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PROPUESTA PARA EL

TRATAMIENTO EN LA COMUNIDAD
DE LOS AGRESORES
INTRAFAMILIARES
Propuesta desarrollada a petición del Consejo
General del Poder Judicial para la discusión de la
misma en la Comisión Interinstitucional creada al
efecto

Barcelona, 21 de mayo de 1999

Santiago Redondo Illescas y Vicente Garrido Genovés


Índice
1. VIOLENCIA EN LA PAREJA: CIFRAS E IMPLICACIONES 2

Recuadro 1. Topografía y contexto habitual de los malos tratos domésticos 3

Recuadro 2. Características más comunes de las mujeres víctimas de maltrato doméstico 3

Recuadro 3. Características más comunes de los agresores domésticos 4

Recuadro 4. Características más comunes de la interacción entre los episodios de maltrato


doméstico y la justicia 4

2. FACTORES ETIOLÓGICOS 6

Recuadro 5. Principales perspectivas sobre el maltrato en la pareja 7

3. DERIVACIONES APLICADAS PARA LA PREVENCIÓN DE LA VIOLENCIA


FAMILIAR 12

4. EL TRATAMIENTO DE LOS AGRESORES FAMILIARES:


QUÉ SE HACE 13

4.1 Clasificación de las medidas y los tratamientos 13

4.2 Medidas de carácter legal 14

4.3 Medias psicoeducativas con los agresores 14


Intervenciones de grupo 14
¿Cambio de actitudes o cambio de conducta? 15
Cambio de conducta 15
Cambio de actitudes 15
Tratamientos cognitivo-conductuales 15

4.4 Efectividad de los programas aplicados 16

5. PROPUESTA DE UN PROGRAMA DE TRATAMIENTO EN LA


COMUNIDAD PARA AGRESORES DE MUJERES 18

5.1 Situaciones según la gravedad de la violencia 18

5.2 El proceso de acción global 19

5.3 El programa de tratamiento 23


Fase primera. Evaluación del agresor 23
Fase segunda. Técnicas adecuadas 23
Fase tercera. Evaluación y seguimiento 24

5.4 Formación de los profesionales que deben aplicar los programas 24

REFERENCIAS 25

OTRAS OBRAS DE CONSULTA 27

1
El presente informe tiene como objetivo principal proponer un programa
de tratamiento en la comunidad para agresores de mujeres en el marco
familiar. Para ello, en primer lugar, en los epígrafes 1 y 2 se analizan la
topografía de esta violencia familiar y los factores etiológicos de la
misma. Los epígrafes 3, 4 y, especialmente, el 5 dirigen su atención a
revisar los tratamientos llevados a cabo hasta la fecha y a proponer un
plan de intervención con los agresores.

1. Violencia en la pareja: cifras e implicaciones


Durante los últimos años se ha producido en España una gran alarma
pública en relación con la violencia en el seno de la familia,
especialmente con aquélla que supone el maltrato de las mujeres por
parte de sus maridos o parejas. Aunque, según datos policiales, este
fenómeno no se ha incrementado en términos cuantitativos durante los
últimos años, ha aumentado, sin embargo, su amplificación por parte de
los medios de comunicación y, unido a ello, la sensibilidad sobre este
problema de los ciudadanos y los poderes públicos.
Algunos estudios internacionales han estimado que entre el 11% y el
13% de las parejas experimentan alguna forma de violencia física
(Browne, 1989). En España, unas 17.000 mujeres denuncian anualmente
malos tratos. Se considera que el índice de denuncia es de entre el 5% y
el 10% de los casos que acontecen, a partir de lo cual podría estimarse
la existencia en nuestro país de unos 200.000 casos anuales de
maltratos en la pareja (Martín Barroso y Laborda Rodríguez, 1996/1997;
Benítez, 1999).
Las víctimas de malos tratos se concentran en el grupo de edad de 31 a
50 años (Ruidíaz, 1996). En un estudio de Pont y Parès (1995) sobre
460 casos de maltrato, la edad media de las víctimas era 34 años. Las
víctimas suelen tener un nivel cultural bajo y laboral precario. Y en lo que
concierne a los agresores, éstos suelen ser los cónyuges de las víctimas.
La violencia suele precipitarse al inicio de la convivencia matrimonial o
de pareja, pero también puede aparecer con antelación, ya durante el
noviazgo (Browne, 1989; Pont y Parès, 1995).
El Proyecto de Declaración sobre Violencia contra la Mujer de las
Naciones Unidas definió en 1991 esta violencia como “todo acto,
omisión, conducta dominante o amenaza que tenga o pueda tener como
resultado el daño físico, sexual o psicológico de la mujer” (Benítez, 1999,
pág. 275).
En los recuadros que siguen (números 1,2,3 y 4) se recogen
esquemáticamente las características principales de las agresiones

2
domésticas, de sus víctimas y agresores y de las medidas habitualmente
adoptadas frente a este problema.
Recuadro 1. Topografía y contexto habitual de los malos tratos
domésticos
(Aguilar et al., 1995; Benítez, 1999; Browne, 1989; Pont y
Parès, 1995; Ruidíaz, 1996).
• Consisten en conductas heterogéneas tales como: abofetear, empujar,
golpear, dar puñetazos, empujar de un extremo al otro de una
habitación, empujar escaleras abajo, lanzar contra paredes u objetos,
poner la zancadilla, dar patadas, pegar pisotones, retorcer brazos o
piernas, lanzar objetos contra la víctima, estrangular, morder, provocar
quemaduras, apuñalar, disparar, arrojar de un coche en marcha,
ahogar, etc.
• A esta lista de agresiones físicas algunos investigadores añaden la
violencia o “tortura” psicológica (Smith, 1993).
• Aunque tienen cualificación penal diferente, en el marco de la violencia
familiar debemos considerar también los abusos y vejaciones
sexuales.
• Las víctimas suelen ser tanto la cónyuge o pareja como los hijos.
• La violencia suele precipitarse al inicio de la convivencia matrimonial o
de pareja, aunque también puede aparecer durante el noviazgo.
• Aunque esta violencia puede aparecer en todas las clases sociales, el
mayor número de casos conocidos procede de barrios marginales y
con elevadas tasas de delincuencia.
• Acontecen en domicilios particulares.
• Los horarios más típicos de episodios de maltrato son aquéllos en los
que la familia suele confluir en el domicilio: en fines de semana o en
días laborables, a las horas de las comidas o por la noche.

Recuadro 2. Características más comunes de las mujeres víctimas


de maltrato doméstico
(Aguilar et al., 1995; Benítez, 1999; Pont y Parès, 1995;
Ruidíaz, 1996)
• Suele tratarse de mujeres casadas o que viven en pareja. El grupo de
edad principal es el correspondiente al intervalo 31-50 años.
• Suelen tener un nivel académico y cultural bajo. Muchas mujeres no
han acabado los estudios primarios.

