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El Rey Enano

Francisco J. López Abia

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© 2008 Bubok Publishing S.L.
1ª edición
ISBN:
DL:
Impreso en España / Printed in Spain
Impreso por Bubok

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A mis amados Cristina, Abril y Rodrigo.

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ÍNDICE
PRÓLOGO…………………………………...….. 9

PARTE I. EL REINO.

EL ROBO DEL TRONO……………………….. 10

ALEJANDRO…………………………………… 19

LOS CINCO PUEBLOS……………………….. 25

KABÁN………………………………………….. 31

INFINITAS BATALLAS……………………….. 36

EL HIJO DEL REY…………………………….. 40

AL OTRO LADO DEL RÍO……………………. 45

LOS DOS REYES……………………………… 50

UN SOLO PUEBLO……………………………. 63

EL EJERCITO INVISIBLE…………………….. 68

LA CAJA………………………………………… 74

PARTE II. NUESTROS DÍAS.

SOPHIE………………………………………….. 80

LA PESADA CAJA…………………………….. 94

KABÁN Y SOPHIE…………………………….. 99

SÁBADO……………………………………….. 109

DOMINGO……………………………………… 114

GEOGRAFÍA E HISTORIA…………………. 115

MADE IN………………………………………. 122


7
¡VIVA EL REY!..................................................... 129

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PRÓLOGO

En el Reino sin sangre al Rey lo elegía el pueblo; y


abdicaba, cuando el cansancio de los años le
impedía servir a sus vecinos. Su prole no era
heredera de ningún ego de oro; y de nuevo, el dedo
del pueblo volvía a colocar la corona.

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PARTE I. EL REINO

EL ROBO DEL TRONO

Hacía horas que una leve oscuridad había caído


sobre la plaza; la luz de una luna llena y vertical
avergonzaba a los candiles bailones, soplados por
una brisa casi veraniega. Los más pequeños
descansaban junto a sus jóvenes madres; y el
pueblo, esperaba ansioso la función del bufón del
Reino.
Como cada año se despedía a la primavera y se
saludaba al verano. Las volteretas, las canciones y
las muecas del enano eran el postre de la fiesta, el
relamido final de la velada.
En un Reino sin soldados, los niños soñaban con ser
Bufones o Reyes; y en sus juguetonas manos no se
blandían espadas, sino manzanas malabares.
La plaza principal, alrededor de dónde se gestaba la
vida social del reino, se engalanaba con adornos
caseros. Las calles eran riadas de platos humeantes,
y el vino, la sangre de los hombres. Todos sacaban
sus mesas para compartir la alegría de la vida y la
música tapaba el canto nocturno de las estrellas.
Sobre un escenario de madera, soportado en
horizontal sobre dos carretas viejas de ruedas
masticadas por los caminos, se situaba el trono del
Rey. Un anciano cansado por el tiempo; al que a esas
horas, un estómago a rebosar y el aroma del vino le
cerraban los ojos.
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Su pelo blanco y largo, se fundía con una espesa
barba del mismo color. Sobre su cabeza descansaba
una corona que usaba una vez al año. Al igual que el
adorno coronario; aquel día, era el único en el que el
Rey usaba capa. Una capa de color rojo, bordada con
hilos dorados. Una capa que se había puesto encima,
antes que él, mucha gente...
El Rey se sentía ya mayor, cansado, incapaz de
servir a su pueblo. Así se lo hizo saber a sus vecinos
antes del comienzo de la parte final y burlona de la
fiesta.
Se puso en pie y con dificultad se dirigió a la plaza,
pidiendo silencio con los brazos extendidos y las
manos alzadas.
-Amados amigos. El tiempo no se ha olvidado de mí,
no he podido escapar del paso de los años. Cada vez
me es más difícil ser vuestra tercera mano, la ayuda
del pueblo. Creo que va siendo hora de que por
vuestras cabezas pase un nuevo nombre. Mañana,
deberéis elegir nuevo Rey o Reina y permitirme
descansar. Serviros –proseguía el Rey-ha sido lo
mejor que me ha pasado y debo ceder el honor y
sentido de una existencia tan placentera a otro.
Un suspiro de pena casi apaga los candiles. Había
sido un Rey siempre a mano. En aquel Reino y en
aquel tiempo, al monarca se le usaba para hacer
favores, era el siervo del pueblo a cambio de una
sonrisa y una mano que olvidaba rápidamente.
--Lo importante no es el Rey, sino el Reino. ¡Qué siga
la fiesta! –gritó el anciano monarca, que enseguida
volvió a sentarse en el trono de todos.
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Al otro lado del escenario apareció el bufón.
Simulando estar cabalgando sobre un caballo
invisible. Al llegar a la mitad de la tabla, el caballo lo
tiró de espaldas. El pueblo rió.
A la gente se le apagó la pena y los niños que no
dormían comenzaron a chillar.
Rápidamente se puso en pie y pidió el primer
aplauso.
La plaza rompió en vítores y gritos. Los chavales
imitaban al enano y los hombres y mujeres del
público, seguían emborrachando sus venas.
-¡Tengo hambre! – gritó el bufón. – ¿Algún alma
caritativa podría darme de comer?
Una tormenta de frutas y gritos descargó sobre el
bufón. El enano esquivó ágilmente todas las piezas y
se burló de la puntería del pueblo. Se agachó y
recogió un par de naranjas y dos manzanas. El resto
se lo devolvió al público con mejor puntería.
Ahora reía el enano.
Dio comienzo a su número malabarista de manzanas
y naranjas al acorde de la música. Las bocas
sorprendidas se mezclaban con las bocas que
bostezaban. Empezó a entonar una canción burlona
que exageraba la nariz y las nalgas del Rey sin parar
de mover las manos al aire, haciendo círculos que
dibujaban en el aire, el movimiento de las cuatro
frutas. Mujeres, niños y hombres repetían sin pudor
el estribillo y el vino era escupido por la risa.
La luna se escapaba tras las montañas, la luz de los
candiles parecía más fuerte y los animales cercanos
parecían curiosear la fiesta.
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Canciones, tropiezos y burlas. El número del bufón
se sucedía alegremente. Las jarras chocaban al aire,
todos entrelazaban sus brazos y entonaban canticos,
mientras se movían de izquierda a derecha y de
derecha a izquierda.
El bufón pidió silencio. El pueblo calló. Se situó al
borde del escenario, frente al Rey, al otro lado. El
pueblo estaba expectante. Los más pequeños sabían
que cogería carrerilla para darse impulso con las
manos, y tras una voltereta, dar dos volteretas más
en el aire y caer de pie. Era el número más difícil del
bufón y los niños admiraban aquella agilidad del
vecino al que podían mirar a los ojos. Arrancó sus
pasos para coger carrerilla y al tercero, en lugar de
impulsarse, resbaló involuntariamente por culpa de
una manzana olvidada sobre el escenario.
Parecía que el número le había salido al revés. Dio
un espaldarazo y dos medias vueltas para acabar
con la cara aplastada contra el suelo.
El tropiezo fue soberbio, pero el pueblo rió como si el
enano hubiese fingido una caída. Las risas llenaban
las bocas y ninguna mano en la plaza se tendía
hacia el bufón. Había sorprendido a todos haciendo
algo distinto. El pueblo reía, el Rey reía; y el bufón
tenía doloridos, el costado, la nariz y el alma.
Aupó levemente la vista el bufón desde los tablones.
Todos seguían carcajeándose. Nadie miraba hacia el
pequeño brazo que pedía ayuda. Se levantó él sólo.
Con la boca apretada y los puños cerrados, sintió
vergüenza y odio al Reino. Observaba callado el
humillante sonido de la plaza. Tragaba saliva y
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grababa esos rostros en la parte mala de su corazón.
Se giró hacia el monarca y vio como apenas se
aguantaba en pie. Apretó los puños hasta temblarle
el cuerpo de ira. La risa había levantado al Rey del
trono y ahora lo tumbaba al suelo.
La corona rodó hasta los pies del bufón. De repente
un silencio, profundo y seco, llenó la noche. Todos
los ojos miraban al Rey tirado sobre el escenario, a la
corona y a las manos inertes del bufón.
Sobre el suelo del escenario tosía el anciano
monarca que a duras penas intentaba incorporarse
por sí mismo.
Estiró una mano el bufón, el pueblo pensó que para
ayudar al anciano, y agarró la corona. El Rey seguía
en el suelo. El enano se quitó con rabia su sombrero
cascabelero y lo lanzó al público. Se puso la corona y
con dos pasos más llegó hasta la cabeza del Rey.
Todo el pueblo miraba en silencio, quieto y
expectante. Levantó el bufón la pierna y la apoyó
sobre la boca del monarca, impidiéndole abrirla.
Solemne, erguido, se dirigió el pequeño hombre a
sus vecinos.
- ¡Ya tenéis nuevo Rey! –gritó bajo la estrellada
noche.
Sus vecinos empezaron a mirarse los unos a los
otros. El vino posado sobre las cabezas no les dejaba
asimilar y enfocar las palabras del enano. Alguno
reía y muchos buscaban a alguien que les dijese qué
hacer. Las cabezas eran un continuo ir y venir. No
parecían aceptar muy bien aquella imposición de
corona, pero nadie movía un pie. Algunas mujeres y
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hombres amagaban hacer algo sobre sus pasos;
pero jamás nadie había tenido que defender nada, ni
que luchar por cambiar algo.
El Rey Enano sentía el nervio del pueblo sobre su
corona. Mientras, se iba poniendo la capa de Rey y
despojándose de sus ropas de bufón, sin levantar el
pie de la boca del antiguo monarca.
El pueblo murmuraba cada vez más alto, el nuevo
Rey se dirigió para calmar el pecho de su público.
- ¡Escuchadme! ¡Mañana habrá otra fiesta!
Una pausa larga devolvió el ritmo a los corazones.
Entonces, el grito y los vítores de los niños por la
promesa auparon el ego del enano. Después, lo
hicieron los mayores.
El Rey tumbado cerró los ojos de pena.
-Iros a dormir tranquilos, el Reino es lo importante. –
despidió el antiguo bufón la velada.
El cansancio, el vino y la fiesta de mañana hicieron
el resto sobre las cabezas del pueblo. Cuando todos
se marcharon, soltó el bufón la boca del Rey.
- ¿Qué haces bufón? – le preguntó el monarca con la
voz entrecortada.
-No soy un bufón. Soy tu Rey.
- ¡Tú no eres Rey de nadie, nadie te ha elegido! –
respondió el viejo.
-Yo he elegido al pueblo y me he elegido a mí. Ahora
calla. Vas a despertar al pueblo.
Amordazó el enano al antiguo Rey con sus ropas de
bufón tiradas sobre el escenario. Lo arrastró hacia el
río, cruzando el bosque y una extensa llanura, y lo
dejó caer a la corriente oscura. Apenas unos metros
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más abajo lo perdió de vista. Era una noche
preciosa, poco iluminada por la luna ya escondida
tras el cerro lejano y con un manto repleto de
estrellas. De fondo, el susurro del agua gritando al
sentido del oído. Pero el ego lamido del enano era
más alto que toda aquella belleza. No oía otra cosa
que no fuese:
-¡Soy el Rey, soy el Rey!
Volvió sobre sus pasos a la plaza y trasladó su vida
al Palacio de todos. Se pasó la noche dibujando su
cara, corona en la cabeza, sobre telas blancas.
Antes de que el gallo más madrugador cantase,
adornó la plaza y calles con los estandartes
pintados.
Se levantó el pueblo a sus tareas y a su hambre,
mas tarde de lo habitual.
Poco a poco se fueron arremolinando frente al
Palacio del Rey Enano. Y cuando se llenó la plaza, se
dirigió a ellos.
- ¡Amado pueblo! El viejo Rey se ha ido. Anoche, le
devolví la corona y tras ayudarle a levantarse me
dijo: “Amigo, ha llegado mi hora. Quiero morir solo,
despídeme del pueblo. Serás un gran Rey”. Después
me puso la corona sobre la cabeza.
El bufón dejó un silencio y el pueblo murmuró.
-Pero a un Rey lo debe elegir el pueblo. Aquí dejo la
corona del pueblo. ¡Qué decida el pueblo! –dijo.
El enano levantó la corona y la ofreció levantándola
por encima de su cabeza. Después la dejó en el
suelo y cogió cuatro manzanas que puso a dar
vueltas en el aire, mientras el pueblo pensaba.
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El Enano dejó un breve espacio de silencio y se
dirigió de nuevo a sus vecinos.
- ¿Quién me elige como Rey? – preguntó.
Las palabras dejadas por el viejo Rey en la boca del
Enano, los estandartes que adornaban la calle, las
manzanas haciendo reír a los niños y en la cabeza
rondando la fiesta prometida, hizo campaña…
- ¡Viva el Rey! –gritó la plaza.
El Enano recogió la corona, estiro los brazos hacia el
pueblo y después los encogió hacia su cabeza
colocándose el dorado adorno.
-El pueblo me ha elegido. –dijo en voz baja,
dirigiéndose al Rey ahogado.
El Rey Enano observaba a su pueblo.
-¡Preparaos para la fiesta! La primera de muchas
fiestas. –les gritó.
Los primeros calores se dejaban caer al suelo; el
pueblo se encaminó a la rutina del campo y la
cabeza se calentaba, pensando en el vino nocturno.
Al caer el ocaso se adornó la plaza de música. La
comida volvió a poblar las mesas y la bebida era
más extensa que la palabra. Todo el mundo había
olvidado al Rey de ayer; y el futuro prometido,
henchía el gozo de los pechos.
De reojo, el Rey Enano planeaba otro destino para
las almas que bailaban.
El vino cayó sobre el vino. El nuevo bufón hacía reír
por calamitoso. Y su mejor número, era caerse. Su
dote artística con los malabares no llegaba a tres
manzanas. Un bufón de tropiezos, caídas y
canciones repetidas. Pero al pueblo le bastaba eso y
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el líquido de la uva, no tenían la cabeza para ir más
allá de eso.
Acabó la fiesta y dejó el enano dormir al pueblo.
Al día siguiente ya habían adoptado al antiguo bufón
como tercera mano. Para pedir ayuda, para solicitar
consejo, para amarlo…
El Rey enano dejó la vida pasar. Los primeros días se
volcó en ayudar a sus vecinos. Con el tiempo y con
amabilidad, fue excusándose de sus labores y fue
espaciando su presencia ante el pueblo. Gracias al
paso de los días, a las fiestas continuadas y a la
tarea diaria, se olvidó el pueblo de para qué servía
un Rey...
Los niños jugaban por las calles a sus juegos
infantiles. Los pájaros cantaban y el Reino perdía su
alma.
Y el Rey empezó a vivir de los favores del pueblo.
Hasta aquellos días, todas las construcciones tenían
una altura similar, incluida la residencia real. Nada
diferenciaba una casa de un palacio. Ni la piedra que
lo vestía, ni la persona que lo habitaba. Pero el
nuevo Rey, tenía pensado cambiar todo eso, la
apariencia, su diferencia con los no elegidos.
Mandó el Rey Enano construir la primera torre.
Para construirla pidió ayuda al pueblo unos días
antes de una fiesta y después de una noche de vino.
Escogió una a una las piedras que se levantarían
hacia el cielo y enorgulleció el alma de los hombres
que trabajaron en su construcción. Todos querían
poner una mano en el alzamiento de la torre. Ganó a

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los árboles más altos y el enano se hizo con los
mejores horizontes.
Una vez acabada la torre, pasó arriba mucho tiempo.
Aprendió a observar las nubes venideras y vaticinar
la lluvia y el tiempo.
Se dirigía a su pueblo y les avisaba del agua.
-Volved a vuestras casas. He hablado con los Dioses
y me han comunicado que en breve lloverá. –les
decía.
Cuando se descargaba el cielo, se cargaban de
miedo las cabezas. Y quedaba grabado en el alma
del pueblo, la divinidad de aquel pequeño hombre
que hablaba con los Dioses sobre lluvias y vientos.
-El Rey sabe cuándo va a llover. –se decían.
-Está en contacto directo con los Dioses. –se
repetían.
Cada vez que llovía las cabezas se mojaban. El
antiguo Rey, era un Reino ya olvidado.
Vio el Rey Enano que su mejor sirviente era el miedo
y decidió someter para siempre al pueblo.

ALEJANDRO

El Rey Enano había ordenado a su guardia que lo


dejasen pasear solo. Tenía ganas de pensar y cruzar
sus manos a la espalda. Los gallos bostezaban y el
pequeño ser meditabundo se mesaba la barbilla

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deseando que alguna genial ocurrencia, perpetuase
su divinidad terrena e impuesta.
La odiosa luz se le encendió en el cerebro y una
malévola sonrisa le elevó los carrillos. Enseguida se
puso en marcha y corrió hacia el pomo de la puerta
de Alejandro, el herrero del Reino. Aparte de fabricar
herramientas, era el hombre más fuerte y alto del
Reino. Sacaba una cabeza a cualquier vecino, medía
tres bufones de altura. Su cuerpo parecían dos y sus
brazos eran del tamaño de las piernas de cualquier
hombre. Tenía media melena, de color castaño claro
y de rizo abierto. Sus ojos eran verdes y afilados.
Daba la impresión de que siempre estaba prestando
atención a todo. Era reservado, poco hablador y muy
meticuloso en su trabajo. Su fuerza parecía residir en
su silencio.
Abrió despierto y enérgico al Rey. Bajó la cabeza y
posó la rodilla ante su majestad.
- ¿Qué desea, mi señor?
-Alejandro, ven conmigo. Tengo algo importante para
ti.
Alejandro volvió el cuerpo al interior de su casa. Su
mujer y su hijo dormían. Cerró con suavidad y siguió
a trote al caballo del Rey.
Llegaron al palacio y entraron. Alejandro levantaba
la cabeza asombrado. Nunca había visto el interior
de Palacio. Su aportación a la construcción fue la
fabricación de herramientas, veleros y algún adorno
salido de la imaginación del monarca. Allí había
cosas que nadie tenía. Reconoció alguna lámpara

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llena de velas y todo lo metálico nacido de sus
manos. Una especie de orgullo le hinchó el pecho.
-Tu hierro me cobija, amigo Alejandro.
El herrero creció un poco más.
-Siéntate. –le dijo el Rey Enano.
Alejandro se sentó en una silla situada frente al
trono del Rey. Apenas cabía y estaba realmente
incómodo.
-Tienes una misión Alejandro. Es una orden divida,
dictada por los Dioses. Con más valor que tu vida, tu
familia y tu trabajo.
Alejandro abrió los ojos del todo y giró su mejor oído,
ladeando la cabeza para escuchar al Rey Enano.
-Dígame Señor. ¿Cuál es esa misión? –preguntó
ansioso.
-Serás el jefe del primer ejército del Reino.
- ¿Ejército, señor? ¿Qué es un ejército? – dijo
extrañado Alejandro.
-Un ejército es un grupo de hombres que saben que
el Reino es más grande que su propia vida. Un grupo
de hombres que estarían dispuestos a todo por
defender la vida del Reino y del Rey. Un ejército
jamás retrocede, el final es su camino. Y la muerte
del enemigo, su destino.
- ¿Enemigo, Señor?
-Nos atacan, Alejandro. Hay otros Reinos, otros
Reyes… y quieren someternos a sus dominios.
Quieren robar nuestras vidas.
Alejandro jamás había oído hablar de otros Reinos,
nunca había temido las manos de otros hombres…

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-El antiguo Rey os escondió este secreto para que
vuestra vida fuera placentera, sin lucha, sin temores.
Pero se acercan, su aliento está próximo… y el
remedio es defenderse.
Fuera comenzó a llover con fuerza. El Rey señaló el
cielo con su dedo. Alejandro tembló por dentro.
-Usan los cuchillos contra las personas y no contra el
plato. – le susurró el enano como si alguien pudiera
oírles.
- ¡Es horrible mi señor! Yo creo herramientas para
vivir, no para matar.
-Lo sé, amigo… Pero estate tranquilo, los Dioses
están de nuestro lado. Como la lluvia que ahora cae
para hacer crecer nuestras cosechas y nuestros
árboles frutales.
Alejandro se quedó quieto por fuera y agitado por
dentro. Su corazón hervía, sus piernas querían correr
a defender a su familia. El odio empezaba a
germinar y su cabeza se golpeaba contra dos
paredes, el miedo y el odio.
-Deberás reunir a los hombres más fuertes.
Cuéntales lo que te he dicho y provéeles de espadas
y escudos.
- ¿Espadas y escudos, mi Señor? – preguntó
Alejandro.
El enano sacó un pequeño papel que tenía en el
bolsillo y sobre el que había dibujado lo que para él
era una espada y un escudo.
-Una espada es un cuchillo largo. Ellos vendrán a
marcar nuestro pecho con sus armas, pero nuestras
armas serán más largas y así jamás rozarán nuestros
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cuerpos. Y si llegasen, ahí estarán nuestros escudos
para defendernos. – le dijo el Rey Enano.
-Es una gran idea mi señor. Cuchillos más largos,
para llegar antes…
- ¡Ganaremos! Ya te dije que el favor de los Dioses
está con nosotros. Vete, reúne a los mejores
hombres y crea la primera espada del Reino.
El enano sacó un pequeño cuchillo y se hizo un corte
en la palma de la mano. Dejó derramarse la sangre
sobre un vaso y se lo dio a Alejandro.
- ¡Majestad! ¿Qué hago con esto?
-Mete una gota en la empuñadura de cada espada
que hagas. Así estaré con vosotros en la lucha, no
caminaréis solos.
Alejandro miró el dibujo, buscó la empuñadura y
volvió la vista a la Sangre. Afirmó con la cabeza la
orden.
- ¡Así lo haré, majestad! –Se puso en pie, sin esperar
a la señal del Rey para poder retirarse y se fue.
- ¡Alejandro! – lo paró el antiguo bufón en el umbral
de la puerta.
- ¿Sí, mi Rey?
-Coge mi caballo, es tuyo. Ponte esta capa. ¡Eres el
jefe de nuestro ejército! Viste como tal.
Alejandro salió de palacio más fuerte y henchido
que nunca. Galopó hasta su casa y se fue directo a
su taller a pelearse contra el yunque; con la rabia y
la cabeza puesta en aquel enemigo que nunca había
visto.

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-Soy el jefe del ejército. –se repetía a si mismo,
acompasando el pensamiento al golpe de su
martillo. –Soy el jefe del ejército.
A media mañana, con el cielo despejado, el suelo
mojado y los vecinos llenando las calles de vida.
Pasó orgulloso el herrero llevándose todas las
miradas curiosas hacia la primera espada del Reino.
- ¡Soy el jefe del ejército! –les gritó. – Y ésta es la
espada del Rey. Todos los hombres deberéis venir
conmigo a Palacio y de entre vosotros, elegiré a los
mejores para encomendarnos una misión divina.
-Una misión divina... –Se decían los hombres,
siguiendo los pasos a Alejandro. Los niños
caminaban detrás, queriendo ser hombres.
Llegaron a la puerta de Palacio. El Rey Enano hizo
pasar a todos. Alejandro habló ante ellos de
enemigos y sangre con más vehemencia de la que lo
había hecho el bufón.
Los cuerpos se agitaban. Todos querían defender al
Reino. Pertenecer a algo más grande que su propia
vida. Ante la magnitud de la disposición y la
sumisión a la idea, decidió el Rey que todos fueran
ejército. Nadie se quedó fuera, se haría una espada y
un escudo para cada hombre. Todos lucharían.
De entre todos, se eligió a los más fuertes para que
fueran el ejército permanente, el Ejército Real. Eran
los hombres que dormirían bajo el cobijo de Palacio.
Abandonarían sus trabajos, dormirían sin sus
familias; y sus manos, serían la tercera mano del
Rey.

