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ADAPTACIÓN - INADAPTACIÓN

1
Adolfo León Ruiz

Para el psicoanálisis de orientación lacaniana, la adaptación es una cuestión que se da por


descontada. El psicoanálisis lacaniano, señala Vicente Palomera, toma en cuenta que hay siempre
un real que resiste a la subjetivación, que no es asimilable por el sujeto, que complica la adaptación
del sujeto a la realidad. Ese real, no asimilable se aloja en el lugar de lo que escapa a la relación del
sujeto con el Otro.2
Pero la falta de adaptación es, bajo la óptica de la psicología y la psiquiatría que se orientan
por el DSM, un trastorno, o una serie de trastornos que pueden y deben ser tratados, para reconducir
al individuo a un estado (ideal) de adaptación.
Veamos, para introducirnos en el tema, algo de lo que podemos encontrar en los
diccionarios como acepciones de los significantes adaptación e inadaptación:
Adaptación: f. Acción y efecto de adaptar o adaptarse.
Adaptar. (Del lat. adaptāre). Dicho de una persona: Acomodarse, avenirse a
diversas circunstancias, condiciones, etc. Dicho de un ser vivo: Acomodarse a las
condiciones de su entorno.
Inadaptación: f. Falta de adaptación.
Inadaptado, da: adj. Que no se adapta o aviene a ciertas condiciones o
circunstancias.

ADAPTACION, INADAPTACION Y DESORDEN

Montse Puig, en su texto ¿Hablamos de desadaptación cuando decimos desinserción?,3


señala como lo que Ulirich Beck ha llamado “Sociedad del riesgo”, sociedad que es producto de la
tecnología y la tecnologización, empuja, cada vez más, a que todo tiene que estar controlado,
regulado, y relaciona este hecho con que para el hombre de esta sociedad, los cambios tienden a
asumir la connotación de lo estresante o lo nefasto para el sujeto. Y es así, en tanto el cambio es lo
que se sale de programación.4
Veamos, en esta dirección, lo que plantea el Manual Diagnóstico y Estadístico de las
Enfermedades Mentales -propuesta de la Asociación Psiquiátrica Americana, que se conoce como
DSM por sus siglas en inglés)-, como referente (imposible hablar de concepto o marco conceptual),
para introducir los llamados Desordenes de la adaptación (Adjustmentent disorders): “Eventos
vitales significativos, positivos o negativos, pueden estresarnos emocional y psicológicamente. La
presencia de síntomas y problemas en el funcionamiento (pérdida de la funcionalidad) pueden llevar
al diagnostico de uno de los desordenes mentales que llamamos Desordenes de adaptación o del
ajuste”.
Considero de interés señalar las resonancias que tiene el hecho de que estas condiciones (y
de muchas otras de las que se ocupa el DSM), sean designadas en términos de Disorders (Traducido

1
Psicólogo. Psicoanalista. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis AMP y de la NEL-Medellín. Profesor de
la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia.
e.mail: adolruiz@une.net.co
2
Cfr. Palomera, V., El sentimiento de la realidad. [Documento de Internet]. Publicado en el Blog de la Escuela Lacaniana
de Psicoanálisis (ELP). Disponible en: http://www.blogelp.com/?blog=1&page=1&disp=posts&paged=2
3
Cfr. Puig, Montse, ¿Hablamos de desadaptación cuando decimos desinserción? [Documento de Internet]. Publicado en el
Blog de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP). Disponible en
:http://www.blogelp.com/index.php/2009/06/04/ihablamos_de_desadaptacion_cuando_decimo
4
Cfr. Miller, J-A., “El carnaval de los miedos”. [Documento de Internet]. Publicado en el Blog de la Asociación Mundial
de Psicoanálisis (AMP).Disponible en: http://ampblog2006.blogspot.com/
como desorden o trastorno), pues ello remite directamente a la idea de que existe un orden ideal
supuesto, en el que cada objeto -o ser humano-, estaría o debería estar colocado en un lugar que le
corresponde, siendo el trastorno, la perturbación de dicho orden. Tener esto en cuenta, contribuye a
esclarecer el planteamiento desarrollado por Miller en su texto “Salud mental y orden público”,5 en
el que, para llegar a establecer y justificar que “el psicoanálisis no se trata de salud mental”, parte de
afirmar que “no hay un criterio más evidente de la pérdida de la salud mental que la que se pone de
manifiesto en la perturbación de ese orden”.