3
• Su nivel laboral es también precario (amas de casa o empleadas de
hogar sin contrato), y con frecuencia carecen de autonomía económica
al margen de su marido o pareja.
• La falta de autonomía personal y la dependencia económica
constituyen las dos principales dificultades para la separación (en el
estudio de Benítez -1999- sólo un 15,4% de las mujeres que sufrían
malos tratos se había separado como resultado de ello).
• Las consecuencias más frecuentes experimentadas por las víctimas
son (Benítez, 1999): a corto plazo: humillación, miedo, dolor, fuerte
shock, y heridas generalmente leves; a largo plazo: miedo,
inseguridad, abandono de la vivienda, y secuelas físicas.
• Las expectativas de las víctimas son, por orden de preferencia
(Benítez, 1999): terapia (familiar, para ella o para el agresor), la
separación del agresor, y tan sólo una pequeña proporción de las
mujeres desean el castigo penal de los agresores.

Recuadro 3. Características más comunes de los agresores


domésticos
(Aguilar et al., 1995):
• Suele tratarse de los maridos o parejas de las mujeres que son
víctimas.
• Suelen tener un nivel cultural bajo. Ello se asocia a valores y creencias
sexistas.
• Su nivel laboral es también precario. Muchos están desempleados o
pasan largas temporadas sin trabajo.
• Muchos tienen problemas con el alcohol u otras drogas, que suelen
ser los desinhibidores que precipitan los episodios de maltrato.
• Un porcentaje significativo de agresores fueron en su infancia testigos
o víctimas de maltrato en su familia de origen.

Recuadro 4. Características más comunes de la interacción entre


los episodios de maltrato doméstico y la justicia
(Aguilar et al., 1995; Benítez, 1999; Fuertes Pérez, 1995).
• La mayoría de los casos no se denuncian. Las razones más
poderosas para no denunciar son: el miedo a la convivencia posterior
con el agresor -que suele continuar-, la disculpa del agresor y su
promesa de que no volverá a ocurrir, la desconfianza en que el
sistema penal pueda resolver el problema, la vergüenza y el miedo a
la publicidad sobre su caso.

4
• Cuando se denuncia un episodio de maltrato mediante llamada a la
policía, los agentes que acuden al domicilio suelen carecer de
formación especializada sobre este problema y se limitan a constatar
lo sucedido e informar sobre ello. En muy pocas ocasiones se detiene
al agresor, ya que frecuentemente la víctima no desea presentar una
denuncia formal (Aguilar et al., 1995).
• En una minoría de los casos denunciados (12,5% en el estudio de
Benítez de 1999) el agresor acaba siendo castigado por los tribunales.
• Las “soluciones” más frecuentes son, paradójicamente: el abandono
de la casa por parte de la agredida y su inclusión en algún tratamiento
de víctimas.

La violencia de los hombres hacia las mujeres (o “violencia doméstica”)


supone un problema desde varios frentes. En primer lugar, desde el
punto de vista de la prevención, parece claro que muchas de las
conductas violentas que se manifiestan en actos delictivos (y que son
sancionados por los jueces) han ido precedidas por una historia de
violencia de baja intensidad (por emplear una terminología peculiar de la
actualidad). En esta historia de relaciones violentas se han ido
entramando las actitudes, hábitos y creencias que, en un momento
particularmente propicio, han permitido la existencia de una agresión
grave. En ese momento, la mujer toma la decisión de denunciar y el juez
puede decidir enviar al agresor a prisión.
Un segundo frente tiene que ver con los agresores que ya han sido
interceptados por el sistema de justicia, pero que siguen agrediendo a su
mujer, o al menos amenazándola. En tal caso, en la actualidad las únicas
posibilidades que tiene la víctima es esperar a que la agresión sea de tal
gravedad que implique una condena substancial para el agresor, o bien
refugiarse en una casa de acogida e intentar evitar males mayores.
Un tercer frente se relaciona con los hijos de la pareja. En muchas
ocasiones los menores se ven obligados a presenciar durante meses o
años situaciones de violencia muy graves, con el consiguiente perjuicio
para su desarrollo personal y el riesgo añadido de que estén
aprendiendo pautas de comportamiento que pueden reproducir en el
futuro en relación con sus propias parejas. Tampoco la situación mejora
mucho para los hijos si, en razón del proceder típico de las cosas en el
procedimiento penal, el agresor va y viene a los juzgados mientras que
se perpetúa una relación de miedo y ansiedad en el hogar. Por último, la
convivencia de los niños en casas de refugio junto a sus madres no
supone una respuesta definitiva a este estado de cosas, y salvo en los
casos en los que la madre logra romper todo vínculo con su pareja e

5
inicia una nueva vida, el proceso destructivo anterior volverá a
reproducirse finalizada la tregua de estos centros de acogida.
Se conviene en considerar que la violencia en el seno de una pareja
presenta algunas características distintivas específicas. Sin embargo,
pese a estas especificidades, cada vez es mayor la evidencia de que
existe una clara conexión entre experiencias violentas en el hogar y
estilos violentos fuera del hogar (Ohlin y Tonry, 1989). Esta constatación
nos conduce a la necesidad de analizar la violencia familiar en el marco
más global de las teorías criminológicas sobre la violencia.
En el presente informe plantearemos una propuesta genérica de
comprensión criminológica de la violencia doméstica y de intervención
sobre este fenómeno. Sin embargo, para la concreción efectiva de esta
propuesta de acción, sería necesario contar con información precisa
sobre las siguientes cuestiones:
• ¿Qué magnitud real tiene en España el maltrato en la pareja? ¿Qué
proporción de esta magnitud global representa el actual índice de
denuncias? ¿Qué proporción corresponde a mujeres maltratadas y
cuál a hombres maltratados? (Datos norteamericanos sugieren que en
un 95% de las agresiones las víctimas son mujeres -Smith, 1993-.)
• ¿Cuáles son los perfiles principales de maltrato en España en cuanto
a tipos de agresores, tipos de víctimas, historiales de maltrato,
maltrato físico/psicológico, factores etiológicos desencadenantes, etc.?
¿En qué proporción de los casos de maltrato aparece como factor
vinculado el consumo de alcohol?
• ¿Cuáles son las soluciones actualmente arbitradas? ¿Qué hacen
realmente los distintos estamentos públicos interesados en este
problema (servicios sociales, policía, tribunales, prisiones...)? ¿Qué se
logra con ello?
• ¿Qué relación existe en España entre maltrato familiar y separación y
divorcio?
La respuesta a estos interrogantes requeriría, a nuestro entender,
realizar una o diversas investigaciones de amplio espectro que
permitieran conocer del modo más preciso posible el maltrato familiar en
España.