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El resto se fue a casa a entrenarse y seguir haciendo
pan y cuidando ganado, huertos y gallinas.
-A partir de ahora, dormiréis en Palacio. –les dijo el
Enano a los que se quedaron. –Por el día os turnaréis
para acompañar al Rey; el resto del tiempo, podéis
dedicarlo a vuestra familia. No os faltará comida
sobre la mesa, ni bebida por la noche. ¡Tendréis más
vino que nadie!
El ejército se relamió.
Llegó la hora de dormir. El enano había dispuesto
para ellos una enorme sala para hacinarlos juntos.
Cuando la profundidad del sueño, era más alta que
la luz de las velas; se acercó el enano, oído por oído,
a cantarles sus bondades.
-El Rey es grande y sólo a él debe amarse. Lo es
todo –les susurraba en las orejas dormidas.
Alguno lo repetía en sueños y todos lo repetían por
dentro.
Y así lo hizo todas las noches que hizo falta, hasta
que aquellos enormes hombres, quedaron
sepultados a los dominios de un ser que no les
llegaba al ombligo.
Y aquel ejército enseñó la cantinela a sus familias y
al maestro. Tiempo después replicaba en las calles,
en la escuela y en las bocas de las madres. Y los no
nacidos la aprenderían antes que aprender nada,
antes de venir al mundo a llorar.
-El Rey es grande, y sólo a él debe amarse. Lo es
todo.

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LOS CINCO PUEBLOS

El pueblo siguió con su vida estomacal. Hambre,


sueño y cobijo. Los enemigos no aparecían, pero su
aroma siempre pesaba por el espeso aire de la
plaza. La torre del castillo recordaba la grandeza del
Rey Enano y el miedo convivía para siempre en el
corazón de las personas.
Habían pasado demasiadas fiestas, la risa empezaba
a ocupar más espacio que el miedo. Temiendo
perder su poder, el Rey Enano decidió pensar. Y en
un nuevo paseo de manos a la espalda y cabeza
gacha, se le ocurrió una idea para estirar su fuerza,
grandeza y eternidad.
Subió a la torre, cuando más llena estaba la plaza. A
escasas horas de una fiesta de vino, risas y
patosadas. Desde lo más alto del Reino, lanzó un
grito de horror y todo el pueblo alzó la vista al Rey.
Desapareció del balcón y bajó corriendo a poner los
pies en la tierra. El pueblo esperaba temeroso y
ansioso. Los enemigos habían vuelto a rondar por el
pecho.
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- ¡Ya vienen! – gritó a la plaza, desde la plaza.
Las mujeres horrorizadas abrazaron a sus hijos, los
hombres corrieron a por sus espadas. Alejandro y el
ejército se arremolinaron en torno al Rey,
protegiéndolo.
-Tenemos tiempo, están lejos. Debemos pensar,
organizarnos… Haced acopio de víveres y mantas.
Deberemos abandonar esto.
El pueblo negaba la idea. Aquellas piedras eran su
vida. Preferían luchar y defenderse.
- ¡Son miles! –gritó el enano.
El pueblo se asustó.
-Si nos quedamos aquí, no tendremos ninguna
posibilidad. Moriremos todos. Incluso los niños.
- ¿Los niños? – Gritó una mujer - ¿Qué clase de ser
hace daño a un niño?
- ¡Exacto! –exclamo el Rey Enano. - ¡No son
humanos! No tienen alma. La sangre les alimenta,
no entienden de edades. Acabarán con todos.
-Debemos irnos entonces. –replicó la misma mujer.
- ¡Alejandro! –llamó el Rey a su fiel compañero. –
Divide al pueblo. Tendremos que separarnos.
El pueblo lloró.
-Amigos, es la única posibilidad. Eso o morir en el
Reino. Crearemos nuevas casas, nuevas plazas,
nuevos huertos, creceremos… Seremos un Reino
más grande y tendremos más fiestas. Las
multiplicaremos por el número de plazas y palacios.
La visión prometida hizo que el pueblo se olvidara de
la muerte.

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- ¡Deprisa! Coged vuestras pertenencias, llenad los
carros, trasladad vuestras vidas. –gritaba el Rey.
La plaza empezó a moverse. Los carros esperaban a
las puertas para trasladar a los nuevos pueblos.
-Alejandro, ven. –le dijo el Rey Enano apartándole de
todos. – Quiero que en cada nuevo pueblo, nombres
a alguien de tu confianza para que dirija la vida de la
plaza. Después, pon nombre a los pueblos para
diferenciarlos.
Alejandro así lo hizo. Donde nombró a Augusto, lo
llamó Villa Augusta. Y así quedo el Reino dividido en
Villa Augusta, Terra Carles, Comarca de Apiano,
Dámaso y Languedoc.
Los días caían y por allí no aparecía enemigo alguno.
El Rey Enano se quedó en su palacio, con su ejército,
sin vecinos… con el pueblo a un día de camino.
Se levantaron casas, plazas reuniendo a las casas,
un palacio en cada pueblo y un ego en cada palacio.
Ahora los palacios eran castillos. Se inventaron las
murallas.
Para diferenciar unos pueblos de otros, ordenó el Rey
Enano, plantar una fina hilera de pequeños arbustos
que encerrasen a las gentes. Mandó que nadie jamás
saltara los pequeños arbustos.
Colocó cada pueblo a dos días de camino y la puerta
para pasar de un pueblo a otro, estaría en la plaza
original, a los pies del Palacio del enano. Si un vecino
quería ver a un antiguo vecino; debía caminar un día
hasta el Palacio del Rey Enano, pasar por la puerta
hasta la plaza, cruzar la puerta del vecino y caminar
un día para verlo. Así, visitar a alguien que antes
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dormía al lado, se hizo una tarea muy larga. La
pereza hizo el resto.
El Rey siguió viviendo en el primer palacio con el
ejército original. Las casas quedaron vacías y
abandonadas; a excepción de las habitadas por las
mujeres e hijos de los soldados reales.
La vida continuó su corriente normal. El tiempo y los
niños hicieron más grandes los pueblos y los pueblos
se olvidaron unos de otros. Lo cotidiano nació en
cada rincón. Comer, dormir y vigilar el horizonte, era
el día a día.
En cada lugar nació un ejército, un maestro, una
plaza y un corazón.
Y de una vida, nacieron muchas.
Cada poco mandaba el Rey Enano a su ejército para
que no olvidaran los nuevos pueblos que
pertenecían a un Reino más grande que ellos
mismos. Para recordar a los ayudantes del Rey de
cada pueblo quién era el enviado y elegido de los
Dioses. Para mitigar las coronas que se subían a las
cabezas.
También se olvidaron del enemigo que los expulsó de
sus casas y al que jamás vieron la punta de la
espada. Volvieron a la azada y a amasar con las
manos. Lo cotidiano les tapaba el recuerdo de qué
hacían allí, de porqué vinieron, de quién les mandó
trasladar sus vidas. Pero todo era tan normal, tan
igual, que no pasó nada y nadie se cuestionó nada.
Alejandro y sus hombres se encargaban de recoger
también el pago de un tributo por el uso del suelo,

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propiedad del Rey. Suelo sobre el que habían
edificado sus casas, talleres, cuadras y plazas.
-Yo pongo el suelo, vosotros el hogar. –solía
recordarles.
Cuando había una mala cosecha, morían enfermas
las reses o se quemaba algún campo; las familias
afectadas no podían pagar al Rey Enano. Éste se
quedaba con la propiedad de los afectados y les
dejaba vivir en ellas a cambio de que aumentasen su
diezmo, por dos, a la casa del Rey. Y en algún
momento, a todos, les tocaría la varita de la
desgracia. Ese agobio por perderlo todo, dejó mal
olor en las manos de los campesinos, en las cuadras
de los ganaderos y en la harina del que hacía pan.
La idea del pueblo consistía en trabajar más de lo
necesario para poder ahorrar algo con que pagar al
Rey en los días de angustia.
Mientras todo esto ocurría, el enano seguía
pensando.
Un día mando a sus soldados y familias a celebrar
una fiesta de campo en la explanada que había a los
pies del rio, detrás del bosque. Aprovechó su
soledad, para incendiar las casas vacías y simular un
ataque. A un día de distancia el fuego se divisaba
desde todos los pueblos.
Alejandro, desde el campo abierto, volvió guiado y
nervioso por el humo. Tras él corrieron soldados y
familias. Al llegar encontró al Rey, herido y tirado, a
los pies de su Palacio.
- ¡Majestad! ¡Mi señor! – dijo abrazándolo contra su
pecho.
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-Alejandro, mi fiel Alejandro. –disimulaba el Rey
Enano con la voz herida. – Son muchos, fuertes,
temibles… un ejército imbatible. Sólo con la ayuda
de los Dioses he logrado pararles y salvar el palacio.
Me hiciste una gran espada, me ha salvado…
- ¡Traed agua a vuestro señor! –interrumpió
Alejandro.
-He conseguido –prosiguió el bufón- engañar al
enemigo. Le he hecho creer que las casas estaban
habitadas. Ahora mismo dan a todo el Reino por
muerto, incluido a mí. Así será hasta que a sus oídos
lleguen noticias de que no es así. Diles a los pueblos
que de momento pueden dormir tranquilos. Que su
Rey, casi pierde la vida por salvarlos.
Llego la hazaña real a todos los oídos. El pueblo
pagó gustoso su diezmo de salvación y encumbró
más alto al Rey que los gobernaba.
-Si les ha parado una vez, lo podrá conseguir de
nuevo. – Decía Alejandro a los pueblos, con el fuego
todavía humeante a su espalda. - Lo importante para
nuestra salvación, es la vida del Rey.
Y del Rey hicieron un Dios terrenal. Una estatua del
Rey Enano adornó cada plaza en cada pueblo. Y
todas las mañanas, antes de lanzarse a sus
quehaceres, su escuela y sus juegos, todos los
habitantes pasaban ante ellas a reverenciarse y dar
gracias por seguir vivos.

31
KABÁN

Llevaba un tiempo el Reino en calma. Los soldados


hacían sus quehaceres de mantenimiento en el ego
de la corona. Y en los pueblos, llenar el estómago de
pan y vino, era la única tarea necesaria. A Alejandro
le gustaba volver a su casa por detrás del resto de
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las casas de la plaza, observando la luz que se
colaba entre los huecos que no tapaban las hojas de
los árboles. Hambriento, encaminaba su estómago al
hogar, dónde su mujer y su hijo Kabán, pasaban
mucho tiempo solos, lejos de Reyes y
preocupaciones; gracias a que a las familias de los
soldados no les faltaba techo, suelo y comida.
-Hola mujer. –saludó Alejandro al cruzar el umbral de
la puerta. -¿El niño?
-Kabán duerme… -respondió ella con desgana.
- ¿Qué sucede esposa? –preguntó Alejandro.
Ella entornó la misma mirada con la que años atrás
lo había conocido.
-Todo esto es una gran mentira, Alejandro. –le dijo
mordiéndose los labios y retirando sus ojos acto
seguido.
- ¿A qué te refieres? –inquirió el guerrero.
Ella volvió a mirarlo.
-Alejandro… ¿recuerdas al antiguo Rey? ¿Recuerdas
el Reino…? – le preguntó ella con añoranza.
Alejandro hizo memoria.
-Todo es mentira. El Rey Enano, no es un Rey. –
insistió la mujer.
- ¡Lo eligió el pueblo! –interrumpió Alejandro.
-Os engañó. –repuso ella. –Siento que mató al Rey.
- ¡Calla insensata! –gritó furioso Alejandro a la vez
que alzaba la mano.
Ella apartó la cara y el paró la bofetada a medio
camino.
- ¿Qué Rey? Aquel que nos abandonó, que no nos
advirtió del ejército enemigo, que nos dejó a merced
33
de las manos que nos odian. ¿Ese Rey, es tu Rey?
¿Dónde está?
-No creo que siga vivo. La última vez que lo vimos,
tenía el pie del Rey Enano sobre su cabeza.
-No mereces esta casa que nos ha dado. No mereces
dormir bajo este techo, pisar este suelo, ni comer el
alimento que nos regala. Me das asco.
- ¡Por favor Alejandro! Marchémonos… -suplicaba
ella, de rodillas, agarrándole las piernas,
humedeciéndole la ropa con sus lágrimas.
-Nada ni nadie te ata a este Reino. Recoge tus cosas
y vete. Vete a vivir con los enemigos, a ver si te
aceptan, si ofrecen su vida por la tuya. A ver si te
avisan de las lluvias. Si te dan de comer. ¡Vete con lo
tuyo!
Ella permaneció en silencio.
-Pues me iré Alejandro. –respondió orgullosa y
decidida.
-¡Así sea entonces! Tienes el tiempo justo para
recoger tus cosas, cuando vuelva no quiero que
estés en esta casa.
- ¿Y Kabán? –preguntó la mujer con los ojos
empapados.
-Es mi hijo y este es su sitio. Dale un beso y
despídete de él. No lo despiertes…
-Deja que me lleve al niño, te lo suplico. –sollozó la
mujer de Alejandro.
- ¡Ni hablar! – respondió tajante.
Ella agachó la cabeza.
-De acuerdo, me iré sola.

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Alejandro dio media vuelta y salió de casa para no
ver marchar a su mujer. Abandonó aquel remolino de
casas y se marchó bosque adentro a caminar sin
rumbo. Ella lo miró por la ventana, y al momento de
perderlo de vista, corrió a la cuna del bebé a
recogerlo. Dejó todas sus pertenencias y se marchó
sin molestarse en cerrar siquiera la puerta, también
bosque adentro, pero en otra dirección. Atravesó el
bosque colindante tapando la boca al pequeño
Kabán para que su llanto no avisase a nadie. Llego a
la explanada que se abría tras el bosque y ahí lo dejó
llorar todo lo que quiso. La mujer seguía corriendo.
Alejandro, tras un tiempo que estimó suficiente,
volvió a casa. Se extrañó al ver la puerta abierta y
aceleró sus pasos. Todo estaba igual de ordenado
que siempre, nadie había preparado hatillo alguno ni
vaciado cajones. Se fue hacia la cuna y la rabia se
apoderó de sus manos que imitaban el gesto de
estar estrangulándola.
Corrió a Palacio a pedir ayuda y caballos. El Rey
Enano le dejó su espada.
-Nadie traiciona al Reino. – le dijo, a la vez que le
ponía el arma en sus manos.
Alejandro asintió con la cabeza.
Llegando al río, con el niño en brazos, intentando no
tropezar consigo misma, corría la mujer huyendo de
aquel reino que no consideraba el que vio tiempo
atrás. Los caballos cabalgaban deprisa. La explanada
se terminaba y Alejandro había acertado con la
dirección de su mujer. El sonido de los cascos se

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hacía cada vez más cercano y el aliento de los
soldados parecía humedecerle el pelo.
-No llores mi pequeño, no llores.
Alejandro frunció los ojos al horizonte al deshacerse
del espeso ramaje y a lo lejos, entrando en los
árboles que bordeaban el río, vio a su mujer y su
hijo. Ella se giró y los vio muy cerca. A Alejandro le
pareció lejos. Se acercó la mujer al río y con la
cabeza buscó alguna manera de salvarse. Pero no
había manera de cruzarlo, la profundidad y la fuerza
del rio no la dejarían aguantar en pie. Buscó
nerviosa a su alrededor y vio unas cortezas de árbol
de un tamaño suficiente para que el pequeño Kabán
pudiese flotar corriente abajo. Lo subió al trozo de
árbol y lo ató con una cuerda que llevaba a la cintura
sujetándola el vestido.
Los caballos y el sonido de su galope aparecieron a
su espalda.
- ¡No lo hagas, morirá! –gritó Alejandro.
-Prefiero que muera a que lleve esta vida. –dijo ella
dejando al niño sobre la azarosa corriente.
El niño lloraba sobre el agua y rápidamente
desapareció de la vista de todos. El ramaje, la fuerza
del río y la rabia hacía imposible recuperar al bebé.
Ella alzó su vista al cielo para pedir a los Dioses por
la suerte del bebé y a cambió entregó su cuello.
Alejandro, desde su propio corcel, hizo un círculo de
muñeca en el aire y dejó medio cuello vivo. Se
acercó un poco más a su mujer que a duras penas
aguantaba en pie, con su trozo de árbol en mano, y
de una patada la empujó al río. Un hilo rojo de
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sangre manchó la corriente. El llanto de Kabán
desapareció de los oídos y la mujer, desapareció de
la vista de todos.
- ¡Vete con tu hijo! –gritó furioso Alejandro.
Giró su caballo y el resto de soldados lo imitaron.
- ¡Se acabó! –se dijo a sí mismo.
Ahora, toda la vida de Alejandro era el Reino y el
Rey.
Corriente abajo unas ancianas y reales manos, dadas
por muertas, recogían a Kabán, que asustado y
húmedo no acertaba a llorar.
-Ven pequeño, ya estás a salvo.
La balsa siguió río abajo, sola y a flote.
-Así que te llamas Kabán… - le susurró el antiguo
Rey. –mientras le acurrucaba contra su pecho y
retiraba la manta húmeda con su nombre bordado.
Al instante llegó su madre, agarrada débilmente a la
madera que la aguantaba. Con el hilo de sangre
persiguiéndola y tratando de tener los ojos abiertos.
Unas rocas pararon su marcha y quedó quieta su
balsa frente al Rey, su hijo y sus últimos momentos
terrenales. Abrió los ojos del todo con los restos de
fuerza que la quedaban y al ver a su hijo, en brazos
del anciano; una sonrisa, todo lo grande que pudo
llenarle la cara, le salvó el alma. La mujer dejó de
luchar contra el rió y se dejó caer feliz a la corriente.
El viejo Rey levantó la cabeza al cielo y le hizo un
juramento a Kabán.
- ¡Jamás te enseñaré nada que tú no descubras!
Apretó con fuerza a Kabán contra su pecho y le
acarició la cabeza.
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-Yo cuidaré de ti pequeño.
Kabán cerró los ojos y se quedó dormido al calor del
pecho del anciano.

INFINITAS BATALLAS.

Cada vez disimulaba menos el Rey Enano sus


intenciones. El pueblo había borrado de su cabeza
cualquier recuerdo de la última fiesta de la
primavera. El antiguo Rey era un desertor y el Rey
Enano, el salvador de todos los pueblos y de cada
vida.
Tenía el enano la falsa sensación de que el pueblo
dormía tranquilo, de que se dedicaban más a su
estómago que a sostener su pecho y no podía
permitir aquella paz en el poblacho.
Se insistía a sí mismo en pensar algo nuevo que le
hiciese más grande, más necesario.
La ocurrencia llegó al cerebro del bufón en forma de
sueño.
Al canto mañanero y temprano de los gallos, se puso
en pie de un salto. Volvió a parecer un bufón, pero
no había público para aplaudir su voltereta y
enseguida se calzó la corona. Al oír los ruidos se
acercó Alejandro a los aposentos reales para cumplir
los primeros deseos de la mañana.
-Alejandro, tengo que subir a la torre. Tengo un mal
presagio.
Espérame abajo con todos los hombres preparados.
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Subió el Rey a lo alto de la torre y no hizo nada,
salvo sonreír burlonamente para sí mismo.
Al bajar cambió el semblante y aterró la boca.
- ¡Es horrible! – gritó a su ejército.
Las manos se colocaron en las espadas.
-La comarca de Apiano se prepara para atacar a
Dámaso. Han sucumbido al Reino enemigo y quieren
conquistar a sus vecinos. Tienes que correr hacia
Dámaso y dar aviso. Que se acerquen armados a la
frontera para defender su tierra. ¡Van a saltar el
arbusto!
- ¡Sí, mi señor! –respondió Alejandro sin objetar y sin
familia. Con todo el ejército detrás, dejando al Rey
Enano en palacio.
Tras irse Alejandro y sus hombres camino de
Dámaso, hizo lo mismo el Rey Enano, hacia la
Comarca de Apiano. A comunicar la misma noticia
pero al revés.
Era un día brillante, con pequeñas nubes blancas
pintando el cielo. Hacía mucho que no llovía y el
enano quería empapar al pueblo con sus ideas.
Pasó un día y llegaron todos.
- ¡Me manda el Rey! –gritó Alejandro en medio de la
plaza, sin apearse del caballo. Se llenó con la gente
que faltaba y todos escucharon al primer guerrero.
-La Comarca de Apiano se prepara para atacaros.
Han sucumbido al ejército del Reino enemigo y ahora
vienen a por vosotros. Quieren acabar con todo lo
que habéis construido, con todo por lo que habéis
luchado. Vuestra vida entera depende de una sola
batalla. El Rey está con vosotros, debéis preparaos
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para la lucha e ir a la frontera. ¡Quieren saltar el
arbusto! Afilad cuchillos, limpiad vuestras espadas,
preparad vuestros pechos. Mañana será la batalla.
El pueblo gritó de rabia. Levantó sus brazos y juraron
odio eterno a sus vecinos.
Con las mismas arengó el Rey Enano a los vecinos
de Apiano.
-¡Quieren saltar el arbusto! Pero yo, vuestro Rey,
estoy de vuestro lado.
Y pasado un día llegó la batalla. Había más nubes
que el día precedente. Pero no amenazaba lluvia.
Aquel día, la tierra sería regada por sangre.
Desde un peñasco; el Rey Enano, Alejandro y sus
hombres observaban la primera batalla del Reino.
En mitad de los dos pueblos, compartiendo el mismo
arbusto se encontraron los dos pueblos, antiguos
vecinos y amigos. Se miraban los ejércitos de los dos
pueblos, sin saber muy bien qué hacer. Era la
primera batalla para todos, la primera lucha, el
primer odio a muerte.
Se observaban los hombres, con las manos afiladas
y silenciosas. Los pechos parecían haber entrado en
guerra y todos se repetían en la cabeza, las mismas
razones y sentimientos para clavar espadas y cortar
cabezas.
Nadie daba un paso.
El Rey Enano observaba desde su caballo, subidos a
un peñasco.
-Alejandro. Id al resto de pueblos y contad lo
sucedido. Diles a todos, que deben defenderse los
unos de los otros. Nadie está a salvo. ¡Corre!
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Alejandro y su ejército obedecieron. Arrancaron a
galope y se perdieron la primera guerra.
A los diez minutos de miradas y manos quietas, gritó
el Rey Enano desde la roca.
- ¡A por ellos!
Los dos ejércitos armaron sus piernas y se lanzaron
contra los arbustos. Los gritos de rabia tapaban
cualquier intento de lógica y en mitad del camino,
sobre la línea inventada por el Rey Enano, se
derramaron los primeros litros de sangre por la
tierra, la patria y el orgullo de una idea.
La idea llevó al odio, el odio llegó a las manos y las
manos derramaron las vidas. El Rey Enano
observaba desde su posición, el culmen de su obra.
Se dio media vuelta y se fue, dejando a los pueblos
matarse.
Dámaso ganó la batalla. Los pocos vivos que
quedaban de la Comarca de Apiano abrazaron a su
nuevo pueblo y olvidando para siempre su nombre. Y
el sabor de la victoria, el aroma de poder les gustó
tanto a la gente de Dámaso que se pusieron en
mente, la meta de conquistar otros pueblos. De
quedarse con todos y ser el único Pueblo del Reino.

