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La memoria histórica es un concepto historiográfico de desarrollo

relativamente reciente, que puede atribuirse en su formulación más común a


Pierre Nora,1 y que viene a designar el esfuerzo consciente de los grupos
humanos por entroncar con su pasado, sea éste real o imaginado, valorándolo
y tratándolo con especial respeto.

Existe un programa de la UNESCO denominado Memoria del Mundo.

Memoria histórica en España

Lugares de enterramiento no convencional, como los que más arriba se


indican, son las fosas comunes y las cunetas donde terminaban los fusilados
en la Guerra Civil Española, cuya localización y destino son uno de los objetos
principales de debate de la memoria histórica en España en los últimos años,
siendo un caso particularmente divulgado el de Federico García Lorca; incluso
con motivo del 70 aniversario (2006) se ha desatado una guerra de esquelas.
Previamente se había producido cierta polémica con la retirada de la estatua
ecuestre de Franco que continuaba frente a los Nuevos Ministerios de Madrid.
El destino del Valle de los Caídos también es puesto en cuestión, todo ello
mientras se debate en el Congreso una ley para la recuperación de la memoria
histórica que pretende compensar el olvido de las víctimas de la Guerra Civil y
el Franquismo. A raíz de la aplicación del concepto, convertido en un
instrumento de movilización intelectual y social por Emilio Silva y la Asociación
para la Recuperación de la Memoria Histórica 5 se ha suscitado un debate
historiográfico muy vivo sobre la oportunidad del propio concepto de memoria
histórica, que es rechazado por algunos.

• «Memoria histórica» ni es memoria ni es historia. Lo que se llama


«memoria histórica» o «colectiva» no es tal cosa, sino una versión, o
versiones, creadas por publicistas, patriotas, activistas políticos,
periodistas o hasta por algunos historiadores interesados. Se trata
esencialmente de mitos o leyendas creados acerca del pasado. Pueden
tener alguna dosis de verdad empírica, o ninguna. La memoria es
individual y subjetiva, nunca es «histórica» o «colectiva» como tal. La
historia, en cambio, no se basa en memorias individuales subjetivas,
sino en la investigación intelectual de los datos empíricos que
sobreviven del pasado. Hay algunos estudiosos e investigadores que
están excavando fosas y llevando a cabo investigaciones serias. Eso es
siempre importante, y en cuanto es investigación seria debe ser
aplaudida. Pero esto es totalmente diferente de querer imponer una
versión sesgada y partidista, que rechaza los resultados de la
investigación. «Revisionismo» es una palabra empleada muy mal,
actualmente en España, para describir a los que disienten de la
corrección política. La verdad es que una «revisión» es la función de la
mayor parte de la investigación seria. Si no se quieren descubrir datos
nuevos que pueden enriquecer y «revisar» nuestro entendimiento, ¿por
qué investigar? Pero la versión meramente politizada de la promoción
de la «memoria histórica» no quiere revisar sino repetir e imponer una
versión. El movimiento político sencillamente no tiene interés en la
historia, y así no se trata de su revisión sino de su politización o
anulación.
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• ¿Y qué es memoria histórica en un país dividido a muerte por una


guerra, en la que hermanos -de sangre, nada de metáforas- tomaron
partido contra hermanos? Cuando un país se escinde, la memoria
compartida sólo puede construirse sobre la decisión de echar al olvido el
pasado: ése es el sentido de la amnistía general, como Indalecio Prieto
y José María Gil-Robles lo comprendieron ya desde los primeros años
de la posguerra.7

Desde una perspectiva opuesta, el forense Francisco Etxeberria, que ha


exhumado a más de 500 fusilados de la Guerra Civil reflexiona lo siguiente:

• No puede ser que todavía haya personas en España que cuando hablen
de la Guerra Civil y de la represión lo hagan con miedo. A esa gente hay
que decirle que aquello fue injusto, que les comprendemos y que les
apoyamos. No puede seguir existiendo miedo8

