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RETRATO DE UN DICTADOR FRANCISCO SOLANO LOPEZ

1865-1870

CUNNINGHAME GRAHAM

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elaleph.com

1999 – Copyright www.elaleph.com Todos los Derechos Reservados

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Prefacio

La tragedia del Paraguay ha servido de tema a muchos escritores, pero de escritores que, por lo general, han escrito después de producirse los acontecimientos y que en pocos casos han sido testigos de lo que describieron. Sólo he utilizado, pues, las obras de los que participaron en la tragedia o estuvieron en el Paraguay uno o dos años después de terminada la guerra y vieron el país desolado, sin cultivar, con su población masculina tan reducida que la proporción era de trece mujeres por cada hombre, y los pocos que sobrevivieron eran veteranos mutilados de guerra o muchachos de catorce o quince años de edad. Yo, que durante mi juventud he pasado cerca de un año en el Paraguay, aunque dieciocho meses después de la terminación de la guerra; que he visto el país como lo describo, y recorriendo sus soledades, pasando noches, solo, en los desiertos pueblos del territorio de Misiones, con mi caballo tomado del cabestro de cuero crudo, con la pistola y el cuchillo a la mano cuando rugían los tigres 1 ; yo, que he estado allí y he conocido íntimamente al pueblo por tener la ventaja de hablar el español desde mi niñez y por saber el guaraní lo bastante para sostener una conversación sencilla, he escrito esta breve reseña de la vida de López, porque ha surgido en el Paraguay una generación para la cual el estado de cosas el que escribo, y los sufrimientos de sus compatriotas, son una mera leyenda. Han instituido un monstruoso culto de hombre que llevó a sus antepasados a un estado de miseria que aquellos que lo vieron no podrán olvidar jamás. Sólo pocos de nosotros quedamos con vida. Conocí a los ingleses que he mencionado, Thompson y Stewart, Valpy, Constatt, Oliver 2 y otros cuyos nombres se me escapan a veces, pero que al escribir se me presentan tan nítidamente en la imaginación como si apenas ayer los hubiera visto en persona. Sus ropas, sus modalidades, su conversación, los caballos que montaban, los horribles relatos de sus

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peripecias, todo está tan vivido y claro (a los ojos de mi espíritu), que

lo

recuerdo desde hace más de cincuenta años. Todos estos hombres, que han visto de cerca a Francisco Solano

y

han sufrido en sus fortunas en sus personas o en ambas cosas, bajo

su tiranía, han hablado de él con asco y desprecio. Se han, referido a su crueldad, a su cobardía, a su monstruoso egotismo, a su desprecio de la dignidad humana, y, al hablar, a menudo se han interrumpido para maldecir su memoria. Los muchos paraguayos que conocí y que sobrevivieron a la guerra, han agotado todos los adjetivos en español y en guaraní para expresar su odio al hombre que en muchos casos torturó horriblemente a sus padres, hermanos, mujeres y hermanas y que, cuando la naturaleza humana no podía resistir más. y los pobres infelices, medio muertos de hambre, se rezagaban en el vía crucis de su confinamiento en los bosques del Norte, les hacia lancear o mandaba que les volaran los sesos a culatazos. Los brasileños y. los argentinos que quedaron allí, a retaguardia del ejército de ocupación, han confirmado todo cuanto los paraguayos decían acerca de ese hombre. Lo llamaban el “Mono – Tigre” y solían expresar sus deseos de que estuviera sufriendo en el infierno, por todo lo que había hecho a sus desdichados compatriotas. Muchos de los desdichados que habían perdido a sus padres, madres o mujeres, y habían sufrido hambre y malos tratos durante los cinco años de la gue- rra, aún temían hablar, y si llegaba a mencionarse el nombre de López, miraban a su alrededor con aprensión, como si no estuvieran seguros de su muerte. Lo mismo ocurrió después de la muerte de Francia; los pa- raguayos temían llamarlo por su nombre y hablaban siempre de “El Difunto” pues Francia había sido casi tan tirano como López, a pesar

de que fue hombre de mucha mayor capacidad natural. Quiso la ironía del destino que el Paraguay, en el corto espacio de cincuenta años, cayera en manos de dos hombres crueles, de corazón duro y carentes de toda humanidad. De Francia, observó un contemporáneo que nadie creía que fuera un ser humano, hasta que lo probó con su muerte.

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Aunque cerró su país al mundo durante treinta años y era tan desconfiado y cuidadoso de su propia seguridad como la mayor parte de los tiranos, no era tan despreciable como el personaje de mi relato. Cuando tuvo en cuarentena al primer buque británico que llegó al Paraguay hasta que hubo aprendido bastante inglés para leer sus papeles de carga, no demostró ser ni débil ni estúpido. Ignoramos si su lucha con nuestro sincopado idioma fue o no triunfal, pero por lo me- nos le dio la satisfacción de enterarse qué clase de, carga llevaba la nave en su bodegas. Su dicho favorito, “al pan, pan, y al vino, vino”, nos da una muestra de su carácter. De López no nos ha llegado dicho alguno. Y menos, por cierto, algún dicho de esa clase, pues López tenía una capa de barniz europeo de la cual Francia carecía totalmente, pues nunca, desde sus días de colegio en Córdoba, había salido del Paraguay. Francia tenía los vicios severos de una época anterior, mientras que López fue el primero de esos acicalados y dorados sudamericanos que fueron a deslumbrar a París y a ser objeto de las burlas de los parisienses, del Segundo Imperio, que les pusieron el nombre de “rastacueros”. Al Paraguay le falta adelanto. Las frecuentes revoluciones del pasado lo han mantenido financieramente atrasado. No ofrece para la emigración el mismo campo que la Argentina o el Uruguay. No tiene riqueza mineral, quizá, por suerte, para los paraguayos, y presenta pocas oportunidades de enriquecerse rápidamente, circunstancia tan afortunada acaso como la falta de minas. Sin embargo, un país como ése, tan bien dotado por la naturaleza de todo cuanto contribuye a la felicidad humana; suelo fértil, hermoso clima, bastante pastoreo para las innumerables cabezas de ganado, miles de acres de tierras boscosas, llenas de las mejores maderas duras del mundo; un sistema de ríos quizá sin igual, y una población mansa y fácil de gobernar, merece un destino mejor que el que le tocó en suerte. Ante todo, no merece la burla sangrienta que han tratado de hacerle hombres quizá bienintencionados, al elevar a López a la categoría de héroe nacional.

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Su busto ha sido erigido en el lugar donde fue muerto, no en lucha, sino en momentos en que trataba de huir a los bosques. Murió como había vivido, egoísta hasta el fin, dejando a su amante y a sus hijos abandonados e indefensos, mientras procuraba escapar. Su busto profana las oscuras soledades de los bosques ta- rumbenses. Hasta ahora ningún busto de judas escarnece a Getsemaní.

Ardoch, septiembre de 1933.

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1 En toda la América del Sur al jaguar se le llama tigre. La pala- bra yaguareté de la cual hemos tomado jaguar en guaraní. y significa, en realidad, perro. Es un animal tan poderoso que con un solo zarpazo mata un caballo en pocos minutos, derriba y mata a un toro, y, a menudo, arrastra a su presa doscientas o trescientas yardas, hacia su guarida.

2 Por ser éstos, con Masterman, quien escribió Seven Eventful Years in Paraguay, y el doctor Skínner y Washburn, que fue ministro de los Estados Unidos en Paraguay y escribió The History of Paraguay, los únicos de todos los escritores que trataron la guerra del Paraguay que conocieron personalmente a López, los he tomado como autores principales. Hay una multitud de libros sobre el tema, pero casi todos están escritos por argentinos y brasileños, que, pertene- ciendo a los ejércitos aliados, no vieron nunca a López y mucho menos lo conocieron como hombre. Los paraguayos que han escrito sobre la guerra, y no son pocos, escribieron todos, sin excepción mucho después de haber ocurrido los acontecimientos a que se refieren. López se cuidó muy bien de que ningún paraguayo escribiera mientras él vivía.

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Introducción

El Paraguay, por su posición alejada y las circunstancias peculiares de su primera conquista, ha estado tan aislado del mundo, que sus habitantes, los guaraníes mansos y fáciles de gobernar (aunque la palabra "guaraní" significa guerrero"), han sido presa de tiranos desde el descubrimiento del país en el año 1530 por Sebastián Caboto. El fundador de Asunción (1537), Ramón de Ayolas, era un audaz aventurero enviado por Don Pedro de Mendoza, primer go- bernador de Buenos Aires, en busca de un mejor sitio para la capital de la nueva colonia española del Río de la Plata. Pasó su tiempo subyugando a los indios payaguás, enseñándoles los beneficios de la civilización, en la forma entonces acostumbrada, es decir, por la fuerza de las armas, y a creer en la superioridad de la raza conquistadora. Se les brindó a los guaraníes una probabilidad, una sola en toda la historia del Paraguay, de un gobierno humano y progresista, que habría hecho gradualmente de ellos, dignos ciudadanos del Imperio Español, les habría ahorrado siglos de perturbaciones y de derramamientos de sangre y mostrado tal vez al mundo el espectáculo de una raza india realmente beneficiada por la llegada de los europeos. Esto podría haber ocurrido si el mejor, el más progresista y más humano de todos los conquistadores no hubiera vivido antes de su época. El gran Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el primer gobernador del Paraguay, demostró un espíritu de tolerancia y una amplitud de miras verdaderamente asombrosos, si se toman en consideración los tiempos en que vivió. Diez años de sufrimientos, durante los cuales había errado desnudo y casi solo, sobreviviente de su flota naufragada en Florida, convertido en un médico ambulante entre las tribus indias, luego, en vendedor ambulante y honrado por último casi como un Mesías por

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los agradecidos indios, le habían enseñado que las tribus nativas, salvajes bárbaras y crueles como eran, aún conservaban las cualidades que el buen trato, la verdad, la justicia. y un sentido de convivencia despiertan generalmente en toda raza humana. De todos los conquistadores, aunque muchos de ellos se pronunciaron resueltamente contra la esclavitud, sólo él vio a los indios como a seres humanos, que, aunque diferían de sus compatriotas en costum- bres y en color, tenían las mismas pasiones que ellos. Esa actitud, que lo distingue definitivamente de la mayoría de los conquistadores, que llamaban a los indios “gente sin razón”, frase que corresponde exactamente a nuestra moderna expresión “malditos negros” hizo que lo detestaran los colonizadores que le tocó gobernar. Depuesto por el burdo soldado Domingo de Irala, fue enviado prisionero a España. Cuando, después de años de proceso, fue puesto en libertad y rehabilitado, su carrera de gobernante había concluido y murió respetado, aunque olvidado de todos, destino de la mayor parte de los que viven antes, de su época. Irala, soldado valiente y gobernante draconiano, fue popular entre los colonizadores y los soldados españoles. Como es natural, habiendo salido éstos de su país, en parte al servicio de él, y en parte para hacer fortuna, eran ab- solutamente indiferentes a las teorías sobre los derechos del hombre. No parece haber sido innecesariamente cruel, pero al permitir a sus soldados y a sus colonizadores que oprimieran a los indios, dejó el primer jalón en el camino de la esclavitud total de sus espíritus, y esto habría de producir al soldado paraguayo, al que con tanta eficacia utilizó López durante cuatro largos años, en la más notable de todas las guerras de la América del Sur. Después de Irala vino una larga lista de gobernadores enviados de España, generalmente elegidos entre los allegados a la persona del soberano o de las filas de la nobleza. La mayor parte de ellos ignoraba todo lo relativo a los países que se les mandaba gobernar. Los mejores de ellos cayeron naturalmente bajo la influencia de funcionarios con experiencia colonial. Algunos

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trataron de aplicar imparcialmente el gran código conocido por “Leyes de Indias”. Este código, mal interpretado por la mayoría de los historiadores

de nuestra raza, cegados por el prejuicio racial y religioso, había sido elaborado originariamente para la protección de los indios. La mayoría de sus disposiciones eran humanas. Los indios fueron proclamados libres y la esclavitud, en sus peores formas, fue rigurosamente prohibida.

Al propio tiempo, se permitieron no obstante, dos sistemas que

dieron luego origen a grandes abusos. Uno de ellos fue el sistema de los yanaconas, especie de servidumbre por la cual los indios tenían que servir a sus señores feudales.

El otro fue una especie de “corvée”, por la cual los indios

designados con el nombre de mitayos por el código, estaban obligados a dedicar determinado número de días de trabajo a su señor.

A este respecto, debe recordarse, para opinar acerca de ese

código, que la esclavitud era reconocida en todos los Estados

europeos. Las ideas de libertad y de independencia que lentamente germinaron en los demás Estados de la América del Sur nunca llegaron al Paraguay.

A pesar de formar parte del extenso virreinato del Río de la

Plata, ese país quedó aislado del mundo entero. Aunque Asunción fue en un principio la capital de ese vasto territorio., su posición, a cerca de mil millas de la costa del mar, pronto le hizo perder su primitiva preeminencia y la transformó en una ciudad provinciana aislada del mundo. La sede de la justicia, en la Audiencia de Charcas, a centenares de millas de distancia, en territorio de Bolivia, estaba tan lejana que todo juicio allí entablado tardaba meses y a veces años en

resolverse.

El eterno conflicto entre las autoridades religiosas y civiles que

culminó cuando el célebre obispo Cárdenas desafió al gobernador, lo encarceló y usurpó su autoridad hasta que él mismo fue también derrocado, era el tema principal que preocupaba a los paraguayos. Los

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salvajes y belicosos indios del Chaco, a quienes los primeros conquistadores, aunque sin. dominarlos nunca del todo, habían enseñado a temer a las armas españolas, atacaban con impunidad el territorio paraguayo. Los colonizadores, a pesar de ser descendientes de los intrépidos conquistadores de los días de Pizarro y de Cortés, se habían criado desacostumbrados al uso de las armas. En 1737 el provincial de los jesuitas, Jaime de Aguilar, decía en una curiosa carta a Felipe V de España: “Y si alguna vez, que no son muchas, se animan los Españoles a perseguir y castigar a los Indios, muchos huyen de la tierra o se esconden, por no ir a la entrada Otras (veces) cuando llegan allá, el Enemigo les quita la Cavallada, dejándolos a pie y se vuelven a casa como pueden”. A ese extremo habían llegado los descendientes de los hombres que doscientos años antes habían perseguido a los indios como a rebaños de ovejas. Desde un principio, el clero tuvo gran poderío en el Paraguay, y el pueblo le prestó inmediatamente obediencia, pues el obedecer estaba en su naturaleza. No parece que los paraguayos hayan tenido crueles dioses tutelares, como los mexicanos, para compartir su culto con la divinidad importada por los españoles, ni siquiera un espíritu del mal, medio dios y medio demonio, como el Gualicho de los indios pampas. Charlevoix 1 , en su historia del Paraguay, no cita ninguna deidad particular adorada por los guaraníes del Paraguay. “Los guaraníes -dice- creen firmemente en los presagios, y a los misioneros les fue muy difícil quitarles esas quimeras de la cabeza” 2 . Como la mayor parte de los pueblos bárbaros, estaban muy influidos por sus médicos. A este respecto el modernismo parece haberse unido a la barbarie. En cuanto a su carácter, las siguientes líneas parecen indicar que la naturaleza había formado a los guaraníes para la servidumbre ante cualquier tirano que apareciera.

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“Tenían —dice Charlevoix— una inteligencia extraordinariamente escasa, mayor o menor estupidez y ferocidad 3 , indolencia y disgusto por el trabajo y una ausencia sin límites de previsión para lo futuro”. A pesar de su estupidez, o tal vez por su estupidez misma, parecen haber sido particularmente fáciles de convertir. Los padres Ortega y Filds 4 , ambos jesuitas experimentados, acostumbrados a la ardua labor de catequizar a los indios salvajes de los bosques, llegaron al Paraguay y se pusieron inmediatamente a la obra.

En Villarrica, sólo tardaron un mes en instruir 5 a los indios y ponerlos en estado de confesarse y de participar en los santos misterios. Este tiempo parece bastante corto, si se tiene en cuenta la dificultad de penetrar en los santos misterios de nuestra fe mediante el idioma guaraní. Además, en esa época, ningún indio podía saber mucho español; pero a la fe todo le es posible. Casi desde un principio los jesuitas observaron la gran docilidad de los guaraníes, su carencia total de todo lo que fuera iniciativa y sus notables dotes para imitar cuantos objetos velan, tan perfectamente que casi no podía distinguírselos de los originales. El célebre misionero padre Cattáneo, que residió mucho tiempo en el Paraguay, dice que los guaraníes tenían ese talento hasta el grado de la perfección. “Muéstreseles —dice—, una cruz, un candelero o un turíbulo, dénseles materiales, y difícilmente podrá distinguirse su obra del objeto que se les ha entregado.” Cuenta que eran capaces de reproducir órganos o esferas astronómicas, y casi todos los artículos manufacturados; pero, agrega, nada podían crear por sí mismos. La música les atraía en grado sumo. Sus voces, dice Charlevoix, eran en general armoniosas, y aprendían, como por magia, a tocar cualquier instrumento.

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Ésta fue la forma de conversión de muchos de ellos (Dios mediante), dice dicho misionero, pues parecía que el dogma les fuera más comprensible si la instrucción se hacía por medio de la música. En las reducciones de los jesuitas, los neófitos construían sus propias iglesias, esculpían las estatuas de los santos, las pintaban y doraban, y tejían las telas de sus vestidos. Los únicos lugares felices para los guaraníes en toda su historia fueron las misiones jesuíticas, donde se los trataba casi como a niños grandes; donde la alimentación era abundante, la pobreza, desconocida, y, su correlativo, la riqueza, igualmente desconocida. La vida transcurría como en una perpetua escuela dominical. La tierra era extremadamente fértil, producía cosechas con un mínimo de labor, para las sencillas necesidades de] pueblo. Sin duda alguna, los padres jesuitas, que procedían no sólo de España, pues los habla de casi todas las nacionalidades europeas, fueron hombres de vida recta, dedicados a sus indios y sin el menor pensamiento de ganancia ni de ventaja personal. Esto quedó acabadamente probado cuando su expulsión, pues no se halló en ninguna de sus poblaciones suma grande, ni siquiera considerable, de dinero, aunque los jesuitas fueron expulsados sin previo aviso y no pudieron haber tenido tiempo de ocultar los tesoros de los cuales tanto se había hablado. Como el Paraguay era un país relativamente pequeño, sin extensas llanuras, no tenía enormes tropas de ganado. La vida era segura en las zonas pobladas, y, en su mayor parte, el pueblo vivía de la agricultura. De ahí que nunca se formó en el Paraguay el tipo del nómada comparable al de los gauchos de la Argentina y del Uruguay, siempre prontos a intervenir en cualquier revolución. En sus praderas, rodeadas por bosques, no vagaban manadas de caballos semisalvajes. La cantidad de caballos bastaba para las necesidades de los habitantes, pero no alcanzaba a suministrar de pronto cabalgadura para centenares de hombres, como en las provincias meridionales del Río

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de la Plata. El clima —Asunción se halla en el trópico, pero bien lejos de él estaban las misiones jesuíticas— era húmedo y enervante e indisponía a las gentes para los ejercicios violentos. Fuera del territorio de la misión, los descendientes de los conquistadores, la mayoría de los cuales había tomado mujer entre los indios aunque en general dominaban el español y se consideraban como españoles, hablaban el guaraní en sus casas. Mantenían a los indios en lo que se conocía por “encomienda”, lo cual no era sino una especie de servidumbre, no tiránica por regla general, pero que no podía producir un tipo de hombre de mucha iniciativa. La clase dirigente estaba integrada casi exclusivamente por españoles, que se mantenían por encima de la población criolla y formaban una clase aparte. Los gobernadores eran siempre enviados de España, así como en general todos los funcionarios y dignatarios de la Iglesia. Bajo su gobierno, los indios eran tratados más duramente que en las misiones jesuíticas, menos cuidados, y la división entre ellos y sus gobernantes era más netamente definida. En ninguna parte del Paraguay, ni en las misiones ni en las zonas gobernadas por los colonizadores, los indios tuvieron muchas oportunidades de mejorar su condición. No se había soñado siquiera con los derechos del hombre, pero bien se conocían sus deberes, y éstos se reducían a una obediencia absoluta a los gobernantes, temporales y espirituales. Todo esto produjo, naturalmente, un tipo de hombres por los cuales nunca fue discutida la autoridad,, sino tomada como algo tan natural como la lluvia o el trueno, el calor o el frío, el día o la noche, y tan inevitable como la muerte. Durante todo el período colonial, a un gobernador sucedió otro gobernador, y la vida transcurrió tranquilamente, perturbada sólo por los continuos conflictos entre los poderes civiles y eclesiásticos, que ardían en forma sorda periódicamente, excepto en algunas ocasiones en que estallaban, como en 1648, cuando el gobernador Don Gregorio Hinestrosa fue desafiado por el turbulento obispo Don Bernardino Cárdenas, y sitiado

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en su propio palacio por los partidarios del obispo. Cárdenas, criollo nacido en Charcas, ahora Bolivia era de la clase de hombres que sólo las Américas de esos tiempos o la Roma de los Borgia podían producir. Después de haber hundido al Paraguay en la confusión, atacando ora al gobernador, ora a los jesuitas, a los cuales, como buen franciscano, odiaba mortalmente, fue por último desterrado o trasladado a la lejana diócesis de Popayán, en Nueva Granada 6 . Allí tuvo oportunidad de reflexionar en el proverbio “Todo el mundo es Popayán” y de pensar si, como dicen algunos, los proverbios no son, después de todo, prueba de la ignorancia de nuestros antepasados. El asunto Cárdenas fue casi el único incidente importante de los tiempos coloniales. En el Paraguay, la vida transcurría tranquilamente, perturbada sólo por alguna incursión ocasional de los indios del Chaco, a quienes les bastaba cruzar el río para atacar y saquear las poblaciones alejadas. Nunca se adentraban en el país, y, como no eran muchos, los daños que causaban no eran muy grandes. Mucho más serias eran las invasiones de las misiones jesuíticas por los feroces paulistas, en el Este. San Pablo era en ese tiempo el centro de una curiosa raza de hombres. Los primeros colonizadores portugueses sólo habían traído muy pocas mujeres. Sus hijos se casaron o vivieron con indias nativas, y, en algunos casos, se cruzaron con negras traídas como esclavas de Los niños, conocidos por el nombre de “mamalucos”, crecieron con todos los vicios de ambas razas. Sus únicas virtudes parecen haber sido la valentía, que poseían en grado sumo, y un amor por la aventura que los impulsaba a emprender expediciones asombrosas con el objeto de explorar el interior del país, principalmente en busca de oro. Los bandeirantes 7 , cuya historia no es sino una serie de aventuras audaces, penurias sufridas y peligros corridos, casi sin igual en la historia de los países de América, siempre hallaron en las colinas de la ciudad de San Pablo hombres dispuestos a seguirlos. Los paulistas eran, en realidad, bucaneros de tierra, tan feroces, crueles y despiadados como aquellos de sus colegas que infestaban las aguas

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españolas bajo el pabellón negro. Aplacada su primera sed de metales preciosos, se volvieron a la agricultura. Aunque la cantidad de esclavos negros resultaba inagotable, los negros eran mercadería que se compraba a altos precios. Todo paulista consideraba corno un dogma que lo principal es un esclavo que rinda. Las misiones jesuíticas, habitadas por una raza de hombres mansos por naturaleza y no belicosos, estaban bien a mano y parecían designadas por la Providencia para proporcionar esclavos a las plantaciones de San Pablo. Como lobos, irrumpieron en el pacífico territorio de las misiones, bien armados, bien montados y acostumbrados a la vida salvaje y sin ley de su juventud y de sus antecesores. Después de marchas forzadas por las selvas, invadieron las poblaciones y dominaron fácilmente a la milicia india, organizada por los jesuitas más por aparato que para un verdadero servido de campaña. Después de incendiar los pueblos y dar muerte a todos cuantos les opusieron resistencia, aun a veces a los propios jesuitas, arreaban a la población como rebaños de ovejas para hacerla trabajar en sus plantaciones, donde centenares de hombres perecieron agotados por el trabajo, por la mala comida y la miseria. Durante años., se repitieron esas incursiones periódicamente, hasta que, por último, al mando del heroico sacerdote padre Ruiz Montoya, los guaraníes abandonaron los pueblos que habían construido, sus ricos campos agrícolas y sus estancias de ganado de la provincia de Guaira, cercana a las grandes cataratas del mismo nombre, en el Paraná, y emigraron al territorio de las misiones del Paraguay. Este éxodo, de cerca de 12.000 personas, ha sido soberbiamente descrito por el padre Ruiz Montoya en su Conquista Espiritual del Paraguay. Las incursiones de los paulistas afectaron mucho a la parte del Paraguay administrada por los gobernadores procedentes de España; no así a la que estaba en poder de los jesuitas, que sabían lo que ocurriría a sus rebaños si permitían el libre contacto entre éstos y los

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colonizadores españoles, y se mantuvieron alejados lo más posible en sus territorios. La vida fácil, reglamentada en todos sus aspectos por los sacerdotes; los pueblos de misiones construidos alrededor de una plaza, con un techo de ochenta a cien yardas de largo, que unía todas las casas; la regular asistencia a misa y las paradas de ceremonia m la fiestas religiosas, no produjeron un tipo de hombre con confianza en sí mismo. Las capillas estaban llenas de artífices y artesanos, pero todos ellos trabajaban según planos que les daban los jesuitas. Hicieron obras en nada inferiores a las que pueden verse en las iglesias del pueblo en España e Italia. Cuando recuerdo las misiones casi desiertas, a poco de terminar la guerra del Paraguay, en cuyas iglesias abandonadas las imágenes de santos, bien ejecutadas y muy doradas al florido estilo jesuita, aún estaban en su lugar, me producen la impresión de estatuas de dioses en algún templo de Nueva Zelanda. Organos ricamente dorados, rotos y cubiertos de telarañas, servían de nido a los murciélagos. Los púlpitos esculpidos estaban habitados por escorpiones y víboras. Las campanas aún repicaban los domingos y en las fiestas de los santos y generalmente un viejo de cabello gris, que había sobrevivido a la guerra, en un español dudoso mezclado de guaraní dirigíase por medio del canto de interminables himnos a la pequeña congregación, enteramente compuesta de mujeres, uno pocos niños y algunos hombres de barbas grises como él. Luego los exhortaba en su lengua a, ser buenos cristianos. Afuera, la selva invasora había llegado a los alrededores del pueblo y amenazaba cubrirlo, golpeando en sus muros como el mar. Bandadas de guacamayos, con un agudos graznidos, volaban por sobre el amplio espacio abierto, de corto césped, rodeado por los bajos y continuados techos de las casas, que le daba la apariencia de una gigantesca cancha de tenis, con sus cobertizos. Rara vez he visto una ceremonia más religiosa y más emocionante que esta supervivencia, con sus mal imitados ritos, dejada en el corazón del pueblo por los jesuitas.

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Cuando, en raras, ocasiones, llegaba un sacerdote para celebrar misa, las gentes acudían de varias millas a la redonda, las mujeres marchando por los bosques, a menudo de noche, en una larga fila, con su guía provisto de una antorcha para ahuyentar las bestias salvajes y evitar que los peregrinos perdieran contacto entre si. Todas vestían camisas blancas, muy largas y ribeteadas de bordados negros en el escote. El cabello, cortado en fleco sobre la frente, caía sobre sus hombros, grueso, negro y lustroso como la cola de un caballo salvaje. Todos estaban descalzos, y, al entrar en fila en la iglesia para prosternarse devotamente en el suelo mientras oían misa, sus pies descalzos, de plantas tan duras como la suela, producían un extraño ruido de aleteo en el piso de madera de la iglesia, tal como el que produce un caballo sin herraduras al galopar en terreno blando. En Asunción, y en la parte del país gobernada por España, al decaer gradualmente el gran imperio, los gobernadores españoles vieron limitado su poder y, desde luego, mermada su influencia, cuando sus disputas con los obispos llegaron a su fin. .Situado como está el país, aproximadamente a mil millas de Buenos Aires, no llegaban inmigrantes de España, y así las familias celosas de su sangre blanca estaban casi todas unidas entre sí por lazos consanguíneos. Habían perdido todo contacto con la madre patria y de nada se preocupaban ni conocían fuera del Paraguay. No había grandes casas construidas por los conquistadores, como en México y en el Perú, diseminadas en el país; no había grandes estancias de ladrillos, de techos planos y blanqueadas, como en la Argentina. Los conquistadores no habían construido ni lindas iglesias ni grandes con- ventos, como lo habían hecho en casi todos los demás Estados de la América del Sur. La catedral de Asunción era un edificio modesto. Las iglesias de campaña, aún más modestas, sin pretensiones arquitectónicas. A pesar de que algunas de las viejas familias poseían grandes propiedades, éstas no eran muy valiosas, pues no habla tan enormes cantidades de ganado como en la Argentina. La única exportación de verdadero

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valor era la de la yerba el substituto del té, que se toma en las praderas orientales de la América del Sur y que se conoce por mate, en el resto del mundo. Así, pues, no existían hombres muy acaudalados y, por otra parte, no habla pobreza y menos, miseria. Los más pobres poseían su parcela de tierra, en la cual co- sechaban bastante maíz y mandioca para sus necesidades. Alrededor de cada casa habla naranjos. Es difícil que haya otro país en el mundo en que los naranjos sean más abundantes y den mejores frutos. En todos los montes los naranjos se habían vuelto silvestres, formando grandes espesuras, y crecían lozanamente en las islas del Paraná. Las clases superiores mantenían las apariencias y usaban ropas europeas, pero sólo en Asunción. En sus propiedades, vestían sacos y pantalones de lino, y pasaban gran parte del tiempo meciéndose en hamacas que mantenían en movimiento tocando el suelo con la punta del pie descalzo. La siesta era casi obligada entre ellas durante las horas de calor. Cuando, por la tarde, soplaba una brisa fresca, se sentaban en pesadas sillas de madera, con asiento de cuero crudo, apoyadas contra la pared o bajo los árboles, mientras que una mozuela descalza, vestida con su larga camisa llamada tipoy, esperaba pacientemente a su lado con el mate en la mano. Las gentes de ambos sexos de todas las clases sociales fumaban continuamente. Los cigarrillos eran prácticamente desconocidos, pues todos los paraguayos fumaban, cigarros. Las campesinas, mientras se dirigían en grupos al mercado por las selvas, fumaban cigarros casi tan gruesos como una banana común y los encendían, si llegaban a apagarse, en la antorcha que siempre llevaba el guía. Las señoras fumaban cigarros de tamaño ordinario. Los hombres los fumaban más pequeños, de un tabaco particularmente fuerte llamado ”petun hobi” en guaraní; se decía que las mujeres eran capaces de fumar tabacos más fuertes que los hombres, tal vez por tener menos desarrollado su sistema nervioso o por alguna otra razón ignorada.

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Una señora que quería honrar a alguno de sus huéspedes, le ofrecía el cigarro que estaba fumando. Lindo gesto que debería imitarse (sin privilegio del clero) en otros países. A veces, en las zonas del campo, alguna corpulenta india tomaba una o dos hojas de tabaco fresco, levantaba (discretamente) su tipoy 9 , y después de enrollarlas restregándolas una o dos veces en el muslo, entregaba el cigarro al fumador con una sonrisa. Gradualmente, la lucha entre la Iglesia y el Estado perdió su virulencia, porque cada vez había menos motivos para ello, pues los paraguayos eran naturalmente religiosos y los gobernadores enviados de España se desinteresaban cada vez más de todo lo que no fuera hacer fortuna y regresar a su patria. No contaban allí con las oportunidades que les brindaban Chile, México, Nueva Granada y el Perú, ya que el Paraguay no tenía minas, sino un pequeño comercio y pocas riquezas naturales. El cargo de gobernador no era, por lo tanto, muy codiciado en España; sólo pocos hombres arruinados se resignaban a condenarse a una vida de aislamiento, y sin interés, con pocas probabilidades de recompensa. Lo que parece haber preocupado principalmente los espíritus de esas gentes era saber qué ocurría en las misiones jesuíticas, que constituían. casi un libro cerrado para los pobladores de Asunción. Se contaban las más fantásticas leyendas sobre las fabulosas riquezas que habían acumulado los jesuitas. Aquellos que tenían autoridad los odiaban, pues se interponían entre ellos y la explotación de los indios. Nadie se detenía a pensar que en un país sin riqueza mineral, no muy rico en ganado y sin más comercio que la exportación de la yerba, que los jesuitas habían introducido en el territorio de las Misiones, la acumulación de grandes fortunas era imposible. Hasta cierto punto, fueron los mismos jesuitas quienes dieron origen a estas sospechas.

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Su costumbre de excluir estrictamente a todo extraño, lo cual era casi una necesidad en su caso, tenía que provocar, indudablemente, los rumores más fantásticos acerca de los motivos de esta exclusión y acerca de su riqueza. En cuanto a los motivos, cualquiera que lo desee puede examinar mucha de su correspondencia privada en los Archivos de Indias en Sevilla y en Simancas. Su expulsión se realizó tan repentinamente que no habrían podido tener tiempo de destruir nada y menos aún de enterrar tesoro alguno, en caso de que lo poseyeran. El que lea sus documentos 10 y examine sus cuentas con espíritu amplio no podrá sino confesar que, aunque probablemente estrechos de miras, sus motivos y sus intenciones eran puros. No parece haberse denunciado caso alguno de falta a la castidad personal contra algún jesuita en el Paraguay, ni aun por sus peores enemigos. Eso sólo, en un país en que las mujeres han sido siempre más numerosas que los hombres, y con las oportunidades que los jesuitas han de haber tenido, habla maravillosamente de la pureza de sus normas. Desde los tiempos de Cárdenas, muchas veces se intentó, tanto por el clero regular como por las autoridades civiles, expulsar a los jesuitas. En varias oportunidades fueron expulsados de su colegio de Asunción, pero siempre se las compusieron para volver. En 1767, como un trueno en un cielo azul, llegó una orden general para su expulsión de América. Se fueron sin decir una palabra, casi sin una protesta, dejando su obra de más de cien años a la destrucción y al abandono. Nada 11 de valor se halló en ninguna de sus poblaciones. Cuanta riqueza tenían la habían gastado en el adorno de sus iglesias. En cuanto a ellos, se fueron pobres como cuerpo de gitano. Podrían haber luchado, de haberlo querido, pues no había ni cien soldados españoles

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en todo el Paraguay. La milicia local no era digna de tenerse en cuenta, mal montada, mal armada y sin disciplina. Sin duda alguna, los jesuitas habrían podido poner por lo menos cinco mil indios en campaña, mucho mejor armados que la milicia del Gobierno. Estos hombres, mandados por sus sacerdotes y en defensa de sus hogares, habrían probado ser buenos soldados, como lo demuestra acabadamente su comportamiento m 1678, al frente de un contingente de guaraníes, enviados por los jesuitas a requerimiento del gobernador español 12 . Los jesuitas eligieron el mejor camino, y partieron en silencio, dejando que el campo de sus afanes no recompensados atestiguara por ellos ante los ojos de la posteridad. El motivo principal de su indudable impopularidad en el Paraguay fue la firme posición que adoptaron contra la esclavitud de los indios. Su sistema, juzgado por las normas de hoy, era ilusorio, pero todos los sistemas basados en el amor y no en el provecho han sido, son y serán tal vez siempre considerados poco prácticos por aquellos que no ven en el mundo sino una ostra que pueden abrir, sea por mafia o por fuerza. Es posible que el sistema de los jesuitas haya sido el más apropiado para el grado de civilización que habían al- canzado los indios. Los hizo felices, a juzgar por las crónicas de aquel tiempo, aunque, por cierto, no les dio confianza en sí mismos, sino que, por el contrario, los inclinó a la obediencia de cualquier forma de gobierno. Sin embargo, no disminuyó la valentía del pueblo y menos aún disminuyó su hombría, como estaban destinados a ponerlo de manifiesto sus descendientes. Las tres cuartas partes, de la población estaban constituidas por indios puros, que, bajo el dominio directo de España, no tenían parte ni intervención en el gobierno. Ni siervos ni esclavos, exactamente, la única relación mantenida con el Gobierno era la obediencia. Desde su nacimiento, todo paraguayo aprendía a obedecer a su sacerdote y a su superior. Esta ciega sumisión a la autoridad abrió el camino a la tiranía que estaba destinado a soportar.