41
EL HIJO DEL REY

- ¿Qué sucede majestad? – preguntó Alejandro a su


señor, que con el rostro inerte, observaba indiferente
el aburrido despellejo de los árboles caducos.
Había llegado el tibio otoño de la zona y el verano
era un lejano recuerdo de guerra y altas
temperaturas. La gente seguía con su ocupada vida
y las familias gastaban las tardes en casa, ansiando
la llegada del frio para encender las chimeneas y
cantar a la luz y el calor de ellas.
El Rey Enano no tenía nada de eso. Alejandro,
tampoco.
- ¿Está bien, mi señor? –insistió Alejandro.
-Quiero una esposa.
A Alejandro le sorprendió el tono con el que se lo
dijo, más que la petición en sí mismo.
-Necesito una cabeza que herede mi corona, que
postergue el Reino.
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- ¡Si majestad! ¿Y ha pensado en alguien?
-No tengo tiempo, amigo mío. Deberás encargarte
de ello.
Alejandro cerró los ojos y repaso las posibles esposas
en todo el Reino. Pero en su mente estaba desde un
principio una.
- ¿Qué le parecería una sobrina mía?
Al Rey se le iluminó la cara.
- ¡Perfecto! ¡Qué mejor que mezclar sangre real, con
sangre fiel! Marcha a comunicarle la noticia.
Alejandro cabalgó feliz a casa de su hermano. Ya no
quedaba nada de aquel hombre meticuloso y callado
que trabajaba el hierro y el fuego.
La sobrina vivía en Languedoc. Recibió con alborozo
la noticia, al igual que el resto de la familia. Los
privilegios caerían por doquier y jamás perderían
nada. La muchacha podría vestirse con ropas que
ninguna otra mujer tuviese en el Reino y su casa
sería un palacio. Se hubiese cortado las piernas de
ser necesario, para estar a la altura de su esposo,
pero no le hizo falta. Salió de su pueblo orgullosa,
mirando altiva, desde lo alto de un elegante carro, a
sus vecinos. Y se preparó para ser Reina.
En cada pueblo celebró el Rey la misma boda. Les
presentó a todos a su Reina y hubo fiesta para todos.
Al final de cada velada, anunció el Rey, la llegada de
un príncipe.
-La corona tendrá continuación. El día que yo falte.
Estará mi sangre hirviendo en las venas de mis hijos.
El pueblo aplaudió la noche de bodas.

43
La barriga de la Reina empezó a crecer, tal y como
había vaticinado el bufón vestido con capa y corona.
Los meses iban pasando y las fechas se sucedían. El
Rey esperaba ansioso para colocar la pequeña
corona de príncipe que había encargado. No
esperaba otra cosa que no fuese un varón.
Llegó el día.
El parto le pilló lejos de palacio, en uno de sus largos
paseos de enano meditabundo.
Nació el príncipe varón, tal y como había deseado y
vaticinado. Pero nació bicéfalo.
- ¿Quién se lo dirá al Rey? – se preguntaban
nerviosos.
- ¿Quién le dirá que tiene dos cabezas?
El séquito se giró al unísono hacia Alejandro, que
consciente de su deber, asumió la tarea sin
problema alguno.
-Es mi deber. – Dijo- yo lo haré.
Corrió un soldado a avisar al Rey de la llegada del
príncipe. Alejandro esperaría a la puerta de palacio
para comunicarle la venida al mundo de aquella
extraña criatura.
En el último escalón de su carrera hacia la alcoba, se
topó el Rey con Alejandro.
- ¿Qué sucede Alejandro? –preguntó al ver su rostro.
-Señor, debe saber algo antes de entrar.
El Rey miraba expectante.
-Dime, no calles más. ¿Qué ocurre?
-El niño, mi señor… El niño, tiene dos cabezas. O los
niños tienen un cuerpo. En verdad, no sabemos.
El Rey prolongó su silencio.
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-Es un príncipe con dos cabezas. Una para la noche y
otra para el día. Es un ser superior a los demás. El
digno hijo de un Rey.
Alejandro se contagió de la alegría del enano y el
séquito hizo pasillo al Rey hasta su hijo.
Se acercó a la cama y observó a su vástago. Las dos
cabezas tenían hambre y sueño. Parecían querer
comer y dormir al mismo tiempo.
El Rey Enano hizo correr la fiesta por el Reino y
enseño a todos los pueblos, a aquel ser superior que
podía pensar dos veces.
La madre apenas volvió a ver a sus hijos. Toda la
vida del príncipe o los príncipes quedó en manos de
su padre. Ella vivió en su jaula dorada el resto de sus
días y los niños aprendieron a vivir en manos del
dueño del Reino.
Se esforzó el Rey Enano en mantener una cabeza
despierta por el día y la otra por la noche. El bufón
dormía media noche y medio día. Los hermanos
pensaban en la cabeza de al lado, como un soberano
almacén donde guardar las ideas que no valían. O
como una cabeza de repuesto en caso de perder la
suya.
-Eres el príncipe. Heredero del Reino, futuro señor de
todos los pueblos. –le decía a un hijo por la mañana.
Y mientras este se repetía la canción en sueños, el
otro escuchaba lo mismo.
-Eres el príncipe. Heredero del Reino, futuro señor de
todos los pueblos.
Los príncipes iban creciendo, el Reino también. Y las
guerras entre los pueblos que habían aprendido a
45
saltar arbustos. Pronto alcanzaron la estatura de su
padre.
-Eres mi sangre, eres la corona que soporta el peso
del destino. El ejecutor de los sueños y deseos de los
Dioses. –les decía a las cabezas otras noches y otros
días.
Cada príncipe se creyó el futuro monarca, Rey de
todo. Amo de todos.
-Algún día, todo esto será mío. –se decía una cabeza.
-Algún día, todo esto será mío. –se convencía la otra.
Les enseñó el monarca a ser Reyes. Entrenó su
cuerpo para la lucha y su cabeza para la corona. Y
así se forjaron los príncipes, en puños de acero y
cerebro de amo.
-Un pueblo sin miedo, es un pueblo libre. Y un pueblo
libre, no entiende de Reyes. El pueblo debe vivir
asustado. –les enseño a sus hijos, mostrándoles el
camino para dominar a la plebe.
De los truquillos de Rey Enano, nacieron bufonadas.
Se divertían los príncipes manejando a los pueblos.
Noche y día.
Y al igual que Kabán, crecieron los príncipes,
alejados del calor de una madre.
Llegó la juventud, la plenitud del cuerpo, el cenit del
ego. Habían superado a su padre en violencia y
arrogancia. El Reino estaba completamente
sometido a la familia real y cada pueblo a su
frontera. Lejos, borrado de cualquier mente,
quedaban aquellos días en las que el Rey servía al
pueblo y el sentido de la corona, no era otro que ser
mano de ayuda.
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El cansancio llegaba antes a los cuerpos de las
gentes. El vino les embotaba la vida y la comida caía
pesada sobre sus estómagos. El azúcar envenenaba
la sangre y las bocas se relamían viendo la vida
pasar sin hacerle nada, dejándose arrastrar hasta
que un día de fiesta o una batalla ganada les
alegrase el día.
Los recién nacidos asumían la vida, heredaban las
ideas de sus progenitores y no hacían preguntas.
Las guerras seguían sucediéndose y el Rey Enano,
ya no metía mano en ninguna batalla. Volaban solas.
La vida había perdido, la naturaleza era un grito que
nadie escuchaba. Las fronteras alimentaban muchas
bocas. Las de maestros, guerreros, ayudantes del
Rey… y el estómago, es el mayor de los dueños.
Había demasiada gente llenando sus panzas de
bufonadas para que nadie levantase la voz o se
preguntara nada sobre lo que estaba pasando en sus
vidas. El que quisiese escapar, mejor que pareciese
mezclado con todos. El filo de la espada real,
siempre acechaba sobre los cuellos curiosos.

AL OTRO LADO DEL RÍO

Kabán crecía ajeno a pueblos, guerras y príncipes.


Su vida era el correteo del agua y las noches
estrelladas. El frio del invierno, el frescor del otoño,
el calor del verano y la indiferencia de la primavera.
Acariciar los animales dóciles y hablar con su padre
era su trabajo.
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Había crecido mucho. Era una copia de su padre.
Fuerte, con el mismo rostro pero reflejando
serenidad y no lucha. Con el pelo ondulado, castaño
claro y los ojos verdes, pero más despiertos. Una
mezcla de Alejandro y su madre.
Era inquieto, observador y preguntón.
Vivía al otro lado del río y su padre intentaba que no
se acercase mucho al agua.
Una mañana, con los dos sentados sobre unas
piedras blancas al borde de la orilla. Le preguntó
Kabán a su padre, el viejo Rey, por el otro lado del
rio.
- ¿Qué hay al otro lado, padre? ¿Hay más personas
cómo nosotros?
El último Rey cerró los párpados. Suspiró…
-Sí, querido Kabán. –le respondió con tristeza.
Al joven se le iluminó la faz. Cogió un puñado de
pequeñas piedras y con cada una que tiraba al agua,
hacía una pregunta sobre la otra orilla.
- ¿Cómo son?
- ¿Son muchos?
- ¿Qué hacen, a qué se dedican?
El anciano interrumpió la curiosidad del muchacho.
-Hay algo que debes saber. ¡Acompáñame! -y con la
cabeza le indicó que lo siguiera.
El viejo llevó a Kabán por la orilla hasta un tronco
caído que servía para cruzar el rio y que Kabán
jamás había visto. Se extrañó que nunca le hablara
de ese puente. Escondidos llegaron a unos arbustos
entre los cuales se divisaba el palacio del Rey Enano

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y le enseño los bosques desde los que se podía ver a
todos los pueblos, sin ser visto.
-Es muy importante que los observes. Yo no te diré
que tipo de seres son. Tan sólo, obsérvalos. Después,
decide tu vida.
Kabán hizo caso a su padre. El viejo Rey lo dejó allí
durante unas semanas. Provisto de comida y algo
para taparse.
El muchacho observó al Rey Enano, a los ejércitos y
a los pueblos; y dentro de los pueblos a sus gentes.
Cuando hubo visto suficiente, volvió a casa. El viejo
Rey, se alegró de verlo.
- ¿Por qué se comportan así, padre? –preguntó
Kabán sin saludar.
-Por miedo.
-Pero… ¿Porqué tienen miedo a un ser tan pequeño e
insignificante?
-Es una lucha de cabezas, no de cuerpos.
-Me siento mal. –Dijo Kabán - Tengo ganas de hacer
daño a ese ser despreciable…
El Rey negó con la cabeza.
-No dejes que el Rey Enano entre en tu vida, no lo
odies. No puedes salvar a nadie, Kabán. La vida de
cada uno está en sus propias manos. Si matas al
Rey, no solucionarás nada. Tan solo aliviarías tu
dolor. Cada uno debe matar a su enano.
Kabán asentía con la cabeza. Pero sus puños
parecían ir por otro camino.
Kabán gastaba ahora las mañanas observando el
nuevo mundo. Y por las tarde, hacía preguntas al
viejo Rey. Un día observó al gran guerrero, Alejandro.
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- ¿Quién es? –preguntó Kabán.
El anciano se quedó callado un rato muy largo.
Kabán presentía algo raro. Aquella cara, aquel
cuerpo, el pelo…
- ¿Qué sucede padre, quién es ese hombre?
El antiguo Rey, seguía sin hablar. Pero se había
jurado serle sincero, nunca había mentido.
-Siéntate. Tengo una larga historia que contarte.
El viejo Rey le contó todo a Kabán. Cuando terminó,
el muchacho volvió sus ojos llorosos hacia el otro
lado del río.
El resto del día lo gastaron en silencio, dejando a la
noche cantar.
A la mañana siguiente, Kabán, ya con su pasado
asumido, le preguntó a su padre:
- ¿Cómo podemos liberar al pueblo?
-Ya te dije, que salir de la prisión es cosa de cada
uno. Es una prisión invisible, no tiene barrotes, no es
una jaula para animales. Si les dijeses que son
presos, se ofenderían. Así son, hijo, olvídate de su
mundo.
-Pero padre, en mi mundo quiero más gente. No se
ofenda, pero me siento solo. Me gustaría hablar con
esa gente, saber de su vida, reír con ellos. Apagar
sus miedos.
-Solo puedes salvar tu mundo Kabán. Es así de
sencillo. No intentes salvar la existencia de otros.
Como mucho puedes penetrar un poco en la vida de
los demás y ser algo de luz, nada más.

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-Pues el Rey Enano acaba de meter mucha oscuridad
en mi vida. No puedo permitirlo, debo apagar su luz,
su oscura llama.
-No retengas el odio Kabán, deja que se vaya por
donde vino. Enfrentarte a tus lados oscuros, es
darles ascuas, avivar su sentido. Jamás luches contra
ti mismo. Es siempre una lucha perdida, una batalla
absurda, una guerra ridícula.
-Lo sé padre, pero siento algo extraño. Me empuja
hacia el enano.
-Es odio. Deja que se vaya.
-Tenemos que echar al Rey Enano de nuestras vidas,
padre. –insistió Kabán.
El viejo Rey asumió los sentimientos de Kabán.
-Es tu lucha Kabán, no la mía. Pero tu vida es
también la mía, lo que decidas, lo aceptaré y ahí
estaré, a tu lado. Si es lo que quieres, a por ello. No
esperes pues, a ser descubierto. Vete a por tu
destino. Sorpréndelo.
-Pues mi vida es llevar luz a esa gente. Acabar con el
Reino y con el Rey. Siento que su libertad será más
fácil si no hay bufón.
-No lo sé Kabán. Es tu vida, tú decides. Vamos a
dormir. Mañana será otro día…
Kabán durmió intranquilo por primera vez en su vida.
De haber tenido cama, hubiera caído al suelo. Pasó
la noche y con el primer rayo se lanzó a espiar a los
pueblos, al Rey y a su padre Alejandro.
Aprendió con sus ojos a usar la espada cuando el
Rey y el príncipe despierto se entrenaban. También
aprendió a luchar a través de los arbustos, viendo a
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su padre recién descubierto, practicando con su
ejército.
Se acercó un día, escondido tras la noche, a la
frontera que separaba Terra Carles de Languedoc y
viceversa. Arrancó todos los arbustos de la linde de
los dos pueblos y se retiró a descansar.
Esa misma mañana, los pueblos se pusieron a
plantar de nuevo la frontera. Escondido, Kabán
observaba a las gentes. La noticia corrió a oídos del
Rey Enano, y el bufón empezó a creer en traidores al
Reino. Y cada pueblo sospechaba del otro pueblo.
El muchacho volvió decepcionado al otro lado del rio.
Por fuera era un espejo de su padre, su porte y sus
ojos lo delataban. Pero por dentro reflejaba el alma
de su madre y la vida al lado del viejo Rey.
-Observa a la naturaleza, aprende de ella, no de mí.
Confíate a la vida. No hay más secreto para alcanzar
la dicha. –solía decirle el viejo.
-Hola padre. –dijo Kabán al llegar de nuevo a casa.
- ¿Qué te sucede Kabán? –preguntó el anciano.
- ¿Qué le pasa a esa gente? ¿Por qué no se da
cuenta de nada? –le preguntó indignado.
-Me temo hijo, que ya caminan solos. El trabajo del
bufón ha dejado una huella imborrable en las
mentes de los pueblos. No hay marcha atrás.
Kabán negaba la realidad que había descubierto. No
podía concebir que la gente viviera con tal marejada
en su cabeza.
- ¿Y los recién nacidos? Ellos aún no saben a dónde
pertenecen. No han oído hablar de pueblos, ni reyes,
ni de su propio nombre. Cuidaremos de ellos.
52
- ¿Qué pretendes? ¿Hacerte con cada niño que
nazca? Es imposible, cada día hay más pueblos, más
gente…
Kabán se revolvía por dentro. Para él estaba claro el
engaño, pero era imposible iluminar a los pueblos.
- ¿Qué hago padre? –le dijo desesperado.
-Kabán, ahora lo que está mal es tu mundo. Estás
luchando, sintiendo odio. Son ellos allí y tú aquí. ¿No
te das cuenta de que te está pasando lo mismo?
Estás poniendo una frontera entre esa gente y tú.
Kabán permaneció en silencio, pero negó al viejo lo
que decía.
-Esto no es culpa mía. –sentenció el joven.
El viejo Rey bajó la cabeza.
-Yo estaré contigo siempre hijo mío, decidas lo que
decidas hacer. Soy parte de tu vida hasta el final.

53
LOS DOS REYES.

Estaba el Rey Enano de paseo con su ego y su


corona de oro por el extenso Reino. Había dado
esquinazo a los guardias de su espalda y se había
adentrado en el interior del bosque, de fondo se oía
la carrera del agua por bajar hasta el lejano mar.
Arrastraba sus pasitos por un camino interior de
árboles, arbustos, jabalíes y otros animales.
En esa soledad, unos pasos al frente se movieron los
arbustos que flanqueaban el camino, se puso en
guardia el Rey con su espada a la espera de
enfrentarse a algún animal hambriento. Pero ante él
apareció Kabán.
Envainó la espada y se dirigió a él.
- ¿Quién eres? Me resultas familiar, pero no acabo de
reconocerte. ¿A qué pueblo perteneces, qué haces
aquí, fuera de toda frontera?

El enano entornó los ojos y recorrió el cuerpo de


Kabán.
-Te pareces a… -pero se negó con la cabeza a sí
mismo.
- ¡Dame tu espada! – le dijo Kabán.
- ¿Qué, cómo te atreves a solicitar a tu Rey tal cosa?
–dijo el Rey Enano.
Desenvaino de nuevo la espada y señaló
directamente al cuello de Kabán.
- ¡Esta espada te dará muerte! –dijo el bufón.
54
Por detrás, el crujido de unos pasos sobresaltó al Rey
Enano, se giró y apareció el antiguo Rey.
- ¡No puede ser! Es imposible…
Se acercó el anciano unos pocos pasos y tocándose
el pecho se dirigió de nuevo al enano.
-Esa corona no te pertenece, no es tuya, es del
pueblo.
-Las cosas han cambiado mucho, viejo. Aquí ya no
eres bienvenido. Os dejaré vivir, marchaos y no
volváis a asustar mi paseo. –contesto el Rey Enano.
-Ya sé que todo ha cambiado, llevo años viendo
cómo engañas al pueblo. ¡Conozco toda tu mentira!
Has engañado a la gente y a la vida. Pero los unos y
la otra, algún día, despertarán de su letargo y
volverás a ponerte el gorro de cascabeles, no eres
otra cosa que un bufón. –refutó el enano.
El Rey se enojó, su espada temblaba y Kabán dejaba
hablar a su padre.
-Soy el Rey del único Reino. No soy un bufón de
nadie. De mí, no se ríe nadie.
-Reíamos contigo… ¿qué había de malo en tu vida? –
recordaba el viejo.
- ¡Soy el Rey! ¡Callad!
- ¡Eres un bufón! – interrumpió Kabán la
conversación.
-Este joven, es…
-Sí, es él. –respondió el anciano.
-Eres la viva imagen de tu padre. No me lo creo que
estés vivo. –Le dijo al joven- ¿Lo sacaste del agua? –
se dirigió al anciano.

55
- ¡Basta de charlas, dame tu espada! – volvió a
interrumpir Kabán.
-Creí que estarías con tu madre. – dijo el bufón
mofándose de la muerte de su madre.
Kabán apretó los puños y aguantó en el sitio. Un
desconocido sentimiento de cólera se le iba
metiendo poco a poco. Su padre le hizo un gesto con
la palma de la mano para que se calmara.
-Kabán, hijo. La lucha no es el camino. La lucha es
siempre una guerra individual e interior… respira
hondo y confía.
- ¿Entonces, qué hago? ¿Huyo el resto de mis días de
este ser y su mundo?
- ¡Lucha, Kabán! Pero no como tú piensas. Es otro
tipo de lucha. Respira hondo, confía y haz lo que
debas. –respondió el antiguo Rey.
El Rey Enano observaba la conversación. Aquella
mente titubeante y joven le divertía. Notaba cierto
temor en el muchacho y esa flaqueza, le hacía más
grande a él.
Kabán volvió de nuevo a dirigirse al bufón.
- ¡Liberaré al pueblo!
-Me temo joven. Que eso ya no está en tus manos.
Ni siquiera está en manos del poblacho. –respondió
el Rey Enano.
Kabán se giró a su padre.
-Todas las guerras, son guerras individuales. Y el
enano va ganando la suya.
El bufón sonrió al oír al viejo.
-Debes vencerle en tu batalla, Kabán. No en la
guerra de otras personas.
56
Kabán no acababa de entender lo que decía su
padre. Su vida había sido hasta ahora un mar de
sencillez. Se levantaba con la luz en los párpados,
comía de los árboles y la tierra y acariciaba a los
animales más dóciles. El resto era respirar y cantar.
Rodeó el antiguo Rey al nuevo Rey y se colocó junto
a Kabán. Apoyó su mano en el hombre de su hijo con
actitud tranquilizadora y le susurró al oído algo que
no llegó a orejas de la corona.
-Kabán, ahí está tu mal, ese enano, son tus miedos.
Ve a por ellos y lucha sólo cuando tengas que luchar,
nunca cuando no esté delante. Relaja tu cabeza, no
dejes que el bufón continúe atacándote cuando no
esté. Esa es su peor arma, no la espada. Gana todas
las batallas cuando el enemigo duerme, rondando
los sueños y la vigilia. No permite el descanso
sereno, prefiere matar al enemigo en vida y dejarlo
deambular por la vida.
Kabán entendió lo de para la batalla. Bajó el ritmo de
su pecho y sus manos se relajaron. Mandó una
sonrisa complaciente al Rey Enano, y a este no le
gustó la serenidad de su mirada.
-Dame tu espada, bufón. –le dijo el chico.
El Rey Enano agarró su espada y la lanzó a los pies
de Kabán y su padre. Kabán se agachó a recogerla y
en mitad de su intención, el antiguo Rey le paró.
-Espera hijo. Nunca te fíes.
-Tranquilo padre. Sé lo que hago. Confía en mí, la
vida está conmigo.

