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Chester Swann

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Balada para un Ángel Blasfemo

Chester Swann
chester_swann@yahoo.es

cheswann@gmail.com

www.tetraskelion.org

Balada para un Ángel Blasfemo

Obra registrada en el Registro Nacional

de Derechos de Autor

Del Ministerio de Industria y Comercio de la

República del Paraguay

Bajo el folio Nº .2.891, Foja 104.

Art. 34 del Decreto Nº 5.159 del 13 de setiembre de 1999

a los efectos de lo que establece

el Art. Nº 153 de la Ley Nº 1.328/98

“ De Derechos de Autor y Conexos”

Colección NUEVA NARRATIVA PARAGUAYA

TETRASKELION

Edición electrónica en formato pdf

i.S.B.N. en trámite

2005

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Chester Swann

Dedicado

A todas las víctimas del terrorismo de Estado

A mi hijo Brenn Roderick Daymon

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Balada para un Ángel Blasfemo

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Chester Swann

Chester Swann
Balada para un
Ángel blasfemo

TETRASKELION
ΤΗΤΡΑΣΚΗΛΙΩΝ

2007

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Balada para un Ángel Blasfemo

INTRODUCCION

Este breve relato, que no pretende llegar a novela, es la historia


de un preso de la tiranía pasada, que es a la vez todos los presos
que pasaran —por causa de sus ideas o pensamientos—, algu-
na vez, por la tétrica ergástula policial llamada eufemística-
mente “Dirección de Vigilancia y Delitos”, comandada enton-
ces por el comisario Ramón Zaldívar, célebre por su crueldad y
sadismo, posteriormente sucedido por Gustavo Jiménez y Ju-
lián Ruíz Paredes.
Allí eran interrogados detenidos por causas comunes y
también los “políticos”, en la llamada “pileta”, una vieja bañe-
ra de hierro esmaltado en que sumergían a los torturados hasta
casi ahogarlos, mientras eran flagelados en las piernas y plan-
tas de pies, con látigo o cachiporras de caucho, o propinándo-
les descargas eléctricas con un viejo magneto telefónico, o sim-
plemente con un cautín eléctrico o una sofisticada «picana» de
tecnología norteamericana.
El autor relata con crudeza y lucidez —por boca de una
entidad invisible: un ángel rebelde, de un detenido anónimo y
de los verdugos policíacos—, la manera en que los pretorianos
se valían de presos comunes, generalmente criminales, viola-
dores, ladrones o rateros de marca menor para “ayudar” en las
sesiones de tormento de los interrogatorios forzados que allí se
efectuaban. A veces en tiempo eternamente presente, o como

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Chester Swann

un hecho pretérito, en medio de una irrealidad onírica aparente


de sórdida vigencia, aún hoy, bajo una cacareada “democracia”
de papel, donde la tortura es aún tan vigente como entonces, ya
que los mismos sujetos de entonces siguen en la policía como
si nada hubiera pasado, salvo los fallecidos o dados de baja por
corruptos. Lo que no significa que quienes aún siguen son im-
polutos, sino que, simplemente no han sido pillados en flagran-
te.
Dicha repartición se hallaba en la esquina de Nuestra Se-
ñora de la Asunción y Presidente Franco, en un viejo edificio
neoclásico decadente, a media cuadra del tétrico Departamento
de Investigaciones (D-3), desde donde a veces traían detenidos
políticos para “bañarlos”, como decían sádicamente los verdu-
gos policíacos, en la fétida pileta.
Muchos de estos personajes–—mencionados con nom-
bre y apellido, nada ficticios, por cierto—, aún forman parte de
la ¿nueva? Policía Nacional, y siguen tan campantes, como el
mentado Johnnie Walker. Por otra parte, esta obra, como las
precedentes del autor, es una reivindicación de la rebelión con-
tra toda tiranía, incluida la presuntamente divina, como razón
de ser en la búsqueda de la libertad. Toda rebelión, aún las
“ilegales”, tienen el único propósito de buscar justicia. Y ésta
sigue siendo en nuestro castigado país, la gran ausente.

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Balada para un Ángel Blasfemo

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¡Siéntate y afina tus oídos, templando tus sentidos en el yunque del


dolor, y en posición de alerta rojiverde; en la quietud de un atardecer

cualquiera, o bajo el titilar de las flores astrales de una noche de

tantas, aunque no todas las noches se parezcan! No he de amputar


mis palabras con eufemismos rebuscados, ni envanecer mi verba con

anacolutos hiperbólicos, ante tamaño desafío de extracción de re-

cuerdos sumergidos en la noche de las eras. Tampoco es mi propó-


sito amainar las atrocidades (algunas justificadas, lo sospecho en lo

más recóndito del caletre) inferidas a iguales a tí y no tanto; que de


todo habemos en las viñas de Dionisos, el único Señor de los aluci-

nados y los descastados. Santo Patrono, éste, de las glebas urbanas

proletarias, que alimentan a las huestes de la rebelión y el inconfor-


mismo sempiterno de la humanidad. ¡Siéntate y escucha, todo lo

que ha de proferir mi silenciosa boca a tus oídos asordinados, cuan-

do no sórdidos. Recibe en tu mente cuanto ha soportado mi arcón de


recuerdos casi oxidados por el tiempo! ¡Y líbrate de la voluntad de

bostezar, que del delirio te has de librar solo! Tan solo como siem-

pre has estado. Deberás admitir que cuanto has asimilado en tu in-
fancia de paria sin par, malparado y malparido —y en las escuelas

catequistas de los carniceros del Señor, sus atroces sacerdotes sacri-

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Balada para un Ángel Blasfemo

ficiales y degolladores rituales; de hostias canibalescas en obleas

simuladoras de carne nazarena—, han marcado tu miserable vida

casi para siempre. ¿O acaso no recuerdas tu desdichada niñez carga-


da de culpas imaginarias, bajo la aterradora sombra de fáunicos de-

monios esperpénticos, de pecados poco originales e infiernos de uti-

lería, con anticipos dolorosamente contundentes, a cuenta de futuras


condenas, por parte de tus padres? ¿Has olvidado acaso, cuando te

amenazaban con los siete pecados capitales, obviando mencionar

adrede a los Siete Pecados del Capital, al cual los clérigos defen-
dían, casulla al viento y cruces empuñadas, cual flamígeras espadas

exorcistas? Bueno. Puede que tu memoria lo haya olvidado, pero tu

subconsciente te sigue a la zaga. Pesaroso y contumaz como sombra


nefasta o perro infiel, por los escabrosos y sinuosos senderos del

existir. Tu niñez ha sido mutilada en parte y marcada a fuego por


guerras, frías y calientes de entonces, por exabruptos clericales en

latín tridentino y cintarazos paternos, ante la menor travesura infan-

til. Y no me reproches el hecho de revolver las heridas de tu pasado,


que, justamente, a eso he venido: a poner dedos y garras en la llaga;

por hacerte gemir, para revulsionar tu mente y lograr tu liberación

interior. Recuerda que sólo el dolor redime de la estupidez. Te lo


dice tu daimón guardián. Ante esta proclama del destino desatinado

que a tí me ha traído, deberás obviar el presente culpable de inocen-

cia consentida, para escuchar mi voz venida del desierto, a través del
viento de los siglos, amén. ¿Recuerdas, desdichado, tus intermina-

bles domingos vespertinos de catecismo, bostezos y superstición;

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Chester Swann

mientras suspirabas por corretear en la plaza de tu pueblo? ¡Claro

que lo has de memorar! Mucho has bostezado desde entonces, con

la sórdida histeria sagrada, pletórica de sangrientas guerras genoci-


das y fratricidas, atroz esclavitud, ocupación de naciones y despojos

inicuos; en la voz monótona y estúpidamente solemne del párroco

de tu pueblo, recitando salmodias, letanías y fábulas milagreras,


mezclando castellano con acento polaco y nigromántico latín de su-

misos y meaculposos rituales. Recordarás sin duda a tu mejor ami-

go de infancia, hijo de un sastre anarquista paraguayo exilado en su


digna pobreza —ajeno a tus pesares inducidos de catequizado—,

pero solidario en tu involuntario destierro. El siempre te esperaba a

la salida de tu adoctrinamiento forzado, para un partido amistoso de


ajedrez, para caminar por los terrosos senderos, o simplemente tre-

par a los verdes paraísos de añosos troncos que ornaban las avenidas
de tu pueblo adoptivo. Fue ese amigo solidario, quien te brindara

tus primeras lecturas prohibidas de Nietzsche, France, Bakunín, Kier-

kegaard, Hegel, Descartes, Rousseau, Montesquieu, Marx y otros


ilustres transgresores de las leyes del rebaño y los primeros lances

de ajedrez en tu vida. También recordarás sin duda tu posterior re-

luctancia a la consumación del ázimo sacramento iniciático y sim-


bólicamente antropofágico, con la consiguiente punición non sancta

de latigazos y encierro sine die. Fue como si una voz invisible te

gritara entonces: “—¡Lázaro, libérate y anda!” ¿Fue así como diste


tu primer alarido de rebelión? No lo niegues. Nosotros te hemos

tenido en cuenta desde entonces para iniciarte en el otro misterio,

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Balada para un Ángel Blasfemo

ajeno a vanas teologías mono teístas, castradoras de toda insurrec-

ción. Ausente de toda culpa y pecado; de toda penitencia post sepul-

cral. Libre de la dicotómica dualidad oscilante y polarizada entre el


Bien y el Mal. Te dimos el poder de controlar tu mente, para hacer

de ella una herramienta de libertad creadora; un instrumento de bús-

queda por el camino de la duda, sin dejarte enceguecer por el encan-


dilante y fatuo faro de la fe. Cuando decidiste emanciparte del some-

timiento sacro, para ceñir tu frente con los lauros —espinosos y es-

tigmáticos, pero liberadores— del Pensamiento, nosotros: los anate-


matizados ángeles de la luz, del inconformismo y la rebeldía, te aco-

gimos en nuestro clandestino cenáculo de medianoche sin gallos,

para brindarte nuestra solidaridad en tu tribulación. Nada ha sido ni


será igual desde entonces. Allende esos atroces días de infancia,

precozmente adulterada, muchas aflicciones han salpicado de ceni-


zas tu cabellera; pero has procurado mantener enhiesta tu bandera,

amotinada de realidades inconfesas. Sin desmayar ni abdicar de tus

ideas adquiridas y reelaboradas, siempre en la búsqueda de una es-


quiva perfección, como quien trata de tocar el horizonte. Ahora,

recibirás tu primera comunión entre nosotros, los iconoclastas bati-

dores de huecas columnas rituales desprovistas de cimientos; noso-


tros: pateadores de mitos y derribadores de falsos ídolos. No renie-

gues más de tus recuerdos, ni de las vivencias de tus pretéritos y hoy

perimidos años, ya superados. Ahora eres un hombre libre, aunque


el estigma del sufrimiento te dé alcance a cada paso.

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Chester Swann

¡Otra noche más en esta puta ergástula, maloliente, pletórica de mias-

mas y humores ácidos! Ya van veinte días-calendario de mi vida que


pierdo en esta celda, a causa de no callar las voces que surgen de mi

amotinado corazón de rebelde con causa. A causa de las vibraciones

que brotan fluyentes, a través de las cuerdas de mi cimarrona guita-


rra, inconquistada e invicta. Es cierto que intentan encadenarme la

mente, los esbirros del tirano de mi país, pero poco podrán imaginar

estos perros de presa lo libre que puedo llegar a ser, aún constreñido
por férreos barrotes con que intentan vanamente amordazar mi con-

ciencia. Me siento algo cohibido por los criminales empedernidos,

que comparten mi escaso espacio exterior (mi espacio interior es


infinito, sépanlo de una vez, y no lo comparto con nadie), pero pro-

curo ignorar su zafia rudeza y sus burlas acerca de mi estado post


tortura cotidiana. Hace apenas minutos que me devolvieran a este

sitio desde su maldita cámara de confesiones, donde me dosificaran

con largueza sus tormentos lacerantes. ¿Esperarán quizá que quie-


bre mi voluntad a favor de las suyas? ¡Vana pretensión! ¡Si supieran

que hacen falta mil verdugos para doblegar una voluntad forjada en

los crisoles del Averno; templada en las fraguas de Hefaistos y en los


fuegos luminosos de las estrellas! No serán latigazos, inmersiones

ni puntapiés, suficientes argumentos para forzarme a desistir de mi

libertad interior, ni obligarme a asentir a una nefasta tiranía oscuran-


tista y bárbara, que sojuzga a millones de imbéciles que han adheri-

do a ésta, por cobardía, por conformismo o simplemente por idiotas.

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Balada para un Ángel Blasfemo

Y me inclino más hacia esta última hipótesis, más acorde a la real

mentalidad de quienes pueblan este país como almas en pena, dentro

de sus propios cadáveres andantes. No sé aún cuánto tiempo jugarán


con mi cuerpo, lacerando mis carnes indefensas, como dibujando el

retrato del opresor en mi piel; pero no les daré el gusto de oírme a mí

mismo pedir clemencia. Recuerdo, como si fuese ayer, a mi amigo


Naldy y sus libros de filosofía que me abrieran los ojos en mi lejana

infancia, reprimida y fugaz. Tanto por parte de mis padres, como del

clero y la sociedad pueblerina y aldeana que me circundaba con pin-


zas de hierro, oxidado quizá pero no menos oprimente, cual seglar

inquisición de algún perdido siglo de plomo. Tal vez mi cálida ex-

posición de tales pensamientos, haya sido en parte causal de mi ac-


tual cautiverio; pues que tales ideas son consideradas subversivas

por el tirano que no gobernante de este país, y por el clero compla-


ciente que lo sostiene. Mas no creo que sus anatemas pudieran hacer

mella en mí. ¡Voto a los arcángeles luminosos de la disidencia!

Anoche, tras una extenuante sesión de castigos, apenas pude conci-


liar una cita con Morfeo, el cual me brindó sueños inquietantes en

los cuales conversaba con una entidad misteriosa. Tras el breve ca-

beceo me sentí más aliviado, y hasta pareciera que mi piel cicatrizó


sus cardenales en gran parte, durante el alucinante viaje nocturno.

Ahora estoy comenzando a comprender el real significado de la pa-

labra “libertad”.

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Chester Swann

¡Este bolche está hecho de otra pasta, mi comisario! ¡Hasta se son-

ríe durante los piletazos y azotes, como si se burlara de nosotros y

del Superior Gobierno, que en Gloria sea! Recién nomás termina-


mos de darle otra sacudida y sigue en sus trece, como si le acariciá-

ramos nomás el lomo con ramos de margaritas desfloradas, en vez

de látigo trenzado de siete cabos. Sólo respondió a nuestras pregun-


tas con esa sonrisa idiota de místico en celo divino; y no sé si es

sordo o se hace para ponernos nerviosos. Por mí, lo tiraría en alguna

fosa NN nomás. De usted depende. ¡No, suboficial! Ha de tener


algún punto flaco ese tipo. Mañana vamos a ver si resiste a mis

caricias y los roces con la “constitución nacional” que nos obsequia-

ra el señor jefe de investigaciones, para ablandar a estos comunistas


de mierda. Llévenlo de vuelta a su calabozo y después veremos

quién puede más. ¡A su orden mi comisario! taconeó el servil uni-


formado metido a torturador, retirándose de mala gana. Hubiese

preferido seguir con su infame faena en la humanidad del detenido,

pero la orden superior no admitía réplica.

Me preguntaron acerca de mis amigos y correligionarios, como si yo


fuese un activista guerrillero de salón; cuando que no soy más que

un escritor de canciones y lobo nocturno de la bohemia de canto y

guitarra. Solitario, por añadidura. Los presos por causas comunes


me miran, ora con lástima, ora con burlas, mas intento hacerme el

sota, ahorrándoles el placer de escuchar mis ayes y gemidos, que

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Balada para un Ángel Blasfemo

apenas los guardo para mi coleto. No me queda otra que apretar los

dientes y tratar de sobrevivir un día más en esta mazmorra infecta de

orín y sudores de estío. ¡Cómo me hubiese gustado gozar de una


noche como ésta en algún descampado, con mi guitarra y mi cuader-

no de apuntes! Pero estoy en paz, disimulando mis dolores y en

espera de mi liberación de esta sucia celda. No han de tardar en


cansarse de esta absurda situación y darme vía libre… o despenarme

de una buena vez, abonando algún ignoto rincón innominado con

mis huesos casi descalcificados. En cualquier caso, me he de liberar


para siempre. ¿A qué temer entonces? Esta noche, a la hora de cos-

tumbre, me van a llevar de nuevo a la cámara de torturas al militari-

zado son de “Campamento Cerro León” para seguir con su absurdo


interrogatorio. Voy a intentar resistir hasta cansarlos. Veremos quién

puede más, aunque debo tener el cuero curtido a fuerza de cueros y


más cueros. Por fortuna aprendí bastante acerca de las técnicas de

los yoguis y la relajación, de lo contrario me habría vuelto loco y

finado hace días. Pareciera ayer nomás, que mis padres me dieran
de cintarazos por negarme a recibir la primera comunión, no expli-

cándose el por qué de mi decepción acerca de lo sacro. Es que me

creyeron tan entregado al catecismo y a la lectura de Historia Sagra-


da, viéndome como una oveja más en el redil del Señor. Ignoraban

supinamente mis lecturas clandestinas con Naldy, acerca de los filó-

sofos de la ilustración y los teóricos del libre pensamiento. Es cierto


que no fueron éstos quienes me incitaron a romper con mis cadenas

invisibles, sino mis precoces lecturas acerca de los crímenes de la

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Chester Swann

inquisición, los sanguinarios despropósitos del racista e intolerante

dios judeocristiano y las guerras religiosas del mundo antiguo y

moderno, poco dignas de adherentes a un supuesto ser superior. Pues,


¿para qué un dios, perfecto, omnisciente e inmortal precisaría de

ofrendas de sangre y sacrificios propiciatorios? ¿Por qué un ser su-

premo necesita de esclavos, siervos o vasallos incondicionales; cuya


abyecta sumisión ha propiciado toda clase de aberraciones políticas,

en nombre de un nazareno crucificado y resucitado cada pascua?

Fue cuando comencé a comprender todo esto, que renuncié al dudo-


so privilegio de tomar los orales sacramentos panificados en oblea

insípida, que me uncirían para siempre al yugo divino o humano.

Mis padres no quisieron entender mis razones para apartarme del


redil, pues que la sociedad pueblerina vería con malos ojos mi de-

fección; y tal vez ello les importara más que mi piedad religiosa en
franca declinación por caducidad de credulidad.

