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XI Encuentro de Santuarios de España.

Santiago de Compostela, 23-25 de septiembre de 2008

Los Hijos del Éxodo. Hombres y mujeres en camino

Buenas tardes,

Quiero comenzar agradeciendo al padre Josep-Enric Parellada, Director del


Departamento de Pastoral de Turismo, Santuarios y Peregrinaciones y
responsable, por tanto de este Encuentro, la invitación a participar en el mismo.

Y sobre todo agradezco la posibilidad que me ha ofrecido el preparar estas


palabras que voy a compartir con ustedes, de encontrarme con la Palabra de
Dios y dialogar con ella. Una Palabra que es siempre nueva, siempre oportuna,
siempre actual. Desde que pusimos nombre a esta intervención, “Los hijos del
Éxodo. Hombres y mujeres en camino” fueron surgiendo preguntas: quiénes
eran, quiénes son los hijos del Éxodo; qué querían, qué anhelaban, qué les
movía a seguir adelante; por qué caminos anduvieron, por qué por aquellos y
no por otros; hacia dónde caminaban … Con estas cuestiones inicié el diálogo.

Y aquella liberación de los israelitas esclavos en Egipto, parece que durante el


reinado de Ramsés II allá por la mitad del XIII a.C., que fue un acontecimiento
histórico, se me ofrecía, se nos ofrece -a modo de invitación-, como una
oportunidad de liberación, de salvación, de superación personal y
comunitaria… para los hombres y mujeres de todos los tiempos. Como lo
atestiguan las historias de vida de tantas personas a lo largo de los siglos,
treinta y tres desde los hechos. Una invitación también para nosotras, para
nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI.

Pues este diálogo mantenido con los israelitas que salieron de Egipto, con
Moisés, también con la Samaritana y los de Emaús es lo que les ofrezco.

I Florido Fernández 1
XI Encuentro de Santuarios de España.
Santiago de Compostela, 23-25 de septiembre de 2008

Por qué mirar a los hijos del Éxodo

Porque el éxodo es pieza central en el pensamiento bíblico sobre la salvación


que aconteció en una gran “salida”. Hubo gente con rostros, con costumbres,
con historias y con sueños concretos, que en unas circunstancias y en un lugar
determinados movió su casa. Fueron los hijos de Israel.

No me voy a detener en el concepto judío de los hijos de Israel, aunque con


frecuencia nuestra mirada se quede en ellos: los que partieron de Egipto desde
Ramasés, que desde allí llegaron a Sukot, y que desde Sukot llegaron a Etam
cerca de Epauleum junto al mar (Ex 12,37; 13,20; 14,2). A partir de allí les
precedió la nube y les rigió; la roca de la que bebían el agua (Ex 17,6); que
pasaron a través del mar Rojo a pie enjuto (Ex 14,22) y que llegaron al desierto
del Sinaí (Ex 16,1). Luego vendrían la Ley y la organización del pueblo.

Tampoco voy a seguir la interpretación de Pablo cuando transmite a la


comunidad de Corinto lo que aconteció a estos hijos a los que él llama padres:

“No quiero que ignoréis –les dice-, hermanos, que nuestros padres
estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; y todos
fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar; y todos comieron
el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida
espiritual pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era
Cristo” (1Cor 10, 1-4)

Toman ellos la palabra.

I Florido Fernández 2
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¿Quiénes son, quiénes sois los hijos del Éxodo?


- “Somos israelitas”, llevamos mucho tiempo, siglos, viviendo en Egipto,
un país que no es el nuestro pero en el que hemos crecido, hemos sido
fecundos y generado mucha vida, una tierra en la que nos hemos hecho
fuertes (Ex 1,7). Nunca perdimos del todo la memoria del Dios de nuestros
padres, ni nuestras fiestas y tradiciones. Siempre nos sentimos un poco
diferentes, hasta teníamos nuestras propias parteras (Ex 1,17.21), no
teníamos mucho trato con los lugareños para no convertirnos en uno de
ellos. El trabajo, que al principio nos parecía digno y nos sentíamos
realizados, por eso nos quedamos, se fue convirtiendo en una pesada
carga difícil de sobrellevar, llegamos a vivirnos sometidos y serviles (Ex
1,13) hasta el punto de amargarnos la vida (Ex 1,14).