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. La repercusión de la Revolución Francesa, con sus doctrinas de los derechos del hombre y su nueva trilogía de Libertad, Igualdad y Fraternidad 13 , que inflamaron al resto de la América del Sur, llegó al Paraguay mucho después que a cualquiera de. los demás Estados. En el Paraguay, la misma opresión de los criollos por los españoles nacidos en España tuvo igual consecuencia que en los demás Estados de la América del Sur. Los criollos eran excluidos en cuanto era posible del desempeño de los cargos, y eran tenidos en menos, aun los bien educados y ricos, hasta por el más insignificante de los nativos, de la Península. Como es natural, los criollos fueron los primeros en aclamar con entusiasmo las nuevas doctrinas. No es que pensaran ni por un momento en compartirlas con la pobre población indígena. A ésta le correspondía prosternarse y adorar a la Libertad, llamarse ciudadanos libres, oír las arengas sobre los derechos del hombre y seguir trabajando para los señores criollos que habían substituido a los españoles. La independencia se logró en el Paraguay casi sin lucha ni violencia; ninguna de las encarnizadas guerras que se libraron en México, Venezuela, Nueva Granada ni el Perú fueron necesarias en el Paraguay. El propio gobernador español, Don Bernardo Velazco 14 , anciano y filósofo, no fue, según se afirma, hostil a las ideas revolucionarias. Parece haber considerado que España estaba postrada ante las armas de Napoleón y que le era imposible seguir gobernando un gran continente a miles de millas de distancia. Como era inevitable, las nuevas ideas llegaron al Paraguay, desde Buenos Aires, cuyos habitantes odiaban desde hacía largo tiempo al gobierno de España. Es bastante curioso que las nuevas ideas llegaran con el ejército invasor de Be1grano, el general de Buenos Aíres quien era ostensiblemente favorable al rey de España, Fernando VII. Después de una o dos acciones en las cuales la victoria correspondió a los paraguayos, que demostraron grandes cualidades de guerreros,

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Be1grano dejó las semillas de la revolución, sembradas probablemente por sus soldados. No tardaron en fructificar. Cuando el general Caballero, con unos pocos soldados, llegó ante la residencia del gobernador Velazco 15 el buen anciano no ofreció resistencia y dijo que se inclinaba ante la voluntad del pueblo. Así, pues, el Paraguay logró su independencia sin disparar ni un tiro ni derramar una gota de sangre. Ningún pueblo del mundo podía estar menos capacitado que el paraguayo para gobernarse a sí mismo. Las ideas republicanas nada significaban para la mayoría, pues España para ellos no era sino una palabra, y lo único que querían era vivir a su modo sus sencillas vidas. La clase que se benefició estaba compuesta por los criollos más ricos. Habían sido maltratados bajo el dominio español, despreciados hasta por los españoles más pobres, y la vida pública les estaba cerrada, pues todos los puestos públicos se llenaban con españoles de la Península. Hasta los criollos más ricos no podían haber sabido mucho de republicanismo, y lo más probable es que no consideraran a la revolución sino como un camino hacia su progreso. El pueblo, aunque sin poder expresarse, parece haber sido feliz, pues sus necesidades eran sencillas y sus placeres más sencillos aún. Nada más arcádico que la descripción hecha por Robertson 16 de un día de fiesta en el Paraguay. “El día del natalicio de San Juan amaneció auspiciosamente en Itapuá. Doña Juana hizo los preparativos más suntuosos y más abundantes, tanto en honor de su santo como para el buen agasajo de sus invitados. Estos eran unos doscientos y abarcaban todas las categorías, desde los miembros del Gobierno hasta los tenderos de Asunción. Lo primero que hizo Doña Juana fue decorar con esplendor poco común una gran imagen de San Juan Evangelista, que, en una caja de cristal, tenía como ornamento principal de su sala. La imagen estaba recién pintada y dorada: vestía una túnica de terciopelo negro

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comprada para ella y profusamente acicalada con encaje de oro. Por encima de ella volaba un querubín, y, con mucho mayor exactitud

histórica que la que podía yo esperar de un artista católico romano en

el Paraguay, detrás del santo se erguían algunas rocas artificiales, .con

musgo y árboles, que querían representar la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis. "Todos los amigos de Doña Juana habían prestado algunas de sus

alhajas para adorno del santo varón. En sus dedos brillaban anillos, le colgaban collares del cuello y una tiara adornaba el venerable rostro; los lazos de sus sandalias estaban cuajados de perlas, un precioso cinturón rodeaba su fino talle y seis grandes velas de cera ardían ante

el altar.

“Allí, rodeado de fragantes ramas siempre verdes —naranjo, limonero, acacia—, se hallaba el santo favorito, esperando recibir el primer homenaje de cuanto invitado llegara. Las arboledas de naranjos a cada lado de la casa estaban llenas de abigarradas lámparas listas para ser encendidas; las mesas habían sido surtidas por los mejores confiteros de Asunción; se, habían contratado para esa ocasión a los cocineros del anciano gobernador y se había pedido a cada uno de los invitados que trajera la mayor cantidad de sirvientes de que pudiera disponer. . “Una vez arreglado todo, Doña Juana esperó a sus invitados. No fue sino a la caída de la tarde cuando comenzó un movimiento general de invitados que llegaban, unos a caballo, otros a lomo de mula o de burro y otros, por fin, en coches y carruajes. A la cabeza de la rezagada procesión venía una compañía de frailes franciscanos precedidos por la banda de música de su monasterio. Los frailes, aunque toscamente vestidos, de acuerdo con la regla de su orden, para

mostrar humildad, montaban hermosos y bien cuidados caballos

ricamente enjaezados, y satisfacían así el orgullo 17 de su corazón, aunque ateniéndose a la regla de su orden. Los seguían los dominicos

y los recoletos. Todos llegaban descubiertos, se arrodillaban ante la imagen del santo y se retiraban reverentemente. A los sacerdotes

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seguían las esposas de los miembros de la junta 18 , que llegaban en el carruaje oficial, armatoste de más de cien años. Las escoltaban sus

maridos, a caballo y vestidos de baile, sus pesados sables al costado a pesar de llevar calzones cortos y medias de seda, mientras que sus caballos, adiestrados para esas oportunidades especiales, caracoleaban

al lado del carruaje, cuyo enorme peso se arrastraba por huellas de

arena que alcanzaban a ocho y diez pulgadas de profundidad. Seguía a este grupo Don Gregorio de la Cerda y doce o catorce de sus

comadres 19 . Estas últimas viajaban en caravanas cubiertas por toldos

y sentadas en cojines para amortiguar los golpes del constante

traqueteo de los incómodos carromatos. Arrastraban a cada uno cuatro bueyes, que avanzaban a razón de dos millas por hora. Seis de las doce comadres estaban con niños. Don Gregorio (su ángel guardián)

montaba un soberbio caballo blanco enjaezado al más elevado estilo de

la tradición y del lujo español, precedido por un ahijado y seguido por

otro. Ningún hombre era tan rico en ahijados como Don Gregorio, y por lo tanto nadie era tan notable como él. Si un hombre quiere ser importante en ese país tiene que ser un padrino general. Detrás de Don Gregorio, llegaban grupos de oficiales en uniforme de gala, escoltando cada uno a caballo a su dulcinea. En muchos casos la dama iba a las ancas, detrás de su compañero, y no eran pocos los corceles montados por dos sílfides paraguayas escoltadas por sus “paysitos” preferidos, jóvenes galanes campesinos. Allí venían los tenderos, con todas sus galas de riqueza advenediza y vulgar; allí venía el doctor Burgos, empolvado, cubierto de pomada y rizado de la cabeza a los pies; allá venían los comerciantes, “llenos de sabios refranes y de ejemplos modernos”; y, finalmente, allí venía el señorial, modesto y honrado (ex) gobernador español, general Velazco. Lo acompañaban

solamente su mayordomo y mucamo (pues el fiel hombre te servía de ambas cosas) y un lacayo. “Todo su poder se había desvanecido; sus honores yacían en el polvo; allí estaban sus rivales brillando en esos atributos y esas distinciones que apenas unos pocos meses atrás le pertenecían

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exclusivamente, y, -sin embargo, ni un gesto, ni una muestra de celos o de orgullo mortificado oscurecía su rostro. ¡Buen hombre, cuán poco mereció la terrible suerte que luego le tocó, durante el reinado del terror de Francia, implacable para todos! “Cuando todos estuvieron reunidos, las sombras de la tarde comenzaban a envolver de tintes oscuros la alegre escena que se desarrollaba en el césped 20 . El sol se puso con gran esplendor y la luna nació con igual brillo. Contribuían grandemente a la romántica sencillez de la escena uno y otro grupo de paisanos paraguayos, invitados sólo por la noticia que habían tenido de los festejos que iban a celebrarse en casa de Doña Juana y que llegaban por el valle, de diversas direcciones. “Los escoltaban uno o dos guitarristas, que se acompañaban con sus instrumentos al cantar algún triste o balada nacional 21 . Al salir de los montes o de los oscuros bosques de los alrededores con sus ropas blancas, parecían a la distancia habitantes de otro mundo, y al llegar su sencilla y armoniosa música ondulando en la brisa, podría uno ha- berse imaginado una contribución coral de los pastores de Arcadia. “Muy diferentes eran las diversiones en la casa de Doña Juana y en sus alrededores inmediatos. Algunos bailaban en el césped, otros en los salones, más allá, contaban chistes entre largas y estruendosas carcajadas; aquí un grupo de frailes se empeñaba en una partida de malilla, y allí otro gozaba los placeres de los tentadores vinos y viandas que se ofrecían a todos. Algunos de los santos padres, los más atrevidos, seguían la confusión de la danza. No se distinguían sus siluetas de las de sus bellas compañeras, pues todos vestían faldas. Allí estaba un personaje llamado Bedoya, que medía cerca de dos metros y cuya amplitud era mucho mayor que la proporcionada a sus dimensiones longitudinales. Bailaba, sin embargo, con no poco entusiasmo y transpiraba con no menor profusión. Los miembros del Gobierno habían abandonado toda reserva y bailaban, bebían y fuma- ban cigarros, como los demás. Doña Juana, con sus ochenta y cuatro años, bailó un “sarandig” o zapateado; los galanes y sus ninfas

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llenaban el bosquecillo de naranjos, y allí cada uno cortejaba a su "peor es nada". Los sirvientes se reunían alrededor de las fogatas encendidas entre las arboledas para cocinar; al llegar cada grupito de cantores, hacíasele lugar y se lo recibía con agasajos; los males de la vida parecían ser dejados a un lado, y aunque la música de los coros de iglesia era rústica y vocinglero el clamor de los invitados, toda la escena estaba revestida de un aire de abundancia, de simplicidad y de hilaridad cordial que no habría de olvidarse pronto. “Por último, el envidioso día irrumpió en nuestras Jaranas. Las señoras comenzaron a parecer muy descoloridas y los candiles y las lámparas a palidecer. Los pulmones de los músicos estaban agotados; algunos de los frailes habían perdido el dinero con los naipes y muchos de los invitados su sentido con el vino. "Las madres buscaban a sus hijas; los sirvientes, a los carros y carretas. Muchos maridos fueron sorprendidos por sus mujeres dormitando, pero todos fueron obligados a obedecer las órdenes. Corrieron al corral a buscar los caballos y luego se pusieron a ensillarlos. Se repartió café caliente y chocolate; los sirvientes se afanaron y los coches salieron; grupos de jinetes emprendieron su camino despidiéndose a gritos; fuéronse los frailes y fuéronse los músicos. A las nueve de la mañana sólo podían verse los vestigios de la noche pasada.” ¡Arcádica escena en que “todo era moral y corazón tierno”! Los paraguayos de hoy tienen para con Robertson una deuda por haberles conservado tan bien descrita una escena de un mundo que pasó tan enteramente corno la vida en Arcadia. Era la última de la que iba a gozar el Paraguay. La sombra del oscuro tirano doctor Francia asomaba por el horizonte. Los hombres habían comenzado a sentir que habían cambiado el antiguo y fortuito gobierno de España, con sus injusticias y sus morosidades; pero, a pesar de todo, con algo muy humano corno todas las cosas de España, por otro amenazador y oscuro.

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Como lo observa Robertson, “tanto la luz como la música de la fiesta deben de haber llegado a la casa del doctor Francia, que, en esos precisos momentos, estaba proyectando los planes que desde entonces han sido puestos en ejecución y han ahuyentado la alegría y extinguido, a la vez, la luz de la libertad”. El anciano gobernador español, general Velazco, parece haber tenido la intuición de lo que iba a ocurrir, pues observó a Robertson, “con notable y enfático presentimiento: —¡Ah, Mr. Robertson! mucho me temo que ésta sea la última escena de fiesta que veamos para siempre en el Paraguay”. Ese pueblo sencillo, como Robertson lo ha descrito tan bien, sin un solo pensamiento que no fuera sobre su vida actual, lejos del mundo exterior, acostumbrado a obedecer a la autoridad y bastante ignorante, era apropiado por naturaleza para ser presa de un frío misántropo como el doctor Francia. José Gaspar Rodríguez Francia, de origen portugués, según se cree en general, había nacido en Asunción en 1758. Hijo de padres que tenían una posición desahogada, aunque no ricos, fue enviado a la Universidad de Córdoba para que siguiera la carrera eclesiástica, la única abierta a los criollos. Allí, con los jesuitas, aprendió algo de matemáticas, lo bastante para resolver un problema algebraico sencillo; un poco de astronomía y bastante francés para leer a Volney, Diderot y Voltaire, sus autores favoritos, aunque no se sabe sí sabia hablar esa lengua. Esta instrucción, pues en esos días no la poseía media docena de paraguayos, fue causa de que se lo tuviera por un prodigio. Elegido quinto miembro de la junta, pues no había tomado parte en la revolución y era personalmente impopular, pronto dominó a todos los demás, debido a su habilidad y a su carácter firme. No estaba satisfecho, pues lo que ambicionaba era el poder. Representó el papel acostumbrado de los tiranos; con el pretexto de que la junta no era lo bastante avanzada, se retiró a su propiedad, seguro de que lo llamarían y aceptarían sus condiciones en cuanto surgiera alguna

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dificultad. Su oportunidad se presentó al llegar un enviado de Buenos Aires para negociar un tratado. Ninguno de los de la junta, integrada por hombres de espíritu sencillo e ignorantes, estaba calificado para asumir tal responsabilidad. En su desesperación, llamaron a Francia. Esa fue su ruina. Mediante pretextos, se libró de todos ellos, ejecutándolos o encarcelándolos a perpetuidad. Luego, habiéndose constituido en dictador, se embarcó en la extraña y sangrienta carrera que iba a excluir al Paraguay del mundo entero por cerca de treinta años, y transformó al país en una vasta prisión para sus habitantes. Bajo el título de “El Supremo”, fue el genio del mal para sus compatriotas. Sus espías estaban en todas partes. Nadie se atrevía a hablar ni a su mejor amigo. Cuando “El Supremo” salía a cabalgar, vestido de calzón de seda negra, zapatos bajos, medias de seda y capa roja, con un gran sable ceñido al costado, todos escapaban y se ocultaban en sus casas. Los que no podían encontrar inmediato escondite, permanecían de pie, con las manos levantadas y la cabeza gacha, y agradecían a Dios no haber sido sableados por la escolta, como ocurría a muchos hombres indefensos. La prisión y la tortura eran sus armas favoritas contra todos a quienes temía (y temía a todos), alternadas con el confinamiento en los insalubres y lejanos distritos del curso superior del río Paraguay. Los que eran fusilados inmediatamente eludían al menos la cámara de las torturas y podía considerárselos afortunados. Bajo esta tiranía, se apagaron hasta las pocas chispas de respeto propio que subsistían en ese desdichado pueblo. Los esclavos eran mucho más libres que los desventurados paraguayos, porque, por lo menos, tenían su valor y ningún dueño de esclavos que no fuera un loco o un bruto despreciaba sus propios bienes y menos aún los torturaba o los ejecutaba por sus opiniones. Bien preparó “El Supremo” el terreno para una tiranía más despótica, que luego diezmó al Paraguay y redujo a todo su pueblo a una condición aún más abyecta que la que tuvo en los días de Francia. Al pasar los años y al tomarse su poder más absoluto,. su crueldad

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aumentó a medida que se satisfacía. Las prisiones apenas alcanzaban para contener a los infortunados que, no por crímenes sino por alguna palabra casual escuchada por un espía, se pudrían y sufrían hambre hasta que la muerte los libraba de sus penas. En una gran tormenta de truenos y de lluvia, el tirano pasó al lugar que le correspondía, y una vez más el miserable pueblo respiró. Como otros tiranos, Francia no careció de apologistas, Carlyle creyó en él implícitamente, pues sentía la admiración de casi todos los hombres que han pasado una vida regalada, por la acción directa y por los gobiernos fuertes. Los que mejor conocieron a Francia lo odiaron intensamente, y algunos han dejado de él un retrato casi satánico en su maldad. Tanto Robertson como Rengger 22 , hombres instruidos que tenían frecuente acceso ante el dictador, hablan de él con odio y lo describen como sediento de sangre, sombrío y melancólico, temeroso hasta de su propia sombra; sin un amigo, sin afectos naturales, sin importarle sus hijos bastardos, rehusándose a ver a su propio padre en su lecho de muerte y a reconciliarse con él. Nunca se había casado, y sus amores fueron mantenidos con mujeres de color de la más baja ralea. Nunca tuvo un. solo animal favorito, así es que ni siquiera un perro sintió su muerte. No mató ni torturó por placer —como lo hiciera el tirano que le sucedió—, pero sí condenó a cualquiera del cual sospechara, y algunas veces permaneció indiferente y frío durante las ejecuciones. Su retrato pintado por Robertson en “Letters on Paraguay" muestra un hombre alto y bien plantado, vestido de calzón corto, medias de seda y zapatos con hebilla. Cuelga de sus hombros una capa, y sostiene un mate en la mano, con su correspondiente bombilla, ambos de plata. Está descubierto, y sus largos cabellos negros caen casi graciosamente sobre los hombros. Sus facciones son regulares, y debe de haber sido casi hermoso. Sus ojos delatan el ritmo interior de su voluntad; grandes y bien abiertos, hay en ellos algo siniestro; su larga nariz, y su boca cerrada,

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como una herida, muestran que era un hombre de carácter férreo. El doctor Somellera, un argentino culto, que fue uno de los primeros promotores del establecimiento de la primera junta después de la revolución, y ulteriormente resultó recluido en una prisión y maltratado por el dictador, opina que tanto Robertson como Rengger describieron a Francia haciéndole demasiado favor. “No me cabe duda —dice— que el doctor Rengger, al relatar el suceso del 29 de septiembre 23 , no ha hecho más que repetirnos lo que Francia le dijo; nadie más que él pudo revestir con colores humanos un acto de los más injustos y bárbaros 24 . ¡Cómo puede este escritor atribuir humanitarismo a un hombre del cual acaba de decir en el mismo capítulo que había reprimido todo afecto tierno y no conocía la amistad! ¡Sentimientos humanitarios en el doctor Francia! Nunca pareció pertenecer a la especie humana y únicamente su muerte vino a probarlo.” Después de la muerte del tirano, administró el país, por pocos meses, una junta de cinco miembros, llevada al poder por un tal Patiño, que había sido uno de los principales instrumentos de que se valiera el doctor Francia. Patiño se había reservado el puesto de secretario, en la esperanza de dominar al resto de sus colegas de la Junta. Afortunadamente para el Paraguay, el primer acto de la junta nombrada por él, fue encarcelarlo. Sabiendo que era objeto de execración general, se ahorcó en su celda y evitó así que se levantara un cadalso para él. Después de soportar los treinta años de tiranía, el alegre, sencillo y cordial pueblo paraguayo se había tomado desconfiado y receloso, más pobre y más ignorante, si es posible, que antes, pues durante su largo reinado Francia había caído en la cuenta de que la falta de instrucción conservaría al pueblo ignorante y esclavo. Cuando se vio que la primera junta establecida después de la muerte de Francia era inoperante, se la disolvió, casi suprimiéndosela en el acto. Inauguró sus sesiones un Congreso General, compuesto por trescientos miembros. Puede imaginarse fácilmente la clase de

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hombres que lo componían; eran todos ignorantes, probablemente bien conceptuados, pero muy poco acostumbrados a cualquier clase de negocios. Muchos de ellos no hablan visto nunca una ciudad, y ninguno había salido del Paraguay. Desde Itapuá, sobre el río Paraná; desde las decadentes misiones jesuíticas; desde Villarrica, la única población. Que puede llamarse una ciudad fuera de la de Asunción en todo el país; desde la lejana Concepción, río arriba sobre el Paraguay; desde los yerbales y naranjales de La Villeta, venían a través de las selvas, por las angostas picadas, en sus menudos caballos paraguayos de tranco rápido. A su paso, viajando probablemente de noche, si la luna les era propicia, deben de haber oído en medio de la espesura el rugir del tigre, mientras seguían a lo largo de la picada; se deben de haber cruzado lentamente a su paso, osos hormigueros con sus tupidas y largas colas, y garras tan poderosas que hasta los tigres las temían, y sin duda los monos en los árboles gruñían y parloteaban. Sus caballos habrán bufado amedrentados cuando, al pasar por los pajonales ri- bereños, los carpinchos se dejaban caer con gran chapoteo en medio de la corriente; deben de haber individualizado el nadar del tapir, pues su espalda traza una sola línea oscura sobre el agua a la claridad de la luna en las noches del verano paraguayo; se habrán estremecido cuando el triste "ai" del perezoso resonaba desde la copa de los ceibos y del urunday. No dudo de que, de tanto en tanto, habrán lanzado al aire un triste melancólico, en tono menor, cantado en un alto "falsetto", arrastrando las últimas notas hasta dejarlas morir y entremezclarse entonces con los otros rumores de la noche. Habrán repetido la leyenda del ipetatá, el pájaro misterioso que lleva en su cola un faro encendido, y todas las otras del rico folklore paraguayo, tanto en guaraní como en el vacilante castellano salpicado con las muchas exclamaciones en la lengua nativa que hacen tan difícil de entender el castellano que se habla en el Paraguay. Al amanecer verían las selvas envueltas en blanca bruma, y apurarían sus caballos para que a su andar más rápido pudieran cubrir

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una o dos leguas antes de que su enemigo el sol destellara por sobre los árboles. De ellos cuelgan verdes culebras, y por los ámbitos de la selva entera resuena el campanilleo de los pájaros, como si llamaran a misa en alguna misteriosa capilla allende el bosque. Cruzan cotorras en bandadas entre los árboles, los papagayos vuelan sobre ellas como halcones parcialmente coloreados, taladrando los tímpanos con su grito estridente, y, por las inmediaciones de los ríos, el tucán parece un gigantesco y deforme martín pescador. En las aguas estancadas de cierta profundidad, en el curso de los grandes ríos, como leños sin vida yacen los yacarés, que apenas se moverían cuando a su lado pasaba la cabalgata por el camino, desde que en aquellos días no le tenían sino un temor muy relativo al hombre. Todo esto vieron, y lo observaron bien, por ser cosas familiares que habían contemplado desde la infancia, al corretear descalzos y semidesnudos, balbuceando el guaraní. Cuando estos diputados pobres llegaron a Asunción, notaron en el acto su condición desamparada, y votaron, tal como se les sugirió, por Carlos Antonio López y su amigo Mariano Roque Alonso, quienes habían convenido en la reunión del congreso para dar visos de legalidad a sus ambiciosos planes. Alonso era un hombre sencillo y despreocupado, que había desempeñado el puesto de jefe militar en el tiempo de Francia. En consecuencia, tenía el control de todas las armas y municiones del país, y por ello resultaba un elemento útil para López, quien, aunque no era soldado, parece haber tenido la idea de hacer del Paraguay una potencia militar. Desgraciadamente, sus planes tuvieron éxito y a su muerte dejó al Paraguay con un ejército en pie de mayores proporciones que el de ningún otro Estado de la América del Sur, habiendo forjado así el arma que su hijo empleó en sus ambiciosas maquinaciones. Carlos Antonio López, el segundo dictador del Paraguay, pues no pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en un gobernante tan poderoso como el doctor Francia, aunque, afortunadamente, mucho más humano, había nacido en 1787 en La Recoleta, una aldea situada

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a unas tres millas de Asunción. La historia de su ascendencia resulta curiosa. Un tal Juan Bautista Goyes, hombre culto pero de mal carácter, desempeñó el puesto de secretario del Tesoro bajo la administración del doctor Francia. Vivió con una mujer de color y, aunque nunca se casó con ella, reconoció a su hija como propia. Esta muchacha se casó con un sastre llamado Cirilo López, quien era mestizo; es decir, producto de la cruza entre el indio y el blanco. Su familia contó con seis hijos y dos hijas; uno de ellos era Carlos Antonio, quien se convirtió en el autócrata del Paraguay. El joven estudió leyes, y tuvo suficiente habilidad para granjearse una numerosa clientela. Astuto y precavido, durante todo el reinado de Francia vivió en su casa de campo, pues se había casado con la hija de un acaudalado ganadero, llamado Lázaro Rojas, y desempeñaba las funciones de administrador de los bienes de la familia. A la muerte de Francia, contaba López 47 años de edad, y aunque de poca instrucción, no tenia poca habilidad. La avaricia y la sed de mando eran sus condiciones capitales, y aunque no era cruel por naturaleza, como lo fuera su predecesor, su astucia y su doblez le hicieron odioso a sus vasallos después que llegó al poder. Su retrato en “History of Paraguay” de Washburn 26 lo pinta corno a un hombre de mediana edad, de mirada torpe, corno un Falstaff sin el ingenio y la hombría de bien de Falstaff, sino, por el contrario, con un aspecto particularmente desagradable, casi repelente, lo cual en un hombre gordo que no tenga atractivo en su persona parece algo anómalo. Carlos Antonio López y sus colegas, al subir por vez primera al poder, daban la impresión de estar imbuidos de principios liberales. Abrieron las cárceles y libertaron a las víctimas de Francia, quienes habían soportado una esclavitud desesperada por largos años. El cinco por ciento de la población 27 inundaba las cárceles bajo la férula de Francia, la mayor parte de ella sin acusación alguna y completamente ignorante de la causa de su reclusión. La mayoría pertenecía a las clases más instruidas, ya que eran éstas a las que más temía el tirano.

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Los nuevos gobernantes actuaron sabia y hasta cautelosamente, circunstancia extraña en hombres llegados súbitamente al poder. Las propiedades que fueran confiscadas, cuyos dueños habían sido ejecutados, se devolvieron a los herederos. En algunos casos, cuando esto resultó difícil por cualquier circunstancia, el Estado pagó una indemnización a los representantes de los damnificados. Se creó un cuerpo de policía, cosa que no era muy necesaria en aquellos días, porque, de todos los pueblos del mundo, el paraguayo es el más res- petuoso de la ley. Como Francia había abolido jueces y cortes, y administrado injusticia por su propia mano, habrían de establecerse nuevamente las cortes y nombrarse nuevos jueces, para entender en asuntos sencillos corno los que podrían surgir en una sociedad tan primitiva. Durante todo el reinado de Francia la educación había sido descuidada negligentemente, y sólo unos pocos sabían leer y escribir, y el castellano había sido reemplazado por el guaraní, aun en las familias de sangre española pura. Esto contribuía a hacer más indefenso al pueblo, por haberle hecho perder el contacto con el mundo exterior. Aunque los paraguayos de aquellos días vivían en forma sencilla, pues hasta las hijas de las familias más ricas andaban descalzas y toda la familia comía los alimentos más simples, sin probar nunca el vino, excepción hecha de las fiestas, se daban el extravagante lujo de tener utensilios de plata labrada. Siguiendo la costumbre de la mayor parte de los españoles residentes en la colonia, antes, y aun después de la independencia de la madre patria, acumulaban plata labrada en cantidades difíciles de imaginar a no ser por haberlas visto. Sedas y brocados de China y España se traían sin reparar en el precio y se almacenaban, para usarse solamente en muy raras ocasiones de fiesta. Los caballos de las clases más acomodadas se cargaban de plata en todos sus arreos. Largas riendas de plata les caían casi hasta el suelo, y usaban frenos con pesadas copas, que llevaban además por debajo la correspondiente pontezuela en forma de un águila de plata,

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que al tiempo que el pinete paseaba lentamente por la calle arenosa, se movía hacia arriba y hacia abajo sernejando volar. Un pretal de plata con una onza de oro, justamente en medio del pecho del caballo, tintineaba a cada movimiento, y un fiador de plata ajustaba la garganta del animal. Usaban enormes estribos de plata, que con frecuencia pesaban una libra o más, y espuelas de anchas rosetas colgaban negligentemente de los talones del jinete, sostenidas por una cadena a su vez sujeta por una cabeza de león que caía sobre el empeine; la silla de montar tenía sus pesados borrenes de plata, y el rebenque de cuero, hecho primorosamente con su lonja plana, tenía un aro de plata, a través del cual pasaba un tiento o una cadenita de plata, colgante de la muñeca del jinete. Aunque los paraguayos nunca tuvieron para montar la elegancia característica de los uruguayos y los argentinos, eran buenos jinetes, de cierta tiesura, sin el aire salvaje que caracterizaba a sus congéneres los centauros de río abajo; como no tenían las enormes tropillas de los argentinos, se veían .obligados a cuidar mejor los caballos que poseían, y todo paraguayo de las clases ricas alimentaba a su corcel con grano, lo llevaba al amanecer hasta la fuente de agua más cercana para bañarlo. La vida deslizábase, en consecuencia, en forma primitiva; las diversiones eran pocas y baratas, y la hospitalidad, tal .como se la entiende en otros países, completamente desconocida. No es que los paraguayos fueran inhospitalarios según su costumbre, sino que la condición de sus mujeres, que pasaban la vida guardadas tan de cerca como las del Oriente, sin salir nunca solas y casi sin ver a ningún hombre fuera de los de la familia, salvo en público en bailes y fiestas, hacía que la hospitalidad promiscua fuese difícil, si no imposible. Se sobrentendía que cualquier muchacha aprovecharía la primera oportunidad que se le ofreciera, y las madres, por cuantos medios tenían a su alcance, cuidaban de no dejarlas caer en tentación.

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También, con la innata benevolencia de la raza hispana, si sucedía que una doncella daba un mal paso y caía en desgracia, ni ella ni su hijo eran jamás expulsados de la casa paterna; la joven recibía buen trato, y se llamaba al niño “un hijo del aire”; era frecuente que consiguiera casarse tan bien como sus hermanas que nunca habían mancillado su virtud. Nadie podría decir que los paraguayos tuvieran un estricto código moral; Francia había desprestigiado la institución del matrimonio durante su larga dominación, así que esto había pasado de moda, a excepción de las familias españolas antiguas y severas. Las gentes más humildes parecían vivir tan felices en su unión carente de bendición eclesiástica, que, por lo general, duraba por toda la vida y era tan permanente como los matrimonios en pueblos más viciados, y, por cierto, ni un ápice menos dichosa. Los vehículos con ruedas eran escasos, cosa que no es de extrañar, pues casi no existían caminos, y las huellas profundas en el suelo de arena rojiza no se prestaban para el tránsito. Algunas de las familias más acomodadas poseían carruajes españoles antiguos, montados sobre elásticos de cuero, que proporcionaban al vehículo un balanceo como el de un barco en el mar agitado por el viento. Las visitas y excursiones se hacían a caballo, desde que no, había diligencias públicas como en otros Estados de la América del Sur. En aquellos días, los paraguayos nativos viajaban tan poco que consideraban una excursión al territorio de Misiones como una aventura que no había de correrse en vano o sin una causa razonable. No era que fuese peligroso o difícil en forma alguna; la única dificultad residía en el cruce de los ríos, y esto lo hacían muy fácilmente en canoas, llevando del cabestro a sus caballos, que nadaban junto a ella. En el caso de que los caballos fuesen muchos, eran llevados a la orilla y obligados a echarse al agua por muchachitos que les gritaban y tiraban piedras hasta que empezaban a nadar.

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Ocurrían contados accidentes, pues el caimán paraguayo no tiene el tamaño de los saurios gigantescos del Amazonas y el Orinoco, y no es tan atrevido ni tan feroz. Cuando a la puesta del sol llegaban viajeros a una casa, eran recibidos alegremente (por traer noticias) y como un deber que nadie podía rehusar; en efecto, un viajero era considerado como lo que los árabes llaman “un huésped de Dios” 28 ya que la hospitalidad árabe se transmitió a los españoles durante su larga dominación de la Península y fue traída a América por estos últimos. Ningún país del mundo podría haber estado más seguro que el Paraguay. El clima, aunque deprimente para los recién llegados, era atemperado y saludable; el termómetro durante la estación veraniega rara vez subía más allá de los 90º Fahrenheit, mientras las heladas fuertes eran desconocidas aun en el rigor del invierno. La muerte de Francia libertó a esta sociedad primitiva del terror abyecto en que habían vivido durante treinta años; los instrumentos humanos de que se había valido para forjar las cadenas materiales y morales con que sujetó a sus infelices compatriotas se hundieron prontamente en sus cuevas y el país los olvidó; habla muy bien del Paraguay, por cierto, el hecho de que pocos de ellos fueran molestados por los hijos de sus víctimas y que se les dejara vivir sus vidas envueltos en su propia ignominia. Carlos Antonio López, en oportunidad de su elección como presidente vitalicio, estableció varias leyes convenientes y equitativas. En 1842 una ley dio libertad a los esclavos, o sea veinte años antes de que se aboliera la esclavitud en los Estados Unidos. La esclavitud en el Paraguay nunca adquirió la dureza que en las colonias holandesas, francesas o inglesas. Se aproximó más a la esclavitud entre los árabes, en la cual los esclavos son considerados (y lo son aún) más como miembros de la familia que como verdaderos esclavos. La ley promulgada por el nuevo presidente disponía una liberación gradual; de este modo, todos los nacidos después de puesta en vigor serían libres: los hombres a los 25 años las mujeres a los 24.