2. Factores etiológicos
Intervenir sobre un problema social como el maltrato familiar implica
previamente una cierta comprensión de los factores que propician este
problema. Aunque la violencia familiar siempre ha estado presente a lo
largo de la historia de la humanidad, la atención criminológica a este
problema es muy reciente. En verdad, se inició durante los años 70, a

6
partir del reconocimiento del maltrato en la pareja como un auténtico
problema social con una magnitud absoluta importante (que puede
cifrarse, al menos, entre el 5% y el 10% de las parejas).
La consciencia social y científica de este problema ha dado lugar a
diferentes líneas de pensamiento en el intento de entender sus raíces y
atajarlo. En la actualidad sabemos que la violencia familiar es un
fenómeno complejo, tanto social como psicológicamente, de ahí que se
requieran mayores esfuerzos investigadores para delimitar los diferentes
aspectos y factores que están entrelazados. Según han comentado de
manera didáctica Ohlin y Tonry (1989), no es infrecuente encontrar que
los agresores actuales hayan sido víctimas previas de maltrato familiar,
hayan sido testigos de la violencia entre sus padres o parientes, o de la
delincuencia cometida por éstos. Sin embargo, la investigación
criminológica frecuentemente parcializa en exceso todos estos
problemas: un mismo sujeto aparecerá, por un lado, como víctima en un
estudio sobre maltrato infantil, como delincuente contra la propiedad en
una investigación sobre esta materia, como paciente en un programa de
alcohólicos y como agresor de su pareja en un estudio sobre violencia
conyugal. Es evidente que todas estas manifestaciones de un mismo
individuo serán interdependientes entre sí, y el análisis separado de una
de ellas no da cuenta de las interrelaciones entre factores.
Si revisamos la literatura criminológica de las tres últimas décadas
(Bersani y Chen, 1988; Browne, 1989; Smith, 1993; Wallace, 1996) las
principales explicaciones del maltrato en la pareja que se han sugerido
pueden resumirse de la siguiente manera (véase recuadro 5):

Recuadro 5. Principales perspectivas sobre el maltrato en la pareja


1. Perspectiva cultural. El origen del maltrato a las mujeres por parte de
los hombres se halla en los valores culturales patriarcales que lo
favorecen, justifican o toleran como instrumento del mantenimiento del
orden social y familiar.
2. Perspectiva estructural. Las raíces de la violencia residen en las
desigualdades sociales y en la falta de oportunidades, que
desencadenan en los individuos tensiones y agresividad, de la que
acaban siendo víctimas sus cónyuges.
3. Perspectiva psicopatológica. El origen de la violencia familiar se halla
en disfunciones de la personalidad como la impulsividad o la
psicopatía o en el consumo abusivo de alcohol u otras drogas.
4. Perspectiva de la interacción. La etiología de la agresión familiar se
halla en los estilos de relación verbal, de comportamiento y emocional
que existen entre los cónyuges y, en general, en el seno de la familia.

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5. Perspectiva jurídica. No constituye una explicación del maltrato sino
que su propósito es incrementar el grado de detección, denuncia y
condena penal de los maltratadores familiares.

1. Perspectiva cultural. Ha sido la interpretación dominante en los años


pasados y todavía es un posicionamiento muy relevante en la
actualidad. Propone que las raíces del uso de la violencia en el seno
familiar, especialmente por parte de los hombres, y de la cual suelen
ser víctimas frecuentes las mujeres, se hallan en los valores culturales
patriarcales, que siguen impregnando todas las relaciones sociales.
Según esta perspectiva, la violencia es socialmente comprendida y,
dentro de ciertos límites, tolerada como instrumento de mantenimiento
del orden social y familiar (una presentación amplia de esta línea de
pensamiento puede encontrarse en español en Maquieira y Sánchez,
1990; véase también Thiebaut -1988- y Klein -1981-).
En criminología, este enfoque viene representado por las perspectivas
feministas, en un espectro de posicionamientos amplio que va desde
el feminismo liberal (según el cual mujeres y hombres deberían
trabajar conjuntamente para solventar las desigualdades por razón de
género) hasta el feminismo radical (que sugiere más drásticas
medidas).
En síntesis, el origen del maltrato a las mujeres por parte de los hombres
estaría en la existencia de valores sociales que favorecen y justifican
ese maltrato. Por tanto, para erradicar estas situaciones deberían
reemplazarse los valores sociales patriarcales por valores de auténtica
igualdad y respeto entre mujeres y hombres.
Es indudable la existencia de discriminaciones sociales (en el trabajo, en
la familia, etc.) en desfavor de las mujeres. Estos valores culturales
están presentes, en mayor o menor medida, en todos los estratos
sociales. Nos influyen a priori a todos. Sin embargo, sólo una minoría
de los hombres maltrata a las mujeres. Un principio crimonológico bien
establecido desde Sutherland hasta nuestros días es que los valores y
creencias generales (en este caso patriarcales), comunes a todos los
individuos, no pueden explicar por sí mismos la delincuencia de sólo
algunos de ellos.
2. Perspectiva estructural. Representada en criminología por las teorías
de la anomia y de la tensión, propone que las desigualdades sociales,
la falta de oportunidades de muchos individuos y su incapacidad para
alcanzar los objetivos convencionales de la sociedad (como una mayor
riqueza o un más elevado estatus) serían los factores
desencadenantes de las tensiones individuales que conducen a la
violencia en el seno de la familia. Es decir, la esposa o compañera
pagaría en el hogar “los platos rotos” en la calle, esto es, las
frustraciones y problemas económicos, laborales, etc., de su marido.

