes hasta la

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hoguera y la horca; en suma, cristianización
mediante el uso de la fuerza.

Así la violencia, se integró a los elementos de la nueva


cultura, percibida como consentida por ese nuevo dios.
Se dieron las conversiones masivas. Se aceptó la cruz
mediante la espada, pero esa conversión no fue hija
del convencer, sino del convenir. ¡Para que no me
maten!,

¡Siiií, está bien, acepto, soy cristiano. Bautícenme!

Al fin y al cabo los indios siguieron practicando sus


rituales al interior, y la nueva religión al exterior.
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En México estamos hoy, a casi cinco siglos de aquella
conquista espiritual. Pero debemos admitir una verdad
dolorosa: ¡No hemos conocido a Dios como nación!

No ha llegado a penetrar los corazones la doctrina de


Aquel que dijo: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo.

La violencia en cambio, si se instaló en la cultura,


junto con la maña y la conveniencia como ingredientes
de un estilo de vida para sobrevivir en estas tierras.

Y lo más lamentable, es que esa violencia, en todas sus


formas, se ejerce sobre el más débil en la sociedad. Es
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como una pirámide donde quien queda abajo, en la
base, tiene que cargar con más atropellos. Así, de forma
casi natural, la mujer y el menor forman esa parte más
vulnerable.

De modo que, a cinco siglos de ese esfuerzo por


arrancar al indio de las garras de esos demonios
paganos, la suerte de sus descendientes, --los del
conquistador y el conquistado--, no termina por verse
favorecida.
Hoy, en medio de un mar de leyes escritas para
proteger los derechos de la mujer, del menor, del
indígena, y de cada uno de los ciudadanos de esta
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nación, tenemos que ser testigos del horror que
significa el hacer efectivos esos elementales derechos
humanos para los más desafortunados.

Soy Campechana por vecindad, hace casi diez años vine


a esta isla con tres hijos pequeños, atravesando una
situación de profundo dolor y abatimiento.
 Conozco por experiencia el sufrimiento de una madre
para criar hijos sola,
 Ser expulsado de un hogar al que te has aferrado
para construir una familia,
 pese a golpes, amenazas de muerte, abandono de
responsabilidades del padre de familia, etc.

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 La vergüenza, el miedo a ser rechazado si se enteran
de tu situación, temor a la burla, incapacidad para
entender tu propia situación, el aislamiento, y tantos
procesos de dolor que conlleva esa situación.
 Y mucho más cuando en tu infancia te ha tocado
experimentar ser un menor abandonado.
 No quieres dejar a tus hijos pero tienes que salir a
trabajar para cubrir sus necesidades.
 El acoso sexual y las propuestas indecorosas porque
piensan que si no tienes marido, seguro estás
hambriento de aventuras, el querer condicionar un
trabajo o un algo que necesites a cambio de favores
sexuales.

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 Encima, el señalamiento y ensañamiento de las
mismas mujeres contra las mujeres. Regateando el
respeto y la solidaridad entre tu mismo sexo.

Qué vergüenza!
Qué injusticia y qué aberrante humillante la que tiene
que sufrir un ser humano en su afán de una vida digna
en este país.
¡No podemos ser indiferentes a esta realidad!
¡Este es mi caso, pero no es único!

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Para ninguno de nosotros es un secreto que este es un
panorama cotidiano en la vida de esta nación, y
particularmente, en la vida de nuestra amada localidad.
Tenemos una explosión de violencia en Ciudad del
Carmen, solo asomarse diariamente al periódico y ahí
está la prueba fehaciente.
Es una violencia física, psicológica, material, espiritual,
continuada, escalada en intensidad e imparable por lo
visto hasta el momento. Pero lo más grave de todo eso,
es la insensibilidad de jueces que declaran resoluciones
subjetivas basadas en una pírrica interpretación y

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aplicación de la ley, cuya impartición de justicia lo único
que provoca es una profunda impotencia y un
distorsionado concepto del Estado de Derecho, donde
quien quebranta la ley tiene más consideraciones que
las víctimas, dejándolas en un estado peor que antes de
denunciar su delito, pues ahora tienen que lidiar con la
impunidad, el temor a la venganza del delincuente, la
vergüenza y la desconfianza a las instituciones y sus
autoridades, generando con ello un mayor desgaste
social que conduce a la descomposición acelerada de los
diferentes estratos que componen la estructura social.