Los Papeles de Salamanca

Además de todo ello, el punto álgido de la confrontación llegó en la Legislatura


2004-2008, cuando se reactiva el proceso de devolución de los llamados
papeles de Salamanca,9 como resultado de una reclamación planteada desde
mucho tiempo atrás por Instituciones y entidades desde Cataluña. El objeto de
esta reclamación es la documentación requisada por el ejército nacional a su
entrada en Cataluña, y depositada en un Servicio centralizado en Salamanca
con fines represivos. Allí se procesaba durante la Guerra civil documentación
que pudiera proporcionar informaciones sobre personas y grupos objeto de
persecución por las fuerzas franquistas. Algunos de aquellos materiales
sirvieron para la Causa General contra la Masonería y el Comunismo, proceso
judicial con el que se justificó el llamado Alzamiento Nacional al acusar y
condenar a todos los vinculados al bando republicano por rebelión militar
-paradójicamente- y todo tipo de crímenes. También se preveía el uso
propagandístico, de lo que es ejemplo la reconstrucción física del espacio y la
parafernalia simbólica de una logia masónica, instalada en el edificio del
antiguo Colegio de San Ambrosio, que fue sede de aquel Servicio desde la
Guerra Civil y que en 2007 todavía albergaba el Archivo.

Terminada la Guerra Civil aquel Servicio permaneció en Salamanca y siguió


proporcionando informes sobre antecedentes de personas hasta varias
décadas más tarde. Perdida su función represiva pasó a constituir un Archivo
histórico, que acabó adquiriendo la denominación de Archivo General de la
Guerra Civil Española.

La ciudad de Salamanca, y en concreto su ayuntamiento, son uno de los


lugares donde el debate sobre la memoria histórica se muestra con mayor
viveza: en los últimos días de diciembre de 2006 se seguían debatiendo
apoyos o rechazos de la corporación municipal,10 con textos presentados por
los concejales del Partido Popular y el PSOE, a la posible devolución de
papeles del Archivo (en este caso al País Vasco) y a la rehabilitación póstuma
de Miguel de Unamuno como concejal, cargo del que fue desposeído como
consecuencia de su famoso enfrentamiento con el general Millán Astray el 12
de octubre de 1936, al comienzo de la Guerra Civil Española.11

La memoria en el franquismo

Los elementos simbólicos de la memoria del bando vencedor presidieron


España desde 1939, y en buena medida siguen existiendo: las placas de
"Caídos por Dios y por España", que se colocaron en todos los pueblos, la
mayor parte de ellas en el exterior de las iglesias -consistentes en una lista de
nombres de los muertos de ese pueblo pertenecientes al bando nacional,
cerrada por el marcial grito ¡PRESENTES!-; el ya citado valle de los Caídos,
donde se enterró a José Antonio Primo de Rivera -el ausente- después de un
traslado a hombros desde Alicante a El Escorial -símbolo de la memoria de la
monarquía católica-; el Alcázar de Toledo, cuyo asedio y liberación fueron
hábilmente utilizados por Franco para asegurar su predominio entre sus
propias filas, y que dio nombre al principal periódico "ultra" -El Alcázar-; el
Monumento al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, centro
geográfico de España, que le está consagrada, y que fue profanado por las
tropas republicanas con una pantomima de fusilamiento, para ser
convenientemente desagraviado tras la Victoria; por último, tras la muerte de
Franco, fueron las conmemoraciones del 20 de noviembre (20-N), con
manifestaciones en la plaza de Oriente -masivas en los años 70-. La memoria
de la época sigue siendo la función de la Fundación Francisco Franco, privada
pero sostenida con fondos públicos, que custodia documentación histórica de
forma que algunos historiadores han discutido.12

Algunas noticias referentes a la Memoria Historica en España

'Mártires del Siglo XX'


El desaguisado ya se ha producido. La decisión no tiene vuelta de hoja, por
aquello de que quien manda, manda. A los cristianos de a pie sólo nos queda el
derecho al pataleo. Pero precisamente por esto es justo que quede constancia
de que no todos los creyentes católicos aplauden la beatificación de 498
mártires del Siglo XX, eufemismo encontrado a última hora para no hablar
claramente de mártires de la Guerra Civil española.