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Las estrategias de solución deberían ir orientadas, según esta
perspectiva, a erradicar tales desigualdades y tensiones. Aunque no
carente de razón, en el fondo de las cosas, esta perspectiva, al igual
que la anterior, focaliza las soluciones en cambios sociales que podrán
tener una plasmación a medio y largo plazo, pero que es difícil que en
el presente se concreten para producir cambios rápidos. Es decir, para
conseguir una reducción de la violencia de los actuales agresores, y
no sólo para prevenirla en la futuras generaciones de chicos y chicas
en proceso de formación.
3. Perspectiva psicopatológica. Supone considerar que el agresor o
maltratador presenta, por encima de todo, una patología individual que
es la causa cercana de su conducta. Entre estas patologías, se han
señalado con frecuencia ciertos rasgos y disfunciones de la
personalidad, como la impulsividad o la psicopatía.
También se ha enfatizado la asociación entre maltrato en el hogar y
consumo de alcohol o de drogas. En los estudios norteamericanos, a
partir tanto de los informes de las víctimas como de los propios
agresores, se ha puesto de relieve la presencia del abuso de alcohol
en un 40% a 60% de los casos de agresión a la pareja (O’Leary,
1988). En nuestra cultura mediterránea, el consumo de alcohol juega
también un papel principalísimo como desinhibidor de la conducta
agresiva. En un estudio de Pont y Parès (1995), sobre 460 casos de
maltrato en Barcelona, el alcoholismo resultó ser el desencadenante
principal de los episodios de agresión en más del 50% de los casos.
Pese a todo, no puede afirmarse que el alcohol constituya una causa
directa de la violencia familiar (Wallace, 1996). Un punto oscuro de la
investigación sigue siendo cuáles son las variables que median entre
el consumo de alcohol y las explosiones de violencia. Algunos autores
han debatido si se trata de que la intoxicación etílica propicia ciertos
pensamientos y emociones que llevan a la conducta violenta o, más
bien, si ciertos individuos generan de antemano expectativas de que
algunos de sus comportamientos violentos serán más permisibles en
estado de embriaguez (Leonard y Jacob, 1988).
Las orientaciones aplicadas se dirigirían, en coherencia con esta
perspectiva, a tratar mediante la oportuna terapia la disfunción de la
personalidad correspondiente o el alcoholismo.
4. Perspectiva de la interacción. Bajo este epígrafe recogemos todas
aquellas hipótesis explicativas que consideran que, al margen de otros
factores de índole cultural o estructural, la etiología de la agresión
familiar debe buscarse en los estilos de relación que se han
establecido en el seno de la familia. Si el problema fundamental reside
en que un marido agrede frecuentemente a su mujer, los factores que
han generado este modo de funcionamiento y lo mantienen deben
buscarse principalmente en las interacciones verbales, de
comportamiento y emocionales entre los dos cónyuges, es decir, en la

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diversidad, complejidad y multidimensionalidad de las relaciones de
pareja (Ashworth, 1997). Y lo anterior no sólo se afirma de una manera
genérica, sino que, para cada caso concreto, podrían ser localizados
factores facilitadores y precipitantes.
Dentro de esta perspectiva de la interacción, dos modelos explicativos,
íntimamente interrelacionados, resultan especialmente relevantes. El
primero es el modelo del aprendizaje social, que ha tenido una gran
audiencia en la explicación criminológica general durante las últimas
décadas. Sus principales premisas son (Jolin y Moose, 1997):
1. Que los comportamientos y estilos de maltrato en el hogar, como
forma de control de la conducta de los otros, se aprenden del mismo
modo que otras conductas.
2. Que, para el aprendizaje e inicio de estos comportamientos, juegan
un papel muy relevante los modelos paternos agresivos; es decir,
que muchos agresores actuales (no todos) habrían aprendido estos
estilos de conducta mediante la imitación de modelos familiares; en
otras palabras, a partir del maltrato que ejercieron sus padres sobre
sus madres, sus hermanos o ellos mismos.
3. Que los comportamientos de maltrato son funcionalmente
mantenidos a lo largo del tiempo a partir de las consecuencias
“positivas” que se derivan de éstos para el maltratador;
fundamentalmente, en la medida en que, mediante los malos tratos,
un individuo logra controlar (al menos, momentáneamente) la
conducta de los otros (de su mujer o compañera, de sus hijos, etc.).
El modelo del aprendizaje social ha sido aplicado con éxito para
explicar la agresión en la pareja por O’Leary (1988) a partir de análisis
longitudinales. Según este autor, los principales factores que
predecirían la agresión marital serían los siguientes: (1) la violencia en
la familia de origen; (2) la conducta agresiva como estilo de
personalidad; (3) el estrés; (4) el consumo abusivo de alcohol y
drogas; y (5) que la relación sea insatisfactoria.
El segundo modelo explicativo es el cognitivo o también llamado
cognitivo-conductual, tan ampliamente desarrollado durante los últimos
años en criminología. Su premisa principal establece que existe una
estrecha vinculación entre (a) emociones, (b) pensamientos y (c)
conducta. A modo de ilustración de esta perspectiva, se sugiere que
en los agresores se establecerían secuencias como la siguiente:
(a) emoción precipitada “Observo que mi mujer ha comprado una
alfombra nueva. ¿Cuánto le habrá
costado? ¿No se da cuenta de que no
llegamos a fin de mes? Esta mujer me
enfurece.”

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(b) pensamiento precipitado “En verdad no hay quien pueda con ella
por las buenas. ¡Tantas veces se lo he
dicho! Aunque me duela, sólo entiende
un lenguaje.”
(c) conducta precipitada Tras una nueva discusión acalorada al
respecto, que va subiendo de tono, se
precipita la agresión.
Estos dos modelos (de aprendizaje social y cognitivo) son formulados
de manera integrada en la actualidad. Según ello, para comprender la
agresión familiar son relevantes los dos siguientes aspectos: en primer
lugar, los estímulos que preceden (y facilitan) la agresión y los que
siguen a ésta (y la refuerzan y mantienen en el tiempo); en segundo
término, las elaboraciones cognitivas y emocionales que el individuo
realiza de tales estímulos en la interacción familiar. Es decir, qué
sucede cuando una mujer y un hombre se relacionan y cómo ellos (y
especialmente el agresor) interpretan lo que sucede.
Desde un enfoque aplicado, la perspectiva de la interacción -que aúna
elementos cognitivos y de habilidades de lo sujetos-, resulta la más
prometedora (Saunders y Azar, 1989). Las intervenciones o
tratamientos tendrían como finalidad producir cambios relevantes en
los estilos de pensamiento y de interacción de la pareja.
5. Perspectiva jurídica clásica. Al igual que en las explicaciones
criminológicas en general, esta perspectiva no se dirige tanto a
comprender los factores que precipitan el maltrato como a intentar su
control. En síntesis, se encuadrarían en esta línea de pensamiento
todas aquellas propuestas cuyo único propósito es aumentar el grado
de detección, denuncia y condena penal de los maltratadores
familiares.
Es evidente que la generalidad de los ciudadanos coincidiríamos en la
necesidad de atajar por la vía penal las situaciones graves de maltrato.
Sin embargo, la amplificación ilimitada del control penal en este
problema resultaría a todas luces ineficaz y contraproducente. Tirado
Estrada (1998) ha puesto de relieve la inconveniencia de establecer
medidas penales de excepción para los maltratadores domésticos,
más allá de las previstas para la violencia en general, y, por el
contrario, la conveniencia de aplicar “programas tendentes a favorecer
su resocialización y rehabilitación, mediante -si es preciso- una
especial atención psicológica” (pág. 6).
Un factor crítico de decisión para la utilización o no de la vía penal se
halla, probablemente, en la decisión de una mujer maltratada de
acabar con su relación de pareja o, por el contrario, proseguir con ella
e intentar recomponerla. Utilización de la vía penal (o sea, denuncia
ante la policía o en el juzgado, declaraciones, práctica de pruebas
periciales, juicio y sentencia condenatoria de un agresor) y ruptura de