ADAPTACION, ORDEN Y SALUD MENTAL

¿Cómo se llegó a un concepto de salud mental como el actual, ligado al orden público y a la
noción de adaptación?
Esto es algo que está íntimamente relacionado con factores a los que responde la evolución
del mencionado manual de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana.
Hacia mediados del siglo XX, luego del final de la II guerra mundial, la diversidad de las
doctrinas psiquiátricas y los desacuerdos en relación con la causalidad de las enfermedades,
llevaban, según las autoridades que regulaban el ejercicio y desarrollo de la psiquiatría, a
dificultades para obtener diagnósticos confiables y válidos, y procurando que estos no estuvieran
determinados por las concepciones teóricas del profesional que atendía al paciente. Esta dificultad
en cuanto a la uniformidad del diagnóstico generaba que la psiquiatría no pudiera incluirse en el
campo de las disciplinas médicas, en un momento en el que el empuje cientificista, de la mano de
los progresos en el conocimiento de la biología molecular y la genética, aumentaba.
El primer DSM aparece hacia 1950, como una propuesta que pretende reunir segmentos y
organizar un panorama que la psiquiatría consideraba confuso. Es aquel un momento en el que,
antes de la aparición de muchos de los medicamentos psicotrópicos que hemos conocido y
conocemos hoy en día, todavía es posible constatar la influencia (así fuera modificada y matizada)
del psicoanálisis en la psiquiatría. En aquel entonces se consideraba, en consecuencia, que para
entender la etiología de las llamadas “enfermedades mentales”, la noción de “reacción de la
personalidad a factores psicológicos, sociales o biológicos” es central, y más importante que las
determinaciones genéticas, constitucionales o metabólicas.
Poco a poco, y es algo que se marca de manera dramática con la publicación, en 1980, del
DSM III, y que se extrema más aún, con el DSM-IV -que apareció en 1994-, empieza a proliferar
la descripción psiquiátrica de comportamientos sociales, lo cual lleva a que la pretensión de
unificación en torno al diagnóstico, que permitiría separar de manera nítida lo normal y lo
patológico, se confunde, y el síntoma invade las normas del campo social. A mediados de los años
70, antes de la publicación del DSM-III, se hicieron muchas críticas, y esto presionó que este
manual se adaptara a los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su
Clasificación Internacional de las Enfermedades (CIE).
Los DSM establecen entonces una descripción y clasificación únicas, que pretenden
incorporar los avances del conocimiento médico al campo de la psiquiatría y la salud mental,
gracias a una actualización periódica (Por eso aparecieron las versiones revisadas, y es lo que nos
garantiza que habrá un DSM V el próximo año). Esta nosología pretende, como objetivo, lograr
constantes a partir de convertir en paradigma la repetición de las variables.
A partir de la aparición del DSM III, se adopta un modelo sindromático (las
manifestaciones típicas se agrupan y constituyen síndromes), que no se preocupa por el problema
del origen del padecimiento. Las definiciones que propone, pretenden entonces partir de los hechos
observables en un momento dado o en un período de tiempo delimitado, y sus conclusiones se
limitan a enunciar, por ejemplo, si alguien “tiene” o “no tiene” esquizofrenia, un Desorden
5
Miller, J-A., Salud mental y orden público. En: Pharmakon, Publicación de grupos e instituciones de toxicomanía y
alcoholismo del campo freudiando. N° 6/7 La Paz: Plural, 1997/8. Págs. 91-101
Depresivo Importante (Major) o un Desorden por Déficit de Atención, sin que quede lugar para la
construcción de supuestos o hipótesis. Presentar algunos de los trastornos o manifestaciones
clasificados, (presentar 5 o 7 características de un listado y cumplir una condición de temporalidad)
será suficiente para clasificar a la persona que los padece.
La noción de “disorder” se impone, y con ella se va filtrando el pensamiento de que se trata
de entidades naturales, cuya causa podrá ser conocida en algún momento.
Este movimiento señala el paso de lo que históricamente se consideró “el arte de curar”, a
una supuesta “ciencia de curar”, completamente impregnada por el desarrollo de las neurociencias,
empeñadas en el esfuerzo de establecer las bases biológicas tanto de la más simple de las funciones
psíquicas como de complejos procesos sociales
Así, se ha pretendido la capacidad de llegar a establecer y clasificar el componente
bioquímico o neuronal de las diferentes estructuras cerebrales, que estarían entonces listas para la
acción del psicofármaco. La capacidad de estos para controlar y regularizar el funcionamiento de
los sistemas neurotransmisores, los convirtió en los agentes ideales de los cambios psíquicos.6
En consecuencia, si se cuenta con la clasificación de los trastornos y se ha establecido -o
pretendido establecer-, el desequilibrio neuroquímico que supone cada uno de ellos, una vez que se
hace el diagnóstico lo que sigue, por lógica, es la prescripción del fármaco. La efectiva desaparición
de lo que se consideran los signos del trastorno, el silenciamiento de los síntomas, la recuperación
de la salud mental, bastará para confirmar la validez del diagnóstico.
Se constata, además, que esta obediencia de la psiquiatría a la los dictados de la medicina
científica, es compartida por una gran variedad de psicologías, y de manera especial, por las terapias
cognitivo-comportamentales.