Estos hijos del Éxodo son un grupo numeroso y con identidad propia, son
israelitas, que no está integrado en el entorno que lo acoge y que lo siente
como extraño; personas no satisfechas de lo que hacen, de cómo viven, que
siendo fecundas pierden su capacidad para generar, para dar vida; que no son
libres. Son gente angustiada.

El Dios de los padres les es un dios cercano, está con las parteras, acuden a él
para expresarle su sufrimiento, y Él los conoce, los escucha, los mira, sabe de
la aflicción en la que vive el pueblo, su pueblo. He visto la aflicción de mi
pueblo…, he escuchado su clamor…, conozco su sufrimiento… el clamor de
los israelitas ha llegado hasta mí… (Ex 3, 7.9)

Es gente que en su angustia se fía de Moisés, uno que -como puede- les habla
de salir y apela a la protección de ese Dios de los padres para conseguir tal
hazaña: abandonar el terreno del más poderoso y las empresas que le hacen
crecer y dominar y llegar hasta una tierra que mana leche y miel, un lugar

I Florido Fernández 3
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idílico donde no hay carencias ni angustias para nadie. Es una propuesta para
ir de lo conocido a lo por conocer.

Unos se fían del “enviado de Dios”, lo escuchan, hacen memoria de la promesa


hecha a los padres… otros, no teniendo mucho que perder, se lanzan a la
aventura; hubo quien se echó al camino por puro corporativismo; muchos, las
mujeres y los niños, porque les toca, lo dice el cabeza de familia, es lo que hay
que hacer.

Salen para hacer fiesta y se encuentran con el desierto, van e tener que
enfrentarse a un camino que no es ni corto ni fácil (Ex 13,17).

Y parten desde Ramesés, una ciudad en contrucción. Orígenes, en la Homilía


V sobre el Éxodo1 afirma que si hay alguna persona que desea abandonar las
obras oscuras de este mundo y las tinieblas de los errores, debe salir ante todo
de Ramesés. Afirma que Ramesés significa “erosión de la polilla”. Dejar
Ramesés es despojarse de los pequeños y grandes tesoros que cada uno
vamos acumulando, cosas materiales pero también lugares, momentos, gestos,
personas, paisajes, hasta olores y sabores que consideramos muy nuestros, y
que suponen un arrancón grande. Salir de Ramasés para dejarse guiar por la
columna de nube puede evocarnos fácilmente una recomendación de Jesús:

No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre


que corroen, y ladrones que socavan y roban. Mt 6,19

Los hijos del Éxodo ansían su patria, claman por ser felices, por tener un
trabajo digno con el que disfrutar, una tierra espaciosa para expandirse y
generar vida…

1
ORÍGENES: Homilías sobre el Éxodo. Biblioteca de patrística n 17. Ciudad Nueva. Madrid
1992. p 95

I Florido Fernández 4
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Y lo necesitan ya. Tienen prisa una vez que se les han abierto los ojos. Salen
presurosos, no tuvieron tiempo de tomar víveres ni provisiones para el camino
(Ex 12, 39). Sólo despojan a los egipcios de los objetos de valor ¿quizás de
ellos mismos?, ¿del trabajo de sus manos que contribuye al engrandecimiento
y la fastuosidad? No hacen planificación, ni programan objetivos intermedios.
Seguramente tampoco midieron las consecuencias. No saben el camino pero
se ponen a caminar. Lo quieren ya pero les va a llevar toda la vida.