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la pareja van, en la práctica unidos. En muchos casos éstas serán las
únicas y adecuadas soluciones. Ahora bien, si una mujer, pese a los
malos tratos recibidos “decide” seguir conviviendo con su marido y
rehacer su relación con él (éste es el auténtico problema que nos
ocupa), la vía penal pura no será un camino apropiado. ¿Qué inicio de
armonía familiar se puede construir a partir de una mujer que es
agredida y un marido que es denunciado por ello?
Otro modelo comprensivo de la agresión conyugal, ampliamente
divulgado, es la teoría del ciclo de la violencia de Leonore E. Walker, que
no se dirige a explicar las causas de la violencia familiar sino su proceso.
Walker describe tres etapas principales en el maltrato conyugal (Walker,
1989, citada en Garrido, Stangeland y Redondo, 1999): (1) la
acumulación de tensión, en la que diversos actos específicos friccionan
las relaciones de la pareja -en un gradiente que va desde las fricciones
verbales a las físicas- y hacen que aumente su grado de crispación; (2)
la aparición de un incidente de violencia, que sucede cuando la mujer,
incapaz de disminuir la tensión producida, precipita la violencia con la
finalidad de aminorar sus efectos, y (3) la eufemísticamente denominada
etapa de luna de miel, tras la violencia, en la cual el agresor se
arrepiente y promete cambiar (ser un buen marido, un buen padre, dejar
de beber, etc.), la mujer cree en su sinceridad y, momentáneamente,
parece restaurarse la armonía entre ellos. Al poco tiempo, los buenos
propósitos decaen y comienzan a surgir nuevos episodios que acumulan
nuevamente la tensión: el ciclo se reinicia y la intensidad del maltrato
probablemente aumente con el tiempo.

3. Derivaciones aplicadas para la prevención de


la violencia familiar
Las diferentes perspectivas explicativas que acabamos de comentar no
son, ni mucho menos, contradictorias entre sí, sino complementarias.
Una prevención integrada y global de la violencia en la familia requerirá
de intervenciones en diferentes niveles y con los distintos sujetos
directamente implicados. Las perspectivas cultural, estructural y jurídica
apuntan hacia la necesidad de intervenir sobre factores sociales de más
amplio espectro. Gelles y Cornell (citados por Browne, 1989) y en
nuestro país Sariego y otras personas (Sariego et al., 1998?; Sariego,
1999), desde el Grupo de Hombres de Sevilla, han propuesto, en el
marco de la prevención primaria, actuaciones de gran alcance como las
siguientes:
1. La violencia doméstica tiene un trasfondo cultural y social. Por ello,
debe favorecerse la eliminación de las normas que legitiman y
ensalzan la violencia dentro de la familia y de la sociedad en su
conjunto (por ejemplo, el uso de videojuegos de contenido violento).

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2. En esta tarea deben jugar un papel importante los medios de
comunicación, que “deben ayudar a educar en la no violencia, con
programas públicos donde se explique cómo resolver los conflictos de
forma distinta” (Sariego, 1999, pág. 1).
3. La reducción de los factores sociales que, como la pobreza o la
desigualdad, pueden propiciar situaciones de estrés y violencia
reactiva.
4. La incorporación de las familias en sus redes comunitarias para
reducir su aislamiento.
5. La eliminación de contenidos sexistas en los procesos educativos.
6. La ruptura del ciclo de la violencia familiar enseñando a los padres
caminos alternativos para educar y controlar a los hijos.
Por su parte, de las perspectivas teóricas que hemos denominado
psicopatológica y de la interacción pueden derivarse intervenciones con
las víctimas y con los propios agresores familiares. De estas últimas, que
constituyen el objetivo principal de este informe, vamos a ocuparnos a
continuación.

4. El tratamiento de los agresores familiares: qué


se hace

4.1 Clasificación de las medidas y los tratamientos


Los tres tipos de explicaciones teóricas en los que más frecuentemente
se ha fundamentado el tratamiento de los agresores han sido el modelo
de aprendizaje social, la hipótesis del déficit de habilidades sociales de
los agresores y la perspectiva según la cual deberían erradicarse
factores externos estresantes tales como los problemas laborales y
económicos o los relativos a la crianza de los hijos (Margolin et al.,
1988).
Una clasificación secuencial de las intervenciones posibles en
situaciones de agresión familiar puede ser la siguiente (véase Saunders
y Azar, 1989):
I. Intervenciones de emergencia
A. Servicios telefónicos de ayuda a víctimas y agresores
B. Centros de acogida para víctimas
II. Programas para víctimas
A. Asistencia legal
B. Consejo
C. Formación e inserción laboral

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III. Programas para agresores
La clasificación más sencilla de las intervenciones con los agresores de
mujeres ha consistido en dividirlas en medidas legales/punitivas y
medidas psicoeducativas (Margolin et al., 1988). Esta división lleva
implícito un conflicto entre los objetivos fundamentales que persiguen
unas y otras (Ohlin y Tonry, 1989): mientras que para las víctimas y para
una parte importante de la opinión pública la agresión familiar es, ante
todo, un delito que debe ser perseguido penalmente, otro sector opina
que es prioritario preservar la institución familiar de ingerencias externas
(los servicios sociales o la justicia), ya que su intervención tendría como
resultado exacerbar los conflictos existentes.

4.2 Medidas de carácter legal


Dentro de las medidas de carácter legal, se incluirían la detención y la
condena de los agresores. Algunas investigaciones norteamericanas han
evaluado los efectos de esas medidas punitivas sobre la prevención
especial. Tolman y Weiz (1995) evaluaron la efectividad de un programa
en el cual se detuvo y procesó a los agresores familiares de una
determinada ciudad. El seguimiento efectuado durante los dieciocho
meses posteriores a la detención mostró una reducción significativa de la
violencia doméstica, reducción que se mantuvo estable durante este
periodo. Además, paradójicamente, la detención produjo mayores
efectos disuasorios en aquellos individuos que ya tenían antecedentes
policiales por violencia familiar.

4.3 Medias psicoeducativas con los agresores


Las medidas psicoeducativas o de tratamiento suelen incluir
intervenciones de carácter psicológico, social y educativo. Pueden
dividirse, desde la perspectiva de los sujetos tratados, en cuatro grupos
(Sedlack, 1988):
1. Consejo individual (counselling) con el agresor.
2. Terapia de grupo con agresores.
3. Terapia con una sola pareja.
4. Terapia de grupo con parejas.