PSICOANALISIS, MALESTAR Y SUBJETIVIDAD

F. Leguil señala el doble rechazo del sujeto que todo este enfoque supone: del lado del
paciente (relegado a ser apenas un depositario de alguno o algunos trastornos clasificados. Pueden
ser varios, en tanto el modelo, al ignorar la noción de estructura, impone la necesidad de considerar
la “comorbilidad”), la subjetividad no tiene ningún lugar en estos listados; y del lado del clínico,
que ya no merece el nombre de tal, pues al limitarse a actuar de acuerdo con la clasificación, se
excluye de su acto propio.
No deja de ser un signo de los tiempos, el que se vea la necesidad de promover un
“Manifiesto: A favor de la subjetividad”, que dice en uno de sus apartes: “La defensa de la
dimensión subjetiva implica una confianza en las invenciones, recursos siempre singulares, que en
cada persona se ponen en juego para tratar aquello que en él mismo se revela como insoportable,
extraño a sí mismo, pero sin embargo tan familiar. Confiar en el sujeto es confiar en sus respuestas
posibles, que si bien pueden ser cuestionadas y elaboradas, nunca pueden ser ignoradas”.7

6
Llega a tal extremo la cuestión en este aspecto, que Claudio Godoy, en su texto sobre “Tristeza y depresión”, y en
referencia al problema de la depresión planteado en la perspectiva del DSM y del tratamiento psicofarmacológico y la
imposición de estos como forma exclusiva de tratamiento, señala lo siguiente “ha sido muy interesante cómo irrumpieron
en el escenario terapéutico cierto tipo de fármacos. Uno de ellos, que ha suscitado toda una serie de debates desde fines de
la década de los ´80s cuando fue introducido en el mercado, es la Fluoxetina (cuya presentción comercial original se
conoce como Prozac). Este medicamento fue saludado como una especie de nueva panacea, como un antidepresivo de
última generación que venía a ofertar sus bondades a la masa de deprimidos. Un psiquiatra norteamericano llamado Peter
Kramer, nos comenta Godoy, llevó las cosas aún más lejos al introducir una perspectiva que denominó
“psicofarmacología cosmética”. Esto tiene su importancia ya que el planteo del que parte es que hasta ahora la psiquiatría
se había mantenido en el intento de medicar cierto tipo de síntomas considerados clásicamente como patológicos. Pero
justamente lo que él propone es la posibilidad de que la psiquiatría diera un paso que en el campo de la medicina ya había
sido franqueado por la cirugía. Me refiero a cuando la intervención quirúrgica dejó de apuntar meramente a la curación de
una enfermedad y pasó a apuntar también a una finalidad estética.
Para el psicoanálisis, “el sujeto no es idéntico al individuo, como no es idéntico al hombre
neuronal ni al sujeto cognoscente que en efecto somos. El inclasificable sujeto del psicoanálisis está
más allá de todos los cálculos científicos. La ciencia no tiene nada que hacer con el chiste, la duda,
los celos, el miedo. Mucho menos con la angustia”.8
Pero si el DSM se ha convertido en el sistema de clasificación y cuantificación que regula
muchas de las políticas de salud mental, es porque existe en la época un consentimiento a la