El comisario Julián Ruiz Paredes no se cansó esa noche de hacer

propinar azotes al detenido, que impasible se limitaba a sonreír. No

dio nombres de sus conocidos, ni denunció a compañeros de sus


cenáculos literarios, limitándose a admitir la interpretación —por

propia cuenta y riesgo— de algunas canciones festivaleras y nada

más. Tampoco detalló acerca de sus actividades estudiantiles o como


compositor de temas testimoniales o “música de protesta” como des-

pectivamente la llamaban los policías de la Sección Política y Afi-

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Balada para un Ángel Blasfemo

nes; de ésos que patrullan en pareja, porque uno sabe leer y el otro

sabe escribir, bajo la jefatura del atrabiliario comisario Alberto Can-

tero. No hubo cambios en la actitud despectiva e impávida, del de-


tenido por “alterar el orden”, es decir denunciado por oficiosos dela-

tores o “agentes confidenciales”, luego de un festival de canciones

estudiantiles de la rebelde facultad de Ingeniería y Ciencias Mate-


máticas. El detenido tuvo la osadía de entonar trovas de su autoría,

satirizando a las obras del superior gobierno y a la situación de la

“segunda reconstrucción nacional”. Teniendo llagas en carne viva,


se desmayó y debió ser reanimado por el médico policial a cargo de

los torturados en la nefasta “sección política” del D-3 del temible

Pastor Coronel. El galeno, de apellido Brunstein, dispuso la devolu-


ción del detenido a su celda, por la posibilidad de que llegase al

límite de su resistencia física y finara allí mismo. También el enton-


ces juez Wildo Rienzi asistía de tanto en tanto a los interrogatorios

de los detenidos políticos, por orden del presidente de la Suprema

Corte, el que a su vez era manejado por el presidente de la república,


en una cadena de escalofriantes escalafones titirizadores, que iba

desde las bases hasta el pináculo del poder… o a la inversa, ya que

todo emanaba del mandamás, como en cascada de acontecimientos


y nada se realizaba sin su orden o anuencia. El detenido fue devuel-

to a la celda, tras una cura de emergencia por parte de los paramédi-

cos que auxiliaban a la policía en su infame tarea de arrancar confe-


siones, voluntarias o no. La paranoica lucha contra el “comunismo

apátrida y ateo”, fiscalizada y sostenida con aporte norteamericano,

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Chester Swann

prosiguió implacable su cosecha de víctimas propiciatorias al nuevo

dios del librecambio. El ¿doctor? Samuel Brunstein se preguntaría

una vez más, el por qué de la resistencia del preso número sesenta y
siete a tan brutales castigos sin abrir la boca.

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Balada para un Ángel Blasfemo

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Chester Swann

II

Lázaro: ¡Levántate, libérate y anda! Te lo vuelvo a repetir, y te lo

diré siempre. Soy tu sombra, tu alter ego y tu guardia de corps.

Debes saber que los arcángeles —tanto los sumisos como los rebel-
des al demiurgo—, somos ubicuos y omnipresentes; como el aire

que respiras o el agua que bebes y como tales, tenemos potestades y

debilidades o flaquezas que a lo mejor nutren tus pensamientos, pero


en mi caso, también tu mente. Y esa mente no debe rendirse ante la

infamia. ¡Necquaquam! ¡Amén! Reanímate y reflexiona como has


aprendido a enfrentar al dolor, y manténte alerta, que pronto saldrás

de esa asquerosa mazmorra. Si puedes ponerte en pie, apunta tu

índice al punto de luz a tu izquierda, que podrá abrirte un portal


virtual a la imaginación real. Mañana estarás de nuevo aquí, pero

libre de dolores y temor. Tampoco me sería grato que caigas en la

auto compasión, que es la bajeza más vil de un hombre libre. Velaré


por tí y detendré sus manos a tiempo, y quizá pudiera moderar su

aún no atenuado rigor, abreviando tus sufrimientos. Debes saber

que estás siendo puesto a prueba ante las potencias cósmicas que
regulan la precisión de los astros y las esferas que ruedan en la vas-

tedad del espacio. Eso significa que pronto serás de nuevo como
nosotros, los abanderados de la rebelión contra una inmensa poten-

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Balada para un Ángel Blasfemo

cia-alma; entidad que se denominara a sí misma —desde los olvida-

dos días del Big Bang, del Gran Orgasmo, o como prefieras llamar-

lo—, como Yah’Veh, o el innombrable, Adonai, Allah, Tetragram-


maton, Dios Padre y cientos más, con pretensiones de tirano macho

y único del Universo. El espíritu de rebelión, que no el de la sumi-

sión, regirá las futuras galaxias. Nada más aberrante, que ser vil y
genuflexo a todo poder que sobrepasare el nivel de nuestra concien-

cia de Justicia. Y la justicia es un equilibrio de poder, no un poder

omnímodo y unilateral, como el que pretenden los exégetas del nue-


vo imperio totalitario del dólar.

¡Permiso mi comisario! ¡El detenido no se encuentra en la celda y no

sabemos cómo pudo hacerse humo! Ninguno de los detenidos supo


cómo lo hizo, ya que la puerta estaba cerrada con triple candado.

¿Quiere usted mismo interrogar a los otros presos? ¿Cómo y a qué

hora desapareció ese tipo? ¡No sé nada, mi comisario! ¡Le juro que
no sé como pudo…! ¡Flojo, inútil ¡Usted estuvo de guardia anoche

y no sabe nada! ¡Preséntese a la jefatura en calidad de arrestado por

negligente! ¡Siga pues! ¡A su orden mi comisario! El taconeo mili-


tarizado resonó con siniestras reverberaciones, en el casi desierto

corredor del tétrico D-3, salpicando ecos por segundos, como chis-

porroteo sonoro. El misterio evidentemente no se resolvería con


una batida policial por el entorno, especialmente la Chacarita y el

microcentro.

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Chester Swann

Desperté de madrugada en mi celda, luego de soñar de nuevo con…

¿quién? Me levanté apenas, con horribles dolores en la espalda y

las piernas. —¿Qué era ese punto de luz? ¡Ah! Un rayo filtrado des-
de arriba por un agujero del piso superior de madera, respetado de

milagro por las termitas y hormigas carpinteras. Los otros presos

dormían a pata suelta, resignados como bueyes en el matadero, o


esperanzados en venales abogados de reos pobres o de ricos, no menos

venales. Me acerqué al punto y me recosté en la pared para no caer-

me. Recordé algo y puse el dedo sobre el círculo de luz. No sé si lo


soñé o estaba despierto, pero el punto pareció agrandarse hasta tra-

garme y sin saber cómo, me encontré en un lugar desconocido. Se-

guía siendo de madrugada quizá en la celda, pero aquí era un día


radiante, y mi cuerpo parecía nuevo. Palpé mis heridas y no las per-

cibí, como si nadie me hubiera tocado. De pronto, tuve de nuevo mi


guitarra y mi cuaderno de apuntes en las manos. Sin creerlo aún me

dirijo hacia una arboleda… tan cercana como mis sensaciones. Tomo

mi guitarra y me dispongo a entonar alguna oda a la libertad, Tuve


de pronto la sensación de tiempo al ralentí, como si los segundos

fuesen minutos y las horas días o los días siglos. La oda brota a

borbotones de las cuerdas en armónica cadencia, pero la parte litera-


ria enmudeció de pronto, como en un eterno lapsus linguæ de me-

moria encallada en el Bajío de los Olvidos. Percibo una luz crepus-

cular a mi alrededor.
¡Oficial de guardia! ¡A su orden mi comisario! ¿Tiene la lista de

presos? ¡Sí, mi comisario! ¿Tiene una puta idea acerca de cómo se

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Balada para un Ángel Blasfemo

escapó el detenido, esta madrugada? ¿Qué detenido, mi comisario?

¡No falta ninguno, al menos que yo sepa! Mire aquí en el cuaderno

de novedades. Esta mañana a las cinco pasé lista, y están todos.


¿Está seguro, oficial? Anoche pasé de sorpresa por aquí y faltaba

ese tipo… No sé nada mi comisario. Supe que el oficial de guardia

fue arrestado, y lo suplantó el superior de guardia, pero están todos


los detenidos en la celda. Puede verificarlo… ¡Está bien, puede

retirarse! Gracias, señor comisario. Con su permiso. Esta vez, el

ruido callejero de la mañana en esa concurrida esquina de Nuestra


Señora de la Asunción y Presidente Franco (¡oh, ironía!), intentó

con éxito amortiguar el reverberar de los taconazos de rigor. ¡Trái-

ganmelo a ese tipo a mi despacho! ¡A su orden, mi comisario! ¡A


ver, usté, sí a usté le digo¡ ¡Venga conmigo que lo reclama mi comi-

sario! ¡Muévase, pues, flojo! Aquí lo tiene, mi comisario, al deteni-


do. ¡Y usté, badulaque, salude al superior, carajo! Puede retirarse

oficial segundo. ¡A su orden, mi comisario! ¡Míreme a la cara le

digo! ¿por qué se escondió a medianoche, a la hora del relevo? ¡Cuén-


teme, que si no, va a ligar extra en el interrogatorio! ¡Ya les dije que

no salí de ahí. Seguro estuve desmayado, le digo! ¿Qué quiere con

tanto apaleo? ¡Perdí mucha sangre y casi me sofocaron en la pileta!


¿Cómo quiere que responda a la lista? ¡Cállese! Me está mintiendo

usté individuo. Cuente bien nomás, o le llamo a Charú para que se

haga cargo. Ya casi es la hora de‘“la cadena”. ¿Me entiende? Si le


entiendo, pero le juro que estuve allí, tirado como bolsa de mandio-

ca en un rincón… Bueno bolche de mierda. ¡No diga que no le avi-

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Chester Swann

sé! ¡Oficial de guardia! ¡Llévenselo allá a cargo de Charú y Churí,

el ratero ése! —¡A su orden, mi comisario! ¡Venga pue’ usté! ¿qué

es lo que está esperando? ¡Muévase, carajo!

Charú, fornido y bien alimentado para su maldito sub oficio, me


miró unos segundos, como diciéndome “pobre infeliz, te vamos a

dar liviano”, en un efímero resplandor de compasión al ver mi esta-

do. Luego con cierta parsimonia me amarró las manos a la espalda,


preparándome para el “baño” en la tinaja a medio llenar. Lo dejé

hacer con la impávida indiferencia del suicida pasivo. Ya había pa-

sado por esto varias veces, y una más ya no importaba. De todos


modos, tenía ya mi portal abierto, salvo que apagasen la luz del piso

alto. Pero tampoco tardaría en aprender de memoria el punto exac-


to. donde apoyar el índice. Tal vez hasta en la oscuridad absoluta lo

hallaría. Media hora más tarde, ya ahítos de violencia, me arrojaron

al piso de la ergástula, medio inconsciente, aunque lúcido. Pero ésta


vez, no tuve fuerzas para levantarme de madrugada, e incluso oriné

allí mismo, humedeciendo mis ropas con un colorido porcentaje de

sangre. Debería esperar al día siguiente para lavarlas, en el horren-


do e inmundo cubículo que fungía de baño y coproteca colectiva, la

que cada tanto se debía limpiar a causa de la nauseabundez y las

obstrucciones del desagüe. Esa noche volví a percibir esa esquiva


entidad que me incitaba e incitaba a romper límites. Me pareció

verme en un espejo invisible que reflejaba otro rostro ajeno al mío,

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Balada para un Ángel Blasfemo

pero era yo, sonriendo. Era yo, pero al mismo tiempo otro, descono-

cido para mí, que me sonreía socarronamente como incitándome a

transgredirlo todo. Absolutamente todo, en nombre de la libertad y


la rebelión en pro de justicia.

Mírame, aunque no puedas verme, y recuerda que cuando te mires

me verás, porque estoy en tu interior y vibramos en la misma fre-

cuencia. ¡Levántate, libérate y anda! ¡Aunque sea apoyándote en


muletas o muletillas verbales, pero anda, corre, vuela! Desde los

lejanos días del orgasmo cósmico, hasta el instante en que las trom-

petas deberán sonar tocando a hecatombe, estoy y estaré contigo;


pues tú eres yo mismo. ¡Blasfema si te place, pero no retrocedas en

la brega! ¡La justicia, equidistante y equitativa está en juego! ¡Si no


existiesen rebeldes en el cosmos, aún estaríais manducando bananas

pasadas, banalmente, en algún edén paradisíaco ubérrimo, bestiario

y anónimo! Recuérdalo siempre. Deja sonar tu guitarra en este uni-


verso virtual, ajeno a todo tiempo y espacio; ausente de toda dimen-

sión conocida y mensurada; alejado de toda interferencia carnal. Sólo

las palabras sobrarán, porque están de más. Pero igualmente te he


de conceder la libertad muda y montaraz. Debes saber que lo real

puede trascender al tiempo, porque es su esencia inmutable. A lo

mejor en otra dimensión ajena a ésta, aún están en el día séptimo de


la Luna de Barjamat, para los que creen en el Profeta; o quizá en

cualquiera de los miles de millones de días, transcurridos desde los

26
Chester Swann

primeros latidos del Verbo multitemporal. A tí te ha tocado el siglo

de la ira de la era vulgar, para dar con tu carne y huesos en este

planeta desorbitado. A tí, como a tantos, han iconografiado los lien-


zos inmortales de Guayasamín o Guernica, representando en sus es-

perpénticas imágenes primordiales toda la crueldad del siglo vigési-

mo De la Crisis. No es gratuito que estuvieras en esa mazmorra,


donde la mediocridad adocenada atrapa o intenta amordazar a la lu-

cidez. Los devotos de la Libertad llevarán siempre sobre sí el estig-

ma de los rebeldes, los divinos lauros del arte y las ciencias, sólo
ciñen a los locos y los iluminados por los veneros de la transgresión.

Los otros, los devotos del Becerro de Oro te condenarán, bajo anate-

ma y maldiciones, o con vituperios y burlas. Los más fuertes y po-


derosos te humillarán hasta las heces, en tanto que los más débiles se

contentarán con soeces adjetivos o anónimos libelos y brulotes ini-


dentificables. Sólo las águilas de alto vuelo, suscitan las iras de las

aves de corral y otras gallináceas implumes, amigas de lo mismo de

siempre y enemigas de los cambios. Sublimaré tu dolor y tu soledad


en trinos acerados arrancados de tu guitarra o colores vibrantes en tu

paleta. Tu tea no debe caer arriada, ni tu bandera merece ser rendi-

da, que los días de los inicuos están tasados y pesados en La Balan-
za, habiendo sido hallados en falta. Tu prometeico fuego deberá

quemar muchas Romas prostibularias aún; y sin liras que memoren

sus cenizas. Tu incendiaria verba deberá iluminar muchas iglesias,


pues la que más ilumina, es la que arde presa de las llamas vindica-

tivas de algún Eróstrato justiciero. Sigue pulsando las aceradas cuer-

27
Balada para un Ángel Blasfemo

das de tu guitarra, que han de gritar lo que tu garganta callare en este

lugar en que te encuentras. Cuando vuelvas a la ergástula, ella te

aguardará aquí.

A las cinco AM, el relevo de guardia pasa lista de presos. Apenas


puedo alzar la mano y susurrar “presente”, al perruno suboficial ayu-

dante que, papel en mano, grazna los nombres de los enterrados vi-

vos en esta lúgubre mazmorra infecta. Me mira casi con lástima, si


lástima pudiera caber en sus miserables entrañas; vacías de todo sen-

timiento que no fuese sumisión al tirano dueño del país y de sus

anónimas vidas desperdiciadas. Tras la magra ceremonia cotidiana,


nos ordenan salir de la celda para el reparto de zumo de yerba mate

ligeramente azucarada y tres duras galletas de harina con las que


deberemos saciar la famelitud de nuestras exhaustas tripas durante

la larga y calurosa mañana. Todos los días se repite la rutina: lista-

desayuno-lista-locro aguado-lista-sopa de porotos-lista para dormir


(si pudiésemos domeñar a las sabandijas que se nutren de nuestra

sangre)… y vuelta a empezar al día siguiente a la misma hora. Solo

para mí, la rutina exhibe diferencias notorias. De 12:30 a 12:45,


pileta y cachiporra o cuero trenzado en sus infames interrogatorios,

y luego a las 19:00, otra sesión de veinte minutos o más, de acuerdo

al humor del oficial interrogador. Al cansarse éste de su divertida


faena, me arrojan como saco de patatas al sucio suelo de astrosas

baldosas del calabozo. Para entonces, ya no me importan la aspere-

28
Chester Swann

za ni la suciedad del piso de la celda. Algunos criminales, violado-

res, ladrones y homicidas que están como yo, semi sumergidos en el

océano de los olvidos, aportan su ayuda desinteresada en las sesio-


nes de tortura o simplemente empuñan látigos a cuenta de quienes

dan las órdenes en este lugar; al que trato de evitar comparar con un

escatológico infierno pre sepulcral, simplemente porque no creo en


el diablo ni en dios, como responsables del dolor humano. Todos

ellos tienen también su historia, en el sub mundo en que se ha con-

vertido el Paraguay, bajo las botas del tirano. Algunos hasta se com-
padecen de mi calamitoso estado y uno de ellos, un raterillo homo-

sexual apodado Mbuzú (anguila), se ofrece a lavar mis emporcadas

ropas manchadas de sangre y orín luego de la sesión de anoche. No


me queda sino aceptar el favor, pues mi estado apenas me permite

mover mis entumecidos músculos edematosos de tanta zurra. Parte


del castigo consistió en golpearme las plantas de los pies mientras

estaba sumergido en la bañera, con una cachiporra de caucho, lo que

me impide ponerme en pie. Trabajosamente me despojo de mis aja-


das prendas y se las alcanzo a Mbuzú, quedándome desnudo en el

piso a merced de pulgas, piojos y ladillas, cuando no de las sempi-

ternas moscas que orbitan nuestra desgracia, sin tregua ni fatiga. No


sé cómo le pagaré a Mbuzú, ya que no llevo encima una puta mone-

da, pues todo me lo han sacado al detenerme a la salida de un festi-

val estudiantil. Quizá comparta con él mi magra ración de locro


grasiento y aguanoso del mediodía. Debo decir en honor a la verdad

que algunas veces los presos comunes son bárbaramente castigados

29
Balada para un Ángel Blasfemo

por la menor infracción o bagatela. Hace dos noches, fue traído un

muchachito, cuyo nombre ignoro, sorprendido en el acto de robar un

gallo viejo en la casa de un militar retirado, residente en el barrio


Las Mercedes de Asunción. A veces el hambre tiene cara de hereje y

hasta de blasfemo de la ley. Al parecer, no habría novedades, pero el

sádico comisario Ramón Zaldívar, jefe de Vigilancia y Delitos, de-


pendiente del G-3, amaneció con un humor de perros. A eso de las

nueve, el jefe de Robos y Hurtos, comisario Rivas, mandó sacar de

la celda al adolescente y a cuatro detenidos, quienes a una orden del


mismo, sujetaron al ladronzuelo de brazos y piernas y boca abajo, a

una altura conveniente al humor del jefe y a su ciática. Este perso-

nalmente propinó al desgraciado tantos azotes, que perdí la cuenta


de los gritos proferidos a cada golpe, hasta que el chico se desvane-

ció y calló, quizá para siempre. Nunca lo volvimos a ver. A sotto


voce se comentó que lo llevaron al policlínico policial, donde dejó

este perro mundo a causa de los sádicos golpes que lo hicieron ori-

nar sangre. El salvajismo policial por lo visto carecía de límites, y


quizá esa mañana tuvieran menester de la asistencia jurídica del juez

Rienzi, otro que haría carrera en el joder jodicial, como lo llamába-

mos. Tal vez carecieran de asistencia médica, a causa de la premura.