57
-Ahí tienes mi espada Kabán. –dijo el enano,
mientras se desabrochaba el pecho. – y aquí tienes
mi corazón.
Kabán recogió la espada del suelo. Toda la sangre
derramada por aquella espada le recorrió el cuerpo y
un sentimiento de pena le mareó y casi lo tumba al
suelo.
-Cuánto dolor por un ego de oro. –dijo mirando al
Rey Enano. –Y nunca has podido matar al bufón que
llevas dentro. Es la batalla que te come, enano.
Al oír estas palabras el bufón apretó los dientes, su
espada empezó a temblar en las manos de Kabán.
- ¡Estúpido joven! ¿Quieres matarme con mi espada?
Aquí tienes mi pecho, ven a por él. –repitió el Rey
Enano.
Kabán se echó unos pasos atrás para atacar con más
fuerza y se lanzó contra el pecho del Rey, espada
por delante. Kabán, la espada y un grito de cólera
avanzaban hacia el pecho desnudo del Rey Enano y
al llegar a escasos centímetros del corazón del
monarca se paró el seco la punta de la espada. El
bufón miró a Kabán y con una sonrisa malévola le
susurro algo que no oyó el antiguo Rey.
-La espada que tienes en la mano, es la única arma
que puede matarme. Pero para tu desgracia, es mi
alma a la que obedece, no a tus manos y tu rabia.
Al acabar de hablar salió volando de espaldas Kabán
con el arma. Cayó a los pies de su padre sin soltar la
espada.
El enano subió a su caballo que paseaba siempre a
escasos metros tras él y llamó a la espada.
58
- ¡Vámonos! –le dijo a su caballo y a su espada- Ya
acabaré con vosotros.
Se marchó a galope y la espada lo siguió. Kabán no
soltaba la espada, sus pies se arrastraba por el
polvoriento camino, levantando la poca hierba que
no habían matado el ejército del Rey Bufón. Se giró
sobre su caballo el Rey Enano al ver que la espada
tardaba en envainarse. Al fondo estaba Kabán, de
pie con la espada temblando, queriéndose marchar
con su dueño. Más al fondo, el antiguo Rey mirando.
-Me quedo la espada. Ya iré a buscar tu pecho.
El enano se quedó mudo sobre su corcel. Intentó
llamar con más fuerza a su espada, pero esta
parecía rendirse a las manos de Kabán. Ya ni le
movía sobre el camino y las pequeñas piedras rotas
del paso de caballos y carros.

Kabán levantó la espada y la lanzó contra el bufón.


Este la esquivó de lado y el filo rozó su cuerpo,
haciéndole sangrar. Acabó la espada clavada en el
tronco de un despistado y ajeno árbol y el bufón
salió a todo trote asustado y nervioso.
Kabán recuperó la espada y se marchó con su padre
al otro lado del rio.
- ¿Qué ha sucedido majestad? –se apresuró
Alejandro al verlo llegar ensangrentado y temblando.
-Me atacó un jabalí. –mintió el Rey.
-Deja que le vea la herida.
Alejandro examino el pecho del monarca y pidió
agua y unas hojas para taparla.

59
-Perdí mi espada Alejandro. Los animales no
entienden de Reyes. Recoge mi sangre y hazme una
nueva espada. Llena la empuñadura de sangre real.
Alejandro asintió.
Aquella noche el Rey durmió con un ojo en la
ventana y dos guardias a la puerta. Su hijo, el que
gastaba el día en dormir, se pasó la noche a los pies
de su padre.
Se despertó justo a tiempo para cambiar la corona
de príncipe de cabeza. Lo zarandeó un poco y
cuando terminó de abrir los ojos, lo apremió para
que escuchase su historia.
-Hijo, el Reino corre peligro. Tu corona está siendo
atacada. El enemigo acecha y viene directamente a
por nosotros. Ni siquiera tu madre, ajena a cualquier
deber, se salvará.
El príncipe de la mañana, mediodía y tarde abrió los
ojos. Se creía fuera de todo peligro, ajeno a cualquier
daño. Todo el mundo estaba sometido, ¿quién podría
hacer daño a la descendencia de los Dioses en la
tierra?
- ¿Quiénes son, padre?
-Hace años, dejé con vida a un padre y un hijo. –Se
inventaba el Rey Enano la historia que contaba a su
hijo – Mi bondad me impidió acabar con ellos. Todo el
pueblo me pedía su muerte, pero mi corazón,
equivocado ahora veo, les dejó marchar con la
condición de que no volviesen a pisar nuestras
tierras.
- ¿Qué hicieron para merecer el castigo, padre?
-Eran ladrones.
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-El pueblo siempre debe pagar sus errores, padre.
-Lo sé, hijo. Serás un gran Rey el día que yo falte.
-No diga eso.
El enano dio un trago de agua y siguió su discurso.
-Han vuelto con la esperanza de vengarse. Quieren
mi vida.
- ¡Qué ingratos! Les perdonas la vida y se quieren
cobrar la suya. Merecen morir a manos de nuestro
ejército.
-No hijo, merecen morir a manos de un príncipe. Es
un asunto de nuestra familia. Es más grande que el
Reino.
El príncipe asintió con la cabeza.
-Yo me encargaré de derramar su sangre. –dijo a su
padre.
-Es lo que esperaba. Te indicaré dónde encontrarles.
El bufón agarró un pequeño cuchillo y se rajó la
palma de la mano. Con la mano ensangrentada
agarró la espada de su hijo y manchó la empuñadura
del color rojo que tiene la sangre de los Reyes y los
príncipes.
-No vas solo hijo. Mi sangre va contigo. La victoria es
fácil, pero no te confíes. Son dos malhechores y no
tienen piedad de otra que sea su vida. Soy el
corazón de tu espada, hijo.
El joven se puso en pie y bajó a por su caballo sin
mencionar su misión a nadie.
Desde la plaza, Alejandro observó marchar al
príncipe.
Cruzó el príncipe al otro lado del rio, sobre su caballo
gris. Un atardecer anaranjado se colaba entre los
61
huecos de las copas de los pinos de la zona. El agua
se dejaba caer de fondo y una atmósfera de
tranquilidad sosegaba a los animales. Se bajó el
príncipe de su caballo y desató la comida que
llevaba. Apoyo su espalda contra un tronco y al
primer mordisco, un ruido desde el lado izquierdo lo
puso en pie. Rápido desenvainó la espada y
preguntó por el ruido.
- ¿Quién está ahí?
Aparecieron Kabán y el anciano tras el sonido que
alertó al príncipe.
- ¿Sois los ladrones? –les preguntó.
Kabán y su padre se miraron.
-El bufón no respeta ni a sus hijos. –Dijo el antiguo
Rey.
- ¿Hijos? –preguntó el príncipe extrañado.
-Sois dos. –puntualizó Kabán.
-Soy el príncipe del Reino. El único heredero de la
corona del Rey. –repuso furioso.
-La otra cabeza, también está viva. Si quieres la
despierto. –le dijo Kabán señalándola con la espada.
- ¡Esa es la espada de mi padre, ladrón!
-Tan solo es un trozo de metal. –puntualizó el
anciano.
-Vengo a daros muerte, a terminar lo que mi padre
tenía que haber hecho hace tiempo…
- ¡Despierta a tu hermano! –insistió Kabán.
-Esta cabeza la tengo para el día que me hagan Rey.
Ahora uso la de príncipe. ¡No es mi hermano, soy yo!

62
El príncipe empezaba a malhumorarse, su sangre
comenzaba a hervir y todo su cuerpo eran ganas de
lucha. Apretaba el puño y el puño a la espada.
-Sois dos cabezas con un cuerpo, no un cuerpo con
dos cabezas. Vuestro padre os ha mentido. Despierta
a tu hermano, y después despertarás tú.
- ¡Desagradecidos! Os perdona la vida y así queréis
devolver el favor.
-Desconozco joven. –Interrumpió el anciano – lo que
te habrá contado tu padre de nosotros. Pero ten por
seguro que es falso. Yo soy el antiguo Rey, el último
Rey que eligió el pueblo.
- ¿El pueblo eligiendo Rey? Ja, ja ,ja… -interrumpió el
príncipe. – A los Reyes los eligen los Dioses. ¿O
acaso también el pueblo los elije a ellos?
-Hubo un tiempo en el que todos los pueblos eran
uno. Y ese pueblo era el Reino. No había enemigos, y
el Rey, tan sólo valía para servir a sus vecinos.
-Dejaros de tonterías. La sangre real está cocinada
para ser venerada, no para arrodillarse ante el
pueblo. ¡Acabemos con esto!
-No me gustaría tener que defenderme. Vuelve a tu
casa, despierta a tu hermano y pregunta a tu padre.
- ¡Vas a morir! –gritó el príncipe.
-Lo que tú quieras. Es tu vida. Supongo que tu
hermano querrá lo mismo.
- ¡Deja de hablar de mi hermano! ¡No hay hermano!
Enrojecido de cólera, el príncipe despierto gastaba
las últimas horas de su día en lanzarse contra
Kabán. Levantó su espada al cielo que se oscurecía y
la llevó contra el pecho del joven. Los dos
63
manejaban muy bien el arma, se batía el ruido
metálico con el silencio tranquilo del ocaso. En el
bosque tan sólo se oía el choque de los filos de
hierro. Apartado el viejo miraba apenado la escena.
No quería ver vencedores y vencidos, prefería que el
príncipe hubiese comprendido la mentira y haber
evitado más sangre. Primero la palabra, después la
defensa.
Los muchachos seguían luchando, se tocaban
levemente con la espada y los arañazos empezaban
a brotar y rasgar las vestimentas.
- ¿Sabes qué? –le preguntó el príncipe a Kabán.
-Dime.
-Solamente acabaré contigo. Después cogeré a tu
padre y lo llevaré a palacio para que mi padre se
encargue de él.
Esta promesa enfureció a Kabán. No podía permitir
dejar la vida de su padre en las manos vengativas
del Rey Enano. El sufrimiento y la burla serían
dolorosos aún después de muerto.
El ruido de las espadas chirriaba en el aire. Algún
pájaro observaba unos segundos la pelea sobre el
escenario de las ramas y a los pocos segundos, se
marchaba asqueado.
En un descuido del príncipe, Kabán hizo un giró
rápido sobre sí mismo y pasó la espada por el cuello
de la cabeza dormida.
Al príncipe despierto le dolió la herida.
- ¿Ves cómo es mía también esa cabeza? Me duele…
-dijo medio mareado.

64
De repente la otra cabeza se despertó al notar la
herida, el jaleo de la lucha y la sangre cayéndose por
dentro.
- ¿Qué sucede? –dijo tras despertar de su profundo
letargo.
Se giraron las dos cabezas y se conocieron. Soltó el
cuerpo la espada y montó rápido sobre su caballo.
Espoleó con violencia al caballo hacia palacio y voló
hacia el Rey Enano.
-Ojalá no hubiese pasado esto. –se lamentó Kabán.
Por la espalda recibió la mano de su padre y ambos
dejaban caer ligeras lágrimas de pena por su cara.
-Lo siento padre. ¡Ha sido horrible! –Pudo acertar a
decir el muchacho –siento que he abandonado mi
destino y estoy en manos del Rey Enano.
-Deja de pensar en el Rey Enano, no está aquí. – ya
te lo dije, esas son sus batallas, ataca cuando no
está. Deja los malos recuerdos marchar. Volvamos a
casa.
En el horizonte, un fino hilo de luz despedía el día.
Se asomaba al firmamento la primera y más brillante
estrella. El frio nocturno mandaba a todos a las
chimeneas y en palacio, al pie de las escaleras,
esperaba el Rey Enano, noticias de alguno de sus
hijos.
Llegaron los príncipes sobre el caballo gris. El cuerpo
renqueante de sus hijos cayó al suelo al intentar
descabalgar, ninguna cabeza dormía. La sangre
empapaba al caballo, a los príncipes y a los pies del
Rey.
- ¡Hijos! –gritó el Rey a las dos cabezas.
65
-Hijos… -repitió para sí misma la cabeza que había
charlado en la batalla con Kabán y el viejo.
Y a esa misma cabeza, que debería estar dormida, le
dio tiempo a hacer una última pregunta antes de
expirar el último hálito de vida.
- ¿Para qué someter al pueblo?
Después, aquel cuerpo cerró sus cuatro párpados y
durmió para siempre.
Por primera vez, el Rey Enano mezcló la tristeza con
la rabia. Y juró venganza eterna. Olvidó la pregunta y
culpó a otros de la muerte de sus hijos.

66
UN SOLO PUEBLO

Una semana después de haber perdido a sus hijos, el


Rey Enano ya tenía planeado cómo atacar la vida de
Kabán y el antiguo Rey. Estaba el bufón sentado en
su trono, con sus piernas colgando del mismo. A su
alrededor, una corte de sirvientes esperaban que
abriese la boca para poder servir y cumplir sus
deseos. El enano seguía teniendo la cabeza y la
rabia en la pérdida de sus hijos.
Todo su día ahora, era llevar a cabo el plan que
había soñado y pensado para vengarse.
En la sala principal, donde descansaba el sillón real,
tan sólo se oía los dedos del Rey, golpeando
nerviosos sobre el reposabrazos del trono.
Una cadena de puertas abriéndose rompieron el
silencio y el Rey Enano llevó su mirada a la puerta
que tenía frente a su corona.
Se abrió y apareció majestuoso su querido y mano
derecha, Alejandro.
- ¡Por fin, Alejandro!
-Disculpe majestad. He tardado más tiempo del que
esperaba en visitar todos los pueblos y en recoger la
fortuna que el pueblo le debía.
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-Es igual, ya hablaremos de eso. Ahora impera que
reúnas a todos los pueblos.
- ¿Cómo, majestad? ¿A todos?
-Si, Alejandro. Trae a la plaza de palacio. A todos los
habitantes del Reino. A todos los ejércitos, a todos
los vecinos… nuestro reino corre serio peligro. –zanjó
el bufón.
- ¿Quién nos ataca, señor? –preguntó Alejandro.
-Cuando estén todos, lo sabrás. Ten paciencia…
Alejandro marchó con sus hombres a trasmitir la
orden pueblo a pueblo. Al tercer día, todos los
habitantes del reino, menos dos, esperaban el
discurso del Rey. En el mismo sitio, donde tiempo
atrás, ya olvidado, el vino, las risas y el azar elegían
a un Rey cualquiera como siervo y primer sirviente
del pueblo. Pero aquello quedaba ya muy lejos en los
recónditos y tapados escondites de la memoria.
Algunos habían nacido bajo el símbolo del enano y ni
de oídas había llegado a su vida, la existencia de un
Reino sin nombre, de un Reino sin pueblos.
Cuando todos estuvieron, alzó la voz, el pequeño
Rey.
- ¡Nuestro Reino corre peligro! Y con él, todos
nosotros. Quiero que olvidéis vuestras luchas,
vuestras fronteras, vuestros odios… Somos un único
Reino, somos hermanos, compañeros de tierra. Y
ahora nos necesitamos los unos a los otros para
salvar nuestras vidas. ¡Nos atacan!
- ¿Quién nos ataca? –preguntó un guerrero de Terra
Carles.

68
El Rey enano, a sabiendas de que dos enemigos eran
poca carne para una manada tan grande, se inventó
de nuevo una mentira para lanzar sus miles de
espadas contra la que un día fue la suya.
-Un ejército de almas errantes. Fantasmas humanos
que deambulan por el lado oscuro de la vida y que
ahora, habiendo conquistado a los muertos, vienen a
por los vivos. Un ejército expulsado del cielo y del
infierno, miles de espadas que pueden matarnos,
pero a las que no podemos ni ver, ni tocar… un
ejército invisible.
- ¿Y cómo vamos a luchar con un ejército así? ¿Cómo
se puede vencer a un ejército invisible que no mora
en cuerpo alguno? –preguntó alguien.
- ¡Estamos condenados! –gritó una mujer con un
bebé en su regazo.
- ¡Silencio, silencio! –apaciguó el Rey Enano a la
plaza.
Los pueblos, el Reino, esperaban las palabras del
enano.
-Ese ejército no es invencible. Los dioses están con
nosotros, no con ellos. Y conozco la forma de
derrotarlo.
- ¿Cuál es? Dinos…
- ¡Silencio! ¡Dejad que el Rey hable! –cortó Alejandro
el griterío.
-De ese ejército invisible, dos almas descansan sobre
huesos y carne. Esos dos guerreros son los que
mueven al resto, acabar con ellos, sería acabar con
todos. Nuestra libertad depende de nuestras
espadas. Sólo son dos guerreros, nosotros miles.
69
La plaza se tranquilizó.
- ¿Y qué pasa con los guerreros invisibles?
-Avanzad hacia los dos guerrero que os digo,
agitando vuestras espadas como si los vieseis, esa
es la manera de evitar vuestra muerte. Es
importante darse prisa y atacar a las dos almas
visibles entre muchos. Cuanto antes les demos
muerte, más nos salvaremos.
-Un ejército invisible… -seguían temiendo algunas
madres, más por sus hijos que por su propia vida.
-Reunid espadas, cuchillos y manos. Dentro de tres
días será la batalla.
Escondidos de la plaza, de los ojos de los pueblos.
Observaban y escuchaban el discurso del Rey Enano,
Kabán y su padre. Tras un frondoso arbusto, el joven
sorteaba su atención entre la gente que quería
darles muerte y la solución que la vida le mostrase.
- ¿Qué piensas hacer, Kabán? –preguntó el anciano.
El muchacho cerró los ojos, dejó que su boca
sonriese levemente y relajó el rostro. Esperando que
la vida se encargase, esperando que la solución
llegase a su cabeza, a través de la serenidad.
-Son miles de espadas. –dijo el padre.
-Confiaré en la vida, tan sólo confiaré en la vida… -se
decía a sí mismo y de paso respondía a su padre.
-Entonces, todo irá bien. –replicó el viejo Rey.
Los ojos de Kabán se abrieron de golpe, se giró hacia
su padre. Y con una enorme sonrisa, la cabeza
asintiendo y el corazón relajado, le anunció a su
padre:
- ¡Ya está! Ya ha venido…
70
El antiguo Rey le devolvió la halagüeña mueca.
-Estoy contigo, hijo.
-Espéreme en casa, padre. –Le dijo Kabán – Tengo
que ir a por algo.
El Rey Enano terminó su discurso. Alzó la mano y
dejó a los pueblos marcharse a dormir al interior de
sus fronteras.
En ese revuelo de gentes, aprovechó Kabán para
mezclarse con los pueblos que se iban, en el que
apenas se conocían los unos a los otros y los rostros
que pasaban al lado, eran un vago recuerdo del día
en que sus casas se tocaban.
Escondido en la oscuridad de la noche, raptó a un
soldado del Reino y se lo llevó al otro lado del río. Al
llegar al lado de su padre, lo dejó caer al suelo y se
sentó a su lado para contarle lo que harían con aquel
soldado el día de la batalla.
El antiguo Rey escuchó serenamente y al terminar
Kabán de exponerle el plan le dijo.
-Los Dioses ponen el talento y los hombres el
trabajo. Está claro que están contigo y tú con ellos.
-Así es padre. Todo es cuestión de confiarse a la vida,
a los Dioses y a la existencia. Es una batalla ganada.

71
EL EJÉRCITO INVISIBLE

Era un día tranquilo, de paisaje luminoso. Sin rastro


de nubes, ni de vientos altos y bajos. La copa de los
árboles y el suelo estaban en total quietud. El aire
caía vertical y el sol calentaba la tierra con toda su
fuerza. Azul, verde y marrón pintaban el horizonte.
Los pueblos caminaban ordenados a reunirse junto a
su Rey en la primera plaza que tuvo el reino, aquella
que un día respiró aromas de fiesta y paz.
Al otro lado del rio, Kabán desataba al soldado
robado al Rey Enano.
- ¿Estás con nosotros? –le preguntó el joven tras dos
noches y días dejándole observar al bufón, nada
más.
72
-Estoy con todos. –respondió el soldado.
Se abrazaron y regresó el guerrero rápido a palacio,
antes de que alguien echase de menos su espada.
Llegó el atardecer, el Rey Enano había llenado la
plaza de vino y comida. El estómago del pueblo se
emborrachaba y desde lo alto de la torre el bufón
arengaba las cabezas sedientas.
- ¡Mañana cruzaremos el rio! ¡Por sorpresa
atacaremos su lecho!
- ¡Siii! –gritaba el gentío.
- ¡No olvidéis agitar vuestras espadas en todo
momento! ¡Defenderos del ejército invisible! Acabad
con los visibles y todo habrá terminado. ¡Seremos
libres para siempre!
Y llegó el mañana prometido por el Rey.
Los pasos de los pueblos, en un orden perfecto,
levantaban una nube de polvo visible por los
invisibles.
-Es la hora, padre. –dijo Kabán.
El antiguo Rey y su hijo se vistieron con un halo de
misterio. Capa blanca, capa negra. Capuchas para
tapar el rostro ante el enemigo y la espada visible al
costado de Kabán, una sola espada para todo un
ejército y contra todo un ejército.
Ante la explanada que se encontraba a los pies del
rio, esperaban Kabán y su padre.
Llegó el ejército del Rey Enano y todos los pueblos
inventados. No hizo falta ir a la otra orilla. Allí
estaban Kabán y el último Rey, esperando a todas
las espadas, cuchillos y rabias. Erguidos, tranquilos,
deseando volver a cruzar el rio.
73
Alejandro acompaño al Rey Enano al frente de sus
hombres, de sus miles de hombres.
- ¡Sé que tenéis miedo! –gritó el bufón. –Pero si
hacéis lo que os digo, no caerá lágrima alguna de
nuestro reino. ¡Olvidaros del ejército que no vemos!
Iros a por esas dos almas que tenéis al frente.
El pueblo alzó las gargantas y empuño al cielo las
armas.
- ¡Adelante! – gritó el Rey bufón.
Todos los pasos se hicieron uno y lentamente avanzó
a por las dos almas, aquel ejército de campesinos,
mujeres, guerreros y niños.
El paso del caballo real era un poco más lento, se
dejaba el Rey Enano adelantar el pecho por el de sus
pueblos, hasta que a mitad de camino quedó atrás
de todos.
Kabán se giró hacia su ejército invisible.
- ¡Almas errantes! Son sólo un reino de mortales…
¡Es una ganada! ¡Mirad a su Rey, cómo se escuda
tras ellos!
Los pueblos del Rey Enano se giraron hacia su
monarca al oír a Kabán.
-Si me coloco aquí, es para empujaros.
Las cabezas volvieron hacia Kabán y el viejo.
- ¡Atacad! –gritó desde atrás el bufón. -¡Sólo son
dos!
- ¿Y cómo sabemos que el ejército invisible no está
delante de ellos? –Se oyó decir a un soldado.
El bufón arrugó la mirada y se quedó con su cara
grabada.

74
-La primera línea de batalla siempre es para los
valientes. –contestó el Rey Enano. Tras lo cual, se
colocó delante, junto con Alejandro. – El pecho que
no se ofrece a su Reino, no merece la vida eterna.
Varios hombres adelantaron a otros y hubo una
pequeña carrera por ser el primer muerto.
El Rey y Alejandro avanzaron hacia Kabán. Tras ellos
se movió el resto.
- ¡Empezad a mover vuestras espadas, defenderos!
Todos los pueblos avanzaban agitando sus espadas
al aire, contra nada. Se chocaban en el vacío, las
armas del mismo ejército. El ruido de sí mismos, les
hacía creer que estaban matando fantasmas.
A los pocos metros de Kabán y el viejo, mandó el Rey
Enano parar a sus hombres y sus pueblos.
-¡Alto! – gritó.
Nadie reconoció al antiguo Rey.
- ¡Pueblo mío! Algunos moriremos – les decía –
Puede que incluso yo pierda la vida. De ser así, mi
corona se posará en la cabeza de Alejandro. –Y con
un gesto lo mandó retirarse de la batalla a guardar
su vida. – Sé que estáis asustados, que el miedo os
paraliza. Pero hemos llegado bastante lejos, como
para quedarnos aquí o huir. ¡Volver no nos salvará,
luchar sí!
El pueblo se gritó a sí mismo. Lo valiente callaba a lo
cobarde. Los pies se aceleraban en el sitio y las
espadas vibraban.
-¡Venceremos! –gritó el Rey Enano.
- ¡Venceremos! –respondieron los pueblos.

