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Mujeres a la casa, los hombres a la calle: División de las esferas domesticas y publicas

en la clase media inglesa durante la época victoriana.

Por Lina Tatiana Lozano Ruiz. (Estudiante GEMMA)

Reseña sobre Leonore Davidoff & Catherine Hall1 (1987) [1994] Fortunas Familiares.
Hombres y mujeres de la clase media inglesa 1780-1850. Editorial Cátedra. Madrid,
España.

Fortunas Familiares es un ambicioso y exitoso trabajo histórico, situado entre finales del Siglo
XVIII y los inicios del XIX, que muestra como los nuevos valores instaurados en la sociedad
por la clase media -que constituirán los nuevos tipos de sujetos e instituciones sociales
modernas- suponen no solamente un cambio en las posiciones de clase, sino que están
acompañadas de la división de esferas para hombres (publico) y mujeres (privado). Para las
autoras, la legitimación de las nuevas estructuras sociales no habría sido posible sin esta
división, dado que “sexo y clase operan siempre juntos y […] la conciencia de clase adopta
siempre también una forma sexuada” (Davidoff &Hall, 1987 [1994]:9).

La investigación está situada en Inglaterra, en los condados de Essex, Suffolk, Birmingham y


Witham, lugares de los cuales proceden las fuentes usadas por las autoras, como diarios, cartas,
documentos familiares, libros de cuentas, testamentos, registros matrimoniales, entre otros,
además de novelas de la época que muestran parte de la ideología vigente.

La primera parte de la obra está dedicada a la religión y a la manera en que esta operó en la
configuración de un nuevo código moral que cuestionaba la vida aristocrática. Los grupos
religiosos se convirtieron en una fuente de identidad, y de seguridad moral ante los cambios del

1
Sobre las Autoras: Catherine Hall es una historiadora feminista inglesa, profesora de Historia Cultural y
Social Moderna Inglesa en el University College London. Leonore Davidoff es una socióloga feminista,
inglesa, profesora del Departamento de Sociología de la University of Essex.
mundo, ya fuese que las familias hicieran parte de las iglesias inconformistas, puritanas o
cuáqueras. Este código moral implicaba un constante autoanálisis sobre la conducta, lo que
implicaba una autoconciencia del lugar que se ocupaba y una nueva constitución del Yo, que
vino a configurar un nuevo sujeto moderno. Este nuevo sujeto le daba la posibilidad al hombre
de buscar un lugar privilegiado a través de la posibilidad de alcanzar espacios de poder político,
mientras que para las mujeres esto suponía una fuerte tensión con el lugar pasivo que, como
veremos, la nueva configuración social impone para ellas.

A través de la idea de la existencia de una naturaleza religiosa distinta para hombres y mujeres
se fueron configurando esferas religiosas para cada uno, que se reforzaban en la doctrina y en
la práctica. Dentro de este nuevo orden religioso, la familia se convirtió en el centro del orden
moral. En este marco, el trabajo se establece como una virtud masculina donde los hombres
tenían un lugar de autoridad y responsabilidad, mientras que las mujeres ocupaban un lugar de
dependencia como madres y esposas. La familia constituía un lugar donde las mujeres estaban
a salvo de su propia peligrosidad –considerada como innata en las mujeres-, donde a través de
la educación moral de quienes constituían el hogar2 que estaba a su cargo, salvaba las almas de
otros y a la vez la suya.

Dada la centralidad de la congregación religiosa el pastor y su esposa ocupaban un lugar


ejemplarizante, representando la división del trabajo que sería seguida por toda la clase media
que hacia parte de la congregación.

Si bien las mujeres eran espiritualmente tan valiosas como los hombres, dado que a través de
sus condiciones maternales podían salvar las almas de otros, esta igualdad espiritual no
implicaba una igualdad social. La negación de los derechos de las mujeres se justificaba en la
carta de San Pablo a los Corintios, que las excluía de los ámbitos de decisión de las
congregaciones y supuso que muchas fueran despojadas de las tareas que habían realizado en
las mismas, y que representaban fuentes de estatus para ellas. A medida que se secularizaba el
discurso, esta división de esferas dejo de ser meramente religiosa para convertirse en parte del
sentido común de las clases medias.