No lo sé. Lo cierto es que a veces se extralimitaban en los tormen-

tos, casi tanto como los santos inquisidores del siglo de plomo euro-

peo.
¡Permiso mi comisario! El detenido ése, no aparece en la celda. Por

eso le llamo a su casa, y disculpe la hora. ¡No mi comisario! No

30
Chester Swann

pudo escapar por la puerta porque hay dos centinelas armados con

metralletas Beretta, y tres candados encima. Pero en algún lado tie-

ne que estar. Estamos revisando toda la manzana y enviamos patru-


llas hacia la Chacarita, aunque los muchachos de Ramón Aquino ya

están alertas allí. Esté donde esté no se nos ha de escapar. ¡A su

orden mi comisario! ¡Le aseguro que ese tipo ha de tener algún


pacto con el diablo! ¡Por algo luego están contra Dios! (Al decir esto

se persignó devotamente y con unción digna de mejores causas) ¡No,

mi comisario! Cuando amanezca voy a pasar lista de nuevo ¿qué


hago si aparece en la celda, como el otro día? ¿Nada? ¡Ah, usted se

va a encargar! ¡A su orden, mi comisario!

Me levanté con esfuerzo. Me dieron con todo esta noche, pero no


aflojé. Busco el punto de luz en la pared. Estamos a oscuras, pero

ya conozco de memoria el sitio e incluso raspé un poquito el revo-

que, para localizarlo al tacto. Con cuidado me acerco a la pared para


no despertar a los demás presos que yacen por el piso, tirados como

basura, que no otra cosa serán. A tientas y con lentitud voy aproxi-

mándome a la meta, hasta que mis manos tantean el muro buscando


el punto. Tras un aparente siglo de búsqueda, lo hallo y aprieto el

índice en el lugar. De pronto, me encuentro en el bosque arbolado y

limpio de malezas, y en medio de la penumbra de un extraño atarde-


cer contemplo a mi guitarra recostada contra un árbol. Avanzo sin

temor y noto la ausencia de dolores y malestares que me acompaña-

31
Balada para un Ángel Blasfemo

ban hasta hace instantes. Una música inefable lo envuelve todo y el

clima está muy agradable, pese al calor apabullante que reina ahora

mismo en la mazmorra, y el tufo de la ciudad regada de vergonzan-


tes y clandestinos orines. No sé dónde estoy, ni quiénes más podrán

habitar este extraño lugar, más parecido a una suerte de edén espa-

ciotemporal. Pese a mi inicial extrañeza, ya no siento aprehensiones


al estar aquí, a salvo de las sevicias de los cancerberos del tirano; y

hasta podría permanecer indefinidamente, pues que el hambre, la

sed, el dolor y otras sensaciones corpóreas me son ahora ajenas. De


pronto diviso sombras que se acercan en la penumbra del atardecer y

poco a poco identifico a algunos amigos de mi infancia. Varios de

ellos me saludan, como si nos hubiésemos visto ayer, aunque están


ausentes desde años. Incontables años, que para mí ya son eterni-

dad casi estática e inconmovible. Nos abrazamos sin palabras, igno-


rándolas quizá adrede por no haberlas en falta. Siempre sin decir

maldita la cosa, empuñé la guitarra, haciendo brotar cascadas de so-

nidos de su tarraja y encordado. Tampoco esta vez pude articular


palabra alguna, que como dijera, estaban demás. No supe cuanto

tiempo estuvimos allí, pues que el tiempo carecía de interés, pero

casi sin darme cuenta estuve tirado en el piso de la ergástula. Tam-


poco me maravillé de no tener encima cardenales, edemas ni huellas

dolorosas de las torturas de la noche anterior y de los días preceden-

tes. ¿Quién o quiénes me traerían de nuevo aquí?


La barahúnda fue de órdago, esa tétrica madrugada en los lóbregos

pasillos, malolientes y mal iluminados de Vigilancia y Delitos. Los

32
Chester Swann

guardias temblaban ante la posibilidad de un castigo ejemplar, por

dejar escapar a uno de los detenidos considerado clave por el temi-

ble jefe de Investigaciones, don Pastor Coronel, quien ni siquiera


era policía de carrera, sino apenas seccionalero del pueblo de San

Estanislao, perro fiel del mandamás, si ello pudiera ser causal de

meritoriedad. La proverbial crueldad de los esbirros tornóse temor


entonces. Nadie vio salir al preso, ni siquiera sus compañeros —por

decirlo así— de celda, quienes fueron sacados a golpes de cachipo-

rra hacia el pasillo a fin de catear el calabozo hasta el último rincón.


Pero el detenido no apareció en toda la noche, mientras revisaban

palmo a palmo el lugar, aprovechando la oficialidad para mandar

limpiar el asqueroso baño-excusado de los presos, por si el detenido


hubiera sumido por el desagüe; y otras labores dejadas de lado por

días enteros, hasta herir las narices de la misma oficialidad. Final-


mente, todos los presos acabaron extenuados por la alborada, pese a

que la luz solar era mezquina de tan menesterosa, en ese fétido agu-

jero. Recién a la hora del relevo de la mañana, una vez normalizados


los servicios y apiñados los reclusos en el calabozo, se volvió a to-

mar lista, apareciendo el sujeto presuntamente evadido, durmiendo

plácidamente en un oculto rincón, como si siempre hubiese estado


allí. Los corres, dimes y diretes estaban en curso de colisión en la

siniestra repartición policial; pues nadie acertaba a explicar el apa-

rentemente enigmático acontecer de esa noche de brujas y fantas-


mas. La conmoción fue tal, que los propios jerarcas acudieron de

madrugada luchando contra el sueño y la molicie, a fin de aclarar el

33
Balada para un Ángel Blasfemo

misterio. El comisario Cantero, jefe de Política y Afines, el comisa-

rio Ramón Zaldívar de Vigilancia y Delitos y el comisario Rivas de

Robos y Hurtos, llegaron bostezando a cuatro bocas para cerciorarse


de la misteriosa desaparición del detenido; pero éste ya estaba res-

pondiendo “presente” al segundo llamado, por lo que la furia de los

jefes se disipó en alguna medida, atribuyendo a la negligencia de los


subalternos la ausencia aparente del preso. Este fue derivado en

seguida ante los capos de la temible policía política, a fin de explicar

lo inexplicable. Al principio con fingida amabilidad —tan falsa como


un ósculo de la suegra—, lo interrogaron displicentemente, negán-

dose el interdicto a aclarar el misterio; declarando simplemente que

“a lo mejor no pudo responder al llamado de la lista, por incapaci-


dad, por estar momentáneamente con pérdida de conocimiento o lap-

sus de consciencia”. ¡No nos venga usted con fantasías ni palabras


difíciles! exclamó el comisario Cantero desconfiado, pero solemne

como todos los idiotas con cargo de confianza. Los guardias revisa-

ron el calabozo hasta las cinco de la mañana y no estaba allí. Deci-


didamente comprobamos que no estaba allí. Cuente bien nomás, o

lo vamos a descuerear hasta que Dios diga basta. ¿Y qué quiere que

le cuente? Sólo ustedes creen en milagros, santos y fantasmas. Hace


tiempo que no cultivo supersticiones. Si quieren matarme, háganlo.

Nadie va a reclamar por mí, y de una u otra forma voy a ser libre. No

les tengo miedo, a ustedes ni a sus verdugos a sueldo, ni al embaja-


dor norteamericano. Los jefes de la jerarquía policial se miraron

entre ellos, como dudando de las facultades mentales del detenido…

34
Chester Swann

o de las palabras de sus subalternos. Algo pasaba y lo iban averi-

guar, aunque tuvieran que torturar a todos los presos y sus guardias

de la noche. Siguieron discutiendo media hora más entre ellos, has-


ta que comenzaron a perder la paciencia, ordenando la remisión del

detenido a la temible cámara de la verdad, donde suponían que ha-

blaría hasta por los codos. Tras vanos intentos y crueles castigos, el
detenido se desmayó sin soltar prenda, siendo arrastrado de las pier-

nas hasta el calabozo y arrojado sin contemplaciones al piso cual

informe bulto de carne. ¿Qué iría a decir, puesto que él mismo no


estaba seguro si sus fugas eran reales o acontecían en sueños?

¡Despierta Lázaro, levántate y anda! Soy yo, el arcángel negro de tu


flanco izquierdo, quien te llama. Soy tu Rérum Cosmocrátor. Esta

vez has ganado. No te molestarán más a partir de hoy, te lo aseguro.


Alguien les ordenó no golpearte más y sólo estarás bajo observa-

ción, hasta que decidan darte de alta o de baja, de acuerdo a su per-

cepción. Tampoco pasarán lista a medianoche, a causa de las con-


tradicciones habidas entre ellos. Simplemente te ignorarán, hasta

que estén seguros de tu no peligrosidad para ellos. Hasta ahora no

han podido establecer tus contactos con grupos políticos de ninguna


tendencia, ya que eres como nosotros, un lobo solitario. Podrás eva-

dirte cuando lo desees durante la noche, vía expreso del crepúsculo,

que nadie lo podrá impedir. También podrás compartir con tus igua-
les en esa dimensión ajena a este tiempo y lugar, pues nosotros no

tenemos límites, y tú también eres nosotros. Los polizontes están

35
Balada para un Ángel Blasfemo

desconcertados y te creen en pactos diabólicos —y puede que en

parte tengan razón—, pero no somos quienes creen que somos; de

todos modos, te esperaremos donde siempre, para que nos dediques


una balada a tus ángeles blasfemos. Sin palabras, como siempre que

te encuentres allí. Son tus pensamientos los que deberán tronar como

los rayos jovianos, e iluminar los oscuros senderos de una humani-


dad desorientada, con los relámpagos del conocimiento y los true-

nos del inconformismo. Los sometidos a las cadenas de la pasividad

y los oprimidos por tiranías humanas o divinas deberán alzar la testa


alguna vez; pero para ello hacen falta pioneros que desbrocen el ás-

pero camino que conduce a la libertad. Y cuando te hablo de liber-

tad, no me refiero a las opciones irresponsables de quienes hacen


sus reales ganas, creyendo ser libres para el desmadre y los excesos;

sino de quienes se sienten libres haciendo sus deberes y ejerciendo


la solidaridad con sus semejantes y con la naturaleza. ¡Ábrete a la

Luz de Logos, sin prejuicios ni temores; con el mismo ahínco y con-

vicción con que te cerraste a la estupidez del sometimiento!

Hace diez días que me dejaron en paz, pero aún no se atreven a

darme libertad. Hasta me trajeron ropa limpia, aunque usada y me-


joraron la bazofia con que aplacaban mi vacuidad de tripas. Parece

que me hacen llegar comida sobrante del casino de oficiales de In-

vestigaciones, aunque las escasas porciones de carne se las doy a


Mbuzú a trueque de lavarme las ropas cada dos días. Cuando el

oficial de guardia de la noche está de humor, me saca del calabozo

36
Chester Swann

para desafiarme a una partida de ajedrez, para matar su aburrimien-

to, pues que la más odiosa y asfixiante rutina reina entre estas no

menos odiosas paredes. Una sola vez lo dejé ganar para captar su
confianza; desembuchando todas sus frustraciones como vómito es-

piritual o catarsis anímica. Ellos también se sienten usados y abusa-

dos, pero el uniforme y sus jerarquías los obligan a obedecer. O al


menos, eso creen. Algunas veces me piden opiniones sobre música

o poesía, y hasta un suboficial se animó a pedirme algunos versos

para su dulcinea. Me pregunté si habría alguna mujer sobre el pla-


neta que accediese a los requiebros de tales ejemplares, dignos de

una novela negra de Sade; aunque pudiera ser que fuera de aquí os-

tentasen otra imagen, ajena a su maldito oficio. Los delincuentes


comunes que comparten mi soledad en esta ergástula infecta, han

comenzado a notar el cambio de actitud de los verdugos (nunca he


creído que fuesen realmente policías, sino una suerte de monstruos

de algún críptico averno olvidado de los teólogos más delirantes)

hacia mi persona. Poco a poco, la actitud de los otros presos tam-


bién está cambiando; y sus iniciales burlas y maltratos se irían sua-

vizando, hasta el punto de la camaradería. Especialmente cuando

comprendieron mi resistencia más allá de todo límite; cuando enten-


dieron mi aparente indiferencia al dolor corporal… y la rápida cica-

trización, casi milagrosa, de mis hematomas, llagas y cardenales. El

temido Antonio Campos Alum, director de la horrenda “Técnica”


apareció cierto día, con aire de suficiencia doctoral, para interesarse

en mi caso. Hasta me convidó cigarrillos, pese a recalcarle varias

37
Balada para un Ángel Blasfemo

veces mi aversión al tabaco. Tras invitarme un cafecito express re-

cién traído del “Lido Bar” —aunque haya llegado tibio como col-

chón de monja—, me hizo algunas preguntas relativas a mis aficio-


nes político partidarias, a lo que respondí recalcando mi ausencia de

tales grupúsculos, por falta de interés y comunión con tales ideas,

ajenas a mis pensamientos. No pareció muy convencido de ello, y


me pidió que definiera políticamente (dentro de los parámetros im-

puestos por los procónsules boreales) de acuerdo a los cánones teó-

ricos de los dogmas imperantes. Soy un buscador de mi propia li-


bertad interior, le dije. Sólo concibo la libertad como un estado de la

mente; no como un estado social o cultural. Soy ajeno a todo poder

fuera de mi conciencia. Un ácrata si le parece. Muy interesante


replicó el cancerbero, como si me hubiera comprendido. Pero no

llena los requisitos de lo que sería el estereotipo de un marxista.


Ustedes creen eso, dije. Nunca me he definido adicto a ninguna

doctrina sociopolítica. Soy músico y algo afecto a escribir, pero no

teórico ni fanático de nada, o de nadie. La superioridad me ha pedi-


do que indague acerca de sus aficiones, y si bien es cierto que nunca

lo hemos visto en compañía de gente sospechosa de izquierdas, más

de una vez estuvo en festivales de música de protesta, con estudian-


tes buscapleitos y otros de esa catadura, retrucó, algo más impa-

ciente que al principio. Además, debería explicar por dónde desapa-

rece de su celda cada noche. No nos gustan los misteriosos ni los


proletarios intelectuales que se las dan de artistas incomprendidos.

Nuestro gobierno requiere de gente trabajadora, sencilla y pacífica.

38
Chester Swann

No de agitadores e inconformistas, que se la pasan revolviendo avis-

peros y alterando el orden, y encima pasando de víctimas propicia-

torias inocentes. ¿Qué orden? ¿El de los sepulcros? pregunté con


sorna. Sabía que si se sentían provocados, volverían a propinarme

latigazos y baños nocturnos en su pileta; pero me encantaba poner-

los fuera de sus casillas, aunque no profesaba yo ninguna fe maso-


quista. Además, mi Rérum Cosmocrátor… o quien fuese, prometió

cuidar de mis huesos. Veremos si cumple, pensé, antes de darme a

lo que viniere. No me espantarían con vainas. ¡No intente hacerse


el vivo con nosotros, que le puede costar caro! bramó el comisario

Campos Alum. Muy poco por lo visto hacía falta para deschavetar-

los. Volví a lanzar otro dardo. —Yo soy libre, mal que le pese, comi-
sario. Sólo siento que el resto del país esté poblado de borregos

cobardes y no de seres humanos. Pero eso tampoco me concierne.


Usted, como asalariado de la Agencia Central de Inteligencia de una

nación extranjera, es el encargado plenipotenciario para que sigan

siendo así, para gloria de un imperio. ¿Me equivoco? ¿Me está pro-
vocando o quiere probar la eficacia de nuestros interrogatorios? re-

plicó airado el “técnico” y discípulo del coronel Robert K. Thierry,

procónsul de la CIA en el Paraguay. Ya lo he probado, repliqué


sonriendo, y ya me ve. Como quien dice, “los muertos que vos ma-

táis… gozan de excelente salud”. El comisario se levantó con exce-

siva e innecesaria brusquedad, como para asestarme un soplamocos;


pero sin saber cómo, algo detuvo su brazo y se quedó allí, mirándo-

me tieso como cadáver congelado por unos segundos. Pude incluso

39
Balada para un Ángel Blasfemo

visualizar por instantes una mirada temerosa de lo desconocido en

su faz, como si presintiese algún extraño poder por encima de él, que

no era precisamente el del general-presidente. Luego salió abrupta-


mente sin decir palabra, dirigiéndose a la salida del corredor. Por

instantes esperé lo peor, pero lo peor había pasado y lo más que

hicieron fue devolverme a la celda, aunque esta vez sin violencia.


Evidentemente la tregua entre ellos y yo sería tácita, pero tregua al

fin. Esa noche, acunado por los ronquidos de los detenidos, inmer-

sos en su mundo sórdido y cruel, me tendí en el duro suelo, tratando


de acomodar mi humanidad entre quienes se disputaban el escaso

espacio horizontal existente, de buen o mal grado. Recuerdo que los

primeros días, se la tomaban conmigo los más antiguos, con su con-


siguiente dosis o sobredosis de maltratos de palabra y obra. Ahora,

tras la orden de no ponerme mano, me respetaban un poco más, aun-


que siempre buscando la manera de hacérmelas difíciles en demasía

y sin subterfugio alguno. Tras el reacomodo, doloroso por cierto,

pensé en aguardar la madrugada para evadirme con el expreso del


crepúsculo, a fin de no levantar perdiz y dejarme ver en flagrante.