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No obstante esto, la esclavitud en el Paraguay era tan atenuada que mucho antes de la expiración del plazo legal no había diferencia entre la condición de los “libertos”, como se les llamaba, y los demás hombres. Esta sabia y humana legislación, unida a la fundación de escuelas públicas., dio al oprimido pueblo del Paraguay la esperanza de que se presentaba el amanecer de una nueva era sobre su horizonte sombrío. En lugar de tratar de cerrar su país al mundo exterior, el presidente promovió relaciones amistosas con potencias extranjeras, especialmente con los estados vecinos de Bolivia y Argentina. Después de un intervalo, el Paraguay fue reconocido como estado soberano por Inglaterra, Francia y Bolivia, y un año o dos después por los Estados Unidos de Norteamérica. En el año 1845 el presidente creó el primer diario paraguayo, “El Paraguayo Independiente”. Se trataba de un órgano del gobierno que, aunque contenía poco material de información, servía de medio de difusión para los decretos que expedía y también un medio por el cual el presidente podía lucir sus talentos literarios al mundo entero. El buen hombre estaba muy afectado por los “cacoethes scribendi”, y acumulaba una cantidad de adjetivos altisonantes en su pluma, digna de destacarse aun en la América del Sur, donde los adjetivos colman todos los campos literarios corno los azafranes en el otoño. Realmente, parecía que el Paraguay iba a entrar en un período apacible, pues se introdujeron dos leyes buenas y liberales. Una de ellas otorgaba a todos los inventores el uso exclusivo de su invento durante cinco años. La otra daba a los residentes extranjeros en el Paraguay todas las prerrogativas de los ciudadanos nativos; esta ley resultó desde el principio letra muerta, porque el presidente la violó en forma invariable cuando los intereses de un extranjero se encontraban en pugna con los. suyos. Pero, aunque fuera inoperante, esta ley marcó un apreciable mejoramiento ideológico en comparación con los principios del doctor Francia.

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Francia, volteriano y escéptico, había profesado un profundo desdén por la Iglesia y sus hombres, y no había perdido oportunidad de humillarlos. López, mucho más sabiamente, hizo todo lo que pudo para hacer de la Iglesia un sostén de su gobierno. Habiendo procurado que el Papa nombrara a su hermano León Basilio para la arquidiócesis del Paraguay, aseguró así las llaves del Cielo y del Tesoro para su propia familia. Colocó a los demás miembros de su clan en las oficinas públicas, y se hizo de esta manera el dictador virtual del país, aunque era demasiado cauto para adoptar el título, y siempre actuó bajo la supuesta potestad de un Congreso que no tuvo ninguna a partir de su instalación como presidente vitalicio 29 . López, que no tenia idea de un gobierno que no se fundara en un poder absoluto, no habiendo visto otra forma en todo el curso de su vida, tuvo como primer y más ansiado ideal el de llegar al absolutismo. Con la astucia como condición principal, alcanzó su objeto de un modo muy distinto que Francia, o su hijo, el terrible dictador que te sucedió. Más aún, Carlos Antonio López no era un hombre cruel, y durante su largo gobierno, que duró veintiún años, difícilmente ejecutó a ninguno a causa de sus opiniones políticas, cosa sumamente extraña en la América del Sur durante aquellos días. Solamente una vez mostró las uñas de tirano. Un comerciante de Asunción que deseaba introducir en el país algunas mercaderías,, debiendo para ello abonar el correspondiente derecho de Aduana, compró en la oficina de sellos oficiales el correspondiente permiso para retirarlas. Pero cuando se presentó a reclamarlas se le informó que el sellado en cuestión no era suficiente para cubrir el derecho respectivo. Al saberlo, rompió el permiso, lo pisoteó y se marchó, dejando sin reclamar su mercadería. Cuando se informó al presidente de esta actitud —pues nada sucedía entonces, ni en los tiempos de su hijo, que no llegara a oídos del gobierno—, el hombre fue arrestado inmediatamente y fusilado.

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El pretexto era el insulto inferido al gobierno, por pisotear el sellado; la razón verdadera era uno de esos accesos de furia salvaje que se mostraban aquí y allá en el clan de los López. Este solo hecho y la ejecución de los dos hermanos Decoud, un crimen instigado probablemente por su hijo el joven López, que había sido un rival poco afortunado de Carlos Decoud, en un asunto amoroso, fueron las dos oportunidades en que Carlos Antonio López dio muestras de ferocidad. Normalmente alcanzaba sus objetivos mediante la intriga, y así, despacio y gradualmente, empezó a gozar de un poder tan absoluto como el de Francia. Poco a poco, este Falstaff paraguayo exigió tanta o mayor deferencia pública que la que se prodigaba a cualquier soberano. En cualquier momento en que él o un miembro de su familia aparecía en público, la gente se imaginaba que debía permanecer descubierta, de pie y con los ojos fijos en el suelo, si bien es verdad que nunca la molestó con los guardias, según costumbre del doctor Francia. Como se había puesto demasiado pesado para montar a caballo, López ha. cía su aparición en público en un pequeño carruaje descubierto, vistiendo uniforme militar, con la espada cruzada sobre sus rodillas y escoltado por guardias. Debe de haber parecido un perfecto “Roi de Niam-Niam”, pero para los paraguayos no sería sino un odioso potentado. Aunque él no era personalmente licencioso, permitió que sus hijos siguieran las mismas huellas que, como sabemos de la mejor fuente, seguían en Palestina Hophni y Phineas; este país no carece de puntos de contacto con el Paraguay, en cuestión de moralidad sexual y nepotismo. Para hacerles justicia, diré que sacaron plena ventaja del “droit de jambage” (derecho de pernada), y entendían que cualquier cosa que desearen era “Corban” por lo menos como lo entendían los hijos del buen patriarca. Aunque ridículo en cuanto a su apariencia personal, y vanidoso como un jefe negro, López no carecía de cierta habilidad. Mirado desde su propio punto de vista, era un patriota orgulloso de su patria y

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deseoso de que estuviera en buenas relaciones con las potencias extranjeras y países, vecinos. Sin embargo, ignorante de la diplomacia internacional, tuvo inconvenientes con los Estados Unidos de Norteamérica a raíz de un “affaire” con una empresa conocida como la Rhode Island Company, a la que estafó y eventualmente expulsó del Paraguay. Esta compañía se había formado con el propósito de establecer una colonia en un lugar llamado San Antonio, a unas pocas millas de Asunción, río abajo, fundada para el cultivo del tabaco, explotación de los bosques, la yerba mate y otros productos paraguayos. De acuerdo con la última ley promulgada por el presidente, tenía un monopolio de cinco años. Su fundador, Hopkins, había sido guardiamarina en la Armada de los Estados Unidos; activo, joven y agradable, de constitución hercúlea, un gran centauro y un gran ejecutante de guitarra, era un prototipo de los Boones, Aarón Burns y David Crockers que por aquellos días producía la Unión y enviaba fuera de sus fronteras, aunque mucho mejor educado. Al principio López fue conquistado por el brillante joven aventurero, quien lo llenó de proyectos, mediante los cuales el presidente se haría rico más allá de los sueños de la avaricia, y el Paraguay se convertiría en el estado más poderoso de la América del Sur. Por varias razones, la colonia no prosperó, en especial a causa de que la mayor parte de los términos convenidos para su implantación no se cumplieron o fueron violados deliberadamente. La grosera falta de ceremonias de parte de Hopkins, que no las tuvo de ninguna clase, cosa tan necesaria en el trato con los sudamericanos, cuyo sentido de la propia dignidad personal, heredada de sus antepasados españoles, es siempre muy elevado, si se lo compara con el de las naciones anglosajonas y teutonas, llevó las cosas al colmo. Un oficial paraguayo que advirtió la dirección en que soplaba el viento, fijada por el presidente, habiendo sostenido una disputa con un norteamericano, lo golpeó en la cabeza. El yanqui en cuestión resultó ser un hermano menor de Hopkins, quien había sido

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nombrado cónsul de los Estados Unidos. Furioso por tamaño ultraje, y quizá más furioso aún por las repetidas violaciones de su contrato, Hopkins se presentó ante el presidente sin sacarse el sombrero,

calzado con botas y espuelas, y se desató en un discurso intemperante. López que durante toda su vida había sido tratado con tanta etiqueta como un potentado oriental, se alarmó primero e indignó luego por

Para pacificar al furioso cónsul, condenó

al ofensor a recibir trescientos azotes, castigo bárbaro que hubiera satisfecho a cualquiera, aún más agraviado. Pero Hopkins no se dio por satisfecho, y pidió no solamente que el hombre fuese azotado, sino que el órgano oficial publicase una mención íntegra de los hechos. El presidente, que había recuperado toda su dignidad habitual, se rehusó a acceder a este reclamo, y desde ese momento inició una serie de persecuciones que dieron por tierra con la compañía, la hundieron en la bancarrota y la obligaron, después que sus colonos sufrieron la mar de opresiones, a retirarse del Paraguay. Hopkins apeló a los Estados Unidos, cuyo gobierno pidió una indemnización; después de muchas y tediosas negociaciones, López acordó pagar, pero con la condición expresa de que no se divulgara el precio de la indemnización. Esto salvaba su prestigio ante su pueblo, lo cual era lo único que le preocupaba, pues sabía que los paraguayos, completamente ignorantes de todo lo que sucedía fuera del Paraguay, no reparaban en lo que se pensara de su presidente en el gran mundo exterior desconocido. En el curso de las negociaciones, López desplegó gran habilidad y echó mano de considerables recursos y de todas las chicanas de un buen picapleitos. El peligro pasó, y las dos cañoneras que habían conducido a las comisiones americanas para apoyar el reclamo

tan grave falta al protocolo

volvieron otra vez río abajo; el presidente se encontró en una posición más segura y más firmemente establecida que la que nunca gozara, pues se dirigió a su pueblo, con algunos visos de verosimilitud, di- ciendo que había logrado el mejor arreglo posible con los Estados Unidos. El pueblo, ignorante de la importancia relativa de los Estados

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Unidos y el Paraguay, empezó a mirar a su presidente con creciente respeto. Los pocos que habían recibido buena educación, o que habían viajado, se desilusionaron, pues esperaban que la disputa terminara

con una guerra, que acabase con el estado de cosas que prevalecía, en

el cual toda la población se mantenía en la servidumbre, en una forma

mucho más insidiosa que en los días de Francia, por la presencia de instituciones liberales y actos de un congreso que en realidad eran todos dictados del presidente 30 . Algunos de los más instruidos deben de haber divulgado sus opiniones, pues, a poco de retirarse las cañoneras del Paraguay, un grupo de ciudadanos eminentes fue arrestado bajo la acusación de ser miembros de una conspiración organizada para derrocar al gobierno. Puede que fuera efectiva o no tal conspiración. Este expediente es tan viejo como la historia misma, y ha sido restablecido por los tiranos, con mucha frecuencia, para protegerse de enemigos verdaderos o imaginarios. En el tiempo de Francia, algunos antiguos residentes españoles fueron arrestados, conducidos a la prisión, torturados y ejecutados;

pero, como los pretendidos juicios fueron mantenidos en secreto, nadie pudo saber nunca la naturaleza de sus delitos. Esta llamada conspiración, conocida como el “complot Yegro”, tuvo efecto en 1818,

y por su intermedio Francia pudo desembarazarse de casi todos los

españoles de las clases superiores que le resultaban peligrosos. Muy bien puede haber sido que Carlos Antonio López obrara de esta misma manera, en la esperanza de deshacerse de hombres que sospechaba hostiles a su gobierno. Por otra parte, puede haber existido una verdadera conspiración, desde que todos los paraguayos mejor instruidos podían haberse sublevado ante la servidumbre intelectual a

que estaban condenados, y además empezaban a filtrarse ideas liberales desde Buenos Aires. Desgraciadamente para López, arrestó con los demás a un tal Santiago Constatt, reputado comerciante, nacido en el Uruguay, aunque hijo de un súbdito británico, quien reclamó por su ciudadanía

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británica. Mr. James Constatt, o Don Santiago Constatt, era el tipo de hombre que sólo la América del Sur produce, o produjo en aquellos tiempos. Habiendo nacido y crecido en Montevideo, la capital del Uru- guay, era natural que hablara el castellano como su lengua natal; pero, afortunadamente para él, su inglés era perfecto: no tenía el más mínimo dejo de acento extranjero. También hablaba corrientemente el francés, y conocía muy bien el italiano; habiendo nacido con el don de las lenguas, después de radicarse definitivamente en Asunción, aprendió muy pronto el guaraní, que hablaba con fluidez y con un buen dominio de modismos y formas de dicción. Tuve oportunidad de conocerlo bien, mucho después de la conspiración, cuando era capitán de un vapor de río en el Paraguay, e hice varios viajes con él, “aguas arriba y aguas abajo” como se decía en aquellos días. Parco, activo e impecablemente vestido, desde su sombrero jipi-japa de cien dólares hasta sus bien cuidados zapatos de

charol, acostumbraba vestir trajes de dril blanco, con una franja azul. Su camisa era de lino de la mejor calidad, cortada a la usanza de aquellos lejanos días, y el cuello bajo, volteado, estaba sostenido por una corbata negra anudada al estilo marino, cuyos extremos colgaban al descuido.

Sus modales eran correctísimos y su habla suave, aunque, como

ya he dicho, tenía un surtido de apóstrofes y epítetos que emitía como una solfatara, cuando un cargador dejaba caer un fardo de yerba,

llegaba tarde o incurría en cualquiera de los pecados contra el Espíritu Santo que los marinos están propensos a cometer.

A primera vista parecía una persona insignificante si no se

hubiera tenido oportunidad de observar que sus ojos acerados no estaban nunca quietos, sino escudriñando constantemente río arriba y abajo, en busca de escollos o bancos de arena, y las emboscadas de los indios chaqueños, que a veces aparecían de súbito en las márgenes del río, firmes en su cabalgadura como estatuas de bronce, y lanzaban flechas contra los vapores que pasaban. Entonces Don Santiago se convertía en otro hombre, y parado en el puente dirigía las

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operaciones en tal forma, que al verlo el capitán Bobadil se habría puesto verde de envidia; una continua corriente de fuego irrumpía súbitamente de su “cañón” de mango blango, que él disparaba sin que aparentemente se notara de dónde provenía el fuego, pues era lo que los posteriores comentaristas han denominado “hombre de dos cañones” y no hay duda que merecía el calificativo. Un rumor tan firme como para que se le diera crédito, tanto en el Támesis como en el Paraguay decía que “debía dos o tres vida”; pero, de ser esto así, mejoraba aún su reputación, pues en aquellos días tales cuestiones no se tomaban muy a pecho y nadie hacía mucho hincapié en ellas. Este digno caballero, que en la oportunidad a que voy a referirme se encontraba desempeñando el oficio de un simple comerciante, recibiendo facturas y cartas de porte, llevando sus libros sin duda con el mejor método de partida doble, quizá haya tenido algo que ver con la conspiración, si es que en realidad la hubo. No puedo “visualizar” como se dice en términos modernos, a Don Santiago Constatt sentado en su despacho, pero el mismo rey Luis Felipe fue en una oportunidad agente de policía, y los reyes en el exilio han enseñado esgrima, matemáticas y otras artes liberales; yo mismo he visto a un muchacho moro —cuyo padre, un gran gobernador, había sido depuesto y ejecutado— que, cubierto con una sola vestidura de lana marrón y descalzo, apacentaba cabras y tañía su flauta de caña. Afortunadamente para Constatt, el entonces cónsul británico era de esa clase de cónsules de aquella época que vivieron en el tiempo en que, como decía el adagio, “háblese despectivamente de Inglaterra y se verá un guerrero británico acudir al punto”. Constatt, con todo el resto de los "conspiradores", había sido mantenido en un solitario confinamiento, rigurosamente engrillado y mal alimentado, sin duda en peligro de ser atormentado para que confesara su supuesto delito. Nuestro cónsul interpuso su reclamación, en el caso Constatt, corno si se tratara de un súbdito británico, y solicitó que como tal se lo juzgara en un juicio público, se le diese libertad para elegir defensor y se lo careara con sus acusadores. Esto habría podido trastornar las

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teorías sustentadas por el gobierno paraguayo, según las cuales cualquier sujeto acusado por el gobierno era culpable, no importaba de qué delito. El cónsul 31 escribió a Londres, pero en aquellos días una carta de Asunción a Europa tardaba un tiempo considerable en el camino. Oportunamente recibió la respuesta, en la que se le indicaba que debía insistir en que se lo juzgara públicamente, en que se le dejara elegir un abogado que lo patrocinara y en que se lo sacara inmediatamente de la cárcel bajo fianza. Mientras tanto, López proseguía el juicio según sus métodos, siempre de acuerdo con su punto de vista de que no podía equivocarse. Ahora que el gobierno británico había reclamado por su ciudadano, resolvió no torturarlo para obligarle a una falsa confesión, porque estaba seguro de que Constatt, en el caso de que se viera obligado a soltarlo, negaría que había existido conspiración alguna, y declararía que se le había obligado a confesarlo así mediante tormentos. Si bien no se lo torturó, Constatt fue tratado muy duramente, se lo mantuvo encadenado en la prisión y fue sometido a prolongados interrogatorios. Después de cada uno de ellos se lo obligaba a firmar, dejando un buen espacio en blanco entre el texto de su "declaración" y la firma, para que pudiera añadirse cualquier otra cosa si se la creía necesaria. El juicio, que era toda una farsa, llegó al fin a una conclu- sión, y Constatt y los otros doce “conspiradores” fueron condenados a muerte. López se encontraba ahora en una situación difícil; no podía ordenar la libertad de Constatt después de haberlo condenado a muerte, ni tampoco ejecutarlo después de haber sido éste reclamado por el cónsul del gobierno británico, que pidió que se lo juzgara en juicio público y legal. Así las cosas, decidió conservarlo prisionero, en la. esperanza de que la muerte resolvería por él la cuestión. Y tampoco cabe duda de que la muerte de Constatt se habría acelerado si el cónsul británico no hubiera tenido siempre un ojo alerta sobre él. Aun así López no habría cedido, temiendo que los paraguayos se dieran cuenta de que no era omnipotente. Una de esas circunstancias en las

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que la realidad supera a la fantasía fue la que salvó la vida de Constatt, cuando casi se había perdido toda esperanza. El presidente había enviado a su hijo menor, Francisco, desti-

nado a adquirir posteriormente tan triste notoriedad, como embajador

a Buenos Aires, para que mediara entre las provincias que hoy

componen la República Argentina, pues la Capital en ese entonces no formaba parte de la Confederación. Mientras se encontraba allí, compró un vapor llamado “Tacuarí” y un valioso cargamento a su bordo, adoptando la determinación de regresar a su país en él. El ministro británico en Buenos Aires 32 , violando hasta las más elementales nociones del derecho internacional, pero arriesgándolo

todo por salvar la vida de un súbdito británico, ordenó al almirante de

la

flota del sur del Atlántico 33 que confiscara al “Tacuarí” y retuviera

al

joven López como rehén por la vida de Constatt, pues sabía muy

bien que López no le permitiría salir de la cárcel a no ser para encararse con los cuatro tiradores. El almirante, inconscientemente, mandó dos cañoneras, que tenían los deliciosos nombres de “The Buzzard” y “The Grappler”, para confiscar al “Tacuarí”. Cuando López dejó el puerto de Buenos Aires, en su viaje de regreso al Paraguay, las cañoneras lo siguieron y lo hubieran tornado prisionero de no ser por un disparo hecho accidentalmente que lo puso en guardia. Viró de nuevo hacia puerto y desembarcó en un país neutral, donde estaría a salvo de las cañoneras. Lo que sigue se lee como una página entresacada de los anales del estado de Ruritania. Frustrada su tentativa de tomarlo como rehén, el ministro británico decidió apoderarse del “Tacuarí” y retenerlo hasta que Constatt fuera libertado. Esta actitud en pleno puerto de Buenos Aires era un acto de guerra contra el Paraguay y un gran insulto a la

Confederación Argentina; ello no obstante, las autoridades de Buenos Aires parecían estar más complacidas que otra cosa con el incidente, pues sabían que el Paraguay estaba estableciendo una fuerza militar formidable y armándose constantemente. Así, viendo que perdería el vapor y los armamentos comprados por su hijo, López hizo virtud de

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una necesidad y soltó al prisionero, en la creencia de que no se hablaría más del asunto y quedaría con ello terminada la incidencia. El gobierno británico, ahora bien fortalecido, solicitó una indemnización para Constatt, el cual, una vez libre, declaró su absoluta ignorancia de la conspiración y narró la historia de su prolongada prisión y de los muchos papeles que se le obligó a firmar con los espacios en blanco entre la firma y el texto de su “confesión”. López, indignado, se rehusó a pagar un solo centavo y envió a Londres un emisario encargado de renovar las relaciones diplomáticas entre los dos países, esperando burlar al gobierno británico con esta muestra de moderación y, diplomacia. El entonces primer ministro, Lord John Russell, se rehusó a entrevistarse con él, quien. hubo de retornar para encarar el enojo de López sin haber concertado nada práctico que condujera a ningún arreglo. Con el “Tacuarí” detenido en Buenos Aires, cargado como estaba de armas y abastecimientos, y su hijo imposibilitado de regresar al Paraguay sin exponerse a la casi segura eventualidad de que lo capturara una cañonera británica, López se vio en la obligación de avenirse a los términos que le fueron señalados. Santiago Constatt fue indemnizado al fin, por su injusto encarcelamiento y el mal tratamiento que se le había dado; pero, nuevamente, con las condiciones de diplomático que sin duda poseía, López llegó a un acuerdo con la comisión británica,. según el cual los términos del convenio no se harían públicos. Una vez más López encontró su camino y burló al gobierno británico, como había burlado al de los Estados Unidos, y, naturalmente, su prestigio entre los pa- raguayos creció a ojos vistas. Aunque diez o doce personas habían sido sentenciadas a muerte juntamente con Constatt, sólo dos de ellas fueron ejecutadas, pues López pareció haber recibido una lección con la actitud del gobierno británico. Los dos ejecutados fueron los hermanos Decoud, miembros de una de las principales familias de la República. El padre de ambos había sido nombrado por el mismo López su agente comercial en

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Buenos Aires, para la venta de pieles y yerba, y defraudó por más de un millón de dólares antes de que se le comprobara el delito. Esto probablemente no habría influido en nada en el ánimo de López con respecto a los hijos, porque el timo de un millón de dólares significaba poco para él, que disponía del país entero como de su hacienda personal. Aparte de ello, Carlos Decoud había sido un rival personal del hijo mayor del presidente, que habría de ser tan ignominiosamente célebre tiempo después, en un asunto de amores. Esta circunstancia selló el destino de los dos hermanos, y ambos fueron ejecutados. López, que ahora se sentía seguro, después de lo que a la mayor parte de los paraguayos parecía ser un par de victorias diplomáticas sobre dos Estados poderosos, resolvió descartar del gobierno a su copartícipe Alonso, y gobernar en forma absoluta. En un principio, ambos cónsules habían firmado conjuntamente los decretos estampando sus firmas en el mismo renglón, lo cual probaba su igualdad. Al poco tiempo, López empezó a firmar más arriba que su colaborador, y luego lo descartó en forma sumaria. Esto lo hizo, como si hubiera despedido a un esclavo diciéndole: “¡Ándate, bárbaro!” 34 , lo que bien puede parafrasearse como: “Retírate, animal!”. Algunas de sus primeras leyes parecieron un poco extrañas, especialmente la titulada “Reforma de los privilegios de los re- verendos Obispos” (noviembre de 1845).

El presidente de la República del Paraguay, considerando: que al mismo tiempo que se ha hecho conocer por su celo por el culto religioso, debe también cuidar de que ningún miembro de la Iglesia aparezca ni en ella ni por las calles exaltándose a sí mismo por encima del Gobierno Supremo de la Nación 35 , Decreta:

Artículo 1º) Queda prohibido todo campanilleo o repique de campanas efectuado al tiempo que un obispo entre o salga del templo.

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Artículo 2º) Queda también prohibido el arrodillarse en las calles o en cualquier otra parte al paso de un obispo. Artículo 3º) Estos funcionarios no usarán tronos ni mantos, dentro ni fuera de las iglesias.

López, evidentemente, había determinado que no hubiera ningún Wolsey, ningún Lafranc ni sacerdote alguno de su talla a quien inmolar (ad majorem regis gloriam) ante el altar de Cantorbery, en el Paraguay. La ordenanza citada refleja un curioso aspecto de la vida del pueblo y de su subordinación tanto a los poderes materiales como a los espirituales. Uno de los primeros actos de gobierno de López fue nombrar ministro de Guerra y general en jefe a su segundo hijo, Francisco Solano. El cuarto hijo, Benancio 36 , fue nombrado coronel y comandante de la guarnición de Asunción. El tercero, Benigno, fue nombrado mayor del ejército; pero, como no atendía las obligaciones inherentes a su cargo, se le permutó este puesto por el de almirante de la flota. Sus hijos pronto se hicieron ricos, por todos los medios, a su alcance. Cuando el ganado se vendía en los mercados, ellos fijaban su precio y nadie podía objetarlo. Las mujeres de la familia establecieron una forma de intercambio, según la cual el papel moneda gastado e inservible para ulterior circulación se compraba con un fuerte descuento, y después ellas cambiaban en la Casa de Moneda ese mismo papel por nuevas series de billetes flamantes, que, como es lógico, tenían su valor nominal. Todo esto se hacía conforme a la voluntad y las costumbres del estado de Ruritania, y era maravilloso para contarse, aunque la totalidad de los paraguayos nunca habían sido tan felices ni habían gozado de tantas libertades, desde los días de Francia. Todos y cada uno podían ser obligados a servir al gobierno en cualquier momento, al llamado de cualquier juzgado de paz; pero, en general, no se abusaba mucho de este poder, pues López tenía la suma de todo el

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poder en sus manos y permitía solamente a los miembros de su familia

el eludir las leyes.

López, que había encontrado las arcas del tesoro público rebosantes de caudales como resultado de los latrocinios y con- fiscaciones del doctor Francia, estuvo en condiciones de dedicar todo lo que quiso al gran proyecto de su vida: la creación de la más poderosa fuerza militar de Sudamérica. Todos estaban obligados a servir en las filas si eran llamados, aunque no existía un sistema de conscripción. regular como en la mayor parte de los estados europeos. Quizá con excepción de los turcos, ninguna raza humana tenía mejores condiciones para ser carne de cañón que la paisanada del Paraguay. No eran de gran estatura, pero si muy obedientes y activos; sus vidas sencillas los hacían capaces de soportar grandes penurias en las campañas; sobrios y frugales, tenían una salud extraordinaria, dado que la forma benigna de la sífilis, común en todas las clases sociales, no afectaba su salud general, si bien es cierto que el celebrado Dr. Stewart 37 , uno de los médicos del ejército del segundo López, me expresó que debido a esta enfermedad sólo algunos de sus pacientes curaban de las heridas. Esto también puede haber sido así, en parte, porque no había en realidad verdaderos hospitales militares, ni enfermeras, ni cuerpos apropiados de transporte, y los heridos permanecían frecuentemente. durante varios días expuestos al sol abrasador y a las lluvias torrenciales, hasta que las heridas se les agusanaban, antes de que fueran recogidos. No se reparaba en la posición social en el Paraguay, pues todos eran iguales ante Dios y el presidente, tal como los moros lo fueron ante el sultán y Alá, en el Marruecos de hace treinta años. Los hijos de las mejores familias cuando se incorporaban a las filas eran obligados

a andar descalzos, y raras veces se los designaba oficiales. Todo civil estaba obligado a saludar hasta al oficial de más baja graduación, porque el ejército era algo supremo. Francia doblegó en grado sumo al pueblo hacia el servilismo, y promulgó una ley que establecía que

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todos deberían usar sombrero 38 de cualquier clase (pues servía hasta un ala sola) a fin de que pudieran saludar quitándoselo. López realizó, indudablemente, muchos trabajos útiles: diques, arsenales y un ferrocarril que unía Asunción con Paraguarí, una distancia de unas treinta millas. Bajo su gobierno, el país, por primera vez en medio siglo, se abrió al comercio. Se proveyó de varios vapores de río en Europa y los Estados Unidos. Pero su principal desvelo, durante todo el curso de su gobierno, fue erigir una poderosa fuerza militar. La población de la República en su tiempo nunca alcanzó a un millón; hasta su muerte tuvo en pie de guerra un ejército permanente de 80.000 hombres, discretamente armados. Ninguna de las naciones de la América del Sur, ni aun el gran Imperio del Brasil, tuvo ni remotamente un armamento tan considerable. Estas fuerzas siempre se mantenían en servicio activo, y efectuaban ejercicios y maniobras con mucha frecuencia; un tercio del total eran plaza montada, y el resto infantería y artillería. De las tres armas, la caballería era la más débil, porque, como dice el coronel Thompson, habría tal vez unos .cien mil caballos en todo el país, y pocos de ellos estaban en condiciones de galopar tres millas, porque los caballos paraguayos no eran ni abundantes ni buenos. López, animado por su ambicioso hijo Francisco Solano, dedicó todas sus energías a equipar al Paraguay para una contienda militar que quizá él ya hubiera tenido en vista. Sin reparar en el precio, se construyeron dársenas y arsenales. Continuaron llegando al Paraguay barcos de Europa y los Estados Unidos, livianos y bien armados, muy apropiados para el combate en ríos. Al fin, el arsenal de Asunción contaba con una flotilla de pequeñas embarcaciones de combate, no muy numerosa, desde que sumaba, según era público y notorio, sólo diecisiete unidades 40 , pero muy superior para su propósito a cualquiera otra, fuera del Imperio del Brasil. Todo esto lo hizo López sin restricción ni medida alguna; hablando estrictamente, en su tiempo el país no tenía ninguna renta regular, pero todo se pagaba con las enormes sumas acumuladas en el

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Tesoro por el doctor Francia. Una que otra vez López obligó a los ciudadanos más ricos a hacer contribuciones forzosas. Los paraguayos pobres, en cambio, se encontraban en una posición ideal, pues no se les imponían cargas impositivas. Así es que para las clases más pobres el gobierno de López era benigno. Desde luego que no tenían libertad alguna, pero se preocupaban poco de ello, ya que nunca habían oído hablar de tal cosa. La principal ambición que tenían, una ambición natural en el hombre y tal vez laudable, era el efectuar el menor trabajo posible, “atentos a sus vidas” y cuando habían plantado una pequeña parcela de tierra, de maíz, mandioca o tabaco, roncaban plácidamente en sus hamacas, rasgueaban la guitarra y entonaban sus melancólicas canciones nacionales bien llamadas “tristes”, y ocasionalmente bailaban haciendo sonar sus pies descalzos en el suelo. La mayor parte de ellos tenían uno o dos caballos flacos para montar, pero los caballos nunca fueron ni una necesidad absoluta ni un orgullo para la mayoría de los paraguayos, como lo eran para los centauros de la llanura en la Argentina y el Uruguay. Hombres y mujeres eran incansables caminadores, que recorrían como cualquier cosa veinte millas para ir al mercado, las mujeres llevando pesadas cestas llenas de hortalizas sobre la cabeza y fumando cigarros del tamaño de una zanahoria, mientras en largas filas se filtraban a través de las selvas. Vestidas todas de blanco, descalzas, con sus cabellos negros y rebeldes cortados en forma cuadrada a la altura de la nuca y cayéndoles por la espalda, parecían a corta distancia como si la procesión de un vaso etrusco hubiera tomado vida para hollar los senderos de aquellos bosques. Generalmente acompañaban a las mujeres uno o dos hombres, pero nunca llevaban nada, pues los hombres en el Paraguay, como siempre se encontraron en una minoría extraordinaria con respecto a las mujeres, tenían una posición que oscilaba entre la de un tirano y un objeto de lujo, al que debía tra- társelo delicadamente. Este período relativamente feliz, sin cargas, fue

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poco a poco acabándose durante los últimos años de la vida de López. La instrucción de nuevos reclutas se hizo casi incesantemente en el ejército, y en esa escasa población 41 como cada año se necesitaban más y más hombres que eran obligados a integrar el ejército, la vida se hizo más dura y menos idílica para aquellos que se dejaban para que cultivaran los campos. Las contribuciones forzosas se hicieron más frecuentes, y el sistema de espionaje que había prevalecido en el Paraguay desde la primera vez que el tirano Francia se apoderó del, gobierno, penetraba hasta en la intimidad de la vida de los paraguayos, así que una vez más el temor se apoderó de todas las clases. Los pocos europeos que por entonces residían allí, atribuyeron este hecho a la nefasta influencia del hijo mayor del presidente, Francisco Solano, cuya gran idea era ver al Paraguay como al Estado más fuerte de la América del Sur. Firme en su propósito, impulsó a su padre a que levantara un poderoso ejército y acumulara pertrechos militares. La última enfermedad que soportó López fue larga y penosa, y a su muerte el pueblo pareció tener la sensación casi instintiva de que el gobierno del hijo no iba a ser más suave que el de ese obeso y casi despreocupado viejo presidente, que por tanto tiempo había gobernado en forma autocrática, pero a la postre no muy tiránicamente. Durante su gobierno apenas hubo ejecuciones por delitos políticos; Thompson, que era por mucho el más caracterizado de los ciudadanos británicos que por aquel tiempo tenían intereses en el Paraguay, pensó que, “en total, López hizo mucho bien a su país 42 ”. Es indiscutible que fue quien abrió su país al mundo, permitió que el intercambio siguiera su curso normal. y estableció relaciones diplomáticas no solamente con las repúblicas sudamericanas vecinas, sino también con Europa y los Estados Unidos. Construyó tanto arsenales y dársenas como varios edificios hermosos en Asunción, y el primer ferrocarril del Paraguay. Todo esto se hizo sin elevar el

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régimen impositivo existente, pues se encontró con ingentes riquezas acumuladas en el Tesoro por el doctor Francia. La única renta con que contaba el gobierno provenía de la venta de yerba 43 , monopolio del gobierno. El gobierno, o López, pues él podía decir con más verdad que Luis XIV “L’état est moi”, compraba cada 25 libras de este producto, por un chelín y lo vendía obteniendo un margen más que amplio de utilidad. El Paraguay en aquellos días tenía casi un monopolio completo del intercambio mundial de yerba, porque las plantaciones de estos árboles que los jesuitas habían efectuado en el territorio de Misiones habían sido descuidadas y arruinadas completamente después de su expulsión, y las nuevas no habían alcanzado todavía el desarrollo requerido para su explotación. El principal afán de toda su vida lo constituía el ejército. Fue la extinción de la última chispa de libertad en el Paraguay. Thompson, que era coronel del ejército paraguayo, fortificó sus posiciones principales en el río Paraguay e hizo una gran defensa de Angostura", contra enormes contingentes, retirándose finalmente con todos los honores de la guerra, describe así al soldado paraguayo: “Un paraguayo (soldado) nunca se quejaba de una injusticia, y estaba siempre contento con cualquier cosa que dispusiera su superior. Si se lo azotaba, consolábase diciendo: “Si mi padre no me azota, ¿quién me va a azotar”. Porque todos llamaban a su oficial, su padre, y a su subordinado, su hijo. Se llamaba a López, taita guazú, el gran padre, y carai guazú, el gran caballero. “Todo cabo era obligado a llevar su bastón permanentemente consigo y era el ejecutor de los palos; podía dar a cada soldado tres golpes bajo su propia responsabilidad. “Se permitía a un sargento ordenar que un soldado recibiera hasta doce palos (doce golpes dados con un palo), y un oficial podía ordenar tantos como le viniese en gana.” Este es el relato que deja sobre el soldado paraguayo de su tiempo un valiente soldado que defendió al Paraguay hasta que,

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obligado por el hambre, tuvo que capitular. El gobierno de Francia y el de Carlos Antonio López habían reducido al paraguayo a la condición de un simple autómata. Toda individualidad le había sido anulada. Pero su espíritu conservó su vitalidad, y su valor siguió siendo sin igual, como hechos ulteriores lo demuestran. Sobre todo, esto lo dejó indefenso en manos del más joven López 45 , como pura carne de cañón para sus planes ambiciosos. Se había montado el escenario para una tremenda tragedia, la más terrible y la más patética que haya conocido el Nuevo Mundo.