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¡No es de extrañar el aumento en la
desintegración familiar, los homicidios por
venganza o justicia privada, la violencia sexual,
las adicciones y la alarmante ola de suicidios que
en este mes ya rebasaron las cifras del 2008!
¡Claramente, esto demuestra la descomposición
de la sociedad!

¡Y aquél que piense que no es su problema mientras no


le toque a él, está totalmente equivocado!

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Cuando se destruye una familia, se destruye parte de la
sociedad; cuando se violenta a una mujer se violenta a
todas; cuando se abusa de un menor, se abusa de
todos los niños; cuando se mata por venganza, se está
mandando un mensaje de la desconfianza en las
autoridades para declarar justicia. En síntesis, cuando
se tolera la violencia e injusticia en la sociedad, se está
tolerando la cancelación de un derecho de concesión
divina, el derecho a una vida digna.
¡Esto es inaceptable!
¡No podemos quedarnos como espectadoras!

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¿Qué podemos hacer?
¿Qué puede hacer el hombre, la mujer, el ser humano,
para la recuperación de una vida digna?
Esta es una gran pregunta en cualquier orden social.
Para quienes se atrevan a preguntárselo, y en verdad
estén dispuestas a asumir la respuesta, hemos sin duda,
que aplicar sabiduría al corazón para llevar a cabo la
tarea.
Y no me refiero a una tarea que deba realizarse desde
una posición política. Me refiero a una tarea que
realicemos desde nuestras humildes trincheras como

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amas de casa, como maestras, como enfermeras, como
hijas de familia, como hermanas, como madres, como
esposas, como profesionistas, como empleadas, como
estudiantes, como simples y llanas mujeres que somos.
¡Tenemos que hacer algo!
La primera tarea viene desde el interior, tomar la
resolución de NO ACEPTAR el mal como algo normal, la
violencia en cualquiera de sus formas es maldad. No lo
aceptemos, no lo toleremos desde lo profundo de
nuestro ser humano, repudiemos esa conducta en
nosotros y al exterior nuestro.

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La segunda tarea es romper el silencio.
Hay que hablar de nuestra situación personal, pedir
ayudar, busca un consejero familiar, un círculo de
ayuda, una A.C., y acércate al DIF o al IMM de la mujer
y pregunta que programas tienen para ayudar a
personas en tu situación.
¡TU NO ESTAS SOLA!
Cada mujer en esta isla debe saber que sí hay alguien a
quien acudir, que hay ayuda para su situación, que hay
personas preocupadas por aportar una solución a estos
problemas de la comunidad.

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Estoy aquí, rompiendo el silencio sobre una
situación personal que con la ayuda de Dios superé. Yo
te digo, tú también puedes. No estás sola. Juntas
tenemos que vencer este ciclo de odio que se repite
incesantemente entre nuestra sociedad, como una
cultura de muerte.
Como proclamé al principio, citando a Martin Luther
King, “nuestra generación no se habrá lamentado
tanto de las maldades de los perversos, como del
pasmoso silencio de los buenos”.

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La pasividad de los buenos, el silencio de los corderitos,
es casi siempre, la razón y explicación final del avance
del mal en el mundo. No podemos evitar la
confrontación de los males sociales, porque así como el
bien se encuentra presente, también el mal lo está por
todas partes. Es urgente que como mujeres
despertemos de ese letargo de silencio cómplice. Y no
permitir nuestro acostumbramiento al mal.
Porque uno de los resultados más indeseados es que
perdamos la capacidad de asombro, que ya nada nos
estremezca, que todo el mal nos parezca normal; o aun
peor, convertirnos en morbosas adictivas que demanden
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más y más sangre. Porque entonces, ese día, estamos
siendo peores que ellos y hasta cómplices.
El momento que pasa nuestra sociedad, amerita una
respuesta de nuestra parte, es urgente atender estos
graves males.
Creo que encaja muy bien la célebre frase del
presidente de una nación vecina,
"No preguntes lo que puede hacer tu país por
ti.
Pregunta qué puedes hacer tú por tú país".

Esa es la vocación de servicio que se requiere hoy.