75
Kabán dio unos pasos adelante. Atrás se quedó su
padre. El ejército del bufón se quedó quieto, callado,
expectante. Desenvainó el joven su espada y la dejó
apoyada, sobre la punta, en la tierra. No la clavó, tan
sólo se sujetaba sobre el fino extremo de metal,
parecía levitar más que apoyarse al suelo.
El silencio se hizo más profundo.
Kabán dio un paso atrás y dejó a la espada sola.
Nadie hacía nada, de nuevo parecía oírse el silencio
del soleado día, de no ser por los miles de pechos
asustados que clavaban sus ojos en la espada.
Unos metros a la espalda de su arma, Kabán levantó
los brazos al cielo. Majestuoso, con la cabeza
erguida y la espalda hinchada. Puso los brazos en
cruz y se dirigió a los pueblos.
- ¡Aquí estoy! Venid a por mí.
El Rey Enano, incrédulo, sorteaba su cabeza de lado
a lado.
- ¡A por él! – gritó.
Pero no se movió un solo zapato.
De repente, de entre el ejército del Rey Enano, salió
gritando un soldado, espada en alto, corriendo y
gritando, espada en alto, hacia Kabán.
A escasos metros de llegar al joven, éste, todavía
con los brazos en cruz, los cruzó y volvió a extender
al horizonte. El soldado cayó fulminado e inmóvil a
los pies de la espada, sin haber sido tocado por ella.
El ejército del Rey Enano echó a correr en dirección a
sus casas y al palacio. La estampida y el miedo
arrastraron incluso al leal Alejandro.

76
El Rey Enano se quedó paralizado y el miedo
también entró en su pecho.
La gente corrió con la esperanza de no ser
encontrados o cómo lejos, morir en su frontera.
Y en aquella explanada que saludaba al rio, se
quedaron Kabán, el bufón, el último Rey y un
soldado inerte.
El Rey Enano no se apartaba de los ojos de Kabán,
éste le devolvía la mirada y en mitad de todos los
ojos, se levantó el soldado a sacudirse las ropas.
Entonces el bufón comprendió la trampa, y su
engaño al pueblo quedó empequeñecido frente a la
burla de la que había sido objeto.
-Los Dioses nunca están del lado de los tiranos. –le
dijo Kabán.
Abrazó el soldado resucitado al viejo Rey y a Kabán y
se marchó al otro lado del río, sin volver la vista
atrás.
El ego del bufón había sido derrotado por una serena
idea. La rabia era más fuerte que la sangre
derramada por sus hijos. Tragó saliva, giró su caballo
y volvió a la tierra donde mandaba.
Al volver a palacio, se pasó la semana entera
escuchando las disculpas de Alejandro. Intentó
recuperar poco a poco el miedo de los pueblos y
hacerles olvidar a aquel ejército invisible que jamás
atacaría.
-Diles a los pueblos, que acabé yo solo con el
ejército de almas errantes.
Al pasar el tiempo y no verse atacados, el Reino
terminó creyendo de nuevo al bufón. Recupero este
77
su poder y la gente volvió a amar lo conocido y a
temer al otro lado del arbusto.

LA CAJA

-Alejandro, ¿está acabada la espada hecha con la


sangre de mis hijos y la mía propia? – le preguntó el
Rey.
78
- ¡Si majestad! Al fin, he terminado. Es un arma
grandiosa.
Alejandro mandó traerla y expectante se le aceleró
la vida al bufón.
La empuñadura estaba rellena de su sangre y la de
los príncipes, el resto era de oro. El filo metálico
brillaba aún sin luz y su tamaño era más grande que
el cuerpo del propio Rey.
Dormía con ella noche y día. A todas horas
practicaba la muerte de Kabán.
Y cuando se sintió preparado marchó a buscar a sus
enemigos.
-Alejandro, tengo algo importante que hacer. Si no
volviese, quiero que seas el Rey.
- ¡Iré con usted, majestad!
-No Alejandro, es algo a lo que tengo que
enfrentarme solo. Si vienes, tu muerte será segura.
Alejandro se convenció. En su cabeza se mezclaba la
pena de ver marchar a su señor y la alegría de poder
ser Rey. Cierto fondo de su alma, ansiaba que el
pequeño monarca no volviese.
Al otro lado del río.
- ¿Qué es eso Kabán? – preguntó el anciano.
-Es una caja hermética, padre.
- ¿Para qué?
-Volveré a engañar al bufón. Y esta vez será para
siempre.
Kabán cargó la caja a su espalda y cruzó el rio. Su
padre lo siguió.
Junto a un roble excavó un agujero del tamaño de la
caja y la enterró. Dejó al borde de la tierra la parte
79
de arriba, abierta. Después colocó un trapo sobre la
abertura y lo tapó con hierba y hojas.
-Dejaré que caiga aquí el enano, después cerraré la
caja y su alma rebotará eternamente entre sus
paredes. Es imposible abrirla desde dentro.
-La vida ha vuelto a susurrarte. –le dijo el anciano.
-Y yo he estado atento, padre. Después liberaremos
a los pueblos de sus cajas. –sentenció Kabán.
-Eso va a ser más difícil, hijo.
El Rey Enano había abandonado su cómodo y seguro
palacio. Avanzaba enrabietado al encuentro con
Kabán y su predecesor. El caballo destrozaba el
camino y la trampa esperaba a recoger un bufón.
En el cielo había sol y había luna. Era un atardecer
de los que se dejan ver, un sol sereno y suave
amorataba el horizonte sobre el lejano cerro. El
frescor de la hierba empezaba a subir por la espalda
y los cascos del corcel real se oían llegar.
-Ahí está. –dijo Kabán refiriéndose al lejano sonido
de trote.
-Padre, cuando llegue, procure alzar la vista para
despistarlo. No mire nunca a la trampa.
El anciano asintió con la cabeza.
Al llegar, el bufón se apeó del caballo. Desenvaino su
nueva espada, empuñada de sangre real y sin
mediar palabra se dirigió hacia Kabán, que esperaba
tras la caja enterrada.
- ¡Es tu fin, Kabán! –gritó furioso. –El alma de esta
espada, es más fuerte que nunca.
Kabán le lanzó una sonrisa y dejó su espada posada
en el suelo.
80
- ¡Cógela chico, te va a hacer falta para morir!
- ¿Quieres que vuelva a enviar a algún soldado
invisible? –se burló de él, Kabán.
El enano seguía camino de la trampa, sus pequeños
pasos hacían más larga la espera. El anciano miraba
al horizonte disimulando, haciéndose el ajeno a todo.
Estaba llegando, faltaba poco para pisar la hierba
falsa y quedar encerrado para siempre y justo se
paró al borde.
Kabán agarró su espada por si acaso. El anciano se
tensó y quiso acercarse, pero Kabán lo paró con un
gesto de su mano libre.
Entonces el bufón, decidido dio un paso más…
La trampa se abrió; el trapo, la hierba y las hojas,
cayeron al fondo metálico de la trampa. El Rey
Enano, quedó suspendido en el aire, espada en
mano, ante los ojos incrédulos de Kabán y su padre.
- ¿Esperabas volver a ganarme engañándome? Esto
es una lucha de espadas, no de ideas. –le dijo el
bufón. – En esta espada sí que residen almas, las de
mis hijos, su sangre y la mía mezcladas.
-Dudo que tus hijos estén de tu lado. Puede que tu
sangre haya corrompido el alma de esa espada, pero
ahí no luchan los príncipes, sólo luchas tú.
-La sangre siempre perdona. Su muerte te la deben
a ti, no a mí. –respondió el Rey Enano.
-Tú los mataste, su propio padre…
- ¡Calla y lucha!
-Eres un bufón sin público; un Rey sin Reino y un ser
sin alma. No tienes ningún pilar para seguir vivo. Por
eso te alimentas del miedo del pueblo, para llenar el
81
vacío de tu corazón. Tu vida sobra en mi mundo
enano, por eso voy a eliminarte. Y después, poco a
poco, desaparecerás en el olvido, de la vida de los
Pueblos; y el Reino, volverá a ser uno.
-Lo dudo joven, mi corona está dentro de la cabeza
del pueblo, no encima. ¿Cómo podrás arrancarla
entonces?
El anciano Rey se mordió los labios, el bufón tenía
razón.
-Puede que casi sea imposible. Pero escaparán uno
por uno, tal y como lo hizo el soldado que te engaño.
Se puede escapar del Rey Enano, pero es una lucha
personal. Y algún día, el pueblo irá dándose cuenta,
despertando.
-Pues no lo veréis. – sentenció el bufón. –Basta de
charlas. Tengo que volver antes de que a tu padre, a
tu verdadero padre, se le encaje la corona en la
cabeza.
- ¡Éste es mi único padre! –respondió Kabán
señalando al anciano monarca.
El Rey Enano se abalanzó con la espada por delante
sobre Kabán, el filo le desgarró la ropa y la sangre
empezó a empaparle las botas. Un grito de dolor
asustó al anciano.
- ¡Hijo!
- ¡No se preocupe padre! Es mi lucha, este enano
sólo me concierne a mí, a nadie más. Confiaré…
El Rey Enano se reía y burlaba de las palabras de
Kabán.
-Confía en tus Dioses y en tu vida… yo confiaré en
mi espada. Ja , ja, ja…
82
Otro golpe del bufón hirió a Kabán. La vista se le
empezaba a nublar, las fuerzas parecían hacerle
más pequeño. La rabia del Rey Enano superaba con
creces la fortaleza del joven.
- ¡La lucha siempre es más fuerte que la defensa! –
gritó el enano viéndose ganador.
Kabán empezaba a encolerizarse. Sus músculos
temblaban por dentro y las heridas cicatrizaban casi
al instante. Sacó de un grito todas sus fuerzas y le
devolvió un golpe al Rey Enano. La sangre real
empezó a manchar el suelo.
- ¿Sabes que esto acabará de un solo golpe? le
preguntó el enano.
-Lo sé, lo tengo guardado.
-Pues el primero en sacarlo, gana.
El ruido de las espadas podía oírse más lejos de lo
que el sonido hubiese llegado nunca. Los pájaros
abandonaban los árboles cercanos y el río ahogaba
su correteo para escuchar la lucha.
Una batida de pájaros, desde el roble cercano,
despistó un segundo al Rey Enano. Kabán hizo un
giro rápido y se colocó tras él. Lo puso el filo de la
espada al cuello y apretó con todas sus fuerzas.
- ¿Sabes qué Kabán? –dijo el Rey con la voz ahogada.
- ¡Calla bufón, no quiero que me digas nada!
El antiguo Rey, se mordía los labios
-Te lo contaré de todas formas… -prosiguió medio
ahogado el bufón- mi espada no obedece a mis
manos, obedece a mi alma. Y mi alma no está presa.

83
Entonces el bufón soltó la espada y esta se abalanzó
sobre Kabán que la esquivó levemente, volviéndose
a herir con ella.
- ¡Padre! –gritó Kabán.
El padre abrió los ojos esperando las palabras de su
hijo.
- ¡Debe confiar en mí! ¡Haga lo que le digo!
Entonces Kabán agarró con más fuerza que nunca al
bufón y saltó sobre la caja, detrás de ellos fue la
espada del Rey Enano.
Desde la oscuridad, una voz metálica le gritaba al
anciano asustado.
- ¡Cierre la caja, padre! ¡Cierre la caja!
El eco se lo repitió varias veces y el anciano, cumplió
lo prometido. Cerró los ojos y tapó la luz del cielo a
su hijo y a su verdugo.
Con un pequeño cuchillo rasgó unas palabras sobre
la tapa.
“Aquí yace el mal y aquí debe morar eternamente. El
noble corazón que lo acompaña, vela por nuestras
almas”
Enterró la caja un poco más y se dejó morir de
tristeza sobre la tierra.

84
PARTE II
NUESTROS DÍAS

SOPHIE

Una chica desgarbada; de piel pálida, pelo vertical,


cayendo en media melena y totalmente vestida de
negro en un día caluroso, pasó, ajena a todo, por
delante de Bill y sus amigos.

-¡Eh! ¿Eres la nueva, no? –le chilló Bill.

Sophie giró la cabeza y con un ademán afirmó su


condición en el barrio. Después siguió su camino sin
hacer mucho caso.

- ¡Espera, que no mordemos! Bueno… yo a lo mejor


sí…

85
El resto de la panda rió la gracia de Bill. Sophie ni se
giró.

-¡Qué rarita! –dijo Bill volviéndose a sus amigos.

- ¡Imbécil! – susurró Sophie.

Alex se levantó de la amarillenta hierba y se dirigió


hacia Sophie, se colocó a su espalda y le habló
suavemente.

-Perdona, Bill a veces se pasa. Pero no es mal chico.

Sophie calmó sus pasos y se paró, respiró hondo y se


giró hacia Alex.

-¡Deberíais saber que el más fuerte no es siempre el


mejor líder!

Alex no supo que contestar, la respuesta de Sophie


lo dejó en blanco. Cuando volvió en sí, le insistió.

86
-¿Porqué no vienes y te presento al resto? Somos
gente normal...

Sophie sorteó su mirada entre el grupo de


muchachos y los ojos de Alex. Alex era un chico
rellenito, con mofletes de buena persona y unos ojos
minúsculos tapados por los pómulos. Sonreía
constantemente y se movía torpemente. Sophie era
lo contrario, todo ojos y todo huesos.

Una de las chicas del grupo se levantó en actitud


receptiva e hizo un gesto a Sophie para que se
acercara. Sophie aceptó y se sentó con ellos.

Se intercambiaron los nombres y Bill no paró de


hablar.

Bill era el tipo de chico que Sophie odiaba. Era


guapo, gracioso, centrado en su pelo y en su moto; y
con una confianza absoluta en sus abdominales.
Tenía el pelo corto, era hijo único y vivía embotado
en sus caprichos. El instituto era su Reino.

87
Sophie abrió poco la boca, todos allí eran hijos de
directivos de la multinacional química que
sustentaba al pueblo y mataba al río. A lo lejos, el
barrio de los esclavos, como llamaba Bill al barrio
pegado a la fábrica, se tragaba los malos humos de
un horizonte perfilado de chimeneas de ladrillo.

La madre de Sophie había sido trasladada a aquel


lugar para los próximos dos años. Tenía la misión de
reestructurar la fábrica en ese tiempo. Si no, una
cruz tacharía del mapa más de quinientos puestos
de trabajo y un pequeño pueblo que vivía de ellos.
Sophie se había pasado la vida sin echar raíces en
ningún sitio. Un mecanismo automático de defensa,
le impedía ser simpática y sociable. No quería
amigos a los que perder, prefería tener que
despedirse de gente que la odiara. Anhelaba una
vida típica. Pero Sophie no tenía hogar, ni tenía un
padre cerca. A su padre lo conocía más por voz que
en persona. Y las llamadas cada vez, eran menos
frecuentes.
En su anterior barrio, al que su madre le había
prometido volver, dejó a su único amigo, Mark.
Mark era un apasionado de las aves, un bicho raro.
Sophie pensó que tal vez era capaz de aguantar una
amistad telefónica, con alguien más inadaptado que
ella.
Bill se levanto del suelo y se acercó a Sophie, la paró
cogiéndola del brazo y la medio giró hacia él. Sophie
se soltó cabreada.
88
Sophie pasó la tarde en aquel parque con sus
vecinos. Prefería aquella compañía a la de su madre
y las cajas por desembalar. Esos dos días para
trasladar su vida de una ciudad a otra, sería el
mayor tiempo que ambas estarían juntas. Su madre
era más madre del teléfono móvil y de las reuniones.
Había decidido que el dinero se encargara de criar a
Sophie. Y Sophie quería todo, menos a su madre y a
su dinero.
- ¡Tengo que irme chicos! –dijo Alex.
-Yo también. –aprovechó Sophie.
-Vamos juntos, somos vecinos. –añadió Bill y se unió
a ellos.
Los tres chicos vivían en la misma calle, Bill
caminaba con su moto al lado y Sophie le respondía
con monosílabos. A Alex le hacía más caso.
-Hasta mañana, simpática. –dijo Bill burlonamente.
Sophie lanzó un resoplido y siguió hacia su casa.
Alex se cruzó de acera e hizo un gesto cariñoso a la
chica.
Sophie siguió caminando.
- ¿Dónde has estado toda la tarde, Sophie? – le
preguntó su madre. –Yo no puedo hacerlo todo.
-Por ahí… -respondió sin muchas ganas.
La madre no puso mayor interés.
-Tienes la cena en la cocina. Yo tengo que irme,
volveré tarde. Tienes las cajas con tu ropa en la
habitación.
La empresa de mudanzas había dejado la casa a
medio montar. La madre de Sophie había empezado
ya con su trasiego de reuniones y llamadas; y Sophie
89
había vuelto a recobrar su rutina de estar sola en
una enorme casa en la que sobraba suelo por todas
partes.
-Te ha llamado Mark, hija. –dijo su madre justo antes
de salir por la puerta.
Sophie se dirigió al microondas a cenar. Descolgó el
teléfono de la cocina y marcó el número de su
amigo.
- ¿Qué tal estás Sophie? –le preguntó Mark al otro
lado del teléfono.
-Bueno… lo de siempre. Sobreviviré.
- ¿Qué tal está Totus?
-Bien, por ahí lo tengo…
-No lo oigo cantar. –dijo en tono preocupado el chico.
-Está arriba, en mi habitación. Después te lo pongo
para que lo oigas.
-Gracias…
Totus era un periquito amarillo y verde. Era el pájaro
que más tiempo llevaba vivo en manos de Mark, y se
lo había regalado a Sophie, tras insistir mucho, para
que se lo llevase con ella.
Sophie subió a su habitación con el teléfono en la
oreja y un trozo de Quiche recalentado en la mano.
Entró despacio y se acercó a la jaula de Totus. El
pájaro apenas cantaba y estaba arrinconado en una
esquina.
- ¡Está triste, Mark! Te echa de menos…
-No te preocupes, estará desorientado. Deberías
comprarte otro para que le haga compañía.
Sophie negó con la cabeza, no quería a Totus por dos
razones; la primera, porque Mark lo quería con
90
locura y la segunda, porque para ella, sólo era un
bicho al que cuidar.
-Aquí hace bueno, le dejaré abierta la ventana para
que oiga a los pájaros del jardín.
-Mejor si tienes un árbol cerca, cuelga la jaula de la
ventana, lo más cerca que puedas del árbol.
Sophie se acercó a la ventana.
-Solo tenemos un árbol, pero está seco. No tiene
hojas y las cuatro ramas parecen los brazos de un
viejo.
De no ser porque aquella casa, era el hogar de
familias pasajeras, aquel roble no estaría en pie.
Pero aguantaba…
- ¿Qué árbol es, Sophie?
-Ni idea, no entiendo de pájaros, ni de árboles… ya
lo sabes…
-Bueno, de todas formas. Cuelga a Totus en la
ventana.
-Lo haré. –dijo Sophie alzando la voz. Al otro lado, las
decenas de pájaros que si cantaban al lado de Mark,
apenas les dejaban hablar.
- ¿Y qué tal es aquello? ¿Has conocido a alguien?
-Pues como todos los sitios. Jardines, bicicletas
tiradas a la puerta y niños gritando.
- ¿Y los vecinos?
-He conocido a unos chicos majos, pero van con un
imbécil al que no trago.
-Tienes que ser paciente Sophie.
-Mark, no me des tú, consejos sobre cómo hacer y
mantener amigos.

91
Mark no respondió, Sophie tenía toda la razón. Mark
ahuyentaba a la gente porque sólo sabía hablar de
pájaros y más pájaros. Sophie tenía conversación
con él, porque jamás le dejaba hablar de bichos.
Gracias a eso, Mark había aprendido a tener alguna
conversación más larga de lo normal con otras
personas, pero enseguida se le iba el pico y dejaba
de escuchar para trinar su locura.
-Tendremos que aguantarnos mutuamente. –
murmuró Mark.
-Tengo que dejarte Mark, mañana tenemos la
presentación del curso.
-Vale tía. Intenta ser feliz. –se despidió Mark.
Sophie colgó el teléfono. Se quedó mirándolo y al
rato se giró hacia la ventana. Se acercó a ella y se
asomó al jardín. La noche estaba profundamente
silenciosa. No había ruidos de ningún tipo. Ni pájaros
nocturnos, ni grillos, ni carreteras lejanas… dentro
de su casa, Totus permanecía en silencio. Jamás
había Sophie experimentado una soledad tan
grande. Cerró los ojos y se fue al recuerdo más
lejano que tenía de su niñez. En su cabeza era de día
y Sophie jugaba con sus padres.
Sophie se metió en la cama y dejó a Totus en la
poyata de la ventana.
Al día siguiente madrugó. Su madre ya estaba
vestida, con el café en una mano y el teléfono en la
otra.
-Buenos días Sophie. Tienes la leche en el
microondas, tengo que irme.
Se acercó a Sophie y le dio un beso en la frente.
92
-Te prometo que el próximo fin de semana te lo
dedico en exclusiva. –le dijo su madre.
Sophie encogió los hombros. No era un gran regalo
para ella. Su madre salió deprisa hacia las
chimeneas.
Sophie ya había bajado vestida. Como siempre, de
negro; con botas y un grupo a la espalda de su
camiseta. El pelo liso le caía hasta los hombros y sus
enormes ojos marrones, agrandados por su
delgadez, denotaban tristeza.
Desayunó y subió a por Totus, para dejarlo en el
jardín mientras iba a clase. Salió al jardín trasero,
jaula en mano y observó al penoso roble que
aguantaba el paso de los años.
-Lo siento Totus, no tengo otro sitio. –le dijo al bicho.
Se acercó hacia el árbol y Totus empezó a golpearse
violentamente contra las paredes de la jaula. Sophie
se asustó y dejó caer la jaula. Se agachó a por él, y
el animal seguía nervioso.
- ¿Qué te pasa?
Totus no paraba de revolotear contra los barrotes.
- ¡Para, te vas a hacer daño!
Sophie siguió avanzando hacia el árbol.
-Te dejaré ahí, ya se te pasará.
La chica miraba las ramas, buscando dónde colgar la
jaula. Era imposible buscar un sitio con sombra en
aquel árbol deshojado. De lo que en realidad tenía
ganas Sophie, era de abrir la jaula y dejar a Totus en
paz. No entendía a Mark. Amaba a los pájaros, pero
a la vez, los tenía encerrados en jaula. Y si no

93
soltaba a Totus, era porque era incapaz de incumplir
ciertas promesas.
Dio dos pasos más hacia el árbol y Totus cayó
fulminado. Sophie se quedó petrificada, por un lado
le agradaba el silencio, pero por otro lado, Totus
había muerto. Movió la jaula, pero el pobre ni se
movía.
A lo lejos vio el autobús amarillo que venía a
recogerla para ir a clase. Volvió a meterse en casa y
dejó a Totus abandonado en el porche trasero de la
casa, de cara al árbol de ramas.
Al entrar en el autobús, vio que Alex le había
guardado un sitio. Sophie lo agradeció con una
sonrisa y saludó al resto de chicos que había
conocido el día anterior. Bill siempre iba a clase en
su moto.
- ¿Estás bien? – le preguntó Alex dos veces.
Sophie se sacudió la cabeza y volvió al autobús
escolar.
-Si, si… - respondió con la cabeza puesta en Totus.
-Es un gran instituto, te va a gustar.
-Estuve con mi madre a principio de verano. –
respondió ella.
Sophie no se quitó a Totus y Mark de la cabeza el
resto del día.
Tres horas después, estaba de nuevo en casa. Con la
comida y un solo plato sobre la mesa. Sonó el
teléfono. Sophie se sobresaltó. Al ir a cogerlo vio que
era Mark, cerró los ojos y se acordó de que había
dejado al pobre Totus, muerto y enjaulado en el
porche. No contestó al teléfono. Fue al garaje y
94
agarró una pala que había dejado allí la anterior
familia que había vivido en la casa. Dio la vuelta a la
casa y buscó un lugar donde enterrar a Totus. Por
ella, el cubo de la basura hubiese sido buen sitio,
pero tenía sobre los hombros, a un imaginario Mark
que le pedía que hiciese un funeral digno al pequeño
pájaro.
-Lo que hay que hacer. –se dijo a sí misma.
El teléfono volvió a sonar. Sophie había elegido los
pies del árbol para enterrar a Totus, dejó la pala
medio clavada en el suelo y se metió en casa para
hablar con Mark.
-Hola Sophie.
-Hola Mark.
- ¿Pasa algo? –preguntó el chico.
Sophie se quedó callada.
- ¿Qué sucede Sophie?
-No sé lo que ha pasado Mark. Estaba con Totus en el
jardín y se ha muerto. Ha caído seco.
Al otro lado Mark escuchaba silencioso.
-No te preocupes Sophie. Era su hora. A todos nos
llega. Si no hubiese sido allí, hubiese sido aquí. –
intentó consolarla.
-Lo siento de veras… creo que murió de pena. No
tenía que habérmelo traído. Su casa era la tuya, no
ésta. Ninguno de los dos deberíamos haber venido.
-Seguro… No te preocupes. –insistió Mark apenado.
- ¡Por favor entiérralo!
-Te lo juro, Mark.