Inician el camino de la esperanza y, después de rodeos (Ex 13,18), se topan


con el desierto. Dios no los lleva por el camino recto, por el camino fácil, y es
que como dice por boca del profeta Isaías mis caminos no son vuestros
caminos. El desierto es el tiempo de la incertidumbre (Ex 14,3), del recuerdo,
las añoranzas, los reproches y las reclamaciones: … ¡las ollas de carne,
cuando comíamos pan hasta hartarnos! ((Ex 16,13)… ¿qué hemos hecho para
que nos traigas a morir en el desierto? (Ex 14,11). Tienen sed, pasan hambre,
se aburren de comer el alimento que Dios diariamente les proporciona, se
cansan y quieren volver atrás, padecen de desconfianza, no se fían de la
capacidad de Moisés ni de ese Dios que promete y no cumple, se buscan
asideros tangibles, manejables, relucientes, llamativos… Va a ser también el
lugar de las infidelidades.

El desierto es también el lugar de los signos: la columna de nube o de fuego


que marcha delante de ellos alumbrándolos día y noche (Ex 13, 21-22). Y el
mar que les deja paso, la roca de la que brota el agua, el alimento que no les
falta, el estandarte que los sana de los males del desierto.

También el desierto es el tiempo de identificarse y construirse como pueblo, de


clarificar prioridades.

Y es el lugar del encuentro. Dios tiene su tienda en medio del campamento,


está entre ellos, baja a encontrarse con Moisés. Y es el lugar de la Palabra.
Dios habla al pueblo a través de Moisés, Moisés le informa, le eleva las quejas

I Florido Fernández 5
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de los suyos, le consulta… Podemos evocar sin esfuerzo palabras del profeta
Oseas:
Voy a seducirla: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón. Allí le
daré sus viñas… y ella responderá como en los días de su juventud,
como el día en que subía del país de Egipto… (Os 2,16 y ss.)

Vivir en el desierto es ejercitarse en la confianza, abrirse a la providencia, es


vivir desprendidos de todo, hasta del alimento cotidiano. Dios provee el
alimento necesario, de nada les vale acumular, ni para mañana. Jesús va a
decir:

Mirad las aves del cielo: no siembran ni cosechan, ni recogen en


graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta… Ya sabe vuestro
Padre que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de
Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así
que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí
mismo. (Mt 6,26.31-34)

Dios en el desierto va dejando que salgan los prejuicios, los recelos y las
resistencias, así los pequeños deseos van dejando paso a un deseo mayor.

¿Y Moisés?
Moisés, hombre torpe de palabra y de lengua -dice de él mismo en Ex 4, 10- y,
quizás, con un mensaje de difícil comprensión –vengo a sacaros de este lugar
de esclavitud para llevaros a una tierra fértil y espaciosa-, necesita alguien que
hable por él para hacerse entender y creer. Además de a Aarón va a necesitar
signos y prodigios que le acrediten. No era un hombre popular, ni famoso, ya
avisa a Dios justificándose: no van a creerme, ni escucharán mi voz (Ex 4,1).

La fuerza y el poder de convicción le vienen de su propia experiencia. El ha


vivido su éxodo particular previamente.

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Criado y educado como egipcio en el entorno de faraón, conoce sus raíces,


sabe quiénes son sus hermanos. Es mayor y se siente fuera de los suyos… y
visita a los hebreos. Se indigna por la situación a la que se ven sometidos -el
texto narra el episodio de los maltratos-. Y reacciona. Huye a otro país después
de dar muerte al egipcio -es la manera con la que cree romper con faraón y
todo lo que ello significa-.

En Madián, donde inicia una nueva vida, también se vive como forastero.
Atraviesa el desierto por cuestiones laborales, pastorea el rebaño de su suegro
y se encuentra con Dios por casualidad, más bien por curiosidad. Entran en
diálogo y tiene que descalzarse, desprenderse de lo que lo aísla de la tierra en
la que habita, ha de pisarla, acariciarla… y conoce a Dios: sabe de Él que es el
que es, que ha visto la aflicción de su pueblo, que conoce su sufrimiento, que
ha bajado para librarle.