Intervenciones de grupo
Se han realzado los méritos de las intervenciones de grupo debido a que
logran romper el aislamiento y reducen la dependencia de la pareja,
ayudan a los hombres violentos a reconocer su problema de falta de
control, facilitan modelos de conducta y nuevas perspectivas para el
cambio de su propio comportamiento y permiten practicar dentro del
grupo las nuevas habilidades adquiridas (Sedlack, 1988).

14
¿Cambio de actitudes o cambio de conducta?
Desde la perspectiva del tipo de cambios que deben priorizarse mediante
el tratamiento, existió en años pasados una cierta polémica teórica en
torno a si se debía poner el énfasis en el cambio de actitudes y creencias
(que podían justificar la violencia ejercida por el sujeto) o más bien
directamente en la mejora de las habilidades y conductas no violentas.
Sin embargo, este debate tuvo un cariz meramente teórico, ya que, en
general, los programas de tratamiento suelen incluir ambos
componentes.

Cambio de conducta
En relación con la enseñanza de nuevas habilidades, los objetivos
habituales del tratamiento han consistido en enseñar a los sujetos a
reconocer las situaciones estresantes que pueden precipitar su conducta
violenta, a controlar sus explosiones de ira, a aumentar su asertividad
(es decir, a expresar sentimientos de manera franca pero no violenta),
sus habilidades de comunicación y sus habilidades de resolución de
conflictos. Para ello, se han empleado diversas técnicas conductuales:
1. Autoobservación y registro de las emociones de ira.
2. Desensibilización sistemática y relajación.
3. Interrupción de los comportamientos agresivos mediante técnicas de
“tiempo muerto” (time out).
4. Reforzamiento diferencial de respuestas no violentas.
5. Modelado o role playing.
6. Retroalimentación o feed-back.

Cambio de actitudes
Por su lado, los tratamientos que priorizan el cambio de actitudes y
cogniciones se han dirigido a aumentar la consciencia de las distorsiones
de los agresores en relación con los roles sexuales, a mejorar su
comprensión de los factores sociales y personales que favorecen la
agresión a las mujeres y a incrementar su consciencia emocional. Para
ello, se han utilizado técnicas de mejora de la empatía, reestructuración
cognitiva y terapia de realidad.

Tratamientos cognitivo-conductuales
Los denominados tratamientos cognitivo-conductuales, que pueden
utilizarse tanto con sujetos aislados como con grupos de agresores o con
grupos de parejas, son los más utilizados en la actualidad. Suelen
incorporar un paquete de técnicas, entre las que se encuentran las
siguientes (Saunders y Azar, 1989):
1. Entrenamiento en habilidades de comunicación.

15
2. Entrenamiento en relajación.
3. Reestructuración cognitiva.
4. Mejora de sus capacidades para anticipar situaciones y factores
precipitantes de la agresión.
En España, uno de los programas más importantes de intervención
sobre la violencia familiar es el desarrollado por Echeburúa, de Corral y
colaboradores en le País Vasco, recientemente descrito de manera
amplia en su Manual de violencia familiar (Echeburúa y de Corral, 1998)
y resumidamente en el Boletín Criminológico núm. 40 del Instituto de
Criminología de Málaga (Echeburúa y de Corral, 1999). En este
programa se ha tratado tanto a las mujeres víctimas de violencia familiar
como a los agresores. Sus principales consideraciones y conclusiones
sobre el tratamiento de agresores son las siguientes:
• El tratamiento de la agresión familiar debe hacerse de manera
integrada, es decir, abordando las diversas problemáticas y agentes
implicados: víctimas, agresores, hijos; problemas jurídicos,
económicos y psicológicos.
• Echeburúa y de Corral insisten en la idea de la aceptación voluntaria
del tratamiento por parte de los agresores. Su experiencia les indica
que “las tasas de éxito de los pacientes derivados del juzgado o
sometidos obligatoriamente a tratamiento son muy bajas” (Echeburúa
y de Corral, 1999, pág. 3).
• Su intervención (en un marco grupal o individual y una duración de 10
a 15 sesiones) se dirige a enseñar a los agresores habilidades para
interrumpir la agresión, encarar los celos, controlar la bebida, corregir
sus distorsiones cognitivas, solucionar problemas interpersonales,
aprender relajación, y controlar la ira y los impulsos.
• La tasa de rechazos o abandonos del programa es del 48%. Por tanto,
completan el programa el 52% de los sujetos.
• De los sujetos tratados (o sea, del 52% del total) informan de una tasa
de éxito del 81% al finalizar el programa y del 69% a los tres meses de
seguimiento.

4.4 Efectividad de los programas aplicados


En relación con la efectividad de los programas aplicados, los datos de
que disponemos nos informan de una efectividad modesta aunque real:
en decenas de estudios evaluativos revisados por Saunders y Azar
(1989) las tasas de reincidencia -especialmente en agresión física-
fueron inferiores en los grupos tratados que en los controles. Los
tratamientos fueron, en cambio, menos efectivos para reducir la violencia
psicológica. Sin embargo, es verdad que muchos de los programas
aplicados hasta la fecha no han sido, por lo general, suficientemente

16
intensos, o muchos sujetos los han abandonado antes de su finalización.
Además, los estudios de seguimiento no han tenido tampoco la suficiente
duración para comprobar la efectividad a largo plazo. Por todo ello,
aunque contamos con programas prometedores, en el futuro deberán
aplicarse con mayor integridad y evaluarse de manera más precisa.
Uno de los proyectos más ambiciosos de evaluación de programas para
agresores familiares ha sido el desarrollado en Canadá por Lemire et al.
(1996) en la Universidad de Montreal. Estos autores han revisado 126
estudios evaluativos y han comparado las peculiaridades y la efectividad
de los programas aplicados en la comunidad y de los aplicados en el
marco del sistema de justicia (especialmente, dentro de las prisiones). La
mayoría de los programas revisados por ellos han seguido el modelo
cognitivo-conductual, aunque también se encuentran referencias al
análisis feminista de la violencia, y a los modelos psicodinámico y
sistémico. Desde una perspectiva histórica, en primer lugar se aplicaron
programas en la comunidad y, posteriormente, de éstos se derivaron
programas para su aplicación en instituciones correccionales. Entre las
conclusiones principales de la revisión de Lemire et al. (1996) figuran las
siguientes:
1. En lo concerniente a la voluntariedad o no de los programas de
tratamiento, estos autores defienden la necesidad de adoptar una
perspectiva realista: es evidente que muchos agresores no reconocen
la existencia del problema y no tienen motivación intrínseca para el
cambio de conducta. Por ello, en palabras de Lemire et al. (1996),
“¡con frecuencia es necesario ayudar a la naturaleza!”. Esto es,
confrontar a estos agresores a la necesidad de efectuar cambios en su
vida y en su comportamiento participando activamente en un programa
de tratamiento. Esta motivación extrínseca puede ser estimulada por la
propia pareja, por la familia, por los amigos y, también, por la justicia.
Por esta misma postura se decanta Benítez (1999).
2. Los programas correccionales deben dirigirse a atajar tanto la
violencia física como la violencia psicológica.
3. Consideran muy importante la implicación de las familias en el marco
del programa de tratamiento.
4. Por último, concluyen que muchos programas de tratamiento con
agresores familiares están obteniendo resultados prometedores que
se concretan en la mejora de sus habilidades prosociales para la vida
en pareja y en reducciones significativas de las tasas de reincidencia
en el maltrato.