ideología que los sostiene. El sujeto contemporáneo, es “el hombre sin atributos” que caracteriza y
describe Robert Musil en su obra. Miller señala que el agalma de esta novela es situar en ese “sin
cualidades”, “sin atributos”, al hombre cuantitativo, que acepta entrar en listas y cuadros que lo
clasifican y lo cuantifican.9 De alguna manera, ser clasificado, incluido en una categoría, aporta un
cierto atributo. Digamos que el DSM-IV le viene a ese hombre sin atributos como anillo al dedo. Es
un sistema que sirve para colectivizar a los individuos reuniéndolos en grupos, y que además los
aísla y des-responsabiliza de las determinaciones singulares de la propia subjetividad, en tanto
aduce una causa orgánica. Pero sobre todo, pone como tapón los atributos del trastorno, allí donde
Musil señala un agujero.
Miller afirma en este texto, que estos “atributos del trastorno” constituyen un “real de
semblante” y explica que no se trata del real del psicoanálisis. Ese real del psicoanálisis es el que
hace obstáculo a la adaptación, porque el goce muestra la disarmonía, los disfuncionamientos, que
son los equivalentes de la desadaptación. Este “real de semblante”, busca dominar el goce por el
saber (lo cognitivo-conductual), aparte de la idea ingenua de que si el sujeto está informado sobre
los trastornos, puede ordenarse y volver a entrar en el orden, no estar más por fuera -en el
“disorder”-, volver a ser objeto de control social, silenciar sus síntomas.
Esta lógica se ilustra con claridad en la situación de una persona que, bajo la presión de un
familiar que considera indicado que consulte con un psicoanalista, pues vive una clara situación de
angustia, acepta llamarme. Me explica con claridad que considera necesario, en principio, una
consulta con un psiquiatra, para tener un diagnóstico preciso de su situación y poder, con ello,
decidir que tipo de tratamiento requiere.
No es infrecuente que en las entrevistas iniciales seamos interrogados por ¿Cómo se llama
lo que yo tengo? El saber académico sobre el trastorno, la categoría clasificatoria que viene del
Otro, no tienen nada que ver con la subjetivación, pero si con la obediencia al orden establecido.
Más bien, podríamos decir que hace obstáculo a la subjetivación, en tanto coagula la posición del
sujeto en la atadura al significante que pretende designar su sufrimiento. Esta lógica toma además la
información tipo Google (y, como dice Miller, Google siempre responde. O casi siempre, porque
los servidores también fallan), como equivalente del saber, aunque lo que garantizan, precisamente,
es la posibilidad de no saber, al ofrecer el espejismo de que ya se sabe. En vez de un “saber hacer”
que surge de nombrar el goce que es el núcleo del sinthome y de la invención singular de una forma
de arreglo con eso incurable e imposible de soportar que (des)inserta al sujeto del Otro y lo vuelve
incomparable, esta lógica lo que se busca es la adaptación, la inserción en el Otro, la identificación
al ideal de la salud mental. La evaluación de esa adaptación con base en los estándares que
pretenden definir lo que es un desorden o trastorno, es lo que define el criterio esencial de la salud