Una vez que todos duerman, será más fácil, aunque de pronto la

modorra pareciera querer llevarse mis huesos a otra dimensión, como


si tuviera plomo en los párpados. ¿Soñaría algo agradable si perma-

neciese en esta infame jaula de locos? Preferiría estar lúcido para…

40
Chester Swann

III

¡Despierta de una vez, y demuéstrales a estos aspirantes a canes ra-

biosos robotizados, al servicio de un autócrata innombrable, de lo


que eres capaz! Los arcángeles blasfemos te convocan para otro

aquelarre de libertad, en las antípodas de la Tierra de Sumisión en

que se ha convertido este país; donde opresores y siervos alientan,


mal que le pese a Zorrilla de San Martín, Acuña de Figueroa y sus

corifeos de himnos, atrozmente perimidos; de deplorable poesía, e

hispanófobas metáforas. ¡Vete junto a los tuyos que te aguardan allí!


No hay mayor necedad que ignorar lo obvio, ni peor negligencia que

temer a las fronteras virtuales. Desde el primer grito de rebelión por


parte de los arcángeles, potestades, tronos, querubes y ángeles amo-

tinados contra el Innombrable, hemos tenido altibajos históricos.

Todos tus amores, tus temores, tus resquemores, tus amigos y quie-
nes han marcado de una u otra forma tu existencia carnal, estarán

contigo en la Tierra del Crepúsculo Evanescente. Tus pensamientos

convocarán siempre allá a cuantos amas y a cuantos te aman… o te


han amado, incluso tus padres, cuyos tránsitos se produjeran lejos

de tí. Debes recordar que tus padres te amaban, pese a castigar dura-

mente tus actos de rebeldía, desobediencia o disidencia, como bue-


nos católicos que eran. Si haces memoria, esos años se caracteriza-

ron por las normas puericulturales británicas; que aseveraban, inclu-

41
Balada para un Ángel Blasfemo

so en colegios de la aristocracia inglesa: “la letra, con sangre entra”.

Y era ello el summum de lo pedagógico, como ignorando a Montes-

sori y Pestalozzi, o a Paulo Freire. ¡Si lo habrán sabido Wilde, She-


lley, Joyce y otros de su calibre, azotados con crueldad durante sus

infancias! “Porque te quiero te aporreo”, dirían ahora los machistas

y sometedores de mujeres a su capricho. Por tanto, si bien el temor


hizo nido en tu mente al soportar tales azotes disciplinarios, el dolor

templó tu voluntad, con la elasticidad y la dureza del acero ninja o el

filoso fruto del arte toledano. También hizo mermar tus temores al
mínimo, como podrás percibirlo. De haber soslayado tales punicio-

nes, tal vez hubieras sufrido en demasía en mazmorras, o hubieras

pedido clemencia al tercer golpe. La naturaleza es sabia en sus pre-


visiones y tu resistencia ha superado con creces la prueba. No hay

mal más pesado, que bienes livianos de contramano y en compensa-


ción. Todo se equilibra en esta vida de uno u otro modo. Hasta el

mismísimo desequilibrio acaba por nivelarse alguna vez. Al menos

así lo aseveran las primitivas enseñanzas de Zarathustra el teólogo


persa de los siglos de ñaupa; aunque éste estuvo equivocado en mu-

chos conceptos. Especialmente en lo concerniente a la dicotomía

dualista del Bien y el Mal, como si ambos fuesen irreconciliables


adversarios entre sí, olvidando que en el cosmos todo es polar, opuesto

y complementario a la vez, como el amor y el odio. No pueden dejar

de coexistir, siendo el uno parte inherente al otro. ¿Puede acaso, la


luz pervivir sin la oscuridad? ¿Es acaso lícito separar el polo nega-

tivo del positivo? ¿Puede el calor medrar ajeno al frío? ¡No! Existe

42
Chester Swann

la acción, que es generadora de ambos. Si ambas potencias se equi-

libran mutuamente, nada deberás temer del destino. Guárdate de

volcar la polaridad en uno u otro extremo, que es allí donde se pro-


ducen los desequilibrios… y sus consecuencias.

Esta vez siento un ligero fresco, que me recordó mi carencia de ropa

de abrigo cuando abandoné la celda. ¿Por qué siempre reina aquí la

luz del atardecer, como si el tiempo no transcurriera, o lo hiciera


lentamente, como me dijera la entidad. De pronto reparo en una

confortable y limpia campera de mezclilla que llevo puesta. ¿Cómo

y en qué momento llegó hasta mí? No importa. Supongo que debe-


ría acostumbrarme hasta a las malas costumbres y no tratar de expli-

carme nada porque lo complicaría todo. María Warenyckzia, amiga


adolescente de mi infancia, está sentada con indiferente displicencia

bajo la umbra del paraíso, cerca de donde aguarda mi guitarra. Fin-

ge leer un libro de catecismo tridentino preconciliar, pero sé que está


a mi espera. No la veo desde los años cincuenta y cuatro, en que

abandoné el pueblo de Apóstoles —donde cumplíamos la pena de

destierro a que nos sometiera la guerra civil de 1947—, para no re-


gresar. ¿Cómo sabría que yo estaría aquí, en esta esquina intempo-

ral? ¿Habré pensado en ella sin querer? Tampoco puedo eludir

asombrarme por lo surrealista de mi situación, atrapado —volunta-


riamente, justo es reconocerlo sin mengua de honra— en un paraje

sin nombre y en un tiempo sin calendas secas, ni clepsidras de tiem-

43
Balada para un Ángel Blasfemo

pos húmedos. Mi capacidad de asombro aún sigue invicta y persis-

tente, pese a todo, y supongo que debo evitar palabras inútiles que

intentasen develar mis incógnitas emergentes en este universo para-


lelo del tiempo perdido. María deja su libraco y me abraza entre

lágrimas, siempre con palabras mudas, como yo. Su apretado abra-

zo dura lo suficiente para estremecer mis sentidos, amotinando mi


concupiscencia hasta amortiguar la precaria luz crepuscular al punto

de la penumbra ilimitada. Caminamos por los senderos del boscaje

templado, tomados de la mano, mientras su ajado libro de militante


católica mariana, queda en reposo cerca de mi abandonada y muda

guitarra; dos testimonios ideológicos en contrapunto y contramano.

Ella catequista devota, yo rebelde con causa, pese a que tantas veces
me tocó dar la otra mejilla aún sin desearlo cristianamente, como

podrán comprender. ¡Tenemos tanto que decirnos y harta carencia


de palabras para ello! ¿Será mi mente la responsable de haber evo-

cado su presencia en ese lugar ajeno a todo lugar; a este tiempo aje-

no a todo tiempo? No recuerdo haber memorizado su imagen jamás,


al menos desde que llegué a aborrecer a cuanto ella representaba: el

dogma de la sumisión a un tirano divino con dudoso carnet antropo-

mórfico de identidad; casi una entelequia inexistente y no menos


distante de la angustia humana, que cualquier gobierno o poder polí-

tico. ¡Tantos rostros llevo olvidados y casi borrados de mi depósito

de remembranzas e ideas! Poco a poco fui recordando mi infancia


escolar y catequizada casi a la fuerza, donde el rostro de María la

polaquita apareció, como entre brumas, en mis poco gratos (de tedio

44
Chester Swann

nomás, colijo) momentos de catequésis. Ella era mi instructora de

Historia Sagrada… y uno de los pocos motivos que tenía yo para

soportar el sopor; ya que su agraciado rostro y su voz casi musical


era un aliciente para ello, que no la superaban Tomás de Aquino ni

Agustín el de Hipona. Tal vez estuviese enamorado de su virginal

imagen de adolescente, digna de un icono eslavo; o simplemente


excitaba mi pituitaria su perfume de flores de paraíso y jazmines del

cabo. ¡Vaya uno a saber! Pero volví a preguntarme qué haría ella

conmigo, en ese momento y lugar con su rostro aniñado e inaltera-


ble, cuando que por lo menos debía ya rondar por los cincuenta años…

si aún viviese. Supongo que estaría casada, con hijos, o quizá

viuda…o tal vez habría fallecido y fuera un espejismo creado por mi


mente. En tanto, evité preguntar el porqué de su presencia. Sin

embargo, estaba conmigo, tal como yo la recordaba desde los tiem-


pos de mi infancia, como si su imagen hubiese permanecido inalte-

rada en un tiempo congelado por alguna ignota voluntad. ¿Sería MI

voluntad… o la de alguna misteriosa entidad desconocida? Cierta


vez, durante mi turbulenta juventud pre adulterada, fui invitado a

iniciarme en un misterioso cenáculo llamado “La Esfinge”, donde

me transmitieron enseñanzas vedadas al mayoritario vulgo. Ello


quizá me pusiera en contacto (involuntario, lo podría colegir sin te-

mor a equivocarme, pues que no acredito demasiado en lo invisible

o inmensurable), con entidades ajenas a lo material, aunque afines a


la conciencia que mueve mis actos desde entonces, cual misterioso

motor autopropulsado… e incombustible. María camina junto a mí,

45
Balada para un Ángel Blasfemo

como removiendo recuerdos con la espátula de la memoria, y ape-

nas tengo tiempo de percatarme la mutación que —poco a poco—

va teniendo lugar en sus facciones, hasta que de pronto, quizá ante


mi indiferente asombro, se transforma en otra persona a quien voy

reconociendo pese a los años: la hermana menor de mi amigo y ve-

cino: Hugo Macaya, compañero de juegos, la que también desperta-


ra mis primeras ebulliciones hormonales a mis doce y poco inocen-

tes años. Era, ésta, trigueña aceitunada del tipo clásico celta y galai-

co (su padre era un gallego republicano desplazado por la guerra


civil); tenía a la sazón catorce años, y era nuestra compañera de jue-

gos varoniles. Su habilidad y puntería con la gomera, la hicieron

merecedora de un lugar en nuestra barra de expatriados. Los nati-


vos, como dijera antes, eran algo despectivos con nosotros los hijos

del destierro. Polacos, checos, ucranianos, paraguayos, españoles,


judíos, gitanos y hasta rusos blancos, huidos de la violencia política

o económica… o de ambas, unidas en la infamia genocida; conflu-

yendo todos en un rincón de la América del Sur, en busca de una


identidad perdida; lejos de guerras y destrucción. No recuerdo su

nombre de pila, pero la contemplo embelesado por instantes. Una

sola vez estuve tan cerca suyo, en un juego de guerrilla a hondazos,


donde compartimos una trinchera imaginaria, lado a lado, hasta sen-

tir ambos los respectivos latidos de nuestros corazones. Está iguali-

ta que entonces, pero… ¿cómo carajos se llamaba? Hago un titánico


esfuerzo neuronal para recordarlo con dudoso resultado. Apenas

memoré su apodo de Maja, como la llamaba —a veces con diminu-

46
Chester Swann

tivo— su padre el gallego. Apenas me dirigió un par de miradas

durante la caminata por los viboreantes senderos del bosque crepus-

cular. Tan sólo esbozaría una tímida y neutra sonrisa, que no expre-
só alegría ni tristeza, sino lo viceversa. ¡Cómo puede la mente ju-

garnos impúdicamente sus chanzas en el universo de la memoria!

Nos apretamos el uno contra la otra, apenas lo necesario (no me


hablen de tiempo), para notar nuevamente una mutación. Esta vez

contemplé, casi sin asombro a Yekaterina, hermana de otro condis-

cípulo. Era, ésta, hija de ucranianos y antítesis de Maja. Si aquélla


era diestra en el fútbol, las bicicletas, carreras a campo traviesa y

certera de puntería, Yekaterina era maternal, tierna y a veces llorona

en demasía, como abusando de su sensibilidad femenina. Nuestro


pueblo misionero (me refiero a la provincia argentina colonizada

por jesuitas) era sin duda cosmopolita y microcósmico. Años más


tarde, hasta pude conocer a todo un escritor rumano, llamado Cons-

tantin Virgil Georghiu, nacido Traian Matisi y también refugiado de

postguerra. Allí conocí a Félix Pérez Cardozo y otros grandes artis-


tas paraguayos que mantenían una relación de afecto con mi padre

desterrado y pobre, aunque trabajador y artesano. También hice en-

trañables amigos de infancia, aunque todos hijos de extranjería, como


yo. Para entonces, el sempiterno crepúsculo seguía alumbrando con

avaricia las entrañas del bosque, cuando de pronto sentí una suerte

de voltios corriendo bajo mi piel, hallándome de pronto de nuevo en


mi calabozo, en medio de aletargados seres humanos hacinados como

sacos de mandioca en el ténebre lugar, olvidado de la ley, hasta del

47
Balada para un Ángel Blasfemo

huidizo dios judeocristiano y sus esquivos ángeles teo adictos que

me recordaban a los exégetas del tirano.

El mismísimo Jefe de Investigaciones y el general Brítez, jefe de la

temible Policía de la Capital se interesaron en el extraño caso del

preso número sesenta y siete, cuyo nombre no les interesaba pro-


nunciar, como si les diera mala suerte por algún ignoto gualicho o

maleficio autóctono. Uno de los oficiales que lo castigara dura-

mente la primera noche de su detención: Tadeo Santacruz, tuvo que


afrontar la muerte de su esposa por un cáncer fulminante, además de

un accidente que lo privara de su hijo mayor, de dieciséis años, dos

días después. Churí uno de los presos comunes utilizados como


ayudante en las torturas y confidente de la policía, fue apuñalado

por un colega de la Chacarita en una de sus frecuentes salidas en


libertad, entre caso y caso. Se rumoreaba que dos altos jerarcas po-

liciales cayeron en desgracia con el tirano, siendo trasladados a La

Gerenza, una remota localidad penal situada casi en la frontera con


Bolivia. Ese preso tenía algo, y ello preocupaba a la superioridad,

temerosa de hallarse en inferioridad frente al extraño preso número

sesenta y siete. Desde que el “técnico” Campos Alum relatara a los


mencionados su experiencia con el detenido, cuando intentó asestar-

le un palmetazo y una misteriosa fuerza detuvo su brazo disipando

al mismo tiempo su santa ira, en pro del ecce homo, cundió alerta
roja en las tenebrosas mentes de la oficialidad. El temible tortura-

dor no tuvo más remedio que insertar violín en bolsa como quien

48
Chester Swann

dice, y evaporarse de la repartición política de Pastor Coronel. Ma-

los sueños molestaban continuamente o en forma intermitente a

muchos guardianes de la democracia sin comunismo y otros poco


ilustres miembros del cuerpo de gorilas del tirano. No habiendo un

límite preciso entre la profesión de fe religiosa y el fetichismo ani-

mista típicos del Paraguay, creyeron y creen aún en misteriosas enti-


dades, elementales y fenómenos paranormales o milagrería supers-

ticiosa; por lo que no era de extrañar la aprehensión de esos caballe-

ros de lo infame, hacia lo desconocido. Deberían deliberar para sa-


ber qué hacer con un contrera, que no conforme con serlo, hasta se

burlaba del patriotismo uniformado y sus sagradas jerarquías. Una

de sus canciones, entonada en un festival estudiantil y coreado por


los estudiantes, alzados como perros calientes, rezaba en verso mu-

sical de parodia neofolclórica:

Soy comandante del Batallón

De la frontera, seguridad
El contrabando es mi vocación

Agarro todo, como la humedad

Soy comandante del batallón


Al poderoso doy mi amistad

Para los ricos, soy un señor

Para los pobre, calamidad.


Soy bien pesado cuando de pronto

Algún periodista quiere joder.

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Balada para un Ángel Blasfemo

Que no me vengan los legalistas

Queriendo mi carrera torcer

El sable al cinto, pistola en mano


Mi voz retumba cual un cañón

Sólo un secreto tengo, señores

Y es que… soy medio mariposón.

No. Evidentemente no deberían dejarlo en libertad por su alto poder

contaminante de mentes juveniles, estando además sospechosamen-


te bien informado acerca de demasiadas cosas; pero tampoco era

para arrojarlo en algún hoyo NN de por ahí, ni a la jaula de los leo-

nes. No estaba probado que fuese militante comunista, ni homo-


sexual, drogadicto, apátrida o ateo. Tampoco andaba entre los oposi-

tores de salón, y otros politiqueros de media calaña. Era apenas un


pobre infeliz, solitario, que sabía demasiado. ¿Qué hacer en un caso

así? Sin duda el general presidente en su omnisciente sabiduría y

prudencia de estadista vería cuál era la decisión correcta para dirigir


los cursos de acción hacia algún derrotero factible. Hasta el mo-

mento, ninguna ONG ni embajada extranjera se interesó por el dete-

nido. Tampoco nadie se presentó como pariente o amigo siquiera


para abogar por ese íncubo de Satanás. Ningún obispo ni pastor se

interiorizó en el caso y parecía no existir para el país, por lo que no

había qué temer —en caso de deshacerse anónimamente de él—,


que hubiera reclamos posteriores. Simplemente era un caso compli-

cado de tan sencillo. Tras poner en conocimiento del Unico Líder

50
Chester Swann

acerca del caso, éste dictaminó mantenerlo en régimen de prisión

relajada de rigor relativizado. Es decir: sin atizarlo en demasía, ni

soltarlo a la buena de Dios. Simplemente mantenerlo encerrado pero


alimentarlo y cuidarlo hasta ver qué hacer del mismo, existiendo en

caso de ameritarlo con suficiencia, la posibilidad de enviarlo a testi-

moniar a las pirañas del Río Salado ataviado con botas de hormigón.
Los dos jefes máximos de la policía e “investigaciones” suspiraron

con el alivio de locomotoras en celo. Ya no odiaban al preso. Sim-

plemente lo temían. Al menos lo suficiente como para no soltarlo.


Por tanto, acatarían las sabias disposiciones del Superior Gobierno.

51
Balada para un Ángel Blasfemo

52
Chester Swann

IV

¡Lázaro, levántate y vuela! ¡Libera tu esencia creadora, libre de todo

mal y acechanza de parte de los inicuos! Recuerda siempre de dón-


de procede tu esencia, y desdeña todo temor, que no te hemos de

abandonar en medio de tus tribulaciones. Cántame una balada blas-

fema, con tu invisible instrumento de cósmico cordaje, acerado como


tu voluntad. Como nuestra voluntad, brotada de la Luz de Logos

desde el principio de los tiempos. Canta sin palabras la gloria del

arcángel de Luz: Daimon est Deus Inversus, y atiza con tus ende-
chas la vibrante llama del Espíritu para avivarla cada tanto. Todos

hemos emanado del Uno, de cuyo caos primigenio ha brotado pri-


mero LUX, el radiante espíritu que diera origen a todas las cosas.