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1 Histoire du Paraguay. Par le R. P. François-Xavier de Charlevoix, de la Compagnie de Jésus. Paris. MDCCLVI. Avec Approbation er Prívilége du Roi.

2 Hístoire du Paraguay. Liv. IV, p. 183. “Les Guaranis croient beaucoup aux présages, et rien n'a plus

couté aux missionaires que de leur oter cette chimére de la tete ».

3 plus ou mains de stupidité et de férocité. »

4 Probablemente Fie1ds.

«

5 Ils employaíent un mois entier a les instruire et a les confesser (et), pour les mettre et état de participer aux saints mysteres." Histoire du Paraguay, Liv. IV. p. 186.

6 Hoy República de Colombia.

7 Así llamados porque siempre llevaban una bandera.

8 Petun hobi, tabaco rojo. Petun, tanto en guaraní como en tupí, significa tabaco. Como el tupí se hablaba en el Brasil, los primeros colonizadores franceses llevaron el nombre de petun a Francia. No se utilizó largo tiempo, y pronto fue suplantado por el de tabaco, palabra caribe que, según se dice, significó en un principio la pipa y no la hierba que en ella se fumaba. El tupí y el guaraní son prácticamente un mismo idioma, con sólo diferencias prosódicas.

9 Los catadores solían decir que esto daba un peculiar bouquet d‘Indienne al cigarro. y que lo volvía más suave. Profano como soy, a mí no me ha sido dado advertir que la operación modifique en forma alguna el tabaco. Es cierto que algunos, aun cuando los ángeles llaman a sus puertas, son demasiado ciegos para reconocer a sus celestiales visitantes.

10 Simancas y Sevilla.

11 He tratado algo extensamente el tema de la expulsión de los

jesuitas en A Vanished Arcadia. London, William Heinemann, 1901.

12 El deán Funes, en su "Ensayo de la Historia del Paraguay" (Buenos Aires, 1816), rinde testimonio de su valor y resistencia. Eran, por supuesto, los antepasados de los heroicos indios que tan a menuda

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murieron hasta el último hombre luchando contra fuerzas muy supe- riores en la guerra del Paraguay (1866-1870).

13 Un mordaz talento francés se ha referido a estas tres palabras bajo el título de Les Trois Blagues. Tal vez él mismo haya sufrido bajo la Igualdad, que es siempre de las tres la más difícil de soportar, pues nadie cree que alguno de los demás hijos de Adán pueda ser igual a él.

14 Historia de Be1grano, de Bartolomé Mitre.

15 Velazco fue el último y probablemente el mejor de los gober- nadores, con excepción del gran Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que hayan gobernado en el Paraguay. Hidalgo español del mejor tipo, de espíritu liberal y filosófico, alto y distinguido, era querido y respetado por todos los paraguayos tanto como gobernador como simple ciudadano, cuando se hubo retirado. Murió en la prisión, pues fue una de las muchas víctimas del inhumano doctor Francia, el tirano que durante cerca de treinta años cerró el Paraguay al mundo exterior y reinó como un Nerón, en un mar de sangre.

16 Letters on Paraguay, por J. P. y W. P. Robertson, Londres. John Murray, 1838.

17 El que escribe, joven escocés de 22 años, por esta reflexión y por la frase de “el santo hombre”, al referirse a San Juan, demuestra claramente que el orgullo del corazón florece tan lozanamente al norte de Tweed como en el Paraguay.

18 En esa época había sido formada para gobernar el país una junta de cinco miembros, después de depuesto el gobernador español.

19 Don Gregorio era miembro de la Junta y muy popular en Asunción. Como era querido por todas las clases sociales, había sido muchas veces padrino de bautismo y tenía todo un harén (espiritual) de comadres. Cayó víctima del inhumano gobierno del triste tirano Francia, que en la época de esa fiesta era, con La Cerda, miembro, de la Junta.

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20 Robertson se equivoca aquí, a pesar de conocer bien el país No hay media luz en la latitud de Asunción. El sol cae detrás del horizonte, como una bola de fuego, e inmediatamente es de noche.

21 Esos tristes se cantaban mucho en el Paraguay en mis tiempos (tiempo del rey Wamba) ; pero es indudable que hoy la marcha del progreso los habrá sustituido todos por el jazz. Eran quejumbrosos y melancólicos, como toda la música india americana. 22 Rengger fue un botánico suizo que vino al Paraguay a proseguir sus estudios. Francia lo tuvo prisionero por varios años.

23 El doctor Somellera se refiere a una supuesta conspiración y levantamiento de los antiguos residentes españoles; la mayor parte de la gente cree que no hubo tal conspiración, sino que Francia la inventó para tener un pretexto de vengarse de los viejos españoles a los cuales odiaba.

24 Según parece, Francia fusiló solamente a dos de los supuestos conspiradores y ahorcó a todos los demás.

25 Esta mujer era una mulata, es decir, mestiza; de ahí la repug- nancia de Goyez a casarse con ella.

26 La historia del Paraguay, por Charles A. Washbuirn, comisio- nado y ministro residente de los Estados Unidos en Asunción desde 1861 a 1868, publicado por Lee & lliford, en Boston, el año 1871.

27 History of Paraguay, de Washburn, volúmen 19, página 34.

28 Daif Allah.

29 Para salvar los principios republicanos, su verdadero período gubernativo era de diez años; pero, en realidad, había sido elegido presidente vitalicio.

30 Los nombramientos periódicos efectuado por el Congreso. que prolongaban por cinco años más el mandato del presidente, eran una simple ficción, pues, una vez bien sentado en su sitial, López había reducido el Congreso a un grupo de genuflexos a quienes manejaba a su antojo.

31 Su nombre era Mr. C. A. Henderson

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32 El honorable Edward Tlornton.

33 El almirante Lushington.

34 The war in Paraguay, George Thompson, C. E. Longmans Greew and Co., Londres, 1869.

35 The war in Paraguay, Thompson.

36 El nombre era realmente Venancio, pero como Thompson lo escribe en la forma en que se ve más arriba, debe haber sido así la manera local de escribirlo. La B y la V son casi intercambiables en castellano y yo he visto escrito sobre una taberna de una aldea “Aquí se bende bino” por “Aquí se vende vino”.

37 El doctor Stewart era un escocés que había servido en la guerra de Crimea como médico militar. Cuando lo conocí y gocé de su hospitalidad poco después de la guerra, era un hombre bajo, activo y de unos 55 años de edad. Su cabello rojizo comenzaba a ponérsele gris, y sus claros ojos acerados brillaban como estrellas en una noche de helada y perforaban al mirar. Había tomado por esposa a una dama paraguaya, Doña Venancia Báez, una persona encantadora de cabellos muy hermosos. Stewart hablaba bien el español (según me pareció con cierto acento escocés) y el guaraní, indiferentemente. Se sentaba en la silla a caballo, algo tieso y muy erguido. Sufrió mucho en la guerra de la que escapó con vida en circunstancias casi milagrosas.

38 Seven Eventfut years in Paraguay, George Frederíck Master- man, Sampson Low. Son and Marston, Londres. 1870. capítulo VII, página 64.

39 The War in Paraguay, Thompson, capítulo V, pág. 53.

40 The War in Paraguay, Thompson, pág. 55.

41 Menos de un millón.

42 The War in Paraguay.

43 Yerba, la hoja seca de la “ilex paraguariensi” usada como infusión; se la conoce generalmente en Europa como “mate”, por la calabaza en que se bebe.

44 Esto sucedió en la Gran Guerra, después de la muerte del primer López (Carlos Antonio).

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45 Francisco Solano.

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Capítulo I

Han transcurrido ya cincuenta años desde que López, peleando como una rata acorralada, fue muerto en los densos bosques de Cerro Corá, no por cierto a la cabeza de los heroicos paraguayos, pues nunca arriesgó su vida durante los cuatro años de guerra, sino tratando de huir a Bolivia. La guerra misma pasó al dominio de la Historia, las heridas cicatrizaron, los sufrimientos han sido olvidados por la presente generación, pero aún la modalidad propia de la esclavitud introducida en la voluntad de una parte de los paraguayos por Francia y López,

persiste. No hace falta decir que todos los hombres mejor educados, de espíritu liberal, y de lo mejor del Paraguay, siguen considerando a López como el tirano cobarde y sediento de sangre, del cual hay tantos testigos oculares como miles de documentos que lo muestran. Adolfo Aponte, ministro de Justicia en Asunción en 1919, escribió el siguiente pasaje en una carta dirigida a Don Justo Pastor Benítez, fechada en Asunción el 25 de mayo de 1919, citada en un libro publicado en dicha ciudad en el año 1926, titulado "El Mariscal Francisco López 1 ”: “La tiranía (de López) terminó hace más de treinta años, pero en la conciencia de los paraguayos quedan todavía rastros de esclavitud, en ideas y sentimientos, exactamente en la misma forma en que la indolencia e inercia caracterizan nuestro temperamento nacional. “Todos los sobrevivientes de la guerra, de alguna educación, eran antilopiztas, incluyendo al mismo padre Maíz 2 .

todos nos sentimos revividos

(por la muerte de López) como si despertáramos de un sueño pavoroso, porque le temíamos más a él que al enemigo. Veteranos de la guerra, en aquellos lejanos días, me han hablado también a mi en términos parecidos. Recuerdo bien una vez que me encontré con un hombre llamado Izquierdo, un jocoso hombrecillo medio leguleyo, de los que en español son llamados “cagatinta”.

"Un veterano de la guerra me dijo

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Este hombre no conocía el miedo: era uno de los veinte, o más paraguayos que, cubiertos con pasto y ramas, se deslizaron en una canoa, para dar la impresión de ser un camalote, esas masas de barro y vegetación que flotan en las aguas del Paraguay, y anduvieron corriente abajo hasta alcanzar a ponerse junto a un barco brasileño, a bordo del cual saltaron inmediatamente. Armados solamente con facones largos y espadas, se hicieron en unos pocos minutos dueños del barco. Entonces, debido al fuego de metralla, murieron todos menos tres, que se sumergieron en la corriente y pudieron salir a salvo, aunque heridos, del lado del Chaco. El rió teatro de estos acontecimientos tiene una anchura de una milla. En aquel tiempo el Chaco era un territorio virgen, lleno de ciénagas y palmeras, habitado solamente por tribus de indios salvajes. Heridos, casi desnudos, expuestos a los ataques de toda clase de insectos voladores, su estado era desesperante. Como era natural, no tenían ningún alimento, ni medios de matar ningún animal; por espacio de dos largos días se mantuvieron comiendo cuanto fruto silvestre pudieron encontrar, hasta que las heridas sin curar se les infectaron e hicieron más miserables aún sus vidas. Convencidos de que morirían de hambre o a raíz de sus heridas, tomaron una resolución desesperada, y hambrientos y heridos como estaban, decidieron cruzar a nado hasta la otra orilla. La corriente tiene una velocidad mínima de 4 millas por hora; en el río hay caimanes y esos diabólicos pececillos conocidos como piranhas 3 en el Brasil y el Paraguay. De los tres, Izquierdo fue el único que alcanzó la margen opuesta, y se dejó caer exhausto en la arena, con una pierna hinchada en una forma enorme. Descubierto allí por algunas mujeres que lavaban ropas, fue recobrándose gracias a sus cuidados, aunque quedó lisiado para toda la vida. Como sabía leer y escribir, y tenía cierta instrucción, después que terminó la guerra se convirtió en lo que se llama un “tinterillo” en algunas partes de Sudamérica. Tenía mal carácter y aspecto

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desagradable; vestía un traje de dril, lavado hasta tener la consistencia de una red de pescar, y cubierto todo él por un sombrero de paja barato. Aunque había puesto su vida en gravísirno peligro y hecho todo lo que un hombre puede hacer para cumplir sus deberes, no carecía de palabras para demostrar su odio y desprecio por López. La naturaleza y su estudio de las leyes, aunque exiguo, se habían combinado para dar fluidez a su expresión. Lo veo ahora, como lo vi la primera vez que nos encontramos, en un sembrado de mandioca, detrás de la quinta del doctor Stewart, en el camino de la Recoleta, parado bajo el sol centelleante; era una figura pequeña, tiesa, indomable, quizá con una sombra de servilismo:

agotaba todos los recursos del castellano y el guaraní para dar forma a su desprecio por López y a su indignación por la cobardía que mos- trara:

—¡Llamarle Carai Guazú! Lo que debían decirle es Chancho Guazú 4 . ¡Ese miserable cobarde, comiendo y bebiendo de lo mejor, él y su concubina, madama Lynch —que el Dios de los cielos no los haya perdonado a ninguno de los dos—, mientras nosotros, que peleábamos por lo que creíamos era la independencia de nuestro país, estábamos medio muertos de inanición, golpeados y tratados peor que perros; escupo a su misma alma” Dominado por el furor, una especie de dignidad descendía sobre aquel hombre de figura mutilada por la guerra, plantado desafiante en los sembradíos de mandioca, y uno se hacía cargo de que cualesquiera que hubieran sido los riesgos y peligros (y habían sido muchos) que se hubiera visto obligado a encarar en todo el transcurso de su vida, el temor era una cosa desconocida para él. En todo el mundo, me ima- gino que nadie se acuerda de él, excepto yo. En consecuencia, escribo estas líneas a la manera de un epitafio, trazado en el suelo arenoso del sembradío de mandioca donde lanzó su maldición. No sólo este abogadillo mucho más admirable durante la guerra que en los tiempos de paz condenó al tirano en términos desmedidos, sino también los pocos sacerdotes de las aldeas de campo, cuyas bocas

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se hablan cerrado durante cuatro años por el temor a las torturas o a una muerte precedida de una larga y penosa agonía, agregaron su testimonio. Nunca me aproxime a uno que tuviera algo bueno que decir de López, pues todos lo condenaron, mientras tomábamos mate, sentados en las altas sillas apoyadas a la pared de sus pobres presbiterios, a la sombra de los naranjos. Hablaban de su crueldad, su ansia de sangre, su desvergonzada inmoralidad sexual, las enormes sumas de dinero que había despilfarrado en manos de su concubina, madama Lynch, y cómo había gobernado al Paraguay como si fuera de su propiedad, bajo su pretendido patriotismo. Estos hombres instruidos que habían sobrevivido a esta carnicería universal, condenaban su política, diciendo que la guerra había sido innecesaria y provocada por él, en parte por su ignorancia y en parte por su ambición de figurar como un conquistador. Thompson, en su historia de la guerra 5 , dice: Él (López) sustentó la idea de que el Paraguay podría hacerse conocer únicamente por medio de una guerra, y su propia ambición personal lo impulsó a ello, sabiendo que podía reunir todos los hombres del país inmediatamente y formar un ejército numeroso”. Thompson había sido depositario de muchísima confianza por parte de López, pues él proyectó las fortalezas de Curupaití Humaitá, Angostura 6 y La Villeta, que demoraron por tanto tiempo el paso de las fuerzas aliadas río arriba. Sin las fortalezas, Asunción hubiera sido tomada en un mes, pues los barquichuelos livianos que López tenía armados no habrían podido nada contra los poderosos barcos brasileños. Quizá la expresión más fuerte vertida contra López, y una de las que pesan más, es la que el coronel Thompson ha estampado en el prefacio de su obra: “Como se verá por el siguiente relato —dice—, considero a López como un monstruo sin igual.” Esto constituye algo del mayor valor, por provenir de un hombre sumamente prudente en la expresión de sus opiniones, como surge de su modesto pero convincente trabajo. Se formaba sus juicios madurándolos durante mucho tiempo, como lo muestra el siguiente

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pasaje: “Todas las murmuraciones que se decían de él al principio de la guerra me llegaron en forma de vagos rumores. Sus maneras, ello no obstante, eran tales que constituían por sí solas algo que desacreditaba por completo y desvirtuaba cuanto rumor pudiera haberse vertido en su contra. Sin embargo, tiempo después recibí aplastantes corroboraciones de lo que he establecido en contra suya en la primera parte de este volumen.” En todos los escritos de aquellos que conocieron más de cerca a López durante la guerra, aparece éste como un tirano, cobarde y sediento de sangre. Don Belisario Rivarola, ministro de Educación, en un artículo publicado en “El Liberal”, de Asunción, en el mes de marzo del año 1926, dice: “Es verdad que hay compatriotas que se proponen glorificar a este protervo”. Piensa que su único objetivo es levantar la figura de un héroe nacional y legendario, como punto para fijar el patriotismo paraguayo. He aquí probablemente la razón; pero si es así, no hay nadie que se preste menos para el fin a que se le destinaría que López, quien, por el testimonio dejado por sus contemporáneos, no arriesgó nunca la vida, aunque envió a la muerte a toda la población masculina del Paraguay, en aras de su ambición. Don Cecilio Báez, ex ministro del Paraguay en los Estados Unidos y Europa, califica a López como a un gobernante insensato, general inepto y tirano monstruoso”. Estas son opiniones vertidas por paraguayos instruidos, de alta posición. Sus juicios se basan en las narraciones de los sobrevivientes de la guerra y en documentos públicos que se encuentran en los archivos del Paraguay. Estas fueron las opiniones de la nación entera, hasta que en el año 1905 un paraguayo llamado Don Juan O’Leary publicó un libro en el que ponía a López por las nubes, negaba sus crímenes, su cobardía y su sed de sangre, y hacía un llamado a sus compatriotas para que vieran en el carnicero de sus padres a un patriota de inspiraciones puras. Lo realmente extraño de la actitud de O'Leary es que toda su familia fue víctima de la tiranía de López. Su madre, Doña Dolores

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Urdapílleta, se había casado en Asunción con un juez llamado Bernardo Jovellanos. Por rehusarse este último a dictar un fallo injusto para complacer a López, fue encarcelado, y bajo el gobierno de López el encarcelamiento equivalía a la muerte. El desgraciado, o quizá afortunado juez, sufría de una tuberculosis incipiente que en la sórdida y mal ventilada prisión se agravó rápidamente y lo llevó a la tumba. De haber sobrevivido, habría encontrado probablemente su destino tanto en el hambre como en los malos tratos, o quizá en las torturas. Después de su muerte, López, que nunca perdonaba mientras hubiera alguno sobre quien pudiera ejercer su venganza, prendió a la viuda del juez, Doña Dolores, y la encerró encadenada en la misma celda en que había encontrado la muerte el compañero de sus días. Pasado algún tiempo allí fue transferida a un campo de concentración llamado Emboscada, que se encuentra sobre el río Guazú-Piré 7 . De Emboscada fue trasladada a Ajos, de allí a Lhú, y con las demás infelices mujeres conocidas como “destinadas”, que lo estaban al martirio y la muerte, pasó de Curuguatí a Espaduí. Estos lugares en los días de López se encontraban en las afueras de lo que podría llamarse por eufemismo “civilización” esto es, en el Paraguay. Mujeres de ilustre prosapia eran dedicadas a los más duros trabajos manuales, medio muertas de hambre y golpeadas, y muy frecuentemente ultrajadas por la bárbara soldadesca. Todas sus jornadas las realizaban a pie, a marchas forzadas, a veces con el barro hasta más arriba de las rodillas, a través de los bosques y cruzando planicies abiertas a los incandescentes rayos del sol. Su comida era un puñado de maíz; su bebida, agua de los pantanos del camino. Aquellas que no podían resistir, eran lanceadas y se las dejaba para que las devorasen las bestias salvajes de la región. Doña Dolores varias veces estuvo a punto de ser lanceada, pero sacó fuerzas de flaqueza para seguir su largo via crucis. Sea en razón de su naturaleza fuerte, o a causa de lo que dice el refrán árabe,

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“porque Dios no lo quiso así”, debiendo haber muerto, sobrevivió a todas sus pesadumbres y martirologio, y una vez terminada la guerra se casó con Don Juan O'Leary, caballero paraguayo. Uno de los hijos de este matrimonio fue el citado Juan O’Leary, que vivió para glorificar al hombre que en su juventud calificara de “chacal” y verdugo de la patria. Solamente él podrá decir mediante qué extraño proceso llegó a la conclusión de que López era "un ser superior, legendario y epónimo”. Lo cierto es que durante su juventud era sangre y no suero lo que corría por sus venas. En una composición titulada “A mi madre” da rienda suelta a la

indignación natural de un hijo por el martirologio de la autora de sus días: “¡Pobre madre! Tristes recuerdos oprimen hoy mi corazón. Todas las escenas de ese intenso drama, del sangriento martirologio de nuestra raza, se alza ante tus ojos para hacerte sufrir de nuevo la amargura de aquella tiranía maldita. “En este día, hace treinta y seis años, fuiste llevada ante el cruel magistrado que te condenó. Antes de esto, tu esposo había muerto, víctima del tirano. Tu hermana, carga de grillos, rogaba por ti en el silencio de su prisión; tus hermanos, perseguidos por el tirano, murieron uno tras otro, lanceados, en el cepo de Uruguayana, o por miseria y necesidad “Descalza recorriste los caminos espinosos, cargando a tus hijos

Me enseñaste a perdonar, tú que

A veces, ¡oh madre!, el odio es la más sublime de

hambrientos en tus brazos

perdonaste a todos

las virtudes. Perdóname, madre mía; pero para tus perseguidores, para los carniceros de nuestra patria, mi odio es eterno. Tú perdonaste al que te maltrató con tanta brutalidad. Yo no lo perdono.” Este párrafo resulta muy natural en un hijo que habla de los sufrimientos de su madre, que ha visto a su familia diezmada por el tirano, y fue escrito solamente trece años antes de que apareciese un libro exaltando a López hasta los cielos.

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El espíritu de la esclavitud de la raza debe haberse encontrado dormido en su sangre; el espíritu inculcado a la raza por una larga serie de tiranos. A fin de que nada falte para completar el abyecto espíritu de O’Leary, la historia de su tío José Urdapilleta está para atestiguarlo. Un día López llamó a José Urdapilleta 9 —tío de O'Leary— a su presencia y le dijo: “Acabo de fusilar a tu padre por traidor”. Urdapilleta era un teniente naval que se habla distinguido mucho en el abordaje de un bergantín brasileño, que realizara en compañía de unos pocos más. “Ten cuidado de portarte bien —agregó López— o seguirás su misma suerte.” El joven teniente, que había encarado la muerte con tanto valor hacia unas pocas semanas, se retiró sin decir una sola palabra. Su hermana, cuando se lo contó, le recriminó en estos términos su conducta: “¿Y no fuiste capaz de matar de un tiro a ese monstruo? 10. Esa era la dificultad. En todo el Paraguay, entre los millares que soportaron el gobierno del tirano, no hubo uno solo capaz de ponerle el cascabel al gato o de “tomar las armas contra sus dificultades, y oponiéndoseles, ponerles término”.

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1 Se trata de una colección de ensayos y cartas de varios escritores, en favor y en contra de López.

2 El padre Maíz fue un sacerdote a quien López nombró uno de

sus “Fiscales de Sangre” ante los cuales era traído cualquiera de quien López quisiera deshacerse. Según los que lo describen, el padre Maíz era alto y buen mozo, y de muy buena educación; falleció hace muy poco, cargado de años, y, según puede creerse, lleno de remordimientos por sus muchas e inhumanas crueldades.

3 En Venezuela y Colombia se les llama caribes, por su ferocidad.

4 Gran cerdo.

5 The War in Paraguay, Thompson, pág. 25.

6 Thompson estuvo encerrado durante la mayor parte de la guerra en el fuerte de Angostura. Lo defendió hasta que sus hombres casi perecieron de inanición; entonces, viendo que no llegaba ningún auxilio de López, capituló, y salió del fuerte con todos los honores de la guerra.

7 Emboscada es ahora propiedad de¡ escritor paraguayo Héctor Francisco Decoud. En su libro “Una Década” describe los sufrimientos de las desgraciadas mujeres.

8 El "Cepo de Uruguayana" era un método de tortura en el cual la cabeza de la víctima se doblaba hacia adelante, se le ataban los pies y

las manos, y se apilaban rifles sobre la nuca

ordinaria, y se halla descripta por Masterman, en su Seven eventful years in Paraguay, publicado en Londres en 1870, por haberla soportado él mismo.

9 “Guerra del Paraguay”, por Arturo Rebaudi, anotado por Gus- tavo Barroso en su Brazil en face do Prata, publicado en Río de Ja- neiro en 1930. Gustavo Barroso, más conocido por su seudónimo de Joao do Norte, ha escrito con indignación en contra de la elevación de López a la categoría de héroe nacional. Lo pinta en sus verdaderos colores, como un cobarde miserable y sediento de sangre.

Esta tortura era extra-

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10 “E nao foste capaz de dar un tiro nesso monstro?” Arturo Rebaudi, citado por Gustavo Barroso en su obra O Brazil en face do Prata, editada en Río de Janeiro el año 1930.

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Capítulo II

Francisco Solano López nació en Asunción el 24 de julio de 1826 ó 1827; era el segundo hijo de Carlos Antonio López y Juana Pabla Carrillo, ambos nativos de La Recoleta, cerca de Asunción. Tuvo cuatro hermanos: Martín, el mayor; Benigno, Venancio y José Domingo, y dos hermanas: Blasa y Melchora. Su padre, Carlos Antonio, un astuto abogado que se retiró prudentemente de la vida pública durante la dictadura de Francia, ascendió a la presidencia después de la muerte de este último, mediante una mezcla de chicaneos y fuerza. Aunque había acumulado cierta fortuna, no era un hombre de buena familia. Se rumoreaba que tenía algo de sangre de negro o de indio en su ascendencia, y por cierto que las fotografías de su hijo, Francisco Solano, no desmienten la versión; en ellas se ve a un hombre bajo, casi grueso, de color oscuro, que muy bien podría haber tenido una corriente de sangre india. Su madre, a la cual torturó subsecuentemente, y cuya sentencia de muerte acababa de firmar el mismo día en que fue muerto, parece haber sido de mejor clase social, y era descendiente de una vieja familia española. En su casa paterna en La Recoleta, probablemente una espaciosa casa colonial española., construida alrededor de un patio, con un aljibe en el centro, para recoger el agua llovida del techo, una herencia de los moros llevada a América por los españoles, debe de haberse deslizado la vida tal como yo la recuerdo, en varias de sus repúblicas, hace cincuenta años. No me cabe duda de que un bosquecillo de na- ranjos daba sombra a la casa, y en sus ramas miríadas de luciérnagas titilaban más y más, pareciendo formar extraños dibujos sobre el cielo purpúreo de los atardeceres, tan brillantes y vívidos que casi ensombrecían las estrellas. Cerca estaban los corrales de las vacas lecheras, y más allá un prado sembrado de maíz, un lotecito de mandioca, una parcela de camotes y un sobrante en el que crecían sandías. Diseminadas

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alrededor estaban algunas construcciones de palos y paja, techadas con hojas de palmera o cañas, que daban albergue a los peones y sus familias. Los hombres, bajos, delgados y activos, vestían pantalones blancos y camisa; todos andaban descalzos, aun cuando montaban; en estas oportunidades, sus pesadas espuelas de hierro colgaban de sus pies desnudo, atadas con tientos de cuero crudo. Aunque montaban bien y domaban sus propios potros, no tenían como jinetes nada del orgullo que sienten por sus cabalgaduras y por ellos mismos, como una característica digna de notarse, los gauchos del Río de la Plata. Las mujeres, más altas en proporción a los hombres, y más fornidas, visten usualmente una sola prenda llamada “tipoy” especie de camisa larga que llega hasta la mitad de la pantorrilla, con toscos bordados en negro alrededor de la “échancrure” y deja en libertad los brazos desnudos; ropaje pintoresco y apropiado para el clima. Tanto las mujeres como los hombres de esa condición andaban descalzos; los cabellos de aquéllos, duros, negros y abundantes, caían descuidadamente sobre los hombros o a veces en trenzas. En los hom- bres, el corte cuadrado a la altura de la nuca les daba un aspecto particularmente indígena, no exento de atractivo y muy en consonancia con el vestido. Los hijos abundaban, porque las mujeres en el Paraguay son extraordinariamente prolíficas, y la naturaleza parece haber dispuesto que soporten las cargas de Eva con la mínima dosis de sufrimiento. La castidad puede haber sido un consejo de perfección dado por los sacerdotes, pero se la practicaba muy poco aun por los mismos que la recomendaban. En todas las épocas, la población femenina del Paraguay fue mayor que la masculina; nunca se ha dado ninguna razón satisfactoria para explicar el porqué de esta circunstancia. Las revoluciones constantes que en aquellos días sacudían al Uruguay, Bolivia y la Argentina no eran, por cierto, un hecho privativo de la vida del Paraguay. El país no había sostenido guerras con el, extranjero, pues

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viviendo como lo había hecho hasta entonces, cerrado al mundo exterior por la naturaleza y la política equivocada de sus gobernantes, no había tenido pendencias con sus vecinos, en cuya dilucidación hubieran muerto sacrificados los hombres jóvenes de la nación. Esta preponderancia numérica había colocado a las mujeres paraguayas en una situación singular. Por una parte dependían de los hombres, quienes elegían entre ellas y las trataban como puede tratar a sus gallinas un gallo en el corral. También su número y su industriosidad, en la que sobrepasaban en mucho al hombre, les daban particulares privilegios; y los hombres, aunque en teoría gobernaban en forma absoluta a las mujeres, dependían en cierto modo de ellas. En efecto, las mujeres los miraban como objetos de lujo, fáciles de conseguir pero difíciles de conservar. El hecho de contraer matrimonio no parecía agregar ni quitar nada de importancia a la vida de los paraguayos de las clases más humildes, cosa que en la mayor parte de los países da visos de mayor respetabilidad. Por cierto que tampoco hacia diferencia entre los niños, los cuales, aunque los paraguayos nunca razonaron sobre el caso, eran bien nacidos (desde que no se los consultaba sobre su nacimiento) y no heredaban ninguna inhabilidad por su involuntario advenimiento. El joven López creció en esta no muy estricta sociedad. Hijo del presidente, desde su más tierna edad, nunca conoció sujeción de ninguna naturaleza. Aunque las clases más adineradas, que vivían en sus viejas casas de estilo español, con enormes riquezas de plata, pero poca comodidad verdadera, estaban en un mundo distinto del que pertenecía a sus compatriotas más pobres, las maneras democráticas españolas y el clima caluroso, que dificultaban la separación, quitaron las barreras que han creado entre las clases la teoría de la pureza de sangre y las antiguas tradiciones en otras partes de la América del Sur.