No son éstos los primeros beatos de aquellos trágicos días y no serán los
últimos. Por el momento unos 10.000 más figuran en lista de espera. Y se sabe
el porqué. Pablo VI, gran conocedor de España y de la tremenda convulsión
espiritual originada por la guerra fratricida del 36-39, había ordenado en buena
hora la congelación de todos los procesos canónicos abiertos con miras a una
posible beatificación de los miles de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas
y seglares a los que se les había arrebatado la vida por odio a la fe. El Papa
Montini, hijo de periodista político, contaba con mucha información y con
información muy sensible sobre el desgarrón que laceraba el alma y la pasión
de los testigos y herederos de la Guerra Civil. Entendía que no estaba aún el
horno para bollos y, aunque no abrigaba la menor duda sobre la cualidad
eclesial de tantas muertes, juzgaba que la Iglesia no debía invocarlas como
martiriales porque el hacerlo, lejos de servir a la causa de la reconciliación,
reabriría las heridas que aún no habían cicatrizado lo suficiente. Los cristianos
que hoy se manifiestan contrarios a las beatificaciones de ese medio millar de
mártires no pueden ser tachados de católicos menos fervorosos. Piensan y
sienten como Pablo VI porque el paso de los años no ha sido demasiado largo
ni lo bastante clarificador como para poner punto final a la tragedia.

Todo lo contrario. El clima que se respira en la actualidad es de mayor


crispación y enfrentamiento que el padecido en la época montiniana de los 60.
De hecho, ya han sido beatificados en años anteriores no menos de 468
mártires y se han celebrado en su honor no menos de 11 solemnes ceremonias
litúrgicas en el Vaticano. Hubo sus más y sus menos, justo es reconocerlo; pero
la contestación popular no alcanzó ni el tono ni la contundencia de la actual.
Las beatificaciones de los mártires se vieron siempre por muchos católicos con
ojos menos claros, pero al presente se ven con muy malos ojos. Se aprecia un
nuevo factor de división de la comunidad nacional.

Hay quienes tratan de poner en duda la naturaleza martirial de las muertes que
la Iglesia acaba de honrar.. Recuerdan que son muertes acaecidas en una
guerra civil y sacan de este lamentable hecho dos conclusiones: la primera,
que, al igual que se beatifican las muertes de un bando, podrían y deberían
beatificarse las del otro porque, al fin y al cabo, en ambos hubo gentes buenas;
la segunda, que la persecución contra la Iglesia surgió porque los católicos, su
mayoría, pertenecían a las clases burguesas o estaban en estrecha relación
con ellas.

No es cosa de rebatir estos infundios. Que en los dos bandos hubo gentes
buenas es innegable; pero para la beatificación se exige algo más que ser
buena gente. La conclusión referida a la unión de la Iglesia con las clases
pudientes también es innegable, aunque habría que introducir muchos
distingos. Pero mártir es sólo aquél que es arrancado de esta vida por ser
cristiano. A la Iglesia de España le tocó comer las uvas amargas de una etapa
histórica marcada por la revolución y más en Rusia que en ninguna otra parte.
Las crónicas de la Iglesia ortodoxa rusa hablan de unos 100.000 mártires. Y
Rusia, guste o no, era el modelo a reproducir en tierras de España.

Manuel de Unciti es sacerdote y periodista.

El PP niega a la Iglesia la bula para tener iconos franquistas

El PP ha sorprendido al resto de grupos parlamentarios al pedir que se retire


del proyecto de ley de memoria histórica --que ya fue aprobado por el
Congreso, y que está ahora en trámite en el Senado-- la enmienda que exime
a la Iglesia de retirar símbolos de la época franquista por razones "artísticas,
religiosas y arquitectónicas protegidas por la ley". Los populares quieren que
la Mesa del Congreso contemple, el próximo martes, la posibilidad de que esa
enmienda transacional, pactada por CiU y PSOE, salga del texto legislativo
antes de que sea debatido y votado por los senadores.