Una vez que se han conocido, Dios le pide que vuelva al lugar de donde salió,
que vuelva a faraón y todo lo que él significa, pero no es una vuelta para saldar
su deuda, ni para continuar con su vida, ni para volver a la familiaridad de su
historia pasada. Vuelve para encontrarse cara a cara con el poder egipcio, para
hablar de igual a igual. Moisés va a ser para faraón y para el pueblo la voz de
Dios. Habla el lenguaje de faraón pero dice palabra de Dios. No es un simple
mensajero porque no repite mecánicamente lo que ha aprendido de memoria,
Yo estaré contigo, yo estaré en tu boca – lo convierte en su palabra.

La vocación de Moisés es vocación de profeta. En adelante ya no toma él la


iniciativa, no se declara libertador, porque él lo recibe todo del Señor y tiene
que estar enteramente a su disposición.

Se pone en camino con su mujer y su hijo, ellos sobre un asno, él apoyado en


el cayado de Dios (Ex 4, 20), el sostén que le capacita para hacer prodigios.

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Mueve su casa para volver a sus orígenes. Vuelve con una identidad
transformada: tiene familia propia, descendencia, palabras en su boca, el
sostén y la fuerza que le vienen de lo alto. El encuentro con Dios en ese fuego
que arde pero no quema, le lleva de vuelta a sus hermanos. Y vuelve para
liberar. Va para salir de nuevo, ahora no saldrá solo sino acompañado de una
multitud, sale como pueblo. La salvación, el reino, la libertad, la felicidad… se
alcanzan y se viven en comunidad, en compañía.

Caminando con la samaritana

Damos un salto en el tiempo y en el espacio. Siglo I d.C. La ciudad de Sicar, en


Samaría (Jn 4, 5 y ss.) En la casa de una mujer sin nombre, de las muchas que
ponen color a la Historia de Salvación y que unas veces son recogidas en las
Escrituras –como ésta que vamos a tratar- y otras muchas que permanecen en
la memoria de grupos y comunidades de todos los tiempos.

-¿Por qué eres tu hija del Éxodo? Podemos comenzar por preguntarle.

Antes de hablar nos toma de la mano, nos saca de la ciudad y nos lleva hasta
el pozo de Jacob. Vamos recorriendo un camino testigo de su monótona y
esclava tarea de conseguir agua para la casa; el mismo camino que tras un
encuentro junto al pozo, se convirtió para ella en liberación y salvación.

- Yo también tenía sed, como los israelitas cuando estaban en el desierto,


y acudía aquí por agua, y la pedí, ¡deseaba tanto ser saciada, liberarme
de esta esclavitud cotidiana!

Ella, una mujer, una sin-voz, una “no-pueblo”2, una sin-nombre, que sale a
buscar agua, que no tiene marido; que es esclava de su origen –samaritana 3- y

2
Un modo de expresar lo que en el evangelio se repite cuando hay recuento de multitudes “sin
contar las mujeres y los niños”
3
los samaritanos no tienen trato con los judíos ¡cómo tu me hablas a mí que soy samaritana!

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de su historia personal –ha tenido cinco maridos y vive con uno con quien no
está casada-. Una mujer que está harta de hacer cada día la misma tarea,
recorrer cada mañana la distancia de su casa al pozo, conseguir el agua, y
portarla desandando el camino.

Jesús también aparece en el relato en una situación vulnerable y de carencia;


es forastero, está solo, tiene sed, se encuentra junto a un pozo que es hondo y
no dispone de cacharro para sacar el agua…

Es en esta precariedad, cuando están a la intemperie, fuera del poblado, fuera


del entorno del templo, de lo sagrado, donde se dan a conocer una y otro.
Comienzan la conversación con la sed de Jesús; del cántaro para sacar el
agua del pozo pasan al “agua viva”; de ahí al marido, a los maridos; este tema
les lleva a dialogar sobre el verdadero culto. Jesús comienza teniendo la
iniciativa conversadora. Ella va sacando sus insatisfacciones, recelos, deseos.
Del “dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir a
buscarla” (Jn 4,15) –su deseo más primario es no hacer más veces ese
recorrido hasta el pozo- al dónde se debe adorar al Señor (Jn 4,20) y, por fin, a
expresar su deseo más profundo: “Cuando venga el Mesías nos lo explicará
todo” (4,25b). Se que va a venir.

