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EDITORIAL

Derecho a la información y silencio electoral


Sábado 2 de Abril del 2011
Debemos insistir en la inconstitucionalidad, ineficacia y
perjuicios de la norma que prohíbe publicar encuestas una
semana antes del sufragio, que el actual Congreso de la
República se negó a anular.
Este “silencio electoral”, como ya se ha evidenciado,
equivale a un apagón informativo y contraproducente, que
genera muchas suspicacias y eleva a grado sumo la
incertidumbre y el rumor, a veces fomentado
perversamente por algunos grupos de interés. En este río
revuelto, entonces, son más los perdedores que los
ganadores.
De acuerdo con la Constitución de 1993, art. 2, inciso 4,
toda persona tiene derecho “a las libertades de
información, opinión, expresión y difusión del pensamiento
[…] sin previa autorización ni censura ni impedimento
algunos, bajo las responsabilidades de ley”. En el fondo,
tiene primacía el fundamental derecho del ciudadano a
saber y a informarse de modo libre e irrestricto, que nos
está siendo conculcado y retaceado al poner cortapisas a
las encuestas.
Estas constituyen fuente de información útil sobre las
preferencias y tendencias electorales del día a día, lo que
permite al ciudadano tener no solo una idea sobre el clima
político circunstancial, sino también una proyección del
futuro del país, lo que se torna más necesario en un país
con tan alto número de indecisos. Sin embargo, aunque es
posible que una encuesta pueda afirmar o no a un elector
en la su decisión de voto, los estudios demuestran que esto
no se da de modo determinante.
Por lo demás, desde el punto de vista práctico, la norma se
ha tornado totalmente obsoleta y absurda, en un mundo
con comunicación cibernética global, dinámica y totalmente
fluida. Se da el caso de que la prohibición rige para los
medios peruanos, pero no para los extranjeros, por lo que
pueden filtrarse encuestas a través de canales
internaciones por cable, o simplemente a través del infinito
universo de sitios web de diarios extranjeros y medios de
comunicación de alcance planetario.
¿Por qué, entonces, se sigue manteniendo una norma tan
discriminatoria? En el plano local, ya hemos reseñado lo
sucedido en los últimos comicios municipales: una semana
antes, el domingo 26 de setiembre, Ipsos Apoyo S.A.
reportó que Susana Villarán tenía 40% de las preferencias
electorales, Lourdes Flores 28% y Humberto Lay 8%. A
partir de ese día rigió el silencio electoral y la población no
tuvo acceso a nueva información. Pero, para la noche
anterior a la votación, el escenario había cambiado
dramáticamente y la encuesta confidencial de dicha
empresa –que los medios no podían difundir, bajo pena de
multa– reveló que había un empate técnico: Villarán había
bajado a 37,1%, mientras que Lourdes Flores había subido
a 36,4%, apenas 0,7% las distanciaba. Pero solo unos
pocos (periodistas, políticos, empresarios, medios)
supieron que iba a ser una competencia muy reñida, y que
nada estaba dicho. ¿Con qué derecho se prohíbe esta
información a la mayoría ciudadana y se la condena al
oscurantismo y al rumor direccionado por ciertos políticos?
¿Qué se podría esperar de una boca de urna sorpresiva
cuando hoy tenemos a cuatro candidatos en ardua disputa
por la punta para llegar a la segunda vuelta presidencial?
Son muchas y consistentes las razones para eliminar una
norma inconstitucional que crea ciudadanos de primera y
segunda categoría. Ello, definitivamente, repugna principios
básicos del Estado democrático y no contribuye a la
formación de ciudadanía responsable. Por todo ello, urge
que en la agenda de reformas pendientes, que le tocará ver
al próximo Congreso, se incluya con prioridad no solo el
establecimiento del voto voluntario, sino también el fin de la
mordaza contra las encuestas y la obligación de la tinta
indeleble.