LOS "MOTIVOS"
Y es que, según la versión popular, los parlamentarios dirigidos por Eduardo
Zaplana podían haber vetado ese texto en el pleno del 31 de octubre, de no
ser por un supuesto error del presidente de la Cámara baja, Manuel Marín, y
las malas artes de Convergència i Unió. Así, en el escrito que ha remitido a la
Mesa del Congreso, el PP alega que el reglamento de esta cámara establece
que, para que una enmienda pueda ser votada en pleno, tiene que haber
acuerdo de todos los grupos. Y que, a su juicio, era deber de Marín
cerciorarse de que nadie quería vetar, pero no lo hizo.

ERROR DEL PP
Los populares también critican que CiU diese el paso de someter a votación
esa transacional sobre los símbolos y la Iglesia, a sabiendas del rechazo por
parte del PP. Sin embargo, los nacionalistas catalanes apuntan que se
limitaron a cumplir con su obligación y que el verdadero error lo cometió el PP,
que no comunicó de antemano su veto, algo que sí hicieron otros partidos con
respecto a otras enmiendas. "No hubo mala fe", enfatizó Jordi Xuclà, diputado
de CiU.
El representante popular Jorge Fernández Díaz señaló que su grupo podría
haber apoyado la enmienda de CiU que libera a la Iglesia de retirar símbolos
si el texto de la transaccional hubiera esgrimido únicamente "motivos
religiosos". También si, además, se hubiera garantizado la autonomía de los
ayuntamientos para decidir qué hacer en cada localidad, una sugerencia que
IU-ICV se encargó de vetar. Fernández Díaz no cree que la petición que hace
ahora el PP de que se retire esa enmienda pueda, en caso de prosperar,
afectar negativamente a la Iglesia, puesto que considera que populares y
nacionalista aún pueden llegar a entenderse en el Senado.
Sin embargo, Xuclà augura que la maniobra que pretende hacer el PP en la
Mesa será estéril, e insiste en que la solución a la que se llegó en el
Congreso, con el respaldo de PSOE y las firmas de PNV y Coalición Canaria,
es "satisfactoria" para conciliar los objetivos de la norma con la conservación
del patrimonio.

Rescatar la memoria, honrar a las víctimas

Artículo de Gaspar Llamazares. Diario Público

11 de noviembre de 2007

“Francisco Franco, caudillo de España, debe de estar revolviéndose en su


tumba”. Con esta frase comenzaba The Economist un artículo sobre la ley de
Memoria Histórica. El Congreso, por fin, la aprobó con el apoyo de una amplia
mayoría. Sólo el PP y ERC se han quedado fuera del acuerdo, por distintos
motivos. Pero el camino hasta llegar aquí no ha sido de rosas.

En el debate de investidura de 2004 obtuvimos del presidente del Gobierno el


compromiso de aprobar una ley de Memoria en la presente legislatura. Para
respaldar nuestra propuesta, el Grupo Parlamentario de IU-ICV presentó ya
aquel año su proposición de ley. Pasó el tiempo y hasta julio de 2006, cuando
ya no tenía más remedio, el Gobierno no presentó su propuesta, tardía,
descafeinada e injusta con las víctimas.

El Ejecutivo socialista partía de un planteamiento histórico erróneo, de una


falsa equidistancia entre las “dos Españas”, al definir a la República legítima
como un “bando” similar al de los golpistas que se sublevaron contra ella. El
texto se limitaba a defender un concepto reducido a la memoria personal y
familiar de cada individuo, exonerando al Estado de su responsabilidad de
impulsar políticas públicas para la recuperación de la memoria democrática.
Aquel proyecto inicial reconocía la supuesta legalidad de los tribunales
represivos. Además, a las víctimas y a sus familiares que reclaman justicia y
reparación les invertía la carga de la prueba y les forzaba a comparecer ante
un Comité de Notables para demostrar que las ejecuciones, condenas y
sanciones fueron injustas.