Reconoce a Jesús como el Mesías esperado. Y el agua, y el cántaro, que


fueron protagonistas en el inicio, que eran su esclavitud y su amargura, pasan
a segundo plano, mejor, salen del escenario. Los deja abandonados y vuelve a
la ciudad corriendo. Tiene prisa.

No es la vuelta de cada día, no tiene que llevar ninguna carga. Vuelve con la
agilidad de quien ha sido liberada de su yugo, pero también de sus idolatrías, y
de su pasado. Vuelve con la agilidad y la alegría de quien ha visto cumplido su
deseo profundo, de quien conoce un don mayor. Se sabe conocedora del
manantial de “agua viva” y consciente de que el Padre la quiere adoradora en
espíritu y en verdad allí donde está.

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Vuelve al pueblo con la urgencia de comunicar a los suyos lo que le ha ocurrido


en ese encuentro especial: conoció a alguien que no le ha reprochado nada de
su vida anterior y ante quien no ha tenido vergüenza de mostrarse tal como
era. Tiene urgencia de comunicar y de invitar a sus paisanos a acudir también
al pozo del que obtienen el agua que calma cada día su sed, para que, como
ella, se encuentren con Jesús.

Vuelve como una mujer nueva, su identidad se ha transformado y eso la


convierte en una evangelizadora que logra, con su testimonio –con sus
palabras, ella, “la -sin-voz” – que otros se acerquen a Jesús y crean que Él es
el Mesías anunciado por los profetas y esperado por el pueblo.

Este relato de Juan, producto de un proceso de adecuación de la literatura de


la comunidad juánica original al contexto, es –según el profesor Senén Vidal4,
gran conocedor de este evangelio- un relato etiológico de la fundación de la
comunidad de Sicar. En ella, jugó un papel decisivo una mujer samaritana del
lugar cuya vida azarosa era conocida. No es momento, y sólo lo cito, pero
considero que el relato es un testimonio magnífico para ahondar en la actividad
decisiva de la mujer en las comunidades de seguidores de Jesús en los
comienzos del cristianismo y, por qué no, de su lugar, de nuestro lugar en la
comunidad eclesial.

¿Dónde está tu marido?5

¿Y si al llegar al pozo conducidos por esta mujer samaritana nos encontramos


con Jesús? ¿Queremos que nos de esa “agua viva” que tiene, o preferimos
seguir-haciendo-lo-de-siempre? ¿Estamos en disposición de responder,
4
VIDAL, S., Los escritos originales de la comunidad del discípulo «amigo» de Jesús. El
evangelio y las cartas de Juan, Sígueme, Salamanca 1997.
5
Al situarme ante este texto de la Samaritana desde una hermenéutica creativa evoco retazos
de un artículo de Dolores ALEIXANDRE, “Buscadores de pozos y caminos” en Vida Nueva
n 2451, 11 de diciembre de 2004. Pliego

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cuando pasados los primeros momentos del diálogo, nos pregunte por nuestros
maridos o pretendientes? ¿Los tenemos contados, numerados, nombrados?