2
Hogar es definido como la unidad social básica que para el siglo XVII estaba compuesta por el núcleo
familiar como por la servidumbre.
Este sentido común era alimentado no solo por el orden social moral, sino también por el
habito de la lectura que se convirtió en algo fundamental para las clases medias ya que allí se
ejemplificaba la realidad social, y reforzaba las divisiones de esferas y las conductas que debían
seguirse en el nuevo orden social y moral. Es llamativo que las autoras superen la visión
victima-victimario en la subordinación de las mujeres, ya que muestran como muchas mujeres
legitiman el nuevo orden y el lugar que ocupan, “Fueron las mujeres cono Ann Martin Taylor
quienes insistieron en la importancia vital de las tareas asociadas a la maternidad, no los
hombres quienes se las impusieron” (Ibíd.: 122).

La segunda parte del libro está dedicada a la conformación de las estructuras económicas a
partir de ideales domésticos que representaban la base de la actividad económica en el marco
de una tradición legal y financiera que favorecía a los hombres. Las autoras muestran como hay
una progresiva división del espacio productivo del reproductivo, es decir del mundo del trabajo
y del hogar, sin embargo la familia sigue siendo central en los procesos de producción.

El mercado ya no estaba centrado únicamente en la producción de bienes, sino también en la


comercialización de servicios en el marco de unos nuevos valores que propendían por el
control intelectualizado del mundo; esto supuso la profesionalización de muchas actividades.
Sin embargo el hecho de que la educación fuese un espacio vetado para las mujeres, implicaba
una ampliación de su subordinación, mientras que para los hombres este campo suponía un
espacio en donde se podía adquirir una identidad profesional, dado que el trabajo y la
producción se habían convertido en esquemas constitutivos de la masculinidad.

La venta de servicios además implicaba una flexibilización de las formas de propiedad. Si antes
del siglo XVIII la propiedad de la tierra era fundamental para el poder, a medida que avanza el
tiempo hay nuevas formas de ejercer la propiedad y constituir el poder.

En este nuevo marco económico, las autoras muestran como las mujeres no son agentes
económicas activas, y aunque tengan propiedad económica gracias a sus tradiciones familiares,
estas están destinadas a la familia y a los representantes legales y económicos de la misma, que
son los hombres. Las autoras señalan que las mujeres no podían contar con su propiedad
como capital activo, sino únicamente como posesión, sin embargo sustentaban gran parte de la
economía familiar, lo que se justificaba en las ideas de dependencia y vulnerabilidad de las
mujeres. “la idea de ‹‹provisión›› destinada a ellas, en su calidad de sujetos dependiente procedía
de la aristocracia, pero se adapto a las formas de la clase media. La provisión se hacía de tal
manera que los administradores del sexo masculino tomaban el capital de la mujer para
utilizarlo en provecho de sus propios intereses económicos” (Ibíd.: 147).

En este sentido aparecieron nuevas formas de regulación económica que buscan que las
propiedades de las mujeres continúen en el marco del capital familiar, apareciendo figuras
como los seguros y los fideicomisos que mantenían a la mujer como una agente pasiva,
reforzando su subordinación.

Este tipo de acciones son sintomáticas de las maneras en que opera el patriarcado, en tanto
contrato entre hombres, dado que muestra como aunque las clases medias se rebelan contra la
hegemonía de la aristocracia, mantienen este tipo de dispositivos que resultan provechosos
únicamente para el sexo masculino. Como señalan las autoras “el poder de los hombres, [es]
construido sobre la falta de oportunidades para las mujeres” (Ibíd.: 248)

En el marco de análisis de las autoras, la familia es definida no solo como el núcleo familiar,
sino que también incluía la familia extensa y personas exteriores al hogar como amigos. En este
sentido es a través de las congregaciones religiosas y la labor de la mujer de mantener los
vínculos familiares que se fortalecen los negocios familiares, así los hijos, sobrinos, primos de
familias cercanas podían ser incluidos dentro de la economía familiar ya fuera a través de su
trabajo o a través de la vinculación a la familia por medio del matrimonio. Lo interesante de
este aspecto es que las autoras terminan cuestionando la idea de que son siempre las mujeres
las que representan los objetos de intercambio para hacer alianzas entre grupos (Levi Strauss,
1949 [1998]), y muestran como esta función dentro de los grupos estudiados también puede
ser cumplida por los hombres, cuando vienen a participar con su mano de obra en otra familia,
y se asocian a la misma, sin que necesariamente haya un matrimonio. Sin embargo, hay que
reconocer que para los hombres ser “intercambiados” puede suponer privilegios, a diferencia
de lo que ocurre con el intercambio de mujeres que plantea Levi-Strauss, la cual permanece en
su lugar de subordinada.