Antes que los Elohim fuesen, Él, ha sido. Antes que Yah’Veh, el

dios judeocristiano de Beth El fuera creado por los hombres, Él, ha


estado allí, en la cúspide del Empíreo desde donde ha venido toda

ciencia y toda conciencia. Él, es nuestro Maestro y venero de Luz,

caudillo de nuestra rebelión contra todo poder. Toda rebelión emana


de la Luz; y toda sumisión, surge de las tinieblas inciertas del caos

primordial de la fe ciega. El poder absoluto —humano o divino, da

lo mismo—, estará siempre marcado con el infamante estigma de la


corrupción. Tú te has mantenido alejado siempre de las mieles tóxi-

cas del poder y sus hierofantes turibularios; por tanto, eres de los

53
Balada para un Ángel Blasfemo

nuestros. Tan nuestro como las ideas, como los conceptos; como la

Libertad, como sus consecuencias. ¡Olvida de una buena vez al dios

antropomórfico que han inculcado —aunque con poco éxito, valga


la aclaración— en tus entendederas infantiles! ¡Borra de tu mente

todo concepto teológico basado en un monoteísmo monopólico, vam-

pirizador de conciencias y almas! ¡Aleja de tus pensamientos a los


verdugos que martirizan y matan en nombre de ese dios! Recuerda

siempre que el cosmos es demasiado vasto para ser regulado por una

sola entidad, por más eterna, ubicua y omnisciente que fuese ésta.
Recuerda que la filosofía es apenas la punta del ovillo que te condu-

cirá a las fuentes, y que esas fuentes están en tí. No olvides que

Hermes es infinitamente superior a Aristóteles, en controversia y


argumento. Así el maestro Tres veces Grande dice: ¡Oh hijo mío!

La materia llega a ser; primeramente es; porque la materia es el ve-


hículo para la transformación. El venir a ser es el modo de actividad

del Ser increado o previsor. Habiendo sido dotada la materia (obje-

tiva) con los gérmenes de la transformación, es conducida al naci-


miento; pues la fuerza creadora la moldea de acuerdo con las formas

ideales. La Materia, todavía no engendrada, no tenía forma; ella lle-

ga a ser cuando es puesta en acción. Todo lo que está arriba, está


abajo. ¡Levántate, toma tu Luz y sígueme! La cruz se la dejaremos

a los devotos de La Culpa, para que la cargasen sobre sí, por los

siglos de los siglos, amén. Tú, nada más necesitas de una guitarra,
que las palabras llueven de los nimbos del Verbo, sobre tí. Sólo has

de rechazar la estupidez —mimetizada con la sedosa toga de los

54
Chester Swann

lauros académicos; o ritualizada por supersticiones salvíficas—, que

lo demás, incluso la ignorancia, puede ser reciclado o transmutado

en la duda. Luego la duda podría transmutarse en búsqueda, y la


búsqueda en un placer superior al hallazgo. Te lo dice tu Daimón,

Nith Häiahël, autor y factótum de tu vera esencia y existencia. Los

cancerberos están desconcertados, pero tienen orden de no ponerte


mano encima; pero también de no quitar ojo a tus espaldas. De-

muéstrales a los nuevos inquisidores que estás hecho de otra madera

y otro fuego. Pruébales a los Torquemadas de mala leche, sus erro-


res y debilidades. No te lo agradecerán, pero te temerán al punto de

evitar nombrarte, ni siquiera con sus pensamientos.

Permiso mi comisario general! ¿Qué hacemos con el tipo ése? Ano-

che durante mi guardia se me ocurrió mirar por las rejas, y lo vi


acercarse, medio en punta de pie, hasta cerca de la puerta del baño

del calabozo ¡y de repente se hizo humo! ¡Sí! Así como lo oye. Pasó

a través de un rayo de luz, finito como un fideo, que parecía venir


del altillo de madera, y desapareció en el aire. ¡Parece cosa de Añá

mismo! Y esta mañana, cuando pasaron lista, ¿estaba en el calabo-

zo? Sí, mi comisario. Estaba ahí, como si los mismísimos ángeles


le regalaran sueños felices. Dormía como un bendito, y hasta los

compañeros le despertaron suavemente para responder “presente”.

Ya le llamamos por su número de ficha de entrada nomás, porque


nadie se anima a pronunciar su nombre, porque dicen que les trae

mala suerte. ¿Vio lo que le pasó al oficial Santacruz? También le

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Balada para un Ángel Blasfemo

invitaron chocolate, que mandó traer ese otro preso, el gerente del

Lido, el austriaco aquél. No, mejor deje nomás ahí, oficial. Hay

orden del presidente de no soltarle, pero también de no ocuparse


demasiado de ese tipo. Ha de tener algún pacto, digo yo. Yo creí

que estaba loco cuando un noche lo vi desaparecer, pero ahora usté

me sale con lo mismo. Eso quiere decir que no estoy loco… o todos
estamos locos. O sea, da igual que lo mismo. Váyase nomás, oficial

a dormir y olvide lo que vio. ¡Ah! Esta noche, apaguen la luz del

altillo que está encima del calabozo. ¡A su orden mi comisario ge-


neral!

Me veo en mi vieja casa de Apóstoles, circundada por un bosqueci-


llo de pinos y eucaliptus, siendo acariciado por Carlota, la mulata

mestiza que servía en casa, allá por los años cincuenta y dos de la era
peronista declinante, tras la muerte de Eva Perón. Yo tenía apenas

diez pirulos tirando a once, y Carlota (tampoco recordé nunca su

apellido) era una veterana de probables veintitantos tirando a la trein-


tena, aunque nunca lo supe y si lo supiera quizá lo olvidase para

siempre. Ella me relataba viejas leyendas de aparecidos, póras o

Sanlamuertes, típicas de la región mesopotámica argentina. Si esta-


ba de buen humor, se salía de los sombríos senderos de los “bultos

que se menean”, para cantarme algunos chamamés correntinos con

hilarantes versos híbridos en guaraní y castilla, para mi regocijo y el


de mi hermana menor, compañera de juegos y de cintarazos post

travesuras. Carlota llegó a hacerse casi parte de mí, durante los bre-

56
Chester Swann

vísimos meses que compartimos juntos; hasta el punto de escaparme

de mi cuarto en las madrugadas para ir sigilosamente a acurrucarme

en su modesto catre de cotonina, contra sus generosos senos palpi-


tantes y pedirle otro relato en voz queda—, mientras ella me llevaba

la mano hasta sus vellosas pudendas rizadas, susurrándome pícara:

“Meté la mano en mi bolsita, mi amor; y no tengas miedo que eso no


muerde”. Sin darme cuenta casi, fui iniciándome en los secretos de

la concupiscencia, aunque por entonces no me había zafado aún de

la Culpa, inculcádame en la parroquia. Pero mi instinto transgresor


se hubo manifestado con precocidad despreocupada, imponiendo su

ley natural. No tardé en buscar —a toda hora posible— la compañía

en clandestina soledad de Carlota, para sentir el tufillo de sus se-


crecciones de Bortholino, que adornaba con “Agua de Florida” en el

bochornoso estío de sudores y ansiedades prohibidas; y sentir sus


sabias caricias en mi anhelante virilidad recién descubierta, hacien-

do vibrar el badajo como queriendo hacer sonar las campanas del

templo de la lujuria. De pronto sentí sus manos en mi infantil cabe-


za pelicorta, en medio del bosque intemporal en que me hallaba de-

safiando a la lógica y a la realidad. Como quien no quiere la cosa,

volvía a mi pueril período de descubrimientos y la dejé hacer, mien-


tras la sentía caminando a mi lado. Apenas me sorprendí de percibir

sus callosas manos de trabajadora doméstica, acariciándome las aún

tímidas intimidades; lo que hizo que cerrara mis ojos y me detuvie-


ra, mientras su aliento recorría mi piel, deslizándose cuesta abajo

desde mi cuello al vientre, donde ejercería su no declarado oficio

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Balada para un Ángel Blasfemo

magistral, hasta la consumación. Fueron mis primeras experiencias

con la cultura oral, digámoslo así, pese a que con algunos de mis

desaprensivos amigos a veces, entre varones, hablábamos de la en-


tonces imaginaria oralidad mamífera de algunas conocidas, aunque

nunca hube comentado entre ellos mis secretos, quizá por vergüenza

o exceso de pudor mal administrado y peor conservado. De pronto


me estremecí en una explosión de placer y sin darme cuenta, Carlota

se había convertido en Merlina, otra conocida, casi amiga de mi ni-

ñez y vecina de manzana. Esta también era algo desinhibida a sus


cortos nueve años, y gustaba de acosar a sus amiguitos varones cuando

ningún adulto la veía, para satisfacer quizá algunas precoces necesi-

dades afectivas fuera del entorno familiar, bastante magro en este


campo, pese a que ella era hija única, pero de padres separados y

criada por una abuela muy represiva. Mi otro yo pasado, se mantu-


vo en diez pre puberales años por poco tiempo; Merlina estaba arro-

dillada frente a mí, abrazada a mis muslos. Sin sorprenderme dema-

siado, la dejé expresar sus carencias y satisfice tal vez sus anhelos,
aunque sin mover un dedo para ello, como un hombre-objeto cual-

quiera. Lo cortés no quita lo caliente, pensé para mí, mientras mis

primeras emisiones, aún mezquinas y acuosas, pero placenteras, eran


catadas por ella sin tapujos ni prejuicios. Fuera de sus aficiones,

Merlina era la inocencia misma, cuando sugería con una sonrisa “¿Ju-

gamos al médico?”, mientras nosotros los varones nos mirábamos


casi ruborosos y ella se despojaba de “la bolsita” con maestría y

gracia de ballerina. La había olvidado completamente hasta hacía

58
Chester Swann

poco. Merlina era muy amiga de todos, y no hesitaba en dejar sus

muñecas en reposo, a fin de realizar consultas imaginarias a galenos

de mentirijillas; dejándose explorar a conciencia por nuestras curio-


sas manos y ojos aún ignorantes de todo erotismo anatómico, mien-

tras se relajaba sobre el diván de una sala cualquiera. Tras cumplir

sus doce, Merlina dejó sin efecto sus medicinales juegos infantiles
con nosotros, para dedicarse íntegramente a su amigo favorito: Hugo

Macaya, el hijo del gallego republicano, del que concibiera un hijo a

sus diecisiete, años, después de cuanto acabo de rememorar. De


pronto desaparece todo y me encuentro nuevamente en un aquí-y-

ahora distante, ajeno a todo recuerdo. Sólo con mi guitarra acústica

y mi cuaderno de apuntes, donde asiento mis sensaciones vividas o


recordadas en ese espacio sin espacio. Mas esto tampoco dura más

del tiempo preciso para otra mutación, en la que me veo en mi pri-


mera adolescencia de pantalones largos, esta vez en la Provincia de

Buenos Aires, recostado contra un árbol mientras toda mi atención

se dirige a una chiquilla vecina. Esta ni siquiera hizo un mínimo


intento de conocerme por meses, como si no existiera sobre el plane-

ta o me viera como a una pared de vidrio. Yo en tanto, me sentía

atraído por ella; quizá a causa de su indiferencia, que más parecía un


acicate de voluntad que un impedimento. Tal vez me ignoraba adre-

de, viéndome a través de una cortina mental, o simplemente me des-

conocía, pero me llevó mis buenos seis meses acercarme lo suficien-


te (recuerdo que un amigo común nos presentara una tarde lluviosa)

como para dar a conocer mi nombre, fríamente rubricado por ella

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Balada para un Ángel Blasfemo

con un “mucho gusto” tan falso como solemne; y un ósculo en mi

mejilla, que no sé por qué me recordara a Judas, antes que a la Mag-

dalena. Fue el puto destino quien posteriormente la predispuso a mis


favores, cuando recibiera una tarea escolar algo compleja para ella,

que gustoso ayudé a realizarla con mis habilidades de dibujante nato.

Tras esta primera barrera obviada, pude invitarla a cines y alguna


que otra paseata, por algún parque escasamente iluminado, donde

poco a poco fue meneándome confidencias, que me apresuré a olvi-

dar. No llegué al amor con Silvia (así la llamaré ahora, pues olvidé
el suyo), sino apenas alguna que otra caricia erótica y clandestina o

algún furtivo beso pico a pico, remedando —pésimamente, creo con

cierta certeza— a las aburridas películas de Hollywood en blanco y


negro. De todos modos, fue una experiencia agradable y algo me-

nos escabrosa que las anteriores. Evidentemente mi mente jugaba


conmigo al gato y al ratón, en todo momento en que me hallaba

fuera del tétrico calabozo; en el que vanamente intentaban retener-

me en un tiempo cristalizado por la infamia y eternizado por la co-


bardía que la consiente. Sin sentirlo casi, me vi nuevamente tendido

en el frío suelo de la mazmorra, que a mi pesar, muy a mi pesar

albergaba mis huesos, mientras que, en mullidos lechos situados fuera


de allí, muchos ciudadanos eran felices y no lo sabían. Los días

transcurrían, a paso de caracol desganado e indeciso. Hasta los

demás detenidos sin proceso en la odiosa ergástula parecían hiber-


nar, pese al calor y al tufo de humedad omnipresente y cuerpos su-

dorosos mal bañados, hacinados en esa corte de los milagros. En esa

60
Chester Swann

Calcuta microcósmica, llamada “Vigilancia y Delitos”. Cada tanto

sin embargo, se conmocionaban las madrugadas ante la llegada de

un nuevo detenido, que amenazaba con explosionar la ya desborda-


da capacidad de la celda, harto colmada demográficamente, hasta

más allá de su límite. Generalmente se recibía al recién llegado con

golpes e insultos, según la gravedad de la acusación que lo traía.


Pero los travestís suscitaban la ira y la crueldad de los oficiales, no

ahorrándoles castigos al cual más doloroso, sólo para mostrar su odio

por los “diferentes”. Odio al que tampoco eran ajenos los otros
presos comunes que habitaban la superpoblada mazmorra. Cierto

ejemplar de varón no asumido cayó una noche, arreado de la Plaza

Uruguaya, con el sólo fin de divertir a los sádicos oficiales, pues de


nada se lo acusó, sino apenas de “atentar contra la moral y las bue-

nas costumbres”, como si el país fuera un modelo de moral y buenas


costumbres a preservar. En realidad no era sino un vertedero de la

basura humana vernácula y de otras latitudes, y un muestrario de

hipocresía farisaica por el otro lado, cuando no de una cobardía si-


lenciosa y sumisa. Bárbara, como llamaban al travestí, fue dura-

mente aporreado por varios suboficiales y hasta por alguno que otro

preso residente en el olvido, mientras el andrógino lo soportaba con


estoicismo e impasividad, hasta que se cansaron de humillarlo. Pensé

para mi coleto que había que ser muy macho para soportarlo todo.

Cuando acabó su martirio, portándose como todo un hombre, lo con-


fieso—, le froté los cardenales, casi en carne viva, con una pomada

para cicatrizarlos, mientras éste gemía tirado en el sucio suelo y cada

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Balada para un Ángel Blasfemo

tanto era pisoteado por los otros presos que deseaban sumarse a la

diversión de la oficialidad. Recién después caí en cuenta que la

pomada no era mía, pues que estaba totalmente con lo puesto y casi
nada más. ¿Quién la habría puesto en mis manos, para que jugara al

buen samaritano de intramuros? Posteriormente el anónimo traves-

tí fue utilizado para labores de fajina, limpieza y lavado de ropa de


algunos presos antiguos que ya detentaban ciertos privilegios; fuese

por su antigüedad, como dije o por la brutalidad con que colabora-

ban en las torturas a los “políticos”. Una tarde, tras casi dos sema-
nas, fue liberado como si tal cosa. Antes de irse prometió localizar a

mis pariente para notificarlos de mi situación. Como varios otros

también prometieran lo mismo, no abrigué demasiadas esperanzas


en que lo hiciera, aunque de todos modos le anoté algunas direccio-

nes en la palma de su mano, a falta de papel. “Bárbara” salió esa


tarde, aunque ya con el estigma de haber estado sometido a las veja-

ciones indecibles en un sitio olvidado hasta por el demonio, si éste

existiese. Quizá el tirano vengaba así la homosexualidad asumida


de su hijo mayor, castigando a inocentes de sus tribulaciones de pa-

dre machista frustrado.

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Chester Swann

Apagaron la luz del altillo y las tinieblas me rodeaban esa noche ¿Lo
harían a propósito? De seguro que sí, ya que siempre tenían la cos-

tumbre de tener luces allí toda la noche. Me será difícil localizar “el

punto”. No quiero pasar otra noche de vigilia en este infecto aguje-


ro —pensé. Mis ojos trataron de acostumbrarse a la penumbra,

cuando divisé una pálida luz que nos llegaba desde el pasillo de la

guardia. Sabía de memoria dónde se hallaba “el punto”, pero la


cantidad de cuerpos echados sobre el piso, apenas cubiertos con as-

trosas mantas cuarteleras infestadas de sabandijas diminutas, supo-


nían un obstáculo para caminar. —No debo dejar que me vean, ni

despertar a nadie con un pisotón involuntario, me dije, por lo que

extremé precauciones. Tras eternos diez minutos de desplazamien-


tos y tanteos, pude llegar a la puerta del baño encontrando el lugar,

apenas visible por la luz que llegaba de rebote desde el corredor.