95
Y no hablaron más. Ninguno de los dos tenía ganas
de seguir charlando y se citaron para el día
siguiente, vía internet.
Sophie regresó a la pala e hizo un pequeño agujero a
los pies del roble. Lo suficiente para que ningún
perro curioso olisqueara el aroma de la muerte.
Regresó a por Totus y una bolsa de plástico para
recogerlo y se encaminó hacia el roble. Dejó la jaula
en el suelo y abrió la puertecilla, se puso la bolsa a
modo de guante y cogió con suavidad a Totus, lo fue
a llevar al agujero y cuando su mano estaba sobre el
hoyo, Totus se sacudió violentamente y echó a volar.
Sophie cayó de espaldas y desde el suelo siguió el
vuelo de Totus.
El cuerpo le tembló por dentro, su corazón parecía
correr detrás del pájaro y apenas podía meter aire
en el pecho.
Al rato volvió a recuperar el pulso, el pecho y se
levantó. Su primera intención fue correr a llamar a
Mark, pero intuyó que jamás la creería. O pensaría
que estaba loca, o que se había inventado todo para
que tuviera consuelo. Ninguna de las dos cosas
funcionaría. Así que decidió no contarle nada y
seguir hablando la próxima vez de sus vidas y sus
clases.
Sophie pasó el día sola. Sentada en el porche,
mirando el agujero. En la ventana de su habitación,
mirando el agujero. En el balcón del salón, mirando
el agujero. Y de vez en cuando, levantando los ojos
al cielo, recordando el vuelo de Totus. Un escalofrío

96
le recorría el cuerpo cada vez que rememoraba el
susto.
De pronto le vino a la cabeza una frase que había
oído a Mark varias veces. “Un árbol sin pájaros es un
árbol muerto, los árboles siempre cantan”.
Aturdida por el milagro, se fue a dar un paseo por el
barrio. A escuchar los jardines de los vecinos. El
silencio era absoluto en su jardín, a medida que se
alejaba de su casa, el canto de los pájaros se hacía
más voluminoso. Era extraño. Pero deshizo su
camino y comprobó que en su jardín no trinaba
ningún ave, que en el de Bill, apenas cantaban. Y
que en el de Alex, lo mismo. Tres casas más a lo
lejos, los árboles cantaban y a dos calles hacia
cualquier dirección, los jardines eran un insoportable
clamor de pájaros.
- ¡Eh, Sophie! ¿Qué haces por ahí a estas horas? –le
preguntó Bill, que se encontraba a la puerta del
garaje limpiando su moto bajo un foco de luz que
salía de la casa.
Sophie se acercó a él. Bill se puso de pie y con un
trapo en la mano, quitándose la grasa negra, la
miraba.
- ¿Porqué no hay pájaros en nuestros jardines?
Bill arqueó las cejas, se giró a ambos lados y encogió
los hombros.
-No sé… ¿qué tipo de pregunta es esa?
Sophie no decía nada más, Bill estaba incómodo.
-Pregúntale a Alex. –le dijo intentando que se fuera
de allí.
-Aquí pasa algo raro.
97
Sophie se dio media vuelta. Bill la siguió con la
mirada, tiró el trapo al suelo y negó con la cabeza.
- ¡Esta chica, está como una cabra! –susurró.
Asomada medianoche a la ventana, afinando el oído
al horizonte. Esperaba Sophie, mirando de vez en
cuando el agujero inacabado, a que las horas
pasasen. Terminó dormida sobre la silla en la que, de
vez en cuando, se sentaba junto a la ventana.
A la mañana siguiente Sophie se acercó a una tienda
de animales y compró un pequeño gorrión. Volvió
con él en el autobús y una jaula nueva y al llegar a
casa, directamente, se dirigió al jardín trasero. Ya
había notado, nada más tomar tierra, más triste al
pobre animal, menos cantarín que cuando lo escogió
en la tienda.
En el vértice del jardín paró sus pasos. Miraba al
agujero que había junto al árbol y a la pala, todavía
apoyada sobre el roble. Devolvía la mirada al pobre
pájaro y al dar un paso más, notaba el nerviosismo
del animal. Siguió andando, volvió a suceder
exactamente lo mismo. El gorrión se agitó
violentamente contra los barrotes de la jaula y al
llegar a la verticalidad del hoyo, murió. Sophie bajó
la jaula al suelo y asustada corrió hacia su habitación
a coger el teléfono y llamar a Mark. Al llegar se
quedó a un número de completar la llamada. Estaba
sola en su locura, era imposible que nadie la
creyese, incluso Mark. Se asomó a la ventana y se
quedó mirando. Finalmente, decidió intentar
resucitar al pajarito. Metió la mano en la jaula sin
bolsa alguna, lo agarró con suavidad y cuando volvió
98
a colocarlo sobre el agujero, el animal alzó el vuelo.
Sophie lo siguió con la mirada hasta perderlo de
vista.
Se asomó al agujero y pasó la palma de la mano,
abierta, boca abajo sobre él. Pero no notó nada
especial. De repente, se dio cuenta de que al lado
suyo estaba la pala. Frenéticamente se puso a hacer
el agujero más grande y más hondo.
En la misma calle, ajenos a Sophie, Alex jugaba al
baloncesto sobre una canasta del garaje y Bill
desmontaba su moto.
A la hora de estar sacando tierra de la tierra. La pala
de Sophie chocó con algo metálico. El corazón de la
chica se paró. Con la pala, dio un par de golpes más
para asegurarse del ruido metálico, se agachó y
retiró la tierra superficial que tapaba aquello.
Siguió cavando las horas solas. Cuando llegó su
madre, ya era de noche. Cenaron y se fueron a
dormir. Ninguna de las dos pudo conciliar el sueño.
Al llegar la mañana, la madre de Sophie se fue con
las primeras luces. La chica bajó corriendo a
terminar de destapar lo enterrado.
- ¡Es una caja! – exclamó mientras tiraba la pala a un
lado.

99
LA PESADA CAJA

Su enjuto cuerpo apenas podía mover la caja


metálica. Como pudo, con ayuda de un cable de
acero y un tracter, sacó a la superficie la caja que se
quedó junto al árbol. Sophie miraba hacia todos
lados. Con la sensación de que alguien sabía que
había encontrado algo importante y que la estaban
vigilando. Pero estaba sola, y más a esas horas de la
mañana.
El verano estaba a punto de acabar. A los pocos días
llegarían las clases y el ligero otoño e invierno,
100
apenas abrigarían nada. Sophie se acercó a mirar la
tapa de la caja. Tenía un marco de hojas en relieve y
en medio, rasgado y levantado, un texto
indescifrable para ella. Sophie corrió hacia casa a
por un papel y un boli. En la cocina se topó con la
cámara de fotos y se ahorró copiarlo. Fotografío la
tapa metálica y corrió a su ordenador.
En el buscador empezó a buscar textos antiguos;
griegos, romanos, latinos, arameo… pero nada.
Aquel idioma no aparecía por ningún lado.
Finalmente se registró en una página, que a cambio
de llenarte el buzón, te traducían gratis el primer
texto que enviases. En cualquier idioma. Sophie
probó suerte, se apuntó con su tercer correo y
mandó la imagen. Esperó.
-¡Sophie, Sophie! – se oía tras el timbre a Alex.
La chica suspiró, no quería ver a nadie. Tan solo abrir
el correo y leer la respuesta. Pero no llegaba. Siguió
navegando y buscando, pero nada. Alex había
regresado a su casa y Sophie cada poco, bajaba a
ver la caja.
- ¡Es imposible abrirte! –dijo mientras intentaba
apalancarla.
Fue al garaje a echar un vistazo, pero estaba lleno
de cosas que ni ella, ni su madre sabían usar. Sophie
volvió a la caja. Estaba atardeciendo, su madre llegó
más pronto de lo normal. Se sentaron juntas a cenar
viendo la televisión. Sophie tenía la cabeza puesta
en el jardín.
- ¿Ocurre algo Sophie?

101
Sophie miró a su madre. Le hubiese gustado contarle
todo, llevarla hasta la caja pero no se atrevió. Prefirió
guardarse el secreto con ella.
-No, no pasa nada…
La madre volvió a la tele.
Sophie se levantó temprano. Encendió su portátil y
abrió el correo que tenía para dar en páginas de las
que no quería tener noticias. Tras eliminar más de
cincuenta correos de publicidad, centró su atención
uno que en el asunto ponía: “Respuesta a su
pregunta de traducción”. Sophie abrió el email
emocionada.
Era de día, afuera el sol empezaba a brillar con
ganas, ningún pájaro cantaba en el roble, ni en los
árboles de las casas vecinas. El último frescor de la
mañana se colaba por la ventana.
Susurró para sí misma el correo.
“Aquí yace el mal y aquí debe dormir eternamente.
El noble corazón que lo acompaña, vela por nuestras
almas”
Sophie leyó y releyó el texto. Se acercó a la ventana
y no quitó los ojos de la caja.
Se dirigió a la cama y se dejó caer.
- ¿Qué hago? –se preguntó a sí misma. - ¿Qué hago?
Había visto pájaros morir y resucitar. Aquella frase
podría ser verdad o mentira. Podría salvar al mundo
o condenarlo. Para ella, lo único que estaba claro, es
que después del vuelo de Totus, todo era posible. Ya
no le importaba la opinión de nadie, su cordura era
más grande que la locura del mundo. Imprimió el
texto y se lo guardó en el bolsillo. Bajó al jardín y
102
leyó de nuevo aquellas palabras junto a la caja,
como si estuviera invocando la respuesta.
“Aquí yace el mal y aquí debe dormir eternamente.
El noble corazón que lo acompaña, vela por nuestras
almas”
Sophie buscaba en el horizonte y en los horizontes
de los lados. Desearía haberse encontrado con Alex
o incluso con Bill, pero seguía sola. Ella y la caja,
solas.
Por la cabeza de Sophie se pasaron todas las teorías
posibles.
Allí había algo muy valioso, el tesoro más grande de
la humanidad
En la caja estaba el bien, y el mal había escrito
aquellas palabras para que nadie abriese la caja.
Esta teoría era la que más la convencía. Sophie no
creía en el mundo, no veía que el mal estuviese
encerrado.
O que allí estaban el bien y el mal, como rezaba la
caja. Y fuera, sus hijos.
Sophie necesitaba descansar, así que volvió a casa
para tumbarse en el sofá y meditar qué hacer.
Encendió la televisión y al ir cambiando de canales,
se convenció de que en aquella caja, no estaba
encerrado el mal. Era la hora de las noticias.
Sophie jamás había creído en nada. Su vida había
sido un camino de realidad, en el que el más fuerte
gana y el que pierde, nunca se vuelve a levantar. Su
madre era un claro ejemplo de pisotear la vida de
otros, para elevar la de uno mismo. Sophie odiaba a

103
ese tipo de gente. Su madre, engañada, se creía
admirada por la chica.
-Abriré la caja. –se dijo furiosa.
Regresó al jardín y con rabia y pala empezó a
golpear la caja. Era inútil, aquella no era la forma.
Pensó en enchufar la radial, pero le dio miedo.
Finalmente, se decidió a pedir ayuda a Bill.
- ¡Te abriré! –amenazó Sophie a la caja.
Pasó sus dedos sobre el relieve de las letras y con la
otra mano empezó a palpar el lateral de la tapa.
Parecía bajarse levemente. Desplazó la tapa
ligeramente hacia abajo y un lado, y empezó a
abrirse. De pronto, la tapa saltó por los aires y de la
caja salió un humo gris. Sophie salió disparada y
cayó de espaldas sobre la hierba. La columna de
humo se elevó decenas de metros en vertical, sobre
la caja. Un ruido de espadas luchando, parecía salir
de aquel humo. Sophie ni pestañeaba. Se incorporó
y se quedó sentada sobre el césped mirando el
humo gris y escuchando el sonido metálico de las
espadas. Unos destellos metálicos aparecían y
desaparecían de aquel humo.
Sophie retrocedió marcha atrás unos pasos hacia el
porche.
El humo gris se dividió en dos, blanco y negro, y uno
se fue hacia casa de Bill y el otro marchó hacia la de
Alex. Sophie tan solo acertaba a mirar, sus ojos
querían estar en las dos casas a la vez y se volvían
locos, esperando algo.

104
A espaldas de Sophie apareció su madre. Pisando el
jardín varios días después de la última vez que lo
había hecho.
- ¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué es todo esto Sophie?
Sophie seguía sin hablar. Ahora no quitaba los ojos
de la casa de Bill. Le pareció haber visto volar hacia
allí al humo blanco y hacia la casa de Alex, el humo
negro.

105
KABÁN Y SOPHIE

Sophie corrió hacia casa de Bill, la más cercana.


-¡Bill, Bill! –gritaba mientras aporreaba la puerta y
apretaba el timbre.
Sophie rodeó la casa y se fijó en una ventana medio
abierta que había en un lateral. Era un baño.
Decidida y valiente como nunca, pero con todo el
temor dentro, se decidió a colarse. Ya dentro, volvió
a llamar a Bill, esta vez susurrando su nombre.
-Bill, Bill… ¿Estás ahí?
El ruido de algo cayendo, en el piso de arriba, la
sobresaltó. Se paró a respirar y se encaminó hacia
las escaleras. No conocía la casa del muchacho, y
eso la ponía más nerviosa.
-Tal vez, debería haber ido a casa de Alex-... – Se
dijo.
Alex le despertaba más simpatía que Bill, pero no
era cuestión de antipatías, ni gracias. Era cuestión
de humo blanco y humo negro y una frase que
hablaba del bien y el mal. Aunque tampoco estaba
convencida del todo, solo eran colores y el negro,
era su color favorito. Era un mar de dudas, el humo
blanco, no tenía por qué ser el humo amigo.
-Ten cuidado Sophie… no sabes si has elegido el
color adecuado- Se repetía a cada subida de
escalón.
106
Al poner el primer pie sobre la planta superior, se
detuvo a contemplar las posibles huídas más
rápidas. Lo más lógico sería volver a las escaleras,
pero si era necesario, saltaría por una ventana. Al
fondo del pasillo, tras una puerta a medio abrir o
cerrar, observó una sombra que se movía
nerviosamente. Sophie avanzó sigilosa. Dejó de
llamar al muchacho.
Asomó un ojo y vio a Bill.
El chico estaba de pie, erguido, mirándose frente a
un espejo con rostro de perplejidad. Giraba su
cuerpo de lado a lado, observándose el frente, los
costados y lo que llegase de espalda. Como si no se
reconociese.
Sobre la cama de Bill, entre Sophie y el espejo, había
una espada que parecía moverse sola con un ligero
tembleque. Brillaba mucho, deslumbraba
centelleante.
A Sophie le asustó la espada. Retrocedió para
marcharse, pero sin querer dio un golpe a una
pequeña mesa que había en el pasillo, sujetando una
lámpara. Bill se giró bruscamente, saltó sobre la
cama hacia Sophie, cogió la espada en el camino y
abrió la puerta violentamente. Sophie no había dado
un paso más. Bill apuntó con su espada,
directamente al cuello de Sophie.
- Bill, por favor… ¡Bill! –sollozaba asustada.
Sophie cerró los ojos y empezó a murmurar algo
ininteligible.
- ¿Quién eres? –preguntó Bill.
- ¡Bill! Soy yo… Sophie.
107
- ¡No soy Bill! –respondió el muchacho con la espada
sin dejar de apretar el cuello de Sophie.
- ¿Quién eres?
El chico no respondió, levantó la cabeza por encima
de Sophie, buscando algo.
- ¿Dónde está tu espada? –le preguntó.
-Yo no tengo espada. –respondió Sophie.
-A mí no me engañas, bufón. – dijo Kabán.
Sophie, no sabía qué decir. Todo era demasiado
extraño, el humo, las espadas, los humos, Bill…
-Yo abrí la caja…
Kabán retiró la espada y la dejó caer sin soltarla de
su mano derecha.
- ¿Sabes lo que has hecho, muchachita?
Sophie negó con la cabeza.
Kabán se dio media vuelta y se paró frente a la
ventana. Una pierna de Sophie quiso huir, pero la
otra, la dejó clavada donde estaba.
-Has dejado salir al mundo al Rey Enano.
Sophie no entendía nada. Kabán, retomó la palabra.
-Mi alma era feliz en esa caja…
Sophie empezó a creerse el texto sobre la tapa. Pero
todo era demasiado irreal para lo que estaba
acostumbrada a vivir. Una parte de ella quería
meterse de lleno en lo que estaba ocurriendo y
olvidarse de su solitaria vida. Pero su corazón, jamás
había creído en nada. Sophie, sólo creía en lo que
tocaba.
- ¿Quién es el Rey Enano? –preguntó Sophie.
Kabán no contestó. Se lamentaba con la cabeza.

108
-Hay que avisar al pueblo –dijo.- Antes de que vuelva
a hacerlo
- ¿Qué pueblo? Hay muchos… -preguntó la chica.
Kabán se quedó de piedra.
- ¿Muchos? no puede ser…
- ¡Miles! –puntualizó Sophie.
-Miles… -sollozó Kabán.
-Sí, miles… -dijo ella.
-No valió de nada… -dijo Kabán con la voz
agazapada.
- ¿No valió de nada, qué? – preguntaba ella -
¿Podrías decirme algo, quién eres, qué haces aquí,
qué hacías en esa caja, si eras tú el que estaba en
ella? –Sophie, le perdió el miedo y no dejó de hacer
preguntas.
- ¡Calla, por favor! –dijo, todavía triste, Kabán.
Sophie cerró la boca. Kabán miraba por la ventana.
Al rato Sophie volvió a hablar.
-El resto del humo se fue a casa de Alex.
Kabán se giró bruscamente hacia Sophie.
- ¿Qué? ¿Sabes dónde ha ido?
Sophie afirmó con la cabeza. Kabán envainó la
espada y le dijo:
-Llévame ahora mismo.
-No deberías ir con una espada por ahí… -dijo ella.
Kabán bajó mirada a la vaina y de nuevo, la volvió a
Sophie.
- ¿Ya no usáis armas?
Sophie negó con la cabeza.
-Ya no usamos espadas.
Kabán prefirió no preguntar.
109
- ¡Es igual, al Rey Enano sólo le puede matar esta
espada!
-Pues será mejor que la escondas. –insistió Sophie.
-Llévame donde me has dicho ¡Es urgente!
-Te llevaré, pero antes tienes muchas preguntas que
responderme.
-Después te contestaré a todas. ¡Lo juro!
Sophie aceptó con la cabeza.
-Yo también tengo muchas preguntas que hacerte. –
dijo Kabán.
Sophie volvió a menear la cabeza.
-Vamos. –dijo Sophie.
Kabán salió detrás de ella y se fueron hacia casa de
Alex. Kabán miró con curiosidad y extrañeza el
mundo. Se quedó parado con una farola, tocaba los
bordillos, todo era un mundo nuevo…
- ¿Qué es esto? –le preguntó a Sophie.
- ¿Cuál, la bicicleta o la farola?
Kabán señaló con la mano la bicicleta atada a una
farola.
-Es una bicicleta, sirve para ir de un sitio a otro
danto pedales.
- ¿Una especie de caballo? –preguntó Kabán.
Sophie apretó los labios, se quedó pensativa y le
respondió.
-Sí, podría decirse que sí. Es un caballo moderno.
Kabán se quedó mirándola detenidamente, hasta
que se dio cuenta, de que encontrar al Rey Enano
era más importante que saberlo todo.
-Es ahí… -dijo Sophie señalando con el dedo la casa
de Alex.
110
Kabán sacó la espada.
- ¡Quédate aquí, no te muevas! –le dijo a Sophie.
Kabán entró en la casa de Alex sin respetar puertas
ni cerraduras. El piso de abajo estaba vacío. Arriba
se escuchaban unos tímidos lloros. Subió corriendo
por las escaleras y se topó con Alex que estaba
sentado en el suelo contra la puerta de su
habitación. Le apuntó con la espada y Alex se
acurrucó.
- ¡Bill!, ¿Qué haces? ¡Por favor! No me hagas nada…
-suplicaba Alex a Kabán.
Kabán no bajó su espada lo más mínimo.
- ¿Eres tú, bufón? –le preguntó.
-Soy Alex. Bill, ¿Qué te pasa? –dijo el chico.
Se oyeron unos pasos haciendo crujir las escaleras,
era Sophie…
-Es Alex, no le hagas daño.
- ¡Sophie! –gritó Alex. - ¿Qué está pasando?
-Tranquilo… -le dijo Sophie.
Sophie le preguntó algo al oído. Alex respondió
extrañado. Era algo que le había dicho en el parque
el día que se conocieron.
-Es Alex…
Kabán guardó su espada.
- ¿Qué le pasa a Bill, Sophie? ¿Se ha vuelto loco? –le
susurró Alex.
Sophie inspiró profundamente, para exhalar lo que
iba a decirle.
-No es Bill.
Alex se carcajeó y lloró.