17
5. Propuesta de un programa de tratamiento en
la comunidad para agresores de mujeres

5.1 Situaciones según la gravedad de la violencia


Según lo que hemos venido comentando, es evidente que en muchos
casos la mejor solución para solventar un problema de agresión familiar
será recomendar a la mujer que se olvide de la pareja actual e intente
salir adelante sin su compañía. Sin embargo, la investigación señala dos
hechos concluyentes:
1. Muchas mujeres no quieren (o no pueden) renunciar a sus parejas,
aunque lleven tiempo soportando una vida difícil por su causa. Sea por
los motivos que fueren (dependencia, cariño o “amor” ... ) ellas no
tomarán la decisión de romper. La consecuencia es que el riesgo de
violencia permanece, o incluso se incrementa (ya que el marido se ve
reforzado en su rol de “dueño” de la situación).
2. Muchas relaciones podrían salir a flote si la llamada violencia previa
(de baja intensidad) se atajara en un momento precoz, es decir, si
alguien (generalmente ajeno al núcleo de la pareja) pudiera exigir y
lograr un cambio drástico en el trato del hombre hacia la mujer.
En la situación 1 (esto es, si la mujer decide continuar la convivencia) la
respuesta penal punitiva sólo interrumpirá la situación de maltrato
durante un tiempo, salvo que la agresión sea tan grave que el sujeto
permanezca en prisión varios años. Pero entonces ya habremos
fracasado: el asalto brutal a la mujer (que podría haber llegado hasta el
mismo homicidio) ya se habrá producido.
En la situación 2 (es decir, frente a la violencia de baja intensidad) en
ocasiones la propia familia y la red social de la pareja consiguen
reconducir el problema, aunque en otros casos no. En estas situaciones
una intervención precoz de la justicia podría ser efectiva para interrumpir
la violencia, aunque dado que la violencia ejercida es poco intensa,
resulta dudoso que se llegue a solicitar (o, si se da este supuesto, que se
llegue a lograr) el amparo judicial. Además, si los hechos no son
suficientemente graves, la mujer puede preferir que la justicia no
intervenga, ya que esta intervención podría exponerla a una “segunda
victimación” vengativa.
Pese a todas estas dificultades sería recomendable introducir los
cambios necesarios para permitir una intervención precoz de carácter
básicamente preventivo/terapéutico por parte de la justicia ya que esto
podría suponer una respuesta, al menos parcialmente adecuada, a los
dos supuestos arriba señalados.

18
5.2 El proceso de acción global
El proceso de ayuda podría establecerse del siguiente modo (véase
Figura 1):

19
PROG RA M A D E
TRATA M IEN TO

EVA LU AC IÓN DEL


A GR ESO R:
• Componentes cognitivos,
em ocionales y de
conducta
JD OS. D E EQ UIPO TÉCNICO • Contexto social
FA M ILIA, D EL JUZG AD O: •Interacción con la víctim a
TRAM ITACIÓ N
SERVICIOS E VA LU AC IÓN
JU DICIAL
SO CIALES Y D EL CA SO Y
RÁPIDA
D E SALU D: PR OPU ESTA D E
T RA TA M IEN TO
D ET EC CIÓ N T ÉC NIC AS:
D E C ASO S • Control de la ira
•Terapia de la realidad
•H abilidades sociales y de
negociación
•Counselling familiar
• Counselling personal

EVALUACIÓ N Y
SEG UIM IENTO

Figura 1: Secuencia tem poral del proceso de acción global y del program a de tratam iento
específico con los agresores fam iliares

20
1. Sería muy necesaria una primera tarea de conocimiento público de la
existencia de esa ayuda terapéutica (luego nos adentramos en su
realización concreta), a través de los medios de comunicación. En
particular sería importante que los juzgados de familia y los centros de
servicios sociales y de salud estuvieran preparados para poder
detectar posibles malos tratos en las mujeres y explicarles a
continuación sus opciones, o bien derivarlas a los centros de atención
a la mujer o similares. Deberían realizarse las oportunas campañas
de difusión de estos servicios.
2. Los delitos de amenazas, lesiones leves, etc., que ahora constituyen
sólo faltas o delitos leves deberían ser despachados con prontitud por
el sistema de justicia con objeto de que todo el sistema funcione. Una
oficina o fiscal especial o cualquier otro sistema debería permitir que la
víctima no desfalleciera ante la idea de que su presencia en el juzgado
va a ser tomada de modo irrelevante. UNA TRAMITACIÓN RÁPIDA
DE ESTOS DELITOS DEBERÍA ACTIVAR EL SISTEMA
TERAPÉUTICO.
3. Dicho sistema podría actuar del siguiente modo: en primer lugar, ha de
evaluar la situación de violencia existente en esa relación de pareja, lo
que debe llevar a proponer al juez un tiempo de atención terapéutica
(una alternativa es que el juez pueda, genéricamente, ordenar al
agresor que participe en el programa durante un tiempo variable,
según sus necesidades). Esta evaluación, podría realizarla un equipo
compuesto por un psicólogo y un asistente social en cada juzgado, o
de acuerdo a una ratio que tomara en cuenta el número de casos
promedio. Los casos se derivarían a un centro de tratamiento para el
maltrato, en el que personal especializado realizaría la intervención.
Algunas consideraciones al respecto:
a) Debería haber una gran coordinación del centro de tratamiento
con el juzgado. Ésta podría hacerse a través de los equipos
técnicos de ambos estamentos (incidencias en el caso, nuevos
episodios de maltrato, etc.).
b) Estos centros especializados deberían tener una cierta capacidad
de vigilancia sobre la dinámica familiar, algo que se podría
determinar en el contrato terapéutico que debería firmarse como
garantía de que el sujeto accede a participar en el programa
terapéutico como alternativa a una medida penal. No obstante,
los equipos de los juzgados podrían retomar también esa
capacidad de supervisión, presentándose en casa, hablando con
la familia, etc.
c) Los centros podrían depender del Ministerio de Trabajo y Asuntos
Sociales o del que se estableciera, pero es obvio que deberían
coordinarse con las otras instancias existentes.