Sordo a las protestas y descontento de las víctimas, el PSOE dilató su


tramitación por meros cálculos electorales y de oportunidad política. Existía un
riesgo evidente de un nuevo cierre en falso, como ocurrió en la transición.
Entonces se consideró que era demasiado pronto. Ahora, que demasiado
tarde. En palabras de José Antonio Martín Pallín: “Más que una ley parecía un
conjunto de paliativos, seguramente bienintencionados, pero desoladoramente
ajenos a cualquiera de los valores que son el nervio de nuestra Constitución”.

A nosotros nos hubiese resultado más fácil encastillarnos en nuestra propuesta


y acabar la legislatura sin aprobar la ley, arrojando sobre el PSOE la
responsabilidad del fracaso. Pero al oportunismo electoral de algunos le
pusimos el contrapunto de la responsabilidad histórica. Era ahora o nunca, pero
no a cualquier precio.

Tras varios meses de incertidumbre, el acuerdo básico del pasado abril entre
IU-ICV y el PSOE desbloqueó una ley que muchos ya daban por enterrada. Se
le dio un vuelco total y el resultado está a la vista. Tal y como han reconocido
observadores imparciales y analistas políticos, nunca un grupo tan pequeño ha
influido tanto, arropado en el peso de nuestra rica memoria antifranquista y el
de las organizaciones de la Memoria.

Estamos ante una ley histórica, la primera que condena tajantemente la última
dictadura y anula las bases jurídicas de la represión. Destaca la derogación
expresa de los bandos de guerra y de las normas dictadas bajo la dictadura
desde julio de 1936 hasta 1975, manifiestamente represoras y contrarias a los
derechos fundamentales. Su objetivo es doble: proclamar su formal expulsión
del ordenamiento jurídico e impedir su invocación por cualquier autoridad
administrativa y judicial. La ley declara la ilegitimidad de los tribunales
franquistas y sus sentencias, es decir, su nulidad de hecho. Ello servirá como
instrumento jurídico para quienes quieran utilizarla ante los tribunales en las
reclamaciones de anulación de sentencias, sin que los jueces puedan invocar
normas de la dictadura para rechazarlas. Por nuestra parte, además,
pediremos al fiscal general del Estado que inicie de oficio los recursos de
revisión de sentencias.

Del proyecto inicial del Gobierno hicimos desaparecer las referencias a los dos
bandos y el Comité de Notables, y facilitar el acceso a la documentación de los
archivos. Por primera vez en democracia se honra a colectivos de luchadores
por la libertad que nunca habían sido reconocidos: los guerrilleros, el Cuerpo
de Carabineros o los militares de la clandestina UMD, excluida de la Ley de
Amnistía por temor al “ruido de sables”. También se proclama la injusticia que
supuso el exilio y se reconoce el derecho de los exiliados y de sus
descendientes directos a recuperar la nacionalidad española.

El Estado está obligado a garantizar que las víctimas sepultadas en cunetas y


fosas comunes donde yacen en el anonimato sean identificadas y enterradas
en los cementerios. La norma establece la responsabilidad de las instituciones
sobre las exhumaciones, símbolos y archivos. Con la ley en la mano, los
alcaldes podrán retirar los símbolos de la sublevación militar y la dictadura. El
Valle de los Caídos ya no podrá ser escenario de actos de exaltación, aunque
el PSOE –mediante un pacto con CiU y el apoyo del PP– descartó
transformarlo en un espacio de explicación de la represión franquista.

Sin duda estamos ante una ley de reconocimiento, no de venganza. Los


partidarios del silencio y el olvido también lo son de la impunidad. Se entiende
que quienes, como Mayor Oreja, vivieron el franquismo con naturalidad y
placidez no quieran remover el pasado. A la derecha no le interesa contar la
historia como fue. Mientras el franquismo ensalzó y sacralizó a las víctimas de
su propio bando, excluyó a los demócratas de la memoria pública de los
españoles.
Asumir la herencia del pasado no es fácil, pero esta ley debe servir para
promover la confianza, con la voluntad de reforzar la democracia asumiendo
los errores y los horrores del pasado. Rescatar la memoria de aquellos
lamentables episodios y honrar como se debe a las víctimas olvidadas ha de
servir de lección para el presente y para el futuro de la democracia española.