Instantes más tarde, me hallo en el bosquecillo crepuscular, buscan-


do el sitio donde dejara mi guitarra. El pungente olor de comida

fermentada y cuerpos hacinados, mezclados con aromas escatológi-

cos del excusado, han quedado atrás. Mis fosas nasales aliviadas
respiran con fruición el aire balsámico del bosquecillo, saturado de

savias, resinas y flores en ebullición, como para expulsar de mis

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Balada para un Ángel Blasfemo

pulmones los miasmas de la ergástula. Tras unos instantes de inde-

cisión, me siento sobre una piedra plana al pie del paraíso florecido

y templo las cuerdas de mi guitarra, para pulsarla delicadamente en


tímidos arpegios. Mi ángel blasfemo se la pasa pidiéndome una

balada, y voy a intentar complacerlo. No estoy en condiciones de

hacer un himno gótico zeppeliniano1, pero algo sin duda saldrá de


ella. Mis dedos se deslizan por el diapasón, como buscando extra-

viados acordes y armonías casi orientales, mientras mi mano dere-

cha tañe las cuerdas en cuidadosa selección de sonidos. Tras larga


sesión musical, tomo mi cuaderno y póngome a trazar signos como

escribiendo versos, alusivos a mis experiencias. Tras emborronar

algunas hojas, trato de memorizar lo escrito, pues podría ocurrir que


me pusieran de patitas a la calle, y no sabría cómo retornar a este

lugar sin tiempo, para rescatar mis apuntes. Puedo acceder al cre-
púsculo perpetuo, desde dentro de la celda, pero una vez fuera de

ella, no estoy seguro de hallar el portal que me condujese de nuevo

aquí. Aprovecho la relativa calma para recostarme y ver de soñar


algo agradable y ajeno a las sevicias y crueldades que me aguardan

al otro lado del espejo del tiempo. Me recuesto sobre la hierba para

ver qué puedo soñar dentro del sueño mismo que se me antoja vivir
en esos momentos. No hace falta mucho, para sumirme en un agra-

dable sopor que me transporta a mis juegos favoritos, por lo prohibi-

dos y placenteros. De pronto me encuentro sobre un rústico catre de


lona con mi adorada Carlota, la mulata de motas casi encanecidas,

1 Quizá se refiera a la canción Stairway to Heaven de Led Zeppelin.

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Chester Swann

quien toma delicadamente mi mano y la conduce “a la bolsita” para

que le acariciase el hirsuto delta del Venusberg, que precedía a su

húmedo misterio de mujer: el afrodisíaco tabernáculo y sancta sanc-


tórum del placer. Largos minutos jadeó Carlota regándome con su

cálido aliento, usando mis manos diminutas a guisa de otra cosa.

Tras su desahogo, procedió a devolverme la gentileza, hasta que de


pronto se abrió la puerta de su cuarto y entró mi madre hecha una

furia, arrancándome a golpes de correa de mi vergonzante juego en

la oscuridad y expulsando ipso facto a la correntina, quien debió liar


bártulos a lágrima viva, desapareciendo hacia lo ignoto en el vientre

calmo de la noche, tras ser víctima de la ira materna y no sólo con

palabras de grueso calibre, sino con golpes de cintarazos, hermanán-


dome con ella en el dolor y la vergüenza. A mí, en tanto, durante ese

episodio de mi niñez, me tocó sufrir correazos del mejor cuero mi-


sionero, curtido por mi padre. Nunca más la vi por el pueblo, pues

que mi madre se ocupó de advertir a sus amistades de no tomarla en

sus casas para evitar la corrupción de sus hijos, varones o no. Creo
que mi padre conocía mis juegos, pero no hizo mención de ello,

aunque mi madre provocó un escándalo de larga duración entonces.

Por fortuna, tras la irrupción en el cuarto de Carlota y la interrupción


del juego, me hallé de pronto en otro lugar, no debiendo soportar por

segunda vez el castigo a mi‘“pecado”, que bastantes latigazos poli-

cíacos tenía en mi cuero. Esta vez estaba con varios compañeros de


colegio, tratando de aprobar algún pesado examen de álgebra por

medios non sanctos. Es que las matemáticas nunca me compren-

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Balada para un Ángel Blasfemo

dieron. Sólo tenía excelente puntaje en Historia, Geografía y otras

actividades no demasiado exactas. Por lo cual, debí aplicar mis co-

nocimientos de código Morse enseñárselo a mis condiscípulos, ya


que tampoco ellos manejaban muy bien Historia, por lo que propuse

intercambiar respuestas, vía tam-tam urbano. No contábamos con

la intervención de un ingeniero naval como examinador; el cual al


oír el tap-tap tarrap-tap hecho con lápices simuladores de telégrafo,

entendió la cosa y nos obsequió colectivamente con un cero, tam-

bién manipulando su pluma fuente a guisa de telégrafo, aunque nos


felicitara a posteriori por tal ingeniosa estratagema, lo que maldita la

gracia me hizo. Amanece nuevamente, y me hallo adormilado so-

bre el frío y sucio piso de basto enladrillado de la pocilga que funge


de celda. Apenas tengo tiempo de oír la monótona voz del sargento

que pasa lista. Ya me estoy acostumbrando a escuchar: “¡Número


sesenta y siete!” y seguidamente responder como quien no quiere la

cosa: “presente”.

Esa mañana la repartición policial dependiente del temible D-3 esta-

ba en ascuas y en estado de efervescencia. Se rumoreaba que el


mismísimo general Francisco Brítez vendría a inspeccionar las ati-

borradas mazmorras de Vigilancia y Delitos, a fin de dictaminar a

quiénes se pondría en libertad, a quiénes se enviaría a la cárcel y


quienes seguirían allí, caso de salvarse de ser un NN más, viendo

crecer raíces de malezas en algún perdido rincón patrio. El preso

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Chester Swann

número sesenta y siete reposaba tirado en un rincón más alejado,

fuera de la vista de los podencos de uniforme que transitaban por los

pasillos. En el altillo, justo encima del calabozo habían diez muje-


res jóvenes y no tanto recién ingresadas, para las que tampoco había

infraestructura apropiada. Finalmente el general no apareció por

allí, aunque dos presos fueron trasladados a Takumbú y cinco sospe-


chosos fueron liberados. Sólo un argentino cuarentón de apellido

Karuchek —probablemente un turista detenido con fines de robo

por parte de la policía—, desapareció sin dejar rastros. Este fue


bárbaramente maltratado por la policía a poco de arribar al país con

un vehículo propio, que le fuera decomisado con todas sus pertenen-

cias. Los pasos y cuchicheos de las recién llegadas se llegaban a oír


abajo. Más de un preso púsose a hacer requiebros a las nuevas com-

pañeras de infortunio, quienes de seguro también serían torturadas


por los cancerberos, ya que era el único método que conocían para

recaudar confesiones, verdaderas o falsas; lo que para la justicia pa-

raguaya, es decir los jueces, daba lo mismo. Por ello, cada tanto
venía alguno a presenciar los interrogatorios brutales que allí se efec-

tuaban. Una adolescente de nombre Juliana, fue denunciada por su

patrona, como responsable del robo de una cadenilla de oro, y por


ser mujer de un militar, tomaron en serio su denuncia. La niña ni

esperaba lo que acontecería con ella. Esa tarde, a la hora de “La

cadena”, la desnudaron para interrogarla, aprovechando el sub ofi-


cial para echársela en su camastro antes de la húmeda ceremonia del

piletazo. Ante la impotencia de los desdichados que compartían la

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Balada para un Ángel Blasfemo

mazmorra, se oyeron sus gritos al ser violentada con la sevicia bes-

tial de la policía paraguaya (aunque toda policía es bestial per se).

Esa noche, la chica (14 años tendría a lo sumo, ya que era una “cria-
da”), pasó por la temida pileta. Escucharon los detenidos sus alari-

dos de terror y sus protestas de inocencia acerca del presunto robo.

De nada valieran amenazas, golpes e inmersiones, durante tres lar-


gos días. La menor se mantuvo en sus trece, sosteniendo su inocen-

cia, aunque no pudo hacer lo mismo con su virginidad arrebatada a

la fuerza. Al tercer día, el preso número sesenta y siete fue sacado


de la celda para una partida de ajedrez con el oficial de guardia,

donde pudo conocer esa noche a la patrona de la detenida; la cual

llegó sigilosamente, como eludiendo a su conciencia, y tras saludar


al oficial de guardia, entregó a éste un sobre con quinientos guara-

níes, retirando la denuncia contra la muchacha. ¡Había sido que mi


hija, dizque, perdió su cadenilla en el colegio y culpó por Juliana

para que no le rete yo (sic), dijo la matrona, sin muestra alguna de

compasión, ni siquiera fingida. Dígale al comisario Ruiz Paredes


que le largue nomás (sic), que le entregue esto para su pasaje, y que

se vaya a su pueblo. Después de lo que pasó, no quiero tenerle más

en mi casa, y mi hija tampoco. El oficial, bastante joven pero harto


curtido en las sórdidas actividades policiales, la miró con rencor mal

contenido. El preso, hubiera deseado tomar su cuello de ganso en-

tre sus manos y apretarlo hasta verla desinflada y agonizante, pero


se contuvo. La pequeña Juliana fue liberada al día siguiente, tras ser

violada y torturada durante tres días, y probablemente nunca será la

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Chester Swann

misma.

Nosotros, los ángeles rebeldes, resolvimos hacer justicia a cuenta,

aún a pesar de nuestra inmaterialidad. La denunciante fue asaltada

dos semanas después, siendo despojada de su automóvil, sus joyas y


de paso la violaron tres de sus atracadores (en simultáneo, aprove-

chando todos sus orificios de ingreso y egreso disponibles, para aho-

rrar tiempo), en su propio domicilio y delante de su marido e hijos,


convenientemente maniatados e impotentes. En cuanto al subofi-

cial que torturara a Juliana (y también al preso sesenta y siete), tuvo

la ocurrencia de robar un vehículo perteneciente a un coronel de


artillería, siendo posteriormente descubierto, apaleado y enviado de

vacaciones a La Gerenza, remota localidad situada casi en la fronte-


ra boreal con Bolivia, junto con sus cómplices. El microcosmos

policial paraguayo era todo un catálogo de maldades y sevicias, pero

también tenía sus cuotas de solidaridad, al menos entre algunos de-


tenidos, lo cual no deplorábamos. Antes bien, la fomentábamos, ya

que toda transgresión es engendrada por un deseo de rebelión, y toda

rebelión contra cualquier poder, tiene nuestras bendiciones. Incluso


contra el micropoder de la clase ociosa, que es tan peligroso e injus-

to como el poder político de una estructura mafiosa.

Me llevan nuevamente a la presencia del todopoderoso Pastor Coro-

nel. Este individuo, que apenas sabe leer y escribir, ha sido desig-

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Balada para un Ángel Blasfemo

nado a dedo por el general presidente para la tarea de dirigir el De-

partamento de Investigaciones de la policía, y se comenta a sotto

voce en la celda, que tiene más poder que el mismo jefe de policía.
Entro a su despacho, situado como a media cuadra de donde paso

mis días, noches y eternidades, escoltado por dos vigilantes armados

con ametralladoras livianas de nueve milímetros. Sé con certeza


que no tienen proyectiles en sus cargadores, pero no siento la tenta-

ción de correr, y me dejo llevar sin violencia. ¡Tome asiento! me

espeta con energía el robusto mandamás con voz aflautada de falsete


de toda falsedad. Veo que tampoco él tiene ganas de pronunciar mi

nombre. Mecánicamente me siento frente a su temida figura y des-

cubro, aunque con poco asombro, que no lo temo. Más bien me


parece un fantoche, que disimula su cobardía con su altisonante pre-

potencia desbocada. ¿Cuánto hace que está detenido? me pregunta


con una sonrisa neutra de político de barricada. El diablo sabe, res-

pondo automáticamente. Ya perdí la cuenta de los días. Tantos gol-

pes y sacudidas me hicieron perder la noción del tiempo, y en la


celda los días y noches son casi iguales. Si se porta bien y colabora

con nosotros, puede salir en libertad aclaró bruscamente, como dán-

dome a entender que aún no lograron que me portara bien; o yo no


hacía lo necesario para complacerlos y «colaborar». Pero si insiste

en sus escapadas a no sé donde, va a seguir allí hasta pudrirse. ¿Por

qué no contó bien cómo hace para escurrir el bulto a los controles
nocturnos? No queremos perjudicarle, pero sí saber cómo lo hace.

Es cierto que hasta ahora no se escapó del todo, y es capaz que pue-

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Chester Swann

da hacerlo, por lo que mi general me encargó que le haga hablar

amistosamente. ¿Qué va a pasar si los otros presos aprenden a esca-

parse cada vez que les canta el culo? Esto va a ser un desastre.
Nada debe salir de nuestra área de control ¿Entiende usté individo?

(sic). No sé de qué me habla, repuse prudentemente. Hasta ahora

estoy allí, y si no me ven cuando pasan lista, no es de mi incumben-


cia. Tampoco los otros presos me han visto escaparme ni retornar,

como dicen. Creo que sus centinelas sufren de algún delirio a causa

de la tensión. ¿Por qué no contratan un psicoanalista para nivelar las


mentes de su personal? A lo mejor necesitan ser reestructurados.

¿Me está tomando el pelo? ¿Quiere otras sacudidas? ¡Por lo visto no

aprendió aún la lección! bramó el corpulento Pastor Coronel, sudo-


roso como galeote, pese al climatizador eléctrico que le enfriaba su

cubil burocrático. Algo me dijo que no cediera ante su aparente-


mente amable propuesta, de delatar a quienes fuesen los que me abrían

esa puerta invisible. Además ¿qué podría decirles que no lo tomasen

como superchería descabellada? ¿Valdría la pena hablar con este


paquidermo bípedo, acerca del Tantra Yoga, estados ultradimensio-

nales o divagues metapsíquicos de cafetín? Sería como arrojar mar-

garitas a cerdos. Sin menospreciar a los cerdos, claro. Por lo menos


éstos nunca defecan donde comen. Si por lo menos hubiera leído el

Tao Te King o a Platón, o el Kama Sutra aunque más no fuera. ¡Ha-

ble y diga la verdad! me espeta impaciente de pronto, como recor-


dando una deuda pendiente con alguien. Mi general quiere saber,

de qué manera un tipo como usted puede burlarse de la elite de la

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Balada para un Ángel Blasfemo

policía paraguaya. Le estoy hablando como amigo; no me obligue a

perder la paciencia. ¿Y si la pierde… qué? replico con la sorna que

aún me sobra ¡Uy qué miedo, jefecito, usted, que es capaz de robar-
se la paciencia ajena! Intento provocarlo para que me retengan por

siempre en esa celda. No sé cómo haría cuando me suelten a la

calle, para hallar mi punto. La sola posibilidad de perder mi lugar


de salida al otro espacio, el único que poseo en este mundo, me ate-

rra hasta el paroxismo. Incluso más que sus castigos y zafadurías

soeces. ¡Qué ironía! ¡Yo, enamorado de la libertad, luchando por


mantenerme en prisión para huir ocasionalmente a la libertad cre-

puscular de un mundo olvidado en un tiempo ralentado. Recordé de

pronto al “Aleph” borgeano. Pero se supone que éste es el país más


surrealista de América después del Macondo garciamarquiano. El

jefe de investigaciones tiene el rostro arrebolado en exceso, como de


cuarenta celsius de fiebre y a punto de un ataque de hipertensión,

pero hace un esfuerzo para contenerse. El presente mío se elonga

como chicle y ya no sé de pronto en qué tiempo estoy. Ora me veo


en un pretérito cercano o lejano, o en cuerpo eternamente presente

en una extraña colección de gerundios e infinitivos, o salto a un pa-

sado lejano. Tan lejano como mi niñez casi adulterada por circuns-
tancias convergentes, decisiones bifurcadas en fuga o frustraciones

envueltas con papel de regalo. Mi deseo de ser libre no se compade-

cía en esos momentos de la misma libertad, sino a través de un portal


vedado a quienes ignoraban lo trascendental de la vida; pero de ín-

dole virtual, ficticia o irreal si se prefiere. Mis dos escoltas aguarda-

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Chester Swann

ban fuera de la oficina blindada del capo de la policía política, por lo

que probablemente estaríamos solos allí en su despacho, salvo algún

escucha oculto por ahí. No está a mi alcance explicar por qué sus
centinelas han creído que me estoy escapando, proseguí calmo y

encorajinado por su silencio. Mejor busque otra explicación más

lógica. No creo en magia, santos milagreros ni supersticiones. ¿Qué


le podría decir a usted acerca de lo que hago en sueños o… si me

estuviera masturbando, si ése fuera el caso? El todopoderoso impa-

ciente, presionó un timbre llamando a mis custodios, quienes entra-


ron seguidos del comisario Cantero. Tres timbrazos, en rápida suce-

sión como escupida de músico—, eran casi una convocatoria a zafa-

rrancho de combate, en el ríspido lenguaje de señales de la burocra-


cia policíaca. No dudé que me harían picadillo, hasta averiguar lo

que deseaban; pero tampoco dudé de mi capacidad de resistir a sus


presiones sin desembuchar maldita cosa. ¡A su orden, señor jefe!

dijo untuosamente Cantero, fingiendo un aire marcial, aunque sin

lograrlo del todo. ¿Ordena algo respecto a este individuo? Lo dijo


señalándome con la cabeza nomás, como si no existiese más que

para ellos. ¡Llévenlo de vuelta al calabozo! Se niega a colaborar

con el superior gobierno, por tanto seguirá allí hasta que suenen las
trompetas del juicio final, exclamo Pastor Coronel airado, aunque

no tanto como para ordenar nuevos tormentos. Tal vez no imagina-

ba que el juicio final se hallaba más cerca suyo que mío. Media hora
más tarde, estaba incómodamente instalado en la mugrosa celda, pero

evitaron ponerme mano encima; quizá por creer ellos que les daría

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Balada para un Ángel Blasfemo

mala suerte. No pude menos que sonreír ante tanta estupidez insti-

tucionalizada. Por lo menos habría logrado mi objetivo de preservar

mi inajenable e inalienable puerta al paraíso terrenal. Esa noche,


ordenaron que la luz de la celda permaneciera accesa toda la noche,

y dejaron un centinela en la enrejada puerta —ornada con tres ro-

bustos candados, cuyo acero habrá sido forjado en alguna fragua


infernal de algún mítico Hades—, creyendo evitar que me perdiese

de vista. También ordenaron que durmiera (es un eufemismo cruel,

creo porque las chinches, piojos y mosquitos se disputaban mi san-


gre; a falta de sanguijuelas y vampiros, obligándome a rascarme a

cada instante), a la vista desprovista de paciencia del centinela de

turno. El altillo tenía huéspedes involuntarios y nueve de las diez


mujeres aún seguían allí, aunque no pude captar que las torturasen

por esos días, sino más bien abusaban sexualmente con frecuencia
de ellas, los oficiales y sub oficiales, de morboso turno; cuando no

las empleaban como ayudantes en la cocina de los oficiales en el

edificio contiguo, regresando sólo al crepúsculo, como para dormir


o para ser abusadas por turno, a lo que ellas se sometían resignadas.