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Tenemos que cambiar la mentalidad de que el gobierno
tiene que resolver nuestros problemas. Es tiempo que
como mujeres TOMEMOS NUESTRO LUGAR. Es tiempo
de ejercer nuestra ciudadanía, es tiempo de servir al
prójimo en este lugar donde estamos criando a nuestras
familias, empezando por nuestras propias casas, es
tiempo de dejar de estirar la mano esperando una
caridad para resolver nuestras necesidades. Es tiempo
que como mujeres saquemos nuestra ciudadanía de
debajo del colchón y la pongamos a producir.

 Es tiempo de que busquemos oportunidades de


exaltar las virtudes antes que los vicios

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 Es tiempo que dejemos de ser indiferentes al dolor
ajeno
 Es tiempo de un compromiso ético y moral
 Es tiempo de conocer nuestros derechos
 Es tiempo de pasar de las lagrimas al consuelo
 Es tiempo de dejar de quejarnos
 Es tiempo de asumir una actitud responsable
 Es tiempo de repudiar la violencia y mostrar nuestra
“cristiandad”
 Es tiempo de no aceptar nada menos a una vida
digna

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Si hay un tiempo de hacer algo por nuestra
ciudad es hoy, si no somos nosotras, quienes, y si
no lo hacemos ahora, ¿cuándo?

Sin duda, es tiempo de trabajar duro!

Pero tenemos que hacerlo como equipo. Tenemos que


trabajar mano con mano con quienes encabezan las
instituciones y asumir la responsabilidad que como
ciudadanas nos corresponde, hay mucho por hacer, hay
que prepararse, hay que levantar los brazos caídos, hay
mucho por restaurar. Las mujeres pueden ser quienes
salven las ciudades. Con esa capacidad que tenemos
para aglutinar, como la gallina junta a sus pollitos, con
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esa virtud de calidez, de afecto, de entrega, de amor,
de sacrificio.
Tengo esperanza ahora que tenemos una mujer alcalde
en la ciudad, para que dentro de su programa de
gobierno, el papel de la mujer y el derecho a una vida
digna se tornen prioritarios. Es una tarea titánica, no
podrá hacerlo sola. Es urgente que todas participemos.
Yo diría pasa este mensaje como primer tarea, pero no
solo es necesario que lo prediques, sino también
que lo apliques, y que participes.
Porque de no hacerlo, la parte patética de esto, no es la
herida hacia un individuo. Es el clima de odio y de

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amargura que impregna a nuestra sociedad, son estos
accesos de profunda violencia que brotan como llagas.
Hoy es una mujer. Mañana puede ser cualquier otra, no
importa quién, niña, niño, joven. Tengo la esperanza
que aprendamos del hoy para remediar el mañana.
Porque, irremediablemente, mientras el espíritu se halle
esclavizado, por esos horrendos verdugos, jamás podrá
ser libre. La libertad de pensamiento, la libertad en el
ser mismo, el firme sentido de quien uno es, la
identidad. Esa sin duda, es el arma más poderosa
contra las terribles tinieblas de la subyugación humana.
No existe ninguna ley humana que pueda garantizar
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esta clase de libertad. Pero si es posible que como
mujeres, como seres humanos, no nos rindamos en una
lucha de vida para alcanzar nuestra dignificación, hasta
que podamos firmar con nuestro propio nombre y
nuestra propia humanidad, y con un espíritu extendido
hacia la verdadera libertad, donde rechacemos con
firmeza las cadenas de la despersonalización y nos
digamos a sí mismas y al mundo: “Yo soy alguien, soy
una persona. Soy una mujer con dignidad y con honor.
Tengo una historia propia.”
¡Que este sea el objetivo!

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Convertir esta Isla bendita, en un lugar donde cada uno
de nuestras autoridades, que toman decisiones
trascendentes para la vida de este territorio, jueces del
poder judicial, sean hombres o mujeres; y cualquier otra
persona en autoridad de cualquier nivel consagre sus
labios a pronunciar verdad, a declarar justicia, a dar a
cada quien lo suyo sin discriminación de género, de
clase social, de poder económico, de apellido o de
partido. Un lugar donde la gente pueda palpar el
respeto al ser humano como valor predominante, donde
a nadie se le cancele la esperanza y se le someta a un
desierto de desesperación, y entonces sí, se vislumbre
la fraternidad humana, enunciada por el Redentor, con

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aquellas vigentes palabras: -ama a tu prójimo como
a ti mismo.

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