 El marido de la desinformación y el conformismo. No se puede


hacer nada para cambiar el curso de la historia; las leyes de la
economía y la política son éstas, más vale que nos adaptemos.
 El individualista, que nos seduce hasta insensibilizarnos ante la
realidad de las personas.
 El tradicionalista, que ciega toda posibilidad de respuesta no
establecida previamente.
 El espiritualista, que nos organiza inmersiones en tradiciones y
costumbres de otro tiempo, de otros contextos, para mantenernos al
margen de lo cotidiano.
 El marido “tengo-mucho-que-hacer” que busca permanentemente
la justificación por las obras; o el expendedor, que sólo conduce a
producir proyectos, programas, consejos, recetas, “sacramentos”…
que nos incapacita para dialogar y compartir con otros nuestra
precariedad, nuestras zonas vulnerables fruto de nuestra humanidad.
 El marido neoliberal y consumista que nos arrastra a ser como todo
el mundo; que convierte en obligado cumplimiento determinados
niveles de confort, que nos instala so pretexto de “prudencia
evangélica”…
 El secularista, que nos aleja del pozo, del encuentro con el Señor,
silencia nuestra interioridad hasta incapacitarnos para expresar
nuestra experiencia de Dios, sólo cabe el lenguaje que parte de los
imperativos éticos. Nos quita la capacidad de anunciar.
 Pero también está el idolátrico, que nos hace dar culto a medios,
recursos, instrumentos, técnicas, ritos, leyes, palabras… impidiendo
esa adoración en espíritu y en verdad.
 Y el del deber-ser, el ortodoxo, el “qué-me-van-a-decir-que-yo-no-
sepa”, …

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En diálogo con los de Emaús

¡Tanto tiempo con él y no habíamos entendido nada! ¡Tantas veces le


habíamos oído hablar –yendo de camino, o cuando se sentaba a enseñar- del
cumplimiento de las Escrituras!... ¡habíamos presenciado signos que nos
hablaban de la presencia del Reino ya entre nosotros, aunque en construcción!
-Nos dirían los de Emaús-. Somos hijos del éxodo, esperábamos y queríamos
la liberación, nos movíamos por ello pero ¡qué equivocados, qué ciegos!
Andábamos sin ver y oíamos sin entender. Nuestro corazón estaba embotado.

Los discípulos de Emaús son esclavos de una promesa no entendida, de ideas


preconcebidas, de un poder hecho de pompa y estereotipos. ¿Un Mesías
liberador de Israel sin eliminar y exterminar a la autoridad Romana, que
practica y habla de perdón en vez de la venganza? ¿Puede ser el Cristo uno
que muere ajusticiado, que es colgado de un madero? ¿Es posible que Jesús,
muerto en la cruz y sepultado esté vivo?

Caminan con Él, dialogan, le cuentan su tristeza por los acontecimientos


vividos en Jerusalén, su sed: esperábamos que sería él el que iba a librar a
Israel… (Lc 24,21). También le comparten un deseo más profundo –el corazón
les ardía-: el cuerpo de Jesús no está en el lugar de los muertos, lo vieron y lo
han contado las mujeres ¡Si estuviera vivo! Acabado el trayecto continúan la
conversación en la casa, en torno a la mesa –ejercen la hospitalidad con el
forastero, uno de los signos que más llama la atención de la comunidad de los
seguidores de Jesús para los de afuera-. Sus ojos se abren ante un sencillo
gesto, sencillo y común para el pueblo judío: bendecir, partir y repartir el pan al
comienzo de la comida.

Lo reconocen y les da la vuelta su historia. Se ponen en camino desandando


sus pasos, vuelven a Jerusalén, el lugar de la crucifixión y de la muerte del

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Maestro, un lugar del que salieron desilusionados. Vuelven a proclamar que


está vivo, que han conversado y comido con Él. Vuelven, aunque ha caído la
noche a dar autoridad a la voz de las mujeres que habiendo llegado al sepulcro
al alborear el día y lo encontraron vacío corrieron a contar lo que les había
sucedido y cómo oyeron el mensaje de que estaba vivo. Vuelven para
compartir con los otros cómo le conocieron en el partir el pan.

¿Qué hace arder nuestro corazón mientras vamos de camino? Nos podemos
preguntar.