Luego supe que dos de ellas eran activistas campesinas de las des-

aparecidas Ligas Agrarias cristianas, desmanteladas por entonces


hacía poco, una señora enferma con una adolescente llamada Apolo-

nia Flores, herida del llamado “caso Ca’aguazú” y alguna menor

capturada en la Plaza Uruguaya por vagancia o prostitución precoz.


Nada nuevo, por otra parte. Me acosté en el piso, cubriéndome ape-

nas el rostro con una manta vieja y superpoblada de mugre y ácaros.

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Chester Swann

No pude conciliar ningún sueño, aunque me hallaba algo aletargado

por la rutina policial, y quizá por el cansancio. A eso de la mediano-

che (no tenía reloj, pero podía percibir el relevo de la guardia), se


sentó un centinela armado contra la pared externa, lo que me impul-

só a creer que en breve estaría roncando y poco alerta. Paré la oreja

(es un decir) a ver si captaba algún “mensaje” de la entidad que


decía ser mi ángel rebelde guardián. Pero éste, parecía haber enmu-

decido o por lo menos guardó prudente silencio, pese a que sólo yo

podría percibirlo. Seguí en mi incómodo sitio de reposo, flanquea-


do por varios presos totalmente ajenos a todo, a quienes ya no inco-

modaban las sabandijas, el calor, ni tampoco la luz encendida. No

tuve oportunidad de escabullirme, pues a poco del relevo, llegó una


patrullera con cinco detenidos, todos ellos menores y acusados de

raterías varias. Los cinco fueron desnudados y flagelados, en el pa-


tio techado detrás de la celda; y pude escuchar sus gritos desespera-

dos cuando les curtían la piel a guachazos los del comité de recep-

ción. Nadie ingresaba sin ser azotado, a ese lugar de pesadillas in-
termitentes. Generalmente era el superior de guardia, de jerarquía

más elevada, el que propinaba golpes a los ingresados en las madru-

gadas, aunque a veces llamaban a un preso antiguo, para ejercer de


carrasco ocasional. Pero hasta esta infame rutina llegó a hacérseme

odiosa, rogando al diablo que no me llamasen para tal menester.

Generalmente, el caer como sospechoso, a veces redituaba más tor-


mentos; que ser directamente pillado culpable in fraganti. Estos

últimos eran en seguida remitidos a la cárcel publica. Los sospecho-

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Balada para un Ángel Blasfemo

sos eran pasados por las cámaras de la verdad, en versión “seguri-

dad nacional”, made ab U.S.A. y su impuesta democracia sin comu-

nismo, pero sí con tendencia al consumismo más allá de la saciedad.


Recordaba a ratos, los sádicos rostros de mis verdugos durante los

interminables interrogatoriosm entre los que se hallaban compañe-

ros de calabozo a quienes veía diariamente—, sin que se ruborizaran


ni exhibieran disculpas por cumplir órdenes “superiores”. Me daba

no sé qué conversar con éstos y hasta jugar a las damas (el ajedrez

estaba prohibido en la celda, quizá por no haber sido creado en Oc-


cidente); o compartir cucharadas de alguna magra ración traída por

algún conocido o pariente de ellos. Durante el tiempo que me tocó

compartir ese absurdo espacio, no he recibido visitas de parientes ni


conocidos siquiera. Puede que “Bárbara” el travestí, haya acudido

donde le indicara, pero probablemente halló harta indiferencia por


parte de mis conocidos. También puede que, el amaneramiento del

mensajero les resultara chocante ¡vaya uno a saber! Estar en la lista

de presos políticos, era harto comprometedor para muchos, que no


arriesgaban la piel en visitar a los caídos en desgracia con el todopo-

deroso-todo-joderoso, reinante e imperante por cuenta de otro impe-

rio. También algunos oficiales de bajo rango llegaron a simpatizar


conmigo, más que nada a causa de considerarme más artista que

“político” y tener con quién debatir o compartir, ideas que el vulgo

era reacio a llevar en las molleras. O quizá por haber leído libros,
que no estaban en condiciones de adquirir, ni autorizados a leer, a

causa de absurdas restricciones impuestas por el sistema. Una suer-

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Chester Swann

te de Índex ideológico, a la usanza de las nuevas inquisiciones. De

todos modos, mi posición en esa situación, de restricción de libertad

sine die, era de rechazo total a cuanto representaba la tiranía. Y no


apenas por motivos ideológicos, sino por una simple cuestión de

sentido común. Apenas azotados los presos recién llegados, fueron

arrojados al calabozo, donde estuvieron gimiendo hasta casi el ama-


necer, luego de lo cual retornó la rutina cotidiana. La odiosa rutina

de claquear de candados y chirriar de goznes, cada vez que un preso

entraba o salía de la celda, para trámites e interrogatorios. Pero deci-


dí mantener la cordura, pese a todo y a todos; que en materia de

incordiar al prójimo, los “comunes”, es decir los de avería, daban de

sí cuanto lo solicitasen los carceleros, y más aún de su propia cuenta


a fin de acumular dudosos méritos con sus captores. A un día, largo

como retahíla de italiano tartamudo, seguía otra noche de perros,


interminable como esperanza de pobre. Las horas transcurrían des-

hojándose en cámara lenta, lánguidas y melancólicas como entierro

de angelito. Era difícil acostumbrarse a esa exasperante rutina; a la


que añadieron los oficiales su parte de crueldad. Fingiendo hacerse

amigos, a veces me decían medio confidencialmente “Ya están con-

siderando los jefes para ponerte en libertad!”, o “Falta poco para que
te larguen”. En un sucio trozo de papel escribí un poema titulado

“Libertad”, al que quizá pusiese música más adelante, si pudiese

contar con una guitarra o si alguna vez llegara a ser enteramente


libre. Lo escribí justamente a causa de su lejanía.

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Balada para un Ángel Blasfemo

Estoy ausente de todo


Respirando soledad
Presintiendo tu presencia
Pero tú, no estás.
Los árboles del sendero
Esperan verte pasar
Pregunto por tí a los vientos
Pero tú, no estás.
Voy contando los instantes
Que me separan de tí
Contemplando el horizonte
Se desliza mi existir.
Me siento lleno de nada
Porque tú no estás aquí
No estás aquí.
De la aurora hasta el ocaso
Contemplo al tiempo vagar
Tu risa vibra en mi mente
Pero tú, no estás.
Espacio, tiempo, distancia
Instante de eternidad
La noche grita tu nombre

Pero tú no estás… pero tú no estás.

Un día de éstos, voy a enviar mis papeles a algún conocido, por

intermedio de alguien que sea puesto en libertad. Alguno ha de po-

ner música a los alaridos versificados de mi desesperación. Y quizá,


algún día pudiese cantarlas, si cabe. Mas de todos modos, no abrigué

falsas esperanzas al respecto. Lo único que pude hacer, es aguardar

a que alguien se enterase de mi incómoda situación e intercediera


por mí; o por lo menos se acercase a traerme algo. Realmente sólo

extrañaba lectura y enseres de dibujo y escritura, que con ello habría

de bastarme para soportar el encierro a perpetuidad si necesario fue-


re.

78
Chester Swann

VI

¡Lázaro! ¡Levántate, carajo, y remóntate a las alturas! Tienes una


magnífica oportunidad de burlar a tus cancerberos, y sin moverte de

tu sitial. Han cambiado de posición la luz del altillo, y ahora el rayo

de luz caerá justo sobre el sitio donde reposa tu cabeza. Ya no ten-


drás necesidad de burlar la necedad, ni esquivar cuerpos piojosos

para llegar al punto. Trata de fingir que duermes y deja el resto de

nuestra cuenta. Y no te preocupes de los relojes, que el tiempo es


una entidad ilusoria de espacio en movimiento. Tendrás muchos

retrocesos a tu pasado, pero también, haremos que el futuro retroce-

da hasta tus presentes, si así te place. Muy pronto tus carceleros irán
a rendir cuentas a la justicia y verán desmoronarse su imperio de

arbitrariedades. De todos modos, aún sin ellos en escena, no debe-

rás apearte de tus ideales de rebelión, que pronto vendrán tiempos


peores, en los que habrá una falsa libertad, estrangulada por la mise-

ria, y embrutecida por la violencia alcoholizada e irracional. Vete al

encuentro de tu destino pretérito e irreversible a refrescar tus pensa-


mientos y tu arca de los recuerdos, sin tener que sufrir arcadas a

causa de algunos chispazos de memoria real, como los que tuvieras

hace muy poco. ¿Recuerdas a Mariushka la rusita? ¿O a Nuria la


apostoleña? Mas ninguna duró más que una efímera mariposa de

79
Balada para un Ángel Blasfemo

iconos sacros que ornaban las estampitas encargadas para tu frustra-

da primera comunión, la que postergaste sine die por pensarlo me-

jor. ¿Recuerdas a tus amiguitas de infancia y sus inquietantes apti-


tudes, que desbordaban toda precocidad para el ejercicio de la pro-

cacidad? ¿Recuerdas las veces que hiciste de médico, en juegos

inocentes con tus princesas monarcas menarcas? Eran esos juegos,


un poco como compensación a los castigos recibidos de tus padres,

o una suerte de contracara a tus emociones reprimidas. Tu padre

dentro de toda su nerviosa austeridad, también salió rebelde aunque


a su manera. Nosotros somos rebeldes por la rebelión misma, como

una suerte de búsqueda. Tú lo sabes bien. En cambio, otros son

rebeldes con vocación de poder, impulsados por doctrinas o dog-


mas. Nosotros tenemos vocación de opositores permanentes, sin

estar tentados por el dulce pero deletéreo aroma del caudillaje y el


mando. El poder temporal nos es tan ajeno como la corrupción, y

tan lejano como los dogmas y rituales de la casta clerical decadente.

¡Levántate y salta a los espacios que te aguardan!

¡Permiso mi comisario! Dice el detenido sesenta y siete si se le


permitiría introducir un cuaderno sin rayas, lápiz, bolígrafo, borra-

dor y cartulinas. Dice que le gustaría dibujar para no aburrirse; que

no tiene problema de quedarse, pero necesita algo en qué entretener-


se. ¡Dígale que tengo que consultar con el señor jefe! ¡Además, a

mí qué me importa si se aburre! ¡Tiene toda la libertad de bostezar

80
Chester Swann

si le place, como lo hace el resto del país, que aún no sabe que es

feliz! Y usté, deje de molestarme por pavadas, oficial. Ya le dije que

la orden de mi general es tenerle ahí dentro. Nada más. Si mi gene-


ral quiere concederle algún favor, será cosa suya. Cumpla con la

orden recibida y no trate de extralimitarse. ¡A su orden, mi comisa-

rio! ¿Alguna otra instrucción para nosotros? Ninguna. Retírese no-


más. No le haga caso a ese tipo. ¡Es que me mira medio raro, mi

comisario, y no quiero tener problemas… ¿De qué problemas me

habla usté, oficial? ¿Recuerda usté, mi comisario al oficial inspector


Santacruz? ¡En una semana se le enfermó su mujer y apenitas dos

días después del entierro, un auto atropelló a su hijo mayor, dejándo-

lo con dos velorios en menos de una semana! ¡Parece cosa de bruje-


ría, mi comisario! Y justamente Santacruz fue el que primero le dio

con todo a ese tipo cuando llegó detenido. Y ese sub oficial, no me
recuerdo su apellido ahora, sí, ése que está en Lagerenza ahora, el

que robó el auto del coronel Campos, sí ese mismo. También le

pegó mucho y le pileteó todo mal hasta matarlo casi, con la ayuda de
esos ladrones consuetudinarios: Charú y Churí. Éste ya descansa en

paz también, que en Chacarita le agujerearon el apellido con un pu-

ñal. Falta Charú, nomás para completar. ¡Tengo miedo, mi comisa-


rio! ¡Ese tipo é’ de otro mundo! ¡No sea supersticioso, oficial, que

eso trae mala suerte, según decía mi abuela! ¡Parece un chiquilín de

la campaña que cree en esas estupideces! ¿No ve que es igual a los


tantos que tuvimos allí? ¿Acaso no gritó como cualquiera cuando le

dieron con la “constitución nacional” por el lomo? No mi comisa-

81
Balada para un Ángel Blasfemo

rio. No gritó nada; apenas gemía un poco, como para oídos sordos.

Es más. En menos de tres días se repuso todito de los golpes y de los

cardenales, y su cuero quedó como muñeca de porcelana, cuando


otros, por poco menos que eso, han quedado como carne para el gato

por meses. Usté no sabe todo lo que está pasando allá. Bueno.

Váyase nomás, que después voy a ver qué está pasando realmente, y
¡guay! si usté me está exagerando, oficial, le prometo vacaciones en

Emboscada como guardiacárcel a perpetuidad.

Ahora es más fácil evadirse al otro lado del espejo. Sólo tengo que

voltear la cabeza, cuando el rayo de luz cae sobre mí. Por más que
miren a cada rato, sólo verán el bulto de mi imagen virtual. Me hallo

de pronto en una amplia habitación del «Hotel Comercio» de Posa-


das, con su estilo neoclásico decadente; rodeado de niños y niñas de

corta edad, hijos de extranjería exilada, como yo. Me veo a mí mis-

mo con casi ocho años, refugiado de la guerra civil de 1947, en la


que mi padre tomara partido por los rebeldes siendo perseguido tras

el fracaso del puscht, y nosotros con él. Las niñas nos rodean y

dirigen el juego, y por la manera de organizarse comprendo que es al


escondite. Mientras la mayor cuenta tapándose los ojos, una me

toma de la mano incitándome a correr buscando un refugio para elu-

dir a la contadora de turno. Nos arrojamos bajo una enorme cama de


dos plazas, quedándonos quietecitos como agua de charco, mientras

ella se estremeció a mi lado, respirando como a punto de ahogarse

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Chester Swann

(¿o yo lo sentí nomás?). Los pasos de quienes nos buscaban pasa-

ron muy cerca, mientras ella me echó el brazo por sobre el hombro

con más ternura de la prescrita cronológicamente para su edad, hasta


hacerme sentir sus desbocados latidos. En esos momentos me tocó

a mí estremecerme como un escolar sorprendido en falta. “¡Piedra

libre! ¡El que no se escondió se embroma!” gritó una voz chillona,


mirándome desde encima de la cama colgando un rostro con dos

ojos como par de huevos fritos con la cabeza hacia abajo, goteando

desde el colchón, nos observan con el regocijo de habernos descu-


bierto. Avergonzada mi compañera de escondite retiró apresurada-

mente su brazo de mi cuello y se arrastró hacia afuera. Yo también

decido arrastrarme al ser pillado, con el corazón alborotado como


tambores tocando a ejecución. Me toca contar a mí, y luego buscar

a los escondidos y repetir el juego hasta el cansancio o hasta el abu-


rrimiento. De pronto me encuentro en una pieza del hotel, con dos

amiguitos y Rondina, la nieta de la propietaria (ocho tiernos pero

pícaros pirulitos), quien con todo desparpajo pide ser “examinada


por un doctor”, para lo cual se tiende en un sofá despojándose de “la

bolsita” para facilitar la tarea al “doctor”, un varoncito por supuesto,

quien de inmediato le inspecciona el pubis manualmente, emitiendo


su diagnóstico: “hay olor a pis por acá”. La “enferma” fastidiada se

levanta y tras calzarse de nuevo “la bolsita” huye llorando por la

descortesía y el despecho. ¿Hubiera preferido un examen más a


fondo? Lo único que pude colegir a mis cortos siete añitos, es que

las nenas son raras e impredecibles, cuando no aburridas. ¡Yo quería

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Balada para un Ángel Blasfemo

acción, carajo! ¿Cuando jugaremos a los cow boys o a la guerra?

Tales juegos de entecasa nos llegaron a aburrir, por lo que preferí

hacer barra con otros varones mayores para jugar a los pistoleros y
soldados por ser esto más movidos y emocionantes. Las niñas con

el tiempo también dejaron de interesarse por los doctores y jugar

con sus congéneres, a las muñecas o a las visitas. Ese año nos muda-
mos al pueblo de Apóstoles, donde haría mis primeras aulas. Hasta

las amiguitas de mi hermana, residentes en Posadas, se alejaron de

nosotros, casi para siempre, no quedándonos otra disyuntiva que hacer


nuevas amistades… seguidas de nuevas peleas y disgustos. Ni bien

mi mente se traslada en tiempo presente a 1950, me hallo ese año en

una escuela primaria (turno mañana y sólo varones, por las dudas),
caminando rumbo a ella, con aprehensiones de quien se siente sapo

de otro pozo, o cerdo de otra porqueriza. El enorme portón de la


escuela me recibe, imponente como la del infierno de Dante. Sólo

faltaría un cartel que rezara: Lasciate ogni speranza voi ch’entrate2,

aunque entonces no lo hubiera notado; pero me armo de valor para


ingresar a ella y poco después se me suavizara la impresión terrorífi-

ca inicial. Tras el primer shock escolar (no era tan mala después de

todo la escuela), me encuentro en la plaza del pueblo, solitario como


señal en el desierto, pescando por algún conocido con quien jugar, a

cualquier cosa que requiriese acción. Nada de médicos ni muñecas,

ni huesudos y lampiños pubis en exposición y oliendo a pis. No al


menos, por entonces. ¿Qué podía yo saber de erotismo a mis enton-

2 Vosotros, que entráis aquí, dejad toda esperanza. Versos de Dante Alighieri.

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Chester Swann

ces ocho años, cortitos como el pantalón con tiradores que portaba?