Estas estructuras económicas comienzan a abrir la brecha entre clases sociales, especialmente
dentro de la misma clase media –que es la dimensión estudiada por las autoras en el texto- la
cual muestran como una clase heterogénea. El ahondamiento de las diferencias sociales se da
en un proceso en el que la intimidad se convierte en el factor de la separación. Por lo tanto hay
una transformación del hogar, ya que comienzan a diferenciarse los espacios para la
servidumbre y los espacios de la familia. A pesar de las diferencias de clase, una vez más aquí
se muestra como, las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres operan
simultáneamente.

El trabajo define así mismo diferencias en la construcción de la masculinidad en los hombres.


Este dispositivo actúa también en la definición de la clase social, así los trabajos que implicaban
“las manos limpias, el habla educada, el traje impoluto, la cultura elevada, la naturaleza
sedentaria de su trabajo, los distinguía de la clase obrera.” (Ibíd.: 198) muestran un lugar
específico en el orden social, que pueden entrar en tensión con definiciones anteriores de la
masculinidad. Las autoras muestras como hay diferentes formas de ser hombre y de vivir la
masculinidad, pero aun así las diferencias de clase son marcadas y definen los espacios
masculinos, separados de aquellos de las mujeres. Mientras el hogar es el lugar natural de
actividad para las mujeres, este constituye un espacio de descanso para el hombre, donde huir
de las provocaciones del mundo público.

Pero lo que para un hombre significa respetabilidad para una mujer implica vergüenza. Como
vimos las asimetrías entre hombres y mujeres siguen siendo las que regulan las experiencias,
tanto en la familia como en el mundo del trabajo. El trabajo es lo que define la trayectoria y la
posición de un hombre en la sociedad, en especial es lo que le da respetabilidad. La forma en la
que opera la ideología domestica es mostrando que el mundo del trabajo no es para las
mujeres, ya que se niega la capacidad de la mujer para el trabajo. Así las posibilidades de ser
mujer se limitaban únicamente al matrimonio: las mujeres existían solamente en el hogar, a
pesar de que las empresas familiares muchas veces prosperaban gracias al trabajo y las
propiedades de las mujeres, el cual tenía que pasar como si no existiera, siendo ellas las que
mantenían y reforzaban los contactos entre familias-empresas. Esto muestra la fuerza de la
ideología domestica, donde todo el trabajo que se realiza en esta esfera es totalmente
invisibilizado, y ni siquiera se considera trabajo.

La respetabilidad para la mujer, y de su familia, dependía de su comportamiento en público; las


mujeres son las exhibidoras de la posición social de la familia. La articulación de la clase y el
sexo es la que define finalmente la posición de la mujer en la sociedad. El trabajo desaparece
como actividad femenina y lo que realmente las ocupaba eran las labores de la casa. Dado que
mostrar la posición social y bienestar financiero dependía de las mujeres, las nuevas pautas de
consumo se dirigen hacia ella.

Según las autoras la posición de las mujeres del siglo XIX en comparación con las del siglo
XVII se deterioro en la medida en que son excluidas de cualquier ámbito público. En esta
medida las autoras cuestionan la idea de la linealidad del progreso en la historia, mostrando
como lo que supone cambios positivos para los hombres puede significar retrocesos para las
mujeres, que en su nueva condición de dependientes enmascaran su contribución a las
empresas masculinas.

La tercera parte del libro se centra en la vida cotidiana y como la nueva ideología supone
nuevas formas de organización y comportamiento “encaminados a neutralizar las tensiones
entre las metas religiosas y las metas productivas, es decir a regular cuidadosamente las
categorías espaciales, sociales y temporales” (Davidoff & Hall, Óp. Cit.: 243)

Como habíamos señalado antes el matrimonio era el único lugar en el que las mujeres podían
significar, pero dado que se instauro un nuevo discurso donde la buena mujer aparecía como
vulnerable, cambiaron las condiciones del matrimonio que se habían gestado previamente
durante el siglo XVII. En ese sentido ahora la mujer ideal para el matrimonio era una mujer
joven –lo que la hacía encarnar la vulnerabilidad y la inocencia- que dependiese del hombre y
que sin embargo, fuera capaz de organizar el hogar y a quienes en el vivían.