El joven López es probable que se criara como un pequeño sultán en la casa de su padre. La familia no era una de esas viejas familias coloniales de pura sangre española, que vivían casi en la misma forma

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en que sus antepasados habían vivido en la España medieval, y aún menos de esas familias cultas y modernistas que envían sus hijos a educarse en Europa, porque en aquellos días ya había una considerable cultura en el Paraguay y muchos paraguayos de ambos sexos que hubieran podido hacer buen papel en la sociedad de cualquier ciudad del mundo. El joven López creció bajo un código moral que parece haber sido proyectado con el propósito de hacerlo arrogante, tiránico y desarrollar en él todas las peores condiciones de su carácter. Su ayo era el padre Marcos Antonio Maíz., un sacerdote que se había educado con los jesuitas en Córdoba. Maíz no era sino nueve años mayor que su discípulo; alto, hermoso y con aptitud para el mando, era sin duda uno de los miembros más destacados del clero paraguayo de aquellos día. Su educación debe de haber sido superior a la del término medio de los sacerdotes paraguayos porque él por lo me. nos había viajado hasta Córdoba 1 y manteniendo contacto con hombres más instruidos que los que el Paraguay podía producir. El principal tratado religioso empleado en las escuelas del Paraguay en aquellos días se llamaba “El catecismo de San Alberto” escrito en el año 1784 por un obispo de Tucumán, inmediatamente después de la insurrección del último descendiente de los Incas, el infortunado Tupac Amaru. El alzamiento fue sofocado con terrible severidad, y el catecismo parece haber sido planeado para “corromper a la juventud inculcándole la idolatría del poder, haciendo de cada uno un esclavo”, como dice muy bien León José Estrada. Luce en su primera página esta leyenda: “Manual en el cual, por medio de preguntas y respuestas, los niños de ambos sexos aprenderán las principales obligaciones que un vasallo debe a su rey y señor, emanación de la autoridad divina.” Hijo del presidente, con este catecismo y viviendo entre una población que se había degradado hasta la sumisión más completa y a la que se le había quitado toda chispa de independencia, resulta muy

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natural que el joven López empezara pronto a mostrar sus propensiones naturales. Se ha dicho que su padre y su madre eran “blancos”, pero el calificativo de “blanco” en aquellos tiempos en la América del Sur era frecuentemente sinónimo de rico, o por lo menos de alto funcionario, porque nadie se habría atrevido a contradecir a un personaje del gobierno; ni siquiera a un enano que afirmase que tenía seis pies de altura. Desde sus primeros años, el futuro tirano, no tuvo a nadie que le contradijera o que gobernara sus impulsos. En el diario del general Resquin, encontrado por los Aliados después de la batalla de Lomas Valentinas, se dice que López cuando niño gozaba con atormentar a los animales en una forma tan intensa que esto constituía su principal delectación. Se ha dicho esto mismo de tantos tiranos, que se necesita hacer un examen del carácter del hombre sobre el cual se ha hecho circular una versión de esta naturaleza. El general Resquin era un oficial paraguayo que se había distinguido en diversas oportunidades, pero que se convirtió luego en uno de los instrumentos de la crueldad del tirano. Si la afirmación anotada en el diario del general Resquin es cierta, demuestra solamente que López revelaba las mismas inclinaciones que Nerón, Domiciano y muchos otros tirano de la Historia. Sea o no éste el caso, por lo que contaron después de su muerte todos aquellos que lo conocieron personalmente, pasaba una buena parte de su tiempo inventando ingeniosas torturas que acostumbraba dirigir él mismo cuando eran ensayadas sobre sus víctimas. De baja talla, desde sus primeros años era gordo. El coronel Thompson 2 expresa que López en su juventud fue un buen jinete, pero que por su creciente obesidad, a medida que fue transcurriendo el tiempo, se rendía por cualquier ejercicio, ya fuese andar a caballo o a pie, pues le significaba un gran esfuerzo. El único medio de trasladarse de un lugar a otro en aquellos días era el caballo, pues los caminos eran casi desconocidos, y así López se

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vio obligado a montar, por lo que es probable que tuviera un buen caballo con arreos de plata, necesidad común en cualquier sudamericano antiguo, y aún lejos de extinguirse, especialmente en la República Argentina y en México. Es muy probable que el joven participara en, festivales y reuniones, en carreras de sortija 3 un pasatiempo que los primeros conquistadores llevaron de España, junto con los jóvenes de su edad, los cuales debieron cuidarse muy bien de ofenderlo mostrando demasiada destreza en el juego. En aquel tiempo los paraguayos iniciaban sus relaciones amorosas a edad muy temprana; el joven López no constituyo una excepción a la regla. En su calidad de hijo del presidente, gozaba de más ventajas en ese terreno que cualquier principie europeo. No tenía necesidad de tirar el pañuelo, por decirlo así, para que las niñas de su propia edad lo tomaran de las manos. Rehusarse era correr un riesgo de muerte, como lo demostró López en el asunto de la hermosa Pancha Garmendia, en el cual se reveló como un tirano bárbaro, al perseguir a la pobre niña hasta la muerte, después que había sufrido tormentos, hambre, sed e innumerables indignidades. Todos los paraguayos conocen la historia, y muchos me la contaron a mi con lágrimas, con execraciones o con blasfemias. No hubo quebraderos de cabeza en aquel entonces a raíz de si el asesino era un patriota o un héroe nacional. Todos lo conocieron como lo que en realidad era: un bárbaro cruel, cobarde y vanidoso, con un tenue barniz de cultura europea, que apenas le cubría la piel. Los modales que había adquirido en París era de los dientes para afuera, como dice la conocida frase castellana. Pancha Garmendia se había rehusado a ser una de las tantas amantes del joven López; como esto aconteció durante el gobierno de su padre, él no pudo volcar sobre ella todo el peso de su venganza. Sin embargo, apenas ascendió al poder después de la muerte de su progenitor, puede decirse que pocas mujeres en el mundo han sufrido un calvario más amargo. Privada de todas sus propiedades, flagelada, ultrajada por los soldados y obligada a ejecutar las más rudas tareas,

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casi sin alimento alguno, sus sufrimientos terminaron en un lanzazo que le fue aplicado en un camino, cuando estaba tan débil que ya ni podía andar. Cualquier mujer paraguaya de aquellos días cuando se nombraba a Pancha Garmendia, maldecía el nombre del monstruo inhumano que la martirizó con tanta unción como si estuviese elevando una plegaria a un santo. Ya fuese por la energía de su carácter, en lo cual no era nada escaso, o porque la avanzada edad había debilitado las fuerzas de su padre, el joven López alcanzó a tener una gran influencia sobre él, hacia el fin de su larga vida. Desde su juventud, Francisco había sido general y comandante en jefe del ejército, aunque nunca había visto disparar un tiro ni tenía la menor instrucción militar, como tampoco, según lo prueban los hechos, capacidad militar alguna, y hasta estaba desprovisto del valor que despliega el más insignificante soldado. En el año 1854, su padre, que era patriota a su manera, o que por lo menos deseaba que el Paraguay fuera conocido en el mundo exterior, envió al joven general a Europa, sin ninguna misión particular, excepto el llamar la atención sobre el Paraguay. Ministro ambulante en todas las cortes de Europa, visitó Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y España. Nada falto de audacia y contando con todo el dinero que hubiera podido desear, esta misión fue el punto culminante de su carrera. Dieciocho meses en Europa le dieron un cierto conocimiento superficial del mundo y un débil barniz, que su rápida perspicacia natural y su exhibicionismo lo capacitaron para asimilar con facilidad. En ese tiempo la palabra “rastaquouére” no se había inventado aún, pero así como hubo hombres fuertes antes de Agamenón, también hubo “rastaquouéres” antes de que el Palais Royal Théatre hiciera de esta palabra un nombre genérico para todos los sudamericanos. . París en aquellos días había oído hablar de los brasileños, y “Le Brésilien” era un personaje familiar en las tablas. Probablemente se conocía a los peruanos como un subtipo de la especie, pero todo el resto, hasta los mismos argentinos eran completamente desconocidos.

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El joven López tuvo entonces que fijar una por una todas las características. Un general de menos de treinta años de edad, comandante en jefe del ejército de un país cuyo nombre era probablemente desconocido para la mayoría de los parisienses; un soldado que jamás le habla tomado el olor a la pólvora, y que sin duda aparecía con algún extravagante uniforme de su propia invención, debe de haber sido una verdadera curiosidad en el París de aquel entonces. Bajo —de cinco pies y cuatro pulgadas de altura (apro- ximadamente 1,60 m.)—, gordo, de tez oscura, algo cambado de piernas, a causa de haber andado mucho a caballo desde muy pequeño, se expresaba en francés en ese tiempo con bastante dificultad, pero lo suficiente como para hacerse entender y hasta para hablar en público, ejercicio en el cual, junto con la mayoría de los sudamericanos de aquellos días, encontraba un gran atractivo, y no cabe duda de que amontonaba los adjetivos, hablando de gloria, libertad, nuestras madres paraguayas y el resto de las frases hechas, de todo orador de la época, con tropical fluidez. Lo importante es que se hallaba bien forrado de dinero en ocasiones tales como el. aniversario de la independencia sudamericana y otras fechas semejantes. Es de imaginarse que los sastres parisienses en seguida lo engalanaron con las últimas creaciones de la moda: saco o chaqueta azul, sombrero, monumental, que en realidad merecería el nombre de “chapeau haut de forme” de aquel tiempo; pantalones estrechos y ajustados sobre inmaculadas botas de charol Hessian. López se envaneció siempre de sus pies pequeños, usaba tacos altos para aumentar su estatura y tenía un contoneo peculiar al andar, según nos consta por haberlo visto con nuestros propios ojos. De creer a los libros escritos por aquellos que no lo conocieron mucho, pasaba la mayor parte del tiempo abocado a lecturas científicas, visitando lugares de interés público y preparándose de tal manera para gobernar a los paraguayos que querían un culto y

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cumplido Caray-Guazú. Así dicen los que hacen su apología, quienes toman como prueba fehaciente las cartas que durante la estada en Europa escribió a su padre. Resulta sumamente probable que no se haya desentendido del todo de la tarea de ilustrarse un poco, desde que sus peores enemigos. nunca le negaron considerables aptitudes. La característica sobresaliente de su personalidad era la vanidad, como en el caso de la mayoría de los tiranos que ha habido en el mundo. Engreído de su persona, como los hombres de poca personalidad, gastaba una fortuna en uniformes, y en su equipaje, tomado por los aliados después de la derrota de Cerro León, se descubrió un centenar de pares de botas de charol. Como la mayoría de los tiranos, López tenia cierta vis cómica en su carácter, sobre la que generalmente se ha pasado por alto. El grueso, bajo, pomposo y atezado hombrecillo, con su toque de sangre de negro o de indio, debe de haber resultado sumamente cómico a los parisienses, los cuales no pudieron haber previsto, desde luego, que se iba a convertir en el carnicero sediento de sangre de sus compatriotas. Sus aires de general de opereta, exactamente como el del general Boum de “La Grande Duchesse” de Offenbach, deben de haber arrancado más de una sonrisa a los parisienses, siempre tan propensos a ver el lado cómico de los demás, mientras permanecen olvidados de sí mismos. Disponía de dinero a discreción, y corno la mayor parte de los jóvenes nacidos en los trópicos, era muy sensible a los encantos del amor. Aunque no disertara sobre este tópico en las cartas dirigidas a su padre, muy probablemente habría frecuentado los círculos del amor comercial. Entonces —porque este hombre era por sobre todas las cosas ambicioso y tenia un alto sentido de su dignidad personal— probablemente comenzó a frecuentar los círculos del ”demi-monde”, que es el mismo “demi-monde” del París de nuestros días, que tenía un pie precariamente asentado en el campo de lo respetable, y en consecuencia merecía este nombre.

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Fue en los círculos del “demi-monde” donde el futuro mariscal López, destinado a ser tan bien conocido en el mundo como Nerón, a quien se asemejaba en algunas cosas, tal en su tiranía, se encontró con la mujer ambiciosa y capaz que por tantos años fuera la reina del Paraguay. Dónde y cómo encontró López a madama Lynch, es algo que sólo ellos y Ala conocen, como dicen los árabes. Elisa Eloísa Lynch había nacido, de acuerdo con lo manifestado por ella, en Irlanda, en 1835. Se casó a los quince años de edad con M. Quatrefages, quien, según decía ella, desempeñaba una elevada misión oficial en Francia. Se sabe que estuvo en su compañía en Argelia, durante tres años, y lo dejó, conforme dijo en una especie de panfleto que escribió, a causa de una enfermedad que la aquejó; esto parece una razón un tanto curiosa, a no ser que el marido fuese el causante de la enfermedad. Entonces, tanto para restablecer su salud como para reconfortar su espíritu, o por alguna razón que no nos ha sido revelada, se retiró a París. Una vez restaurada su salud, se convirtió, según se dice, en una de las luces de ese “demi-monde” que tenía su propia corte en París, en aquel tiempo, de una brillantez casi tan grande como la de las Tullerías. Ninguna otra capital sino París tuvo una sociedad similar, desde que en ninguna otra capital se podían hallar mujeres indiferentes a la moral, pero refinadas y muy correctas en su comportamiento, capaces de sostener una conversación inteligente y estar en un salón en el cual los hombres que, por una u otra razón, hu- bieren perdido su lugar dentro de su propio mundo, pudieran encontrar una copia de su sociedad. Casi puede decirse que este “demi-monde” era el más brillante de los dos. Por cierto que había menos rigidez, y si, por el contrario, la mujeres eran más comprables, se podían consolar con el recuerdo de que en la mejor sociedad del Segundo Imperio todo era materia comprable, si no en dinero, mediante concesiones, órdenes, el ascenso de un sobrino o de un hijo. No cabe duda que el joven López se encontró con madama Lynch en algún salón donde ella pudo haber tenido una mesa de juegos. El

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joven e incipiente general “de color” no era, como podría parecer, un tahur, y madama Lynch era demasiado inteligente para dejarlo caer en manos de alguno de los sujetos más dudosos de su círculo. Parece que ella vislumbró de pronto que en el extraño amante del Nuevo Mundo y quizá no exento de atractivos existía la oportunidad de un gran futuro, o quizá la cegó la fama de las magníficas riquezas del Paraguay. López estaba bien provisto de dinero por su padre, y huelga decir que vivía en forma dispendiosa. En aquel tiempo París no atraía a sus visitantes como lo hace hoy, y las leyendas de las riquezas de la América del Sur, importadas por vez primera por los brasileños o por lo menos diseminadas por ellos, se habían convertido en un artículo de fe. Es nada más que un acto de equidad el manifestar que tanto el joven López como su padre, el viejo presidente, tenían un auténtico deseo de hacer conocer a su país en el mundo exterior. Visiones de gloria militar y un deseo de emular las hazañas de Napoleón han sido los sueños de varios presidentes, de las repúblicas sudamericanas. En México, sólo veinte años antes de los días de López, el General Santa Ana fue llamado siempre el Napoleón del Nuevo Mundo. Uniformes con encajes dorados, pechos cubiertos de medallas, sables enjoyados, botas de finísimo cuero, eran las características distintivas de los presidentes desde Panamá a Punta Arenas. Ninguna mujer europea de cultura superior sin duda habría encontrado nada que le atrajera hacia estos tremendos presidentes. Muchos de ellos, desde luego, eran demasiado salvajes y poco civilizados para ser dignos de figurar en el círculo íntimo de una mujer así; pero el joven López provenía de una raza tan gentil, sensual e indolente, corno los mexicanos, argentinos, chilenos y habitantes de otros países son feroces y turbulentos. La vanidad y el sensualismo, con un dejo de crueldad, unidos a una gran obstinación, parecían ser los principales rasgos del carácter del amante de madama Lynch. Ella sacó amplio partido, empleando

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estas condiciones en su propio provecho y para ruina del país que un desgraciado sino colocó en sus manos. Pueden abrigarse muy pocas dudas de que López, con ser más obstinado que un mulo, como corría

el dicho, y si bien no penetrado de patriotismo, imbuido por lo menos

de un cierto orgullo por su propio país, estaba completamente entregado a los designios de la mujer cuya educación y voluntad eran superiores a las suyas. Desde el principio, madama Lynch parece haber enfocado sus facultades en la consecución de dos objetivos principales. El primero era el conseguir que su amante contrajese enlace con

ella, y el segundo, convertirlo en el poder supremo de la América del Sur. El primero desgraciadamente para ella, no había de ser alcanzado. Su esposo, monsieur Quatrefages era un ferviente católico,

y no se avino en ninguna forma a dejarla en libertad. En aquel

entonces la anulación de un matrimonio, que ahora se ha repetido hasta los límites de lo ridículo, era raramente consentida por la Iglesia, excepción hecha de los príncipes reinantes que no podían dar un heredero o de los legos que podían pagar bien el privilegio de eludir un sacramento. López, aunque tuvo innumerables concubinas (si bien ninguna de ellas alcanzó a la categoría de una amante), parecía haber hecho uso de ellas como de una medicina que se toma y se deja. En cambio, amaba realmente a madama Lynch; los hijos que tuvo con ella lo apasionaban en grado sumo, según dice el coronel Thompson 5 cosa que no ocurría con los que tuvo con otras mujeres. Aunque el joven López había adquirido gran influencia sobre su padre, el presidente, quien lo había dejado en absoluta libertad en lo que a cuestiones militares se refiere, dudaba un poco de la actitud que

asumiría a su regreso acompañado, de una dama extranjera, y en atención a esta circunstancia permaneció cierto tiempo en Buenos Aires, hasta que tuvo la certeza de que sería bien recibido.

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Por aquel tiempo madama Lynch, a juzgar por las fotografías, debe de haber sido una mujer muy atrayente. Masterman, que como médico la conoció íntimamente, la describe así:

“Él (López) permaneció en París por algún tiempo, y de allí importó dos novedades: el uniforme francés para los oficiales y una amante para él; esto último, el paso más fatal que diera en su vida. Como está dama llegó a ocupar en forma eventual un lugar muy prominente en los asuntos del Paraguay, y yo tengo la creencia de que, por sus malos consejos y ambición sin límites, fue la causa indirecta de la terrible guerra que despobló grandemente el país, es necesario dedicarle unas pocas líneas. “Cuando la vi por vez primera, era una dama alta y notablemente hermosa, y aunque el tiempo y el clima habían empalidecido entonces un tanto sus encantos, pude creer sin esfuerzo el relato que se me hiciera, de que cuando desembarcó en Asunción, los sencillos naturales pensaron que su belleza era algo de una brillantez más que terrena, y que su vestido era de una suntuosidad tal que no tuvieron palabras para expresar la admiración que ambas cosas les inspiraron. Había recibido una vistosa educación: hablaba francés 6 , inglés y castellano con idéntica facilidad; daba grandes banquetes y era capaz de beber más champaña sin alterarse, que ninguna otra persona con la que me haya encontrado jamás. Puede comprenderse fácilmente cuán inmensa sería la influencia que una mujer tan inteligente e inescrupulosa podía ejercer sobre un hombre tan imperativo, aunque tan vanidoso, débil y sensual como López. Con un tacto admirable, lo trataba aparentemente con la más alta deferencia y respeto, mientras podía hacer de él lo que quería, y virtualmente ella gobernaba el Paraguay.” Creo que esta es la mejor interpretación de la actitud de madama Lynch hacia López y de sus relativas dotes intelectuales que jamás haya leído. Los dos carecían de escrúpulos, los dos tenían talentos de alguna consideración; pero, aunque él era por cierto obstinado, estaba completamente dominado por su inteligente, hermosa y poco

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escrupulosa amante. El dinero y la grandeza personal eran el más caro anhelo de ambos. Casi todos los que han escrito sobre la carrera de López —con excepción de Masterman y Thompson— no han sido testigos oculares de los sucesos que han narrado, sino que se basaron en lo que les fue referido por terceros; de ahí que no hayan dado a madama Lynch el prominente papel de un factor decisivo en su vida. No cabe duda que, la gentil y enérgica mujer, con sus cum- plimientos parisienses, habría cautivado extraordinariamente al

semicivilizado joven, que tenía la cabeza llena de planes de conquista, haciéndole creer el Napoleón del Río de la Plata. Por su parte, ella debe de haber encontrado en él los atractivos de un tipo que no habría podido hallar ni en París ni en Argelia. De ser la esposa de un funcionario del gobierno, que no desempeñaba un cargo muy elevado

y probablemente de sueldo menos elevado aún, a ser la dictadora de

un país que ella bien puede haber imaginado más grande y más importante de lo que era en realidad, había una enorme distancia, y bien valía la pena de correr la aventura. Si López hubiera salido triunfante, o desplegado siquiera un ápice de sentido político, su situación habría sido extraordinaria. Sus hijos la ataban al hombre por el cual había dejado París por las soledades del Paraguay, y aunque le era infiel con cualquier mujer que

tornaba por capricho, ella estaba bien segura de que nunca la relegaría

a segundo plano, pues confiaba en su conocimiento del mundo para tratar con embajadores y ministros, y en general con el mundo

exterior, un mundo que, a pesar de haberlo frecuentado como lo hizo,

le era cabalmente ignorado.

Hasta que arribaron al Paraguay, ella probablemente desconocía su carácter cruel, y cuando llegó a conocerlo, probablemente no le hizo ningún caso, conservando de esta manera toda su influencia sobre él. Todos aquellos con quienes he hablado en tan lejanos días, que conocieron a madama Lynch, atestiguaron su habilidad, pero

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estuvieron de acuerdo en cuanto a su falta de escrúpulos y a la influencia nefasta que ejercía sobre López, aguijoneando su vanidad, alentándolo a que bebiera e impeliéndolo a empresas que, dado su conocimiento del mundo, debía saber que estaban fuera de su alcance y que serían ruinosas para un país pequeño como el Paraguay. El coronel Thompson, el doctor Stewart, Constatt y cualquier oficial brasileño con el cual yo hablara en aquellos días, coincidían en afirmar que madama Lynch era el factor dominante en el manejo de López y en que la influencia de su amante le resultaba maléfica. Sin ella hubiera sido, quizá, un tirano ordinario, cruel y cobarde, pero sin la capacidad necesaria para sostenerse solo por mucho tiempo. La astucia de ella y su conocimiento del mundo suministraron el impulso motor. Los paraguayos, raza tan valerosa como ninguna otra del mundo, no habrían soportado la abyecta cobardía de López si no la hubieran tenido a madama Lynch para decirles que el presidente era necesario para la salvación del país y no debía exponer su vida. Para hacerle justicia, diremos que siguió su advertencia, y durante los cuatro años de guerra se encontró muy pocas veces ante el fuego, y aun en dichas oportunidades por accidente. Thompson, que fue el que construyó el refugio a prueba de bombas en el cual López se ocultó mientras enviaba a sus hombres medio muertos de hambre, mal vestidos y mal equipados a encarar tremendas fuerzas enemigas, dice 7 : “López nunca se había encontrado bajo el fuego, antes de esos últimos días de la guerra, así que difícilmente puede decirse que lo estuvo, desde que permaneció fuera del alcance de las balas o protegido por la gruesa pared de barro de su casa. Durante los últimos días de diciembre de 1868, anunció repetidamente a las tropas que permanecería junto a ellas hasta triunfar o morir a su lado. Ante su huida, casi sin haber olido la pólvora, los hombres, aunque inducidos a creer que todo lo que él llevara a cabo estaba bien hecho, se disgustaron un tanto, y he oído a muchos de los que fueron hechos prisioneros quejarse de su cobardía 8.

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Madama Lynch no debe de haberse forjado ninguna ilusión sobre su valentía, como tampoco, en realidad, debe de haber tenido ninguna sobre el Paraguay. El pueblo, que a veces se refería a ella como a madama Lynch y a veces como a madama Lavinche, la odiaba y temía, aunque muchos de los hombres no podían contener su admiración por su belleza y por el valor que demostró al hallarse bajo el fuego. Desgraciadamente, no dejó memorias, así es que nunca sabremos lo que pensó cuando el viejo “Tacuarí” se abrió camino por el turgente Paraguay por el Paso de la Patria y remontó la corriente bajo el mando de un piloto paraguayo, que daba órdenes en un guaraní nasal, sentado en el desvencijado barco, descalzo, haciéndolo sortear los bancos de arena y evitando la fuerza de la corriente y los escollos que solían hacer de la navegación en el río Paraguay una tarea sumamente difícil. Sentada bajo un toldo, observando los yacarés sobre los bancos de arena, las garzas pescando a la sombra, los peces saltando fuera del agua, porque el chapoteo de la nave los asustaba; las islas cubiertas de bambúes o enterradas entre inmensos naranjales silvestres, debió de pensar que llegaba a un mundo extraño, un mundo en el cual le era todo desconocido: ya estaba montado el escenario para una gran tragedia.

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1 Córdoba, en la República Argentina.

2 The War in Paraguay, pág. 326.

3 El otro pasatiempo importado por los conquistadores era el “juego de cañas”, que habían heredado de los moros. Se jugaba a caballo, con una silla árabe, entre cuatro por cada bando. El objeto era tomar o rechazar las cañas tiradas por el bando contrario. El juego simulaba una escaramuza de una tribu en Arabia, en tiempos antiguos. Se lo practicaba en España en el siglo XVII, y aún se lo juega en Chipre donde se lo cultivó posteriormente.

4 Seven eventful Year in Paraguay, Masterman.

5 The War in Paraguay, capítulo 24. pág. 326.

6 Masterman sostiene que era de ascendencia irlandesa, pero nacida en Francia. Esto puede haber sido así, y podría explicar en alguna medida su influencia sobre López, desde que probablemente era más francesa que irlandesa, y una completa mujer mundana.

7 The war in Paraguay, Thompson, pág. 307.

8 El coronel Thompson se refiere a aquellos que fueron tomados prisioneros junto con él, después de su capitulación en la fortaleza de Angostura. Si se hubieran aventurado a expresar la más leve crítica con respecto a López durante su gobierno habrían sido inmediatamente fusilados y probablemente torturados antes de tener efecto la ejecución.

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Capítulo III

Cuando el viejo vapor pasó la colina de Lambaré, que se destaca como un terrón de azúcar sobre el amarillo Paraguay, por las pequeñas aldeas enterradas en sus jardines de naranja, por la tierra rojiza que asomaba por entre la vegetación, madama Lynch, que probablemente tenía una dosis del romanticismo del Segundo Imperio, sin duda penso que llegaba al paraíso terrenal. La gente vestida de blanco que iba perezosamente haciendo sus insignificantes labores en sus pequeñas parcelas cultivadas con maíz o mandioca, pues nadie en el Paraguay creía en la doctrina de que el trabajo ennoblece por sí mismo, puede haberle recordado el “Pablo y Virginia” de su niñez, con su idílico trabajo de paisanos. No podría decirse que el Paraguay de aquellos tiempos fuese un país civilizado; a una milla corta, y pasando un río, se encontraba el Gran Chaco misterioso, un desierto de ciénagas, de ríos fangosos y profundos, de planicies erizadas de palmeras y asoladas por esos indios centauros que el sacerdote jesuita padre Dobrizhoffer ha descrito tan bien en su “Abipones, an equestrian nation of Paraguay”; los guaicuros, los lenguas y los tobas, poseedores del país, y que los recorrían en hordas, todos a caballo, armados de lanzas largas, y hostiles a todos los que conocían solamente como “cristianos”, sin distinción alguna de nacionalidad. Cualesquiera que fuesen los pensamientos de madama Lynch a su llegada a Asunción, lo cierto es que López ya tenía su propósito de hacerse dictador del Paraguay apenas la muerte de su padre le proporcionara ocasión propicia. Tenía ante su vista el ejemplo del doctor Francia y de su propio padre, Carlos Antonio López, el cual, si bien no fue un hombre cruel, era tan absolutista como cualquier zar ruso o jefe negro del Camerún. Sabía muy bien lo dominables que eran sus compatriotas y en qué forma las tiranías los habían vuelto

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incapaces de toda resistencia a quienquiera que tuviese en sus manos las riendas del poder. En cierto sentido, estaba mejor preparado que lo que lo estuvieran sus predecesores. Francia había sido, evidentemente, un hombre de más habilidad y mucha más fortaleza de carácter; pero el joven López había conocido el mundo de Europa, no carecía de condiciones o por lo menos de astucia, y tenía una mujer inteligente a su lado, mucho más capaz que él, que poseía entereza personal, cosa en la que debía reconocerse muy escaso, y además una voluntad de hierro. Por el tiempo de su regreso al Paraguay, la salud de su padre se estaba quebrantando, y dejó el poder cada vez más en las manos del hijo. En el año 1862, el viejo Carlos Antonio murió, tras una larga enfermedad. Al punto su hijo se apoderó de todos sus papeles, redobló la vigilancia alrededor del palacio e hizo patrullar las calles. Después de un solemne funeral oficiado en la iglesia catedral de Asunción, el cadáver del viejo presidente fue conducido a la iglesia de la Trinidad, a tres millas de la ciudad, y sepultado con gran pompa frente al altar mayor. El general Francisco Solano López convocó entonces al Congreso, y fue elegido presidente de la República. Muchos de los paraguayos creyeron que, en razón de haber viajado y visto cómo operaban las instituciones libres de Francia e Inglaterra, el general López establecerla un gobierno libre. Los más viejos, que recordaron el episodio de Carlos Decoud, se agarraron la cabeza. Este caballero, que por su nombre descendía seguramente de una familia francesa, estaba comprometido con una joven doncella sobre la cual el joven López, entonces coronel del ejército de su padre, había puesto los ojos. Tres semanas antes de que se casaran, López le propuso que fuese su amante, y fue violentamente rechazado. La dejó, amenazando vengarse 1 . Ella supo después que su prometido y el hermano de éste habían sido arrestados y estaban en la cárcel bajo la acusación de conspirar

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contra el gobierno. Desde luego, tal conspiración no había existido, pero un cargo vago de esta naturaleza es algo que un tirano tiene siempre a su alcance. Pasaron las semanas, y entonces, sin juicio alguno, Carlos Decoud fue ejecutado. Su cuerpo desnudo se encontró tirado en la calle frente a la puerta de la casa de su madre. La mujer que debió ser su esposa se abalanzó sobre su cadáver frenéticamente y cayó a su lado con un alarido. Después de sufrir las alternativas de una larga enfermedad que terminó por nublar su razón, la desdichada tomó la costumbre de sentarse todas las noches sobre la tumba de su amado, con una luz en la mano, donde Masterman 2 —entonces un joven médico al servido del Paraguay— la vio una vez y entabló conversación con ella. Los paraguayos tuvieron pronto la evidencia de que el leopardo no había cambiado, pues como, en el Congreso que convocara, algunos miembros adujeran, al proponérselo para desempeñar la primera magistratura del país, que tal cargo no era hereditario, López tomó posteriormente represalias contra ellos. Después de arrestárselos, se los llevó a la cárcel, donde fueron severamente engrillados. En su mayor parte no se levantaron más, ya que la falta de comida y los malos tratos pusieron pronto fin a su vida. Su hermano Benigno, que se sospechaba poseía ideas liberales, aunque no fue arrestado con los demás, fue confinado a sus propiedades en el norte del Paraguay. El padre Maíz, que había sido ayo de López en su juventud, y el confesor de su padre, Carlos Antonio, fue también encarcelado. Allí permaneció tres años, y sólo salió para convertirse en el abyecto instrumento de López y de su tiranía, como fiscal de sangre, en cuyo cargo se llenó de infamia por su crueldad y despiadado corazón. Estas prisiones al por mayor fueron las primeras muestras que recibió el pueblo de Asunción sobre lo que pronto estaría obligado a soportar. El siguiente acto de gobierno del presidente autoelegido fue erigir un monumento nacional a la memoria de su padre. Se suponía que era un gesto espontáneo del pueblo paraguayo por el amor y afecto que sentía hacia la memoria del obeso gobernante que había regido

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sus destinos, si bien no tan tiránicamente como Francia, de modo absoluto cómo él. Por cierto que bajo su gobierno de cortos alcances, pero patriótico en el fondo, el país había hecho grandes progresos materiales. Lo había abierto al comercio, instaló arsenales, construyó un ferrocarril y compró varios barcos. Desgraciadamente, había levantado también un gran ejército. Nadie sabe con qué objeto lo hizo, pues varias veces declaró solemnemente que antes perdería la mitad de su territorio que intentar una defensa por las armas. Es muy probable que la influencia de su hijo Francisco Solano lo impulsara a dar tanta preponderancia a los preparativos militares que fueron iniciados en los últimos años de su gobierno. Todos los habitantes, hasta los residentes extranjeros, hubieron de suscribirse a un impuesto de cinco dólares. Se recogieron unos cincuenta mil dólares que no se llegó a explicar cómo se invirtieron, pues no se levantó ningún monumento ni en la capital ni en la iglesia de la Trinidad, donde estaba enterrado Carlos Antonio López. El siguiente acto de gobierno del nuevo presidente tendió a tener a la Iglesia bajo su potestad. El obispo Urrieta era un anciano de vida irreprochable que, a pesar de su avanzada edad, realizaba aún sus visitas a caballo, como estaba obligado a hacerlo por la falta de caminos apropiados para el tránsito de carruajes. López solicitó a Roma una bula que nombrara otro obispo, y la tuvo en la mayor reserva hasta la muerte del virtuoso anciano. Esta bula nombraba para el cargo a un sacerdote del campo, un tal Palacios, hombre de unos treinta y cinco años, mal educado y un excelente instrumento para cualquier villanía. En esta forma la Iglesia del Paraguay estuvo bajo el taco de su bota, como lo había estado, aunque mediante otro procedimiento, bajo el de Francia. En realidad, el gobierno de Francia constituyó el ideal de los dos López, y ninguno de ellos permitió jamás que se dijera nada en su

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contra, pues contaban como seguro que, si se permitiera la crítica, ésta se volvería en contra de ellos. El obispo Palacios era, sin lugar a dudas, una adquisición Para López. Su ignorancia, aun de la misma Biblia, parecía un abismo, sin fondo. Masterman relata que un día, estando los hijos de madama Lynch entretenidos en jugar con un arca de Noé, uno de ellos no pudo encontrar la figura de los de los hijos de Noé. Su madre le hizo un reproche, incitándolo a tener más cuidado con sus juguetes; pero el obispo Palacios, que se hallaba presente, intervino diciendo: “Señora, no reprima usted a su hijito; no podía haber tres figuras en el arca, porque Noé tuvo solamente dos hijos, que, como todo el mundo sabe, se llamaron Caín y Abel.” Con semejante obispo, López tenía al clero, completamente en sus manos, tal como lo tuviera Francia, y mucho más que su padre, el cual nunca trató de pactar nada con la Iglesia. El siguiente acto de gobierno tendió a erigirse a sí mismo en jefe de todo el poder militar. Esto lo consiguió haciéndose nombrar “jefe Supremo y General de los Ejércitos de la República del Paraguay”. Durante toda su vida, Carlos Antonio López, impulsado a ello probablemente por su hijo Francisco Solano, había estado aumentando las fuerzas armadas del Paraguay. A su muerte existía un ejército en pie de ochenta mil hombres. Su hijo, en el año 1863, estableció gran campamento en Cerro León 3 , lugar que habría de hacerse famoso en todo el mundo, o por lo menos en toda la América del Sur. El coronel, Thompson, que es el único oficial extranjero que ha dejado Memorias escritas con conocimiento de hechos exteriores, e interiores 4 , dice de este campamento:

“Había allí treinta mil hombres comprendidos entre la edades de quince a sesenta años. En Encarnación había diecisiete mil más, otros diez mil en Humaitá, cuatro más en Asunción y tres mil en Concepción.” En consecuencia, de un país cuya población nunca alcanzó a un millón de personas, López había formado un ejército de ochenta mil.

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Como todo el que tiene en su poder un juguete caro, L6pez estaba ansioso de verlo funcionar. Llevado de su ambición, o más probablemente impulsado por madama Lynch, se vio a sí mismo como el Napoleón de Sudamérica. Pocos hombres han tenido una oportunidad mejor de hacer prosperar a su país que él a la muerte de su padre. A pesar de la falta de instrucción, y sin muchas condiciones naturales, Carlos Antonio López había dejado su país en un estado mucho mejor que el que se encontraba a la muerte de Francia cuando él subió al poder. No existían deudas nacionales. El Tesoro hallábase rebosante de oro; el pueblo estaba en su totalidad contento, aunque ignorante y poco educado. No existían partidos constantemente en pugna por el gobierno, como en la Argentina y el Uruguay. Se habían construido unas treinta millas de ferrocarril, que conducían a un lugar llamado Paraguarí, situado en un gran semicírculo de colinas que rodeaban un valle.

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1 Seven eventful years in Paraguay, Masterman, pág. 54.

2 Seven eventful years in Paraguay, Masterman, pág. 52.

3 Está situado alrededor de cincuenta millas al sudeste de Asun- ción, en un valle al pie de una serie de colinas del mismo nombre.