21
d) Atendiendo a la realidad de lo que sucede en el ámbito del abuso
sexual infantil, un centro tipo podría contar con un equipo de
entre cinco y ocho profesionales, priorizando la presencia de
psicólogos, criminólogos y trabajadores sociales. Estos últimos
son muy importantes porque la tarea de supervisión en el hogar
es crucial. Todos los miembros del equipo deberían ser
específicamente entrenados para aplicar estos programas (es
decir, ser psicólogo o trabajador social no es garantía de
conocimiento sobre el maltrato). En ocasiones se haría necesario
trabajar con los hijos de la pareja, cuyo comportamiento puede
estar íntimamente relacionado con los problemas de violencia
conyugal.
e) La participación en el programa de intervención debería
completarse mediante el establecimiento de ciertas reglas de
conducta que puedan considerarse necesarias. Por ejemplo, el
alejamiento del agresor de casa de la víctima, su asistencia a un
programa de desintoxicación, etc.
f) Sería importante que el agresor conociera que su incumplimiento
de los compromisos adquiridos podría suponer la reactivación de
la amenaza penal. Una de las dificultades más graves de los
programas con agresores ha sido la falta de motivación de gran
parte de los sujetos participantes y el abandono prematuro de
muchos de ellos (Sedlack, 1988; Echeburúa y de Corral, 1999).
g) El periodo completo de intervención (que incluye tanto la
aplicación propiamente dicha del programa como la evaluación y
el seguimiento del mismo) podría durar desde unos 6 meses (en
los casos más leves) hasta los 2 años (en los más graves).

4. En casos en los que la agresión ha sido grave y el castigo penal


deviene inevitable, la asistencia al programa podría considerarse como
requisito para la libertad condicional.
5. Incluso en aquellos casos en que la mujer no desea seguir viviendo
con el agresor, podría considerarse necesario el tratamiento de éste,
ya que puede suceder que esta misma mujer cambie luego de idea y
restablezca la convivencia con el agresor o, que el agresor pueda
repetir su conducta con otras parejas.
Así pues, la propuesta de intervención global contempla cuatro
estructuras interrelacionadas:
1. Prevención y visibilidad del problema: campañas adecuadas.
2. Tramitación rápida: fiscales/oficinas especiales.
3. Propuesta de tratamiento, coordinación de incidencias y seguimiento:
equipo en el juzgado.

22
4. Realización del tratamiento y seguimiento: centro de tratamiento para
el maltrato doméstico.

5.3 El programa de tratamiento


Consta de tres fases:

Fase primera. Evaluación del agresor


Como instrumentos evaluativos se utilizarán pruebas estandarizadas,
entrevistas estructuradas e informes sociales, con objeto de delimitar los
siguientes tres componentes del programa:
En primer lugar, para determinar los aspectos clave sobre los que tendrá
que influir el programa de intervención. Aquí se incluirán componentes
cognitivos del sujeto (por ejemplo, actitudes hostiles hacia las mujeres,
distorsiones o creencias erróneas acerca de las razones de la violencia,
etc.), emocionales (autocontrol) y comportamentales (abuso de alcohol y
otras drogas, habilidades sociales, pautas laborales, etc.). También se
valorará el contexto social del sujeto, en particular la determinación de
las personas que pueden fomentar o inhibir la comisión de actos
agresivos. Este apartado incluye un análisis de cuáles son las pautas
interrelacionales que se establecen entre el agresor y la mujer
maltratada, por si fuera necesario incidir en este punto.
En segundo lugar, la evaluación del agresor también efectuará una
valoración sobre el modo en que debe gestionarse la convivencia entre
el agresor y su familia durante el tiempo que dure la intervención, en la
medida en que la situación penal del agresor lo permita.
En tercer lugar, se establecerá la participación del sujeto en los
diferentes componentes del tratamiento. En conexión con esto, se
estructurará el tiempo y las características del seguimiento que se
realizará.

Fase segunda. Técnicas adecuadas


Las diferentes técnicas que se pueden emplear son las siguientes:
1. Control de la ira: se trata de un programa de treinta horas dirigido al
control de emociones disruptivas capaces de propiciar el maltrato. El
sujeto aprende cuáles son sus “disparadores” de la agresión, cómo
opera el fenómeno de perder el control y diversas estrategias para
controlar la respuesta agresiva.
2. Terapia de la realidad: consiste en un programa de quince horas en el
que se enseña al sujeto a reconocer sus necesidades fundamentales,
en el marco de la realidad en la que se halla inmerso, y a identificar
las actitudes necesarias para hacer frente a estas demandas.
3. Habilidades sociales y de negociación: se desarrolla un programa de
treinta horas dirigido al aprendizaje de pautas de relación asertivas

23
(esto es, a la expresión sincera de sentimientos y deseos, de manera
no violenta) y de solución de conflictos interpersonales.
4. Counselling familiar: programa de quince horas orientado a la
discusión y afrontamiento de las situaciones familiares más proclives
a crear estrés. Incluye técnicas de cuidado de los hijos, en especial
los relacionados con la educación y la disciplina.
5. Counselling personal: programa de quince horas dirigido a auxiliar
individualmente en aquellas situaciones problemáticas específicas de
los sujetos que tengan una relación con sus respuestas agresivas.
Incluye elementos como control del consumo de alcohol, orientación
profesional, etc.
No todos los sujetos tendrían que pasar por estas diferentes técnicas
(que en conjunto superan las cien horas de intervención), aunque es
lógico pensar que sí deberían pasar por todas ellas la mayoría de los
sujetos.

Fase tercera. Evaluación y seguimiento


Tras finalizar la aplicación de las técnicas se establecería una nueva
evaluación con objeto de comprobar los resultados obtenidos, y
formalizar un pronóstico del riesgo que puede ofrecer el sujeto. Esta
evaluación debería influir directamente en las pautas que deberían
establecerse durante la etapa de seguimiento.
Durante esta fase se mantendrían sesiones periódicas con los sujetos
tratados, se especificarían los objetivos que deben lograrse en su
relación social y en la esfera personal, y se llevaría un control de los
episodios agresivos.

5.4 Formación de los profesionales que deben aplicar los


programas
Consideramos que el mínimo imprescindible para entrenar de manera
específica a los profesionales que van a participar en estos programas
es un curso teórico-práctico de unas treinta horas. Sería además
necesario incluir seis horas más para efectuar una supervisión de estos
profesionales cuando estén llevando a cabo los programas con los
sujetos.

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