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LOS HIJOS DE LA CONTRARREFORMA (*)

A pesar de la modernización institucional de 1821, los peruanos mantenemos el


hábito (y vicios) heredados tanto de las monarquías absolutas europeas (que en la
colonia se arraigaron totalmente en nuestra tierra), como de la cultura andina. "El fondo
del alma peruana se mantiene labriego" según Jorge Basadre. Para él, labriego significa
"docilidad, recogimiento en lo cotidiano, imperio del hábito, gravitación hacia el pasado,
falta de individualidad". Aunque poco reconocido, hay mucho de esto entre nosotros.

La adopción de modelos políticos extranjeros (francés y norteamericano


especialmente), fue simultánea a otro fenómeno en el que se piensa menos: la ruptura
con España, con nuestro pasado, la pérdida de nosotros mismos. Nuestra parcial o
frustrada modernización es la otra cara de nuestro problema de identidad. El absolutismo
monopólico (económico y espiritual) nos aisló de la modernización occidental. Éramos
parte del imperio y el imperio se anquilosaba encerrándose dentro de sí mismo, mientras
el resto de Europa occidental inventaba una nueva época.

A pesar del modelo político adoptado con la independencia, ese aislamiento no se


rompió. Cada peruano parece haberlo interiorizado. Y con él su ineludible secuela:
caudillismo, patrimonialismo y paternalismo, estatismo e intervencionismo, populismo,
arbitrariedad, corrupción, etc. Sólo son diferentes nombres para designar un mismo género
de relación que va de la más alta esfera política hasta lo más íntimamente doméstico. El
autoritarismo (gobernar es mandar) es el modelo; el despotismo, (la concentración de
poder), el arquetipo.

Como recuerda Paz "la independencia cambió nuestro régimen político, pero no
cambió nuestras sociedades". En el Perú los fantasmas premodernos del oligarca
costeño o del gamonal serrano, con todos sus matices y variaciones parecen reencarnar
en cada generación adoptando nuevas formas y colores. Las formas y colores son
modernos pero la sociedad y el hombre siguen siendo tradicionales.

Un cierto peruano, por ejemplo, no poco numeroso, parece más sensual que
racional, más vivaz que inteligente, más moralista que ético, más crédulo que reflexivo,
más ritual que religioso, más formalista que formal, más vertical que horizontal, más
supersticioso que analítico, más reactivo que activo, más autocrático que democrático,
más indisciplinado que organizado, más dependiente que autónomo, más tradicional que
renovador, más intolerante que tolerante, más premoderno que moderno...o
postmoderno.

Como compartimos la Contrarreforma católica, no tuvimos reforma protestante;


luego, no cambiamos, no nos reformamos, no protestamos. No pusimos en cuestión la
autoridad, la institución, el poder, la iglesia y el Papa. Y, en consecuencia, no
desarrollamos la capacidad crítica (propia de las naciones protestantes) y su correlato
necesario: el hábito autocrítico, que sólo pudo desarrollar quien habiendo roto con el
intermediario institucional, el representante de Dios en la tierra, no le queda más remedio
que iniciar el diálogo directo con El, (en buena cuenta consigo mismo). Sólo los místicos
practican ese diálogo divino, en el mundo hispánico, llevándolo a un máximo de
creatividad. Pero la Iglesia los canonizó anulando todo posible efecto subversivo.

Y como no tuvimos reforma, no tuvimos ciencia ni pensamiento, sus efectos


directos. No tuvimos Iluminismo francés, ni Filosofía clásica, ni Romanticismo alemán, no
tuvimos siglo XVIII. No participamos del movimiento de autoconciencia que
paradójicamente se inicia en Europa con el descubrimiento de América: fuimos parte del
espectáculo (el Renacimiento) pero nosotros mismos no renacimos. Del Presidente de la
República al dirigente de pueblo joven, los peruanos somos típicos "hijos de la
Contrarreforma".

Evidentemente, reforma no equivale a revolución y libertad, aunque parece una


condición para ellas. Nuestra reforma protestante fue el marxismo, ("que será un punto de
vista más, pero es nuestro punto de vista" como dice Paz, en aparente contradicción con
sus ideas liberales). Karl Marx lo veía así: "Lutero venció efectivamente a la servidumbre
por la devoción, porque la sustituyó por la servidumbre en la convicción. Acabó con la fe
en la autoridad, porque restauró la autoridad de la fe. Convirtió a los curas en seglares
porque convirtió a los seglares en curas. Liberó al hombre de la religiosidad externa,
porque erigió la religiosidad en el hombre interior. Emancipó de las cadenas el cuerpo,
porque cargó de cadenas el corazón".

Si Marx no la resolvió, fue uno de los primeros que planteó correctamente la cuestión
de la opresión moderna. Ahora habría que liberarse también de las propias cadenas, de
las "cadenas del corazón", de las ideologías como cadenas interiores.

(*) Fragmento del Ensayo “Quien es Liberal” de VALDIVIA CANO, Juan Carlos. (1994). El Estado no soy yo. Editorial
Coaguila EIRL. Arequipa Perú. pp. 107 y 108.