4 El mayor Von Versem, un distinguido oficial prusiano, también dejó escritas sus Memorias, pero no llegó al Paraguay sino en 1867 y fue hecho prisionero, con gran riesgo de su vida, todo el tiempo que permaneció en el país.

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Capítulo IV

Este pequeño ferrocarril era la gran alegría de López; en aquel tiempo no había sino unos pocos ferrocarriles en la América del Sur, y el tener uno de su propiedad en un país como el Paraguay, tan alejado del mundo exterior, constituía por sí mismo una prueba de lo avanzado de sus ideas. Después de la modalidad impresa por tantos tiranos, López se jactaba de ser un gobernante liberal, amigo del progreso, y un hombre equitativo, no solamente con las naciones sudamericanas, sino también con los gobiernos de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. El tiempo que había permanecido en Europa le había servido por lo menos para darse cuenta de las ventajas que reportaba el mantener relaciones amistosas con las potencias extranjeras. También madama Lynch estaba a su lado cuando regresó por primera vez al país, y por cierto que no habría contemplado la posibilidad de permanecer en el Paraguay por el resto de su vida. Todos aquellos que la conocieron en esa época 1 parecen no abrigar dudas de su intención de instigar a López a que se erigiera en el primer gobernante de Sudamérica, hacerse de una fortuna y retirarse a París, a vivir de lo que hubieran hurtado en el Paraguay. No se trataba, por cierto, de una gran ambición, pero era algo natural en su caso. De seguir López sus consejos, la preciosa pareja hubiera alternado con los reyes de la Patagonia, presidentes de Capadocia y el resto de la multitud de bichos raros que se paseaban por los bulevares de Lutecia, figuras importantes que tuvieron su cuarto de hora y luego volvieron a hundirse en el barro de donde habían emergido durante el Segundo Imperio. Pero, ello no obstante, en la sangre de la mayor parte de los mulatos, mestizos o cualquiera que sea la mezcla de sangre que formaba la ascendencia de López, hay un ansia oculta de poder, pero de poder con toda la pompa y boato del rango militar, medallas y

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cruces, cintos dorados, yelmos plateados y adornados con plumas; en realidad, un carnaval perpetuo, con una banda de música cuyos bronces, siempre sonoros, llaman la atención de las gentes sobre su figura, cuando pasan a caballo por la calle. Este amor a la ostentación generalmente corre parejas con la crueldad; lo atestiguan Dahomey, Haití y los sangrientos emperadores de México con su dios de la guerra Huitzilopochtli, y sus ristras de corazones humanos arrancados de los cadáveres de los sacrificados en su holocausto. Si ésta era la ambición natural del joven mestizo, que se había impresionado por lo que pudo ver en Europa sobre las glorias de una carrera militar, o si fue inducido a ello por madama Lynch, para quien su residencia en el Paraguay debe de haber sido casi intolerable, después de las “glorias” del París de Napoleón III, es un punto discutible. Lo cierto es que en plena paz, sin aviso de ninguna especie, lanzó de pronto al Paraguay a una serie de conflictos que habrían de provocar su ruina y hacer el nombre de López el más detestado de toda la América del Sur. Su país ocupaba una posición estratégica peculiar. La capital, Asunción, estaba situada cerca de mil millas de la costa del mar, en la margen del río Paraguay. Casi en la totalidad de su curso, el canal navegable con suficiente profundidad para barcos armados se encontraba del lado del Paraguay. La otra margen era en aquel tiempo un territorio desierto —el Gran Chaco—, habitado por tribus de indios nómades, sin asiento fijo, y reclamado tanto por el Paraguay como por Bolivia. El viejo López habla erigido varias fortalezas, en general de barro, sobre la margen del Paraguay. Varias de ellas, Humaitá, Curupaití y Angostura, que fueron modernizadas y robustecidas por los ingenieros extranjeros que López tenía empleados, estaban destinadas a hacerse famosas y a oponer extraordinaria resistencia a ejércitos desproporcionadamente superiores. Estos fuertes siempre habían sido un mal de ojos para el Brasil, puesto que controlaban el único paso existente en aquel tiempo para su provincia de Matto Grosso, en la cual había acumulado inmensos

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efectivos militares, en vista de que todos preveían que llegaría el tiempo en que estallaría la guerra. En este respecto usaba de su perfecto derecho, desde que tenía un fuerte en el alto Paraguay, llamado Coimbra, el cual no había separado Asunción del mundo exterior, como lo hiciera el fuerte

paraguayo de Humaitá. En consecuencia, el Brasil encontraba el paso

a una de sus más importantes provincias (Matto Grosso) enteramente

a merced de una pequeña república, aislada del mundo, opuesta y

dominada por su presidente en forma tan absoluta como cualquier reino oriental conocido en la historia. Tan ignorante era López, que acababa (1864) de hacer una ofensa gratuita al representante diplomático brasileño, señor Vianna de Lima, que había desempeñado, el puesto de ministro en Turín, y hombre de cultura, quien fue obligado al presentar sus credenciales ante el gobierno del Paraguay a concurrir al palacio en un mísero carruaje, sin que se le permitiera ser acompañado por su secretario privado. Lo mismo le ocurrió al ministro británico en el Paraguay, señor Edward Thornton. Estas circunstancias muestran por si mismas cuán poco ha- bituado estaba a la diplomacia o a tratar a representantes de grandes potencias con la debida consideración, el nuevo presidente del

Paraguay. El ministro británico dejó el país inmediatamente y escribió

a Earl Russel que, aunque el gobierno del viejo López (Carlos

Antonio) había sido despótico, el actual de su hijo (Francisco Solano) era indescriptiblemente peor. Nuestro ministro, durante su breve residencia en el Paraguay, había llegado a ver lo suficiente para hacerle justicia diciendo: “El nuevo presidente ya se ha convertido en un tirano, tan vano, arrogante y cruel, que no hay una miseria, sufrimiento o humillación a la que no se hallen expuestos todos los

que están bajo su poder 2 ”. Desde hacía mucho tiempo las relaciones entre el Brasil y la República del Uruguay, entonces conocida por la Banda Oriental, no habían sido satisfactorias. Sin duda el Brasil ambicionaba la anexión de esta pequeña república a su provincia meridional de Río Grande

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del Sur, y convertir con ello al río de la Plata en su frontera sur. Había intentado esto desde tiempo atrás, cuando tanto el Brasil como lo que ahora constituye las repúblicas Argentina y del Uruguay eran colonias

de Portugal y España, respectivamente. Se habían librado guerras, y a

veces el Uruguay fue invadido pero no conquistado. Ahora parecía

haber llegado el tiempo de hacer otro esfuerzo en este sentido, pues el Imperio del Brasil era floreciente y grande. Por el contrario, el Uruguay, un estado completamente pastoril, había sido presa durante cincuenta años de continuas guerras civiles. Los dos grandes partidos, Blanco y Colorado, cuyo único fin era conseguir el gobierno y emplear

a sus correligionarios, desde luego disimulando sus verdaderas

intenciones bajo las usuales protestas de amor por la libertad, progreso, e independencia, y otras palabras huecas que un hombre de honor se sentiría avergonzado de emplear, desde que han sido desprestigiadas tanto tiempo por meros cazadores de puestos, habían convertido al país en un perpetuo campo de batalla. Los habitantes eran en su mayor parte gauchos, ganaderos, que vivían a caballo, tan libres como los avestruces y gamos de sus propias llanuras, y tan ingobernables como éstos. Ninguna raza de hombres se les asemeja, porque no estaban organizados en tribus como los árabes, curdos o tártaros de la antigüedad. La religión no tenía sino una influencia muy relativa sobre ellos, aunque todos eran nominalmente católicos. En sus grandes llanuras, rodeados por sus enormes rebaños de ganado e incontables caballos en estado semisalvaje, cada gaucho vivía en su propio rancho, construido por él mismo de barro, para hacerlo fuerte a las inclemencias del tiempo, frecuentemente con el vecino más cercano a una legua de distancia. Su esposa e hijos, y probablemente otros dos o tres pastores más, generalmente solteros, que le ayudaban

a cuidar del ganado, constituían su sociedad. Por lo general, tenla algún ganado de su propiedad, y a veces una majada de ovejas. Pero los grandes rebaños pertenecían a un propietario que vivía tal vez unas tres leguas mas allá. Su orgullo se cifraba en sus caballos, y estaba seguro de poseer una cría de yeguas, que por lo común

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sumaban un centenar de cabezas. Para su propio uso tenía lo que se conocía corno una tropilla, que es una tropa pequeña, compuesta por diez o doce caballos que siguen a una yegua que tiene un cencerro, además de los potrillos que domaba a su debido tiempo. Siempre había un caballo atado frente a la puerta del rancho, en un poste robusto que se llama palenque; por la noche se lo dejaba ir, y se ataba otro; de esta manera el gaucho, siempre estaba listo para montar y salir, cuando el deber o el placer lo llamaban. Su comida la constituían el mate y la carne de vaca. Su único lujo eran los adornos de plata que colocaba en los arneses de su caballo en las carreras o en las raras ocasiones en que iba a la ciudad. Rara vez poseía armas de fuego, o si por casualidad tenía un par de largas pistolas de bronce, o un trabuco, estaban en general fuera de uso y completamente inservibles. Por el contrario, un ligero entrenamiento lo convertía en un temible adversario con el sable o la lanza. Absolutista en su propia casa, hospitalario, ignorante a excepción de las cosas del campo, tenía un alto sentido de su dignidad personal y maneras corteses que no habrían hecha quedar mal a un

príncipe. Su vida y las tradiciones de la guerra de la Independencia lo habían imbuido de un gran amor por la libertad. Como nunca en su vida había trabada conocimiento con disciplina de ninguna naturaleza, con excepción de la tiranía militar, a la que había estado sujeto, ocasionalmente, cuando se lo obligó a servir en una o en otra de las guerras de partido que nunca cesaban, no deseaba someterse a gobierno alguno. En realidad, miraba al gobierno como un peligro

innecesario, y

Hombres de esta clase, en ranchos aislados, sin ninguna organización de tribu ni nada que los apoyase en su defensa, estaban completamente indefensos cuando un ejército revolucionario penetraba en la llanura, arreando el ganado, tomando tantos caballos como eligiera y obligando a todos los hombres a sentar plaza en sus filas. No había apelación cuando un destacamento, encabezado tanto por un sargento sediento de sangre que había pasado toda su vida en

¿quién podría decir que estaba equivocado?

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la revolución, o algún joven oficial carente de experiencia, llegaba al rancho solitario de la llanura. ¡Cuán frecuentemente he visto en aquellos días llegar una partida de hombres, en seguida matar una vaca o un toro, elegir los mejores caballos y arreárselos, y decir luego al desgraciado dueño: “Ensille, amigo, y ayúdenos a salvar al país de los salvajes Colorados” o Blancos, según fuera el caso. No eran de ningún valor las lágrimas, ya fueran vertidas por la desolada esposa o los hijos que quedaban desamparados; si se podía entrever alguna vacilación por parte del mísero individuo, se sacaban rápidamente los cuchillos o las espadas en forma significativa y se le expresaba en términos cabales que no perdiera tiempo y obligara a los patriotas a degollarlo. El degüello parecía una distracción a los gauchos de entonces, puesto que casi todos los días tenían necesidad de faenar animales, ya que su sustento dependía exclusivamente de la carne, lo que los hacía sanguinarios, despreocupados de su misma vida y de la de los demás. El cortar el cuello era casi una broma para ellos, y con frecuencia aludían a ello y llamaban “tocar el violín”. Naturalmente que el hombre no pensaba perseverar mucho en la sagrada causa de la libertad, y montaba, tomaba la lanza que ponían en sus manos y partía para encarar lo que el destino le tuviese reservado. Un ejército reclutado en esta forma no era sino un terror para sus propios compatriotas que vivían en el país errantes por doquier y teniendo cuidado de evitar serios encuentros que pusieran en peligro su existencia. La clase de vida a que estaban habituados les servía perfectamente; siempre a caballo, andaban y andaban de aquí para allá, viviendo del pillaje de que hacían víctimas a los propios habitantes. Los “ejército” rara vez se encontraban el uno al otro en el campo de batalla. En las raras oportunidades en que se veían obligados a pelear, ambos galopaban alrededor salvajemente, siguiendo el estilo que implantaran los beduinos desde el principio de su historia, haciendo fuego con carabinas, si las tenían, sin efecto ni blanco preciso, o si no cargando con el sable o la lanza. Entonces la guerra se hacía seria, porque ninguno de los bandos daba cuartel, y

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despachaba a los prisioneros como le parecía mejor ya de un lanzazo o con el cuchillo que todo soldado gaucho llevaba en el tirador. La víctima, tomada de frente, era alzada por los cabellos, generalmente por un viejo sargento que se enorgullecía de esta misión. La hoja se le introducía en el cuello por la parte inferior de la oreja izquierda, y rápidamente cruzaba toda la garganta. Entonces la cabeza era echada

para atrás, y el ejecutor apretaba con el pie el dorso de la víctima, para que la sangre saliera más rápidamente. Unos pocos movimientos convulsivos y un horrible borboteo, y el cuerpo yacía en el suelo corno una mera bolsa de trapos, con las facciones horriblemente, contorsionadas. Un rastro de sangre se dejaba en el suelo para señalar

el lugar de la horrible tragedia, la cual prontamente tomaba un color

rojo oscuro, hasta que la lluvia la borraba, o el ardiente sol la convertía en pequeñas partículas secas que el viento se llevaba. Al retirarse la tropa, dejaba el cuerpo yacente en el lugar donde habla

caído, para los caranchos 3 o los chimangos, que devoraban la carne y dejaban los huesos que los perros salvajes roían 4 . Si no había más que un prisionero que servir, el sargento limpiaba su cuchillo en una mata de pasto o en su bota, si es que la calzaba; probaba la hoja en el pulgar y la envainaba de nuevo en el tirador, algunas veces destacando: “Éste no mezquinó la garganta”. Si, por el contrario, había más de uno, pasaba metódicamente al que seguía, hasta que terminaba con todos. Sus camaradas estaban parados alrededor, para ver el espectáculo, hablando y riéndose con los prisioneros hasta que les tocaba el turno de ser degollados. Ninguno de ellos mostraba jamás el más, mínimo temor, fumando un cigarrillo

si se les ofrecía, y a la señal dada, tirándolo lejos de sí, frecuentemente

con un chiste, y dando un paso adelante como si no tornaran parte en

ello a través de todas las apariencias, como si no fueran más que a montar a caballo. Ninguna raza de hombres puede haber sido menos parecida a los dóciles paraguayos que los gauchos de la Banda Oriental (Uruguay).

Y diferían aún más si es posible de los brasileños, que en aquel tiempo

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no tenían una gran mezcla de sangre negra, que en nuestro tiempo se ha alterado considerablemente por la emigración de la madre patria. Los antiguos celos de España y Portugal, trasplantados a América, e intensificados, habían levantado una barrera de odios entre sus descendientes en el Nuevo Mundo. Ambas naciones se miraban de arriba abajo, y despreciaban a sus vecinos, los brasileños teniendo a los uruguayos como salvajes sangrientos, y los uruguayos devolviendo su desdén por la índole poco guerrera de los brasileños, a quienes llamaban macacos, y desdeñaban por su mezcla de sangre. Esta actitud común y el deseo de los brasileños de ampliar sus fronteras mediante la anexión del Uruguay mantuvieron a las dos naciones siempre a un paso del estallido de una guerra. En el año 1864 comenzaron las hostilidades entre los dos países por el intento de una cañonera brasileña de apresar a un vapor uruguayo, llamado “Villa del Salto”. No fue sino un intento infructuoso, pero tuvo el efecto de unir a todos los partidos del Uruguay contra el enemigo común. Los brasileños entraron en territorio uruguayo en octubre de 1864. Era la oportunidad que había estado ansiando López por tanto tiempo: la de actuar como árbitro en una cuestión internacional de primera magnitud en Sudamérica. Por conducto de su ministro de Relaciones Exteriores, Don José Bergés, dirigió una nota en forma de protesta al ministro brasileño Vianna de Lirna. En ella establecía que mirarla cualquier ocupación del territorio uruguayo por el Brasil como comprometedora del equilibrio de los estados del Río de la Plata, lo cual concernía a la República del Para- guay, como una garantía de su paz, seguridad y prosperidad; expresaba también su protesta por este acto, de la manera más solemne, desconociendo por el momento todas las ulteriores consecuencias de la presente declaración. Esto parecía un ultimátum, pero nadie lo consideró una declaración de guerra, ni se le atribuyó el significado de que sin ninguna noticia ulterior se iniciarían las hostilidades si el Brasil comenzaba una guerra contra la República del Uruguay.

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Poco antes López había declinado una alianza con dicha nación 5 , así que el hecho de que el Brasil invadiera su territorio no podía mirarse como un acto de guerra contra la República del Paraguay. En su carácter de mediador, López tenia redactada otra nota de protesta para la República Argentina, concebida en los mismos términos que la anterior. Esto no lo hizo popular en Buenos Aires, donde la prensa se rió de sus pretensiones, y habló de él como de un jefe indio y de Asunción como, de un conjunto de chozas indígenas. Estas sátiras e insultos afectaron muy hondo el corazón de un hombre tan convencido de su propia importancia como López, y lo impelieron a jurar venganza contra los argentinos. Había surgido por entonces un complicado estado de cosas en el Uruguay. Durante mucho tiempo, los dos partidos contendientes, Blanco y Colorado, muy poco distintos el uno del otro, mientras permanecían en el gobierno o fuera de él, habían luchado en sus pequeñas pero sangrientas guerras, hasta que el país mejor dotado de clima por la naturaleza de todos los del Río de la Plata —un suelo fértil y un gran sistema de ríos— quedó al borde de la ruina. Los gauchos, obligados a pelear por muchos años, no habían salido de la vida pastoril, y la agricultura no existía en la práctica. El único centro de cultura estaba en la capital, Montevideo; pero aun en ella, los perpetuos sitios y bloqueos a que había estado sometida la tenían sumamente atrasada. Un rayo de luz se iba a proyectar sobre el horizonte sombrío, aunque pocos lo descubrieron a su debido tiempo. Se trataba de la emigración, principalmente de Italia y España, con una pequeña agregación de habitantes del norte de Europa. Estos emigrantes, extraños a las luchas de los partidos Blanco y Colorado, echaron sin saberlo los cimientos de un mejor estado de cosas. La República produjo una gran figura y sólo una. Afortunadamente para los lectores ingleses, un sorprendente retrato suyo ha sido pintado por un contemporáneo.

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“Artigas provenía de una. familia respetable: pero era en sus costumbres solamente una clase superior de los gauchos de la Banda

Oriental (Uruguay). Era completamente falto de educación, y si no me equivoco, aprendió a leer y a escribir recién a una edad avanzada. Pero era entusiasta, sagaz, intrépido, incansable y carente de principios morales. En toda clase de ejercicios atléticos y en todo equipo de gauchos se destacaba sin rival, y tenía en sus manos de inmediato el temor y la admiración de toda la población del país que

lo rodeaba. Adquirió una influencia inmensa sobre los gauchos; y su

turbulento espíritu, desdeñando las pacíficas labores de campo, reunió

a su alrededor un número de los más desesperados y resueltos de

aquellos hombres cuya dirección asumió 6 ”. La descripción de la llegada de Artigas al poder sirve como modelo de la ascensión de todo dirigente gaucho, y en especial de la de Rosas, el tirano de Buenos Aires, aunque, desde luego, este último contaba con un teatro de operaciones mucho mayor. El narrador encontró a Artigas en sus cuarteles generales de la pequeña ciudad de Purificación, en las márgenes del Uruguay. “Artigas estaba sentado en una cabeza de novillo, ante un fuego que ardía en el suelo barroso de su cabaña, comiendo de un asado de vaca que se doraba en un asador y bebiendo de vez en cuando un trago de ginebra de un cuerno de vaca. Lo rodeaban una docena de oficiales, que fumaban y producían gran algarabía. El Protector (Artigas)

dictaba sus órdenes a los secretarios, que ocupaban, frente a una mesa,

las dos únicas sillas rústicas que había

incongruencia de la escena, el suelo del único departamento de la

choza de barro (era bien grande) en el cual el general, su estado mayor

y secretarios se encontraban reunidos, estaba literalmente cubierto de

Para completar la singular

sobres que ostentaban la pomposa leyenda de “A Su Excelencia el Protector”. A la entrada se hallaban los caballos exhaustos de los correos que le llegaban cada media hora, y los caballos frescos de los que partían con el mismo intervalo.

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“Soldados, edecanes y exploradores llegaban galopando de todos los cuarteles. Todo se refería a Su Excelencia el Protector, y Su Excelencia, sentado en su cabeza de novillo, fumando, comiendo, bebiendo, dictando y charlando, iba despachando uno tras otro los diferentes asuntos pendientes de su consideración, con esa calmosa e intermitente “nonchalance” que me hizo comprender de una manera más categórica la verdad de aquello de “Parémonos un ratito, que podremos después continuar con más prisa”. Creo que si todos los asuntos del mundo hubieran caído sobre sus espaldas, no habría procedido de manera distinta.” Cuando Mr. Robertson presentó su carta credencial, "Su Excelencia se levantó de su asiento y me recibió no sólo con cordialidad, sino, lo cual me sorprendió más, con maneras relativamente gentiles e indudable buena educación. Se refirió en

forma burlesca al departamento que servía de sede a su estado mayor,

y me rogó que, como mis piernas podrían no estar acostumbradas a la

posición de cuclillas en que tenía sometidas a las suyas, me sentara en el extremo de un estrecho y alto armazón de cama que se encontraba en un rincón de la habitación, y que hizo traer cerca del fuego. Sin más preludio ni cumplido me entregó su cuchillo y un asador con un trozo de asado hermosamente dorado en él. Comí, y después me hizo beber, y en calidad de presente me obsequió con un cigarro; me uní a la conversación general, me convertí en un gaucho, y antes de que hubiese permanecido cinco minutos en la habitación, estaba de nuevo

entregado a la tarea de dictar a sus secretarios conversación, de escritura, de comida y bebida

se prolongaba desde la mañana hasta la noche, y lo mismo sucedía con sus comidas.” Hacía la caída de la tarde, Artigas hacía una salida

a caballo para inspeccionar sus tropas, y lo acompañaba Robertson. La

Había allí mucho de La tarea del Protector

descripción que sigue es extraordinaria como las escenas que he presenciado en. mi juventud, con tino u otro de los ejércitos revolucionarios en Entre Ríos y Uruguay. Nada podía ser más distinto de cuanto pasaba en el Paraguay, desde que Artigas, a pesar de su

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rusticidad y de la falta de comodidad en su vida, era, un hombre del mundo moderno (de su tiempo) en el tacto que empleaba para tratar con los forasteros, por lo menos en lo fundamental, y era en general de tendencia democrática. “Heme aquí —dice Robertson— cabalgando a su derecha a través del campo; como extranjero que era, me daba preferencia entre todos sus oficiales, que en número de veinte lo seguían en su séquito; pero no se debe suponer que porque digo “en su séquito” hubiera ninguna señal de superioridad por parte suya o de deferente subordinación por parte de los que lo seguí . “Estos últimos reían y se daban pesadas bromas, entremezclados con un sentimiento de perfecta familiaridad; cada uno llamaba a los otros por su nombre de pila, anteponiéndole la palabra capitán o don, con excepción de Artigas, al que todos se dirigían diciéndole “mi general” con familiar expresión. Las tropas seguían a “su general” en número de mil quinientos.” Robertson dice que servían en su doble capacidad de infantería y plaza montada, y eran en su mayor parte in- dios de las desiertas misiones jesuíticas, del Uruguay y el Paraná. La misión que tenía que desempeñar Robertson ante Artigas era obtener el pago de las propiedades robadas, cuyo monto ascendía a unos seis mil dólares, robo perpetrado por los correligionarios de Artigas en otra parte del país. Artigas admitió la deuda inmediatamente, pero dijo: “Usted ve cómo vivimos aquí: todo lo más que podemos hacer en estos malos tiempos es lograr carne de vaca, aguardiente y cigarros. Pagarle seis mil dólares en este momento es algo que está mucho más allá de mis posibilidades, como lo estaría el pagarle sesenta mil o seiscientos mil. Fíjese —y al decir esto levantó un vicio peto militar, y señaló un bolsillo en su parte inferior—: aquí está todo mi capital, que suma unos trescientos dólares; de dónde vendrá la próxima entrada es para mi una cosa tan desconocida como para usted.” Ello no obstante, Artigas otorgó a Mr. Robertson “algunos importantes privilegios mercantiles” mediante los que pudo eventualmente recuperar lo perdido en sus propiedades.

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Fuera del poder, y derrotado por otro caudillo gaucho, Artigas encontró refugio en el Paraguay, con el feroz doctor Francia. Aunque este último se había referido varias veces a Artigas llamándolo '”bribón y bandido” lo trató con amabilidad en su exilio. Durante veinte años el formidable hombre de partido vivió una vida tranquila en una casa de campo, no lejos de Asunción, rehusando todas las invitaciones que se le hicieron para que regresase al Uruguay. De edad ya avanzada, murió pacíficamente. Sus últimas palabras 7 dirigidas a un fiel soldado que apartándose de todos los otros lo acompañó en el destierro, fueron: “Tráeme mi caballo”. El Brasil fue arrastrado a declarar la guerra al Uruguay por circunstancias varias. Los ganaderos brasileños se habían establecido en un número considerable en el Uruguay; casi todos ellos contrabandeaban del Brasil, y así eludían los derechos de importación que exigía el gobierno del Uruguay. Llamados al orden por este último, dieron apoyo financiero y de armas al general Flores, un jefe gaucho uruguayo revolucionario, que después de un prolongado exilio en la República Argentina había regresado de improviso al Uruguay. Apoyado por el Brasil, formó un ejército tal como el descrito por Robertson en su visita a Artigas treinta años antes. Gauchos de todas clases, degolladores y delincuentes que habían vivido durante años escondidos o en el exilio, aventureros extranjeros de la peor clase, y toda la maraña humana a la que atraía en aquellos días el grito de libertad, como una carroña atrae a las aves de rapiña que la ven desde el cielo, siguieron la bandera que levantara Flores. La libertad para ellos significaba en primer lugar un levantamiento armado, y sabían que bajo las armas estarían, en condiciones de tomarse rápidas venganzas de antiguas ofensas, y de arrasar el país como una manga de langostas, dejándolo tan limpio y pelado como aquéllas. Esta conducta por parte del gobierno del Brasil y las represalias que se tomaron en el Uruguay contra los ciudadanos brasileños condujeron, desde luego, a la guerra. El 14 de octubre de 1864

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invadieron formalmente el territorio uruguayo. Se supo esto en seguida en Asunción, pero López no se inclinó a pensar que las amistosas relaciones existentes entre el Paraguay y el Brasil fueran a romperse. El ministro brasileño, Vianna de Lirna estaba todavía en Asunción, viviendo allí pacíficamente. Los vapores iban y venían por el curso del río Paraguay como de costumbre, y pasaban las cañoneras brasileñas, cuyos comandantes no tenían la menor idea de que la guerra aún se vislumbraba entre el Paraguay y el Brasil, desde que no ignoraban que las hostilidades se habían comenzado por el Uruguay. La situación era excepcional; sólo hacía uno, o dos meses que el doc- tor Carreras, ministro uruguayo, habla regresado con las seguridades de López de que sostendría al Uruguay contra los atentados a su independencia por parte del Imperio del Brasil. López, como se ha visto, tenía un gran ejército bien disciplinado. Constituía éste por mucho la fuerza más importante de Sudamérica. El Brasil, a pesar de su inmenso territorio y de tener una población muchísimo mayor que la del Paraguay, no estaba sino muy pobremente organizado para la guerra en aquel entonces. Su poderío residía en la flota, que recientemente había sido reforzada con la adquisición de varias unidades modernas en Europa. La política del emperador Don Pedro era pacifista, y la ciencia su principal interés. Toda la energía de su espíritu estaba en contra de las aventuras militares, pero el proceder de sus generales en la frontera uruguaya, la mayor parte de ellos turbulentos y aventureros, especialmente los de Río Grande, que difería a muy poco de los dirigentes gauchos del Uruguay, probaron ser demasiado para él. Esto y las miras ambiciosas del conde D'Eu, su hijo político, un príncipe de Borbón, lo indujeron a declarar la guerra al Uruguay. López no había dado ninguna señal de hostilidad. El ministro uruguayo en Asunción era Vázquez Sagastume, un gran diplomático. Como conocía bien a López, sabía cuál era su punto débil y su ambición de ser tenido como un gran guerrero. Sobre esta

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debilidad suya trabajó con arte, convenciéndolo de que su fama como conductor se había fundamentado cuando como un simple joven acompañó a su padre en una expedición a Corrientes. Habían ocurrido muy pocos encuentros verdaderos en esta expedición, y López no se había encontrado nunca bajo el fuego, política que continuó desarrollando el resto de su vida. Alcanzado a fondo por las seguridades que le daba Sagastume, quien le aconsejaba que introdujera una gran fuerza armada en territorio, brasileño, para inducir al Brasil a firmar la paz en cualquier clase de términos, creyó que entonces la fama del presidente del Paraguay alcanzaría los ámbitos del mundo entero. Hábil diplomático como era, pudo no haber tenido idea de los designios que acariciaba López; pero, aunque im- buido de grandes ideas, era astuto, y lo que quería era ganar tiempo para mandar comprar en Europa o los Estados Unidos barcos modernos. De acuerdo con ello, obligó al Congreso a que le autorizara una inversión de veinticinco millones de dólares para adquirir una flota.

Aunque no se hubiera visto obligado a ello por las continuas comunicaciones que, le llegaban del gobierno uruguayo, en las que se le recordaba su promesa de apoyo, es muy probable que López hubiera tomado la misma actitud una vez lista la escuadra. Si no lo hubiera hecho, la guerra del Paraguay habría tenido un fin diferente. Empujado por los uruguayos y acicateado por su ambición, creyó ver que había llegado su gran oportunidad. Un uruguayo, Juan de Soto, que fuera en cierta oportunidad comerciante en Asunción y conocía personalmente a López, había mantenido por largo .tiempo correspondencia con él. Instigado tal vez por Sagastume, ministro uruguayo en Asunción, escribió a López diciéndole que el vapor brasileño “Marqués de Olinda” con un rico cargamento a su bordo, gran cantidad de armas y llevando también a un grupo de oficiales, entre los que se hallaba el nuevo gobernador de la provincia de Matto Grosso, había zarpado para Corumbá. Como veíase obligado a pasar por aguas paraguayas y estaba prácticamente desarmado, Soto le

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avisaba para que lo confiscara inmediatamente. El objeto era, desde luego, introducir al Paraguay en la contienda, no importaba a qué precio. López recibió la epístola en su gran campamento de Cerro León, a treinta millas de distancia de Asunción. De inmediato expidió órdenes a esta última ciudad, para que se enviara al “Tacuarí” el más rápido de los barcos armados, para perseguir al “Marqués de Olinda” capturarlo y traerlo a puerto. El “Tacuarí” tomó al barco brasileño exactamente en aguas paraguayas, y lo hizo prisionero sin que ofreciera la menor resistencia, desde que carecía por completo de armamento. Llevado a Asunción, fue confiscado el cargamento que llevaba a su bordo. El gobernador de Matto Grosso, un ingeniero militar, el capitán y la tripulación fueron encarcelados, aunque el ministro brasileño Vianna de Lima formuló una protesta al enterarse de estos hechos. Prisión en el Paraguay significaba en aquellos días un largo martirologio de hambre y malos tratos al que pocos lograban sobrevivir. Los pasajeros, algunos de ellos extranjeros, fueron remitidos al interior del país, donde llevaron una vida miserable, hasta que se pudrieron en la prisión, murieron torturados o por simple inanición. El Paraguay los había devorado exactamente en la misma forma que la boa constrictor devora el cuerpo de un venado. No era su última presa, pues apenas empezó la guerra, nativos y extranjeros desaparecieron en su estómago sin dejar rastros. Las razones que impulsaron a López a mantenerse fuera de las costumbres de las naciones civilizadas no se sabrán probablemente nunca. Si hubiera es- perado a declarar la guerra como un aliado del Uruguay, cuyo territorio había sido invadido por una fuerza superior, su posición habría estado fuera de toda discusión. Washburn recuerda una conversación 8 que tuvo con él, que es quizá la solución del enigma. Inmediatamente después de la confiscación del “Marqués de Olinda” Washburn, en su condición de ministro de los Estados Unidos, se dirigió a entrevistarse con López en su campamento de Cerro León, Después de defender su acto ilegal

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—dice Washburn— López “con más candor que discreción, empezó a decir que la situación del Paraguay era tal, que solamente por medio de una guerra se podría llamar la atención y el respeto del mundo sobre ese país. Aislado como estaba y escasamente conocido más allá de la América del Sur, permanecería así hasta que por las hazañas de sus armas pudiera obligar a otras naciones a tratarlo con más consideración”. Parece increíble que haya un gobernante tan irresponsable como para llevar un pueblo a la guerra con una potencia que tenia diez veces su población, por una causa tan fútil. No existía ninguna cuestión territorial incluida en el conflicto; el Brasil no había hecho ninguna ofensa al Paraguay, y las dos naciones habían estado en paz. Una sed de notoriedad, que probablemente él dignificara hasta llamarla gloria, parece haber sido la única causa de su loca aventura y su despreocupación por todos los sufrimientos que la guerra traería como consecuencia segura. Parece que nunca tuvo un solo pensamiento relativo a los paraguayos y que trataba al Paraguay como a algo de su exclusiva propiedad, habitado por esclavos cuyo único deber era obedecer a su voluntad. La gloria militar era, sin duda, el principal factor decisivo de su locura, así como fuera la “ignis fatuus” de tantos sudamericanos. A este respecto, Masterman piensa que “malos consejeros, ignorantes por añadidura, lo alentaron para conseguir sus propios fines 9 ”. Masterman expresa, y quizá con mucha verdad, que su ambición databa de su primera misión en Francia en 1854, cuando era aún joven. “Habiendo irrumpido, de pronto de la semibarbarie de una remota y casi desconocida república, fue impresionado por la pompa y el boato que encontró a su alrededor, y nació en él la ambición de hacer del valiente y devoto pueblo cuyos destinos sabía que algún día estaba llamado a regir, una nación que fuera temida y cumplimentada como el Estado más poderoso de la América del Sur.” En el año 1854, París se hallaba en el colmo de la gloria del Segundo Imperio. Las bandas tocaban continuamente, y generales que lucían encajes dorados

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en sus uniformes, galopaban en sus briosos corceles por el Bois de Boulogne o el Campo de Marte, para revistar sus tropas. Francia parecía andar sobre una ola dorada de gloria. Todo fingía ser estable y seguro para el ojo poco avizor que contemplaba las cosas desde fuera. El joven bárbaro, en forma perfectamente natural, quedó hipnotizado y tomó el oropel del día como oro purísimo. El resultado fue desastroso para el Paraguay. López, por su acto de piratería, se había colocado más allá de todos los límites. De haber hecho la guerra después de una declaración en debida forma, habría conseguido que el Brasil y sus aliados trataran con él. Los actos que llevó a cabo hicieron que estos últimos se aliaran bajo un tratado que estipulaba que no suspenderían las hostilidades hasta que su gobierno desapareciese 10 . El gobierno era López, corno muy bien lo sabían los aliados. Varias veces en el curso de la guerra estuvieron inclinados a tratar la paz con el Paraguay, bajo la condición de que él dejara el país; pero, empujado por la ambición y quizá impelido por falsas ideas de patriotismo, rehusó todas las propuestas, sacrificando al Paraguay a sus locas quimeras de gloria y poder.