“Yo soy el camino”


Desde el acontecimiento Pascual, el pueblo de Dios, la iglesia, no somos ya
hijos del Éxodo, sino hijos de la Pascua, en ella hemos renacido, rescatados,
como criaturas nuevas. Sabemos que Él ha venido para que tengamos vida y
la tengamos en abundancia. Conocemos el camino para gozar de la dulzura del
Señor, esa tierra espaciosa, donde no hay llanto, ni luto, ni dolor… donde no
hay ni esclavo ni libre, ni extranjero, donde hombre y mujer gozan de la misma
dignidad; donde los ciegos ven, los cojos andan, las mujeres cuentan, los niños
van primero,… donde todos participamos de la Buena Noticia del Reino. Ese
camino tiene nombre: Jesús -Yo soy el camino, y la Verdad y la Vida-.

Ponernos en camino es situarnos en la clave del seguimiento. Jesús invita


para enviar a una tarea: os haré pescadores de hombres –le dice a aquellos
rudos pescadores del lago-, id y anunciad lo que habéis visto y oído; ve y
preséntate al sacerdote –cuando libera al leproso- ve y cuenta a los tuyos lo
que ha acontecido –cuando despide a la Sirofenicia-…Pero también llama a
caminar hacia él, a los cansados y agobiados.

¿De qué necesitamos ser aliviados? Quizás no tienen nombre nuestros


cansancios y agobios, como los maridos. ¿Preferimos vivir escondidos bajo las
pesadas cargas que nos echamos encima?

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Ponernos en camino es identificarnos hasta tener los mismos sentimientos que


Cristo Jesús. El que es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

González Faus afirma que “el evangelio de Jesús se manifiesta como la


máxima libertad en la máxima exigencia, la máxima horizontalidad en la
máxima verticalidad y la total laicidad en la máxima adoración. Porque Cristo
nos ha liberado de la maldición de la moral, de la inanidad del culto y del
engaño de la religión” 6.

Me he acercado al evangelio de Marcos, no por ser el más primitivo sino


porque en él Jesús está siempre en camino. Es en ese camino hacia Jerusalén
donde va desarrollándose todo su ministerio. Hay una rápida introducción, trece
versos, donde presenta a Jesús en continuidad con Juan Bautista, pero
también en novedad, no es otro profeta, sino el hijo amado en quien el Padre
se complace. Y, de puntillas pasa por el desierto de Jesús, donde permaneció
40 días. Los otros sinópticos serán más explícitos y elaborados.

Jesús en Marcos es un hombre en camino que:


• va invitando a personas a unirse a él y su proyecto;
• que libera de espíritus inmundos –éstos, para los judíos, son fuerzas
que dificultan para seguir la conducta moral recta y la pureza religiosa-
en Cafarnaúm (1, 25-27), en Gerasa (5, 1 y ss.), a la hija de la Sirofenicia, también
extranjera (7,26-30); el que además de inmundo es mudo y sordo ((9, 25-26);

• que cura de todo lo que paraliza e impide servir y acoger –la suegra de
Pedro (1, 31), el tullido, que es una carga para otros (2,11-12)-; de la
lepra que separa del pueblo y aísla, que hace perder todos los
derechos; y de la condición femenina, la mujer ¿impura por naturaleza?
–la hemorroisa- (5,25-34); y de la incapacidad para escuchar y de la
dificultad para hablar (7, 32-37); y de las cegueras resistentes (8,22-25)
• enseña con autoridad; habla del Reino de Dios;
6
GONZÁLEZ FAUS, J.I. El rostro humano de Dios. Sal Terrae, Santander, 2007. p. 45. (La cursiva
es del autor).

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• da de comer a una multitud, hace posible que coman y queden


saciados, donde parece que sólo hay cinco panes y dos peces (6, 37-
44).
• Que se retira a orar, unas veces a solas y otras acompañado; llama a
Dios ¡abbá!
• …

A partir de la muerte y resurrección de Jesús tenemos que anunciar un


concepto de Dios completamente nuevo, que nos ha sido revelado en la cruz.
Me permito una cita algo extensa, de una obra de Aloysius Pieris, un teólogo
asiático, sobre el Reino:

“Dios se ha deshecho, en la cruz, de las máscaras con las que


pretendemos encubrir su rostro: Acto puro, Motor inmóvil, Divinidad
inmutable, Poder impasible… En lugar de ello, alocada y
escandalosamente, Dios ha puesto al descubierto el verdadero ser divino
como amor al que le duele e incluso le descompone la ingratitud humana:
un Dios que llora, suda, sangra haciendo suyo el dolor, el miedo, la
desesperación de quienes comparten con Él la condición de víctimas en la
tierra; un Dios que no vive a costa de otros, sino que muere para que
otros puedan tener vida en abundancia; un Dios que no sólo opta por
hacerse hombre, sino que se asocia, en la manera de vivir y de morir, con
las personas socialmente degradadas. Por tanto las características divinas
de este Dios no pueden expresarse adecuadamente en las categorías
filosóficas de unidad, verdad y bondad, o inmutabilidad, perfección infinita
y poder absoluto; antes bien, requieren términos soteriológicos concretos:
amor y fidelidad, justicia y derecho, ejercidos de manera preferente con
los pobres… ¿Dónde un Dios que se haga perdedor con los perdedores,
con el fin de conquistar con ellos su liberación y la de sus verdugos?...” 7

7
PIERIS, A.: El Reino de Dios para los pobres, Ediciones Mensajero S.A. Bilbao 2006, pp. 92 y
106. La cursiva es del autor

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Nosotros, hombres y mujeres que hemos sido bautizados en Cristo Jesús –


como les dice Pablo a la comunidad de Roma (Rom 6, 3-4)- fuimos con él
sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que al igual que Cristo fue
resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también
nosotros vivamos una vida nueva.

Hombres y mujeres en camino hacia nuestra propia realidad, invitando y


acompañando a otros y curando, liberando, alimentando, enseñando y
dando esperanza –evangelizadores-, y dejándonos invitar y acompañar, y
sanar y alumbrar, y enseñar por otros –evangelizados- hasta que Cristo sea
todo en todos.

Caminando hacia un diálogo posible de la fe y la ciencia, hacia una


humanidad plenificada, hacia otro mundo posible para todos –y aquí no
cabe todo, pero no es posible si no entramos todos-. Caminar hacia una
laicidad positiva, usando palabras del discurso del papa Benedicto XVI a las
autoridades francesas en su reciente viaje8 y que Marcos pone en boca de
Jesús como Lo del Cesar, devolvédselo al Cesar, y lo de Dios a Dios (Mc
12,17). Avanzar hacia signos visibles de diálogo y comunión en la única
Iglesia de Cristo.

Caminando en la confianza de la promesa hecha por Jesús a los discípulos


tras la resurrección cuando los lanza a todos los caminos: Sabed que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20b).

Y para terminar
Hay al menos cinco Salmos -25,4; 27,11; 86,11; 119,35; 143,8 –que repiten la
misma aclamación o con variables no significativas:
Muéstrame tus caminos, enséñame tus sendas.

8
Benedicto XVI. Paris. Palacio del Eliseo. Viernes 12 de septiembre de 2008

I Florido Fernández 16
XI Encuentro de Santuarios de España.
Santiago de Compostela, 23-25 de septiembre de 2008

Concluyo con alguna estrofa del Salmo 25, recreada –permítanme la licencia- a
la luz del recuerdo de una canción rockera cuya letra afirma: “aquí llegamos
todos o no llega ni Dios”.

Indícanos tus caminos, Señor,


enséñanos tus sendas.
Que en nuestras vidas se abran caminos de paz y bien,
caminos de libertad y justicia.
Que en nuestras vidas se abran sendas de esperanza,
sendas de hermandad y servicio.
Oriéntanos fielmente, Señor.
Enséñanos, tu nuestro Dios y Salvador.
Sé lámpara para nuestros pasos de diálogo, escucha y cercanía.
Condúcenos en la fraternidad y la hermandad,
tú que eres el Camino.
Haznos andar por el sendero de la verdad,
tú que eres nuestra Verdad.
Despierta en nosotros el manantial de vida que llevamos dentro,
tú que eres la Vida.

I Florido Fernández 17