111
- ¿Estáis todos locos? Primero Kus, luego Bill, ahora
tú… ¿Qué os pasa hoy a todos?
Alex empezó a temblar de nuevo, nervioso, llorando
incontroladamente.
- ¿Kus? –preguntó Kabán. - ¿Quién es Kus? ¿Dónde
está?
- ¡Kus es mi perro! ¿Qué te pasa Bill?
-No es Bill. –repitió Sophie.
-Me llamo Kabán. –respondió, presentando su
nombre a ambos.
-Kabán… -repitió la chica.
Alex seguía llorando, aunque de forma más calmada.
- ¿Kus, es un perro? – preguntó.
Sophie afirmó con la cabeza. Alex metió la cabeza
entre las piernas y entrelazaba su pelo con sus
manos.
- ¡Aparta! –le dijo Kabán a Alex.
Alex se desplazó sin levantarse y Kabán pasó
adentro. La habitación estaba destrozada, una
corriente de aire entró por la ventana rota y bajó
hasta la puerta abierta de entrada a la casa. Kabán
se quedó mirando la ventana y se acercó. Bajo la
ventana se encontraba el tejadillo del garaje, lleno
de pequeños cristales de la ventana destrozada y
algo de sangre del perro que llevaba encima, el alma
del Rey Enano. Kabán miró al horizonte y no había
rastro alguno de Rey Enano, ni de perro rabioso.
Sophie y Alex se quedaron fuera. Kabán regresó con
ellos al pasillo.
-Tenemos que hablar. –le dijo a Sophie.

112
Bajaron al salón de Alex y se sentaron en el sofá.
Sophie le explicó su mundo y Kabán les explicó el
suyo. Kabán no paró de mover la cabeza de derecha
a izquierda, tratando de negar todo lo que Sophie
contaba y Alex apostillaba.
- ¡No puede ser! –decía cada poco.
Sophie encendió la televisión. Volvía a ser la hora de
las noticias.
-No ha valido para nada, no he salvado a nadie. Mi
padre tenía razón, esta sólo es mi lucha, no del
mundo.
Sophie y Alex lo miraban sin decir nada. Se cruzaban
las miradas y encogían los hombros a la vez.
Alex apagó la televisión.
Kabán cerró los ojos y permaneció callado y quieto
aproximadamente una hora. Los muchachos no le
interrumpieron, tan solo lo miraban.
- ¡En fin! ¡A por mi vida! –gritó exultante tras abrir
repentinamente los ojos.
Sophie y Alex se levantaron tras él.
-Necesito vuestra ayuda. –les dijo. –Quiero parecer
Bill.
-Yo no te puedo ayudar. –dijo Sophie señalando a
Alex. –él.
Alex afirmó.
- ¡Venga! –dijo Kabán.
Se pasó la tarde contándole cómo era, cómo actuaba
y qué le gustaba.
-Tengo la sensación. –dijo Kabán –de que sé conducir
ese cacharro. –refiriéndose a la moto.

113
Se acercaron a casa de Bill, Kabán pasó la pierna por
encima y detrás del sillín. Agarró el manillar y la
llave y con su pierna derecha arrancó la moto de
cross. El ruido no le gustó a Kabán. Alex le acercó un
casco. Más para amortiguar el ruido que para salvar
la cabeza.
- ¿Qué pasa con la caja, qué hago con ella?
Kabán se llevó la mano a la cabeza, antes que el
casco.
- ¡La caja! ¡Santo cielo!
Se bajó apresuradamente de la moto y fue corriendo
hacia el jardín de Sophie. Tras él, los dos chicos.
Kabán llegó hasta la caja, con un gesto paró a
Sophie y Alex que venían bastante atrás. Asomó la
cabeza a la caja y se giró hacia los chicos.
- ¿Qué sucede? –preguntó Sophie.
- ¿Va todo bien? –preguntó Alex.
Kabán negó con la cabeza. Los dos chicos se
acercaron.
- ¡Mirad! –les dijo, señalando la caja.
Se asomaron y no vieron nada.
- ¿Qué veis?
-Nada, el fondo de la caja. –respondió Alex.
- ¡Apartad!
Los chicos se retiraron y Kabán volcó la caja.
-Mirad, ahora. –insistió.
La caja estaba tumbada. Ahora no había fondo, se
veía el otro lado.
- ¡Es increíble! –gritó Sophie.
- ¡Hemos dejado la puerta abierta!

114
Kabán señaló con la cabeza la tierra pisada, extraída
para hacer el hoyo. Eran visibles las huellas de perro.
- ¿Está en el otro lado? –preguntó Sophie.
-No lo sé, no lo sé… -respondió Kabán. –Puede
haberse ido, puede haberse ido y vuelto… lo
desconozco.
- ¿Qué vas a hacer? –le dijo Sophie preocupada.
Kabán cerró los ojos, inspiró profundamente y
respondió.
-Ser valiente, confiar en la vida y dejarme llevar.
Sophie miró a Alex y Alex miró a Sophie.
Kabán puso en pie de nuevo la caja. Sophie se
asomó y de nuevo estaba oscuro, no se veía nada.
Alex también quiso mirar, pero Kabán puso la tapa
encima antes de que le diese tiempo.
-Puedes esconderla en mi casa, me sobra sitio por
todas partes. –dijo Sophie.
Kabán agarró la caja como si no le pesase y la llevó
al garaje, tras los pasos de la chica. La arrinconó al
lado de unas estanterías y la taparon con una manta
vieja.
-Por favor, Sophie. Asegúrate todos los días, que la
caja está cerrada.
-Lo haré.
Volvieron al jardín. Sophie dirigió la mirada hacia la
casa de Bill.
-Aquellos son tus padres Kabán. –le dijo señalando a
la casa.
Kabán sonrió.

115
-Tengo que volver a casa e inventarme algo. No voy
a contarles esto a mis padres. Se creerán más un
robo que la verdad. –dijo Alex.
-Gracias Alex. –dijo Kabán.
-Hasta mañana Alex. –se despidió Sophie.
Se quedaron solos en el jardín. Sophie volvió a
preguntarle por su futuro.
- ¿Qué vas a hacer? Volverás a la caja o te quedarás.
-No lo sé… tengo que esperar la señal.
- ¿Qué señal?
-La que me diga qué hacer. La vida es estar atento a
las señales, sino, nada funciona.
-Mañana es viernes, y el lunes empezamos las
clases. Lo que te conté. Estate preparado.
-No sé qué día es hoy, ni cual será mañana. Nunca
he puesto nombre a los días. Avísame cuando llegue
el momento, gracias.
Sophie asintió.
Al día siguiente Sophie se levantó temprano. Bajó al
garaje a comprobar la caja. Todo estaba en orden. A
pesar de lo sucedido, un extraño morbo le tiraba
hacia el lado que quería volver a abrir la tapa.
Aguantó y pudo resistirse. Después, salió a la calle y
espero a Kabán y a Alex. Al rato apareció Kabán.
Alex se quedó en casa.
-Esto le supera. –dijo Sophie.

116
SÁBADO

Era casi la hora de comer.


-Hola Kabán.
-Hola Sophie. –respondió él.
- ¿Qué tal estás? –preguntó la chica.
-Tengo la sensación de que el Rey Enano está aquí. –
respondió Kabán erguido con la cabeza apuntando al
horizonte. –Seguramente nos esté observando. No
deberías pasar mucho tiempo conmigo.
Sophie se asustó y empezó a girar la vista hacia
todos lados.
-Tranquila Sophie, no dejaré que te pase nada.
Sígueme…
Kabán se dirigió hacia el río donde tiempo atrás todo
era naturaleza intocada. Donde él y su padre veían
la vida correr. Por un antiguo sendero, hecho ahora
calle se encaminaron hacia el hogar de Kabán.
-Espera, compraré un par de hamburguesas. –dijo
Sophie.
Al rato llegaron, se sentaron a la orilla y por un
momento Kabán sintió en su espalda la mano de su
padre, pero era la de Sophie.
- ¿Vivías aquí?
Kabán señaló con la cabeza la otra orilla.
-Justo ahí, pero no parece el mismo sitio.
- ¿Qué te parece ahora todo esto?
-Me gustan las casas, los coches; los aviones me
alucinan, habéis dominado el viento. Pero lo
importante, los trascendental, habéis dejado que
siga creciendo sobre la idea de un bufón.
117
- ¿A qué te refieres?
-Cuando mi padre era Rey, no había Reino, no había
nombres. Las estrellas se miraban, no se las
nombraba. La tierra era una, el universo era uno.
Todos éramos uno. De esa forma no había lucha. Si
no hay separación, no hay amenaza. Y la realidad es
que no hay separación. Mira el suelo. A una calle la
llamáis de una forma, y a otra de otra… pero son la
misma calle, el mismo universo. El agua de un rio es
el mismo que el de otro, es el mismo rio. Cuando yo
era pequeño, ya existían varios pueblos, mi padre
jamás me habló de ellos y yo no tenía pueblo. No
pertenecía a ningún sitio, pertenecía a todo. Si a un
niño no le hablas de algo, eso no existe. No podemos
enseñar nada a un recién nacido, es matarlo,
anularlo, hacerlo un enano.
-Ya… pero tiene su parte buena. Logramos llegar a
los sitios, no perdernos.
-Estaría bien si sólo fuese eso, pero os identificáis
con vuestras ideas, que ni tan siquiera son vuestras.
Defendéis a vuestras calles como si fuesen vuestra
alma. ¿Alguna vez te has fijado en la gente?
Caminan por la calle, con la vida gritándoles al oído.
Los pájaros, el rio, el viento soplándoles, el calor del
sol… pero todos todo su mundo son los chillidos de
su cabeza. Mira a aquel hombre, mira todo lo que
está fuera y el sólo oye sus voces… -dijo señalando a
un hombre que paseaba con un pequeño perro
blanco.
Sophie se quedó pensativa.

118
-Te lo voy a explicar para que lo entiendas del todo.
Cuando ves a Alex venir, dices… ahí viene Alex. No
dices, ahí viene Alex con sus brazos, su pierna, su
cabeza. Es uno. Pero Alex dice, mi pierna, mi cabeza,
mis ideas… se separa de sí mismo. Eso es lo que
hizo el bufón con el Reino.
Sophie se miró la mano.
-Yo soy mi mano, no es… mi mano. –dijo la chica.
-Sophie, cada uno debe arreglar su mundo. Y todo
estaría resuelto. ¡Existimos! Es algo que no debes
olvidar. Podría no haber nada, y sin embargo aquí
estamos. Árboles, pájaros, personas, ríos, edificios,
motocicletas, futuro, pasado y presente… podría no
haber nada, y sin embargo, una gran bola de fuego
está ahí arriba, dando calor, energía y luz.
Sophie levantó su vista al cielo, entornó los ojos y
miró al sol hasta donde pudo.
-Hace tiempo que los hombres perdieron todo
contacto con la realidad. Desde entonces, viven en
la verdad de sus cabezas y ahí, es muy fácil
dominarles. Da lo mismo que un hombre caiga en
buenas manos, que en malas. Está dominado y ese
robo de la libertad, es el único pecado.
-Ya…
Kabán dio un mordisco a la hamburguesa que habían
comprado, al tragar, prosiguió.
-Ahora mismo me estás creyendo. Y eso es caer en
la misma trampa. Aunque lo que te diga sea bonito,
suene a paz y sea verdad… a ti no te vale. Es mi
vida. Te lo diré mil veces Sophie. Mira el mundo,
como si fuese la primera vez que te plantan en él.
119
¿Tendrías nación, tendrías nombre, serías chica o
chico, sin espejo, te conocerías? La próxima vez que
estés en un sitio con gente, siéntate y mira… mira
como si fuese la primera vez que ves eso.
Sophie movía la cabeza de arriba abajo. Sus ojos no
parpadeaban, parecía estar en otro mundo.
-Si mis padre me hubiesen llamado Laura, ahora
sería Laura.
-Exacto Sophie. Y sólo es un nombre, una etiqueta
por la que alguno mata. Y la patria, la escuela y las
religiones, son lo mismo. Somos parte de la vida, no
un añadido que la ve pasar. No hay nada fuera de
nosotros, ni dentro. No hay ningún tipo de fronteras,
salvo las que nos ponemos.
-Laura… -murmuró Sophie.
Kabán dio el segundo mordisco.
-Está buena esta comida.
-Sí, pero espera a acabar y ver cómo la digiere tu
estómago.
-Es el estómago de Bill, no tendré problemas.
- ¡ah, claro! Pues disfrútala.
Los muchachos permanecieron en silencio, salvo por
el movimiento de la boca al masticar. Sophie terminó
mucho antes que Kabán, que se recreaba en ese
nuevo sabor que desconocía. Con cada mordisco
cerraba los ojos y todo su cuerpo parecía estar
dando el bocado a la hamburguesa.
- ¿Cuál es el sentido de la vida? –preguntó Sophie
con las manos vacías.
Kabán tragó lo que tenía rumiando y contestó.

120
-Sophie, estás sola. Ese tipo de preguntas sólo
puedes contestártele tú y no desde tu cabeza, ni tu
cerebro. Porque de ahí, sólo sacarás lo que te
contaron tus padres, tus profesores o tú iglesias; y
esa no es la respuesta. ¡Estás sola! No lo olvides
nunca.
- ¿Quieres decir que es mejor no relacionarse con
nadie?
-No, la soledad de la que hablo es una soledad
interior. La relación con los demás es maravillosa. Yo
estoy aquí por la necesidad que tenía de conocer
gente. En mi vida tenía dos soledades, una que me
llenaba y otra que me dolía. Pero deja de hacerme
preguntas, no puedo enseñarte nada. ¡Estás sola!
-Entonces… ¿No has venido a arreglar el mundo?
-No, Sophie. He venido a arreglar mi mundo. El Rey
Enano está en mi vida, no en la tuya. Para ti, sólo es
humo… Ya tienes tus propios bufones, vete a por
ellos, ¡mátalos! ¡Enciérralos en una caja para
siempre!

121
DOMINGO

-Mañana es lunes, Kabán. ¿Iras a clase?


-Iré, de momento no hay rastro del Rey Enano.
Seguiré siendo Bill.-contestó Kabán.
-Las clases de geografía e historia te van a doler. –le
dijo la chica.
-Sufro por vosotros, no por mí.

122
GEOGRAFÍA E HISTORIA

El autobús escolar recogió a Sophie. La parada


estaba frente a la puerta de la casa de Alex. El chico
esquivó los ojos de Sophie. Ella no insistió. Kabán
pasó con la moto de Bill por delante de la parada,
saludó con la mano. A Sophie le sorprendió cómo
manejaba la moto.
Los pasillos estaban atestados de gente. Bill era un
chico popular en el instituto y era saludado por casi
todos. Kabán devolvía los saludos. En cuanto llegó
Sophie, se sintió más cómodo.
-Vamos a parecer novios. –le dijo Sophie al rato de
tenerlo pegado.
-No conozco a nadie.
-Tienes a la panda…
Kabán tiró de los amigos del barrio para parecer
normal y estar cómodo. Se le acercaba mucha gente
123
a preguntarle por el verano y el muchacho respondía
como podía. Sophie no lo había podido ayudar
mucho, apenas lo conocía.
Las clases iban pasando tranquilas. Presentación de
materia, de profesores y objetivos. Sophie no
apartaba los ojos de la ventana, Kabán se entretenía
garabateando con el lápiz sobre un folio. Estaba
maravillado.
Sonó la campana. Era la hora de ir a la cafetería a
comer algo. Sophie esperó a Kabán a la puerta de
clase, salió el último. Los pasillos se habían vaciado,
para ir a comer, todos corrían. Los muchachos
caminaban entre el pasillo de taquillas, camino de la
cafetería, mientras Sophie respondía a los cientos de
preguntas que Kabán le hacía sobre el instituto y las
clases.
Justo antes de entrar a la cafetería, a mano
izquierda, se encontraban los baños. Kabán entró y
Sophie esperó fuera. Mirando a través de los
cristales de ojo de buey de las puertas, el revuelo del
comedor.
El pasillo estaba silencioso, todo el ruido venía de los
gritos de la cafetería, de las voces que querían
contar su verano por encima de otras.
Sophie se giró al escuchar unos pasos lejanos.
Al fondo del pasillo una escultura figura de un
hombre fuerte se alzaba frente a ella. No parecía un
enano, todo lo contrario. Era alto, con el pelo
ondulado y barba canosa. Muy corpulento. Metió la
mano bajo su capa gris y sacó una espada. A Sophie
se la volteó el corazón, quiso llamar a Kabán, pero el
124
miedo la dejó paralizada la boca. El hombre rasgó el
suelo, el chirrido del gres molestaba a la chica que
seguía sin poder moverse. Parecía estar escribiendo
o dibujando algo. Terminó y desapareció. Sophie
pudo volver a colocar su respiración.
Kabán salió del servicio y al ver la cara de la chica se
dio cuenta de que por ahí andabael Rey Enano.
- ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?
-No era un enano… -sollozó ella, mientras señalaba
con el dedo el fondo del pasillo.
Kabán la abrazó para calmarla.
-Era alto, muy alto… era enorme. –lloraba sobre el
pecho del chico.
-Era el Rey Enano, Sophie. En el cuerpo de Alejandro,
mi verdadero padre.
Sophie apartó la cabeza del pecho y miró a Kabán a
los ojos con cara de no entender nada.
-Ya te lo explicaré.
-Ha escrito algo en el suelo. –dijo ella.
Kabán se giró hacia el fondo del pasillo y se fue
hasta el garabato. Agacho la mirada y se quedó
fijamente mirándolo.
- ¿Qué pone? –preguntó Sophie.
Kabán leyó a Sophie el suelo.

“Las grandes masas


sucumben más
fácilmente a una
gran mentira que a
una pequeña”.

125
Sophie se quedó pensativa y recordó las palabra que
el Sábado habían salido por la boca de Kabán.
-Es una lucha individual, para vencer a todos. –
añadió Kabán.
Parecía que Alejandro se había llevado con él las
voces encerradas en la cafetería. El silencio era
absoluto. Los chicos podían oír su respiración. Se les
fue el hambre y no entraron a almorzar. Sophie se
quedó pensando. Kabán miraba el pasillo, sentía la
atmósfera juvenil que acababa de llenarlo y la
marabunta que lo iba a llenar en breve. Al rato sonó
la campana y la cafetería se quedó vacía y sucia.
Pasaron a través de ellos todos los compañeros de
instituto, como si no existieran. El ruido de las
taquillas abriéndose y cerrándose, las carcajadas, las
voces… había tanta vida; y Sophie se sentía sola,
más sola que nunca.
Kabán se acercó un poquito más y frente a ella,
llevando una mano al hombro de la muchacha,
intentó calmarla.
-No tengas miedo. El Rey Enano es parte de mi vida,
no de la tuya. No te pasará nada.
Sophie levantó la cabeza.
-Ahora ya sabes dónde está. –dijo ella.
Kabán asintió.
- ¿Qué está pasando ahora en tu mundo, Kabán?
-Eso no debe preocuparte, Sophie.
Acabaron las clases. Kabán decidió que Sophie
volviese con él en moto. Los autobuses se
marcharon y los chicos se fueron a casa. Sophie se
agarró a la espalda de Kabán como si no hubiese
126
otra cosa en el mundo a que agarrarse. Su cabeza
todavía aletargaba en el pasillo y en Alejandro.
Llegaron a casa de Bill. Kabán dejó la moto. Los
padres de Bill, todavía no habían llegado. En esa
calle, los padres no tenían por costumbre tener
jornadas laborales que les permitiesen conocer a sus
hijos.
-Te acompañaré a casa, Sophie. Vamos dando un
paseo.
-Todavía no quiero llegar a casa… -dijo ella.
-Pues paseemos entonces. –propuso Kabán.
Al rato de paseo, acabaron sentándose en un banco
del parque donde Sophie conoció a Bill.
En Septiembre, el cielo se oscurecía por minutos. El
frescor que acompañaba a la falta de luz, subía por
las piernas y una ligera humedad que venía del rio,
se colaba por los jardines. Sophie no conocía el truco
de llevar una chaqueta a mano y Kabán, nunca tenía
frio.
-Volvamos, tengo frio.
Kabán se levantó primero e hizo un gesto a Sophie
para que no se moviese. El muchacho parecía estar
buscando algo.
- ¿Qué sucede? –preguntó Sophie.
-Calla… -susurró él.
- ¿Está aquí? –preguntó la muchacha.
Kabán afirmó con la cabeza.
A lo lejos, en el claro verde del parque, tras un
camino esquinado. Apareció un perro negro.
- ¿Es Kus? –preguntó Kabán.

127
-No estoy segura. Solo lo he visto un par de veces, y
de lejos. Creo que sí, me temo que sí.
-Tranquila.
-Pero… ¿El Rey Enano, no había escogido el cuerpo
de tu padre? –preguntó ella.
-Se fue y regresó. Y, o te liberas del todo del Rey
Enano, o deja posos en el alma. Y Kus es un pobre
animal, como todos los hombres.
Tras Kus, aparecieron cuatro perros más, Alejandro y
lo que parecían soldados del ejército de palacio del
Rey Enano.
Sophie se asustó mucho, se puso en pie y se colocó
tras Kabán.
-Tranquila…
Sophie no se tranquilizó.
Empezaron a caminar hacia los chicos.
-Quédate en el banco, Sophie.
Kabán les acortó el camino, se fue hacia ellos con la
espada envainada y la cabeza al frente. Alejandro, el
Rey Enano, caminaba en cabeza de su séquito.
En el centro de la explanada se pararon ambos
lados.
-Curioso Kabán. Vas a morir a manos de tu padre,
que no es tu padre; que matará a su hijo, que no es
su hijo.
-Esta vez al menos te pones delante, bufón.
Al Rey Enano, le seguía molestando que le
nombrasen su primer oficio.
- ¿Sabes? No te mataré. Hoy hincarás la rodilla ante
tu Rey. Volverás conmigo al Reino y allí pagarás tus
culpas.
128
- ¿Sí? Y en qué cuerpo volveré. ¿En este que nadie
allí conoce? ¿Cómo demostrarás que soy el guerrero
del ejército invisible que un día os venció?
-Tengo malas noticias para ti. Alguien abrirá la caja
antes de tiempo y podremos salir tal como éramos.
Kabán pensó en su padre, pero prefirió no preguntar
al enano.
-Pues tendré que matarte aquí. –le dijo Kabán.
-Inténtalo chico.
El Rey Enano desenvainó la espada, Kabán sacó la
suya. Por los lados acechaban los perros y los
soldados. Esta vez sin miedo a un ejército invisible.
Todos a una y a uno. Sophie se agazapaba sobre el
banco. Cerraba los ojos, deseando que aquello no
estuviera pasando. El parque estaba vacío, la
pequeña ciudad parecía estar vacía. Las espadas
chocaban al aire. El ruido metálico espantaba a los
pájaros que aguantaban el frio. Las heridas
empezaban a aparecer por el cuerpo de Bill y
Alejandro. Kabán se movía ágil, con fuerza. Con cada
movimiento de espada, lanzaba un grito. De un solo
golpe logró matar a dos perros. Inteligentemente se
agachó en un ataque de un soldado y la espada de
este mató a un compañero. Kabán sangraba, el Rey
Enano sangraba, Kus sangraba…
Uno de los soldados se acercó junto con un perro al
banco de Sophie y la agarraron. La chica no pudo ni
pedir ayuda a Kabán.
Estaba Kabán frente al Rey Enano con sus espadas
apuntándose. El Rey Enano bajó la espada y la dejó
clavada en el suelo. Kabán se extraño. El Rey señaló
129
con la cabeza a Sophie. Que estaba colgada en los
brazos de un soldado, con la boca tapada y
pataleando al aire.
-Ríndete a tu Rey, chico. –dijo El Rey Enano.
Kabán no bajaba la espada. Se volvía hacia el Rey,
hacia Sophie y hacia el Rey de nuevo. Negaba la
situación con la cabeza.
-Ríndete Kabán. –repitió el Rey Enano.
Kabán envainó su espada.
-Así me gusta. – dijo el Rey.
Entonces Kabán le miró fijamente a los ojos y le dijo:
-Te la puedes llevar a tu palacio, si quieres… Mi lucha
no es el mundo, mi lucha soy yo.
Y salió corriendo, saltando por unos arbustos
cercanos desapareciendo de la vista de todos. Nadie
movió una pierna o una pata tras él. Todos esperaron
qué hacer, de boca del Rey Enano.
El monarca no supo bien cómo reaccionar. Le había
sorprendido tanto la actitud de Kabán como a
Sophie.
El soldado esperaba con la chica en el aire.
-Suéltala. –le ordenó.
Sophie cayó al suelo, se puso en pie en seguida y
salió corriendo en dirección contraria a la que había
salido Kabán.
El Rey Enano se quedó quieto. A sus pies yacían dos
perros y un soldado.
-Tiradlos al rio, son historia. –ordenó a los vivos.