7
Cfr. Manifiesto: A favor de la subjetividad. [Documento de Internet]. Publicado en el Blog de la Escuela Lacaniana de
Psicoanálisis (ELP). Disponible en: http://www.blogelp.com/
8
Colegio epistemológico y experimental (ICBA), El arte del diagnóstico. [Documento de Internet]. Publicado en la web
de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Disponible en: http://www.wapol.org/es/psicoytera/Template.asp?
intTipoPagina=2&intEdicion=2&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=142&intIdiomaArticulo=1&intIdiomaNavegacion
=1
9
Cfr. Miller, J-A., La era del hombre sin atributos. En: Virtualia, Revista digital de la Escuela de la Orientación
Lacaniana (EOL), Vol V, N° 15, Julio/Agosto 2006. Disponible en: http://www.eol.org.ar/virtualia/015/default.asp?
destacados/miller.html
mental. Tiene aquí toda la pertinencia y la lógica, el hecho, ya señalado, de que Miller afirme que la
salud mental es el orden público.
Miller esclarece por qué este “hombre sin atributos” opta por la salud mental: porque es “el
ideal de un sujeto para el que lo real cesaría de ser insoportable”. De allí que sea proclive a
nombrarse con estos “semblantes de real” que le vienen del Otro, y que lo insertan a él, nombrando
su disfuncionamiento, su desadaptación, su desinserción. Es un papel con el que se participa en el
teatro del mundo, como decía Shakespeare. Con la diferencia esencial de que al ser un papel y una
participación que no están mediados por el arte, sino por la tecnología y la ciencia, constituyen
papeles estandarizados que nombran a colectividades. Con la instauración de esos papeles, el teatro
del mundo cambia adquiere la característica de ser un teatro del horror, donde al caer la máscara
queda lo real, sin cubrimiento, el imperativo a gozar que es propio del capitalismo tardío, la
identificación al consumo, a la adicción.
Al renunciar a la posición de sujeto y situarse como objeto, desprovisto de los propios
semblantes con los que ha tratado su goce, esa máquina se vuelve moldeable y manejable. Para
alguien en esa posición, es más económico psíquicamente “ser” un “Trastorno Obsesivo
Compulsivo - TOC”, o un “Trastorno Afectivo Bipolar - TAB”, o un “Trastorno Disocial
Oposicionista Desafiante”. Un militante más de la sociedad del riesgo, sociedad generada por la
técnica, donde ser una cifra estadística y ser parte de una clasificación, hacen posible las políticas de
prevención sanitaria que diagnostican incluso antes de que se presente la enfermedad.
Lacan, sabemos, rescato, redefinió y puso en circulación algo que se constituyó en un
nombre nuevo: sinthome. Y lo hizo cuando en la sociedad, al impulso de los sistemas clasificatorios
y la ideología que hemos señalado, ganaba terreno el uso del significante depresión. El sinthome,
nombre nuevo que el psicoanálisis le aporta a la contemporaneidad, señala la distancia que separa al
nominalismo de la nominación. El quinto encuentro europeo de psicoanálisis, Pipol V, convocado
recientemente para reunirse en Bruselas en 2011, ha sido propuesto justamente bajo el tema: “Ser
nombrado…. Consecuencias psicoanalíticas de la nominación” ya que, afirmó Miller, “Ser
nombrado da a la desinserción su contrapunto”.10
No es lo mismo que el malestar sea ahogado, silenciado, por los nombres de trastorno que
se producen, se multiplican y se hacen circular para diagnosticar al individuo, sin implicar al sujeto,
que el llamado hecho al sujeto del malestar, para que sea posible que lo simbólico, por medio de la
palabra, toque lo real y pueda cernir su nombre de goce, como lo más singular.
Miller indica, en el texto Hacia Pipol 4: “Hoy día, un lugar de escucha es un sitio en el que
un sujeto es invitado a desahogarse sin medida. Se dice que la puesta en palabras alivia. Un Lugar
Alfa es un lugar de respuesta, un lugar en el que el parloteo toma forma de pregunta y la pregunta
misma gira hacia la respuesta. No hay Lugar Alfa sino a condición de que, por la operación del
analista, el parloteo se revele como conteniendo un tesoro, el tesoro de un sentido otro que valga
como respuesta, es decir como saber llamado inconsciente”.11

PSICOANALISIS Y SALUD MENTAL

Si, de acuerdo con lo establecido por Lacan, la creencia en el síntoma es la creencia en el


síntoma en tanto éste puede hablar, es porque la función de lo simbólico no es la de ordenar el
mundo, no está al servicio de una pretendida adaptación, sino que sirva al principio: allí donde ello
habla, ello goza. Y es posible acotar, con Eric Laurent: “El sínthoma es un real para el psicoanálisis,
que no obedece a ninguna ley y es lo que obstaculiza que el ser hablante sea arreglado”.12