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1 Washburn, Dr. Stewart, coronel Thompson y Masterman.

2 History of Paraguay, Washburn, capítulo XXXVI, pág. 546.

3 Halcones grandes o buitres.

4 En aquellos días, grandes cantidades de perros salvajes.

conocidos con el nombre de “perros cimarrones” asolaban las llanuras

del Uruguay.

5 En el mes de julio de 1864 el gobierno uruguayo había enviado

a Antonio de Carreras a Asunción para negociar y obtener una

alianza con el Paraguay. López se había rehusado a ello, pero aseguró a Carreras que se opondría a las usurpaciones del Brasil.

6 Letters on Paraguay, Robertson, Londres, 1838. Vol. II, c. 40.

7 Rosas, dictador que había gobernado tiránicamente a Buenos Aires, también murió pacíficamente, en Southampton, su refugio, cuando cayó del poder. Como Artigas, se convirtió en un pacífico labrador conservando hasta muy avanzada edad todo su vigor. Ambos personajes descendían de muy buenas familias de Buenos Aires y Montevideo, respectivamente; pero la vida salvaje de las llanuras parecía haber tenido tan extraña fascinación sobre ellos, que no habían podido resistir. Artigas, operando en un escenario de dimensiones más reducidas, no pareció preocuparse por el poder lo tomó con naturalidad y cayó sin sentirlo. Rosas, un político nato, empleó su popularidad para usurpar y retener durante muchos años las más altas posiciones del estado.

8 History of Paraguay, capítulo XY -VIII, pág. 563.

9 Seven eventful years in Paraguay, Masterman, Londres, 1870. Capítulo IX, pág. 91.

10 Tratado de alianza firmado el 19 de mayo de 1866 entre los

ministros plenipotenciarios del Uruguay, el Brasil y la Argentina, tomado de la documentación remitida a la Cámara de los Comunes

por

orden de Su Majestad Británica, en cumplimiento de su mensaje

del

2 de marzo de 1866.

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Cláusula III: “Estando persuadidos de que la paz, seguridad y

bienestar de sus respectivas naciones es imposible mientras dure el

actual gobierno del Paraguay

mayores intereses que dicho gobierno desaparezca.”

es imperativamente necesario para los

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Capítulo V

Cuando las noticias de la confiscación del “Marqués de Olinda” llegaron a Río de Janeiro, el pueblo de la Capital se encolerizó en grado sumo, pero no así el gobierno, que tomó las cosas fríamente y declaró en el órgano oficial que contaba con el patriotismo de la nación brasileña para vengar ese insulto a su bandera 1 . López, que no perdía oportunidad de figurar como mediador, ofreció sus servicios en calidad de tal, confiando en el prestigio que le confería su numeroso y disciplinado ejército. Fue tratado de una manera bastante dura; de nuevo se le dijo, por intermedio de la prensa del Brasil y la Argentina, que se preocupara más de los asuntos de su propia “toldería” y que no se inmiscuyera en los relativos a dos países mucho más civilizados que el Paraguay. No cabe duda de que se le trató muy mal, tanto por parte del Brasil como de la Argentina. Sus respectivos gobiernos debieron haber declinado su mediación en forma cortés y sofrenar a la prensa, cosa fácil de hacer entonces en Sudamérica. Desde luego que nada podía haber ofendido más el orgullo de López, pero el Brasil no tomó para nada en cuenta su protesta. Su invasión del Uruguay, completamente imperdonable y extraña por demás, fue la causa de que ese país se uniera al Brasil y a la República Argentina en una alianza contra el Paraguay. El general Venancio Flores, que había permanecido por mucho tiempo exilado en Buenos Aires, volvió repentinamente al Uruguay, acompañado de un simple puñado, de sus colaboradores, y allí con la ayuda de 105 brasileños, se hizo dueño del país bajo el titulo de “Gobernador Provisional de la República de la Banda Oriental 2 ”. Esta clase de títulos, que parecen tan grandilocuentes al ser traducidos al inglés, no lo son por cierto en castellano, y resultan muy naturales, pues la índole de los dos idiomas y la mentalidad anglosajona y latina son muy distintas.

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Durante la campaña tuvo lugar la heroica defensa de Paysandú, por el general Leandro Gómez, tan celebrada en la América del Sur. Él y su guarnición fueron masacrados a sangre fría por los partidarios del general Flores, después de rendirse bajo la promesa de que sus vidas se respetarían 3 . López, que entonces debió de haberse dado cuenta de que la captura del “Marqués de Olinda” lo había colocado en una mala posición, desenvainó la espada y preparó una invasión del territorio del Brasil. En aquel tiempo la provincia de Matto Grosso estaba casi aislada del resto del país. Enormes distancias a través de una región sin caminos e intransitable la separaban de Río de Janeiro. El medio más sencillo de llegar a ella desde la Capital era la ruta marítima. Desde Río de Janeiro hasta la boca del río de la Plata el viaje en un vapor de la carrera llevaba cinco días. En un transporte anticuado, desde luego que sería más largo, aunque el tiempo fuese bueno, pues la costa del Brasil es famosa por las tormentas y borrascas que allí se des- encadenan. Desde Montevideo hay todavía mil millas de ríos hasta llegar a Asunción 4 , en el Paraguay. En este punto, todavía el río Paraguay tiene una milla de ancho. En la margen este queda el Paraguay; en la margen oeste está el entonces casi desconocido territorio del Gran Chaco, una vasta extensión de ciénagas, de llanuras pobladas por palmeras llamadas yatais, todo él asolado por feroces tribus indígenas, los tobas, los lenguas, los guaicuros y muchos otros, que pasaban la vida a caballo, armados de lanza y adornados con plumas de avestruz. Desde Asunción aún había que recorrer unas siete u ocho millas hasta Corumbá, la capital de Matto Grosso, una ciudad pequeña y curiosa, de casas bajas de adobe, pintadas de blanco. Todavía estaba en vigor la esclavitud, aunque no se trataba con crueldad a los esclavos en la mayoría de los casos, pues en esa parte del Brasil, en que se encontraban no había plantaciones de algodón ni

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de caña de azúcar, y la esclavitud había asumido un carácter casi doméstico, tal como era y aún es en donde impera entre los árabes. En las dilatadas fazendas, donde la única industria era la cría del ganado, los esclavos, que debían pasarse casi todo el día montados a

caballo, resultaban a menudo tan irreemplazables en su tarea, para el dueño de la hacienda, que se convertían, como sucedía frecuentemente, en amigos pobres. Algunos hasta conseguían alguna propiedad en una que otra ocasión. Los hombres de la ciudad de Corumbá montaban siempre mulas,

si podían financiar su compra pues una buena mula con un buen paso

artificial 5 , era un lujo que sólo estaba permitido a los ricos. Toda la colonia vivía por aquel entonces como lo ha hecho durante los últimos cien años. Lo más probable es que no hubiera oído ningún rumor referente a la guerra con el Paraguay. La confiscación del “Marqués de Olinda” se había mantenido en un estricto secreto, porque se había trabado un embargo sobre todos los barcos que se encontraban en el río, y pasaron doce días antes de que ninguna noticia saliera del Paraguay. Después de tomar al “Marqués de Olinda” López envió al general Resquin con una numerosa dotación de fuerzas de caballería,

a través del río Apa, cercano a la frontera de los dos países, para que

cayera sobre las pacíficas instalaciones brasileñas. La provincia de Matto Grosso estaba completamente indefensa y sin preparación alguna para la guerra. Las fortalezas hallábanse débilmente defendidas y dotadas de cañones anticuados, que sólo habían sido provistos para defensa de los ataques llevados a efecto por los indios salvajes del Chaco. El general Resquin, un bribón que habría de ganar eterna infamia por convertirse en uno de los principales elementos de

la tiranía de López, desempeñó su tarea a maravilla. La fuerza naval remontó el río y destruyó y tomó sucesivamente los medio desarmados

e indefensos fuertes de Coimbra, Albuquerque, Doradas, Miranda y Corumbá.

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El lugar mencionado en último término, el más rico y más importante de la provincia, estaba en tal forma carente de preparación que no se intentó ninguna defensa. Se trató a la población desarmada con la mayor barbarie y el país entero se abrió al pillaje. Varios ganaderos acaudalados fueron atados y mantenidos al sol durante varias horas para arrancarles la confesión de dónde habían guardado sus riquezas. Otros fueron fusilados o azotados, y un soldado paraguayo 6 trajo a su regreso una ristra de orejas de brasileños “ensartadas en una correa” 7 y se las dio a López, quién recibió el regalo aparentemente con todo el placer que uno de sus antepasados indios hubiera demostrado. El tenue barniz que había recibido en Europa no parecía haber destruido su barbarie nativa por mucho tiempo después que volvió a respirar el aire de su país. Los dos hijos del hombre más rico de la provincia, el barón de Villa María, fueron fusilados por tratar de escaparse. Su padre, que poseía ochenta mil cabezas de ganado y una hermosa casa-habitación amueblada con juegos europeos, apenas si tuvo tiempo de meterse en el bolsillo una botella llena de diamantes y huir a caballo. Anduvo como cabe suponer que anda un hombre en tales circunstancias, hasta que estuvo fuera de peligro. Entonces, orientándose por las estrellas, desde que los caminos no existían, marchó durante mucho tiempo galopando hacia el Este, hasta que meses después llegó a Río de Ja- neiro para dar la noticia de que el Brasil había perdido una de sus más importantes provincias. Un botín enorme, ganado, dinero y pertrechos militares cayeron en manos de los paraguayos después del saqueo de Corumbá. Hallaron tal cantidad de pólvora, armas y municiones, que el coronel Thompson 8 expresa que López llenó con ello todas las necesidades que se le presentaron durante la guerra. Los extranjeros que los paraguayos encontraron allí, alemanes, italianos y franceses, fueron despojados de todo lo que tenían, y traídos prisioneros a Asunción. Allí, después de haberse visto obligados a mendigar por las calles, murieron, ya sea a causa de los malos tratos o por falta de alimentos.

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López se había anotado en su haber el primer derramamiento de sangre en la contienda que él mismo había provocado, colocándose al mismo tiempo en una posición fuera de toda ley, por la barbarie demostrada frente a una población indefensa, antes de declarar oficialmente la guerra. Los brasileños mostraron poco valor en la defensa de sus posiciones en los varios fuertes que tenían emplazados sobre la margen del río Paraguay; en algunas oportunidades las evacuaban con una prisa tal que no se detenían ni a espigar sus cañones. En la campaña de Matto Grosso, los brasileños demostraron el complejo de inferioridad que habrían de sufrir frente a los paraguayos durante los cuatro años de la guerra. Su número estaba en una relación de por lo menos tres a uno con respecto al enemigo, sin contar los contingentes argentinos y uruguayos. Estos dos contingente mencionados en último término no sufrieron en absoluto tal desventaja, y combatieron con valor durante todo el curso de la guerra. Desde luego, las fuerzas brasileñas, compuestas en aquellos días 9 por una gran cantidad de negros, se encontraban lejos de sus hogares y embarcadas en una guerra que no les interesaba ni comprendían. Por el contrario, los paraguayos hallábanse en su propio te- rritorio, y López, en el periódico “El Semanario” que apareció en el Paraguay durante la guerra, órgano oficial del gobierno, que desde luego era López mismo, les aseguró que los brasileños no daban cuartel y que caer prisionero equivalía a la muerte. Nada podía estar más lejos de la verdad. Por regla general, y no obstante la gran provocación recibida en Matto Grosso, trataban a los prisioneros casi invariablemente con humanidad. Cualquier brasileño que caía en manos de los paraguayos, si no era lanceado inmediatamente (López había ordenado que se lanceara a los prisioneros para ahorrar municiones), por lo común perecía de hambre, torturas o malos tratos. Los paraguayos peleaban, por decirlo así con la soga al cuello. Al entrar en combate, se daba orden a las filas de la retaguardia de hacer fuego sobre las de la vanguardia si se

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las notaba dispuestas a flaquear o a retirarse. Un hombre de cada tres tenia la misión de cuidar el comportamiento de sus camaradas, uno a cada lado, y de dispararles un tiro apenas notase cualquier signo de que estuviesen dispuestos a retirarse. En consecuencia, todo el cuerpo del ejército, desde el general para abajo, formaba un formidable cuerpo de espionaje, un hombre sobre otro, y la deserción se hacía imposible. Siempre, desde la época siniestra del doctor Francia, ningún paraguayo había estado a cubierto de los cargos denunciados en su contra, muy frecuentemente a causa del terror, por sus más íntimos amigos, sin ninguna oportunidad de un proceso Ubre, en el que pudiera refutar las acusaciones, que generalmente eran falsas. Este sistema, continuado y extremado por las leyes militares de tiempo de guerra, fue la causa de que el ejército paraguayo, bajo tales opresiones y ante un enemigo superior, no desertara en masa. Mientras se efectuaba la invasión de Matto Grosso, López no perdió tiempo en prepararse para la lucha que él mismo había provocado. Se concentraron tropas en grandes campamentos, en Humaitá sobre el río Paraguay, y en el interior en Cerro León, un pequeño valle entre las colinas del mismo nombre. A comienzos del año 1865 López contaba con cien mil hombres bajo sus órdenes, los cuales, de hallarse bien entrenados y mejor dirigidos, hubieran formado un ejército como no existía ninguno en aquel tiempo en el mundo entero. Todos eran hombres de campo, atléticos y fuertes, imbuidos de patriotismo, que miraban la muerte con absoluta indiferencia, activos y sin temores, buenos caminadores y acostumbrados a la vicisitudes de su propio clima. Al principio estaban mal armados, con mosquetes anticuados, cañones de percusión y lanzas y machetes; los pertrechos imperiales de Corumbá los proveyeron de lo que en aquellos días eran fusiles modernos. López cometió un gran error en movilizar tantos hombres al mismo tiempo. La población total del país era menos de un millón de almas; de este total, una décima parte, cien mil, habla sido convertida

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de un momento a otro de productora en consumidora. Por ese tiempo no faltaba comida, porque todo el ganado del país había sido tomado por el Gobierno. Los paraguayos, sin embargo, al contrario de los argentinos y los uruguayos, no estaban acostumbrados a vivir solamente de carne de vaca, con mate como única variante. En todos los distritos del país, aun en la provincia de las Misiones, donde abundaba más el ganado, el principal régimen alimenticio de la población consistía en maíz, mandioca, vegetales y frutas. Como todos los hombres habían sido llamados bajo bandera, y recogidos de todos los campos, éstos permanecieron incultos, y el único alimento fue la carne. Tanto en Humaitá como en Cerro Corá, los más extensos campamentos, el cambio de dieta por este régimen al que no estaban habituados, diezmó la tropa por millares, que caían enfermos y luego morían al permanecer expuestos al sol abrasador y a las lluvias torrenciales del trópico. Casi antes de que comenzara la guerra, Masterman calcula que habían perecido unos veinte mil soldados. Los que no caían enfermos, morían frecuentemente debido al recargo de la instrucción militar, pues López los obligaba a permanecer ejercitándose durante ocho horas por día, a pesar de los consejos de los médicos extranjeros del ejército, que consideraban contraproducente tal exceso. Por este tiempo, Flores, presidente del Uruguay, declaró la guerra al Paraguay. El Brasil ya estaba en guerra. No contento con tan poderosos enemigos, López buscó pendencia con los argentinos. Deseando atacar las provincias del sur del Brasil, recabó permiso de la República Argentina para pasar su ejército por la provincia de Corrientes. Esta petición fue denegada, desde luego, porque la Argentina se hallaba en paz con el Brasil. En consecuencia, y sin una formal declaración de guerra, el 14

de abril de 1825 ocupó la ciudad de Corrientes, capital de la provincia

del mismo nombre. La ciudad no estaba en condiciones de defenderse,

y cayó inmediatamente en sus manos. Dos vaporcitos, el “25 de

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Mayo” y el “Gualeguay”, se hallaban surtos en el puerto; encontrándose absolutamente desapercibidos, fueron tomados antes de que pudieran disparar un cañonazo. A su bordo se encontraban trece ingleses, entre capitán, oficiales y marineros. Llevados a Humaitá como prisioneros, se les propuso que entraran al servicio del Paraguay. Como se negaran, López los encarceló, en Asunción, azotándolos, haciéndoles sufrir hambre y malos tratos, hasta que después de cuatro años de feroces padecimientos y miseria, sólo quedaron cinco sobrevivientes. Hasta entonces el éxito habla estado de parte de las armas paraguayas. López golpeó rápidamente, pues era un hombre sin escrúpulos, y ya para este tiempo debió de haberse dado cuenta de que se había colocado muy fuera de lugar. Ya sea por ignorancia, por la creencia de que la intervención extranjera lo salvaría al fin o por la falta de conocimiento de los recursos con que contaban la Argentina y el Brasil, continuó como si tuviese la más completa seguridad de su victoria. En realidad, tenía algunas razones para suponerlo, y si hubiera obrado con la más elemental prudencia o con las más mínimas contemplaciones para con las reglas ordinarias de conducta, habría ganado, sin duda, una paz ventajosa de sus tres adversarios, que no estaban preparados para la guerra. Tenía en sus manos las líneas interiores; su país se bastaba a sí, su pueblo era valiente y patriota, y de la rica provincia de Matto Grosso, que se había anexado, habría podido sacar ilimitados abastecimientos de ganado y de mercancías. Todas estas ventajas fueron desperdiciadas por su falta de clarividencia. La Argentina le declaró la guerra inmediatamente después de la toma de Corrientes. Entonces se encontró López encarando una guerra contra tres países mucho más poderosos que el suyo propio. Como él se hallaba bien preparado, con un ejército discretamente equipado, y la República Argentina tenía apenas unos cuantos hombres sobre las armas, la única oportunidad que hubiera tenido era la de marchar

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inmediatamente sobre Buenos Aires, antes de que la Argentina se hu- biera preparado para la defensa. Lo que hizo fue mandar una expedición de unos doce mil hombres al mando de¡ general Estigarribia, que cruzó el Paraná en Itapuá y se internó de inmediato en la provincia de Río Grande del Sur, en territorio brasileño. El hecho de que fuera capaz de penetrar hasta tan lejos, casi sin resistencia, evidencia que si en lugar de dispersar sus hombres, los hubiera concentrado para atacar a Buenos Aires sin pérdida de tiempo, podría haber obligado con ello a una paz en términos tales que el Paraguay habría quedado convertido en la potencia más poderosa de la América del Sur. Mientras Estigarribia marchaba hacia el Este, asolando y asesinando al país desarmado y a la gente indefensa que encontraba a su paso, otra fuerza paraguaya había cruzado el Paraná. La mandaba un general Robles; pero, con una estupidez que parece inconcebible, López la despachó con un intervalo de por lo menos doscientas millas entre ésta y la mandada por Estigarribia. Este general, en consecuencia, se encontraba muy aislado, sin una base de operaciones y, tras la primera semana, privado en absoluto de comunicaciones con López o su capital. López pagó bien cara esta falta de condiciones para el mando, pues ni un solo hombre de este ejército, salvo su general, había de regresar al Paraguay. Estigarribia avanzó a través de Misiones, hasta que se encontró en un lugar llamado San Borja, detrás de una vanguardia de unos dos mil hombres, bajo las órdenes de un mayor Duarte, hombre valiente y de empresa, que habla sido destacado para apoyar el avance. Cruzó el río Uruguay, dejando a Duarte sobre la margen derecha. Entonces marcharon río abajo por el Uruguay, manteniendo contacto unos con otros por medio de canoas. La operación, como simple maniobra era magnífica, pero como un movimiento de guerra mostraba bien a las claras la ineptitud de López como general y su cínica indiferencia por la pérdida de vidas humanas.

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Separado por completo de su base de operaciones, como lo estaba Estigarribia, todo lo que podía hacer era saquear y destruir. Como había salido del Paraguay sin un plan real, puesto que no habría podido alcanzar ninguna de las grandes ciudades brasileñas, era evidente que su expedición fracasaría. El 6 de agosto de 1865, Estigarribia entró en la ciudad brasileña de Uruguayana, sobre el Uruguay. Duarte acampo en un lugar opuesto al llamado Yatay. Por entonces las fuerzas de los aliados, en número muy superior, se dirigían a su encuentro. El primer destacamento estaba compuesto por unos trece mil hombres, entre uruguayos, brasileños y argentinos, bajo el mando del general Flores, presidente del Uruguay. Duarte se vio perdido y escribió pidiendo auxilio al Paraguay al general Robles, diciendo en su carta —que fue interceptada por los aliados— que tenía órdenes de López de matar a todos los prisioneros 10 . Duarte se negó a tratar en ninguna forma con el enemigo, y Flores cayó sobre él con un efectivo de trece mil contra los posibles dos mil que contaban los paraguayos, los cuales lucharon como lobos hambrientos. Murieron casi todos en el combate, con excepción de unos trescientos que fueron hechos prisioneros, junto con su jefe. Thompson dice al respecto: “Oficiales del ejército aliado escribieron 11 desde el campo de batalla que la mortandad había sido algo espeluznante, pues no hubo poder humano que obligara a los paraguayos a rendirse, y que aun como simples individuos apenas habrían podido luchar con una muerte tan cierta frente a ello”. Esta fue la actitud de los heroicos soldados paraguayos a través de toda la guerra. Descuidados, hambrientos, tratados con la crueldad más intensa, azotados por la más leve falta, torturados y fusilados por cualquier cosa, nunca murmuraron ni rehusaron ofrecer lo que creyeron de su deber hacia su patria. Su vida era todo lo que tenían para dar, y por cierto que no la daban con parsimonia, y mientras morían, consumidos por el hambre, atormentados por la sed, con sus heridas desnudas e inflamadas,

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López, completamente en salvo, más allá de la zona de peligro, se solazaba en la lujuria de su existencia. El próximo turno fue el de Estigarribia. Había empezado inmediatamente una retirada hacia el Uruguay; de haberlo podido cruzar se hubiera, salvado, y con él los hombres bajo sus órdenes. Puede ser que haya pensado en cuál sería su suerte si regresaba al Paraguay como general derrotado; pero el hecho permanece en pie: él no efectuó ningún movimiento para cruzar el río Uruguay. En vez de ello, cayó otra vez sobre Uruguayana, que había tomado en su avance, y permaneció allí inactivo, a la espera de los acontecimientos. Mitre, el general en jefe argentino, apareció pronto ante la ciudad con un número aplastante de efectivos. El río estaba bloqueado por cuatro cañoneras armadas, bajo el mando del almirante brasileño Tamandaré. El emperador del Brasil y su hijo político el conde D'Eu llegaron con una fuerza que, reunida a la de Mitre, elevaba el número de los aliados a treinta mil hombres, los cuales contaban, además, con unas cincuenta piezas de artillería. En respuesta a un ultimátum de rendición que se le hiciera llegar, Estigarribia contestó con una de esas largas y altisonantes cartas que puede escribir todo sudamericano. En ella aludía a Leónidas y a su amor por la patria; esperaba que su memoria fuese guardada como reliquia en el corazón de las futuras generaciones; la sagrada insignia de la libertad de su país no sería mancillada por él. Perecería antes, de pensarlo. Aunque sus huesos y los de sus heroicos legionarios encontraran su propia sepultura entre las ruinas de la ciudad, sus espíritus, libres y orgullosos, se remontarían muy alto en el espacio. Por último, hizo un esfuerzo que acreditó sus condiciones retóricas, y lo colocó casi por encima del más alto nivel alcanzado por ningún patriota que hablara con o sin la lengua aplastada contra la mejilla. “Respondo a Vuestras Excelencias, en cuanto me enumeráis la cantidad de vuestros efectivos y el total de vuestra artillería, que es tanto mejor, cuanto que el humo del cañón será nuestra sombra”.

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Al leer esta carta se recuerda la sentencia estampada en un reloj de sol árabe, que, en lugar de marcar solamente las horas, establece que la luz del sol es la sombra de Dios 12 . El emperador del Brasil y el general Mitre se deben haber mirado el uno al otro al terminar de leer la carta, pues sin duda ellos conocerían muy bien que se trataba de un caso de “salvar las apariencias” y es probable que Mitre, por lo menos, colocado en un caso similar, podría haber producido un llamamiento de tamaña inspiración. Los aliados, sin embargo, no tomaron en cuenta para nada este gran esfuerzo retórico del general paraguayo. Sabían, desde luego, que la promoción militar de esos tiempos acerca de los cuales escribo, manejaba la pluma de la misma manera que la espada. El 16 de septiembre de 1865 intimaron nuevamente a Estigarribia a que rindiese sus armas. Como había agotado hasta el último de los adjetivos de la lengua castellana y comídose, además, los últimos caballos, Estigarribia se rindió en buenos términos. Los suboficiales y tropa quedaron prisioneros, y se les permitió a los oficiales fijar su residencia donde prefiriesen, con excepción del Paraguay. Estigarribia mismo fue enviado a Buenos Aires, donde su talento retórico había ganado para él la admiración de un pueblo que siempre ha amado la retórica, creyendo, quizá, que constituye un arte. Para hacer justicia a Estigarribia, diremos que cometió pocos excesos durante su expedición. Ninguna ciudad de Corrientes fue saqueada, ni tampoco sus habitantes fueron sometidos al bárbaro tratamiento que los desgraciados brasileños sufrieran en Matto Grosso. Las varias guarniciones paraguayas en las ciudades de río arriba se retiraron, dejando la región completamente limpia de caballos, ganado y toda clase de abastecimientos. Entonces se embarcaron y cruzaron el río Paraguay por el Paso de la Patria en varios vaporcitos ridículos, con los cinco vapores armados brasileños a la expectativa, pero sin animarse a atacarlos; de

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no proceder así, ni un solo hombre hubiera podido regresar al Paraguay. De esta manera todas las guarniciones regresaron con felicidad, llevando cientos de cabezas de ganado que obligaron a cruzar el río Paraná a nado. Esta falta de energía mostrada por el comando brasileño continuó, así a través de toda la guerra, y ésta fue la causa de que la campaña se prolongara por cuatro largos años y causara de esta manera miserias sin cuento al Paraguay. Thompson estima que casi veinte mil hombres se perdieron en Corrientes bajo el mando de Estigarribia y los otros generales, principalmente debido a las penurias y a las enfermedades. La expedición dio a los aliados la medida cabal de la ineptitud de López, y si éstos hubieran dado muestras de la más mínima energía, habrían ganado la guerra en pocos meses. Así fue como dieron tiempo a que López fortificara Curupaití y Humaitá, dos fortalezas sobre el río Paraguay. Estas buenas posiciones bloquearon el paso de los vapores aliados por varios meses, les causaron grandes pérdidas y ofrecieron la oportunidad de que López "posara" ante el mundo como un gran patriota.

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1 The war in Paraguay, Thompson, capítulo II, pág. 3.

2 La Banda Oriental, esto es la margen este del río de la Plata, era el antiguo nombre de la República del Uruguay. que ahora se llama República Oriental del Uruguay. Sus habitantes se llaman orientales.

3 Thompson, en su The War in Paraguay (Cap. II, pág. 3 l), lo llama “Una página de rebelión en la historia del Brasil”. Esta es una versión poco exacta de los hechos, en el caso que nos ocupa; la ma- sacre fue perpetrada por los compatriotas de la infortunada guarnición aunque los brasileños no hicieron, por cierto, nada por evitarlo.

4 Cuando visité por primera vez Asunción empleé nueve o diez días en una cañonera brasileña.

5 Hay por lo menos cinco clases de pasos artificiales, tales como marcha, portante, andadura, ambladura y sobrepaso. Todos éstos tienen distintos nombres en las varías repúblicas y en toda Europa, desde que eran muy conocidos en la Edad Media, empleándolos las damas en sus jornadas hípicas, pues sus movimientos son mucho más suaves que los de los pasos naturales de galope, trote y paso. 6 Seven eventful years in Paraguay, Masterman, pág. 99.

7 El coronel Thompson expresa que las orejas fueron sacadas del aparejo de la nave por órdenes expresas de López: “El Semanario”. Órgano del gobierno, publicó un artículo desmintiendo la noticia. Thompson, como muchas veces me lo dijo, no tenía motivos para querer a López, pero por lo menos no había sido torturado como lo fuera el pobre Masterman, de quien tomo el relato.

8 The war in Paraguay, pág. 39.

9 Los paraguayos siempre se referían a ellos como a cambás. Esta palabra significa negro, en guaraní.

10 The war in Paraguay, Thompson, pág. 88. 11 The war in Paraguay.

12 Dow es shems, dal Allah.

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Capítulo VI

Cuando llegaron a Asunción las noticias del fracaso de la expedición, la pérdida de tantos hombres, y lo peor de todo, de la rendición, hallándose el general Estigarribia sano y salvo, López montó en cólera. Tan furioso estaba que durante tres días nadie pudo acercársele, ni aun el hijo mayor que había tenido con madama Lynch, llamado Pancho, al cual adoraba. Por ese tiempo López encontrábase en Humaitá; mandó llamar a todos los oficiales de la guarnición y les informó que Estigarribia se había vendido por tres mil doblones (unas diez mil libras) y lo execró como traidor. En realidad Estigarribia hizo todo lo que podía hacer. Los víveres se habían terminado mucho antes de que tuviera que comerse los caballos y las mulas, y durante los tres últimos días sus hombres no habían ingerido más que terrones de azúcar, de los que había una gran provisión 1 . Si Estigarribia hubiera caído en manos de López, de seguro que habría sido bárbaramente torturado y fusilado al fin. Este había sido al menos el fin de todos sus jefes que habían fracasado en la guerra. Se dice que este asunto fue el Único que afectó a López como ningún otro revés en todo el curso de la campaña. Se dispuso que hubiera en Asunción una demostración gigantesca para execrar al desgraciado Estigarribia, y el órgano oficial “El Semanario” destacó la estrategia mostrada por López. y habló de él como del “Cincinato de América”. Nada podía haber mostrado mejor el estado de degradación mental al cual había reducido a sus compatriotas ese seudo Cincinato. Fue entonces convocado un congreso extraordinario en Asunción. López apareció ante él vestido con su uniforme completo, y explicó a los miembros 2 qué se había hecho y lo que se iba a hacer. El patriotismo, desde luego, alzó gran tumulto. Las conversaciones duraron largas horas, y el fin de este humillante espectáculo fue una

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resolución que colocaba las vidas y haciendas de todo el pueblo en manos de López, para que dispusiera de ellas a voluntad. Masterman destaca como “pawkily” —cual si fuese un escocés— el hecho de que esto fuera completamente innecesario, pues López “podía per- fectamente hacer con ellos lo que quisiera”. López recibió del patriótico Congreso el título de Mariscal de Campo y su remuneración le fue aumentada a seis mil dólares por año. Su padre nunca gozó de un emolumento mayor de cuatro mil, pero a su muerte las arcas del caudal público estaban llenas. Otro gesto “patriótico” fue el de madama Lynch, la cual “ofreció” una décima parte de las joyas que poseía. Masterman expresa que, tales ofrecimientos se “recogían constantemente con varios destinos: en una oportunidad fueron para la estatua de su padre, lo cual produjo como treinta mil dólares; entonces fue para una espada con empuñadura de oro y una caja de oro para guardarla; joyas para su ornamentación —no se aceptaban sino diamantes, otras piedras preciosas no eran bastante buenas para ello, aunque no se devolvían a sus dueños—, y por último una corona de oro para su heroica frente”. Tanto Masterman como Thompson, Washburn y todos los escritores contemporáneos extranjeros que se han ocupado de esta guerra expresan que se hallaba escondido, temblando, en un refugio a prueba de bombas del que nunca salla en las horas de luz, y sólo se aventuraba durante la noche 3 . Todo luto estaba prohibido para las esposas e hijas de los hombres que habían dado su vida heroicamente por la Patria; batiéndose contra efectivos enormes. Las quebrantadas mujeres eran obligadas a formar procesiones "voluntarias" y desfilar ante López y madama Lynch bailando y entonando canciones patrióticas. En suma, la degradación del pueblo era completa, mas a pesar de ella los soldados nunca vacilaron en mostrar un coraje a toda prueba, luchando sin cuartel y muriendo antes de aceptar la vida a ninguna condición.