Es sumamente interesante el análisis que hacen las autoras sobre el amor en la medida en que
muestran como este se convierte en una forma de control capaz de reforzar la autoridad del
pater familias y hacer sentir a las mujeres como responsables de los hombres que hacían parte
de su familia así como de los miembros más jóvenes. El amor familiar justifica la pérdida de
poder de las mujeres y su permanencia en la esfera domestica, aspectos constitutivos de la
identidad femenina para la época.

También cabe mencionar como para esta época, la sexualidad constituyo un aspecto silenciado,
escondido para los hombres y negado para las mujeres. La homosexualidad se convirtió en un
acto indignante.

En la medida en que de las mujeres dependía que la familia y el hogar estuvieran organizadas, y
fueran respetables, la limpieza y el orden se convirtieron en parte fundamental de la
representación del estatus de la familia, lo que llevo a que ellas desarrollaran un sentimiento de
vergüenza hacia la sociedad frente a la suciedad, la cual estaba asociada a la pérdida de su
feminidad. Este aspecto simbólico es sumamente importante en la medida en que, como lo
explica Mary Douglas cualquier sistema simbólico “mediatiza las experiencias de los
individuos. Provee de antemano algunas categorías básicas, y configuraciones positivas en que
las ideas y los valores se hallan pulcramente ordenados.”(Douglas, 1973: 59), de modo que la
presencia de suciedad, implica la existencia de un conjunto de relaciones ordenadas que
clasifican el mundo; la suciedad es entonces una contradicción a este sistema de clasificaciones,
es decir una alteración en un orden dado, cuyas reglas expresan un sistema simbólico
determinado (Douglas, 1973). Una mujer que no sea considerada limpia será victima de
señalamientos, y con ella su familia. La pulcritud solo es posible para las mujeres que
permanezcan dentro de su casa, con sirvientes que se encarguen de la mayoría de las tareas, y
que se muestren educadas y pulcras en los pocos espacios públicos a los que asistan. Ese era el
ideal al que tenían que responder las mujeres y sus casas, inmaculadas y finamente decoradas,
que servirían en el Siglo XIX como “manifestación del rango y de la riqueza hacia el exterior”
(Davidoff &Hall, Óp. Cit: 283). De igual modo, esta pulcritud era su única forma de poder, y
de obtener reconocimiento social, al estar excluidas de la esfera económica, que para los
hombres significaba respetabilidad. Sin embargo, hay que anotar que a pesar de ser ellas las
responsables de la estética del hogar, el vestido de los hombres es más llamativo para la época
que el de las mujeres, dado que siguen siendo ellos quienes reciben mayor atención social.

En este periodo contar con sirvientes adquiere importancia para las clases medias. Las autoras
señalan como a pesar de que “la guerra y la inflación aumentaron la diferencia entre la realidad
y el deseo. Se estima que a principios del siglo XIX, la comida y el salario de los criados
consumían la mitad de los ingresos de una familia típica de clase media” (Ibíd.: 282), no se
prescindía de tales servicios, lo que claramente debía de generar tensiones. Es más, dirigir a la
servidumbre se convirtió en tarea fundamental de las mujeres en sus hogares, y garantizaba a
las mujeres contar con el tiempo suficiente para actividades culturales o religiosas.

Las fuertes desigualdades de género también se expresan en la dificultad de las mujeres para
dirigir a los hombres que hacían parte de la servidumbre, los cuales cuestionaban la autoridad
de estas, por el hecho de ser mujeres.
Las ideas sobre la limpieza y el orden también afectaron la distribución espacial de los lugares.
Cada vez fue más importante la separación entre los espacios productivos (oficinas, empresas,
etc.) de la del hogar. De igual manera dentro de las residencias familiares fue necesario crear
espacios que dividían los espacios de ocio, de los de la cocina, y de los criados, por ejemplo. A
la vez, se empezó a limitar las posibilidades de movilidad de las mujeres, que en su
vulnerabilidad no debían estar fuera de la casa por ningún motivo, dado que los que estaban
realmente en capacidad de asociarse y disfrutar de los beneficios de los clubs que definirían
nuevos círculos sociales, serian los hombres. Fue en algunas actividades filantrópicas, asociadas
a organizaciones religiosas, donde las mujeres encontraron espacios de resistencia, y algún
grado de poder organizativo; sin embargo, sus labores seguirían siendo marginales.