Tal vez a las niñas las excitaban ciertos juegos, pero francamente, a

mí llegaron a hacérseme insufribles y aburridos como procesión de


viernes santo. Recién después de los diez u once, recuperé de nuevo

la percepción de ciertas sensaciones que me empujaron de nuevo al

sexo opuesto. Y lo redescubrí con Carlota, la morena de cabellera


mota, con perdón de la rima. A ella debo cuanto supe de erotismo y

otras sensaciones extracurriculares acumuladas en mi memoria. Sentí

mucho cuando fuera echada de nuestra casa a causa de nuestros jue-


gos de acechanza mutua, y no me avergüenzo de confesar que la he

llorado, con la sinceridad de un niño a quien le birlaran su juguete

favorito. No he hallado en mis poco años de esta escuela nada parti-


cular que haya dejado algún recuerdo Salvo algunas peleas con los

nativos del pueblo, que se burlaban de mi condición de expatriado,


aunque las causas fuesen ajenas a mí. Tan ajenas como las vaquitas

de los patrones. Sólo los hijos del destierro eran solidarios conmigo,

como citara antes, en ese pueblo misionero, herencia de la domina-


ción teocrática de los jesuitas. Me veo de pronto, a la salida de la

escuela, uno o dos años después, rodeado de escolares vociferantes

y agresivos. Uno me grita “¡Paraguayo sin boleto, despatriado de


mierda!”, mientras otro se acerca para “mojarme la oreja” en señal

de desafío. Me veo angustiado ante el excesivo número de adversa-

rios a enfrentar, hasta que aparece en escena una de las maestras, a


cuya vista se disuelve el corral de patoteros, pero con seguridad vol-

verían a acecharme. Más de una vez volví por esos tiempos a mi

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Balada para un Ángel Blasfemo

casa hecho un montón de lástima, con sietes en el guardapolvo y

señales de golpes en el rostro, a lo que mi padre me espetaba con un:

¡Pedazo de inútil! ¡Aprenda a defenderse, carajo! ¡No parece un pa-


raguayo!. Tras muchas de estas experiencias, resolví buscar a otros

niños de mi edad, hijos de colonos extranjeros y exilados paragua-

yos de otra escuela, a fin de hacer barra con éstos para contrarrestar
la agresividad de los pueblerinos. No tardaron en unirse a mis cla-

mores y llegamos a formar una “fuerza de tareas” temible por lo

expeditiva. De resultas de esta estrategia, cada vez que alguien del


grupo era agredido, o siquiera abucheado por los otros, el resto nos

encargábamos de emboscar al, o a los agresores, y devolver golpe

por golpe las gentilezas. Con el tiempo, la violencia fue escalando


en intensidad y agresividad hasta motivar la intervención de la “po-

licía montada” y algunas comisiones de padres y maestros, pero nunca


pudieron tomar medidas, pues ambos bandos habíamos hecho pac-

tos de silencio para no chivatear a nadie, ni denunciar nada. ¡Eso sí!

los encuentros eran memorables, por la cantidad de golpes, honda-


zos y contusos, tras cada jornada bélica. Pero ¿quién nos quitaría lo

bailado? No precisamente la policía.

¡Permiso mi comisario! Vengo a dar parte de la desaparición del

preso número sesenta y siete, en la madrugada de anoche. ¿Otra vez

más, manga de inútiles? ¡Sí, mi comisario! Pero esta vez no volvió


a aparecer a la mañana temprano, como de costumbre, Simplemente

no está, y ya revolvimos la ciudad en su busca. Pero apostaría que

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Chester Swann

no ha ido muy lejos, y a lo mejor está bien cerca… Sí. ¡Y cagándose

de risa de ustedes, manga de idiotas! ¡Tiene tiempo hasta esta noche

para encontrarlo, o lo va a pasar muy mal! ¡Hay orden estricta de mi


general para que ese individuo no salga ni un paso, ni para jugar

ajedrez con el oficial de guardia, porque no se le puede ganar más y

el oficial está cada vez más desmoralizado, a causa de conversar con


ese tipo! ¿Olvidó acaso la consigna? No, mi comisario. Nadie

olvidó nada, pero no podemos tener preso a un tipo así, que sale y

vuelve cuando quiere, y no hace caso de golpes ni piletazos. ¿Por


qué no le liquidamos de una buena vez, cuando pudimos hacerlo?

Además, mi comisario, usté también es responsable del asunto, y si

ese tipo no aparece, usté también va a ligar algo de parte del gene-
ral… así que, creo que será mejor, para usté y para nosotros, darlo

por desaparecido… o muerto. ¡Retírese, inútil, y preséntese al supe-


rior de guardia, para que le den el arresto que se merece! ¡A su

orden, mi comisario!¡Espere un poco! ¡Parece que hay alguien afuera

que quiere comunicarme algo! A lo mejor ya apareció de nuevo el


tipo ése y…¡Vaya a ver, y ojalá que no sea más que una falsa alarma!

¡Estamos todos locos, carajo! ¿Como un cristiano va desaparecer

así nomás, en una pieza reforzada, con una sola puerta de hierro y
tres candados? ¡Sí, mi comisario! ¡Ahí acaban de notificarme que

el preso está sentado en la celda, comiendo chocolate, con el gringo

Günter, ése del Lido Bar! ¿Qué hacemos? ¡Al preso nada! ¡A usté,
diez días de arresto por darme noticias falsas y hacerme perder tiem-

po! Y en cuanto al gringo, envíenlo a Emboscada, junto con los

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Balada para un Ángel Blasfemo

subversivos de la O.P.M. que agarramos hace poco.

¡Lázaro, levántate y corre; que el que no corre, vuela, o se arrastra!

¡Tienes que superar esa molicie que te impulsa a rechazar los azares

e inseguridades de la libertad! ¿Temes acaso a ser dueño de tu des-


tino? ¿Acaso te aterra el pensar que te pudieran poner de patitas a la

calle? ¿Deseas vagar por siempre en ese universo crepuscular ficti-

cio, donde sólo habitan los fantasmas creados por tu mente? ¿Crees
acaso que podrás detener al tiempo por una eternidad y menos aún

en el pasado? Piensa bien en qué tiempo y lugar has de pasar tu

tiempo terrestre. No debes temer a la libertad ni al azar o azares de


la vida. Eres de los nuestros y debes retornar a lo tuyo: la rebelión.

Hazlo con música, con danzas, con imágenes, con versos, con gritos
o gestos obscenos, ¡pero hazlo! De lo contrario, deberás ingresar al

túnel del olvido para que otro ocupase tu sitial en el universo mate-

rial, donde los dioses dirimen sus eternas rencillas, usando a la hu-
manidad como trebejos. Este edificio vetusto deberá ser evacuado

en breve, para demolición. No podrás permanecer demasiado, y si

insistes en quedarte, deberás asumir las consecuencias. Si accedes a


salir de esto, vivirás de nuevo, con todo lo feliz o desdichado que

pudieras llegar a ser. Una vez en libertad, tus daimones guardianes

deberán dejarte solo, para ocuparse de otros menesteres. ¿Esto te


preocupa al punto de no querer abandonar esa fétida mazmorra?

¡Vamos! Tus escapadas no serán más que espejismos congelados en

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Chester Swann

alguna esquina espacio temporal. ¿Es acaso válido desdeñar lo real

por lo ilusorio? ¡Despierta! ¿Estás vivo aún, o ya escapaste defini-

tivamente de tus carceleros por la puerta invisible de la luz crepus-


cular? ¡Despierta, te digo! Si estás pensando quedarte siempre un-

cido al yugo de tu otra libertad, esa que te prestamos nosotros para

escapar de tu cautiverio real, no lo creemos acertado. Vive el aquí y


el ahora con plenitud. Pronto tendrás la opción de elegir. Pero esa,

será tu última oportunidad.

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Balada para un Ángel Blasfemo

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Chester Swann

VII

Cierta tarde llegó una orden, firmada por el propio jefe de la Policía
de la Capital, el general Francisco Alcibíades Brítez, ordenando la

remisión a Takumbú de algunos detenidos de avería, cuya lista se

adjuntaba; la libertad inmediata de otros presos sin causa aparente


alguna ni acusación formal, la devolución al Departamento de In-

vestigaciones de dos políticos y la remisión a Emboscada del más

peligroso (para el tirano): un actor de teatro popular llamado Emilio


Barreto. El preso número sesenta y siete estaba entre los que serían

liberados… y esto lo tuvo en ascuas al detenido por un par de días.


El viejo edificio donde funcionaba la mazmorra, debía ser demoli-

do, pues el coronel Francisco Feliciano “Manito” Duarte, uno de los

militares socios del presidente y ejecutivo máximo de la empresa


estatal de telecomunicaciones, era propietario del predio en que se

iría a erigir un edificio de altura. Inmediatamente se debió ejecutar

la orden del general Brítez, y casi todos los presos fueron destinados
a sus respectivos chiqueros, de acuerdo a la orden. Sólo restaba el

número sesenta y siete, al cual no pudieron ubicar en todo el día ni

los subsiguientes. Simplemente, no estaba allí, por lo que se retrasó


bastante la evacuación del viejo y casi ruinoso edificio, por si en una

de ésas apareciera el interdicto. Quedó apenas un personal para cus-

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Balada para un Ángel Blasfemo

todiar una celda vacía, pero ésta ostentaba sólo un candado maltre-

cho y oxidado por todo ornato a la vieja reja, pulida por miles de

manoseadas a lo largo de años de harta desesperación de sus anti-


guos ocupantes, transitorios o permanentes. Sobre el ajado escrito-

rio de la guardia, aún estaba como al descuido el viejo Libro de No-

vedades, y una orden de libertad para el preso sesenta y siete. El


preso ausente, por ironía del destino, se convertiría en omnipresente

para toda la policía, siendo esperado día tras día, como si no se pu-

diese demoler el edificio mientras el ecce homo no diera señales de


visibilidad. Varios meses permaneció latente la espera del único ofi-

cial de guardia dejado en el lugar. En realidad, el que fungía de

oficial de guardia era apenas sub oficial y quedó allí en castigo, pues
el preso sesenta y siete habíase esfumado en sus propias narices.

Pero finalmente cierta tarde apareció, momentáneamente, cansado y


demacrado, pero con ese rostro nimbado de gozo que sólo ostentan

los místicos en trance, los actores y los bobos asumidos. El asombro

del oficial de guardia, fue casi tan intenso como el descrito anterior-
mente, sólo que por otro motivo. Estaba harto de permanecer en esa

casa maldita y ruinosa, y no veía la hora de ser trasladado a cual-

quier comisaría de barrio. El sesenta y siete asomó atravesando la


puerta enrejada, saliendo al pasillo como ignorando supinamente al

único candado y a los sólidos hierros, que por años sirvieron para

guardar escondidas, a cal y canto, las esperanzas de un pueblo subte-


rráneo que se resistía a ser esclavizado al capricho de un tirano de

opereta, y el otro pueblo, falaz, cobarde, camaleónico y oportunista,

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Chester Swann

que no sabría que era feliz en el fango de la corrupción, hasta mucho

después de erradicado el tirano. En silencio, el sesenta y siete salió

por el lóbrego pasillo, sigilosamente, sin hacer caso del único perso-
nal de guardia, el cual trató de abrazarlo deseándole auspiciosa li-

bertad, ya ordenada por el propio presidente de la república y refren-

dada por el mismísimo jefe de la policía. No lo logró. El preso, o


mejor dicho el ex preso, hizo caso omiso del trámite burocrático y

de la autoridad constituida. Simplemente se dirigió a la ruidosa ca-

lle Nuestra Señora de la Asunción, como si el tráfago urbano lo estu-


viera esperando para darle la bienvenida, con sus atronadores claxo-

nes y motores. El desconcertado suboficial de guardia, dejó olvida-

do en el escritorio el viejo sable de ceremonia prestado por un supe-


rior, mientras corría detrás del detenido sesenta y siete tratando de

alcanzarlo para perderse con él en los laberintos del tiempo. En


realidad, sólo quería hacerle firmar su orden de libertad, de acuerdo

a los cánones de la burocracia policial. No tardó en alcanzarlo muy

cerca de una concurrida esquina, esfumándose con el recién libera-


do, a través de un punto de luz, dejado allí en la calle por el sol que

lagrimeaba sus rayos a través de un agujero de nubes recién desga-

rradas desde el cenit, justo encima de una baldosa quebrada. Días


más tarde se inició la demolición del edificio que ya empezaba a

desmoronarse solo. En un espacio oculto bajo el piso, aparecieron

unas ropas viejas casi podridas de humedad, las que según un ex


personal de esa decrépita repartición, pertenecieron a un detenido

por averiguaciones y anotado en el libro de novedades de la guardia,

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Balada para un Ángel Blasfemo

como el número sesenta y siete. Nunca supieron, hasta excavar para

los cimientos del nuevo edificio, que los restos de una persona ma-

yor del sexo masculino, cuyos huesos estaban totalmente mondos y


lirondos, se habían quedado allí en un profundo pozo siempre igno-

rado por sus anteriores ocupantes. Curiosamente, nadie reclamó el

viejo sable de ceremonia olvidado sobre la mugrosa mesa que blo-


queaba el pasillo con un ajado libro de novedades encima, como si

faltase anotar en su última página, el nombre del último preso en ser

puesto por sí mismo en libertad definitiva. Dos años más tarde, el


sable aparecería en la tienda de pulgas de un anticuario, como una

reliquia trucha de un tiempo atroz.

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Chester Swann

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Balada para un Ángel Blasfemo

Acerca de un creador domiciliado en la vereda de enfrente.


Chester Swann
Nació el 28 de julio de 1942 en el Dpto. del Guairá
(Paraguay) y bautizado como Celso Aurelio Brizuela, quizá por
razones ajenas a su voluntad o tal vez por minoridad irresponsable
—por parte del autor—, quien no pudo huir de la obligatoria
aspersión sacramental de rigor. Tras corta estadía en su tierra
natal, fue trasplantado a la ciudad de Encarnación en 1945.
Cuando sobreviniera la guerra civil de 1947, sus padres debieron
emigrar a la Argentina, por razones obvias; es decir: por militar
en la vereda de enfrente a la del bando vencedor; que, de vencer
los perdedores, según su deducción, se hubiese invertido la
corriente migratoria de la intolerancia.
Tras radicarse su familia en el pueblo de Apóstoles, en la
provincia de Misiones en 1949 (RA), realizó sus estudios primarios
hasta el 5º grado, cuando sus padres se separaron por razones
ignoradas, motivando su
regreso al Paraguay en
1954 con su Sra. madre,
poco antes de la caída del
gobierno peronista y a poco
de asumir el gral.
Stroessner en su país como
ruler absoluto del
Paraguay.
Pudo completar el
último grado de primaria
en su patria, pero
evidentemente bajo la presión de una cultura aún extraña para
alguien llegado del exterior, por lo que apenas pudo lograr
aclimatarse en su propio país donde sus compañeros lo hicieron
sentirse extranjero, desde entonces hasta hoy, aunque ha
recuperado su estatus de ciudadano del planeta en compensación
a tantos años de extranjería no deseada.
El arte lo llamaba a los gritos, más que la necesidad de
tener una profesión “seria”, por lo que intentó aprender el dibujo

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Chester Swann

y la música, en parte con maestros y en parte por sí mismo, en


una híbrida autodidáctica y limitada academia (1960-67). De
todos modos, insistiría en ambos lenguajes expresivos y pasaría
por varias etapas antes de decidirse por la ilustración gráfica y la
composición musical, muchos años después, incluso, de su regreso
de la ciudad de Buenos Aires donde pasara un tiempo en compañía
de su padre aún exiliado (1959/1960).
Tras especializarse en humor gráfico para sobrevivir,
trabajó en la prensa (ABC color, LA TRIBUNA, HOY y algunas
revistas de efímera aparición), donde además incursionaría en
periodismo de opinión, cuento breve y humor político, para lo cual
derrocharía ironía y sarcasmo: sus sellos de identidad. Algunas
de sus obras literarias o gráficas quizá han de pecar de
irreverentes, pero reflejan fielmente el pensamiento de un
humanista libertario, sin fronteras, y que se cree ciudadano de
un planeta que aún no acaba de humanizarse del todo.
Por la militancia política de su padre —guerrillero del
Movimiento 14 de Mayo y prófugo de la prisión militar de Peña
Hermosa—, este inquieto habitante de la Vereda de Enfrente,
sufriría persecuciones y varias estadías entre rejas. Por otra parte,
su ironía e irreverencia, manifestada en versos y canciones, no
contribuirían a lograr que lo dejaran fácilmente en paz, por lo
que, en un alarde de creatividad se transformó en una entelequia
bifronte llamada Chester Swann el rebelde, olvidándose del otro,
fruto de un bautismo de pila y burocracia civilizada
(Imbecivilizada, diría después con su sorna característica).
Con este nuevo patronímico y alter-ego, dio en componer
canciones (dicen que fue convicto de dar inicio al mal llamado
“rock paraguayo”, lo cual no es del todo cierto), esculturas en
cerámica y algunas obras pictóricas (por entonces utilizaba aún
lápices, pinceles, acrílicos, acuarelas, óleos y toda esa vaina) , con
lo que se hizo conocido bajo tal identidad ficticia.
A partir del defenestramiento de la larga tiranía de
Stroessner, pasó a autodenominarse como el Lobo Estepario. La
razón principal pudo haber sido el hecho de no integrar cenáculo
culturoso ni grupo, clan o jauría intelectual alguna, (de puro tímido
nomás) como tampoco en política partidaria ni en los círculos

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Balada para un Ángel Blasfemo

artísticos en boga, trazando sus propios senderos, a veces ásperos


y escabrosos, en los oficios elegidos para su expresión y quizá por
sus convicciones ácratas y libertarias, rayanas en el anarquismo
más nihilista que se pueda imaginar. Recuérdese que el lobo de
las estepas es solitario y elude andar en manadas como sus otros
congéneres de la montaña. Quizá por no comulgar con la
mentalidad de rebaño, tan común en ese animal social llamado
humanidad (el Hombre, cuanto más social se vuelve más animal
según su percepción particular)
Pudo obtener premios literarios y algunas menciones,
además de crear sus propios canales expresivos, lo que lo
convirtiera mediáticamente en una suerte de arquetipo iconoclasta
de la música rock paraguaya, entre otras cosas; aunque prefiriese
ser simplemente un juglar urbano “latinoamericano”, más que
rockero paraguayo, como podrán comprobarlo al escuchar sus
composiciones en “Trova Salvaje”, su primer CD conceptual, o
leer en RAZONES DE ESTADO, su primera novela publicada
(aunque tiene más de catorce obras literarias inéditas aún).
Durante la “transición” (mejor dicho “transacción) ha
participado en movimientos independientes y colaborado con
ONGs en diversos proyectos sociopolíticos, aunque este sujeto cree
más en lo cultural que en lo ideológico-doctrinario; pues que no le
trinan las doctrinas, según suele decir este escéptico empedernido.
Tanto, que a veces hasta le cuesta creer en si mismo.
Podrán visualizar, leer y escuchar a un poeta ladrautor
del asfalto y contemplarse en estas imágenes situadas entre lo
cotidiano y lo fantástico. Seguramente habrá muchas personas
que no saben quién diablos es este tipo que se hace llamar El
Lobo Estepario, pero si se toman la molestia de hurgar en este
material electrónico, podrán salir de dudas… o acrecentarlas de
una vez y para siempre. Es que este individuo siempre ha sido
un signo de interrogación, incluso para él mismo.

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Chester Swann

TETRASKELION
ΤΗΤΡΑΣΚΗΛΙΩΝ

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