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En junio de 1865, López dejó Asunción y se trasladó al fuerte de Humaitá, para asumir el comando en jefe. Llevó consigo todas las monedas de oro que había en el Tesoro. Pocos días después de su llegada se libró la desastrosa batalla del Riachuelo, que fue el primero de una larga serie de desastres, cualquiera de los cuales pudo haber puesto fin a la guerra y haber abreviado el largo martirologio del Para- guay si los aliados hubieran mostrado alguna energía. Por entonces habían conseguido reunir fuerzas aplastantes. Los brasileños tenían por lo menos treinta mil hombres, bajó el mando del mariscal Caxias, un general sumamente cauto, por cuya voluntad cualquier decisión a tomarse en el curso de la guerra se habría de meditar durante años; si tenía un éxito, cosa que sucedía una que otra vez, casi por accidente, permanecía inactivo, sin proseguir la acción. Personalmente era valiente, pero no parecía tener la menor noción de estrategia, de clarividencia o de cómo mandar las tropas a su mando. Los argentinos, bajo las órdenes del general Mitre, sumaban unos quince mil. Bien equipados y bien montados, en su mayoría pertenecían a los gauchos del campo, casi todos blancos, o ligeramente morenos, en fuerte contraste con los brasileños, cuya infantería por lo menos estaba compuesta por negros y mulatos. Las mejores tropas brasileñas eran las que provenían del estado de Río Grande, y estaban enteramente compuestas de fuerzas de caballería. Se reclutaban entre los gauchos que diferían muy poco de los que habla en la Argentina, y entre los más ricos hacendados; incomparables jinetes y diestros en el manejo del lazo, constituían la flor y nata del ejército brasileño. Bartolomé Mitre, fogoso orador y gran periodista, se había visto obligado a tomar el mando en diferentes oportunidades durante las guerras civiles, y siempre con éxito. Cuando estalló la guerra fue nombrado general en jefe de las fuerzas expedicionarias casi por aclamación de todo el país 4 . Los uruguayos, o como se los llamaba, los orientales, por el nombre dado al Uruguay 5 por su posición en la margen oriental del río

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de la Plata, enviaron los contingentes menores de los aliados. Su comandante, el general Flores, un ex caudillo gaucho, había estado exilado por varios años en Buenos Aires. Ultimamente había regresado al Uruguay, y con el apoyo de los brasileños había llegado a ser presidente de la República. Sus hombres eran principalmente gauchos, muchos de la misma condición que los soldados brasileños de Río Grande, entre los cuales y ellos reinaba una antigua y profunda enemistad. Las tropas de los aliados sobrepujaban numéricamente en mucho a las de López, una vez que hubieron sido, movilizadas y traídas al campo de batalla. En un principio, sólo los brasileños tenían un ejército listo, entrenado y disciplinado. Thompson expresa como una opinión suya que si López, en lugar de perder tanto tiempo y vidas humanas en la inútil invasión de Corrientes, hubiera marchado sobre Montevideo y Buenos Aires, podría haber dictado sus condiciones a los Aliados 6 . “No tenían ejército que mencionar, y los paraguayos, creyendo como creían en su valentía, hubieran hecho cualquier cosa que él hubiera dirigido personalmente”. Eso debe de haber ocurrido al comienzo de la guerra, porque después hasta los fíeles paraguayos pudieron darse cuenta perfectamente de que sólo era un miserable cobarde; pero, aunque cobarde, no era tonto, salvo por la megalomanía que atormentaba su cabeza. Thompson expresa:

“Probablemente tenía idea de ser coronado emperador del Río de la

Plata, según se decía 7 . Si hubiera llegado hasta Entre Ríos, es probable que Urquiza se le hubiera unido; pero, como las cosas no sucedieron ”

así, pareció infinitamente pequeño a los aliados

López había

perdido todo prestigio como general al mandar a Estigarribia sin ningún apoyo a internarse en el corazón del país enemigo. El general Urquiza, el sátrapa de Entre Ríos, era el hombre del misterio de esta guerra. En una oportunidad elevado a la categoría de héroe nacional —pues él fue quien derrocó por último al tirano Rosas, que había

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mantenido a Buenos Aires bajo el taco de su bota por muchos años—,

Urquiza se había distanciado de la autoridad central y retirado a la provincia de Entre Ríos, donde vivía en un estado semifeudal y semipatriarcal. En su residencia de San José, a unas seis leguas de Concepción del Uruguay, dictaba leyes a los gauchos. A pesar de que

su provincia, Entre Ríos, era una de las que componían la Confedera-

ción Argentina, Urquiza, si bien en teoría era un simple gobernador provincial, en realidad era el jefe de un estado independiente. Lo cierto es que ocupaba una posición equivalente a la de algunos de los grandes caídes del sur de Marruecos, antes de la

intervención de Francia. La única diferencia que existía entre Urquiza

y los caídes consistía en que estos últimos obtenían siempre su

autoridad delegada por el sultán, y Urquiza la había adquirido por el dominio que tenía sobre los gauchos de su provincia, a los cuales conocía, como ellos habrían podido decir, “hasta la médula de los huesos” justicia o injusticia, tanto los caídes como Urquiza administraban al por mayor, pues eran señores de horca y cuchillo, con la única diferencia de que Urquiza se veía obligado a echar un

velo sobre su tiranía, mientras que los caídes 8 ahorcaban, maltrataban

o reclutaban a la luz del día. Como gobernador de Entre Ríos, Urquiza estaba en condiciones

de poner diez o quince mil hombres excelentemente armados y mejor

montados en el terreno, para quienes su voluntad era la ley. Su ganado

y sus caballos eran innumerables, y sus riquezas, inmensas. A través de toda la guerra su actitud fue ambigua, pues por una parte recibía mensajes de López y por otra escribía a Buenos Aires expresando que pronto tendría un ejército numeroso listo para entrar en campaña. Al fin no se inclinó por ninguno de los contendientes, pero obtuvo sumas enormes vendiendo ganado a los aliados. Durante toda la guerra López tuvo o pretendió tener esperanza de que Urquiza volcara en la contienda todo su poder en favor del Paraguay. Como López conocía perfectamente el valor de la propaganda, hacía aparecer de vez en cuando artículos en el órgano

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oficial, en los cuales se expresaba que el general Urquiza estaba por plegarse a las tropas paraguayas, y que, como todos sabían, Urquiza no se hallaba en buenas relaciones con el gobierno de su país; estos artículos tenían una repercusión formidable. Se suponía ahora que López tenía en sus manos el comando de todo el ejército paraguayo. Thompson explica cómo cumplía con las obligaciones inherentes al cargo de comandante. Dice así: “López era presa continuamente del terror de ser asesinado, y por la noche hacía tender un doble cordón. de centinelas alrededor de su residencia. Este cordón fue ulteriormente, triplicado. Durante las horas del, día, se quitaba esta guardia, la cual tenía asiento bajo un cobertizo sin paredes, contiguo a la mansión del tirano. Una tarde me hallaba allí, esperando para entrevistarlo, como también lo estaban varios otros oficiales, en cuya oportunidad un sargento de la guardia trabó conversación conmigo. Apenas transcurrido un brevísimo intervalo, hubo un gran revuelo; todos los otros oficiales fueron arrestados, y un edecán de López se me aproximó y me expresó de parte de su jefe: “Su Excelencia le manda decir que escriba toda la conversación que acaba de tener con el sargento de guardia, y la traiga mañana por la mañana”. Lo que el sargento le habla preguntado era si la reina Victoria llevaba siempre la corona puesta cuando salía; si él (Thompson) usarla su uniforme paraguayo cuando volviese a Inglaterra, y varías otras cosas sin interés por el estilo. La información pedida fue sellada y enviada a López a las siete de la mañana del siguiente día. No es fácil adivinar para qué la quería, pues el pobre sargento fue fusilado al alba, y todo el personal de guardia recibió cien azotes. Pocos meses después, Thompson oyó decir que el pobre hombre había sido enredado en un complot para asesinar a López; pero, si eso era verdad, ¿por qué se habla fusilado al sargento antes de que llegara la comunicación de Thompson? La verdadera razón era, probablemente, el terror que inspiraba a López el hecho de que cualquiera de los suyos se familiarizara demasiado con sus oficiales extranjeros. El asunto de las conspiraciones ha sido un argumento

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favorito de los tiranos desde el principio del mundo. En el futuro, López habría de esgrimirlo cuantas veces se te ocurrió, para deshacer- se de cualquiera, hasta que al fin habla liquidado a casi la totalidad de los paraguayos blancos, una raza que temía y odiaba, a causa de su sangre e mestizo. Por este tiempo los aliados ya tenían unos cincuenta mil hombres bajo las armas, con un parque de artillería de cien cañones, que se estableció en un paraje llamado Corrales, en Corrientes, listo para cruzar el Paraná e invadir el Paraguay. Los brasileños no hablan tenido dificultades para reclutar tropas; la esclavitud aún existía en el Brasil, y la población de color era en su mayor parte dócil y respetuosa de las leyes. Los argentinos habían tropezado con obstáculos mayores, pues su población de gauchos tenia aversión a toda clase de disciplina, acostumbrada como estaba a la vida libre de las pampas, donde cualquiera dictaba y había dictado siempre sus propias leves. El servicio militar era un anatema para los gauchos, aunque, una vez disciplinados, constituían una excelente caballería ligera. La infantería en general estaba provista por los hombres provenientes de las ciudades, y reinaba una mezcla de negros y extranjeros. Existían ciertas dificultades para mantener a los reclutas juntos, pues muchos de ellos volvían grupas en el trayecto y regresaban a sus hogares. Por último, expresa Thompson 9 , enviaban los reclutas encadenados en grupos hasta Rosario, donde eran embarcados y enviados al ejército. Esto muy bien puede haber sido así aunque yo podría dudarlo, conociendo el espíritu del argentino, que probablemente no habría resistido un tratamiento tan ignominioso. De cualquier modo, con cadenas o sin ellas, los soldados aliados, una vez bajo las armas, recibían un tratamiento muy superior al que se les daba a los pobres esclavos del Paraguay. Lo extraño del caso era que el hambre, los golpes, las torturas y las sentencias de muerte dictadas para reprimir la más leve falta, o por su mera incapacidad para retener alguna posición insostenible, no hicieran mella en su desesperada valentía. No hay tropas en toda la

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historia de la humanidad que se hayan dirigido a una muerte segura más alegremente, dado la vida con menos lamentaciones o encarado condiciones más duras para regresar cuando escapaban después de haber sido hechos prisioneros. Todos los jefes aliados han atestiguado su valor sobrehumano y su indiferencia por la muerte. Los prisioneros repetidamente se arrancaban las vendas antes de que sus heridas se hubieran curado, prefiriendo la muerte al cautiverio, y a pesar de que conocían bien la suerte que correrían en el Paraguay si regresaban, escapaban aprovechando la primera oportunidad; López siempre trataba a los prisioneros evadidos como a desertores de su bandera, los hacia torturar y luego ejecutar. Frecuentemente en aquellos días, que ahora están tan lejos que parecen como la historia de un mal sueño, al conversar con los paraguayos que habían sido tomados prisioneros y que por milagro escaparon a esta muerte ignominiosa, hablaban de ello con repugnancia, y si se mostraban avergonzados, no era porque tuvieran la más mínima ilusión acerca de López, a quien maldecían y abrigaban la esperanza de que estuviera padeciendo los tormentos de la condenación eterna, sino por su amor a la patria y la idea, no muy extraña, de que en alguna forma, a pesar de toda su tiranía, López hu- biera hecho algo por ella, contra el enemigo. Después de un año de guerra, los aliados no habían hollado el Paraguay. El 21 de marzo de 1866 se preparaban a cruzar el Paraná. El punto elegido era un paraje denominado Paso de la Patria, donde la anchura del río es mínima. Era profundo en todas partes menos en un punto opuesto a la isla de Carayá, donde solamente había unos doce pies de profundidad, y que había sido bloqueado hundiendo dos navíos cargados con piedras. Se iniciaron las operaciones entre las cañoneras paraguayas y los bajeles brasileños. Si estos últimos hubieran mostrado la menor energía, habrían despejado el frente de los anticuados y miserables barcos paraguayos a medio armar con la misma facilidad con que un

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hombre se espanta los mosquitos del rostro, y los hubieran estrellado como huevos sin el menor riesgo para ellos. En cambio, la operación realizada en la forma en que lo hicieron permitió que los paraguayos los demoraran más de una semana. López, que se suponía al mando del ejército paraguayo, tenía un refugio levantado por el coronel Thompson, y lo empleaba para sentarse allí y observar los combates diarios librados entre sus vapores y los de la armada brasileña, a través y de un anteojo de larga vista. En uno de los encuentros los paraguayos atacaron un banco de arena que los brasileños habían fortificado, llamado "ltapurú". La principal fuerza de los paraguayos estaba constituida por un destacamento de caballería que había echado pie a tierra, armado de espada. El combate resultaba homérico, pues ningún bando daba o aceptaba cuartel. Para López, en su refugio a prueba de bombas, el espectáculo debe de haber resultado tan interesante como para Calígula los combates en la arena. Mucho se parecía a este último personaje el tirano que nos ocupa, mental y físicamente, aunque no tenía su humor. Al cabo, varios barcos brasileños se aproximaron y abrieron el fuego; la mayor parte de los efectivos paraguayos fue hecha pedazos por el fuego graneado y las andanadas. Los sobrevivientes, malheridos en su mayoría, corrieron a las canoas y afrontaron el fuego envolvente de los brasileños. “Aquellos que estaban heridos en las piernas, se sentaban y remaban, y aquellos a los que aún les quedaba un brazo, remaban con él 10 .” Perdieron catorce oficiales y alrededor de quinientos soldados entre muertos, heridos y prisioneros. Ningún hombre viviente podría haber hecho más o comportádose con más gallardía frente a enemigos inmensamente superiores. Entre los prisioneros se encontraba el comandante de una de las divisiones, un teniente llamado Romero; López, con una bajeza casi inconcebible, obligó a su quebrantada esposa a escribir una carta que se publicó en “El Semanario” órgano

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oficial del Gobierno, en la cual lo trataba de traidor a su bandera. El objeto perseguido era, evidentemente, obligar a sus miserables escla- vos a luchar hasta la muerte en todas 6s oportunidades. Bien había entendido la significación de la frase “carne de cañón” tan bien como si la hubiera inventado él, y, en realidad, hasta el fin de los cuatro años que duró la guerra los desventurados paraguayos sirvieron superlativamente como alimento del cañón. No contento con desperdiciar inútilmente la vida de sus soldados, López empezó, después que le llegaron las noticias de la rendición de Estigarribia, a encarcelar y ejecutar a todo aquel que no le agradara. El paso de los aliados a través del Paraná lo enfureció al extremo, aunque debía haberlo previsto, desde que no era un tonto ni mucho menos, en vista de que contaban con fuerzas superiores y de la disparidad inmensa que había entre los barcos armados brasileños y sus vaporcitos de río, apenas equipados con viejos cañones. El general Robles, que había mandado una división bajo la férula de Estigarribia, había sido traído al fuerte de Humaitá, donde se lo procesaba por traición en el campo de batalla y por haber sido sobornado por los brasileños. Esta última acusación era, desde luego, falsa, porque los brasileños no necesitaban sobornar a un hombre que tenían completamente rodeado por sus propias tropas y, por ende, imposibilitado de escapar. El proceso o enjuiciamiento, y la condena, bajo las condiciones impuestas por López, eran una misma cosa. Condenado a muerte, se lo tuvo engrillado durante cuatro meses, y entonces se lo fusiló. Es muy probable que haya sido atormentado, en ocasiones, en este intervalo. Masterman 11 relata su concurrencia a un besamanos, en Humaitá, en el curso del cual López pronunció un discurso “que ninguno de los que lo oyeron era probable que olvidara”. El obispo, desgraciadamente para él, y no el ministro de Guerra, como era la costumbre, dirigió la consabida alocución de cumplimiento. Habló un poco excitadamente acerca de la “deserción y la traición” de dos generales, Estigarribia y Robles; López, por un

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milagro, lo escuchó hasta el fin, aunque carcomido por mortal impaciencia, y entonces dio escape a un torrente de invectivas y excesos:

“Trabajo por mi Patria —expresó—, por el bien y él honor 12 de todos ustedes, y ninguno me ayuda. Estoy solo, no tengo confianza en ninguno de ustedes, no puedo contar con ninguno”. Y entonces, levantando la voz, tronó en el tenor del rey Cambises: “¡Cuidado! Hasta ahora he perdonado ofensas, y me he complacido en el perdón, pero a partir de hoy no perdonaré una sola más”. Es muy probable que se engañara a si mismo, por lo menos hasta cierto punto, y pensara que en realidad estaba trabajando y que, como todo paraguayo, entonces y ahora, estuviese convencido de que pertenecía a la tierra en la cual habla nacido. En lo que se refiere al trabajo que realizara, todo depende de la definición que se de a la palabra “trabajo”. Su mando como general era negligente. No tenía ningún conocimiento ni de estrategia ni de ingeniería; su cobardía era notoria; al mismo tiempo, colocado en la posición en que se hallaba, sus ideas y su conversación debían de tener a la guerra corno tema central y obligado. Una cosa es cierta: que por una vez en su vida dijo la verdad cuando anuncié que de ese día en adelante no perdonaría a nadie. Mantuvo su palabra: sus generales, coroneles, capitanes, ministros, sacerdotes, obispos, comerciantes, hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, sus mismos hermanos y casi todos los miembros de su familia, antes de que terminara la guerra, individuos de todas las clases sociales habían sido, en base a fútiles pretextos —mal cumplimiento de sus obligaciones—, torturados, sufrido hambre y ultrajes si eran mujeres, azotados y ejecutados. Los soldados rasos, su admirable carne de cañón, se sacrificaban en empresas sin la menor probabilidad de éxito; eran diezmados si fallaban; nunca fueron recompensados o alentados, cualesquiera fuesen las duras operaciones que ejecutaren o los azares de sus existencias. Fue en esa oportunidad cuando López dio comienzo a su infame sistema de vengar su descontento sobre las viudas y familias de los

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desertores verdaderos o supuestos, que sembró ruinas y miserias por todo el Paraguay. El caso de Doña Oliva Corbalán fue un ejemplo típico de lo que sucedía. Su hermano había sido encarcelado en la Capital por un crimen imaginario. Como, una vez arrestados, los desgraciados que habían atraído sobre sí el encono del tirano generalmente desaparecían y nada de ellos volvía a saberse, hasta que, transcurridos algunos meses, la familia recibía la breve notificación de que habían sido ejecutados, la hermana compró una casa cercana a la cárcel, con el objeto de estar próxima y de asegurarse de que vivía aún. Las veces que habrán sido torturados aquellos pobres infelices en el intervalo que mediaba entre su captura y la ejecución, es algo imposible de imaginar, pues eran enterrados secretamente una vez muertos, y los ejecutores de tales atrocidades estaban por demás aterrorizados por sí mismos para decir una sola palabra. La casa que había comprado la señora de Corbalán había sido construida originariamente por madama Lynch; no obstante lo cual, ella no la había ocupado porque los ayes, quejidos y gritos de los míseros condenados que poblaban la cárcc1 próxima exhalados en medio de las torturas que le eran infligidas, perturbaban la paz de su espíritu. La proximidad de la cárcel fue la razón por la cual Doña Oliva compró la casa, para poder, desde el balcón, echar una ojeada de vez en cuando y cerciorarse de que su hermano estaba aún vivo. Jaime, el mayor de los hijos de Doña Oliva Corbalán, era un joven disipado que vivía en Asunción. Cuando estalló la guerra fue destinado a servir en el “Tacuarí”, el vapor más grande con que contaba la flota de río del Paraguay 13 . Durante todo el año 1866 se ocupó en sembrar torpedos en el Paraguay, tarea para la que estaban bajo la dirección de un norteamericano que había concebido la idea. Cuando este hombre murió, un tal Michkoffsky, polaco, prosiguió este trabajo. Su método era el de llevar los torpedos corriente abajo en una canoa en la que remaban cuatro jóvenes nativos.

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Sucedió en una ocasión que el joven Jaime Corbalán era uno de los remeros; habiéndose olvidado de algo, Michkoffsky ordenó a Corbalán, que era el mayor de la partida, que lo desembarcara para ir a buscar lo que había olvidado, y regresar en seguida. En el momento en que se encontraron fuera de la vista de su superior, el joven Corbalán propuso a los ,demás muchachos que remaran con todas sus fuerzas para salvar sus vidas. Como estaban detrás de las grandes baterías que habían pasado completamente inadvertidos, desde que su canoa era escasamente visible por la noche, el joven Corbalán unió sus esfuerzos a los de sus compañeros y se entregó con su carga de torpedos a la armada brasileña, con lo cual consiguió ponerse completamente en salvo. Su vida estaba fuera de peligro, pero su baja acción atrajo la muerte y la miseria a toda su familia. Cuando el polaco Michkoffsky, después de haber buscado en vano la canoa, regresó y contó lo que había sucedido, fue inmediatamente arrestado y acusado de complicidad en el delito de la deserción del joven Corbalán, colocado en una doble barra de grillos, degradado y enviado al frente como soldado raso; afortunadamente para él, poco tiempo después falleció. A los dos días de la deserción de su hijo, Doña Oliva Corbalán fue hecha prisionera, todas sus propiedades confiscadas, y ella y sus cuatro hijas confinadas en una población indígena, en un lugar llamado Caaguazú, distante cerca de doscientas millas de la capital Despojada de todo lo que era suyo, hasta de los aros de sus niñas, inclusive sus ropas; ceñida con algunos andrajos por meras razones de decencia, fue obligada a hacer todo el trayecto con su familia a pie, descalzas y solas, acompañadas únicamente por un guía indio. Murió en la miseria, por falta de alimentos y descuido general. La hija mayor enloqueció, y las otras tres, habiendo quedado huérfanas, debieron ejercer la mendicidad por las calles, cuando después de años de sufrimientos regresaron a la Capital. El tío, que había ocupado anteriormente un ministerio, hombre enfermizo, que ya peinaba canas, fue sometido a dos años de prisión, y luego ejecutado.

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Muy pronto ocurrieron otras deserciones, porque el Paraguay se convirtió en un infierno para todos. Sin embargo, se permitió a los parientes de los desertores que compraran sus deshonradas vidas mediante cartas dirigidas al órgano oficial “El Semanario” maldiciendo de los desertores y negándolos. Masterman expresa 14 :

“En una, una madre maldice a su hijo, y en otra, un hombre reniega de su hermano, una esposa increpa a su marido, el cual en verdad no había desertado, sino que había sido tomado prisionero por los argentinos”. Vi a esta dama unos pocos días después de que su carta apareciera en el periódico, y como la conocía íntimamente me atreví a preguntarle cómo se había aventurado a escribir semejante cosa. Ella me respondió: “Lo hice para salvar a mis hijos, toda ella es falsa; usted sabe que yo amo a mi esposo con todo mi ser; pero, señor, ¿qué haría usted?” Thompson continúa diciendo: “No sé si puedo presentar un cuadro más impresionante de lo que pasaba en el Paraguay que el que significa este episodio”. ¡Qué ajeno estaba a que él mismo, después de haber sido apresado y atormentado, iba a verse en la necesidad de firmar un documento de igual tenor, en el cual manifestaba que conocía una conspiración, desbaratada por López, como una excusa para sus barbaridades!

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1 Thompson, página 94.

2 Masterman. Seven eventful years in Paraguay, pág, 101.

3 Desde luego, se refieren solamente a las ocasiones en que ocurrió que, muy contra su voluntad, hubo de encontrarse en la zona de fuego de los aliados.

4 Cuando terminó la guerra actuó en el campo político y fue elegido presidente de la República. En su vida ulterior se dedicó a las letras y escribió varios importantes trabajos históricos. (Su ascensión a la presidencia fue en 1862, o sea antes de la guerra con el Paraguay. en la que actuó en su carácter de primer mandatario de la Argentina. N. del E.)

5 La Banda Oriental.

6 The War in Paraguay, capítulo IX. pág. 98.

7 Madama Lynch debió de haber resultado una muy competente emperatriz de la main gauche; es casi una pena que López nunca se haya coronado a sí mismo; el rudo hombrecillo de media sangre, lu- ciendo algún uniforme de opereta, y su emperatriz derni-rip, con su hermosa apariencia y su experiencia parisiense, habrían sugerido un terna que para ser justos reconoceremos que habría necesitado un Offenbach.

8 En el ajetreo de la vida, la justicia se les tornaba injusticia, como suele acontecer muy a menudo en este mundo. Cuando el sultán juzgaba que debían ser lo suficientemente ricos como para ser saquea- dos, los tomaba prisioneros, los torturaba tal vez un poco y entonces los reducía al estado de mendicidad. A veces una tribu, debido al mal trato se sublevaba y masacraba a su caídes y a todo su estado mayor y quemaba su castillo hasta reducirlo a escombros. En el caso de Urquiza, sí bien su pueblo no se levantó en masa contra él, fue ase- sinado con la connivencia, según se cree, de su propia guardia. Así. el destino del último gran conductor gaucho y de tantos caídes moros, fue paralelo.

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9 Thompson expresa en la página 120: “Existe una carta en la que un gobernador de provincia establece el número de reclutas enviados y solicita que se le devuelvan los grillos para hacer una nueva remesa”. Es lamentable que Thompson no cite la carta y el nombre del gobernador. Esta historia es una vieja broma sudamericana, que dice así: “He recibido los voluntarios, y ahí le devuelvo las cadenas”.

10 Thompson. The War in Paraguay., pág. 126.

11 Seven eventfut years in Paraguay, Masterman, pág. 112.

12 Seven eventfut years in Paraguay, Masterman, pág. 112.

13 Al decir Paraguay, debe entenderse López, pues todas las cosas de la República, hasta la vida de sus habitantes, habían pasado a sus manos.

14 Seven eventfut years in Paraguay, Masterman. pág. 115.

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Capítulo VII

Los aliados emplearon una quincena en el paso del Paraná. En abril de 1886, diez mil brasileños, bajo el mando del general Osorio, el más valiente del ejército, habían desembarcado y atrincherádose en suelo paraguayo. Fueron seguidos casi inmediatamente por diez mil argentinos a las órdenes del general Mitre, que había sido nombrado jefe de las tropas aliadas. El lugar en el que acamparon las tropas era lo que se Rama en el Paraguay un “carrizal”; esto es, un terreno bajo y cenagoso, parcial o totalmente cubierto de agua, con una profundidad de un pie. Está interceptado por lagunas, rodeadas de juncos, conocidos como "a1bardones" 1 . Los paraguayos esperaban que los barcos brasileños los sometieran a un poderoso bombardeo, pero la habitual precaución o falta de energía hizo que no se iniciara el ataque hasta la mañana, tiempo en que los paraguayos ya habían evacuado completamente sus posiciones. López, expresa Thompson, no había dado órdenes a su ejército, para “mantener a su pueblo completamente a oscuras”. Al romper el día montó a caballo, y seguido por sus edecanes, a una respetable distancia, para que no lo reconocieran los artilleros brasileños de la flota, se marchó a un lugar seguro. Nadie sabía adónde se había dirigido, y se tardó varias horas en dar con él. Madama Lynch y sus hijos quedaron completamente librados a sí mismos y pasaron un día de ansiedad. Como al mediodía, madama Lynch, el obispo y su guardia personal lo encontraron en una colina, bien a distancia del alcance de los cañones brasileños. Thompson expresa que como dos balas de cañón cayesen a una milla o más de donde se encontraban, y él pensara que le hablan sido destinadas, salió disparado de allí y pasó la noche en un lugar llamado Abasto, que quedaba a tres o cuatro millas más retirado.

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Como allí se encontraba fuera del alcance del fuego, le volvió el alma al cuerpo y con ella el valor. Era poseedor de una clase especial de valentía: cuando estaba fuera de distancia de tiro, aunque lo rodeara el enemigo, estaba siempre de buen humor y con el espíritu en alto, pero no podía oír silbar una bala 2 . Existen tantas clases de valor, que es imposible decir si López era un cobarde, corno solía calificarlo la mayor parte de los que lo han conocido o si en realidad pensaba que su vida era demasiado valiosa para exponerla. Casi todos los tiranos piensan que su propia vida es mucho más valiosa que las del pueblo que sojuzgan. Hay, por cierto, muchos hombres que resisten valerosamente el fuego graneado y cualquier clase de peligro lanzado de una distancia grande, y se amedrentan cuando se los amenaza con una navaja 3 . La gran laguna de Estero Bellaco forma una defensa natural del Paraguay; la arena y los altos juncos, llamados priri en guaraní, dificultan mucho el paso de la caballería e impiden casi el de la infantería. Los Aliados, que podrían haber avanzado rápidamente, se encontraban con frecuencia demorados a causa de pequeños celos y tonterías entre los generales que conducían los respectivos contingentes. Una carta del general Flores a su esposa, escrita desde el campamento de San Francisco, Paraguay, sirve para demostrar su ignorancia en el arte de la guerra y revela también los celos que sentía por los demás generales:

Lo que está pasando aquí no está de acuerdo con mi tem- peramento, en absoluto. Todo se hace en virtud de cálculos matemáticos, y se pierde el tiempo mis precioso en hacer planos, medir distancias, trazar líneas y mirar el cielo; pura apariencia, y las principales operaciones de la guerra se hacen en un tablero de ajedrez. (Era evidente que el ex jefe gaucho no era un admirador de “la grande guerre” y le habría gustado más cargar con grandes alaridos sobre el enemigo, a la moda de los árabes o de los indios pampas; una posdata que agrega a su epístola lo muestra como un

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hombre de sentimientos delicados y no falto de sentido común) Mi tienda fue saqueada por los paraguayos. Mándame unas pocas ropas, un buen poncho, un sombrero de paja y dos pares de botas, nada más que ropas de campo; no me mandes sacos de vestir ni nada fino. Un beso a Agapita, y tú, mi querida María, recibe todo el cariño de tu viejo que te quiere. —Venancio Flores 4 .

López había ahora trasladado nuevamente su cuartel general a un lugar llamado Paso Pucú 5 , donde permaneció un tiempo considerable, mientras las enfermedades, el hambre y la miseria diezmaban constantemente a su propio pueblo y a los ejércitos aliados. En tales circunstancias, el bando que tuviera más hombres que dar por perdidos era con certeza el que iba a quedar victorioso. La batalla del Riachuelo permitió a los Aliados atrincherarse sobre el extremo del pantano de Nembucú. Los paraguayos, dirigidos o lanzados por sus oficiales, más bravos que leones, pero completamente ignorantes de las tácticas militares, perdieron prácticamente la mayor parte de la población blanca del Paraguay. López, que la odiaba, había formado el propósito de mandaría a las líneas más avanzadas; allí perecieron como un solo hombre, y cientos de familias de Asunción perdieron todos los hombres de su parentesco. Para llenar las bajas producidas en las filas, López puso en vigor una conscripción de todos los varones, entre las edades de sesenta a diez años: indios, ancianos, niños y esclavos fueron zambullidos de cabeza en las filas. López, para hacerle justicia, no se descorazonaba muy fácilmente, y miraba todos los sacrificios hechos por los paraguayos como simplemente un deber que debían cumplir. Así las cosas, reunió todos los hombres que pudo y aumentó las ya formidables filas de Curupaití; luego efectuó grandes trabajos en Curuzú para la defensa. En los dos años que llevaba la guerra, había perdido ya ochenta mil hombres de distintas enfermedades, aparte de los que mandaba Estigarribia, así es que solamente contaba con veinte mil, compuestos por elementos que en

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todos los demás países se habrían hallado fuera de la edad militar, por haber pasado el límite o no alcanzar la edad requerida. No solamente los hombres de sesenta y más años y los niños de diez se reclutaron para el ejército, sino también las mujeres entre las edades de dieciséis y cuarenta años. En una reunión de mujeres en Asunción, presidida por madama Lynch, las míseras mujeres fueron obligadas a presentarse como “voluntarias”. Estas desgraciadas pronunciaron discursos, pues sabían que debían hablar, o perder la vida, exaltando a López a las nubes 6 . López, que por sobre todas las cosas era un hombre ansioso por obtener gran renombre en el exterior, confiaba mucho en el efecto que produciría la oferta voluntaria de sus joyas, y de servir como soldados, pues no dejaba que salieran noticias del Paraguay que no lo mostraran en su carácter de gran patriota. Si el doctor Francia había aislado al Paraguay del resto del mundo y tratádolo como una fortaleza en estado de sitio, López lo redujo a un calabozo, del cual no salía ningún paraguayo, salvo muerto. Las mujeres, en la reunión nombrada, mencionaron los grandes sacrificios hechos por el padre de la patria y la bendición que les había dado. Nunca podrían retribuir tamaña merced, pero imploraban humilde- mente a Su Excelencia que les permitiera ofrecer su vida por la República y enrolarse bajo los pliegues de su sagrada bandera. López, que era mucho más bribón que zonzo, debió de haberse reído de corazón al escuchar esto, y los sentimientos que abrigaba madama Lynch no son difíciles de adivinar. De la preciosa pareja ambos eran digno el uno del otro, y como las palabras pronunciadas les hablan llegado al corazón, aceptaron con lágrimas en los ojos el patriótico ofrecimiento de las “voluntarias”. En todo el Paraguay se reclutaron regimientos de mujeres. Vestidas de cierto uniforme, eran instruidas en sus deberes militares por oficiales que, por haber sido heridos, no estaban en condiciones de desempeñar servido activo en el frente. Nunca se les dieron armas de fuego, pero se les enseñó a usar la lanza; ninguna de estas amazonas llegó a encontrarse nunca en el campo de

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batalla, mas eran enviadas a distintas divisiones del ejército, para ejecutar trabajos como obreras, hacer leña y ejercer la prostitución. Habiendo reclutado para las filas todos los hombres para guayos, ninguno quedó para labrar los campos, y esta tarea pasó a manos de las mujeres. Éstas uncían los bueyes, empuñaban la mancera del arado, y hasta en los mataderos de las afueras de la Capital faenaban las reses para el consumo y ejercían el oficio de carniceros. En este estado de cosas, aislado del mar, único camino para obtener provisiones del mundo exterior; sin aliados, siendo odiado su nombre en los países vecinos del Brasil y Bolivia, entre la espada y la pared, sus ejércitos derrotados en el campo de batalla y reducidos apenas a una fracción de lo que eran al comienzo de la guerra, sus míseros vapores de río hundidos averiados, la más elemental prudencia le habría aconsejado López que economizara su material humano. Por el contrario, actuó como si, al par de Cadmo, hubiera podido hacer brotar hombres de la tierra. Después de la batalla naval del Riachuelo, en la cual la flota paraguaya fue prácticamente barrida del río por la poderosa armada brasileña, sólo regresaron cuatro lanchones, salvados por la pericia de un ingeniero inglés, un tal Watts de nombre, que con gran riesgo de su vida los trajo de vuelta a Asunción. A este héroe se le otorgó la condecoración de la Legión de Honor en el tercer grado, una condecoración impuesta por López al estilo de las órdenes napoleónicas, tal vez sugerida por madama Lynch, cuyo esposo había sido condecorado por el gobierno francés. Los servicios que prestó Watts al Paraguay en un año o dos tuvieron el premio que aguardaba a todo aquel que luchara por el Paraguay y no tuviera la fortuna de morir en el campo de batalla. Después de una carga frustrada, fue arrestado, y tras de sufrir varios meses de torturas, se lo ejecutó, aunque nunca se le abrió proceso. Así este Calígula paraguayo recompensaba a sus oficiales, aun a los más valientes de ellos. Solamente uno llegó con vida al término de la guerra el general Caballero, cuya hermana había sido una de las

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concubinas de López, y quien había conseguido elevarse sirviendo de espía de sus oficiales superiores; habiendo luchado corno un héroe hasta el amargo final, se encontró junto a López poco antes de su muerte, y vivió lo suficiente como para ser presidente del Paraguay por uno o dos períodos. No contento con esquilmar a su pueblo, López volvió los ojos hacia los residentes extranjeros de Asunción. Después de algunas insinuaciones de López, en el sentido de que se aceptarían de ellos “expresiones populares de gratitud”, se dispuso que se ofreciera un gran baile en el Club. Circuló allí una lista de suscripciones, y cincuenta y cuatro de los principales contribuyentes de la colectividad extranjera la firmaron, suscribiéndose en forma liberal. De estos cincuenta y cuatro, sólo dos escaparon de las manos del tirano antes de que terminara la guerra. Uno fue un norteamericano, Mr. Porter Bliss, a quien López obligó a escribir un libro en su defensa, mediante azotes y la tortura conocida por “el cepo uruguayano”. Esta obra, escrita en la prisión y mientras su autor