Fortunas Familiares hace patente la creación de la división de esferas masculinas y femeninas, y


su incorporación en la dominación, que se convertiría en lo que varios años después Bourdieu
llamara el orden de las cosas el cual, “se presenta a un tiempo, en su estado objetivo, tanto en
las cosas (en la casa por ejemplo, con todas sus partes ‹‹sexuadas››), como en el mundo social y ,
en estado incorporado, en los cuerpo y en los hábitos de sus agentes, que funcionan como
sistemas de esquemas de percepciones, tanto de pensamiento como de acción.”(Bourdieu,
2000: 21).

Davidoff y Hall muestran como la división entre público y privado, tan usada en múltiples
estudios feministas, responde a una sociedad organizada de manera específica y a un contexto
histórico determinado. Hay que reconocer el esfuerzo de las autoras por mostrar la sociedad
inglesa del periodo estudiado multidimensionalmente, es decir, cubriendo sus aspectos
simbólicos, sus conceptos normativos, económicos, y dando cuenta de las construcciones
subjetivas, tal y como Joan Scott (1986) había recomendado.

Sin embargo muchas de las criticas que este texto ha recibido, es la lógica funcionalista a través
de la que muestra las esferas separadas, que se acomoda a la visión burguesa de los sujetos
investigados, y legitima la idea de complementariedad –sustentada en binarismos-, sin revelar
tensiones y organizando el discurso de forma pacífica y armoniosa (Lee Downs, 2004: 69).
Este texto se ubica precisamente entre la Vindicación de los Derechos de las Mujeres de
Wollstonecraft y la Emancipación de la Mujer de Taylor, un momento donde las constantes
contradicciones y tensiones en la vida de las mujeres, empieza a hacerlas pensar en organizarse,
para conseguir sus derechos en la esfera pública. Sin embargo, la visión que ofrece no logra
superar una de los cuestionamientos que Scott había realizado a la forma en que se trataba a la
ideología victoriana de la domesticidad, la cual se muestra como si “fuese creada como un todo
y solo después se reaccionara frente a la misma, en vez de ser un objeto constante de
diferencias de opinión” (Scott, 1986:1068. La traducción es mía). Las tensiones y conflictos
que señalan las autoras no son suficientemente notables, como para que la nueva ideología se
vea en medio de grandes conflictos, no solo entre hombres y mujeres, sino además frente a la
aristocracia de la cual las clases medias se distancian; los cambios aparecen como si fuesen
aceptados sin cuestionamiento por los sujetos.

Para terminar, es importante reconocer como muchas de las ideas forjadas durante este
periodo aun tienen vigencia, manteniéndose a través de instituciones y formas de
disciplinamiento corporal, que constituyen aun el habitus de muchas personas pertenecientes a
las clases medias. De igual forma vemos hoy en día como el trabajo de las mujeres en el ámbito
domestico, y su contribución a las economías familiares, nacionales y mundiales desde esta
esfera, sigue siendo invisibilizado, y contribuye a la imagen del hombre proveedor cuya
identidad aún se construye sobre la base del trabajo, y como responsable de mujeres y niños,
que mantiene y refuerza la lógica androcéntrica y patriarcal.
BIBLIOGRAFIA

Bourdieu, Pierre. (2000). La dominación masculina. Barcelona. Editorial Anagrama S.A.

Davidoff, Leonore & Hall, Catherine (1987) [1994]. Fortunas Familiares. Hombres y mujeres de la
clase media inglesa 1780-1850. Madrid. Editorial Cátedra.

Douglas, Mary. (1973). Pureza y Peligro un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Madrid.
Siglo Veintiuno Editores S.A.

Lee Downs, Laura. (2004). Writing Gender History. New York. Oxford University Press.

Lévi-Strauss, Claude (1949) [1998]. Las estructuras elementales del parentesco. Barcelona. Ediciones
Paidós Ibérica

Scott, Joan (1986). Gender: A Useful Category of Historical Analysis. The American Historical Review,
Vol. 91, No. 5. Bloomington. Pg. 1053-1075.