10
Cfr. Ecos de PIPOL IV. [Documento de Internet]. Publicado en Nodvs, L’aperiodic virtual de la secció clínica de
Barcelona. Disponible en: www.scb-icf.net/nodus/316ResenaPipol4.htm
11
Miller, J-A., Hacia PIPOL 4. [Documento de Internet]. Publicado en la web de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis
(ELP). Disponible en: www.elp-debates.com/e-textos/haciaPipol4_Miller.prn.pdf
Este modo de creer en el síntoma es la respuesta del psicoanálisis a lo que del nominalismo
contemporáneo, plasmado en propuestas como la del DSM, le concierne.
El psicoanálisis, afirma Miller, a diferencia de la salud mental “es un tratamiento que se
dirige al sujeto de pleno derecho”.13 Y pone en relación con ello el tema de la responsabilidad. Por
eso, nos dice, el psicoanálisis: “Se ha hecho cargo no del uno por uno de la enumeración, sino de la
restitución de lo único en su singularidad, en lo incomparable”.14 Eso único en su singularidad,
aquello en lo que el sujeto es incomparable, es el síntoma. En relación con esto es posible ubicar
dos políticas del síntoma, de las que hablaba E. Laurent en Ornicar? Digital Nº 224: la política
comunitarista del síntoma, en la que los síntomas sociales que son clasificados como trastornos y
que propone agrupamientos monosintomáticos como lugares de identificación, frente al autismo
creciente del goce que produce la sociedad de consumo y a la angustia generalizada, y la política del
síntoma de la orientación lacaniana, que va en sentido contrario a la identificación, hacia el síntoma
fundamental del sujeto, al síntoma analítico.
Gracias al síntoma nos desadaptamos, pero con el síntoma inventamos un nuevo lazo con el
Otro. El psicoanálisis mismo es un nuevo lazo social inédito, que es inverso a la dirección que traza
la cultura contemporánea. Dice Mauricio Tarrab “mientras la cultura contemporánea escapa del
sentido de la mano de la tecnología, de la ciencia, de la elucidación genética de los
comportamientos, la medicalización de la vida para suprimir el sufrimiento, o busca el Otro del
sentido en los retornos religiosos para colmar el vacío de la subjetividad, el psicoanálisis muestra en
su práctica como el sentido mismo es el que se escapa y el sujeto debe vérselas con ese agujero de
sentido que lo habita”.15. El lazo social deriva de que cada uno le de un tratamiento distinto a su
relación con ese agujero que lo habita, que es el agujero de la relación sexual, de allí que todo
vínculo social sea ineludiblemente sintomático.
Para la salud mental, el sinthoma es un trastorno mental que habría que dominar, silenciar
con el saber y los ideales para la inserción del individuo, para su adaptación; para el psicoanálisis en
cambio es el disfuncionamiento, el disorder, la desadaptación, el punto de (des)inserción del Otro, a
la cual se identifica el sujeto. Es por eso que en su intervención en Pipol 4, Jacques Alain Miller
distinguió la salvación por los desechos, de la salvación por los ideales.
La identificación y los ideales como solución, desconocen al real en juego en el sínthoma,
por el cual cada ser hablante encontró una solución absolutamente singular que constituye su forma
de arreglo con el goce. El recorrido de un análisis, por el contrario, es una experiencia de lo real, de
las marcas que cifraron lo imposible e inventaron allí una solución, ante la ausencia de reglas.
Finalizo con una frase de Miller en el cierre de PIPOL 3. Luego de señalar que hay una
clínica, en tanto tenemos como psicoanalistas cosas que decir y que ordenar en lo que tiene que ver
con la desinserción, y que hay una pragmática el psicoanálisis es una experiencia de lo real que está
no en la dirección de la adaptación, sino en el orden de “saber-hacer-con”, del “arreglarselas con”,
Miller plantea: “La misión que tenemos en este mundo es la de reconocer y elucidar la diversidad
humana, la diversidad de los modos-de-goce de la especie. Eso supone restablecer el espíritu del
psicoanálisis en sus comienzos, cuando los psicoanalistas aún sabían sacrificar al psicoanálisis los
semblantes de la respetabilidad. El psicoanálisis sabía entonces que, para ser completamente
riguroso, le hacía falta ser un poco extravagante”.16

12
Laurent, E., Blog-Notes: Psicopatía de la evaluación. En: Blog-Note del síntoma. Buenos Aires: Tres Haches, 2006.
Pág. 136
13
Cfr. Miller, J-A., La era del hombre sin atributos. En: Virtualia, Revista digital de la Escuela de la Orientación
Lacaniana (EOL), Vol V, N° 15, Julio/Agosto 2006. Disponible en: http://www.eol.org.ar/virtualia/015/default.asp?
destacados/miller.html
14
Idem
15
Tarrab Mauricio. La fuga del sentido y la práctica analítica. Buenos Aires: Grama Ediciones, 2008.
16
Miller, J-A., Hacia PIPOL 4. [Documento de Internet] Publicado en la web de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis
(ELP). Disponible en: www.elp-debates.com/e-textos/haciaPipol4_Miller.prn.pdf
Ruiz L., Adolfo
"Adaptación-Inadaptación". 1.ed. Medellín: 2010. pp. 33-44
En: Ruiz L., Adolfo. El silencio de los síntomas: la salud mental. Serie Cursos Introductorios No. 3.
Ed. NEL-Medellín,
Octubre de 2010. 145 p.

El Directorio de la NEL-Medellín, Adolfo Ruiz L. Editor y compilador del libro y el autor,


autorizan la difusión virtual de este texto.