MADE IN…
130
Sophie apenas durmió aquella noche. Era incapaz de
calmar su cuerpo. Le dolía más el abandono de
Kabán que la espada del Rey Enano amenazando su
cuello. Se asomó a la ventana, un último golpe de
calor veraniego paseaba por el barrio. Los grillos
gritaban con fuerza y su jardín seguía sin pájaros. Su
madre dormía y en frente, la habitación de Bill, la
cama de Kabán, con la luz encendida. Una mezcla de
rabia y desdicha hacían que se mordiese los labios y
apretase los puños.
- ¡Maldito! –gritó por la ventana.
Cerró con fuerza y se volvió a la cama. Se enfadó
con la almohada y la tiró contra la puerta como si
fuese el mismísimo Kabán. Entonces destapó bajo
ella, lo que parecía una nota de papel, escrita a
mano. La cogió y leyó. Esta vez, entendía el idioma.

“Jamás dejaría que te sucediese


daño alguno. Sacrificaría mi vida
mil veces, antes que una la tuya.
El Rey Enano es mi lucha, no la
tuya. Lo conozco, sabía que nada
iba a pasarte. Nunca te he
abandonado Sophie. Si quieres
decirme algo, escríbelo en un
papel y déjalo debajo de tu
almohada. Después, duerme.
No debe vernos juntos”.

131
Sophie se pasó media noche leyendo la nota y la
otra media pensando qué poner en un papel. Al final
cayó rendida en la cama, con un bolígrafo en la
mano y un papel bajo la almohada.
Al despertarse Sophie miró bajo la almohada. La
nota que había escrito a Kabán, en la que le
insultaba y le perdonaba, ya no estaba. La que sí
estaba, era una nueva nota del viajero.

“Sophie. Te pido perdón de


nuevo, pero era necesario y el
único truco para que
saliésemos ganando. Hoy me
acercaré a ti en la parada del
autobús. Dame una bofetada
delante de todos, recházame.
Es parte del juego”

La muchacha asentía con la cabeza mientras leía la


nota. Una parte de ella deseaba darle ese tortazo y
quedarse a gusto. La nota continuaba.

“Voy a devolverlo a su mundo


y allí acabaré con él de una
vez por todas, lo desterraré de
mi vida”

Sophie dobló el papel y lo guardó con la otra nota en


un sobre del primer cajón de su mesilla, dentro de
una caja negra con un símbolo en la tapa, en la que

132
guardaba las cosas que para ella eran importantes y
que ahí cabían.
La muchacha se vistió de negro, como siempre y
bajó a desayunar. Aceptó tomar el café a la mesa
con su madre, el buen humor por recuperar al Kabán
que conocía la sentó en la silla. Hablaron del
instituto, del barrio y de la ciudad.
Al acabar la madre de Sophie la besó en la frente.
Sophie sonrió. Hacía meses que no sonreía a su
madre. Aquel día los compañeros de trabajo de la
madre de Sophie, tendría un mejor día.
Sophie se colgó la mochila a la espalda y se fue a
dar un tortazo a Kabán a la parada del autobús. Al
llegar saludó a Alex, que le devolvió el saludo y
rápidamente apartó la mirada hacia el lado contrario
a Sophie. Llegaron un par de chicos más y cinco
minutos después apareció por allí el ruido de la moto
de Bill. Kabán se bajó y se acercó por un lado a
Sophie. Con la intención de sorprenderla, le agarró
por el brazo.
- ¡Sophie! –dijo Kabán.
La chica, metida en su papel, le propinó un sonoro
tortazo que sorprendió a la parada de autobús.
Escondido, el Rey Enano, abandonaba la idea de
utilizar a la chica. Tras la bofetada llegó el autobús.
Se subieron todos y Kabán se quedó solo, con la
mano lamiéndose el moflete. El Rey Enano sonreía.
Kabán se subió a la moto y se fue. En el autobús,
Sophie se sentó al final del mismo, en la última fila
de la primera parada. Notó el ruido de un papel en
su bolsillo, lo sacó y lo leyó.
133
“Me llevo la caja”

Guardó el papel y apoyó su frente contra el cristal


caliente de la ventanilla.
Kabán no llevó a Bill a clase. El Rey Enano observaba
el instituto. El joven entraba en la casa vacía
de Sophie y se llevaba la caja al bosque para
volver a su casa y poder regresar a gusto.
Antes de eso, había pasado por una pequeña tienda
de juguetes. Allí se gastó unas pocas
monedas en una corona de plástico, pintada
de color dorado y pequeñas piedras preciosas,
también de plástico, incrustadas en su parte
alta. También se hizo con un disfraz de Rey y
una espada de colores que emitía zumbidos.
Todo por el valor de unas pocas monedas…
En el garaje de Sophie apartó la tapa de la caja y la
escondió lo justo para que en caso de necesidad
pudiese volver o no, dependiendo de si le hiciese
falta. Miró en el interior y al ver el camino despejado,
se fue de viaje con su hatillo repleto.
Apareció junto al roble. Estaba repleto de hojas y
pájaros. El murmullo del río podía oírse al fondo. La
caja estaba semi-descubierta y no había rastro de la
tapa por ningún lado. Kabán dejó la caja tumbada.
Un aroma de felicidad le empapó el rostro aunque le
faltaba la compañía de su padre para sentirse unido
al mundo. Abrió la mochila, se puso la capa de Rey,

134
se colocó la corona en la cabeza y envainó la espada
laser de juguete.
Marchó hacia el palacio.
Al llegar una guardia le cortó el paso.
- ¿Quién eres y qué quieres?
- ¡Soy el nuevo Rey! –dijo con voz enérgica.
Los soldados se miraban. No había rastro por el
Reino de Alejandro, ni del Rey Enano. Tan solo se
pasaban los días esperando a alguien…
Kabán sacó su espada y pulsó el botón de on. La
espada emitió un zumbido y una deslumbrante luz
verde y roja, que nunca habían visto, asustó a
aquellos hombres provistos de espadas reales.
- ¡Soy el nuevo Rey! Acatad mis órdenes.
Los hombres se arrodillaron ante la espada y la
corona dorada de Kabán.
- ¡Si majestad! –contestaron.
-En dos días, quiero que estén aquí todos los
pueblos. Daros prisa…
Los hombres se dividieron. Montaron en sus caballos
y se fueron a comunicar los deseos del nuevo Rey.
Kabán se pasó los dos días de espera, haciendo
disfrutar al cuerpo de Bill del sonido de los pájaros,
de la carrera del río y del sabor de las frutas
colgadas.
Llegaron todos los pueblos y Kabán les reunió en la
plaza, donde una vez su padre, el que él consideraba
su padre, fue Rey. Donde el pueblo era el señor y el
Rey el siervo. Donde el Reino no tenía nombre y los
hombres se dejaban guiar por la voluntad del
destino.
135
- ¡Pueblos del Reino! ¡Soy el nuevo Rey! –gritaba
Kabán.
Sacó su espada, estaba atardeciendo y la luz del
laser era mucho más luminoso que a horas más
tempranas. El pueblo se rindió ante aquella arma. El
zumbido era más alto que el murmullo de la plaza.
- ¡Soy el último Rey! Después de mí, no habrá otro.
Soy El Rey Eterno. La última morada de los Dioses en
la tierra. Ya no vendrá otro detrás de mí. Olvidad a
los Reyes que hayáis tenido, pues tan solo serán
espejismos y bufones.
El pueblo escuchaba con atención. Una masa de
trapos marrones, capuchas grises que fueron
blancas y manos ensuciadas por el campo, dirigían
su atención a aquel muchacho con corona, capa y
espada.
-Lo primero que haréis será arrancar las fronteras. El
Reino es uno. Olvidad el nombre de vuestros pueblos
y olvidad el Reino. Después… olvidad al Rey.
Las cabezas del gentío se miraban las unas a las
otras.
-Tirad las espadas al rio. –les dijo Kabán. -¡Vosotros
también! –señaló al ejército.
En el siglo XXI el Rey Enano se revolvía a las puertas
de un instituto de una pequeña ciudad.
-Dejad de luchar. Trabajad, comed y reíd. No habrá
más guerras, porque no habrá nada que conquistar.
Sin enemigos, no hay batalla. Sin tierras, no hay
enemigo. Sin armas, no hay manos… El mundo se
hizo redondo para que no tuviese fin.

136
Los soldados agarraban cada vez, con más suavidad,
sus espadas. Como el que coge un cuchillo para que
no se caiga y nada más.
-Y si alguna vez veis a alguien vestido de Rey, o con
una espada, o vestido de caballero blandiendo una
espada. Cerrad los ojos y desterrarlo de vuestras
vidas. ¡Soy el último Rey y no tengo descendencia!
Conmigo, muere mi sangre.
El pueblo cada vez se mezclaba más en la propia
plaza. Una sensación de querer fiesta de primavera
inundó el Reino.
-Y la próxima vez que veáis a alguien que se
proclame vuestro señor; no lo juzguéis por cómo
viste o por el daño que puede haceros. Sino por el
bien que hace para el Reino. ¡Volved a vuestras
casas y a vuestros estómagos, que cada uno sea su
propio Rey!
Kabán dio unos pasos atrás y desapareció de la vista
de todos.
Los soldados recogieron todas las armas y las
llevaron al rio. Los vecinos pisotearon sus fronteras y
olvidaron su nombre. Kabán cruzó al otro lado para
volver a descansar en el lugar donde había sido feliz,
completamente feliz.
-Poco a poco… -se dijo a sí mismo, confiando en que
valiera de algo sembrar algo bueno en vez de atacar
lo malo.
Sobre el rio cayó una lluvia de espadas, clavándose
en el agua y que no dolían.

137
Kabán cerró los ojos. Deseaba quedarse allí y
quedarse así. Pero tenía que devolver a Bill a su
mundo.
-Ahora toca arrancar al bufón de mi vida. De una vez
y para siempre. –se dijo.
Se levantó y se marchó hacia la caja. Sin dilación
alguna se metió y volvió a la vida de Sophie. Cerró la
caja y la dejó escondida. Después se quito la corona,
la capa y la espada y tiró todo a un contenedor.
Cogió la moto de Bill y se fue a buscar al Rey Enano.

¡VIVA EL REY!

Kabán llegó al instituto. Las clases parecían haberle


esperado. Todavía estaban los autobuses viejos y
temblorosos en la calle. Los más tardones subían las
últimas escaleras y el timbre de entrada había
perdido su eco. Kabán se dirigió a la primera clase
del día y la dejó pasar sin mucho interés. Sus ojos se
sorteaban entre la ventana que daba a las canchas
deportivas y la puerta de la clase. Pero ni rastro del
138
cuerpo de Alejandro, las cuatro patas de Kus o una
pequeña corona asomándose a las cristaleras. Tocó
el cambio de clase. Los pasillos se atestaron de
hormonas y las taquillas intercambiaban los libros
con las manos de los estudiantes. Sophie dejó que
Kabán se acercase.
- ¿No nos verá? –preguntó ella.
-Hoy es el último día, Sophie.
Una mezcla de liberación y tristeza se apoderó de la
chica. Su miedo quería perder de vista a Kabán y
sobre todo a la espada de Alejandro. Pero Kabán
había cambiado su mundo y su energía.
-No te entristezca mi marcha, Sophie. No olvides que
estás sola, que tienes tus propios Reyes Enanos con
los que acabar. Será mejor que dejes de preocuparte
por mi mundo y gastes el tuyo.
Sophie asintió.
-Te echaré de menos Kabán.
-Y yo a ti.
Un jolgorio de risas al fondo del pasillo les apartó de
su conversación. Kabán se giró, Sophie miró por un
lado del muchacho. Al final, detrás de las risas,
estaba Alejandro, junto con un par de soldados, un
par de perros y cuatro espadas en posición. Todos
los jóvenes se pegaron a sus taquillas y se dejaron
de oír las risas. Se hizo un pasillo sobre el pasillo. Y
al fondo Alejandro y los suyos que avanzaban hacia
Kabán y Sophie. El resto de chicos miraban de fondo
a fondo del pasillo la escena. Sin saber si aquello era
real o una novatada de principio de curso.

139
El Rey Enano paró sus pasos. El silencio era
abrumador, tan solo se oía el llanto de dos
fluorescentes a punto de apagarse. Fuera, el día
parecía oscurecerse y una mañana de Septiembre,
parecía las últimas horas de una tarde de Enero.
Alejandro, el Rey Enano, colocó su espada en
posición vertical. La agarró con las dos manos y
desde su pecho la bajó hasta el suelo golpeándolo
tres veces. A la tercera todos los muchachos del
pasillo abrieron sus taquillas y se aprovisionaron de
cuchillos que Sophie reconoció de la cafetería. Sus
ojos parecían estar en los de otra persona. El Rey
Enano se había hecho con un ejército. Uno de los
fluorescentes se apagó del todo. Kabán dio unos
pasos atrás y se quedaron solos al final de su lado
del pasillo, junto a la puerta de la cafetería. Kabán
colocó a Sophie a su espalda.
- ¡Hoy es el último día! – se dijo.
Kabán abrió las puertas de ojos de buey que se
abrían a los dos lados y metió a Sophie en la
cafetería. Desde el pasillo, a través de la puerta
medio abierta, le dijo.
-Sophie, sal del instituto, huye. Ya te buscaré. Y
mañana no tengas miedo de tus compañeros de
instituto.
Kabán se quedó guardando la puerta. Sophie saltó
por una ventana y desapareció de allí.
El Rey Enano, la dejó marchar de nuevo.
-Parece que al final sí que te importaba la chica…
-Eres incapaz de luchar solo. Y no lo entiendes….- le
dijo Kabán – Si hay una posibilidad de que me ganes,
140
será luchando tú sólo. ¡Esta no es su guerra! –gritó
señalando al pasillo.
- ¡Quiero la caja! –gritó el Rey Enano.
-Has perdido el Reino, y lo sabes…
El cuerpo de Alejandro retorció sus puños sobre la
empuñadura de la espada.
- ¡Volveré a ganarlo!
-No te daré esa posibilidad, bufón.
- ¡Matadlo! –gritó el Rey Enano.
Kabán se encontraba cerca de una caja de fusibles,
desenvainó su espada contra ella y la clavó contra
los cables. Aguantó la descarga y el pasillo se quedó
totalmente a oscuras. Una tenue luz iluminaba
desde el fondo, por la puerta principal del instituto.
- ¡Matadlo! –seguía gritando la voz de Alejandro.
Las espadas se oían rasgar sus filos. Las chispas
metálicas traían luces fugaces al pasillo. Un olor a
sangre salpicaba el suelo y la expiración del último
hálito de algún muerto giraba las cabezas cercanas.
- ¡Matadlo! –insistía el bufón.
Parecía una guerra de cien ejércitos. La oscuridad
inflaba la centelleante batalla.
Un generador de emergencia trajo algo de luz a la
oscuridad.
En el pasillo, con el Rey Enano erguido al fondo con
su espada sin haberse movido, se dibujaba una
hilera de estudiantes heridos, soldados muertos y ni
rastro de Kabán. Parecía no haber estado en esa
batalla. Alejandro movía su cabeza hacia todos
lados, buscaba entre los muchachos tumbados y
heridos el cadáver de Kabán. Se acercó al ojo de
141
buey de la puerta de la cafetería y observó la
ventana abierta por la que había saltado Sophie.
-Hemos luchado contra un enemigo invisible. –se dijo
furioso y sintiéndose nuevamente engañado.
Volvió hacia sus soldados y perros muertos y sobre la
punta de la espada de un guerrero había pinchada
una pequeña nota.

“Te espero donde siempre te he ganado.


Llevaré la caja, lleva tu espada y
tu pecho.”

El Rey Enano arrugó el papel y lo lanzó con


desprecio sobre un herido que no entendía que hacía
allí y qué hacía herido.
- ¡Kabán! –gritó Sophie al verlo llegar. -¿Estás bien?
-Perfecto, no te preocupes. –le dijo mientras se
giraba sobre sí mismo para enseñarle a Sophie que
no habían tocado un pelo del cuerpo de Bill.
Sophie lo abrazó con fuerza.
- ¡Escúchame Sophie! Es muy importante que hagas
lo que te voy a decir…
Kabán llevó a Sophie hasta la explanada de hierba y
la escondió tras unos arbustos. Le contó varias veces
lo que debía hacer y otras tantas le preguntó si lo
había entendido. La cabeza de Sophie no paraba de
decir que sí. Kabán cerró los ojos y le dijo.
-Hoy es el último día Sophie. Necesito tu ayuda para
desterrar al Rey Enano de mi vida y por desgracia,
de la tuya, en la que no debería haber caído.
Sophie le agarró las manos.
142
-No sabes lo que me alegro de que hayáis caído en
mi vida. Tú y el Rey Enano.
Kabán sonrió.
-Quédate bien escondida, es lo principal.
Kabán alzó la vista y observó a un pequeño gorrión.
Sigiloso se puso en pie y con un movimiento rápido
lo agarró entre sus manos.
- ¡Suerte! –le dijo Sophie.
Kabán esperaba en pie, al final de la explanada,
junto a la caja metálica y destapada. En su mano
derecha su espada y la izquierda en el bolsillo,
aguantando un pequeño pájaro, nervioso y asustado.
-Cálmate, no te va a pasar nada… -le decía Kabán
intentando acariciarle la cabeza a tientas con el
pulgar de la misma mano.
A lo lejos, furioso y sin soldados ni perros, venía el
Rey Enano haciendo círculos en el aire con su
espada.
- ¡Vas a morir! –gritaba.
Kabán esperaba tranquilo.
Sophie observaba con los ojos tras los arbustos.
Llegó rápido el Rey a la altura de la caja y sin mediar
palabra atacó a Kabán, este repelió como pudo las
envestidas de la espada Real. Kabán estaba
preocupado por su alma y por defender el cuerpo de
Bill.
Los arbustos se movían contagiados por los nervios
de Sophie, que en silencio, animaba a la espada de
Kabán.
Kabán y el Rey Enano; Bill y Alejandro… empezaban
a herirse. Y en medio de la batalla, la caja. El ruido
143
chirriante de la lucha proseguía. Kabán empezaba a
sentir la sangre sobre su piel. Cada rasguño se lo
devolvía. Las fuerzas siempre estaban igualadas.
- ¡Esto es por mis hijos! – gritó el Rey Enano en una
embestida que hirió en el costado al muchacho.
Kabán se giró y se la devolvió al costado contrario.
- ¡Esto es por mi Reino! – y asestó otro espadazo el
enano que igualmente fue devuelto veloz.
- ¡Nunca has sido Rey, es un invento tuyo! ¡No eres
Rey, nunca has sido Rey y nunca serás un Rey! –le
gritaba Kabán.
Al bufón le dolía oír esto, más que los cortes
sangrantes.
Kabán sacó al pequeño pájaro de su bolsillo. El Rey
Enano lo miró de reojo extrañado. Entonces el joven
lanzó con fuerza hacia el aire su espada y gritó.
- ¡Ahora Sophie! ¡Ahora es el momento!
El Rey Enano siguió con la cabeza la trayectoria de la
espada hacia el cielo. Kabán aprovechó su despiste y
le dio un empujón hacia la caja. Después se metió él
y al segundo cayó, también dentro, la espada de
Kabán que agarró con la mano libre y sin pájaro.
Sophie había corrido desde los arbustos hasta la
caja. Cogió la tapa, la levantó con los dos brazos y
se la puso por encima de la cabeza.
Kabán asomó levemente y la miró a los ojos.
-Ahora Sophie. –le dijo suavemente.
Sophie cerró los ojos y dejó caer la tapa sobre la
cabeza de Kabán. El muchacho cayó dentro y la caja
quedó cerrada.

144
Sophie se dejo caer a la hierba y acurrucada se puso
a llorar.
Era un día luminoso, se oía el canto de los pájaros, el
eco lejano del agua del rio y unos pequeños golpes
dentro de una caja.
Sophie se limpió los ojos llorosos con las manos y se
acercó a la caja. Su corazón latía más fuerte que
nunca.
Dentro podría estar el mal, el bien o un pájaro. No
sabía… La última vez que abrió la caja, no tuvo
suerte. Estaba indecisa. Creía en Kabán y en su plan.
Pero ahora todo estaba tranquilo y una vez Kabán la
dijo que era feliz en la caja. Pero en la caja también
podía estar Bill.
De pronto se dio cuenta de que a su alrededor los
pájaros cantaban y eso la calmó enormemente.
Cerró los ojos y se dijo:
-Confiaré en la vida.
Abrió la caja y se asomó.
-Mi cabeza. Aaah ¡Como me duele! –dijo Kabán.
Sophie lo ayudó a salir de la caja, se asomó por
última vez antes de volver a colocar la tapa, y ni
rastro del Rey Enano, ni del pájaro.
Kabán se sentó sobre la hierba y miró a Sophie.
- ¿Qué ha pasado? –le preguntó el chico con una
mano frotándose el cabello.
-No te preocupes Kabán, todo ha salido bien… -dijo
ella sin poder disimular una gran sonrisa.
- ¿Kabán? –preguntó Bill. -¿Quién es Kabán?

145
FIN

146
Autor: lopezabia

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Página del libro:

http://www.bubok.com/libros/200023/El-Rey-Enano